domingo, 22 de junho de 2014

“O tipo de beleza mais nobre é aquele que não arrebata de repente, e que não faz ataques impetuosos e inebriantes (esse provoca com facilidade o tédio), mas que se insinua lentamente, que se carrega consigo quase sem saber e que um dia, em sonho, se redescobre, mas que, por fim, após ter ficado modestamente em nosso coração, toma posse completa de nós, enche nossos olhos de lágrimas, nosso coração de desejo”.


Friedrich Nietzsche, no livro “Humano demasiadamente humano”.

Acuérdate de mí



Llora en silencio mi alma solitaria,
excepto cuando está mi corazón
unido al tuyo en celestial alianza
de mutuo suspirar y mutuo amor.

Es la llama de mi alma cual lumbrera,
que brilla en el recinto sepulcral:
casi extinta, invisible, pero eterna...
ni la muerte la puede aniquilar.

¡Acuérdate de mí!... Cerca a mi tumba
no pases, no, sin darme una oración;
para mi alma no habrá mayor tortura
que el saber que olvidaste mi dolor.

Oye mi última voz. No es un delito
rogar por los que fueron. Yo jamás
te pedí nada: al expirar te exijo
que vengas a mi tumba a sollozar.

de Lord Byron


Biblioteca Digital Ciudad Seva

Carta a mi padre


¿Qué más quieres de mí? ¿Qué otras cosas mejores?
Padre mío,
lo que me diste en carne te lo devuelvo en flores.

Estas cosas, comprende, ya no puedo callarte.
Yo, como el alfarero con su arcilla en la mano,
lo que me diste en barro te lo devuelvo en arte.
Creo ya, que ves claro, por qué levantar puedo
este lodo animal -espeso de pensar-.
¡Siempre habrá un alfarero con su sueño en los dedos!

Padre mío, ya ves,
el agua que me diste, venía de una oscura
profundidad de vida, pero como los ríos
primeros de la tierra, aquel goterón mío
se me llenó de altura...

Qué más quieres, no pudo
hacerse licenciado mi corazón desnudo.
Era mucho pedirle, padre mío, ¡no sabes
lo grave que es a veces
un hombre que en el pecho le entierran viva un ave!

Quizá, por eso, aquello
que me dieron horrible, preferí darlo bello.
Diáfano para el trino; para negocios, bruto,
este es el fruto:
con un poco de ti, y un poco del destino
que me puso en la mano
lo divino
con lo humano,
todo lo que en la carne hay de oscuro y perverso
te lo devuelvo en verso.

Qué más quiero, ¿mi herencia? Para qué, padre mío.
Por mi herida de hombre sale un niño cantando.
¡Lo que la tierra piensa, se hace voz en el río!

 Manuel del Cabral ...República Dominicana


Biblioteca Digital Ciudad Seva

La aventura de la inquilina del velo


Si se piensa en que Holmes permaneció ejerciendo activamente su profesión por espacio de veinte años, y que durante diecisiete de ellos se me permitió cooperar con él y llevar el registro de sus hazañas, se comprenderá fácilmente que dispongo de una gran masa de material. Mi problema ha consistido siempre en elegir, no en descubrir. Aquí tengo la larga hilera de agendas anuales que ocupan un estante, y ahí tengo también las cajas llenas de documentos que constituyen una verdadera cantera para quien quiera dedicarse a estudiar no solo hechos criminosos, sino los escándalos sociales y gubernamentales de la última etapa de la era victoriana. A propósito de estos últimos, quiero decir a los que me escriben cartas angustiosas, suplicándome que no toque el honor de sus familias o el buen nombre de sus célebres antepasados, que no tienen nada que temer. La discreción y el elevado sentimiento del honor profesional que siempre distinguieron a mi amigo siguen actuando sobre mí en la tarea de seleccionar estas memorias, y jamás será traicionada ninguna confidencia. He de protestar, sin embargo, de la manera más enérgica contra los intentos que últimamente se han venido haciendo para apoderarse de estos documentos con ánimo de destruirlos. Conocemos la fuente de que proceden estos intentos delictivos. Si se repiten estoy yo autorizado por Holmes para anunciar que se dará publicidad a toda la historia referente a cierto político, al faro y al cuervo marino amaestrado. Esto que digo lo entenderá por lo menos un lector.
No es razonable creer que todos esos casos de que hablo dieron a Holmes oportunidad de poner en evidencia las extraordinarias dotes de instinto y de observación que yo me he esforzado por poner de relieve en estas memorias. Había veces en que tenía que recoger el fruto tras largos esfuerzos; otras se le venía fácilmente al regazo. Pero con frecuencia, en esos casos que menos oportunidades personales le ofrecían, se hallaban implicadas las más terribles tragedias humanas. Uno de ellos es el que ahora deseo referir. He modificado ligeramente los nombres de personas y de lugares, pero, fuera de eso, los hechos son tal y como yo los refiero.

Recibí cierta mañana (a finales de 1896) una nota apresurada de Holmes en la que solicitaba mi presencia. Al llegar a su casa, me lo encontré sentado y envuelto en una atmósfera cargada de humo de tabaco. En la silla que caía frente por frente de él había una señora anciana y maternal, del tipo rollizo de las dueñas de casas de pensión.

-Le presento a la señora Merrilow, de South Brixton -dijo mi amigo, indicándomela con un ademán de la mano-. La señora Merrilow no tiene inconveniente en que se fume, Watson. Se lo digo por si quiere entregarse a esa sucia debilidad suya. La señora Merrilow tiene una historia interesante que contar. Esa historia puede traer novedades en las que sería útil la presencia de usted.

-Todo lo que yo pueda hacer...

-Comprenderá usted, señora Merrilow, que si yo me presento a la señora Ronder, preferiría hacerlo con un testigo. Déselo usted a entender antes de que nosotros lleguemos.

-¡Bendito sea Dios, señor Holmes! -contestó nuestra visitante-. Ella tiene tales ansias de hablar con usted, que lo hará aunque se haga usted seguir de todos los habitantes de la parroquia.

-Iremos, téngalo presente, a primera hora de la tarde. Es, pues, preciso que, antes de ponernos en camino, conozcamos con exactitud todos los hechos. Si les damos un repaso ahora, el doctor Watson podrá ponerse al corriente de la situación. Usted me ha dicho que desde hace siete años tiene de inquilina a la señora Ronder, y que en todo ese tiempo solo una vez le ha visto la cara.

-¡Y pluguiera a Dios que no se la hubiese visto! -exclamó la señora Merrilow.

-Tengo entendido que la tiene terriblemente mutilada.

-Tanto, señor Holmes, que ni cara parece. Esa fue la impresión que me produjo. Nuestro lechero la vio en cierta ocasión nada más que un segundo, cuando ella estaba curioseando por la ventana del piso superior, y cuál no sería su impresión, que dejó caer la vasija de leche y corrió por todo el jardincillo delantero. Ahí verá usted qué clase de cara es la suya. En la ocasión en que yo la vi la pillé desprevenida, y se la tapó rápidamente, y luego dijo: «Ya sabe usted, por fin, la razón de que yo no me levante nunca el velo.»

-¿Sabe usted algo acerca de su vida anterior?

-Absolutamente nada.

-¿Dio alguna referencia cuando se presentó en su casa?

-No, señor, pero dio dinero contante y sonante y en mucha cantidad. Puso encima de la mesa el importe de un trimestre adelantado, y no discutió precios. Una mujer pobre, como yo, no puede permitirse en estos tiempos rechazar una oportunidad como esa.

-¿Alegó alguna razón para preferir su casa?

-Mi casa está muy retirada de la carretera y es más recogida que otras muchas. Además, yo solo tengo una inquilina y soy mujer sin familia propia. Me imagino que había visitado otras casas y que la mía le resultó de mayor conveniencia. Lo que ella busca es vivir oculta, y está dispuesta a pagarlo.

-Ha dicho usted que jamás esa señora dejó ver su cara, salvo en esa ocasión y por casualidad. Pues sí, es la suya una historia extraordinaria, muy extraordinaria, y no me admiro de que desee hacer luz en ella.

-No, señor Holmes, yo no lo deseo. Me doy por satisfecha con cobrar mi renta. No es posible conseguir una inquilina más tranquila ni que dé menos trabajo.

-¿Y qué ha ocurrido entonces para que se haya lanzado a dar este paso?

-Su salud, señor Holmes. Me da la impresión de que se está acabando. Además, algo espantoso hay en aquella cabeza. «¡Asesino! -grita- ¡Asesino!» Y otra vez la oí: «¡Fiera! ¡Monstruo!» Era de noche, y sus gritos resonaban por toda la casa, dándome escalofríos. Por eso fui a verla por la mañana, y le dije: «Señora Ronder, si tiene usted algún secreto que conturbe su alma, para eso están el clero y la policía. Entre unos y otros le proporcionarían alguna ayuda.» Ella exclamó: «Nada de Policía, por amor de Dios. Y en cuanto al clero, no es posible cambiar el pasado. Y, sin embargo, me quitaría un peso del alma que alguien se enterase de la verdad antes que yo me muera.» «Pues bien -le dije yo-; si no quiere usted nada con la policía, tenemos a ese detective del que tanto leemos», con su perdón, señor Holmes. Ella se agarró a esa idea inmediatamente, y dijo: "Ese es el hombre que necesito. ¿Cómo no se me ocurrió jamás acudir a él? Tráigalo, señora Merrilow, y si pone inconvenientes a venir, dígale que yo soy la mujer de la colección de fieras de Ronder. Dígale eso y cítele el nombre de «Abbas Parva»." Aquí está como ella lo escribió: «Abbas Parva.» «Eso le hará venir si él es tal y como yo me lo imagino.»

-Me hará ir, en efecto -comentó Holmes-. Muy bien, señora Merrilow. Desearía tener una breve conversación con el doctor Watson. Eso nos llevará hasta la hora del almuerzo. Puede contar con que llegaremos a su casa de Brixton a eso de las tres.

Apenas nuestra visitante había salido de la habitación con sus andares menudos y bamboleantes de ánade, cuando ya Sherlock Holmes se había lanzado con furiosa energía sobre una pila de libros vulgares que había en un rincón. Se escuchó durante algunos minutos un constante roce de hojas y de pronto un gruñido de satisfacción, porque había dado con lo que buscaba. Era tal su excitación que no se levantó, sino que permaneció sentado en el suelo, lo mismo que un Buda extraño, con las piernas cruzadas, rodeado de gruesos volúmenes, y con uno de ellos abierto encima de las rodillas.

-Watson, este es un caso que en su tiempo me trajo preocupado. Fíjese en mis notas marginales que lo demuestran. Reconozco que no logré explicármelo. Sin embargo, estaba convencido de que el juez de investigación estaba equivocado. ¿No recuerda usted la tragedia de Abbas Parva?

-En absoluto, Holmes.

-Sin embargo, por aquel entonces vivía usted conmigo. Desde luego, también mis impresiones del caso eran muy superficiales, porque no disponía de datos en que apoyarme, y porque ninguna de las dos partes había solicitado mis servicios. Quizá le interese leer los periódicos.

-¿No podría señalarme usted mismo los detalles sobresalientes?

-Es cosa muy fácil de hacer. Ya verá cómo los recuerda conforme yo vaya hablando. El nombre de Ronder era, desde luego, conocidísimo. Era el rival de Wombwell y de Sanger, uno de los más grandes empresarios de circo de su tiempo. Hay, sin embargo, pruebas de que se entregó a la bebida y de que al ocurrir la tragedia se hallaban tanto él como su circo ambulante en decadencia. La caravana se había detenido para pasar la noche en Abbas Parva, pueblo pequeño del Berkshire, que fue donde ocurrió este hecho horrendo. Iban camino de Wimbledon y viajaban por carretera. Se limitaron, pues, a acampar, sin hacer exhibición alguna, porque se trataba de un lugar tan pequeño que no les habría compensado el trabajo.

»Entre las fieras que exhibían figuraba un magnífico ejemplar de león de África. Le llamaban el rey del Sahara, y tanto Ronder como su mujer tenían por costumbre realizar exhibiciones dentro de su jaula. Ahí tiene una foto de la escena. Verá por ella que Ronder era un cerdo corpulento, y su esposa una espléndida mujer. Alguien testimonió durante la investigación que el león había ofrecido síntomas de estar de humor peligroso, pero que, como de costumbre, la familiaridad engendra el menosprecio, y nadie hizo caso.

»Era cosa corriente que Ronder o su esposa diesen de comer al león por la noche. Unas veces lo hacía uno de ellos, otras, los dos juntos; pero nunca permitían que nadie más le diese de comer, creyendo que mientras fuesen ellos los que le llevaban el alimento, el león los consideraría como bienhechores suyos y no les haría ningún daño. La noche del suceso habían entrado los dos a darle de comer, y entonces ocurrió un suceso horrendo, pero cuyos detalles nunca se consiguió poner en claro.

»Parece que el campamento todo se despertó hacia medianoche por los rugidos del animal y los chillidos de la mujer. Todos los cuidadores y empleados acudieron desde sus tiendas corriendo, llevando linternas. A la luz de estas vieron un espectáculo terrible. Ronder yacía en el suelo, con la parte posterior del cráneo hundida y con señales de profundos zarpazos en el cuero cabelludo; a unos diez metros de distancia de la jaula, que estaba abierta. Cerca de la puerta de la jaula yacía la señora Ronder, de espaldas, con la fiera acurrucada y enseñando los dientes encima de ella. Le había destrozado la cara de tal manera que no se creyó que sobreviviría. Varios de los artistas del circo, encabezados por el forzudo Leonardo y por el payaso Griggs, acometieron a la fiera con pértigas, y el león dio un salto hacia atrás y se metió en la jaula, que aquellos se apresuraron a cerrar.

»Nadie supo cómo había quedado abierta. Se llegó a la suposición de que la pareja había intentado entrar en la jaula, pero que, en el instante en que fueron corridos los cierres de la puerta, el animal se lanzó sobre ellos de un salto. Ningún otro detalle de interés apareció en la investigación, fuera de que la mujer, en el delirio de sus atroces dolores, no cesaba de gritar: «¡Cobarde! ¡Cobarde!», cuando la conducían al carromato en que vivían. Transcurrieron seis meses antes que ella pudiera prestar declaración, pero se cumplieron debidamente todos los trámites, y el veredicto del jurado del juez de instrucción fue de muerte sobrevenida por una desgracia.

-¿Cabía otra alternativa? -pregunté yo.

-Tiene usted razón de hacer esa pregunta. Sin embargo, había un par de detalles que trajeron desasosiego a Edmunds, de la Policía de Berkshire. ¡Magnífico muchacho el tal Edmunds! Más adelante lo destinaron a Allahabad. Gracias a él me puse en contacto con el asunto, porque se dejó caer por aquí y fumamos un par de pipas hablando del mismo.

-¿Era un individuo delgado y de pelo rubio?

-Exactamente. Tenía la seguridad de que descubriría usted su pista inmediatamente.

-¿Y qué fue lo que le preocupaba?

-La verdad es que nos preocupó a los dos. Resultaba endiabladamente difícil reconstruir el hecho. Mírelo desde el punto de vista del león. Se ve en libertad. ¿Y qué hace entonces? Da media docena de saltos hacia delante para ir a caer sobre Ronder. Este se da media vuelta para huir, puesto que las señales de los zarpazos las tenía en la parte posterior de la cabeza; pero el león lo derriba. Entonces, en vez de dar otro salto y escapar, se vuelve hacia la mujer, que estaba cerca de la jaula, la derriba de espaldas y le mastica la cara. Por otro lado, los gritos de la mujer parecían dar a entender que el marido le había fallado de una u otra manera. ¿Qué pudo hacer el pobre hombre para socorrerla? ¿No ve usted la dificultad?

-Desde luego.

-Pero había algo más, que se me ocurre a mí, ahora que vuelvo a repasar el asunto. Algunas de las personas declararon que, coincidiendo con los rugidos del león y con los chillidos de la mujer, se oyeron gritos de terror que daba un hombre.

-Serían de Ronder, sin duda.

-Difícilmente podía gritar si estaba con el cráneo destrozado. Dos testigos, por lo menos, se refieren a gritos de un hombre mezclados con los de una mujer.

-Yo creo que para entonces estaría gritando el campamento entero. Por lo que se refiere a los demás puntos, creo que podría apuntar una solución.

-La tomaré muy a gusto en consideración.

-Cuando el león se vio en libertad, él y ella estaban juntos, a diez metros de la jaula. Ronder se dio media vuelta y fue derribado. La mujer concibió la idea de meterse dentro de la jaula y de cerrar la puerta. Era aquel su único refugio. Se lanzó a ponerla en práctica, pero cuando ya llegaba a la puerta, la fiera saltó sobre ella y la derribó. La mujer, irritada contra su marido, porque, al huir este, la fiera se había enfurecido. Si ambos le hubiesen hecho frente, quizá la hubiesen obligado a retroceder. De ahí sus estentóreos gritos de «¡Cobarde!»

-¡Magnífico, Watson! Su brillante exposición no tiene más que un defecto.

-¿Qué defecto, Holmes?

-Si ambos estaban a diez pasos de distancia de la jaula, ¿cómo llegó la fiera a encontrarse con la puerta abierta?

-¿No es posible que tuviesen algún enemigo y que este la abrió?

-¿Y por qué había de acometerlos de manera tan salvaje si estaba acostumbrada a jugar con ellos y a exhibir con ellos sus habilidades dentro de la jaula?

-Quizás ese mismo enemigo había hecho algo con el propósito de enfurecerlo.

Holmes permaneció pensativo y en silencio durante algunos momentos.

-Bien, Watson, hay algo que decir en favor de su hipótesis. Ronder era un hombre que tenía muchos enemigos. Edmunds me dijo que cuando estaba metido en copas era espantoso. Hombre corpulento y fanfarrón, maltrataba de palabra y obra a cuantos se le cruzaban en el camino. Yo creo que aquellos gritos de monstruo, de los que nos ha hablado nuestra visitante, son reminiscencias nocturnas del muerto querido. Sin embargo, todo esto no son sino cábalas fútiles mientras no conozcamos todos los hechos. Tenemos en el aparador una perdiz fría y una botella de Montrachet. Renovemos nuestras energías antes de que tengamos que exigirles un nuevo esfuerzo.

Cuando nuestro coche hamson nos dejó junto a la casa de la señora Merrilow, nos encontramos a la rolliza señora cerrando con su cuerpo el hueco de la puerta de su morada humilde, pero retirada. Era evidente que su precaución principal era la de no perder una buena inquilina, y antes de conducirnos al piso superior nos suplicó que no dijésemos ni hiciésemos nada que pudiera provocar un hecho tan indeseable. Por fin, después de haberle dado toda clase de seguridades, nos condujo por la escalera, estrecha y mal alfombrada, hasta la habitación de la misteriosa inquilina.

Era un cuarto mal ventilado, angosto, que olía a rancio, como no podía menos, puesto que la ocupante no salía de él apenas. Por algo que parecía justicia del Destino, aquella mujer que tenía encerradas a las fieras en una jaula había acabado siendo como una fiera dentro de una jaula. Se hallaba sentada en un sillón roto, en el rincón más oscuro del cuarto. Los largos años de inactividad habían quitado algo de esbeltez a las líneas de su cuerpo, que debió de ser hermoso, y conservaba aún su plenitud y voluptuosidad. Un grueso velo negro le cubría el rostro, pero el borde del mismo terminaba justamente encima del labio superior, dejando al descubierto una boca perfecta y una barbilla finamente redondeada. Yo pensé que, en efecto, debió de ser una mujer extraordinaria. También su voz era de timbre delicado y agradable.

-Señor Holmes, usted conoce ya mi nombre -explicó-. Pensé que bastaría para que viniese.

-Así es, señora, aunque no acabo de comprender cómo sabe que yo estuve interesado en el caso suyo.

-Lo supe cuando, recobrada ya mi salud, fui interrogada por el detective del condado, el señor Edmunds. Pero yo le mentí. Quizás habría sido más prudente decirle la verdad.

-Por lo general, decir la verdad suele ser lo más prudente. ¿Y por qué mintió usted?

-Porque de ello dependía la suerte de otra persona. Era un ser indigno por demás. Yo lo sabía, pero no quise que su destrucción recayese sobre mi conciencia. ¡Habíamos vivido tan cerca, tan cerca!

-¿Ha desaparecido ya ese impedimento?

-Sí, señor. La persona a que aludo ha muerto.

-¿Por qué, entonces, no le cuenta usted ahora a la policía todo lo que sabe?

-Porque hay que pensar también en otra persona. Esa otra persona soy yo. Sería incapaz de aguantar el escándalo y la publicidad que acarrearía el que la policía tomase en sus manos el asunto. No es mucho lo que me queda de vida, pero deseo morir sin ser molestada. Sin embargo, deseaba dar con una persona de buen criterio a la que poder confiar mi terrible historia, de modo que, cuando yo muera, pueda ser comprendido cuanto ocurrió.

-Eso es un elogio que usted me hace, señora. Pero soy, además, una persona que tiene el sentimiento de su responsabilidad. No le prometo que, después que usted haya hablado, no me crea en el deber de poner su caso en conocimiento de la policía.

-Creo que no lo hará usted, señor Holmes. Conozco demasiado bien su carácter y sus métodos, porque vengo siguiendo su labor desde hace varios anos. El único placer que me ha dejado el Destino es el de la lectura, y pocas cosas de las que ocurren por el mundo se me pasan inadvertidas. En todo caso, estoy dispuesta a correr el riesgo del empleo que usted pudiera hacer de mi tragedia. Mi alma sentirá alivio contándola.

-Tanto mi amigo como yo nos alegraríamos de oírla.

La mujer se levantó y sacó de un cajón la fotografía de un hombre. Saltaba a la vista que se trataba de un acróbata profesional, de magnífica conformación física. Estaba retratado con sus poderosos brazos cruzados delante del arqueado pecho, y con una sonrisa que asomaba por entre sus tupidos bigotes; la sonrisa engreída del hombre conquistador de mujeres.

-Es Leonardo -nos dijo.

-¿Leonardo, el forzudo que prestó declaración?

-El mismo. Y este otro es... mi marido.

Era una cara espantosa. La cara de un cerdo humano, o más bien de un jabalí formidable en su bestialidad. Era fácil imaginarse aquella boca repugnante, rechinando y echando espumarajos en sus momentos de rabia, y aquellos ojillos malignos proyectando sus ruindades sobre todo lo que miraban. Rufián, fanfarrón, bestia; todo eso estaba escrito en aquel rostro de gruesa mandíbula.

-Estos dos retratos les ayudarán, caballeros, a comprender esta historia. Cuando yo tenía diez años era ya una muchacha de circo, educada en el serrín de la pista y que saltaba por el aro. Cuando me convertí en mujer, se enamoró de mí este hombre, si a su lascivia se le puede dar el nombre de amor. En un mal momento me casé con él. Desde ese día viví en un infierno, y él fue el demonio que me atormentó. No había una sola persona en toda la compañía que no supiese cómo me trataba. Me abandonó para ir con otras. Si yo me quejaba, solía atarme y me azotaba con su fusta de montar. Todos me compadecían y todos le odiaban, pero, ¿qué podían hacer? Desde el primero hasta el último le temían. Porque era terrible en todo momento, pero llegaba a sanguinario siempre que estaba borracho. Una y otra vez fue condenado por agresión y por crueldades con los animales; pero tenía dinero abundante, y le importaban muy poco las multas. Los mejores artistas nos abandonaron, y el espectáculo empezó a ir cuesta abajo. Únicamente Leonardo y yo lo sosteníamos, con la ayuda del pequeño Jimmy Griggs, el payaso. Este pobre hombre no tenía muchos motivos para estar de buen humor, pero se esforzaba cuanto podía en evitar que todo se derrumbase.

»Leonardo entró entonces cada vez más íntimamente en mi vida. Ya han visto ustedes cómo era físicamente. Ahora sé cuán pobre era el espíritu encerrado en un cuerpo tan magnífico, pero, comparado con mi marido, parecía algo así como el ángel Gabriel. Me compadeció y me ayudó, hasta que nuestra intimidad sé convirtió en amor; un amor profundo, profundísimo, apasionado, con el que yo había soñado siempre, pero que nunca esperé sentir. Mi marido lo sospechó, pero yo creo que tenía tanto de cobarde como de bravucón, y que Leonardo era el único hombre al que temía. Se vengó a su manera, atormentándome cada vez más. Una noche mis gritos trajeron a Leonardo hasta la puerta de nuestro carromato. Aquella vez bordeamos la tragedia, y mi amante y yo no tardamos en comprender que no era posible evitarla. Mi marido no tenía derecho a vivir. Planeamos su muerte.

»Leonardo era hombre de cerebro astuto y calculador. Fue él quien lo planeó todo. No lo digo para censurarle, porque yo estaba dispuesta a acompañarle hasta la última pulgada del camino. Pero yo no habría tenido jamás el ingenio necesario para trazar aquel plan. Preparamos una clava (fue Leonardo quien la fabricó), y en la cabeza de la misma, hecha de plomo, aseguramos cinco largas uñas de acero, con las puntas fuera y de la misma anchura de la garra del león. Daríamos con ella a mi marido el golpe de muerte, pero, por las señales que quedarían haríamos pensar a todos que se la había producido el león, al que dejaríamos libre.

»La noche estaba negra corno la pez cuando mi marido y yo marchamos, según era nuestra costumbre, a dar de comer a la fiera. Llevábamos la carne cruda en un cubo de cinc. Leonardo estaba al acecho detrás de la esquina del gran carromato junto al cual teníamos que pasar antes de llegar a la jaula.

»Actuó con retraso; cruzamos por delante de él sin que descargase el golpe; pero nos siguió de puntillas, y yo oí el crujido que produjo la clava al destrozar el cráneo. Fue un ruido que hizo dar un vuelco de alegría a mi corazón. Corrí hacia delante y solté el cierre que sujetaba la puerta de la gran jaula del león.

»Y entonces ocurrió una cosa terrible. Quizás esté usted enterado de lo rápidos que son estos animales para recibir el husmillo de la sangre humana, y cómo esta los excita. Algún instinto extraño debió de hacer barruntar al león que un ser humano había muerto. Al descorrer yo el cerrojo saltó y se me vino encima en un segundo. Leonardo pudo salvarme. Si él se hubiese abalanzado sobre el león y le hubiese golpeado con la maza, habría podido hacerle retroceder. Pero se acobardó. Lo oí gritar aterrorizado y lo vi darse media vuelta y huir. En el mismo instante sentí en mi carne los dientes del león. Ya su aliento abrasador y sucio me había envenenado y apenas experimenté sensación alguna de dolor. Intenté apartar con las palmas de mis manos las tremendas fauces manchadas de sangre que lanzaban un vaho hirviente. Grité pidiendo socorro. Tuve la sensación de que todo el campamento se ponía en movimiento y conservo el confuso recuerdo de que un grupo de hombres, compuesto por Leonardo, Griggs y otros, me sacaron de debajo de las zarpas de la fiera. Ese fue, señor Holmes, por espacio de muchos meses fatigosos, el último de mis recuerdos. Cuando recobré la razón y me vi en el espejo maldije al león, ¡oh!, cómo lo maldije; no porque había destrozado mi hermosura, sino por no haberme arrancado la vida. Solo un deseo tenía, señor Holmes, y contaba con dinero suficiente para satisfacerlo. Este deseo era el de cubrirme el rostro de manera que nadie pudiera verlo, y vivir donde nadie de cuantos yo había conocido pudieran encontrarme. Eso era lo único que ya me restaba por hacer; y eso es lo que he venido haciendo. Convertida en un pobre animal que se ha arrastrado hasta dentro de un agujero para morir: así es cómo acaba su vida Eugenia Ronder.

Permanecimos sentados en silencio un rato, cuando ya la desdichada mujer había acabado de relatar su historia. De pronto, Holmes extendió su largo brazo y palmeó en la mano a la mujer con una expresión de simpatía como rara vez yo le había visto exteriorizar.

-¡Pobre muchacha! ¡Pobre muchacha! -decía-. Los manejos del Destino son, en verdad, difíciles de comprender. Si no existe alguna compensación en el más allá, entonces el mundo no es sino una broma cruel. ¿Y qué fue del tal Leonardo?

-Jamás volví a verlo ni a oír hablar de él. Quizá no tuve razón para llevar mi animosidad hasta ese punto. Quizás él hubiese amado a esta pobre cosa que el león había dejado, lo mismo que a uno de esos monstruos de mujer que exhibimos por el país. Pero no se puede hacer tan fácilmente a un lado el amor de una mujer. Aquel hombre me había dejado entre las garras de la fiera, me había abandonado en el momento de peligro. Sin embargo, no pude decidirme a entregarlo a la horca. Mi suerte me tenía sin cuidado. ¿Qué podía ser más angustioso que mi vida actual? Pero me interpuse entre Leonardo y su destino.

-¿Y ha muerto ya?

-Se ahogó el mes pasado mientras se bañaba cerca de Margate. Leí su muerte en los periódicos.

-¿Y qué hizo de su clava de cinco garras, detalle este el más extraordinario e ingenioso de toda su historia?

-No puedo decírselo, señor Holmes. Cerca del campamento había una cantera de cal que tenía en su base una profunda ciénaga verdosa. Quizás en el fondo de la misma...

-Bien, bien, la cosa tiene ya poca importancia. El caso ha quedado concluso.

Nos habíamos puesto en pie para retirarnos, pero algo observó Holmes en la voz de la mujer que atrajo su atención. Volviose rápidamente hacia ella.

-Su vida no le pertenece -le dijo-. No atente contra ella.

-¿Qué utilidad tiene para nadie?

-¿Qué sabe usted? El sufrir con paciencia constituye por sí mismo la más preciosa de las lecciones que se pueden dar a un mundo impaciente.

La contestación de la mujer fue espantosa. Se levantó el velo y avanzó hasta que le dio la luz de lleno, y dijo:

-¡A ver si es usted capaz de aguantar esto!

Era una cosa horrible. No existen palabras para describir la conformación de una cara cuando esta ha dejado de ser cara. Los dos ojos oscuros, hermosos y llenos de vida que miraban desde aquella ruina cartilaginosa, realzaban aún más lo horrendo de semejante visión. Holmes alzó las manos en ademán de compasión y de protesta, y los dos juntos abandonamos el cuarto.

Dos días después fui a visitar a mi amigo, y este me señaló con cierto orgullo una pequeña botella que había encima de la repisa de la chimenea. La cogí en la mano. Tenía una etiqueta roja, de veneno. Al abrirla, se esparció un agradable olor de almendras.

-¿Ácido prúsico? -le pregunté.

-Exactamente. Me ha llegado por el correo. «Le envío a usted mi tentación. Seguiré su consejo.» Eso decía el mensaje. Creo, Watson, que podemos adivinar el nombre de la valerosa mujer que lo ha enviado.



 Arthur Conan Doyle


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Uma Criatura


Sei de uma criatura antiga e formidável,
Que a si mesma devora os membros e as entranhas,
Com a sofreguidão da fome insaciável.
Habita juntamente os vales e as montanhas;
E no mar, que se rasga, à maneira do abismo,
Espreguiça-se toda em convulsões estranhas.
Traz impresso na fronte o obscuro despotismo;
Cada olhar que despede, acerbo e mavioso,
Parece uma expansão de amor e egoísmo.
Friamente contempla o desespero e o gozo,
Gosta do colibri, como gosta do verme,
E cinge ao coração o belo e o monstruoso.
Para ela o chacal é, como a rola, inerme;
E caminha na terra imperturbável, como
Pelo vasto areal um vasto paquiderme.
Na árvore que rebenta o seu primeiro gomo
Vem a folha, que lento e lento se desdobra,
Depois a flor, depois o suspirado pomo.
Pois essa criatura está em toda a obra:
Cresta o seio da flor e corrompe-lhe o fruto,
E é nesse destruir que as suas forças dobra.
Ama de igual amor o poluto e o impoluto;
Começa e recomeça uma perpétua lida;
E sorrindo obedece ao divino estatuto.
Tu dirás que é a morte; eu direi que é a vida.

Machado de Assis

Quando ela fala, parece
Que a voz da brisa se cala;
Talvez um anjo emudece
Quando ela fala.
Meu coração dolorido
As suas mágoas exala,
E volta ao gozo perdido
Quando ela fala.
Pudesse eu eternamente,
Ao lado dela, escutá-la,
Ouvir sua alma inocente
Quando ela fala.
Minha alma, já semimorta,
Conseguira ao céu alçá-la
Porque o céu abre uma porta
Quando ela fala.
Machado de Assis



SAUDADE


Por que sinto falta de você? Porquê esta saudade?
Eu não te vejo mas imagino suas expressões, sua voz teu cheiro.
Sua amizade me faz sonhar com um carinho,
Um caminhar, à luz da lua, à beira mar.
Saudade este sentimento de vazio que me tira o sono
me fazendo sentir num triste abandono, é amizade eu sei, será amor talvez...
Só não quero perder sua amizade, esta amizade...
Que me fortalece me enobrece por ter você.

Machado de Assis
"A insônia é uma lucidez vertiginosa que poderia converter o paraíso num centro de tortura. Qualquer coisa é preferível à vigília permanente, essa ausência criminosa do esquecimento." Emil Cioran
La bandera es un pedazo de trapo. De eso no hay dudas.
Pero uno se encariña con la ropa que ha elegido, y que es, también, un trapo. La diferencia está en lo que uno elige para ponerse, y en el sobretodo heredado.
En lo que uno elige, está uno. En el sobretodo, sobretodo,
estamos todos.
Después de la guerra de Malvinas, tuve cierto rechazo a la bandera. Me había olvidado de aquellos tiempos en que pasaba a izarla, o arriarla; a eso que sentía, cuando me imaginaba con ella, flameando en el cielo.
En una de mis tantas visitas a la ciudad de Rosario, paseando con amigos poetas, me asaltó el recuerdo de aquel niño que, con esmero rayaba con crayones que se iban saliendo del rectángulo para confundirse con el cielo.
Luego, me vi cantando "Aurora" antes de partir. Antes de dejar de ser un niño que se marchaba para siempre.
Un sol moribundo iba encajándose en la pintura del sol hecha por alguien; y comprada y pintada por alguien.
Yo, cantando bien fuerte. A los cuatro vientos. Mirando cómo el crepúsculo la teñía de rojo. Cantando con toda mi voz, como los sapos en la zanja.


Gustavo Caso Rosendi 

El cielo parece decir
"Aún nada ha ocurrido".
Las hojas en el suelo,
en cambio, dicen
otra cosa.
El ruido de un auto
se mete en el patio.
Otro. Y otro más.
Mi perra se pasea.
Aunque ya vieja,
sigue siendo mi perra.
Con toda esta información,
podría deducir
que el cielo miente. Podría
ser feliz esta noche,
pensando que el cielo
se equivoca. Pero también
podría ser feliz, sabiendo
que el cielo nada sabe
de estas cosas; por más
que siempre diga la verdad.

Gustavo Caso Rosendi

Vida de Beethoven (fragmento)

Romain Rolland


" Desde el comienzo, la vida se le aparecía como un combate triste y brutal. Se sentía incapaz de conquistar a una mujer. Un hombre así estaba condenado a ser una víctima cándida del amor, y lo fue. Se enamoraba locamente, sin cesar, y soñaba romances que al punto lo defraudaban, con la consiguiente amargura y sufrimiento. En estas alternativas de amor y de orgullosa rebeldía es donde hay que buscar el más fecundo manantial de su inspiración, hasta aquellos años en que el ardor de su naturaleza se encalma en una melancólica resignación. Desde esta sima de tristeza, exaltará a la alegría. Era la única ilusión de su vida. Dudó, y pensó, sin decidirse, durante varios años; y tantas veces como retomaba el proyecto, lo abandonaba, arrastrado sin cesar por el torbellino de sus pasiones y de sus melancolías. "

quarta-feira, 11 de junho de 2014

Argonautas do Pacífico Ocidental, 1978.

A pesquisa etnográfica, por sua própria natureza, exige que o pesquisador dependa da assitência e auxílio de outros, o que ocorre muito mais frequentemente na etnografia do que em outros ramos científicos (...)
Nas ciências históricas, ninguém pode ser visto com seriedade se fizer mistério de suas fontes e falar do passado como se o conhecesse por adivinhação. Na etnografia, o autor é, ao mesmo tempo, o seu próprio cronista e historiador, suas fontes de informação são, indubitavelmente, bastante acessíveis, mas também extremamente enganosas e complexas, não estão incorporadas a documentos materiais fixos, mas sim ao comportamento e memória de seres humanos. Na etnografia, é frequente imensa a distância entre a apresentação final dos resultados da pesquisa e o material bruto das informações coletadas pelo pesquisador através de suas próprias observações, das asserções dos nativos, do caleidoscópio da vida tribal. O etnógrafo tem que percorrer esta distância ao longo dos anos laboriosos que transcorrem desde o momento em que pela primeira vez pisa numa paria nativa e faz as primeiras tentativas no sentido de comunicar-se com os habitantes da região, até a fase final dos seus estudos, quando redige a versão definitiva dos resultados obtidos.


MALINOWSKI, Bronislaw. 

SUPLEMENTO LITERÁRIO DE MINAS PUBLICA ENTREVISTA COM FERREIRA GULLAR –



Destaquei alguns momentos para os amigos: “fazer poesia é uma alquimia de transformar dor em alegria. A arte transforma dor em alegria. A arte não foi feita para criar sofrimento” ; “A vida é regida, em grande parte, pelo acaso”; “O ressentimento só dói na gente, não dói no outro”; “A arte contemporânea é regida pela gratuidade...Sabe como essa gente pensa? Mais ou menos assim: deixe-me ver o que ainda não fizeram e que pode dar mídia. Cocô na lata? Casal nu dentro de uma jaula? Tubarão no formol? Tudo isso já fizeram. Mas urubu na gaiola ainda não. Então vou fazer isso. É uma cretinice....Eu não sou débil mental, cara.”; “A arte nasceu nas cavernas. A arte é uma coisa do ser humano. Para imaginar a vida, inventar a vida. Não são uns babacas, influenciados por Marcel Duchamp, que vão acabar com ela.”

Rubens Jardim

La cuerda cortada


La cuerda cortada puede volver a anudarse,
vuelve a aguantar, pero
está cortada.

Quizá volvamos a tropezar, pero allí
donde me abandonaste no
volverás a encontrarme

Bertolt Brecht

A un poeta menor de la antología


¿Dónde está la memoria de los días
que fueron tuyos en la tierra, y tejieron
dicha y dolor y fueron para ti el universo?

El río numerable de los años
los ha perdido; eres una palabra en un índice.

Dieron a otros gloria interminable los dioses,
inscripciones y exergos y monumentos y puntuales historiadores;
de ti solo sabemos, oscuro amigo,
que oíste al ruiseñor, una tarde.

Entre los asfodelos de la sombra, tu vana sombra
pensará que los dioses han sido avaros.

Pero los días son una red de triviales miserias,
¿y habrá suerte mejor que ser la ceniza,
de que está hecho el olvido?

Sobre otros arrojaron los dioses
la inexorable luz de la gloria, que mira las entrañas y enumera las grietas,
de la gloria, que acaba por ajar la rosa que venera;
contigo fueron más piadosos, hermano.

En el éxtasis de un atardecer que no será una noche,
oyes la voz del ruiseñor de Teócrito.

 Jorge Luis Borges


Biblioteca Digital Ciudad Seva

Una señora



No recuerdo con certeza cuándo fue la primera vez que me di cuenta de su existencia. Pero si no me equivoco, fue cierta tarde de invierno en un tranvía que atravesaba un barrio popular.

Cuando me aburro de mi pieza y de mis conversaciones habituales, suelo tomar algún tranvía cuyo recorrido desconozca y pasar así por la ciudad. Esa tarde llevaba un libro por si se me antojara leer, pero no lo abrí. Estaba lloviendo esporádicamente y el tranvía avanzaba casi vacío. Me senté junto a una ventana, limpiando un boquete en el vaho del vidrio para mirar las calles.

No recuerdo el momento exacto en que ella se sentó a mi lado. Pero cuando el tranvía hizo alto en una esquina, me invadió aquella sensación tan corriente y, sin embargo, misteriosa, que cuanto veía, el momento justo y sin importancia como era, lo había vivido antes, o tal vez soñado. La escena me pareció la reproducción exacta de otra que me fuese conocida: delante de mí, un cuello rollizo vertía sus pliegues sobre una camisa deshilachada; tres o cuatro personas dispersas ocupaban los asientos del tranvía; en la esquina había una botica de barrio con su letrero luminoso, y un carabinero bostezó junto al buzón rojo, en la oscuridad que cayó en pocos minutos. Además, vi una rodilla cubierta por un impermeable verde junto a mi rodilla.

Conocía la sensación, y más que turbarme me agradaba. Así, no me molesté en indagar dentro de mi mente dónde y cómo sucediera todo esto antes. Despaché la sensación con una irónica sonrisa interior, limitándome a volver la mirada para ver lo que seguía de esa rodilla cubierta con un impermeable verde.

Era una señora. Una señora que llevaba un paraguas mojado en la mano y un sombrero funcional en la cabeza. Una de esas señoras cincuentonas, de las que hay por miles en esta ciudad: ni hermosa ni fea, ni pobre ni rica. Sus facciones regulares mostraban los restos de una belleza banal. Sus cejas se juntaban más de lo corriente sobre el arco de la nariz, lo que era el rasgo más distintivo de su rostro.

Hago esta descripción a la luz de hechos posteriores, porque fue poco lo que de la señora observé entonces. Sonó el timbre, el tranvía partió haciendo desvanecerse la escena conocida, y volví a mirar la calle por el boquete que limpiara en el vidrio. Los faroles se encendieron. Un chiquillo salió de un despacho con dos zanahorias y un pan en la mano. La hilera de casas bajas se prolongaba a lo largo de la acera: ventana, puerta, ventana, puerta, dos ventanas, mientras los zapateros, gasfíteres y verduleros cerraban sus comercios exiguos.

Iba tan distraído que no noté el momento en que mi compañera de asiento se bajó del tranvía. ¿Cómo había de notarlo si después del instante en que la miré ya no volví a pensar en ella?

No volví a pensar en ella hasta la noche siguiente.

Mi casa está situada en un barrio muy distinto a aquel por donde me llevara el tranvía la tarde anterior. Hay árboles en las aceras y las casas se ocultaban a medias detrás de rejas y matorrales. Era bastante tarde, y yo ya estaba cansado, ya que pasara gran parte de la noche charlando con amigos ante cervezas y tazas de café. Caminaba a mi casa con el cuello del abrigo muy subido. Antes de atravesar una calle divisé una figura que se me antojó familiar, alejándose bajo la oscuridad de las ramas. Me detuve observándola un instante. Sí, era la mujer que iba junto a mí en el tranvía de la tarde anterior. Cuando pasó bajo un farol reconocí inmediatamente su impermeable verde. Hay miles de impermeables verdes en esta ciudad, sin embargo no dudé de que se trataba del suyo, recordándola a pesar de haberla visto sólo unos segundos en que nada de ella me impresionó. Crucé a la otra acera. Esa noche me dormí sin pensar en la figura que se alejaba bajo los árboles por la calle solitaria.

Una mañana de sol, dos días después, vi a la señora en una calle céntrica. El movimiento de las doce estaba en su apogeo. Las mujeres se detenían en las vidrieras para discutir la posible adquisición de un vestido o de una tela. Los hombres salían de sus oficinas con documentos bajo el brazo. La reconocí de nuevo al verla pasar mezclada con todo esto, aunque no iba vestida como en las veces anteriores. Me cruzó una ligera extrañeza de por qué su identidad no se había borrado de mi mente, confundiéndola con el resto de los habitantes de la ciudad.

En adelante comencé a ver a la señora bastante seguido. La encontraba en todas partes y a toda hora. Pero a veces pasaba una semana o más sin que la viera. Me asaltó la idea melodramática de que quizás se ocupara en seguirme. Pero la deseché al constatar que ella, al contrario que yo, no me identificaba en medio de la multitud. A mí, en cambio, me gustaba percibir su identidad entre tanto rostro desconocido. Me sentaba en un parque y ella lo cruzaba llevando un bolsón con verduras. Me detenía a comprar cigarrillos, y estaba ella pagando los suyos. Iba al cine, y allí estaba la señora, dos butacas más allá. No me miraba, pero yo me entretenía observándola. Tenía la boca más bien gruesa. Usaba un anillo grande, bastante vulgar.

Poco a poco la comencé a buscar. El día no me parecía completo sin verla. Leyendo un libro, por ejemplo, me sorprendía haciendo conjeturas acerca de la señora en vez de concentrarme en lo escrito. La colocaba en situaciones imaginarias, en medio de objetos que yo desconocía. Principié a reunir datos acerca de su persona, todos carentes de importancia y significación. Le gustaba el color verde. Fumaba sólo cierta clase de cigarrillos. Ella hacía las compras para las comidas de su casa.

A veces sentía tal necesidad de verla, que abandonaba cuanto me tenía atareado para salir en su busca. Y en algunas ocasiones la encontraba. Otras no, y volvía malhumorado a encerrarme en mi cuarto, no pudiendo pensar en otra cosa durante el resto de la noche.

Una tarde salí a caminar. Antes de volver a casa, cuando oscureció, me senté en el banco de una plaza. Sólo en esta ciudad existen plazas así. Pequeña y nueva, parecía un accidente en ese barrio utilitario, ni próspero ni miserable. Los árboles eran raquíticos, como si se hubieran negado a crecer, ofendidos al ser plantados en terreno tan pobre, en un sector tan opaco y anodino. En una esquina, una fuente de soda oscura aclaraba las figuras de tres muchachos que charlaban en medio del charco de luz. Dentro de una pileta seca, que al parecer nunca se terminó de construir, había ladrillos trizados, cáscaras de fruta, papeles. Las parejas apenas conversaban en los bancos, como si la fealdad de la plaza no propiciara mayor intimidad.

Por uno de los senderos vi avanzar a la señora, del brazo de otra mujer. Hablaban con animación, caminando lentamente. Al pasar frente a mí, oí que la señora decía con tono acongojado:

-¡Imposible!

La otra mujer pasó el brazo en torno a los hombros de la señora para consolarla. Circundando la pileta inconclusa se alejaron por otro sendero.

Inquieto, me puse de pie y eché a andar con la esperanza de encontrarlas, para preguntar a la señora qué había sucedido. Pero desaparecieron por las calles en que unas cuantas personas transitaban en pos de los últimos menesteres del día.

No tuve paz la semana que siguió de este encuentro. Paseaba por la ciudad con la esperanza de que la señora se cruzara en mi camino, pero no la vi. Parecía haberse extinguido, y abandoné todos mis quehaceres, porque ya no poseía la menor facultad de concentración. Necesitaba verla pasar, nada más, para saber si el dolor de aquella tarde en la plaza continuaba. Frecuenté los sitios en que soliera divisarla, pensando detener a algunas personas que se me antojaban sus parientes o amigos para preguntarles por la señora. Pero no hubiera sabido por quién preguntar y los dejaba seguir. No la vi en toda esa semana.

Las semanas siguientes fueron peores. Llegué a pretextar una enfermedad para quedarme en cama y así olvidar esa presencia que llenaba mis ideas. Quizás al cabo de varios días sin salir la encontrara de pronto el primer día y cuando menos lo esperara. Pero no logré resistirme, y salí después de dos días en que la señora habitó mi cuarto en todo momento. Al levantarme, me sentí débil, físicamente mal. Aun así tomé tranvías, fui al cine, recorrí el mercado y asistí a una función de un circo de extramuros. La señora no apareció por parte alguna.

Pero después de algún tiempo la volví a ver. Me había inclinado para atar un cordón de mis zapatos y la vi pasar por la soleada acera de enfrente, llevando una gran sonrisa en la boca y un ramo de aromo en la mano, los primeros de la estación que comenzaba. Quise seguirla, pero se perdió en la confusión de las calles.

Su imagen se desvaneció de mi mente después de perderle el rastro en aquella ocasión. Volví a mis amigos, conocí gente y paseé solo o acompañado por las calles. No es que la olvidara. Su presencia, más bien, parecía haberse fundido con el resto de las personas que habitan la ciudad.

Una mañana, tiempo después, desperté con la certeza de que la señora se estaba muriendo. Era domingo, y después del almuerzo salí a caminar bajo los árboles de mi barrio. En un balcón una anciana tomaba el sol con sus rodillas cubiertas por un chal peludo. Una muchacha, en un prado, pintaba de rojo los muebles del jardín, alistándolos para el verano. Había poca gente, y los objetos y los ruidos se dibujaban con precisión en el aire nítido. Pero en alguna parte de la misma ciudad por la que yo caminaba, la señora iba a morir.

Regresé a casa y me instalé en mi cuarto a esperar.

Desde mi ventana vi cimbrarse en la brisa los alambres del alumbrado. La tarde fue madurando lentamente más allá de los techos, y más allá del cerro, la luz fue gastándose más y más. Los alambres seguían vibrando, respirando. En el jardín alguien regaba el pasto con una manguera. Los pájaros se aprontaban para la noche, colmando de ruido y movimiento las copas de todos los árboles que veía desde mi ventana. Rió un niño en el jardín vecino. Un perro ladró.

Instantáneamente después, cesaron todos los ruidos al mismo tiempo y se abrió un pozo de silencio en la tarde apacible. Los alambres no vibraban ya. En un barrio desconocido, la señora había muerto. Cierta casa entornaría su puerta esa noche, y arderían cirios en una habitación llena de voces quedas y de consuelos. La tarde se deslizó hacia un final imperceptible, apagándose todos mis pensamientos acerca de la señora. Después me debo de haber dormido, porque no recuerdo más de esa tarde.

Al día siguiente vi en el diario que los deudos de doña Ester de Arancibia anunciaban su muerte, dando la hora de los funerales. ¿Podría ser?... Sí. Sin duda era ella.

Asistí al cementerio, siguiendo el cortejo lentamente por las avenidas largas, entre personas silenciosas que conocían los rasgos y la voz de la mujer por quien sentían dolor. Después caminé un rato bajo los árboles oscuros, porque esa tarde asoleada me trajo una tranquilidad especial.

Ahora pienso en la señora sólo muy de tarde en tarde.

A veces me asalta la idea, en una esquina por ejemplo, que la escena presente no es más que reproducción de otra, vivida anteriormente. En esas ocasiones se me ocurre que voy a ver pasar a la señora, cejijunta y de impermeable verde. Pero me da un poco de risa, porque yo mismo vi depositar su ataúd en el nicho, en una pared con centenares de nichos todos iguales.

José Donoso (1924-1997).Chile




Biblioteca Digital Ciudad Seva
El vaso medio lleno,
medio vacío.
No está contento, tampoco
es que esté viendo todo negro.
No se pregunta nada.
Lo bebe, simplemente.
De un sólo trago.
Ahora sí, el vaso está vacío.
Mira hacia la botella;
media llena, media vacía.
La termina, simplemente.
Ahora los tres; el vaso,
la botella y él,
adquieren un poco de sentido.
Afuera llueve. Paga.
Y se va.

Gustavo Caso Rosendi


terça-feira, 10 de junho de 2014

Noites Brancas

"E, tremendo pela sua felicidade, cheia de angústia e de nostalgia, compreendia finalmente que também amava, que eu a amava, e então a sua alma sentiu piedade do meu próprio amor. Porque quando somos infelizes ficamos mais aptos a compreender o sofrimento alheio; a nossa sensibilidade, assim, não se degrada, mas, pelo contrário, condensa-se e acumula-se..."
Noites Brancas, Fiódor Dostoievski.


A economia brasileira

"Por maior que seja o apego dos homens às formas de vida nas quais se criaram e adquiriram seus padrões de comportamento, por mais intensas que sejam as tendências conservadoras em determinados tipos de sociedade, o processo de mudança cultural aparece por toda parte como a força criadora das civilizações. A transformação dos padrões culturais resulta do fato mesmo de que a cultura é uma coisa viva, em inter-relação permanente com o meio e com outras culturas. É de observação corrente, entretanto, que as mudanças culturais não se realizam com igual facilidade em todos os setores da atividade social. Existe, em toda cultura, uma área de atividade ou crenças onde se polarizam as atenções dos indivíduos, onde se entrechocam com maior frequência os pontos de vista, onde se observa uma diferenciação estrutural mais larga. Em torno dessa área se estabelece um processo de permanentes entre-choques pessoais, pois a mesma está aberta à curiosidade, ao interesse e à imaginação criadora dos indivíduos. Repetidas vezes se há observado que o campo de mais rápida mudança na sociedade moderna é o da técnica."


- Celso Furtado, em “A economia brasileira”. Rio de Janeiro: A Noite, 1954, p. 21.
http://www.elfikurten.com.br/2013/07/celso-furtado.html

sexta-feira, 6 de junho de 2014

DA CONDIÇÃO HUMANA


Todos sofremos.
O mesmo ferro oculto
Nos rasga e nos estilhaça a carne exposta
O mesmo sal nos queima os olhos vivos.
Em todos dorme
A humanidade que nos foi imposta.
Onde nos encontramos, divergimos.
É por sermos iguais que nos esquecemos
Que foi do mesmo sangue,
Que foi do mesmo ventre que surgimos.
ARY DOS SANTOS