Caso o HSBC seja comprado pelo Bradesco, os cinco maiores bancos que operam no Brasil passarão a concentrar 82,5% do setor. Há 10 anos, os cinco maiores bancos detinham 59,7% dos ativos. O que garante que esse mercado tão concentrado ainda exerça alguma função social, mesmo que cada vez mais residual, é a presença de dois grandes bancos públicos nesta lista. Além do mais, o HSBC herdou, em 1997, por obra do presidente FHC e do Banco Central da época, através do PROER, toda a rede do antigo Bamerindus. Nesse cenário, e diante aos prejuízos causados pelo banco inglês com a evasão do nosso país de bilhões de reais ilegais e a necessidade de se garantir os 20 mil empregos em risco, seria prudente a encampação do HSBC por um dos bancos públicos.
sexta-feira, 19 de junho de 2015
A concentração bancária no Brasil
André Castelo Branco Machado
Caso o HSBC seja comprado pelo Bradesco, os cinco maiores bancos que operam no Brasil passarão a concentrar 82,5% do setor. Há 10 anos, os cinco maiores bancos detinham 59,7% dos ativos. O que garante que esse mercado tão concentrado ainda exerça alguma função social, mesmo que cada vez mais residual, é a presença de dois grandes bancos públicos nesta lista. Além do mais, o HSBC herdou, em 1997, por obra do presidente FHC e do Banco Central da época, através do PROER, toda a rede do antigo Bamerindus. Nesse cenário, e diante aos prejuízos causados pelo banco inglês com a evasão do nosso país de bilhões de reais ilegais e a necessidade de se garantir os 20 mil empregos em risco, seria prudente a encampação do HSBC por um dos bancos públicos.
Caso o HSBC seja comprado pelo Bradesco, os cinco maiores bancos que operam no Brasil passarão a concentrar 82,5% do setor. Há 10 anos, os cinco maiores bancos detinham 59,7% dos ativos. O que garante que esse mercado tão concentrado ainda exerça alguma função social, mesmo que cada vez mais residual, é a presença de dois grandes bancos públicos nesta lista. Além do mais, o HSBC herdou, em 1997, por obra do presidente FHC e do Banco Central da época, através do PROER, toda a rede do antigo Bamerindus. Nesse cenário, e diante aos prejuízos causados pelo banco inglês com a evasão do nosso país de bilhões de reais ilegais e a necessidade de se garantir os 20 mil empregos em risco, seria prudente a encampação do HSBC por um dos bancos públicos.
quinta-feira, 18 de junho de 2015
Ten compasión, piedad, amor!...
John Keats
¡Ten
compasión, piedad, amor! ¡Amor, piedad!
Piadoso amor que no nos hace sufrir sin fin,
amor de un solo pensamiento, que no divagas,
que eres puro, sin máscaras, sin una mancha.
Permíteme tenerte entero... ¡Sé todo, todo mío!
Esa forma, esa gracia, ese pequeño placer
del amor que es tu beso... esas manos, esos ojos divinos
ese tibio pecho, blanco, luciente, placentero,
incluso tú misma, tu alma por piedad dámelo todo,
no retengas un átomo de un átomo o me muero,
o si sigo viviendo, solo tu esclavo despreciable,
¡olvida, en la niebla de la aflicción inútil,
los propósitos de la vida, el gusto de mi mente
perdiéndose en la insensibilidad, y mi ambición ciega!
Processo
As palavras mais simples, mais comuns,
As de trazer por casa e dar de troco,
Em língua doutro mundo se convertem:
Basta que, de sol, os olhos do poeta,
Rasando, as iluminem.
- José Saramago, em "Os poemas possíveis". 3ª ed.,
Lisboa: Editorial Caminho, 1981.
http://www.elfikurten.com.br/20…/…/jose-saramago-poemas.html
Historia del comendador de Toralva*
Jan Potocki
Entré en la orden de Malta antes de haber salido de la
niñez, pues pertenecía a la Escuela de Pajes. A los veintiséis años, gracias a
las protecciones que tenía en la corte, el gran maestre me confirió la mejor
comendadoría de la lengua de Aragón. Podía pues, y puedo aún, aspirar a las
primeras dignidades de la orden. Pero como sólo se las alcanza a una edad
avanzada, y hasta tanto llegan yo no tenía absolutamente nada que hacer, seguí
el ejemplo de nuestros primeros bailíos, que tal vez hubieran debido darme uno
mejor. En suma, sólo me ocuparon las aventuras galantes, lo cual me parecía por
entonces un pecado sobremanera venial. ¡Y pluguiera al cielo que no hubiese
cometido otro más grave! El que me reprocho es un arrebato culpable, que me ha
llevado a desafiar lo que nuestra religión tiene de más sagrado. Me estremezco
al pensar en ello. Pero no quiero adelantarme a los acontecimientos.
Sabrán que existen en Malta algunas familias nobles de la
isla que no entran en la orden y no tienen tampoco ninguna relación con los
caballeros, sea cual fuere su rango, reconociendo únicamente al gran maestre,
que es su soberano, y al capítulo, que es su consejo.
Inmediatamente después de esta clase viene una intermedia,
que ejerce empleos y busca la protección de los caballeros. Las damas de esta
clase se llaman a sí mismas "honorate", que en italiano quiere decir
honradas, y son designadas por este título. No cabe duda de que lo merecen por
la decencia de su conducta y, si debo decirlo todo, por el misterio con que
encubren sus amores.
Una larga experiencia ha demostrado a las damas
"honorate" que el misterio es incompatible con el carácter de los caballeros
franceses, o que a lo menos es infinitamente raro verlos sumar la discreción a
todas las bellas cualidades que los distinguen. Resulta de ello que los jóvenes
franceses, acostumbrados en los demás países a tener éxitos brillantes con el
bello sexo, deben limitarse en Malta a las prostitutas.
Los caballeros alemanes, por otra parte poco numerosos, son
los que más gustan a las "honorate", y creo que ello se debe a su tez
blanca y sonrosada. Después de los alemanes vienen los españoles, y creo que lo
debemos a nuestro carácter, que pasa con razón por recto y leal.
Los caballeros franceses, pero especialmente los
caravanistas, se vengan de las "honorate" ridiculizándolas de cuanta
manera es posible, sobre todo descubriendo sus intrigas amorosas. Pero como
hacen bando aparte y no tratan de aprender el italiano, la lengua del país, lo
que dicen no causa gran impresión.
Vivíamos pues en paz así como nuestras "honorate",
cuando un barco francés nos trajo al comendador de Foulequière, de la antigua
casa de senescales de Poitou, descendientes de los condes de Angulema. Había
estado en otro tiempo en Malta, donde sostuvo siempre lances de honor. En la
actualidad venía a solicitar el generalato de las galeras. Tenía más de treinta
y cinco años; en consecuencia, se esperaba encontrarlo más sosegado. En efecto,
el comendador no era ya pendenciero y alborotador como antes, pero continuaba
siendo altivo, imperioso, burlón, y hasta exigía que se le tratase con más
miramientos que al mismo gran maestre.
El comendador abrió su casa: los caballeros franceses acudieron
en masa. Nosotros íbamos poco a ella, y acabamos por no ir, pues la
conversación giraba en torno a temas que nos eran desagradables, entre otros
las "honorate", a quienes amábamos y respetábamos.
Cuando el comendador salía, lo veíamos rodeado de jóvenes
caravanistas. A menudo los llevaba a la "Calle estrecha",
mostrándoles los lugares donde se había batido y contándoles todas las
circunstancias de sus duelos. Bueno es que sepan que, según nuestras
costumbres, el duelo está prohibido en Malta, excepto en la "Calle
estrecha", que es una callejuela a la que no da ninguna ventana. Sólo
tiene el ancho necesario para que dos hombres puedan ponerse en guardia y
cruzar sus espadas. No pueden retroceder. Los adversarios se enfrentan a lo
largo de la calle: sus amigos impiden que se les perturbe, deteniendo a los
transeúntes. Esta costumbre fue introducida en otra época para evitar los
asesinatos, porque el hombre que cree tener un enemigo no pasa por la
"Calle estrecha", y si el asesinato se ha cometido en otra parte, no
vale ya la excusa de haberse batido en duelo. Por lo demás, el que fuere a la
"Calle estrecha" con un puñal tiene pena de muerte. El duelo, pues,
no sólo está tolerado en Malta, sino permitido. No obstante, este permiso es
por así decirlo tácito y, lejos de abusar de él, se habla con cierta vergüenza
de haber tenido un lance de honor, como de algo contrario a la caridad
cristiana, e impropio en el señorío de una orden monástica.
Los paseos del comendador por la "Calle estrecha"
eran pues inconvenientes y tuvieron la mala consecuencia de hacer muy
pendencieros a los caravanistas franceses, defecto al que eran de por sí harto
propensos.
Este mal tono iba en aumento. Aumentó también la reserva de
los caballeros españoles; por último se agruparon en torno de mí, preguntándome
qué podía hacerse para poner coto a una petulancia que había llegado a ser
intolerable. Agradecí a mis compatriotas la honrosa confianza que me acordaban
y les prometí hablar al comendador, señalándole la conducta de los jóvenes franceses
como una suerte de abuso cuyo progreso sólo él podía detener en virtud de la
consideración y el respeto que inspiraba a las tres lenguas de su nación. Me
preparaba a pedirle esta explicación con los mayores miramientos, pero no
esperaba que pudiese terminar sin un duelo. No obstante, como la causa de ese
combate singular me honraba, no me disgustaba sostenerlo. Creo, asimismo, que
me dejaba llevar por la indudable antipatía que me inspiraba el comendador.
Estábamos por entonces en Semana Santa, y se convino en que
mi entrevista con el comendador se efectuaría dentro de una quincena. Yo creo
que a él le llegaron rumores de lo que se había tratado en mi casa, y que quiso
prevenirme buscándome pelea.
Llegamos al Viernes Santo. Saben que, según la usanza
española, uno sigue de iglesia en iglesia a la mujer por quien se interesa para
ofrecerle agua bendita. Se hace un poco por celos, temiendo que otro se la
ofrezca y aproveche la ocasión para iniciar amistad con ella. Esta usanza
española se ha introducido en Malta. Seguí pues a una joven
"honorata" con quien mantenía relaciones desde hacía muchos años;
pero, en cuanto entró en la primera iglesia, fue abordada por el comendador,
quien se colocó entre nosotros, dándome la espalda y retrocediendo algunas veces
para pisarme, cosa que fue advertida por todos.
Al salir de la iglesia, me llegué al comendador con
expresión indiferente, como para hablar de bueyes perdidos; le pregunté después
a qué iglesia pensaba dirigirse: me dijo a cuál; entonces me ofrecí para
acompañarlo, indicándole el camino más corto, y sin que él advirtiera lo llevé
a la "Calle estrecha". Cuando estuvimos allí saqué la espada, bien
seguro de que nadie nos perturbaría en un día como aquel, pues todos llenaban
las iglesias.
El comendador sacó también la espada, pero me dijo, bajando
la punta:
-¡Cómo! ¿En un Viernes Santo?
No quise saber nada.
-Escucha -me dijo-, hace más de seis años que no cumplo con
los principios de la Iglesia, y me espanta el estado de mi conciencia. Dentro
de tres días...
Soy de natural apacible, y usted sabe que las personas de
ese carácter, una vez irritadas, no escuchan razones. Obligué al comendador a
ponerse en guardia pero no sé qué terror se pintaba en sus rasgos. Se adosó
contra la pared, como si previera que iba a ser derribado y buscara un apoyo.
En efecto, desde el primer golpe, lo atravesé con mi espada. Bajó la punta de
la suya, se apoyó contra la pared, y me dijo con voz moribunda:
-Te perdono. ¡Pueda el cielo perdonarte! Lleva mi espada a
Tête-Foulque, y haz decir cien misas en la capilla del castillo.
Expiró. De momento no presté gran atención a su palabras, y
si las he retenido es porque se las he oído decir después. Hice mi declaración
en la forma acostumbrada. No puedo decir que ante los hombres mi duelo me
perjudicara: Foulequière era aborrecido, y se consideró que había merecido su
muerte. Pero me pareció que, ante Dios, mi acción era muy culpable, sobre todo
a causa de la omisión de los sacramentos, y mi conciencia me hacía crueles
reproches. Esto duró ocho días.
En la noche del viernes al sábado me desperté sobresaltado
y, al mirar a mi alrededor, me pareció que no estaba en mi aposento sino en la
"Calle estrecha" y tendido en el suelo. Me sorprendí de hallarme
allí, cuando vi distintamente al comendador apoyado contra la pared. El
espectro pareció hacer un esfuerzo para hablar y me dijo:
-Lleva mi espada a Tête-Foulque y haz decir cien misas en la
capilla del castillo.
Apenas hube oído estas palabras, caí en un sueño letárgico.
Al día siguiente me desperté en mi aposento y en mi lecho, pero había
conservado perfectamente el recuerdo de mi visión.
La noche siguiente hice acostar a un lacayo en mi aposento,
pero nada vi. Lo mismo sucedió las noches sucesivas. Pero en la noche del
viernes al sábado tuve la misma visión, con la diferencia de que mi lacayo
estaba acostado en el suelo a algunos pasos de mí. El espectro del comendador
se me apareció y me dijo lo mismo, y la misma visión se repitió después todos
los viernes. Mi lacayo también soñaba que estaba acostado en la "Calle
estrecha", pero no veía ni escuchaba al comendador.
No sabía al principio qué era Tête-Foulque, adonde el
comendador quería que llevase su espada: algunos caballeros puatevinos me
informaron que era un castillo situado a tres leguas de Poitiers, en medio de
un bosque; que en la comarca se contaban del castillo muchas cosas
extraordinarias y que en él se veían muchos objetos curiosos, tales como la
armadura de Foulque-Taillefer y las armas de los caballeros que había matado; y
que hasta era costumbre, en la casa de los Foulequière, depositar allí las
armas con que se habían servido, ya en la guerra, ya en combates singulares.
Todo esto me interesaba, pero tenía que pensar en mi conciencia.
Fui a Roma y me confesé con el penitenciario mayor. No le
oculté la visión que me obsedía, ni él me negó la absolución, pero me la dio
condicionalmente después que hiciera penitencia. Ésta consistía en las cien
misas que habría de mandar decir en el castillo de Tête-Foulque. El cielo
aceptó la ofrenda, y, desde el momento de la confesión, dejó de obsesionarme el
espectro del comendador. Yo había llevado de Malta su espada y tomé, cuando
pude, el camino de Francia.
Llegado a Poitiers, supe que estaban informados de la muerte
del comendador, y que allí éste no era más lamentado que en Malta. Dejé mi
equipaje en la ciudad; me vestí con un hábito de peregrino y tomé un guía; era
conveniente que yo fuese a pie a Tête-Foulque; por lo demás, el camino no
permitía que se llegara en coche.
Encontramos la puerta del torreón cerrada. Durante mucho
tiempo hicimos sonar la campana de la torre de atalaya. Por último apareció el
castellano: era el único habitante de Tête-Foulque, con un ermitaño que servía
en la capilla y que encontramos diciendo sus oraciones. Cuando hubo acabado, le
comuniqué que venía a pedirle que dijera cien misas. Al mismo tiempo, deposité
mi ofrenda. Quise dejar allí la espada del comendador, pero el castellano me dijo
que había que colocarla en la "armería", o sala de armas, junto a
todas las espadas de los Foulequière muertos en duelo, y las de los caballeros
que aquellos habían matado; que tal era la usanza. Seguí al castellano a la
"armería" donde encontré, en efecto, espadas de todos tamaños, así
como retratos, comenzando por el retrato de Foulque-Taillefer, conde de
Angulema, quien hizo construir Tête-Foulque para un hijo bastardo, que fue
senescal de Poitou y antepasado de los Foulequière de Tête-Foulque.
Los retratos del senescal y de su mujer estaban a cada lado
de una gran chimenea, colocada en el ángulo de la "armería". Eran de
un gran realismo. Los demás retratos estaban igualmente bien pintados, aunque
en el estilo de la época. Pero ninguno de un parecido tan asombroso como el de
Foulque-Taillefer. Estaba pintado con la espada en una mano; con la otra,
sostenía la rodela que le presentaba un escudero. La mayoría de las espadas
estaban al pie del retrato, formando una especie de haz.
Rogué al castellano que encendiera la chimenea de aquella
sala y allí me hiciera traer la cena.
-Mi querido peregrino -me respondió-, no hay inconveniente
en que te traigan la cena, pero te pido muy encarecidamente que te acuestes en
mi aposento.
Le pregunté el motivo de esta precaución.
-Yo sé por qué -respondió el castellano-, y te haré poner un
lecho junto al mío.
Acepté su proposición con tanto más placer cuanto que era
viernes, y temía que volviera mi visión.
Cuando el castellano fue a ocuparse de mi cena, me puse a
observar las armas y los retratos. Éstos, como he dicho, estaban pintados con
mucha verdad. A medida que caía la tarde, los ropajes, de color sombrío, se
confundieron en la sombra con el fondo oscuro del cuadro; y el fuego de la
chimenea sólo permitía distinguir los rostros: lo cual tenía algo aterrador, o
que a lo menos me pareció tal, porque el estado de mi conciencia me estremecía
como de costumbre.
El castellano trajo mi cena, que consistía en un plato de
truchas pescadas en un arroyo vecino. Trajo también una botella de vino
bastante bueno. Yo quería que el ermitaño cenase también con nosotros, pero no
comía sino hierbas hervidas en agua.
He sido siempre puntual en leer mi breviario, cosa obligatoria
para los caballeros profesos, a lo menos en España. Lo saqué pues del bolsillo,
así como el rosario, y le dije al castellano que, como aún no tenía sueño, me
quedaría a rezar hasta que avanzara un poco más la noche, y que él sólo tenía
que indicarme el camino de mi aposento.
-Enhorabuena -me respondió-. A medianoche vendrá el ermitaño
a rezar en la capilla contigua; entonces bajarás por esta escalerita y no
dejarás de encontrar tu aposento, cuya puerta dejaré abierta. No te quedes aquí
después de medianoche.
El castellano se fue. Empecé a rezar y, de tiempo en tiempo,
echaba un leño al fuego. Pero no me atrevía a pasear los ojos por la sala, pues
los retratos parecían animarse. Si los miraba durante algunos instantes, se
hubiese dicho que hacían guiños y torcían la boca, sobre todo los del senescal
y su mujer, que estaban a cada lado de la chimenea. Me pareció que me lanzaban
miradas llenas de amargura y que después se miraban el uno al otro. Una ráfaga
aumentó mis terrores, pues no sólo hizo sacudir las ventanas sino que también
agitó el haz de armas, que se entrechocaron estremeciéndome. Sin embargo, recé
fervorosamente..
Por último oí salmodiar al ermitaño y, cuando éste hubo
terminado, bajé por la escalera para llegar al aposento del castellano. Tenía
en la mano el resto de una vela, pero el viento la apagó y subí para encenderla
nuevamente. Cuál no sería mi sorpresa cuando vi al senescal y a su mujer que
habían bajado de sus marcos y estaban sentados junto al fuego. Hablaban
familiarmente, y podían oírse sus palabras:
-Amiga mía -decía el senescal-, ¿qué te parece el español
que ha matado al comendador sin otorgarle confesión?
-Me parece -respondió el espectro femenino-, me parece,
amigo mío, que ha cometido felonía y perversidad. Y yo, mi señor Taillefer, no
dejaría partir al español del castillo sin arrojarle el guante.
Quedé aterrorizado y me precipité por la escalera; busqué la
puerta del castellano y no pude encontrarla a ciegas. Tenía siempre en la mano
mi candela apagada. Pensé en encenderla y me tranquilicé un poco; traté de
persuadirme a mí mismo de que las dos figuras que había visto junto a la
chimenea sólo existieron en mi imaginación. Volví a subir la escalera y,
deteniéndome frente a la puerta de la "armería", observé que las dos
figuras no estaban junto al fuego, como había creído verlas. Entré pues
audazmente, pero apenas había dado algunos pasos cuando vi en el medio de la
sala al señor Taillefer en guardia y presentándome la punta de su espada. Quise
volver a la escalera, pero la puerta estaba ocupada por la figura de un
escudero, que me arrojó un guantelete. No sabiendo qué hacer, me apoderé de una
de las tantas espadas que formaban un haz de armas y caí sobre mi adversario.
Me pareció haberlo partido en dos, pero inmediatamente recibí una estocada
debajo del corazón, que me quemó como lo hubiera hecho un hierro al rojo. Mi
sangre inundó la sala y me desvanecí.
Me desperté por la mañana en el aposento del castellano. No
viéndome llegar, se había provisto de agua bendita y había acudido a buscarme.
Me había encontrado en el suelo, sin conocimiento, pero sin herida alguna. La
que yo había creído recibir era un hechizo. El castellano no me hizo preguntas
y me aconsejó que dejara el castillo.
Partí y tomé el camino de España. Pasé ocho días en Bayona. Llegué un viernes y me alojé en un
albergue. En medio de la noche me desperté sobresaltado y vi frente a mi
lecho al señor Taillefer, que me amenazaba con su espada. Hice la señal de la
cruz y el espectro pareció deshacerse en humo. Pero sentí la misma estocada que
había creído recibir en el castillo de Tête-Foulque. Me pareció que estaba
bañado en sangre. Quise llamar y levantarme, pero una y otra cosa me fueron
imposibles. Esta angustia indecible duró hasta el primer canto del gallo. Entonces
me volví a dormir, pero al día siguiente estuve enfermo y en un lamentable
estado. Tuve la misma visión todos los viernes. Las prácticas devotas no han
podido librarme de ella. La melancolía me conducirá a la tumba, y allí
descenderé antes de haber podido librarme de las potencias de Satán. Un resto
de esperanza en la misericordia divina me sostiene aún y me permite soportar
mis males.
FIN
* El cuento "La Historia del comendador de
Toralva" es un fragmento de la novela Manuscrito encontrado en Zaragoza.
Biblioteca
Digital Ciudad Seva
Nepotismo, um sistema político brasileiro e um sistema de governo paranaense
Eu analiso, no livro Na teia do nepotismo, as principais
famílias políticas e os parlamentares hereditários do Paraná e do Brasil. A
questionável criação de centenas de cargos comissionados no atual governo
estadual muitas vezes pode estar corroborada na arcaica tradição política de
nepotismos, prebendas e sinecuras familiares variadas para os apaniguados do
poder.
Houve boas novidades na luta contra o nepotismo, na
construção da transparência e do aperfeiçoamento institucional, pautados nos
princípios da legalidade, moralidade, impessoalidade, publicidade e eficiência.
A Lei de Acesso à Informação, os Portais da Transparência e a atuação do
Conselho Nacional de Justiça (CNJ) mostram alguns avanços institucionais vindos
de cima para baixo. Em dezembro, o CNJ suspendeu o concurso público para
cartórios do Paraná, organizado pelo Tribunal de Justiça. A recente correição
do CNJ no Tribunal de Justiça do Paraná resultou na exoneração de 27
funcionários comissionados do Judiciário paranaense por nepotismo. A exigência
da divulgação das informações sobre cargo, função, situação funcional e
remuneração dos servidores promove uma das maiores aberturas na Assembleia
Legislativa do Paraná. Dos 459 funcionários de carreira, quase a metade estava
irregular e os cortes resultarão em uma economia de milhões.
A modernização das instituições e o aumento da transparência
já causaram mudanças históricas, mas algumas indicações políticas no Poder
Executivo ainda parecem ir em direção contrária das mudanças saneadoras e
moralizantes. Ezequias Moreira, acusado de desviar dinheiro público, foi
promovido pelo governador Beto Richa a secretário especial de Cerimonial e
Relações Internacionais, com direito a foro privilegiado. De acordo com o
Ministério Público, Ezequias recebeu durante anos o salário da sogra, nomeada
em cargo na Assembleia Legislativa e sem ter trabalhado na instituição. O
deputado Fabio Camargo, filho do desembargador Clayton Camargo, presidente do
Tribunal de Justiça, e neto de Heliantho Camargo, que também foi desembargador
e presidente do TJ, foi eleito para o Tribunal de Contas. Logo depois, a
Assembleia Legislativa aprovou a utilização dos depósitos judiciais, embora o
repasse do Poder Judiciário ao Executivo paranaense tivesse sido proibido pelo
Conselho Nacional de Justiça.
Assumiu na Assembleia o suplente do deputado Fabio Camargo,
o deputado Antonio Carlos Salles Belinati, que era diretor comercial da
Sanepar. Emília Salles, ex-vice-governadora e mãe de Antonio Carlos, “herdou” o
cargo do filho. O mais novo suplente de deputado federal a tomar posse em
Brasília, na licença da deputada Cida Borghetti, foi Pedro Guerra, filho de
Alceni Guerra, que foi ministro da Saúde do governo Collor e deputado. Pedro
ainda é sobrinho dos ex-deputados federais Waldir e Ivânio Guerra. Ele estava
na superintendência da Ecoparaná, vinculada à Secretaria de Turismo, cargo que
passou para Juliano Borghetti, irmão de Cida Borghetti, cunhado de Ricardo
Barros e casado com Renata Bueno – deputada italiana, filha de Rubens Bueno,
deputado federal.
Parece que, no governo do Paraná, alguns cargos passam não
apenas entre os políticos ou os partidos, mas entre as famílias, quase que como
“feudos” familiares.
Ricardo Costa de Oliveira, sociólogo, é professor da UFPR e
autor de Na teia do nepotismo.
Gazeta do Povo 17/08/2013
terça-feira, 16 de junho de 2015
A Teoria do Discurso Introjetado
Terminada a votação
do primeiro turno, algumas constatações emergem dessas eleições. As mais óbvias
são a manipulação descarada de amplos setores midiáticos, que protagonizaram
espetáculos de canalhice explícita! E também ficou muito claro a questão da
definição de quem manda na mídia: os donos do poder econômico. Nunca foi tão
verdadeiro o adágio popular: manda quem pode, obedece quem tem juízo! E nesse
caso, manda a elite de sempre; e a mídia comprada e muito bem paga obedece
direitinho! O espetáculo deprimente de um delegado federal protagonizando cenas
de ilegalidades explícitas e flagrantes e sendo elogiado pela imprensa parcial
e golpista foi apenas o espetáculo mais visível desse show de horrores! Recebo
e-mail de internauta goiano, abordando um aspecto novo nessa questão: a Teoria
do Discurso Introjetado. De acordo com esse internauta, e eu concordo
plenamente, essa teoria explicita, em aspectos psicológicos de fundo, como
funciona um procedimento sutilíssimo de dominação midiático-psicológico: A
elite elabora um discurso que beneficia a ela, elite, e utilizando técnicas que
deixariam Goebbels no chinelo, introjetam esse discurso em amplas parcelas das
classes média, baixa e miserável, que, passam a retransmitir esse mesmo
discurso como sendo seu; numa analogia rasteira, escravos que passariam a
defender os interesses de seus donos como sendo seus! Oprimidos defendendo, de
forma virulenta, os interesses de seus opressores! E isso ficou explícito nessa
eleição: pobres de marré, irmanados com a elite em seus vistosos carrões,
escumando a boca para atacar Lula! O motivo: qualquer um servia. De corrupção a
falta de escolarização; o gosto pela bebida, a falta de um dedo! Para uma
grande parcela das classes média e baixa, principalmente das regiões Sul e Centro-Oeste,
em especial aqui no MT, o ódio a Lula não carece de fundamentação. É ódio e
pronto! Ódio vermelho, visceral! Ódio e mais ódio, como diria Mário de Andrade!
Ódio por Lula ter sido um deles e não ter abaixado a cabeça e vendido a alma no
balcão do Deus Mercado! Com a palavra, Sigmund Freud e Carl Gustav Jung!
Igor Romanov
Cuiabá, 04 de Outubro de 2006.
A greve da APP foi declarada “ilegal”?
16/06/2015 00h01 Thaís Aranda Barrozo
Recentemente, dez entre dez notícias sobre o fim da greve
dos professores da rede estadual de ensino no Paraná vinculam-no à declaração,
pelo Judiciário, da “ilegalidade” do movimento. A informação, bem palatável, é
reforçada pela manutenção da multa de R$40 mil por dia, aplicada pelo Tribunal
de Justiça do Paraná (TJ-PR) à APP-Sindicato caso os professores não voltassem
às salas de aula (decisão proferida em 2 de junho no Ag.Reg. 1348213-8/01, de
relatoria do desembargador Luiz Mateus de Lima).
Seguiu-se à decisão do TJ a aprovação do fim da greve dos
professores, mediante a promessa da aprovação de lei que lhes concederá, em
outubro de 2015, reposição salarial de meros 3,45%. Os acontecimentos foram
noticiados quase terminando com um “... e foram todos – governo, professores e
alunos – felizes para sempre”.
A verdade, contudo, é que o TJ/PR em momento algum ousou
afirmar a ilegalidade da greve na decisão proferida em 2 de junho. Nela,
afirmou o Judiciário que “embora o movimento grevista em apreço seja legítimo,
bem como pautado na legalidade, [...] entendo que as atuais circunstâncias
fáticas autorizam [...] determinar a cessação do exercício de greve”.
Justificou-se dizendo que “ainda que o interesse da categoria envolvida seja
legítimo e pautado na legalidade, deve prevalecer o direito
essencial/fundamental à educação”. O argumento funda-se, portanto, na
prevalência do interesse público na continuidade dos serviços de educação em
relação àqueles dos professores (como se a pauta de reivindicações dos
professores não fosse, também, de interesse público).
Transferiu-se aos professores o ônus de arcar com a conta
institucional de promover aos cidadãos paranaenses o direito à educação
E disse mais o Judiciário. Afirmou que “no meio do impasse
ora instaurado, no qual se discute interesses de uma categoria (servidores
públicos, no caso professores) abalados pela notória crise financeira dos
cofres públicos (decorrente do descontrole das contas públicas em virtude de
gestões ineficientes), encontra-se, à deriva, o direito à educação, sendo que
os maiores prejudicados são as famílias e os estudantes, os quais estão sendo
privados do acesso a tal direito”.
Como se vê, a greve da APP não foi declarada ilegal pelo
Judiciário. Este a afirmou legal e legítima, apontando o rombo dos cofres
estaduais, “decorrente do descontrole das contas públicas, fruto de gestões
ineficientes”, como causa do impasse.
O que choca, no entanto, foi a solução dada ao conflito: a
APP foi condenada à cessação da greve, legal e legítima, sob pena de multa (R$
40 mil por dia!), sem que nada fosse dito ao Estado quanto ao seu dever
institucional de realizar política pública eficiente à concretização do direito
fundamental social à educação. Em suma: transferiu-se aos professores o ônus de
arcar com a conta institucional de promover aos cidadãos paranaenses o direito
à educação, à custa de seus próprios direitos fundamentais sociais ao trabalho
e à recomposição salarial.
Eu sabia que lecionar é sacerdócio. Não sabia que, para o
Judiciário paranaense, é escravidão.
Thaís Aranda Barrozo, advogada e doutoranda em Direito
Processual pela USP, é professora do curso de Direito da UEL.
Gazeta do Povo
SÍNTESES – A GREVE DOS PROFESSORES DA REDE ESTADUAL
O direito de recomposição salarial
09/06/2015 00h01 Cesar Bessa e Renato Lima Barbosa
Texto publicado na edição impressa de 09 de junho de 2015
É pretensão dos servidores públicos o reajuste legal de
8,17% e o governo contrapôs 3,45%, além da alteração da data-base por 2 anos,
prometendo, ainda, zerar as perdas inflacionárias da diferença entre tais
índices no futuro.
Não é necessário ser economista para entender que, vigorando
a proposta do governo, haverá prejuízos aos servidores: seja no aspecto
inflacionário, que implica a perda de, aproximadamente, meio salário no curso de
um ano de trabalho; seja na transferência da data-base e, neste particular, a
proposta chega a ser maliciosa, pois o mês de janeiro é recesso escolar e os
professores têm dificuldade de mobilização, além de que, neste período, o caixa
do estado é crítico, pois já arca com o 13.º salário do funcionalismo e o 1/3
de férias dos professores.
Cidadania e greve no serviço público
Normalmente as greves têm por objetivo reivindicações
salariais, inclusive no serviço público. O direito de greve é previsto na Constituição
Federal, com limites definidos em lei, tanto ao setor privado, quanto ao
público. Neste último caso, o direito de greve somente foi garantido pela
Constituição de 1988; antes disso era considerado delito.
Vejamos, contudo, a legalidade da recomposição salarial dos
servidores.
A Constituição de 1988, no 1.º artigo, já dispõe que a
República tem como fundamento “a dignidade da pessoa humana” e “os valores
sociais do trabalho”. Tais preceitos embasam os direitos de todos os
trabalhadores, no sentido de melhoria de sua condição social.
É a partir daí que advém a garantia de o salário ter
“reajustes periódicos que lhe preservem o poder aquisitivo”, cuja aplicação se
dá também para os servidores públicos. Para que não restassem dúvidas, a
Constituição, ao tratar da administração pública, expressa que a remuneração
dos servidores públicos tem “assegurada a revisão geral anual, sempre na mesma
data e sem distinção de índices”, cuja mesma redação é repetida no art. 27 da
Constituição do Paraná.
O próprio STF já decidiu, por mais de uma vez, sobre a
aplicação aos servidores públicos do princípio constitucional da
irredutibilidade salarial. Sobretudo porque o reajuste abaixo do índice
inflacionário configura redução salarial, considerando que reajuste não é
aumento de salário, mas apenas a aproximação do valor nominal ao valor real do
salário, ou seja, a recomposição do poder de compra desse mesmo salário.
Corroborando os preceitos constitucionais, a Lei Estadual
15.512/2007 institui “a data de primeiro de maio de cada ano para a revisão
geral anual”.
Nesse sentido, em ação popular promovida perante 5.ª Vara da
Fazenda Pública de Curitiba, contra o secretário da Fazenda, o governador e o
estado do Paraná, a juíza Patricia Bergonse determinou em 2 de junho que os
réus apresentem, em 72 horas, “demonstrativo contábil, atuarial, apto a
demonstrar a impossibilidade do reajuste inflacionário correspondente à
inflação de 2014, ou seja, de 8,17%”.
Assim, correta a decisão judicial que impõe ao Paraná a
observância da “transparência na administração pública”, como desdobramento do
“princípio da publicidade”, pois a não observância da transparência e da
recomposição salarial no patamar da anualidade e no índice inflacionário são
flagrantes infrações constitucionais.
A despeito das violações constitucionais acima mencionadas,
o conflito, que se expressa na justa resistência dos professores, não se
resolverá, necessariamente, no plano jurídico, mas, sim, na deliberação da
assembleia de hoje, uma decisão coletiva, ou seja, uma decisão política pautada
na relação da necessidade com o medo.
Cesar Bessa e Renato Lima Barbosa são doutores pela UFPR e
professores do Departamento de Direito Público da UEL.
Gazeta do Povo
Otto Leopoldo Winck
Naturalizar a opressão, eis o núcleo da ideologia burguesa.
Fazer parecer natural aquilo que é arbitrário, fruto de determinada
configuração sócio-histórica.
"Uma previsão: a guerra no século XXI provavelmente não
será tão assassina como era no século XX. Mas a violência armada, criando
sofrimento e perda desproporcionais, continuará omnipresente e endémica -
ocasionalmente epidérmica - em grande parte do mundo. A perspectiva de um
século de paz é remota".
As greves de professores, principalmente contra governos
do PSDB, encerradas ou ainda em curso, representam a luta aberta pelo
Iluminismo no Brasil. O Brasil não viveu e não teve o Iluminismo no século
XVIII, mas o terá no século XXI. A modernização do Brasil criou pela primeira
vez um sistema escolar e acadêmico com muitos professores. A principal disputa
de ideias e opiniões no Brasil contemporâneo é entre este sistema educacional público
contra alguns interesses privados de setores da indústria cultural capitalista,
setores da mídia e setores obscurantistas de algumas igrejas evangélicas,
também associados agora à mesma mídia/indústria cultural. Educação crítica,
ciência, tecnologia e cidadania inclusiva contra o padrão raso, manipulador e
superficial de cultura divulgado pelos donos da mídia e donos de algumas
igrejas evangélicas sectárias. Os interesses políticos das oligarquias
familiares da mídia, juntos com alguns donos das igrejas evangélicas, contra
centenas de milhares de professores e intelectuais, com títulos acadêmicos,
livros, artigos, pesquisas e formação de orientandos, na reprodução e expansão
do sistema educacional. Muitos excepcionais jornalistas e profissionais de qualidade
trabalham nas mídias poderosas, muitos são iluministas e qualificados, mesmo no
meio adverso do PIG e ainda conseguem algumas brechas para bons trabalhos. O
peso das opiniões políticas dos donos da mídia é verbalizado e representado por
certos tipos de "retardados educacionais", como artistas decadentes,
comentaristas de aluguel, veteranos ou novatos, alguns produzidos pela mídia do
nada, como um kim kataguiri, comentaristas da Revista Veja, da Globo, SBT,
Massa-ratinho e outros tipos facilmente contratados para falas na associação
comercial, com seus direcionamentos políticos de direita e superficialidades
genéricas. Dinheiro não compra cultura, dinheiro não compra estudo, dinheiro
não compra o habitus acadêmico, dinheiro não compra títulos acadêmicos. A
sobrevivência política e social deste tipo de mídia manipuladora,
subdesenvolvida e de igrejas caça-níquéis atrasadas no Brasil depende de um
público receptor semi-analfabeto, semi-escolarizado e que vote nos
representantes políticos mais reacionários do capital, da direita ou de algumas
das seitas evangélicas sectárias. As novas tecnologias da internet e as redes
sociais retiram poder das grandes mídias e democratizam o acesso e a divulgação
de ideias dos professores nesta batalha cultural pela civilização e pelo
Iluminismo. Mais escolas e menos prisões. Mais tolerância e menos ódio. A
presidência da Câmara dos Deputado, com Eduardo Cunha-PMDB, é um dos centros
desta polarização política contemporânea.
R c o
La tempestad de nieve
Alexandr Puchkin
A finales de 1811, en tiempos de grata memoria, vivía en su
propiedad de Nenarádovo el bueno de Gavrila Gavrílovich R**. Era famoso en toda
la región por su hospitalidad y carácter afable; los vecinos visitaban
constantemente su casa, unos para comer, beber, o jugar al boston a cinco
kopeks con su esposa, y otros para ver a su hija, María Gavrílovna, una
muchacha esbelta, pálida y de diecisiete años. Se la consideraba una novia rica
y muchos la deseaban para sí o para sus hijos.
María Gavrílovna se había educado en las novelas francesas
y, por consiguiente, estaba enamorada. El elegido de su amor era un pobre
alférez del ejército que se encontraba de permiso en su aldea. Sobra decir que
el joven ardía en igual pasión y que los padres de su amada, al descubrir la
mutua inclinación, prohibieron a la hija pensar siquiera en él, y en cuanto al
propio joven, lo recibían peor que a un asesor retirado.
Nuestros enamorados se carteaban y todos los días se veían a
solas en un pinar o junto a una vieja capilla. Allí se juraban amor eterno, se
lamentaban de su suerte y hacían todo género de proyectos. En sus cartas y
conversaciones llegaron a la siguiente (y muy natural) conclusión: si no
podemos ni respirar el uno sin el otro y si la voluntad de los crueles padres
entorpece nuestra dicha, ¿no podríamos prescindir de este obstáculo? Por
supuesto que la feliz idea se le ocurrió primero al joven y agradó muchísimo a
la imaginación romántica de María Gavrílovna.
Llegó el invierno y puso término a sus citas, pero la
correspondencia se hizo más viva. En cada carta Vladímir Nikoláyevich suplicaba
a su amada que confiara en él, que se casaran en secreto, se escondieran
durante un tiempo y luego se postraran a los pies de sus padres, quienes, claro
está, al fin se sentirían conmovidos ante la heroica constancia y la desdicha
de los enamorados y les dirían sin falta:
-¡Hijos, vengan a nuestros brazos!
María Gavrílovna dudó largo tiempo; se rechazaron muchos
planes de fuga. Pero al final aceptó: el día señalado debía no cenar y retirarse
a sus habitaciones bajo la excusa de una jaqueca. Su doncella estaba en la
conspiración; las dos tenían que salir al jardín por la puerta trasera, tras el
jardín llegar hasta un trineo listo para partir y dirigirse a cinco verstas de
Nenarádovo, a la aldea de Zhádrino, directamente a la iglesia, donde Vladímir
las estaría esperando.
En vísperas del día decisivo María Gavrílovna no durmió en
toda la noche; arregló sus cosas, recogió su ropa interior y los vestidos,
escribió una larga carta a una señorita muy sentimental, amiga suya, y otra a
sus padres. Se despedía de ellos en los términos más conmovedores, justificaba
su acto por la invencible fuerza de la pasión, y acababa diciendo que el día en
que se le permitiera arrojarse a los pies de sus amadísimos padres lo
consideraría el momento más sublime de su vida.
Tras sellar ambas cartas con una estampilla de Tula, en la
que aparecían dos corazones llameantes con una inscripción al uso, justo antes
del amanecer, se dejó caer sobre la cama y se quedó adormecida. Pero también
entonces a cada instante la desvelaban imágenes pavorosas. Ora le parecía que
en el momento en que se sentaba en el trineo para ir a casarse, su padre la
detenía, la arrastraba por la nieve con torturante rapidez y la lanzaba a un
oscuro subterráneo sin fondo... y ella se precipitaba al vacío con un
inenarrable pánico en el corazón. Ora veía a Vladímir caído sobre la hierba,
pálido y ensangrentado. Y éste, moribundo, le imploraba con gritos estridentes
que se apresurara a casarse con él... Otras visiones horrendas e insensatas
corrían una tras otra por su mente.
Por fin se levantó, más pálida que de costumbre y con un ya
no fingido dolor de cabeza. Sus padres se apercibieron de su desasosiego; la
delicada inquietud e incesantes preguntas de éstos -«¿Qué te pasa, Masha?
Masha, ¿no estarás enferma?»- le desgarraban el corazón. Ella se esforzaba por
tranquilizarlos, por parecer alegre, pero no podía.
Llegó la tarde. La idea de que era la última vez que pasaba
el día entre su familia le oprimía el corazón. Estaba medio viva: se despedía
en secreto de todas las personas, de todos los objetos que la rodeaban.
Sirvieron la cena. Su corazón se puso a latir con fuerza. Con voz temblorosa
anunció que no le apetecía cenar y se despidió de sus padres. Éstos la besaron
y la bendijeron, como era su costumbre: ella casi se echa a llorar. Al llegar a
su cuarto se arrojó sobre el sillón y rompió en llanto. La doncella la
convencía de que se calmara y recobrara el ánimo. Todo estaba listo. Dentro de
media hora Masha debía dejar para siempre la casa paterna, su habitación, su
callada vida de soltera...
Afuera había nevasca. El viento ululaba, los postigos
temblaban y daban golpes; todo se le antojaba una amenaza y un mal presagio. Al
poco en la casa todo calló y se durmió. Masha se envolvió en un chal, se puso
una capa abrigada, tomó su arqueta y salió al porche trasero. La sirvienta tras
ella llevaba dos hatos. Salieron al jardín. La ventisca no amainaba; el viento
soplaba de cara, como si se esforzara por detener a la joven fugitiva. A duras
penas llegaron hasta el final del jardín. En el camino las esperaba el trineo.
Los caballos, ateridos de frío, no paraban quietos; el cochero de Vladímir se
movía ante las varas, reteniendo a los briosos animales. Ayudó a la señorita y
a su doncella a acomodarse y a colocar los bultos y la arqueta, tomó las
riendas, y los caballos echaron a volar.
Tras encomendar a la señorita al cuidado del destino y al
arte del cochero Terioshka, prestemos atención ahora a nuestro joven enamorado.
Vladímir estuvo todo el día yendo de un lado a otro. Por la
mañana fue a ver al sacerdote de Zhádrino, consiguió persuadirlo, luego se fue
a buscar padrinos entre los terratenientes del lugar. El primero a quien
visitó, el corneta retirado Dravin, un hombre de cuarenta años, aceptó de buen
grado. La aventura decía que le recordaba los viejos tiempos y las calaveradas
de los húsares. Convenció a Vladímir de que se quedara a comer con él y le
aseguró que con los otros dos testigos no habría problema. Y, en efecto, justo
después de comer se presentaron el agrimensor Schmidt, con sus bigotes y sus
espuelas, y un muchacho de unos dieciséis años, hijo del capitán jefe de la
policía local, que hacía poco había ingresado en los ulanos. Ambos no sólo
aceptaron la propuesta de Vladímir sino incluso le juraron estar dispuestos a
dar la vida por él. Vladímir los abrazó lleno de entusiasmo y se marchó a casa
para hacer los preparativos.
Hacía tiempo que ya era de noche. Vladímir envió a su fiel
Terioshka con la troika a Nenarádovo con instrucciones detalladas y precisas, y
para sí mismo mandó preparar un pequeño trineo de un caballo, y solo, sin
cochero, se dirigió a Zhádrino, donde al cabo de unas dos horas debía llegar
también María Gavrílovna. Conocía el camino y sólo tendría unos veinte minutos
de viaje.
Pero, en cuanto Vladímir dejó atrás las casas para
internarse en el campo, se levantó viento y se desató una nevasca tal que no
pudo ver nada. En un minuto el camino quedó cubierto de nieve, el paisaje
desapareció en una oscuridad turbia y amarillenta a través de la que volaban
los blancos copos de nieve; el cielo se fundió con la tierra. Vladímir se
encontró en medio del campo y quiso inútilmente retornar de nuevo al camino; el
caballo marchaba a tientas y a cada instante daba con un montón de nieve o se hundía
en un hoyo; el trineo volcaba a cada momento. Vladímir no hacía otra cosa que
esforzarse por no perder la dirección que llevaba. Pero le parecía que ya había
pasado media hora y aún no había alcanzado el bosque de Zhádrino. Pasaron otros
diez minutos y el bosque seguía sin aparecer. Vladímir marchaba por un llano
surcado de profundos barrancos. La ventisca no amainaba, el cielo seguía
cubierto. El caballo empezaba a agotarse, y el joven, a pesar de que a cada
momento se hundía en la nieve hasta la cintura, estaba bañado en sudor.
Al fin Vladímir se convenció de que no iba en la buena
dirección. Se detuvo, se puso a pensar, intentando recordar, hacer conjeturas,
y llegó a la conclusión de que debía doblar hacia la derecha. Torció a la
derecha. Su caballo apenas avanzaba. Ya llevaba más de una hora de camino.
Zhádrino no debía estar lejos. Marchaba y marchaba, y el campo no tenía fin.
Todo eran montones de nieve y barrancos: el trineo volcaba sin parar y él lo
enderezaba una y otra vez. El tiempo pasaba; Vladímir comenzó a preocuparse de
veras.
Por fin algo oscuro asomó a un lado. Vladímir dio la vuelta
hacia allá. Al acercarse vio un bosque. Gracias a Dios, pensó, ya estamos
cerca. Siguió a lo largo del bosque con la esperanza de llegar en seguida a la senda
conocida o de rodearlo; Zhádrino se encontraba justo detrás. Encontró pronto la
pista y se internó en la oscuridad de los árboles que el invierno había
desnudado. Allí el viento no podía campar por sus fueros, el camino estaba
liso, el caballo se animó y Vladímir se sintió más tranquilo.
Y sin embargo, seguía y seguía, y Zhádrino no aparecía por
ninguna parte: el bosque no tenía fin. Vladímir comprobó con horror que se
había internado en un bosque desconocido. La desesperación se apoderó de él.
Fustigó el caballo, el pobre animal primero se lanzó al trote, pero pronto
comenzó a aminorar la marcha y al cuarto de hora, a pesar de todos los
esfuerzos del desdichado Vladímir, avanzó al paso.
Poco a poco los árboles comenzaron a clarear y Vladímir
salió del bosque: Zhádrino no se veía. Debía de ser cerca de la medianoche. Las
lágrimas saltaron de sus ojos, y marchó a la buena de Dios. El temporal se
calmó, las nubes se alejaron, ante él se extendía una llanura cubierta de una
alfombra blanca y ondulada. La noche era bastante clara. Vladímir vio no lejos
una aldehuela de cuatro o cinco casas y se dirigió hacia ella. Junto a la
primera isba saltó del trineo, se acercó corriendo a la ventana y llamó. Al
cabo de varios minutos se levantó el postigo de madera y un viejo asomó su
blanca barba.
-¿Qué quieres?
-¿Está lejos Zhádrino?
-¿Si está lejos Zhádrino?
-¡Sí, sí! ¿Está lejos?
-No mucho. Habrá unas diez verstas.
Al oír la respuesta Vladímir se agarró de los pelos y se
quedó inmóvil, como un hombre al que hubieran condenado a muerte.
-¿Y tú, de dónde eres? -prosiguió el viejo.
Vladímir no estaba para preguntas.
-Oye, abuelo -le dijo al viejo-. ¿No podrías conseguirme
unos caballos hasta Zhádrino?
-¿Nosotros, caballos? -dijo el viejo.
-¿Podrías al menos conseguirme un guía? Le pagaré lo que
pida.
-Espera -dijo el viejo soltando el postigo-. Te mandaré a mi
hijo; él te acompañará.
Vladímir se quedó esperando. No pasó un minuto que llamó de
nuevo a la ventana. El postigo se levantó y apareció la barba.
-¿Qué quieres?
-¿Qué hay de tu hijo?
-Ahora sale. ¿No te habrás helado? Entra a calentarte.
-Te lo agradezco. Manda cuanto antes a tu hijo.
Las puertas chirriaron: salió un muchacho con un perro que
echó a andar por delante, unas veces indicando el camino, otras buscándolo
entre los montones de nieve que lo habían cubierto.
-¿Qué hora es? -le preguntó Vladímir.
-Pronto ha de amanecer -respondió el joven mujik, y Vladímir
ya no dijo ni una sola palabra más.
Cantaban los gallos y había amanecido cuando lograron llegar
a Zhádrino. La iglesia estaba cerrada. Vladímir pagó al guía y se dirigió a
casa del sacerdote. Ante la casa no estaba su troika. ¡Qué noticia le
aguardaba!
Pero volvamos a los buenos señores de Nenarádovo y veamos
que ocurría allí.
Pues nada.
Los viejos se levantaron y fueron al salón. Gavrila
Gavrílovich, con su gorro de dormir y chaquetón de paño, y Praskovia Petrovna,
con su bata guateada. Sirvieron el samovar, y Gavrila Gavrílovich mandó a la
muchacha que se fuera a enterar de cómo se encontraba de salud María Gavrílovna
y si había descansado bien. La muchacha regresó e informó a los señores que la
señorita había dormido mal, pero que ahora decía que se encontraba mejor y que
al rato vendría al salón. Y, en efecto, la puerta se abrió y María Gavrílovna
se acercó a saludar a su padre y a su madre.
-¿Qué tal tu cabeza, Masha? -preguntó Gavrila Gavrílovich.
-Mejor, papá -respondió Masha.
-Seguro que ayer te atufaste -dijo Praskovia Petrovna.
-Puede ser, mamá -contestó Masha.
El día pasó felizmente, pero por la noche Masha se encontró
muy mal. Mandaron a buscar al médico en la ciudad. Éste llegó al anochecer y
encontró a la enferma delirando. Se le declararon unas fuertes calenturas, y la
pobre enferma estuvo durante dos semanas al borde de la muerte.
Nadie en la casa sabía del intento de fuga. Las cartas que
escribió la víspera fueron quemadas: su doncella, temiendo la ira de los
señores, no dijo nada a nadie. El sacerdote, el corneta retirado, el agrimensor
de bigotes y el pequeño ulano fueron discretos, y no en vano. Terioshka el
cochero nunca decía nada de más, ni siquiera cuando estaba bebido. De modo que
la media docena larga de conjurados guardaron bien el secreto. Pero la propia
María Gavrílovna, que deliraba sin parar, lo ponía al descubierto. Sin embargo,
sus palabras eran tan confusas que la madre, que no se apartaba de su lado,
sólo pudo deducir de ellas que su hija estaba locamente enamorada de Vladímir
Nikoláyevich y que, probablemente, el amor era la causa de su dolencia.
La mujer consultó con su marido, con algunos vecinos, y,
finalmente, todos llegaron a la unánime conclusión de que, al parecer, aquel
era el sino de María Gavrílovna, que contra el destino todo es inútil, que la pobreza
no es pecado, que no se vive con el dinero sino con el compañero, y así
sucesivamente. Los proverbios morales son asombrosamente útiles en los casos en
que, por mucho que lo intentemos, no se nos ocurre nada para justificarnos.
Entretanto, la señorita empezó a reponerse. A Vladímir hacía
mucho tiempo que no se le veía en casa de Gavrila Gavrílovich. El joven estaba
escarmentado por los recibimientos de rigor. Decidieron mandar a buscarlo y
anunciarle la inesperada y feliz decisión: el consentimiento para la boda.
¡Pero cuál no sería el asombro de los señores de Nenarádovo cuando, en
respuesta a la invitación, recibieron de él una carta más propia de un loco! En
ella les informaba que jamás volvería a poner los pies en aquella casa, y les
rogaba que se olvidaran de él, pues para un hombre tan desdichado como él no
quedaba más esperanza que la muerte. Al cabo de unos días se enteraron de que
Vladímir se había incorporado al ejército. Esto sucedía en 1812.
Durante largo tiempo nadie se atrevió a informar del hecho a
la convaleciente Masha. Ésta nunca mencionaba a Vladímir. Al cabo ya de varios
meses, al descubrir su nombre entre los oficiales distinguidos y gravemente
heridos en la batalla de Borodinó, Masha se desmayó, y se temió que le
retornaran las calenturas. Pero, gracias a Dios, el desmayo no tuvo
consecuencias.
Otra desgracia cayó sobre ella: falleció Gavrila
Gavrílovich, dejándola heredera de toda la propiedad. Pero la herencia no la
consoló; compartió sinceramente el dolor de la pobre Praskovia Petrovna y juró
no separarse nunca de ella. Ambas dejaron Nenarádovo, lugar de tristes
recuerdos, y se marcharon a vivir a sus tierras de ***.
También aquí los pretendientes revoloteaban en torno a la
hermosa y rica joven: pero ella no daba la más pequeña esperanza a nadie. A
veces su madre insistía en que debía elegir al compañero de su vida, pero María
Gavrílovna negaba con la cabeza y se quedaba pensativa. Vladímir ya no existía:
había muerto en Moscú, en vísperas de la entrada de los franceses. Su recuerdo
era sagrado para Masha; al menos la joven guardaba todo lo que pudiera
recordarle: los libros que un día él había leído, sus dibujos, las partituras y
los versos que él había copiado para ella. Los vecinos, enterados de todo, se
asombraban de su constancia y esperaban con curiosidad al héroe que debería, al
fin, acabar venciendo la desdichada fidelidad de la virginal Artemisa.
Entretanto la guerra había acabado gloriosamente. Nuestros
regimientos retornaban de allende las fronteras. El pueblo salía corriendo a su
encuentro. Se entonaban las canciones conquistadas: Vive Henri-Quatre, valses
tiroleses y arias de la Joconde. Los oficiales, que habían partido a la guerra
siendo casi unos muchachos, regresaban, templados en el aire del combate,
hechos unos hombres y cubiertos de cruces. Los soldados, en sus alegres
charlas, entremezclaban a cada momento palabras alemanas y francesas. ¡Qué
tiempo inolvidable! ¡Días de gloria y de entusiasmo! ¡Con qué fuerza latía el
corazón ruso ante la palabra patria! ¡Qué dulces las lágrimas en los
encuentros! ¡Con qué unanimidad se fundía en nosotros el sentimiento del
orgullo nacional con el amor al soberano! ¡Y para él, qué momento sublime!
Las mujeres, las mujeres rusas no tuvieron rival en aquel
tiempo. Su habitual frialdad desapareció. Su entusiasmo era auténticamente
embriagador cuando al recibir a los vencedores gritaban: «¡Hurra!
Y al aire sus cofias lanzaban
¿Qué oficial de aquel entonces no reconoce que debe a la
mujer rusa la condecoración más noble y preciosa?...
En aquel tiempo esplendoroso María Gavrílovna vivía con su
madre en la provincia de *** y no podía ver cómo las dos capitales celebraban
el regreso de las tropas. Pero en los distritos y en los pueblos el entusiasmo
general era tal vez aún mayor. La aparición de un oficial por aquellos lugares
era para éste un auténtico paseo triunfal, y el enamorado vestido de frac lo
pasaba mal a su lado.
Ya hemos dicho que, a pesar de su frialdad, María Gavrílovna
seguía como antes rodeada de pretendientes. Pero todos debieron ceder su lugar
cuando en el castillo de la doncella apareció el coronel de húsares Burmín,
herido, con una cruz de San Jorge en el ojal y de una interesante palidez, como
decían las damiselas del lugar. Tenía alrededor de veintiséis años. Había venido
de permiso a su propiedad, vecina a la aldea de María Gavrílovna. María
Gavrílovna le prestaba un interés particular. Ante él su acostumbrado semblante
pensativo se animaba. No se podría decir que coqueteara con él, pero el poeta,
ante el modo de comportarse de la joven, hubiera dicho:
Se amor non è, che dunque?
Burmín era realmente un joven muy agradable. Poseía
justamente esa inteligencia que gusta a las mujeres: el saber del decoro y de
la observación, carente de toda pretensión y dotado de una despreocupada
ironía. Su actitud hacia María Gavrílovna era sencilla y libre; pero, cualquier
cosa que dijera o hiciera ella, el alma y la mirada del joven no dejaban de
seguirla. Parecía de un carácter callado y discreto, y si bien los rumores
aseguraban que en su tiempo fue un terrible calavera, ello no empañaba su
imagen ante María Gavrílovna, que (como todas las jóvenes en general) perdonaba
de buen grado las travesuras que evidenciaban valentía y carácter encendido.
Pero sobre todo... (más que su delicadeza y agradable
conversación, más que la interesante palidez, más que el brazo vendado), lo que
alimentaba sobremanera su curiosidad e imaginación era el silencio del joven
húsar. María Gavrílovna no podía ignorar que ella le gustaba mucho:
probablemente, también él, con su inteligencia y saber, ya podía haber notado
que ella le distinguía. ¿A qué se debía entonces que ella no lo hubiera visto
postrado a sus pies ni oído su declaración de amor? ¿Qué lo retenía? ¿La
timidez, inseparable de todo verdadero amor, el orgullo, o la coquetería de un
astuto conquistador? Era para ella un enigma. Tras meditarlo bien, llegó a la
conclusión de que la única razón para tal comportamiento era la timidez; se
propuso animarlo mostrando hacia él mayor interés y, según las circunstancias,
ternura incluso. Se preparaba para el desenlace más inesperado y aguardaba con
impaciencia el momento de la romántica declaración de amor, pues el secreto,
sea éste el que fuere, es siempre un peso difícil de llevar para el corazón de
una mujer. Sus movimientos estratégicos lograron el éxito deseado: al menos
Burmín se sumió en un estado de ensimismamiento tal y sus ojos negros se
detenían en María Gavrílovna con tanto fuego, que el momento decisivo parecía
próximo. Los vecinos ya hablaban de la boda como de una cosa hecha, y la buena
Praskovia Petrovna se mostraba contenta de que, por fin, su hija hubiera
encontrado un novio digno de ella.
Una día la anciana se hallaba sola en el salón haciendo un
solitario, cuando Burmín entró en la habitación y al punto preguntó por María
Gavrílovna.
-Está en el jardín -dijo la anciana-. Vaya a verla, que yo
lo esperaré aquí.
Burmín salió, y la anciana se santiguó y se dijo: «¡Ojalá
hoy se decida todo!»
Burmín encontró a María Gavrílovna junto al estanque, bajo
un sauce, con un libro en las manos y vestida de blanco, como una verdadera
heroína de novela. Tras las primeras preguntas María Gavrílovna dejó adrede de
sostener la conversación, ahondando de este modo el embarazo mutuo y del cual
tal vez sólo se podría salir con una repentina y decisiva declaración de amor.
Y así sucedió: Burmín, sintiendo lo difícil de su situación, le dijo que hacía
tiempo que buscaba el momento para abrirle su corazón y le rogó un minuto de su
atención. María Gavrílovna cerró el libro y bajó la mirada en señal de
asentimiento.
-La amo -dijo Burmín-, la quiero con pasión...
María Gavrílovna enrojeció y dejó caer aún más la cabeza
-He sido un imprudente al entregarme a una dulce costumbre,
al hábito de verla y escucharla cada día...
María Gavrílovna recordó la primera carta de St.-Preux.
-Ahora ya es tarde para luchar contra mi destino; el
recuerdo de usted, su imagen querida e incomparable, será a partir de ahora un
tormento y una dicha para mi existencia; pero aún me queda un duro deber,
descubrirle un horrible secreto y levantar así entre nosotros un insalvable
abismo...
-Éste siempre ha existido -lo interrumpió vivamente María
Gavrílovna-. Nunca hubiera podido ser su esposa...
-Lo sé -le dijo él en voz baja-. Sé que en un tiempo usted
amó, pero la muerte y tres años de dolor... ¡Mi buena, mi querida María
Gavrílovna! No intente privarme de mi único consuelo, de la idea de que usted
hubiera aceptado hacer mi felicidad si... Calle, por Dios se lo ruego, calle.
Me está usted torturando. Sí, lo sé, siento que usted hubiera sido mía, pero...
soy la criatura más desgraciada del mundo... ¡estoy casado!
María Gavrílovna lo miró con asombro.
-¡Estoy casado -prosiguió Burmín-; hace más de tres años que
lo estoy y no sé quién es mi mujer, ni dónde está, ni si la volveré a ver algún
día!
-Pero ¿qué dice? -exclamó María Gavrílovna-. ¡Qué extraño!
Siga, luego le contaré... pero siga, hágame el favor.
-A principios de 1812 -contó Burmín-, me dirigía a toda
prisa a Vilna, donde se encontraba nuestro regimiento. Al llegar ya entrada la
noche a una estación de postas, mandé enganchar cuanto antes los caballos,
cuando de pronto se levantó una terrible ventisca, y el jefe de postas y los
cocheros me aconsejaron esperar. Les hice caso, pero un inexplicable
desasosiego se apoderó de mí; parecía como si alguien no parara de empujarme.
Mientras tanto la tempestad no amainaba, no pude aguantar más y mandé enganchar
de nuevo y me puse en camino en medio de la tormenta. Al cochero se le ocurrió
seguir el río, lo que debía acortarnos el viaje en tres verstas. Las orillas
estaban cubiertas de nieve: el cochero pasó de largo el lugar donde debíamos
retomar el camino, y de este modo nos encontramos en un paraje desconocido. La
tormenta no amainaba; vi una lucecita y mandé que nos dirigiéramos hacia ella.
Llegamos a una aldea: en la iglesia de madera había luz. La iglesia estaba
abierta, tras la valla se veían varios trineos: por el atrio iba y venía gente.
«¡Aquí! ¡Aquí!», gritaron varias voces. «Pero, por Dios,
¿dónde te habías metido? -me dijo alguien-. La novia está desmayada, el pope no
sabe qué hacer; ya nos disponíamos a irnos. Entra rápido.»
Salté en silencio del trineo y entré en la iglesia
débilmente iluminada con dos o tres velas. La joven se sentaba en un banco, en
un rincón oscuro de la iglesia; otra muchacha le fregaba las sienes. «Gracias a
Dios -dijo ésta-, al fin ha llegado usted. Casi nos consume usted a la
señorita.» Un viejo sacerdote se me acercó para preguntarme: «¿Podemos
comenzar?» «Empiece, empiece, padre», le dije distraído. Pusieron en pie a la
señorita. No me pareció fea... Una ligereza incomprensible, imperdonable, sí...
Me coloqué a su lado ante el altar: el sacerdote tenía prisa: los tres hombres
y la doncella sostenían a la novia y no se ocupaban más que de ella. Nos
desposaron. «Bésense», nos dijeron. Mi esposa dirigió hacia mí su pálido
rostro. Yo quise darle un beso... Ella gritó: «¡Ah, no es él! ¡no es él!», y
cayó sin sentido. Los padrinos me dirigieron sus espantadas miradas. Yo me di
la vuelta, salí de la iglesia sin encontrar obstáculo alguno, me lancé hacia la
kibitka y grité: «¡En marcha!»
-¡Dios mío! -exclamó María Gavrílovna-. ¿Y no sabe usted qué
pasó con su pobre esposa?
-No lo sé -dijo Burmín-, no sé cómo se llama la aldea en que
me casé, no recuerdo de qué estación de postas había salido. Por entonces le di
tan poca importancia a mi criminal travesura, que, al dejar atrás la iglesia,
me dormí y desperté al día siguiente por la mañana, ya en la tercera estación
de postas. Mi sirviente, que entonces viajaba conmigo, murió durante la
campaña, de manera que ahora no tengo ni la esperanza siquiera de encontrar a
la mujer a la que gasté una broma tan cruel y que ahora tan cruelmente se ha
vengado de mí.
-¡Dios mío, Dios mío! -dijo María Gavrílovna agarrándole la
mano-. ¡De modo que era usted! ¿Y no me reconoce?
Burmín palideció... y se arrojó a sus pies...
segunda-feira, 8 de junho de 2015
domingo, 7 de junho de 2015
Memória da violência
Os professores da rede pública de ensino do Estado do Paraná
em greve debatem aqui no Facebook em antecipação à votação que deverá ser
encaminhada na assembléia da próxima terça feira: continuar ou não continuar
com a greve? É uma decisão terrível para a qual inexiste qualquer resposta
viável: tanto prosseguir quanto encerrar a greve não são opções. Ambas são
alternativas igualmente péssimas diante de um desgoverno de corruptos, ladrões
e estupradores, auxiliado por um anti-judiciário lacaio do poder que nega aos
grevistas os mesmos direitos que não hesita em atribuir a si mesmo, tudo
legitimado por uma anti-assembleia de capachos e bandidos que se recusa a
julgar deputados estelionatários e corruptos. A greve só seria opção viável se
estivéssemos em um Estado Democrático de Direito, mas estamos vivendo um regime
anti-republicano, anti-democrático, inconstitucional, anti-povo e
anti-trabalhador. A conclusão a que se pode chegar é que ficou caríssimo para o
movimento dos professores ter trocado a vitoriosa revolução de fevereiro pela
atual greve fracassada. É duvidoso que os professores do Paraná consigam
repetir o milagre de fevereiro: seria como de novo andar sobre a água. Mas se o
fizerem e conseguirem repetir o milagre de novamente ocupar o plenário da
ex-alep, com a anuência dos aparelhos repressivos de Estado como ocorreu em
fevereiro, espera-se que desta vez façam a coisa certa: exerçam o poder
legislativo em nome do povo e no interesse da categoria e do Estado do Paraná
promulgando sem mais delongas as leis de que tanto carecemos e pondo fim a um
regime político insuportável e inaceitável. Seu exemplo pode desencadear por
todo país a mudança a que todos aspiramos. Independentemente do que venha a
acontecer na terça-feira nossos corações e nossos pensamentos estarão com os
professores da rede pública de ensino do Estado do Paraná.
Dennison de Oliveira
sábado, 6 de junho de 2015
ODE Á HÓSTIA
Luis Augusto Cassas
Sol branco de trigo e paz
iluminando o universo interior
Floresces no céu da boca
com gosto de mistério e de milagre
Como Agostinho em Óstia
dividido entre o amor sensual e o espiritual
dissolves-me o parco entendimento
e sinto o amor com a essência do amado
Menino ávido de aurora e luz
elevado nessa pura lei da gravidade
oferto os lábios à seara diária E floresço:
trigal de Deus hóspede do divino
Cada ceia acorda a sagrada família interior
e renasço em mim multiplicado em pães e peixes
Brasas ardentes povoam-me o coração!
Que o sol que me desce às entranhas
sarça branca fogo imaculado
é o próprio cordeiro transplantado
síntese solar da mais pura alquimia
que converte em ouro tudo que era chumbo
e faz do humano a passagem para o sagrado
do livro Liturgia da Paixão, Nórdica Editorial,1997
—Maranhão.
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