Lo mejor que pude había soportado las mil injurias de Fortunato. Pero cuando llegó el insulto, juré vengarme. Ustedes, que conocen tan bien la naturaleza de mi carácter, no llegarán a suponer, no obstante, que pronunciara la menor palabra con respecto a mi propósito. A la larga, yo sería vengado. Este era ya un punto establecido definitivamente. Pero la misma decisión con que lo había resuelto excluía toda idea de peligro por mi parte. No solamente tenía que castigar, sino castigar impunemente. Una injuria queda sin reparar cuando su justo castigo perjudica al vengador. Igualmente queda sin reparación cuando ésta deja de dar a entender a quien le ha agraviado que es él quien se venga.
Es preciso entender bien que ni de palabra, ni de obra, di a Fortunato motivo para que sospechara de mi buena voluntad hacia él. Continué, como de costumbre, sonriendo en su presencia, y él no podía advertir que mi sonrisa, entonces, tenía como origen en mí la de arrebatarle la vida.
Aquel Fortunato tenía un punto débil, aunque, en otros aspectos, era un hombre digno de toda consideración, y aun de ser temido. Se enorgullecía siempre de ser un entendido en vinos. Pocos italianos tienen el verdadero talento de los catadores. En la mayoría, su entusiasmo se adapta con frecuencia a lo que el tiempo y la ocasión requieren, con objeto de dedicarse a engañar a los millionaires ingleses y austríacos. En pintura y piedras preciosas, Fortunato, como todos sus compatriotas, era un verdadero charlatán; pero en cuanto a vinos añejos, era sincero. Con respecto a esto, yo no difería extraordinariamente de él. También yo era muy experto en lo que se refiere a vinos italianos, y siempre que se me presentaba ocasión compraba gran cantidad de éstos.
Una tarde, casi al anochecer, en plena locura del Carnaval, encontré a mi amigo. Me acogió con excesiva cordialidad, porque había bebido mucho. El buen hombre estaba disfrazado de payaso. Llevaba un traje muy ceñido, un vestido con listas de colores, y coronaba su cabeza con un sombrerillo cónico adornado con cascabeles. Me alegré tanto de verle, que creí no haber estrechado jamás su mano como en aquel momento.
-Querido Fortunato -le dije en tono jovial-, éste es un encuentro afortunado. Pero ¡qué buen aspecto tiene usted hoy! El caso es que he recibido un barril de algo que llaman amontillado, y tengo mis dudas.
-¿Cómo? -dijo él-. ¿Amontillado? ¿Un barril? ¡Imposible! ¡Y en pleno Carnaval!
-Por eso mismo le digo que tengo mis dudas -contesté-, e iba a cometer la tontería de pagarlo como si se tratara de un exquisito amontillado, sin consultarle. No había modo de encontrarle a usted, y temía perder la ocasión.
-¡Amontillado!
-Tengo mis dudas.
-¡Amontillado!
-Y he de pagarlo.
-¡Amontillado!
-Pero como supuse que estaba usted muy ocupado, iba ahora a buscar a Luchesi. Él es un buen entendido. Él me dirá...
-Luchesi es incapaz de distinguir el amontillado del jerez.
-Y, no obstante, hay imbéciles que creen que su paladar puede competir con el de usted.
-Vamos, vamos allá.
-¿Adónde?
-A sus bodegas.
-No mi querido amigo. No quiero abusar de su amabilidad. Preveo que tiene usted algún compromiso. Luchesi...
-No tengo ningún compromiso. Vamos.
-No, amigo mío. Aunque usted no tenga compromiso alguno, veo que tiene usted mucho frío. Las bodegas son terriblemente húmedas; están materialmente cubiertas de salitre.
-A pesar de todo, vamos. No importa el frío. ¡Amontillado! Le han engañado a usted, y Luchesi no sabe distinguir el jerez del amontillado.
Diciendo esto, Fortunato me cogió del brazo. Me puse un antifaz de seda negra y, ciñéndome bien al cuerpo mi roquelaire, me dejé conducir por él hasta mi palazzo. Los criados no estaban en la casa. Habían escapado para celebrar la festividad del Carnaval. Ya antes les había dicho que yo no volvería hasta la mañana siguiente, dándoles órdenes concretas para que no estorbaran por la casa. Estas órdenes eran suficientes, de sobra lo sabía yo, para asegurarme la inmediata desaparición de ellos en cuanto volviera las espaldas.
Cogí dos antorchas de sus hacheros, entregué a Fortunato una de ellas y le guié, haciéndole encorvarse a través de distintos aposentos por el abovedado pasaje que conducía a la bodega. Bajé delante de él una larga y tortuosa escalera, recomendándole que adoptara precauciones al seguirme. Llegamos, por fin, a los últimos peldaños, y nos encontramos, uno frente a otro, sobre el suelo húmedo de las catacumbas de los Montresors.
El andar de mi amigo era vacilante, y los cascabeles de su gorro cónico resonaban a cada una de sus zancadas.
-¿Y el barril? -preguntó.
-Está más allá -le contesté-. Pero observe usted esos blancos festones que brillan en las paredes de la cueva.
Se volvió hacia mí y me miró con sus nubladas pupilas, que destilaban las lágrimas de la embriaguez.
-¿Salitre? -me preguntó, por fin.
-Salitre -le contesté-. ¿Hace mucho tiempo que tiene usted esa tos?
-¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem!...!
A mi pobre amigo le fue imposible contestar hasta pasados unos minutos.
-No es nada -dijo por último.
-Venga -le dije enérgicamente-. Volvámonos. Su salud es preciosa, amigo mío. Es usted rico, respetado, admirado, querido. Es usted feliz, como yo lo he sido en otro tiempo. No debe usted malograrse. Por lo que mí respecta, es distinto. Volvámonos. Podría usted enfermarse y no quiero cargar con esa responsabilidad. Además, cerca de aquí vive Luchesi...
-Basta -me dijo-. Esta tos carece de importancia. No me matará. No me moriré de tos.
-Verdad, verdad -le contesté-. Realmente, no era mi intención alarmarle sin motivo, pero debe tomar precauciones. Un trago de este medoc le defenderá de la humedad.
Y diciendo esto, rompí el cuello de una botella que se hallaba en una larga fila de otras análogas, tumbadas en el húmedo suelo.
-Beba -le dije, ofreciéndole el vino.
Llevóse la botella a los labios, mirándome de soslayo. Hizo una pausa y me saludó con familiaridad. Los cascabeles sonaron.
-Bebo -dijo- a la salud de los enterrados que descansan en torno nuestro.
-Y yo, por la larga vida de usted.
De nuevo me cogió de mi brazo y continuamos nuestro camino.
-Esas cuevas -me dijo- son muy vastas.
-Los Montresors -le contesté- era una grande y numerosa familia.
-He olvidado cuáles eran sus armas.
-Un gran pie de oro en campo de azur. El pie aplasta a una serpiente rampante, cuyos dientes se clavan en el talón.
-¡Muy bien! -dijo.
Brillaba el vino en sus ojos y retiñían los cascabeles. También se caldeó mi fantasía a causa del medoc. Por entre las murallas formadas por montones de esqueletos, mezclados con barriles y toneles, llegamos a los más profundos recintos de las catacumbas. Me detuve de nuevo, esta vez me atreví a coger a Fortunato de un brazo, más arriba del codo.
-El salitre -le dije-. Vea usted cómo va aumentando. Como si fuera musgo, cuelga de las bóvedas. Ahora estamos bajo el lecho del río. Las gotas de humedad se filtran por entre los huesos. Venga usted. Volvamos antes de que sea muy tarde. Esa tos...
-No es nada -dijo-. Continuemos. Pero primero echemos otro traguito de medoc.
Rompí un frasco de vino de De Grave y se lo ofrecí. Lo vació de un trago. Sus ojos llamearon con ardiente fuego. Se echó a reír y tiró la botella al aire con un ademán que no pude comprender.
Le miré sorprendido. El repitió el movimiento, un movimiento grotesco.
-¿No comprende usted? -preguntó.
-No -le contesté.
-Entonces, ¿no es usted de la hermandad?
-¿Cómo?
-¿No pertenece usted a la masonería?
-Sí, sí -dije-; sí, sí.
-¿Usted? ¡Imposible! ¿Un masón?
-Un masón -repliqué.
-A ver, un signo -dijo.
-Éste -le contesté, sacando de debajo de mi roquelaire una paleta de albañil.
-Usted bromea -dijo, retrocediéndo unos pasos-. Pero, en fin, vamos por el amontillado.
-Bien -dije, guardando la herramienta bajo la capa y ofreciéndole de nuevo mi brazo.
Apoyóse pesadamente en él y seguimos nuestro camino en busca del amontillado. Pasamos por debajo de una serie de bajísimas bóvedas, bajamos, avanzamos luego, descendimos después y llegamos a una profunda cripta, donde la impureza del aire hacía enrojecer más que brillar nuestras antorchas. En lo más apartado de la cripta descubríase otra menos espaciosa. En sus paredes habían sido alineados restos humanos de los que se amontonaban en la cueva de encima de nosotros, tal como en las grandes catacumbas de París.
Tres lados de aquella cripta interior estaban también adornados del mismo modo. Del cuarto habían sido retirados los huesos y yacían esparcidos por el suelo, formando en un rincón un montón de cierta altura. Dentro de la pared, que había quedado así descubierta por el desprendimiento de los huesos, veíase todavía otro recinto interior, de unos cuatro pies de profundidad y tres de anchura, y con una altura de seis o siete. No parecía haber sido construido para un uso determinado, sino que formaba sencillamente un hueco entre dos de los enormes pilares que servían de apoyo a la bóveda de las catacumbas, y se apoyaba en una de las paredes de granito macizo que las circundaban.
En vano, Fortunato, levantando su antorcha casi consumida, trataba de penetrar la profundidad de aquel recinto. La débil luz nos impedía distinguir el fondo.
-Adelántese -le dije-. Ahí está el amontillado. Si aquí estuviera Luchesi...
-Es un ignorante -interrumpió mi amigo, avanzando con inseguro paso y seguido inmediatamente por mí.
En un momento llegó al fondo del nicho, y, al hallar interrumpido su paso por la roca, se detuvo atónito y perplejo. Un momento después había yo conseguido encadenarlo al granito. Había en su superficie dos argollas de hierro, separadas horizontalmente una de otra por unos dos pies. Rodear su cintura con los eslabones, para sujetarlo, fue cuestión de pocos segundos. Estaba demasiado aturdido para ofrecerme resistencia. Saqué la llave y retrocedí, saliendo del recinto.
-Pase usted la mano por la pared -le dije-, y no podrá menos que sentir el salitre. Está, en efecto, muy húmeda. Permítame que le ruegue que regrese. ¿No? Entonces, no me queda más remedio que abandonarlo; pero debo antes prestarle algunos cuidados que están en mi mano.
-¡El amontillado! -exclamó mi amigo, que no había salido aún de su asombro.
-Cierto -repliqué-, el amontillado.
Y diciendo estas palabras, me atareé en aquel montón de huesos a que antes he aludido. Apartándolos a un lado no tardé en dejar al descubierto cierta cantidad de piedra de construcción y mortero. Con estos materiales y la ayuda de mi paleta, empecé activamente a tapar la entrada del nicho. Apenas había colocado al primer trozo de mi obra de albañilería, cuando me di cuenta de que la embriaguez de Fortunato se había disipado en gran parte. El primer indicio que tuve de ello fue un gemido apagado que salió de la profundidad del recinto. No era ya el grito de un hombre embriagado. Se produjo luego un largo y obstinado silencio. Encima de la primera hilada coloqué la segunda, la tercera y la cuarta. Y oí entonces las furiosas sacudidas de la cadena. El ruido se prolongó unos minutos, durante los cuales, para deleitarme con él, interrumpí mi tarea y me senté en cuclillas sobre los huesos. Cuando se apaciguó, por fin, aquel rechinamiento, cogí de nuevo la paleta y acabé sin interrupción las quinta, sexta y séptima hiladas. La pared se hallaba entonces a la altura de mi pecho. De nuevo me detuve, y, levantando la antorcha por encima de la obra que había ejecutado, dirigí la luz sobre la figura que se hallaba en el interior.
Una serie de fuertes y agudos gritos salió de repente de la garganta del hombre encadenado, como si quisiera rechazarme con violencia hacia atrás.
Durante un momento vacilé y me estremecí. Saqué mi espada y empecé a tirar estocadas por el interior del nicho. Pero un momento de reflexión bastó para tranquilizarme. Puse la mano sobre la maciza pared de piedra y respiré satisfecho. Volví a acercarme a la pared, y contesté entonces a los gritos de quien clamaba. Los repetí, los acompañé y los vencí en extensión y fuerza. Así lo hice, y el que gritaba acabó por callarse.
Ya era medianoche, y llegaba a su término mi trabajo. Había dado fin a las octava, novena y décima hiladas. Había terminado casi la totalidad de la oncena, y quedaba tan sólo una piedra que colocar y revocar. Tenía que luchar con su peso. Sólo parcialmente se colocaba en la posición necesaria. Pero entonces salió del nicho una risa ahogada, que me puso los pelos de punta. Se emitía con una voz tan triste, que con dificultad la identifiqué con la del noble Fortunato. La voz decía:
-¡Ja, ja, ja! ¡Je, je, je! ¡Buena broma, amigo, buena broma! ¡Lo que nos reiremos luego en el palazzo, ¡je, je, je!, a propósito de nuestro vino! ¡Je, je, je!
-El amontillado -dije.
-¡Je, je, je! Sí, el amontillado. Pero, ¿no se nos hace tarde? ¿No estarán esperándonos en el palazzo Lady Fortunato y los demás? Vámonos.
-Sí -dije-; vámonos ya.
-¡Por el amor de Dios, Montresor!
-Sí -dije-; por el amor de Dios.
En vano me esforcé en obtener respuesta a aquellas palabras. Me impacienté y llamé en alta voz:
-¡Fortunato!
No hubo respuesta, y volví a llamar.
-¡Fortunato!
Tampoco me contestaron. Introduje una antorcha por el orificio que quedaba y la dejé caer en el interior. Me contestó sólo un cascabeleo. Sentía una presión en el corazón, sin duda causada por la humedad de las catacumbas. Me apresuré a terminar mi trabajo. Con muchos esfuerzos coloqué en su sitio la última piedra y la cubrí con argamasa. Volví a levantar la antigua muralla de huesos contra la nueva pared. Durante medio siglo, nadie los ha tocado. In pace requiescat!
Edgar Allan Poe
Biblioteca Digital Ciudad Seva
quarta-feira, 21 de julho de 2010
terça-feira, 20 de julho de 2010
Aquelas Imagens
E se eu mandasse que deixásseis
A caverna da mente?
Há na luz do sol e no vento
Exercício mais conveniente.
A Moscou ou a Roma
Nunca vos mandei viajar,
Renunciai a esta maçada,
Chamai as Musas para o lar.
Procurai aquelas imagens
Que constituem a terra bruta,
O leão e a virgem,
A criança e a prostituta.
Uma águia voando
Achai no meio do ar,
Reconhecei as cinco
Que fazem as musas cantar.
(Tradução de Péricles Eugênio da Silva Ramos)
Original em Inglês:
Those images
What if I bade you leave
The cavern of the mind?
There’s better exercise
In the sunlight and wind.
I never bade you go
To Moscow or to Rome,
Renounce that drudgery,
Call the Muses home.
Seek those images
That constitute the wild,
The lion and the virgin,
The harlot and the child.
Find in middle air,
An eagle on the wing,
Recognise the five
That make the Muses sing.
W. B. Yeats
Fonte – Blog A Poesia de Yeats
http://www.apoesiadeyeats.blogspot.com/
A caverna da mente?
Há na luz do sol e no vento
Exercício mais conveniente.
A Moscou ou a Roma
Nunca vos mandei viajar,
Renunciai a esta maçada,
Chamai as Musas para o lar.
Procurai aquelas imagens
Que constituem a terra bruta,
O leão e a virgem,
A criança e a prostituta.
Uma águia voando
Achai no meio do ar,
Reconhecei as cinco
Que fazem as musas cantar.
(Tradução de Péricles Eugênio da Silva Ramos)
Original em Inglês:
Those images
What if I bade you leave
The cavern of the mind?
There’s better exercise
In the sunlight and wind.
I never bade you go
To Moscow or to Rome,
Renounce that drudgery,
Call the Muses home.
Seek those images
That constitute the wild,
The lion and the virgin,
The harlot and the child.
Find in middle air,
An eagle on the wing,
Recognise the five
That make the Muses sing.
W. B. Yeats
Fonte – Blog A Poesia de Yeats
http://www.apoesiadeyeats.blogspot.com/
segunda-feira, 19 de julho de 2010
A ponte
Mario Benedetti
Para cruzá-la ou não cruzá-la
eis a ponte
na outra margem alguém me espera
com um pêssego e um país
trago comigo oferendas desusadas
entre elas um guarda-chuva de umbigo de madeira
um livro com os pânicos em branco
e um violão que não sei abraçar
venho com as faces da insônia
os lenços do mar e das pazes
os tímidos cartazes da dor
as liturgias do beijo e da sombra
nunca trouxe tanta coisa
nunca vim com tão pouco
eis a ponte
para cruzá-la ou não cruzá-la
e eu vou cruzar
sem prevenções
na outra margem alguém me espera
com um pêssego e um país
fonte :Katyuscia Carvalho
http://katyuscia-carvalho.blogspot.com/
Mario Benedetti
Para cruzá-la ou não cruzá-la
eis a ponte
na outra margem alguém me espera
com um pêssego e um país
trago comigo oferendas desusadas
entre elas um guarda-chuva de umbigo de madeira
um livro com os pânicos em branco
e um violão que não sei abraçar
venho com as faces da insônia
os lenços do mar e das pazes
os tímidos cartazes da dor
as liturgias do beijo e da sombra
nunca trouxe tanta coisa
nunca vim com tão pouco
eis a ponte
para cruzá-la ou não cruzá-la
e eu vou cruzar
sem prevenções
na outra margem alguém me espera
com um pêssego e um país
fonte :Katyuscia Carvalho
http://katyuscia-carvalho.blogspot.com/
sexta-feira, 16 de julho de 2010
Diana era uma menina de 13 anos quando ,usando bermuda e tênis, entrou pela primeira vez numa loja chique, de grife, dessas que ficam num canto especial dos shopping , cercadas de seguranças.Sentiu-se entrando "num mundo novo e mágico ", como diria no twitter.Tudo era lindo,impecável,perfeito como nenhum namorado poderia ser.diante do balcão,entregando seu cartão de crédito dourado para a vendedora,Diana viu uma mulher dessas que as colunas sociais chamam de "elegantérrimas",com muita classe,personalidade e ,claro,dinheiro, além de cabelos loiros pintados por algum mestre da tintura.E pensou:"Um dia serei como ela".
Começou a ler todas as revistas de moda, a imitar todas as celebridades, a estudar inglês e fazer cursos.Emagreceu,passou a se maquiar e usar saltos altos,começou a andar com as colegas ricas da escola,adotou um semblante impassível como os das garotas nas passarelas.Um dia,cinco anos depois, sua mãe decidiu sair da priferia e ir ter mais qualidade de vida no interior.Foi o pior dia de sua vida.Diana abandonou a idéia da Faculdade,mas não o desejo de ser aquela mulher que viu na loja.a ausência de um shopping na cidadezinha a amargurava; o máximo que podia era ir a uma cidadezinha vizinha e comprar numa dessas lojas de departamento.Não tinha amigas nem namorados;mal saía de casa.Roía as unhas,tinha calos nos pés,não precisava nem mais fazer força para emagrecer.O único prazer era comprar,era perseguir a completude do guarda-roupa.Se as revistas diziam " a moda é usar laranja", ela, que detesta laranja, saía para caçar tudo o que pudesse nessa cor.Três dias sem uma compra era a infelicidade suprema.Quanto mais repetia uma peça, mais sentia precisar de outras.E mais se endividava.
Diana,agora,se diz "à espera de um milagre ".Quer se salvar da compulsão em que se meteu.Quer retomar as amizades e os estudos, quer dar uma chance aos garotos mais simples.Quer aceitar a ajuda dos pais e liquidar as dívidas .E fez uma promessa; só voltará a comprar roupa depois de 20 de dezembro, quatro dias antes do Natal. Afinal ninguém é de ferro.
http://www.danielpiza.com.br/
Sinopse
fonte.O Estado de São Paulo
Cigarro
Vivia pelos cantos das festas. Eu não era solitário. Fumante, apenas. Obrigado a manter distância dos outros – eu e o pedaço de vida que me cabia entre os dedos – recostado na janela ou do lado de fora do salão, onde nenhum idiota poderia tossir e reclamar. Em tempos de valorização da saúde, quando os atores do cinema cospem mais sangue e menos fumaça, você se torna um alvo de uma geração de devoradores de batata e coca-cola.
Foi em uma festa para crianças, o sobrinho soprando velinhas. Vi aquelas velas no bolo – dez ao todo – as faíscas estourando. Tive vontade de voltar no tempo, só para me masturbar pela primeira vez. O início é como desenterrar um vulcão em erupção, tornar-se ativo. Você descobre o sentido da vida, renova a esperança no ser humano e percebe, finalmente, a maior utilidade de um polegar opositor.
Pensando bem, não pensei nisso naquela noite, mas agora, porque me lembrei de Eliana. Meu próximo contato com ela só ocorrerá por intermédio da mão direita, daí a nostalgia. Todo prazer é uma espécie de alívio. E eu quero muito aliviar-me daquela víbora, deletar as cenas proibidas para menores de dezoito, inclusive o cigarro interposto entre unhas vermelhas.
Voltemos para a festa. Mas não vou mentir para você. Essa merda nos levará a Eliana e talvez seja por isso, somente por isso, que ainda lembro-me dos detalhes. O estopim da vela, na verdade, me deu uma vontade desgraçada de acender um cigarro. Saí andando para trás e batendo palmas, até dar meia volta, mover a porta do salão, ir até a escada do prédio, sentar no degrau mais alto.
Um pouco de nicotina no ar e temos Eliana na história, às minhas costas. Chegou com andar de formiga: estava de salto e não a notei. Vestido vermelho, curvas impossíveis à direita e à esquerda, mulata. Ergui o cigarro para avisar, “Território enfumaçado, volte.” E aí ela pediu, meio rouca, um isqueiro.
O fogo do isqueiro é um tipo de hóstia entre fumantes. A brasa se multiplica para os irmãos. Compartilhamos o vício, e isso é uma virtude, meu caro. Duvida? Pergunte a um cachaceiro se ele é capaz de dividir o resto da pinga no copo, a um cervejeiro se doaria um copo para um desconhecido e, depois, observe os fumantes, veja como dão fogo e cigarros para qualquer outra chaminé-humana que apareça.
A conversa com ela foi rápida, lapso de dois cigarros. Daí ela me ofereceu seu fogo. Houve labaredas nunca antes vistas na cama do meu quarto. Não tinha frescura com ela, outra virtude das fumantes, e arriscamos metade do Kama Sutra naquela madrugada. Quando ela tremeu, chacoalhando a cama, também gozei. Por isso eu logo percebi: existiria vida após a transa.
Eliana era meio contraditória, sabe? Professora de academia, amante de esportes radicais. Começou a fumar vendo na tevê os jovens que flutuavam nas motos, subjugavam montanhas e carregavam sempre a vara mágica de tabaco. Por que não parava? Não queria uma vida longa. Queria morrer antes de estar morta.
Eu achava graça, apalpava a cintura dela. Cochichava algumas coisas nas bordas do ouvido para ela saber o quanto estava viva.
Acompanhei a mulata em algumas aventuras. A pior delas foi a queda livre, tão comum em sonho, do alto do Viaduto das Almas. O elástico nos pés, enxerguei as pedras do rio como esses insetos que crescem e se apequenam nos movimentos de uma lupa. “Quer dizer que você gosta de cutucar a morte?” Eliana era cheia das antíteses, a danada, “Cutucar a morte é viver, meu amor”.
Neste mesmo dia do salto, Eliana quis saber o valor da vida para mim. Pensei em muita coisa para enganar o próprio pensamento, para não dizer, “Gata, viver é ter uma mulher linda e inteligente te chamando de amor.” Mas eu ia entregar de bandeja a alma, assustá-la, daí mastiguei o silêncio enquanto ela esperava, insistente, uma resposta.
Foi um relacionamento muito diferente dos anteriores. Não nos falávamos por meios virtuais, quase não usávamos telefone. Todas as noites após o trabalho íamos parar no meu apartamento ou no dela ou num motel. Aos fins de semana, partíamos para alguma loucura no meio do mato. Experimentei a Asa Delta, a metáfora perfeita de namorar Eliana: estar suspenso do mínimo grão de areia do real.
Não tive compaixão dos livros. Nem do Machado. Vivia um poema árcade, com a minha própria Marília, e eu poderia dedicá-lo à primeira traça que comeu o Brás Cubas da estante.
Foi preciso vencer o medo de altura. Se consegui, temi menos a altura que a fossa. O alpinismo, hesitei um pouco antes de encarar. A serra escolhida pela mulata não era tão alta, ainda bem. Nada foi tão bom quanto chegar lá em cima, montar uma barraca e fazer sexo. Eu por cima, ela por baixo, lá fora o vento latindo. Não esperava uma coisa: a vontade de tirar a roupa atrapalhou-me de montar direito a barraca; e o vento levou a lona que nos cobria. Quase me amoleci, temendo a chegada de outras pessoas, mas eu penetrava a própria onipotência. Ela sorria, os gemidos exercendo atração magnética sobre meus pelos, os fios dos cabelos se embolando como cobras Naja. Não havia como interromper aquilo para recuperarmos a barraca. Não havia como parar se tocasse o telefone, se aparecesse alguém, se chovesse meteoros. A melhor das transas não foi sucedida de um cigarro. Ao menos isso o vento conseguiu avacalhar.
No outro dia eu acordei pensando em colocar um anel dourado na mãozinha dela. Decorar frases bonitinhas para declamar. Ajoelhar se fosse preciso. Veja bem, eu nem conhecia ainda a família da moça. Mas nascemos um para o outro e nos dávamos muito bem na cama. As unhas e dentes amarelados, o gosto do cigarro na boca, nada disso fazia diferença entre dois fumantes apaixonados.
Quis fazer uma surpresa para a mulata. Nada de anel. Melhor deixar essa imagem nas nuvens ainda, uma aliança íntima entre mim e o tempo. Passei para o terreno das flores e das mensagens de amor. Despertar, quem sabe, um romantismo apagado no primeiro cigarro aceso. Passei na floricultura do centro da cidade. Escolhi orquídeas, porque são belas e não morrem facilmente.
Toquei a campainha. Ela demorou demais para atender. Quando veio, não podia imaginar que, nos três meses de convívio, eu aprendera metade do que falavam os seus olhos. E não dava para negar, era olhar de fera no cio em pleno ato. Bandida. Joguei as flores nos braços dela e parti para o quarto. Ela ligeira, atrás, “Onde você vai, meu bem?”, e eu apertando os passos, “volte aqui, amor”, e eu cada vez mais puto e apressado.
Abri a porta do quarto. Agachei, olhei debaixo da cama, vazia, puxei as cortinas, ninguém, abri a porta do armário, vai que o cara era adepto a clichês? Bingo. Lá estava ela. Ela! Seios à mostra e fio dental azul-piscina com bolinhas brancas.
A mulher disse um oi. Tornei a fechar a porta do guarda-roupa. “Eu ia te contar”. Caminhei de volta à sala. Tomei o vaso com a orquídea na mão direita e, num impulso de handebol, espatifei tudo na parede. Terra e flores roxas para todo lado. A outra chegou correndo, os peitos balançando, “Encoste nela e chamo a polícia”.
“Não vou encostar em ninguém, sua puta.” Eliana pediu para a mulher voltar para o quarto. Depois foi ao oratório, puxou um cigarro do porta-canetas. Ofereceu-me um. Recusei.
O barulho da louça explodindo resgatou-me a calma. Pedi desculpas. Ela, manuseando o cigarro como se fosse batuta, ensaiava no ar uma melodia fúnebre. “Não foi nada”.
Falei que ela devia ter contado sobre a sua bissexualidade, sem problemas. E, apesar da cena ter me deixado puto, essa aventura não mudaria nosso namoro, pois tudo estava muito bom.
Ela riu, riu e tossiu, riu por entre os tragos.
“Quem disse que estamos namorando?”
Não sei quanto tempo ficamos no pause, ela esperando uma reação, eu tentando assimilar a pergunta. Acabei protestando como um paspalho. Por que então ela dizia me amar?
Sem mexer uma ruga no rosto, fez um discurso sobre o sentimento. “O amor, hoje, querido, é rápido e intenso.” E fez alguns espirais de fumaça para exemplificar. As coisas na vida dela surgiam e sumiam muito rápido. Mas cada partícula perdida se enterrava viva numa fresta da memória. E confessou, amou-me, mas o sentimento já estava no fim. Duraria mais dois dias ou coisa parecida.
A pouco de deixar Eliana, olhei para as mãos dela. O cigarro no meio das unhas vermelhas já era quase uma guimba. Um pedaço miserável de veneno e de vida despejando cinzas pelo chão. Não era possível que ela não sentisse a brasa da outra ponta se aproximando… talvez fosse a obsessão de ir até o limite. Logo ela recorreria a outro cigarro, antes ou depois de lamber a vadia que a esperava.
Saí sem dizer adeus, a terra na sola do sapato, deixei duas ou três pegadas nas escadas. O fim do relacionamento só foi bom para a minha mãe: parei de fumar. Depois de três meses de muito sexo, estou convicto, sou um ex-fumante. Detesto cigarros e amores que queimam. Mas não sei por que, talvez pela força do hábito, continuo a buscar os cantos das festas de aniversário.
Por Augusto Marques
Fonte:Cronópios
* * *
Augusto Marques (24 anos) estuda Publicidade, é contista, músico e fumante. Mora em Ibirité, no interior de Minas Gerais. É brasileiro e desiste sempre. Mas depois, por essas razões ocultas, torna a acreditar. E-mail: augusmarques@yahoo.com.br
Foi em uma festa para crianças, o sobrinho soprando velinhas. Vi aquelas velas no bolo – dez ao todo – as faíscas estourando. Tive vontade de voltar no tempo, só para me masturbar pela primeira vez. O início é como desenterrar um vulcão em erupção, tornar-se ativo. Você descobre o sentido da vida, renova a esperança no ser humano e percebe, finalmente, a maior utilidade de um polegar opositor.
Pensando bem, não pensei nisso naquela noite, mas agora, porque me lembrei de Eliana. Meu próximo contato com ela só ocorrerá por intermédio da mão direita, daí a nostalgia. Todo prazer é uma espécie de alívio. E eu quero muito aliviar-me daquela víbora, deletar as cenas proibidas para menores de dezoito, inclusive o cigarro interposto entre unhas vermelhas.
Voltemos para a festa. Mas não vou mentir para você. Essa merda nos levará a Eliana e talvez seja por isso, somente por isso, que ainda lembro-me dos detalhes. O estopim da vela, na verdade, me deu uma vontade desgraçada de acender um cigarro. Saí andando para trás e batendo palmas, até dar meia volta, mover a porta do salão, ir até a escada do prédio, sentar no degrau mais alto.
Um pouco de nicotina no ar e temos Eliana na história, às minhas costas. Chegou com andar de formiga: estava de salto e não a notei. Vestido vermelho, curvas impossíveis à direita e à esquerda, mulata. Ergui o cigarro para avisar, “Território enfumaçado, volte.” E aí ela pediu, meio rouca, um isqueiro.
O fogo do isqueiro é um tipo de hóstia entre fumantes. A brasa se multiplica para os irmãos. Compartilhamos o vício, e isso é uma virtude, meu caro. Duvida? Pergunte a um cachaceiro se ele é capaz de dividir o resto da pinga no copo, a um cervejeiro se doaria um copo para um desconhecido e, depois, observe os fumantes, veja como dão fogo e cigarros para qualquer outra chaminé-humana que apareça.
A conversa com ela foi rápida, lapso de dois cigarros. Daí ela me ofereceu seu fogo. Houve labaredas nunca antes vistas na cama do meu quarto. Não tinha frescura com ela, outra virtude das fumantes, e arriscamos metade do Kama Sutra naquela madrugada. Quando ela tremeu, chacoalhando a cama, também gozei. Por isso eu logo percebi: existiria vida após a transa.
Eliana era meio contraditória, sabe? Professora de academia, amante de esportes radicais. Começou a fumar vendo na tevê os jovens que flutuavam nas motos, subjugavam montanhas e carregavam sempre a vara mágica de tabaco. Por que não parava? Não queria uma vida longa. Queria morrer antes de estar morta.
Eu achava graça, apalpava a cintura dela. Cochichava algumas coisas nas bordas do ouvido para ela saber o quanto estava viva.
Acompanhei a mulata em algumas aventuras. A pior delas foi a queda livre, tão comum em sonho, do alto do Viaduto das Almas. O elástico nos pés, enxerguei as pedras do rio como esses insetos que crescem e se apequenam nos movimentos de uma lupa. “Quer dizer que você gosta de cutucar a morte?” Eliana era cheia das antíteses, a danada, “Cutucar a morte é viver, meu amor”.
Neste mesmo dia do salto, Eliana quis saber o valor da vida para mim. Pensei em muita coisa para enganar o próprio pensamento, para não dizer, “Gata, viver é ter uma mulher linda e inteligente te chamando de amor.” Mas eu ia entregar de bandeja a alma, assustá-la, daí mastiguei o silêncio enquanto ela esperava, insistente, uma resposta.
Foi um relacionamento muito diferente dos anteriores. Não nos falávamos por meios virtuais, quase não usávamos telefone. Todas as noites após o trabalho íamos parar no meu apartamento ou no dela ou num motel. Aos fins de semana, partíamos para alguma loucura no meio do mato. Experimentei a Asa Delta, a metáfora perfeita de namorar Eliana: estar suspenso do mínimo grão de areia do real.
Não tive compaixão dos livros. Nem do Machado. Vivia um poema árcade, com a minha própria Marília, e eu poderia dedicá-lo à primeira traça que comeu o Brás Cubas da estante.
Foi preciso vencer o medo de altura. Se consegui, temi menos a altura que a fossa. O alpinismo, hesitei um pouco antes de encarar. A serra escolhida pela mulata não era tão alta, ainda bem. Nada foi tão bom quanto chegar lá em cima, montar uma barraca e fazer sexo. Eu por cima, ela por baixo, lá fora o vento latindo. Não esperava uma coisa: a vontade de tirar a roupa atrapalhou-me de montar direito a barraca; e o vento levou a lona que nos cobria. Quase me amoleci, temendo a chegada de outras pessoas, mas eu penetrava a própria onipotência. Ela sorria, os gemidos exercendo atração magnética sobre meus pelos, os fios dos cabelos se embolando como cobras Naja. Não havia como interromper aquilo para recuperarmos a barraca. Não havia como parar se tocasse o telefone, se aparecesse alguém, se chovesse meteoros. A melhor das transas não foi sucedida de um cigarro. Ao menos isso o vento conseguiu avacalhar.
No outro dia eu acordei pensando em colocar um anel dourado na mãozinha dela. Decorar frases bonitinhas para declamar. Ajoelhar se fosse preciso. Veja bem, eu nem conhecia ainda a família da moça. Mas nascemos um para o outro e nos dávamos muito bem na cama. As unhas e dentes amarelados, o gosto do cigarro na boca, nada disso fazia diferença entre dois fumantes apaixonados.
Quis fazer uma surpresa para a mulata. Nada de anel. Melhor deixar essa imagem nas nuvens ainda, uma aliança íntima entre mim e o tempo. Passei para o terreno das flores e das mensagens de amor. Despertar, quem sabe, um romantismo apagado no primeiro cigarro aceso. Passei na floricultura do centro da cidade. Escolhi orquídeas, porque são belas e não morrem facilmente.
Toquei a campainha. Ela demorou demais para atender. Quando veio, não podia imaginar que, nos três meses de convívio, eu aprendera metade do que falavam os seus olhos. E não dava para negar, era olhar de fera no cio em pleno ato. Bandida. Joguei as flores nos braços dela e parti para o quarto. Ela ligeira, atrás, “Onde você vai, meu bem?”, e eu apertando os passos, “volte aqui, amor”, e eu cada vez mais puto e apressado.
Abri a porta do quarto. Agachei, olhei debaixo da cama, vazia, puxei as cortinas, ninguém, abri a porta do armário, vai que o cara era adepto a clichês? Bingo. Lá estava ela. Ela! Seios à mostra e fio dental azul-piscina com bolinhas brancas.
A mulher disse um oi. Tornei a fechar a porta do guarda-roupa. “Eu ia te contar”. Caminhei de volta à sala. Tomei o vaso com a orquídea na mão direita e, num impulso de handebol, espatifei tudo na parede. Terra e flores roxas para todo lado. A outra chegou correndo, os peitos balançando, “Encoste nela e chamo a polícia”.
“Não vou encostar em ninguém, sua puta.” Eliana pediu para a mulher voltar para o quarto. Depois foi ao oratório, puxou um cigarro do porta-canetas. Ofereceu-me um. Recusei.
O barulho da louça explodindo resgatou-me a calma. Pedi desculpas. Ela, manuseando o cigarro como se fosse batuta, ensaiava no ar uma melodia fúnebre. “Não foi nada”.
Falei que ela devia ter contado sobre a sua bissexualidade, sem problemas. E, apesar da cena ter me deixado puto, essa aventura não mudaria nosso namoro, pois tudo estava muito bom.
Ela riu, riu e tossiu, riu por entre os tragos.
“Quem disse que estamos namorando?”
Não sei quanto tempo ficamos no pause, ela esperando uma reação, eu tentando assimilar a pergunta. Acabei protestando como um paspalho. Por que então ela dizia me amar?
Sem mexer uma ruga no rosto, fez um discurso sobre o sentimento. “O amor, hoje, querido, é rápido e intenso.” E fez alguns espirais de fumaça para exemplificar. As coisas na vida dela surgiam e sumiam muito rápido. Mas cada partícula perdida se enterrava viva numa fresta da memória. E confessou, amou-me, mas o sentimento já estava no fim. Duraria mais dois dias ou coisa parecida.
A pouco de deixar Eliana, olhei para as mãos dela. O cigarro no meio das unhas vermelhas já era quase uma guimba. Um pedaço miserável de veneno e de vida despejando cinzas pelo chão. Não era possível que ela não sentisse a brasa da outra ponta se aproximando… talvez fosse a obsessão de ir até o limite. Logo ela recorreria a outro cigarro, antes ou depois de lamber a vadia que a esperava.
Saí sem dizer adeus, a terra na sola do sapato, deixei duas ou três pegadas nas escadas. O fim do relacionamento só foi bom para a minha mãe: parei de fumar. Depois de três meses de muito sexo, estou convicto, sou um ex-fumante. Detesto cigarros e amores que queimam. Mas não sei por que, talvez pela força do hábito, continuo a buscar os cantos das festas de aniversário.
Por Augusto Marques
Fonte:Cronópios
* * *
Augusto Marques (24 anos) estuda Publicidade, é contista, músico e fumante. Mora em Ibirité, no interior de Minas Gerais. É brasileiro e desiste sempre. Mas depois, por essas razões ocultas, torna a acreditar. E-mail: augusmarques@yahoo.com.br
Moça Enlouquecida
Aquela moça enlouquecida,
Improvisando a sua música e poesia,
Dançando em meio à praia; a alma apartada de si mesma,
A subir e descer aonde a moça não sabia;
A esconder em meio à carga de um vapor
A rótula quebrada,
Eu proclamo essa moça algo de belo e alto, ou algo
Perdido heroicamente, achado heroicamente.
Pouco importa o acidente que ocorreu,
Ela envolvia-se em desesperada música,
Ela envolvia-se, envolvia-se,
E não ergueu seu triunfo,
Onde os fardos e cestos repousavam,
Som que fosse trivial e inteligível,
porém cantou: “Mar esfomeado, ó mar famélico de mar”.
William Butler Yeats
Tradução de Péricles Eugênio da Silva Ramos
Improvisando a sua música e poesia,
Dançando em meio à praia; a alma apartada de si mesma,
A subir e descer aonde a moça não sabia;
A esconder em meio à carga de um vapor
A rótula quebrada,
Eu proclamo essa moça algo de belo e alto, ou algo
Perdido heroicamente, achado heroicamente.
Pouco importa o acidente que ocorreu,
Ela envolvia-se em desesperada música,
Ela envolvia-se, envolvia-se,
E não ergueu seu triunfo,
Onde os fardos e cestos repousavam,
Som que fosse trivial e inteligível,
porém cantou: “Mar esfomeado, ó mar famélico de mar”.
William Butler Yeats
Tradução de Péricles Eugênio da Silva Ramos
quinta-feira, 15 de julho de 2010
Canto Esponjoso
Bela
esta manhã sem carência de mito,
E mel sorvido sem blasfêmia.
Bela
esta manhã ou outra possível,
esta vida ou outra invenção,
sem, na sombra, fantasmas.
Umidade de areia adere ao pé.
Engulo o mar, que me engole.
Valvas, curvos pensamentos, matizes da luz
azul
completa
sobre formas constituídas.
Bela
a passagem do corpo, sua fusão
no corpo geral do mundo.
Vontade de cantar. Mas tão absoluta
que me calo, repleto.
Carlos Drummond de Andrade
esta manhã sem carência de mito,
E mel sorvido sem blasfêmia.
Bela
esta manhã ou outra possível,
esta vida ou outra invenção,
sem, na sombra, fantasmas.
Umidade de areia adere ao pé.
Engulo o mar, que me engole.
Valvas, curvos pensamentos, matizes da luz
azul
completa
sobre formas constituídas.
Bela
a passagem do corpo, sua fusão
no corpo geral do mundo.
Vontade de cantar. Mas tão absoluta
que me calo, repleto.
Carlos Drummond de Andrade
Down by the salley gardens my love and I did meet;
She passed the salley gardens with little snow-white feet.
She bid me take love easy, as the leaves grow on the tree;
But I, being young and foolish, with her did not agree.
In a field by the river my love and I did stand,
And on my leaning shoulder she laid her snow-white hand.
She bid me take life easy, as the grass grows on the weirs;
But I was young and foolish, and now am full of tears.
William Butler Yeats
She passed the salley gardens with little snow-white feet.
She bid me take love easy, as the leaves grow on the tree;
But I, being young and foolish, with her did not agree.
In a field by the river my love and I did stand,
And on my leaning shoulder she laid her snow-white hand.
She bid me take life easy, as the grass grows on the weirs;
But I was young and foolish, and now am full of tears.
William Butler Yeats
quarta-feira, 14 de julho de 2010
O bar, a parede e a flor
o bar
aqui
no fim do dia
rumino a alma
e espeto a dor
com o palito de azeitona
a parede e a flor
o paredão de pedra
divide são paulo e eu
as nuvens passam beirando as balas
e as meninas dos sinais
as barbas do edifício estão de molho
neste frio mariano
são paulo é uma cidade do alto
mas aqui também tem girassóis
mesmo que o frio arda
mesmo que a noite adentre a boca
mesmo que a boca adentre a terra
são paulo é uma cidade do alto
mas aqui também tem girassóis
mesmo que girem pra brindar a morte
Cida Pedrosa
fonte: Escritoras Suicidas
aqui
no fim do dia
rumino a alma
e espeto a dor
com o palito de azeitona
a parede e a flor
o paredão de pedra
divide são paulo e eu
as nuvens passam beirando as balas
e as meninas dos sinais
as barbas do edifício estão de molho
neste frio mariano
são paulo é uma cidade do alto
mas aqui também tem girassóis
mesmo que o frio arda
mesmo que a noite adentre a boca
mesmo que a boca adentre a terra
são paulo é uma cidade do alto
mas aqui também tem girassóis
mesmo que girem pra brindar a morte
Cida Pedrosa
fonte: Escritoras Suicidas
Estou Indo
Vem, vem, seja você quem for,
Não importa se você é um infiel, um idólatra,
Ou um adorador do fogo,
Vem, nossa irmandade não é um lugar de desespero,
Vem, mesmo tendo violado seu juramento cem vezes,
Vem assim mesmo.
Rumi
Vem,
Te direi em segredo
Aonde leva esta dança.
Vê como as partículas do ar
E os grãos de areia do deserto
Giram desnorteados.
Cada átomo
Feliz ou miserável,
Gira apaixonado
Em torno do sol.
Poema Sufi, de Jalal ad-Din Muhammad Rumi
Não importa se você é um infiel, um idólatra,
Ou um adorador do fogo,
Vem, nossa irmandade não é um lugar de desespero,
Vem, mesmo tendo violado seu juramento cem vezes,
Vem assim mesmo.
Rumi
Vem,
Te direi em segredo
Aonde leva esta dança.
Vê como as partículas do ar
E os grãos de areia do deserto
Giram desnorteados.
Cada átomo
Feliz ou miserável,
Gira apaixonado
Em torno do sol.
Poema Sufi, de Jalal ad-Din Muhammad Rumi
terça-feira, 13 de julho de 2010
Sonetos a Orfeu
Rainer Maria Rilke
I, 22
A nós, nos cabe andar.
Mas o tempo, os seus passos,
são mínimos pedaços
do que há de ficar.
É perda pura
tudo o que é pressa;
só nos interessa
o que sempre dura.
Jovem, não há virtude na velocidade
e no vôo, aonde for.
Tudo é quietude:
escuro e claridade,
livro e flor.
Tradução: Augusto de Campos
Coisas e Anjos de Rilke – Ed. Perspectiva
I, 22
A nós, nos cabe andar.
Mas o tempo, os seus passos,
são mínimos pedaços
do que há de ficar.
É perda pura
tudo o que é pressa;
só nos interessa
o que sempre dura.
Jovem, não há virtude na velocidade
e no vôo, aonde for.
Tudo é quietude:
escuro e claridade,
livro e flor.
Tradução: Augusto de Campos
Coisas e Anjos de Rilke – Ed. Perspectiva
segunda-feira, 12 de julho de 2010
A Fuga de Pulcinella
Pulcinella era a marionete mais inquieta de todo o velho teatro. Tinha sempre que protestar, seja porque no momento do espetáculo preferira passear, seja porque seu manipulador concedera-lhe uma parte cômica, enquanto ele preferira uma dramática.
-Qualquer dia destes – dizia em segredo a Arlecchino – corto a corda*! E assim fez, mas não durante o dia. Uma noite, ao conseguir tomar posse de uma tesoura esquecida pelo manipulador das marionetes, cortou de um topo ao outro os fios que lhe prendiam a cabeça, as mãos e os pés e propôs a Arlecchino:
-Vem comigo.
Só que Arlecchino não queria saber de separar-se de Colombina e nem Pulcinella tinha a intenção de ir atrás daquela manhosa, que no teatro tinha-lhe pregado cem mil peças.
-Irei sozinho! – decide. Lançou-se corajosamente rua a fora, pernas para que te quero!
“Que beleza – pensava ao correr – não sentir mais os puxões daqueles malditos fios em lugar nenhum. Que beleza meter o pé bem aonde se deseja”.
O mundo, para uma marionete solitária, é grande e terrível e habitado (especialmente à noite) por gatos ferozes, prontos a confundir qualquer coisa que fuja como um rato, a qual se dá a caça. Pulcinella conseguiu convencer os gatos, que se metiam com um bom artista, e conto após conto, refugiou-se em um jardim, encostou-se em um pequeno muro e ali adormeceu.
Acordou com o nascer do sol e tinha fome. Porém, ao seu redor, até onde a vista alcançava, não havia mais do que cravos, tulipas, zínias e hortênsias.
-Paciência – falava para si Pulcinella e, ao colher um cravo, começou a mastigar-lhe as pétalas com uma certa indiferença. Não era como comer uma bisteca grelhada ou um filé de peixe pérsico: as flores têm muito perfume e pouco sabor. Entretanto, para Pulcinella aquilo parecia o sabor da liberdade e, na segunda bocada, estava seguro de nunca ter provado comida mais deliciosa. Decidiu permanecer para sempre naquele jardim e assim o fez. Dormia sob uma grande magnólia, cujas duras folhas não temiam nem mesmo as fortes chuvas, e se nutria das flores: hoje um cravo, amanhã uma rosa. Pulcinella sonhava com montanhas de espaguetes e planícies de mussarelas, mas não se rendia. Tornava-se seco, seco, mas tão perfumado, que a todo instante abelhas pousavam em seu corpo para sugar-lhe o néctar e logo afastavam-se frustradas, pois não conseguiam afundar o ferrão na sua cabeça de madeira.
Veio o inverno. O jardim, agora sem flores, esperava a primeira nevasca e a pobre marionete não tinha mais nada para comer. Sem dedos que pudessem recomeçar a viagem: as suas pobres pernas de madeira não suportariam levá-lo para longe.
“Paciência, – falava para si Pulcinella – morrerei aqui. Não é um lugar feio para se morrer. Além do mais, morrerei livre: ninguém poderá prender um fio à minha cabeça, para me fazer dizer sim ou não.”
A primeira nevasca o sepultou abaixo de uma mórbida coberta branca.
Na primavera, naquele exato lugar, nasceu um cravo. Soterrado, calmo e feliz, Pulcinella pensava: “ Eis que acima da minha cabeça cresceu uma flor. Existe alguém mais feliz do que eu?”.
Porém, não estava morto, porque as marionetes de madeira não podem morrer. Ainda continua soterrado, só que ninguém sabe disto. Se vocês pretendem encontrá-lo, não amarrem nenhum fio em sua cabeça: aos reis e rainhas do teatro, este fio não incomoda, mas a ele, pode fazê-lo sofrer.
*cortar a corda: `tagliare la corda` (no original) é uma expressão idiomática que significa “ir-se embora”. No texto original é utilizada em forma de trocadilho, devido ao fato de Pulcinella ser uma marionete (consequentemente, presa por cordas).
Por Gianni Rodari
Bruna G. Galvão (tradução)
BIOGRAFIA: Gianni Rodari (1920-1980), jornalista e escritor italiano que se destacou como autor de histórias infantis. Dentre suas publicações está Favole al Telefono (1962), onde se encontra a fábula aqui traduzida
Fonte– Cronópios
-Qualquer dia destes – dizia em segredo a Arlecchino – corto a corda*! E assim fez, mas não durante o dia. Uma noite, ao conseguir tomar posse de uma tesoura esquecida pelo manipulador das marionetes, cortou de um topo ao outro os fios que lhe prendiam a cabeça, as mãos e os pés e propôs a Arlecchino:
-Vem comigo.
Só que Arlecchino não queria saber de separar-se de Colombina e nem Pulcinella tinha a intenção de ir atrás daquela manhosa, que no teatro tinha-lhe pregado cem mil peças.
-Irei sozinho! – decide. Lançou-se corajosamente rua a fora, pernas para que te quero!
“Que beleza – pensava ao correr – não sentir mais os puxões daqueles malditos fios em lugar nenhum. Que beleza meter o pé bem aonde se deseja”.
O mundo, para uma marionete solitária, é grande e terrível e habitado (especialmente à noite) por gatos ferozes, prontos a confundir qualquer coisa que fuja como um rato, a qual se dá a caça. Pulcinella conseguiu convencer os gatos, que se metiam com um bom artista, e conto após conto, refugiou-se em um jardim, encostou-se em um pequeno muro e ali adormeceu.
Acordou com o nascer do sol e tinha fome. Porém, ao seu redor, até onde a vista alcançava, não havia mais do que cravos, tulipas, zínias e hortênsias.
-Paciência – falava para si Pulcinella e, ao colher um cravo, começou a mastigar-lhe as pétalas com uma certa indiferença. Não era como comer uma bisteca grelhada ou um filé de peixe pérsico: as flores têm muito perfume e pouco sabor. Entretanto, para Pulcinella aquilo parecia o sabor da liberdade e, na segunda bocada, estava seguro de nunca ter provado comida mais deliciosa. Decidiu permanecer para sempre naquele jardim e assim o fez. Dormia sob uma grande magnólia, cujas duras folhas não temiam nem mesmo as fortes chuvas, e se nutria das flores: hoje um cravo, amanhã uma rosa. Pulcinella sonhava com montanhas de espaguetes e planícies de mussarelas, mas não se rendia. Tornava-se seco, seco, mas tão perfumado, que a todo instante abelhas pousavam em seu corpo para sugar-lhe o néctar e logo afastavam-se frustradas, pois não conseguiam afundar o ferrão na sua cabeça de madeira.
Veio o inverno. O jardim, agora sem flores, esperava a primeira nevasca e a pobre marionete não tinha mais nada para comer. Sem dedos que pudessem recomeçar a viagem: as suas pobres pernas de madeira não suportariam levá-lo para longe.
“Paciência, – falava para si Pulcinella – morrerei aqui. Não é um lugar feio para se morrer. Além do mais, morrerei livre: ninguém poderá prender um fio à minha cabeça, para me fazer dizer sim ou não.”
A primeira nevasca o sepultou abaixo de uma mórbida coberta branca.
Na primavera, naquele exato lugar, nasceu um cravo. Soterrado, calmo e feliz, Pulcinella pensava: “ Eis que acima da minha cabeça cresceu uma flor. Existe alguém mais feliz do que eu?”.
Porém, não estava morto, porque as marionetes de madeira não podem morrer. Ainda continua soterrado, só que ninguém sabe disto. Se vocês pretendem encontrá-lo, não amarrem nenhum fio em sua cabeça: aos reis e rainhas do teatro, este fio não incomoda, mas a ele, pode fazê-lo sofrer.
*cortar a corda: `tagliare la corda` (no original) é uma expressão idiomática que significa “ir-se embora”. No texto original é utilizada em forma de trocadilho, devido ao fato de Pulcinella ser uma marionete (consequentemente, presa por cordas).
Por Gianni Rodari
Bruna G. Galvão (tradução)
BIOGRAFIA: Gianni Rodari (1920-1980), jornalista e escritor italiano que se destacou como autor de histórias infantis. Dentre suas publicações está Favole al Telefono (1962), onde se encontra a fábula aqui traduzida
Fonte– Cronópios
domingo, 11 de julho de 2010
Um autor para adolescentes: Cortázar, nosso tio legal e meio maluco
DAMIÁN TABAROVSKY
colaboração para a Folha de Buenos Aires
JULIO CORTÁZAR É O GRANDE ESCRITOR ADOLESCENTE da literatura argentina. Isso não deve ser lido como um defeito, mas, pelo contrário, como parte de alguns atributos que o tornam irremediavelmente original.
Adolescente em pelo menos três sentidos. Primeiro, por seu aspecto, seu porte, seu estilo. Por alguma razão misteriosa, Cortázar sempre pareceu mais jovem do que realmente era. Nascido em 1914, nos anos 60 -durante a explosão do boom de literatura latino-americana- já era um senhor maduro; não obstante, partilhava cartel (e marketing) com escritores dez ou quinze anos mais novos: García Márquez nasceu em 1927, Carlos Fuentes, em 1928, e Vargas Llosa, ainda mais tarde, em 1936.
E mesmo assim nas fotos ele sempre aparece fresco, viçoso, alto, esbelto, com aquele jeito de intelectual parisiense que fazia parte de seu halo. Lembro agora de uma foto, certamente a mais famosa de Cortázar, tirada em 1967 na Rue de Savoie, em Paris, pela fotógrafa argentina Sara Facio: é um primeiro plano de seu rosto, com um cigarro apagado na boca, elegante, com o cenho levemente franzido. Tinha 53 anos, mas parecia ter bem menos.
LOOK É que a adolescência em Cortázar também é uma questão de atitude: seu “look” se conjuga com um esquerdismo romântico, de viagem em viagem (de Cuba à Nicarágua, passando por Maio de 68), com um frescor ideológico carente de rigor teórico e, ainda mais, de dureza militante, mas que funcionava com um ímã, como uma apresentação à rebeldia literária para as jovens gerações em busca de um mestre.
Adolescente também, e principalmente, é sua obra. Em seu “Diccionario de Autores Latinoamericanos”, Cesar Aira escreve: “Em 1951, ano de sua partida para a França, apareceu ‘Bestiário’, livro de contos que, pelo estilo, procedimentos, temática e qualidade, poderia ser intercambiado com o último que escreveu, 30 anos depois. Não houve maturação visível em Cortázar”.
GOMBROWICZ A literatura argentina conhece outro caso de quem fez uma arte de não amadurecer: Witold Gombrowicz (1904-69). Repassemos brevemente sua história. Ancorado por acaso em Buenos Aires em 1939 (os nazistas tinham acabado de invadir sua Polônia natal), residiria na Argentina por 24 anos, onde escreveu vários de seus romances-chave (daí a piada, acho que de Ricardo Piglia, de dizer que “Gombrowicz é o grande escritor argentino”).
A tradução de “Ferdydurke” para o espanhol é um dos maiores mitos literários argentinos, senão o maior: reunidos no bar Rex, em Buenos Aires, Gombrowicz ia traduzindo, frase por frase, do polonês original para um espanhol calamitoso (jamais conseguiu aprender bem o idioma), e um grupo de jovens escritores, entre eles Adolfo de Objeta (o filho de Macedonio Fernández, mestre de Borges) e Virgilio Piñera (o grande escritor cubano) tentavam compreender e dar “estilo” às frases desconexas do autor até traduzir o romance para um espanhol inverossímil.
Pois bem, Gombrowicz baseia toda a sua obra em sua teoria da imaturidade. Nele, a imaturidade está ligada à ideia da forma, à recusa de toda metafísica, de todo essencialismo, tanto literário como político. A imaturidade em Gombrowicz é um modo de não pertencer ao mundo, de não deixar-se pegar por ele, de pôr o sentido em suspenso, de suspeitar das ideias simples, de deixar as coisas mais complexas.
Nada disso ocorre em Cortázar. Se a sua literatura é imatura ou, melhor dizendo, adolescente, é, muito pelo contrário, porque para ele tudo fica demasiado fácil, binário, transparente, inteligível. A escrita de Cortázar funciona por empatia, como os adolescentes. Forma bandos, grupos (Os Cronópios, As Famas), conta histórias reconhecíveis, permite que nos sintamos identificados (que garota dos anos 60 não queria ser como A Maga, personagem de “O Jogo da Amarelinha”?). Querer identificar-se com Cortázar é parte do encanto da cultura argentina.
PERENE JUVENTUDE Chegamos agora à terceira razão, talvez a mais importante, a mais enigmática, a mais sexual: o que faz de Cortázar um adolescente é que ele é o grande escritor argentino lido por adolescentes. Volto ao dicionário de Aira: “Um ar de perene juventude banha sua obra, indiscutível favorita entre os jovens, leitura de iniciação e descoberta da literatura”.
Todo escritor, intelectual ou simplesmente leitor argentino, em sua adolescência, leu e amou loucamente Cortázar. Se alguma vez encontrar um leitor argentino que diga o contrário, não acredite: é mentira. Cortázar é para todos nós uma fonte inesgotável de alegria, de felicidade: nos lembra quando éramos jovens, quando tínhamos o futuro adiante, o mundo a nossos pés.
E nos lembra perguntas enigmáticas, como esta: “Onde o destino põe a obra dos jovens escritores?”. Se existe algo que Cortázar jamais pensou foi em converter-se no grande escritor para adolescentes, o grande escritor de iniciação (ele se pensava competindo com Borges, dialogando com Gide, herdando de Breton). E, mesmo assim, seus livros, seus romances e contos, sua foto com o cigarro apagado são o ritual de iniciação à leitura (à leitura verdadeira, à emoção, ao pensamento) de milhares de jovens a cada ano.
Cortázar tem um duplo enigma, o enigma da passagem do tempo: nós envelhecemos, mas ele, não. Ele sempre é brisa de liberdade, de esperança, de alegria, como é a própria juventude.
DIVULGAÇÃO Se a literatura de Cortázar cumpre essa função de iniciação, é porque sua obra é um imenso mecanismo de divulgação literária e cultural. Em seus livros aparece um conjunto de nomes próprios, que muitos conheceram pela primeira vez graças a ele: de Marcel Duchamp à patafísica, de Rimbaud a Lezama Lima, do free jazz a Raymond Roussel, a escrita de Cortázar funciona como uma batedeira, um liquidificador, um multiprocessador onde, de um lado, entram essas matérias-primas (os ecos da boemia e da vanguarda francesa!) e, do outro, sai um produto que conserva citações e referências àquela vanguarda, mas apresentados agora de modo amigável, ameno, sem nada que dificulte a leitura.
Por todos os lados, esse mecanismo funciona, não apenas em sua política de citações de nomes próprios (explícita em livros como “A Volta ao Dia em 80 Mundos”), mas, sobretudo, em seus contos, em suas narrativas, em seus romances: “Histórias de Cronópios e de Famas” é uma reescrita gentil do imaginário surrealista, “O Jogo da Amarelinha” retoma de maneira amável as grandes experimentações do romance de vanguarda do começo do século 20.
AMIGÁVEL Como todo grande mestre de adolescentes, Cortázar tem um componente tranquilizante: sua obra vem nos dizer que a vanguarda não implica um corte radical, uma quebra estrutural, não gera uma irremediável sensação de solidão, mas, pelo contrário, mostra que é possível ser vanguardista e amigável ao mesmo tempo. Cortázar é como um tio legal e meio maluco da literatura argentina.
E depois, irremediavelmente, vem o momento trágico. Acontece com todos nós, e tudo bem que seja assim: nós o abandonamos. Graças a ele, conhecemos Raymond Roussel. Mas, depois de ler Roussel, não podemos voltar a Cortázar. Porque depois pulamos para Foucault (autor de um livro formidável sobre Roussel) e dele para Robbe-Grillet, e depois para Duchamp e Cage, e à mais radical vanguarda latino-americana, e então os mecanismos de divulgação cortazarianos já não nos divertem mais. Pelo contrário, nos parecem triviais. É um momento penoso: significa que deixamos a adolescência para trás, que já não somos mais jovens.
E quando ninguém esperava nada novo de Cortázar, no ano passado saiu na Argentina o livro que agora acaba de ser traduzido para o português: “Papéis Inesperados” (os livros de Cortazar são publicados no Brasil pela ed. Civilização Brasileira). Um conjunto de textos nunca antes publicados, como algumas chaves de leitura muito interessantes (como o discurso para professores, de 1939, no qual temos acesso a um Cortázar bem sério, ou o belíssimo texto sobre o funcionamento do metrô).
Quando saiu, o volume foi apresentado na Feira do Livro de Buenos Aires, na sala maior, totalmente lotada: 1.200 pessoas, na maioria menores de 30 anos, curiosos pela aparição de uma novidade de seu autor favorito, morto faz muito tempo (1984).
Mas sempre jovem, é claro.
colaboração para a Folha de Buenos Aires
JULIO CORTÁZAR É O GRANDE ESCRITOR ADOLESCENTE da literatura argentina. Isso não deve ser lido como um defeito, mas, pelo contrário, como parte de alguns atributos que o tornam irremediavelmente original.
Adolescente em pelo menos três sentidos. Primeiro, por seu aspecto, seu porte, seu estilo. Por alguma razão misteriosa, Cortázar sempre pareceu mais jovem do que realmente era. Nascido em 1914, nos anos 60 -durante a explosão do boom de literatura latino-americana- já era um senhor maduro; não obstante, partilhava cartel (e marketing) com escritores dez ou quinze anos mais novos: García Márquez nasceu em 1927, Carlos Fuentes, em 1928, e Vargas Llosa, ainda mais tarde, em 1936.
E mesmo assim nas fotos ele sempre aparece fresco, viçoso, alto, esbelto, com aquele jeito de intelectual parisiense que fazia parte de seu halo. Lembro agora de uma foto, certamente a mais famosa de Cortázar, tirada em 1967 na Rue de Savoie, em Paris, pela fotógrafa argentina Sara Facio: é um primeiro plano de seu rosto, com um cigarro apagado na boca, elegante, com o cenho levemente franzido. Tinha 53 anos, mas parecia ter bem menos.
LOOK É que a adolescência em Cortázar também é uma questão de atitude: seu “look” se conjuga com um esquerdismo romântico, de viagem em viagem (de Cuba à Nicarágua, passando por Maio de 68), com um frescor ideológico carente de rigor teórico e, ainda mais, de dureza militante, mas que funcionava com um ímã, como uma apresentação à rebeldia literária para as jovens gerações em busca de um mestre.
Adolescente também, e principalmente, é sua obra. Em seu “Diccionario de Autores Latinoamericanos”, Cesar Aira escreve: “Em 1951, ano de sua partida para a França, apareceu ‘Bestiário’, livro de contos que, pelo estilo, procedimentos, temática e qualidade, poderia ser intercambiado com o último que escreveu, 30 anos depois. Não houve maturação visível em Cortázar”.
GOMBROWICZ A literatura argentina conhece outro caso de quem fez uma arte de não amadurecer: Witold Gombrowicz (1904-69). Repassemos brevemente sua história. Ancorado por acaso em Buenos Aires em 1939 (os nazistas tinham acabado de invadir sua Polônia natal), residiria na Argentina por 24 anos, onde escreveu vários de seus romances-chave (daí a piada, acho que de Ricardo Piglia, de dizer que “Gombrowicz é o grande escritor argentino”).
A tradução de “Ferdydurke” para o espanhol é um dos maiores mitos literários argentinos, senão o maior: reunidos no bar Rex, em Buenos Aires, Gombrowicz ia traduzindo, frase por frase, do polonês original para um espanhol calamitoso (jamais conseguiu aprender bem o idioma), e um grupo de jovens escritores, entre eles Adolfo de Objeta (o filho de Macedonio Fernández, mestre de Borges) e Virgilio Piñera (o grande escritor cubano) tentavam compreender e dar “estilo” às frases desconexas do autor até traduzir o romance para um espanhol inverossímil.
Pois bem, Gombrowicz baseia toda a sua obra em sua teoria da imaturidade. Nele, a imaturidade está ligada à ideia da forma, à recusa de toda metafísica, de todo essencialismo, tanto literário como político. A imaturidade em Gombrowicz é um modo de não pertencer ao mundo, de não deixar-se pegar por ele, de pôr o sentido em suspenso, de suspeitar das ideias simples, de deixar as coisas mais complexas.
Nada disso ocorre em Cortázar. Se a sua literatura é imatura ou, melhor dizendo, adolescente, é, muito pelo contrário, porque para ele tudo fica demasiado fácil, binário, transparente, inteligível. A escrita de Cortázar funciona por empatia, como os adolescentes. Forma bandos, grupos (Os Cronópios, As Famas), conta histórias reconhecíveis, permite que nos sintamos identificados (que garota dos anos 60 não queria ser como A Maga, personagem de “O Jogo da Amarelinha”?). Querer identificar-se com Cortázar é parte do encanto da cultura argentina.
PERENE JUVENTUDE Chegamos agora à terceira razão, talvez a mais importante, a mais enigmática, a mais sexual: o que faz de Cortázar um adolescente é que ele é o grande escritor argentino lido por adolescentes. Volto ao dicionário de Aira: “Um ar de perene juventude banha sua obra, indiscutível favorita entre os jovens, leitura de iniciação e descoberta da literatura”.
Todo escritor, intelectual ou simplesmente leitor argentino, em sua adolescência, leu e amou loucamente Cortázar. Se alguma vez encontrar um leitor argentino que diga o contrário, não acredite: é mentira. Cortázar é para todos nós uma fonte inesgotável de alegria, de felicidade: nos lembra quando éramos jovens, quando tínhamos o futuro adiante, o mundo a nossos pés.
E nos lembra perguntas enigmáticas, como esta: “Onde o destino põe a obra dos jovens escritores?”. Se existe algo que Cortázar jamais pensou foi em converter-se no grande escritor para adolescentes, o grande escritor de iniciação (ele se pensava competindo com Borges, dialogando com Gide, herdando de Breton). E, mesmo assim, seus livros, seus romances e contos, sua foto com o cigarro apagado são o ritual de iniciação à leitura (à leitura verdadeira, à emoção, ao pensamento) de milhares de jovens a cada ano.
Cortázar tem um duplo enigma, o enigma da passagem do tempo: nós envelhecemos, mas ele, não. Ele sempre é brisa de liberdade, de esperança, de alegria, como é a própria juventude.
DIVULGAÇÃO Se a literatura de Cortázar cumpre essa função de iniciação, é porque sua obra é um imenso mecanismo de divulgação literária e cultural. Em seus livros aparece um conjunto de nomes próprios, que muitos conheceram pela primeira vez graças a ele: de Marcel Duchamp à patafísica, de Rimbaud a Lezama Lima, do free jazz a Raymond Roussel, a escrita de Cortázar funciona como uma batedeira, um liquidificador, um multiprocessador onde, de um lado, entram essas matérias-primas (os ecos da boemia e da vanguarda francesa!) e, do outro, sai um produto que conserva citações e referências àquela vanguarda, mas apresentados agora de modo amigável, ameno, sem nada que dificulte a leitura.
Por todos os lados, esse mecanismo funciona, não apenas em sua política de citações de nomes próprios (explícita em livros como “A Volta ao Dia em 80 Mundos”), mas, sobretudo, em seus contos, em suas narrativas, em seus romances: “Histórias de Cronópios e de Famas” é uma reescrita gentil do imaginário surrealista, “O Jogo da Amarelinha” retoma de maneira amável as grandes experimentações do romance de vanguarda do começo do século 20.
AMIGÁVEL Como todo grande mestre de adolescentes, Cortázar tem um componente tranquilizante: sua obra vem nos dizer que a vanguarda não implica um corte radical, uma quebra estrutural, não gera uma irremediável sensação de solidão, mas, pelo contrário, mostra que é possível ser vanguardista e amigável ao mesmo tempo. Cortázar é como um tio legal e meio maluco da literatura argentina.
E depois, irremediavelmente, vem o momento trágico. Acontece com todos nós, e tudo bem que seja assim: nós o abandonamos. Graças a ele, conhecemos Raymond Roussel. Mas, depois de ler Roussel, não podemos voltar a Cortázar. Porque depois pulamos para Foucault (autor de um livro formidável sobre Roussel) e dele para Robbe-Grillet, e depois para Duchamp e Cage, e à mais radical vanguarda latino-americana, e então os mecanismos de divulgação cortazarianos já não nos divertem mais. Pelo contrário, nos parecem triviais. É um momento penoso: significa que deixamos a adolescência para trás, que já não somos mais jovens.
E quando ninguém esperava nada novo de Cortázar, no ano passado saiu na Argentina o livro que agora acaba de ser traduzido para o português: “Papéis Inesperados” (os livros de Cortazar são publicados no Brasil pela ed. Civilização Brasileira). Um conjunto de textos nunca antes publicados, como algumas chaves de leitura muito interessantes (como o discurso para professores, de 1939, no qual temos acesso a um Cortázar bem sério, ou o belíssimo texto sobre o funcionamento do metrô).
Quando saiu, o volume foi apresentado na Feira do Livro de Buenos Aires, na sala maior, totalmente lotada: 1.200 pessoas, na maioria menores de 30 anos, curiosos pela aparição de uma novidade de seu autor favorito, morto faz muito tempo (1984).
Mas sempre jovem, é claro.
sábado, 10 de julho de 2010
OJOS (III)
RECUPERO el mandamiento
que no se me permitió vociferar
estando yo en el vientre de la mujer
que intenté y no pude o no quise amar.
Cruzó el océano una báscula de ojos…,
examino las sinfonías del fallecimiento
que buscan descanso encima
del témpano de fuego, lejos
y muy cerca de lo que deseamos ser.
Concluí –ayer- que el aspecto
de mis manos es bastante embelesado,
de nata mortífera y hojas de libros
que fueron esmeradamente empastados
por los hijos de tus hijos bastardos.
Alexander Vórtice
www.lacoctelera.com/alexandervortice
http://www.opinionvortice.blogspot.com/
que no se me permitió vociferar
estando yo en el vientre de la mujer
que intenté y no pude o no quise amar.
Cruzó el océano una báscula de ojos…,
examino las sinfonías del fallecimiento
que buscan descanso encima
del témpano de fuego, lejos
y muy cerca de lo que deseamos ser.
Concluí –ayer- que el aspecto
de mis manos es bastante embelesado,
de nata mortífera y hojas de libros
que fueron esmeradamente empastados
por los hijos de tus hijos bastardos.
Alexander Vórtice
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sexta-feira, 9 de julho de 2010
Ausência
Eu deixarei que morra em mim o desejo de amar os teus olhos que são doces.
Porque nada te poderei dar senão a mágoa de me veres eternamente exausto.
No entanto a tua presença é qualquer coisa como a luz e a vida
E eu sinto que em meu gesto existe o teu gesto e em minha voz a tua voz.
Não te quero ter porque em meu ser tudo estaria terminado.
Quero só que surjas em mim como a fé nos desesperados
Para que eu possa levar uma gota de orvalho nesta terra amaldiçoada.
Que ficou sobre a minha carne como nódoa do passado.
Eu deixarei… tu irás e encostarás a tua face em outra face.
Teus dedos enlaçarão outros dedos e tu desabrocharás para a madrugada.
Mas tu não saberás que quem te colheu fui eu, porque eu fui o grande íntimo da noite.
Porque eu encostei minha face na face da noite e ouvi a tua fala amorosa.
Porque meus dedos enlaçaram os dedos da névoa suspensos no espaço.
E eu trouxe até mim a misteriosa essência do teu abandono desordenado.
Eu ficarei só como os veleiros nos pontos silenciosos.
Mas eu te possuirei como ninguém porque poderei partir.
E todas as lamentações do mar, do vento, do céu, das aves, das estrelas.
Serão a tua voz presente, a tua voz ausente, a tua voz serenizada
Vinícius de Moraes
Porque nada te poderei dar senão a mágoa de me veres eternamente exausto.
No entanto a tua presença é qualquer coisa como a luz e a vida
E eu sinto que em meu gesto existe o teu gesto e em minha voz a tua voz.
Não te quero ter porque em meu ser tudo estaria terminado.
Quero só que surjas em mim como a fé nos desesperados
Para que eu possa levar uma gota de orvalho nesta terra amaldiçoada.
Que ficou sobre a minha carne como nódoa do passado.
Eu deixarei… tu irás e encostarás a tua face em outra face.
Teus dedos enlaçarão outros dedos e tu desabrocharás para a madrugada.
Mas tu não saberás que quem te colheu fui eu, porque eu fui o grande íntimo da noite.
Porque eu encostei minha face na face da noite e ouvi a tua fala amorosa.
Porque meus dedos enlaçaram os dedos da névoa suspensos no espaço.
E eu trouxe até mim a misteriosa essência do teu abandono desordenado.
Eu ficarei só como os veleiros nos pontos silenciosos.
Mas eu te possuirei como ninguém porque poderei partir.
E todas as lamentações do mar, do vento, do céu, das aves, das estrelas.
Serão a tua voz presente, a tua voz ausente, a tua voz serenizada
Vinícius de Moraes
Ojos II
EN la oscuridad el mandato
de Omega es nebulosa de pestañas abiertas.
Querido amigo cubierto de iris
y resonancias magnéticas,
querido sabor añejo que me otorgó la vida,
querido amor de todos los amores posibles…
Yo he visto un bisbiseo
de calambres y aguijones
allende las discursiones
de las virtuosas galaxias.
Alexander Vórtice
www.lacoctelera.com/alexandervortice
http://www.opinionvortice.blogspot.com/
de Omega es nebulosa de pestañas abiertas.
Querido amigo cubierto de iris
y resonancias magnéticas,
querido sabor añejo que me otorgó la vida,
querido amor de todos los amores posibles…
Yo he visto un bisbiseo
de calambres y aguijones
allende las discursiones
de las virtuosas galaxias.
Alexander Vórtice
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quinta-feira, 8 de julho de 2010
La Magdalena
Si, a media noche, por la carretera
que te conté,
detrás de una gasolinera
donde llené,
te hacen un guiño unas bombillas
azules, rojas y amarillas,
pórtate bien
y frena.
Y, si la Magdalena
pide un trago,
tú la invitas a cien
que yo los pago.
Acércate a su puerta y llama
si te mueres de sed,
si ya no juegas a las damas
ni con tu mujer.
Sólo te pido que me escribas,
contándome si sigue viva
la virgen del pecado,
la novia de la flor de la saliva,
el sexo con amor de los casados.
Dueña de un corazón,
tan cinco estrellas,
que, hasta el hijo de un Dios,
una vez que la vio,
se fue con ella.
Y nunca le cobró
la Magdalena.
Si estás más solo que la luna,
déjate convencer,
brindando a mi salud, con una
que yo me sé.
Y, cuando suban las bebidas,
el doble de lo que te pida
dale por sus favores,
que, en casa de María de Magdala,
las malas compañías son las mejores.
Si llevas grasa en la guantera
u un alma que perder,
aparca, junto a sus caderas
de leche y miel.
Entre dos curvas redentoras
la más prohibida de las frutas
te espera hasta la aurora,
la más señora de todas las putas,
la más puta de todas las señoras.
Con ese corazón,
tan cinco estrellas,
que, hasta el hijo de un Dios,
una vez que la vio,
se fue con ella,
Y nunca le cobró
la Magdalena.
que te conté,
detrás de una gasolinera
donde llené,
te hacen un guiño unas bombillas
azules, rojas y amarillas,
pórtate bien
y frena.
Y, si la Magdalena
pide un trago,
tú la invitas a cien
que yo los pago.
Acércate a su puerta y llama
si te mueres de sed,
si ya no juegas a las damas
ni con tu mujer.
Sólo te pido que me escribas,
contándome si sigue viva
la virgen del pecado,
la novia de la flor de la saliva,
el sexo con amor de los casados.
Dueña de un corazón,
tan cinco estrellas,
que, hasta el hijo de un Dios,
una vez que la vio,
se fue con ella.
Y nunca le cobró
la Magdalena.
Si estás más solo que la luna,
déjate convencer,
brindando a mi salud, con una
que yo me sé.
Y, cuando suban las bebidas,
el doble de lo que te pida
dale por sus favores,
que, en casa de María de Magdala,
las malas compañías son las mejores.
Si llevas grasa en la guantera
u un alma que perder,
aparca, junto a sus caderas
de leche y miel.
Entre dos curvas redentoras
la más prohibida de las frutas
te espera hasta la aurora,
la más señora de todas las putas,
la más puta de todas las señoras.
Con ese corazón,
tan cinco estrellas,
que, hasta el hijo de un Dios,
una vez que la vio,
se fue con ella,
Y nunca le cobró
la Magdalena.
OJOS (I)
EN la oscuridad
el mandato de Morfeo
es vendaval de quimeras.
No querer odiar
y no desear más
porque todo lo que tenemos
es todo lo que existe
a nuestro alrededor;
sedante en mis arterias
y sangre henchida de enseres,
de soportes con tufo
a maestro de escuela
y acontecimientos
convencionales;
calmantes en mi mano derecha y en ti,
en todo lo que estoy soñando despierto.
Alexander Vórtice
www.lacoctelera. com/alexandervor tice
www.opinionvortice. blogspot. com
el mandato de Morfeo
es vendaval de quimeras.
No querer odiar
y no desear más
porque todo lo que tenemos
es todo lo que existe
a nuestro alrededor;
sedante en mis arterias
y sangre henchida de enseres,
de soportes con tufo
a maestro de escuela
y acontecimientos
convencionales;
calmantes en mi mano derecha y en ti,
en todo lo que estoy soñando despierto.
Alexander Vórtice
www.lacoctelera. com/alexandervor tice
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quarta-feira, 7 de julho de 2010
Agitata da due venti,
freme l’onda in mar turbato
e ‘l nocchiero spaventato
già s’aspetta a naufragar.
Dal dovere da l’amore
combattuto questo core
non resiste e par che ceda
e incominci a desperar.
Agitada por dos vientos, tiembla la ola en el mar turbulento
y el timonel asustado aguarda ya el naufragio.
Por deber y por amor está invadido este corazón;
no puede resistir ni ceder y comienza a desesperar
Fonte:Blog Leituras Favre
freme l’onda in mar turbato
e ‘l nocchiero spaventato
già s’aspetta a naufragar.
Dal dovere da l’amore
combattuto questo core
non resiste e par che ceda
e incominci a desperar.
Agitada por dos vientos, tiembla la ola en el mar turbulento
y el timonel asustado aguarda ya el naufragio.
Por deber y por amor está invadido este corazón;
no puede resistir ni ceder y comienza a desesperar
Fonte:Blog Leituras Favre
El cuento de la isla desconocida
Un hombre llamó a la puerta del rey y le dijo, Dame un barco. La casa del rey tenía muchas más puertas, pero aquélla era la de las peticiones. Como el rey se pasaba todo el tiempo sentado ante la puerta de los obsequios (entiéndase, los obsequios que le entregaban a él), cada vez que oía que alguien llamaba a la puerta de las peticiones se hacía el desentendido, y sólo cuando el continuo repiquetear de la aldaba de bronce subía a un tono, más que notorio, escandaloso, impidiendo el sosiego de los vecinos (las personas comenzaban a murmurar, Qué rey tenemos, que no atiende), daba orden al primer secretario para que fuera a ver lo que quería el impetrante, que no había manera de que se callara. Entonces, el primer secretario llamaba al segundo secretario, éste llamaba al tercero, que mandaba al primer ayudante, que a su vez mandaba al segundo, y así hasta llegar a la mujer de la limpieza que, no teniendo en quién mandar, entreabría la puerta de las peticiones y preguntaba por el resquicio, Y tú qué quieres. El suplicante decía a lo que venía, o sea, pedía lo que tenía que pedir, después se instalaba en un canto de la puerta, a la espera de que el requerimiento hiciese, de uno en uno, el camino contrario, hasta llegar al rey. Ocupado como siempre estaba con los obsequios, el rey demoraba la respuesta, y ya no era pequeña señal de atención al bienestar y felicidad del pueblo cuando pedía un informe fundamentado por escrito al primer secretario que, excusado será decirlo, pasaba el encargo al segundo secretario, éste al tercero, sucesivamente, hasta llegar otra vez a la mujer de la limpieza, que opinaba sí o no de acuerdo con el humor con que se hubiera levantado.
Sin embargo, en el caso del hombre que quería un barco, las cosas no ocurrieron así. Cuando la mujer de la limpieza le preguntó por el resquicio de la puerta, Y tú qué quieres, el hombre, en vez de pedir, como era la costumbre de todos, un título, una condecoración, o simplemente dinero, respondió. Quiero hablar con el rey, Ya sabes que el rey no puede venir, está en la puerta de los obsequios, respondió la mujer, Pues entonces ve y dile que no me iré de aquí hasta que él venga personalmente para saber lo que quiero, remató el hombre, y se tumbó todo lo largo que era en el rellano, tapándose con una manta porque hacía frío. Entrar y salir sólo pasándole por encima. Ahora, bien, esto suponía un enorme problema, si tenemos en consideración que, de acuerdo con la pragmática de las puertas, sólo se puede atender a un suplicante cada vez, de donde resulta que mientras haya alguien esperando una respuesta, ninguna otra persona podrá aproximarse para exponer sus necesidades o sus ambiciones. A primera vista, quien ganaba con este artículo del reglamento era el rey, puesto que al ser menos numerosa la gente que venía a incomodarlo con lamentos, más tiempo tenía, y más sosiego, para recibir, contemplar y guardar los obsequios. A segunda vista, sin embargo, el rey perdía, y mucho, porque las protestas públicas, al notarse que la respuesta tardaba más de lo que era justo, aumentaban gravemente el descontento social, lo que, a su vez, tenía inmediatas y negativas consecuencias en el flujo de obsequios. En el caso que estamos narrando, el resultado de la ponderación entre los beneficios y los perjuicios fue que el rey, al cabo de tres días, y en real persona, se acercó a la puerta de las peticiones, para saber lo que quería el entrometido que se había negado a encaminar el requerimiento por las pertinentes vías burocráticas. Abre la puerta, dijo el rey a la mujer de la limpieza, y ella preguntó, Toda o sólo un poco.
El rey dudó durante un instante, verdaderamente no le gustaba mucho exponerse a los aires de la calle, pero después reflexionó que parecería mal, aparte de ser indigno de su majestad, hablar con un súbdito a través de una rendija, como si le tuviese miedo, sobre todo asistiendo al coloquio la mujer de la limpieza, que luego iría por ahí diciendo Dios sabe qué, De par en par, ordenó. El hombre que quería un barco se levantó del suelo cuando comenzó a oír los ruidos de los cerrojos, enrolló la manta y se puso a esperar. Estas señales de que finalmente alguien atendería y que por tanto el lugar pronto quedaría desocupado, hicieron aproximarse a la puerta a unos cuantos aspirantes a la liberalidad del trono que andaban por allí, prontos para asaltar el puesto apenas quedase vacío. La inopinada aparición del rey (nunca una tal cosa había sucedido desde que usaba corona en la cabeza) causó una sorpresa desmedida, no sólo a los dichos candidatos, sino también entre la vecindad que, atraída por el alborozo repentino, se asomó a las ventanas de las casas, en el otro lado de la calle. La única persona que no se sorprendió fue el hombre que vino a pedir un barco. Calculaba él, y acertó en la previsión, que el rey, aunque tardase tres días, acabaría sintiendo la curiosidad de ver la cara de quien, nada más y nada menos, con notable atrevimiento, lo había mandado llamar. Dividido entre la curiosidad irreprimible y el desagrado de ver tantas personas juntas, el rey, con el peor de los modos, preguntó tres preguntas seguidas, Tú qué quieres, Por qué no dijiste lo que querías, Te crees que no tengo nada más que hacer, pero el hombre sólo respondió a la primera pregunta, Dame un barco, dijo. El asombro dejó al rey hasta tal punto desconcertado que la mujer de la limpieza se vio obligada a acercarle una silla de enea, la misma en que ella se sentaba cuando necesitaba trabajar con el hilo y la aguja, pues, además de la limpieza, tenía también la responsabilidad de algunas tareas menores de costura en el palacio, como zurcir las medias de los pajes. Mal sentado, porque la silla de enea era mucho más baja que el trono, el rey buscaba la mejor manera de acomodar las piernas, ora encogiéndolas, ora extendiéndolas para los lados, mientras el hombre que quería un barco esperaba con paciencia la pregunta que seguiría, Y tú para qué quieres un barco, si puede saberse, fue lo que el rey preguntó cuando finalmente se dio por instalado con sufrible comodidad en la silla de la mujer de la limpieza, Para buscar la isla desconocida, respondió el hombre. Qué isla desconocida, preguntó el rey, disimulando la risa, como si tuviese enfrente a un loco de atar, de los que tienen manías de navegaciones, a quien no sería bueno contrariar así de entrada, La isla desconocida, repitió el hombre, Hombre, ya no hay islas desconocidas, Quién te ha dicho, rey, que ya no hay islas desconocidas, Están todas en los mapas, En los mapas están sólo las islas conocidas, Y qué isla desconocida es esa que tú buscas, Si te lo pudiese decir, entonces no sería desconocida, A quién has oído hablar de ella, preguntó el rey, ahora más serio, A nadie, En ese caso, por qué te empeñas en decir que ella existe, Simplemente porque es imposible que no exista una isla desconocida, Y has venido aquí para pedirme un barco, Sí, vine aquí para pedirte un barco, Y tú quién eres para que yo te lo dé, Y tú quién eres para no dármelo, Soy el rey de este reino y los barcos del reino me pertenecen todos, Más les pertenecerás tú a ellos que ellos a ti, Qué quieres decir, preguntó el rey inquieto, Que tú sin ellos nada eres, y que ellos, sin ti, pueden navegar siempre, Bajo mis órdenes, con mis pilotos y mis marineros, No te pido marineros ni piloto, sólo te pido un barco, Y esa isla desconocida, si la encuentras, será para mí, A ti, rey, sólo te interesan las islas conocidas,
También me interesan las desconocidas, cuando dejan de serlo, Tal vez ésta no se deje conocer, Entonces no te doy el barco, Darás. Al oír esta palabra, pronunciada con tranquila firmeza, los aspirantes a la puerta de las peticiones, en quienes, minuto tras minuto, desde el principio de la conversación iba creciendo la impaciencia, más por librarse de él que por simpatía solidaria, resolvieron intervenir en favor del hombre que quería el barco, comenzando a gritar. Dale el barco, dale el barco. El rey abrió la boca para decirle a la mujer de la limpieza que llamara a la guardia del palacio para que estableciera inmediatamente el orden público e impusiera disciplina, pero, en ese momento, las vecinas que asistían a la escena desde las ventanas se unieron al coro con entusiasmo, gritando como los otros, Dale el barco, dale el barco. Ante tan ineludible manifestación de voluntad popular y preocupado con lo que, mientras tanto, habría perdido en la puerta de los obsequios, el rey levantó la mano derecha imponiendo silencio y dijo, Voy a darte un barco, pero la tripulación tendrás que conseguirla tú, mis marineros me son precisos para las islas conocidas. Los gritos de aplauso del público no dejaron que se percibiese el agradecimiento del hombre que vino a pedir un barco, por el movimiento de los labios tanto podría haber dicho Gracias, mi señor, como Ya me las arreglaré, pero lo que nítidamente se oyó fue lo que a continuación dijo el rey, Vas al muelle, preguntas por el capitán del puerto, le dices que te mando yo, y él que te dé el barco, llevas mi tarjeta. El hombre que iba a recibir un barco leyó la tarjeta de visita, donde decía Rey debajo del nombre del rey, y eran éstas las palabras que él había escrito sobre el hombro de la mujer de la limpieza, Entrega al portador un barco, no es necesario que sea grande, pero que navegue bien y sea seguro, no quiero tener remordimientos en la conciencia si las cosas ocurren mal. Cuando el hombre levantó la cabeza, se supone que esta vez iría a agradecer la dádiva, el rey ya se había retirado, sólo estaba la mujer de la limpieza mirándolo con cara de circunstancias. El hombre bajó del peldaño de la puerta, señal de que los otros candidatos podían avanzar por fin, superfluo será explicar que la confusión fue indescriptible, todos queriendo llegar al sitio en primer lugar, pero con tan mala suerte que la puerta ya estaba cerrada otra vez. La aldaba de bronce volvió a llamar a la mujer de la limpieza, pero la mujer de la limpieza no está, dio la vuelta y salió con el cubo y la escoba por otra puerta, la de las decisiones, que apenas es usada, pero cuando lo es, lo es. Ahora sí, ahora se comprende el porqué de la cara de circunstancias con que la mujer de la limpieza estuvo mirando, ya que, en ese preciso momento, había tomado la decisión de seguir al hombre así que él se dirigiera al puerto para hacerse cargo del barco. Pensó que ya bastaba de una vida de limpiar y lavar palacios, que había llegado la hora de mudar de oficio, que lavar y limpiar barcos era su vocación verdadera, al menos en el mar el agua no le faltaría. No imagina el hombre que, sin haber comenzado a reclutar la tripulación, ya lleva detrás a la futura responsable de los baldeos y otras limpiezas, también es de este modo como el destino acostumbra a comportarse con nosotros, ya está pisándonos los talones, ya extendió la mano para tocarnos en el hombro, y nosotros todavía vamos murmurando, Se acabó, no hay nada más que ver, todo es igual.
Andando, andando, el hombre llegó al puerto, fue al muelle, preguntó por el capitán, y mientras venía, se puso a adivinar cuál sería, de entre los barcos que allí estaban, el que iría a ser suyo, grande ya sabía que no, la tarjeta de visita del rey era muy clara en este punto, por consiguiente quedaban descartados los paquebotes, los cargueros y los navíos de guerra, tampoco podría ser tan pequeño que aguantase mal las fuerzas del viento y los rigores del mar, en este punto también había sido categórico el rey, que navegue bien y sea seguro, fueron éstas sus formales palabras, excluyendo así explícitamente los botes, las falúas y las chalupas, que siendo buenos navegantes, y seguros, cada uno conforme a su condición, no nacieron para surcar los océanos, que es donde se encuentran las islas desconocidas. Un poco apartada de allí, escondida detrás de unos bidones, la mujer de la limpieza pasó los ojos por los barcos atracados, Para mi gusto, aquél, pensó, aunque su opinión no contaba, ni siquiera había sido contratada, vamos a oír antes lo que dirá el capitán del puerto. El capitán vino, leyó la tarjeta, miró al hombre de arriba abajo y le hizo la pregunta que al rey no se le había ocurrido, Sabes navegar, tienes carnet de navegación, a lo que el hombre respondió, Aprenderé en el mar. El capitán dijo, No te lo aconsejaría, capitán soy yo, y no me atrevo con cualquier barco, Dame entonces uno con el que pueda atreverme, no, uno de ésos no, dame un barco que yo respete y que pueda respetarme a mí, Ese lenguaje es de marinero, pero tú no eres marinero, Si tengo el lenguaje, es como si lo fuese. El capitán volvió a leer la tarjeta del rey, después preguntó, Puedes decirme para qué quieres el barco, Para ir en busca de la isla desconocida, Ya no hay islas desconocidas, Lo mismo me dijo el rey, Lo que él sabe de islas lo aprendió conmigo, Es extraño que tú, siendo hombre de mar, me digas eso, que ya no hay islas desconocidas, hombre de tierra soy yo, y no ignoro que todas las islas, incluso las conocidas, son desconocidas mientras no desembarcamos en ellas, Pero tú, si bien entiendo, vas a la búsqueda de una donde nadie haya desembarcado nunca, Lo sabré cuando llegue, Si llegas, Sí, a veces se naufraga en el camino, pero si tal me ocurre, deberás escribir en los anales del puerto que el punto adonde llegué fue ése, Quieres decir que llegar, se llega siempre, No serías quien eres si no lo supieses ya. El capitán del puerto dijo, Voy a darte la embarcación que te conviene. Cuál, Es un barco con mucha experiencia, todavía del tiempo en que toda la gente andaba buscando islas desconocidas, Cuál, Creo que incluso encontró algunas, Cuál, Aquél. Así que la mujer de la limpieza percibió para dónde apuntaba el capitán, salió corriendo de detrás de los bidones y gritó, Es mi barco, es mi barco, hay que perdonarle la insólita reivindicación de propiedad, a todo título abusiva, el barco era aquel que le había gustado, simplemente. Parece una carabela, dijo el hombre, Más o menos, concordó el capitán, en su origen era una carabela, después pasó por arreglos y adaptaciones que la modificaron un poco, Pero continúa siendo una carabela, Sí, en el conjunto conserva el antiguo aire, Y tiene mástiles y velas, Cuando se va en busca de islas desconocidas, es lo más recomendable. La mujer de la limpieza no se contuvo, Para mí no quiero otro, Quién eres tú, preguntó el hombre, No te acuerdas de mí, No tengo idea, Soy la mujer de la limpieza, Qué limpieza, La del palacio del rey, La que abría la puerta de las peticiones, No había otra, Y por qué no estás en el palacio del rey, limpiando y abriendo puertas, Porque las puertas que yo quería ya fueron abiertas y porque de hoy en adelante sólo limpiaré barcos, Entonces estás decidida a ir conmigo en busca de la isla desconocida, Salí del palacio por la puerta de las decisiones, Siendo así, ve para la carabela, mira cómo está aquello, después del tiempo pasado debe precisar de un buen lavado, y ten cuidado con las gaviotas, que no son de fiar, No quieres venir conmigo a conocer tu barco por dentro, Dijiste que era tuyo, Disculpa, fue sólo porque me gustó, Gustar es probablemente la mejor manera de tener, tener debe de ser la peor manera de gustar. El capitán del puerto interrumpió la conversación, Tengo que entregar las llaves al dueño del barco, a uno o a otro, resuélvanlo, a mí tanto me da, Los barcos tienen llave, preguntó el hombre, Para entrar, no, pero allí están las bodegas y los pañoles, y el camarote del comandante con el diario de a bordo, Ella que se encargue de todo, yo voy a reclutar la tripulación, dijo el hombre, y se apartó.
La mujer de la limpieza fue a la oficina del capitán para recoger las llaves, después entró en el barco, dos cosas le valieron, la escoba del palacio y el aviso contra las gaviotas, todavía no había acabado de atravesar la pasarela que unía la amurada al atracadero y ya las malvadas se precipitaban sobre ella gritando, furiosas, con las fauces abiertas, como si la fueran a devorar allí mismo. No sabían con quién se enfrentaban. La mujer de la limpieza posó el cubo, se guardó las llaves en el seno, plantó bien los pies en la pasarela y, remolineando la escoba como si fuese un espadón de los buenos tiempos, consiguió poner en desbandada a la cuadrilla asesina. Sólo cuando entró en el barco comprendió la ira de las gaviotas, había nidos por todas partes, muchos de ellos abandonados, otros todavía con huevos, y unos pocos con gaviotillas de pico abierto, a la espera de comida, Pues sí, pero será mejor que se muden de aquí, un barco que va en busca de la isla desconocida no puede tener este aspecto, como si fuera un gallinero, dijo. Tiró al agua los nidos vacíos, los otros los dejó, luego veremos. Después se remangó las mangas y se puso a lavar la cubierta. Cuando acabó la dura tarea, abrió el pañol de las velas y procedió a un examen minucioso del estado de las costuras, tanto tiempo sin ir al mar y sin haber soportado los estirones saludables del viento. Las velas son los músculos del barco, basta ver cómo se hinchan cuando se esfuerzan, pero, y eso mismo les sucede a los músculos, si no se les da uso regularmente, se aflojan, se ablandan, pierden nervio. Y las costuras son los nervios de las velas, pensó la mujer de la limpieza, contenta por aprender tan de prisa el arte de la marinería. Encontró deshilachadas algunas bastillas, pero se conformó con señalarlas, dado que para este trabajo no le servían la aguja y el hilo con que zurcía las medias de los pajes antiguamente, o sea, ayer. En cuanto a los otros pañoles, enseguida vio que estaban vacíos. Que el de la pólvora estuviese desabastecido, salvo un polvillo negro en el fondo, que al principio le parecieron cagaditas de ratón, no le importó nada, de hecho no está escrito en ninguna ley, por lo menos hasta donde la sabiduría de una mujer de la limpieza es capaz de alcanzar, que ir por una isla desconocida tenga que ser forzosamente una empresa de guerra. Ya le enfadó, y mucho, la falta absoluta de municiones de boca en el pañol respectivo, no por ella, que estaba de sobra acostumbrada al mal rancho del palacio, sino por el hombre al que dieron este barco, no tarda que el sol se ponga, y él aparecerá por ahí clamando que tiene hambre, que es el dicho de todos los hombres apenas entran en casa, como si sólo ellos tuviesen estómago y sufriesen de la necesidad de llenarlo, Y si trae marineros para la tripulación, que son unos ogros comiendo, entonces no sé cómo nos vamos a gobernar, dijo la mujer de la limpieza.
No merecía la pena preocuparse tanto. El sol acababa de sumirse en el océano cuando el hombre que tenía un barco surgió en el extremo del muelle. Traía un bulto en la mano, pero venía solo y cabizbajo. La mujer de la limpieza fue a esperarlo a la pasarela, antes de que abriera la boca para enterarse de cómo había transcurrido el resto del día, él dijo, Estate tranquila, traigo comida para los dos, Y los marineros, preguntó ella, Como puedes ver, no vino ninguno, Pero los dejaste apalabrados, al menos, volvió a preguntar ella, Me dijeron que ya no hay islas desconocidas, y que, incluso habiéndolas, no iban a dejar el sosiego de sus lares y la buena vida de los barcos de línea para meterse en aventuras oceánicas, a la búsqueda de un imposible, como si todavía estuviéramos en el tiempo del mar tenebroso, Y tú qué les respondiste, Que el mar es siempre tenebroso, Y no les hablaste de la isla desconocida, Cómo podría hablarles de una isla desconocida, si no la conozco, Pero tienes la certeza de que existe, Tanta como de que el mar es tenebroso, En este momento, visto desde aquí, con las aguas color de jade y el cielo como un incendio, de tenebroso no le encuentro nada, Es una ilusión tuya, también las islas a veces parece que fluctúan sobre las aguas y no es verdad, Qué piensas hacer, si te falta una tripulación, Todavía no lo sé, Podríamos quedarnos a vivir aquí, yo me ofrecería para lavar los barcos que vienen al muelle, y tú, Y yo, Tendrás un oficio, una profesión, como ahora se dice, Tengo, tuve, tendré si fuera preciso, pero quiero encontrar la isla desconocida, quiero saber quién soy yo cuando esté en ella, No lo sabes, Si no sales de ti, no llegas a saber quién eres, El filósofo del rey, cuando no tenía nada que hacer, se sentaba junto a mí, para verme zurcir las medias de los pajes, y a veces le daba por filosofar, decía que todo hombre es una isla, yo, como aquello no iba conmigo, visto que soy mujer, no le daba importancia, tú qué crees, Que es necesario salir de la isla para ver la isla, que no nos vemos si no nos salimos de nosotros, Si no salimos de nosotros mismos, quieres decir, No es igual. El incendio del cielo iba languideciendo, el agua de repente adquirió un color morado, ahora ni la mujer de la limpieza dudaría que el mar es de verdad tenebroso, por lo menos a ciertas horas.
Dijo el hombre, Dejemos las filosofías para el filósofo del rey, que para eso le pagan, ahora vamos a comer, pero la mujer no estuvo de acuerdo, Primero tienes que ver tu barco, sólo lo conoces por fuera. Qué tal lo encontraste, Hay algunas costuras de las velas que necesitan refuerzo, Bajaste a la bodega, encontraste agua abierta, En el fondo hay alguna, mezclada con el lastre, pero eso me parece que es lo apropiado, le hace bien al barco, Cómo aprendiste esas cosas, Así, Así cómo, Como tú, cuando dijiste al capitán del puerto que aprenderías a navegar en la mar, Todavía no estamos en el mar, Pero ya estamos en el agua, Siempre tuve la idea de que para la navegación sólo hay dos maestros verdaderos, uno es el mar, el otro es el barco, Y el cielo, te olvidas del cielo, Sí, claro, el cielo, Los vientos, Las nubes, El cielo, Sí, el cielo.
En menos de un cuarto de hora habían acabado la vuelta por el barco, una carabela, incluso transformada, no da para grandes paseos. Es bonita, dijo el hombre, pero si no consigo tripulantes suficientes para la maniobra, tendré que ir a decirle al rey que ya no la quiero, Te desanimas a la primera contrariedad, La primera contrariedad fue esperar al rey tres días, y no desistí, Si no encuentras marineros que quieran venir, ya nos las arreglaremos los dos, Estás loca, dos personas solas no serían capaces de gobernar un barco de éstos, yo tendría que estar siempre al timón, y tú, ni vale la pena explicarlo, es una locura, Después veremos, ahora vamos a cenar. Subieron al castillo de popa, el hombre todavía protestando contra lo que llamara locura, allí la mujer de la limpieza abrió el fardel que él había traído, un pan, queso curado, de cabra, aceitunas, una botella de vino. La luna ya estaba a medio palmo sobre el mar, las sombras de la verga y del mástil grande vinieron a tumbarse a sus pies. Es realmente bonita nuestra carabela, dijo la mujer, y enmendó enseguida, La tuya, tu carabela, Supongo que no será mía por mucho tiempo, Navegues o no navegues con ella, la carabela es tuya, te la dio el rey, Se la pedí para buscar una isla desconocida, Pero estas cosas no se hacen de un momento para otro, necesitan su tiempo, ya mi abuelo decía que quien va al mar se avía en tierra, y eso que él no era marinero, Sin marineros no podremos navegar, Eso ya lo has dicho, Y hay que abastecer el barco de las mil cosas necesarias para un viaje como éste, que no se sabe adónde nos llevará, Evidentemente, y después tendremos que esperar a que sea la estación apropiada, y salir con marea buena, y que venga gente al puerto a desearnos buen viaje, Te estás riendo de mí, Nunca me reiría de quien me hizo salir por la puerta de las decisiones, Discúlpame, Y no volveré a pasar por ella, suceda lo que suceda. La luz de la luna iluminaba la cara de la mujer de la limpieza, Es bonita, realmente es bonita, pensó el hombre, y esta vez no se refería a la carabela. La mujer, ésa, no pensó nada, lo habría pensado todo durante aquellos tres días, cuando entreabría de vez en cuando la puerta para ver si aquél aún continuaba fuera, a la espera. No sobró ni una miga de pan o de queso, ni una gota de vino, los huesos de las aceitunas fueron a parar al agua, el suelo está tan limpio como quedó cuando la mujer de la limpieza le pasó el último paño. La sirena de un paquebote que se hacía a la mar soltó un ronquido potente, como debieron de ser los del leviatán, y la mujer dijo, Cuando sea nuestra vez, haremos menos ruido. A pesar de que estaban en el interior del muelle, el agua se onduló un poco al paso del paquebote, y el hombre dijo, Pero nos balancearemos mucho más. Se rieron los dos, después se callaron, pasado un rato uno de ellos opinó que lo mejor sería irse a dormir. No es que yo tenga mucho sueño, y el otro concordó, Ni yo, después se callaron otra vez, la luna subió y continuó subiendo, a cierta altura la mujer dijo, Hay literas abajo, y el hombre dijo, Sí, y entonces fue cuando se levantaron y descendieron a la cubierta, ahí la mujer dijo, Hasta mañana, yo voy para este lado, y el hombre respondió, Y yo para éste, hasta mañana, no dijeron babor o estribor, probablemente porque todavía están practicando en las artes. La mujer volvió atrás, Me había olvidado, se sacó del bolsillo dos cabos de velas, Los encontré cuando limpiaba, pero no tengo cerillas, Yo tengo, dijo el hombre. Ella mantuvo las velas, una en cada mano, él encendió un fósforo, después, abrigando la llama bajo la cúpula de los dedos curvados la llevó con todo el cuidado a los viejos pabilos, la luz prendió, creció lentamente como la de la luna, bañó la cara de la mujer de la limpieza, no sería necesario decir que él pensó, Es bonita, pero lo que ella pensó, sí, Se ve que sólo tiene ojos para la isla desconocida, he aquí cómo se equivocan las personas interpretando miradas, sobre todo al principio. Ella le entregó una vela, dijo, Hasta mañana, duerme bien, él quiso decir lo mismo, de otra manera, Que tengas sueños felices, fue la frase que le salió, dentro de nada, cuando esté abajo, acostado en su litera, se le ocurrirán otras frases, más espiritosas, sobre todo más insinuantes, como se espera que sean las de un hombre cuando está a solas con una mujer. Se preguntaba si ella dormiría, si habría tardado en entrar en el sueño, después imaginó que andaba buscándola y no la encontraba en ningún sitio, que estaban perdidos los dos en un barco enorme, el sueño es un prestidigitador hábil, muda las proporciones de las cosas y sus distancias, separa a las personas y ellas están juntas, las reúne, y casi no se ven una a otra, la mujer duerme a pocos metros y él no sabe cómo alcanzarla, con lo fácil que es ir de babor a estribor.
Le había deseado buenos sueños, pero fue él quien se pasó toda la noche soñando. Soñó que su carabela navegaba por alta mar, con las tres velas triangulares gloriosamente hinchadas, abriendo camino sobre las olas, mientras él manejaba la rueda del timón y la tripulación descansaba a la sombra. No entendía cómo estaban allí los marineros que en el puerto y en la ciudad se habían negado a embarcar con él para buscar la isla desconocida, probablemente se arrepintieron de la grosera ironía con que lo trataron. Veía animales esparcidos por la cubierta, patos, conejos, gallinas, lo habitual de la crianza doméstica, comiscando los granos de millo o royendo las hojas de col que un marinero les echaba, no se acordaba de cuándo los habían traído para el barco, fuese como fuese, era natural que estuviesen allí, imaginemos que la isla desconocida es, como tantas veces lo fue en el pasado, una isla desierta, lo mejor será jugar sobre seguro, todos sabemos que abrir la puerta de la conejera y agarrar un conejo por las orejas siempre es más fácil que perseguirlo por montes y valles. Del fondo de la bodega sube ahora un relincho de caballos, de mugidos de bueyes, de rebuznos de asnos, las voces de los nobles animales necesarios para el trabajo pesado, y cómo llegaron ellos, cómo pueden caber en una carabela donde la tripulación humana apenas tiene lugar, de súbito el viento dio una cabriola, la vela mayor se movió y ondeó, detrás estaba lo que antes no se veía, un grupo de mujeres que incluso sin contarlas se adivinaba que eran tantas cuantos los marineros, se ocupan de sus cosas de mujeres, todavía no ha llegado el tiempo de ocuparse de otras, está claro que esto sólo puede ser un sueño, en la vida real nunca se ha viajado así. El hombre del timón buscó con los ojos a la mujer de la limpieza y no la vio. Tal vez esté en la litera de estribor, descansando de la limpieza de la cubierta, pensó, pero fue un pensar fingido, porque bien sabe, aunque tampoco sepa cómo lo sabe, que ella a última hora no quiso venir, que saltó para el embarcadero, diciendo desde allí, Adiós, adiós, ya que sólo tienes ojos para la isla desconocida, me voy, y no era verdad, ahora mismo andan los ojos de él pretendiéndola y no la encuentran. En este momento se cubrió el cielo y comenzó a llover y, habiendo llovido, principiaron a brotar innumerables plantas de las filas de sacos de tierra alineados a lo largo de la amurada, no están allí porque se sospeche que no haya tierra bastante en la isla desconocida, sino porque así se ganará tiempo, el día que lleguemos sólo tendremos que trasplantar los árboles frutales, sembrar los granos de las pequeñas cosechas que van madurando aquí, adornar los jardines con las flores que abrirán de estos capullos. El hombre del timón pregunta a los marineros que descansan en cubierta si avistan alguna isla desconocida, y ellos responden que no ven ni de unas ni de otras, pero que están pensando desembarcar en la primera tierra habitada que aparezca, siempre que haya un puerto donde fondear, una taberna donde beber y una cama donde folgar, que aquí no se puede, con toda esta gente junta. Y la isla desconocida, preguntó el hombre del timón, La isla desconocida es cosa inexistente, no pasa de una idea de tu cabeza, los geógrafos del rey fueron a ver en los mapas y declararon que islas por conocer es cosa que se acabó hace mucho tiempo, Debieron haberse quedado en la ciudad, en lugar de venir a entorpecerme la navegación, Andábamos buscando un lugar mejor para vivir y decidimos aprovechar tu viaje, No son marineros, Nunca lo fuimos, Solo no seré capaz de gobernar el barco, Haber pensado en eso antes de pedírselo al rey, el mar no enseña a navegar. Entonces el hombre del timón vio tierra a lo lejos y quiso pasar adelante, hacer cuenta de que ella era el reflejo de otra tierra, una imagen que hubiese venido del otro lado del mundo por el espacio, pero los hombres que nunca habían sido marineros protestaron, dijeron que era allí mismo donde querían desembarcar, Esta es una isla del mapa, gritaron, te mataremos si no nos llevas. Entonces, por sí misma, la carabela viró la proa en dirección a tierra, entró en el puerto y se encostó a la muralla del embarcadero, Pueden irse, dijo el hombre del timón, acto seguido salieron en orden, primero las mujeres, después los hombres, pero no se fueron solos, se llevaron con ellos los patos, los conejos y las gallinas, se llevaron los bueyes, los asnos y los caballos, y hasta las gaviotas, una tras otra, levantaron el vuelo y se fueron del barco, transportando en el pico a sus gaviotillas, proeza que no habían acometido nunca, pero siempre hay una primera vez. El hombre del timón contempló la desbandada en silencio, no hizo nada para retener a quienes lo abandonaban, al menos le habían dejado los árboles, los trigos y las flores, con las trepadoras que se enrollaban a los mástiles y pendían de la amurada como festones. Debido al atropello de la salida se habían roto y derramado los sacos de tierra, de modo que la cubierta era como un campo labrado y sembrado, sólo falta que caiga un poco más de lluvia para que sea un buen año agrícola. Desde que el viaje a la isla desconocida comenzó, no se ha visto comer al hombre del timón, debe de ser porque está soñando, apenas soñando, y si en el sueño les apeteciese un trozo de pan o una manzana, sería un puro invento, nada más. Las raíces de los árboles están penetrando en el armazón del barco, no tardará mucho en que estas velas hinchadas dejen de ser necesarias, bastará que el viento sople en las copas y vaya encaminando la carabela a su destino. Es un bosque que navega y se balancea sobre las olas, un bosque en donde, sin saberse cómo, comenzaron a cantar pájaros, estarían escondidos por ahí y pronto decidieron salir a la luz, tal vez porque la cosecha ya esté madura y es la hora de la siega. Entonces el hombre fijó la rueda del timón y bajó al campo con la hoz en la mano, y, cuando había segado las primeras espigas, vio una sombra al lado de su sombra. Se despertó abrazado a la mujer de la limpieza, y ella a él, confundidos los cuerpos, confundidas las literas, que no se sabe si ésta es la de babor o la de estribor. Después, apenas el sol acabó de nacer, el hombre y la mujer fueron a pintar en la proa del barco, de un lado y de otro, en blancas letras, el nombre que todavía le faltaba a la carabela. Hacia la hora del mediodía, con la marea, La Isla Desconocida se hizo por fin a la mar, a la búsqueda de sí misma
José Saramago
17 Jul 2004
Fonte : Biblioteca Digital Ciudad Seva
Sin embargo, en el caso del hombre que quería un barco, las cosas no ocurrieron así. Cuando la mujer de la limpieza le preguntó por el resquicio de la puerta, Y tú qué quieres, el hombre, en vez de pedir, como era la costumbre de todos, un título, una condecoración, o simplemente dinero, respondió. Quiero hablar con el rey, Ya sabes que el rey no puede venir, está en la puerta de los obsequios, respondió la mujer, Pues entonces ve y dile que no me iré de aquí hasta que él venga personalmente para saber lo que quiero, remató el hombre, y se tumbó todo lo largo que era en el rellano, tapándose con una manta porque hacía frío. Entrar y salir sólo pasándole por encima. Ahora, bien, esto suponía un enorme problema, si tenemos en consideración que, de acuerdo con la pragmática de las puertas, sólo se puede atender a un suplicante cada vez, de donde resulta que mientras haya alguien esperando una respuesta, ninguna otra persona podrá aproximarse para exponer sus necesidades o sus ambiciones. A primera vista, quien ganaba con este artículo del reglamento era el rey, puesto que al ser menos numerosa la gente que venía a incomodarlo con lamentos, más tiempo tenía, y más sosiego, para recibir, contemplar y guardar los obsequios. A segunda vista, sin embargo, el rey perdía, y mucho, porque las protestas públicas, al notarse que la respuesta tardaba más de lo que era justo, aumentaban gravemente el descontento social, lo que, a su vez, tenía inmediatas y negativas consecuencias en el flujo de obsequios. En el caso que estamos narrando, el resultado de la ponderación entre los beneficios y los perjuicios fue que el rey, al cabo de tres días, y en real persona, se acercó a la puerta de las peticiones, para saber lo que quería el entrometido que se había negado a encaminar el requerimiento por las pertinentes vías burocráticas. Abre la puerta, dijo el rey a la mujer de la limpieza, y ella preguntó, Toda o sólo un poco.
El rey dudó durante un instante, verdaderamente no le gustaba mucho exponerse a los aires de la calle, pero después reflexionó que parecería mal, aparte de ser indigno de su majestad, hablar con un súbdito a través de una rendija, como si le tuviese miedo, sobre todo asistiendo al coloquio la mujer de la limpieza, que luego iría por ahí diciendo Dios sabe qué, De par en par, ordenó. El hombre que quería un barco se levantó del suelo cuando comenzó a oír los ruidos de los cerrojos, enrolló la manta y se puso a esperar. Estas señales de que finalmente alguien atendería y que por tanto el lugar pronto quedaría desocupado, hicieron aproximarse a la puerta a unos cuantos aspirantes a la liberalidad del trono que andaban por allí, prontos para asaltar el puesto apenas quedase vacío. La inopinada aparición del rey (nunca una tal cosa había sucedido desde que usaba corona en la cabeza) causó una sorpresa desmedida, no sólo a los dichos candidatos, sino también entre la vecindad que, atraída por el alborozo repentino, se asomó a las ventanas de las casas, en el otro lado de la calle. La única persona que no se sorprendió fue el hombre que vino a pedir un barco. Calculaba él, y acertó en la previsión, que el rey, aunque tardase tres días, acabaría sintiendo la curiosidad de ver la cara de quien, nada más y nada menos, con notable atrevimiento, lo había mandado llamar. Dividido entre la curiosidad irreprimible y el desagrado de ver tantas personas juntas, el rey, con el peor de los modos, preguntó tres preguntas seguidas, Tú qué quieres, Por qué no dijiste lo que querías, Te crees que no tengo nada más que hacer, pero el hombre sólo respondió a la primera pregunta, Dame un barco, dijo. El asombro dejó al rey hasta tal punto desconcertado que la mujer de la limpieza se vio obligada a acercarle una silla de enea, la misma en que ella se sentaba cuando necesitaba trabajar con el hilo y la aguja, pues, además de la limpieza, tenía también la responsabilidad de algunas tareas menores de costura en el palacio, como zurcir las medias de los pajes. Mal sentado, porque la silla de enea era mucho más baja que el trono, el rey buscaba la mejor manera de acomodar las piernas, ora encogiéndolas, ora extendiéndolas para los lados, mientras el hombre que quería un barco esperaba con paciencia la pregunta que seguiría, Y tú para qué quieres un barco, si puede saberse, fue lo que el rey preguntó cuando finalmente se dio por instalado con sufrible comodidad en la silla de la mujer de la limpieza, Para buscar la isla desconocida, respondió el hombre. Qué isla desconocida, preguntó el rey, disimulando la risa, como si tuviese enfrente a un loco de atar, de los que tienen manías de navegaciones, a quien no sería bueno contrariar así de entrada, La isla desconocida, repitió el hombre, Hombre, ya no hay islas desconocidas, Quién te ha dicho, rey, que ya no hay islas desconocidas, Están todas en los mapas, En los mapas están sólo las islas conocidas, Y qué isla desconocida es esa que tú buscas, Si te lo pudiese decir, entonces no sería desconocida, A quién has oído hablar de ella, preguntó el rey, ahora más serio, A nadie, En ese caso, por qué te empeñas en decir que ella existe, Simplemente porque es imposible que no exista una isla desconocida, Y has venido aquí para pedirme un barco, Sí, vine aquí para pedirte un barco, Y tú quién eres para que yo te lo dé, Y tú quién eres para no dármelo, Soy el rey de este reino y los barcos del reino me pertenecen todos, Más les pertenecerás tú a ellos que ellos a ti, Qué quieres decir, preguntó el rey inquieto, Que tú sin ellos nada eres, y que ellos, sin ti, pueden navegar siempre, Bajo mis órdenes, con mis pilotos y mis marineros, No te pido marineros ni piloto, sólo te pido un barco, Y esa isla desconocida, si la encuentras, será para mí, A ti, rey, sólo te interesan las islas conocidas,
También me interesan las desconocidas, cuando dejan de serlo, Tal vez ésta no se deje conocer, Entonces no te doy el barco, Darás. Al oír esta palabra, pronunciada con tranquila firmeza, los aspirantes a la puerta de las peticiones, en quienes, minuto tras minuto, desde el principio de la conversación iba creciendo la impaciencia, más por librarse de él que por simpatía solidaria, resolvieron intervenir en favor del hombre que quería el barco, comenzando a gritar. Dale el barco, dale el barco. El rey abrió la boca para decirle a la mujer de la limpieza que llamara a la guardia del palacio para que estableciera inmediatamente el orden público e impusiera disciplina, pero, en ese momento, las vecinas que asistían a la escena desde las ventanas se unieron al coro con entusiasmo, gritando como los otros, Dale el barco, dale el barco. Ante tan ineludible manifestación de voluntad popular y preocupado con lo que, mientras tanto, habría perdido en la puerta de los obsequios, el rey levantó la mano derecha imponiendo silencio y dijo, Voy a darte un barco, pero la tripulación tendrás que conseguirla tú, mis marineros me son precisos para las islas conocidas. Los gritos de aplauso del público no dejaron que se percibiese el agradecimiento del hombre que vino a pedir un barco, por el movimiento de los labios tanto podría haber dicho Gracias, mi señor, como Ya me las arreglaré, pero lo que nítidamente se oyó fue lo que a continuación dijo el rey, Vas al muelle, preguntas por el capitán del puerto, le dices que te mando yo, y él que te dé el barco, llevas mi tarjeta. El hombre que iba a recibir un barco leyó la tarjeta de visita, donde decía Rey debajo del nombre del rey, y eran éstas las palabras que él había escrito sobre el hombro de la mujer de la limpieza, Entrega al portador un barco, no es necesario que sea grande, pero que navegue bien y sea seguro, no quiero tener remordimientos en la conciencia si las cosas ocurren mal. Cuando el hombre levantó la cabeza, se supone que esta vez iría a agradecer la dádiva, el rey ya se había retirado, sólo estaba la mujer de la limpieza mirándolo con cara de circunstancias. El hombre bajó del peldaño de la puerta, señal de que los otros candidatos podían avanzar por fin, superfluo será explicar que la confusión fue indescriptible, todos queriendo llegar al sitio en primer lugar, pero con tan mala suerte que la puerta ya estaba cerrada otra vez. La aldaba de bronce volvió a llamar a la mujer de la limpieza, pero la mujer de la limpieza no está, dio la vuelta y salió con el cubo y la escoba por otra puerta, la de las decisiones, que apenas es usada, pero cuando lo es, lo es. Ahora sí, ahora se comprende el porqué de la cara de circunstancias con que la mujer de la limpieza estuvo mirando, ya que, en ese preciso momento, había tomado la decisión de seguir al hombre así que él se dirigiera al puerto para hacerse cargo del barco. Pensó que ya bastaba de una vida de limpiar y lavar palacios, que había llegado la hora de mudar de oficio, que lavar y limpiar barcos era su vocación verdadera, al menos en el mar el agua no le faltaría. No imagina el hombre que, sin haber comenzado a reclutar la tripulación, ya lleva detrás a la futura responsable de los baldeos y otras limpiezas, también es de este modo como el destino acostumbra a comportarse con nosotros, ya está pisándonos los talones, ya extendió la mano para tocarnos en el hombro, y nosotros todavía vamos murmurando, Se acabó, no hay nada más que ver, todo es igual.
Andando, andando, el hombre llegó al puerto, fue al muelle, preguntó por el capitán, y mientras venía, se puso a adivinar cuál sería, de entre los barcos que allí estaban, el que iría a ser suyo, grande ya sabía que no, la tarjeta de visita del rey era muy clara en este punto, por consiguiente quedaban descartados los paquebotes, los cargueros y los navíos de guerra, tampoco podría ser tan pequeño que aguantase mal las fuerzas del viento y los rigores del mar, en este punto también había sido categórico el rey, que navegue bien y sea seguro, fueron éstas sus formales palabras, excluyendo así explícitamente los botes, las falúas y las chalupas, que siendo buenos navegantes, y seguros, cada uno conforme a su condición, no nacieron para surcar los océanos, que es donde se encuentran las islas desconocidas. Un poco apartada de allí, escondida detrás de unos bidones, la mujer de la limpieza pasó los ojos por los barcos atracados, Para mi gusto, aquél, pensó, aunque su opinión no contaba, ni siquiera había sido contratada, vamos a oír antes lo que dirá el capitán del puerto. El capitán vino, leyó la tarjeta, miró al hombre de arriba abajo y le hizo la pregunta que al rey no se le había ocurrido, Sabes navegar, tienes carnet de navegación, a lo que el hombre respondió, Aprenderé en el mar. El capitán dijo, No te lo aconsejaría, capitán soy yo, y no me atrevo con cualquier barco, Dame entonces uno con el que pueda atreverme, no, uno de ésos no, dame un barco que yo respete y que pueda respetarme a mí, Ese lenguaje es de marinero, pero tú no eres marinero, Si tengo el lenguaje, es como si lo fuese. El capitán volvió a leer la tarjeta del rey, después preguntó, Puedes decirme para qué quieres el barco, Para ir en busca de la isla desconocida, Ya no hay islas desconocidas, Lo mismo me dijo el rey, Lo que él sabe de islas lo aprendió conmigo, Es extraño que tú, siendo hombre de mar, me digas eso, que ya no hay islas desconocidas, hombre de tierra soy yo, y no ignoro que todas las islas, incluso las conocidas, son desconocidas mientras no desembarcamos en ellas, Pero tú, si bien entiendo, vas a la búsqueda de una donde nadie haya desembarcado nunca, Lo sabré cuando llegue, Si llegas, Sí, a veces se naufraga en el camino, pero si tal me ocurre, deberás escribir en los anales del puerto que el punto adonde llegué fue ése, Quieres decir que llegar, se llega siempre, No serías quien eres si no lo supieses ya. El capitán del puerto dijo, Voy a darte la embarcación que te conviene. Cuál, Es un barco con mucha experiencia, todavía del tiempo en que toda la gente andaba buscando islas desconocidas, Cuál, Creo que incluso encontró algunas, Cuál, Aquél. Así que la mujer de la limpieza percibió para dónde apuntaba el capitán, salió corriendo de detrás de los bidones y gritó, Es mi barco, es mi barco, hay que perdonarle la insólita reivindicación de propiedad, a todo título abusiva, el barco era aquel que le había gustado, simplemente. Parece una carabela, dijo el hombre, Más o menos, concordó el capitán, en su origen era una carabela, después pasó por arreglos y adaptaciones que la modificaron un poco, Pero continúa siendo una carabela, Sí, en el conjunto conserva el antiguo aire, Y tiene mástiles y velas, Cuando se va en busca de islas desconocidas, es lo más recomendable. La mujer de la limpieza no se contuvo, Para mí no quiero otro, Quién eres tú, preguntó el hombre, No te acuerdas de mí, No tengo idea, Soy la mujer de la limpieza, Qué limpieza, La del palacio del rey, La que abría la puerta de las peticiones, No había otra, Y por qué no estás en el palacio del rey, limpiando y abriendo puertas, Porque las puertas que yo quería ya fueron abiertas y porque de hoy en adelante sólo limpiaré barcos, Entonces estás decidida a ir conmigo en busca de la isla desconocida, Salí del palacio por la puerta de las decisiones, Siendo así, ve para la carabela, mira cómo está aquello, después del tiempo pasado debe precisar de un buen lavado, y ten cuidado con las gaviotas, que no son de fiar, No quieres venir conmigo a conocer tu barco por dentro, Dijiste que era tuyo, Disculpa, fue sólo porque me gustó, Gustar es probablemente la mejor manera de tener, tener debe de ser la peor manera de gustar. El capitán del puerto interrumpió la conversación, Tengo que entregar las llaves al dueño del barco, a uno o a otro, resuélvanlo, a mí tanto me da, Los barcos tienen llave, preguntó el hombre, Para entrar, no, pero allí están las bodegas y los pañoles, y el camarote del comandante con el diario de a bordo, Ella que se encargue de todo, yo voy a reclutar la tripulación, dijo el hombre, y se apartó.
La mujer de la limpieza fue a la oficina del capitán para recoger las llaves, después entró en el barco, dos cosas le valieron, la escoba del palacio y el aviso contra las gaviotas, todavía no había acabado de atravesar la pasarela que unía la amurada al atracadero y ya las malvadas se precipitaban sobre ella gritando, furiosas, con las fauces abiertas, como si la fueran a devorar allí mismo. No sabían con quién se enfrentaban. La mujer de la limpieza posó el cubo, se guardó las llaves en el seno, plantó bien los pies en la pasarela y, remolineando la escoba como si fuese un espadón de los buenos tiempos, consiguió poner en desbandada a la cuadrilla asesina. Sólo cuando entró en el barco comprendió la ira de las gaviotas, había nidos por todas partes, muchos de ellos abandonados, otros todavía con huevos, y unos pocos con gaviotillas de pico abierto, a la espera de comida, Pues sí, pero será mejor que se muden de aquí, un barco que va en busca de la isla desconocida no puede tener este aspecto, como si fuera un gallinero, dijo. Tiró al agua los nidos vacíos, los otros los dejó, luego veremos. Después se remangó las mangas y se puso a lavar la cubierta. Cuando acabó la dura tarea, abrió el pañol de las velas y procedió a un examen minucioso del estado de las costuras, tanto tiempo sin ir al mar y sin haber soportado los estirones saludables del viento. Las velas son los músculos del barco, basta ver cómo se hinchan cuando se esfuerzan, pero, y eso mismo les sucede a los músculos, si no se les da uso regularmente, se aflojan, se ablandan, pierden nervio. Y las costuras son los nervios de las velas, pensó la mujer de la limpieza, contenta por aprender tan de prisa el arte de la marinería. Encontró deshilachadas algunas bastillas, pero se conformó con señalarlas, dado que para este trabajo no le servían la aguja y el hilo con que zurcía las medias de los pajes antiguamente, o sea, ayer. En cuanto a los otros pañoles, enseguida vio que estaban vacíos. Que el de la pólvora estuviese desabastecido, salvo un polvillo negro en el fondo, que al principio le parecieron cagaditas de ratón, no le importó nada, de hecho no está escrito en ninguna ley, por lo menos hasta donde la sabiduría de una mujer de la limpieza es capaz de alcanzar, que ir por una isla desconocida tenga que ser forzosamente una empresa de guerra. Ya le enfadó, y mucho, la falta absoluta de municiones de boca en el pañol respectivo, no por ella, que estaba de sobra acostumbrada al mal rancho del palacio, sino por el hombre al que dieron este barco, no tarda que el sol se ponga, y él aparecerá por ahí clamando que tiene hambre, que es el dicho de todos los hombres apenas entran en casa, como si sólo ellos tuviesen estómago y sufriesen de la necesidad de llenarlo, Y si trae marineros para la tripulación, que son unos ogros comiendo, entonces no sé cómo nos vamos a gobernar, dijo la mujer de la limpieza.
No merecía la pena preocuparse tanto. El sol acababa de sumirse en el océano cuando el hombre que tenía un barco surgió en el extremo del muelle. Traía un bulto en la mano, pero venía solo y cabizbajo. La mujer de la limpieza fue a esperarlo a la pasarela, antes de que abriera la boca para enterarse de cómo había transcurrido el resto del día, él dijo, Estate tranquila, traigo comida para los dos, Y los marineros, preguntó ella, Como puedes ver, no vino ninguno, Pero los dejaste apalabrados, al menos, volvió a preguntar ella, Me dijeron que ya no hay islas desconocidas, y que, incluso habiéndolas, no iban a dejar el sosiego de sus lares y la buena vida de los barcos de línea para meterse en aventuras oceánicas, a la búsqueda de un imposible, como si todavía estuviéramos en el tiempo del mar tenebroso, Y tú qué les respondiste, Que el mar es siempre tenebroso, Y no les hablaste de la isla desconocida, Cómo podría hablarles de una isla desconocida, si no la conozco, Pero tienes la certeza de que existe, Tanta como de que el mar es tenebroso, En este momento, visto desde aquí, con las aguas color de jade y el cielo como un incendio, de tenebroso no le encuentro nada, Es una ilusión tuya, también las islas a veces parece que fluctúan sobre las aguas y no es verdad, Qué piensas hacer, si te falta una tripulación, Todavía no lo sé, Podríamos quedarnos a vivir aquí, yo me ofrecería para lavar los barcos que vienen al muelle, y tú, Y yo, Tendrás un oficio, una profesión, como ahora se dice, Tengo, tuve, tendré si fuera preciso, pero quiero encontrar la isla desconocida, quiero saber quién soy yo cuando esté en ella, No lo sabes, Si no sales de ti, no llegas a saber quién eres, El filósofo del rey, cuando no tenía nada que hacer, se sentaba junto a mí, para verme zurcir las medias de los pajes, y a veces le daba por filosofar, decía que todo hombre es una isla, yo, como aquello no iba conmigo, visto que soy mujer, no le daba importancia, tú qué crees, Que es necesario salir de la isla para ver la isla, que no nos vemos si no nos salimos de nosotros, Si no salimos de nosotros mismos, quieres decir, No es igual. El incendio del cielo iba languideciendo, el agua de repente adquirió un color morado, ahora ni la mujer de la limpieza dudaría que el mar es de verdad tenebroso, por lo menos a ciertas horas.
Dijo el hombre, Dejemos las filosofías para el filósofo del rey, que para eso le pagan, ahora vamos a comer, pero la mujer no estuvo de acuerdo, Primero tienes que ver tu barco, sólo lo conoces por fuera. Qué tal lo encontraste, Hay algunas costuras de las velas que necesitan refuerzo, Bajaste a la bodega, encontraste agua abierta, En el fondo hay alguna, mezclada con el lastre, pero eso me parece que es lo apropiado, le hace bien al barco, Cómo aprendiste esas cosas, Así, Así cómo, Como tú, cuando dijiste al capitán del puerto que aprenderías a navegar en la mar, Todavía no estamos en el mar, Pero ya estamos en el agua, Siempre tuve la idea de que para la navegación sólo hay dos maestros verdaderos, uno es el mar, el otro es el barco, Y el cielo, te olvidas del cielo, Sí, claro, el cielo, Los vientos, Las nubes, El cielo, Sí, el cielo.
En menos de un cuarto de hora habían acabado la vuelta por el barco, una carabela, incluso transformada, no da para grandes paseos. Es bonita, dijo el hombre, pero si no consigo tripulantes suficientes para la maniobra, tendré que ir a decirle al rey que ya no la quiero, Te desanimas a la primera contrariedad, La primera contrariedad fue esperar al rey tres días, y no desistí, Si no encuentras marineros que quieran venir, ya nos las arreglaremos los dos, Estás loca, dos personas solas no serían capaces de gobernar un barco de éstos, yo tendría que estar siempre al timón, y tú, ni vale la pena explicarlo, es una locura, Después veremos, ahora vamos a cenar. Subieron al castillo de popa, el hombre todavía protestando contra lo que llamara locura, allí la mujer de la limpieza abrió el fardel que él había traído, un pan, queso curado, de cabra, aceitunas, una botella de vino. La luna ya estaba a medio palmo sobre el mar, las sombras de la verga y del mástil grande vinieron a tumbarse a sus pies. Es realmente bonita nuestra carabela, dijo la mujer, y enmendó enseguida, La tuya, tu carabela, Supongo que no será mía por mucho tiempo, Navegues o no navegues con ella, la carabela es tuya, te la dio el rey, Se la pedí para buscar una isla desconocida, Pero estas cosas no se hacen de un momento para otro, necesitan su tiempo, ya mi abuelo decía que quien va al mar se avía en tierra, y eso que él no era marinero, Sin marineros no podremos navegar, Eso ya lo has dicho, Y hay que abastecer el barco de las mil cosas necesarias para un viaje como éste, que no se sabe adónde nos llevará, Evidentemente, y después tendremos que esperar a que sea la estación apropiada, y salir con marea buena, y que venga gente al puerto a desearnos buen viaje, Te estás riendo de mí, Nunca me reiría de quien me hizo salir por la puerta de las decisiones, Discúlpame, Y no volveré a pasar por ella, suceda lo que suceda. La luz de la luna iluminaba la cara de la mujer de la limpieza, Es bonita, realmente es bonita, pensó el hombre, y esta vez no se refería a la carabela. La mujer, ésa, no pensó nada, lo habría pensado todo durante aquellos tres días, cuando entreabría de vez en cuando la puerta para ver si aquél aún continuaba fuera, a la espera. No sobró ni una miga de pan o de queso, ni una gota de vino, los huesos de las aceitunas fueron a parar al agua, el suelo está tan limpio como quedó cuando la mujer de la limpieza le pasó el último paño. La sirena de un paquebote que se hacía a la mar soltó un ronquido potente, como debieron de ser los del leviatán, y la mujer dijo, Cuando sea nuestra vez, haremos menos ruido. A pesar de que estaban en el interior del muelle, el agua se onduló un poco al paso del paquebote, y el hombre dijo, Pero nos balancearemos mucho más. Se rieron los dos, después se callaron, pasado un rato uno de ellos opinó que lo mejor sería irse a dormir. No es que yo tenga mucho sueño, y el otro concordó, Ni yo, después se callaron otra vez, la luna subió y continuó subiendo, a cierta altura la mujer dijo, Hay literas abajo, y el hombre dijo, Sí, y entonces fue cuando se levantaron y descendieron a la cubierta, ahí la mujer dijo, Hasta mañana, yo voy para este lado, y el hombre respondió, Y yo para éste, hasta mañana, no dijeron babor o estribor, probablemente porque todavía están practicando en las artes. La mujer volvió atrás, Me había olvidado, se sacó del bolsillo dos cabos de velas, Los encontré cuando limpiaba, pero no tengo cerillas, Yo tengo, dijo el hombre. Ella mantuvo las velas, una en cada mano, él encendió un fósforo, después, abrigando la llama bajo la cúpula de los dedos curvados la llevó con todo el cuidado a los viejos pabilos, la luz prendió, creció lentamente como la de la luna, bañó la cara de la mujer de la limpieza, no sería necesario decir que él pensó, Es bonita, pero lo que ella pensó, sí, Se ve que sólo tiene ojos para la isla desconocida, he aquí cómo se equivocan las personas interpretando miradas, sobre todo al principio. Ella le entregó una vela, dijo, Hasta mañana, duerme bien, él quiso decir lo mismo, de otra manera, Que tengas sueños felices, fue la frase que le salió, dentro de nada, cuando esté abajo, acostado en su litera, se le ocurrirán otras frases, más espiritosas, sobre todo más insinuantes, como se espera que sean las de un hombre cuando está a solas con una mujer. Se preguntaba si ella dormiría, si habría tardado en entrar en el sueño, después imaginó que andaba buscándola y no la encontraba en ningún sitio, que estaban perdidos los dos en un barco enorme, el sueño es un prestidigitador hábil, muda las proporciones de las cosas y sus distancias, separa a las personas y ellas están juntas, las reúne, y casi no se ven una a otra, la mujer duerme a pocos metros y él no sabe cómo alcanzarla, con lo fácil que es ir de babor a estribor.
Le había deseado buenos sueños, pero fue él quien se pasó toda la noche soñando. Soñó que su carabela navegaba por alta mar, con las tres velas triangulares gloriosamente hinchadas, abriendo camino sobre las olas, mientras él manejaba la rueda del timón y la tripulación descansaba a la sombra. No entendía cómo estaban allí los marineros que en el puerto y en la ciudad se habían negado a embarcar con él para buscar la isla desconocida, probablemente se arrepintieron de la grosera ironía con que lo trataron. Veía animales esparcidos por la cubierta, patos, conejos, gallinas, lo habitual de la crianza doméstica, comiscando los granos de millo o royendo las hojas de col que un marinero les echaba, no se acordaba de cuándo los habían traído para el barco, fuese como fuese, era natural que estuviesen allí, imaginemos que la isla desconocida es, como tantas veces lo fue en el pasado, una isla desierta, lo mejor será jugar sobre seguro, todos sabemos que abrir la puerta de la conejera y agarrar un conejo por las orejas siempre es más fácil que perseguirlo por montes y valles. Del fondo de la bodega sube ahora un relincho de caballos, de mugidos de bueyes, de rebuznos de asnos, las voces de los nobles animales necesarios para el trabajo pesado, y cómo llegaron ellos, cómo pueden caber en una carabela donde la tripulación humana apenas tiene lugar, de súbito el viento dio una cabriola, la vela mayor se movió y ondeó, detrás estaba lo que antes no se veía, un grupo de mujeres que incluso sin contarlas se adivinaba que eran tantas cuantos los marineros, se ocupan de sus cosas de mujeres, todavía no ha llegado el tiempo de ocuparse de otras, está claro que esto sólo puede ser un sueño, en la vida real nunca se ha viajado así. El hombre del timón buscó con los ojos a la mujer de la limpieza y no la vio. Tal vez esté en la litera de estribor, descansando de la limpieza de la cubierta, pensó, pero fue un pensar fingido, porque bien sabe, aunque tampoco sepa cómo lo sabe, que ella a última hora no quiso venir, que saltó para el embarcadero, diciendo desde allí, Adiós, adiós, ya que sólo tienes ojos para la isla desconocida, me voy, y no era verdad, ahora mismo andan los ojos de él pretendiéndola y no la encuentran. En este momento se cubrió el cielo y comenzó a llover y, habiendo llovido, principiaron a brotar innumerables plantas de las filas de sacos de tierra alineados a lo largo de la amurada, no están allí porque se sospeche que no haya tierra bastante en la isla desconocida, sino porque así se ganará tiempo, el día que lleguemos sólo tendremos que trasplantar los árboles frutales, sembrar los granos de las pequeñas cosechas que van madurando aquí, adornar los jardines con las flores que abrirán de estos capullos. El hombre del timón pregunta a los marineros que descansan en cubierta si avistan alguna isla desconocida, y ellos responden que no ven ni de unas ni de otras, pero que están pensando desembarcar en la primera tierra habitada que aparezca, siempre que haya un puerto donde fondear, una taberna donde beber y una cama donde folgar, que aquí no se puede, con toda esta gente junta. Y la isla desconocida, preguntó el hombre del timón, La isla desconocida es cosa inexistente, no pasa de una idea de tu cabeza, los geógrafos del rey fueron a ver en los mapas y declararon que islas por conocer es cosa que se acabó hace mucho tiempo, Debieron haberse quedado en la ciudad, en lugar de venir a entorpecerme la navegación, Andábamos buscando un lugar mejor para vivir y decidimos aprovechar tu viaje, No son marineros, Nunca lo fuimos, Solo no seré capaz de gobernar el barco, Haber pensado en eso antes de pedírselo al rey, el mar no enseña a navegar. Entonces el hombre del timón vio tierra a lo lejos y quiso pasar adelante, hacer cuenta de que ella era el reflejo de otra tierra, una imagen que hubiese venido del otro lado del mundo por el espacio, pero los hombres que nunca habían sido marineros protestaron, dijeron que era allí mismo donde querían desembarcar, Esta es una isla del mapa, gritaron, te mataremos si no nos llevas. Entonces, por sí misma, la carabela viró la proa en dirección a tierra, entró en el puerto y se encostó a la muralla del embarcadero, Pueden irse, dijo el hombre del timón, acto seguido salieron en orden, primero las mujeres, después los hombres, pero no se fueron solos, se llevaron con ellos los patos, los conejos y las gallinas, se llevaron los bueyes, los asnos y los caballos, y hasta las gaviotas, una tras otra, levantaron el vuelo y se fueron del barco, transportando en el pico a sus gaviotillas, proeza que no habían acometido nunca, pero siempre hay una primera vez. El hombre del timón contempló la desbandada en silencio, no hizo nada para retener a quienes lo abandonaban, al menos le habían dejado los árboles, los trigos y las flores, con las trepadoras que se enrollaban a los mástiles y pendían de la amurada como festones. Debido al atropello de la salida se habían roto y derramado los sacos de tierra, de modo que la cubierta era como un campo labrado y sembrado, sólo falta que caiga un poco más de lluvia para que sea un buen año agrícola. Desde que el viaje a la isla desconocida comenzó, no se ha visto comer al hombre del timón, debe de ser porque está soñando, apenas soñando, y si en el sueño les apeteciese un trozo de pan o una manzana, sería un puro invento, nada más. Las raíces de los árboles están penetrando en el armazón del barco, no tardará mucho en que estas velas hinchadas dejen de ser necesarias, bastará que el viento sople en las copas y vaya encaminando la carabela a su destino. Es un bosque que navega y se balancea sobre las olas, un bosque en donde, sin saberse cómo, comenzaron a cantar pájaros, estarían escondidos por ahí y pronto decidieron salir a la luz, tal vez porque la cosecha ya esté madura y es la hora de la siega. Entonces el hombre fijó la rueda del timón y bajó al campo con la hoz en la mano, y, cuando había segado las primeras espigas, vio una sombra al lado de su sombra. Se despertó abrazado a la mujer de la limpieza, y ella a él, confundidos los cuerpos, confundidas las literas, que no se sabe si ésta es la de babor o la de estribor. Después, apenas el sol acabó de nacer, el hombre y la mujer fueron a pintar en la proa del barco, de un lado y de otro, en blancas letras, el nombre que todavía le faltaba a la carabela. Hacia la hora del mediodía, con la marea, La Isla Desconocida se hizo por fin a la mar, a la búsqueda de sí misma
José Saramago
17 Jul 2004
Fonte : Biblioteca Digital Ciudad Seva
terça-feira, 6 de julho de 2010
Cheiro
perdi a virgindade com um dedo. que eu me lembre não conheci ninguém nessa mesma situação. e olha que fui empresária do sexo durante vinte anos, acho que vi de tudo em cima e fora de uma cama ––– mas foi impossível resistir ao padre giancarlo, aquela cara de franco nero e mãos belíssimas: mãos de padre pecador. quando chegou no colégio das freiras todas as meninas ficaram alvoroçadas e molhadinhas, mas eu, eu a mais bela de todas disfarcei e ardi sozinha ––– quantos olhares, quantos suspiros naquele mês de junho, eu virgem de quinze anos louca pra dar e giancarlo ali, justo ali fazendo pouso pra conhecer os sertões brasileiros. de passagem para uma missão no alto são francisco. a filha do prefeito fez várias cartas e disse que ia fugir com ele, uma tal que não lembro nome ficou pálida e triste acho que tanto tocar siririca ––– mas ele era um homem sério. e eu sabia disso. parece que mulher fica ainda mais assanhada pra seduzir quando o homem não dá bola ––– uma tarde quando todas as internas estavam recolhidas e a externas em suas casas lá fui eu devolver ao padre italiano um breviário de verbos em latim ––– as mãos do padre giancarlo eram uma obra de arte em carne e sangue que até hoje não consigo esquecer: unhas perfeitas, dedos longos e duas suaves veias em formato de ípsilon ––– ai ai ai ––– a chuvinha fina, o jardim do pátio do claustro, touceiras de jasmins e dálias coloridas ––– então ––– então o beijo ali no escuro do corredor ––– sinceramente que desperdício aquele homem ser padre, se giancarlo me pegasse e fugisse comigo eu acho que não tinha virado puta ––– eu já toda entregue, cheiro de homem asseado, saia levantada ––– ai ––– toda trêmula fui mulher entre os dedos dele e depois o meu galã de batina completamente horrorizado pelo excesso. será que ele era virgem? que coisa ––– fugiu ––– evitou-me como pôde e uma semana depois meu primeiro homem sumiu pra sempre. eu tinha vontade de gritar praquelas abestalhadas do colégio: chupei a língua do padre giancarlo! ele enfiou o dedão todinho no meu priquito! e gozei suas burguesinhas de merda e gozei ––– numa das viagens de compras por nova york eu e rubenita entramos na macy’s. a vendedora com cara de ganso fazendo demonstração do perfume diorella. quando cheirei no pulso fiquei tonta e quase desmaiei. era o cheiro daquela tarde de chuva com giancarlo me dedilhando no corredor ––– can i help you? what are you feeling mam? ––– como explicar praquela vendedora que o perfume lembrava o dia que eu perdi o meu cabaço? ––– sou uma pessoa olfativa. canja na panela lembra minha infância, insenso de sândalo lembra marina e o tal diorella nunca tive coragem de comprar. seria como viver com um fantasma fungando no meu pescoço pelo resto da vida –––
Fonte :Escritoras Suicidas
Fonte :Escritoras Suicidas
Bajazet, ópera de Vivaldi – ária Sposa son disprezzata
Italiano
Sposa son disprezzata,
fida son oltraggiata,
cieli che feci mai?
E pur egl’è il mio cor
il mio sposo, il mio amor,
la mia speranza.
L’amo ma egl’è infedel
spero ma egl’è crudel,
morir mi lascierai?
O Dio manca il valor
valor e la costanza.
Inglês
I am a scorned wife,
faithful, yet insulted.
Heavens, what did I do?
And yet he is my heart,
my husband, my love,
my hope.
I love him, but he is unfaithful,
I hope, but he is cruel,
will he let me die?
O God, valor is missing -
valor and constancy.
Sposa son disprezzata,
fida son oltraggiata,
cieli che feci mai?
E pur egl’è il mio cor
il mio sposo, il mio amor,
la mia speranza.
L’amo ma egl’è infedel
spero ma egl’è crudel,
morir mi lascierai?
O Dio manca il valor
valor e la costanza.
Inglês
I am a scorned wife,
faithful, yet insulted.
Heavens, what did I do?
And yet he is my heart,
my husband, my love,
my hope.
I love him, but he is unfaithful,
I hope, but he is cruel,
will he let me die?
O God, valor is missing -
valor and constancy.
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