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sexta-feira, 6 de setembro de 2019

Sylvabel








A Victor Mauroy
Hermosa como la noche y como ella insegura...
-Alfred de Vigny

En el castillo de Fonteval, a eso de medianoche, tocaba a su fin una fiesta de esponsales. En el parque, entre altas alamedas de follaje iluminado todavía con guirnaldas de linternas venecianas, los músicos, en su estrado campestre, habían dejado de tocar contradanzas. Los hidalgüelos de los alrededores se encontraban ya junto a la verja principal esperando subir a sus carruajes, y los aldeanos invitados regresaban por los senderos a sus alquerías, cantando como de costumbre, tanto más cuanto que habían trincado a placer, debajo de las encinas, ante el tonel caprichosamente adornado con cintas de colores de la recién casada.

El nuevo castellano, Gabriel du Plessis les Houx, había contraído matrimonio en la mañana de aquel día que terminaba, en la capilla de la espléndida mansión, con la señorita Sylvabel de Fonteval, una Diana cazadora, morena clara, una esbelta muchacha con aires de amazona.

¡Veinte y veintitrés años! Hermosos, elegantes y ricos, el porvenir se anunciaba para ellos color de aurora y de cielo.

Sylvabel había abandonado el baile hacia las diez y media y se hallaba sin duda, en aquellos momentos, en su estancia nupcial. La gente del castillo -todas las ventanas estaban apagadas- debía dormir.

Sin embargo, abajo, frente a las salas de juego, en el invernadero que precedía a los jardines, dos hombres, alumbrados por un candelabro colocado sobre un velador rústico, entre dos arbustos, hablaban en voz baja, sentados uno cerca de otro en verdes sillas de mimbre. Uno de ellos era Gabriel du Plessis y el otro el barón Gérard de Linville, su tío, antiguo encargado de negocios y diplomático muy estimado. Ante los insistentes ruegos de su sobrino, el señor de Linville, en vísperas de un viaje a Suecia, a donde lo llamaba una delicada misión, había aceptado pasar la noche en el castillo.

-Querido barón -dijo, de pronto, Gabriel-, gracias por haberse quedado. Sólo usted puede darme un consejo útil en la grave situación en que me encuentro. Ya le he contado la pasión, el amor intenso e insensato que siento por mi mujer; pasión que a veces me hace palidecer y balbucear cuando ella me habla. Pues bien, escuche esto: siento que Sylvabel no experimenta por mí la más frívola de las simpatías, en una palabra no me ama. Es una muchacha acostumbrada a manejar caballos y escopetas, una mujer dominadora, indomable, hastiada, muy viril bajo sus encantos, y que, sabiéndome de índole apacible y adivinando que bebo los vientos por su cara persona, me desdeña un poco. Sylvabel me ha aceptado y nada más, tanto por mi fortuna (¡ay, tal es la verdad!) como para tenerme en calidad de esclavo. Por consiguiente, es probable, por no decir seguro, que tarde o temprano me traicionará. ¡ Me encuentra demasiado manso, demasiado artista, demasiado en las nubes, sin carácter, en fin! Añada a esto, sin embargo, que la considero de una penetración espiritual casi.., misteriosa. Es una adivinadora. Pero, ¡qué quiere usted!, parece haberse aferrado a esa idea absurda y enojosa, hasta el extremo de que esta noche me ha notificado haber dispuesto para mañana, al amanecer, una cacería a caballo, sin duda para dar a entender a la gente del castillo lo poco agotadora que habrá sido nuestra noche de bodas, la cual, entre paréntesis, debo pasar solo. Si semejante estado de cosas dura ocho días, el asunto no tendrá remedio, estaré perdido, haga lo que haga en adelante, lo que supone un desenlace trágico a corto plazo, pues mi naturaleza, una vez se ve obligada a bajar de las nubes, es de una gran violencia explosiva. Por lo tanto, pido a usted, hombre sutil, que no solamente ha vivido sino que ha sabido vivir, que me diga si ve algún medio de desvanecer en mi esposa esa desoladora opinión que tiene de mí. ¿Cree usted que haya algún recurso para que me quiera, para suscitar en su juicio la certeza de mi carácter? Todo radica en eso. Seguiré su consejo, sea el que fuere, pasivamente, sin reflexionar, como un soldado, como uno se toma la medicina ordenada por un médico eminente. A usted me entrego como se entrega uno a sus testigos en un lance de honor, ya que están en juego, a la vez, mi honor y mi felicidad.

El barón Gérard lanzó una mirada clara y alegre a su sobrino, mientras reflexionaba un momento, y luego se inclinó hacia él y, durante cinco minutos, murmuró a su oído unas palabras que lo hicieron temblar en medio de su silencioso asombro.

-Salgo mañana por la mañana para Estocolmo -añadió el señor de Linville, levantándose, en voz alta-. Escríbeme el resultado. Sobre todo, sé sencillo... como mi consejo..., al seguirlo.

-¡Gracias de todo corazón! Buen viaje, y hasta la vista -contestó Gabriel, levantándose también y estrechando la mano de su tío.

Los dos rezagados subieron a sus respectivas habitaciones. El diplomático debió dormir mejor que su sobrino.

-¡Sus! ¡Sus! ¡El sol brilla! ¿Aún duermes, Gabriel?

Así, gritaba, bajo las ventanas de su esposo, bien montada sobre un alazán oscuro que piafaba en la hierba, mientras a su alrededor ladraban y retozaban los perros de caza, la señora Sylvabel du Plessis les Houx, frunciendo las negras cejas sobre el azul claro de sus ojos y haciendo silbar una delgada fusta.

El galope de un caballo, a sus espaldas, al final de una alameda, le hizo volver la cabeza. Era Gabriel.

-Mi querida Sylvabel, ya ves que llego diez minutos antes, como ordena la costumbre -dijo saludándola.

-¡Vaya! ¡Sí, es verdad! Sin duda estabas soñando bajo los árboles. Tienes un aire radiante. ¿Componías?

-Sí... este ramo para ti, con tres capullos de rosa y estas hojas de verbena.

-¡Eres muy galante! -contestó, en tono ligero, Sylvabel, colocando el ramillete entre dos botones de su jubón.

-Es mi deber... Además, la verbena preserva de accidentes -dijo fríamente el señor du Plessis.

Un poco sorprendida, tal vez, por el tono casi serio de su marido, la elegante amazona lo miró. Luego, impaciente:

-¡En marcha! -dijo, tras una corta pausa-. Comeremos allá abajo, en cualquier claro del bosque, sobre el césped.

Durante las primeras horas de la cacería, Gabriel no llegó a pronunciar ni veinte palabras, aunque todas ellas denotaban buen humor e interés por la caza. Mató dos liebres, un faisán y ocho codornices, que metió en su zurrón y en su red el único montero que galopaba detrás de ellos.

Hacia mediodía, se apearon en un magnífico calvero. Después de tomar una lonja de pastel de carne, dos vasos de champaña, algunas fresas silvestres y café, Gabriel, que había estado durante todo el tiempo de la comida observando los saltos de las ardillas en las ramas y trazando el proyecto de una batida contra los lobos para el invierno, encendió un cigarrillo y, al terminarlo, gritó:

-¡A caballo! Si es que has descansado bastante, Sylvabel...

-¡Vamos! -contestó ella.

Y partieron de nuevo, a través de los campos.

De pronto, en un sendero, a treinta pasos de un seto, una liebre cruzó como un rayo. Los perros se precipitaron; Gabriel tiró en seguida, pero falló.

-La culpa ha sido de ese imbécil de Murmuro -dijo, con una leve sonrisa, mientras volvía a cargar el arma rápidamente-. Se ha colocado entre la liebre y yo, mientras apuntaba.

Y, haciendo fuego otra vez, abatió, a cien pasos de él, de un certero balazo, al magnífico perro de caza al cual acababa de acusar.

Ante aquel espectáculo, Sylvabel se estremeció.

-¡Cómo! ¿Por qué has matado a ese perro haciéndole culpable de tu torpeza? -dijo, un poco asustada.

-¡Y bien que lo lamento, porque lo quería mucho! -contestó tranquilamente Gabriel-. Pero yo soy de tal índole, que no puedo soportar una contrariedad sin reaccionar de una manera violenta. Si fuese soldado, me fusilarían a las veinticuatro horas. Es un defecto que me hizo ser peleador en mi infancia y del cual he querido en vano corregirme. Sin embargo, me esforcé de nuevo, sólo por complacerte.

Sylvabel, apretando con fuerza la fusta, se calló, un poco pensativa.

Y volvieron a emprender la marcha, durante la cual Gabriel habló de muchas cosas menos del incidente... ya olvidado. Sus palabras fueron ligeras y raras.

Una hora después, al tiempo que se levantaba una bandada de perdices frente a ellos, con su ruido especial, Gabriel se echó la escopeta a la cara y tiró: ni una sola de las aves perdió una pluma.

-Verdaderamente, esto es insoportable -rezongó por lo bajo Gabriel, pero tranquilo-. Esta yegua bribona ha tenido la culpa; ha dado un respingo en el momento en que yo apuntaba.

Dicho esto, cogió una pistola del arzón delantero, introdujo fríamente el cañón en la oreja de la bestia y le hizo saltar los sesos. Dando un salto de costado, cayó de pie al suelo, y no sin gracia, se zafó de la caída del animal, que se derrumbó de flanco y, tras una corta agonía, quedó inmóvil.

Esta vez, Sylvabel abrió sus ojos azules.

-¡Pero esto es absurdo! ¡Es ya la locura! ¿Qué te sucede, Gabriel, para matar a un animal tan hermoso, y de raza, por haber errado el tiro contra una perdiz?

-Lo deploro, señora. Pero creo haberte revelado hace un rato, confidencialmente, una debilidad innata que padezco. Te lo repito: se trata de algo superior a mis fuerzas, pero el caso es que no puedo soportar la menor contrariedad. Montero, deme su caballo y siga a pie, porque regresamos.

Ya de nuevo montado, cuando se quedaron solos en el camino, cerca del castillo, Sylvabel murmuró:

-En verdad, amigo mío, apenas puedo tranquilizarme aunque piense en las virtudes mágicas de tu ramo de verbena. ¿De esta manera cumples la promesa de domar tu irascible carácter para serme agradable?

-Esta vez, en efecto, la fuerza de la costumbre ha privado sobre mis buenas intenciones -respondió el joven-. Pero sabré, Sylvabel, de ahora en adelante, dominarme mejor. Sí, para complacerte y merecer tu gracia, procuraré volverme... ya que no paciente y dulce hasta la atonía... menos exaltado.

Esto fue dicho con una gentileza glacial. La señora de Plessis les Houx guardó silencio hasta Fonteval, adonde llegaron con las primeras sombras de la noche.

La cena, sin embargo, fue encantadora.

Aquella noche la castellana se olvidó -sin duda por inadvertencia- de echar el pestillo de la puerta de su habitación. De suerte que cuando, a las cinco de la mañana, tras las alegrías y fatigas del amor, ambos, embriagados de ternura conyugal, se murmuraban deliciosamente todo lo que de más inefable había en el fondo del alma, Sylvabel, de repente, miró a su marido con un aire singular, y luego, en voz muy baja, a la claridad de la lamparilla azul que palidecía ante el alba del hermoso verano, dijo:

-Gabriel, un solo día te ha bastado para conquistarme... hacerme tuya. Y no mediante ese estropicio, que me hacía sonreír, que acarreó la muerte de dos inocentes animales... sino porque el hombre que, dicho sea entre nosotros, posee la firmeza necesaria para llevar a cabo, durante un día y una noche así, sin delatarse un solo instante y ante la mujer por quien sufre, el buen consejo de un amigo leal y de probada sagacidad, demuestra con ello ser superior al consejo mismo y da prueba, por consiguiente, de tener suficiente “carácter” para ser digno de amor. Puedes agregar esto en la carta de agradecimiento que sin duda has prometido escribir a nuestro tío y amigo, el barón de Linville, que se encuentra en Suecia.

FIN

 de Villiers de L'Isle Adam

25 Jan 2011

Biblioteca Digital Ciudad Seva


quinta-feira, 24 de setembro de 2015

La esperanza


Villiers de L'Isle Adam

Al atardecer, el venerable Pedro Argüés, sexto prior de los dominicos de Segovia, tercer Gran Inquisidor de España, seguido de un fraile redentor (encargado del tormento) y precedido por dos familiares1 del Santo Oficio provistos de linternas, descendió a un calabozo. La cerradura de una puerta maciza chirrió; el Inquisidor penetró en un hueco mefítico, donde un triste destello del día, cayendo desde lo alto, dejaba percibir, entre dos argollas fijadas en los muros, un caballete ensangrentado, una hornilla, un cántaro. Sobre un lecho de paja sujeto por grillos, con una argolla de hierro en el pescuezo, estaba sentado, hosco, un hombre andrajoso, de edad indescifrable.
Este prisionero era el rabí Abarbanel, judío aragonés, que -aborrecido por sus préstamos usurarios y por su desdén de los pobres- diariamente había sido sometido a la tortura durante un año. Su fanatismo, "duro como su piel", había rehusado la abjuración.

Orgulloso de una filiación milenaria -porque todos los judíos dignos de este nombre son celosos de su sangre-, descendía talmúdicamente de la esposa del último juez de Israel: Hecho que había mantenido su entereza en lo más duro de los incesantes suplicios.

Con los ojos llorosos, pensando que la tenacidad de esta alma hacía imposible la salvación, el venerable Pedro Argüés, aproximándose al tembloroso rabino, pronunció estas palabras:

-Hijo mío, alégrate: Tus trabajos van a tener fin. Si en presencia de tanta obstinación me he resignado a permitir el empleo de tantos rigores, mi tarea fraternal de corrección tiene límites. Eres la higuera reacia, que por su contumaz esterilidad está condenada a secarse... pero sólo a Dios toca determinar lo que ha de suceder a tu alma. ¡Tal vez la infinita clemencia lucirá para ti en el supremo instante! ¡Debemos esperarlo! Hay ejemplos... ¡Así sea! Reposa, pues, esta noche en paz. Mañana participarás en el auto de fe; es decir, serás llevado al quemadero, cuya brasa premonitoria del fuego eternal no quema, ya lo sabes, más que a distancia, hijo mío. La muerte tarda por lo menos dos horas (a menudo tres) en venir, a causa de las envolturas mojadas y heladas con las que preservamos la frente y el corazón de los holocaustos. Seréis cuarenta y dos solamente. Considera que, colocado en la última fila, tienes el tiempo necesario para invocar a Dios, para ofrecerle este bautismo de fuego, que es el del Espíritu Santo. Confía, pues, en la Luz y duerme.

Dichas estas palabras, el Inquisidor ordenó que desencadenaran al desdichado y lo abrazó tiernamente. Lo abrazó luego el fraile redentor y, muy bajo, le rogó que le perdonara los tormentos. Después lo abrazaron los familiares, cuyo beso, ahogado por las cogullas, fue silencioso. Terminada la ceremonia, el prisionero se quedó solo, en las tinieblas.

*

El rabí Abarbanel, seca la boca, embotado el rostro por el sufrimiento, miró sin atención precisa la puerta cerrada. "¿Cerrada?..." Esta palabra despertó en lo más íntimo de sus confusos pensamientos un sueño. Había entrevisto un instante el resplandor de las linternas por la hendidura entre el muro y la puerta. Una esperanza mórbida lo agitó. Suavemente, deslizando el dedo con suma precaución, atrajo la puerta hacia él. Por un azar extraordinario, el familiar que la cerró había dado la vuelta a la llave un poco antes de llegar al tope, contra los montantes de piedra. El pestillo, enmohecido, no había entrado en su sitio y la puerta había quedado abierta.

El rabino arriesgó una mirada hacia afuera.

A favor de una lívida oscuridad, vio un semicírculo de muros terrosos en los que había labrados unos escalones; y en lo alto, después de cinco o seis peldaños, una especie de pórtico negro que daba a un vasto corredor del que no le era posible entrever, desde abajo, más que los primeros arcos.

Se arrastró hasta el nivel del umbral. Era realmente un corredor, pero casi infinito. Una luz pálida, con resplandores de sueño, lo iluminaba. Lámparas suspendidas de las bóvedas azulaban a trechos el color deslucido del aire; el fondo estaba en sombras. Ni una sola puerta en esa extensión. Por un lado, a la izquierda, troneras con rejas, troneras que por el espesor del muro dejaban pasar un crepúsculo que debía ser el del día, porque se proyectaba en cuadrículas rojas sobre el enlosado. Quizá allá lejos, en lo profundo de las brumas, una salida podía dar la libertad. La vacilante esperanza del judío era tenaz, porque era la última.

Sin titubear se aventuró por el corredor, sorteando las troneras, tratando de confundirse con la tenebrosa penumbra de las largas murallas. Se arrastraba con lentitud, conteniendo los gritos que pugnaban por brotar cuando lo martirizaba una llaga.

De repente un ruido de sandalias que se aproximaba lo alcanzó en el eco de esta senda de piedra. Tembló, la ansiedad lo ahogaba, se le nublaron los ojos. Se agazapó en un rincón y, medio muerto, esperó.

Era un familiar que se apresuraba. Pasó rápidamente con una tenaza en la mano, la cogulla baja, terrible, y desapareció. El rabino, casi suspendidas las funciones vitales, estuvo cerca de una hora sin poder iniciar un movimiento. El temor de una nueva serie de tormentos, si lo apresaban, lo hizo pensar en volver a su calabozo. Pero la vieja esperanza le murmuraba en el alma ese divino tal vez, que reconforta en las peores circunstancias. Un milagro lo favorecía. ¿Cómo dudar? Siguió, pues, arrastrándose hacia la evasión posible. Extenuado de dolores y de hambre, temblando de angustia, avanzaba. El corredor parecía alargarse misteriosamente. Él no acababa de avanzar; miraba siempre la sombra lejana, donde debía existir una salida salvadora.

De nuevo resonaron unos pasos, pero esta vez más lentos y más sombríos. Las figuras blancas y negras, los largos sombreros de bordes redondos, de dos inquisidores, emergieron de lejos en la penumbra. Hablaban en voz baja y parecían discutir algo muy importante, porque las manos accionaban con viveza.

Ya cerca, los dos inquisidores se detuvieron bajo la lámpara, sin duda por un azar de la discusión. Uno de ellos, escuchando a su interlocutor, se puso a mirar al rabino. Bajo esta incomprensible mirada, el rabino creyó que las tenazas mordían todavía su propia carne; muy pronto volvería a ser una llaga y un grito.

Desfalleciente, sin poder respirar, las pupilas temblorosas, se estremecía bajo el roce espinoso de la ropa. Pero, cosa a la vez extraña y natural: los ojos del inquisidor eran los de un hombre profundamente preocupado de lo que iba a responder, absorto en las palabras que escuchaba; estaban fijos y miraban al judío, sin verlo.

Al cabo de unos minutos los dos siniestros discutidores continuaron su camino a pasos lentos, siempre hablando en voz baja, hacia la encrucijada de donde venía el rabino. No lo habían visto. Esta idea atravesó su cerebro: ¿No me ven porque estoy muerto? Sobre las rodillas, sobre las manos, sobre el vientre, prosiguió su dolorosa fuga, y acabó por entrar en la parte oscura del espantoso corredor.

De pronto sintió frío sobre las manos que apoyaba en el enlosado; el frío venía de una rendija bajo una puerta hacia cuyo marco convergían los dos muros. Sintió en todo su ser como un vértigo de esperanza. Examinó la puerta de arriba abajo, sin poder distinguirla bien, a causa de la oscuridad que la rodeaba. Tentó: Nada de cerrojos ni cerraduras. ¡Un picaporte! Se levantó. El picaporte cedió bajo su mano y la silenciosa puerta giró.

*

La puerta se abría sobre jardines, bajo una noche de estrellas. En plena primavera, la libertad y la vida. Los jardines daban al campo, que se prolongaba hacia la sierra, en el horizonte. Ahí estaba la salvación. ¡Oh, huir! Correría toda la noche, bajo esos bosques de limoneros, cuyas fragancias lo buscaban. Una vez en las montañas, estaría a salvo. Respiró el aire sagrado, el viento lo reanimó, sus pulmones resucitaban. Y para bendecir otra vez a su Dios, que le acordaba esta misericordia, extendió los brazos, levantando los ojos al firmamento. Fue un éxtasis.

Entonces creyó ver la sombra de sus brazos retornando sobre él mismo; creyó sentir que esos brazos de sombra lo rodeaban, lo envolvían, y tiernamente lo oprimían contra su pecho. Una alta figura estaba, en efecto, junto a la suya. Confiado, bajó la mirada hacia esta figura, y se quedó jadeante, enloquecido, los ojos sombríos, hinchadas las mejillas y balbuceando de espanto. Estaba en brazos del Gran Inquisidor, del venerable Pedro Argüés, que lo contemplaba, llenos los ojos de lágrimas y con el aire del pastor que encuentra la oveja descarriada.

Mientras el rabino, los ojos sombríos bajo las pupilas, jadeaba de angustia en los brazos del Inquisidor y adivinaba confusamente que todas las fases de la jornada no eran más que un suplicio previsto, el de la esperanza, el sombrío sacerdote, con un acento de reproche conmovedor y la vista consternada, le murmuraba al oído, con una voz debilitada por los ayunos:

-¡Cómo, hijo mío! ¿En vísperas, tal vez, de la salvación, querías abandonarnos?

FIN

1888

1. Familiar: agente de la Inquisición Española.


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