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domingo, 2 de setembro de 2018


 “Para dores de amor, nada melhor do que leite de magnésia (…). Na maior parte das vezes, os chamados males de amor, etcétera, são distúrbios digestivos, feijões duros que não digerem, peixe estragado, entupimento. Um bom purgante fulmina a loucura do amor.”

Mario Vargas Llosa, “Tia Júlia e o escrevinhador”.

terça-feira, 14 de janeiro de 2014

"A cultura se banalizou, se trivializou muito. Em grande parte, devido a uma intenção muito generosa, que era a de democratizar a cultura, a de tornar a cultura acessível a todo mundo, para o que foram baixando os níveis culturais até praticamente desaparecerem. Por outro lado, existe uma frivolização da cultura. A cultura se tornou uma espécie de entretenimento, de diversão. Em grande parte devido à intervenção dos meios de comunicação de massa foram desaparecendo os valores, as hierarquias de importância dos fatos culturais, das criações artísticas. Houve, por outro lado, um movimento intelectual para desvalorizar o antigo sistema de classificação de obras importantes e obras menos importantes e de obras sem importância, ao ponto de que hoje vivemos uma grande confusão em relação a isso. Em alguns campos, isso é mais evidente do que em outros. Talvez o campo em que se chegou a uma confusão maior foi o das artes plásticas."


- Mario Vargas Llosa

domingo, 15 de julho de 2012

Un fuego de artificio

Mario Vargas Llosa – La República

En los años setenta, cuando yo vivía en Barcelona, Luis Goytisolo estaba empeñado en la heroica empresa de escribir Antagonía, la tetralogía novelesca a la que dedicó veinte años de su vida. Nos veíamos con frecuencia y hablábamos de muchas cosas pero, que yo recuerde, nunca me contó nada del libro en el que trabajaba en esos mismos años con tanto afán. Muchas veces me he preguntado por qué esa discreción y sólo ahora, que acabo de leer las 1112 páginas de la novela, en la reedición de Anagrama, entiendo por qué.

La razón es que no hay manera de resumir en pocas frases de qué trata este libro sin traicionarlo. Se ha dicho que relata el largo proceso en que su protagonista, Raúl Ferrer Gaminde, descubre su vocación de escritor y escribe su primera novela (el cuarto volumen de la tetralogía), en un período de tiempo que comienza en las postrimerías de la Guerra Civil y termina con el final de la dictadura franquista. Esta síntesis, aunque no es falsa, tampoco es cierta, porque la novela es muchas otras cosas que no caben para nada en esa escueta fórmula.

En verdad, Antagonía no cuenta una historia acabada, con principio y con fin, sino fragmentos dispersos y arbitrarios de muchas historias que no se integran anecdóticamente, pero a las que da coherencia y unidad la voz que narra, una voz compleja y plural, de larguísimas frases laberínticas y sometida a constantes mudas en las que, con frecuencia y sin ninguna prevención al lector, se traslada del narrador omnisciente e impersonal a un personaje, y luego a otro, y a otro, y súbitamente regresa al narrador, exigiendo al lector una vigilancia tenaz para no extraviarse en ese territorio lleno de imprevistos y sorpresas por el que discurre la novela. A estas mudanzas entre el narrador omnisciente y narradores personajes se superponen otras, que mueven el relato del mundo exterior –descripciones de paisajes y escenarios urbanos, diálogos y análisis sobre las conductas, reflexiones sobre política, literatura, sexo, textos clásicos, etcétera– a un mundo subjetivo y secreto, el de las intuiciones, las emociones y los pensamientos y a veces, incluso, el de los sueños, mitos y meras fantasías de los protagonistas.

Libro ambicioso y complejo, difícil de leer por la protoplasmática conformación de la materia narrativa, es también un experimento que intenta renovar el contenido y la forma de la novela tradicional, siguiendo el ejemplo de aquellos paradigmas que revolucionaron el género de la novela o al menos lo intentaron –sobre todo Proust y Joyce, pero, también, James, Broch y Pavese–, sin renunciar a un cierto compromiso moral y cívico con una realidad histórica que, aunque muy diluida, está siempre presente, a veces en el proscenio y a veces como telón de fondo de la novela.

Para mí, las mejores páginas, las más logradas y conmovedoras del libro, son aquellas que describen la atmósfera claustral, castrada, asfixiante y enajenada de la dictadura, vivida desde la perspectiva de la clase media catalana, en la que crecen y van formándose Raúl Ferrer, sus amantes y sus amigos, sus actividades clandestinas en el Partido Comunista, su infecunda militancia, sus mítines universitarios, su paso por la cárcel, sus desencantos políticos, su lenta inmersión en el cinismo, el alcohol y el nihilismo, ese fracaso generacional que va volviéndolos a casi todos ellos mediocridades y caricaturas de lo que parecía que serían, de lo que hubieran querido ser. La manera como está representado este mundo en Antagonía es despiadada, y el desprecio del narrador incendia el lenguaje hasta impregnarlo por momentos de una ferocidad irresistible.

En cambio, en las largas y a menudo delicadas descripciones del paisaje catalán, tanto rural como urbano, se filtra, se diría que a pesar del anti sentimentalismo cínico del que hace gala el narrador, un sentimiento tierno, profundo, contagioso, que desagravia al lector del pesimismo tenaz que con frecuencia comunican otras páginas. Este contraste se hace particularmente visible en las escenas que transcurren en Cadaqués y otros lugares de la Costa Brava, en las que el lenguaje es tan preciso y precioso cuando se demora en describir los matices de la luz a la hora del crepúsculo, o las sombras de los árboles y arbustos en el bosque, o los movimientos del agua cuando sube y baja la marea, o el canto de los pájaros escondidos en lo alto del ramaje. Creo que no se ha dicho todavía de Antagonía la importancia que tiene en ella la política –no hay en España, me parece, una novela que haya descrito mejor el desguace cultural y moral que inflige a una sociedad una dictadura– y la bellísima recreación literaria de la tierra catalana, de su mundo natural, sus pueblos y aldeas, y de Barcelona con sus barrios, clases sociales, tradiciones, grandezas y miserias, que es también este libro, además de muchas otras cosas.

Por ejemplo, una serie de ensayos incrustados en el relato en los que, a veces el narrador, a veces un personaje, reflexiona sobre un abanico múltiple de temas, entre los que figuran, entre otros, Dante, la mitología griega, Moisés, Platón, el sexo, Sócrates, Goethe, el compromiso político, el matrimonio, el dogmatismo religioso e ideológico, el arte, la arquitectura, el urbanismo, y, principalmente, la técnica de la novela. A veces, estas páginas, donde la historia se inmoviliza o se eclipsa, tienen un interés intelectual, y a veces no y entonces resultan excesivas y sobrantes.

Pero no hay duda que el esfuerzo mayor de Luis Goytisolo al emprender la titánica tarea de escribir esta novela estuvo orientado a la creación de un lenguaje nuevo, de una manera de escribir que rompiera los moldes tradicionales del relato novelesco e inaugurara unos nuevos. Él mismo ha tenido la coquetería risueña de describir en la página 999 de Antagonía “la huella de Luis Goytisolo” en la novela: “esas largas series de períodos, por ejemplo, esas comparaciones que comienzan con un homérico así como, para acabar empalmando con un así, de modo semejante, no sin antes intercalar nuevas metáforas encabalgadas…” Los críticos del libro hablan de la influencia proustiana en el estilo de la tetralogía, pero, a mi juicio, la semejanza con Proust tiene que ver sólo con la largura de la frase, su naturaleza serpentina, porque, a diferencia de lo que ocurre con el estilo en el autor de En busca del tiempo perdido, en el que las extendidas frases están siempre al servicio de la narración, en Luis Goytisolo ésta última parece a veces nada más que un pretexto para la arborescencia lingüística, esa frondosa retórica que se proyecta con voracidad, apartándose de la delgada línea argumental, sobre todas las manifestaciones de la vida, infiltrándose en ésta como un parásito que crece y crece hasta sustituirla, hasta crear una vida propia que ya no refleja modelo alguno exterior a ella, sino a ella misma, una vida que es (nada más y nada menos) que puro lenguaje.

Tal vez la mejor descripción de la tetralogía aparezca en una de las reflexiones del narrador cuando éste (en la página 1040) imagina una obra literaria cuya estructura “semeja uno de esos castillos de fuegos artificiales en los que cada fase genera nuevas fases, cada vez más altas, cada vez más amplias. Pues bien: imaginemos una obra así, en la que, de cada una de sus partes surjan otra que a su vez generen otras y otras, en un despliegue más y más vasto”. Eso es, exactamente, Antagonía: un surtidor que se multiplica a sí mismo en tantos surtidores hasta dar la impresión de que en semejante arquitectura ha quedado atrapada la vida entera, en lo que tiene de infinito.

Cuando una obra es tan desmedidamente ambiciosa, se convierte en una tentativa imposible, es decir en una de esas novelas como el Finnegan’s Wake de Joyce, El hombre sin atributos, de Robert Musil, Paradiso, de Lezama Lima o la mucho menos conocida Umbral, del chileno Juan Emar, que estaban fatalmente condenadas a no alcanzar la meta que se habían fijado, porque, simplemente, aquella era una meta inalcanzable. Sin embargo sería injusto hablar de fracasos literarios, porque estos libros, que tendrán siempre pocos lectores, siempre tendrán lectores, y sobrevivirán a todos los avatares, desde esos márgenes que admiraba tanto Rimbaud (el de “les horribles travailleurs”) desde los cuales irán siempre recordando a las nuevas generaciones de lectores y escritores que el secreto corazón que mantiene viva a la literatura es siempre ir más allá, establecer nuevas fronteras para la creación, renovar y revolucionar lo que ya existe, a imagen y semejanza de esa vida que la inspira y que es, también, a su manera, una tentativa imposible.

Madrid, julio de 2012

terça-feira, 29 de maio de 2012

La casa de Molière

A fines de los años cincuenta, cuando vine a vivir a París, aunque uno fuera paupérrimo podía darse el lujo supremo de un buen teatro, por lo menos una vez por semana. La Comédie Française tenía las matinés escolares, no recuerdo si los martes o los jueves, y esas tardes representaba las obras clásicas de su repertorio. Las funciones se llenaban de chiquillos con sus profesores, y las entradas sobrantes se vendían al público muy baratas, al extremo de que las del ‘gallinero’ –desde donde se veía sólo las cabezas de los actores– costaban apenas cien francos (pocos centavos de un euro de hoy). Las puestas en escena solían ser tradicionales y convencionales, pero era un gran placer escuchar el cadencioso francés de Corneille, Racine y Molière (sobre todo el de este último), y, también, muy divertido, en los entreactos, escuchar los comentarios y discusiones de los estudiantes sobre las obras que estaban viendo.



Desde entonces me acostumbré a venir regularmente a la Comédie Française y lo he seguido haciendo a lo largo de más de medio siglo, en todos mis viajes a París: Francia ha cambiado mucho en todo este tiempo, pero no en la perfecta dicción y entonación de estos comediantes que convierten en conciertos las representaciones de sus clásicos.



Vine también ahora y me encontré con que la Gran Sala Richelieu estaba cerrada por trabajos en la cúpula que tomarán todavía más de un año. Para reemplazarla se ha construido en el patio del Palais Royal un auditorio provisional muy apropiadamente llamado el Théâtre Éphémère. El local es precario, el frío siberiano de estos días parisinos se cuela por los techos y rendijas y los acomodadores (nunca había visto algo semejante) nos reparten a los ateridos y heroicos espectadores unas gruesas mantas para protegernos del resfrío y la pulmonía. Pero todos esos inconvenientes se esfuman cuando se corre el telón, comienza el espectáculo y el genio y la lengua de Molière se adueñan de la noche.



Se representa Le Malade imaginaire, la última obra que escribió Jean-Baptiste Poquelin, que haría famoso el nombre de pluma de Molière, y en la que estaba actuando él mismo la infausta tarde del 17 de febrero de 1673, en el papel de Argan, el enfermo imaginario, víctima de lo que los fisiólogos de la época llamaban deliciosamente “la melancolía hipocondríaca”. Era la cuarta función y el teatro llamado entonces del Palais Royal estaba repleto de nobles y burgueses. A media representación el autoritario y delirante Argan tuvo un acceso de tos interminable que, sin duda, los presentes creyeron parte de la ficción teatral. Pero no, era una tos real, cruda, dura e inesperada. La función debió suspenderse y el actor, llevado de urgencia a su casa vecina con una vena reventada por la violencia del acceso, fallecería unas cuatro horas después. Había cumplido cincuenta y un años y, como no tuvo tiempo de confesarse, los comediantes de la compañía formada y dirigida por él, junto con su viuda, debieron pedir una dispensa especial al arzobispo de París para que recibiera una sepultura cristiana.



Buena parte de esos 51 años de existencia se los pasó Molière viviendo no en la realidad cotidiana sino en la fantasía y haciendo viajar a sus contemporáneos –campesinos, artesanos, clérigos, burócratas, comerciantes, nobles– al sueño y la ilusión. Las milimétricas investigaciones sobre su vida de ejércitos de filólogos y biógrafos a lo largo de cuatro siglos arrojan casi exclusivamente las idas y venidas del actor J.B. Poquelin a lo largo de los años por todas las provincias de Francia, actuando en plazas públicas, patios, atrios, palacios, ferias, jardines, carpas, y, luego de su instalación en París, escribiendo, dirigiendo y encarnando a los personajes de obras suyas y ajenas de manera incesante. Y, cuando no lo hacía, contrayendo o pagando deudas de los teatros que alquilaba, compraba o vendía, de tal modo que, se puede decir, la vida de Molière consistió casi exclusivamente –además de casarse con una hija de su amante y producir de paso unos vástagos que solían morirse a poco de nacer– en vivir y difundir unas ficciones que eran unos espejos risueños y deformantes, y, a veces, luciferinamente críticos de la sociedad y las creencias y costumbres de su tiempo.



Llegó a ser muy famoso y considerado por unos y otros el más grande comediante de la época, insuperable en el dominio de la farsa y el humor, pero, detrás de la risa, la gracia y el ingenio que a todos seducían, sus obras provocaron a veces violentas reacciones de las autoridades civiles y eclesiásticas –el Tartufo fue prohibido por ambas en varias ocasiones– y el propio Luis XIV, que lo admiraba e invitó a su compañía a actuar en Versalles y en los palacios de París y alrededores ante la corte, y fue a menudo a aplaudirlo al teatro del Palais Royal, se vio obligado también en dos ocasiones a censurar las mismas obras que en privado había celebrado.



El enfermo imaginario no tiene la complejidad sociológica y moral del Tartufo, ni la chispeante sutileza de El avaro, ni la fuerza dramática de Don Juan, pero entre el melodrama rocambolesco y la leve intriga amorosa hay una astuta meditación sobre la enfermedad y la muerte y la manera como ambas socavan la vida de las gentes.



Cuando escribió la obra, estaba de moda –él había contribuido a fomentarla– incorporar a las comedias números musicales y de danza –el propio Rey y los príncipes acostumbraban a acompañar a los bailarines en las coreografías– y la estructura original de El enfermo imaginario es la de una opereta, con coros y bailes que se entrelazan constantemente con la peripecia anecdótica. Pero en este excelente montaje del fallecido Claude Stratz, esas infiltraciones de música y ballet se han reducido, con buen criterio, a su mínima expresión.



Paso dos horas y media magníficas y, casi tanto como lo que ocurre en el escenario, me fascina el espectáculo que ofrecen los espectadores: su atención sostenida, sus carcajadas y sonrisas, el estado de trance de los niños a los que sus padres han traído consigo abrigados como osos, las ráfagas de aplausos que provocan ciertas réplicas. Una vez más compruebo, como en mis años mozos, que Molière está vivo y sus comedias tan frescas y actuales como si las acabara de escribir con su pluma de ganso en papel pergamino. El público las reconoce, se reconoce en sus situaciones, caricaturas y exageraciones, goza con sus gracias y con la vitalidad y belleza de su lengua.



Viene ocurriendo aquí hace más de cuatro siglos y ésa es una de las manifestaciones más flagrantes de lo que quiere decir la palabra civilización: un ritual compartido, en el que una pequeña colectividad, elevada espiritual, intelectual y emocionalmente por una vivencia común que anula momentáneamente todo lo que hay en ella de encono, miseria y violencia y exalta lo que alberga de generosidad, amplitud de visión y sentimiento, se trasciende a sí misma. Entre estas vivencias que hacen progresar de veras a la especie, ocupa un papel preponderante aquello a lo que Molière dedicó su vida entera: la ficción. Es decir, la creación imaginaria de mundos donde podemos refugiarnos cuando aquel en el que estamos sumidos nos resulta insoportable, mundos en los que transitoriamente somos mejores de lo que en verdad somos, mundos que son el mundo real y a la vez mundos soberanos y distintos, con sus leyes, sus ritmos, sus valores, su música, sus ideas, sostenidos por una conjunción milagrosa de la fantasía y la palabra.



Pocos creadores de su tiempo ayudaron tanto a los franceses, y luego al mundo entero, como el autor de El enfermo imaginario, a salir de los quebrantos, las infamias, la coyunda y las rutinas cotidianas y a transformar las amarguras y los rencores en alegría, esperanza, contento, a descubrir la solidaridad y la importancia de los rituales y las formas que desanimalizan al ser humano y lo vuelven menos carnicero. La historia, más que una lucha de religiones o de clases, ha opuesto siempre esos pequeños espacios de civilización a la barbarie circundante, en todas las culturas y las épocas y a todos los niveles de la escala social. Uno de esos pequeños espacios que nos defienden y nos salvan de ser arrollados del todo por la estupidez y la crueldad oceánicas que nos rodean es éste que creó Molière en el corazón de París y no hay palabras bastantes en el diccionario para agradecérselo como es debido.



París, febrero de 2012

Mario Vargas Llosa

Fonte– LA REPÚBLICA. Lima.Domingo, 12 de febrero de 2012