quarta-feira, 5 de agosto de 2015

El Control de los Medios de Comunicación



Noam Chomsky

aporrea.org

El material publicado es una conferencia de Noam Chomsky donde describe con precisión las bases fundacionales de la falsa democracia representativa.

El papel de los medios de comunicación en la política contemporánea nos obliga a preguntar por el tipo de mundo y de sociedad en los que queremos vivir, y qué modelo de democracia queremos para esta sociedad. Permítaseme empezar contraponiendo dos conceptos distintos de democracia. Uno es el que nos lleva a afirmar que en una sociedad democrática, por un lado, la gente tiene a su alcance los recursos para participar de manera significativa en la gestión de sus asuntos particulares, y, por otro, los medios de información son libres e imparciales. Si se busca la palabra democracia en el diccionario se encuentra una definición bastante parecida a lo que acabo de formular.

Una idea alternativa de democracia es la de que no debe permitirse que la gente se haga cargo de sus propios asuntos, a la vez que los medios de información deben estar fuerte y rígidamente controlados. Quizás esto suene como una concepción anticuada de democracia, pero es importante entender que, en todo caso, es la idea predominante. De hecho lo ha sido durante mucho tiempo, no sólo en la práctica sino incluso en el plano teórico. No olvidemos además que tenemos una larga historia, que se remonta a las revoluciones democráticas modernas de la Inglaterra del siglo XVII, que en su mayor parte expresa este punto de vista. En cualquier caso voy a ceñirme simplemente al período moderno y acerca de la forma en que se desarrolla la noción de democracia, y sobre el modo y el porqué el problema de los medios de comunicación y la desinformación se ubican en este contexto.

Primeros apuntes históricos de la propaganda

Empecemos con la primera operación moderna de propaganda llevada a cabo por un gobierno. Ocurrió bajo el mandato de Woodrow Wilson. Este fue elegido presidente en 1916 como líder de la plataforma electoral Paz sin victoria, cuando se cruzaba el ecuador de la Primera Guerra Mundial. La población era muy pacifista y no veía ninguna razón para involucra rse en una guerra europea; sin embargo, la administración Wilson había decidido que el país tomaría parte en el conflicto. Había por tanto que hacer algo para inducir en la sociedad la idea de la obligación de participar en la guerra. Y se creó una comisión de propaganda gubernamental, conocida con el nombre de Comisión Creel, que, en seis meses, logró convertir una población pacífica en otra histérica y belicista que quería ir a la guerra y destruir todo lo que oliera a alemán, despedazar a todos los alemanes, y salvar así al mundo. Se alcanzó un éxito extraordinario que conduciría a otro mayor todavía: precisamente en aquella época y después de la guerra se utilizaron las mismas técnicas para avivar lo que se conocía como Miedo rojo. Ello permitió la destrucción de sindicatos y la eliminación de problemas tan peligrosos como la libertad de prensa o de pensamiento político. El poder financiero y empresarial y los medios de comunicación fomentaron y prestaron un gran apoyo a esta operación, de la que, a su vez, obtuvieron todo tipo de provechos.

Entre los que participaron activa y entusiastamente en la guerra de Wilson estaban los intelectuales progresistas, gente del círculo de John Dewey Estos se mostraban muy orgullosos, como se deduce al leer sus escritos de la época, por haber demostrado que lo que ellos llamaban los miembros más inteligentes de la comunidad, es decir, ellos mismos, eran capaces de convencer a una población reticente de que había que ir a una guerra mediante el sistema de aterrorizarla y suscitar en ella un fanatismo patriotero. Los medios utilizados fueron muy amplios. Por ejemplo, se fabricaron montones de atrocidades supuestamente cometidas por los alemanes, en las que se incluían niños belgas con los miembros arrancados y todo tipo de cosas horribles que todavía se pueden leer en los libros de historia, buena parte de lo cual fue inventado por el Ministerio británico de propaganda, cuyo auténtico propósito en a quel momento —tal como queda reflejado en sus deliberaciones secretas— era el de dirigir el pensamiento de la mayor parte del mundo. Pero la cuestión clave era la de controlar el pensamiento de los miembros más inteligentes de la sociedad americana, quienes, a su vez, diseminarían la propaganda que estaba siendo elaborada y llevarían al pacífico país a la histeria propia de los tiempos de guerra. Y funcionó muy bien, al tiempo que nos enseñaba algo importante: cuando la propaganda que dimana del estado recibe el apoyo de las clases de un nivel cultural elevado y no se permite ninguna desviación en su contenido, el efecto puede ser enorme. Fue una lección que ya había aprendido Hitler y muchos otros, y cuya influencia ha llegado a nuestros días.

La democracia del espectador

Otro grupo que quedó directamente marcado por estos éxitos fue el formado por teóricos liberales y figuras destacadas de los medios de comunicación, como Walter Lippmann, que era el decano de los periodistas americanos, un importante analista político —tanto de asuntos domésticos como internacionales— así como un extraordinario teórico de la democracia liberal. Si se echa un vistazo a sus ensayos, se observará que están subtitulados con algo así como: Una teoría progresista sobre el pensamiento democrático liberal. Lippmann estuvo vinculado a estas comisiones de propaganda y admitió los logros alcanzados, al tiempo que sostenía que lo que él llamaba revolución en el arte de la democracia podía utilizarse para fabricar consenso, es decir, para producir en la población, mediante las nuevas técnicas de propaganda, la aceptación de algo inicialmente no deseado. También pensaba que ello era no solo una buena idea sino también necesaria, debido a que, tal como él mismo afirmó, los intereses comunes esquivan totalmente a la opinión pública y solo una clase especializada de hombres responsables lo bastante inteligentes puede comprenderlos y resolver los problemas que de ellos se derivan. Esta teoría sostiene que solo una élite reducida —la comunidad intelectual de que hablaban los seguidores de Dewey— puede entender cuáles son aquellos intereses comunes, qué es lo que nos conviene a todos, así como el hecho de que estas cosas escapan a la gente en general. En realidad, este enfoque se remonta a cientos de años atrás, es también un planteamiento típicamente leninista, de modo que existe una gran semejanza con la idea de que una vanguardia de intelectuales revolucionarios toma el poder mediante revoluciones populares que les proporcionan la fuerza necesaria para ello, para conducir después a las masas estúpidas a un futuro en el que estas son demasiado ineptas e incompetentes para imaginar y prever nada por sí mismas. Es así que la teoría democrática liberal y el marxismo-leninismo se encuentran muy cerca en sus supuestos ideológicos. En mi opinión, esta es una de las razones por las que los individuos, a lo largo del tiempo, han observado que era realmente fácil pasar de una posición a otra sin experimentar ninguna sensación específica de cambio. Solo es cuestión de ver dónde está el poder. Es posible que haya una revolución popular que nos lleve a todos a asumir el poder del Estado; o quizás no la haya, en cuyo caso simplemente apoyaremos a los que detentan el poder real: la comunidad de las finanzas. Pero estaremos haciendo lo mismo: conducir a las masas estúpidas hacia un mundo en el que van a ser incapaces de comprender nada por sí mismas.

Lippmann respaldó todo esto con una teoría bastante elaborada sobre la democracia progresiva, según la cual en una democracia con un funcionamiento adecuado hay distintas clases de ciudadanos. En primer lugar, los ciudadanos que asumen algún papel activo en cuestiones generales relativas al gobierno y la administración. Es la clase especializada, formada por personas que analizan, toman decisiones, ejecutan, controlan y dirigen los procesos que se dan en los sis temas ideológicos, económicos y políticos, y que constituyen, asimismo, un porcentaje pequeño de la población total. Por supuesto, todo aquel que ponga en circulación las ideas citadas es parte de este grupo selecto, en el cual se habla primordialmente acerca de qué hacer con aquellos otros, quienes, fuera del grupo pequeño y siendo la mayoría de la población, constituyen lo que Lippmann llamaba el rebaño desconcertado: hemos de protegernos de este rebaño desconcertado cuando brama y pisotea. Así pues, en una democracia se dan dos funciones: por un lado, la clase especializada, los hombres responsables, ejercen la función ejecutiva, lo que significa que piensan, entienden y planifican los intereses comunes; por otro, el rebaño desconcertado también con una función en la democracia, que, según Lippmann, consiste en ser espectadores en vez de miembros participantes de forma activa. Pero, dado que estamos hablando de una democracia, estos últimos llevan a término algo más que u na función: de vez en cuando gozan del favor de liberarse de ciertas cargas en la persona de algún miembro de la clase especializada; en otras palabras, se les permite decir queremos que seas nuestro líder, o, mejor, queremos que tú seas nuestro líder, y todo ello porque estamos en una democracia y no en un estado totalitario. Pero una vez se han liberado de su carga y traspasado esta a algún miembro de la clase especializada, se espera de ellos que se apoltronen y se conviertan en espectadores de la acción, no en participantes. Esto es lo que ocurre en una democracia que funciona como Dios manda.

Y la verdad es que hay una lógica detrás de todo eso. Hay incluso un principio moral del todo convincente: la gente es simplemente demasiado estúpida para comprender las cosas. Si los individuos trataran de participar en la gestión de los asuntos que les afectan o interesan, lo único que harían sería solo provocar líos, por lo que resultaría impropio e inmoral permitir que lo hicieran. Hay que domesticar al rebaño desconcertado, y no dejarle que brame y pisotee y destruya las cosas, lo cual viene a encerrar la misma lógica que dice que sería incorrecto dejar que un niño de tres años cruzara solo la calle. No damos a los niños de tres años este tipo de libertad porque partimos de la base de que no saben cómo utilizarla. Por lo mismo, no se da ninguna facilidad para que los individuos del rebaño desconcertado participen en la acción; solo causarían problemas.

Por ello, necesitamos algo que sirva para domesticar al rebaño perplejo; algo que viene a ser la nueva revolución en el arte de la democracia: la fabricación del consenso. Los medios de comunicación, las escuelas y la cultura popular tienen que estar divididos. La clase política y los responsables de tomar decisiones tienen que brindar algún sentido tolerable de realidad, aunque también tengan que inculcar las opiniones adecuadas. Aquí la premisa no declarada de forma explícita —e i ncluso los hombres responsables tienen que darse cuenta de esto ellos solos— tiene que ver con la cuestión de cómo se llega a obtener la autoridad para tomar decisiones. Por supuesto, la forma de obtenerla es sirviendo a la gente que tiene el poder real, que no es otra que los dueños de la sociedad, es decir, un grupo bastante reducido. Si los miembros de la clase especializada pueden venir y decir: Puedo ser útil a sus intereses, entonces pasan a formar parte del grupo ejecutivo. Y hay que quedarse callado y portarse bien, lo que significa que han de hacer lo posible para que penetren en ellos las creencias y doctrinas que servirán a los intereses de los dueños de la sociedad, de modo que, a menos que puedan ejercer con maestría esta autoformación, no formarán parte de la clase especializada. Así, tenemos un sistema educacional, de carácter privado, dirigido a los hombres responsables, a la clase especializada, que han de ser adoctrinados en profundidad acerca de los valore s e intereses del poder real, y del nexo corporativo que este mantiene con el Estado y lo que ello representa. Si pueden conseguirlo, podrán pasar a formar parte de la clase especializada. Al resto del rebaño desconcertado básicamente habrá que distraerlo y hacer que dirija su atención a cualquier otra cosa. Que nadie se meta en líos. Habrá que asegurarse que permanecen todos en su función de espectadores de la acción, liberando su carga de vez en cuando en algún que otro líder de entre los que tienen a su disposición para elegir.

Muchos otros han desarrollado este punto de vista, que, de hecho, es bastante convencional. Por ejemplo, él destacado teólogo y crítico de política internacional Reinold Niebuhr, conocido a veces como el teólogo del sistema, gurú de George Kennan y de los intelectuales de Kennedy, afirmaba que la racionalidad es una técnica, una habilidad, al alcance de muy pocos: solo algunos la poseen, mientras que la mayoría de la gente se guía por las e mociones y los impulsos. Aquellos que poseen la capacidad lógica tienen que crear ilusiones necesarias y simplificaciones acentuadas desde el punto de vista emocional, con objeto de que los bobalicones ingenuos vayan más o menos tirando. Este principio se ha convertido en un elemento sustancial de la ciencia política contemporánea. En la década de los años veinte y principios de la de los treinta, Harold Lasswell, fundador del moderno sector de las comunicaciones y uno de los analistas políticos americanos más destacados, explicaba que no deberíamos sucumbir a ciertos dogmatismos democráticos que dicen que los hombres son los mejores jueces de sus intereses particulares. Porque no lo son. Somos nosotros, decía, los mejores jueces de los intereses y asuntos públicos, por lo que, precisamente a partir de la moralidad más común, somos nosotros los que tenemos que asegurarnos que ellos no van a gozar de la oportunidad de actuar basándose en sus juicios erróneos. En lo que hoy co nocemos como estado totalitario, o estado militar, lo anterior resulta fácil. Es cuestión simplemente de blandir una porra sobre las cabezas de los individuos, y, si se apartan del camino trazado, golpearles sin piedad. Pero si la sociedad ha acabado siendo más libre y democrática, se pierde aquella capacidad, por lo que hay que dirigir la atención a las técnicas de propaganda. La lógica es clara y sencilla: la propaganda es a la democracia lo que la cachiporra al estado totalitario. Ello resulta acertado y conveniente dado que, de nuevo, los intereses públicos escapan a la capacidad de comprensión del rebaño desconcertado.

Relaciones públicas

Los Estados Unidos crearon los cimientos de la industria de las relaciones públicas. Tal como decían sus líderes, su compromiso consistía en controlar la opinión pública. Dado que aprendieron mucho de los éxitos de la Comisión Creel y del miedo rojo, y de las secuelas dejadas por ambos, las relaciones públicas experimen taron, a lo largo de la década de 1920, una enorme expansión, obteniéndose grandes resultados a la hora de conseguir una subordinación total de la gente a las directrices procedentes del mundo empresarial a lo largo de la década de 1920. La situación llegó a tal extremo que en la década siguiente los comités del Congreso empezaron a investigar el fenómeno. De estas pesquisas proviene buena parte de la información de que hoy día disponemos.

Las relaciones públicas constituyen una industria inmensa que mueve, en la actualidad, cantidades que oscilan en torno a un billón de dólares al año, y desde siempre su cometido ha sido el de controlar la opinión pública, que es el mayor peligro al que se enfrentan las corporaciones. Tal como ocurrió durante la Primera Guerra Mundial, en la década de 1930 surgieron de nuevo grandes problemas: una gran depresión unida a una cada vez más numerosa clase obrera en proceso de organización. En 1935, y gracias a la Ley Wagner, los trabaja dores consiguieron su primera gran victoria legislativa, a saber, el derecho a organizarse de manera independiente, logro que planteaba dos graves problemas. En primer lugar, la democracia estaba funcionando bastante mal: el rebaño desconcertado estaba consiguiendo victorias en el terreno legislativo, y no era ese el modo en que se suponía que tenían que ir las cosas; el otro problema eran las posibilidades cada vez mayores del pueblo para organizarse. Los individuos tienen que estar atomizados, segregados y solos; no puede ser que pretendan organizarse, porque en ese caso podrían convertirse en algo más que simples espectadores pasivos.

Efectivamente, si hubiera muchos individuos de recursos limitados que se agruparan para intervenir en el ruedo político, podrían, de hecho, pasar a asumir el papel de participantes activos, lo cual sí sería una verdadera amenaza. Por ello, el poder empresarial tuvo una reacción contundente para asegurarse de que esa había sido la últ ima victoria legislativa de las organizaciones obreras, y de que representaría también el principio del fin de esta desviación democrática de las organizaciones populares. Y funcionó. Fue la última victoria de los trabajadores en el terreno parlamentario, y, a partir de ese momento —aunque el número de afiliados a los sindicatos se incrementó durante la Segunda Guerra Mundial, acabada la cual empezó a bajar— la capacidad de actuar por la vía sindical fue cada vez menor. Y no por casualidad, ya que estamos hablando de la comunidad empresarial, que está gastando enormes sumas de dinero, a la vez que dedicando todo el tiempo y esfuerzo necesarios, en cómo afrontar y resolver estos problemas a través de la industria de las relaciones públicas y otras organizaciones, como la National Association of Manufacturers (Asociación nacional de fabricantes), la Business Roundtable (Mesa redonda de la actividad empresarial), etcétera. Y su principio es reaccionar en todo momento de forma i nmediata para encontrar el modo de contrarrestar estas desviaciones democráticas.

La primera prueba se produjo un año más tarde, en 1937, cuando hubo una importante huelga del sector del acero en Johnstown, al oeste de Pensilvania. Los empresarios pusieron a prueba una nueva técnica de destrucción de las organizaciones obreras, que resultó ser muy eficaz. Y sin matones a sueldo que sembraran el terror entre los trabajadores, algo que ya no resultaba muy práctico, sino por medio de instrumentos más sutiles y eficientes de propaganda. La cuestión estribaba en la idea de que había que enfrentar a la gente contra los huelguistas, por los medios que fuera. Se presentó a estos como destructivos y perjudiciales para el conjunto de la sociedad, y contrarios a los intereses comunes, que eran los nuestros, los del empresario, el trabajador o el ama de casa, es decir, todos nosotros. Queremos estar unidos y tener cosas como la armonía y el orgullo de ser americanos, y trabajar juntos. Pero resulta que estos huelguistas malvados de ahí afuera son subversivos, arman jaleo, rompen la armonía y atentan contra el orgullo de América, y hemos de pararles los pies. El ejecutivo de una empresa y el chico que limpia los suelos tienen los mismos intereses. Hemos de trabajar todos juntos y hacerlo por el país y en armonía, con simpatía y cariño los unos por los otros. Este era, en esencia, el mensaje. Y se hizo un gran esfuerzo para hacerlo público; después de todo, estamos hablando del poder financiero y empresarial, es decir, el que controla los medios de información y dispone de recursos a gran escala, por lo cual funcionó, y de manera muy eficaz. Más adelante este método se conoció como la fórmula Mohawk VaIley, aunque se le denominaba también: método científico para impedir huelgas. Se aplicó una y otra vez para romper huelgas, y daba muy buenos resultados cuando se trataba de movilizar a la opinión pública a favor de conceptos vacíos de contenido, como el orgullo de ser americano. ¿Quién puede estar en contra de esto? O la armonía. ¿Quién puede estar en contra? O, como en la guerra del golfo Pérsico, apoyad a nuestras tropas. ¿Quién podía estar en contra? O los lacitos amarillos. ¿Hay alguien que esté en contra? Sólo alguien completamente necio.

De hecho, ¿qué pasa si alguien le pregunta si da usted su apoyo a la gente de Iowa? Se puede contestar diciendo Sí, le doy mi apoyo, o No, no la apoyo. Pero ni siquiera es una pregunta: no significa nada. Esta es la cuestión. La clave de los eslóganes de las relaciones públicas como “Apoyad a nuestras tropas” es que no significan nada, o, como mucho, lo mismo que apoyar a los habitantes de Iowa. Pero, por supuesto había una cuestión importante que se podía haber resuelto haciendo la pregunta: ¿Apoya usted nuestra política? Pero, claro, no se trata de que la gente se plantee cosas como esta. Esto es lo único que importa en la buena propaganda. Se trata de crear un eslogan qu e no pueda recibir ninguna oposición, bien al contrario, que todo el mundo esté a favor. Nadie sabe lo que significa porque no significa nada, y su importancia decisiva estriba en que distrae la atención de la gente respecto de preguntas que sí significan algo: ¿Apoya usted nuestra política? Pero sobre esto no se puede hablar. Así que tenemos a todo el mundo discutiendo sobre el apoyo a las tropas: Desde luego, no dejaré de apoyarles. Por tanto, ellos han ganado. Es como lo del orgullo americano y la armonía. Estamos todos juntos, en torno a eslóganes vacíos, tomemos parte en ellos y asegurémonos de que no habrá gente mala en nuestro alrededor que destruya nuestra paz social con sus discursos acerca de la lucha de clases, los derechos civiles y todo este tipo de cosas.

Todo es muy eficaz y hasta hoy ha funcionado perfectamente. Desde luego consiste en algo razonado y elaborado con sumo cuidado: la gente que se dedica a las relaciones públicas no está ahí para diverti rse; está haciendo un trabajo, es decir, intentando inculcar los valores correctos. De hecho, tienen una idea de lo que debería ser la democracia: un sistema en el que la clase especializada está entrenada para trabajar al servicio de los amos, de los dueños de la sociedad, mientras que al resto de la población se le priva de toda forma de organización para evitar así los problemas que pudiera causar. La mayoría de los individuos tendrían que sentarse frente al televisor y masticar religiosamente el mensaje, que no es otro que el que dice que lo único que tiene valor en la vida es poder consumir cada vez más y mejor y vivir igual que esta familia de clase media que aparece en la pantalla y exhibir valores como la armonía y el orgullo americano. La vida consiste en esto. Puede que usted piense que ha de haber algo más, pero en el momento en que se da cuenta que está solo, viendo la televisión, da por sentado que esto es todo lo que existe ahí afuera, y que es una locura pensa r en que haya otra cosa. Y desde el momento en que está prohibido organizarse, lo que es totalmente decisivo, nunca se está en condiciones de averiguar si realmente está uno loco o simplemente se da todo por bueno, que es lo más lógico que se puede hacer.

Así pues, este es el ideal, para alcanzar el cual se han desplegado grandes esfuerzos. Y es evidente que detrás de él hay una cierta concepción: la de democracia, tal como ya se ha dicho. El rebaño desconcertado es un problema. Hay que evitar que brame y pisotee, y para ello habrá que distraerlo. Será cuestión de conseguir que los sujetos que lo forman se queden en casa viendo partidos de fútbol, culebrones o películas violentas, aunque de vez en cuando se les saque del sopor y se les convoque a corear eslóganes sin sentido, como Apoyad a. nuestras tropas. Hay que hacer que conserven un miedo permanente, porque a menos que estén debidamente atemorizados por todos los posibles males que pueden destruirles, desde dent ro o desde fuera, podrían empezar a pensar por sí mismos, lo cual es muy peligroso ya que no tienen la capacidad de hacerlo. Por ello es importante distraerles y marginarles.

Esta es una idea de democracia. De hecho, si nos re montamos al pasado, la última victoria legal de los trabajadores fue realmente en 1935, con la Ley Wagner. Después tras el inicio de la Primera Guerra Mundial, los sindicatos entraron en un declive, al igual que lo hizo una rica y fértil cultura obrera vinculada directamente con aquellos. Todo quedó destruido y nos vimos trasladados a una sociedad dominada de manera singular por los criterios empresariales. Era esta la única sociedad industrial, dentro de un sistema capitalista de Estado, en la que ni siquiera se producía el pacto social habitual que se podía dar en latitudes comparables. Era la única sociedad industrial —aparte de Sudáfrica, supongo— que no tenía un servicio nacional de asistencia sanitaria. No existía ningún compromiso para e levar los estándares mínimos de supervivencia de los segmentos de la población que no podían seguir las normas y directrices imperantes ni conseguir nada por sí mismos en el plano individual. Por otra parte, los sindicatos prácticamente no existían, al igual que ocurría con otras formas de asociación en la esfera popular. No había organizaciones políticas ni partidos: muy lejos se estaba, por tanto, del ideal, al menos en el plano estructural. Los medios de información constituían un monopolio corporativizado; todos expresaban los mismos puntos de vista. Los dos partidos eran dos facciones del partido del poder financiero y empresarial. Y así la mayor parte de la población ni tan solo se molestaba en ir a votar ya que ello carecía totalmente de sentido, quedando, por ello, debidamente marginada. Al menos este era el objetivo. La verdad es que el personaje más destacado de la industria de las relaciones públicas, Edward Bernays, procedía de la Comisión Creel. Formó parte de e lla, aprendió bien la lección y se puso manos a la obra a desarrollar lo que él mismo llamó la ingeniería del consenso, que describió como la esencia de la democracia.

Los individuos capaces de fabricar consenso son los que tienen los recursos y el poder de hacerlo —la comunidad financiera y empresarial— y para ellos trabajamos.

Fabricación de la opinión

También es necesario recabar el apoyo de la población a las aventuras exteriores. Normalmente la gente es pacifista, tal como sucedía durante la Primera Guerra Mundial, ya que no ve razones que justifiquen la actividad bélica, la muerte y la tortura. Por ello, para procurarse este apoyo hay que aplicar ciertos estímulos; y para estimularles hay que asustarles. El mismo Bernays tenía en su haber un importante logro a este respecto, ya que fue el encargado de dirigir la campaña de relaciones públicas de la United Fruit Company en 1954, cuando los Estados Unidos intervinieron militarmente para derribar a l gobierno democrático-capitalista de Guatemala e instalaron en su lugar un régimen sanguinario de escuadrones de la muerte, que se ha mantenido hasta nuestros días a base de repetidas infusiones de ayuda norteamericana que tienen por objeto evitar algo más que desviaciones democráticas vacías de contenido. En estos casos, es necesario hacer tragar por la fuerza una y otra vez programas domésticos hacia los que la gente se muestra contraria, ya que no tiene ningún sentido que el público esté a favor de programas que le son perjudiciales. Y esto, también, exige una propaganda amplia y general, que hemos tenido oportunidad de ver en muchas ocasiones durante los últimos diez años. Los programas de la era Reagan eran abrumadoramente impopulares. Los votantes de la victoria arrolladora de Reagan en 1984 esperaban, en una proporción de tres a dos, que no se promulgaran las medidas legales anunciadas. Si tomamos programas concretos, como el gasto en armamento, o la reducción de rec ursos en materia de gasto social, etc., prácticamente todos ellos recibían una oposición frontal por parte de la gente. Pero en la medida en que se marginaba y apartaba a los individuos de la cosa pública y estos no encontraban el modo de organizar y articular sus sentimientos, o incluso de saber que había otros que compartían dichos sentimientos, los que decían que preferían el gasto social al gasto militar —y lo expresaban en los sondeos, tal como sucedía de manera generalizada— daban por supuesto que eran los únicos con tales ideas disparatadas en la cabeza. Nunca habían oído estas cosas de nadie más, ya que había que suponer que nadie pensaba así; y si lo había, y era sincero en las encuestas, era lógico pensar que se trataba de un bicho raro. Desde el momento en que un individuo no encuentra la manera de unirse a otros que comparten o refuerzan este parecer y que le pueden transmitir la ayuda necesaria para articularlo, acaso llegue a sentir que es alguien excéntrico, u na rareza en un mar de normalidad. De modo que acaba permaneciendo al margen, sin prestar atención a lo que ocurre, mirando hacia, otro lado, como por ejemplo la final de Copa.

Así pues, hasta cierto punto se alcanzó el ideal, aunque nunca de forma completa, ya que hay instituciones que hasta ahora ha sido imposible destruir: por ejemplo, las iglesias. Buena parte de la actividad disidente de los Estados Unidos se producía en las iglesias por la sencilla razón de que estas existían. Por ello, cuando había que dar una conferencia de carácter político en un país europeo era muy probable que se celebrara en los locales de algún sindicato, cosa harto difícil en América ya que, en primer lugar, estos apenas existían o, en el mejor de los casos, no eran organizaciones políticas. Pero las iglesias sí existían, de manera que las charlas y conferencias se hacían con frecuencia en ellas: la solidaridad con Centroamérica se originó en su mayor parte en las iglesias, sobre todo porque existían.

El rebaño desconcertado nunca acaba de estar debidamente domesticado: es una batalla permanente. En la década de 1930 surgió otra vez, pero se pudo sofocar el movimiento. En los años sesenta apareció una nueva ola de disidencia, a la cual la clase especializada le puso el nombre de crisis de la democracia. Se consideraba que la democracia estaba entrando en una crisis porque amplios segmentos de la población se estaban organizando de manera activa y estaban intentando participar en la arena política. El conjunto de élites coincidían en que había que aplastar el renacimiento democrático de los sesenta y poner en marcha un sistema social en el que los recursos se canalizaran hacia las clases acaudaladas privilegiadas. Y aquí hemos de volver a las dos concepciones de democracia que hemos mencionado en párrafos anteriores. Según la definición del diccionario, lo anterior constituye un avance en democracia; según el criterio predominante, es un problema, una crisis que ha de ser vencida. Había que obligar a la población a que retrocediera y volviera a la apatía, la obediencia y la pasividad, que conforman su estado natural, para lo cual se hicieron grandes esfuerzos, si bien no funcionó. Afortunadamente, la crisis de la democracia todavía está vivita y coleando, aunque no ha resultado muy eficaz a la hora de conseguir un cambio político. Pero, contrariamente a lo que mucha gente cree, sí ha dado resultados en lo que se refiere al cambio de la opinión pública.

Después de la década de 1960 se hizo todo lo posible para que la enfermedad diera marcha atrás. La verdad es que uno de los aspectos centrales de dicho mal tenía un nombre técnico: el síndrome de Vietnam, término que surgió en torno a 1970 y que de vez en cuando encuentra nuevas definiciones. El intelectual reaganista Norman Podhoretz habló de él como las inhibiciones enfermizas respecto al uso de la fuerza militar. Pero resulta que era la mayoría de la gente la que experimentaba dichas inhibiciones contra la violencia, ya que simplemente no entendía por qué había que ir por el mundo torturando, matando o lanzando bombardeos intensivos. Como ya supo Goebbels en su día, es muy peligroso que la población se rinda ante estas inhibiciones enfermizas, ya que en ese caso habría un límite a las veleidades aventureras de un país fuera de sus fronteras. Tal como decía con orgullo el Washington Post durante la histeria colectiva que se produjo durante la guerra del golfo Pérsico, es necesario infundir en la gente respeto por los valores marciales. Y eso sí es importante. Si se quiere tener una sociedad violenta que avale la utilización de la fuerza en todo el mundo para alcanzar los fines de su propia élite doméstica, es necesario valorar debidamente las virtudes guerreras y no esas inhibiciones achacosas acerca del uso de la violencia. Esto es el síndrome de Vietnam: hay que vencerlo.

La representación como realidad

También es preciso falsificar totalmente la historia. Ello constituye otra manera de vencer esas inhibiciones enfermizas, para simular que cuando atacamos y destruimos a alguien lo que estamos haciendo en realidad es proteger y defendernos a nosotros mismos de los peores monstruos y agresores, y cosas por el estilo. Desde la guerra del Vietnam se ha realizado un enorme esfuerzo por reconstruir la historia. Demasiada gente, incluidos gran número de soldados y muchos jóvenes que estuvieron involucrados en movimientos por la paz o antibelicistas, comprendía lo que estaba pasando. Y eso no era bueno. De nuevo había que poner orden en aquellos malos pensamientos y recuperar alguna forma de cordura, es decir, la aceptación de que sea lo que fuere lo que hagamos, ello es noble y correcto. Si bombardeábamos Vietnam del Sur, se debía a que estábamos defendiendo el país de alguien, esto es, de los sudvietnamitas, ya que allí no había nadie más. Es lo que los intelectuales kenedianos denominab an defensa contra la agresión interna en Vietnam del Sur, expresión acuñada por Adiai Stevenson, entre otros. Así pues, era necesario que esta fuera la imagen oficial e inequívoca; y ha funcionado muy bien, ya que si se tiene el control absoluto de los medios de comunicación y el sistema educativo y la intelectualidad son conformistas, puede surtir efecto cualquier política. Un indicio de ello se puso de manifiesto en un estudio llevado a cabo en la Universidad de Massachusetts sobre las diferentes actitudes ante la crisis del Golfo Pérsico, y que se centraba en las opiniones que se manifestaban mientras se veía la televisión. Una de las preguntas de dicho estudio era: ¿Cuantas víctimas vietnamitas calcula usted que hubo durante la guerra del Vietnam? La respuesta promedio que se daba era en torno a 100.000, mientras que las cifras oficiales hablan de dos millones, y las reales probablemente sean de tres o cuatro millones. Los responsables del estudio formulaban a continuaci ón una pregunta muy oportuna: ¿Qué pensaríamos de la cultura política alemana si cuando se le preguntara a la gente cuantos judíos murieron en el Holocausto la respuesta fuera unos 300.000? La pregunta quedaba sin respuesta, pero podemos tratar de encontrarla. ¿Qué nos dice todo esto sobre nuestra cultura? Pues bastante: es preciso vencer las inhibiciones enfermizas respecto al uso de la fuerza militar y a otras desviaciones democráticas. Y en este caso dio resultados satisfactorios y demostró ser cierto en todos los terrenos posibles: tanto si elegimos Próximo Oriente, el terrorismo internacional o Centroamérica. El cuadro del mundo que se presenta a la gente no tiene la más mínima relación con la realidad, ya que la verdad sobre cada asunto queda enterrada bajo montañas de mentiras. Se ha alcanzado un éxito extraordinario en el sentido de disuadir las amenazas democráticas, y lo realmente interesante es que ello se ha producido en condiciones de libertad. No es como en un estado totalitario, donde todo se hace por la fuerza. Esos logros son un fruto conseguido sin violar la libertad. Por ello, si queremos entender y conocer nuestra sociedad, tenemos que pensar en todo esto, en estos hechos que son importantes para todos aquellos que se interesan y preocupan por el tipo de sociedad en el que viven.

La cultura disidente

A pesar de todo, la cultura disidente sobrevivió, y ha experimentado un gran crecimiento desde la década de los sesenta. Al principio su desarrollo era sumamente lento, ya que, por ejemplo, no hubo protestas contra la guerra de Indochina hasta algunos años después de que los Estados Unidos empezaran a bombardear Vietnam del Sur. En los inicios de su andadura era un reducido movimiento contestatario, formado en su mayor parte por estudiantes y jóvenes en general, pero hacia principios de los setenta ya había cambiado de forma notable. Habían surgido movimientos populares importantes: los ecologistas, las feminista s, los antinucleares, etcétera. Por otro lado, en la década de 1980 se produjo una expansión incluso mayor y que afectó a todos los movimientos de solidaridad, algo realmente nuevo e importante al menos en la historia de América y quizás en toda la disidencia mundial. La verdad es que estos eran movimientos que no sólo protestaban sino que se implicaban a fondo en las vidas de todos aquellos que sufrían por alguna razón en cualquier parte del mundo. Y sacaron tan buenas lecciones de todo ello, que ejercieron un enorme efecto civilizador sobre las tendencias predominantes en la opinión pública americana. Y a partir de ahí se marcaron diferencias, de modo que cualquiera que haya estado involucrado es este tipo de actividades durante algunos años ha de saberlo perfectamente. Yo mismo soy consciente de que el tipo de conferencias que doy en la actualidad en las regiones más reaccionarias del país —la Georgia central, el Kentucky rural— no las podría haber pronunciado, en el mome nto culminante del movimiento pacifista, ante una audiencia formada por los elementos más activos de dicho movimiento. Ahora, en cambio, en ninguna parte hay ningún problema. La gente puede estar o no de acuerdo, pero al menos comprende de qué estás hablando y hay una especie de terreno común en el que es posible cuando menos entenderse.

A pesar de toda la propaganda y de todos los intentos por controlar el pensamiento y fabricar el consenso, lo anterior constituye un conjunto de signos de efecto civilizador. Se está adquiriendo una capacidad y una buena disposición para pensar las cosas con el máximo detenimiento. Ha crecido el escepticismo acerca del poder.

Han cambiado muchas actitudes hacia un buen número de cuestiones, lo que ha convertido todo este asunto en algo lento, quizá incluso frío, pero perceptible e importante, al margen de si acaba siendo o no lo bastante rápido como para influir de manera significativa en los aconteceres del mundo. Tomemos ot ro ejemplo: la brecha que se ha abierto en relación con el género. A principios de la década de 1960 las actitudes de hombres y mujeres eran aproximadamente las mismas en asuntos como las virtudes castrenses, igual que lo eran las inhibiciones enfermizas respecto al uso de la fuerza militar. Por entonces, nadie, ni hombres ni mujeres, se resentía a causa de dichas posturas, dado que las respuestas coincidían: todo el mundo pensaba que la utilización de la violencia para reprimir a la gente de por ahí estaba justificada. Pero con el tiempo las cosas han cambiado. Aquellas inhibiciones han experimentado un crecimiento lineal, aunque al mismo tiempo ha aparecido un desajuste que poco a poco ha llegado a ser sensiblemente importante y que según los sondeos ha alcanzado el 20%. ¿Qué ha pasado? Pues que las mujeres han formado un tipo de movimiento popular semi organizado, el movimiento feminista, que ha ejercido una influencia decisiva, ya que, por un lado, ha hecho que muchas mu jeres se dieran cuenta de que no estaban solas, de que había otras con quienes compartir las mismas ideas, y, por otro, en la organización se pueden apuntalar los pensamientos propios y aprender más acerca de las opiniones e ideas que cada uno tiene. Si bien estos movimientos son en cierto modo informales, sin carácter militante, basados más bien en una disposición del ánimo en favor de las interacciones personales, sus efectos sociales han sido evidentes. Y este es el peligro de la democracia: si se pueden crear organizaciones, si la gente no permanece simplemente pegada al televisor, pueden aparecer estas ideas extravagantes, como las inhibiciones enfermizas respecto al uso de la fuerza militar. Hay que vencer estas tentaciones, pero no ha sido todavía posible.

Desfile de enemigos

En vez de hablar de la guerra pasada, hablemos de la guerra que viene, porque a veces es más útil estar preparado para lo que puede venir que simplemente reaccionar ante lo que oc urre. En la actualidad se está produciendo en los Estados Unidos —y no es el primer país en que esto sucede— un proceso muy característico. En el ámbito interno, hay problemas económicos y sociales crecientes que pueden devenir en catástrofes, y no parece haber nadie, de entre los que detentan el poder, que tenga intención alguna de prestarles atención. Si se echa una ojeada a los programas de las distintas administraciones durante los últimos diez años no se observa ninguna propuesta seria sobre lo que hay que hacer para resolver los importantes problemas relativos a la salud, la educación, los que no tienen hogar, los parados, el índice de criminalidad, la delincuencia creciente que afecta a amplias capas de la población, las cárceles, el deterioro de los barrios periféricos, es decir, la colección completa de problemas conocidos. Todos conocemos la situación, y sabemos que está empeorando. Solo en los dos años que George Bush estuvo en el poder hubo tres millones más de n iños que cruzaron el umbral de la pobreza, la deuda externa creció progresivamente, los estándares educativos experimentaron un declive, los salarios reales retrocedieron al nivel de finales de los años cincuenta para la gran mayoría de la población, y nadie hizo absolutamente nada para remediarlo. En estas circunstancias hay que desviar la atención del rebaño desconcertado ya que si empezara a darse cuenta de lo que ocurre podría no gustarle, porque es quien recibe directamente las consecuencias de lo anterior. Acaso entretenerles simplemente con la final de Copa o los culebrones no sea suficiente y haya que avivar en él el miedo a los enemigos. En los años treinta Hitler difundió entre los alemanes el miedo a los judíos y a los gitanos: había que machacarles como forma de autodefensa. Pero nosotros también tenemos nuestros métodos. A lo largo de la última década, cada año o a lo sumo cada dos, se fabrica algún monstruo de primera línea del que hay que defenderse. Antes los que estaban más a mano eran los rusos, de modo que había que estar siempre a punto de protegerse de ellos. Pero, por desgracia, han perdido atractivo como enemigo, y cada vez resulta más difícil utilizarles como tal, de modo que hay que hacer que aparezcan otros de nueva estampa. De hecho, la gente fue bastante injusta al criticar a George Bush por haber sido incapaz de expresar con claridad hacia dónde estábamos siendo impulsados, ya que hasta mediados de los años ochenta, cuando andábamos despistados se nos ponía constantemente el mismo disco: que vienen los rusos. Pero al perderlos como encarnación del lobo feroz hubo que fabricar otros, al igual que hizo el aparato de relaciones públicas reaganiano en su momento. Y así, precisamente con Bush, se empezó a utilizar a los terroristas internacionales, a los narcotraficantes, a los locos caudillos árabes o a Saddam Hussein, el nuevo Hitler que iba a conquistar el mundo. Han tenido que hacerles aparecer a uno tras otro, asust ando a la población, aterrorizándola, de forma que ha acabado muerta de miedo y apoyando cualquier iniciativa del poder. Así se han podido alcanzar extraordinarias victorias sobre Granada, Panamá, o algún otro ejército del Tercer Mundo al que se puede pulverizar antes de siquiera tomarse la molestia de mirar cuántos son. Esto da un gran alivio, ya que nos hemos salvado en el último momento.

Tenemos así, pues, uno de los métodos con el cual se puede evitar que el rebaño desconcertado preste atención a lo que está sucediendo a su alrededor, y permanezca distraído y controlado. Recordemos que la operación terrorista internacional más importante llevada a cabo hasta la fecha ha sido la operación Mongoose, a cargo de la administración Kennedy, a partir de la cual este tipo de actividades prosiguieron contra Cuba. Parece que no ha habido nada que se le pueda comparar ni de lejos, a excepción quizás de la guerra contra Nicaragua, si convenimos en denominar aquello también t errorismo. El Tribunal de La Haya consideró que aquello era algo más que una agresión.

Cuando se trata de construir un monstruo fantástico siempre se produce una ofensiva ideológica, seguida de campañas para aniquilarlo. No se puede atacar si el adversario es capaz de defenderse: sería demasiado peligroso. Pero si se tiene la seguridad de que se le puede vencer, quizá se le consiga despachar rápido y lanzar así otro suspiro de alivio.

Percepción selectiva

Esto ha venido sucediendo desde hace tiempo. En mayo de 1986 se publicaron las memorias del preso cubano liberado Armando Valladares, que causaron rápidamente sensación en los medios de comunicación. Voy a brindarles algunas citas textuales. Los medios informativos describieron sus revelaciones como «el relato definitivo del inmenso sistema de prisión y tortura con el que Castro castiga y elimina a la oposición política». Era «una descripción evocadora e inolvidable» de las «cárceles bestiales, la to rtura inhumana [y] el historial de violencia de estado [bajo] todavía uno de los asesinos de masas de este siglo», del que nos enteramos, por fin, gracias a este libro, que «ha creado un nuevo despotismo que ha institucionalizado la tortura como mecanismo de control social» en el «infierno que era la Cuba en la que [Valladares] vivió». Esto es lo que apareció en el Washington Post y el New York Times en sucesivas reseñas. Las atrocidades de Castro —descrito como un «matón dictador»— se revelaron en este libro de manera tan concluyente que «solo los intelectuales occidentales fríos e insensatos saldrán en defensa del tirano», según el primero de los diarios citados. Recordemos que estamos hablando de lo que le ocurrió a un hombre. Y supongamos que todo lo que se dice en el libro es verdad. No le hagamos demasiadas preguntas al protagonista de la historia. En una ceremonia celebrada en la Casa Blanca con motivo del Día de los Derechos Humanos, Ronald Reagan destacó a Armando V alladares e hizo mención especial de su coraje al soportar el sadismo del sangriento dictador cubano. A continuación, se le designó representante de los Estados Unidos en la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Allí tuvo la oportunidad de prestar notables servicios en la defensa de los gobiernos de El Salvador y Guatemala en el momento en que estaban recibiendo acusaciones de cometer atrocidades a tan gran escala que cualquier vejación que Valladares pudiera haber sufrido tenía que considerarse forzosamente de mucha menor entidad. Así es como están las cosas.

La historia que viene ahora también ocurría en mayo de 1986, y nos dice mucho acerca de la fabricación del consenso. Por entonces, los supervivientes del Grupo de Derechos Humanos de El Salvador —sus líderes habían sido asesinados— fueron detenidos y torturados, incluyendo al director, Herbert Anaya. Se les encarceló en una prisión llamada La Esperanza, pero mientras estuvieron en ella continuaro n su actividad de defensa de los derechos humanos, y, dado que eran abogados, siguieron tomando declaraciones juradas. Había en aquella cárcel 432 presos, de los cuales 430 declararon y relataron bajo juramento las torturas que habían recibido: aparte de la picana y otras atrocidades, se incluía el caso de un interrogatorio, y la tortura consiguiente, dirigido por un oficial del ejército de los Estados Unidos de uniforme, al cual se describía con todo detalle. Ese informe —160 páginas de declaraciones juradas de los presos— constituye un testimonio extraordinariamente explícito y exhaustivo, acaso único en lo referente a los pormenores de lo que ocurre en una cámara de tortura. No sin dificultades se consiguió sacarlo al exterior, junto con una cinta de vídeo que mostraba a la gente mientras testificaba sobre las torturas, y la Marin County Interfaith Task Force (Grupo de trabajo multi confesional Marin County) se encargó de distribuirlo. Pero la prensa nacional se negó a ha cer su cobertura informativa y las emisoras de televisión rechazaron la emisión del vídeo. Creo que como mucho apareció un artículo en el periódico local de Marin County, el San Francisco Examiner. Nadie iba a tener interés en aquello. Porque estábamos en la época en que no eran pocos los intelectuales insensatos y ligeros de cascos que estaban cantando alabanzas a José Napoleón Duarte y Ronald Reagan.

Anaya no fue objeto de ningún homenaje. No hubo lugar para él en el Día de los Derechos Humanos. No fue elegido para ningún cargo importante. En vez de ello fue liberado en un intercambio de prisioneros y posteriormente asesinado, al parecer por las fuerzas de seguridad siempre apoyadas militar y económicamente por los Estados Unidos. Nunca se tuvo mucha información sobre aquellos hechos: los medios de comunicación no llegaron en ningún momento a preguntarse si la revelación de las atrocidades que se denunciaban —en vez de mantenerlas en secreto y silenciarlas— podía h aber salvado su vida.

Todo lo anterior nos enseña mucho acerca del modo de funcionamiento de un sistema de fabricación de consenso. En comparación con las revelaciones de Herbert Anaya en El Salvador, las memorias de Valladares son como una pulga al lado de un elefante. Pero no podemos ocuparnos de pequeñeces, lo cual nos conduce hacia la próxima guerra. Creo que cada vez tendremos más noticias sobre todo esto, hasta que tenga lugar la operación siguiente.

Sólo algunas consideraciones sobre lo último que se ha dicho, si bien al final volveremos sobre ello. Empecemos recordando el estudio de la Universidad de Massachusetts ya mencionado, ya que llega a conclusiones interesantes. En él se preguntaba a la gente si creía que los Estados Unidos debía intervenir por la fuerza para impedir la invasión ilegal de un país soberano o para atajar los abusos cometidos contra los derechos humanos. En una proporción de dos a uno la respuesta del público americano era afirma tiva. Había que utilizar la fuerza militar para que se diera marcha atrás en cualquier caso de invasión o para que se respetaran los derechos humanos. Pero si los Estados Unidos tuvieran que seguir al pie de la letra el consejo que se deriva de la citada encuesta, habría que bombardear El Salvador, Guatemala, Indonesia, Damasco, Tel Aviv, Ciudad del Cabo, Washington, y una lista interminable de países, ya que todos ellos representan casos manifiestos, bien de invasión ilegal, bien de violación de derechos humanos. Si uno conoce los hechos vinculados a estos ejemplos, comprenderá perfectamente que la agresión y las atrocidades de Saddam Hussein —que tampoco son de carácter extremo— se incluyen claramente dentro de este abanico de casos. ¿Por qué, entonces, nadie llega a esta conclusión? La respuesta es que nadie sabe lo suficiente. En un sistema de propaganda bien engrasado nadie sabrá de qué hablo cuando hago una lista como la anterior. Pero si alguien se molesta en examinar la con cuidado, verá que los ejemplos son totalmente apropiados.

Tomemos uno que, de forma amenazadora, estuvo a punto de ser percibido durante la guerra del Golfo. En febrero, justo en la mitad de la campaña de bombardeos, el gobierno del Líbano solicitó a Israel que observara la resolución 425 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, de marzo de 1978, por la que se le exigía que se retirara inmediata e incondicionalmente del Líbano. Después de aquella fecha ha habido otras resoluciones posteriores redactadas en los mismos términos, pero desde luego Israel no ha acatado ninguna de ellas porque los Estados Unidos dan su apoyo al mantenimiento de la ocupación. Al mismo tiempo, el sur del Líbano recibe las embestidas del terrorismo del estado judío, y no solo brinda espacio para la ubicación de campos de tortura y aniquilamiento sino que también se utiliza como base para atacar a otras partes del país. Desde 1978, fecha de la resolución citada, el Líbano fue in vadido, la ciudad de Beirut sufrió continuos bombardeos, unas 20.000 personas murieron —en torno al 80% eran civiles—, se destruyeron hospitales, y la población tuvo que soportar todo el daño imaginable, incluyendo el robo y el saqueo. Excelente... los Estados Unidos lo apoyaban. Es solo un ejemplo. La cuestión está en que no vimos ni oímos nada en los medios de información acerca de todo ello, ni siquiera una discusión sobre si Israel y los Estados Unidos deberían cumplir la resolución 425 del Consejo de Seguridad, o cualquiera de las otras posteriores, del mismo modo que nadie solicitó el bombardeo de Tel Aviv, a pesar de los principios defendidos por dos tercios de la población. Porque, después de todo, aquello es una ocupación ilegal de un territorio en el que se violan los derechos humanos. Solo es un ejemplo, pero los hay incluso peores. Cuando el ejército de Indonesia invadió Timor Oriental dejó un rastro de 200.000 cadáveres, cifra que no parece tener importancia al lado de otros ejemplos. El caso es que aquella invasión también recibió el apoyo claro y explícito de los Estados Unidos, que todavía prestan al gobierno indonesio ayuda diplomática y militar. Y podríamos seguir indefinidamente.

La guerra del Golfo

Veamos otro ejemplo mas reciente. Vamos viendo cómo funciona un sistema de propaganda bien engrasado. Puede que la gente crea que el uso de la fuerza contra Irak se debe a que América observa realmente el principio de que hay que hacer frente a las invasiones de países extranjeros o a las transgresiones de los derechos humanos por la vía militar, y que no vea, por el contrario, qué pasaría si estos principios fueran también aplicables a la conducta política de los Estados Unidos. Estamos antes un éxito espectacular de la propaganda.

Tomemos otro caso. Si se analiza detenidamente la cobertura periodística de la guerra desde el mes de agosto (1990), se ve, sorprendentemente, que faltan algunas opiniones de ci erta relevancia. Por ejemplo, existe una oposición democrática iraquí de cierto prestigio, que, por supuesto, permanece en el exilio dada la quimera de sobrevivir en Irak. En su mayor parte están en Europa y son banqueros, ingenieros, arquitectos, gente así, es decir, con cierta elocuencia, opiniones propias y capacidad y disposición para expresarlas. Pues bien, cuando Saddam Hussein era todavía el amigo favorito de Bush y un socio comercial privilegiado, aquellos miembros de la oposición acudieron a Washington, según las fuentes iraquíes en el exilio, a solicitar algún tipo de apoyo a sus demandas de constitución de un parlamento democrático en Irak. Y claro, se les rechazó de plano, ya que los Estados Unidos no estaban en absoluto interesados en lo mismo. En los archivos no consta que hubiera ninguna reacción ante aquello.

A partir de agosto fue un poco más difícil ignorar la existencia de dicha oposición, ya que cuando de repente se inició el enfrentamiento con Sa ddam Hussein después de haber sido su más firme apoyo durante años, se adquirió también conciencia de que existía un grupo de demócratas iraquíes que seguramente tenían algo que decir sobre el asunto. Por lo pronto, los opositores se sentirían muy felices si pudieran ver al dictador derrocado y encarcelado, ya que había matado a sus hermanos, torturado a sus hermanas y les había mandado a ellos mismos al exilio. Habían estado luchando contra aquella tiranía que Ronald Reagan y George Bush habían estado protegiendo. ¿Por qué no se tenía en cuenta, pues, su opinión? Echemos un vistazo a los medios de información de ámbito nacional y tratemos de encontrar algo acerca de la oposición democrática iraquí desde agosto de 1990 hasta marzo de 1991: ni una línea. Y no es a causa de que dichos resistentes en el exilio no tengan facilidad de palabra, ya que hacen repetidamente declaraciones, propuestas, llamamientos y solicitudes, y, si se les observa, se hace difícil distinguirles de l os componentes del movimiento pacifista americano. Están contra Saddam Hussein y contra la intervención bélica en Irak. No quieren ver cómo su país acaba siendo destruido, desean y son perfectamente conscientes de que es posible una solución pacífica del conflicto. Pero parece que esto no es políticamente correcto, por lo que se les ignora por completo. Así que no oímos ni una palabra acerca de la oposición democrática iraquí, y si alguien está interesado en saber algo de ellos puede comprar la prensa alemana o la británica. Tampoco es que allí se les haga mucho caso, pero los medios de comunicación están menos controlados que los americanos, de modo que, cuando menos, no se les silencia por completo.

Lo descrito en los párrafos anteriores ha constituido un logro espectacular de la propaganda. En primer lugar, se ha conseguido excluir totalmente las voces de los demócratas iraquíes del escenario político, y, segundo, nadie se ha dado cuenta, lo cual es todavía más in teresante. Hace falta que la población esté profundamente adoctrinada para que no haya reparado en que no se está dando cancha a las opiniones de la oposición iraquí, aunque, caso de haber observado el hecho, si se hubiera formulado la pregunta ¿por qué?, la respuesta habría sido evidente: porque los demócratas iraquíes piensan por sí mismos; están de acuerdo con los presupuestos del movimiento pacifista internacional, y ello les coloca en fuera de juego.

Veamos ahora las razones que justificaban la guerra. Los agresores no podían ser recompensados por su acción, sino que había que detener la agresión mediante el recurso inmediato a la violencia: esto lo explicaba todo. En esencia, no se expuso ningún otro motivo. Pero, ¿es posible que sea esta una explicación admisible? ¿Defienden en verdad los Estados Unidos estos principios: que los agresores no pueden obtener ningún premio por su agresión y que esta debe ser abortada mediante el uso de la violencia? No quiero pon er a prueba la inteligencia de quien me lea al repasar los hechos, pero el caso es que un adolescente que simplemente supiera leer y escribir podría rebatir estos argumentos en dos minutos. Pero nunca nadie lo hizo. Fijémonos en los medios de comunicación, en los comentaristas y críticos liberales, en aquellos que declaraban ante el Congreso, y veamos si había alguien que pusiera en entredicho la suposición de que los Estados Unidos era fiel de verdad a esos principios. ¿Se han opuesto los Estados Unidos a su propia agresión a Panamá, y se ha insistido, por ello, en bombardear Washington? Cuando se declaró ilegal la invasión de Namibia por parte de Sudáfrica, ¿impusieron los Estados Unidos sanciones y embargos de alimentos y medicinas? ¿Declararon la guerra? ¿Bombardearon Ciudad del Cabo? No, transcurrió un período de veinte años de diplomacia discreta. Y la verdad es que no fue muy divertido lo que ocurrió durante estos años, dominados por las administraciones de Reagan y B ush, en los que aproximadamente un millón y medio de personas fueron muertas a manos de Sudáfrica en los países limítrofes. Pero olvidemos lo que ocurrió en Sudáfrica y Namibia: aquello fue algo que no lastimó nuestros espíritus sensibles. Proseguimos con nuestra diplomacia discreta para acabar concediendo una generosa recompensa a los agresores. Se les concedió el puerto más importante de Namibia y numerosas ventajas que tenían que ver con su propia seguridad nacional. ¿Dónde está aquel famoso principio que defendemos? De nuevo, es un juego de niños el demostrar que aquellas no podían ser de ningún modo las razones para ir a la guerra, precisamente porque nosotros mismos no somos fieles a estos principios.

Pero nadie lo hizo; esto es lo importante. Del mismo modo que nadie se molestó en señalar la conclusión que se seguía de todo ello: que no había razón alguna para la guerra. Ninguna, al menos, que un adolescente no analfabeto no pudiera refutar en dos minutos. Y d e nuevo estamos ante el sello característico de una cultura totalitaria. Algo sobre lo que deberíamos reflexionar ya que es alarmante que nuestro país sea tan dictatorial que nos pueda llevar a una guerra sin dar ninguna razón de ello y sin que nadie se entere de los llamamientos del Líbano. Es realmente chocante.

Justo antes de que empezara el bombardeo, a mediados de enero, un sondeo llevado a cabo por el Washington Post y la cadena ABC revelaba un dato interesante. La pregunta formulada era: si Irak aceptara retirarse de Kuwait a cambio de que el Consejo de Seguridad estudiara la resolución del conflicto árabe-israelí, ¿estaría de acuerdo? Y el resultado nos decía que, en una proporción de dos a uno, la población estaba a favor. Lo mismo sucedía en el mundo entero, incluyendo a la oposición iraquí, de forma que en el informe final se reflejaba el dato de que dos tercios de los americanos daban un sí como respuesta a la pregunta referida. Cabe presumir que cada uno de estos individuos pensaba que era el único en el mundo en pensar así, ya que desde luego en la prensa nadie había dicho en ningún momento que aquello pudiera ser una buena idea. Las órdenes de Washington habían sido muy claras, es decir, hemos de estar en contra de cualquier conexión, es decir, de cualquier relación diplomática, por lo que todo el mundo debía marcar el paso y oponerse a las soluciones pacíficas que pudieran evitar la guerra. Si intentamos encontrar en la prensa comentarios o reportajes al respecto, solo descubriremos una columna de Alex Cockburn en Los Angeles Times, en la que este se mostraba favorable a la respuesta mayoritaria de la encuesta.

Seguramente, los que contestaron la pregunta pensaban estoy solo, pero esto es lo que pienso. De todos modos, supongamos que hubieran sabido que no estaban solos, que había otros, como la oposición democrática iraquí, que pensaban igual. Y supongamos también que sabían que la pregunta no era una mera hipót esis, sino que, de hecho, Irak había hecho precisamente la oferta señalada, y que esta había sido dada a conocer por el alto mando del ejército americano justo ocho días antes: el día 2 de enero. Se había difundido la oferta iraquí de retirada total de Kuwait a cambio de que el Consejo de Seguridad discutiera y resolviera el conflicto árabe-israelí y el de las armas de destrucción masiva. (Recordemos que los Estados Unidos habían estado rechazando esta negociación desde mucho antes de la invasión de Kuwait) Supongamos, asimismo, que la gente sabía que la propuesta estaba realmente encima de la mesa, que recibía un apoyo generalizado, y que, de hecho, era algo que cualquier persona racional haría si quisiera la paz, al igual que hacemos en otros casos, más esporádicos, en que precisamos de verdad repeler la agresión. Si suponemos que se sabía todo esto, cada uno puede hacer sus propias conjeturas. Personalmente doy por sentado que los dos tercios mencionados se habrían conver tido, casi con toda probabilidad, en el 98% de la población. Y aquí tenemos otro éxito de la propaganda. Es casi seguro que no había ni una sola persona, de las que contestaron la pregunta, que supiera algo de lo referido en este párrafo porque seguramente pensaba que estaba sola. Por ello, fue posible seguir adelante con la política belicista sin ninguna oposición. Hubo mucha discusión, protagonizada por el director de la CIA, entre otros, acerca de si las sanciones serían eficaces o no. Sin embargo no se discutía la cuestión más simple: ¿habían funcionado las sanciones hasta aquel momento? Y la respuesta era que sí, que por lo visto habían dado resultados, seguramente hacia finales de agosto, y con más probabilidad hacia finales de diciembre. Es muy difícil pensar en otras razones que justifiquen las propuestas iraquíes de retirada, autentificadas o, en algunos casos, difundidas por el Estado Mayor estadounidense, que las consideraba serias y negociables. Así la pregunta q ue hay que hacer es: ¿Habían sido eficaces las sanciones? ¿Suponían una salida a la crisis? ¿Se vislumbraba una solución aceptable para la población en general, la oposición democrática iraquí y el mundo en su conjunto? Estos temas no se analizaron ya que para un sistema de propaganda eficaz era decisivo que no aparecieran como elementos de discusión, lo cual permitió al presidente del Comité Nacional Republicano decir que si hubiera habido un demócrata en el poder, Kuwait todavía no habría sido liberado. Puede decir esto y ningún demócrata se levantará y dirá que si hubiera sido presidente habría liberado Kuwait seis meses antes. Hubo entonces oportunidades que se podían haber aprovechado para hacer que la liberación se produjera sin que fuera necesaria la muerte de decenas de miles de personas ni ninguna catástrofe ecológica. Ningún demócrata dirá esto porque no hubo ningún demócrata que adoptara esta postura, si acaso con la excepción de Henry González y Barbara Boxer, es decir, algo tan marginal que se puede considerar prácticamente inexistente.

Cuando los misiles Scud cayeron sobre Israel no hubo ningún editorial de prensa que mostrara su satisfacción por ello. Y otra vez estamos ante un hecho interesante que nos indica cómo funciona un buen sistema de propaganda, ya que podríamos preguntar ¿y por qué no? Después de todo, los argumentos de Saddam Hussein eran tan válidos como los de George Bush: ¿cuáles eran, al fin y al cabo? Tomemos el ejemplo del Líbano. Saddam Hussein dice que rechaza que Israel se anexione el sur del país, de la misma forma que reprueba la ocupación israelí de los Altos del Golán sirios y de Jerusalén Este, tal como ha declarado repetidamente por unanimidad el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Pero para el dirigente iraquí son inadmisibles la anexión y la agresión. Israel ha ocupado el sur del Líbano desde 1978 en clara violación de las resoluciones del Consejo de Seguridad, que se niega a aceptar, y desde entonces hasta el día de hoy ha invadido todo el país y todavía lo bombardea a voluntad. Es inaceptable. Es posible que Saddam Hussein haya leído los informes de Amnistía Internacional sobre las atrocidades cometidas por el ejército israelí en la Cisjordania ocupada y en la franja de Gaza. Por ello, su corazón sufre. No puede soportarlo. Por otro lado, las sanciones no pueden mostrar su eficacia porque los Estados Unidos vetan su aplicación, y las negociaciones siguen bloqueadas. ¿Qué queda, aparte de la fuerza? Ha estado esperando durante años: trece en el caso del Líbano; veinte en el de los territorios ocupados.

Este argumento nos suena. La única diferencia entre este y el que hemos oído en alguna otra ocasión está en que Saddam Hussein podía decir, sin temor a equivocarse, que las sanciones y las negociaciones no se pueden poner en práctica porque los Estados Unidos lo impiden. George Bush no podía decir lo mismo, dado que, en su caso, las sanciones parec e que sí funcionaron, por lo que cabía pensar que las negociaciones también darían resultado: en vez de ello, el presidente americano las rechazó de plano, diciendo de manera explícita que en ningún momento iba a haber negociación alguna. ¿Alguien vio que en la prensa hubiera comentarios que señalaran la importancia de todo esto? No, ¿por qué?, es una trivialidad. Es algo que, de nuevo, un adolescente que sepa las cuatro reglas puede resolver en un minuto. Pero nadie, ni comentaristas ni editorialistas, llamaron la atención sobre ello. Nuevamente se pone de relieve, los signos de una cultura totalitaria bien llevada, y demuestra que la fabricación del consenso sí funciona.

Solo otro comentario sobre esto último. Podríamos poner muchos ejemplos a medida que fuéramos hablando. Admitamos, de momento, que efectivamente Saddam Hussein es un monstruo que quiere conquistar el mundo —creencia ampliamente generalizada en los Estados Unidos—. No es de extrañar, ya que la gente experimentó cómo una y otra vez le martilleaban el cerebro con lo mismo: está a punto de quedarse con todo; ahora es el momento de pararle los pies. Pero, ¿cómo pudo Saddam Hussein llegar a ser tan poderoso? Irak es un país del Tercer Mundo, pequeño, sin infraestructura industrial. Libró durante ocho años una guerra terrible contra Irán, país que en la fase posrevolucionaria había visto diezmado su cuerpo de oficiales y la mayor parte de su fuerza militar. Irak, por su lado, había recibido una pequeña ayuda en esa guerra, al ser apoyado por la Unión Soviética, los Estados Unidos, Europa, los países árabes más importantes y las monarquías petroleras del Golfo. Y, aun así, no pudo derrotar a Irán. Pero, de repente, es un país preparado para conquistar el mundo. ¿Hubo alguien que destacara este hecho? La clave del asunto está en que era un país del Tercer Mundo y su ejército estaba formado por campesinos, y en que —como ahora se reconoce— hubo una enorme desinformación acerca de las fortificaciones, de las armas químicas, etc.; ¿hubo alguien que hiciera mención de todo aquello? No, no hubo nadie. Típico.

Fíjense que todo ocurrió exactamente un año después de que se hiciera lo mismo con Manuel Noriega. Este, si vamos a eso, era un gángster de tres al cuarto, comparado con los amigos de Bush, sean Saddam Hussein o los dirigentes chinos, o con Bush mismo. Un desalmado de baja estofa que no alcanzaba los estándares internacionales que a otros colegas les daban una aureola de atracción. Aun así, se le convirtió en una bestia de exageradas proporciones que en su calidad de líder de los narcotraficantes nos iba a destruir a todos. Había que actuar con rapidez y aplastarle, matando a un par de cientos, quizás a un par de miles, de personas. Devolver el poder a la minúscula oligarquía blanca —en torno al 8% de la población— y hacer que el ejército estadounidense controlara todos los niveles del sistema político. Y había que hacer todo esto porque, después de todo, o nos protegíamos a nosotros mismos, o el monstruo nos iba a devorar. Pues bien, un año después se hizo lo mismo con Saddam Hussein. ¿Alguien dijo algo? ¿Alguien escribió algo respecto a lo que pasaba y por qué? Habrá que buscar y mirar con mucha atención para encontrar alguna palabra al respecto.

Démonos cuenta de que todo esto no es tan distinto de lo que hacía la Comisión Creel cuando convirtió a una población pacífica en una masa histérica y delirante que quería matar a todos los alemanes para protegerse a sí misma de aquellos bárbaros que descuartizaban a los niños belgas. Quizás en la actualidad las técnicas son más sofisticadas, por la televisión y las grandes inversiones económicas, pero en el fondo viene a ser lo mismo de siempre.


Creo que la cuestión central, volviendo a mi comentario original, no es simplemente la manipulación informativa, sino algo de dimensiones mucho mayores. Se trata de si queremos vivir en una sociedad libre o bajo lo que viene a ser una forma de totalitarismo auto impuesto, en el que el rebaño desconcertado se encuentra, además, marginado, dirigido, amedrentado, sometido a la repetición inconsciente de eslóganes patrióticos, e imbuido de un temor reverencial hacia el líder que le salva de la destrucción, mientras que las masas que han alcanzado un nivel cultural superior marchan a toque de corneta repitiendo aquellos mismos eslóganes que, dentro del propio país, acaban degradados. Parece que la única alternativa esté en servir a un estado mercenario ejecutor, con la esperanza añadida que otros vayan a pagarnos el favor de que les estemos destrozando el mundo. Estas son las opciones a las que hay que hacer frente. Y la respuesta a estas cuestiones está en gran medida en manos de gente como ustedes y yo.

Os índios no plural


Por Flavio Moura

O antropólogo Eduardo Viveiros de Castro fala sobre seu  livro, elogiado por Lévi-Strauss
Publicar ou perecer, reza a máxima da vida acadêmica. Há intelectuais que levam a expressão ao pé da letra e priorizam a quantidade de trabalhos publicados. E há outros, cujos livros são mais raros, que dão preferência a longos processos de maturação. O antropólogo carioca Eduardo Viveiros de Castro pertence ao segundo tipo.

Aos 51 anos, ele é um dos mais destacados estudiosos das sociedades indígenas em atividade no Brasil. Professor no Museu Nacional do Rio de Janeiro, já pesquisou e lecionou na Universidade Cambridge e na Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales, em Paris. Publicou artigos nas mais renomadas revistas acadêmicas da área e seus textos são leitura obrigatória em qualquer curso de ciências sociais digno do nome.

Mas só agora o leitor poderá ter acesso a uma amostra abrangente de sua produção. Lançado há pouco, em edição rigorosa e bem-cuidada, pela Cosac & Naify, A Inconstância da Alma Selvagem reúne ensaios publicados durante os últimos 25 anos e indica o sentido de sua trajetória.
No início de outubro, em declaração à revista “Le Nouvel Observateur”, Claude Lévi-Strauss citou o trabalho de Viveiros de Castro como exemplo da “reflexão teórica de grande amplitude” que caracteriza a etnologia produzida no Brasil.

Marcado pela influência do estruturalismo de Claude Lévi-Strauss e pela filosofia de Gilles Deleuze, Viveiros de Castro confronta em seus textos a tradição do pensamento do Ocidente com outros sistemas de sentido na tentativa de contribuir, em suas próprias palavras, para “a criação de uma linguagem analítica à altura dos mundos indígenas, o que significa dizer uma linguagem radicada nas linguagens que constituem sinteticamente esses mundos”.

A cosmologia dos Yawalapíti, grupo indígena da Amazônia que foi tema de sua tese de mestrado, defendida em 1977, o confronto entre jesuítas e grupos tupinambá no século XVI e o conceito de sociedade em antropologia são alguns dos temas abordados no livro. Mas talvez a discussão de maior visibilidade seja a do “perspectivismo ameríndio”, noção desenvolvida pelo autor em anos recentes que se tornou o centro das discussões sobre sua obra.

Em linhas gerais, trata-se da ideia de que, para os índios, os animais se vêem como humanos e, ao mesmo tempo, enxergam os humanos como animais. Para esses grupos indígenas, o fundo comum entre bichos e homens não seria a animalidade, como no caso da tradição ocidental, mas a humanidade. Defendida à luz de um substrato filosófico de alcance vasto, essa ideia obriga a um reembaralhamento de noções-chave de nossa compreensão, como o par natureza e cultura, e permite desdobramentos cuja importância a entrevista abaixo, concedida pelo antropólogo por e-mail, ajuda a compreender.

No trabalho de antropólogos como Darcy Ribeiro e Roberto DaMatta percebe-se a necessidade de se extrair uma noção de brasilidade. O seu trabalho examina as sociedades indígenas por um enfoque que não passa pela questão nacional. Qual seria o seu enfoque e em que medida ele se distancia das referidas interpretações do Brasil?

Eduardo Viveiros de Castro: O que me interessa não é a “questão nacional”, ou qualquer “teoria do Brasil”. O que me interessa não é, tampouco, a “questão indígena”, nome do problema que a existência passada, presente e futura dos povos indígenas significa para a classe e a etnia dominantes no país. O que me interessa são as questões indígenas, no plural -entenda-se, as questões que as culturas indígenas se põem elas próprias e que as constituem como culturas distintas da cultura dominante.

Digamos então que o que me interessa não são os índios enquanto parte do Brasil, mas os índios sem mais; para mim, se algo é parte de algo, é o “Brasil” que é parte do contexto das culturas indígenas, e não o contrário. Entre as questões indígenas encontra-se, naturalmente, e já lá vão 500 anos, a “questão dos brancos”, ou seja, o problema que o “Brasil” oferece para os povos indígenas que aqui vivem. Mas o “Brasil” é apenas um desses problemas práticos e teóricos que se oferecem aos índios, pois os brancos são apenas mais uma dentre as várias espécies (embora uma espécie particularmente problemática) de Outros com quem cada sociedade indígena deve se haver: os animais, os espíritos, os outros povos indígenas…
Uma das construções teóricas mais difundidas do seu trabalho é a noção de “perspectivismo ameríndio”. Em linhas gerais, o senhor poderia explicar em que consiste essa ideia?

Viveiros de Castro: “Perspectivismo” foi um rótulo que tomei emprestado ao vocabulário filosófico moderno para qualificar um aspecto muito característico de várias, senão todas, as cosmologias ameríndias. Trata-se da noção de que, em primeiro lugar, o mundo é povoado de muitas espécies de seres (além dos humanos propriamente ditos) dotados de consciência e de cultura e, em segundo lugar, de que cada uma dessas espécies vê a si mesma e às demais espécies de modo bastante singular: cada uma se vê como humana, vendo todas as demais como não-humanas, isto é, como espécies de animais ou de espíritos.

Assim, por exemplo, as onças se vêem como gente, vendo ainda vários elementos de seu universo como se consistissem de objetos culturais: o sangue dos animais que matam é visto pelas onças como cerveja de mandioca etc. Em contrapartida, as onças não nos vêem, a nós humanos (que naturalmente nos vemos como humanos), como humanos, mas sim como animais de presa: porcos selvagens, por exemplo. É por isso que as onças nos atacam e devoram. Quanto aos porcos selvagens (isto é, aqueles seres que vemos como porcos selvagens), estes se também se vêem como humanos, vendo, por exemplo, as frutas silvestres que comem como se fossem plantas cultivadas -mas vêem a nós humanos como se fôssemos espíritos canibais (pois os caçamos e comemos).

Há vários desdobramentos e implicações desse complexo de idéias: por exemplo, que a forma corporal de cada espécie é uma roupa ou invólucro que oculta uma forma interna humanoide; ou, ainda, que os xamãs são os únicos indivíduos capazes de assumir o ponto de vista de mais de uma espécie além da sua própria; ou, ainda, que, dada a humanidade reflexiva de cada espécie, a caça e o consumo de carne animal são empresas metafisicamente problemáticas, jamais livres de conotações canibais. Tudo isso assenta em um pressuposto fundamental, o de que o fundo comum da humanidade e da animalidade não é, como para nós, a animalidade, mas a humanidade.

Os mitos indígenas descrevem uma situação originária onde todos os seres eram humanos, e a perda (relativa) dessa condição humana pelos seres que vieram a se tornar os animais de hoje. Ou seja, se para nós os humanos “foram” apenas animais e se tornaram humanos, para os índios os animais “foram” humanos e se tornaram animais.

Nós pensamos, é claro, que os humanos fomos animais e continuamos a sê-lo, por baixo da “roupa” sublimadora da civilização; os índios, em troca, pensam que os animais, tendo sido humanos como nós, continuam a sê-lo, por baixo de sua roupa animal. Por isso, a interação entre humanos propriamente ditos e as outras espécies animais é, do ponto de vista indígena, uma relação social, ou seja, uma relação entre sujeitos.
Entre as conseqüências filosóficas mais interessantes dessa doutrina perspectivista indígena está uma concepção das relações entre “Natureza” e “Cultura” radicalmente distinta daquela que vigora, em versões historicamente variáveis, na tradição ocidental, desde o par phusis/nomos da Grécia antiga ao par nature/société do Iluminismo.

A partir do estudo de casos isolados, qual o procedimento para se extrair noções como a do perspectivismo? Como fazer para que elas não ofusquem as diferenças existentes entre as diversas sociedades indígenas?

Viveiros de Castro: A resposta à primeira pergunta é: mas, ora, o procedimento usual… Ou seja: (1) uma familiaridade prolongada com os materiais etnográficos; (2) o pressentimento da presença de um complexo de sentido recorrente; (3) um pouco de indução e de criatividade; (4) a formulação de um modelo teórico simplificado; (5) sua aplicação dedutiva a casos diferentes dos que serviram de ponto de partida, com (6) a conseqüente complexificação do modelo e extensão de sua capacidade descritivo-explicativa.

Em resposta à segunda pergunta, começo por esta observação de minha colega Marilyn Strathern: “Nós não ‘descobrimos’ similaridades e diferenças, mas sim as criamos no processo de fazer comparações”. Semelhanças e diferenças não existem em si; elas são função das questões que o analista se coloca. Mas elas são também função das relações reais que as sociedades mantêm entre si.

É preciso não esquecer, em primeiro lugar, que todos os povos indígenas das Américas descendem, quase certamente, de um contingente relativamente pequeno de povoadores vindos da Ásia setentrional, há cerca de uns 20 ou 30 mil anos, o qual permaneceu, até o século XVI, completamente (ou quase) isolado do resto da humanidade.

Todos os ameríndios compartilham, assim, de um velho fundo cultural comum, onde se radica, penso eu, o que chamei de perspectivismo. Em seguida, é preciso recordar que o tecido sociocultural das Américas pré-colombianas era denso e contínuo: os povos indígenas estavam em interação constante, intensa e de longo alcance: idéias viajavam, objetos mudavam de mãos entre pontos muito distantes, as populações se deslocavam em todas as direções.

Em suma, várias forças e processos militavam para a difusão de certas idéias e práticas. Sem dúvida, esses processos mesmos de contato acarretavam também movimentos de diferenciação cultural deliberada, pois distinguir-se dos vizinhos é um reflexo identitário aparentemente intrínseco à socialidade humana. Mas para distinguirmo-nos dos vizinhos é preciso conhecê-los e, com isso, acabamos por nos parecer com eles exatamente por causa e por meio dessa vontade de diferença.

Uma questão delicada que se impõe ao etnólogo é a contradição entre querer interpretar de dentro de uma cultura a partir de um ponto de vista e um aparato conceitual externo a ela. Como mediar esse impasse?
Viveiros de Castro: Isso não é nem uma questão delicada, nem um impasse, mas uma descrição sucinta do que é a etnologia. Só teria a ressalvar que o etnólogo não acalenta, em geral, qualquer desejo de “interpretar de dentro” as outras culturas; o que ele pretende é pôr em relação, produzir uma interferência entre os “pontos de vista” ou “aparatos conceituais” das culturas pressupostas por sua atividade, a saber, a sua própria e a (s) outra (s). Entendo que o etnólogo não interpreta nada; ele relaciona interpretações.

O estudo das sociedades indígenas como contraponto à cultura do branco ocidental pode levar a uma idealização da cultura estudada, em detrimento daquela a que pertence o estudioso? Nesse sentido, a noção de respeito pela alteridade não poderia dar origem a uma inversão de papéis, levando à ideia de que as organizações culturais indígenas são, a priori, mais complexas e interessantes?

Viveiros de Castro: A etnologia estuda culturas e sociedades historicamente particulares, a partir de uma cultura-sociedade tão historicamente particular como as que estuda, e assim isso que você chama de “contraponto” é inerente à prática etnológica. Quanto a saber se tal enfoque leva a uma idealização… Só se for no sentido de que toda atividade de apreensão intelectual do que quer que seja envolve uma “idealização”, isto é, sua conversão em idéias.

Mas se isso significa produzir uma imagem indevidamente positiva da cultura estudada, derivada de uma avaliação tendenciosa das culturas indígenas, observo apenas que a ideia que você chama de “respeito pela alteridade” não pressupõe que as culturas indígenas sejam, a priori ou a posteriori, nem mais nem menos complexas e interessantes do que a cultura ocidental moderna. E, aliás, por que “em detrimento” da cultura a que pertence o etnólogo? Essa cultura está indefesa e precisa de campeões? E caberia ao etnólogo defendê-la?
O que a etnologia pretende fazer é simplesmente alargar o mundo dos possíveis humanos, mostrando que a tradição cultural européia não detém o monopólio do pensamento.

Em entrevista à revista “Sexta-Feira”, o senhor afirma: “Estamos começando a fazer antropologia simétrica, que é antropologizar o centro, e não apenas a periferia de nossa cultura”. Como deslocar o foco para temas como ciência, catolicismo e ainda assim preservar a visada antropológica? Que procedimentos garantem que os estudos não passem para o âmbito da sociologia ou de outros campos?

Viveiros de Castro: Como preservar a visada antropológica? Como não passar para o âmbito da sociologia? É só continuar não achando que aquele que estuda sabe mais que aquele que ele estuda, isto é, que o observador é mais esperto que o observado…

Isso é uma brincadeira (ou não) com meus colegas sociólogos. A diferença entre sociologia e antropologia é uma questão complicada, pois depende de que estilo de sociologia e de antropologia se está falando. Há quem não veja diferença alguma, contentando-se talvez, apenas, em observar que a antropologia possui uma visada e uma ambição comparativas mais amplas que a sociologia, normalmente ocupada com a sociedade do sociólogo ou com sociedades do mesmo tipo.

Há quem distinga uma da outra sustentando que a antropologia se caracteriza por estudar as relações sociais com uma “profundidade de campo” que replica a perspectiva temporal que os agentes têm de si mesmos, isto é, por ter um enfoque biográfico, centrado no ciclo de vida, em contraste com a sociologia, que teria um enfoque macro- ou suprabiográfico, e a psicologia, com seu enfoque micro- ou infrabiográfico.

Outros distinguem antropologia de sociologia afirmando que a primeira ignora a distinção, característica da sociologia, entre ciências sociais (ou humanas) e ciências naturais; com isso, a primeira seria uma ciência humana “total”, interessada igualmente pelos aspectos e condicionantes biológicos, psicológicos, ecológicos, econômicos e políticos, culturais etc. da conduta de nossa espécie. Outros, por fim, pensam que a antropologia se caracteriza pela aspiração de estudar as relações sociais de um ponto de vista que não seja deliberada e exclusivamente dominado pela experiência e pela doutrina ocidental das relações sociais. Ela tenta pensar a vida social sem se apoiar exclusivamente nessa herança cultural.

A antropologia se distinguiria na medida em que ela presta atenção ao que as outras sociedades têm a dizer sobre as relações sociais, e não, simplesmente, parte do que a nossa tem a dizer e tenta ver como é que isso funciona lá. Trata-se, em suma, de tentar dialogar para valer, de tomar as outras culturas não como objetos da nossa teoria das relações sociais, mas como possíveis interlocutores de uma teoria mais geral das relações sociais. Estou entre os que pensam assim; para mim, se há alguma diferença entre antropologia e sociologia, seria essa: o objeto do discurso da primeira tende a estar no mesmo plano epistemológico que o sujeito desse discurso.

Na explicação que o senhor propõe para a forma de conhecimento do xamanismo ameríndio, encontramos uma oposição entre o ideal de conhecimento favorecido pela modernidade ocidental, que se caracterizaria pelo esforço de “objetivação” do objeto, e o procedimento oposto, adotado pelos xamãs, em que se privilegiaria um processo de “subjetivação” do objeto. Neste último caso, a ideia de “subjetivação” não constitui um obstáculo à possibilidade de descrição do conhecimento? De que forma ele pode ser transmitido?

Viveiros de Castro: Xamanismo não se aprende na escola. A transmissão do conhecimento tradicional não é discursiva ou analítico-demonstrativa: aprende-se, nesse contexto, como se aprende a andar de bicicleta ou a tocar um instrumento, não como se aprende um teorema matemático ou uma doutrina religiosa. E por que isso que chamei de “subjetivação” seria empecilho à transmissão do conhecimento? Afinal, não dispomos, nós, de um rico acervo de conhecimento sobre as intenções e motivações de nossos semelhantes, conhecimento esse que depende de uma “teoria prática do sujeito” culturalmente determinada?

É tal acervo que mobilizamos quando raciocinamos, por exemplo, politicamente -algo que fazemos em contextos bem mais numerosos que aqueles que se costumam chamar “políticos”. Tudo que eu disse foi que o ideal epistemológico indígena está mais próximo do que pressupomos quando fazemos política do que do ideal objetivista pressuposto quando fazemos, por exemplo, física.

“É sujeito quem tem alma, e tem alma quem é capaz de um ponto de vista.” Como essa afirmação se relaciona com o fato de que diversos povos indígenas não reconhecem outros povos, brancos ou indígenas, como humanos ou iguais? Que papel desempenha essa figura -a do estrangeiro- no intercâmbio entre os pontos de vista humano e animal? Na essência, ele também compartilha da “humanidade original e comum”?
Viveiros de Castro: Por um lado, de fato, muitos povos indígenas não “reconhecem outros povos como humanos ou iguais” (o que não é exatamente a mesma coisa) ou, antes, parecem não fazê-lo. Por outro lado, é como você disse: grosso modo, os estrangeiros ou inimigos compartilham integralmente do fundo original comum dos seres, que é a humanidade.

Como conciliar essas duas afirmações? Observando que o grupo em posição de sujeito e o grupo outro, estrangeiro, podem, no pensamento indígena, ser ambos perfeitamente humanos -mas eles não podem ser humanos ao mesmo tempo. Como a posição de humanidade viaja com a posição de sujeito, será humano apenas aquele em posição de sujeito. O que não impede, muito pelo contrário, que o Outro seja concebido como humano –mas, aí, sou eu que não sou mais humano.

Do ponto de vista do Outro, é ele o humano (ele é o “Eu”), não eu (que para ele sou um mero “Ele”). Como se vê, isso é muito diferente de qualquer “racismo”. Os estrangeiros e inimigos encontram-se situados ao lado dos animais, dos mortos e dos espíritos: são todos figuras da alteridade subjetiva. Mas isso não impede que os estrangeiros e inimigos possam (e mesmo devam) ser assimilados ao grupo do sujeito e/ou que o sujeito se transforme em animal, estrangeiro, branco, morto ou inimigo. O que está em jogo é a posição de sujeito, não a condição de humano.

No terceiro capítulo, o senhor analisa a relação entre jesuítas e grupos Tupinambá do século XVI valendo-se de textos que podem ser considerados literários. Do ponto de vista antropológico, como o senhor avaliaria as apropriações literárias da figura do índio, principalmente no indianismo romântico e na “antropofagia” do modernismo de 22?

Viveiros de Castro: Quanto ao indianismo e à antropofagia modernista, tenho simpatia por ambos, especialmente pela segunda. Oswald de Andrade mostrou muitas vezes uma notável capacidade de apreensão do que importava, digamos assim, em e para a cultura dos povos indígenas quinhentistas, tal como registrada na literatura dos cronistas e missionários. “Só me interessa o que não é meu”… Esse mote do “antropófago” oswaldiano é a expressão jocosa de um princípio metafísico fundamental da sociedade Tupinambá: a idéia de que a constituição do Eu exige a passagem pela posição de Outro.

Lançado recentemente, o livro Trevas no Eldorado, de Patrick Tierney, provocou polêmica ao afirmar que pesquisadores comandados pelo antropólogo Napoleon Chagnon e pelo geneticista James Neel, ao estudar os Ianomâmi da Venezuela nas décadas de 60 e 70, cometeram abusos sexuais, envolveram-se com criminosos, disseminaram doenças e, pior de tudo, inocularam substâncias radioativas nos índios para testar a taxa de mutação genética de um povo “puro”. O senhor acompanhou esse debate? Acredita que as denúncias de Tierney sejam procedentes?

Viveiros de Castro: Acompanhei o debate. A denúncia principal é, ao que tudo indica, improcedente; mas isso não inocenta os implicados, que foram responsáveis por uma quantidade de impropriedades éticas e políticas, algumas delas podendo ser classificadas de violências simbólicas, quando não físicas. Tenho, além disso, especial repugnância pelas teorias eugenistas de James Neel e pelas cretinices pseudo-darwinistas de N. Chagnon.

Entre os estudiosos das ciências humanas, os antropólogos me parecem menos expostos nos meios de comunicação de massa do que intelectuais de outras áreas. O senhor concorda com a afirmação? Como o senhor avalia o papel do antropólogo no debate intelectual brasileiro?

Viveiros de Castro: Não sei se concordo. Afinal, Darcy Ribeiro, por exemplo, fez um bocado de barulho. E consta que Gilberto Freyre era antropólogo, também. Quanto ao papel do antropólogo no debate intelectual brasileiro -brasileiro em que sentido? Intelectual em que sentido? Debate em que sentido?

Se estivermos falando dos debates entre intelectuais brasileiros sobre o que é o “brasileiro”, isto é, sobre a essência e o destino manifesto do “Brasil”, deve-se reconhecer que os antropólogos em geral, depois dos já citados Darcy Ribeiro e Gilberto Freyre, têm freqüentado pouco as páginas dos suplementos culturais -se por “debate intelectual” entendermos o que se publica nesses suplementos. Não sei se a culpa é dos antropólogos ou dos suplementos, e não tenho certeza se essa pouca freqüência é um defeito ou uma virtude.

No que diz respeito aos etnólogos -nome convencional para os antropólogos que estudam sociedades indígenas-, sua pequena “freqüentação” das páginas e telas da mídia se deve, creio, à ignorância e descaso verdadeiramente assombrosos, manifestos pela maioria da intelectualidade (baixa, média e alta) do país, relativamente aos povos indígenas que aqui vivem.

A culpa, aqui, certamente não é dos etnólogos: sua menor exposição na mídia é conseqüência, não causa, dessa ignorância. A impressão que tenho é que o “Brasil” não quer saber de índio, e sempre morreu de medo de ser associado, “lá fora”, a esse personagem, que deveria ter sumido do mapa há muito tempo e virado uma pitoresca e inofensiva figura do folclore nacional. Mas os índios continuam aí, e vão continuar. E, como vemos, eles começam a ser admitidos no Brasil oficial-mediático, agora que foram legitimados na metrópole. A Amazônia precisou passar pela Europa para se tornar visível do litoral do Brasil. Antes assim.


http://pphp.uol.com.br/tropico/html/textos/1417,1.shl

INCIDENTE DOMÉSTICO

 Miguel de Unamuno

Traza la niña toscos garrapatos,
de escritura remedo,
me los presenta y dice
con un mohín de inteligente gesto:

"¿Qué dice aquí, papá?"

Miro unas líneas que parecen versos.
"¿Aquí ?" "Si, aquí; lo he escrito yo; ¿qué dice?
porque yo no sé leerlo..."
"¡Aquí no dice nada!", le contesté al momento.

"¿Nada ?", y se queda un rato pensativa
-o así me lo parece, por lo menos,
pues ¿está en los demás o está en nosotros
eso a que damos en llamar talento?-.

Luego, reflexionando, me decía:
¿Hice bien revelándole el secreto?
-no el suyo ni el de aquellas toscas líneas,
el mío, por supuesto-.

¿Sé yo si alguna musa misteriosa,
un subterráneo genio,
un espíritu errante que a la espera
para encarnar está de humano cuerpo,
no le dictó esas líneas
de enigmáticos versos?

¿Sé yo si son la gráfica envoltura
de un idioma de siglos venideros?
¿Sé yo si dicen algo?
¿He vivido yo acaso de ellas dentro?

No dicen más los árboles, las nubes,
los pájaros, los ríos, los luceros ...
¡No dicen más y nos lo dicen todo!

¿Quién sabe de secretos?

Quase uma elegia

 Joseph Brodsky


Também eu aguardei na colunata
da Bolsa, outrora, o fim da chuva fria.
Julgava-a dom de Deus. E era sensata
minha suposição. Pois algum dia
também eu fui feliz. Fui prisioneiro
dos anjos. Combatia monstro horrendo.
Feito Jacó, fitava sorrateiro
uma beldade -rápido- descendo
a escada principal.
Aonde tudo
se foi. Sumiu. Olho janela afora:
o "aonde" acima, eu o escrevi, contudo,
sem ponto de interrogação. Agora
é setembro. Um trovão distante invade
meu ouvido. Eis um horto. Pêras pensas,
cheias de seiva nas ramagens densas,
parecem signos de virilidade.
E o ouvido admite, como gente avara
parentes na cozinha, um som assíduo
de chuva que, na mente, sem chegar a
música ainda, é mais do que ruído.



Почти элегия

В былые дни и я пережидал

холодный дождь под колоннадой Биржи.
И полагал, что это - божий дар.
И, может быть, не ошибался. Был же
и я когда-то счастлив. Жил в плену
у ангелов. Ходил на вурдалаков.
Сбегавшую по лестнице одну
красавицу в парадном, как Иаков,
подстерегал.
Куда-то навсегда
ушло все это. Спряталось. Однако,
смотрю в окно и, написав "куда",
не ставлю вопросительного знака.
Теперь сентябрь. Передо мною - сад.
Далекий гром закладывает уши.
В густой листве налившиеся груши
как мужеские признаки висят.
И только ливень в дремлющий мой ум,
как в кухню дальних родственников - скаред,
мой слух об эту пору пропускает:
не музыку еще, уже не шум.


BRODSKY, Joseph. Quase uma elegia. Traduções de Boris Schnaiderman e Nelson Ascher. Introdução e textos complementares de Nelson Ascher. Rio de Janeiro: Sette Letras, 1996.


domingo, 2 de agosto de 2015

À alguns dias atrás, fui mais uma vez obrigado a ouvir uma frase preconceituosa de um direitista que se nega como tal. Um colega, que trabalha em uma Cooperativa de Crédito da cidade, comentou que no outro dia iria trabalhar bastante, porque era dia de pagamento dos aposentados, logo, ou colega que trabalha no mesmo local saiu-me com a frase: "Prepara o nariz, porque os velhinhos fedem!". Talvez a frase não tenha sido exatamente esta, mas o sentido foi este. A expressão acima foi logo rechaçada/condenada por boa parte dos ouvintes. Prefiro acreditar que tenha sido uma opinião isolada e que não faz parte do treinamento de referida instituição. Como diria Cazuza: "A Burguesia fede e não liga para a dor da vendera de chicletes".

"O direitista não se reconhece como tal. Embora seja facilmente identificável, ele se considera centrista, alardeado que a virtude está no meio, aproveitando-se de uma tirada aristotélica. Seus atos e convicções, porém, são inocultáveis. Ele tem certeza de que jamais existirá - nem ele aceitaria - a distribuição da riqueza entre os homens, por mais que ela tenha resultado do trabalho de todos. Se tiver de optar entre a construção de um presídio e de uma escola, ele escolherá a primeira proposta, porque acredita piamente que os desvios de conduta são originados do DNA da pessoa e não do meio em que foi obrigado a viver. Ele acha que o povo é burro, que a maioria é incompetente e por isso não "subiu" na vida. Que o povo tem cheiro! Direitos humanos, justiça social, distribuição de renda são balelas, conversa mole dessa raça que se nega a entender que o socialismo está morto, as ideologias estão mortas." (Editorial da Edição especial (Dez/2005) "A Direita Brasileira" da Revista Caros Amigos)

Cássio Augusto Guilherme

Eu não vejo programas de TV que tenham sofás, onde convidados sem nada a dizer revelam detalhes afetivos e sexuais de suas vidas vazias e desinteressantes. Eu também não vejo programas que tenham legendinhas na parte de baixo do vídeo. Muito menos programas pseudo-jornalísticos com apresentadores que posam de indignados enquanto andam de um lado para o outro no estúdio. Principalmente apresentadores que fazem a apologia irresponsável da violência e da repressão policial sem medida. Eu não vejo novelas com tramas repetitivas e inverossímeis, com elenco sofrível e enredo condicionado ao gosto da audiência majoritária.

Eu não ouço programas de rádio AM com mensagens endereçadas a "você, minha amiga dona de casa". Assim como eu também não ouço duplas sertanejas a cantarem, em voz de falsete, desilusões amorosas ou as maravilhas das festas de peão, onde se maltratam os animais e os ouvidos dos freqüentadores. Eu não ouço grupelhos adolescentes a cantar débeis paródias de samba, de letras óbvias e tom meloso, com mais teclados que cavaquinhos. E não ouço música gospel.

Eu não falo nada sobre a vida de atrizes-modelos-cantoras-apresentadoras saídas do Big Brother. Eu não falo que a bandidagem está tendo vida mansa e que a maioridade penal deveria baixar, assim como eu também não falo que tudo era melhor no tempo dos militares. Eu também não falo que político é tudo a mesma merda, e nem que o povo é bobo enquanto estou na fila do banco, sem fazer nada além de reclamar. E eu não falo da vida alheia.


Longe de constituir algum problema de saúde, tudo o que eu não falo, não vejo e não ouço comprova e mantém minha sanidade mental. Nem sempre o melhor cego é o que não quer ver.

E sê bendita!



E sê bendita!
H. Sienkiewicz


Sabes que é Deus?! Esse infinito e santo
Ser que preside e rege os outros seres,
Que os encantos e a força dos poderes
Reúne tudo em si, num só encanto?

Esse mistério eterno e sacrossanto,
Essa sublime adoração do crente,
Esse manto de amor doce e clemente
Que lava as dores e que enxuga o pranto?!

Ah! Se queres saber a sua grandeza,
Estende o teu olhar à Natureza,
Fita a cúp'la do Céu santa e infinita!

Deus é o templo do Bem. Na altura Imensa,
O amor é a hóstia que bendiz a Crença,
ama, pois, crê em Deus, e... sê bendita!


Augusto dos Anjos
¿Qué ganan los que prohíben, los que censuran,
los que persiguen o los que dañan a los que
con honestidad intelectual escriben,
si al final ellos se van, se callan y lo escrito vive?

Que digan lo que se gana
¿Tal vez crean que un día más de vida?
Eso es mentira, como mentira
es lo que creen cuando pretenden
que un escritor ya nunca escriba.

El escritor es lo que escribe
y lo que escribe son sus razones por las que vive.


Guzmàn Lavenant
¿Qué ganan los que prohíben, los que censuran,
los que persiguen o los que dañan a los que
con honestidad intelectual escriben,
si al final ellos se van, se callan y lo escrito vive?

Que digan lo que se gana
¿Tal vez crean que un día más de vida?
Eso es mentira, como mentira
es lo que creen cuando pretenden
que un escritor ya nunca escriba.

El escritor es lo que escribe
y lo que escribe son sus razones por las que vive.


Guzmàn Lavenant
Un perro y dos cachorros
jugando para vencer el hambre.
Un piso de losetas agrietadas
de un patio que fue de flores.
Portón de maderas carcomidas
testigo silencioso de vidas
de gatos y ratones.

Historias olvidadas de casas y paredes,
de calles y ventanas,
de amores y desamores.
de sueños y frustraciones

Historias de los pueblos
y también de barrios en las ciudades.
Historias de la gente y de las flores
que nunca más le interesará a nadie


Guzmàn Lavenant
Si pudiera dibujar con mis palabras
la expresión de tu rostro y tu sonrisa.
Si estas palabras mías tuvieran esa suerte,
sin pretender que otros entendieran.

Trasmutaría palabras en colores
y con el arco iris te diría: yo te amo.
Hablar de tu silencio sería como dibujar atardeceres
y un cielo azul hablaría de tu alegría

Palabras, convertidas en pinceles, dibujarían
el abrazo de una serena compañía
y palabras, escogidas por sus colores,
hablarían de tus manos posadas en las mías

Para tu tristeza, tus enojos y tus penas,
las palabras y su dibujo, serían como de invierno
y así y en todo, siempre sería...

¡Si pudiera dibujar con mis palabras!


Guzmán Lavenant
Cuando cierro los ojos y me pongo a pensar
en medio del universo de sensaciones
que me provoca pensar en ti y solas,
comparo tu mirada con la luz de las estrellas
y encuentro que cuando miras se rompe soledades
como rompen soledades la luz de las estrellas.

Encuentro que tu voz resume la belleza
de todos los sonidos de la tierra:
como el canto de las aves, el rayo o el
majestuoso sonido del mar y de las olas.

Y encuentro, sobre todo a ti, mujer, mi compañera,
la criatura más perfecta para mi en esta tierra


Guzmán Lavenant

Mujer



Yo aprendí de ti la forma justa
de encontrar la luz en medio de las sombras.
Aprendí también que existe algo más
que la roca dura y el concepto de la nada.

Aprendí que se puede tener las manos llenas
y el alma perdida en un espacio muy grande y muy vacío
cuando en esas mano solo existen objetos sin sentido

Pero sobre todo aprendí de ti, mujer,
que todo el Universos se puede comprender
en un gesto, en gesto pequeño de ternura femenina


Guzmán Lavenant
Soy el abismo verdadero
donde se pierde todo
o soy la histeria colectiva
y el miedo.

O soy también el fuego
o la inmensa alegría de sentirme vivo
Y así, inconciente y sin ruido,
estoy plenamente en ello.

Y con todo me quedo,
que vivir sin lado negativo
no le da sentido a lo bello.

Por eso conforme con lo que vivo...vivo.
Y me enamoro de ti y sonrío y lloro


Guzmán Lavenant
Se va la tarde en alas de gaviotas.
Se va cabalgando entre las olas
de un mar que se convierte
en un rumor oscuro de la noche larga que le espera

Se va dejando sin eco a las palabras
que se convierten en sombras todas.

Se va la tarde, indiferente
a la roca que el mar ha convertido
en arena de una playa enormemente sola

Se va, se va y mi corazón se ha ido en ella


Guzmàn Lavenant
Tendré que confesar que tengo una ambición cuando escribo,
no tiene que ver con ser reconocido.
Es algo tan simple que puede ser más complicado.

Ambiciono que en un futuro, en algún lugar cualquiera,
se encuentre una hoja con un verso mío
escrito por una mano apresurada.
Nada de nombre del autor ni el apellido.

Que alguien lo lea, lo comprenda, lo haga suyo
y de esta manera...volver a estar vivo


Guzmán Lavenant
Cuando casi todo se extinguía
y de la vida pretendida ya no quedaba nada o casi nada.
Cuando el Sol de la mañana tan solo era uno más
en esas madrugadas ya casi sin sentido.
Cuando los ríos de los sueños ya casi no corrían
y todo era simplemente…un día,
llegaste a mi vida.

Y desde entonces y poco a poco,
con ese amor que le tienes a la vida,
aprendí de ti lo que creí saber y no sabía:
Que amar es una entrega tierna y total
y que esta es la única forma de dar amor en esta vida

Guzmán Lavenant


La mañana, la rutina y el lavado de los dientes.
Las calcetas que combinen con la ropa y lo negro del zapato.
Desayuno con un jugo de naranja
y las prisas …y las prisas.

Ir corriendo a esperar la pasada de autobuses.
Descender en la parada de las Cruces
Caminar entre mezcla de sonidos
que provienen de los coches y la gente.

Saludar a un portero que parece siempre triste
Sonreír al pasar junto al gerente.
Admirar de reojo esas formas de Celeste
y desear que alguna vez ese cielo nos acepte.

Escritorio, los papeles, la pantalla,
la sonrisa a los clientes…
Lo de siempre, lo de siempre
y la vida esperando que comience.


Guzmàn Lavenant
"Se há presentemente, a esta hora da civilização, fenômeno
ao mesmo tempo lastimável e ridículo, é por certo o esforço
que ainda fazem espíritos apoucados para sufocar o filósofo
no fundo de seu pensamento e dizer à razão: Cala-te, louca!"
(Tobias Barreto)

La riqueza y el reparto,
las ganancias y el trabajo.
Los extremos que se alejan:
Se acumula la riqueza
y se abarata la pobreza.

La riqueza que trastorna
y la pobreza que reclama.

Y en los templos bendiciendo
al creador de los mercados:
No es pecado acumular lo innecesario,
el pecado es ser un pobre que violente la armonía
entre pocos poderosos y los humanos marginados.

Y la vida es una sola con su muerte inevitable
en riqueza acumulada o pobreza lamentable.
¿Dónde existe inteligencia?
¿En los perros, los delfines o las aves?

Ah, esta forma tan "humana" de perderse
lo sublime por comprar lo miserable.


Guzmán Lavenant

UMA APRENDIZAGEM OU O LIVRO DOS PRAZERES (EXCERTO)

CLARICE LISPECTOR : 


— Um dia eu fui de madrugada ao mar sozinha, não tinha ninguém na praia, eu entrei na água, só tinha um cachorro preto mas longe de mim!
Ele olhou-a com atenção, a princípio como se não entendesse que significado invulgar poderia haver naquela declaração emocionada. Afinal como se tivesse compreendido, perguntou devagar:
— Gostou?
— Gostei, respondeu com humildade, e de vergonha seus olhos se encheram de lágrimas que não caíam, só faziam com que parecessem duas poças plenas. Não, corrigiu-se depois, procurando o termo exato, não é que tenha gostado. É outra coisa.
— Melhor ou pior que gostar?
— Foi tão diferente que não posso comparar. Ele examinou-a um instante:— Sei, disse depois.
E acrescentou simples:
— Eu te amo.
Ela olhou-o com olhos obscurecidos mas seus lábios estremeceram. Ficaram em silêncio por um momento.— Teus olhos, disse ele mudando inteiramente de tom, são confusos mas tua boca tem a paixão que existe em você e de que você tem medo. Teu rosto, Lóri, tem um mistério de esfinge: decifra-me ou te devoro.
Ela se surpreendeu de que também ele tivesse notado o que ela via de si mesma no espelho.
— Meu mistério é simples: eu não sei como estar viva.
— É que você só sabe, ou só sabia, estar viva através da dor.
— É.
— E não sabe como estar viva através do prazer?
— Quase que já. Era isso o que eu queria te dizer.
Houve uma pausa longa entre os dois. Quem parecia emocionado agora era Ulisses. Chamou o garçom, pediu mais uma dose. Depois que o garçom se afastou, ele disse num tom de voz como se tivesse mudado de assunto e no entanto o assunto era o mesmo:
— Pois eu tive que pagar a minha dívida de alegria a um mundo que tantas vezes me foi hostil.
— Viver, disse ela naquele diálogo incongruente em que pareciam se entender, viver é tão fora do comum que eu só vivo porque nasci. Eu sei que qualquer pessoa diria o mesmo, mas o fato é que sou eu quem está dizendo.
— Você ainda não se habituou a viver? perguntou Ulisses com intensa curiosidade.
— Não.
— Então é perfeito. Você é a verdadeira mulher para mim. Porque na minha aprendizagem falta alguém que me diga o óbvio com um ar tão extraordinário. O óbvio, Lóri, é a verdade mais difícil de se enxergar — e para não tornar grave a conversa acrescentou sorrindo — já Sherlock Holmes sabia disso.
— Mas é triste só enxergar o óbvio como eu e achá-lo estranho. É tão estranho. De repente é como se eu abrisse minha mão fechada e dentro descobrisse uma pedra: um diamante irregular em estado bruto. Oh Deus, eu já nem sei mais o que estou dizendo.
Ficaram em silêncio.
— Nunca falei tanto, disse Lóri.— Comigo você falará sua alma toda, mesmo em silêncio. Eu falarei um dia minha alma toda, e nós não nos esgotaremos porque a alma é infinita. E além disso temos dois corpos que nos será um prazer alegre, mudo, profundo.
Lóri, para a surpresa encantada de Ulisses, enrubesceu.
Ela examinou-a profundamente e disse:
— Lóri, você está vermelha e no entanto já teve cinco amantes.
Ela abaixou a cabeça, não em culpa, mas numa infantilidade de criança que esconde o rosto. Foi o que Ulisses pensou e seu coração bateu de alegria. Porque ele estava infinitamente mais adiantado na aprendizagem: ele reconhecia em si a alegria e a vitória.
De novo ficaram em silêncio. Como se sentisse que haviam falado mais do que ela no presente, poderia suportar, Ulisses tomou dessa vez um tom mais leve e casual:
— Há quanto tempo você se formou, quero dizer, para ser professora?
— Cinco anos.

— Tudo com você é cinco? perguntou sorrindo. Aposto que você era a primeira da turma.

Vozes anoitecidas



"Eu somos tristes. Não me engano, digo bem. Ou talvez: nós sou triste? Porque dentro de mim, não sou sozinho. Sou muitos. E esses todos disputam minha única vida. Vamos tendo nossas mortes. Mas parto foi só um. Aí, o problema. Por isso, quando conto a minha história me misturo, mulato não das raças, mas de existências."

Mia Couto

"Entre amigos"




"Nas oito histórias interligadas que compõem Entre Amigos, Amós Oz recria com precisão a realidade de um kibutz. Inicia com o solitário Tzvi Provizor, que se ocupa diligentemente de seus jardins, mas no tempo livre espalha com especial prazer as notícias de tragédias e calamidades que escuta no rádio. A narrativa final retrata os últimos dias do velho sobrevivente do Holocausto, Martin Vanderberg, que acredita na abolição de todos os estados nacionais e numa fraternidade mundial e pacifista, coroada pelo uso do esperanto como idioma comum a todas as pessoas."

- Amós Oz

CONTAM DE CLARICE LISPECTOR


Um dia, Clarice Lispector
intercambiava com amigos
dez mil anedotas de morte,
e do que tem de sério e circo.
Nisso, chegam outros amigos,
vindos do último futebol,
comentando o jogo, recontando-o.
refazendo-o, de gol a gol.
Quando o futebol esmorece,
abre a boca um silêncio enorme
e ouve-se a voz de Clarice:
Vamos voltar a falar de morte?

João Cabral de Melo Neto
O homem que vinha ao entardecer
(Ouvindo “Sonho de Um Camponês”, por Teta Lando)

Falava com devagar, ajeitando as
palavras. Falava com cuidado,
houvesse lume entre as palavras.
Chegava ao entardecer, os sapatos
cheios de terra vermelha e do perfume
dos matos.
Cumpria rigorosamente os rituais.
Batia primeiro as palmas (junto
ao peito)
Depois falava.
Dos bois, das lavras, das coisas
simples do seu dia-a-dia. E todavia
era tal o mistério das tardes quando
assim falava
que doía.


- Agualusa, em "O coração dos bosques". 1991.

FLAVIO MORGENSTERN | AUTOR DE 'POR TRÁS DA MÁSCARA'


“O Brasil está conhecendo a direita, e a esquerda está desesperada”

Autor de livro sobre as manifestações de 2013 diz onda conservadora no Brasil é positiva

A direita brasileira pensa, escreve e não para de vender livros

RODOLFO BORGES São Paulo 1 AGO 2015 - 12:31 BRT

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Flávio Morgenstern, na foto de orelha do livro. / DIVULGAÇÃO (RECORD)
 “Se eu fizesse ciência política [em universidade] no Brasil, não aprenderia nenhuma das citações deste livro”, diz Flavio Morgenstern, em referência a Por trás da máscara (Editora Record), obra em que se propõe a analisar os protesto de junho de 2013. Um dos expoentes da jovem intelectualidade brasileira de direita, que encontrou terreno fértil para se desenvolver na internet, Morgenstern (“estrela da manhã” em alemão, um nickname herdado dos tempos de chats online) se vale de pensadores conservadores como Ortega y Gasset, Thomas Sowell e Eric Hoffer para criticar as ações dos black blocs, expor semelhanças entre os métodos dos protestos brasileiros e os do Occupy Wall Street e apontar os riscos de totalitarismo naqueles movimentos de rua puxados pelo Movimento Passe Livre.

Protesto contra todo o sistema?

A aventura de vestir uma camiseta vermelha em dia de ato anti-PT
As vozes do “Fora Dilma!”
“O poder público está surdo para a voz das ruas”
Para onde vai o MPL?

“Não aumentar a tarifa de ônibus seria demagogia, puro eleitoralismo”
“A grande tese do meu livro é que aquilo foi um movimento de massa, sem foco ou objetivo claro, com uma pauta aberta (...) Quando está todo mundo com o mesmo slogan, quem aparecer dizendo que representa essas pessoas vai de fato passar a representá-las. Assim, a divisão de poderes some”, analisa em entrevista ao EL PAÍS o escritor e tradutor de 30 anos — sua descrição no portal do Instituto Millenium, think tank do pensamento liberal, acrescenta ator e designer free-lance ao currículo. Morgenstern estuda Letras-Alemão na Universidade de São Paulo (USP) e se formou analista político por conta própria.

Na conversa abaixo, o analista, que colabora com publicações como Gazeta do Povo e escreve em sites como Implicante e Instituto Liberal, diz que a “onda conservadora” por que o país passa é positiva, mas pondera que “o conservador quer conservar leis eternas, e não a sociedade como ela é”. O autor também aproveita para marcar posição em relação aos políticos brasileiros. “Esses livros [conservadores] que estão sendo lançados vão demorar até chegar à política. O que está acontecendo no Congresso não tem nada a ver com essa direita”.

Pergunta. Por que os brasileiros foram às ruas em junho de 2013?

Resposta. Ninguém sabe. É bizarro dizer isso, mas vários teóricos de esquerda dizem que o importante é ir para a rua; depois você discute por que está ali. A grande tese do meu livro é que aquilo foi um movimento de massa, sem foco ou objetivo claro, com uma pauta aberta. Num primeiro momento, houve a pauta dos transportes, que já vinha sendo mapeada pela esquerda brasileira há bastante tempo. Depois, virou movimento de massa. Isso vinha sendo tentado desde 2010, com outras manifestações, e finalmente desta vez eles conseguiram que essa pauta se tornasse chamativa para a população.

P. Você diz no livro que o Brasil esteve à beira do totalitarismo. Por quê?

R. Havia três milhões de pessoas nas ruas no Brasil, no principal dia de manifestações, gritando “quero saúde, educação, transporte, segurança”. Como o Estado vai te dar tudo isso? Ele precisa se agigantar e dominar a economia. Na hora em que você pede transporte de graça, o Estado precisa estatizar todas as companhias, proibir qualquer iniciativa particular e dominar tudo. Se ele vai fazer isso com todas as áreas, precisamos de um Estado muito maior do que a estrutura inchada que a gente já tem. Todos os movimentos de massa na história do mundo geraram totalitarismo. O grande risco de uma manifestação como essa é derrubar a ordem vigente. Os livros de esquerda que eu estava estudando antes de 2013 usam a palavra ruptura o tempo todo.

Vários teóricos de esquerda dizem que o importante é ir para o rua; depois você discute por que está ali
P. Se houve risco de totalitarismo no Brasil, por que ele não se confirmou?

R. Para ter ruptura, é preciso ter um confronto enorme. O maior risco estava nos confrontos com a polícia, que são provocados em busca de um apelo social que comprove que a ordem social está errada. E ocorreram agressões horrendas e absolutamente criminosas por parte da polícia. Ninguém gosta disso, é um perigo. Mas o pior confronto aconteceu, por coincidência, quando os aumentos de passagem estavam sendo revogados. O principal deles foi em Brasília, no Itamaraty. Foi estarrecedor e perigosíssimo, mas virou nota de rodapé de jornal. Por que uma manifestação sobre preço de passagem tem de ir para o Ministério das Relações Exteriores, e não, por exemplo, para o Ministério da Justiça, que fica do outro lado da rua? Como cuida de coisas ultramar, o Itamaraty é guardado pela Marinha. Se houvesse confronto entre manifestantes e Forças Armadas, duvido que dali a uma semana não teria acontecido um golpe. Provavelmente 99% da manifestação não sabia disso, mas a linha de frente sabia: se você tem uma cacetada entre um membro das Forças Armadas e um manifestante, ainda mais com o histórico de ditadura militar que nós tivemos, o Brasil hoje seria outro, seria difícil eu conseguir escrever um livro desses.

P. Mas teria de aparecer alguém para assumir o comando do país.

R. Exatamente, para salvar tudo. Meu grande problema com esse personalismo é que quando está todo mundo com o mesmo slogan, de que “o Brasil acordou”, “vem pra rua”, coisas genéricas, todo mundo concorda, todo mundo quer mais saúde, mais educação, tudo coisas muito abstratas, e quem aparecer dizendo que representa essas pessoas vai de fato passar a representá-las. Assim, a divisão de poderes some. Para que imprensa livre ou eleições se está todo mundo pensando a mesma coisa? O totalitarismo começa com esse discurso de participação nas ruas, esse ativismo cívico de micareta que acaba sendo péssimo.

Mesmo manifestações de esquerda, como Marcha da Maconha, podem ter um foco claro
P. O que diferencia as manifestações de 2013 para a manifestações contra o Governo federal neste ano?

R. Em 2015, a manifestação já não é mais aberta como foi em 2013. A manifestação de esquerda tem a ver com estatização, com poder, com democracia direta, com a força do Estado. Em 2015 há um fato claro, de a [presidenta] Dilma ter sido reeleita de uma forma muito controversa, sem representatividade. Quando isso acontece, ninguém aguentava mais, inclusive petistas de 30 anos de militância. Já são manifestações que têm a ver com o Fora Collor, as Diretas já, a Marcha da Família pela Liberdade, com um foco objetivo. Mesmo manifestações de esquerda, como a Marcha da Maconha, podem ter um foco claro. Concordando ou não com o tipo de demanda, elas são boas, porque pelo menos promovem discussão.

P. Os críticos das manifestações de 2015 se incomodaram com a aparente ordem dos manifestantes, inclusive com direito a fotografias ao lado de policiais.

R. A manifestação de 2013, que estava pautada pelo passe livre – uma pauta que não tem a confiança da população em geral – precisa do confronto com a polícia para sensibilizar a população. O Manuel Castells, um dos grandes ideólogos de esquerda, em seu último livro, chamado Redes de Indignação e Esperança, fala que é preciso trabalhar com sentimentos; o argumento vem depois. Esse tipo de manifestação precisa de um confronto com a ordem atual, para tomar a ordem para si. Já numa manifestação como a de 2015, esse confronto não é necessário. Quando você vê um policial ordenando a manifestação, você agradece. Daí surge o discurso de que essas pessoas gostam de polícia, de repressão, de violência. Mas é o contrário. Tudo que estou falando é que não gosto da Dilma, e não preciso de confronto.

Hoje a esquerda brasileira é hegemônica na política. Você não vai ver um partido claramente de direita no Brasil
P. Que esquerda é essa que você tanto critica no livro?

R. É uma ideologia, a mais hierarquizada e organizada das ideologias. Sua capacidade de formar partidos e dissidências dentro dos partidos é enorme. Hoje a esquerda brasileira é hegemônica na política. Você não vai ver um partido claramente de direita no Brasil. No máximo, dizem que não são de esquerda. O problema é que a população não é de esquerda. Ela pode não saber o que é direita, mas os valores da população são conservadores.

P. A que você atribui esse paradoxo?

R. Durante a ditadura militar [1964-1985], havia uma resistência de esquerda, que ganhou um prestígio enorme por causa disso. Os ditadores optaram por combater a guerrilha, mas deixaram as universidades livres. Era a teoria da panela de pressão, para não estourar. Com isso, houve um grande apelo da esquerda na universidade brasileira. A partir desse momento, eles entopem as universidades e se tornam os intelectuais públicos, que dão opiniões para cima e para baixo contra um inimigo comum: a ditadura brasileira — apesar de serem a favor da ditadura do proletariado. Em compensação, a esquerda perdeu muito desse prestígio depois que o Lula chegou ao poder, com o mensalão, a eleição da Dilma e, depois, essa reeleição que resulta em baixíssima aprovação.


P. O que você sente quando escuta que o Brasil passa por uma “onda conservadora”?

R. Eu acho muito positivo. A palavra “conservador” é muito assustadora no Brasil, mas eu não conheço praticamente ninguém que tenha pegado um livro de filosofia conservadora para tentar entender. Essas pessoas tentam tirar o significando de conservador da própria palavra: conservador seria querer conservar o mundo como está. Só que o mundo é injusto, errado, tem um monte de problema. Na verdade, o conservador quer conservar leis eternas, e não a sociedade como ela é. As sociedades conservadoras são as que mais progrediram em termos de tecnologia e valores: Áustria, Canadá, Austrália, Inglaterra, [Estados Unidos da] América, Suíça, todos conservadores. Os outros países é que estão parados no tempo. Essa “onda conservadora” que acontece no Brasil é na verdade uma onda restauradora. A gente quer progredir, não ficar no mesmo discurso.

P. De onde vem essa onda conservadora?

R. O Brasil está conhecendo uma intelectualidade de direita, e a esquerda está desesperada. Apesar da mentalidade conversadora no Brasil — que paradoxalmente adora o Estado —, a intelectualidade é de esquerda. Uma intelectualidade que escorraçou a direita da universidade, que não dialoga. Com a internet e as redes sociais, agora nós temos acesso aos grandes intelectuais de direita, principalmente de fora do Brasil. Olha a lista de mais vendidos de qualquer livraria: é só livro de direita na parte de não-ficção.

Olha a lista de mais vendidos de qualquer livraria: é só livro de direita na parte de não-ficção
P. O Brasil está melhorando ou piorando?

R. Para afirmar que o Brasil está melhorando eu teria de dizer que o [senador e ex-presidente Fernando] Collor melhorou o Brasil porque gerou uma crise e foi deposto. O Brasil está muito ruim. Não é uma crise de representatividade, mas de modelo, da mentalidade brasileira, de amar o Estado e odiar político, de querer que o Estado dê tudo, mas não gostar de corrupção ou de pagar imposto. Estamos forçados a escolher um caminho. A grande questão é que as respostas boas, que são antigas pra caramba, estão demorando para aparecer. Essa “onda conservadora” aparece para dizer: “pense em algo em que as pessoas formadas em universidade depois da ditadura nunca tiveram conhecimento", algo fora da solução estatal, do pensamento único, do slogan.

P. Você se considera portador de um discurso de ódio?

R. Expressões como “discurso de ódio” e “distribuição de renda” e palavras como “intolerância” e “preconceito” são associadas a sentimentos vindos do pensamento de esquerda. Ao invés de analisar fatos concretos, como assassinatos, roubos, corrupção, etc, parte-se para o abstrato. Como definir o que é ódio? Ou preconceito ou intolerância? Se ocorre uma invasão militar em um país que está praticando mutilação genital feminina, isso é feminismo ou imperialismo? Não tem uma definição clara, são palavras abstratas. A forma de a esquerda argumentar sem precisar de argumentos é chamar de discurso de ódio, de preconceito, intolerância, gritar "fascismo", associar à ditadura.

P. A pauta conservadora que o presidente da Câmara, Eduardo Cunha, conduziu no parlamento ao longo do primeiro semestre tem algo a ver com a produção intelectual da direita no Brasil hoje?

R. São coisas distintas. Não vejo nenhum dos congressistas lendo esses livros. São pessoas que estão em busca de poder e enxergam uma brecha no pós-PT. A redução da maioridade penal deve ser o único assunto que me parece ir além dessa disputa por poder. Com 64.000 homicídios por ano, esse se tornou um tema urgente, sobretudo para os pobres. As celebridades dizem que reduzir a maioridade penal é racismo, mas quem mais sofre com criminalidade é pobre, pois eles moram em comunidades violentas. Esses livros [conservadores] que estão sendo lançados e traduzidos vão demorar pra caramba até chegar à política. O que está acontecendo no Congresso não tem nada a ver com essa onda conservadora, com essa direita que anda surgindo.

O que está acontecendo no Congresso não tem nada a ver com essa onda conservadora, com essa direita que anda surgindo
P. Por que você não se formou em ciência política, sociologia ou algum curso que lhe ajudasse a fazer análises políticas?

R. Não pretendo fazer nada academicamente em relação à ciência política. Letras eu faço por conhecimento e humor, já que não consigo levar a USP a sério – pelo menos o curso que eu faço. Se eu fizesse ciência política no Brasil, não aprenderia nenhuma das citações deste livro. Tem professor que explode, que entra em choque epistemológico e desaparece no ar se ler algo deste livro. Na universidade brasileira — e é algo que está acontecendo mesmo nas melhores universidades centenárias ao redor do mundo — não só o debate livre não existe, como se finge que a outra parte não existe. A crítica literária é marxista, pós-marxista ou pós-pós-marxista. Quando o professor ouve o nome de um crítico não-marxista, que ele não conhece, nem considera.


El Pais. Madrid. Edição eletrônica em sua versão brasileira.21/07/ 2015

sábado, 1 de agosto de 2015

Espaço curvo e finito


Oculta consciência de não ser,
Ou de ser num estar que me transcende,
Numa rede de presenças e ausências,
Numa fuga para o ponto de partida:
Um perto que é tão longe, um longe aqui.
Uma ânsia de estar e de temer
A semente que de ser se surpreende,
As pedras que repetem as cadências
Da onda sempre nova e repetida
Que neste espaço curvo vem de ti.

[José Saramago]

(In OS POEMAS POSSÍVEIS, Editorial CAMINHO, Lisboa, 1981. 3ª edição)

Acordai

Acordai
homens que dormis
a embalar a dor
dos silêncios vis
vinde no clamor
das almas viris
arrancar a flor
que dorme na raiz.
Acordai
acordai
raios e tufões
que dormis no ar
e nas multidões
vinde incendiar
de astros e canções
as pedras do mar
o mundo e os corações.
Acordai
acendei
de almas e de sóis
este mar sem cais
nem luz de faróis
e acordai depois
das lutas finais
os nossos heróis
que dormem nos covais
Acordai!


Poema: José Gomes Ferreira

Instituto Camões

Fascismo Presente e sua Dimensão Psicossocial


 ARNOBIOROCHA · 30 DE JULHO DE 2015



A luta contra o Fascismo, ontem e hoje, uma obrigação de vida e liberdade.
O Fascismo é, antes de tudo, um estado de espírito (ou de ânimo), ele é, primeiro, emocional, está no inconsciente, ali meio escondido, sempre ameaçando se revelar, nos denunciar, está presente nas nossas conversas privadas quando falamos de sexualidade, futebol ou religião, ou quando nos acerbamos nas relações conflituosos de uma sociedade cada vez mais paranoica, em especial nas redes sociais em que os baixos instintos prevalecem, em detrimento da lógica e da razão.

O Fascismo se instaura lentamente, ganhando corpo e almas, aos poucos, não é uma coisa imediata, é resultado de um estado de coisas. Mais precisamente ele explode e se torna força social viva e visível nas crises econômicas, pois essas elevam o nível de frustrações pessoais e as ambições (pessoais ou coletivas) deixam de ser satisfeitas ou ficam distantes de serem atendidas.

A luta pela sobrevivência ou a selvageria causada por ela, vai elevando aos pícaros as nossas mazelas humanas, coletivamente (na sociedade) não se enxerga qualquer saída, o passo natural seguinte é crescer nossa revolta e nosso sentimento beligerante se acentuar. Wilhelm Reich,  médico, psicanalista e cientista social, talvez tenha sido quem mais compreendeu a gênese e desenvolvimento da “mente fascista”.

Reich tem uma definição clássico do Fascismo que, segundo ele, é “a expressão da estrutura irracional do caráter do homem médio, cujas necessidades biológicas primárias e cujos impulsos têm sido reprimidos há milênios”. Enquanto nossas satisfações pessoais estão sendo atendidas, o “monstro” vai sendo relevado, escondido ou adormecido.

Leio constantemente nas redes sociais  algo como se o fascismo estivesse para ser instalado no Brasil, aqui entendido como regime político ditatorial de extrema-direita. Tenho uma discordância quanto à questão estrutural da instalação, mas, ao mesmo tempo, afirmo que nós já vivemos psicologicamente e socialmente o fascismo, que, por enquanto, não se instaurou como regime político de poder.

As relevantes manifestações de jundo de 2013 foram um ensaio coletivo, uma catarse do que estava por vir , aliás em julho de 2013, ainda no calor das “massas”, publiquei um artigo sobre o tema “A Psicologia de Massas do Fascimo – Ou, o Gigante Acordou”, ali já alertava que “o fenômeno do Fascismo, de como surge e suas principais características, em particular a catarse de massas, de movimento contra tudo e todos, que esconde um profundo reacionarismo político”.

O resultado eleitoral posterior foi desigual e incompleto em relação aos desejos do movimento de junho de 2013, se por um lado conseguiu eleger majoritariamente o pior congresso nacional em décadas. Em outra mão e, contraditoriamente, Dilma Rousseff se reelegeu, houve uma sobrevida do PT, o que parecia impossível diante do que se gestou e do que se colheu no parlamento.

A conta não bate, a leva reacionária não se fez ouvir por completo, então passa a questionar e não aceitar o que saiu das urnas, este é o embate. A contradição se deu na estrutura econômica, incerta, mas o avanço da crise 2.0 no Brasil passou a cobrar a fatura explicitamente, exigindo a ruptura irracional, através de qualquer golpe possível.

Quando o processo de fascistização psicológico e social se torna majoritário e bestial, a comoção fascista justifica e legaliza qualquer ação, ainda que racionalmente seja repudiável, que em sã consciência jamais se tentaria esse caminho, como, por exemplo, o rompimento com a democracia, ainda que ela se apresente como democracia formal.

Esse é o nosso drama, potencializado pelas redes sociais, o embrutecimento parece completo, não se consegue mais qualquer debate honesto e mesmo os mais simples, a radicalização em forma de adjetivos pejorativos, sem base ou consistência, venceu a argumentação substantiva. Avança escandalosamente pela sociedade a ignorância, o “baixo clero” e o desvalor humano, presa fácil nos momentos de crise e torpor.

Ainda segundo, Reich, “O fascismo só pode ser vencido se for enfrentado de modo objetivo e prático, com um conhecimento bem fundamentado dos problemas da vida.” Basta lembrar que a culta e racional sociedade alemã se deixou levar pelo fascismo, as razões de fundo são brilhantemente analisadas por Reich, o que demonstra que não há nada de novo ou inovador na revolta do “Gigante” dos “bem informados”, “plugados”, as questões são bem mais irracionais e perversas, mas é preciso ler o Todo e entender as Partes do problema.

Portanto não adianta vociferar de forma estéril contra queda de governo, fim da democracia, pois o gene do mal já deu cria, a sociedade está muito doente, sem remédio aparente para curá-la. Aqui não se trata de falar que escrevi antes, ou que avisei etc. Isso não vale nada, mas sim saber por qual razão não temos diálogo e repercussão diante da tragédia que ameaça a todos nós.


Ainda teremos tempo de deter o caos?

Estado, classe dominante e parentesco no Paraná

Um dos capítulos do livro "Estado, classe dominante e parentesco no Paraná" é de autoria de Daiane Resende.

O DESMONTE DO REGIME AUTORITÁRIO E O CONTEXTO HISTÓRICO DO PMDB NA ESFERA PARANAENSE: A HETERODOXIA DE ROBERTO REQUIÃO EM RELAÇÃO ÀS CONCEPÇÕES PEEMEDEBISTAS LOCAIS

RESUMO: Neste artigo, será traçado uma breve análise sobre o período histórico da ditadura militar, procurando-se explicitar a importância do MDB (atual PMDB) na luta contra a militarização e também a sua ascensão ao poder após a derrocada deste regime, a chamada “redemocratização” em vários estados, salientando principalmente o Paraná. Consideramos de extrema importância evidenciar esses fatos para contextualizar o período histórico no qual Roberto Requião foi inserido politicamente no Paraná como Deputado Estadual, no ano de 1982, e sua participação neste momento conturbado que o país atravessava, primando por uma postura muitas vezes independente da doxa partidária. Utilizaremos, para tanto, HELLER (1988) , BREPHOL (2001) e BEGA (1990) como aparato teórico-histórico.


A política virou um espetáculo

Ricardo Costa de Oliveira

Para o doutor em Sociologia e professor da Universidade Católica de Brasília (UCB) Luiz Otávio Teles Assumpção, o fortalecimento de nomes que não possuem trajetória política está relacionado à exposição midiática e à despolitização da população.


“Para alguns, a política deixou de ser campo de formação cultural, educacional e isso dá margem, obviamente, para quem está exposto, para quem tem acesso à mídia. E essa turma vai vender a si mesmo como um produto. Surgem essas lideranças oportunistas”, analisa.
A política virou um espetáculo, critica especialista sobre políticos ‘midiáticos’
Para doutor em Sociologia, a falta de interesse da população por política amplia a força da mídia e propicia o surgimento de candidatos sem qualquer trajetória de militância, como Datena 

Em diversas partes do mundo, pessoas públicas, conhecidas por suas aparições na televisão e em outros meios de comunicação, ingressam na política. O fenômeno é registrado no Brasil, nos Estados Unidos, na Itália, além de outros países. O último anúncio foi a pré-candidatura à Prefeitura de São Paulo do apresentador José Luiz Datena, pelo PP. O empresário João Dória também ambiciona o cargo, pelo PSDB.

Datena segue o caminho de outros famosos da TV, como Celso Russomanno, que se elegeu deputado federal (PRB-SP) com mais de 1,5 milhão de votos.

Nos Estados Unidos, o magnata Donald Trump é pré-candidato à presidência pelo Partido Republicano e está em larga vantagem sobre seu concorrente, de acordo com pesquisa divulgada na semana passada. Trump ficou ainda mais conhecido depois de apresentar o reality show de negócios The Apprentice.

O fenômeno não é recente. Controlador da Mediaset e proprietário do clube de Futebol Milan, Silvio Berlusconi foi primeiro-ministro da Itália por nove anos ao todo, entre 1994 e 1995, de 2001 a 2006 e entre 2008 e 2011. Há ainda outros nomes na política brasileiro, como o humorista Tiririca, reeleito deputado federal como o segundo mais votado de São Paulo.

Para o doutor em Sociologia e professor da Universidade Católica de Brasília (UCB) Luiz Otávio Teles Assumpção, o fortalecimento de nomes que não possuem trajetória política está relacionado à exposição midiática e à despolitização da população.

“Para alguns, a política deixou de ser campo de formação cultural, educacional e isso dá margem, obviamente, para quem está exposto, para quem tem acesso à mídia. E essa turma vai vender a si mesmo como um produto. Surgem essas lideranças oportunistas”, analisa.

Um problema de base, avalia Assumpção, que começa no desinteresse pelo assunto e deságua na falta de participação na política cotidiana.

“Parte da população só considera política importante em época de eleição, quando há uma crise muito forte ou quando ocorre uma pressão da mídia sobre o assunto. As pessoas não lutam por causas coletivas, não se associam”, afirma Assumpção.

O resultado da falta de conhecimento, é a fragilização diante das informações expostas pela mídia. “O fato é construído e desconstruído pela mídia e se você não tem conhecimento, uma coisa mais sólida, você começa a entrar nesse jogo e começa a fazer papel de bucha de canhão”, critica.

Para o professor, como o eleitor não monitora e não participa, os políticos não se sentem obrigados a representar os interesses do País. “As próprias bancadas estão muito concentradas em assuntos particulares. Poucos no Brasil discutem o País como um todo, os projetos a longo prazo”, argumenta.

“Nos Estados Unidos chega a assustar. Trump talvez represente o ideal consumista da população. Na Itália, um país que tem uma tradição política, elege um fanfarrão como Berlusconi. O que ele era? Um rei da mídia, do império midiático”, comenta.

Corrupção – Assumpção cita como exemplo da manipulação da mídia e da falta de conhecimento da história do País a ideia, já transformada em senso comum, de que a corrupção é um fenômeno recente.

“A história política brasileira é uma história corrupta. Desde a descoberta do Brasil, no Brasil Colônia, no Império, no período dos grandes coronéis, sempre houve corrupção. O País passou por ditaduras seríssimas, em que censura impedia qualquer denúncia de corrupção, de suborno”, lembra.


Por Cristina Sena, da Agência PT de Notícias