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sábado, 6 de abril de 2019

A descoberta do mundo


– Clarice Lispector


O que eu quero contar é tão delicado é tão delicado quanto a própria vida. E eu queria poder usar delicadeza que também tenho em mim, ao lado da grossura de camponesa que é o que me salva.
Quando criança, e depois adolescente, fui precoce em muitas coisas. Em sentir um ambiente, por exemplo, em aprender a atmosfera íntima de uma pessoa. Por outro lado, longe de precoce , estava em incrível atraso em relação a outras coisas importantes. Continuo aliás atrasada em muitos terrenos. Nada posso fazer: parece que há em mim um lado infantil que não cresce jamais.
Até mais que treze anos, por exemplo, eu estava em atraso quanto ao que os americanos chamam de fatos da vida. Essa expressão se refere à relação profunda de amor entre um homem e uma mulher, da qual nascem os filhos. Ou será que eu adivinhava mas turvava minha possibilidade de lucidez para poder, sem me escandalizar comigo mesmo, continuar em inocência a me enfeitar para os meninos? Enfeitar-me aos onze anos de idade consistia em lavar o rosto tantas vezes até que a pele esticada brilhasse. Eu me sentia pronta, então. Seria minha ignorância um modo sonso e inconsciente de me manter ingênua para poder continuar, sem culpa, a pensar nos meninos? Acredito que sim. Porque eu sempre soube coisas que nem eu mesma sei que sei.
As minhas colegas de ginásio sabiam de tudo e inclusive contavam anedotas a respeito. Eu não entendia mas fingia compreender para que elas não me desprezassem e à minha ignorância.
Enquanto isso, sem saber da realidade, continuava por puro instinto a flertar com os meninos que me agradavam, a pensar neles. Meu instinto precedera a minha inteligência.
Até que um dia, já passados os treze anos, como se só então eu me sentisse madura para receber alguma realidade que me chocasse, contei a uma amiga íntima o meu segredo: que eu era ignorante e fingira de sabida. Ela mal acreditou, tão bem eu havia fingido. Mas terminou sentindo minha sinceridade e ela própria encarregou-se ali mesmo na esquina de me esclarecer o mistério da vida. Só que também ela era um amenina e não soube falar de um modo que não ferisse a minha sensibilidade de então. Fiquei paralisada olhando para ela, misturando perplexidade, terror, indignação, inocência mortalmente ferida. Mentalmente eu gaguejava: mas por quê? Mas por quê? O choque foi tão grande – e por uns meses traumatizante – que ali mesmo na esquina jurei alto que nunca iria me casar.
Embora meses depois esquecesse o juramento e continuasse com meus pequenos namoros.
Depois, com o decorrer de mais tempo, em vez de me sentir escandalizada pelo modo como uma mulher e um homem se unem, passei a achar esse modo de uma grande perfeição. E também de grande delicadeza. Já então eu me transformara numa mocinha alta, pensativa, rebelde, tudo misturado a bastante selvageria e muita timidez.
Antes de me reconciliar com o processo da vida, no entanto, sofri muito, o que poderia ter sido evitado se um adulto responsável se tivesse encarregado de me contar como era o amo. Esse adulto saberia como lidar com uma alma infantil sem martirizá-la com a surpresa, sem obrigá-la a ter toda sozinha que se refazer para de novo aceitar a vida e os seus mistérios.
Porque o mais surpreendente é que, mesmo depois de saber de tudo, o mistério continua intacto. Embora eu saiba que de uma planta brotar um flor, continuo surpreendida com os caminhos secretos da natureza. E se continuo até hoje com pudor não é porque ache vergonhoso, é pudor apenas feminino.
Pois juro que a vida é bonita.

[Jornal do Brasil - 06/07/1968]

 

quarta-feira, 20 de julho de 2016

Una gallina



Clarice Lispector

Era una gallina de domingo. Todavía vivía porque no pasaba de las nueve de la mañana. Parecía calma. Desde el sábado se había encogido en un rincón de la cocina. No miraba a nadie, nadie la miraba a ella. Aun cuando la eligieron, palpando su intimidad con indiferencia, no supieron decir si era gorda o flaca. Nunca se adivinaría en ella un anhelo.

Por eso fue una sorpresa cuando la vieron abrir las alas de vuelo corto, hinchar el pecho y, en dos o tres intentos, alcanzar el muro de la terraza. Todavía vaciló un instante -el tiempo para que la cocinera diera un grito- y en breve estaba en la terraza del vecino, de donde, en otro vuelo desordenado, alcanzó un tejado. Allí quedó como un adorno mal colocado, dudando ora en uno, ora en otro pie. La familia fue llamada con urgencia y consternada vio el almuerzo junto a una chimenea. El dueño de la casa, recordando la doble necesidad de hacer esporádicamente algún deporte y almorzar, vistió radiante un traje de baño y decidió seguir el itinerario de la gallina: con saltos cautelosos alcanzó el tejado donde ésta, vacilante y trémula, escogía con premura otro rumbo. La persecución se tornó más intensa. De tejado en tejado recorrió más de una manzana de la calle. Poca afecta a una lucha más salvaje por la vida, la gallina debía decidir por sí misma los caminos a tomar, sin ningún auxilio de su raza. El muchacho, sin embargo, era un cazador adormecido. Y por ínfima que fuese la presa había sonado para él el grito de conquista.

Sola en el mundo, sin padre ni madre, ella corría, respiraba agitada, muda, concentrada. A veces, en la fuga, sobrevolaba ansiosa un mundo de tejados y mientras el chico trepaba a otros dificultosamente, ella tenía tiempo de recuperarse por un momento. ¡Y entonces parecía tan libre!

Estúpida, tímida y libre. No victoriosa como sería un gallo en fuga. ¿Qué es lo que había en sus vísceras para hacer de ella un ser? La gallina es un ser. Aunque es cierto que no se podría contar con ella para nada. Ni ella misma contaba consigo, de la manera en que el gallo cree en su cresta. Su única ventaja era que había tantas gallinas, que aunque muriera una surgiría en ese mismo instante otra tan igual como si fuese ella misma.

Finalmente, una de las veces que se detuvo para gozar su fuga, el muchacho la alcanzó. Entre gritos y plumas fue apresada. Y enseguida cargada en triunfo por un ala a través de las tejas, y depositada en el piso de la cocina con cierta violencia. Todavía atontada, se sacudió un poco, entre cacareos roncos e indecisos.

Fue entonces cuando sucedió. De puros nervios la gallina puso un huevo. Sorprendida, exhausta. Quizás fue prematuro. Pero después que naciera a la maternidad parecía una vieja madre acostumbrada a ella. Sentada sobre el huevo, respiraba mientras abría y cerraba los ojos. Su corazón tan pequeño en un plato, ahora elevaba y bajaba las plumas, llenando de tibieza aquello que nunca podría ser un huevo. Solamente la niña estaba cerca y observaba todo, aterrorizada. Apenas consiguió desprenderse del acontecimiento, se despegó del suelo y escapó a los gritos:

-¡Mamá, mamá, no mates a la gallina, puso un huevo!, ¡ella quiere nuestro bien!

Todos corrieron de nuevo a la cocina y enmudecidos rodearon a la joven parturienta. Entibiando a su hijo, ella no estaba ni suave ni arisca, ni alegre ni triste, no era nada, solamente una gallina. Lo que no sugería ningún sentimiento especial. El padre, la madre, la hija, hacía ya bastante tiempo que la miraban sin experimentar ningún sentimiento determinado. Nunca nadie acarició la cabeza de la gallina. El padre, por fin, decidió con cierta brusquedad:

-¡Si mandas matar a esta gallina, nunca más volveré a comer gallina en mi vida!

-¡Y yo tampoco -juró la niña con ardor.

La madre, cansada, se encogió de hombros.

Inconsciente de la vida que le fue entregada, la gallina empezó a vivir con la familia. La niña, de regreso del colegio, arrojaba el portafolios lejos sin interrumpir sus carreras hacia la cocina. El padre todavía recordaba de vez en cuando: ¡"Y pensar que yo la obligué a correr en ese estado!" La gallina se transformó en la dueña de la casa. Todos, menos ella, lo sabían. Continuó su existencia entre la cocina y los muros de la casa, usando de sus dos capacidades: la apatía y el sobresalto.

Pero cuando todos estaban quietos en la casa y parecían haberla olvidado, se llenaba de un pequeño valor, restos de la gran fuga, y circulaba por los ladrillos, levantando el cuerpo por detrás de la cabeza pausadamente, como en un campo, aunque la pequeña cabeza la traicionara: moviéndose ya rápida y vibrátil, con el viejo susto de su especie mecanizado.

Una que otra vez, al final más raramente, la gallina recordaba que se había recortado contra el aire al borde del tejado, pronta a renunciar. En esos momentos llenaba los pulmones con el aire impuro de la cocina y, si se les hubiese dado cantar a las hembras, ella, si bien no cantaría, cuando menos quedaría más contenta. Aunque ni siquiera en esos instantes la expresión de su vacía cabeza se alteraba. En la fuga, en el descanso, cuando dio a luz, o mordisqueando maíz, la suya continuaba siendo una cabeza de gallina, la misma que fuera desdeñada en los comienzos de los siglos.

Hasta que un día la mataron, se la comieron y pasaron los años.

FIN



Biblioteca Digital Ciudad Seva

domingo, 31 de janeiro de 2016

“Acredito que as pessoas aprendem com os próprios erros e com o tempo. Acredito também que quem traiu uma vez e foi perdoado vai trair de novo. Acredito que aquelas pessoas que vivem falando mal dos outros vão falar mal de você com esses outros. Acredito que as pessoas só mudam por vontade própria e nunca pelo pedido de outra pessoa. Acredito que tudo que eu acredito hoje vai mudar com o tempo. E que, no futuro, talvez, eu acredite em menos coisas. Ou em nada mais.”

— Clarice Lispector.

segunda-feira, 28 de setembro de 2015


"Dije una vez que escribir es una maldición. No me acuerdo exactamente por qué lo dije. Hoy repito: es una maldición, pero una maldición que salva. No me estoy refiriendo a escribir para los diarios. Sino a escribir aquello que eventualmente se puede transformar en un cuento o en una novela. Es una maldición porque obliga y arrastra como un vicio penoso del cual es casi imposible librarse, pues nada lo sustituye. Y es una salvación. Salva el alma presa, salva a la persona que se siente inútil, salva el día que se vive y que nunca se entiende a menos que escriba. Escribir es buscar entender, es buscar reproducir lo irreproducible, y sentir hasta las últimas consecuencias el sentimiento que permanecería apenas vago y sofocante. Escribir es también bendecir una vida que no fue bendecida."

Isla Negra, 410

Clarice Lispector

sábado, 5 de setembro de 2015

Felicidad clandestina


Clarice Lispector

Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía eramos chatas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historietas le habría gustado tener: un padre dueño de una librería.
No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del padre. Encima siempre era un paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos.

Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como "fecha natalicio" y "recuerdos".

Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, altas, de cabello libre. Conmigo ejerció su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.

Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como al pasar, me informó que tenía El reinado de Naricita, de Monteiro Lobato.

Era un libro gordo, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.

Hasta el día siguiente, de alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, flotaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.

Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, y no me caí una sola vez.

Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diabólico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviese al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el curso de la vida, el drama del "día siguiente" iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.

Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña. Y yo, que era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.

Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la madre. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortado de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, madre buena, entendió al fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera querías leerlo!

Y lo peor para la mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos espiaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena, le ordenó a su hija:

-Vas a prestar ahora mismo ese libro.

Y a mí:

-Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras. ¿Entendido?

Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: "el tiempo que quieras" es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.

¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Cogí el libro. No, no partí saltando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.

Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si yo lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire... había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.

A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo. No era más una niña con un libro: era una mujer con su amante.

FIN


domingo, 2 de agosto de 2015

UMA APRENDIZAGEM OU O LIVRO DOS PRAZERES (EXCERTO)

CLARICE LISPECTOR : 


— Um dia eu fui de madrugada ao mar sozinha, não tinha ninguém na praia, eu entrei na água, só tinha um cachorro preto mas longe de mim!
Ele olhou-a com atenção, a princípio como se não entendesse que significado invulgar poderia haver naquela declaração emocionada. Afinal como se tivesse compreendido, perguntou devagar:
— Gostou?
— Gostei, respondeu com humildade, e de vergonha seus olhos se encheram de lágrimas que não caíam, só faziam com que parecessem duas poças plenas. Não, corrigiu-se depois, procurando o termo exato, não é que tenha gostado. É outra coisa.
— Melhor ou pior que gostar?
— Foi tão diferente que não posso comparar. Ele examinou-a um instante:— Sei, disse depois.
E acrescentou simples:
— Eu te amo.
Ela olhou-o com olhos obscurecidos mas seus lábios estremeceram. Ficaram em silêncio por um momento.— Teus olhos, disse ele mudando inteiramente de tom, são confusos mas tua boca tem a paixão que existe em você e de que você tem medo. Teu rosto, Lóri, tem um mistério de esfinge: decifra-me ou te devoro.
Ela se surpreendeu de que também ele tivesse notado o que ela via de si mesma no espelho.
— Meu mistério é simples: eu não sei como estar viva.
— É que você só sabe, ou só sabia, estar viva através da dor.
— É.
— E não sabe como estar viva através do prazer?
— Quase que já. Era isso o que eu queria te dizer.
Houve uma pausa longa entre os dois. Quem parecia emocionado agora era Ulisses. Chamou o garçom, pediu mais uma dose. Depois que o garçom se afastou, ele disse num tom de voz como se tivesse mudado de assunto e no entanto o assunto era o mesmo:
— Pois eu tive que pagar a minha dívida de alegria a um mundo que tantas vezes me foi hostil.
— Viver, disse ela naquele diálogo incongruente em que pareciam se entender, viver é tão fora do comum que eu só vivo porque nasci. Eu sei que qualquer pessoa diria o mesmo, mas o fato é que sou eu quem está dizendo.
— Você ainda não se habituou a viver? perguntou Ulisses com intensa curiosidade.
— Não.
— Então é perfeito. Você é a verdadeira mulher para mim. Porque na minha aprendizagem falta alguém que me diga o óbvio com um ar tão extraordinário. O óbvio, Lóri, é a verdade mais difícil de se enxergar — e para não tornar grave a conversa acrescentou sorrindo — já Sherlock Holmes sabia disso.
— Mas é triste só enxergar o óbvio como eu e achá-lo estranho. É tão estranho. De repente é como se eu abrisse minha mão fechada e dentro descobrisse uma pedra: um diamante irregular em estado bruto. Oh Deus, eu já nem sei mais o que estou dizendo.
Ficaram em silêncio.
— Nunca falei tanto, disse Lóri.— Comigo você falará sua alma toda, mesmo em silêncio. Eu falarei um dia minha alma toda, e nós não nos esgotaremos porque a alma é infinita. E além disso temos dois corpos que nos será um prazer alegre, mudo, profundo.
Lóri, para a surpresa encantada de Ulisses, enrubesceu.
Ela examinou-a profundamente e disse:
— Lóri, você está vermelha e no entanto já teve cinco amantes.
Ela abaixou a cabeça, não em culpa, mas numa infantilidade de criança que esconde o rosto. Foi o que Ulisses pensou e seu coração bateu de alegria. Porque ele estava infinitamente mais adiantado na aprendizagem: ele reconhecia em si a alegria e a vitória.
De novo ficaram em silêncio. Como se sentisse que haviam falado mais do que ela no presente, poderia suportar, Ulisses tomou dessa vez um tom mais leve e casual:
— Há quanto tempo você se formou, quero dizer, para ser professora?
— Cinco anos.

— Tudo com você é cinco? perguntou sorrindo. Aposto que você era a primeira da turma.

quarta-feira, 31 de dezembro de 2014

La búsqueda de la dignidad



Clarice Lispector

La señora de Jorge B. Xavier simplemente no sabía decir cómo había entrado. Por la puerta principal no fue. Le parecía que vagamente soñadora había entrado por una especie de estrecha abertura en medio de los escombros de la construcción en obras, como si hubiera entrado de soslayo por un agujero hecho solo para ella. El hecho es que cuando se dio cuenta, ya estaba adentro.

Y cuando se dio cuenta, advirtió que estaba muy, muy adentro. Caminaba interminablemente por los subterráneos del estadio de Maracaná, o por lo menos le parecían cavernas estrechas que daban a salas cerradas y, cuando se abrían, las salas solo tenían una ventana que daba al estadio. Este, a aquella hora oscuramente despierto, reverberaba al extremo sol de un calor inusitado para aquel día de pleno invierno.

Entonces siguió por un corredor sombrío. Este la llevó igualmente a otro más sombrío. Le pareció que el techo de los subterráneos era bajo.

Y he aquí que este corredor la llevó a otro que la llevó a su vez a otro.

Dobló el corredor desierto. Y entonces cayó en otra esquina. Que la llevó a otro corredor que desembocó en otra esquina.

Entonces continuó automáticamente entrando en corredores que siempre daban a otros corredores. ¿Dónde estaría la sala principal? Pues con esta encontraría a las personas con quienes fijara la cita. La conferencia quizás ya habría comenzado. Iba a perderla, justamente ella que se esforzaba en no perder nada de cultural porque así se mantenía joven por dentro, ya que por fuera nadie adivinaba que tenía casi setenta años, todos le daban unos cincuenta y siete.

Pero ahora, perdida en los meandros internos y oscuros de Maracaná, ya arrastraba pies pesados de vieja.

Fue entonces cuando súbitamente encontró en un corredor a un hombre surgido de la nada y le preguntó por la conferencia que el hombre dijo ignorar. Pero ese hombre pidió información a un segundo hombre que también surgió repentinamente al doblar el corredor.

Entonces este segundo hombre informó que había visto cerca de los asientos de la derecha, en pleno estadio abierto, a «dos damas y un caballero, una de rojo». La señora Xavier dudaba que esas personas fueran al grupo con el que ella debía encontrarse antes de la conferencia y, en realidad, ya había olvidado el motivo por el cual caminaba sin parar. De cualquier modo siguió al hombre rumbo al estadio, donde se detuvo ofuscada en el espacio hueco de luz ancha y mudez abierta, el estadio desnudo desventrado, sin balón ni fútbol. Además, sin gente. Había una multitud que existía por el vacío de su ausencia absoluta.

¿Las dos damas y el caballero ya habrían desaparecido por algún corredor?

Entonces, el hombre dijo con un desafío exagerado:

-Pues voy a buscarlas para usted y encontraré a esas personas de cualquier manera, no pueden haber desaparecido en el aire.

Y, en efecto, ambos las vieron de muy lejos. Pero un segundo después volvieron a desaparecer. Parecía un juego infantil en que carcajadas amordazadas se reían de la señora de Jorge B. Xavier.

Entonces entró con el hombre en otros corredores. Hasta que el hombre también desapareció en una esquina.

La señora desistió ya de la conferencia que en el fondo poco le importaba. Lo que quería era salir de aquella maraña de caminos sin fin. ¿No habría puerta de salida? Entonces sintió como si estuviera dentro de un ascensor descompuesto entre un piso y otro. ¿No habría puerta de salida?

Fue entonces cuando súbitamente se acordó de las palabras informativas de la amiga, por teléfono: «Queda más o menos cerca del estadio de Maracaná». Frente a ese recuerdo comprendió su engaño de persona tonta y distraída que solo escucha las cosas por la mitad, y la otra queda sumergida. La señora Xavier era muy distraída. Entonces, pues, no era en Maracaná el encuentro, era cerca de allí. Entretanto, su pequeño destino la tenía perdida en el laberinto.

Sí, entonces la lucha recomenzó peor todavía: quería salir por fuerza de allí y no sabía cómo ni por dónde.

Y de nuevo apareció en el corredor aquel hombre que buscaba a las personas y que otra vez le aseguró que las encontraría porque no podían haber desaparecido en el aire. Él dijo:

-¡La gente no puede desaparecer en el aire!

La señora informó:

-No hay necesidad de que se incomode buscando, ¿sabe? Gracias, igual. Porque el lugar donde debo encontrar a esa gente no es Maracaná.

El hombre dejó de andar inmediatamente y la miró, perplejo:

-Entonces, ¿qué hace usted por aquí?

Ella quiso explicar que su vida era así mismo, pero ni siquiera sabía qué quería decir con «así mismo», ni con «su vida», de modo que nada respondió. El hombre insistió en la pregunta, entre desconfiado y cauteloso: ¿qué estaba haciendo allí? Nada, respondió solo con el pensamiento la mujer, ya a punto de caer de cansancio. Pero no le respondió, le dejó creer que estaba loca. Además, ella nunca se explicaba. Sabía que el hombre la creía loca -y quizás lo fuera-, pues sentía aquella cosa que ella llamaba «aquello» por vergüenza. Aunque también tenía la llamada salud mental tan buena que solo podía compararla con su salud física. Salud física ahora destrozada, pues arrastraba los pies de muchos años de camino por el laberinto. Su vía crucis. Estaba vestida de lana muy gruesa y sofocada y sudada con el inesperado calor de un auge de verano, ese día de verano que era un vicio de invierno. Le dolían las piernas, le dolían con el peso de la vieja cruz. Ya estaba resignada de algún modo a no salir nunca del Maracaná y a morir allí con el corazón exangüe.

Entonces, como siempre, solo después de desistir de las cosas deseadas, estas ocurrían. Lo que se le ocurrió de repente fue una idea: «Soy una vieja loca». ¿Por qué en vez de continuar preguntando por las personas que no estaban allí, no buscaba al hombre y le preguntaba cómo se salía de los corredores? Porque lo que quería era solo salir y no encontrarse con nadie.

Encontró finalmente al hombre, al doblar una esquina. Y le habló con la voz un poco trémula y ronca por el cansancio y el miedo de que la esperanza fuera vana. El hombre, desconfiado, estuvo de acuerdo rápidamente con que ella se fuera a su casa y le dijo, con cuidado:

-Parece que usted no está muy bien de la cabeza, quizás sea el calor extremo.

Dicho esto, el hombre simplemente entró con ella en el primer corredor y en la esquina aparecieron dos largos portones abiertos. ¿Solo eso? ¿Era tan fácil?

Tan fácil.

Entonces ella pensó que solo para ella se había vuelto imposible hallar la salida. La señora Xavier estaba un poco asustada y al mismo tiempo, acostumbrada. En cierto sentido, cada uno tenía su propio camino a recorrer interminablemente, formando esto parte del destino, en el que ella no sabía si creía o no.

Pasó un taxi. Lo mandó detenerse y dijo, controlando la voz que estaba cada vez más vieja y cansada:

-Oiga, no sé bien la dirección, la olvidé. Pero sé que la casa queda en una calle (solo recuerdo que se llama «Guzmán») y que hace esquina con una calle que si no me equivoco se llama Coronel no sé qué.

El conductor fue paciente como con una niña:

-Pues entonces no se preocupe, vamos a buscar tranquilamente una calle que tenga Guzmán en el medio y Coronel en el fin -dijo, volviéndose hacia atrás con una sonrisa y guiñándole un ojo de complicidad que parecía indecente. Partieron con una sacudida que le estremeció las entrañas.

Entonces, súbitamente, reconoció a las personas que buscaba y que se encontraban en la acera de enfrente, junto a una casa grande. Era como si la finalidad fuese llegar y no escuchar la conferencia que a esa hora estaba olvidada, pues la señora Xavier había olvidado su objetivo. Y no sabía por qué había caminado tanto.

Estaba cansada más allá de sus fuerzas y quiso irse, la conferencia era una pesadilla. Entonces le pidió a una mujer importante y vagamente conocida que tenía auto con chofer que la llevara a su casa porque no se sentía bien con aquel calor tan raro. El chofer llegaría dentro de una hora. Entonces se sentó en una silla que había en el corredor, se sentó muy tiesa con su cinturón apretado, lejos de la cultura que se desarrollaba enfrente, en la sala cerrada. De la cual no salía sonido alguno. Poco le importaba la cultura. Allí estaba, en los laberintos de sesenta segundos y de sesenta minutos que la conducirían a una hora.

Entonces la mujer importante vino y le dijo que el auto estaba en la puerta, pero que le informaba que, como el chófer había avisado que iba a tardar mucho, en vista de que la señora no lo estaba pasando bien, paró al primer taxi que vio. ¿Por qué ella no había tenido la idea de llamar un taxi, en lugar de estar dispuesta a someterse a los meandros del tiempo de espera? Entonces, la señora de Jorge B. Xavier se lo agradeció con extrema delicadeza. Ella siempre era muy delicada y educada. Ya en el taxi, dijo:

-Leblon, por favor.

Tenía la cabeza hueca, le parecía que su cabeza estaba en ayunas.

Al poco notó que andaban y andaban pero que otra vez terminaban por regresar a una misma plaza. ¿Por qué no salían de allí? ¿Otra vez no había camino de salida? El conductor acabó confesando que no conocía la zona Sur, que solo trabajaba en la zona Norte. Y ella no sabía cómo enseñarle el camino. Cada vez le pesaba más la cruz de los años y la nueva falta de salida solo renovaba la magia negra de los corredores de Maracaná. ¡No había modo de librarse de esa plaza! Entonces el chofer le dijo que tomara otro taxi, y hasta llegó a hacerle una señal a otro que pasó a su lado. Ella se lo agradeció comedidamente, era ceremoniosa con la gente, aun con los conocidos. Era muy gentil. En el nuevo taxi, dijo tímidamente:

-Si no le incomoda, vamos a Leblon.

Y simplemente salieron enseguida de la plaza y entraron en nuevas calles.

Fue al abrir con la llave la puerta del apartamento cuando tuvo el deseo, ganas, mentalmente y con la imaginación, de sollozar en voz alta. Pero no era persona de sollozar ni de protestar. De paso le avisó a la criada que no iba a atender el teléfono. Fue directamente a su habitación, se quitó toda la ropa, tragó una pastilla sin agua y esperó a que diera resultado.

Mientras tanto, fumaba. Se acordó de que era el mes de agosto y pensó que agosto daba mala suerte. Pero septiembre llegaría un día como puerta de salida. Y septiembre era por algún motivo el mes de mayo: un mes más leve y más transparente. Pensando en eso, la somnolencia finalmente llegó y se adormeció.

Cuando despertó, horas después, vio que llovía una lluvia fina y helada, hacía un frío de lámina de cuchillo. Desnuda en la cama se congelaba. Le pareció muy curiosa la idea de una vieja desnuda. Se acordó de que había planeado la compra de un chal de lana. Miró el reloj: todavía podía encontrar la tienda abierta. Cogió un taxi y dijo:

-Ipanema, por favor.

El hombre le dijo:

-¿Cómo? ¿Al Jardín Botánico?

-Ipanema, por favor -repitió ella, bastante sorprendida. Era el absurdo del desencuentro total: ¿qué había en común entre las palabras «Ipanema» y «Jardín Botánico»?  Pero otra vez pensó vagamente que «su vida era así».

Hizo la compra rápidamente y se vio en la calle oscura sin tener nada que hacer. Pues el señor Jorge B. Xavier había viajado a Sao Paulo el día anterior y solo volvería al día siguiente.

Entonces, otra vez en la casa, entre tomar una nueva píldora para dormir o hacer alguna otra cosa, optó por la segunda hipótesis, pues se acordó de que ahora podría volver a buscar la letra de cambio perdida. Lo poco que entendía era que aquel papel representaba dinero. Hacía dos días que la buscaba minuciosamente por toda la casa, y hasta por la cocina, pero en vano. Ahora se le ocurrió: ¿y por qué no debajo de la cama? Quizás. Entonces se arrodilló en el suelo. Pero después se cansó de estar solo apoyada en las rodillas y se apoyó también en las dos manos.

Entonces advirtió que estaba a cuatro patas.

Permaneció un tiempo así, quizás meditando, quizás no. Quién sabe, es posible que la señora Xavier estuviera cansada de ser un ente humano. Era una perra de cuatro patas. Sin ninguna nobleza. Perdida la altivez última. A cuatro patas, un poco pensativa, tal vez. Pero debajo de la cama solo había polvo.

Se levantó con bastante esfuerzo, con las articulaciones desencajadas, y vio que no tenía más remedio que considerar con realismo -y era un esfuerzo penoso ver la realidad-, considerar con realismo que la letra estaba perdida y que seguir buscándola sería no salir de Maracaná.

Y como siempre, cuando había desistido de buscar, al abrir un cajón de sábanas para sacar una encontró la letra de cambio.

Entonces, cansada por el esfuerzo de haber estado a cuatro patas, se sentó en la cama y comenzó sin darse cuenta a llorar mansamente. Aquel llanto parecía una letanía árabe. Hacía treinta años que no lloraba, pero ahora estaba muy cansada. Si aquello era llanto. No lo era. Era otra cosa. Finalmente se sonó la nariz. Entonces pensó lo siguiente: que ella forzaría el «destino» y tendría un destino mayor. Con la fuerza de la voluntad se consigue todo, pensó sin la menor convicción. Y eso de estar presa de un destino le ocurría porque ya había empezado a pensar sin querer en «aquello».

Pero sucedió entonces que la mujer también pensó lo siguiente: era demasiado tarde para tener un destino. Pensó que bien podría hacer cualquier tipo de cambio con otro ser. Entonces se dio cuenta de que no había con quién cambiarse: que fuese quien fuese, ella era ella y no podía transformarse en otra única. Cada uno era único. La señora de Jorge B. Xavier también.

Pero todo todo lo que le ocurría era todavía preferible a sentir «aquello». Y aquello vino con sus largos corredores sin salida. «Aquello», ahora sin ningún pudor, era el hambre dolorosa de sus entrañas, la necesidad de ser poseída por el inalcanzable ídolo de la televisión. No se perdía un solo programa suyo. Entonces, ya que no podía evitar pensar en él, la cosa era entregarse y recordar el rostro aniñado de Roberto Carlos, mi amor.

Fue a lavarse las manos sucias de polvo y se miró en el espejo del lavabo. Entonces, la señora Xavier pensó: «Si lo deseo mucho, pero mucho, él será mío por lo menos una noche». Creía vagamente en la fuerza de voluntad. De nuevo se enamoró, con el deseo retorcido y estrangulado.

Pero, ¿quién sabe? Si desistiera de Roberto Carlos, entonces las cosas entre él y ella ocurrirían. La señora Xavier meditó un poco sobre el asunto. Entonces, expertamente, fingió que desistía de Roberto Carlos. Pero bien sabía que el abandono mágico solo daba resultado positivo cuando era real, no un truco cómodo de conseguir algo. La realidad exigía mucho de ella. Se examinó en el espejo para ver si el rostro se volvía bestial bajo la influencia de sus sentimientos. Pero era un rostro quieto que ya hacía mucho tiempo había dejado de representar lo que sentía. Además, su rostro nunca expresaba más que buena educación. Y ahora era solo la máscara de una mujer de setenta años. Entonces, su cara levemente maquillada le pareció la de un payaso. La mujer forzó una sonrisa desganada para ver si mejoraba. No mejoró.

Por fuera -vio en el espejo- ella era una cosa seca como un higo seco. Pero por dentro no estaba seca. Parecía, por dentro, una encía húmeda, blanda como una encía desdentada.

Entonces buscó un pensamiento que la espiritualizara o que la secara de una vez. Pero nunca fue espiritual. Y a causa de Roberto Carlos ella estaba envuelta en las tinieblas de la materia, donde era profundamente anónima.

De pie en la bañera era tan anónima como una gallina.

En una fracción de fugitivo segundo casi inconsciente vislumbró que todas las personas son anónimas. Porque nadie es el otro y el otro no conoce al otro. Entonces, entonces cada uno es anónimo. Y ahora estaba enredada en aquel pozo hondo y mortal, en la revolución del cuerpo. Cuerpo cuyo fondo no se veía y que era la oscuridad de las tinieblas malignas de sus instintos vivos como lagartos y ratones. Y todo fuera de época, fruto fuera de estación. ¿Por qué las otras viejas nunca le habían avisado que eso podía ocurrir hasta el fin? En los hombres viejos había visto miradas lúbricas. Pero en las viejas no. Fuera de estación. Y ella vivía como si todavía fuera alguien, ella, que no era nadie.

La señora de Jorge B. Xavier era nadie.

Entonces quiso tener sentimientos bonitos y románticos en relación a la delicadeza del rostro de Roberto Carlos. Pero no lo consiguió: la delicadeza de él solo la llevaba a un corredor oscuro de sensualidad. Y la condena era la lascivia. Era hambre baja: ella quería comerse la boca de Roberto Carlos. No era romántica, ella era grosera en materia de amor. Allí en la bañera, frente al espejo del lavabo.

Con su edad indeleblemente marcada.

Sin siquiera un pensamiento sublime que le sirviera de lema o que ennobleciera su existencia.

Entonces empezó a deshacer el rodete de los cabellos y a peinarlos lentamente. Necesitaban un nuevo tinte, las raíces blancas ya asomaban. Enseguida, pensó lo siguiente: en mi vida nunca hubo un clímax como en las historias que se leen. El clímax era Roberto Carlos. Meditativa, concluyó que iba a morir secretamente, así como secretamente había vivido. Pero también sabía que toda muerte es secreta.

Desde el fondo de su futura muerte imaginó ver en el espejo la figura deseada de Roberto Carlos, con aquellos suaves cabellos rizados que tenía. Allí estaba, presa del deseo fuera de estación, igual que el día de verano en pleno invierno. Presa de los enmarañados corredores de Maracaná. Presa del secreto mortal de las viejas. Solo que ella no estaba habituada a tener casi setenta años, le faltaba práctica y no tenía la menor experiencia.

Entonces dijo en voz alta y sin testigos:

-Robertito Carlitos.

Y agregó: «Mi amor». Oyó su voz con extrañeza como si estuviera por primera vez haciendo, sin ningún pudor o sentimiento de culpa, la confesión que sin embargo debería ser vergonzosa. Pensó que posiblemente Robertito no iba a aceptar su amor porque ella tenía conciencia de que este amor era ridículo, melosamente voluptuoso y dulzón. Y Roberto Carlos parecía tan casto, tan asexuado.

Sus labios levemente pintados, ¿serían todavía besables? ¿O acaso era enojoso besar boca de vieja? Examinó bien de cerca e inexpresivamente sus propios labios. Y todavía inexpresivamente cantó en voz baja el estribillo de la canción más famosa de Roberto Carlos: «Quiero que usted me caliente este invierno y que todo lo demás se vaya al infierno».

Fue entonces que la señora de Jorge B. Xavier bruscamente se dobló sobre la pila como si fuera a vomitar las vísceras e interrumpió su vida con una mudez hecha pedazos: ¡tiene! ¡que! ¡haber! ¡una! ¡puerta! ¡de salida!

FIN


Biblioteca Digital Ciudad Seva

segunda-feira, 17 de março de 2014

“Um nome para o que eu sou, importa muito pouco. Importa o que eu gostaria de ser. O que eu gostaria de ser era uma lutadora. Quero dizer, uma pessoa que luta pelo bem dos outros. Isso desde pequena eu quis. Por que foi o destino me levando a escrever o que já escrevi, em vez de também desenvolver em mim a qualidade de lutadora que eu tinha? Em pequena, minha família por brincadeira chamava-me de ‘a protetora dos animais’. Porque bastava acusarem uma pessoa para eu imediatamente defendê-la. [...] No entanto, o que terminei sendo, e tão cedo? Terminei sendo uma pessoa que procura o que profundamente se sente e usa a palavra que o exprima. É pouco, é muito pouco.”


- Clarice Lispector, do livro "Aprendendo a viver". Rio de Janeiro: Editora Rocco, 2004.

domingo, 2 de março de 2014

Um Sopro de Vida: pulsações

"Meu Deus, me dê a coragem de viver trezentos e sessenta e cinco dias e noites, todos vazios de Tua presença. Me dê a coragem de considerar esse vazio como uma plenitude. Faça com que eu seja a Tua amante humilde, entrelaçada a Ti em êxtase. Faça com que eu possa falar com este vazio tremendo e receber como resposta o amor materno que nutre e embala. Faça com que eu tenha a coragem de Te amar, sem odiar as Tuas ofensas à minha alma e ao meu corpo. Faça com que a solidão não me destrua. Faça com que minha solidão me sirva de companhia. Faça com que eu tenha a coragem de me enfrentar. Faça com que eu saiba ficar com o nada e mesmo assim me sentir como se estivesse plena de tudo. Receba em teus braços meu pecado de pensar."


Clarice Lispector, in 'Um Sopro de Vida: pulsações'

quinta-feira, 20 de fevereiro de 2014

"É um silêncio que não dorme: é insone: imóvel mas insone; e sem fantasmas. É terrível – sem nenhum fantasma. Inútil querer povoá-lo com a possibilidade de uma porta que se abra rangendo, de uma cortina que se abra e diga alguma coisa. Ele é vazio e sem promessa. Se ao menos houvesse o vento. Vento é ira, ira é vida. Ou neve, que é muda, mas deixa rastro – tudo embranquece, as crianças riem, os passos rangem e marcam. Há uma continuidade que é a vida. Mas este silêncio não deixa provas. Não se pode falar do silêncio como se fala da neve."

- Clarice Lispector, em “Onde Estivestes de Noite”, 1998.

terça-feira, 21 de maio de 2013


"Ah, meu amor, as coisas são muito delicadas. A gente pisa nelas com uma pata humana demais, com sentimentos demais. Só a delicadeza da inocência ou só a delicadeza dos iniciados é que sente o seu gosto quase nulo."

(Clarice Lispector )

sábado, 4 de maio de 2013

Retrovisor



O presente é o instante em que a roda
do automóvel em alta velocidade toca
minimamente o chão. E a parte da roda
que ainda não tocou tocará num imediato
que absorve o instante presente e torna-o
passado. Eu, viva e tremeluzente como
os instantes, acendo-me e me apago,
acendo e apago, acendo e apago...

Clarice Lispector (1925-1977).

domingo, 17 de julho de 2011

Quero escrever o borrão vermelho de sangue

Quero escrever o borrão vermelho de sangue

com as gotas e coágulos pingando

de dentro para dentro.

Quero escrever amarelo-ouro

com raios de translucidez.

Que não me entendam

pouco-se-me-dá.

Nada tenho a perder.

Jogo tudo na violência

que sempre me povoou,

o grito áspero e agudo e prolongado,

o grito que eu,

por falso respeito humano,

não dei.

Mas aqui vai o meu berro

me rasgando as profundas entranhas

de onde brota o estertor ambicionado.

Quero abarcar o mundo

com o terremoto causado pelo grito.

O clímax de minha vida será a morte.

Quero escrever noções

sem o uso abusivo da palavra.

Só me resta ficar nua:

nada tenho mais a perder.

Clarice Lispector

quarta-feira, 13 de julho de 2011

Quero escrever o borrão vermelho de sangue

Quero escrever o borrão vermelho de sangue

com as gotas e coágulos pingando

de dentro para dentro.

Quero escrever amarelo-ouro

com raios de translucidez.

Que não me entendam

pouco-se-me-dá.

Nada tenho a perder.

Jogo tudo na violência

que sempre me povoou,

o grito áspero e agudo e prolongado,

o grito que eu,

por falso respeito humano,

não dei.

Mas aqui vai o meu berro

me rasgando as profundas entranhas

de onde brota o estertor ambicionado.

Quero abarcar o mundo

com o terremoto causado pelo grito.

O clímax de minha vida será a morte.

Quero escrever noções

sem o uso abusivo da palavra.

Só me resta ficar nua:

nada tenho mais a perder

Clarice Lispector