quarta-feira, 21 de julho de 2010

El khan y su hijo

Por aquel tiempo reinaba en Crimea el khan Masolaima al-Asvab, el cual tenía un hijo llamado Tolaik Algalla...»

De este modo comenzó a relatar una leyenda antigua -rica en recuerdos como las que suelen transmitirse en aquella península- un tártaro pobre y ciego, que se apoyaba en el pardo tronco de un árbol. Algunos tártaros -con túnicas de color claro y gorras bordadas de oro- estaban sentados en torno al mendigo sobre las blancas piedras, últimos restos del palacio del khan, destruido por el tiempo. El sol iba, lentamente, hacia su ocaso, sus purpúreos rayos despedían chispas de oro a través del follaje que circundaba las ruinas sobre las piedras cubiertas de hiedra y musgo. Susurraba suavemente la brisa entre las sombras de los viejos plátanos, como si recorriesen el aire unos susurrantes arroyos.



La voz del mendigo era apagada y temblorosa. Su faz parecía de piedra y las pupilas de sus inmóviles ojos nada expresaban; su serena inmovilidad armonizaba muy bien con el semblante marmóreo. Una tras otras se iban deslizando las palabras refiriendo hechos, aprendidos de memoria probablemente, al atento auditorio, y rememorando el panorama conmovedor de tiempos ya idos.



«El khan era anciano, pero en su harén tenía numerosas mujeres que lo amaban por su vigor y sus caricias cariñosas y dulces, aunque apasionadas. Las mujeres aman siempre al hombre que es cariñoso, a pesar de que tenga el cabello blanco y el rostro surcado de arrugas. La belleza está en la fuerza y en la nobleza; no en una tez lozana, ni en el sonrosado color de las mejillas -siguió diciendo el ciego.



Todas las mujeres del harén amaban al anciano khan; él, a su vez, las quería a todas, pero, en especial, amaba a una prisionera, hija de un cosaco de las estepas del Dniéper. En el harén había más de trescientas mujeres de diferentes países; todas eran bellas como las flores en primavera; todas consentidas y mimadas. Por orden del khan les solían preparar manjares exquisitos en extraordinaria abundancia y les estaba permitido tocar toda una serie de instrumentos musicales y entregarse al voluptuoso placer de la danza.



El khan, sin embargo, prodigaba más caricias a la prisionera, a la hija del cosaco, su favorita, y con frecuencia solía llevarla a una torre desde cuyos ventanales se dominaba la inmensidad del mar y se podían admirar pintorescos montes y valles. Allí servían de un modo espléndido a la hija del cosaco, dedicándole los máximos cuidados; la colmaban de las mayores delicadezas, la alimentaban con sumo refinamiento y la obsequiaban con bordados de oro, ricas telas, piedras preciosas, aves exóticas y desconocidas, y buena música. Y el khan le prodigaba dulces caricias de enamorado.



Días enteros dedicaba el khan a la joven, descansando en la torre de las agotadoras tareas de la vida, y seguro, además, de que su hijo no comprometería el honor del reino. Algalla recorría como un lobo hambriento las estepas rusas y volvía de éstas trayendo siempre un rico botín y hermosas mujeres. Retornaba glorioso, dejando tras de sí, como prueba de su valor y de su fuerza, cadáveres ensangrentados y pueblos enteros destruidos totalmente.



Una vez, al regresar el hijo del khan de una de sus hazañas, se dispusieron grandes fiestas en su honor. Invitaron a todos los príncipes tártaros y organizaron diversos juegos. Con el fin de demostrar la habilidad en el manejo de las armas, se dispararon flechas a los ojos de los prisioneros. Bebieron mucho por la gloria del valeroso Algalla, terror de los enemigos y defensor del reino. El anciano khan sentíase orgulloso de su hijo. Se deleitaba al verlo tan valiente y al tener la certeza de que, cuando él abandonase el mundo, dejaría a su pueblo en manos seguras.



Complacido y deseando probar a su hijo el afecto que le tenía, cuando estaban en pleno banquete y delante de todos los invitados, alzó la copa y dijo:



-Algalla, eres un buen hijo. ¡Gloria a Alá y bendito sea el nombre de su profeta!



Todos los reunidos, haciendo un estentóreo eco con sus voces, glorificaron el nombre del profeta.



El anciano khan prosiguió:



-Alá es grande. Ha hecho renacer mi juventud en la persona de mi hijo, estando yo aún con vida. Mis ojos de anciano advierten que cuando el sol deje de alumbrar para mí y los gusanos devoren mi corazón, mi vida se prolongará en mi hijo... ¡Alá es grande y Mahoma es su profeta...! Tengo un buen hijo; su mano es segura, valeroso su corazón y grande su inteligencia. Algalla, ¿qué quieres que te regale tu padre? Pídeme lo que quieras y te lo concederé.



Tolaik Algalla se levantó y antes de que se hubiese desvanecido el eco de la voz del anciano, avanzó hacia él -con los ojos fosforescentes como el mar en mitad de la noche y brillantes como los de un águila de las montañas- manifestando:



-Padre y soberano: entrégame la prisionera rusa.



Por un breve instante, el khan guardó silencio. Fue para reprimir el estremecimiento de su corazón. Luego respondió en voz alta y firme:



-Cuando acabe el banquete, será tuya.



El semblante de Algalla se encendió y sus ojos de águila brillaron a causa de la inmensa alegría. Se irguió y dijo al khan:



-Padre, comprendo el valor del obsequio que me has hecho. Lo comprendo perfectamente. Soy tu esclavo; ten mi sangre gota a gota y minuto a minuto. Estoy decidido a morir veinte veces por ti.



-No deseo nada -repuso el anciano, inclinando sobre el pecho su blanca cabeza, coronada por tantos años de victoriosas luchas.



Concluido el banquete, padre e hijo salieron juntos y silenciosos del palacio, y se encaminaron al harén.



La noche era oscura; no se veía la luna ni las estrellas por entre las nubes que cubrían el cielo a manera de ancho tapiz.



El khan y su hijo anduvieron durante un largo rato en silencio y rodeados de la más sombría oscuridad. De repente, el khan rompió el silencio, diciendo:



-Día a día se va extinguiendo mi vida. Cada vez late mi corazón más débilmente y el ardor de mi pecho disminuye poco a poco. El único calor, el único consuelo de mi vida, son las apasionadas caricias de esta mujer. Tolaik, coge cien de mis mujeres, cógelas todas si quieres, pero déjame a la prisionera rusa. ¿Te es verdaderamente indispensable? Dímelo en verdad, hijo mío.



Algalla guardó silencio y lanzó un suspiro.



-¿Qué tiempo de vida me queda? Acaso estén contados los días que he de permanecer en la tierra. Y esa mujer, esa mujer que me conoce, que me ama y que alegra el crepúsculo de mi vida, es el último placer, el último goce de mi vida. Si ella me falta, ¿quién me amará? ¿Qué mujer dará su amor a este pobre viejo? De todas mis mujeres, ninguna desde luego, ¡Algalla!



El hijo de khan continuaba callado.



-¿Cómo podré vivir sabiendo que tú la abrazas? Tolaik, las barreras de la sangre desaparecen ante la mujer; no hay padre, ni hijo, todos sólo somos hombres, hijo mío. Mis últimos días serán muy amargos. Mejor hubiera sido que se abrieran todas mis antiguas heridas, convirtiendo mi cuerpo en una úlcera; que se hubieran enconado, que sangrasen... Sí; mejor hubiera sido todo esto, Tolaik, que sobrevivir esta noche tan horrible para mí...



Tampoco ahora quebró el silencio Algalla. El khan y su hijo llegaron a las puertas del harén. Se detuvieron y permanecieron allí, los dos silenciosos, y con la cabeza inclinada sobre el pecho, durante gran rato. En torno a ellos giraban las espesas sombras de la noche. Sobre sus cabezas cruzaban las nubes por el espacio, y el viento, al azotar las hojas de los árboles, hacía llegar a sus oídos el eco triste de lúgubres canciones.



-Padre, hace ya mucho que la amo -dijo Algalla en voz muy baja.



-Lo sé; mas ella no te ama a ti -respondió el khan.



-Al pensar en ella, se desgarra mi corazón.



-¿Sabes el dolor que tengo en este momento?



De nuevo guardaron silencio ambos. El hijo del khan suspiró.



-Es indudable que el sabio sacerdote ha dicho la verdad; la mujer es siempre perjudicial para el hombre. Si es hermosa, el marido padece los celos del tormento, porque despierta el deseo en los demás hombres; si es fea su esposo sufre al ver la belleza de otras mujeres, y si no es hermosa ni fea, el hombre la embellece con su ilusión. Cuando ésta se desvanece y el hombre comprende que ha vivido engañado, padece por la decepción y por la falta de hermosura de su mujer -dijo por último, Algalla.



-La sabiduría no es un remedio para las penas del alma -balbuceó el khan.



-En tal caso, compadezcámonos uno del otro, padre -respondió Algalla.



El khan levantó la cabeza y miró a su hijo con triste expresión.



-Matémosla -propuso Algalla.



-Te estimas más que a ella o a mí -dijo el anciano serenamente y con aire reflexivo.



Y añadió después:



-No obstante, la amas también.



Se produjo un nuevo silencio.



-Sí, sí, también la amas tú -exclamó el khan, que, por su dolor, parecía haberse convertido en un niño.



-Entonces, ¿qué, la mataremos?



-No te la puedo entregar; me resulta imposible -exclamó el khan.



-Y yo no puedo sufrir más; dámela o arráncame el corazón.



El anciano guardó silencio.



-Arrojémosla al mar desde lo alto de la montaña -propuso otra vez Algalla.



-Arrojémosla al mar desde lo alto de la montaña -repitió el khan como si fuese el eco de su hijo.



Penetraron en el harén, pasaron a la estancia donde dormía la prisionera rusa, tendida sobre un precioso tapiz. Se detuvieron ante la mujer y estuvieron largo rato contemplándola.



Por las mejillas del anciano khan resbalaron gruesas lágrimas que, al deslizarse por la barba plateada brillaron como perlas, mas su hijo, tembloroso a causa de la pasión reprimida, rechinando los dientes y con los ojos despidiendo fulgores despertó con brusquedad a la prisionera. Los ojos de la joven se entreabrieron como dos lirios azules en su sereno semblante rosado. No advirtió la presencia de Algalla, extendió sus brazos hacia el khan, le ofreció sus labios rojos como la flor de un granado y le dijo con suave acento:



-Abrázame, vieja águila.



-Prepárate; tienes que acompañarnos -dijo el anciano en voz baja.



Entonces descubrió la muchacha la presencia del hijo del khan y vio que su vieja águila tenía los ojos humedecidos. Como era inteligente y sagaz, lo comprendió todo.



-Ahora voy; ahora voy. Han decidido que ni de uno ni de otro, ¿no es así? Ésta es la única decisión de los hombres que tienen un corazón firme. Ahora voy -dijo.



Los tres se dirigieron en silencio hacia el mar, por unas estrechas veredas. El viento soplaba con furia.



La joven era delicada y no tardó en cansarse; sin embargo, altanera y orgullosa, no se quejó. El hijo del khan advirtió que la muchacha se iba quedando rezagada y le preguntó con delicado acento:



-¿Tienes miedo?



Los ojos de la prisionera centellearon; miró con desprecio al hijo del khan y, sin decirle ni una palabra, le mostró sus pies ensangrentados.



-Te llevaré -dijo Algalla tendiéndole los brazos.



La muchacha, empero, se abrazó al cuello de su águila. El anciano khan la tomó en sus brazos como si se tratase de una pluma y siguió camino adelante, en tanto que la prisionera apartaba, con gran cuidado, las ramas que hubieran podido molestarle, arañarle el rostro o herirle los ojos. Algalla los seguía por la estrecha senda. Al observar la solicitud de la joven, dijo al khan:



-Déjame ir delante, porque siento deseos de atravesarte con mi puñal.



-Pasa, Algalla. Alá te castigará o te perdonará por esto según sea su voluntad. Yo que soy tu padre, te perdono, pues sé lo que es el amor.



Llegaron al monte; a sus pies se extendía el mar, negro, profundo, inmenso. Las olas entonaban lúgubres cánticos cuando se estrellaban, deshaciéndose, contra las rocas. Aquella escena aterrorizaba el corazón y helaba las entrañas.



-Adiós -dijo el khan, abrazando a la joven.



-Adiós -dijo también Algalla, inclinándose ante ella.



La prisionera contempló un momento el mar, donde las olas cantaban lúgubremente y, retrocediendo, cruzó las manos sobre el pecho y exclamó:



-Échenme al fondo.



El hijo del khan lanzó un profundo gemido y le tendió los brazos, pero el viejo cogió a la muchacha entre los suyos y la abrazó, estrechándola con fuerza contra su pecho. Luego, levantándola por encima de su cabeza, la arrojó desde lo alto de las rocas a las profundidades del mar.



Las olas bramaron de un modo tan salvaje y fúnebre que ninguno de ellos percibió el ruido del cuerpo de la prisionera al caer al agua.



No se oyó ni un grito ni un quejido, ni siquiera un suspiro. El khan se inclinó sobre las rocas y, silencioso, miró hacia el horizonte a través de las tinieblas; en ese punto el mar se confundió con las nubes; las olas chocaban unas contra otras, impulsadas por las ráfagas del viento que también azotaban las barbas del anciano. Algalla, de pie al lado de su padre, ocultaba su rostro entre las manos, silencioso e inmóvil como una estatua.



De este modo permanecieron dos horas. En el espacio seguían cruzando las nubes arrastradas por el viento; eran tan sombrías y lúgubres como los pensamientos del viejo khan, que se encontraba sobre aquella roca que dominaba el mar.



-Vámonos, padre -se atrevió a decir Algalla.



-Aguarda -balbució el khan, que parecía oír algo.



Volvió a pasar mucho tiempo. Las olas seguían bramando y el viento ululaba por entre las rocas y los troncos huecos de los árboles.



-Vamos, padre.



-Aguarda un poco.



Tolaik Algalla repitió varias veces estas dos palabras.



El anciano khan, inmóvil, seguía en el sitio donde acababa de perder la última dicha de su vida. Por último, se puso en pie altivo y frunció el ceño y exclamó:



-Vámonos.



Padre e hijo emprendieron el camino de regreso. Pero, a los pocos pasos, el khan se detuvo y dijo:



-Pero, ¿a qué volver? ¿Adónde ir ahora? ¿Cómo viviré a partir de este momento si esa mujer constituía mi vida? Soy viejo; ninguna mujer me amará ya. El hombre que no es amado, no tiene ningún fin en esta vida.



-Padre, tienes gloria; dispones de riquezas.



-¡Por uno de sus besos lo hubiese dado todo! ¡La gloria y las riquezas! ¡Nada hay en el mundo como el amor de una mujer! ¡El hombre que no tiene el amor de una mujer está muerto; es un mendigo que arrastra una vida triste y mísera! ¡Adiós, Tolaik! ¡Que Alá te bendiga! ¡Que su bendición te acompañe durante toda tu vida!



El anciano khan se volvió en dirección al mar.



-¡Padre! ¡Padre! -exclamó Algalla.



No pudo decirle nada más, pues nada se le puede decir a quien la muerte sonríe.



-¡Déjame!



-Pero Alá...



-Ya lo sabe.



El khan corrió hacia el borde de la roca y se lanzó al abismo. Algalla no lo pudo detener; no tuvo tiempo. Tampoco esta vez se oyó nada; ni un grito, ni un quejido, ni siquiera un suspiro, ni el ruido del cuerpo al caer al agua.



Las olas seguían bramando con fúnebre entonación y el viento seguía entonando sus cánticos salvajes. El hijo del khan permaneció mucho rato mirando al mar. Luego exclamó en voz alta:



-¡Oh, Alá, dame un corazón tan grande y tan firme como el de mi padre!



Algalla se alejó envuelto en las espesas sombras de la noche...»



De este modo murió Masolaima-el-Asvab, khan de Crimea, dejando como heredero a su hijo Tolaik Algalla...



FIN



Biblioteca Digital Ciudad Seva

Displaced Indians camp in Polhó. State of Chiapas, Mexico. 1998

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Y si?

Él era el Dictador. Pocos minutos antes había finalizado, en la Sala del Supremo Konzern, el informe del Congreso Universal de las Hermandades, al término del cual la moción de sus adversarios fue desestimada por aplastante mayoría. Por lo cual, Él era el Personaje más Poderoso del País Y Todo Aquello Que Se Refería A Él En Adelante Se Escribiría O Diría Con Mayúsculas, Por El Tributo De Honor.

Había llegado, pues, a la meta final de la vida y no podía ya desear nada más. ¡A los cuarenta y cinco años, el Dominio de la Tierra! ¡Y no lo había conseguido con la violencia, según es uso y costumbre, sino con el trabajo, la fidelidad, la austeridad, el sacrificio de los esparcimientos, de las carcajadas, de los goces físicos y de las sirenas mundanas. Estaba pálido y llevaba gafas; sin embargo, nadie estaba por encima de él. Asimismo, se sentía un poco cansado. Pero feliz.



Una salvaje felicidad, tan intensa que casi resultaba dolorosa, lo invadía hasta lo más profundo del alma, mientras recorría a pie, democráticamente, las calles de la ciudad, meditando sobre su propio éxito.



Él era el Gran Músico que poco antes había oído en el Teatro Imperial de la Ópera las notas de su obra maestra levitar y expandirse en el corazón del público anhelante, conquistando el triunfo; y en los oídos le resonaban todavía las grandes cataratas de los aplausos puntuadas de alaridos delirantes, como jamás los había oído, ni para los demás ni para sí; en esos aplausos había éxtasis, llanto, entrega.



Él era el Gran Cirujano que, una hora antes, ante un cuerpo humano ya absorbido por las tinieblas, en medio del espanto de los ayudantes que lo tomaron por loco, se había atrevido a aquello que nadie había podido nunca ni siquiera imaginar, haciendo surgir con sus mágicas manos la lucecita superviviente de las profundidades incognoscibles del cerebro, allá donde la última partícula de vida había anidado como el gozque moribundo que se arrastra a la soledad del bosque para que nadie asista a su deshonrosa humillación final. Y él había liberado aquella microscópica llamita de la pesadilla, casi recreándola, hasta el punto de que el difunto había vuelto a abrir los ojos, y sonreído.



Él era el Gran Banquero recién salido de una catastrófica tenaza de maniobras que debían triturarlo y, en cambio, su golpe de genio las había revuelto súbitamente contra los enemigos, derribándolos. Por lo que, en el frenético crescendo de los teléfonos enloquecidos, de las calculadoras y de los teletipos electrónicos, su masa crediticia se había agigantado de una capital a la otra como un nubarrón de oro; sobre el cual, ahora, se alzaba victorioso.



Él era el Gran Científico que, en un impulso de inspiración divina, en la mísera estrechez de su estudio, había intuido poco antes la sublime potencia de la fórmula definitiva; razón por la cual los gigantescos esfuerzos mentales de centenares de sabios colegas esparcidos por el mundo se tornaban de golpe, comparativamente, en ridículos e insensatos balbuceos; y, por lo tanto, él saboreaba la beatitud espiritual de tener en su mano la última Verdad, como a una dulce e irresistible criatura que le pertenecía.



Él era el Generalísimo que, rodeado de ejércitos superiores, había transformado, con astucia y mando, su menoscabado y tambaleante ejército en una horda de titanes desencadenados; y el cerco de hierro y de fuego que lo sofocaba se había resquebrajado en pocas horas, y las formaciones enemigas se habían deshecho en aterrorizados jirones.



Él era el Gran Industrial, el Gran Explorador, el Gran Poeta, el hombre que ha vencido definitivamente, tras larguísimos años de trabajo, de oscuridad, de economías, de interminables fatigas, y cuyas huellas, ay de mí, están impresas indeleblemente en el cansado rostro, por lo demás exultante y luminoso.



Era una estupenda mañana de sol, era un crepúsculo tempestuoso, era una tibia noche de luna, era una gélida tarde de tormenta, era un alba purísima de cristal, era sólo la hora extraña y maravillosa de la victoria que pocos hombres conocen. Y él caminaba extraviado en aquella indecible exaltación, mientras los palacios se extendían en torno con formas apropiadas, con la evidente intención de honrarle. Si no se doblaban en ademán de reverencia, era sólo porque estaban hechos de piedras, hierro, cemento y ladrillos; de allí su rigidez. Y también las nubes del cielo, beatos fantasmas, se disponían en círculo, en fajas superpuestas, formando una especie de corona.



Pero entonces -él estaba atravesando los jardines del Almirantazgo-, sus ojos, por casualidad, de soslayo, se posaron sobre una joven mujer.



En aquel punto, lateralmente, se extendía, realzada, una especie de terraza, circundada por una balaustrada de hierro forjado. La muchacha estaba acodada en la balaustrada y miraba distraídamente hacia abajo.



Tendría unos veinte años, era pálida, y entreabría perezosamente los labios en expresión de rendida y muelle apatía. Su negrísimo pelo, peinado hacia arriba formando un ancho moño -ala de cuervo jovencito- sombreaba la frente. También ella aparecía como difusa por causa de una nube. Era bellísima.



Llevaba un sencillo suéter de color gris y una falda negra muy ceñida en el talle. Apoyado el peso del cuerpo en la balaustrada, las caderas desbordaban libremente al sesgo, en actitud felina. Podía ser una estudiante de la bohemia de vanguardia, uno de esos tipos que logran hacer una elegancia casi ofensiva de la extralimitación y de la impertinencia. Llevaba grandes gafas azules. En la palidez del rostro, le impresionó el rojo crudo de los labios, suavemente relajados.



De abajo arriba -pero fue una fracción infinitesimal de segundo-, vislumbró, a través de la reja de la balaustrada, aquellas piernas femeninas, no demasiado, porque los pies estaban tapados por los bordes de la terraza y la falda era más bien larga. Sin embargo, sus ojos percibieron la silueta proterva de las pantorrillas que, desde los finos tobillos, se ensanchaban en esa progresión carnal que todos conocemos, oculta en seguida por el borde de la falda. A pleno sol, el pelo rojizo llameó. Podía ser una buena hija de familia, podía ser una mujer de teatro, podía ser una pobre tunanta. ¿O acaso una chica perdida?



Cuando pasó frente a ella, la distancia sería de dos metros y medio a tres. Fue sólo un instante, pero pudo verla muy bien.



No por interés, sino sin duda más bien por indiferencia suprema -por no cuidar ella, entregada al aburrimiento, de controlar siquiera las miradas-, la chica lo miró.



Tras haberla atisbado fugazmente, él desvió los ojos al frente, por decoro, tanto más cuanto que el secretario y otros dos acólitos lo seguían.



Pero no supo resistirse y, con la mayor rapidez posible, volvió de nuevo la cabeza para verla.



La chica lo miró de nuevo. A él incluso le pareció -pero debía tratarse de una sugestión- que los exangües y voluptuosos labios se estremecían, como quien se dispone a hablar.



Basta. Por pura decencia, no podía arriesgarse más. Ya no volvería a verla. Bajo la lluvia torrencial, cuidó de no meter los pies en los charcos del suelo. Le pareció percibir un vago calor en la nuca, como si un hálito lo rozase. Quizás, quizás, ella lo seguía mirando.



Apresuró el paso.



Pero en aquel preciso instante se percató de que algo le faltaba. Una cosa esencial, importantísima. Jadeó. Se dio cuenta con espanto de que la felicidad de antes, aquella sensación de saciedad y de victoria, había cesado de existir. Su cuerpo era un triste peso, y numerosas molestias lo aguardaban.



-¿Por qué? ¿Qué había pasado? ¿Acaso no era el Dominador, el Gran Artista, el Genio? ¿Por qué ya no lograba ser feliz?



Caminaba. Ahora, el jardín del Almirantazgo se encontraba a sus espaldas. Quién sabe dónde estaría la chica a estas horas.



¡Qué absurdo, qué estupidez! Por haber visto a una mujer.



¿Enamorado? ¿Así, de golpe? No, ésas no eran cosas para él. Una chica desconocida, quizás incluso de poca calidad. Y, sin embargo... Y, sin embargo, allí donde pocos instantes antes vibraba un contento desenfrenado, ahora se extendía un árido desierto.



Ya no volvería a verla. Nunca sabría quién era. No hablaría jamás con ella. Ni con ella ni con las semejantes a ella. Envejecería sin siquiera dirigirles la palabra. Envejecido en medio de la gloria, sí, pero sin aquella boca, sin aquellos ojos de lacerante apatía, sin aquel cuerpo misterioso.



¿Y si él, sin saberlo, lo hubiese hecho todo por ella? ¿Por ella y las mujeres como ella, las desconocidas, las peligrosas criaturas que jamás había tocado? ¿Y si los años eternos de clausura, de fatigas, de rigor, de pobreza, de disciplina, de renuncias, hubiesen tenido sólo aquel objeto; si en lo profundo de sus desnudas maceraciones hubiese estado al acecho aquel tremendo deseo? ¿Si detrás del afán de celebridad y de poder, bajo estas miserables apariencias, lo hubiese impelido tan sólo el amor?



Pero él nunca había comprendido algo como esto, ni lo había sospechado, ni siquiera en broma. Sólo pensarlo le habría parecido una escandalosa locura.



Por ello, los años habían pasado inútilmente. Y hoy, ya era demasiado tarde.



FIN




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With the men away in the cities, the women carry their goods to the market of Chimbote. Region of Chimborazo.

 Ecuador. 1998. / AMAZONAS images/

El barril de amontillado

Lo mejor que pude había soportado las mil injurias de Fortunato. Pero cuando llegó el insulto, juré vengarme. Ustedes, que conocen tan bien la naturaleza de mi carácter, no llegarán a suponer, no obstante, que pronunciara la menor palabra con respecto a mi propósito. A la larga, yo sería vengado. Este era ya un punto establecido definitivamente. Pero la misma decisión con que lo había resuelto excluía toda idea de peligro por mi parte. No solamente tenía que castigar, sino castigar impunemente. Una injuria queda sin reparar cuando su justo castigo perjudica al vengador. Igualmente queda sin reparación cuando ésta deja de dar a entender a quien le ha agraviado que es él quien se venga.



Es preciso entender bien que ni de palabra, ni de obra, di a Fortunato motivo para que sospechara de mi buena voluntad hacia él. Continué, como de costumbre, sonriendo en su presencia, y él no podía advertir que mi sonrisa, entonces, tenía como origen en mí la de arrebatarle la vida.



Aquel Fortunato tenía un punto débil, aunque, en otros aspectos, era un hombre digno de toda consideración, y aun de ser temido. Se enorgullecía siempre de ser un entendido en vinos. Pocos italianos tienen el verdadero talento de los catadores. En la mayoría, su entusiasmo se adapta con frecuencia a lo que el tiempo y la ocasión requieren, con objeto de dedicarse a engañar a los millionaires ingleses y austríacos. En pintura y piedras preciosas, Fortunato, como todos sus compatriotas, era un verdadero charlatán; pero en cuanto a vinos añejos, era sincero. Con respecto a esto, yo no difería extraordinariamente de él. También yo era muy experto en lo que se refiere a vinos italianos, y siempre que se me presentaba ocasión compraba gran cantidad de éstos.



Una tarde, casi al anochecer, en plena locura del Carnaval, encontré a mi amigo. Me acogió con excesiva cordialidad, porque había bebido mucho. El buen hombre estaba disfrazado de payaso. Llevaba un traje muy ceñido, un vestido con listas de colores, y coronaba su cabeza con un sombrerillo cónico adornado con cascabeles. Me alegré tanto de verle, que creí no haber estrechado jamás su mano como en aquel momento.



-Querido Fortunato -le dije en tono jovial-, éste es un encuentro afortunado. Pero ¡qué buen aspecto tiene usted hoy! El caso es que he recibido un barril de algo que llaman amontillado, y tengo mis dudas.



-¿Cómo? -dijo él-. ¿Amontillado? ¿Un barril? ¡Imposible! ¡Y en pleno Carnaval!



-Por eso mismo le digo que tengo mis dudas -contesté-, e iba a cometer la tontería de pagarlo como si se tratara de un exquisito amontillado, sin consultarle. No había modo de encontrarle a usted, y temía perder la ocasión.



-¡Amontillado!



-Tengo mis dudas.



-¡Amontillado!



-Y he de pagarlo.



-¡Amontillado!



-Pero como supuse que estaba usted muy ocupado, iba ahora a buscar a Luchesi. Él es un buen entendido. Él me dirá...



-Luchesi es incapaz de distinguir el amontillado del jerez.



-Y, no obstante, hay imbéciles que creen que su paladar puede competir con el de usted.



-Vamos, vamos allá.



-¿Adónde?



-A sus bodegas.



-No mi querido amigo. No quiero abusar de su amabilidad. Preveo que tiene usted algún compromiso. Luchesi...



-No tengo ningún compromiso. Vamos.



-No, amigo mío. Aunque usted no tenga compromiso alguno, veo que tiene usted mucho frío. Las bodegas son terriblemente húmedas; están materialmente cubiertas de salitre.



-A pesar de todo, vamos. No importa el frío. ¡Amontillado! Le han engañado a usted, y Luchesi no sabe distinguir el jerez del amontillado.



Diciendo esto, Fortunato me cogió del brazo. Me puse un antifaz de seda negra y, ciñéndome bien al cuerpo mi roquelaire, me dejé conducir por él hasta mi palazzo. Los criados no estaban en la casa. Habían escapado para celebrar la festividad del Carnaval. Ya antes les había dicho que yo no volvería hasta la mañana siguiente, dándoles órdenes concretas para que no estorbaran por la casa. Estas órdenes eran suficientes, de sobra lo sabía yo, para asegurarme la inmediata desaparición de ellos en cuanto volviera las espaldas.



Cogí dos antorchas de sus hacheros, entregué a Fortunato una de ellas y le guié, haciéndole encorvarse a través de distintos aposentos por el abovedado pasaje que conducía a la bodega. Bajé delante de él una larga y tortuosa escalera, recomendándole que adoptara precauciones al seguirme. Llegamos, por fin, a los últimos peldaños, y nos encontramos, uno frente a otro, sobre el suelo húmedo de las catacumbas de los Montresors.



El andar de mi amigo era vacilante, y los cascabeles de su gorro cónico resonaban a cada una de sus zancadas.



-¿Y el barril? -preguntó.



-Está más allá -le contesté-. Pero observe usted esos blancos festones que brillan en las paredes de la cueva.



Se volvió hacia mí y me miró con sus nubladas pupilas, que destilaban las lágrimas de la embriaguez.



-¿Salitre? -me preguntó, por fin.



-Salitre -le contesté-. ¿Hace mucho tiempo que tiene usted esa tos?



-¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem!...!



A mi pobre amigo le fue imposible contestar hasta pasados unos minutos.



-No es nada -dijo por último.



-Venga -le dije enérgicamente-. Volvámonos. Su salud es preciosa, amigo mío. Es usted rico, respetado, admirado, querido. Es usted feliz, como yo lo he sido en otro tiempo. No debe usted malograrse. Por lo que mí respecta, es distinto. Volvámonos. Podría usted enfermarse y no quiero cargar con esa responsabilidad. Además, cerca de aquí vive Luchesi...



-Basta -me dijo-. Esta tos carece de importancia. No me matará. No me moriré de tos.



-Verdad, verdad -le contesté-. Realmente, no era mi intención alarmarle sin motivo, pero debe tomar precauciones. Un trago de este medoc le defenderá de la humedad.



Y diciendo esto, rompí el cuello de una botella que se hallaba en una larga fila de otras análogas, tumbadas en el húmedo suelo.



-Beba -le dije, ofreciéndole el vino.



Llevóse la botella a los labios, mirándome de soslayo. Hizo una pausa y me saludó con familiaridad. Los cascabeles sonaron.



-Bebo -dijo- a la salud de los enterrados que descansan en torno nuestro.



-Y yo, por la larga vida de usted.



De nuevo me cogió de mi brazo y continuamos nuestro camino.



-Esas cuevas -me dijo- son muy vastas.



-Los Montresors -le contesté- era una grande y numerosa familia.



-He olvidado cuáles eran sus armas.



-Un gran pie de oro en campo de azur. El pie aplasta a una serpiente rampante, cuyos dientes se clavan en el talón.



-¡Muy bien! -dijo.



Brillaba el vino en sus ojos y retiñían los cascabeles. También se caldeó mi fantasía a causa del medoc. Por entre las murallas formadas por montones de esqueletos, mezclados con barriles y toneles, llegamos a los más profundos recintos de las catacumbas. Me detuve de nuevo, esta vez me atreví a coger a Fortunato de un brazo, más arriba del codo.



-El salitre -le dije-. Vea usted cómo va aumentando. Como si fuera musgo, cuelga de las bóvedas. Ahora estamos bajo el lecho del río. Las gotas de humedad se filtran por entre los huesos. Venga usted. Volvamos antes de que sea muy tarde. Esa tos...



-No es nada -dijo-. Continuemos. Pero primero echemos otro traguito de medoc.



Rompí un frasco de vino de De Grave y se lo ofrecí. Lo vació de un trago. Sus ojos llamearon con ardiente fuego. Se echó a reír y tiró la botella al aire con un ademán que no pude comprender.



Le miré sorprendido. El repitió el movimiento, un movimiento grotesco.



-¿No comprende usted? -preguntó.



-No -le contesté.



-Entonces, ¿no es usted de la hermandad?



-¿Cómo?



-¿No pertenece usted a la masonería?



-Sí, sí -dije-; sí, sí.



-¿Usted? ¡Imposible! ¿Un masón?



-Un masón -repliqué.



-A ver, un signo -dijo.



-Éste -le contesté, sacando de debajo de mi roquelaire una paleta de albañil.



-Usted bromea -dijo, retrocediéndo unos pasos-. Pero, en fin, vamos por el amontillado.



-Bien -dije, guardando la herramienta bajo la capa y ofreciéndole de nuevo mi brazo.



Apoyóse pesadamente en él y seguimos nuestro camino en busca del amontillado. Pasamos por debajo de una serie de bajísimas bóvedas, bajamos, avanzamos luego, descendimos después y llegamos a una profunda cripta, donde la impureza del aire hacía enrojecer más que brillar nuestras antorchas. En lo más apartado de la cripta descubríase otra menos espaciosa. En sus paredes habían sido alineados restos humanos de los que se amontonaban en la cueva de encima de nosotros, tal como en las grandes catacumbas de París.



Tres lados de aquella cripta interior estaban también adornados del mismo modo. Del cuarto habían sido retirados los huesos y yacían esparcidos por el suelo, formando en un rincón un montón de cierta altura. Dentro de la pared, que había quedado así descubierta por el desprendimiento de los huesos, veíase todavía otro recinto interior, de unos cuatro pies de profundidad y tres de anchura, y con una altura de seis o siete. No parecía haber sido construido para un uso determinado, sino que formaba sencillamente un hueco entre dos de los enormes pilares que servían de apoyo a la bóveda de las catacumbas, y se apoyaba en una de las paredes de granito macizo que las circundaban.



En vano, Fortunato, levantando su antorcha casi consumida, trataba de penetrar la profundidad de aquel recinto. La débil luz nos impedía distinguir el fondo.



-Adelántese -le dije-. Ahí está el amontillado. Si aquí estuviera Luchesi...



-Es un ignorante -interrumpió mi amigo, avanzando con inseguro paso y seguido inmediatamente por mí.



En un momento llegó al fondo del nicho, y, al hallar interrumpido su paso por la roca, se detuvo atónito y perplejo. Un momento después había yo conseguido encadenarlo al granito. Había en su superficie dos argollas de hierro, separadas horizontalmente una de otra por unos dos pies. Rodear su cintura con los eslabones, para sujetarlo, fue cuestión de pocos segundos. Estaba demasiado aturdido para ofrecerme resistencia. Saqué la llave y retrocedí, saliendo del recinto.



-Pase usted la mano por la pared -le dije-, y no podrá menos que sentir el salitre. Está, en efecto, muy húmeda. Permítame que le ruegue que regrese. ¿No? Entonces, no me queda más remedio que abandonarlo; pero debo antes prestarle algunos cuidados que están en mi mano.



-¡El amontillado! -exclamó mi amigo, que no había salido aún de su asombro.



-Cierto -repliqué-, el amontillado.



Y diciendo estas palabras, me atareé en aquel montón de huesos a que antes he aludido. Apartándolos a un lado no tardé en dejar al descubierto cierta cantidad de piedra de construcción y mortero. Con estos materiales y la ayuda de mi paleta, empecé activamente a tapar la entrada del nicho. Apenas había colocado al primer trozo de mi obra de albañilería, cuando me di cuenta de que la embriaguez de Fortunato se había disipado en gran parte. El primer indicio que tuve de ello fue un gemido apagado que salió de la profundidad del recinto. No era ya el grito de un hombre embriagado. Se produjo luego un largo y obstinado silencio. Encima de la primera hilada coloqué la segunda, la tercera y la cuarta. Y oí entonces las furiosas sacudidas de la cadena. El ruido se prolongó unos minutos, durante los cuales, para deleitarme con él, interrumpí mi tarea y me senté en cuclillas sobre los huesos. Cuando se apaciguó, por fin, aquel rechinamiento, cogí de nuevo la paleta y acabé sin interrupción las quinta, sexta y séptima hiladas. La pared se hallaba entonces a la altura de mi pecho. De nuevo me detuve, y, levantando la antorcha por encima de la obra que había ejecutado, dirigí la luz sobre la figura que se hallaba en el interior.



Una serie de fuertes y agudos gritos salió de repente de la garganta del hombre encadenado, como si quisiera rechazarme con violencia hacia atrás.



Durante un momento vacilé y me estremecí. Saqué mi espada y empecé a tirar estocadas por el interior del nicho. Pero un momento de reflexión bastó para tranquilizarme. Puse la mano sobre la maciza pared de piedra y respiré satisfecho. Volví a acercarme a la pared, y contesté entonces a los gritos de quien clamaba. Los repetí, los acompañé y los vencí en extensión y fuerza. Así lo hice, y el que gritaba acabó por callarse.



Ya era medianoche, y llegaba a su término mi trabajo. Había dado fin a las octava, novena y décima hiladas. Había terminado casi la totalidad de la oncena, y quedaba tan sólo una piedra que colocar y revocar. Tenía que luchar con su peso. Sólo parcialmente se colocaba en la posición necesaria. Pero entonces salió del nicho una risa ahogada, que me puso los pelos de punta. Se emitía con una voz tan triste, que con dificultad la identifiqué con la del noble Fortunato. La voz decía:



-¡Ja, ja, ja! ¡Je, je, je! ¡Buena broma, amigo, buena broma! ¡Lo que nos reiremos luego en el palazzo, ¡je, je, je!, a propósito de nuestro vino! ¡Je, je, je!



-El amontillado -dije.



-¡Je, je, je! Sí, el amontillado. Pero, ¿no se nos hace tarde? ¿No estarán esperándonos en el palazzo Lady Fortunato y los demás? Vámonos.



-Sí -dije-; vámonos ya.



-¡Por el amor de Dios, Montresor!



-Sí -dije-; por el amor de Dios.



En vano me esforcé en obtener respuesta a aquellas palabras. Me impacienté y llamé en alta voz:



-¡Fortunato!



No hubo respuesta, y volví a llamar.



-¡Fortunato!



Tampoco me contestaron. Introduje una antorcha por el orificio que quedaba y la dejé caer en el interior. Me contestó sólo un cascabeleo. Sentía una presión en el corazón, sin duda causada por la humedad de las catacumbas. Me apresuré a terminar mi trabajo. Con muchos esfuerzos coloqué en su sitio la última piedra y la cubrí con argamasa. Volví a levantar la antigua muralla de huesos contra la nueva pared. Durante medio siglo, nadie los ha tocado. In pace requiescat!


Edgar Allan Poe



Biblioteca Digital Ciudad Seva

Туркестан в цвете -- Türkistan'ın Renkli Fotoğrafları (1909-1915)

Old photos of Russia about 100 years ago

Russia in colors 1906-1916

Russia in Colour (this pics more than 100 years old)

Russia in colour - Pictures from the old Russian Empire

terça-feira, 20 de julho de 2010

Aquelas Imagens

E se eu mandasse que deixásseis

A caverna da mente?

Há na luz do sol e no vento

Exercício mais conveniente.



A Moscou ou a Roma

Nunca vos mandei viajar,

Renunciai a esta maçada,

Chamai as Musas para o lar.



Procurai aquelas imagens

Que constituem a terra bruta,

O leão e a virgem,

A criança e a prostituta.



Uma águia voando

Achai no meio do ar,

Reconhecei as cinco

Que fazem as musas cantar.



(Tradução de Péricles Eugênio da Silva Ramos)



Original em Inglês:



Those images



What if I bade you leave

The cavern of the mind?

There’s better exercise

In the sunlight and wind.



I never bade you go

To Moscow or to Rome,

Renounce that drudgery,

Call the Muses home.



Seek those images

That constitute the wild,

The lion and the virgin,

The harlot and the child.



Find in middle air,

An eagle on the wing,

Recognise the five

That make the Muses sing.


W. B. Yeats
Fonte – Blog A Poesia de Yeats
http://www.apoesiadeyeats.blogspot.com/

segunda-feira, 19 de julho de 2010

Rachmaninov - Suite pour deux pianos no.1 - III - Les Larmes - Engerer, ...

Rachmaninov - Suite pour deux pianos no.1 - II - La nuit... L'amour - En...

Moussorgsky/Tchalaev, by Accentus/Brigitte Engerer

A ponte
Mario Benedetti



Para cruzá-la ou não cruzá-la

eis a ponte



na outra margem alguém me espera

com um pêssego e um país



trago comigo oferendas desusadas

entre elas um guarda-chuva de umbigo de madeira

um livro com os pânicos em branco

e um violão que não sei abraçar



venho com as faces da insônia

os lenços do mar e das pazes

os tímidos cartazes da dor

as liturgias do beijo e da sombra



nunca trouxe tanta coisa

nunca vim com tão pouco



eis a ponte

para cruzá-la ou não cruzá-la

e eu vou cruzar

sem prevenções



na outra margem alguém me espera

com um pêssego e um país





fonte :Katyuscia Carvalho
http://katyuscia-carvalho.blogspot.com/

sexta-feira, 16 de julho de 2010

Red Ocean - Cool Animation

Diana era uma menina de 13 anos quando ,usando bermuda e tênis, entrou pela primeira vez numa loja chique, de grife, dessas que ficam num canto especial dos shopping , cercadas de seguranças.Sentiu-se entrando "num mundo novo e mágico ", como diria no twitter.Tudo era lindo,impecável,perfeito como nenhum namorado poderia ser.diante do balcão,entregando seu cartão de crédito dourado para a vendedora,Diana viu uma mulher dessas que as colunas sociais chamam de "elegantérrimas",com muita classe,personalidade e ,claro,dinheiro, além de cabelos loiros pintados por algum mestre da tintura.E pensou:"Um dia serei como ela".

Começou a ler todas as revistas de moda, a imitar todas as celebridades, a estudar inglês e fazer cursos.Emagreceu,passou a se maquiar e usar saltos altos,começou a andar com as colegas ricas da escola,adotou um semblante impassível como os das garotas nas passarelas.Um dia,cinco anos depois, sua mãe decidiu sair da priferia e ir ter mais qualidade de vida no interior.Foi o pior dia de sua vida.Diana abandonou a idéia da Faculdade,mas não o desejo de ser aquela mulher que viu na loja.a ausência de um shopping na cidadezinha a amargurava; o máximo que podia era ir a uma cidadezinha vizinha e comprar numa dessas lojas de departamento.Não tinha amigas nem namorados;mal saía de casa.Roía as unhas,tinha calos nos pés,não precisava nem mais fazer força para emagrecer.O único prazer era comprar,era perseguir a completude do guarda-roupa.Se as revistas diziam  " a moda é usar laranja", ela, que detesta laranja, saía para caçar tudo o que  pudesse nessa cor.Três dias sem uma compra era a infelicidade suprema.Quanto mais repetia uma peça, mais sentia precisar de outras.E mais se  endividava.

Diana,agora,se diz "à espera de um milagre ".Quer se salvar da compulsão em que se meteu.Quer retomar as amizades e os estudos, quer dar uma chance aos garotos mais simples.Quer aceitar a ajuda dos pais e liquidar as dívidas  .E fez uma promessa; só voltará a comprar roupa depois de 20 de dezembro, quatro dias antes do Natal. Afinal ninguém é de ferro.

Daniel Piza
http://www.danielpiza.com.br/
Sinopse
fonte.O Estado de São Paulo

Russian animation: I go seek (Я иду искать)

Cigarro

Vivia pelos cantos das festas. Eu não era solitário. Fumante, apenas. Obrigado a manter distância dos outros – eu e o pedaço de vida que me cabia entre os dedos – recostado na janela ou do lado de fora do salão, onde nenhum idiota poderia tossir e reclamar. Em tempos de valorização da saúde, quando os atores do cinema cospem mais sangue e menos fumaça, você se torna um alvo de uma geração de devoradores de batata e coca-cola.



Foi em uma festa para crianças, o sobrinho soprando velinhas. Vi aquelas velas no bolo – dez ao todo – as faíscas estourando. Tive vontade de voltar no tempo, só para me masturbar pela primeira vez. O início é como desenterrar um vulcão em erupção, tornar-se ativo. Você descobre o sentido da vida, renova a esperança no ser humano e percebe, finalmente, a maior utilidade de um polegar opositor.



Pensando bem, não pensei nisso naquela noite, mas agora, porque me lembrei de Eliana. Meu próximo contato com ela só ocorrerá por intermédio da mão direita, daí a nostalgia. Todo prazer é uma espécie de alívio. E eu quero muito aliviar-me daquela víbora, deletar as cenas proibidas para menores de dezoito, inclusive o cigarro interposto entre unhas vermelhas.



Voltemos para a festa. Mas não vou mentir para você. Essa merda nos levará a Eliana e talvez seja por isso, somente por isso, que ainda lembro-me dos detalhes. O estopim da vela, na verdade, me deu uma vontade desgraçada de acender um cigarro. Saí andando para trás e batendo palmas, até dar meia volta, mover a porta do salão, ir até a escada do prédio, sentar no degrau mais alto.



Um pouco de nicotina no ar e temos Eliana na história, às minhas costas. Chegou com andar de formiga: estava de salto e não a notei. Vestido vermelho, curvas impossíveis à direita e à esquerda, mulata. Ergui o cigarro para avisar, “Território enfumaçado, volte.” E aí ela pediu, meio rouca, um isqueiro.



O fogo do isqueiro é um tipo de hóstia entre fumantes. A brasa se multiplica para os irmãos. Compartilhamos o vício, e isso é uma virtude, meu caro. Duvida? Pergunte a um cachaceiro se ele é capaz de dividir o resto da pinga no copo, a um cervejeiro se doaria um copo para um desconhecido e, depois, observe os fumantes, veja como dão fogo e cigarros para qualquer outra chaminé-humana que apareça.



A conversa com ela foi rápida, lapso de dois cigarros. Daí ela me ofereceu seu fogo. Houve labaredas nunca antes vistas na cama do meu quarto. Não tinha frescura com ela, outra virtude das fumantes, e arriscamos metade do Kama Sutra naquela madrugada. Quando ela tremeu, chacoalhando a cama, também gozei. Por isso eu logo percebi: existiria vida após a transa.



Eliana era meio contraditória, sabe? Professora de academia, amante de esportes radicais. Começou a fumar vendo na tevê os jovens que flutuavam nas motos, subjugavam montanhas e carregavam sempre a vara mágica de tabaco. Por que não parava? Não queria uma vida longa. Queria morrer antes de estar morta.



Eu achava graça, apalpava a cintura dela. Cochichava algumas coisas nas bordas do ouvido para ela saber o quanto estava viva.



Acompanhei a mulata em algumas aventuras. A pior delas foi a queda livre, tão comum em sonho, do alto do Viaduto das Almas. O elástico nos pés, enxerguei as pedras do rio como esses insetos que crescem e se apequenam nos movimentos de uma lupa. “Quer dizer que você gosta de cutucar a morte?” Eliana era cheia das antíteses, a danada, “Cutucar a morte é viver, meu amor”.



Neste mesmo dia do salto, Eliana quis saber o valor da vida para mim. Pensei em muita coisa para enganar o próprio pensamento, para não dizer, “Gata, viver é ter uma mulher linda e inteligente te chamando de amor.” Mas eu ia entregar de bandeja a alma, assustá-la, daí mastiguei o silêncio enquanto ela esperava, insistente, uma resposta.



Foi um relacionamento muito diferente dos anteriores. Não nos falávamos por meios virtuais, quase não usávamos telefone. Todas as noites após o trabalho íamos parar no meu apartamento ou no dela ou num motel. Aos fins de semana, partíamos para alguma loucura no meio do mato. Experimentei a Asa Delta, a metáfora perfeita de namorar Eliana: estar suspenso do mínimo grão de areia do real.



Não tive compaixão dos livros. Nem do Machado. Vivia um poema árcade, com a minha própria Marília, e eu poderia dedicá-lo à primeira traça que comeu o Brás Cubas da estante.



Foi preciso vencer o medo de altura. Se consegui, temi menos a altura que a fossa. O alpinismo, hesitei um pouco antes de encarar. A serra escolhida pela mulata não era tão alta, ainda bem. Nada foi tão bom quanto chegar lá em cima, montar uma barraca e fazer sexo. Eu por cima, ela por baixo, lá fora o vento latindo. Não esperava uma coisa: a vontade de tirar a roupa atrapalhou-me de montar direito a barraca; e o vento levou a lona que nos cobria. Quase me amoleci, temendo a chegada de outras pessoas, mas eu penetrava a própria onipotência. Ela sorria, os gemidos exercendo atração magnética sobre meus pelos, os fios dos cabelos se embolando como cobras Naja. Não havia como interromper aquilo para recuperarmos a barraca. Não havia como parar se tocasse o telefone, se aparecesse alguém, se chovesse meteoros. A melhor das transas não foi sucedida de um cigarro. Ao menos isso o vento conseguiu avacalhar.



No outro dia eu acordei pensando em colocar um anel dourado na mãozinha dela. Decorar frases bonitinhas para declamar. Ajoelhar se fosse preciso. Veja bem, eu nem conhecia ainda a família da moça. Mas nascemos um para o outro e nos dávamos muito bem na cama. As unhas e dentes amarelados, o gosto do cigarro na boca, nada disso fazia diferença entre dois fumantes apaixonados.



Quis fazer uma surpresa para a mulata. Nada de anel. Melhor deixar essa imagem nas nuvens ainda, uma aliança íntima entre mim e o tempo. Passei para o terreno das flores e das mensagens de amor. Despertar, quem sabe, um romantismo apagado no primeiro cigarro aceso. Passei na floricultura do centro da cidade. Escolhi orquídeas, porque são belas e não morrem facilmente.



Toquei a campainha. Ela demorou demais para atender. Quando veio, não podia imaginar que, nos três meses de convívio, eu aprendera metade do que falavam os seus olhos. E não dava para negar, era olhar de fera no cio em pleno ato. Bandida. Joguei as flores nos braços dela e parti para o quarto. Ela ligeira, atrás, “Onde você vai, meu bem?”, e eu apertando os passos, “volte aqui, amor”, e eu cada vez mais puto e apressado.



Abri a porta do quarto. Agachei, olhei debaixo da cama, vazia, puxei as cortinas, ninguém, abri a porta do armário, vai que o cara era adepto a clichês? Bingo. Lá estava ela. Ela! Seios à mostra e fio dental azul-piscina com bolinhas brancas.



A mulher disse um oi. Tornei a fechar a porta do guarda-roupa. “Eu ia te contar”. Caminhei de volta à sala. Tomei o vaso com a orquídea na mão direita e, num impulso de handebol, espatifei tudo na parede. Terra e flores roxas para todo lado. A outra chegou correndo, os peitos balançando, “Encoste nela e chamo a polícia”.



“Não vou encostar em ninguém, sua puta.” Eliana pediu para a mulher voltar para o quarto. Depois foi ao oratório, puxou um cigarro do porta-canetas. Ofereceu-me um. Recusei.



O barulho da louça explodindo resgatou-me a calma. Pedi desculpas. Ela, manuseando o cigarro como se fosse batuta, ensaiava no ar uma melodia fúnebre. “Não foi nada”.



Falei que ela devia ter contado sobre a sua bissexualidade, sem problemas. E, apesar da cena ter me deixado puto, essa aventura não mudaria nosso namoro, pois tudo estava muito bom.



Ela riu, riu e tossiu, riu por entre os tragos.



“Quem disse que estamos namorando?”



Não sei quanto tempo ficamos no pause, ela esperando uma reação, eu tentando assimilar a pergunta. Acabei protestando como um paspalho. Por que então ela dizia me amar?



Sem mexer uma ruga no rosto, fez um discurso sobre o sentimento. “O amor, hoje, querido, é rápido e intenso.” E fez alguns espirais de fumaça para exemplificar. As coisas na vida dela surgiam e sumiam muito rápido. Mas cada partícula perdida se enterrava viva numa fresta da memória. E confessou, amou-me, mas o sentimento já estava no fim. Duraria mais dois dias ou coisa parecida.



A pouco de deixar Eliana, olhei para as mãos dela. O cigarro no meio das unhas vermelhas já era quase uma guimba. Um pedaço miserável de veneno e de vida despejando cinzas pelo chão. Não era possível que ela não sentisse a brasa da outra ponta se aproximando… talvez fosse a obsessão de ir até o limite. Logo ela recorreria a outro cigarro, antes ou depois de lamber a vadia que a esperava.



Saí sem dizer adeus, a terra na sola do sapato, deixei duas ou três pegadas nas escadas. O fim do relacionamento só foi bom para a minha mãe: parei de fumar. Depois de três meses de muito sexo, estou convicto, sou um ex-fumante. Detesto cigarros e amores que queimam. Mas não sei por que, talvez pela força do hábito, continuo a buscar os cantos das festas de aniversário.



Por Augusto Marques
Fonte:Cronópios



 
* * *

Augusto Marques (24 anos) estuda Publicidade, é contista, músico e fumante. Mora em Ibirité, no interior de Minas Gerais. É brasileiro e desiste sempre. Mas depois, por essas razões ocultas, torna a acreditar. E-mail: augusmarques@yahoo.com.br

B.Britten & P.Pears - O Waly, Waly

¡Que viva México! - Eisenstein (En Sub) 9/9

¡Que viva México! - Eisenstein (Sub Esp) 8/9

Moça Enlouquecida

Aquela moça enlouquecida,

Improvisando a sua música e poesia,

Dançando em meio à praia; a alma apartada de si mesma,

A subir e descer aonde a moça não sabia;

A esconder em meio à carga de um vapor

A rótula quebrada,

Eu proclamo essa moça algo de belo e alto, ou algo

Perdido heroicamente, achado heroicamente.



Pouco importa o acidente que ocorreu,

Ela envolvia-se em desesperada música,

Ela envolvia-se, envolvia-se,

E não ergueu seu triunfo,

Onde os fardos e cestos repousavam,

Som que fosse trivial e inteligível,

porém cantou: “Mar esfomeado, ó mar famélico de mar”.


William Butler Yeats
Tradução de Péricles Eugênio da Silva Ramos

quinta-feira, 15 de julho de 2010

Thomas Hirshhorn (blue serie) women against war

Beethoven Grosse Fuge pt-1

Beethoven Grosse Fuge pt-2

The Dogma

Canto Esponjoso

Bela

esta manhã sem carência de mito,

E mel sorvido sem blasfêmia.



Bela

esta manhã ou outra possível,

esta vida ou outra invenção,

sem, na sombra, fantasmas.



Umidade de areia adere ao pé.

Engulo o mar, que me engole.

Valvas, curvos pensamentos, matizes da luz

azul

completa

sobre formas constituídas.



Bela

a passagem do corpo, sua fusão

no corpo geral do mundo.

Vontade de cantar. Mas tão absoluta

que me calo, repleto.


Carlos Drummond de Andrade

Whale Hunter“

Nicolai Gedda "Down by the Salley gardens"

Down by the salley gardens my love and I did meet;


She passed the salley gardens with little snow-white feet.

She bid me take love easy, as the leaves grow on the tree;

But I, being young and foolish, with her did not agree.



In a field by the river my love and I did stand,

And on my leaning shoulder she laid her snow-white hand.

She bid me take life easy, as the grass grows on the weirs;

But I was young and foolish, and now am full of tears.



William Butler Yeats

Down The Salley Garden - Andreas Scholl

quarta-feira, 14 de julho de 2010

O bar, a parede e a flor

o bar






aqui

no fim do dia

rumino a alma

e espeto a dor

com o palito de azeitona











a parede e a flor



o paredão de pedra

divide são paulo e eu



as nuvens passam beirando as balas

e as meninas dos sinais



as barbas do edifício estão de molho

neste frio mariano



são paulo é uma cidade do alto

mas aqui também tem girassóis



mesmo que o frio arda

mesmo que a noite adentre a boca

mesmo que a boca adentre a terra



são paulo é uma cidade do alto

mas aqui também tem girassóis

mesmo que girem pra brindar a morte

Cida Pedrosa
fonte: Escritoras Suicidas

Estou Indo

Vem, vem, seja você quem for,


Não importa se você é um infiel, um idólatra,

Ou um adorador do fogo,

Vem, nossa irmandade não é um lugar de desespero,

Vem, mesmo tendo violado seu juramento cem vezes,

Vem assim mesmo.

Rumi

Vem,

Te direi em segredo

Aonde leva esta dança.

Vê como as partículas do ar

E os grãos de areia do deserto

Giram desnorteados.

Cada átomo

Feliz ou miserável,

Gira apaixonado

Em torno do sol.

Poema Sufi, de Jalal ad-Din Muhammad Rumi

terça-feira, 13 de julho de 2010

Sonetos a Orfeu

Rainer Maria Rilke

I, 22



A nós, nos cabe andar.

Mas o tempo, os seus passos,

são mínimos pedaços

do que há de ficar.



É perda pura

tudo o que é pressa;

só nos interessa

o que sempre dura.



Jovem, não há virtude na velocidade

e no vôo, aonde for.



Tudo é quietude:

escuro e claridade,

livro e flor.



Tradução: Augusto de Campos

Coisas e Anjos de Rilke – Ed. Perspectiva

Images d'un Flâneur à Paris. Photographies Fernando Rabelo

segunda-feira, 12 de julho de 2010

Schubert à Tautavel avec le Trio Capuçon

Avantgarde - Get Down (Again) (Official Video HQ)

Lei Maria da Penha

A Fuga de Pulcinella

Pulcinella era a marionete mais inquieta de todo o velho teatro. Tinha sempre que protestar, seja porque no momento do espetáculo preferira passear, seja porque seu manipulador concedera-lhe uma parte cômica, enquanto ele preferira uma dramática.

-Qualquer dia destes – dizia em segredo a Arlecchino – corto a corda*! E assim fez, mas não durante o dia. Uma noite, ao conseguir tomar posse de uma tesoura esquecida pelo manipulador das marionetes, cortou de um topo ao outro os fios que lhe prendiam a cabeça, as mãos e os pés e propôs a Arlecchino:

-Vem comigo.

Só que Arlecchino não queria saber de separar-se de Colombina e nem Pulcinella tinha a intenção de ir atrás daquela manhosa, que no teatro tinha-lhe pregado cem mil peças.

-Irei sozinho! – decide. Lançou-se corajosamente rua a fora, pernas para que te quero!

“Que beleza – pensava ao correr – não sentir mais os puxões daqueles malditos fios em lugar nenhum. Que beleza meter o pé bem aonde se deseja”.

O mundo, para uma marionete solitária, é grande e terrível e habitado (especialmente à noite) por gatos ferozes, prontos a confundir qualquer coisa que fuja como um rato, a qual se dá a caça. Pulcinella conseguiu convencer os gatos, que se metiam com um bom artista, e conto após conto, refugiou-se em um jardim, encostou-se em um pequeno muro e ali adormeceu.

Acordou com o nascer do sol e tinha fome. Porém, ao seu redor, até onde a vista alcançava, não havia mais do que cravos, tulipas, zínias e hortênsias.

-Paciência – falava para si Pulcinella e, ao colher um cravo, começou a mastigar-lhe as pétalas com uma certa indiferença. Não era como comer uma bisteca grelhada ou um filé de peixe pérsico: as flores têm muito perfume e pouco sabor. Entretanto, para Pulcinella aquilo parecia o sabor da liberdade e, na segunda bocada, estava seguro de nunca ter provado comida mais deliciosa. Decidiu permanecer para sempre naquele jardim e assim o fez. Dormia sob uma grande magnólia, cujas duras folhas não temiam nem mesmo as fortes chuvas, e se nutria das flores: hoje um cravo, amanhã uma rosa. Pulcinella sonhava com montanhas de espaguetes e planícies de mussarelas, mas não se rendia. Tornava-se seco, seco, mas tão perfumado, que a todo instante abelhas pousavam em seu corpo para sugar-lhe o néctar e logo afastavam-se frustradas, pois não conseguiam afundar o ferrão na sua cabeça de madeira.

Veio o inverno. O jardim, agora sem flores, esperava a primeira nevasca e a pobre marionete não tinha mais nada para comer. Sem dedos que pudessem recomeçar a viagem: as suas pobres pernas de madeira não suportariam levá-lo para longe.

“Paciência, – falava para si Pulcinella – morrerei aqui. Não é um lugar feio para se morrer. Além do mais, morrerei livre: ninguém poderá prender um fio à minha cabeça, para me fazer dizer sim ou não.”

A primeira nevasca o sepultou abaixo de uma mórbida coberta branca.

Na primavera, naquele exato lugar, nasceu um cravo. Soterrado, calmo e feliz, Pulcinella pensava: “ Eis que acima da minha cabeça cresceu uma flor. Existe alguém mais feliz do que eu?”.

Porém, não estava morto, porque as marionetes de madeira não podem morrer. Ainda continua soterrado, só que ninguém sabe disto. Se vocês pretendem encontrá-lo, não amarrem nenhum fio em sua cabeça: aos reis e rainhas do teatro, este fio não incomoda, mas a ele, pode fazê-lo sofrer.



*cortar a corda: `tagliare la corda` (no original) é uma expressão idiomática que significa “ir-se embora”. No texto original é utilizada em forma de trocadilho, devido ao fato de Pulcinella ser uma marionete (consequentemente, presa por cordas).

Por Gianni Rodari


Bruna G. Galvão (tradução)

BIOGRAFIA: Gianni Rodari (1920-1980), jornalista e escritor italiano que se destacou como autor de histórias infantis. Dentre suas publicações está Favole al Telefono (1962), onde se encontra a fábula aqui traduzida

Fonte– Cronópios

domingo, 11 de julho de 2010

Magdalena Kožená: Lascia ch'io pianga (Videoclip)

Um autor para adolescentes: Cortázar, nosso tio legal e meio maluco

DAMIÁN TABAROVSKY
colaboração para a Folha de Buenos Aires




JULIO CORTÁZAR É O GRANDE ESCRITOR ADOLESCENTE da literatura argentina. Isso não deve ser lido como um defeito, mas, pelo contrário, como parte de alguns atributos que o tornam irremediavelmente original.




Adolescente em pelo menos três sentidos. Primeiro, por seu aspecto, seu porte, seu estilo. Por alguma razão misteriosa, Cortázar sempre pareceu mais jovem do que realmente era. Nascido em 1914, nos anos 60 -durante a explosão do boom de literatura latino-americana- já era um senhor maduro; não obstante, partilhava cartel (e marketing) com escritores dez ou quinze anos mais novos: García Márquez nasceu em 1927, Carlos Fuentes, em 1928, e Vargas Llosa, ainda mais tarde, em 1936.



E mesmo assim nas fotos ele sempre aparece fresco, viçoso, alto, esbelto, com aquele jeito de intelectual parisiense que fazia parte de seu halo. Lembro agora de uma foto, certamente a mais famosa de Cortázar, tirada em 1967 na Rue de Savoie, em Paris, pela fotógrafa argentina Sara Facio: é um primeiro plano de seu rosto, com um cigarro apagado na boca, elegante, com o cenho levemente franzido. Tinha 53 anos, mas parecia ter bem menos.



LOOK É que a adolescência em Cortázar também é uma questão de atitude: seu “look” se conjuga com um esquerdismo romântico, de viagem em viagem (de Cuba à Nicarágua, passando por Maio de 68), com um frescor ideológico carente de rigor teórico e, ainda mais, de dureza militante, mas que funcionava com um ímã, como uma apresentação à rebeldia literária para as jovens gerações em busca de um mestre.



Adolescente também, e principalmente, é sua obra. Em seu “Diccionario de Autores Latinoamericanos”, Cesar Aira escreve: “Em 1951, ano de sua partida para a França, apareceu ‘Bestiário’, livro de contos que, pelo estilo, procedimentos, temática e qualidade, poderia ser intercambiado com o último que escreveu, 30 anos depois. Não houve maturação visível em Cortázar”.



GOMBROWICZ A literatura argentina conhece outro caso de quem fez uma arte de não amadurecer: Witold Gombrowicz (1904-69). Repassemos brevemente sua história. Ancorado por acaso em Buenos Aires em 1939 (os nazistas tinham acabado de invadir sua Polônia natal), residiria na Argentina por 24 anos, onde escreveu vários de seus romances-chave (daí a piada, acho que de Ricardo Piglia, de dizer que “Gombrowicz é o grande escritor argentino”).



A tradução de “Ferdydurke” para o espanhol é um dos maiores mitos literários argentinos, senão o maior: reunidos no bar Rex, em Buenos Aires, Gombrowicz ia traduzindo, frase por frase, do polonês original para um espanhol calamitoso (jamais conseguiu aprender bem o idioma), e um grupo de jovens escritores, entre eles Adolfo de Objeta (o filho de Macedonio Fernández, mestre de Borges) e Virgilio Piñera (o grande escritor cubano) tentavam compreender e dar “estilo” às frases desconexas do autor até traduzir o romance para um espanhol inverossímil.



Pois bem, Gombrowicz baseia toda a sua obra em sua teoria da imaturidade. Nele, a imaturidade está ligada à ideia da forma, à recusa de toda metafísica, de todo essencialismo, tanto literário como político. A imaturidade em Gombrowicz é um modo de não pertencer ao mundo, de não deixar-se pegar por ele, de pôr o sentido em suspenso, de suspeitar das ideias simples, de deixar as coisas mais complexas.



Nada disso ocorre em Cortázar. Se a sua literatura é imatura ou, melhor dizendo, adolescente, é, muito pelo contrário, porque para ele tudo fica demasiado fácil, binário, transparente, inteligível. A escrita de Cortázar funciona por empatia, como os adolescentes. Forma bandos, grupos (Os Cronópios, As Famas), conta histórias reconhecíveis, permite que nos sintamos identificados (que garota dos anos 60 não queria ser como A Maga, personagem de “O Jogo da Amarelinha”?). Querer identificar-se com Cortázar é parte do encanto da cultura argentina.



PERENE JUVENTUDE Chegamos agora à terceira razão, talvez a mais importante, a mais enigmática, a mais sexual: o que faz de Cortázar um adolescente é que ele é o grande escritor argentino lido por adolescentes. Volto ao dicionário de Aira: “Um ar de perene juventude banha sua obra, indiscutível favorita entre os jovens, leitura de iniciação e descoberta da literatura”.



Todo escritor, intelectual ou simplesmente leitor argentino, em sua adolescência, leu e amou loucamente Cortázar. Se alguma vez encontrar um leitor argentino que diga o contrário, não acredite: é mentira. Cortázar é para todos nós uma fonte inesgotável de alegria, de felicidade: nos lembra quando éramos jovens, quando tínhamos o futuro adiante, o mundo a nossos pés.



E nos lembra perguntas enigmáticas, como esta: “Onde o destino põe a obra dos jovens escritores?”. Se existe algo que Cortázar jamais pensou foi em converter-se no grande escritor para adolescentes, o grande escritor de iniciação (ele se pensava competindo com Borges, dialogando com Gide, herdando de Breton). E, mesmo assim, seus livros, seus romances e contos, sua foto com o cigarro apagado são o ritual de iniciação à leitura (à leitura verdadeira, à emoção, ao pensamento) de milhares de jovens a cada ano.



Cortázar tem um duplo enigma, o enigma da passagem do tempo: nós envelhecemos, mas ele, não. Ele sempre é brisa de liberdade, de esperança, de alegria, como é a própria juventude.



DIVULGAÇÃO Se a literatura de Cortázar cumpre essa função de iniciação, é porque sua obra é um imenso mecanismo de divulgação literária e cultural. Em seus livros aparece um conjunto de nomes próprios, que muitos conheceram pela primeira vez graças a ele: de Marcel Duchamp à patafísica, de Rimbaud a Lezama Lima, do free jazz a Raymond Roussel, a escrita de Cortázar funciona como uma batedeira, um liquidificador, um multiprocessador onde, de um lado, entram essas matérias-primas (os ecos da boemia e da vanguarda francesa!) e, do outro, sai um produto que conserva citações e referências àquela vanguarda, mas apresentados agora de modo amigável, ameno, sem nada que dificulte a leitura.



Por todos os lados, esse mecanismo funciona, não apenas em sua política de citações de nomes próprios (explícita em livros como “A Volta ao Dia em 80 Mundos”), mas, sobretudo, em seus contos, em suas narrativas, em seus romances: “Histórias de Cronópios e de Famas” é uma reescrita gentil do imaginário surrealista, “O Jogo da Amarelinha” retoma de maneira amável as grandes experimentações do romance de vanguarda do começo do século 20.



AMIGÁVEL Como todo grande mestre de adolescentes, Cortázar tem um componente tranquilizante: sua obra vem nos dizer que a vanguarda não implica um corte radical, uma quebra estrutural, não gera uma irremediável sensação de solidão, mas, pelo contrário, mostra que é possível ser vanguardista e amigável ao mesmo tempo. Cortázar é como um tio legal e meio maluco da literatura argentina.



E depois, irremediavelmente, vem o momento trágico. Acontece com todos nós, e tudo bem que seja assim: nós o abandonamos. Graças a ele, conhecemos Raymond Roussel. Mas, depois de ler Roussel, não podemos voltar a Cortázar. Porque depois pulamos para Foucault (autor de um livro formidável sobre Roussel) e dele para Robbe-Grillet, e depois para Duchamp e Cage, e à mais radical vanguarda latino-americana, e então os mecanismos de divulgação cortazarianos já não nos divertem mais. Pelo contrário, nos parecem triviais. É um momento penoso: significa que deixamos a adolescência para trás, que já não somos mais jovens.



E quando ninguém esperava nada novo de Cortázar, no ano passado saiu na Argentina o livro que agora acaba de ser traduzido para o português: “Papéis Inesperados” (os livros de Cortazar são publicados no Brasil pela ed. Civilização Brasileira). Um conjunto de textos nunca antes publicados, como algumas chaves de leitura muito interessantes (como o discurso para professores, de 1939, no qual temos acesso a um Cortázar bem sério, ou o belíssimo texto sobre o funcionamento do metrô).



Quando saiu, o volume foi apresentado na Feira do Livro de Buenos Aires, na sala maior, totalmente lotada: 1.200 pessoas, na maioria menores de 30 anos, curiosos pela aparição de uma novidade de seu autor favorito, morto faz muito tempo (1984).



Mas sempre jovem, é claro.

sábado, 10 de julho de 2010

las ruinas circulares

OJOS (III)

RECUPERO el mandamiento

que no se me permitió vociferar

estando yo en el vientre de la mujer

que intenté y no pude o no quise amar.

Cruzó el océano una báscula de ojos…,

examino las sinfonías del fallecimiento

que buscan descanso encima

del témpano de fuego, lejos

y muy cerca de lo que deseamos ser.



Concluí –ayer- que el aspecto

de mis manos es bastante embelesado,

de nata mortífera y hojas de libros

que fueron esmeradamente empastados

por los hijos de tus hijos bastardos.

Alexander Vórtice

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sexta-feira, 9 de julho de 2010

Child Soldiers in Sierra Leone

Vinicius de Moraes & Toquinho - A Rosa Desfolhada

Ausência

Eu deixarei que morra em mim o desejo de amar os teus olhos que são doces.

Porque nada te poderei dar senão a mágoa de me veres eternamente exausto.

No entanto a tua presença é qualquer coisa como a luz e a vida

E eu sinto que em meu gesto existe o teu gesto e em minha voz a tua voz.

Não te quero ter porque em meu ser tudo estaria terminado.

Quero só que surjas em mim como a fé nos desesperados

Para que eu possa levar uma gota de orvalho nesta terra amaldiçoada.

Que ficou sobre a minha carne como nódoa do passado.

Eu deixarei… tu irás e encostarás a tua face em outra face.

Teus dedos enlaçarão outros dedos e tu desabrocharás para a madrugada.

Mas tu não saberás que quem te colheu fui eu, porque eu fui o grande íntimo da noite.

Porque eu encostei minha face na face da noite e ouvi a tua fala amorosa.

Porque meus dedos enlaçaram os dedos da névoa suspensos no espaço.

E eu trouxe até mim a misteriosa essência do teu abandono desordenado.

Eu ficarei só como os veleiros nos pontos silenciosos.

Mas eu te possuirei como ninguém porque poderei partir.

E todas as lamentações do mar, do vento, do céu, das aves, das estrelas.

Serão a tua voz presente, a tua voz ausente, a tua voz serenizada

Vinícius de Moraes

Ojos II

EN la oscuridad el mandato

de Omega es nebulosa de pestañas abiertas.

Querido amigo cubierto de iris

y resonancias magnéticas,

querido sabor añejo que me otorgó la vida,

querido amor de todos los amores posibles…

Yo he visto un bisbiseo

de calambres y aguijones

allende las discursiones

de las virtuosas galaxias.



Alexander Vórtice

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quinta-feira, 8 de julho de 2010

Martin Chambi

Joaquin Sabina - La Magdalena

La Magdalena

Si, a media noche, por la carretera

que te conté,

detrás de una gasolinera

donde llené,

te hacen un guiño unas bombillas

azules, rojas y amarillas,

pórtate bien

y frena.

Y, si la Magdalena

pide un trago,

tú la invitas a cien

que yo los pago.

Acércate a su puerta y llama

si te mueres de sed,

si ya no juegas a las damas

ni con tu mujer.

Sólo te pido que me escribas,

contándome si sigue viva

la virgen del pecado,

la novia de la flor de la saliva,

el sexo con amor de los casados.

Dueña de un corazón,

tan cinco estrellas,

que, hasta el hijo de un Dios,

una vez que la vio,

se fue con ella.

Y nunca le cobró

la Magdalena.

Si estás más solo que la luna,

déjate convencer,

brindando a mi salud, con una

que yo me sé.

Y, cuando suban las bebidas,

el doble de lo que te pida

dale por sus favores,

que, en casa de María de Magdala,

las malas compañías son las mejores.

Si llevas grasa en la guantera

u un alma que perder,

aparca, junto a sus caderas

de leche y miel.

Entre dos curvas redentoras

la más prohibida de las frutas

te espera hasta la aurora,

la más señora de todas las putas,

la más puta de todas las señoras.

Con ese corazón,

tan cinco estrellas,

que, hasta el hijo de un Dios,

una vez que la vio,

se fue con ella,

Y nunca le cobró

la Magdalena.

OJOS (I)

EN la oscuridad

el mandato de Morfeo

es vendaval de quimeras.

No querer odiar

y no desear más


porque todo lo que tenemos


es todo lo que existe


a nuestro alrededor;


sedante en mis arterias


y sangre henchida de enseres,


de soportes con tufo



a maestro de escuela


y acontecimientos


convencionales;



calmantes en mi mano derecha y en ti,



en todo lo que estoy soñando despierto.



Alexander Vórtice


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