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quarta-feira, 27 de julho de 2016

Una mano sobre las aguas



William Faulkner

I

Los dos hombres siguieron el sendero que corría entre el río y la espesa cortina de cipreses, cañaverales, gomeros y zarzas. Uno de ellos llevaba una bolsa de arpillera que había sido aparentemente lavada y planchada. El otro era un joven de menos de veinte años, a juzgar por su rostro. El río estaba bajo, con el nivel propio de mediados de julio.

-Tendría que haber estado pescando, con este nivel de agua -observó el joven.

-Siempre que quisiera pescar en este momento -repuso el mayor-. Él y Joe tienden la línea solo cuando Lonnie tiene ganas, no cuando los peces pican.

-De todos modos estarán junto a la línea -dijo el joven-. No creo que a Lonnie le importe quién los retire.

A corta distancia el suelo se elevaba ligeramente, formando una punta que se proyectaba, casi como una península. Sobre ella había una choza cónica, de techo puntiagudo, hecha en parte con lonas enmohecidas y tablones, en parte con latas de querosén aplanadas a martillazos. Sobre ella se elevaba fantásticamente una herrumbrada chimenea de cocina; cerca de la choza había una pequeña pila de leña y un hacha, y, apoyadas contra aquella, unas cañas. Luego vieron sobre el suelo, frente a la puerta abierta, una docena más o menos de trozos de cuerda recién cortados de su carretel, y una lata herrumbrada llena de anzuelos grandes, algunos de los cuales habían sido ya unidos a las cuerdas. Pero no había nadie.

-El bote no está -dijo el hombre que llevaba la bolsa-, de modo que no ha ido a la tienda.

En ese instante descubrió que el joven había seguido avanzando, y luego de aspirar profundamente estaba ya por gritar, cuando de pronto salió corriendo un hombre de entre la maleza y se detuvo junto a él, emitiendo un sonido insistente, semejante al llanto de un niño pequeño: era un muchacho no muy alto, pero con tremendos brazos y hombros; un adulto, pero, al mismo tiempo, con algo infantil en su aspecto, en la forma de moverse; estaba descalzo, tenía el mameluco deshecho, y los ojos expresivos de los sordomudos.

-¡Hola, Joe! -dijo el hombre de la bolsa, levantando la voz como se acostumbra hacerlo con quienes no nos entienden-. ¿Dónde está Lonnie? -y levantando la bolsa, añadió-: ¿Hay pescado?

Pero el otro lo miró, simplemente, haciendo aquel ruido rápido, como un lloriqueo. Luego se volvió y tomó el sendero por donde había desaparecido el muchacho, quien en aquel instante gritó:

-¡Pero miren esa línea!

El mayor los siguió. El joven estaba inclinado peligrosamente sobre el agua, junto a un árbol desde el cual pendía, en tirante línea oblicua hacia el medio del río, una delgada cuerda de algodón. El sordomudo se detuvo junto a él, siempre emitiendo sus sonidos quejumbrosos y levantando uno y otro pie alternativamente; pero cuando el otro llegó hasta él, dio media vuelta y salió corriendo en dirección a la choza. Dada la altura del río, la cuerda debía haber estado totalmente fuera del agua, extendida de una orilla a la otra, entre los dos árboles, con solo los anzuelos de las líneas secundarias sumergidos. Estaba, en cambio, curvada hacia el centro, con una profunda desviación río abajo, y hasta el hombre de mayor edad pudo advertir su movimiento.

-¡Es tan grande como un hombre! -gritó el muchacho.

-Y allá está el bote -comentó el mayor. El joven lo vio a su vez, del otro lado del río, enganchado en un tronco de sauce, contra una saliente-. Cruza y tráelo, y veremos de qué tamaño es el pez.

El muchacho se quitó los zapatos, el mameluco y la camisa; y luego de vadear un trecho, comenzó a nadar, manteniendo una dirección transversal para que la corriente lo llevara hasta el bote; luego se metió en él y lo trajo remando, de pie en la embarcación, mientras miraba atentamente la curva descendente de la línea, cerca de cuyo centro el agua se arremolinaba rítmicamente contra el movimiento del objeto sumergido. Trajo el bote a la altura donde estaba su compañero, quien en aquel instante advirtió que el sordomudo estaba nuevamente a su lado, siempre emitiendo sus extraños sonidos guturales, y ahora tratando de subir al bote.

-¡Vete! -le dijo, empujándolo con el brazo-. ¡Vete, Joe!

-Apúrate -dijo el muchacho, escudriñando la línea sumergida, donde, mientras miraba, algo subió lentamente a la superficie y luego se hundió una vez más- ¡Allí hay algo, como que hay cerdos en Georgia! ¡Y es grande como un hombre!

Su compañero subió al bote. Sirviéndose de la línea, lo desplazó a lo largo de ella, tomándola alternativamente con ambas manos.

De pronto, en la orilla, a sus espaldas, el sordomudo dejó oír un fuerte alarido gutural.


II

-¿Indagación? -preguntó Stevens.

-Lonnie Grinnup -el médico forense era un viejo médico rural-. Dos individuos lo encontraron ahogado esta mañana, enredado en su propia línea de pesca.

-¡No! -dijo Stevens-. ¡Pobre tonto! Lo acompañaré, doctor.

Como fiscal del distrito no tenía nada que hacer allí, aun cuando no se hubiera tratado de un accidente. Él lo sabía, pero deseaba contemplar el rostro del muerto por una razón sentimental. Lo que era ahora el distrito de Yoknapatawpha había sido fundado, no por un colonizador, sino por tres simultáneamente. Llegaron juntos a caballo, a través del Paso de Cumberland, desde las Carolinas, cuando Jefferson era todavía un puesto de la Agencia Chickasaw; compraron tierras a los indios, establecieron familias, prosperaron y desaparecieron; de modo que ahora, cien años más tarde, quedaba en todo el distrito que contribuyeran a fundar un solo representante de los tres apellidos.

Este era Stevens, porque el último descendiente de la familia Holston había muerto a fines del siglo pasado, y Louis Grenier -y era para contemplar su rostro sin vida que Stevens se disponía a recorrer ocho millas en automóvil en medio del calor de una tarde de julio- nunca supo que era Louis Grenier. Ni siquiera sabía escribir el Lonnie Grinnup con que se llamaba a sí mismo. Huérfano también, como Stevens, era un hombre de unos treinta y cinco años de edad, de estatura inferior a la común, a quien todo el distrito conocía: tenía un rostro que, al contemplarlo por segunda vez, revelaba ser casi delicado, pacífico, sereno, siempre alegre, con la eterna pelusa de una suave barba dorada que nunca conociera una navaja, y ojos límpidos y tranquilos. "Tocado", decían, pero sea lo que fuere, tocado muy suavemente, sin quitarle mucho de lo que fuera lamentable perder. Año tras año Lonnie vivía en la cueva que él mismo había construido con lonas de una carpa vieja, tablas desiguales y latas de querosén aplanadas; lo acompañaba el huérfano sordomudo que había recogido diez años atrás, y que no había crecido mentalmente ni siquiera como él.

En realidad su choza y su línea de pesca estaban en el centro mismo de los mil acres o más que poseyeran sus antepasados en otra época. Pero Lonnie nunca lo supo.

Stevens creía que no le habría importado, y que nunca habría aceptado que ningún hombre pudiera o debiera poseer tanto, de la tierra que es de todos, de todos los hombres para su uso y placer; en su propio caso, en los treinta o cuarenta pies cuadrados donde se levantaba su choza y en el trecho de río sobre el cual se tendía su línea, todos eran bienvenidos en cualquier momento, estuviese él presente o no, y podían usar sus aparejos y compartir la comida que hubiera.

A veces solía asegurar su puerta contra los animales vagabundos y aparecer sin aviso previo con su compañero sordomudo en casas o cabañas a diez y quince millas de distancia; se quedaba en ellas varias semanas, afable, tranquilo, sin exigir nada y sin servilismo; dormía donde fuera conveniente para sus huéspedes, en la paja de los silos, o en camas, en las habitaciones de la familia o de los huéspedes, mientras el sordomudo dormía en el corredor o en el suelo, afuera, pero lo más cerca posible, donde pudiese percibir la respiración de quien era para él padre y hermano a la vez. Aquel era el único sonido que percibía en medio de un vasto mundo silencioso. Infaliblemente lo percibía.

Eran las primeras horas de la tarde. Los espacios aparecían azulados de calor. Luego, a través del largo terreno llano donde la carretera comenzaba a correr como el lecho de un río, Stevens vio el almacén de ramos generales. Habitualmente estaba desierto a esta hora, pero ahora pudo ver, amontonados frente al edificio, los automóviles arruinados y sin capotas, los caballos y mulas ensillados y los carros, los jinetes y los conductores a quienes conocía por su nombre de pila. Y lo que es mejor, lo conocían a él, votaban por él año tras año y lo llamaban familiarmente, a pesar de que no comprendían el significado de la insignia, la Phi Beta Kappa, máxima condecoración académica de las universidades del país, que pendía de la cadena de su reloj. Stevens detuvo su automóvil junto al del médico forense.

Aparentemente la indagación no tendría lugar en el almacén, sino en el molino harinero contiguo, delante de cuya puerta, con los mamelucos limpios y las camisas domingueras, las cabezas descubiertas, y los cuellos curtidos por el sol y surcados por las líneas blancas de las prolijas afeitadas del sábado, había grupos más densos y silenciosos. Le abrieron paso cuando entró. En el interior había una mesa y tres sillas, donde estaban sentados el médico forense y dos testigos.

Stevens vio a un hombre de unos cuarenta años, con una bolsa de arpillera sumamente limpia, doblada y vuelta a doblar tantas veces que parecía un libro, y un muchacho cuyo rostro tenía una expresión de asombro fatigado pero indomable. El cadáver yacía bajo un acolchado, sobre la baja plataforma a la cual estaba fijada la muela, ahora silenciosa. Stevens se aproximó, levantó una esquina del acolchado, miró el rostro, y bajando nuevamente el acolchado se volvió, dispuesto a seguir su viaje al pueblo. Pero de pronto decidió quedarse. Se movió entre los hombres apoyados contra las paredes, con los sombreros en la mano, y escuchó a los dos testigos. Fue causa de su decisión la declaración del muchacho, con su voz asombrada, fatigada, incrédula, mientras terminaba de describir el hallazgo del cadáver. Vio cómo el médico firmaba el certificado de defunción y guardaba su lapicera en el bolsillo; entonces supo que no iría al pueblo aquella tarde.

-Creo que eso es todo -dijo el médico, mirando en dirección a la puerta-. Muy bien, Ike, puedes llevártelo.

Stevens se apartó del resto y contempló a los cuatro hombres que se dirigían hacia el acolchado.

-¿Lo llevarás tú, Ike? -dijo.

El mayor de los cuatro lo miró un instante.

-Sí. Le había dejado el dinero para el entierro a Mitchell, en el almacén.

-Tú, y Pose, y Matthew, y Jim Blake -murmuró Stevens.

Esta vez el otro lo observó con extrañeza, con impaciencia.

-Podemos pagar la diferencia entre todos -dijo.

-Quisiera contribuir -dijo Stevens.

-Gracias -repuso el otro-. Tenemos bastante.

A continuación el médico se acercó al grupo rezongando.

-Bueno, muchachos. Abran paso.

Con los otros, Stevens salió al aire libre, al calor de la tarde. Había ahora un carro muy cerca de la puerta, que no había estado allí antes. La puerta trasera estaba baja, el piso cubierto de paja, y Stevens permaneció descubierto como todos, contemplando a los cuatro hombres salir del molino, cargados con el bulto envuelto en el acolchado, y dirigirse al carro. Tres o cuatro se adelantaron para ayudar, y Stevens se movió a su vez y tocó el hombro del muchacho; vio nuevamente en el rostro de este aquella expresión de asombro intrigado e incrédulo.

-Fuiste a traer el bote antes de saber que ocurría algo -dijo.

-Es verdad -dijo el muchacho. Al principio habló tranquilamente-. Nadé hasta el bote y luego lo traje remando. Yo sabía que había algo en esa línea. Estaba tirando...

-Querrás decir que lo trajiste nadando -dijo Stevens.

-... hacia el fondo de... ¿Cómo, señor?

-Que trajiste el bote nadando. Nadaste hasta él, lo asiste y lo trajiste nadando.

-¡No, señor! Lo traje remando. Remando desde la otra orilla. Y vi esos peces...

-¿Con qué? -dijo Stevens. El muchacho lo miró ofendido-. ¿Con qué remabas?

-¡Con el remo! Recogí el remo y traje el bote remando, y todo el tiempo los veía moverse en el agua. ¡No querían dejarlo! ¡Estaban adheridos a él aun después de sacarlo del agua, comiéndolo! ¡Los peces, digo! ¡Yo sabía que las tortugas comen gente, pero estos eran peces! ¡Comiéndolo! ¡Por supuesto, creímos que eran peces lo que había allí! ¡Sí que eran peces! ¡No comeré pescado nunca más! ¡Nunca!

Aparentemente no había transcurrido mucho tiempo, pero, con todo, la tarde había llegado a su fin, llevándose consigo parte del calor. Una vez más en su automóvil, con la mano en el arranque, Stevens contemplaba el carro, listo para ponerse en marcha. "Algo anda mal", pensó. "Algo no coincide. Algo más que no advertí, que no vi. O bien, algo que no ha ocurrido todavía."

El carro había partido ya, y cruzaba el polvoriento terreno llano en dirección a la carretera, con dos hombres en el pescante y los otros dos a su lado montados en mulas. La mano de Stevens dio vuelta a la llave. El vehículo se puso en marcha y en seguida pasó al carro a regular velocidad.

Al cabo de una milla, Stevens dobló por un camino de tierra, y se dirigió hacia las colinas. El terreno se elevaba, y el sol era intermitente ahora; pues en ciertos puntos de las estribaciones montañosas se estaba poniendo ya. A poco el camino se bifurcaba, y en el vértice de esta bifurcación había una iglesia sin torre, pintada de blanco, junto a un grupo desordenado y sin cerco de losas de mármol barato y otras tumbas señaladas solo por hileras de cascos de botellas, fragmentos de loza y ladrillos enterrados en la tierra.

Sin vacilar se detuvo frente a la iglesia, luego de ubicar el automóvil frente a la V formada por las carreteras y al camino que acababa de recorrer, el cual era visible hasta la curva, donde desaparecía. Debido a esa curva pudo oír el rumor del carro antes de verlo, y en aquel momento oyó, asimismo, el camión. Estaba descendiendo velozmente la colina a sus espaldas, y luego de pasar rápidamente junto a él, disminuyó la marcha. Era un automóvil convertido en una especie de furgón, con un depósito de poca profundidad cubierto por una lona.

Al llegar al vértice se detuvo, una vez más se oyó el rumor del carro, y luego Stevens lo vio con los dos jinetes, doblando la curva en la penumbra; ahora había un hombre de pie junto al camión, y Stevens lo reconoció: Tyler Ballenbaugh, un chacarero, casado y con familia, con fama de arrogante y violento, que había nacido en el distrito, partido hacia el oeste y regresado, trayendo consigo, a manera de lastre, rumores de sumas ganadas en el juego. Se había casado, adquirido tierras, y no jugaba ya; pero en determinados años, hipotecaba su cosecha para comprar o vender cosechas futuras de algodón con el dinero. Ballenbaugh, de pie en el camino, junto al carro, conversaba con los hombres sin levantar la voz ni hacer un gesto. Había otro hombre con él, un hombre con camisa blanca, a quien Stevens no reconoció ni miró dos veces.

Su mano oprimió el botón del arranque, y una vez más el automóvil se puso en marcha. Encendió los faros, salió rápidamente del cementerio, descendió hasta llegar a la carretera y colocarse detrás del camión; en aquel momento el hombre de la camisa blanca saltó sobre el guardabarros y le gritó algo, y Stevens lo reconoció: era un hermano menor de Ballenbaugh que se había ido a Memphis años atrás, donde se decía que había actuado como guardia armado durante una huelga textil; en los tres años últimos se estaba ocultando en casa del hermano, según decían, no de la policía, sino de algunos de sus amigos y relaciones comerciales de Memphis. De tiempo en tiempo, su nombre aparecía en grescas y riñas registradas en bailes y fiestas campestres. En una oportunidad fue sujetado y detenido por dos agentes policiales en Jefferson, donde los sábados, ebrio, solía jactarse de sus hazañas pasadas o bien maldecía su situación actual y al hermano mayor que lo obligaba a trabajar en la chacra.

-¿A quién diablos está espiando? -dijo.

-Boyd -dijo el otro Ballenbaugh. No levantó la voz, siquiera-. Sube al camión.

Él no se había movido: era un hombre grande, de rostro sombrío, que miró a Stevens con ojos claros, fríos, sin la menor expresión.

-¿Cómo estás, Gavin? -dijo.

-Bien, ¿y tú, Tyler? ¿Te llevas a Lonnie?

-¿Alguien se opone?

-Yo no -dijo Stevens, bajando del automóvil-. Te ayudaré a trasladarlo.

Luego subió nuevamente al vehículo. El carro reanudó la marcha. El camión retrocedió y viró, cobrando en seguida velocidad; los dos rostros pasaron fugazmente, y el que vio Stevens ahora no era belicoso, sino asustado; el otro no expresaba nada, con sus ojos fijos, fríos, claros. La lámpara, que estaba rajada, desapareció tras la colina. "El número de la chapa es del distrito de Okatoba", pensó Stevens.

Enterraron a Lonnie Grinnup al día siguiente por la tarde, partiendo el cortejo fúnebre de casa de Tyler Ballenbaugh.

Stevens no estuvo presente.

-Tampoco estaría allí Joe, supongo -comentó-. El mudo de Lonnie.

-No, tampoco estaba allí. Los que fueron al campamento de Lonnie el domingo por la mañana, para examinar la línea de pesca, dijeron que todavía merodeaba por el campamento, buscando a Lonnie. Cuando lo encuentre, esta vez, podrá acostarse a su lado, pero no percibirá su respiración.

-No -dijo Stevens.


III

Estaba en Mottstown, capital del distrito de Okatoba, aquella tarde. Y aunque era domingo, y aunque no sabía, hasta que lo encontró, qué estaba buscando, lo encontró antes de la noche: era el agente de la compañía de seguros que, once años atrás, vendió una póliza por cinco mil dólares, con doble indemnización por muerte accidental; Tyler Ballenbaugh era el beneficiario de esa póliza.

Todo estaba en regla. El médico examinador nunca había visto a Lonnie Grinnup, pero conocía a Tyler Ballenbaugh desde hacía años; Lonnie había hecho una cruz en la solicitud; Ballenbaugh abonó la cuota inicial, y efectuó todos los pagos desde entonces.

No se había mantenido mayor secreto acerca de ello, salvo el de realizar la transacción en otro pueblo; y Stevens comprendía que tampoco eso era muy extraño.

El distrito de Okatoba estaba en la orilla opuesta del río, a tres millas del domicilio de Ballenbaugh, y Stevens sabía de otros hombres, además de Ballenbaugh, que poseían tierras en un distrito y adquirían sus camiones y automóviles y depositaban su dinero en otro, obedeciendo quizás a una sutil desconfianza atávica, inherente al hombre de campo, no tanto frente a los hombres de cuello duro como frente a las calles asfaltadas y la electricidad.

-¿Entonces no deberé certificar la póliza, por ahora? -preguntó el agente de seguros.

-No. Quiero que acepte la solicitud cuando él venga a presentarla, que le explique que necesitará una semana aproximadamente para arreglarlo todo, y luego espere tres o cuatro días antes de comunicarle que pase a verlo en esta oficina a las nueve o diez de la mañana siguiente. No le diga por qué ni para qué. Luego telefonéeme a Jefferson, cuando sepa que ha recibido el mensaje.

A la mañana siguiente muy temprano, casi al amanecer, cedió la ola de calor. Stevens estaba acostado, contemplando los resplandores y escuchando los rugidos de la tormenta eléctrica y la ruidosa furia de la lluvia; pensaba en su implacable golpeteo y en los profundos surcos de agua color de arcilla que debían formarse sobre la árida y solitaria tumba de Lonnie Grinnup, junto a la iglesia sin torre, sobre aquella colina desnuda; también pensaba en el ruido que debía hacer sobre el torbellino del creciente caudal del río, y al golpear la choza de latas y lona donde el sordomudo seguía esperando, probablemente, que él volviese a casa, sabiendo que algo había ocurrido, pero sin saber cómo, ni por qué. "No sabe cómo", pensó Stevens. "De alguna manera lo engañaron. Ni siquiera se molestaron en atarlo. Lo engañaron, simplemente."

El miércoles por la noche recibió el aviso telefónico del agente de Mottstown: Tyler Ballenbaugh había presentado su solicitud.

-Muy bien -dijo Stevens-. Envíele el mensaje el lunes, para que vaya a su oficina el martes; quiero que me avise cuando sepa que lo ha recibido. "Estoy jugando al póker con un hombre que ha demostrado ser un jugador, en tanto que yo no lo soy", pensó. "Pero por lo menos le he obligado a arrojar su carta. Y sabe quién está en el pozo con él."

Así, pues, cuando llegó el segundo mensaje el lunes por la tarde, solo sabía lo que él, Stevens, pensaba hacer. Durante un momento se le ocurrió pedir un empleado al sheriff, o bien llevar a un amigo. "Pero ni un amigo creerá que lo que tengo entre manos es una carta marcada", se dijo, "a pesar de que yo estoy seguro de ello: es decir, que un hombre, aun tratándose de un aficionado en materia de asesinatos, tendría que haber borrado las huellas, luego de cometer el hecho. Pero cuando se trata de dos asesinos, ninguno de los dos está seguro de que el otro no ha dejado huellas."

Por fin Stevens fue solo. Tenía una pistola. Pero luego de haberla sacado, la guardó nuevamente en el cajón. "Por lo menos, nadie disparará contra mí con esta pistola", se dijo. Salió del pueblo al oscurecer.

Esta vez pasó junto al almacén de ramos generales, oscuro junto a la carretera. Cuando llegó al camino de tierra, que siguió nueve días atrás, tomó esta vez a la derecha y siguió manejando un cuarto de milla más, hasta desembocar en un potrero muy sucio, y alumbró con los faros una cabaña oscura. No los apagó, sino que avanzó a pie en medio del haz luminoso, en dirección a la cabaña, gritando: "¡Nate! ¡Nate!"

Al cabo de un rato oyó la voz de un negro, si bien no vio luz alguna.

-Voy al campo de Lonnie Grinnup. Si no he regresado antes del amanecer, es mejor que vayas hasta el almacén y les avises.

No hubo respuesta. Luego una voz de mujer dijo:

-¡Apártate de esa puerta!

La voz del hombre murmuró algo.

-¡No me importa! -exclamó la mujer-. Sal de ahí y deja a los blancos tranquilos.

"De modo que hay otros, además de mí", pensó Stevens, recordando cuán a menudo, casi siempre, hay en los negros un instinto, no para el mal, sino para intuirlo inmediatamente cuando está cerca. Volvió al automóvil, apagó los faros y sacó su linterna del asiento.

Encontró el camión. Bajo el tenue haz de luz leyó una vez más el número de la patente que vio alejarse nueve días atrás colina abajo. Apagó la linterna y la guardó en el bolsillo.

Veinte minutos más tarde advirtió que no debió haberse preocupado por la luz. Estaba en el sendero, entre la negra pared de monte y el río; veía el leve resplandor detrás de la pared de lona de la choza, y oía ya las dos voces: una fría, monótona y firme; la otra, alta y áspera. Tropezó con la pila de leña y luego con algo más; halló la puerta, la abrió rápidamente y se encontró frente a la devastación de la casa del muerto: los colchones de chala retirados de las tarimas de madera, la cocina volcada y los utensilios de cocina desparramados, y, en medio de todo ello, Tyler Ballenbaugh enfrentándolo con una pistola, y su hermano menor, arqueado como si fuera a saltar, junto a un cajón volcado.

-¡Atrás, Gavin! -gritó Ballenbaugh.

-Retrocede tú, Tyler -dijo Stevens-. Has llegado tarde.

El joven se enderezó. Stevens advirtió que lo había reconocido.

-¡Pero, por...! -exclamó.

-¿No hay salida, Gavin? -dijo Ballenbaugh-. Dime la verdad.

-Creo que no. Baja esa pistola.

-¿Quién más está contigo?

-Los suficientes. Baja esa pistola, Tyler.

-¡Miente! -dijo el más joven. Empezó a moverse. Stevens vio que sus ojos se dirigían hacia la puerta a sus espaldas-. ¡Miente, te digo! No hay nadie más. Está espiando, como el otro día, metiendo la nariz donde muy pronto lamentará haberla metido. Porque esta vez se la vamos a cortar.

Avanzaba ahora hacia Stevens, algo inclinado, los brazos separados del cuerpo.

-¡Boyd! -dijo Tyler. El otro siguió avanzando, sin sonreír, pero con una expresión extraña, una especie de brillo o fulgor en el rostro-. ¡Boyd! -repitió Tyler, y a su vez se movió con sorprendente rapidez, y alcanzando a su hermano, con un solo movimiento del brazo lo hizo caer trastabillando sobre uno de los camastros. Ambos se miraron: el uno, frío, inmóvil, sin expresión, con la pistola apuntando al vacío; el otro, arqueado, gruñendo.

-¿Qué diablos pretendes hacer? ¿Dejar que nos lleve al pueblo como dos corderos?

-Eso lo decidiré yo -dijo Tyler. Y luego, mirando a Stevens-: Nunca pensé en esto, Gavin. Yo aseguré su vida, pagué las primas, sí. Pero era un buen negocio: si él hubiese vivido más que yo, el dinero no me habría servido, de todos modos; en caso contrario, yo me habría beneficiado al morir él. No había ningún secreto. Lo hicimos a la luz del día. Cualquiera habría podido saberlo. Quizás él habló de ello. Yo nunca se lo prohibí. ¿Y quién podía criticarlo, de todos modos? Siempre le daba de comer cuando venía a casa, se quedaba tanto como quería, y venía cuando tenía ganas. Pero yo no planeé esto.

De pronto el muchacho empezó a reír, reclinado a medias en el camastro donde lo empujara el otro.

-¡Ah! ¡Conque ese es el asunto, ahora! ¡Conque así andan las cosas! -y entonces no hubo más risa, si bien la transición fue leve, imperceptible. Estaba de pie, frente a su hermano-. Yo no aseguré su vida en cinco mil dólares -dijo-. A mí no iban a tocarme...

-Calla -dijo Tyler.

-... cinco mil dólares cuando lo hallasen muerto en esa...

Tyler avanzó firmemente y lo abofeteó dos veces, con la palma y el dorso de la mano, sin dejar la pistola que sostenía en la otra.

-Te digo que te calles, Boyd -dijo. Miró a Stevens una vez más-. Nunca preví esto. Ahora no quiero el dinero, aunque me lo paguen, porque nunca planeé obtenerlo de esa manera. Yo no juego así. ¿Qué piensas hacer?

-¿Me lo preguntas? Quiero hacer una denuncia por asesinato.

-¡Y luego probarlo! -gritó el otro-. ¡Trate de probarlo! Yo no aseguré su vida por...

-¡Calla! -repitió Tyler, casi con suavidad, mirando a Stevens con aquellos ojos en los que no se reflejaba absolutamente nada-. No puedes hacer eso, Stevens. Tenemos un nombre limpio. Lo ha sido. Quizás nadie haya hecho nada por engrandecerlo todavía, pero hasta ahora nadie lo dañó mucho. Nunca he debido nada a nadie, ni tomado lo que no es mío. No debes hacer eso, Gavin.

-No debo hacer otra cosa, Tyler.

El otro lo miró. Stevens oyó que aspiraba y espiraba profundamente. Pero su expresión no cambió.

-De modo que lo que quieres es ojo por ojo y diente por diente.

-Lo quiere la justicia. Tal vez, Lonnie. ¿No lo querrías tú?

El otro lo miró un instante más. Luego se volvió e hizo un gesto a su hermano y otro a Stevens, los dos firmes y perentorios.

En seguida se encontraron fuera de la choza, alumbrados por la luz que pasaba por la puerta abierta. Arriba, una leve ráfaga se agitó entre el follaje y luego cesó. Al principio Stevens no comprendió la intención de Ballenbaugh. Vio que se volvía hacia su hermano, con la mano extendida, hablándole con un tono severo:

-Este es el fin del escándalo. Lo temí desde la noche que llegaste a casa y me lo dijiste. Debí criarte mejor, pero no lo hice. Ven. Decídete de una vez.

-¡Cuidado, Tyler! ¡No hagas eso! -dijo Stevens.

-No intervengas, Gavin. Si quieres una vida por una vida, la tendrás.

Seguía mirando a su hermano, sin reparar siquiera en Stevens.

-Ven. Tómala y acaba de una vez.

Entonces fue demasiado tarde. Stevens vio que el muchacho saltaba hacia atrás, que Tyler avanzaba un paso, y percibió en la voz de este la sorpresa, la incredulidad, y por fin la comprensión súbita del error cometido.

-¡Deja esa pistola, Boyd! ¡Déjala!

-Conque la quieres, ¿eh? -dijo Boyd-. Cuando aquella noche te dije que tendrías cinco mil dólares en el momento en que alguien descubriese la línea de pesca, y te pedí diez, rehusaste. Diez dólares, y me los negaste. Sí que te la daré. ¡Aquí la tienes! El fogonazo partió desde muy abajo, y el fuego rojizo trazó un surco descendente al caer el otro. "Ahora me toca a mí", pensó Stevens. Estaban frente a frente; una vez más se sintió la ráfaga que agitaba el follaje sobre su cabeza.

-¡Corre mientras puedas, Boyd! -dijo-. Ya has hecho bastante. ¡Corre!

-Sí que correré. Preocúpese por mí, ahora, porque dentro de un minuto ya no tendrá preocupaciones. Sí que correré, después de decir algo a estos señores que meten la nariz donde se lamentarán...

"Ahora tirará", pensó Stevens, y saltó. Por un segundo tuvo la ilusión óptica de verse a sí mismo saltando, en el aire, sobre la cabeza de Boyd Ballenbaugh, reflejado de alguna manera por la tenue luz del río, por esa luminosidad que devuelve el río a las tinieblas. Y entonces advirtió que no era él mismo a quien veía; no, no había sido una ráfaga lo que percibió, cuando la criatura, la forma que no tenía lengua ni la necesitaba, que durante nueve días había esperado el regreso de Lonnie Grinnup, se dejó caer sobre las espaldas del asesino, las manos crispadas y el cuerpo rígido y curvado, con silenciosa y mortal determinación.

"Estaba en el árbol", pensó Stevens. La pistola relució en la oscuridad. Vio el fogonazo, pero no oyó nada.


IV

Estaba sentado en el corredor con su aseado vendaje quirúrgico, después de la comida, cuando llegó el sheriff por el sendero del jardín: era un hombre muy alto, agradable, afable, con ojos más pálidos, más fríos y más inexpresivos aun que los de Tyler Ballenbaugh.

-No llevará más de unos minutos -dijo-. De lo contrario, no te habría molestado.

-¿Cómo, molestarme? -dijo Stevens.

El sheriff apoyó un muslo sobre la barandilla del corredor.

-¿Cómo va tu cabeza?

-Muy bien.

-Me alegro. Creo que oíste decir dónde hallamos a Boyd.

Stevens lo miró con la misma expresión impasible.

-No he recordado nada en todo el día, salvo mi dolor de cabeza.

-Tú nos dijiste dónde debíamos buscar. Cuando llegué ahí, estabas consciente todavía, y tratando de dar agua a Tyler. Nos dijiste que miráramos la línea de pesca.

-¿Sí? ¡Bueno, bueno! ¿Qué no dice un borracho, o un loco? Y a veces dice la verdad.

-La dijiste. Examinamos la línea y allí estaba Boyd muerto, colgado de uno de los anzuelos, exactamente como Lonnie Grinnup. Y Tyler Ballenbaugh, con una pierna rota y otro balazo en el hombro; y tú con una herida en la cabeza, en la cual podría haber escondido un cigarro. ¿Cómo quedó colgado en la línea, Gavin?

-No lo sé.

-Muy bien. Supongamos que en este momento no soy el sheriff. ¿Cómo apareció Boyd en esa línea?

-No lo sé.

El otro lo miró; se miraron mutuamente.

-¿Es eso lo que contestas a un amigo cuando te pregunta algo?

-Sí. Yo estaba herido, como bien sabes. No lo sé.

El sheriff sacó un cigarro del bolsillo y lo estudió un rato.

-Joe, el sordomudo que crió Lonnie... se ha ido, aparentemente. El domingo pasado todavía andaba merodeando, pero nadie lo ha visto desde entonces. Podría haberse quedado. Nadie lo molestaría.

-Quizás extrañaba a Lonnie demasiado para quedarse.

-Quizás lo extrañaba -murmuró el sheriff, poniéndose de pie. Luego cortó el extremo del cigarro con los dientes y lo encendió-. ¿Ese balazo te hizo olvidar también esto? ¿Qué te hizo sospechar que algo andaba mal? ¿Qué era lo que el resto de nosotros no había advertido?

-El remo -repuso Stevens.

-¿El remo?

-¿Nunca tendiste una línea de pesca, una línea en tu propio campamento? No se usa el remo, sino que se empuja el bote con las manos, alternativamente, a lo largo de la línea, desde un anzuelo hasta el otro. Lonnie nunca usaba el remo; dejaba el bote atado al mismo árbol del que partía la línea, y el remo quedaba siempre en la choza. Si alguna vez hubieses ido allí, lo habrías observado. Pero el remo estaba en el bote cuando el muchacho lo encontró.

FIN



"Hand Upon the Waters" (1939),
publicado en Knight’s Gambit, 1949


Biblioteca Digital Ciudad Seva

segunda-feira, 11 de maio de 2015

Humo


William Faulkner

Anselm Holland llegó a Jefferson hace muchos años. De dónde, nadie lo sabía. Pero era joven entonces, y un hombre de variados recursos, o por lo menos, de presencia, porque antes de que hubieran transcurrido tres años estaba casado con la única hija de un hombre que poseía dos mil acres de las mejores tierras del distrito, y fue a vivir en la casa de su suegro, donde dos años más tarde su mujer le dio dos hijos, y donde a los pocos años murió aquel, dejando a Holland en total posesión de la propiedad, que estaba a la sazón a nombre de su mujer. Pero aun antes del hecho, los de Jefferson lo habíamos oído aludir, en tono algo más alto de lo conveniente, a "mi tierra, mi cosecha"; y aquellos de nosotros cuyos padres y abuelos se habían criado en el lugar lo mirábamos con cierta frialdad y recelo, como a un hombre sin escrúpulos, además de violento, según rumores oídos entre los colonos blancos y negros y entre otros con quienes había tenido algún trato. Pero por consideración a su mujer y por respeto a su suegro, siempre lo tratamos con cortesía, ya que no con afecto. Así, pues, cuando ella murió, siendo los mellizos todavía niños, consideramos que él era el responsable, y que la vida de la pobre se había agostado frente a la torpe violencia de aquel forastero ignorante. Y cuando sus hijos llegaron a la edad adulta, y primero uno y luego el otro dejaron para siempre el hogar, no nos sorprendimos. Por fin, cuando un día, hace seis, Holland fue hallado muerto, un pie trabado en uno de los estribos del caballo ensillado que acostumbraba cabalgar, y el cuerpo horriblemente destrozado, porque, aparentemente, el animal lo había arrastrado a través del cerco de palos, y eran todavía visibles, en el lomo y en los flancos del caballo, las marcas de los golpes que le había dado en uno de sus accesos de ira, ninguno de nosotros lo lamentó, por cuanto poco tiempo atrás había cometido un acto que, para los hombres de nuestro pueblo, nuestra época y nuestras creencias, era el más imperdonable de los ultrajes.

El día en que murió, se supo que había estado profanando las tumbas de la familia de su mujer; y aun la de ella, donde descansaba desde hacía treinta años. De esta suerte, aquel viejo trastornado y carcomido por el odio fue enterrado entre las tumbas que había intentado violar, y a su debido tiempo se presentó el testamento para su legalización. Nos enteramos de la esencia del testamento sin sorpresa alguna. No nos sorprendió saber que aun después de muerto, Holland había asestado un último golpe a los únicos a quienes podía herir y ofender: a su carne y su sangre que le sobrevivía.

En la época de la muerte de su padre, los mellizos tenían cuarenta años. El menor, el joven Anse, como lo llamaban, había sido, según decían, el predilecto de la madre, quizás por ser el más parecido al padre. Sea como fuere, desde que ella murió, siendo los mellizos casi niños, siempre teníamos noticias de dificultades entre el viejo y el joven Anse, con Virginius, el otro mellizo, actuando como mediador y recibiendo en pago de sus afanes las maldiciones de padre y hermano. Virginius era así. El joven Anse también tenía sus cosas, y poco antes de cumplir veinte años huyó de la casa paterna y no volvió en diez años. Cuando volvió, él y su hermano eran mayores de edad, y Anse, a fin de recibir su parte, solicitó formalmente a su padre la división de las tierras que, según se enteraba ahora, este tenía solamente en custodia. El viejo Anselm rehusó violentamente. Sin duda, la solicitud había sido hecha con igual violencia, ya que ambos, el viejo y el joven Anse, eran tan parecidos. Oímos decir que, por extraño que parezca, Virginius se había puesto de parte de su padre. Lo oímos decir, eso es todo. Pero la tierra quedó intacta; y oímos decir cómo, en una escena de violencia inusitada aun para ellos, una escena de tal violencia que los sirvientes negros huyeron de la casa y se dispersaron hasta la mañana siguiente, el joven Anse partió, llevando consigo el par de mulas que le pertenecía; y desde aquel día hasta el día de la muerte de su padre, aun después de que Virginius se viera a su vez obligado a abandonar el hogar paterno, Anse no volvió a hablar a su padre y a su hermano. Pero esta vez no salió del distrito, sin embargo. Se trasladó simplemente a las colinas, desde donde "podía ver qué hacían el viejo y Virginius" (según decíamos algunos de nosotros y lo pensaban todos). Y durante los quince años siguientes vivió solo en una choza de dos habitaciones, como un ermitaño, preparando sus comidas y yendo al pueblo con su par de mulas no más de cuatro veces por año. Algún tiempo antes lo habían arrestado y juzgado por destilar whisky. No se defendió, se negó a alegar en contra o en favor de la acusación; se le impuso una multa tanto por su delito como por haber desafiado a la justicia; y cuando Virginius se ofreció a pagarla, tuvo un acceso de ira exactamente igual a los de su padre. Trató de agredir a Virginius en la sala de audiencias, y por propia solicitud fue a la penitenciaría; lo indultaron ocho meses más tarde por su buen comportamiento, y volvió a su choza ese hombre moreno, silencioso, de rasgos aquilinos, a quien tanto vecinos como extraños dejaban severamente solo.

El otro mellizo, Virginius, permaneció en la propiedad, cultivando las tierras a las cuales su padre nunca había hecho justicia mientras vivió. Se decía, en verdad, que el viejo Anse, viniera de donde viniese y como quiera que hubiese sido educado, no lo había sido para agricultor. En vista de ello, solíamos decirnos, convencidos de estar en lo cierto: "Esa es la dificultad entre él y el joven Anse: ver a su padre maltratar la tierra que su madre había destinado para él y Virginius." Pero Virginius se quedó. Sin embargo, no podía pasar una vida muy agradable. Más tarde comentamos que Virginius debió prever que semejante arreglo no perduraría. Y aun más tarde dijimos: "Quizás lo sabía en realidad." Porque así era Virginius. Nunca se sabía, en ningún momento, en qué estaba pensando. El viejo y el joven Anse eran como el agua. Agua turbia, tal vez; pero todos conocían sus intenciones. En cambio, nadie sabía de antemano en qué pensaba o qué haría Virginius. No sabíamos siquiera qué había ocurrido en aquella oportunidad en que Virginius, que lo soportaba todo solo, mientras el joven Anse estuvo lejos, fue por fin expulsado del hogar. No lo dijo a nadie, probablemente ni a Granby Dodge. Pero conocíamos al viejo Anse y también a Virginius, de modo que podíamos imaginar algo como lo que sigue:

Durante el año siguiente a la partida del joven Anse con sus dos mulas hacia las colinas, contemplamos la furia del viejo Anse. Por fin un día se produjo el estallido. Probablemente, de la siguiente manera:

-Crees que ahora que se ha ido tu hermano podrás quedarte simplemente, y guardártelo todo, ¿no?

-No quiero todo -habría dicho Virginius-. Solo quiero mi parte.

-¡Ah! Querrías que se dividiese ahora mismo, ¿no? ¡Recriminarme, como él, porque no se hubiese dividido cuando ustedes fueron mayores de edad!

-Preferiría tener una pequeña parte de la tierra y explotarla bien, a verla como está ahora -habría respondido Virginius, siempre ecuánime, siempre sereno; pues nadie en el distrito vio nunca a Virginius perder la compostura, o siquiera alterarse, ni aun cuando Anse intentó agredirlo en la sala de audiencias, en oportunidad de aquella multa.

-Querrías eso, ¿no? Aunque haya sido yo quien la ha mantenido todos estos años, pagando los impuestos, mientras tú y tu hermano ahorraban dinero año tras año, libres de impuestos.

-Sabes muy bien que Anse nunca ahorró nada en toda su vida -decía Virginius-. Di lo que quieras de él, pero no lo acuses de avaricia.

-¡Tienes razón! Fue bastante hombre como para venir aquí y exigirme lo que consideraba suyo, y para irse cuando no lo obtuvo. En cambio tú... tú te quedas aquí, esperando que me muera, con esa maldita boca de aserrín que tienes. Págame los impuestos de tu mitad desde el día que murió tu madre, y es tuya.

-No -decía Virginius-. No pagaré.

-No. Naturalmente que no. ¿Para qué gastar tu dinero en la mitad de la tierra cuando algún día la tendrás toda sin poner un centavo?

A continuación veíamos mentalmente al viejo Anse, con su cabeza hirsuta y sus pobladas cejas, poniéndose bruscamente de pie, pues hasta ahora los habíamos imaginado conversando sentados, como dos hombres civilizados.

-¡Vete de mi casa! -y Virginius, sin moverse, de pie, observaba a su padre, mientras el viejo Anse iba hacia él con el puño levantado-. ¡Vete! ¡Fuera de mi casa! ¡Mira que te...!

Y entonces Virginius se fue. No se apresuró, ni corrió. Preparó todo lo que le pertenecía, mucho más de lo que llevara Anse. Bastantes cosas; y partió a cuatro o cinco millas de distancia, a vivir con un primo, hijo de una parienta lejana de su madre. El primo vivía solo, y en una buena granja, aunque abrumada de hipotecas; pues tampoco él era agricultor, sino mitad comerciante de caballos y mulas y mitad predicador; un hombre pequeño, rubio, sin ningún rasgo definido, a quien nadie podría recordar un minuto después de haber dejado de mirarlo, y probablemente no más eficiente en esas sus actividades que en la agricultura. Sin prisa se fue, pues, Virginius, y sin la inmensa y violenta decisión de su hermano; pero, por extraño que parezca, aunque fuera violento y lo mostrara, no teníamos en menos al joven Anse. En realidad, siempre miramos también a Virginius con cierta desconfianza; tenía demasiado dominio de sí mismo. Y es propio de la naturaleza humana confiar antes en quienes no saben depender de sí mismos.

Llamábamos a Virginius hombre reconcentrado; no nos sorprendió, pues, enterarnos de la forma en que había usado sus ahorros para levantar la hipoteca de la granja de su primo. Tampoco nos sorprendió cuando, un año más tarde, supimos que el viejo Anse se negaba a pagar los impuestos sobre su tierra y que, dos días antes de expirar el plazo, el oficial de justicia había recibido por correo y en forma anónima una suma en efectivo que saldaba la deuda de Holland hasta el último centavo.

-¡Siempre este Virginius! -dijimos, puesto que, según creíamos, el dinero no necesitaba ir acompañado por el nombre del remitente. El oficial de justicia había notificado al viejo Anse.

-¡Sáquela a la venta y váyase al diablo! -dijo el viejo Anse-. ¡Si cree que solo tiene que sentarse a esperar, esa maldita cría que tengo...!

El oficial hizo avisar al joven Anse.

-La tierra no es mía -repuso este.

A continuación notificó a Virginius, y este vino al pueblo y examinó las planillas de impuestos con sus propios ojos.

-Traigo todo aquello de que puedo disponer en este momento -dijo-. Por supuesto, si él la abandona, espero poder obtenerla. Pero, no sé. Una buena granja como esa no durará mucho ni se desvalorizará.

Y eso fue todo. Ni enojo, ni asombro, ni sentimiento. Pero Virginius era muy reconcentrado; no nos sorprendimos al saber que el oficial de justicia había recibido un paquete de dinero con la siguiente nota anónima: Importe de los impuestos de la granja de Anselm Holland. Enviar recibos a Anselm Holland, padre.

-¡Este Virginius...! -comentamos. Durante el año siguiente pensamos mucho en Virginius, solo en una granja ajena, cultivando tierras ajenas, contemplando la ruina progresiva de la granja y de la casa donde había nacido y que por derecho eran suyas. En efecto, el viejo las estaba abandonando totalmente, ahora: año tras año los anchos campos se cubrían otra vez de maleza y de zanjas, a pesar de que cada año el oficial de justicia recibía invariablemente aquel dinero anónimo y enviaba el recibo al viejo Anse; porque ya este había dejado de venir al pueblo, la casa misma se derrumbaba sobre su cabeza, y nadie, salvo Virginius, se detenía ya frente a ella. Cinco o seis veces por año Virginius solía llegar cabalgando hasta la galería del frente, y el viejo salía y le gritaba salvajes y violentos improperios, mientras Virginius permanecía tranquilo, conversando con los pocos negros que quedaban; y luego de comprobar con sus propios ojos que su padre estaba bien, se alejaba nuevamente. Pero nadie más se detenía allí, a pesar de que, de vez en cuando, desde lejos, alguien veía al viejo recorriendo los campos desolados y cubiertos de maleza, en el viejo caballo blanco que habría de matarlo.

Por fin, el verano pasado nos enteramos de que estaba excavando las tumbas en el bosquecillo de cedros donde descansaban cinco generaciones de familiares de su mujer. Un negro mencionó el hecho, y el funcionario de sanidad del distrito fue hacia allí y halló el caballo blanco atado a un árbol, y al viejo saliendo del bosquecillo con una escopeta. El funcionario regresó, y dos días más tarde un oficial de la policía fue a su vez y halló al viejo tendido junto al caballo, un pie trabado en el estribo, y sobre el anca del animal las marcas terribles del palo; no una correa, sino un palo, con que lo había golpeado una y otra vez.

Lo enterraron entre las tumbas que profanó. Virginius y su primo asistieron al entierro. En realidad, formaban toda la concurrencia, porque el joven Anse no estuvo presente. Ni tampoco se acercó al lugar, a pesar de que Virginius permaneció en la casa el tiempo suficiente para cerrarla y despedir a los negros. Después regresó a casa de su primo, y oportunamente se presentó el testamento del viejo Anse al juez Dukinfield para su legalización. La esencia del testamento no era un secreto para nadie: todos nos enteramos de ella. Todo estaba en regla, y no nos sorprendió su regularidad, su contenido, ni su expresión... con excepción de aquellos dos legados: ...dejo y confiero mi propiedad a mi hijo mayor Virginius, siempre que pruebe a satisfacción del magistrado... que fue el antedicho Virginius quien ha estado pagando los impuestos de mis tierras... debiendo ser el magistrado el juez exclusivo e indisputado de dicha prueba.

Los otros dos legados eran:

A mi hijo menor Ame... dejo dos juegos completos de arneses para mulas... con la condición de que Amelm utilice estos arneses para hacer una visita a mi tumba. De lo contrario, dichos arneses pasarán definitivamente a formar parte... de mis bienes, arriba señalados.

A mi primo político Granby Dodge dejo... un dólar en efectivo que deberá utilizar para la compra de un libro o libros de himnos religiosos, como testimonio de mi gratitud por haber alimentado y alojado a mi hijo Virginius desde que... Virginius abandonó mi techo.

Este era el testamento. Y nos mantuvimos a la expectativa para ver u oír qué haría o diría el joven Anse. No vimos ni oímos nada. Luego esperamos ver qué haría Virginius. Y este tampoco hizo nada. No sabíamos, en fin, qué hacía ni qué pensaba. Pero Virginius era así. De todas maneras, todo había terminado. Todo lo que debía hacerse era esperar que el juez Dukinfield legalizase el testamento. Luego Virginius entregaría a Anse su mitad, si en verdad pensaba hacerlo. Sobre este punto las opiniones divergían. "Él y Anse nunca tuvieron diferencias", decían algunos. "Virginius nunca tuvo dificultades con nadie", decían otros. "Si te apoyas en eso, tendría que dividir la granja con todo el distrito." "Pero fue Virginius quien quiso pagar la multa que…", decían los primeros. "También fue Virginius quien se puso de parte de su padre cuando el joven Anse pidió la división de la tierra", argumentaban los segundos.

Así, pues, esperamos y observamos. Ahora observábamos, asimismo, al juez Dukinfield: de pronto, fue como si todo el asunto estuviese en sus manos, como si estuviese sentado como un dios sobre la risa vengativa y burlona de aquel viejo que aun después de muerto y enterrado se resistía a morir, y sobre aquellos dos hermanos irreconciliables que durante quince años parecían haber estado muertos el uno para el otro. No obstante ello, pensábamos que, en su último golpe, el viejo Anse había desvirtuado sus fines; que al designar al juez Dukinfield, la furia de Holland lo había derrotado porque en la persona del juez Dukinfield considerábamos que el viejo Anse había elegido al único entre todos nosotros con probidad, honor y sentido común suficientes; con ese tipo de honor y sentido común que nunca ha tenido tiempo de confundirse ni dudar de sí mismo por excesivo conocimiento de la ley. El hecho mismo de que la legalización de un documento tan sencillo le llevase aparentemente tanto tiempo era para nosotros prueba adicional de que el juez Dukinfield era el único entre todos que creía que la justicia es cincuenta por ciento de conocimiento legal y cincuenta por ciento de serenidad y de confianza en sí mismo y en Dios.

A medida que se aproximaba el fin del plazo legal, observábamos al juez Dukinfield recorrer diariamente el trayecto entre su casa y su oficina, situada en el Ayuntamiento. Se movía lentamente, sin prisa, aquel viudo de sesenta años o más, majestuoso, de cabellos blancos, con ese porte erguido y altivo que los negros llaman "echado para atrás".

Poseía pocos conocimientos de la ley y un sólido sentido común; durante trece años y hasta la fecha no había tenido contrincantes para las elecciones; y aun aquellos que más se enfurecían por su aire de condescendencia serena y afable votaban por él cuando llegaba la ocasión, con una especie de confianza y fe infantiles. Lo observábamos, por lo tanto, con impaciencia, sabiendo que lo que hiciera finalmente estaría bien, no porque lo hiciera él, sino porque nunca permitiría a nadie, ni a sí mismo, hacer nada hasta que estuviera bien. Y todas las mañanas lo veíamos cruzar la plaza a las ocho y diez exactamente, y entrar en el edificio donde estaba su oficina, en la cual su sirviente negro lo había precedido exactamente diez minutos antes, con la precisión cronométrica con que la señal anuncia la llegada de un tren, a fin de abrir la oficina para la jornada. El juez entraba en la oficina, y el negro ocupaba una vez más su sitio en una silla de tijera remendada con alambre, en el corredor embaldosado que separaba la oficina del resto del edificio, y allí permanecía sentado, dormitando, todo el día, como lo hiciera durante diecisiete años. Luego, a las cinco de la tarde, el negro se despertaba y entraba en la oficina, quizás para despertar al juez, quien había vivido lo suficiente para saber que el apremio de cualquier actividad existe tan solo en la mente de ciertos teóricos que no tienen actividades propias; finalmente, veíamos a ambos cruzando la plaza, en fila india, siguiendo la calle que conducía a su casa; los dos con la mirada al frente, y separados unos metros, caminando tan erguidos que las dos levitas confeccionadas por el mismo sastre a la medida del juez caían de los dos pares de hombros en un solo plano, como una tabla, sin insinuación de cintura ni caderas.

Una tarde, poco después de las cinco, la gente empezó de pronto a correr a través de la plaza en dirección al Ayuntamiento. Otras personas vieron esto y corrieron a su vez, con sus pesados pasos resonantes sobre el pavimento, entre carros y automóviles, las voces tensas, insistentes: ¿Qué? ¿Qué pasa...? ¡El juez Dukinfield!, corría la voz; y todos siguieron corriendo hasta llegar al corredor embaldosado entre el edificio y la oficina, donde el viejo negro, con su casaca heredada, estaba de pie agitando las manos en el aire. Pasaron junto a él y entraron rápidamente en la oficina. Detrás de su mesa estaba sentado el juez, echado algo hacia atrás en su asiento, muy cómodo. Tenía los ojos abiertos y un balazo exactamente sobre el puente de la nariz, de modo que parecía tener tres ojos en hilera. Era un balazo, sí, pero a pesar de ello nadie había oído ningún ruido en todo el día: ni la gente en la plaza, ni el viejo negro sentado en su silla en el corredor.

Aquel día Gavin Stevens estuvo ocupado mucho tiempo: Gavin, con su pequeña caja de bronce. En efecto, al principio el jurado no comprendía adónde quería llegar; si en verdad había en el recinto quien lo comprendiera, entre el jurado, los dos hermanos, el primo y el viejo negro. Por fin, el presidente del jurado le preguntó inopinadamente:

-¿Afirma usted, señor Gavin, que hay una conexión entre el testamento del señor Holland y el asesinato del juez Dukinfield?

-Sí -repuso el fiscal del distrito-. Y afirmaré más que eso.

Todos se miraron: el jurado, los dos hermanos. Solo el viejo negro y el primo no levantaron la cabeza. En la última semana el negro había envejecido aparentemente cincuenta años. Su función pública databa del mismo día que la del juez; en verdad, era consecuencia del nombramiento del juez, a quien había servido durante tanto tiempo, que ya nadie recordaba cuánto. Era mayor que el juez, si bien hasta aquella tarde de una semana atrás siempre aparentó tener cuarenta años menos: una figura esmirriada, deforme con su voluminosa levita, que llegaba a la oficina diez minutos antes que el juez, y la abría y barría y quitaba el polvo de la mesa de trabajo sin mover un solo objeto, con experta prolijidad, fruto de diecisiete años de práctica, y por fin se instalaba a dormitar en la silla remendada con alambre en medio del corredor. Aparentaba dormir, en realidad. La otra forma de llegar a la oficina era por la estrecha escalera privada que comunicaba con la sala de audiencias, utilizada solamente por el juez cuando presidía el tribunal durante el período de sesiones. Aun entonces debía cruzar el corredor y pasar a menos de dos metros de la silla del negro, a menos que siguiese el corredor hasta donde formaba una L, debajo de la única ventana de la oficina, y trepase por ella. En realidad, ningún hombre ni mujer había pasado nunca cerca de aquella silla sin ver abrirse instantáneamente los rugosos párpados del negro, y descubrir los ojos castaños sin iris, propios de la vejez. De vez en cuando nos deteníamos a conversar con él, para oír su voz, vertida en la elocuente pero defectuosa pronunciación de la fraseología legal, rotunda, sin sentido, que había adquirido inconscientemente, como quien recoge gérmenes de enfermedades, y que reproducía con aquella profundidad ex cathedra que, a más de uno de nosotros, nos hacía escuchar al juez con afectuoso regocijo. Pero a pesar de todo era muy viejo; a veces olvidaba nuestros nombres y nos confundía mutuamente; y al confundir nuestros rostros y también nuestras generaciones, solía despertar de su ligero sueño para llamar a visitantes que no estaban presentes, que habían muerto hacía muchos años. Aun así, no se sabía de nadie que hubiese logrado pasar inadvertido junto a él.

Pero el resto de los presentes observaba a Stevens: el jurado cerca de la mesa, los dos hermanos sentados en los extremos opuestos del banco, con sus rostros morenos, aquilinos, idénticos, los brazos cruzados en gestos idénticos.

-¿Afirma usted que el asesino del juez Dukinfield está presente? -preguntó el presidente del jurado.

El fiscal del distrito miró a todos los rostros que lo contemplaban.

-Estoy dispuesto a afirmar más que eso -dijo.

-¿Afirmar? -repitió Anselm, el mellizo más joven. Estaba sentado solo, en un extremo del banco, con toda la extensión de este entre él y su hermano, a quien no había dirigido la palabra en quince años, mientras observaba a Stevens con una mirada dura, furiosa, sin pestañear.

-Sí -dijo Stevens.

De pie junto a un extremo de la mesa, comenzó a hablar, sin dirigirse a nadie en particular, con un tono ligero y anecdótico, refiriendo lo que ya sabíamos, y dirigiéndose de vez en cuando al otro mellizo, Virginius, como buscando corroboración. Habló acerca del joven Anse y su padre. Su tono era imparcial y agradable. Parecía estar preparando la defensa de los sobrevivientes. Relató cómo el joven Anse había abandonado el hogar en medio de una disputa, enojado, con un enojo natural frente a la forma en que su padre trataba la tierra que había sido de su madre y cuya mitad era en aquel momento legítimamente suya. Su tono era tranquilo, conciso, sincero; en todo caso, levemente parcial hacia el joven Anselm; eso es. Debido a esta aparente parcialidad, comenzó a surgir una imagen del joven Anselm que lo condenaba por algo a la sazón ignorado; lo condenaba en virtud de aquel mismo deseo de justicia y de aquel afecto por su difunta madre, malogrado por la violencia heredada del mismo ser que lo había agraviado. Y allí estaban sentados los dos hermanos, con un espacio de tabla, gastada por el uso, entre ellos; el menor, contemplando a Stevens con aquella mirada reprimida, intensa; el mayor, con igual intensidad, pero el rostro inescrutable. A continuación Stevens contó cómo el joven Anselm, enojado, había abandonado el hogar, y cómo, un año más tarde, Virginius, el más tranquilo, el que siempre trataba de mantener la paz entre ellos, había sido expulsado a su vez. Y nuevamente pintó Stevens un cuadro plausible y franco de los dos hermanos separados no por el padre vivo, sino por lo que cada uno había heredado de él, y atraídos, alimentados, por aquella tierra que no solo era legítimamente suya, sino donde además yacían los huesos de la madre.

-Y allí estaban ambos -prosiguió diciendo Stevens contemplando desde lejos la ruina gradual de aquellas buenas tierras, el derrumbe de la casa donde nacieron y donde nació su madre, por culpa de un viejo trastornado que, no pudiendo hacerles otra cosa, había intentado al fin privarlos definitivamente de su patrimonio, negándose a pagar los impuestos y exponiendo la propiedad a la subasta. Pero alguien lo derrotó en este punto; alguien con previsión y dominio de sí mismo suficientes como para callar acerca de algo que, de todos modos, a nadie incumbía, en tanto se pagasen los impuestos. Así, pues, todo lo que debió hacer fue esperar hasta que muriese el viejo. Era viejo, no hay que olvidarlo. Y aun cuando hubiese sido joven, la espera no habría sido dura para un hombre con dominio de sí mismo. Lo habría sido, en cambio, para un hombre violento y rápido de genio, especialmente si ocurría que aquel hombre violento conocía o sospechaba la esencia del testamento, y estaba además convencido, más aún, seguro, de haber sido irrevocablemente agraviado y despojado de su ciudadanía y su buen nombre por quien ya le había robado sus bienes, obligándolo a vivir como un ermitaño en una choza entre los montes. Un hombre así no habría tenido tiempo ni inclinación para preocuparse mucho, ni para esperar o dejar de esperar algo.

Los dos hermanos lo miraron. Parecían tallados en piedra, salvo los ojos de Anselm. Stevens hablaba serenamente, sin dirigirse a nadie en particular. Había sido fiscal del distrito tanto tiempo como el juez Dukinfield fuera magistrado. Era egresado de Harvard: un hombre desgarbado, con una mata de rebeldes cabellos de color gris acero, capaz de discutir la teoría de Einstein con profesores universitarios y de pasar tardes enteras entre los hombres que se instalaban junto a los rincones del almacén de ramos generales, conversando en el mismo idioma de ellos. Llamaba a esto sus vacaciones.

-Luego murió el padre, como lo habría previsto cualquier hombre poseedor de previsión y dominio de sí mismo. Y se presentó su testamento para su legalización, y hasta los habitantes de las colinas más apartadas se enteraron de su contenido: se enteraron de cómo, por fin, aquella tierra maltratada pasaría a su legítimo dueño o dueños; pues Anse Holland sabe tan bien como todos nosotros que Virge nunca aceptaría ahora más de la mitad que le corresponde, con o sin testamento; como no lo aceptó cuando su padre le dio oportunidad para ello. Porque si bien ambos eran hijos de Anselm Holland, también lo eran de Cornelia Mardis. Pero aunque Anselm no supiese ni creyese esto, habría sabido que la tierra que había sido de su madre y en la cual yacían sus huesos sería bien tratada ahora. Por ello, quizás, la noche en que se enteró de la muerte de su padre, quizás por primera vez desde niño, desde antes de morir su madre tal vez, cuando ella subía a su habitación durante la noche, lo miraba mientras dormía, y se retiraba luego nuevamente, quizás por primera vez desde entonces, Anse durmió. Todo estaba vengado ahora: el ultraje, la injusticia, el buen nombre perdido, y la mancha de su condena, todo había pasado como en un sueño. Un sueño que era menester olvidar ahora, porque todo estaba bien. Para aquella época, como imaginarán ustedes, Anse estaba ya habituado a ser un ermitaño, a vivir solo; no podría cambiar al cabo de tanto tiempo. Vivía más feliz donde estaba, solo en aquel paraje alejado. Le bastaba saber que todo yacía en el pasado como un mal sueño, y que la tierra, la tierra de su madre, su patrimonio y su mausoleo, estaban ahora en manos del único hombre en quien podía confiar, y confiaría, aun cuando no se hablaran entre ellos. ¿Comprenden?

Lo miramos, sentados en torno de la mesa, intacta desde que murió el juez Dukinfield, sobre la cual estaban todavía los objetos que, aparte del cañón de la pistola, había contemplado en sus últimos instantes; los cuales nos eran a todos familiares desde hacía muchos años: los papeles, el tintero sucio, la lapicera roída a la cual se aferrara el juez, la pequeña caja de bronce que fue su superfluo pisapapeles. Desde sus extremos opuestos en el banco, los mellizos observaban a Stevens, inmóviles, absortos.

-No, no comprendemos -dijo el presidente del jurado-. ¿Adónde quiere ir a parar? ¿Qué relación tiene todo esto con el juez Dukinfield?

-Lo siguiente: el juez Dukinfield debía legalizar el testamento, y entonces fue asesinado. Era un testamento extraño; pero todos esperábamos eso del señor Holland. Todo estaba en regla, y los herederos satisfechos; todos sabemos que la mitad de la tierra es de Anse en el momento en que la solicite. Así, pues, el testamento está bien. Su legalización debió ser una simple formalidad. A pesar de ello, el juez Dukinfield pospuso su decisión durante más de dos semanas, y entonces se produjo su muerte. Y así el hombre que creyó que todo lo que debía hacer era esperar...

-¿Qué hombre? -preguntó el presidente.

-Espere -dijo Stevens-. Todo lo que debía hacer el hombre era esperar. Pero no era la espera lo que preocupaba a quien había esperado ya quince años. Era algo más, que descubrió, o recordó, demasiado tarde. Algo que nunca debió haber olvidado, porque se trata de un hombre perspicaz, un hombre con dominio de sí mismo y previsión; un hombre con suficiente dominio como para esperar su oportunidad durante diez años, y con previsión suficiente como para haber previsto todas las contingencias, salvo una: su propia memoria. Y cuando era demasiado tarde, recordó que otro hombre sabía también lo que él había olvidado. Y este hombre que también lo sabía era el juez Dukinfield, y lo que el juez sabía era que aquel caballo nunca pudo haber matado al señor Holland.

Cuando calló la voz de Stevens, no se oyó un rumor en la sala. El jurado seguía sentado en torno de la mesa, los ojos fijos en Stevens. Anselm volvió su rostro hosco y torturado, miró a su hermano, y luego a Stevens nuevamente, y se inclinó hacia adelante. Virginius no se había movido, ni se observaba ningún cambio en su expresión grave, absorta. Entre él y la pared estaba sentado el primo, con las manos sobre las rodillas y la cabeza baja, como si estuviese en la iglesia. Solo sabíamos de él que era una especie de predicador ambulante, y que, de vez en cuando, reunía tropillas de mulas y caballos estropeados y los llevaba a alguna parte para venderlos o cambiarlos. Como era hombre de pocas palabras, que en su trato con los hombres evidenciaba una timidez y falta de confianza lamentables, lo compadecíamos con esa especie de disgusto compasivo que inspira un gusano maltrecho, y hasta nos resistíamos a someterlo a la agonía de responder afirmativa o negativamente a una pregunta. No obstante ello, habíamos oído decir que los domingos, en el púlpito de las iglesias rurales, se transformaba en otro hombre, cambiaba; su voz era entonces bien timbrada, conmovedora y firme, y fuera de toda proporción con sus características y actitud habituales.

-Ahora imaginen ustedes la espera -dijo Stevens- con este hombre sabedor de lo que ocurriría antes de que hubiese ocurrido, sabedor por fin de que la razón por la cual nada había ocurrido, por la que el testamento había desaparecido aparentemente de este mundo y del conocimiento de los hombres, era su olvido de algo que nunca debió olvidar. Y ello era que el juez Dukinfield sabía que el señor Holland no era quien había golpeado al caballo. Sabía que el juez Dukinfield sabía que el hombre que había golpeado al caballo con el palo hasta dejar marcas en su lomo era el hombre que primero mató al señor Holland, y luego trabó su pie en uno de los estribos y golpeó al caballo con el palo para que se espantase. Pero el caballo no se espantó; el hombre lo sabía de antemano, lo sabía desde hacía años, pero lo había olvidado. Porque cuando aquel animal era todavía un potrillo lo castigaron tan severamente en una oportunidad, que desde entonces, al ver simplemente una correa en manos del jinete, se echaba al suelo, como bien lo sabía el señor Holland y como lo sabían los más allegados a la familia. El caballo se echó, pues, simplemente sobre el cuerpo del señor Holland. Y al principio, eso vino muy bien. Es lo que creyó el hombre durante una o dos semanas, acostado de noche en su cama y esperando, luego de haber esperado quince años. Porque era entonces, cuando era ya demasiado tarde y adivinó haber cometido un error, no recordó tampoco lo que nunca debió haber olvidado. Y recordó esto por fin, cuando era demasiado tarde, una vez descubiertos el cadáver y las marcas del palo sobre el caballo, marcas que fueron objeto de comentarios, y era demasiado tarde para borrarlas. Probablemente habían desaparecido ya para esa fecha, de todos modos. En cambio, tenía solo un instrumento para borrarlas de la memoria de la gente. Imaginemos, pues, a este hombre; su terror, su furia, su sensación de haber sido objeto de una treta para la que no había represalias: ese furioso deseo de hacer retroceder el tiempo un minuto siquiera, para deshacer o completar algo cuando es ya demasiado tarde. Porque lo último que recordó cuando era ya demasiado tarde fue que el señor Holland había adquirido el caballo del juez Dukinfield, del hombre que estaba sentado en un estrado, dispuesto a decidir la validez del testamento por el cual se conferían dos mil acres de las mejores tierras del distrito. Y esperó, puesto que disponía de un solo instrumento para borrar las marcas, y no ocurrió nada. No ocurrió nada, y él sabía por qué. Y esperó tanto como se atrevía a esperar, hasta llegar a la conclusión de que estaba en juego algo más que unas cuantas varas y acres de tierra. En consecuencia, ¿qué otra cosa pudo hacer que lo que hizo?

Apenas cesó de oírse la voz, cuando habló Anselm. Su voz era áspera, hostil.

-Está equivocado -dijo.

Como una sola persona, todos lo miramos: inclinado sobre el banco, con las botas embarradas y las raídas ropas de trabajo, miraba a Stevens. Hasta Virginius se volvió y lo miró un instante. Solo el primo y e! viejo negro no se movieron. Aparentemente no prestaban atención.

-¿En qué estoy equivocado? -preguntó Stevens. Anselm no repuso. Miró a Stevens con odio.

-¿Le corresponderá la propiedad a Virginius si... si...?

-¿Si qué? -repitió Stevens.

-Si... él...

-¿Si él... hubiera sido asesinado?

-Sí.

-Sí. Usted y Virginius recibirán la tierra sea o no válido el testamento, siempre que Virginius la divida con usted. Pero el hombre que mató a su padre no estaba seguro de ello, y no se atrevía a averiguarlo. Porque no deseaba esa solución. Quería que Virginius la tuviese toda. Por ello deseaba que el testamento fuese legalizado.

-Está equivocado -dijo Anselm, con su tono áspero y brusco-. Yo lo maté. Pero no fue por la maldita tierra. Ahora, llame al sheriff.

Y entonces fue Stevens quien, mirando fijamente el rostro furioso de Anselm, dijo en voz baja:

-Y yo afirmo que es usted quien se equivoca, Anse.

Durante unos instantes los que observábamos y escuchábamos permanecimos, en medio de esta inesperada revelación, en un estado de ensueño en el que se nos antojaba saber de antemano qué ocurriría, y conscientes a la vez de que no tenía importancia, porque pronto nos despertaríamos. Era como si estuviésemos fuera del tiempo, contemplando los acontecimientos desde afuera, siempre afuera y más allá del tiempo, desde aquel primer instante en que miramos nuevamente a Anselm como si no lo hubiéramos visto nunca. Se oyó un rumor, un rumor leve como un suspiro, un susurro, quizás de alivio: algo, en fin. Tal vez todos estábamos pensando que por fin había terminado la pesadilla de Anselm; era como si también nosotros hubiésemos retrocedido de pronto al punto donde, niño una vez más, Anselm estaba en la cama, y su madre, quien, según decían, lo prefería, cuya herencia él había perdido y cuyas cenizas, largo tiempo dormidas, fueron profanadas en su lugar de reposo, entrase una vez más a contemplarlo antes de partir de nuevo. Muy lejos estaba aquello en aquel tiempo, pero el camino era recto. Y recto como era este camino del tiempo, el niño que durmió tranquilamente en aquella cama se había perdido en él, como nos ocurre a todos, como es inevitable que nos ocurra siempre; aquel niño estaba tan muerto como cualquier otro de su sangre en el bosquecillo de cedros profanado, y cuando mirábamos a ese hombre a través de aquel abismo insalvable, lo mirábamos con compasión, tal vez, pero no con misericordia. Por ello el sentido de las palabras de Stevens tardó tanto en penetrar en nuestras mentes como en la de Anse, y Stevens mismo debió repetir:

-Yo afirmo que está equivocado, Anse.

-¿Qué? -dijo Anse. Y entonces se movió. No se levantó, y sin embargo pareció lanzarse de pronto hacia adelante, violentamente-. ¡Miente! Usted...

-Se equivoca, Anse. Usted no mató a su padre. El hombre que mató a su padre es el hombre que pudo planear y concebir el asesinato del anciano que se sentaba aquí, detrás de esta mesa, día tras día, hasta que entraba el viejo negro, lo despertaba y le decía que era hora de regresar a casa; un hombre que nunca hizo sino bien a hombres, mujeres y niños, como él creía que Dios lo quería. No fue usted quien mató a su padre. Usted exigió de él lo que consideraba suyo; y cuando él se negó a dárselo, se fue, se alejó y nunca más le habló. Se enteró de cómo estaba maltratando la propiedad, pero no dijo nada, porque para usted era simplemente "la maldita tierra". Calló hasta que se enteró de que un hombre trastornado estaba excavando las tumbas donde reposaban la carne y la sangre de su madre y la suya propia. Entonces, solo entonces, se acercó a su padre para recriminarlo. Pero nunca sirvió usted para protestar, y él, por su parte, no era hombre de escuchar a nadie. Y lo encontró allá, en el bosquecillo, con la escopeta. Me imagino que no hizo mucho caso de ella: supongo que se la arrebató, simplemente; luego lo castigó con sus propias manos, y lo dejó junto a su caballo, creyendo tal vez que estaba muerto. Entonces ocurrió que alguien pasó por allí, una vez que usted se fue, y lo encontró; puede que ese alguien haya estado allí todo el tiempo, acechando. Alguien que también deseaba su muerte. No por enojo ni por sentimientos ultrajados, sino por cálculo, o bien por deseo de lucrarse a través de un testamento. Este hombre llegó, pues, allí y vio lo que usted había dejado, y terminó la obra: enganchó el pie de su padre en el estribo y trató de espantar al caballo golpeándolo; pero, en su apuro, olvidó lo que no debió haber olvidado nunca. No, no fue usted. Porque usted regresó a casa, y cuando se enteró de que lo habían encontrado, no dijo nada. Y en aquel momento pensó algo que no se atrevió a decirse ni usted mismo. Cuando se enteró del contenido del testamento, creyó conocer la verdad. Y se sintió satisfecho. Había vivido tanto tiempo solo, que había perdido su juventud y todo deseo de poseer bienes: solo quería vivir tranquilo, y que las cenizas de su madre reposasen en paz. Y luego, ¿qué significaban la tierra y la posición para un hombre sin ciudadanía y con un nombre deshonrado?

Escuchamos en silencio, mientras el eco de la voz de Stevens moría lentamente en los ámbitos del pequeño recinto, en el cual nunca corría una brisa ni una ráfaga de aire, debido a su posición dentro del edificio.

-No fue usted quien mató a su padre y al juez Dukinfield, Anse. Porque si el hombre que mató a su padre hubiera recordado a tiempo que en una época el juez Dukinfield fue propietario de ese caballo, el juez Dukinfield estaría vivo hoy.

Respirábamos quedo, sentados junto a la mesa detrás de la cual estuvo también sentado el juez Dukinfield cuando se vio frente al cañón de la pistola. La mesa estaba intacta. Todavía reposaban allí los papeles, la lapicera, el tintero, la pequeña caja de bronce curiosamente tallada que le trajo su hija de Europa doce años atrás; con qué objeto, ni ella ni el juez lo sabían, ya que habría servido solamente para guardar sales de baño o tabaco, y el juez no usaba ninguno de esos dos artículos. Por ello la había conservado como pisapapeles, uso también superfluo allí donde nunca soplaba una corriente de aire. Con todo, el juez la tenía sobre la mesa; todos nosotros la conocíamos y lo habíamos visto jugar con ella mientras conversaba: abriéndola y observando cómo se cerraba bruscamente la tapa de resorte al menor roce.

Cuando pienso en todo ello retrospectivamente, veo que el resto no debió llevarnos tanto tiempo. Siento ahora que debimos saberlo en seguida, y aún siento, asimismo, esa especie de disgusto sin piedad, que, después de todo, hace las veces de compasión; como cuando contemplamos un gusano blando traspasado por un alfiler y sentimos esa náusea de repulsión, mientras, como fascinados, nos disponemos a apretarlo con la palma de la mano, simplemente, pensando: "¡Vamos! Aplástalo. ¡Deshazlo de una vez!" Pero no era este el plan de Stevens. Porque tenía un plan, y más tarde nos dimos cuenta de que, no pudiendo condenar al culpable, este tendría que condenarse a sí mismo. El modo cómo lo logró fue muy tortuoso: nosotros se lo dijimos después.

-¡Ah! -dijo entonces-. ¿Acaso la justicia no es injusta siempre? ¿No se compone siempre de injusticia, suerte y lugares comunes en partes desiguales?

Sea como fuere, no advertimos en el momento adónde se dirigía, cuando comenzó a hablar nuevamente en aquel tono fácil, anecdótico, la mano apoyada ahora en la caja de bronce. Lo que ocurre es que los hombres son movidos siempre, en buena parte, por ideas preconcebidas. No son las realidades ni las circunstancias las que nos sorprenden; sino el choque de lo que debimos haber sabido, si no hubiésemos estado tan absortos en la creencia de lo que, más tarde, descubrimos haber tomado por verdad, sin otra base que el haberlo creído así en aquel momento.

Stevens estaba hablando una vez más del hábito de fumar: de cómo la gente no disfruta verdaderamente del tabaco hasta que comienza a creer que le hace daño, y cómo los no fumadores pierden una de las experiencias más gratas de la vida para un hombre sensible: la convicción de estar sucumbiendo a un vicio que solo lo puede dañar a él.

-¿Fuma usted, Anse? -preguntó.

-No -repuso este.

-Usted tampoco, ¿no, Virge?

-No -repuso Virginius-. Ninguno de nosotros fumó nunca: ni mi padre, ni Anse, ni yo. Ha de ser de familia.

-Un rasgo familiar -comentó Stevens-. ¿Aparece también en la familia de su madre? ¿En su familia, Granby?

El primo miró a Stevens durante una fracción de segundo, y aunque no se movió, pareció que se retorcía lentamente, dentro de su traje ordinario pero aliñado.

-No, señor. Yo nunca he fumado.

-Quizás por ser predicador -observó Stevens. El primo no repuso, sino que miró nuevamente a Stevens con su rostro benigno, tranquilo, desesperadamente tímido.

-Yo siempre he fumado -dijo Stevens-, siempre, desde que me repuse de una intoxicación de tabaco a los catorce años. Es mucho tiempo, el suficiente para haberme hecho exigente en materia de tabaco. Pero la mayoría de los fumadores son exigentes, a pesar de los psicólogos y de que se ha uniformado la calidad de los tabacos. O quizás sean los cigarrillos los que han sido uniformados. O quizás parezcan todos iguales a los legos, a los no fumadores. He notado, en efecto, que los no fumadores suelen marearse al oler tabaco, así como el resto de nosotros sentimos lo mismo frente a algo que no acostumbramos usar, que no nos es familiar. Y esto, porque el hombre es movido por sus ideas preconcebidas o, mejor dicho, tal vez, por sus prejuicios. Tenemos así a un hombre que vende tabaco, aunque él no fuma; que ve a un cliente tras otro abrir el paquete y encender un cigarrillo del otro lado del mostrador. Le preguntamos si todo tabaco huele igual, si no le es posible distinguir uno de otro por el aroma. O quizás por la forma, o el color del paquete; pues ni siquiera los psicólogos han podido decirnos exactamente dónde cesa la visión y comienza el olfato, o dónde cesa el oído y comienza la visión. Cualquier abogado puede corroborar esto.

Nuevamente lo interrumpió el presidente del jurado. Nosotros lo habíamos escuchado en el mayor silencio, pero creo que todos conveníamos en que una cosa era mantener desorientado al asesino, y otra a nosotros y al jurado.

-Debió hacer todas esas indagaciones antes de convocarnos -dijo el presidente-. Aun cuando se trate de pruebas, ¿para qué sirven si no capturamos al asesino? Están muy bien las conjeturas, pero...

-Bien -dijo Stevens-. Permítanme hacer otras más, y si ven que no estoy avanzando, me lo dirán y yo desistiré de mi sistema y aceptaré el que me indiquen. Creo que al principio considerarán ustedes que me tomo demasiadas libertades, hasta en el uso de la conjetura. Pero encontramos al juez Dukinfield muerto, con un balazo entre los ojos, sentado en esta silla, detrás de esta mesa. Esto no es conjetura. Y el tío Job estuvo todo el día sentado en el corredor, donde cualquiera que entrase en esta habitación, salvo que utilizase la escalera privada de la sala de audiencias y luego la ventana, tendría que haber pasado a menos de un metro de distancia de él. Y nadie que nosotros conozcamos ha pasado nunca inadvertido junto a la silla del tío Job, en diecisiete años. Esto no es conjetura.

-Pero, ¿cuál es su conjetura?

Stevens estaba hablando de tabaco una vez más, del hábito de fumar.

-La semana pasada me detuve a comprar tabaco en la farmacia de West, y este me habló de un individuo que también era exigente en materia de tabaco. Mientras sacaba el tabaco que yo fumo de un cajón, tomó una caja de cigarrillos y me la dio. Estaba polvorienta, desteñida, como si hiciera mucho tiempo que la tenía, y me contó que un viajante la había dejado hacía dos años. "¿Los ha fumado alguna vez?", me preguntó. "No -repuse-; han de ser cigarrillos de ciudad." A continuación West comentó haber vendido el otro paquete pocos días atrás. Estaba detrás del mostrador, con el diario abierto sobre la mesa; por momentos leía, pero a la vez atendía el comercio, pues el empleado había salido a almorzar. Dice que no vio ni oyó al hombre hasta que estuvo junto al mostrador, tan cerca de él que por poco lo hizo saltar con el susto. Un hombre menudo, con ropas de ciudad, según dice West, que quería una marca de cigarrillos de la cual él nunca había oído hablar. "No tengo esa marca", dijo West. "No trabajo con ella." "¿Por qué?" "Porque no tiene venta aquí", repuso West. Me describió luego al hombre de la ciudad, cuyo rostro parecía el de un muñeco lampiño, con ojos que miraban fijamente y una voz de timbre monótono. Dice West que cuando se fijó en los ojos del hombre y vio las aletas de su nariz comprendió lo que ocurría. En ese momento el hombre estaba ya intoxicado con drogas. "Nadie los pide", dijo, pues, West. "¿Y qué hago yo ahora?", preguntó el hombre. "¿Tratar de venderle papel cazamoscas?" En seguida el hombre compró el otro paquete de cigarrillos y se fue. Y dice West que él, por su parte, estaba enojado y con el rostro cubierto de sudor, como con deseos de vomitar. A mi me dijo: "Si hubiese algo malo que no me atreviese a hacer por mi mismo, ¿sabes que haría? Le daría diez dólares a ese individuo, le indicaría dónde está el objeto de la mala acción y le diría que nunca más me dirigiera la palabra. Cuando salió sentí exactamente esa sensación. Como si estuviese por vomitar."

Stevens miró a su alrededor, hizo una pausa. Todos lo observábamos atentamente.

-Vino en un automóvil, un gran convertible, ese hombre de la ciudad. El hombre de la ciudad que se quedó sin cigarrillos de su marca habitual.

Una vez más se detuvo, y luego volvió la cabeza lentamente y miró a Virginius Holland. Transcurrió un minuto, y vimos como ambos se miraron fijamente.

-Y me dijo un negro que el automóvil estuvo detenido en el establo de Virginius Holland la noche que mataron al juez Dukinfield.

Durante otro intervalo observamos a ambos mientras se miraban mutuamente, sin el menor cambio de expresión en sus rostros. Stevens hablaba con tono tranquilo, especulativo, casi un murmullo.

-Alguien trató de impedir que viniese aquí con el automóvil, ese vehículo tan grande, que cualquiera que lo viese una vez lo recordaría y reconocería. Tal vez ese alguien intentó impedirle que viniese en el automóvil y lo amenazó. Solo que el hombre de la ciudad a quien el licenciado West vendió los cigarrillos no era persona de soportar amenazas.

-Y al decir alguien, se refiere usted a mí -dijo Virginius.

No se movió, ni volvió la cabeza, ni desvió la mirada, fija en el rostro de Stevens. Pero Anselm, en cambio, se movió. Dio vuelta la cabeza y miró a su hermano. Reinaba un profundo silencio, y a pesar de ello, cuando habló el primo no lo oímos ni lo reconocimos inmediatamente; desde que habíamos entrado en la habitación y Stevens cerró la puerta, había hablado solo unja vez. Su voz era débil; de nuevo, sin moverse, pareció retorcerse dentro de sus propias ropas. Hablaba con aquel susurro tímido, aquel desgarrador deseo de anonimato que nos eran tan familiares.

-El hombre de quien habla vino a verme -dijo Dodge-. Se detuvo a verme a mí. Se detuvo en la casa al oscurecer, aquella noche, y dijo que buscaba caballos pequeños para utilizar en ese juego… ese juego…

-¿El polo?- dijo Stevens.

El primo no había mirado a nadie mientras hablaba; era como si se dirigiera a sus manos, que movía lentamente sobre sus rodillas.

-Sí, señor. Virginius estaba presente. Hablábamos de caballos. Al día siguiente sacó su automóvil y partió. Yo no tenía nada que le conviniese. No sé de dónde vino ni adónde fue.

-Ni a quién más vino a ver -observó Stevens-. Ni qué más vino a hacer. No puede decirnos nada.

Dodge no repuso. No era necesario, y una vez más se refugió bajo el caparazón de su timidez, como un animal salvaje débil y pequeño que se mete en su cueva.

-Esa es mi conjetura -dijo Stevens.

En aquel instante debimos haberlo adivinado. Estaba allí, visible como una mano desnuda. Debimos de haberlo sentido: a ese alguien presente en la habitación, que sentía que Stevens había provocado la aparición de ese horror, de aquella indignación, de aquel furioso deseo de hacer retroceder el tiempo un segundo, de desdecir, de deshacer. Pero quizás aquel alguien no lo había advertido todavía, no había sentido el golpe, el choque, así como durante un segundo o dos un hombre no sabe que ha sido herido de bala. Porque ahora fue Virge quién habló, brusca, ásperamente:

-¿Cómo va a probar eso?

-¿Probar qué, Virge? -dijo Stevens. Nuevamente se miraron mudos, rígidos o, por lo menos, como hombres armados de pistolas-. ¿Quién contrató a ese gorila, a ese matón que vino aquí desde Memfis? No tengo que probarlo. Él lo confesó. En el camino de regreso a Memfis atropelló a un niño cerca de Battenburg, pues todavía estaba bajo los efectos de una droga, y seguramente se había inyectado otra dosis cuando terminó su trabajo aquí. Lo atraparon y lo detuvieron. Y cuando comenzaron a pasar los efectos de la droga, dijo dónde había estado, a quién había visto: todo ello sentado en la celda de la cárcel, entre sacudidas y gruñidos, una vez que le quitaron la pistola con silenciador.

-¡Ah! -dijo Virginius-. ¡Muy bien! ¡Conque todo lo que debe probar es que estuvo en esta habitación aquel día! ¿Y cómo lo probará? ¿Dando otro dólar al negro para que recuerde otra vez?

Pero aparentemente Stevens ya no escuchaba. Estaba de pie junto a un extremo de la mesa, entre los dos grupos, y mientras hablaba tenía la caja de bronce en una mano, y la volvía, examinándola, mientras hablaba con tono tranquilo y reflexivo.

-Todos ustedes conocen las características especiales de esta habitación. En ella nunca sopla una corriente de aire. Cuando alguien fuma aquí el sábado, digamos, el humo perdura hasta el lunes por la mañana, cuando el tío Job abre la puerta, y lo vemos apoyado contra el zócalo como un perro dormido. Todos lo han visto.

Como Anse, estábamos todos inclinados hacia adelante, contemplando a Stevens.

-Sí -dijo el presidente-. Lo hemos visto.

-En efecto -dijo Stevens, como si todavía no escuchase a nadie, en tanto daba vueltas repetidamente a la caja entre sus manos-. Ustedes me preguntaron cuál era mi conjetura. Hela aquí. Pero para llegar a ella es necesario un hombre inclinado a las conjeturas, un hombre capaz de acercarse a un comerciante de pie detrás de su mostrador, con un ojo en el diario que está leyendo y otro en la puerta, a la espera de parroquianos, antes de que éste advierta que ha entrado. Un hombre, en fin, de la ciudad, que quería cigarrillos de ciudad. Así, pues, este hombre salió del comercio y se dirigió al Ayuntamiento, entró y subió como lo habría hecho cualquiera. Quizás lo vieron una docena de personas. Quizás el doble de ese número no lo miró siquiera, ya que hay dos sitios donde los hombres no se miran las caras: en los santuarios de la ley civil y en los baños públicos. El hombre entró en la sala de audiencias, bajó por la escalera privada hasta el corredor, y vio al tío Job dormido en su silla. Probablemente avanzó por el corredor y entró por la ventana a espaldas del juez Dukinfield. O bien, quizás, pasó delante del tío Job, acercándose desde atrás, como ven ustedes. Pasar a dos metros de un hombre dormido en una silla no pudo ser muy difícil para quien podía acercarse inadvertido a un hombre apoyado en el mostrador de su propio comercio. Probablemente hasta encendió un cigarrillo del paquete que le vendió West, antes de que el juez Dukinfield advirtiese su presencia. O bien tal vez el juez estuviera dormido en su sillón, como ocurría a veces. Y quizás el hombre permaneció inmóvil y terminó su cigarrillo, contemplando el humo que se esparcía lentamente sobre la mesa y se arremolinaba lentamente contra la pared, y pensando en la ganancia fácil, en la simpleza de la gente de campo, aun antes de extraer la pistola. Y esta hizo menos ruido que el fósforo con que encendió su cigarrillo, porque al protegerse tanto contra el ruido, había olvidado el silencio. Por fin se fue como había venido, y una docena de hombres lo vio, y dos docenas no lo vieron, y a las cinco de la tarde el tío Job fue a despertar al juez y a decirle que era hora de volver a casa. ¿No es así, tío Job?

El viejo negro levantó la vista.

-Yo lo cuidaba, como le prometí hacerlo a la niña. Y me preocupaba por él, como le prometí a la niña. Entré aquí y primero creí que dormía, como a veces...

-Un momento -interrumpió Stevens-. Usted llegó y lo vio en el sillón, como siempre, y notó el humo contra la pared, detrás de la mesa, al acercarse. ¿No es eso lo que me dijo?

Sentado en su silla remendada, el negro comenzó a llorar. Parecía un mono viejo, llorando quedamente con lágrimas negras, enjugando su rostro con el dorso de la mano nudosa, temblorosa de vejez o de otra cosa.

-Todas las mañanas iba yo allí a limpiar. Solía estar allí el humo, y él, que nunca en su vida fumó, entraba y olfateaba con esa nariz levantada que tenía, y decía: "La verdad, Job, es que anoche casi espantamos con humo a ese individuo del corpus juris."

-Bueno -dijo Stevens-. Cuéntenos acerca del humo que había allí aquella tarde, cuando fue a despertarlo para volver a casa, cuando nadie había entrado en la oficina, salvo Virge Holland, aquí presente. Y el señor Virge no fuma, y el juez tampoco fumaba. Pero el humo estaba allí; cuente lo que me dijo.

-Estaba allí. Y yo creí que estaba dormido como siempre, y fui a despertarlo, y...

-Y esta cajita estaba en el borde de la mesa, donde el juez jugaba con ella mientras conversaba con el señor Virge, y cuando usted extendió la mano para despertarlo...

-Sí, señor. Saltó de la mesa. Y yo creía que estaba dormido...

-La caja saltó de la mesa. Hizo ruido, y usted se preguntó por qué no había despertado al juez; y al mirar la caja caída en el suelo, en medio del humo, con la tapa abierta, creyó que estaba rota. Y estiró el brazo para levantarla, pues el juez la apreciaba mucho por habérsela traído la señorita Emma de Europa, a pesar de que no hacía falta un pisapapeles en la oficina. Usted cerró la tapa y colocó nuevamente la caja sobre la mesa. Y entonces descubrió que el juez estaba más que dormido.

Stevens se detuvo. Apenas respirábamos, pero oíamos nuestra respiración. Stevens aparentaba estudiarse la mano mientras jugaba lentamente con la caja. Se había alejado ligeramente de la mesa al dirigirse al negro, de modo que ahora miraba el banco en lugar de mirar al jurado.

-El tío Job llama a esto la caja de oro, lo cual es tan apropiado como cualquier otro nombre. Mejor que muchos. Porque todos los metales son más o menos iguales: lo que ocurre es que la gente desea algunos más que otros. Pero todos tienen ciertos atributos, ciertas semejanzas. Uno de ellos es que aquello que se encierra en una caja de metal permanecerá inalterable más tiempo que en una caja de madera o de cartón. Podemos guardar humo, por ejemplo, en una caja de metal con una tapa ajustada como esta; y una semana más tarde todavía estará dentro. Y no solo eso, sino que un químico o un vendedor de tabacos, como el licenciado West, podrá decir qué provocó el humo, qué clase de tabaco, especialmente si se trata de una marca especial, de un tipo que no se vende en Jefferson, del cual tenía sólo dos paquetes, y recuerda a quién vendió uno de ellos.

Nadie se movió. Estábamos allí sentados, y oímos entonces los pasos presurosos del hombre, que avanzó torpemente, antes de arrebatar la caja de manos de Stevens. Pero no lo miramos a él, especialmente. Como él, vimos que la caja caía en dos trozos al romperse la tapa, y salían de ella unas volutas perezosas que se disiparon lentamente. Simultáneamente nos inclinamos todos sobre el borde de la mesa, y vimos la desteñida, la desesperanzada mediocridad que era Granby Dodge mientras, de rodillas en el suelo, batía el humo ya esparcido con ambas manos.

-Pero todavía no entiendo -dijo Virginius. Estábamos afuera, en el patio del Ayuntamiento, los cinco, mirándonos algo atontados, como si acabásemos de salir de una caverna.

-Usted ha hecho testamento, ¿no? -dijo Stevens. Virginius se quedó inmóvil, mirándolo.

-¡Ah! -dijo por fin.

-Uno de esos testamentos de beneficio mutuo que cualquiera de los dos socios puede aprovechar -añadió Stevens-. Usted y Granby, beneficiarios y albaceas a la vez, en sentido recíproco, para la protección mutua de los bienes comunes. Es natural. Probablemente fue Granby quien lo propuso, diciéndole que lo había nombrado su heredero. Es mejor, pues, que rompa su propia copia. Si desea hacer testamento, nombre heredero a Anse.

-No tendrá que esperar eso -dijo Virginius-. La mitad de la tierra es suya.

FIN

"Smoke", 1932



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