"A água corria não se sabia para onde e para
quê. Correra de maneira idêntica em maio; ainda em maio, saíra de um ribeiro
para se derramar no grande rio, passara depois para o mar, evaporara-se,
transformara-se em chuva e talvez fosse a mesma água que nesse instante corria
aos olhos de Riabóvitch... Para quê? Com que fim? "Tchekhov: (O beijo)
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sexta-feira, 4 de novembro de 2016
domingo, 29 de maio de 2016
Poquita cosa
Hace unos día invité a Yulia Vasilievna, la institutriz de
mis hijos, a que pasara a mi despacho. Teníamos que ajustar cuentas.
-Siéntese, Yulia Vasilievna -le dije-. Arreglemos nuestras
cuentas. A usted seguramente le hará falta dinero, pero es usted tan
ceremoniosa que no lo pedirá por sí misma... Veamos... Nos habíamos puesto de
acuerdo en treinta rublos por mes...
-En cuarenta...
-No. En treinta... Lo tengo apuntado. Siempre le he pagado a
las institutrices treinta rublos... Veamos... Ha estado usted con nosotros dos
meses...
-Dos meses y cinco días...
-Dos meses redondos. Lo tengo apuntado. Le corresponden por
lo tanto sesenta rublos... Pero hay que descontarle nueve domingos... pues los
domingos usted no le ha dado clase a Kolia, sólo ha paseado... más tres días de
fiesta...
A Yulia Vasilievna se le encendió el rostro y se puso a
tironear el volante de su vestido, pero... ¡ni palabra!
-Tres días de fiesta... Por consiguiente descontamos doce
rublos... Durante cuatro días Kolia estuvo enfermo y no tuvo clases... usted se
las dio sólo a Varia... Hubo tres días que usted anduvo con dolor de muela y mi
esposa le permitió descansar después de la comida... Doce y siete suman
diecinueve. Al descontarlos queda un saldo de... hum... de cuarenta y un
rublos... ¿no es cierto?
El ojo izquierdo de Yulia Vasilievna enrojeció y lo vi
empañado de humedad. Su mentón se estremeció. Rompió a toser nerviosamente, se
sonó la nariz, pero... ¡ni palabra!
-En víspera de Año Nuevo usted rompió una taza de té con
platito. Descontamos dos rublos... Claro que la taza vale más... es una
reliquia de la familia... pero ¡que Dios la perdone! ¡Hemos perdido tanto ya!
Además, debido a su falta de atención, Kolia se subió a un árbol y se desgarró
la chaquetita... Le descontamos diez... También por su descuido, la camarera le
robó a Varia los botines... Usted es quien debe vigilarlo todo. Usted recibe
sueldo... Así que le descontamos cinco más... El diez de enero usted tomó
prestados diez rublos.
-No los tomé -musitó Yulia Vasilievna.
-¡Pero si lo tengo apuntado!
-Bueno, sea así, está bien.
-A cuarenta y uno le restamos veintisiete, nos queda un
saldo de catorce...
Sus dos ojos se le llenaron de lágrimas...
Sobre la naricita larga, bonita, aparecieron gotas de sudor.
¡Pobre muchacha!
-Sólo una vez tomé -dijo con voz trémula-... le pedí
prestados a su esposa tres rublos... Nunca más lo hice...
-¿Qué me dice? ¡Y yo que no los tenía apuntados! A catorce
le restamos tres y nos queda un saldo de once... ¡He aquí su dinero, muchacha!
Tres... tres... uno y uno... ¡sírvase!
Y le tendí once rublos... Ella los cogió con dedos
temblorosos y se los metió en el bolsillo.
-Merci -murmuró.
Yo pegué un salto y me eché a caminar por el cuarto. No
podía contener mi indignación.
-¿Por qué me da las gracias? -le pregunté.
-Por el dinero.
-¡Pero si la he desplumado! ¡Demonios! ¡La he asaltado! ¡La
he robado! ¿Por qué merci?
-En otros sitios ni siquiera me daban...
-¿No le daban? ¡Pues no es extraño! Yo he bromeado con
usted... le he dado una cruel lección... ¡Le daré sus ochenta rublos enteritos!
¡Ahí están preparados en un sobre para usted! ¿Pero es que se puede ser tan
tímida? ¿Por qué no protesta usted? ¿Por qué calla? ¿Es que se puede vivir en
este mundo sin mostrar los dientes? ¿Es que se puede ser tan poquita cosa?
Ella sonrió débilmente y en su rostro leí: "¡Se
puede!"
Le pedí disculpas por la cruel lección y le entregué, para
su gran asombro, los ochenta rublos. Tímidamente balbuceó su merci y salió...
La seguí con la mirada y pensé: ¡Qué fácil es en este mundo ser fuerte!
FIN
de Anton Chejov
24 Nov 2010
Biblioteca Digital Ciudad Seva
sábado, 21 de maio de 2016
Un hombre irascible
Anton Chejov
Yo soy un hombre formal y mi cerebro tiene inclinación a la
filosofía. Mi profesión es la de financiero. Estoy estudiando la ciencia
económica, y escribo una disertación bajo el título de El pasado y el porvenir
del impuesto sobre los perros. Usted comprenderá que las mujeres, las novelas,
la luna y otras tonterías por el estilo me tienen completamente sin cuidado.
Son las diez de la mañana. Mi mamá me sirve una taza de café
con leche. Lo bebo, y salgo al balconcito para ponerme inmediatamente a mi
trabajo. Tomo un pliego de papel blanco, mojo la pluma en tinta y caligrafío El
pasado y el porvenir del impuesto sobre los perros. Reflexiono un poco y
escribo: «Antecedentes históricos: A juzgar por indicios que nos revelan
Herodoto y Jenofonte, el impuesto sobre los perros data de...»; en este momento
oigo unos pasos muy sospechosos. Miro hacia abajo y veo a una señorita con cara
larga y talle largo; se llama, según creo, Narinka o Varinka; pero esto no hace
al caso; busca algo y aparenta no haberse fijado en mí. Canta:
Te acuerdas de este cantar apasionado.
Leo lo que escribí y pretendo seguir adelante. Pero la
muchacha parece haberme visto, y me dice en tono triste:
-Buenos días, Nicolás Andreievitch. Imagínese mi desgracia.
Ayer salí de paseo, y se me perdió el dije de mi pulsera...
Leo de nuevo el principio de mi disertación, rectifico el
rabo de la letra b y quiero continuar; mas la muchacha no me deja.
-Nicolás Andreievitch -añade-, sea usted lo bastante amable
para acompañarme hasta mi casa. En la de Karenin hay un perro enorme, y yo no
me atrevo a ir sola.
¿Qué hacer? Dejo a un lado mi pluma y desciendo. Narinka o
Varinka me toma del brazo y ambos nos encaminamos a su morada. Cuando me veo
precisado a acompañar a una señora o a una señorita me siento como un gancho,
del cual pende un gran abrigo de pieles. Narinka o Varinka tiene un
temperamento apasionado -entre paréntesis, su abuelo era armenio-. Ella sabe a
maravilla colgarse del brazo y pegarse a las costillas de su acompañante como
una sanguijuela. De esta suerte, proseguimos nuestra marcha. Al pasar por
delante de la casa de los Karenin veo al perro y me acuerdo del tema de mi
disertación. Recordándolo, suspiro.
-¿Por qué suspira usted? -me pregunta Narinka o Varinka. Y
ella a su vez suspira.
Aquí debo dar una explicación: Narinka o Varinka -de repente
me doy cuenta de que se llama Masdinka- se figura que estoy enamorado de ella,
y se le antoja un deber de humanidad compadecerme y curar la herida de mi
corazón.
-Escuche -me dice-, yo sé por qué suspira usted. Usted ama,
¿no es verdad? Le prevengo que la joven por usted amada tiene por usted un
profundo respeto. Ella no puede corresponderle con su amor; mas no es suya la
culpa, porque su corazón pertenece a otro, tiempo ha.
La nariz de Masdinka se enrojece y se hincha; las lágrimas
afluyen a sus ojos. Ella espera que yo le conteste; pero, felizmente, hemos
llegado. En la terraza se encuentra la mamá de Masdinka, una persona excelente,
aunque llena de supersticiones. La dama contempla el rostro de su hija; y luego
se fija en mí, detenidamente, suspirando, como si quisiera exclamar: «¡Oh,
juventud, que no sabe disimular sus sentimientos!»
Además de la mamá están sentadas en la terraza señoritas de
matices diversos y un oficial retirado, herido en la última guerra en la sien
derecha y en el muslo izquierdo. Este infeliz quería, como yo, consagrar el
verano a la redacción de una obra intitulada Memorias de un militar. Al igual
que yo, aplícase todas las mañanas a la redacción de su libro; pero apenas
escribe la frase «Nací en tal año...», aparece bajo su balcón alguna Varinka o
Masdinka, que está allí como de centinela. Cuantos se hallan en la terraza se
ocupan en limpiar frutas, para hacer dulce con ellas. Saludo y me dispongo a
marchar; pero las señoritas de diversos matices esconden mi sombrero y me incitan
a que no me vaya. Tomo asiento. Me dan un plato con fruta y una horquilla, a
fin de que proceda, como los demás, a la operación de extraer el hueso. Las
señoritas hablan de sus cortejadores; fulano es guapo; mengano lo es también,
pero no es simpático; zutano es feo, aunque simpático; perengano no está mal
del todo, pero su nariz semeja un dedal, etc.
-Y usted, Nicolás -me dice la mamá de Masdinka-, no tiene
nada de guapo; pero le sobra simpatía; en usted hay un no sé qué... La verdad
es -añade suspirando- que para un hombre lo que vale no es la hermosura, sino
el talento.
Las jóvenes me miran y en seguida bajan los ojos. Ellas
están, sin duda, de acuerdo en que para un hombre lo más importante no es la
hermosura, sino el talento. Me observo, a hurtadillas, en el espejo para ver
si, realmente, soy simpático. Veo a un hombre de tupida melena, barba y bigote
poblados, cejas densas, vello en la mejilla, vello debajo de los ojos, todo un
conjunto velludo, en medio del cual descuella, como una torre sólida, su nariz.
-No me parezco mal del todo...
-Pero en usted, Nicolás, son las cualidades morales las que
llevan ventaja -replica la mamá de Masdinka.
Narinka sufre por mí; pero al propio tiempo, la idea de que
un hombre está enamorado de ella la colma de gozo. Ahora charlan del amor. Una
de las señoritas se levanta y se va; todas las demás empiezan a hablar mal de
ella. Todas, todas la hallan tonta, insoportable, fea, con un hombro más bajo
que otro. Por fin aparece mi sirvienta, que mi madre envió para llamarme a
comer. Puedo, gracias a Dios, abandonar esta sociedad estrambótica y entregarme
nuevamente a mi trabajo. Me levanto y saludo. Pero la mamá de Narinka y las
señoritas de diversos matices me rodean y me declaran que no me asiste el
derecho de marcharme porque ayer les prometí comer con ellas y después de la
comida ir a buscar setas en el bosque. Saludo y vuelvo a tomar asiento... En mi
alma hierve la irritación. Presiento que voy a estallar; pero la delicadeza y
el temor de faltar a las conveniencias sociales me obligan a obedecer a las
señoras, y obedezco. Nos sentamos a comer. El oficial retirado, que por efecto
de su herida en la sien tiene calambres en las mandíbulas, come a la manera de
un caballo provisto de su bocado. Hago bolitas de pan, pienso en la
contribución sobre los perros, y, consciente de mi irascibilidad, me callo.
Narinka me observa con lástima. Okroschka, lengua con guisantes, gallina
cocida, compota. Me falta apetito; pero engullo por delicadeza. Después de
comer voy a la terraza para fumar; en esto se me acerca la mamá de Masdinka y
me dice con voz entrecortada:
-No desespere usted, Nicolás... Su corazón es de... Vamos al
bosque.
Varinka se cuelga de mi brazo y establece el contacto. Sufro
inmensamente; pero me aguanto.
-Dígame, señor Nicolás -murmura Narinka-, ¿por qué está
usted tan triste, tan taciturno?
¡Extraña muchacha! ¿Qué se le debe responder? ¡Nada tengo
que decirle!
-Hábleme algo -añade la joven.
En vano busco algo vulgar, accesible a su intelecto. A
fuerza de buscar, lo encuentro, y me decido a romper el silencio.
-La destrucción de los bosques es una cosa perjudicial a
Rusia.
-Nicolás -suspira Varinka, mientras su nariz se colorea-,
usted rehuye una conversación franca... Usted quiere asesinarme con su
reserva... Usted se empeña en sufrir solo...
Me coge de la mano, y advierto que su nariz se hincha; ella
añade:
-¿Qué diría usted si la joven que usted quiere le ofreciera
una amistad eterna?
Yo balbuceo algo incomprensible, porque, en verdad, no sé
qué contestarle; en primer lugar, no quiero a ninguna muchacha; en segundo
lugar, ¿qué falta me hace una amistad eterna? En tercer lugar, soy muy
irritable. Masdinka o Varinka se cubre el rostro con las manos y dice a media
voz, como hablando consigo misma: «Se calla...; veo que desea mi sacrificio.
¿Pero cómo lo he de querer, si todavía quiero al otro?... Lo pensaré, sí, lo
pensaré; reuniré todas las fuerzas de mi alma, y, a costa de mi felicidad, libraré
a este hombre de sus angustias».
No comprendo nada. Es un asunto cabalístico. Seguimos el
paseo silencioso. La fisonomía de Narinka denota una lucha interior. Se oye el
ladrido de los perros. Esto me hace pensar en mi disertación, y suspiro de
nuevo. A lo lejos, a través de los árboles, descubro al oficial inválido, que
cojea atrozmente, tambaleándose de derecha a izquierda, porque del lado derecho
tiene el muslo herido, y del lado izquierdo tiene colgada de su brazo a una
señorita. Su cara refleja resignación. Regresamos del bosque a casa, tomamos el
té, jugamos al croquet y escuchamos cómo una de las jóvenes canta:
Tú no me amas, no...
Al pronunciar la palabra «no», tuerce la boca hasta la
oreja.
Charmant,
charmant, gimen en francés las otras jóvenes. Ya llega la noche. Por
detrás de los matorrales asoma una luna lamentable. Todo está en silencio. Se
percibe un olor repugnante de heno cortado. Tomo mi sombrero y me voy a
marchar.
-Tengo que comunicarle algo interesante -murmura Masdinka a
mi oído.
Abrigo el presentimiento de que algo malo me va a suceder,
y, por delicadeza, me quedo. Masdinka me coge del brazo y me arrastra hacia una
avenida. Toda su fisonomía expresa una lucha. Está pálida, respira con
dificultad; diríase que piensa arrancarme el brazo derecho. «¿Qué tendrá?»,
pienso yo.
-Escuche usted; no puedo...
Quiere decir algo; pero no se atreve. Veo por su cara que,
al fin, se decide. Me lanza una ojeada, y con la nariz, que va hinchándose
gradualmente, me dice a quema ropa:
-Nicolás, yo soy suya. No lo puedo amar; pero le prometo
fidelidad.
Se aprieta contra mi pecho y retrocede poco después.
-Alguien viene, adiós; mañana a las once me hallaré en la
glorieta.
Desaparece. Yo no comprendo nada. El corazón me late.
Regreso a mi casa. El pasado y el porvenir del impuesto sobre los perros me
aguarda; pero trabajar me es imposible. Estoy rabioso. Me siento terriblemente
irritado. Yo no permito que se me trate como a un chiquillo. Soy irascible, y
es peligroso bromear conmigo. Cuando la sirvienta me anuncia que la cena está
lista, la despido brutalmente:
-¡Váyase en mal hora!
Una irritabilidad semejante nada bueno promete. Al otro día,
por la mañana, el tiempo es el habitual en el campo. La temperatura fría, bajo
cero. El viento frío; lluvia, fango y suciedad. Todo huele a naftalina, porque
mi mamá saca a relucir su traje de invierno. Es el día 7 de agosto de 1887, día
del eclipse de sol. Hay que advertir que cada uno de nosotros, aun sin ser
astrónomo, puede ser de utilidad en esta circunstancia. Por ejemplo: cada uno
puede, primero, marcar el diámetro del sol con respecto al de la luna; segundo,
dibujar la corona del sol; tercero, marcar la temperatura; cuarto, fijar en el
momento del eclipse la situación de los animales y de las plantas; quinto,
determinar sus propias impresiones, etcétera. Todo esto es tan importante, que
por el momento resuelvo dejar aislado el impuesto sobre los perros. Me propongo
observar el eclipse. Todos nos hemos levantado muy temprano. Reparto el trabajo
en la forma siguiente: yo calcularé el diámetro del sol y de la luna; el
oficial herido dibujará la corona. Lo demás correrá a cargo de Masdinka y de
las señoritas de diversos matices.
-¿De qué proceden los eclipses? -pregunta Masdinka.
Yo contesto:
-Los eclipses proceden de que la luna, recorriendo la
elíptica, se coloca en la línea sobre la cual coinciden el sol y la tierra.
-¿Y qué es la elíptica?
Yo se lo explico. Masdinka me escucha con atención, y me
pregunta:
-¿No es posible ver, mediante un vidrio ahumado, la línea
que junta los centros del sol y de la tierra?
-Es una línea imaginaria -le contesto.
-Pero si es imaginaria -replica Masdinka-, ¿cómo es posible
que la luna se sitúe en ella?
No le contesto. Siento, sin embargo, que, a consecuencia de
esta pregunta ingenua, mi hígado se agranda.
-Esas son tonterías -añade la mamá de Masdinka-; nadie es
capaz de predecir lo que ocurrirá. Y, además, usted no estuvo jamás en el
cielo. ¿Cómo puede saber lo que acontece a la luna y al sol? Todo ello son
puras fantasías.
Es cierto; la mancha negra empieza a extenderse sobre el
sol. Todos parecen asustados; las vacas, los caballos, los carneros con los
rabos levantados, corren por el campo mugiendo. Los perros aúllan. Las chinches
creen que es de noche y salen de sus agujeros, con el objeto de picar a los que
hallen a su alcance. El vicario llega en este momento con su carro de pepinos,
se asusta, abandona el vehículo y se oculta debajo del puente; el caballo
penetra en su patio, donde los cerdos se comen los pepinos. El empleado de las
contribuciones, que había pernoctado en la casa vecina, sale en paños menores y
grita con voz de trueno: «¡Sálvese quien pueda!» Muchos veraneantes, incluso
algunas bonitas jóvenes, se lanzan a la calle descalzos. Otra cosa ocurre que
no me atrevo a referir.
-¡Qué miedo! ¡Esto es horrible! -chillan las señoritas de
diversos matices.
-Señora, observe bien, el tiempo es precioso. Yo mismo
calculo el diámetro.
Me acuerdo de la corona, y busco al oficial herido, quien
está parado, inmóvil.
-¿Qué diablos hace usted? ¿Y la corona?
El oficial se encoge de hombros, y con la mirada me indica
sus dos brazos. En cada uno de ellos permanece colgada una señorita, las
cuales, asidas fuertemente a él, le impiden el trabajo. Tomo el lápiz y anoto
los minutos y los segundos: esto es muy importante. Marco la situación
geográfica del punto de observación: esto es también muy importante. Quiero
calcular el diámetro, pero Masdinka me coge de la mano y me dice:
-No se olvide usted: hoy, a las once.
Me desprendo de ella, porque los momentos son preciosos y yo
tengo empeño en continuar mis observaciones. Varinka se apodera de mi otro
brazo y no me suelta. El lápiz, el vidrio ahumado, los dibujos, todo se cae al
suelo. ¡Diantre! Hora es de que esta joven sepa que yo soy irascible, y cuando
yo me irrito, no respondo de mí. En vano pretendo seguir. El eclipse se acabó.
-¿Por qué no me mira usted? -me susurra tiernamente al oído.
Esto es ya más que una burla. No es posible jugar con la
paciencia humana. Si algo terrible sobreviene, no será por culpa mía. ¡Yo no
permito que nadie se mofe de mí! ¡Qué diablo! En mis instantes de irritación no
aconsejo a nadie que se acerque a mí. Yo soy capaz de todo. Una de las
señoritas nota en mi semblante que estoy irritado y trata de calmarme.
-Nicolás Andreievitch, yo he seguido fielmente sus
indicaciones, observé a los mamíferos y apunté cómo, ante el eclipse, el perro
gris persiguió al gato, después de lo cual quedó por algún tiempo meneando la
cola.
Nada resulta, pues, de mis observaciones. Me voy a casa.
Llueve, y no me asomo al balconcito. El oficial herido se arriesga a salir a su
balcón, y hasta escribió: «He nacido en...» Pero desde mi ventana veo cómo una
de las señoritas de marras lo llama, con el fin de que vaya a su casa. Trabajar
me es imposible. El corazón me late con violencia. No iré a la cita de la
glorieta. Es evidente que cuando llueve yo no puedo salir a la calle. A las
doce recibo una esquelita de Masdinka, la cual me reprende, y exige que me
persone en la glorieta, tuteándome. A la una recibo una segunda misiva, y a las
dos una tercera. Hay que ir, no cabe duda. Empero, antes de ir, debo pensar qué
es lo que habré de decirle. Me comportaré como un caballero. En primer lugar,
le declararé que es inútil que cuente con mi amor; no, semejante cosa no se le
dice a las mujeres; decir a una mujer «yo no la amo», es como decir a un
escritor: «usted escribe mal». Le expondré sencillamente mi opinión acerca del
matrimonio. Me pongo, pues, el abrigo de invierno, empuño el paraguas y me
dirijo a la glorieta. Conocedor como soy de mi carácter irritable, temo cometer
alguna barbaridad. Me las arreglaré para refrenarme. En la glorieta, Masdinka
me espera. Narinka está pálida y solloza. Al verme prorrumpe en una exclamación
de alegría y se agarra a mi cuello.
-Por fin; ya abusas de mi paciencia. No he podido cerrar los
ojos en toda la noche. He pensado durante la noche, y a fuerza de pensar, saqué
en consecuencia que cuando te conozca mejor te podré amar.
Me siento a su lado; le expongo mi opinión acerca del matrimonio.
Por no alejarme del tema y abreviarlo hago sencillamente un resumen histórico.
Hablo del casamiento entre los egipcios; paso a los tiempos modernos; intercalo
algunas ideas de Schopenhauer. Masdinka me presta atención, pero luego, sin
transición, me dice:
-Nicolás, dame un beso.
Estoy molesto. No sé qué hacer. Ella insiste. ¿Qué hacer? Me
levanto y le beso su larga cara. Ello me produce la misma sensación que
experimenté cuando, siendo niño, me obligaron a besar el cadáver de mi abuela.
Varinka no parece satisfecha. Salta y me abraza. En el mismo momento, la mamá
de Masdinka aparece en el umbral de la puerta. Hace un gesto de espanto; dice a
alguien: «¡spch», y desaparece como Mefistófeles, por escotillón. Incomodado,
me encamino nuevamente a mi casa. En ella me encuentro a la mamá de Varinka,
que abraza, con lágrimas en los ojos, a mi mamá. Esta llora y exclama: «Yo
misma lo deseaba». A renglón seguido: «¿Qué les parece a ustedes?» La mamá de
Varinka se acerca a mí, me abraza y me dice: «¡Que Dios te bendiga! Tú has de
amarla. No olvides jamás que ella se sacrifica por ti.»
He aquí que me casan. Mientras esto escribo, los testigos
del matrimonio se encuentran cerca de mí y me dan prisa. Decididamente esta
gente no conoce mi irascibilidad. Soy terrible. No respondo de mí. ¡Por vida
de!... Ustedes adivinarán lo que puede ocurrir. Casar a un hombre irritado,
rabioso, es igual que meter la mano en la jaula de un tigre. Veremos cuál será
el desenlace final...
Estoy casado... Todos me felicitan. Varinka se apoya contra
mí y me dice:
-Ahora sí que eres mío. Sé que me amas, ¡dilo!
Su nariz se hincha. Me entero por los testigos de que el
oficial retirado fue bastante hábil para esquivar el casamiento. A una de las
señoritas le exhibió un certificado médico según el cual, a causa de su herida
en la sien, no tiene sano juicio, y, por tanto, le está prohibido contraer
matrimonio. ¡Qué idea! Yo también pude presentar un certificado. Uno de mis
tíos fue borracho. Otro era distraído. En cierta ocasión, en lugar de una
gorra, se cubrió la cabeza con un manguito de señora. Una tía mía era muy
aficionada al piano, y sacaba la lengua al tropezar con un hombre. Además, mi
carácter extremadamente irritable induce a sospechas. ¿Por qué las buenas ideas
acuden a la mente siempre demasiado tarde?...
FIN
Biblioteca Digital Ciudad Seva
sexta-feira, 13 de novembro de 2015
Um drama na caça
(...)Um Drama na Caça - tido por alguns como o único romance escrito por Tchékhov - é uma das suas primeiras produções publicadas. Foi servido aos leitores do "Novosti Dniá", em folhetins, no ano de 1884 e 1885 e, para assinar a obra, o autor serviu-se de dois pseudônimos: "Ante" de "Antone Tchekhonte". (...)
Anton Tchékhov - Editora Livros do Brasil – 2004
quinta-feira, 12 de novembro de 2015
En la administración de correos
Anton Chejov
La joven esposa del viejo administrador de Correos
Hattopiertzof acababa de ser inhumada. Después del entierro fuimos, según la
antigua costumbre, a celebrar el banquete funerario. Al servirse los buñuelos,
el anciano viudo rompió a llorar, y dijo:
-Estos buñuelos son tan hermosos y rollizos como ella.
Todos los comensales estuvieron de acuerdo con esta
observación. En realidad era una mujer que valía la pena.
-Sí; cuantos la veían quedaban admirados -accedió el administrador-.
Pero yo, amigos míos, no la quería por su hermosura ni tampoco por su bondad;
ambas cualidades corresponden a la naturaleza femenina, y son harto frecuentes
en este mundo. Yo la quería por otro rasgo de su carácter: la quería -¡Dios la
tenga en su gloria!- porque ella, con su carácter vivo y retozón, me guardaba
fidelidad. Sí, señores; érame fiel, a pesar de que ella tenía veinte años y yo
sesenta. Sí, señores; érame fiel, a mí, el viejo.
El diácono, que figuraba entre los convidados, hizo un gesto
de incredulidad.
-¿No lo cree usted? -le preguntó el jefe de Correos.
-No es que no lo crea; pero las esposas jóvenes son ahora
demasiado..., entendez vous...? sauce provenzale...
-¿De modo que usted se muestra incrédulo? Ea, le voy a
probar la certeza de mi aserto. Ella mantenía su fidelidad por medio de ciertas
artes estratégicas o de fortificación, si se puede expresar así, que yo ponía
en práctica. Gracias a mi sagacidad y a mi astucia, mi mujer no me podía ser
infiel en manera alguna. Yo desplegaba mi astucia para vigilar la castidad de
mi lecho matrimonial. Conozco unas frases que son como una hechicería. Con que
las pronuncie, basta. Yo podía dormir tranquilo en lo que tocaba a la fidelidad
de mi esposa.
-¿Cuáles son esas palabras mágicas?
-Muy sencillas. Yo divulgaba por el pueblo ciertos rumores.
Ustedes mismos los conocen muy bien. Yo decía a todo el mundo: «Mi mujer,
Alona, sostiene relaciones con el jefe de Policía Zran Alexientch Zalijuatski».
Con esto bastaba. Nadie se atrevía a cortejar a Alona, por miedo al jefe de
Policía. Los pretendientes apenas la veían echaban a correr, por temor de que
Zalijuatski no fuera a imaginarse algo. ¡Ja! ¡Ja!... Cualquiera iba a enredarse
con ese diablo. El polizonte era capaz de anonadarlo, a fuerza de denuncias.
Por ejemplo, vería a tu gato vagabundeando y te denunciaría por dejar tus
animales errantes...; por ejemplo...
-¡Cómo! ¿Tu mujer no estaba en relaciones con el jefe de
Policía? -exclaman todos con asombro.
-Era una astucia mía. ¡Ja! ¡Ja!... ¡Con qué habilidad los
llamé a engaño!
Transcurrieron algunos momentos sin que nadie turbara el
silencio.
Nos callábamos por sentirnos ofendidos al advertir que este
viejo gordo y de nariz encarnada se había mofado de nosotros.
-Espera un poco. Cásate por segunda vez. Yo te aseguro que
no nos volverás a coger -murmuró alguien.
FIN
Biblioteca Digital Ciudad Seva
sexta-feira, 30 de outubro de 2015
Iónich
Anton Chejov
I
Cuando los recién llegados a la ciudad de provincias S. se
quejaban de lo aburrida y monótona que era la vida en ella, los habitantes de
esa ciudad, como justificándose, decían que, al contrario, en S. se estaba muy
bien, que en S. había una biblioteca, un teatro, un club, se celebraban bailes
y -añadían finalmente- había algunas familias interesantes, agradables e
inteligentes con las que podían relacionarse. Y mencionaban a los Turkin como
los más instruidos y de mayores talentos.
Esta familia vivía en casa propia en la calle principal,
junto a la del gobernador. El propio Turkin, Iván Petróvich, un hombre moreno,
grueso y guapo, con patillas, organizaba espectáculos de aficionados con fines
benéficos en los que interpretaba a viejos generales. Al hacer su papel, tosía
de una manera muy cómica. Sabía muchos chistes, charadas, dichos, le gustaba
bromear, lanzar frases picantes y siempre tenía una expresión que hacía dudar
si hablaba en broma o en serio. Su mujer, Vera Iósifovna, una señora más bien
delgada, de aspecto agradable y con lentes, escribía relatos y novelas que leía
solícita a sus invitados. La hija, Ekaterina Ivánovna, una muchacha joven,
tocaba el piano. En una palabra, cada miembro de la familia tenía algún
talento. Los Turkin se alegraban de recibir invitados y se sentían felices de
mostrarles sus talentos, cosa que hacían con cordial sencillez. Su casa de
piedra era espaciosa y fresca en verano, la mitad de sus ventanas daban a un
viejo jardín sombreado, donde en primavera cantaban los ruiseñores. Cuando en
la casa había invitados, de la cocina venía el trajinar de los cuchillos y al
patio llegaba un olor de cebolla frita; todo ello era siempre la premonición de
una cena abundante y suculenta.
El doctor Stártsev, Dmitri Iónich, a poco de habérsele
destinado como médico rural e instalarse en Diálizh -a unos diez kilómetros de
S.- también oyó hablar de esa familia. Le decían que un hombre culto, como él,
sin falta debía conocer a los Turkin. Un día de invierno, en la calle, le
presentaron a Iván Petróvich; hablaron del tiempo, de teatro, de la epidemia de
cólera, y a ello siguió una invitación. En primavera, un día de fiesta -era Ascensión-,
después de pasar consulta, Stártsev se dirigió a la ciudad para distraerse un
poco y aprovechar para hacer algunas compras. Marchaba a pie, sin prisa
-todavía no tenía caballos propios, y canturreaba:
-Aún no había apurado yo el cáliz de la amargura...
Cuando llegó a la ciudad almorzó, paseó por el parque y
luego recordó la invitación de Iván Petróvich. Decidió visitar a los Turkin,
ver qué clase de personas eran.
-Muy buenas, por favor -le saludó Iván Petróvich al
recibirlo en la entrada-. Me alegra mucho ver a un invitado tan agradable.
Venga, le presentaré a mi querida media naranja. Le estaba diciendo, Vérochka
-prosiguió al presentar al doctor a su mujer-, le estaba diciendo que no tiene
ningún derecho a estarse metido en su clínica, porque su ocio se lo debe a la
sociedad. ¿No es cierto, cariño?
-Siéntese aquí -le decía Vera Iósifovna, señalando un
asiento a su lado-. Puede usted hacerme la corte. Mi marido es celoso, es un
Otelo, pero haremos lo posible por comportarnos de tal modo que no se dé cuenta
de nada.
-Oh, cariñito, eres muy juguetona... -le miró dulcemente
Iván Petróvich y le besó la frente-. Ha venido usted muy a propósito -se
dirigió de nuevo al invitado-, mi querida esposa ha escrito una enorme novela
que hoy leerá en público.
-Jean, dites que l'on nous donne du thé -dijo Vera Iósifovna
a su marido.
Le presentaron a Ekaterina Ivánovna, una muchacha de
dieciocho años, muy parecida a su madre, tan delgada y agraciada como ella.
Todavía tenía una expresión infantil y un talle fino, delicado. Y el pecho,
virginal, ya desarrollado, era de una belleza que hablaba de salud y primavera,
de una auténtica primavera. Después tomaron té con mermelada, miel, dulces y
unas galletas muy sabrosas que se deshacían en la boca. Con la llegada de la
tarde, poco a poco fueron llegando nuevos invitados; Iván Petróvich, cuando con
sus ojos risueños se dirigía a cada uno de ellos, le decía:
-Muy buenas, ¿cómo está usted?
Luego, todos se sentaron con rostros muy serios y Vera
Iósifovna leyó su novela. Empezaba así: "El frío era cada vez más
intenso...: Las ventanas estaban abiertas de par en par y de la cocina llegaba
el sonar de los cuchillos y el olor a cebolla frita... Atardecía. Se estaba muy
cómodo en los blandos y profundos sillones, las luces titilaban acariciadoras
en el salón. En esos momentos, en ese atardecer veraniego, cuando de la calle
llegaban voces y risas y del patio fluía el aroma de las lilas, era difícil imaginarse
un frío intenso y cómo el sol poniente iluminaba con sus rayos fríos la llanura
y a un caminante que marchaba solitario por el camino". Vera Iósifovna
leía una historia en la que una condesa joven y bella construía en su aldea
escuelas, hospitales, bibliotecas y se enamoraba de un pintor errante. Leía una
historia de las que nunca ocurren, sin embargo era agradable y ameno oírla, la
mente se llenaba de pensamientos buenos, apacibles. No daban ganas de reírse.
-No está nada mal... -dijo en voz baja Iván Petróvich.
Y uno de los invitados, llevado lejos, muy lejos, por la
historia, pronunció con voz casi inaudible:
-Sí... cierto... no está nada mal...
Pasó una hora y otra. En el vecino parque de la ciudad
tocaba una orquesta, cantaba un coro. Cuando Vera Iósifovna cerró su libreta,
durante cinco minutos quedaron en silencio. Escuchaban "El candil"
-que cantaba el coro- y la canción les decía lo que no se daba en la novela,
pero sí sucedía en la vida.
-¿Publica usted sus obras? -preguntó Stártsev a Vera
Iósifovna.
-No -contestó la señora-, no publico en ninguna parte, lo
escribo y lo guardo en un cajón. ¿Para qué publicarlo? -aclaró-. Medios no nos
faltan.
Por alguna razón, todos suspiraron.
-Y ahora, querida, tócanos algo -dijo Iván Petróvich a su
hija.
Levantaron la tapa del piano de cola, abrieron el libro de
notas que ya estaba preparado para el caso. Ekaterina Ivánovna se sentó y con
ambas manos golpeó las teclas y seguidamente dio otro golpe con todas sus
fuerzas. Los golpes se sucedieron uno tras otro, los hombros y los pechos de la
muchacha se estremecían, golpeaba con obstinación siempre en las mismas teclas
y parecía que no iba a parar hasta que estas no se hundieran en el piano. El
salón se llenó de estruendo; todo rugía: el suelo, el techo, los muebles...
Ekaterina Ivánovna tocaba un pasaje difícil, interesante justamente por su
dificultad; era extenso y reiterado. Stártsev, al escucharlo, se imaginaba cómo
de una alta montaña iban cayendo rocas y más rocas y deseó que terminaran de caer
cuanto antes. Pero al mismo tiempo Ekaterina Ivánovna, sonrosada y en tensión,
fuerte, enérgica, con un mechón de pelo cayéndole sobre la frente, le agradaba
mucho. Después de un invierno pasado en Diálizh entre enfermos y mujiks, era
tan agradable, tan nuevo encontrarse en ese salón, mirar a este ser joven
exquisito y lleno de gracia, y escuchar estos sonidos ruidosos, cansinos, pero
de todos modos cultos...
-¡Bueno, querida, hoy has interpretado como nunca! -exclamó
Iván Petróvich con lágrimas en los ojos cuando su hija acabó de tocar y se
levantó-. ¡Apuesto a que mejor imposible!
Todos la rodearon, felicitándola, y aseguraban asombrados
que hacía tiempo no habían oído cosa igual. Ella escuchaba en silencio, con
leve sonrisa y aire triunfal.
-¡Maravilloso! ¡Espléndido!
-¡Maravilloso! -dijo Stártsev, entregándose al regocijo
general-. ¿Dónde ha estudiado música? -preguntó a Ekaterina Ivánovna-. ¿En el
conservatorio?
-No, ahora tengo intención de ir. He estudiado aquí, con
madame Zavlóvskaia.
-¿Ha terminado sus estudios en el liceo de la ciudad?
-¡Oh, no! -respondió por su hija Vera Iósifovna-. Los
profesores han venido a casa. Porque estará usted de acuerdo conmigo en que en
el liceo o en el instituto podía tener malas compañías; mientras la chica
crece, sólo debe hallarse bajo la tutela de su madre.
-Pero iré al conservatorio de todos modos -dijo Ekaterina
Ivánovna.
-No, Katia es buena y no hará enfadar ni a papá ni a mamá.
-¡No, iré! ¡Iré sin falta! -exclamó Ekaterina Ivánovna medio
en broma haciendo pucheros, y sacudió su pie contra el suelo.
Durante la cena fue Iván Petróvich quien lució su talento.
Riéndose sólo con los ojos, contaba chistes, lanzaba frases ingeniosas,
proponía divertidos acertijos que él mismo resolvía. Todo el tiempo usaba un
lenguaje especial, fruto de largos ejercicios de ingenio. Empleaba expresiones
que, al parecer, ya eran habituales en él: "enormísimo", "no
está pero que nada mal", "se lo agradezco deformemente".
Pero esto no era todo. Cuando los invitados, satisfechos
después de la cena, se agolpaban en la entrada buscando sus abrigos y bastones,
entre ellos se afanaba el lacayo Pavlusha o, como se le llamaba en casa, Pava,
un muchacho de catorce años, con el pelo corto y mejillas rellenas.
-¡A ver, Pava, cómo lo haces! -le dijo Iván Petróvich.
Pava se colocó en postura teatral, alzó un brazo y exclamó
en tono trágico:
-¡Muere, desdichada!
Y todos se echaron a reír.
"Divertido" -pensó Stártsev al salir a la calle.
Entró en un restaurante, se tomó una cerveza y después se
fue caminando hacia su casa en Diálizh. Mientras entonaba:
-Oigo tu voz, cual caricia dolorosa...
A pesar de los nueve kilómetros recorridos, al acostarse no
se sintió nada fatigado. Al contrario, le parecía que muy bien hubiera podido
recorrer veinte kilómetros más.
-"No está nada mal" -recordó al dormirse, y
sonrió.
II
Stártsev tenía intención de volver a visitar a los Turkin,
pero en el hospital había mucho trabajo y no conseguía encontrar tiempo libre.
De este modo, ocupado y solitario pasó más de un año; pero un día le llegó una
carta en un sobre azul.
Vera Iósifovna hacía tiempo que sufría de dolores de cabeza,
y como últimamente su querida hija la amenazaba con marcharse a estudiar al
conservatorio, los dolores arreciaron. Visitaron a los Turkin todos los médicos
de la ciudad, hasta que por fin le tocó hacerlo al médico rural. Vera Iósifovna
le envió una carta muy emotiva en la que le rogaba que viniera a visitarla,
para aligerar así sus sufrimientos. Stártsev fue a verla y a partir de entonces
visitó a los Turkin muy a menudo... En efecto, en algo había ayudado a Vera
Iósifovna, y esta empezó a contarles a todos sus conocidos que se trataba de un
doctor asombroso, nunca visto. Pero los dolores de cabeza ya no eran el motivo
de la presencia del doctor en casa de los Turkin...
Sucedió en un día de fiesta. Ekaterina Ivánovna había
acabado sus largos y agotadores ejercicios de piano, después de lo cual pasaron
largo tiempo en el comedor, tomando té; Iván Petróvich contaba algo divertido.
De pronto sonó el timbre; había que ir a la entrada y recibir a algún invitado.
Stártsev, aprovechando la confusión del momento, susurró a Ekaterina Ivánovna
lleno de zozobra:
-¡Por el amor de Dios, se lo imploro, no me torture,
salgamos al jardín!
Ella se encogió de hombros con aire de asombro y de no
comprender qué era lo que quería Stártsev, pero se levantó, dirigiéndose hacia
el jardín.
-Se pasa usted tres y cuatro horas tocando el piano -decía
el médico caminando detrás de ella-, después se queda con su mamá y así no hay
manera de hablarle. Dedíqueme al menos un cuarto de hora, se lo ruego.
Se acercaba el otoño y el viejo jardín estaba silencioso,
triste; los senderos se cubrían de hojas mustias. Ya empezaba a anochecer
temprano.
-No la he visto en toda una semana -prosiguió Stártsev-, ¡Y
si usted supiera cuánto sufro por ello! Sentémonos. Quiero que me escuche.
En el jardín, ambos tenían un lugar preferido: el banco bajo
el viejo arce. Allí se sentaron.
-¿Qué es lo que quiere de mí? -preguntó Ekaterina Ivánovna
en tono seco, casi oficial.
-No la he visto en toda una semana, no la he oído tanto
tiempo. Quiero oír su voz, lo deseo con pasión. Dígame algo.
El médico estaba encantado con su frescura, absorto en la
expresión inocente de sus ojos. Hasta en el modo como le caía el vestido veía
algo inusitadamente hermoso, conmovedor por su sencillez y gracia ingenuas. Y
al mismo tiempo, a pesar de esta ingenuidad, la muchacha se veía muy
inteligente y desarrollada para sus años. Podía hablar con ella de literatura,
de arte, de cualquier cosa; podía quejarse de la vida, de los hombres, aunque a
veces sucedía que al tocar un tema serio, la muchacha se echaba a reír sin
motivo alguno o se marchaba corriendo a casa. Como la mayoría de las chicas de
la ciudad, leía mucho (pero en S. se leía poco, y en la biblioteca así lo
comentaban: si no fuera por las chicas y los jóvenes hebreos, muy bien se
podría cerrar la biblioteca); esto era algo que le gustaba infinitamente a
Stártsev, por lo que en cada ocasión le preguntaba emocionado sobre lo que
había leído en los últimos días y escuchaba encantado sus comentarios.
-Pero ¿adónde va? -exclamó horrorizado Stártsev, al ver que
ella se levantaba y se dirigía hacia la casa-. Tengo que hablar con usted...
¡Quédese al menos cinco minutos! ¡Se lo suplico!
La muchacha se detuvo como si quisiera decir algo; luego,
con gesto torpe, puso en la mano de él una nota y echó a correr hacia la casa;
al rato, sonó de nuevo el piano.
"Hoy, a las once de la noche -leyó Stártsev- venga al
cementerio junto al monumento a Demetti".
"Esto ya es una locura -pensó Stártsev, recobrando la
calma-. ¿Al cementerio? ¿Para qué?"
La cosa estaba clara: la chica le había hecho una broma.
Porque ¿a quién le cabe en la cabeza concertar una cita por la noche, lejos de
la ciudad y en el cementerio, cuando puede uno quedar sencillamente en la
calle, en el parque de la ciudad? ¿Y está bien que un médico, una persona
inteligente y respetable como él, se dedique a lanzar suspiros de amor, recibir
notitas, pasearse por los cementerios, en fin, hacer estupideces de las que
ahora se ríen hasta los escolares? ¿Hasta dónde puede llevar este romance? ¿Qué
dirán sus colegas cuando se enteren? Así pensaba Stártsev, deambulando en el
club por entre las mesas. Pero al llegar las diez y media se marchó al cementerio.
Ya tenía su carruaje y su cochero, Panteleimón, con
chaquetilla de terciopelo. Brillaba la luna. La noche estaba silenciosa,
templada, pero de un tibio otoñal. En las afueras, junto al matadero, aullaban
los perros. Stártsev dejó el coche en los límites de la ciudad, en un callejón,
y siguió el camino hacia el cementerio a pie. "Cada uno tiene sus rarezas
-pensaba-, Katia también tiene las suyas y, ¿quién sabe?, a lo mejor no es una
broma y viene de verdad."
Anduvo casi un kilómetro a campo traviesa. El cementerio se
dibujaba a lo lejos en una franja oscura, como un bosque o un jardín. Apareció
el muro de piedra blanca, la entrada... Con la claridad de la luna en las
puertas se podía leer: "Y llegará la hora". Stártsev atravesó la
entrada y lo primero que vio fueron las cruces blancas y los monumentos
funerarios a ambos lados de un ancho paseo, las sombras negras de aquellos y de
los álamos. A su alrededor se extendían, hasta perderse a lo lejos, manchas
claras y oscuras. Los árboles somnolientos inclinaban sus ramas sobre las
superficies blancas. Parecía que aquí había más luz que en el campo; las hojas
de los arces, como huellas de las manos, destacaban sobre la amarilla arena de
los paseos y las lápidas. Las inscripciones se leían con claridad. En un primer
momento, Stártsev quedó asombrado ante el espectáculo que se le presentaba por
primera vez y que, probablemente, nunca más volvería a ver: un mundo que no se
parecía a nada, un mundo en el que la luz lunar era suave y agradable, donde en
cada oscuro álamo, en cada tumba, se percibe la presencia de un misterio que
promete una vida calma, maravillosa, eterna. De las lápidas y las flores secas,
junto al aroma otoñal de las hojas, llegaba un hálito de perdón, tristeza y
paz.
Reinaba un mundo de silencio; desde el cielo miraban
resignadas las estrellas, y los pasos de Stártsev sonaban rudos y desatinados.
Sólo cuando en la iglesia sonaron las horas y él se imaginó muerto, enterrado
aquí por los siglos de los siglos, sólo entonces le pareció que alguien lo
observaba; pensó por un instante que esto no era paz, ni silencio, sino la muda
angustia del no existir...
El monumento a Demetti era una capilla con un ángel en la
cúspide. Cierta vez, en S. actuó de paso una compañía italiana de ópera; una de
sus cantantes murió, aquí la enterraron y levantaron este monumento funerario.
En la ciudad ya nadie se acordaba de ella, aunque la lamparilla sobre la
entrada reflejaba la luz lunar y parecía arder.
...Esperó sentado junto al monumento una media hora, luego
se paseó por los caminos colaterales, con el sombrero en la mano. Esperaba y
pensaba en las mujeres y muchachas que yacían en estas tumbas. ¡Cuántos seres
hermosos, encantadores, que amaron, ardieron con loca pasión en sus noches
entregándose a las caricias! ¡Y realmente, qué malas pasadas gasta la madre
naturaleza a los hombres, cuánto dolía reconocerlo! Así pensaba Stártsev. Al
mismo tiempo, quería ponerse a gritar que él quiere, que él anhela desesperado
el amor; ante él aparecían no ya pedazos de mármol, sino cuerpos maravillosos,
veía formas que desaparecían vergonzosas entre las sombras de los árboles,
percibía su calor y el tormento se hacía insoportable...
Como si bajara el telón, la luna se ocultó tras una nube y
de pronto todo oscureció a su alrededor. Casi no podía encontrar la entrada
-todo estaba a oscuras como en las noches de otoño-, luego anduvo cosa de una
hora y media buscando el callejón donde había dejado el coche.
-Estoy cansado, casi no me tengo en pie -le dijo a
Panteleimón.
Y sentándose con placer en el carruaje pensó: "¡Oh, no
hay que engordar!"
III
Al día siguiente, por la tarde, se dirigió a casa de los
Turkin con el fin de declararse. Pero le resultó incómodo hacerlo, porque
Ekaterina Ivánovna estaba con el peluquero. Se estaba arreglando para ir al
club, a una fiesta.
De nuevo se quedó largo rato esperando en el comedor,
tomando té. Iván Petróvich, al ver que el invitado estaba pensativo y se
aburría, sacó de un bolsillo de su chaleco unos papelitos y le leyó una carta
divertida de su administrador alemán que le informaba de la marcha de sus propiedades,
en un lenguaje pretendidamente culto y estrafalario.
"Seguro que la dote no será pequeña", pensaba
Stártsev escuchando distraído.
Después de una noche en blanco se encontraba embotado, como
si lo hubieran llenado de un somnífero; tenía el ánimo nebuloso pero alegre,
cálido, aunque al mismo tiempo un fragmento frío y pesado, en su mente, repetía
y volvía a repetir:
"¡Frénate antes de que sea tarde! ¿Qué pareja es para
ti? Es una niña mimada, caprichosa, duerme hasta las dos; en cambio tú eres un
hijo de diácono, un médico rural..."
"Bueno ¿y qué? -se contestaba-. ¿Qué más da?"
"Además, si te casas con ella -proseguía la parte fría
de su ser-, su familia te obligará a dejar el trabajo en el campo y a vivir en
la ciudad".
"Bueno ¿y qué? -pensaba-. Si hay que vivir en la ciudad
que así sea. Con la dote nos instalamos como debe ser..."
Por fin entró Ekaterina Ivánovna. Llevaba un traje de gala,
escotado; estaba graciosa, pulcra. Stártsev quedó prendado; tal fue su
entusiasmo que no pudo pronunciar ni una sola palabra: tenía sus ojos clavados
en ella y sonreía.
La muchacha se despidió y él -ya nada lo retenía allí- se
levantó diciendo que era hora de irse pues lo esperaban los enfermos.
-Qué le vamos a hacer -dijo Iván Petróvich-, vaya usted, de
paso lleve a Katia hasta el club.
Afuera caían algunas gotas, estaba muy oscuro, y sólo por la
tos ronca de Panteleimón podía adivinarse dónde estaban los caballos.
Levantaron la capota del coche. Se pusieron en marcha.
-Ayer estuve en el cementerio -empezó diciendo Stártsev-.
Qué cruel y despiadado de su parte...
-¿Estuvo
usted en el cementerio?
-Sí, estuve allí y la esperé casi hasta las dos. No sabe
usted lo que sufrí...
-Pues sufra usted, si no entiende las bromas.
Ekaterina Ivánovna, satisfecha de la astuta broma que le
había gastado a su enamorado y de lo mucho que se la quería, se puso a reír.
Pero, de pronto, gritó del susto, pues en ese mismo instante los caballos
hicieron un movimiento brusco hacia las puertas del club y el coche se ladeó.
Stártsev abrazó a Ekaterina Ivánovna por el talle; ella, asustada, se apretó
contra él, y Stártsev, que no pudo contenerse, la besó con pasión en los
labios, en la barbilla y la abrazó con más fuerza.
-Basta -dijo la muchacha en tono cortante.
Y casi de inmediato ya no estaba en el coche. El guardia que
se encontraba junto a la entrada iluminada del club gritó con voz repugnante al
cochero Panteleimón:
-¿Qué haces ahí pasmado? ¡Sigue para adelante!
Stártsev se dirigió a casa, pero pronto volvió. Vestido con
un frac que le habían prestado y una corbata blanca que quería escaparse del
cuello, a medianoche se encontraba sentado en el salón del club y decía con
pasión a Ekaterina Ivánovna:
-¡Oh, qué poco saben aquellos que nunca han amado! Creo que
nadie todavía ha podido descubrir con fidelidad el amor, y difícilmente será
posible describir este sentimiento sutil, feliz y atormentado. El que lo ha
experimentado, aunque sea sólo una vez, no podrá expresarlo con palabras. ¿Para
qué los prólogos, las explicaciones? ¿Para qué la inútil elocuencia? Mi amor no
tiene límites... Le ruego, se lo imploro -logró por fin decir Stártsev-, ¡sea
mi esposa!
-Dmitri Iónich -dijo después de pensar un momento Ekaterina
Ivánovna en tono serio-, Dmitri Iónich, me siento profundamente agradecida por
el honor que usted me concede, yo lo respeto, pero... -se levantó y prosiguió
de pie-, pero, ruego que me disculpe, no puedo ser su mujer. Hablemos en serio.
Dmitri Iónich, usted sabe que lo que más quiero en la vida es el arte; amo con
locura, adoro la música, y a ella he consagrado mi vida. Quiero ser una
artista, quiero alcanzar la gloria, grandes éxitos, la libertad. Y lo que usted
pretende es que siga viviendo en esta ciudad, que continúe llevando esta vida
vacía e inútil que ya no soporto más. Convertirme en esposa, ¡oh, no,
discúlpeme! La persona debe aspirar a algo superior, esplendoroso; en cambio,
la vida familiar me encadenaría para el resto de mi vida. Dmitri Iónich, es
usted un hombre bueno, respetable, inteligente, es usted el mejor... -se le
llenaron de lágrimas los ojos-, comprendo con toda mi alma sus sentimientos,
pero entiéndame usted también a mí...
Y para no echarse a llorar, se dio vuelta y salió
apresuradamente del salón.
El corazón de Stártsev latía violentamente. Al salir del
club a la calle se arrancó el duro corbatín y respiró a pleno pulmón. Estaba
avergonzado y se sentía ofendido en su orgullo; no esperaba la negativa y no
podía hacerse a la idea de que todos sus sueños, sufrimientos y aspiraciones lo
hubieran llevado a un final tan estúpido, igual que en una breve obra de
aficionados. Y sentía pena de sus sentimientos, de su amor; tanta era la
lástima, que tuvo ganas de ponerse a llorar o de dar un paraguazo con todas sus
fuerzas en las espaldas de Panteleimón.
Durante tres días las cosas se le caían de las manos, no
comía, no dormía. Pero cuando le llegó la noticia de que Ekaterina Ivánovna se
había marchado a Moscú para ingresar en el conservatorio, se tranquilizó y su
vida volvió a la normalidad.
Tiempo después, cuando a veces se acordaba de cómo se pasó
media noche en el cementerio o de cómo se recorrió toda la ciudad en busca de
un frac, se estiraba perezoso y se decía:
-¡Cuánta guerra me dio la muchacha!
IV
Pasaron cuatro años. Stártsev tenía ya una gran clientela.
Cada mañana hacía rápido sus visitas en Diálizh y luego marchaba a ver a sus
pacientes de la ciudad. Viajaba ya no en un par de caballos, sino en una troika
con cascabeles; volvía a casa tarde por la noche. Estaba más grueso, había
echado carnes, andaba lo menos que podía, pues padecía de asma. También
Panteleimón estaba más gordo, y cuanto más crecía a lo ancho, con más tristeza
suspiraba quejándose de su mala suerte: ¡estaba harto de pasar tanto tiempo en
el pescante!
Stártsev visitaba muchas casas y personas, pero no intimaba
con nadie. Los habitantes de la ciudad, con sus conversaciones, opiniones sobre
la vida y hasta por sus caras lo irritaban. Poco a poco, la experiencia le
enseñó que las personas, mientras uno juegue a las cartas o tome un trago con
ellas, parecen gente pacífica, bondadosa y hasta inteligente, pero basta con
tocar algún tema que no sea de comida, por ejemplo, de política o de ciencia,
para que se metan en disquisiciones inútiles y desplieguen una filosofía tan
torpe y malvada que a uno lo único que le queda es o echarse a llorar o irse
por donde ha venido. Cuando Stártsev intentaba hablar incluso con personas de
talante liberal, por ejemplo, de que, gracias a Dios, la humanidad avanza y que
con el tiempo ésta prescindirá de los pasaportes y de la pena de muerte, el
hombre se le quedaba mirando y preguntaba con desconfianza: "¿O sea que,
entonces, todo el mundo podrá romperle la cabeza a quien le parezca?" Y
cuando Stártsev decía en un grupo -durante alguna cena o un té- que hacía falta
trabajar, que no se podía vivir sin trabajar, entonces todos se lo tomaban como
una alusión personal, se enfadaban y se ponían a discutir agresivos. Por lo
demás, la gente no hacía nada, decididamente nada, no se interesaba por nada y
por mucho que se esforzara uno, no podía ingeniarse un tema de conversación con
ella. Así que Stártsev evitaba conversar, sólo tomaba sus tragos y jugaba a las
cartas. Y cuando lo invitaban a alguna fiesta de cumpleaños, el hombre se
sentaba a la mesa y comía en silencio, mirando el plato; todo lo que se decía
en ese rato no tenía interés alguno, era injusto, estúpido. Él se sentía
irritado, perdía la calma, pero callaba. Por su hosco silencio y su mirada
clavada en el plato, en la ciudad se le empezó a llamar "el polaco
enfurruñado", aunque nunca había sido polaco.
Se abstenía de diversiones tales como el teatro o los
conciertos, pero, en cambio, jugaba a las cartas cada día, unas tres horas, y
lo hacía con placer. Tenía otra distracción a la que se acostumbró poco a poco,
que era cada tarde sacar de sus bolsillos los papelitos de cuánto había ganado
con sus clientes y sucedía que en un día estos papeles metidos en sus bolsillos
-de colores amarillo y verde, que olían a perfume, vinagre, incienso o aceite
de pescado- alcanzaban los setenta rublos, y cuando reunía varios cientos los
llevaba a la Sociedad de Crédito y Préstamo y los ingresaba allí en una cuenta
corriente.
En los cuatro años que pasaron desde la partida de Ekaterina
Ivánovna sólo había estado dos veces en casa de los Turkin y fue por invitación
de Vera Iósifovna, quien seguía curándose de los dolores de cabeza. Ekaterina
Ivánovna venía cada verano a descansar con sus padres, pero no la vio ni una
sola vez.
Pasaron cuatro años. En una mañana tranquila y tibia, le
trajeron una carta. Vera Iósifovna le escribía a Dmitri Iónich que lo añoraba
mucho; le rogaba que viviera sin falta a su casa y aligerara sus penas y que,
por cierto, hoy era su cumpleaños. Abajo seguía la frase siguiente: "Yo
también me sumo al ruego de mamá. E."
Stártsev se lo pensó y por la tarde se dirigió a casa de los
Turkin.
-¡Oh, se le saluda! ¿Cómo está usted? -lo recibió Iván
Petróvich sonriendo sólo con los ojos-. Que tenga un bonjour.
Vera Iósifovna, ya muy envejecida, con cabellos blancos, le
estrechó la mano a Stártsev, suspiró con afectación y dijo:
-Querido doctor, no quiere usted hacerme la corte, nunca
viene a vernos, ya soy vieja para usted. Pero, mire, ha vuelto la joven, a lo
mejor ella tiene más suerte.
¿Y Katia? Estaba más delgada, más pálida, más hermosa y
esbelta; pero ya era Ekaterina Ivánovna y no Katia; ya no se veía la frescura y
la expresión de inocencia infantil de antes. En su mirada, en sus gestos, había
algo nuevo, cierto aire culpable, como si en casa de los Turkin ya no se
sintiera en la suya propia.
-¡Cuántos siglos sin verlo! -exclamó al tender la mano hacia
Stártsev; se notaba que su corazón latía emocionado. Mirando fijamente y con
curiosidad su rostro, prosiguió-: ¡Cómo ha engordado! Está más moreno, parece
más hombre, pero en general ha cambiado poco.
También entonces le gustaba la muchacha, le gustaba mucho,
aunque le faltaba algo, o le sobraba, no sabría decirlo, pero había algo que le
impedía sentirse como antes. No le agradaba su palidez, la nueva expresión de
su rostro, la débil sonrisa, la voz y, algo más tarde, no le gustó el vestido,
el sillón en el que ella se sentaba; le disgustaba algo del pasado, de cuando
estuvo a punto de casarse con ella. Recordó su amor, las ilusiones y esperanzas
que lo dominaron hacía cuatro años, y se sintió molesto.
Tomaron té con un pastel dulce. Luego Vera Iósifovna leyó en
voz alta una novela, narró algo que nunca ocurría en la vida. Stártsev
escuchaba y miraba su cabeza canosa y bella, esperando que acabara.
"El inepto no es quien no sabe escribir novelas, sino
el que las escribe y no sabe disimularlo" -pensaba Stártsev.
-No está mal, pero nada mal... -comentó Iván Petróvich.
Después, Ekaterina Ivánovna tocó el piano durante un buen
rato y en forma ruidosa. Cuando acabó, los invitados la felicitaron por su
ejecución.
"Hice bien en no casarme con ella" -pensó con
alivio Stártsev.
Ella lo miraba y, al parecer, esperaba que él la invitara a
salir al jardín, pero Stártsev permanecía en silencio.
-Charlemos un rato -dijo ella acercándose a él-. Cuénteme
algo de su vida. ¿Cómo va todo? ¿Bien? Todos estos días he pensado en usted
-prosiguió nerviosa-. Quería enviarle una carta, quería ir yo misma a Diálizh.
Había decidido ir, aunque luego cambié de idea. Dios sabe qué pensará usted de
mí ahora. ¡Lo esperaba hoy con tanta emoción! Se lo ruego, por favor, salgamos
al jardín.
Salieron al jardín y se sentaron en el banco bajo el viejo arce,
como cuatro años atrás. Estaba oscuro.
-¿Qué tal le va? -preguntó de pronto Ekaterina Ivánovna.
-Pues así, aquí estamos, vamos tirando -contestó Stártsev.
No se le ocurrió nada más. Callaron.
-Estoy muy emocionada -dijo Ekaterina Ivánovna, y se tapó el
rostro con las manos-, pero usted no haga caso. Estoy tan bien en casa y tan
contenta de verlos a todos que no puedo hacerme a la idea. ¡Cuántos recuerdos!
Me parecía que íbamos a hablar sin parar hasta la madrugada.
Ahora veía de cerca su cara, sus ojos brillantes, aquí en la
oscuridad parecía más joven que en la habitación y hasta daba la impresión de
haber recobrado su expresión infantil de antes. En efecto, miraba con ingenua
curiosidad el rostro del hombre, como si quisiera ver más de cerca y comprender
al hombre que en otro tiempo la había amado con tanto ardor, tanta ternura y
tan poca suerte. Sus ojos le agradecían aquel amor. Y él recordó todo lo
sucedido, los más pequeños detalles, cómo anduvo por el cementerio, cómo
después, al amanecer, regresó a casa, agotado; y de pronto sintió tristeza y
lástima del pasado. En el alma se le encendió una pequeña llama.
-¿Se acuerda usted cuando la acompañé a la velada en el
club? -dijo él-. Entonces llovía, estaba oscuro...
El fuego crecía en su alma, y ya tenía ganas de hablar, de
quejarse de la vida...
-¡Hum! -exclamó en un suspiro-. Me pregunta usted por mi
vida. ¿Cómo vivimos aquí? Pues de ninguna manera. Envejecemos, engordamos,
vamos cayendo... Día tras día, noche tras noche, la vida pasa monótona, sin
impresiones, sin ideas... Durante el día a ganarse el pan, por la tarde al
club, una sociedad de jugadores de cartas, alcohólicos y groseros, a los que no
puedo aguantar. ¿Qué hay de bueno en eso?
-Pero tiene usted el trabajo, un fin honrado en la vida.
Antes le gustaba tanto hablar de su hospital. Yo entonces era una chica rara,
me imaginaba una gran pianista. Ahora todas las señoritas tocan el piano, y yo
también tocaba, como todas. No había en mí nada de particular: soy tan pianista
como mi madre escritora. Y claro está, entonces yo no lo comprendía, pero en
Moscú a menudo pensé en usted. Sólo pensaba en usted. ¡Qué felicidad ser médico
rural, ayudar a los que sufren, servir al pueblo! ¡Qué felicidad! -volvió a
decir Ekaterina Ivánovna con entusiasmo-. Cuando pensaba en usted en Moscú me
lo imaginaba tan ideal, tan elevado...
Stártsev se acordó de los papelitos que por las tardes
sacaba de los bolsillos con gran placer, y el fuego que ardía en su pecho se
apagó.
Se levantó para marcharse a su casa. Ella lo sujetó del
brazo y prosiguió:
-Usted es el mejor de los hombres que he conocido en mi
vida. Nos veremos, charlaremos, ¿no es cierto? Prométamelo. Yo no soy pianista,
en lo que a mí respecta no me engaño y en su presencia no tocaré ni hablaré de
música.
Cuando entraron en la casa, Stártsev vio a la luz su rostro
y sus ojos tristes, agradecidos e inquisitivos, dirigidos hacia él; se sintió
intranquilo y pensó de nuevo: "Qué bien que no me casé con ella".
Comenzó a despedirse.
-No tiene usted ningún derecho de marcharse sin cenar -le
decía Iván Petróvich al acompañarlo-. ¡A ver, tu representación! -dijo
dirigiéndose en el recibidor a Pava.
Pava, que ya no era un chiquillo sino un joven con bigote,
se estiró, alzó un brazo y exclamó con voz trágica:
-"¡Muere, desdichada!"
Estas cosas irritaban a Stártsev. Al sentarse en el coche y
mirar hacia la oscura casa y el jardín que en un tiempo le resultaron tan
agradables y queridos, se acordó de todo junto: las novelas de Vera Iósifovna,
las ruidosas interpretaciones de Katia, las frases supuestamente ingeniosas de
Iván Petróvich, la pose trágica de Pava, y pensó que si la gente más
inteligente de toda la ciudad era tan mediocre, cómo tendría que ser el resto.
Al cabo de tres días, Pava le llevó una carta de Ekaterina
Ivánovna.
"No viene usted a vernos. ¿Por qué? -escribía-. Me temo
que haya cambiado de actitud hacia nosotros y me asusta tan sólo la idea de
pensarlo. Deshaga mis temores, venga a vernos y diga que todo sigue bien.
Necesito hablar con usted. Su E.I."
Leyó la nota, pensó un momento y le dijo a Pava:
-Dile, querido Pava, que hoy no puedo ir, estoy muy ocupado.
Di que iré dentro de unos tres días.
Pero transcurrieron tres días, luego una semana y seguía sin
ir. En cierta ocasión, al pasar en coche junto a la casa de los Turkin, se
acordó de que tenía que visitarlos aunque fuera sólo por un minuto, mas lo
pensó... y no entró.
Y nunca más visitó a los Turkin.
V
Han pasado varios años más. Stártsev ha engordado más aún,
está hecho una bola de grasa, respira con fuerza y al andar echa ya la cabeza
atrás. Cuando con su aspecto rechoncho y rojo marcha en su troika con
cascabeles y Panteleimón, también rechoncho y rojo, con un cuello carnoso,
sentado en el pescante, lanza las manos hacia adelante, como si fueran de
madera, y grita a los que vienen a su encuentro: "¡A la dereeecha!",
el cuadro resulta imponente; parece que el que va allí no es un hombre sino
algún dios mitológico. En la ciudad tiene una gran clientela, no le queda
tiempo ni para respirar, y ya posee una hacienda y dos casas en la ciudad. Le
tiene puesto el ojo a una tercera más rentable. Y cuando en la Sociedad de
Crédito y Préstamo le hablan de alguna casa en venta, va a visitarla y sin
ninguna clase de ceremonias, pasando por todas las habitaciones sin prestar
atención a las mujeres desvestidas y los niños que lo miran con asombro y
miedo, señala con un bastón en todas las puertas y suele decir:
-¿Esto es el despacho? ¿El dormitorio? ¿Y aquí qué hay?
Tiene una respiración forzada y se seca el sudor de la
frente.
A pesar de su mucho trabajo no deja el cargo de médico
rural: la avaricia es más fuerte que él, quiere poder con todo. En Diálizh y en
la ciudad lo llaman simplemente Iónich. "¿Adónde irá Iónich?" o
"¿Por qué no consultamos a Iónich?"
Seguramente por tener la garganta aprisionada por la grasa,
se le ha cambiado la voz, la tiene ahora fina y aguda. También le ha cambiado
el carácter... es más pesado e irritable. Al recibir a los enfermos por lo
común se enfada, golpea impaciente con el bastón contra el suelo y grita con su
voz desagradable:
-¡Limítese sólo a contestar a las preguntas! ¡Silencio!
Está solo. Su vida es aburrida, nada ni nadie le llega a
interesar.
En todos esos años vividos en Diálizh, el amor por Katia ha
sido su única alegría y seguramente la última. Por las tardes juega a las
cartas en el club, después se sienta sólo a una gran mesa y cena. Le sirve
Iván, el sirviente más viejo y respetado, y ya todos -los encargados del club,
el cocinero y el sirviente- saben lo que le gusta y lo que no y se esfuerzan
por satisfacer todos sus menores deseos. Porque no vaya a ser que se enfade y
empiece a dar bastonazos contra el suelo.
Mientras cena, en ocasiones se da la vuelta e interviene en
alguna conversación.
-¿De qué hablan? ¿Eh? ¿De quién?
Y cuando por casualidad en alguna mesa vecina se toca el
tema de los Turkin, siempre pregunta:
-¿De qué
Turkin hablan ustedes? ¿Esa gente que tiene una hija que toca el piano?
Esto es todo lo que se puede decir de él.
¿Y de los Turkin? Iván Petróvich no ha envejecido, no ha
cambiado nada y como siempre dice frases ingeniosas y cuenta chistes; Vera
Iósifovna lee sus novelas a los invitados con la misma solicitud y cordial
sencillez. Katia toca el piano sus cuatro horas. Ha envejecido sensiblemente,
tiene algún achaque y cada otoño se marcha con su madre a Crimea. Al
despedirlas en la estación, cuando el tren se pone en marcha, Iván Petróvich se
seca las lágrimas y grita:
-¡Hasta la vista, por favor! Y agita un pañuelo.
Anton Chejov
Biblioteca Digital Ciudad Seva
quarta-feira, 31 de dezembro de 2014
La tristeza
Anton Chejov
La capital está envuelta en las penumbras vespertinas. La
nieve cae lentamente en gruesos copos, gira alrededor de los faroles
encendidos, extiende su capa fina y blanda sobre los tejados, sobre los lomos
de los caballos, sobre los hombros humanos, sobre los sombreros.
El cochero Yona está todo blanco, como un aparecido. Sentado
en el pescante de su trineo, encorvado el cuerpo cuanto puede estarlo un cuerpo
humano, permanece inmóvil. Diríase que ni un alud de nieve que le cayese encima
lo sacaría de su quietud.
Su caballo está también blanco e inmóvil. Por su
inmovilidad, por las líneas rígidas de su cuerpo, por la tiesura de palo de sus
patas, aun mirado de cerca parece un caballo de dulce de los que se les compran
a los chiquillos por un copec. Hállase sumido en sus reflexiones: un hombre o
un caballo, arrancados del trabajo campestre y lanzados al infierno de una gran
ciudad, como Yona y su caballo, están siempre entregados a tristes
pensamientos. Es demasiado grande la diferencia entre la apacible vida rústica
y la vida agitada, toda ruido y angustia, de las ciudades relumbrantes de
luces.
Hace mucho tiempo que Yona y su caballo permanecen
inmóviles. Han salido a la calle antes de almorzar; pero Yona no ha ganado
nada.
Las sombras se van adensando. La luz de los faroles se va
haciendo más intensa, más brillante. El ruido aumenta.
-¡Cochero! -oye de pronto Yona-. ¡Llévame a Viborgskaya!
Yona se estremece. A través de las pestañas cubiertas de
nieve ve a un militar con impermeable.
-¿Oyes? ¡A Viborgskaya! ¿Estás dormido?
Yona le da un latigazo al caballo, que se sacude la nieve
del lomo. El militar toma asiento en el trineo. El cochero arrea al caballo,
estira el cuello como un cisne y agita el látigo. El caballo también estira el
cuello, levanta las patas, y, sin apresurarse, se pone en marcha.
-¡Ten cuidado! -grita otro cochero invisible, con cólera-.
¡Nos vas a atropellar, imbécil! ¡A la derecha!
-¡Vaya un cochero! -dice el militar-. ¡A la derecha!
Siguen oyéndose los juramentos del cochero invisible. Un
transeúnte que tropieza con el caballo de Yona gruñe amenazador. Yona, confuso,
avergonzado, descarga algunos latigazos sobre el lomo del caballo. Parece
aturdido, atontado, y mira alrededor como si acabara de despertar de un sueño
profundo.
-¡Se diría que todo el mundo ha organizado una conspiración
contra ti! -dice en tono irónico el militar-. Todos procuran fastidiarte,
meterse entre las patas de tu caballo. ¡Una verdadera conspiración!
Yona vuelve la cabeza y abre la boca. Se ve que quiere decir
algo; pero sus labios están como paralizados y no puede pronunciar una palabra.
El cliente advierte sus esfuerzos y pregunta:
-¿Qué hay?
Yona hace un nuevo esfuerzo y contesta con voz ahogada:
-Ya ve
usted, señor... He perdido a mi hijo... Murió la semana pasada...
-¿De veras?... ¿Y de qué murió?
Yona, alentado por esta pregunta, se vuelve aún más hacia el
cliente y dice:
-No lo sé... De una de tantas enfermedades... Ha estado tres
meses en el hospital y a la postre... Dios que lo ha querido.
-¡A la derecha! -óyese de nuevo gritar furiosamente-.
¡Parece que estás ciego, imbécil!
-¡A ver! -dice el militar-. Ve un poco más aprisa. A este
paso no llegaremos nunca. ¡Dale algún latigazo al caballo!
Yona estira de nuevo el cuello como un cisne, se levanta un
poco, y de un modo torpe, pesado, agita el látigo.
Se vuelve repetidas veces hacia su cliente, deseoso de
seguir la conversación; pero el otro ha cerrado los ojos y no parece dispuesto
a escucharle.
Por fin,
llegan a Viborgskaya. El cochero se detiene ante la casa indicada; el
cliente se apea. Yona vuelve a quedarse solo con su caballo. Se estaciona ante
una taberna y espera, sentado en el pescante, encorvado, inmóvil. De nuevo la
nieve cubre su cuerpo y envuelve en un blanco cendal caballo y trineo.
Una hora, dos... ¡Nadie! ¡Ni un cliente!
Mas he aquí que Yona torna a estremecerse: ve detenerse ante
él a tres jóvenes. Dos son altos, delgados; el tercero, bajo y jorobado.
-¡Cochero, llévanos al puesto de policía! ¡Veinte copecs por
los tres!
Yona coge las riendas, se endereza. Veinte copecs es
demasiado poco; pero, no obstante, acepta; lo que a él le importa es tener
clientes.
Los tres jóvenes, tropezando y jurando, se acercan al
trineo. Como solo hay dos asientos, discuten largamente cuál de los tres ha de
ir de pie. Por fin se decide que vaya de pie el jorobado.
-¡Bueno; en marcha! -le grita el jorobado a Yona,
colocándose a su espalda-. ¡Qué gorro llevas, muchacho! Me apuesto cualquier
cosa a que en toda la capital no se puede encontrar un gorro más feo...
-¡El señor está de buen humor! -dice Yona con risa forzada-.
Mi gorro...
-¡Bueno, bueno! Arrea un poco a tu caballo. A este paso no
llegaremos nunca. Si no andas más aprisa te administraré unos cuantos sopapos.
-Me duele la cabeza -dice uno de los jóvenes-. Ayer, yo y
Vaska nos bebimos en casa de Dukmasov cuatro botellas de caña.
-¡Eso no es verdad! -responde el otro-. Eres un embustero,
amigo, y sabes que nadie te cree.
-¡Palabra de honor!
-¡Oh, tu honor! No daría yo por él ni un céntimo.
Yona, deseoso de entablar conversación, vuelve la cabeza, y,
enseñando los dientes, ríe atipladamente.
-¡Ji, ji, ji!... ¡Qué buen humor!
-¡Vamos, vejestorio! -grita enojado el chepudo-. ¿Quieres ir
más aprisa o no? Dale de firme a tu caballo perezoso. ¡Qué diablo!
Yona agita su látigo, agita las manos, agita todo el cuerpo.
A pesar de todo, está contento; no está solo. Le riñen, lo insultan; pero, al
menos, oye voces humanas. Los jóvenes gritan, juran, hablan de mujeres. En un
momento que se le antoja oportuno, Yona se vuelve de nuevo hacia los clientes y
dice:
-Y yo, señores, acabo de perder a mi hijo. Murió la semana
pasada...
-¡Todos nos hemos de morir! -contesta el chepudo-. ¿Pero
quieres ir más aprisa? ¡Esto es insoportable! Prefiero ir a pie.
-Si quieres que vaya más aprisa dale un sopapo -le aconseja
uno de sus camaradas.
-¿Oye, viejo, estás enfermo? -grita el chepudo-. Te la vas a
ganar si esto continúa.
Y, hablando así, le da un puñetazo en la espalda.
-¡Ji, ji, ji! -ríe, sin ganas, Yona-. ¡Dios les conserve el
buen humor, señores!
-Cochero, ¿eres casado? -pregunta uno de los clientes.
-¿Yo? !Ji, ji, ji! ¡Qué señores más alegres! No, no tengo a
nadie... Solo me espera la sepultura... Mi hijo ha muerto; pero a mí la muerte
no me quiere. Se ha equivocado, y en lugar de cargar conmigo ha cargado con mi
hijo.
Y vuelve de nuevo la cabeza para contar cómo ha muerto su
hijo; pero en este momento el jorobado, lanzando un suspiro de satisfacción,
exclama:
-¡Por fin, hemos llegado!
Yona recibe los veinte copecs convenidos y los clientes se
apean. Los sigue con los ojos hasta que desaparecen en un portal.
Torna a quedarse solo con su caballo. La tristeza invade de
nuevo, más dura, más cruel, su fatigado corazón. Observa a la multitud que pasa
por la calle, como buscando entre los miles de transeúntes alguien que quiera
escucharle. Pero la gente parece tener prisa y pasa sin fijarse en él.
Su tristeza a cada momento es más intensa. Enorme, infinita,
si pudiera salir de su pecho inundaría al mundo entero.
Yona ve a un portero que se asoma a la puerta con un paquete
y trata de entablar con él conversación.
-¿Qué hora es? -le pregunta, melifluo.
-Van a dar las diez -contesta el otro-. Aléjese un poco: no
debe usted permanecer delante de la puerta.
Yona avanza un poco, se encorva de nuevo y se sume en sus
tristes pensamientos. Se ha convencido de que es inútil dirigirse a la gente.
Pasa otra hora. Se siente muy mal y decide retirarse. Se
yergue, agita el látigo.
-No puedo más -murmura-. Hay que irse a acostar.
El caballo, como si hubiera entendido las palabras de su
viejo amo, emprende un presuroso trote.
Una hora después Yona está en su casa, es decir, en una
vasta y sucia habitación, donde, acostados en el suelo o en bancos, duermen
docenas de cocheros. La atmósfera es pesada, irrespirable. Suenan ronquidos.
Yona se arrepiente de haber vuelto tan pronto. Además, no ha
ganado casi nada. Quizá por eso -piensa- se siente tan desgraciado.
En un rincón, un joven cochero se incorpora. Se rasca el
seno y la cabeza y busca algo con la mirada.
-¿Quieres beber? -le pregunta Yona.
-Sí.
-Aquí tienes agua... He perdido a mi hijo... ¿Lo sabías?...
La semana pasada, en el hospital... ¡Qué desgracia!
Pero sus palabras no han producido efecto alguno. El cochero
no le ha hecho caso, se ha vuelto a acostar, se ha tapado la cabeza con la
colcha y momentos después se le oye roncar.
Yona exhala un suspiro. Experimenta una necesidad imperiosa,
irresistible, de hablar de su desgracia. Casi ha transcurrido una semana desde
la muerte de su hijo; pero no ha tenido aún ocasión de hablar de ella con una persona
de corazón. Quisiera hablar de ella largamente, contarla con todos sus
detalles. Necesita referir cómo enfermó su hijo, lo que ha sufrido, las
palabras que ha pronunciado al morir. Quisiera también referir cómo ha sido el
entierro... Su difunto hijo ha dejado en la aldea una niña de la que también
quisiera hablar. ¡Tiene tantas cosas que contar! ¡Qué no daría él por encontrar
alguien que se prestase a escucharlo, sacudiendo compasivamente la cabeza,
suspirando, compadeciéndolo! Lo mejor sería contárselo todo a cualquier mujer
de su aldea; a las mujeres, aunque sean tontas, les gusta eso, y basta decirles
dos palabras para que viertan torrentes de lágrimas.
Yona decide ir a ver a su caballo.
Se viste y sale a la cuadra.
El caballo, inmóvil, come heno.
-¿Comes? -le dice Yona, dándole palmaditas en el lomo-. ¿Qué
se le va a hacer, muchacho? Como no hemos ganado para comprar avena hay que
contentarse con heno... Soy ya demasiado viejo para ganar mucho... A decir
verdad, yo no debía ya trabajar; mi hijo me hubiera reemplazado. Era un
verdadero, un soberbio cochero; conocía su oficio como pocos. Desgraciadamente,
ha muerto...
Tras una corta pausa, Yona continúa:
-Sí, amigo... ha muerto... ¿Comprendes? Es como si tú
tuvieras un hijo y se muriera... Naturalmente, sufrirías, ¿verdad?...
El caballo sigue comiendo heno, escucha a su viejo amo y
exhala un aliento húmedo y cálido.
Yona, escuchado al cabo por un ser viviente, desahoga su
corazón contándoselo todo.
FIN
Biblioteca Digital Ciudad Seva
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