domingo, 27 de dezembro de 2015

Hagamos un trato



Mario Benedetti

Compañera,
usted sabe
que puede contar conmigo,
no hasta dos o hasta diez
sino contar conmigo.

Si alguna vez
advierte
que la miro a los ojos,
y una veta de amor
reconoce en los míos,
no alerte sus fusiles
ni piense que deliro;
a pesar de la veta,
o tal vez porque existe,
usted puede contar
conmigo.

Si otras veces
me encuentra
huraño sin motivo,
no piense que es flojera
igual puede contar conmigo.

Pero hagamos un trato:
yo quisiera contar con usted,
es tan lindo
saber que usted existe,
uno se siente vivo;
y cuando digo esto
quiero decir contar
aunque sea hasta dos,
aunque sea hasta cinco.

No ya para que acuda
presurosa en mi auxilio,
sino para saber
a ciencia cierta
que usted sabe que puede
contar conmigo.
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Biblioteca Digital Ciudad Seva

La despedida



Johann Wolfgang von Goethe

¡Deja que adiós te diga con los ojos,
ya que a decirlo niéganse mis labios!
¡La despedida es una cosa seria
aun para un hombre, como yo, templado!
Triste en el trance se nos hace, incluso
del amor la más dulce y tierna prueba;
frío se me antoja el beso de tu boca
floja tu mano, que la mía estrecha.

¡La caricia más leve, en otro tiempo
furtiva y volandera, me encantaba!
Era algo así cual la precoz violeta,
que en marzo en los jardines arrancaba.

Ya no más cortaré fragantes rosas
para con ellas coronar tu frente.
Frances, es primavera, pero otoño
para mí, por desgracia, será siempre.



Biblioteca Digital Ciudad Seva

La Nochebuena de Encarnación Mendoza

  
Con su sensible ojo de prófugo Encarnación Mendoza había distinguido el perfil de un árbol a veinte pasos, razón por la cual pensó que la noche iba a decaer. Anduvo acertado en su cálculo; donde empezó a equivocarse fue al sacar conclusiones de esa observación. Pues como el día se acercaba era de rigor buscar escondite, y él se preguntaba si debía internarse en los cerros que tenía a su derecha o en el cañaveral que le quedaba a la izquierda. Para su desgracia, escogió el cañaveral. Hora y media más tarde el sol del día 24 alumbraba los campos y calentaba ligeramente a Encarnación Mendoza, que yacía bocarriba tendido sobre hojas de caña.

A las siete de la mañana los hechos parecían estar sucediéndose tal como había pensado el fugitivo; nadie había pasado por las trochas cercanas. Por otra parte la brisa era fresca y tal vez llovería, como casi todos los años en Nochebuena. Y aunque no lloviera los hombres no saldrían de la bodega, donde estarían desde temprano consumiendo ron, hablando a gritos y tratando de alegrarse como lo mandaba la costumbre. En cambio, de haber tirado hacia los cerros no podría sentirse tan seguro. Él conocía bien el lugar; las familias que vivían en las hondonadas producían leña, yuca y algún maíz. Si cualquiera de los hombres que habitaban los bohíos de por allí bajaba aquel día para vender bastimentos en la bodega del batey y acertaba a verlo, estaba perdido. En leguas a la redonda no había quién se atreviera a silenciar el encuentro. Jamás sería perdonado el que encubriera a Encarnación Mendoza: y aunque no se hablaba del asunto todos los vecinos de la comarca sabían que aquel que le viera debía dar cuenta inmediata al puesto de guardia más cercano.

Empezaba a sentirse tranquilo Encarnación Mendoza, porque tenía la seguridad de que había escogido el mejor lugar para esconderse durante el día, cuando comenzó el destino a jugar en su contra.

Pues a esa hora la madre de Mundito pensaba igual que el prófugo: nadie pasaría por las trochas en la mañana, y si Mundito apuraba el paso haría el viaje a la bodega antes de que comenzaran a transitar los caminos los habituales borrachos del día de Nochebuena. La madre de Mundito tenía unos cuantos centavos que había ido guardando de lo poco que cobraba lavando ropa y revendiendo gallinas en el cruce de la carretera, que le quedaba al poniente, a casi medio día de marcha. Con esos centavos podía mandar a Mundito a la bodega para que comprara harina, bacalao y algo de manteca. Aunque lo hiciera pobremente, quería celebrar la Nochebuena con sus seis pequeños hijos, siquiera fuera comiendo frituras de bacalao.

El caserío donde ellos vivían -del lado de los cerros, en el camino que dividía los cañaverales de las tierras incultas- tendría catorce o quince malas viviendas, la mayor parte techadas de yaguas. Al salir de la suya, con el encargo de ir a la bodega, Mundito se detuvo un momento en medio del barro seco por donde en los días de zafra transitaban las carretas cargadas de caña. Era largo el trayecto hasta la bodega. El cielo se veía claro, radiante de luz que se esparcía sobre el horizonte de cogollos de caña; era grata la brisa y dulcemente triste el silencio. ¿Por qué ir solo, aburriéndose de caminar por trochas siempre iguales? Durante diez segundos Mundito pensó entrar al bohío vecino, donde seis semanas antes una perra negra había parido seis cachorros. Los dueños del animal habían regalado cinco, pero quedaba uno “para amamantar a madre”, y en él había puesto Mundito todo el interés que la falta de ternura había acumulado en su pequeña alma. Con sus nueve años cargados de precoz sabiduría, el niño era consciente de que si llevaba al cachorrillo tendría que cargarlo casi todo el tiempo, porque no podría hacer tanta distancia por sí solo. Mundito sentía que esa idea casi le autorizaba a disponer del perrito. De súbito, sin pensarlo más, corrió hacia la casucha gritando:

-¡Doña Ofelia, emprésteme a Azabache, que lo voy a llevar allí!

Oyénranle o no, ya él había pedido autorización, y eso bastaba. Entró como un torbellino, tomó el animalejo en brazos y salió corriendo, a toda marcha, hasta que se perdió a lo lejos. Y así empezó el destino a jugar en los planes de Encarnación Mendoza.

Porque ocurrió que cuando, poco antes de las nueve, el niño Mundito pasaba frente al tablón de caña donde estaba escondido el fugitivo, cansado, o simplemente movido por esa especie de indiferencia por lo actual y curiosidad por lo inmediato que es privilegio de los animales pequeños, Azabache se metió en el cañaveral. Encarnación Mendoza oyó la voz del niño ordenando al perrito que se detuviera. Durante un segundo temió que el muchacho fuera la avanzada de algún grupo. Estaba clara la mañana. Con su agudo ojo de prófugo él podía ver hasta dónde se lo permitía el barullo de tallos y hojas. Allí, al alcance de su mirada, estaba el niño. Encarnación Mendoza no tenía pelo de tonto. Rápidamente calculó que si lo hallaban atisbando era hombre perdido; lo mejor sería hacerse el dormido, dando la espalda al lado por dónde sentía el ruido. Para mayor seguridad, se cubrió la cara con el sombrero.

El negro cachorrillo correteó; jugando con las hojas de caña, pretendiendo saltar, torpe de movimientos, y cuando vio al fugitivo echado empezó a soltar diminutos y graciosos ladridos. Llamándolo a voces y gateando para avanzar, Mundito iba acercándose cuando de pronto quedó paralizado: había visto al hombre. Pero para él no era simplemente un hombre sino algo imponente y terrible; era un cadáver. De otra manera no sé explicaba su presencia allí y mucho menos su postura. El terror le dejó frío. En el primer momento pensó huir, y hacerlo en silencio para que el cadáver no se diera cuenta. Pero le parecía un crimen dejar a Azabache abandonado, expuesto al peligro de que el muerto se molestara con sus ladridos y lo reventara apretándolo con las manos. Incapaz de irse sin el animalito e incapaz de quedarse allí, el niño sentía que desfallecía. Sin intervención de su voluntad levantó una mano, fijó la mirada en el difunto, temblando mientras el perrillo reculaba y lanzaba sus pequeños ladridos. Mundito estaba seguro de que el cadáver iba a levantarse de momento. En su miedo, pretendió adelantarse al muerto: pegó un saltó sobre el cachorrillo, al cual agarró con nerviosa violencia por el pescuezo, y a seguidas, cabeceando contra las cañas, cortándose el rostro y las manos, impulsado por el terror, ahogándose, echó a correr hacia la bodega. Al llegar allí, a punto de desfallecer por el esfuerzo y el pavor, gritó señalando hacia el lejano lugar de su aventura:

-¡En la Colonia Adela hay un hombre muerto!

A lo que un vozarrón áspero respondió gritando:

-¿Qué tá diciendo ese muchacho?

Y como era la voz del sargento Rey, jefe de puesto del Central, obtuvo el mayor interés de parte de los presentes así como los datos que solicitó del muchacho. El día de Nochebuena no podía contarse con el juez de La Romana para hacer el levantamiento del cadáver, pues debía andar por la Capital disfrutando sus vacaciones de fin de año. Pero el sargento era expeditivo; quince minutos después de haber oído a Mundito el sargento Rey iba con dos números y diez o doce curiosos hacia el sitio donde yacía el presunto cadáver. Eso no había entrado en los planes de Encarnación Mendoza.

El propósito de Encarnación Mendoza era pasar la Nochebuena con su mujer y sus hijos. Escondiéndose de día y caminando de noche había recorrido leguas y leguas, desde las primeras estribaciones de la Cordillera, en la provincia del Seybo, rehuyendo todo encuentro y esquivando bohíos, corrales y cortes de árboles o quemas de tierras. En toda la región se sabía que él había dado muerte al cabo Pomares, y nadie ignoraba que era hombre condenado donde se le encontrara. No debía dejarse ver de persona alguna, excepto de Nina y de sus hijos. Y los vería sólo una hora o dos, durante la Nochebuena. Tenía ya seis meses huyendo, pues fue el día de San Juan cuando ocurrieron los hechos que le costaron la vida al cabo Pomares.

Necesariamente debía ver a su mujer y a sus hijos. Era un impulso bestial el que le empujaba a ir, una fuerza ciega a la cual no podía resistir. Con todo y ser tan limpio de sentimientos, Encarnación Mendoza comprendía que con el deseos de abrazar a su mujer y de contarles un cuento a los niños iba confundida una sombra de celos. Pero además necesitaba ver la casucha, la luz de lámpara iluminando la habitación donde se reunían cuando él volvía del trabajo y los muchachos le rodeaban para que él los hiciera reír con sus ocurrencias. El cuerpo le pedía ver hasta el sucio camino, que se hacía lodazal en los tiempos de lluvia. Tenía que ir o se moriría de una pena tremenda.

Encarnación Mendoza estaba acostumbrado a hacer lo que deseaba; nunca deseaba nada malo, y se respetaba a sí mismo. Por respeto a sí mismo sucedió lo del día de San Juan, cuando el cabo Pomares le faltó pegándole en la cara, a él, que por no ofender no bebía y que no tenía más afán que su familia. Sucediera lo que sucediera, y aunque el mismo Diablo hiciera oposición, Encarnación Mendoza pasaría la Nochebuena en su bohío. Solo imaginar que Nina y los muchachos estarían tristes, sin un peso para celebrar la fiesta, tal vez llorando por él, le partía el alma y le hacía maldecir de dolor.

Pero el plan se había enredado algo. Era cosa de ponerse a pensar si el muchacho hablaría o se quedaría callado. Se había ido corriendo, a lo que pudo colegir Encarnación por la rapidez de los pasos, y tal vez pensó que se trataba de un peón dormido. Acaso hubiera sido prudente alejarse de allí, meterse en otro tablón de caña. Sin embargo, valía la pena pensarlo dos veces, porque si tenía la fatalidad de que alguien pasara por la trocha de ida o de vuelta, y le veía cruzando camino y le reconocía, era hombre perdido. No debía precipitarse; ahí, por de pronto, estaba seguro. A las nueve de la noche podría salir; caminar con cautela orillando los cerros, y estaría en su casa a las once, tal vez a las once y un cuarto. Sabía lo que iba a hacer; llamaría por la ventana de la habitación en voz baja y le diría a Nina que abriera, que era él, su marido. Ya le parecía estar viendo a Nina con su negro pelo caído sobre las mejillas, los ojos oscuros y brillantes, la boca carnosa, la barbilla saliente. Ese momento de la llegada era la razón de ser de su vida; no podía arriesgarse a ser cogido antes. Cambiar de tablón en pleno día era correr riesgo. Lo mejor sería descansar, dormir...

Despertó al tropel de pasos y a la voz del niño que decía:

-Taba ahí, sargento.

-¿Pero en cuál tablón; en ése o en el de allá?

-En ése -aseguró el niño.

“En ése” podía significar que el muchacho estaba señalando hacia el que ocupaba Encarnación, hacia uno vecino o hacia el de enfrente. Porque a juzgar por las voces el niño y el sargento se hallaban en la trocha, tal vez en un punto intermedio entre varios tablones de caña. Dependía de hacia dónde estaba señalando el niño cuando decía “ése”. La situación era realmente grave, porque de lo que no había duda era de que ya había gente localizando al fugitivo. El momento, pues, no era de dudar, sino de actuar. Rápido en la decisión, Encarnación Mendoza comenzó a gatear con suma cautela, cuidándose de que el ruido que pudiera hacer se confundiera con el de las hojas del cañaveral batidas por la brisa. Había que salir de allí pronto, sin perder un minuto. Oyó la áspera voz del sargento:

-¡Métase por ahí, Nemesio, que yo voy por aquí! ¡Usté, Solito, quédese por aquí!

Se oían murmullos y comentarios. Mientras se alejaba, agachado, con paso felino, Encarnación podía colegir que había varios hombres en el grupo que le buscaba. Sin duda las cosas estaban poniéndose feas.

Feas para él y feas para el muchacho, quienquiera que fuese. Porque cuando el sargento Rey y el número Nemesio Arroyo recorrieron el tablón de caña en que se habían metido, maltratando los tallos más tiernos y cortándose las manos y los brazos, y no vieron cadáver alguno, empezaron a creer que era broma lo del hombre muerto en la Colonia Adela.

-¿Tú ta seguro que fue aquí, muchacho? -preguntó el sargento.

-Sí, aquí era -afirmó Mundito, bastante asustado ya.

-Son cosa de muchacho, sargento; ahí no hay nadie -terció el número Arroyo.

El sargento clavó en el niño una mirada fija, escalofriante, que lo llenó de pavor.

-Mire, yo venía por aquí con Azabache -empezó a explicar Mundito- y lo diba corriendo asina -lo cual dijo al tiempo que ponía el perrito en el suelo-, y él cogió y se metió ahí.

Pero el número Solito Ruiz interrumpió la escenificación de Mundito preguntando:

-¿Cómo era el muerto?

-Yo no le vide la cara -dijo el niño, temblando de miedo-; solamente le vide la ropa. Tenía un sombrero en la cara. Taba asina, de lao...

-¿De qué color era el pantalón? -inquirió el sargento.

-Azul, y la camisa como amarilla, y tenía un sombrero negro encima de la cara...

Pero el pobre Mundito apenas podía hablar; se hallaba aterrorizado, con ganas de llorar. A su infantil idea de las cosas, el muerto se había ido de allí sólo para vengarse de su denuncia y hacerlo quedar como un mentiroso. Seguramente en la noche le saldría en la casa y lo perseguiría toda a vida.

De todas maneras, supiéralo o no Mundito en ese tablón de cañas no darían con el cadáver. Encarnación Mendoza había cruzado con sorprendente celeridad hacia otro tablón, y después hacia otro más; y ya iba atravesando la trocha para meterse en un tercero cuando el niño, despachado por el sargento, pasaba corriendo con el perrillo bajo el brazo. Su miedo lo paró en seco al ver el torso y una pierna del difunto que entraban en el cañaveral. No podía ser otro, dado que la ropa era la que había visto por la mañana.

-¡Ta aquí, sargento; ta aquí! -gritó señalando hacia el punto por donde se había perdido el fugitivo-. ¡Dentró ahí!

Y como tenía mucho miedo siguió su carrera hacia su casa, ahogándose, lleno de lástima consigo mismo por el lío en qué sé había metido. El sargento, y con él los soldados y curiosos que le acompañaban, se había vuelto al oír la voz del chiquillo.

-Cosa de muchacho -dijo calmosamente Nemesio Arroyo.

Pero el sargento, viejo en su oficio, era suspicaz:

-Vea, algo hay. ¡Rodiemo ese tablón di una ve!-gritó.

Y así empezó la cacería, sin qué los cazadores supieran qué pieza perseguían.

Era poco más de media mañana. Repartidos en grupos, cada militar iba seguido de tres o cuatro peones, buscando aquí y allá, corriendo por las trochas, todos un poco bebidos y todos excitados. Lentamente, las pequeñas nubes azul oscuro que descansaban al ras del horizonte empezaron a crecer y a ascender cielo arriba. Encarnación Mendoza sabía ya que estaba más o menos cercado. Sólo que a diferencia de sus perseguidores -que ignoraban a quién buscaban-, él pensaba que el registro del cañaveral obedecía al propósito de echarle mano y cobrarle lo ocurrido el día de San Juan.

Sin saber a ciencia cierta dónde estaban los soldados, el fugitivo se atenía a su instinto y a su voluntad de escapar; y se corría de un tablón a otro, esquivando el encuentro con los soldados. Estaba ya a tanta distancia de ellos que si se hubiera quedado tranquilo hubiese podido esperar hasta el oscurecer sin peligro de ser localizado. Pero no se hallaba seguro y seguía pasando de tablón a tablón. Al cruzar una trocha fue visto de lejos, y una voz proclamó a todo pulmón:

-¡Allá va, sargento, allá va; y se parece a Encarnación Mendoza!

¡Encarnación Mendoza! De golpe todo el mundo quedó paralizado. ¡Encarnación Mendoza!

-¡Vengan! -demandó el sargento a gritos; y a seguidas echó a correr, el revólver en la mano, hacia donde señalaba el peón que había visto el prófugo.

Era ya cerca de mediodía, y aunque los crecientes nubarrones convertían en sofocante y caluroso el ambiente, los cazadores del hombre apenas lo notaban; corrían y corrían, pegando voces, zigzagueando, disparando sobre las cañas. Encarnación se dejó ver sobre una trocha distante, sólo un momento, huyendo con la velocidad de una sombra fugaz, y no dio tiempo al número Solito Ruiz para apuntarle su fusil.

-¡Que vaya uno al batey y diga de mi parte que me manden do número! -ordenó a gritos el sargento.

Nerviosos, excitados, respirando sonoramente y tratando de mirar hacia todos los ángulos a un tiempo, los perseguidores corrían de un lacia a otro dándose voces entre sí, recomendándose prudencia cuando alguno amagaba meterse entre las cañas.

Pasó el mediodía. Llegaron no dos, sino tres números y como nueve o diez peones más; se dispersaron en grupos y la cacería se extendió a varios tablones. A la distancia se veían pasar de pronto un soldado y cuatro o cinco peones, lo cual entorpecía los movimientos, pues era arriesgado tirar si gente amiga estaba al otro extremo. Del batey iban saliendo hombres y hasta alguna mujer; y en la bodega no quedó sino el dependiente, preguntando a todo hijo de Dios que cruzaba si “ya lo habían cogido”.

Encarnación Mendoza no era hombre fácil. Pero a eso de las tres, en el camino que dividía el cañaveral de los cerros, esto es, a más de dos horas del batey, un tiro certero le rompió la columna vertebral al tiempo que cruzaba para internarse en la realeza. Se revolcaba en la tierra, manando sangre, cuando recibió catorce tiros más, pues los soldados iban disparándole a medida que se acercaban. Y justamente entonces empezaban a caer las primeras gotas de la lluvia que había comenzado a insinuarse a media mañana.

Estaba muerto Encarnación Mendoza. Conservaba las líneas del rostro, aunque tenía los dientes destrozados por un balazo de máuser. Era día de Nochebuena y él había salido de la Cordillera a pasar la Nochebuena en su casa, no en el batey, vivo o muerto. Comenzaba a llover, y el sargento estaba pensando algo. Si él sacaba el cadáver a la carretera, que estaba hacia el poniente, podía llevarlo ese mismo día a Macorís y entregarle ese regalo de Pascuas al capitán; si lo llevaba al batey tendría que coger allí un tren del ingenio para ir a la Romana, y como el tren podría tardar mucho en salir llegaría a la ciudad tarde en la noche, tal vez demasiado tarde para trasladarse a Macorís. En la carretera las cosas son distintas; pasan con frecuencia vehículos, él podría detener un automóvil, hacer bajar la gente y meter el cadáver o subirlo sobre la carga de un camión.

-¡Búsquese un caballo ya memo que vamo a sacar ese vagabundo a la carretera -dijo dirigiéndose al que tenía más cerca.

No apareció caballo sino burro; y eso, pasadas ya las cuatro, cuando el aguacero pesado hacía sonar sin descanso los sembrados de caña. El sargento no quería perder tiempo. Varios peones, estorbándose los unos a los otros, colocaron el cadáver atravesado sobre el asno y lo amarraron cómo pudieron. Seguido por dos soldados y tres curiosos a los que escogió para que arrearan el burro, el sargento ordenó la marcha bajo la lluvia.

No resultó fácil el camino. Tres veces, antes de llegar al primer caserío, el muerto resbaló y quedó colgado bajo el vientre del asno. Éste resoplaba y hacía esfuerzos para trotar entre el barro, que ya empezaba a formarse. Cubiertos sólo con sus sombreros de reglamento al principio, los soldados echaron mano a pedazos de yaguas, a hojas grandes arrancadas a los árboles, o se guarecían en el cañaveral de rato en rato, cuando la lluvia arreciaba más. La lúgubre comitiva anduvo sin cesar la mayor parte del tiempo; en silencio, la voz de un soldado comentaba:

-Vea ese sinvergüenza.

O simplemente aludía al cabo Pomares, cuya sangre había sido al fin vengada.

Oscureció del todo, sin duda más temprano que de costumbre por efectos de la lluvia; y con la oscuridad el camino se hizo más difícil, razón por la cual la marcha se tornó lenta. Serían más de las siete, y apenas llovía entonces, cuando uno de los peones dijo:

-Allá se ve una lucecita.

-Sí, del caserío -explicó el sargento; y al instante urdió un plan del que se sintió enormemente satisfecho. Pues al sargento no le bastaba la muerte de Encarnación Mendoza. El sargento quería algo más. Así, cuando un cuarto de hora después se vio frente a la primera casucha del lugar, ordenó con su áspera voz:

-Desamarren ese muerto y tírenlo ahí adentro, que no podemo seguir mojándono.

Decía esto cuando la lluvia era tan escasa que parecía a punto de cesar; y al hablar observaba a los hombres que se afanaban en la tarea de librar el cadáver de cuerdas. Cuando el cuerpo estuvo suelto llamó a la puerta de la casucha justo a tiempo para que la mujer que salió a abrir recibiera sobre los pies, tirado como el de un perro, el cuerpo de Encarnación Mendoza. El muerto estaba empapado en agua, sangre y lodo, y tenía los dientes destrozados por un tiro, lo que le daba a su rostro antes sereno y bondadoso la apariencia de estar haciendo una mueca horrible.

La mujer miró aquella masa inerte; sus ojos cobraron de golpe la inexpresiva fijeza de la locura; y llevándose una mano a la boca comenzó a retroceder lentamente, hasta que a tres pasos paró y corrió desolada sobre el cadáver al tiempo que gritaba:

-¡Hay m'shijo, se han quedao güérfano... han matao a Encarnación!

Espantados, atropellándose, los niños salieron de la habitación, lanzándose a las faldas de la madre.

-Entonces se oyó una voz infantil en la que se confundían llanto y horror:

-¡Mamá, mi mamá!... ¡Ese fue el muerto que yo vide hoy en el cañaveral!

FIN

Juan Bosch


quinta-feira, 24 de dezembro de 2015

todo mundo que gosta de música - e mesmo quem não gosta - teve, tem ou terá uma fase chicobuarquiana (também, não dá pra passar incólume pelo caetano veloso - que eu modestamente prefiro ao chico buarque), há que se admitir que o cara é foda (mas, existem uns outros picas do universo na mpb - e incluo o aldir blanc, entre eles). não há como negar que a ditadura foi um perrengue - eu nasci em 1975, então, me lembro pouco além das aulas de ospb e emc na escola - e mesmo que não vivamos uma democracia plena em direitos civis, há que se perceber que deu uma boa melhorada, o sujeito pode dizer quase tudo o que pensa (ou o que não pensa), mesmo sem a garantia que alguém irá ouvir - no meio de tanto turbilhão sonoro, os ouvidos saturam de ruído. nesse mar de veleidades pseudopolíticas da intelligentsia (sempre ela) surgem tipos como aqueles paspalhos - que francamente desconheço - que produziram lá a celeuma com nosso douto autor e compositor. polêmicas à parte, todo mundo está careca de saber que não simpatizo muito com o pt e muito menos com o psdb e afins (entre o caviar e a coxinha, prefiro o rollmops), não sei se o assunto merece a vênia que lhe foi dada, muito menos que o sobrinho do pai dos burros seja defendido, sobretudo com uma indignação quase impudica. acontece tanta barbaridade neste país que o que aconteceu, na ordem das coisas, não tem absolutamente nenhuma relevância, o melhor era deixar os tontos falando sozinhos. "ah, mas era o chico", bem, nesse caso, sugiro que levantemos todos e entoemos o hino nacional, solenes e vetustos, em honra ao punzinho que o chico pode estar dando, neste momento, claro, porque ele é humano, como eu, você raro leitor, e todos os pobres miseráveis deste país e a quem a polêmica que interessa é a comida na mesa, enquanto brincamos de política.

William Teca

A justificativa para o golpe que destituiu o então presidente de Honduras, Manuel Zelaya, em 2009, foi ter convocado um plebiscito popular para decidir sobre uma Assembleia Constituinte. A oposição, com apoio da Suprema Corte, o acusou de crime contra a pátria.
No Paraguai, o motivo da deposição de Lugo, em 2012, que ocorreu em 24 horas no parlamento, foi o de má administração, após um conflito armado pelo empresário Blás Riquelme e opositores colorados para gerar um banho de sangue de policiais e camponeses na região de Curuguaty.
Três elementos são importantes nesses casos, que precisamos ter atenção:
1) Não houve sequer possibilidade de defesa aos presidentes e os parlamentos agiram sumariamente (em Honduras forjaram, inclusive, uma carta de renúncia de Zelaya), violentando princípios constitucionais dessas nações.
2) A motivação real do golpe, em ambos os casos, foi estritamente política, após uma propaganda sistemática de desmoralização dos presidentes na opinião publicada pela grande mídia e uma maioria opositora no parlamento.
3) Os presidentes foram destituídos com efetivo apoio de partidos governistas, assumindo em seus lugares supostos aliados dos presidentes depostos.

O Brasil não é Honduras ou o Paraguai, mas precisamos ter a consciência que também temos uma oposição que não tem qualquer apego à democracia e aliados governistas (PMDB, em especial) bem disponíveis para o golpe.

André Castelo Branco Machado

A INDÚSTRIA CULTURAL NA FORMAÇÃO DA OPINIÃO


“É da opinião que vem a desgraça dos homens.” (Gilles Deleuze).

A indústria cultural é uma expressão que designa a produção da cultura segundo os padrões e os interesses do capitalismo, para consumo de massa, no esforço para definir o que todos querem ler, os filmes que preferem, as músicas da moda etc. E, as respostas já vem prontas, como nos livros de autoajuda.
Já a opinião é um pensamento subjetivo, uma ideia vaga sobre a realidade, que não tem fundamentação na realidade e na maioria das vezes nem pode ser explicada. Assim, utiliza-se quase sempre da emoção para apresentá-la.
É comum, por exemplo, alguém dizer que é contra ou a favor de determinada situação sem um motivo concreto, talvez por uma ideia aligeirada, por superstição ou crença absorvida sem ponderação.
Por isso, é muito fácil manipular as opiniões; exemplos não faltam, seja através da religião, da mídia, da escola etc.
No caso dos meios de comunicação, estes fabricam ideias e desejos por meio da propaganda e de sua grade de programação.

Não é à toa que muitos políticos ganharam o público como agentes da comunicação. São os ditos formadores de opinião, quem exercem grande influência sobre o modo de pensar da sociedade e podem mudar as opiniões alheias.

"Christmas Eve: Nearing Midnight In New York"

Langston Hughes


The Christmas trees are almost all sold
And the ones that are left go cheap
The children almost all over town
Have almost gone to sleep.
The skyscraper lights on Christmas Eve
Have almost all gone out
There’s very little traffic
Almost no one about.
Our town’s almost as quiet
As Bethlehem must have been
Before a sudden angel chorus
Sang PEACE ON EARTH
GOOD WILL TO MEN!
Our old Statue of Liberty
Looks down almost with a smile
As the Island of Manhattan

Awaits the morning of the Child.

terça-feira, 22 de dezembro de 2015

Fogo da Língua

A língua portuguesa nasceu no fogo da guerra dos humildes, oprimidos e periféricos do Noroeste Ibérico. Língua com raízes romano-célticas, temperada com o povo local da Lusitania e Galécia, mais suevos, alanos e Borgonha, criando uma nova sociedade, um novo Estado na luta incessante contra invasores e suas línguas opressoras. Cada fogo somente a torna mais poderosa porque expressa uma comunidade, na luta e defesa da sua língua e vida social. Historicamente a língua portuguesa só cresceu quando os fatores democráticos e populares conseguiram triunfar. As Gentes Cristãs do Minho a tentar sobreviver. Na Criação de Portugal contra almorávidas, almoádas, mouros e árabes. Na Crise de 1383-1385 contra castelhanos. Na Guerra de Restauração, depois de 1641, em grande guerra mundial pela sua sobrevivência contra Holanda e Espanha. Nas Guerras Napoleônicas forjando a unidade brasileira. A língua portuguesa foi capilarizada, ampliada e miscigenada na conquista e colonização do Brasil pelos seus falantes, os antepassados dos brasileiros coloniais, nossos antepassados, marinheiros, fazendeiros, bandeirantes, pioneiros e povoadores, juntos com todos aqui reunidos, de uma maneira ou de outra. Índios destribalizados e violentados nas suas origens. Africanos vendidos e banidos das suas origens. Europeus expulsos e afastados de suas origens. Nativos, escravos, migrantes e outros recuperam suas vozes e identidades com a mesma língua e a influenciam ativamente. Quer o destino novamente que se torne língua de luta de expressão de direitos políticos, agora no século XXI, de imensa massa ainda sem voz na metade da América do Sul, para realizarem mais uma vez o seu destino glorioso surgido a partir do fogo das lutas populares, tal como há mil anos nos confrontos dos fogos da existência.

Ricardo Costa de Oliveira
Por seguir tras de su huella
yo bebí incansablemente
en mi copa de dolor,
pero nadie comprendía
que si todo yo lo daba,
en cada vuelta dejaba
pedazos de corazón.
Ahora solo (triste) en la pendiente,
solitario y ya vencido
yo me quiero confesar:
Si aquella boca mentía
el amor que me ofrecía,
por aquellos ojos brujos

yo habría dado siempre más...

 Gardel 
“Há um radar coletivo que os pobres têm, e que os ricos não têm, tanto que estão levando o mundo para a própria destruição deles: a classe rica vai ser destruída pela próxima movimentação da Terra. Eles perderam o faro, perderam a sensibilidade porque a morte para eles é uma coisa que não existe”.
(Henfil)
Dilma ganhou, Cunha perdeu, Renan assume protagonismo, Temer recua, Fachin derrotado por Barroso – a preliminar do julgamento do impeachment foi narrada pela mídia como se fosse o primeiro tempo de uma partida de futebol, que começou antes do Natal e só vai terminar depois do Carnaval .
(Alberto Dines)

Vivo de amor tan libre



Vivo de amor tan libre, y he vivido,
que voluntario pruebo su dolencia,
dando ejercicio a tanta resistencia
como huelga en mi pecho endurecido.

Miro la llama a la distancia asido, 
siendo costumbre libre y no prudencia,
que a beldad, donde es alma la apariencia
harto le sirve el riesgo de un sentido.

Huya del mar el que en seguro suelo
los claros riesgos vio del anegado; 
no tiente el mar en fe de luz divina.

Que las piedades las reserva el cielo
para quien gime a su ruina atado,
no para aquel que labra su ruina.
Volver a poemas de Gabriel Bocángel

 Gabriel Bocángel


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El sueño



Jorge Luis Borges

Si el sueño fuera (como dicen) una
tregua, un puro reposo de la mente,
¿por qué, si te despiertan bruscamente,
sientes que te han robado una fortuna?

¿Por qué es tan triste madrugar? La hora
nos despoja de un don inconcebible,
tan íntimo que solo es traducible
en un sopor que la vigilia dora

de sueños, que bien pueden ser reflejos
truncos de los tesoros de la sombra,
de un orbe intemporal que no se nombra

y que el día deforma en sus espejos.
¿Quién serás esta noche en el oscuro
sueño, del otro lado de su muro?
Volver a poemas de Jorge Luis Borges




Biblioteca Digital Ciudad Seva

domingo, 20 de dezembro de 2015

Até quando Gilmar vai abusar da nossa paciência?

 Por Paulo Nogueira


Até quando nossa paciência vai aguentar o ministro Gilmar Mendes? A grande sentença de Cícero contra o conspirador Catilina lembrada esta semana na operação da PF que enfim deu um tranco em Eduardo Cunha se aplica a Gilmar. Até quando vamos aturá-lo? O Brasil está se reconstruindo. Haverá lugar para um juiz que toma decisões políticas, sem nenhum pudor, e não técnicas? Para um juiz que vai de microfone a microfone na mídia amiga para fazer pronunciamentos políticos? Há tempos Gilmar age de maneira incompatível com a dignidade de um juiz, mas esta semana ele escalou degraus. Na sessão do STF que definiu o procedimento do impeachment, seu voto foi uma torrente de insultos ao governo. Ninguém mais fez isso. Mesmo os que voltaram com ele se detiveram em sua interpretação da Constituição. Não bastasse isso, num protesto patético num homem de sua idade, saiu no meio dos debates sob a alegação de que teria que viajar. Ora, ora, ora. Que viagem seria tão importante assim para ele abandonar o plenário num momento de tamanha relevância para o país? O mais provável é que ele tivesse ficado revoltado ao ver que o voto de Fachin, que ele endossou, fora surpreendentemente atropelado depois da divergência de Barroso, este sim um exemplo de compostura. Não foi tudo. No dia seguinte, numa entrevista à Jovem Pan, Gilmar desqualificou seus pares ao dizer que o STF foi cooptado pelo governo. Ele usou, mais uma vez, a palavra bolivarianismo, que para ele simboliza uma Justiça que se pauta pela política. De novo: ora, ora, ora. Que juiz é mais bolivariano que Gilmar? Ele faz do STF uma tribuna política desde sempre. Quem o indicou foi FHC, que promoveu um aparelhamento terrível da Justiça. Num perfil louvatório escrito para uma revista da Folha anos atrás, Eliane Cantanhede citou as ligações de Gilmar com o PSDB. Repare. Eu escrevi citou, e não acusou. Também ela pertencente ao Planeta Tucano, Eliane não se deu conta da gravidade do que escrevera num texto em que as adulações não se limitaram a Gilmar e se estenderam para sua mulher. A semana da infâmia de Gilmar se completou com uma entrevista dada à jornalista Mariana Godoy. Ele chamou Dilma de poste, sem nenhuma hesitação. Mariana ficou desconcertada. Tudo isso posto, até quando vamos ter que aturá-lo? Há uma evidente quebra de decoro no comportamento de Gilmar. Juízes não podem agir assim. Tente encontrar em sociedades avançadas um juiz como ele. Impossível. Num Brasil melhor, não cabem Gilmares. Não estou dizendo que um juiz não possa ser conservador como ele. Pode. É do jogo. Mas é inaceitável que aja como um torcedor de futebol, como um bolivariano exaltado e tolo. Quebra de decoro num juiz do STF pode resultar em processo e afastamento, diz a Constituição. É uma decisão que caberia, na etapa final, ao Senado. Está escrito. É crime de responsabilidade, num juiz, “proceder de modo incompatível com a honra, a dignidade e decoro de suas funções”. Alguém tem definição melhor para o que Gilmar vem fazendo?
Até quando, Catilina, abusarás da nossa paciência?
Por quanto tempo a tua loucura há de zombar de nós?
A que extremos se há de precipitar a tua desenfreada audácia?
Nem a guarda do Palatino, nem a ronda noturna da cidade,
nem o temor do povo, nem a afluência de todos os homens de bem,
nem este local tão bem protegido para a reunião do Senado,
nem a expressão do voto destas pessoas, nada disto conseguiu perturbar-te?
Não te dás conta que os teus planos foram descobertos?
Não vês que a tua conspiração a têm já dominada todos estes que a conhecem?
Quem, dentre nós, pensas tu que ignora o que fizeste na noite passada e na precedente, onde estiveste, com quem te encontraste, que decisão tomaste?

Oh tempos, oh costumes!
"“Há uma dimensão totalitária quanto à linguagem e a instrumentalização da linguagem política. Não vejo como a esquerda possa reagir diante dessa ofensiva totalitária da mídia”, diz Laymert. “Snowden e Assange entenderam que o poder está na informação. Mais do que isso, entenderam que, ao contrário do Facebook, que fornece mais do mesmo e satisfaz o narcisismo das pessoas, o que importa é a informação que não se vê, que está oculta. No mundo atual, a informação real é a que não é exposta.”

Diante da sistemática ofensiva do oligopólio de comunicação, “não existe mais” cobertura (jornalística), no sentido de processar informações reais. “A mídia é parte ativa na criação de versões e ficções sobre o que acontece. O que é de fato real soçobra.”

Entre os veículos de comunicação que fazem parte da campanha contra o governo petista de Dilma Rousseff, Laymert considera a Folha de S. Paulo o mais sofisticado e eficiente na construção do discurso da negatividade.

“A Folha é a mais elaborada, porque eles estão há mais de 30 anos elaborando o discurso do ressentimento. Sempre, em qualquer momento em que há uma positividade, o discurso é negativo. Se a notícia é boa, existe o recurso: ‘mas…’”

A operação que se desenvolveu nos últimos meses para proteger o presidente da Câmara dos Deputados, Eduardo Cunha (PMDB-RJ), que poderia ser o condutor do impeachment desejado pela direita do país, para o sociólogo, é absurda.

“Ele (Cunha) está apodrecendo todos os dias e não cai. Como é possível construir essas redes de proteção? Os ladrões estão gritando ‘pega ladrão’ para quem não é ladrão.”

O grande problema, para Laymert, é que “o outro lado não consiga responder”. Segundo a análise, “estamos vivendo um fenômeno complicado para o qual a esquerda não tem respostas”.

Ele diz que desde os anos 1980 observa a dificuldade da esquerda em compreender a questão midiática.

Um dos principais erros de líderes petistas foi acreditar que, quando o PT chegasse ao poder, haveria uma “troca de sinal” e os meios de comunicação passariam a ser mais benevolentes com os esquerdistas. Mas o que se viu foi o contrário. “Uma vez no poder, a esquerda tem uma atitude ao mesmo tempo de submissão e fascínio pelos meios de comunicação.”"

Laymert Garcia dos Santos

sábado, 19 de dezembro de 2015

Sussurros - A vida privada na Rússia de Stálin

"Sussurros revela as histórias ocultas de famílias soviéticas comuns que viveram sob a tirania de Stálin. Muitos livros descrevem os aspectos externos desse período - as prisões e os julgamentos, as escravizações e os assassinatos no Gulag -, mas este é o primeiro a explorar com profundidade sua influência na vida de quem sofreu as opressões stalinistas. Como o povo soviético conduzia sua vida privada durante o governo de Stálin? O que as pessoas realmente pensavam e sentiam? Que tipo de cotidiano era possível nos apartamentos comunais abarrotados, onde quartos eram divididos por uma família inteira- às vezes até por mais de uma- e as conversas podiam ser ouvidas no cômodo ao lado? O que significava a vida privada quando o Estado controlava quase todos os aspectos dela por meio da legislação, da vigilância e da ideologia?"

Sussurros - A vida privada na Rússia de Stálin

Autor: Orlando Figes - Editora Record
Quando vejo as críticas e solicitações referentes à existência do bolsa-família:eu penso: o que podem fazer 70 e poucos reais para resolver o problema de segurança alimentar? Aí acrescento ao raciocínio iniciado, a seguinte questão: quem come três ou quatro vezes ou cinco ou dez, por obra de deus ou do pai não presente ou da mãe chata: não valoriza segurança e não deve entender o que é alimentar. Quem passou restrições e de alguma forma(como comigo aconteceu) superou uma ou outra ou outras dificuldades, poderia questionar: devem fazer como eu fiz. É neste exato momento que eu penso: ruminar pequenezas nos faz grandes? Leio notícias de países nórdicos pensando: Daremos um salário(em euros) para nosso povo e eles vão decidir e trabalhar.e por não comer couve e arrotar faisão:eu considero e considero e admiro: que com a barriguinha cheia de arroz e feijão, grande da população esquecida, sobrepujada e coberta de humilhação:sempre vá adiante. e não é só no nordeste e norte e adjacências:há muita desigualdade e miséria superada aqui no sul também. Desigualdade social é um presente do capitalismo, não importa a região.



 Julio Urrutiaga Almada


Complicado analisar a substituição de Joaquim Levy por Nelson Barbosa. Isso, porque a economia é uma ciência difícil, que não está ao alcance da grande maioria - e também porque as crises econômicas acabam sabe-se lá por quê. Difícil, na maior parte dos casos, dizer que acabaram porque foi feita a "lição de casa" (ortodoxia: cortes, recessão supostamente produzida e de curto prazo, algum desemprego) ou porque se apostou no consumo (heterodoxia: Keynes, distributivismo, mais despesas estatais). Há histórias de sucesso (heterodoxia: Lula) e de fracasso para sustentar qualquer das teses.
Honra se faça a Levy. Veio para um governo do qual discordava (teve simpatia por Aécio), tentar consertar uma economia que se estava quebrada não era por sua culpa. Aguentou um ano, ouviu o que quis e não quis. Do pouco contato que tive com ele e do que li e ouvi, digo que foi leal, e isso num momento difícil. Não sei quanto isso lhe custou pessoalmente.
Para os que vão "acusá-lo" de tucano, lembrem que foi menos tucano do que Henrique Meireles, que Lula colocou em seu governo e que era sugerido para o lugar de Levy.
O problema é que, passado um ano, a economia não melhorou. Isso foi por excesso ou falta de Levy? Precisava de mais ortodoxia - ou de nenhuma? A economia não é uma ciência tão exata que permita uma resposta definitiva.
Nelson Barbosa: está sendo atacado. Mas não é gastador. Sua vantagem é que tem conhecimento de dentro do governo. Sabe, sobre as políticas públicas, quais vai custar mais caro abolir do que manter. Falta dinheiro, ele sabe disso, não liberava fácil para o MEC (na minha experiência). Mas, quando realmente precisava, se esforçava por ter o dinheiro.

Porque, em certos casos, você cortar sai contraproducente. P ex, se o Mais Médicos/expansão de vagas nas universidades federais está todo pronto, mas falta contratar um certo número de professores, precisa contratá-los, se não vc esteriliza o dinheiro já investido.

Renato Janine Ribeiro

sexta-feira, 18 de dezembro de 2015

Se quisermos entender o comportamento de Joaquim Barbosa e de Fachin, Ministros indicados ao STF pelo PT, precisamos entender a dimensão do "câmbio moral" de algumas pessoas, com origens subalternas, em suas trajetórias de ascensão social, política e institucional. Esta é a problemática desenvolvida plenamente nos romances de Machado de Assis. Todas as pessoas e personagens iniciais atravessam fronteiras sociais e aceitam o jogo da dissimulação, para serem aceitas nas esferas superiores da mesma sociedade, dentro das regras sociais e institucionais dos dominantes.

Ricardo Costa de Oliveira 


A próxima vez que alguém me vier falar em meritocracia vou mandar nascer em Soweto, Capão Redondo ou Vidigal na década de 60 e se tornar médico, engenheiro nuclear ou Steve Jobs em 25 anos.

Otto Leopoldo Winck
"Vocês ficam criticando a PM porque ela diz que tinha menos pessoas do que pudemos ver nas manifestações. Absurdo. Até parece que vocês não sabem que o conceito de 'pessoa' que a PM admite é bem, bem restrito. Gente de camiseta vermelha ou falando em democracia, por exemplo, não conta - não é "pessoa" no sentido pleno. É alvo." 

Tarso de Melo

Dia da Hipocrisia


Dia 15 de outubro é o famoso dia dos professores. Um dia que é mais comemorado pelos alunos e professores por não ser um dia de trabalho na escola do que por qualquer outra coisa. Um dia que serve mais para a sociedade mandar mensagens de apoio aos professores do que realmente valorizar a profissão. Isso significa que o dia dos professores é mais uma valorização da boca pra fora do que uma valorização efetiva. Pois é mais fácil criar um dia dos professores do que dar estrutura adequada para uma escola, assim como é mais fácil mandar uma mensagem de apoio por ano do que prestar atenção na aula do professor ou realizar as atividades propostas por ele. Daí que o dia 15 de outubro é também o dia da hipocrisia.
Mas qual é causa desta hipocrisia? No Brasil, o professor não é valorizado porque a busca pelo conhecimento não é valorizada. De modo geral, a busca de conhecimento é a busca pelo domínio de conceitos e técnicas mais eficazes para resolver os problemas que nos aparecem, seja eles de ordem conceitual ou de ordem prática. Por exemplo, a busca pelo conhecimento serve: para decidir se a liberdade é mais importante que a igualdade dentro de uma sociedade; para saber se determinada espécie animal pode ser considera em processo de extinção, para decidir se a soja transgênica é mais rentável que a soja orgânica, para decidir se o tempo de um semáforo deve ser maior para pedestres do que para carros e bicicletas, etc. Pode ser entre amigos, pode ser na Assembléia Legislativa ou numa empresa, a busca pelo conhecimento é vista como algo desnecessário e aborrecedor. Assim, sempre que precisamos fazer escolhas, o conhecimento é sempre considerado algo secundário.
Numa roda de conversa entre amigos ou entre colegas de trabalho, muitas vezes em que a conversa tende a ser mais sofisticada e razoável, insatisfações são manifestadas. Isso porque a busca pelo conhecimento é inseparável da critica e controvérsia, de modo que a conversa ou o debate é mais trabalhoso e difícil. Mas a insatisfação não ocorre apenas pela dificuldade, mas também porque é considerada inútil. É comum dizer que tais conversas não “levam à nada”.
Nos gabinetes, câmaras e assembleias políticas, quase todas ações em prol do ensino são condicionadas à falta de urgências em prol de outras áreas. Por exemplo,  só constrói mais salas de aula ou contrata mais professores se não tiver urgências para a Secretaria de Meio Ambiente ou de Minas e Energia. Entre reformar uma escola e doar dinheiro para uma ONG que apoia um político ou governo é óbvio que a ONG tem preferência. Entre manter um ministro competente para o cargo e colocar um companheiro de luta política, a segunda opção é a eleita.
Até mesmo nas escolas a busca pelo conhecimento não é prioridade. Entre escolher se o notebook da escola vai ser usado em sala de aula para os professores utilizarem o data show ou se vai ser usado pela direção, a escolha sempre é para o uso da direção. Este ano em muitas escolas estaduais do Paraná, para citar outro exemplo, a comunidade escolar (inclusive professores) escolheu implantar a sexta aula para readequar o calendário após o período de greve. A justificativa foi as matrículas universitárias dos alunos de terceiro ano e a manutenção das férias, não foi a qualidade do ensino. Se as escolas estaduais não têm condições de ter cinco aulas, devido as péssimas condições de trabalho, tem menos condição ainda de ter seis aulas.
Estes casos mostram também que nós professores e comunidade escolar como um todo não fazemos escolhas melhores que as dos políticos. Muitas vezes é difícil julgar qual caminho tomar, e, no calor das circunstâncias, tendemos a tomar o caminho mais fácil. É assim que subvertemos prioridades. Nem todas as ações dos políticos brasileiros são resultado de má fé. Devido às circunstâncias, como pessoas falíveis e com necessidades particulares, os políticos acabam optando por ações que marginalizam a busca pelo conhecimento, assim como nós também marginalizamos a busca pelo conhecimento.
Ora, se a busca pelo conhecimento não é valorizada, o profissional desta atividade também não será valorizado. Se hoje é inútil utilizar uma máquina de escrever, também é inútil a necessidade de datilógrafos. A questão é que o mundo inteiro valoriza a busca pelo conhecimento, tendo a necessidade de valorizar os profissionais desta área. Mais que um folclore ou devoção religiosa, a valorização dos professores é uma necessidade social. Por isso, não basta tratar o dia do professor como se trata do dia do Papai Noel ou se trata do dia de uma entidade divina. Mais que admirações, devoções e preservação de costume, a profissão docente precisa ter suas funções e seus objetivos respeitados. Quem está disposto a respeitar?

Thiago Melo

Liberalismo, igualitarismo, direita, esquerda, individualismo…



A confusão sobre as perspectivas políticas nunca foi tão grande. É natural que isso ocorra, pois tem surgido na história cada vez mais posições ou matizes de posições já existentes. Tentarei fazer um breve quadro destas posições.

A direita é a perspectiva política que acredita que a natureza humana é ruim. Por essa razão, são conservadores. Dado a nossa natureza, não devemos nos aventurar em novas práticas e valores e devemos tomar os devidos cuidados para evitar que a sociedade vire uma guerra de todos contra todos.

A esquerda é a perspectiva política que acredita que a natureza humana é boa. Em vista disso, são progressistas. Dado a nossa natureza, podemos aceitar novas práticas e valores sem prejuízo para o desenvolvimento da sociedade.

Liberalismo é a perspectiva política que acredita que o valor fundamental de uma sociedade é a liberdade individual. Essa é a liberdade onde se permite a cada pessoa decidir sobre aquilo que diz respeito somente a ela.

Igualitarismo é a perspectiva política que acredita que o valor fundamental de uma sociedade é a igualdade em bens sociais. Essa igualdade é a oportunidade aos bens próprios de uma sociedade (aqueles que só existem dentro e por causa de uma sociedade) para todas as pessoas.
Individualismo é a perspectiva política que defende que os direitos pessoais estão acima dos direitos comuns, como, por exemplo, o direito de não estudar está acima do direito de estudar.
Comunitarismo é a perspectiva política que defende que as práticas e ideais comuns estão acima dos direitos pessoais. Neste caso, os direito à educação pode se encaixar como ideal comum.

Há ainda outras posições, mas estas são hoje as centrais. É importante notar também que as posições citadas não são únicas, ou seja, não há apenas uma concepção de direita ou uma só igualitarista. Há graduação nestas posições, podendo, por exemplo, ser de esquerda mais radical (comunista, que é diferente de comunitarista) ou mais central (socialista). Além do mais, uma vez que não são incompatíveis, pode-se ser um liberalista de esquerda ou um igualitarista de direita; um liberalista de direita individualista ou um liberalista de esquerda comunitarista. O que se deve evitar são inconsistências. Por exemplo, dizer que é um liberalista e não aceitar o aborto sobre qualquer circunstância. Pois estaria violando o princípio liberal.

Referências:

Filosofia moral e política. Paul Smith. Madras.
Filosofia. (Org.) Pedro Galvão. Edições 70.
Introdução à filosofia política. Jonathan Wolf. Gradiva.
Janelas para a filosofia. Desidério Murcho e Aires Almeida. Gradiva.

Justiça. Michael Sandel. Civilização Brasileira.

Thiago Melo

Critica Lógica

O’Brien também não está brincando


Numa carta, Maquiavel disse o seguinte: “Basta ler O Príncipe para perceber que nos quinze anos que me dediquei aos assuntos do Estado nem dormi nem brinquei”. O que tiro desta frase é que Maquiavel, quando foi secretário de Estado, não via seu trabalho como um passatempo e parece ter procurado fazer seu melhor. Ele parece ter aproveitado o máximo sua experiência para aprender e procurar melhorar.
Numa leitura do livro Introdução à Teoria do Conhecimento, de Dan O’Brien, leio um trecho que me fez lembrar a frase de Maquiavel. Pois percebi a preocupação do autor em procurar um jeito de ensinar por um caminho mais sólido. E provavelmente isso ocorreu por suas experiências em sala de aula.

Aqui vai o trecho:

“… dei-me conta de que começar com o cepticismo pode promover um certo tipo de atitude pouco construtiva. Se nos deixarmos persuadir pelos argumentos cartesianos — e não conseguirmos encontrar uma maneira de os rebater —, correremos o risco de não levar a teoria do conhecimento a sério: ‘Se não podemos aceder ao conhecimento, então, qual o interesse em estudar tal noção?’ Neste livro, no entanto, iremos investigar conceitos como percepção, testemunho e justificação num sentido que nos permita ver como eles fundamentam o conhecimento, um conhecimento que se presume possuirmos. À medida que formos progredindo no livro, as preocupações cépticas começarão a insinuar-se, assumindo plena expressão na parte IV. Por esta altura, no entanto, teremos adquirido uma concepção rica das noções epistemológicas relevantes, o que nos permitirá não só compreender melhor o cepticismo, como descobrir a melhor maneira de o contrariar”. (p. 29)

Referências:

Dicionário dos Filósofos. Denis Huisman. Martins Fontes.
Introdução à Teoria do Conhecimento. Dan O’Brien. Gradiva.

Thiago Melo

Critica Lógica


De la sed



Quitadme incluso el mar;
incluso el apretado cauce de los arroyos,
las acequias ruidosas de insectos, los estanques
donde los peces muerden la soledad del agua;
quitadme la tormenta,
los carriles de lluvia resbalando en el vidrio,
el rocío que preña de gotas los jarales,
la humedad de la noche lastimando los trigos.
Quitadme incluso el mar.

(La única sed que temo es la sed de su boca.)

 de Josefa Parra

El grande de España


Honoré de Balzac

En el momento de la expedición emprendida en 1823-4 por el rey Luis XVIII para salvar a Fernando VII del régimen constitucional, yo me encontraba por casualidad en Tours, camino de España. La víspera de mi marcha, fui al baile en casa de una de las mujeres más amables de esta ciudad en la que, como es sabido, se divertían más que en ninguna otra capital de provincia; y poco antes del souper, pues se soupe aún en Tours, me uní a un grupo de tertulianos en medio del cual, un señor que me resultaba desconocido, contaba una aventura.

El orador, llegado muy tarde al baile, había cenado, según creo, en casa del recaudador general. Al entrar se había incorporado a una mesa de écarté; luego, tras haber pasado varias veces, para alegría de sus contrincantes cuyo equipo perdía, se había levantado, vencido por un subteniente de carabineros; y, para consolarse, había participado en una conversación sobre España, tema habitual de mil disertaciones.

Durante el relato, examiné con un interés involuntario el rostro y la persona del narrador. Era uno de esos seres de mil rostros que se parecen a tantos tipos que el observador queda indeciso, y no sabe si tiene que incluirlos entre las personas de genio modestas o entre los intrigantes subalternos. En primer lugar, estaba condecorado con la cinta roja; pero ese símbolo demasiado prodigado, ya no prejuzga nada a favor de nadie; tenía una chaqueta verde, y a mí no me gustan las chaquetas verdes en un baile, cuando la moda aconseja a todo el mundo llevar traje negro; además llevaba pequeñas hebillas metálicas en los zapatos, en lugar de lazos de seda; su pantalón era de un casimir horriblemente desgastado, y su corbata estaba mal puesta; en definitiva, vi que no le daba demasiada importancia al atuendo ¡podía ser un artista!

Sus gestos y su voz tenían un no sé qué vulgar, y su rostro, presa de los rubores que el trabajo de la digestión le imprimía, no realzaba por ningún rasgo sobresaliente el conjunto de su persona; tenía la frente despejada y poco cabello en la cabeza. De acuerdo con todos esos diagnósticos, dudaba en hacer de él un consejero de prefectura, o un antiguo comisario de guerra; pero, al verlo posar la mano sobre la manga de su vecino de manera magistral, lo incluí en la categoría de los escribanos, los burócratas y sus compinches. Finalmente estuve completamente convencido de mi observación cuando noté que sólo era escuchado por su historia; ninguno de los oyentes le concedía esa atención sumisa y esas miradas complacientes que son privilegio de las personas muy consideradas. No sé si pueden imaginarse al hombre, llenándose la nariz con tomas de rapé, hablando con la rapidez de las personas con prisa por terminar su discurso por miedo a que se les abandone; por lo demás, expresándose con gran facilidad, contando bien las cosas, dibujando de un trazo, y jovial como un bufón de regimiento. Para evitarles el tedio de las digresiones, me permito trasvasar su historia a un estilo narrativo y añadirle ese toque didáctico necesario a los relatos que, de la charla informal pasan al estado tipográfico.

Algún tiempo después de su entrada en Madrid, el gran duque de Berg invitó a los principales personajes de esta ciudad a una fiesta francesa ofrecida por el ejército a la capital recién conquistada. Pese al esplendor de la gala, los españoles no se mostraron en ella muy risueños; sus mujeres bailaron poco; en definitiva, que los invitados jugaron y perdieron o ganaron mucho. Los jardines del palacio estaban bastante espléndidamente iluminados como para que las damas pudieran pasearse por ellos con tanta seguridad como lo habrían hecho en pleno día... La fiesta era imperialmente bella, y no se escatimó nada con el fin de darle a los españoles una elevada idea del emperador, si querían juzgarlo a partir de sus lugartenientes. En un bosquecillo cercano al palacio, entre la una y las dos de la mañana, algunos militares franceses charlaban del desarrollo de la guerra, y del futuro poco tranquilizador que auguraba la actitud misma de los españoles presentes en aquella pomposa fiesta.

-¡Caray! -dijo un francés cuyo traje indicaba que era médico jefe de algún cuerpo del ejército- ayer le solicité formalmente mi regreso a Francia al príncipe Murat. Sin tener precisamente miedo de dejar mis huesos en la península, prefiero ir a curar las heridas producidas por nuestros buenos vecinos alemanes; sus armas no penetran tanto en el torso como los puñales castellanos... Además, el miedo a España es para mí como una superstición... Desde mi infancia he leído libros españoles, un montón de aventuras sombrías y mil historias de este país, que me han predispuesto intensamente contra las costumbres de sus habitantes... ¡Pues bien!, desde nuestra entrada en Madrid, ya he podido ser si no protagonista, al menos cómplice de una peligrosa intriga, tan negra, tan oscura como puede serlo una novela de lady Radcliffe... Y como creo bastante en mis presentimientos, desde mañana mismo me largo... Murat no me negará sin duda el permiso; pues nosotros, gracias a los servicios secretos que prestamos, tenemos protecciones siempre eficaces...

-Puesto que te das a la fuga, ¡cuéntanos al menos tu aventura! -exclamó un coronel, viejo republicano que se preocupaba muy poco del lenguaje y de las adulaciones imperiales.

Entonces, el médico miró atentamente a su alrededor, pareció querer reconocer los rostros de quienes le rodeaban y, seguro ya de que no había ningún español cerca de él, dijo:

-Puesto que somos todos franceses... con mucho gusto, coronel Charrin... Hace seis días -prosiguió- regresaba tranquilamente a mi alojamiento hacia las once de la noche, después de haber dejado al general Latour, cuyo hotel se encuentra a unos pasos del mío, en mi misma calle; salíamos los dos de casa del ordenador de pagos, donde habíamos tenido una berlanga bastante animada... De repente, en la esquina de una calleja, dos desconocidos, o más bien dos diablos, se lanzaron sobre mí y me cubrieron la cabeza y los brazos con una capa... Grité, pueden creerlo, como un perro apaleado; pero el paño ahogó mi voz, luego fui llevado en un vehículo a gran velocidad; y cuando mis acompañantes me libraron de la dichosa capa, oí una voz de mujer y estas inquietantes palabras dichas en un mal francés:

-Si grita o hace ademán de escapar, si se permite el menor movimiento sospechoso, el señor que está delante de usted es capaz de apuñalarlo sin escrúpulos. Por lo tanto, manténgase tranquilo. Ahora voy a explicarle la causa de su secuestro... Si se molesta en tender su mano hacia mí, encontrará entre nosotros dos su instrumental de cirugía que hemos mandado a buscar a su casa, de su parte; sin duda, le será necesario. Lo llevamos a una casa donde su presencia es indispensable... Se trata de salvar el honor de una dama. En este momento está a punto de dar a luz un hijo de su amante, a espaldas de su marido. Aunque éste se separa poco de su mujer de la que está apasionadamente enamorado y que la vigila con toda la atención de los celos españoles, ella ha sabido ocultarle su embarazo. Él cree que se encuentra enferma. Le llevamos para que la asista en el parto. Por lo que, como ve, los peligros de la empresa no le conciernen; sólo tiene que obedecernos; si no lo hace, el amante de la dama, que está sentado frente a usted en el coche y que no sabe ni una palabra de francés, lo apuñalará a la menor imprudencia...

-Y ¿quién es usted? -dije buscando la mano de mi interlocutora, cuyo brazo estaba envuelto en la manga de una chaqueta de uniforme...

-Yo soy la camarera de la señora, su confidente; y estoy totalmente dispuesta a recompensarlo personalmente, si se presta galantemente a las exigencias de nuestra situación.

-¡Con mucho gusto! -dije viéndome embarcado a la fuerza en una aventura peligrosa.

Entonces, aprovechando la oscuridad, quise comprobar si la cara y las formas de la camarera estaban en armonía con las ideas que los sonidos, ricos y guturales, de su voz me habían inspirado... La camarera se había sometido por anticipado sin duda a todas las eventualidades de aquel singular rapto, pues guardó el más complaciente de los silencios, y el vehículo no había rodado más de diez minutos por Madrid cuando recibió y me devolvió un apasionado beso. El señor que llevaba enfrente no se molestó por algunos puntapiés que le propiné de forma involuntaria; pero como no comprendía el francés, supongo que no les prestó atención.

-Sólo puedo ser su amante con una condición -me dijo la camarera como respuesta a todas las bobadas que yo le recitaba, llevado por el calor de una pasión improvisada, para la que todo eran obstáculos.

-¿Cuál?

-Que no intentará nunca saber a quién pertenezco... Si voy a su casa, será de noche y me tendrá que recibir a oscuras.

Nuestra conversación se encontraba en ese punto cuando el vehículo llegó cerca de la tapia de un jardín.

-¡Déjeme taparle los ojos!- me dijo la camarera-; se apoyará en mi brazo y yo misma lo guiaré.

Luego me colocó sobre los ojos y me anudó fuertemente detrás de la cabeza un pañuelo muy tupido. Oí el ruido de una llave colocada con precaución en la cerradura de una puertecilla sin duda por el silencioso amante que había estado frente a mí; y pronto, la doncella de cuerpo arqueado, que tenía cierto meneo al andar, me condujo, a través de las avenidas enarenadas de un gran jardín, hasta un determinado lugar donde se detuvo. Por el ruido que hicieron nuestros pasos, supuse que nos encontrábamos delante de la casa.

-¡Ahora, guarde silencio! -me dijo al oído- y preste mucha atención... No pierda de vista ni una sola de mis señales, pues no podré ya hablarle sin peligro para los dos, y en este momento se trata de salvarle a usted la vida. -Luego añadió con voz más alta-: La señora está en una habitación de la planta baja; para llegar hasta allí, tendremos que pasar por la habitación y delante de la cama de su marido; por lo que no tosa, ande con cuidado, y sígame atentamente para no golpear ningún mueble o poner los pies fuera de la alfombra que he dispuesto para nuestros pasos...

En ese momento, el amante gruñó sordamente, como alguien impacientado por tantos retrasos. La camarera se calló; oí abrir una puerta, percibí el aire cálido de un apartamento y avanzamos con cautela, como ladrones en expedición. Por fin, la suave mano de la camarera me quitó la venda. Me encontré en una habitación grande, alta y mal iluminada por una única lámpara humeante. La ventana se encontraba abierta, pero había sido protegida por gruesos barrotes de hierro por el marido celoso; fui arrojado en ella como a un callejón sin salida.

En el suelo, y sobre una estera, se encontraba una magnífica mujer, cuya cabeza estaba cubierta por un velo de muselina, pero a través del cual sus ojos llenos de lágrimas brillaban con todo el esplendor de las estrellas. Oprimía con fuerza un pañuelo de batista sobre la boca, y lo mordía tan vigorosamente que sus dientes lo habían desgarrado y habían penetrado a medias en él... No he visto jamás cuerpo más bello, pero ese cuerpo se retorcía de dolor como se retuerce una cuerda de arpa que se arroja al fuego. La desgraciada había formado dos arbotantes con sus piernas apoyándolas sobre una especie de cómoda; y con las dos manos, se agarraba a los palos de una silla estirando los brazos, cuyas venas estaban horriblemente hinchadas. Se parecía a un criminal en las angustias del potro... Por lo demás, ni un grito, ni ningún otro ruido que no fuera el sordo crujido de sus huesos, y nosotros estábamos allí, los tres mudos e inmóviles... Los ronquidos del marido resonaban con constante regularidad...

Quise ver a la camarera, pero se había vuelto a poner la máscara de la que se había deshecho, sin duda, durante el trayecto y sólo pude ver dos ojos negros y formas muy pronunciadas que abombaban su uniforme. El amante estaba también enmascarado. Cuando llegó, arrojó unas toallas sobre las piernas de su amante, y dobló sobre el rostro el velo de muselina.

Una vez que hube observado concienzudamente a aquella mujer, reconocí por ciertos síntomas antaño observados en una muy triste circunstancia de mi vida, que el bebé estaba muerto; entonces me incliné hacia la camarera para informarle de la situación. En ese momento, el desconfiado desconocido sacó su puñal; pero tuve tiempo de decírselo todo a la doncella, que le dijo dos palabras en voz baja. Al oír mi pronóstico, el amante tuvo un ligero escalofrío que le subió de los pies a la cabeza como un relámpago, y me pareció ver palidecer su rostro bajo la máscara de terciopelo negro. La doncella, aprovechando un momento en el que este hombre desesperado miraba a la moribunda que se ponía morada, me indicó con un gesto los dos vasos de limonada servidos sobre una mesa, y me hizo un gesto negativo. Comprendí que debía abstenerme de beber, pese al horrible calor que me hacía sudar. De repente, el amante, que sin duda tenía sed, tomó uno de los vasos, y se bebió más o menos la mitad de la limonada que contenía.

En ese momento, la dama tuvo una violenta convulsión que me indicaba el momento favorable a la crisis, y, cogiendo mi lanceta, la sangré apresuradamente en el brazo derecho con bastante fortuna. La camarera recogió con toallas la sangre que brotaba abundantemente; luego la desconocida entró en un abatimiento propicio para mi operación... Me armé de valor, y tras una hora de trabajo, logré extraer al bebé en trozos. El español, que no pensaba ya en envenenarme, comprendiendo que acababa de salvar a su amante, lloraba bajo su máscara y, en ocasiones, gruesas lágrimas caían sobre su capa.

Por lo demás, la mujer no lanzó ni un grito, pero seguía mordiendo el pañuelo, temblaba como un animal salvaje cercado, y sudaba gruesas gotas. En un instante horriblemente crítico, hizo un gesto para indicar la habitación de su marido; el marido acababa de darse la vuelta; y, de los cuatro, era la única que había oído el roce de las sábanas, el ruido de la cama o de las cortinas. Nos detuvimos, y a través de los agujeros de sus máscaras, la camarera y el amante se lanzaron miradas de fuego...

Aprovechando esta especie de tregua, tendí la mano para coger el vaso de limonada que el desconocido había empezado; pero él, creyendo que iba a beber de alguno de los vasos llenos, saltó con la agilidad de un gato, y colocó su largo puñal sobre los dos vasos envenenados. Me dejó el suyo, haciendo un gesto con la cabeza para decirme que me tomara el resto. Había tantas cosas, tantas ideas, tanto sentimiento, en aquel gesto y en su vivo movimiento, que le perdoné casi las atroces combinaciones meditadas para matar y enterrar cualquier tipo de huella de aquellos acontecimientos. Me dio la mano cuando acabé de beber; luego, tras haber dejado escapar un movimiento convulsivo, envolvió personalmente con todo cuidado los restos de su hijo; y cuando, después de dos horas de cuidados y miedos, la camarera y yo recostamos a su amante, me apretó de nuevo las manos y, sin que yo lo supiera, introdujo en mi bolsillo una suma importante. Entre paréntesis, como yo ignoraba el suntuoso regalo del español, mi criado me robó aquel tesoro dos días después, y huyó provisto de una verdadera fortuna. Le dije al oído a la doncella las precauciones que había que tomar; luego le manifesté el deseo de que me dejaran libre. La camarera permaneció junto a su señora, circunstancia que no me tranquilizó en exceso; pero decidí mantenerme alerta. El amante hizo un paquete con el cuerpo del bebé muerto y la ropa teñida por la sangre de su amante; luego lo apretó fuertemente, lo ocultó bajo su capa; y, pasándome la mano sobre los ojos como para decirme que los cerrara, salió delante de mí invitándome con un gesto a que me agarrara a un faldón de su traje; lo que hice, no sin echarle una última mirada a la camarera. Ésta se quitó la máscara al ver que el español había salido, y me mostró el rostro más bello del mundo.

Crucé los apartamentos siguiendo al amante; y cuando me encontré en el jardín, al aire libre, confieso que respiré como si me hubieran quitado un enorme peso del pecho. Caminaba a una distancia respetuosa de mi guía, observando sus menores movimientos con la mayor atención.

Una vez llegados a la puertecilla, me cogió de la mano, y puso sobre mis labios un sello, montado en una sortija, que yo le había visto en un dedo de la mano izquierda. Comprendí todo el significado de aquel gesto elocuente. Salimos a la calle y, en lugar del vehículo, había dos caballos esperándonos. Montamos cada uno en un animal; el español cogió mi brida, la sujetó con la mano izquierda, cogió entre los dientes la brida de su montura, pues tenía el sangriento paquete en la mano derecha, y partimos con la rapidez del relámpago. Me fue imposible observar el menor objeto que pudiera servirme para reconocer la ruta que recorrimos. Al amanecer, yo me encontré cerca de mi puerta, y el español escapó, dirigiéndose hacia la puerta de Atocha.

-¿Y no vio usted nada que pudiera hacerle sospechar de qué dama se trataba? -preguntó un oficial al médico.

-Una sola cosa... -dijo-. Cuando sangraba a la desconocida, observé en su brazo, más o menos a la mitad, una pequeña verruga, del tamaño de una lenteja, rodeada de pelos oscuros... El palacio me pareció magnífico, inmenso; la fachada no se acababa nunca...

En ese momento, el indiscreto cirujano se detuvo, pálido. Todos los ojos fijos en los suyos siguieron la misma dirección; y los franceses vieron a un español envuelto en una capa, cuya mirada de fuego brillaba en la oscuridad, en medio de un bosquecillo de naranjos donde se mantenía de pie. El oyente desapareció de inmediato con una rapidez de silfo, cuando un joven subteniente se lanzó tras él.

-¡Caramba! Amigos míos -exclamó el médico- esos ojos de basilisco me han dejado helado. Oigo campanas; les digo adiós o me enterrarán aquí.

-¡No seas tonto! -dijo el coronel Charrin-, Lecamus ha seguido al espía, él sabrá darnos razón del mismo.

-¿Qué ha pasado Lecamus? -preguntaron los oficiales, al ver regresar jadeante al subteniente.

-¡Al diablo! -respondió Lecamus-. Creo que ha pasado a través de las murallas; y, como no creo que sea un brujo, sin duda es de la casa; conoce los pasadizos, los rodeos, y se me ha escapado fácilmente.

-¡Estoy perdido! -dijo el cirujano con voz taciturna.

-¡Vamos!, tranquilízate -contestaron los oficiales; te acompañaremos por turnos en tu casa hasta que te marches... y, por esta noche, te acompañamos todos.

Efectivamente, tres jóvenes oficiales, que habían perdido su dinero en el juego y no sabían qué hacer, recondujeron al médico a su alojamiento, y se ofrecieron a permanecer con él, lo que éste aceptó.

Dos días después, había obtenido su regreso a Francia, y hacía todos los preparativos para marcharse con una dama a la que Murat le había proporcionado una gran escolta. Acababa de cenar en compañía de sus amigos, cuando su criado vino a avisarle que una mujer joven quería hablar con él. El cirujano y los tres oficiales bajaron de inmediato; pero la desconocida sólo pudo decir: «¡Tenga cuidado!» Y cayó muerta. Era la camarera que, sintiéndose envenenada, esperaba llegar a tiempo para salvar al médico. El veneno la desfiguró por completo.

-¡Demonios! ¡demonios! -exclamó-. ¡A eso se le llama amor! ¡Sólo una española es capaz de correr con un monstruo de veneno en el estómago!

El médico permanecía singularmente pensativo. Finalmente, para ahogar los siniestros presentimientos que le atormentaban, volvió a la mesa y bebió inmoderadamente, lo mismo que sus compañeros; luego, medio ebrios, se acostaron temprano. En mitad de la noche, el médico fue despertado por el chirrido que hicieron los aros de las cortinas violentamente corridas sobre sus varillas. Se incorporó, presa de esa trepidación mecánica de todas las fibras que se adueña de nosotros en un momento de despertar súbito. Entonces vio delante de él a un español envuelto en su capa. El desconocido lanzaba la misma mirada ardiente que la que había salido de entre la vegetación durante la fiesta y por la que se había quedado tan impactado. El cirujano gritó: «¡Socorro!... A mí, amigos míos» Pero a esa llamada de auxilio, el español contestó primero con una risa amarga: «El opio crece para todo el mundo». Y, después de esa especie de sentencia, le mostró a sus tres amigos profundamente dormidos; y, sacando bruscamente de debajo de su capa un brazo de mujer recién cortado, se lo presentó al médico, mostrándole una señal similar a la que él había descrito tan imprudentemente: «¿Es la misma?» preguntó. Al resplandor de un farol colocado sobre la cama, el cirujano, helado de espanto, contestó con un gesto afirmativo y, sin más información, el marido de la desconocida le hundió el puñal en el corazón.

-Este cuento es furiosamente pardo -dijo uno de los oyentes- pero es más inverosímil todavía; porque ¿puede explicarme cuál de los dos le contó la historia, el muerto o el español?

-Señor -contestó el narrador, molesto por la observación-, como afortunadamente la puñalada que recibí en lugar de deslizarse hacia la izquierda lo hizo hacia la derecha, supongo que admitirá que yo conozca mi propia historia... le juro que hay aún algunas noches en las que veo en sueños aquellos dichosos ojos...

El cirujano en jefe se detuvo, palideció, y se quedó boquiabierto, en una verdadera crisis de epilepsia. Nos volvimos todos para mirar hacia el salón. En la puerta se encontraba un grande de España, uno de esos afrancesados en el exilio, que había llegado hacía quince días a Touraine con su familia. Aparecía por vez primera en sociedad y, como había llegado tarde, visitaba los salones, acompañado de su mujer cuyo brazo derecho permanecía inmóvil.

Nos separamos en silencio para dejar pasar a aquella pareja, que no vimos sin una emoción profunda. ¡Era un auténtico cuadro de Murillo! El marido tenía dos ojos de fuego en unas órbitas hundidas y ojerosas. Su rostro estaba demacrado, el cráneo sin cabello y el cuerpo de una delgadez extrema. La mujer... ¡imagínensela! No, porque no la pintarían como era. Tenía una estatura considerable; estaba pálida, pero era bella aún; su tez, por un privilegio inaudito para una española, era deslumbrante de blancura; pero su mirada caía sobre nosotros como una colada de plomo fundido... su hermosa frente, adornada con perlas y blanca, se parecía al mármol de una tumba; tenía sin duda una gran pena en el corazón... Era el dolor español en todo su esplendor... Es inútil añadir que el médico había desaparecido...

-Señora, -le pregunté a la condesa hacia el final de la velada- ¿en qué acontecimiento perdió usted el brazo?

-En la guerra de la Independencia -contestó.
FIN



Contes bruns, 1832

Traducción de Esperanza Cobos Castro





Biblioteca Digital Ciudad Seva

terça-feira, 15 de dezembro de 2015



Depois do retumbante fracasso das manifestações contra Dilma no domingo, eis que surge outra grande força de apoio favorável à Dilma: A FIESP declarar apoio ao impeachment só fortalecerá ainda mais o apoio ao governo. A sólida rejeição nacional de Eduardo Cunha e agora da burguesia paulista, lembrai-vos de 1932, garante segura sobrevida da Presidência de Dilma !

Ricardo Costa de Oliveira

O poder local e o coronelismo no Paraná

NEP - Núcleo de Estudos Paranaenses da UFPR

O poder local e o coronelismo no Paraná

Monica Helena Harrich Silva Goulart

Resumo

O presente artigo se propõe a analisar o fenômeno do coronelismo no estado do Paraná entre os anos de 1880 a 1930. Percebeu-se que o coronelismo paranaense ocorreu segundo a perspectiva de Vitor Nunes Leal, que o considera a partir da relação sistêmica de troca de favores entre os representantes do poder privado, os chamados coronéis (enfraquecidos), e o poder público, os governadores estaduais (cada vez mais fortalecidos). Para o coronel, a garantia de sua posição se dava pelo controle dos votos da população pobre e dependente, cuja maioria se encontrava no meio rural. São apresentados os elementos fundamentais para o entendimento de tal fenômeno através do mapeamento de suas estruturas formais, do arranjo do poder político partidário disciplinador e das práticas ilegais no momento das eleições, além da análise das trocas de favores que envolvia tal sistema. Para desenvolvimento da pesquisa, recorreu-se ao estudo de vários aspectos do tema: primeiramente, a discussão efetivamente teórica a respeito do próprio conceito de coronelismo, bem como a pesquisa empírica por meio de diversas fontes, como jornais, constituições estaduais e atas da Assembleia[1] Legislativa do Paraná.

[1] No Império chamava-se Assembleia Provincial, e na República, Congresso Legislativo.
http://ojs.c3sl.ufpr.br/…/inde…/nep/article/view/43262/26275