quinta-feira, 21 de agosto de 2014

Carta a una señorita en París


Julio Cortázar

Andrée, yo no quería venirme a vivir a su departamento de la calle Suipacha. No tanto por los conejitos, más bien porque me duele ingresar en un orden cerrado, construido ya hasta en las más finas mallas del aire, esas que en su casa preservan la música de la lavanda, el aletear de un cisne con polvos, el juego del violín y la viola en el cuarteto de Rará. Me es amargo entrar en un ámbito donde alguien que vive bellamente lo ha dispuesto todo como una reiteración visible de su alma, aquí los libros (de un lado en español, del otro en francés e inglés), allí los almohadones verdes, en este preciso sitio de la mesita el cenicero de cristal que parece el corte de una pompa de jabón, y siempre un perfume, un sonido, un crecer de plantas, una fotografía del amigo muerto, ritual de bandejas con té y tenacillas de azúcar... Ah, querida Andrée, qué difícil oponerse, aun aceptándolo con entera sumisión del propio ser, al orden minucioso que una mujer instaura en su liviana residencia. Cuán culpable tomar una tacita de metal y ponerla al otro extremo de la mesa, ponerla allí simplemente porque uno ha traído sus diccionarios ingleses y es de este lado, al alcance de la mano, donde habrán de estar. Mover esa tacita vale por un horrible rojo inesperado en medio de una modulación de Ozenfant, como si de golpe las cuerdas de todos los contrabajos se rompieran al mismo tiempo con el mismo espantoso chicotazo en el instante más callado de una sinfonía de Mozart. Mover esa tacita altera el juego de relaciones de toda la casa, de cada objeto con otro, de cada momento de su alma con el alma entera de la casa y su habitante lejana. Y yo no puedo acercar los dedos a un libro, ceñir apenas el cono de luz de una lámpara, destapar la caja de música, sin que un sentimiento de ultraje y desafio me pase por los ojos como un bando de gorriones.

Usted sabe por qué vine a su casa, a su quieto salón solicitado de mediodía. Todo parece tan natural, como siempre que no se sabe la verdad. Usted se ha ido a París, yo me quedé con el departamento de la calle Suipacha, elaboramos un simple y satisfactorio plan de mutua convivencia hasta que septiembre la traiga de nuevo a Buenos Aires y me lance a mí a alguna otra casa donde quizá... Pero no le escribo por eso, esta carta se la envío a causa de los conejitos, me parece justo enterarla; y porque me gusta escribir cartas, y tal vez porque llueve.

Me mudé el jueves pasado, a las cinco de la tarde, entre niebla y hastío. He cerrado tantas maletas en mi vida, me he pasado tantas horas haciendo equipajes que no llevaban a ninguna parte, que el jueves fue un día lleno de sombras y correas, porque cuando yo veo las correas de las valijas es como si viera sombras, elementos de un látigo que me azota indirectamente, de la manera más sutil y más horrible. Pero hice las maletas, avisé a la mucama que vendría a instalarme, y subí en el ascensor. Justo entre el primero y segundo piso sentí que iba a vomitar un conejito. Nunca se lo había explicado antes, no crea que por deslealtad, pero naturalmente uno no va a ponerse a explicarle a la gente que de cuando en cuando vomita un conejito. Como siempre me ha sucedido estando a solas, guardaba el hecho igual que se guardan tantas constancias de lo que acaece (o hace uno acaecer) en la privacía total. No me lo reproche, Andrée, no me lo reproche. De cuando en cuando me ocurre vomitar un conejito. No es razón para no vivir en cualquier casa, no es razón para que uno tenga que avergonzarse y estar aislado y andar callándose.

Cuando siento que voy a vomitar un conejito me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca, y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco. El conejito parece contento, es un conejito normal y perfecto, sólo que muy pequeño, pequeño como un conejilo de chocolate pero blanco y enteramente un conejito. Me lo pongo en la palma de la mano, le alzo la pelusa con una caricia de los dedos, el conejito parece satisfecho de haber nacido y bulle y pega el hocico contra mi piel, moviéndolo con esa trituración silenciosa y cosquilleante del hocico de un conejo contra la piel de una mano. Busca de comer y entonces yo (hablo de cuando esto ocurría en mi casa de las afueras) lo saco conmigo al balcón y lo pongo en la gran maceta donde crece el trébol que a propósito he sembrado. El conejito alza del todo sus orejas, envuelve un trébol tierno con un veloz molinete del hocico, y yo sé que puedo dejarlo e irme, continuar por un tiempo una vida no distinta a la de tantos que compran sus conejos en las granjas.

Entre el primero y segundo piso, Andrée, como un anuncio de lo que sería mi vida en su casa, supe que iba a vomitar un conejito. En seguida tuve miedo (¿o era extrañeza? No, miedo de la misma extrañeza, acaso) porque antes de dejar mi casa, sólo dos días antes, había vomitado un conejito y estaba seguro por un mes, por cinco semanas, tal vez seis con un poco de suerte. Mire usted, yo tenía perfectamente resuelto el problema de los conejitos. Sembraba trébol en el balcón de mi otra casa, vomitaba un conejito, lo ponía en el trébol y al cabo de un mes, cuando sospechaba que de un momento a otro... entonces regalaba el conejo ya crecido a la señora de Molina, que creía en un hobby y se callaba. Ya en otra maceta venía creciendo un trébol tierno y propicio, yo aguardaba sin preocupación la mañana en que la cosquilla de una pelusa subiendo me cerraba la garganta, y el nuevo conejito repetía desde esa hora la vida y las costumbres del anterior. Las costumbres, Andrée, son formas concretas del ritmo, son la cuota del ritmo que nos ayuda a vivir. No era tan terrible vomitar conejitos una vez que se había entrado en el ciclo invariable, en el método. Usted querrá saber por qué todo ese trabajo, por qué todo ese trébol y la señora de Molina. Hubiera sido preferible matar en seguida al conejito y... Ah, tendría usted que vomitar tan sólo uno, tomarlo con dos dedos y ponérselo en la mano abierta, adherido aún a usted por el acto mismo, por el aura inefable de su proximidad apenas rota. Un mes distancia tanto; un mes es tamaño, largos pelos, saltos, ojos salvajes, diferencia absoluta Andrée, un mes es un conejo, hace de veras a un conejo; pero el minuto inicial, cuando el copo tibio y bullente encubre una presencia inajenable... Como un poema en los primeros minutos, el fruto de una noche de Idumea: tan de uno que uno mismo... y después tan no uno, tan aislado y distante en su llano mundo blanco tamaño carta.

Me decidí, con todo, a matar el conejito apenas naciera. Yo viviría cuatro meses en su casa: cuatro -quizá, con suerte, tres- cucharadas de alcohol en el hocico. (¿Sabe usted que la misericordia permite matar instantáneamente a un conejito dándole a beber una cucharada de alcohol? Su carne sabe luego mejor, dicen, aunque yo... Tres o cuatro cucharadas de alcohol, luego el cuarto de baño o un piquete sumándose a los desechos.)

Al cruzar el tercer piso el conejito se movía en mi mano abierta. Sara esperaba arriba, para ayudarme a entrar las valijas... ¿Cómo explicarle que un capricho, una tienda de animales? Envolví el conejito en mi pañuelo, lo puse en el bolsillo del sobretodo dejando el sobretodo suelto para no oprimirlo. Apenas se movía. Su menuda conciencia debía estarle revelando hechos importantes: que la vida es un movimiento hacia arriba con un clic final, y que es también un cielo bajo, blanco, envolvente y oliendo a lavanda, en el fondo de un pozo tibio.

Sara no vio nada, la fascinaba demasiado el arduo problema de ajustar su sentido del orden a mi valija-ropero, mis papeles y mi displicencia ante sus elaboradas explicaciones donde abunda la expresión «por ejemplo». Apenas pude me encerré en el baño; matarlo ahora. Una fina zona de calor rodeaba el pañuelo, el conejito era blanquísimo y creo que más lindo que los otros. No me miraba, solamente bullía y estaba contento, lo que era el más horrible modo de mirarme. Lo encerré en el botiquín vacío y me volví para desempacar, desorientado pero no infeliz, no culpable, no jabonándome las manos para quitarles una última convulsión.

Comprendí que no podía matarlo. Pero esa misma noche vomité un conejito negro. Y dos días después uno blanco. Y a la cuarta noche un conejito gris.

Usted ha de amar el bello armario de su dormitorio, con la gran puerta que se abre generosa, las tablas vacías a la espera de mi ropa. Ahora los tengo ahí. Ahí dentro. Verdad que parece imposible; ni Sara lo creería. Porque Sara nada sospecha, y el que no sospeche nada procede de mi horrible tarea, una tarea que se lleva mis días y mis noches en un solo golpe de rastrillo y me va calcinando por dentro y endureciendo como esa estrella de mar que ha puesto usted sobre la bañera y que a cada baño parece llenarle a uno el cuerpo de sal y azotes de sol y grandes rumores de la profundidad.

De día duermen. Hay diez. De día duermen. Con la puerta cerrada, el armario es una noche diurna solamente para ellos, allí duermen su noche con sosegada obediencia. Me llevo las llaves del dormitorio al partir a mi empleo. Sara debe creer que desconfío de su honradez y me mira dubitativa, se le ve todas las mañanas que está por decirme algo, pero al final se calla y yo estoy tan contento. (Cuando arregla el dormitorio, de nueve a diez, hago ruido en el salón, pongo un disco de Benny Carter que ocupa toda la atmósfera, y como Sara es también amiga de saetas y pasodobles, el armario parece silencioso y acaso lo esté, porque para los conejitos transcurre ya la noche y el descanso.)

Su día principia a esa hora que sigue a la cena, cuando Sara se lleva la bandeja con un menudo tintinear de tenacillas de azúcar, me desea buenas noches -sí, me las desea, Andrée, lo más amargo es que me desea las buenas noches- y se encierra en su cuarto y de pronto estoy yo solo, solo con el armario condenado, solo con mi deber y mi tristeza.

Los dejo salir, lanzarse ágiles al asalto del salón, oliendo vivaces el trébol que ocultaban mis bolsillos y ahora hace en la alfombra efímeras puntillas que ellos alteran, remueven, acaban en un momento. Comen bien, callados y correctos, hasta ese instante nada tengo que decir, los miro solamente desde el sofá, con un libro inútil en la mano -yo que quería leerme todos sus Giraudoux, Andrée, y la historia argentina de López que tiene usted en el anaquel más bajo-; y se comen el trébol.

Son diez. Casi todos blancos. Alzan la tibia cabeza hacia las lámparas del salón, los tres soles inmóviles de su día, ellos que aman la luz porque su noche no tiene luna ni estrellas ni faroles. Miran su triple sol y están contentos. Así es que saltan por la alfombra, a las sillas, diez manchas livianas se trasladan como una moviente constelación de una parte a otra, mientras yo quisiera verlos quietos, verlos a mis pies y quietos -un poco el sueño de todo dios, Andrée, el sueño nunca cumplido de los dioses-, no así insinuándose detrás del retrato de Miguel de Unamuno, en torno al jarrón verde claro, por la negra cavidad del escritorio, siempre menos de diez, siempre seis u ocho y yo preguntándome dónde andarán los dos que faltan, y si Sara se levantara por cualquier cosa, y la presidencia de Rivadavia que yo quería leer en la historia de López.

No sé cómo resisto, Andrée. Usted recuerda que vine a descansar a su casa. No es culpa mía si de cuando en cuando vomito un conejito, si esta mudanza me alteró también por dentro -no es nominalismo, no es magia, solamente que las cosas no se pueden variar así de pronto, a veces las cosas viran brutalmente y cuando usted esperaba la bofetada a la derecha-. Así, Andrée, o de otro modo, pero siempre así.

Le escribo de noche. Son las tres de la tarde, pero le escribo en la noche de ellos. De día duermen ¡Qué alivio esta oficina cubierta de gritos, órdenes, máquinas Royal, vicepresidentes y mimeógrafos! Qué alivio, qué paz, qué horror, Andrée! Ahora me llaman por teléfono, son los amigos que se inquietan por mis noches recoletas, es Luis que me invita a caminar o Jorge que me guarda un concierto. Casi no me atrevo a decirles que no, invento prolongadas e ineficaces historias de mala salud, de traducciones atrasadas, de evasión Y cuando regreso y subo en el ascensor ese tramo, entre el primero y segundo piso me formulo noche a noche irremediablemente la vana esperanza de que no sea verdad.

Hago lo que puedo para que no destrocen sus cosas. Han roído un poco los libros del anaquel más bajo, usted los encontrará disimulados para que Sara no se dé cuenta. ¿Quería usted mucho su lámpara con el vientre de porcelana lleno de mariposas y caballeros antiguos? El trizado apenas se advierte, toda la noche trabajé con un cemento especial que me vendieron en una casa inglesa -usted sabe que las casas inglesas tienen los mejores cementos- y ahora me quedo al lado para que ninguno la alcance otra vez con las patas (es casi hermoso ver cómo les gusta pararse, nostalgia de lo humano distante, quizá imitación de su dios ambulando y mirándolos hosco; además usted habrá advertido -en su infancia, quizá- que se puede dejar a un conejito en penitencia contra la pared, parado, las patitas apoyadas y muy quieto horas y horas).

A las cinco de la mañana (he dormido un poco, tirado en el sofá verde y despertándome a cada carrera afelpada, a cada tintineo) los pongo en el armario y hago la limpieza. Por eso Sara encuentra todo bien aunque a veces le he visto algún asombro contenido, un quedarse mirando un objeto, una leve decoloración en la alfombra y de nuevo el deseo de preguntarme algo, pero yo silbando las variaciones sinfónicas de Franck, de manera que nones. Para qué contarle, Andrée, las minucias desventuradas de ese amanecer sordo y vegetal, en que camino entredormido levantando cabos de trébol, hojas sueltas, pelusas blancas, dándome contra los muebles, loco de sueño, y mi Gide que se atrasa, Troyat que no he traducido, y mis respuestas a una señora lejana que estará preguntándose ya si... para qué seguir todo esto, para qué seguir esta carta que escribo entre teléfonos y entrevistas.

Andrée, querida Andrée, mi consuelo es que son diez y ya no más. Hace quince días contuve en la palma de la mano un último conejito, después nada, solamente los diez conmigo, su diurna noche y creciendo, ya feos y naciéndoles el pelo largo, ya adolescentes y llenos de urgencias y caprichos, saltando sobre el busto de Antinoo (¿es Antinoo, verdad, ese muchacho que mira ciegamente?) o perdiéndose en el living, donde sus movimientos crean ruidos resonantes, tanto que de allí debo echarlos por miedo a que los oiga Sara y se me aparezca horripilada, tal vez en camisón -porque Sara ha de ser así, con camisón- y entonces... Solamente diez, piense usted esa pequeña alegría que tengo en medio de todo, la creciente calma con que franqueo de vuelta los rígidos cielos del primero y el segundo piso.

Interrumpí esta carta porque debía asistir a una tarea de comisiones. La continúo aquí en su casa, Andrée, bajo una sorda grisalla de amanecer. ¿Es de veras el día siguiente, Andrée? Un trozo en blanco de la página será para usted el intervalo, apenas el puente que une mi letra de ayer a mi letra de hoy. Decirle que en ese intervalo todo se ha roto, donde mira usted el puente fácil oigo yo quebrarse la cintura furiosa del agua, para mí este lado del papel, este lado de mi carta no continúa la calma con que venía yo escribiéndole cuando la dejé para asistir a una tarea de comisiones. En su cúbica noche sin tristeza duermen once conejitos; acaso ahora mismo, pero no, no ahora. En el ascensor, luego, o al entrar; ya no importa dónde, si el cuándo es ahora, si puede ser en cualquier ahora de los que me quedan.

Basta ya, he escrito esto porque me importa probarle que no fui tan culpable en el destrozo insalvable de su casa. Dejaré esta carta esperándola, sería sórdido que el correo se la entregara alguna clara mañana de París. Anoche di vuelta los libros del segundo estante, alcanzaban ya a ellos, parándose o saltando, royeron los lomos para afilarse los dientes -no por hambre, tienen todo el trébol que les compro y almaceno en los cajones del escritorio. Rompieron las cortinas, las telas de los sillones, el borde del autorretrato de Augusto Torres, llenaron de pelos la alfombra y también gritaron, estuvieron en círculo bajo la luz de la lámpara, en círculo y como adorándome, y de pronto gritaban, gritaban como yo no creo que griten los conejos.

He querido en vano sacar los pelos que estropean la alfombra, alisar el borde de la tela roída, encerrarlos de nuevo en el armario. El día sube, tal vez Sara se levante pronto. Es casi extraño que no me importe verlos brincar en busca de juguetes. No tuve tanta culpa, usted verá cuando llegue que muchos de los destrozos están bien reparados con el cemento que compré en una casa inglesa, yo hice lo que pude para evitarle un enojo... En cuanto a mí, del diez al once hay como un hueco insuperable. Usted ve: diez estaba bien, con un armario, trébol y esperanza, cuántas cosas pueden construirse. No ya con once, porque decir once es seguramente doce, Andrée, doce que serán trece. Entonces está el amanecer y una fría soledad en la que caben la alegría, los recuerdos, usted y acaso tantos más. Está este balcón sobre Suipacha lleno de alba, los primeros sonidos de la ciudad. No creo que les sea difícil juntar once conejitos salpicados sobre los adoquines, tal vez ni se fijen en ellos, atareados con el otro cuerpo que conviene llevarse pronto, antes de que pasen los primeros colegiales.

Julio Cortázar
Andrée, yo no quería venirme a vivir a su departamento de la calle Suipacha. No tanto por los conejitos, más bien porque me duele ingresar en un orden cerrado, construido ya hasta en las más finas mallas del aire, esas que en su casa preservan la música de la lavanda, el aletear de un cisne con polvos, el juego del violín y la viola en el cuarteto de Rará. Me es amargo entrar en un ámbito donde alguien que vive bellamente lo ha dispuesto todo como una reiteración visible de su alma, aquí los libros (de un lado en español, del otro en francés e inglés), allí los almohadones verdes, en este preciso sitio de la mesita el cenicero de cristal que parece el corte de una pompa de jabón, y siempre un perfume, un sonido, un crecer de plantas, una fotografía del amigo muerto, ritual de bandejas con té y tenacillas de azúcar... Ah, querida Andrée, qué difícil oponerse, aun aceptándolo con entera sumisión del propio ser, al orden minucioso que una mujer instaura en su liviana residencia. Cuán culpable tomar una tacita de metal y ponerla al otro extremo de la mesa, ponerla allí simplemente porque uno ha traído sus diccionarios ingleses y es de este lado, al alcance de la mano, donde habrán de estar. Mover esa tacita vale por un horrible rojo inesperado en medio de una modulación de Ozenfant, como si de golpe las cuerdas de todos los contrabajos se rompieran al mismo tiempo con el mismo espantoso chicotazo en el instante más callado de una sinfonía de Mozart. Mover esa tacita altera el juego de relaciones de toda la casa, de cada objeto con otro, de cada momento de su alma con el alma entera de la casa y su habitante lejana. Y yo no puedo acercar los dedos a un libro, ceñir apenas el cono de luz de una lámpara, destapar la caja de música, sin que un sentimiento de ultraje y desafio me pase por los ojos como un bando de gorriones.

Usted sabe por qué vine a su casa, a su quieto salón solicitado de mediodía. Todo parece tan natural, como siempre que no se sabe la verdad. Usted se ha ido a París, yo me quedé con el departamento de la calle Suipacha, elaboramos un simple y satisfactorio plan de mutua convivencia hasta que septiembre la traiga de nuevo a Buenos Aires y me lance a mí a alguna otra casa donde quizá... Pero no le escribo por eso, esta carta se la envío a causa de los conejitos, me parece justo enterarla; y porque me gusta escribir cartas, y tal vez porque llueve.

Me mudé el jueves pasado, a las cinco de la tarde, entre niebla y hastío. He cerrado tantas maletas en mi vida, me he pasado tantas horas haciendo equipajes que no llevaban a ninguna parte, que el jueves fue un día lleno de sombras y correas, porque cuando yo veo las correas de las valijas es como si viera sombras, elementos de un látigo que me azota indirectamente, de la manera más sutil y más horrible. Pero hice las maletas, avisé a la mucama que vendría a instalarme, y subí en el ascensor. Justo entre el primero y segundo piso sentí que iba a vomitar un conejito. Nunca se lo había explicado antes, no crea que por deslealtad, pero naturalmente uno no va a ponerse a explicarle a la gente que de cuando en cuando vomita un conejito. Como siempre me ha sucedido estando a solas, guardaba el hecho igual que se guardan tantas constancias de lo que acaece (o hace uno acaecer) en la privacía total. No me lo reproche, Andrée, no me lo reproche. De cuando en cuando me ocurre vomitar un conejito. No es razón para no vivir en cualquier casa, no es razón para que uno tenga que avergonzarse y estar aislado y andar callándose.

Cuando siento que voy a vomitar un conejito me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca, y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco. El conejito parece contento, es un conejito normal y perfecto, sólo que muy pequeño, pequeño como un conejilo de chocolate pero blanco y enteramente un conejito. Me lo pongo en la palma de la mano, le alzo la pelusa con una caricia de los dedos, el conejito parece satisfecho de haber nacido y bulle y pega el hocico contra mi piel, moviéndolo con esa trituración silenciosa y cosquilleante del hocico de un conejo contra la piel de una mano. Busca de comer y entonces yo (hablo de cuando esto ocurría en mi casa de las afueras) lo saco conmigo al balcón y lo pongo en la gran maceta donde crece el trébol que a propósito he sembrado. El conejito alza del todo sus orejas, envuelve un trébol tierno con un veloz molinete del hocico, y yo sé que puedo dejarlo e irme, continuar por un tiempo una vida no distinta a la de tantos que compran sus conejos en las granjas.

Entre el primero y segundo piso, Andrée, como un anuncio de lo que sería mi vida en su casa, supe que iba a vomitar un conejito. En seguida tuve miedo (¿o era extrañeza? No, miedo de la misma extrañeza, acaso) porque antes de dejar mi casa, sólo dos días antes, había vomitado un conejito y estaba seguro por un mes, por cinco semanas, tal vez seis con un poco de suerte. Mire usted, yo tenía perfectamente resuelto el problema de los conejitos. Sembraba trébol en el balcón de mi otra casa, vomitaba un conejito, lo ponía en el trébol y al cabo de un mes, cuando sospechaba que de un momento a otro... entonces regalaba el conejo ya crecido a la señora de Molina, que creía en un hobby y se callaba. Ya en otra maceta venía creciendo un trébol tierno y propicio, yo aguardaba sin preocupación la mañana en que la cosquilla de una pelusa subiendo me cerraba la garganta, y el nuevo conejito repetía desde esa hora la vida y las costumbres del anterior. Las costumbres, Andrée, son formas concretas del ritmo, son la cuota del ritmo que nos ayuda a vivir. No era tan terrible vomitar conejitos una vez que se había entrado en el ciclo invariable, en el método. Usted querrá saber por qué todo ese trabajo, por qué todo ese trébol y la señora de Molina. Hubiera sido preferible matar en seguida al conejito y... Ah, tendría usted que vomitar tan sólo uno, tomarlo con dos dedos y ponérselo en la mano abierta, adherido aún a usted por el acto mismo, por el aura inefable de su proximidad apenas rota. Un mes distancia tanto; un mes es tamaño, largos pelos, saltos, ojos salvajes, diferencia absoluta Andrée, un mes es un conejo, hace de veras a un conejo; pero el minuto inicial, cuando el copo tibio y bullente encubre una presencia inajenable... Como un poema en los primeros minutos, el fruto de una noche de Idumea: tan de uno que uno mismo... y después tan no uno, tan aislado y distante en su llano mundo blanco tamaño carta.

Me decidí, con todo, a matar el conejito apenas naciera. Yo viviría cuatro meses en su casa: cuatro -quizá, con suerte, tres- cucharadas de alcohol en el hocico. (¿Sabe usted que la misericordia permite matar instantáneamente a un conejito dándole a beber una cucharada de alcohol? Su carne sabe luego mejor, dicen, aunque yo... Tres o cuatro cucharadas de alcohol, luego el cuarto de baño o un piquete sumándose a los desechos.)

Al cruzar el tercer piso el conejito se movía en mi mano abierta. Sara esperaba arriba, para ayudarme a entrar las valijas... ¿Cómo explicarle que un capricho, una tienda de animales? Envolví el conejito en mi pañuelo, lo puse en el bolsillo del sobretodo dejando el sobretodo suelto para no oprimirlo. Apenas se movía. Su menuda conciencia debía estarle revelando hechos importantes: que la vida es un movimiento hacia arriba con un clic final, y que es también un cielo bajo, blanco, envolvente y oliendo a lavanda, en el fondo de un pozo tibio.

Sara no vio nada, la fascinaba demasiado el arduo problema de ajustar su sentido del orden a mi valija-ropero, mis papeles y mi displicencia ante sus elaboradas explicaciones donde abunda la expresión «por ejemplo». Apenas pude me encerré en el baño; matarlo ahora. Una fina zona de calor rodeaba el pañuelo, el conejito era blanquísimo y creo que más lindo que los otros. No me miraba, solamente bullía y estaba contento, lo que era el más horrible modo de mirarme. Lo encerré en el botiquín vacío y me volví para desempacar, desorientado pero no infeliz, no culpable, no jabonándome las manos para quitarles una última convulsión.

Comprendí que no podía matarlo. Pero esa misma noche vomité un conejito negro. Y dos días después uno blanco. Y a la cuarta noche un conejito gris.

Usted ha de amar el bello armario de su dormitorio, con la gran puerta que se abre generosa, las tablas vacías a la espera de mi ropa. Ahora los tengo ahí. Ahí dentro. Verdad que parece imposible; ni Sara lo creería. Porque Sara nada sospecha, y el que no sospeche nada procede de mi horrible tarea, una tarea que se lleva mis días y mis noches en un solo golpe de rastrillo y me va calcinando por dentro y endureciendo como esa estrella de mar que ha puesto usted sobre la bañera y que a cada baño parece llenarle a uno el cuerpo de sal y azotes de sol y grandes rumores de la profundidad.

De día duermen. Hay diez. De día duermen. Con la puerta cerrada, el armario es una noche diurna solamente para ellos, allí duermen su noche con sosegada obediencia. Me llevo las llaves del dormitorio al partir a mi empleo. Sara debe creer que desconfío de su honradez y me mira dubitativa, se le ve todas las mañanas que está por decirme algo, pero al final se calla y yo estoy tan contento. (Cuando arregla el dormitorio, de nueve a diez, hago ruido en el salón, pongo un disco de Benny Carter que ocupa toda la atmósfera, y como Sara es también amiga de saetas y pasodobles, el armario parece silencioso y acaso lo esté, porque para los conejitos transcurre ya la noche y el descanso.)

Su día principia a esa hora que sigue a la cena, cuando Sara se lleva la bandeja con un menudo tintinear de tenacillas de azúcar, me desea buenas noches -sí, me las desea, Andrée, lo más amargo es que me desea las buenas noches- y se encierra en su cuarto y de pronto estoy yo solo, solo con el armario condenado, solo con mi deber y mi tristeza.

Los dejo salir, lanzarse ágiles al asalto del salón, oliendo vivaces el trébol que ocultaban mis bolsillos y ahora hace en la alfombra efímeras puntillas que ellos alteran, remueven, acaban en un momento. Comen bien, callados y correctos, hasta ese instante nada tengo que decir, los miro solamente desde el sofá, con un libro inútil en la mano -yo que quería leerme todos sus Giraudoux, Andrée, y la historia argentina de López que tiene usted en el anaquel más bajo-; y se comen el trébol.

Son diez. Casi todos blancos. Alzan la tibia cabeza hacia las lámparas del salón, los tres soles inmóviles de su día, ellos que aman la luz porque su noche no tiene luna ni estrellas ni faroles. Miran su triple sol y están contentos. Así es que saltan por la alfombra, a las sillas, diez manchas livianas se trasladan como una moviente constelación de una parte a otra, mientras yo quisiera verlos quietos, verlos a mis pies y quietos -un poco el sueño de todo dios, Andrée, el sueño nunca cumplido de los dioses-, no así insinuándose detrás del retrato de Miguel de Unamuno, en torno al jarrón verde claro, por la negra cavidad del escritorio, siempre menos de diez, siempre seis u ocho y yo preguntándome dónde andarán los dos que faltan, y si Sara se levantara por cualquier cosa, y la presidencia de Rivadavia que yo quería leer en la historia de López.

No sé cómo resisto, Andrée. Usted recuerda que vine a descansar a su casa. No es culpa mía si de cuando en cuando vomito un conejito, si esta mudanza me alteró también por dentro -no es nominalismo, no es magia, solamente que las cosas no se pueden variar así de pronto, a veces las cosas viran brutalmente y cuando usted esperaba la bofetada a la derecha-. Así, Andrée, o de otro modo, pero siempre así.

Le escribo de noche. Son las tres de la tarde, pero le escribo en la noche de ellos. De día duermen ¡Qué alivio esta oficina cubierta de gritos, órdenes, máquinas Royal, vicepresidentes y mimeógrafos! Qué alivio, qué paz, qué horror, Andrée! Ahora me llaman por teléfono, son los amigos que se inquietan por mis noches recoletas, es Luis que me invita a caminar o Jorge que me guarda un concierto. Casi no me atrevo a decirles que no, invento prolongadas e ineficaces historias de mala salud, de traducciones atrasadas, de evasión Y cuando regreso y subo en el ascensor ese tramo, entre el primero y segundo piso me formulo noche a noche irremediablemente la vana esperanza de que no sea verdad.

Hago lo que puedo para que no destrocen sus cosas. Han roído un poco los libros del anaquel más bajo, usted los encontrará disimulados para que Sara no se dé cuenta. ¿Quería usted mucho su lámpara con el vientre de porcelana lleno de mariposas y caballeros antiguos? El trizado apenas se advierte, toda la noche trabajé con un cemento especial que me vendieron en una casa inglesa -usted sabe que las casas inglesas tienen los mejores cementos- y ahora me quedo al lado para que ninguno la alcance otra vez con las patas (es casi hermoso ver cómo les gusta pararse, nostalgia de lo humano distante, quizá imitación de su dios ambulando y mirándolos hosco; además usted habrá advertido -en su infancia, quizá- que se puede dejar a un conejito en penitencia contra la pared, parado, las patitas apoyadas y muy quieto horas y horas).

A las cinco de la mañana (he dormido un poco, tirado en el sofá verde y despertándome a cada carrera afelpada, a cada tintineo) los pongo en el armario y hago la limpieza. Por eso Sara encuentra todo bien aunque a veces le he visto algún asombro contenido, un quedarse mirando un objeto, una leve decoloración en la alfombra y de nuevo el deseo de preguntarme algo, pero yo silbando las variaciones sinfónicas de Franck, de manera que nones. Para qué contarle, Andrée, las minucias desventuradas de ese amanecer sordo y vegetal, en que camino entredormido levantando cabos de trébol, hojas sueltas, pelusas blancas, dándome contra los muebles, loco de sueño, y mi Gide que se atrasa, Troyat que no he traducido, y mis respuestas a una señora lejana que estará preguntándose ya si... para qué seguir todo esto, para qué seguir esta carta que escribo entre teléfonos y entrevistas.

Andrée, querida Andrée, mi consuelo es que son diez y ya no más. Hace quince días contuve en la palma de la mano un último conejito, después nada, solamente los diez conmigo, su diurna noche y creciendo, ya feos y naciéndoles el pelo largo, ya adolescentes y llenos de urgencias y caprichos, saltando sobre el busto de Antinoo (¿es Antinoo, verdad, ese muchacho que mira ciegamente?) o perdiéndose en el living, donde sus movimientos crean ruidos resonantes, tanto que de allí debo echarlos por miedo a que los oiga Sara y se me aparezca horripilada, tal vez en camisón -porque Sara ha de ser así, con camisón- y entonces... Solamente diez, piense usted esa pequeña alegría que tengo en medio de todo, la creciente calma con que franqueo de vuelta los rígidos cielos del primero y el segundo piso.

Interrumpí esta carta porque debía asistir a una tarea de comisiones. La continúo aquí en su casa, Andrée, bajo una sorda grisalla de amanecer. ¿Es de veras el día siguiente, Andrée? Un trozo en blanco de la página será para usted el intervalo, apenas el puente que une mi letra de ayer a mi letra de hoy. Decirle que en ese intervalo todo se ha roto, donde mira usted el puente fácil oigo yo quebrarse la cintura furiosa del agua, para mí este lado del papel, este lado de mi carta no continúa la calma con que venía yo escribiéndole cuando la dejé para asistir a una tarea de comisiones. En su cúbica noche sin tristeza duermen once conejitos; acaso ahora mismo, pero no, no ahora. En el ascensor, luego, o al entrar; ya no importa dónde, si el cuándo es ahora, si puede ser en cualquier ahora de los que me quedan.

Basta ya, he escrito esto porque me importa probarle que no fui tan culpable en el destrozo insalvable de su casa. Dejaré esta carta esperándola, sería sórdido que el correo se la entregara alguna clara mañana de París. Anoche di vuelta los libros del segundo estante, alcanzaban ya a ellos, parándose o saltando, royeron los lomos para afilarse los dientes -no por hambre, tienen todo el trébol que les compro y almaceno en los cajones del escritorio. Rompieron las cortinas, las telas de los sillones, el borde del autorretrato de Augusto Torres, llenaron de pelos la alfombra y también gritaron, estuvieron en círculo bajo la luz de la lámpara, en círculo y como adorándome, y de pronto gritaban, gritaban como yo no creo que griten los conejos.

He querido en vano sacar los pelos que estropean la alfombra, alisar el borde de la tela roída, encerrarlos de nuevo en el armario. El día sube, tal vez Sara se levante pronto. Es casi extraño que no me importe verlos brincar en busca de juguetes. No tuve tanta culpa, usted verá cuando llegue que muchos de los destrozos están bien reparados con el cemento que compré en una casa inglesa, yo hice lo que pude para evitarle un enojo... En cuanto a mí, del diez al once hay como un hueco insuperable. Usted ve: diez estaba bien, con un armario, trébol y esperanza, cuántas cosas pueden construirse. No ya con once, porque decir once es seguramente doce, Andrée, doce que serán trece. Entonces está el amanecer y una fría soledad en la que caben la alegría, los recuerdos, usted y acaso tantos más. Está este balcón sobre Suipacha lleno de alba, los primeros sonidos de la ciudad. No creo que les sea difícil juntar once conejitos salpicados sobre los adoquines, tal vez ni se fijen en ellos, atareados con el otro cuerpo que conviene llevarse pronto, antes de que pasen los primeros colegiales.


O fascismo do século XXI


Saragoça da Mata.....Jornal I...15 de agosto de 2014


"Quando se entrega o poder a demagogos e charlatães (?), as instituições constitucionais e democráticas desaparecem tão depressa como a confiança nas autoridades porque já ninguém acredita nelas"1
Um dos importantes livros escrito no novo milénio é uma pequena obra de apenas 78 páginas com o título "O eterno retorno do fascismo". O seu autor é um escritor Holandês: Rob Riemen. O pensamento que Riemen verteu nessa obra pode suscitar discordâncias no que respeita à origem do fenómeno que analisa. Mas há uma questão relativamente à qual nenhuma dúvida pode remanescer seja em quem for: é na acuidade da análise feita por Riemen ao momento cultural que vivemos. E consequentemente no acerto da leitura que apresenta sobre o estado calamitoso (numa perspectiva de evolução da civilização e de tutela dos direitos humanos) da política europeia e mundial.

É um livro que se devora em poucas horas, sem se imaginar que se revisitará vezes sem conta. Com efeito, a cada nova convulsão internacional, cabe reler Riemen. A cada nova crise política portuguesa, impõe-se conferir Riemen. Perante o conhecimento do que fez a política e o poder económico em Portugal nas últimas décadas, não pode deixar de se reler Riemen. A cada novo anúncio do governo em matéria de "cortes", lá nos vem Riemen ao pensamento. E com ele, Robert O. Paxton, autor da obra "A anatomia do fascismo", de 2004, que Riemen cita.

E porque é sempre melhor ler o original do que uma tímida recensão que triangule o pensamento do autor, peço ao leitor que julgue por si mesmo:

a) "... no século XXI, nenhum fascista se designará a si próprio como tal. (...) o fascismo, devido à sua angustiante falta de ideias e ausência de valores universais, assumirá sempre a forma e as cores do seu tempo e da sua cultura. (...). A técnica usada é idêntica em toda a parte: um líder carismático, populista, para mobilizar as massas; o seu próprio grupo é sempre vítima (das crises, da elite ou dos estrangeiros); o ressentimento orienta-se todo para um 'inimigo'. O fascismo não necessita de um partido democrático cujos membros sejam individualmente responsáveis; necessita de um líder inspirador e autoritário ao qual se atribuem instintos superiores (...). O contexto em que esta forma de política pode dominar é o de uma sociedade de massas afectada pela crise que ainda não aprendeu as lições do século XX" (pp. 72-73);

b)"Quando se entrega o poder a demagogos e charlatães, que usam os mass media para cultivar a crença de que esse líder (...) é a única pessoa capaz de salvar o país, as instituições constitucionais e democráticas desaparecem tão depressa como a confiança nas autoridades porque já ninguém acredita nelas" (p. 71).

"O eterno retorno do fascismo" é uma obra de tal dimensão que deveria ser-lhe consagrada leitura obrigatória e acompanhada em todos os canais televisivos nacionais à mesma hora do mesmo dia de semana, assim tentando"obrigar" os telespectadores a ouvir o que Riemen escreveu... para ver se acordam a tempo de exercer a soberania que o Direito diz caber-lhes. Ou então, mais alienadamente, fazerem zapping para a Sport TV ou jogarem Candy Crush, porque viver sem pensar é seguramente menos doloroso!

1 Rob Riemen, O eterno retorno do fascismo, Ed. Bizâncio, Lisboa, 2012, p. 71.


Advogado

terça-feira, 19 de agosto de 2014

“Há numerosos indivíduos civilizados que recuariam aterrados perante a ideia do assassínio ou do incesto, mas que não desdenham satisfazer a sua cupidez, a sua agressividade, as suas cobiças sexuais, que não hesitam em prejudicar os seus semelhantes por meio da mentira, do engano, da calúnia, contanto que o possam fazer com impunidade.”

―Sigmund Freud

Entrevista com professor Nicolau Sevcenko

"No Orfeu Extático e no Literatura como missão as décadas de 1910 e 1920, como você diz, a grande metrópole une uma origem avassaladora, mas também uma matriz de uma nova vitalidade emancipadora. Como você mostra a partir dos escritos de Lima Barreto, do Euclides da Cunha, do Blaise Cendrars. Entretanto, ao que parece, na década de 30, no mundo inteiro houve uma volta conservadora, e que essas manifestações foram solapadas ou foram deixadas de lado. Você acha que a ascensão do nazi-fascismo, na década de 1930, no entre guerras e a Segunda Guerra Mundial, toda essa matriz criativa que existia na década de 1920, mesmo os movimentos do anarco-sindicalismo, etc., elas foram solapadas e que uma nova ordem surgiu?

Nicolau: Você está pondo em xeque a década de 30 como se fosse um movimento de reação, de recuo no processo de exploração das possibilidades de uma cultura democrática, aberta, eu concordo com você quanto aos anos 30, mas eu puxaria para os anos 20, porque se nos anos 30 fica mais do que patente pela cristalização do nazi-fascismo, é preciso lembrar que a gestação do nazi-fascismo é dos anos 20. Então, o que acontece não é algo limitado aos anos 20, 30, eu diria que é um fenômeno dos pós-guerra. E se a gente considerar que o pós-guerra não é apenas o pós-guerra, mas é também o pós-revolução russa, veremos que a revolução russa é parte da grande crise da primeira guerra. Se você coloca tudo isso junto, o que você tem nos pós-guerra, já é a polarização de um mundo que põe em confronto forças totalitárias pró-soviéticas e nazi-fascistas, e isso provoca um processo de militarização e de intolerância que se difunde em escala mundial. A consequência geral é a difusão de um pensamento conservador nacionalista, a militarização das sociedades, a intolerância e a exclusão em massa de grupos, culturas e valores estigmatizados. É esse o elemento novo na cena brasileira. Todos nós fomos educados para achar que o elemento novo na sociedade brasileira fosse o modernismo, não, esse é que é o elemento novo na sociedade brasileira, e é com esse elemento novo que o modernismo está em sintonia e esse elemento que vai se cristalizar com o Varguismo e a tendência autoritária no Brasil, ao alinhamento do Brasil com esses modelos autoritários de nível internacional. Portanto, é um fenômeno transnacional cada vez mais, é um fenômeno do capitalismo do pós-guerra e embora tenha havido uma efervescência de movimentos culturais que vinham do pré-guerra, particularmente as culturas derivadas do anarquismo, como o cubismo, o dadaísmo, o surrealismo, a essa altura já eram minoritárias a partir da cultura dominante do orfismo, do construtivismo e da arte politicamente alinhada. Nesse sentido, a cultura dominante no fim do pós-guerra até a Segunda Guerra Mundial é uma cultura fortemente conservadora, reacionária, opressiva, intolerante, excludente e articulada numa linguagem racista. Em qualquer parte do mundo que você for, incluindo os Estados Unidos. Então, embora eu tenha concentrado meus estudos nos anos 20, queria projetar essa percepção de que se trata de todo um momento histórico de longa duração, que inclusive ultrapassa a situação de guerra. É só pensar no pós-segunda guerra e no macarthismo e na Guerra Fria e você vê essa estrutura sobrevivendo com diferentes feições, com diferentes linguagens, com diferentes imagens e representações, mas basicamente esse mesmo quadro de valores polarizados e de intolerância por toda parte. No fundo é a sociedade em que eu me reconheço, eu nasci no meio disso, para meu desgosto. E eu sendo parte de uma minoria, por si só alguém que já estava numa posição frágil, vulnerável. Enquadrado nesse conjunto me senti particularmente massacrado. Eu fiz a escola sobre a ditadura militar, a escola era uma espécie de instituição correcional que impunha valores comportamentais, patrióticos e uma disposição a introjetar uma voz de comando militar, a ser passivo, a aceitar ordens. Nesse sentido não tive uma educação, eu tive uma anti-educação. Meu processo de educação foi uma luta para me deseducar daquilo que me foi introjetado desde a infância. Acho que, infelizmente, já estamos avançados no século XXI e de alguma forma, ainda, queda de muro ou não queda de muro, a gente ainda vive um clima que é um desdobramento dessa fonte profundamente nociva, anti-humanista, anti-social, anti-democrática do primeiro pós-guerra que foi sendo reiterado por sucessivas crises e tendo seus momentos de maior e menor compressão, mas basicamente essa é a atmosfera em que o mundo submergiu por conta da polarização ideológica."

Entrevista com professor Nicolau Sevcenko
www.pontourbe.net

Ponto Urbe - A Revista Digital do Núcleo de Pesquisa Urbana(NAU) da USP

Manifesto comunista

"Com o desenvolvimento da burguesia, isto é, do capital, desenvolve-se também o proletariado, a classe dos operários modernos, os quais só vivem enquanto têm trabalho e só têm trabalho enquanto seu trabalho aumenta o capital. Esses operários, constrangidos a vender-se a retalho, são mercadoria, artigo de comércio com qualquer outro; em consequência, estão sujeitos a todas as vicissitudes da concorrência, a todas as flutuações do mercado.

[...] Ora, o preço do trabalho, como de toda mercadoria, é igual ao seu custo de produção. Portanto, à medida que aumenta o caráter enfadonho do trabalho, decrescem os salários.

[...] Depois de sofrer a exploração do fabricante e de receber o seu salário em dinheiro, o operário torna-se presa de outros membros da burguesia: o senhorio, o varejista, o penhorista etc.

[...] O proletariado passa por diferentes fases de desenvolvimento. Sua luta contra a burguesia começa com a sua existência".

(Manifesto comunista)


domingo, 17 de agosto de 2014

Valise de Cronópio

"Sempre serei como um menino para muitas coisas, mas um desses meninos que, desde o começo, carregam consigo o adulto, de maneira que, quando o monstrinho chega verdadeiramente a adulto ocorre que, por sua vez, carrega consigo o menino, e nel mezzo del cammin, dá-se uma coexistência poucas vezes pacífica de pelo menos duas aberturas para o mundo."

- Julio Cortázar, em “Valise de Cronópio”.

[tradução Davi Arrigucci Jr. e João Alexandre Barbosa]
 2ª ed., São Paulo: Editora Perspectiva, 1993, p. 165.



Odio gli indifferenti anche perché mi dà noia il loro piagnisteo di eterni innocenti. Domando conto ad ognuno di essi del come ha svolto il compito che la vita gli ha posto e gli pone quotidianamente, di ciò che ha fatto e specialmente di ciò che non ha fatto. E sento di poter essere inesorabile, di non dover sprecare la mia pietà, di non dover spartire con loro le mie lacrime.

Antonio Gramsci
Eu odeio os indiferentes, porque me dá tédio suas lamúrias de eternos inocentes. Pedir para cada conta de como ele executou a tarefa que a vida tem colocado e colocados em uma base diária, o que ele fez, e especialmente o que não. E sinto que posso ser inexorável, não ter que desperdiçar a minha compaixão, não ter que compartilhar com eles minhas lágrimas.


Antonio Gramsci

sábado, 16 de agosto de 2014

Terrível é o pensar./ Eu penso tanto / E me canso tanto com meu pensamento / Que às vezes penso em não pensar jamais./ Mas isto requer ser bem pensado / Pois se penso demais / Acabo despensando tudo que pensava antes / E se não penso / Fico pensando nisso o tempo todo./

 Millôr Fernandes
" A família é o conjunto de pessoas que descendem de um antepassado comum. O antepassado é o sinal de uma realidade profunda: o sangue, isto é, «chama da vida». A finalidade da família é a procriação, ou seja, a transmissão de energia vital através do sacrifico, a manutenção da vida essencial do antepassado. A família aparece como um microcosmo, a célula primária da sociedade, da qual as outras estruturas-povoação, tribo, reino, império-derivam. A família é uma comunidade (democrática) cujo o chefe, que é também sacerdote e juiz, atua como delegado do conselho de família. Na povoação, na tribo, no império são caracteres de uma teocracia democrática."

Senghor (1977)
“A filosofia já não tem razão de ser e, por isso, o homem moderno, se fosse corajoso e honesto, deveria rejeitá-la e bani-la com palavras semelhantes àquelas com que Platão expulsou os poetas trágicos do seu Estado. Ela poderia, sem dúvida, replicar, como também os poetas trágicos retorquiram a Platão. Se fosse obrigada a falar, poderia, por exemplo, dizer: "Pobre povo! Será por minha culpa que eu vagueio no teu solo como uma profetiza e que tenho de me esconder e de me disfarçar, como se fosse uma pecadora e vós os meus juízes? Olhai a minha irmã, a arte: acontece-lhe como a mim, refugiamo-nos junto dos Bárbaros e já não sabemos salvar-nos. Aqui, é verdade, já não temos nenhuma boa razão de ser: mas os juízes, perante os quais encontramos razão, também vos julgam e hão de vos dizer: "Tende primeiro uma civilização; depois, aprendereis o que a filosofia quer e pode".
__________________

Friedrich Nietzsche

Germinal

"O sol surgia no horizonte glorioso, era um despertar de regozijo por tôda a extensão do campo. Uma vaga de ouro rolava do oriente ao ocidente, sôbre a imensa planície. Êsse calor de vida avançava, estendia-se num estremecer de juventude, e nêle vibravam os suspiros da terra, o canto dos pássaros, todos os murmúrios das águas e dos bosques. Era bom estar vivo, o velho mundo queria viver mais uma primavera."
- Émile Zola, em "Germinal". 
[tradução Francisco Bittencourt]. Rio de Janeiro: Editorial Bruguera, 1969, p. 606.
http://www.elfikurten.com.br/2014/08/emile-zola.html
Depois de décadas de políticas públicas voltadas para o crescimento econômico, o mundo deveria estar mais igualitário. Mas, ao contrário, persistem enormes disparidades entre países industrializados e em desenvolvimento. Das razões subjacentes a tal desequilíbrio trata “A corrida pelo crescimento: países em desenvolvimento na economia mundial”.

Em linguagem concisa e acessível a quem se interesse por economia, ciências sociais e relações internacionais, o renomado economista indiano Deepak Nayyar analisa de um prisma interdisciplinar esse conjunto de países desde o início do segundo milênio, quando todos estavam mais ou menos em idêntico patamar.

Nos séculos XVII e XVIII eram China e Índia os líderes da economia mundial, mas já no XIX a Revolução Industrial e o colonialismo forjaram uma grande divergência entre o Ocidente e o restante do planeta. No rastro da reconstrução do após-guerra, o quadro tendeu a se inverter, originando uma convergência de 1950 a 2010. Estávamos no caminho certo? Nayyar tem dúvidas, pois a convergência foi modesta. Só catorze países subdesenvolvidos lograram o salto qualitativo para o emparelhamento — o “catch up”, como dizem os economistas — com os mais ricos. E nem sempre o crescimento se traduziu em desenvolvimento.
Celso Furtado, em seus trabalhos teóricos seminais, insistia em que o crescimento só se torna verdadeiro desenvolvimento quando atende as múltiplas dimensões e aspirações do ser humano. Se longe disso está o pelotão de frente dos países em desenvolvimento, que dizer dos que formam o resto do resto? É premente repensar, junto com o autor, o desenvolvimento em novas bases.
O grande, mas não único, mérito do livro de Deepak Nayyar é fincar-se, muito além da economia, em pilares históricos e culturais para escrutar o passado e incorporar a imprescindível dimensão política para prospectar o futuro visando uma convergência inclusiva.

Rosa Freire d’Aguiar

Deepak Nayyar é professor emérito da Universidade Jawaharlal Nehru, de Nova Delhi. Lecionou em Oxford, onde se doutorou, em Sussex, e na New School for Social Research, de Nova York. Integrou os quadros do World Institute for Development Economics Research em Helsinque, do South Centre, em Genebra, do Social Science Research Council, e ocupou funções de governo na Índia. É autor, entre outros, de Trade and Globalization (2008) e Liberalization and Development (2008). “A corrida pelo crescimento” é seu primeiro livro publicado no Brasil.

Estado Islâmico do Iraque e do Levante

"O assim chamado "Estado Islâmico do Iraque e do Levante" (ISIS, na sigla em inglês) é um grupo terrorista formado por fundamentalistas islâmicos recrutados em diversos países, como o Paquistão, Chechênia, Líbia, Arábia Saudita e até Estados Unidos e Europa Ocidental. Desde o início, foram financiados, armados e apoiados pelos EUA, Israel e petromonarquias do Golfo Pérsico. Seu objetivo é implantar um "califado" salafista (versão deturpada do Islã praticada na Arábia Saudita) em regiões ocupadas do Iraque e da Síria, expulsando ou assassinando populações cristãs, curdas, xiitas ou sunitas de outros ramos do Islã. Enquanto foi interessante para os EUA, eles apoiaram esses terroristas; agora que eles saíram de seu controle, a Casa Branca mudou de aliado e passou a apoiar os curdos contra o ISIS, mas mantendo o seu mesmo objetivo estratégico: a divisão do Iraque em vários estados -- um curdo, um sunita e outro xiita -- para enfraquecer o país árabe e facilitar o domínio imperialista na região. A mesma estratégia seria implantada na Síria, onde, felizmente, Bashar Al-Assad está vencendo a guerra e expulsando esses criminosos do heroico país árabe. Mais informações a respeito no excelente livro "A segunda guerra fria", do professor Moniz Bandeira."
 ( Claudio Daniel)

quinta-feira, 14 de agosto de 2014

O Jogo da Amarelinha

"Amor meu, não te amo por ti nem por mim nem pelos dois juntos, não te amo porque o sangue me faça te amar, amo-te porque tu não és minha, porque tu estás do outro lado, desse lado para onde me convidas a saltar e não posso dar o salto, porque no mais profundo de tudo tu não estás em mim, e não te alcanço, não consigo passar para lá do teu corpo, do teu riso, há horas em que me atormento por saber que tu me amas (como gostas de usar o verbo amar, com que pretensão vais deixando cair o teu amor que não me serve de ponte, pois uma ponte não se apóia de um só lado, Wright ou Le Corbusier jamais farão uma ponte apoiada de um só lado e não me olhes com esses olhos de pássaro, para ti a operação do amor é muito fácil, tu ficarás curada antes de mim, e a verdade é que não amo aquilo que amas em mim..."

 (Julio Cortázar, em "O Jogo da Amarelinha", cap 93)

domingo, 10 de agosto de 2014

Eu bem gostaria de ser sábio.
Nos velhos livros se encontra o que é sabedoria:
Manter-se afastado da luta do mundo e a vida breve
Levar sem medo
E passar sem violência
Pagar o mal com o bem
Não satisfazer os desejos, mas esquecê-los
Isto é sábio.
Nada disso sei fazer.

Bertolt Brecht

MONÓLOGO


Adivinho teu corpo dentro
da noite. Soltos os cabelos
cor de areia fina, delidos
os contornos no linho do lençol.
Dormes tranquilamente. Tudo em
mim é presença tua. E, enquanto
dormes, algo de mim habita
e persiste em ti. Tu dormes
e eu espreito teu sono. Algo
de fluido nos liga e envolve.
Vejo-te lucilar na noite,
teus longos inteiriçados membros
fremindo. Momento breve que perdura.
Depois acordas cinzenta,
banhada em pranto,
oferecendo o perfil suave
ao beijo morno de um céu
onde a aurora se demora.

Rui Knopfli

Dentes


Os dentes, porque são dentes,
iniciais. Na espuma,
porque não são saliva
estas ondas
pouco mordentes; este
sal que sobe quase
doce; donde?
Numa espécie
de fogo: amor é fogo
que arde sem se ver;
porque não é
de facto fogo este frio aceso;
da saliva à lava
passa pela espuma.
Só os dentes.
Duros, ácidos, concentram-se
tacteando a pele,
tatuando signos sempre
moventes
de fúria. Mordida
a pele cintila; espelho
dos dentes, do seu esmalte voraz;
suavemente.

Carlos de Oliveira, in 'Pastoral'

Carlos Oliveira (Belém do Pará, 10 de Agosto de 1921 — Lisboa, 1 de Julho de 1981), escritor.
Nascido no Brasil,filho de imigrantes, veio aos dois anos para Portugal. A família fixa-se em Cantanhede, mais precisamente na vila de Febres, onde o pai exercia medicina. Em 1933 muda-se para Coimbra, onde permanece durante quinze anos, para estudar. Em 1941 ingressa na Faculdade de Letras da Universidade de Coimbra, onde estabelece amizade com Joaquim Namorado, João Cochofel e Fernando Namora. Em 1947 licencia-se em Ciências Histórico-Filosóficas, instalando-se definitivamente em Lisboa.
Data de 1942 o seu primeiro livro de poemas, intitulado "Turismo", que integra a colecção poética de 10 volumes do "Novo Cancioneiro", iniciativa colectiva que, assinala o advento do movimento neo-realista. Porém, em 1937, já publicara, um pequeno livro de contos "Cabeças de Barro". Em 1943 publica o seu primeiro romance, "Casa na Duna",. No ano de1944 surge o romance "Alcateia", que viria a ser apreendido pelo regime.
Os anos seguintes serão, para Carlos de Oliveira, bem profícuos quanto à integração e afirmação no grupo que veicula e auspera por um novo humanismo, com a participação nas revistas Seara Nova e Vértice, além da colaboração no livro de Fernando Lopes Graça "Marchas, Danças e Canções", uma antologia de vários poetas, musicadas pelo maestro.
Em 1953 publica "Uma Abelha na Chuva", o seu quarto romance e, unanimemente reconhecido, uma das mais importantes obras da literatura portuguesa do século XX, adaptado ao cinema por Fernando Lopes.
Em 1957 organiza, com José Gomes Ferreira, os Contos Tradicionais Portugueses, alguns deles posteriormente adaptados ao cinema por João César Monteiro.

Segue-se: "Sobre o Lado Esquerdo" e "Micropaisagem" (poesia), "O Aprendiz de Feiticeiro", colectânea de crónicas e artigos, e "Entre Duas Memórias

Entrevista com a socióloga Eva Illouz

Publicado no Unisinos.

Israel se retirou da Faixa de Gaza na terça-feira (5), mas deixou para trás morte e destruição. A socióloga israelense Eva Illouz diz à “Spiegel” que seu país está tomado pelo medo e está cada vez mais suspeitando da democracia.

Houve amplo apoio em Israel à operação na Faixa de Gaza, apesar dos números imensos de vítimas civis e a morte de centenas de crianças. Por que isso?

Onde você vê seres humanos, os israelenses veem inimigos. Diante dos inimigos, você cerra fileiras, se une no temor por sua vida, e você não pensa na fragilidade do outro. Israel tem uma autoconsciência esquizofrênica, dividida: ela cultiva sua força e não consegue deixar de se ver como fraca e ameaçada. Além disso, tanto o fato de o Hamas nutrir uma ideologia radical islâmica e antissemita quanto a existência de um racismo raivoso antiárabe em Israel explicam por que os israelenses veem Gaza como um baluarte de terroristas reais ou potenciais. É difícil ter compaixão por uma população vista como ameaçando o coração de sua sociedade.

Isso também se deve ao fato de a sociedade israelense estar se tornando cada vez mais militarista?

Israel é ao mesmo tempo um poder militar colonial, uma sociedade militarizada e uma democracia. O Exército, por exemplo, controla os palestinos por uma vasta rede de ferramentas coloniais, como postos de controle, tribunais militares (governados por um sistema legal diferente do sistema israelense), concessão arbitrária de licenças de trabalho, demolição de casas e sanções econômicas. É uma sociedade civil militarizada porque quase toda família tem um pai, filho ou irmão no Exército e porque os militares exercem um papel enorme na formação da mentalidade dos israelenses comuns e são cruciais tanto nas decisões políticas quanto na esfera pública. Na verdade, eu diria que “segurança” é o conceito primordial que guia a sociedade e a política israelense. Mas também é uma democracia, que concede direitos aos gays e possibilita ao cidadão processar o Estado.

Mesmo assim, muitos diriam que Israel foi longe demais nesta guerra contra o Hamas.

Eu acho que os israelenses perderam o que podemos chamar de “sensibilidade humanitária”, a capacidade de se identificar com o sofrimento de um outro distante. Em Israel, ocorreu uma mudança na percepção do “outro palestino”. O palestino se transformou em um verdadeiro inimigo na percepção dos israelenses, no sentido de que “eles estão ali” e “nós estamos aqui”. Eles deixaram de ter um rosto e mesmo um nome.

Você tem uma explicação para a mudança?

Israelenses e palestinos antes se misturavam. Eles trabalhavam como operários de construção e como mão de obra barata, mal paga. O muro foi construído. Vieram os bloqueios de estrada, que impediram a liberdade de movimento dos palestinos. A redução imensa nas licenças de trabalho veio em seguida. E em poucos anos os palestinos desapareceram da sociedade israelense. A Segunda Intifada colocou um prego nesse caixão, por assim dizer. A natureza da liderança israelense também mudou. A direita messiânica ganhou progressivamente poder em Israel. Ela costumava ser marginal e ilegítima; agora é cada vez mais popular. Essa direita radical ocupa cadeiras no Parlamento, controla orçamentos e mudou a natureza do discurso. Muitos israelenses não entendem a natureza radical da direita em Israel. Ela se disfarça com sucesso como sendo “patriótica” ou “judaica”.

Por que a direita é tão forte no momento, apesar de haver bem menos ataques terroristas em Israel do que no passado?

Gerações inteiras foram criadas com os territórios, com Israel sendo um poder colonial. Elas não conhecem outra coisa. Você tem os assentamentos que são altamente ideológicos. Eles expandiram e entraram na vida política israelense. Os assentamentos foram fortalecidos por meio de políticas de governo sistemáticas: eles recebem incentivos fiscais; eles contam com soldados para protegê-los; eles contam com estradas e infraestrutura muito melhores do que no restante do país. Há segmentos inteiros da população que nunca conheceram uma pessoa secular e foram educados religiosamente.

Alguns desses segmentos religiosos também são muito nacionalistas. A realidade que enfrentamos dentro de Israel é que devemos escolher entre liberalismo e o judaísmo, e se escolhermos o judaísmo, estamos condenados a nos tornarmos uma Esparta religiosa, o que não será sustentável. Enquanto nos anos 60 era possível ser tanto socialista quanto sionista, hoje não é possível, por causa das políticas e da identidade de Israel. E há o papel que os judeus que vivem fora de Israel exercem em Israel. Muitos desses judeus têm pontos de vista de direita e contribuem com dinheiro para jornais, centros de estudos e instituições religiosas dentro de Israel. Vamos encarar: a direita tem sido mais sistemática e mais mobilizada, tanto dentro quanto fora de Israel.
Ampliar

Os judeus na diáspora veem Israel de modo diferente dos judeus em Israel?

Os judeus da diáspora foram moldados pela memória do Holocausto. Eles costumam viver em sociedades nas quais seus próprios direitos democráticos são garantidos. Às vezes estão sob ataque do antissemitismo e, portanto, sentem um ímpeto de reforçar a identidade judaica. Eles não entendem a aflição dos israelenses que veem a democracia sendo progressivamente devorada por forças sombrias. Hoje, os judeus da diáspora e os judeus em Israel não têm mais os mesmos interesses.

O que acontecerá se os princípios democráticos continuarem ruindo?

Há um ou dois anos, o jornal “Haaretz” realizou uma pesquisa que apontou que 40% das pessoas disseram estar considerando deixar Israel. Eu não sei os números reais, mas nunca soube de tamanha alienação em relação a Israel como durante esse período. As pessoas que vivem na secular Tel Aviv têm muito menos em comum com seus pares religiosos em Jerusalém do que com as pessoas que vivem em Berlim.

israel tacismo

Você descreve um país temeroso e ansioso.

O medo está profundamente entranhado na sociedade israelense. O medo do Holocausto, o medo do antissemitismo, o medo do Islã, o medo dos europeus, o medo do terror, o medo do extermínio. E o medo gera um tipo muito particular de pensamento, que eu chamaria de “catastrofista”. Sempre se pensa no pior cenário, não no curso normal dos eventos. Nos cenários catastrofistas, é permitido violar muito mais normas morais do que se você imaginasse um curso normal dos eventos.

Essa percepção diferente das ameaças e conflitos é problemática. Enquanto Israel se vê como vítima, o resto do mundo cada vez mais vê o país como um poder de ocupação violento.

Imagine que você seja uma menina criada por um pai muito brutal. Você desenvolveria uma suspeita “saudável” dos homens e se tornaria muito cautelosa. Se você vivesse por algum tempo em um ambiente de homens bons e carinhosos, sua suspeita relaxaria. Mas se você vivesse em um ambiente no qual alguns homens fossem muito brutais e alguns não, sua suspeita saudável se transformaria em uma incapacidade obsessiva de diferenciar entre os tipos diferentes de homens, os brutais e os carinhosos. Esse é o trauma histórico da consciência com o qual os judeus convivem. A psique israelense se tornou incapaz de fazer essas distinções.

Esse medo justifica o tipo de violência brutal imposta à população civil na Faixa de Gaza?

Claro que não. Eu só estou dizendo que o medo é central na psique israelense. Esses temores são cinicamente usados por líderes como o primeiro-ministro Benjamin Netanyahu. Ele faz os israelenses acreditarem que todos eles querem nos destruir. O Hamas quer nos destruir, a ONU quer nos destruir, a Al Qaeda e o Irã querem nos destruir. O EIIL (Estado Islâmico do Iraque e do Levante) quer nos destruir. Os europeus antissemitas querem nos destruir. Esse é basicamente o filtro pelo qual o conflito com o Hamas é interpretado pelo israelense comum. Outra dimensão desse prisma é que “eles” não são seres humanos.

Os palestinos são desumanizados porque colocam seus soldados entre os civis, enviam suas crianças à luta, gastam e desperdiçam seu dinheiro na construção de túneis mortais em vez de construindo sua própria sociedade. Além da desumanização do outro, os israelenses têm um forte senso de sua própria superioridade moral. “Nós pedimos às pessoas para deixarem suas casas; nós telefonamos para elas para assegurar que os civis sejam evacuados. Nós nos comportamos de forma humana”, pensa o israelense. Um Exército com bons modos.

Mesmo assim, uma enorme onda de ódio se tornou visível em Israel nas últimas semanas. E não é direcionada apenas aos palestinos, mas também a segmentos da sociedade israelense.

Algumas normas básicas de discurso foram violadas por alguns rabinos e membros do Knesset, que não têm escrúpulos em expressar ódio pelos árabes de formas que legitimam o ódio. Isso é muito preocupante. Isso acontece porque gerações inteiras foram criadas acreditando nas posições religiosas e ultranacionalistas. Eu não acho que há mais ódio em Israel do que em alguns bolsões racistas da sociedade alemã ou francesa. Mas quando alguns palestinos cantaram recentemente nas ruas de Paris, “Morte aos Judeus”, a reação do governo do primeiro-ministro Manuel Valls foi rápida e clara. As autoridades enviaram uma forte mensagem de que há formas de discurso e de crença que são inadmissíveis. O que falta na sociedade israelense é esse tipo de forte posicionamento moral vindo de seus líderes.

Como você explica esse paradoxo –o ódio por um lado e a ênfase de Israel em seus valores liberais do outro?

Israel começou como uma nação moderna. Ela extraía sua legitimidade do fato de ter instituições democráticas. Mas também construiu instituições altamente antimodernas em seu desejo de criar uma democracia judaica, ao dar poder aos rabinos, ao criar profundas desigualdades étnicas entre diferentes grupos étnicos, como os judeus de países árabes contra judeus de descendência europeia; árabes contra judeus; judeus contra não judeus. Isso bloqueou o pensamento universalista.

Você diria que o caráter judeu do país subordinou o caráter democrático?

Sim, com certeza. Nós estamos em um ponto onde se tornou claro que o judaísmo sequestrou a democracia e seu conteúdo. Isso acontece cada vez mais quando o currículo escolar começa a ser mudado e passa a enfatizar mais conteúdo judeu e menos conteúdo universal; quando o Ministério do Interior expulsa trabalhadores estrangeiros porque membros do partido Shas temem que não judeus possam se casar com judeus; quando direitos humanos são pensados como sendo uma ideia esquerdista, porque os direitos humanos pressupõem que judeus e não judeus são iguais.

Isso não soa particularmente encorajador.

A única resposta é a criação de um vasto campo de pessoas que defendam a democracia. A divisão direita-esquerda não é mais importante. Há algo mais urgente agora: a defesa da democracia. A voz da extrema direita está muito mais alta e clara do que antes. Isso é que é novo: uma direita racista que não tem vergonha de si mesma, que persegue os dissidentes e até mesmo as pessoas que ousam expressar compaixão pelo outro lado. O verdadeiro perigo para Israel e sua sustentabilidade vem de dentro. Os elementos fascistas e racistas não são uma ameaça menor à segurança do que os inimigos externos.


sábado, 9 de agosto de 2014

Muchas veces me ha sucedido, como crítico en ejercicio, que escritores disconformes con lo que he dicho (o escrito) acerca de su obra me lo hagan saber con cierto disgusto. Pero, en la mayoría de los casos, lo que sucede es que ellos consideran que la literatura -la poesía, casi siempre- es una forma de expresión utilitaria, funcional, como cualquier otra. No parecen (o no quieren) entender que el quid de la cuestión reside en que la escritura poética -para serlo- ha de movernos a mover la realidad con una dimensión siempre mayor, que no basta con comunicar algo inmediatamente identificable, o que se pueda explicar de una vez, y ya...Es el gran error de nuestro tiempo dejar que la obra literaria se limite a decir lo que dice, y del modo más convencional posible, creyendo que este oficio de la palabra debe ceder también a ese concepto equivocadamente democrático de la trivialización del pensamiento y de la propia creación literaria. No es comunicación lo que habremos de pedirle, sino que se establezca como un espacio de comunión que, como sabemos, quiere identificación colectiva en lo mismo, unión en una experiencia común de existencia, donde ni lugar ni tiempo históricos -por ser transitorios- signifiquen nada: se trata de una convocación del espíritu -aliento, respiración- en el cual, como seres humanos, nos reconocemos".


Jorge Rodríguez Padrón.

Ofelia



Arthur Rimbaud
                                  I
En las aguas profundas que acunan las estrellas,
blanca y cándida, Ofelia flota como un gran lilio,
flota tan lentamente, recostada en sus velos...
cuando tocan a muerte en el bosque lejano.

Hace ya miles de años que la pálida Ofelia
pasa, fantasma blanco por el gran río negro;
más de mil años ya que su suave locura
murmura su tonada en el aire nocturno.

El viento, cual corola, sus senos acaricia
y despliega, acunado, su velamen azul;
los sauces temblorosos lloran contra sus hombros
y por su frente en sueños, la espadaña se pliega.

Los rizados nenúfares suspiran a su lado,
mientra ella despierta, en el dormido aliso,
un nido del que surge un mínimo temblor...
y un canto, en oros, cae del cielo misterioso.

                             II

¡Oh tristísima Ofelia, bella como la nieve,
muerta cuando eras niña, llevada por el río!
Y es que los fríos vientos que caen de Noruega
te habían susurrado la adusta libertad.

Y es que un arcano soplo, al blandir tu melena,
en tu mente transpuesta metió voces extrañas;
y es que tu corazón escuchaba el lamento
de la Naturaleza -son de árboles y noches.

Y es que la voz del mar, como inmenso jadeo
rompió tu corazón manso y tierno de niña;
y es que un día de abril, un bello infante pálido,
un loco miserioso, a tus pies se sentó.

Cielo, Amor, Libertad: ¡qué sueño, oh pobre Loca!
Te fundías en él como nieve en el fuego;
tus visiones, enormes, ahogaban tu palabra.
-Y el terrible Infinito espantó tu ojo azul.

                             III

Y el poeta nos dice que en la noche estrellada
vienes a recoger las flores que cortaste,
y que ha visto en el agua, recostada en sus velos,
a la cándida Ofelia flotar, como un gran lis.


Biblioteca Digital Ciudad Seva

La madre del monstruo

Máximo Gorki

Día tórrido. Silencio. La vida está como cristalizada en un luminoso remanso. El cielo contempla a la tierra con mirada límpida y azul por la pupila resplandeciente del sol.
El mar se diría forjado en metal liso y azuloso. En su inmovilidad, las barcas policromas de los pescadores parecen soldadas al hemiciclo tan esplendoroso como el cielo... Moviendo apenas las alas, pasa una gaviota, y en el agua palpita otra más blanca y más bella que la que hiende al aire.

El horizonte aparece confuso. Entre la bruma, se vislumbra un islote violáceo, del que no se sabe si flota dulcemente o si se derrite bajo el calor. Es una roca solitaria en medio del mar, espléndida gema del collar que forma la bahía de Nápoles.

El pétreo islote, erizado de cresta y aristas, va descendiendo hasta el agua. Su aspecto es imponente, y tiene la cima coronada por la marca verdeoscura de un viñedo, de los naranjos, de los limoneros y de las higueras, y por las menudas hojas de color de plata oxidada de los olivos. Entre este torrente de verdor que se desborda hacia el mar sonríen unas flores blancas, áureas y rojas, y los frutos anaranjados y amarillos hacen pensar en las noches sin luna y de firmamento sombrío.

El silencio reina en el cielo, en el mar y en el alma.

Entre los jardines serpentea un angosto sendero, por el que una mujer se dirige hacia la orilla. Es alta. Su vestido negro y remendado está descolorido por el uso. Su pelo brillante forma como una diadema de ricitos sobre la frente y las sienes, y es tan encrespado que no es posible alisarlo. De su rostro enjuto impresiona la mezcla de rudeza y austeridad. Hay en estas facciones algo profundamente arcaico; al tropezar con la mirada fija y sombría de sus ojos, se piensa sin querer en los ardientes orientales, en Débora y en Judit.

Anda con la cabeza agachada, haciendo calceta; el acero de las agujas brilla entre sus dedos. El ovillo de lana está oculto en una de sus faltriqueras, pero se diría que el hilo rojo sale de su pecho. El camino es sinuoso y los pedruscos crujen y resbalan a su paso. Sin embargo, la vieja sigue bajando con la misma seguridad que si sus pies viesen el sendero.

He aquí la historia de esta mujer.

Poco después de su matrimonio con un pescador, su marido salió un día a la faena y no regresó. La mujer estaba grávida.

Apenas nació el niño, ella procuró mantenerlo siempre oculto de la gente. Nunca la vieron con él en la calle, al sol, para glorificarse con su hijo, como suelen hacer todas las madres; antes al contrario, lo tenía envuelto en harapos, en un rincón de su choza.

Durante mucho tiempo ningún vecino pudo ver del niño más que la cabezota y los inmensos ojos inmóviles en la cara amarillenta. Advirtieron asimismo que la madre, que antaño había luchado a brazo partido contra la miseria, llena de alegría, infatigablemente, que sabía comunicar valor a los demás, se mostraba ahora taciturna y parecía estar siempre meditando, con el ceño fruncido, como si contemplase el mundo a través de un velo de dolor, con mirada extraña e interrogadora.

Sin embargo, no pasó mucho tiempo sin que todos se enterasen de su desgracia. El niño había nacido contrahecho, y esa era la causa de la pesadumbre de la madre y el motivo de que lo ocultase de la gente.

Entonces los vecinos, condolidos, le dijeron que comprendían el dolor de una madre que da a luz a un hijo anormal, pero que nadie, salvo la Madona, sabía si aquella prueba era un castigo, y que el niño, de todos modos, no debía ser privado de la luz del sol.

Ella prestaba oídos a la gente y les mostraba a su hijo. Tenía éste unas piernas y unos bracitos en extremo cortos, como aletas de pez; la cabeza, hinchada como una bola, se sostenía a duras penas sobre el cuello delgaducho y endeble; el rostro estaba todo surcado de arrugas; tenía los ojos turbios y la boca hendida por una sonrisa inexpresiva.

Al mirarlo, las mujeres lloraban y los hombre se retiraban mohínos, con una mueca de desdén. La madre del monstruo se sentaba en el suelo, y ora bajaba la cabeza, ora la levantaba y miraba a todos, como preguntando algo que nadie podía comprender.

Los vecinos construyeron para el engendro una caja semejante a un ataúd; lo llenaron de vellones de lana, colocaron en ella al pequeño monstruo y los pusieron en un rincón del patio. Tenían la esperanza de que el sol, hacedor de milagros, haría uno más.

Pero fue transcurriendo el tiempo y el monstruo seguía siéndolo: una cabezota enorme, un largo tronco y unos atrofiados muñones. Únicamente su sonrisa iba adquiriendo una expresión más y más definida de insaciable glotonería. En la boca surgieron dos hileras de agudos dientes, y los cortos y deformes brazos se adiestraron en coger los trozos de pan y llevarlos, sin equivocarse nunca, a la ávida bocaza.

Era mudo, pero cuando alguien comía cerca o cuando olía alimento, abría el hocico y empezaba a dar unos mugidos roncos y a menear como un loco la cabezota, mientras el blanco mate de los ojos se le cubría de venillas sanguinolentas.

Comía mucho, cada día más; su mugido se hizo persistente. La madre trabajaba sin cesar, pero su ganancia era exigua y a veces nula. No se quejaba de su suerte, y si aceptaba alguna ayuda, era de mala gana y sin despegar los labios. Cuando estaba fuera, los vecinos, cansados del constante mugir del monstruo, corrían a meterle en la boca mendrugos, frutas, legumbres y cuanto comestible tenían a mano.

-¡Te va a comer viva! -decían a la madre-. ¿Por qué no lo llevas a un asilo?

-No quiero oír hablar de eso -contestaba la pobre mujer-. Soy su madre. Yo lo traje al mundo y yo he de ganar el sustento para él.

Como aún era hermosa, más de uno quiso hacerse amar por la desdichada, pero no obtuvo el menor éxito. A uno, precisamente a aquel hacia quien se sentía más inclinada, le dijo un día:

-No puedo ser tu esposa. Tengo miedo de engendrar otro monstruo. Tú mismo te avergonzarías. ¡No, vete!

El hombre insistió, recordándole que la Madona hacía justicia a las madres y las consideraba como hermanas suyas. Pero ella exclamó:

-¡Ay! No sé de qué puedo ser culpable, pero se me castiga con crueldad.

El pretendiente suplicó, lloró, se enfureció; pero la mujer no cedió.

-Me da miedo -decía-. He perdido la fe en mi destino...

El hombre se marchó muy lejos, y no regresó nunca.

Durante muchos años, la pobre madre estuvo llenando aquella boca sin fondo que engullía sin cesar. El monstruo comía todo el fruto del trabajo materno, la sangre, la vida de la desgraciada mujer. La cabeza, cada vez más desarrollada, era horrible. Semejaba un globo a punto de desprenderse del atrofiado cuello para elevarse por el aire, tras haber topado contra las esquinas de las casas.

Todos los que pasaban por la calle y miraban hacia el patio, se detenían estupefactos, estremecidos, sin atinar a comprender qué era aquello. La caja estaba adosada a un muro por el que se enredaba una parra, y de su interior surgía la cabeza del monstruo.

El amarillento rostro estaba surcado de arrugas; los pómulos eran salientes; los ojos mates, desencajados, casi salían de las órbitas.

Aquella horrenda imagen se quedaba fija largo tiempo en la memoria. La gran nariz, achatada, vibraba y se estremecía; los labios, al moverse, dejaban al descubierto unos dientes carniceros, y a cada lado del globo surgían dos desmesuradas orejas que parecían tener vida propia e independiente... Aquel horripilante mascarón estaba rematado por un manojo de pelos negros y rizados como los de un africano.

Casi siempre se le veía con un pedazo de cualquier cosa comestible en la mano diminuta y breve como la patita de una lagartija.

Entonces inclinaba la cabeza y mascaba con gran ruido, sorbiéndose los mocos, y los ojos se le movían hasta fundirse en una mancha turbia y sin fondo sobre la pálida faz, cuyas contracciones semejaban las de la agonía. Cuando tenía hambre, alargaba el cuello y abría la boca enrojecida, de la que salía una delgada lengua de víbora para mugir con acento imperativo.

La gente se marchaba santiguándose y musitando una oración.

Aquello les recordaba todos los dolores y desgracias que les había deparado la vida.

Un herrero, hombre viejo y de carácter melancólico, repetía a menudo:

-Cuando veo esa bocaza que se lo traga todo, se me ocurre que mi fuerza ha sido también devorada por algo, no sé qué, pero que se le parece mucho. Y pienso que todos nosotros vivimos y morimos para mantener parásitos.

Aquella cara enmudecida suscitaba en todas las conciencias ideas tristes y sentimientos de espanto.

La madre escuchaba los comentarios de sus vecinos sin despegar los labios. Sus cabellos encanecieron prematuramente y las arrugas se fueron extendiendo por su rostro. Hacía ya tiempo que había perdido el hábito de reír. No ignoraban los vecinos que la infeliz se pasaba las noches enteras a la puerta de su casa mirando al cielo, como si esperase que de allí pudiera llegar el socorro. Y se decían unos a otros, encogiéndose de hombros:

-¿Qué debe estar esperando?

Terminaron por aconsejarle:

-¡Llévalo a la plaza, junto a la iglesia! Por allí pasan los extranjeros y le echarán limosna.

-Sería horrible que lo vieran los extranjeros -contestó la madre, horrorizada-. ¿Qué pensarían de nosotros?

-La desgracia existe en todos los países -le contestaron-, cosa que nadie ignora.

La madre negó con un movimiento de cabeza.

Cierto día, ocurrió que unos extranjeros visitaban el pueblo y lo husmeaban todo, entraron en el patio y se fijaron en el monstruo, que estaba metido en su caja. La madre fue testigo de sus gestos de repugnancia y comprendió que hablaban con repulsión de su hijo. Pero lo que más la sorprendió fueron ciertas palabras pronunciadas con acento de desprecio y animosidad y, también, de triunfo.

La desgraciada mujer conservó en la memoria el sonido de aquellas palabras extranjeras, que repetía insistentemente y en las que su corazón de italiana y de madre adivinaba un significado insultante. Aquel mismo día fue a casa de un adivino conocido suyo y le preguntó qué significaban las palabras que había oído.

-Convendría saber quién las ha pronunciado -contestó el hombre, frunciendo el ceño-. Pues significan: "Italia muere antes que las demás naciones italianas". ¿Quién forja semejantes mentiras?

La pobre mujer se marchó silenciosa.

Al día siguiente, a consecuencia de un hartazgo, su hijo murió entre convulsiones.

La madre se sentó en el patio, junto a la caja, con las manos cruzadas sobre aquella cabeza inerte. Permanecía quieta, inmóvil, y parecía más que nunca esperar algo. Fijaba la mirada interrogante en cada uno de los que desfilaban ante el cadáver.

Todos guardaron silencio. Nadie le preguntó nada, aunque muchos se sentían inclinados a felicitarla por haberse liberado de aquella esclavitud, o tal vez hubieran deseado consolarla por haber perdido al que, después de todo, era su hijo. Pero nadie despegó los labios. Hay momentos en que todos comprenden que ciertas cosas no pueden expresarse sin que parezcan reticencias.

Mucho tiempo después de la muerte del monstruo, la madre seguía mirando a la gente a la cara, como si preguntase no se sabe qué. Pero luego, poco a poco, pareció ir olvidándolo todo...

FIN


Biblioteca Digital Ciudad Seva

quarta-feira, 30 de julho de 2014

‘Lección sobre la lección


Enlace: https://anonfiles.com/file/f5f9683c8c80ff2924d2a92c1a9a57bd

En esta lección inaugural con ocasión de su ingreso en el Collége de France, en 1982, Pierre Bourdieu impartió una suerte de metalección («lección sobre la lección inaugural de sociología consagrada a la sociología de la lección inaugural») en la que dejó muy clara su noción de la sociología : no una ciencia descriptiva de la sociedad, sino una interrogación acerca de la «violencia simbólica» con que se «trata de imponer la verdad parcial de un grupo como la verdad de las relaciones objetivas entre los grupos». Así, la sociología es, ella misma, objeto de su propia labor de investigación: «en la sociología, tal como yo la concibo, todas las proposiciones que esta ciencia enuncia pueden y deben aplicarse al sujeto que hace la ciencia» . Para Bourdieu, el sociólogo es una especie de policía del capital simbólico, que permanece atento a los engaños que la cultura establecida siempre querrá imponer; por eso su labor no puede no ser política: se tratará de detectar en qué momento el racismo, la demagogia o el populismo aparecen en el discurso del periodista, del ministro, del libro de texto. En este sentido, Bourdieu rinde homenaje a Marx, «fundador de la sociología del conocimiento», y a Foucault, quien forma parte de «la gran tradición de epistemología histórica», de la que también participa Canguilhem. Bourdieu agrega, en esa senda, que «no hay crítica epistemológica sin crítica social». Un texto que puede ser una excelente introducción a la obra de Bourdieu y también, para los iniciados, un documento histórico a la par que un interesante resumen de las ideas esenciales del autor a mediados de su carrera intelectual.



 PIERRE BOURDIEU
Todos os anos exterminamos comunidades indígenas, milhares de hectares de florestas e até inúmeras palavras das nossas línguas. A cada minuto extinguimos uma espécie de aves e alguém em algum lugar recôndito contempla pela última vez na Terra uma determinada flor. Konrad Lorenz não se enganou ao dizer que somos o elo perdido entre o macaco e o ser humano. Somos isso, uma espécie que gira sem encontrar o seu horizonte, um projeto por concluir. Falou-se bastante ultimamente do genoma e, ao que parece, a única coisa que nos distancia na realidade dos animais é a nossa capacidade de esperança. Produzimos uma cultura de devastação baseada muitas vezes no engano da superioridade das raças, dos deuses, e sustentada pela desumanidade do poder econômico. Sempre me pareceu incrível que uma sociedade tão pragmática como a ocidental tenha deificado coisas abstratas como esse papel chamado dinheiro e uma cadeia de imagens efêmeras. Devemos fortalecer, como tantas vezes disse, a tribo da sensibilidade...


José Saramago, in 'Revista Universidad de Antioquia (2001)'