Mostrando postagens com marcador Dino Buzzati. Mostrar todas as postagens
Mostrando postagens com marcador Dino Buzzati. Mostrar todas as postagens

sexta-feira, 27 de setembro de 2019

Los siete mensajeros





Habiendo salido a explorar el reino de mi padre, día a día voy alejándome de la ciudad y las noticias que me llegan son cada vez más raras.

Comencé el viaje cuando tenía poco más de treinta años y han pasado ya más de ocho años, seis meses y quince días de ininterrumpido camino.

Creía, en el momento de partir, que en pocas semanas habría alcanzado los confines del reino; por el contrario, seguí encontrando nuevas gentes y países y en todas partes hombres que hablaban mi mismo idioma y que decían ser mis súbditos. A veces pienso que la brújula de mi geógrafo se ha enloquecido y que, creyendo avanzar siempre hacia el sur, en realidad damos vueltas sobre nuestros propios pasos sin aumentar jamás la distancia que nos separa de la capital; esto podría explicar por qué no estamos ahora junto a la extrema frontera.

Pero más frecuentemente me atormenta la duda de que este confín no existía, que el reino se extienda sin límite alguno y que, por más que yo avance, jamás podré arribar a la frontera. Empecé el viaje cuando tenía más de treinta años, demasiado tarde, quizás. Los amigos, los mismos familiares, se burlaban de mi proyecto, opinando que iba a despilfarrar los mejores años de mi vida. Pocos de mis leales, en realidad, aceptaron partir.

Si bien era algo descuidado -mucho más que ahora- me preocupé de poder comunicarme, durante el viaje, con mis seres queridos; entre los caballeros de la escolta elegí los siete mejores para que me sirvieran de mensajeros. Creí, ignorante de mí, que tener siete mensajeros era una verdadera exageración.

Con el transcurso del tiempo advertí, por el contrario, que eran ridículamente pocos, a pesar de que ninguno de ellos fue asaltado por los bandidos ni malogró su cabalgadura. Los siete me han servido con una tenacidad y una devoción que difícilmente podré recompensar.

Para distinguirlos con facilidad les puse nombres cuyas iniciales eran alfabéticamente progresivas: Alejandro, Benito, Carlos, Daniel, Eduardo, Federico, Gregorio.

Poco acostumbrado a estar lejos de mi casa, envié al primero, Alejandro, al caer la noche del segundo día de viaje, cuando habíamos recorrido ya unas ochenta leguas. A la noche siguiente, para asegurarme la continuidad de las comunicaciones, envié al segundo, después al tercero, después al cuarto, consecutivamente, hasta la octava tarde del viaje en que partió Gregorio. El primero todavía no había regresado.

Llegó la décima noche mientras acampábamos en un valle deshabitado. Supe por Alejandro que su rapidez había sido menor a la prevista; había pensado que, yendo separado y en un corcel inmejorable, podría recorrer en el mismo tiempo el doble de distancia que nosotros, pero no había recorrido el doble, sino sólo una vez y media; en unas jornadas, mientras nosotros avanzábamos cuarenta leguas, él avanzaba sesenta, pero no más.

Lo mismo pasó con los otros. Benito, que partió la tercera noche del viaje, retornó recién a la décima quinta; Carlos, que partió a la cuarta noche, nos alcanzó en la vigésima. Muy pronto comprendí que bastaba multiplicar por cinco los días que llevábamos viajando para saber cuándo volvería el mensajero.

Al alejarnos constantemente de la capital, el itinerario de los mensajeros se hacía cada vez más largo. Después de cincuenta días de camino el intervalo entre un arribo u otro comenzó a espaciarse sensiblemente; mientras antes veía llegar al campamento un mensajero cada cinco días, el intervalo llegó a hacerse de veinticinco días; la voz de mi ciudad, de esa manera, se volvía cada vez más apagada: pasábamos semanas enteras sin tener ninguna noticia.

Una vez que transcurrieron seis meses -ya habíamos atravesado los montes Fasani- el intervalo entre uno y otro arribo de los mensajeros aumentó a cuatro meses. Ahora ellos me traían noticias lejanas; el sobre me llegaba ajado, muchas veces con manchas de humedad, debido a las noches que el portador se había visto obligado a pasar al sereno.

Avanzábamos aún. En vano buscaba persuadirme de que las nubes que se deslizaban rápidamente sobre mí eran iguales a las de mi niñez, que el cielo de la ciudad lejana no era diferente de la cúpula azul que tenía sobre mí, que el aire era el mismo, igual el soplo del viento, idénticas las voces de los pájaros. Las nubes, el cielo, el aire, los vientos, los pájaros se me aparecían en verdad, como cosas nuevas y diversas; y yo me sentía extranjero.

¡Adelante! ¡Adelante! Vagabundos encontrados por la llanura me decían que los confines no estaban lejos. Yo incitaba a mis hombres a no descansar, borraba las palabras descorazonadoras que se formaban sobre sus labios.

Ya habían pasado cuatro años de mi partida. ¡Qué larga fatiga! La capital, mi casa, mi padre, se habían vuelto extrañamente remotos, casi no me parecían reales. Ahora pasaban fácilmente veinte meses entre las sucesivas apariciones de los mensajeros. Me traían curiosas misivas amarillentas por el tiempo y en ella encontraba nombres olvidados, modos de decir insólitos para mí, sentimientos que no lograba comprender. A la mañana siguiente, después de una sola noche de reposo, mientras nosotros nos poníamos en camino, el mensajero partía en dirección opuesta, llevando a la ciudad las cartas que yo había preparado en ese mismo tiempo.

Pero ya han transcurrido ocho años y medio. Esta noche cenaba solo en mi tienda cuando entró Daniel, que aún lograba sonreír, aunque estaba muerto de cansancio. Hace casi siete años que no lo veía. Durante todo este período larguísimo no ha hecho más que correr, atravesando praderas, bosques y desiertos, cambiando quién sabe cuántas veces de cabalgadura, para traerme el paquete de sobres que hasta ahora no he tenido deseos de abrir. Ya se fue a dormir y volverá a partir mañana mismo, al amanecer.

Partirá por última vez. Consultando el calendario calculé que, aunque todo salga bien, yo continuando mi camino como lo he hecho hasta ahora y él el suyo, no podré volver a ver a Daniel hasta dentro de treinta y cuatro años. Entonces tendré setenta y dos.

Pero comienzo a sentirme cansado y es probable que me muera antes. No lo volveré a ver. Dentro de treinta y cuatro años (quizás antes, mucho antes) Daniel descubrirá, inesperadamente, los fuegos de mi campamento y se preguntará por qué nunca antes le resultó el trayecto tan corto.

Como esta noche, el buen mensajero entrará en mi tienda con las cartas amarillas, llenas de absurdas noticias de un tiempo ya sepultado; pero se detendrá en el umbral y me verá inmóvil tendido sobre el camastro, flanqueado por dos soldados con antorchas, muerto.

¡Anda, pues, Daniel, y no me digas que soy cruel! Lleva mi último saludo a la ciudad donde nací. Tú eres la última ligazón con el mundo que en un tiempo fue también mío. Los mensajes recientes me han hecho saber que han cambiado muchas cosas, que mi padre ha muerto, que la corona pasó a mi hermano mayor, que me consideran perdido, que han construido altos palacios de piedra, allá, donde estaban las encinas a cuya sombra solíamos jugar. De cualquier manera, siempre seguirá siendo mi vieja patria. Tú eres la última atadura con ella, Daniel.

El quinto mensajero, Eduardo, que me alcanzará, si dios quiere, dentro de un año y ocho meses, no podrá volver a partir porque no tendrá tiempo de regresar. Después de ti, el silencio, ¡oh, dios mío!, a menos que encuentre los anhelados confines. Pero cuanto más avanzo, más me convenzo de que no existe frontera. No existe, sospecho, frontera alguna, por lo menos en el sentido que habitualmente le damos. No hay muralla de separación, ni ríos divisorios, ni montañas que cierran el paso. Probablemente atravesaré el límite sin ni siquiera advertirlo e, ignorante de mí, continuaré mi camino. Por eso he decidido que cuando Eduardo y los demás mensajeros, después de él, me alcancen nuevamente, en vez de volver a tomar el camino de la capital, se me adelante, para que yo pueda saber con anterioridad lo que me espera.

Desde hace un tiempo una ansiedad inusitada se apodera de mí por las noches y ya no se trata de la añoranza de las alegrías pasadas, como en los primeros tiempos del viaje; más bien es la impaciencia de conocer la tierra ignota a la que me dirijo.

Advierto -y no se lo he confiado hasta ahora a nadie- cómo de día en día, a medida que avanzo hacia la improbable meta, el cielo irradia una luz insólita como jamás había visto, ni siquiera en sueños. Ha quedado definitivamente atrás el último cielo azul.

Las plantas, los montes, los ríos que atravesamos, parecen hechos de una esencia diferente de lo ya conocido y el aire me acerca presagios que no sé transmitir.

Una nueva esperanza me llevará mañana por la mañana aun más adelante, en dirección a aquella montaña inexplorada que ahora ocultan las sombras de la noche. Una vez más levantaré el campamento, y Daniel desaparecerá en el horizonte en dirección opuesta, para llevar a la ciudad remota mi inútil mensaje.

FIN

 Dino Buzzati

22 Sep 2010


Biblioteca Digital Ciudad Seva

quinta-feira, 5 de setembro de 2019

Algo había sucedido




El tren había recorrido sólo pocos kilómetros (y el camino era largo, nos detendríamos recién en la lejanísima estación de llegada, después de correr durante casi diez horas) cuando vi por la ventanilla, en un paso a nivel, a una muchacha. Fue una casualidad, podía haber mirado tantas otras cosas y en cambio mi mirada cayó sobre ella, que no era hermosa ni tenía nada de extraordinario. ¡Quién sabe por qué había reparado en ella! Era evidente que estaba apoyada en la barrera para disfrutar de la vista de nuestro tren, superdirecto, expreso al norte, símbolo -para aquella gente inculta- de vida fácil, aventureros, espléndidas valijas de cuero, celebridades, estrellas cinematográficas... Una vez al día este maravilloso espectáculo y absolutamente gratuito, por añadidura.

Pero cuando el tren pasó frente a la muchacha, en vez de mirar en nuestra dirección se dio vuelta para atender a un hombre que llegaba corriendo y le gritaba algo que nosotros, naturalmente, no pudimos oír, como si acudiera a prevenirla de un peligro. Solamente fue un instante: la escena voló, quedó atrás y yo me quedé preguntándome qué preocupación le había traído aquel hombre a la muchacha que había venido a contemplarnos. Y ya estaba por adormecerme, al rítmico bamboleo del tren, cuando quiso la casualidad -se trataba seguramente de una pura y simple casualidad- que reparara en un campesino parado sobre un murito, que llamaba y llamaba hacia el campo, haciéndose bocina con las manos. También esta vez fue un momento porque el expreso siguió su camino, aunque me dio tiempo de ver a seis o siete personas que corrían a través de las praderas, los cultivos, la hierba medicinal, pisoteándola sin miramientos. Debía ser algo importante. Venían de diferentes lugares -de una casa, de una fila de viñas, de una abertura en la maleza- pero todos corrían directamente al murito, acudiendo alarmados, al llamado del muchacho. Corrían, sí, ¡por Dios cómo corrían!, espantados por alguna inesperada noticia que los intrigaba terriblemente, quebrando la paz de sus vidas. Pero fue sólo un instante, lo repito apenas un relámpago; no tuvimos tiempo de observar nada más.

"¡Qué extraño!", pensé, "en pocos kilómetros ya dos casos de gente que recibe, de golpe, una noticia" (eso, al menos, era lo que yo presumía). Ahora, vagamente sugestionado, escrutaba el campo, las carreteras, los paisajes, con presentimiento e inquietud. Seguramente estaba influido por el especial estado de ánimo, pero lo cierto es que cuanto más observaba a la gente, más me parecía encontrar en todos lados una inusitada animación. ¿Por qué aquel ir y venir en los patios, aquellas afanadas mujeres, aquellos carros...? En todos los lados era lo mismo. Aunque a esa velocidad era imposible distinguir bien, hubiera jurado que toda esa agitación respondía a una misma causa. ¿Se celebraría alguna procesión en la zona? ¿O los hombres se dispondrían a ir al mercado? El tren continuaba adelante y todo seguía igual, a juzgar por la confusión. Era evidente que todo se relacionaba: la muchacha del paso a nivel, el joven sobre el muro, el ir y venir de los campesinos: algo había sucedido y nosotros, en el tren, no sabíamos nada.

Miré a mis compañeros de viaje, algunos en el compartimiento, otros en el corredor. No se habían dado cuenta de nada. Parecían tranquilos y una señora de unos sesenta años, frente a mí, estaba a punto de dormirse. ¿O acaso sospechaban? Sí, sí, también ellos estaban inquietos y no se atrevían a hablar. Más de una vez los sorprendí echando rápidas miradas hacia fuera. Especialmente la señora somnolienta, sobre todo ella, miraba de reojo, entreabriendo apenas los párpados y después me examinaba cuidadosamente para ver si la había descubierto. Pero, ¿de qué teníamos miedo?

Nápoles. Aquí, habitualmente, el tren se detiene. Pero nuestro expreso, no, hoy no. Desfilaron cerca las viejas casas y en los patios oscuros se veían ventanas iluminadas. En aquellos cuartos -fue un instante- hombres y mujeres aparecían inclinados, haciendo paquetes y cerrando valijas. ¿O me engañaba y todo era producto de mi fantasía?

Se preparaban para marcharse. "¿Adónde?", me preguntaba. Evidentemente no era una noticia feliz, pues había como una especie de alarma generalizada tanto en la campaña como en la ciudad. Una amenaza, un peligro, el anuncio de un desastre. Después me decía: "Si fuera una desgracia se habría detenido el tren; en cambio, el tren encontraba todo en orden, señales de vía libre, cambios perfectos, como para un viaje inaugural.

Un joven a mi lado, simulando que se desperezaba, se había puesto de pie. En realidad quería ver mejor y se inclinaba sobre mí para estar más cerca del vidrio. Afuera, el campo, el sol, los caminos blancos; sobre los caminos, carros, camiones, grupos de gente a pie, largas caravanas, semejantes a las que marchan en dirección a la iglesia el día del santo patrón de la ciudad. Ya eran cientos, cada vez más gentío a medida que el tren se acercaba al norte. Y todos llevaban la misma dirección, descendían hacia el mediodía, huían del peligro mientras nosotros íbamos directamente a su encuentro; a velocidad enloquecida nos precipitábamos, corríamos hacia la guerra, la revolución, la peste, el fuego... ¿Qué más podía pasarnos? No lo sabríamos hasta dentro de cinco horas, en el momento de llegar, y seguramente sería demasiado tarde.

Nadie decía nada. Ninguno quería ser el primero en ceder. Cada uno quizás dudara de sí mismo, como yo, y en la incertidumbre se preguntara si toda aquella alarma sería real o simplemente una idea loca, una alucinación, una de esas ocurrencias absurdas que suelen asaltarnos en el tren, cuando ya se está un poco cansado. La señora de enfrente lanzó un suspiro, aparentando que recién se despertaba, e igual que aquel que saliendo efectivamente del sueño levanta la mirada mecánicamente, así ella levantó las pupilas, fijándolas, casi por azar, en la manija de la señal de alarma. Y también todos nosotros miramos el aparato, con idéntico pensamiento. Nadie se atrevió a hablar o tuvo la audacia de romper el silencio o simplemente osó preguntar a los otros si habían advertido, afuera, algo alarmante.

Ahora las carreteras hormigueaban de vehículos y gente, todos en dirección al sur. Nos cruzábamos con trenes repletos de gente. Los que nos veían pasar, volando con tanta prisa hacia el norte, nos miraban desconcertados. Un multitud había invadido las estaciones. Algunos nos hacían señales, otros nos gritaban frases de las cuales se percibían solamente las voces, como ecos de la montaña.

La señora de enfrente empezó a mirarme. Con las manos enjoyadas estrujaba nerviosamente un pañuelo, mientras suplicaba con la mirada. Parecía decir: si alguien hablaba... si alguno de ustedes rompiera al fin este silencio y pronunciara la pregunta que todos estamos esperando como una gracia y ninguno se atreve a formular...

Otra ciudad. Como al entrar en la estación el tren disminuyó su velocidad, dos o tres se levantaron con la esperanza de que se detuviera. No lo hizo y siguió adelante como una estruendosa turbonada a lo largo de los andenes donde, en medio de un caótico montón de valijas, un gentío se enardecía, esperando, seguramente, un convoy que partiera. Un muchacho intentó seguirnos con un paquete de diarios y agitaba uno que tenía un gran titular negro en la primera página. Entonces, con un gesto repentino, la señora que estaba frente a mí se asomó, logrando detener por un momento el periódico, pero el viento se lo arrancó impetuosamente. Entre los dedos le quedó un pedacito. Advertí que sus manos temblaban al desplegarlo. Era un papelito casi triangular. Del enorme título, sólo quedaban tres letras: ION, se leía. Nada más. Sobre el reverso aparecían indiferentes noticias periodísticas.

Sin decir palabra, la señora levantó un poco el fragmento, a fin de que pudiéramos verlo. Todos lo habíamos visto, aunque ella aparentaba ignorarlo. A medida que crecía el miedo, nos volvíamos más cautelosos. Corríamos como locos hacia una cosa que terminaba en ION y debía de tratarse de algo espeluznante; poblaciones enteras se daban a la fuga. Un hecho nuevo y poderoso había roto la vida del país, hombres y mujeres solamente pensaban en salvarse, abandonando casas, trabajos, negocios, todo, pero nuestro tren no, el maldito aparato, del cual ya nos sentíamos parte como un pasamano más, como un asiento, marchaba con la regularidad de un reloj, a la manera de un soldado honesto que se separa del grueso del ejército derrotado para llegar a su trinchera, donde ya la ha cercado el enemigo. Y por decencia, por un respeto humano miserable, ninguno de nosotros tenía el coraje de reaccionar. ¡Oh los trenes, cómo se parecen a la vida!

Faltaban dos horas. Dos horas más tarde, a la llegada, ya sabríamos la suerte que nos esperaba a todos. Dos horas. Una hora y media. Una hora. Ya descendía la oscuridad. Vimos a lo lejos las luces de nuestra anhelada ciudad y su inmóvil resplandor reverberante, un halo amarillo en el cielo, nos volvió a dar un poco de coraje.

La locomotora emitió un silbido, las ruedas resonaron sobre el laberinto de los cambios. La estación, la superficie -ahora oscura- del techo de vidrio, las lámparas, los carteles, todo estaba como de costumbre. Pero, ¡horror! Aún el tren se movía, cuando vi que la estación estaba desierta, los andenes vacíos y desnudos. Por más que busqué no pude encontrar una figura humana. El tren se detuvo, al fin. Corrimos por el andén hacia la salida, a la caza de alguno de nuestros semejantes. Me pareció entrever al fondo, en el ángulo derecho, casi en la penumbra, a un ferroviario con su gorro que desaparecía por una puerta, aterrorizado. ¿Qué habría pasado? ¿No encontraríamos un alma en la ciudad? De pronto, la voz de una mujer, altísima y violenta como un disparo, nos hizo estremecer. "¡Socorro! ¡Socorro!", gritaba y el grito repercutió bajo el techo de vidrio con la vacía sonoridad de los lugares abandonados para siempre.

FIN

 Dino Buzzati

08 Jun 2011

Biblioteca Digital Ciudad Seva

sábado, 5 de novembro de 2016

El asalto al gran convoy


Dino Buzzati

Arrestado en un callejón de la ciudad y condenado solamente por contrabando -porque tuvo la suerte de no ser reconocido- Gaspar Planetta, capitán de bandidos, permaneció tres años en prisión.

Al salir libre estaba muy cambiado. Consumido por la enfermedad, con una gran barba, parecía un viejo y no el famoso capo brigante, el mejor tirador conocido, que no sabía errar un disparo.

Con sus cosas en una bolsa, se puso en camino hacia el Monte Fumo, su antiguo reino, donde suponía que debían estar sus compañeros.

Era un domingo de junio cuando se internó en el valle donde estaba su casa. Los senderos del bosque no habían cambiado: aquí afloraba una raíz: allá una piedra que recordaba perfectamente. Todo estaba igual que antes. Como era fiesta, la banda debía estar reunida en su casa. Al acercarse, Planetta oyó voces y carcajadas. La puerta, a diferencia de sus tiempos, estaba cerrada.

Golpeó dos o tres veces. Adentro se hizo un silencio. Después preguntaron:

-¿Quién es?

-Vengo de la ciudad -respondió- vengo de parte de Planetta.

Tenía pensado darles una sorpresa, pero en cuanto abrieron la puerta, se dio cuenta de que no lo reconocían. Sólo el viejo perro, el esquelético Tromba, le saltó encima con alegría.

Al principio sus antiguos compañeros, Cosimo, Marco, Felpa y también tres o cuatro desconocidos, lo rodearon, pidiéndole noticias de Planetta. Les contó que había conocido al jefe en prisión; dijo que Planetta sería liberado un mes más tarde y que, mientras tanto, lo había enviado a él para saber cómo marchaban las cosas.

Al rato, los bandoleros ya habían perdido todo interés en el recién llegado y lo dejaban con un pretexto cualquiera. Sólo Cosimo se quedó hablando con él, pero sin reconocerlo.

-¿Y qué piensa hacer cuando vuelva?

-¿Cómo qué piensa hacer? ¿Es que acaso no puede volver acá?

-Ah, sí, sí… yo no digo nada. Sólo estaba pensando en él. Las cosas aquí han cambiado mucho. Y él va a querer mandar todavía, se entiende… pero no sé…

-¿Qué es lo que no sabe?

-No sé si Andrea estará dispuesto… no va a querer. Por mí que vuelva, nosotros dos siempre nos llevamos bien.

Así supo Gaspare Planetta que el nuevo jefe era Andrea, uno de sus antiguos compañeros.

En ese momento se abrió la puerta de par en par y entró el propio Andrea, que se paró en medio del cuarto. Planetta recordaba un tipo alto y flaco. Ahora tenía delante una formidable estampa de forajido, con una cara dura y unos espléndidos bigotes. Tampoco lo reconoció.

-¿Ah sí? -dijo a propósito de Planetta- ¿Y cómo fue que no consiguió fugarse? No debe ser demasiado difícil. También a Marco lo metieron adentro, pero no llegó a estar ni seis días. Tampoco a Stella le resultó difícil evadirse. Y en cambio él, que era el jefe, precisamente él, no hizo buen papel.

-Es que ya las cosas no son como antes -repuso Planetta con una sonrisa burlona- Hay muchos guardias ahora, cambiaron las rejas, jamás nos dejaban solos. Y además él se enfermó.

Mientras hablaba se iba dando cuenta que lo habían dejado afuera, comprendía que un capo brigante no puede dejarse capturar y mucho menos permanecer encerrado tres a cuatro años como un desgraciado cualquiera, comprendía que estaba viejo, que ya no había lugar para él allí, que su tiempo había terminado.

-Me dijo -prosiguió con voz cansada- Planetta me dijo que había dejado aquí su caballo, un caballo blanco que se llama Polak, me parece, y que tiene un bulto detrás de la rodilla.

-Tenía, querrá decir, tenía… -dijo Andrea arrogante, comenzando a sospechar que era el propio Planetta el que tenía delante- Si el caballo se murió, no es culpa nuestra.

-Me dijo- continuó con toda calma Planetta- que también dejó aquí su ropa, una linterna y un reloj- y sonriendo sutilmente se acercó a la ventana para que todos pudieran verlo bien.

Y todos, en efecto, lo vieron, reconociendo en aquel viejo flaco lo que quedaba de su famoso jefe Gaspare Planetta, el mejor tirador conocido, que no sabía errar un solo tiro.

Sin embargo, ninguno habló. Tampoco Cosimo se atrevió a decir nada. Todos simularon no haberlo reconocido porque estaba presente Andrea, el nuevo jefe y lo temían.

Y Andrea hacía como si no pasara nada.

-Nadie ha tocado sus cosas -respondió Andrea- deben estar por ahí, en algún cajón. De la ropa, no sé nada. Probablemente alguien la usó.

-Me ha dicho- continuó imperturbable Planetta, aunque esta vez ya no sonreía- me ha dicho que dejó aquí su fusil, su escopeta de precisión.

-Su fusil está aquí -dijo Andrea- y puede venir por él cuando quiera.

-Me decía, siempre me decía: quién sabe qué trato le han dado a mi fusil, quién sabe en qué chatarra me lo encuentro convertido a mi regreso.

-Yo lo usé algunas veces- admitió Andrea con cierto tono de desafío- pero no creo que por eso se haya estropeado.

Gaspare Planetta se sentó sobre un banco. Se sentía afiebrado, cosa que solía pasarle; no mucho, pero lo suficiente para sentir la cabeza pesada.

-Dime -insistió, volviéndose a Andrea- ¿Me lo podrías dejar ver?

-Adelante -respondió Andrea, haciéndole señas a uno de los nuevos integrantes de la banda- Ve, ve a buscarlo.

Un momento después le entregaron el fusil a Planetta. Lo observó minuciosamente, con aire preocupado y poco a poco, mientras acariciaba el caño, pareció serenarse.

-Bien -dijo después de una larga pausa-… y también me dijo que dejó aquí las municiones. Lo recuerdo bien: seis medidas de pólvora y ochenta y cinco proyectiles.

-Adelante- ordenó Andrea secamente- Tráiganle todo. ¿Hay alguna otra cosa?

-Eso -dijo Planetta acercándose a Andrea con la mayor calma y sacándole de la cintura un puñal envainado- Todavía falta ésta. Su cuchilla de caza- y volvió a sentarse.

Corrió un largo y pesado silencio.

-Bien… buenas noches- dijo por fin Andrea para hacerle comprender a Planetta que la entrevista había terminado.

Gaspare Planetta levantó los ojos midiendo la poderosa corpulencia del otro.

¿Habría podido desafiarlo, enfermo y cansado como estaba? Se levantó lentamente, esperó que le dieran el resto de sus cosas, metió todas en la bolsa y se echó el fusil al hombro.

-Buenas noches, señores -dijo, encaminándose hacia la puerta.

Los hombres quedaron mudos, paralizados de estupor, porque jamás hubieran imaginado que Gaspare Planetta, el famoso capo brigante pudiera terminar así, permitiendo que lo mortificaran impunemente.

Sólo Cosimo consiguió emitir una voz extrañamente ronca:

-¡Adiós, Planetta! -exclamó, haciendo a un lado toda simulación-. ¡Adiós y buena suerte!

Planetta se alejó por el bosque, en medio de las sombra de la noche, silbando.

*

Eso le sucedió a Planetta, que ya no era más capo brigante sino solamente Gaspare Planetta, de Severino, del año cuarenta y ocho, sin residencia fija. Aunque, en realidad, dónde vivir tenía, una cabaña sobre el Monte Fumo, de troncos y piedra, en el medio del bosque, donde se refugiara una vez que lo perseguían los guardias.

Planetta llegó a su cabaña, encendió el fuego, contó el dinero que tenía (podía alcanzarle para algunos meses) y comenzó a vivir solo.

Pero una noche, mientras estaba sentado junto al fuego, se abrió de golpe la puerta y apareció un joven, con un fusil. Tendría unos diecisiete años.

-¿Qué pasa? -preguntó Planetta sin siquiera levantarse.

El muchacho tenía un aire desenfadado, se parecía a él, Planetta, una treintena de años antes.

-¿Está aquí la gente del Monte Fumo? Hace tres días que los busco.

El muchacho se llamaba Pietro. Explicó sin titubeos que quería unirse a la banda. Había vivido siempre vagabundeando y hacía años que tenía ese proyecto, pero como para ser bandolero debía contar por lo menos con un fusil, no había tenidos más remedio que esperar un poco; ahora había robado uno bastante bueno.

-Llegaste a buen lugar; yo soy Planetta.

-¿Planetta el capitán, quiere decir?

-El mismo.

-Pero, ¿no estaba en prisión?

-Allí estuve, por así decirlo -explicó irónicamente Planetta-. Estuve tres días: no tuvieron la suerte de retenerme por más tiempo.

El muchacho lo miró entusiasmado.

-¿Y ahora quieres que me quede contigo?

-¿Quedarte conmigo? -dijo Planetta- Está bien, por esta noche duerme aquí, mañana veremos.

Los dos vivieron juntos. Planetta no desengañó al muchacho, lo dejó creer que seguía siendo el jefe, le explicó que prefería vivir solo y encontrarse con los compañeros nada más que cuando era necesario.

El muchacho lo creía poderoso y esperaba de él grandes cosas. Pero pasaban los días y Planetta no hacía nada, a excepción de cazar un poco. El resto del tiempo lo pasaba siempre junto al fuego.

-Jefe -decía Pietro- ¿cuándo vamos a dar un golpe?

-Uno de estos días- respondía Planetta- Llamaré a los compañeros y te sacarás el gusto.

Pero los días siguieron pasando.

-Jefe- insistía el muchacho-. Supe que mañana pasará por el camino del valle un tal Francisco, que debe tener los bolsillos llenos.

-¿Un tal Francisco? -repetía Planetta sin demostrar interés- Lo conozco hace tiempo. Es un hombre astuto, un verdadero zorro: cuando viaja no lleva un solo escudo encima, de miedo a los ladrones.

-Jefe- decía el muchacho-. Supe que mañana pasan dos carros de buena mercadería. Todos cosas de comer. ¿Qué dice, jefe?

-¿De veras? -respondía Planetta- ¿Cosas de comer? – y dejaba languidecer el asunto, como si no fuera digno de él.

-Jefe- decía el muchacho- mañana es la fiesta de la ciudad y habrá mucho movimiento de gente, pasarán cantidad de carruajes y muchos regresarán de noche. ¿No tendríamos que intentar algo?

-Cuando hay gente -contestaba Planetta- más vale no hacer nada. Hay gendarmes por todos lados los días de fiesta. No hay que fiarse. Precisamente fue en un día de fiesta que me capturaron.

-Jefe -decía después de unos días Pietro- di la verdad, a ti te pasa algo. No tienes ganas de hacer nada. Ni siquiera de ir a cazar. No quieres ver a los compañeros. Debes estar mal, seguramente, ayer también tuviste fiebre. Siempre estás al lado del fuego. ¿Por qué no hablas claro?

-Puede que no esté bien- decía Planetta sonriendo- pero no es lo que tú piensas. Si quieres que te los diga, así por lo menos me dejas tranquilo, es una estupidez fatigarse para embolsarse algunas pocas monedas. Si hago algo, quiero que valga la pena. Bien: he decidido esperar al Gran Convoy.

Se refería al Gran Convoy que una vez al año, precisamente el 12 de setiembre, llevaba a la capital un cargamento de oro, todo lo recaudado por concepto de impuestos en las provincias del sur. Avanzaba entre sonidos de cuernos a lo largo del camino principal, custodiado por guardia armada. El Gran Convoy Imperial con el gran carro de hierro, todo lleno de monedas metidas en sacos. No había bandolero que no soñara con él en las noches tranquilas, pero desde hacía cien años nadie había logrado asaltarlo impunemente. Trece bandidos habían muerto, veinte estaban en prisión. Ya nadie pensaba en el Gran Convoy en serio; año tras año la recaudación de impuestos se hacía más grande y la escolta armada era reforzada. Iban soldados adelante y atrás, patrullas a caballo a los lados; los cocheros, los jinetes y los servidores, todos armados. Lo precedía una especie de avanzada con trompeta y bandera. Después venían veinticuatro guardias a caballo, armados con fusiles, pistolas y espadones, y enseguida el carro de hierro con la insignia imperial en relieve tirado por dieciséis caballos. Otros veinticuatro soldados en la retaguardia, otros doce a los lados. Cien mil ducados de oro, mil onzas de plata, destinados a la casa imperial.

El Convoy pasaba a galope cerrado. Luca Toro, cien años antes, había tenido el coraje de asaltarlo y le había ido milagrosamente bien. Era la primera vez: la escolta se asustó y Luca Toro pudo huir a Oriente y darse la gran vida.

Otros bandoleros lo habían intentado: Giovanni Borro, para nombrar algunos, el Tedesco, Sergio de Topi, el Conde y el Jefe de los treinta y ocho. Todos, a la mañana siguiente, aparecieron al borde del camino con la cabeza partida.

-¿El Gran Convoy? -preguntó el muchacho maravillado- ¿De veras quieres arriesgarte?

-Sí, quiero arriesgarme. Si lo logro, estoy hecho para siempre.

Eso dijo Gaspare Planetta, pero estaba lejos de pensarlo. Aun contando con una veintena de hombres habría sido una locura… ¡cuánto más solo!

Lo había dicho por bromear, pero el muchacho se lo había tomado en serio y miraba a Planetta con admiración.

-Dime- preguntó-… ¿y cuántos seríamos?

-Quince, por lo menos.

-¿Y para cuándo?

-Hay tiempo -respondió Planetta-. Tengo que hablar con mi gente. Esto no es cosa de juego.

Pero los días siguieron pasando y los bosques empezaron a ponerse rojos. El muchacho esperaba con impaciencia. Planetta no lo desengañaba y en las largas noches que pasaban junto al fuego, discutía el gran proyecto y se divertía también él. Y en algunos momentos él mismo llegaba a creer que era verdad.

*

El 11 de septiembre, el día de la víspera, el muchacho estuvo afuera hasta la noche. Regresó con una cara sombría.

-¿Qué pasa? – preguntó Planetta, sentado como de costumbre junto al fuego.

-Por fin me encontré con tus compañeros.

Se hizo un largo silencio y se oyó el restallar del fuego. También se escuchaba la voz del viento que soplaba en el bosque.

-Y bien… -preguntó Planetta con tono que quería parecer divertido- ¿Te lo dijeron todo?

-Seguro. Me lo contaron todo.

-Bien- añadió Planetta y se hizo otra pausa en el cuarto iluminado tan sólo por el fuego.

-Me dijeron que me fuera con ellos, que hay mucho trabajo.

-Entiendo- aprobó Planetta- Sería una tontería no ir.

-Jefe -dijo entonces Pietro con voz casi llorosa- ¿por qué no me dijiste la verdad? ¿Por qué tantas historias?

-¿Qué historias? -dijo Planetta, que hacía esfuerzos por mantener su habitual tono alegre-. ¿Qué historias te he contado yo? Te dejé creer, no te quise desengañar, eso fue todo.

-No es verdad -repitió el muchacho-. Me retuviste aquí con falsas promesas, sólo por atormentarme. Mañana, bien lo sabes…

-¿Qué pasa mañana? -preguntó Planetta, otra vez tranquilo- ¿Te refieres al Gran Convoy?

-Eso mismo. ¡Y yo que te creí! Aunque tenía que haberme dado cuenta, enfermo como estás… No sé como hubieras podido… -Pietro se calló por algunos segundos y después, en voz baja, anunció:

-Mañana me voy.

*

Pero el otro día, Planetta fue el primero en levantarse. Se vistió de prisa sin despertar al muchacho y tomó el fusil. Recién cuando llegaba al umbral Pietro se despertó.

-Jefe -dijo, llamándolo así por la fuerza de la costumbre-. ¿Adónde vas a esta hora, se puede saber?

-Sí señor, se puede saber -respondió Planetta sonriendo-. Voy a esperar al Gran Convoy.

Pietro ni siquiera se molestó en responder. Se limitó a darse vuelta en la cama, como para hacerle ver que ya estaba cansado de aquella estúpida historia.

Pero está vez no era sólo una historia. Para cumplir una promesa que había hecho en broma, se disponía a asaltar el Gran Convoy. Ya lo habían fastidiado bastante sus compañeros; por lo menos, que aquel muchacho supiera quién era Gaspare Planetta. Pero, no… no era el muchacho lo que le importaba. En el fondo, lo hacía por él mismo, para sentirse el de antes, aunque fuera por última vez.

Probablemente nadie lo vería y hasta quizá, si lo mataban enseguida, nadie lo supiera jamás, pero es no tenía importancia. Era un asunto personal con el poderoso Planetta de antes. Una especie de apuesta a favor de una empresa desesperada.

Pietro dejó que Planetta se fuera. Pero después le asaltó una duda. ¿No se propondría de veras Planetta llevar a cabo el asalto? A pesar de que le parecía una idea absurda, Pietro se levantó y salió a averiguar. Muchas veces Planetta le había mostrado el sitio ideal para esperar al Gran Convoy, y hacia allí se dirigió.

El día ya había amanecido pero el cielo estaba cubierto por largas nubes de tormenta. La luz era clara y grisácea. De tanto en tanto se oía el canto de un pájaro. En los intervalos, se escuchaba el silencio.

Pietro corrió por el bosque hacia el fondo del valle, donde pasaba el camino principal. Avanzaba con prudencia entre los matorrales en dirección a un grupo de castaños, donde seguramente se encontraba Planetta.

Allí estaba, en efecto, escondido detrás de un tronco y se había hecho un pequeño parapeto de ramas para que no lo pudieran ver. Se había apostado sobre una especie de colina que dominaba una brusca vuelta del camino: una fuerte subida que obligaba a los caballos a andar más despacio. Todo lo que pasara por allí se convertía en un blanco fácil.

El muchacho miró la llanura del sur que se perdía en el infinito, cortada en dos por el camino. Allá, en el fondo, vio una polvareda que se movía, avanzaba por el camino: era el polvo que levantaba el Gran Convoy.

Planetta estaba colocando el fusil con la mayor calma, cuando oyó que algo se agitaba cerca de él. Se volvió y vio a Pietro con su fusil en el árbol vecino.

-Jefe- dijo Pietro jadeando- Planetta, tienes que salir de aquí. ¿Te has vuelto loco?

-Chitón- respondió sonriendo Planetta-. Que yo sepa, no estoy loco. Vete de aquí enseguida.

-Estás loco, te digo. Crees que van a venir tus compañeros, pero no vendrán, me lo han dicho, nunca pensaron venir.

-Vendrán, por Dios que vendrán, sólo es cuestión de esperar un poco. Tienen la manía de llegar siempre tarde.

-Planetta -suplicó el muchacho-. Hazme el gusto, sal de ahí. Era sólo una broma, nunca he pensado dejarte.

-Lo sé, lo sé -rió bonachonamente Planetta-. Pero ahora basta, vete, te digo. Este no es lugar para ti.

-Planetta- insistió el muchacho-. ¿No ves que es una locura? ¿Qué puedes hacer tú solo?

-Por Dios, vete de una vez -gritó con voz ahogada Planetta, que ya no razonaba-. ¿No te das cuenta de que vas a echarlo todo a perder?

En ese momento se comenzaba a distinguir, en el fondo del camino principal, los soldados que escoltaban el Gran Convoy, el carro, la bandera.

-¡Por última vez, vete! -repitió, furioso, Planetta. El muchacho, reaccionando por fin, empezó a arrastrarse entre el pastizal hasta que desapareció.

Planetta escuchó los cascos de los caballos, dio una ojeada a las grandes nubes de plomo, vio tres o cuatro cuervos en el cielo. El Gran Convoy ahora avanzaba despacio, iniciando la subida.

Planetta tenía ya el dedo en el gatillo cuando advirtió que el muchacho regresaba, arrastrándose, y se apostaba otra vez detrás del árbol.

-¿Viste? -susurró Pietro-. ¿Viste cómo no vinieron?

-Canallas -murmuró Planetta sin mover ni siquiera la cabeza y esbozando una sonrisa-. ¡Canallas! Es demasiado tarde para retroceder. ¡Atención, muchacho, que ahora comienza lo bueno!

Trescientos. Doscientos metros. El Gran Convoy se acercaba. Ya se distinguía la gran insignia en relieve sobre los lados del carro, se oían las voces de los soldados que conversaban entre ellos.

Recién entonces el muchacho tuvo miedo. Comprendió que estaba embarcado en una empresa disparatada, de la que no se podía escapar.

-¿Viste que no vinieron? Por caridad, no dispares.

Pero Planetta no se conmovió.

-¡Atención! -murmuró alegremente, como si no lo hubiera oído-. ¡Señores, la función va a comenzar!

Planetta ajustó la mira, su formidable mira que no podía fallar. Pero en aquel instante sonó un disparo del otro lado del valle.

-¡Cazadores! -comentó el capo brigante, divertido, mientras resonaba un terrible eco-. No son más que cazadores. ¡Nada de miedo, eh! Cuánto más confusión, mejor.

Pero no eran cazadores. Gaspare Planetta oyó un gemido. Volvió la cabeza y vio al muchacho que soltaba el fusil y se desplomaba sobre la tierra.

-¡Me hirieron, Planetta! ¡Oh, mama!

No habían sido cazadores los que habían disparado, sino los soldados de la escolta encargados de adelantarse al Convoy para evitar una emboscada. Eran todos expertos tiradores, seleccionados en los combates. Tenían fusiles de precisión.

Uno de ellos, mientras escrutaba el bosque, había visto al muchacho moverse entre los árboles y tenderse después al lado del viejo bandolero.

Planetta lanzó una blasfemia. Se fue levantando con precaución hasta quedar de rodillas, disponiéndose a socorrer al compañero. Sonó un segundo disparo. El proyectil atravesó el valle bajo las nubes tormentosas y después empezó a descender de acuerdo a las leyes de la balística. Había sido dirigido a la cabeza, pero en cambio entró en el pecho, cerca del corazón.

Planetta cayó de golpe. Se hizo un gran silencio, como jamás había oído. El Gran Convoy se había detenido. El temporal no terminaba de desatarse. Los cuervos estaban allá, en el cielo. Todos se mantenían expectantes.

El muchacho volvió la cabeza y sonrió:

-Tenía razón -balbuceó-. Al final vinieron, los compañeros. ¿Los viste, jefe?

Planetta no respondió, pero haciendo un supremo esfuerzo, miró en la dirección indicada.

Detrás de ellos, en un claro del bosque, habían aparecido una treintena de jinetes con el fusil en bandolera. Parecían diáfanos como una nube y sin embargo se distinguían netamente sobre el fondo oscuro de la floresta. Por sus divisas absurdas y sus caras bravías, se hubiera dicho que eran bandidos.

En efecto, Planetta los reconoció enseguida. Eran sus antiguos compañeros, los bandoleros muertos que venían por él. Rastros curtidos por el sol y atravesados por largas cicatrices, horribles mostachos, barbas sacudidas por el viento, ojos duros y clarísimos, espuelas inverosímiles, grandes botones dorados, caras simpáticas, polvorientas de tanto combatir.

Ahí estaba el buen Paolo, lento de entendederas el pobre, muerto en el asalto del Mulino; Pietro del Ferro, que jamás había conseguido aprender a cabalgar; Giorgio Pertica; Frediano, muerto de frío… todos los buenos y viejos compañeros, que había visto morir uno a uno.

¿Y ese facineroso de grandes bigotes y un fusil casi tan largo como él, montado en el caballo blanco y flaco, no era el Conde, el famoso bandolero también caído por causa del Gran Convoy? Sí, era él, el Conde, con el rostro iluminado de cordialidad y satisfacción. ¿Y acaso se equivocaba Planetta o el último de la izquierda que se mantenía erguido y orgulloso, era el propio Marco Grande en persona, ahorcado en la capital en presencia del Emperador y de cuatro regimientos de soldados? Marco Grande, cuyo nombre, cincuenta años después todavía se pronunciaba en voz baja… Sí, también había venido para honrar a Planetta, el último valiente y desafortunado capitán.

Los bandidos muertos estaban silenciosos, evidentemente conmovidos, pero llenos de una común felicidad. Esperaban que Planetta hiciera algo.

Y Planetta (lo mismo que el muchacho) se levantó, ya no de carne y hueso como antes sino transparente como los otros y, sin embargo, idéntico a sí mismo.

Lanzando una mirada sobre su pobre cuerpo que yacía en el suelo, Planetta se encogió de hombros, como para convencerse de que ya no importaba nada de eso y se dirigió al claro, indiferente a los posibles disparos. Avanzó hacia los viejos compañeros, feliz.

Estaban por comenzar los saludos particulares, cuando en primera fila advirtió un caballo ensillado a la perfección y sin jinete. Instintivamente se acercó sonriendo.

-Por casualidad -dijo, maravillado por el tono extrañísimo de su nueva voz- ¿no será Polak este caballo?

Era Polak, de verdad, su caballo. Al reconocer a su dueño lanzó una especie de relincho (es necesario definirlo así, porque la voz de los caballos muertos es mucho más dulce que la que conocemos). Planetta le dio dos o tres palmadas afectuosas y desde ya empezó a saborear la delicia de la próxima cabalgata, junto a sus fieles amigos, hacia el reino de los bandoleros muertos que si bien no conocía, era legítimo imaginar lleno de sol, acariciado por un aire de primavera, con largos caminos blancos y sin polvo, que seguramente conducían a milagrosas aventuras. Apoyando la mano izquierda sobre la silla, como si se dispusiera a montar, Gaspar Planetta habló.

-Gracias, muchachos -dijo, tratando de no dejarse dominar por la emoción-. Les juro que… -y se interrumpió al recordar a Pietro, que también transformado en sombra se mantenía apartado, con el embarazo que produce estar entre personas que recién se conoce. -Perdona- le dijo Planetta- Este es un bravo compañero- agregó dirigiéndose a los bandoleros muertos-. Tenía tan sólo diecisiete años. Hubiera sido todo un hombre.

Los bandidos muertos sonrieron y bajaron levemente la cabeza en señal de bienvenida.

Planetta calló y miró a su alrededor, indeciso. ¿Qué debía hacer? ¿Irse con sus compañeros, dejando al muchacho solo? Volvió a dar dos o tres palmadas al caballo, hizo como que tosía y le dijo a Pietro.

-Bien, ¡adelante! ¡Monta en mi caballo! Es justo que te diviertas. ¡Vamos, vamos, nada de historias! -agregó con fingida severidad, viendo que el muchacho no se animaba a aceptar.

-Si realmente quieres… -exclamó Pietro por fin, evidentemente halagado. Y con una agilidad que jamás hubiera supuesto, dada la poca práctica que tenía en materia de equitación, el muchacho saltó sobre la silla.

Los bandoleros agitaron los sombreros, saludando a Gaspare Planetta. Alguno guiñó un ojo, como diciendo hasta la vista. Todos espolearon los caballos y partieron al galope.

Se alejaron como disparados entre los árboles. Era maravilloso ver cómo se lanzaban en lo más intrincado del bosque y lo atravesaban sin que su marcha se viera entorpecida en ningún momento. Los caballos tenían un galope suave y hermoso de ver. El muchacho y algunos de los bandidos todavía agitaban el sombrero.

Planetta, que había quedado solo, dio una ojeada en torno. Su inútil cuerpo seguía al pie del árbol. Parecía seguir mirando hacia el camino.

El Gran Convoy estaba todavía detenido más allá de la curva y por eso no era visible. En el camino sólo se veían seis o siete soldados de la escolta que miraban en dirección a Planetta. Aunque parezca increíble, habían visto toda la escena: las sombras de los bandidos muertos, los saludos, la cabalgata. Nunca se sabe lo que puede pasar en ciertos días de septiembre, bajo las nubes de tormenta.

Cuando Planetta, que había quedado solo, se volvió, el capitán del pequeño destacamento se dio cuenta que era observado. Entonces se irguió y saludó militarmente, como se saluda entre soldados.

Planetta le devolvió el saludo tocándose el sombrero, con un gesto de familiaridad pero lleno de hidalguía y sonrió. Después se encogió de hombros, por segunda vez en el día. Se apoyó en la pierna izquierda, dio la espalda a los soldados, hundió las manos en los bolsillos y se alejó silbando, sí señor, una marchita militar, en la misma dirección por la que habían desaparecido sus compañeros.

Iba hacia el mundo de los bandoleros muertos, que si bien no conocía, era lícito suponer mejor que éste. Los soldados lo vieron hacerse cada vez más pequeño y diáfano; su aspecto de viejo contrastaba con su paso ágil y rápido, el mismo paso alegre y despreocupado que tienen los muchachos de veinte años, cuando son felices.

FIN

 DINO BUZZATI

Biblioteca Digital Ciudad Seva

sábado, 16 de abril de 2016

La mujer con alas


Dino Buzzati

Una noche, el conde Giorgio Venanzi, aristócrata de provincias, de 38 años, agricultor, acariciando a oscuras la espalda de su mujer Lucina, casi veinte años más joven que él, se dio cuenta de que a la altura de la paletilla izquierda tenía como una minúscula costra.
-Cariño, ¿qué tienes aquí? -preguntó Giorgio, tocando el punto.

-No lo sé. No siento nada.

-Y sin embargo hay algo. Como un grano, pero no es un grano. Algo duro.

-Te lo repito. Yo no siento nada.

-Perdona, ¿sabes? Lucina, pero enciende la luz, quiero verlo bien.

Cuando se hizo la luz, la bellísima esposa se incorporó hasta sentarse sobre la cama dirigiendo la espalda hacia la lámpara. Y el marido inspeccionó el punto sospechoso.

No se adivinaba muy bien qué era, pero había una irregularidad en la piel, que Lucina tenía por doquier extraordinariamente suave y lisa.

-¿Sabes que es curioso? -dijo al cabo de un rato el marido.

-¿Por qué?

-Espera que voy a buscar una lupa.

Giorgio Venanzi era meticuloso y ordenado hasta dar náuseas. Se fue al estudio, encontró puntualmente la herramienta deseada, mejor dicho encontró dos, una normal de al menos diez centímetros de diámetro, otra pequeña pero bastante más potente, de las llamadas «cuentahilos». Con las dos lupas, Lucina sometiéndose paciente, reanudó la inspección.

Callaba. Luego dijo:

-No, no es un granito.

-¿Entonces, qué es?

-Como una pelusilla.

-¿Un lunar? -dijo ella.

-No, no son pelos, es una suavísima pelusilla.

-Bueno, oye, Giorgio, me muero de sueño. Mañana hablaremos. La muerte seguro que no es.

-La muerte no, desde luego. Pero es extraño.

Apagaron la luz.

Pero por la mañana, nada más despertarse, Giorgio Venanzi volvió a examinar la espalda de Lucina y descubrió no sólo que la irregularidad cutánea en la paletilla izquierda, en lugar de atenuarse o de desaparecer, se había dilatado, sino que durante el sueño se había desarrollado un fenómeno exactamente idéntico y simétrico, en el extremo superior de la paletilla derecha. Tuvo una sensación desagradable.

-Lucina -gimió casi- ¿sabes que te ha salido en el otro lado?

-¿Qué me ha salido?

-Aquella pelusilla. Pero debajo de la pelusilla hay algo duro.

Reanudó el examen con el cuentahilos, confirmó la presencia de dos minúsculas zonas de suave y cándida pluma, casi como un botoncito automático. Se sintió invadir por el desaliento. Se hallaba frente a un fenómeno de mínimas proporciones, y sin embargo insólito, completamente extraño a sus experiencias. No sólo eso. La fantasía evidentemente no era el fuerte de Giorgio Venanzi, licenciado en agricultura pero siempre mantenido a distancia, sea por indiferencia o por pereza, de los intereses literarios y artísticos: sin embargo, esta vez, quien sabe por qué, su imaginación se desató: al marido en resumidas cuentas se le metió en la cabeza que aquellos dos minúsculos plumeritos, sobre las paletillas de su mujer, eran una especie de microscópico embrión de alas.

La cosa en sí, más que extraña, era monstruosa; olía, más que a milagro, a brujería.

-Oye, Lucina -dijo Giorgio dejando las lupas, después de emitir un profundo suspiro-. Tienes que jurarme decir la verdad, toda la verdad.

La mujer lo miró sorprendida. Casada con Venanzi no por amor sino, como todavía sucede en provincias, por obediencia a sus padres, también nobles, que veían en aquel matrimonio una consolidación del prestigio familiar, se había acostumbrado pasivamente a aquel hombre apuesto, enamorado, vigoroso, educado, aunque de mentalidad limitada y anticuada, de escasa cultura, escaso gusto, en casa aburrido y a partir del matrimonio aquejado de unos violentos celos.

-Dime, Lucina. ¿A quién has visto estos últimos días?

-¿Que  a quién he visto? A las personas de siempre, a quién voy a ver. No salgo nunca de casa, bien lo sabes. A la tía Enrica, fui a verla el otro día. Ayer fui a comprar aquí a la plaza. No recuerdo nada más.

-Pero... quiero decir... No habrás ido por casualidad a alguna feria... Sabes, donde están  los gitanos...

Ella se preguntó si su marido, normalmente tan sólido, había perdido el juicio de pronto.

-¿Se puede saber en qué estás pensando? ¿Los gitanos? ¿Por qué tendría que haber visto a los gitanos?

Giorgio asumió un tono grave y conciliador:

-Porque... porque... tengo casi la sospecha de que alguien te ha jugado una mala pasada.

-¿Una mala pasada?

-Una brujería, ¿no?

-¿Por estas cositas en la espalda?

-¡Llámalas cositas, tú!

-¿Y cómo quieres que las llame? Ya nos lo dirá el doctor Farasi.

-No, no, no, por favor, nada de médicos. Al médico por ahora no pienso llamarle.

-Eres tú quien está preocupado, querido. Por mí, imagínate... Pero, por favor, deja de tocarme ahí, me haces cosquillas.

Rumiando en silencio el inquietante problema, Giorgio que mantenía a Lucina abrazada a él cara a cara, seguía palpando con las dos manos las dos pequeñas excrecencias, como hace el enfermo con el enigmático bultito que podría ocultar la peste.

Finalmente hizo un esfuerzo, se levantó, salió de casa, llegó a sus fincas, a unos veinte kilómetros, y desde allí telefoneó a Lucina que no volvería a casa hasta la noche. Quería mantenerse alejado a propósito, para no tener la quemazón de querer controlar continuamente la amada espalda. Sin embargo no resistió a la tentación de preguntarle:

-¿Nada nuevo, cariño?

-No, nada nuevo. ¿Por qué?

-Me refería... ya sabes... a la espalda...

-Ah, no lo sé -respondió ella-, no me he vuelto a mirar...

-Está bien, de todas formas, olvídalo. Y no llames al doctor Farasi, sería completamente inútil.

-No tenía la menor intención.

Durante todo el día estuvo en ascuas. Aunque la razón le repitiese que la idea era insensata, contraria a todas las reglas de la naturaleza, digna del más supersticioso de los salvajes, una voz opuesta, procedente quien sabe de dónde, insistía en su interior, en tono burlón: ni granitos ni costras: ¡a tu hermosa mujercita le están saliendo alitas! La condesa Venanzi como la Victoria del monumento a los caídos, ¡oh, será un magnífico espectáculo!

No es que Giorgio Venanzi fuese precisamente un modelo de castidad y costumbres morigeradas. Ni siquiera después de casarse dudaba de insidiar a las campesinas jóvenes de sus tierras, que además consideraba, como cazador, entre las piezas más codiciadas. Pero ay de quién mancillara la honorabilidad, el decoro, el prestigio de su apellido. Por tal razón eran obsesivos los celos que sentía por su mujer, considerada la señora más fascinante de la ciudad, aunque diminuta y grácil. En fin, nada le aterrorizaba tanto como el escándalo. Ahora bien, ¿qué pasaría si a Lucina le crecían verdaderamente dos alas, aunque fuese de forma rudimentaria, como «antojos» sin precedentes, que la convirtiesen en un fenómeno de feria? Por eso no había querido llamar al médico. Podía ocurrir que los dos mechones de plumas se metieran otra vez por el mismo sitio por el que habían salido. Pero también podía ocurrir que no. ¿Qué encontrará en casa, cuando vuelva esta noche?

Con enorme ansiedad, nada más llegar, se retiró con Lucina al dormitorio, le descubrió la espalda, se sintió desvanecer.

Con una velocidad de crecimiento que sólo había observado en algunas raras especies del reino vegetal, las dos irregularidades habían asumido el aspecto de reales y verdaderas protuberancias plumosas. No sólo eso: sino que ahora ya no hacía falta recurrir a una fantasía sobreexcitada para reconocer la forma típica de las alas, exactamente como las que los ángeles de las iglesias llevan sobre los hombros.

-No te entiendo, Lucina -dijo el marido con voz sepulcral-. Tú también lo ves, no, mirándote al espejo. Y estás ahí sonriente, como una boba. ¿No te das cuenta de que es una cosa espantosa?

-¿Espantosa por qué?

Atemorizado ante la perspectiva de un escándalo, Giorgio se decidió a contárselo a su madre, que vivía en el ala opuesta del edificio.

La vieja señora se asustó cuando vio aparecer a su único hijo en aquel estado de aprensión; y escuchó sin respirar su anhelante explicación. Finalmente, dijo:

-Has hecho bien en no llamar al doctor Farasi. De todas formas, recordarás, espero, que siempre fui contraria a ese matrimonio.

-¿Qué quieres decir?

-Quiero decir que en la sangre de esos Ruppertini, nobles o no nobles, hay algo raro. Y que yo tuve buen olfato. Pero, veamos, ¿son muy largas esas alas?

-Digamos veinte centímetros, a lo mejor menos. Pero ¿quién te dice que no sigan creciendo?

-Y debajo de la ropa, ¿se notan?

-De momento, no. ¿Sabes? Lucina las tiene muy pegadas a la espalda, también a ella le interesa disimularlo. Desde luego si tuviese que ponerse un traje de noche... Dime, mamá: ¿qué vamos a hacer?

La vieja señora, como siempre, tenía la respuesta en los labios:

-Hay que decírselo en seguida a don Francesco.

-¿Por qué a don Francesco?

-¿Y me lo preguntas? Esas alas, digo yo, a tu mujer, ¿quién se las puede haber puesto? Una de dos, ¿no? No hay que darles más vueltas. O Dios o el diablo. Y ni tú ni yo podemos decidirlo.

Don Francesco era una especie de capellán de familia, un personaje a la antigua, no exento de un filosófico humorismo. Cuando supo que la condesa madre deseaba hablarle, se apresuró a acudir a la casa, escuchó atentamente el relato de Giorgio, y permaneció largo rato pensativo, con la cabeza inclinada como se hace durante las oraciones, como si esperase una inspiración del cielo.

-Discúlpenme, queridos amigos -dijo finalmente-, todo esto apenas se puede creer.

-¿Piensa usted, don Francesco, que son figuraciones mías? Ojalá. Pero ahí fuera está Lucina. Voy a llamarla, y la constatación será muy sencilla.

-¿Se halla muy turbada, la pobrecilla?

-En absoluto. Eso es lo raro, don Francesco. Lucina está tan alegre como siempre. Mejor dicho, parece que esto la divierte.

Se llamó a Lucina, que llevaba puesta una especie de bata floreada. Con la máxima desenvoltura se la quitó, y apareció vestida con un sencillo vestidito de algodón con dos cremalleras verticales por detrás correspondientes precisamente a las aberturas por donde salían las alas. Actualmente los apéndices habían asumido proporciones imponentes: a pesar de estar plegadas medían, de arriba abajo, ochenta centímetros por lo menos.

Don Francesco, se le veía en la cara, estaba anonadado. Y guardó silencio.

-Lucina -dijo la suegra amablemente-, tal vez sea mejor que vuelvas a tu habitación.

Cuando la graciosa criatura hubo salido, don Francesco preguntó:

-Aparte de nosotros dos, ¿alguien más en la casa está al corriente?

-No, afortunadamente -respondió la condesa-. Con las precauciones que tomó mi hijo, ninguna de las personas del servicio ha sospechado nada. Ese vestidito, esa bata, se los ha hecho ella. Ah, Lucina es una gran chica. Pero no podemos seguir de este modo. No podemos pretender tenerla segregada, peor que si tuviera el cólera. Por eso necesitamos su consejo, don Francesco.

El viejo cura carraspeó un poco:

-Reconozco -dijo- que es un caso extraordinariamente delicado. Un juicio por mi parte, comprenderán, implica una responsabilidad tal vez superior a mis fuerzas. Pero ante todo, creo, habría que establecer aunque sólo fuese de forma aproximada, cuál es el origen del fenómeno. Y confío en que Dios nos ilumine.

-¿De qué manera? -preguntó Giorgio.

-Tu madre, querido hijo, ha aludido a ello hace un momento, demostrando como siempre su excelente buen sentido. En resumidas cuentas, si se me pide mi parecer como teólogo, les responderé: si estas alas, dejémonos de eufemismos, tienen una procedencia diabólica, es decir si han sido creadas por el Maligno con objeto de turbar las conciencias con el falseamiento de un aparente milagro, entonces para mí no hay duda: sólo pueden ser un simulacro. Pero si en cambio, como no podemos excluir, estas alas fuesen una señal de Dios, demostración de una excepcional benevolencia del Señor hacia la condesa Lucina, entonces no hay duda de que tendrían que ser alas de verdad, capaces de volar...

-¡Eso es una locura, una cosa terrible! -gimió el conde Giorgio, aterrorizado ante la idea de lo que podría suceder si la segunda hipótesis se demostrase cierta: ¿Cómo seguir ocultando aquella especie de vergonzosa deformidad si Lucina se pusiese a revolotear por la plaza? ¿Y cuántos problemas acarrearía? La publicidad, la curiosidad de la multitud, la investigación por parte de las autoridades eclesiásticas, su vida, la de Giorgio Venanzi, completamente trastornada, destruida.

-En este caso -preguntó el marido-, en este caso, ¿cree usted, don Francesco, que habría que hablar de milagro? En una palabra, ¿Lucina se habría convertido en un ángel, en una santa? Y yo, su legítimo marido...

-Démosle tiempo al tiempo, hijo mío, no nos anticipemos a los designios de la providencia. Que transcurran unos días. Esperemos a que estas benditas alas se hayan desarrollado completamente, a que hayan dejado de crecer. Luego haremos una prueba.

-¡Dios mío, una prueba! ¿Dónde? ¿Aquí en el jardín, donde todos podrán verla?

-No, en el jardín mejor que no. Mejor fuera, podríamos ir al campo, en la oscuridad, sin testigos...



Cruzaron la verja de la casa a las nueve de la noche: Giorgio, su mujer, la madre y don Francesco, en el lujoso coche inglés.

No hubo que esperar ni siquiera diez días a que las alas de Lucina alcanzasen dimensiones adultas. Desde la articulación mediana hasta las puntas, que casi llegaban al suelo, medían, para ser exactos, ciento veintidós centímetros. La colcha de plumas, ya no blancas sino de un suave color rosado, se había hecho compacta y sólida. (Por la noche, en el lecho matrimonial, no era nada fácil; por suerte Lucina estaba acostumbrada a dormir boca abajo, y el apuro y el enfurruñamiento del marido le hacían morirse de risa.) La envergadura de las alas, medida como se hace con las águilas, superaba los tres metros. Todo permitía suponer que las dos gigantescas aletas no tendrían que hacer excesivos esfuerzos para levantar del suelo un cuerpo diminuto como el de Lucina que no llegaba a los cincuenta kilos.

Dejaron atrás las últimas casas, se adentraron en el campo, en aquella zona ahora desierta, buscando un descampado lo bastante solitario. Giorgio no acababa de decidirse. Bastaba con que la ventana iluminada de algún caserío centellease, aunque fuese a gran distancia, para que reanudara la marcha.

Era una hermosa noche de luna. Finalmente se detuvieron en un pequeño sendero que se adentraba en una reserva de caza. Descendieron. A pie avanzaron por el bosque, que Giorgio conocía como la palma de la mano, hasta un claro rodeado por unos árboles altísimos. Había un inmenso silencio.

-Vamos, vamos -dijo la suegra de Lucina-, quítate el abrigo. Y no perdamos tiempo. En pijama tendrás frío, supongo.

Pero aunque sólo llevaba el pijama, Lucina no sentía frío, en absoluto. Al contrario, extrañas ráfagas de calor le recorrían el cuerpo estremeciéndola.

-¿Lo conseguiré? -preguntó entre risas-. Y en seguida, a pasitos ligeros, remedando burlonamente a las bailarinas clásicas, se dirigió al centro del claro y empezó a agitar las alas.

Flot, flot, se oyó el suave aleteo en el aire. De pronto, sin que a la trémula luz de la luna pudieran percibir el momento preciso del despegue, los tres la vieron ante ellos, a una altura de siete u ocho metros. Y no le costaba ningún esfuerzo sostenerse: apenas una suave ondulación de las alas, y acompañaba el ritmo dando unas palmadas.

El marido se cubrió los ojos, horrorizado. Arriba, ella reía: nunca había sido tan feliz, ni tan hermosa.

-Razonemos con calma, hijo mío -decía don Francesco al conde Giorgio-. A tu jovencísima mujer, criatura (convendrás conmigo, admirable desde todos los puntos de vista), le han crecido alas. Hemos comprobado, tú, tu madre y yo, que con estas alas Lucina es capaz de volar; no se trata pues de una intervención demoníaca. Sobre este punto, te lo aseguro, todos los padres de la Iglesia (y he estado releyéndolos a propósito), están de acuerdo. Se trata por tanto de una investidura divina, ya que no queremos hablar de milagro. Eso sin mencionar que, desde el punto de vista estrictamente teológico, Lucina ahora debería ser considerada un ángel.

-Los ángeles, si no me equivoco, nunca han tenido sexo.

-Tienes razón, hijo mío. Sin embargo, estoy convencido de que a tu mujer no le habrían salido alas si el Omnipotente no la hubiese designado para cumplir una importante misión.

-¿Qué misión?

-Inescrutables son las decisiones del Eterno. De todas formas, no creo que tengas derecho a mantener marginada a esa pobrecilla, peor que si se tratase de una leprosa.

-¿Entonces qué, don Francesco? ¿Tengo que dejar que sea pasto del mundo? ¿Usted se imagina el jaleo que se organizaría? Titulares así de grandes en los periódicos, asedio de curiosos, entrevistas, peregrinajes, molestias de todo tipo. ¡Dios no lo quiera! Un contrato cinematográfico, garantizado, no se lo quitaría nadie. ¡Y esto en casa de los Venanzi!  El escándalo. ¡Eso nunca, nunca!

-¿Y quién te dice a ti que esta publicidad no forma también parte de los propósitos divinos? ¿Que precisamente el conocimiento del prodigio no pueda tener incalculables efectos en las conciencias? Como una especie de nuevo pequeño mesías, de sexo femenino. Piensa, por ejemplo, en que la condesa Lucina se pusiese a sobrevolar la línea de fuego en Vietnam. ¿Te das cuenta, hijo mío?

-Se lo ruego, don Francesco, ¡basta! Creo que voy a volverme loco. ¿Pero qué habré hecho yo para merecerme esta desgracia?

-No la llames desgracia: quién sabe, podría ser pecado. Se te ha asignado, como marido, una dura prueba. De acuerdo. Pero al fin y al cabo tienes que resignarte. Dime: ¿hay alguien, además de tu madre y yo, al corriente del asunto?

-Sólo faltaría eso.

-¿Y las personas del servicio?

-Nada. Lucina ahora vive en una casita aparte, donde el único que entra soy yo.

-¿Y la limpieza? ¿Las comidas?

-Lo hace ella misma. Mire, incluso hablando metafóricamente, es un verdadero ángel. No se queja, no protesta, ha sido la primera en darse cuenta de la delicada situación.

-¿Y a la familia, a los amigos, qué les han dicho?

-Que se ha ido a pasar una temporada a casa de sus padres en Val d?Aosta.

-Pero, me refiero, no pensarás tenerla enclaustrada toda la vida.

-¡Y yo qué sé! -y meneaba la cabeza, desesperado-. Encuéntreme usted una solución.

-Ya te lo he dicho, hijo mío. Liberarla, presentarla al mundo tal como está. Apuesto a que ahora también ella lo desea.

-Eso nunca, reverendo. Ya se lo he dicho. Lo he pensado detenidamente. Es mi tormento, mi pesadilla. No sería capaz, se lo juro, de soportar semejante vergüenza.

Pero el conde Giorgio no sabía lo que decía. Llegó octubre. De los pantanos que rodeaban la ciudad empezaban a levantarse, desde el mediodía, las famosas nieblas que a lo largo de toda la estación fría cubren la región como una mortaja impenetrable. Los días en que el marido recorría sus tierras, y sólo volvía ya entrada la noche, la pobre Lucina comprendió que se le presentaba una ocasión formidable. De temperamento dócil, incluso algo apática, se había adaptado a la férrea disciplina que Giorgio le había impuesto. En su fuero interno, sin embargo, la exasperación crecía conforme pasaban los días. Con menos de veinte años permanecer encerrada en casa sin poder ver a una amiga, sin mantener relaciones con nadie, sin ni siquiera asomarse a las ventanas. Más aún: era un suplicio no poder desplegar aquellas estupendas alas vibrantes de juventud y de salud. Más de una vez le había rogado a Giorgio que la llevase durante la noche, como la primera vez, al campo abierto, a escondida de todos, y la dejase volar unos minutos. Pero el hombre era inconmovible. Para realizar aquel experimento nocturno, al que habían asistido también la madre y don Francesco, se habían expuesto a un grave peligro. Por suerte ningún extraño se había percatado de nada. Pero intentarlo de nuevo habría sido una locura: ¡y además por un capricho!

Bien. Una tarde cenicienta, hacia mediados de octubre, la niebla había descendido sobre la ciudad, paralizando el tráfico. Lucina, con un doble pijama de lana, evitando las habitaciones de la servidumbre, se deslizó hasta el jardín, arrebujada. Miró en derredor. Le parecía hallarse en un mundo de ensueño; nadie, absolutamente nadie podía verla. Dejó caer el abrigo que escondió a los pies de un árbol. Salió a campo abierto, agitó sus queridas alas, y echó a volar sobre los tejados.

Estas fugas clandestinas, que pudieron renovarse cada vez con más frecuencia gracias a la inclemencia del tiempo, supusieron para ella un maravilloso consuelo. Tenía la precaución de alejarse en seguida del centro, volando en dirección contraria a las tierras del marido. Allí se sucedían los bosques solitarios casi ininterrumpidamente y embargada por una ebriedad indecible rozaba las copas de los árboles, se zambullía en la neblina hasta vislumbrar las sombras de alguna casucha, daba vueltas sobre sí misma, feliz cuando alguna rara ave, al verla, huía asustada.

En su inocencia, un poco frívola, la joven condesa no se preguntaba por qué precisamente a ella, la única persona en el mundo, le habían crecido alas. Sencillamente, había sido así. La sospecha de divinas misiones ni siquiera había pasado por su imaginación. Sólo sabía que se encontraba bien, segura de sí misma, dotada de un poder sobrehumano que la llevaba, durante los vuelos, a un beatífico delirio.

Como suele ocurrir, el hábito a la impunidad acabó por hacerle descuidar la prudencia. Una tarde, después de haber salido a la densa y humeante capa de niebla que cubría herméticamente los campos, y haber disfrutado largamente del dulce sol otoñal, sintió la curiosidad de explorar la zona inferior. Se lanzó en picado por la gélida penumbra de la bruma y no detuvo su descenso hasta escasos metros del suelo.

Exactamente debajo de ella un muchacho que llevaba una escopeta estaba dirigiéndose a lo que probablemente era el refugio de los cazadores de uno de los muchos cotos. El cazador, al oír el batir de la enormes alas, se dio media vuelta como un resorte e instintivamente levantó la escopeta de doble cañón.

Lucina intuyó el peligro. En lugar de huir, para lo que no tenía tiempo, a costa de desvelar el secreto, gritó con todas sus fuerzas:

-¡Espera, no dispares!

Y, antes de que el hombre pudiera recuperarse de su sorpresa, se posó delante de él, muy cerca.

El cazador era un tal Massimo Lauretta, uno de los más brillantes «lions» de la pequeña sociedad provinciana; recién licenciado, de óptima y rica familia, buen esquiador y piloto de coches de carreras; óptimo amigo del matrimonio Venanzi. A pesar de su habitual desenvoltura, fue tal su extravío que, dejando caer la escopeta, se arrodilló con las manos juntas, recitando en voz alta:

-Ave María, gratia plena...

Lucina soltó una carcajada:

-¿Pero qué haces, tonto? ¿No ves que soy Lucina Venanzi?

El otro se puso en pie tambaleándose:

-¿Tú? ¿Qué pasa? ¿Cómo puedes...?

-Da lo mismo, Massimo... Pero aquí hace un frío de los mil demonios...

-Vayamos dentro -dijo el joven indicando el refugio-. La chimenea debe de estar encendida.

-¿Hay alguien más?

-Nadie, excepto el guardabosques.

-No, no, es imposible.

Permanecieron algún tiempo mirándose embobados. Al final Lucina:

-Te he dicho que tengo frío. Abrázame, por lo menos.

Y el joven, aunque todavía tembloroso, no se lo hizo repetir dos veces.

Cuando volvió aquella noche, Giorgio Venanzi encontró a su mujer sentada en la sala y cosiendo. Sin el menor vestigio de alas.

-¡Lucina! -gritó- ¡cariño! ¿Cómo ha sido?

-¿El qué? -dijo ella sin inmutarse.

-Pues las alas, ¿no? ¿Qué ha pasado con las alas?

-¿Las alas? ¿Te has vuelto loco?

Violentamente turbado, él se quedó sin habla:

-Pues... no sé... debo de haber tenido un mal sueño.

Nadie, del milagro, o de la brujería, supo nunca nada, excepto Giorgio, su madre, don Francesco y el joven Massimo que, como era un caballero, no dijo palabra a nadie. Pero incluso entre los que sí sabían, el tema se consideró tabú.

Sólo, don Francesco, unos meses después, encontrándose solo con Lucina, le dijo sonriendo:

-Dios te quiere mucho, Lucina. No me negarás que como ángel has tenido una suerte extraordinaria.

-¿Suerte? ¿Qué suerte?

-La de encontrar al Diablo en el momento justo.


FIN

quarta-feira, 6 de março de 2013

El Colombe



El colombre
[Cuento: Texto completo.]
Dino Buzzati
Cuando Stefano Roi cumplió los doce años, pidió como regalo a su padre, capitán de barco y patrón de un bonito velero, que lo llevase consigo a bordo.
-Cuando sea mayor -dijo-, quiero navegar por los mares como tú. Y mandaré barcos todavía más bonitos y grandes que el tuyo.
-Dios te bendiga, hijo mío -respondió su padre. Y como justamente aquel día su carguero debía partir, se llevó al chico consigo.
Era un espléndido día de sol; el mar estaba tranquilo. Stefano, que nunca había subido al barco, paseaba feliz por cubierta admirando las complicadas maniobras del aparejo. Y preguntaba esto y lo otro a los marineros, que, sonriendo, se lo explicaban todo.
Cuando fue a parar a la toldilla, el chico, picado por la curiosidad, se detuvo a observar una cosa que salía intermitentemente a la superficie a una distancia de unos doscientos o trescientos metros, allí donde estaba la estela de la nave.
Aunque el carguero volara ya, empujado por un magnífico viento de popa, aquella cosa mantenía siempre la misma distancia. Y, aunque él no comprendía su naturaleza, tenía algo indefinible que lo atraía intensamente.
Al dejar de ver a Stefano por allí, su padre, después de haberlo llamado a grandes voces en vano, abandonó el puente y fue a buscarlo.
-Stefano, ¿qué haces ahí plantado? -le preguntó al verlo finalmente en la popa, de pie, absorto en las olas.
-Ven a ver, papá.
El padre acudió y miró también en la dirección que le indicaba el muchacho, pero no alcanzó a ver nada.
-Es una cosa oscura que asoma cada tanto de la estela -dijo-, y que nos sigue.
-A pesar de mis cuarenta años -dijo su padre-, creo tener todavía buena vista. Pero no veo nada en absoluto.
Como su hijo insistiera, fue en busca del catalejo y exploró la superficie del mar allí donde estaba la estela. Stefano lo vio ponerse pálido.
-¿Qué es? ¿Por qué pones esa cara?
-Ojalá no te hubiera escuchado -exclamó el capitán-. Ahora temo por ti. Eso que has visto asomar de las aguas y que nos sigue no es una cosa. Es un colombre. Es el pez que los marineros temen más que ningún otro en todos los mares del mundo. Es un escualo terrible y misterioso, más astuto que el hombre. Por motivos que quizá nunca nadie sabrá, escoge a su víctima y, una vez que lo ha hecho, la sigue años y años, la vida entera, hasta que consigue devorarla. Y lo más curioso es esto: que nadie puede verlo si no es la propia víctima y las personas de su misma sangre.
-¿Y no es una leyenda?
-No. Yo nunca lo había visto. Pero como lo he oído describir tantas veces, en seguida lo he reconocido. Ese hocico de bisonte, esa boca que se abre y se cierra sin cesar, esos dientes espantosos... Stefano, no hay duda, desgraciadamente el colombre te ha elegido y mientras andes por el mar no te dará tregua. Escucha: vamos a volver ahora mismo a tierra, tú desembarcarás y nunca más te separarás de la orilla por ningún motivo. Tienes que prometérmelo. El trabajo del mar no es para ti, hijo mío. Tienes que resignarte. Por otra parte, en tierra también podrás hacer fortuna.
Dicho esto, hizo invertir el rumbo inmediatamente, volvió a puerto y, con el pretexto de una inesperada indisposición, desembarcó a su hijo. Luego volvió a partir sin él.
Profundamente agitado, el muchacho permaneció en la orilla hasta que la última punta de la arboladura se sumergió detrás del horizonte. Más allá del muelle que cerraba el puerto, el mar quedó completamente desierto. Pero, aguzando la vista, Stefano alcanzó a distinguir un puntito negro que aparecía intermitentemente sobre las aguas: era «su» colombre, que iba lentamente de aquí para allá, empeñado en esperarlo.
*
Desde entonces se emplearon todos los recursos posibles para alejar al muchacho del deseo del mar. Su padre lo mandó a estudiar a una ciudad del interior distante centenares de kilómetros. Y durante algún tiempo, distraído por su nuevo ambiente, Stefano dejó de pensar en el monstruo marino. Sin embargo, cuando en las vacaciones de verano volvió a casa, lo primero que hizo en cuanto dispuso de un minuto libre fue apresurarse a ir a la punta del muelle para hacer una especie de comprobación aunque en el fondo lo considerase superfluo. Aun admitiendo que toda la historia que le contara su padre fuera verdadera, después de tanto tiempo el colombre sin duda habría renunciado a su asedio.
Pero Stefano se quedó allí parado, con el corazón desbocado. A unos doscientos o trescientos metros del muelle, en mar abierto, el siniestro pez iba arriba y abajo con lentitud, sacando de cuando en cuando el hocico del agua y volviéndolo hacia tierra, como si mirase ansiosamente si Stefano Roi aparecía por fin.
De esta suerte, la idea de aquella criatura enemiga que lo esperaba noche y día se convirtió para Stefano en una secreta obsesión. E incluso en la lejana ciudad le ocurría despertarse en plena noche víctima de la inquietud. Estaba a salvo, sí, centenares de kilómetros lo separaban del colombre. Sin embargo, sabía que más allá de las montañas, más allá de los bosques, más allá de las llanuras, el escualo lo aguardaba. Y que, aunque se trasladara al continente más remoto, el colombre se apostaría en el espejo del mar más cercano con la inexorable obstinación de los instrumentos del destino.
Stefano, que era un muchacho serio y diligente, continuó sus estudios con provecho y apenas fue un hombre encontró un empleo digno y bien remunerado en un almacén de la ciudad. Mientras tanto, su padre murió víctima de una enfermedad. Su viuda vendió su magnífico velero y el hijo se halló en posesión de una discreta fortuna. El trabajo, las amistades, las distracciones, los primeros amores: ahora Stefano se había hecho ya su vida, pero, a pesar de todo, el pensamiento del colombre lo perseguía como un espejismo a la vez funesto y fascinante; y, con el paso de los días, en vez de desvanecerse, parecía hacerse más insistente.
Grandes son las satisfacciones de la vida laboriosa, holgada y tranquila, pero aún mayor es la atracción del abismo. Apenas había cumplido Stefano veintidós años cuando, tras despedirse de sus amigos y abandonar su empleo, volvió a su ciudad natal y comunicó a su madre su firme intención de seguir el oficio paterno. La mujer, a quien Stefano jamás había hecho mención del misterioso escualo, acogió con júbilo su decisión. En el fondo de su corazón, que su hijo hubiera abandonado el mar por la ciudad siempre le había parecido una puñalada a las tradiciones de la familia.
Y Stefano comenzó a navegar, dando prueba de dotes marineras, de resistencia a las fatigas, de ánimo intrépido. Navegaba, navegaba y en la estela de su carguero, de día y de noche, con bonanza y con tempestad, se afanaba el colombre. Él sabía que aquella era su maldición y su condena, pero quizá por eso mismo no tenía fuerzas para apartarse de ella. Y a bordo nadie veía el monstruo excepto él.
-¿No ven nada por allí? -preguntaba de cuando en cuando a sus compañeros señalando la estela.
-No, no vemos nada. ¿Por qué?
-No sé. Me parecía...
-¿No habrás visto por casualidad un colombre? -decían ellos entre risas al tiempo que tocaban madera.
-¿De qué se ríen? ¿Por qué tocaban madera?
-Porque el colombre no perdona. Y si se pusiera a seguir a esta nave, eso querría decir que uno de nosotros estaba perdido.
Pero Stefano no cedía. La constante amenaza que iba en pos de él parecía más bien multiplicar su voluntad, su pasión por el mar, su arrojo en los momentos de fatiga y peligro.
Una vez se sintió dueño del oficio, con el pequeño caudal que le había dejado su padre adquirió junto con un socio un pequeño vapor de carga, luego se hizo su único propietario y, gracias a una serie de travesías afortunadas, pudo a continuación comprar un verdadero buque mercante y apuntar a metas cada vez más ambiciosas. Pero los éxitos, los millones, no conseguían apartar de su ánimo aquel continuo tormento; y nunca, por otra parte, se le pasó por la cabeza vender y retirarse a tierra para emprender negocios distintos.
Navegar, navegar, ese era su único afán. Apenas ponía pie en cualquier puerto después de largas travesías, en seguida lo espoleaba la impaciencia por partir. Sabía que allá lo esperaba el colombre y que el colombre era sinónimo de perdición. Era inútil. Un impulso indomable lo arrastraba de un océano a otro sin descanso.
*
Hasta que de pronto un día Stefano reparó en que se había hecho viejo, viejísimo; y ninguno de los que lo rodeaban sabía explicarse por qué, siendo rico como era, no dejaba por fin la azarosa vida del mar. Viejo, y amargamente infeliz, porque toda su existencia se había gastado en aquella especie de loca fuga a través de los mares para escapar de su enemigo. Pero para él siempre había sido más fuerte que la dicha de una vida holgada y tranquila la tentación del abismo.
Y una tarde, mientras su magnífica nave se hallaba fondeada frente al puerto donde había nacido, se sintió próximo a morir. Entonces llamó a su segundo oficial, en quien tenía mucha confianza, y le instó a que no se opusiera a lo que pensaba hacer. El otro se lo prometió por su honor.
Una vez seguro de esto, Stefano reveló al segundo oficial, que lo escuchaba turbado, la historia del colombre que durante casi cincuenta años lo había seguido sin cesar inútilmente.
-Me ha seguido de un confín a otro del mundo -dijo- con una fidelidad que ni el amigo más noble habría podido mostrar. Ahora me voy a morir. También él, ahora, estará terriblemente viejo y cansado. No puedo traicionarlo.
Dicho esto, se despidió, hizo arriar un bote y, después de hacer que le dieran un arpón, partió.
-Ahora voy a su encuentro -anunció-. Es justo que no lo defraude. Pero lucharé con las fuerzas que me quedan.
Con débiles golpes de remo se alejó del barco. Oficiales y marineros lo vieron desaparecer a lo lejos, sobre el plácido mar, envuelto en las sombras de la noche. En el cielo, como una hoz, lucía la luna.
No tuvo que esforzarse mucho. Súbitamente, el horrible hocico del colombre emergió al lado de la barca.
-Aquí me tienes por fin -dijo Stefano-. ¡Ahora es cosa nuestra!
Y, reuniendo sus últimas energías, levantó el arpón para lanzarlo.
-Ah -se quejó con voz suplicante el colombre-, qué largo camino hasta encontrarte. También yo estoy destrozado por la fatiga. Cuánto me has hecho nadar. Y tú huías, huías. Y nunca has comprendido nada.
-¿Por qué? -dijo Stefano picado en su orgullo.
-Porque no te he seguido por todo el mundo para devorarte, como tú pensabas. El único encargo que me dio el rey del mar fue entregarte esto.
Y el escualo sacó la lengua, tendiendo al viejo capitán una esfera fosforescente.
Stefano la cogió entre los dedos y miró. Era una perla de tamaño desmesurado. Reconoció en ella la famosa Perla del Mar que procura a quien la posee fortuna, poder, amor y paz de espíritu. Pero ahora era ya demasiado tarde.
-Ay de mí -dijo meneando tristemente la cabeza-. Qué horrible malentendido. Lo único que he conseguido es desperdiciar mi existencia; y he arruinado la tuya.
-Adiós, hombre infeliz -respondió el colombre. Y se sumergió en las aguas negras para siempre.
*
Dos meses más tarde, empujado por la resaca, un bote arribó a una áspera escollera. Fue avistado por algunos pescadores que, movidos por la curiosidad, se acercaron. En el bote, todavía sentado, había un blanco esqueleto; y, entre sus dedos descarnados, sujetaba un pequeño guijarro redondo.
El colombre es un pez de grandes dimensiones, espantoso a la vista, sumamente raro. Dependiendo de los mares y de los pueblos que habitan las orillas, recibe también el nombre de kolomber, kahloubrha, kalonga, kalu-balu, chalung-gra. Curiosamente, los naturalistas desconocen su existencia. Hay quien sostiene que no existe.
FIN


Biblioteca Digital Ciudad Seva