GORE VIDAL, ESCRITOR
“Cualquiera que no odie a los negros será odiado por un tercio de la población de Estados Unidos “.
Andrés Fernández Rubio Madrid 3 DIC 1996- El País
Gore Vidal enseña su colmillo retorcido desde el primer momento, cuando un fotógrafo se arrodilla para retratarle en contrapicado y él le hace señas rápidamente para que vuelva a ponerse en pie mientras masculla: “Te descuidas y todos quieren hacer Ciudadano Kane”. Luego posa para la entrevista por su lado mejor, el izquierdo, y saluda frente a un equipo de televisión a la manera de la monarquía británica; es decir, desenrollando un bote de mermelada boca abajo, como él mismo explica en su libro autobiográfico Una memoria, editado por Anaya & Mario Muchnik. Vidal ha viajado a Madrid para presentar el volumen (mañana celebrará un debate con el público en el Círculo de Bellas Artes a las ocho de la tarde), un texto escrito en defensa propia frente a libros de otros en los que se ve dibujado sin exactitud.Se las sabe todas Gore Vidal, de 70 años y uno de los grandes intelectuales norteamericanos, novelista, ensayista, dramaturgo, guionista de Ben-Hur o actor; nieto del senador populista ciego Thomas Pryor Gore; pariente de Al Gore; relacionado con Jackie Kennedy a través de un padrastro que ambos compartieron; interesado él mismo en la carrera política dentro del Partido Demócrata mucho tiempo…
“Yo quería ser presidente y dio la casualidad de que un amigo mío lo consiguió”, explica sin inmutarse Gore Vidal refiriéndose a John F. Kennedy -el escritor Martin Amis destacó en Vidal tras entrevistarle “su falta de modestia, su inigualable y divertido narcisismo, su auténtico amor por sí mismo”-.
Los Kennedy aparecen sobradamente en Una memoria, y Gore Vidal captura al lector desde el primer capítulo cuando cuenta cómo Jackie Kennedy “se subía el vestido y le enseñaba a la inocente Nini cómo hacerse una irrigación después del acto sexual”. ¿Qué opina Gore Vidal del revival de Jack y Jackie Kenedy en Estados Unidos y de aquella presidencia resumida en una palabra: Camelot? “Uhhh”, brama. “Camelot era la mafia. Y lo digo literalmente, era una familia criminal, empezando por el abuelo del presidente, que se encargaba, desde la alcaldía de Boston, de controlar el mundo del hampa en la ciudad. Su hija se casa con John Kennedy, quien hereda las relaciones de su suegro con FranK Costello, jefe de la mafia de la Costa Este de Estados Unidos. John Kennedy, hasta que su hijo llegó a presidente, comía una vez a la semana con Frank Costello en Central Park South de Nueva York: una comida entre criminales”.
Ácido comentarista de la vida americana desde su retiro italiano de Ravello, Gore Vidal cree firmemente que el declive del imperio americano es un hecho, y una ocasión alertó sobre la posibilidad de que, como en el caso de Kennedy, Bill Clinton cayese asesinado. “Pensé que el odio que Clinton y su mujer estaban generando en sectores del pueblo americano podía terminar en un intento de asesinato”, comenta. “Pasó lo mismo con John F. Kennedy. Los Kennedy también creaban a su alrededor esa clase de histeria, y, aunque los Clinton son mucho más inocentes, generan el mismo odio y una especie de rabia en un país donde cualquiera tiene en su casa una pistola”.
En opinión del sarcástico e implacable Gore Vidal, “cualquiera que no odie a los negros será odiado por un tercio de la población de Estados Unidos. Y Clinton los defiende. Ese sector también odia a las mujeres que se salen del tiesto, como Hillary Clinton, que es demasiado brillante para ellos. Como dijo una vez uno de la derecha dura: ‘Es la primera dama de cualquiera”. Y respecto a las posibles aspiraciones presidenciales de su pariente, Al Gore, Vidal afirma: “Tiene la ambición de Cromwell. Pero van a ser cuatro años terribles porque el imperio se está cayendo a trozos”. Y ofrece como datos significativos el endeudamiento del país, la falta de control de las armas, el mínimo gasto educativo v el fracaso de la cultura.
Vidal se ha hecho célebre por su mordacidad, su frialdad y sus broncas. En una ocasión Norman Mailer le tiro el líquido de un vaso a la cara y le dio un puñetazo, y su enemistad con Truman Capote, al que llama cara de feto en el libro, es legendaria -se le atribuye la siguiente frase cuando le comunicaron su muerte: ‘Ése fue un buen paso en su carrera’- En una fotografía del libro aparecen Capote, Tennessee Williams y él. “No podía soportar a Capote”, dice Vidal. “Mentía acerca de todo, la mentira era su forma de expresión artística. Podías ver cómo se lo inventaba todo sobre la marcha, sobre todo si se trataba de gente famosa.si hubiera tenido la mitad de imaginación para su obra de ficción hubiera sido un novelista importante. Comencé a evitarlo cuando supe que se dedicaba a extender mentiras sobre mí. Por el contrario, fui muy amigo de Tennessee. Gran clase. Viajábamos, reíamos… Pero se volvió loco a base de píldoras y alcohol”.
El índice de Una memoria, titulado en inglés Palimpsest, está plagado de nombres famosos con los que Gore Vidal despliega su cinismo, su humor despiadado y, a veces, como en el caso del filósofo George Santayana, su admiración y cortesía. El escritor pide que no se tome demasiado en serio a los miembros de la generación beat, por ejemplo, pese a que tienen capítulo propio en las memorias. “Fue un fenómeno basado realmente en el extraordinario don de Allen Gingsberg para la publicidad”, dice. “Allen pensaba que yo tenía demasiado éxito y que no encajaba. Pero lo cierto es que yo estaba demasiado ocupado con el sexo y la literatura, sin tiempo suficiente para ir conduciendo coches a través del país. Kerouac era un hombre dulce, aunque un mal bebedor que se acabó matando por eso. Era horriblemente estúpido, verdaderamente estúpido, pero tenía ese adorable don de la frescura. He releído En la carretera y es dulce como el trabajo de un niño: sus ojos están abiertos, se siente bien, está enamorado de Neal Cassady… Este último hecho nunca ha podido ser aceptado por ninguno de los críticos que lo han colocado en la columna de los heterosexuales. Por eso he tenido que ocuparme en mis memorias [Vidal narra su encuentro sexual de una noche con Kerouac] de sacarlo de esa columna y de ponerlo en la que realmente le corresponde, que es en la otra o en ambas a la vez. Era un espíritu libre”
Amor, sexo, amistad
“El amor es un tema sobre el que no pienso demasiado, y diría que los imbéciles que he conocido hablaban del amor en grandes términos”, afirma Gore Vidal. “Cada vez que alguien empieza a hablar de amor verdadero saco el revólver y disparo. Hay sexo y amistad, y éstas son las dos únicas cosas que me interesan. Nunca sé de qué habla la gente cuando habla de amor. Ni ellos tampoco. Lo saben cuando hablan de sexo, pero no lo quieren admitir. O cuando hablan de poder, de la manera de usar el poder de las apariencias y de su posición con respecto a los demás seres humanos”.
Pese a este duro comentario, en el libro de Gore Vidal hay un leit-motiv: un joven jugador de béisbol rubio y de ojos azules llamado Jimmie Trimble con el que Vidal se masturbaba en la adolescencia. Trimble murió asesinado en la II Guerra Mundial. “Sí, es una declaración de amor”, dice Gore Vidal. “Pero me ha costado casi 70 años darme cuenta”, añade con escepticismo. “No he pensado en ello prácticamente en todo este tiempo, aunque ha estado ahí, en la parte de atrás de mi cerebro”.
Gore Vidal se reconoce en una palabra: pansexual. Se jacta de la promiscuidad sexual que ha practicado, y añade que siempre la ha recomendado “hasta que llegó el sida”. “Gracias a Dios”, continúa, “he vivido antes de los tiempos del sida, y desconozco lo que pasa por las mentes de los jóvenes ahora, si están aterrorizados por el sexo cuando deberían estar practicándolo todo el tiempo. En mi época coincidí con varios que tenían una cosa en común conmigo: la promiscuidad total. Uno era Kennedy, otro Brando, Tennessee Williams y yo. Nos conocíamos, éramos de la misma edad, vivimos una época maravillosa, no parábamos”.
Se lo perdieron
“La sífilis fue barrida en los cuarenta y desde entonces hasta los ochenta ha habido al menos 40 años espléndidos”, continúa. “¡Lo siento por los que se lo perdieron!”Gore Vidal se enfrentó a “la dictadura heterosexual” de América a los 23 años. Su libro La ciudad y el pilar, de 1948, trataba “sobre la fundamental naturalidad, mejor dicho, normalidad, de la homosexualidad”. Poco después apareció el informe Kinsey, “donde se descubrió que el 37% de los americanos varones habíamos practicado el sexo con otros hombres”, dice. “Esto cayó como una bomba en Estados Unidos. Como también cayó como una bomba La ciudad y el pilar, porque trataba de chicos normales enamorándose y disfrutando del sexo. ¡No era posible, tenían que ser locas, tenían que ser peluqueros, era imposible entre los soldados! Tuvo críticas malas pero fue un gran éxito y un gran escándalo. Y tres meses después llegó el doctor Kinsey diciendo lo mismo. Todo el país se quedó de piedra y un intelectual -en América no tenemos muchos y de los que hay muy pocos son buenos- se preguntó: ‘¿Y dónde está el amor en el informe Kinsey?’ Y el doctor Kinsey respondió: ‘Yo no mido el amor sino las eyaculaciones”.
quarta-feira, 1 de agosto de 2012
Algo de novo na Terça-Feira Negra
18 de setembro de 2001
Gore Vidal – Folha SP
Segundo o Corão, foi terça-feira que Alá criou as trevas. No dia 11 de setembro, quando pilotos suicidas lançaram aviões de carreira americanos contra pontos arquitetônicos significativos, não precisei afastar os olhos da televisão e procurar um calendário para saber que dia era: a Terça-Feira das Trevas tinha lançado sua sombra sobre Manhattan e ao longo do rio Potomac.
Tampouco me surpreendi ao saber que, apesar dos aproximados US$ 7 trilhões que gastamos desde 1950 naquilo que é eufemisticamente descrito como nossa “defesa”, nenhum aviso antecipado foi dado pelo FBI, pela CIA, pela Agência de Inteligência de Defesa ou por qualquer outro organismo, e que nenhum caça americano se ergueu à altura da ocasião, a não ser que, como dizem os boatos, caças americanos tenham abatido a aeronave que se chocou com o Pentágono e a que caiu perto de Pittsburgh.
Embora nosso governo tenha por hábito atribuir a culpa às pessoas erradas, a impressão que se teve é que, desta vez, tinha acertado, pelo menos em parte: o bilionário saudita, educado em Harvard e ocasional residente no Afeganistão Osama bin Laden passara a perna em nós. Enquanto os seguidores de Bush se atropelavam para preparar a que seria a antepenúltima das guerras -mísseis lançados pela Coréia do Norte e claramente marcados com bandeiras desse país choveriam sobre Portland, Oregon, mas seriam interceptados pelos balões de nosso escudo antimísseis-, o astuto Bin Laden sabia que só precisava de pilotos dispostos a cometer suicídio e matar os passageiros que por acaso estivessem a bordo dos aviões comerciais que sequestrariam. Assim, algo de novo realmente aconteceu sob o sol da Terça-Feira Negra.
Minha irmã, que vive em Washington, tinha uma amiga que estava a bordo de um daqueles aviões. Sem perder a calma, a amiga ligou para seu marido no celular. “Fomos sequestrados”, informou. Em seguida, passou a descrever seus últimos minutos de vida, enquanto o avião se atirava contra o quinto lado do Pentágono. Era o aniversário do marido. Sempre tivemos civis sábios e corajosos. São os militares, os políticos e a imprensa que nos deixam preocupados. Afinal, não nos deparamos com bombardeiros suicidas desde os camicases, como os chamávamos no Pacífico na época em que eu era soldado na Segunda Guerra Mundial. Naquela época, nosso inimigo era o Japão. Hoje, temos Bin Laden, os muçulmanos, os paquistaneses…
O telefone não pára de tocar. Moro ao sul de Nápoles, na Itália. Editores, televisões e rádios italianas querem comentários. Eu também quero. Recentemente escrevi sobre Pearl Harbor.
Agora me fazem a mesma pergunta, repetidas vezes: o que aconteceu não foi exatamente como a manhã do domingo 7 de dezembro de 1941? Não, não foi. Não tivemos aviso prévio do ataque da terça-feira passada -pelo que estamos sabendo até agora. Nosso governo tem muitos e muitos segredos dos quais nossos inimigos sempre parecem ter conhecimento de antemão, mas dos quais nós mesmos só ficamos sabendo anos mais tarde. O presidente Roosevelt provocou os japoneses para que nos atacassem em Pearl Harbor. No livro “A Era Dourada”, eu descrevo os vários passos que ele seguiu para isso. Hoje, sabemos o que ele tinha em mente: sair em socorro da Inglaterra para combater o aliado do Japão, Hitler. Mas o que será que Bin Laden tinha -ou tem- em mente?
Há várias décadas vem ocorrendo na mídia americana um processo implacável de satanização do mundo muçulmano. Como sou um americano leal, não posso lhe dizer por que isso vem acontecendo -mas o fato é que não temos o hábito de analisar por que qualquer coisa acontece, a não ser que seja para atribuir a outros a culpa por nossos erros. Num mundo em que o demônio está constantemente à espreita, andando para cima e para baixo e nos atormentando por sermos tão bondosos, nossa imprensa quer que acreditemos que Bin Laden é simplesmente mais uma manifestação do mal puro e simples, de modo que somos obrigados a invocar a cláusula cinco da Otan e detonar todos os diabos que lhe deram abrigo, para ensinar a eles a única lição que nós mesmos jamais aprendemos: que na história, assim como na física, não existe ação sem reação.
A administração Bush, embora se mostre estranhamente inepta em tudo menos em sua tarefa principal, que é isentar os ricos de pagar impostos, vem casualmente rasgando os tratados subscritos pelos países civilizados, coisas como o Protocolo de Kyoto ou o acordo sobre mísseis nucleares que tínhamos com a Rússia. Enquanto os bushitas levam adiante seu saqueio implacável do Tesouro e da Seguridade Social (um fundo cujos recursos são supostamente intocáveis), eles vêm deixando o FBI e a CIA ou fazer o que bem entendem ou não fazer absolutamente nada -um pouco como o Mágico de Oz fazendo seus engraçados truques de mágica de faz-de-conta, enquanto torce para que ninguém descubra que é tudo de mentirinha.
Para sermos justos, não podemos pôr toda a culpa de nossa incoerência no Ser Oval atual. Embora seus antecessores, de modo geral, tenham tido QIs mais altos do que o dele, também eles trabalharam assiduamente para o 1% da população que é dona do país, enquanto deixavam todo o resto se virar sozinhos. Bill Clinton foi especialmente culpado. Embora tenha sido de longe o presidente mais hábil desde Franklin Delano Roosevelt, Clinton, em sua busca frenética por vitórias eleitorais, armou o gatilho do Estado policial que seu sucessor deve, neste exato momento em que escrevo, estar se preparando para apertar.
Estado policial? Como assim? Em abril de 1996, um ano depois do atentado de Oklahoma, o presidente Clinton aprovou a lei antiterrorismo, uma chamada “lei de conferência”, para a qual contribuíram muitas mãos bastante sujas, incluindo as do líder da maioria no Senado, Bob Dole, que foi o co-patrocinador dela. Embora Clinton tenha feito muitas coisas desavisadas e oportunistas para vencer eleições, ele raramente disse alguma coisa desavisada. Sua legislação sobre o terrorismo autoriza o secretário de Justiça a utilizar as Forças Armadas contra a população civil, com isso anulando a lei Posse Comitatus, de 1878, que proibiu para sempre o uso da força militar contra nossa população. O habeas corpus, cerne da liberdade anglo-americana, também pode ser suspenso se for considerado que há um terrorista entre nós. Irritado com as críticas expressas por grupos e indivíduos apegados à Constituição, Clinton denunciou seus críticos como sendo “pouco patrióticos”. Depois, envolto na bandeira nacional, falou do trono: “Não há nada de patriótico em fazer de conta que se pode amar o país, mas desprezar seu presidente”. É uma afirmação estarrecedora, já que pode ser aplicada a toda a população, em algum momento ou outro. Em outras palavras, seria pouco patriótico o alemão que tivesse dito que odiava a ditadura nazista?
A Terça-Feira Negra já está impondo tensão considerável à nossa sociedade cada vez mais militarizada. Na década de 1970, o FBI se reinventou: de um corpo de “generalistas” treinados em direito e contabilidade e vestindo terno, gravata e camisa branca (por surpreendente que possa ser, J. Edgar Hoover seguia a linha civil), transformou-se num exército de guerreiros da linha “Armas e Táticas Especiais” (também conhecidos como SWAT), que gostam de vestir uniformes de camuflagem, roupas pretas de ninja e, dependendo da tarefa, máscaras de esqui.
No início dos anos 80 foi formada uma superequipe SWAT do FBI, a Equipe 270 de Resgate de Reféns. Como tão frequentemente acontece nos Estados Unidos, esse grupo se especializava, não em libertar reféns ou salvar vidas, mas em lançar ataques assassinos contra grupos que não aprovava, muitas vezes por serem excessivamente independentes, como foi o caso da seita religiosa Ramo Davidiano -cristãos evangélicos que viviam pacificamente em seu complexo próprio em Waco, Texas, até que uma equipe SWAT do FBI, equipada com tanques ilegais do exército, matou 82 deles, incluindo 25 crianças. Isso aconteceu em 1993.
Agora, desde a terça-feira passada, as equipes SWAT já poderão ser usadas para perseguir árabes-americanos suspeitos ou, na realidade, qualquer pessoa que possa ser culpada de terrorismo, um termo que não tem definição legal (como se pode combater o terrorismo suspendendo o habeas corpus, se aqueles que querem ter seus corpus libertados da prisão já se encontram presos?). Mas, no clima de trauma pós-Oklahoma, Clinton disse que aqueles que não estavam a favor de sua legislação draconiana eram conspiradores aliados aos terroristas, interessados em transformar a América “num lugar seguro para terroristas”. Se Clinton, que tinha a cabeça tão fria, foi capaz de se enfurecer a tal ponto, o que podemos esperar do superesquentado Bush, depois da terça passada?
Embora a população americana não tenha meios diretos de influir sobre seu governo, suas opiniões de vez em quando são colhidas por meio de amostras, em sondagens de opinião. De acordo com uma sondagem da CNN e da “Time” de 1995, 55% dos americanos acreditam que “o governo federal se tornou tão poderoso que ameaça os direitos dos cidadãos”.
O “The New York Times” é o principal veiculador das opiniões recebidas do empresariado americano, e, além disso, é um barômetro mais preciso dos estados de ânimo de nossos governantes do que, digamos, o “The Wall Street Journal”, que sofre de deficiência editorial. Mesmo assim, todos as colunas de editorial publicadas pelo “NYT” desde 12 de setembro têm errado o alvo, por pouco. Desconfio que a cobertura da televisão já nos tenha deixado esgotados a todos nós, menos o sensato conservador que é Anthony Lewis. Aquelas imagens de fogo e explosão teimam em se reformar diante de nossos olhos, mesmo quando não há um tubo catódico por perto para transmiti-las.
Sob o cabeçalho “Exigências da Liderança”, o “NYT” se mostra otimista, por assim dizer. Tudo vai sair bem se o senhor trabalhar duro e não deixar sua atenção se desviar da bola, senhor presidente. Aparentemente Bush “está enfrentando múltiplos desafios, mas sua tarefa mais importante é uma simples questão de liderança”. Graças a Deus. Não apenas só é preciso liderança, como isso é simples ao extremo. Por um instante eu tinha chegado a temer… Em seguida o “NYT” fala das coisas da maneira como se apresentam, em oposição a como deveriam se apresentar. “A administração passou boa parte do dia de ontem tentando superar a impressão de que Bush teria manifestado fraqueza quando deixou de retornar a Washington após o ataque terrorista”. Mas, pelo que pude perceber, ninguém se preocupou muito com isso. A maioria de nós se sentiu até um pouco mais segura com Bush em seu bunker em Nebraska. O “NYT” tranquiliza Bush, dizendo que ele não será forçado a aceitar democratas em seu gabinete, como fizeram alguns presidentes em tempos de guerra -e pronto. Aí está. Simplesmente atirado ali no meio, como que por acaso. “Em tempos de guerra”. Pacientemente, o jornal põe os pingos nos is, para Bush e para nós. “Nos próximos dias, é possível que Bush peça à nação que dê seu respaldo a ações militares que muitos cidadãos poderão achar alarmantes. Ele precisará mostrar que sabe o que está fazendo.” Assim fica fácil. Pena que FDR não recebeu cartas desse tipo de Arthur Krock, do velho “NYT”.
“Aliados contra o Terror” é o próximo editorial com título. Aparentemente, precisamos de aliados. “Como seu pai na Guerra do Golfo, ele terá que construir uma coalizão de nações dispostas a agir.” Ótimo conselho. Ele também deve encontrar um jeito de fazer com que esses aliados paguem por uma guerra que será travada pelo bem da Humanidade Inteira. Bush, pai, teve trabalho para convencer outros a ajudar a pagar a conta de sua guerra da CNN. Os japoneses tiveram a ousadia de reclamar da taxa de câmbio. Azar deles -basta ver o que aconteceu com o iene.
Quando a semana chegou o fim, paquistaneses de cabelos tingidos e olhos furtivos já estavam sendo interrogados pela CNN porque, de maneira ameaçadora, o Paquistão hoje atua como patrono extra-oficial do Taleban. “Acredita-se que o Taleban dá guarida ao mais perigoso terrorista internacional, Osama bin Laden.” Foi preciso muita coragem para publicar isso, “NYT”. Mas parece que se encaixa bem com o que vocês andam repetindo. “Washington deixou claro ontem que sua paciência com o Paquistão está se esgotando rapidamente.” Coitado do Paquistão. Eu é que não gostaria de estar em seu lugar.
Próximo editorial: “A Defesa Nacional”. “A luta contra o terror precisa se deslocar da periferia para o centro do planejamento e das operações de segurança nacional americanas. Ninguém está sugerindo que isso seja tarefa fácil ou que custe pouco, mas, com os quase US$ 30 bilhões que Washington gasta com espionagem, o país deveria saber mais sobre as redes do terror e suas conspirações. Se mais dinheiro puder ser investido com finalidades úteis…” “Os americanos precisam repensar como proteger o país sem abrir mão dos direitos e dos privilégios da sociedade livre que defendemos.” Verdade, verdade.
“Terceira Guerra Mundial”, de Thomas L. Friedman, é otimista. Friedman é muito jovem e ainda não viveu sua guerra. Mas, pensando bem, com a exceção de Colin Powell e dois ou três senadores, os membros da administração e os parlamentares, apesar de todos serem adeptos da retórica militar, são pessoas que só ficaram em casa. A região que Friedman cobre é o Oriente Médio, e muitas vezes o que ele escreve sobre o assunto é interessante. Das vozes erguidas no “NYT” na quinta-feira, apenas ele sugere que “o apoio que damos a Israel” desagrada aos árabes, mas, logo depois, ele passa a falar do ódio inato que os árabes nutrem por nossa hegemonia. De repente, de maneira desconcertante, ele berra: “Será que meu país realmente compreende que esta será a Terceira Guerra Mundial?”. A pergunta não é meramente retórica. “As pessoas que planejaram os atentados da terça-feira conjugaram alto grau de maldade com alto grau de gênio, com efeitos devastadores. E, a não ser que estejamos prontos para colocar nossas melhores cabeças para trabalhar para combatê-las -o projeto Manhattan da Terceira Guerra Mundial-, de maneia igualmente ousada, implacável e pouco convencional, vamos ter problemas sérios.” É a receita certa para mais problemas.
A coluna “O Novo Dia da Infâmia”, de William Safire, prevê que “o próximo ataque provavelmente não será conduzido com um avião sequestrado, eventualidade contra a qual, tarde demais, vamos nos precaver. É mais provável que seja um míssil nuclear comprado por terroristas ou um barril de germes mortíferos.” Finalmente, Anthony Lewis acha de bom aviso deixar de lado o unilateralismo de Bush para cooperar com outros países, para conter as trevas da terça-feira com a compreensão de suas origens, ao mesmo tempo em que deixamos de lançar provocações contra uma cultura que se opõe a nós e nossos arranjos. Lewis -coisa incomum para um colunista do “The New York Times”- defende a paz agora. Eu também. Mas a verdade é que ele e eu somos velhos e já estivemos lá. Valorizamos nossas liberdades, que estão desaparecendo em ritmo acelerado -à diferença dos patriotas exacerbados que andam batendo seus tambores na Times Square, conclamando todos para uma guerra total a ser travada pela América.
Gore Vidal – Folha SP
Segundo o Corão, foi terça-feira que Alá criou as trevas. No dia 11 de setembro, quando pilotos suicidas lançaram aviões de carreira americanos contra pontos arquitetônicos significativos, não precisei afastar os olhos da televisão e procurar um calendário para saber que dia era: a Terça-Feira das Trevas tinha lançado sua sombra sobre Manhattan e ao longo do rio Potomac.
Tampouco me surpreendi ao saber que, apesar dos aproximados US$ 7 trilhões que gastamos desde 1950 naquilo que é eufemisticamente descrito como nossa “defesa”, nenhum aviso antecipado foi dado pelo FBI, pela CIA, pela Agência de Inteligência de Defesa ou por qualquer outro organismo, e que nenhum caça americano se ergueu à altura da ocasião, a não ser que, como dizem os boatos, caças americanos tenham abatido a aeronave que se chocou com o Pentágono e a que caiu perto de Pittsburgh.
Embora nosso governo tenha por hábito atribuir a culpa às pessoas erradas, a impressão que se teve é que, desta vez, tinha acertado, pelo menos em parte: o bilionário saudita, educado em Harvard e ocasional residente no Afeganistão Osama bin Laden passara a perna em nós. Enquanto os seguidores de Bush se atropelavam para preparar a que seria a antepenúltima das guerras -mísseis lançados pela Coréia do Norte e claramente marcados com bandeiras desse país choveriam sobre Portland, Oregon, mas seriam interceptados pelos balões de nosso escudo antimísseis-, o astuto Bin Laden sabia que só precisava de pilotos dispostos a cometer suicídio e matar os passageiros que por acaso estivessem a bordo dos aviões comerciais que sequestrariam. Assim, algo de novo realmente aconteceu sob o sol da Terça-Feira Negra.
Minha irmã, que vive em Washington, tinha uma amiga que estava a bordo de um daqueles aviões. Sem perder a calma, a amiga ligou para seu marido no celular. “Fomos sequestrados”, informou. Em seguida, passou a descrever seus últimos minutos de vida, enquanto o avião se atirava contra o quinto lado do Pentágono. Era o aniversário do marido. Sempre tivemos civis sábios e corajosos. São os militares, os políticos e a imprensa que nos deixam preocupados. Afinal, não nos deparamos com bombardeiros suicidas desde os camicases, como os chamávamos no Pacífico na época em que eu era soldado na Segunda Guerra Mundial. Naquela época, nosso inimigo era o Japão. Hoje, temos Bin Laden, os muçulmanos, os paquistaneses…
O telefone não pára de tocar. Moro ao sul de Nápoles, na Itália. Editores, televisões e rádios italianas querem comentários. Eu também quero. Recentemente escrevi sobre Pearl Harbor.
Agora me fazem a mesma pergunta, repetidas vezes: o que aconteceu não foi exatamente como a manhã do domingo 7 de dezembro de 1941? Não, não foi. Não tivemos aviso prévio do ataque da terça-feira passada -pelo que estamos sabendo até agora. Nosso governo tem muitos e muitos segredos dos quais nossos inimigos sempre parecem ter conhecimento de antemão, mas dos quais nós mesmos só ficamos sabendo anos mais tarde. O presidente Roosevelt provocou os japoneses para que nos atacassem em Pearl Harbor. No livro “A Era Dourada”, eu descrevo os vários passos que ele seguiu para isso. Hoje, sabemos o que ele tinha em mente: sair em socorro da Inglaterra para combater o aliado do Japão, Hitler. Mas o que será que Bin Laden tinha -ou tem- em mente?
Há várias décadas vem ocorrendo na mídia americana um processo implacável de satanização do mundo muçulmano. Como sou um americano leal, não posso lhe dizer por que isso vem acontecendo -mas o fato é que não temos o hábito de analisar por que qualquer coisa acontece, a não ser que seja para atribuir a outros a culpa por nossos erros. Num mundo em que o demônio está constantemente à espreita, andando para cima e para baixo e nos atormentando por sermos tão bondosos, nossa imprensa quer que acreditemos que Bin Laden é simplesmente mais uma manifestação do mal puro e simples, de modo que somos obrigados a invocar a cláusula cinco da Otan e detonar todos os diabos que lhe deram abrigo, para ensinar a eles a única lição que nós mesmos jamais aprendemos: que na história, assim como na física, não existe ação sem reação.
A administração Bush, embora se mostre estranhamente inepta em tudo menos em sua tarefa principal, que é isentar os ricos de pagar impostos, vem casualmente rasgando os tratados subscritos pelos países civilizados, coisas como o Protocolo de Kyoto ou o acordo sobre mísseis nucleares que tínhamos com a Rússia. Enquanto os bushitas levam adiante seu saqueio implacável do Tesouro e da Seguridade Social (um fundo cujos recursos são supostamente intocáveis), eles vêm deixando o FBI e a CIA ou fazer o que bem entendem ou não fazer absolutamente nada -um pouco como o Mágico de Oz fazendo seus engraçados truques de mágica de faz-de-conta, enquanto torce para que ninguém descubra que é tudo de mentirinha.
Para sermos justos, não podemos pôr toda a culpa de nossa incoerência no Ser Oval atual. Embora seus antecessores, de modo geral, tenham tido QIs mais altos do que o dele, também eles trabalharam assiduamente para o 1% da população que é dona do país, enquanto deixavam todo o resto se virar sozinhos. Bill Clinton foi especialmente culpado. Embora tenha sido de longe o presidente mais hábil desde Franklin Delano Roosevelt, Clinton, em sua busca frenética por vitórias eleitorais, armou o gatilho do Estado policial que seu sucessor deve, neste exato momento em que escrevo, estar se preparando para apertar.
Estado policial? Como assim? Em abril de 1996, um ano depois do atentado de Oklahoma, o presidente Clinton aprovou a lei antiterrorismo, uma chamada “lei de conferência”, para a qual contribuíram muitas mãos bastante sujas, incluindo as do líder da maioria no Senado, Bob Dole, que foi o co-patrocinador dela. Embora Clinton tenha feito muitas coisas desavisadas e oportunistas para vencer eleições, ele raramente disse alguma coisa desavisada. Sua legislação sobre o terrorismo autoriza o secretário de Justiça a utilizar as Forças Armadas contra a população civil, com isso anulando a lei Posse Comitatus, de 1878, que proibiu para sempre o uso da força militar contra nossa população. O habeas corpus, cerne da liberdade anglo-americana, também pode ser suspenso se for considerado que há um terrorista entre nós. Irritado com as críticas expressas por grupos e indivíduos apegados à Constituição, Clinton denunciou seus críticos como sendo “pouco patrióticos”. Depois, envolto na bandeira nacional, falou do trono: “Não há nada de patriótico em fazer de conta que se pode amar o país, mas desprezar seu presidente”. É uma afirmação estarrecedora, já que pode ser aplicada a toda a população, em algum momento ou outro. Em outras palavras, seria pouco patriótico o alemão que tivesse dito que odiava a ditadura nazista?
A Terça-Feira Negra já está impondo tensão considerável à nossa sociedade cada vez mais militarizada. Na década de 1970, o FBI se reinventou: de um corpo de “generalistas” treinados em direito e contabilidade e vestindo terno, gravata e camisa branca (por surpreendente que possa ser, J. Edgar Hoover seguia a linha civil), transformou-se num exército de guerreiros da linha “Armas e Táticas Especiais” (também conhecidos como SWAT), que gostam de vestir uniformes de camuflagem, roupas pretas de ninja e, dependendo da tarefa, máscaras de esqui.
No início dos anos 80 foi formada uma superequipe SWAT do FBI, a Equipe 270 de Resgate de Reféns. Como tão frequentemente acontece nos Estados Unidos, esse grupo se especializava, não em libertar reféns ou salvar vidas, mas em lançar ataques assassinos contra grupos que não aprovava, muitas vezes por serem excessivamente independentes, como foi o caso da seita religiosa Ramo Davidiano -cristãos evangélicos que viviam pacificamente em seu complexo próprio em Waco, Texas, até que uma equipe SWAT do FBI, equipada com tanques ilegais do exército, matou 82 deles, incluindo 25 crianças. Isso aconteceu em 1993.
Agora, desde a terça-feira passada, as equipes SWAT já poderão ser usadas para perseguir árabes-americanos suspeitos ou, na realidade, qualquer pessoa que possa ser culpada de terrorismo, um termo que não tem definição legal (como se pode combater o terrorismo suspendendo o habeas corpus, se aqueles que querem ter seus corpus libertados da prisão já se encontram presos?). Mas, no clima de trauma pós-Oklahoma, Clinton disse que aqueles que não estavam a favor de sua legislação draconiana eram conspiradores aliados aos terroristas, interessados em transformar a América “num lugar seguro para terroristas”. Se Clinton, que tinha a cabeça tão fria, foi capaz de se enfurecer a tal ponto, o que podemos esperar do superesquentado Bush, depois da terça passada?
Embora a população americana não tenha meios diretos de influir sobre seu governo, suas opiniões de vez em quando são colhidas por meio de amostras, em sondagens de opinião. De acordo com uma sondagem da CNN e da “Time” de 1995, 55% dos americanos acreditam que “o governo federal se tornou tão poderoso que ameaça os direitos dos cidadãos”.
O “The New York Times” é o principal veiculador das opiniões recebidas do empresariado americano, e, além disso, é um barômetro mais preciso dos estados de ânimo de nossos governantes do que, digamos, o “The Wall Street Journal”, que sofre de deficiência editorial. Mesmo assim, todos as colunas de editorial publicadas pelo “NYT” desde 12 de setembro têm errado o alvo, por pouco. Desconfio que a cobertura da televisão já nos tenha deixado esgotados a todos nós, menos o sensato conservador que é Anthony Lewis. Aquelas imagens de fogo e explosão teimam em se reformar diante de nossos olhos, mesmo quando não há um tubo catódico por perto para transmiti-las.
Sob o cabeçalho “Exigências da Liderança”, o “NYT” se mostra otimista, por assim dizer. Tudo vai sair bem se o senhor trabalhar duro e não deixar sua atenção se desviar da bola, senhor presidente. Aparentemente Bush “está enfrentando múltiplos desafios, mas sua tarefa mais importante é uma simples questão de liderança”. Graças a Deus. Não apenas só é preciso liderança, como isso é simples ao extremo. Por um instante eu tinha chegado a temer… Em seguida o “NYT” fala das coisas da maneira como se apresentam, em oposição a como deveriam se apresentar. “A administração passou boa parte do dia de ontem tentando superar a impressão de que Bush teria manifestado fraqueza quando deixou de retornar a Washington após o ataque terrorista”. Mas, pelo que pude perceber, ninguém se preocupou muito com isso. A maioria de nós se sentiu até um pouco mais segura com Bush em seu bunker em Nebraska. O “NYT” tranquiliza Bush, dizendo que ele não será forçado a aceitar democratas em seu gabinete, como fizeram alguns presidentes em tempos de guerra -e pronto. Aí está. Simplesmente atirado ali no meio, como que por acaso. “Em tempos de guerra”. Pacientemente, o jornal põe os pingos nos is, para Bush e para nós. “Nos próximos dias, é possível que Bush peça à nação que dê seu respaldo a ações militares que muitos cidadãos poderão achar alarmantes. Ele precisará mostrar que sabe o que está fazendo.” Assim fica fácil. Pena que FDR não recebeu cartas desse tipo de Arthur Krock, do velho “NYT”.
“Aliados contra o Terror” é o próximo editorial com título. Aparentemente, precisamos de aliados. “Como seu pai na Guerra do Golfo, ele terá que construir uma coalizão de nações dispostas a agir.” Ótimo conselho. Ele também deve encontrar um jeito de fazer com que esses aliados paguem por uma guerra que será travada pelo bem da Humanidade Inteira. Bush, pai, teve trabalho para convencer outros a ajudar a pagar a conta de sua guerra da CNN. Os japoneses tiveram a ousadia de reclamar da taxa de câmbio. Azar deles -basta ver o que aconteceu com o iene.
Quando a semana chegou o fim, paquistaneses de cabelos tingidos e olhos furtivos já estavam sendo interrogados pela CNN porque, de maneira ameaçadora, o Paquistão hoje atua como patrono extra-oficial do Taleban. “Acredita-se que o Taleban dá guarida ao mais perigoso terrorista internacional, Osama bin Laden.” Foi preciso muita coragem para publicar isso, “NYT”. Mas parece que se encaixa bem com o que vocês andam repetindo. “Washington deixou claro ontem que sua paciência com o Paquistão está se esgotando rapidamente.” Coitado do Paquistão. Eu é que não gostaria de estar em seu lugar.
Próximo editorial: “A Defesa Nacional”. “A luta contra o terror precisa se deslocar da periferia para o centro do planejamento e das operações de segurança nacional americanas. Ninguém está sugerindo que isso seja tarefa fácil ou que custe pouco, mas, com os quase US$ 30 bilhões que Washington gasta com espionagem, o país deveria saber mais sobre as redes do terror e suas conspirações. Se mais dinheiro puder ser investido com finalidades úteis…” “Os americanos precisam repensar como proteger o país sem abrir mão dos direitos e dos privilégios da sociedade livre que defendemos.” Verdade, verdade.
“Terceira Guerra Mundial”, de Thomas L. Friedman, é otimista. Friedman é muito jovem e ainda não viveu sua guerra. Mas, pensando bem, com a exceção de Colin Powell e dois ou três senadores, os membros da administração e os parlamentares, apesar de todos serem adeptos da retórica militar, são pessoas que só ficaram em casa. A região que Friedman cobre é o Oriente Médio, e muitas vezes o que ele escreve sobre o assunto é interessante. Das vozes erguidas no “NYT” na quinta-feira, apenas ele sugere que “o apoio que damos a Israel” desagrada aos árabes, mas, logo depois, ele passa a falar do ódio inato que os árabes nutrem por nossa hegemonia. De repente, de maneira desconcertante, ele berra: “Será que meu país realmente compreende que esta será a Terceira Guerra Mundial?”. A pergunta não é meramente retórica. “As pessoas que planejaram os atentados da terça-feira conjugaram alto grau de maldade com alto grau de gênio, com efeitos devastadores. E, a não ser que estejamos prontos para colocar nossas melhores cabeças para trabalhar para combatê-las -o projeto Manhattan da Terceira Guerra Mundial-, de maneia igualmente ousada, implacável e pouco convencional, vamos ter problemas sérios.” É a receita certa para mais problemas.
A coluna “O Novo Dia da Infâmia”, de William Safire, prevê que “o próximo ataque provavelmente não será conduzido com um avião sequestrado, eventualidade contra a qual, tarde demais, vamos nos precaver. É mais provável que seja um míssil nuclear comprado por terroristas ou um barril de germes mortíferos.” Finalmente, Anthony Lewis acha de bom aviso deixar de lado o unilateralismo de Bush para cooperar com outros países, para conter as trevas da terça-feira com a compreensão de suas origens, ao mesmo tempo em que deixamos de lançar provocações contra uma cultura que se opõe a nós e nossos arranjos. Lewis -coisa incomum para um colunista do “The New York Times”- defende a paz agora. Eu também. Mas a verdade é que ele e eu somos velhos e já estivemos lá. Valorizamos nossas liberdades, que estão desaparecendo em ritmo acelerado -à diferença dos patriotas exacerbados que andam batendo seus tambores na Times Square, conclamando todos para uma guerra total a ser travada pela América.
Gore Vidal, crítico mordaz del modo de vida americano, fallece a los 86 años
Eva Sáiz Washington 1 AGO 2012 – EL PAÍS
Gore Vidal, una de las figuras literarias de Estados Unidos más importantes, no solo por su heterogénea y prolífica obra creativa, sino por su capacidad para diseccionar con una elegante mordacidad la idiosincrasia de su país, falleció el 31 de julio en su casa de Hollywood Hills (California). El escritor tenía 86 años y no pudo superar una neumonía, según indicó su sobrino Burr Steers.
Dotado de una admirable capacidad narrativa, la primera vocación de Vidal no fue otra que la de dirigir su país. “La única cosa que siempre he querido hacer en mi vida es ser presidente”, dijo en varias ocasiones. Buena parte de esa inclinación política la cimentó desde la cuna. Su abuelo materno, con quien se crió tras la separación de sus padres cuando él tenía 10 años, era Thomas Gore, senador por Oklahoma, a quien Vidal solía leerle y servirle de guía cuando éste perdió la vista. La filosofía política de su abuelo, muy crítica con la deriva exterior e interna de EE UU, sin duda contribuyó a apuntalar su mordacidad con la actividad gubernamental. Además del pedigrí materno, conviene recordar que el padre del autor, Eugene Luther Vidal, fue director de Comercio Aéreo bajo el mandato de Franklin D. Roosevelt, y que él mismo era primo del presidente Jimmy Carter y del exvicepresidente Al Gore.
Pero la vocación política del autor no se quedó en meras intenciones. Vidal fue candidato del Partido Demócrata a la Cámara de Representantes por Nueva York en 1960 y trabajó para John F. Kennedy en el Comité Asesor de las Artes para la Presidencia, entre 1961 y 1963. En 1982, tras dos aventuras relacionadas con la fundación de partidos independientes, el escritor volvió a presentarse por la formación demócrata, esta vez, al Senado por California en 1982.
Aunque nunca dejó de estar involucrado en el ámbito político –criticó duramente la deriva imperialista y la política antiterrorista de los dos mandatos presidenciales de George W. Bush-, la literatura acabó imponiéndose a su vocación presidencial. Vidal publicó su primera novela, Williwaw –inspirada en su experiencia militar en los estertores de la II Guerra Mundial-, en 1946. Pero su punto de inflexión literario lo constituyó La ciudad y el pilar de sal, una historia de temática abiertamente homosexual, considerada autobiográfica y que obtuvo altas dosis de éxito equivalentes al escándalo que generó. The New York Times se negó a escribir las reseñas de sus siguientes trabajos que, por lo demás, se ahogaron en la indiferencia de los especialistas literarios y del público en general.
Además de por sus novelas, en Estados Unidos Vidal es reconocido por su actividad como ensayista y crítico, que desarrolló sobre todo en periódicos y publicaciones en el último cuarto del siglo pasado. Entre sus obras, a caballo entre la ficción y la realidad, destacan su trilogía histórico política, formada por Washington D.C. (1967), Burr (1973) y 1876 (1976), en las que reflejó su particular y muy personal visión de la historia de EE UU. En 1995 salió a la luz su libro de memorias, Palimpsesto, en el que recogió su amistad con colegas, como Norman Mailer, Truman Capote o Tennessee Williams, y otros iconos estadounidenses como Orson Welles, Frank Sinatra, Marlon Brando, Paul Newman, Joanne Woodward –con quien llegó a estar prometido- Eleanor Roosevelt y varios Kennedy, además de reconocer que, con 25 años, ya había mantenido más de 1.000 encuentros sexuales con hombres y mujeres.
Vidal no solo escribió novelas y ensayos, en 1954 optó por trasladarse a Hollywood y escribir para la industria como un modo para ganar dinero fácil. Entre 1956 y 1970, colaboró en siete guiones, entre ellos los de Ben Hur o De repente el último verano, que coescribió con Tennessee Williams. Él mismo también intervino como actor en varias películas como Roma, de Federico Fellini, Gattaca o Ciudadano Bob Roberts. Incluso tenía su propia versión animada en las series de dibujos Los Simpson y Padre de Familia.
Eugene Luther Vidal nació en West Point, Nueva York, el 3 de octubre de 1925 en el seno de una familia de antiguas raíces políticas. El único hijo de Eugene Luther Vidal y Nina Gore se cambió el nombre por Gore en homenaje a su abuelo materno, con quien se crió en Virginia, tras la separación de sus padres. Vidal estudió en la Escuela de Saint Albans, en Washington. Tras una breve temporada en Francia, el escritor regresó a EE UU donde se graduó en la Academia Philips Exeter, para enrolarse inmediatamente después en el Ejército, en 1943. Durante la II Guerra Mundial, fue destinado a las Islas Aleutianas. Antes de trasladarse a California definitivamente en 2003, Vidal residió largas temporadas en Italia.
Gore Vidal, una de las figuras literarias de Estados Unidos más importantes, no solo por su heterogénea y prolífica obra creativa, sino por su capacidad para diseccionar con una elegante mordacidad la idiosincrasia de su país, falleció el 31 de julio en su casa de Hollywood Hills (California). El escritor tenía 86 años y no pudo superar una neumonía, según indicó su sobrino Burr Steers.
Dotado de una admirable capacidad narrativa, la primera vocación de Vidal no fue otra que la de dirigir su país. “La única cosa que siempre he querido hacer en mi vida es ser presidente”, dijo en varias ocasiones. Buena parte de esa inclinación política la cimentó desde la cuna. Su abuelo materno, con quien se crió tras la separación de sus padres cuando él tenía 10 años, era Thomas Gore, senador por Oklahoma, a quien Vidal solía leerle y servirle de guía cuando éste perdió la vista. La filosofía política de su abuelo, muy crítica con la deriva exterior e interna de EE UU, sin duda contribuyó a apuntalar su mordacidad con la actividad gubernamental. Además del pedigrí materno, conviene recordar que el padre del autor, Eugene Luther Vidal, fue director de Comercio Aéreo bajo el mandato de Franklin D. Roosevelt, y que él mismo era primo del presidente Jimmy Carter y del exvicepresidente Al Gore.
Pero la vocación política del autor no se quedó en meras intenciones. Vidal fue candidato del Partido Demócrata a la Cámara de Representantes por Nueva York en 1960 y trabajó para John F. Kennedy en el Comité Asesor de las Artes para la Presidencia, entre 1961 y 1963. En 1982, tras dos aventuras relacionadas con la fundación de partidos independientes, el escritor volvió a presentarse por la formación demócrata, esta vez, al Senado por California en 1982.
Aunque nunca dejó de estar involucrado en el ámbito político –criticó duramente la deriva imperialista y la política antiterrorista de los dos mandatos presidenciales de George W. Bush-, la literatura acabó imponiéndose a su vocación presidencial. Vidal publicó su primera novela, Williwaw –inspirada en su experiencia militar en los estertores de la II Guerra Mundial-, en 1946. Pero su punto de inflexión literario lo constituyó La ciudad y el pilar de sal, una historia de temática abiertamente homosexual, considerada autobiográfica y que obtuvo altas dosis de éxito equivalentes al escándalo que generó. The New York Times se negó a escribir las reseñas de sus siguientes trabajos que, por lo demás, se ahogaron en la indiferencia de los especialistas literarios y del público en general.
Además de por sus novelas, en Estados Unidos Vidal es reconocido por su actividad como ensayista y crítico, que desarrolló sobre todo en periódicos y publicaciones en el último cuarto del siglo pasado. Entre sus obras, a caballo entre la ficción y la realidad, destacan su trilogía histórico política, formada por Washington D.C. (1967), Burr (1973) y 1876 (1976), en las que reflejó su particular y muy personal visión de la historia de EE UU. En 1995 salió a la luz su libro de memorias, Palimpsesto, en el que recogió su amistad con colegas, como Norman Mailer, Truman Capote o Tennessee Williams, y otros iconos estadounidenses como Orson Welles, Frank Sinatra, Marlon Brando, Paul Newman, Joanne Woodward –con quien llegó a estar prometido- Eleanor Roosevelt y varios Kennedy, además de reconocer que, con 25 años, ya había mantenido más de 1.000 encuentros sexuales con hombres y mujeres.
Vidal no solo escribió novelas y ensayos, en 1954 optó por trasladarse a Hollywood y escribir para la industria como un modo para ganar dinero fácil. Entre 1956 y 1970, colaboró en siete guiones, entre ellos los de Ben Hur o De repente el último verano, que coescribió con Tennessee Williams. Él mismo también intervino como actor en varias películas como Roma, de Federico Fellini, Gattaca o Ciudadano Bob Roberts. Incluso tenía su propia versión animada en las series de dibujos Los Simpson y Padre de Familia.
Eugene Luther Vidal nació en West Point, Nueva York, el 3 de octubre de 1925 en el seno de una familia de antiguas raíces políticas. El único hijo de Eugene Luther Vidal y Nina Gore se cambió el nombre por Gore en homenaje a su abuelo materno, con quien se crió en Virginia, tras la separación de sus padres. Vidal estudió en la Escuela de Saint Albans, en Washington. Tras una breve temporada en Francia, el escritor regresó a EE UU donde se graduó en la Academia Philips Exeter, para enrolarse inmediatamente después en el Ejército, en 1943. Durante la II Guerra Mundial, fue destinado a las Islas Aleutianas. Antes de trasladarse a California definitivamente en 2003, Vidal residió largas temporadas en Italia.
Ensaios de Gore Vidal devassam o império e sua política
O escritor norte-americano Gore Vidal morreu nesta terça-feira (madrugada de quarta no Brasil), aos 86 anos, em sua residência em Los Angeles, nos EUA.
Leia abaixo a análise do jornalista Amir Labaki publicada na Folha de 28 de junho de 2001, em ocasião do lançamento do livro “The Last Empire Essays 1992-2000″ (O Último Império Ensaios 1992-2000).
FOLHA SP
Ensaios de Gore Vidal devassam o império e sua política
Há oito anos Gore Vidal venceu o prestigiado National Book Award americano com “United States Essays 1952-1992″ (Estados Unidos Ensaios 1952-1992), um catatau de 1.300 páginas reunindo 140 textos sobre cinema, política, história, literatura e, claro, Gore Vidal. É provável que seja esse, mais que qualquer de seus romances, o volume que lhe garanta um lugar no panteão dos homens de letras dos EUA do século 20.
Comparado à primeira coletânea, o recém-publicado “The Last Empire Essays 1992-2000″ (O Último Império Ensaios 1992-2000) mais parece um posfácio expandido. Contam-se 48 ensaios, resenhas e cartas publicados desde o aparecimento de “United States” até janeiro deste ano.
Além da evidente superioridade estrutural da primeira antologia, o Gore Vidal de “The Last Empire” parece mais repetitivo e dogmático, ainda que na maioria dos textos não faltem a argúcia e a inquietude esbanjadas em “United States”. Tudo somado, Vidal continua a ser um dos maiores ensaístas em atividade. Nada mais natural, assim, que mais uma vez busque a aproximação com o mestre do gênero nos EUA, celebrando Edmund Wilson (”Rumo à Estação Finlândia”) desta vez no ensaio de abertura (”Edmund Wilson, Homem do Século 19″).
Como Wilson, o Vidal maduro tempera cada texto com toques autobiográficos. “Ele dá certamente o seu melhor”, escreve Vidal de Wilson, “quando ele volta suas luzes para uma figura literária a quem conhecia e então como que caminha em torno dela”.
Os ensaios de “The Last Empire” foram todos escritos sob o signo de Edmund Wilson (1895-1972). A tese básica de Vidal, a dos EUA como “o último grande poder global” numa era de crescente “irrelevância” do “Estado-nação” como o forjado pelo capitalismo moderno, é um desenvolvimento quase em linha reta de um dos textos mais polêmicos e menos conhecidos de Wilson, “The Cold War and the Income Tax” (A Guerra Fria e os Impostos, 1963). Nele, Wilson vinculava o aumentos dos impostos pessoais nos EUA do pós-guerra, em contraste com a declinante contribuição relativa das empresas, à voracidade do complexo industrial-militar justificado internamente pelo “Grande Satã” (Vidal) soviético.
O autor do recente “A Era Dourada” (Rocco, 512 páginas, R$ 41) reconhece a dívida explicitamente no ensaio que empresta título à nova antologia, publicado originalmente no recentemente revigorado “Vanity Fair” em novembro de 1997. “Desde 1941″, elabora Vidal, “quando Roosevelt tirou-nos da Depressão, bombear dinheiro federal em rearmamento, em tempos de guerra ou não, tem sido o principal motor de nossa sociedade”.
“Desde 1950″, desenvolve mais adiante, “a dominação de outros países tem sido exercida por meio da economia (o Plano Marshall depois da Segunda Guerra) e da presença militar, de preferência sutil (como a OTAN na Europa ocidental), e politicamente por meio de polícias secretas como a CIA, o FBI, o DIA etc.”.
Internamente, o jogo é outro. Vidal define a política americana como “um sistema de partido único (com duas alas de direita, uma chamada de democrata, outra de republicana)”, financiado pelo dinheiro das grandes corporações, que espertamente distribuem sua produção bélica pelo maior número possível de Estados a fim de garantir a simpatia dos deputados e senadores de cada região, leais assim a um crescente orçamento militar (previsto para US$ 329 bilhões em 2002, pouco menos que todo o orçamento brasileiro). Fecha-se o círculo, CQD, exulta Vidal.
O presidente democrata Harry Truman (1945-1953) surge como o grande arquiteto dessa estrutura e como vilão preferencial de “The Last Empire”. A seu lado, como continuadores, Vidal elenca, surpreendentemente, John Fitzgerald Kennedy (1961-1962), e, sem espanto, Richard Nixon (1969-1974), Ronald Reagan (1981-1989), o primeiro Bush (1989-1993) e o atual (2001).
No campo oposto, há espaço para poucos. Jimmy Carter (1977-1981) é solenemente desprezado, mas Vidal exibe uma crescente admiração por Bill Clinton (1993-2001), cujo embate contra Kenneth Starr e a inquisição Lewinsky são lidos como uma “conspiração reacionária” contra um raro presidente que ousou uma política de transferência, ainda que limitada, de recursos da indústria armamentista para o campo social.
Política é a obsessão deste experiente Gore, ocupando nada menos que três das quatro partes de “The Last Empire”, mas o volume reserva seu terço inicial para outras paixões. Vidal abre a temporada de revalorização dos romances de Sinclair Lewis (1885-1946), defende Mark Twain (1835-1910) da sanha “politicamente correta”, bate continência às artes de Thomas Mann (1875-1955), Anthony Burgess (1917-1993) e do grande poeta grego C. P. Cavafy (1863-1933) e chora a morte de Sinatra. Entre as baixas, a mais contundente é a da reputação de John Updike como romancista (”agarrado à facilidade”), a partir de uma leitura devastadora de “Na Beleza dos Lírios” (Companhia das Letras, 1997).
Por estas e por outras que, se as reedições de Lewis se avolumarem, críticas menos condescendentes a Updike surgirem, ataques ao mito JFK se sucederem, e o ex-vice e provável recandidato Al Gore, em 2004, repetir o ex-vice e depois presidente Nixon, em 1968, ao se vingar de uma derrota eleitoral infligida à contrapelo da lei, todos podem culpar Vidal.
Edmund Wilson era impulsivo e idiossincrático, mas não um polemista e jamais kamikaze. Este é Gore Vidal, certo ou errado, homem do século 20.
Leia abaixo a análise do jornalista Amir Labaki publicada na Folha de 28 de junho de 2001, em ocasião do lançamento do livro “The Last Empire Essays 1992-2000″ (O Último Império Ensaios 1992-2000).
FOLHA SP
Ensaios de Gore Vidal devassam o império e sua política
Há oito anos Gore Vidal venceu o prestigiado National Book Award americano com “United States Essays 1952-1992″ (Estados Unidos Ensaios 1952-1992), um catatau de 1.300 páginas reunindo 140 textos sobre cinema, política, história, literatura e, claro, Gore Vidal. É provável que seja esse, mais que qualquer de seus romances, o volume que lhe garanta um lugar no panteão dos homens de letras dos EUA do século 20.
Comparado à primeira coletânea, o recém-publicado “The Last Empire Essays 1992-2000″ (O Último Império Ensaios 1992-2000) mais parece um posfácio expandido. Contam-se 48 ensaios, resenhas e cartas publicados desde o aparecimento de “United States” até janeiro deste ano.
Além da evidente superioridade estrutural da primeira antologia, o Gore Vidal de “The Last Empire” parece mais repetitivo e dogmático, ainda que na maioria dos textos não faltem a argúcia e a inquietude esbanjadas em “United States”. Tudo somado, Vidal continua a ser um dos maiores ensaístas em atividade. Nada mais natural, assim, que mais uma vez busque a aproximação com o mestre do gênero nos EUA, celebrando Edmund Wilson (”Rumo à Estação Finlândia”) desta vez no ensaio de abertura (”Edmund Wilson, Homem do Século 19″).
Como Wilson, o Vidal maduro tempera cada texto com toques autobiográficos. “Ele dá certamente o seu melhor”, escreve Vidal de Wilson, “quando ele volta suas luzes para uma figura literária a quem conhecia e então como que caminha em torno dela”.
Os ensaios de “The Last Empire” foram todos escritos sob o signo de Edmund Wilson (1895-1972). A tese básica de Vidal, a dos EUA como “o último grande poder global” numa era de crescente “irrelevância” do “Estado-nação” como o forjado pelo capitalismo moderno, é um desenvolvimento quase em linha reta de um dos textos mais polêmicos e menos conhecidos de Wilson, “The Cold War and the Income Tax” (A Guerra Fria e os Impostos, 1963). Nele, Wilson vinculava o aumentos dos impostos pessoais nos EUA do pós-guerra, em contraste com a declinante contribuição relativa das empresas, à voracidade do complexo industrial-militar justificado internamente pelo “Grande Satã” (Vidal) soviético.
O autor do recente “A Era Dourada” (Rocco, 512 páginas, R$ 41) reconhece a dívida explicitamente no ensaio que empresta título à nova antologia, publicado originalmente no recentemente revigorado “Vanity Fair” em novembro de 1997. “Desde 1941″, elabora Vidal, “quando Roosevelt tirou-nos da Depressão, bombear dinheiro federal em rearmamento, em tempos de guerra ou não, tem sido o principal motor de nossa sociedade”.
“Desde 1950″, desenvolve mais adiante, “a dominação de outros países tem sido exercida por meio da economia (o Plano Marshall depois da Segunda Guerra) e da presença militar, de preferência sutil (como a OTAN na Europa ocidental), e politicamente por meio de polícias secretas como a CIA, o FBI, o DIA etc.”.
Internamente, o jogo é outro. Vidal define a política americana como “um sistema de partido único (com duas alas de direita, uma chamada de democrata, outra de republicana)”, financiado pelo dinheiro das grandes corporações, que espertamente distribuem sua produção bélica pelo maior número possível de Estados a fim de garantir a simpatia dos deputados e senadores de cada região, leais assim a um crescente orçamento militar (previsto para US$ 329 bilhões em 2002, pouco menos que todo o orçamento brasileiro). Fecha-se o círculo, CQD, exulta Vidal.
O presidente democrata Harry Truman (1945-1953) surge como o grande arquiteto dessa estrutura e como vilão preferencial de “The Last Empire”. A seu lado, como continuadores, Vidal elenca, surpreendentemente, John Fitzgerald Kennedy (1961-1962), e, sem espanto, Richard Nixon (1969-1974), Ronald Reagan (1981-1989), o primeiro Bush (1989-1993) e o atual (2001).
No campo oposto, há espaço para poucos. Jimmy Carter (1977-1981) é solenemente desprezado, mas Vidal exibe uma crescente admiração por Bill Clinton (1993-2001), cujo embate contra Kenneth Starr e a inquisição Lewinsky são lidos como uma “conspiração reacionária” contra um raro presidente que ousou uma política de transferência, ainda que limitada, de recursos da indústria armamentista para o campo social.
Política é a obsessão deste experiente Gore, ocupando nada menos que três das quatro partes de “The Last Empire”, mas o volume reserva seu terço inicial para outras paixões. Vidal abre a temporada de revalorização dos romances de Sinclair Lewis (1885-1946), defende Mark Twain (1835-1910) da sanha “politicamente correta”, bate continência às artes de Thomas Mann (1875-1955), Anthony Burgess (1917-1993) e do grande poeta grego C. P. Cavafy (1863-1933) e chora a morte de Sinatra. Entre as baixas, a mais contundente é a da reputação de John Updike como romancista (”agarrado à facilidade”), a partir de uma leitura devastadora de “Na Beleza dos Lírios” (Companhia das Letras, 1997).
Por estas e por outras que, se as reedições de Lewis se avolumarem, críticas menos condescendentes a Updike surgirem, ataques ao mito JFK se sucederem, e o ex-vice e provável recandidato Al Gore, em 2004, repetir o ex-vice e depois presidente Nixon, em 1968, ao se vingar de uma derrota eleitoral infligida à contrapelo da lei, todos podem culpar Vidal.
Edmund Wilson era impulsivo e idiossincrático, mas não um polemista e jamais kamikaze. Este é Gore Vidal, certo ou errado, homem do século 20.
. “Je n’ai pas pu sauver mon peuple, j’ai seulement sauvé son souvenir.
Pourquoi ai-je fait cela?
Un appareil photo caché pour rappeler comment vivait un peuple qui ne souhaitait pas être fixé sur la pellicule peut vous paraître étrange.
Etait-ce de la folie que de franchir sans cesse des frontières en risquant chaque jour ma vie?
Quelle que soit la question, ma réponse reste la même : il fallait le faire.
Je sentais que le monde allait être happé par l’ombre démente du nazisme et qu’il en résulterait l’anéantissement d’un peuple dont aucun porte-parole ne rappellerait le tourment.
Je savais qu’il était de mon devoir de faire en sorte que ce monde disparu ne disparaisse pas complètement”.
Roman Vishniac
No me des tregua
No me des tregua, no me perdones nunca.
Hostígame en la sangre,
que cada cosa cruel sea tú que vuelves.
¡No me dejes dormir, no me des paz!
Entonces ganaré mi reino,
naceré lentamente.
No me pierdas como una música fácil,
no seas caricia ni guante;
tálame como un sílex, desespérame
Julio Cortázar
Hostígame en la sangre,
que cada cosa cruel sea tú que vuelves.
¡No me dejes dormir, no me des paz!
Entonces ganaré mi reino,
naceré lentamente.
No me pierdas como una música fácil,
no seas caricia ni guante;
tálame como un sílex, desespérame
Julio Cortázar
A Disfunção
Se diz que há na cabeça dos poetas um parafuso de
a menos
Sendo que o mais justo seria o de ter um parafuso
trocado do que a menos.
A troca de parafusos provoca nos poetas uma certa
disfunção lírica.
Nomearei abaixo 7 sintomas dessa disfunção lírica.
1 – Aceitação da inércia para dar movimento às
palavras.
2 – Vocação para explorar os mistérios irracionais.
3 – Percepção de contiguidades anômalas entre
verbos e substantivos.
4 – Gostar de fazer casamentos incestuosos entre
palavras.
5 – Amor por seres desimportantes tanto como pelas
coisas desimportantes.
6 – Mania de dar formato de canto às asperezas de
uma pedra.
7 – Mania de comparecer aos próprios desencontros.
Essas disfunções líricas acabam por dar mais
importância aos passarinhos do que aos senadores.
Manoel de Barros
Em “Tratado Geral das Grandezas do Ínfimo”
a menos
Sendo que o mais justo seria o de ter um parafuso
trocado do que a menos.
A troca de parafusos provoca nos poetas uma certa
disfunção lírica.
Nomearei abaixo 7 sintomas dessa disfunção lírica.
1 – Aceitação da inércia para dar movimento às
palavras.
2 – Vocação para explorar os mistérios irracionais.
3 – Percepção de contiguidades anômalas entre
verbos e substantivos.
4 – Gostar de fazer casamentos incestuosos entre
palavras.
5 – Amor por seres desimportantes tanto como pelas
coisas desimportantes.
6 – Mania de dar formato de canto às asperezas de
uma pedra.
7 – Mania de comparecer aos próprios desencontros.
Essas disfunções líricas acabam por dar mais
importância aos passarinhos do que aos senadores.
Manoel de Barros
Em “Tratado Geral das Grandezas do Ínfimo”
terça-feira, 31 de julho de 2012
Arzila
eu sou a inércia criminosa e o exílio dos cães
tenho a amizade dos gatos e dos pobres
todas as minhas esposas me foram infiéis
soçobraram numa insensível loucura
das imagens e não das das almas
eles dizem que estou doido
mas o que estou é sozinho
um pouco triste
escutai-me
vou contar-vos tudo…
eu tinha-lhe dado uma cabra…
não
não estou doido
se me deres um cigarro eu continuo a história…
Tahar Ben Jelloun.
Arzila. Estação de espuma.Texto Bilingue. Tradução de Al Berto Ilustrações de Luís Miguel Gaspar. Hiena Editora. Lisboa, 1987
tenho a amizade dos gatos e dos pobres
todas as minhas esposas me foram infiéis
soçobraram numa insensível loucura
das imagens e não das das almas
eles dizem que estou doido
mas o que estou é sozinho
um pouco triste
escutai-me
vou contar-vos tudo…
eu tinha-lhe dado uma cabra…
não
não estou doido
se me deres um cigarro eu continuo a história…
Tahar Ben Jelloun.
Arzila. Estação de espuma.Texto Bilingue. Tradução de Al Berto Ilustrações de Luís Miguel Gaspar. Hiena Editora. Lisboa, 1987
Fait-on l’amour de façon gratuite?
Le fait que des femmes et des hommes ne puissent plus, librement, procurer des services sexuels ne changera rien au business juteux des trafiquants de chair humaine. Au contraire. La prohibition de l’alcool, aux Etats-Unis, avait dopé la mafia. Que cache cette volonté bien-pensante de protéger l’image d’Epinal d’une sexualité parfaitement «gratuite»?
Agnès Giard – les 400 culs
Il y a quelque chose de compliqué avec la sexualité, c’est qu’il ne s’agit jamais uniquement de plaisir… ou plutôt que le plaisir s’y entache de mille et une impuretés: le goût du pouvoir, le désir de surmonter ses limites, la peur de rester seul(e), l’arrivisme, la possessivité, etc… Il y a dans la sexualité plein de choses sales ou dérangeantes: combien de femmes avouent faire l’amour uniquement pour que leur mari n’aille pas voir ailleurs? Combien d’hommes font l’amour, sans réel désir, uniquement pour se prouver qu’ils sont «capables»? Officiellement, la sexualité sert à s’épanouir (accessoirement à avoir des enfants). Mais dès que l’on gratte un peu… on se rapproche beaucoup des primates qui font l’amour ou se masturbent réciproquement pour se «rendre service» et, ainsi, atténuer les tensions ou obtenir des faveurs. D’une certaine manière, la sexualité est toujours marchande, puisqu’il s’agit d’une monnaie d’échange. Dans notre société, cette vision de la sexualité est taboue car il s’agit de bien faire la différence entre la maman et la putain. D’un côté la compagne officielle qui fait l’amour par amour, d’un autre côté la femme qui loue son corps parce qu’elle a été battue, violée, forcée. Ou parce qu’elle est complètement perverse. Ou parce qu’elle est trop bête et trop pauvre pour se rendre compte de l’exploitation dont elle est la malheureuse victime…
Dans sa volonté d’abolir la prostitution —alors que toutes les politiques abolitionnistes ont fait la preuve flagrante de leur échec (1)—, le gouvernement français ne fait jamais que renforcer cette vision hypocrite des choses : il s’agit de purifier la sexualité de sa part d’ombre, en obligeant les hommes (et les femmes car il y a aussi des clientes) à ne faire l’amour que dans le cadre légitime d’une relation gratuite, si possible conjugale. L’idéologie dominante entend ainsi imposer sa morale: les hommes et les femmes ne doivent faire l’amour que par affection ou pour le plaisir. Et il ne faut surtout pas que cet échange ait quoi que ce soit à voir avec «une prestation de service».
Mais c’est oublier un peu vite que nous sommes tous et toutes des êtres de séduction qui jouons de nos charmes pour obtenir l’attention, la chaleur et la protection, parfois même la sécurité matérielle. Nous avons besoin d’être rassuré(e)s. Nous avons envie qu’un être mouille ou bande pour notre corps vieillissant. Nous avons besoin de la sexualité pour restaurer l’image que nous avons de nous. Touché(e)s par la baguette magique d’une érection, nous nous sentons soudain plus fort, plus pur, plus beau, ce qui explique peut-être pourquoi la plupart des fantasmes mettent en scène une relation de pouvoir… Pourquoi les contes parlent-ils d’un prince?
Les fantasmes courants reposent sur des relations de force, qui sont parfois retournées avec délices (lorsque les ouvriers de chantier se tapent la bourgeoise, par exemple ou lorsque le palefrenier subjugue brutalement son maître). Il n’est pas si étonnant que le mot pornographie, qui désigne les productions masturbatoires, soient dérivé du mot «prostituée» (porno). Nous baisons tous et toutes comme des prostitué(e)s, même si ce n’est pas forcément pour de l’argent. Au moment même ou Najat Vallaud-Belkacem s’apprête à prohiber le sexe tarifé, il serait donc intéressant de se poser la question: sous prétexte de faire disparaître l’exploitation des femmes (ce qui dans les faits, risque fort de renforcer la puissance des proxénètes), le gouvernement n’est-il pas en train de légiférer notre sexualité?
Sept questions à Morgane Merteuil, travailleuse du sexe et secrétaire générale du STRASS.
1/ Beaucoup de prostituées affirment que ce métier est un métier comme un autre. Dans quelle mesure est-ce juste ?
On peut considérer que c’est un métier comme un autre dans la mesure où c’est une activité de laquelle on tire des revenus.
Mais qu’est-ce qu’un métier comme un autre? Je ne crois pas qu’un métier soit comparable à un autre… Mettre des gens à la rue ou dans des charters, est-ce un métier comme un autre?
2/ Beaucoup de prostituées affirment parallèlement que ce métier ne rend pas heureux. Même Grisélidis Real écrit dans ses correspondances: “Je continue mes nuits de souffrance, à marcher seule dans le grand Gouffre noir de la Nuit.” Pourquoi, à votre avis, le fait de procurer du plaisir sexuel et/ou une compagnie affective est-il si déstabilisant ?
On ne peut pas faire de réponse générale là-dessus. Les raisons pour lesquelles on choisit ce métier plutôt qu’un autre peuvent être très diverses.
Mais je ne pense pas que ce soit le fait de donner du plaisir à quelqu’un qui déstabilise; dans cet extrait de Grisélidis que vous citez d’ailleurs, il apparaît bien que c’est de “marcher dans la nuit” qui est ici cause de souffrance. La stigmatisation, les conditions d’exercices dans lesquelles on se retrouve obligées de travailler, là sont les principales raisons du possible mal-être des prostituées.
3/ Le métier de prostitué(e) est-il déstabilisant uniquement lorsqu’il est exercé dans des pays qui condamnent moralement les prostitué(e)s?
Encore une fois on ne peut apporter UNE réponse à ce genre de questions… Derrière chaque prostituée il y a une vie individuelle, un parcours particulier, etc. Et puis on ne peut pas dire “les prostituées le vivent bien”, “les prostituées le vivent mal”… A chaque fois c’est une partie des prostituées qui le vit bien, une qui le vit mal… et même ce “bien” ou ce “mal” est complexe. Ce qui est certain c’est que si l’activité en elle-même est mal vécue, il faut aider les personnes à trouver une autre activité professionnelle. Mais encore une fois il faut des réponses personnalisées, on ne peut faire des généralités sur la prostitution, car elle met en jeu des mécanismes individuels souvent complexes.
Il faut avant tout écouter les besoins de la personne, quels qu’ils soient (que ce soit le besoin d’arrêter, où ses attentes pour continuer de manière à mieux le vivre, etc)
4/ Comment expliquez-vous le fait que certaines personnes choisissent de devenir prostitué(e)s et décident de le rester malgré la souffrance que ce métier semble générer ?
Là encore, ces raisons varient en fonction des personnes. Quel métier ne fait pas mal, n’est pas usant ?
Celui de prostituée n’y échappe pas plus qu’un autre… Si les personnes continuent malgré tout, c’est qu’à un moment elles estiment qu’elles préfèrent tout de même faire ça qu’autre chose. Et les raisons sont aussi nombreuses qu’il y a de prostituées… à chaque fois ça peut être un ensemble de raisons, de mécanismes…
5/ Beaucoup de gens choisissent une profession qui les obligera, de façon parfois brutale, à surmonter un problème. Par exemple: la plupart des journalistes souffrent de timidité. Pensez-vous que le métier de prostitué(e) permet de vaincre des peurs, des complexes, de se guérir de certains traumas? Lesquels?
Je ne peux parler que de mon expérience, mais aussi de mes lectures et de témoignages que j’ai pu entendre. Pour ma part ce métier m’a redonné confiance en moi, m’a appris à porter un regard différent sur les gens aussi, sûrement. A essayer de voir derrière chacun de mes clients l’être humain, souvent souffrant, qui s’y cache, et ainsi à moins mépriser les personnes, à ne plus les juger sur l’image qu’elles renvoient, mais à prendre conscience que chacun(e) est un être complexe, potentiellement aimable pour certaines raisons, en même temps détestable pour d’autres…
Virginie Despentes explique pour sa part que se prostituer a été une étape cruciale de reconstruction après son viol : à prendre conscience que si elle pouvait continuer à vendre du sexe, c’est qu’au final ça ne lui avait pas été pris.
6/ Sur le plan psychologique, quels sont les points communs entre les prostitué(e)s ? Pourriez-vous dégager des caractéristiques communes, qui permettrait de comprendre la démarche de se prostituer ?
Je ne peux pas établir de tels profils. Il n’y a pas besoin de comprendre une démarche pour la légitimer.
Si une personne fait un choix, ces raisons ne regardent qu’elle. Pourquoi toujours avoir à se justifier? On ne fait pas une “bêtise”, pourquoi devrait-on donner des excuses?
7/ Beaucoup de féministes disent qu’il est scandaleux qu’une personne se sacrifie pour les autres… “Tout le monde peut avoir une vie sexuelle, affirment les abolitionnistes, il suffit de se masturber. Les sociétés qui légitiment l’exploitation des corps, sous prétexte qu’il faut bien offrir un exutoire aux frustrations collectives, est une société inique…“. Que pourriez-vous répondre à ce genre d’argument ?
D’une: que je me sacrifie pas plus que quiconque donne de son temps en échange de fric et pour offrir des services pour lesquels il y a une demande. Je ne vois pas en quoi je me fais plus exploiter que les autres travailleur(se)s… D’autant qu’on peut aussi trouver des satisfactions personnelles dans ce métier, ce qui n’est pas le cas de nombreux métiers (la satisfaction personnelle à vider des culs de poulets, parlons-en !).
De deux: que nos clients ne viennent pas chercher que du sexe auprès de nous, mais aussi de la tendresse, de la compagnie, bref, tout ce que sa main ne peut pas offrir.
De trois: qu’il est très facile de juger les autres, surtout quand on a une bonne situation, un métier “socialement reconnu” et un partenaire similaire à soi, oui, c’est facile de mépriser l’autre!
J’y vois surtout un besoin de vouloir absolument trouver plus malheureux que soi afin de se sentir supérieur…
PLUS DE RENSEIGNEMENTS : le portrait de Morgane Merteuil sur Libération
Son débat avec Guy Geoffroy sur LCP
Une interview pour Rue89
Une pour Le Monde
Note 1/ Dans une lettre ouverte à Najat Vallaud-Belkacem, Georges Kaplan suggère : «Les politiques de prohibition – de l’alcool, de la drogue comme de la prostitution – n’ont jamais eu d’autres conséquences que de nourrir le crime organisé aux dépens du reste de la société. C’est le gouvernement des États-Unis qui a fait la fortune d’Al Capone plus que n’importe qui d’autre. Si, comme j’en suis sincèrement convaincu, votre objectif est d’aider ces jeunes femmes, c’est précisément la politique inverse qu’il vous faut mettre en œuvre : légalisez la prostitution et abrogez la loi de 1946 qui interdit les maisons closes. Vous porterez ainsi un coup fatal aux réseaux de proxénétisme clandestins et vous permettrez aux prostituées de travailler de leur plein gré dans des conditions d’hygiène acceptables.» (source : Causeur)
Agnès Giard – les 400 culs
Il y a quelque chose de compliqué avec la sexualité, c’est qu’il ne s’agit jamais uniquement de plaisir… ou plutôt que le plaisir s’y entache de mille et une impuretés: le goût du pouvoir, le désir de surmonter ses limites, la peur de rester seul(e), l’arrivisme, la possessivité, etc… Il y a dans la sexualité plein de choses sales ou dérangeantes: combien de femmes avouent faire l’amour uniquement pour que leur mari n’aille pas voir ailleurs? Combien d’hommes font l’amour, sans réel désir, uniquement pour se prouver qu’ils sont «capables»? Officiellement, la sexualité sert à s’épanouir (accessoirement à avoir des enfants). Mais dès que l’on gratte un peu… on se rapproche beaucoup des primates qui font l’amour ou se masturbent réciproquement pour se «rendre service» et, ainsi, atténuer les tensions ou obtenir des faveurs. D’une certaine manière, la sexualité est toujours marchande, puisqu’il s’agit d’une monnaie d’échange. Dans notre société, cette vision de la sexualité est taboue car il s’agit de bien faire la différence entre la maman et la putain. D’un côté la compagne officielle qui fait l’amour par amour, d’un autre côté la femme qui loue son corps parce qu’elle a été battue, violée, forcée. Ou parce qu’elle est complètement perverse. Ou parce qu’elle est trop bête et trop pauvre pour se rendre compte de l’exploitation dont elle est la malheureuse victime…
Dans sa volonté d’abolir la prostitution —alors que toutes les politiques abolitionnistes ont fait la preuve flagrante de leur échec (1)—, le gouvernement français ne fait jamais que renforcer cette vision hypocrite des choses : il s’agit de purifier la sexualité de sa part d’ombre, en obligeant les hommes (et les femmes car il y a aussi des clientes) à ne faire l’amour que dans le cadre légitime d’une relation gratuite, si possible conjugale. L’idéologie dominante entend ainsi imposer sa morale: les hommes et les femmes ne doivent faire l’amour que par affection ou pour le plaisir. Et il ne faut surtout pas que cet échange ait quoi que ce soit à voir avec «une prestation de service».
Mais c’est oublier un peu vite que nous sommes tous et toutes des êtres de séduction qui jouons de nos charmes pour obtenir l’attention, la chaleur et la protection, parfois même la sécurité matérielle. Nous avons besoin d’être rassuré(e)s. Nous avons envie qu’un être mouille ou bande pour notre corps vieillissant. Nous avons besoin de la sexualité pour restaurer l’image que nous avons de nous. Touché(e)s par la baguette magique d’une érection, nous nous sentons soudain plus fort, plus pur, plus beau, ce qui explique peut-être pourquoi la plupart des fantasmes mettent en scène une relation de pouvoir… Pourquoi les contes parlent-ils d’un prince?
Les fantasmes courants reposent sur des relations de force, qui sont parfois retournées avec délices (lorsque les ouvriers de chantier se tapent la bourgeoise, par exemple ou lorsque le palefrenier subjugue brutalement son maître). Il n’est pas si étonnant que le mot pornographie, qui désigne les productions masturbatoires, soient dérivé du mot «prostituée» (porno). Nous baisons tous et toutes comme des prostitué(e)s, même si ce n’est pas forcément pour de l’argent. Au moment même ou Najat Vallaud-Belkacem s’apprête à prohiber le sexe tarifé, il serait donc intéressant de se poser la question: sous prétexte de faire disparaître l’exploitation des femmes (ce qui dans les faits, risque fort de renforcer la puissance des proxénètes), le gouvernement n’est-il pas en train de légiférer notre sexualité?
Sept questions à Morgane Merteuil, travailleuse du sexe et secrétaire générale du STRASS.
1/ Beaucoup de prostituées affirment que ce métier est un métier comme un autre. Dans quelle mesure est-ce juste ?
On peut considérer que c’est un métier comme un autre dans la mesure où c’est une activité de laquelle on tire des revenus.
Mais qu’est-ce qu’un métier comme un autre? Je ne crois pas qu’un métier soit comparable à un autre… Mettre des gens à la rue ou dans des charters, est-ce un métier comme un autre?
2/ Beaucoup de prostituées affirment parallèlement que ce métier ne rend pas heureux. Même Grisélidis Real écrit dans ses correspondances: “Je continue mes nuits de souffrance, à marcher seule dans le grand Gouffre noir de la Nuit.” Pourquoi, à votre avis, le fait de procurer du plaisir sexuel et/ou une compagnie affective est-il si déstabilisant ?
On ne peut pas faire de réponse générale là-dessus. Les raisons pour lesquelles on choisit ce métier plutôt qu’un autre peuvent être très diverses.
Mais je ne pense pas que ce soit le fait de donner du plaisir à quelqu’un qui déstabilise; dans cet extrait de Grisélidis que vous citez d’ailleurs, il apparaît bien que c’est de “marcher dans la nuit” qui est ici cause de souffrance. La stigmatisation, les conditions d’exercices dans lesquelles on se retrouve obligées de travailler, là sont les principales raisons du possible mal-être des prostituées.
3/ Le métier de prostitué(e) est-il déstabilisant uniquement lorsqu’il est exercé dans des pays qui condamnent moralement les prostitué(e)s?
Encore une fois on ne peut apporter UNE réponse à ce genre de questions… Derrière chaque prostituée il y a une vie individuelle, un parcours particulier, etc. Et puis on ne peut pas dire “les prostituées le vivent bien”, “les prostituées le vivent mal”… A chaque fois c’est une partie des prostituées qui le vit bien, une qui le vit mal… et même ce “bien” ou ce “mal” est complexe. Ce qui est certain c’est que si l’activité en elle-même est mal vécue, il faut aider les personnes à trouver une autre activité professionnelle. Mais encore une fois il faut des réponses personnalisées, on ne peut faire des généralités sur la prostitution, car elle met en jeu des mécanismes individuels souvent complexes.
Il faut avant tout écouter les besoins de la personne, quels qu’ils soient (que ce soit le besoin d’arrêter, où ses attentes pour continuer de manière à mieux le vivre, etc)
4/ Comment expliquez-vous le fait que certaines personnes choisissent de devenir prostitué(e)s et décident de le rester malgré la souffrance que ce métier semble générer ?
Là encore, ces raisons varient en fonction des personnes. Quel métier ne fait pas mal, n’est pas usant ?
Celui de prostituée n’y échappe pas plus qu’un autre… Si les personnes continuent malgré tout, c’est qu’à un moment elles estiment qu’elles préfèrent tout de même faire ça qu’autre chose. Et les raisons sont aussi nombreuses qu’il y a de prostituées… à chaque fois ça peut être un ensemble de raisons, de mécanismes…
5/ Beaucoup de gens choisissent une profession qui les obligera, de façon parfois brutale, à surmonter un problème. Par exemple: la plupart des journalistes souffrent de timidité. Pensez-vous que le métier de prostitué(e) permet de vaincre des peurs, des complexes, de se guérir de certains traumas? Lesquels?
Je ne peux parler que de mon expérience, mais aussi de mes lectures et de témoignages que j’ai pu entendre. Pour ma part ce métier m’a redonné confiance en moi, m’a appris à porter un regard différent sur les gens aussi, sûrement. A essayer de voir derrière chacun de mes clients l’être humain, souvent souffrant, qui s’y cache, et ainsi à moins mépriser les personnes, à ne plus les juger sur l’image qu’elles renvoient, mais à prendre conscience que chacun(e) est un être complexe, potentiellement aimable pour certaines raisons, en même temps détestable pour d’autres…
Virginie Despentes explique pour sa part que se prostituer a été une étape cruciale de reconstruction après son viol : à prendre conscience que si elle pouvait continuer à vendre du sexe, c’est qu’au final ça ne lui avait pas été pris.
6/ Sur le plan psychologique, quels sont les points communs entre les prostitué(e)s ? Pourriez-vous dégager des caractéristiques communes, qui permettrait de comprendre la démarche de se prostituer ?
Je ne peux pas établir de tels profils. Il n’y a pas besoin de comprendre une démarche pour la légitimer.
Si une personne fait un choix, ces raisons ne regardent qu’elle. Pourquoi toujours avoir à se justifier? On ne fait pas une “bêtise”, pourquoi devrait-on donner des excuses?
7/ Beaucoup de féministes disent qu’il est scandaleux qu’une personne se sacrifie pour les autres… “Tout le monde peut avoir une vie sexuelle, affirment les abolitionnistes, il suffit de se masturber. Les sociétés qui légitiment l’exploitation des corps, sous prétexte qu’il faut bien offrir un exutoire aux frustrations collectives, est une société inique…“. Que pourriez-vous répondre à ce genre d’argument ?
D’une: que je me sacrifie pas plus que quiconque donne de son temps en échange de fric et pour offrir des services pour lesquels il y a une demande. Je ne vois pas en quoi je me fais plus exploiter que les autres travailleur(se)s… D’autant qu’on peut aussi trouver des satisfactions personnelles dans ce métier, ce qui n’est pas le cas de nombreux métiers (la satisfaction personnelle à vider des culs de poulets, parlons-en !).
De deux: que nos clients ne viennent pas chercher que du sexe auprès de nous, mais aussi de la tendresse, de la compagnie, bref, tout ce que sa main ne peut pas offrir.
De trois: qu’il est très facile de juger les autres, surtout quand on a une bonne situation, un métier “socialement reconnu” et un partenaire similaire à soi, oui, c’est facile de mépriser l’autre!
J’y vois surtout un besoin de vouloir absolument trouver plus malheureux que soi afin de se sentir supérieur…
PLUS DE RENSEIGNEMENTS : le portrait de Morgane Merteuil sur Libération
Son débat avec Guy Geoffroy sur LCP
Une interview pour Rue89
Une pour Le Monde
Note 1/ Dans une lettre ouverte à Najat Vallaud-Belkacem, Georges Kaplan suggère : «Les politiques de prohibition – de l’alcool, de la drogue comme de la prostitution – n’ont jamais eu d’autres conséquences que de nourrir le crime organisé aux dépens du reste de la société. C’est le gouvernement des États-Unis qui a fait la fortune d’Al Capone plus que n’importe qui d’autre. Si, comme j’en suis sincèrement convaincu, votre objectif est d’aider ces jeunes femmes, c’est précisément la politique inverse qu’il vous faut mettre en œuvre : légalisez la prostitution et abrogez la loi de 1946 qui interdit les maisons closes. Vous porterez ainsi un coup fatal aux réseaux de proxénétisme clandestins et vous permettrez aux prostituées de travailler de leur plein gré dans des conditions d’hygiène acceptables.» (source : Causeur)
Sociedade em negação
29 de julho de 2012
Lee Siegel – O Estado de S.Paulo
NOVA JERSEY – Quando teve início o tiroteio naquele cinema em Aurora, Colorado, na semana passada, o filme chegou ao fim. Depois do término do tiroteio, um novo filme começou. Poderíamos chamá-lo de filme da negação, da ilusão e dos fins felizes. Trata-se do filme nacional que vem sendo exibido desde o nascimento da república americana.
Veja a versão em inglês
Bertolt Brecht inventou a ideia do “efeito de distanciamento” como ferramenta teatral. Em vez de criar para uma peça um final repleto de soluções agradáveis, Brecht recomendava fins cheios de sofrimento, dor e injustiça. Assim, pensou ele, o público sairia tão perturbado, indignado e até enfurecido a ponto de se tornar intolerante diante da injustiça social ao seu redor. Gostaria que a mídia americana empregasse a convenção de Brecht.
O que ocorreu em Aurora foi aleatório, sem sentido, vazio de significado e desprovido de narrativa. O rapaz de 24 anos que cometeu os assassinatos, James Holmes, não se enquadra em nenhum tipo de perfil típico para os assassinos em massa. Não existe perfil típico para um assassino em massa. A única constante são as armas que os assassinos em massa usam para matar. Mas, como os infantis Estados Unidos são incapazes de reunir a coragem necessária para deter o lobby das armas, e como os românticos e eternamente inocentes EUA são fanáticos pela felicidade e os fins felizes, a classe comentarista americana volta sua atenção para os homens que empunham as armas. E, quando os comentaristas e especialistas terminam sua investigação e análise, eles acabam por tecer um conto perfeitamente estruturado, reconfortante nos seus esclarecimentos e explicações.
Assim, deixamos para trás O Cavaleiro das Trevas Ressurge e nos vemos agora no meio de A Lenda Heroica do Massacre de Aurora. Muitas das pessoas que estavam naquele cinema de fato agiram de maneira heroica. Lágrimas me vêm aos olhos quando penso no jovem – ele cresceu na cidade que fica bem ao lado daquela onde moro – que se jogou na frente da namorada para salvá-la. Ele foi morto por uma saraivada de balas, mas ela sobreviveu. Ao se concentrar nos feitos heroicos das vítimas e não nos atos horrendos do assassino, a mídia implica que, longe de ser uma atrocidade sem sentido, todo o evento foi uma afirmação do espírito humano. Isso me parece algo nojento e depravado. Uma das conclusões que poderíamos tirar de uma afirmação tão perversa seria a de que a doentia permissividade das leis atuais de controle das armas não deveria ser revista. Como vemos, as pessoas são capazes de suportar qualquer coisa. Mas os mortos não podem suportar nada, nem aqueles que ficaram marcados, seja mental ou fisicamente, para o resto da vida.
Depois da distorcida caricatura daquilo que realmente ocorreu no cinema naquela noite, fomos então apresentados a outro longa metragem: A História Daquilo Que Leva Um Assassino a Agir. Somos informados que Holmes tinha sido reprovado nos exames orais para seu doutoramento em neurociência. Ele sempre foi “esquisito”. Parece que nunca teve uma namorada. Apesar do fracasso no exame oral, ele era um cientista “brilhante”; e é claro que a esquisitice social e a preferência por assuntos cabeça equivalem ao assassinato em massa. Mais uma vez, não há motivo para mudar as leis de controle de armas. Basta tomar cuidado com pessoas tímidas de aparência intelectual, denunciando-as à polícia sempre que as encontrarmos.
Nenhuma revelação a respeito da vida de Holmes vai consolar alguém cuja vida tenha sido tocada pelo massacre. O fato é que as informações a respeito de sua vida e personalidade que estão agora vindo à tona são irrelevantes. Quem é religioso o considera mau, e quem é racionalista secular o vê como insano. Em ambos os casos, ele não passa de uma entidade genérica e pouco distinta. Maldade e insanidade são condições extremas e niveladoras. O que quer que tenha feito de Holmes um indivíduo desapareceu numa categoria genérica no segundo em que ele começou a matar.
Mas o posicionamento e a criação de narrativas por parte do público continuam, mesmo quando a solução para o problema está encarando todos diretamente. Logo após o massacre, o prefeito de Nova York, Michael Bloomberg, foi ao ar para castigar Obama, Romney e todo o establishment político por sua passividade diante do tema do controle de armamentos. “Discursos reconfortantes”, disse Bloomberg, são bem-vindos, mas não servem como substitutos de medidas que possam levar a uma mudança real. Quanta coragem, prefeito! Infelizmente, suas palavras de indignação são tão repreensíveis quanto as palavras de conforto que criticou.
Afinal, o prefeito Bloomberg é dono de uma fortuna de US$ 18 bilhões. Dezoito bilhões de dólares. Trata-se de uma soma superior ao orçamento anual de um país pequeno. O obstáculo que impede a aprovação de leis de controle das armas é a National Rifle Association, que faz contribuições anuais de milhões de dólares para os legisladores que, então, vetam todos os esforços no sentido de limitar o acesso dos americanos às armas. Bloomberg poderia usar uma parte de sua fortuna – 1 bilhão de dólares, digamos -, bater a melhor oferta da NRA e comprar, por meio do suborno legal conhecido como “contribuição de campanha”, cada um dos políticos que defendem a indústria dos armamentos no país. Em dois anos, os EUA de fato tornariam ilegal – vejam vocês! – a posse de armas semiautomáticas.
Mas é melhor ainda fazer pose e condenar eloquentemente os próprios pares a partir do cume do Olimpo. Trata-se de algo mais grandioso e de um maior heroísmo aparente. Quem sabe alguém transforme Bloomberg e sua posição ousada num frenético filme de ação. Então o tiroteio poderá recomeçar, assim como a negação e as narrativas delirantes.
A society in denial
29 de julho de 2012
Lee Siegel – O Estado SP
NEW JERSEY – When the shooting began in that movie-theater in Aurora, Colorado last week, the movie came to an end. After the shooting stopped, a new movie began. Call it the movie of denial, illusion and happy endings. It is the national movie that has been playing since the dawn of the American republic.
Bertolt Brecht invented the idea of the “alienation-effect” as a theatrical device. Instead of a play’s finale consisting of neat resolutions, Brecht recommended endings full of suffering, pain and injustice. That way, he reasoned, audiences would leave so unfulfilled, indignant and perhaps enraged, that they would become intolerant of the social injustice around them. I wish the American media would make use of Brecht’s convention.
What happened in Aurora was random, meaningless, senseless, devoid of a narrative. The 24-year-old man who committed the murders, James Holmes, does not fit into any kind of typical profile of a mass killer. There is no type of the mass killer. The only constant is the guns mass murderers use to kill. But because infantile America cannot muster the courage to stop the gun lobby, and because romantic, eternally innocent America is fanatic about happiness and happy endings, the American commenting class turns its attention to the men who hold the guns. And by the time, the commenters and experts have finished their scrutinizing and analyzing, they have woven a tidily structured tale, comforting in its illuminations and explanations.
So from “The Dark Knight Rises” we now are in the midst of “The Heroic Tale of the Aurora Massacre.” Many of the people in that theater did indeed act heroically. Tears come to my eyes when I think of the young man – he grew up in the next town over from where I live – who threw himself in front his girlfriend to save her. He was killed by a shower of bullets, but she survived. Yet by concentrating on the heroic deeds of the victims and not on the heinous actions of the killer, the media implies that, far from being a senseless atrocity, the whole event was an affirmation of the human spirit. I find that disgusting and depraved. One of the conclusions one could draw from such a perverse affirmation is that the sick permissiveness of current gun laws should not be revised. People, you see, can endure anything. But dead people cannot endure anything, and neither can people maimed, mentally and/or physically, for life.
After the twisted caricature of what really happened in the theater that night, we were then treated to another major motion picture: “The Story of What Makes A Killer Tick.” Holmes, we were informed, had failed the oral exams for his doctorate in neuro-science. He had always been “awkward.” It seems that he never had a girlfriend. Despite the failed oral exam, he was a “brilliant” scientist; and, of course, braininess and social awkwardness equal mass murder. Once again, there is no reason to change the gun laws. Just be on the lookout for shy intellectual types and report them to the police as soon as you encounter them.
No amount of insight into Holmes’ life is going to console anyone whose life was touched by the massacre. The fact is that the information about his life and personality that is emerging now is entirely boring. He is either evil, if you are a religious person,or, if you are a secular rationalist, he is insane. In either case, he is a bland and undifferentiated entity. Evil and insanity are extreme, levelling conditions. Whatever made Holmes an individual vanished into a generic category the second he started killing.
But the public posturing and storytelling continue, even when the solution to the problem is staring everyone in the face. Right after the massacre, New York Mayor Michael Bloomberg took to the airwaves to castigate Obama, Romney and the entire political establishment for their passiveness with regard to gun control. “Soothing words,” Bloomberg said, are fine, but they are no substitute for action that will lead to real change. Good for the mayor! Unfortunately, his indignant words are just as culpable as the soothing words he deplored.
For Mayor Bloomber is worth 18 billion dollars. Eighteen billion dollars. That is more than the national budget of a small country. The obstacle to gun control legislation is the National Rifle Association, which contributes millions of dollars every year to legislators who then rebuff any effort to limit Americans’ access to guns. Bloomberg could take just a fraction of his fortune – say, 1 billion dollars – top the NRA’s best offer and buy off, in the form of the legal bribe known as the “campaign contribution,” every pro-gun politician in the country. In two years, America would – lo and behold! – actually make it illegal to own a semi-automatic weapon.
Better, however, to grandstand and eloquently condemn your peers from an Olympian height. It is grander, and more heroic-seeming. And, who knows, maybe someone will turn Bloomberg and his bold position into a fast-paced action film. Then the shooting can begin again, and so can the denying and deluding storytelling.
29 de julho de 2012
Lee Siegel – O Estado de S.Paulo
NOVA JERSEY – Quando teve início o tiroteio naquele cinema em Aurora, Colorado, na semana passada, o filme chegou ao fim. Depois do término do tiroteio, um novo filme começou. Poderíamos chamá-lo de filme da negação, da ilusão e dos fins felizes. Trata-se do filme nacional que vem sendo exibido desde o nascimento da república americana.
Veja a versão em inglês
Bertolt Brecht inventou a ideia do “efeito de distanciamento” como ferramenta teatral. Em vez de criar para uma peça um final repleto de soluções agradáveis, Brecht recomendava fins cheios de sofrimento, dor e injustiça. Assim, pensou ele, o público sairia tão perturbado, indignado e até enfurecido a ponto de se tornar intolerante diante da injustiça social ao seu redor. Gostaria que a mídia americana empregasse a convenção de Brecht.
O que ocorreu em Aurora foi aleatório, sem sentido, vazio de significado e desprovido de narrativa. O rapaz de 24 anos que cometeu os assassinatos, James Holmes, não se enquadra em nenhum tipo de perfil típico para os assassinos em massa. Não existe perfil típico para um assassino em massa. A única constante são as armas que os assassinos em massa usam para matar. Mas, como os infantis Estados Unidos são incapazes de reunir a coragem necessária para deter o lobby das armas, e como os românticos e eternamente inocentes EUA são fanáticos pela felicidade e os fins felizes, a classe comentarista americana volta sua atenção para os homens que empunham as armas. E, quando os comentaristas e especialistas terminam sua investigação e análise, eles acabam por tecer um conto perfeitamente estruturado, reconfortante nos seus esclarecimentos e explicações.
Assim, deixamos para trás O Cavaleiro das Trevas Ressurge e nos vemos agora no meio de A Lenda Heroica do Massacre de Aurora. Muitas das pessoas que estavam naquele cinema de fato agiram de maneira heroica. Lágrimas me vêm aos olhos quando penso no jovem – ele cresceu na cidade que fica bem ao lado daquela onde moro – que se jogou na frente da namorada para salvá-la. Ele foi morto por uma saraivada de balas, mas ela sobreviveu. Ao se concentrar nos feitos heroicos das vítimas e não nos atos horrendos do assassino, a mídia implica que, longe de ser uma atrocidade sem sentido, todo o evento foi uma afirmação do espírito humano. Isso me parece algo nojento e depravado. Uma das conclusões que poderíamos tirar de uma afirmação tão perversa seria a de que a doentia permissividade das leis atuais de controle das armas não deveria ser revista. Como vemos, as pessoas são capazes de suportar qualquer coisa. Mas os mortos não podem suportar nada, nem aqueles que ficaram marcados, seja mental ou fisicamente, para o resto da vida.
Depois da distorcida caricatura daquilo que realmente ocorreu no cinema naquela noite, fomos então apresentados a outro longa metragem: A História Daquilo Que Leva Um Assassino a Agir. Somos informados que Holmes tinha sido reprovado nos exames orais para seu doutoramento em neurociência. Ele sempre foi “esquisito”. Parece que nunca teve uma namorada. Apesar do fracasso no exame oral, ele era um cientista “brilhante”; e é claro que a esquisitice social e a preferência por assuntos cabeça equivalem ao assassinato em massa. Mais uma vez, não há motivo para mudar as leis de controle de armas. Basta tomar cuidado com pessoas tímidas de aparência intelectual, denunciando-as à polícia sempre que as encontrarmos.
Nenhuma revelação a respeito da vida de Holmes vai consolar alguém cuja vida tenha sido tocada pelo massacre. O fato é que as informações a respeito de sua vida e personalidade que estão agora vindo à tona são irrelevantes. Quem é religioso o considera mau, e quem é racionalista secular o vê como insano. Em ambos os casos, ele não passa de uma entidade genérica e pouco distinta. Maldade e insanidade são condições extremas e niveladoras. O que quer que tenha feito de Holmes um indivíduo desapareceu numa categoria genérica no segundo em que ele começou a matar.
Mas o posicionamento e a criação de narrativas por parte do público continuam, mesmo quando a solução para o problema está encarando todos diretamente. Logo após o massacre, o prefeito de Nova York, Michael Bloomberg, foi ao ar para castigar Obama, Romney e todo o establishment político por sua passividade diante do tema do controle de armamentos. “Discursos reconfortantes”, disse Bloomberg, são bem-vindos, mas não servem como substitutos de medidas que possam levar a uma mudança real. Quanta coragem, prefeito! Infelizmente, suas palavras de indignação são tão repreensíveis quanto as palavras de conforto que criticou.
Afinal, o prefeito Bloomberg é dono de uma fortuna de US$ 18 bilhões. Dezoito bilhões de dólares. Trata-se de uma soma superior ao orçamento anual de um país pequeno. O obstáculo que impede a aprovação de leis de controle das armas é a National Rifle Association, que faz contribuições anuais de milhões de dólares para os legisladores que, então, vetam todos os esforços no sentido de limitar o acesso dos americanos às armas. Bloomberg poderia usar uma parte de sua fortuna – 1 bilhão de dólares, digamos -, bater a melhor oferta da NRA e comprar, por meio do suborno legal conhecido como “contribuição de campanha”, cada um dos políticos que defendem a indústria dos armamentos no país. Em dois anos, os EUA de fato tornariam ilegal – vejam vocês! – a posse de armas semiautomáticas.
Mas é melhor ainda fazer pose e condenar eloquentemente os próprios pares a partir do cume do Olimpo. Trata-se de algo mais grandioso e de um maior heroísmo aparente. Quem sabe alguém transforme Bloomberg e sua posição ousada num frenético filme de ação. Então o tiroteio poderá recomeçar, assim como a negação e as narrativas delirantes.
A society in denial
29 de julho de 2012
Lee Siegel – O Estado SP
NEW JERSEY – When the shooting began in that movie-theater in Aurora, Colorado last week, the movie came to an end. After the shooting stopped, a new movie began. Call it the movie of denial, illusion and happy endings. It is the national movie that has been playing since the dawn of the American republic.
Bertolt Brecht invented the idea of the “alienation-effect” as a theatrical device. Instead of a play’s finale consisting of neat resolutions, Brecht recommended endings full of suffering, pain and injustice. That way, he reasoned, audiences would leave so unfulfilled, indignant and perhaps enraged, that they would become intolerant of the social injustice around them. I wish the American media would make use of Brecht’s convention.
What happened in Aurora was random, meaningless, senseless, devoid of a narrative. The 24-year-old man who committed the murders, James Holmes, does not fit into any kind of typical profile of a mass killer. There is no type of the mass killer. The only constant is the guns mass murderers use to kill. But because infantile America cannot muster the courage to stop the gun lobby, and because romantic, eternally innocent America is fanatic about happiness and happy endings, the American commenting class turns its attention to the men who hold the guns. And by the time, the commenters and experts have finished their scrutinizing and analyzing, they have woven a tidily structured tale, comforting in its illuminations and explanations.
So from “The Dark Knight Rises” we now are in the midst of “The Heroic Tale of the Aurora Massacre.” Many of the people in that theater did indeed act heroically. Tears come to my eyes when I think of the young man – he grew up in the next town over from where I live – who threw himself in front his girlfriend to save her. He was killed by a shower of bullets, but she survived. Yet by concentrating on the heroic deeds of the victims and not on the heinous actions of the killer, the media implies that, far from being a senseless atrocity, the whole event was an affirmation of the human spirit. I find that disgusting and depraved. One of the conclusions one could draw from such a perverse affirmation is that the sick permissiveness of current gun laws should not be revised. People, you see, can endure anything. But dead people cannot endure anything, and neither can people maimed, mentally and/or physically, for life.
After the twisted caricature of what really happened in the theater that night, we were then treated to another major motion picture: “The Story of What Makes A Killer Tick.” Holmes, we were informed, had failed the oral exams for his doctorate in neuro-science. He had always been “awkward.” It seems that he never had a girlfriend. Despite the failed oral exam, he was a “brilliant” scientist; and, of course, braininess and social awkwardness equal mass murder. Once again, there is no reason to change the gun laws. Just be on the lookout for shy intellectual types and report them to the police as soon as you encounter them.
No amount of insight into Holmes’ life is going to console anyone whose life was touched by the massacre. The fact is that the information about his life and personality that is emerging now is entirely boring. He is either evil, if you are a religious person,or, if you are a secular rationalist, he is insane. In either case, he is a bland and undifferentiated entity. Evil and insanity are extreme, levelling conditions. Whatever made Holmes an individual vanished into a generic category the second he started killing.
But the public posturing and storytelling continue, even when the solution to the problem is staring everyone in the face. Right after the massacre, New York Mayor Michael Bloomberg took to the airwaves to castigate Obama, Romney and the entire political establishment for their passiveness with regard to gun control. “Soothing words,” Bloomberg said, are fine, but they are no substitute for action that will lead to real change. Good for the mayor! Unfortunately, his indignant words are just as culpable as the soothing words he deplored.
For Mayor Bloomber is worth 18 billion dollars. Eighteen billion dollars. That is more than the national budget of a small country. The obstacle to gun control legislation is the National Rifle Association, which contributes millions of dollars every year to legislators who then rebuff any effort to limit Americans’ access to guns. Bloomberg could take just a fraction of his fortune – say, 1 billion dollars – top the NRA’s best offer and buy off, in the form of the legal bribe known as the “campaign contribution,” every pro-gun politician in the country. In two years, America would – lo and behold! – actually make it illegal to own a semi-automatic weapon.
Better, however, to grandstand and eloquently condemn your peers from an Olympian height. It is grander, and more heroic-seeming. And, who knows, maybe someone will turn Bloomberg and his bold position into a fast-paced action film. Then the shooting can begin again, and so can the denying and deluding storytelling.
Adeus, cavalo
A máscara branca
NUNO RAMOS – FOLHA SP
Há quanto tempo esperava por ele, o gravador ligado? Já ouvia resmungos impacientes no entourage do ator, que não dissera nada, absolutamente nada, imobilizado em frente ao espelho enquanto colocava uma sequência interminável de cremes e acenava para ele com a cabeça. A verdade é que parecia ainda mais velho agora, por trás da máscara branca. Para cobrir sua calvície, o jovem assistente trouxe uma tiara, de onde pendia um manto aveludado que descia até a cintura. Parecia um fantoche japonês. Quando se levantou, as mãos trêmulas, mostrou-se surpreendentemente alto.
-Darei a entrevista em cena, pronunciou gravemente, dirigindo-se a todos, e sem nada acrescentar seguiu para a sala de relaxamento, onde costumava adormecer por alguns momentos antes de iniciar sua performance. Girando o polegar na própria testa, como se o velho estivesse gagá, seu assistente piscou para o jornalista.
Teve tempo então de passear pelas coxias e grutas aveludadas dos camarotes do velho teatro, até encontrar seu lugar. Reviu mentalmente as perguntas que deveria ter feito e perguntou-se se não fora obediente demais, e como seu editor reagiria.
Mal pousou os olhos sobre o programa, onde metade do rosto do ator estava impressa, as luzes diminuíram lentamente e uma campainha soou. Depois soou novamente e o teatro encheu-se dessa energia suspensa que centenas de adultos liberam ao sentarem-se silenciosamente no escuro, como crianças obedientes. Uma trompa veio das coxias; ruídos de uma cortina se abrindo, de passos e de mecanismos arrastados; algo tombou e o palco acendeu-se.
O ator estava deitado, envolto numa espécie de quimono. Flocos parecidos com neve caíam sobre ele enquanto o resto do tablado permanecia intacto, as tábuas de madeira aparente. Ficou deitado por quase um minuto, fazendo gestos sutis com a mão e a perna direitos, como se saísse de uma convulsão.
Então levantou-se de um salto. Sua estatura, que espantara o jornalista, surpreendia agora toda a plateia. Mesmo entre as enormes cortinas de veludo claro, que delimitavam sua solidão, o velho ator parecia imenso. Colocou-se, então, na posição de largada para uma corrida de cem metros rasos, levantando a cabeça para olhar à frente.
Em seguida efetivamente largou, correndo desajeitadamente, sempre seguido pelos flocos de neve, até o proscênio e encarando a plateia. O jornalista espantou-se com a violência daquela máscara, que vira de perto sem dar atenção -agora encontrava nela as penas de um pássaro desconhecido, a memória de um ídolo arqueológico, a textura e a mobilidade de um cortinado rococó.
-Fui um rouxinol, uma pedra, um peixe carnudo dentro da corrente fria.
O silêncio prolongado que seguiu àquela frase, dita de modo pausado e grave, pesou sobre todos. Estendeu os braços horizontalmente, e suas mãos, de tão largas, pareciam tocar as cortinas de veludo branco nas extremidades do palco. Dobrou os joelhos e caminhou num largo círculo, executando com incrível solenidade uma espécie de sequência ioga ou tai chi. Então, bem no centro daquele espaço que delimitara com seus passos, abandonou os braços e a cabeça, relaxando completamente, dobrando os joelhos e deixando a máscara cair. Com a mão direita levantou a tiara, soltando sua frouxa cabeleira e mostrando as clareiras laterais da calvície.
Ainda de cabeça baixa, abriu os botões na altura do ombro, derrubando o quimono e pisando sobre ele enquanto caminhava para a frente, até a pontinha do palco, envolto agora, como uma múmia, em tiras de gaze fina. Numa lenta e larga mesura, pronunciou a última palavra que diria aquela noite -obrigado. Voltando as costas para a platéia (a neve continuava a cair sobre ele), mostrando as nádegas alvas que as fitas de gaze não cobriam, caminhou para o centro do imenso palco enquanto as cortinas de veludo branco se fechavam. Não ocorreu a ninguém bater palmas, nem vaiar, nem dizer nada. Com as luzes ainda apagadas, uma plateia incrivelmente dócil arrastou-se para fora no mais perfeito silêncio.
NUNO RAMOS – FOLHA SP
Há quanto tempo esperava por ele, o gravador ligado? Já ouvia resmungos impacientes no entourage do ator, que não dissera nada, absolutamente nada, imobilizado em frente ao espelho enquanto colocava uma sequência interminável de cremes e acenava para ele com a cabeça. A verdade é que parecia ainda mais velho agora, por trás da máscara branca. Para cobrir sua calvície, o jovem assistente trouxe uma tiara, de onde pendia um manto aveludado que descia até a cintura. Parecia um fantoche japonês. Quando se levantou, as mãos trêmulas, mostrou-se surpreendentemente alto.
-Darei a entrevista em cena, pronunciou gravemente, dirigindo-se a todos, e sem nada acrescentar seguiu para a sala de relaxamento, onde costumava adormecer por alguns momentos antes de iniciar sua performance. Girando o polegar na própria testa, como se o velho estivesse gagá, seu assistente piscou para o jornalista.
Teve tempo então de passear pelas coxias e grutas aveludadas dos camarotes do velho teatro, até encontrar seu lugar. Reviu mentalmente as perguntas que deveria ter feito e perguntou-se se não fora obediente demais, e como seu editor reagiria.
Mal pousou os olhos sobre o programa, onde metade do rosto do ator estava impressa, as luzes diminuíram lentamente e uma campainha soou. Depois soou novamente e o teatro encheu-se dessa energia suspensa que centenas de adultos liberam ao sentarem-se silenciosamente no escuro, como crianças obedientes. Uma trompa veio das coxias; ruídos de uma cortina se abrindo, de passos e de mecanismos arrastados; algo tombou e o palco acendeu-se.
O ator estava deitado, envolto numa espécie de quimono. Flocos parecidos com neve caíam sobre ele enquanto o resto do tablado permanecia intacto, as tábuas de madeira aparente. Ficou deitado por quase um minuto, fazendo gestos sutis com a mão e a perna direitos, como se saísse de uma convulsão.
Então levantou-se de um salto. Sua estatura, que espantara o jornalista, surpreendia agora toda a plateia. Mesmo entre as enormes cortinas de veludo claro, que delimitavam sua solidão, o velho ator parecia imenso. Colocou-se, então, na posição de largada para uma corrida de cem metros rasos, levantando a cabeça para olhar à frente.
Em seguida efetivamente largou, correndo desajeitadamente, sempre seguido pelos flocos de neve, até o proscênio e encarando a plateia. O jornalista espantou-se com a violência daquela máscara, que vira de perto sem dar atenção -agora encontrava nela as penas de um pássaro desconhecido, a memória de um ídolo arqueológico, a textura e a mobilidade de um cortinado rococó.
-Fui um rouxinol, uma pedra, um peixe carnudo dentro da corrente fria.
O silêncio prolongado que seguiu àquela frase, dita de modo pausado e grave, pesou sobre todos. Estendeu os braços horizontalmente, e suas mãos, de tão largas, pareciam tocar as cortinas de veludo branco nas extremidades do palco. Dobrou os joelhos e caminhou num largo círculo, executando com incrível solenidade uma espécie de sequência ioga ou tai chi. Então, bem no centro daquele espaço que delimitara com seus passos, abandonou os braços e a cabeça, relaxando completamente, dobrando os joelhos e deixando a máscara cair. Com a mão direita levantou a tiara, soltando sua frouxa cabeleira e mostrando as clareiras laterais da calvície.
Ainda de cabeça baixa, abriu os botões na altura do ombro, derrubando o quimono e pisando sobre ele enquanto caminhava para a frente, até a pontinha do palco, envolto agora, como uma múmia, em tiras de gaze fina. Numa lenta e larga mesura, pronunciou a última palavra que diria aquela noite -obrigado. Voltando as costas para a platéia (a neve continuava a cair sobre ele), mostrando as nádegas alvas que as fitas de gaze não cobriam, caminhou para o centro do imenso palco enquanto as cortinas de veludo branco se fechavam. Não ocorreu a ninguém bater palmas, nem vaiar, nem dizer nada. Com as luzes ainda apagadas, uma plateia incrivelmente dócil arrastou-se para fora no mais perfeito silêncio.
Apaixonados pelo ódio
Para psicanalista, sucesso da novela se deve à exploração do que há de mais negativo no brasileiro: o gosto pela violência
29 de julho de 2012
Novelas só retratam a sociedade em que vivemos’
MÔNICA MANIR – O Estado de S.Paulo
Recém-chegada de Paris, a psicanalista Betty Milan parou para ver a novela. E flagrou exatamente a alternância de poder entre Carminha e Nina, quando a audiência de Avenida Brasil bateu todos os recordes em São Paulo, com 45 pontos de média no Ibope. Com olhar de estrangeira, ficou impressionada. Registrou ali o que entende de mais negativo na sociedade do País: a paixão pelo ódio. “É um traço de nossa cultura, provavelmente de origem mediterrânea”, diz, “mas me pergunto se era o caso de colocar em cena algo que avalize a perversão.” Em ritmo de ensaio para sua peça A Vida É um Teatro, que reestreia em agosto, a também escritora explicou essa ira toda do povo brasileiro e por que não considera novela um exemplo de arte.
O que essa novela espelha da sociedade brasileira?
A começar, o gosto pela violência, que a novela explora para emplacar. Depois o gosto pela vingança, próprio do machismo, cuja ética é tão contrária à mulher quanto ao homem, mas que pode estar tão implícito na conduta feminina quanto na masculina. Nina é tão machista quanto Carminha, as duas se espelham o tempo todo. As duas, por sinal, são mulheres originárias do lixão, onde a sobrevida implica força e, portanto, é o padrão masculino que prevalece. Como eu digo em E o que É o Amor?, o machismo é uma ética infeliz e assassina. Sua história é a que se lê em Tragédia Brasileira, de Manuel Bandeira. Misael, funcionário público, conhece Maria Elvira, tira-a da prostituição, instala e trata. Ela arranja namorado. Ele, para evitar escândalo, muda de bairro, muda 17 vezes, até um dia matá-la a tiros. Misael indubitavelmente fez de tudo para escapar ao imperativo machista, mas não teve como.
O nome ‘Avenida Brasil’ remete a uma avenida que corta 27 bairros do Rio e tem intersecções com várias rodovias. Sua temática aludiria ao País urbano?
Apesar da palavra “avenida”, acho que a novela não diz respeito ao urbano ou ao rural. Veríamos essa mesma cena no campo. Apego-me mais à palavra Brasil e ao que há de mais negativo na cultura brasileira, que é a paixão pelo ódio.
O brasileiro gosta de odiar?
É um traço da nossa cultura, provavelmente de origem mediterrânea. São três as paixões humanas: a do amor, a do ódio e a da ignorância, que é a paixão do não saber, de negar a realidade. A paixão do ódio, o machismo cultiva. Como exemplo temos as peças de Nelson Rodrigues e os romances de Graciliano Ramos. Pense no que diz Jonas em Álbum de Família: possuir e logo matar a mulher que se ama. Ou pense em Paulo Honório, em São Bernardo, que considera que matar Madalena é ação justa. Ele então não a supõe infiel?
O cotidiano dos emergentes é o grande eixo da novela, que tem atraído de A a Z. As classes já misturaram seus gostos?
Não acho que o cotidiano dos emergentes seja elemento forte de identificação. A identificação resulta do gozo sádico do espectador, gozo que a imprensa e a televisão exploram desde sempre – lamentavelmente, porque esse gozo sustenta o gosto pela vingança. Mãe Lucinda pode dizer que a vingança só leva à vingança, procurando fazer Nina mudar de ideia, mas é com esta que o espectador mais se identifica. Porque, de um modo ou de outro, todos somos injustiçados e o gozo sádico nos tenta.
Por que a vingança lhe parece tema central? Por que não a traição ou a chantagem?
Colocar em cena uma mulher vingativa não deixa de ser uma novidade. A vingança aqui no país sempre foi para os homens. Doca Street, Lindomar Castilho… As mulheres, que são ultrajadas de diferentes maneiras, consciente ou inconscientemente, se sentem recompensadas. Pouco antes da novela ouvi no Jornal Nacional que o aborto consentido continua a ser crime e cabe ao médico decidir se a mulher tem ou não o direito de abortar. Como se o médico fosse arcar com a responsabilidade de ser mãe! Chega a ser revoltante.
Os homens da trama parecem facilmente manipuláveis, como se vê nas obras literárias mencionadas em Avenida Brasil, entre elas Madame Bovary e O Primo Basílio. Como entender esse predomínio do feminino?
Acho que não se pode comparar Carminha com Madame Bovary, que é um Quixote francês. Carminha é uma manipuladora altamente realista. A Bovary, como o Quixote, é vítima do seu imaginário. Paga muito caro pelo adultério e acaba se suicidando. Por outro lado, Carminha e Nina são dois machões. A Bovary é muito feminina. O tema dela é o amor, que não é o tema das mulheres de Avenida Brasil.
O horário eleitoral começa daqui a um mês, com figuras reais que mais parecem personagens de folhetim. Nesse sentido, dá para estabelecer um paralelo entre o gênero ‘propaganda eleitoral’ e o gênero ‘novela’?
Não sei. O que eu sei é que a novela brasileira se limita a retratar a sociedade em que vivemos.
E o horário eleitoral não?
Você está tomando o horário eleitoral como se fosse ficção?
A senhora acompanha o horário eleitoral brasileiro?
Graças a Deus, não. Mas os políticos, de fato, parecem personagens de novela.
Jorge Amado, cuja Gabriela está na telinha, já disse que o samba é denominador comum da nossa cultura. E a novela?
A novela também, mas novela não é arte. Tem um caráter absolutamente documental. Não chega a se constituir uma grande metáfora da sociedade brasileira.
A senhora mencionou que o que há de mais negativo na cultura brasileira é a paixão pelo ódio. O que haveria de mais positivo?
O fato de privilegiarmos a cultura do brincar, uma cultura da sátira, senão da zombaria. Ela zomba do que é sério, cultua o riso e se realiza através do gracejo. O impossível para ela não existe porque, dispondo de várias máscaras, ela o contorna. Assim sendo, não é de briga, é pacífica, não faz guerra nem mesmo contra a guerra, brinca, e essa é sua maneira de resistir a tudo o que a contraria. Sua coragem é a do humor, a de quem dribla a tristeza e só aposta na alegria. Inadvertidamente sacrílega, essa cultura não reverencia senão irreverentemente as outras culturas que ela, brincando, dessacraliza.
O Brasil é uma grande avenida de ficções?
Não. A grande avenida de ficções é o carnaval, que não é uma ficção, é uma realidade por meio da qual o Brasil se reinventa todo ano, propiciando ao mundo inteiro a alegria de que este precisa.
29 de julho de 2012
Novelas só retratam a sociedade em que vivemos’
MÔNICA MANIR – O Estado de S.Paulo
Recém-chegada de Paris, a psicanalista Betty Milan parou para ver a novela. E flagrou exatamente a alternância de poder entre Carminha e Nina, quando a audiência de Avenida Brasil bateu todos os recordes em São Paulo, com 45 pontos de média no Ibope. Com olhar de estrangeira, ficou impressionada. Registrou ali o que entende de mais negativo na sociedade do País: a paixão pelo ódio. “É um traço de nossa cultura, provavelmente de origem mediterrânea”, diz, “mas me pergunto se era o caso de colocar em cena algo que avalize a perversão.” Em ritmo de ensaio para sua peça A Vida É um Teatro, que reestreia em agosto, a também escritora explicou essa ira toda do povo brasileiro e por que não considera novela um exemplo de arte.
O que essa novela espelha da sociedade brasileira?
A começar, o gosto pela violência, que a novela explora para emplacar. Depois o gosto pela vingança, próprio do machismo, cuja ética é tão contrária à mulher quanto ao homem, mas que pode estar tão implícito na conduta feminina quanto na masculina. Nina é tão machista quanto Carminha, as duas se espelham o tempo todo. As duas, por sinal, são mulheres originárias do lixão, onde a sobrevida implica força e, portanto, é o padrão masculino que prevalece. Como eu digo em E o que É o Amor?, o machismo é uma ética infeliz e assassina. Sua história é a que se lê em Tragédia Brasileira, de Manuel Bandeira. Misael, funcionário público, conhece Maria Elvira, tira-a da prostituição, instala e trata. Ela arranja namorado. Ele, para evitar escândalo, muda de bairro, muda 17 vezes, até um dia matá-la a tiros. Misael indubitavelmente fez de tudo para escapar ao imperativo machista, mas não teve como.
O nome ‘Avenida Brasil’ remete a uma avenida que corta 27 bairros do Rio e tem intersecções com várias rodovias. Sua temática aludiria ao País urbano?
Apesar da palavra “avenida”, acho que a novela não diz respeito ao urbano ou ao rural. Veríamos essa mesma cena no campo. Apego-me mais à palavra Brasil e ao que há de mais negativo na cultura brasileira, que é a paixão pelo ódio.
O brasileiro gosta de odiar?
É um traço da nossa cultura, provavelmente de origem mediterrânea. São três as paixões humanas: a do amor, a do ódio e a da ignorância, que é a paixão do não saber, de negar a realidade. A paixão do ódio, o machismo cultiva. Como exemplo temos as peças de Nelson Rodrigues e os romances de Graciliano Ramos. Pense no que diz Jonas em Álbum de Família: possuir e logo matar a mulher que se ama. Ou pense em Paulo Honório, em São Bernardo, que considera que matar Madalena é ação justa. Ele então não a supõe infiel?
O cotidiano dos emergentes é o grande eixo da novela, que tem atraído de A a Z. As classes já misturaram seus gostos?
Não acho que o cotidiano dos emergentes seja elemento forte de identificação. A identificação resulta do gozo sádico do espectador, gozo que a imprensa e a televisão exploram desde sempre – lamentavelmente, porque esse gozo sustenta o gosto pela vingança. Mãe Lucinda pode dizer que a vingança só leva à vingança, procurando fazer Nina mudar de ideia, mas é com esta que o espectador mais se identifica. Porque, de um modo ou de outro, todos somos injustiçados e o gozo sádico nos tenta.
Por que a vingança lhe parece tema central? Por que não a traição ou a chantagem?
Colocar em cena uma mulher vingativa não deixa de ser uma novidade. A vingança aqui no país sempre foi para os homens. Doca Street, Lindomar Castilho… As mulheres, que são ultrajadas de diferentes maneiras, consciente ou inconscientemente, se sentem recompensadas. Pouco antes da novela ouvi no Jornal Nacional que o aborto consentido continua a ser crime e cabe ao médico decidir se a mulher tem ou não o direito de abortar. Como se o médico fosse arcar com a responsabilidade de ser mãe! Chega a ser revoltante.
Os homens da trama parecem facilmente manipuláveis, como se vê nas obras literárias mencionadas em Avenida Brasil, entre elas Madame Bovary e O Primo Basílio. Como entender esse predomínio do feminino?
Acho que não se pode comparar Carminha com Madame Bovary, que é um Quixote francês. Carminha é uma manipuladora altamente realista. A Bovary, como o Quixote, é vítima do seu imaginário. Paga muito caro pelo adultério e acaba se suicidando. Por outro lado, Carminha e Nina são dois machões. A Bovary é muito feminina. O tema dela é o amor, que não é o tema das mulheres de Avenida Brasil.
O horário eleitoral começa daqui a um mês, com figuras reais que mais parecem personagens de folhetim. Nesse sentido, dá para estabelecer um paralelo entre o gênero ‘propaganda eleitoral’ e o gênero ‘novela’?
Não sei. O que eu sei é que a novela brasileira se limita a retratar a sociedade em que vivemos.
E o horário eleitoral não?
Você está tomando o horário eleitoral como se fosse ficção?
A senhora acompanha o horário eleitoral brasileiro?
Graças a Deus, não. Mas os políticos, de fato, parecem personagens de novela.
Jorge Amado, cuja Gabriela está na telinha, já disse que o samba é denominador comum da nossa cultura. E a novela?
A novela também, mas novela não é arte. Tem um caráter absolutamente documental. Não chega a se constituir uma grande metáfora da sociedade brasileira.
A senhora mencionou que o que há de mais negativo na cultura brasileira é a paixão pelo ódio. O que haveria de mais positivo?
O fato de privilegiarmos a cultura do brincar, uma cultura da sátira, senão da zombaria. Ela zomba do que é sério, cultua o riso e se realiza através do gracejo. O impossível para ela não existe porque, dispondo de várias máscaras, ela o contorna. Assim sendo, não é de briga, é pacífica, não faz guerra nem mesmo contra a guerra, brinca, e essa é sua maneira de resistir a tudo o que a contraria. Sua coragem é a do humor, a de quem dribla a tristeza e só aposta na alegria. Inadvertidamente sacrílega, essa cultura não reverencia senão irreverentemente as outras culturas que ela, brincando, dessacraliza.
O Brasil é uma grande avenida de ficções?
Não. A grande avenida de ficções é o carnaval, que não é uma ficção, é uma realidade por meio da qual o Brasil se reinventa todo ano, propiciando ao mundo inteiro a alegria de que este precisa.
O Fausto segundo Candido
Arquivo Aberto
MEMÓRIAS QUE VIRAM HISTÓRIAS
São Paulo, março de 2010
Arquivo pessoal
Boris, Ricardo e Candido, na casa do crítico, em tarde sobre Fausto
JERUSA PIRES FERREIRA – FOLHA SP
Cheguei da Bahia, em 1977, para o doutorado na USP. Apesar de trabalhar com a novela de cavalaria ibérica e sua permanência no sertão brasileiro, já trazia o Fausto em minhas cogitações. Enxergava o personagem da lenda alemã, base de tantas obras de ficção, nos folhetos populares de pactos, de presença demoníaca tão bem assentada.
Nesse tempo, veio do Canadá, para dar um curso na Unicamp, o medievalista Paul Zumthor, que se tornaria grande amigo e mestre. Foi então que vim a conhecer pessoalmente Antonio Candido, que sempre me acolheu com generosidade, gentileza e carinho.
Com Olympio, meu então companheiro, passei a frequentar sua casa, aquele sobradinho do Itaim Bibi, recebendo de Gilda grande atenção. Lembro que uma vez, levando-me em sua Brasília bege ao bairro popular onde eu vivia, Candido foi decodificando, a partir de meus compulsivos relatos mitopoéticos, trechos da coleção de fábulas indianas Panchatantra. Preparava então a tese de doutoramento, orientada por Ruy Coelho.
Um dia, naqueles fins de tarde, boca da noite, contei-lhe das incursões por Fausto. Entusiasmou-se e me disse da importância para ele do texto de Goethe. Comentou que desde a infância o personagem fazia parte de sua vida.
“Como assim?”, perguntei.
Começou então a recordar o ambiente de sua infância e adolescência, recitou trechos do drama, cantou outros. Conduziu-me ao tema com um encantamento que só a memória das coisas intensamente vividas pode trazer. Lembranças dos irmãos, da casa, dos pais. Também me ofereceu livros.
Aquele encontro ficou bem marcado para mim. A vida nos levou por outros caminhos, mas o tema fáustico ficou sempre à espreita.
Trinta e dois anos depois, em março de 2010, volto à sua casa para ouvi-lo sobre Fausto, agora acompanhada por Boris Schnaiderman e meu neto Ricardo. Retomamos o que tínhamos deixado suspenso por tantos anos. No seu apartamento dos Jardins, permite que eu registre suas lembranças no gravador.
Vai evocando os acontecimentos por uma via que diz inesperada, recordando as vivências em Poços de Caldas, a terra de seu pai, médico, enquanto sua mãe, vinda do Rio, parecia sentir-se muito exilada. Tinham uma boa biblioteca. O pai costumava ler, e ela contava coisas das óperas que tinha visto no Rio antes de casar.
O jovem Candido ficava fascinado com a história do Fausto, tão difundida pela Opera de Gounod e por outros textos em circulação. Junto com os irmãos, Roberto e Miguel, passou a brincar de Fausto, fechando as janelas, usando um castiçal de prata e servindo-se de um cobertor para fazer evocações: “Salamandra!”, “Dr. Fausto!”.
Nesse encontro mais recente, ele recita, canta, discute… Não se importaria de ser filmado, mas estava munida só de gravador. E é pela dicção, pelo som de sua voz, que passo a transmitir este arquivo vivo de lembranças, de crítica em constante exercício, de autocrítica, como é o seu jeito.
As horas de convívio resultaram numa extensa gravação, transcrita em muitas páginas, documento sonoro contendo preciosas informações e ainda em revisão, a ser incluído em livro que preparo sobre os Faustos ibero e latino-americanos, tema para uma vida inteira.
Fiz pós-doutorado na Alemanha, buscando conexões para entender sobretudo a rede de textos populares: ali, na Inglaterra e em latitudes diversas. E é então que as recriações em muitas línguas ganham força, num conjunto que batizamos tecido fáustico.
Temos agora na escuta trechos do Fausto de Antonio Feliciano de Castilho (1800-75), um Fausto de ouvido, guardado de cor ao longo da vida por Candido: “Custei a aceitar o texto de Goethe, porque o que queria era o de Castilho”. Louva a capacidade inventiva do polêmico poeta cego, que não sabia alemão, mas transmitiu como poucos, em acentos populares, as histórias do doutor pactário, de Mefisto, conduzidos em espantosa adaptação.
Revela-se aí um convívio com o texto, que ele explica com graça sem igual. Inclusive a famosa balada da pulga ou as travessuras dos rapazes na taberna de Auerbach:
“Era uma vez um ratinho/ que tinha feito seu ninho/ numa despensa real./ A despensa era tamanha/ que em mar de manteiga e banha/ nadava o nosso animal./ Rói, rói, rói, não tem parança./ Engorda, cresce-lhe a pança/ de modo descomunal/ Nem o pai de nosso clero,/O grande Dr. Lutero,/ se gabou de pança tal”.
Talento e graça acompanham mais esse texto fáustico, na leitura, na memória e na dicção de Candido. O Fausto passa por ele.
Ao acompanhar em minhas pesquisas os Faustos que continuam brotando aqui e ali, ao ver o Fausto do filme de Alexandr Sokurov, de certo modo autoral, em que têm força as discussões sobre ciência, poder e amor, ou assistindo à peça “Fogo-Fátuo”, de Samir Yazbeck, penso na importância de um depoimento como esse. Gravado e transcrito, de longa memória, profundo e intenso como o tema que o conduz.
MEMÓRIAS QUE VIRAM HISTÓRIAS
São Paulo, março de 2010
Arquivo pessoal
Boris, Ricardo e Candido, na casa do crítico, em tarde sobre Fausto
JERUSA PIRES FERREIRA – FOLHA SP
Cheguei da Bahia, em 1977, para o doutorado na USP. Apesar de trabalhar com a novela de cavalaria ibérica e sua permanência no sertão brasileiro, já trazia o Fausto em minhas cogitações. Enxergava o personagem da lenda alemã, base de tantas obras de ficção, nos folhetos populares de pactos, de presença demoníaca tão bem assentada.
Nesse tempo, veio do Canadá, para dar um curso na Unicamp, o medievalista Paul Zumthor, que se tornaria grande amigo e mestre. Foi então que vim a conhecer pessoalmente Antonio Candido, que sempre me acolheu com generosidade, gentileza e carinho.
Com Olympio, meu então companheiro, passei a frequentar sua casa, aquele sobradinho do Itaim Bibi, recebendo de Gilda grande atenção. Lembro que uma vez, levando-me em sua Brasília bege ao bairro popular onde eu vivia, Candido foi decodificando, a partir de meus compulsivos relatos mitopoéticos, trechos da coleção de fábulas indianas Panchatantra. Preparava então a tese de doutoramento, orientada por Ruy Coelho.
Um dia, naqueles fins de tarde, boca da noite, contei-lhe das incursões por Fausto. Entusiasmou-se e me disse da importância para ele do texto de Goethe. Comentou que desde a infância o personagem fazia parte de sua vida.
“Como assim?”, perguntei.
Começou então a recordar o ambiente de sua infância e adolescência, recitou trechos do drama, cantou outros. Conduziu-me ao tema com um encantamento que só a memória das coisas intensamente vividas pode trazer. Lembranças dos irmãos, da casa, dos pais. Também me ofereceu livros.
Aquele encontro ficou bem marcado para mim. A vida nos levou por outros caminhos, mas o tema fáustico ficou sempre à espreita.
Trinta e dois anos depois, em março de 2010, volto à sua casa para ouvi-lo sobre Fausto, agora acompanhada por Boris Schnaiderman e meu neto Ricardo. Retomamos o que tínhamos deixado suspenso por tantos anos. No seu apartamento dos Jardins, permite que eu registre suas lembranças no gravador.
Vai evocando os acontecimentos por uma via que diz inesperada, recordando as vivências em Poços de Caldas, a terra de seu pai, médico, enquanto sua mãe, vinda do Rio, parecia sentir-se muito exilada. Tinham uma boa biblioteca. O pai costumava ler, e ela contava coisas das óperas que tinha visto no Rio antes de casar.
O jovem Candido ficava fascinado com a história do Fausto, tão difundida pela Opera de Gounod e por outros textos em circulação. Junto com os irmãos, Roberto e Miguel, passou a brincar de Fausto, fechando as janelas, usando um castiçal de prata e servindo-se de um cobertor para fazer evocações: “Salamandra!”, “Dr. Fausto!”.
Nesse encontro mais recente, ele recita, canta, discute… Não se importaria de ser filmado, mas estava munida só de gravador. E é pela dicção, pelo som de sua voz, que passo a transmitir este arquivo vivo de lembranças, de crítica em constante exercício, de autocrítica, como é o seu jeito.
As horas de convívio resultaram numa extensa gravação, transcrita em muitas páginas, documento sonoro contendo preciosas informações e ainda em revisão, a ser incluído em livro que preparo sobre os Faustos ibero e latino-americanos, tema para uma vida inteira.
Fiz pós-doutorado na Alemanha, buscando conexões para entender sobretudo a rede de textos populares: ali, na Inglaterra e em latitudes diversas. E é então que as recriações em muitas línguas ganham força, num conjunto que batizamos tecido fáustico.
Temos agora na escuta trechos do Fausto de Antonio Feliciano de Castilho (1800-75), um Fausto de ouvido, guardado de cor ao longo da vida por Candido: “Custei a aceitar o texto de Goethe, porque o que queria era o de Castilho”. Louva a capacidade inventiva do polêmico poeta cego, que não sabia alemão, mas transmitiu como poucos, em acentos populares, as histórias do doutor pactário, de Mefisto, conduzidos em espantosa adaptação.
Revela-se aí um convívio com o texto, que ele explica com graça sem igual. Inclusive a famosa balada da pulga ou as travessuras dos rapazes na taberna de Auerbach:
“Era uma vez um ratinho/ que tinha feito seu ninho/ numa despensa real./ A despensa era tamanha/ que em mar de manteiga e banha/ nadava o nosso animal./ Rói, rói, rói, não tem parança./ Engorda, cresce-lhe a pança/ de modo descomunal/ Nem o pai de nosso clero,/O grande Dr. Lutero,/ se gabou de pança tal”.
Talento e graça acompanham mais esse texto fáustico, na leitura, na memória e na dicção de Candido. O Fausto passa por ele.
Ao acompanhar em minhas pesquisas os Faustos que continuam brotando aqui e ali, ao ver o Fausto do filme de Alexandr Sokurov, de certo modo autoral, em que têm força as discussões sobre ciência, poder e amor, ou assistindo à peça “Fogo-Fátuo”, de Samir Yazbeck, penso na importância de um depoimento como esse. Gravado e transcrito, de longa memória, profundo e intenso como o tema que o conduz.
sábado, 28 de julho de 2012
A esquerda é internacionalista, A pátria além da língua , do torrão é a raça humana .ou mais precisamente o proletariado .A identidade com a classe trabalhadora se fundamenta nas condições objetivas.
é fundamental a crítica para fazer avançar as condições materiais da classe trabalhadora e dos excluídos.Teoria sem discurso e sem prática são palavras ao vento , mera demagogia.Nós classe assalariada estamos construindo o país.Somos produtores da riqueza nacional.
Critico sim esse país que é meu país pois ajudo a construir esse país e sinto na pele, como classe produtora os as políticas do Estado para com as frações da classe trabalhadora sejam nas categorias dos professores, dos médicos dentre outras.Enquanto o capital continua sendo subsidiado e as divisas arrancadas deste país são enviadas as suas matrizes, seus altos executivos ganhando aumentos ao mesmo tempo que desempregam milhares de pais e mães de família.
Amo esse país ,seus "donos " não me cobrem meus olhos de areia.
Continuarei sim ,criticando meu país por que ele é de quem produz riquezas e não daqueles que parasitam vivendo do capital estéril do sistema financeiro.
É fundamental que se diga que esse governo tem lutado contra os assaltos praticados pelos banqueiros privados ao país e ao seu povo.
Nós trabalhadores , temos sim o direito de criticar o país que é nosso.
Wilson Roberto Nogueira
é fundamental a crítica para fazer avançar as condições materiais da classe trabalhadora e dos excluídos.Teoria sem discurso e sem prática são palavras ao vento , mera demagogia.Nós classe assalariada estamos construindo o país.Somos produtores da riqueza nacional.
Critico sim esse país que é meu país pois ajudo a construir esse país e sinto na pele, como classe produtora os as políticas do Estado para com as frações da classe trabalhadora sejam nas categorias dos professores, dos médicos dentre outras.Enquanto o capital continua sendo subsidiado e as divisas arrancadas deste país são enviadas as suas matrizes, seus altos executivos ganhando aumentos ao mesmo tempo que desempregam milhares de pais e mães de família.
Amo esse país ,seus "donos " não me cobrem meus olhos de areia.
Continuarei sim ,criticando meu país por que ele é de quem produz riquezas e não daqueles que parasitam vivendo do capital estéril do sistema financeiro.
É fundamental que se diga que esse governo tem lutado contra os assaltos praticados pelos banqueiros privados ao país e ao seu povo.
Nós trabalhadores , temos sim o direito de criticar o país que é nosso.
Wilson Roberto Nogueira
sábado, 21 de julho de 2012
''Odeio os indiferentes. Como Friederich Hebbel acredito que “viver significa tomar partido”. Não podem existir os apenas homens, estranhos à cidade. Quem verdadeiramente vive não pode deixar de ser cidadão, e partidário. Indiferença é abulia, parasitismo, covardia, não é vida. Por isso odeio os indiferentes.''
Antonio Gramsci
Antonio Gramsci
quarta-feira, 18 de julho de 2012
Fica
Tocaste a órbita do coração celeste,
agora fica aqui.
Pudeste ver a lua nova
agora fica.
Sofreste em excesso por tua ignorância,
carregaste teus trapos
para um lado e para outro,
agora fica aqui.
Teu tempo acabou.
Escutaste tudo o que se pode dizer
sobre a beleza desse amante,
fica aqui agora.
Juraste em teu coração
que havia leite nesses seios,
agora que provaste desse leite,
fica.
Jalaluddin Rumi
agora fica aqui.
Pudeste ver a lua nova
agora fica.
Sofreste em excesso por tua ignorância,
carregaste teus trapos
para um lado e para outro,
agora fica aqui.
Teu tempo acabou.
Escutaste tudo o que se pode dizer
sobre a beleza desse amante,
fica aqui agora.
Juraste em teu coração
que havia leite nesses seios,
agora que provaste desse leite,
fica.
Jalaluddin Rumi
Vem,
Te direi em segredo
Aonde leva esta dança.
Vê como as partículas do ar
E os grãos de areia do deserto
Giram desnorteados.
Cada átomo
Feliz ou miserável,
Gira apaixonado
Em torno do sol.
Ninguém fala para si mesmo em voz alta.
Já que todos somos um,
falemos desse outro modo.
Os pés e as mãos conhecem o desejo da alma
Fechemos pois a boca e conversemos através da alma
Só a alma conhece o destino de tudo, passo a passo.
Vem, se te interessas, posso mostrar-te.
Desde que chegaste ao mundo do ser,
uma escada foi posta diante de ti, para que escapasses.
Primeiro, foste mineral;
depois, te tornaste planta,
e mais tarde, animal.
Como pode isto ser segredo para ti?
Finalmente, foste feito homem,
com conhecimento, razão e fé.
Contempla teu corpo - um punhado de pó -
vê quão perfeito se tornou!
Quando tiveres cumprido tua jornada,
decerto hás de regressar como anjo;
depois disso, terás terminado de vez com a terra,
e tua estação há de ser o céu.
Não durmas,
senta com teus pares
A escuridão oculta a água da vida.
Não te apresses, vasculha o escuro.
Os viajantes noturnos estão plenos de luz;
não te afastes pois da companhia de teus pares.
Faltam-te pés para viajar?
Viaja dentro de ti mesmo,
e reflete, como a mina de rubis,
os raios de sol para fora de ti.
A viagem conduzirá a teu ser,
transmutará teu pó em ouro puro.
Sofreste em excesso
por tua ignorância,
carregaste teus trapos
para um lado e para outro,
agora fica aqui.
Na verdade, somos uma só alma, tu e eu.
Nos mostramos e nos escondemos tu em mim, eu em ti.
Eis aqui o sentido profundo de minha relação contigo,
Porque não existe, entre tu e eu, nem eu, nem tu.
Oh, dia, levanta! Os átomos dançam,
As almas, loucas de êxtase dançam.
A abóbada celeste, por causa deste Ser, dança,
Ao ouvido te direi aonde a leva sua dança.
Ontem à noite, confidencialmente, eu disse a um velho sábio:
- Não me esconda nada dos segredos do mundo!
Muito docemente, ele me disse ao ouvido:
- Chut! Podemos compreender, mas não exprimir!
Quero fugir a cem léguas da razão,
Quero da presença do bem e do mal me liberar.
Detrás do véu existe tanta beleza: lá está meu ser.
Quero me enamorar de mim mesmo, ó vós que não sabeis!
Eu soube enfim que o amor está ligado a mim.
E eu agarro esta cabeleira de mil tranças.
Embora ontem à noite eu estivesse bêbado da taça,
Hoje, eu sou tal, que a taça se embebeda de mim.
Ele chegou... Chegou aquele que nunca partiu;
Esta água nunca faltou a este riacho
Ele é a substância do almíscar e nós o seu perfume,
Alguma vez se viu o almíscar separado de seu cheiro?
Se busco meu coração, o encontro em teu quintal,
Se busco minha alma, não a vejo a não ser nos cachos de teu cabelo.
Se bebo água, quando estou sedento
Vejo na água o reflexo do teu rosto.
Sou medido, ao medir teu amor.
Sou levado, ao levar teu amor.
Não posso comer de dia nem dormir de noite.
Para ser teu amigo
Tornei-me meu próprio inimigo.
Teu amor me tirou de mim.
De ti, preciso de ti
Noite e dia, eu queimo por ti.
De ti, preciso de ti.
Não posso dormir quando estou contigo
por causa de teu amor.
Não posso dormir quando estou sem ti
por causa de meu pranto e gemidos.
Passo as duas noites acordado
mas, que diferença entre uma e outra!
Não temos nada além do amor.
Não temos antes, princípio nem fim.
A alma grita e geme dentro de nós:
- Louco, é assim o amor.
Colhe-me, colhe-me, colhe-me!
À noite, pedi a um velho sábio
que me contasse todos os segredos do universo.
Ele murmurou lentamente em meu ouvido:
- Isto não se pode dizer, isto se aprende.
A fé da religião do Amor é diferente.
A embriaguez do vinho do Amor é diferente.
Tudo que aprendes na escola é diferente.
Tudo que aprendes do Amor é diferente.
- Vem ao jardim na primavera, disseste.
- Aqui estão todas as belezas, o vinho e a luz.
Que posso fazer com tudo isso sem ti?
E, se estás aqui, para que preciso disso?
Jalaluddin Rumi
Te direi em segredo
Aonde leva esta dança.
Vê como as partículas do ar
E os grãos de areia do deserto
Giram desnorteados.
Cada átomo
Feliz ou miserável,
Gira apaixonado
Em torno do sol.
Ninguém fala para si mesmo em voz alta.
Já que todos somos um,
falemos desse outro modo.
Os pés e as mãos conhecem o desejo da alma
Fechemos pois a boca e conversemos através da alma
Só a alma conhece o destino de tudo, passo a passo.
Vem, se te interessas, posso mostrar-te.
Desde que chegaste ao mundo do ser,
uma escada foi posta diante de ti, para que escapasses.
Primeiro, foste mineral;
depois, te tornaste planta,
e mais tarde, animal.
Como pode isto ser segredo para ti?
Finalmente, foste feito homem,
com conhecimento, razão e fé.
Contempla teu corpo - um punhado de pó -
vê quão perfeito se tornou!
Quando tiveres cumprido tua jornada,
decerto hás de regressar como anjo;
depois disso, terás terminado de vez com a terra,
e tua estação há de ser o céu.
Não durmas,
senta com teus pares
A escuridão oculta a água da vida.
Não te apresses, vasculha o escuro.
Os viajantes noturnos estão plenos de luz;
não te afastes pois da companhia de teus pares.
Faltam-te pés para viajar?
Viaja dentro de ti mesmo,
e reflete, como a mina de rubis,
os raios de sol para fora de ti.
A viagem conduzirá a teu ser,
transmutará teu pó em ouro puro.
Sofreste em excesso
por tua ignorância,
carregaste teus trapos
para um lado e para outro,
agora fica aqui.
Na verdade, somos uma só alma, tu e eu.
Nos mostramos e nos escondemos tu em mim, eu em ti.
Eis aqui o sentido profundo de minha relação contigo,
Porque não existe, entre tu e eu, nem eu, nem tu.
Oh, dia, levanta! Os átomos dançam,
As almas, loucas de êxtase dançam.
A abóbada celeste, por causa deste Ser, dança,
Ao ouvido te direi aonde a leva sua dança.
Ontem à noite, confidencialmente, eu disse a um velho sábio:
- Não me esconda nada dos segredos do mundo!
Muito docemente, ele me disse ao ouvido:
- Chut! Podemos compreender, mas não exprimir!
Quero fugir a cem léguas da razão,
Quero da presença do bem e do mal me liberar.
Detrás do véu existe tanta beleza: lá está meu ser.
Quero me enamorar de mim mesmo, ó vós que não sabeis!
Eu soube enfim que o amor está ligado a mim.
E eu agarro esta cabeleira de mil tranças.
Embora ontem à noite eu estivesse bêbado da taça,
Hoje, eu sou tal, que a taça se embebeda de mim.
Ele chegou... Chegou aquele que nunca partiu;
Esta água nunca faltou a este riacho
Ele é a substância do almíscar e nós o seu perfume,
Alguma vez se viu o almíscar separado de seu cheiro?
Se busco meu coração, o encontro em teu quintal,
Se busco minha alma, não a vejo a não ser nos cachos de teu cabelo.
Se bebo água, quando estou sedento
Vejo na água o reflexo do teu rosto.
Sou medido, ao medir teu amor.
Sou levado, ao levar teu amor.
Não posso comer de dia nem dormir de noite.
Para ser teu amigo
Tornei-me meu próprio inimigo.
Teu amor me tirou de mim.
De ti, preciso de ti
Noite e dia, eu queimo por ti.
De ti, preciso de ti.
Não posso dormir quando estou contigo
por causa de teu amor.
Não posso dormir quando estou sem ti
por causa de meu pranto e gemidos.
Passo as duas noites acordado
mas, que diferença entre uma e outra!
Não temos nada além do amor.
Não temos antes, princípio nem fim.
A alma grita e geme dentro de nós:
- Louco, é assim o amor.
Colhe-me, colhe-me, colhe-me!
À noite, pedi a um velho sábio
que me contasse todos os segredos do universo.
Ele murmurou lentamente em meu ouvido:
- Isto não se pode dizer, isto se aprende.
A fé da religião do Amor é diferente.
A embriaguez do vinho do Amor é diferente.
Tudo que aprendes na escola é diferente.
Tudo que aprendes do Amor é diferente.
- Vem ao jardim na primavera, disseste.
- Aqui estão todas as belezas, o vinho e a luz.
Que posso fazer com tudo isso sem ti?
E, se estás aqui, para que preciso disso?
Jalaluddin Rumi
Meu coração está aberto a todas as formas:
É uma pastagem para as gazelas,
E um claustro para os monges cristãos,
Um templo para os ídolos,
A Caaba do peregrino,
As Tábuas da Torá,
E o livro do Corão.
Professo a religião do amor,
E qualquer direção que avancem Seus camelos;
A religião do Amor
Será minha religião e minha fé.
Ib'n Arabi
Século XII.Sufi
É uma pastagem para as gazelas,
E um claustro para os monges cristãos,
Um templo para os ídolos,
A Caaba do peregrino,
As Tábuas da Torá,
E o livro do Corão.
Professo a religião do amor,
E qualquer direção que avancem Seus camelos;
A religião do Amor
Será minha religião e minha fé.
Ib'n Arabi
Século XII.Sufi
"Tudo o que é extravagante no homem e o que há nele de errante, de extraviado, sem dúvida poderia caber nessas duas sílabas: jardim. Jamais lhe tinha vindo uma proposição mais estranha, uma idéia mais desorientadora, desde que ele se enfeita
de diamantes ou sopra nos metais, do que quando ele inventou os jardins."
Augusto Meneghin
de diamantes ou sopra nos metais, do que quando ele inventou os jardins."
Augusto Meneghin
segunda-feira, 16 de julho de 2012
Quando me amei de verdade, compreendi que em qualquer circunstância, eu estava no lugar certo, na hora certa, no momento exato.
E então, pude relaxar.
Hoje sei que isso tem nome... AUTO-ESTIMA.
Quando me amei de verdade, pude perceber que minha angústia, meu sofrimento emocional, não passa de um sinal de que estou indo contra minhas verdades.
Hoje sei que isso é...AUTENTICIDADE.
Quando me amei de verdade, parei de desejar que a minha vida fosse diferente e comecei a ver que tudo o que acontece contribui para o meu crescimento.
Hoje chamo isso de... AMADURECIMENTO.
Quando me amei de verdade, comecei a perceber como é ofensivo tentar forçar alguma situação ou alguém apenas para realizar aquilo que desejo, mesmo sabendo que não é o momento ou a pessoa não está preparada, inclusive eu mesmo.
Hoje sei que o nome disso é... RESPEITO.
Quando me amei de verdade comecei a me livrar de tudo que não fosse saudável... Pessoas, tarefas, tudo e qualquer coisa que me pusesse para baixo. De início minha razão chamou essa atitude de egoísmo.
Hoje sei que se chama... AMOR PRÓPRIO.
Quando me amei de verdade, deixei de temer o meu tempo livre e desisti de fazer grandes planos, abandonei os projetos megalômanos de futuro.
Hoje faço o que acho certo, o que gosto, quando quero e no meu próprio ritmo.
Hoje sei que isso é... SIMPLICIDADE.
Quando me amei de verdade, desisti de querer sempre ter razão e, com isso, errei muitas menos vezes.
Hoje descobri a... HUMILDADE.
Quando me amei de verdade, desisti de ficar revivendo o passado e de preocupar com o futuro. Agora, me mantenho no presente, que é onde a vida acontece.
Hoje vivo um dia de cada vez. Isso é... PLENITUDE.
Quando me amei de verdade, percebi que minha mente pode me atormentar e me decepcionar. Mas quando a coloco a serviço do meu coração, ela se torna uma grande e valiosa aliada.
Tudo isso é... SABER VIVER!!!
*Charles Chaplin
E então, pude relaxar.
Hoje sei que isso tem nome... AUTO-ESTIMA.
Quando me amei de verdade, pude perceber que minha angústia, meu sofrimento emocional, não passa de um sinal de que estou indo contra minhas verdades.
Hoje sei que isso é...AUTENTICIDADE.
Quando me amei de verdade, parei de desejar que a minha vida fosse diferente e comecei a ver que tudo o que acontece contribui para o meu crescimento.
Hoje chamo isso de... AMADURECIMENTO.
Quando me amei de verdade, comecei a perceber como é ofensivo tentar forçar alguma situação ou alguém apenas para realizar aquilo que desejo, mesmo sabendo que não é o momento ou a pessoa não está preparada, inclusive eu mesmo.
Hoje sei que o nome disso é... RESPEITO.
Quando me amei de verdade comecei a me livrar de tudo que não fosse saudável... Pessoas, tarefas, tudo e qualquer coisa que me pusesse para baixo. De início minha razão chamou essa atitude de egoísmo.
Hoje sei que se chama... AMOR PRÓPRIO.
Quando me amei de verdade, deixei de temer o meu tempo livre e desisti de fazer grandes planos, abandonei os projetos megalômanos de futuro.
Hoje faço o que acho certo, o que gosto, quando quero e no meu próprio ritmo.
Hoje sei que isso é... SIMPLICIDADE.
Quando me amei de verdade, desisti de querer sempre ter razão e, com isso, errei muitas menos vezes.
Hoje descobri a... HUMILDADE.
Quando me amei de verdade, desisti de ficar revivendo o passado e de preocupar com o futuro. Agora, me mantenho no presente, que é onde a vida acontece.
Hoje vivo um dia de cada vez. Isso é... PLENITUDE.
Quando me amei de verdade, percebi que minha mente pode me atormentar e me decepcionar. Mas quando a coloco a serviço do meu coração, ela se torna uma grande e valiosa aliada.
Tudo isso é... SABER VIVER!!!
*Charles Chaplin
Em pleno século XXI vivemos um recorte de vários momentos históricos: uma sociedade colonial com tintas de feudalismo aonde as pessoas se recusam a exercitar sua individualidade como seres humanos e são todos bandidos: explico: que vivem em bandos: há os bandidos fora da lei e os dentro da lei(que dá quase no mesmo). Para que o desperdício de existir tanta riqueza de seres diversos se querem ser melhores do que os outros e imitar-se como se não pudessem ter prazer em ser o que são!
Julio Almada
Julio Almada
domingo, 15 de julho de 2012
''(...) procuramos o que é firme com a mesma insistência de um animal terrestre caído na água. Por isso, superestimamos tanto a importância do Saber, do Direito e da Razão, quanto a necessidade de coerção e violência. Talvez não se deva dizer exatamente superestimar, seja como for, porém, as manifestações de nossa vida repousam, em sua maioria, na insegurança do espírito.Nela imperam a fé, suposição, hipótese, presságio, desejo, dúvida, inclinação, exigência, preconceito, persuasão, exemplificação, pontos de vista pessoais e outros estados da semi-certeza. E como, nessa escala, a opinião se encontra mais ou menos no meio entre fundamento e arbítrio, uso seu nome para designar o todo. Se o que exprimimos com palavras, mesmo que grandiosas, em geral é mera opinião, o que exprimimos sem palavras o é sempre''
Robert Musil
(''O Homem sem qualidades)
Robert Musil
(''O Homem sem qualidades)
Un fuego de artificio
Mario Vargas Llosa – La República
En los años setenta, cuando yo vivía en Barcelona, Luis Goytisolo estaba empeñado en la heroica empresa de escribir Antagonía, la tetralogía novelesca a la que dedicó veinte años de su vida. Nos veíamos con frecuencia y hablábamos de muchas cosas pero, que yo recuerde, nunca me contó nada del libro en el que trabajaba en esos mismos años con tanto afán. Muchas veces me he preguntado por qué esa discreción y sólo ahora, que acabo de leer las 1112 páginas de la novela, en la reedición de Anagrama, entiendo por qué.
La razón es que no hay manera de resumir en pocas frases de qué trata este libro sin traicionarlo. Se ha dicho que relata el largo proceso en que su protagonista, Raúl Ferrer Gaminde, descubre su vocación de escritor y escribe su primera novela (el cuarto volumen de la tetralogía), en un período de tiempo que comienza en las postrimerías de la Guerra Civil y termina con el final de la dictadura franquista. Esta síntesis, aunque no es falsa, tampoco es cierta, porque la novela es muchas otras cosas que no caben para nada en esa escueta fórmula.
En verdad, Antagonía no cuenta una historia acabada, con principio y con fin, sino fragmentos dispersos y arbitrarios de muchas historias que no se integran anecdóticamente, pero a las que da coherencia y unidad la voz que narra, una voz compleja y plural, de larguísimas frases laberínticas y sometida a constantes mudas en las que, con frecuencia y sin ninguna prevención al lector, se traslada del narrador omnisciente e impersonal a un personaje, y luego a otro, y a otro, y súbitamente regresa al narrador, exigiendo al lector una vigilancia tenaz para no extraviarse en ese territorio lleno de imprevistos y sorpresas por el que discurre la novela. A estas mudanzas entre el narrador omnisciente y narradores personajes se superponen otras, que mueven el relato del mundo exterior –descripciones de paisajes y escenarios urbanos, diálogos y análisis sobre las conductas, reflexiones sobre política, literatura, sexo, textos clásicos, etcétera– a un mundo subjetivo y secreto, el de las intuiciones, las emociones y los pensamientos y a veces, incluso, el de los sueños, mitos y meras fantasías de los protagonistas.
Libro ambicioso y complejo, difícil de leer por la protoplasmática conformación de la materia narrativa, es también un experimento que intenta renovar el contenido y la forma de la novela tradicional, siguiendo el ejemplo de aquellos paradigmas que revolucionaron el género de la novela o al menos lo intentaron –sobre todo Proust y Joyce, pero, también, James, Broch y Pavese–, sin renunciar a un cierto compromiso moral y cívico con una realidad histórica que, aunque muy diluida, está siempre presente, a veces en el proscenio y a veces como telón de fondo de la novela.
Para mí, las mejores páginas, las más logradas y conmovedoras del libro, son aquellas que describen la atmósfera claustral, castrada, asfixiante y enajenada de la dictadura, vivida desde la perspectiva de la clase media catalana, en la que crecen y van formándose Raúl Ferrer, sus amantes y sus amigos, sus actividades clandestinas en el Partido Comunista, su infecunda militancia, sus mítines universitarios, su paso por la cárcel, sus desencantos políticos, su lenta inmersión en el cinismo, el alcohol y el nihilismo, ese fracaso generacional que va volviéndolos a casi todos ellos mediocridades y caricaturas de lo que parecía que serían, de lo que hubieran querido ser. La manera como está representado este mundo en Antagonía es despiadada, y el desprecio del narrador incendia el lenguaje hasta impregnarlo por momentos de una ferocidad irresistible.
En cambio, en las largas y a menudo delicadas descripciones del paisaje catalán, tanto rural como urbano, se filtra, se diría que a pesar del anti sentimentalismo cínico del que hace gala el narrador, un sentimiento tierno, profundo, contagioso, que desagravia al lector del pesimismo tenaz que con frecuencia comunican otras páginas. Este contraste se hace particularmente visible en las escenas que transcurren en Cadaqués y otros lugares de la Costa Brava, en las que el lenguaje es tan preciso y precioso cuando se demora en describir los matices de la luz a la hora del crepúsculo, o las sombras de los árboles y arbustos en el bosque, o los movimientos del agua cuando sube y baja la marea, o el canto de los pájaros escondidos en lo alto del ramaje. Creo que no se ha dicho todavía de Antagonía la importancia que tiene en ella la política –no hay en España, me parece, una novela que haya descrito mejor el desguace cultural y moral que inflige a una sociedad una dictadura– y la bellísima recreación literaria de la tierra catalana, de su mundo natural, sus pueblos y aldeas, y de Barcelona con sus barrios, clases sociales, tradiciones, grandezas y miserias, que es también este libro, además de muchas otras cosas.
Por ejemplo, una serie de ensayos incrustados en el relato en los que, a veces el narrador, a veces un personaje, reflexiona sobre un abanico múltiple de temas, entre los que figuran, entre otros, Dante, la mitología griega, Moisés, Platón, el sexo, Sócrates, Goethe, el compromiso político, el matrimonio, el dogmatismo religioso e ideológico, el arte, la arquitectura, el urbanismo, y, principalmente, la técnica de la novela. A veces, estas páginas, donde la historia se inmoviliza o se eclipsa, tienen un interés intelectual, y a veces no y entonces resultan excesivas y sobrantes.
Pero no hay duda que el esfuerzo mayor de Luis Goytisolo al emprender la titánica tarea de escribir esta novela estuvo orientado a la creación de un lenguaje nuevo, de una manera de escribir que rompiera los moldes tradicionales del relato novelesco e inaugurara unos nuevos. Él mismo ha tenido la coquetería risueña de describir en la página 999 de Antagonía “la huella de Luis Goytisolo” en la novela: “esas largas series de períodos, por ejemplo, esas comparaciones que comienzan con un homérico así como, para acabar empalmando con un así, de modo semejante, no sin antes intercalar nuevas metáforas encabalgadas…” Los críticos del libro hablan de la influencia proustiana en el estilo de la tetralogía, pero, a mi juicio, la semejanza con Proust tiene que ver sólo con la largura de la frase, su naturaleza serpentina, porque, a diferencia de lo que ocurre con el estilo en el autor de En busca del tiempo perdido, en el que las extendidas frases están siempre al servicio de la narración, en Luis Goytisolo ésta última parece a veces nada más que un pretexto para la arborescencia lingüística, esa frondosa retórica que se proyecta con voracidad, apartándose de la delgada línea argumental, sobre todas las manifestaciones de la vida, infiltrándose en ésta como un parásito que crece y crece hasta sustituirla, hasta crear una vida propia que ya no refleja modelo alguno exterior a ella, sino a ella misma, una vida que es (nada más y nada menos) que puro lenguaje.
Tal vez la mejor descripción de la tetralogía aparezca en una de las reflexiones del narrador cuando éste (en la página 1040) imagina una obra literaria cuya estructura “semeja uno de esos castillos de fuegos artificiales en los que cada fase genera nuevas fases, cada vez más altas, cada vez más amplias. Pues bien: imaginemos una obra así, en la que, de cada una de sus partes surjan otra que a su vez generen otras y otras, en un despliegue más y más vasto”. Eso es, exactamente, Antagonía: un surtidor que se multiplica a sí mismo en tantos surtidores hasta dar la impresión de que en semejante arquitectura ha quedado atrapada la vida entera, en lo que tiene de infinito.
Cuando una obra es tan desmedidamente ambiciosa, se convierte en una tentativa imposible, es decir en una de esas novelas como el Finnegan’s Wake de Joyce, El hombre sin atributos, de Robert Musil, Paradiso, de Lezama Lima o la mucho menos conocida Umbral, del chileno Juan Emar, que estaban fatalmente condenadas a no alcanzar la meta que se habían fijado, porque, simplemente, aquella era una meta inalcanzable. Sin embargo sería injusto hablar de fracasos literarios, porque estos libros, que tendrán siempre pocos lectores, siempre tendrán lectores, y sobrevivirán a todos los avatares, desde esos márgenes que admiraba tanto Rimbaud (el de “les horribles travailleurs”) desde los cuales irán siempre recordando a las nuevas generaciones de lectores y escritores que el secreto corazón que mantiene viva a la literatura es siempre ir más allá, establecer nuevas fronteras para la creación, renovar y revolucionar lo que ya existe, a imagen y semejanza de esa vida que la inspira y que es, también, a su manera, una tentativa imposible.
Madrid, julio de 2012
En los años setenta, cuando yo vivía en Barcelona, Luis Goytisolo estaba empeñado en la heroica empresa de escribir Antagonía, la tetralogía novelesca a la que dedicó veinte años de su vida. Nos veíamos con frecuencia y hablábamos de muchas cosas pero, que yo recuerde, nunca me contó nada del libro en el que trabajaba en esos mismos años con tanto afán. Muchas veces me he preguntado por qué esa discreción y sólo ahora, que acabo de leer las 1112 páginas de la novela, en la reedición de Anagrama, entiendo por qué.
La razón es que no hay manera de resumir en pocas frases de qué trata este libro sin traicionarlo. Se ha dicho que relata el largo proceso en que su protagonista, Raúl Ferrer Gaminde, descubre su vocación de escritor y escribe su primera novela (el cuarto volumen de la tetralogía), en un período de tiempo que comienza en las postrimerías de la Guerra Civil y termina con el final de la dictadura franquista. Esta síntesis, aunque no es falsa, tampoco es cierta, porque la novela es muchas otras cosas que no caben para nada en esa escueta fórmula.
En verdad, Antagonía no cuenta una historia acabada, con principio y con fin, sino fragmentos dispersos y arbitrarios de muchas historias que no se integran anecdóticamente, pero a las que da coherencia y unidad la voz que narra, una voz compleja y plural, de larguísimas frases laberínticas y sometida a constantes mudas en las que, con frecuencia y sin ninguna prevención al lector, se traslada del narrador omnisciente e impersonal a un personaje, y luego a otro, y a otro, y súbitamente regresa al narrador, exigiendo al lector una vigilancia tenaz para no extraviarse en ese territorio lleno de imprevistos y sorpresas por el que discurre la novela. A estas mudanzas entre el narrador omnisciente y narradores personajes se superponen otras, que mueven el relato del mundo exterior –descripciones de paisajes y escenarios urbanos, diálogos y análisis sobre las conductas, reflexiones sobre política, literatura, sexo, textos clásicos, etcétera– a un mundo subjetivo y secreto, el de las intuiciones, las emociones y los pensamientos y a veces, incluso, el de los sueños, mitos y meras fantasías de los protagonistas.
Libro ambicioso y complejo, difícil de leer por la protoplasmática conformación de la materia narrativa, es también un experimento que intenta renovar el contenido y la forma de la novela tradicional, siguiendo el ejemplo de aquellos paradigmas que revolucionaron el género de la novela o al menos lo intentaron –sobre todo Proust y Joyce, pero, también, James, Broch y Pavese–, sin renunciar a un cierto compromiso moral y cívico con una realidad histórica que, aunque muy diluida, está siempre presente, a veces en el proscenio y a veces como telón de fondo de la novela.
Para mí, las mejores páginas, las más logradas y conmovedoras del libro, son aquellas que describen la atmósfera claustral, castrada, asfixiante y enajenada de la dictadura, vivida desde la perspectiva de la clase media catalana, en la que crecen y van formándose Raúl Ferrer, sus amantes y sus amigos, sus actividades clandestinas en el Partido Comunista, su infecunda militancia, sus mítines universitarios, su paso por la cárcel, sus desencantos políticos, su lenta inmersión en el cinismo, el alcohol y el nihilismo, ese fracaso generacional que va volviéndolos a casi todos ellos mediocridades y caricaturas de lo que parecía que serían, de lo que hubieran querido ser. La manera como está representado este mundo en Antagonía es despiadada, y el desprecio del narrador incendia el lenguaje hasta impregnarlo por momentos de una ferocidad irresistible.
En cambio, en las largas y a menudo delicadas descripciones del paisaje catalán, tanto rural como urbano, se filtra, se diría que a pesar del anti sentimentalismo cínico del que hace gala el narrador, un sentimiento tierno, profundo, contagioso, que desagravia al lector del pesimismo tenaz que con frecuencia comunican otras páginas. Este contraste se hace particularmente visible en las escenas que transcurren en Cadaqués y otros lugares de la Costa Brava, en las que el lenguaje es tan preciso y precioso cuando se demora en describir los matices de la luz a la hora del crepúsculo, o las sombras de los árboles y arbustos en el bosque, o los movimientos del agua cuando sube y baja la marea, o el canto de los pájaros escondidos en lo alto del ramaje. Creo que no se ha dicho todavía de Antagonía la importancia que tiene en ella la política –no hay en España, me parece, una novela que haya descrito mejor el desguace cultural y moral que inflige a una sociedad una dictadura– y la bellísima recreación literaria de la tierra catalana, de su mundo natural, sus pueblos y aldeas, y de Barcelona con sus barrios, clases sociales, tradiciones, grandezas y miserias, que es también este libro, además de muchas otras cosas.
Por ejemplo, una serie de ensayos incrustados en el relato en los que, a veces el narrador, a veces un personaje, reflexiona sobre un abanico múltiple de temas, entre los que figuran, entre otros, Dante, la mitología griega, Moisés, Platón, el sexo, Sócrates, Goethe, el compromiso político, el matrimonio, el dogmatismo religioso e ideológico, el arte, la arquitectura, el urbanismo, y, principalmente, la técnica de la novela. A veces, estas páginas, donde la historia se inmoviliza o se eclipsa, tienen un interés intelectual, y a veces no y entonces resultan excesivas y sobrantes.
Pero no hay duda que el esfuerzo mayor de Luis Goytisolo al emprender la titánica tarea de escribir esta novela estuvo orientado a la creación de un lenguaje nuevo, de una manera de escribir que rompiera los moldes tradicionales del relato novelesco e inaugurara unos nuevos. Él mismo ha tenido la coquetería risueña de describir en la página 999 de Antagonía “la huella de Luis Goytisolo” en la novela: “esas largas series de períodos, por ejemplo, esas comparaciones que comienzan con un homérico así como, para acabar empalmando con un así, de modo semejante, no sin antes intercalar nuevas metáforas encabalgadas…” Los críticos del libro hablan de la influencia proustiana en el estilo de la tetralogía, pero, a mi juicio, la semejanza con Proust tiene que ver sólo con la largura de la frase, su naturaleza serpentina, porque, a diferencia de lo que ocurre con el estilo en el autor de En busca del tiempo perdido, en el que las extendidas frases están siempre al servicio de la narración, en Luis Goytisolo ésta última parece a veces nada más que un pretexto para la arborescencia lingüística, esa frondosa retórica que se proyecta con voracidad, apartándose de la delgada línea argumental, sobre todas las manifestaciones de la vida, infiltrándose en ésta como un parásito que crece y crece hasta sustituirla, hasta crear una vida propia que ya no refleja modelo alguno exterior a ella, sino a ella misma, una vida que es (nada más y nada menos) que puro lenguaje.
Tal vez la mejor descripción de la tetralogía aparezca en una de las reflexiones del narrador cuando éste (en la página 1040) imagina una obra literaria cuya estructura “semeja uno de esos castillos de fuegos artificiales en los que cada fase genera nuevas fases, cada vez más altas, cada vez más amplias. Pues bien: imaginemos una obra así, en la que, de cada una de sus partes surjan otra que a su vez generen otras y otras, en un despliegue más y más vasto”. Eso es, exactamente, Antagonía: un surtidor que se multiplica a sí mismo en tantos surtidores hasta dar la impresión de que en semejante arquitectura ha quedado atrapada la vida entera, en lo que tiene de infinito.
Cuando una obra es tan desmedidamente ambiciosa, se convierte en una tentativa imposible, es decir en una de esas novelas como el Finnegan’s Wake de Joyce, El hombre sin atributos, de Robert Musil, Paradiso, de Lezama Lima o la mucho menos conocida Umbral, del chileno Juan Emar, que estaban fatalmente condenadas a no alcanzar la meta que se habían fijado, porque, simplemente, aquella era una meta inalcanzable. Sin embargo sería injusto hablar de fracasos literarios, porque estos libros, que tendrán siempre pocos lectores, siempre tendrán lectores, y sobrevivirán a todos los avatares, desde esos márgenes que admiraba tanto Rimbaud (el de “les horribles travailleurs”) desde los cuales irán siempre recordando a las nuevas generaciones de lectores y escritores que el secreto corazón que mantiene viva a la literatura es siempre ir más allá, establecer nuevas fronteras para la creación, renovar y revolucionar lo que ya existe, a imagen y semejanza de esa vida que la inspira y que es, también, a su manera, una tentativa imposible.
Madrid, julio de 2012
La Ciudad y los Perros, o filme
Luiz Zanin – O Estado SP
O romance de formação de Mario Vargas Llosa, La Ciudad y los Perros, que completa 50 anos, ganhou uma bela adaptação para cinema, em 1985, dirigida pelo cineasta peruano Francisco Lombardi.
Francisco “Paco” Lombardi é o principal diretor de cinema do Peru, e já verteu para a tela grande outra obra de seu conterrâneo Vargas Llosa, o satírico Pantaleão e as Visitadoras (1999), que chegou a concorrer no Festival de Gramado, aqui no Brasil.
Em La Ciudad y los Perros (conservamos o nome original porque o filme não teve lançamento comercial no País), Lombardi consegue captar o clima opressivo descrito no romance.
Temos lá, em 144 minutos de ação tensa e realista, a descrição fiel do ambiente da Academia Militar de Lima, na qual os cadetes são tratados sob rígida disciplina pelos superiores, em especial por um tenente durão, Gamboa (Gustavo Bueno, artista frequente em filmes de Lombardi, como Boca do Lobo, sobre o Sendero Luminoso).
Mas o que fica também clara é a hierarquia que se estabelece entre os próprios alunos, com a dominância do mais forte (o “Jaguar”) sobre os mais fracos. Um deles é apelidado de “o escravo” pelos outros e vive espezinhado porque não consegue se defender e só sobrevive pela submissão total. Ele será o pivô de uma tragédia que envolve todos os outros e arrasta a Academia a uma crise. O próprio Llosa se retrata através de um alter ego, “o Poeta” (Pablo Serra), cadete com veleidades literárias, que escreve histórias eróticas a troco de cigarro e bebidas. Mas, além disso, o Poeta será também uma espécie de consciência crítica, antecipando o papel do intelectual que Llosa se reserva diante da sociedade peruana. Será ele não o causador da crise, mas o catalisador de uma situação difícil de ser controlada pela hierarquia. Por essa ação, verá seu poder, mas também as limitações próprias de todo intelectual. O livro e o filme são premonitórios, de certa forma.
Por meio de uma mise-en-scène vigorosa, Lombardi retrata essa rigidez de superfície que esconde uma dupla moral vigente na Academia. Por trás do ambiente de extrema legalidade, instaura-se um tráfico de produtos proibidos comandada pelos alunos e que só pode sobreviver pela conivência de alguns militares de patentes superiores. É uma rede hipocrisias que só pode ser desvendada por que algo fora do controle, como a morte de um aluno, acabou acontecendo sob as barbas dos superiores. Mesmo assim, quem ocupa os postos mais altos da hierarquia tentará acobertar o crime e os possíveis criminosos sob o pretexto de que uma investigação seria prejudicial para a Academia. O desfecho é brilhante. E desalentador para quem acredita na pureza das instituições. Militares ou não porque salta à vista que a crítica de Llosa é mais geral e se estende à sociedade opressiva em seu todo.
De certa forma, a mesma crítica à rigidez e à dupla moral será feita, em outro registro, em Pantaleão e as Visitadoras, o outro romance de Llosa adaptado por Lombardi. Em La Ciudad y los Perros era a violência sob o verniz da ordem; em Pantaleão, é a questão da sexualidade. A história é hilária. Num posto avançado nas selvas peruanas, os soldados sofrem com a falta de sexo. Há notícias de estupros praticados contra mulheres das localidades remotas. Para resolver o problema é instituído um serviço de prostitutas para aplacar a libido da soldadesca. Pantaleão é o oficial destacado para organizar – com minúcia militar – esse serviço de importância estratégica.
Pelo riso, Llosa chega a resultado semelhante ao que consegue pelo drama em La Ciudad y los Perros.
O romance de formação de Mario Vargas Llosa, La Ciudad y los Perros, que completa 50 anos, ganhou uma bela adaptação para cinema, em 1985, dirigida pelo cineasta peruano Francisco Lombardi.
Francisco “Paco” Lombardi é o principal diretor de cinema do Peru, e já verteu para a tela grande outra obra de seu conterrâneo Vargas Llosa, o satírico Pantaleão e as Visitadoras (1999), que chegou a concorrer no Festival de Gramado, aqui no Brasil.
Em La Ciudad y los Perros (conservamos o nome original porque o filme não teve lançamento comercial no País), Lombardi consegue captar o clima opressivo descrito no romance.
Temos lá, em 144 minutos de ação tensa e realista, a descrição fiel do ambiente da Academia Militar de Lima, na qual os cadetes são tratados sob rígida disciplina pelos superiores, em especial por um tenente durão, Gamboa (Gustavo Bueno, artista frequente em filmes de Lombardi, como Boca do Lobo, sobre o Sendero Luminoso).
Mas o que fica também clara é a hierarquia que se estabelece entre os próprios alunos, com a dominância do mais forte (o “Jaguar”) sobre os mais fracos. Um deles é apelidado de “o escravo” pelos outros e vive espezinhado porque não consegue se defender e só sobrevive pela submissão total. Ele será o pivô de uma tragédia que envolve todos os outros e arrasta a Academia a uma crise. O próprio Llosa se retrata através de um alter ego, “o Poeta” (Pablo Serra), cadete com veleidades literárias, que escreve histórias eróticas a troco de cigarro e bebidas. Mas, além disso, o Poeta será também uma espécie de consciência crítica, antecipando o papel do intelectual que Llosa se reserva diante da sociedade peruana. Será ele não o causador da crise, mas o catalisador de uma situação difícil de ser controlada pela hierarquia. Por essa ação, verá seu poder, mas também as limitações próprias de todo intelectual. O livro e o filme são premonitórios, de certa forma.
Por meio de uma mise-en-scène vigorosa, Lombardi retrata essa rigidez de superfície que esconde uma dupla moral vigente na Academia. Por trás do ambiente de extrema legalidade, instaura-se um tráfico de produtos proibidos comandada pelos alunos e que só pode sobreviver pela conivência de alguns militares de patentes superiores. É uma rede hipocrisias que só pode ser desvendada por que algo fora do controle, como a morte de um aluno, acabou acontecendo sob as barbas dos superiores. Mesmo assim, quem ocupa os postos mais altos da hierarquia tentará acobertar o crime e os possíveis criminosos sob o pretexto de que uma investigação seria prejudicial para a Academia. O desfecho é brilhante. E desalentador para quem acredita na pureza das instituições. Militares ou não porque salta à vista que a crítica de Llosa é mais geral e se estende à sociedade opressiva em seu todo.
De certa forma, a mesma crítica à rigidez e à dupla moral será feita, em outro registro, em Pantaleão e as Visitadoras, o outro romance de Llosa adaptado por Lombardi. Em La Ciudad y los Perros era a violência sob o verniz da ordem; em Pantaleão, é a questão da sexualidade. A história é hilária. Num posto avançado nas selvas peruanas, os soldados sofrem com a falta de sexo. Há notícias de estupros praticados contra mulheres das localidades remotas. Para resolver o problema é instituído um serviço de prostitutas para aplacar a libido da soldadesca. Pantaleão é o oficial destacado para organizar – com minúcia militar – esse serviço de importância estratégica.
Pelo riso, Llosa chega a resultado semelhante ao que consegue pelo drama em La Ciudad y los Perros.
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