sexta-feira, 13 de setembro de 2019

Colinas como elefantes blancos




Del otro lado del valle del Ebro, las colinas eran largas y blancas. De este lado no había sombra ni árboles y la estación se alzaba al rayo del sol, entre dos líneas de rieles. Junto a la pared de la estación caía la sombra tibia del edificio y una cortina de cuentas de bambú colgaba en el vano de la puerta del bar, para que no entraran las moscas. El norteamericano y la muchacha que iba con él tomaron asiento en una mesa a la sombra, fuera del edificio. Hacía mucho calor y el expreso de Barcelona llegaría en cuarenta minutos. Se detenía dos minutos en este entronque y luego seguía hacia Madrid.
-¿Qué tomamos? -preguntó la muchacha. Se había quitado el sombrero y lo había puesto sobre la mesa.

-Hace calor -dijo el hombre.

-Tomemos cerveza.

-Dos cervezas -dijo el hombre hacia la cortina.

-¿Grandes? -preguntó una mujer desde el umbral.

-Sí. Dos grandes.

La mujer trajo dos tarros de cerveza y dos portavasos de fieltro. Puso en la mesa los portavasos y los tarros y miró al hombre y a la muchacha. La muchacha miraba la hilera de colinas. Eran blancas bajo el sol y el campo estaba pardo y seco.

-Parecen elefantes blancos -dijo.

-Nunca he visto uno -el hombre bebió su cerveza.

-No, claro que no.

-Nada de claro -dijo el hombre-. Bien podría haberlo visto.

La muchacha miró la cortina de cuentas.

-Tiene algo pintado -dijo-. ¿Qué dice?

-Anís del Toro. Es una bebida.

-¿Podríamos probarla?

-Oiga -llamó el hombre a través de la cortina.

La mujer salió del bar.

-Cuatro reales.

-Queremos dos de Anís del Toro.

-¿Con agua?

-¿Lo quieres con agua?

-No sé -dijo la muchacha-. ¿Sabe bien con agua?

-No sabe mal.

-¿Los quieren con agua? -preguntó la mujer.

-Sí, con agua.

-Sabe a orozuz -dijo la muchacha y dejó el vaso.

-Así pasa con todo.

-Sí -dijo la muchacha-. Todo sabe a orozuz. Especialmente las cosas que uno ha esperado tanto tiempo, como el ajenjo.

-Oh, basta ya.

-Tú empezaste -dijo la muchacha-. Yo me divertía. Pasaba un buen rato.

-Bien, tratemos de pasar un buen rato.

-De acuerdo. Yo trataba. Dije que las montañas parecían elefantes blancos. ¿No fue ocurrente?

-Fue ocurrente.

-Quise probar esta bebida. Eso es todo lo que hacemos, ¿no? ¿Mirar cosas y probar bebidas?

-Supongo.

La muchacha contempló las colinas.

-Son preciosas colinas -dijo-. En realidad no parecen elefantes blancos. Sólo me refería al color de su piel entre los árboles.

-¿Tomamos otro trago?

-De acuerdo.

El viento cálido empujaba contra la mesa la cortina de cuentas.

-La cerveza está buena y fresca -dijo el hombre.

-Es preciosa -dijo la muchacha.

-En realidad se trata de una operación muy sencilla, Jig -dijo el hombre-. En realidad no es una operación.

La muchacha miró el piso donde descansaban las patas de la mesa.

-Yo sé que no te va a afectar, Jig. En realidad no es nada. Sólo es para que entre el aire.

La muchacha no dijo nada.

-Yo iré contigo y estaré contigo todo el tiempo. Sólo dejan que entre el aire y luego todo es perfectamente natural.

-¿Y qué haremos después?

-Estaremos bien después. Igual que como estábamos.

-¿Qué te hace pensarlo?

-Eso es lo único que nos molesta. Es lo único que nos hace infelices.

La muchacha miró la cortina de cuentas, extendió la mano y tomó dos de las sartas.

-Y piensas que estaremos bien y seremos felices.

-Lo sé. No debes tener miedo. Conozco mucha gente que lo ha hecho.

-Yo también -dijo la muchacha-. Y después todos fueron tan felices.

-Bueno -dijo el hombre-, si no quieres no estás obligada. Yo no te obligaría si no quisieras. Pero sé que es perfectamente sencillo.

-¿Y tú de veras quieres?

-Pienso que es lo mejor. Pero no quiero que lo hagas si en realidad no quieres.

-Y si lo hago, ¿serás feliz y las cosas serán como eran y me querrás?

-Te quiero. Tú sabes que te quiero.

-Sí, pero si lo hago, ¿volverá a parecerte bonito que yo diga que las cosas son como elefantes blancos?

-Me encantará. Me encanta, pero en estos momentos no puedo disfrutarlo. Ya sabes cómo me pongo cuando me preocupo.

-Si lo hago, ¿nunca volverás a preocuparte?

-No me preocupará que lo hagas, porque es perfectamente sencillo.

-Entonces lo haré. Porque yo no me importo.

-¿Qué quieres decir?

-Yo no me importo.

-Bueno, pues a mí sí me importas.

-Ah, sí. Pero yo no me importo. Y lo haré y luego todo será magnífico.

-No quiero que lo hagas si te sientes así.

La muchacha se puso en pie y caminó hasta el extremo de la estación. Allá, del otro lado, había campos de grano y árboles a lo largo de las riberas del Ebro. Muy lejos, más allá del río, había montañas. La sombra de una nube cruzaba el campo de grano y la muchacha vio el río entre los árboles.

-Y podríamos tener todo esto -dijo-. Y podríamos tenerlo todo y cada día lo hacemos más imposible.

-¿Qué dijiste?

-Dije que podríamos tenerlo todo.

-Podemos tenerlo todo.

-No, no podemos.

-Podemos tener todo el mundo.

-No, no podemos.

-Podemos ir adondequiera.

-No, no podemos. Ya no es nuestro.

-Es nuestro.

-No, ya no. Y una vez que te lo quitan, nunca lo recobras.

-Pero no nos los han quitado.

-Ya veremos tarde o temprano.

-Vuelve a la sombra -dijo él-. No debes sentirte así.

-No me siento de ningún modo -dijo la muchacha-. Nada más sé cosas.

-No quiero que hagas nada que no quieras hacer…

-Ni que no sea por mi bien -dijo ella-. Ya sé. ¿Tomamos otra cerveza?

-Bueno. Pero tienes que darte cuenta…

-Me doy cuenta -dijo la muchacha.- ¿No podríamos callarnos un poco?

Se sentaron a la mesa y la muchacha miró las colinas en el lado seco del valle y el hombre la miró a ella y miró la mesa.

-Tienes que darte cuenta -dijo- que no quiero que lo hagas si tú no quieres. Estoy perfectamente dispuesto a dar el paso si algo significa para ti.

-¿No significa nada para ti? Hallaríamos manera.

-Claro que significa. Pero no quiero a nadie más que a ti. No quiero que nadie se interponga. Y sé que es perfectamente sencillo.

-Sí, sabes que es perfectamente sencillo.

-Está bien que digas eso, pero en verdad lo sé.

-¿Querrías hacer algo por mi?

-Yo haría cualquier cosa por ti.

-¿Querrías por favor por favor por favor por favor callarte la boca?

Él no dijo nada y miró las maletas arrimadas a la pared de la estación. Tenían etiquetas de todos los hoteles donde habían pasado la noche.

-Pero no quiero que lo hagas -dijo-, no me importa en absoluto.

-Voy a gritar -dijo la muchacha.

La mujer salió de la cortina con dos tarros de cerveza y los puso en los húmedos portavasos de fieltro.

-El tren llega en cinco minutos -dijo.

-¿Qué dijo? -preguntó la muchacha.

-Que el tren llega en cinco minutos.

La muchacha dirigió a la mujer una vívida sonrisa de agradecimiento.

-Iré llevando las maletas al otro lado de la estación -dijo el hombre. Ella le sonrió.

-De acuerdo. Ven luego a que terminemos la cerveza.

Él recogió las dos pesadas maletas y las llevó, rodeando la estación, hasta las otras vías. Miró a la distancia pero no vio el tren. De regresó cruzó por el bar, donde la gente en espera del tren se hallaba bebiendo. Tomó un anís en la barra y miró a la gente. Todos esperaban razonablemente el tren. Salió atravesando la cortina de cuentas. La muchacha estaba sentada y le sonrió.

-¿Te sientes mejor? -preguntó él.

-Me siento muy bien -dijo ella-. No me pasa nada. Me siento muy bien.

FIN

De Ernest Hemingway

06 Jun 2011

Biblioteca Digital Ciudad Seva

quarta-feira, 11 de setembro de 2019

BRÁS CUBAS E ROBERTO BARROSO




No livro 'Um mestre na periferia do capitalismo', Roberto Schwarz aventa que Brás Cubas, longe de um alter-ego de Machado Assis, é na verdade um emblema da elite brasileira da época. Os latifundiários escravagistas mandavam seus filhos estudarem na Europa. De lá, voltavam cheios de ideias liberais e progressistas. No entanto, ao pensar em mudar as práticas arcaicas de seus pais, logo se davam conta de que seus privilégios -- entre eles o de estudar na Europa -- eram frutos justamente dessas práticas arcaicas: o latifúndio, a monocultura e a exploração da mão-de-obra escrava. Assim, nossos fazendeiros bacharéis viviam uma esquizofrenia política: cabeça liberal, pés escravocratas; discurso moderno, práxis arcaica.

Assim é o ministro da Suprema Corte Roberto Barroso. Adora falar em pacto civilizatório e em criticar os atrasos de nossos costumes políticos. No entanto, ele mesmo é o melhor exemplo dos herdeiros de Brás Cubas: na boca, liberalismo de almanaque, porém suas decisões não só reforçam como ampliam o fosso entre os filhos da Casa Grande e o filhos da Senzala.

Só que Roberto Barroso é ainda pior que Brás Cubas. Como o defunto autor da obra mestra de Machado Assis, é cheio de um discurso escorregadio, empolado, pedante, vazio.
Falta-lhe, todavia, o humor e a ironia fina de Brás Cubas. Nossa elite, infelizmente, não só não evoluiu como ainda piorou.

Saudades do Brás -- ao menos ele era honesto no seu cinismo.

Otto Leopoldo Winck


(Texto de um ano atrás.)



Las cuitas del joven Werther



Slawomir Mrozek

El director de la filarmónica nos recibió con amabilidad.

—¿En qué puedo servirles? —preguntó.

—Nos debe cincuenta mil.

—Es posible, pero no acierto a saber por qué razón. ¿Podrían ustedes aclarármelo?

—En calidad de anticipo —le aclaré.

—Tal vez, es una práctica habitual. Pero anticipo, ¿a cuenta de qué?

—De nuestra actuación en la filarmónica.

—Sí, eso ya tiene cierto fundamento. Sin embargo, si no me falla la memoria, es la primera vez que nos vemos. ¿Acaso hemos firmado un contrato por correo?

—Aún no, pero podemos firmarlo ahora mismo.

—Indudablemente. Pero quisiera conocer a grandes rasgos su propuesta. ¿Ustedes forman un conjunto musical?

—De momento no, pero lo formaremos.

—¿Y más o menos con qué repertorio?

—Eso ya lo veremos cuando aprendamos a tocar.

—¿A tocar?

—Sí, a tocar instrumentos musicales, por supuesto.

La torpeza de ese individuo comenzaba a enervarme.

—¿Quiere decir que aún no saben?

—Aún o ya, ¿qué más da? El futuro de todas formas nos pertenece. ¿No ve que somos jóvenes?

—¡Oh!, desde luego. Sin embargo, ¿puedo sugerirles algo? Primero aprendan a tocar, después toquen un poco y después nos vemos. El futuro sin duda les pertenece.

Y no nos dio el anticipo, el muy fascista. Salimos de allí perjudicados socialmente.

En el muro había un cartel que anunciaba la actuación de un tal Mozart.

—¿Quién es? —preguntó… pero no me acuerdo cuál de nosotros, porque me falla la memoria, sobre todo antes del mediodía.

—Seguramente un viejo.

Dejamos de pensar en el arte y nos dedicamos a construir una bomba. Un día de estos la pondremos en la filarmónica. La lucha por la justicia es lo primero.

FIN

Biblioteca Digital Ciudad Seva



Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba…



Sor Juana Inés de la Cruz

Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba,
como en tu rostro y tus acciones veía
que con palabras no te persuadía,
que el corazón me vieses deseaba.

Y Amor, que mis intentos ayudaba,
venció lo que imposible parecía,
pues entre el llanto que el dolor vertía,
el corazón deshecho destilaba.

Baste ya de rigores, mi bien, baste,
no te atormenten más celos tiranos,
ni el vil recelo tu quietud contraste

con sombras necias, con indicios vanos:
pues ya en líquido humor viste y tocaste
mi corazón deshecho entre tus manos.

Biblioteca Digital Ciudad Seva

Domingo




Hoje é domingo.

Pela primeira vez, hoje,

eles me deixaram sair ao sol,

e eu,

pela primeira vez em minha vida,

olhei para o céu sem me mexer,

estranhando que esteja tão longe de mim,

que seja tão azul,

que se seja tão grande.

Me sentei na terra cheio de respeito

e encostei minhas costas contra o muro branco.

Não se trata, neste instante,

de descansar em sonho,

nem de combater, neste instante,

nem de liberdade, nem de mulher.

Terra, sol e eu.

Sou um homem feliz.

-

Antonio Gamoneda

trad. Andre Camuru Aubert

A Memória… (do poema Vem o Esquecimento)




A Memória é mortal. Algumas tardes, Billie Holiday põe sua rosa enferma em meus ouvidos.

Algumas tardes me surpreendo

longe de mim, chorando.

-

Antonio Gamoneda

trad. Andre Camuru Aubert


A QUE ESTÁ SEMPRE ALEGRE


 - Charles Baudelaire

Teu ar, teu gesto, tua fronte
São belos qual bela paisagem;
O riso brinca em tua imagem
Qual vento fresco no horizonte.

A mágoa que te roça os passos
Sucumbe à tua mocidade,
À tua flama, à claridade
Dos teus ombros e dos teus braços.

As fulgurantes, vivas cores
De tua vestes indiscretas
Lançam no espírito dos poetas
A imagem de um balé de flores.

Tais vestes loucas são o emblema
De teu espírito travesso;
Ó louca por quem enlouqueço,
Te odeio e te amo, eis meu dilema!

Certa vez, num belo jardim,
Ao arrastar minha atonia,
Senti, como cruel ironia,
O sol erguer-se contra mim;

E humilhado pela beleza
Da primavera ébria de cor,
Ali castiguei numa flor
A insolência da Natureza.

Assim eu quisera uma noite,
Quando a hora da volúpia soa,
Às frondes de tua pessoa
Subir, tendo à mão um açoite,

Punir-te a carne embevecida,
Magoar o teu peito perdoado
E abrir em teu flanco assustado
Uma larga e funda ferida,

E, como êxtase supremo,
Por entre esses lábios frementes,
Mais deslumbrantes, mais ridentes,
Infundir-te, irmã, meu veneno!

Tradução: Ivan Junqueira

(Um dos seis poemas que os juízes mandaram excluir de Flores do mal por conta de uma suposta alusão a sífilis. "Que sua interpretação sifilítica lhes fique na consciência", escreveu Baudelaire.)

segunda-feira, 9 de setembro de 2019

SONETO LXX



Se te censuram, não é teu defeito,
Porque a injúria os mais belos pretende;
Da graça o ornamento é vão, suspeito,
Corvo a sujar o céu que mais esplende.
Enquanto fores bom, a injúria prova
Que tens valor, que o tempo te venera,
Pois o Verme na flor gozo renova,
E em ti irrompe a mais pura primavera.
Da infância os maus tempos pular soubeste,
Vencendo o assalto ou do assalto distante;
Mas não penses achar vantagem neste
Fado, que a inveja alarga, é incessante.
Se a ti nada demanda de suspeita,
És reino a que o coração se sujeita.

William Shakespeare

sexta-feira, 6 de setembro de 2019

Sylvabel








A Victor Mauroy
Hermosa como la noche y como ella insegura...
-Alfred de Vigny

En el castillo de Fonteval, a eso de medianoche, tocaba a su fin una fiesta de esponsales. En el parque, entre altas alamedas de follaje iluminado todavía con guirnaldas de linternas venecianas, los músicos, en su estrado campestre, habían dejado de tocar contradanzas. Los hidalgüelos de los alrededores se encontraban ya junto a la verja principal esperando subir a sus carruajes, y los aldeanos invitados regresaban por los senderos a sus alquerías, cantando como de costumbre, tanto más cuanto que habían trincado a placer, debajo de las encinas, ante el tonel caprichosamente adornado con cintas de colores de la recién casada.

El nuevo castellano, Gabriel du Plessis les Houx, había contraído matrimonio en la mañana de aquel día que terminaba, en la capilla de la espléndida mansión, con la señorita Sylvabel de Fonteval, una Diana cazadora, morena clara, una esbelta muchacha con aires de amazona.

¡Veinte y veintitrés años! Hermosos, elegantes y ricos, el porvenir se anunciaba para ellos color de aurora y de cielo.

Sylvabel había abandonado el baile hacia las diez y media y se hallaba sin duda, en aquellos momentos, en su estancia nupcial. La gente del castillo -todas las ventanas estaban apagadas- debía dormir.

Sin embargo, abajo, frente a las salas de juego, en el invernadero que precedía a los jardines, dos hombres, alumbrados por un candelabro colocado sobre un velador rústico, entre dos arbustos, hablaban en voz baja, sentados uno cerca de otro en verdes sillas de mimbre. Uno de ellos era Gabriel du Plessis y el otro el barón Gérard de Linville, su tío, antiguo encargado de negocios y diplomático muy estimado. Ante los insistentes ruegos de su sobrino, el señor de Linville, en vísperas de un viaje a Suecia, a donde lo llamaba una delicada misión, había aceptado pasar la noche en el castillo.

-Querido barón -dijo, de pronto, Gabriel-, gracias por haberse quedado. Sólo usted puede darme un consejo útil en la grave situación en que me encuentro. Ya le he contado la pasión, el amor intenso e insensato que siento por mi mujer; pasión que a veces me hace palidecer y balbucear cuando ella me habla. Pues bien, escuche esto: siento que Sylvabel no experimenta por mí la más frívola de las simpatías, en una palabra no me ama. Es una muchacha acostumbrada a manejar caballos y escopetas, una mujer dominadora, indomable, hastiada, muy viril bajo sus encantos, y que, sabiéndome de índole apacible y adivinando que bebo los vientos por su cara persona, me desdeña un poco. Sylvabel me ha aceptado y nada más, tanto por mi fortuna (¡ay, tal es la verdad!) como para tenerme en calidad de esclavo. Por consiguiente, es probable, por no decir seguro, que tarde o temprano me traicionará. ¡ Me encuentra demasiado manso, demasiado artista, demasiado en las nubes, sin carácter, en fin! Añada a esto, sin embargo, que la considero de una penetración espiritual casi.., misteriosa. Es una adivinadora. Pero, ¡qué quiere usted!, parece haberse aferrado a esa idea absurda y enojosa, hasta el extremo de que esta noche me ha notificado haber dispuesto para mañana, al amanecer, una cacería a caballo, sin duda para dar a entender a la gente del castillo lo poco agotadora que habrá sido nuestra noche de bodas, la cual, entre paréntesis, debo pasar solo. Si semejante estado de cosas dura ocho días, el asunto no tendrá remedio, estaré perdido, haga lo que haga en adelante, lo que supone un desenlace trágico a corto plazo, pues mi naturaleza, una vez se ve obligada a bajar de las nubes, es de una gran violencia explosiva. Por lo tanto, pido a usted, hombre sutil, que no solamente ha vivido sino que ha sabido vivir, que me diga si ve algún medio de desvanecer en mi esposa esa desoladora opinión que tiene de mí. ¿Cree usted que haya algún recurso para que me quiera, para suscitar en su juicio la certeza de mi carácter? Todo radica en eso. Seguiré su consejo, sea el que fuere, pasivamente, sin reflexionar, como un soldado, como uno se toma la medicina ordenada por un médico eminente. A usted me entrego como se entrega uno a sus testigos en un lance de honor, ya que están en juego, a la vez, mi honor y mi felicidad.

El barón Gérard lanzó una mirada clara y alegre a su sobrino, mientras reflexionaba un momento, y luego se inclinó hacia él y, durante cinco minutos, murmuró a su oído unas palabras que lo hicieron temblar en medio de su silencioso asombro.

-Salgo mañana por la mañana para Estocolmo -añadió el señor de Linville, levantándose, en voz alta-. Escríbeme el resultado. Sobre todo, sé sencillo... como mi consejo..., al seguirlo.

-¡Gracias de todo corazón! Buen viaje, y hasta la vista -contestó Gabriel, levantándose también y estrechando la mano de su tío.

Los dos rezagados subieron a sus respectivas habitaciones. El diplomático debió dormir mejor que su sobrino.

-¡Sus! ¡Sus! ¡El sol brilla! ¿Aún duermes, Gabriel?

Así, gritaba, bajo las ventanas de su esposo, bien montada sobre un alazán oscuro que piafaba en la hierba, mientras a su alrededor ladraban y retozaban los perros de caza, la señora Sylvabel du Plessis les Houx, frunciendo las negras cejas sobre el azul claro de sus ojos y haciendo silbar una delgada fusta.

El galope de un caballo, a sus espaldas, al final de una alameda, le hizo volver la cabeza. Era Gabriel.

-Mi querida Sylvabel, ya ves que llego diez minutos antes, como ordena la costumbre -dijo saludándola.

-¡Vaya! ¡Sí, es verdad! Sin duda estabas soñando bajo los árboles. Tienes un aire radiante. ¿Componías?

-Sí... este ramo para ti, con tres capullos de rosa y estas hojas de verbena.

-¡Eres muy galante! -contestó, en tono ligero, Sylvabel, colocando el ramillete entre dos botones de su jubón.

-Es mi deber... Además, la verbena preserva de accidentes -dijo fríamente el señor du Plessis.

Un poco sorprendida, tal vez, por el tono casi serio de su marido, la elegante amazona lo miró. Luego, impaciente:

-¡En marcha! -dijo, tras una corta pausa-. Comeremos allá abajo, en cualquier claro del bosque, sobre el césped.

Durante las primeras horas de la cacería, Gabriel no llegó a pronunciar ni veinte palabras, aunque todas ellas denotaban buen humor e interés por la caza. Mató dos liebres, un faisán y ocho codornices, que metió en su zurrón y en su red el único montero que galopaba detrás de ellos.

Hacia mediodía, se apearon en un magnífico calvero. Después de tomar una lonja de pastel de carne, dos vasos de champaña, algunas fresas silvestres y café, Gabriel, que había estado durante todo el tiempo de la comida observando los saltos de las ardillas en las ramas y trazando el proyecto de una batida contra los lobos para el invierno, encendió un cigarrillo y, al terminarlo, gritó:

-¡A caballo! Si es que has descansado bastante, Sylvabel...

-¡Vamos! -contestó ella.

Y partieron de nuevo, a través de los campos.

De pronto, en un sendero, a treinta pasos de un seto, una liebre cruzó como un rayo. Los perros se precipitaron; Gabriel tiró en seguida, pero falló.

-La culpa ha sido de ese imbécil de Murmuro -dijo, con una leve sonrisa, mientras volvía a cargar el arma rápidamente-. Se ha colocado entre la liebre y yo, mientras apuntaba.

Y, haciendo fuego otra vez, abatió, a cien pasos de él, de un certero balazo, al magnífico perro de caza al cual acababa de acusar.

Ante aquel espectáculo, Sylvabel se estremeció.

-¡Cómo! ¿Por qué has matado a ese perro haciéndole culpable de tu torpeza? -dijo, un poco asustada.

-¡Y bien que lo lamento, porque lo quería mucho! -contestó tranquilamente Gabriel-. Pero yo soy de tal índole, que no puedo soportar una contrariedad sin reaccionar de una manera violenta. Si fuese soldado, me fusilarían a las veinticuatro horas. Es un defecto que me hizo ser peleador en mi infancia y del cual he querido en vano corregirme. Sin embargo, me esforcé de nuevo, sólo por complacerte.

Sylvabel, apretando con fuerza la fusta, se calló, un poco pensativa.

Y volvieron a emprender la marcha, durante la cual Gabriel habló de muchas cosas menos del incidente... ya olvidado. Sus palabras fueron ligeras y raras.

Una hora después, al tiempo que se levantaba una bandada de perdices frente a ellos, con su ruido especial, Gabriel se echó la escopeta a la cara y tiró: ni una sola de las aves perdió una pluma.

-Verdaderamente, esto es insoportable -rezongó por lo bajo Gabriel, pero tranquilo-. Esta yegua bribona ha tenido la culpa; ha dado un respingo en el momento en que yo apuntaba.

Dicho esto, cogió una pistola del arzón delantero, introdujo fríamente el cañón en la oreja de la bestia y le hizo saltar los sesos. Dando un salto de costado, cayó de pie al suelo, y no sin gracia, se zafó de la caída del animal, que se derrumbó de flanco y, tras una corta agonía, quedó inmóvil.

Esta vez, Sylvabel abrió sus ojos azules.

-¡Pero esto es absurdo! ¡Es ya la locura! ¿Qué te sucede, Gabriel, para matar a un animal tan hermoso, y de raza, por haber errado el tiro contra una perdiz?

-Lo deploro, señora. Pero creo haberte revelado hace un rato, confidencialmente, una debilidad innata que padezco. Te lo repito: se trata de algo superior a mis fuerzas, pero el caso es que no puedo soportar la menor contrariedad. Montero, deme su caballo y siga a pie, porque regresamos.

Ya de nuevo montado, cuando se quedaron solos en el camino, cerca del castillo, Sylvabel murmuró:

-En verdad, amigo mío, apenas puedo tranquilizarme aunque piense en las virtudes mágicas de tu ramo de verbena. ¿De esta manera cumples la promesa de domar tu irascible carácter para serme agradable?

-Esta vez, en efecto, la fuerza de la costumbre ha privado sobre mis buenas intenciones -respondió el joven-. Pero sabré, Sylvabel, de ahora en adelante, dominarme mejor. Sí, para complacerte y merecer tu gracia, procuraré volverme... ya que no paciente y dulce hasta la atonía... menos exaltado.

Esto fue dicho con una gentileza glacial. La señora de Plessis les Houx guardó silencio hasta Fonteval, adonde llegaron con las primeras sombras de la noche.

La cena, sin embargo, fue encantadora.

Aquella noche la castellana se olvidó -sin duda por inadvertencia- de echar el pestillo de la puerta de su habitación. De suerte que cuando, a las cinco de la mañana, tras las alegrías y fatigas del amor, ambos, embriagados de ternura conyugal, se murmuraban deliciosamente todo lo que de más inefable había en el fondo del alma, Sylvabel, de repente, miró a su marido con un aire singular, y luego, en voz muy baja, a la claridad de la lamparilla azul que palidecía ante el alba del hermoso verano, dijo:

-Gabriel, un solo día te ha bastado para conquistarme... hacerme tuya. Y no mediante ese estropicio, que me hacía sonreír, que acarreó la muerte de dos inocentes animales... sino porque el hombre que, dicho sea entre nosotros, posee la firmeza necesaria para llevar a cabo, durante un día y una noche así, sin delatarse un solo instante y ante la mujer por quien sufre, el buen consejo de un amigo leal y de probada sagacidad, demuestra con ello ser superior al consejo mismo y da prueba, por consiguiente, de tener suficiente “carácter” para ser digno de amor. Puedes agregar esto en la carta de agradecimiento que sin duda has prometido escribir a nuestro tío y amigo, el barón de Linville, que se encuentra en Suecia.

FIN

 de Villiers de L'Isle Adam

25 Jan 2011

Biblioteca Digital Ciudad Seva


Chacales y árabes



Acampábamos en el oasis. Los viajeros dormían. Un árabe, alto y blanco, pasó adelante; ya había alimentado a los camellos y se dirigía a acostarse.
Me tiré de espaldas sobre la hierba; quería dormir; no pude conciliar el sueño; el aullido de un chacal a lo lejos me lo impedía; entonces me senté. Y lo que había estado tan lejos, de pronto estuvo cerca. El gruñido de los chacales me rodeó; ojos dorados descoloridos que se encendían y se apagaban; cuerpos esbeltos que se movían ágilmente y en cadencia como bajo un látigo.

Un chacal se me acercó por detrás, pasó bajo mi brazo y se apretó contra mí como si buscara mi calor, luego me encaró y dijo, sus ojos casi en los míos:

-Soy el chacal más viejo de toda la región. Me siento feliz de poder saludarte aquí todavía. Ya casi había abandonado la esperanza, porque te esperábamos desde la eternidad; mi madre te esperaba, y su madre, y todas las madres hasta llegar a la madre de todos los chacales. ¡Créelo!

-Me asombra -dije olvidando alimentar el fuego cuyo humo debía mantener lejos a los chacales-, me asombra mucho lo que dices. Sólo por casualidad vengo del lejano Norte en un viaje muy corto. ¿Qué quieren de mí, chacales?

Y como envalentonados por este discurso quizá demasiado amistoso, los chacales estrecharon el círculo a mi alrededor; todos respiraban con golpes cortos y bufaban.

-Sabemos -empezó el más viejo- que vienes del Norte; en esto precisamente fundamos nuestra esperanza. Allá se encuentra la inteligencia que aquí entre los árabes falta. De este frío orgullo, sabes, no brota ninguna chispa de inteligencia. Matan a los animales, para devorarlos, y desprecian la carroña.

-No hables tan fuerte -le dije-, los árabes están durmiendo cerca de aquí.

-Eres en verdad un extranjero -dijo el chacal-, de lo contrario sabrías que jamás, en toda la historia del mundo, ningún chacal ha temido a un árabe. ¿Por qué deberíamos tenerles miedo? ¿Acaso no es un desgracia suficiente el vivir repudiados en medio de semejante pueblo?

-Es posible -contesté-, puede ser, pero no me permito juzgar cosas que conozco tan poco; debe tratarse de una querella muy antigua, de algo que se lleva en la sangre, entonces concluirá quizá solamente con sangre.

-Eres muy listo -dijo el viejo chacal; y todos empezaron a respirar aún más rápido, jadeantes los pulmones a pesar de estar quietos; un olor amargo que a veces sólo apretando los dientes podía tolerarse salía de sus fauces abiertas-, eres muy listo; lo que dices se corresponde con nuestra antigua doctrina. Tomaremos entonces la sangre de ellos, y la querella habrá terminado.

-¡Oh! -exclamé más brutalmente de lo que hubiera querido- se defenderán, los abatirán en masa con sus escopetas.

-Has entendido mal -dijo-, según la manera de los hombres que ni siquiera en el lejano Norte se pierde. Nosotros no los mataremos. El Nilo no tendría bastante agua para purificarnos. A la simple vista de sus cuerpos con vida escapamos hacia aires más puros, al desierto, que por esta razón se ha vuelto nuestra patria.

Y todos los chacales en torno, a los cuales entre tanto se habían agregado muchos otros venidos de más lejos, hundieron la cabeza entre las extremidades anteriores y se la frotaron con las patas; habríase dicho que querían ocultar una repugnancia tan terrible que yo, de buena gana, con un gran salto hubiese huido del cerco.

-¿Qué piensan hacer entonces? -les pregunté al tiempo que quería incorporarme, pero no pude; dos jóvenes bestias habían mordido la espalda de mi chaqueta y de mi camisa; debí permanecer sentado.

-Llevan la cola de tus ropas -dijo el viejo chacal aclarando en tono serio-, como prueba de respeto.

-¡Que me suelten! -grité, dirigiéndome ya al viejo, ya a los más jóvenes.

-Te soltarán, naturalmente -dijo el viejo-, si tú lo exiges. Pero debes esperar un ratito, porque siguiendo la costumbre han mordido muy hondo y sólo lentamente pueden abrir las mandíbulas. Mientras tanto escucha nuestro ruego.

-No diré que el comportamiento de ustedes me ha predispuesto a ello -contesté.

-No nos hagas pagar nuestra torpeza -dijo, empleando en su ayuda por primera vez el tono lastimero de su voz natural-, somos pobres animales, sólo poseemos nuestra dentadura; para todo lo que queramos hacer, bueno o malo, contamos únicamente con los dientes.

-¿Qué quieres entonces? -pregunté algo aplacado.

-Señor -gritó, y todos los chacales aullaron; a lo lejos me pareció como una melodía-. Señor, tú debes poner fin a la querella que divide el mundo. Tal cual eres, nuestros antepasados te han descrito como el que lo logrará. Es necesario que obtengamos la paz con los árabes; un aire respirable; el horizonte completo limpio de ellos; nunca más el lamento de los carneros que el árabe degüella; todos los animales deben reventar en paz; es preciso que nosotros los vaciemos de su sangre y que limpiemos hasta sus huesos. Limpieza, solamente limpieza queremos -y ahora todos lloraban y sollozaban-, ¿cómo únicamente tú en el mundo puedes soportarlos, tú, de noble corazón y dulces entrañas? Inmundicia es su blancura; inmundicia es su negrura; y horrorosas son sus barbas; ganas da de escupir viendo las comisuras de sus ojos; y cuando alzan los brazos en sus sobacos se abre el infierno. Por eso, oh señor, por eso, oh querido señor, con la ayuda de tus manos todopoderosas, con la ayuda de tus todopoderosas manos, ¡córtales el pescuezo con esta tijera! -Y, a una sacudida de su cabeza, apareció un chacal que traía en uno de sus colmillos una pequeña tijera de sastre cubierta de viejas manchas de herrumbre.

-¡Ah, finalmente apareció la tijera, y ahora basta! -gritó el jefe árabe de nuestra caravana, que se nos había acercado contra el viento y que ahora agitaba su gigantesco látigo. Todos escaparon rápidamente, pero a cierta distancia se detuvieron, estrechamente acurrucados unos contra otros, tan estrecha y rígidamente los numerosos animales, que se los veía como un apretado redil rodeado de fuegos fatuos.

-Así que tú también, señor, has visto y oído este espectáculo -dijo el árabe riendo tan alegremente como la reserva de su tribu lo permitía.

-¿Sabes entonces qué quieren los animales? -pregunté.

-Naturalmente, señor -dijo-, todos lo saben; desde que existen los árabes esta tijera vaga por el desierto, y viajará con nosotros hasta el fin de los tiempos. A todo europeo que pasa le es ofrecida la tijera para la gran obra; cada europeo es precisamente el que les parece el predestinado. Estos animales tienen una esperanza insensata; están locos, locos de verdad. Por esta razón los queremos; son nuestros perros; más lindos que los de ustedes. Mira, reventó un camello esta noche, he dispuesto que lo traigan aquí.

Cuatro portadores llegaron y arrojaron el pesado cadáver delante de nosotros. Apenas tendido en el suelo, ya los chacales alzaron sus voces. Como irresistiblemente atraído por hilos, cada uno se acercó, arrastrando el vientre en la tierra, inseguro. Se habían olvidado de los árabes, habían olvidado el odio; la obliteradora presencia del cadáver reciamente exudante los hechizaba. Ya uno de ellos se colgaba del cuello y con el primer mordisco encontraba la arteria. Como una pequeña bomba rabiosa que quiere apagar a cualquier precio y al mismo tiempo sin éxito un prepotente incendio, cada músculo de su cuerpo zamarreaba y palpitaba en su puesto. Y ya todos se apilaban en igual trabajo, formando como una montaña encima del cadáver.

En aquel momento el jefe restalló el severo látigo a diestra y siniestra. Los chacales alzaron la cabeza, a medias entre la borrachera y el desfallecimiento, vieron a los árabes ante ellos, sintieron el látigo en el hocico, dieron un salto atrás y corrieron un trecho a reculones. Pero la sangre del camello formaba ya un charco, humeaba a lo alto, en muchos lugares el cuerpo estaba desgarrado. No pudieron resistir; otra vez estuvieron allí; otra vez el jefe alzó el látigo; yo retuve su brazo.

-Tienes razón, señor -dijo-, dejémoslos en su oficio; por otra parte es tiempo de partir. Ya los has visto. Prodigiosos animales, ¿no es cierto? ¡Y cómo nos odian!

FIN

 de Franz Kafka

02 Feb 2011

Biblioteca Digital Ciudad Seva

La Primera y la Segunda



Giovanni Papini

Había amado a la Primera y ya no la amaba. Había empezado a amar a la Segunda, y la Primera seguía amándome. Historia corriente y estúpida. ¿Quién podía pensar que tuviera que acabar tan misteriosamente? Yo mismo, el culpable, no consigo todavía explicarme el inesperado desarrollo del sencillísimo tema.

Ni siquiera recuerdo cómo empecé a amar a la Primera. ¿Acaso porque tenía dos ojos negros, mayores que de tamaño natural, que miraban hacia abajo temerosos al enfrentarse con los míos? ¿O porque me escribió, sin conocerme, para enviarme su pobre y tímido saludo en medio de una batalla? No era alta, ni graciosa, ni bella, pero estaba llena de humildad y de ardor. La vi, le hablé y la asusté, y acabé amándola. Ella me amaba ya; acaso me amaba antes de conocerme. Tenía una pequeña alma ardiente, una de aquellas almas que se consumen de fiebre sin descubrirse nunca. Sentía hacia mí gran admiración, un amor todavía mayor y una devoción mayor todavía.

También yo, durante cierto tiempo, creí que la amaba.

El descubrimiento de aquella existencia escondida me tentaba. La sensación de mi poder sobre ella me excitaba. Una palabra mía la ponía triste o alegre, desvelada o feliz. Esperaba de mí las órdenes para su vida; yo le sugería sus lecturas y sus ocupaciones.

Procuraba ser una parte de mí mismo, una cosa mía familiar, y nada más. Algún paseo por las siniestras avenidas de cipreses, por las colinas solitarias, o a lo largo de los sauces del río un poco neblinoso; algún beso apresurado en la oscuridad de la tarde; alguna carta breve e imperativa, le bastaron para ser feliz. Cada día recibía una, dos o hasta tres cartas suyas llenas de pasión elocuente, en las que se recordaba, describía y comentaba con lírico frenesí cada gesto mío, cada aspecto. Sola en la gran ciudad, lejos de su madre y de su montaña, toda su vida estaba concentrada en este amor. Yo era para ella el Universo, mientras que ella era para mí sólo una curiosidad.

Pero su amor se hizo tan grande que el mío no pudo durar. Tengo tanto desprecio de mí que no puedo habituarme a hacer el papel de ídolo. Aquella veneración apasionada que sentía continuamente a mi alrededor me irritaba. Saber que cada acción mía era observada, recordada, magnificada con todos sus detalles; que cada palabra mía era escuchada, grabada, repetida, comentada, y el que toda mi vida era, para otro ser, un espectáculo, aunque fuera de alegría, me humillaba. Yo quiero ser para mí, vivir para mí: no quiero que nadie entre en mi vida, aunque sea como esclavo.

Al cabo de un año escaso comencé a espaciar las visitas, los paseos y las cartas, y como su pasión no disminuía por esto, sino que aumentaba, le escribí finalmente una carta simple, corta y brusca, para decirle que ya no la amaba, que no la amaría nunca más y que dejara de fastidiarme con sus cartas. Yo creía que la momentánea desesperación, el respeto que me tenía y su dignidad, la obligarían al silencio, pero fue todo lo contrario. No quería resignarse a callar. Aceptaba, aunque le sangrara el corazón, que yo no la amara ya; pero no quería que le prohibiera amarme.

Las cartas siguieron llegando más largas y ardientes que antes. Recordaba con la más minuciosa y patética exactitud cada fecha, cada frase, cada palabra. Cada día repetía que me amaba todavía, que me amaba aún más, que no amaría a nadie sino a mí, que me amaría siempre, que lo obtendría todo de ella menos el final de su amor. Recurrí a los procedimentos más duros y cobardes para terminar con aquella cotidiana invasión postal, no le contesté durante largos meses o bien le escribí cartas cortas, frías, irónicas, ofensivas; llegué hasta el punto de devolverle las suyas sin haberlas abierto.

Pero todo esto ni cansó ni disminuyó su amor. Me escribía igual, cada día, sin esperar contestación; era feliz aunque recibiera una carta mía mala; volvía a mandarme, en sobre abierto, las cartas rechazadas. Con frecuencia, me llegaban flores que ella misma iba a recoger para mí al campo. Una vez recibí una fotografía de mi casa que había tomado ella a escondidas. Al no poder ir conmigo, me esperaba en las calles por donde yo solía pasar; frecuentaba los sitios donde sabía que yo tenía que ir, y después del encuentro me llegaban larguísimas cartas que describían la funesta embriaguez de haberme visto de lejos.

Era imposible rechazar ese amor obstinado. Por eso tuve que decidirme a soportarlo sin dar señales de vida. Durante algún tiempo, mis pensamientos sobre un posible enderezamiento del mundo y algunos largos vagabundeos a través de Italia me mantuvieron alejado de las mujeres. Pero un día encontré a la Segunda: una mujer que yo ya conocía, pero que no descubrí hasta aquel día. La Segunda era una mujer de una pereza animal. La hembra sana, simple, alegre, desenvuelta, voluptuosa, dispuesto a la risa, a la defensa y a la caricia. A mí me gustan las cosas que son lo que tienen que ser: los perros que muerden, los campos sin surcos, el pan hecho de harina y las mujeres sin literatura. Desde aquel día quise a la Segunda con toda la energía de un cuerpo (¿por qué insistir solamente en el corazón?) de veinticinco años.

Pero la Segunda, precisamente porque era mujer e instintivamente enemiga de todos aquellos que viven de esperanzas y de palabras, de humo de proyectos y de cigarrillos, no sentía absolutamente nada hacia mí; reía conmigo como con los demás y eso le bastaba para desahogar su rica juventud y hacer brillar sus bellos ojos serenos. Todas las primitivas artes de los seductores adocenados no servían de nada con ella: miradas lánguidas, adulaciones, cartas líricas, paseos con y sin luna, calurosos apretones de mano, rápidos intentos de beso. Todos estos intentos y manejos eran acogidos con un estallido de buena risa franca que confesaba la más tranquila indiferencia de su carne y de su corazón.

No por eso podía renunciar a la esperanza de verla, un día, llorar con la cabeza contra mi pecho. Mientras la otra, la Primera, seguía persiguiéndome con su inútil amor, yo continué atormentando a la Segunda con mi amor necesario. Un día, no sé cómo, escribiendo a la Segunda, copié, sin más, cambiando solamente el masculino por el femenino, algunas frases de una carta que acababa de escribirme la Primera. Esta escribía muchísimo, y por eso se repetía mucho, pero he de reconocer que poseía un virtuosismo en el estilo amoroso que yo nunca he tenido, ni deseaba aprender. Quemada por la pasión, con toda el alma fija en mi amor, le nacían espontáneamente imágenes e imploraciones abundantes y, con frecuencia, absolutamente originales. Aquella mañana, teniendo delante de mí la carta de la Primera, mientras estaba a punto de escribir a la Segunda, se me ocurrió servirme de la tortura cotidiana para ahorrarme el trabajo de inventar frases nuevas.

Mi sopresa fue grandísima cuando, al día siguiente, al encontrar de nuevo a la Segunda, advertí que mi última carta le había hecho más impresión que las demás. En lugar de reír durante todo el tiempo, como solía, se comportó de manera más azarada; quiso discutir la sinceridad de una de las frases que yo había robado a la carta de la otra y, cuando me dejó, me pareció que su apretón de manos fue menos tranquilo que las otras veces. Este primer síntoma de victoria me mantuvo despierto durante toda la noche y, aunque fuera sonriendo ante la idea absurda de una magia comunicante, se me ocurrió continuar a propósito lo que había empezado casi por casualidad, es decir, utilizar las cartas de la Primera para escribir a la Segunda.

En un cajón ancho y profundo tenía varios centenares de cartas de la Primera; cada día sacaba dos o tres y de ellas extraía una pequeña antología pasional que luego, con algún añadido, formaba una bella y larga carta amorosa. El sistema tuvo éxito. ¿Por qué no extenderlo? Por eso pensé regalar a la Segunda algunos libros que me había dado la Primera, y los efectos fueron todavía más rápidos y visibles. La Segunda, ahora, ya no me acogía con sus carcajadas solamente, sino que, en cambio, esperaba, oculta tras la ventana, la hora de mi llegada. Hablando, solía tomarme, sin pensarlo, una mano y me la acariciaba y estrechaba nerviosamente.

Sus ojos, especialmente cuando estaba a punto de marcharme, se volvían casi lánguidos. Con las palabras rechazaba todavía mi amor, pero toda su persona empezaba a confesar el suyo.

Un día, la Primera me envió un gran sobre lleno de violetas silvestres. Antes que se marchitaran las puse en otro sobre y se las llevé en seguida a la Segunda, diciéndole que aquella era una «carta de la Primavera».

Otro día encontré, en un cajón, un anillo de oro adornado con una pequeña piedra roja, que le había quitado por fuerza a la Primera en los días más ardientes de mi casi amor por ella. Pensé regalar aquel gracioso anillo a la Segunda: era una especie de traición, pero no pude dominarme; aunque la Segunda no me había confesado todavía que me amaba, los síntomas eran tantos que podía arriesgarme a hacerle aquel regalo. Se lo envié y, al día siguiente, vi a la Segunda con el anillo de la Primera puesto, conmovida, risueña y, sin embargo, un poco triste. Después de haber estado silenciosa durante un rato, después de haberme preguntado muchas veces si la quería de verdad, después de haber callado todavía un poco, se acercó a mí, se estrechó contra mi cuerpo y, con la cara encendida y una voz totalmente distinta de la acostumbrada, me confesó que me quería, que no podía evitar amarme.

A partir de aquel día empezó mi verdadera felicidad. Largas horas pasadas en silencio, abrazados; largas horas de risas y de confidencias; largos paseos durante los cuales recogíamos hojas rojas y nos dábamos rápidos besos a la sombra de los muros; todo aquello que los enamorados saben y echan de menos lo conocimos juntos durante meses y meses.

La Primera seguía enviándome sus interminables cartas y yo, sin confesarle nada a la Segunda, aprendía sus nuevas invenciones para decírselas a mi nueva amada.

Y durante mucho tiempo duró este singular plagio privado, esta transmisión de palabras y de otras cosas entre dos mujeres desconocidas y amantes a través de un único hombre, olvidadizo y deseoso. Parecía realmente que se tratara de una oculta transmisión entre desconocidos, conseguida con medios desconocidos. Había observado desde un principio que, precisamente los días en que la Primera había intentado verme y me había contemplado desde lejos con sus enormes ojos negros, llenos de tristeza, y de pasión, la Segunda demostraba amarme más furiosamente, mientras que cuando no había recibido ni siquiera una carta de la Primera, la otra estaba más callada y esquiva. Notaba estos y otros hechos, pero, en el abandono del nuevo y fresco amor, ni buscaba ni quería explicarlos, y ni siquiera pensaba en las consecuencias que podía tener para mí esa mágica transmisión espiritual.

Yo no percibía todo el sentido de la increíble relación que se había estrechado entre nosotros tres: la Segunda me amaba en cuanto la Primera me seguía amando. ¿Qué hubiera sucedido si la Primera hubiese dejado de amarme?

No quería pensarlo y, sin embargo, podía suceder y sucedió.

¿Cómo logró descubrir la Primera mi amor por la Segunda? Nunca he intentado saberlo: ¿tal vez una amiga, tal vez un presentimiento, tal vez una denuncia secreta? Había utilizado todas las precauciones de que gusta mi alma, naturalmente reservada, para ocultar mi amor. Iba con la Segunda por calles y campos donde estaba seguro de no encontrar a nadie, o solamente a gente que no me conocía ni siquiera de vista; iba a su casa a escondidas y al caer la noche, cuando sabía que la Primera estaba encerrada y no podía salir.

Pero lo supo, y me lo dijo en una carta de veinte o treinta páginas en la que el amor, el lamento, la desesperación, el ruego, el despecho y la rabia formaban una confusa mezcla sentimental. La carta terminaba así:

«Noto que mi martirio está a punto de terminar; siento que mi loco amor está a punto de morir. ¿Estarás contento finalmente?»

Antes de querer a la Segunda, estas palabras me hubieran sacado un gran peso del corazón, pero ahora, después de lo que había sucedido, me dieron miedo.

Durante todo el día me encontré muy mal y estuve sin poder hacer nada. Apenas oscureció fui a casa de la Segunda y empecé a besarla locamente, en la cara, en las manos, sin darle tiempo siquiera a cerrar la puerta. Estaba fría, ceñuda, enfadada. La abracé, le dije en voz baja mil palabras dulces, le pregunté qué tenía, qué le había hecho, por qué estaba pensativa, pero todo fue inútil; no hubo manera de sacarla de su abatimiento. Acaso, pensé, se trata de alguna tristeza que no quiere decirme porque le da vergüenza.

No pude calmarme, ni aquella noche ni al día siguiente. Pasaron varios días. La Primera ya no me escribía, no se dejaba ver, no me seguía, pero la Segunda estaba cada vez más triste, más seria, más enfadada que nunca, y yo no conseguía, ni con palabras, ni con regalos, ni con caricias, hacerla volver al alegre amor de otro tiempo. Una mañana, otra carta; y esta vez, de la Segunda. ¿Por qué me escribiría? ¿Qué quería de mí? ¿Cómo me escribía, ella, que nunca me había enviado una carta?

Mientras rompía el sobre, temblaba como una hoja. Tenía razón de temblar: leí, entre lágrimas, que la Segunda, mi bella, graciosa y alegre Segunda, ya no me quería, aunque no supiera decirme la razón; y no quería amarme más, por mucho que le doliera mi dolor.

Los que han recibido cartas parecidas comprenderán mi angustia de aquel momento. No sabía qué hacer ni qué pensar: de repente estaba furioso como una bestia desencadenada, y a veces abatido como un hombre que se deshace en la nada. Soñé todo lo que podía hacer, posible e imposible, para que el amor volviera a la Segunda, y finalmente vi que sólo un medio, aunque fuera extravagante y doloroso, podía devolverme la alegría: volver a la Primera, conseguir su perdón, hacer que me amara.

El mismo día, después de haberme tranquilizado un poco, escribí a la Primera ordenándole que se encontrara al día siguiente en la calle que ella sabía, porque quería hablarle, y escribí a la Segunda que no podía creer sus palabras, pero que no tenía el valor de volverla a ver en seguida.

Al día siguiente, la Primera, temblorosa, me esperaba. ¿Con qué corazón tenía que fingir mi amor por ella, por ella, a la que ya no amaba, por ella, que me había cansado durante tanto tiempo, y fingir para engañarla a favor de aquel que la había hecho sufrir? Sin embargo, era preciso que yo interpretara las escenas de la pasión que vuelve, del arrepentimiento que enternece, del remordimiento que corroe. Era necesario estafar cobardemente a una desgraciada, ensuciar mi alma con una asquerosa doblez, para volver a conseguir el amor de mi preciosa Segunda. Nunca he sufrido, hablando de amor a una mujer, como aquel día. Sin embargo, lo conseguí. El amor hizo el milagro. Le hice creer lo que quise, lo negué todo, lo prometí todo. Para que la ausente volviera a quererme, me esforcé para que la presente volviera a quererme. La escena fue larga y patética, llena de lágrimas y besos. Cuando oscureció, había vencido. Vi, en sus grandes ojos negros, volver el amor que sólo durante pocos días había estado no muerto, sino cubierto por los celos y el despecho.

Después de este fatigoso sacrificio no tuve el valor de volver a ver a la Segunda. Al día siguiente recomenzaron las largas, insistentes y frecuentes cartas de la Primera. Para asegurar mejor mi victoria, quise acompañarla una vez más a los sitios donde nos habíamos amado en lejanas mañanas de primavera. Volvimos a un sendero escondido, bordeado de cipreses, y corté para ella algunos tallos de retama. Estaba feliz, contenta, loca: no se atrevía a hablar por miedo a que yo desapareciera de su lado, como el fantasma de un sueño.

A las pocas horas recibí una carta de la Segunda. Pocas líneas:

«Ven, vuelve, alma mía; te quiero más que nunca; te querré siempre. El otro día estaba loca. Vuelve; te espero. No me hagas sufrir más.»

Aquella misma noche fui a su casa: la encontré como antes, llena de risa, de gracia y de voluptuosidad.

Pero el éxtasis de la reconquista tenía que durar poco: el destino no estaba contento. Cegado por mi alegría, apresuré el final de todo. Quise llevar a la Segunda al campo, como antes, y gozar al ver su bello rostro entre los árboles, las hierbas y la soledad. No sé por qué, fuimos por un sitio donde no habíamos estado nunca. Ella misma quiso cambiar de camino y me señaló con la mano una colina toda amarilla de retama.

-Quiero subir allí -me dijo-; ¡me gusta tanto la retama! Quiero llevarme un ramo a casa.

¿Podía no obedecerla? Sin embargo, en aquel momento sentí algo en la sangre y sentí que mis piernas temblaban. Detrás de aquella colina estaba el sendero de mis amores con la Primera, el sendero con los cipreses donde tantas veces nos habíamos sentado, con las manos en las manos y la boca en la boca. Subimos. Para volver a bajar nos acercamos al sendero, al sendero que no podía volver a ver sin espanto, pensando en la última escena de ficción con la otra. Pero ¡la Segunda estaba tan alegre! Corría delante de mí, gritando, con la cara enrojecida, los ojos brillantes, las manos llenas de ramas amarillas. De cuando en cuando la perseguía, la atrapaba, la estrechaba fuertemente entre mis brazos y la besaba.

De repente oímos pasos, y un grito.

La otra, la Primera, avanzaba por el sendero y me había reconocido. Vi por un momento su cara blanca y sus ojos enloquecidos. Me separé de la Segunda y me levanté. La Primera se acercaba: tal vez había ido allí para pensar en mí, para volver a soñar en aquel lugar donde había sido tan feliz. Cuando estuvo delante de mí gritó con voz ronca:

-¡Basta!

Y pasó y se oyó en seguida un sollozo. Luego desapareció. Miré a la Segunda. También estaba pálida y tenía el rostro demudado. Arrojó al suelo la retama y me dijo:

-¡Adiós!

Y se alejó como la otra, sollozando. Y desde aquel día ninguna de las dos ha querido volverme a amar, y las dos me han olvidado, y cada una ha encontrado otro amor. Yo me he quedado solo y ya no amo a nadie: ni siquiera a los recuerdos. Los escribo para librarme de ellos.

FIN

Palabras y sangre, 1912

10 Nov 2010

Biblioteca Digital Ciudad Seva


Muebles "El Canario"



Felisberto Hernández

La propaganda de estos muebles me tomó desprevenido. Yo había ido a pasar un mes de vacaciones a un lugar cercano y no había querido enterarme de lo que ocurriera en la ciudad. Cuando llegué de vuelta hacía mucho calor y esa misma noche fui a una playa. Volvía a mi pieza más bien temprano y un poco malhumorado por lo que me había ocurrido en el tranvía. Lo tomé en la playa y me tocó sentarme en un lugar que daba al pasillo. Como todavía hacía mucho calor, había puesto mi saco en las rodillas y traía los brazos al aire, pues mi camisa era de manga corta. Entre las personas que andaban por el pasillo hubo una que de pronto me dijo:
-Con su permiso, por favor...

Y yo respondí con rapidez:

-Es de usted.

Pero no sólo no comprendí lo que pasaba sino que me asusté. En ese instante ocurrieron muchas cosas. La primera fue que aun cuando ese señor no había terminado de pedirme permiso, y mientras yo le contestaba, él ya me frotaba el brazo desnudo con algo frío que no sé por qué creí que fuera saliva. Y cuando yo había terminado de decir "es de usted" ya sentí un pinchazo y vi una jeringa grande con letras. Al mismo tiempo una gorda que iba en otro asiento decía:

-Después a mí.

Yo debo haber hecho un movimiento brusco con el brazo porque el hombre de la jeringa dijo:

-¡Ah!, lo voy a lastimar... quieto un...

Pronto sacó la jeringa en medio de la sonrisa de otros pasajeros que habían visto mi cara. Después empezó a frotar el brazo de la gorda y ella miraba operar muy complacida. A pesar de que la jeringa era grande, sólo echaba un pequeño chorro con un golpe de resorte. Entonces leí las letras amarillas que había a lo largo del tubo: Muebles "El Canario". Después me dio vergüenza preguntar de qué se trataba y decidí enterarme al otro día por los diarios. Pero apenas bajé del tranvía pensé: "No podrá ser un fortificante; tendrá que ser algo que deje consecuencias visibles si realmente se trata de una propaganda." Sin embargo, yo no sabía bien de qué se trataba; pero estaba muy cansado y me empeciné en no hacer caso. De cualquier manera estaba seguro de que no se permitiría dopar al público con ninguna droga. Antes de dormirme pensé que a lo mejor habrían querido producir algún estado físico de placer o bienestar. Todavía no había pasado al sueño cuando oí en mí el canto de un pajarito. No tenía la calidad de algo recordado ni del sonido que nos llega de afuera. Era anormal como una enfermedad nueva; pero también había un matiz irónico; como si la enfermedad se sintiera contenta y se hubiera puesto a cantar. Estas sensaciones pasaron rápidamente y en seguida apareció algo más concreto: oí sonar en mi cabeza una voz que decía:

-Hola, hola; transmite difusora "El Canario"... hola, hola, audición especial. Las personas sensibilizadas para estas transmisiones... etc., etc.

Todo esto lo oía de pie, descalzo, al costado de la cama y sin animarme a encender la luz; había dado un salto y me había quedado duro en ese lugar; parecía imposible que aquello sonara dentro de mi cabeza. Me volví a tirar en la cama y por último me decidí a esperar. Ahora estaban pasando indicaciones a propósito de los pagos en cuotas de los muebles "El Canario". Y de pronto dijeron:

-Como primer número se transmitirá el tango...

Desesperado, me metí debajo de una cobija gruesa; entonces oí todo con más claridad, pues la cobija atenuaba los ruidos de la calle y yo sentía mejor lo que ocurría dentro de mi cabeza. En seguida me saqué la cobija y empecé a caminar por la habitación; esto me aliviaba un poco pero yo tenía como un secreto empecinamiento en oír y en quejarme de mi desgracia. Me acosté de nuevo y al agarrarme de los barrotes de la cama volví a oír el tango con más nitidez.
Al rato me encontraba en la calle: buscaba otros ruidos que atenuaran el que sentía en la cabeza. Pensé comprar un diario, informarme de la dirección de la radio y preguntar qué habría que hacer para anular el efecto de la inyección. Pero vino un tranvía y lo tomé. A los pocos instantes el tranvía pasó por un lugar donde las vías se hallaban en mal estado y el gran ruido me alivió de otro tango que tocaban ahora; pero de pronto miré para dentro del tranvía y vi otro hombre con otra jeringa; le estaba dando inyecciones a unos niños que iban sentados en asientos transversales. Fui hasta allí y le pregunté qué había que hacer para anular el efecto de una inyección que me habían dado hacía una hora. Él me miró asombrado y dijo:

-¿No le agrada la transmisión?

-Absolutamente.

-Espere unos momentos y empezará una novela en episodios.

-Horrible -le dije.

Él siguió con las inyecciones y sacudía la cabeza haciendo una sonrisa. Yo no oía más el tango. Ahora volvían a hablar de los muebles. Por fin el hombre de la inyección me dijo:

-Señor, en todos los diarios ha salido el aviso de las tabletas "El Canario". Si a usted no le gusta la transmisión se toma una de ellas y pronto.

-¡Pero ahora todas las farmacias están cerradas y yo voy a volverme loco!

En ese instante oí anunciar:

-Y ahora transmitiremos una poesía titulada "Mi sillón querido", soneto compuesto especialmente para los muebles "El Canario".

Después el hombre de la inyección se acercó a mí para hablarme en secreto y me dijo:

-Yo voy a arreglar su asunto de otra manera. Le cobraré un peso porque le veo cara honrada. Si usted me descubre pierdo el empleo, pues a la compañía le conviene más que se vendan las tabletas.

Yo le apuré para que me dijera el secreto. Entonces él abrió la mano y dijo:

-Venga el peso.

Y después que se lo di agregó:

-Dese un baño de pies bien caliente.

FIN

10 Nov 2010

Biblioteca Digital Ciudad Seva

El péndulo



-Calle Ochenta y Uno... Dejen bajar, por favor -gritó el pastor de azul.

Un rebaño de ciudadanos salió forcejeando y otro subió forcejeando a su vez. ¡Ding, ding! Los vagones de ganado del Tren Aéreo de Manhattan se alejaron traqueteando, y John Perkins bajó a la deriva por la escalera de la estación, con el resto de las ovejas.

John se encaminó lentamente hacia su departamento. Lentamente, porque en el vocabulario de su vida cotidiana no existía la palabra “quizás”. A un hombre que está casado desde hace dos años y que vive en un departamento no lo esperan sorpresas. Al caminar, John Perkins se profetizaba con lúgubre y abatido cinismo las previstas conclusiones de la monótona jornada.

Katy lo recibiría en la puerta con un beso que tendría sabor a cold cream y a dulce con mantequilla.

Se quitaría el saco, se sentaría sobre un viejo sofá y leería en el vespertino crónicas sobre los rusos y los japoneses asesinados por la mortífera linotipo. La cena comprendería un asado, una ensalada condimentada con un aderezo que se garantizaba no agrietaba ni dañaba el cuero, guiso de ruibarbo y el frasco con mermelada de fresas que se sonrojaba ante el certificado de pureza química que ostentaba su rótulo. Después de la cena, Katy le mostraría el nuevo añadido al cobertor de retazos multicolores que le había regalado el repartidor de hielo, arrancándolo de la manta de su coche. A las siete y media ambos extenderían periódicos sobre los muebles para recoger los fragmentos de yeso que caían cuando el gordo del departamento de arriba iniciaba sus ejercicios de cultura física. A las ocho en punto, Hickey y Mooney, los integrantes de la pareja de varietés (sin contrato) que vivían del otro lado del pasillo, se rendirían a la dulce influencia del delírium trémens y empezarían a derribar sillas, con el espejismo de que Hammerstein los perseguía con un contrato de quinientos dólares semanales. Luego, el caballero que se sentaba junto a la ventana, del otro lado de la escalera, sacaría a relucir su flauta; el escape de gas nocturno huiría para hacer sus travesuras en los caminos; el ascensor se saldría de su cable; el conserje volvería a llevar a los cinco hijos de la señora Janowitski a través del Yalu; la dama de los zapatos color champaña y del terrier Skye bajaría a tropezones la escalera y pegaría su nombre del jueves sobre su timbre y su buzón... y la rutina nocturna de los departamentos Frogmore se pondría en marcha nuevamente.

John Perkins sabía que esas cosas sucederían. Y también sabía que a las ocho y cuarto apelaría a su coraje y tendería la mano hacia su sombrero, y su esposa le diría, con tono quejumbroso:

-Bueno... ¿Adónde vas, John Perkins, puede saberse?

-Creo que le haré una visita al café de MacCloskey -contestaría él-. Y que jugaré un par de partiditas de billar con los muchachos.

En los últimos tiempos, ésa era la costumbre de John Perkins. Volvía a las diez o a las once. A veces, Katy dormía; a veces, lo esperaba, pronta a seguir fundiendo en el crisol de su ira el baño de oro de las labradas cadenas de acero del matrimonio. Por esas cosas, Cupido habrá de responder cuando comparezca ante el sitial de la justicia con sus víctimas de los departamentos Frogmore.

Esa noche, al llegar a su puerta, John Perkins se encontró con un tremendo cambio en la rutina diaria. Ninguna Katy lo esperaba allí con su afectuoso beso de repostería.

En las tres habitaciones parecía reinar un prodigioso desorden. Por todas partes se veían dispersas las cosas de Katy. Zapatos en el centro de la alcoba, tenacillas de rizar, cintas para el cabello, kimonos, una polvera, todo tirado en franco caos sobre el tocador y las sillas... Aquello no era propio de Katy. Con el corazón oprimido, John vio el peine, con una enroscada nube de cabellos castaños de Katy entre los dientes. Una insólita prisa y nerviosidad debía haber hostigado a su mujer, porque Katy depositaba siempre cuidadosamente aquellos rastros de su peinado en el pequeño jarrón azul de la repisa de la chimenea, para formar algún día el codiciado “postizo” femenino.

Del pico de gas pendía en forma visible un papel doblado. John lo desprendió. Era una carta de su esposa, con estas palabras:

Querido John:

Acabo de recibir un telegrama en que me dicen que mamá está enferma de cuidado. Voy a tomar el tren de las 4.30. Mi hermano Sam me esperará en la estación de destino. En la heladera hay carnero frío. Confío en que no será nuevamente su angina. Págale cincuenta centavos al lechero. Mamá tuvo una seria angina en la primavera última. No te olvides de escribirle a la compañía sobre el medidor del gas y tus medias buenas están en la gaveta de arriba. Te escribiré mañana.

Presurosamente,

KATY

Durante sus dos años de matrimonio, Katy y él no se habían separado una sola noche. John releyó varias veces la carta, estupefacto. Aquello destruía una rutina invariable y lo dejaba aturdido.

Allí, sobre el respaldo de la silla, colgaba, patéticamente vacía e informe, la bata roja de lunares negros que ella usaba siempre al preparar la comida. En su prisa, Katy había tirado su ropa por aquí y por allá. Una bolsita de papel de su azúcar con mantequilla favorita yacía con su bramante aun sin desatar. En el suelo estaba desplegado un periódico, bostezando rectangularmente desde el agujero donde recortaran un horario de trenes. Todo lo existente en la habitación hablaba de una pérdida, de una esencia desaparecida, de un alma y vida que se habían esfumado. John Perkins estaba parado entre esos restos sin vida y sentía una extraña desolación.

John comenzó a poner el mayor orden posible en las habitaciones. Cuando tocó los vestidos de Katy, experimentó algo así como un escalofrío de terror. Nunca había pensado en lo que sería la vida sin Katy. Su mujer se había adherido tan indisolublemente a su existencia que era como el aire que respiraba: necesaria pero casi inadvertida. Ahora, sin aviso previo, se había marchado, desaparecido; estaba tan ausente como si nunca hubiese existido. Desde luego, esto sólo duraría unos días, a lo sumo una semana o dos, pero a John le pareció que la mano misma de la muerte había apuntado un dedo hacia su seguro y apacible hogar.

John extrajo el trozo de carnero frío de la heladera, preparó el café y se sentó a cenar solo, frente al desvergonzado certificado de pureza de la mermelada de fresas. Entre las provisiones que sacara, aparecieron los fantasmas de unas carnes asadas y la ensalada con mostaza. Su hogar estaba desmantelado. Una suegra con angina había hecho saltar por los aires sus lares y penates. Después de su solitaria cena, John Perkins se sentó junto a una ventana.

No tenía ganas de fumar. Fuera, la ciudad bramaba invitándolo a plegarse a su danza de locura y placer. La noche estaba a su disposición. Podía andar por ahí sin que le hicieran preguntas y pulsar las cuerdas de la parranda con tanta libertad como cualquier soltero. Podía divertirse y vagabundear y corretear por ahí hasta el alba si se le antojaba: y no lo esperaría ninguna airada Katy, con el cáliz que contenía las heces de su alegría. Si quería, podía jugar al billar en el café de McCloskey con sus jactanciosos amigos hasta que la aurora empacara las luces eléctricas. El yugo del himeneo, que lo doblegara siempre en los departamentos Frogmore, se haría relajado. Katy no estaba.

John Perkins no estaba habituado a analizar sus sentimientos. Pero ahora, sentado en su sala de recibo de 3 X 4, privado de la presencia de Katy, acertó inequívocamente con la clave de su desconsuelo. Ahora sabía que Katy era necesaria para su felicidad. Los sentimientos que le inspiraba su mujer, adormecidos hasta la inconsciencia por el monótono carrusel de la vida doméstica, habían sido conmovidos violentamente por la pérdida de su presencia. ¿Acaso no nos han inculcado el proverbio, el sermón y la fábula la idea de que nunca apreciamos la música hasta que el pájaro de la dulce voz ha volado... u otras manifestaciones no menos floridas y auténticas?

“Me porto con Katy de una manera pérfida -meditó Perkins-. Todas las noches me voy a jugar al billar y a perder el tiempo con los muchachos, en vez de quedarme en casa con ella. ¡La pobre está aquí sola y aburrida, y yo obro así! John Perkins, eres un cochino. Tengo que compensarle a Katy todo el mal que le he hecho. La llevaré de paseo para que se divierta un poco. Y doy por terminadas mis relaciones con la pandilla del McCloskey desde este mismo momento.”

Sí; fuera, la ciudad bramaba, llamándolo a bailar en el séquito de Momo. Y en el café de McCloskey, los muchachos hacían caer las bolas de billar en las troneras, matando el tiempo hasta la partida de casino de la noche. Pero ninguna carambola elegante y ningún chasquido de taco podían regocijar el alma henchida de remordimientos de Perkins, el abandonado. Aquello que era suyo, aquello que asía con mano poco firme y desdeñaba a medias, le había sido arrebatado y él lo quería. Perkins, el de los remordimientos, podía rastrear su genealogía remontándose hasta un hombre llamado Adán, a quien el querubín desalojara del jardín.

Al alcance de la mano derecha de John Perkins, había una silla. Sobre su respaldo pendía una blusa de Katy, que conservaba todavía algo de su contorno. En el centro de sus mangas, se veían las finas arrugas causadas por los movimientos de sus brazos al trabajar por la comodidad y el placer de su marido. Brotaba de la blusa una delicada pero dominadora fragancia a camándulas. John la tomó y miró larga y seriamente la silenciosa tela. Katy nunca había dejado de responderle. Las lágrimas, sí, las lágrimas asomaron a los ojos de John Perkins. Cuando Katy volviera, las cosas cambiarían. Él la compensaría por todo su abandono. ¿Qué era la vida sin ella?

La puerta se abrió y Katy entró con una pequeña maleta. John la miró, estúpidamente.

-¡Caramba! -dijo Katy-. Me alegro de haber vuelto. La enfermedad de mamá carecía de importancia. Sam me esperaba en la estación y dijo que aquello sólo había sido un leve acceso y que mamá se había repuesto a poco de telegrafiarme él. De modo que tomé el primer tren de regreso. Me estoy muriendo por una taza de café.

Nadie oyó el rechinar de los engranajes cuando el número 3 de los departamentos Frogmore volvió al debido Orden de Cosas. Se deslizó una polea, tocaron un resorte, regularon una palanca y los engranajes recomenzaron a girar en su vieja órbita.

John Perkins miró su reloj. Eran las 8:15. Tendió la mano hacia su sombrero y se encaminó hacia la puerta.

-Vamos... ¿Adónde vas, John Perkins, puede saberse? -preguntó Katy, con tono quejumbroso.

-Creo que haré una escapada al café de McCloskey a jugar unas partiditas con los muchachos -dijo John.

FIN

 de O. Henry

16 Mar 2011

Biblioteca Digital Ciudad Seva