Jaime Sabines
Os amorosos calam.
O amor é o silêncio mais fino,
o mais temeroso, o mais insuportável.
Os amorosos buscam,
os amorosos são os que abandonam,
são os que mudam, os que esquecem.
Seu coração lhes diz que nunca vão encontrar,
não encontram, buscam.
Os amorosos andam como loucos
porque estão sós, sós, sós,
entregando-se, dando-se a cada momento,
chorando porque não salvam o amor.
Preocupa-lhes o amor. Os amorosos
vivem o dia, não podem fazer mais, não sabem.
Sempre estão indo,
Sempre, para alguma parte.
Esperam,
Não esperam nada, mas esperam.
Sabem que nunca vão encontrar.
O amor é a delonga perpétua,
sempre o passo seguinte, o outro, o outro.
Os amorosos são os insaciáveis,
Os que sempre – que bom! – vão estar sós.
Os amorosos são a hidra do conto.
Têm serpentes no lugar de braços.
As veias do pescoço se incham
também como serpentes para asfixiá-los.
Os amorosos não podem dormir
porque se dormem lhes comem os vermes.
Na escuridão abrem os olhos
E lhes sobressalta o espanto.
Encontram escorpiões debaixo do lençol
E sua cama flutua sobre um lago.
Os amorosos são loucos, só loucos,
sem Deus e sem diabo.
Os amorosos saem de suas covas
temerosos, famintos,
para caçar fantasmas.
Riem das pessoas que sabem de tudo,
das que amam o perene, verídicamente,
das que acreditam no amor como uma lâmpada de inesgotável azeite.
Os amorosos brincam de agarrar água,
de tatuar fumaça, de não se ir.
Jogam faz tempo, o triste jogo do amor.
Ninguém há de resignar-se.
Dizem que ninguém há de resignar-se.
Os amorosos se envergonham de toda conformidade.
Vazios, mas vazios de uma a outra costela,
a morte lhes fermenta atrás dos olhos,
E eles caminham, choram até a madrugada
quando trens e galos se despedem dolorosamente.
Sentem às vezes um cheiro de terra recém nascida,
de mulheres que dormem com a mão no sexo, gozosas
de córregos de água carinhosa e de cozinhas.
Os amorosos cantam entre lábios
uma canção não aprendida,
e se vão chorando, chorando,
a formosa vida.
(tradução livre :: Patrícia Mc Quade)
Los Amorosos
Los amorosos callan.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.
Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.
Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.
Les preocupa el amor. Los amorosos
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se están yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.
Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los amorosos son los insaciables,
los que siempre -¡que bueno!- han de estar solos.
Los amorosos son la hidra del cuento.
Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan
también como serpientes para asfixiarlos.
Los amorosos no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los gusanos.
En la oscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el espanto.
Encuentran alacranes bajo la sábana
y su cama flota como sobre un lago.
Los amorosos son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.
Los amorosos salen de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que aman a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en el amor
como una lámpara de inagotable aceite.
Los amorosos juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del amor.
Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse.
Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.
Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.
Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,
a mujeres que duermen con la mano en el sexo,
complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida,
y se van llorando, llorando,
la hermosa vida.
quarta-feira, 4 de agosto de 2010
terça-feira, 3 de agosto de 2010
segunda-feira, 2 de agosto de 2010
domingo, 1 de agosto de 2010
A Mocidade.
Beijos…
Beijos dos lábios teus, vermelhos e setíneos,
Sorvidos com prazer e luxos momentâneos,
Nossa alma num fervor e temores subitâneos,
São um deleite d’Arte os lábios teus virgínios:
Pois falam à Poesia os beijos apolíneos
Que tu deste algum dia em ramo de gerânios
Tamanha confusão, ebulição em crânios,
Fusão do pensamento em íntimos escríneos…
E quando tu sorris? – teus lábios curvilíneos
Teus ritos de paixão de beijos sucedâneos,
Na febre irreprimida, em ânsias de nevrótica…
Teus beijos, porém, são caprichos instântaneos,
As tuas fantasias de beves declínios,
Como um emurchecer d’alguma flor exótica!
Abílio Rosas Moreira
(Fauno)
In: A Mocidade.
Beijos dos lábios teus, vermelhos e setíneos,
Sorvidos com prazer e luxos momentâneos,
Nossa alma num fervor e temores subitâneos,
São um deleite d’Arte os lábios teus virgínios:
Pois falam à Poesia os beijos apolíneos
Que tu deste algum dia em ramo de gerânios
Tamanha confusão, ebulição em crânios,
Fusão do pensamento em íntimos escríneos…
E quando tu sorris? – teus lábios curvilíneos
Teus ritos de paixão de beijos sucedâneos,
Na febre irreprimida, em ânsias de nevrótica…
Teus beijos, porém, são caprichos instântaneos,
As tuas fantasias de beves declínios,
Como um emurchecer d’alguma flor exótica!
Abílio Rosas Moreira
(Fauno)
In: A Mocidade.
Verso
A vida amedronta.
Tormenta continua,
aterrada na face
dominante de tudo.
O mundo.
O Sol desperta
a luz dos ciclos.
Entreabre por completo
um novo inicio.
O corpo se abre
por completo,
quando à luz do mundo.
Queria assim o verso,
extremo.
Mais que extremo,
inaudível.
Do abismo mais profundo
à luz sem margens,
sem limites.
Mas no trabalho lapidar do olvido,
A musa suspira:
“Impossível”.
Felipe Stefani, Queenscliff, Outono
http://www.cultuar.blogspot.com/
Tormenta continua,
aterrada na face
dominante de tudo.
O mundo.
O Sol desperta
a luz dos ciclos.
Entreabre por completo
um novo inicio.
O corpo se abre
por completo,
quando à luz do mundo.
Queria assim o verso,
extremo.
Mais que extremo,
inaudível.
Do abismo mais profundo
à luz sem margens,
sem limites.
Mas no trabalho lapidar do olvido,
A musa suspira:
“Impossível”.
Felipe Stefani, Queenscliff, Outono
http://www.cultuar.blogspot.com/
Antuco
Antuco.
Hasta entonces, nunca había escuchado del lugar. Hasta que pasó lo que pasó. Ni siquiera sé ponerle nombre a lo sucedido. Desde hace días, sólo tengo un nombre que me retumba durante el día mientras manejo por la avenida Massachussets, hago una traducción, compro un café o me lavo los dientes. Aquí, en Washington, D.C.
Antuco.
Ayer un amigo gringo me llamó y me dijo algo así como que lo sentía tanto, o sea, “I
am so sorry about what happened to your soldiers in Chile. “ Y empecé a decirle de qué me estás hablando, no son los míos, nunca me han gustado los militares, you got it all wrong. Y de pronto me detuve. El cuento era más complicado que eso y no se lo iba a explicar a él, menos en inglés.
Entonces decidí escribir esta columna.
Quizás porque cuando uno lee la noticia en pantalla o papel no hay modo de esquivarla como si fuese una bola de nieve. O espantarla como si fuese una mosca. La verdad no es una sola y, por lo mismo, cuesta tanto reconocerla, abrazarla.
Pero advertí que en cuestión de horas, muchos, millones, un país entero, nos vimos envueltos en esa tormenta blanca, un tsunami de nieve, como dijo la prensa, que atrapó a esos adolescentes, que podrían ser nuestros hijos. Incluso son o eran menores que nuestros hijos. Lo cierto es que ellos – Juan, Pedro, Manuel, Luis, muchachos sencillos, modestos, como dicen en Chile, sin erres ni guiones en sus apellidos-hacían el servicio militar y, quizás, se aprontaban para hacer de la obediencia debida su verdad y del uniforme su orgullo.
Quizás era la forma elegida por sus padres para “ser alguien en la vida”, para perseguir un sueño y asegurarse una carrera, una profesión, que les diera pan, techo y, lo más importante, dignidad. Una fuente de sustento y un sentido de misión porque quizás la verdad no es una sola pero la patria sí. Y cuando el deber llama, llama.
Juan, Pedro, Manuel y Luis no tuvieron tiempo de hacer carrera ni de ganar medalla alguna. Apenas alcanzaron a abrir los ojos, botar el fusil y estirar los brazos a tientas como en una pieza oscura en medio de la nada sólo que esta vez estaban sumidos en una blancura espesa que los envolvió en silencio mientras a sus espaldas se levantaba esa cordillera maciza, imperturbable, inconmovible ante tanta juventud y desconcierto. Cayeron en silencio, sin ruido de metralla, sin intento de fuga, sin enfrentamiento ficticio ni grito de tormento. Cerraron los ojos y durmieron en paz.
Antuco.
No es fácil entender que sucedió, qué fue lo que falló, error humano o del otro, cuando uno vive en medio de un bosque en la avenida Massachussets. Entonces el peso de la distancia y la ausencia se sienten. Cuando la tragedia me pegó en la cara, quise estar allá, en el sur, con esas familias, en el primer velatorio y entierro. No como periodista, sino como mujer, como chilena, como hija del dolor. Es allí, en la pena profunda y en el placer infinito, donde siento el llamado de la patria. No conoceré nunca a esos muchachos inexpertos del sur; nunca los miraré a los ojos ni sabré sus nombres. No tomaré té con sus familias ni visitaré sus pueblos, pero en mi mapa interno Antuco quedará clavado en mi memoria.
Porque hace unos días descubrí un tesoro, hice un hallazgo que me estremeció.
Llevaré diez años en Estados Unidos pero mientras leía la prensa chilena ese primer día y los días siguientes, lloré lágrimas de dolor y me conmovieron la espera de las familias, la contradicción en las versiones, los cuerpos que no aparecían, los muchachos que morían y resucitaban en cada error y acierto. El minuto de silencio con que el Presidente Lagos inició su cuenta anual en el Congreso, las ojeras de Cheyre, los vidrios rotos por la ira en aquel recinto y la impotencia de los que exigen saber, la inutilidad del supuesto ejercicio de rigor, la bandera chilena que cubre el ataúd, el soldado de piel morena y orejas grandes que hace guardia con la misma mirada de los edecanes presidenciales.
Antuco.
Cuando me sacudo con los sollozos entiendo que Chile ha cambiado tanto en estos diez años. Yo también. Tanto que hoy lloro por esos soldados y sus familias, por un ejército que no sólo temí sino desprecié en el pasado. Esos soldados son mis soldados, su pérdida es también la mía. Celebrar un triunfo a nivel nacional no cuesta nada, para eso estamos siempre listos. Lo difícil es lo otro. Tenía razón mi amigo gringo. Y entonces por cuarta vez leo la lista de los aparecidos y de los desaparecidos y me confundo con los números totales que nunca coinciden y me entero de las cifras de las indemnizaciones que se entregarán al más breve plazo, dicen, y en el intertanto Juan, hermano de David Alejandro, grita que con tres millones no compran la vida de mi hermano y se le quiebra la voz cuando pide que le devuelvan el cuerpo porque llevan cuatro días y aún no pasa nada.
Cuatro días. Yo llevo casi 30 años y de desaparecidos sé más que todos ustedes, me dan ganas de gritarle pero sigo leyendo la noticia en internet, sola, afiebrada, medio aturdida, como si la tormenta me hubiese alcanzado a mí también. Y en vez de sentir la dulzura de la venganza en los labios porque ahora sabrá el ejército lo que es tener desaparecidos propios mi boca se llena de amargura y la tristeza se instala en la garganta como un bocado imposible de tragar. No sólo sentir nada salvo tristeza y tengo la piel de gallina pese a que la gente anda en shorts por la calle.
No bajemos los brazos, no bajemos las fuerzas, no bajemos las esperanzas, dice el general Cheyre. Yo vuelvo a mirar sus ojeras violáceas y pienso cómo me habría gustado que un comandante en jefe del ejército de Chile me hubiese dicho esto a mí y a tantos cuando buscábamos a nuestros desaparecidos. A los enterrados en el desierto, acribillados en la cordillera, arrojados al mar, torturados en la esa casona antigua de Nuñoa. Catorce o tres mil, ¿cuánto importa? ¿Mientras mas alta la cifra, más profundo el dolor?
Cómo me habría reconfortado que alguien me hubiese asegurado que la búsqueda por mi hermana, mi hermano, mi padre o mi amigo no se suspendería hasta encontrarlos y si había que esperar que se derritiesen todos los hielos del mundo, pues, a esperar.
Hay cruces que uno quisiera que nunca le pasaran, pero la cruz hay que llevarla, y no eludirla, dice Cheyre con los ojos cada vez más hundidos y el corazón también. Y me dan ganas de coger el telefóno y llamarlo y decirle, general, sé que anduvo hace poco por Washington y qué lástima que no nos vimos pero lo llamo porque quiero que sepa que yo de cruces también sé, como mi familia entera. También de nieves que se hicieron ríos y nosotros seguimos esperando. No tenemos formación militar pero de paciencia y dolor sabemos más que usted y los suyos. Y no es por hacerme la víctima porque me carga la gente que se hace la víctima pero le aseguro que usted tendrá la espalda de soldado que yo nunca tuve ni tendré pero la mía ha soportado más carga que la suya y aún no se quiebra ni se dobla aunque siempre me duele. Mi cruz, general, es más pesada que la suya. Y habría dado la vida por no tener que cargarla, igual que usted ahora, en los momentos más difíciles de su carrera.
Pero le ruego que me crea cuando le digo que su dolor es mi dolor. Y si Antuco debe ser el puente para que, al menos por un rato, un día o quizás más, civiles y uniformados se puedan reconocer y compadecer unos con otros, abrazar en su desamparo, entonces que sea Antuco. Que el dolor de los presentes pueda honrar la memoria de los ausentes, los caídos, hoy y ayer. No creo en los héroes ni en los monumentos, desconfío de las condecoraciones y me aburren los discursos, sobre todo los de ustedes, plagados de lugares comunes y cursilerías. Me irritan sus desfiles militares, soberbios y tan de la guerra fría. Me incomoda el saludo a la bandera y la canción nacional en los llamados actos oficiales. No los entiendo, ni de a uno ni formados, y me violenta cuando gritan, juntan los tacones y hacen esos giros raros. Tienen la mirada dura y el lenguaje ídem.
Lo que no quita que su dolor es tanto suyo como mío, general. Y ya sabemos que esos soldados, sus familias y sus amigos no están solos en su tristeza profunda. Desde acá, en medio de mi bosque y mis ardillas, después de tanta ausencia y distancia, constato que el dolor no le pertenece a nadie. Alcanza para todos. Esos muchachos, los de Chile, no volverán vivos. Pero ruego a Dios que vuelvan porque vivir con la incertidumbre es morir es cada día un poco. Confío en que regresarán al lado de sus familias, aunque sea la primavera quien los entregue en medio de campos floridos. Porque la peor cruz, la peor pesadilla, general, es tener el nombre, la memoria, la flor. Y no tener la tumba dónde hacer el duelo.
Odette Magnet
Periodista
Washington, D.C. 26 de mayo de 2005
Antuco.
Hasta entonces, nunca había escuchado del lugar. Hasta que pasó lo que pasó. Ni siquiera sé ponerle nombre a lo sucedido. Desde hace días, sólo tengo un nombre que me retumba durante el día mientras manejo por la avenida Massachussets, hago una traducción, compro un café o me lavo los dientes. Aquí, en Washington, D.C.
Antuco.
Ayer un amigo gringo me llamó y me dijo algo así como que lo sentía tanto, o sea, “I
am so sorry about what happened to your soldiers in Chile. “ Y empecé a decirle de qué me estás hablando, no son los míos, nunca me han gustado los militares, you got it all wrong. Y de pronto me detuve. El cuento era más complicado que eso y no se lo iba a explicar a él, menos en inglés.
Entonces decidí escribir esta columna.
Quizás porque cuando uno lee la noticia en pantalla o papel no hay modo de esquivarla como si fuese una bola de nieve. O espantarla como si fuese una mosca. La verdad no es una sola y, por lo mismo, cuesta tanto reconocerla, abrazarla.
Pero advertí que en cuestión de horas, muchos, millones, un país entero, nos vimos envueltos en esa tormenta blanca, un tsunami de nieve, como dijo la prensa, que atrapó a esos adolescentes, que podrían ser nuestros hijos. Incluso son o eran menores que nuestros hijos. Lo cierto es que ellos – Juan, Pedro, Manuel, Luis, muchachos sencillos, modestos, como dicen en Chile, sin erres ni guiones en sus apellidos-hacían el servicio militar y, quizás, se aprontaban para hacer de la obediencia debida su verdad y del uniforme su orgullo.
Quizás era la forma elegida por sus padres para “ser alguien en la vida”, para perseguir un sueño y asegurarse una carrera, una profesión, que les diera pan, techo y, lo más importante, dignidad. Una fuente de sustento y un sentido de misión porque quizás la verdad no es una sola pero la patria sí. Y cuando el deber llama, llama.
Juan, Pedro, Manuel y Luis no tuvieron tiempo de hacer carrera ni de ganar medalla alguna. Apenas alcanzaron a abrir los ojos, botar el fusil y estirar los brazos a tientas como en una pieza oscura en medio de la nada sólo que esta vez estaban sumidos en una blancura espesa que los envolvió en silencio mientras a sus espaldas se levantaba esa cordillera maciza, imperturbable, inconmovible ante tanta juventud y desconcierto. Cayeron en silencio, sin ruido de metralla, sin intento de fuga, sin enfrentamiento ficticio ni grito de tormento. Cerraron los ojos y durmieron en paz.
Antuco.
No es fácil entender que sucedió, qué fue lo que falló, error humano o del otro, cuando uno vive en medio de un bosque en la avenida Massachussets. Entonces el peso de la distancia y la ausencia se sienten. Cuando la tragedia me pegó en la cara, quise estar allá, en el sur, con esas familias, en el primer velatorio y entierro. No como periodista, sino como mujer, como chilena, como hija del dolor. Es allí, en la pena profunda y en el placer infinito, donde siento el llamado de la patria. No conoceré nunca a esos muchachos inexpertos del sur; nunca los miraré a los ojos ni sabré sus nombres. No tomaré té con sus familias ni visitaré sus pueblos, pero en mi mapa interno Antuco quedará clavado en mi memoria.
Porque hace unos días descubrí un tesoro, hice un hallazgo que me estremeció.
Llevaré diez años en Estados Unidos pero mientras leía la prensa chilena ese primer día y los días siguientes, lloré lágrimas de dolor y me conmovieron la espera de las familias, la contradicción en las versiones, los cuerpos que no aparecían, los muchachos que morían y resucitaban en cada error y acierto. El minuto de silencio con que el Presidente Lagos inició su cuenta anual en el Congreso, las ojeras de Cheyre, los vidrios rotos por la ira en aquel recinto y la impotencia de los que exigen saber, la inutilidad del supuesto ejercicio de rigor, la bandera chilena que cubre el ataúd, el soldado de piel morena y orejas grandes que hace guardia con la misma mirada de los edecanes presidenciales.
Antuco.
Cuando me sacudo con los sollozos entiendo que Chile ha cambiado tanto en estos diez años. Yo también. Tanto que hoy lloro por esos soldados y sus familias, por un ejército que no sólo temí sino desprecié en el pasado. Esos soldados son mis soldados, su pérdida es también la mía. Celebrar un triunfo a nivel nacional no cuesta nada, para eso estamos siempre listos. Lo difícil es lo otro. Tenía razón mi amigo gringo. Y entonces por cuarta vez leo la lista de los aparecidos y de los desaparecidos y me confundo con los números totales que nunca coinciden y me entero de las cifras de las indemnizaciones que se entregarán al más breve plazo, dicen, y en el intertanto Juan, hermano de David Alejandro, grita que con tres millones no compran la vida de mi hermano y se le quiebra la voz cuando pide que le devuelvan el cuerpo porque llevan cuatro días y aún no pasa nada.
Cuatro días. Yo llevo casi 30 años y de desaparecidos sé más que todos ustedes, me dan ganas de gritarle pero sigo leyendo la noticia en internet, sola, afiebrada, medio aturdida, como si la tormenta me hubiese alcanzado a mí también. Y en vez de sentir la dulzura de la venganza en los labios porque ahora sabrá el ejército lo que es tener desaparecidos propios mi boca se llena de amargura y la tristeza se instala en la garganta como un bocado imposible de tragar. No sólo sentir nada salvo tristeza y tengo la piel de gallina pese a que la gente anda en shorts por la calle.
No bajemos los brazos, no bajemos las fuerzas, no bajemos las esperanzas, dice el general Cheyre. Yo vuelvo a mirar sus ojeras violáceas y pienso cómo me habría gustado que un comandante en jefe del ejército de Chile me hubiese dicho esto a mí y a tantos cuando buscábamos a nuestros desaparecidos. A los enterrados en el desierto, acribillados en la cordillera, arrojados al mar, torturados en la esa casona antigua de Nuñoa. Catorce o tres mil, ¿cuánto importa? ¿Mientras mas alta la cifra, más profundo el dolor?
Cómo me habría reconfortado que alguien me hubiese asegurado que la búsqueda por mi hermana, mi hermano, mi padre o mi amigo no se suspendería hasta encontrarlos y si había que esperar que se derritiesen todos los hielos del mundo, pues, a esperar.
Hay cruces que uno quisiera que nunca le pasaran, pero la cruz hay que llevarla, y no eludirla, dice Cheyre con los ojos cada vez más hundidos y el corazón también. Y me dan ganas de coger el telefóno y llamarlo y decirle, general, sé que anduvo hace poco por Washington y qué lástima que no nos vimos pero lo llamo porque quiero que sepa que yo de cruces también sé, como mi familia entera. También de nieves que se hicieron ríos y nosotros seguimos esperando. No tenemos formación militar pero de paciencia y dolor sabemos más que usted y los suyos. Y no es por hacerme la víctima porque me carga la gente que se hace la víctima pero le aseguro que usted tendrá la espalda de soldado que yo nunca tuve ni tendré pero la mía ha soportado más carga que la suya y aún no se quiebra ni se dobla aunque siempre me duele. Mi cruz, general, es más pesada que la suya. Y habría dado la vida por no tener que cargarla, igual que usted ahora, en los momentos más difíciles de su carrera.
Pero le ruego que me crea cuando le digo que su dolor es mi dolor. Y si Antuco debe ser el puente para que, al menos por un rato, un día o quizás más, civiles y uniformados se puedan reconocer y compadecer unos con otros, abrazar en su desamparo, entonces que sea Antuco. Que el dolor de los presentes pueda honrar la memoria de los ausentes, los caídos, hoy y ayer. No creo en los héroes ni en los monumentos, desconfío de las condecoraciones y me aburren los discursos, sobre todo los de ustedes, plagados de lugares comunes y cursilerías. Me irritan sus desfiles militares, soberbios y tan de la guerra fría. Me incomoda el saludo a la bandera y la canción nacional en los llamados actos oficiales. No los entiendo, ni de a uno ni formados, y me violenta cuando gritan, juntan los tacones y hacen esos giros raros. Tienen la mirada dura y el lenguaje ídem.
Lo que no quita que su dolor es tanto suyo como mío, general. Y ya sabemos que esos soldados, sus familias y sus amigos no están solos en su tristeza profunda. Desde acá, en medio de mi bosque y mis ardillas, después de tanta ausencia y distancia, constato que el dolor no le pertenece a nadie. Alcanza para todos. Esos muchachos, los de Chile, no volverán vivos. Pero ruego a Dios que vuelvan porque vivir con la incertidumbre es morir es cada día un poco. Confío en que regresarán al lado de sus familias, aunque sea la primavera quien los entregue en medio de campos floridos. Porque la peor cruz, la peor pesadilla, general, es tener el nombre, la memoria, la flor. Y no tener la tumba dónde hacer el duelo.
Odette Magnet
Periodista
Washington, D.C. 26 de mayo de 2005
sábado, 31 de julho de 2010
sexta-feira, 30 de julho de 2010
Acordes da noite
Eu vi o escasso tempo de malabarismos juvenis
A estalar a seiva acidentada da tarde,
A aurora pura entrelaçada ao meu próprio sono
Nos instantes precários de um segredo vago.
Na oblíqua solidez dos corpos
Abre-se a rosa inicial sem nome, turva e casta,
Impura como a brisa imaculada dos sonhos, da voz,
Em uma espécie de chamado.
Eu vi o estrondo de uma gloriosa infância,
A alegria que em mim eram crianças cintilantes,
Na tarde volúvel, onde o mar, em silêncio maior,
Faz dos corpos uma presença errante.
Devo amar calado o triunfo crepuscular da juventude,
Seus beijos ao mar e sua oferenda de mistérios,
Na rosa oblíqua de um chamado puro,
Na vastidão precária dos instantes.
Eu vi tudo isso e amei, sendo eu mesmo uma oferenda eclusa
Aos mistérios juvenis, que desafiam os segredos do mar.
Felipe Stefani
Fonte – Cronópios
A estalar a seiva acidentada da tarde,
A aurora pura entrelaçada ao meu próprio sono
Nos instantes precários de um segredo vago.
Na oblíqua solidez dos corpos
Abre-se a rosa inicial sem nome, turva e casta,
Impura como a brisa imaculada dos sonhos, da voz,
Em uma espécie de chamado.
Eu vi o estrondo de uma gloriosa infância,
A alegria que em mim eram crianças cintilantes,
Na tarde volúvel, onde o mar, em silêncio maior,
Faz dos corpos uma presença errante.
Devo amar calado o triunfo crepuscular da juventude,
Seus beijos ao mar e sua oferenda de mistérios,
Na rosa oblíqua de um chamado puro,
Na vastidão precária dos instantes.
Eu vi tudo isso e amei, sendo eu mesmo uma oferenda eclusa
Aos mistérios juvenis, que desafiam os segredos do mar.
Felipe Stefani
Fonte – Cronópios
Feitiço
Há qualquer coisa nas palavras. Em mãos habilidosas, manipuladas com perícia, elas aprisionam-nos. Enrolam-se em volta dos nossos membros como teias de aranha, e quando estamos tão enfeitiçados que não conseguimos mover-nos, perfuram-nos a pele, entram-nos no sangue, entorpecem-nos o pensamento. E uma vez dentro de nós, põem a sua magia a funcionar.
O Décimo Terceiro Conto, de Diane Setterfield
Fonte enfeitiçada
O Décimo Terceiro Conto, de Diane Setterfield
Fonte enfeitiçada
quarta-feira, 28 de julho de 2010
Onda de calor mata 71 em 24 horas, pior seca em 130 anos
Pagina principal / Federação Russa
Konstantin KARPOV
Fonte: Pravda.ru .20.07.2010
Nos últimos vinte e quatro horas, setenta e uma pessoas morreram na Rússia, como resultado do calor. As temperaturas recorde sentiram-se em todo o país, mas principalmente em Moscou, que levou as pessoas a assumir riscos de natação em ambientes desconhecidos. Até agora, em Julho, 1.244 pessoas morreram, quase trezentos dessas na semana passada, enquanto que o país enfrenta sua pior seca em 130 anos.
As mortes ocorreram todas em consequência de afogamento, quando as pessoas tentaram escapar da onda de calor por natação em tanques de água, canais e rios. Segundo o Ministério de Situações de Emergência, apenas nas últimas 24 horas, setenta e uma pessoas se afogaram em todo o território da Federação Russa.
Este valor faz parte de um total de 1.244 mortes por afogamento no mês de Julho, cerca de 300 dos quais morreram na semana passada, quando as temperaturas atingiram níveis recordes quase históricos de 36,5 graus Celsius, enquanto cerca de 2.500 pessoas morreram desde o início do ano em incidentes relacionados com a água, segundo a mesma fonte.
Na semana passada um adicional número de 178 pessoas foram resgatadas pelos serviços de emergência e, ontem, para além das 71 mortes, houve também 20 resgatados.
Pior seca em 130 anos
Até vinte por cento da produção de grãos da Rússia foi destruída no pior seca em 130 anos, de acordo com o Ministério da Agricultura. 9,6 milhões de hectares de campos de grãos foram destruídas ou gravemente danificadas e uma situação de emergência devido à seca foi declarada em 19 regiões.
As temperaturas recordes são devem continuar durante a semana seguinte, pelo menos, de acordo com meteorologistas.
O Governo russo está atualmente fornecendo medidas para ajudar as pessoas afectadas. O primeiro-ministro Vladimir Putin está distribuindo empréstimos, subsídios e reduziu os preços dos combustíveis para os agricultores. Entretanto, foi declarado que o preço do pão não será afetado, porque há reservas suficientes para lidar com esta crise.
Os motoristas de táxi fazem lucro
Nem todo o mundo está enfrentando tempos difíceis em Moscou, devido ao calor. Alguns motoristas de táxis da cidade estão fazendo uma fortuna, acrescentando uma carga extra de ar condicionado, de acordo com relatos citados pela Komsomolskaya Pravda, embora não há nada na legislação para justificar isso.
Konstantin KARPOV
Fonte: Pravda.ru .20.07.2010
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