quarta-feira, 1 de outubro de 2014

Un miembro del Comité del Terror


Habíamos estado hablando de las glorias georgianas de nuestro anticuado balneario, que ahora, con sus resistentes edificios bermejos de oscuro ladrillo, estilo ochocientos, parece la acera de una calle de Soho o Bloomsbury transportada a la costa, y arranca una sonrisa al moderno turista, que no aprecia la solidez de construcción. El escritor, muy joven, asistía como mero oyente. La conversación derivó de temas generales a lo particular, hasta que la anciana señora H., que a los ochenta años conservaba perfecta la memoria que había tenido toda su vida, nos interesó unánimemente con la manifiesta fidelidad con que repitió una historia que le había sido relatada muchas veces por su madre, cuando nuestra anciana amiga era una niña; un drama doméstico muy relacionado con la vida de una conocida de su padre, cierta mademoiselle V., profesora de francés. Los incidentes ocurrieron en la ciudad cuando ésta se hallaba en el apogeo de su fortuna, por la época de nuestra breve paz con Francia de 1802 a 1803.

-La escribí en forma de historia hace algunos años, precisamente después de morir mi madre -dijo la señora H-. Está guardada ahora en mi escritorio.

-¡Léala! -dijimos nosotros.

-No -contestó ella-, hay mala luz y la recuerdo lo suficientemente bien, palabra por palabra, con adornos y todo.

No podíamos escoger, dadas las circunstancias, y ella empezó:

***

Dos personas intervienen; por supuesto, un hombre y una mujer, y fue un atardecer de septiembre cuando ella le vio por vez primera. No había habido tan gran aglomeración en La Explanada en toda la temporada. Había acudido Su Majestad el rey Jorge III, con todas las princesas y duques reales, y más de trescientas personas de la nobleza y de la clase distinguida se hallaban también por entonces en la ciudad. Carrozas y demás vehículos llegaban a cada minuto de Londres y de otras partes; y cuando se presentó entre ellos una vieja diligencia por un camino costero de Havenpool y tiró hacia una taberna de segundo orden, atrajo relativamente poco la atención.

Un hombre se apeó de aquel polvoriento vehículo, dejó temporalmente en la administración un reducido equipaje y echó a andar a lo largo de la calle, como en busca de alojamiento.

Tenía unos cuarenta y cinco años, tal vez cincuenta, y llevaba una larga levita de finísimo paño descolorido, con gran cuello y corbata. Parecía buscar la oscuridad. Sorprendido ante el gentío, preguntó a un aldeano que encontró en la calle qué era lo que pasaba, hablando como una persona a quien resultase difícil la pronunciación del inglés.

El campesino lo miró con algo de sorpresa y dijo:

-Está aquí el rey Jorge con su real familia.

El extranjero preguntó si iban a quedarse mucho tiempo.

-No sé, señor. Lo mismo que siempre, supongo.

-Y eso, ¿cuánto es?

-Hasta cualquier día de octubre. Desde el año 89 vienen veraneando aquí.

El extranjero se dirigió hacia la calle de Santo Tomás y se acercó al puente situado en el remanso del puerto, que entonces, como ahora, unía la vieja ciudad con la parte más moderna. Barrían aquel lugar los rayos de un sol bajo que iluminaba longitudinalmente el puerto y que, como el hombre miraba a poniente, brillaba en la parte inferior del ala de su sombrero y en sus ojos. En dirección contraria a la que él llevaba cruzaban las siluetas a contraluz, entre ellas la de aquella señora conocida de mi madre, mademoiselle V. Pertenecía a una buena familia francesa y era por entonces una mujer pálida, de veintiocho o treinta años, alta y de figura elegante, pero sencillamente vestida; llevaba  aquella tarde (según contó) un chal de muselina Bruzado sobre el pecho y atado atrás, con arreglo a la moda de la época.

Al contemplar el rostro de aquel hombre que, según acostumbraba ella a decirnos, resultaba desusadamente distinto bajo el sol poniente, no pudo menos de estremecerse de terror, pues algo terrible le relacionaba con su historia; y tras de dar algunos pasos más cayó desmayada sobre el parapeto del puente.

El caballero extranjero iba tan preocupado que apenas había reparado en ella, pero aquel extraño desvanecimiento atrajo inmediatamente su atención. Cruzó rápidamente la calzada, la levantó y la llevó a la tienda más próxima al puente, explicando que era una dama que se había puesto enferma en la calle.

Ella volvió pronto en sí, pero se mostró tan confusa, que el que había acudido en su ayuda se dio cuenta de que aún le inspiraba un temor que le impedía recobrar por completo el dominio de sí misma. Ella se dirigió al dueño de la tienda de una manera atropellada y nerviosa, pidiéndole que buscase un coche. El tendero lo hizo así, y mademoiselle V. y el extraño guardaron un silencio forzado mientras aquél estuvo ausente. Llegó el coche y, dando las señas al cochero, la joven entró en él y se alejó.

-¿Quién es esa dama? -preguntó el caballero recién llegado.

-Una compatriota de usted, según me atrevo a suponer -dijo el tendero. Y le contó que se trataba de mademoiselle V., institutriz en casa del general Newbold, en la misma ciudad.

-¿Hay aquí muchos extranjeros? -inquirió el caballero.

-Si., aunque la mayor parte de Hanover. Pero desde que se hizo la paz se estudia mucho el francés entre la buena sociedad y hay gran demanda de profesores franceses.

-Si, yo doy clases de ese idioma -afirmó el visitante-. Busco colocación en una academia.

La información facilitada por el tendero al francés no parecía explicar a este último nada de la conducta de su compatriota (que efectivamente lo era) y el extranjero abandonó la tienda y siguió de nuevo su camino sobre el puente y a lo largo del muelle sur, hacia la posada «Old Rooms», donde alquiló una habitación para dormir.

El recuerdo de la mujer que había demostrado tal agitación al verle se prolongaba naturalmente en el recién llegado. Aunque, según he dicho, no tenía mucho menos de treinta años, mademoiselle V., persona de su misma nación y de aspecto altamente refinado y delicado, había suscitado un singular interés en el pecho de aquel caballero de mediana edad; y sus grandes ojos oscuros, al abrirse y huir de él, habían exhibido una patética belleza a la que difícilmente hubiera podido permanecer insensible ningún hombre.

Al día siguiente, después de escribir algunas cartas, el extranjero se dirigió a la oficina «Guía» de información y al periódico, comunicando en ambos que había llegado un profesor de francés y caligrafía, y dejó una carta al librero con el mismo fin. Luego anduvo a la ventura, pero acabó por informarse sobre el camino de la casa del general Newbold. En la puerta, sin dar su nombre, preguntó por mademoiselle V. y fue introducido en una sala de recibo de la parte trasera del edificio, a la cual acudió ella con una mirada de sorpresa.

-¡Dios mío! ¿A qué viene usted aquí, monsieur? -balbuceó en francés en cuanto le vio.

-Se puso usted enferma ayer. Yo la auxilié. Podía usted haberse caído del puente abajo si yo no la hubiera levantado. Fue, desde luego, un acto de pura humanidad; pero creí que podía venir a preguntar si estaba ya usted bien.

Ella se había dado la vuelta y apenas había oído una palabra.

-¡Lo odio a usted, hombre infame! -dijo-. No puedo soportar que me ayudara. ¡Márchese!

-¡Pero si usted no me conoce!

-¡Lo conozco demasiado bien!

-Entonces me lleva usted ventaja, mademoiselle. Soy recién llegado aquí. No la he visto a usted nunca, que yo sepa; y verdaderamente no la odio, no puedo odiarla.

-¿No es usted monsieur B.?

Él titubeó:

-Soy... en París -dijo-. Pero aquí soy monsieur G.

-Eso no tiene importancia. Usted es el hombre que yo he dicho.

-¿Cómo conoce usted mi verdadero nombre, mademoiselle?

-Lo vi a usted hace años, sin que me viera usted. Ha sido miembro del Comité de Salud Pública, bajo la Convención.

-Lo fui.

-Hizo usted guillotinar a mi padre, a mi hermano, a mi tío, a casi toda mi familia, y destrozó el corazón de mi madre. No habían hecho sino guardar silencio. Sus sentimientos se supusieron. Sus cuerpos decapitados fueron arrojados sin distinción a la fosa común del cementerio Mousseaux.

Él inclinó la cabeza.

-Me dejó usted sin un amigo, y aquí estoy ahora, sola en un país extranjero.

-Lo siento por usted -dijo él-. Lo siento por las consecuencias, no por la intención. Lo que hice fue cuestión de conciencia y, desde un punto de vista que usted no puede comprender, hice bien. No me beneficié ni en un céntimo. Pero no he de discutir sobre esto. Tiene usted la satisfacción de verme aquí, desterrado también, en la pobreza, traicionado por los camaradas, tan hostiles hacia mí como usted misma.

-No es una satisfacción para mí, monsieur.

-Bien, las cosas no pueden alterarse. Ahora, volvamos al asunto. ¿Está ya usted repuesta?

-No de la repulsión y temor que usted me inspira; por lo demás, sí.

-Buenos días, mademoiselle.

-Buenos días.

No volvieron a encontrarse de nuevo hasta una tarde en el teatro (al que con dificultad convencían que fuese a la amiga de mi madre para que se perfeccionase en el idioma, pues por entonces tenía la idea de hacerse profesora de inglés en su propio país). Le halló sentado a su lado, cosa que la puso pálida e inquieta.

-¿Todavía me tiene usted miedo?

-Se lo tengo. ¡Ah!, ¿no lo comprende usted?

Él hizo un signo afirmativo.

-Sigo la obra con dificultad -dijo poco después.

-Lo mismo me pasa a mí... ahora -contestó ella.

Él la miró largamente y ella se dio cuenta de su mirada, y sin apartar los ojos del escenario, éstos se le llenaron de lágrimas. Pero siguió inmóvil, mientras las lágrimas corrían manifiestamente a lo largo de sus mejillas, a pesar de que la obra era divertida, pues se trataba de la comedia de Sheridan Los Rivales, con el señor S. Kemple en el papel de capitán Absoluto. Él se dio cuenta de aquella angustia y de que mademoiselle V. tenía el pensamiento en otra parte, y levantándose bruscamente de su asiento cuando encendieron las luces, abandonó el teatro.

Aunque él vivía en la ciudad vieja y ella en la nueva, se veían desde lejos con frecuencia. En una de aquellas ocasiones estaba ella en el costado norte del puerto, junto al embarcadero, esperando el bote que había de pasarla al otro lado. Él se hallaba enfrente, junto a Cove Row. Cuando la barca llegó, en lugar de entrar en ella, la amiga de mi madre se retiró del desembarcadero; pero al volver los ojos para ver si él seguía donde antes, vio que señalaba la barca con el dedo.

-¡Entre! -dijo con una voz lo suficientemente fuerte para que llegara hasta ella.

Mademoiselle V. no se movió.

-¡Entre! -dijo él; y como ella siguiera quieta, lo repitió por tercera vez.

La verdad era que la institutriz había ido allí con intención de cruzar, y ahora se acercó y entró en la barca. Aunque no levantó los ojos, se dio cuenta de que él la estaba mirando. En los escalones de desembarque distinguió, por debajo del ala de su sombrero, una mano extendida. Los escalones estaban empapados y resbaladizos.

-No, monsieur -dijo ella-. A no ser, claro está, que crea usted en Dios y se arrepienta de su mal pasado.

-Siento que se le haya hecho a usted sufrir. Pero no creo en más dios que la Razón, y no me arrepiento. Actué como instrumento de un principio nacional. Sus amigos no fueron sacrificados por miras personales mías.

Entonces ella retiró la mano y subió sin ayuda. Él echó a andar hacia el alto del Miradero, desapareciendo sobre la cresta. Mademoiselle V. tenía que seguir el mismo camino, pues su objeto era llevar a casa a las dos niñas que se hallaban a su cargo, las cuales habían subido al acantilado a tomar el aire. Cuando se reunió con ellas en lo alto, vio la solitaria figura masculina al otro extremo, de pie e inmóvil frente al mar. Todo el tiempo que ella estuvo con sus alumnas permaneció él sin volverse, como si contemplase las fragatas que se hallaban en el fondeadero, pero probablemente meditando, inconsciente del lugar en que se encontraba. Al marcharse de allí, una de las niñas tiró medio bizcocho que había estado comiendo. Él se paró al pasar, lo recogió cuidadosamente y se lo guardó en el bolsillo.

Mademoiselle V. regresó a casa preguntándose:

-¿Tendrá hambre?

A partir de aquel día dejó de verle durante tanto tiempo que pensó que se habría marchado. Pero una tarde recibió una carta y la abrió temblando.

«Me encuentro enfermo -decía- y como usted sabe, solo. Hay una o dos cosillas que quiero que se hagan si muero, y preferiría no tener que dirigirme a nadie de aquí, si ello puede evitarse. ¿Tiene usted bastante caridad para venir a realizar mis deseos antes que sea demasiado tarde? ».

Ahora bien, desde que ella lo vio recoger el trozo de bizcocho, había empezado a sentir por su compatriota algo que era más que curiosidad, aunque tal vez menos que preocupación; y su corazón, nervioso y sensible, no podía resistir aquella llamada. Encontró su alojamiento (al que se había mudado por economía de la posada «Old Rooms»); era una habitación colocada sobre una tienda, a mitad de la escarpada y angosta calle de la vieja ciudad, que raramente pisaban los visitantes de buen tono. Entró en la casa con cierto recelo y fue introducida en la habitación donde él guardaba cama.

-Es usted demasiado buena, demasiado buena -murmuró, y luego-: No necesita usted cerrar la puerta: se sentirá más segura y nadie entenderá lo que hablemos.

-¿Se halla usted necesitado, monsieur? ¿Puedo darle...?

-No, no. Lo único que quiero de usted es que haga una o dos menudencias que no tengo fuerza para hacer yo mismo. Nadie más que usted sabe en la ciudad quién soy realmente... a menos que lo haya dicho.

-No lo he dicho... Pensé que podía usted haber actuado por cuestión de principios durante los días aquellos, incluso...

-Es usted muy bondadosa al conceder tanto como eso. Ahora, en cuanto al presente: pude destruir los pocos papeles que tenía antes de quedarme tan débil... Pero en aquel cajón encontrará usted algunas prendas de hilo -sólo dos o tres- marcadas con unas iniciales que podrían ser reconocidas. ¿Quiere usted arrancarlas con un cortaplumas?

Ella hizo lo que se le pedía, encontró las prendas, cortó las iniciales bordadas y volvió a dejar las telas como antes. La promesa de echar al correo, en caso de que él muriera, una carta que le entregó, completó todo lo que se requería de ella.

Él le dio las gracias.

-Me parece que se apena usted por mí -murmuró- y me sorprende. ¿Es cierto?

Ella evadió la respuesta.

-¿Se arrepiente usted y cree? -preguntó.

-No.

Al contrario de lo que ella esperaba y de lo que esperaba él, el enfermo sanó, aunque muy lentamente, y la actitud de mademoiselle V. se tornó más esquiva en adelante, aunque la influencia que él ejercía sobre ella era más profunda de lo que ella creía. Pasaron las semanas y llegó el mes de mayo. Por entonces se lo encontró un día paseando lentamente a lo largo de la playa en dirección norte.

-¿Sabe usted las noticias?

-¿Alude usted a la nueva ruptura entre Francia e Inglaterra?

-Sí; y el sentimiento de antagonismo es más fuerte que en la pasada guerra, debido a la arbitraria detención de los ingleses inocentes que hacían un viaje de placer por nuestro país. Creo que la guerra será larga y dura, y que mi deseo de vivir desconocido en Inglaterra se verá frustrado. Mire esto.

Sacó del bolsillo un trozo del único periódico que circulaba en el condado por aquellos días, y ella leyó:
Los magistrados que actúan en la legislación sobre extranjeros tienen orden de escudriñar en las Academias de nuestras ciudades y demás sitios en que hay empleados profesores franceses y de hacer investigaciones sobre todas las personas de dicha nacionalidad que figuran como profesores en este país. Muchos de ellos son conocidos como inveterados enemigos y traidores respecto a la nación entre cuyo pueblo han encontrado un medio de vida y un hogar.

-Desde la declaración de guerra -agregó él- he observado una marcada diferencia en la conducta de la clase baja para conmigo. Si tuviera lugar una gran batalla -cosa que sin duda ocurrirá pronto- ese sentimiento se agudizará hasta un punto que hará imposible para mí, un encubierto sin ocupación conocida, la permanencia en este lugar. Respecto a usted, cuyas obligaciones y antecedentes son conocidos, la dificultad será menor, aunque también desagradable. Ahora propongo lo siguiente: tal vez haya notado usted cómo la profunda simpatía que me inspira ha ido afirmándose en un ardiente sentimiento y lo que digo es esto: ¿quiere usted darme un título para protegerla, honrándome con su mano? Tengo más edad que usted, es verdad; pero como marido y mujer podemos salir juntos de Inglaterra y hacer del mundo entero nuestra patria; aunque yo propondría Québec, en Canadá, como el sitio que ofrece la mejor promesa de un hogar.

-¡Dios mío! ¡Me sorprende usted! -exclamó ella.

-Pero ¿acepta usted mi proposición?

-¡No, no!

-Y sin embargo, mademoiselle, creo que lo hará usted algún día.

-No lo creo.

-No la molestaré más ahora.

-Muchas gracias... Me alegro de que esté usted mejor, monsieur; quiero decir que tiene usted mejor aspecto.

-Ah, sí, estoy mejorando. Salgo a pasear al sol todos los días.

Y casi todos los días lo veía ella, unas veces saludándose con el gesto de manera circunspecta, otras cambiando frases formularias.

-¿No se ha ido usted todavía? -dijo ella en una de esas ocasiones.

-No. Por ahora no pienso irme sin usted.

-Pero, ¿encuentra usted dificultades aquí?

-En cierto modo. ¿Cuándo, pues, se apiadará usted de mí?

Ella movió la cabeza y siguió su camino. Sin embargo, se sintió un poco conmovida. «Lo hizo por cuestión de principios» -murmuró-. «¡No tenía animosidad contra ellos y no sacó provecho ninguno!».

Se preguntaba cómo viviría. Resultaba evidente que no era tan pobre como ella había creído; su pretendida pobreza podía ser un medio de pasar inadvertido. Se dio cuenta de que estaba peligrosamente interesada.

Y él siguió mejorando, hasta que su rostro delgado y pálido se hizo más lleno y firme. Mademoiselle V. seguía resistiendo aquella petición suya, hecha cada vez con más insistencia.

La llegada del Rey y la Corte para la temporada, como de costumbre, llevó las cosas a un punto culminante para estos dos desterrados solitarios y compatriotas. La terca preferencia del Rey por una zona de la costa tan peligrosamente próxima a Francia, hizo necesario que se ejerciera una severa vigilancia militar para proteger a los reales residentes. Media docena de fragatas se apostaban todas las noches en hilera a lo largo de la bahía, y dos filas de centinelas, una junto al mar y otra detrás de La Explanada, ocupaban totalmente el frente marinero todas las noches después de las ocho. El balneario se estaba convirtiendo en una residencia poco conveniente incluso para la misma mademoiselle V., cuya amistad con aquel extraño profesor francés y de caligrafía que nunca había tenido discípulos había sido observada por muchos que la conocían ligeramente. La esposa del general, a cuyo servicio estaba, la previno repetidas veces contra aquella relación; y al mismo tiempo los hanoverianos y los soldados de la Legión Extranjera que habían descubierto la nacionalidad de su amigo, se mostraban más agresivos que los soldados galanteadores ingleses que se habían fijado en ella.

En aquel tenso estado de cosas, las respuestas de mademoiselle V. se hicieron más agitadas.

-¡Santos cielos! -decía-. ¿Cómo voy a casarme con usted?

-Lo hará usted; ¡de seguro que lo hará! -volvía a contestar él-. No me marcho sin usted. Y, si sigo aquí, muy pronto seré sometido a interrogatorio ante los jueces, probablemente encarcelado. ¿Vendrá usted?

Ella notaba que sus defensas claudicaban.

Contra toda razón y sentimiento del honor familiar iba, por algún anormal impulso, dejándose ganar por un cariño hacia él que se fundaba en su contrario. Algunas veces sus inflamados afectos eran menos ardientes que otras y entonces se le aparecía con tintes más vivos la enormidad de su conducta.

Poco tiempo después llegó él con una mirada resignada en el rostro:

-Ha ocurrido lo que me esperaba -dijo-. He recibido conminación de partir. A decir verdad no soy bonapartista ni enemigo de Inglaterra; pero la presencia del Rey hace imposible para un extranjero sin ocupación aparente, y que puede ser un espía, el demorarse en la ciudad. Las autoridades son civiles, pero rígidas. No pasan de razonables. Bien, debo irme. Debe usted venir también.

Ella no habló. Pero inclinó la cabeza, asintiendo, mientras las lágrimas brotaban de sus ojos.

De vuelta a su casa, en La Explanada, se dijo: «¡Me alegro, me alegro! No podía hacer otra cosa. ¡Es devolver bien por mal!» .

Pero sabía que se engañaba a sí misma al decírselo, y que el principio moral no había influido para nada en su aceptación de él. Realmente no se había dado cuenta hasta entonces de la existencia del sentimiento que se había desarrollado inconscientemente en ella por aquel hombre solitario y grave, que según su idea tradicional era personificación de la venganza y la impiedad religiosa. Parecía absorber su naturaleza entera, y al absorberla, dominarla.

Sucedió que un día o dos antes del fijado para la boda, mademoiselle V. recibió carta de la única persona de su sexo y nacionalidad con quien tenía relación en Inglaterra y a la cual había comunicado que iba a casarse, sin decirle con quién. Las desgracias de aquella amiga habían sido en cierto modo análogas a las suyas, causa ello en parte de la intimidad de ambas: la hermana de su amiga, monja de la Abadía de Montmartre, había muerto en el cadalso a manos del mismo Comité de Salud Pública que había contado entre sus miembros al prometido de mademoiselle V. La que escribía había sentido mucho últimamente, desde la reanudación le la guerra -decía- el peso de su desgraciada situación, y la carta acababa con una acusación reciente de los autores de sus mutuas pérdidas y subsiguientes dificultades.

Por llegar precisamente entonces, el contenido de aquella carta produjo sobre mademoiselle V. el mismo efecto que un cubo le agua sobre un sonámbulo.

¡Lo que había estado haciendo al prometerse a aquel hombre! ¿No se estaba convirtiendo en una parricida? Estando en esta crisis sentimental, llegó su amado. La encontró temblorosa, y en contestación a su pregunta ella le dio cuenta de sus escrúpulos con un candor impulsivo.

No tenía intención de hacerlo así, pero la actitud de su prometido, de cariñoso mandato, la obligó a ser franca. Entonces aquel hombre dio muestras de una agitación nunca antes visible en él.

-¡Pero todo eso ha pasado! -dijo-. Tú eres el símbolo de la caridad y estamos comprometidos a perdonar y olvidar.

Sus palabras la calmaron por el momento, pero se quedó tristemente silenciosa, y él se marchó.

Aquella noche, mademoiselle tuvo (según creyó firmemente hasta el fin de su vida) una aparición enviada por Dios. Un desfile de sus perdidos parientes -padre, hermano, tío, primo- pareció cruzar el aposento entre su cama y la ventana, y cuando ella se esforzó por descubrir sus facciones se dio cuenta de que no tenían cabeza y que sólo los había reconocido por sus trajes familiares. Por la mañana, no pudo sacudirse de los efectos de aquella aparición sobre sus nervios. Durante todo el día no vio para nada a su cortejador, por estar él ocupado en arreglar la marcha. Aquel efecto aumentó por la tarde, víspera de la boda; a pesar de la reconfortante visita de él, su sentimiento del deber familiar se reforzaba ahora que se había quedado sola. Y, sin embargo, se preguntaba cómo podría ir ella a aquella hora tardía sola y sin protección a repetir a un prometido esposo que no podía ni quería casarse con él, admitiendo al mismo tiempo que lo amaba. La situación la espantaba. Había dejado su empleo de institutriz y se hallaba temporalmente en una habitación situada cerca de la administración de las diligencias, donde esperaba que fuera él por la mañana para llevar a cabo su unión y su partida.

Sensata o insensatamente, mademoiselle V. tomó esta resolución: que su única salvación estaba en la huida. Cuando él se hallaba cerca, la influía demasiado: no podía razonar. Así que empaquetando las pocas cosas que poseía y dejando sobre la mesa la pequeña cantidad que adeudaba, salió reservadamente, tomó el último asiento disponible en la diligencia de Londres, y casi antes de considerar por completo lo que hacía, se encontró rodando fuera de la ciudad en la oscuridad del atardecer de septiembre.

Una vez dado este paso inicial, empezó a reflexionar sobre sus razones. Él había pertenecido a aquel trágico Comité cuyo solo nombre horrorizaba al mundo civilizado; sin embargo, no había sido más que uno entre varios miembros y, a lo que parecía, no el más activo. Había señalado nombres por cuestión de principios, no había sentido enemistad personal contra sus víctimas y no había ganado ni un céntimo con el oficio que había desempeñado. Nada podía cambiar el pasado. Por otra parte, él la amaba y su corazón se inclinaba tanto hacia él que podía desligarse de aquel pasado. ¿Por qué no enterrar los recuerdos, como aquel hombre había sugerido, e inaugurar una nueva era con su unión? En otras palabras, ¿por qué no transigir con el cariño que sentía, ya que el anularlo no serviría de nada?

Así meditaba, en su asiento, mientras la diligencia pasaba por Casterbridge y Shottsford y hasta llegar a White Hart en Manchester, donde todo el edificio de sus recientes intenciones se desmoronó. Mejor sería mantenerse firme, una vez que había ido tan lejos, dejar que las cosas siguiesen su curso y atrever a casarse con el hombre que tanto la había impresionado. ¡Qué grande era él! ¡Qué insignificante era ella! ¡Y había pretendido juzgarlo! Abandonando su sitio en el coche con la misma precipitación con que lo había tomado, dejó marcharse a la diligencia, mientras algo en las siluetas que se alejaban de los pasajeros del exterior, destacándose sobre el cielo estrellado, la hizo estremecerse, como recordó después. El coche de vuelta, «El Heraldo Matutino», entró a poco en la ciudad y mademoiselle V. tomó apresuradamente un asiento en la baca.

-¡Seré firme... seré suya... aunque me cueste mi alma inmortal! -dijo-. Y respirando agitadamente volvió sobre el camino que acababa de recorrer. Cuando llegó al regio balneario amanecía, y su primer impulso fue volver a la habitación alquilada en que había pasado los últimos días. La patrona apareció en la puerta, en respuesta a las nerviosas llamadas de mademoiselle V.; ella explicó lo mejor que pudo su rápida partida y su regreso, y no habiendo inconveniente para que volviera a ocupar la habitación durante otro día, subió a ella y se sentó jadeante. Se hallaba otra vez de vuelta, y sus atropelladas tergiversaciones eran un secreto para aquel a quien únicamente concernían.

Sobre la chimenea había una carta cerrada.

-Si, está dirigida a usted, mademoiselle -dijo la mujer, que la había seguido-. Pero no sabíamos qué hacer con ella. La trajo un mensajero de la ciudad, después de irse usted anoche.

Cuando la patrona se fue, mademoiselle V. abrió la carta y leyó:

Mi querida y respetada amiga:

     Ha sido usted, durante nuestras relaciones, absolutamente franca respecto a sus recelos; pero yo he mantenido reserva respecto a los míos. Esta es la diferencia entre nosotros. Probablemente no ha adivinado usted que cada uno de sus escrúpulos sobre la realización de nuestro matrimonio ha tenido su paralelo en mi corazón. Así ha ocurrido que su involuntaria explosión de remordimiento de ayer, aunque mecánicamente combatida por mí en su presencia, fue un último ítem en mis propias dudas sobre lo sensato de nuestra unión, dándoles una fuerza que no puedo resistir más. Volví a casa; y al reflexionar, a pesar de lo mucho que la respeto y adoro, decido dejarla en libertad.
     Como persona que ha entregado, y puedo decir sacrificado, su vida a la causa de la libertad, no puedo permitir que su modo de pensar (probablemente permanente), sea dominado de manera despótica por un afecto que puede ser sólo transitorio.
     Sería penosísimo para ambos que yo comunicara a usted de palabra esta decisión. Por eso he adoptado el menos penoso sistema de escribir. Antes de que usted reciba esta carta habré salido para Londres, en la diligencia de la tarde, y al llegar a esa ciudad mis movimientos no serán revelados a nadie.
     Considéreme, mademoiselle, como muerto, y acepte mi renovada seguridad de respeto, recuerdo y afecto.


Cuando se repuso de su sorpresa y congoja, recordó que al arrancar la diligencia en Manchester antes de amanecer, la forma de una de las siluetas de los pasajeros del exterior, destacándose sobre el cielo estrellado, le había producido un estremecimiento momentáneo a causa del parecido con la de su amigo. No conociendo sus respectivas intenciones, habían abandonado la ciudad en la misma diligencia. Él, más fuerte, había perseverado; ella, más débil, había vuelto -pensó.

Al recobrarse de su estupor, mademoiselle V. se acordó otra vez de la señora Newbold, olvidada con los recientes acontecimientos, y dirigiéndose a ella se lo explicó todo con entera franqueza. La señora Newbold se guardó para sí la opinión que le merecía el episodio, y volvió a colocar a la abandonada novia en su antiguo puesto de institutriz de la familia.

Institutriz fue hasta el fin de sus días. Después de la paz final con Francia conoció a mi madre, a la cual contó por etapas esta historia suya. Mientras el pelo se le iba volviendo blanco y se agudizaban sus facciones, mademoiselle V. se preguntaba en qué rincón del mundo estaría su amante, si vivía, y si por cualquier casualidad lo volvería a ver. Pero cuando por el veintitantos, de edad no muy avanzada, la sorprendió la muerte, aquella silueta destacándose contra las estrellas del amanecer seguía siendo la última imagen que le quedaba del enemigo de su familia, en un tiempo su prometido esposo.

Thomas Hardy

FIN

Biblioteca Digital Ciudad Seva

sábado, 20 de setembro de 2014



Para entender como funcionam as "Eleições" só dar uma olhada no financiamento privado das campanhas políticas (e no uso descarado de recursos que seriam públicos) quando quem tem mais $ faz mais propaganda e fazendo mais propaganda apareça mais "limpo" na campanha e por mais tempo. Vota-se como compra-se sabão em pó...pelo branco que o poder midiático tem o poder de criar. Exemplo prático...seu Beto Richa, que de boneco de ventríloquo tem tido uma imagem de competência constantemente sendo forçosamente construída.

Douglas Rezende

sábado, 13 de setembro de 2014

ambientalismo e rentismo

Esse ambientalismo quer brecar o crescimento econômico e, por isso, a política do rentismo lhes é mais favorável. Ambos, ambientalismo e rentismo, elegeram o neodesenvolvimentismo como inimigo principal. Não querem saber de investimentos públicos em estradas, portos, hidrelétricas. Os ambientalistas porque imaginam que, assim, preservarão a natureza; os rentistas porque querem conter os gastos do Estado para aumentar o superávit primário e rolarem sem sobressaltos a dívida pública."
Armando Boito

A FEBRE



as mãos da febre entram em volúpia nos corpos desalojados. moldam crianças nos rostos, acendem labaredas nos olhos.

caçadora-irmã dos lobos que saltam das veias, a febre faz o medo afiar-se num outro espaço ôntico e os pés estremecerem numa casa de novos partos.

os membros de bronze fundido agarram as horas pela nuca em banhos de gelo suado. querem alcançar o escadote que leva para além das clepsidras.

a febre devora os náufragos. envolve num estranho carnaval aqueles que perderam todas as máscaras e se esqueceram de tirar a gargantilha.

as patas da febre sulcam trilhos infernais na voz. aurora boreal estilhaçada no corpo, corrompida em fios quentes de tecer infernos e outras místicas alcovas.

mas a febre não é vermelha, a febre é negra como a boca dos velhos. a febre faz os dentes medirem o vazio entre as estrelas.
Abre a boca pássaro cego 

(de María Ramos; trad. de Alberto Augusto Miranda)


Porque os outros se mascaram mas tu não
Porque os outros usam a virtude
Para comprar o que não tem perdão.
Porque os outros têm medo mas tu não.
Porque os outros são os túmulos caiados
Onde germina calada a podridão.
...
Porque os outros se calam mas tu não.

Porque os outros se compram e se vendem
E os seus gestos dão sempre dividendo.
Porque os outros são hábeis mas tu não.

Porque os outros vão à sombra dos abrigos
E tu vais de mãos dadas com os perigos.
Porque os outros calculam mas tu não.

Sofia de Mello Breyner Andresen

  
Havia um homem que corria pelo orvalho dentro.
O orvalho da muita manhã.
Corria de noite, como no meio da alegria,
Pelo orvalho parado da noite.
Luzia no orvalho. Levava uma flecha
pelo orvalho dentro, como se estivesse a ser caçado
loucamente
por um caçador de que nada se sabia.
E era pelo orvalho dentro.
Brilhava.

Não havia animal que no seu pelo brilhasse
assim na morte,
batendo nas ervas extasiadas por uma morte
tão bela.
Porque as ervas têm pálpebras abertas
sobre estas imagens tremendamente puras.

Pelo orvalho dentro.
De dia. De noite.
A sua cara batia nas candeias.
Batia nas coisas gerais da manhã.
Havia um homem que ia admiravelmente perseguido.
Tomava alegria no pensamento.
do orvalho. Corria.

Ouvi dizer que os mortos respiram com luzes transformadas.
Que têm os olhos cegos como sangue.
Este corria, assombrado.
Os mortos devem ser puros.
Ouvi dizer que respiram.
Correm pelo orvalho dentro, e depois
estendem-se. Ajudam os vivos.
São doces equivalências, luzes, ideias puras.
Vejo que a morte é como romper uma palavra e passar



— a morte é passar, como rompendo uma palavra,
através da porta,
para uma nova palavra. E vejo
o mesmo ritmo geral. Como morte e ressurreição
através das portas de outros corpos.
Como uma qualidade ardente de uma coisa para
outra coisa, como os dedos passam fogo
à criação inteira, e o pensamento
para e escurece

— como no meio do orvalho o amor é total.
Havia um homem que ficou deitado
com uma flecha na fantasia.
A sua água era antiga. Estava
tão morto que vivia unicamente.
Dentro dele batiam as portas, e ele corria
pelas portas dentro, de dia, de noite.
Passava para todos os corpos.
Como em alegria, batia nos olhos das ervas
que fixam estas coisas puras.
Renascia.



Herberto Helder

we are welcome to elsinore



Entre nós e as palavras há metal fundente
entre nós e as palavras há hélices que andam
e podem dar-nos morte violar-nos tirar
do mais fundo de nós o mais útil segredo
entre nós e as palavras há perfis ardentes
espaços cheios de gente de costas
altas flores venenosas portas por abrir
e escadas e ponteiros e crianças sentadas
à espera do seu tempo e do seu precipício

Ao longo da muralha que habitamos
há palavras de vida há palavras de morte
há palavras imensas, que esperam por nós
e outras, frágeis, que deixaram de esperar
há palavras acesas como barcos
e há palavras homens, palavras que guardam
o seu segredo e a sua posição

Entre nós e as palavras, surdamente,
as mãos e as paredes de Elsinor

E há palavras nocturnas palavras gemidos
palavras que nos sobem ilegíveis à boca
palavras diamantes palavras nunca escritas
palavras impossíveis de escrever
por não termos connosco cordas de violinos
nem todo o sangue do mundo nem todo o amplexo do ar
e os braços dos amantes escrevem muito alto
muito além do azul onde oxidados morrem
palavras maternais só sombra só soluço
só espasmo só amor só solidão desfeita

Entre nós e as palavras, os emparedados
e entre nós e as palavras, o nosso dever falar


Mário Cesariny

A Perna Esquerda de Paris

"Um poema não é uma coisa que se coloca sobre o teu dia como um condimento sobre o teu almoço. A vida de uma pessoa não tem material semelhante a nada que conheças. Existir é feito de peças impossíveis de copiar. E a poesia não entra nesse material único - a vida de uma pessoa - como o avião no ar ou o acidente do avião na terra dura. Um poema não é manso nem meigo, não é mau nem ilegal.
Os homens não se medem pelos poemas que leram, mas talvez fosse melhor. O que é a fita métrica comparada com algo intenso? Há poemas que explicam trinta graus de uma vida e poemas que são um ofício de demolição completa: o edifício é trocado por outro, como se um edifício fosse uma camisa. Muda de vida ou, claro, muda de poema."


Gonçalo M. Tavares, in 'A Perna Esquerda de Paris'

Círculos infinitos.


Por Juan Brian Doyle

Una piedra cae al agua
Y los círculos se expanden
Avanzan hacia el infinito
Y en ese infinito se pierden
Una vida nueva llega
Y sus círculos se expanden
Mientras busca el infinito
En ese infinito se pierde.
Un instante aquí estamos
Abrazados en el amor
Ese instante es nuestro infinito

Donde nunca nada se pierde.

Estepario



Aquí estoy de nuevo como lobo de estepa
que no sabe si la frontera de la soledad es la sombra lumbre
sobre heridas hermanadas sobre naipes fríos corazones
las sienes aúllan en la creencia de la calma
me sostengo en la arquitectura de las tripas
con las entrañas pasmadas en los ojos del buitre
sin encontrar explicación en la estocada
haciendo irreconocible la luz que espanta al espectro
por viejos dialectos por brazos gibosos de péndulos
frondosas las ruinas se reconstruyen
brillando en el sumiso tránsito del hambriento
y cada mañana deambulo abierto a la belleza
de la lluvia barrote que suena detrás de la ventana
como látigo sangrante con su esqueleto.

Giovanni Collazos Carrasco

Uma trágica orgia de abelhas


Vi como uma orgia de abelhas
entrava na tua boca
e as sombras deixavam de estar erectas.
O meu coração perdeu a sua elasticidade.
A chuva de ouro
que deixaste no meu estômago
é ácido numa ferida
que nunca vi.
Agora és uma constelação
híbrida, congelada, cujo brilho
me provoca cataratas.
Tiveste a oportunidade de ver
como engendrava uma estação
com árvores alimentadas
de pirilampos,
um paraíso sem noites de sol,
pelo menos no teu sonho.
Agora o teu corpo fissurado pode ser
urinado pelos anjos.
A tua sombra deixou os seus genitais
para correr feridas de luz
no meu coração.
Vieram os gatos para cuidarem de ti,
mordendo as tuas bochechas inchadas,
não deixando que os gusanos
comam o inverno
que masturbou os nossos estômagos
olvidados numa árvore de outono.
Sim, as nossas vísceras ficaram
agarradas a uma árvore alimentada por pirilampos.
Lamento, cometi o erro de deixar que isto fosse
um sonho de um adolescente
que aprende a estudar astrologia
nas minhas feridas feitas
por uma faca de cortar oxidada.
As abelhas continuam a sua infância
na tua boca já masturbada pela noite de sol.

Patrícia Úbeda
(tradução de Alberto Augusto Miranda)

Editorial de O Globo. O velho e bom racismo de classe

Adriano Codato
Editorial de O Globo. O velho e bom racismo de classe. Ao menos eles descobriram o óbvio. O que, para a imprensa brasileira, já é uma revolução intelectual:
" O mesmo fenômeno ocorreu com o PSDB, nos tempos de Planalto. O poder do Executivo federal é tamanho na distribuição de recursos para estados e municípios, e no assistencialismo, que a população dessas regiões, dependente de bolsas, é sempre governista. Por isso são petistas."
O editorialista quer fazer uma teoria geral sobre o perfil do eleitorado do PT olhando apenas para as intenções de voto em Dilma segundo pesquisas eleitorais de 2014. A realidade, naturalmente, é muito mais complexa. Por um lado, o PT governa os seis maiores municípios da região metropolitana de São Paulo. Por outro lado, os eleitores do que o editorialista chama de "grotões" não votam apenas para presidente, votam também para governador, prefeito etc. Será que o PT predomina nas intenções de voto desses locais, para esses níveis de governo? Será que a "lógica" do voto identificada pelo editorialista é tão sui generis que só funciona no voto dado para um partido (no caso o PT) e para um cargo (no caso, as eleições presidenciais)? Claro está que o buraco analítico é bem mais embaixo.


Guilherme Simões Reis Hilária a interpretação de que o "voto dos grotões" no PT tem o mesmo significado do que era dado na ARENA/PDS. Igualar isso ignora politicas públicas.

Animal de Silêncios

3
No céu apenas duas
Nuvens ao rés da terra e sem destino
certo, uma extensão do pó, sem medida,
as bisnagas, tão somente cinco plantas
espargidas no monte magro,
uma lebre assombrosa, um veado
talvez, e a tarântula, o escorpião
astuto, as formigas gigantes,
os coiotes, os animais pobres
puxados pelo avanço teimoso
dos homens até o limite
último, a vida, este cobre
deserto na memória, a luz
que, feita metal, delira. Meio-dia
sem fronteira, seco, duro,
um vento e este pó decisivos.
Aí estou eu, feito um torrão
do tempo, com a garganta a punhaladas
ardida. A lua é um coiote
cego. Afundo o arado neste terra
irada. Extraio ervas, minerais
certos. Os fósseis tragados
pelo âmbar, o sangue e sua corrente
de papoula. Aqui faz a morte,
mas nasce o idioma, está aqui
o espanhol, suas consoantes,
a suave voz sussurro, o poema
San Juan, essas cores ávidas
do Greco, todas as letras fricativas,
a lua palatal, o tempo, o sacrifício.
Em cima, nas montanhas, as águas turbulentas,
dominadas. Embaixo está a luz aos borbotões,
dura. Aproxima a hora do panal,
o dia do lavrador, o vaticínio
exato e o vinhedo,
a risonha floração da abelha.
Quando a tarde então se reclina
na nuvem mortal, quando em meu quarto
se estaciona um crepúsculo antigo
e ronda um tigre pela cama opaca
e acossa minha garganta, a memória
trai, descubro-te na minha sombra,
busco teu centro vegetal, noturno,
afundo o arado nesta terra amada.
Quando esse tigre, então, se apresenta
com sua boca tremenda, destruidora,
quando mastiga o corpo magro
do veado, ele, implacável, só,
em metade deste planalto de cobalto,
edifica um pleno dia, sob este sol
salobro, uma imagem noturna
da morte. Talvez então
suas estrelas puras brilhem um pouco mais
com esse sangue. Embaixo está o silêncio,
a estrutura cristal dos objetos.
Porque tudo se agita em uma pressa
de puras carniças. E os diamantes
mesmos, por assim dizer, apodrece
e o ferro se derrete ou grasna.
Apareces então no eco de outro
eco perdido, já em mim recobrado.
Tão ausente teu sorriso, tão longe
tu toda, tão longe. Eu mesmo
o cervo devorado, eu esse tigre
também de luz e de fadiga.
Já não posso dormir. Ergo-me,
frio. Quando a cama, pois,
a cama mesma é um leito de cactos
e se escuta na rua o pavor
de mandíbulas e eu só recordo
aquele sol, sua chaga certa,
quando a cama toda se levanta
comigo, porque o próprio insone
a rebela, quero tocar-te
entre a luz e o pó, como uma abelha
azul, e é impossível.
A luz do ocidente e a tarântula,
as formigas guerreiras que desarmam
os élitros do grilo ou o olho seco
da mosca que vê dez vezes dez
o mesmo objeto, refugiam-se dentro
de suas covas, quando o silêncio
então se retira dentro dos cactos
do deserto, e o tigre dorme
junto à carne seca de sua vítima,
aí, nesse mesmo espaço aberto
pelos ventos, estou também,
enterrando o arado, tocando-te
sensual, furiosamente, mastigando,
uma, mil vezes, mil vezes mil
mil vezes trabalhar e viver,
mil vezes mil mil vezes, mil.

Jaime Labastida / As quatro estações / Animal de Silêncios

trad. Hermenegildo José Bastos


A política não é o império do mal; nem muito menos a religião expressa o bem absoluto



77. http://www.espacoacademico.com.br/052/52pol.htm


"A política não é o império do mal; nem muito menos a religião expressa o bem absoluto. Se a primeira instrumentaliza o mal e o bem e, neste sentido, sacraliza-se; a segunda, na medida em que não pode se ausentar completamente do mundo real, institucionaliza-se e têm interesses materiais a defender, politiza-se. Nisso, ambas utilizam o discurso do bem e do mal. Política e religião são manifestações sociais legítimas; podem referenciar ações humanas que mantém ou transformam a sociedade – e uma se apóia na outra em seus objetivos. Porém, quando prisioneiras de raciocínios maniqueístas, tendem a gerar fanatismo e intolerância. Nestes casos, à ingenuidade e ignorância soma-se a cegueira. Também aqui, temos muito a aprender com a história; uma história que não se resume à identificação de mocinhos e bandidos, do bem e do mal..."

Prof. Antonio Ozaí da Silva - Universidade Estadual de Maringá

O solitário



Para mim é odioso seguir e também guiar.
Obedecer? Não! E tampouco – governar!
Quem não é terrível para si, a ninguém inspira terror:
E somente quem inspira terror é capaz de comandar.
Para mim já é odioso comandar a mim mesmo!
Gosto, como os animiais da floresta e do mar,
De por algum tempo me perder,
De permanecer num amável recanto a cismar,
E enfim me chamar pela distância,
Seduzindo-me para – voltar a mim.

.

[Friedrich Nietzsche. In: A Gaia Ciência]

Marina caiu e Dilma subiu


Marina caiu e Dilma subiu. Mesmo a pesquisa do ibope de hoje (12/09) revela a aceleração do derretimento de Marina. O Instituto Marina Silva financiado pela Neca (da família do Banco Itaú) e a ideia de Banco Central independente derrubaram Marina. A esperança da direita desesperada para ressuscitar Aécio Neves não funcionou. Denúncias de última hora apócrifas e eleitoreiras na Petrobras não surtiram efeitos, ainda que sejam simulacros a serem investigados, mas não são denúncias oficialmente comprovadas e de fonte confiável. Qual a fonte e a origem das denúncias ? Ninguém acreditaria na hipótese de uma fonte de dentro da Polícia Federal em Curitiba, uma fonte aparelhada por uma revista e por grupos políticos histéricos de oposição e que não conseguiriam modificar o cenário político-eleitoral.

 http://g1.globo.com/politica/eleicoes/2014/noticia/2014/09/ibope-mostra-dilma-com-39-marina-com-31-e-aecio-com-15.html

Ibope mostra Dilma com 39%, Marina com 31% e Aécio com 15%

Na simulação de segundo turno, Marina tem 43% e Dilma, 42%. Instituto ouviu 2.002 eleitores entre as últimas sexta (5) e segunda (8).

Ricardo Costa de Oliveira

Câmara de Curitiba aprova divisão de custos de obras públicas com moradores

Câmara de Curitiba aprova divisão de custos de obras públicas com moradores | Gazeta do Povo
Com emendas, proposta volta à pauta na sessão da próxima segunda-feira (15) para votação em redação final

GAZETADOPOVO.COM.BR

Gustavo Biscaia de Lacerda ..Prefeito Gustavo Fruet: tenha a decência de vetar essa lei ridícula e vergonhosa.

J.c. Cardoso... Tão vergonhosa que nunca me passou pela cabeça que um dia em alguma cidade do Brasil isso seria proposto.


Vandixon Richard DeLemos... Na verdade já existe há muito tempo um instituto constitucional e tributário com o mesmo fim: CONTRIBUIÇÃO DE MELHORIA, elencada pelo artigo 145, inciso III, da Constituição Federal, combinado com os artigos 81 e 82 do Código Tributário Nacional. Mas é muito pouco aplicado pleas administrações públicas devido à exigência legal de publicação do orçamento da obra, e porque o contribuinte tem o direito de impugnar o respectivo valor. Então, para implementar a medida da Contribuição de Melhoria, os processos de licitação, formação de preço e demais itens contratuais necessitam de uma relevante transparência, o que não é muito conveniente para as empreiteiras de obras públicas e para os governos.

A taça


Uma taça cheia, bem lavrada,
Segurava e apertava nas mãos ambas,
Ávido sorvia do seu bordo doce vinho
Para, a um tempo, afogar mágoa e cuidado.
Entrou o Amor e achou-me sentado,
E sorriu discreto e sábio,
Como que lamentando o insensato:
«Amigo, eu conheço um vaso inda mais belo,
Digno de nele mergulhar a alma toda;
Que prometes, se eu to conceder
E to encher de outro néctar?»
E com que amizade ele cumpriu a palavra!
Pois ele, Lida, com suave vénia
Te concedeu a mim, há tanto desejoso.
Quando estreito o teu amado corpo
E provo dos teus lábios fidelíssimos
O bálsamo de amor longo tempo guardado,
Feliz digo eu então ao meu espírito:
Não, um vaso tal, a não ser o Amor,
Nenhum deus o formou ou possuiu!
Formas assim não as forja Vulcano
Cos martelos finos e sensíveis!
Pode Lieu em frondosos outeiros
P'los seus faunos mais velhos e sagazes
Fazer pisar as uvas escolhidas
E ele mesmo presidir ao fermentar secreto:
Bebida assim não há desvelo que lha dê!

- Johann Wolfgang von Goethe, em "Canções". in: "Poemas" Goethe (Antologia).. [tradução de Paulo Quintela]. Coimbra: Universidade de Coimbra, 1958.

Der Becher

Einen wohlgeschnitzten vollen Becher
Hielt ich drückend in den beyden Händen,
Sog begierig süßen Wein vom Rande,
Gram und Sorg’ auf Einmal zu vertrinken.
Amor trat herein und fand mich sitzen,
Und er lächelte bescheidenweise,
Als den Unverständigen bedauernd.
„Freund, ich kenn’ ein schöneres Gefäße,
Werth die ganze Seele drein zu senken;
Was gelobst du, wenn ich dir es gönne,
Es mit anderm Nektar dir erfülle?“
O wie freundlich hat er Wort gehalten,
Da er, Lida, dich mit sanfter Neigung
Mir, dem lange sehnenden, geeignet!
Wenn ich deinen lieben Leib umfasse,
Und von deinen einzig treuen Lippen
Langbewahrter Liebe Balsam koste,
Selig sprech’ ich dann zu meinem Geiste:
Nein, ein solch Gefäß hat außer Amorn
Nie ein Gott gebildet noch besessen!
Solche Formen treibet nicht Vulcanus
Mit den sinnbegabten, feinen Hämmern!
Auf belaubten Hügeln mag Lyäus
Durch die ältste, klügste seiner Faunen
Ausgesuchte Trauben keltern lassen,
Selbst geheimnißvoller Gährung vorstehn:
Solchen Trank verschafft ihm keine Sorgfalt!

- Johann Wolfgang von Goethe, in "Goethes Schriften". Achter Band, G. J. Göschen. 1789.


http://www.elfikurten.com.br/2014/07/johann-wolfgang-von-goethe.html