quarta-feira, 26 de junho de 2019

01 de Abril


A mentira confunde .
A verdade esclarece.

A mentira é oportunismo.
A verdade é compromisso.

A mentira tem interesses.
A verdade interessa.

A mentira vende fácil.
A verdade custa caro.

A mentira tem um dia .
A verdade tem 365.

O Estado de São Paulo. 01 de Abril de 2019

terça-feira, 11 de junho de 2019

Orhan Pamuk e a criação do romance



Trecho da entrevista do escritor turco Orhan Pamuk - vencedor do Prêmio Nobel de Literatura de 2006 - concedida ao "El País", do Uruguai (link): o processo de criação de um romance. Tradução livre.



E: Quais passos segue para escrever um romance?

O. P.: A melhor parte é quando aparece a ideia para um romance, coisa que me acontece sempre. Mas, depois, há muito trabalho pela frente. Vou anotando apontamentos num caderno, embaralhando a possibilidade de que tudo se torne um romance. Durante anos, sigo nesse processo, e uma parte da minha mente está sempre pendente nisso. Penso em muitos romances, enquanto estou escrevendo um. Até que, por fim, aquela ideia amadurece, entre tantas outras. E aí surge um desejo enorme de escrever esse romance. Sonhar com um livro que ainda não foi escrito é como sonhar com outro planeta. Há um desejo muito forte por querer ir até lá, a felicidade está nesse outro planeta. Eu escrevo porque não sou muito feliz na vida cotidiana. E é um sentimento muito forte, a necessidade de escrever esse novo romance: um desejo de identificar-se com seu personagem, e ver como as coisas vão mudando à medida em que alguém as escreve.


sexta-feira, 7 de junho de 2019

Una conflagración imperfecta



Ambrose Bierce

Una mañana de junio de 1872, temprano, asesiné a mi padre, acto que me impresionó vivamente en esa época. Esto ocurrió antes de mi casamiento, cuando vivía con mis padres en Wisconsin. Mi padre y yo estábamos en la biblioteca de nuestra casa, dividiendo el producto de un robo que habíamos cometido esa noche. Consistía, en su mayor parte, en enseres domésticos, y la tarea de una división equitativa era dificultosa. Nos pusimos de acuerdo sobre las servilletas, toallas y cosas parecidas, y la platería se repartió casi perfectamente, pero ustedes pueden imaginar que cuando se trata de dividir una única caja de música en dos, sin que sobre nada, comienzan las dificultades. Fue esa caja musical la que trajo el desastre y la desgracia a nuestra familia. Si la hubiéramos dejado, mi padre podría estar vivo ahora.
Era una exquisita y hermosa obra de artesanía, incrustada de costosas maderas, curiosamente tallada. No sólo podía tocar gran variedad de temas, sino que también silbaba como una codorniz, ladraba como un perro, cantaba como el gallo todas las mañanas -se le diera cuerda o no- y recitaba los Diez Mandamientos. Fue esta última maravilla la que ganó el corazón de mi padre y lo llevó a cometer el único acto deshonroso de su vida, aunque posiblemente hubiera cometido otros si le hubiera perdonado ese: trató de ocultarme la caja aunque yo sabía muy bien que, en lo que le concernía, el robo había sido llevado a cabo principalmente para conseguirla.

Mi padre tenía la caja de música escondida bajo la capa; habíamos usado capas como disfraz. Me había asegurado solemnemente que no la había tomado. Yo sabía que sí, y sabía algo que, evidentemente, él ignoraba: o sea, que la caja cantaría con la luz del día y lo traicionaría si me era posible prolongar la división de bienes hasta esa hora. Todo ocurrió como yo lo deseaba: cuando la luz de gas empezó a palidecer en la biblioteca y la forma de las ventanas se vio oscuramente tras las cortinas, un largo cocorocó salió de abajo de la capa del caballero, seguido de algunos compases del aria de Tannhäuser y finalizando con un sonoro clic. Sobre la mesa, entre nosotros, había una pequeña hacha de mano que habíamos usado para penetrar en la infortunada casa; la tomé. El anciano, viendo que ya de nada servía esconderla por más tiempo, sacó la caja de música de entre su capa y la puso sobre la mesa.

-Córtala en dos si así la prefieres -dijo-. He tratado de salvarla de la destrucción.

Era un apasionado amante de la música y tocaba la armónica con expresión y sentimiento.

Dije:

-No discuto la pureza de sus motivos: sería presunción de mi parte querer juzgar a mi padre. Pero los negocios son los negocios; voy a efectuar la disolución de nuestra sociedad a menos que usted consienta en usar en futuros robos un cascabel.

-No -dijo después de reflexionar un momento- no, no podría hacerlo, parecería una confesión de deshonestidad. La gente diría que desconfías de mí.

No pude dejar de admirar su temple y su sensibilidad; por un momento me sentí orgulloso de él y dispuesto a disimular su falta, pero un vistazo a la enjoyada caja de música me decidió, y, como ya lo dije, saqué al anciano de este valle de lágrimas. Una vez hecho, sentí una pizca de desasosiego. No sólo era mi padre -el autor de mis días- sino que sin dudas el cadáver sería descubierto. Era ya pleno día y en cualquier momento mi madre podía entrar a la biblioteca. Bajo tales circunstancias consideré que lo prudente era suprimirla a ella también, cosa que hice. Pagué luego a todos los sirvientes y los despedí.

Esa tarde fui a ver al Jefe de Policía, le conté lo que había hecho y le pedí consejo. Me hubiera resultado muy penoso que los acontecimientos tomaran estado público. Mi conducta hubiera sido unánimemente condenada y los periódicos la usarían en mi contra si alguna vez obtenía un cargo de gobierno. El Jefe comprendió la fuerza de estos razonamientos; él era también un asesino de amplia experiencia. Después de consultar con el Juez que presidía la Corte de Jurisdicción Variable, me aconsejó esconder los cadáveres en uno de los libreros, tomar un fuerte seguro sobre la casa y quemarla. Cosa que procedí a hacer.

En la biblioteca había un librero que mi padre había comprado recientemente a un inventor chiflado y que no había llenado de libros. El mueble tenía la forma y el tamaño parecidos a esos antiguos roperos que se ven en los dormitorios que no tienen armarios, pero se abría de arriba abajo como un camisón de señora. Tenía puertas de vidrio. Había amortajado a mis padres y ya estaban bastante rígidos como para mantenerse erectos, de modo que los puse en el librero, del que ya había sacado los estantes. Cerré la puerta con llave y pinché unas cortinitas en las puertecitas de vidrio. El inspector de la compañía de seguros pasó media docena de veces frente al mueble sin sospechar nada.

Esa noche, después de obtener mi póliza, prendí fuego a la casa. A través de los bosques me dirigí a la ciudad, que distaba dos millas, en donde me las arreglé para encontrarme en el momento en que la excitación causada por el fuego estaba en su punto más alto. Con gritos de aprehensión por la suerte de mis padres me uní a la multitud y llegué con ellos al lugar del incendio, unas dos horas después de haberlo provocado. La ciudad entera estaba allí cuando llegué precipitadamente. La casa estaba completamente consumida, pero en el extremo del lecho de encendidas ascuas, enhiesto e incólume, se veía el librero. El fuego había quemado las cortinas, pero dejó a la vista las puertas de vidrio, a través de las cuales la fiera luz roja iluminaba el interior. Allí estaba mi querido padre "igualito a cuando vivía", y al lado su compañera de pesares y alegrías. No tenían ni un pelo chamuscado y las vestimentas estaban intactas. Conspicuas eran las heridas de sus cabezas y gargantas, que en la prosecución de mis designios me había visto obligado a infligirles. La gente guardaba silencio como en presencia de un milagro. El espanto y el terror habían atado todas las lenguas. Yo mismo me sentía muy afectado.

Unos tres años después, cuando los acontecimientos aquí relatados habíanse borrado casi de mi memoria, fui a Nueva York para ayudar a pasar algunos bonos estadounidenses falsos. Cierto día, mirando distraídamente una mueblería, vi una réplica exacta de mi librero.

-Lo compré por una bicoca a un inventor que abandonó el oficio -me explicó el vendedor-. Decía que era a prueba de fuego porque los poros de la madera fueron rellenados a presión hidráulica con alumbre y el vidrio está hecho de asbesto. No creo que sea realmente a prueba de fuego... se lo puedo dar al precio de un librero común.

-No -le dije- si usted no puede garantizar que es a prueba de fuego, no lo llevaré.

Y le di los buenos días.

No lo hubiera llevado a ningún precio, me despertaba recuerdos sumamente desagradables.

FIN

Como comecei a escrever





Aí por volta de 1910 não havia rádio nem televisão, e o cinema chegava ao interior do Brasil uma vez por semana, aos domingos. As notícias do mundo vinham pelo jornal, três dias depois de publicadas no Rio de Janeiro. Se chovia a potes, a mala do correio aparecia ensopada, uns sete dias mais tarde. Não dava para ler o papel transformado em mingau.

Papai era assinante da "Gazeta de Notícias", e antes de aprender a ler eu me sentia fascinado pelas gravuras coloridas do suplemento de domingo. Tentava decifrar o mistério das letras em redor das figuras, e mamãe me ajudava nisso. Quando fui para a escola pública, já tinha a noção vaga de um universo de palavras que era preciso conquistar.

Durante o curso, minhas professoras costumavam passar exercícios de redação. Cada um de nós tinha de escrever uma carta, narrar um passeio, coisas assim. Criei gosto por esse dever, que me permitia aplicar para determinado fim o conhecimento que ia adquirindo do poder de expressão contido nos sinais reunidos em palavras.

Daí por diante as experiências foram-se acumulando, sem que eu percebesse que estava descobrindo a literatura. Alguns elogios da professora me animavam a continuar. Ninguém falava em conto ou poesia, mas a semente dessas coisas estava germinando. Meu irmão, estudante na Capital, mandava-me revistas e livros, e me habituei a viver entre eles. Depois, já rapaz, tive a sorte de conhecer outros rapazes que também gostavam de ler e escrever.

Então, começou uma fase muito boa de troca de experiências e impressões. Na mesa do café-sentado (pois tomava-se café sentado nos bares, e podia-se conversar horas e horas sem incomodar nem ser incomodado) eu tirava do bolso o que escrevera durante o dia, e meus colegas criticavam. Eles também sacavam seus escritos, e eu tomava parte nos comentários. Tudo com naturalidade e franqueza. Aprendi muito com os amigos, e tenho pena dos jovens de hoje que não desfrutam desse tipo de amizade crítica.

Carlos Drummond de Andrade

(extraído de "Para Gostar de Ler, vol. 4", ed. Ática)

quarta-feira, 5 de junho de 2019

Furador Maldito




Destravaram o AK e fuziu G3

E botamos mané de novo pra correr

Eles tentaram de novo

O bagulho fiko loco



Foram vários pipocos e levaram no coco

E desceram de novo por causa do tri pé

É o furador maldito lá do marapé

Destravei o furador minha grock e apd

Nós botamos mané de novo pra correr

Marapé é o terror minha área é um lazer

Lá na ponta da T.G

Tiro onda e lazer mas sempre proceder

To nessa vida loka pra matar ou morrer

Zé povinho se espanta quando o furador canta

Pra por na atividade essa é a minha banca



Salve Régis, Orelha, o Rato e o Bota

Clayton e o Coca no Bonde apavora

Marquinho, Luciano o Marcio e o Gui

Cajuzinho Isnube é nóis pra invadir



Marinheiro Pepinha, Netinho e o Chininha

Beijão no coração do meu irmão Carequinha

R.A fé em Deus mas puro apareceu

Logicamente as coisas de nós pá correu



Sandro, Bu, e o Julinho, Pacote e Pacotinho

Jhonata e Leonardo convoco nós neguinho

Renato, Thiaguinho, J.R manuca

Ta cá cuca loca ta lelé da cuca



Vladimir e Guilherme, Jaiminho e Moreira

Se quer fumar o do bom acende lá na Pedreira

São manos sossegados e trabalhador

Bandido e criminoso que botam terror



Se quiser conhecer a nossa quebrada

X9 caiu duro no chão de canta bala

Se chegar na humildade vai se bem recebido

Asfalto boladão os gambé tão em perigo



Destravei o furador minha grock e apd

Nós botamos mané de novo pra correr

Marapé é o terror minha área é um lazer

Lá na ponta da T.G



Tiro onda e lazer mas sempre proceder

To nessa vida loka pra matar ou morrer

Zé povinho se espanta quando o furador canta

Pra por na atividade essa é a minha banca



Destravaram o AK e fuziu G3

E botamos mané de novo pra correr

Eles tentaram de novo

O bagulho fiko loco



Foram vários pipocos e levaram no coco

E desceram de novo por causa do tri pé

É o extremo boladão Mc Duda do Marapé

Destravei o furador minha grock e apd

Nós botamos mané de novo pra correr

Marapé é o terror minha área é um lazer

Lá na ponta da T.G

               
 Letra: MC Duda do Marapé

El fingimiento feliz (o la ficción afortunada)




Marqués de Sade

Hay muchísimas mujeres que piensan que, con tal de no llegar hasta el fin con un amante, pueden al menos permitirse, sin ofender a su esposo, un cierto comercio de galantería, y a menudo esta forma de ver las cosas tiene consecuencias más peligrosas que si su caída hubiera sido completa. Lo que le ocurrió a la marquesa de Guissac, mujer de elevada posición de Nimes, en el Languedoc, es una prueba evidente de lo que aquí proponemos como máxima.

Alocada, aturdida, alegre, rebosante de ingenio y de simpatía, la señora de Guissac creyó que ciertas cartas galantes, escritas y recibidas por ella y por el barón de Aumelach, no tendrían consecuencia alguna, siempre que no fueran conocidas; y que si, por desgracia, llegaban a ser descubiertas, pudiendo probar su inocencia a su marido, no perdería en modo alguno su favor. Se equivocó... El señor de Guissac, desmedidamente celoso, sospecha el intercambio, interroga a una doncella y se apodera de una carta; al principio no encuentra en ella nada que justifique sus temores, pero sí mucho más de lo que necesita para alimentar sus sospechas. Coge una pistola y un vaso de limonada e irrumpe como un poseso en la habitación de su mujer...

-Señora, he sido traicionado -le ruge enfurecido-; leed este billete: él me lo aclara, ya no hay tiempo para juzgar, os concedo la elección de vuestra muerte.

La marquesa se defiende, jura a su marido que está equivocado, que puede ser, es verdad, culpable de una imprudencia, pero que no lo es, sin lugar a duda, de crimen alguno.

-¡Ya no me convenceréis, pérfida! -le contesta el marido furibundo-, ¡ya no me convenceréis! Elegid rápidamente o al instante este arma os privará de la luz del día.

La desdichada señora de Guissac, aterrorizada, se decide por el veneno; toma la copa y lo bebe.

-¡Deteneos! -le dice su esposo cuando ya ha bebido parte-, no pereceréis sola; odiado por vos, traicionado por vos, ¿qué querríais que hiciera yo en el mundo? -y tras decir esto bebe lo que queda en el cáliz.

-¡Oh, señor! -exclama la señora de Guissac-. En terrible trance en que nos habéis colocado a ambos, no me neguéis un confesor ni tampoco el poder abrazar por última vez a mi padre y a mi madre.

Envían a buscar en seguida a las personas que esta desdichada mujer reclama, se arroja a los brazos de los que le dieron la vida y de nuevo protesta que no es culpable de nada. Pero, ¿qué reproches se le pueden hacer a un marido que se cree traicionado y que castiga a su mujer de tal forma que él mismo se sacrifica? Sólo queda la desesperación y el llanto brota de todos por igual. Mientras tanto llega el confesor...

-En este atroz instante de mi vida -dice la marquesa- deseo, para consuelo de mis padres y para el honor de mi memoria, hacer una confesión pública -y empieza a acusarse en voz alta de todo aquello que su conciencia le reprocha desde que nació.

El marido, que está atento y que no oye citar al barón de Aumelach, convencido de que en semejante ocasión su mujer no se atrevería a fingir, se levanta rebosante de alegría.

-¡Oh, mis queridos padres! -exclama abrazando al mismo tiempo a su suegro y a su suegra-, consolaos y que vuestra hija me perdone el miedo que le he hecho pasar, tantas preocupaciones me produjo que es lícito que le devuelva unas cuantas. No hubo nunca ningún veneno en lo que hemos tomado, que esté tranquila; calmémonos todos y que por lo menos aprenda que una mujer verdaderamente honrada no sólo no debe cometer el mal, sino que tampoco debe levantar sospechas de que lo comete.

La marquesa tuvo que hacer esfuerzos sobrehumanos para recobrarse de su estado; se había sentido envenenada hasta tal punto que el vuelo de su imaginación le había ya hecho padecer todas las angustias de muerte semejante.

Se pone en pie temblorosa, abraza a su marido; la alegría reemplaza al dolor y la joven esposa, bien escarmentada por esta terrible escena, promete que en el futuro sabrá evitar hasta la más pequeña apariencia de infidelidad. Mantuvo su palabra y vivió más de treinta años con su marido sin que éste tuviera nunca que hacerle el más mínimo reproche.

FIN

Reflexões sobre a tragédia




As tragédias são sempre uma grande oportunidade para a reflexão e transformações. Nem sempre isso acontece. As vitimas apenas sofrem e os cínicos oportunistas, como os predadores e carniceiros, estão sempre à espreita de oportunidades! No Brasil, criaturas dessa qualidade são sempre os representantes das mais elevadas e nobres causas! Estão sempre de prontidão com o seu inesgotável repertorio discursivo da cartilha politicamente correta de idéias, ideais, propostas, projetos, estudos, pesquisas, tudo no balcão a disposição, prontos para serem negociados no momento oportuno. Ele chegou no ultimo dia 07, pelas mãos de um jovem infeliz cheio de ódio e balas! Desde então muito já foi dito e especulado sobre esse rapaz e as suas razões, por incontáveis especialistas e oportunistas. Vou mudar o foco, vou falar das conseqüências políticas. Domínio por excelência das nobres virtudes, campo das grandes propostas, projetos, idéias e, sobretudo, dos elevados recursos públicos! Essa é a questão, simples assim, recursos financeiros e capital político, apenas!

No ápice da comoção, no estupor causado pela tragédia é que os especialistas em “mobilizar”, sobretudo, recursos financeiros, se organizam em torno de interesses comuns pouco ortodoxos. Nessas oportunidades, em defesa das nobres causas - bem comum, interesse público, direitos - grupos especializados ligados a setores políticos envidam todos os meios e esforços – subsídios, incentivos, apoio, recursos públicos. A excepcionalidade da tragédia impõem medidas de exceção, proporcionando facilidades e/ou desobrigando os administradores dos recursos públicos e os seus “parceiros” de se submeterem a determinadas exigências técnicas ou legais. O “calcanhar de Aquiles” da trama, porem, não é a tragédia, é a tradição. Assim, se supõem que determinados grupos e/ou extratos sociais dispõem de prerrogativas morais, desígnios superiores inerentes a própria condição de classe, profissão, confissão ou tradição lhe asseguram idoneidade, lisura, honestidade, integridade, confiança. Insuspeitos, estão dispensados de submeterem-se a controles ou fiscalização. Conforme sejamos avessos a universalidade e impessoalidade das regras, submeter-se representa uma perseguição constrangedora!

A nossa tradição determina uma maior tolerância com determinados grupos e/ou extratos sociais sob certas circunstancias e em algumas ocasiões. A indistinção entre publico e privado se estende a indiferença da sociedade ao patrimônio público, complementando, naturalmente, a dispensa à fiscalização e o controle. A base de sustentação dessa urdidura, em termos de assegurar legitimidade, se dá na cooptação de amplos setores sociais – sociedade civil, iniciativa privada, setores políticos, administração pública. A capilarização do esquema garante maior complexidade na medida em que se compartilham, alem de interesses,  responsabilidades.  

A tradição determina parâmetros estabelecidos por vínculos de confiança e lealdade entre os envolvidos para alem das afinidades e interesses. A despeito do maior envolvimento de setores sociais - isso se explica, de um lado por exigências de legitimidade impostas pelo contexto democrático e, de outro para garantir a adesão popular - não são democráticos, não agregam, são restritos e fechados. Nesse sentido, não se renovam, nem os grupos e/ou extratos sociais, tampouco as suas práticas, ao contrário, perpetuam-se.  Sempre os mesmos, sempre mais do mesmo, reciclados ou adaptados - exercício de aperfeiçoamento das aparências, perfumaria, tautologia -, conforme as tendências estabelecidas pela cartilha politicamente correta, o gosto pela indolência intelectual e a mediocridade política. A incorporação de outros grupos ou setores sociais e políticos se dá de acordo com necessidades ou interesses, sendo valorizados como pontos de apoio para sustentação, acesso e manutenção dos canais de acesso ao poder e ao fundo público.

Os movimentos sociais não são toda a sociedade - muito menos o povo! -, a expansão da sociedade civil organizada não corresponde à maior participação popular, o incremento das políticas sociais e instituições democráticas não asseguram o exercício da cidadania, o constitucionalismo nominal não representa maior adesão à democracia e o maior volume de investimentos e recursos não garante a qualidade e a eficácia das políticas públicas.  A tradição é a tragédia.

Mario Miranda Antonio Junior
Sociólogo – FESPSP.Pós em Direitos Humanos – USP



Visión agorera



No puedo imaginar qué hora sería, ni asegurara encontrarme en noche o madrugada, pero se me antojaba que me había levantado poco tiempo ha. Una modorra singular, pesada, morbosa, entorpecía mi cerebro. Al mismo tiempo experimentaba yo algún disgusto muy hondo, alguna pena abrumadora, más érame imposible recordar sus causas. Nada, ni un mezquino detalle estaba presente en mi memoria. En vano me esforzaba en escudriñar las obscuridades de mi imaginación, buscando alguna remembranza aun no totalmente evaporada. Fue inútil. Sólo alcanzaba aumentar mi frenesí, mi honda amargura.

El día estaba triste. Abovedaba el cielo un nubarrón gris obscuro, que transmitía avaramente una claridad mortecina.

Me vino la sospecha de que estaría nevando y para cerciorarme salí a la ventana, y derramé al exterior la mirada de mis ojos turbios. Largo rato hube de parpadear antes de convencerme de que no había nieve por ninguna parte. Mis percepciones eran sordas y penosas. Permanecí allá, contemplando la negrura de las selvas que se extendían delante de mí, y dije a mis adentros: «Son los bosques de Montnegre... ¡Ah! ¡me encuentro en el más!» Y como si no estuviese muy seguro repetí en voz alta: «Sí, sí... me encuentro en el más Sábat».

Imaginando que tal vez la soledad me impresionaba, anduve en busca de seres humanos. Entré en la cocina; una cocina espaciosa, negra, ahumada, de piso agreste y altísimo techo de cañas tiznadas. Allí, bajo el ancho vuelo acampanado del hogar, vi sentados en el banco al masovero1 y la masovera, con los brazos doblados sobre el pecho sin decir palabra, graves, cabizbajos y devorados por yerta amarillez. Por el movimiento casi imperceptible de sus labios comprendí que rezaban. ¿Sería huella de lágrimas la claridad que serpenteaba por las facciones de la masovera? Allí cundía un desusado quebranto, que yo sentía también aunque no recordase el motivo.

Mientras examinaba aquella escena amilanado como no es decible, mis ojos dieron en el fondo de un pasadizo con la figura esbelta, grave y melancólica de mi madre. Etérea y blanquecina, la afable dama se me allegó, me abrazó y estampó en mi frente un dilatado beso. Sus labios eran finos como la morada lantanea mojada por el rocío de noviembre. Sus ojos grandes y serenos decían una tristeza incomprensible. Me eché a llorar en sus brazos... sin saber por qué.

-Imposible detenernos más -dijo a media voz. Y ambos salimos de casa, y anduvimos, anduvimos... Recuerdo que el aire estaba completamente inmóvil. Las hojas secas de chopos y carolinas caían aplomadas como pájaros muertos. ¿A dónde nos encaminábamos por la ribera de aquellos torrentes solitarios?

Se aproximaban las selvas. Entramos en una falda de montaña tenebrosa y poblada de enormes alcornoques, decrépitos y harapientos. Aquel viejo alcornocal era el de Montigalá, un bosque improductivo que no se había destinado al carboneo porque los transportes superaban en coste a la mercadería. A los árboles gigantescos, abandonados, se les dejaba que fuesen muriendo por sus pasos contados, y acaso hacía más de un siglo que estaban enfermos. Yo conocía muy bien el añejo alcornocal de Montigalá, lugar pavoroso donde jamás había oído el gorjeo de un ave ni el canto de un leñador. Allí el aire estaba siempre húmedo, impregnado de tufos de atmósfera cerrada y olores de moho semejantes a los que se perciben en un albergue de miserables.

Mi madre, distanciada algunos pasos de mí, caminaba silenciosa, bajando la vertiente de la montaña. Yo la seguía torpemente mirando con estremecimientos los arbolazos caducos que retorcían sobre mi cabeza sus ramas contrahechas, cubiertas de un musgo prolongado y blanco como el pelo de un viejo. Roídos muchos de ellos a nivel del suelo por los insectos, bocelados por la carcoma, heridos y descortezados a trechos; minados algunos por podredumbres que les convertían la médula en una masa amarilla y blanda, deshecha al menor roce en un serrín impalpable como el tabaco en polvo; abollados otros por tumores monstruosos que estallaban soltando hilillos acuosos que se extendían por el suelo a guisa de complicados riachuelos; éstos vaciados por cavidades espantosas; aquellos hendidos de arriba abajo y con la mitad de los pesados miembros abatida a sus pies; pero todos colosales, llagados, cubiertos de polvo y telarañas presentaban un grandioso aspecto, de desolación que aterraba. Diríase que Dios los había condenado a un espantoso sufrir, sin permitirles aliento ni gemido.

¡Qué extenso, qué interminable me resultaba el alcornocal! Nunca me lo había parecido tanto; y la luz del día amenguaba como si la tarde desmayase más allá de las nubes. ¿Anochecía acaso? Yo tuve intención de hablar, de preguntar algo a mi madre, pero mi voluntad arrecida y sin tino no hallaba el resorte secreto que la pone en comunicación con los sentidos, y a pesar de mis esfuerzos, no surgía la voz en mi garganta contraída. ¡Qué angustia, Dios mío!

Mientras continuaba el descenso, vi allá a lo lejos, entre las malezas, a un hombre que bajaba con una maleta a cuestas. Esta visión me sugirió la idea de un viaje, de una ausencia penosa, de algo inevitable y desconsolador. ¡Pobre madrecita mía! ¿Sería ella quien partiese? ¿Y adónde?... ¿Aquella cabeza gris tan querida había de separarme del calor de mis besos? ¿Y por qué separarnos?... ¿Por qué?... Pesadamente, iba dando vueltas a estas preguntas en mi imaginación, y advertí a la sazón que nos acercábamos a la llanura brumosa y azulada; y mi madre apretó el paso, y yo también.

No sé por cuáles senderos penetramos allá, pero lo cierto es que al cabo de algún tiempo nos hallábamos en mitad de la llanura y ante la estación de una vía de ferrocarril que se perdía en el infinito. En aquel mismo instante llegaba el tren haciendo trepidar el suelo. Entonces, mi madre me abrazó temblando, y de pronto, deslizándose de mis brazos, después de breve carrera se precipitó en un vagón. Yo quise entrar en pos de ella, pero ella miró con terror, y cerrando la portezuela de un golpe gritaba:

-¡No, no!

Quedé despavorido. El tren se puso en marcha, fueron desfilando los vagones delante de mí, y tras los cristales pasaron unas rígidas figuras, unas caras pálidas, unas narices azuladas, unos ojos vidriosos... Después, ¡soledad!, ¡soledad absoluta!... Sentí rodar una gota de escarcha a lo largo del espinazo, y me asaltó la idea de la muerte.

Esta idea clara, horripilante, me despertó. Todo aquello no había sido más que un sueño, pero me impresionó de tal manera que me apresuré a marchar del más donde la pesadilla me había sorprendido. Volví, pues, a la costa, a mi casa solariega, y (muchos creerán que lo digo para producir un efecto artístico, mas no es así) encontré a mi madre enferma y la vi morir a los pocos días. ¿El sueño habría sido una sugestión, una advertencia misteriosa? No sé, pero estoy convencido de que hoy, como en tiempo de Hamlet, el cielo y la tierra ocultan muchas cosas a la miopía de los sabios.

FIN

1. Masovero: Labrador que, viviendo en masía ajena, cultiva las tierras anejas a cambio de una retribución o de una parte de los frutos.
Agradecemos a Jorge Almarales su aportación de este cuento a la Biblioteca Digital Ciudad Seva.

 Joaquim Ruyra

sexta-feira, 31 de maio de 2019


Violências brasilianas

   Recentemente um morador de rua foi espancado e torturado por jovens da classe media de uma cidade do interior de SP. A agressão foi registrada por câmeras da cidade e testemunhas. Os agressores alegaram estar brincando com a vitima. Por esses motivos esse espetáculo de brutalidade foi transmitido pela televisão para todo o país. Apesar da grande repercussão, esses fatos acontecem com frequência. Recentemente outro grupo agrediu de forma brutal e deliberada um jovem na Avenida Paulista ao saírem da “balada”. Nesse caso, consta que a motivação seria porque o agredido era ou parecia ser homossexual. Desde o assassinato do índio pataxó Galdino em Brasília em 1997 que a sociedade assiste, entre atônita e indignada, a manifestações de violência cometidas por jovens perguntando-se, qual a razão disso tudo? Na mesma proporção que sobram argumentos, teorias e especialistas para explicá-las faltam ações para combate-las, impedi-las ou inibi-las. Entre aqueles que sustentam que a causa seja a "falta de Deus no coração das pessoas" e os que clamam pela redução da maioridade penal existem mais determinações do que supõe a moralidade mass media e o legalismo autoritário. Entre esses extremos orbitam os paladinos do discurso politicamente correto que se arrogam defensores e representantes dos excluídos e/ou vitimas - terceiro setor, movimentos sociais, políticos. Do ponto de vista objetivo, porem, suas iniciativas quase sempre oscilam entre o assistencialismo paternalista/clientelista e a cidadania tutelada.

   Embora as ocorrências de violência acima citadas sejam distintas, elas têm muito mais em comum do que a violência consumada. Com efeito, muito embora a psicanálise, desde Freud, sustente que o sujeito, quando envolvido pela massa, seja capaz de realizar atos que individualmente não faria, o fundamento dessas ocorrências de violência no Brasil estão alem das subjetividades, da impunidade legal e da moral cristã. Por trás dessas explicações e/ou justificativas espreita uma racionalidade que consiste em uma forma de sociabilidade que caracteriza a organização dessa sociedade, portanto, trata-se de um problema político, posto que determine o lugar dos sujeitos na sociedade, em outras palavras, relações de poder. Historicamente, conforme sustentam Gilberto Freyre, Sergio Buarque de Holanda, Raymundo Faoro, entre outros, a colonização deveu-se a "corajosa iniciativa particular" do português, que "concorrendo às sesmarias, dispôs-se a vir povoar e defender militarmente, como era exigência real.” Assim, destacam que a sociedade portuguesa, "estreitamente vinculada à ideia de escravidão em que mesmo os filhos são apenas os membros livres desse organismo inteiramente subordinado ao patriarca”, caracteriza-se por um tipo de “dominação tradicional” inexorável a regras e a racionalidade exteriores, universalizantes e impessoais o que, por sua vez, resulta em um processo de socialização autoritário e violento. A democratização brasileira (88) introduziu novos atores, agentes, direitos, valores, procedimentos, instituições no interior do Estado e na sociedade como requisito do Estado de Direito, indispensável à democracia e o exercício da cidadania. Entretanto, do ponto de vista objetivo, constata-se que o constitucionalismo nominal não se adequou ao processo social e as leis, embora tenham validade jurídica, seguem de modo inverso, do papel para a realidade!
Considerando o processo histórico brasileiro que caracteriza a sociedade e, que é a sociedade que condiciona o individuo e não o contrário, fica mais fácil entender as determinações tanto para as manifestações de violência quanto para as iniciativas que buscam combate-la, em termos de relações sociais que determinam padrões de conduta, valores e conceitos/idéias. Arrisco-me ainda a apontar um traço, talvez recalcado, sem duvida resquício do autoritarismo recente e que combinado às características peculiares do nosso processo histórico determinam uma tendência perversa, tanto no modo como essa questão é abordada quanto à forma como elas ocorrem. Trata-se do desprezo, de ambos os lados. As duas faces da moeda de uma moralidade, preconceituosa, hipócrita, reacionária e autoritária. Desprezo que podemos perceber na negação do outro que se manifesta de modo sutil – porem não menos perverso – no não reconhecimento da igualdade enquanto sujeito portador de direitos, autônomo, livre, dotado de valores, historia e cultura/tradições próprias. O outro lado do desprezo é o da política deliberada de encarceramento e extermínio das classes desfavorecidas. Trata-se das duas faces de uma mesma moeda que caracteriza os valores da nossa burguesia e que se oferece aos excluídos: a cruz ou a espada. De fato, esse tipo de desprezo estava na essência do nazismo. Não se trata do tripé político: totalitarismo, nacionalismo, anti-semitismo. Trata-se da racionalidade da sociedade nazista – pretensa superioridade física, intelectual, espiritual e moral da raça ariana. Esse tipo de racionalidade verifica-se nas nos valores e iniciativas dessa nossa classe media e elites – nos seus valores estéticos, na sua obsessão autoritária asséptica, na inclinação a apoiar as iniciativas autoritárias estatais que buscam cada vez mais regular e cercear os direitos individuais e, sobretudo, no desprezo aberto ou velado pelo outro. O desprezo expresso nas diversas negações – direitos, autonomia, liberdade, cultura - encontra o seu limite na negação a vida, como no caso do índio Galdino. De fato, essa brutalidade nada mais é do que um sintoma dessa pretensa superioridade manifesta em um sentimento de desprezo que encontra a sua realização por meio, de um lado, do ódio e de outro, da compaixão. Ambos são autoritários e tem a mesma origem. Essa pretensa superioridade apóia-se na certeza da razão (verdade) e da conivência do sistema – Estado e sociedade. É bom que se diga, o autoritário é sempre um homem da certeza! Na medida em que o Estado e a sociedade, por meio de um processo de formação – e não apenas informação – para a democracia e a cidadania é que transformaremos essa realidade. Porque a educação deve estar a serviço da sociedade, do bem comum, e não apenas do individuo ou do mercado. Porque conforme dizia Paulo Freire, “se a educação não transforma a sociedade, tampouco a sociedade muda sem ela.”

   Para finalizar, Aristóteles explica que só existem dois tipos de virtude: a que vem da educação e a que vem do habito e, esta ele chama de ética - do grego Ethos. Conforme nos falte à primeira, nosso processo histórico demonstra o tipo de ética que temos, resta saber se é está a que queremos.


Mario Miranda Antonio Junior
Sociólogo – FESPSP
Pós em Direitos Humanos – USP (incompleto)

Bilbliografia para consulta

Aristoteles - Ética a Nicômaco
Gilberto Freyre - Casa Grande e Senzala
Sergio Buarque de Holanda - Raízes do Brasil
Raymundo Faoro - Os Donos do Poder
Sigmund Freud - Reflexões sobre tempos de guerra e morte
Erich Fromm - O Medo a Liberdade (Psicologia do Nazismo)


quarta-feira, 29 de maio de 2019

EL LABERINTO



Zeus no podría desatar las redes
de piedra que me cercan. He olvidado
los hombres que antes fui; sigo el odiado
camino de monótonas paredes
que és mi destino.

Rectas galerías
que se curvan en círculos secretos
al cabo de los años. Parapetos
que ha agrietado la usura de los días.

En el pálido polvo he descifrado
rastros que temo. El aire me ha traído
en las cóncavas tardes un bramido
o el eco de un bramido desolado.

Sé que en la sombra hay Otro, cuya suerte
es fatigar las largas soledades
que tejen y destejen este Hades
y ansiar mi sangre y devorar mi muerte.

Nos buscamos los dos. Ojalá fuera
éste el último día de la espera.


JORGE LUIS BORGES 

LA NECESIDAD DEL SILENCIO




El dramaturgo ha explicado que silencio en el teatro es «la más conflictiva de sus palabras» ya que puede «enfrentarse a todas las demás. Sucede que en el teatro, arte de la palabra pronunciada, el silencio se pronuncia […], puede pensarse y su historia relatarse atendiendo al combate entre la voz y su silencio. Sucede que en el escenario basta que un personaje exija silencio para que surja lo teatral; basta que, al entrar un personaje en escena, otro enmudezca; basta que uno, requerido a decir, se obstine en callar. Si el silencio es parte de la lengua, lo es, y determinante, del lenguaje teatral».

Juan Mayorga ha destacado la necesidad del silencio en el terreno de la interpretación y la comunicación cotidiana: «El silencio nos es necesario para un acto fundamental de humanidad: escuchar las palabras de otros. También para decir las propias. El silencio, frontera, sombra y ceniza de la palabra, también es su soporte. Por eso, lo que hablan bien dominan, tanto como la palabra, el silencio, estructurado fundamental del discurso, cuya arquitectura, atractivo e incluso sentido dependen en buena parte del saber callar. Los elocuentes saben que, si la sigue o la precede un silencio, el valor de una palabra se transforma».

LA CONVIVENCIA DE LA VOZ Y EL SILENCIO

A juicio del escritor, «hay en el escenario un combate físico entre la voz y su silencio. […] Silencio y voz laten cada uno en el otro. El silencio despierta el deseo de voz y la voz el del silencio. Quizá de la tensión del silencio surja la voz o la tensión de esta haga aparecer aquel».

«La materialidad de la voz y de su silencio basta para contradecir a quien reduzca el teatro a su literatura. En el escenario se expone inmediatamente algo irreducible a aquello que en el texto puede leerse. Se exponen el hablar y el callar como acciones radicales de la existencia humana. Cuando un actor pronuncia palabras, no solo nos ofrece lo que esas significan, sino, también y antes, el hablar mismo. Entre los sonidos del mundo hay el de la voz humana y el de su silencio», señaló el nuevo académico.

DESDE LAS TRAGEDIAS GRIEGAS

Según Juan Mayorga, los griegos «ya exploraron las formas fundamentales del silencio» no solo en el teatro; también ha recordado los versos del canto III de la Iliada «donde Homero relata que, la víspera del combate, solo los príncipes hablan, mientras los soldados no parecen tener voz en el pecho».

El académico ha desgranado las tragedias donde el silencio guarda una relación esencial: «Hemos podido leer y ver los silencios de Tiresias ante Edipo […] y de Hipólito ante Teseo […]. Y merecería por sí solo un discurso el silencio de los mensajeros antes de transmitir las noticias de que son portadores».

Su intervención ha continuado con otros ejemplos de Federico García Lorca en La casa de Bernarda Alba: «el que Bernarda impone en su casa, silencio de sangre, es un silencio antiguo. Viene de la vieja tragedia. Procede de aquel que en Tebas dicta Creonte y que una muchacha desafía anunciando, al precio de su vida, una comunidad en la que no solo el tirano hable Hay en el diálogo de Hemón con su padre réplicas que podrían haberse pronunciado en la casa de Bernarda, y Adela tiene gesto de Antígona cuando rompe el bastón de la dominadora».

MAESTRO DE LA PALABRA

La académica de la RAE, Clara Janés, ha sido la encargada de dar la bienvenida, en nombre de la corporación, al nuevo académico. En su intervención se ha referido a Juan Mayorga como «un maestro, no solo en vestir y desnudar la palabra, sino en dotarla de un trayecto, un acompañamiento, y un doble, y de la astucia necesaria para que, una vez dicha, se dirija a despertar aquella otra palabra no formulada, pero no menos inmediata».

dramaturgo y doctor en Filosofía Juan Mayorga (Madrid, 1965)

Fuente: http://www.rae.es/noticias/juan-mayorga-ingresa-en-la-rae-para-ocupar-la-silla-m

Texto completo del discurso de ingreso en la RAE:http://www.asale.org/sites/default/files/Discurso_ingreso_Mayorga.pdf
WordPress.com


sábado, 25 de maio de 2019

FÁBRICA DO POEMA



Waly Salomão

sonho o poema de arquitetura ideal
cuja própria nata de cimento encaixa palavra por
palavra,
tornei-me perito em extrair faíscas das britas
e leite das pedras.
acordo.
e o poema todo se esfarrapa, fiapo por fiapo.
acordo.
o prédio, pedra e cal, esvoaça
como um leve papel solto à mercê do vento
e evola-se, cinza de um corpo esvaído
de qualquer sentido.
acordo,
e o poema-miragem se desfaz
desconstruído como se nunca houvera sido.
acordo!
os olhos chumbados
pelo mingau das almas e os ouvidos moucos,
assim é que saio dos sucessivos sonos:
vão-se os anéis de fumo de ópio
e ficam-se os dedos estarrecidos.

sinédoques, catacreses,
metonímias, aliterações, metáforas, oxímoros
sumidos no sorvedouro.
não deve adiantar grande coisa
permanecer à espreita no topo fantasma
da torre de vigia.
nem a simulação de se afundar no sono.
nem dormir deveras.
pois a questão-chave é:
sob que máscara retornará o recalcado?

(mas eu figuro meu vulto
caminhando até a escrivaninha
e abrindo o caderno de rascunho
onde já se encontra escrito
que a palavra “recalcado” é uma expressão
por demais definida, de sintomatologia cerrada:
assim numa operação de supressão mágica
vou rasurá-la daqui do poema.)

pois a questão-chave é:
sob que máscara retornará?


«Há momentos em que por meio de uma única palavra, uma
única rima, o escritor de um poema encontra uma forma de
chegar onde ninguém nunca esteve antes, ou ainda, onde
nem ele esperava chegar um dia. Aquele que escreve um
poema o faz, acima de tudo, porque escrever versos é um
extraordinário acelerador da consciência, do pensamento, da
compreensão do universo. Aquele que experimenta essa
aceleração uma vez não consegue mais abandonar a chance
de repetir essa experiência, caindo na dependência do
processo, como outros o fazem com drogas e álcool. Aquele
que se encontra nesse tipo de dependência da linguagem é,
acredito eu, o que chamamos de poeta.»

 Joseph Brodsky, poeta russo, ganhador do Nobel em 1987..

(Fonte : microjornal de poesia Fluxos)

esbulho das aposentadorias


O assalto e roubo da previdência não é só o maior projeto do atual (des)governo, é o único projeto nacional, um projeto desestruturante, a extorsão de recursos públicos e poupanças dos trabalhadores, diretamente em favor dos capitais financeiros e fundos de capitalização privados, muitos no exterior e em paraísos fiscais. Só aumentará o desemprego e a crise econômica, ao diminuírem a massa salarial e adiarem as novas contratações. Keynes ao contrário, o Estado desinveste, retira a demanda, extrai mais-valia absoluta dos trabalhadores, ao aumentarem o tempo de trabalho em muitos anos e sem compensação, só com perdas, ao adiarem as aposentadorias dos atuais trabalhadores e impedirem o ingresso de jovens, de novos trabalhadores no mercado de trabalho formal. E o Guedes fala do plano de se mandar do país, com ou sem o esbulho das aposentadorias.
RCO

As mais antigas famílias de Curitiba e região


1 – Descendentes dos principais fundadores, conquistadores e povoadores das vilas de Paranaguá, São Francisco do Sul, Curitiba, Guaratuba e Morretes. Linhas genealógicas principais do Capitão-Mor e Povoador de Curitiba, Mateus Martins Leme.
2 – Sobrenome presente na região desde a virada dos séculos XVII-XVIII e com sesmarias pioneiras na família, em varonia e com o mesmo sobrenome. Tradição latifundiária e escravocrata. Famílias com muitos escravizados e sempre combatendo os ameríndios locais. Escravistas até 1888. Sobrenome frequente de origem portuguesa e utilizado por diferentes camadas étnicas e sociais.
3 – Homens da família com estatuto de “homens bons”, ocupantes dos cargos nas câmaras das vilas, juízes, vereadores e com patentes de oficiais, nas ordenanças locais ao longo de todo século XVIII e na Guarda Nacional no XIX.
4 – Com a Independência, o Império e a República também passam a ocupar cargos nos legislativos provinciais, estaduais, nacionais, deputados, senadores, nos poderes executivos, no sistema judicial, nas forças armadas, muitos com presença e serviço na Capital Nacional, antes no Rio de Janeiro e depois em Brasília.
5 – Há muitas gerações no 1% mais rico, ou próximo. Profissionais liberais (advogados, médicos, engenheiros), políticos, oficiais superiores e generais, empresários, altos funcionários, cartorários, mídia, proprietários há várias gerações.
6 – Nomes de dezenas de logradouros, ruas, avenidas, praças, escolas, hospitais, equipamentos coletivos, prédios públicos em diversos municípios.
7 – Foram casados com mulheres de famílias igualmente antigas, descendentes do senhoriato do período colonial, ou no século XX casam com mulheres de famílias de imigrantes europeus recentes e em ascensão, sempre na Santa Madre A Igreja Católica, a Igreja dos antepassados, a única que transmite a condição de “nobreza da terra” para as novas gerações e seus herdeiros “legítimos”. Parentes de padres do passado.
8 – Apoiaram todos os golpes, movimentos e governos conservadores ou reacionários nos últimos séculos.
9 – Poucos intelectuais, escritores e doutores em ciência, tecnologia e inovação.
10 - Poucas famílias com varonias e sobrenomes originários da virada dos séculos XVII-XVIII. O complexo Gomes de Oliveira, Oliveira Cercal, Oliveira Borges do qual eu pertenço. Miranda Coutinho, Rocha Loures, Guimarães, Ribas, Amaral, Siqueira Cortes, Munhoz outras do final do século XVIII: Marques dos Santos, Macedo, Santos Pacheco Lima, Oliveira Franco, Rebello, Sotto Maior, início do XIX: Camargo, Braga. Se alguém tiver mais nomes e com história familiar antiga anterior ao século XIX poderá completar.
RCO


desastre bolsonaresco.


Um governo de figuras caricatas, culturalmente, humanisticamente e educacionalmente limitadas e menores, como o de Bolsonaro, já deu errado desde antes de começar, o tempo só aumenta o tamanho do equívoco e o custo do prejuízo para a imensa maioria. Como o bolsonarismo foi ideologicamente produzido pela direita composta por militares, juízes, pastores evangélicos, policiais, jornalistas, empresários, basta analisar o ministério e o parlamento, a sua queda estará associada à profunda e merecida desmoralização de todas estas categorias a curto e médio prazos. O pós-bolsonaro, entendido também como o fora do vice-subalterno Mourão, deve ser um momento de pós-direita no Brasil e uma oportunidade histórica para a modernização institucional e reorganização de todas as instituições militares, de segurança, o sistema judicial, a grande mídia, o empresariado parasitário e todos responsáveis pela produção ideológica do desastre bolsonaresco.
RCO

Una noche




Constantino Cavafis

El cuarto era pobre y vulgar,
oculto en los altos de una taberna equívoca.
Desde la ventana se veía la calleja,
sucia y estrecha. Desde abajo
llegaban las voces de algunos obreros
que jugaban a las cartas y se divertían.

Y allí en la cama humilde, ordinaria,
poseí el cuerpo del amor, poseí los labios
voluptuosos y rojos de la embriaguez;
rojos de tal embriaguez, que también ahora
cuando escribo, ¡después de tantos años!,
en mi casa solitaria, me embriago nuevamente.

quinta-feira, 16 de maio de 2019

Ulia




Vivía una vez en este mundo una criatura maravillosa. Hoy todos la han olvidado, y también olvidaron su nombre y hasta su rostro. Tan sólo mi abuela recuerda a esa criatura maravillosa y me contó sobre ella, sobre cómo era.

Según mi abuela, la criatura se llamaba Ulia y era una niña. Todos los que veían a la pequeña Ulia sentían en su corazón que les remordía la conciencia, porque Ulia era de rostro tierno y en él se reflejaba una auténtica bondad, aunque entre quienes la miraban no todos eran honrados ni bondadosos.

Tenía ojos grandes y claros, y todos podían ver hasta el fondo de sus ojos, descubrir que allí, en el fondo mismo, estaba lo principal, lo más valioso del mundo, y todo el mundo quería penetrar con la mirada los ojos de Ulia y hallar en sus profundidades lo más importante y venturoso para sí… Pero Ulia parpadeaba y nadie conseguía vislumbrar qué había en lo hondo de sus ojos diáfanos. Y cuando volvían a mirar al interior de los ojos de la niña, y empezaban a comprender lo que allí veían, Ulia parpadeaba de nuevo y al final les era imposible comprender qué había en el fondo de aquellos ojos.

Sólo un hombre llegó a ver hasta el fondo mismo de los ojos de Ulia y vio lo que expresaban. Ese hombre se llamaba Demian y vivía de comprar barato el trigo a los campesinos en años de buena cosecha y venderlo caro en años de hambruna. De ahí que fuera rico y estuviera siempre bien provisto. Demian vislumbró su propia imagen en las remotas profundidades de los ojos de Ulia, y no se vio tal como aparecía a los ojos de los demás, sino como era en realidad: con una gran boca codiciosa y la mirada feroz. El alma oculta de Demian se reflejaba claramente en su rostro. Y Demian, al verse, se fue de aquel pueblo y nadie oyó hablar de él por mucho tiempo, hasta el punto de que empezaron a olvidarlo.

Los ojos de Ulia reflejaban sólo la auténtica verdad. Si una persona cruel tenía un rostro agraciado y llevaba ricas ropas, en los ojos de Ulia se mostraba deforme y toda cubierta de llagas.

Pero la propia Ulia no sabía que sus ojos reflejaban la verdad. Era todavía pequeña e inconsciente. Otras personas no habían tenido tiempo de mirarse en sus ojos, pero todos la contemplaban con deleite y pensaban en lo bueno que era vivir, puesto que existía en este mundo alguien como ella.

Ulia no sabía quiénes habían sido sus padres. La encontraron un verano al pie de un pino, junto al pozo del camino. Había nacido hacía unas semanas. Yacía en la tierra envuelta en un manto de lana y miraba callada el cielo con sus grandes ojos de color cambiante: a veces eran grises, a veces azul celeste, otras negros.

Gente buena recogió a la niña y una familia aldeana sin hijos la adoptó y la bautizó con el nombre de Uliana. Fue así como Ulia vivió toda su temprana infancia en la isba de sus padres adoptivos.

Cuando dormía, lo hacía con los ojos entornados, como si no quisiera dejar de mirar. Al amanecer, cuando empezaba a clarear, en sus ojos se reflejaba todo lo que pasaba por delante de la ventana. Ulia dormía en un banquillo y la temprana claridad del día iluminaba su rostro. Las ramas del sauce que crecía al pie de la ventana, las nubes que resplandecían bajo los tímidos rayos del primer sol, las aves de paso: todo existía una vez en el exterior, y por segunda vez se encendía en el fondo de los ojos de Ulia, aunque en ella aquellas nubes, los pájaros y las hojas del sauce eran mejores, más diáfanos y alegres que la imagen que veían los demás.

Sus padres adoptivos adoraban tanto a la pequeña Ulia que su añoranza los despertaba por las noches. Salían entonces de la cama, se acercaban a Ulia y en la oscuridad contemplaban largamente a aquella hija ajena que se había vuelto más querida que una propia. Les parecía ver un brillo en sus ojos entreabiertos, y la pobre isba se llenaba de bienestar en ese momento, como en los días de fiesta de su lejana juventud.

-Seguro que Ulia morirá joven -decía su madre con voz queda.

-Calla, no menciones la muerte -decía el padre-. ¿Por qué iba a morirse tan pequeña?

-Los que son así no viven mucho -volvía a decir la madre-. Sus ojos no se le cierran cuando duerme.

En su aldea se tenía la creencia de que los niños que dormían con los ojos entornados morían temprano.

Cuántas veces su madre había querido bajar los párpados de Ulia, pero su esposo no le permitía tocarla por temor a que la asustara. Durante el día, Ulia jugaba con cachivaches por los rincones de la casa o trasvasaba agua de una vasija de barro a una de hierro; hasta en esos momentos, su padre se cuidaba de tocar a la niña, como si temiera lastimar su pequeño cuerpo.

Cabellos claros crecían en la cabecita de Ulia formando bucles, como si el viento hubiera entrado en ellos para quedarse allí, inmóvil. Lo mismo en el sueño que en la vigilia, el dulce rostro de Ulia miraba atentamente hacia alguna parte y parecía atribulado. A sus padres se les antojaba que Ulia quería preguntarles algo que le preocupaba, pero que no lo hacía porque aún no sabía hablar.

Su padre llamó a un médico para que visitara a la niña. Quizá, pensaba su padre, siente algún dolor que el médico podría aliviar. El médico auscultó a la niña y dijo que todo se le pasaría cuando creciera.

-¿Y por qué la gente la quiere tanto? -preguntó su padre al médico-. ¡Preferiría que no fuera tan buena!

-Es un capricho de la naturaleza -respondió el médico.

Esto enfadó a sus padres.

-¡Vaya capricho! -dijeron-. Porque no es ningún juguete caprichoso, sino un ser vivo.

Las demás personas seguían tratando de atisbar en los ojos de Ulia, para verse allí como eran en realidad. Quizás alguno lo logró, pero no lo confesó y contó que no le había dado tiempo de verse porque Ulia había parpadeado.

Todos supieron que los ojos de Ulia cambiaban de color. Cuando miraba lo bueno: el cielo, una mariposa, una vaca, una flor, alguna niña pobre que pasaba, sus ojos se encendían con luz diáfana, pero cuando observaba algo que encerrara maldad, oscurecían volviéndose impenetrables. Sólo en lo más hondo de los ojos de Ulia, en su centro mismo, había siempre un color claro e invariable, que reflejaba la verdad acerca de la persona o de la cosa que miraba. No lo que veían todos desde fuera, sino lo que permanecía oculto e invisible en el interior.

Cuando Ulia cumplió dos años, empezó a hablar. Lo hacía bien, aunque rara vez, y eran pocas las palabras que sabía. En el campo y las calles de la aldea veía lo mismo que todos veían y entendían. No obstante, Ulia se asombraba sin cesar de lo que veía y a veces gritaba de miedo y lloraba señalando lo que miraba.

«¿Qué pasa? ¿Qué pasa, Ulia? -preguntaba su padre, y la cogía en brazos sin entender la causa de su alarma-. ¿Por qué me miras así? Es el rebaño, que vuelve al patio. Yo estoy aquí, contigo.»

Ulia miraba asustada al padre, como si fuera un extraño al que nunca hubiera visto. Aterrada, se tiraba al suelo y huía de él. Del mismo modo le temía a su madre y se escondía de ella.

Sólo en la oscuridad, donde sus ojos no veían, Ulia se mantenía serena.

Al despertar por la mañana, Ulia enseguida quería escapar del hogar. Se refugiaba en la oscuridad del gavillero o en el campo, donde había un barranco con una caverna arenosa. Allí permanecía sentada en la oscuridad hasta que sus padres la encontraban. Y cuando su padre o su madre la cogían en brazos, la apretaban contra su cuerpo y la besaban en los ojos, Ulia rompía a llorar de espanto y toda ella temblaba, como si la agarraran lobos y no sus padres, que la acariciaban.

Cuando Ulia veía a una tímida mariposa aleteando sobre la hierba, se alejaba de ella gritando y su corazón asustado seguía latiendo con fuerza durante mucho rato. Pero más que a nada Ulia temía a una vieja, a mi abuela, que era tan vieja que hasta las otras viejas le llamaban abuela. Ella rara vez visitaba la isba de Ulia, pero cuando iba, siempre obsequiaba a la niña con una galleta de harina blanca, o con un terrón de azúcar, o bien con unas manoplas para el frío que había tejido durante cuarenta largos días, o con cualquier otra cosa que pudiera servirle a Ulia. Mi abuela, que era muy anciana, decía que ya debía estar muerta, porque le había llegado su hora, pero que ahora no podía morirse: en cuanto se acordaba de Ulia, su débil corazón volvía a respirar y a latir como si fuera joven; su cariño por Ulia la mantenía viva porque sentía por ella compasión y alegría.

Ulia, en cambio, al ver a mi abuela, rompía a llorar, no le quitaba de encima sus ojos nublados y temblaba de miedo.

-¡No ve la verdad! -decía mi abuela-. Ve el mal en lo bueno, y el bien en lo malo.

-¿Y por qué, entonces, sus ojos reflejan sólo la verdad? -preguntaba su padre.

-¡Por eso mismo! -seguía mi abuela-. En ella brilla la verdad toda, pero no comprende esa luz y todo lo entiende al revés. Su vida es peor que la de una ciega. Hasta sería mejor que lo fuera.

«Quizá la anciana esté en lo cierto -pensaba entonces su padre-. Ulia ve lo malo como bueno, y lo bueno le parece malo.»

A Ulia no le gustaban las flores, nunca las tocaba. En cambio, juntaba en su falda negra basura del suelo y se iba a algún rincón oscuro a jugar sola; se dedicaba a palpar la basura con los ojos cerrados. No era amiga de los demás niños de la aldea y se escondía de ellos en la casa.

-¡Me dan miedo! -gritaba Ulia-. Son horrorosos.

Su madre apretaba entonces la cabecita de Ulia contra su pecho, como si quisiera esconder a la niña y darle sosiego en su corazón.

Y los niños de la aldea no eran malcriados, todo lo contrario: eran bondadosos, de rostros claros. Se acercaban a Ulia y le sonreían sin malicia.

Su madre no entendía qué temía Ulia y qué cosa tan terrible veían sus maravillosos y desdichados ojos.

-No temas, Ulia -decía su madre-, no le temas a nada mientras yo esté aquí, contigo.

Ulia miraba a su madre y volvía a gritar:

-¡Tengo miedo!

-Pero ¡quién te asusta, si soy yo!

-¡Te temo a ti, eres horrible! -decía Ulia, y cerraba los ojos para no verla.

 Nadie sabía lo que Ulia veía, y ella misma no podía decirlo, porque el pánico se lo impedía.

En la aldea vivía otra niña que tenía cuatro años y que se llamaba Grusha. Fue la única con la que Ulia empezó a jugar y con la que se encariñó. Grusha tenía el rostro alargado, por lo que la apodaban «cabeza de potrica», y tenía muy mal genio. Ni siquiera amaba a sus padres, y había dicho que pronto se iría bien lejos de su casa y nunca volvería, porque allí vivían mal, mientras que ella viviría bien en otra parte. Ulia acariciaba el rostro de Grusha y le decía que era guapa; miraba con admiración la cara de enfado y tristeza de su amiga, como si tuviera ante sí a una niña noble y cariñosa, de bello semblante. Pero una vez Grusha miró sin querer al interior de los ojos de Ulia y llegó a verse en ellos, tal como era en realidad. Gritó horrorizada y corrió a su casa. Desde entonces Grusha se volvió más noble de corazón y dejó de enfadarse con sus padres y de decir que se sentía mal con ellos. Y cuando le entraban ganas de ser mala, recordaba su horrible imagen en los ojos de Ulia, se asustaba de sí misma y volvía a recuperar dulzura y docilidad.

Aunque a Ulia le entristecía que las flores y los rostros de las personas bondadosas le parecieran horribles, era como todos los niños pequeños: comía su pan, bebía su leche y crecía. La vida avanzaba deprisa y pronto Ulia cumplió los cinco años, luego los seis y después los siete.

Por aquel entonces regresó a la aldea aquel mujik, Demian, que hacía mucho se había marchado con rumbo desconocido. Regresó pobre y humilde, se puso a labrar la tierra como todo el mundo y vivió como un hombre de bien hasta su vejez. Incluso quiso llevarse a Ulia a su casa como hija adoptiva, porque estaba viejo y solo, pero los padres adoptivos de Ulia no accedieron. No podían vivir sin Ulia desde que se la habían llevado a su casa.

A partir de los cinco años, Ulia dejó de gritar y de huir espantada. Sólo entristecía cuando veía a una persona de alma noble y bella, ya fuera mi vieja abuela o cualquier otra persona de buen corazón. Lloraba con frecuencia. Sin embargo, en lo profundo de sus grandes ojos seguía reflejándose la verdadera imagen de la persona a la que miraba. Pero no veía la verdad, sino algo falso. Y petrificados por el asombro, sus ojos confiados y tristes observaban el mundo entero sin comprender lo que veían.

Cuando Ulia cumplió siete años, sus padres adoptivos le explicaron quiénes eran ellos en realidad. Le dijeron que no se sabía dónde vivían sus padres legítimos y ni siquiera si estaban vivos. Se lo contaron de una manera razonable; querían que la niña supiera la verdad por ellos y no que se la dijera otra persona. Porque algún extraño le contaría algún día lo mismo, pero no lo harían corno es debido y podrían lastimar a la niña.

-¿Y ellos también son horrorosos? -preguntó Ulia sobre sus padres legítimos.

-No, no son horribles -repuso el padrastro-. Te trajeron al mundo y deben ser tus seres más queridos.

-No ves la verdad, hijita -suspiró su madre adoptiva-. Tienes los ojos enfermos.

Desde entonces, Ulia entristeció aún más. Corría el verano y Ulia decidió que cuando llegara el otoño dejaría la aldea para ir a buscar a sus padres verdaderos, los que la habían dejado abandonada.

Pero no había pasado aún el verano cuando llegó a la aldea una campesina que calzaba alpargatas y cargaba un morral de pan. Era evidente que venía de lejos y estaba extenuada. Se sentó al pie del pozo del camino junto al que crecía un viejo pino, observó el árbol, luego se puso en pie y palpó la tierra en torno al pino, como si buscara allí algo dejado mucho tiempo atrás y ya olvidado. La mujer se cambió de calzado, se acercó a la isba en la que vivía Demian y se sentó bajo la ventana.

Nadie pasaba, la gente trabajaba en el campo, así que la peregrina permaneció largo tiempo sola. Después, una niña salió de uno de los patios. Vio a la desconocida y se acercó a ella.

-No me das miedo -dijo la niña con sus grandes ojos que irradiaban luz cristalina.

La peregrina observó a la niña, la cogió de la mano, luego la abrazó y la apretó contra su cuerpo. La niña no se asustó ni gritó. Entonces la mujer besó a la niña en un ojo y luego en el otro y estalló en llanto: había reconocido a su hija, por los ojos, por el pequeño lunar en el cuello, por todo su cuerpo y por cómo temblaba su propio corazón.

-Yo era joven y necia, te abandoné -dijo la mujer-. Ahora he venido a buscarte.

Ulia se apretujó contra el pecho cálido y blando de la mujer y se adormeció.

-Soy tu madre -dijo la mujer, y volvió a besar los ojos entornados de Ulia.

El beso de su madre sanó los ojos de Ulia. Desde ese día empezó a ver el mundo a la luz del sol igual como lo veían los demás. Miraba dulcemente con sus ojos grises claros y a nadie temía. Y veía todo como debía ser. Lo bello y positivo que hay en el mundo dejó de parecerle horrible y espantoso, y tampoco la crueldad y la maldad le parecían bellas, como le sucedía cuando vivía sin su madre legítima.

Pero desde entonces nada volvió a aparecer en el fondo de sus ojos; la misteriosa imagen de la verdad desapareció. A Ulia no le dio pena que la verdad hubiera dejado de brillar en sus ojos, y tampoco su madre se entristeció al saberlo.

«La gente no necesita ver la verdad -dijo su madre-. Ya la saben y, el que no la sabe, aunque la vea, no la cree…»

Por aquella época murió mi abuela y no pudo contarme más sobre Ulia. Sólo mucho tiempo después, en cierta ocasión, vi a Ulia con mis propios ojos. Se había convertido en una hermosa muchacha, tan bella, que era mucho más de lo que la gente se atreve a desear. Por eso no dejaban de mirarla, aunque sus corazones permanecían indiferentes.

FIN

Andréi Platónov

Amada




¡El duro son de hierro tornaré melodía
para cantar tus ojos! -violetas luminosas-
la noche de tu negra cabellera y el día
de tu sonrisa, pura más que las puras rosas.

Tú vienes con el alba y con la primavera
espiritual, con toda la belleza que existe,
con el olor de lirio azul de la pradera
y con la alondra alegre y con la estrella triste.

La historia de mi alma es la del peregrino
que extraviado una noche en un largo camino
pidió al cielo una luz… y apareció la luna;

pues, estaba de un viejo dolor convaleciente,
y llegaste lo mismo que una aurora naciente,
en el momento amargo y en la hora oportuna.

Libro del amor,
1915-1917

Medardo Ángel Silva___Ecuador