sábado, 13 de agosto de 2011

"UMA LIÇÃO DE SILÊNCIO"

 Tymoteusz Karpowicz




(Tradução de Nelson Ascher)



Quando uma borboleta

...Batia suas asas

Forte de mais, gritavam-lhe:

Silêncio, por favor!



Se um pássaro assustado

Roçava a pluma num

Raio de sol, gritavam-lhe:

Silêncio, por favor!



Assim os elefantes

Aprenderam a andar

Sem som sobre o tambor –

Os homens, sobre a terra.



As árvores nos campos

Se erguiam silenciosas

Como os cabelos quando

Se eriçam de terror.

endenfu hiyake kiwamari aozamenu

Do salineiro
Nem a tez queimada de sol
esconde a palidez.
Kin'Ichi Sawaki (1919-2001)

Sobre as salinas de Noto e seus trabalhadores

Zachi
tampopo ya
sumai kimarite
ido o horu

Dentes-de leão-
Acertada a moradia,
Vou cavar o poço.

Rinko Satô
Zachi

sexta-feira, 12 de agosto de 2011

En verdad os digo


Juan José Arreola



Todas las personas interesadas en que el camello pase por el ojo de la aguja, deben inscribir su nombre en la lista de patrocinadores del experimento Niklaus.

Desprendido de un grupo de sabios mortíferos, de esos que manipulan el uranio, el cobalto y el hidrógeno, Arpad Niklaus deriva sus investigaciones actuales a un fin caritativo y radicalmente humanitario: la salvación del alma de los ricos.



Propone un plan científico para desintegrar un camello y hacerlo que pase en chorro de electrones por el ojo de una aguja. Un aparato receptor (muy semejante en principio a la pantalla de televisión) organizará los electrones en átomos, los átomos en moléculas y las moléculas en células, reconstruyendo inmediatamente el camello según su esquema primitivo. Niklaus ya logró cambiar de sitio, sin tocarla, una gota de agua pesada. También ha podido evaluar, hasta donde lo permite la discreción de la materia, la energía cuántica que dispara una pezuña de camello. Nos parece inútil abrumar aquí al lector con esa cifra astronómica.



La única dificultad seria en que tropieza el profesor Niklaus es la carencia de una planta atómica propia. Tales instalaciones, extensas como ciudades, son increíblemente caras. Pero un comité especial se ocupa ya en solventar el problema económico mediante una colecta universal. Las primeras aportaciones, todavía un poco tímidas, sirven para costear la edición de millares de folletos, bonos y prospectos explicativos, así como para asegurar al profesor Niklaus el modesto salario que le permite proseguir sus cálculos e investigaciones teóricas, en tanto se edifican los inmensos laboratorios.



En la hora presente, el comité sólo cuenta con el camello y la aguja. Como las sociedades protectoras de animales aprueban el proyecto, que es inofensivo y hasta saludable para cualquier camello (Niklaus habla de una probable regeneración de todas las células), los parques zoológicos del país han ofrecido una verdadera caravana. Nueva York no ha vacilado en exponer su famosísimo dromedario blanco.



Por lo que toca a la aguja, Arpad Niklaus se muestra muy orgulloso, y la considera piedra angular de la experiencia. No es una aguja cualquiera, sino un maravilloso objeto dado a luz por su laborioso talento. A primera vista podría ser confundida con una aguja común y corriente. La señora Niklaus, dando muestra de fino humor, se complace en zurcir con ella la ropa de su marido. Pero su valor es infinito. Está hecha de un portentoso metal todavía no clasificado, cuyo símbolo químico, apenas insinuado por Niklaus, parece dar a entender que se trata de un cuerpo compuesto exclusivamente de isótopos de níkel. Esta sustancia misteriosa ha dado mucho que pensar a los hombres de ciencia. No ha faltado quien sostenga la hipótesis risible de un osmio sintético o de un molibdeno aberrante, o quien se atreva a proclamar públicamente las palabras de un profesor envidioso que aseguró haber reconocido el metal de Niklaus bajo la forma de pequeñísimos grumos cristalinos enquistados en densas masas de siderita. Lo que se sabe a ciencia cierta es que la aguja de Niklaus puede resistir la fricción de un chorro de electrones a velocidad ultracósmica.



En una de esas explicaciones tan gratas a los abstrusos matemáticos, el profesor Niklaus compara el camello en tránsito con un hilo de araña. Nos dice que si aprovecháramos ese hilo para tejer una tela, nos haría falta todo el espacio sideral para extenderla, y que las estrellas visibles e invisibles quedarían allí prendidas como briznas de rocío. La madeja en cuestión mide millones de años luz, y Niklaus ofrece devanarla en unos tres quintos de segundo.



Como puede verse, el proyecto es del todo viable y hasta diríamos que peca de científico. Cuenta ya con la simpatía y el apoyo moral (todavía no confirmado oficialmente) de la Liga Interplanetaria que preside en Londres el eminente Olaf Stapledon.



En vista de la natural expectación y ansiedad que ha provocado en todas partes la oferta de Niklaus, el comité manifiesta un especial interés llamando la atención de todos los poderosos de la tierra, a fin de que no se dejen sorprender por los charlatanes que están pasando camellos muertos a través de sutiles orificios. Estos individuos, que no titubean en llamarse hombres de ciencia, son simples estafadores a caza de esperanzados incautos. Proceden de un modo sumamente vulgar, disolviendo el camello en soluciones cada vez más ligeras de ácido sulfúrico. Luego destilan el líquido por el ojo de la aguja, mediante una clepsidra de vapor, y creen haber realizado el milagro. Como puede verse, el experimento es inútil y de nada sirve financiarlo. El camello debe estar vivo antes y después del imposible traslado.



En vez de derretir toneladas de cirios y de gastar dinero en indescifrables obras de caridad, las personas interesadas en la vida eterna que posean un capital estorboso, deben patrocinar la desintegración del camello, que es científica, vistosa y en último término lucrativa. Hablar de generosidad en un caso semejante resulta del todo innecesario. Hay que cerrar los ojos y abrir la bolsa con amplitud, a sabiendas de que todos los gastos serán cubiertos a prorrata. El premio será igual para todos los contribuyentes: lo que urge es aproximar lo más que sea posible la fecha de entrega.



El monto del capital necesario no podrá ser conocido hasta el imprevisible final, y el profesor Niklaus, con toda honestidad, se niega a trabajar con un presupuesto que no sea fundamentalmente elástico. Los suscriptores deben cubrir con paciencia y durante años, sus cuotas de inversión. Hay necesidad de contratar millares de técnicos, gerentes y obreros. Deben fundarse subcomités regionales y nacionales. Y el estatuto de un colegio de sucesores del profesor Niklaus, no tan sólo debe ser previsto, sino presupuesto en detalle, ya que la tentativa puede extenderse razonablemente durante varias generaciones. A este respecto no está de más señalar la edad provecta del sabio Niklaus.



Como todos los propósitos humanos, el experimento Niklaus ofrece dos probables resultados: el fracaso y el éxito. Además de simplificar el problema de la salvación personal, el éxito de Niklaus convertirá a los empresarios de tan mística experiencia en accionistas de una fabulosa compañía de transportes. Será muy fácil desarrollar la desintegración de los seres humanos de un modo práctico y económico. Los hombres del mañana viajarán a través de grandes distancias, en un instante y sin peligro, disueltos en ráfagas electrónicas.



Pero la posibilidad de un fracaso es todavía más halagadora. Si Arpad Niklaus es un fabricante de quimeras y a su muerte le sigue toda una estirpe de impostores, su obra humanitaria no hará sino aumentar en grandeza, como una progresión geométrica, o como el tejido de pollo cultivado por Carrel. Nada impedirá que pase a la historia como el glorioso fundador de la desintegración universal de capitales. Y los ricos, empobrecidos en serie por las agotadoras inversiones, entrarán fácilmente al reino de los cielos por la puerta estrecha (el ojo de la aguja), aunque el camello no pase.

FIN


Fonte : Biblioteca Digital Ciudad Seva


segunda-feira, 8 de agosto de 2011

dizem que a mentira


tem pernas curtas



(nunca reparei se é verdade)



...agora, a saudade

afirmo sem medo de errar



tem pernas lindas

Rogerio Santos

malandro que é poeta


decanta sua terra

mesmo sufocada

por cimento e asfalto

...

usa chapéu de amianto

pra não esquentar a cabeça

e vira o pescoço

quando a gostosa passa



pulmão fiél depositário

de todo tipo de rata

fuligem e fuleragem



fígado acebolado

no balcão do boteco

copo americano

de cerveja gelada



barata



Rogerio Santos

http://www.youtube.com/watch?v=JVRNDJU5GQY


O Nacionalismo Crítico de Lima Barreto

Quando o modernista mário de Andrade colocou nos lábios de Macunaíma o bordão "muita saúva e pouca saúde, os males do Brasil são" , estava estabelecendo o diálogo (intertextualidade) com Lima Barreto. o "Herói sem nenhum caráter", metonimização do povo brasileiro, formado pela miscigenação do branco europeu com o negro africano mais o índio brasileiro, desmistificava a homogeneidade étnico-cultural apregoada pelo convenientemente ingênuo nacionalismo romântico, retomado do ufanismo com que a literatura de informação tingia a terra brasilis, em inconfessável intenção de colonização da terra recém-descoberta(!). Macunaíma, paráfrase antiética de Iracema, e um composto de sensualismo, preguiça e retórica política, antecipa o proverbial "jeitinho brasileiro ' e personifica o oportunismo casuísta que se tornara encalacrado em certas esferas. Policarpo Quaresma, por sua vez, é a cáustica encarnação dos ideais românticos, num personagem-caricatura excessivamente visionário e acrítico. Seu idealismo se choca contra os impedimentos de uma máquina político-administrativa emperrada , e seu pueril patriotismo adentra as raias do picaresco e absurdo. Suas propostas de reforma agrária acabam erodindo numa terra que não confirma o "...em se plantando , tudo dá " , e as formigas que lhe comem as plantações serão , mais tarde, retomadas pelo bordão de Macunaíma.

Entretanto, Lima Barreto, com policarpo Quaresma, tematiza a necessidade de reavaliar o ingênuo nacionalismo romântico.Pelo processo especular que posiciona o autor ante o narrador, este vai assumir uma caracterização irônica, evidenciando-se, assim, o nacionalismo crítico. Desse modo, Lima Barreto cria situações , na esfera da narrativa, se tornam cõmicase, na esfera do referente real, trágicas. na cegueira deste nosso Dom Quixote Tupiniquim, denunciam-se tragédias nacionais: a falta de uma política agrária, a conivência do generalato, os oportunismos eleiçoeiros, os casuísmos políticos, o paternalismo de um Brasil recém-egresso doImpério. essa tragicidade transparece também na proposta de Quaresma, quando defende a adoção do tupi como língua oficial do Brasil. se a proposta de Policarpo nos parece picaresca, não é cõmica a crítica à adesão aos padrões sócio-culturais europeus. a crítica de Barreto consta na própria escolha da linguagem, que, por retratar a língua viva com seus solecismos, lhe granjeou os ataques dos lusófilos.

O mulato Lima Barreto, sintomaticamente, nasceu em 1881, ano em que o também mulato machado de Assis introduzia o realismo em nossas letras, com Memórias póstumas de Brás Cubas, e Aluísio de Azevedo introduzia o naturalismo com , vejam só, O Mulato. Sintomaticamente, ainda faleceu em 1922, ano em que marca o início do Modernismo. Qualificar lima Barreto como pré-moderno, portanto, é mais do que uma simples inserção cronológica; é, na verdade, aquietar a necessidade de enquadramento de um autor que é atemporal, aquele que pôde "inaugurar revolucionariamente a fase do romance moderno no Brasil", conforme Francisco de Assis Barbosa.

Adão de Araújo.
Professor de Literatura Brasileira UFPR.

Fonte:"O Grito " número 3.Janeiro de 1999.CaHis.UFPR

Morte do coração

O inverno brada
forçando as portas...
oh que revoada
de folhas mortas
O vento espalha
Por sobre o chão...
(É tua mortalha,
coração !

Alphonsus de Guimarães
O céu não ficou logo claro; mas o vento amainou,
e era de esperar que o sol se desfizesse enfim
do seu capote de nuvens.

Machado de Assis

domingo, 7 de agosto de 2011

POEMAS SÃO COMO VITRAIS PINTADOS

Poemas são como vitrais pintados !

Se olharmos da praça para a igreja,

Tudo é escuro e sombrio;

E é assim que o Senhor Burguês os vê.

Ficará agastado ? – Que lhe preste !...

E agastado fique toda a vida !





Mas – vamos ! – vinde vós cá para dentro,

Saudai a sagrada capela !

De repente tudo é claro de cores:

Súbito brilham histórias e ornatos;

Sente-se um presságio neste esplendor nobre;

Isto, sim, que é pra vós, filhos de Deus !

Edificai-vos, regalai os olhos !


Johann Wolfgang von Goethe
Tradução: Paulo Quintela

ESCADAS

Escadas de caracol
Sempre
São misteriosas; conturbam...
Quando as desce, a gente
Se desparafusa...
Quando a gente as sobe
Se parafusa
– o peito
estreito –
o teto descendo
Descendo descendo como nas histórias de imortal horror !
Mas de que jeito,
Mas como pode ser.
Morrer cair rolar por uma escada de parafuso ?
Além disso não têm, pelo dizem nenhuma acústica...
Oh ! Não há como as escadarias daqueles antigos
edifícios públicos
Para ser assassinado...
Porém não fiques tão eufórico,
– nem tudo são rosas:
Há,
No sonho das velhas casas de cômodos onde moras,
Passos que vêm subindo degrau por degrau em
direção ao teu quarto
E 'sabes' que é um fantasma chamejante e fosfóreo
– o corpo todo feito de inconsumíveis labaredas verdes !
O melhor
Mesmo
É fechar os olhos
E pensar numa outra coisa...
Pensa, pensa
– o quanto antes !
Naquelas podres escadas de madeira das casas pobres
– escurinho dos teus primeiros aconchegos...
Pensa em cascatas de risos
Escada a baixo
De crianças deixando a escola...
Pensa na escada do poema
Que tu
comigo
vem descendo
agora...
(Hoje em dia todas as escadas são para descer)
Mas não ! Este poema não é
Nenhum
Abrigo
Antiaéreo...
Ah, tu querias que eu te embalasse !?
Eu estava, apenas, explorando uns abismos...
 
Mário Quintana

ARQUITETURA FUNCIONAL

Para Fernando Corona e Antonieta Barone




Não gosto da arquitetura nova
Porque a arquitetura nova não faz casas velhas.
Não gosto das casas novas
Porque as casas novas não têm fantasmas.
E, quando digo fantasmas, não quero dizer essas assombrações vulgares
Que andam por aí...
É não-sei-quê de mais sutil
Nessas velhas, velhas casas,
Como, em nós, a presença invisível da alma... tu nem sabes
A pena que me dão as crianças de hoje !
Vivem desencantadas como uns órfãos:
As suas casas não tem porões nem sótãos,
São umas pobres casas sem mistério.
Como pode nelas vir morar o sonho ?
O sonho é sempre um hospede clandestino e é preciso
(Como bem sabíamos)
Ocultá-lo das visitas
(Que diriam elas, as solenes visitas ?)
É preciso ocultá-lo das outras pessoas da casa.
É preciso ocultá-lo dos confessores,
Dos professores,
Até dos Profetas
(Os Profetas estão sempre profetizando outras cousas...)
E as casa novas não tem ao menos aqueles longos,
intermináveis corredores
Que a lua vinha às vezes assombrar !




Mário Quintana


Fonte: Revista Viver Cidades
Era desejo?-credo!De tísicas ?
Por histeria...quem sabe lá ?
A dama tinha caprichos físicos
era uma estranha vulgívaga
Ao pobre amante que a queria,
se furtava sarcástica
com uns perjurava, com outros fria,
Com outros má.

Manuel Bandeira

Envelhecer

Antes todos os caminhos iam
Agora todos os caminhos vêm
A casa acolhedora, os livros poucos
E eu mesmo preparo o chá para os fantasmas.

Mário Quintana

Pudor

A teus dotes qual mais encantador
tu ajuntas, amável criatura
Um para mim de todos o maior,
e que até embeleza a formosura:
o pudor.

Safo
Esta iglesia no tiene campanarios votivos
no tiene candelabros, ni ceras amarillas
no necessita el alma de vitrales ogivos
para besar las hostias y rezar de rodillas.

Pablo Neruda
Eu sou carvão !
e tu arrancas-me brutalmente do chão
e fazes-me tua mina patrão.

José Craveirinha
Graniza tánto, como para que yo recuerde
y acreciente las perlas
que he recogido del hocico mismo
de cada tempestad.

Cezar Vallejo

Sobre a morte

Morrer é um mal.Os deuses
que estabeleceram esta lei morreriam também
se morrer fosse um bem.

Safo

The Wast Land

Deixando atrás de mim a árida planície
terei ao menos minhas terras posto em ordem ?
A ponte de Londres está caindo, caindo, caindo
Pois s'ascose nel foco che gli affina
quando fiam uti chelidom ó andorinha, andorinha
com fragmentos tais foi que escorei minhas ruínas
pois então vos conforto. Jerônimo outra vez enlouqueceu.
Datta.dayadhvam.damyata
shantih shantih shantih

T.S.Eliot

sábado, 6 de agosto de 2011

Chopin Waltz L'adieu Opus 69 No. 1 in A flat Major by Tzvi Erez, HQ

A outra

Quem é voc , íntima outra ? As horas do seu corpo
fazem a eternidade.
                            Juan Gelman
"Um poema es una entidad vital mucho más orgánica que un ser orgánico en la naturaleza. A un animal se le amputa un miembro y sigue viviendo; a un vegetal se le corta una rama o una sección del tallo y sigue viviendo ; e a un poema se le amputa un verso , una palavra , una letra , un signo ortográfico, muere . "

Cesár Vallejo

quarta-feira, 3 de agosto de 2011

La toalla con el gallo rojo

Mikhaíl Bulgákov

A quien no haya viajado a caballo por perdidos caminos vecinales, no tiene sentido que le cuente nada de esto: de todas formas no lo entendería. Y a quien ha viajado, prefiero no recordarle nada.

Seré breve: mi cochero y yo recorrimos las cuarenta verstas que separan la ciudad de Grachovka del hospital de Múrievo exactamente en un día. Incluso con una curiosa exactitud: a las dos de la tarde del 16 de septiembre de 1917 estábamos junto al último almacén que se encuentra en el límite de la magnífica ciudad de Grachovka; a las dos y cinco de la tarde del 17 de septiembre de ese mismo e inolvidable año de 1917, me encontraba de pie sobre la hierba aplastada, moribunda y reblandecida por las lluvias de septiembre, en el patio del hospital de Múrievo. Mi aspecto era el siguiente: las piernas se me habían entumecido hasta tal punto que allí mismo, en el patio, repasaba confusamente en mi pensamiento las páginas de los manuales intentando con torpeza recordar si en realidad existía -o lo había soñado la noche anterior, en la aldea Grabílovka- una enfermedad por la cual se entumecen los músculos de una persona. ¿Cómo se llama esa maldita enfermedad en latín? Cada músculo me producía un dolor insoportable que me recordaba el dolor de muelas. De los dedos de los pies ni siquiera vale la pena hablar: ya no se movían dentro de las botas, yacían apaciblemente, parecidos a muñones de madera. Reconozco que en un ataque de cobardía maldije mentalmente la medicina y la solicitud de ingreso que había presentado, cinco años atrás, al rector de la universidad. Mientras tanto, la lluvia caía como a través de un cedazo. Mi abrigo se había hinchado como una esponja. Con los dedos de la mano derecha trataba inútilmente de coger el asa de la maleta, hasta que desistí y escupí sobre la hierba mojada. Mis dedos no podían sujetar nada y de nuevo yo, saturado de todo tipo de conocimientos obtenidos en interesantes libros de medicina, recordé otra enfermedad: la parálisis.

"Parálisis", no sé por qué me dije mentalmente y con desesperación.

-Hay que... -dije en voz alta con labios azulados y rígidos-, hay que acostumbrarse a viajar por estos caminos.

Al mismo tiempo, por alguna razón miré con enfado al cochero, aunque él en realidad no era el culpable del estado del camino.

-Eh... camarada doctor -respondió el cochero, también moviendo a duras penas los labios bajo sus rubios bigotillos-, hace quince años que viajo y todavía no he podido acostumbrarme.

Me estremecí, miré melancólicamente la descascarada casa de dos pisos, las paredes de madera rústica de la casita del enfermero, y mi futura residencia, una casa de dos pisos muy limpia, con misteriosas ventanas en forma de ataúd. Suspiré largamente. En ese momento, en lugar de las palabras latinas, atravesó mi mente una dulce frase que, en mi cerebro embrutecido por el traqueteo y el frío, cantaba un grueso tenor de muslos azulados:

...Te saludo... refugio sagrado...

Adiós, adiós por mucho tiempo al rojizo-dorado teatro Bolshói, a Moscú, a los escaparates... ay, adiós.

"La próxima vez me pondré la pelliza... -pensaba yo con enojo y desesperación, mientras trataba de arrancar la maleta sujetándola por las correas con mis dedos rígidos-, yo... aunque la próxima vez ya será octubre... y entonces ni dos pellizas serán suficiente. Y antes de un mes no iré, no, no iré a Grachovka... Piénsenlo ustedes mismos... ¡fue necesario pernoctar por el camino! Habíamos recorrido veinte verstas y ya nos encontrábamos en una oscuridad sepulcral... la noche... tuvimos que pasar la noche en Grabílovka... el maestro de la escuela nos dio hospedaje... Y hoy por la mañana nos pusimos en camino a las siete... Y el coche viaja... por todos los santos... más lento que un peatón. Una rueda se mete en un hoyo y la otra se levanta en el aire; la maleta te cae en los pies... luego en un costado y más tarde en el otro; luego, te vas de narices y un momento después te golpeas en la nuca. Y la lluvia cae y cae, y no cesa de caer, y los huesos se entumecen. ¡¿Acaso me habría podido imaginar que a mediados de un gris y acre mes de septiembre alguien puede congelarse en el campo como en el más crudo invierno?! Pues resulta que sí. Y en su larga agonía no ve más que lo mismo, siempre lo mismo. A la derecha un campo encorvado y roído, a la izquierda un marchito claro, y junto a él, cinco o seis isbas grises y viejas. Parecería que en ellas no hay ni un alma viviente. Silencio, sólo silencio alrededor..."

La maleta cedió por fin. El cochero se acostó con la barriga sobre ella y la arrojó directamente hacia mí. Yo quise sujetarla de la correa pero mi mano se negó a trabajar, y entonces mi hinchada y hastiada compañera -llena de libros y de toda clase de trapos- cayó directamente sobre la hierba, golpeándome fuertemente las piernas.

-Oh, Dios... -comenzó a decir el cochero asustado, pero yo no le recriminé: mis piernas no me servían para nada.

-¡Eh! ¿Hay alguien ahí? ¡Eh! -gritó el cochero, y agitó los brazos como un gallo que agita las alas-. ¡Eh, he traído al doctor!

En ese momento, en las oscuras ventanas de la casa del enfermero aparecieron unos rostros y se pegaron a ellas; se oyó el ruido de una puerta y vi cómo, cojeando por la hierba, se dirigía hacia mí un hombre con un abrigo roto y unas botas pequeñas. El hombre se quitó la gorra respetuosa y apresuradamente, llegó hasta unos dos pasos de donde yo me encontraba, por alguna razón sonrió con recato, y me saludó con voz ronca:

-Buenos días, camarada doctor.

-¿Quién es usted? -pregunté yo.

-Soy Egórich -se presentó el hombre-, el guardián de este lugar. Le hemos estado esperando y esperando...

Al instante cogió la maleta, se la echó al hombro y se la llevó. Yo le seguí cojeando, tratando inútilmente de meter la mano en el bolsillo de los pantalones para sacar la cartera.

El ser humano necesita en realidad muy poco. Pero ante todo le hace falta el fuego. Al ponerme en camino hacia el lejano Múrievo, cuando aún me encontraba en Moscú, me había dado a mí mismo la palabra de comportarme como una persona respetable. Mi aspecto juvenil me había envenenado la vida en un comienzo. Cuando me presentaba ante alguien, invariablemente debía decir:

-Soy el doctor tal.

Y todos, ineludiblemente, arqueaban las cejas y preguntaban:

-¿De verdad? Hubiera creído que era usted un estudiante todavía.

-No, ya he terminado la carrera -respondía con aire hosco, y pensaba: "Lo que necesito es un par de gafas." Pero no tenía para qué usar gafas, ya que mis ojos estaban sanos y su claridad aún no había sido enturbiada por la experiencia de la vida. Al no tener la posibilidad de defenderme de las eternas sonrisas condescendientes y cariñosas con ayuda de unas gafas, traté de desarrollar unos hábitos especiales que inspiraran respeto. Procuraba hablar pausadamente y con autoridad, intentaba controlar los movimientos bruscos, trataba de no correr -como corren los estudiantes de veintitrés años que apenas han terminado la universidad-, sino de caminar. Transcurridos muchos años, ahora comprendo que todo eso se me daba, en realidad, bastante mal.

En ese momento había infringido mi tácita norma de conducta. Estaba sentado, hecho un ovillo y en calcetines, y no en el gabinete sino en la cocina, y, como un adorador del fuego, me acercaba con entusiasmo y apasionamiento a los troncos de abedul que ardían en la estufa. A mi izquierda había un cubo puesto al revés; sobre él estaban mis botas y junto a ellas un gallo pelado y con el cuello ensangrentado. Junto al gallo estaban, formando un montoncito, sus plumas de diversos colores. Pero el caso es que, aun en ese estado de entumecimiento, había tenido tiempo de realizar una serie de cosas que exigía la vida misma. A Axinia, una mujer de nariz puntiaguda, esposa de Egórich, la había confirmado en su puesto de cocinera. Y, como consecuencia, a manos de Axinia pereció un gallo. ¡Y debía comérmelo yo! Ya había conocido a todo el personal. El enfermero se llamaba Demián Lukich, las comadronas, Pelagueia Ivánovna y Ana Nikoláievna. También había tenido tiempo de recorrer el hospital y, con la más absoluta claridad, me había convencido de que su instrumental era abundantísimo. Al mismo tiempo, y con la misma claridad, tuve que reconocer (para mi, por supuesto) que el uso de muchos de aquellos instrumentos que brillaban virginalmente me era por completo desconocido. No sólo no los había tenido nunca en mis manos sino que, hablando con franqueza, ni siquiera los había visto.

-Hmm... -murmuré con aire de gran importancia-, tienen ustedes un instrumental magnífico. Hmm...

-Por supuesto -anotó dulcemente Demián Lukich-, es el resultado de los esfuerzos de su antecesor, Leopold Leopóldovich. Él operaba de la mañana a la noche.

Sentí un sudor frío en la frente y miré con tristeza los pequeños armarios que brillaban como espejos.

Después recorrimos las salas vacías y me convencí de que en ellas podrían caber con facilidad hasta cuarenta enfermos.

-Leopold Leopóldovich tenía a veces hasta cincuenta enfermos internados en el hospital -me consoló Demián Lukich, mientras Ana Nikoláievna, una mujer que tenía una corona de cabellos grises, dijo:

-Usted, doctor, tiene un aspecto tan joven, tan joven... En verdad es asombroso. Parece usted un estudiante.

"¡Diablos -pensé yo-, como si se hubieran puesto de acuerdo, palabra de honor!"

Y murmuré entre dientes, con sequedad:

-Hmm... no, yo... es decir yo... sí, tengo un aspecto muy joven...

Luego bajamos a la farmacia, y de inmediato vi que en ella no faltaba absolutamente nada. En las dos habitaciones -un tanto oscuras- olía fuertemente a hierbas y en las estanterías se encontraba todo lo que se podía desear. Incluso había medicamentos extranjeros de patente, y quizá no haga falta añadir que jamás había oído hablar de ellos.

-Los encargó Leopold Leopóldovich -me informó orgullosamente Pelagueia Ivánovna.

"Ese Leopold Leopóldovich era de verdad un genio", pensé, y sentí un enorme respeto hacia el misterioso Leopold, que había abandonado el hospital de Múrievo.

El hombre, además del fuego, necesita poder habituarse. Me había comido el gallo hacía mucho tiempo. Egórich había rellenado para mí el jergón de paja y lo había cubierto con sábanas. Una lámpara ardía en el gabinete de mi residencia. Estaba sentado y, como encantado, miraba el tercer logro del legendario Leopold: la estantería estaba llena de libros. Conté rápidamente unos treinta tomos sólo de manuales de cirugía, en ruso y en alemán. ¡Y cuántos tratados de terapia! ¡Maravillosos atlas encuadernados en piel!

Se acercaba la noche y yo comenzaba a acostumbrarme.

"No tengo la culpa de nada -pensaba de manera insistente y atormentadora-; tengo un diploma con quince sobresalientes. Yo les había advertido en la ciudad que quería venir como segundo médico. Pero no. Ellos sonrieron y dijeron: 'Ya se acostumbrará.' Vaya con el 'ya se acostumbrará'. ¿Y si alguien llega con una hernia? Díganme. ¿Cómo me voy a acostumbrar a ella? Pero, sobre todo, ¿cómo va a sentirse el herniado en mis manos? Se acostumbrará, sí, pero en el otro mundo (en ese momento una sensación de frío me recorrió la columna vertebral)...

"¿Y un caso de peritonitis? ¡Ja! ¿Y la difteria que suelen padecer los niños campesinos? Pero... ¿cuándo es necesario practicar una traqueotomía? Tampoco me irá muy bien sin la traqueotomía... ¿Y... y... los partos? ¡Había olvidado los partos! ¡Las posiciones incorrectas! ¿Qué voy a hacer? ¡Ah, qué persona tan irresponsable soy! Nunca debí haber aceptado este distrito. No debí haberlo aceptado. Se hubieran podido conseguir a algún Leopold."

En medio de la tristeza y el crepúsculo, me puse a caminar por el gabinete. Cuando llegué a la altura de la lámpara vi cómo, en medio de la ilimitada oscuridad de los campos, aparecía en la ventana mi pálido rostro junto a las lucecitas de la lámpara.

"Me parezco al falso Dimitri", pensé de pronto tontamente, y volví a sentarme al escritorio.

Durante dos horas de soledad me martiricé, y lo hice hasta tal punto que mis nervios ya no podían soportar los miedos que yo mismo había creado. Entonces comencé a tranquilizarme e incluso a hacer algunos planes.

Bien... Dicen que ahora hay pocos pacientes. En las aldeas están agramando el lino, los caminos son impracticables... "Justamente por eso te traerán un caso de hernia -retumbó una voz severa en mi cerebro-, porque alguien que tiene un resfriado (o cualquier enfermedad sencilla) no vendrá por estos caminos, pero a alguien con una hernia lo traerán, ¡puedes estar tranquilo, querido colega!"

La observación no era nada tonta, ¿no es verdad? Me estremecí.

"Calla -le dije a la voz-, no necesariamente tiene que ser una hernia. ¿Qué neurastenia es ésta? Si ya estás aquí... ¡adelante!"

"Si ya estás aquí...", repitió mordazmente la voz.

Bien... no me separaré del manual... Si hay que recetar algo, puedo pensarlo mientras me lavo las manos. Tendré el manual siempre abierto dentro del libro en el que llevaré el registro de los pacientes. Daré recetas útiles, pero sencillas. Por ejemplo: 0.5 de salicilato de sodio, tres veces al día...

"¡Podrías recetar bicarbonato!", respondió, burlándose abiertamente de mí, mi interlocutor interno.

¿Qué tiene que ver aquí el bicarbonato? También podré recetar ipecacuana, en infusión a 180. Ó a 200.

E inmediatamente, aunque en mi soledad junto a la lámpara nadie me pidiera ipecacuana, pasé temeroso las hojas del vademécum, comprobé lo de la ipecacuana y al mismo tiempo leí que existe en el mundo una tal insipina, que no es otra cosa que el "sulfato de quinina"... ¡Pero sin el sabor de la quinina! ¿Cómo recetarlo? ¿Qué es, polvo? ¡Que el diablo se los lleve!

"Estoy de acuerdo con la insipina... pero ¿qué ocurrirá con la hernia?", seguía importunándome con tenacidad el miedo en forma de voz.

"Meteré al paciente en la bañera -me defendía furiosamente-, lo meteré en la bañera y trataré de ponerla en su lugar."

"¡Una hernia estrangulada, ángel mío! ¡De qué te servirá entonces la bañera! Estrangulada -cantaba con voz demoníaca el miedo-. Habrá que operar..."

En ese momento me rendí y por poco me echo a llorar. Elevé una plegaria a las tinieblas del exterior: cualquier cosa pero no una hernia estrangulada.

Y el cansancio entonaba:

"Acuéstate a dormir, desdichado esculapio. Descansa y por la mañana ya se verá qué hacer. Tranquilízate, joven neurasténico. Observa: la oscuridad del exterior está tranquila, los campos congelados duermen, no hay ninguna hernia. Por la mañana se verá. Te acostumbrarás... Duerme... Deja el atlas... De todas formas ahora no entiendes nada. Un anillo de hernia..."



Ni siquiera me di cuenta de cómo irrumpió en la habitación. Recuerdo que la barra de la puerta resonó. Axinia gritó algo y fuera se oyó el chirrido de una carreta.

El hombre no llevaba gorra y tenía abierto el abrigo, la barba enredada y una expresión de locura en los ojos.

Se santiguó, se arrodilló y golpeó el suelo con la frente. En mi honor.

"Estoy perdido", pensé tristemente.

-¡Qué hace usted, qué hace, pero qué está haciendo! -exclamé, y traté de levantarlo cogiéndolo de la manga gris.

Su rostro se contrajo y como respuesta, atragantándose, comenzó a pronunciar atropelladamente palabras entrecortadas:

-Señor doctor... señor... es la única, la única... ¡es la única! -gritó de pronto, con una sonoridad juvenil en la voz que hizo vibrar la pantalla de la lámpara-. ¡Ah, Dios!.. ¡Ah!.. -En medio de su tristeza se retorció las manos y nuevamente golpeó los tablones del suelo con la frente, como si quisiera romperlo-. ¿Por qué? ¿Por qué este castigo?... ¿En qué hemos ofendido a Dios?

-¿Qué...? ¿Qué ha ocurrido? -grité yo, sintiendo que mi rostro se enfriaba.

El hombre se puso de pie, se agitó y murmuró:

-Señor doctor... lo que usted quiera... le daré dinero... Pida el dinero que quiera. El que quiera. Le proveeremos de alimentos... Pero que no muera. Que no muera. Aunque esté inválida, no importa. ¡No importa! -gritó hacia el techo-. Tengo suficiente para alimentarla, me basta.

El pálido rostro de Axinia se enmarcaba en el cuadrado negro de la puerta. La tristeza envolvía mi corazón.

-¿Qué...? ¿Qué ha ocurrido? ¡Hable! -grité dolorosamente.

El hombre se calmó y en un susurro, como si fuera un secreto, con ojos insondables me dijo:

-Cayó en la agramadera...

-En la agramadera... ¿En la agramadera? -pregunté de nuevo-. ¿Qué es eso?

-El lino, agramaban el lino..., señor doctor... -me aclaró Axinia en voz muy baja-, la agramadera..., el lino se agrama...

"Aquí está el comienzo. Aquí está. ¡Oh, por qué habré venido!", pensé horrorizado.

-¿Quién?

-Mi hijita -contestó él en un susurro, y luego gritó-: ¡Ayúdela! -De nuevo se arrodilló y sus cabellos cortados en redondo le cayeron sobre los ojos.

* * *

La lámpara de petróleo, con una torcida pantalla de hojalata, ardía intensamente con sus dos quemadores. La vi en la mesa de operaciones, sobre un hule blanco de fresco olor, y la hernia palideció en mi memoria.

Los cabellos rubios, de un tinte algo rojizo, colgaban de la mesa secos y apelotonados. La trenza era gigantesca, y su extremo tocaba el suelo.

La falda de percal estaba desgarrada y había en ella sangre de distintos colores: una mancha parda, otra espesa, escarlata. La luz de la lámpara de petróleo me parecía amarilla y viva; su rostro parecía de papel, blanco, con la nariz afilada.

En su pálido rostro se apagaba, inmóvil como si fuera de yeso, una belleza poco común. No siempre, no, no es frecuente encontrar un rostro como aquél.

En la sala de operaciones, durante unos diez segundos, hubo un silencio total, pero detrás de las puertas cerradas se oía cómo alguien gritaba con voz sorda y golpeaba, golpeaba repetidamente con la cabeza.

"Se ha vuelto loco -pensé-, y las enfermeras deben estarle dando alguna medicina... ¿Por qué es tan hermosa? Aunque... también él tiene facciones muy correctas... Se ve que la madre fue hermosa... Es viudo..."

-¿Es viudo? -susurré maquinalmente.

-Viudo -contestó en voz baja Pelagueia Ivánovna.

En ese momento Demián Lukich, con un movimiento brusco y casi rabioso, rompió la falda de abajo hacia arriba dejando descubierta a la muchacha. Lo que vi entonces superó todo lo que esperaba: la pierna izquierda prácticamente no existía. A partir de la rodilla fracturada, la pierna no era más que un amasijo sanguinolento: rojos músculos aplastados y blancos huesos triturados que sobresalían en todas direcciones. La pierna derecha estaba rota entre la rodilla y el pie de tal suerte que los extremos de los huesos habían desgarrado la piel y se asomaban. Como consecuencia la planta del pie yacía inerte, como algo independiente, apoyada sobre un costado.

-Sí -dijo en voz muy baja el enfermero, y no añadió nada más.

En ese momento salí de mi inmovilidad y tomé el pulso de la muchacha. No lo sentí en su muñeca helada. Sólo después de unos cuantos segundos logré encontrar una onda poco frecuente y apenas perceptible. Pasó... sobrevino una pausa durante la cual tuve tiempo de mirar las azuladas aletas de su nariz y sus labios blancos... Quise decir: es el fin... pero por fortuna me contuve... La onda pasó nuevamente como un hilillo.

"Así se apaga una persona despedazada -pensé-, aquí no hay nada que hacer..."

Pero de pronto dije con severidad, sin reconocer mi propia voz:

-Alcanfor.

Ana Nikoláievna se inclinó hacia mi oreja y susurró:

-¿Para qué, doctor? No la martirice. ¿Para qué pincharla? Pronto morirá... No podrá salvarla.

La miré con rabia y un aire sombrío y dije:

-Le he pedido alcanfor...

Entonces Ana Nikoláievna, con el rostro enrojecido por la ofensa, se lanzó de inmediato hacia la mesa y rompió una ampolla.

El enfermero, por lo visto, tampoco aprobaba el alcanfor. Sin embargo tomó la jeringuilla rápida y hábilmente, y el aceite amarillo penetró bajo la piel del hombro.

"Muere. Muere pronto -pensé-, muere. De lo contrario, ¿qué haré contigo?"

-Morirá de un momento a otro -susurró el enfermero, como si hubiera adivinado mi pensamiento. Miró de reojo la sábana, pero por lo visto cambió de opinión: le dolía mancharla de sangre. Sin embargo, unos segundos más tarde hubo que cubrir a la muchacha. Yacía como un cadáver, pero no había muerto. De pronto se hizo la claridad en mi cabeza, como si me encontrara bajo el techo de cristal de nuestro lejano anfiteatro de anatomía.

-Más alcanfor -dije con voz ronca.

Una vez más el enfermero, obedientemente, inyectó el aceite.

"¿Será posible que no muera...? -pensé con desesperación-. ¿Tendré acaso que...?"

Todo se aclaraba en mi cerebro y de pronto, sin ningún manual, ni consejos, ni ayuda, comprendí -la convicción de que había comprendido era férrea- que, por primera vez en mi vida, tendría que realizar una amputación a una persona moribunda. Y esa persona moriría durante la operación. ¡Sin duda moriría durante la operación! ¡Casi no le quedaba sangre! A lo largo de diez verstas la había perdido toda por las piernas destrozadas. Yo no sabía siquiera si ella sentía algo en ese momento, si nos oía. Ella callaba. Ah, ¿por qué no moría? ¿Qué me diría su padre enloquecido?

-Prepare todo para una amputación -dije al enfermero con voz ajena.

La comadrona me lanzó una mirada salvaje, pero en los ojos del enfermero apareció una chispa de simpatía; éste comenzó a ocuparse del instrumental. El reverbero rugió entre sus manos...

Pasó un cuarto de hora. Yo, con terror supersticioso, levantaba un párpado de la muchacha y observaba su ojo apagado. No comprendía nada... ¿Cómo puede vivir un semicadáver? Las gotas de sudor corrían irrefrenables por mi frente, bajo el gorro blanco; Pelagueia Ivánovna me secaba con gasa el sudor salado. En la poca sangre que aún quedaba en las venas de la muchacha, ahora nadaba también la cafeína. ¿Habría que inyectarla otra vez o no? Ana Nikoláievna acariciaba suavemente los montículos que se habían formado en las caderas de la muchacha como consecuencia del suero fisiológico. Seguía con vida.

Tomé el bisturí tratando de imitar (una vez en mi vida, en la universidad, había visto una amputación) a alguien... Ahora le rogaba al destino que la joven no muriera en los siguientes treinta minutos... "Que muera en la sala, cuando yo haya terminado la operación..."

En mi favor trabajaba sólo mi sentido común, aguijoneado por lo inusitado de la situación. Hábilmente, de forma circular, como un carnicero experto, corté con un afilado bisturí la cadera; la piel se separó sin que saliera una sola gota de sangre. "Si las arterias comienzan a sangrar, ¿qué voy a hacer?", pensé, y como un lobo miré de reojo la montaña de pinzas de torsión. Corté un enorme pedazo de carne femenina y una de las arterias -con forma de tubito blancuzco-, pero de ella no salió ni una gota de sangre. La cerré con una pinza y continué. Coloqué esas pinzas de torsión en todos los lugares donde suponía que debía haber arterias... "Arteria... arteria... Diablos, ¿cómo se llama?..." La sala de operaciones parecía un hospital. Las pinzas de torsión colgaban en racimos. Con ayuda de la gasa las levantaron, y yo comencé, con una sierra de dientes pequeños, a aserrar el redondo hueso.

"¿Por qué no muere?... Es sorprendente... ¡Oh, cuánta vitalidad tiene el ser humano!"

El hueso se desprendió. En las manos de Demián Lukich quedó lo que había sido una pierna de muchacha. ¡Jirones, carne, huesos! Pusimos todo eso a un lado. Sobre la mesa de operaciones yacía una muchacha que parecía haber sido recortada en un tercio, con un muñón extendido hacia un lado. "Un poco, un poco más... No mueras ahora -pensaba yo con ardor-, espera hasta llegar a la habitación, permíteme salir con éxito de este terrible suceso de mi vida."

Luego la cosimos con puntadas grandes; luego, haciendo chasquear las pinzas, comencé a coser la piel con puntadas pequeñas... pero me detuve iluminado, comprendí... había que dejar un pequeño agujero para que la herida drenara... Coloqué un tapón de gasa... El sudor me cubría los ojos y tenía la impresión de encontrarme en un baño de vapor...

Suspiré. Miré pesadamente el muñón y aquel rostro del color de la cera. Pregunté:

-¿Está viva?

-Está viva... -respondieron al unísono, como un eco sin sonido, Ana Nikoláievna y el enfermero.

-Vivirá unos segundos más -me dijo al oído el enfermero, sin voz, hablando únicamente con los labios. Luego titubeó y me aconsejó con delicadeza-: Quizá no deberíamos tocar la otra pierna, doctor. Podríamos envolvérsela con gasa... de lo contrario no llegará a la habitación... ¿Eh? Es mejor que no muera en la sala de operaciones.

-Deme yeso -respondí con voz ronca, empujado por una fuerza desconocida.



El suelo estaba lleno de manchas blancas, todos estábamos cubiertos de sudor. El semicadáver yacía inmóvil. La pierna derecha estaba enyesada y en el lugar de la fractura brillaba la ventanilla que yo había dejado en un momento de inspiración.

-Vive... -dijo asombrado y con voz ronca el enfermero.

Luego comenzamos a levantarla y bajo la sábana se veía una gigantesca hendidura: habíamos dejado una tercera parte de su cuerpo en la sala de operaciones.

Se agitaron unas sombras en el corredor, las enfermeras iban y venían; vi cómo, pegada a la pared, se movía subrepticiamente una desarreglada figura masculina y lanzaba un gemido. Pero se lo llevaron de allí. Todo quedó en silencio.

En la sala de operaciones me lavé las manos, ensangrentadas hasta el codo.

-Usted, doctor, ¿ha hecho muchas amputaciones? -preguntó de pronto Ana Nikoláievna-. Muy, muy bien... Tan bien como Leopold...

En sus labios, la palabra Leopold invariablemente sonaba como doyen.

Miré los rostros de reojo. En todos -también en el de Demián Lukich y en el Pelagueia Ivánovna- noté respeto y asombro.

-Hmm... yo... Lo he hecho sólo dos veces...

¿Por qué mentí? Ahora no lo entiendo.

El hospital quedó en silencio. Absoluto.

-Cuando muera, envíen a alguien a buscarme -ordené a media voz al enfermero; y éste, por alguna razón, en lugar de "está bien" contestó respetuosamente:

-A sus órdenes...

Unos minutos más tarde me encontraba junto a la lámpara verde en el gabinete del apartamento del médico. La casa estaba en silencio.

Un rostro pálido se reflejaba en un cristal profundamente negro.

"No, no me parezco al falso Dimitri; yo... en cierta forma he envejecido... Tengo una arruga en el entrecejo... No tardarán en llamar... Me dirán: 'Ha muerto...'"

"Sí, iré y la veré por última vez... Dentro de poco llamarán..."

* * *

Llamaron a la puerta. Pero fue dos meses y medio más tarde. A través de la ventana brillaba uno de los primeros días de invierno.

Entró él y sólo en ese momento pude observarle con detenimiento. Sí, sus facciones eran en verdad correctas. Tenía unos cuarenta y cinco años. Sus ojos brillaban.

Luego un rumor... Saltando con ayuda de dos muletas, entró una muchacha de encantadora belleza; tenía una sola pierna y llevaba una falda muy amplia, con un borde rojo cosido en la parte inferior.

La muchacha me miró y sus mejillas se cubrieron de un tinte rojizo.

-En Moscú... en Moscú... -me puse a escribir una dirección-. Allí en Moscú le harán una prótesis, una pierna artificial.

-Bésale la mano -dijo inesperadamente el padre.

Yo me sentí hasta tal punto confundido que en lugar de los labios le besé la nariz.

Entonces ella, apoyada en las muletas, desenrolló un paquetito de donde salió una larga toalla, blanca como la nieve, con un sencillo gallo rojo bordado. ¡Así que eso era lo que escondía bajo la almohada cada vez que la visitaba! Recordé que había visto hilos sobre su mesita.

-No lo aceptaré -dije severamente, e incluso moví la cabeza. Pero su rostro y sus ojos adoptaron tal expresión que la acepté.

Durante muchos años esa toalla estuvo colgada en mi dormitorio en Múrievo; luego viajó conmigo. Finalmente envejeció, se borró, se llenó de agujeros y, por fin, desapareció, como se borran y desaparecen los recuerdos.

FIN

1926

Fonte : Ciudad Seva

terça-feira, 2 de agosto de 2011

[não alimente vossa carência]

 umuarama

Discurso sobre a paz

Já no final de um discurso extremamente importante.
O grande horror do Estado engasgando
com uma bela frase ecoa
escorrega
e desamparado com a boca escancarada
sem fôlego
mostra os dentes
e a cárie dentaria dos seus pacíficos raciocínios
deixa exposto o nervo da guerra :
a delicada questão do dinheiro.

Jacques Prevert. Tradução : Silvano Santiago

sábado, 30 de julho de 2011

La resucitada


Emilia Pardo Bazán

Ardían los cuatro blandones soltando gotazas de cera. Un murciélago, descolgándose de la bóveda, empezaba a describir torpes curvas en el aire. Una forma negruzca, breve, se deslizó al ras de las losas y trepó con sombría cautela por un pliegue del paño mortuorio. En el mismo instante abrió los ojos Dorotea de Guevara, yacente en el túmulo.

Bien sabía que no estaba muerta; pero un velo de plomo, un candado de bronce le impedían ver y hablar. Oía, eso sí, y percibía -como se percibe entre sueños- lo que con ella hicieron al lavarla y amortajarla. Escuchó los gemidos de su esposo, y sintió lágrimas de sus hijos en sus mejillas blancas y yertas. Y ahora, en la soledad de la iglesia cerrada, recobraba el sentido, y le sobrecogía mayor espanto. No era pesadilla, sino realidad. Allí el féretro, allí los cirios..., y ella misma envuelta en el blanco sudario, al pecho el escapulario de la Merced.

Incorporada ya, la alegría de existir se sobrepuso a todo. Vivía. ¡Qué bueno es vivir, revivir, no caer en el pozo oscuro! En vez de ser bajada al amanecer, en hombros de criados a la cripta, volvería a su dulce hogar, y oiría el clamoreo regocijado de los que la amaban y ahora la lloraban sin consuelo. La idea deliciosa de la dicha que iba a llevar a la casa hizo latir su corazón, todavía debilitado por el síncope. Sacó las piernas del ataúd, brincó al suelo, y con la rapidez suprema de los momentos críticos combinó su plan. Llamar, pedir auxilio a tales horas sería inútil. Y de esperar el amanecer en la iglesia solitaria, no era capaz; en la penumbra de la nave creía que asomaban caras fisgonas de espectros y sonaban dolientes quejumbres de ánimas en pena... Tenía otro recurso: salir por la capilla del Cristo.

Era suya: pertenecía a su familia en patronato. Dorotea alumbraba perpetuamente, con rica lámpara de plata, a la santa imagen de Nuestro Señor de la Penitencia. Bajo la capilla se cobijaba la cripta, enterramiento de los Guevara Benavides. La alta reja se columbraba a la izquierda, afiligranada, tocada a trechos de oro rojizo, rancio. Dorotea elevó desde su alma una deprecación fervorosa al Cristo. ¡Señor! ¡Que encontrase puestas las llaves! Y las palpó: allí colgaban las tres, el manojo; la de la propia verja, la de la cripta, a la cual se descendía por un caracol dentro del muro, y la tercera llave, que abría la portezuela oculta entre las tallas del retablo y daba a estrecha calleja, donde erguía su fachada infanzona el caserón de Guevara, flanqueado de torreones. Por la puerta excusada entraban los Guevara a oír misa en su capilla, sin cruzar la nave. Dorotea abrió, empujó... Estaba fuera de la iglesia, estaba libre.

Diez pasos hasta su morada... El palacio se alzaba silencioso, grave, como un enigma. Dorotea cogió el aldabón trémula, cual si fuese una mendiga que pide hospitalidad en una hora de desamparo. «¿Esta casa es mi casa, en efecto?», pensó, al secundar al aldabonazo firme... Al tercero, se oyó ruido dentro de la vivienda muda y solemne, envuelta en su recogimiento como en larga faldamenta de luto. Y resonó la voz de Pedralvar, el escudero, que refunfuñaba:

-¿Quién? ¿Quién llama a estas horas, que comido le vea yo de perros?

-Abre, Pedralvar, por tu vida... ¡Soy tu señora, soy doña Dorotea de Guevara!... ¡Abre presto!...

-Váyase enhoramala el borracho... ¡Si salgo, a fe que lo ensarto!...

-Soy doña Dorotea... Abre... ¿No me conoces en el habla?

Un reniego, enronquecido por el miedo, contestó nuevamente. En vez de abrir, Pedralvar subía la escalera otra vez. La resucitada pegó dos aldabonazos más. La austera casa pareció reanimarse; el terror del escudero corrió al través de ella como un escalofrío por un espinazo. Insistía el aldabón, y en el portal se escucharon taconazos, corridas y cuchicheos. Rechinó, al fin, el claveteado portón entreabriendo sus dos hojas, y un chillido agudo salió de la boca sonrosada de la doncella Lucigüela, que elevaba un candelabro de plata con vela encendida, y lo dejó caer de golpe; se había encarado con su señora, la difunta, arrastrando la mortaja y mirándola de hito en hito...

Pasado algún tiempo, recordaba Dorotea -ya vestida de acuchillado terciopelo genovés, trenzada la crencha con perlas y sentada en un sillón de almohadones, al pie del ventanal-, que también Enrique de Guevara, su esposo, chilló al reconocerla; chilló y retrocedió. No era de gozo el chillido, sino de espanto... De espanto, sí; la resucitada no lo podía dudar. Pues acaso sus hijos, doña Clara, de once años; don Félix de nueve, ¿no habían llorado de puro susto cuando vieron a su madre que retornaba de la sepultura? Y con llanto más afligido, más congojoso que el derramado al punto en que se la llevaban... ¡Ella que creía ser recibida entre exclamaciones de intensa felicidad! Cierto que días después se celebró una función solemnísima en acción de gracias; cierto que se dio un fastuoso convite a los parientes y allegados; cierto, en suma, que los Guevaras hicieron cuanto cabe hacer para demostrar satisfacción por el singular e impensado suceso que les devolvía a la esposa y a la madre... Pero doña Dorotea, apoyado el codo en la repisa del ventanal y la mejilla en la mano, pensaba en otras cosas.

Desde su vuelta al palacio, disimuladamente, todos le huían. Dijérase que el soplo frío de la huesa, el hálito glacial de la cripta, flotaba alrededor de su cuerpo. Mientras comía, notaba que la mirada de los servidores, la de sus hijos, se desviaba oblicuamente de sus manos pálidas, y que cuando acercaba a sus labios secos la copa del vino, los muchachos se estremecían. ¿Acaso no les parecía natural que comiese y bebiese la gente del otro mundo? Y doña Dorotea venía de ese país misterioso que los niños sospechan aunque no lo conozcan... Si las pálidas manos maternales intentaban jugar con los bucles rubios de don Félix, el chiquillo se desviaba, descolorido él a su vez, con el gesto del que evita un contacto que le cuaja la sangre. Y a la hora medrosa del anochecer, cuando parecen oscilar las largas figuras de las tapicerías, si Dorotea se cruzaba con doña Clara en el comedor del patio, la criatura, despavorida, huía al modo con que se huye de una maldita aparición...

Por su parte, el esposo -guardando a Dorotea tanto respeto y reverencia que ponía maravilla-, no había vuelto a rodearle el fuerte brazo a la cintura... En vano la resucitada tocaba de arrebol sus mejillas, mezclaba a sus trenzas cintas y aljófares y vertía sobre su corpiño pomitos de esencias de Oriente. Al trasluz del colorete se transparentaba la amarillez cérea; alrededor del rostro persistía la forma de la toca funeral, y entre los perfumes sobresalía el vaho húmedo de los panteones. Hubo un momento en que la resucitada hizo a su esposo lícita caricia; quería saber si sería rechazada. Don Enrique se dejó abrazar pasivamente; pero en sus ojos, negros y dilatados por el horror que a pesar suyo se asomaba a las ventanas del espíritu; en aquellos ojos un tiempo galanes atrevidos y lujuriosos, leyó Dorotea una frase que zumbaba dentro de su cerebro, ya invadido por rachas de demencia.

-De donde tú has vuelto no se vuelve...

Y tomó bien sus precauciones. El propósito debía realizarse por tal manera, que nunca se supiese nada; secreto eterno. Se procuró el manojo de llaves de la capilla y mandó fabricar otras iguales a un mozo herrero que partía con el tercio a Flandes al día siguiente. Ya en poder de Dorotea las llaves de su sepulcro, salió una tarde sin ser vista, cubierta con un manto; se entró en la iglesia por la portezuela, se escondió en la capilla de Cristo, y al retirarse el sacristán cerrando el templo, Dorotea bajó lentamente a la cripta, alumbrándose con un cirio prendido en la lámpara; abrió la mohosa puerta, cerró por dentro, y se tendió, apagando antes el cirio con el pie...

FIN



Fonte : Ciudad Seva

quinta-feira, 28 de julho de 2011

Соловьи - Les Rossignols - Nightingales (Red Army Choir)

Соловьи - Les Rossignols (mars 1945 - march 1945)

Chanson soviétique




Musique par/Music by Vassili Soloviev-Sedoï

Paroles par/Lyrics by Alexeï Fatianov



Rossignols, ô Rossignols,

Ne dérangez point les soldats,

Laissez-les s'assoupir un instant,

S'assoupir un instant.



Le printemps est revenu au front,

Et les soldats n'arrivent pas à dormir,

Non pas à cause des salves de canon,

Mais en raison des rossignols qui ont perdu la tête!

Ils ont oublié que la bataille fait rage,

Et chantent comme à chaque retour du printemps.



(Refrain)



Mais que signifie la guerre, pour un rossignol ?

Un rossignol a sa vie à lui.

Un des soldats ne dort pas; il pense à sa maison,

Aux vertes prairies qui s'étendent par-delà l'étang,

Où les rossignols chantent toute la nuit,

Et où quelqu'un l'attend.



(Refrain)



Cependant, le combat reprendra demain.

C'est le destin, c'est notre devoir d'y aller,

Sans avoir reçu assez damour

Loin de nos bien-aimées épouses,

Loin de nos champs de maïs.

Mais chaque pas en avant

Nous rapproche davantage de notre patrie.





Nightingales, nightingales, do not disturb the soldiers,

Let them sleep for a while,

Sleep for a while...



The spring has come to the frontlines.

And soldiers cannot get asleep.

Not due to cannon salvos' din,

But due to nightingales who lost their minds!

They have forgotten that battles go on

And sing as usual in every spring.



Nightingales, nightingales, do not disturb the soldiers,

Let them sleep for a while,

Sleep for a while...



But what a war means for that bird!

A nightingale has a life of his own.

A soldier doesnt sleep, of his house thinking

And his green garden beyond the pond,

Where nightingales whole nights are singing,

And someone waits that soldier to come back home.



Nightingales, nightingales, do not disturb the soldiers,

Let them sleep for a while,

Sleep for a while...



Tomorrow comes another fight -

It is our fate that we had to go

Without having had enough of love,

Away from our cornfields and beloved wives;

But every step forward in that combat

Brings us closer back to our motherland.



Nightingales, nightingales, do not disturb the soldiers,

Let them sleep for a while,

Sleep for a while...





Соловьи, соловьи, не тревожьте солдат,

Пусть солдаты немного поспят,

Немного пусть поспят.



Пришла и к нам на фронт весна,

Солдатам стало не до сна —

Не потому, что пушки бьют,

А потому, что вновь поют,

Забыв, что здесь идут бои,

Поют шальные соловьи.



Соловьи, соловьи, не тревожьте солдат,

Пусть солдаты немного поспят,

Немного поспят.



Но что война для соловья!

У соловья ведь жизнь своя.

Не спит солдат, припомнив дом

И сад зелёный над прудом,

Где соловьи всю ночь поют,

А в доме том солдата ждут.



Соловьи, соловьи, не тревожьте солдат,

Пусть солдаты немного поспят,

Немного пусть поспят.



А завтра снова будет бой,—

Уж так назначено судьбой,

Чтоб нам уйти, не долюбив,

От наших жён, от наших нив;

Но с каждым шагом в том бою

Нам ближе дом в родном краю.



Соловьи, соловьи, не тревожьте солдат,

Пусть солдаты немного поспят,

Немного пусть поспят.

Polonia y su Música

Kalinka

BERIOSKA (EL ABEDUL) MUSICA POPULAR RUSA, HUGO.

segunda-feira, 25 de julho de 2011

justiça

Que a justiça é uma deusa cega
É algo que nós negros sabemos.
Sua bandagem esconde duas feridas inflamadas.
Que antes, talvez, foram olhos.

Langston Hughes
Trad; Marco Aurélio Cremaso

Nota de um suicida

A calma,
a face calma do rio
Pediu-me um beijo.

Langston Hughes
Trad:Marco Aurélio Cremaso

Los bandidos de Uad-Djuari

Roberto Arlt






Era siempre el mismo y no otro.

Cada vez que Arsenia y yo pasábamos por la plaza de Nejjarine, sentado bajo una linterna de bronce, calado al modo morisco que adorna a la fuentecilla del "fondak", veíamos a un niño musulmán de ocho o nueve años de edad, quien al divisarnos, se llevaba la mano al corazón y muy gentilísimamente nos saludaba:

-La paz.

Excuso decir que la plaza de Nejjarine no era tal plaza, sino un hediondísimo muladar, pavimentado con pavoroso canto rodado. En los corrales linderos trajinaban a todas horas campesinas de las cabilas lejanas, acomodando cargas de leña o de cereales en el lomo de sus burros prodigiosamente pequeños. Pero este rincón, a pesar de su extraordinaria suciedad, con su arco lobulado y un chorrito de agua escapando de la fuente bajo el farolón morisco, tenía tal fuerza poética, que muchas veces Arsenia y yo nos preguntábamos si al otro lado del groseramente tapiado arco no se encontraría el paraíso de Mahoma.

Y digo que teníamos tal impresión, porque Arsenia Spoil, estudiante de arquitectura, también estaba de acuerdo en que la belleza de aquel rincón estaba determinada por el farolón de bronce. Arsenia y yo nos habíamos conocido en el hotel Continental, donde nos alojábamos. Esta era la razón por la cual salíamos todas las tardes juntos. Sin embargo, muchos honorables devotos de Mahoma creían que éramos novios en viaje de bodas, y, naturalmente, sus ofertas iban siempre dirigidas a mí. Lo más notable del caso es que yo no estaba enamorado de Arsenia ni Arsenia pensaba en enredarse conmigo. Sin embargo, los que nos veían se decían:

-¡Qué felices parecen! ¡Cuánto deben quererse!

No estábamos enamorados. Tampoco sospechábamos que podíamos estarlo algún día. Hablábamos con entusiasmo y grandes gestos porque Fez nos entusiasmaba, porque en cada callejuela de la milenaria ciudad africana encontrábamos ardientes motivos de ensueño.

-La paz...

Era el maldito niño musulmán que nos saludaba correctamente. El pequeño, después de saludarnos, se sentó muy gravemente a la orilla de la fontana y se puso a mirar, con el gesto pudoroso de una niña, sus sandalias amarillas de piel de cabra que le colgaban de la punta de los pies desnudos. Se tocaba con un pequeño fez rojo, muy elegantemente ladeado a un costado de la cabeza, y una chilabita que era la mar de graciosa.

"¡Maldito sea el niño y su gracia!" me decía yo.

El dichoso pequeñito, cada vez que nos veía, se llevaba la mano al corazón y nos saludaba ritualmente.

-La paz...

Arsenia estaba encantada con el chiquillo.

-¡Vea usted qué gracioso! -me decía-. ¡Qué bonito! ¡Qué educado!

Yo escuchaba esos elogios con el aire displicente del que de ninguna manera participa de ellos. El dichoso niño jamás se nos acercó como otros niños a ofrecernos ni guitarras de caparazón de tortuga (tortuga sintética fabricada en Alemania), ni carteras moriscas, bordadas a máquina en Cataluña, ni puñales con leyendas coránicas repujadas en las Vascongadas, ni servicios de fumar estampados en París. El niño, como un caballero, en cuanto nos veía se llevaba las manos a los labios, a la frente y al corazón, y de allí no pasaba.

Yo, que sin razón alguna me jactaba de conocer a los orientales mejor que Arsenia, le decía:

-El niño ése debe ser un granujilla de la peor especie. Me resulta cien veces más hipócrita que esos otros truhanes que le cargosean a uno ofreciéndole "recuerdos" apócrifos.

-No hable así de ese inocente -me respondía Arsenia, malhumorada. Y con gran fastidio de mi parte, le enviaba un beso al niño en la punta de sus dedos. Y el inocente nos seguía por la callejuela con la larga mirada de sus ojos aterciopelados.

-¿Dónde vivirá ese muchachito? -me preguntaba Arsenia.

-Supongo que en cualquier caverna...

-¿Por qué no le llama?...

-En fin..., si usted quiere...

-Sí... Llámelo...

¿Qué otro remedio me quedaba? Esa mañana, en cuanto llegamos al triángulo de Nejjarine, llamamos al niño. A nuestras preguntas respondió que se llamaba Abbul y que se ganaba la vida guiando a los turistas.

-¿A dónde guías tú a los turistas? -dijo Arsenia.

-A la Casa de la Gran Serpiente.

-¡La Casa de la Gran Serpiente! ¿Qué es eso?

-Pues, escúchame, señor, y verás -dijo el niño-. Mi padre, que es un excelente hombre de la cabila de Anyera, tiene una serpiente de once varas de largo metida en un pozo cubierto con una tapa de vidrio. Todos los días, a las diez de la mañana, la serpiente devora un cabrito vivo. Siempre hay forasteros y turistas que tienen curiosidad de ver cómo la Gran Serpiente se traga un cabrito vivo, y qué es lo que hace el cabrito en el fondo del pozo cuando ve que la Gran Serpiente se le acerca con la boca abierta...

Yo miré a mi amiga como diciéndole: "¿No le decía yo que este niño es un canallita de solemnidad?". Pero Arsenia ni se dignó mirarme... Inclinada sobre el niño que se miraba púdicamente la punta de las amarillas sandalias, dijo:

-¡Qué horrible! ¡Eso debe ser terrible!...

El pequeño Abbul se sonrió como una tímida colegiala, y respondió:

-La serpiente abre una boca espantosa y el cabrito llora en un rincón... Siempre la boca del pozo está rodeada de turistas...

-Es horrible -insistió Arsenia. Y acordándose de mirarme, dijo-: ¿Qué le parece si fuéramos?

-Vamos.

-Tú nos acompañas -le dije al niñito modosito como una colegiala. Y los tres nos pusimos en marcha, mientras que Arsenia, un poco histéricamente, se creía obligada a decirme:

-Yo creo que no voy a soportar eso: creo que me voy a desmayar. Pero ¿será cierto, Abbul, que la serpiente tiene once varas de largo?

El niñito musulmán aseveró gravemente:

-Once varas. Puede tragarse a una oveja gorda, reventarlo a un caballo, dejarlo triste a un elefante.

-La policía no debiera permitir eso -dijo Arsenia. Y agregó estremeciéndose-: ¿Queda muy lejos de aquí?

-iOh no, señora! -dijo el pequeño Abbul-. Cruzando el Uad-Djuari, en el camino de Fez a Taza.

-Si tomáramos un automóvil...

-No -replicó el niño-. En quince minutos de camino estaremos allí.

Entramos en un túnel que era una callejuela, cuyo torcido rumbo, techado de arcos de ladrillos, estaba poblado de misteriosas figuras. Dejamos atrás la ensangrentada puerta de Bab Merod, en cuyas saeteras se exponían las cabezas de los ajusticiados. Nos detuvimos a beber unos refrescos en una choza de juncos a la entrada del cementerio de Bab Fetoh. Bajo un gigantesco árbol, de espesas hojas verdes, grupos de mujeres embozadas charlaban animadamente y bebían té verde que un esclavo negro preparaba allí a la orilla del socavón, en una cocinilla de bronce cargada sobre su espalda.

El niñito musulmán caminaba delante de nosotros, y Arsenia y yo, sumergidos en nuestros pensamientos, que giraban encantados alrededor del paisaje, nos alejamos insensiblemente de las murallas de la ciudad.

Poco después nos cruzamos con varios tuaregs arrebujados en el lomo de sus camellos, y de pronto nos encontramos frente a un puentecillo rústico, de troncos verdes que cruzaba el Uad-Djuari, río de las Perlas. La lonja de plata viva se perdía en la oscuridad ramosa de un bosquecillo próximo.

-¿Queda muy lejos?

-No -respondió el niño-; queda allí junto al molino de aceite.

Habíamos entrado en un camino completamente bloqueado de retorcidos olivos que, súbitamente, se trocó en un sendero áspero y salvaje. Arsenia tenía las mejillas ligeramente encendidas. El maldito niño caminaba ahora dando largas zancadas. De pronto, los cascos de un caballo resonaron a nuestras espaldas; nos volvimos y pudimos ver un grupo de moros que parecía brotar del olivar. No me quedó duda. Eran bandidos. Quise echar la mano al cinto, pero uno de aquellos vigorosos desalmados precipitó su caballo sobre mí; su mano derecha esgrimía un garrote; sentí el cálido aliento del potro en mi cuello, y si no me hubiera encogido a tiempo, creo que ese demonio me hubiera roto la cabeza de un estacazo. Levanté los brazos, y uno de los bandidos me despojó de mi revólver. Entonces el jefe del grupo me dijo que podía bajar los brazos.

El mocito musulmán, recatado y vergonzoso como una niña, había desaparecido.

Arsenia y yo nos mirábamos estupefactos. Comprendimos. Habíamos caído en una trampa. Estábamos secuestrados... ¡Secuestrados a las puertas de Fez! ¡Qué horror! Acongojados emprendimos la marcha rodeados de aquella gavilla de ladrones, con renegrida barba encrespada en el mentón y cimitarra de dorada empuñadura al cinto.

¡Secuestrados a las mismas puertas de Fez! Parecía mentira.

Abría la marcha un bandido de larga lanza apoyada en el estribo de su potro. Por momentos, los beduinos se confidenciaban, acercando las cabezas protegidas por albornoces listados de brillantes colores. Yo había tomado del brazo a Arsenia, por cuyas mejillas encendidas rodaban lágrimas de terror. Pero no pensaba en ella. Pensaba en mí; pensaba que mi familia no pagaría ni un céntimo de rescate por mi persona. Luego me reproché mi egoísmo y me puse a pensar en la situación de Arsenia. Era quizás aún más desesperante que la mía en aquel país en que aún se compraban esclavas...

Finalmente, cruzando el boscoso aceitunal, llegamos a una choza cuya sólida puerta abrió un esclavo semidesnudo. Arsenia y yo entramos. El interior de nuestra prisión, en contraste con el miserable aspecto exterior, estaba decentemente aderezado. Finas esteras adornaban los muros. Sobre las alfombras del suelo estaban desparramados algunos almohadones, y en una pequeña mesa escarlata había una cajetilla de cigarrillos turcos.

Arsenia se dejó caer sobre un almohadón y comenzó a llorar silenciosamente. Yo me senté a su lado y traté de consolarla.

-Querida Arsenia, no llore. Esta gente se limitará a pedir un rescate. Nada más. El que puede perder la cabeza en esta aventura soy yo, porque mi familia no pagará un céntimo, porque no lo tiene... Usted quédese tranquila... No tema...

Arsenia encontró fuerzas para sonreír entre sus lágrimas, y dijo:

-¡Nunca, Alberto, nunca! Yo no lo abandonaré. Usted tenía razón. Ese niño...

-¡No me hable del niño, por favor!

Súbitamente se abrió la puerta y apareció el jefe de los bandidos. Con gran sorpresa de nuestra parte, este bribón era un francés de pequeña estatura, calvo como un farmacéutico y con gafas cabalgando sobre una nariz sumamente respingada. Se detuvo en medio de la habitación y dijo:

-Señorita, caballero: tanto gusto.

Nos pusimos de pie. El jefe de los bandidos prosiguió en correcto francés:

-Señorita, caballero: entre las numerosas personas acomodadas que visitan Marruecos existe un ochenta por ciento que dice: "Lástima enorme que la civilización, la gendarmería, los jefes políticos, el protectorado y el ferrocarril hayan hecho desaparecer a los bandidos. Lástima enorme no vivir en la época en que uno se encontraba con una terrorífica aventura a la vuelta de cada zoco". Pues bien: yo y estos honrados creyentes que los han secuestrado a ustedes nos hemos dedicado a explotar la emoción del secuestro. Detenemos violentamente, como si fuéramos bandidos auténticos, a las personas que por su idiosincrasia nos parecen inclinadas a las ideas románticas, y luego las ponemos en libertad sin exigirles absolutamente nada a cambio de esa libertad que por un dramático momento creen haber perdido. Si los "secuestrados" gustan remunerarnos por el trabajo que nos hemos tomado para emocionarles y proporcionarles una aventura que podrán gustosamente narrar en su hogar, nosotros recibimos agradecidos lo que quieran regalarnos. Si no quieren remunerarnos, les deseamos igualmente feliz viaje y ponemos a su disposición el automóvil que para los turistas tiene la casa.

Y abriendo la puerta nos mostró un modernísimo "limousine" detenido a la puerta de la choza.

-¿De modo que ustedes no son bandidos? ¿De modo que podemos irnos?

-Así es, caballero... -El jefe de los bandidos echó la mano a su reloj, y agregó: -Van a ser las doce y media. A la una se almuerza en el hotel Continental...

¿Qué otra cosa podía hacer? Eché mano a mi bolsillo.

-¿Cuánto le debemos? -repliqué entre hosco y contento, pues no soñaba en salir tan fácilmente del paso.

Monsieur Lanterne, que así se llamaba el jefe de los bandidos, sonriose amablemente y dijo:

-Doscientos francos... Una bagatela en moneda americana. Va incluido el viaje de vuelta en automóvil.

Al otro día, cuando pasamos con Arsenia por la plazuela de Nejjarine, sentado bajo el farolón de bronce de la fuente estaba el maldito y pudoroso niño del "fondak". Al vernos, bajó los ojos como una tímida colegiala, y como si no hubiera sucedido nada, dijo, llevándose la mano al corazón:

-La Paz...

FIN

Fonte: Ciudad Seva