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quarta-feira, 29 de abril de 2020

El cocinero Chichibio




Giovanni Boccaccio

Currado Gianfiglazzi se distinguía en nuestra ciudad como hombre eminente, liberal y espléndido, y viviendo vida hidalga, halló siempre placer en los perros y en los pájaros, por no citar aquí otras de sus empresas de mayor monta. Pues bien; habiendo un día este caballero cazado con un halcón suyo una grulla¹ cerca de Perétola y hallando que era tierna y bien cebada, se la mandó a su vecino, excelente cocinero, llamado Chichibio, con orden de que se la asase y aderezase bien. Chichibio, que era tan atolondrado como parecía, una vez aderezada la grulla, la puso al fuego y empezó a asarla con todo esmero.

Estaba ya casi a punto y despedía el más apetitoso olor el ave, cuando se presentó en la cocina una aldeana llamada Brunetta, de la que el marmitón estaba perdidamente enamorado; y percibiendo la intrusa el delicioso vaho y viendo la grulla, empezó a pedirle con empeño a Chichibio que le diese un muslo de ella. Chichibio le contestó canturreando:

-No la esperéis de mí, Brunetta, no; no la esperéis de mí.

Con lo que Brunetta irritada, saltó, diciendo:

-Pues te juro por Dios que si no me lo das, de mí no has de conseguir nunca ni tanto así.

Cuanto más Chichibio se esforzaba por desagraviarla, tanto más ella se encrespaba; así es que, al fin, cediendo a su deseo de apaciguarla, separó un muslo del ave y se lo ofreció.

Luego, cuando les fue servida a Currado y a ciertos invitados, advirtió aquel la falta y extrañándose de ello hizo llamar a Chichibio y le preguntó qué había sido del muslo de la grulla. A lo que el tramposo veneciano contestó en el acto, sin atascarse:

-Las grullas, señor, no tienen más que una pata y un muslo.

Amoscado entonces Currado, opuso:

-¿Cómo diablos dices que no tienen más que un muslo? ¿Crees que no he visto más grullas que esta?

-Y, sin embargo, señor, así es, como yo os digo; y, si no, cuando gustéis os lo demostraré con grullas vivas -arguyó Chichibio.

Currado no quiso enconar más la polémica, por consideración a los invitados que presentes se hallaban, pero le dijo:

-Puesto que tan seguro estás de hacérmelo ver a lo vivo -cosa que yo jamás había reparado ni oído a nadie- mañana mismo yo dispuesto estoy. Pero por Cristo vivo te juro que si la cosa no fuese como dices, te haré dar tal paliza que mientras vivas habrás de acordarte de mi nombre.

Terminada con esto la plática por aquel día, al amanecer de la mañana siguiente, Currado, a quien el descanso no había despejado el enfado, se levantó cejijunto, y ordenando que le aparejasen los caballos, hizo montar a Chichibio en un jamelgo y se encaminó a la orilla de una laguna, en la que solían verse siempre grullas al despuntar el día.

-Pronto vamos a ver quién de los dos ha mentido ayer, si tú o yo -le dijo al cocinero.

Chichibio, viendo que todavía le duraba el resentimiento al caballero y que le iba mucho a él en probar que las grullas solo tenían una pata, no sabiendo cómo salir del aprieto, cabalgaba junto a Currado más muerto que vivo, y de buena gana hubiera puesto pies en polvorosa si le hubiese sido posible; mas, como no podía, no hacía sino mirar a todos lados, y cosa que divisaba, cosa que se le antojaba una grulla en dos pies.

Llegado que hubieron a la laguna, su ojo vigilante divisó antes que nadie una bandada de lo menos doce grullas, todas sobre un pie, como suelen estar cuando duermen. Contentísimo del hallazgo, asió la ocasión por los pelos y, dirigiéndose a Currado, le dijo:

-Bien claro podéis ver, señor, cuán verdad era lo que ayer os dije, cuando aseguré que las grullas no tienen más que una pata: basta que miréis aquellas.

-Espera, que yo te haré ver que tienen dos -repuso Currado al verlas.

Y, acercándoseles algo más, gritó:

-¡Jojó!

Con lo que las grullas, alarmadas, sacando el otro pie, emprendieron la fuga. Entonces Currado dijo, dirigiéndose a Chichibio:

-¿Y qué dices ahora, comilón? ¿Tienen, o no, dos patas las grullas?

Chichibio, despavorido, no sabiendo en dónde meterse ya, contestó:

-Verdad es, señor, pero no me negaréis que a la grulla de ayer no le habéis gritado ¡Jojó!, que si lo hubierais hecho, seguramente habría sacado la pata y el muslo como estas han hecho.

A Currado le hizo tanta gracia la respuesta que todo su resentimiento se le fue en risas, y dijo:

-Tienes razón, Chichibio: eso es lo que debí haber hecho.

Y así fue como gracias a su viva y divertida respuesta, consiguió el cocinero salvarse de la tormenta y hacer las pases con su señor.

FIN

Sexta Jornada – Narración cuarta, El decamerón
1. Grulla: Ave zancuda de gran tamaño, de patas y cuello largos, con plumaje gris en el cuerpo, y negro y blanco en la cabeza y el cuello, que cuando vuela emite un graznido muy sonoro, y que suele mantenerse sobre un pie cuando se posa.

sexta-feira, 6 de setembro de 2019

El mechón de cabello




Agilulfo, monarca de los longobardos, estableció en Paria, ciudad de Lombardía, la base de su soberanía. Como sus antecesores, cogió por mujer a Tendelinga, viuda de Autari, también soberano de los longobardos.
La señora era hermosísima, prudente y honrada, pero desafortunada en afectos. Y, yendo muy bien las cosas de los longobardos por la virtud y la razón de Agilulfo, aconteció que un palafrenero de la nombrada reina, hombre de muy ruin condición por su nacimiento, pero superior en su oficio, y arrogante en su persona, se enamoró intensamente de la reina, y como su baja condición no le impedía advertir que aquel amor escapaba a toda conveniencia, a nadie se lo declaró, ni siquiera a ella con su mirada.

Y sin esperanza alguna siguió viviendo. Pero se jactaba consigo mismo de haber puesto sus pensamientos en tan alto lugar y, ardiendo en amoroso calor, se dedicaba a hacer mejor que sus compañeros lo que a su reina pudiese complacer. Por esto, cuando la reina deseaba cabalgar, prefería de entre todos al palafrén, lo que él tenía como un privilegio, y no se apartaba de ella, juzgándose afortunado algunas veces si podía rozarle los vestidos.

Pero el amor, como muchas veces vemos, cuando tiene menos esperanza suele aumentar, y así le sucedía al pobre palafrenero, que hallaba insoportable mantener su escondido deseo, al que ninguna esperanza ayudaba. Y muchas veces, no logrando librarse de su amor, pensó en morir. Y, reflexionando cómo lograrlo, decidió que fuese de tal manera que se notara que moría por el amor que había puesto y profesaba a la reina, y se propuso que fuera de manera que la fortuna le diese la posibilidad de obtener, totalmente o en parte, la satisfacción de su anhelo.

No deseó manifestar nada a la reina, ni expresole su amor escribiéndole, ya que sabía que era infructuoso hablar o escribir, mas resolvió ensayar si era posible, por ingenio, con ella acostarse. Mas no veía otro medio ni recurso que hacerse pasar por el rey, el cual no dormía con la reina de continuo.

Y para a ella llegar y entrar en su estancia, procuró el hombre averiguar en qué forma y hábito iba allá el rey. Y así muchas veces, durante la noche, se escondió en una gran sala del real palacio a la que daban los aposentos de la reina y del rey. Y una noche vio a Agilulfo salir de su cámara envuelto en un gran manto, en una mano una antorcha encendida y en la otra una varita, y en llegando a la puerta de la reina, sin nada decir, golpeó la madera con la vara una vez o dos, y abriose la puerta y quitáronle la antorcha de la mano.

Y esto visto, y vuelto a ver, pensó el palafrenero que él debía hacer otro tanto, y mandó que le aderezasen un manto semejante al del rey, y, provisto de una antorcha y una vara, una noche, tras lavarse bien en un baño para que la reina no advirtiese el olor del estiércol y con él el engaño, en la sala, como solía, se escondió.

Y notando que ya todos dormían, pensó que era momento de conseguir su deseo, o, con alta razón, la muerte que arrostraba, y, haciendo con la yesca y eslabón que llevaba encima un poco de fuego, encendió la luz y, envuelto en el manto, se acercó al umbral y dos veces llamó con la vara. Abrió la puerta una soñolienta camarera, que le retiró y apartó la luz y él, sin decir nada, traspasó la cortina, quitose la capa y acostose donde la reina dormía. Deseosamente la tomó en sus brazos, y, fingiéndose conturbado por saber que en esos casos nunca el rey quería oír nada, sin nada decir ni que le dijesen, conoció carnalmente varias veces a la reina aquella noche. Apesadumbrábale partir, pero comprendiendo que el mucho retardarse podía volverle en tristeza el deleite obtenido, se levantó, púsose el manto, empuñó la luz y, sin nada hablar, se fue y volviose a su lecho tan presto como pudo.

Y apenas había llegado allá cuando el rey, alzándose, fue a la cámara de la reina, de lo que ella se maravilló mucho, y entrando en el lecho y alegremente saludándola, ella, adquiriendo osadía con el júbilo de su marido, dijo:

-Señor, ¿qué novedad es la de esta noche? Ha instantes que os partisteis de mí y más que de costumbre os habéis refocilado conmigo, ¿y tan pronto volvéis? Mirad lo que hacéis.

Al oír tales palabras, el rey presumió que la reina había sido engañada por alguna similitud de persona y costumbres, pero como discreto, en el acto pensó que, pues la reina no lo había advertido, ni nadie más, valía más no hacérselo comprender, lo que muchos necios no hubiesen hecho, sino que habrían dicho: "Yo no fui. ¿Quién fue ¿Cómo se fue y cómo vino?" De lo que habrían difamado muchas cosas con las cuales hubiera a la inocente mujer contristado, y aun quizás héchole venir en deseo el volver a desear lo que ya había sentido. Y lo que, callándolo, ninguna afrenta le podía inferir, hubiera, de hablar, irrogándole vituperio. Y así el rey respondió, más turbado en su ánimo que en su semblante y palabras:

-¿No os parezco, mujer, hombre capaz de estar una vez acá y tornar luego?

-Sí, mi señor, pero, con todo, ruégoos que miréis por vuestra salud.

Entonces dijo el rey:

-A mí me place seguir vuestro consejo y, por tanto, sin más molestia daros, me vuelvo.

Y, con el ánimo lleno de ira y de mal talante por lo que ya sabía que le habían hecho, tomó su manto, salió de la estancia y resolvió con sigilo encontrar al que tan feo recado le hiciera, imaginando que debía ser alguien de la casa y que no había podido salir de ella. Y así, encendiendo una lucecita en una linternilla, se fue a una muy larga casa que había en su palacio sobre las cuadras y en la que dormían casi todos sus sirvientes en distintos lechos. Y estimando que al que hubiese hecho lo que la mujer decía no le habría aún cesado la agitación de pulso y corazón por el reciente afán, con cautelosos pasos, y comenzando por uno de los principales de la casa, a todos les fue tocando el pecho para saber si les latía el corazón con fuerza.

Los demás dormían, pero no el que había yacido con la reina, por lo cual, viendo venir al rey e imaginando lo que buscaba, comenzó a temer mucho, en términos que a los pálpitos anteriores de su corazón se agregaron más, por albergar la firme creencia de que, si el rey algo notaba, le haría morir.

Varias cosas le bulleron en el pensamiento, pero, observando que el rey iba sin armas, resolvió fingir que dormía y esperar lo que aconteciese.

Y habiendo dado el rey muchas vueltas, sin que le pareciese encontrar al culpable, llegose al palafrenero, y observando cuán fuerte le latía el corazón, se dijo: "Éste es". Pero como no quería que nadie se percatase de lo que pensaba hacer, se contentó, usando unas tijeras que llevaba, con tonsurar al hombre parte de los cabellos, que entonces se llevaban muy largos, a fin de poderle reconocer al siguiente día; y, esto hecho, volviose a su cámara.

El hombre, que todo lo había sentido y era malicioso, comprendió por qué le habían señalado así y, sin esperar a más, se levantó y, buscando un par de tijeras que había en el establo para el servicio de los caballos, a todos los que allí yacían, andando sin ruido, les cortó parte del cabello por encima de la oreja y, sin ser sentido, se volvió a dormir.

El rey, al levantarse por la mañana, mandó que, antes de que las puertas del palacio se abriesen, se le presentase toda la servidumbre, y así se hizo. Y estando todos ante él con la cabeza descubierta, y viendo a casi todos con el cabello de análogo modo cortado, se maravilló y dijo para sí: "El que ando buscando, aunque sea de baja condición, muestra da de tener mucho sentido". Y, reconociendo que no podía, sin escándalo, descubrir al que buscaba, y no queriendo por pequeña venganza sufrir gran afrenta, resolvió con cortas palabras hacerle saber que él había reparado en las cosas ocurridas y, vuelto a todos, dijo:

-Quien lo hizo, no lo haga más, e id con Dios.

Otro les habría hecho interrogar, atormentarlos, examinarlos e insistirlos, y así habría descubierto lo que todos deben ocultar, y al descubrirlo, aunque tomase entera venganza, habría aumentado su afrenta y empeñado la honestidad de su mujer. Los que sus palabras oyeron se pasmaron y largamente trataron entre sí de lo que el rey había querido significar, pero nadie entendió nada, salvo aquel que tenía motivos para ello. El cual, como discreto, nunca, mientras vivió el rey, esclareció el caso, ni nunca más su vida con tan expuesto acto confió a la Fortuna.

FIN

 de Giovanni Boccaccio

15 Apr 2011

Biblioteca Digital Ciudad Seva

               

sábado, 10 de fevereiro de 2018

El amante dormido


No hace mucho tiempo hubo en Salerno un grandísimo médico cirujano cuyo nombre fue maestro Mazzeo de la Montagna, el cual, ya cerca de sus últimos años, habiendo tomado por mujer a una hermosa y noble joven de su ciudad, de lujosos vestidos y joyas y de todo lo que a una mujer puede placer más, la tenía abastecida; es verdad que ella la mayor parte del tiempo estaba resfriada, como quien en la cama no estaba por el marido bien cubierta. El cual, como micer Ricciardo de Chínzica a la suya enseñaba las fiestas y los ayunos, este a ella le explicaba que por acostarse con una mujer una vez tenía necesidad de descanso no sé cuántos días, y otras chanzas; con lo que ella vivía muy descontenta, y como prudente y de ánimo valeroso, para poder ahorrarle trabajos al de la casa se dispuso a echarse a la calle y a desgastar a alguien ajeno, y habiendo mirado a muchos y muchos jóvenes, al fin uno le llegó al alma, en el que puso toda su esperanza, todo su ánimo y todo su bien. Lo que, advirtiéndolo el joven y gustándole mucho, semejantemente a ella volvió todo su amor.

Se llamaba este Ruggeri de los Aieroli, noble de nacimiento pero de mala vida y de reprobable estado hasta el punto de que ni pariente ni amigo le quedaba que le quisiera bien o que quisiera verle, y por todo Salerno se le culpaba de latrocinios y de otras vilísimas maldades; de lo que poco se preocupó la mujer, gustándole por otras cosas. Y con una criada suya tanto lo preparó, que estuvieron juntos; y luego de que algún placer disfrutaron, la mujer le comenzó a reprochar su vida pasada y a rogarle que, por amor de ella, de aquellas cosas se apartase; y para darle ocasión de hacerlo empezó a proporcionarle cuándo una cantidad de dineros y cuándo otra.

Y de esta manera, persistiendo juntos asaz discretamente, sucedió que al médico le pusieron entre las manos un enfermo que tenía dañada una de las piernas, al cual mal habiendo visto el maestro, dijo a sus parientes que, si un hueso podrido que tenía en la pierna no se le extraía, con certeza tendría aquel o que cortarse toda la pierna o que morirse; y si le sacaba el hueso podía curarse, pero que si no le daba por muerto y no lo recibiría; con lo que, poniéndose de acuerdo todos los de su parentela, así se lo entregaron. El médico, juzgando que el enfermo sin ser narcotizado no soportaría el dolor ni se dejaría intervenir, debiendo esperar hasta el atardecer para aquel servicio, hizo por la mañana destilar de cierto compuesto suyo una agua que debía dormirle tanto cuanto él creía que iba a hacerlo sufrir al curarlo; y haciéndola traer a casa en una ventanica de su alcoba la puso, sin decir a nadie lo que era.

Venida la hora del crepúsculo, debiendo el maestro ir con aquel, le llegó un mensaje de ciertos muy grandes amigos suyos de Amalfi de que por nada dejase de ir incontinenti allí, porque había habido una gran riña y muchos habían sido heridos. El médico, dejando para la mañana siguiente la cura de la pierna, subiendo a una barquita se fue a Amalfi; por lo cual la mujer, sabiendo que por la noche no debía volver a casa, ocultamente como acostumbraba hizo venir a Ruggeri y en su alcoba lo metió, y lo cerró dentro hasta que algunas otras personas de la casa se fueran a dormir. Quedándose, pues, Ruggeri en la alcoba y esperando a la señora, teniendo (o por trabajos sufridos durante el día o por comidas saladas que hubiera comido, o tal vez por costumbre) una grandísima sed, vino a ver en la ventana aquella garrafita del agua que el médico había hecho para el enfermo, y creyéndola agua de beber, llevándosela a la boca, toda la bebió; y no había pasado mucho cuando le dio un gran sueño y se durmió.

La mujer, lo antes que pudo se vino a su alcoba y, encontrando a Ruggeri dormido, empezó a sacudirlo y a decirle en voz baja que se pusiese en pie, pero como si nada: no respondía ni se movía un punto; por lo que la mujer, algo enfadada, con más fuerza lo sacudió, diciendo:

-Levántate, dormilón, que si querías dormir, donde debías ir es a tu casa y no venir aquí.

Ruggeri, así empujado, se cayó al suelo desde un arcón sobre el que estaba y no dio ninguna señal de vida, sino la que hubiera dado un cuerpo muerto; con lo que la mujer, un tanto asustada, empezó a querer levantarlo y menearlo más fuerte y a cogerlo por la nariz y a tirarle de la barba, pero no servía de nada: había atado el asno a una buena clavija. Por lo que la señora empezó a temer que estuviera muerto, pero aun así le empezó a pellizcar agriamente las carnes y a quemarlo con una vela encendida; por lo que ella, que no era médica aunque médico fuese el marido, sin falta lo creyó muerto, por lo que, amándolo sobre todas las cosas como hacía, si sintió dolor no hay que preguntárselo, y no atreviéndose a hacer ruido, calladamente, sobre él comenzó a llorar y a dolerse de tal desventura. Pero luego de un tanto, temiendo añadir la deshonra a su desgracia, pensó que sin ninguna tardanza debía encontrar el modo de sacarlo de casa muerto como estaba, y ni en esto sabiendo determinarse, ocultamente llamó a su criada, y mostrándole su desgracia, le pidió consejo.

La criada, maravillándose mucho y meneándolo también ella y empujándolo, y viéndolo sin sentido, dijo lo mismo que decía la señora, es decir, que verdaderamente estaba muerto, y aconsejó que lo sacasen de casa. A lo que la señora dijo:

-¿Y dónde podremos ponerlo que no se sospeche mañana cuando sea visto que de aquí dentro ha sido sacado?

A lo que la criada contestó:

-Señora, esta tarde ya de noche he visto, apoyada en la tienda del carpintero vecino nuestro, un arca no demasiado grande que, si el maestro no la ha metido en casa, será muy a propósito de lo que necesitamos porque dentro podemos meterlo, y darle dos o tres cuchilladas y dejarlo. Quien lo encuentre allí, no sé por qué más de aquí dentro que de otra parte vaya a creer que lo hayan llevado; antes se creerá, como ha sido tan malvado, que, yendo a cometer alguna fechoría, por alguno de sus enemigos ha sido muerto, luego metido en el arca.

Agradó a la señora el consejo de la criada, salvo en lo de hacerle algunas heridas, diciendo que no podría por nada del mundo sufrir que aquello se hiciese; y la mandó a ver si estaba allí el arca donde la había visto, y ella volvió y dijo que sí. La criada, entonces, que joven y gallarda era, ayudada por la señora, se echó a las espaldas a Ruggeri y yendo la señora por delante para mirar si venía alguien, llegadas al arca, lo metieron dentro y, volviéndola a cerrar, se fueron.

Habían, hacía unos días más o menos, venido a vivir a una casa dos jóvenes que prestaban a usura, y deseosos de ganar mucho y de gastar poco, teniendo necesidad de muebles, el día antes habían visto aquella arca y convenido que si por la noche seguía allí se la llevarían a su casa. Y llegada la medianoche, salidos de casa, encontrándola, sin entrar en miramientos, prestamente, aunque pesadita les pareciese, se la llevaron a casa y la dejaron junto a una alcoba donde sus mujeres dormían, sin cuidarse de colocarla bien entonces; y dejándola allí, se fueron a dormir.

Ruggeri, que había dormido un grandísimo rato y ya había digerido el bebedizo y agotado su virtud, cerca de maitines se despertó; y al quedar el sueño roto y recuperar sus sentidos el poder, sin embargo le quedó en el cerebro una estupefacción que no solamente aquella noche sino después algunos días lo tuvo aturdido; y abriendo los ojos y no viendo nada, y extendiendo las manos acá y allá, encontrándose en esta arca, comenzó a devanarse los sesos y a decirse:

-¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? ¿Estoy dormido o despierto? Me acuerdo que esta noche he entrado en la alcoba de mi señora y ahora me parece estar en un arca. ¿Qué quiere decir esto? ¿Habrá vuelto el médico o sucedido otro accidente por lo cual la señora, mientras yo dormía, me ha escondido aquí? Eso creo, y seguro que así habrá sido.

Y por ello comenzó a estarse quieto y a escuchar si oía alguna cosa, y estando así un gran rato, estando más bien a disgusto en el arca, que era pequeña, y doliéndole el costado sobre el que se apoyaba, queriendo volverse del otro lado, tan hábilmente lo hizo que, dando con los riñones contra uno de los lados del arca, que no estaba colocada sobre un piso nivelado, la hizo torcerse y luego caer; y al caer hizo un gran ruido, por lo que las mujeres que allí al lado dormían se despertaron y sintieron miedo, y por miedo se callaban. Ruggeri, por el caer del arca temió mucho, pero notándola abierta con la caída, quiso mejor, si otra cosa no sucedía, estar fuera que quedarse dentro. Y entre que él no sabía dónde estaba y una cosa y la otra, comenzó a andar a tientas por la casa, por ver si encontraba escalera o puerta por donde irse. Cuyo tantear sintiendo las mujeres, que despiertas estaban, comenzaron a decir:

-¿Quién hay ahí?

Ruggeri, no conociendo la voz, no respondía, por lo que las mujeres comenzaron a llamar a los dos jóvenes, los cuales, porque habían velado hasta tarde, dormían profundamente y nada de estas cosas sentían. Con lo que las mujeres, más asustadas, levantándose y asomándose a las ventanas, comenzaron a gritar:

-¡Al ladrón, al ladrón!

Por la cual cosa, por varios lugares muchos de los vecinos, quién arriba por los tejados, quién por una parte y quién por otra, corrieron a entrar en la casa, y los jóvenes semejantemente, despertándose con este ruido, se levantaron. Y a Ruggeri, el cual viéndose allí, como por el asombro fuera de sí, y sin poder ver de qué lado podría escaparse, pronto le echaron mano los guardias del rector de la ciudad, que ya habían corrido allí al ruido, y llevándolo ante el rector, porque por malvadísimo era tenido por todos, sin demora dándole tormento, confesó que en la casa de los prestamistas había entrado para robar; por lo que el rector pensó que sin mucha espera debía colgarlo.

Se corrió por la mañana por todo Salerno la noticia de que Ruggeri había sido preso robando en casa de los prestamistas, lo que la señora y su criada oyendo, de tan grande y rara maravilla fueron presa que cerca estaban de hacerse creer a sí mismas que lo que habían hecho la noche anterior no lo habían hecho, sino que habían soñado hacerlo; y, además de ello, del peligro en que Ruggeri estaba la señora sentía tal dolor que casi se volvía loca.

No poco después de mediada tercia, habiendo retornado el médico de Amalfi, preguntó qué había sido de su agua, porque quería darla a su enfermo; y encontrándose la garrafa vacía hizo un gran alboroto diciendo que nada en su casa podía durar en su sitio.

La señora, que por otro dolor estaba azuzada, repuso airada diciendo:

-¿Qué haríais vos, maestro, por una cosa importante, cuando por una garrafita de agua vertida hacéis tanto alboroto? ¿Es que no hay más agua en el mundo?

A quien el maestro dijo:

-Mujer, te crees que era agua clara; no es así, sino que era un agua preparada para hacer dormir.

Y le contó la razón por la que la había hecho.

Cuando la señora oyó esto, se convenció de que Ruggeri se la había bebido y por ello les había parecido muerto, y dijo:

-Maestro, nosotras no lo sabíamos, así que haceos otra.

El maestro, viendo que de otro modo no podía ser, hizo hacer otra nueva. Poco después, la criada, que por orden de la señora había ido a saber lo que se decía de Ruggeri, volvió y le dijo:

-Señora, de Ruggeri todos hablan mal y, por lo que yo he podido oír, ni amigo ni pariente alguno hay que para ayudarlo se haya levantado o quiera levantarse; y se tiene por seguro que mañana el magistrado lo hará colgar. Y, además de esto, voy a contaros una cosa curiosa, que me parece haber entendido cómo llegó a casa del prestamista; y oíd cómo. Bien conocéis al carpintero junto a quien estaba el arca donde le metimos: este estaba hace poco con uno, de quien parece que era el arca, en la mayor riña del mundo, porque aquel le pedía los dineros por su arca, y el maestro respondía que él no había visto el arca, pues le había sido robada por la noche; al que aquel decía: «No es así sino que la has vendido a los dos jóvenes prestamistas, como ellos me dijeron cuando la vi en su casa cuando fue apresado Ruggeri». A quien el carpintero dijo: «Mienten ellos porque nunca se la he vendido, sino que la noche pasada me la habrán robado; vamos a donde ellos». Y así se fueron, de acuerdo, a casa de los prestamistas y yo me vine aquí, y como podéis ver, entiendo que de tal guisa Ruggeri, adonde fue encontrado fue transportado; pero cómo resucitó allí no puedo entenderlo.

La señora, entonces, comprendiendo óptimamente cómo había sido, dijo a la criada lo que había oído al médico, y le rogó que para salvar a Ruggeri la ayudase, como quien, si quería, en un mismo punto podía salvar a Ruggeri y proteger su honor.

La criada dijo:

-Señora, decidme cómo, que yo haré cualquier cosa de buena gana.

La señora, como a quien le apretaban los zapatos, con rápida determinación habiendo pensado qué había de hacerse, ordenadamente informó de ello a la criada. La cual, primeramente fue al médico, y llorando comenzó a decirle:

-Señor, tengo que pediros perdón de una gran falta que he cometido contra vos.

Dijo el médico:

-¿Y de cuál?

Y la criada, no dejando de llorar, dijo:

-Señor, sabéis quién es el joven Ruggeri de los Aieroli, quien, gustándole yo, entre amenazas y amor me condujo hogaño a ser su amiga: y sabiendo ayer tarde que vos no estabais, tanto me cortejó que a vuestra casa en mi alcoba a dormir conmigo lo traje, y teniendo él sed y no teniendo yo dónde ir antes a buscar agua o vino, no queriendo que vuestra mujer, que en la sala estaba, me viera, acordándome de que en vuestra alcoba una garrafita de agua había visto, corrí por ella y se la di a beber, y volví a poner la garrafa donde la había cogido; de lo que he visto que vos en casa gran alboroto habéis hecho. Y en verdad confieso que hice mal, pero ¿quién hay que alguna vez no haga mal? Siento mucho haberlo hecho; sobre todo porque por ello y por lo que luego se siguió de ello, Ruggeri está a punto de perder la vida, por lo que os ruego, por lo que más queráis, que me perdonéis y me deis licencia para que me vaya a ayudar a Ruggeri en lo que pueda.

El médico, al oír esto, a pesar de la saña que tuviese, repuso bromeando:

-Tú ya te has impuesto penitencia tú misma porque cuando creíste tener esta noche a un joven que muy bien te sacudiera el polvo, lo que tuviste fue a un dormilón: y por ello vete a procurar la salvación de tu amante, y de ahora en adelante guárdate de traerlo a casa porque lo pagarás por esta vez y por la otra.

Pareciéndole a la criada que buena pieza había logrado al primer golpe, lo antes que pudo se fue a la prisión donde Ruggeri estaba, y tanto lisonjeó al carcelero que la dejó hablar a Ruggeri. La cual, después de que le hubo informado de lo que responder debía al magistrado para poder salvarse, tanto hizo que llegó ante el magistrado. El cual, antes de consentir en oírla, como la viese fresca y gallarda, quiso enganchar una vez con el garfio a la pobrecilla cristiana; y ella, para ser mejor escuchada, no le hizo ascos; y levantándose de la molienda, dijo:

-Señor, tenéis aquí a Ruggeri de los Aieroli, preso por ladrón, y no es eso verdad.

Y empezando por el principio le contó la historia hasta el fin de cómo ella, su amiga, a casa del médico lo había llevado y cómo le había dado a beber el agua del narcótico, no sabiendo que lo era, y cómo por muerto lo había metido en el arca; y después de esto, lo que entre el maestro carpintero y el dueño del arca había oído decir, mostrándole con aquello cómo a casa de los prestamistas había llegado Ruggeri. El magistrado, viendo que fácil cosa era comprobar si era verdad aquello, primero preguntó al médico si era verdad lo del agua, y vio que había sido así; y luego, haciendo llamar al carpintero y a quien era el dueño del arca y a los prestamistas, luego de muchas historias vio que los prestamistas la noche anterior habían robado el arca y se la habían llevado a casa. Por último, mandó por Ruggeri y preguntándole dónde se había albergado la noche antes, repuso que dónde se había albergado no lo sabía, pero que bien se acordaba que había ido a albergarse con la criada del maestro Maezzo, de cuya alcoba había bebido agua porque tenía mucha sed; pero que dónde había estado después, salvo cuando despertándose en casa de los prestamistas se había encontrado dentro de un arca, no lo sabía. El magistrado, oyendo estas cosas y divirtiéndose mucho con ellas, a la criada y a Ruggeri y al carpintero y a los prestamistas las hizo repetir muchas veces. Al final, conociendo que Ruggeri era inocente, condenando a los prestamistas que robado habían el arca a pagar diez onzas, puso en libertad a Ruggeri; lo cual, cuánto gustó a este, nadie lo pregunte: y a su señora gustó desmesuradamente. La cual, luego, junto con él y con la querida criada que había querido darle de cuchilladas, muchas veces se rió y se divirtió, continuando su amor y su solaz siempre de bien en mejor; como querría que me sucediese a mí, pero no que me metieran dentro de un arca.

FIN



Cuarta Jornada – Narración décima,

El decamerón, 1353

DE GIOVANNI BOCCACCIO


Biblioteca Digital Ciudad Seva

sexta-feira, 14 de julho de 2017

Meter el diablo en el infierno



En la ciudad de Cafsa, en Berbería, hubo hace tiempo un hombre riquísimo que, entre otros hijos, tenía una hijita hermosa y donosa cuyo nombre era Alibech; la cual, no siendo cristiana y oyendo a muchos cristianos que en la ciudad había alabar mucho la fe cristiana y el servicio de Dios, un día preguntó a uno de ellos en qué materia y con menos impedimentos pudiese servir a Dios. El cual le repuso que servían mejor a Dios aquellos que más huían de las cosas del mundo, como hacían quienes en las soledades de los desiertos de la Tebaida se habían retirado. La joven, que simplicísima era y de edad de unos catorce años, no por consciente deseo sino por un impulso pueril, sin decir nada a nadie, a la mañana siguiente hacia el desierto de Tebaida, ocultamente, sola, se encaminó; y con gran trabajo suyo, continuando sus deseos, después de algunos días a aquellas soledades llegó, y vista desde lejos una casita, se fue a ella, donde a un santo varón encontró en la puerta, el cual, maravillándose de verla allí, le preguntó qué es lo que andaba buscando. La cual repuso que, inspirada por Dios, estaba buscando ponerse a su servicio, y también quién le enseñara cómo se le debía servir. El honrado varón, viéndola joven y muy hermosa, temiendo que el demonio, si la retenía, lo engañara, le alabó su buena disposición y, dándole de comer algunas raíces de hierbas y frutas silvestres y dátiles, y agua a beber, le dijo:

-Hija mía, no muy lejos de aquí hay un santo varón que en lo que vas buscando es mucho mejor maestro de lo que soy yo: irás a él.

Y le enseñó el camino; y ella, llegada a él y oídas de este estas mismas palabras, yendo más adelante, llegó a la celda de un ermitaño joven, muy devota persona y bueno, cuyo nombre era Rústico, y la petición le hizo que a los otros les había hecho. El cual, por querer poner su firmeza a una fuerte prueba, no como los demás la mandó irse, o seguir más adelante, sino que la retuvo en su celda; y llegada la noche, una yacija de hojas de palmera le hizo en un lugar, y sobre ella le dijo que se acostase. Hecho esto, no tardaron nada las tentaciones en luchar contra las fuerzas de este, el cual, encontrándose muy engañado sobre ellas, sin demasiados asaltos volvió las espaldas y se entregó como vencido; y dejando a un lado los pensamientos santos y las oraciones y las disciplinas, a traerse a la memoria la juventud y la hermosura de esta comenzó, y además de esto, a pensar en qué vía y en qué modo debiese comportarse con ella, para que no se apercibiese que él, como hombre disoluto, quería llegar a aquello que deseaba de ella.

Y probando primero con ciertas preguntas que no había nunca conocido a hombre averiguó, y que tan simple era como parecía, por lo que pensó cómo, bajo especie de servir a Dios, debía traerla a su voluntad. Y primeramente con muchas palabras le mostró cuán enemigo de Nuestro Señor era el diablo, y luego le dio a entender que el servicio que más grato podía ser a Dios era meter al demonio en el infierno, adonde Nuestro Señor lo había condenado. La jovencita le preguntó cómo se hacía aquello; Rústico le dijo:

-Pronto lo sabrás, y para ello harás lo que a mí me veas hacer. Y empezó a desnudarse de los pocos vestidos que tenía, y se quedó completamente desnudo, y lo mismo hizo la muchacha; y se puso de rodillas a guisa de quien rezar quisiese y contra él la hizo ponerse a ella. Y estando así, sintiéndose Rústico más que nunca inflamado en su deseo al verla tan hermosa, sucedió la resurrección de la carne; y mirándola Alibech, y maravillándose, dijo:

-Rústico, ¿qué es esa cosa que te veo que así se te sale hacia afuera y yo no la tengo?

-Oh, hija mía -dijo Rústico-, es el diablo de que te he hablado; ya ves, me causa grandísima molestia, tanto que apenas puedo soportarlo.

Entonces dijo la joven:

-Oh, alabado sea Dios, que veo que estoy mejor que tú, que no tengo yo ese diablo.

Dijo Rústico:

-Dices bien, pero tienes otra cosa que yo no tengo, y la tienes en lugar de esto.

Dijo Alibech:

-¿El qué?

Rústico le dijo:

-Tienes el infierno, y te digo que creo que Dios te haya mandado aquí para la salvación de mi alma, porque si ese diablo me va a dar este tormento, si tú quieres tener de mí tanta piedad y sufrir que lo meta en el infierno, me darás a mí grandísimo consuelo y darás a Dios gran placer y servicio, si para ello has venido a estos lugares, como dices.

La joven, de buena fe, repuso:

-Oh, padre mío, puesto que yo tengo el infierno, sea como queréis.

Dijo entonces Rústico:

-Hija mía, bendita seas. Vamos y metámoslo, que luego me deje estar tranquilo.

Y dicho esto, llevada la joven encima de una de sus yacijas, le enseñó cómo debía ponerse para poder encarcelar a aquel maldito de Dios. La joven, que nunca había puesto en el infierno a ningún diablo, la primera vez sintió un poco de dolor, por lo que dijo a Rústico:

-Por cierto, padre mío, mala cosa debe ser este diablo, y verdaderamente enemigo de Dios, que aun en el infierno, y no en otra parte, duele cuando se mete dentro.

Dijo Rústico:

-Hija, no sucederá siempre así.

Y para hacer que aquello no sucediese, seis veces antes de que se moviesen de la yacija lo metieron allí, tanto que por aquella vez le arrancaron tan bien la soberbia de la cabeza que de buena gana se quedó tranquilo. Pero volviéndole luego muchas veces en el tiempo que siguió, y disponiéndose la joven siempre obediente a quitársela, sucedió que el juego comenzó a gustarle, y comenzó a decir a Rústico:

-Bien veo que la verdad decían aquellos sabios hombres de Cafsa, que el servir a Dios era cosa tan dulce; y en verdad no recuerdo que nunca cosa alguna hiciera yo que tanto deleite y placer me diese como es el meter al diablo en el infierno; y por ello me parece que cualquier persona que en otra cosa que en servir a Dios se ocupa es un animal.

Por la cual cosa, muchas veces iba a Rústico y le decía:

-Padre mío, yo he venido aquí para servir a Dios, y no para estar ociosa; vamos a meter el diablo en el infierno.

Haciendo lo cual, decía alguna vez:

-Rústico, no sé por qué el diablo se escapa del infierno; que si estuviera allí de tan buena gana como el infierno lo recibe y lo tiene, no se saldría nunca.

Así, tan frecuentemente invitando la joven a Rústico y consolándolo al servicio de Dios, tanto le había quitado la lana del jubón que en tales ocasiones sentía frío en que otro hubiera sudado; y por ello comenzó a decir a la joven que al diablo no había que castigarlo y meterlo en el infierno más que cuando él, por soberbia, levantase la cabeza:

-Y nosotros, por la gracia de Dios, tanto lo hemos desganado, que ruega a Dios quedarse en paz.

Y así impuso algún silencio a la joven, la cual, después de que vio que Rústico no le pedía más meter el diablo en el infierno, le dijo un día:

-Rústico, si tu diablo está castigado y ya no te molesta, a mí mi infierno no me deja tranquila; por lo que bien harás si con tu diablo me ayudas a calmar la rabia de mi infierno, como yo con mi infierno te he ayudado a quitarle la soberbia a tu diablo.

Rústico, que de raíces de hierbas y agua vivía, mal podía responder a los envites; y le dijo que muchos diablos querrían poder tranquilizar al infierno, pero que él haría lo que pudiese; y así alguna vez la satisfacía, pero era tan raramente que no era sino arrojar un haba en la boca de un león; de lo que la joven, no pareciéndole servir a Dios cuanto quería, mucho rezongaba. Pero mientras que entre el diablo de Rústico y el infierno de Alibech había, por el demasiado deseo y por el menor poder, esta cuestión, sucedió que hubo un fuego en Cafsa en el que en la propia casa ardió el padre de Alibech con cuantos hijos y demás familia tenía; por la cual cosa Alibech de todos sus bienes quedó heredera. Por lo que un joven llamado Neerbale, habiendo en magnificencias gastado todos sus haberes, oyendo que esta estaba viva, poniéndose a buscarla y encontrándola antes de que el fisco se apropiase de los bienes que habían sido del padre, como de hombre muerto sin herederos, con gran placer de Rústico y contra la voluntad de ella, la volvió a llevar a Cafsa y la tomó por mujer, y con ella de su gran patrimonio fue heredero. Pero preguntándole las mujeres que en qué servía a Dios en el desierto, no habiéndose todavía Neerbale acostado con ella, repuso que le servía metiendo al diablo en el infierno y que Neerbale había cometido un gran pecado con haberla arrancado a tal servicio. Las mujeres preguntaron:

-¿Cómo se mete al diablo en el infierno?

La joven, entre palabras y gestos, se los mostró; de lo que tanto se rieron que todavía se ríen, y dijeron:

-No estés triste, hija, no, que eso también se hace bien aquí, Neerbale bien servirá contigo a Dios Nuestro Señor en eso.

Luego, diciéndoselo una a otra por toda la ciudad, hicieron famoso el dicho de que el más agradable servicio que a Dios pudiera hacerse era meter al diablo en el infierno; el cual dicho, pasado a este lado del mar, todavía se oye. Y por ello vosotras, jóvenes damas, que necesitáis la gracia de Dios, aprended a meter al diablo en el infierno, porque ello es cosa muy grata a Dios y agradable para las partes, y mucho bien puede nacer de ello y seguirse.

FIN

 GIOVANNI BOCCACCIO

Biblioteca Digital Ciudad Seva


sábado, 5 de setembro de 2015

El cocinero Chichibio



Giovanni Boccaccio

Currado Gianfiglazzi se distinguía en nuestra ciudad como hombre eminente, liberal y espléndido, y viviendo vida hidalga, halló siempre placer en los perros y en los pájaros, por no citar aquí otras de sus empresas de mayor monta. Pues bien; habiendo un día este caballero cazado con un halcón suyo una grulla cerca de Perétola y hallando que era tierna y bien cebada, se la mandó a su vecino, excelente cocinero, llamado Chichibio, con orden de que se la asase y aderezase bien. Chichibio, que era tan atolondrado como parecía, una vez aderezada la grulla, la puso al fuego y empezó a asarla con todo esmero.

Estaba ya casi a punto y despedía el más apetitoso olor el ave, cuando se presentó en la cocina una aldeana llamada Brunetta, de la que el marmitón estaba perdidamente enamorado; y percibiendo la intrusa el delicioso vaho y viendo la grulla, empezó a pedirle con empeño a Chichibio que le diese un muslo de ella. Chichibio le contestó canturreando:

-No la esperéis de mí, Brunetta, no; no la esperéis de mí.

Con lo que Brunetta irritada, saltó, diciendo:

-Pues te juro por Dios que si no me lo das, de mí no has de conseguir nunca ni tanto así.

Cuanto más Chichibio se esforzaba por desagraviarla. tanto más ella se encrespaba; así es que, al fin, cediendo a su deseo de apaciguarla, separó un muslo del ave y se lo ofreció.

Luego, cuando les fue servida a Currado y a ciertos invitados, advirtió aquel la falta y extrañándose de ello hizo llamar a Chichibio y le preguntó qué había sido del muslo de la grulla. A lo que el trapacero del veneciano contestó en el acto, sin atascarse:

-Las grullas, señor, no tienen más que una pata y un muslo.

Amoscado entonces Currado, opuso:

-¿Cómo diablos dices que no tienen más que un muslo? ¿Crees que no he visto más grullas que ésta?

-Y, sin embargo, señor, así es, como yo os digo; y, si no, cuando gustéis os lo  demostraré con grullas vivas -arguyó Chichibio.

Currado no quiso enconar más la polémica, por consideración a los invitados que presentes se hallaban, pero le dijo:

-Puesto que tan seguro estás de hacérmelo ver a lo vivo -cosa que yo jamás había  reparado ni oído a nadie- mañana mismo, yo dispuesto estoy. Pero por Cristo vivo te juro que si la cosa no fuese como dices, te haré dar tal paliza que mientras vivas hayas de acordarte de mi nombre.

Terminada con esto la plática por aquel día, al amanecer de la mañana siguiente, Currado, a quien el descanso no había despejado el enfado, se levantó cejijunto, y ordenando que le aparejasen los caballos, hizo montar a Chichibio en un jamelgo y se encaminó a la orilla de una albufera, en la que solían verse siempre grullas al despuntar el día.

-Pronto vamos a ver quién de los dos ha mentido ayer, si tú o yo -le dijo al cocinero.

Chichibio, viendo que todavía le duraba el resentimiento al caballero y que le iba mucho a él en probar que las grullas sólo tenían una pata, no sabiendo cómo salir del aprieto, cabalgaba junto a Currado más muerto que vivo, y de buena gana hubiera puesto pies en polvorosa si le hubiese sido posible; mas, como no podía, no hacía sino mirar a todos lados, y cosa que divisaba, cosa que se le antojaba una grulla en dos pies.

Llegado que hubieron a la albufera, su ojo vigilante divisó antes que nadie una bandada de lo menos doce grullas, todas sobre un pié, como suelen estar cuando duermen. Contentísimo del hallazgo, asió la ocasión por los pelos y, dirigiéndose a Currado, le dijo:

-Bien claro podéis ver, señor, cuán verdad era lo que ayer os dije, cuando aseguré que  las grullas no tienen más que una pata: basta que miréis aquéllas.

-Espera que yo te haré ver que tienen dos -repuso Currado al verlas. Y,  acercándoseles algo más, gritó-: ¡Jojó!

Con lo que las grullas, alarmadas, sacando el otro pie, emprendieron la fuga. Entonces Currado dijo, dirigiéndose a Chichibio:

-¿Y qué dices ahora, tragón? ¿Tienen, o no, dos patas las grullas?

Chichibio, despavorido, no sabiendo en dónde meterse ya, contestó:

-Verdad es, señor, pero no me negaréis que a la grulla de ayer no le habéis gritado ¡Jojó!, que si lo hubierais hecho, seguramente habría sacado la pata y el muslo como éstas han hecho.

A Currado le hizo tanta gracia la respuesta que todo su resentimiento se le fue en risas, y dijo:

-Tienes razón, Chichibio: eso es lo que debí haber hecho.

Y así fue como gracias a su viva y divertida respuesta, consiguió el cocinero salvarse de la tormenta y hacer las pases con su señor.


FIN