terça-feira, 24 de maio de 2016

Los hermanos Dagobé



João Guimarães Rosa

Enorme desgracia. Estábase en el velatorio de Damastor Dagobé, el más viejo de los cuatro hermanos, absolutamente facinerosos. La casa no era pequeña, pero mal cabían en ella los que iban a hacer guardia. Todos preferían permanecer cerca del difunto, todos temían, más o menos, a los tres vivos.

Demonios, los Dagobés, gente que no gustaba. Vivían en estrecha desunión, sin mujer en el lar, sin más pariente, bajo la jefatura despótica del recién finado. Éste había sido el peor de los peores, el cabeza, fierabrás y maestro, que metió en la obligación de la mala fama a los jóvenes -los nenes, según su rudo decir.

Ahora, sin embargo, mientras que el muerto, fuera de semejantes condiciones, dejaba de ofrecer peligro, conservando -bajo la luz de las velas, entre aquellas flores- sólo aquella mueca involuntaria, el mentón de piraña, la nariz toda torcida y su inventario de maldades. Bajo la mirada de los tres de luto, se le debía todavía, a pesar de todo, mostrar respeto; convenía.

Servíase, de vez en cuando, café, aguardiente quemado, palomitas de maíz, al uso. Sonaba un vocear sencillo, bajo, de los grupos de personas, en la oscuridad o en el foco de las lamparitas y faroles. Allá afuera, la noche cerrada; había llovido un poco. Raramente, uno hablaba más fuerte y súbito se moderaba, y compungíase, recordando su descuido. En fin, lo mismo de lo mismo, una ceremonia, al estilo de allá. Pero todo tenía un aire espantoso.

He aquí que un mequetrefe pacífico y honesto, llamado Liojorge, apreciado por todos, fue quien había enviado a Damastor Dagobé al destierro de los muertos. El Dagobé, sin motivo aparente, le había amenazado con cortarle las orejas. Entonces, cuando le vio, avanzó hacía él, mostrando el puñal; pero el tranquilo del muchacho, que manejaba un pistolón, le pegó un tiro entre los dos pechos, por encima del corazón. Hasta entonces vivió Téllez.

Después de tamaño suceso, sin embargo, se espantaban de que los hermanos no se hubiesen cobrado venganza. En su lugar, se apresuraron a organizar velatorio y entierro. Y resultaba bien extraño.

Tanto más que aquel pobre Liojorge permanecía aún en la aldea, solo en casa, resignado ya a lo peor, sin ánimo de ningún movimiento.

¿Podía entenderse aquello? Ellos, los Dagobés que aún vivían, hacían los debidos honores, serenos y hasta sin jaleo, pero con alguna alegría. Derval, el benjamín, principalmente, se movía social, tan diligente, con los que llegaban o estaban: Perdone las molestias... Doricón, el más viejo ahora, se mostraba ya solemne sucesor de Damastor, corpulento como él, entre leonino y mular, el mismo mentón avanzado y los ojitos venenosos; miraba hacia lo alto, con especial compostura, pronunciaba: ¡Dios lo tenga en su gloria! Y el del medio, Dismundo, hermoso hombre, ponía una devoción sentimental, sostenida, en mirar al cuerpo en la mesa: Mi buen hermano...

En efecto, el finado, tan sórdidamente avaro, o más, cuanto mandón y cruel, se sabía que había dejado buena cuantía de dinero, en billetes, en el banco.

Sea así, como si nada: a nadie engañaban. Sabían bien hasta-qué-punto, lo que todavía no estaban haciendo. Aquello sería cosa de fieras. Pero después. Sólo querían ir por partes, nada de apresurarse, a su propio ritmo. Sangre por sangre; pero por una noche, unas horas, mientras honraban al fallecido, podían suspenderse las armas, en el falso fiar. Después del cementerio, sí, agarraban al Liojorge, con él terminaban.

Siendo lo que se comentaba, en los rincones, sin ocio de lengua y labios, en un murmullo, entre tantas perturbaciones. Por lo que aquellos Dagobés, brutos sólo de arrebatos, pero matreros también, de los que guardan la lumbre en el puchero, y jefes de todo, no iban a dejar una paga en paz: se veía que ya tenían sus intenciones. Era así por lo que no conseguían disimular cierto contento canalla, casi riéndose. Saboreaban ya el sangrar. Siempre, a cada momento posible, sutilmente tornaban a juntarse, en un vano de ventana, en frecuente parloteo. Bebían. Nunca uno de los tres se distanciaba de los otros; ¿por qué se mostraban así de cautos? Y a ellos llegaba, de vez en cuando, algún compareciente, además de compadre, de confianza -traía noticias, cuchicheaban.

¡Asombroso! Íbanse y veníanse, en lo abierto de la noche, y lo que trataban de proponer, era sólo por el rapaz Liojorge, criminal en legítima defensa, por mano de quien el Dagobé Damastor hizo desde aquí el viaje. Se sabía ya que, entre los veladores, siempre alguien, poco a poco, filtraba palabras. El Liojorge, solo en su morada, sin compañeros, ¿enloquecía? Lo cierto, no tenía la maña como para aprovecharse y escapar, lo que de nada serviría: fuese adonde fuese, pronto lo agarraban los tres. Inútil resistir, inútil huir, inútil todo. Debía humillarse, acobardado: por allá, meándose de miedo, sin medios, sin valor, sin armas. ¡Ya era alma para sufragios! Y, no es que, sin embar...

Sólo una primera idea. Con que alguien que de allá viniera y volviese, a los dueños del muerto, y transmitiera un mensaje, el resumen de este recado. Que el rapaz Liojorge, osado labrador, afirmaba que no había querido matar al hermano de ningún ciudadano cristiano, sólo apretó el gatillo en el postrer instante, para tratar de librarse, por fatalidad, del desastre. Que había matado con respeto. Y que, con ánimo de probarlo, estaba dispuesto a presentarse, desarmado, allí mismo, dando fe de ir, personalmente, para declarar su manifiesta falta de culpa, en caso de que mostrasen lealtad.

Un pálido estupor. ¿Sabía en qué asunto se metía? De miedo, aquel Liojorge había enloquecido, ya estaba sentenciado. ¿Tendría el valor? Que viniese: saltar de la sartén a las brasas. Y hasta daba escalofríos -respecto a lo que se sabía- que, presente el matador, torna a brotar sangre del matado. Tiempos, estos. Y era que, en aquel lugar, no había autoridad.

La gente espiaba a los Dagobés, aquellos tres vivaces. ¡Güeno’stá!, decía tan sólo el Dismundo. El Derval: ¡Haiga paz!, hospitalario, la casa honraba. Serio, en sí, enorme el Doricón. Sólo hizo no decir. Subió la seriedad. Recelosos, los presentes tomaban más aguardiente quemado. Había caído otra lluvia. El plazo de un velatorio, a veces, se demora mucho.

Mal acabaran el oír. Se suspendió el indagar. Otros embajadores llegaban. ¿Querrían conciliar las paces, o poner urgencia en la maldad? ¡La extravagante proposición! La cual era: que el Liojorge se ofrecía a ayudar a cargar el ataúd. ¿Habían oído bien? Un loco -y las tres fieras locas, las que ya había, ¿no bastaban?

Lo que nadie creía: tomó el orden de palabra el Doricón, con un gesto destemplado. Habló indiferentemente, se le dilataban los fríos ojos. Entonces, que sí, que viniese -dijo- después de cerrado el ataúd. La urdida situación. Uno ve lo inesperado.

¿Y si fuese? La gente iba a ver, a la espera. Con el taciturno peso en los corazones; un cierto susto propagado, por lo menos. Eran horas peligrosas. Y despuntó despacio el día. Ya mañana. El difunto hedía un poco. Arre.

Sin cena, se cerró el ataúd, sin jaculatorias. El ataúd, de ancha tapa. Miraban con odio los Dagobés -sería odio al Liojorge-. Supuesto esto, se cuchicheaba. Rumor general, el "lugubarullo", Ya que ya, viene él... y otras concisas palabras.

En efecto, llegaba. Había que abrir de par en par los ojos. Alto, el mozo Liojorge, despojado de todo atinar. No se presentaba animosamente, ni para afrentar. Sería así el alma entregada, con humildad mortal. Se dirigió a los tres: -¡Con Jesús! -él, con firmeza. ¿Y entonces? Derval, Dismundo y Doricón -el cual, el demonio de modo humano- poco menos que habló: -¡Hum... Ah! Vaya cosa.

Hubo que escoger para acarrear: tres hombres a cada lado. El Liojorge agarró el asa, al frente, por el lado izquierdo -le indicaron-. Y lo rodeaban los Dagobés, el odio en torno suyo. Entonces fue saliendo el cortejo, terminado lo interminable. Sorteado así, ramillete de gente, una pequeña multitud. Toda la calle embarrada. Los entrometidos más adelante, los prudentes en la retaguardia. Se buscaba el suelo con la mirada. Al frente de todo, el ataúd, con las vaivenes naturales. Y los perversos Dagobés. Y el Liojorge, al lado. El importante entierro. Se caminaba.

Bajo el retintín, muy de paso. En aquel entremedio, todos, en cuchicheo o silencio, se entendían, con hambre de preguntar. El Liojorge aquél, sin escapatoria. Tenía que hacer bien su parte: tener las orejas gachas. El valiente, sin retorno. Como un criado. El ataúd parecía tan pesado. Los tres Dagobés, armados. Capaces de cualquier sorpresa, ya estaban con la mirada enfilada. Sin verse, se adivinaba. Y, en aquello, caía una lluviecita. Caras y ropas se empapaban. El Liojorge -¡tan aterrorizado!- su prudencia en el ir, su tranquilidad de esclavo. ¿Rezaba? No se sentía parte de sí, sólo una presencia fatal.

Y, ahora, ya se sabía: bajado el cajón a la fosa, a quemarropa lo mataban; en el expirar de un credo. La lluviecita ya se ablandaba. ¿No se iba a pasar por la iglesia? No, en el lugar no había cura.

Se proseguía.

Y entraban en el cementerio. Aquí, todos vienen a dormir -rezaba el letrero del portón-. Hízose el constipado airado compaña, en el barro, al lado del hoyo; muchos, sin embargo, más atrás, preparando el huye-huye. La fuerte "circunspectancia". Ninguna despedida: al una-vez Dagobé, Damastor. Depositado hondo, en forma, por medio de tensas cuerdas. Tierra encima: pala y pala; asustaba a la gente, aquel son. ¿Y ahora?

El rapaz Liojorge esperaba, escurriéndose dentro de sí. ¿Veía sólo siete palmos de tierra para él, delante de su nariz? Tuvo un mirar penoso. Se retorcía el silencio. Los dos, Dismundo y Derval, exploraban al Doricón. Súbito, sí: el hombre se estiró de hombros, ¿sólo ahora veía al otro, en medio de aquello?

Le miró brevemente. ¿Se llevó la mano al cinturón? No. La gente era lo que así preveía, la falsa percepción del gesto. Sólo dijo, súbitamente, oyose:

-Mozo, váyase usted, recójase. Sucede que mi añorado hermano era un condenado diablo...

Dijo aquello, bajo y casi inaudible. Entonces se volvió hacia los presentes. Sus otros dos hermanos, también. A todos agradecían. Si no es que sonreían, apresurados. Se sacudían de los pies el barro, se limpiaban las caras del que les había saltado. Doricón, ya fugaz, dijo, completó: ...Nosotros nos vamos a vivir a un pueblo grande... El entierro había terminado... Y otra lluvia empezaba.

FIN

Os irmão Dagobé



Biblioteca Digital Ciudad Seva

Por las azoteas




Julio Ramón Ribeyro

A los diez años yo era el monarca de las azoteas y gobernaba pacíficamente mi reino de objetos destruidos.

Las azoteas eran los recintos aéreos donde las personas mayores enviaban las cosas que no servían para nada: se encontraban allí sillas cojas, colchones despanzurrados, maceteros rajados, cocinas de carbón, muchos otros objetos que llevaban una vida purgativa, a medio camino entre el uso póstumo y el olvido. Entre todos estos trastos yo erraba omnipotente, ejerciendo la potestad que me fue negada en los bajos. Podía ahora pintar bigotes en el retrato del abuelo, calzar las viejas botas paternales o blandir como una jabalina la escoba que perdió su paja. Nada me estaba vedado: podía construir y destruir y con la misma libertad con que insuflaba vida a las pelotas de jebe reventadas, presidía la ejecución capital de los maniquíes.

Mi reino, al principio, se limitaba al techo de mi casa, pero poco a poco, gracias a valerosas conquistas, fui extendiendo sus fronteras por las azoteas vecinas. De estas largas campañas, que no iban sin peligros -pues había que salvar vallas o saltar corredores abismales- regresaba siempre enriquecido con algún objeto que se añadía a mi tesoro o con algún rasguño que acrecentaba mi heroísmo. La presencia esporádica de alguna sirvienta que tendía ropa o de algún obrero que reparaba una chimenea, no me causaba ninguna inquietud pues yo estaba afincado soberanamente en una tierra en la cual ellos eran solo nómades o poblaciones trashumantes.

En los linderos de mi gobierno, sin embargo, había una zona inexplorada que siempre despertó mi codicia. Varias veces había llegado hasta sus inmediaciones pero una alta empalizada de tablas puntiagudas me impedía seguir adelante. Yo no podía resignarme a que este accidente natural pusiera un límite a mis planes de expansión.

A comienzos del verano decidí lanzarme al asalto de la tierra desconocida. Arrastrando de techo en techo un velador desquiciado y un perchero vetusto, llegué al borde de la empalizada y construí una alta torre. Encaramándome en ella, logre pasar la cabeza. Al principio sólo distinguí una azotea cuadrangular, partida al medio por una larga farola. Pero cuando me disponía a saltar en esa tierra nueva, divisé a un hombre sentado en una perezosa. El hombre parecía dormir. Su cabeza caía sobre su hombro y sus ojos, sombreados por un amplio sombrero de paja, estaban cerrados. Su rostro mostraba una barba descuidada, crecida casi por distracción, como la barba de los náufragos.

Probablemente hice algún ruido pues el hombre enderezó la cabeza y quedo mirándome perplejo. El gesto que hizo con la mano lo interpreté como un signo de desalojo, y dando un salto me alejé a la carrera.

Durante los días siguientes pasé el tiempo en mi azotea fortificando sus defensas, poniendo a buen recaudo mis tesoros, preparándome para lo que yo imaginaba que sería una guerra sangrienta. Me veía ya invadido por el hombre barbudo; saqueado, expulsado al atroz mundo de los bajos, donde todo era obediencia, manteles blancos, tías escrutadoras y despiadadas cortinas. Pero en los techos reinaba la calma más grande y en vano pasé horas atrincherado, vigilando la lenta ronda de los gatos o, de vez en cuando, el derrumbe de alguna cometa de papel.

En vista de ello decidí efectuar una salida para cerciorarme con qué clase de enemigo tenía que vérmelas, si se trataba realmente de un usurpador o de algún fugitivo que pedía tan solo derecho de asilo. Armado hasta los dientes, me aventuré fuera de mi fortín y poco a poco fui avanzando hacia la empalizada. En lugar de escalar la torre, contorneé la valla de maderas, buscando un agujero. Por entre la juntura de dos tablas apliqué el ojo y observé: el hombre seguía en la perezosa, contemplando sus largas manos trasparentes o lanzando de cuando en cuando una mirada hacia el cielo, para seguir el paso de las nubes viajeras.

Yo hubiera pasado toda la mañana allí, entregado con delicia al espionaje, si es que el hombre, después de girar la cabeza no quedara mirando fijamente el agujero.

-Pasa -dijo haciéndome una seña con la mano-. Ya sé que estás allí. Vamos a conversar.

Esta invitación, si no equivalía a una rendición incondicional, revelaba al menos el deseo de parlamentar. Asegurando bien mis armamentos, trepé por el perchero y salté al otro lado de la empalizada. El hombre me miraba sonriente. Sacando un pañuelo blanco del bolsillo -¿era un signo de paz?- se enjugó la frente.

-Hace rato que estas allí -dijo-. Tengo un oído muy fino. Nada se me escapa... ¡Este calor!

-¿Quién eres tú? -le pregunté.

-Yo soy el rey de la azotea -me respondió.

-¡No puede ser! -protesté- El rey de la azotea soy yo. Todos los techos son míos. Desde que empezaron las vacaciones paso todo el tiempo en ellos. Si no vine antes por aquí fue porque estaba muy ocupado por otro sitio.

-No importa -dijo-. Tú serás el rey durante el día y yo durante la noche.

-No -respondí-. Yo también reinaré durante la noche. Tengo una linterna. Cuando todos estén dormidos, caminaré por los techos.

-Está bien -me dijo-. ¡Reinarás también por la noche! Te regalo las azoteas pero déjame al menos ser el rey de los gatos.

Su propuesta me pareció aceptable. Mentalmente lo convertía ya en una especie de pastor o domador de mis rebaños salvajes.

-Bueno, te dejo los gatos. Y las gallinas de la casa de al lado, si quieres. Pero todo lo demás es mío.

-Acordado -me dijo-. Acércate ahora. Te voy a contar un cuento. Tú tienes cara de persona que le gustan los cuentos. ¿No es verdad? Escucha, pues: «Había una vez un hombre que sabía algo. Por esta razón lo colocaron en un púlpito. Después lo metieron en una cárcel. Después lo internaron en un manicomio. Después lo encerraron en un hospital. Después lo pusieron en un altar. Después quisieron colgarlo de una horca. Cansado, el hombre dijo que no sabía nada. Y sólo entonces lo dejaron en paz».

Al decir esto, se echó a reír con una risa tan fuerte que terminó por ahogarse. Al ver que yo lo miraba sin inmutarme, se puso serio.

-No te ha gustado mi cuento -dijo-. Te voy a contar otro, otro mucho más fácil: «Había una vez un famoso imitador de circo que se llamaba Max. Con unas alas falsas y un pico de cartón, salía al ruedo y comenzaba a dar de saltos y a piar. ¡El avestruz! decía la gente, señalándolo, y se moría de risa. Su imitación del avestruz lo hizo famoso en todo el mundo. Durante años repitió su número, haciendo gozar a los niños y a los ancianos. Pero a medida que pasaba el tiempo, Max se iba volviendo más triste y en el momento de morir llamó a sus amigos a su cabecera y les dijo: ‘Voy a revelarles un secreto. Nunca he querido imitar al avestruz, siempre he querido imitar al canario’».

Esta vez el hombre no rió sino que quedó pensativo, mirándome con sus ojos indagadores.

-¿Quién eres tú? -le volví a preguntar- ¿No me habrás engañado? ¿Por qué estás todo el día sentado aquí? ¿Por qué llevas barba? ¿Tú no trabajas? ¿Eres un vago?

-¡Demasiadas preguntas! -me respondió, alargando un brazo, con la palma vuelta hacia mí- Otro día te responderé. Ahora vete, vete por favor. ¿Por qué no regresas mañana? Mira el sol, es como un ojo… ¿lo ves? Como un ojo irritado. El ojo del infierno.

Yo miré hacia lo alto y vi solo un disco furioso que me encegueció. Caminé, vacilando, hasta la empalizada y cuando la salvaba, distinguí al hombre que se inclinaba sobre sus rodillas y se cubría la cara con su sombrero de paja.

Al día siguiente regresé.

-Te estaba esperando -me dijo el hombre-. Me aburro, he leído ya todos mis libros y no tengo nada qué hacer.

En lugar de acercarme a él, que extendía una mano amigable, lancé una mirada codiciosa hacia un amontonamiento de objetos que se distinguía al otro lado de la farola. Vi una cama desarmada, una pila de botellas vacías.

-Ah, ya sé -dijo el hombre-. Tú vienes solamente por los trastos. Puedes llevarte lo que quieras. Lo que hay en la azotea -añadió con amargura- no sirve para nada.

-No vengo por los trastos -le respondí-. Tengo bastantes, tengo más que todo el mundo.

-Entonces escucha lo que te voy a decir: el verano es un dios que no me quiere. A mí me gustan las ciudades frías, las que tienen allá arriba una compuerta y dejan caer sus aguas. Pero en Lima nunca llueve o cae tan pequeño rocío que apenas mata el polvo. ¿Por qué no inventamos algo para protegernos del sol?

-Una sombrilla -le dije-, una sombrilla enorme que tape toda la ciudad.

-Eso es, una sombrilla que tenga un gran mástil, como el de la carpa de un circo y que pueda desplegarse desde el suelo, con una soga, como se iza una bandera. Así estaríamos todos para siempre en la sombra. Y no sufriríamos.

Cuando dijo esto me di cuenta que estaba todo mojado, que la transpiración corría por sus barbas y humedecía sus manos.

-¿Sabes por qué estaban tan contentos los portapliegos de la oficina? -me pregunto de pronto-. Porque les habían dado un uniforme nuevo, con galones. Ellos creían haber cambiado de destino, cuando sólo se habían mudado de traje.

-¿La construiremos de tela o de papel? -le pregunté.

El hombre quedo mirándome sin entenderme.

-¡Ah, la sombrilla! -exclamó- La haremos mejor de piel, ¿qué te parece? De piel humana. Cada cual dará una oreja o un dedo. Y al que no quiera dárnoslo, se lo arrancaremos con una tenaza.

Yo me eche a reír. El hombre me imitó. Yo me reía de su risa y no tanto de lo que había imaginado -que le arrancaba a mi profesora la oreja con un alicate- cuando el hombre se contuvo.

-Es bueno reír -dijo-, pero siempre sin olvidar algunas cosas: por ejemplo, que hasta las bocas de los niños se llenarían de larvas y que la casa del maestro será convertida en cabaret por sus discípulos.

A partir de entonces iba a visitar todas las mañanas al hombre de la perezosa. Abandonando mi reserva, comencé a abrumarlo con toda clase de mentiras e invenciones. Él me escuchaba con atención, me interrumpía sólo para darme crédito y alentaba con pasión todas mis fantasías. La sombrilla había dejado de preocuparnos y ahora ideábamos unos zapatos para andar sobre el mar, unos patines para aligerar la fatiga de las tortugas.

A pesar de nuestras largas conversaciones, sin embargo, yo sabía poco o nada de él. Cada vez que lo interrogaba sobre su persona, me daba respuestas disparatadas u oscuras:

-Ya te lo he dicho: yo soy el rey de los gatos. ¿Nunca has subido de noche? Si vienes alguna vez verás cómo me crece un rabo, cómo se afilan mis uñas, cómo se encienden mis ojos y cómo todos los gatos de los alrededores vienen en procesión para hacerme reverencias.

O decía:

-Yo soy eso, sencillamente, eso y nada más, nunca lo olvides: un trasto.

Otro día me dijo:

-Yo soy como ese hombre que después de diez años de muerto resucitó y regresó a su casa envuelto en su mortaja. Al principio, sus familiares se asustaron y huyeron de él. Luego se hicieron los que no lo reconocían. Luego lo admitieron pero haciéndole ver que ya no tenía sitio en la mesa ni lecho donde dormir. Luego lo expulsaron al jardín, después al camino, después al otro lado de la ciudad. Pero como el hombre siempre tendía a regresar, todos se pusieron de acuerdo y lo asesinaron.

A mediados del verano, el calor se hizo insoportable. El sol derretía el asfalto de las pistas, donde los saltamontes quedaban atrapados. Por todo sitio se respiraba brutalidad y pereza. Yo iba por las mañanas a la playa en los tranvías atestados, llegaba a casa arenoso y famélico y después de almorzar subía a la azotea para visitar al hombre de la perezosa.

Este había instalado un parasol al lado de su sillona y se abanicaba con una hoja de periódico. Sus mejillas se habían ahuecado y, sin su locuacidad de antes, permanecía silencioso, agrio, lanzando miradas coléricas al cielo.

-¡El sol, el sol! -repetía-. Pasará él o pasaré yo. ¡Si pudiéramos derribarlo con una escopeta de corcho!

Una de esas tardes me recibió muy inquieto. A un lado de su sillona tenía una caja de cartón. Apenas me vio, extrajo de ella una bolsa con fruta y una botella de limonada.

-Hoy es mi santo -dijo-. Vamos a festejarlo. ¿Sabes lo que es tener treinta y tres años? Conocer de las cosas el nombre, de los países el mapa. Y todo por algo infinitamente pequeño, tan pequeño -que la uña de mi dedo meñique sería un mundo a su lado. Pero ¿no decía un escritor famoso que las cosas más pequeñas son las que más nos atormentan, como, por ejemplo, los botones de la camisa?

Ese día me estuvo hablando hasta tarde, hasta que el sol de brujas encendió los cristales de las farolas y crecieron largas sombras detrás de cada ventana teatina.

Cuando me retiraba, el hombre me dijo:

-Pronto terminarán las vacaciones. Entonces, ya no vendrás a verme. Pero no importa, porque ya habrán llegado las primeras lloviznas.

En efecto, las vacaciones terminaban. Los muchachos vivíamos ávidamente esos últimos días calurosos, sintiendo ya en lontananza un olor a tinta, a maestro, a cuadernos nuevos. Yo andaba oprimido por las azoteas, inspeccionando tanto espacio conquistado en vano, sabiendo que se iba a pique mi verano, mi nave de oro cargada de riquezas.

El hombre de la perezosa parecía consumirse. Bajo su parasol, lo veía cobrizo, mudo, observando con ansiedad el último asalto del calor, que hacía arder la torta de los techos.

-¡Todavía dura! -decía señalando el cielo- ¿No te parece una maldad? Ah, las ciudades frías, las ventosas. Canícula, palabra fea, palabra que recuerda a un arma, a un cuchillo.

Al día siguiente me entregó un libro:

-Lo leerás cuando no puedas subir. Así te acordarás de tu amigo..., de este largo verano.

Era un libro con grabados azules, donde había un personaje que se llamaba Rogelio. Mi madre lo descubrió en el velador. Yo le dije que me lo había regalado «el hombre de la perezosa». Ella indagó, averiguó y cogiendo el libro con un papel, fue corriendo a arrojarlo a la basura.

-¿Por qué no me habías dicho que hablabas con ese hombre? ¡Ya verás esta noche cuando venga tu papá! Nunca más subirás a la azotea.

Esa noche mi papá me dijo:

-Ese hombre está marcado. Te prohíbo que vuelvas a verlo. Nunca más subirás a la azotea.

Mi mamá comenzó a vigilar la escalera que llevaba a los techos. Yo andaba asustado por los corredores de mi casa, por las atroces alcobas, me dejaba caer en las sillas, miraba hasta la extenuación el empapelado del comedor -una manzana, un plátano, repetidos hasta el infinito- u hojeaba los álbumes llenos de parientes muertos. Pero mi oído sólo estaba atento a los rumores del techo, donde los últimos días dorados me aguardaban. Y mi amigo en ellos, solitario entre los trastos.

Se abrieron las clases en días aun ardientes. Las ocupaciones del colegio me distrajeron. Pasaba mañanas interminables en mi pupitre, aprendiendo los nombres de los catorce incas y dibujando el mapa del Perú con mis lápices de cera. Me parecían lejanas las vacaciones, ajenas a mí, como leídas en un almanaque viejo.

Una tarde, el patio de recreo se ensombreció, una brisa fría barrió el aire caldeado y pronto la garúa comenzó a resonar sobre las palmeras. Era la primera lluvia de otoño. De inmediato me acordé de mi amigo, lo vi, lo vi jubiloso recibiendo con las manos abiertas esa agua caída del cielo que lavaría su piel, su corazón.

Al llegar a casa estaba resuelto a hacerle una visita. Burlando la vigilancia materna, subí a los techos. A esa hora, bajo ese tiempo gris, todo parecía distinto. En los cordeles, la ropa olvidada se mecía y respiraba en la penumbra, y contra las farolas los maniquís parecían cuerpos mutilados. Yo atravesé, angustiado, mis dominios y a través de barandas y tragaluces llegué a la empalizada. Encaramándome en el perchero, me asomé al otro lado.

Solo vi un cuadrilátero de tierra humedecida. La sillona, desarmada, reposaba contra el somier oxidado de un catre. Caminé un rato por ese reducto frío, tratando de encontrar una pista, un indicio de su antigua palpitación. Cerca de la sillona había una escupidera de loza. Por la larga farola, en cambio, subía la luz, el rumor de la vida. Asomándome a sus cristales vi el interior de la casa de mi amigo, un corredor de losetas por donde hombres vestidos de luto circulaban pensativos.

Entonces comprendí que la lluvia había llegado demasiado tarde.

FIN

1958



Biblioteca Digital Ciudad Seva

O silêncio e o ocultamento

Boa parte das nossas carências históricas de democracia, de institucionalidade e de cidadania se devem ao nosso direito e aos nossos juristas. O silêncio e o ocultamento são as linguagens do judiciário. 24 horas depois das gravíssimas denúncias de Jucá e o STF finge que o assunto não é com ele. O silêncio institucional é a mais pérfida característica do direito e do judiciário no Brasil. Fomos o maior Estado Nacional escravista e traficante do mundo no século XIX. Na Constituição de 1824 não aparecia uma única menção aos escravos. Sofremos vários golpes, fraudes e ditaduras, sempre com a ajuda e apoio do STF. Desrespeitos e formas de torturas no passado, hoje ainda com perseguições seletivas, como as da lava jato, em que juízes escolhem quem querem prender e por quanto tempo, com penas tendenciosas em função de seus interesses ideológicos. A manipulação da grande mídia no Brasil acompanha a pusilanimidade do judiciário em aliança de interesses plutocráticos. Agora o silêncio completo em relação a Jucá, poderoso ex-ministro em desgraça de Temer, porque se falarem terão que admitir, ou discordar e rever o que Jucá apontou como a cumplicidade do judiciário no golpe, com gritante desvio de finalidade desde o início, junto com a proteção ao delinquente presidente Cunha como condutor e regente do golpe na Câmara. Os heróis da direita vão caindo uma um. Aécio, Cunha, Jucá e em breve Temer cairá pela sua falta de legitimidade, como golpista impopular que é.

Ricardo Costa de Oliveira

A falência do sonho europeu

A falência do sonho europeu , do multiculturalismo e o respeito à alteridade diante dá fabricação do medo a partir da engenharia retórica, onde o que é uma crise humanitária- efeito colateral das ambições alheias aos povos do Oriente Médio- Tornam nas corporações de mídia uma crise Européia. Uma invasão à sua fortaleza civilizacional, ao seu padrão de vida.
assim é que estão se fortalecendo na Alemanha, na Austria os grupos de extrema direita , assim como na França.A França é uma democracia que abriu mão da liberdade em nome da segurança. Imagine com a FN . O judiciário assegurará a igualdade para um França fraterna?  Por isso os socialistas abriram mão de candidaturas para os republicanos da Sarkozy.
No governo Sarkozy entretanto quiseram ver aprovada leis de responsabilidade coletiva com deportação sumária.

O discurso do ódio a  Criminalizar todos aqueles que buscam amparo humanitário respaldado pelo direito internacional, porque dentre os imigrantes , dentre as centenas de milhares cem cometeram ilícitos e violência , servindo oportunamente para que agremiações de direita alemã pressionassem os políticos para que Merkel mude a acolhida a esses frutos da desintegração de seu lar Nacional. A destruição do Iraque a partir da invasão sob falso pretexto ; o apoio a insurgência contra o ditador Assad, esquecendo que quem apoia o Dash - o califado assassino são os wahabitas que pululam na democrática Arábia Saudita,

Wilson Roberto Nogueira

sábado, 21 de maio de 2016


Un hombre irascible




Anton Chejov

Yo soy un hombre formal y mi cerebro tiene inclinación a la filosofía. Mi profesión es la de financiero. Estoy estudiando la ciencia económica, y escribo una disertación bajo el título de El pasado y el porvenir del impuesto sobre los perros. Usted comprenderá que las mujeres, las novelas, la luna y otras tonterías por el estilo me tienen completamente sin cuidado.

Son las diez de la mañana. Mi mamá me sirve una taza de café con leche. Lo bebo, y salgo al balconcito para ponerme inmediatamente a mi trabajo. Tomo un pliego de papel blanco, mojo la pluma en tinta y caligrafío El pasado y el porvenir del impuesto sobre los perros. Reflexiono un poco y escribo: «Antecedentes históricos: A juzgar por indicios que nos revelan Herodoto y Jenofonte, el impuesto sobre los perros data de...»; en este momento oigo unos pasos muy sospechosos. Miro hacia abajo y veo a una señorita con cara larga y talle largo; se llama, según creo, Narinka o Varinka; pero esto no hace al caso; busca algo y aparenta no haberse fijado en mí. Canta:

Te acuerdas de este cantar apasionado.

Leo lo que escribí y pretendo seguir adelante. Pero la muchacha parece haberme visto, y me dice en tono triste:

-Buenos días, Nicolás Andreievitch. Imagínese mi desgracia. Ayer salí de paseo, y se me perdió el dije de mi pulsera...

Leo de nuevo el principio de mi disertación, rectifico el rabo de la letra b y quiero continuar; mas la muchacha no me deja.

-Nicolás Andreievitch -añade-, sea usted lo bastante amable para acompañarme hasta mi casa. En la de Karenin hay un perro enorme, y yo no me atrevo a ir sola.

¿Qué hacer? Dejo a un lado mi pluma y desciendo. Narinka o Varinka me toma del brazo y ambos nos encaminamos a su morada. Cuando me veo precisado a acompañar a una señora o a una señorita me siento como un gancho, del cual pende un gran abrigo de pieles. Narinka o Varinka tiene un temperamento apasionado -entre paréntesis, su abuelo era armenio-. Ella sabe a maravilla colgarse del brazo y pegarse a las costillas de su acompañante como una sanguijuela. De esta suerte, proseguimos nuestra marcha. Al pasar por delante de la casa de los Karenin veo al perro y me acuerdo del tema de mi disertación. Recordándolo, suspiro.

-¿Por qué suspira usted? -me pregunta Narinka o Varinka. Y ella a su vez suspira.

Aquí debo dar una explicación: Narinka o Varinka -de repente me doy cuenta de que se llama Masdinka- se figura que estoy enamorado de ella, y se le antoja un deber de humanidad compadecerme y curar la herida de mi corazón.

-Escuche -me dice-, yo sé por qué suspira usted. Usted ama, ¿no es verdad? Le prevengo que la joven por usted amada tiene por usted un profundo respeto. Ella no puede corresponderle con su amor; mas no es suya la culpa, porque su corazón pertenece a otro, tiempo ha.

La nariz de Masdinka se enrojece y se hincha; las lágrimas afluyen a sus ojos. Ella espera que yo le conteste; pero, felizmente, hemos llegado. En la terraza se encuentra la mamá de Masdinka, una persona excelente, aunque llena de supersticiones. La dama contempla el rostro de su hija; y luego se fija en mí, detenidamente, suspirando, como si quisiera exclamar: «¡Oh, juventud, que no sabe disimular sus sentimientos!»

Además de la mamá están sentadas en la terraza señoritas de matices diversos y un oficial retirado, herido en la última guerra en la sien derecha y en el muslo izquierdo. Este infeliz quería, como yo, consagrar el verano a la redacción de una obra intitulada Memorias de un militar. Al igual que yo, aplícase todas las mañanas a la redacción de su libro; pero apenas escribe la frase «Nací en tal año...», aparece bajo su balcón alguna Varinka o Masdinka, que está allí como de centinela. Cuantos se hallan en la terraza se ocupan en limpiar frutas, para hacer dulce con ellas. Saludo y me dispongo a marchar; pero las señoritas de diversos matices esconden mi sombrero y me incitan a que no me vaya. Tomo asiento. Me dan un plato con fruta y una horquilla, a fin de que proceda, como los demás, a la operación de extraer el hueso. Las señoritas hablan de sus cortejadores; fulano es guapo; mengano lo es también, pero no es simpático; zutano es feo, aunque simpático; perengano no está mal del todo, pero su nariz semeja un dedal, etc.

-Y usted, Nicolás -me dice la mamá de Masdinka-, no tiene nada de guapo; pero le sobra simpatía; en usted hay un no sé qué... La verdad es -añade suspirando- que para un hombre lo que vale no es la hermosura, sino el talento.

Las jóvenes me miran y en seguida bajan los ojos. Ellas están, sin duda, de acuerdo en que para un hombre lo más importante no es la hermosura, sino el talento. Me observo, a hurtadillas, en el espejo para ver si, realmente, soy simpático. Veo a un hombre de tupida melena, barba y bigote poblados, cejas densas, vello en la mejilla, vello debajo de los ojos, todo un conjunto velludo, en medio del cual descuella, como una torre sólida, su nariz.

-No me parezco mal del todo...

-Pero en usted, Nicolás, son las cualidades morales las que llevan ventaja -replica la mamá de Masdinka.

Narinka sufre por mí; pero al propio tiempo, la idea de que un hombre está enamorado de ella la colma de gozo. Ahora charlan del amor. Una de las señoritas se levanta y se va; todas las demás empiezan a hablar mal de ella. Todas, todas la hallan tonta, insoportable, fea, con un hombro más bajo que otro. Por fin aparece mi sirvienta, que mi madre envió para llamarme a comer. Puedo, gracias a Dios, abandonar esta sociedad estrambótica y entregarme nuevamente a mi trabajo. Me levanto y saludo. Pero la mamá de Narinka y las señoritas de diversos matices me rodean y me declaran que no me asiste el derecho de marcharme porque ayer les prometí comer con ellas y después de la comida ir a buscar setas en el bosque. Saludo y vuelvo a tomar asiento... En mi alma hierve la irritación. Presiento que voy a estallar; pero la delicadeza y el temor de faltar a las conveniencias sociales me obligan a obedecer a las señoras, y obedezco. Nos sentamos a comer. El oficial retirado, que por efecto de su herida en la sien tiene calambres en las mandíbulas, come a la manera de un caballo provisto de su bocado. Hago bolitas de pan, pienso en la contribución sobre los perros, y, consciente de mi irascibilidad, me callo. Narinka me observa con lástima. Okroschka, lengua con guisantes, gallina cocida, compota. Me falta apetito; pero engullo por delicadeza. Después de comer voy a la terraza para fumar; en esto se me acerca la mamá de Masdinka y me dice con voz entrecortada:

-No desespere usted, Nicolás... Su corazón es de... Vamos al bosque.

Varinka se cuelga de mi brazo y establece el contacto. Sufro inmensamente; pero me aguanto.

-Dígame, señor Nicolás -murmura Narinka-, ¿por qué está usted tan triste, tan taciturno?

¡Extraña muchacha! ¿Qué se le debe responder? ¡Nada tengo que decirle!

-Hábleme algo -añade la joven.

En vano busco algo vulgar, accesible a su intelecto. A fuerza de buscar, lo encuentro, y me decido a romper el silencio.

-La destrucción de los bosques es una cosa perjudicial a Rusia.

-Nicolás -suspira Varinka, mientras su nariz se colorea-, usted rehuye una conversación franca... Usted quiere asesinarme con su reserva... Usted se empeña en sufrir solo...

Me coge de la mano, y advierto que su nariz se hincha; ella añade:

-¿Qué diría usted si la joven que usted quiere le ofreciera una amistad eterna?

Yo balbuceo algo incomprensible, porque, en verdad, no sé qué contestarle; en primer lugar, no quiero a ninguna muchacha; en segundo lugar, ¿qué falta me hace una amistad eterna? En tercer lugar, soy muy irritable. Masdinka o Varinka se cubre el rostro con las manos y dice a media voz, como hablando consigo misma: «Se calla...; veo que desea mi sacrificio. ¿Pero cómo lo he de querer, si todavía quiero al otro?... Lo pensaré, sí, lo pensaré; reuniré todas las fuerzas de mi alma, y, a costa de mi felicidad, libraré a este hombre de sus angustias».

No comprendo nada. Es un asunto cabalístico. Seguimos el paseo silencioso. La fisonomía de Narinka denota una lucha interior. Se oye el ladrido de los perros. Esto me hace pensar en mi disertación, y suspiro de nuevo. A lo lejos, a través de los árboles, descubro al oficial inválido, que cojea atrozmente, tambaleándose de derecha a izquierda, porque del lado derecho tiene el muslo herido, y del lado izquierdo tiene colgada de su brazo a una señorita. Su cara refleja resignación. Regresamos del bosque a casa, tomamos el té, jugamos al croquet y escuchamos cómo una de las jóvenes canta:

Tú no me amas, no...

Al pronunciar la palabra «no», tuerce la boca hasta la oreja.

Charmant, charmant, gimen en francés las otras jóvenes. Ya llega la noche. Por detrás de los matorrales asoma una luna lamentable. Todo está en silencio. Se percibe un olor repugnante de heno cortado. Tomo mi sombrero y me voy a marchar.

-Tengo que comunicarle algo interesante -murmura Masdinka a mi oído.

Abrigo el presentimiento de que algo malo me va a suceder, y, por delicadeza, me quedo. Masdinka me coge del brazo y me arrastra hacia una avenida. Toda su fisonomía expresa una lucha. Está pálida, respira con dificultad; diríase que piensa arrancarme el brazo derecho. «¿Qué tendrá?», pienso yo.

-Escuche usted; no puedo...

Quiere decir algo; pero no se atreve. Veo por su cara que, al fin, se decide. Me lanza una ojeada, y con la nariz, que va hinchándose gradualmente, me dice a quema ropa:

-Nicolás, yo soy suya. No lo puedo amar; pero le prometo fidelidad.

Se aprieta contra mi pecho y retrocede poco después.

-Alguien viene, adiós; mañana a las once me hallaré en la glorieta.

Desaparece. Yo no comprendo nada. El corazón me late. Regreso a mi casa. El pasado y el porvenir del impuesto sobre los perros me aguarda; pero trabajar me es imposible. Estoy rabioso. Me siento terriblemente irritado. Yo no permito que se me trate como a un chiquillo. Soy irascible, y es peligroso bromear conmigo. Cuando la sirvienta me anuncia que la cena está lista, la despido brutalmente:

-¡Váyase en mal hora!

Una irritabilidad semejante nada bueno promete. Al otro día, por la mañana, el tiempo es el habitual en el campo. La temperatura fría, bajo cero. El viento frío; lluvia, fango y suciedad. Todo huele a naftalina, porque mi mamá saca a relucir su traje de invierno. Es el día 7 de agosto de 1887, día del eclipse de sol. Hay que advertir que cada uno de nosotros, aun sin ser astrónomo, puede ser de utilidad en esta circunstancia. Por ejemplo: cada uno puede, primero, marcar el diámetro del sol con respecto al de la luna; segundo, dibujar la corona del sol; tercero, marcar la temperatura; cuarto, fijar en el momento del eclipse la situación de los animales y de las plantas; quinto, determinar sus propias impresiones, etcétera. Todo esto es tan importante, que por el momento resuelvo dejar aislado el impuesto sobre los perros. Me propongo observar el eclipse. Todos nos hemos levantado muy temprano. Reparto el trabajo en la forma siguiente: yo calcularé el diámetro del sol y de la luna; el oficial herido dibujará la corona. Lo demás correrá a cargo de Masdinka y de las señoritas de diversos matices.

-¿De qué proceden los eclipses? -pregunta Masdinka.

Yo contesto:

-Los eclipses proceden de que la luna, recorriendo la elíptica, se coloca en la línea sobre la cual coinciden el sol y la tierra.

-¿Y qué es la elíptica?

Yo se lo explico. Masdinka me escucha con atención, y me pregunta:

-¿No es posible ver, mediante un vidrio ahumado, la línea que junta los centros del sol y de la tierra?

-Es una línea imaginaria -le contesto.

-Pero si es imaginaria -replica Masdinka-, ¿cómo es posible que la luna se sitúe en ella?

No le contesto. Siento, sin embargo, que, a consecuencia de esta pregunta ingenua, mi hígado se agranda.

-Esas son tonterías -añade la mamá de Masdinka-; nadie es capaz de predecir lo que ocurrirá. Y, además, usted no estuvo jamás en el cielo. ¿Cómo puede saber lo que acontece a la luna y al sol? Todo ello son puras fantasías.

Es cierto; la mancha negra empieza a extenderse sobre el sol. Todos parecen asustados; las vacas, los caballos, los carneros con los rabos levantados, corren por el campo mugiendo. Los perros aúllan. Las chinches creen que es de noche y salen de sus agujeros, con el objeto de picar a los que hallen a su alcance. El vicario llega en este momento con su carro de pepinos, se asusta, abandona el vehículo y se oculta debajo del puente; el caballo penetra en su patio, donde los cerdos se comen los pepinos. El empleado de las contribuciones, que había pernoctado en la casa vecina, sale en paños menores y grita con voz de trueno: «¡Sálvese quien pueda!» Muchos veraneantes, incluso algunas bonitas jóvenes, se lanzan a la calle descalzos. Otra cosa ocurre que no me atrevo a referir.

-¡Qué miedo! ¡Esto es horrible! -chillan las señoritas de diversos matices.

-Señora, observe bien, el tiempo es precioso. Yo mismo calculo el diámetro.

Me acuerdo de la corona, y busco al oficial herido, quien está parado, inmóvil.

-¿Qué diablos hace usted? ¿Y la corona?

El oficial se encoge de hombros, y con la mirada me indica sus dos brazos. En cada uno de ellos permanece colgada una señorita, las cuales, asidas fuertemente a él, le impiden el trabajo. Tomo el lápiz y anoto los minutos y los segundos: esto es muy importante. Marco la situación geográfica del punto de observación: esto es también muy importante. Quiero calcular el diámetro, pero Masdinka me coge de la mano y me dice:

-No se olvide usted: hoy, a las once.

Me desprendo de ella, porque los momentos son preciosos y yo tengo empeño en continuar mis observaciones. Varinka se apodera de mi otro brazo y no me suelta. El lápiz, el vidrio ahumado, los dibujos, todo se cae al suelo. ¡Diantre! Hora es de que esta joven sepa que yo soy irascible, y cuando yo me irrito, no respondo de mí. En vano pretendo seguir. El eclipse se acabó.

-¿Por qué no me mira usted? -me susurra tiernamente al oído.

Esto es ya más que una burla. No es posible jugar con la paciencia humana. Si algo terrible sobreviene, no será por culpa mía. ¡Yo no permito que nadie se mofe de mí! ¡Qué diablo! En mis instantes de irritación no aconsejo a nadie que se acerque a mí. Yo soy capaz de todo. Una de las señoritas nota en mi semblante que estoy irritado y trata de calmarme.

-Nicolás Andreievitch, yo he seguido fielmente sus indicaciones, observé a los mamíferos y apunté cómo, ante el eclipse, el perro gris persiguió al gato, después de lo cual quedó por algún tiempo meneando la cola.

Nada resulta, pues, de mis observaciones. Me voy a casa. Llueve, y no me asomo al balconcito. El oficial herido se arriesga a salir a su balcón, y hasta escribió: «He nacido en...» Pero desde mi ventana veo cómo una de las señoritas de marras lo llama, con el fin de que vaya a su casa. Trabajar me es imposible. El corazón me late con violencia. No iré a la cita de la glorieta. Es evidente que cuando llueve yo no puedo salir a la calle. A las doce recibo una esquelita de Masdinka, la cual me reprende, y exige que me persone en la glorieta, tuteándome. A la una recibo una segunda misiva, y a las dos una tercera. Hay que ir, no cabe duda. Empero, antes de ir, debo pensar qué es lo que habré de decirle. Me comportaré como un caballero. En primer lugar, le declararé que es inútil que cuente con mi amor; no, semejante cosa no se le dice a las mujeres; decir a una mujer «yo no la amo», es como decir a un escritor: «usted escribe mal». Le expondré sencillamente mi opinión acerca del matrimonio. Me pongo, pues, el abrigo de invierno, empuño el paraguas y me dirijo a la glorieta. Conocedor como soy de mi carácter irritable, temo cometer alguna barbaridad. Me las arreglaré para refrenarme. En la glorieta, Masdinka me espera. Narinka está pálida y solloza. Al verme prorrumpe en una exclamación de alegría y se agarra a mi cuello.

-Por fin; ya abusas de mi paciencia. No he podido cerrar los ojos en toda la noche. He pensado durante la noche, y a fuerza de pensar, saqué en consecuencia que cuando te conozca mejor te podré amar.

Me siento a su lado; le expongo mi opinión acerca del matrimonio. Por no alejarme del tema y abreviarlo hago sencillamente un resumen histórico. Hablo del casamiento entre los egipcios; paso a los tiempos modernos; intercalo algunas ideas de Schopenhauer. Masdinka me presta atención, pero luego, sin transición, me dice:

-Nicolás, dame un beso.

Estoy molesto. No sé qué hacer. Ella insiste. ¿Qué hacer? Me levanto y le beso su larga cara. Ello me produce la misma sensación que experimenté cuando, siendo niño, me obligaron a besar el cadáver de mi abuela. Varinka no parece satisfecha. Salta y me abraza. En el mismo momento, la mamá de Masdinka aparece en el umbral de la puerta. Hace un gesto de espanto; dice a alguien: «¡spch», y desaparece como Mefistófeles, por escotillón. Incomodado, me encamino nuevamente a mi casa. En ella me encuentro a la mamá de Varinka, que abraza, con lágrimas en los ojos, a mi mamá. Esta llora y exclama: «Yo misma lo deseaba». A renglón seguido: «¿Qué les parece a ustedes?» La mamá de Varinka se acerca a mí, me abraza y me dice: «¡Que Dios te bendiga! Tú has de amarla. No olvides jamás que ella se sacrifica por ti.»

He aquí que me casan. Mientras esto escribo, los testigos del matrimonio se encuentran cerca de mí y me dan prisa. Decididamente esta gente no conoce mi irascibilidad. Soy terrible. No respondo de mí. ¡Por vida de!... Ustedes adivinarán lo que puede ocurrir. Casar a un hombre irritado, rabioso, es igual que meter la mano en la jaula de un tigre. Veremos cuál será el desenlace final...

Estoy casado... Todos me felicitan. Varinka se apoya contra mí y me dice:

-Ahora sí que eres mío. Sé que me amas, ¡dilo!

Su nariz se hincha. Me entero por los testigos de que el oficial retirado fue bastante hábil para esquivar el casamiento. A una de las señoritas le exhibió un certificado médico según el cual, a causa de su herida en la sien, no tiene sano juicio, y, por tanto, le está prohibido contraer matrimonio. ¡Qué idea! Yo también pude presentar un certificado. Uno de mis tíos fue borracho. Otro era distraído. En cierta ocasión, en lugar de una gorra, se cubrió la cabeza con un manguito de señora. Una tía mía era muy aficionada al piano, y sacaba la lengua al tropezar con un hombre. Además, mi carácter extremadamente irritable induce a sospechas. ¿Por qué las buenas ideas acuden a la mente siempre demasiado tarde?...

FIN


Biblioteca Digital Ciudad Seva

Canción II



Víctor Hugo

Si nada de mí queréis,
¿por qué os acercáis a mí?
Y si así me enloquecéis,
¿por qué me miráis así?
Si nada de mí queréis,
¿por qué os acercáis a mí?

Si nada intentáis decir,
¿por qué mi mano apretáis?
Del hermoso porvenir,
de la dicha en que soñáis,
si nada intentáis decir,
¿por qué mi mano apretáis?

Si queréis que aquí no esté,
¿por qué pasáis por aquí?
Sois mi afán y sois mi fe;
tiemblo al veros ¡ay de mí!
Si queréis que aquí no esté,
¿por qué pasáis por aquí?
Volver a poemas de Víctor Hugo




Biblioteca Digital Ciudad Seva

sábado, 14 de maio de 2016

Notícia passada e relevante. Antigamente o porto de Santos e a política carioca eram acusados de formarem uma associação entre escroques cariocas e contrabandistas santistas. Imponentes fortunas históricas surgiram em Santos e foram gastas no Rio de Janeiro. Quem conhece a trajetória da família Guinle, do Copacabana Palace e do falecido playboy Jorginho Guinle, que se orgulhava de ter gasto dezenas de milhões sem nunca precisar ter trabalhado na sua vida. Eis que também se verifica uma conexão entre Cunha-Temer, RJ e Santos, reforçando estereótipos sociais, tipos ideais, na suposta "malandragem carioca" e no "bacharel de negócios paulista", juntos e associados.

RCO
Pensamento selvagem. Isto é o Brasil dos dominantes. A modernidade e o iluminismo nunca chegaram ao parlamento brasileiro. Família importa, importa muito nas mentalidades e relações sociais deles. Sem entendermos as conexões e redes familiares dos parlamentares não entenderemos muitos detalhes da desigualdade na política brasileira. A nuvem de palavras e de ideias dos discursos dos deputados mostra o que pesquisamos há anos: Famílias, evocações religiosas, e formas de pensamento político ainda muito tradicionais e conservadoras formam uma cultura política também muito atrasada e retrógrada. Um retrato das bases sociais locais e regionais dos deputados. Nepotismo, patrimonialismo e propriedade. A classe dominante brasileira e a sua elite política parlamentar produziram isto. O parlamento também apresenta alguns bons representantes, cujas lutas nos dignificam. A luta continua.

RCO


Conhecemos várias referências políticas para o tipo de golpe apresentado no Brasil, não apenas na teoria, mas também na cultura e nas artes. O tipo descarado de novo golpe "soft power" é conduzido pelos mais ricos, os mais corruptos, de dentro das estruturas mais conservadoras do Estado, com a participação de membros das burocracias públicas mais privilegiadas e dos magnatas da mídia. Protagonistas conhecidos por negociatas públicas, alguns com antigas genealogias do poder e bastante expertise nos meandros dos poderes estatais, formam os ativos bastidores do golpe, ao lado de empresários e interesses estrangeiros. Segmentos tradicionais, com vasta experiência no poder legislativo e no sistema judicial atuam de forma a ocultarem as suas flagrantes ilegalidades na condução do golpe no Brasil. Um dos melhores exemplos de golpe soft-power de dentro dos bastidores do "civil service" foi a série britânica de ficção "A Very British Coup", em que um popular líder trabalhista, uma mistura de Lula-Mujica, tenta ser derrubado por poderosos empresários e aristocratas, das altas burocracias públicas, que atuam de maneira ilegal nos bastidores da administração ao forjarem irregularidades de evidências financeiras contra o chefe trabalhista. Série televisiva baseada em livro anterior. No final somente eleições e mais democracia neutralizam os golpistas.
RCO
O Temer não tem popularidade nem legitimidade para assumir, já que não terá sido eleito por votos. Quem comandará tudo por trás dele será o Eduardo Cunha. Ele é pior do que o Temer, porque é réu confesso num processo de lavagem de dinheiro e corrupção passiva.A insatisfação da população com a crise vai crescer rápido demais e haverá mais confrontos nas ruas, paralisações nas empresas e o aumento da corrupção. Será um cenário de muita dificuldade para todos. Retrocesso.Os velhos poderes terão chance para triunfar. Aquela velha mídia manipuladora, os velhos políticos e o Judiciário, aqueles velhos empresários que antigamente queriam tirar os direitos sociais dos trabalhadores, acredito que vão todos voltar. As bolsas sociais do governo podem ficar ameaçadas também”
RCO
O caos provocado pelos golpistas prejudica muito mais os golpistas agora. Surreal ver os golpistas receberem a decisão política de Maranhão como um golpe. Quanto mais os golpistas avançam no golpe, mais surgem contradições e agora um Cunha ressentido, por dentro e por fora, atemorizando muito mais o golpista Temer. Os golpistas mereciam um Maranhão para embaralhar o fácil jogo triunfal de suas manobras e manipulações, numa vitória que já consideravam inexpugnável e definida em poucas horas no Senado. Se for para o STF, com os vícios de origem, tudo é possível por lá, de novos golpes até mesmo o impedimento do impedimento naquela fogueira de vaidades. Aconteça o que acontecer parte do golpe brando desmoronou hoje por dentro, contrariando a pretensa hegemonia parlamentar golpista, no que parecia ser uma semana fácil de simples votações no Senado para afastarem tranquilamente Dilma, o que revela toda a instabilidade, desequilíbrios e ameaças contra os golpistas e sua ordem de direita antipopular e antidemocrática.

RCO


"Nas favelas, no senado. Sujeira pra todo lado. Ninguém respeita a constituição". A cereja de ilegitimidade no bolo dos golpistas, caso o STF não faça nada, será o voto de senadores sem-votos, dez suplentes sem votos populares diretos para decidirem o esbulho eleitoral dos mais de 54 milhões de votos diretos na Dilma. Sim, aquele do helicóptero de carreira também está lá como um dos grandes símbolos do processo.

 RCO
O golpe foi dado pelo que existe de pior, mais atrasado e mais corrupto no sistema político brasileiro. Golpe covarde dos que não ganham no voto popular. O tamanho do buraco do golpe será do tamanho para o salto das novas forças propulsoras pós-golpe. Nós teremos novamente outra grande oportunidade histórica de lutarmos pela realização da democracia no Brasil, com as novas gerações, contra o que não conseguimos mudar nos anos 1980. Os golpistas corruptos liderados por Temer e Cunha apresentarão uma oportunidade única para um novo ciclo de lutas e de modernização democrática no país. Já vivemos situações miseráveis antes e digo que a conjuntura vai mudar de novo muito rapidamente. Já vi a ARENA e o PDS se acabarem. Vi os fiscais do Sarney sumirem. Vi os defensores do Collor evaporarem. Vi o PSDB-FHC diminuir nas universidades. A direita disfarça, some e nunca assume os seus fracassos anteriores, como o voto em um Beto Richa. Em breve ninguém assumirá ter apoiado e votado com Cunha, Renan e Temer. Ninguém quererá estar associado ao golpe sujo de 2016. Antes a democracia no Brasil era incompatível com o AI-5, com o DOI-CODI, com a censura e com a ARENA. Agora a democracia é incompatível com a manipulação da grande mídia monopolista familiar, incompatível com os excessos oligárquicos dos nepotismos da classe dominante, com os imensos privilégios golpistas de muitos setores atrasados do legislativo, judiciário e do mp. O novo ciclo democrático transformará todas essas instituições arcaicas e golpistas, tal como começou a mudar as dos anos 1970. Lutaremos pelos direitos sociais e trabalhistas, contra a privataria e a desigualdade promovidas pelo empresariado saqueador neoliberal. Denazistificaremos pessoas e corporações nos que violam os direitos humanos com o passado ditatorial de violências superadas. As derrotas da liberdade são apenas momentâneas e venceremos no final. Segurem o fôlego e as emoções para já vivermos intensa retomada, talvez nunca antes vista no Brasil e que marcará os novos tempos. Amanhã será um novo dia. A Democracia sempre vencerá.

RCO


1912: SPD conquista maioria no Parlamento do Império Alemão


Nas eleições de 12 de janeiro de 1912, o Partido Social Democrata da Alemanha (SPD) torna-se pela primeira vez a maior bancada do Parlamento do Império, com 34,8% dos votos, que lhe garantiram 110 deputados.
Foi uma lenta, porém contínua história de sucesso que se concretizou em 12 de janeiro de 1912. Fundado nos anos 60 do século 19, o SPD representava, principalmente, o operariado do setor industrial. O número de seus filiados duplicara ao longo de apenas uma geração.
O governo de Otto von Bismarck, o "chanceler de ferro", tentou sem sucesso conter o crescimento do partido. Durante 12 anos, todos os jornais, associações e reuniões do SPD ficaram proibidos pela "lei contra as reivindicações da social-democracia, perigosas para a coletividade". Mas, apesar da repressão e difamação, o eleitorado dos social-democratas continuou crescendo.
Onda vermelha
O Sinzinger Zeitung, jornal ligado ao governo, advertia na época:
"Funcionários e servidores públicos alemães! A onda vermelha eleva-se cada vez mais. É preciso enfrentá-la com um muro inabalável e insuperável. O núcleo desse muro deve ser a fidelidade constante ao imperador e ao Império, ao príncipe e à pátria, que vive no coração do funcionalismo público alemão. A social-democracia quer destruir o que lhes é caro nos campos religioso, cultural e econômico. No dia 12 de janeiro e no segundo turno das eleições, cada voto conta. Votem todos, mas que nenhum funcionário ou servidor público eleja um social-democrata".
Nesse tom, o Sinzinger Zeitung tentava moblizar contra a social-democracia, na véspera da eleição. Sem sucesso, porque em 12 de janeiro de 1912 o SPD obteve seu melhor resultado eleitoral durante o Império. Com quase 35% dos votos, era disparado o partido mais forte, seguido pelo centro católico, com 16,4%, e os conservadores, com apenas 9,2%.
O sucesso eleitoral dos social-democratas deveu-se a problemas políticos internos, sobretudo à latente crise econômica.
Maioria dos votos x maioria no Parlamento
Ter o voto da maioria dos eleitores, porém, não representava automaticamente uma maioria dos assentos no Parlamento, uma vez que a legislação eleitoral do império desfavorecia o SPD. Em 1890, por exemplo, o partido obtivera a maioria dos votos, mas em função das alianças dos partidos burgueses e da desfavorável divisão dos distritos eleitorais, só conquistou 35 dos 391 mandatos.
Em 1912, porém, o SPD aliara-se ao Partido Progressista, liberal de esquerda, na luta contra a lei eleitoral discriminatória, o armamentismo e a política colonial da Prússia. Essa aliança ajudou o partido a conquistar um grande número de cadeiras no segundo turno das eleições, em 25 de janeiro. Com 110 deputados, o SPD tornou-se, pela primeira vez, a bancada majoritária no Reichstag.
Poder reduzido
No entanto, mesmo como principal bancada, seu poder de influenciar a política imperial era restrito. De acordo com a Constituição, o chanceler imperial e seus ministros só deviam explicações ao imperador, e não ao Parlamento. O Reichstag só tinha poder para aprovar ou rejeitar o orçamento.
Como, além disso, o imperador podia dissolver o Parlamento a qualquer momento, a autoconfiança dos parlamentares era mínima. Os próprios deputados não escondiam sua desconfiança na instituição, como demonstrou um integrante da ala conservadora em 1910: "O rei da Prússia e imperador da Alemanha deve estar em condições de, a qualquer momento, dizer a um comandante: pegue dez homens e feche o Reichstag!"
É o que, de fato, ocorreu uma ou outra vez. Em 1906, por exemplo, o chanceler imperial Bernhard von Bülow mandou dissolver o Parlamento porque este não lhe havia liberado novos recursos para a guerra colonial contra os hotentotes na África do Sudoeste (hoje Namíbia).
Dois anos após a vitória eleitoral de 1912, os social-democratas foram confrontados com um pedido de empréstimos para a Primeira Guerra Mundial, que, desta vez, aprovaram. Com a liberação dos recursos e a renúncia a qualquer oposição durante o conflito, o SPD tentou livrar-se da imagem de partido sem patriotismo.
"As consequências da política imperial irromperam sobre a Europa como uma tempestade. Estamos diante do fato inegável da guerra. Neste momento, cumprimos o que sempre ressaltamos: na hora do perigo, não abandonamos a pátria".

Rachel Gessat/ DW


Bismarck e o 2º Império


A Revolução Francesa contribuiu para a queda do Sacro Império em 1806. Uma nova unificação política só foi possível em 1871, graças ao progresso econômico registrado a partir de meados do século 19.
O impacto da Revolução Francesa – que em 1789 proclamou Liberté, Egalité, Fraternité na França, eliminando a ordem social feudal e promovendo a separação de poderes – foi o que faltava para fazer desmoronar o Sacro Império Romano de Nação Germânica. Os ideais revolucionários ouvidos na França não chegaram a se alastrar na Alemanha devido à estrutura federalista do império. Mas as ofensivas militares desencadeadas pela revolução tiveram amplo efeito sobre a região.
A Prússia e a Áustria resolveram intervir nos acontecimentos do país vizinho e acabaram provocando uma contraofensiva das tropas revolucionárias. Atacado pelo exército de Napoleão Bonaparte, que se considerava herdeiro da Revolução Francesa, o Sacro Império sucumbiu definitivamente, e a França anexou a margem esquerda do rio Reno.
Essa reorganização territorial deu-se às custas dos principados menores e dos religiosos. Os estados de porte médio foram os grandes beneficiados, unindo-se em 1806 na Liga Renana (ou Confederação do Reno), sob o protetorado francês. No mesmo ano, o imperador Francisco 2º abdicou da coroa, pondo fim ao Sacro Império Romano de Nação Germânica. A necessidade de expulsar os invasores franceses acabou dando asas ao espírito nacional, e um novo movimento nacional culminou nas Guerras de Libertação.
A Alemanha, contudo, não ficou imune às grandes transformações sociais vindas da França e acabou instituindo a sociedade burguesa. Reformas, como a abolição da vassalagem, a liberdade profissional, a autonomia municipal, a igualdade perante a lei e o serviço militar obrigatório, foram implementadas inicialmente nos estados da Liga Renana e mais tarde também na Prússia, dando continuidade à reforma judicial e outras obras avançadas realizadas no século anterior por Frederico, o Grande (1740–1786), um legítimo representante do despotismo esclarecido.
A Liga Alemã
Seguro-saúde para trabalhadores
Após a derrota de Napoleão, o Congresso de Viena (1814–1815) estabeleceu uma nova ordem na Europa. Porém, as aspirações de muitos alemães a um Estado nacional livre e homogêneo não se concretizaram. A Liga Alemã, que substituiu o antigo império, era uma união de estados soberanos pouco coesos. O único órgão, a Dieta de Frankfurt, não era um parlamento eleito, e sim um congresso de delegados. A Liga Alemã só podia agir com o beneplácito das duas grandes potências Prússia e Áustria. Nas décadas seguintes, a Liga reprimiu todas as tentativas de unificação e liberdade.
O desenvolvimento econômico incipiente trazia modernidade, contrariando essas tendências retrógradas. Em 1834, foi fundada a União Alfandegária Alemã, que implantou um mercado nacional uniforme. Em 1835, foi inaugurada a primeira estrada de ferro. Começava a industrialização. Com as fábricas, formou-se uma nova classe operária fabril. No entanto, o forte crescimento demográfico levou a um excedente de mão de obra. Como não havia legislação previdenciária ou trabalhista, a massa dos operários vivia na miséria.
A Revolução de 1848
A revolução de fevereiro de 1848 na França teve eco imediato na Alemanha, ao contrário do que acontecera com a Revolução Francesa. Em março, insurreições populares em todos os estados da federação obrigaram os amedrontados príncipes a fazerem grandes concessões. Em maio, reuniu-se a Assembleia Nacional em Frankfurt. O arquiduque austríaco João foi eleito regente do império.
O centro liberal, que visava a uma monarquia constitucional com direito eleitoral limitado, era a força dominante na Assembleia. Contudo, a excessiva fragmentação partidária dificultava o trabalho legislativo. A classe política estava dividida entre a chamada "grande solução" e a "pequena solução", ou seja, um império alemão com ou sem a Áustria.
Afinal, foi aprovada uma Constituição democrática, na qual se tentava conjugar o velho com o novo. Ela previa que o governo prestasse contas ao Parlamento. Como a Áustria insistisse em incorporar ao futuro império todo o seu território, composto de mais de uma dúzia de povos, venceu a tese da pequena solução.
A Assembleia Nacional ofereceu ao rei da Prússia, Frederico Guilherme 4º, a coroa hereditária do Império Alemão. Mas o soberano não aceitou a dignidade de imperador concedida por uma revolução. Em maio, fracassaram os levantes populares que pretendiam impor a Constituição "de baixo para cima". Selada a derrota da revolução alemã, a maioria das conquistas foram anuladas e em 1850 foi restabelecida a Liga Alemã.
A ascensão de Bismarck
O grande progresso econômico registrado em meados do século 19 trabalhou a favor da unificação, tornando a Alemanha um país industrial, com destaque para a indústria pesada e a construção de máquinas. Na vanguarda desse desenvolvimento estava a Prússia.
A riqueza econômica, por sua vez, fortalecia a consciência política da burguesia liberal. O Partido Progressista Alemão, fundado em 1861, tornou-se a principal força no Parlamento da Prússia, opondo-se muitas vezes ao governo.
Empossado em 1862 como chanceler, Otto von Bismarck aceitou o desafio de governar contra o Parlamento e sem um orçamento por ele aprovado. Para impor a cobrança de novas taxas, e assim financiar a reforma militar que pretendia fazer, recorreu a medidas repressivas, como a censura da imprensa e a restrição ao direito de reunião.
Os êxitos na política exterior compensaram a fraca posição de Bismarck na política nacional. Ao vencer a guerra contra a Dinamarca (1864), a Alemanha obteve os territórios de Schleswig e Holstein, no norte, passando a administrá-los conjuntamente com a Áustria. O objetivo de Bismarck, contudo, era anexar os dois ducados.
O conflito acabou levando a uma guerra contra a Áustria, que saiu derrotada (1866). A Liga Alemã foi dissolvida e substituída pela Liga Setentrional Alemã, que reunia todos os estados germânicos ao norte do rio Meno, tendo Otto von Bismarck como chanceler (primeiro-ministro).
O 2º Império
 Proclamação em Versalhes em 1871
Completando a unificação da Alemanha no sentido da "pequena solução", Bismarck conquistou a Alsácia e a Lorena, numa guerra contra a França (1870–1871) deflagrada por um conflito diplomático. Imbuídos de patriotismo, os estados do sul da Alemanha uniram-se à Liga Setentrional Alemã, constituindo o 2º Império Alemão ou Reich. Em Versalhes, o rei Guilherme 1º da Prússia foi proclamado imperador da Alemanha, no dia 18 de janeiro de 1871.
A unidade alemã, portanto, não resultou da vontade do povo, "de baixo para cima", mas de um pacto entre os príncipes, isto é, "de cima para baixo" e com a supremacia esmagadora da Prússia. O Parlamento do Império, o Reichstag, era eleito por sufrágio igualitário e tinha apenas uma influência indireta no governo. O chanceler do Império, embora só devesse prestar contas ao imperador, era obrigado a procurar apoio para a sua política no Parlamento.
Não eram uniformes as leis eleitorais relativas às representações populares dos diferentes estados no Reichstag. Em 11 estados, existia o sistema eleitoral por classes, dependente dos impostos pagos pelo eleitor e, em outros quatro, mantinha-se a representação por corporações. Com maior tradição parlamentar, os estados do sul da Alemanha reformaram seu direito eleitoral, adaptando sua legislação eleitoral à do Império.
Bismarck governou o Império por 19 anos, fortalecendo sua posição na nova constelação de forças na Europa através de uma política de paz e de alianças. Sua política nacional, porém, estava distante dessa sabedoria. Bismarck combateu tendências democráticas por considerá-las inimigas do Império.

Lutou contra a ala esquerda da burguesia liberal, contra os políticos católicos e, principalmente, contra o movimento operário organizado, que reprimiu durante 12 anos. Bismarck, de certa forma, terminou sendo vítima do seu próprio sistema. A política personalista do jovem imperador Guilherme 2º forçou-o à demissão em 1890.

Deutsche Welle

1878: A lei antissocialista de Bismarck


No dia 18 de outubro de 1878, o chanceler imperial Otto von Bismarck aprovou uma lei proibindo os partidos social-democrata, socialista e comunista.

Era um fantástico domingo primaveril de maio, o sol brilhava e o imperador Guilherme 1º fazia um passeio de carruagem com sua filha pela pomposa alameda Unter den Linden em Berlim. De repente, um tiro. O imperador não foi ferido. Mas o chanceler Otto von Bismarck telegrafou imediatamente ao seu secretário de Estado: "Não deveríamos tomar o atentado como motivo para medidas urgentes contra os socialistas e sua imprensa?"

Bismarck temia os social-democratas, que se tornavam cada vez mais fortes. Ele lhes atribuiu a culpa pelo atentado e, no verão europeu de 1878, preparou um projeto de lei proibindo as organizações socialistas. Mas o chanceler não conseguiu o apoio da maioria dos deputados no Parlamento alemão, o Reichstag. Uma semana após a votação, houve outro atentado contra o imperador e, desta vez, Guilherme foi ferido. A fim de obter a aprovação da lei, Bismarck mandou forjar uma confissão, segundo a qual o autor do atentado teria admitido ser socialista.

Divulgada a falsa confissão, Bismarck fez com que fosse eleito um novo Parlamento. No dia 18 de outubro de 1878, a chamada lei antissocialista foi votada pela terceira vez no Reichstag e, desta vez, Bismarck tinha o apoio garantido da maioria. Um dia depois, a "lei contra as metas perigosas da social-democracia" entrou em vigor.

Começa era difícil para social-democratas

A imprensa social-democrata foi proibida, da mesma maneira como as suas organizações. Somente a representação parlamentar pôde continuar existindo. No final de novembro, inúmeros socialistas foram expulsos de Berlim. Outras cidades seguiram o exemplo.

No entanto, um panfleto conclamava os banidos a não promover uma revolução e sim a manter a calma: "Qualquer erro de uma única pessoa poderia ter consequências desastrosas e daria à reação uma justificativa para os seus atos de violência".

O trabalho na clandestinidade começou com mil marcos na caixa do partido. Nas cidades grandes, surgiram associações socialistas, disfarçadas de clubes de fumantes, de jogadores de cartas ou clubes de ginástica. Panfletos e revistas eram impressos no exterior e contrabandeados para a Alemanha.

Num castelo, nas proximidades de Zurique, o partido reuniu-se em agosto de 1880 para debater seu futuro. A revolução e o anarquismo foram rechaçados. A bancada do Reichstag, ainda existente, assumiu oficialmente a direção do partido.

"Agitadores em busca de simpatizantes"

Apesar da proibição, os socialistas conquistavam cada vez mais adeptos. Para o deputado Ignatz Auer, tal fato era também uma conseqüência da lei antissocialista: "Se antes era necessário enviar agitadores pagos a todo o país para difundir os princípios do socialismo, esses foram agora substituídos em grande número por trabalhadores instruídos. Eles se tornaram agitadores e buscavam simpatizantes para a social-democracia entre os trabalhadores que antes não tinham nenhum conhecimento da existência do partido".


Nas eleições seguintes, os social-democratas conquistaram cada vez mais votos, embora oficialmente não pudessem fazer campanha eleitoral. Bismarck introduziu o seguro-saúde, o seguro-desemprego e o seguro de acidentes, a fim de reconciliar os trabalhadores com o Estado e esvaziar a  força dos social-democratas. Mas, em 1890, o Partido Socialista dos Trabalhadores tornou-se a principal força no Reichstag e a lei antissocialista não foi mais prorrogada.

Ralf Geissler/ DW