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quinta-feira, 16 de maio de 2019

Ulia




Vivía una vez en este mundo una criatura maravillosa. Hoy todos la han olvidado, y también olvidaron su nombre y hasta su rostro. Tan sólo mi abuela recuerda a esa criatura maravillosa y me contó sobre ella, sobre cómo era.

Según mi abuela, la criatura se llamaba Ulia y era una niña. Todos los que veían a la pequeña Ulia sentían en su corazón que les remordía la conciencia, porque Ulia era de rostro tierno y en él se reflejaba una auténtica bondad, aunque entre quienes la miraban no todos eran honrados ni bondadosos.

Tenía ojos grandes y claros, y todos podían ver hasta el fondo de sus ojos, descubrir que allí, en el fondo mismo, estaba lo principal, lo más valioso del mundo, y todo el mundo quería penetrar con la mirada los ojos de Ulia y hallar en sus profundidades lo más importante y venturoso para sí… Pero Ulia parpadeaba y nadie conseguía vislumbrar qué había en lo hondo de sus ojos diáfanos. Y cuando volvían a mirar al interior de los ojos de la niña, y empezaban a comprender lo que allí veían, Ulia parpadeaba de nuevo y al final les era imposible comprender qué había en el fondo de aquellos ojos.

Sólo un hombre llegó a ver hasta el fondo mismo de los ojos de Ulia y vio lo que expresaban. Ese hombre se llamaba Demian y vivía de comprar barato el trigo a los campesinos en años de buena cosecha y venderlo caro en años de hambruna. De ahí que fuera rico y estuviera siempre bien provisto. Demian vislumbró su propia imagen en las remotas profundidades de los ojos de Ulia, y no se vio tal como aparecía a los ojos de los demás, sino como era en realidad: con una gran boca codiciosa y la mirada feroz. El alma oculta de Demian se reflejaba claramente en su rostro. Y Demian, al verse, se fue de aquel pueblo y nadie oyó hablar de él por mucho tiempo, hasta el punto de que empezaron a olvidarlo.

Los ojos de Ulia reflejaban sólo la auténtica verdad. Si una persona cruel tenía un rostro agraciado y llevaba ricas ropas, en los ojos de Ulia se mostraba deforme y toda cubierta de llagas.

Pero la propia Ulia no sabía que sus ojos reflejaban la verdad. Era todavía pequeña e inconsciente. Otras personas no habían tenido tiempo de mirarse en sus ojos, pero todos la contemplaban con deleite y pensaban en lo bueno que era vivir, puesto que existía en este mundo alguien como ella.

Ulia no sabía quiénes habían sido sus padres. La encontraron un verano al pie de un pino, junto al pozo del camino. Había nacido hacía unas semanas. Yacía en la tierra envuelta en un manto de lana y miraba callada el cielo con sus grandes ojos de color cambiante: a veces eran grises, a veces azul celeste, otras negros.

Gente buena recogió a la niña y una familia aldeana sin hijos la adoptó y la bautizó con el nombre de Uliana. Fue así como Ulia vivió toda su temprana infancia en la isba de sus padres adoptivos.

Cuando dormía, lo hacía con los ojos entornados, como si no quisiera dejar de mirar. Al amanecer, cuando empezaba a clarear, en sus ojos se reflejaba todo lo que pasaba por delante de la ventana. Ulia dormía en un banquillo y la temprana claridad del día iluminaba su rostro. Las ramas del sauce que crecía al pie de la ventana, las nubes que resplandecían bajo los tímidos rayos del primer sol, las aves de paso: todo existía una vez en el exterior, y por segunda vez se encendía en el fondo de los ojos de Ulia, aunque en ella aquellas nubes, los pájaros y las hojas del sauce eran mejores, más diáfanos y alegres que la imagen que veían los demás.

Sus padres adoptivos adoraban tanto a la pequeña Ulia que su añoranza los despertaba por las noches. Salían entonces de la cama, se acercaban a Ulia y en la oscuridad contemplaban largamente a aquella hija ajena que se había vuelto más querida que una propia. Les parecía ver un brillo en sus ojos entreabiertos, y la pobre isba se llenaba de bienestar en ese momento, como en los días de fiesta de su lejana juventud.

-Seguro que Ulia morirá joven -decía su madre con voz queda.

-Calla, no menciones la muerte -decía el padre-. ¿Por qué iba a morirse tan pequeña?

-Los que son así no viven mucho -volvía a decir la madre-. Sus ojos no se le cierran cuando duerme.

En su aldea se tenía la creencia de que los niños que dormían con los ojos entornados morían temprano.

Cuántas veces su madre había querido bajar los párpados de Ulia, pero su esposo no le permitía tocarla por temor a que la asustara. Durante el día, Ulia jugaba con cachivaches por los rincones de la casa o trasvasaba agua de una vasija de barro a una de hierro; hasta en esos momentos, su padre se cuidaba de tocar a la niña, como si temiera lastimar su pequeño cuerpo.

Cabellos claros crecían en la cabecita de Ulia formando bucles, como si el viento hubiera entrado en ellos para quedarse allí, inmóvil. Lo mismo en el sueño que en la vigilia, el dulce rostro de Ulia miraba atentamente hacia alguna parte y parecía atribulado. A sus padres se les antojaba que Ulia quería preguntarles algo que le preocupaba, pero que no lo hacía porque aún no sabía hablar.

Su padre llamó a un médico para que visitara a la niña. Quizá, pensaba su padre, siente algún dolor que el médico podría aliviar. El médico auscultó a la niña y dijo que todo se le pasaría cuando creciera.

-¿Y por qué la gente la quiere tanto? -preguntó su padre al médico-. ¡Preferiría que no fuera tan buena!

-Es un capricho de la naturaleza -respondió el médico.

Esto enfadó a sus padres.

-¡Vaya capricho! -dijeron-. Porque no es ningún juguete caprichoso, sino un ser vivo.

Las demás personas seguían tratando de atisbar en los ojos de Ulia, para verse allí como eran en realidad. Quizás alguno lo logró, pero no lo confesó y contó que no le había dado tiempo de verse porque Ulia había parpadeado.

Todos supieron que los ojos de Ulia cambiaban de color. Cuando miraba lo bueno: el cielo, una mariposa, una vaca, una flor, alguna niña pobre que pasaba, sus ojos se encendían con luz diáfana, pero cuando observaba algo que encerrara maldad, oscurecían volviéndose impenetrables. Sólo en lo más hondo de los ojos de Ulia, en su centro mismo, había siempre un color claro e invariable, que reflejaba la verdad acerca de la persona o de la cosa que miraba. No lo que veían todos desde fuera, sino lo que permanecía oculto e invisible en el interior.

Cuando Ulia cumplió dos años, empezó a hablar. Lo hacía bien, aunque rara vez, y eran pocas las palabras que sabía. En el campo y las calles de la aldea veía lo mismo que todos veían y entendían. No obstante, Ulia se asombraba sin cesar de lo que veía y a veces gritaba de miedo y lloraba señalando lo que miraba.

«¿Qué pasa? ¿Qué pasa, Ulia? -preguntaba su padre, y la cogía en brazos sin entender la causa de su alarma-. ¿Por qué me miras así? Es el rebaño, que vuelve al patio. Yo estoy aquí, contigo.»

Ulia miraba asustada al padre, como si fuera un extraño al que nunca hubiera visto. Aterrada, se tiraba al suelo y huía de él. Del mismo modo le temía a su madre y se escondía de ella.

Sólo en la oscuridad, donde sus ojos no veían, Ulia se mantenía serena.

Al despertar por la mañana, Ulia enseguida quería escapar del hogar. Se refugiaba en la oscuridad del gavillero o en el campo, donde había un barranco con una caverna arenosa. Allí permanecía sentada en la oscuridad hasta que sus padres la encontraban. Y cuando su padre o su madre la cogían en brazos, la apretaban contra su cuerpo y la besaban en los ojos, Ulia rompía a llorar de espanto y toda ella temblaba, como si la agarraran lobos y no sus padres, que la acariciaban.

Cuando Ulia veía a una tímida mariposa aleteando sobre la hierba, se alejaba de ella gritando y su corazón asustado seguía latiendo con fuerza durante mucho rato. Pero más que a nada Ulia temía a una vieja, a mi abuela, que era tan vieja que hasta las otras viejas le llamaban abuela. Ella rara vez visitaba la isba de Ulia, pero cuando iba, siempre obsequiaba a la niña con una galleta de harina blanca, o con un terrón de azúcar, o bien con unas manoplas para el frío que había tejido durante cuarenta largos días, o con cualquier otra cosa que pudiera servirle a Ulia. Mi abuela, que era muy anciana, decía que ya debía estar muerta, porque le había llegado su hora, pero que ahora no podía morirse: en cuanto se acordaba de Ulia, su débil corazón volvía a respirar y a latir como si fuera joven; su cariño por Ulia la mantenía viva porque sentía por ella compasión y alegría.

Ulia, en cambio, al ver a mi abuela, rompía a llorar, no le quitaba de encima sus ojos nublados y temblaba de miedo.

-¡No ve la verdad! -decía mi abuela-. Ve el mal en lo bueno, y el bien en lo malo.

-¿Y por qué, entonces, sus ojos reflejan sólo la verdad? -preguntaba su padre.

-¡Por eso mismo! -seguía mi abuela-. En ella brilla la verdad toda, pero no comprende esa luz y todo lo entiende al revés. Su vida es peor que la de una ciega. Hasta sería mejor que lo fuera.

«Quizá la anciana esté en lo cierto -pensaba entonces su padre-. Ulia ve lo malo como bueno, y lo bueno le parece malo.»

A Ulia no le gustaban las flores, nunca las tocaba. En cambio, juntaba en su falda negra basura del suelo y se iba a algún rincón oscuro a jugar sola; se dedicaba a palpar la basura con los ojos cerrados. No era amiga de los demás niños de la aldea y se escondía de ellos en la casa.

-¡Me dan miedo! -gritaba Ulia-. Son horrorosos.

Su madre apretaba entonces la cabecita de Ulia contra su pecho, como si quisiera esconder a la niña y darle sosiego en su corazón.

Y los niños de la aldea no eran malcriados, todo lo contrario: eran bondadosos, de rostros claros. Se acercaban a Ulia y le sonreían sin malicia.

Su madre no entendía qué temía Ulia y qué cosa tan terrible veían sus maravillosos y desdichados ojos.

-No temas, Ulia -decía su madre-, no le temas a nada mientras yo esté aquí, contigo.

Ulia miraba a su madre y volvía a gritar:

-¡Tengo miedo!

-Pero ¡quién te asusta, si soy yo!

-¡Te temo a ti, eres horrible! -decía Ulia, y cerraba los ojos para no verla.

 Nadie sabía lo que Ulia veía, y ella misma no podía decirlo, porque el pánico se lo impedía.

En la aldea vivía otra niña que tenía cuatro años y que se llamaba Grusha. Fue la única con la que Ulia empezó a jugar y con la que se encariñó. Grusha tenía el rostro alargado, por lo que la apodaban «cabeza de potrica», y tenía muy mal genio. Ni siquiera amaba a sus padres, y había dicho que pronto se iría bien lejos de su casa y nunca volvería, porque allí vivían mal, mientras que ella viviría bien en otra parte. Ulia acariciaba el rostro de Grusha y le decía que era guapa; miraba con admiración la cara de enfado y tristeza de su amiga, como si tuviera ante sí a una niña noble y cariñosa, de bello semblante. Pero una vez Grusha miró sin querer al interior de los ojos de Ulia y llegó a verse en ellos, tal como era en realidad. Gritó horrorizada y corrió a su casa. Desde entonces Grusha se volvió más noble de corazón y dejó de enfadarse con sus padres y de decir que se sentía mal con ellos. Y cuando le entraban ganas de ser mala, recordaba su horrible imagen en los ojos de Ulia, se asustaba de sí misma y volvía a recuperar dulzura y docilidad.

Aunque a Ulia le entristecía que las flores y los rostros de las personas bondadosas le parecieran horribles, era como todos los niños pequeños: comía su pan, bebía su leche y crecía. La vida avanzaba deprisa y pronto Ulia cumplió los cinco años, luego los seis y después los siete.

Por aquel entonces regresó a la aldea aquel mujik, Demian, que hacía mucho se había marchado con rumbo desconocido. Regresó pobre y humilde, se puso a labrar la tierra como todo el mundo y vivió como un hombre de bien hasta su vejez. Incluso quiso llevarse a Ulia a su casa como hija adoptiva, porque estaba viejo y solo, pero los padres adoptivos de Ulia no accedieron. No podían vivir sin Ulia desde que se la habían llevado a su casa.

A partir de los cinco años, Ulia dejó de gritar y de huir espantada. Sólo entristecía cuando veía a una persona de alma noble y bella, ya fuera mi vieja abuela o cualquier otra persona de buen corazón. Lloraba con frecuencia. Sin embargo, en lo profundo de sus grandes ojos seguía reflejándose la verdadera imagen de la persona a la que miraba. Pero no veía la verdad, sino algo falso. Y petrificados por el asombro, sus ojos confiados y tristes observaban el mundo entero sin comprender lo que veían.

Cuando Ulia cumplió siete años, sus padres adoptivos le explicaron quiénes eran ellos en realidad. Le dijeron que no se sabía dónde vivían sus padres legítimos y ni siquiera si estaban vivos. Se lo contaron de una manera razonable; querían que la niña supiera la verdad por ellos y no que se la dijera otra persona. Porque algún extraño le contaría algún día lo mismo, pero no lo harían corno es debido y podrían lastimar a la niña.

-¿Y ellos también son horrorosos? -preguntó Ulia sobre sus padres legítimos.

-No, no son horribles -repuso el padrastro-. Te trajeron al mundo y deben ser tus seres más queridos.

-No ves la verdad, hijita -suspiró su madre adoptiva-. Tienes los ojos enfermos.

Desde entonces, Ulia entristeció aún más. Corría el verano y Ulia decidió que cuando llegara el otoño dejaría la aldea para ir a buscar a sus padres verdaderos, los que la habían dejado abandonada.

Pero no había pasado aún el verano cuando llegó a la aldea una campesina que calzaba alpargatas y cargaba un morral de pan. Era evidente que venía de lejos y estaba extenuada. Se sentó al pie del pozo del camino junto al que crecía un viejo pino, observó el árbol, luego se puso en pie y palpó la tierra en torno al pino, como si buscara allí algo dejado mucho tiempo atrás y ya olvidado. La mujer se cambió de calzado, se acercó a la isba en la que vivía Demian y se sentó bajo la ventana.

Nadie pasaba, la gente trabajaba en el campo, así que la peregrina permaneció largo tiempo sola. Después, una niña salió de uno de los patios. Vio a la desconocida y se acercó a ella.

-No me das miedo -dijo la niña con sus grandes ojos que irradiaban luz cristalina.

La peregrina observó a la niña, la cogió de la mano, luego la abrazó y la apretó contra su cuerpo. La niña no se asustó ni gritó. Entonces la mujer besó a la niña en un ojo y luego en el otro y estalló en llanto: había reconocido a su hija, por los ojos, por el pequeño lunar en el cuello, por todo su cuerpo y por cómo temblaba su propio corazón.

-Yo era joven y necia, te abandoné -dijo la mujer-. Ahora he venido a buscarte.

Ulia se apretujó contra el pecho cálido y blando de la mujer y se adormeció.

-Soy tu madre -dijo la mujer, y volvió a besar los ojos entornados de Ulia.

El beso de su madre sanó los ojos de Ulia. Desde ese día empezó a ver el mundo a la luz del sol igual como lo veían los demás. Miraba dulcemente con sus ojos grises claros y a nadie temía. Y veía todo como debía ser. Lo bello y positivo que hay en el mundo dejó de parecerle horrible y espantoso, y tampoco la crueldad y la maldad le parecían bellas, como le sucedía cuando vivía sin su madre legítima.

Pero desde entonces nada volvió a aparecer en el fondo de sus ojos; la misteriosa imagen de la verdad desapareció. A Ulia no le dio pena que la verdad hubiera dejado de brillar en sus ojos, y tampoco su madre se entristeció al saberlo.

«La gente no necesita ver la verdad -dijo su madre-. Ya la saben y, el que no la sabe, aunque la vea, no la cree…»

Por aquella época murió mi abuela y no pudo contarme más sobre Ulia. Sólo mucho tiempo después, en cierta ocasión, vi a Ulia con mis propios ojos. Se había convertido en una hermosa muchacha, tan bella, que era mucho más de lo que la gente se atreve a desear. Por eso no dejaban de mirarla, aunque sus corazones permanecían indiferentes.

FIN

Andréi Platónov

sábado, 16 de maio de 2015

El peso de los caídos

Andréi Platónov

Una madre regresó a su casa. Había estado fuera, refugiada de los alemanes, pero no pudo acostumbrarse a vivir en otro lugar que no fuera su pueblo natal, por lo que regresó a casa.
Dos veces debió atravesar por tierra de nadie, cerca de las fortificaciones alemanas, porque el frente por allí era desigual y ella había tomado el camino recto, el más rápido. No le temía a nadie, no se cuidaba de nadie, y los enemigos no le hicieron daño. Avanzaba triste por los campos, despeinada y con la cara desencajada, como de ciega. Le daba igual lo que había en ese momento en el mundo y lo que estaba sucediendo en él, y nada en el universo podía ni alegrarla ni entristecerla, porque su desgracia era eterna y su tristeza inabarcable: ella, una madre, había perdido a todos sus hijos. Ahora se sentía tan débil e indiferente, que avanzaba como una brizna de paja llevada por el viento y en todo encontraba la misma indiferencia hacia ella. Al sentir que nadie la necesitaba y que, por lo mismo, tampoco ella necesitaba a nadie, sintió aún mayor pesar. A veces esto basta para que una persona muera, pero ella no murió: necesitaba ver la casa en la que había vivido toda su vida y el lugar en el que habían muerto sus hijos en combate o ejecutados.

En el camino se cruzó varias veces con los alemanes, pero éstos no tocaron a la mujer; les extrañó ver a una vieja tan desgraciada, les horrorizó la mucha humanidad que descubrieron en su cara y la dejaron irse para que muriera por su cuenta. A veces, en las caras de las personas se refleja una opaca luz de extrañeza que es capaz de asustar a los animales y a las personas malintencionadas. Nadie tiene fuerza suficiente para acabar con estas personas y a nadie le resulta posible acercarse a ellas. El animal y la persona prefieren pelear con sus semejantes y dejar ir a quienes no se les parecen, porque temen ser vencidos por una fuerza desconocida.

Después de atravesar toda la guerra, la vieja madre alcanzó por fin su casa, pero encontró su pueblo natal vacío. Su casa pequeña y pobre, revocada con barro pintado de amarillo, con su chimenea de ladrillo que parecía la cabeza de una persona meditabunda, hacía mucho que había sido quemada por el fuego alemán, que sólo dejó cenizas tras de sí. Sólo la hierba, como la que crece sobre las tumbas, nacía entre aquellas cenizas. También había desaparecido todo el vecindario, toda la vieja ciudad. Una luz blanca y triste lo iluminaba todo, y era posible ver en la lejanía a través de la tierra silenciosa. Pasaría muy poco tiempo y la hierba cubriría del todo este lugar antes habitado, los vientos soplarían libres, los torrentes de lluvia lo igualarían y ya no quedaría huella humana ni nadie para asimilar y heredar como un conocimiento útil todo el sufrimiento de la vida terrestre. Este último pensamiento hizo suspirar a la mujer, y también el dolor que sentía su corazón por tanta vida perdida y sin memoria. Pero su corazón era bondadoso y quería vivir para amar a los muertos, para terminar los planes que la muerte había interrumpido.

Se sentó en medio de aquellas cenizas frías y apoyó las manos en el polvo en que se había convertido su casa. Sabía cuál era su destino, sabía que había llegado su hora, pero se resistía, porque si ella moría, ¿qué pasaría con el recuerdo de sus niños?, ¿quién los conservaría en su amor si también su corazón dejaba de respirar?

La madre no sabía la respuesta a esta pregunta y meditaba sola. Se le acercó su vecina, Yevdokía Petrovna, una mujer joven y de buen ver, antes gorda, pero ahora débil, silenciosa e indiferente. Una bomba había matado a sus dos hijos pequeños cuando regresaba con ellos de la ciudad. Su esposo había desaparecido en unos trabajos de excavación, y ella había vuelto para enterrar a sus hijos y terminar de vivir el tiempo que le quedaba en aquel lugar muerto.

-Buenas, María Vasílievna -dijo Yevdokía Petrovna.

-¿Eres tú, Dunia? -le preguntó María Vasílievna-. Siéntate, hablemos. Inspeccióname la cabeza, porque hace mucho que no me baño.

Dunia accedió con docilidad y se sentó a su lado; María Vasílievna recostó la cabeza en sus rodillas y la vecina empezó a inspeccionársela. Las dos se sintieron mejor dedicándose a esta tarea. Mientras una trabajaba afanosamente, la otra se arrebujó contra su cuerpo y se quedó dormida con la tranquilidad que le infundía la cercanía de una persona conocida.

-¿Los tuyos murieron todos? -preguntó María Vasílievna.

-¡Sí, todos, claro! -le contestó Dunia-. ¿Y los tuyos?

-Todos, no queda nadie -dijo María Vasílievna.

-Entonces estamos a la par: ni tú ni yo tenemos a nadie -comentó Dunia satisfecha de que su desgracia no fuera única en el mundo, de que a los demás les hubiera tocado la misma desdicha.

-Mi desgracia es mayor que la tuya: antes también era viuda -dijo María Vasílievna-. Y mis dos hijos han caído cerca del pueblo. Se alistaron en el batallón de trabajadores cuando los alemanes salieron de Petropávlovsk a la carretera de Mitrofánievsk... Mi hija me llevó bien lejos de aquí porque me quería mucho, era mi hija. Después se alejó de mí, empezó a amar a todo el mundo, compadeció a un hombre -mi hija era una muchacha bondadosa-, se inclinó sobre él, que estaba débil y herido, y entonces la mataron, desde arriba, desde un avión... ¿Y yo qué? No tengo nada y regresé. ¿Qué tengo ahora? Me da igual. Tengo la sensación de estar muerta...

-Bueno, ya nada se puede hacer. Sigue viviendo como una muerta; yo también vivo así -dijo Dunia-. Todos los míos descansan y los tuyos también descansan... Sé dónde están los tuyos, sé adonde los arrastraron a todos para enterrarlos, yo estaba aquí y lo vi con mis propios ojos. Primero contaron a todos los muertos, levantaron un acra, pusieron a un lado a los suyos, y a nuestros muertos los llevaron más allá. Luego desnudaron a todos los nuestros y apuntaron en el acta cuánta ropa se podía aprovechar. Se alargaron en este tipo de asuntos y luego empezaron a empujarlos y a lanzarlos a la tumba.

-¿Y quién la cavó? -se preocupó María Vasílievna-. ¿Cavaron profundo? Una tumba profunda sería más caliente porque estaban desnudos, sentirán frío.

-¡No, nada de profunda! -le informó Dunia-. ¡Una fosa de proyectil fue su tumba! Los amontonaron hasta llenarla, pero no había sitio para todos los muertos, así que pasaron por encima con un tanque de guerra, los muertos se aplastaron, se hizo más espacio y echaron allí a los muertos restantes. No tenían ganas de cavar, ahorraban sus fuerzas; echaron un poco de tierra por encima. Allí descansan los muertos en el frío; sólo los muertos pueden aguantar el sufrimiento de estar eternamente desnudos en el frío...

-¿Y a los míos también los destrozaron con el tanque o los colocaron arriba, sin aplastarlos? -preguntó María Vasílievna.

-¿A los tuyos? -contestó Dunia-. La verdad es que no lo pude ver... Allí, detrás del pueblo, cerca de la carretera descansan todos; si vas, los verás. Yo hice una cruz con ramas y la puse allí, pero fue por gusto; una cruz se cae aunque sea de hierro, y la gente olvidará a los muertos...

María Vasílievna se incorporó, hizo que Dunia bajara la cabeza y empezó a inspeccionarle el pelo. Se sintió mejor trabajando; el trabajo manual cura los espíritus tristes y enfermos.

Después, cuando cayó la tarde, María Vasílievna se levantó. Era una mujer vieja y estaba cansada. Se despidió de Dunia y salió a la noche, donde descansaban sus niños. Dos de sus hijos en una tumba cercana, y un poco más allá su hija.

María Vasílievna fue hasta el poblado cercano. Antes vivían allí, en casitas de madera, horticultores y campesinos que se alimentaban de las parcelas que había junto a sus casas y que gracias a esto subsistían desde tiempos remotos. Ahora nada quedaba en este lugar; el fuego había fundido la capa superior de tierra y la gente había muerto o vagabundeaba por los alrededores, o los habían cogido como rehenes y enviado al trabajo y a la muerte.

La carretera de Mitrofánievsk salía del pueblo a la llanura. En tiempos pasados, al borde de la carretera crecían poderosos árboles; ahora la guerra los había roído, reduciéndolos a tocones, y la solitaria carretera tenía un aspecto triste, como si el fin del mundo no quedara lejos de allí...

María Vasílievna llegó a la tumba con la cruz hecha de dos ramas débiles y temblorosas y se sentó a sus pies. Ahí abajo descansaban sus niños desnudos asesinados, profanados y enterrados por manos ajenas.

Llegó el crepúsculo y se convirtió en noche. En el cielo se encendieron las estrellas otoñales. Parecía que después de desahogarse llorando en lo alto habían abierto sus ojos bondadosos y sorprendidos, y miraban inmóviles la tierra oscura en la que había tanto sufrimiento y cuyo poder hipnótico les impedía apartar la vista de ella.

«Si estuvieran vivos -susurró la madre dirigiéndose a sus hijos muertos-, si estuvieran vivos, ¿cuánto trabajo podrían haber hecho?, ¿cuántos destinos podrían haber conocido? Pero ahora que están muertos... ¿Y dónde se ha quedado la vida que no vivieron? ¿Quién la vivirá por ustedes...? ¿Qué edad tenía Matvéi? Casi veintitrés... Vasili cumpliría veintiocho. La niña tenía dieciocho, cumpliría los diecinueve este año, ayer fue su cumpleaños... Tanto corazón gasté en ustedes, tanta sangre perdí, pero al parecer no fue bastante, porque murieron, no pude conservarles la vida, no los rescaté de la muerte, mi solo corazón y mi sangre fueron poco. ¿Y quiénes eran ellos? Eran mis hijos, aunque no pidieron venir al mundo. Los parí sin pensar, los parí y pensé: "Que vivan solos". Pero al parecer aún no se puede vivir en la tierra, todavía nada está listo aquí para los niños. ¡Se han esforzado por arreglarlo todo, para dejarlo a punto, pero no han podido! Aquí no pueden vivir, pero tampoco tenían otro lugar donde vivir. ¿Y qué podíamos hacer nosotras, las madres? Paríamos hijos, ¿qué otra cosa podíamos hacer? Sola no tiene sentido vivir...»

Tocó la tierra de la tumba y se acostó boca abajo sobre ella. Dentro de la tierra remaba el silencio, nada se oía.

«Duermen -susurró la madre-, nadie se mueve. Les fue difícil morir y la muerte los dejó sin fuerzas. ¡Que duerman! Los esperare... No puedo vivir sin mis hijos, no quiero vivir sin muertos...»

María Vasílievna alzó el rostro de la tierra porque le pareció oír que la llamaba su hija Natasha, que la llamaba sin pronunciar palabras, murmurando algo como en un suspiro. La madre miró a su alrededor tratando de ver de dónde provenía su dulce voz, si del campo silencioso, de las profundidades de la tierra o de lo alto del cielo, de aquella estrella clara. ¿Dónde estaba ahora su hija muerta? ¿O ya no estaba en ninguna parte y a la madre sólo le parecía oír su voz que sonaba como un recuerdo en su propio corazón?

María Vasílievna volvió a prestar oído, y otra vez, viniendo del silencio del universo, le pareció oír la voz sedante de su hija, una voz que, de tan lejana, sonaba a silencio, pero que le hablaba pura y claramente sobre la esperanza y la alegría, sobre que se cumpliría todo lo no cumplido, que los muertos regresarían a vivir en la tierra y que los que habían sido separados se abrazarían y no se separarían nunca más.

A la madre le pareció que la voz de su hija era alegre y comprendió que aquello significaba que confiaba en que volvería a vivir, que necesitaba la ayuda de los vivos y no quería seguir estando muerta.

«Hija, ¿cómo podría ayudarte? Yo también estoy casi muerta -dijo María Vasílievna. Hablaba tranquila y con claridad, como si estuviera en la calma de su hogar y conversara con sus hijos como antes, en su anterior vida feliz-. Yo sola no podré levantarte. Si el pueblo entero te hubiera amado y hubiera eliminado toda la injusticia sobre la faz de la tierra, entonces él podría regresarte a la vida, y también a todos los que murieron injustamente, porque la muerte es precisamente la mayor injusticia. Pero sin su ayuda, ¿cómo podría ayudarte? ¡Moriré de pena y sólo entonces podré estar contigo!»

La madre le habló largo tiempo con palabras de consuelo, razonando como si Natasha y los otros hijos la escucharan con atención. Después le entró sueño y se quedó dormida sobre la tumba.

El cielo iluminado de la guerra apareció a lo lejos y la alcanzó el sordo retumbar de los cañones. Había comenzado una batalla. María Vasílievna despertó y vio el fuego en el cielo, escuchó la respiración agitada de los cañones. «Son los nuestros que vienen -pensó-, ¡Que lleguen pronto, que haya un poder soviético, el poder que ama al pueblo, que ama el trabajo, que enseña a la gente; es un poder inquieto; quizá, dentro de un siglo, aprenda a revivir a los muertos. Entonces suspirará y se alegrará mi huérfano corazón de madre.»

María Vasílievna confiaba y entendía que todo sucedería tal y como ella imaginaba. Había visto aeroplanos volando, algo que también era difícil de inventar y de hacer. Del mismo modo, todos los muertos podrían ser devueltos desde la profundidad de la tierra a vivir otra vez bajo la luz solar. Sucedería si la inteligencia humana tenía en cuenta las necesidades de la madre que da a luz y entierra a sus hijos y le duele su pérdida.

Se volvió a acostar sobre la tierra blanda de la tumba para estar más cerca de sus hijos. Su silencio significaba un repudio al mundo malhechor que les había dado muerte y la pena de la madre que recordaba el olor de sus cuerpos infantiles y el color de sus ojos vivos.

Hacia el mediodía, los tanques rusos salieron a la carretera de Mitrofánievsk y se detuvieron junto al pueblo para pasar revista y repostar combustible; habían dejado de hacer fuego porque la guarnición alemana de la ciudad se había retirado a tiempo para reagruparse con su ejército y así librarse del combate.

Un soldado rojo bajó de su tanque para caminar por la tierra, sobre la cual brillaba ahora un sol pacífico. El soldado ya no era joven y le gustaba ver cómo vive la hierba y comprobar si todavía existían las mariposas y los insectos que conocía de antes.

A los pies de una cruz hecha de ramas, el soldado vio a una vieja acurrucada sobre la tierra. Se agachó y trató de escuchar su respiración. Después giró el cuerpo de la mujer y pegó el oído a su pecho para cerciorarse de que no latía. «Su corazón se ha ido -entendió el soldado, y cubrió en silencio el rostro de la muerta con un lienzo limpio que llevaba consigo como peal de repuesto-. Ya no tenía con qué vivir; su cuerpo estaba tan comido por el hambre y por la desdicha que hasta los huesos se le ven bajo la piel.»

«Duerme por ahora -habló en voz alta el soldado despidiéndose-. No importa de quién fueras madre, pero sin ti también me he quedado huérfano.»

Permaneció parado un poco más junto a ella, despidiéndose angustiosamente de la madre ajena.

«Todo está oscuro para ti ahora y te has ido. ¿Qué remedio? No hay tiempo de afligirnos por ti. Primero debemos batir al enemigo. Luego el mundo entero deberá entrar en razón. No puede ser de otro modo, porque entonces todo sería en vano.»

El soldado regresó al tanque y se sintió triste sin los muertos. Pero sintió que ahora le era más necesario vivir. No sólo había que borrar al enemigo de la vida de la gente, sino que después de la victoria habría que aprender a vivir aquella vida superior que los muertos le habían legado silenciosamente. Entonces, en señal de respeto a su eterna memoria, debían cumplirse sus esperanzas, para que se hiciera su voluntad y no engañar sus corazones yertos. Sólo en los vivos pueden confiar los muertos, y éstos tienen que vivir de modo que el destino libre y feliz del pueblo justifique sus muertes y, de esta manera, den a su caída su justo peso.

FIN



Biblioteca Digital Ciudad Seva

quarta-feira, 2 de abril de 2014

Nikita


Andréi Platónov

Por la mañana temprano su madre se marchaba a las labores del campo. Vivían sin padre; hacía mucho que éste se había marchado a un trabajo más importante, a la guerra, y seguía sin volver. Día tras día su esposa esperaba en vano su regreso. Al frente de la casa había quedado Nikita, un niño de cinco años. Antes de irse a trabajar, su madre lo aleccionaba para que Nikita no fuera a incendiar la casa. Le pedía que recogiera los huevos que las gallinas ponían en los rincones y en el seto, que no dejara entrar al gallo vecino y que no maltratara al propio, y que almorzara el pan con la leche que había dejado en la mesa. Por la tarde mamá volvería y le prepararía comida caliente.
-No pierdas el tiempo, Nikita, no olvides que no tienes padre -le decía su madre-. Eres un niño inteligente, y todo esto es nuestro: lo que está dentro de la isba y lo que está en el patio.
-Soy listo, todo es nuestro y papá no está -repetía Nikita-. Pero vuelve pronto, mamá, que tengo miedo.
-¿De qué tienes miedo? El sol brilla en el cielo, la gente está en los campos; no temas, espérame tranquilo...
-Sí, pero el sol está muy lejos -replicaba Nikita -, y a veces las nubes lo tapan.
Al quedarse solo, Nikita recorrió la silenciosa isba: la sala de estar, la cocina con el horno ruso y después entró al zaguán. En él zumbaban unas moscas grandes y gruesas; en un rincón, una araña dormitaba en el centro de su tela; un gorrión atravesó volando el umbral para buscar algún granito en el suelo de la isba. Nikita los conocía a todos: a los gorriones, a las arañas y a las moscas, y también a las gallinas del patio; ya estaba harto de todos y le aburrían. Quería conocer algo nuevo. Nikita salió al patio, entró al cobertizo y encontró un barril vacío en la oscuridad. En ese barril seguramente vivía alguien, algún hombrecillo que dormía de día y que abandonaba su escondite por las noches para comer, beber agua y pensar en sus cosas. Por la mañana regresaba al barril, a seguir durmiendo.
«Te conozco, sé que vives ahí -dijo Nikita poniéndose de puntillas para que su voz pudiera entrar por la parte superior del barril vacío. Luego lo golpeó con el puño-. ¡Levántate, deja de dormir, haragán! ¿Qué comerás en invierno? ¡Ve a cosechar el mijo para que te apunten tu jornada de trabajo!»
Nikita prestó oído: silencio en el barril. «¿Se habrá muerto o qué?», pensó Nikita. Pero sintió crujir las duelas del barril y no quiso pecar de demasiado curioso. Por lo visto, el inquilino del barril se había acomodado de costado o bien se disponía a levantarse y a correr tras Nikita.
Pero ¿cómo sería esa persona que vive en el barril? Nikita se lo imaginó al momento. Era un hombre pequeño y vivaracho, le crecía una barba hasta el suelo y al deambular por las noches barría con ella toda la basura y la paja... ¡Por eso había como pequeños senderos en el polvo del cobertizo!
No hacía mucho su mamá había perdido las tijeras. Había sido él; seguro que había cogido las tijeras para recortarse la barba.
«¡Devuelve las tijeras! -pidió Nikita en voz baja-. Papá volverá de la guerra y te las quitará de todos modos, porque no te tiene miedo. ¡Devuélvelas!»
El barril seguía en silencio. En el bosque, a lo lejos, alguien vociferó y dentro del barril el pequeño inquilino le hizo eco con una voz terrible y oscura.
Nikita salió del cobertizo a la carrera. En el patio, el buen sol brillaba en el cielo, las nubes no lo tapaban con su velo y Nikita lo miró asustado en busca de protección.
«¡Hay un hombre viviendo en el barril!», gritó Nikita mirando al cielo.
El noble sol seguía brillando en el cielo y le devolvía la mirada con su cálido rostro. Nikita descubrió cierto parecido entre el sol y su difunto abuelo, que siempre había sido cariñoso con él y que cuando estaba aún vivo le sonreía con mirada atenta. Nikita pensó que su abuelo vivía ahora en el sol.
«¿Abuelo, vives allí ahora? -preguntó Nikita-. Sigue viviendo allí, que yo seguiré aquí, con mamá.»
Más allá de la huerta, entre los lampazos y las ortigas, había un pozo. Hacía tiempo que no sacaban agua de él, porque en el koljoz habían abierto uno nuevo que tenía agua muy buena.
En lo más profundo de aquel pozo abandonado, bajo la tierra, envuelto en tinieblas, podía verse el agua clara, un cielo despejado y también las nubes que pasaban por debajo del sol. Nikita se inclinó sobre el brocal de troncos y preguntó: «¿Qué hacen ahí?».
El niño pensaba que allá abajo, en el fondo, vivían hombrecillos acuáticos. Sabía cómo eran, los había visto en sueños, y cuando despertaba intentaba atraparlos, pero se le escapaban corriendo por la hierba hacia el pozo, huyendo a su hogar. Eran de la medida de un gorrión, pero gordos, sin pelo, mojados y malos; al parecer querían beberle los ojos a Nikita mientras dormía.
«¡Ya verán! -dijo Nikita dirigiéndose al interior del pozo-. ¿Qué hacen viviendo ahí?»
De pronto el agua del pozo se enturbió y alguien chapoteó dentro mostrando su bocaza. Nikita se quedó boquiabierto, dispuesto a gritar, pero no brotó sonido de sus labios porque había enmudecido de espanto; apenas sintió que su corazón se agitaba.
«¡También hay un gigante viviendo ahí, con sus hijos!», resolvió Nikita.
«¡Abuelo! -llamó en voz alta mirando hacia el cielo-. ¿Estás ahí, abuelo?» Y Nikita echó a correr de vuelta a casa.
Junto al cobertizo se serenó. Vio la entrada de dos guaridas que se internaban en la tierra debajo de la pared de troncos del cobertizo. También allí vivían inquilinos misteriosos. Pero ¿quiénes serían? ¡Serpientes, quizá! Saldrán de noche, vendrán arrastrándose hasta la isba y morderán a mamá cuando esté durmiendo, y mamá morirá.
Nikita fue corriendo a la casa, cogió de la mesa dos pedazos de pan y volvió con ellos al patio. Puso pan en la entrada de cada guarida y dijo a las serpientes: «Serpientes, cómanse el pan, pero no vengan de noche a nuestra casa».
Nikita miró a su alrededor. En la huerta se alzaba un viejo tocón. Al mirarlo, Nikita vio que era la cabeza de una persona. Tenía ojos, nariz y boca, y sonreía en silencio a Nikita.
«¿También vives aquí? -preguntó el niño-. Sal y ven con nosotros a la aldea, podrás arar la tierra.»
El tocón soltó un graznido como respuesta y en su rostro apareció una expresión de enojo.
«¡No salgas, no hace falta, mejor vive ahí!», exclamó Nikita asustado.
Ahora reinaba el silencio en toda la aldea, no se oía un ruido. La madre estaba lejos, en el campo, y no tendría tiempo de llegar corriendo hasta él. Nikita se alejó del hosco tocón en dirección al cobertizo. Allí no sentía miedo; no hacía tanto que su mamá había estado en la casa. Sintió calor dentro de la isba. Nikita quería beberse la leche que le había dejado su madre, pero al mirar la mesa notó que la mesa era también una persona, sólo que con cuatro patas y sin brazos.
Nikita salió al portal del cobertizo; lejos, más allá de la huerta y del pozo, se levantaba el baño viejo, que calentaba sin dejar salir el humo. La madre le había contado que su abuelo se pasaba los días frotándose y bañándose allí cuando aún vivía.
El baño era una choza pequeña y vetusta, toda cubierta de moho, sin nada de interés.
«¡Esta es mi abuela, que no murió, sino que se convirtió en una pequeña choza! -pensó Nikita mirando aterrorizado el baño-. Ahí sigue viviendo, con cabeza y todo: no es una chimenea, sino la cabeza, y tiene la boca desdentada. ¡Es un baño porque quiere, pero en realidad es una persona! ¡No me engaña!»
El gallo vecino entró al patio. Su semblante se asemejaba al del pastor flaco y barbudo que en la primavera se había ahogado en el río crecido cuando trataba de cruzarlo a nado para ir a una boda en la aldea vecina.
Nikita decidió entonces que el pastor no quiso estar muerto y se convirtió en gallo; es decir, que ese gallo era una persona también, sólo que en secreto. Hay gente por todas partes, sólo que no parecen personas.
Nikita se agachó para mirar una flor amarilla. ¿Quién sería en realidad? Nikita escrutó la flor y observó cómo, poco a poco, iba apareciendo una expresión humana en su carita redonda. Ya casi podía ver sus ojos pequeños, la nariz, la boca húmeda, abierta, que despedía el olor de lo que respira con vida.
«¡Y yo que pensaba que eras una flor de verdad! -exclamó Nikita-. A ver, voy a mirar qué tienes dentro, ¿tienes tripas?»
Nikita partió el tallo de la flor y vio leche en su interior.
«¡Eras un niño pequeño, estabas mamando de tu madre!», dijo Nikita con asombro.
Se encaminó hacia el viejo baño:
«¡Abuela!», llamó en voz baja. Pero el rostro arrugado de la abuela se le encaró mostrándole los dientes con enfado.
«¡No eres mi abuela, eres otra!», pensó Nikita.
Las varas del seto miraban a Nikita, parecían los rostros de personas desconocidas. Y cada una de aquellas caras lo observaba con desagrado: una con expresión maliciosa de enfado, otra parecía pensar en Nikita llena de cólera, una tercera estaba encajada con sus secas ramas-brazos en el seto y ya se disponía a escurrirse de allí para lanzarse tras Nikita.
«¿Qué hacen aquí? -gritó Nikita-. ¡Éste es nuestro patio!»
Pero los desconocidos y agresivos rostros de aquellas personas seguían observándolo inmóviles y vigilantes desde todas partes. El niño miró hacia los lampazos: esos tenían aspecto noble. Sin embargo, también los lampazos movían ahora sus grandes cabezas con actitud hosca, no lo querían.
Nikita se tumbó en el suelo y pegó la cara a la tierra. Dentro de la tierra se oía un zumbido de voces, seguro que vivía mucha gente en las oscuras tinieblas, se oía cómo arañaban con las manos pugnando por abrirse paso hacia la luz del sol. Nikita se incorporó espantado de que en todas partes viviera gente y desde todos los rincones ojos intrusos lo observaran, y de que incluso aquellos que él no podía ver estuvieran intentando salir de las entrañas de la tierra, desde sus madrigueras o del oscuro alero del cobertizo, para darle alcance. Se volvió hacia la isba, que ahora lo miraba como esas pueblerinas, viejas y remotas, que uno ve pasar y que dicen en un susurro: «¡Ahh, ahh, sinvergüenzas, los trajeron al mundo, los parieron para que ahora se coman el pan, vagos!».
«¡Mamá, vuelve a casa! -suplicó Nikita a su madre, que se encontraba lejos-. ¡Que sólo te cuenten la mitad de la jornada, no importa! Hay intrusos en la casa, están viviendo en nuestro patio. ¡Sácalos de aquí!»
Pero su madre no lo oyó. Nikita fue hasta el otro lado del cobertizo; quería echar una ojeada para comprobar que el tocón-cabeza no estuviera saliéndose de la tierra, porque ese tocón tenía una boca grande, se comería toda la col del huerto. ¿Con qué cocinaría entonces su madre la sopa en invierno?
Nikita miró desde lejos, intimidado, al tocón de la huerta. El rostro sombrío, huraño, con su cara llena de arrugas, le sostuvo la mirada a Nikita.
Y alguien que estaba lejos, fuera de la aldea, allá por el bosque, gritó con fuerza:
-¿Maksim, dónde estás?
-¡En la tierra! -replicó el tocón con voz sorda.
Nikita dio media vuelta para salir corriendo a buscar a su madre, pero se cayó. El terror lo paralizó; sus piernas se habían vuelto como ajenas y no le obedecían. Entonces empezó a arrastrarse sobre el vientre, como cuando era pequeñín y no sabía caminar.
«¡Abuelo!», musitó, y dirigió la mirada hacia el noble sol que brillaba en el cielo.
Una nube se había plantado delante del sol y su luz no le llegaba ahora.
«¡Abuelo, vuelve! Baja a vivir con nosotros.»
El sol-abuelo salió de detrás de la nube, como si el abuelo se hubiera quitado enseguida la oscura sombra que le cubría la cara para ver a su nieto que se arrastraba por la tierra sin fuerzas. El abuelo lo estaba mirando y Nikita pensó que lo veía, así que se levantó y echó a correr en busca de su madre.
Corrió largo rato. Dejó atrás la calle principal de la aldea por un camino desolado y polvoriento; luego sintió que reventaba de cansancio y se sentó a la sombra de un gavillero, a las afueras de la aldea.
Nikita pensaba descansar sólo un rato, pero apoyó la cabeza en el suelo, se durmió y cuando despertó ya estaba anocheciendo. Un pastor iba arreando el rebaño del koljoz. Nikita iba a seguir hacia el campo a buscar a su madre, pero el hombre le dijo que ya era tarde y que hacía mucho que la mamá de Nikita se había marchado del campo y regresado a casa.
Nikita encontró a su madre sentada a la mesa mirando, sin quitarle los ojos de encima, a un viejo soldado que comía pan y bebía leche.
El soldado miró a Nikita, se levantó de su banco y lo cogió en brazos. El soldado despedía un olor cálido, como de bondad y serenidad, olía a paz y a tierra. Nikita sintió temor y se mantuvo en silencio.
-Hola, Nikita -dijo el soldado-. Te has olvidado de mí. Eras un bebé cuando te besé y me fui a la guerra. Pero yo sí te recuerdo. En los momentos más duros siempre me acordaba de ti.
-Es tu padre, que ha vuelto a casa, Nikita -dijo la madre, secándose con el delantal las lágrimas que corrían por su rostro.
Nikita examinó a su padre, su semblante, sus manos, la medalla en el pecho, y tocó los botones claros de su camisa.
-¿Y volverás a marcharte?
-No -contestó el padre-, ahora me pasaré toda la vida contigo. Ya aplastamos al odioso enemigo. Ahora me ocuparé de ti y de mamá.
A la mañana siguiente, Nikita salió al patio y en voz alta se dirigió a todos los que vivían en el patio, a los lampazos, al cobertizo, a las estacas del seto, al tocón-cabeza del huerto, al baño del abuelo: «Papa ha vuelto. Se pasará toda la vida con nosotros».
Todos callaban, era evidente que les asustaba la presencia del padre, del soldado. También había silencio bajo tierra; nadie arañaba ni trataba de escurrirse para salir afuera, a la claridad.
«Ven, Nikita, ¿con quién estás hablando?»
El padre estaba en el cobertizo, revisando y probando las hachas, las palas, el serrucho, el cepillo, las mordazas, el banco y diversos hierros de la casa.
El padre soltó las cosas y cogió a Nikita de la mano para llevarlo con él a recorrer el patio, para observar dónde estaba cada cosa, qué estaba entero y qué se había podrido, qué había que hacer y qué no.
Al igual que el día anterior, Nikita observaba el rostro de todos los seres que vivían en el patio, pero esta vez no vio a ningún hombre oculto. En ninguna parte veía ojos, ni narices, ni bocas, ni maldad. Las varas del seto eran gruesas ramas secas, ciegas y sin vida, y el baño era una casucha podrida que se estaba hundiendo en el suelo bajo el peso de los años. En ese momento Nikita llegó a compadecer el baño del abuelo, que se estaba muriendo y dejaría de existir.
El padre fue al cobertizo por un hacha y se puso a cortar el vetusto tocón del huerto para hacer leña. El tocón empezó a desmoronarse al momento; estaba podrido por completo y bajo los golpes del hacha despedía un polvo seco que parecía humo.
Una vez que el tocón-cabeza hubo desaparecido, Nikita dijo a su padre:
-Cuando no estabas, el tocón decía cosas. Estaba vivo, tiene la barriga y las piernas bajo tierra.
El padre llevó al niño al interior de la casa, a la isba.
-No, hace mucho que ha muerto -dijo el padre-. ¡Eres tú el que quiere que todo viva!; eres noble de corazón. Para ti, hasta las piedras están vivas, y hasta la difunta abuela vive ahora en la luna.
-¡Y mi abuelo en el sol! -exclamó Nikita.
Durante el día el padre estuvo cepillando unas tablas en el cobertizo para cambiar el suelo de la isba, y le pidió a Nikita que enderezara los clavos doblados con el martillo.
Nikita empezó a trabajar gustoso con el martillo, como un adulto. Cuando hubo enderezado el primer clavo, vio en él a un hombrecillo pequeño y bondadoso que le sonreía cubierto con su gorrito de hierro. Se lo mostró al padre y le dijo:
-¿Y por qué los otros eran malos: el lampazo era malo, y también el tocón-cabeza, y los hombres acuáticos, mientras que este hombre es bueno?
El padre acarició los cabellos claros de su hijo y le respondió:
-A aquéllos los inventaste tú, Nikita, no existen, no son firmes, por eso son malos. Pero a este hombrecillo-clavo lo has hecho tú mismo con tu trabajo, por eso es bueno.
Nikita se quedó pensativo.
-Entonces lo haremos todo con el trabajo y así todos vivirán.
-Claro que sí, hijito -asintió el padre.
El padre estaba seguro de que Nikita conservaría su bondad durante el resto de su vida.
FIN

Agradecemos a Aldabi Olvera su aportación de este cuento a la Biblioteca Digital Ciudad Seva.