Roberto Arlt
El hombre que "necesita un millón de pesos para
mañana a la mañana sin falta" no es un mito ni una creación de los
desdichados que tienen que servirle todos los días un plato humorístico a los
lectores de un periódico; no.
El hombre que "necesita un millón de pesos para mañana
a la mañana sin falta", es un fantasma de carne y hueso que pulula en
rededor de los Tribunales...
En el momento en que terminaba de escribir la palabra
"los tribunales" una ráfaga tibia ha venido de la calle, y el tema
del hombre que necesita un millón de pesos para mañana a la mañana sin falta,
se me ha ido al diablo. Y he pensado en el hombre del umbral; he pensado en la
dulzura de estar sentado en mangas de camiseta en el mármol de una puerta. En la
felicidad de estar casado con una planchadora y decirle:
-Nena, dame quince guitas para un paquete de cigarrillos.
Han venido días tibios. No sé si se han fijado en el
fenómeno; pero todos aquellos que tienen un pantalón calafateado, emparchado o
taponado, que según las averías del traje se puede definir el género de
compostura, remiendo, parche o zurcido; todos aquellos que tienen un traje
averiado sobre las asentaderas, meditan con semblante compungido en la brevedad
del imperio del sobretodo. Porque no se puede negar: el sobretodo, por rasposo
que sea, presta su servicio. Es cómplice y encubridor. Encubre la roña de
abajo, las roturas del lienzo. Si siempre hiciera frío, la gente podría
prescindir de los sastres y hacerse un traje cada cinco años.
En cambio, con este "vientecillo" tibio,
pronóstico de próximos calores, los sobretodos saltan, y no sólo los
sobretodos quedan amurados en un rincón del ropero o del bulín, sino que
también la fiaca que llevamos infiltrada entre los músculos se despereza y nos
hace pensar que de no conseguir... ¡quien pudiera conseguir un millón de pesos
para mañana a la mañana sin falta! ¡Quién pudiera! O estar casado con una
planchadora.
Porque todos los consortes de las planchadoras son fiacas
declarados. El que más labura es aquel que hace diez años fue cartero. Luego lo
exoneraron y no ha vuelto a laburar. Deja que la mujer pare la olla con la
cera y el fierro. El, es cesante. ¡Quién fuera cesante! Hace diez años que lo
dejaron en la "vía". A todos los que quieran escuchar le cuenta la
historia. Luego se sienta en el umbral de la puerta de calle y le mira las
gambas a las pebetas que pasan. Pero con seriedad. El no se mete con nadie. No
trabajará, como dice la mujer, "pero eso sí: él no se mete con nadie. Más
de una ricachona quisiera tener un marido tan fiel".
Uno se explica cómo ocurren los crímenes. Una palabra
apareja otra, la otra trae a cuestas una tercera y cuando se acordaron, uno de
los actores del suceso está vía a la Chacarita y otro a los Tribunales. Lo
mismo ocurre en cuanto uno escribe. De una cosa se salta involuntariamente a la
otra, y así, cuando menos pensaba uno, se encuentra frente al tema de la
fidelidad de los fiacas. Porque es bien requetecierto: los hombres del umbral,
los que no quieren saber ni medio con el trabajo, aquellos que son cesantes
profesionales o que esperan la próxima presidencia de Alvear, como
anteriormente se esperaba la presidencia de Irigoyen; la nombrada cáfila de
"squenunes" helioterápicos, es fiel a la "donna". ¿Por qué?
He aquí un problema. Pero es agradable insistir. Todo fiaca umbralero, le es
fiel a su cónyuge. El no trabajará, él se tirará a muerto, él mangará a su
Sisebuta para los cigarrillos y la ginebra en la esquina; él le tirará un
cascotazo a los perros, cuando joroban mucho en el barrio; él irá al boliche a
jugar su partida de truco o de siete y medio; él irá nocturnamente a cumplir a
los velorios y a decir el sacramental "lo acompaño en el
sentimiento". No seré yo quien niegue estas virtudes cívicas del fiaca,
no, no seré yo; pero en cuanto a fidelidad... Allí sí que puede estar segura la
señora planchadora de que su hombre no le falta ni un chiquito así... ¿Es que
el leguiyún no cree en el amor?
A lo sumo, este nene, se limita a mirar y a sonreír cuando
pasa una buena moza recién casada, como quien dice, pensando en el marido:
"¡Qué señora posta tiene fulano!". A lo sumo la saluda con picardía,
al máximo aventura un chiste un poco rana, un chiste de hombre pierna que se ha
retirado de los campos de combate antes de que lo declaren inútil para toda
batalla; pero de allí no pasa. No, señor. De allí no pasa. El es capaz de
caminar diez cuadras a patacón para visitar a su compadre o a su comadre; él
es capaz de ir para votar al caudillo parroquial, a cualquier parte; él, si se
ofrece un asado con cuero, no negará su participación en el escabio, pero en
cuanto a líos con polleras, ¡eso sí que no!
Y ella vive feliz. El le es fiel. Cierto que no trabaja,
cierto que se pasa el día sentado en el umbral, cierto que pudo haberse casado
con Mengano, que ahora es capataz en la Aduana; pero el destino de la vida no
se puede cambiar. Y la planchadora piensa que si bien es cierto que todas estas
cosas no se pueden pretender de un hombre constituido normalmente y de acuerdo
a todas las leyes de la psiquiatría, en cambio él le es fiel, rotundamente
fiel... y hasta le cuenta, a quien la quiere escuchar, que no falta una
amiga... Fulana... "que le quiso quitar el marido".
Fonte : Juan
Zapato el último habitante en La Torre de Babel
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