DIÁLOGOS
Kundera a Philip Roth
“Aprendí a valorar el humor durante el terror estalinista”
El 1 de mayo se celebra en todo el mundo el Día del Trabajo, refugio, según Oscar Wilde, “de los que no tienen nada que hacer”, fuente de salvación para quienes creen que “aleja el aburrimiento, el vicio y la necesidad”, y maldición bíblica para los demás, incluso cuando el trabajo es la literatura. Javier Tomeo analiza la escritura como profesión en la Primera Palabra. Además, El Cultural ofrece unas conversaciones de Philip Roth y Milan Kundera sobre literatura, sexo y política que forman parte de un libro de próxima aparición, titulado, precisamente, El oficio: un escritor, sus colegas y sus obras (Seix Barral). También escritores como Landero, José María Merino, Mendicutti o Ruiz Zafón desvelan los secretos de su labor.
Durante nuestras conversaciones, Kundera se expresó alguna que otra vez en francés, pero casi siempre en checo, mientras Vera, su mujer, nos hacía de intérprete a ambos.
Roth: ¿Cree que llegará pronto la destrucción del mundo?
Kundera: Depende de lo que entienda usted por pronto.
Roth: Mañana o pasado.
Kundera: La idea de que el mundo se precipita hacia su perdición es muy antigua.
Roth: Entonces, no hay de qué preocuparse.
Kundera: Al contrario. Si este miedo lleva desde hace tantísimo tiempo en la mente de los hombres, por algo será.
Roth: Durante la Primavera de Praga, su novela La broma y sus relatos del Libro de los amores ridículos tuvieron tiradas de 150.000 ejemplares. Tras la invasión rusa, fue apartado de su cátedra de la academia cinematográfica y sus libros desaparecieron de las biblioteca públicas. Años más tarde, su mujer y usted echaron unos cuantos libros y algo de ropa al maletero del coche y no pararon hasta llegar a Francia, donde se ha convertido en uno de los autores más leídos. ¿Cómo se siente ahora, en su condición de emigrante?
Kundera: Para un escritor, la experiencia de vivir en varios países es una bendición. No se puede entender el mundo sin verlo desde varios lados. El libro de la risa y el olvido, que nació en Francia, se desarrolla en un espacio geográfico especial: los hechos que ocurren en Praga están vistos con ojos de europeo occidental, y, en cambio, lo que ocurre en Francia se ve con ojos de Praga. [...]
Roth: ¿Vive en Francia como un extranjero o se siente culturalmente en casa?
Kundera: Soy muy amante de la cultura francesa, y le debo muchísimo. Sobre todo en lo que se refiere a la literatura antigua. Rabelais es el escritor que más quiero entre todos los escritores. Y Diderot. Jacques el fatalista me gusta tanto como Lawrence Sterne. Son los mayores experimentos en forma de novela que se han hecho nunca. Y son experimentos, por así decirlo, divertidos, gozosos, llenos de alegría; algo que hoy en día ya no existe en la literatura francesa y sin lo cual todo pierde significación, en el campo del arte. Cuando oigo esas eruditas exposiciones donde se explica que la novela ha agotado sus posibilidades, me doy cuenta de que pienso exactamente lo contrario: en el transcurso de la historia, la novela ha perdido y dejado de explotar muchas de sus posibilidades. [...]
Roth: El libro de la risa... no se da el nombre de novela; no obstante, usted declara en el texto: “Este libro es una novela en forma de variaciones”. ¿Es o no es una novela?
Kundera: En lo que atañe a mi juicio estético personal, es realmente una novela; pero no pretendo imponerle esa opinión a nadie. Hay una enorme libertad latente en la forma novelística. Es un error pensar que la esencia de la novela está en una determinada estructura típica.
Roth: No obstante, algo habrá que convierta un libro en una novela y que limite tanta libertad.
Kundera: Una novela es una larga pieza de prosa sintética basada en un argumento con personajes inventados. Esos son los únicos límites. Cuando digo sintética, me refiero al deseo del novelista de asir su tema desde todas las perspectivas y del modo más completo posible. El ensayo irónico, la narrativa novelística, el fragmento autobiográfico, el hecho histórico, la fantasía libre... No hay nada que la capacidad de síntesis de la novela no logre combinar en un todo unitario, como las voces de la música polifónica. La unidad de un libro no tiene por qué derivarse del argumento, porque también puede suministrarla el tema. En mi último libro hay dos temas: la risa y el olvido.
Roth: La risa siempre ha sido algo cercano a usted. Sus libros provocan la risa por medio del humor o la ironía. Cuando sus personajes han de enfrentarse al dolor, es porque tropiezan con un mundo que ha perdido el sentido del humor.
Kundera: Aprendí a valorar el humor durante la época del terror estalinista. Tenía yo veinte años. Para identificar a alguien que no fuera estalinista, al que no hubiera que tener miedo, bastaba con fijarse en su sonrisa. El sentido del humor era una señal de identificación muy fiable. Desde aquella época, me aterroriza la idea de que el mundo está perdiendo su sentido del humor.
Roth: En El libro de la risa y el olvido, sin embargo, hay otras cosas en juego. En una pequeña parábola, compara la risa de los ángeles con la risa del diablo. El diablo ríe porque el mundo de Dios no tiene sentido para él; los ángeles ríen de alegría porque en el mundo de Dios todo tiene su sentido.
Kundera: Sí, el hombre utiliza la misma manifestación fisiológica –la risa– para expresar dos actitudes metafísicas distintas. Si de pronto a alguien se le cae el sombrero encima del ataúd, en una tumba recién abierta, el entierro pierde todo su sentido y nace la risa. Dos enamorados corren por un prado, cogidos de la mano, riéndose. Su risa no tiene nada que ver con ningún chiste: es la risa seria de los ángeles cuando manifiestan su alegría de existir. Ambas modalidades de risa forman parte de los placeres de la vida, pero, llevados al extremo, también indican un apocalipsis dual: la risa entusiasta de los fanáticos-ángel, tan convencidos de su importancia en el mundo, que están dispuestos a colgar del cuello a todo el que no comparta su alegría. Y la otra risa, procedente del lado opuesto, la que proclama que nada tiene ya sentido. La existencia transcurre entre dos abismos: a un lado, el fanatismo; al otro, el escepticismo absoluto.
Roth: Lo que ahora llama usted risa de los ángeles es una nueva manera de denominar la “actitud lírica ante la vida” de sus novelas anteriores. En una de sus novelas, dice que la era del terror estalinista fue el reino del verdugo y del poeta.
Kundera: El totalitarismo no es sólo el infierno, sino también el sueño del paraíso: el antiquísimo sueño de un mundo en que todos vivimos en armonía, unidos en una sola voluntad y una sola fe comunes, sin guardarnos ningún secreto unos a otros. También Breton soñaba con este paraíso cuando se refería a la casa de cristal en que ansiaba vivir. Si el totalitarismo no hubiera explotado estos arquetipos, que todos llevamos en lo más profundo y que están profundamente arraigados en todas las religiones, nunca habría atraído a tanta gente, sobre todo durante las fases iniciales de su existencia. No obstante, el sueño del paraíso, tan pronto como se pone en marcha hacia su realización, empieza a tropezar con personas que le estorban, y los regidores del paraíso no tienen más remedio que edificar un pequeño gulag al costado del Edén. Con el transcurso del tiempo, el gulag va creciendo en tamaño y perfección, mientras el paraíso se hace cada vez más pobre y pequeño.
Roth: En su libro, Paul Éluard se eleva hacia los cielos con el paraíso y el gulag, cantando. ¿Es auténtica esta anécdota?
Kundera: Después de la guerra, Éluard abandonó las filas del surrealismo para convertirse en el mayor exponente de lo que podríamos llamar “poesía del totalitarismo”. Cantó la fraternidad, la paz, la justicia, el mañana mejor, la camaradería, en contra del aislamiento, a favor de la alegría y en contra del pesimismo, a favor de la inocencia y en contra del cinismo. Cuando, en 1950, los dirigentes del paraíso sentenciaron a un amigo suyo, el surrealista Závis Kalandra, a morir en la horca, Éluard no se permitió ningún sentimiento de amistad: se puso al servicio de los ideales suprapersonales, declarando en público su conformidad con la ejecución de su camarada. El verdugo matando, el poeta cantando. Y no sólo el poeta. Todo el período del terror estalinista fue un delirio lírico colectivo. Es algo que ya está completamente olvidado, pero resulta de crucial importancia para entender el caso. A la gente le encanta decir: qué bonita es la revolución; lo único malo de ella es el terror que engendra. Pero no es verdad. El mal está presente ya en lo hermoso, el infierno ya está contenido en el sueño del paraíso; y si queremos comprender la esencia del infierno, he-
mos de analizar también la esencia del paraíso en que tiene origen. Es extremadamente fácil condenar los gulags, pero rechazar la poesía totalitaria que conduce al gulag, pasando por el paraíso, sigue siendo tan difícil como siempre. Hoy, no hay en el mundo nadie que no rechace de modo inequívoco la noción del gulag, pero todavía hay mucha gente que se deja hipnotizar por la poesía totalitaria y se pone en marcha hacia nuevos gulags al son de la misma canción lírica que entonaba Éluard. [...]
Roth: Lo característico de su prosa es la constante confrontación entre lo privado y lo público. Pero no en el sentido de que el telón de fondo de los relatos privados sea lo público, ni de que los hechos políticos invadan las vidas privadas. Es, más bien, que usted continuamente nos está haciendo ver que los hechos políticos están gobernados por las mismas leyes que los privados, logrando que su prosa se convierta en una especie de psicoanálisis de la política.
Kundera: La metafísica del hombre es la misma en la esfera privada que en la pública. Tomemos, por ejemplo, el otro tema del libro, el olvido. Éste es el gran problema privado del hombre: la muerte en cuanto pérdida del yo. Pero ¿qué es el yo? es la suma de todo lo que recordamos. Así, lo que nos aterroriza de la muerte no es la pérdida del futuro, sino la pérdida del pasado. El olvido es una forma de muerte que siempre está presente en la vida. Ése es el problema de mi protagonista femenina, que trata desesperadamente de preservar la evanescente memoria de su amado marido difunto. Pero el olvido es también el gran problema de la política. Cuando una gran potencia quiere despojar a un pequeño país de su conciencia nacional, acude al método del olvido organizado. La política desenmascara la metafísica de la vida privada, la vida privada desenmascara la metafísica de la política.
Roth: Casi todas sus novelas hallan su desenlace en grandes escenas de coito. Incluso la parte que lleva el inocente título de “Madre” no es sino una prolongada escena de sexo a tres bandas, con prólogo y epílogo. ¿Qué significa el sexo para usted, como novelista?
Kundera: Hoy que la sexualidad ha dejado de ser tabú, la mera descripción, la mera confesión sexual, resultan notablemente aburridas. Lawrence se nos ha quedado anticuado, e incluso Miller, con su lírica de la obscenidad. Y, sin embargo, ciertos pasajes eróticos de Bataille sí me han dejado una impresión duradera, quizá porque no son líricos sino filosóficos. Tiene razón, todo lo mío termina en grandes escenas eróticas. Creo que toda escena de amor físico genera una luz extremadamente fuerte que pone de manifiesto la esencia de los personajes.
Roth: De hecho, la última parte sólo se ocupa de la sexualidad. ¿Por qué esta parte cierra el libro?
Kundera: Metafóricamente hablando, Tamina muere entre las risas de los ángeles. Por otra parte, a lo largo de toda la última sección del libro resuena la risa contraria, la que se oye cuando las cosas pierden todo su sentido. La imaginación traza una línea divisoria más allá de la cual las cosas empiezan a parecernos tan ridículas como carentes de sentido. Una persona se pregunta: ¿Tiene algún sentido levantarme por las mañanas, ir al trabajo, pertenecer a un país, sólo porque así nací? El hombre vive muy cerca de esa frontera y no es nada difícil que de pronto se encuentre al otro lado. Es una frontera que está en todas partes, en todas las áreas de la existencia humana, e incluso en la más profunda y biológica de todas: la sexualidad. Y porque es la región más profunda de la vida, la pregunta que se plantea a la sexualidad es la más profunda de todas. Tal es la razón de que mi libro de las variaciones no pueda terminar en ninguna otra variación.
Roth: ¿Es éste el punto más lejano a que ha llegado usted en su pesimismo?
Kundera: Tengo siempre mucho cuidado con las palabras pesimismo y optimismo. Una novela no afirma nada: una novela busca y plantea interrogantes. No sé si mi nación perecerá y tampoco sé cuál de mis personajes tiene razón. Invento historias, las pongo frente a frente, y por este procedimiento hago las preguntas. La estupidez de la gente procede de tener respuesta para todo. La sabiduría de la novela procede de tener una pregunta para todo. Cuando don Quijote sale al mundo, éste se convierte en un misterio puesto ante sus ojos. Tal es el legado de la primera novela europea a toda la historia de la novela que vino después. El novelista enseña al lector a aprehender el mundo como pregunta. Hay sabiduría y tolerancia en esta actitud. En un mundo edificado sobre verdades sacrosantas, la novela está muerta, El mundo totalitario, básese en Marx, en el islam o en cualquier otro fundamento, es un mundo de respuestas, en vez de preguntas. En él no tiene cabida la novela. En todo caso, me parece a mí que hoy en día , en el mundo entero, la gente prefiere juzgar a comprender, contestar a preguntar. Así, la voz de la novela apenas puede oírse en el estrépito necio de las certezas humanas.
in www.elmundo.es
quarta-feira, 16 de setembro de 2009
(...) «Quanto a isso de que o homem tem culpa por todos os homens e por tudo, para além dos seus pecados próprios, o seu raciocínio é muito correcto e é admirável como o senhor conseguiu abranger esta ideia em toda a sua plenitude. Também é uma verdade das verdades que, quando as pessoas compreendem finalmente esta ideia, chegará para elas o reino os céus, não em sonho mas na realidade.» «Mas quando se realizará isso, se é que alguma vez se realiza? Não será apenas um sonho?», exclamei com amargura. E ele: «Já não tem fé nisso, está pregá-lo e, ao mesmo tempo, não tem fé. Saiba, então, que a realização deste sonho está iminente, acredite, embora não seja para já, porque para cada coisa existe a sua lei. É um fenómeno espiritual, psicológico. Para transformar o mundo é preciso que as pessoas enveredem, psicologicamente, por outro caminho. Antes de nos tornarmos irmãos de cada qual não haverá fraternidade. Nunca as pessoas concordarão, com base em qualquer vantagem ou em qualquer ciência, partilhar com justiça a sua propriedade e os seus direitos. Cada qual achará que recebeu pouco, toda a gente se queixará, invejará os outros e exterminá-los-á. Pergunta-me quando se realizará esse sonho. Realizar-se-á, sim, mas primeiro deve acabar o período da solidão humana.» «Que solidão?», pergunto-lhe eu. «A solidão que agora reina por todo o lado, especialmente no nosso século, e ainda vem longe o fim dela. Porque cada um, hoje em dia, deseja isolar cada vez mais a sua pessoa, quer experimentar em si mesmo a plenitude da vida e, no entanto, o resultado é que todos os seus esforços, em vez da plenitude da vida, acabam num suicídio absoluto, porque em vez da plenitude da definição da sua personalidade entra num isolamento total. Porque todos, no nosso século, se separam, cada qual se isolando na sua toca, cada qual se afastando do outro, escondendo-se e escondendo o que possui, acabando por rejeitar os outros e ser rejeitado pelos outros. Acumula a sua riqueza em solidão e pensa: que forte eu sou, que rico... e mal sabe, o louco, que quanto mais acumula mais mergulha na impotência suicida. Porque está habituado a contar apenas consigo e, como unidade, se separou do comum, habituou a sua alma a não acreditar na ajuda dos outros, nas pessoas e na humanidade e apenas receia que o seu dinheiro e os seus direitos adquiridos se percam. Hoje, por todo o lado, a mente humana irónica começa a perder consciência de que o verdadeiro sustento do indivíduo não consiste no seu esforço pessoal e solitário, mas num esforço em comunidade humana. É inevitável, porém, que chegue o fim deste terrível isolamento e que se compreenda, de uma vez por todas, como é antinatural esta separação de uns dos outros. Será assim o espírito da época, e as pessoas espantar-se-ão por terem passado o tempo na escuridão, sem verem a luz. Surgirá então nos céus o sinal do filho do homem... Mas, até lá, é necessário guardar bem a bandeira e, de vez em quando, nem que seja como acto isolado, um homem sozinho deve dar o exemplo e tirar a alma do isolamento para a elevar até à façanha da convivência em amor fraterno, nem que seja na qualidade de maluquinho religioso. É necessário isso para que não morra a grande ideia...» (...)
in Os Irmãos Karamázov, Fiódor Dostoiévski.
in Os Irmãos Karamázov, Fiódor Dostoiévski.
Notícias da guerra
Luís Fernando Veríssimo
(…) Contam que num determinado vale do Azerbeijão viviam duas etnias: os curtos e os surdos. Os curtos era em menor número mas mais inteligentes do que os surdos, que de tanto se abaixarem para ouvir o que os curtos estavam dizendo acabaram criando os tortos, que culpam os surdos pela sua condição e vivem em guerra com eles apesar de serem da mesma etnia, apenas com desvio na coluna, o que os torna da mesma altura dos curtos, aos quais se aliaram pata controlar todo o petróleo e as concessões Prada e Vuitton na região. Os surdos, na sua luta contra os tortos e os curtos, aliaram-se aos mofas, uma tribo de caçadores das montanhas, apesar de estes gostarem de mover os lábios e fingir que estão falando, para os surdos gritarem «Ahn?» e revelarem a sua posição na trincheira ao inimigo, o que os diverte muito. Os americanos tentaram reunir todas essas etnias numa só frente contra o Iraque, que teria o nome de «Desert Friends», com uma vaga promessa de visita da Jennifer Aniston à região, dirigida pelo general Mack Truck, também conhecido no Pentágono como «Mack sem Tacto» e cujo primeiro acto no comando da operação foi distribuir latinhas de laca usada pelo Presidente americano durante suas apresentações na TV aos líderes das etnias com a bem-humorada mensagem de Bush «Boa sorte com o seu cabelo» escrita, por descuido, em hebraico. Não ajudou o facto de o general Truck, na chegada, desorientado por uma tempestade de areia, gritar para os curtos ouvirem e inclinar-se para falar com a barriga dos surdos, apontando a bunda para os tortos e os mofas, nem a sua prelecção a seguir, que terminou com uma debandada geral e indignada dos pretendidos aliados, para grande surpresa de Truck. De volta a Washington, Truck foi avisado que a única coisa que unia as quatro etnias era o seu ódio aos turcos, que volta e meia invadiam o vale para estuprar as suas cabras e roubar suas mulheres, e que não pegara bem seu anúncio de que, para maior eficiência da operação, ela seria comandada por turcos. «Por isso que eu odeio a política», teria dito Truck, lamentando que o Mundo não fosse dividido em apenas duas etnias, nós e eles, o que o tornaria bem mais manejável, antes de voltar para a região, desta vez levando dinheiro. (…)
in Actual, Expresso de 5 de Abril de 2003.
Luís Fernando Veríssimo
(…) Contam que num determinado vale do Azerbeijão viviam duas etnias: os curtos e os surdos. Os curtos era em menor número mas mais inteligentes do que os surdos, que de tanto se abaixarem para ouvir o que os curtos estavam dizendo acabaram criando os tortos, que culpam os surdos pela sua condição e vivem em guerra com eles apesar de serem da mesma etnia, apenas com desvio na coluna, o que os torna da mesma altura dos curtos, aos quais se aliaram pata controlar todo o petróleo e as concessões Prada e Vuitton na região. Os surdos, na sua luta contra os tortos e os curtos, aliaram-se aos mofas, uma tribo de caçadores das montanhas, apesar de estes gostarem de mover os lábios e fingir que estão falando, para os surdos gritarem «Ahn?» e revelarem a sua posição na trincheira ao inimigo, o que os diverte muito. Os americanos tentaram reunir todas essas etnias numa só frente contra o Iraque, que teria o nome de «Desert Friends», com uma vaga promessa de visita da Jennifer Aniston à região, dirigida pelo general Mack Truck, também conhecido no Pentágono como «Mack sem Tacto» e cujo primeiro acto no comando da operação foi distribuir latinhas de laca usada pelo Presidente americano durante suas apresentações na TV aos líderes das etnias com a bem-humorada mensagem de Bush «Boa sorte com o seu cabelo» escrita, por descuido, em hebraico. Não ajudou o facto de o general Truck, na chegada, desorientado por uma tempestade de areia, gritar para os curtos ouvirem e inclinar-se para falar com a barriga dos surdos, apontando a bunda para os tortos e os mofas, nem a sua prelecção a seguir, que terminou com uma debandada geral e indignada dos pretendidos aliados, para grande surpresa de Truck. De volta a Washington, Truck foi avisado que a única coisa que unia as quatro etnias era o seu ódio aos turcos, que volta e meia invadiam o vale para estuprar as suas cabras e roubar suas mulheres, e que não pegara bem seu anúncio de que, para maior eficiência da operação, ela seria comandada por turcos. «Por isso que eu odeio a política», teria dito Truck, lamentando que o Mundo não fosse dividido em apenas duas etnias, nós e eles, o que o tornaria bem mais manejável, antes de voltar para a região, desta vez levando dinheiro. (…)
in Actual, Expresso de 5 de Abril de 2003.
(…) Estás a ver, Alióchetchka – riu-se nervosamente Grúchenka -, gabei-me perante o Rakitka de ter oferecido uma cebola, mas a ti não me gabo, conto-te a coisa com outro propósito. É apenas uma fábula, mas é uma boa fábula, ouvi-a ainda em criança da boca da minha Matriona, que agora me serve de cozinheira.É assim: «Era uma vez uma campónia, muito má, muito mazinha, que finalmente morreu. E não deixou, depois de morta, qualquer virtude. Pegaram nela os diabos e atiraram-na para o lago de fogo. Vai daí, põe-se o anjo da guarda dela a pensar: de que virtude dela me posso lembrar para a dizer a Deus? Então lembrou-se e disse a Deus: esta mulher, na horta arrancou uma cebola da terra e deu-a a uma pedinte. Responde-lhe Deus então: pega nesta cebola e estende-lha, que se agarre a ela, e tu puxa-a, e se conseguires puxá-la para fora do lago, então que vá para o paraíso; mas se a cebola se espedaçar que a mulher fique onde está. O anjo correu, estendeu-lhe a cebola: toma, agarra-te a ela, diz-lhe, vou puxar-te. E começou a puxá-la com cuidado e já quase a tirara toda para fora quando os outros pecadores do lago, ao verem-na ser puxada, começaram todos a agarrar-se a ela para que fossem também puxados para fora. E como a campónia era mazinha, começou aos coices aos outros: É a mim que estão a puxar, a cebola é minha, não é vossa. Mal o disse, a cebola espedaçou-se. A campónia caiu no lago e ainda hoje lá está a arder. O anjo deitou a chorar e foi-se embora.» (…)
Fiódor Dostoiévski in Os Irmãos Karamázov.
Fiódor Dostoiévski in Os Irmãos Karamázov.
TEORIA DAS CORES
HERBERTO HELDER
Era uma vez um pintor que tinha um aquário com um peixe vermelho. Vivia o peixe tranquilamente acompanhado pela sua cor vermelha até que principiou a tornar-se negro a partir de dentro, um nó preto atrás da cor encarnada. O nó desenvolvia-se alastrando e tomando conta de todo o peixe. Por fora do aquário o pintor assistia surpreendido ao aparecimento do novo peixe.
O problema do artista era que, obrigado a interromper o quadro onde estava a chegar o vermelho do peixe, não sabia que fazer da cor preta que ele agora lhe ensinava. Os elementos do problema constituíam-se na observação dos factos e punham-se por esta ordem: peixe vermelho, vermelho, pintor – sendo o vermelho o nexo entre o peixe e o quadro através do pintor. O preto formava a insídia do real e abria um abismo na primitiva fidelidade do pintor.
Ao meditar sobre as razões da mudança exactamente quando assentava na sua fidelidade, o pintor supôs que o peixe, efectuando um número de mágica, mostrava que existia apenas uma lei abrangendo tanto o mundo das coisas como o da imaginação. Era a lei da metamorfose.
Compreendida esta espécie de fidelidade, o artista pintou um peixe amarelo.
in OS PASSOS EM VOLTA, Assírio & Alvim.
HERBERTO HELDER
Era uma vez um pintor que tinha um aquário com um peixe vermelho. Vivia o peixe tranquilamente acompanhado pela sua cor vermelha até que principiou a tornar-se negro a partir de dentro, um nó preto atrás da cor encarnada. O nó desenvolvia-se alastrando e tomando conta de todo o peixe. Por fora do aquário o pintor assistia surpreendido ao aparecimento do novo peixe.
O problema do artista era que, obrigado a interromper o quadro onde estava a chegar o vermelho do peixe, não sabia que fazer da cor preta que ele agora lhe ensinava. Os elementos do problema constituíam-se na observação dos factos e punham-se por esta ordem: peixe vermelho, vermelho, pintor – sendo o vermelho o nexo entre o peixe e o quadro através do pintor. O preto formava a insídia do real e abria um abismo na primitiva fidelidade do pintor.
Ao meditar sobre as razões da mudança exactamente quando assentava na sua fidelidade, o pintor supôs que o peixe, efectuando um número de mágica, mostrava que existia apenas uma lei abrangendo tanto o mundo das coisas como o da imaginação. Era a lei da metamorfose.
Compreendida esta espécie de fidelidade, o artista pintou um peixe amarelo.
in OS PASSOS EM VOLTA, Assírio & Alvim.
ESTILO
HERBERTO HELDER
- Se eu quisesse, enlouquecia. Sei uma quantidade de histórias terríveis. Vi muita coisa, contaram-me casos extraordinários, eu próprio… Enfim, às vezes já não consigo arrumar tudo isso. Porque, sabe?, acorda-se às quatro da manhã num quarto vazio, acende-se um cigarro… Está a ver? A pequena luz do fósforo levanta de repente a massa das sombras, a camisa caída sobre a cadeira ganha um volume impossível, a nossa vida…compreende?... a nossa vida, a vida inteira, está ali como… como um acontecimento excessivo… Tem de se arrumar muito depressa. Há felizmente o estilo. Não calcula o que seja? Vejamos: o estilo é um modo subtil de transferir a confusão e violência da vida para o plano mental de uma unidade de significação. Faço-me entender? Não? Bem, não aguentamos a desordem estuporada da vida. E então pegamos nela, reduzimo-la a dois ou três tópicos que se equacionam. Depois, por meio de uma operação intelectual, dizemos que esses tópicos se encontram no tópico comum, suponhamos do Amor ou da Morte. Percebe? Uma dessas abstracções que servem para tudo. O cigarro consome-se não é?, a calma volta. Mas pode imaginar o que seja isto todas as noites, durante semanas ou meses ou anos?
Uma vez fui a um médico.
- Doutor, estou louco – disse. – Devo estar louco.
- Tem loucos na família? – perguntou o médico. – Alcoólicos, sifilíticos?
- Sim senhor. O pior. Loucos, alcoólicos, sifilíticos, místicos, prostitutas, homossexuais. Estarei louco?
O médico tinha sentido de humor, e receitou-me barbitúricos.
- Não preciso de remédios – disse eu. – Sei histórias tenebrosas acerca da vida. De que me servem barbitúricos?
A verdade é que eu ainda não havia encontrado o estilo. Mas ouça, meu amigo: conheço por exemplo a história de um homem velho. Conheço também a de um homem novo. A do velho é melhor, pois era muito velho, e que poderia ele esperar? Mas veja, preste bem atenção. Esse homem velhíssimo não se resignaria nunca a prescindir do amor. Amava as flores. No meio da sua solidão tinha vasos de orquídeas.
O mundo é assim, que quer? É forçoso encontrar um estilo. Seria bom colocar grandes cartazes nas ruas, fazer avisos na televisão e nos cinemas. Procure o seu estilo, senão quer dar em pantanas. Arranjei o meu estilo estudando matemática e ouvindo um pouco de música. – João Sebastião Bach. Conhece o Concerto Brandeburguês n.º 5? Conhece com certeza essa coisa tão simples, tão harmoniosa e definitiva que é um sistema de três equações a três incógnitas. Primário, rudimentar. Resolvi milhares de equações. Depois ouvia Bach. Consegui um estilo. Aplico-o à noite, quando acordo às quatro da madrugada. É simples: quando acordo aterrorizado, vendo as grandes sombras incompreensíveis erguerem-se no meio do quarto, quando a pequena luz se faz na ponta dos dedos, e toda a imensa melancolia do mundo parece subir do sangue com a sua voz obscura… Começo a fazer o meu estilo. Admirável exercício, este. Às vezes uso o processo de esvaziar as palavras. Sabe como é? Pego numa palavra fundamental. Palavras fundamentais, curioso… Pego numa palavra fundamental: Amor, Doença, Medo, Morte, Metamorfose. Digo-o baixo vinte vezes. Já nada significa. É um modo de alcançar o estilo. Veja agora esta artimanha:
As crianças enlouquecem em coisas de poesia.
Escutai um instante como ficam presas
no alto desse grito, como a eternidade as acolhe
enquanto gritam e gritam.
(…)
- E nada mais somos do que o Poema onde as
crianças
se distanciam loucamente.
Trata-se do excerto de uma poesia. Gosta de poesia? Sabe o que é poesia? Tem medo da poesia? Tem o demoníaco júbilo da poesia?
Pois veja. É também um estilo. O poeta não morre da morte da poesia. É o estilo.
Está a ouvir como essas enormes crianças gritam e gritam, entrando na eternidade? Note: somos o Poema onde elas se distanciam. Como? Loucamente. Quem suportaria esses gritos magníficos? Mas o poeta faz o estilo.
Perdão, seja um pouco mais honesto. Seja ao menos mais inteligente. Vê-se bem que não estou louco. Eu, não. As crianças é que enlouquecem, e isso porque lhes falta o estilo.
Sabe de que lhe estive a falar? Da vida? Da maneira de se desembaraçar dela? Bem, o senhor não é estúpido mas também não é muito inteligente. Conheço. Conheço o género. Talvez eu já tivesse sido assim. Pratica as artes com parcimónia: não a poesia, mas as poesias. Cultiva-se, evidentemente. Se calhar está demasiado na posse de um estilo. Mas, escuta cá, a loucura, a tenebrosa e maravilhosa loucura… Enfim, não seria isso mais nobre, digamos, mais conforme ao grande segredo da nossa humanidade?
Talvez o senhor seja mais inteligente do que eu.
in OS PASSOS EM VOLTA, Assírio & Alvim.
HERBERTO HELDER
- Se eu quisesse, enlouquecia. Sei uma quantidade de histórias terríveis. Vi muita coisa, contaram-me casos extraordinários, eu próprio… Enfim, às vezes já não consigo arrumar tudo isso. Porque, sabe?, acorda-se às quatro da manhã num quarto vazio, acende-se um cigarro… Está a ver? A pequena luz do fósforo levanta de repente a massa das sombras, a camisa caída sobre a cadeira ganha um volume impossível, a nossa vida…compreende?... a nossa vida, a vida inteira, está ali como… como um acontecimento excessivo… Tem de se arrumar muito depressa. Há felizmente o estilo. Não calcula o que seja? Vejamos: o estilo é um modo subtil de transferir a confusão e violência da vida para o plano mental de uma unidade de significação. Faço-me entender? Não? Bem, não aguentamos a desordem estuporada da vida. E então pegamos nela, reduzimo-la a dois ou três tópicos que se equacionam. Depois, por meio de uma operação intelectual, dizemos que esses tópicos se encontram no tópico comum, suponhamos do Amor ou da Morte. Percebe? Uma dessas abstracções que servem para tudo. O cigarro consome-se não é?, a calma volta. Mas pode imaginar o que seja isto todas as noites, durante semanas ou meses ou anos?
Uma vez fui a um médico.
- Doutor, estou louco – disse. – Devo estar louco.
- Tem loucos na família? – perguntou o médico. – Alcoólicos, sifilíticos?
- Sim senhor. O pior. Loucos, alcoólicos, sifilíticos, místicos, prostitutas, homossexuais. Estarei louco?
O médico tinha sentido de humor, e receitou-me barbitúricos.
- Não preciso de remédios – disse eu. – Sei histórias tenebrosas acerca da vida. De que me servem barbitúricos?
A verdade é que eu ainda não havia encontrado o estilo. Mas ouça, meu amigo: conheço por exemplo a história de um homem velho. Conheço também a de um homem novo. A do velho é melhor, pois era muito velho, e que poderia ele esperar? Mas veja, preste bem atenção. Esse homem velhíssimo não se resignaria nunca a prescindir do amor. Amava as flores. No meio da sua solidão tinha vasos de orquídeas.
O mundo é assim, que quer? É forçoso encontrar um estilo. Seria bom colocar grandes cartazes nas ruas, fazer avisos na televisão e nos cinemas. Procure o seu estilo, senão quer dar em pantanas. Arranjei o meu estilo estudando matemática e ouvindo um pouco de música. – João Sebastião Bach. Conhece o Concerto Brandeburguês n.º 5? Conhece com certeza essa coisa tão simples, tão harmoniosa e definitiva que é um sistema de três equações a três incógnitas. Primário, rudimentar. Resolvi milhares de equações. Depois ouvia Bach. Consegui um estilo. Aplico-o à noite, quando acordo às quatro da madrugada. É simples: quando acordo aterrorizado, vendo as grandes sombras incompreensíveis erguerem-se no meio do quarto, quando a pequena luz se faz na ponta dos dedos, e toda a imensa melancolia do mundo parece subir do sangue com a sua voz obscura… Começo a fazer o meu estilo. Admirável exercício, este. Às vezes uso o processo de esvaziar as palavras. Sabe como é? Pego numa palavra fundamental. Palavras fundamentais, curioso… Pego numa palavra fundamental: Amor, Doença, Medo, Morte, Metamorfose. Digo-o baixo vinte vezes. Já nada significa. É um modo de alcançar o estilo. Veja agora esta artimanha:
As crianças enlouquecem em coisas de poesia.
Escutai um instante como ficam presas
no alto desse grito, como a eternidade as acolhe
enquanto gritam e gritam.
(…)
- E nada mais somos do que o Poema onde as
crianças
se distanciam loucamente.
Trata-se do excerto de uma poesia. Gosta de poesia? Sabe o que é poesia? Tem medo da poesia? Tem o demoníaco júbilo da poesia?
Pois veja. É também um estilo. O poeta não morre da morte da poesia. É o estilo.
Está a ouvir como essas enormes crianças gritam e gritam, entrando na eternidade? Note: somos o Poema onde elas se distanciam. Como? Loucamente. Quem suportaria esses gritos magníficos? Mas o poeta faz o estilo.
Perdão, seja um pouco mais honesto. Seja ao menos mais inteligente. Vê-se bem que não estou louco. Eu, não. As crianças é que enlouquecem, e isso porque lhes falta o estilo.
Sabe de que lhe estive a falar? Da vida? Da maneira de se desembaraçar dela? Bem, o senhor não é estúpido mas também não é muito inteligente. Conheço. Conheço o género. Talvez eu já tivesse sido assim. Pratica as artes com parcimónia: não a poesia, mas as poesias. Cultiva-se, evidentemente. Se calhar está demasiado na posse de um estilo. Mas, escuta cá, a loucura, a tenebrosa e maravilhosa loucura… Enfim, não seria isso mais nobre, digamos, mais conforme ao grande segredo da nossa humanidade?
Talvez o senhor seja mais inteligente do que eu.
in OS PASSOS EM VOLTA, Assírio & Alvim.
(…) Hans Castorp entregava-se a profundas investigações; lia, enquanto a lua seguia a sua órbita por cima do vale alpino, cintilante de cristais; lia coisas sobre a matéria organizada, sobre as qualidades do protoplasma, da substância sensível que, entre a composição e a decomposição, se mantém num estranho estado intermédio, e sobre a evolução das suas formas desenvolvidas de tipos originais mas sempre presentes, lia, com insistente interesse, o que os livros diziam sobre a vida e o seu mistério sagrado e impuro.
Que era a vida? Não se sabia. Ela tinha consciência de si mesma, indubitàvelmente, desde que era vida, mas ignorava o que era. Era incontestável que a consciência, como sensibilidade despertava até certo ponto ainda nas fases inferiores, menos adiantadas da vida; não era possível fixar em determinado ponto da sua vida colectiva ou individual a primeira aparição de fenómenos conscientes, e, por exemplo, fazer depender a consciência, da existência de um sistema nervoso. As formas animais inferiores não dispunham de sistema nervoso, e muito menos de um cérebro e no entanto ninguém se atrevia a negar-lhes que possuíssem reflexos. Além disso, podia-se parar a vida, a própria vida, e não sòmente os órgãos particulares da sensibilidade que a constituíam, não sòmente os nervos. Podia-se suspender temporàriamente a sensibilidade de toda a matéria dotada de vida, no reino vegetal tanto como no reino animal; era possível narcotizar ovos e espermatozóides por meio de clorofórmio, de cloral hidratado ou de morfina. A consciência de si era, pois, muito simplesmente uma função da matéria organizada, e num grau mais elevado esta função dirigia-se contra o seu próprio portador, convertia-se na tendência para pesquisar e explicar o fenómeno; tornava-se uma tendência que a tinha suscitado uma tendência cheia de promessas e de desespero da vida para se conhecer a si própria, auto-investigação da natureza, investigação vã em última análise, visto a natureza não se poder resolver em conhecimento, dado que a vida não pode surpreender a última palavra de si mesma.
Que era então a vida? Ninguém sabia. Ninguém conhecia o ponto da natureza donde ela brotava e no qual se acendia. A partir desse ponto, nada havia que fosse espontâneo; mas a própria vida surgia bruscamente. A única coisa que se podia, talvez, afirmar a seu respeito, era que a sua estrutura devia ser de tal modo evoluída que não tinha, nem de longe, igual no mundo inanimado. Entre o pseudópodo da amiba e o animal vertebrado, a distância era insignificante, desprezível, em comparação com aquela que existe entre o fenómeno mais simples da vida e esta natureza que nem sequer merecia ser qualificada de morta, uma vez que era inorgânica. Pois que a morte não era senão a negação lógica da vida; mas entre a vida e a natureza inanimada abria-se um abismo que a ciência em vão tentava atravessar. Alguns esforçavam-se por o circunscrever por meio de teorias que ele sorvia sem nada perder da sua profundidade nem da sua extensão. Para estabelecerem um laço, haviam-se perdido na hipótese contraditória de uma matéria viva incompleta, de organismos não organizados, que se condenavam por si mesmos na solução de albumina, como o cristal na água-mãe, embora, na realidade, a diferenciação orgânica constituísse a condição primeira e a manifestação de toda a vida, e posto que não se conhecesse nenhum ser vivo que não devesse a sua existência a uma concepção. O triunfo com que se saudara o protoplasma primevo, pescado nas profundezas do mar, transformara-se em confusão. Demonstrou-se que haviam sido confundidos depósitos de gesso com protoplasma. Mas os cientistas, para não se deterem à frente do milagre – porque a vida a compor-se dos mesmos elementos e a decompor-se nos mesmos elementos que a natureza inorgânica, sem formas intermédias, seria um milagre – viram-se, contudo, forçados a admitir uma concepção inicial, isto é, que o orgânico nascia do inorgânico o que, aliás, era igualmente um milagre. Destarte continuaram a admitir-se graus intermediários e uma solução de continuidade, a supor a existência de organismos inferiores a todos os que se conheciam, mas que, por sua vez, tivessem como predecessores esboços de vida ainda mais primitivos, protozoários que ninguém veria jamais porque eram de uma pequenez inframicroscópia, e antes de cujo suposto nascimento devia ter-se produzido a síntese das combinações de albumina… (…)
in Montanha Mágica, Thomas Mann.
Que era a vida? Não se sabia. Ela tinha consciência de si mesma, indubitàvelmente, desde que era vida, mas ignorava o que era. Era incontestável que a consciência, como sensibilidade despertava até certo ponto ainda nas fases inferiores, menos adiantadas da vida; não era possível fixar em determinado ponto da sua vida colectiva ou individual a primeira aparição de fenómenos conscientes, e, por exemplo, fazer depender a consciência, da existência de um sistema nervoso. As formas animais inferiores não dispunham de sistema nervoso, e muito menos de um cérebro e no entanto ninguém se atrevia a negar-lhes que possuíssem reflexos. Além disso, podia-se parar a vida, a própria vida, e não sòmente os órgãos particulares da sensibilidade que a constituíam, não sòmente os nervos. Podia-se suspender temporàriamente a sensibilidade de toda a matéria dotada de vida, no reino vegetal tanto como no reino animal; era possível narcotizar ovos e espermatozóides por meio de clorofórmio, de cloral hidratado ou de morfina. A consciência de si era, pois, muito simplesmente uma função da matéria organizada, e num grau mais elevado esta função dirigia-se contra o seu próprio portador, convertia-se na tendência para pesquisar e explicar o fenómeno; tornava-se uma tendência que a tinha suscitado uma tendência cheia de promessas e de desespero da vida para se conhecer a si própria, auto-investigação da natureza, investigação vã em última análise, visto a natureza não se poder resolver em conhecimento, dado que a vida não pode surpreender a última palavra de si mesma.
Que era então a vida? Ninguém sabia. Ninguém conhecia o ponto da natureza donde ela brotava e no qual se acendia. A partir desse ponto, nada havia que fosse espontâneo; mas a própria vida surgia bruscamente. A única coisa que se podia, talvez, afirmar a seu respeito, era que a sua estrutura devia ser de tal modo evoluída que não tinha, nem de longe, igual no mundo inanimado. Entre o pseudópodo da amiba e o animal vertebrado, a distância era insignificante, desprezível, em comparação com aquela que existe entre o fenómeno mais simples da vida e esta natureza que nem sequer merecia ser qualificada de morta, uma vez que era inorgânica. Pois que a morte não era senão a negação lógica da vida; mas entre a vida e a natureza inanimada abria-se um abismo que a ciência em vão tentava atravessar. Alguns esforçavam-se por o circunscrever por meio de teorias que ele sorvia sem nada perder da sua profundidade nem da sua extensão. Para estabelecerem um laço, haviam-se perdido na hipótese contraditória de uma matéria viva incompleta, de organismos não organizados, que se condenavam por si mesmos na solução de albumina, como o cristal na água-mãe, embora, na realidade, a diferenciação orgânica constituísse a condição primeira e a manifestação de toda a vida, e posto que não se conhecesse nenhum ser vivo que não devesse a sua existência a uma concepção. O triunfo com que se saudara o protoplasma primevo, pescado nas profundezas do mar, transformara-se em confusão. Demonstrou-se que haviam sido confundidos depósitos de gesso com protoplasma. Mas os cientistas, para não se deterem à frente do milagre – porque a vida a compor-se dos mesmos elementos e a decompor-se nos mesmos elementos que a natureza inorgânica, sem formas intermédias, seria um milagre – viram-se, contudo, forçados a admitir uma concepção inicial, isto é, que o orgânico nascia do inorgânico o que, aliás, era igualmente um milagre. Destarte continuaram a admitir-se graus intermediários e uma solução de continuidade, a supor a existência de organismos inferiores a todos os que se conheciam, mas que, por sua vez, tivessem como predecessores esboços de vida ainda mais primitivos, protozoários que ninguém veria jamais porque eram de uma pequenez inframicroscópia, e antes de cujo suposto nascimento devia ter-se produzido a síntese das combinações de albumina… (…)
in Montanha Mágica, Thomas Mann.
(…) Que era, então, a vida? Era calor, calor produzido por um fenómeno sem substância própria que conservava a forma; era uma febre da matéria que acompanhava o processo de incessante decomposição e reconstituição de moléculas de albumina de uma estrutura intimamente complicada e infinitamente engenhosa. Era o ser daquilo que na realidade não pode ser, que oscila numa doce e dolorosa suspensão sobre o limite do ser, nesse processo contínuo e febril de decomposição e renovação. Não era matéria nem era espírito. Era qualquer coisa entre os dois, um fenómeno sustentado pela matéria, como o arco-íris sobre a queda de água, e semelhante à chama. Mas, se bem que não dependesse da matéria, era sensual até à volúpia e até ao desgosto o impudor da natureza tornada irritável e sensível com respeito a si própria e à forma impúdica do ser. Era uma veleidade secreta e sensual no frio casto do universo, uma impureza intimamente voluptuosa composta de nutrição e de excreção, um sopro excretor de ácido carbónico e de substâncias nocivas de procedência e natureza desconhecidas. Era a vegetação, a desenvolução, a proliferação de uma coisa túmida, de água, de albumina, de sal e de gorduras a que se chamava carne e se convertia em forma, imagem e beleza, mas que era o princípio da sensualidade e do desejo. Porque essa forma, essa beleza não eram conduzidas pelo espírito, como nas obras da poesia e da música, nem tão pouco por uma substância neutra e absorvida pelo espírito, que encarnasse o espírito de uma maneira inocente, como o são a forma e a beleza das obras plásticas. Era, pelo contrário, conduzida e alaborada pela substância, despertada, de modo desconhecido, para a voluptuosidade, pela substância orgânica, pela própria matéria que vive decompondo-se, pela carne perfumada…
Agasalhado de lã e de peles destinadas a evitarem perda de calor, o jovem Hans Castorp repousava acima do vale cintilante, enquanto, nessa noite glacial, iluminada pelo brilho do astro cintilante lhe aparecia a imagem da vida. Flutuava diante dele, num lugar do espaço, longínquo e todavia próximo dos seus sentidos, esse corpo de uma brancura embaciada, exalando odores e nevoeiros, viscoso e nessa imagem havia, a pele com toda a impureza e imperfeição que lhe eram peculiares, com manchas, papilas, rugas, despigmentações, zonas granulosas ou escamosas, revestida de correntes e dos suaves torvelinhos da lanugem rudimentar. Distante do frio da matéria inanimada repousava na sua esfera vaporosa, descuidada, a cabeça coroada de alguma coisa fresca, córnea, pigmentada, que era um produto da sua pele, as mãos unidas por detrás da nuca, e sob as pálpebras baixas, olhava o espectador, com aqueles olhos que uma dobra da pele da pálpebra fazia aparecer oblíquos, com os lábios entreabertos, um tanto grossos, apoiada numa das pernas, de modo que o osso ilíaco que suportava o peso ressaltava nitidamente da carne, ao passo que o joelho da outra perna, levemente dobrado, roçava o interior da perna de apoio e o pé tocava o solo apenas com a ponta dos dedos. Estava ali de pé, voltava-se sorrindo, certa da sua graça, com os cotovelos luzidios apontando para a frente, na simetria das suas pernas gémeas.
À sombra das axilas, de exalação acre, correspondia, num triângulo místico, a obscuridade do sexo, assim como aos olhos a boca vermelha e epitelial, e às corolas rubras dos seios o umbigo vertical e alongado. Sob a acção de um órgão central e de nervos motores que partiam da coluna vertebral, o ventre e o tórax, a caverna pleuroperitonal, dilatava-se e retraía-se, o hálito esquentado e humedecido pelas mucosas do trato respiratório, escapava-se por entre os lábios, após ter combinado, nos alvéolos dos pulmões, o seu oxigénio com a hemoglobina do sangue, para possibilitar a respiração interna. (…)
in A Montanha Mágica, Thomas Mann.
Agasalhado de lã e de peles destinadas a evitarem perda de calor, o jovem Hans Castorp repousava acima do vale cintilante, enquanto, nessa noite glacial, iluminada pelo brilho do astro cintilante lhe aparecia a imagem da vida. Flutuava diante dele, num lugar do espaço, longínquo e todavia próximo dos seus sentidos, esse corpo de uma brancura embaciada, exalando odores e nevoeiros, viscoso e nessa imagem havia, a pele com toda a impureza e imperfeição que lhe eram peculiares, com manchas, papilas, rugas, despigmentações, zonas granulosas ou escamosas, revestida de correntes e dos suaves torvelinhos da lanugem rudimentar. Distante do frio da matéria inanimada repousava na sua esfera vaporosa, descuidada, a cabeça coroada de alguma coisa fresca, córnea, pigmentada, que era um produto da sua pele, as mãos unidas por detrás da nuca, e sob as pálpebras baixas, olhava o espectador, com aqueles olhos que uma dobra da pele da pálpebra fazia aparecer oblíquos, com os lábios entreabertos, um tanto grossos, apoiada numa das pernas, de modo que o osso ilíaco que suportava o peso ressaltava nitidamente da carne, ao passo que o joelho da outra perna, levemente dobrado, roçava o interior da perna de apoio e o pé tocava o solo apenas com a ponta dos dedos. Estava ali de pé, voltava-se sorrindo, certa da sua graça, com os cotovelos luzidios apontando para a frente, na simetria das suas pernas gémeas.
À sombra das axilas, de exalação acre, correspondia, num triângulo místico, a obscuridade do sexo, assim como aos olhos a boca vermelha e epitelial, e às corolas rubras dos seios o umbigo vertical e alongado. Sob a acção de um órgão central e de nervos motores que partiam da coluna vertebral, o ventre e o tórax, a caverna pleuroperitonal, dilatava-se e retraía-se, o hálito esquentado e humedecido pelas mucosas do trato respiratório, escapava-se por entre os lábios, após ter combinado, nos alvéolos dos pulmões, o seu oxigénio com a hemoglobina do sangue, para possibilitar a respiração interna. (…)
in A Montanha Mágica, Thomas Mann.
LITERATURA
"Se o gosto pelos livros aumenta com a inteligência, os perigos, como vimos, diminuem com ela. Um espírito original sabe subordinar a leitura à actividade pessoal. Ela é para ele apenas a mais nobre das distracções, sobretudo a mais enobrecedora, pois, só a leitura e o saber conferem “as boas maneiras” do espírito. O poder da nossa sensibilidade e da nossa inteligência, só o podemos desenvolver dentro de nós próprios, nas profundezas da nossa vida espiritual. Mas é nesse contacto com os outros espíritos que a leitura é, que se faz a educação das “maneiras” do espírito. Os letrados permanecem, apesar de tudo, como as pessoas notáveis da inteligência, e ignorar um determinado livro, uma determinada particularidade da ciência literária, será sempre, mesmo num homem de génio, uma marca de grosseria intelectual. A distinção e a nobreza consistem na ordem do pensamento também, numa espécie de franco-maçonaria de costumes, e numa herança de tradições.
Muito rapidamente, no gosto e no divertimento de ler, a preferência dos grandes escritores vai para os livros dos clássicos. Mesmo aqueles que pareceram aos meus contemporâneos mais “românticos” não liam senão os clássicos. Nas conversas de Victor Hugo, quando ele fala das suas leituras, são os nomes de Molière, de Horácio, de Ovídio, de Regnard, que surgem mais vezes. Alphonse Daudet, o menos livresco dos escritores, cuja obra toda feita de modernidade e de vida parece ter rejeitado qualquer herança clássica, lia, citava, comentava incessantemente Pascal, Montaigne, Diderot, Tácito. Poder-se-ia quase ir ao ponto de dizer, renovando talvez, com esta interpretação aliás perfeitamente parcial, a velha distinção entre clássicos e românticos, que são os públicos (os públicos inteligentes, evidentemente) que são românticos, enquanto os mestres preferidos (mesmo os mestres ditos românicos, os mestres preferidos dos públicos românticos) são clássicos. (Observação que se podia estender a todas as artes. O público vai ouvir a música do Sr. Vincent d`Indy, o Sr. Vincente d`Indy relê a de Monsigny. O público vai às esposições do Sr. Vuillard e do Sr. Maurice Denis enquanto estes vão ao Louvre.) Isso deve-se provavelmente ao facto desse pensamento contemporâneo que os escritores e os artistas originais tornam acessível e desejável ao público, fazer em certa medida de tal modo parte deles próprios que um pensamento diferente os diverte melhor. Pede-lhes, para que cheguem até ele, mais esforço, e dá-lhes também mais prazer; é sempre agradável sair um pouco de nós próprios, viajar, quando lemos.
Mas há uma outra razão à qual prefiro, para terminar, atribuir essa predilecção dos grandes espíritos pelas obras clássicas. É que estas não têm para nós, como as obras contemporâneas, a beleza que nelas soube incutir o espírito o espírito que as criou. Recebem outra ainda mais comovente pelo facto da própria matéria, refiro-me à língua em que foram escritas, ser como que um espelho da vida. Um pouco de felicidade que sentimos ao darmos um passeio por uma cidade como Beaune que guarda intacto o seu hospital do século XV, com o seu poço, o lavadouro, a abóboda de madeira revestida de lambris e pintada, o telhado de empena alta trespassado de clarabóias coroadas por leves espigas de chumbo martelado (todas as coisas que uma época ao desaparecer como que deixou ali esquecidas, todas essas coisas que só a ela pertenciam, visto que nenhuma das épocas que se lhe seguiram viu nascer outras parecidas), sentimos ainda um pouco dessa felicidade ao deambularmos pelos meandros de uma tragédia de Racine ou de um volume de Saint-Simon. Porque eles cont~em todas as belas formas de linguagem abolidas que guardam as recordações de usos, ou de maneiras de sentir que já não existem, marcas persistentes do passado com que coisa alguma do presente se parece e de que o tempo, ao passar por elas, foi o único a avivar-lhes mais a cor.
Uma tragédia de Racine, um volume das Memoires de Sainte-Beuve assemelham-se a coisas lindas que já não se fabricam. A linguagem em que foram esculpidas por grandes artistas com uma liberdade que lhes faz brilhar a suavidade e sobressair a força inata emociona-nos como a visão de certos mármores, hoje inusitados, que os operários de outrora utilizavam. É provável que num desses velhos edifícios a pedra tenha fielmente guardado o pensamento do escultor, mas também, graças ao escultor, a pedra, de uma espécie actualmente desconhecida, foi-nos conservada, revestida de todas as cores que ele dela soube extrair, fazer aparecer, harmonizar.(...)
Várias vezes no Evangelho de São Lucas, ao encontrar os dois pontos que o interrompem antes de cada uma das partes quase em forma de cânticos de que está semeado, ouvi o silêncio do crente, que acabava de parar a leitura em voz alta a fim de entoar os versículos seguintes como um salmo que lhe fizesse lembrar os salmos mais antigos da Bíblia. Este silêncio enchia ainda a pausa da frase que, ao ter-se cindido para o englobar, guardara a forma dele; e mais de uma vez, enquanto eu lia, ele me trouxe o perfume de uma rosa que a brisa entrando pela janela aberta espalhara pela sala de tecto alto onde estava reunida a Assembleia e que se não evaporara desde há quase dois mil anos. A Divina Comédia, as peças de Shakespear, dão também a impressão de contemplarem, inserido na hora actual, um pouco do passado; esta impressão tão exaltante que faz com que certos “Dias de leitura” se assemelhem a certos dias de deambulação por Veneza, pela Piazetta por exemplo, quando se tem diante nós, na sua cor semi-real de coisas situadas a poucos passos e a muitos séculos, as duas colunas de granito cinzento e rosa que têm nos capitéis, uma o leão de São Marcos, a outra Santo Teodoro esmagando o crocodilo; estas duas belas e esbeltas estrangeiras vieram outrora do Oriente trazidas pelo mar que a seus pés se quebra; sem compreenderem as conversas tidas à sua volta, continuam a alongar os seus dias do século XII na multidão de hoje, naquela praça pública onde brilha ainda distraidamente, ali tão perto, o seu sorriso distante."
PROUST, Marcel, “O Prazer da Leitura”, Lisboa, Editorial Teorema, 1997, p.p. 56-62.
"Se o gosto pelos livros aumenta com a inteligência, os perigos, como vimos, diminuem com ela. Um espírito original sabe subordinar a leitura à actividade pessoal. Ela é para ele apenas a mais nobre das distracções, sobretudo a mais enobrecedora, pois, só a leitura e o saber conferem “as boas maneiras” do espírito. O poder da nossa sensibilidade e da nossa inteligência, só o podemos desenvolver dentro de nós próprios, nas profundezas da nossa vida espiritual. Mas é nesse contacto com os outros espíritos que a leitura é, que se faz a educação das “maneiras” do espírito. Os letrados permanecem, apesar de tudo, como as pessoas notáveis da inteligência, e ignorar um determinado livro, uma determinada particularidade da ciência literária, será sempre, mesmo num homem de génio, uma marca de grosseria intelectual. A distinção e a nobreza consistem na ordem do pensamento também, numa espécie de franco-maçonaria de costumes, e numa herança de tradições.
Muito rapidamente, no gosto e no divertimento de ler, a preferência dos grandes escritores vai para os livros dos clássicos. Mesmo aqueles que pareceram aos meus contemporâneos mais “românticos” não liam senão os clássicos. Nas conversas de Victor Hugo, quando ele fala das suas leituras, são os nomes de Molière, de Horácio, de Ovídio, de Regnard, que surgem mais vezes. Alphonse Daudet, o menos livresco dos escritores, cuja obra toda feita de modernidade e de vida parece ter rejeitado qualquer herança clássica, lia, citava, comentava incessantemente Pascal, Montaigne, Diderot, Tácito. Poder-se-ia quase ir ao ponto de dizer, renovando talvez, com esta interpretação aliás perfeitamente parcial, a velha distinção entre clássicos e românticos, que são os públicos (os públicos inteligentes, evidentemente) que são românticos, enquanto os mestres preferidos (mesmo os mestres ditos românicos, os mestres preferidos dos públicos românticos) são clássicos. (Observação que se podia estender a todas as artes. O público vai ouvir a música do Sr. Vincent d`Indy, o Sr. Vincente d`Indy relê a de Monsigny. O público vai às esposições do Sr. Vuillard e do Sr. Maurice Denis enquanto estes vão ao Louvre.) Isso deve-se provavelmente ao facto desse pensamento contemporâneo que os escritores e os artistas originais tornam acessível e desejável ao público, fazer em certa medida de tal modo parte deles próprios que um pensamento diferente os diverte melhor. Pede-lhes, para que cheguem até ele, mais esforço, e dá-lhes também mais prazer; é sempre agradável sair um pouco de nós próprios, viajar, quando lemos.
Mas há uma outra razão à qual prefiro, para terminar, atribuir essa predilecção dos grandes espíritos pelas obras clássicas. É que estas não têm para nós, como as obras contemporâneas, a beleza que nelas soube incutir o espírito o espírito que as criou. Recebem outra ainda mais comovente pelo facto da própria matéria, refiro-me à língua em que foram escritas, ser como que um espelho da vida. Um pouco de felicidade que sentimos ao darmos um passeio por uma cidade como Beaune que guarda intacto o seu hospital do século XV, com o seu poço, o lavadouro, a abóboda de madeira revestida de lambris e pintada, o telhado de empena alta trespassado de clarabóias coroadas por leves espigas de chumbo martelado (todas as coisas que uma época ao desaparecer como que deixou ali esquecidas, todas essas coisas que só a ela pertenciam, visto que nenhuma das épocas que se lhe seguiram viu nascer outras parecidas), sentimos ainda um pouco dessa felicidade ao deambularmos pelos meandros de uma tragédia de Racine ou de um volume de Saint-Simon. Porque eles cont~em todas as belas formas de linguagem abolidas que guardam as recordações de usos, ou de maneiras de sentir que já não existem, marcas persistentes do passado com que coisa alguma do presente se parece e de que o tempo, ao passar por elas, foi o único a avivar-lhes mais a cor.
Uma tragédia de Racine, um volume das Memoires de Sainte-Beuve assemelham-se a coisas lindas que já não se fabricam. A linguagem em que foram esculpidas por grandes artistas com uma liberdade que lhes faz brilhar a suavidade e sobressair a força inata emociona-nos como a visão de certos mármores, hoje inusitados, que os operários de outrora utilizavam. É provável que num desses velhos edifícios a pedra tenha fielmente guardado o pensamento do escultor, mas também, graças ao escultor, a pedra, de uma espécie actualmente desconhecida, foi-nos conservada, revestida de todas as cores que ele dela soube extrair, fazer aparecer, harmonizar.(...)
Várias vezes no Evangelho de São Lucas, ao encontrar os dois pontos que o interrompem antes de cada uma das partes quase em forma de cânticos de que está semeado, ouvi o silêncio do crente, que acabava de parar a leitura em voz alta a fim de entoar os versículos seguintes como um salmo que lhe fizesse lembrar os salmos mais antigos da Bíblia. Este silêncio enchia ainda a pausa da frase que, ao ter-se cindido para o englobar, guardara a forma dele; e mais de uma vez, enquanto eu lia, ele me trouxe o perfume de uma rosa que a brisa entrando pela janela aberta espalhara pela sala de tecto alto onde estava reunida a Assembleia e que se não evaporara desde há quase dois mil anos. A Divina Comédia, as peças de Shakespear, dão também a impressão de contemplarem, inserido na hora actual, um pouco do passado; esta impressão tão exaltante que faz com que certos “Dias de leitura” se assemelhem a certos dias de deambulação por Veneza, pela Piazetta por exemplo, quando se tem diante nós, na sua cor semi-real de coisas situadas a poucos passos e a muitos séculos, as duas colunas de granito cinzento e rosa que têm nos capitéis, uma o leão de São Marcos, a outra Santo Teodoro esmagando o crocodilo; estas duas belas e esbeltas estrangeiras vieram outrora do Oriente trazidas pelo mar que a seus pés se quebra; sem compreenderem as conversas tidas à sua volta, continuam a alongar os seus dias do século XII na multidão de hoje, naquela praça pública onde brilha ainda distraidamente, ali tão perto, o seu sorriso distante."
PROUST, Marcel, “O Prazer da Leitura”, Lisboa, Editorial Teorema, 1997, p.p. 56-62.
"Muitas vezes, as suas relações com as grandes constelações do mundo eram contraditórias, acossadas de escrúpulos e perturbadas por embaraços. Recentemente, havia apenas ano e meio ou dois anos, a cooperação diplomática do seu país [Alemanha] com a Áustria na questão da Albânia perturbara-lhe o curso das ideias, essa cooperação que o satisfazia por ser dirigida contra um país semi-asiático, contra o Knut e contra as bastilhas czaristas, e ao mesmo tempo o atormentava por ser uma mésalliance com o inimigo hereditário, com o princípio da reacção e do avassalamento dos povos. No último Outono, o grande empréstimo que a França fizera à Rússia para a construção de uma vasta rede ferroviária na Polónia, despertara nele sentimentos igualmente heterógeneos. Porque o sr. Settembrini pertencia ao partido francófilo da sua terra, o que não nos deve admirar se nos lembrarmos que o avô comparar os dias da Revolução de Julho aos da criação do Universo; e, no entanto, o acordo entre a república esclarecida e a Bysâncio cítica suscitava-lhe, apesar se tudo, dúvidas morais e oprimia-lhe o peito. Mas essa angústia também não tardava a converter-se em esperança e alegria que lhe aceleravam a respiração, sempre que se recordava do significado estratégico dessas vias férreas. Então teve lugar o atentado contra o príncipe herdeiro, que para todos, excepção feita de certos dorminhocos alemães, constituía um sinal de tempestade, um aviso aos iniciados, entre os quais temos toda a razão para incluir o sr. Settembrini. Hans Castorp, na verdade, viu-o horrorizar-se como indivíduo diante desse acto terrorista, mas observou como o peito do humanista vibrava com o pensamento de que se tratava de uma façanha libertadora, brotada do seio de uma nação e dirigida contra a cidadela que ele mais odiava, posto que, ao mesmo tempo tivesse de considerar esse feito como o fruto de actividades moscovitas, o que o inquietava, mas não o impedia de qualificar de insulto à humanidade, e de crime hediondo, o ultimato que a monarquia, três semanas mais tarde, dirigiu à Sérvia, dadas as consequências que previa como conhecedor do assunto, e que saudava com respiração ofegante.
Numa palavra, os sentimentos do sr. Settembrini eram tão complexos como a fatalidade que ele via precipitar-se com imensa rapidez, e para a qual procurava, por meio de palavras veladas, preparar o discípulo, se bem que uma espécie de cortesia e de compaixão nacional o impedisse de exprimir todo o seu pensamento. Nos dias das primeiras mobilizações e da primeira declaração de guerra adquirira o hábito de estender as mãos ao seu visitante e de apertar as do outro, de uma maneira que tocava o coração, senão o cérebro do simplório. «Meu amigo, - dizia o italiano. – A pólvora, a imprensa, é incontestável que foram inventadas por vocês, outrora. Mas se o senhor pensa que marcharemos contra a Revolução… Caro...
Durante os dias da mais terrível expectativa durante os quais os nervos da Europa ficaram tensos numa verdadeira tortura, Hans Castorp não viu o sr. Settembrini. (...)
Na fria realidade, o mentor encontrou-o ocupado a fazer as malas porque Hans Castorp, desde o momento em que acordara, via-se arrastado no turbilhão das partidas precipitadas que o trovão desencadeara no vale. A «pátria» da montanha, assemelhava-se a um formigueiro em pânico. (...)
Neste tumulto Lodovico abraçou-o – abraçou-o literalmente, cingiu-o com os braços e beijou-lhe ambas as faces, como meridional (ou como um russo), o que não obstante toda a sua emoção, não deixou de acanhar o nosso viajante. Mas este, quase perdeu a serenidade, quando no último instante, o sr. Settembrini o chamou pelo primeiro nome, lhe chamou «Giovanni» abandonando a forma de tratamento habitualmente usada no Ocidente civilizado, quer dizer, tratando-o por tu.
- E cosi in giu – disse – in giu finalmente! Addio, Giovanni mio! Teria preferido ver-te partir noutras circunstâncias, mas seja! Os deuses assim resolveram e não de outro modo. Era ao trabalho que esperava ver-te regressar, mas eis que vais combater entre os teus. Meu Deus, coube-te a ti em sorte, e não nosso tenente. [Joachim Ziemssen, primo de Hans Castorp falecido entretanto, e que tinha como sonho de vida ser general e combater] É a vida… Luta valentemente, lá onde te mandam os laços do sangue! Ninguém pode fazer mais, agora. Mas perdoa-me se emprego o resto das minhas forças para concitar também o meu país à luta, do lado onde o espírito e os interesses sagrados lhe ordenam que se coloque. Addio! (...)
Onde estamos? Que é isto? Onde nos levou o sonho? Crepúsculo, chuva e lama, rubros clarões de fogo no céu incendiado. Um trovão surdo ressoa sem cessar, enche o ar húmido dilacerado por silvos agudos, por uivos raivosos, infernais, cujo caminho termina entre estilhaços, jactos de terra, detonações e labaredas, gemidos e gritos, clarinadas estridentes que ameaçam despedaçar-se num crepitar cada vez mais rápido, mais rápido, mais rápido… (...)
É a planície, é a guerra. E nós somos tímidas sombras à beira do caminho, envergonhando-nos da segurança de sombras de que gozamos, pouco dispostos a alargarmo-nos a bravatas e fanfarronices, guiados até aqui pelo espírito da nossa história… (...)
Trouxeram-nos aqui, trouxeram esses camaradas, para que dessem o seu último vigor a uma batalha que durou o dia inteiro, e cujo objectivo é a reconquista destas mesmas posições na colina e das duas aldeias em chamas, lá em baixo, anteontem tomadas pelo inimigo. É um regimento de voluntários, sangue jovem, na maioria estudantes, com pouco tempo na frente da batalha.(...)
Ei-los, seu sangue jovem suportou tudo, os corpos excitados e já exaustos, mas ainda tensos pelas mais profundas reservas vitais, não se preocupam com a alimentação nem com o sono de que foram privados. Os rostos molhados, salpicados de lama, emoldurados pela jugular, ardem sob os capacetes revestidos de pano cinzento e que caíram para trás. Estão inflamados pelo esforço e também pelas baixas que sofreram durante a marcha através do bosque alagado. Porque o inimigo, advertido da sua aproximação, lançou-lhe sobre o caminho uma barragem de shrapnels (granadas que deixavam cair um chuveiro de balas sobre os combatentes), e de granadas de grosso calibre; fogo que estalara e devastara os grupos em pleno floresta e agora açoita a vasta campina arada, uivando, vomitando chamas, arrojando terra para todos os lados.
É preciso que passem esses três mil rapazotes febris, são reforços que têm de decidir, com as baionetas, o assalto às trincheiras cavadas diante e atrás da cadeia de colinas, e às aldeias incendiadas; cabe-lhes levar o ataque até determinado ponto que se encontra assinalado na ordem que o chefe traz no bolso. São três mil para que sobrem dois mil, quando chegarem às colinas e às aldeias; tal é o sentido do seu grande número. Formam um grupo composto de tal maneira que, mesmo depois de graves perdas, possam agir ainda, vencer e saudar o triunfo com um hurra de milhares de vozes, sem se importar com aqueles que se tenham isolado ao cair.»
«Já inundam o terreno lamacento, chicoteado pelos estilhaços, a estrada, o caminho, os campos esponjosos; nós, as sombras espectadoras, à beira do caminho, achamo-nos entre eles..(...)
Ah, toda esta bela juventude, com as suas mochilas e baionetas, com as capas e as botas enlameadas! Com uma imaginação humanista e inebriada pela beleza, poderíamos sonhar outras imagens. Poderíamos ter a seguinte visão: esses jovens montando e banhando cavalos numa enseada, passeando pela praia em companhia da namorada, achegando os lábios à orelha da meiga noiva, ou ensinando uns aos outros, numa amizade feliz, o tiro de arco. Que façam isso com alegria, ainda que transidos de medo e com indisível saudade de suas mães, é uma coisa admirável que nos orgulha e envergonha, mas nunca dos deveria induzir a colocá-los nesta situação.
Eis o nosso amigo, eis Hans Castorp. Já de longe o reconhecemos pela barbicha que deixou crescer, enquanto comia à mesa dos «russos ordinários». Arde, ensopado pela chuva como os outros. Corre, os pés trôpegos, agarrando a espingarda. Vejam, pisou a mão de um camarada caído, a sua bota ferrada afundou essa mão no solo lamacento, crivado de estilhaços. E todavia é ele! Como? Ele canta? Cantarola, como se faz sem saber, de si para si, numa excitação surda, vazia de pensamentos, aproveitando a respiração ofegante:
Ich schnitt in seine Rinde
So manches liebe Wort…
(Talhei em sua casca
Mil palavras de amor…)
Cai. Não, atirou-se ao chão, porque um cão infernal se aproxima, um enorme obus, um atroz pão de açúcar, saído das trevas. Acha-se estendido, comprimindo o rosto no barro frio, com as pernas escancaradas e os pés torcidos, colados ao chão. O produto de uma ciência barbarizada, carregado com o que de pior existe, penetra a trinta passos dele, obliquamente, no solo, como o demónio em pessoa, onde explode com espantosa violência e joga à altura de uma casa um jacto de terra, fogo, chumbo, ferro e humanidade despedaçada. Porque nesse lugar dois homens estavam estendidos, eram dois inimigos, tinham-se reunido na sua angústia; agora estão confundidos e aniquilados.
Ó vergonha da nossa segurança de sombras! Partamos! Não vamos contar com isso. O nosso amigo foi ferido? Durante um momento, ele mesmo acreditou que sim. Um grande torrão batera-lhe na canela, doía, mas era ridículo! Põe-se em marcha, coxeia, avança a cambalaear, com os pés pesados de barro, e canta inconscientemente:
Und sei-ne Zweige rauschten
Als rie-fen si emir Zu…
(Os galhos sussurravam
Chamando por mim…)
E assim, no tumulto, na chuva, no crepúsculo, perdemo-lo de vista.
Adeus, Hans Castorp, bravo menino mimado da vida! A tua história terminou. Acabámos de conta-la. Não foi nem breve nem longa, é uma história hermética. Contámo-lapor amor a ela mesma, não por amor a ti, porque tu eras simples. (...)
Adeus! Agora vais viver ou morrer! Tens poucas probabilidades. Este baile macabro a que foste arrastado durará ainda alguns anos criminosos e não queremos apostar muita coisa na tua possibilidade de escapar. Para falar com franqueza, não sentimos grandes escrúpulos ao deixar esta questão sem resposta. Certas aventuras da carne e do espírito, que educaram a tua simplicidade permitiram-te vencer no domínio do espírito aquilo a que não escaparás certamente no domínio da carne. Momentos houve em que nos sonhos que tu «governavas», viste brotar da morte e da luxúria do corpo um sonho de amor. Será que dessa festa da morte, dessa perniciosa febre que incendeia à nossa volta o Céu desta noite chuvosa, também o amor surgirá um dia."
MANN, Thomas, “A Montanha Mágica”, Lisboa, Edição «Livros do Brasil» Lisboa, 2000, p.p. 743-749.
Numa palavra, os sentimentos do sr. Settembrini eram tão complexos como a fatalidade que ele via precipitar-se com imensa rapidez, e para a qual procurava, por meio de palavras veladas, preparar o discípulo, se bem que uma espécie de cortesia e de compaixão nacional o impedisse de exprimir todo o seu pensamento. Nos dias das primeiras mobilizações e da primeira declaração de guerra adquirira o hábito de estender as mãos ao seu visitante e de apertar as do outro, de uma maneira que tocava o coração, senão o cérebro do simplório. «Meu amigo, - dizia o italiano. – A pólvora, a imprensa, é incontestável que foram inventadas por vocês, outrora. Mas se o senhor pensa que marcharemos contra a Revolução… Caro...
Durante os dias da mais terrível expectativa durante os quais os nervos da Europa ficaram tensos numa verdadeira tortura, Hans Castorp não viu o sr. Settembrini. (...)
Na fria realidade, o mentor encontrou-o ocupado a fazer as malas porque Hans Castorp, desde o momento em que acordara, via-se arrastado no turbilhão das partidas precipitadas que o trovão desencadeara no vale. A «pátria» da montanha, assemelhava-se a um formigueiro em pânico. (...)
Neste tumulto Lodovico abraçou-o – abraçou-o literalmente, cingiu-o com os braços e beijou-lhe ambas as faces, como meridional (ou como um russo), o que não obstante toda a sua emoção, não deixou de acanhar o nosso viajante. Mas este, quase perdeu a serenidade, quando no último instante, o sr. Settembrini o chamou pelo primeiro nome, lhe chamou «Giovanni» abandonando a forma de tratamento habitualmente usada no Ocidente civilizado, quer dizer, tratando-o por tu.
- E cosi in giu – disse – in giu finalmente! Addio, Giovanni mio! Teria preferido ver-te partir noutras circunstâncias, mas seja! Os deuses assim resolveram e não de outro modo. Era ao trabalho que esperava ver-te regressar, mas eis que vais combater entre os teus. Meu Deus, coube-te a ti em sorte, e não nosso tenente. [Joachim Ziemssen, primo de Hans Castorp falecido entretanto, e que tinha como sonho de vida ser general e combater] É a vida… Luta valentemente, lá onde te mandam os laços do sangue! Ninguém pode fazer mais, agora. Mas perdoa-me se emprego o resto das minhas forças para concitar também o meu país à luta, do lado onde o espírito e os interesses sagrados lhe ordenam que se coloque. Addio! (...)
Onde estamos? Que é isto? Onde nos levou o sonho? Crepúsculo, chuva e lama, rubros clarões de fogo no céu incendiado. Um trovão surdo ressoa sem cessar, enche o ar húmido dilacerado por silvos agudos, por uivos raivosos, infernais, cujo caminho termina entre estilhaços, jactos de terra, detonações e labaredas, gemidos e gritos, clarinadas estridentes que ameaçam despedaçar-se num crepitar cada vez mais rápido, mais rápido, mais rápido… (...)
É a planície, é a guerra. E nós somos tímidas sombras à beira do caminho, envergonhando-nos da segurança de sombras de que gozamos, pouco dispostos a alargarmo-nos a bravatas e fanfarronices, guiados até aqui pelo espírito da nossa história… (...)
Trouxeram-nos aqui, trouxeram esses camaradas, para que dessem o seu último vigor a uma batalha que durou o dia inteiro, e cujo objectivo é a reconquista destas mesmas posições na colina e das duas aldeias em chamas, lá em baixo, anteontem tomadas pelo inimigo. É um regimento de voluntários, sangue jovem, na maioria estudantes, com pouco tempo na frente da batalha.(...)
Ei-los, seu sangue jovem suportou tudo, os corpos excitados e já exaustos, mas ainda tensos pelas mais profundas reservas vitais, não se preocupam com a alimentação nem com o sono de que foram privados. Os rostos molhados, salpicados de lama, emoldurados pela jugular, ardem sob os capacetes revestidos de pano cinzento e que caíram para trás. Estão inflamados pelo esforço e também pelas baixas que sofreram durante a marcha através do bosque alagado. Porque o inimigo, advertido da sua aproximação, lançou-lhe sobre o caminho uma barragem de shrapnels (granadas que deixavam cair um chuveiro de balas sobre os combatentes), e de granadas de grosso calibre; fogo que estalara e devastara os grupos em pleno floresta e agora açoita a vasta campina arada, uivando, vomitando chamas, arrojando terra para todos os lados.
É preciso que passem esses três mil rapazotes febris, são reforços que têm de decidir, com as baionetas, o assalto às trincheiras cavadas diante e atrás da cadeia de colinas, e às aldeias incendiadas; cabe-lhes levar o ataque até determinado ponto que se encontra assinalado na ordem que o chefe traz no bolso. São três mil para que sobrem dois mil, quando chegarem às colinas e às aldeias; tal é o sentido do seu grande número. Formam um grupo composto de tal maneira que, mesmo depois de graves perdas, possam agir ainda, vencer e saudar o triunfo com um hurra de milhares de vozes, sem se importar com aqueles que se tenham isolado ao cair.»
«Já inundam o terreno lamacento, chicoteado pelos estilhaços, a estrada, o caminho, os campos esponjosos; nós, as sombras espectadoras, à beira do caminho, achamo-nos entre eles..(...)
Ah, toda esta bela juventude, com as suas mochilas e baionetas, com as capas e as botas enlameadas! Com uma imaginação humanista e inebriada pela beleza, poderíamos sonhar outras imagens. Poderíamos ter a seguinte visão: esses jovens montando e banhando cavalos numa enseada, passeando pela praia em companhia da namorada, achegando os lábios à orelha da meiga noiva, ou ensinando uns aos outros, numa amizade feliz, o tiro de arco. Que façam isso com alegria, ainda que transidos de medo e com indisível saudade de suas mães, é uma coisa admirável que nos orgulha e envergonha, mas nunca dos deveria induzir a colocá-los nesta situação.
Eis o nosso amigo, eis Hans Castorp. Já de longe o reconhecemos pela barbicha que deixou crescer, enquanto comia à mesa dos «russos ordinários». Arde, ensopado pela chuva como os outros. Corre, os pés trôpegos, agarrando a espingarda. Vejam, pisou a mão de um camarada caído, a sua bota ferrada afundou essa mão no solo lamacento, crivado de estilhaços. E todavia é ele! Como? Ele canta? Cantarola, como se faz sem saber, de si para si, numa excitação surda, vazia de pensamentos, aproveitando a respiração ofegante:
Ich schnitt in seine Rinde
So manches liebe Wort…
(Talhei em sua casca
Mil palavras de amor…)
Cai. Não, atirou-se ao chão, porque um cão infernal se aproxima, um enorme obus, um atroz pão de açúcar, saído das trevas. Acha-se estendido, comprimindo o rosto no barro frio, com as pernas escancaradas e os pés torcidos, colados ao chão. O produto de uma ciência barbarizada, carregado com o que de pior existe, penetra a trinta passos dele, obliquamente, no solo, como o demónio em pessoa, onde explode com espantosa violência e joga à altura de uma casa um jacto de terra, fogo, chumbo, ferro e humanidade despedaçada. Porque nesse lugar dois homens estavam estendidos, eram dois inimigos, tinham-se reunido na sua angústia; agora estão confundidos e aniquilados.
Ó vergonha da nossa segurança de sombras! Partamos! Não vamos contar com isso. O nosso amigo foi ferido? Durante um momento, ele mesmo acreditou que sim. Um grande torrão batera-lhe na canela, doía, mas era ridículo! Põe-se em marcha, coxeia, avança a cambalaear, com os pés pesados de barro, e canta inconscientemente:
Und sei-ne Zweige rauschten
Als rie-fen si emir Zu…
(Os galhos sussurravam
Chamando por mim…)
E assim, no tumulto, na chuva, no crepúsculo, perdemo-lo de vista.
Adeus, Hans Castorp, bravo menino mimado da vida! A tua história terminou. Acabámos de conta-la. Não foi nem breve nem longa, é uma história hermética. Contámo-lapor amor a ela mesma, não por amor a ti, porque tu eras simples. (...)
Adeus! Agora vais viver ou morrer! Tens poucas probabilidades. Este baile macabro a que foste arrastado durará ainda alguns anos criminosos e não queremos apostar muita coisa na tua possibilidade de escapar. Para falar com franqueza, não sentimos grandes escrúpulos ao deixar esta questão sem resposta. Certas aventuras da carne e do espírito, que educaram a tua simplicidade permitiram-te vencer no domínio do espírito aquilo a que não escaparás certamente no domínio da carne. Momentos houve em que nos sonhos que tu «governavas», viste brotar da morte e da luxúria do corpo um sonho de amor. Será que dessa festa da morte, dessa perniciosa febre que incendeia à nossa volta o Céu desta noite chuvosa, também o amor surgirá um dia."
MANN, Thomas, “A Montanha Mágica”, Lisboa, Edição «Livros do Brasil» Lisboa, 2000, p.p. 743-749.
ENSAIO
“Em Nápoles, no final do século XVIII, Goethe ficou fortemente impressionado com Emma Hamilton, casada com Lord Hamilton, o vulcanólogo e coleccionador. O que impressionou Goethe não foi (embora ainda, talvez) a proverbial beleza da sua anfitriã. O que o impressionou foram os seus tableaux vivants, sobretudo porque eram de uma fantástica semelhança em relação à estatuária clássica e à pintura que lhe servia de modelo, mas sobretudo pela forma como a futura amante de Lord Nelson mudava de posição. De um momento para outro alterava a pose, o que era sublinhado com um coro de exclamações nos salões do palazzo napolitano dos Hamilton. De uma enorme eficácia na rápida composição das cenas, a actriz mudava de posição e transfigurava-se em frente dos entusiasmados espectadores. O que espantou o poeta alemão, tal como relata na Viagem a Itália, foi a velocidade dessa transfiguração. Poderíamos acrescentar que o importante nessa transfiguração é o momento entre uma e outra pose, entre um e outro estado.
Também a obra de Jorge Molder, sobretudo o seu trabalho recente, se situa nesse espaço. Por um lado, espanta-nos com a transformação daquele personagem que nos surge sistematicamente nas imagens e, por outro, caímos sempre na tentação de o tomar como uma entidade real, abrindo, desta forma, o espaço para ficcionarmos sobre o entre.
O trabalho de Jorge Molder é sobre a duplicidade. Esta duplicidade parte de uma ficção de um outro, personagem que o artista constrói a partir da utilização do seu próprio corpo em autoretratos – que deixam de o ser porque a figura que neles surge não resulta de nenhuma busca de autenticidade no interior do seu autor, apresentando-se, pelo contrário, como uma figura ficcional. A característica mais marcante desta persistência na duplicidade é a sua não resolução numa narrativa.
Não se trata, portanto, de construir uma narrativa, uma história, mas de sinalizar áreas de ficção que se relacionam com referências literárias, cinematográficas e artísticas, ou quotidianas. Estas referências ligam-se de uma forma frequentemente intuitiva e não obedecem a um programa ideológico de estabelecimento de um universo, antes definem, de uma forma fluida, uma extensa rede de possibilidades combinatórias.
[…]
Esta forma de procedimento de Jorge Molder consubstancia-se num paradoxo: por um lado, as suas imagens são, facticamente, simples: são retratos em que o artista se utiliza como modelo, sobretudo nos trabalhos posteriores a 1987, em situações que são simples e secas (olha, está deitado, assume uma posição). Por vezes como acontece nalgumas séries, existem imagens de objectos (como em The Portuguese Dutchman, Conrad ou The Secret Agent); ou então, o que é característico das séries mais recuadas, lugares (como em Zerlina). Por outro lado – e aqui reside o carácter paradoxal, estas imagens constroem uma complexidade.
Esta complexidade surge sob a forma da complicatio, no mesmo sentido em que James Joyce a constrói, produzindo uma espécie de ressonância interna, na acepção em que Gombrowicz fala de séries divergentes." (…)
SARDO, Delfim, “Desvanecer, Cair, Desfalecer E Fingir (versão condensada)”, A Phala, Lisboa, nº. 72, Julho/Agosto/Setembro de 1999, p.p. 133 e 134.
“Em Nápoles, no final do século XVIII, Goethe ficou fortemente impressionado com Emma Hamilton, casada com Lord Hamilton, o vulcanólogo e coleccionador. O que impressionou Goethe não foi (embora ainda, talvez) a proverbial beleza da sua anfitriã. O que o impressionou foram os seus tableaux vivants, sobretudo porque eram de uma fantástica semelhança em relação à estatuária clássica e à pintura que lhe servia de modelo, mas sobretudo pela forma como a futura amante de Lord Nelson mudava de posição. De um momento para outro alterava a pose, o que era sublinhado com um coro de exclamações nos salões do palazzo napolitano dos Hamilton. De uma enorme eficácia na rápida composição das cenas, a actriz mudava de posição e transfigurava-se em frente dos entusiasmados espectadores. O que espantou o poeta alemão, tal como relata na Viagem a Itália, foi a velocidade dessa transfiguração. Poderíamos acrescentar que o importante nessa transfiguração é o momento entre uma e outra pose, entre um e outro estado.
Também a obra de Jorge Molder, sobretudo o seu trabalho recente, se situa nesse espaço. Por um lado, espanta-nos com a transformação daquele personagem que nos surge sistematicamente nas imagens e, por outro, caímos sempre na tentação de o tomar como uma entidade real, abrindo, desta forma, o espaço para ficcionarmos sobre o entre.
O trabalho de Jorge Molder é sobre a duplicidade. Esta duplicidade parte de uma ficção de um outro, personagem que o artista constrói a partir da utilização do seu próprio corpo em autoretratos – que deixam de o ser porque a figura que neles surge não resulta de nenhuma busca de autenticidade no interior do seu autor, apresentando-se, pelo contrário, como uma figura ficcional. A característica mais marcante desta persistência na duplicidade é a sua não resolução numa narrativa.
Não se trata, portanto, de construir uma narrativa, uma história, mas de sinalizar áreas de ficção que se relacionam com referências literárias, cinematográficas e artísticas, ou quotidianas. Estas referências ligam-se de uma forma frequentemente intuitiva e não obedecem a um programa ideológico de estabelecimento de um universo, antes definem, de uma forma fluida, uma extensa rede de possibilidades combinatórias.
[…]
Esta forma de procedimento de Jorge Molder consubstancia-se num paradoxo: por um lado, as suas imagens são, facticamente, simples: são retratos em que o artista se utiliza como modelo, sobretudo nos trabalhos posteriores a 1987, em situações que são simples e secas (olha, está deitado, assume uma posição). Por vezes como acontece nalgumas séries, existem imagens de objectos (como em The Portuguese Dutchman, Conrad ou The Secret Agent); ou então, o que é característico das séries mais recuadas, lugares (como em Zerlina). Por outro lado – e aqui reside o carácter paradoxal, estas imagens constroem uma complexidade.
Esta complexidade surge sob a forma da complicatio, no mesmo sentido em que James Joyce a constrói, produzindo uma espécie de ressonância interna, na acepção em que Gombrowicz fala de séries divergentes." (…)
SARDO, Delfim, “Desvanecer, Cair, Desfalecer E Fingir (versão condensada)”, A Phala, Lisboa, nº. 72, Julho/Agosto/Setembro de 1999, p.p. 133 e 134.
posted by luis Sexta-feira, Maio 16, 2003
“Logo no dia seguinte à tarde, o persistente viajante fez nova diligência no sentido de apurar o que se passava à sua volta, e desta vez com o maior sucesso. Encontrando-se na Praça de São Marcos, dirigiu-se à agência de viagens inglesa ali estacionada e, depois de ter trocado algum dinheiro na caixa, aproximou-se do balcão e depôs junto do funcionário, na atitude de estrangeiro desconfiado, a sua pergunta fatal. Era um britânico todo vestido de lã, ainda novo, de cabelos abertos ao meio por uma risca, olhos quase ligados entre si e com aquele ar de lealdade bem enraizada que tão singular e estranho contraste fazia com a presteza finório do sul. Começou por dizer: «Não há razão para se preocupar, Sir. É uma medida sem significado de maior. Tomam-se muitas vezes disposições dessas para precaver os maus efeitos do calor e do siroco sobre a saúde…». Mas, levantando a cabeça, os seus olhos azuis encontraram os do estrangeiro, de expressão cansada e algo triste, postos com ligeiro desprezo nos seus lábios. E o inglês corou. «Isto é», continuou a meia voz e com certa agitação, «a explicação oficial, que aqui achamos por bem seguir. Mas a si digo-lhe que há mais qualquer coisa por detrás disso.» Então, à sua maneira honesta e directa, contou toda a verdade. Há alguns anos a esta parte, a cólera asiática revelara uma tendência crescente para se expandir e rebentava em surtos dispersos com progressiva frequência. Gerada no calor do delta pantanoso do Ganges, onde germinava na atmosfera mefítica daquele mundo ermo de ilhas, de selva luxuriante, quase intocada pela criação e hostil ao homem, onde o tigre rugia, agachado, entre espessuras de bambus, a epidemia alastrara persistentemente por todo o Indostão com desusada virulência, avançara para leste e, invadindo a China, para oeste, atacando o Afeganistão e a Pérsia e seguindo as rotas principais das caravanas, estendera os seus malefícios até Astracã e mesmo até Moscovo. Mas, enquanto A Europa tremia ante a perspectiva de que a praga fizesse dali entrada no continente, já ela penetrara, transportada por por comerciantes sírios vindos de outras bandas do oceano, aparecendo quase simultaneamente em vários portos do Mediterrâneo, e levantava a cabeça em Toulon e Málaga, mostrara várias vezes a sua máscara em Palermo e Nápoles e parecia não querer arredar de toda a Calábria e da Apúlia. O norte da península fora poupado. No entanto, em meados de Maio desse ano detectaram-se num só dia os terríveis vibriões nos cadáveres emaciados e enegrecidos de um barqueiro e uma vendedeira de hortaliça. Os dois casos foram abafados. Mas uma semana depois eram já dez, eram vinte, trinta, e em bairros diferenciados. Um visitante do interior austríaco, que viera passar alguns dias a Veneza em recreio, morrera já de volta à sua terra natal, sob sintomas que não deixavam margem para dúvidas, e assim apareceram em jornais de expressão alemã os primeiros rumores do mal que assolava a cidade das lagunas. As autoridades venezianas declararam que as condições sanitárias da cidade eram melhores do que nunca e tomaram medidas mais prementes para combater o mal. Mas é provável que houvesse géneros alimentícios – legumes, carne ou peixe – já contaminadas, pois, desmentida e escamoteada, morte grassava e devorava em becos e vielas e a estiagem precoce, que tornava tépida a água dos canais, era particularmente favorável à propagação. Sim, dir-se-ia que o flagelo ganhara novo ímpeto, como se a tenacidade e a virulência dos seus focos geradores tivessem duplicado. Os casos de recuperação eram poucos. Por cada centena de contagiados, oitenta morriam, e morriam de morte horrível, pois a doença atacava com ferocidade extrema e revestia frequentemente a sua forma mais perigosa, conhecida pelo nome de «seca». Nestes casos, o corpo perdia mesmo a sua capacidade de expelir a água segregada em espacial abundância pelos vasos sanguíneos. Dentro de poucas horas, o doente ressequia e asfixiava pelo sangue, tornado viscoso como pez, entre convulsões e gemidos roucos de agonia. E afortunado era aquele – como por vezes acontecia – que, após se ter declarado a doença, apenas num ligeiro mal-estar, caía num estado de semidesperto. No princípio de Junho encheram-se à socapa os pavilhões de isolamento do ospedale cívico, nos dois orfanatos o espaço tornou-se exíguo e reinava um movimento arrepiante, por desusado, entre o cais de Nuovo Fundamento e San Michele, a ilha do cemitério. Mas a cidade acusava mais abertamente o receio de um prejuízo generalizado, o peso da exposição de pintura pouco antes inaugurada nos jardins públicos, das avultadas perdas que ameaçavam os hotéis, o comércio e toda a multifacetada indústria do turismo, em caso de pânico ou propagado o descrédito, do que o amor à verdade e o respeito pelas convenções internacionais. E essa apreensão decidia o poder público a perseverar obstinadamente na sua política de silêncio e de desmentidos. A autoridade sanitária de Veneza, um homem de mérito, pedira, indignado, a sua demissão e fora sub-repticiamente substituído por uma personalidade mais condescendente. O povo sabia disso – e a corrupção das altas esferas, aliada à incerteza reinante e ao estado de excepção em que o espectro da morte mergulhava a cidade, deu lugar a uma certa desmoralização das camadas inferiores, a um encorajamento de instintos obscurantes e anti-sociais, que se manifestava por desregramento, indecoro e criminalidade crescente. Contra o habitual, viam-se, ao cair da tarde, pelas ruas, muito embriagados: corria que uma vadiagem duvidosa enchia as ruas de insegurança; repetiam-se os roubos e mesmo os assassinatos, pois já por duas vezes ficara demonstrado que duas pessoas dadas como vítimas da epidemia haviam afinal sido riscadas da vida por envenenamento de parentes seus; e o vício profissional ocorria com insistência e depravação jamais verificadas na região e normalmente restritas ao Sul do país e a Leste.” (…)
MANN, Thomas, (trad. Sara Seruya), Morte em Veneza, Mem Martins, Publicações Europa-América, 1990, p.p. 109-113.
“Logo no dia seguinte à tarde, o persistente viajante fez nova diligência no sentido de apurar o que se passava à sua volta, e desta vez com o maior sucesso. Encontrando-se na Praça de São Marcos, dirigiu-se à agência de viagens inglesa ali estacionada e, depois de ter trocado algum dinheiro na caixa, aproximou-se do balcão e depôs junto do funcionário, na atitude de estrangeiro desconfiado, a sua pergunta fatal. Era um britânico todo vestido de lã, ainda novo, de cabelos abertos ao meio por uma risca, olhos quase ligados entre si e com aquele ar de lealdade bem enraizada que tão singular e estranho contraste fazia com a presteza finório do sul. Começou por dizer: «Não há razão para se preocupar, Sir. É uma medida sem significado de maior. Tomam-se muitas vezes disposições dessas para precaver os maus efeitos do calor e do siroco sobre a saúde…». Mas, levantando a cabeça, os seus olhos azuis encontraram os do estrangeiro, de expressão cansada e algo triste, postos com ligeiro desprezo nos seus lábios. E o inglês corou. «Isto é», continuou a meia voz e com certa agitação, «a explicação oficial, que aqui achamos por bem seguir. Mas a si digo-lhe que há mais qualquer coisa por detrás disso.» Então, à sua maneira honesta e directa, contou toda a verdade. Há alguns anos a esta parte, a cólera asiática revelara uma tendência crescente para se expandir e rebentava em surtos dispersos com progressiva frequência. Gerada no calor do delta pantanoso do Ganges, onde germinava na atmosfera mefítica daquele mundo ermo de ilhas, de selva luxuriante, quase intocada pela criação e hostil ao homem, onde o tigre rugia, agachado, entre espessuras de bambus, a epidemia alastrara persistentemente por todo o Indostão com desusada virulência, avançara para leste e, invadindo a China, para oeste, atacando o Afeganistão e a Pérsia e seguindo as rotas principais das caravanas, estendera os seus malefícios até Astracã e mesmo até Moscovo. Mas, enquanto A Europa tremia ante a perspectiva de que a praga fizesse dali entrada no continente, já ela penetrara, transportada por por comerciantes sírios vindos de outras bandas do oceano, aparecendo quase simultaneamente em vários portos do Mediterrâneo, e levantava a cabeça em Toulon e Málaga, mostrara várias vezes a sua máscara em Palermo e Nápoles e parecia não querer arredar de toda a Calábria e da Apúlia. O norte da península fora poupado. No entanto, em meados de Maio desse ano detectaram-se num só dia os terríveis vibriões nos cadáveres emaciados e enegrecidos de um barqueiro e uma vendedeira de hortaliça. Os dois casos foram abafados. Mas uma semana depois eram já dez, eram vinte, trinta, e em bairros diferenciados. Um visitante do interior austríaco, que viera passar alguns dias a Veneza em recreio, morrera já de volta à sua terra natal, sob sintomas que não deixavam margem para dúvidas, e assim apareceram em jornais de expressão alemã os primeiros rumores do mal que assolava a cidade das lagunas. As autoridades venezianas declararam que as condições sanitárias da cidade eram melhores do que nunca e tomaram medidas mais prementes para combater o mal. Mas é provável que houvesse géneros alimentícios – legumes, carne ou peixe – já contaminadas, pois, desmentida e escamoteada, morte grassava e devorava em becos e vielas e a estiagem precoce, que tornava tépida a água dos canais, era particularmente favorável à propagação. Sim, dir-se-ia que o flagelo ganhara novo ímpeto, como se a tenacidade e a virulência dos seus focos geradores tivessem duplicado. Os casos de recuperação eram poucos. Por cada centena de contagiados, oitenta morriam, e morriam de morte horrível, pois a doença atacava com ferocidade extrema e revestia frequentemente a sua forma mais perigosa, conhecida pelo nome de «seca». Nestes casos, o corpo perdia mesmo a sua capacidade de expelir a água segregada em espacial abundância pelos vasos sanguíneos. Dentro de poucas horas, o doente ressequia e asfixiava pelo sangue, tornado viscoso como pez, entre convulsões e gemidos roucos de agonia. E afortunado era aquele – como por vezes acontecia – que, após se ter declarado a doença, apenas num ligeiro mal-estar, caía num estado de semidesperto. No princípio de Junho encheram-se à socapa os pavilhões de isolamento do ospedale cívico, nos dois orfanatos o espaço tornou-se exíguo e reinava um movimento arrepiante, por desusado, entre o cais de Nuovo Fundamento e San Michele, a ilha do cemitério. Mas a cidade acusava mais abertamente o receio de um prejuízo generalizado, o peso da exposição de pintura pouco antes inaugurada nos jardins públicos, das avultadas perdas que ameaçavam os hotéis, o comércio e toda a multifacetada indústria do turismo, em caso de pânico ou propagado o descrédito, do que o amor à verdade e o respeito pelas convenções internacionais. E essa apreensão decidia o poder público a perseverar obstinadamente na sua política de silêncio e de desmentidos. A autoridade sanitária de Veneza, um homem de mérito, pedira, indignado, a sua demissão e fora sub-repticiamente substituído por uma personalidade mais condescendente. O povo sabia disso – e a corrupção das altas esferas, aliada à incerteza reinante e ao estado de excepção em que o espectro da morte mergulhava a cidade, deu lugar a uma certa desmoralização das camadas inferiores, a um encorajamento de instintos obscurantes e anti-sociais, que se manifestava por desregramento, indecoro e criminalidade crescente. Contra o habitual, viam-se, ao cair da tarde, pelas ruas, muito embriagados: corria que uma vadiagem duvidosa enchia as ruas de insegurança; repetiam-se os roubos e mesmo os assassinatos, pois já por duas vezes ficara demonstrado que duas pessoas dadas como vítimas da epidemia haviam afinal sido riscadas da vida por envenenamento de parentes seus; e o vício profissional ocorria com insistência e depravação jamais verificadas na região e normalmente restritas ao Sul do país e a Leste.” (…)
MANN, Thomas, (trad. Sara Seruya), Morte em Veneza, Mem Martins, Publicações Europa-América, 1990, p.p. 109-113.
CONSOLIDAÇÃO
Nós éramos cinco empregados na loja: o guarda-livros, um homem míope e melancólico, que ficava imóvel, como uma rã, estendido por cima do livro-razão, apenas subindo e descendo levemente devido a uma respiração difícil; em seguida o caixeiro, um homem pequeno, com um grande peito atlético, que só precisava de apoiar uma mão na escrivaninha e saltar sobre ela, bem e com facilidade. Somente a sua cara ficava grave e olhava severamente à sua volta. Depois tínhamos uma empregada de balcão, uma solteirona magra e frágil, com um vestido justo, tendo a maior parte do tempo a cabeça inclinada para o lado sorrindo com os finos lábios da sua grande boca. Eu, o aprendiz, que não tinha muito mais que fazer senão passar com o pano do pó pela escrivaninha, tinha muitas vezes vontade de afagar, ou até mesmo de beijar a mão da nossa solteirona, uma longa mão débil, seca, cor de madeira, quando esta, descuidada esquecida de si mesma, a pousava sobre a escrivaninha, ou – isso teria sido o máximo – deixar o rosto descansar, ali, onde era tão agradável, e apenas mudar de posição aqui e acolá para haver justiça e cada face poder gozar esta mão. Porém, isso não aconteceu nunca, mas antes, quando aproximava, a solteirona esticava essa mesma mão e apontava-me uma nova tarefa, em qualquer canto distante ou em cima do escadote. Esta última era especialmente desagradável, pois lá em cima estava aflitivamente quente por causa das chamas acesas dos candeeiros de gás, os quais nos iluminavam; e como também não estava livre de vertigens, muitas vezes sentia-me lá mal. A pretexto de fazer uma limpeza a fundo, metia a minha cabeça numa prateleira e chorava um bocadinho, ou, quando ninguém olhava para cima, fazia um curto discurso à solteirona, lá em baixo, fazendo-lhe grandes censuras. Na verdade, eu sabia que ela nem por sombras tinha, quer aqui, quer noutro sítio, o poder de decidir, mas, de qualquer maneira, acreditava que ela, se quisesse, podia ter este poder e utilizá-lo a meu favor. Mas, ela não queria, nem sequer utilizava o poder que tinha. Ela era, por exemplo, a única entre o pessoal a quem o moço de recados da loja obedecia um pouco, se não era o mesmo a pessoa mais teimosa de todas. Certamente que era o empregado com mais anos de casa, já servira no tempo do antigo chefe e já tinha aqui passado por tantas coisas, das quais nós não fazíamos qualquer ideia, mas tirou de tudo isto a conclusão errada de que percebia tudo melhor que os outros; por exemplo, não só conseguia fazer a contabilidade tão bem, mas ainda muito melhor do que o guarda-livros, conseguia atender os clientes muito melhor que o caixeiro, e assim por diante, e só de livre vontade é que tinha aceite o lugar de moço de recados, pois não se tinha encontrado mais ninguém, nem sequer um incapaz, para esse lugar. E ele, que não devia ter sido muito forte era apenas um destroço, assim se atormentava já há quarenta anos com os carrinhos de mão, as caixas e os pacotes. Ele tinha aceite livremente o lugar, mas as pessoas tinham esquecido isto, novos tempos tinham vindo, não o reconheciam, e enquanto à sua volta, no emprego, se cometiam enormes erros, ele, sem que o deixassem interferir, tinha que abafar o seu desespero e, além disso, permanecer agarrado ao seu pesado trabalho.
É UMA ORDEM
Segundo a minha natureza, eu só posso cumprir uma ordem que ninguém me tenha dado. Nesta contradição, e apenas em contradição, é que eu posso viver. Mas qualquer uma, pois vivendo morre-se e morrendo vive-se. Assim, o circo, por exemplo é rodeado por uma tenda; por isso, ninguém que não esteja dentro dessa tenda pode ver alguma coisa. Porém, se alguém encontra um buraquinho na tenda, pode ver estando do lado de fora. No entanto, tem que ser tolerado aí. Todos nós somos assim tolerados durante uns instantes. No entanto – segundo no entanto – através de um buraco desses, só se vêem as costas dos espectadores que estão nos lugares de pé. No entanto – terceiro no entanto – ouve-se, de qualquer modo, a música e o rugir dos animais. Até que, finalmente, se cai, morto de susto, nos braços do polícia, devido à sua profissão anda à volta do circo, e que apenas te bateu levemente com a mão no ombro, para te chamar a atenção para a impertinência desse olhar curioso para o qual tu não pagaste nada.
KAFKA, Franz, Os Aeroplanos em Brescia e outros textos (trad. Ana Maria Freire Damião), Lisboa, Edição «Livros de Brasil» Lisboa, 1988, p.p. 163-172.
Nós éramos cinco empregados na loja: o guarda-livros, um homem míope e melancólico, que ficava imóvel, como uma rã, estendido por cima do livro-razão, apenas subindo e descendo levemente devido a uma respiração difícil; em seguida o caixeiro, um homem pequeno, com um grande peito atlético, que só precisava de apoiar uma mão na escrivaninha e saltar sobre ela, bem e com facilidade. Somente a sua cara ficava grave e olhava severamente à sua volta. Depois tínhamos uma empregada de balcão, uma solteirona magra e frágil, com um vestido justo, tendo a maior parte do tempo a cabeça inclinada para o lado sorrindo com os finos lábios da sua grande boca. Eu, o aprendiz, que não tinha muito mais que fazer senão passar com o pano do pó pela escrivaninha, tinha muitas vezes vontade de afagar, ou até mesmo de beijar a mão da nossa solteirona, uma longa mão débil, seca, cor de madeira, quando esta, descuidada esquecida de si mesma, a pousava sobre a escrivaninha, ou – isso teria sido o máximo – deixar o rosto descansar, ali, onde era tão agradável, e apenas mudar de posição aqui e acolá para haver justiça e cada face poder gozar esta mão. Porém, isso não aconteceu nunca, mas antes, quando aproximava, a solteirona esticava essa mesma mão e apontava-me uma nova tarefa, em qualquer canto distante ou em cima do escadote. Esta última era especialmente desagradável, pois lá em cima estava aflitivamente quente por causa das chamas acesas dos candeeiros de gás, os quais nos iluminavam; e como também não estava livre de vertigens, muitas vezes sentia-me lá mal. A pretexto de fazer uma limpeza a fundo, metia a minha cabeça numa prateleira e chorava um bocadinho, ou, quando ninguém olhava para cima, fazia um curto discurso à solteirona, lá em baixo, fazendo-lhe grandes censuras. Na verdade, eu sabia que ela nem por sombras tinha, quer aqui, quer noutro sítio, o poder de decidir, mas, de qualquer maneira, acreditava que ela, se quisesse, podia ter este poder e utilizá-lo a meu favor. Mas, ela não queria, nem sequer utilizava o poder que tinha. Ela era, por exemplo, a única entre o pessoal a quem o moço de recados da loja obedecia um pouco, se não era o mesmo a pessoa mais teimosa de todas. Certamente que era o empregado com mais anos de casa, já servira no tempo do antigo chefe e já tinha aqui passado por tantas coisas, das quais nós não fazíamos qualquer ideia, mas tirou de tudo isto a conclusão errada de que percebia tudo melhor que os outros; por exemplo, não só conseguia fazer a contabilidade tão bem, mas ainda muito melhor do que o guarda-livros, conseguia atender os clientes muito melhor que o caixeiro, e assim por diante, e só de livre vontade é que tinha aceite o lugar de moço de recados, pois não se tinha encontrado mais ninguém, nem sequer um incapaz, para esse lugar. E ele, que não devia ter sido muito forte era apenas um destroço, assim se atormentava já há quarenta anos com os carrinhos de mão, as caixas e os pacotes. Ele tinha aceite livremente o lugar, mas as pessoas tinham esquecido isto, novos tempos tinham vindo, não o reconheciam, e enquanto à sua volta, no emprego, se cometiam enormes erros, ele, sem que o deixassem interferir, tinha que abafar o seu desespero e, além disso, permanecer agarrado ao seu pesado trabalho.
É UMA ORDEM
Segundo a minha natureza, eu só posso cumprir uma ordem que ninguém me tenha dado. Nesta contradição, e apenas em contradição, é que eu posso viver. Mas qualquer uma, pois vivendo morre-se e morrendo vive-se. Assim, o circo, por exemplo é rodeado por uma tenda; por isso, ninguém que não esteja dentro dessa tenda pode ver alguma coisa. Porém, se alguém encontra um buraquinho na tenda, pode ver estando do lado de fora. No entanto, tem que ser tolerado aí. Todos nós somos assim tolerados durante uns instantes. No entanto – segundo no entanto – através de um buraco desses, só se vêem as costas dos espectadores que estão nos lugares de pé. No entanto – terceiro no entanto – ouve-se, de qualquer modo, a música e o rugir dos animais. Até que, finalmente, se cai, morto de susto, nos braços do polícia, devido à sua profissão anda à volta do circo, e que apenas te bateu levemente com a mão no ombro, para te chamar a atenção para a impertinência desse olhar curioso para o qual tu não pagaste nada.
KAFKA, Franz, Os Aeroplanos em Brescia e outros textos (trad. Ana Maria Freire Damião), Lisboa, Edição «Livros de Brasil» Lisboa, 1988, p.p. 163-172.
A Biblioteca de Babel
By this art you may contemplate the variation
of the 23 letters…
The Anatomy of Melancholy, part 2,
sect. II, mem. IV
“O universo (a que outros chamam a Biblioteca) compõe-se de um número indefinido, e talvez infinito, de galerias hexagonais, com vastos poços de ventilação no meio, cercados por parapeitos baixíssimos. De qualquer hexágono vêem-se os pisos inferiores e superiores: interminavelmente. A distribuição das galerias é invariável. Vinte estantes, a cinco longas estantes por lado, cobrem todos os lados menos dois; a sua altura, que é a dos pisos, mal excede a de um bibliotecário normal. Uma das faces livres dá para um estreito saguão, que vai desembocar noutra galeria, idêntica à primeira e a todas. À esquerda e à direita do saguão há dois gabinetes minúsculos. Um permite dormir de pé; o outro, satisfazer as necessidades finais. Por aí passa a escada em espiral, que se afunda e se eleva a perder de vista. No saguão há um espelho, que fielmente duplica as aparências. Os homens costumam inferir desse espelho que a Biblioteca não é infinita (se o fosse realmente, para que serviria esta duplicação ilusória?); eu prefiro sonhar que as superfícies polidas representam e prometem o infinito… A luz provém de umas frutas esféricas que têm o nome de lâmpadas. Há duas em cada hexágono: transversais. A luz que emitem é insuficiente, incessante.
Tal como todos os homens da Biblioteca, viajei na minha juventude; peregrinei em busca de um livro, se calhar do catálogo dos catálogos; agora que os meus olhos quase não conseguem decifrar o que escrevo, preparo-me para morrer a poucas léguas do hexágono em que nasci. Morto não faltarão mãos piedosas que me atirem pela balaustrada; a minha sepultura será o ar insondável; o meu corpo precipitar-se-á longamente até se corromper e dissolver no vento gerado pela queda, que é infinita. Eu afirmo que a Biblioteca é interminável. Os idealistas argumentam que as salas hexagonais são uma forma necessária do espaço absoluto, ou pelo menos da nossa intuição do espaço. Consideram que é inconcebível uma sala triangular ou pentagonal. (Os místicos pretendem que o êxtase lhes revela uma câmara circular com um grande livro circular de lombada contínua, que dá toda a volta das paredes; mas o seu testemunho é suspeito; as suas palavras, obscuras. Esse livro cíclico é Deus.) Basta-me por agora repetir a clássica sentença: A Biblioteca é uma esfera cujo centro cabal é qualquer hexágono, e cuja circunferência é inacessível.” (…)
BORGES, Jorge Luís (trad. José Colaço Barreiros), Porto, Colecção Mil Folhas, 2003, p.p. 63 e 64.
By this art you may contemplate the variation
of the 23 letters…
The Anatomy of Melancholy, part 2,
sect. II, mem. IV
“O universo (a que outros chamam a Biblioteca) compõe-se de um número indefinido, e talvez infinito, de galerias hexagonais, com vastos poços de ventilação no meio, cercados por parapeitos baixíssimos. De qualquer hexágono vêem-se os pisos inferiores e superiores: interminavelmente. A distribuição das galerias é invariável. Vinte estantes, a cinco longas estantes por lado, cobrem todos os lados menos dois; a sua altura, que é a dos pisos, mal excede a de um bibliotecário normal. Uma das faces livres dá para um estreito saguão, que vai desembocar noutra galeria, idêntica à primeira e a todas. À esquerda e à direita do saguão há dois gabinetes minúsculos. Um permite dormir de pé; o outro, satisfazer as necessidades finais. Por aí passa a escada em espiral, que se afunda e se eleva a perder de vista. No saguão há um espelho, que fielmente duplica as aparências. Os homens costumam inferir desse espelho que a Biblioteca não é infinita (se o fosse realmente, para que serviria esta duplicação ilusória?); eu prefiro sonhar que as superfícies polidas representam e prometem o infinito… A luz provém de umas frutas esféricas que têm o nome de lâmpadas. Há duas em cada hexágono: transversais. A luz que emitem é insuficiente, incessante.
Tal como todos os homens da Biblioteca, viajei na minha juventude; peregrinei em busca de um livro, se calhar do catálogo dos catálogos; agora que os meus olhos quase não conseguem decifrar o que escrevo, preparo-me para morrer a poucas léguas do hexágono em que nasci. Morto não faltarão mãos piedosas que me atirem pela balaustrada; a minha sepultura será o ar insondável; o meu corpo precipitar-se-á longamente até se corromper e dissolver no vento gerado pela queda, que é infinita. Eu afirmo que a Biblioteca é interminável. Os idealistas argumentam que as salas hexagonais são uma forma necessária do espaço absoluto, ou pelo menos da nossa intuição do espaço. Consideram que é inconcebível uma sala triangular ou pentagonal. (Os místicos pretendem que o êxtase lhes revela uma câmara circular com um grande livro circular de lombada contínua, que dá toda a volta das paredes; mas o seu testemunho é suspeito; as suas palavras, obscuras. Esse livro cíclico é Deus.) Basta-me por agora repetir a clássica sentença: A Biblioteca é uma esfera cujo centro cabal é qualquer hexágono, e cuja circunferência é inacessível.” (…)
BORGES, Jorge Luís (trad. José Colaço Barreiros), Porto, Colecção Mil Folhas, 2003, p.p. 63 e 64.
"«[…] Como todas as ocasiões contra mim conspiram
E arpoam a tarda vingança. Que é um homem,
Se o primeiro bem e trato do seu tempo
É só comer e dormir? Um animal, não mais.
Decerto quem nos fez com tão lato discernir,
Não nos deu
Tal capacidade e razoar quase divino
Para em nós criar verdete. Seja pois por
Letargo animal ou por abjecto escrúpulo
De com atenção excessiva no acto de cismar,
Pairo indeciso sem saber
Por que vivo para dizer que isto há-de ser feito,
Quando tenho causa e vontade, força e meios
Para fazê-lo. Exemplos vis como terra acenam-me,
Veja-se este exército de tal aparato e monta,
Comandado por um gentil e fino príncipe,
Cujo espírito, inflado pela ambição divina,
Faz gaifonas ao evento que há-de vir,
Expondo tudo o que é mortal e incerto
Ao que a sorte, a morte e o perigo criam,
Por uma mera casca de ovo. Que dizer de mim,
Que tenho um pai morto, uma mãe poluída,
Transtornos vários na razão e ânimo,
E tudo abismo no sono, humilhado
Pela morte iminente de vinte mil homens
Que, por uma fantasia e astúcia do acaso,
Vão para a cova como para a cama? […]»
Hamlet (Acto IV, cena 4), de William Shakespeare
E arpoam a tarda vingança. Que é um homem,
Se o primeiro bem e trato do seu tempo
É só comer e dormir? Um animal, não mais.
Decerto quem nos fez com tão lato discernir,
Não nos deu
Tal capacidade e razoar quase divino
Para em nós criar verdete. Seja pois por
Letargo animal ou por abjecto escrúpulo
De com atenção excessiva no acto de cismar,
Pairo indeciso sem saber
Por que vivo para dizer que isto há-de ser feito,
Quando tenho causa e vontade, força e meios
Para fazê-lo. Exemplos vis como terra acenam-me,
Veja-se este exército de tal aparato e monta,
Comandado por um gentil e fino príncipe,
Cujo espírito, inflado pela ambição divina,
Faz gaifonas ao evento que há-de vir,
Expondo tudo o que é mortal e incerto
Ao que a sorte, a morte e o perigo criam,
Por uma mera casca de ovo. Que dizer de mim,
Que tenho um pai morto, uma mãe poluída,
Transtornos vários na razão e ânimo,
E tudo abismo no sono, humilhado
Pela morte iminente de vinte mil homens
Que, por uma fantasia e astúcia do acaso,
Vão para a cova como para a cama? […]»
Hamlet (Acto IV, cena 4), de William Shakespeare
O CAVALEIRO DE BRONZE
Conto de Petersburgo
“INTRODUÇÃO
Na margem das ondas desertas
Cismava ele uma alta ideia,
Olhando o longe. Em frente as águas
Corriam, largas mísera barca
Sulcava o rio solitária.
Negrejavam izbás pelas abas
Musguentas e empantanadas,
Couto do finês indigente;
E as brenhas, virgens dos raios
Do sol oculto na neblina,
A toda a volta restolhavam.
Cismava ele:
Será aqui erguida uma cidade
Para arremeter o Sueco,
Ai do vizinho emproado.
Destinou-nos a natureza
Rasgar aqui uma janela
Para a Europa, os pés fincar
À beira-mar. Pelas ondas novas
Singrarão todas as bandeiras
E ao largo iremos festejar.
Cem anos correram e ergueu-se
Da lama e do brejo escuro
A urbe moça, em fausto e orgulho,
Da meia-noite a maravilha;
Onde o fínico pescador,
Triste enteado da natura,
Sozinho nas ribas avaras,
Dantes lançava as redes gastas
Às obscuras águas, hoje
Pelas vivas margens fervilhantes
Montoam-se esbeltos gigantes
De palácios e torres; barcos
Do mundo inteiro em chusma
Acorrem aos cais opulentos;
Vestiu-se o Nevá de granito;
Pontes penderam sobre as águas;
Cobriram-se as suas ilhas
De jardins verdes, verde-escuros,
E, ante a capital menina,
Já a velha Moscovo se apaga,
Como, frente à nova czarina,
Se apaga a viúva purpurada.
Amo-te, urbe e obra de Pedro,
Amo teu rigor e esbelteza,
Tua corrente majestosa,
Nevá, tuas margens de pedra,
Dos teus gradis amo o bordado
De ferro, e a transparente
Claridade, brilho sem lua,
Das tuas noites pensativas:
Leio, escrevo sem luz, claras
Se abrem as massas dormidas
Das ruas ermas, clara se recorta
A agulha do Almirantado,
E, vedando ao escuro da noite
A entrada nos céus dourados,
Corre um sol a render o outro,
Nem uma hora dando à noite.
Amo teu ar parado, o gelo
Do teu Inverno de achar,
As faces meninas – rosas vivas
Nos teus trenós pelo Nevá,
Do baile o brilho, o rumorejo,
Da estroina jovem amo a ceia,
Taças espumantes esfuziando,
E do ponche a chama azul. (…)
Refulge, urbe de Pedro, sê
Inquebrantável como a Rússia,
Que a ti se resigne também
A natureza enfim domada,
Que as ondas finlandesas esqueçam
Seus ferros e o ódio velho
E não turvem com inútil raiva
O sono eterno de Pedro!
Eram terríveis esses tempos,
Inda é fresca a sua memória…
Amigos meus, empreendi
Dar-vos deles a minha história.
Triste conto enceto aqui.” (…)
PUCHKIN, Aleksandr (trad. Nina Guerra e Filipe Guerra), “O Cavaleiro de Bronze e outros poemas”, Lisboa, Assírio & Alvim, 1999, p.p. 35-41.
Conto de Petersburgo
“INTRODUÇÃO
Na margem das ondas desertas
Cismava ele uma alta ideia,
Olhando o longe. Em frente as águas
Corriam, largas mísera barca
Sulcava o rio solitária.
Negrejavam izbás pelas abas
Musguentas e empantanadas,
Couto do finês indigente;
E as brenhas, virgens dos raios
Do sol oculto na neblina,
A toda a volta restolhavam.
Cismava ele:
Será aqui erguida uma cidade
Para arremeter o Sueco,
Ai do vizinho emproado.
Destinou-nos a natureza
Rasgar aqui uma janela
Para a Europa, os pés fincar
À beira-mar. Pelas ondas novas
Singrarão todas as bandeiras
E ao largo iremos festejar.
Cem anos correram e ergueu-se
Da lama e do brejo escuro
A urbe moça, em fausto e orgulho,
Da meia-noite a maravilha;
Onde o fínico pescador,
Triste enteado da natura,
Sozinho nas ribas avaras,
Dantes lançava as redes gastas
Às obscuras águas, hoje
Pelas vivas margens fervilhantes
Montoam-se esbeltos gigantes
De palácios e torres; barcos
Do mundo inteiro em chusma
Acorrem aos cais opulentos;
Vestiu-se o Nevá de granito;
Pontes penderam sobre as águas;
Cobriram-se as suas ilhas
De jardins verdes, verde-escuros,
E, ante a capital menina,
Já a velha Moscovo se apaga,
Como, frente à nova czarina,
Se apaga a viúva purpurada.
Amo-te, urbe e obra de Pedro,
Amo teu rigor e esbelteza,
Tua corrente majestosa,
Nevá, tuas margens de pedra,
Dos teus gradis amo o bordado
De ferro, e a transparente
Claridade, brilho sem lua,
Das tuas noites pensativas:
Leio, escrevo sem luz, claras
Se abrem as massas dormidas
Das ruas ermas, clara se recorta
A agulha do Almirantado,
E, vedando ao escuro da noite
A entrada nos céus dourados,
Corre um sol a render o outro,
Nem uma hora dando à noite.
Amo teu ar parado, o gelo
Do teu Inverno de achar,
As faces meninas – rosas vivas
Nos teus trenós pelo Nevá,
Do baile o brilho, o rumorejo,
Da estroina jovem amo a ceia,
Taças espumantes esfuziando,
E do ponche a chama azul. (…)
Refulge, urbe de Pedro, sê
Inquebrantável como a Rússia,
Que a ti se resigne também
A natureza enfim domada,
Que as ondas finlandesas esqueçam
Seus ferros e o ódio velho
E não turvem com inútil raiva
O sono eterno de Pedro!
Eram terríveis esses tempos,
Inda é fresca a sua memória…
Amigos meus, empreendi
Dar-vos deles a minha história.
Triste conto enceto aqui.” (…)
PUCHKIN, Aleksandr (trad. Nina Guerra e Filipe Guerra), “O Cavaleiro de Bronze e outros poemas”, Lisboa, Assírio & Alvim, 1999, p.p. 35-41.
Pedro o Grande.1672-1725
“A sede de sangue não pára ainda, e é Sofia que aconselha a mãe de Pedro a entregar o seu irmão às feras para poupar o resto da família. Este comunga, recebe das mãos da czarina uma imagem sagrada, que Sofia supõe poder incutir respeito aos revoltosos, hesitando perante um sacrilégio, e aparece fora da igreja. Estes não hesitam – como hesitariam homens sem possível frenação moral? – arrastam-no pelos cabelos, torturam-no horrivelmente e cortam-no aos bocados. Ainda não satisfeitos reclamam que seja Ivan – o idiota – feito czar. A Assembleia, que já tinha escolhido Pedro, não sabe resistir, e encontra-se a solução do medo – Ivan será primeiro czar e o Pedro segundo czar.
São ambos coroados: um idiota e uma criança de dez anos. Sofia será regente; Natália e seu filho Pedro são afastados de Moscovo. Sofia quer destruir as seitas dos raskolnikis (velhos crentes) e outras já saídas deste cisma. O raskol é a oposição feita às reformas de Nikonio – mudanças de letras, bênção com dois ou três dedos são os grandes motivos de desacordo doutrinário (?!)
Outras seitas, como a dos tolky aparecem: seitas que, regressando ao paganismo vivaz da alma russa, acabam por vezes num sadismo (o Império morreu envolto neste satanismo de Rasputine) orgiástico. A perseguição foi cruel e cuidada: fogueiras, chicotes, etc. Nada se conseguiu de sério, pois não só ficaram estas seitas, mas desenvolveram-se, viveram até protegidas por alguns imperadores e vivem ainda hoje, com máscara nova ou até com a velha máscara do Raskol.
A Rússia entra numa aliança europeia contra o Turco. Sofia entrega o comando ao seu amante, o príncipe Galitzine, que faz uma campanha vergonhosa sem perder a confiança e a dedicação escandalosa da regente. Estes e outros desastres da política externa levantam rumores de rebeldia contra a regente. Ela imagina uma, conjura em que entra sua madrasta e seu irmão Pedro e organiza uma conspiração para o assassinato de Pedro. Este prevê e vai-se refugiar num convento, para onde seguem sua mãe, os boiardos que lhe são dedicados, e os mercenários estrangeiros de Sommer e de Patrieck Gordon, que já Pedro tinha conquistado pelas suas maneiras rudes e francas. Sofia manda-lhe uma deputação de boiardos e depois o patriarca, pedindo-lhe que venha a Moscovo. Pedro recusa-se e o patriarca fica com ele. Sofia recorre mais uma vez aos Streltsy, que, pressentindo do lado de Pedro combatentes e não fáceis vítimas desarmadas, se recusam a qualquer agressão contra o segundo czar. Sofia é vencida, sendo muitos outros executados.
A RÚSSIA PETROVIANA
Pedro toma conta do poder, deixando na penumbra o pobre Ivan, que, em breve desaparece na grande sombra da morte. Com Pedro as veleidades ocidentalistas fazem-se um quase querer consciente, e dizemos quase, porque ainda, mesmo em Pedro, é mais uma paixão que uma vontade. Pedro tem a ansiedade do mar, duma saída da imensa terra russa por um mar aberto., para o amplo oceano das navegações e comércio. Tem o desejo da segurança militar e administrativa e percebe a superioridade plena dos estados europeus, antes, ocidentais. Não é propriamente a cultura espiritual do Ocidente que o seduz e entusiasma, mas as possibilidades técnicas, as riquezas do progresso e da civilização material. A sua infância mesmo revela em Pedro um gesto prático de organização militar; é construtor de fortes e já um apaixonado sonhador da livre vida do mar. Os seus historiógrafos dão-lhe a paixão precoce da pirotecnia, da arte das fortificações, mecânica aplicada e construção naval. Os seus brinquedos são ensaios na arte de governar e combater; os seus companheiros, plebe e técnicos estrangeiros.
Grosseiro, rude e violento, não era, no entanto, um homem gratuitamente cruel; quer dizer: não aparece nele, sem excitações que o despertem, o clássico sadismo do déspota oriental e de tantos tiranos da Rússia. É um dos primeiros russos a Ter uma clara consciência dos deveres profissionais. Para Pedro – antes, para o Pedro não excitado por traições – a Rússia não é uma Quinta sua a tratar segundo o seu bom ou mau capricho. É um chefe, digamos, um funcionário ao serviço da nação. E, como vê toda a prosperidade em certos hábitos e conhecimentos ocidentais, ele irá, de chicote se preciso for, conduzir o seu povo para o Oeste, para um destino ocidental. Único ou primeiro a fazê-lo? Não; já vimos tentativas sérias nesse sentido.
Mas Pedro-o-Grande porá uma violência e uma paixão novas e entusiásticas ao serviço da sua grande ideia reformadora. E um temperamento excessivo, uma pletora de forças animais e psicológicas. Tentará tudo, desejará tudo; quereria que a Rússia renascesse, num dia, tão europeia como as mais progressivas nações da Europa. A sua vida passa-se no bairro estrangeiro, em camaradagem com os eus mercenários, em licenciosas reuniões em que mulheres fáceis acham nele o encanto das forças selvagens, a frescura e a violência duma natureza exuberante. O seu contacto com a Europa é essencialmente feito através de subordinados ou de pessoas, que esperam os seus favores e cujos costumes são mais da Europa de vida fácil que da grande Europa cultural.
É através de alguns aventureiros mais ou menos indisciplinados e cépticos, que ele conhece directamente a Europa. Não se aquieta e viaja; viaja incógnito, corre a Europa, trabalhando até como operário. Espera encontrar nela o segredo, que o obsidia. Mas da alma profunda da culta Europa cristã nada pode conhecer. É a técnica, a arte de construir, a arte militar que ele vê, e da Europa cultural, apenas vagas impressões de epígonos e vulganizadores dum cartesianismo degerenado. Nas suas reuniões mais ou menos licenciosas do bairro estrangeiro de Moscovo violenta um dia uma mulher feia que a ninguém interessa, dizendo-lhe num misto de sensualismo grosseiro e de «sensiblerie» compassiva, que vai cometer a proeza extraordinária de a violar. E fá-lo diante de todos, numa falta de pudor de animal palpitante de excessivas e irreprimíveis violências. No entanto, e apesar de tudo, ele é no fundo um recalcado desde a infância. E, se muitas das suas violências são filhas da libertação de tais recalcamentos, um complexo de medo e desconfiança lhe ficou sempre nos longes da sua psicologia, desde os assassinatos e ignomínias de que foi trágica testemunha aos seus dez anos de idade.
A sua primeira campanha (militar) destina-se à conquista do mar de Azov, e nela verifica, de pronto, a necessidade de construir uma frota marítima, com a qual consiga a conquista desejada. Depois dessa conquista, encarrega industriais e capitalistas de arranjarem dinheiro para uma esquadra do mar Negro e manda estudantes à Inglaterra, Veneza e Holanda para futuros engenheiros da Rússia. Vem ele mesmo à Europa Ocidental e é nessa altura que Sofia faz corre a notícia da sua morte, tentando revoltar os Streltsy contra os boiardos de Pedro e contra os estrangeiros ocidentais. A revolta é vencida pelas tropas fiéis de Pedro, e este, que volta à pressa da Europa, dá aprimeira satisfação ao velho complexo do medo e da vingança. Logo que chega corta pessoalmente as barbas (era contra as superstições russas não deixar crescer os cabelos, etc.) aos mais altos dignitários, obriga-os a vestir à moda ocidental, à francesa, e toma depois conta dos Streltsy. A execução destes dura meses, sendo assassinados mais de um milhar e insepultos durante todo o Inverno. Sofia é encarcerada num convento, e, das janelas do seu quarto, são pendurados alguns dos seus cooperadores revolucionários.
A sedução do mar leva-o a uma série de lutas com a Suécia. É numa dessas guerras que le encontra, como doméstica dum pastor protestante, a alegre Marta que virá a ser a sua esposa Catarina. Depois de váriasflutuações da sorte das armas, sai a Pedro-o-Grande vitorioso da Suécia e de posse das terras do mar Báltico. Manos feliz foi a Segunda guerra com a Turquia, que acabou pela cedência de Azov. A guerra com a Pérsia, de que sai vencedor, permite-lhe estabelecer o melhor caminho para a Ásia, do Báltico para Ladoga Volga e através do mar Cáspio. As lutas com a Suécia acabam com a posse pela Rússia da Estónia, Livónia, Carélia, Viborg, todas as ilhas do golfo de Riga e da Finlândia.
Pedro fizera do exército miliciano um exército permanente de profissionais e conseguira sujeitar os irrequietos cossacos. Sofrera derrotas, mas rtivera sempre a obstinação de recomeçar, melhorando as condições. Depois da vitória definitiva sobre os suecos, o Senado e o Sínodo pedem-lhe que tome o título de imperador e que, acrescente ao seu nome o adjectivo Grande. «PedroI, Imperador e autocrata de todas as Rússias» alargara o seu vastíssimo império a limites ainda não alcançados. As suas guerras não o fazem todavia esquecer a missão reformadora, embora tirem a esta a continuidade e o sossego que lhe seriam necessários. Organiza a vida política, administrativa e religiosa. Cria o Senado e o Sínodo ... (...)
A Rússia é dividida administrativamente em governos, províncias e distritos.
O Sínodo é a mais terrível arma e o mais claro sinal das influências protestantes no ânimo de Pedro. A Igreja perde a pouca liberdade que possuía e passa a ser mais um departamento da vida do Estado. O clero não pode receber bem tal reforma; mas o imperador não hesita e lança mão de todas as armas mesmo daquelas que veremos mais tarde na Rússia bolchevista. Uma primeira declaração de liberdade dos cultos, que é mais tarde inteiramente suprimida, serve para separar e enfraquecer a Igreja ortodoxa. A caricatura da ortodoxia é empregada para a desvalorizar. São organizadas mascaradas religiosas: uma assembleia de militares caricaturando a hierarquia religiosa e celebrando missas ao deus Baco sentado num barril, com os próprios cânticos da Igreja russa. Tudo isto contribuiu para uma proliferação de seitas, algumas daquela natureza sádica e orgiástica, de complexos eróticos, dum pansexualismo mal frenado na violenta e instável psicologia russa. O próprio Pedro terá mais tarde de opor uma disciplina a tanta vagabundagem psíquica.
As suas reformas sociais desconsideram a nobreza de origem, que, de resto, fora sempre instável e sem força moral perante os caprichos dos czares, substituindo-a pela nobreza burocrática. Os nobres deviam o serviço ao estado e, quando proprietários, só o eram sob a condição dos serviços prestados. Por seu lado os camponeses, que se tinham vistos presos à gleba e pagavam ao proprietário os impostos em géneros, são agora obrigados a pagar directamente ao Estado e em dinheiro, sendo o proprietário responsável por tal pagamento. (...)
A política económica de Pedro, que é indirectamente errada quanto à agricultura, é inovadora em relação à indústria. (...)
Em todas estas obras mostrou o imperador um sincero desejo de progresso e uma grande esperança de elevar o nível do seu povo. No entanto, tudo isto é muito precário. (...)
À oposição do clero (ele é para muitos o verdadeiro Anticristo, como o será mais tarde o seu admirador Lenine) junta-se a oposição de muitos russos da nobreza, incluindo o seu filho, que se deixa levar até ao perigo duma conspiração sendo mandado sujeitar ao interrogatório e tortura pelo próprio pai. O desgraçado czarvitch fora sempre dominado pela obstinação paterna. (...)
O feitio trágico de Pedro-o-Grande, aquela antiga criança de dez anos chicoteada pela orgia sangrenta das tropas de Sofia, anda sempre de par com o seu histrionismo. (...)
O histrionismo trágico de Pedro é característico de toda a sua persanalidade. (...)
Este misto de dedicação à causa pública e de bárbara cólera e irreprimível violência vê-se na fantástica criação da sua cidade – Petersburgo ou a cidade de Pedro. A estátua de Falconet o mostra: um cavalo empinado sobre uma abismo, impassível de violência retesada no máximo, feito bronze de força e domínio. A cidade é, para Pedro, a afirmação do resgate da Rússia – a amplidão dos mares conquistada. É um sonho secular feito acção dum homem, vencendo nações, homens e elementos.
Assim será a cidade de Pedro. Ele sonha, e, cada dia, um sonho novo vem modificar o sonho anterior. É o desequilíbrio da raça, o caminho dum sonho que se não faz vontade mas obstinação delirante. Plano sobre plano, construção e destruição, sonho-névoa, que se levanta e tomba na mediocridade da realização, para de novo se erguer mais veemente e mais louco. Em tudo isto só uma coisa não conta – o material humano. Os faraós do Egipto ergueram em pedra milenária o seu medo da morte, o protesto do homem sem Cristo contra uma vida sem ressurreição em eternidade. O chicote dos condutores de escravos foi a batuta dessa bárbara sinfonia, em que os homens perseguidos pela morte, mas ignorantes do amor, se queriam salvar na excepção do seu aristocratismo.
Petersburgo será erguida sobre emanações de lama e lodo, e sobre os cadáveres de mais de dez mil trabalhadores escravos. É esta cidade que o imperador chamará «o meu Paraíso», não se lembrando que dez mil almas aí tiveram o seu Inferno, não sonhando sequer, que, dos seus fundamentos, poderão sair um dia, em pleno século XX, imprecações, que a façam um Inferno de milhares e milhares de russos.
Pedro-o-Grande morre, não deixando testamento, nem indicação de sucessor. Ele tiha coroado a sua «Katarinucha» e é ela que lhe vai suceder; assentando-se no trono de todas as Rússias esta aventureira adúltera.” (...)
COIMBRA, Leonardo, “A Rússia de hoje e o Homem de sempre”, (Obras de Leonardo Coimbra), Porto, Lello & Irmãos – Editores, 1983, p.p. 761–771.
São ambos coroados: um idiota e uma criança de dez anos. Sofia será regente; Natália e seu filho Pedro são afastados de Moscovo. Sofia quer destruir as seitas dos raskolnikis (velhos crentes) e outras já saídas deste cisma. O raskol é a oposição feita às reformas de Nikonio – mudanças de letras, bênção com dois ou três dedos são os grandes motivos de desacordo doutrinário (?!)
Outras seitas, como a dos tolky aparecem: seitas que, regressando ao paganismo vivaz da alma russa, acabam por vezes num sadismo (o Império morreu envolto neste satanismo de Rasputine) orgiástico. A perseguição foi cruel e cuidada: fogueiras, chicotes, etc. Nada se conseguiu de sério, pois não só ficaram estas seitas, mas desenvolveram-se, viveram até protegidas por alguns imperadores e vivem ainda hoje, com máscara nova ou até com a velha máscara do Raskol.
A Rússia entra numa aliança europeia contra o Turco. Sofia entrega o comando ao seu amante, o príncipe Galitzine, que faz uma campanha vergonhosa sem perder a confiança e a dedicação escandalosa da regente. Estes e outros desastres da política externa levantam rumores de rebeldia contra a regente. Ela imagina uma, conjura em que entra sua madrasta e seu irmão Pedro e organiza uma conspiração para o assassinato de Pedro. Este prevê e vai-se refugiar num convento, para onde seguem sua mãe, os boiardos que lhe são dedicados, e os mercenários estrangeiros de Sommer e de Patrieck Gordon, que já Pedro tinha conquistado pelas suas maneiras rudes e francas. Sofia manda-lhe uma deputação de boiardos e depois o patriarca, pedindo-lhe que venha a Moscovo. Pedro recusa-se e o patriarca fica com ele. Sofia recorre mais uma vez aos Streltsy, que, pressentindo do lado de Pedro combatentes e não fáceis vítimas desarmadas, se recusam a qualquer agressão contra o segundo czar. Sofia é vencida, sendo muitos outros executados.
A RÚSSIA PETROVIANA
Pedro toma conta do poder, deixando na penumbra o pobre Ivan, que, em breve desaparece na grande sombra da morte. Com Pedro as veleidades ocidentalistas fazem-se um quase querer consciente, e dizemos quase, porque ainda, mesmo em Pedro, é mais uma paixão que uma vontade. Pedro tem a ansiedade do mar, duma saída da imensa terra russa por um mar aberto., para o amplo oceano das navegações e comércio. Tem o desejo da segurança militar e administrativa e percebe a superioridade plena dos estados europeus, antes, ocidentais. Não é propriamente a cultura espiritual do Ocidente que o seduz e entusiasma, mas as possibilidades técnicas, as riquezas do progresso e da civilização material. A sua infância mesmo revela em Pedro um gesto prático de organização militar; é construtor de fortes e já um apaixonado sonhador da livre vida do mar. Os seus historiógrafos dão-lhe a paixão precoce da pirotecnia, da arte das fortificações, mecânica aplicada e construção naval. Os seus brinquedos são ensaios na arte de governar e combater; os seus companheiros, plebe e técnicos estrangeiros.
Grosseiro, rude e violento, não era, no entanto, um homem gratuitamente cruel; quer dizer: não aparece nele, sem excitações que o despertem, o clássico sadismo do déspota oriental e de tantos tiranos da Rússia. É um dos primeiros russos a Ter uma clara consciência dos deveres profissionais. Para Pedro – antes, para o Pedro não excitado por traições – a Rússia não é uma Quinta sua a tratar segundo o seu bom ou mau capricho. É um chefe, digamos, um funcionário ao serviço da nação. E, como vê toda a prosperidade em certos hábitos e conhecimentos ocidentais, ele irá, de chicote se preciso for, conduzir o seu povo para o Oeste, para um destino ocidental. Único ou primeiro a fazê-lo? Não; já vimos tentativas sérias nesse sentido.
Mas Pedro-o-Grande porá uma violência e uma paixão novas e entusiásticas ao serviço da sua grande ideia reformadora. E um temperamento excessivo, uma pletora de forças animais e psicológicas. Tentará tudo, desejará tudo; quereria que a Rússia renascesse, num dia, tão europeia como as mais progressivas nações da Europa. A sua vida passa-se no bairro estrangeiro, em camaradagem com os eus mercenários, em licenciosas reuniões em que mulheres fáceis acham nele o encanto das forças selvagens, a frescura e a violência duma natureza exuberante. O seu contacto com a Europa é essencialmente feito através de subordinados ou de pessoas, que esperam os seus favores e cujos costumes são mais da Europa de vida fácil que da grande Europa cultural.
É através de alguns aventureiros mais ou menos indisciplinados e cépticos, que ele conhece directamente a Europa. Não se aquieta e viaja; viaja incógnito, corre a Europa, trabalhando até como operário. Espera encontrar nela o segredo, que o obsidia. Mas da alma profunda da culta Europa cristã nada pode conhecer. É a técnica, a arte de construir, a arte militar que ele vê, e da Europa cultural, apenas vagas impressões de epígonos e vulganizadores dum cartesianismo degerenado. Nas suas reuniões mais ou menos licenciosas do bairro estrangeiro de Moscovo violenta um dia uma mulher feia que a ninguém interessa, dizendo-lhe num misto de sensualismo grosseiro e de «sensiblerie» compassiva, que vai cometer a proeza extraordinária de a violar. E fá-lo diante de todos, numa falta de pudor de animal palpitante de excessivas e irreprimíveis violências. No entanto, e apesar de tudo, ele é no fundo um recalcado desde a infância. E, se muitas das suas violências são filhas da libertação de tais recalcamentos, um complexo de medo e desconfiança lhe ficou sempre nos longes da sua psicologia, desde os assassinatos e ignomínias de que foi trágica testemunha aos seus dez anos de idade.
A sua primeira campanha (militar) destina-se à conquista do mar de Azov, e nela verifica, de pronto, a necessidade de construir uma frota marítima, com a qual consiga a conquista desejada. Depois dessa conquista, encarrega industriais e capitalistas de arranjarem dinheiro para uma esquadra do mar Negro e manda estudantes à Inglaterra, Veneza e Holanda para futuros engenheiros da Rússia. Vem ele mesmo à Europa Ocidental e é nessa altura que Sofia faz corre a notícia da sua morte, tentando revoltar os Streltsy contra os boiardos de Pedro e contra os estrangeiros ocidentais. A revolta é vencida pelas tropas fiéis de Pedro, e este, que volta à pressa da Europa, dá aprimeira satisfação ao velho complexo do medo e da vingança. Logo que chega corta pessoalmente as barbas (era contra as superstições russas não deixar crescer os cabelos, etc.) aos mais altos dignitários, obriga-os a vestir à moda ocidental, à francesa, e toma depois conta dos Streltsy. A execução destes dura meses, sendo assassinados mais de um milhar e insepultos durante todo o Inverno. Sofia é encarcerada num convento, e, das janelas do seu quarto, são pendurados alguns dos seus cooperadores revolucionários.
A sedução do mar leva-o a uma série de lutas com a Suécia. É numa dessas guerras que le encontra, como doméstica dum pastor protestante, a alegre Marta que virá a ser a sua esposa Catarina. Depois de váriasflutuações da sorte das armas, sai a Pedro-o-Grande vitorioso da Suécia e de posse das terras do mar Báltico. Manos feliz foi a Segunda guerra com a Turquia, que acabou pela cedência de Azov. A guerra com a Pérsia, de que sai vencedor, permite-lhe estabelecer o melhor caminho para a Ásia, do Báltico para Ladoga Volga e através do mar Cáspio. As lutas com a Suécia acabam com a posse pela Rússia da Estónia, Livónia, Carélia, Viborg, todas as ilhas do golfo de Riga e da Finlândia.
Pedro fizera do exército miliciano um exército permanente de profissionais e conseguira sujeitar os irrequietos cossacos. Sofrera derrotas, mas rtivera sempre a obstinação de recomeçar, melhorando as condições. Depois da vitória definitiva sobre os suecos, o Senado e o Sínodo pedem-lhe que tome o título de imperador e que, acrescente ao seu nome o adjectivo Grande. «PedroI, Imperador e autocrata de todas as Rússias» alargara o seu vastíssimo império a limites ainda não alcançados. As suas guerras não o fazem todavia esquecer a missão reformadora, embora tirem a esta a continuidade e o sossego que lhe seriam necessários. Organiza a vida política, administrativa e religiosa. Cria o Senado e o Sínodo ... (...)
A Rússia é dividida administrativamente em governos, províncias e distritos.
O Sínodo é a mais terrível arma e o mais claro sinal das influências protestantes no ânimo de Pedro. A Igreja perde a pouca liberdade que possuía e passa a ser mais um departamento da vida do Estado. O clero não pode receber bem tal reforma; mas o imperador não hesita e lança mão de todas as armas mesmo daquelas que veremos mais tarde na Rússia bolchevista. Uma primeira declaração de liberdade dos cultos, que é mais tarde inteiramente suprimida, serve para separar e enfraquecer a Igreja ortodoxa. A caricatura da ortodoxia é empregada para a desvalorizar. São organizadas mascaradas religiosas: uma assembleia de militares caricaturando a hierarquia religiosa e celebrando missas ao deus Baco sentado num barril, com os próprios cânticos da Igreja russa. Tudo isto contribuiu para uma proliferação de seitas, algumas daquela natureza sádica e orgiástica, de complexos eróticos, dum pansexualismo mal frenado na violenta e instável psicologia russa. O próprio Pedro terá mais tarde de opor uma disciplina a tanta vagabundagem psíquica.
As suas reformas sociais desconsideram a nobreza de origem, que, de resto, fora sempre instável e sem força moral perante os caprichos dos czares, substituindo-a pela nobreza burocrática. Os nobres deviam o serviço ao estado e, quando proprietários, só o eram sob a condição dos serviços prestados. Por seu lado os camponeses, que se tinham vistos presos à gleba e pagavam ao proprietário os impostos em géneros, são agora obrigados a pagar directamente ao Estado e em dinheiro, sendo o proprietário responsável por tal pagamento. (...)
A política económica de Pedro, que é indirectamente errada quanto à agricultura, é inovadora em relação à indústria. (...)
Em todas estas obras mostrou o imperador um sincero desejo de progresso e uma grande esperança de elevar o nível do seu povo. No entanto, tudo isto é muito precário. (...)
À oposição do clero (ele é para muitos o verdadeiro Anticristo, como o será mais tarde o seu admirador Lenine) junta-se a oposição de muitos russos da nobreza, incluindo o seu filho, que se deixa levar até ao perigo duma conspiração sendo mandado sujeitar ao interrogatório e tortura pelo próprio pai. O desgraçado czarvitch fora sempre dominado pela obstinação paterna. (...)
O feitio trágico de Pedro-o-Grande, aquela antiga criança de dez anos chicoteada pela orgia sangrenta das tropas de Sofia, anda sempre de par com o seu histrionismo. (...)
O histrionismo trágico de Pedro é característico de toda a sua persanalidade. (...)
Este misto de dedicação à causa pública e de bárbara cólera e irreprimível violência vê-se na fantástica criação da sua cidade – Petersburgo ou a cidade de Pedro. A estátua de Falconet o mostra: um cavalo empinado sobre uma abismo, impassível de violência retesada no máximo, feito bronze de força e domínio. A cidade é, para Pedro, a afirmação do resgate da Rússia – a amplidão dos mares conquistada. É um sonho secular feito acção dum homem, vencendo nações, homens e elementos.
Assim será a cidade de Pedro. Ele sonha, e, cada dia, um sonho novo vem modificar o sonho anterior. É o desequilíbrio da raça, o caminho dum sonho que se não faz vontade mas obstinação delirante. Plano sobre plano, construção e destruição, sonho-névoa, que se levanta e tomba na mediocridade da realização, para de novo se erguer mais veemente e mais louco. Em tudo isto só uma coisa não conta – o material humano. Os faraós do Egipto ergueram em pedra milenária o seu medo da morte, o protesto do homem sem Cristo contra uma vida sem ressurreição em eternidade. O chicote dos condutores de escravos foi a batuta dessa bárbara sinfonia, em que os homens perseguidos pela morte, mas ignorantes do amor, se queriam salvar na excepção do seu aristocratismo.
Petersburgo será erguida sobre emanações de lama e lodo, e sobre os cadáveres de mais de dez mil trabalhadores escravos. É esta cidade que o imperador chamará «o meu Paraíso», não se lembrando que dez mil almas aí tiveram o seu Inferno, não sonhando sequer, que, dos seus fundamentos, poderão sair um dia, em pleno século XX, imprecações, que a façam um Inferno de milhares e milhares de russos.
Pedro-o-Grande morre, não deixando testamento, nem indicação de sucessor. Ele tiha coroado a sua «Katarinucha» e é ela que lhe vai suceder; assentando-se no trono de todas as Rússias esta aventureira adúltera.” (...)
COIMBRA, Leonardo, “A Rússia de hoje e o Homem de sempre”, (Obras de Leonardo Coimbra), Porto, Lello & Irmãos – Editores, 1983, p.p. 761–771.
O Sentimento De Um Ocidental (1880)
Cesário Verde
I
AVE - MARIAS
Nas nossa ruas, ao anoitecer,
Há tal soturnidade, há tal melancolia,
Que as sombras, o bulício, o Tejo, a maresia
Despertam-me um desejo absurdo de sofrer.
O céu parece baixo e de neblina,
O gás extravasado enjoa-me, perturba;
E os edifícios, com as chaminés e a turba,
Toldam-se duma cor monótona e londrina.
Batem os carros de aluguer, ao fundo,
Levando à via férrea os que se vão. Felizes!
Ocorrem-me em revista exposições, países:
Madrid, Paris, Berlim, Sampetesburgo, o mundo!
Semelham-se a gaiolas, com viveiros,
As edificações somente emadeiradas:
Como morcegos, ao cair das badaladas,
Saltam de viga em viga os mestres carpinteiros.
Voltam os calafates, aos magotes,
De jaquetão ao ombro, enfarruscados, secos;
Embrenho-me, a cismar, por boqueirões, por becos,
Ou erro pelos cais a que se atracam botes.
E evoco, então, as crónicas navais:
Mouros, baixéis, heróis, tudo ressuscitado!
Luta Camões no Sul, salvando um livro a nado!
Singram soberbas naus que eu não verei jamais!
E o fim da tarde inspira-me; e incomoda!
De um couraçado inglês vogam os escaleres;
E em terra num tinir de louças e talheres
Flamejam, ao jantar, alguns hotéis da moda.
Num trem de praça arengam dois dentistas;
Um trôpego arlequim braceja numas andas;
Os querubins do lar flutuam nas varandas;
Às portas, em cabelo, enfadam-se os lojistas!
Vazam-se os arsenais e as oficinas;
Reluz, viscoso, o rio; apressam-se as obreiras;
E num cardume negro, hercúleas, galhofeiras,
Correndo com firmeza, assomam as varinas.
Vêm sacudindo as ancas opulentas!
Seus troncos varonis recordam-me pilastras;
E algumas, à cabeça, embalam nas canastras
Os filhos que depois naufragam nas tormentas.
Descalças! Nas descargas de carvão,
Desde manhã à noite, a bordo das fragatas;
E apinham-se num bairro aonde miam gatas,
E o peixe podre gera os focos de infecção!
II
NOITE FECHADA
Toca-se as grades, nas cadeias. Som
Que mortifica e deixa umas loucuras mansas!
O aljube, em que hoje estão velhinhas e crianças,
Bem raramente encerra uma mulher de "dom"!
E eu desconfio, até, de um aneurisma
Tão mórbido me sinto, ao acender das luzes;
À vista das prisões, da velha Sé, das cruzes,
Chora-me o coração que se enche e que se abisma.
A espaços, iluminam-se os andares,
E as tascas, os cafés, as tendas, os estancos;
Alastram em lençol os seus reflexos brancos;
E a Lua lembra o circo e os jogos malabares.
Duas igrejas, num saudoso largo,
Lançam a nódoa negra e fúnebre do clero:
Nelas esfumo um ermo inquisidor severo,
Assim que pela História eu me aventuro e alargo.
Na parte que abateu no terremoto,
Muram-me as construções rectas, iguais, crescidas;
Afrontam-me, no resto, as íngremes subidas,
E os sinos dum tanger monástico e devoto.
Mas, num recinto público e vulgar,
Com bancos de namoro e exíguas pimenteiras,
Brônzeo, monumental, de proporções guerreiras,
Um épico doutrora ascende, num pilar!
E eu sonho o Cólera, imagino a Febre,
Nesta acumulação de corpos enfezados;
Sombrios e espectrais recolhem os soldados;
Inflama-se um palácio em face de um casebre.
Partem patrulhas de cavalaria
Dos arcos dos quartéis que foram já conventos;
Idade Média! A pé, outras, a passos lentos,
Derramam-se por toda a capital, que esfria.
Triste cidade! Eu temo que me avives
Uma paixão defunta! Aos lampiões distantes,
Enlutam-me, alvejando, as tuas elegantes,
Curvadas a sorrir às montras dos ourives.
E mais: as costureiras, as floristas,
Descem dos magasins, causam-me sobressaltos;
Custa-lhes a elevar os seus pescoços altos
E muitas delas são comparsas ou coristas.
E eu, de luneta de uma lente só,
Eu acho sempre assunto a quadros revoltados;
Entro na brasserie; às mesas de emigrados,
Ao riso e à crua luz joga-se o dominó.
III
AO GÁS
E saio. A noite pesa, esmaga. Nos
Passeios de lajedo arrastam-se as impuras.
Ó moles hospitais! Sai das embocaduras
Um sopro que arrepia os ombros quase nus.
Cercam-me as lojas, tépidas. Eu penso
Ver círios laterais, ver filas de capelas,
Com santos e fiéis, andores, ramos, velas,
Em uma catedral de um comprimento imenso.
As burguesinhas do catolicismo
Resvalam pelo chão minado pelos canos;
E lembram-me, ao chorar doente dos pianos,
As freiras que os jejuns matavam de histerismo.
Num cuteleiro, de avental, ao torno,
Um forjador maneja um malho, rubramente;
E de uma padaria exala-se, inda quente,
Um cheiro salutar e honesto a pão no forno.
E eu que medito um livro que exacerbe,
Quisera que o real e a análise mo dessem;
Casas de confecções e modas resplandecem;
Pelas vitrines olha um ratoneiro imberbe.
Longas descidas! Não poder pintar
Com versos magistrais, salubres e sinceros,
A esguia difusão dos vossos reverberos
E a vossa palidez romântica e lunar!
Que grande cobra, a lúbrica pessoa
Que espartilhada escolhe uns xales com debuxo!
Sua excelência atrai, magnética, entre luxo
Que ao longo dos balcões de mogno se amontoa.
E aquela velha de bandós! Por vezes,
A sua traîne imita um leque antigo, aberto,
Nas barras verticais, a duas tintas. Perto,
Escarvam, à vitória, os seus meclemburgueses.
Desdobram-se tecidos estrangeiros;
Plantas ornamentais secam nos mostradores;
Flocos de pós de arroz pairam sufocadores,
E em nuvens de cetins requebram-se os caixeiros.
Mas tudo cansa! Apagam-se nas frentes
Os candelabros,como estrelas, pouco a pouco;
Da solidão regouga um cauteleiro rouco;
Tornam-se mausoléus as armações fulgentes.
"Dó da miséria!... Compaixão de mim!..."
E, nas esquinas, calvo, eterno, sem repouso,
Pede-me sempre esmola um homenzimho idoso,
Meu velho professor nas aulas de Latim!
IV
HORAS MORTAS
O tecto fundo de oxigénio, de ar,
Estende-se ao comprido, ao meio das trapeiras;
Vêm lágrimas de luz dos astros com olheiras,
Enleva-me a quimera azul de transmigrar.
Por baixo, que portões! Que arruamentos!
Um parafuso cai nas lajes, às escuras:
Colocam-se taipais, rangem as fechaduras,
E os olhos dum caleche espantam-me, sangrentos.
E eu sigo, como as linhas de uma pauta
A dupla correnteza augusta das fachadas;
Pois sobem, no silêncio, infaustas e trinadas,
As notas pastoris de uma longínqua flauta.
Se eu não morresse, nunca! E eternamente
Buscasse e conseguisse a perfeição das cousas!
Esqueço-me a prever castíssimas esposas,
Que aninhem em mansões de vidro transparente!
Ó nossos filhos! Que de sonhos ágeis,
Pousando, vos trarão a nitidez às vidas!
Eu quero as vossas mães e irmãs estremecidas,
Numas habitações translúcidas e frágeis.
Ah! Como a raça ruiva do porvir,
E as frotas dos avós, e os nómadas ardentes,
Nós vamos explorar todos os continentes
E pelas vastidões aquáticas seguir!
Mas se vivemos, os emparedados,
Sem árvores, no vale escuro das muralhas!"...
Julgo avistar, na treva, as folhas das navalhas
E os gritos de socorro ouvir estrangulados.
E nestes nublosos corredores
Nausiam-me, surgindo, os ventres das tabernas;
Na volta, com saudade, e aos bordos sobre as pernas,
Cantam, de braço dado, uns tristes bebedores.
Eu não receio, todavia, os roubos;
Afastam-se, a distância, os dúbios caminhantes;
E sujos, sem ladrar, ósseos, febris, errantes,
Amareladamente, os cães parecem lobos.
E os guardas, que revistam as escadas,
Caminham de lanterna e servem de chaveiros;
Por cima, as imorais, nos seus roupões ligeiros,
Tossem, fumando, sobre a pedra das sacadas.
E, enorme, nesta massa irregular
De prédios sepulcrais, com dimensões de montes,
A Dor humana busca os amplos horizontes,
E tem marés de fel como um sinistro mar!
Cesário Verde
I
AVE - MARIAS
Nas nossa ruas, ao anoitecer,
Há tal soturnidade, há tal melancolia,
Que as sombras, o bulício, o Tejo, a maresia
Despertam-me um desejo absurdo de sofrer.
O céu parece baixo e de neblina,
O gás extravasado enjoa-me, perturba;
E os edifícios, com as chaminés e a turba,
Toldam-se duma cor monótona e londrina.
Batem os carros de aluguer, ao fundo,
Levando à via férrea os que se vão. Felizes!
Ocorrem-me em revista exposições, países:
Madrid, Paris, Berlim, Sampetesburgo, o mundo!
Semelham-se a gaiolas, com viveiros,
As edificações somente emadeiradas:
Como morcegos, ao cair das badaladas,
Saltam de viga em viga os mestres carpinteiros.
Voltam os calafates, aos magotes,
De jaquetão ao ombro, enfarruscados, secos;
Embrenho-me, a cismar, por boqueirões, por becos,
Ou erro pelos cais a que se atracam botes.
E evoco, então, as crónicas navais:
Mouros, baixéis, heróis, tudo ressuscitado!
Luta Camões no Sul, salvando um livro a nado!
Singram soberbas naus que eu não verei jamais!
E o fim da tarde inspira-me; e incomoda!
De um couraçado inglês vogam os escaleres;
E em terra num tinir de louças e talheres
Flamejam, ao jantar, alguns hotéis da moda.
Num trem de praça arengam dois dentistas;
Um trôpego arlequim braceja numas andas;
Os querubins do lar flutuam nas varandas;
Às portas, em cabelo, enfadam-se os lojistas!
Vazam-se os arsenais e as oficinas;
Reluz, viscoso, o rio; apressam-se as obreiras;
E num cardume negro, hercúleas, galhofeiras,
Correndo com firmeza, assomam as varinas.
Vêm sacudindo as ancas opulentas!
Seus troncos varonis recordam-me pilastras;
E algumas, à cabeça, embalam nas canastras
Os filhos que depois naufragam nas tormentas.
Descalças! Nas descargas de carvão,
Desde manhã à noite, a bordo das fragatas;
E apinham-se num bairro aonde miam gatas,
E o peixe podre gera os focos de infecção!
II
NOITE FECHADA
Toca-se as grades, nas cadeias. Som
Que mortifica e deixa umas loucuras mansas!
O aljube, em que hoje estão velhinhas e crianças,
Bem raramente encerra uma mulher de "dom"!
E eu desconfio, até, de um aneurisma
Tão mórbido me sinto, ao acender das luzes;
À vista das prisões, da velha Sé, das cruzes,
Chora-me o coração que se enche e que se abisma.
A espaços, iluminam-se os andares,
E as tascas, os cafés, as tendas, os estancos;
Alastram em lençol os seus reflexos brancos;
E a Lua lembra o circo e os jogos malabares.
Duas igrejas, num saudoso largo,
Lançam a nódoa negra e fúnebre do clero:
Nelas esfumo um ermo inquisidor severo,
Assim que pela História eu me aventuro e alargo.
Na parte que abateu no terremoto,
Muram-me as construções rectas, iguais, crescidas;
Afrontam-me, no resto, as íngremes subidas,
E os sinos dum tanger monástico e devoto.
Mas, num recinto público e vulgar,
Com bancos de namoro e exíguas pimenteiras,
Brônzeo, monumental, de proporções guerreiras,
Um épico doutrora ascende, num pilar!
E eu sonho o Cólera, imagino a Febre,
Nesta acumulação de corpos enfezados;
Sombrios e espectrais recolhem os soldados;
Inflama-se um palácio em face de um casebre.
Partem patrulhas de cavalaria
Dos arcos dos quartéis que foram já conventos;
Idade Média! A pé, outras, a passos lentos,
Derramam-se por toda a capital, que esfria.
Triste cidade! Eu temo que me avives
Uma paixão defunta! Aos lampiões distantes,
Enlutam-me, alvejando, as tuas elegantes,
Curvadas a sorrir às montras dos ourives.
E mais: as costureiras, as floristas,
Descem dos magasins, causam-me sobressaltos;
Custa-lhes a elevar os seus pescoços altos
E muitas delas são comparsas ou coristas.
E eu, de luneta de uma lente só,
Eu acho sempre assunto a quadros revoltados;
Entro na brasserie; às mesas de emigrados,
Ao riso e à crua luz joga-se o dominó.
III
AO GÁS
E saio. A noite pesa, esmaga. Nos
Passeios de lajedo arrastam-se as impuras.
Ó moles hospitais! Sai das embocaduras
Um sopro que arrepia os ombros quase nus.
Cercam-me as lojas, tépidas. Eu penso
Ver círios laterais, ver filas de capelas,
Com santos e fiéis, andores, ramos, velas,
Em uma catedral de um comprimento imenso.
As burguesinhas do catolicismo
Resvalam pelo chão minado pelos canos;
E lembram-me, ao chorar doente dos pianos,
As freiras que os jejuns matavam de histerismo.
Num cuteleiro, de avental, ao torno,
Um forjador maneja um malho, rubramente;
E de uma padaria exala-se, inda quente,
Um cheiro salutar e honesto a pão no forno.
E eu que medito um livro que exacerbe,
Quisera que o real e a análise mo dessem;
Casas de confecções e modas resplandecem;
Pelas vitrines olha um ratoneiro imberbe.
Longas descidas! Não poder pintar
Com versos magistrais, salubres e sinceros,
A esguia difusão dos vossos reverberos
E a vossa palidez romântica e lunar!
Que grande cobra, a lúbrica pessoa
Que espartilhada escolhe uns xales com debuxo!
Sua excelência atrai, magnética, entre luxo
Que ao longo dos balcões de mogno se amontoa.
E aquela velha de bandós! Por vezes,
A sua traîne imita um leque antigo, aberto,
Nas barras verticais, a duas tintas. Perto,
Escarvam, à vitória, os seus meclemburgueses.
Desdobram-se tecidos estrangeiros;
Plantas ornamentais secam nos mostradores;
Flocos de pós de arroz pairam sufocadores,
E em nuvens de cetins requebram-se os caixeiros.
Mas tudo cansa! Apagam-se nas frentes
Os candelabros,como estrelas, pouco a pouco;
Da solidão regouga um cauteleiro rouco;
Tornam-se mausoléus as armações fulgentes.
"Dó da miséria!... Compaixão de mim!..."
E, nas esquinas, calvo, eterno, sem repouso,
Pede-me sempre esmola um homenzimho idoso,
Meu velho professor nas aulas de Latim!
IV
HORAS MORTAS
O tecto fundo de oxigénio, de ar,
Estende-se ao comprido, ao meio das trapeiras;
Vêm lágrimas de luz dos astros com olheiras,
Enleva-me a quimera azul de transmigrar.
Por baixo, que portões! Que arruamentos!
Um parafuso cai nas lajes, às escuras:
Colocam-se taipais, rangem as fechaduras,
E os olhos dum caleche espantam-me, sangrentos.
E eu sigo, como as linhas de uma pauta
A dupla correnteza augusta das fachadas;
Pois sobem, no silêncio, infaustas e trinadas,
As notas pastoris de uma longínqua flauta.
Se eu não morresse, nunca! E eternamente
Buscasse e conseguisse a perfeição das cousas!
Esqueço-me a prever castíssimas esposas,
Que aninhem em mansões de vidro transparente!
Ó nossos filhos! Que de sonhos ágeis,
Pousando, vos trarão a nitidez às vidas!
Eu quero as vossas mães e irmãs estremecidas,
Numas habitações translúcidas e frágeis.
Ah! Como a raça ruiva do porvir,
E as frotas dos avós, e os nómadas ardentes,
Nós vamos explorar todos os continentes
E pelas vastidões aquáticas seguir!
Mas se vivemos, os emparedados,
Sem árvores, no vale escuro das muralhas!"...
Julgo avistar, na treva, as folhas das navalhas
E os gritos de socorro ouvir estrangulados.
E nestes nublosos corredores
Nausiam-me, surgindo, os ventres das tabernas;
Na volta, com saudade, e aos bordos sobre as pernas,
Cantam, de braço dado, uns tristes bebedores.
Eu não receio, todavia, os roubos;
Afastam-se, a distância, os dúbios caminhantes;
E sujos, sem ladrar, ósseos, febris, errantes,
Amareladamente, os cães parecem lobos.
E os guardas, que revistam as escadas,
Caminham de lanterna e servem de chaveiros;
Por cima, as imorais, nos seus roupões ligeiros,
Tossem, fumando, sobre a pedra das sacadas.
E, enorme, nesta massa irregular
De prédios sepulcrais, com dimensões de montes,
A Dor humana busca os amplos horizontes,
E tem marés de fel como um sinistro mar!
O Homem
Mal das águas, ó Terra, te brotavam
Os cumes dos montes jovens, e cheirosas,
Exalando desejo, cheias de bosques verdes,
No cinzento deserto do Oceano
Surgiam as primeiras ilhas belas; e o olhar alegre
Do Deus do Sol contemplava as recém-nadas
Plantas, da sua eterna juventude
As filhas sorridentes, de ti nascidas.
Eis na mais bela das ilhas, onde sempre
O ar banhava de repouso manso o bosque,
Jazia entre cachos de uvas, após morna
Noite, na hora da manhã crepuscular
Nascido, ó Mãe Terra! O teu mais belo filho;-
E para Hélios, o pai, olha confiado
O menino, e desperto alegre, provando
Os doces bagos, para sua ama
A videira sagrada; e breve cresce; os animais
Receiam-no, pois é diferente deles
O homem; não é igual a ti nem ao pai,
Pois dentro dele, ousada e única,
Está unida, ó Terra! o seu orgulho o afasta
Do teu coração, e as tuas dádivas são
Em vão, e os teus laços ternos;
Pois algo busca de melhor, o indómito!
Do prado rescendente da sua margem tem
De partir o Homem pra a água sem flores,
E embora brilhe, como noite estrelada, o seu
Pomar de frutos de ouro, ele vai cavar
Cavernas nos montes, e rebusca na mina,
Longe da luz alegre de seu Pai, infiel
Também ao Deus do Sol, que não ama
Escravos e escarnece dos cuidados.
Pois mais livres respiram as aves do bosque,
Embora mais magnífico arqueje o peito do Homem,
E ele, que vê o escuro futuro, tem também
De ver a morte, entre todos sozinho ter-lhe medo.
E contra todos os que respiram usa o Homem
Armas em seu orgulho e medo eternos; no dissídio
Se consome, e a flor da sua paz,
Delicada, é breve e passageira.
Não é ele de todos os companheiros de vida
O mais infeliz? Mas mais fundo dilacera
O Destino, que tudo iguala e equilibra,
O peito inflamável do forte.
Hölderlin
Mal das águas, ó Terra, te brotavam
Os cumes dos montes jovens, e cheirosas,
Exalando desejo, cheias de bosques verdes,
No cinzento deserto do Oceano
Surgiam as primeiras ilhas belas; e o olhar alegre
Do Deus do Sol contemplava as recém-nadas
Plantas, da sua eterna juventude
As filhas sorridentes, de ti nascidas.
Eis na mais bela das ilhas, onde sempre
O ar banhava de repouso manso o bosque,
Jazia entre cachos de uvas, após morna
Noite, na hora da manhã crepuscular
Nascido, ó Mãe Terra! O teu mais belo filho;-
E para Hélios, o pai, olha confiado
O menino, e desperto alegre, provando
Os doces bagos, para sua ama
A videira sagrada; e breve cresce; os animais
Receiam-no, pois é diferente deles
O homem; não é igual a ti nem ao pai,
Pois dentro dele, ousada e única,
Está unida, ó Terra! o seu orgulho o afasta
Do teu coração, e as tuas dádivas são
Em vão, e os teus laços ternos;
Pois algo busca de melhor, o indómito!
Do prado rescendente da sua margem tem
De partir o Homem pra a água sem flores,
E embora brilhe, como noite estrelada, o seu
Pomar de frutos de ouro, ele vai cavar
Cavernas nos montes, e rebusca na mina,
Longe da luz alegre de seu Pai, infiel
Também ao Deus do Sol, que não ama
Escravos e escarnece dos cuidados.
Pois mais livres respiram as aves do bosque,
Embora mais magnífico arqueje o peito do Homem,
E ele, que vê o escuro futuro, tem também
De ver a morte, entre todos sozinho ter-lhe medo.
E contra todos os que respiram usa o Homem
Armas em seu orgulho e medo eternos; no dissídio
Se consome, e a flor da sua paz,
Delicada, é breve e passageira.
Não é ele de todos os companheiros de vida
O mais infeliz? Mas mais fundo dilacera
O Destino, que tudo iguala e equilibra,
O peito inflamável do forte.
Hölderlin
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