quarta-feira, 21 de agosto de 2019

La cosecha



Flannery O’Connor

La señorita Willerton siempre quitaba las migas de la mesa. Era su hazaña doméstica especial y lo hacía con gran esmero. Lucía y Bertha fregaban los platos y Garner se iba a la sala a hacer el crucigrama del Morning Press. Así dejaban sola en el comedor a la señorita Willerton y eso le gustaba a ella. ¡Uf! En aquella casa el desayuno era siempre un suplicio. Lucía insistía en seguir siempre el mismo horario en el desayuno y las demás comidas. Lucía decía que desayunar a la misma hora contribuía a adquirir otras prácticas regulares, y, con lo propenso que era Garner a sufrir molestias, era fundamental que estableciesen algún método en las comidas. De esa manera, también se aseguraba de que él le pusiera agaragar a su crema de trigo. «Como si después de llevar cincuenta años haciéndolo -pensó la señorita Willerton-, fuese capaz de hacer otra cosa.» La polémica del desayuno empezaba siempre con las gachas de harina de trigo de Garner y terminaba con las tres cucharadas de piña triturada de la señorita Willerton. «Ya sabes lo de tu acidez, Willie -le decía siempre la señorita Lucía-, ya sabes lo de tu acidez», y entonces Garner ponía los ojos en blanco y soltaba algún comentario desagradable, y Bertha pegaba un salto y Lucía se mostraba afligida y la señorita Willerton saboreaba la piña triturada que acababa de tragarse.

Era un alivio quitar las migas de la mesa. Quitar las migas de la mesa le daba tiempo para pensar, y, si la señorita Willerton debía escribir un relato, antes tenía que pensarlo. Casi siempre pensaba mejor sentada delante de la máquina de escribir, pero por el momento tendría que conformarse con lo que había. En primer lugar, debía pensar un tema para el relato que iba a escribir. Eran tantos los temas sobre los que se podía escribir un cuento que a la señorita Willerton nunca se le ocurría ninguno. Era siempre la parte más difícil de escribir un cuento, ella siempre lo decía. Dedicaba más tiempo a pensar en algo sobre lo que escribir que a la escritura en sí. A veces descartaba un tema tras otro y, a menudo, tardaba una o dos semanas en decidirse por alguno. La señorita Willerton sacó el recogedor y la escobilla de plata y se puso a limpiar la mesa. «¿Y un panadero -se preguntó-, será un buen tema?» «Los panaderos extranjeros eran muy pintorescos», pensó. La tía Myrtile Filmer había dejado sus cuatricromías de panaderos franceses estampadas en sombreros con forma de hongo. Eran hombres magníficos, altos… rubios y…

-¡Willie! -gritó la señorita Lucía, entrando en el comedor con los saleros-. Por el amor de Dios, pon el recogedor debajo de la escobilla o echarás todas las migas sobre la alfombra. En lo que va de la semana le he pasado la aspiradora cuatro veces y no pienso volver a pasarla.

-Si le has pasado la aspiradora no sería por las migas que se me caen a mí -le contestó la señorita Willerton, lacónica-. Siempre recojo las migas que se me caen. -Y aclaró-: Y a mí se me caen bien pocas.

-A ver si esta vez lavas el recogedor antes de guardarlo -le soltó la señorita Lucía.

La señorita Willerton se echó las migas en la mano y las arrojó por la ventana. Llevó el recogedor y la escobilla a la cocina y los metió debajo de un chorro de agua fría. Los secó y los volvió a guardar en el cajón. Misión cumplida. Ahora podía ponerse delante de la máquina de escribir. Y estarse allí hasta la hora del almuerzo.

La señorita Willerton se sentó delante de la máquina de escribir y lanzó un suspiro. ¡A ver! ¿En qué había estado pensando? Ah, sí. En los panaderos. Ummm. Los panaderos. No, los panaderos, mejor no. Tenían poco de originales. Los panaderos no producían tensión social. La señorita Willerton clavó la vista en la máquina de escribir. A S D F G… sus ojos recorrieron las teclas. Ummm. «¿Y los maestros?», se preguntó la señorita Willerton. No. Por Dios, no. Los maestros siempre hacían que la señorita Willerton se sintiera rara. Sus maestras del Seminario Femenino Willowpool estaban bien, pero eran todas mujeres. El Seminario Femenino de Willowpool, recordó la señorita Willerton. La frase no le gustaba nada: Seminario Femenino de Willowpool… sonaba a biología. Ella se limitaba a decir que se había graduado de Willowpool. Los maestros hacían que la señorita Willerton se sintiera como si estuviera a punto de pronunciar algo mal. Además, los maestros no eran oportunos. Ni siquiera representaban un problema social.

Problema social. Problema social. Ummm. ¡Los aparceros!

La señorita Willerton nunca había intimado con ningún aparcero pero, reflexionó, como tema tendría tanto arte como cualquier otro, ¡y le permitirían conseguir ese aire de trascendencia social que tan útil resultaba en los círculos que esperaba conocer en sus viajes! «Siempre puedo sacarle partido -refunfuñó-, al tema de la lombriz intestinal.» ¡Ya le iba saliendo! ¡Sin duda! Movió los dedos con nerviosismo sobre las teclas sin tocarlas. Después, de repente, empezó a escribir a gran velocidad.

«Lot Motun -registró la máquina- llamó a su perro.» Una pausa abrupta siguió a la palabra «perro». La señorita Willerton siempre se esmeraba en la primera oración. «La primera oración -decía siempre-, le venía como… ¡como un chispazo! ¡Tal cual! – decía, y chasqueaba los dedos-, ¡como un chispazo!» Y sobre la primera oración construía su relato. «Lot Motun llamó a su perro», le había salido automáticamente a la señorita Willerton, y al releer la frase, decidió no solo que «Lot Motun» era un nombre adecuado para un aparcero, sino que hacer que llamara a su perro era lo mejor que se podía esperar de un aparcero. «El perro levantó las orejas y, con el rabo entre las patas, se acercó a Lot.» La señorita Willerton había escrito la frase antes de que le diera tiempo a advertir su error: dos «Lot» en un mismo párrafo. Resultaba desagradable al oído. La máquina de escribir retrocedió chirriando y la señorita Willerton escribió tres X sobre «Lot». Entre líneas anotó a lápiz: «Su amo». Ahora ya estaba lista para continuar. «Lot Motun llamó a su perro. El perro levantó las orejas y, con el rabo entre las patas, se acercó a su amo.» «Y también tengo dos perros – pensó la señorita Willerton-. Ummm.» Pero decidió que eso no molestaría tanto al oído como los dos «Lot».

La señorita Willerton era muy partidaria de lo que denominaba «arte fonético». Según ella, el oído era tan lector como el ojo. Le gustaba expresarlo de ese modo. «El ojo forma un cuadro -le había dicho a un grupo en las Hijas Unidas de las Colonias- que puede pintarse en abstracto, y el éxito de la empresa literaria -a la señorita Willerton le gustaba la expresión empresa literaria- depende de esos elementos abstractos creados en la mente y de la naturaleza tonal -a la señorita Willerton también le gustaba eso de naturaleza tonal-, que registra el oído.» La oración «Lot Motun llamó a su perro» tenía un toque cáustico y seco que, seguido de «el perro levantó las orejas y, con el rabo entre las patas, se acercó a su amo», le daba al párrafo la salida que precisaba.

«Lot tiró de las orejas cortas y raquíticas del animal y se revolcó con él en el barro.» A lo mejor, reflexionó la señorita Willerton, eso era un poco exagerado. Pero, según le constaba, el que un aparcero se revolcara en el barro entraba dentro de lo razonablemente posible. En cierta ocasión había leído una novela que trataba de ese tipo de personas, en la que se había hecho algo tan feo como aquello y, a lo largo de tres cuartas partes de la narración, cosas mucho peores. Lucía la encontró mientras limpiaba uno de los cajones del escritorio de la señorita Willerton, y, después de hojear unas cuantas páginas al azar, sujetó el libro entre el pulgar y el índice, lo llevó hasta el horno y lo echó al fuego.

-Willie, esta mañana cuando limpiaba tu escritorio, me encontré un libro que Garner debió de dejar allí para hacerte una broma -le dijo la señorita Lucía más tarde-. Fue horrible, pero ya sabes cómo las gasta Garner. Lo he quemado. -Y luego, con una risita ahogada, añadió-: Estaba segura de que no podía ser tuyo.

La señorita Willerton estaba segura de que no podía ser de nadie más que de ella, pero no se atrevió a aclararlo. Lo había encargado directamente a la editorial porque no quería pedirlo en la biblioteca. Le había costado tres dólares con setenta y cinco centavos, envío postal incluido, y no había terminado los últimos cuatro capítulos. Eso sí, había leído lo suficiente para poder afirmar que era razonablemente posible que Lot Motun se revolcara en el barro con su perro. Al hacerle hacer tal cosa, lo de las lombrices intestinales tendría más sentido, decidió. «Lot Motun llamó a su perro. El perro levantó las orejas y, con el rabo entre las patas, se acercó a su amo. Lot tiró de las orejas cortas y raquíticas del animal y se revolcó con él en el barro.»

La señorita Willerton se apoyó en el respaldo. Era un buen comienzo. Ahora planificaría la acción. Había que incluir una mujer, claro. A lo mejor Lot podía matarla. Ese tipo de mujeres siempre sembraba cizaña. Incluso podía provocarlo para que acabara matándola por libertina y, después, quizá a él lo perseguiría la mala conciencia.

Si debía tomar ese rumbo, sería necesario dotarlo de principios, aunque no sería demasiado difícil dárselos. Se preguntó de qué manera introduciría ese aspecto, en vista de toda la atención que en el relato debía dedicarle al amor. Tendría que poner algunas escenas bastante violentas y naturalistas; el tipo de detalles sádicos que una leía en relación con esa clase de gente. Era un problema. Sin embargo, la señorita Willerton disfrutaba con esos problemas. Lo que más le gustaba era planificar las escenas pasionales, pero, cuando llegaba el momento de escribirlas, siempre empezaba a sentirse rara y a preguntarse qué diría su familia cuando las leyeran. Garner chasquearía los dedos y le haría un guiño a la menor oportunidad; Bertha la consideraría una persona horrible; y Lucía diría con esa vocecita tonta que la caracterizaba: «¿Qué nos has estado ocultando, Willie? ¿Qué nos has estado ocultando?», y lanzaría su risita ahogada, como hacía siempre. Pero la señorita Willerton no podía pensar en eso ahora; debía darle forma a sus personajes.

Lot sería alto, encorvado y desaliñado, pero sus ojos serían tristes y lo harían parecerse a un caballero pese a tener el cuello enrojecido y las manos enormes y torpes. Tendría los dientes rectos y, para indicar que era dueño de cierto espíritu, sería pelirrojo. Las prendas le colgarían sin gracia, pero las luciría con desenfado, como si fuesen una segunda piel; tal vez, reflexionó la señorita Willerton, sería mejor, después de todo, que no se revolcara con el perro. La mujer sería más o menos guapa, con el pelo rubio, los tobillos gruesos, los ojos turbios.

La mujer le serviría la cena en la cabaña y él comería la sémola llena de grumos a la que ella ni siquiera se habría molestado en ponerle sal y, allí sentado, pensaría en cosas grandiosas, lejos, muy lejos… en otra vaca, una casa pintada, un pozo limpio, incluso una granja propia. La mujer empezaría a dar alaridos porque él no había cortado suficiente leña para la cocina y se quejaría del dolor de espalda. Ella se sentaría a verlo comer la sémola rancia y le diría que no tenía suficientes agallas para robar comida.

-¡Eres un asqueroso pordiosero! -le diría con sorna. Y él la mandaría callar.

-¡Cierra la boca!-gritaría.

-Me tienes harta, más que harta. -Pondría los ojos en blanco y, burlándose y riéndose de él, le diría-: Los desgraciados como tú no me dan miedo.

Entonces él echaría la silla hacia atrás e iría hacia ella. Ella agarraría un cuchillo de la mesa -la señorita Willerton se preguntó cómo era posible que aquella mujer fuera tan corta-, y retrocedería manteniendo el cuchillo en alto. Él daría un salto hacia delante y ella se apartaría veloz, como un caballo salvaje. Luego volverían a estar cara a cara, los ojos rebosantes de odio, y avanzarían y retrocederían. La señorita Willerton alcanzó a oír cómo los segundos iban golpeando contra el tejado de lata. Él se abalanzaría otra vez sobre la mujer y ella, con el cuchillo dispuesto, se lo hincaría de un momento a otro… La señorita Willerton no pudo aguantar más. Golpeó a la mujer con fuerza en la cabeza, por detrás. La mujer soltó el cuchillo y una niebla la envolvió y se la llevó del cuarto. La señorita Willerton se volvió hacia Lot.

-Deja que te sirva un poco de sémola caliente -le dijo.

Se acercó a la cocina, en un plato limpio sirvió una ración de sémola blanca y tersa y un trozo de mantequilla.

-Caray, gracias -dijo Lot, y le sonrió con esos bonitos dientes-. Tú sí sabes cómo prepararla. Verás -le dijo-, estuve pensando… Podríamos marcharnos de esta granja arrendada y tener un lugar decente. Si este año conseguimos ganar algo, podríamos comprarnos una vaca y empezar a construirnos una casita. Imagínatelo, Willie, imagínate lo que sería.

Ella se sentó a su lado y le puso la mano en el hombro.

-Lo conseguiremos -aseguró-. Nos irá mejor que ningún otro año y en primavera tendremos esa vaca.

-Tú siempre sabes cómo me siento, Willie. Tú siempre lo has sabido.

Se quedaron sentados largo rato, pensando en lo bien que se entendían.

-Termina de comer -dijo ella al fin.

Cuando él hubo cenado, la ayudó a quitar la ceniza de la cocina y después, en el caluroso atardecer de julio, dieron un paseo por el prado, en dirección al arroyo, y hablaron de la casita de la que algún día serían dueños.

A finales de marzo, cuando la época de lluvias estaba cerca, habían conseguido más de lo esperado. A lo largo del mes anterior, Lot se había levantado a las cinco de la mañana, y Willie, una hora antes, para tratar de adelantar todo el trabajo posible aprovechando el buen tiempo. A la semana siguiente, comentó Lot, empezaría a llover y, si antes no levantaban la cosecha, la perderían… y con ella, cuanto habían ganado en los últimos meses. Sabían lo que aquello supondría, otro año de ir tirando sin mucho más de lo que habían tenido el anterior. Además, al año siguiente, en lugar de la vaca, llegaría un crío. Lot se había empeñado en comprar la vaca pese a todo.

-Alimentar a un crío tampoco cuesta tanto -había razonado-, y la vaca nos ayudaría a darle de comer…

Pero Willie se había mostrado firme, comprarían la vaca más adelante, el crío debía empezar con buen pie.

-A lo mejor -había concluido Lot-, vamos a tener suficiente para las dos cosas. -Y se había marchado a ver el campo recién arado como si pudiera calcular la cosecha por los surcos.

Pese a las estrecheces, había sido un buen año. Willie había limpiado la casucha y Lot había arreglado la chimenea. En la puerta había profusión de petunias, y en la ventana, una colonia de dragoncillos. Había sido un año pacífico. Pero ahora comenzaban a inquietarse por la cosecha. Debían recogerla antes de que llegaran las lluvias.

-Nos falta una semana más -rezongó Lot al regresar esa noche-. Una semana más y lo vamos a conseguir. ¿Tienes ganas de cosechar? No está bien que debas salir -suspiró-, pero no podemos pagar a nadie para que nos ayude.

-Me encuentro bien -dijo ella, y ocultó las manos temblorosas a su espalda-. Cosecharé.

-Esta noche está nublado -dijo Lot, sombrío.

Al día siguiente trabajaron hasta el anochecer, trabajaron hasta reventar, y después regresaron a trompicones a la cabaña y cayeron en la cama.

Willie se despertó por la noche, notando un dolor. Era un dolor suave y verde, recorrido de luces moradas. Se preguntó si estaría despierta. Movió la cabeza de lado a lado y dentro de ella notó unas siluetas que zumbaban y picaban piedras.

Lot se incorporó.

-¿Te sientes mal? -le preguntó temblando.

Ella se apoyó sobre el codo y luego se dejó caer otra vez.

Ve al arroyo y trae a Anna -jadeó. El zumbido se hizo más intenso y las siluetas más grises. Al principio, el dolor se entremezcló con aquellas siluetas durante unos segundos; luego, de forma ininterrumpida. Llegaba a ella una y otra vez. El zumbido se hizo más nítido y, a eso del alba, se dio cuenta de que estaba lloviendo. Más tarde preguntó con voz ronca:

-¿Cuánto hace que llueve?

-Dos días enteros -contestó Lot.

-Entonces hemos perdido. -Willie miró con desgana los árboles empapados-. Se acabó.

-No, no se acabó -dijo él en voz baja-. Tenemos una niña.

-Tú querías un niño.

-No. Tengo lo que quería, dos Willies en lugar de una, y eso es mucho mejor que una vaca -sonrió-. ¿Qué puedo hacer para merecerme todo lo que tengo, Willie? -Seinclinó y la besó en la frente.

-¿Qué puedo hacer yo? -preguntó ella en voz baja-. ¿Qué puedo hacer paraayudarte más?

-¿Qué tal si vas al mercado, Willie?

La señorita Willerton apartó de sí a Lot de un empujón.

-¿Qué… qué me decías, Lucía? -tartamudeó.

-Te decía que qué tal si esta vez vas tú al mercado. Esta semana meha tocado ir a mí todas las mañanas y ahora estoy ocupada.

La señorita Willerton dejó la máquina de escribir y dijo con brusquedad:

-Muy bien. ¿Qué quieres que te traiga?

-Una docena de huevos y dos libras de tomates, que sean maduros, y más te vale que empieces a curarte ese resfriado ahora mismo. Te lloran los ojos y tienes la voz ronca. En el cuarto de baño hay Empirin. Pide que anoten lo que gastes en nuestra cuenta. Yponte el abrigo. Hace frío.

La señorita Willerton elevó la vista al cielo.

-Tengo cuarenta y cuatro años -anunció-, sé muy bien cómo cuidarme.

-Y que los tomates sean maduros -le contestó la señorita Lucía.

Con el abrigo mal abrochado, la señorita Willerton avanzó pesadamente por la calle principal y entró en el supermercado.

-¿Qué venía yo a comprar? -refunfuñó-. Ah, sí, dos docenas de huevos y una libra de tomates.

Pasó delante de las estanterías de vegetales enlatados y de las galletas y fue a la caja donde tenían los huevos. Pero no había huevos.

-¿Dónde están los huevos? -le preguntó a un chico que pesaba frijoles.

-Solamente nos quedan huevos de pularda -dijo mientras cogía otro puñado de frijoles.

-Bien, ¿dónde están y qué diferencia hay? -exigió saber la señorita Willerton.

El chico echó los frijoles sobrantes al cubo, se agachó sobre la caja de los huevos y le entregó un paquete.

-Ninguna diferencia, la verdad -dijo al tiempo que mascaba el chicle con los dientes incisivos-. Son de gallinas adolescentes o algo así, no lo sé bien. ¿Se los pongo?

-Sí, y dos libras de tomates. Que estén maduros -precisó la señorita Willerton.

No le gustaba hacer la compra. No había motivo alguno para que los dependientes fuesen tan altaneros. Ese muchacho no se habría entretenido tanto con Lucía. Pagó los huevos y los tomates y salió apresuradamente. En cierta manera, aquel lugar la deprimía.

Vaya tontería que un supermercado pudiese deprimir… si allí dentro solo tenían lugar actividades domésticas sin importancia… mujeres que compraban frijoles… que llevaban a los niños en esos cochecitos… que regateaban por un octavo de libra de más o de menos de calabaza… «¿Qué ganaban con eso? -se preguntó la señorita Willerton-. ¿Dónde había allí ocasión para expresarse, para crear, para el arte?» A su alrededor todo era lo mismo: aceras llenas de gente que se afanaban de un lado a otro, con las manos cargadas de paquetitos y las mentes llenas de paquetitos, aquella mujer de allí que llevaba al niño de la cadena y tiraba de él, lo sacudía y lo arrastraba para alejarlo de un escaparate donde se exhibía una lámpara hecha con una calabaza ahuecada. Probablemente se pasaría el resto de la vida tirando de él y sacudiéndolo. Y allí iba otra, a la que se le caía la bolsa de la compra en plena calzada, y otra más, que le sonaba la nariz a un niño, y por la acera se acercaban una anciana con sus tres nietos saltándole alrededor, seguidos de un hombre y una mujer que caminaban demasiado juntos para ser refinados.

La señorita Willerton observó a la pareja con atención cuando se acercaron más y la adelantaron. La mujer era regordeta, de tobillos gruesos y ojos turbios. Llevaba unos zapatos de tacón, unas ajorcas azules, un vestido de algodón demasiado corto y una chaqueta de cuadros escoceses. Tenía la piel manchada y el cuello estirado hacia delante, como si quisiera oler una cosa que le alejaran continuamente de la nariz. En la cara lucía una mueca estúpida. Él era un hombre larguirucho, consumido y desaliñado. Iba encorvado, y el pelo rubio y enredado le caía hacia un lado del cuello largo y enrojecido. Sus manos jugueteaban tontamente con las de la muchacha mientras avanzaban desmañados, y en una o dos ocasiones le lanzó una sonrisa empalagosa, que permitió a la señorita Willerton comprobar que tenía los dientes rectos, los ojos tristes y una erupción en la frente.

-¡Aaah! -se estremeció.

La señorita Willerton dejó la compra encima de la mesa de la cocina y regresó junto a la máquina de escribir. Miró el papel que había en ella. «Lot Motun llamó a su perro – ponía-. El perro levantó las orejas y, con el rabo entre las patas, se acercó a su amo. Lot tiró de las orejas cortas y raquíticas del animal y se revolcó con él en el barro.»

-¡Suena fatal! -masculló la señorita Willerton-. De todos modos, el tema no es nada del otro mundo -decidió.

Necesitaba algo más pintoresco… con más arte. La señorita Willerton se quedó largo rato mirando la máquina de escribir. Después, de repente, con el puño asestó varios golpecitos extasiados sobre el escritorio.

-¡Los irlandeses!-chilló-. ¡Los irlandeses!

La señorita Willerton siempre había admirado a los irlandeses. «Su acento -pensó-, era muy musical, y su historia… ¡espléndida!» «¡Y las gentes -caviló-, las gentes de Irlanda! Llenas de temple… pelirrojas, de anchos hombros y enormes bigotes caídos.»

FIN

“The Crop”,
Mademoiselle, 1971

Biblioteca Digital Ciudad Seva


terça-feira, 20 de agosto de 2019

Book

A tutela Constitucional da Intimidade
Editora Forense
autor : Eduardo Gianotti
Pergunte -me qual é a minha virtude  mas não a cor da minha pele.
                                                          Provérbio árabe

Americanos

 Há apenas um partido nos Estados Unidos da América : o partido da propriedade. O qual tem duas facções : os Republicanos e os Democratas . Os republicanos são um pouco mais estúpidos , mais rígidos e mais doutrinários no seu capitalismo estilo " laissez faire ". Já os democratas são mais espertos , mais charmosos  e mais corruptos . 

Gore Vidal
A razão de ser de uma Constituição não é facilitar a ação governamental, mas proteger os direitos fundamentais do cidadão.

Fábio Konder Comparato

quarta-feira, 7 de agosto de 2019

O avanço tecnológico tem um preço: o fim da possibilidade de escolher e testar livros e discos novos no mundo real



LUÍS ANTÔNIO GIRON*




Imagine o que seria das mulheres se, de repente, suas lojas favoritas de roupas, acessórios e perfumes desaparecessem. Não de repente, mas de uma forma lenta, cruel e inevitável, até que toda e qualquer roupa e acessório só fosse acessível via internet. Tenho certeza de que elas fariam uma revolução para recolocar as vitrines nos seus antigos lugares. Seria um choque a ausência da possibilidade de se aventurar pelos produtos materiais, escolher ao acaso um item e se arriscar. É assim que estou me sentindo: como uma mulher sem loja. Não quero sexualizar o debate. De fato, muitas são as mulheres que consomem produtos culturais com a mesma fúria dos homens (não avistei nenhuma até hoje, mas creio que elas existem). Assim, uma grande parcela do público está sendo atingida com a eliminação do varejo de cultural.

Sempre fui um consumidor da área. Um dos meus prazeres em viagens era (estou enfatizando o pretérito mais que perfeito) encontrar lojas de discos e DVDs e livrarias, passear pelas estantes e, sem um objetivo definido, descobrir uma banda, um autor, um filme. Mesmo em casa, eu adorava ir a uma locadora de vídeos e pegar um filme no qual jamais pensei, e que nem conhecia. Era um gesto de acaso, um ato lúdico de apostar em uma manifestação artística desconhecida. Como visitar uma galeria desconhecida, era desse modo que as coisas funcionavam. Aos poucos, estou assistindo ao desmoronamento desse hábito. A evolução tecnológica é inevitável e cobra seu preço: o consumidor terá os produtos que deseja, mas não mais o prazer da interação concreta com eles – e, não raro, não mais a qualidade q ue eles apresentavam anteriormente.

As primeiras lojas a sumir do mapa foram as de CDs. Com a pirataria de arquivos digitais pela internet, tornou-se possível achar qualquer coisa sem pagar por isso. Depois os e-books derrubaram as livrarias. E, finalmente, as locadoras estão com os dias contados. As lojas de videogame, os últimos baluartes da compra cultural, são as próximas. Tudo está migrando para o buraco cintilante do atacado do mundo virtual.

Os exemplos são incontáveis. Assisti ao fechamento de muitas lojas que eu amava. Alguém lembra da Virgin na Times Square de Nova York? Ou da Tower Records em San Francisco? Acabaram de fechar a mais antiga loja da HMV de Londres, a primeira especializada em discos clássicos, que estava no local, na Oxford Street, desde 1897, desde a invenção do gramofone. No lugar dela, estão inaugurando neste momento uma loja de moda jovem, a Forever 21. Lamentável para mim e todos os consumidores de cultura, que bom para as lolitas. Em Toronto, fecharam a venerável Sam Goody’s – loja de vinil e CDs que serve como cenário para o filme Scott Pilgrim. Estão construindo uma torre de 40 andares no local. As lojas HMV de Toronto estão liquidando todos os seus discos clássicos, a preço de banana. Não tenho m ala para tantos itens preciosos. Afinal, eles estão lá desde o ano 4 A.B. (antes de Bieber, sendo que o Annus Bieberi é 2009), quando vim à cidade pela primeira vez. Os discos demoravam a desaparecer das prateleiras. Eles esperavam por quem se interessasse por eles e os comprasse. Eu demorava anos até me decidir por este ou aquele disco.

Vamos às livrarias. Os livros eletrônicos vieram para sempre. Não nego sua funcionalidade e incrível rapidez. Mas muitas e inimagináveis são as transformações que eles impõe aos hábitos de leitura e de compra de títulos. Só nos Estados Unidos, o consumo de livros em papel caiu 14 por cento nos dois últimos anos, com um crescimento acelerado de downloads de livros eletrônicos, na ordem de 30 por cento ao ano. Isso pode ser verificado na vida real. Observo as grandes livrarias vendendo e-readers, como que assinando a rendição ao mundo digital. Isso quando já não estava falida mesmo. É o caso da cadeia Borders. Presenciei a liquidação de estoque das filiais londrinas há um ano. Agora vi a xepa da Borders do CNN Center, em Nova York. Antes a gente reclamava que as pequenas livrarias havi am sido devoradas pelas grandes cadeiras. Agora a gente chora pelas grandes cadeias... Também as redes de bancas de revistas e jornais de aeroportos do mundo inteiro estão restringindo o espaço aos livros de bolso, os populares best-sellers. É o que nos Estados Unidos chamam de “mass market books”, livros do mercado de massas. Curiosamente, a popularidade dessas brochuras baratas está em queda. Os livros de bolso barato deixaram de ser expostos – suprimindo, com isso, a eventual a possibilidade de comprar um livro ao acaso, um dos maiores deleites que um passageiro pode ter para matar o tédio das viagens. Hoje, as bancas de aeroporto, rodoviária e ferroviária americanas preferem os livros em capa dura de autores consagrados e as brochuras de prestígio, com autores vendáveis conhecidos. Não parece haver mais espaço para surgirem talentos nem mesmo na área dos best-sellers. Não existe mais a pausa para folhear um volume qualquer, ruim ou não.

Também não vale a pena chorar pelas lojas e locadoras de DVD, embora eu continue a lamentar seu extermínio. Provavelmente por culpa do meu sentimentalismo, ainda freqüento a locadora do meu bairro, para manter viva a chama da resistência. O que é cretino, já que eu sozinho não consigo segurar a integridade de minha locadora, que já terceirizou parte do espaço para um bar e uma loja de consertos de computadores. Eu raramente compro DVDs, mas agora é o caso, já que os espaços para o produto estão encolhendo nas poucas lojas que sobraram. No Brasil, já há vários serviços de aluguel de filmes pela televisão ou pelo computador. O Netflix – que inclui envio pelo correio de DVDs e downloads de filmes – acaba de chegar ao país.

Não pretendo condenar a evolução, mas apenas um aspecto do progresso que desconsidera o gosto e os hábitos dos consumidores. À medida que as compras no mundo online estão cada vez mais divertidas, o mundo offline – antigamente conhecido como mundo real – ficou mais triste. Pelo menos para quem gosta de livros, revistas, HQs, discos, DVDs e games. Não há o que fazer. Preciso me acostumar com cidades sem as lojas que eu adorava freqüentar, e me render à intangibilidade e à desvalorização dos produtos que gostava de tocar, escolher e arriscar. O comércio de massa aboliu o comprador distraído, expulsou o devaneio do mundo das compras em shopping centers e ruas. Tudo aquilo que fazia parte do mercado de massa tornou-se um nicho alternativo. Aos saudosistas, só resta mesmo freqüentar os seb os e lojas de artigos de segunda mão. O detalhe é que, nesses negócios, o material é exibido sem cuidado, amontoado e empoeirado. Quem consome artigos de cultura não terá mais acesso a produtos novos que possa testá-los antes de comprá-los. É a morte do experimento. É a morte da experiência física. Eu gostava de objetos, de coisas, não de algoritmos abstratos na internet. Por isso me considero vítima do assalto do suposto progresso. E o pior é que o criminoso não tem corpo.

Comprar pela internet é como sexo virtual: muita imaginação para nenhuma presença...

*Editor da seção Mente Aberta de ÉPOCA, escreve sobre os principais fatos do universo da literatura, do cinema e da TV.

Texto publicado em 06/09/2011



"Em cada linha que escrevo trato sempre, com maior ou menor fortuna, de invocar os espíritos esquivos da poesia, e trato de deixar em cada palavra o testemunho de minha devoção pelas suas virtudes de adivinhação e pela sua permanente vitória sobre os surdos poderes da morte"

 (Gabriel García Márquez, discurso em 1982).

La candelaria de Juan Candelario



[



Todos los meses iba Juan Candelario al almacén de don Teodorito Valdepié, con toda la verdura de su finca:

-Aquí traigo, don Teodorito, una carguita pa que usté me la estime.

-La carga está chiquita, Juan. Parece que se te ha cansado la tierra.

-La seca ha sío grande, don Teodorito.

-Habrá que tener paciencia para cobrarte más adelante. Esta vez no puedo abonarte ni siquiera el interés del préstamo. Tú sigue trabajando que mientras yo viva, yo no dejo en la calle a ningún jíbaro¹ decente.

-Asina Dios se me lo aconseje.

Se pusieron a trabajar Juan Candelario y su jíbara como dos desesperados, sin hacerle dengues ni a la llovizna, ni al sol, ni al ortigal. Eran dos lomos de bestia curvados sobre el terreno, con esa fealdad terrosa que da la finca cuando no salva, con ese tremendo piojillo de la mala suerte que ha acabado con la salud, con la esperanza, con la alegría de nuestros terratenientes de la altura. Después de haber desbabado hasta el pepino angolo y de no haberse comido nada más que los rabos de las batatas jojotas, volvió al mes siguiente Juan Candelario al almacén de don Teodorito Valdepié, con todas las verduras de su finca:

-Aquí traigo, don Teodorito, otra carguita pa que usté me la estime.

-La carga está más chiquita aún, Juan. Parece que se te ha lavado la tierra.

-El chubasco ha sío grande, don Teodorito.

-Habrá que tener paciencia para cobrarte más adelante. Esta vez no puedo abonarte ni siquiera el interés sobre los intereses del préstamo. Tú sigue trabajando que mientras yo viva, yo no dejo en la calle a ningún jíbaro decente.

-Asina Dios se me lo aconseje.

Se pusieron a trabajar Juan Candelario y su jíbara como dos demonios, sin hacerle dengues ni a la fiebre, ni al tabardillo, ni al vértigo. Eran dos lomos de bestia curvados sobre el terreno, con el sometimiento brutal que da la finca cuando no salva, con esa voraz piojera de la desgracia que ha acabado con la pujanza, con la ilusión, con la moral de nuestros terratenientes de altura. Después de destallar hasta los rabos de las batatas jojotas y de no haberse comido nada más que el palmiche de los cerdos, volvió al mes siguiente Juan Candelario al almacén de don Teodorito Valdepié, con la última gota de verdura de su finca:

-Aquí traigo, don Teodorito, otra carguita pa que usté me la estime.

-La carga está más chiquita que nunca, Juan. Parece que se te ha salado la tierra.

-La hormiguilla ha sío grande, don Teodorito.

-Habrá que tener paciencia para cobrarte más adelante. Esta vez no puedo abonarte ni siquiera el interés sobre los intereses del interés del préstamo. Tú sigue trabajando que mientras yo viva, yo no dejo en la calle a ningún jíbaro decente.

-Asina Dios se me lo aconseje.

Cuando hubo entregado su última carga, Juan Candelario se sentó una noche, frente a su bohío, a seguirle la lucecita a un cucubano para ver si se le ocurría algo. La mujer, adivinando la desazón de su hombre, se le sentó al lado, por si acaso le daba a otro cucubano por volar cerca del primero. La jíbara de Juan Candelario era una hembra padecedora, con el corazón más bueno que una marifinga; sabía cuando el coraje de un hombre necesitaba de un sobo de mano encariñada. A Juan Candelario se le adormeció la pena bajo los dedos cuarteados de su jíbara:

-Ya esta finca no es de nojotros ná más que a medias. Semos casi agregaos, Juana.

-Tú eres el que mandas, Juan.

-Toas las cosas malas han venío juntas y don Teodorito lleva bien la cuenta, Juana.

-Haberá que entregal la finca, Juan.

Juan Candelario se arrugó como una hoja de tabaco oyendo la simple verdad que le había descubierto su jíbara. Para él entregar la finca era como caer en el limbo. El finquista había visto nacer sus pies en aquel barro cipey y tenía por la tierra ese oscuro cariño que sabe poner en su finca un terrateniente jíbaro. La finca había sido de su bisabuelo, la achicó su abuelo, la volvió a agrandar su padre y a Juan Candelario la pena le retorcía las tripas cuando pensaba que fuera él quien tuviera que entregarla.

Desde el momento en que entró en cuentas la refacción, Juan Candelario solo tuvo un pensamiento bravo: pagar aquella manita de ayuda que había estrangulado a tantos finquistas de Puerto Rico. La cogió porque le dio por sembrar unos palitos de café para aprovechar una sombra baldía que le había crecido en los barbechos. En el pueblo le hicieron un cuento fantástico de lo mucho que producía ese grano mártir, que era el pan de la montaña, del cual todo el mundo huía, porque al cañero le dio por decir que la flor del café atraía a los huracanes. Don Teodorito le prestó setenta y cinco pesos y al final del año, cuando aún estaban los palos niños, ya le debía a su prestamista más de cuatrocientos pesos, después de haberle entregado toda la verdura de su finca; ahora el jíbaro comprendía, dentro de su recelo de perdidoso, lo que era aquel pacto donde había que entregar los frutos sin que se pagara nunca el rédito, en una de esas tiendas mitad almacén, mitad pulpería, donde por unas telas y unas cuantas provisiones de boca, dejaba el jíbaro año tras año la sangre verde de sus entrañas.

¡Casi nada, se trataba nada menos que de don Teodorito Valdepié!, sanguijuela grasienta del interés triple sobre uno compuesto, cuyos calcetines se paraban solos cuando se descalzaba su ñame patricio. Aquel hombre pegado todo el día a un mondadientes, tenía una trágica matemática de pulpero. Su negocio consistía en no dejar nunca a ningún jíbaro decente en la calle mientras él estuviera vivo y tener a cada finquista agarrado por el pescuezo trabajando para él, sin pagar contribuciones ni peones.

Juan Candelario era el más avispado de los parientes de Juan Pateta y había visto demasiadas cosas en su vida para que lo engañara el mondadientes meloso de don Teodorito. Se sentía enfermo, con esa amarra en la cintura que padece el encorvado, con las manos tajeadas y el alma mugrienta. Su dilema era tan claro, que tenía la disyuntiva picándole en los ojos: o le pagaba a don Teodorito o este se llevaba la finca para su almacén. Bastaba que el pulpero le mandara los papeles de la corte, para que él tuviera que seguir andando con su jíbara, a vivir de las mañas. En estos momentos es cuando el pata de pon se le acerca a un jíbaro para hacerle su propuesta; se le apareció, de pronto, un compadre ambidiestro, que andaba con las posaderas puestas en tres tajarrias:

-¡Diache, Juan! ¿Qué te se acontece?

-Cosas de la finca que van mal. Haberá que entregal un día de estos.

-¿Debes mucho?

-Cuatrocientos y la quema.

-Pos sí que es un pleitito ese. Yo púe salval la mía pol unos deos que me dejé en el trabajo. Me dieron quinientos pesos pol ellos.

-¿Unos deos?

-Sí, mi amigo; un tajo de buena suelte. Me los colté con el mocho tumbando caña. Tié que pagal el gobierno.

-¡Pol la finca daba yo una mano!

-Me han dicho que pol ahí hay un colte aonde arreglan eso. Si te interesa, procura al crucificaol. Ese te salva.

Aquella noche la pasó Juan Candelario con desvelo de hamaca que es el peor desvelo del mundo. El recurso era un poco fuerte, pero el calcetín de don Teodorito era implacable. Por la mañana tenía los ojos hundidos pero una calma absoluta. A su jíbara le dijo:

-Voy a un colte pol aquí, a vel si me lío con unos pesos. Tú atiende la finca, Juana.

Cuando preguntó por el crucificador los cortadores bajaron el machete, como si le presentaran armas al intruso: se le acercó un gordiflón tostado, haciéndole un guiño de inteligencia:

-Teño un recao pa usté de un compai mío que a la ve es compai de usté.

-Venga el recao.

-Me jallo en un apuro y voy a peldel mi finca si no reúno cuatrocientos y pico de pesos. Lo que yo necesito es una ayúa de la comisión.

-Pa que le sobren cuatrocientos y pico limpios, haberá que pical tres dedos y una falange. Polque aquí cobro yo y los testigos.

-Usté me arregla eso.

-Si acaso vié usté a echalse pa atrás, más vale que no entre. Ya teña cuatro dándole tiempo a la coltá.

-Búsqueme usté trabajo que vengo mañana.

-Yo lo hablaré con el capatá pa que me lo apunte.

Juan Candelario empezó a cortar caña con tres dedos y una falange menos en la conciencia. Cada rato se secaba el sudor de la frente, un sudor nazareno, que le goteaba por última vez por entre cinco dedos. El crucificador lo rondaba continuamente, espiándole el ánimo, temeroso de que pudiera arrepentírsele su hombre, como otros picadores que allí estaban. Juan Candelario escuchaba a su alrededor el respingo irresoluto de los aspirantes; había algunos que bromeaban con su propio miedo:

-Adéjeme eso pa la semana que viene, ¡hom!, que me he descubielto que teño el deo bonito.

-Tiés que resolvel o dejal el trabajo. El crucificaol está peldiendo el aguante.

-Se lo contesto mañana.

Por las noches Juan Candelario no dormía palpándose los dedos de la mano comprometida. El pacto concertado con el crucificador le parecía una traición contra una pobre mano que había encallecido luchando por salvar la finca de su padre. Noche tras noche, por sus nervios agitados, pasaba toda la tragedia chica de la mutilación. La treta era macabra. No era cuestión de ir, estirar la mano y que le cortaran los dedos. Había que disimular, vivir con aquella angustia por unos cuantos días, para no tener obstáculos en la investigación.

Una mañana antes de partir, acarició a su jíbara por última vez con los dedos completos. La envejecida lo miró con su instinto de hembra padecedora, y le besó los dedos, como si hubiera adivinado el pacto:

-No se me apure si vengo talde. Teño que dil al pueblo, Juana.

-Dios te abendiga, Juan -contestó la envejecida involuntariamente. Juan Candelario se fue hasta el crucificador tan pronto llegó al corte:

-Me corre priesa el asuntito ese. Tié que sel esta talde.

-Esta talde será -contestó el feroz cirujano, asombrado a su pesar por la sangre brava del enclenque-. Afila bien el mocho, celca del cabo, que debe sel con tu mesmo filo.

Aquella tarde fue la crucifixión de los tres dedos y una falange de Juan Candelario. El hombre no pudo quejarse del trabajito. Le rodearon en el corte los testigos, le tendieron la mano sobre una piedra negra y el crucificador no dio nada más que un solo golpe. El dolor vino en ayuda del pequeño héroe y lo desmayó.

Del cañaveral lo recogieron el crucificador y los tres testigos para llevarlo a curar y jurar el informe. Cuando llegó hasta el practicante del poblacho, aún seguía sin conocimiento. Se le había desmoronado el coraje, no ante el dolor de la mano, sino ante la tramposería del espíritu. Era la primera canallada, una canallada impuesta por la miseria, después de haberse baldado la cintura, de haber desbotonado hasta las cepas machorras, de no haber comido otra cosa que no fuera el palmiche de los cerdos. El desmoronamiento lo libró de los horrores de nuestra cirugía industrial.

Juan Candelario volvió a su finca, más pálido que un lerén, con la mano vendada, buscando el amparo mimoso de su jíbara. La envejecida se pasó toda la noche con los vendajes encanallecidos apretados contra su corazón.

La cura fue monstruosa, el expediente largo, pero Juan Candelario obtuvo sus cuatrocientos y pico de pesos y fue al pueblo a buscar a don Teodorito:

-Aquí tié usté sus chavos, don Teodorito. Deme el recibo.

-¿Para qué necesitas tú recibo, malgenioso? Deja eso hasta el domingo que venga el tenedor de libros.

-Deme el recibo agora aquí, don Teodorito. Usté anda muy bien de salú y sería una lástima que le ocurriera un arsidente. Pagarle a usté me cuesta a mí tres déos y una mitá.

Don Teodorito Valdepié tenía una gran ilusión por seguir parando su calcetín por muchos años. Le entregó el saldo, olisqueando la tragedia de su refaccionado, con el mondadientes quieto por el miedo.

Desde aquel pago Juan Candelario fue un jíbaro enconado, que cada vez que podía robarle un atierro a su finca, se ponía a mirarse la mano mutilada con una extráviga fijeza. La jíbara se le sentaba al lado, a contarle cositas buenas a la mano herida de su Juan, para que su arrullo de hembra consolara a su hombre de aquel dolor muñoso. Algunas veces Juan Candelario se apretaba la boca, con una pena que no era de este mundo:

-Carijo, me duele esta mano como no me había dolío nunca, ni cuando la cura, Juana.

-Adéjame tentártela un poco, Juan.

-No, si el dolol no es asina de esos. Me duele como pué dolel una injustisia. Este dolol no tié cura ni consuelo güeno, Juana.

En estos momentos es cuando el pata de pon se le acerca a un jíbaro para hacerle su propuesta. Se le apareció, de pronto, un compadre ambidiestro, que andaba con las posaderas puestas en tres tajarrias:

-¡Diache, Juan! ¿Qué se te acontece?

-Cosas de esta mano que me duele como si se me estuviera prudriendo. Haberá que coltalse el brazo un día de estos.

-¿Duele mucho?

-Más que los cuatrocientos pesos y la quema.

-Pos sí que es un pleitito ese. A mí el dolol me lo quitó la candela.

-¿La candela?

-Sí, mi amigo, una candelita que le metí a un ranchón de enlatado de mi prestamista. Tié que pagarle agora él a to el mundo.

-¡Pol quitalme este dolol le pegaba yo fuego al pueblo entero!

-Me han dicho que pol ahí vamos a tenel mucha candela ahoritita. Si tiés interés, arrecuelda que esta noche es noche de candelaria. Esta noche la que salva es la candela.

Como si estuvieran pendientes de una palabra diabólica, empezaron a arder los barbechos y los resquebrajos de la lejanía. ¡Grande fiesta de la candela la Candelaria de Puerto Rico! Fiesta que prende en barrancales y barranquillas, donde no crecen más frutos ni más flores, que los amargos frutos y flores de la aguantatúa; noche donde la candela se come a pedazos a la mala suerte, para que descanse la cintura baldada de nuestro finquista; júbilo religioso cerca de fogatas y humaredas, donde un jíbaro decente se descuelga de los hombros los murciélagos de la desgracia. Juan Candelario se puso de pie, dinamizado por la vieja caricia de la candela.

Era la primera vez que en la finca de Juan Candelario no se habían encendido a tiempo los tizones alegres de la candelaria. ¡Cuando mozo encendía su hoguerita porque le iba bien al hombre!

-¡A Juancho Candelario le va bien la candela de la candelaria! -más tarde, para guardarle el recuerdo a su mai, que año tras año se ahumaba los ojos con el chorrito de la candela, para darle gusto a su hijo y apagar siempre las brasas con la misma guasita-: ¡A Juancho Candelario le va bien la candela de la candelaria! -por el resto de los años, como una espantada grande que le puede dar un jíbaro decente a los murciélagos de la desgracia. La jíbara de Juan Candelario se tiró a reunir una bruca, entre la hojarasca de la finca, para que no muriera también aquella otra parte de su hombre, un hombre que ya había empezado a morir por tres dedos y una mitad, a quien el rencor de una injusticia estaba pudriendo poco a poco.

Como un niño embelesado Juan Candelario se sentó junto a su jíbara a escuchar los crujidos de las ramas estallantes. La candela se le iba metiendo poco a poco por los ojos, removiendo sus fibras de mozo, calentándole el coraje desmoronado, sintiendo que los dedos de la mano le estaban naciendo de nuevo, para empuñar un pensamiento. Estuvo encuclillado junto a su jíbara hasta que se apagó el último tizón de su candelaria. Ella lo vio levantarse más feliz que nunca:

-Muchas grasias pol habelme salvao unos recueldos que yo quieo mucho, el de mí cuando moso, el de mí mai, Juana.

-A Juancho Candelario le va bien la candela de la candelaria, Juan.

-Deme usté un besito pol si acaso se me acontece algo esta noche. ¡Lo que es la candela! Jasta hoy no se me había ocurrío. Ande, deme el besito que teño que dilme, Juana.

La jíbara tembló un momentito pero no le dijo nada. Le dio el beso a su hombre, lo acompañó hasta los espeques y le dijo involuntariamente:

-Dios te abendiga, Juan.

Juan Candelario tiene el pecho lleno de candela, de la candela alegre y chismosa de su mocedad, candela de candelaria, llama que achispa al jíbaro, como si alguien le descolgara de los hombros los murciélagos de la desgracia. Por el camino, platicaban con él cuatrocientas hogueras de jíbaros candelistas:

-¡Ahí va Juan Candelario con el pecho lleno de candela!

-¡A Juancho Candelario le va bien la candela de la candelaria!

-¡Corre a tu asunto, Juan Candelario, que esta noche la que salva es la candela!

Llegó al pueblo en tres trancos, con todos los fósforos de su cajeta saltando de minúsculo goce; en el pueblo le saludaron las ingenuas candelillas de los títeres, que encendían sus pequeñas bracerías en los solares aislados:

-¡Aquí está Juan Candelario con el pecho lleno de candela!

-¡A Juancho Candelario le va bien la candela de la candelaria!

-¡Corre a tu asunto, Juan Candelario, que esta noche lo que salva es la candela!

Juan Candelario se metió en el patio de don Teodorito Valdepié, con los dedos llenos de una misteriosa comezón, y se puso a reunir una brusca entre la basura de la trastienda. ¡Juy, qué alegría la de aquella mano cuando encendió la punta de un saco, y el saco humeó el serrín, y el serrín al cajón, y el cajón al trasto, y el trasto a la ristra, y la ristra al gas, y el gas al calcetín, y el calcetín al pulpero, y el pulpero a la libreta del interés triple sobre un compuesto.

Juan Candelario se escurrió hasta la acera del frente para contemplar, con su muñón en alto, la más grande candelaria que jamás se hubiera encendido en aquel beatífico pueblo. Lo menos que hubiera podido sospechar la policía era que aquel jíbaro bobón, que contemplaba la candela con la cara risueña de un niño encandilado, fuera el autor de un incendio malicioso.

El pueblo entero creyó que el fuego del almacén había sido otra jaibería² de don Teodorito Valdepié para cobrar de sus pólizas. Cuando la aseguradora se decidió a remover los escombros, buscando eximentes para su pleito, se encontró con un esqueletito meloso, que dormía como un bendito, anestesiado aún por la fragancia bruta y sucia de un calcetín de pulpero.

FIN

Cuentos para fomentar el turismo, 1946


 Emilio S. Belaval_________PortoRico

1. Jíbaro: perteneciente o relativo al campesino de ascendencia española, generalmente en las regiones montañosas de Puerto Rico.
2. Jaibería: astucia.


Biblioteca Digital Ciudad Seva


sexta-feira, 12 de julho de 2019


Tem gente que comemora condenação sem provas. Tem gente que comemora perda de direitos trabalhistas. Tem gente que comemora trabalhar mais pra ganhar menos ao se aposentar. Tem gente que comemora entrega do patrimônio público. Tem gente que comemora pobre na rua. Tem gente que comemora linchamento. Tem gente que comemora estupro...

Olha, tem muita gente estúpida no mundo!
Olw


Ser escritor não é vocação, chamado divino ou destino. Ser escritor é decisão. Em determinado momento da vida, geralmente depois da leitura de livros ou de um livro em especial, alguém decide ser escritor. E em cima dessa decisão, outras decisões são tomadas: um certa disciplina de leituras, estudo de línguas, determinada faculdade ou profissão -- tudo em função de favorecer a opção fundamental: tornar-se escritor. O escritor poderá a vir trabalhar como publicitário, jornalista, professor, advogado, o escambau, mas essa 'profissão' sempre será subsidiária diante da decisão maior de ser escritor. Ele pode até passar anos sem escrever, mas estará sempre acumulando forças para o grande livro que escreverá um dia. Mesmo quando ele está vivendo, ele não vive simplesmente pela vida. Ele vive para acumular experiências para enriquecer sua escritura. Nesse sentido ele vampiriza-se a si mesmo e aos outros. Ele pode estar na maior fossa, sozinho num quarto de hotel ou numa estação deserta, depois que seu amor o deixou -- e mesmo em meio a dor ele estará pensando: como posso transformar isso num poema ou na cena de um romance?
Assim, tornar-se escritor não é necessariamente decidir-se a escrever livros, mas orientar a sua vida de tal maneira que o objetivo de vir a escrever livros não seja prejudicado. Boa parte da energia libidinal do escritor será canalizada para este objetivo, às vezes a tal ponto que faltará energia para outras áreas vitais. Não é que o escritor esteja condenado a ser um fracassado na vida, mas suas energias estão voltadas de tal maneira para sua decisão que chegam a faltar em outras áreas, muitas vezes mais necessárias na luta cotidiana pela vida. Quem não entende isso, não sente isso, pode até escrever livros e ser reconhecido socialmente como escritor, mas nunca o será de fato. Muitos podem alegar que há aqui uma certa herança do cristianismo e de suas ideias de sacrifício e abnegação. Não nego. A literatura não é um evento solto no ar da não-história. A literatura é fruto de uma longa construção histórica que teve suas raízes lá na Grécia antiga e cuja configuração atual se determinou em algum momento entre os séculos XVIII e XIX. Faz parte dessa construção a ideia de que o escritor é um santo sem fé num mundo sem deuses cujo último sucedâneo do sagrado não é necessariamente o fetichismo do livro literário mas o própria decisão de tornar-se escritor. E se a literatura perdeu sua relevância no mundo contemporâneo, este gesto só se reveste de maior heroísmo ainda. E só o herói é belo.

Otto Leopoldo Winck


Jesus nasceu sem teto, trabalhou como carpinteiro numa humilde aldeia da Galileia, periferia da Palestina. Em seu ministério, conviveu com ladrões, corruptos e prostitutas. Não ligava muito para os preceitos religiosos, pois "trabalhava" no sábado, curando os aflitos e oprimidos. Por fim, condenado pelo Império, é executado entre dois ladrões, na ignomínia de uma cruz. Agora, dizer-se seguidor desse cara e ser intolerante para com toda diferença, é uma contradição que nunca vai entrar na minha cabeça.

OLW


Estamos testemunhando a destruição de um país.

Destruição de sua democracia, de sua economia, de seu povo, de suas esperanças.

O que nos aguarda no futuro, a continuar nesse passo, é um Estado policial, para conter a multidão de miseráveis, enquanto a “elite”, sócia minoritária do capital transnacional, desfruta do sol de Miami.

Há, nessa destruição deliberada, uma boa participação dos interesses de fora, mas essa destruição não seria possível sem a colaboração ativa dos locais.

Empresariado predatório, classe política vendida, mídia amoral, cúpula militar arrivista.

Sem esquecer, claro, de 58 milhões de pessoas estúpidas e perversas, que colaboram para sua própria tragédia a fim de satisfazer sua maldade.


Luis Felipe Miguel


A ideologia capitalista é tão bem sucedida que toda a ira e frustração ocasionadas pela exploração são canalizadas contra aqueles que justamente tentam minorar essa exploração...

OLW

IMPREVIDÊNCIA


" Essa 'reforma da Previdência' (sempre entre aspas porque não é reforma nem será Previdência) é cruel sob vários aspectos, mas um deles me chama mais atenção: sob a falsa aparência de que as novas regras correspondem a critérios técnicos, cálculos precisos e medidas urgentes para salvar, no presente, o futuro da Previdência, vende-se a ilusão de que as instituições deste país (todo o Estado e, dentro dele, o INSS) estarão de pé, sadias e cumprindo os compromissos hoje assumidos daqui a 20, 40, 60 anos. Quem dorme nesse papo? Eu, por exemplo, se der tudo certo no caminho, completarei 65 anos em 3 de dezembro de 2041. Se der tudo muito certo mesmo, daqui até lá terei contribuído cerca de 45 anos para minha aposentadoria. Eu não consigo imaginar como estarei aos 65 anos, mas não ligo para isso. Perco o sono, no entanto, ao pensar sobre o que chamaremos de 'país' e 'mundo' em 2041. Na verdade, já me desespera pensar sobre que país e que mundo teremos em 2020 (ou hoje mesmo!). É um luxo sonhar com 2041, fazer planos daqui até lá, no país em que não se pode sequer dormir -- literal e figurativamente. O atual 'governo' nos mostra, em todos os seus atos, que estamos cercados pela morte (dos agrotóxicos às armas de fogo nas mãos dos nossos vizinhos, da truculência oficial ao agravamento das injustiças sociais). É o último 'governo' que pode prometer algo (bom) para o nosso futuro, nem para hoje ou amanhã."

Tarso de Melo

Árvore da memória



Rosmarie Waldrop, no livro Split Infinites
Tradução Marcelo Lotufo


E EM SEGUNDO LUGAR, na Alemanha

Meu primeiro dia na escola , setembro de 1941, dia show de bola. O tempo não passava, mas era conduzido ao cérebro. Me ensinaram. A saudação nazista, brincar de flautista. Quão firmemente entrincheiradas, as velhas teorias. Já usando papel, caneta e tinta. Sim, eu disse, estou aqui.

Eu tinha seis ou sete anões, a branca era de neve, o príncipe estava em guerra. Hitler no rádio, seguido por Léhar. Sentidos impingiam-se. Apagões, sirenes, colchões no chão, visitantes ou fantasmas furtivos.

E mamãe furiosa. Sirenes. Silvos. O gato. Minha irmã gritou como nunca. Sua amiga. Com medo de olhar. O que eu sabia sobre trabalho forçado ou trabalho de parto? Dos interiores profundos do corpo? Eu tinha aprendido a andar de bicicleta.

O gato preto. A neve branca, a flor azul. Uma ameaça de uma cor diferente. Movimento uniforme em velocidade inultrapassável. Nada fastidioso. Nada necessário o preenchimento de substâncias no âmago profundo.

Mãe, eu gritei, extremamente. E o lobo. Passando pela neve eu estava dentro de casa em, lã puxada sobre os meus olhos. O lobo. O menino que não gritou ‘olha o lobo’ também morreu. Aberturas crepusculares.

Testa honesta. Cabelos negros. Mãos parcimoniosamente sobre os joelhos. Uma menina polonesa. Na Alemanha? Na guerra? Movendo-se velozmente pelo ar entre nós, uma imagem contínua. Chega de medo de gato preto, sinos (assassinos, ferinos), de sirenes, silvos de bombas.

*

Uma longa vida aprendendo sobre o capítulo anterior. Que minha alma está de calça jeans, minha mãe dando à luz, meu banco de esperanças na Alemanha, leste de expectativas, oeste de ainda esperando. Na cama com um antídoto.

Comendo da árvore. Folhas caindo antes da queda. Por um buraco na memória. A fruta enruga novos problemas, mas não extingue. O pomar há muito abandonado.

*


Traduzindo Brecht



Franco Fortini
Tradução Cláudia Alves


Um grande temporal,
durante toda a tarde, retorceu-se
por cima dos telhados antes de se romper em relâmpagos, água.
Eu fitava versos de cimento e de vidro
onde havia gritaria e escaras muradas e membros
também meus, aos quais sobrevivo. Com cautela, olhando
ora as telhas batalhadas, ora a página seca,
eu escutava morrer
a palavra de um poeta ou transformar-se
em outra, não mais por nós, voz. Os oprimidos
estão oprimidos e tranquilos, os opressores tranquilos
falam ao telefone, o ódio é educado, eu mesmo
acredito não saber mais de quem é a culpa.

Escreva, digo a mim mesmo, odeia
quem com doçura guia ao nada
os homens e as mulheres que te acompanham
e acreditam não saber. Entre os inimigos
escreva também o teu nome. O temporal
dissipou-se com ênfase. A natureza
ao imitar as batalhas é muito fraca. A poesia
não muda nada. Nada é certo, mas escreva.

(Una volta per sempre, 1963)

*

quinta-feira, 11 de julho de 2019

Amar hasta fracasar (solo la vocal “a”)



Hablábamos varios hombres de letras de las cosas curiosas que, desde griegos y latinos, han hecho ingenios risueños, pacientes o desocupados, con el lenguaje. Versos que se pueden leer al revés tanto como al derecho, guardando siempre el mismo sentido, acrósticos arrevesados, en losange; y luego, prosas en que se suprimiera una de las vocales, en largos cuentos castellanos.

Entonces yo les hablé de una curiosidad, en verdad de las más peregrinas, que hice insertar, siendo muy joven, en una revista que dirigía, allá en la lejana Nicaragua, un mi íntimo amigo. Es un cuento corto, en el cual no se suprime una vocal, sino cuatro. Vais a leerlo. No encontraréis otra vocal más que la a. Y os mantendrá con la boca abierta. ¿Su autor?, sudamericano, seguramente, quizás antillano, posiblemente de Colombia. Ignoro e ignoré siempre su nombre. He aquí la lucubración a que me refiero:



AMAR HASTA FRACASAR

Trazada para la A

La Habana aclamaba a Ana, la dama más agarbada, más afamada. Amaba a Ana Blas, galán asaz cabal, tal amaba Chactas a Atala.

Ya pasaban largas albas para Ana, para Blas; mas nada alcanzaban. Casar trataban; mas hallaban avaras a las hadas, para dar grata andanza a tal plan.

La plaza, llamada Armas, daba casa a la dama; Blas la hablaba cada mañana; mas la mamá, llamada Marta Albar, nada alcanzaba. La tal mamá trataba jamás casar a Ana hasta hallar gran galán, casa alta, ancha arca para apañar larga plata, para agarrar adahalas1. ¡Bravas agallas! ¿Mas bastaba tal cábala?. Nada ¡ca! ¡nada basta a tajar la llamada aflamada!

Ana alzaba la cama al aclarar; Blas la hallaba ya parada a la bajada. Las gradas callaban las alharacas adaptadas a almas tan abrasadas. Allá, halagadas faz a faz, pactaban hasta la parca amar Blas a Ana, Ana a Blas. ¡Ah ráfagas claras bajadas a las almas arrastradas a amar!. Gratas pasan para apalambrarlas2 más, para clavar la azagaya3 al alma. ¡Ya nada habrá capaz a arrancarla!.

Pasaban las añadas4. Acabada la marcada para dar Blas a Ana las sagradas arras, trataban hablar a Marta para afrancar5 a Ana, hablar al abad, abastar saya, manta, sábanas, cama, alhajar casa ¡ca! ¡nada faltaba para andar al altar!

Mas la mañana marcada, trata Marta ¡mala andanza! pasar a Santa Clara al alba, para clamar a la santa adaptada al galán para Ana. Agarrada bajaba ya las gradas; mas ¡caramba! halla a Ana abrazada a Blas, cara a cara. ¡Ah! la a nada basta para trazar la zambra armada. Marta araña a Ana, tal arañan las gatas a las ratas; Blas la ampara; para parar las brazadas a Marta, agárrala la saya. Marta lanza las palabras más malas a más alta garganta. Al azar pasan atalayas, alarmadas a tal algazara, atalantadas a las palabras:

-¡Acá! ¡Acá! ¡Atrapad al canalla mata-damas! ¡Amarrad al rapaz!

Van a la casa: Blas arranca tablas a las gradas para lanzar a la armada; mas nada hará para tantas armas blancas. Clama, apalabra, aclara ¡vanas palabras! Nada alcanza. Amarran a Blas. Marta manda a Ana para Santa Clara; Blas va a la cabaña. ¡Ah! ¡Mañana fatal!

¡Bárbara Marta! Avara bajasa6 al atrancar a Ana tras las barbacanas sagradas (algar7 fatal para damas blandas). ¿Trataba alcanzar paz a Ana? ¡Ca! ¡Asparla8, alafagarla, matarla! Tal trataba la malvada Marta. Ana, cada alba, amaba más a Blas; cada alba más aflatada, aflacaba más. Blas, a la banda allá la mar, tras Casa Blanca, asayaba9 a la par gran mal; a la par balaba10 allanar las barras para atacar la alfana11, sacar la amada, hablarla, abrazarla…

Ha ya largas mañanas trama Blas la alcaldada: para tal, habla. Al rayar la alba al atalaya, da plata, saltan las barras, avanza a la playa. La lancha, ya aparada12 pasa al galán a La Habana. ¡Ya la has amanada13 gran Blas; ya vas a agarrar la aldaba para llamar a Ana! ¡Ah! ¡Avanza, galán, avanza! Clama alas al alcatraz, patas al alazán ¡avanza, galán, avanza!

Mas para nada alcanzará la llamada: atafagarán14 más la tapada, taparanla más. Aplaza la hazaña.

Blas la aplaza; para apartar malandanza, trata hablar a Ana para Ana nada más. Para tal alcanzar, canta a garganta baja:

La barca lanzada
allá al ancha mar
arrastra a La Habana
canalla rapaz.
Al tal, mata-damas
llamaban asaz,
mas jamás las mata,
las ha para amar.
Fallas las amarras
hará tal galán,
ca, brava alabarda
llaman a la mar.
Las alas, la aljaba,
la azagaya…¡Bah!
nada, nada basta
a tal batallar.
Ah, marcha, alma Atala
a dar grata paz,
a dar grata andanza
a Chactas acá.

Acabada la cantata Blas anda para acá, para allá, para nada alarmar al adra15. Ana agradada a las palabras cantadas salta la cama. La dama la da al galán. Afanada llama a ña Blas, aya16 parda. Ña Blasa, zampada a la larga, nada alcanza la tal llamada; para alzarla, Ana la jala las pasas. La aya habla, Ana la acalla; habla más; la da alhajas para ablandarla. Blasa las agarra. Blanda ya, para acabar, la parda da franca bajada a Ana para la sala magna. Ya allá, Ana zafa aldaba tras aldaba hasta dar a la plaza. Allá anda Blas. ¡Para, para, Blas!

Atrás va Ana. ¡Ya llama! ¡Avanza, galán avanza! Clama alas al alcatraz, patas al alazán. ¡Avanza, galán, avanza!

-¡Amada Ana!..

-¡Blas!…

-¡Ya jamás apartarán a Blas para Ana!

-¡Ah! ¡Jamás!

-¡Alma amada!

-¡Abraza a Ana hasta matarla!

-¡¡Abraza a Blas hasta lanzar la alma!!…

A la mañana tras la pasada, alzaba ancla para Málaga la fragata Atlas. La cámara daba lar para Blas, para Ana…

Faltaba ya nada para anclar; mas la mar brava, brava, lanza a la playa la fragata: la vara.

La mar trabaja las bandas: mas brava, arranca tablas al tajamar; nada basta a salvar la fragata. ¡Ah tantas almas lanzadas al mar, ya agarradas a tablas claman, ya nadan para ganar la playa! Blas nada para acá, para allá, para hallar a Ana, para salvarla. ¡Ah tantas brazadas, tan gran afán para nada, hállala, mas la halla ya matada! ¡¡¡Matada!!!… Al palpar tan gran mal nada bala ya, nada trata alcanzar. Abraza a la ama:

-¡Amar hasta fracasar! -clama…

Ambas almas abrazadas bajan a la nada17. La mar traga a Ana, traga a Blas, traga más…¡Ca! ya Ana hablaba a Blas para pañal, para fajas, para zarandajas. ¡Mamá, ya, acababa Ana. Papá, ya, acababa Blas!…

Nada habla La Habana para sacar a la plaza a Marta, tras las pasadas; mas la palma canta hartas hazañas para cardarla la lana.

Et voilà. ¿Quién me dirá el nombre del autor?

Rubén Darío

FIN

Mundial Magazine,
París, 1913
1. Adahalas, lo mismo que adehalas.
2. Apalambrar, incendiar.
3. Azagaya, dardo.
4. Añadas, el tiempo de un año.
5. Afrancar, dar libertad, licencia.
6. Bajasa, mujer mala (El Diccionario de la Academia no la trae).
7. Algar, caverna o cueva.
8. Aspar, atormentar.
9. Asayar, experimentar.
10. Balar, desear ardientemente.
11. Alfana, iglesia. Voz de la germanía.
12. Aparar, preparar.
13. Amanar, poner a la mano. Ya la tienes a mano
14. Atafagar, fatigar, sofocar.
15. Adra, porción de un barrio, barriada.
16. Aya, se dice vulgarmente de las criadas de razón.
17. Almas por cuerpos, Dios me libre de la impiedad.

Agradecemos a Carlos Moya Moradas su aportación de este cuento a la Biblioteca Digital Ciudad Seva.

Biblioteca Digital Ciudad Seva

quarta-feira, 10 de julho de 2019


"Se você olhar atentamente você verá que existe apenas uma coisa e somente uma coisa que causa infelicidade. O nome desta coisa é apego. O que é apego? Um estado emocional de aderência causado pela crença de que sem alguma coisa particular ou alguma pessoa você não consegue ser feliz."

-- Anthony de Mello

terça-feira, 9 de julho de 2019


Pobre ego! Você não sabe que é uma ilusão, um mero centro fictício dividido entre tantos e tão contraditórios apelos... De um lado, o Id te convoca a permanecer na cama, curtindo uma preguiça, e só fazer o que te é agradável. De outro, o superego, como um feitor de chicote em punho, te chamando de vagabundo, gritando para você se levantar logo desta cama e cumprir com tuas obrigações... Não é fácil se equilibrar entre esses dois e irreconciliáveis carrascos, entre Eros e Tânatos, entre o Princípio do Prazer e o Princípio da Realidade, entre o dever lá fora e a cama quente aqui dentro... Não é a toa que às vezes bate aquele cansaço e pinta então aquela nostalgia do não-ser, do útero materno, do paraíso perdido...
Sobre esta base arquetípica -- Id e superego, Dionísio e Apolo --, similar em todos, há ainda um dicotomia que está na raiz do ser humano ocidental. Há em nosso cérebro um Sócrates e um São Paulo, um grego e um hebreu, um filósofo e um anacoreta -- e eles nunca chegarão a um acordo. A cada dia que me levanto, além da briga acirrada ente Id e superego, tem esses dois que não param de discutir... Não, não sou clássico. Não posso ser clássico, arcádico, parnasiano, ainda que eu quisesse... Depois da Idade Média, não se pode retroceder impunemente à Antiguidade. Com efeito, dentro de mim há uma ágora, onde os filósofos -- estoicos, epicuristas e céticos -- se deblateram eternamente, mas sempre com elegância e educação. No entanto, há também uma catedral gótica, cheia de gárgulas, mosaicos e vitrais -- e visagens de santos e virgens em êxtase... Entre os tamborins das festas helênicas e o órgão solene que brota da catedral sombria, minha alma se dilacera. Por isso eu digo: eu sou barroco, uma encruzilhada de caminhos que levam a múltiplas direções, um feixe de fibras que se cruzam em inúmeros sentidos... Entre céu e lama, luz e trevas, beatitude e maldição, Santo Agostinho e Aristóteles, estou condenado a não ter paz enquanto caminhar sobre esta Terra desolada e sob este Sol impassível. Mas é justamente esta inquietude, esta angústia que é criadora, geradora de estrelas bailarinas. É preciso um caos para criar um cosmos. Se o preço da paz interior é a apatia, eu prefiro este vulcão permanente dentro de mim. Em vez da bonança e da paz da Arcádia, o ímpeto e a tempestade. Mesmo sabendo que sou -- meu ego, este que escreve, ou acha que escreve este texto -- uma ilusão. Ou por isso mesmo.

Otto Leopoldo Winck



Ser escritor não é uma questão de vocação ou de chamado. Os deuses e as musas estão mortos. Ser escritor é uma questão de decisão, uma decisão que se renova toda dia, contra tudo, contra todos, contra si mesmo. É como ser um santo sem fé num mundo sem heróis. Você nunca será recompensado nem mesmo compreendido. Nem é isso que você busca.
Olw


Viver em função da escrita não é necessariamente escrever sempre. Às vezes são importantes longos hiatos sem escrita alguma. Viver em função da escrita é sobretudo viver em função do que se pretende escrever, ainda que esse escrever esteja num futuro remoto. Viver em função da escrita é viver em função desse desejo; é viver na condição de que a vida, ou parte dela, venha a se converter em escrita -- e esta escrita dê alguma ilusão de sentido à vida que não tem sentido nenhum.

Olw


“Nossa existência não é mais que um curto circuito de luz entre duas eternidades de escuridão.”

Vladimir Nabókov

Pequena lição de economia contemporânea.




Em 1703, o embaixador britânico John Methuen e o Marquês de Alegrete, representando o Reino de Portugal, firmaram o tratado que passou à história com o nome do primeiro.

O tratado é um documento curto, de meia dúzia de linhas. Determina que Portugal não cobrará impostos de importação de têxteis ingleses. Em troca, a Inglaterra não cobraria impostos dos vinhos portugueses.

O volume de exportação dos "panos" ingleses para Portugal era muitas vezes maior que o volume de exportação de vinhos portugueses para a Inglaterra. Mas essa nem foi a mais grave consequência do tratado.

Ele matou a nascente indústria têxtil portuguesa - lembrando que, na época, a indústria têxtil era o carro-chefe da industrialização. Quanto à indústria vinícola inglesa, ela não existia nem poderia existir, até por questões climáticas.

É possível elencar muitas razões para a decadência e o atraso de Portugal a partir do século XVIII. Em qualquer listagem, porém, o tratado de Methuen aparece com destaque.

Não foi ruim para todos, claro. O Marquês de Alegrete, que foi o principal negociador português do tratado, por exemplo, era um grande produtor de vinhos.

Luis Felipe Miguel

Bocas inútei


Bocas inúteis"
[ Contudo, no verão, houve novos protestos de cidadãos e os gaseamentos foram interrompidos. Foi um centro em instituição mental em Hadamar, perto de Limburg, que reavivou os protestos. As câmaras de gás tinham sido instaladas em uma ala de um antigo convento franciscano, e mais uma vez o embuste deu errado. Em junho de 1941 o bispo de Limburg escreveu:

" Várias vezes por semana chegam ônibus em Hadamar com um número considerável de vítimas. Os escolares dos arredores conhecem o veículo e comentam: 'Aí vem outra caixa da morte.' As crianças brigam e dizem umas as outras: 'Você é maluco, devia ser mandado para o forno de Hadamar.'' Ouvem-se os mais velhos comentarem: 'Não me mande para um hospital público. Quando os fracos da cabeça tiverem sido exterminados, os próximos inúteis serão os velhos.' " ] Ravensbrück, Sarah Helm

DUAS OBSERVAÇÕES
1 - é pra um soldado condecorado desse regime que se prestou 'homenagem'.
2 - a "reforma" da previdência é a forma moderna de eliminar "bocas inúteis" do neoliberalismo pauloguedista - com a vantagem de economizar o transporte, o gás e instalações incômodas; as pessoas morrem sozinhas em casa à míngua.

Roberto Pereira


"Essa é a condição da prosa para mim, ser outro quando escrevo, ou melhor, ser outro para escrever. (...) A literatura é um sonho dirigido. Sua condição, para mim, é eu deixar de ser quem supostamente sou. Como num sonho."

Ricardo Piglia, "Os anos felizes: o diários de Emilio Renzi", p. 117-118.

1964



Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.
Ya no compartirás la clara luna
ni los lentos jardines. Ya no hay una
luna que no sea espejo del pasado,

cristal de soledad, sol de agonías.
Adiós las mutuas manos y las sienes
que acercaba el amor. Hoy sólo tienes
la fiel memoria y los desiertos días.

Nadie pierde (repites vanamente)
sino lo que no tiene y no ha tenido
nunca, pero no basta ser valiente

para aprender el arte del olvido.
Un símbolo, una rosa, te desgarra
y te puede matar una guitarra.

II

Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo;
un instante cualquiera es más profundo
y diverso que el mar. La vida es corta

y aunque las horas son tan largas, una
oscura maravilla nos acecha,
la muerte, ese otro mar, esa otra flecha
que nos libra del sol y de la luna

y del amor. La dicha que me diste
y me quitaste debe ser borrada;
lo que era todo tiene que ser nada.

Sólo que me queda el goce de estar triste,
esa vana costumbre que me inclina
al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.


Jorge Luis Borges


"Para Proust, escrever é ler esse livro interior de signos desconhecidos. Não há Logos, só hieróglifos. Escrever é interpretar o que já está escrito e é ilegível."

Deleuze


"Na realidade, a literatura mostra o opacidade do mundo, nunca sabemos nada sobre as pessoas, mesmo aquelas que estão perto e que amamos, só sabemos o que elas nos dizem mas nunca o que pensam, porque sempre podem mentir; nesse sentido, lemos romances porque eles são o único modo de vermos uma pessoa por dentro. Eu conheço melhor Ana Kariênina do que a mulher com quem vivo há anos."

Ricardo Piglia, 'Os anos felizes: os diários de Emilio Renzi', p. 129.

Século Passado


"O problema é que a realidade presente no século XXI ,de globalização econômica e de pessoas ainda convive com uma ideologia do século passado no tratamento dos problemas decorrentes  disso "

Stephen Klineberg, sociólogo, um dos maiores especialistas em imigração nos Estados Unidos , dizendo que a explosão dos níveis de imigração pode originar tanto uma "bomba- relógio " como um tremendo patrimônio para os EUA , ontem na folha.

“ A fome deixa de ser um fato isolado ou ocasional e passa a ser um dado generalizado e permanente . Ela atinge  800 milhões de pessoas  espalhadas por todos  os continentes . Quando os progressos de a medicina  e da informação deviam autorizar uma redução substancial dos problemas de saúde sabemos que 14 milhões de pessoas morrem todos os dias , antes do quinto ano de vida.
Dois bilhões  de pessoas sobrevivem sem água potável . (...)O fenômeno dos sem-teto , curiosamente na primeira metade do século XX , hoje é um fato banal , presente em todas as grandes cidades do mundo . O desemprego é algo tornado comum (...) A pobreza também aumenta . No fim do século XX havia mais de 600 milhões de pobres  do que em 1960 ; e 1,4 bilhão de pessoas ganham menos de um dólar por dia . (...) O fato , porém , é que a pobreza , tanto quanto o desemprego , são considerados como algo “natural “ , inerente a seu próprio processo . Junto ao desemprego e à pobreza absoluta , registre-se o empobrecimento relativo de camadas cada vez maiores graças a deterioração do valor do trabalho. “


Milton Santos . in Por uma outra Globalização – do pensamento único à consciência universal . p 59 .

segunda-feira, 8 de julho de 2019

Cuando lejos muy lejos…





Cuando lejos muy lejos, en hondos mares,
en lo mucho que sufro pienses a solas,
si exhalas un suspiro por mis pesares,
mándame ese suspiro sobre las olas.

Cuando el sol con sus rayos desde el oriente
rasgue las blondas gasas de las neblinas,
si una oración murmuras por el ausente,
deja que me la traigan las golondrinas.

Cuando la tarde pierda sus tristes galas,
y en cenizas se tornen las nubes rojas,
mándame un beso ardiente sobre las alas
de las brisas que juegan entre las hojas.

Que yo, cuando la noche tienda su manto,
yo, que llevo en el alma sus mudas huellas,
te enviaré, con mis quejas, un dulce canto
en la luz temblorosa de las estrellas!


 Julio Flórez. Colômbia 

Biblioteca Digital Ciudad Seva


segunda-feira, 1 de julho de 2019

No te salves




No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca

no te salves

no te llenes de calma
no reserves del mundo
solo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo

pero si

pese a todo no puedes evitarlo

y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
solo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas

entonces

no te quedes conmigo.

Mario Benedetti

Biblioteca Digital Ciudad Seva


Elogio do Amaranto



 “mas, dormindo os homens, veio o seu inimigo, e semeou o joio no meio do trigo e retirou-se” Mateus 13: 24

            Vá um pesquisador estrangeiro buscar informações sobre o Mato Grosso do Sul na Internet e logo descobrirá que a área desse estado é maior que a Alemanha inteira, que foi desmembrado do Mato Grosso no dia 11 de outubro de 1977 e elevado à categoria de estado em 1º de janeiro de 1979. Isso depois de ter tentado emancipar-se de Mato Grosso durante a Revolução Constitucionalista de 1932, quando, entre julho e outubro, seus próceres criaram o efêmero estado de Maracaju. Caso ele queira ler as páginas dedicadas à Economia nos grandes jornais do país e nas revistas especializadas, aprenderá que o estado é um grande produtor de soja, e que essa produção é uma grande fonte de divisas para o nosso país, toneladas e toneladas que fazem grande diferença no equilíbrio e no saldo positivo da balança comercial brasileira. Mas se o tal pesquisador buscasse ouvir Gabriel Kaiowá, obteria dele informações nada ufanistas.
            Gabriel Kaiowá mora na comunidade do Pequizeiro que, há alguns anos atrás, era chamada de favela – quase nada mudou além do nome, porque ficou decidido que “favela” é um termo que pode ofender a autoestima dos moradores da área assim designada, e, logo, tantos os estudiosos das universidades quanto os jornalistas e os governantes aboliram o termo e o substituíram pela expressão “comunidade”, esquecendo-se que “comunidade” serve para designar também o conjunto de moradores de uma área nobre ou os praticantes de uma mesma fé que semanalmente se reúnem no mesmo templo. É essa, aliás, a grande utilidade dos eufemismos: disfarçar o que não queremos admitir, pois a chegada de uma nova designação para a área não veio acompanhada de água encanada, rede de esgoto, creches, postos de saúde, escolas, coleta de lixo e tantas outras intervenções do poder público necessárias à qualidade de vida de seus habitantes. A preocupação do Estado com a autoestima dos moradores do Pequizeiro não foi além da inauguração de um eufemismo.
            Mas, voltando a Gabriel Kaiowá, ele diria ao pesquisador que, onde hoje é a comunidade, que ninguém pode mais chamar de favela porque o Leviatã já permite ações por danos morais contra quem assim o fizer, havia uma aldeia habitada pela nação Guarani-Kaiowá, povo esse que tinha o pequi, fruta típica do Cerrado, como a base da sua alimentação. Contou-lhe seu avô, o pajé, que mora no mesmo barraco que ele, que, quando uma criança nascia, seu pai e seus avós plantavam cinquenta sementes de pequi, que cresceriam para se tornar árvores e garantir o sustento do recém-nascido. Ele mesmo plantara centenas de pequizeiros para sustentar os seus filhos, mas já não havia onde plantar quando nasceram Gabriel e seus outros netos, pois o homem branco já tinha se apossado das terras da tribo. As árvores plantadas em honra ao nascimento do pajé ainda estariam vivas e frutificando se o homem branco não as tivesse cortado para plantar soja para exportação. E se tivesse restado ao seu pai terras para plantar pequis para sustentar a ele e aos seus irmãos, Gabriel não teria que trabalhar tanto.
            O ano que passara fora bom para Gabriel, pois com o pouco de plantas nativas que ainda se encontram junto aos barracos da comunidade, conseguira produzir colares de sementes para vender aos peregrinos que, a caminho do Rio de Janeiro, para prestigiar a visita do recém-eleito papa Francisco, passavam pela cidade: não só gente do Paraguai e da Bolívia, mas até canadenses e japoneses em romaria se encantavam com seu artesanato. Na época da Jornada Mundial da Juventude – esse era o nome do evento do papa –, conseguira trabalhar menos, descansar e estudar mais e assim terminara com louvor o Ensino Médio.
            Depois da visita do papa, quando se foram os últimos peregrinos, voltara à rotina: acordar cedo para ir a pé até a escola, almoçar lá – não comer em casa é uma grande economia para a família – e procurar como arranjar dinheiro: engraxava sapatos, catava latinhas, vendia colares, pintava paredes, fazia todo tipo de trabalho braçal que encontrasse na cidade e, ao anoitecer, andava de volta até a comunidade. Foi nessa época que despontou seu carisma de líder: conseguiu persuadir quantos trabalhavam na comunidade para contribuírem para um fundo comum a fim de que se cavasse um poço artesiano para terem mais fácil acesso à agua. Depois, ensinou às mulheres a colocarem toda a água de que precisariam no dia seguinte em garrafas PET em cima de lonas pretas ao Sol: deixando assim o dia inteiro, o calor fazia a água ferver e matar quantas bactérias nocivas ali houvesse.
            No ano de 2014, ano eleitoral, Gabriel conseguiu um outro subemprego: cabo eleitoral. Passava todo o dia panfletando a candidatura de Naamã Felício a deputado federal e à noite dizia à comunidade para não votar em nenhum dos candidatos que pagavam aos jovens por seus serviços: os nababos que os assalariavam eram os mesmos que ocupavam as terras que antes tinham sido da tribo. Naamã prometia aos jovens que de tudo faria para gerar empregos na região e integrá-los ao mercado de trabalho, mas ele mesmo não fora prefeito sem nada fazer em prol dos indígenas? E se não houvesse tantos jovens desempregados, como exército de reserva, onde ele conseguiria quem aceitasse dinheiro para divulgar sua candidatura? Não, as ótimas notas de Gabriel nas aulas de Sociologia não lhe permitiam acreditar em Naamã ou em qualquer outro fazendeiro. As lembranças dessas aulas sempre o desafiavam a encontrar uma maneira de enfrentá-los, conjuntamente com os jovens da tribo. Mas, como, diante dos armamentos dos fazendeiros? – perguntava ele aos colegas, e as discussões terminavam com a turma cantando “Koangagua”, dos rappers indígenas da banda Brô MC’s, unânime referência na preservação da língua ancestral.
            A resposta para suas indagações veio uma tarde, quando ele e seus ex-colegas de escola, desempregados, conversavam na entrada da comunidade: um “gato” – capataz de fazendeiros, encarregado de procurar mão de obra barata para serviços esporádicos – propôs levá-los à fazenda de Naamã. O riquíssimo deputado, que valia-se de máquinas para semear e colher a soja em suas fazendas, gerando pouquíssimos empregos, agora precisava de muitas mãos para que adentrassem nas plantações e arrancassem, um a um, os pés de amaranto que ameaçavam a lavoura. O dinheiro oferecido era pouco mas a necessidade era maior, e assim Gabriel e os outros garotos da tribo aceitaram a oferta. O “gato” viria buscá-los num caminhão quando o Sol nascesse.
            A caminho da fazenda, Gabriel combinava com os amigos, em língua guarani:
 – Ouvi no rádio uma reportagem sobre essa planta invasora. Os fazendeiros creem que as primeiras sementes tenham chegado ao Brasil em máquinas de segunda mão que alguém comprou dos Estados Unidos. Essa planta é forte e resiste aos venenos que os fazendeiros usam contra outras plantas indesejáveis. No Tennessee, houve casos de fazendeiros que perderam toda a safra de soja porque a planta se alastrou, cresceu mais que os pés de soja e sugou a água e os nutrientes necessários à lavoura. Por isso, eles estão com medo que ela se espalhe pelo Brasil. Então, nós vamos lá arrancar essas plantas como eles mandaram, mas vamos esconder sementes delas nos nossos bolsos. E deixar cair algumas delas pelo caminho.
 – Por quê, Gabriel?
 – Josué, você lembra quando o professor de Sociologia exibia para a gente os filmes de Charles Chaplin?
 – Sim, a gente ria muito.
 – Lembra do filme “O Garoto”? Carlitos resolveu cuidar de um menino órfão. E para terem o que comer, o garoto jogava pedras nas vidraças e Carlitos chegava depois com os vidros para substituí-las. Do mesmo modo, não podemos deixar que o amaranto seja eliminado. Enquanto houver amaranto, eles terão que contratar gente para arrancá-lo das plantações, pois seus tratores e colheitadeiras não podem fazer isso sem destruir a soja. Enquanto houver amaranto, teremos trabalho a fazer.
De volta do trabalho, de posse das subversivas sementes, Gabriel decidiu que, no dia seguinte, iria à cidade pesquisar sobre a planta invasora. Todos os jovens passaram o dia esperando as novidades que ele lhes traria.
Ao cair da noite, Gabriel voltou e lhe deu as esperadas notícias:
 – Alvíssaras! O amaranto não é uma planta nociva nem venenosa. Aliás, é um alimento nutritivo. Era a base da alimentação dos incas. É como o caruru, aquela planta que os nordestinos usam na salada. Mas o agronegócio é burro demais para pensar nisso. Vamos plantar essas sementes junto aos nossos barracos, em nossa comunidade, e vamos usar suas folhas e seus grãos na nossa alimentação. E, de vez em quando, jogaremos sementes nas estradas, no pouco de mata que ainda resta. Nós não podemos invadir as fazendas para tomar de volta as terras que os fazendeiros roubaram do nosso povo, porque eles nos matariam com suas armas ou nos jogariam na cadeia. Mas onde nós não podemos entrar, o vento pode. Não há matador algum que atire no vento nem policial algum espancará as tempestades. O vento será nosso vingador. Quando o amaranto expulsar os fazendeiros daqui, entraremos lá e nos apossaremos das terras onde viveram nossos antepassados e novamente faremos grandes aldeias, e plantaremos cinquenta pequizeiros para cada criança que nascer.

(15 e 16 de janeiro de 2017)


quarta-feira, 26 de junho de 2019

01 de Abril


A mentira confunde .
A verdade esclarece.

A mentira é oportunismo.
A verdade é compromisso.

A mentira tem interesses.
A verdade interessa.

A mentira vende fácil.
A verdade custa caro.

A mentira tem um dia .
A verdade tem 365.

O Estado de São Paulo. 01 de Abril de 2019