“‘Veja bem, dom
Pietrino, os ‘senhores’, como você diz, não são fáceis de compreender. Eles
vivem um universo particular criado não diretamente por Deus mas sim por eles
mesmo durante séculos de experiências especialíssimas, de fadiga e alegria
deles; possuem uma memória coletiva no mínimo robusta e assim se perturbam ou
se alegram por coisas que para você ou para mim não significam nada mas que
para eles são vitais porque se relacionam com esse patrimônio de recordações,
de esperanças, de temores de classe. [...] E com isso não quero dizer que são
maus: é outra coisa. Eles, na verdade, são diferentes [...] Talvez por isso
pouco se importam com coisas que para nós tem valor; quem está nas montanhas
não se preocupa com os mosquitos da planície e quem vive no Egito chega a
esquecer que existe guarda-chuva. O primeiro, porém, teme as avalanches os
crocodilos, coisas que no entanto nos preocupam pouco. Para os aristocratas
surgiram novos temores que nós ignoramos: já vi Dom Fabrizio, ele que é um
homem sério e sábio, ficar enraivecido por causa de um colarinho mal passado a
ferro; e ouvi dizer que o príncipe de Làscari não conseguiu dormir uma noite
inteira de tão furioso que ficou por terem lhe dado o lugar errado num almoço
na intendência.’” (Tommasi di Lampedusa, em O Leopardo)
sábado, 12 de setembro de 2015
A partilha dos mitos
"Setembro
A poesia dá-se bem com este mês,
cuja medida se assemelha à do verso - dias
partidos ao meio, deixando a alma indecisa
numa evocação de gastos sentimentos. Mas é
no campo, ao poente, saboreando o cheiro doce
dos frutos que apodrecem na terra, como algas
mortas, que uma voz insistente me chama - poe -
sai? Quem, por detrás do seu rosto sonoro e
abstracto? Memória que a noite depressa apaga..."
Nuno Júdice, in. A partilha dos mitos (1982)
quarta-feira, 9 de setembro de 2015
El armario
Estaba nublado, hacía frío y todo quedaba en una
semioscuridad, cuando el expreso Berlín-Roma penetró en una de las estaciones
intermedias de su ruta. En un compartimiento de primera clase, con cubiertas de
pasamanería sobre la tapicería de felpa, Albrecht van der Qualen, viajero
solitario, se despertó, incorporándose. Sentía la boca seca y en el cuerpo la
no demasiado agradable sensación producida cuando el tren se detiene después de
un largo viaje y nos damos cuenta del cese de un movimiento rítmico, tomando
conciencia de las llamadas y señales del exterior. Es como volver en sí después
de una borrachera o del letargo. Nuestros nervios, de pronto privados del ritmo
protector, se sienten perdidos y desamparados. Pero aun es peor si acabamos de despertar
del pesado sueño en el que se cae durante los viajes en ferrocarril.
Albrecht van der Qualen se desperezó un poco, se acercó a la
ventanilla y bajó el cristal. Miró a lo largo de los vagones. Algunos hombres
estaban ocupados en el furgón de correos, descargando y cargando paquetes. La
máquina emitía una serie de sonidos, resoplaba y rugía un poco, esperando
quieta, pero solo como lo hace un caballo, que alza los cascos, mueve las
orejas y aguarda impaciente la señal de partida. Una mujer alta y robusta, con
un largo impermeable, de cara inexpresiva pero preocupada, recorría el tren
llevando una maleta de unos cuarenta kilos, la empujaba frente a ella con una
rodilla. No decía nada, pero se le notaba acalorada y angustiada. Su labio
superior estaba tenso y bañado en pequeñas gotas de sudor. Era, en conjunto,
una figura patética.
«Pobrecilla -pensó Van der Qualen-, si pudiese ayudarte,
aliviarte, hacerte subir..., solo para la tranquilidad de ese labio superior.
Pero a cada quien lo suyo. Así están dispuestas las cosas de la vida; yo me
quedo aquí, perfectamente despreocupado, mirándote como miraría a un escarabajo
panza arriba.»
El cobertizo de la estación estaba casi sumido en la
oscuridad. Madrugada o anochecer... no lo sabía. Había dormido. ¿Quién podía
decir si habían sido dos, cinco o doce horas? En alguna ocasión había dormido
durante veinticuatro o quizá más, de un tirón, con un sueño extraordinariamente
profundo.
Llevaba un grueso abrigo corto con cuello de terciopelo. Por
su complexión era difícil decir su edad: se podía dudar entre los veinticinco y
el final de los treinta. Su piel era amarillenta, pero los ojos eran negros
como ascuas y estaban rodeados de profundas sombras oscuras. Aquellos ojos no
presagiaban nada bueno. Varios doctores, hablando francamente, de hombre a
hombre, le habían dado pocos meses de vida. Su cabello negro estaba lisamente
partido a un lado.
En Berlín -aunque Berlín no había sido el principio de su
viaje-, había subido al tren cuando este empezaba a moverse, llevando como por
casualidad un maletín de piel rojiza. Se había dormido y ahora, al despertar,
se encontraba tan completamente desligado del tiempo que le invadió una
sensación de alivio. Se regocijó con la idea de que al final de la fina cadena
que llevaba alrededor del cuello, había únicamente una pequeña medalla metida
en el bolsillo superior de su chaqueta. No le gustaba enterarse de la hora o
del día de la semana, y lo que es más, no tenía tratos con el calendario. Hacía
algún tiempo que había perdido la costumbre de saber el día del mes y hasta el
mes del año. «Todo tenía que estar en el aire...», pensó y la frase, aunque
bastante vaga, era comprensible. Este programa nunca o muy raramente, había
sido alterado, pues se tomaba el trabajo de mantener todo conocimiento molesto
a distancia. Después de todo, ¿no era suficiente con saber más o menos la
estación del año?
«Debemos estar más o menos en otoño -pensó, mirando el
húmedo y sombrío tren-. Es lo único que sé. Ni tan solo sé dónde estoy.»
Su satisfacción ante este pensamiento, le hizo estremecerse
de placer. No, ¡no sabía dónde estaba! ¿En Alemania? Con seguridad. ¿En el
norte de Alemania? Habría que verlo. Mientras sus ojos continuaban pesados por
el sueño, la ventanilla de su compartimiento se había deslizado ante un letrero
luminoso; quizá llevaba escrito el nombre de la estación, pero ni la imagen de
una sola letra había sido transmitida a su cerebro. Aun aturdido, había oído
cómo el revisor gritaba el nombre dos o tres veces, pero no había captado ni
una sola sílaba. Afuera, en la semipenumbra de la que no se sabía si del día o
de la noche, se extendía un lugar extraño, un pueblo desconocido.
Albrecht van der Qualen cogió su sombrero de fieltro de la
red, su maletín de piel rojiza, la correa que aseguraba la manta escocesa de
seda y lana, roja y blanca, enrollada alrededor de un paraguas con empuñadura
de plata -y aunque su billete marcaba Florencia-, dejó el compartimiento y el
tren, caminó a lo largo del cobertizo, depositó su equipaje en la consigna,
encendió un cigarrillo, metió las manos -no llevaba ni bastón ni paraguas-, en
los bolsillos de su abrigo y salió de la estación.
Afuera, en la húmeda, tenebrosa y casi vacía plaza, cinco o
seis cocheros de punto hacían chasquear sus látigos. Un hombre, con gorra
galoneada y larga capa en la que se arrebujaba tembloroso, preguntó educadamente:
-Hotel zum braven Mann?
Van der Qualen le dio las gracias cortésmente y siguió su
camino. La gente con quien se cruzó llevaba el cuello del abrigo subido; él
subió el suyo, escondió la barbilla en el terciopelo, fumó y continuó
caminando, ni lentamente ni demasiado aprisa.
Pasó a lo largo de una pared baja y una vieja puerta
flanqueada por dos pesadas torres; cruzó un puente con estatuas en los
barandales y vio el agua deslizarse lenta y turbia bajo él. Un largo bote de
madera, viejo y carcomido, se acercó, conducido por un hombre con una larga
pértiga en la popa. Van der Qualen se quedó un momento reclinado sobre el
barandal del puente.
«Aquí -se dijo-, hay un río; este es el río. Es agradable
pensar que lo llamo así porque no sé su nombre», y siguió caminando.
Continuó hacia adelante un rato, por el adoquinado de una
calle que no era ni muy estrecha ni muy ancha, después dio la vuelta a la
izquierda. Anochecía. Empezaban a encenderse los fanales, vacilaban, brillaban
chisporroteando y después iluminaban la penumbra. Las tiendas estaban cerrando.
«Entonces hay que concluir que estamos, no cabe duda, en
otoño», pensó Van der Qualen, siguiendo por el camino negro y húmedo. No
llevaba chanclos, pero la suela de sus botas era muy gruesa, duradera y firme,
aunque no eran por ello menos elegantes.
Se mantuvo a la izquierda. Los hombres pasaban por su lado,
se apresuraban hacia sus negocios o volvían de los mismos.
«Y yo camino con ellos -pensó-, y estoy tan solo y soy tan
extraño a ellos como jamás lo ha sido hombre alguno. No tengo negocios ni
metas. No tengo ni un bastón en que apoyarme. Nadie puede ser más retraído,
libre y desligado. No le debo nada a nadie y nadie me debe nada a mí. Dios
nunca ha tendido Su mano sobre mí. Él no me conoce. La desdicha honesta sin
caridad es una buena cosa; un hombre puede decirse a sí mismo: no le debo nada
a Dios.»
Pronto llegó al final de la población. Probablemente la
había cruzado en diagonal. Se encontró en una ancha calle de los suburbios
flanqueada de árboles y villas, dio vuelta a la derecha, pasó tres o cuatro
travesías casi como callejuelas de pueblo, iluminadas tan solo por faroles, y
se detuvo en una que era ligeramente más amplia, ante una puerta de madera,
vecina de una casa común y corriente y pintada de amarillo deslucido, que
tenía, sin embargo, el sorprendente detalle de unas ventanas de vidrio
cilindrado, convexas y bastante opacas. En la puerta había un letrero:
En el tercer piso de esta casa se alquilan habitaciones.
-Ah... -murmuró.
Tiró la punta de su cigarrillo, siguió a lo largo de un
entarimado que formaba la línea divisoria entre dos propiedades, giró a la
izquierda y entró en la casa. Una grasienta alfombra gris corría a lo largo de
la entrada. La cruzó en dos pasos y empezó a subir por la escalera de madera.
Las puertas de los apartamentos eran muy modestas; tenían
paneles de vidrio blanco con refuerzo de alambre y en algunas de ellas había
placas con los nombres. Los rellanos se iluminaban con lámparas de aceite. En
el tercer piso, el último, pues ya le seguía el ático, había puertas a la
derecha y a la izquierda, simples puertas de madera marrón, sin placas de
ninguna clase. Van der Qualen hizo sonar la campanilla del centro. Llamó, pero
no le llegó ningún ruido del interior. Llamó a la de la izquierda, no obtuvo
respuesta. Llamó a la derecha y oyó pasos ligeros, largos como zancadas, y la
puerta se abrió.
Salió una mujer, una dama; alta, delgada y vieja. Llevaba un
sombrero con un gran lazo lila pálido y un anticuado y deslucido vestido. Tenía
la cara hundida y semejante a la de un pájaro, y en su frente le había salido
una erupción, una especie de tumor fungoso. Era más bien repulsivo.
-Buenas noches -dijo Van der Qualen-. ¿Las habitaciones?
La anciana asintió; asintió y sonrió lentamente, sin una
palabra, de modo comprensivo. Con su bella y larga mano blanca, hizo un gesto
pausado, lánguido y elegante en dirección a la puerta próxima, la de la izquierda.
Después se retiró y apareció de nuevo con la llave.
«Vaya -pensó él cuando, detrás de la mujer, esperaba que
abriera la puerta-. Eres como una especie de ave de mal agüero, una figura
salida de la mente de Hoffmann, señora.»
Ella descolgó la lámpara de aceite de su gancho y le enseñó
el camino.
Era una habitación pequeña, de techo bajo y suelo oscuro.
Sus paredes estaban cubiertas con esteras de color pajizo. Había una ventana en
el fondo de la pared de la derecha, oculta tras largos y delgados pliegues de
muselina blanca. Una puerta blanca, también a la derecha, conducía al otro
cuarto. Este se hallaba patéticamente desmantelado, con llamativas paredes
blancas, contra las que se apoyaban tres sillas pintadas de rojo, que parecían
fresas en nata batida. Un armario, un lavabo con espejo... La cama, una
impresionante pieza de caoba, reposaba libremente en el centro de la
habitación.
-¿Tiene alguna objeción? -preguntó la anciana, pasándose
ligeramente la bella y larga mano blanca sobre el tumor fungoso de la frente.
Era como si lo hubiese dicho por casualidad, porque en aquel momento no podía
decir una frase más ordinaria.
Añadió en seguida:
-Por decirlo así...
-No, no la tengo -respondió Van der Qualen-. Las
habitaciones están bastante bien amuebladas. Me las quedo. Quisiera que alguien
fuese a recoger mi equipaje a la estación, aquí está la contraseña. ¿Sería
usted tan amable de hacer la cama y traerme un poco de agua? Me dará la llave
de la calle y la del piso. Quisiera un par de toallas. Me lavaré e iré al
centro a cenar. Volveré más tarde.
Sacó un poco de jabón de una caja niquelada que traía en el
bolsillo y empezó a lavarse la cara y las manos. Mientras lo hacía, miraba por
las ventanas convexas a lo lejos, más allá de las calles suburbanas, cenagosas
e iluminadas con gas, más allá aun de las luces de arco y las villas. Mientras
se secaba las manos, fue hacia el armario. Era cuadrado, barnizado de color marrón,
y con algunas grietas, que culminaba en una sencilla moldura curva. Estaba en
el centro de la pared de la derecha, exactamente en el nicho formado por una
segunda puerta blanca que, como es natural, comunicaba con las habitaciones a
las cuales la puerta principal y la del medio del rellano daban acceso.
«Algo hay en el mundo que está bien dispuesto -pensó Van der
Qualen-, este armario se adapta al nicho de la puerta como si lo hubiesen hecho
a medida.»
Lo abrió. Estaba completamente vacío, con varias hileras de
ganchos en el techo; pero no tenía fondo, y en su lugar había un trozo de
arpillera, gris y arrugada, sostenida en las cuatro esquinas por clavos a
tachuelas.
Van der Qualen cerró la puerta del armario, cogió su
sombrero, se levantó de nuevo el cuello del abrigo, apagó la vela y salió. Al
llegar a la puerta de entrada, le pareció oír mezclado con el ruido de sus
propios pasos una especie de tintineo en la otra habitación: un sonido metálico
claro y suave. Pero quizá se equivocaba. Era como si un anillo de oro hubiese
caído en una jofaina de plata, pensó mientras cerraba la puerta exterior. Bajó
la escalera, salió a la calle y se dirigió hacia el centro del pueblo.
Entró en un restaurante de una calle animada y se sentó en
una de las mesas delanteras, dándole la espalda a todo el mundo. Comió soupe
aux fines herbes, un filete con un huevo escalfado, compota y vino, un pequeño
pedazo de Gorgonzola verde y media pera. Mientras pagaba y se ponía el abrigo,
le dio algunas chupadas a un cigarrillo ruso, después encendió un puro y salió.
Vagó un poco, encontró el camino de su pensión en los suburbios y fue hacia
allí sin prisas.
La casa con las ventanas de vidrio cilindrado aparecía
apagada y silenciosa cuando Van der Qualen abrió la puerta de la calle y subió
por la oscura escalera. Fue iluminándose con cerillas y abrió la puerta marrón
a mano izquierda, en el tercer piso. Dejó su sombrero y abrigo sobre un diván,
encendió la luz de su inmenso escritorio y encontró allí su maleta y su manta
de viaje con el paraguas. Desenrolló la manta y sacó una botella de coñac y un
vasito. Fue bebiendo a pequeños sorbos, sentado en un profundo sillón, mientras
terminaba de fumarse el puro.
«Es una suerte después de todo -pensó-, que haya coñac en el
mundo.»
Fue al dormitorio, encendió la vela de la mesita de noche,
apagó la luz de la otra habitación y empezó a desnudarse. Pieza a pieza fue
dejando su traje gris, discreto y de buena calidad, sobre la silla roja al lado
de la cama; pero al soltarse los tirantes recordó que su sombrero y abrigo aun
estaban sobre el diván. Los trajo al dormitorio, abrió el armario... Pegó un
salto hacia atrás y buscó apoyo a su espalda hasta asir una de las grandes
bolas rojas de caoba que adornaban los postes de la cama. La habitación, con
sus cuatro paredes blancas, en las que las tres sillas rojas resaltaban como
fresas en un plato de nata, se recortaba en la inestable luz de la vela. Pero
el armario estaba abierto y no estaba vacío. Había alguien dentro, una criatura
tan encantadora que el corazón de Albrecht van der Qualen se detuvo un momento
y después volvió a funcionar en largos, profundos y plácidos latidos. Ella
estaba totalmente desnuda y uno de sus brazos esbeltos se levantaba para
engarzar un dedo en uno de los ganchos del techo del armario. Largas oleadas de
cabello castaño caían sobre sus hombros infantiles, respirando ese encanto al
que no cabe otra respuesta que un sollozo. La luz de la vela se reflejaba en
sus ojos rasgados. Su boca era un poco grande, pero tenía una expresión tan
dulce como la de los labios del sueño cuando, tras varios días de dolor, nos
besan la frente. Sus caderas formaban nido y sus esbeltas piernas se pegaban la
una a la otra.
Albrecht van der Qualen se restregó los ojos con una mano y
volvió a mirar... y advirtió que en el rincón de la derecha, la arpillera se
había soltado del fondo del armario.
-Qué... -murmuró-. ¿Quiere usted entrar? ¿Quiere que cierre?
¿No desea un vasito de coñac? ¿Medio vasito?
Pero no esperaba respuesta y no obtuvo ninguna. Los ojos
brillantes y rasgados, tan negros que parecían sin fondo e inexpresivos, lo
miraban fijamente, pero sin intención y en cierta manera empañados, como si no
lo viesen.
-¿Quieres que te cuente un cuento? -dijo ella de pronto con
una voz baja y profunda.
-Cuéntamelo -contestó él. Se había dejado caer sobre el
borde de la cama, con el abrigo sobre las rodillas y con las manos apretadas
encima de él. Su boca estaba ligeramente abierta y tenía los ojos medio
cerrados. Pero la sangre latía tibia y suavemente por todo su cuerpo y sentía
un suave zumbido en los oídos.
Ella se había dejado caer sentada en el armario y con sus
delgados brazos se rodeaba una rodilla doblada; tenía la otra pierna extendida
ante sí. Sus pequeños senos se unían bajo la presión de sus brazos, y la luz
resplandecía en la piel de su rodilla doblada. Hablaba... hablaba con voz
suave, mientras la llama de la vela continuaba su danza silenciosa.
Dos caminaban entre los brezales, la cabeza de ella
reposando en el hombro de él. Cundía el aroma de todas las cosas nacidas, pero
la niebla nocturna empezaba a levantarse de la tierra. Entonces empezó. Y a
menudo era en verso, rimando en el modo incomparablemente dulce y fluido que
viene hacia nosotros, una y otra vez, en el semiletargo de la fiebre. Pero
terminaba mal, era un final triste: los dos quedan en un abrazo indisoluble,
con los labios unidos. Entonces uno apuñala al otro en el pecho, con un
cuchillo inmenso... y no sin razón. Así termina. Entonces se levantó con un
gesto infinitamente dulce y modesto, levantó la arpillera gris por el rincón de
la derecha... y desapareció.
Desde entonces la encontró cada noche en el armario y
escuchó sus cuentos... ¿Durante cuántas veladas? ¿Cuántos días, semanas o meses
permaneció en aquella casa y en aquella ciudad? ¿Qué ganaríamos con saberlo? ¿A
quién preocupa una miserable estadística? Sabemos, además, que varios médicos
le habían dicho a Albrecht van der Qualen que le quedaban pocos meses de vida.
Ella le contaba historias. Eran tristes y sin interés, pero flotaban como un
suave estribillo sobre su corazón y lo hacían latir más tiempo y con mayor
dicha. A veces perdía el control... su sangre se inflamaba. Tendía las manos
hacia ella y ella no se le resistía. Pero entonces, durante varias veladas, no
la encontraba en el armario y, al regresar, permanecía callada durante vanas
noches. Después, poco a poco, empezaba a hablar hasta que él perdía nuevamente
el control.
¿Cuánto duró? ¿Quién lo sabe? ¿Cómo saber si Albrecht van
der Qualen se despertó en aquella tarde gris y bajó del tren en aquella
desconocida ciudad? Quizá permaneció despierto en su vagón de primera clase y
dejó que el expreso Berlín-Roma le llevase velozmente más allá de las montañas.
¿Cargaría cualquiera de nosotros con la responsabilidad de contestarlo de modo
definitivo? Todo es incierto.
«Todo puede estar en el aire...»
FIN
Biblioteca Digital Ciudad Seva
Dedicatória
De AKHMÁTOVA:
Dedicatória
Diante dessa dor, as montanhas se inclinam
e o grande rio deixa de correr.
Mas os muros das prisões são poderosos
e, por trás deles, estão as “tocas dos condenados”
e a saudade mortal.
É para os outros que a brisa fresca sopra,
é para os outros que o pôr-do-sol se enternece –
mas nada sabemos disso: somos as que, por toda parte,
só ouvem o odioso ranger das chaves
e o passo pesado dos soldados.
Levantávamo-nos como para o culto da madrugada,
arrastávamo-nos por esta capital selvagem,
para nos encontrarmos lá, mais inertes do que os mortos,
o sol cada vez mais baixo, o Neva mais nevoento,
enquanto a esperança cantava bem ao longe…
O veredicto… e as lágrimas de súbito brotam.
E ei-la separada do mundo inteiro
como se de seu coração a vida se arrancasse,
como se com um soco a derrubassem.
E, no entanto, ela ainda anda… cambaleando… sozinha…
Onde estão, agora, as companheiras de infortúnio
desses meus dois anos de terror?
O que estarão vendo, agora, na neblina siberiana?
A elas eu mando a minha última saudação.
(Março de 1940)
Fonte : KinoRuss
É Proibido
Pablo Neruda
É proibido chorar sem aprender,
Levantar-se um dia sem saber o que fazer
Ter medo de suas lembranças.
É proibido não rir dos problemas
Não lutar pelo que se quer,
Abandonar tudo por medo,
Não transformar sonhos em realidade.
É proibido não demonstrar amor
Fazer com que alguém pague por tuas dúvidas e mau-humor.
É proibido deixar os amigos
Ler mais:
A opinião pública estava silente. A imprensa foi omissa.
A opinião pública estava silente. A imprensa foi omissa.
Imagens fotográficas chocantes que podem servir a propósitos
humanitários e ajudar a manter vivos na memória coletiva horrores inomináveis e,
com isso, dificultar a ocorrência de similares, devem ser publicadas com
destaque.
A decisão deve ser tomada caso a caso, mas as imagens de
Aylan Kurdi certamente estão na mesma categoria daquelas dos prisioneiros dos
campos de concentração de Auschwitz e Dachau, das deformidades provocadas em
crianças pela poluição na baía de Minamata, das torturas impostas a
prisioneiros iraquianos por soldados dos EUA em Abu Ghraib, dos efeitos de
bombas de napalm sobre civis sul-vietnamitas na Guerra do Vietnã.
Carlos Eduardo Lins da Silva
-
http://observatoriodaimprensa.com.br/…/muito-alem-de-aylan…
Carta sobre o Stalinismo – 1963
"[...] parece-me injustificada a lenda defendida no
Ocidente de que se Trotski tivesse tomado o poder teria havido um
desenvolvimento mais democrático do que sob Stálin. Basta pensar nas discussões
realizadas em 1921 sobre os sindicatos para compreender que se trata de pura
lenda. Trotski sustentava então, contra Lênin, a tese de que era preciso
estatizar os sindicatos para incrementar de maneira mais eficaz a produção, o
que significava que objetivamente os sindicatos deviam deixar de ser
organizações de massa com uma vida própria. Lênin, que partia do exame da
situação concreta e defendia o sentido da democracia proletária nas relações
dos sindicatos com o partido, e o poder central, empreendia a defesa dos
interesses materiais e espirituais dos trabalhadores onde quer que essa defesa
se fizesse necessária, e mesmo em face de um Estado burocratizado. Não quer e
não posso aqui abordar toda a questão, mas é certo que Stálin, nos anos que se
seguiram, prosseguiu de fato (ainda que não na argumentação) na linha de
Trotski e não na linha de Lênin. Assim, se mais tarde Trotski acusou Stálin de
ter-se apropriado do seu programa, pode-se dizer que neste ponto, em muitos aspectos,
ele tinha razão. Aquilo que hoje consideramos despótico e antidemocrático na
época staliniana tem ligações estratégicas bastante estreitas com as ideias de
Trotski. Uma sociedade socialista dirigida por Trotski seria pelo menos tão
pouco democrática quanto a staliniana e ainda se teria orientado
estrategicamente à base do dilema política catastrófica ou capitulação,
afastando-se da tese substancialmente justa defendida por Stálin acerca do
socialismo em um só país. A impressão que tive do meu encontro com Trotski, em
1921, deixou-me a convicção de que ele, como indivíduo, seria levado ao
"culto da personalidade" em forma pior do que Stálin."
György
Lukács
Como se diz em ouolof a palavra fronteira, a palavra
pátria? E em soniké, como designareis o desamparo?
Se quiserdes dizer em berbere, por exemplo, "eu tive
uma casa
num arrabalde de Rabat", poreis a frase nesta ordem?
Como
se conjugam em bambara os verbos que conduzem ao norte,
que adjectivos se devem acrescentar à palavra mar, à palavra
morte?
Se tiverdes de partir, a palavra adeus será um substantivo?
Como se pronuncia em diakhanké a palavra exílio? Há que
juntar os lábios? Doem? Que pronomes usais para aquele que
espera
na praia, para o que regressa sem nada? Quando apontais para
além, no sentido de casa, que advérbio escolheis?
Como se diz na vossa, na nossa língua a palavra futuro?
[Berta Piñan]
terça-feira, 8 de setembro de 2015
O menino sírio morto na praia, com sua mãe e irmão numa
malfadada tentativa de fuga dos horrores da guerra e da degradação de seu país;
o pai que não sai da beira do túmulo; a solidariedade de populares alemães e
austríacos aos refugiados; e a generosidade do Brasil de receber os imigrantes.
Este foi certamente o assunto da semana. A tragédia no Oriente Médio é, sem
dúvida, a expressão mais acabada da barbárie a que o capitalismo financeiro
está conduzindo a humanidade.
Todos os valores se desmancham no ar, liberdade, igualdade,
fraternidade, democracia, justiça, direitos. Vale tudo na busca desenfreada do
lucro. O que é uma criança morta afogada numa praia do Mediterrâneo? Nada mais
do que nada.
Penso que só tendo em vista esta tragédia se pode dar a
devida dimensão ao “caso” Fábio Júnior. Um acontecimento zero, junto com muitos
outros zeros que fazem a alegria de jornais, sites e tevês.
Um menino.
Roberto Elias Salomão
Aquele que diz sim, aquele que diz não: religiosidade e heresia
" Imaginação e religião entronizada são antitéticas. O
dogma, cerne das
grandes religiões monoteístas, nada mais é que uma diligente
e metódica rejeição à curiosidade, autonomia e inventividade. É nesta relação
assimétrica entre aquele que ignora, teme e suplica, e o Outro que tudo sabe e
tudo dispensa que reside o poder das Igrejas".
"Se tomarmos imaginação em sua acepção primeira, ela é
quase o mesmo
que poesia: aquele modo de pensar e exprimir dúbio, sinuoso
e plástico, linguagem elíptica e larga, na qual hesitações, contrastes e
incoerências, o chiaroscuro dos obrigatórios oxímoros, enfim, são virtudes
cardeais. A imaginação não teme o exagero nem o ambíguo, vagueia no fluxo contínuo
e contraditório de ideias e humores, e é seu empenho fazer emergir o
inesperado: numa palavra, cabe à imaginação dar vida ao sujeito. O sujeito
ímpar, imprevisível e assertivo em sua incorrigível unicidade. Se a imaginação
corteja o universal, é porque se nutre do absolutamente individual. Ela é
inseparável do singular, do irrepetível, do novo,
da criatura se afirmando e se recriando, condensando seu
potencial e cintilando, inconfundível. Desta perspectiva, qualquer exercício de
imaginação, por tímido que seja, será sempre um insulto às religiões".
(Marília Pacheco FIORILLO)
AYLAN NO BRASIL SERIA SÓ MAIS UM SILVA
Ontem, a presidenta Dilma fez menção ao menino sírio Aylan
Kurdi e disse que o Brasil está aberto para os que querem "vir e viver aqui
para trabalhar e contribuir para a prosperidade e paz". Hoje, mais uma
criança foi morta pelo Estado brasileiro. Cristian Soares da Silva, de 12 anos,
estava jogando bola em Manguinhos, no Rio de Janeiro, e tombou frente à polícia
que mais mata no mundo. Avisem aos sírios: assim tratamos nossas crianças. E
avisem também que se morrer aqui, na favela, vira estatística, sem comoção nem
referência. Aylan no Brasil seria só mais um Silva.
Por Renato Cosentino.
Leonardo Sakamoto
"Tá com dó? Leva para casa!" é uma daquelas frases
icônicas, através das quais consegue-se avaliar se o interlocutor merece
respeito ou um abraço forte e solidário. É utilizada por pessoas com síndrome
de pombo-enxadrista (faz sujeira no tabuleiro, joga ignorando regras mínimas de
sociabilidade e sai voando, cantando vitória), normalmente diante do clamor
para políticas voltadas àquela gente pobre, parda, perdida ou violada que
habita as frestas das grandes cidades.
É só falar da necessidade de políticas específicas que
garantam qualidade de vida para esse pessoal mas, ao mesmo tempo, respeitem seu
direito de ir e vir e ocupar o espaço público que o povo vira bicho. Ou melhor,
vira pombo.
Este tema não é novo por aqui, mas vi que a frase passou a
ser usada diante da última crise de refugiados na Europa. Gente empregando-a
para negar a necessidade de acolher refugiados, não só da Síria, mas da Ásia,
África e América Latina. "Querem trazer mais deles para o Brasil?
Coloque-os na sua casa!"
Tanto na Europa quanto por aqui, ações individuais ajudam a
mitigar o impacto inicial dos refugiados, garantindo apoio a quem perdeu tudo.
E é ótimo que seja assim. Mas eles devem ser alvo, principalmente, de uma
política pública, com intervenção direta do Estado, única instituição com
tamanho e legitimidade para garantir uma ação nacional, transnacional e de
escala. Porque isso também inclui a garantia da autonomia econômica e social às
famílias. Quem acha que o Estado é um simples entrave e não a forma que
construímos para impedir que nos devoremos, tem dificuldade de entender que o
acolhimento de refugiados e migrantes não é caridade individual, mas sim a
efetivação de compromissos assumidos internacionalmente por um povo.
(Mais no blog do Sakamoto )
Soneto XVIII
William Shakespeare
Se te comparo a um dia de verão
És por certo mais belo e mais ameno:
O vento espalha as folhas pelo chão
E o tempo do verão é bem pequeno.
Às vezes brilha o Sol em demasia
Outras vezes desmaia com frieza;
O que é belo declina num só dia,
Na terna mutação da natureza.
Mas em ti o verão será eterno,
E a beleza que tens não perderás;
Nem chegarás da morte ao triste inverno:
Nestas linhas com o tempo crescerás.
E enquanto nesta terra houver um ser,
Meus versos vivos te farão viver.
Tradução: Bárbara Heliodora
(Dica: Ivan Justen Santana.)
Canción de la mujer
1. De noche junto al río en el oscuro corazón de los
arbustos
a veces vuelvo a ver su rostro, el de la mujer que amé: mi
mujer, que murió.
2. Hace ya muchos años, y a ratos ya no sé nada de ella, la
que antes lo fue todo, pero todo se marchita.
3. Y ella era en mí como un pequeño enebro en las estepas de
Mongolia, cóncavas, con el cielo amarillo pálido y de gran
tristeza.
4. Vivíamos en una cabaña negra junto al río, los mosquitos
solían perforar su blanco cuerpo, y yo leía el periódico
siete veces o decía: "tu pelo tiene un color
sucio". O: "no tienes corazón".
5. Pero un día, cuando estaba yo lavando mi camisa en la
cabaña, ella se acercó a la puerta y me miró y quería salir.
6. Y quien le había pegado hasta cansarse, dijo: "ángel
mío".
7. Y quien le había dicho te quiero la condujo fuera y
riendo miró al aire y alabó el buen tiempo y le dio la mano.
8. Como ya estaban afuera, al aire libre, y la cabaña estaba
desierta, cerró la puerta y se sentó tras el periódico.
9. Desde entonces no la he vuelto a ver, y de ella solo
quedó
el gritito que dio cuando por la mañana volvió a la puerta
que
ya estaba cerrada.
10. Ahora la cabaña se ha podrido y mi pecho está relleno de
papel de periódico y por las noches tumbado junto al río en
el oscuro corazón de los arbustos me acuerdo de ella.
11. El viento lleva olor a hierba en el pelo y el agua grita
sin
fin pidiendo calma a Dios, y en mi lengua tengo un sabor
amargo.
Bertolt Brecht
Biblioteca Digital Ciudad Seva
domingo, 6 de setembro de 2015
"E não esqueçamos a dimensão externa da crise política:
o interesse do 'big brother' em que desapareçam de cena governos nacionalistas que
retiram ao mercado internacional recursos, como o Pré-Sal e a Petrobras. Está
em curso na região um novo intervencionismo 'soft' de que iremos ter mais
notícias" (Boaventura de Souza Santos).
"A Europa não vive uma crise "migratória",
mas uma crise civilizacional. A União Europeia é um fracasso que serviu para a
Alemanha fazer o que não conseguiu em duas guerras mundiais: anexar as
economias dos países periféricos. A União Europeia apoia fascistas e
neonazistas para promover o ódio contra a Rússia. França e Inglaterra voltam a
pilhar a África e o Oriente Médio sob o comando dos Estados Unidos que
transformou a União Europeia num fiel e obediente vassalo. Ao imporem a guerra
e o neoliberalismo nas ex-colônias, o resultado são catástrofes humanitárias e
pessoas desesperadas buscando refúgio. Acusam os imigrantes de impor o islã sem
lembrar que Portugal e Espanha impuseram o cristianismo na América, África e
Ásia. Que moral tem a Europa para dar alguma lição de moral?"
Thomas de
Toledo
sábado, 5 de setembro de 2015
Pimienta
Naguib Mahfuz
En el café “La Felicidad” hay muchas cosas interesantes. Una
de ellas, Pimienta, un chico de doce años o poco más. Su verdadero nombre es
Taha Sanqar, pero se le conoce por Pimienta. Está en el café desde las primeras
horas de la mañana hasta la noche, para acercar la candela a los que quieren
fumar un narguilé.
Ya se sabe que los motes no son injustificados, pero éste
está especialmente bien puesto: el muchacho es vivo, ágil, acude como una
avispa antes de que el cliente haya acabado de llamarlo. No para en todo el
tiempo de moverse ni de hablar.
Trabaja allí desde hace un año por una piastra al día,
además de su narguilé, y una taza de té por la mañana y otra después de la
comida. Con esto está más que satisfecho. Se siente orgulloso cada vez que
piensa que se gana el sustento y puede disponer de una piastra; así que, como
él dice: “Yo, feliz y contento”.
No por eso cree que está todo hecho. Su meta inmediata está
en el día en que el patrón lo autorice a llenar y servir los narguilés, trabajo
que supone el ascenso de “chico” a “mozo”... después... ¡Quién puede predecir
adónde llegará!
Consecuente con su ambición, ejercita sin parar sus cuerdas
vocales, voceando las consumiciones. Y es que en un café popular una buena
garganta es tan importante como en una academia de canto.
Una de las cosas que más le gustan a Pimienta del café “La
Felicidad” es la tertulia de estudiantes que se reúne allí las tardes de los
días de fiesta y en vacaciones. Se acomodan en un rincón. Charlan. Juegan al
chaquete. Beben té y jengibre. Son gentes del pueblo, pobres, igual que los
demás clientes, pero los estudios se les han subido a la cabeza; se sienten
superiores y mantienen las distancias. Han dejado de vestir el yillab, aunque
alguno siga llevando calzado de madera.
Se reúnen a pasar el rato. Mientras sorben su té o su
jengibre, uno cualquiera de ellos lee en alto un periódico vespertino. Los
otros lo escuchan. A continuación se lanzan a comentarlo y discutirlo larga y
apasionadamente.
Una tarde Pimienta entendió por primera vez lo que decían, y
se llevó una gran alegría. Acababan de leer, entre otras cosas, la noticia del
juicio incoado contra un alto funcionario acusado de corrupción.
Automáticamente se encendieron los comentarlos...
-¡Este ha caído en manos de la ley por casualidad! ¡Hay
otros muchos que deberían estar en la cárcel, pero la justicia hace la vista
gorda!
...y fueron haciéndose más directos y menos contenidos:
-El mal no está sólo en los funcionarios; hay otros... ya me
entienden, peores y todavía más canallas. ¡En este país, si estuviera bien
equilibrada la balanza de la Justicia, estarían llenas las cárceles y vacíos
los palacios!
Rivalizaban en sacar a relucir nombres, en despellejarlos y
en rebozarlos por el lodo, con voces alteradas, fuera de sí:
-Fíjense en Fulano, sin ir más lejos... ¿saben cómo ha
amasado su inmensa fortuna?... (y acto seguido enumeraban los atropellos y los
robos con que había conseguido hacer dinero. Se daban tantos detalles que
parecía estar contándolo el propio secretario o administrador del interesado).
No dejaron de hacer la disección de ningún personaje
importante. Las vidas se interpretaban a gusto del consumidor. Se barajaban
defectos. La frase que servía de trampolín era:
-¿Y saben cómo ha amasado su fortuna Fulano?...
Todo lo demás salía después.
Uno de ellos concluyó, furibundo:
-¡En este país el robo está permitido!
Pimienta entendió la frase sin dificultad, aunque había sido
dicha en lengua culta. Le gustó. Una pasión enterrada revivió en su interior:
¡Qué bien suena eso de que éste es un país de ladrones! ¡Caramba, de modo que
el robo está permitido aquí! Pimienta... lleva lo de robar en la sangre; ha
sido criado a pechos del robo. Es a lo que está acostumbrado desde la cuna: su
madre, que trabaja como vendedora de manzanas, se dedica en los ratos libres a
“encontrar” alguna que otra gallina “perdida”, y su padre, el tío Sanqar,
vendedor ambulante de cacahuetes, es muy aficionado a llevarse la ropa tendida
en los patios, y tiene una habilidad especial para escurrir el bulto. A pesar
de todas estas “ayudas”, la familia no prospera.
Aquella noche tuvo un final desagradable para Pimienta.
Cuando volvió a su casa, mejor dicho a la habitación donde vivían todos,
encontró a su madre levantada todavía, preocupada y desconsolada, rodeada de
sus hijas, llorosas. El chico se asustó al encontrarse con aquello. Antes de
darle tiempo a preguntar, su madre le explicó: “Un policía se ha llevado a tu
padre”. Pimienta comprendió la situación. Se acercó a su hermana mayor, y ésta
le dijo algo más: que lo habían denunciado por robar unas camisas y unos
calzones, y que se lo habían llevado a la comisaría. Después de un momento de
silencio añadió que, por lo menos, tenía cárcel para unos cuantos meses, o
quizá años.
Pimienta no veía a su padre casi nunca: por la noche ya
estaba dormido cuando éste volvía de sus vagabundeos, y por la mañana salía
para el café antes de que su padre se hubiese levantado. A pesar de esto,
contagiado por el ambiente, se puso triste y lloró.
De pronto recordó lo que había oído por la tarde y se acercó
a contárselo a su madre:... que el país estaba lleno de ladrones, y que el robo
era legal... La mujer no estaba para fantasías; lo apartó, le chilló agriamente
que se callara, y acabó pegándole una bofetada.
Al despertar a la mañana siguiente, Pimienta había olvidado
el día anterior; como si hubiese nacido de nuevo. Se fue para el café, con su
paso rápido, sin distraerse.
No era la primera vez que metían a su padre en la cárcel.
FIN
Biblioteca Digital Ciudad Seva
Felicidad clandestina
Clarice Lispector
Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo,
medio amarillento. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía
eramos chatas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de
caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña
devoradora de historietas le habría gustado tener: un padre dueño de una
librería.
No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso
para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba
una postal de la tienda del padre. Encima siempre era un paisaje de Recife, la
ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos.
Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como
"fecha natalicio" y "recuerdos".
Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo
barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía odiar
esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, altas, de cabello
libre. Conmigo ejerció su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por
leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía
pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.
Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una
tortura china. Como al pasar, me informó que tenía El reinado de Naricita, de
Monteiro Lobato.
Era un libro gordo, válgame Dios, era un libro para quedarse
a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis
posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo
prestaría.
Hasta el día siguiente, de alegría, yo estuve transformada
en la misma esperanza: no vivía, flotaba lentamente en un mar suave, las olas me
transportaban de un lado a otro.
Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No
vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la
mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que
volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al
poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya
caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las
calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría
el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el
amor por el mundo, y no me caí una sola vez.
Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de
la hija del dueño de la librería era sereno y diabólico. Al día siguiente allí
estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante.
Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su
poder, que volviese al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el
curso de la vida, el drama del "día siguiente" iba a repetirse para
mi corazón palpitante otras veces como aquélla.
Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los
días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: Pues el libro estuvo conmigo ayer
por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra
niña. Y yo, que era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban
bajo mis ojos sorprendidos.
Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa
de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la madre. Debía
de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su
casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa,
entrecortado de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez
más extraño el hecho de no entender. Hasta que, madre buena, entendió al fin.
Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha
salido nunca de casa y tú ni siquiera querías leerlo!
Y lo peor para la mujer no era el descubrimiento de lo que
pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos
espiaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña
rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue
entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena, le ordenó a su hija:
-Vas a prestar ahora mismo ese libro.
Y a mí:
-Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras.
¿Entendido?
Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro:
"el tiempo que quieras" es todo lo que una persona, grande o pequeña,
puede tener la osadía de querer.
¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así
como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Cogí el libro. No, no
partí saltando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el
grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa
también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón
pensativo.
Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía,
únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo
abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la
casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber
dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes.
Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la
felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si
yo lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire... había en mí orgullo y
pudor. Yo era una reina delicada.
A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el
libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo. No era más una
niña con un libro: era una mujer con su amante.
FIN
Ben-Tovit
Leónidas Andréiev
El día terrible en que se realizó la mayor injusticia del
mundo, en que se crucificó en el Gólgota, entre dos bandidos, a Cristo, ese
mismo día, el comerciante de Jerusalén Ben-Tovit tenía, desde por la mañana, un
dolor horrible de muelas.
Le había comenzado la víspera, al anochecer. Ben-Tovit
experimentó en el lado derecho de la mandíbula, en la muela contigua a la del
juicio, una sensación singular, como si se le hubiera elevado un poco sobre las
otras; cuando la rozaba con la lengua, sentía un ligero dolor. Pero después de
comer, la molestia pasó, Ben-Tovit la olvidó y acabó de tranquilizarse con el
cambio de su viejo asno por otro joven y vigoroso, negocio que le puso de buen
humor.
Durmió con un sueño profundo; pero, al amanecer, algo vino a
turbar su sueño. Se diría que alguien llamaba a Ben-Tovit para algún grave
asunto. No pudiendo ya resistir aquella inquietud, se despertó y se dio cuenta
al punto de que tenía dolor de muelas. Entonces era un dolor franco y claro,
muy violento, un dolor agudo e insoportable. Y no se podía ya comprender si lo
que le dolía era la muela de la tarde anterior o las demás contiguas a ella.
Toda la boca y toda la cabeza le dolían, como si estuviese mascando millares de
clavos ardiendo. Se enjuagó la boca con un poco de agua del cántaro; durante
unos momentos el dolor se aplacó, y Ben-Tovit experimentó una ligera tirantez
en las muelas. Dicha sensación, comparada con el dolor de hacía un instante,
era incluso agradable. Ben-Tovit se acostó otra vez, se acordó de su nuevo asno
y pensó que sería del todo feliz a no ser por el dolor de muelas. Trató de
volver a dormirse, pero cinco minutos después el dolor comenzó de nuevo, más
cruel que antes. Ben-Tovit se sentó en la cama y empezó a balancear el cuerpo
acompasadamente. Su rostro adquirió una expresión de sufrimiento, y en su gran
nariz, que había palidecido, apareció una gota de sudor frío.
Así, balanceándose y gimiendo lastimeramente, permaneció
hasta la salida del sol; de aquel sol que estaba predestinado a ver el Gólgota
con sus tres cruces y a eclipsarse de horror y de tristeza.
Ben-Tovit era un buen hombre, a quien repugnaba la
injusticia; pero cuando su mujer se levantó, le dijo mil cosas desatentas,
lamentándose de que le hubiera dejado solo y no hubiera hecho ningún caso de
sus terribles sufrimientos.
La mujer no se incomodó por estos reproches injustos; no
ignoraba que era el dolor, y en modo alguno la maldad, lo que hacía hablar así
a su marido. Le auxilió, solícita, con no pocos remedios: una cataplasma, en la
mejilla, de estiércol seco y pulverizado; una infusión muy fuerte de
aguardiente y huesos de escorpión; un pedazo de la piedra en que estaban
escritos los diez mandamientos, y que Moisés rompió en su cólera.
El estiércol aplacó un poco el dolor de Ben-Tovit, pero por
breve tiempo. Los otros remedios produjeron el mismo efecto y, siempre tras un
corto alivio, el dolor volvía a empezar con redoblada fuerza. Durante los
escasos momentos de tregua, Ben-Tovit procuraba olvidarlo completamente,
poniendo el pensamiento en su nuevo asno; pero cuando se hacía sentir otra vez,
empezaba a gemir, a insultar a su mujer y a decir que se iba a romper la cabeza
contra la pared.
Sin cesar iba y venía por el terrado de su casa, sin
acercarse demasiado a la barandilla, para que los transeúntes no le vieran con
la cabeza envuelta en un pañuelo, como una mujer. Con frecuencia, sus hijos
acudían junto a él y referían, interrumpiéndose, algo relativo a Jesús
Nazareno. Ben-Tovit se detenía entonces un instante para escucharlos; pero
ponía luego cara de pocos amigos, hería iracundo el suelo con el pie y echaba a
los niños; aunque era un hombre de buen corazón y aunque amaba a sus hijos, se
enojaba con ellos, lleno de fastidio, al oír aquellas naderías. Le enfadaba
también que la calle y los terrados de las casas vecinas estuvieran llenos de
gente que no hacía nada y le miraba con curiosidad pasearse con la cabeza
envuelta en un pañuelo, como una mujer. Quería ya bajar, cuando su mujer le
dijo:
-Mira, conducen a los bandidos; quizá eso te distraiga.
-¡Déjame en paz! -respondió colérico Ben-Tovit-. ¿No ves lo
que sufro?
Pero había en la proposición de su mujer algo como una
promesa vaga de que el dolor de muelas se le aplacaría si miraba a los
bandidos, y se acercó a la barandilla. La cabeza inclinada a un lado, un ojo
cerrado, la mano en la mejilla, miró hacia abajo.
A lo largo de la estrecha calle empinada marchaba, en
completo desorden, una multitud enorme, levantando gran polvareda. Se oían
gritos, centenares de voces mezcladas. En medio de la multitud, encorvados bajo
el peso de las cruces, avanzaban los condenados. Por encima de sus cabezas,
semejantes a serpientes negras, chasqueaban los látigos de los soldados
romanos. Uno de los condenados -el que tenía largos cabellos rubios y llevaba
las vestiduras rotas y ensangrentadas- tropezó en una piedra que le habían
tirado y cayó.
Redobló sus gritos la multitud, que parecía un mar agitado
cubriendo con sus olas la superficie de un islote.
Ben-Tovit, de repente, sintió tal dolor, que se estremeció,
como si alguien le hubiera horadado la muela con una aguja. Lanzó un gemido
lastimero y se apartó de la barandilla, encolerizadísimo, importándole un bledo
cuanto sucedía en la calle.
-¡Dios mío, cómo gritan! -gruñó, imaginándose las bocas muy
abiertas, con las muelas no atormentadas por el dolor.
A no ser por el que le hacía ver las estrellas, hubiera
podido gritar como los demás, quizá más fuerte aún. Al pensar en esto, se hizo
más cruel su sufrimiento, y Ben-Tovit empezó a balancear furiosamente la cabeza
y a lanzar gritos.
-Cuentan que curaba a los ciegos -dijo su mujer, que no se
apartaba de la barandilla ni dejaba de mirar abajo.
Y tiró una piedrecita al sitio por donde pasaba Jesús, que
avanzaba lentamente, medio muerto ya a latigazos.
-¡Tonterías! -respondió Ben-Tovit con acento burlón-. ¡Si
posee, en efecto, el don de curar, que me cure a mí el dolor de muelas!
Y tras un corto silencio añadió:
-¡Dios mío, qué polvareda han levantado! ¡Ni que fueran un
rebaño! Debían de echarlos a palos. ¡Llévame abajo, Sara!
Su mujer tenía razón. El espectáculo le había distraído un
poco, o quizá el estiércol pulverizado le había aliviado. El caso es que no
tardó en dormirse. Cuando se despertó, el dolor había desaparecido casi por
completo; sólo el lado derecho de la mandíbula parecía ligeramente hinchado;
tan ligeramente, que apenas se notaba. Al menos, así lo aseguraba su mujer.
Ben-Tovit, escuchándola, sonreía maliciosamente; bien sabía que a su mujer, por
su bondad de corazón, le gustaba decir cosas agradables.
Un rato después llegó su vecino, el peletero Samuel.
Ben-Tovit le enseñó su nuevo asno, y, lleno de orgullo, escuchó los plácemes de
Samuel a propósito del cuadrúpedo.
Después, a ruegos de Sara, que era muy curiosa, se
dirigieron los tres al Gólgota, a ver a los crucificados. Por el camino,
Ben-Tovit refirió a Samuel, sin omitir detalles, cómo había tenido dolor de
muelas, cómo sintió al principio la molestia en el lado derecho de la
mandíbula, cómo se había despertado al amanecer, atacado, súbitamente, de un
dolor insoportable. Para dar una idea más exacta de sus sufrimientos, hacía
muecas, cerraba los ojos, balanceaba la cabeza y gemía. Su vecino asentía
compasivamente, acariciando su larga barba blanca, y decía:
-¡Dios mío! ¡Es terrible!
A Ben-Tovit le complacía observar que Samuel apreciaba toda
la intensidad de sus sufrimientos recientes. Refirió por segunda vez cuanto le
había sucedido. Después recordó que hacía ya mucho tiempo había tenido un dolor
de muelas, pero en el lado izquierdo de la mandíbula inferior.
Así, en conversación animada, subieron al Gólgota. El sol,
condenado a alumbrar el mundo durante aquel día terrible, se había ya ocultado
tras las colinas lejanas. En el firmamento, hacia el Oeste, llameaba, semejante
a un rastro de sangre, una ancha banda roja. Sobre el fondo del cielo se
destacaban vagamente las cruces. Al pie de la de en medio podían distinguirse
siluetas humanas prosternadas.
La multitud se había ido hacía tiempo. Comenzaba a sentirse
frío.
Después de dirigir una mirada distraída a los crucificados,
Ben-Tovit cogió a Samuel del brazo, y los tres se encaminaron a la casa.
Ben-Tovit experimentaba un deseo violento de seguir hablando, y comenzó de
nuevo a hablar del dolor que había tenido. Así, charlando, caminaban Gólgota
abajo. Ben-Tovit, animado por las exclamaciones de compasión que profería de
vez en cuando su vecino, daba a su rostro una expresión de sufrimiento, cerraba
los ojos, balanceaba la cabeza, gemía, mientras de las profundas simas de la
montaña y de las llanuras lejanas ascendía la obscura noche, que parecía
deseosa de ocultar al cielo el gran crimen que se acababa de cometer sobre la
tierra.
FIN
Los espectros, Madrid, 1919
Traducción de Nicolás Tasín
Las ruinas circulares
Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la
canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie
ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las
infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña,
donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la
lepra. Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin
apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban las
carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular que
corona un tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y
ahora el de la ceniza. Ese redondel es un templo que devoraron los incendios
antiguos, que la selva palúdica ha profanado y cuyo dios no recibe honor de los
hombres. El forastero se tendió bajo el pedestal. Lo despertó el sol alto.
Comprobó sin asombro que las heridas habían cicatrizado; cerró los ojos pálidos
y durmió, no por flaqueza de la carne sino por determinación de la voluntad.
Sabía que ese templo era el lugar que requería su invencible propósito; sabía
que los árboles incesantes no habían logrado estrangular, río abajo, las ruinas
de otro templo propicio, también de dioses incendiados y muertos; sabía que su
inmediata obligación era el sueño. Hacia la medianoche lo despertó el grito
inconsolable de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos higos y un cántaro
le advirtieron que los hombres de la región habían espiado con respeto su sueño
y solicitaban su amparo o temían su magia. Sintió el frío del miedo y buscó en
la muralla dilapidada un nicho sepulcral y se tapó con hojas desconocidas.
El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí
sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e
imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de
su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de
su vida anterior, no habría acertado a responder. Le convenía el templo
inhabitado y despedazado, porque era un mínimo de mundo visible; la cercanía de
los leñadores también, porque éstos se encargaban de subvenir a sus necesidades
frugales. El arroz y las frutas de su tributo eran pábulo suficiente para su
cuerpo, consagrado a la única tarea de dormir y soñar.
Al principio, los sueños eran caóticos; poco después, fueron
de naturaleza dialéctica. El forastero se soñaba en el centro de un anfiteatro
circular que era de algún modo el templo incendiado: nubes de alumnos
taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los últimos pendían a muchos
siglos de distancia y a una altura estelar, pero eran del todo precisas. El
hombre les dictaba lecciones de anatomía, de cosmografía, de magia: los rostros
escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si
adivinaran la importancia de aquel examen, que redimiría a uno de ellos de su
condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real. El hombre, en
el sueño y en la vigilia, consideraba las respuestas de sus fantasmas, no se
dejaba embaucar por los impostores, adivinaba en ciertas perplejidades una
inteligencia creciente. Buscaba un alma que mereciera participar en el
universo.
A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que
nada podía esperar de aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina
y sí de aquellos que arriesgaban, a veces, una contradicción razonable. Los
primeros, aunque dignos de amor y de buen afecto, no podían ascender a
individuos; los últimos preexistían un poco más. Una tarde (ahora también las
tardes eran tributarias del sueño, ahora no velaba sino un par de horas en el
amanecer) licenció para siempre el vasto colegio ilusorio y se quedó con un
solo alumno. Era un muchacho taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos
afilados que repetían los de su soñador. No lo desconcertó por mucho tiempo la
brusca eliminación de los condiscípulos; su progreso, al cabo de unas pocas lecciones
particulares, pudo maravillar al maestro. Sin embargo, la catástrofe sobrevino.
El hombre, un día, emergió del sueño como de un desierto viscoso, miró la vana
luz de la tarde que al pronto confundió con la aurora y comprendió que no había
soñado. Toda esa noche y todo el día, la intolerable lucidez del insomnio se
abatió contra él. Quiso explorar la selva, extenuarse; apenas alcanzó entre la
cicuta unas rachas de sueño débil, veteadas fugazmente de visiones de tipo
rudimental: inservibles. Quiso congregar el colegio y apenas hubo articulado
unas breves palabras de exhortación, éste se deformó, se borró. En la casi
perpetua vigilia, lágrimas de ira le quemaban los viejos ojos.
Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y
vertiginosa de que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un
varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior:
mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin
cara. Comprendió que un fracaso inicial era inevitable. Juró olvidar la enorme
alucinación que lo había desviado al principio y buscó otro método de trabajo.
Antes de ejercitarlo, dedicó un mes a la reposición de las fuerzas que había
malgastado el delirio. Abandonó toda premeditación de soñar y casi acto
continuo logró dormir un trecho razonable del día. Las raras veces que soñó
durante ese período, no reparó en los sueños. Para reanudar la tarea, esperó
que el disco de la luna fuera perfecto. Luego, en la tarde, se purificó en las
aguas del río, adoró los dioses planetarios, pronunció las sílabas lícitas de
un nombre poderoso y durmió. Casi inmediatamente, soñó con un corazón que
latía.
Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño
cerrado, color granate en la penumbra de un cuerpo humano aun sin cara ni sexo;
con minucioso amor lo soñó, durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo
percibía con mayor evidencia. No lo tocaba: se limitaba a atestiguarlo, a
observarlo, tal vez a corregirlo con la mirada. Lo percibía, lo vivía, desde muchas
distancias y muchos ángulos. La noche catorcena rozó la arteria pulmonar con el
índice y luego todo el corazón, desde afuera y adentro. El examen lo satisfizo.
Deliberadamente no soñó durante una noche: luego retomó el corazón, invocó el
nombre de un planeta y emprendió la visión de otro de los órganos principales.
Antes de un año llegó al esqueleto, a los párpados. El pelo innumerable fue tal
vez la tarea más difícil. Soñó un hombre íntegro, un mancebo, pero éste no se
incorporaba ni hablaba ni podía abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo
soñaba dormido.
En las cosmogonías gnósticas, los demiurgos amasan un rojo
Adán que no logra ponerse de pie; tan inhábil y rudo y elemental como ese Adán
de polvo era el Adán de sueño que las noches del mago habían fabricado. Una
tarde, el hombre casi destruyó toda su obra, pero se arrepintió. (Más le
hubiera valido destruirla.) Agotados los votos a los númenes de la tierra y del
río, se arrojó a los pies de la efigie que tal vez era un tigre y tal vez un
potro, e imploró su desconocido socorro. Ese crepúsculo, soñó con la estatua.
La soñó viva, trémula: no era un atroz bastardo de tigre y potro, sino a la vez
esas dos criaturas vehementes y también un toro, una rosa, una tempestad. Ese
múltiple dios le reveló que su nombre terrenal era Fuego, que en ese templo
circular (y en otros iguales) le habían rendido sacrificios y culto y que
mágicamente animaría al fantasma soñado, de suerte que todas las criaturas,
excepto el Fuego mismo y el soñador, lo pensaran un hombre de carne y hueso. Le
ordenó que una vez instruido en los ritos, lo enviaría al otro templo
despedazado cuyas pirámides persisten aguas abajo, para que alguna voz lo
glorificara en aquel edificio desierto. En el sueño del hombre que soñaba, el
soñado se despertó.
El mago ejecutó esas órdenes. Consagró un plazo (que
finalmente abarcó dos años) a descubrirle los arcanos del universo y del culto
del fuego. Íntimamente, le dolía apartarse de él. Con el pretexto de la
necesidad pedagógica, dilataba cada día las horas dedicadas al sueño. También
rehizo el hombro derecho, acaso deficiente. A veces, lo inquietaba una
impresión de que ya todo eso había acontecido... En general, sus días eran
felices; al cerrar los ojos pensaba: Ahora estaré con mi hijo. O, más raramente:
El hijo que he engendrado me espera y no existirá si no voy.
Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le
ordenó que embanderara una cumbre lejana. Al otro día, flameaba la bandera en
la cumbre. Ensayó otros experimentos análogos, cada vez más audaces. Comprendió
con cierta amargura que su hijo estaba listo para nacer -y tal vez impaciente.
Esa noche lo besó por primera vez y lo envió al otro templo cuyos despojos
blanqueaban río abajo, a muchas leguas de inextricable selva y de ciénaga.
Antes (para que no supiera nunca que era un fantasma, para que se creyera un
hombre como los otros) le infundió el olvido total de sus años de aprendizaje.
Su victoria y su paz quedaron empañadas de hastío. En los
crepúsculos de la tarde y del alba, se prosternaba ante la figura de piedra,
tal vez imaginando que su hijo irreal ejecutaba idénticos ritos, en otras
ruinas circulares, aguas abajo; de noche no soñaba, o soñaba como lo hacen
todos los hombres. Percibía con cierta palidez los sonidos y formas del
universo: el hijo ausente se nutría de esas disminuciones de su alma. El
propósito de su vida estaba colmado; el hombre persistió en una suerte de
éxtasis. Al cabo de un tiempo que ciertos narradores de su historia prefieren
computar en años y otros en lustros, lo despertaron dos remeros a medianoche:
no pudo ver sus caras, pero le hablaron de un hombre mágico en un templo del
Norte, capaz de hollar el fuego y de no quemarse. El mago recordó bruscamente
las palabras del dios. Recordó que de todas las criaturas que componen el orbe,
el fuego era la única que sabía que su hijo era un fantasma. Ese recuerdo,
apaciguador al principio, acabó por atormentarlo. Temió que su hijo meditara en
ese privilegio anormal y descubriera de algún modo su condición de mero
simulacro. No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre ¡qué
humillación incomparable, qué vértigo! A todo padre le interesan los hijos que
ha procreado (que ha permitido) en una mera confusión o felicidad; es natural
que el mago temiera por el porvenir de aquel hijo, pensado entraña por entraña
y rasgo por rasgo, en mil y una noches secretas.
El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo
prometieron algunos signos. Primero (al cabo de una larga sequía) una remota
nube en un cerro, liviana como un pájaro; luego, hacia el Sur, el cielo que
tenía el color rosado de la encía de los leopardos; luego las humaredas que
herrumbraron el metal de las noches; después la fuga pánica de las bestias.
Porque se repitió lo acontecido hace muchos siglos. Las ruinas del santuario
del dios del fuego fueron destruidas por el fuego. En un alba sin pájaros el
mago vio cernirse contra los muros el incendio concéntrico. Por un instante,
pensó refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a
coronar su vejez y a absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los jirones de
fuego. Éstos no mordieron su carne, éstos lo acariciaron y lo inundaron sin
calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que
él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo.
Jorge Luis Borges
Biblioteca Digital Ciudad Seva
El cocinero Chichibio
Giovanni Boccaccio
Currado Gianfiglazzi se distinguía en nuestra ciudad como
hombre eminente, liberal y espléndido, y viviendo vida hidalga, halló siempre
placer en los perros y en los pájaros, por no citar aquí otras de sus empresas
de mayor monta. Pues bien; habiendo un día este caballero cazado con un halcón
suyo una grulla cerca de Perétola y hallando que era tierna y bien cebada, se
la mandó a su vecino, excelente cocinero, llamado Chichibio, con orden de que
se la asase y aderezase bien. Chichibio, que era tan atolondrado como parecía,
una vez aderezada la grulla, la puso al fuego y empezó a asarla con todo
esmero.
Estaba ya casi a punto y despedía el más apetitoso olor el
ave, cuando se presentó en la cocina una aldeana llamada Brunetta, de la que el
marmitón estaba perdidamente enamorado; y percibiendo la intrusa el delicioso
vaho y viendo la grulla, empezó a pedirle con empeño a Chichibio que le diese
un muslo de ella. Chichibio le contestó canturreando:
-No la esperéis de mí, Brunetta, no; no la esperéis de mí.
Con lo que Brunetta irritada, saltó, diciendo:
-Pues te juro por Dios que si no me lo das, de mí no has de
conseguir nunca ni tanto así.
Cuanto más Chichibio se esforzaba por desagraviarla. tanto
más ella se encrespaba; así es que, al fin, cediendo a su deseo de apaciguarla,
separó un muslo del ave y se lo ofreció.
Luego, cuando les fue servida a Currado y a ciertos
invitados, advirtió aquel la falta y extrañándose de ello hizo llamar a
Chichibio y le preguntó qué había sido del muslo de la grulla. A lo que el
trapacero del veneciano contestó en el acto, sin atascarse:
-Las grullas, señor, no tienen más que una pata y un muslo.
Amoscado entonces Currado, opuso:
-¿Cómo diablos dices que no tienen más que un muslo? ¿Crees
que no he visto más grullas que ésta?
-Y, sin embargo, señor, así es, como yo os digo; y, si no,
cuando gustéis os lo demostraré con
grullas vivas -arguyó Chichibio.
Currado no quiso enconar más la polémica, por consideración
a los invitados que presentes se hallaban, pero le dijo:
-Puesto que tan seguro estás de hacérmelo ver a lo vivo
-cosa que yo jamás había reparado ni
oído a nadie- mañana mismo, yo dispuesto estoy. Pero por Cristo vivo te juro
que si la cosa no fuese como dices, te haré dar tal paliza que mientras vivas
hayas de acordarte de mi nombre.
Terminada con esto la plática por aquel día, al amanecer de
la mañana siguiente, Currado, a quien el descanso no había despejado el enfado,
se levantó cejijunto, y ordenando que le aparejasen los caballos, hizo montar a
Chichibio en un jamelgo y se encaminó a la orilla de una albufera, en la que
solían verse siempre grullas al despuntar el día.
-Pronto vamos a ver quién de los dos ha mentido ayer, si tú
o yo -le dijo al cocinero.
Chichibio, viendo que todavía le duraba el resentimiento al
caballero y que le iba mucho a él en probar que las grullas sólo tenían una
pata, no sabiendo cómo salir del aprieto, cabalgaba junto a Currado más muerto
que vivo, y de buena gana hubiera puesto pies en polvorosa si le hubiese sido
posible; mas, como no podía, no hacía sino mirar a todos lados, y cosa que
divisaba, cosa que se le antojaba una grulla en dos pies.
Llegado que hubieron a la albufera, su ojo vigilante divisó
antes que nadie una bandada de lo menos doce grullas, todas sobre un pié, como
suelen estar cuando duermen. Contentísimo del hallazgo, asió la ocasión por los
pelos y, dirigiéndose a Currado, le dijo:
-Bien claro podéis ver, señor, cuán verdad era lo que ayer
os dije, cuando aseguré que las grullas
no tienen más que una pata: basta que miréis aquéllas.
-Espera que yo te haré ver que tienen dos -repuso Currado al
verlas. Y, acercándoseles algo más,
gritó-: ¡Jojó!
Con lo que las grullas, alarmadas, sacando el otro pie,
emprendieron la fuga. Entonces Currado dijo, dirigiéndose a Chichibio:
-¿Y qué dices ahora, tragón? ¿Tienen, o no, dos patas las
grullas?
Chichibio, despavorido, no sabiendo en dónde meterse ya,
contestó:
-Verdad es, señor, pero no me negaréis que a la grulla de
ayer no le habéis gritado ¡Jojó!, que si lo hubierais hecho, seguramente habría
sacado la pata y el muslo como éstas han hecho.
A Currado le hizo tanta gracia la respuesta que todo su
resentimiento se le fue en risas, y dijo:
-Tienes razón, Chichibio: eso es lo que debí haber hecho.
Y así fue como gracias a su viva y divertida respuesta,
consiguió el cocinero salvarse de la tormenta y hacer las pases con su señor.
FIN
sexta-feira, 4 de setembro de 2015
"J'ACCUSE"
Vamos pôr os pingos nos ii. Sobre a criança síria cuja
imagem do pequenino cadáver rodou o mundo ontem e produziu engulhos (com razão)
em quem tem ainda um pouco de sentimento humanitário nas veias e nos nervos. A
culpa não é só da "grave crise migratória" que assola a Europa ou
mesmo ainda da "humanidade", esta entidade meio abstrata que envolve
todos os humanos e não responsabiliza em especial ninguém. A culpa é de quem,
no eco da malfadada 'Primavera árabe', armou e incentivou as milícias
fundamentalistas da Síria na luta pela derrubada de Bashar Al-Assad -- Obama,
David Cameron e Hollande a frente. Esses, e seus apoiadores, são os verdadeiros
culpados, os que trazem as mãos sujas do sangue dessa criança e de milhares de
refugiados mortos.
Sobre a criança síria cujo cadáver veio dar nas praias da
Turquia.
Otto Leopoldo Winck
1970: Allende é eleito presidente do Chile
No dia 4 de setembro de 1970, Salvador Allende foi eleito
presidente do Chile. Pela primeira vez na América Latina um político socialista
chegou ao poder de forma democrática.
Salvador Allende
No dia 4 de setembro de 1970, o médico Salvador Allende
ganhou as eleições diretas para presidente no Chile com uma maioria de 36,2%
dos votos. Pela primeira vez na América Latina, um político socialista chegava
ao poder de forma democrática.
No mesmo dia em que foi eleito, Allende declarou nos meios
de comunicação que faria um governo marxista, prometendo implantar a reforma
agrária, controlar as importações e exportações e nacionalizar os bancos.
Allende assumiu o poder numa época em que 45% do capital do
país estavam nas mãos de investidores estrangeiros, as minas de cobre eram
praticamente de domínio norte-americano e 80% das terras eram propriedade de
latifundiários. Em 1970, a dívida do Chile era de mais de quatro bilhões de
dólares, a segunda maior do mundo.
Fase de crescimento econômico
Durante seu governo, Allende começou a fazer as reformas que
havia prometido: estatizou bancos e grandes empresas e, em 1972, fez o mesmo
com as minas de cobre. Essas mudanças econômicas e sociais tiraram o país da
péssima situação em que se encontrava. Em 1971, o Chile apresentou um
crescimento econômico de 8,5%, o segundo melhor resultado dos 23 países da
América Latina.
No começo de 1972, porém, a situação se inverteu. O país
entrou em crise, o capital nacional e estrangeiro desapareceram, o crescimento
econômico cessou e a produção agrária caiu vertiginosamente. Isso gerou
escassez de alimentos, principalmente porque a poplulação e as empresas
começaram a fazer estoques, temendo dias ainda piores.
A primeira tentativa fracassada de golpe para derrubar
Allende do poder aconteceu no final de junho de 1973. O descontentamento da
população era tão visível quanto o crescente desejo de mudanças. A fome e a
falta de produtos básicos levaram a uma revolta. Os conflitos isolados eram o
prenúncio de uma guerra civil.
Queda em confronto violento
No dia 11 de setembro de 1973, os militares saíram às ruas
para tomar o poder. O Palacio de la Moneda, em Santiago, foi atacado por
bombardeios aéreos. O confronto inevitável foi sangrento para ambas as partes.
O general Augusto Pinochet assumiu o poder como presidente da Junta de Governo,
formada a partir desta data.
Em 17 de dezembro de 1974, Pinochet passou a ser presidente
da República do Chile, cargo que ocupou durante 17 anos. Neste período, a
economia do país, apesar da ditadura militar, voltou a se estabilizar.
O mandato de Allende é lembrado como um período de glórias e
desgraças. Até hoje não se sabe se ele foi morto ou se suicidiu durante o golpe
militar. Allende ainda é venerado por simpatizantes e sua biografia continua
atraindo a atenção mundial.
Autoria Mirjiam Gehrke (ms)
Fonte : Deutsche Welle
Link permanente http://dw.com/p/3zfi
Gratia Plena
Amado Nervo
Todo en ella encantaba, todo en ella atraía:
su mirada, su gesto, su sonrisa, su andar...
El ingenio de Francia de su boca fluía.
Era "llena de gracia", como el Avemaría;
¡quien la vio, no la pudo ya jamás olvidar!
Ingenua como el agua, diáfana como el día,
rubia y nevada como Margarita sin par,
al influjo de su alma celeste amanecía...
Era llena de gracia, como el Avemaría;
¡quien la vio, no la pudo ya jamás olvidar!
Cierta dulce y amable dignidad la investía
de no sé qué prestigio lejano y singular.
Más que muchas princesas, princesa parecía:
era llena de gracia, como el Avemaría;
¡quien la vio, no la pudo ya jamás olvidar!
Yo gocé el privilegio de encontrarla en mi vía
dolorosa; por ella tuvo fin mi anhelar,
y cadencias arcanas halló mi poesía.
Era llena de gracia, como el Avemaría;
¡quien la vio, no la pudo ya jamás olvidar!
!Cuánto, cuánto la quise! ¡Por diez años fue mía;
pero flores tan bellas nunca pueden durar!
¡Era llena de gracia, como el Avemaría,
y a la Fuente de gracia, de donde procedía,
se volvió... como gota que se vuelve a la mar!
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Biblioteca Digital Ciudad Seva
sexta-feira, 28 de agosto de 2015
A mis críticos
Si supiérais con qué piedad os miro
y cómo os compadezco en esta hora.
En medio de la paz de mi retiro
mi lira es más fecunda y más sonora.
Si con ello un pesar mayor os causo
y el dedo pongo en vuestra llaga viva,
sabed que nunca me importó el aplauso
ni nunca me ha importado la diatriba.
¿A qué dar tanto pábulo a la pena
que os produce una lírica victoria?
Ya la posteridad, grave y serena,
al separar el oro de la escoria
dirá cuando termine la faena,
quién mereció el olvido y quién la gloria.
Julio Flórez...Colombia
Biblioteca Digital Ciudad Seva
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