sábado, 16 de maio de 2015

Celefais

H.P. Lovecraft

En un sueño, Kuranes vio la ciudad del valle, y la costa que se extendía más allá, y el nevado pico que dominaba el mar, y las galeras de alegres colores que salían del puerto rumbo a lejanas regiones donde el mar se junta con el cielo. Fue en un sueño también, donde recibió el nombre de Kuranes, ya que despierto se llamaba de otra manera. Quizá le resultó natural soñar un nuevo nombre, pues era el último miembro de su familia, y estaba solo entre los indiferentes millones de londinenses, de modo que no eran muchos los que hablaban con él y recordaban quién había sido. Había perdido sus tierras y riquezas; y le tenía sin cuidado la vida de las gentes de su alrededor; porque él prefería soñar y escribir sobre sus sueños. Sus escritos hacían reír a quienes los enseñaba, por lo que algún tiempo después se los guardó para sí, y finalmente dejó de escribir. Cuanto más se retraía del mundo que le rodeaba, más maravillosos se volvían sus sueños; y habría sido completamente inútil intentar transcribirlos al papel. Kuranes no era moderno, y no pensaba como los demás escritores. Mientras ellos se esforzaban en despojar la vida de sus bordados ropajes del mito y mostrar con desnuda fealdad lo repugnante que es la realidad, Kuranes buscaba tan sólo la belleza. Y cuando no conseguía revelar la verdad y la experiencia, la buscaba en la fantasía y la ilusión, en cuyo mismo umbral la descubría entre los brumosos recuerdos de los cuentos y los sueños de niñez.

No son muchas las personas que saben las maravillas que guardan para ellas los relatos y visiones de su propia juventud; pues cuando somos niños escuchamos y soñamos y pensamos pensamientos a medias sugeridos; y cuando llegamos a la madurez y tratamos de recordar, la ponzoña de la vida nos ha vuelto torpes y prosaicos. Pero algunos de nosotros despiertan por la noche con extraños fantasmas de montes y jardines encantados, de fuentes que cantan al sol, de dorados acantilados que se asoman a unos mares rumorosos, de llanuras que se extienden en torno a soñolientas ciudades de bronce y de piedra, y de oscuras compañías de héroes que cabalgan sobre enjaezados caballos blancos por los linderos de bosques espesos; entonces sabemos que hemos vuelto la mirada, a través de la puerta de marfil, hacia ese mundo de maravilla que fue nuestro, antes de alcanzar la sabiduría y la infelicidad.

Kuranes regresó súbitamente a su viejo mundo de la niñez. Había estado soñando con la casa donde había nacido: el gran edificio de piedra cubierto de hiedra, donde habían vivido tres generaciones de antepasados suyos, y donde él había esperado morir. Brillaba la luna, y Kuranes había salido sigilosamente a la fragante noche de verano; atravesó los jardines, descendió por las terrazas, dejó atrás los grandes robles del parque, y recorrió el largo camino que conducía al pueblo. El pueblo parecía muy viejo; tenía su borde mordido como la luna que ha empezado a menguar, y Kuranes se preguntó si los tejados puntiagudos de las casitas ocultaban el sueño o la muerte. En las calles había tallos de larga yerba, y los cristales de las ventanas de uno y otro lado estaban rotos o miraban ciegamente. Kuranes no se detuvo, sino que siguió caminando trabajosamente, como llamado hacia algún objetivo. No se atrevió a desobedecer ese impulso por temor a que resultase una ilusión como las solicitudes y aspiraciones de la vida vigil, que no conducen a objetivo ninguno. Luego se sintió atraído hacia un callejón que salía de la calle del pueblo en dirección a los acantilados del canal, y llegó al final de todo... al precipicio y abismo donde el pueblo y el mundo caían súbitamente en un vacío infinito, y donde incluso el cielo, allá delante, estaba vacío y no lo iluminaban siquiera la luna roída o las curiosas estrellas. La fe le había instado a seguir avanzando hacia el precipicio, arrojándose al abismo, por el que descendió flotando, flotando, flotando; pasó oscuros, informes sueños no soñados, esferas de apagado resplandor que podían ser sueños apenas soñados, y seres alados y rientes que parecían burlarse de los soñadores de todos los mundos. Luego pareció abrirse una grieta de claridad en las tinieblas que tenía ante sí, y vio la ciudad del valle brillando espléndidamente allá, allá abajo, sobre un fondo de mar y de cielo, y una montaña coronada de nieve cerca de la costa.

Kuranes despertó en el instante en que vio la ciudad; sin embargo, supo con esa mirada fugaz que no era otra que Celefais, la ciudad del Valle de Ooth-Nargai, situada más allá de los Montes Tanarios, donde su espíritu había morado durante la eternidad de una hora, en una tarde de verano, hacía mucho tiempo, cuando había huido de su niñera y había dejado que la cálida brisa del mar lo aquietara y lo durmiera mientras observaba las nubes desde el acantilado próximo al pueblo. Había protestado cuando lo encontraron, lo despertaron y lo llevaron a casa; porque precisamente en el momento en que lo hicieron volver en sí, estaba a punto de embarcar en una galera dorada rumbo a esas seductoras regiones donde el cielo se junta con el mar. Ahora se sintió igualmente irritado al despertar, ya que al cabo de cuarenta monótonos años había encontrado su ciudad fabulosa.

Pero tres noches después, Kuranes volvió a Celefais. Como antes, soñó primero con el pueblo que parecía dormido o muerto, y con el abismo al que debía descender flotando en silencio; luego apareció la grieta de claridad una vez más, contempló los relucientes alminares de la ciudad, las graciosas galeras fondeadas en el puerto azul, y los árboles gingco del Monte Arán mecidos por la brisa marina. Pero esta vez no lo sacaron del sueño; y descendió suavemente hacia la herbosa ladera como un ser alado, hasta que al fin sus pies descansaron blandamente en el césped. En efecto, había regresado al valle de Ooth-Nargai, y a la espléndida ciudad de Celefais.

Kuranes paseó en medio de yerbas fragantes y flores espléndidas, cruzó el burbujeante Naraxa por el minúsculo puente de madera donde había tallado su nombre hacía muchísimos años, atravesó la rumorosa arboleda, y se dirigió hacia el gran puente de piedra que hay a la entrada de la ciudad. Todo era antiguo; aunque los mármoles de sus muros no habían perdido su frescor, ni se habían empañado las pulidas estatuas de bronce que sostenían. Y Kuranes vio que no tenía por qué temer que hubiesen desaparecido las cosas que él conocía; porque hasta los centinelas de las murallas eran los mismos, y tan jóvenes como él los recordaba. Cuando entró en la ciudad, y cruzó las puertas de bronce, y pisó el pavimento de ónice, los mercaderes y camelleros lo saludaron como si jamás se hubiese ausentado; y lo mismo ocurrió en el templo de turquesa de Nath-Horthath, donde los sacerdotes, adornados con guirnaldas de orquídeas le dijeron que no existe el tiempo en Ooth-Nargai, sino sólo la perpetua juventud. A continuación, Kuranes bajó por la Calle de los Pilares hasta la muralla del mar, y se mezcló con los mercaderes y marineros y los hombres extraños de esas regiones en las que el cielo se junta con el mar. Allí permaneció mucho tiempo, mirando por encima del puerto resplandeciente donde las ondulaciones del agua centelleaban bajo un sol desconocido, y donde se mecían fondeadas las galeras de lejanos lugares. Y contempló también el Monte Arán, que se alzaba majestuoso desde la orilla, con sus verdes laderas cubiertas de árboles cimbreantes y con su blanca cima rozando el cielo.

Más que nunca deseó Kuranes zarpar en una galera hacia lejanos lugares, de los que tantas historias extrañas había oído; así que buscó nuevamente al capitán que en otro tiempo había accedido a llevarlo. Encontró al hombre, Athib, sentado en el mismo cofre de especias en que lo viera en el pasado; y Athib no pareció tener conciencia del tiempo transcurrido. Luego fueron los dos en bote a una galera del puerto, dio órdenes a los remeros, y salieron al Mar Cerenerio que llega hasta el cielo. Durante varios días se deslizaron por las aguas ondulantes, hasta que al fin llegaron al horizonte, donde el mar se junta con el cielo. No se detuvo aquí la galera, sino que siguió navegando ágilmente por el cielo azul entre vellones de nube teñidos de rosa. Y muy por debajo de la quilla, Kuranes divisó extrañas tierras y ríos y ciudades de insuperable belleza, tendidas indolentemente a un sol que no parecía disminuir ni desaparecer jamás. Por último, Athib le dijo que su viaje no terminaba nunca, y que pronto entraría en el puerto de Sarannian, la ciudad de mármol rosa de las nubes, construida sobre la etérea costa donde el viento de poniente sopla hacia el cielo; pero cuando las más elevadas de las torres esculpidas de la ciudad surgieron a la vista, se produjo un ruido en alguna parte del espacio, y Kuranes despertó en su buhardilla de Londres.

Después, Kuranes buscó en vano durante meses la maravillosa ciudad de Celefais y sus galeras que hacían la ruta del cielo; y aunque sus sueños lo llevaron a numerosos y espléndidos lugares, nadie pudo decirle cómo encontrar el Valle de Ooth-Nargai, situado más allá de los Montes Tanarios. Una noche voló por encima de oscuras montañas donde brillaban débiles y solitarias fogatas de campamento, muy diseminadas, y había extrañas y velludas manadas de reses cuyos cabestros portaban tintineantes cencerros; y en la parte más inculta de esta región montañosa, tan remota que pocos hombres podían haberla visto, descubrió una especie de muralla o calzada empedrada, espantosamente antigua, que zigzagueaba a lo largo de cordilleras y valles, y demasiado gigantesca para haber sido construida por manos humanas. Más allá de esa muralla, en la claridad gris del alba, llegó a un país de exóticos jardines y cerezos; y cuando el sol se elevó, contempló tanta belleza de flores blancas, verdes follajes y campos de césped, pálidos senderos, cristalinos manantiales, pequeños lagos azules, puentes esculpidos y pagodas de roja techumbre, que, embargado de felicidad, olvidó Celefais por un instante. Pero nuevamente la recordó al descender por un blanco camino hacia una pagoda de roja techumbre; y si hubiese querido preguntar por ella a la gente de esta tierra, habría descubierto que no había allí gente alguna, sino pájaros y abejas y mariposas. Otra noche, Kuranes subió por una interminable y húmeda escalera de caracol, hecha de piedra, y llegó a la ventana de una torre que dominaba una inmensa llanura y un río iluminado por la luna llena; y en la silenciosa ciudad que se extendía a partir de la orilla del río, creyó ver algún rasgo o disposición que había conocido anteriormente. Habría bajado a preguntar el camino de Ooth-Nargai, si no hubiese surgido la temible aurora de algún remoto lugar del otro lado del horizonte, mostrando las ruinas y antigüedades de la ciudad, y el estancamiento del río cubierto de cañas, y la tierra sembrada de muertos, tal como había permanecido desde que el rey Kynaratholis regresara de sus conquistas para encontrarse con la venganza de los dioses.

Y así, Kuranes buscó inútilmente la maravillosa ciudad de Celefais y las galeras que navegaban por el cielo rumbo a Seranninan, contemplando entretanto numerosas maravillas y escapando en una ocasión milagrosamente del indescriptible gran sacerdote que se oculta tras una máscara de seda amarilla y vive solitario en un monasterio prehistórico de piedra, en la fría y desierta meseta de Leng. Al cabo del tiempo, le resultaron tan insoportables los desolados intervalos del día, que empezó a procurarse drogas a fin de aumentar sus periodos de sueño. El hachís lo ayudó enormemente, y en una ocasión lo trasladó a una región del espacio donde no existen las formas, pero los gases incandescentes estudian los secretos de la existencia. Y un gas violeta le dijo que esta parte del espacio estaba al exterior de lo que él llamaba el infinito. El gas no había oído hablar de planetas ni de organismos, sino que identificaba a Kuranes como una infinitud de materia, energía y gravitación. Kuranes se sintió ahora muy deseoso de regresar a la Celefais salpicada de alminares, y aumentó su dosis de droga. Después, un día de verano, lo echaron de su buhardilla, y vagó sin rumbo por las calles, cruzó un puente, y se dirigió a una zona donde las casas eran cada vez más escuálidas. Y allí fue donde culminó su realización, y encontró el cortejo de caballeros que venían de Celefais para llevarlo allí para siempre.

Hermosos eran los caballeros, montados sobre caballos ruanos y ataviados con relucientes armaduras, y cuyos tabardos tenían bordados extraños blasones con hilo de oro. Eran tantos, que Kuranes casi los tomó por un ejército, aunque habían sido enviados en su honor; porque era él quien había creado Ooth-Nargai en sus sueños, motivo por el cual iba a ser nombrado ahora su dios supremo. A continuación, dieron a Kuranes un caballo y lo colocaron a la cabeza de la comitiva, y emprendieron la marcha majestuosa por las campiñas de Surrey, hacia la región donde Kuranes y sus antepasados habían nacido. Era muy extraño, pero mientras cabalgaban parecía que retrocedían en el tiempo; pues cada vez que cruzaban un pueblo en el crepúsculo, veían a sus vecinos y sus casas como Chaucer y sus predecesores les vieron; y hasta se cruzaban a veces con algún caballero con un pequeño grupo de seguidores. Al avecinarse la noche marcharon más deprisa, y no tardaron en galopar tan prodigiosamente como si volaran en el aire. Cuando empezaba a alborear, llegaron a un pueblo que Kuranes había visto bullente de animación en su niñez, y dormido o muerto durante sus sueños. Ahora estaba vivo, y los madrugadores aldeanos hicieron una reverencia al paso de los jinetes calle abajo, entre el resonar de los cascos, que luego desaparecieron por el callejón que termina en el abismo de los sueños. Kuranes se había precipitado en ese abismo de noche solamente, y se preguntaba cómo sería de día; así que miró con ansiedad cuando la columna empezó a acercarse al borde. Y mientras galopaba cuesta arriba hacia el precipicio, una luz radiante y dorada surgió de occidente y vistió el paisaje con refulgentes ropajes. El abismo era un caos hirviente de rosáceo y cerúleo esplendor; unas voces invisibles cantaban gozosas mientras el séquito de caballeros saltaba al vacío y descendía flotando graciosamente a través de las nubes luminosas y los plateados centelleos. Seguían flotando interminablemente los jinetes, y sus corceles pateaban el éter como si galopasen sobre doradas arenas; luego, los encendidos vapores se abrieron para revelar un resplandor aún más grande: el resplandor de la ciudad de Celefais, y la costa, más allá; y el pico que dominaba el mar, y las galeras de vivos colores que zarpan del puerto rumbo a lejanas regiones donde el cielo se junta con el mar.

Y Kuranes reinó en Ooth-Nargai y todas las regiones vecinas de los sueños, y tuvo su corte alternativamente en Celefais y en la Serannian formada de nubes. Y aún reina allí, y reinará feliz para siempre; aunque al pie de los acantilados de Innsmouth, las corrientes del canal jugaban con el cuerpo de un vagabundo que había cruzado el pueblo semidesierto al amanecer; jugaban burlonamente, y lo arrojaban contra las rocas, junto a las Torres de Trevor cubiertas de hiedra, donde un millonario obeso y cervecero disfruta de un ambiente comprado de nobleza extinguida.

FIN


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Sauce

César Vallejo

Lirismo de invierno, rumor de crespones,
cuando ya se acerca la pronta partida;
agoreras voces de tristes canciones
que en la tarde rezan una despedida.

Visión del entierro de mis ilusiones
en la propia tumba de mortal herida.
Caridad verónica de ignotas regiones,
donde a precio de éter se pierde la vida.

Cerca de la aurora partiré llorando;
y mientras mis años se vayan curvando,
curvará guadañas mi ruta veloz.

Y ante fríos óleos de luna muriente,
con timbres de aceros en tierra indolente,
cavarán los perros, aullando, ¡un adiós!
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La pensión


James Joyce

La señora Mooney, hija de un carnicero, era lo que se dice una mujer resuelta; para arreglar sus cosas se bastaba y se sobraba sin dar un cuarto al pregonero. Casó con el dependiente principal de su padre y abrió una carnicería cerca de Spring Gardens. Pero no bien hubo muerto su suegro, el señor Mooney empezó a andar en malos pasos. Bebía, metía mano a la caja registradora del dinero y se entrampó hasta los ojos. De nada servía hacerle prometer enmienda: a los pocos días, infaliblemente, quebrantaba el solemne juramento. A fuerza de reñir con su mujer en presencia de los parroquianos y de comprar carne mala, terminó por arruinar el negocio. Una noche persiguió a su mujer con la cuchilla, y ella tuvo que dormir en casa de un vecino.

Desde entonces vivieron separados. La mujer acudió al cura y obtuvo una separación en regla con cargo de los hijos. No daba dinero al marido, ni alimento, ni morada; y así el hombre se vio obligado a entrar como oficial de justicia. Era un borrachín astroso, encorvado, de cara blanca y bigote blanco, y blancas cejas dibujadas sobre sus ojillos surcados de venas rojizas, ribeteados y tiernos; y se pasaba todo el santo día sentado en el cuarto del alguacil, en espera de que le encomendaran algún servicio. La señora Mooney, que se había llevado el dinero remanente tras la liquidación de la carnicería, instalando con ello una pensión en Hardwicke Street, era una mujer grande e imponente. Su casa albergaba una población flotante compuesta de turistas de Liverpool y de la isla de Man, y, de vez en cuando, artistas de vodevil. Su clientela con residencia fija se componía de empleados de oficinas y del comercio. La señora Mooney gobernaba la pensión con diplomacia y mano firme; sabía cuándo procedía dar crédito, actuar con severidad o hacer la vista gorda. Los residentes mozos, cuando hablaban de ella, la llamaban todos la Patrona.

Los jóvenes pupilos de la señora Mooney pagaban quince chelines semanales por la pensión completa (cerveza en las comidas aparte). Eran todos de los mismos gustos y ocupaciones, y por esta razón reinaba entre ellos franca camaradería. Discutían entre sí las probabilidades de sus caballos favoritos. Jack Mooney, el hijo de la Patrona, empleado con un agente comercial en Fleet Street, tenía reputación de ser un tipo difícil. Era aficionado a soltar obscenidades de cuartel, y por lo general llegaba a casa de madrugada. Cuando veía a sus amigos, siempre tenía alguna diablura que contarles, y siempre estaba seguro de hallarse sobre la pista de algo bueno: un caballo o una artista con posibilidades. También el boxeo se le daba de maravilla. Y las canciones cómicas. Las noches de los domingos solía haber reunión en la sala principal de la señora Mooney. Los artistas de vodevil participaban con gusto, y Sheridan tocaba valses y polkas e improvisaba acompañamientos. También solía cantar Polly Mooney, la hija de la señora. Cantaba:

Soy una... niña traviesa.
No tienen por qué fingir:
Ya saben que soy así.

Polly era una muchachita delgada, de diecinueve años; tenía el pelo rubio, delicado y suave, y una boca pequeña y rotunda. Sus ojos, grises con un tornasol verde, tenían el hábito de echar miraditas hacia arriba cuando hablaba con alguien, lo cual le daba el aspecto de una pequeña madonna perversa. La señora Mooney colocó en principio a su hija en la oficina de un tratante en granos, de mecanógrafa; mas como cierto oficial de justicia de pésima reputación diera en presentarse en el despacho un día sí y otro no rogando le permitieran hablar una palabra con su hija, la madre volvió a llevársela a casa y la puso a trabajar en las faenas domésticas. Como Polly era muy alegre y pizpireta, la intención era darle el gobierno de los pupilos jóvenes. Además, a los mozos les gusta sentir que ande una hembra moza no muy lejos. Polly, como es natural, flirteaba con los mancebos, pero la señora Mooney, juez perspicaz, sabía que los tales mancebos se lo tomaban sólo como pasatiempo: ninguno de ellos iba en serio. Así continuaron las cosas mucho tiempo, y la señora Mooney empezaba a pensar en mandar a Polly otra vez de mecanógrafa, cuando observó que entre su hija y uno de los jóvenes había algo. Vigiló a la pareja y no dijo esta boca es mía.

Polly sabía que la vigilaban; sin embargo, el persistente silencio de su madre no podía interpretarse erróneamente. No había existido complicidad manifiesta entre la madre y la hija, connivencia de ninguna clase; pero aunque los huéspedes empezaban a hablar del asunto, la señora Mooney continuaba sin intervenir. Polly empezó a volverse un poco rara en su comportamiento, y el joven, evidentemente, andaba desazonado. Por fin, cuando estimó que era el momento oportuno, la señora Mooney intervino. Contendió con los problemas morales como cuchilla con la carne; y en aquel caso concreto había tomado ya su decisión.

Era una luminosa mañana de principios de verano, prometedora de calor, mas con un soplo de brisa fresca. Todas las ventanas de la pensión estaban abiertas y las cortinas de encaje se inflaban suavemente hacia la calle bajo las vidrieras levantadas. Era domingo. El campanario de San Jorge repicaba sin cesar, y los fieles, solos o en grupos, cruzaban la pequeña glorieta que se extiende ante la iglesia, dejando ver de intento su propósito en el pío recogimiento con que iban no menos que en los libritos que llevaban en sus manos enguantadas. En la pensión habían terminado de desayunar, y aún estaban los platos en la mesa con amarillas rebañaduras de huevo, piltrafas y cortezas de tocino. La señora Mooney, sentada en el sillón de mimbre, vigilaba a la criada Mary que estaba retirando las cosas del desayuno. Le mandó recoger las cortezas y mendrugos de pan que servirían para hacer el budín del martes. Una vez despejada la mesa, recogidos los mendrugos, guardados bajo llave y candado el azúcar y la mantequilla, la dueña de la pensión se puso a reconstruir la entrevista que había tenido con Polly la noche de la víspera. Todo era, en efecto, como ella sospechaba: se había mostrado franca en sus preguntas, y Polly no lo había sido menos en sus respuestas. Las dos pasaron su apuro, desde luego. Ella por deseo de no recibir la noticia de una manera demasiado franca y desconsiderada, ni parecer que había hecho la vista gorda, y Polly no sólo porque las alusiones de ese género siempre se lo causaban, sino también porque no quería dar pie a la sospecha de que ella, en su sabia inocencia, había adivinado la intención oculta tras la tolerancia de su madre.

Cuando advirtió, en su ensimismamiento, que las campanas de San Jorge habían dejado de tocar, la señora Mooney echó una mirada instintiva al relojito dorado que había sobre la repisa de la chimenea. Pasaban diecisiete minutos de las once: tenía tiempo más que de sobra de solventar el asunto con el señor Doran y plantarse antes de las doce en la calle Marlborough. Estaba segura de su triunfo. Para empezar, tenía de su parte todo el peso de la opinión social: era una madre agraviada. Había permitido al seductor vivir bajo su techo, dando por supuesto que era hombre de honor, y él había abusado de su hospitalidad. Tenía treinta y cuatro o treinta y cinco años, de modo que no podía alegarse como excusa la irreflexión de la juventud; tampoco podía ser disculpa la ignorancia, ya que era hombre con sobrado conocimiento del mundo. Sencillamente se había aprovechado de la juventud y la inexperiencia de Polly; eso era evidente. ¿Qué reparación estaría dispuesto a hacer? He aquí el problema.

En tales casos se debe siempre una reparación. Para el varón todo marcha sobre ruedas: puede largarse tan fresco, después de haberse holgado, como si no hubiera ocurrido nada, pero la chica tiene que pagar el precio. Algunas madres se avenían a componendas mediante sumas de dinero; había conocido casos. Pero ella no haría tal cosa. Para ella, por la pérdida de la honra de su hija sólo cabía una reparación: el matrimonio.

Repasó de nuevo todas sus cartas antes de enviar a Mary arriba, al cuarto del señor Doran, a decir que deseaba hablar con él. Estaba segura de su triunfo. Él era un joven serio, no un libertino ni un escandaloso como los otros. Si se hubiera tratado del señor Sheridan o del señor Meade o de Bantam Lyons, su tarea habría sido mucho más ardua. No creía ella que Doran arrostrase la divulgación del caso. Todos los huéspedes de la pensión sabían algo del asunto; algunos hasta habían inventado pormenores. Además, llevaba trece años empleado en la oficina de un comerciante en vinos, católico cien por cien, y la divulgación tal vez significara para él la pérdida del empleo. Mientras que si se avenía a razones, todo podría ser para bien. Sabía ella que el galán cobraba un buen sueldo, y por otra parte sospechaba que debía de tener un buen pico ahorrado.

¡Casi la media hora! Se levantó y se miró en el espejo de luna. La expresión resuelta de su rostro grande y rubicundo la satisfizo, y pensó en algunas madres conocidas suyas incapaces de quitarse a sus hijas de encima.

El señor Doran estaba en realidad muy nervioso aquel domingo por la mañana. Había intentado por dos veces afeitarse, pero tenía el pulso tan inseguro que se vio obligado a desistir. Una barba rojiza de tres días orlaba sus mandíbulas, y cada dos o tres minutos se le empañaban los lentes, de suerte que tenía que quitárselos y limpiarlos con el pañuelo. El recuerdo de su confesión de la pasada noche le causaba profunda congoja; el cura le había sonsacado hasta el último detalle ridículo del asunto, y al final había exagerado tanto su pecado que casi daba gracias que se le concediera un respiradero, una posibilidad de reparación. El daño estaba hecho. ¿Qué podría hacer él ahora sino casarse con la chica o huir de la ciudad? No iba a tener la desfachatez de negar su culpa. Era seguro que se hablaría del caso, y sin duda alguna llegaría a oídos de su patrón. Dublín es una ciudad tan pequeña..., todo el mundo está informado de los asuntos de los demás. En su excitada imaginación oyó al viejo señor Leonard que con su bronca voz ordenaba: «Que venga el señor Doran, por favor», y sólo de pensarlo le dio un vuelco tan grande el corazón que casi se le sale por la boca.

¡Todos sus largos años de servicio para nada! ¡Sus trabajos y afanes malogrados! De joven la había corrido en grande, por supuesto; había blasonado de librepensador y negado la existencia de Dios en las tabernas ante sus compañeros. Mas todo eso pertenecía al pasado; había concluido totalmente... o casi totalmente. Todavía compraba el Reynolds's Newspaper cada semana, pero cumplía con sus deberes religiosos y durante nueve décimas partes del año llevaba una vida metódica y ordenada. Tenía dinero suficiente para tomar estado; no se trataba de eso. Pero la familia miraría a la chica con menosprecio. Estaba primero la pésima reputación de su padre, y por si fuera poco, la pensión de su madre empezaba a adquirir cierta fama. Tenía sus barruntos de que le habían cazado. Imaginaba a sus amigos hablando del asunto y riéndose. Ella era un poquillo vulgar; a veces decía «haiga» y «hubieron». ¿Mas qué importaba la gramática si él la quería? No podía decidir si apreciarla o despreciarla por lo que había hecho. Naturalmente él lo había hecho también. Su instinto le impelía a permanecer libre, a no casarse. Una vez que uno se casa es el fin, le decía.

Estaba sentado al borde de la cama, en camisa y pantalones, inerme ante la fatalidad que lo abrumaba, cuando ella dio unos golpecitos en su puerta y entró en la habitación. La muchacha se lo dijo todo, que había confesado los hechos a su madre desde la A hasta la Z, y que su madre hablaría con él esa misma mañana. Rompió a llorar y le echó los brazos al cuello, diciendo:

-¡Oh, Bob! ¡Bob! ¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer?

Terminaría de una vez con su existencia, dijo.

Él la consoló débilmente, diciéndole que no llorara, que todo se arreglaría, que no había que temer. Sintió la agitación del pecho femenino contra su camisa.

No fue del todo culpa suya que el hecho sucediera. Recordaba, con la singular y paciente memoria del soltero, los primeros roces fortuitos de su vestido, su aliento, sus dedos, que habían sido como caricias para él. Luego, una noche, ya avanzada la hora, cuando se desvestía para acostarse, la joven dio unos tímidos golpecitos a su puerta. Quería encender su vela en la de él, pues una corriente de aire se la había apagado. Se había bañado esa noche, y llevaba un peinador suelto y abierto de franela estampada. Su blanco empeine relucía en la abertura de sus zapatillas de piel, y bajo su epidermis perfumada bullía cálida la sangre. También de sus manos y de sus muñecas, mientras encendía la vela, se desprendía un delicado aroma.

Cuando volvía tarde por las noches, era ella quien le calentaba la cena. Apenas si se daba cuenta de lo que comía, sintiéndola tan cerca, a solas y de noche, mientras todos dormían. ¡Y lo solícita que se mostraba! Si la noche era fría, o húmeda, o borrascosa, sin dudas habría allí un vasito de ponche preparado para él. Tal vez pudieran ser felices juntos...

Solían subir la escalera de puntillas, cada cual con una vela, y en el tercer rellano se daban muy a disgusto las buenas noches. Tomaron la costumbre de besarse. Recordaba bien sus ojos, el contacto de su mano, el delirio en que aquello terminó por precipitarlo...

Pero el delirio pasa. Se hizo eco ahora de la frase de ella: «¿Qué voy a hacer?» Su instinto de célibe le advertía que no se comprometiese. Pero el pecado allí estaba; su propio sentido del honor le decía que por tal pecado debía efectuarse una reparación.

Sentado así con ella en el borde de la cama, apareció Mary en la puerta y dijo que la patrona quería verlo en la sala. Se levantó para ponerse el chaleco y la chaqueta, más desamparado que nunca. Una vez vestido, se acercó a ella para consolarla. Todo se arreglaría, no había que temer. La dejó llorando en la cama y gimiendo débilmente: «¡Oh, Dios mío!»

Cuando bajaba por la escalera se le empañaron de tal forma los lentes que tuvo que quitárselos y limpiarlos. Hubiera querido salir por el tejado y volar lejos, a otro país donde jamás volviera a saber nada de aquel lío, y sin embargo una fuerza lo empujaba escalera abajo, peldaño por peldaño.

Las caras implacables de su patrón y de la señora parecían mirarlo inquisitivas, en su frustración y desconcierto. En el último tramo de escaleras se cruzó con Jack Mooney que subía de la despensa con dos botellas de cerveza amorosamente abrazadas. Se saludaron con frialdad, y los ojos del galán se detuvieron un par de segundos en una recia fisonomía de perro de presa y dos brazos cortos y vigorosos. Al llegar al pie de la escalera, echó una furtiva ojeada hacia arriba y vio a Jack mirándolo desde la puerta del recibimiento.

Entonces recordó la noche en que uno de los artistas de vodevil, cierto rubio londinense, hizo una alusión a Polly bastante desenfadada. La reunión casi terminó de mala manera debido a la violenta reacción de Jack. Todos se extremaron por aplacarle. El artista de vodevil, un poco más pálido que de costumbre, no hacía más que sonreír y repetir que no lo había dicho con mala intención. Pero Jack no hacía más que gritarle que si cualquier individuo intentaba llevar adelante tales devaneos con su hermana, por su alma que le iba a hacer tragarse las muelas, como lo estaban oyendo.

***

Polly continuó un rato sentada en el borde de la cama, llorando. Luego se enjugó los ojos y se acercó al espejo. Mojó la punta de la toalla en el jarro del lavabo y se refrescó los ojos con el agua fría. Se miró en el espejo de perfil y se ajustó una horquilla en el pelo por encima de la oreja. Luego volvió a la cama y se sentó a los pies. Miró un largo rato las almohadas, y esta contemplación suscitó en su ánimo secretos y dulces recuerdos. Apoyó la nuca en el frío barandal metálico de la cama y se abandonó a sus ensueños. Toda perturbación visible había desaparecido de su rostro.

Siguió esperando paciente, casi alegremente, sin sobresalto, dejando que sus recuerdos dieran paso poco a poco a esperanzas y visiones del futuro. Tan intrincadas eran estas esperanzas y visiones que ya no veía las almohadas blancas donde tenía fija la mirada ni recordaba que estaba esperando algo.

Por fin oyó a su madre que la llamaba. Se puso de pie automáticamente y corrió al pasamano de la escalera.

-¡Polly! ¡Polly!

-Aquí estoy, mamá.

-Baja, hija mía. El señor Doran quiere hablar contigo.

Entonces recordó lo que estaba esperando.




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El peso de los caídos

Andréi Platónov

Una madre regresó a su casa. Había estado fuera, refugiada de los alemanes, pero no pudo acostumbrarse a vivir en otro lugar que no fuera su pueblo natal, por lo que regresó a casa.
Dos veces debió atravesar por tierra de nadie, cerca de las fortificaciones alemanas, porque el frente por allí era desigual y ella había tomado el camino recto, el más rápido. No le temía a nadie, no se cuidaba de nadie, y los enemigos no le hicieron daño. Avanzaba triste por los campos, despeinada y con la cara desencajada, como de ciega. Le daba igual lo que había en ese momento en el mundo y lo que estaba sucediendo en él, y nada en el universo podía ni alegrarla ni entristecerla, porque su desgracia era eterna y su tristeza inabarcable: ella, una madre, había perdido a todos sus hijos. Ahora se sentía tan débil e indiferente, que avanzaba como una brizna de paja llevada por el viento y en todo encontraba la misma indiferencia hacia ella. Al sentir que nadie la necesitaba y que, por lo mismo, tampoco ella necesitaba a nadie, sintió aún mayor pesar. A veces esto basta para que una persona muera, pero ella no murió: necesitaba ver la casa en la que había vivido toda su vida y el lugar en el que habían muerto sus hijos en combate o ejecutados.

En el camino se cruzó varias veces con los alemanes, pero éstos no tocaron a la mujer; les extrañó ver a una vieja tan desgraciada, les horrorizó la mucha humanidad que descubrieron en su cara y la dejaron irse para que muriera por su cuenta. A veces, en las caras de las personas se refleja una opaca luz de extrañeza que es capaz de asustar a los animales y a las personas malintencionadas. Nadie tiene fuerza suficiente para acabar con estas personas y a nadie le resulta posible acercarse a ellas. El animal y la persona prefieren pelear con sus semejantes y dejar ir a quienes no se les parecen, porque temen ser vencidos por una fuerza desconocida.

Después de atravesar toda la guerra, la vieja madre alcanzó por fin su casa, pero encontró su pueblo natal vacío. Su casa pequeña y pobre, revocada con barro pintado de amarillo, con su chimenea de ladrillo que parecía la cabeza de una persona meditabunda, hacía mucho que había sido quemada por el fuego alemán, que sólo dejó cenizas tras de sí. Sólo la hierba, como la que crece sobre las tumbas, nacía entre aquellas cenizas. También había desaparecido todo el vecindario, toda la vieja ciudad. Una luz blanca y triste lo iluminaba todo, y era posible ver en la lejanía a través de la tierra silenciosa. Pasaría muy poco tiempo y la hierba cubriría del todo este lugar antes habitado, los vientos soplarían libres, los torrentes de lluvia lo igualarían y ya no quedaría huella humana ni nadie para asimilar y heredar como un conocimiento útil todo el sufrimiento de la vida terrestre. Este último pensamiento hizo suspirar a la mujer, y también el dolor que sentía su corazón por tanta vida perdida y sin memoria. Pero su corazón era bondadoso y quería vivir para amar a los muertos, para terminar los planes que la muerte había interrumpido.

Se sentó en medio de aquellas cenizas frías y apoyó las manos en el polvo en que se había convertido su casa. Sabía cuál era su destino, sabía que había llegado su hora, pero se resistía, porque si ella moría, ¿qué pasaría con el recuerdo de sus niños?, ¿quién los conservaría en su amor si también su corazón dejaba de respirar?

La madre no sabía la respuesta a esta pregunta y meditaba sola. Se le acercó su vecina, Yevdokía Petrovna, una mujer joven y de buen ver, antes gorda, pero ahora débil, silenciosa e indiferente. Una bomba había matado a sus dos hijos pequeños cuando regresaba con ellos de la ciudad. Su esposo había desaparecido en unos trabajos de excavación, y ella había vuelto para enterrar a sus hijos y terminar de vivir el tiempo que le quedaba en aquel lugar muerto.

-Buenas, María Vasílievna -dijo Yevdokía Petrovna.

-¿Eres tú, Dunia? -le preguntó María Vasílievna-. Siéntate, hablemos. Inspeccióname la cabeza, porque hace mucho que no me baño.

Dunia accedió con docilidad y se sentó a su lado; María Vasílievna recostó la cabeza en sus rodillas y la vecina empezó a inspeccionársela. Las dos se sintieron mejor dedicándose a esta tarea. Mientras una trabajaba afanosamente, la otra se arrebujó contra su cuerpo y se quedó dormida con la tranquilidad que le infundía la cercanía de una persona conocida.

-¿Los tuyos murieron todos? -preguntó María Vasílievna.

-¡Sí, todos, claro! -le contestó Dunia-. ¿Y los tuyos?

-Todos, no queda nadie -dijo María Vasílievna.

-Entonces estamos a la par: ni tú ni yo tenemos a nadie -comentó Dunia satisfecha de que su desgracia no fuera única en el mundo, de que a los demás les hubiera tocado la misma desdicha.

-Mi desgracia es mayor que la tuya: antes también era viuda -dijo María Vasílievna-. Y mis dos hijos han caído cerca del pueblo. Se alistaron en el batallón de trabajadores cuando los alemanes salieron de Petropávlovsk a la carretera de Mitrofánievsk... Mi hija me llevó bien lejos de aquí porque me quería mucho, era mi hija. Después se alejó de mí, empezó a amar a todo el mundo, compadeció a un hombre -mi hija era una muchacha bondadosa-, se inclinó sobre él, que estaba débil y herido, y entonces la mataron, desde arriba, desde un avión... ¿Y yo qué? No tengo nada y regresé. ¿Qué tengo ahora? Me da igual. Tengo la sensación de estar muerta...

-Bueno, ya nada se puede hacer. Sigue viviendo como una muerta; yo también vivo así -dijo Dunia-. Todos los míos descansan y los tuyos también descansan... Sé dónde están los tuyos, sé adonde los arrastraron a todos para enterrarlos, yo estaba aquí y lo vi con mis propios ojos. Primero contaron a todos los muertos, levantaron un acra, pusieron a un lado a los suyos, y a nuestros muertos los llevaron más allá. Luego desnudaron a todos los nuestros y apuntaron en el acta cuánta ropa se podía aprovechar. Se alargaron en este tipo de asuntos y luego empezaron a empujarlos y a lanzarlos a la tumba.

-¿Y quién la cavó? -se preocupó María Vasílievna-. ¿Cavaron profundo? Una tumba profunda sería más caliente porque estaban desnudos, sentirán frío.

-¡No, nada de profunda! -le informó Dunia-. ¡Una fosa de proyectil fue su tumba! Los amontonaron hasta llenarla, pero no había sitio para todos los muertos, así que pasaron por encima con un tanque de guerra, los muertos se aplastaron, se hizo más espacio y echaron allí a los muertos restantes. No tenían ganas de cavar, ahorraban sus fuerzas; echaron un poco de tierra por encima. Allí descansan los muertos en el frío; sólo los muertos pueden aguantar el sufrimiento de estar eternamente desnudos en el frío...

-¿Y a los míos también los destrozaron con el tanque o los colocaron arriba, sin aplastarlos? -preguntó María Vasílievna.

-¿A los tuyos? -contestó Dunia-. La verdad es que no lo pude ver... Allí, detrás del pueblo, cerca de la carretera descansan todos; si vas, los verás. Yo hice una cruz con ramas y la puse allí, pero fue por gusto; una cruz se cae aunque sea de hierro, y la gente olvidará a los muertos...

María Vasílievna se incorporó, hizo que Dunia bajara la cabeza y empezó a inspeccionarle el pelo. Se sintió mejor trabajando; el trabajo manual cura los espíritus tristes y enfermos.

Después, cuando cayó la tarde, María Vasílievna se levantó. Era una mujer vieja y estaba cansada. Se despidió de Dunia y salió a la noche, donde descansaban sus niños. Dos de sus hijos en una tumba cercana, y un poco más allá su hija.

María Vasílievna fue hasta el poblado cercano. Antes vivían allí, en casitas de madera, horticultores y campesinos que se alimentaban de las parcelas que había junto a sus casas y que gracias a esto subsistían desde tiempos remotos. Ahora nada quedaba en este lugar; el fuego había fundido la capa superior de tierra y la gente había muerto o vagabundeaba por los alrededores, o los habían cogido como rehenes y enviado al trabajo y a la muerte.

La carretera de Mitrofánievsk salía del pueblo a la llanura. En tiempos pasados, al borde de la carretera crecían poderosos árboles; ahora la guerra los había roído, reduciéndolos a tocones, y la solitaria carretera tenía un aspecto triste, como si el fin del mundo no quedara lejos de allí...

María Vasílievna llegó a la tumba con la cruz hecha de dos ramas débiles y temblorosas y se sentó a sus pies. Ahí abajo descansaban sus niños desnudos asesinados, profanados y enterrados por manos ajenas.

Llegó el crepúsculo y se convirtió en noche. En el cielo se encendieron las estrellas otoñales. Parecía que después de desahogarse llorando en lo alto habían abierto sus ojos bondadosos y sorprendidos, y miraban inmóviles la tierra oscura en la que había tanto sufrimiento y cuyo poder hipnótico les impedía apartar la vista de ella.

«Si estuvieran vivos -susurró la madre dirigiéndose a sus hijos muertos-, si estuvieran vivos, ¿cuánto trabajo podrían haber hecho?, ¿cuántos destinos podrían haber conocido? Pero ahora que están muertos... ¿Y dónde se ha quedado la vida que no vivieron? ¿Quién la vivirá por ustedes...? ¿Qué edad tenía Matvéi? Casi veintitrés... Vasili cumpliría veintiocho. La niña tenía dieciocho, cumpliría los diecinueve este año, ayer fue su cumpleaños... Tanto corazón gasté en ustedes, tanta sangre perdí, pero al parecer no fue bastante, porque murieron, no pude conservarles la vida, no los rescaté de la muerte, mi solo corazón y mi sangre fueron poco. ¿Y quiénes eran ellos? Eran mis hijos, aunque no pidieron venir al mundo. Los parí sin pensar, los parí y pensé: "Que vivan solos". Pero al parecer aún no se puede vivir en la tierra, todavía nada está listo aquí para los niños. ¡Se han esforzado por arreglarlo todo, para dejarlo a punto, pero no han podido! Aquí no pueden vivir, pero tampoco tenían otro lugar donde vivir. ¿Y qué podíamos hacer nosotras, las madres? Paríamos hijos, ¿qué otra cosa podíamos hacer? Sola no tiene sentido vivir...»

Tocó la tierra de la tumba y se acostó boca abajo sobre ella. Dentro de la tierra remaba el silencio, nada se oía.

«Duermen -susurró la madre-, nadie se mueve. Les fue difícil morir y la muerte los dejó sin fuerzas. ¡Que duerman! Los esperare... No puedo vivir sin mis hijos, no quiero vivir sin muertos...»

María Vasílievna alzó el rostro de la tierra porque le pareció oír que la llamaba su hija Natasha, que la llamaba sin pronunciar palabras, murmurando algo como en un suspiro. La madre miró a su alrededor tratando de ver de dónde provenía su dulce voz, si del campo silencioso, de las profundidades de la tierra o de lo alto del cielo, de aquella estrella clara. ¿Dónde estaba ahora su hija muerta? ¿O ya no estaba en ninguna parte y a la madre sólo le parecía oír su voz que sonaba como un recuerdo en su propio corazón?

María Vasílievna volvió a prestar oído, y otra vez, viniendo del silencio del universo, le pareció oír la voz sedante de su hija, una voz que, de tan lejana, sonaba a silencio, pero que le hablaba pura y claramente sobre la esperanza y la alegría, sobre que se cumpliría todo lo no cumplido, que los muertos regresarían a vivir en la tierra y que los que habían sido separados se abrazarían y no se separarían nunca más.

A la madre le pareció que la voz de su hija era alegre y comprendió que aquello significaba que confiaba en que volvería a vivir, que necesitaba la ayuda de los vivos y no quería seguir estando muerta.

«Hija, ¿cómo podría ayudarte? Yo también estoy casi muerta -dijo María Vasílievna. Hablaba tranquila y con claridad, como si estuviera en la calma de su hogar y conversara con sus hijos como antes, en su anterior vida feliz-. Yo sola no podré levantarte. Si el pueblo entero te hubiera amado y hubiera eliminado toda la injusticia sobre la faz de la tierra, entonces él podría regresarte a la vida, y también a todos los que murieron injustamente, porque la muerte es precisamente la mayor injusticia. Pero sin su ayuda, ¿cómo podría ayudarte? ¡Moriré de pena y sólo entonces podré estar contigo!»

La madre le habló largo tiempo con palabras de consuelo, razonando como si Natasha y los otros hijos la escucharan con atención. Después le entró sueño y se quedó dormida sobre la tumba.

El cielo iluminado de la guerra apareció a lo lejos y la alcanzó el sordo retumbar de los cañones. Había comenzado una batalla. María Vasílievna despertó y vio el fuego en el cielo, escuchó la respiración agitada de los cañones. «Son los nuestros que vienen -pensó-, ¡Que lleguen pronto, que haya un poder soviético, el poder que ama al pueblo, que ama el trabajo, que enseña a la gente; es un poder inquieto; quizá, dentro de un siglo, aprenda a revivir a los muertos. Entonces suspirará y se alegrará mi huérfano corazón de madre.»

María Vasílievna confiaba y entendía que todo sucedería tal y como ella imaginaba. Había visto aeroplanos volando, algo que también era difícil de inventar y de hacer. Del mismo modo, todos los muertos podrían ser devueltos desde la profundidad de la tierra a vivir otra vez bajo la luz solar. Sucedería si la inteligencia humana tenía en cuenta las necesidades de la madre que da a luz y entierra a sus hijos y le duele su pérdida.

Se volvió a acostar sobre la tierra blanda de la tumba para estar más cerca de sus hijos. Su silencio significaba un repudio al mundo malhechor que les había dado muerte y la pena de la madre que recordaba el olor de sus cuerpos infantiles y el color de sus ojos vivos.

Hacia el mediodía, los tanques rusos salieron a la carretera de Mitrofánievsk y se detuvieron junto al pueblo para pasar revista y repostar combustible; habían dejado de hacer fuego porque la guarnición alemana de la ciudad se había retirado a tiempo para reagruparse con su ejército y así librarse del combate.

Un soldado rojo bajó de su tanque para caminar por la tierra, sobre la cual brillaba ahora un sol pacífico. El soldado ya no era joven y le gustaba ver cómo vive la hierba y comprobar si todavía existían las mariposas y los insectos que conocía de antes.

A los pies de una cruz hecha de ramas, el soldado vio a una vieja acurrucada sobre la tierra. Se agachó y trató de escuchar su respiración. Después giró el cuerpo de la mujer y pegó el oído a su pecho para cerciorarse de que no latía. «Su corazón se ha ido -entendió el soldado, y cubrió en silencio el rostro de la muerta con un lienzo limpio que llevaba consigo como peal de repuesto-. Ya no tenía con qué vivir; su cuerpo estaba tan comido por el hambre y por la desdicha que hasta los huesos se le ven bajo la piel.»

«Duerme por ahora -habló en voz alta el soldado despidiéndose-. No importa de quién fueras madre, pero sin ti también me he quedado huérfano.»

Permaneció parado un poco más junto a ella, despidiéndose angustiosamente de la madre ajena.

«Todo está oscuro para ti ahora y te has ido. ¿Qué remedio? No hay tiempo de afligirnos por ti. Primero debemos batir al enemigo. Luego el mundo entero deberá entrar en razón. No puede ser de otro modo, porque entonces todo sería en vano.»

El soldado regresó al tanque y se sintió triste sin los muertos. Pero sintió que ahora le era más necesario vivir. No sólo había que borrar al enemigo de la vida de la gente, sino que después de la victoria habría que aprender a vivir aquella vida superior que los muertos le habían legado silenciosamente. Entonces, en señal de respeto a su eterna memoria, debían cumplirse sus esperanzas, para que se hiciera su voluntad y no engañar sus corazones yertos. Sólo en los vivos pueden confiar los muertos, y éstos tienen que vivir de modo que el destino libre y feliz del pueblo justifique sus muertes y, de esta manera, den a su caída su justo peso.

FIN



Biblioteca Digital Ciudad Seva
“O ódio é o prazer mais duradouro;
os homens amam com pressa, mas odeiam com calma.”


―Lord Byron

Carta Aberta à Secretária de Educação

Valéria Arias

Carta Aberta à Secretária de Educação

Sra Ana Seres Trento Comin

Com todo respeito, mas se a senhora se diz educadora, professora, defensora da qualidade da educação pública, deve saber que a escola, enquanto instituição geral e também, como locus específico, é regida por uma Lei, chamada Lei de Diretrizes e Bases da Educação Nacional, mais conhecida como LDB.
Ainda no campo da suposição, levanto a hipótese que a Secretaria de Educação, ao propor políticas e programas leve em conta que a LDB respalda-se em outra Lei, um tanto em desuso no atual governo do Paraná, denominada Constituição Federal de 1988. Supondo que o corpo técnico da Secretaria saiba disso também, não há como ignorar dois elementos, presentes nessas Leis à custa de todo um histórico de lutas dos educadores brasileiros, a saber: o Projeto Político Pedagógico e a gestão democrática da escola.
Pois bem, quando uma Secretaria de Estado da Educação ordena que aulas não dadas por professores que exercem seu legítimo direito de greve sejam ministradas por profissionais contratados por tempo determinado, sem nenhum vínculo com as escolas em que vão atuar, é de se perguntar qual a concepção de escola aí implícita.
Não que os mencionados profissionais não possam ser excelentes professores, aliás, creio que a maioria de fato é competente no que faz. Não são eles o problema, mas a forma como se pretende usar (sim usar é a palavra exata) seus serviços.
Que tipo de orientação pedagógica tem uma Secretaria que se propõe a concretizar em sua rede semelhante política? E a escola que se presta a essa atitude poderia ser chamada de escola? Ou apenas uma instituição instrumental dedicada a certificar estudantes, sem qualquer compromisso com o processo de construção do conhecimento?
Senhora Secretária: as escolas da Rede Estadual (ao menos, a maioria delas) contam com um Projeto Político Pedagógico, documento vivo que explicita suas especificidades, função, objetivos sociais e educativos, propostas curriculares e sistemas de avaliação. Mais: esses PPPs são construídos e, frequentemente retomados, pelo coletivo escolar e, muito por isso, cada um dos docentes organiza seus planos de trabalho tendo em vista não o seu próprio “querer individual”, mas os objetos de estudo de suas disciplinas e, sobretudo, os objetivos maiores da escola, assim entendida como instituição colegiada, que é, ao mesmo tempo, peculiar em sua especificidade e social em sua função educativa.
Dessa forma, a substituição de docentes, da maneira como está sendo proposta, além de ilegal, é pedagogicamente perversa, pois, como concluímos (docentes, funcionários e pedagogas) na instituição em que leciono, é como se a Secretaria de Educação, que deveria ser um arauto da qualidade educacional, determinasse às escolas que rasgassem seus PPPs e esquecessem o fato que escola é lugar de conhecimento, de ensino e de aprendizagem.
Novamente, com todo o respeito, peço que reveja seu posicionamento ou, ao menos, não o justifique como algo bom para a qualidade da educação ou, ainda,
como justo meio para que o estado do Paraná diminua o prejuízo causado pela greve dos educadores, mesmo porque bem o sabemos quais os fatores que nos levaram à atual crise.



A ESQUERDA NÃO ESTÁ ONDE POMOS NEM POMOS ONDE ESTAMOS


É sempre melhor que a esquerda sobreviva, ainda que à falta de opção. Não é cômodo, mas o oposto, a direita sobrevivendo com folga na ausência de alternativa, incomoda muito mais. Há reconhecida parcela de impotência socialista na varredura que os conservadores vêm fazendo nos últimos sete anos. Em praticamente todos os continentes. Circunstância que é particularmente desagradável depois do desastre a que políticas calorosas ao mundo financeiro conduziram os países, na rabeira dos Estados Unidos. Mas o volume da insatisfação universal com o estado do mundo não se converte em ações estruturadas, capazes de impor rumos aos governos eleitos. Em parte porque inexiste um conjunto de ideias motivadoras e convincentes com carimbo da esquerda, justiça social pela transformação e transformação pela justiça social. Ao que se soma o negativismo irracionalista dos movimentos contra tudo e contra todos, infecção ideológica que aleija a esquerda sem arranhar a direita, pois a proposta é de indiferença ou espasmos inconsequentes. Não há objetivo de transformação institucional, mas de salvação epistemológica individual. Salvam-se os que sabem que nada vale a pena. Daí que vitórias eleitorais aqui e ali sejam subvertidas pela pressão da direita sobre governos oriundos da esquerda. A direita se nutre menos dos méritos de suas fantasias sobre eficiência dos mercados do que pela incapacidade da esquerda de instrumentalizar alternativas civilizadamente aceitáveis.
E como se isso não bastasse, no Brasil estamos indecisos sem saber se há uma esquerda que sobrevive por incompetência da direita ou se é a direita que se apossa aos bocados da sociedade por anemia à esquerda. Nem mesmo se vislumbra qual o vetor hegemônico no governo, visto que as vozes que de lá se ouvem são dissonantes. Para os amantes da contemporaneidade musical, dir-se-ia que o primeiro-ministro é discípulo de Stravinsky.
Durma-se com um barulho desses.

(Wanderley Guilherme dos Santos)
"Era uma sociedade de fiscais. Havia os fiscais dos fiscais. E os fiscais dos fiscais dos fiscais. E todos se deixavam corromper". Homenagem atualíssima ao governo Beto Richa. Leon Eliachar escreveu isso em 1960, na obra "O homem ao quadrado".

Monica Castro
Enquanto isso, na Repartição que já teve algo de Educação: os seres que executam se igualam aos Seres que determinam. Moralidade é para quem tem moral. Tenho dito.


Valéria Arias 
"Durante muito tempo tomei minha pena por uma espada: agora, conheço nossa impotência. Não importa: faço e farei livros; são necessários; sempre servem, apesar de tudo. A cultura não salva nada nem ninguém, ela não justifica. Mas é um produto do homem: ele se projeta, se reconhece nela; só este espelho crítico lhe oferece a própria imagem."

Jean Paul Sartre

quarta-feira, 13 de maio de 2015


de Ricardo Costa Oliveira


"O diálogo entre o Senador Caiado e o Jurista Fachin representa o encontro entre dois tipos de ser interior do Brasil. Duas camadas demográficas, étnicas, sociais, culturais, políticas e históricas. A família Caiado de Goiás representa a nossa tradição antiga e arcaica da conquista, colonização e povoamento dos sertões, no caso das oligarquias de Goiás. Grupo de quem tem genealogia antiga e estabelecida no Brasil. Gente com conexões estatais de longa duração, gente presente nas capitais regionais e nacionais, como o Rio de Janeiro e Brasília. Eu também pertenço ao mesmo grupo social arcaico e entendo como poucos sociólogos a este grupo social, que é uma antiga classe social histórica. Somos a gente que chegou de Portugal no Brasil Colonial, gente que foi escravista, ou conviveu com as fazendas escravistas e a formação inicial do Brasil. Fachin já é um produto da imigração europeia vinda muito depois da Independência, gente inicialmente formada por pequenos agricultores, trabalhadores, ou gente convivendo com o seu trabalho braçal, nas condições de pobreza e que somente o duro estudo possibilitou o ingresso nas condições e instituições superiores, instâncias em que o grupo anterior foi fundador e sempre esteve bem instalado, com vantagens, privilégios e formas múltiplas de nepotismo. O grande desafio do Brasil do século XXI é completar a transição para a plena modernidade e cidadania. Somente com o apoio, a colaboração e a soma de indivíduos "rebeldes" e quadros críticos das velhas famílias brasileiras poderá este avanço ser completado e consolidado, junto com os novos emergentes da classe trabalhadora, da imigração europeia, os afrobrasileiros, os mestiços, os índios a finalmente serem plenamente incorporados em uma moderna República Brasileira de todos."

segunda-feira, 11 de maio de 2015

Humo


William Faulkner

Anselm Holland llegó a Jefferson hace muchos años. De dónde, nadie lo sabía. Pero era joven entonces, y un hombre de variados recursos, o por lo menos, de presencia, porque antes de que hubieran transcurrido tres años estaba casado con la única hija de un hombre que poseía dos mil acres de las mejores tierras del distrito, y fue a vivir en la casa de su suegro, donde dos años más tarde su mujer le dio dos hijos, y donde a los pocos años murió aquel, dejando a Holland en total posesión de la propiedad, que estaba a la sazón a nombre de su mujer. Pero aun antes del hecho, los de Jefferson lo habíamos oído aludir, en tono algo más alto de lo conveniente, a "mi tierra, mi cosecha"; y aquellos de nosotros cuyos padres y abuelos se habían criado en el lugar lo mirábamos con cierta frialdad y recelo, como a un hombre sin escrúpulos, además de violento, según rumores oídos entre los colonos blancos y negros y entre otros con quienes había tenido algún trato. Pero por consideración a su mujer y por respeto a su suegro, siempre lo tratamos con cortesía, ya que no con afecto. Así, pues, cuando ella murió, siendo los mellizos todavía niños, consideramos que él era el responsable, y que la vida de la pobre se había agostado frente a la torpe violencia de aquel forastero ignorante. Y cuando sus hijos llegaron a la edad adulta, y primero uno y luego el otro dejaron para siempre el hogar, no nos sorprendimos. Por fin, cuando un día, hace seis, Holland fue hallado muerto, un pie trabado en uno de los estribos del caballo ensillado que acostumbraba cabalgar, y el cuerpo horriblemente destrozado, porque, aparentemente, el animal lo había arrastrado a través del cerco de palos, y eran todavía visibles, en el lomo y en los flancos del caballo, las marcas de los golpes que le había dado en uno de sus accesos de ira, ninguno de nosotros lo lamentó, por cuanto poco tiempo atrás había cometido un acto que, para los hombres de nuestro pueblo, nuestra época y nuestras creencias, era el más imperdonable de los ultrajes.

El día en que murió, se supo que había estado profanando las tumbas de la familia de su mujer; y aun la de ella, donde descansaba desde hacía treinta años. De esta suerte, aquel viejo trastornado y carcomido por el odio fue enterrado entre las tumbas que había intentado violar, y a su debido tiempo se presentó el testamento para su legalización. Nos enteramos de la esencia del testamento sin sorpresa alguna. No nos sorprendió saber que aun después de muerto, Holland había asestado un último golpe a los únicos a quienes podía herir y ofender: a su carne y su sangre que le sobrevivía.

En la época de la muerte de su padre, los mellizos tenían cuarenta años. El menor, el joven Anse, como lo llamaban, había sido, según decían, el predilecto de la madre, quizás por ser el más parecido al padre. Sea como fuere, desde que ella murió, siendo los mellizos casi niños, siempre teníamos noticias de dificultades entre el viejo y el joven Anse, con Virginius, el otro mellizo, actuando como mediador y recibiendo en pago de sus afanes las maldiciones de padre y hermano. Virginius era así. El joven Anse también tenía sus cosas, y poco antes de cumplir veinte años huyó de la casa paterna y no volvió en diez años. Cuando volvió, él y su hermano eran mayores de edad, y Anse, a fin de recibir su parte, solicitó formalmente a su padre la división de las tierras que, según se enteraba ahora, este tenía solamente en custodia. El viejo Anselm rehusó violentamente. Sin duda, la solicitud había sido hecha con igual violencia, ya que ambos, el viejo y el joven Anse, eran tan parecidos. Oímos decir que, por extraño que parezca, Virginius se había puesto de parte de su padre. Lo oímos decir, eso es todo. Pero la tierra quedó intacta; y oímos decir cómo, en una escena de violencia inusitada aun para ellos, una escena de tal violencia que los sirvientes negros huyeron de la casa y se dispersaron hasta la mañana siguiente, el joven Anse partió, llevando consigo el par de mulas que le pertenecía; y desde aquel día hasta el día de la muerte de su padre, aun después de que Virginius se viera a su vez obligado a abandonar el hogar paterno, Anse no volvió a hablar a su padre y a su hermano. Pero esta vez no salió del distrito, sin embargo. Se trasladó simplemente a las colinas, desde donde "podía ver qué hacían el viejo y Virginius" (según decíamos algunos de nosotros y lo pensaban todos). Y durante los quince años siguientes vivió solo en una choza de dos habitaciones, como un ermitaño, preparando sus comidas y yendo al pueblo con su par de mulas no más de cuatro veces por año. Algún tiempo antes lo habían arrestado y juzgado por destilar whisky. No se defendió, se negó a alegar en contra o en favor de la acusación; se le impuso una multa tanto por su delito como por haber desafiado a la justicia; y cuando Virginius se ofreció a pagarla, tuvo un acceso de ira exactamente igual a los de su padre. Trató de agredir a Virginius en la sala de audiencias, y por propia solicitud fue a la penitenciaría; lo indultaron ocho meses más tarde por su buen comportamiento, y volvió a su choza ese hombre moreno, silencioso, de rasgos aquilinos, a quien tanto vecinos como extraños dejaban severamente solo.

El otro mellizo, Virginius, permaneció en la propiedad, cultivando las tierras a las cuales su padre nunca había hecho justicia mientras vivió. Se decía, en verdad, que el viejo Anse, viniera de donde viniese y como quiera que hubiese sido educado, no lo había sido para agricultor. En vista de ello, solíamos decirnos, convencidos de estar en lo cierto: "Esa es la dificultad entre él y el joven Anse: ver a su padre maltratar la tierra que su madre había destinado para él y Virginius." Pero Virginius se quedó. Sin embargo, no podía pasar una vida muy agradable. Más tarde comentamos que Virginius debió prever que semejante arreglo no perduraría. Y aun más tarde dijimos: "Quizás lo sabía en realidad." Porque así era Virginius. Nunca se sabía, en ningún momento, en qué estaba pensando. El viejo y el joven Anse eran como el agua. Agua turbia, tal vez; pero todos conocían sus intenciones. En cambio, nadie sabía de antemano en qué pensaba o qué haría Virginius. No sabíamos siquiera qué había ocurrido en aquella oportunidad en que Virginius, que lo soportaba todo solo, mientras el joven Anse estuvo lejos, fue por fin expulsado del hogar. No lo dijo a nadie, probablemente ni a Granby Dodge. Pero conocíamos al viejo Anse y también a Virginius, de modo que podíamos imaginar algo como lo que sigue:

Durante el año siguiente a la partida del joven Anse con sus dos mulas hacia las colinas, contemplamos la furia del viejo Anse. Por fin un día se produjo el estallido. Probablemente, de la siguiente manera:

-Crees que ahora que se ha ido tu hermano podrás quedarte simplemente, y guardártelo todo, ¿no?

-No quiero todo -habría dicho Virginius-. Solo quiero mi parte.

-¡Ah! Querrías que se dividiese ahora mismo, ¿no? ¡Recriminarme, como él, porque no se hubiese dividido cuando ustedes fueron mayores de edad!

-Preferiría tener una pequeña parte de la tierra y explotarla bien, a verla como está ahora -habría respondido Virginius, siempre ecuánime, siempre sereno; pues nadie en el distrito vio nunca a Virginius perder la compostura, o siquiera alterarse, ni aun cuando Anse intentó agredirlo en la sala de audiencias, en oportunidad de aquella multa.

-Querrías eso, ¿no? Aunque haya sido yo quien la ha mantenido todos estos años, pagando los impuestos, mientras tú y tu hermano ahorraban dinero año tras año, libres de impuestos.

-Sabes muy bien que Anse nunca ahorró nada en toda su vida -decía Virginius-. Di lo que quieras de él, pero no lo acuses de avaricia.

-¡Tienes razón! Fue bastante hombre como para venir aquí y exigirme lo que consideraba suyo, y para irse cuando no lo obtuvo. En cambio tú... tú te quedas aquí, esperando que me muera, con esa maldita boca de aserrín que tienes. Págame los impuestos de tu mitad desde el día que murió tu madre, y es tuya.

-No -decía Virginius-. No pagaré.

-No. Naturalmente que no. ¿Para qué gastar tu dinero en la mitad de la tierra cuando algún día la tendrás toda sin poner un centavo?

A continuación veíamos mentalmente al viejo Anse, con su cabeza hirsuta y sus pobladas cejas, poniéndose bruscamente de pie, pues hasta ahora los habíamos imaginado conversando sentados, como dos hombres civilizados.

-¡Vete de mi casa! -y Virginius, sin moverse, de pie, observaba a su padre, mientras el viejo Anse iba hacia él con el puño levantado-. ¡Vete! ¡Fuera de mi casa! ¡Mira que te...!

Y entonces Virginius se fue. No se apresuró, ni corrió. Preparó todo lo que le pertenecía, mucho más de lo que llevara Anse. Bastantes cosas; y partió a cuatro o cinco millas de distancia, a vivir con un primo, hijo de una parienta lejana de su madre. El primo vivía solo, y en una buena granja, aunque abrumada de hipotecas; pues tampoco él era agricultor, sino mitad comerciante de caballos y mulas y mitad predicador; un hombre pequeño, rubio, sin ningún rasgo definido, a quien nadie podría recordar un minuto después de haber dejado de mirarlo, y probablemente no más eficiente en esas sus actividades que en la agricultura. Sin prisa se fue, pues, Virginius, y sin la inmensa y violenta decisión de su hermano; pero, por extraño que parezca, aunque fuera violento y lo mostrara, no teníamos en menos al joven Anse. En realidad, siempre miramos también a Virginius con cierta desconfianza; tenía demasiado dominio de sí mismo. Y es propio de la naturaleza humana confiar antes en quienes no saben depender de sí mismos.

Llamábamos a Virginius hombre reconcentrado; no nos sorprendió, pues, enterarnos de la forma en que había usado sus ahorros para levantar la hipoteca de la granja de su primo. Tampoco nos sorprendió cuando, un año más tarde, supimos que el viejo Anse se negaba a pagar los impuestos sobre su tierra y que, dos días antes de expirar el plazo, el oficial de justicia había recibido por correo y en forma anónima una suma en efectivo que saldaba la deuda de Holland hasta el último centavo.

-¡Siempre este Virginius! -dijimos, puesto que, según creíamos, el dinero no necesitaba ir acompañado por el nombre del remitente. El oficial de justicia había notificado al viejo Anse.

-¡Sáquela a la venta y váyase al diablo! -dijo el viejo Anse-. ¡Si cree que solo tiene que sentarse a esperar, esa maldita cría que tengo...!

El oficial hizo avisar al joven Anse.

-La tierra no es mía -repuso este.

A continuación notificó a Virginius, y este vino al pueblo y examinó las planillas de impuestos con sus propios ojos.

-Traigo todo aquello de que puedo disponer en este momento -dijo-. Por supuesto, si él la abandona, espero poder obtenerla. Pero, no sé. Una buena granja como esa no durará mucho ni se desvalorizará.

Y eso fue todo. Ni enojo, ni asombro, ni sentimiento. Pero Virginius era muy reconcentrado; no nos sorprendimos al saber que el oficial de justicia había recibido un paquete de dinero con la siguiente nota anónima: Importe de los impuestos de la granja de Anselm Holland. Enviar recibos a Anselm Holland, padre.

-¡Este Virginius...! -comentamos. Durante el año siguiente pensamos mucho en Virginius, solo en una granja ajena, cultivando tierras ajenas, contemplando la ruina progresiva de la granja y de la casa donde había nacido y que por derecho eran suyas. En efecto, el viejo las estaba abandonando totalmente, ahora: año tras año los anchos campos se cubrían otra vez de maleza y de zanjas, a pesar de que cada año el oficial de justicia recibía invariablemente aquel dinero anónimo y enviaba el recibo al viejo Anse; porque ya este había dejado de venir al pueblo, la casa misma se derrumbaba sobre su cabeza, y nadie, salvo Virginius, se detenía ya frente a ella. Cinco o seis veces por año Virginius solía llegar cabalgando hasta la galería del frente, y el viejo salía y le gritaba salvajes y violentos improperios, mientras Virginius permanecía tranquilo, conversando con los pocos negros que quedaban; y luego de comprobar con sus propios ojos que su padre estaba bien, se alejaba nuevamente. Pero nadie más se detenía allí, a pesar de que, de vez en cuando, desde lejos, alguien veía al viejo recorriendo los campos desolados y cubiertos de maleza, en el viejo caballo blanco que habría de matarlo.

Por fin, el verano pasado nos enteramos de que estaba excavando las tumbas en el bosquecillo de cedros donde descansaban cinco generaciones de familiares de su mujer. Un negro mencionó el hecho, y el funcionario de sanidad del distrito fue hacia allí y halló el caballo blanco atado a un árbol, y al viejo saliendo del bosquecillo con una escopeta. El funcionario regresó, y dos días más tarde un oficial de la policía fue a su vez y halló al viejo tendido junto al caballo, un pie trabado en el estribo, y sobre el anca del animal las marcas terribles del palo; no una correa, sino un palo, con que lo había golpeado una y otra vez.

Lo enterraron entre las tumbas que profanó. Virginius y su primo asistieron al entierro. En realidad, formaban toda la concurrencia, porque el joven Anse no estuvo presente. Ni tampoco se acercó al lugar, a pesar de que Virginius permaneció en la casa el tiempo suficiente para cerrarla y despedir a los negros. Después regresó a casa de su primo, y oportunamente se presentó el testamento del viejo Anse al juez Dukinfield para su legalización. La esencia del testamento no era un secreto para nadie: todos nos enteramos de ella. Todo estaba en regla, y no nos sorprendió su regularidad, su contenido, ni su expresión... con excepción de aquellos dos legados: ...dejo y confiero mi propiedad a mi hijo mayor Virginius, siempre que pruebe a satisfacción del magistrado... que fue el antedicho Virginius quien ha estado pagando los impuestos de mis tierras... debiendo ser el magistrado el juez exclusivo e indisputado de dicha prueba.

Los otros dos legados eran:

A mi hijo menor Ame... dejo dos juegos completos de arneses para mulas... con la condición de que Amelm utilice estos arneses para hacer una visita a mi tumba. De lo contrario, dichos arneses pasarán definitivamente a formar parte... de mis bienes, arriba señalados.

A mi primo político Granby Dodge dejo... un dólar en efectivo que deberá utilizar para la compra de un libro o libros de himnos religiosos, como testimonio de mi gratitud por haber alimentado y alojado a mi hijo Virginius desde que... Virginius abandonó mi techo.

Este era el testamento. Y nos mantuvimos a la expectativa para ver u oír qué haría o diría el joven Anse. No vimos ni oímos nada. Luego esperamos ver qué haría Virginius. Y este tampoco hizo nada. No sabíamos, en fin, qué hacía ni qué pensaba. Pero Virginius era así. De todas maneras, todo había terminado. Todo lo que debía hacerse era esperar que el juez Dukinfield legalizase el testamento. Luego Virginius entregaría a Anse su mitad, si en verdad pensaba hacerlo. Sobre este punto las opiniones divergían. "Él y Anse nunca tuvieron diferencias", decían algunos. "Virginius nunca tuvo dificultades con nadie", decían otros. "Si te apoyas en eso, tendría que dividir la granja con todo el distrito." "Pero fue Virginius quien quiso pagar la multa que…", decían los primeros. "También fue Virginius quien se puso de parte de su padre cuando el joven Anse pidió la división de la tierra", argumentaban los segundos.

Así, pues, esperamos y observamos. Ahora observábamos, asimismo, al juez Dukinfield: de pronto, fue como si todo el asunto estuviese en sus manos, como si estuviese sentado como un dios sobre la risa vengativa y burlona de aquel viejo que aun después de muerto y enterrado se resistía a morir, y sobre aquellos dos hermanos irreconciliables que durante quince años parecían haber estado muertos el uno para el otro. No obstante ello, pensábamos que, en su último golpe, el viejo Anse había desvirtuado sus fines; que al designar al juez Dukinfield, la furia de Holland lo había derrotado porque en la persona del juez Dukinfield considerábamos que el viejo Anse había elegido al único entre todos nosotros con probidad, honor y sentido común suficientes; con ese tipo de honor y sentido común que nunca ha tenido tiempo de confundirse ni dudar de sí mismo por excesivo conocimiento de la ley. El hecho mismo de que la legalización de un documento tan sencillo le llevase aparentemente tanto tiempo era para nosotros prueba adicional de que el juez Dukinfield era el único entre todos que creía que la justicia es cincuenta por ciento de conocimiento legal y cincuenta por ciento de serenidad y de confianza en sí mismo y en Dios.

A medida que se aproximaba el fin del plazo legal, observábamos al juez Dukinfield recorrer diariamente el trayecto entre su casa y su oficina, situada en el Ayuntamiento. Se movía lentamente, sin prisa, aquel viudo de sesenta años o más, majestuoso, de cabellos blancos, con ese porte erguido y altivo que los negros llaman "echado para atrás".

Poseía pocos conocimientos de la ley y un sólido sentido común; durante trece años y hasta la fecha no había tenido contrincantes para las elecciones; y aun aquellos que más se enfurecían por su aire de condescendencia serena y afable votaban por él cuando llegaba la ocasión, con una especie de confianza y fe infantiles. Lo observábamos, por lo tanto, con impaciencia, sabiendo que lo que hiciera finalmente estaría bien, no porque lo hiciera él, sino porque nunca permitiría a nadie, ni a sí mismo, hacer nada hasta que estuviera bien. Y todas las mañanas lo veíamos cruzar la plaza a las ocho y diez exactamente, y entrar en el edificio donde estaba su oficina, en la cual su sirviente negro lo había precedido exactamente diez minutos antes, con la precisión cronométrica con que la señal anuncia la llegada de un tren, a fin de abrir la oficina para la jornada. El juez entraba en la oficina, y el negro ocupaba una vez más su sitio en una silla de tijera remendada con alambre, en el corredor embaldosado que separaba la oficina del resto del edificio, y allí permanecía sentado, dormitando, todo el día, como lo hiciera durante diecisiete años. Luego, a las cinco de la tarde, el negro se despertaba y entraba en la oficina, quizás para despertar al juez, quien había vivido lo suficiente para saber que el apremio de cualquier actividad existe tan solo en la mente de ciertos teóricos que no tienen actividades propias; finalmente, veíamos a ambos cruzando la plaza, en fila india, siguiendo la calle que conducía a su casa; los dos con la mirada al frente, y separados unos metros, caminando tan erguidos que las dos levitas confeccionadas por el mismo sastre a la medida del juez caían de los dos pares de hombros en un solo plano, como una tabla, sin insinuación de cintura ni caderas.

Una tarde, poco después de las cinco, la gente empezó de pronto a correr a través de la plaza en dirección al Ayuntamiento. Otras personas vieron esto y corrieron a su vez, con sus pesados pasos resonantes sobre el pavimento, entre carros y automóviles, las voces tensas, insistentes: ¿Qué? ¿Qué pasa...? ¡El juez Dukinfield!, corría la voz; y todos siguieron corriendo hasta llegar al corredor embaldosado entre el edificio y la oficina, donde el viejo negro, con su casaca heredada, estaba de pie agitando las manos en el aire. Pasaron junto a él y entraron rápidamente en la oficina. Detrás de su mesa estaba sentado el juez, echado algo hacia atrás en su asiento, muy cómodo. Tenía los ojos abiertos y un balazo exactamente sobre el puente de la nariz, de modo que parecía tener tres ojos en hilera. Era un balazo, sí, pero a pesar de ello nadie había oído ningún ruido en todo el día: ni la gente en la plaza, ni el viejo negro sentado en su silla en el corredor.

Aquel día Gavin Stevens estuvo ocupado mucho tiempo: Gavin, con su pequeña caja de bronce. En efecto, al principio el jurado no comprendía adónde quería llegar; si en verdad había en el recinto quien lo comprendiera, entre el jurado, los dos hermanos, el primo y el viejo negro. Por fin, el presidente del jurado le preguntó inopinadamente:

-¿Afirma usted, señor Gavin, que hay una conexión entre el testamento del señor Holland y el asesinato del juez Dukinfield?

-Sí -repuso el fiscal del distrito-. Y afirmaré más que eso.

Todos se miraron: el jurado, los dos hermanos. Solo el viejo negro y el primo no levantaron la cabeza. En la última semana el negro había envejecido aparentemente cincuenta años. Su función pública databa del mismo día que la del juez; en verdad, era consecuencia del nombramiento del juez, a quien había servido durante tanto tiempo, que ya nadie recordaba cuánto. Era mayor que el juez, si bien hasta aquella tarde de una semana atrás siempre aparentó tener cuarenta años menos: una figura esmirriada, deforme con su voluminosa levita, que llegaba a la oficina diez minutos antes que el juez, y la abría y barría y quitaba el polvo de la mesa de trabajo sin mover un solo objeto, con experta prolijidad, fruto de diecisiete años de práctica, y por fin se instalaba a dormitar en la silla remendada con alambre en medio del corredor. Aparentaba dormir, en realidad. La otra forma de llegar a la oficina era por la estrecha escalera privada que comunicaba con la sala de audiencias, utilizada solamente por el juez cuando presidía el tribunal durante el período de sesiones. Aun entonces debía cruzar el corredor y pasar a menos de dos metros de la silla del negro, a menos que siguiese el corredor hasta donde formaba una L, debajo de la única ventana de la oficina, y trepase por ella. En realidad, ningún hombre ni mujer había pasado nunca cerca de aquella silla sin ver abrirse instantáneamente los rugosos párpados del negro, y descubrir los ojos castaños sin iris, propios de la vejez. De vez en cuando nos deteníamos a conversar con él, para oír su voz, vertida en la elocuente pero defectuosa pronunciación de la fraseología legal, rotunda, sin sentido, que había adquirido inconscientemente, como quien recoge gérmenes de enfermedades, y que reproducía con aquella profundidad ex cathedra que, a más de uno de nosotros, nos hacía escuchar al juez con afectuoso regocijo. Pero a pesar de todo era muy viejo; a veces olvidaba nuestros nombres y nos confundía mutuamente; y al confundir nuestros rostros y también nuestras generaciones, solía despertar de su ligero sueño para llamar a visitantes que no estaban presentes, que habían muerto hacía muchos años. Aun así, no se sabía de nadie que hubiese logrado pasar inadvertido junto a él.

Pero el resto de los presentes observaba a Stevens: el jurado cerca de la mesa, los dos hermanos sentados en los extremos opuestos del banco, con sus rostros morenos, aquilinos, idénticos, los brazos cruzados en gestos idénticos.

-¿Afirma usted que el asesino del juez Dukinfield está presente? -preguntó el presidente del jurado.

El fiscal del distrito miró a todos los rostros que lo contemplaban.

-Estoy dispuesto a afirmar más que eso -dijo.

-¿Afirmar? -repitió Anselm, el mellizo más joven. Estaba sentado solo, en un extremo del banco, con toda la extensión de este entre él y su hermano, a quien no había dirigido la palabra en quince años, mientras observaba a Stevens con una mirada dura, furiosa, sin pestañear.

-Sí -dijo Stevens.

De pie junto a un extremo de la mesa, comenzó a hablar, sin dirigirse a nadie en particular, con un tono ligero y anecdótico, refiriendo lo que ya sabíamos, y dirigiéndose de vez en cuando al otro mellizo, Virginius, como buscando corroboración. Habló acerca del joven Anse y su padre. Su tono era imparcial y agradable. Parecía estar preparando la defensa de los sobrevivientes. Relató cómo el joven Anse había abandonado el hogar en medio de una disputa, enojado, con un enojo natural frente a la forma en que su padre trataba la tierra que había sido de su madre y cuya mitad era en aquel momento legítimamente suya. Su tono era tranquilo, conciso, sincero; en todo caso, levemente parcial hacia el joven Anselm; eso es. Debido a esta aparente parcialidad, comenzó a surgir una imagen del joven Anselm que lo condenaba por algo a la sazón ignorado; lo condenaba en virtud de aquel mismo deseo de justicia y de aquel afecto por su difunta madre, malogrado por la violencia heredada del mismo ser que lo había agraviado. Y allí estaban sentados los dos hermanos, con un espacio de tabla, gastada por el uso, entre ellos; el menor, contemplando a Stevens con aquella mirada reprimida, intensa; el mayor, con igual intensidad, pero el rostro inescrutable. A continuación Stevens contó cómo el joven Anselm, enojado, había abandonado el hogar, y cómo, un año más tarde, Virginius, el más tranquilo, el que siempre trataba de mantener la paz entre ellos, había sido expulsado a su vez. Y nuevamente pintó Stevens un cuadro plausible y franco de los dos hermanos separados no por el padre vivo, sino por lo que cada uno había heredado de él, y atraídos, alimentados, por aquella tierra que no solo era legítimamente suya, sino donde además yacían los huesos de la madre.

-Y allí estaban ambos -prosiguió diciendo Stevens contemplando desde lejos la ruina gradual de aquellas buenas tierras, el derrumbe de la casa donde nacieron y donde nació su madre, por culpa de un viejo trastornado que, no pudiendo hacerles otra cosa, había intentado al fin privarlos definitivamente de su patrimonio, negándose a pagar los impuestos y exponiendo la propiedad a la subasta. Pero alguien lo derrotó en este punto; alguien con previsión y dominio de sí mismo suficientes como para callar acerca de algo que, de todos modos, a nadie incumbía, en tanto se pagasen los impuestos. Así, pues, todo lo que debió hacer fue esperar hasta que muriese el viejo. Era viejo, no hay que olvidarlo. Y aun cuando hubiese sido joven, la espera no habría sido dura para un hombre con dominio de sí mismo. Lo habría sido, en cambio, para un hombre violento y rápido de genio, especialmente si ocurría que aquel hombre violento conocía o sospechaba la esencia del testamento, y estaba además convencido, más aún, seguro, de haber sido irrevocablemente agraviado y despojado de su ciudadanía y su buen nombre por quien ya le había robado sus bienes, obligándolo a vivir como un ermitaño en una choza entre los montes. Un hombre así no habría tenido tiempo ni inclinación para preocuparse mucho, ni para esperar o dejar de esperar algo.

Los dos hermanos lo miraron. Parecían tallados en piedra, salvo los ojos de Anselm. Stevens hablaba serenamente, sin dirigirse a nadie en particular. Había sido fiscal del distrito tanto tiempo como el juez Dukinfield fuera magistrado. Era egresado de Harvard: un hombre desgarbado, con una mata de rebeldes cabellos de color gris acero, capaz de discutir la teoría de Einstein con profesores universitarios y de pasar tardes enteras entre los hombres que se instalaban junto a los rincones del almacén de ramos generales, conversando en el mismo idioma de ellos. Llamaba a esto sus vacaciones.

-Luego murió el padre, como lo habría previsto cualquier hombre poseedor de previsión y dominio de sí mismo. Y se presentó su testamento para su legalización, y hasta los habitantes de las colinas más apartadas se enteraron de su contenido: se enteraron de cómo, por fin, aquella tierra maltratada pasaría a su legítimo dueño o dueños; pues Anse Holland sabe tan bien como todos nosotros que Virge nunca aceptaría ahora más de la mitad que le corresponde, con o sin testamento; como no lo aceptó cuando su padre le dio oportunidad para ello. Porque si bien ambos eran hijos de Anselm Holland, también lo eran de Cornelia Mardis. Pero aunque Anselm no supiese ni creyese esto, habría sabido que la tierra que había sido de su madre y en la cual yacían sus huesos sería bien tratada ahora. Por ello, quizás, la noche en que se enteró de la muerte de su padre, quizás por primera vez desde niño, desde antes de morir su madre tal vez, cuando ella subía a su habitación durante la noche, lo miraba mientras dormía, y se retiraba luego nuevamente, quizás por primera vez desde entonces, Anse durmió. Todo estaba vengado ahora: el ultraje, la injusticia, el buen nombre perdido, y la mancha de su condena, todo había pasado como en un sueño. Un sueño que era menester olvidar ahora, porque todo estaba bien. Para aquella época, como imaginarán ustedes, Anse estaba ya habituado a ser un ermitaño, a vivir solo; no podría cambiar al cabo de tanto tiempo. Vivía más feliz donde estaba, solo en aquel paraje alejado. Le bastaba saber que todo yacía en el pasado como un mal sueño, y que la tierra, la tierra de su madre, su patrimonio y su mausoleo, estaban ahora en manos del único hombre en quien podía confiar, y confiaría, aun cuando no se hablaran entre ellos. ¿Comprenden?

Lo miramos, sentados en torno de la mesa, intacta desde que murió el juez Dukinfield, sobre la cual estaban todavía los objetos que, aparte del cañón de la pistola, había contemplado en sus últimos instantes; los cuales nos eran a todos familiares desde hacía muchos años: los papeles, el tintero sucio, la lapicera roída a la cual se aferrara el juez, la pequeña caja de bronce que fue su superfluo pisapapeles. Desde sus extremos opuestos en el banco, los mellizos observaban a Stevens, inmóviles, absortos.

-No, no comprendemos -dijo el presidente del jurado-. ¿Adónde quiere ir a parar? ¿Qué relación tiene todo esto con el juez Dukinfield?

-Lo siguiente: el juez Dukinfield debía legalizar el testamento, y entonces fue asesinado. Era un testamento extraño; pero todos esperábamos eso del señor Holland. Todo estaba en regla, y los herederos satisfechos; todos sabemos que la mitad de la tierra es de Anse en el momento en que la solicite. Así, pues, el testamento está bien. Su legalización debió ser una simple formalidad. A pesar de ello, el juez Dukinfield pospuso su decisión durante más de dos semanas, y entonces se produjo su muerte. Y así el hombre que creyó que todo lo que debía hacer era esperar...

-¿Qué hombre? -preguntó el presidente.

-Espere -dijo Stevens-. Todo lo que debía hacer el hombre era esperar. Pero no era la espera lo que preocupaba a quien había esperado ya quince años. Era algo más, que descubrió, o recordó, demasiado tarde. Algo que nunca debió haber olvidado, porque se trata de un hombre perspicaz, un hombre con dominio de sí mismo y previsión; un hombre con suficiente dominio como para esperar su oportunidad durante diez años, y con previsión suficiente como para haber previsto todas las contingencias, salvo una: su propia memoria. Y cuando era demasiado tarde, recordó que otro hombre sabía también lo que él había olvidado. Y este hombre que también lo sabía era el juez Dukinfield, y lo que el juez sabía era que aquel caballo nunca pudo haber matado al señor Holland.

Cuando calló la voz de Stevens, no se oyó un rumor en la sala. El jurado seguía sentado en torno de la mesa, los ojos fijos en Stevens. Anselm volvió su rostro hosco y torturado, miró a su hermano, y luego a Stevens nuevamente, y se inclinó hacia adelante. Virginius no se había movido, ni se observaba ningún cambio en su expresión grave, absorta. Entre él y la pared estaba sentado el primo, con las manos sobre las rodillas y la cabeza baja, como si estuviese en la iglesia. Solo sabíamos de él que era una especie de predicador ambulante, y que, de vez en cuando, reunía tropillas de mulas y caballos estropeados y los llevaba a alguna parte para venderlos o cambiarlos. Como era hombre de pocas palabras, que en su trato con los hombres evidenciaba una timidez y falta de confianza lamentables, lo compadecíamos con esa especie de disgusto compasivo que inspira un gusano maltrecho, y hasta nos resistíamos a someterlo a la agonía de responder afirmativa o negativamente a una pregunta. No obstante ello, habíamos oído decir que los domingos, en el púlpito de las iglesias rurales, se transformaba en otro hombre, cambiaba; su voz era entonces bien timbrada, conmovedora y firme, y fuera de toda proporción con sus características y actitud habituales.

-Ahora imaginen ustedes la espera -dijo Stevens- con este hombre sabedor de lo que ocurriría antes de que hubiese ocurrido, sabedor por fin de que la razón por la cual nada había ocurrido, por la que el testamento había desaparecido aparentemente de este mundo y del conocimiento de los hombres, era su olvido de algo que nunca debió olvidar. Y ello era que el juez Dukinfield sabía que el señor Holland no era quien había golpeado al caballo. Sabía que el juez Dukinfield sabía que el hombre que había golpeado al caballo con el palo hasta dejar marcas en su lomo era el hombre que primero mató al señor Holland, y luego trabó su pie en uno de los estribos y golpeó al caballo con el palo para que se espantase. Pero el caballo no se espantó; el hombre lo sabía de antemano, lo sabía desde hacía años, pero lo había olvidado. Porque cuando aquel animal era todavía un potrillo lo castigaron tan severamente en una oportunidad, que desde entonces, al ver simplemente una correa en manos del jinete, se echaba al suelo, como bien lo sabía el señor Holland y como lo sabían los más allegados a la familia. El caballo se echó, pues, simplemente sobre el cuerpo del señor Holland. Y al principio, eso vino muy bien. Es lo que creyó el hombre durante una o dos semanas, acostado de noche en su cama y esperando, luego de haber esperado quince años. Porque era entonces, cuando era ya demasiado tarde y adivinó haber cometido un error, no recordó tampoco lo que nunca debió haber olvidado. Y recordó esto por fin, cuando era demasiado tarde, una vez descubiertos el cadáver y las marcas del palo sobre el caballo, marcas que fueron objeto de comentarios, y era demasiado tarde para borrarlas. Probablemente habían desaparecido ya para esa fecha, de todos modos. En cambio, tenía solo un instrumento para borrarlas de la memoria de la gente. Imaginemos, pues, a este hombre; su terror, su furia, su sensación de haber sido objeto de una treta para la que no había represalias: ese furioso deseo de hacer retroceder el tiempo un minuto siquiera, para deshacer o completar algo cuando es ya demasiado tarde. Porque lo último que recordó cuando era ya demasiado tarde fue que el señor Holland había adquirido el caballo del juez Dukinfield, del hombre que estaba sentado en un estrado, dispuesto a decidir la validez del testamento por el cual se conferían dos mil acres de las mejores tierras del distrito. Y esperó, puesto que disponía de un solo instrumento para borrar las marcas, y no ocurrió nada. No ocurrió nada, y él sabía por qué. Y esperó tanto como se atrevía a esperar, hasta llegar a la conclusión de que estaba en juego algo más que unas cuantas varas y acres de tierra. En consecuencia, ¿qué otra cosa pudo hacer que lo que hizo?

Apenas cesó de oírse la voz, cuando habló Anselm. Su voz era áspera, hostil.

-Está equivocado -dijo.

Como una sola persona, todos lo miramos: inclinado sobre el banco, con las botas embarradas y las raídas ropas de trabajo, miraba a Stevens. Hasta Virginius se volvió y lo miró un instante. Solo el primo y e! viejo negro no se movieron. Aparentemente no prestaban atención.

-¿En qué estoy equivocado? -preguntó Stevens. Anselm no repuso. Miró a Stevens con odio.

-¿Le corresponderá la propiedad a Virginius si... si...?

-¿Si qué? -repitió Stevens.

-Si... él...

-¿Si él... hubiera sido asesinado?

-Sí.

-Sí. Usted y Virginius recibirán la tierra sea o no válido el testamento, siempre que Virginius la divida con usted. Pero el hombre que mató a su padre no estaba seguro de ello, y no se atrevía a averiguarlo. Porque no deseaba esa solución. Quería que Virginius la tuviese toda. Por ello deseaba que el testamento fuese legalizado.

-Está equivocado -dijo Anselm, con su tono áspero y brusco-. Yo lo maté. Pero no fue por la maldita tierra. Ahora, llame al sheriff.

Y entonces fue Stevens quien, mirando fijamente el rostro furioso de Anselm, dijo en voz baja:

-Y yo afirmo que es usted quien se equivoca, Anse.

Durante unos instantes los que observábamos y escuchábamos permanecimos, en medio de esta inesperada revelación, en un estado de ensueño en el que se nos antojaba saber de antemano qué ocurriría, y conscientes a la vez de que no tenía importancia, porque pronto nos despertaríamos. Era como si estuviésemos fuera del tiempo, contemplando los acontecimientos desde afuera, siempre afuera y más allá del tiempo, desde aquel primer instante en que miramos nuevamente a Anselm como si no lo hubiéramos visto nunca. Se oyó un rumor, un rumor leve como un suspiro, un susurro, quizás de alivio: algo, en fin. Tal vez todos estábamos pensando que por fin había terminado la pesadilla de Anselm; era como si también nosotros hubiésemos retrocedido de pronto al punto donde, niño una vez más, Anselm estaba en la cama, y su madre, quien, según decían, lo prefería, cuya herencia él había perdido y cuyas cenizas, largo tiempo dormidas, fueron profanadas en su lugar de reposo, entrase una vez más a contemplarlo antes de partir de nuevo. Muy lejos estaba aquello en aquel tiempo, pero el camino era recto. Y recto como era este camino del tiempo, el niño que durmió tranquilamente en aquella cama se había perdido en él, como nos ocurre a todos, como es inevitable que nos ocurra siempre; aquel niño estaba tan muerto como cualquier otro de su sangre en el bosquecillo de cedros profanado, y cuando mirábamos a ese hombre a través de aquel abismo insalvable, lo mirábamos con compasión, tal vez, pero no con misericordia. Por ello el sentido de las palabras de Stevens tardó tanto en penetrar en nuestras mentes como en la de Anse, y Stevens mismo debió repetir:

-Yo afirmo que está equivocado, Anse.

-¿Qué? -dijo Anse. Y entonces se movió. No se levantó, y sin embargo pareció lanzarse de pronto hacia adelante, violentamente-. ¡Miente! Usted...

-Se equivoca, Anse. Usted no mató a su padre. El hombre que mató a su padre es el hombre que pudo planear y concebir el asesinato del anciano que se sentaba aquí, detrás de esta mesa, día tras día, hasta que entraba el viejo negro, lo despertaba y le decía que era hora de regresar a casa; un hombre que nunca hizo sino bien a hombres, mujeres y niños, como él creía que Dios lo quería. No fue usted quien mató a su padre. Usted exigió de él lo que consideraba suyo; y cuando él se negó a dárselo, se fue, se alejó y nunca más le habló. Se enteró de cómo estaba maltratando la propiedad, pero no dijo nada, porque para usted era simplemente "la maldita tierra". Calló hasta que se enteró de que un hombre trastornado estaba excavando las tumbas donde reposaban la carne y la sangre de su madre y la suya propia. Entonces, solo entonces, se acercó a su padre para recriminarlo. Pero nunca sirvió usted para protestar, y él, por su parte, no era hombre de escuchar a nadie. Y lo encontró allá, en el bosquecillo, con la escopeta. Me imagino que no hizo mucho caso de ella: supongo que se la arrebató, simplemente; luego lo castigó con sus propias manos, y lo dejó junto a su caballo, creyendo tal vez que estaba muerto. Entonces ocurrió que alguien pasó por allí, una vez que usted se fue, y lo encontró; puede que ese alguien haya estado allí todo el tiempo, acechando. Alguien que también deseaba su muerte. No por enojo ni por sentimientos ultrajados, sino por cálculo, o bien por deseo de lucrarse a través de un testamento. Este hombre llegó, pues, allí y vio lo que usted había dejado, y terminó la obra: enganchó el pie de su padre en el estribo y trató de espantar al caballo golpeándolo; pero, en su apuro, olvidó lo que no debió haber olvidado nunca. No, no fue usted. Porque usted regresó a casa, y cuando se enteró de que lo habían encontrado, no dijo nada. Y en aquel momento pensó algo que no se atrevió a decirse ni usted mismo. Cuando se enteró del contenido del testamento, creyó conocer la verdad. Y se sintió satisfecho. Había vivido tanto tiempo solo, que había perdido su juventud y todo deseo de poseer bienes: solo quería vivir tranquilo, y que las cenizas de su madre reposasen en paz. Y luego, ¿qué significaban la tierra y la posición para un hombre sin ciudadanía y con un nombre deshonrado?

Escuchamos en silencio, mientras el eco de la voz de Stevens moría lentamente en los ámbitos del pequeño recinto, en el cual nunca corría una brisa ni una ráfaga de aire, debido a su posición dentro del edificio.

-No fue usted quien mató a su padre y al juez Dukinfield, Anse. Porque si el hombre que mató a su padre hubiera recordado a tiempo que en una época el juez Dukinfield fue propietario de ese caballo, el juez Dukinfield estaría vivo hoy.

Respirábamos quedo, sentados junto a la mesa detrás de la cual estuvo también sentado el juez Dukinfield cuando se vio frente al cañón de la pistola. La mesa estaba intacta. Todavía reposaban allí los papeles, la lapicera, el tintero, la pequeña caja de bronce curiosamente tallada que le trajo su hija de Europa doce años atrás; con qué objeto, ni ella ni el juez lo sabían, ya que habría servido solamente para guardar sales de baño o tabaco, y el juez no usaba ninguno de esos dos artículos. Por ello la había conservado como pisapapeles, uso también superfluo allí donde nunca soplaba una corriente de aire. Con todo, el juez la tenía sobre la mesa; todos nosotros la conocíamos y lo habíamos visto jugar con ella mientras conversaba: abriéndola y observando cómo se cerraba bruscamente la tapa de resorte al menor roce.

Cuando pienso en todo ello retrospectivamente, veo que el resto no debió llevarnos tanto tiempo. Siento ahora que debimos saberlo en seguida, y aún siento, asimismo, esa especie de disgusto sin piedad, que, después de todo, hace las veces de compasión; como cuando contemplamos un gusano blando traspasado por un alfiler y sentimos esa náusea de repulsión, mientras, como fascinados, nos disponemos a apretarlo con la palma de la mano, simplemente, pensando: "¡Vamos! Aplástalo. ¡Deshazlo de una vez!" Pero no era este el plan de Stevens. Porque tenía un plan, y más tarde nos dimos cuenta de que, no pudiendo condenar al culpable, este tendría que condenarse a sí mismo. El modo cómo lo logró fue muy tortuoso: nosotros se lo dijimos después.

-¡Ah! -dijo entonces-. ¿Acaso la justicia no es injusta siempre? ¿No se compone siempre de injusticia, suerte y lugares comunes en partes desiguales?

Sea como fuere, no advertimos en el momento adónde se dirigía, cuando comenzó a hablar nuevamente en aquel tono fácil, anecdótico, la mano apoyada ahora en la caja de bronce. Lo que ocurre es que los hombres son movidos siempre, en buena parte, por ideas preconcebidas. No son las realidades ni las circunstancias las que nos sorprenden; sino el choque de lo que debimos haber sabido, si no hubiésemos estado tan absortos en la creencia de lo que, más tarde, descubrimos haber tomado por verdad, sin otra base que el haberlo creído así en aquel momento.

Stevens estaba hablando una vez más del hábito de fumar: de cómo la gente no disfruta verdaderamente del tabaco hasta que comienza a creer que le hace daño, y cómo los no fumadores pierden una de las experiencias más gratas de la vida para un hombre sensible: la convicción de estar sucumbiendo a un vicio que solo lo puede dañar a él.

-¿Fuma usted, Anse? -preguntó.

-No -repuso este.

-Usted tampoco, ¿no, Virge?

-No -repuso Virginius-. Ninguno de nosotros fumó nunca: ni mi padre, ni Anse, ni yo. Ha de ser de familia.

-Un rasgo familiar -comentó Stevens-. ¿Aparece también en la familia de su madre? ¿En su familia, Granby?

El primo miró a Stevens durante una fracción de segundo, y aunque no se movió, pareció que se retorcía lentamente, dentro de su traje ordinario pero aliñado.

-No, señor. Yo nunca he fumado.

-Quizás por ser predicador -observó Stevens. El primo no repuso, sino que miró nuevamente a Stevens con su rostro benigno, tranquilo, desesperadamente tímido.

-Yo siempre he fumado -dijo Stevens-, siempre, desde que me repuse de una intoxicación de tabaco a los catorce años. Es mucho tiempo, el suficiente para haberme hecho exigente en materia de tabaco. Pero la mayoría de los fumadores son exigentes, a pesar de los psicólogos y de que se ha uniformado la calidad de los tabacos. O quizás sean los cigarrillos los que han sido uniformados. O quizás parezcan todos iguales a los legos, a los no fumadores. He notado, en efecto, que los no fumadores suelen marearse al oler tabaco, así como el resto de nosotros sentimos lo mismo frente a algo que no acostumbramos usar, que no nos es familiar. Y esto, porque el hombre es movido por sus ideas preconcebidas o, mejor dicho, tal vez, por sus prejuicios. Tenemos así a un hombre que vende tabaco, aunque él no fuma; que ve a un cliente tras otro abrir el paquete y encender un cigarrillo del otro lado del mostrador. Le preguntamos si todo tabaco huele igual, si no le es posible distinguir uno de otro por el aroma. O quizás por la forma, o el color del paquete; pues ni siquiera los psicólogos han podido decirnos exactamente dónde cesa la visión y comienza el olfato, o dónde cesa el oído y comienza la visión. Cualquier abogado puede corroborar esto.

Nuevamente lo interrumpió el presidente del jurado. Nosotros lo habíamos escuchado en el mayor silencio, pero creo que todos conveníamos en que una cosa era mantener desorientado al asesino, y otra a nosotros y al jurado.

-Debió hacer todas esas indagaciones antes de convocarnos -dijo el presidente-. Aun cuando se trate de pruebas, ¿para qué sirven si no capturamos al asesino? Están muy bien las conjeturas, pero...

-Bien -dijo Stevens-. Permítanme hacer otras más, y si ven que no estoy avanzando, me lo dirán y yo desistiré de mi sistema y aceptaré el que me indiquen. Creo que al principio considerarán ustedes que me tomo demasiadas libertades, hasta en el uso de la conjetura. Pero encontramos al juez Dukinfield muerto, con un balazo entre los ojos, sentado en esta silla, detrás de esta mesa. Esto no es conjetura. Y el tío Job estuvo todo el día sentado en el corredor, donde cualquiera que entrase en esta habitación, salvo que utilizase la escalera privada de la sala de audiencias y luego la ventana, tendría que haber pasado a menos de un metro de distancia de él. Y nadie que nosotros conozcamos ha pasado nunca inadvertido junto a la silla del tío Job, en diecisiete años. Esto no es conjetura.

-Pero, ¿cuál es su conjetura?

Stevens estaba hablando de tabaco una vez más, del hábito de fumar.

-La semana pasada me detuve a comprar tabaco en la farmacia de West, y este me habló de un individuo que también era exigente en materia de tabaco. Mientras sacaba el tabaco que yo fumo de un cajón, tomó una caja de cigarrillos y me la dio. Estaba polvorienta, desteñida, como si hiciera mucho tiempo que la tenía, y me contó que un viajante la había dejado hacía dos años. "¿Los ha fumado alguna vez?", me preguntó. "No -repuse-; han de ser cigarrillos de ciudad." A continuación West comentó haber vendido el otro paquete pocos días atrás. Estaba detrás del mostrador, con el diario abierto sobre la mesa; por momentos leía, pero a la vez atendía el comercio, pues el empleado había salido a almorzar. Dice que no vio ni oyó al hombre hasta que estuvo junto al mostrador, tan cerca de él que por poco lo hizo saltar con el susto. Un hombre menudo, con ropas de ciudad, según dice West, que quería una marca de cigarrillos de la cual él nunca había oído hablar. "No tengo esa marca", dijo West. "No trabajo con ella." "¿Por qué?" "Porque no tiene venta aquí", repuso West. Me describió luego al hombre de la ciudad, cuyo rostro parecía el de un muñeco lampiño, con ojos que miraban fijamente y una voz de timbre monótono. Dice West que cuando se fijó en los ojos del hombre y vio las aletas de su nariz comprendió lo que ocurría. En ese momento el hombre estaba ya intoxicado con drogas. "Nadie los pide", dijo, pues, West. "¿Y qué hago yo ahora?", preguntó el hombre. "¿Tratar de venderle papel cazamoscas?" En seguida el hombre compró el otro paquete de cigarrillos y se fue. Y dice West que él, por su parte, estaba enojado y con el rostro cubierto de sudor, como con deseos de vomitar. A mi me dijo: "Si hubiese algo malo que no me atreviese a hacer por mi mismo, ¿sabes que haría? Le daría diez dólares a ese individuo, le indicaría dónde está el objeto de la mala acción y le diría que nunca más me dirigiera la palabra. Cuando salió sentí exactamente esa sensación. Como si estuviese por vomitar."

Stevens miró a su alrededor, hizo una pausa. Todos lo observábamos atentamente.

-Vino en un automóvil, un gran convertible, ese hombre de la ciudad. El hombre de la ciudad que se quedó sin cigarrillos de su marca habitual.

Una vez más se detuvo, y luego volvió la cabeza lentamente y miró a Virginius Holland. Transcurrió un minuto, y vimos como ambos se miraron fijamente.

-Y me dijo un negro que el automóvil estuvo detenido en el establo de Virginius Holland la noche que mataron al juez Dukinfield.

Durante otro intervalo observamos a ambos mientras se miraban mutuamente, sin el menor cambio de expresión en sus rostros. Stevens hablaba con tono tranquilo, especulativo, casi un murmullo.

-Alguien trató de impedir que viniese aquí con el automóvil, ese vehículo tan grande, que cualquiera que lo viese una vez lo recordaría y reconocería. Tal vez ese alguien intentó impedirle que viniese en el automóvil y lo amenazó. Solo que el hombre de la ciudad a quien el licenciado West vendió los cigarrillos no era persona de soportar amenazas.

-Y al decir alguien, se refiere usted a mí -dijo Virginius.

No se movió, ni volvió la cabeza, ni desvió la mirada, fija en el rostro de Stevens. Pero Anselm, en cambio, se movió. Dio vuelta la cabeza y miró a su hermano. Reinaba un profundo silencio, y a pesar de ello, cuando habló el primo no lo oímos ni lo reconocimos inmediatamente; desde que habíamos entrado en la habitación y Stevens cerró la puerta, había hablado solo unja vez. Su voz era débil; de nuevo, sin moverse, pareció retorcerse dentro de sus propias ropas. Hablaba con aquel susurro tímido, aquel desgarrador deseo de anonimato que nos eran tan familiares.

-El hombre de quien habla vino a verme -dijo Dodge-. Se detuvo a verme a mí. Se detuvo en la casa al oscurecer, aquella noche, y dijo que buscaba caballos pequeños para utilizar en ese juego… ese juego…

-¿El polo?- dijo Stevens.

El primo no había mirado a nadie mientras hablaba; era como si se dirigiera a sus manos, que movía lentamente sobre sus rodillas.

-Sí, señor. Virginius estaba presente. Hablábamos de caballos. Al día siguiente sacó su automóvil y partió. Yo no tenía nada que le conviniese. No sé de dónde vino ni adónde fue.

-Ni a quién más vino a ver -observó Stevens-. Ni qué más vino a hacer. No puede decirnos nada.

Dodge no repuso. No era necesario, y una vez más se refugió bajo el caparazón de su timidez, como un animal salvaje débil y pequeño que se mete en su cueva.

-Esa es mi conjetura -dijo Stevens.

En aquel instante debimos haberlo adivinado. Estaba allí, visible como una mano desnuda. Debimos de haberlo sentido: a ese alguien presente en la habitación, que sentía que Stevens había provocado la aparición de ese horror, de aquella indignación, de aquel furioso deseo de hacer retroceder el tiempo un segundo, de desdecir, de deshacer. Pero quizás aquel alguien no lo había advertido todavía, no había sentido el golpe, el choque, así como durante un segundo o dos un hombre no sabe que ha sido herido de bala. Porque ahora fue Virge quién habló, brusca, ásperamente:

-¿Cómo va a probar eso?

-¿Probar qué, Virge? -dijo Stevens. Nuevamente se miraron mudos, rígidos o, por lo menos, como hombres armados de pistolas-. ¿Quién contrató a ese gorila, a ese matón que vino aquí desde Memfis? No tengo que probarlo. Él lo confesó. En el camino de regreso a Memfis atropelló a un niño cerca de Battenburg, pues todavía estaba bajo los efectos de una droga, y seguramente se había inyectado otra dosis cuando terminó su trabajo aquí. Lo atraparon y lo detuvieron. Y cuando comenzaron a pasar los efectos de la droga, dijo dónde había estado, a quién había visto: todo ello sentado en la celda de la cárcel, entre sacudidas y gruñidos, una vez que le quitaron la pistola con silenciador.

-¡Ah! -dijo Virginius-. ¡Muy bien! ¡Conque todo lo que debe probar es que estuvo en esta habitación aquel día! ¿Y cómo lo probará? ¿Dando otro dólar al negro para que recuerde otra vez?

Pero aparentemente Stevens ya no escuchaba. Estaba de pie junto a un extremo de la mesa, entre los dos grupos, y mientras hablaba tenía la caja de bronce en una mano, y la volvía, examinándola, mientras hablaba con tono tranquilo y reflexivo.

-Todos ustedes conocen las características especiales de esta habitación. En ella nunca sopla una corriente de aire. Cuando alguien fuma aquí el sábado, digamos, el humo perdura hasta el lunes por la mañana, cuando el tío Job abre la puerta, y lo vemos apoyado contra el zócalo como un perro dormido. Todos lo han visto.

Como Anse, estábamos todos inclinados hacia adelante, contemplando a Stevens.

-Sí -dijo el presidente-. Lo hemos visto.

-En efecto -dijo Stevens, como si todavía no escuchase a nadie, en tanto daba vueltas repetidamente a la caja entre sus manos-. Ustedes me preguntaron cuál era mi conjetura. Hela aquí. Pero para llegar a ella es necesario un hombre inclinado a las conjeturas, un hombre capaz de acercarse a un comerciante de pie detrás de su mostrador, con un ojo en el diario que está leyendo y otro en la puerta, a la espera de parroquianos, antes de que éste advierta que ha entrado. Un hombre, en fin, de la ciudad, que quería cigarrillos de ciudad. Así, pues, este hombre salió del comercio y se dirigió al Ayuntamiento, entró y subió como lo habría hecho cualquiera. Quizás lo vieron una docena de personas. Quizás el doble de ese número no lo miró siquiera, ya que hay dos sitios donde los hombres no se miran las caras: en los santuarios de la ley civil y en los baños públicos. El hombre entró en la sala de audiencias, bajó por la escalera privada hasta el corredor, y vio al tío Job dormido en su silla. Probablemente avanzó por el corredor y entró por la ventana a espaldas del juez Dukinfield. O bien, quizás, pasó delante del tío Job, acercándose desde atrás, como ven ustedes. Pasar a dos metros de un hombre dormido en una silla no pudo ser muy difícil para quien podía acercarse inadvertido a un hombre apoyado en el mostrador de su propio comercio. Probablemente hasta encendió un cigarrillo del paquete que le vendió West, antes de que el juez Dukinfield advirtiese su presencia. O bien tal vez el juez estuviera dormido en su sillón, como ocurría a veces. Y quizás el hombre permaneció inmóvil y terminó su cigarrillo, contemplando el humo que se esparcía lentamente sobre la mesa y se arremolinaba lentamente contra la pared, y pensando en la ganancia fácil, en la simpleza de la gente de campo, aun antes de extraer la pistola. Y esta hizo menos ruido que el fósforo con que encendió su cigarrillo, porque al protegerse tanto contra el ruido, había olvidado el silencio. Por fin se fue como había venido, y una docena de hombres lo vio, y dos docenas no lo vieron, y a las cinco de la tarde el tío Job fue a despertar al juez y a decirle que era hora de volver a casa. ¿No es así, tío Job?

El viejo negro levantó la vista.

-Yo lo cuidaba, como le prometí hacerlo a la niña. Y me preocupaba por él, como le prometí a la niña. Entré aquí y primero creí que dormía, como a veces...

-Un momento -interrumpió Stevens-. Usted llegó y lo vio en el sillón, como siempre, y notó el humo contra la pared, detrás de la mesa, al acercarse. ¿No es eso lo que me dijo?

Sentado en su silla remendada, el negro comenzó a llorar. Parecía un mono viejo, llorando quedamente con lágrimas negras, enjugando su rostro con el dorso de la mano nudosa, temblorosa de vejez o de otra cosa.

-Todas las mañanas iba yo allí a limpiar. Solía estar allí el humo, y él, que nunca en su vida fumó, entraba y olfateaba con esa nariz levantada que tenía, y decía: "La verdad, Job, es que anoche casi espantamos con humo a ese individuo del corpus juris."

-Bueno -dijo Stevens-. Cuéntenos acerca del humo que había allí aquella tarde, cuando fue a despertarlo para volver a casa, cuando nadie había entrado en la oficina, salvo Virge Holland, aquí presente. Y el señor Virge no fuma, y el juez tampoco fumaba. Pero el humo estaba allí; cuente lo que me dijo.

-Estaba allí. Y yo creí que estaba dormido como siempre, y fui a despertarlo, y...

-Y esta cajita estaba en el borde de la mesa, donde el juez jugaba con ella mientras conversaba con el señor Virge, y cuando usted extendió la mano para despertarlo...

-Sí, señor. Saltó de la mesa. Y yo creía que estaba dormido...

-La caja saltó de la mesa. Hizo ruido, y usted se preguntó por qué no había despertado al juez; y al mirar la caja caída en el suelo, en medio del humo, con la tapa abierta, creyó que estaba rota. Y estiró el brazo para levantarla, pues el juez la apreciaba mucho por habérsela traído la señorita Emma de Europa, a pesar de que no hacía falta un pisapapeles en la oficina. Usted cerró la tapa y colocó nuevamente la caja sobre la mesa. Y entonces descubrió que el juez estaba más que dormido.

Stevens se detuvo. Apenas respirábamos, pero oíamos nuestra respiración. Stevens aparentaba estudiarse la mano mientras jugaba lentamente con la caja. Se había alejado ligeramente de la mesa al dirigirse al negro, de modo que ahora miraba el banco en lugar de mirar al jurado.

-El tío Job llama a esto la caja de oro, lo cual es tan apropiado como cualquier otro nombre. Mejor que muchos. Porque todos los metales son más o menos iguales: lo que ocurre es que la gente desea algunos más que otros. Pero todos tienen ciertos atributos, ciertas semejanzas. Uno de ellos es que aquello que se encierra en una caja de metal permanecerá inalterable más tiempo que en una caja de madera o de cartón. Podemos guardar humo, por ejemplo, en una caja de metal con una tapa ajustada como esta; y una semana más tarde todavía estará dentro. Y no solo eso, sino que un químico o un vendedor de tabacos, como el licenciado West, podrá decir qué provocó el humo, qué clase de tabaco, especialmente si se trata de una marca especial, de un tipo que no se vende en Jefferson, del cual tenía sólo dos paquetes, y recuerda a quién vendió uno de ellos.

Nadie se movió. Estábamos allí sentados, y oímos entonces los pasos presurosos del hombre, que avanzó torpemente, antes de arrebatar la caja de manos de Stevens. Pero no lo miramos a él, especialmente. Como él, vimos que la caja caía en dos trozos al romperse la tapa, y salían de ella unas volutas perezosas que se disiparon lentamente. Simultáneamente nos inclinamos todos sobre el borde de la mesa, y vimos la desteñida, la desesperanzada mediocridad que era Granby Dodge mientras, de rodillas en el suelo, batía el humo ya esparcido con ambas manos.

-Pero todavía no entiendo -dijo Virginius. Estábamos afuera, en el patio del Ayuntamiento, los cinco, mirándonos algo atontados, como si acabásemos de salir de una caverna.

-Usted ha hecho testamento, ¿no? -dijo Stevens. Virginius se quedó inmóvil, mirándolo.

-¡Ah! -dijo por fin.

-Uno de esos testamentos de beneficio mutuo que cualquiera de los dos socios puede aprovechar -añadió Stevens-. Usted y Granby, beneficiarios y albaceas a la vez, en sentido recíproco, para la protección mutua de los bienes comunes. Es natural. Probablemente fue Granby quien lo propuso, diciéndole que lo había nombrado su heredero. Es mejor, pues, que rompa su propia copia. Si desea hacer testamento, nombre heredero a Anse.

-No tendrá que esperar eso -dijo Virginius-. La mitad de la tierra es suya.

FIN

"Smoke", 1932



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