domingo, 19 de janeiro de 2014

La garganta de acero



Mijaíl Bulgákov

Así pues, me quedé solo. Me rodeaban las tinieblas del mes de noviembre mezcladas con torbellinos de nieve que había cubierto la casa; la chimenea aullaba. Yo había pasado los veinticuatro años de mi vida en una gran ciudad y pensaba que la tormenta aúlla solamente en las novelas. Pero resultó que también en la realidad aúlla la tormenta. Aquí las veladas son extraordinariamente largas; la lámpara, bajo su pantalla verde, se reflejaba en la ventana negra y yo soñaba despierto, mientras miraba la mancha que brillaba a mi izquierda. Soñaba con la ciudad del distrito, que se encontraba a cuarenta verstas de distancia. Tenía grandes deseos de escaparme de mi hospital para ir allí. Allí había electricidad, cuatro médicos a quienes podía consultar, y en todo caso no era tan terrible. Pero no había posibilidad alguna de escapar y, por momentos, yo mismo comprendía que aquello no era más que cobardía. Después de todo, justamente para eso había estudiado en la facultad de medicina...

"...¿Y si trajeran a una mujer con complicaciones de parto? ¿O, supongamos, a un enfermo con la hernia estrangulada? ¿Qué haría yo en ese caso? Aconséjenme, por favor. Hace cuarenta y ocho días que terminé la facultad con sobresaliente, pero el sobresaliente es una cosa y la hernia otra. En una ocasión vi cómo un profesor realizaba una operación de hernia estrangulada. Él operaba y yo estaba sentado en el anfiteatro. Eso fue todo..."

Cada vez que pensaba en la hernia, un escalofrío me recorría la columna vertebral. Cada noche, después de tomar el té, me sentaba en una misma postura: bajo mi brazo izquierdo, estaban todos los manuales de cirugía obstétrica, y encima de ellos, el pequeño Doderlein. A la derecha, unos diez tomos diversos de cirugía práctica, ilustrados. Yo me lamentaba, fumaba, tomaba un té negro y frío...

Me quedé dormido; recuerdo perfectamente esa noche, la del 29 de noviembre. Me despertó un estruendo en la puerta. Cinco minutos más tarde, mientras me ponía los pantalones, no lograba apartar mis ojos implorantes de los divinos libros de cirugía práctica. Oí el crujir de los patines de un trineo en el patio: mis oídos se habían vuelto extremadamente sensibles. Resultó, quizá, algo peor aún que una hernia o que la posición transversal de un bebé: al hospital de Nikólskoie, a las once de la noche, trajeron a una niña. La enfermera dijo con voz sorda:

-Es una niña débil, se está muriendo... Doctor, venga al hospital...

Recuerdo que atravesé el patio y me dirigí hacia la lámpara de petróleo que estaba junto a la entrada del hospital y, como hechizado, no conseguía apartar la vista de la luz parpadeante. La recepción ya estaba iluminada y toda la plantilla de ayudantes me esperaba con las batas puestas. Eran: el enfermero Demián Lukich, un hombre todavía joven pero muy eficiente, y dos experimentadas comadronas, Ana Nikoláievna y Pelagueia Ivánovna. Yo no era más que un médico de veinticuatro años que se había graduado dos meses atrás y que había sido designado para dirigir el hospital de Nikólskoie.

El enfermero abrió solemnemente la puerta y apareció la madre. Entró apresuradamente, patinando sobre sus botas de fieltro; la nieve aún no se había derretido en su pañuelo. Llevaba en sus brazos un envoltorio que acompasadamente emitía silbidos y respiraba produciendo un sonido sordo. El rostro de la madre, que lloraba en silencio, estaba demudado. Cuando la mujer se quitó la pelliza y el pañuelo y abrió el envoltorio, vi a una niña de unos tres años. La observé y por un momento me olvidé de la cirugía, la soledad, el inútil bagaje universitario; me olvidé definitivamente de todo a causa de la belleza de la niña. ¿Con qué se podía comparar? Sólo en las cajas de bombones dibujan niños así, con rizos naturales en el cabello, formando grandes bucles del color del trigo maduro. Los ojos azules, enormes; las mejillas como las de una muñeca. Así dibujaban a los ángeles. Pero una extraña turbación anidaba en el fondo de sus ojos y comprendí que era miedo: la niña se asfixiaba. "Morirá dentro de una hora", pensé con absoluta convicción, y mi corazón se contrajo dolorosamente...

Cada vez que la niña respiraba, en su garganta se formaban pequeños hoyuelos, las venas se hinchaban y el rostro pasaba de un tono rosado a uno ligeramente liláceo. De inmediato comprendí y valoré ese cambio de color. Enseguida me di cuenta de lo que se trataba; mi primer diagnóstico fue exacto y, lo más importante, coincidió con el de las comadronas, que tenían mucha experiencia: "La niña tiene garrotillo diftérico, la garganta ya está cubierta de falsas membranas y pronto se cerrará completamente..."

-¿Cuántos días lleva enferma la niña? -pregunté en medio del atento silencio de mi personal.

-Es el quinto día, el quinto -dijo la madre, y me miró profundamente con sus ojos secos.

-Garrotillo diftérico -dije entre dientes al enfermero, y a la madre le dije-: ¿En qué estabas pensando? ¿Eh? ¿En qué estabas pensando?

En ese momento se oyó detrás de mí una voz llorona:

-¡El quinto, padrecito, el quinto!

Me volví y vi a la abuela de cara redonda, con la cabeza cubierta por un pañuelo. "Sería magnífico que estas abuelas no existieran en el mundo", pensé con un lóbrego presentimiento del peligro, y dije:

-Tú, abuela, cállate; estorbas.

A la madre le repetí:

-¿En qué pensabas? ¡El quinto día! ¿Eh?

De pronto la madre, con un movimiento de autómata, entregó la niña a la abuela y se arrodilló delante de mí.

-Dale unas gotas a la niña -dijo, y golpeó el suelo con su frente-, me ahorcaré si se muere.

-Levántate inmediatamente -le contesté-, de lo contrario no hablaré contigo.

La madre se levantó rápidamente, recibió a la niña que le entregaba la abuela y comenzó a mecerla en sus brazos. La abuela se puso a rezar en dirección a la puerta, mientras la niña continuaba respirando con un silbido de serpiente. El enfermero dijo:

-Siempre hacen lo mismo. El pueblo -y al decir esto sus bigotes se torcieron hacia un costado.

-¿Quiere decir que la niña morirá? -preguntó la madre mirándome con negra furia, o al menos así lo percibí yo entonces...

-Morirá -dije en voz baja y con firmeza.

La abuela inmediatamente cogió el borde de su falda y comenzó a secarse con él los ojos. La madre me suplicó con voz abatida:

-¡Dale algo, ayúdala! ¡Dale unas gotas!

Ya veía con claridad lo que me esperaba. Me mantuve firme.

-¿Qué gotas le voy a dar? Aconséjame tú. La niña se está asfixiando, la garganta se ha cerrado. Durante cinco días seguidos has descuidado a tu hija a quince verstas de donde yo estoy. Ahora, ¿qué quieres que haga?

-Tú lo sabrás mejor, padrecito -comenzó a lloriquear la abuela en mi hombro izquierdo, con voz afectada. ¡Cómo la odié en ese momento!

-¡Cállate! -le dije. Me dirigí al enfermero y le ordené que cogiera a la niña. La madre entregó la niña a la comadrona. La niña comenzó a agitarse y quería, por lo visto, gritar, pero la voz ya no salía de su garganta. La madre quiso defenderla, pero la apartamos; entonces pude examinar, a la luz de la lámpara de petróleo, la garganta de la niña. Nunca hasta entonces me había enfrentado con la difteria, salvo en algunos casos leves que había aliviado rápidamente. En la garganta había algo que bullía, algo blanco, desgarrado. La niña de pronto espiró y me escupió en la cara, pero yo, ocupado como estaba por mis pensamientos, no me preocupé por mis ojos.

-Mira -dije, sorprendiéndome por mi tranquilidad-, el asunto es el siguiente. Ya es demasiado tarde. La niña se está muriendo. Sólo hay una cosa que podría ayudarla: una operación.

Yo mismo me horroricé. ¿Para qué lo habría dicho? Pero no podía dejar de decirlo. "¿Y si aceptan?", pasó fugazmente por mi cabeza.

-¿Cómo una operación? -preguntó la madre.

-Es necesario hacerle un corte en la parte inferior de la garganta e introducir un tubito de plata, para dar a la niña la posibilidad de respirar; así quizá podamos salvarla -le expliqué.

La madre me miró como a un loco y protegió a la niña con sus brazos mientras la abuela se ponía a refunfuñar de nuevo:

-¡No! ¡No dejes que la operen! ¡No! ¡¿Cortarle la garganta?!

-¡Lárgate, abuela! -le dije con odio-. ¡Inyéctele alcanfor! -ordené al enfermero.

La madre no quiso entregar a la niña cuando vio la jeringuilla, pero le explicamos que la inyección no era nada terrible.

-¿Quizá eso la ayudará? -preguntó la madre.

-No, no la ayudará en absoluto.

Entonces la madre se echó a llorar.

-Basta -le dije. Saqué mi reloj y añadí-: Les doy cinco minutos para pensarlo. Si no están de acuerdo dentro de cinco minutos, yo ya no haré nada.

-¡No estoy de acuerdo! -dijo tajantemente la madre.

-¡No damos nuestro consentimiento! -añadió la abuela.

-Bueno, como quieran -añadí con voz sorda, y pensé: "¡Bien, esto es todo! Mejor para mí. Yo lo he dicho, lo he propuesto; los ojos asombrados de las comadronas son testigos. Ellas no han aceptado y yo estoy salvado." No acababa de pensarlo cuando una voz ajena salió de mi interior:

-¿Se han vuelto locas? ¿Cómo que no están de acuerdo? Matarán a la niña. Acepten. ¿No les da lástima?

-¡No! -gritó nuevamente la madre.

En mi interior pensaba: "¿Qué estoy haciendo? Voy a degollar a la niña." Pero decía otra cosa.

-¡Pronto, pronto, acepten! ¡Acepten! Ya se le están poniendo azules las uñas.

-¡No! ¡No!

-Está bien, acompáñenlas a la sala; que se queden allí.

Las llevaron por el corredor casi a oscuras. Yo oía el llanto de las mujeres y el silbido de la niña. El enfermero regresó enseguida y dijo:

-¡Aceptan!

En mi interior todo se petrificó, pero dije con claridad:

-¡Esterilicen de inmediato el bisturí, las tijeras, las grapas, la sonda!

Un minuto más tarde, atravesaba a toda velocidad el patio donde la tormenta de nieve, como un demonio, volaba y chocaba contra las casas. Entré corriendo en mi gabinete y, contando los minutos, cogí un libro, lo hojeé y encontré una ilustración que representaba una traqueotomía. En ella todo era sencillo y claro: la garganta estaba abierta y el bisturí clavado en la tráquea. Me puse a leer el texto, pero no comprendía nada, las palabras parecían brincar ante mis ojos. Jamás había visto cómo se hace una traqueotomía. "¡Eh!, ahora ya es tarde", pensé, y miré con melancolía la luz azulada y la ilustración del libro; sentí que había caído sobre mí un asunto terrible y difícil y regresé al hospital sin percatarme de la tormenta.

En la recepción, una sombra con falda redonda se pegó a mí y una voz comenzó a lloriquear:

-Padrecito, ¿qué es eso de que vas a cortarle la garganta a la niña? ¿Acaso se puede pensar siquiera en algo así? Ella es una tonta, por eso ha aceptado. Pero yo no te doy mi consentimiento, no. Estoy de acuerdo en que le recetes unas gotas, pero no permitiré que le cortes la garganta.

-¡Saquen de aquí a esta mujer! -grité, y en mi acaloramiento añadí-: ¡La tonta eres tú! ¡Tú! ¡Ella no, ella es inteligente! ¡Además, a ti nadie te ha preguntado nada! ¡Sáquenla de aquí!

La comadrona abrazó firmemente a la abuela y la empujó fuera de la sala.

-¡Listo! -dijo de pronto el enfermero.

Entramos en la pequeña sala de operaciones y yo, como a través de una cortina, observé los brillantes instrumentos, la cegadora luz de la lámpara, el hule... Salí por última vez a donde estaba la madre, de cuyos brazos apenas lograron arrancar a la niña. Oí una voz ronca que decía: "Mi marido no está. Está en la ciudad. ¡Cuando regrese y se entere de lo que he hecho, me matará!"

-La matará -repitió la abuela, mirándome horrorizada.

-¡No las dejen entrar en la sala de operaciones! -ordené.

Nos quedamos solos en el quirófano. El personal, Lidka (la niña) y yo. La niña estaba desnuda. La habían sentado sobre la mesa. Lloraba en silencio.

Luego la acostaron, la sujetaron, le limpiaron la garganta y la untaron con yodo. Yo tomé con decisión el bisturí, pero pensaba: "¿Qué estoy haciendo?" Había un profundo silencio en la sala de operaciones. Tomé el bisturí e hice una línea vertical por la regordeta garganta blanca. No salió ni una gota de sangre. Por segunda vez pasé el bisturí por la franja blanca que había aparecido en la piel, que se había separado. Ni una gota nuevamente. Despacio, intentando recordar ciertos dibujos de los atlas, comencé con ayuda de una sonda roma a separar los delgados tejidos. Entonces, de la parte inferior del corte brotó una sangre oscura que inundó de inmediato la herida y comenzó a correr por el cuello. El enfermero la secaba con tampones, pero la sangre no dejaba de correr. Recordando todo lo que había visto en la universidad, comencé a apretar con pinzas los bordes de la herida, pero no obtuve ningún resultado. Sentí frío y mi frente se humedeció. Me arrepentí profundamente de haber ingresado en la facultad de medicina, de haber aceptado venir a este remoto lugar. Con furiosa desesperación metí una pinza al azar en alguna parte próxima a la herida, la cerré y la sangre inmediatamente dejó de correr. Absorbimos la sangre de la herida con bolas de gasa y sólo entonces la herida se me presentó limpia, pero completamente incomprensible. La tráquea no estaba en ninguna parte. Mi herida no tenía nada que ver con ninguna de las ilustraciones de los libros. Pasaron todavía dos o tres minutos durante los cuales, de un modo mecánico y totalmente incoherente, estuve hurgando en la herida, unas veces con el bisturí y otras con la sonda, en busca de la tráquea. Al final del segundo minuto comencé a desesperarme. "Es el fin -pensé-, ¿para qué habré hecho esto? Podía no haber propuesto la operación y Lidka habría muerto tranquilamente en su habitación, mientras que ahora morirá con la garganta desgarrada y nunca, jamás, podré demostrar que de todas formas habría muerto, que yo no podía perjudicarla..." La comadrona secó en silencio mi frente. "Dejar el bisturí y decir: no sé qué hacer ahora", pensé, e inmediatamente me imaginé los ojos de la madre. De nuevo levanté el bisturí y, sin sentido alguno, corté profunda y bruscamente a Lidka. Los tejidos se separaron e inesperadamente apareció ante mis ojos la tráquea.

-¡Los ganchos! -dije con voz ronca.

El enfermero me los dio. Introduje un gancho en un lado de la herida y el segundo en el otro y le di uno de ellos al enfermero. En ese momento sólo veía una cosa: los anillos grisáceos de la tráquea. Hundí el afilado bisturí en la tráquea y me quedé inmóvil. La tráquea comenzó a salirse de la herida: el enfermero, pensé, se ha vuelto loco, ha comenzado a extraer la tráquea. Las dos comadronas gritaron detrás de mí. Levanté los ojos y comprendí lo que ocurría: el enfermero se estaba desmayando por el calor y, sin soltar el gancho, rompía la tráquea. "Todo está en mi contra, es el destino -pensé-, ahora sí que hemos degollado a Lidka. -Y me dije-: En cuanto llegue a casa me pegaré un tiro..." En ese instante, la comadrona principal, que por lo visto tenía mucha experiencia, se lanzó de un modo rapaz hacia el enfermero y cogió el gancho que éste sostenía; luego me dijo con los dientes apretados:

-Continúe, doctor...

El enfermero cayó ruidosamente, dándose un golpe, pero nosotros no le miramos siquiera. Introduje el bisturí en la tráquea y luego metí en ella un tubito de plata. El tubo entró con facilidad, pero Lidka permaneció inmóvil. El aire no había entrado en su garganta, como debiera haber ocurrido. Respiré profundamente y me detuve: no tenía nada más que hacer. Sólo quería pedirle perdón a alguien, arrepentirme de mi ligereza, de haber ingresado en la facultad de medicina. Reinaba el silencio. Yo veía cómo Lidka se ponía cada vez más azulada. Quería abandonarlo todo y echarme a llorar. De pronto Lidka se estremeció de un modo extraño, arrojó como una fuente los sucios coágulos a través del tubo y el aire, con un silbido, entró en su garganta. La niña respiró y comenzó a llorar fuertemente. En ese instante el enfermero se levantó, pálido y sudoroso, miró alelado y horrorizado la garganta abierta y se puso a ayudarme a coserla.

A pesar del cansancio y del velo del sudor que me cubría los ojos, vi los rostros felices de las comadronas. Una de ellas me dijo:

-Ha realizado brillantemente la operación, doctor.

Pensé que se estaba burlando de mí y la miré con aire sombrío de reojo. Luego se abrieron las puertas y penetró el aire fresco. Sacaron a Lidka envuelta en una sábana. De inmediato, en la puerta, se presentó la madre. Sus ojos parecían los de una fiera salvaje. Me preguntó:

-¿Y bien?

Cuando oí el tono de su voz el sudor me recorrió la espalda, y sólo entonces me di cuenta de lo que habría ocurrido si Lidka hubiera muerto en la mesa de operaciones. Pero le contesté con una voz muy serena:

-Tranquila. Vive y seguirá viva. Eso espero. Sólo que mientras no le saquemos el tubito no podrá pronunciar ni una palabra, así que no se asusten.

Entonces la abuela salió de debajo de la tierra y se santiguó en dirección al pomo de la puerta, hacia mí, hacia el techo. Pero yo ya no me enfadaba con ella. Me volví y ordené que le inyectaran alcanfor a Lidka y que por turnos hicieran guardia junto a ella. Luego me fui a mi apartamento. Recuerdo que la luz azulada ardía en mi gabinete. Allí estaba el Doderlein, había libros esparcidos. Me acerqué al diván, me acosté vestido e inmediatamente dejé de ver cualquier cosa. Me quedé dormido y ni siquiera soñé.

Pasó un mes, otro. Yo había visto ya muchas cosas y algunas más terribles que la garganta de Lidka. Incluso la había olvidado. Estábamos rodeados de nieve y la consulta crecía de día en día. En una ocasión, ya al año siguiente, entró en mi consultorio una mujer llevando de la mano a una niña exageradamente abrigada. Los ojos de la mujer brillaban. La miré con atención y la reconocí.

-¡Ah, Lidka! ¿Cómo está la niña?

-Bien.

Dejamos al descubierto la garganta de Lidka. La niña se resistía, tenía miedo. Por fin logré levantarle el mentón y examinarla. En su cuello rosado había una cicatriz vertical de color marrón y dos cicatrices transversales delgadas, las de las costuras.

-Todo está en orden -dije-, pueden dejar de venir.

-Se lo agradezco doctor, muchas gracias -dijo la madre, y ordenó a Lidka-: ¡Dale las gracias al señor!

Pero Lidka no tenía deseos de decirme nada.

No volví a verla nunca más. Comencé a olvidarla. Mi consulta seguía creciendo. Y llegó el día en que recibí a ciento diez personas. Habíamos comenzado a las nueve de la mañana y terminamos a las ocho de la noche. Yo, tambaleándome, me quité la bata. La comadrona principal me dijo:

-Tal cantidad de pacientes debe agradecérsela a la traqueotomía. ¿Sabe lo que dicen en las aldeas? Que a Lidka, en lugar de su garganta, usted le puso una de acero y se la cosió. Viajan especialmente a la aldea donde vive la niña para verla. Ya tiene usted fama, doctor, le felicito.

-¿De modo que creen que vive con la garganta de acero? -pregunté.

-Sí, eso creen. Usted, doctor, es excelente. ¡Es un encanto ver la sangre fría con que opera!

-Sí... Yo, sabe usted, jamás me pongo nervioso -dije sin saber por qué, pero era tanto mi cansancio que ni siquiera pude avergonzarme, simplemente volví la vista hacia otro lado. Me despedí y me dirigí a mi apartamento. Caía una nieve gruesa que lo cubría todo; el farol ardía y mi casa estaba solitaria, tranquila y grave. Y yo, en el camino, sólo deseaba una cosa: dormir.

FIN

1925


Biblioteca Digital Ciudad Seva

Rashomon



Ryunosuke Akutagawa

Era un frío atardecer. Bajo Rashomon, el sirviente de un samurai esperaba que cesara la lluvia. No había nadie en el amplio portal. Sólo un grillo se posaba en una gruesa columna, cuya laca carmesí estaba resquebrajada en algunas partes. Situado Rashomon en la Avenida Sujaltu, era de suponer que algunas personas, como ciertas damas con el ichimegasa1 o nobles con el momiebosh2, podrían guarecerse allí; pero al parecer no había nadie fuera del sirviente. Y era explicable, ya que en los últimos dos o tres años la ciudad de Kyoto había sufrido una larga serie de calamidades: terremotos, tifones, incendios y carestías la habían llevado a una completa desolación. Dicen los antiguos textos que la gente llegó a destruir las imágenes budistas y otros objetos del culto, y esos trozos de madera, laqueada y adornada con hojas de oro y plata, se vendían en las calles como leña. Ante semejante situación, resultaba natural que nadie se ocupara de restaurar Rashomon. Aprovechando la devastación del edificio, los zorros y otros animales instalaron sus madrigueras entre las ruinas; por su parte ladrones y malhechores no lo desdeñaron como refugio, hasta que finalmente se lo vio convertido en depósito de cadáveres anónimos. Nadie se acercaba por los alrededores al anochecer, más que nada por su aspecto sombrío y desolado.
En cambio, los cuervos acudían en bandadas desde los más remotos lugares. Durante el día, volaban en círculo alrededor de la torre, y en el cielo enrojecido del atardecer sus siluetas se dispersaban como granos de sésamo antes de caer sobre los cadáveres abandonados.

Pero ese día no se veía ningún cuervo, tal vez por ser demasiado tarde. En la escalera de piedra, que se derrumbaba a trechos y entre cuyas grietas crecía la hierba, podían verse los blancos excrementos de estas aves. El sirviente vestía un gastado kimono azul, y sentado en el último de los siete escalones contemplaba distraídamente la lluvia, mientras concentraba su atención en el grano de la mejilla derecha.

Como decía, el sirviente estaba esperando que cesara la lluvia; pero de cualquier manera no tenía ninguna idea precisa de lo que haría después. En circunstancias normales, lo natural habría sido volver a casa de su amo; pero unos días antes éste lo había despedido, no obstante los largos años que había estado a su servicio. El suyo era uno de los tantos problemas surgidos del precipitado derrumbe de la prosperidad de Kyoto.

Por eso, quizás, hubiera sido mejor aclarar: “el sirviente espera en el portal sin saber qué hacer, ya que no tiene adónde ir". Es cierto que, por otra parte, el tiempo oscuro y tormentoso había deprimido notablemente el sentimentalismo de este sirviente de la época Heian.

Habiendo comenzado a llover a mediodía, todavía continuaba después del atardecer. Perdido en un mar de pensamientos incoherentes, buscando algo que le permitiera vivir desde el día siguiente y la manera de obrar frente a ese inexorable destino que tanto lo deprimía, el sirviente escuchaba, abstraído, el ruido de la lluvia sobre la Avenida Sujaku.

La lluvia parecía recoger su ímpetu desde lejos, para descargarlo estrepitosamente sobre Rashomon, como envolviéndolo. Alzando la vista, en el cielo oscuro se veía una pesada nube suspendida en el borde de una teja inclinada.

"Para escapar a esta maldita suerte -pensó el sirviente- no puedo esperar a elegir un medio, ni bueno ni malo, pues si empezara a pensar sin duda me moriría de hambre en medio del camino o en alguna zanja; luego me traerían aquí, a esta torre, dejándome tirado como a un perro. Pero si no elijo..."

Su pensamiento, tras mucho rondar la misma idea, había llegado por fin a este punto. Pero ese "si no elijo..." quedó fijo en su mente. Aparentemente estaba dispuesto a emplear cualquier medio; pero al decir "si no..." demostró no tener el valor suficiente para confesarse rotundamente: "no me queda otro remedio que convertirme en ladrón".

Lanzó un fuerte estornudo y se levantó con lentitud. El frío anochecer de Kyoto hacía aflorar el calor del fuego. El viento, en la penumbra, gemía entre los pilares. El grillo que se posaba en la gruesa columna había desaparecido.

Con la cabeza metida entre los hombros paseó la mirada en torno del edificio; luego levantó las hombreras del kimono azul que llevaba sobre una delgada ropa interior. Se decidió por fin a pasar la noche en algún lugar que le permitiera guarecerse de la lluvia y del viento, en donde nadie lo molestara.

El sirviente descubrió otra escalera ancha, también laqueada, que parecía conducir a la torre. Ahí arriba nadie lo podría molestar, excepto los muertos. Cuidando de que no se deslizara su espada de la vaina sujeta a la cintura, el sirviente puso su pie calzado con sandalias sobre el primer peldaño.

Minutos después, en mitad de la amplia escalera que conducía a la torre de Rashomon, un hombre acurrucado como un gato, con la respiración contenida, observaba lo que sucedía más arriba. La luz procedente de la torre brillaba en la mejilla del hombre; una mejilla que bajo la corta barba descubría un grano colorado, purulento. El hombre, es decir el sirviente, había pensado que dentro de la torre sólo hallaría cadáveres; pero subiendo dos o tres escalones notó que había luz, y que alguien la movía de un lado a otro. Lo supo cuando vio su reflejo mortecino, amarillento, oscilando de un modo espectral en el techo cubierto de telarañas. ¿Qué clase de persona encendería esa luz en Rashomon, en una noche de lluvia como aquélla?

Silencioso como un lagarto, el sirviente se arrastró hasta el último peldaño de la empinada escalera. Con el cuerpo encogido todo lo posible y el cuello estirado, observó medrosamente el interior de la torre.

Confirmando los rumores, vio allí algunos cadáveres tirados negligentemente en el suelo. Como la luz de la llama iluminaba escasamente a su alrededor, no pudo distinguir la cantidad; únicamente pudo ver algunos cuerpos vestidos y otros desnudos, de hombres y mujeres. Los hombros, el pecho y otras partes recibían una luz agonizante, que hacía más densa la sombra en los restantes miembros.

Unos con la boca abierta, otros con los brazos extendidos, ninguno daba más señales de vida que un muñeco de barro. Al verlos entregados a ese silencio eterno, el sirviente dudó que hubiesen vivido alguna vez.

El hedor que despedían los cuerpos ya descompuestos le hizo llevar rápidamente la mano a la nariz. Pero un instante después olvidó ese gesto. Una impresión más violenta anuló su olfato al ver que alguien estaba inclinado sobre los cadáveres.

Era una vieja escuálida, canosa y con aspecto de mona, vestida con un kimono de tono ciprés. Sosteniendo con la mano derecha una tea de pino, observaba el rostro de un muerto, que por su larga cabellera parecía una mujer.

Poseído más por el horror que por la curiosidad, el sirviente contuvo la respiración por un instante, sintiendo que se le erizaban los pelos. Mientras observaba aterrado, la vieja colocó su tea entre dos tablas del piso, y sosteniendo con una mano la cabeza que había estado mirando, con la otra comenzó a arrancarle el cabello, uno por uno; parecía desprenderse fácilmente.

A medida que el cabello se iba desprendiendo, cedía gradualmente el miedo del sirviente; pero al mismo tiempo se apoderaba de él un incontenible odio hacia esa vieja. Ese odio -pronto lo comprobó- no iba dirigido sólo contra la vieja, sino contra todo lo que simbolizase “el mal", por el que ahora sentía vivísima repugnancia. Si en ese instante le hubiera sido dado elegir entre morir de hambre o convertirse en ladrón -el problema que él mismo se había planteado hacía unos instantes- no habría vacilado en elegir la muerte. El odio y la repugnancia ardían en él tan vivamente como la tea que la vieja había clavado en el piso.

Él no sabía por qué aquella vieja robaba cabellos; por consiguiente, no podía juzgar su conducta. Pero a los ojos del sirviente, despojar de las cabelleras a los muertos de Rashomon, y en una noche de tormenta como ésa, cobraba toda la apariencia de un pecado imperdonable. Naturalmente, este nuevo espectáculo le había hecho olvidar que sólo momentos antes él mismo había pensado hacerse ladrón.

Reunió todas sus fuerzas en las piernas, y saltó con agilidad desde su escondite; con la mano en su espada, en una zancada se plantó ante la vieja. Ésta se volvió aterrada, y al ver al hombre retrocedió bruscamente, tambaleándose.

-¡Adónde vas, vieja infeliz! -gritó cerrándole el paso, mientras ella intentaba huir pisoteando los cadáveres.

La suerte estaba echada. Tras un breve forcejeo el hombre tomó a la vieja por el brazo (de puro hueso y piel, más bien parecía una pata de gallina), y retorciéndoselo, la arrojó al suelo con violencia:

-¿Qué estabas haciendo? Contesta, vieja; si no, hablará esto por mí.

Diciendo esto, el sirviente la soltó, desenvainó su espada y puso el brillante metal frente a los ojos de la vieja. Pero ésta guardaba un silencio malicioso, como si fuera muda. Un temblor histérico agitaba sus manos y respiraba con dificultad, con los ojos desorbitadas. Al verla así, el sirviente comprendió que la vieja estaba a su merced. Y al tener conciencia de que una vida estaba librada al azar de su voluntad, todo el odio que había acumulado se desvaneció, para dar lugar a un sentimiento de satisfacción y de orgullo; la satisfacción y el orgullo que se sienten al realizar una acción y obtener la merecida recompensa. Miró el sirviente a la vieja y suavizando algo la voz, le dijo:

-Escucha. No soy ningún funcionario imperial. Soy un viajero que pasaba accidentalmente por este lugar. Por eso no tengo ningún interés en prenderte o en hacer contigo nada en particular. Lo que quiero es saber qué estabas haciendo aquí hace un momento.

La vieja abrió aún más los ojos y clavó su mirada en el hombre; una mirada sarcástica, penetrante, con esos ojos sanguinolentos que suelen tener ciertas aves de rapiña. Luego, como masticando algo, movió los labios, unos labios tan arrugados que casi se confundían con la nariz. La punta de la nuez se movió en la garganta huesuda. De pronto, una voz áspera y jadeante como el graznido de un cuervo llegó a los oídos del sirviente:

-Yo, sacaba los cabellos... sacaba los cabellos... para hacer pelucas...

Ante una respuesta tan simple y mediocre el sirviente se sintió defraudado. La decepción hizo que el odio y la repugnancia lo invadieran nuevamente, pero ahora acompañados por un frío desprecio. La vieja pareció adivinar lo que el sirviente sentía en ese momento y, conservando en la mano los largos cabellos que acababa de arrancar, murmuró con su voz sorda y ronca:

-Ciertamente, arrancar los cabellos a los muertos puede parecerle horrible; pero ninguno de éstos merece ser tratado de mejor modo. Esa mujer, por ejemplo, a quien le saqué estos hermosos cabellos negros, acostumbraba vender carne de víbora desecada en la Barraca de los Guardianes, haciéndola pasar nada menos que por pescado. Los guardianes decían que no conocían pescado más delicioso. No digo que eso estuviese mal pues de otro modo se hubiera muerto de hambre. ¿Qué otra cosa podía hacer? De igual modo podría justificar lo que yo hago ahora. No tengo otro remedio, si quiero seguir viviendo. Si ella llegara a saber lo que le hago, posiblemente me perdonaría.

Mientras tanto el sirviente había guardado su espada, y con la mano izquierda apoyada en la empuñadura, la escuchaba fríamente. La derecha tocaba nerviosamente el grano purulento de la mejilla. Y en tanto la escuchaba, sintió que le nacía cierto coraje, el que le faltara momentos antes bajo el portal. Además, ese coraje crecía en dirección opuesta al sentimiento que lo había dominado en el instante de sorprender a la vieja. El sirviente no sólo dejó de dudar (entre elegir la muerte o convertirse en ladrón) sino que en ese momento el tener que morir de hambre se había convertido para él en una idea absurda, algo por completo ajeno a su entendimiento.

-¿Estás segura de lo que dices? -preguntó en tono malicioso y burlón.

De pronto quitó la mano del grano, avanzó hacia ella y tomándola por el cuello le dijo con rudeza:

-Y bien, no me guardarás rencor si te robo, ¿verdad? Si no lo hago, también yo me moriré de hambre.

Seguidamente, despojó a la vieja de sus ropas, y como ella tratara de impedirlo aferrándosele a las piernas, de un puntapié la arrojó entre los cadáveres. En cinco pasos el sirviente estuvo en la boca de la escalera; y en un abrir y cerrar de ojos, con la amarillenta ropa bajo el brazo, descendió los peldaños hacia la profundidad de la noche.

Un momento después la vieja, que había estado tendida como un muerto más, se incorporó, desnuda. Gruñendo y gimiendo, se arrastró hasta la escalera, a la luz de la antorcha que seguía ardiendo. Asomó la cabeza al oscuro vacío y los cabellos blancos le cayeron sobre la cara.

Abajo, sólo la noche negra y muda.

Adónde fue el sirviente, nadie lo sabe.

FIN

1. Sombrero antiguo para dama, de paja o tela laqueada, según la clase social. Designa a la dama que emplea dicho sombrero.
2. Antiguo gorro empleado por los nobles y samurais. Designa a los nobles o samurais que llevan dicho gorro.


Biblioteca Digital Ciudad Seva

Jardín de infancia



Naguib Mahfuz

-Papá...
-¿Qué?

-Yo y mi amiga Nadia siempre estamos juntas.

-Claro, mujer, porque es tu amiga.

-En clase... en el recreo... a la hora de comer...

-Estupendo... es una niña buena y juiciosa.

-Pero en la hora de religión yo voy a una clase y ella a otra.

Miró a la madre y vio que sonreía, ocupada en bordar un mantel. Y dijo, sonriendo también:

-Sí... pero sólo en la clase de religión...

-¿Y por qué, papá?

-Porque tú eres de una religión y ella de otra.

-Pero, ¿por qué, papá?

-Porque tú eres musulmana y ella cristiana.

-¿Y por qué, papá?

-Eres aún muy pequeña, ya lo comprenderás...

-No, ¡soy mayor!

-No, eres pequeña, cariñito...

-¿Y por qué soy musulmana?

Debía ser comprensivo y delicado: no faltar a los preceptos de la pedagogía moderna a la primera dificultad. Contestó:

-Porque papá es musulmán... mamá es musulmana...

-¿Y Nadia?

-Porque su papá es cristiano y su mamá también...

-¿Porque su papá lleva gafas?

-No... Las gafas no tienen nada que ver. Es porque su abuelo también era cristiano y...

Siguió con la cadena de antepasados hasta aburrirse. Trató de cambiar el tema pero la niña preguntó:

-¿Cuál es mejor?

Dudó un momento antes de contestar:

-Las dos...

-¡Pero yo quiero saber cuál es mejor!

-Es que las dos lo son.

-¿Y por qué no me hago cristiana para estar siempre con Nadia?

-No, cariñito, es mejor que no. Hay que ser lo mismo que papá y que mamá...

-¿Y por qué?

Francamente: la pedagogía moderna es tiránica.

-¿Por qué no esperas a ser mayor?

-No. ¡Ahora!

-Bien. Digamos que por gusto. A ella le gusta más una y tú prefieres la otra. Tú eres musulmana y ella tiene otro gusto. Por eso tienes que seguir siendo musulmana.

-¿Nadia tiene mal gusto?

Dios confunda a ti y a Nadia. Había metido la pata a pesar de las precauciones. Se lanzó sin piedad al cuello de una botella.

-Sobre gustos no hay nada escrito. Lo único imprescindible es seguir siendo como papá y mamá...

-¿Puedo decirle que ella tiene mal gusto y yo no?

Salió al paso:

-Las dos son buenas: tanto el Islam como el Cristianismo adoran a Dios.

-¿Y por qué yo lo adoro en una habitación y ella en otra?

-Porque ella lo adora de una manera y tú de otra.

-¿Y cuál es la diferencia, papá?

-Ya lo estudiarás el año que viene o el otro. Por el momento confórmate con saber que Islam y Cristianismo adoran a Dios.

-¿Y quién es Dios, papá?

Se detuvo, reflexionó un segundo y preguntó, extremando las precauciones:

-¿Qué les ha dicho Abla?

-Lee la azora y nos enseña a rezar, pero yo no sé. ¿Quién es Dios, papá?

Se quedó pensando con sonrisa torcida. Luego:

-Es el Creador del mundo.

-¿De todo?

-De todo.

-¿Qué quiere decir Creador, papá?

-Quiere decir que lo ha hecho todo.

-¿Cómo, papá?

-Con su Sumo poder.

-¿Y dónde vive?

-En todo el mundo.

-¿Y antes del mundo?

-Arriba...

-¿En el cielo?

-Sí...

-Quiero verlo.

-No se puede.

-¿Ni en la televisión?

-No.

-¿Y no lo ha visto nadie?

-Nadie.

-¿Y por qué sabes que está arriba?

-Porque sí.

-¿Quién adivinó que estaba arriba?

-Los profetas.

-¿Los profetas?

-Sí, como nuestro señor Mahoma.

-¿Y cómo, papá?

-Por una gracia especial.

-¿Tenía los ojos muy grandes?

-Sí.

-¿Y por qué, papá?

-Porque Dios lo creó así.

-¿Y por qué, papá?

Contestó tratando de no perder la paciencia:

-Porque puede hacer lo que quiere...

-¿Y cómo dices que es?

-Muy grande, muy fuerte, todo lo puede...

-¿Como tú, papá?

Contestó disimulando una sonrisa:

-Es incomparable.

-¿Y por qué vive arriba?

-Porque en la tierra no cabe, pero lo ve todo.

Se distrajo un momento, pero volvió:

-Pues Nadia me ha dicho que vivió en la tierra.

-No es eso; es que lo ve todo como si viviese en todas partes.

-Y también me ha dicho que la gente lo mató.

-No, está vivo, no ha muerto.

-Pues Nadia me ha dicho que lo mataron.

-Qué va, cariñito, creyeron que lo habían matado pero estaba vivo.

-¿El abuelo también está vivo?

-No, el abuelo murió.

-¿Lo han matado?

-No, se murió.

-¿Cómo?

-Se puso enfermo y se murió.

-Entonces ¿mi hermana va a morirse?

Frunció las cejas y contestó advirtiendo un movimiento de reproche del lado de la madre:

-Ni mucho menos, ella se curará si Dios quiere...

-¿Por qué se murió entonces el abuelo?

-Porque cuando se puso enfermo era ya mayor.

-¡Pues tú eres mayor, has estado enfermo y no te has muerto!

La madre lo miró regañona. Luego pasó la vista de uno a otro azorada. Él dijo:

-Nos morimos cuando Dios lo dispone.

-¿Y por qué dispone Dios que nos muramos?

-Porque es libre de hacer lo que quiere.

-¿Es bonito morirse?

-Qué va, mi vida.

-¿Y por qué Dios quiere una cosa que no es bonita?

-Todo lo que Dios quiere para nosotros es bueno.

-Pero tú acabas de decir que no lo es.

-Me he equivocado, querida.

-¿Y por qué mamá se ha enfadado cuando he dicho que por qué no te habías muerto?

-Porque todavía no es la voluntad de Dios que yo muera.

-¿Y por qué no, papá?

-Porque Él nos ha puesto aquí y Él nos lleva.

-¿Y por qué, papá?

-Para que hagamos cosas buenas aquí antes de irnos.

-¿Y por qué no nos quedamos siempre?

-Porque si nos quedásemos no habría sitio para todos en la tierra.

-¿Y dejamos las cosas buenas?

-Sí, por otras mucho mejores.

-¿Dónde están?

-Arriba.

-¿Con Dios?

-Sí.

-¿Y lo veremos?

-Sí.

-¿Y eso es bonito?

-Claro.

-Entonces, ¡vámonos!

-Pero aún no hemos hecho cosas buenas.

-¿El abuelo las había hecho?

-Sí.

-¿Cuáles?

-Construir una casa, plantar un jardín...

-¿Y qué había hecho el primo Totó?

Por un momento se puso sombrío. Echó a la madre furtivamente una mirada desvalida, luego contestó:

-Él también había construido una casa, aunque pequeña, antes de irse...

-Pues Lulú el vecino me pega y nunca hace cosas buenas...

-Es que él ha nacido anormal.

-¿Y cuándo va a morirse?

-Cuando Dios quiera.

-¿Aunque no haga cosas buenas?

-Todos tenemos que morir. Los que hacen cosas buenas se van con Dios y los que hacen cosas malas se van al infierno.

Suspiró y se quedó callada. El padre se sintió materialmente aliviado. No sabía si lo había hecho bien o si se había equivocado. Aquel torrente de preguntas había removido interrogaciones sedimentadas en lo más hondo de sí. Pero la incansable criatura gritó:

-¡Yo quiero estar siempre con Nadia!

La miró inquisitivo y ella declaró:

-¡En la clase de religión también!

Se rió estrepitosamente, la madre también rió, él dijo bostezando:

-Nunca imaginé que fuera posible discutir estas cuestiones a semejante nivel...

Habló la mujer:

-Llegará el día en que la niña crezca y puedas razonarle las verdades.

Se volvió para comprobar si aquellas palabras eran sinceras o irónicas y la encontró enfrascada en el bordado.

FIN


Biblioteca Digital Ciudad Seva

Motivos para celebrar um aniversário


AGRADECIMENTOS


Reconheço dois motivos pelos quais celebrar um aniversário. Um contabiliza a passagem do tempo em nossas vidas. O outro, a passagem de vidas em nosso tempo. Ainda que inexorável, o tempo e insuficiente para nos definir enquanto pessoas. Já as vidas que passam em nosso tempo são determinantes. Hoje, aos 39 anos, certamente não posso estufar o peito e me considerar uma pessoa realizada (mas quem o e?). Porém, observando que as amizades que semeei no passado, no presente, e, aquelas que se mantiveram abertas para o futuro estiveram juntas reunidas no dia do meu aniversário, possa eu me considerar uma pessoa feliz. No espelho desses múltiplos olhares que retratam os momentos que juntos vivemos minha alma foi forjada. Muito obrigado por terem acrescentado vida ao tempo que até aqui percorri e por terem atribuído esse significado único que hoje encontro para a palavra AMIGO!

Will Coutinho Hamon

Distâncias

Galeano - 10 de janeiro 


O automóvel ia tossindo. E aos trambolhões, empilhados dentro do automóvel, viajavam alguns músicos. Estavam indo alegrar uma reunião de camponeses, mas já fazia um bom tempo que andavam perdidos pelos caminhos ferventes de Santiago del Estero.
Os desorientados não tinham a quem perguntar. Não havia ninguém, não sobrava ninguém naqueles desertos que tinham sido bosques.
E de repente apareceu, numa nuvem de poeira, uma menina de bicicleta.
- Falta quanto? - perguntaram a ela.
E ela disse:
- Falta menos.
E foi-se embora na poeira.




Memórias do Cárcere

"Queria endurecer o coração, eliminar o passado, fazer com ele o que faço quando emendo um período — riscar, engrossar os riscos e transformá-los em borrões, suprimir todas as letras, não deixar vestígio de idéias obliteradas."


- Graciliano Ramos, em "Memórias do Cárcere", cap. 5, 1953

As Três Palavras Mais Estranhas



Quando eu pronuncio a palavra Futuro
a primeira sílaba já pertence ao passado.

Quando eu pronuncio a palavra Silêncio,
Eu o destruo.

Quando eu pronuncio a palavra Nada,
Eu faço algo que nenhum não-ser pode reter.


Wislawa Szymborska

EL DESIERTO

"As­sim, Deus fez o povo dar a volta pelo de­serto..." [Êxodo, 13:18]


"... me incliné, tomé un puñado de arena, lo dejé caer silenciosamente un poco más lejos y dije en voz baja: Estoy modificando el DesIerto. El hecho era mínimo, pero las no ingeniosas palabras eran exactas y pensé que había sido necesaria toda mi vida para que yo pudiera decirlas. La memoria de aquel momento es una de las más signiticativas..." ['EL DESIERTO,' jorge Luis Borges, "Atlas", 1984]

Del libro Gotán


(Buenos Aires, 1962)

Esa mujer se parecía a la palabra nunca,
desde la nuca le subía un encanto particular,
una especie de olvido donde guardar los ojos,
esa mujer se me instalaba en el costado izquierdo.

Atención atención yo gritaba atención
pero ella invadía como el amor, como la noche,
las últimas señales que hice para el otoño
se acostaron tranquilas bajo el oleaje de sus manos.

Dentro de mí estallaron ruidos secos,
caían a pedazos la furia, la tristeza,
la señora llovía dulcemente
sobre mis huesos parados en la soledad.

Cuando se fue yo tiritaba como un condenado,
con un cuchillo brusco me maté
voy a pasar toda la muerte tendido con su nombre,

él moverá mi boca por la última vez.

JUAN GELMAN

Macario



Juan Rulfo

Estoy sentado junto a la alcantarilla aguardando a que salgan las ranas. Anoche, mientras estábamos cenando, comenzaron a armar el gran alboroto y no pararon de cantar hasta que amaneció. Mi madrina también dice eso: que la gritería de las ranas le espantó el sueño. Y ahora ella bien quisiera dormir. Por eso me mandó a que me sentara aquí, junto a la alcantarilla, y me pusiera con una tabla en la mano para que cuanta rana saliera a pegar de brincos afuera, la apalcuachara a tablazos... Las ranas son verdes de todo a todo, menos en la panza. Los sapos son negros. También los ojos de mi madrina son negros. Las ranas son buenas para hacer de comer con ellas. Los sapos no se comen; pero yo me los he comido también, aunque no se coman, y saben igual que las ranas. Felipa es la que dice que es malo comer sapos. Felipa tiene los ojos verdes como los ojos de los gatos. Ella es la que me da de comer en la cocina cada vez que me toca comer. Ella no quiere que yo perjudique a las ranas. Pero, a todo esto, es mi madrina la que me manda a hacer las cosas... Yo quiero más a Felipa que a mi madrina. Pero es mi madrina la que saca el dinero de su bolsa para que Felipa compre todo lo de la comedera. Felipa sólo se está en la cocina arreglando la comida de los tres. No hace otra cosa desde que yo la conozco. Lo de lavar los trastes a mí me toca. Lo de acarrear leña para prender el fogón también a mí me toca. Luego es mi madrina la que nos reparte la comida. Después de comer ella, hace con sus manos dos montoncitos, uno para Felipa y otro para mí. Pero a veces Felipa no tiene ganas de comer y entonces son para mí los dos montoncitos. Por eso quiero yo a Felipa, porque yo siempre tengo hambre y no me lleno nunca, ni aun comiéndome la comida de ella. Aunque digan que uno se llena comiendo, yo sé bien que no me lleno por más que coma todo lo que me den. Y Felipa también sabe eso... Dicen en la calle que yo estoy loco porque jamás se me acaba el hambre. Mi madrina ha oído que eso dicen. Yo no lo he oído. Mi madrina no me deja salir solo a la calle. Cuando me saca a dar la vuelta es para llevarme a la iglesia a oír misa. Allí me acomoda cerquita de ella y me amarra las manos con las barbas de su rebozo. Yo no sé por qué me amarra mis manos; pero dice que porque dizque luego hago locuras. Un día inventaron que yo andaba ahorcando a alguien; que le apreté el pescuezo a una señora nada más por nomás. Yo no me acuerdo. Pero, a todo esto, es mi madrina la que dice lo que yo hago y ella nunca anda con mentiras. Cuando me llama a comer, es para darme mi parte de comida, y no como otra gente que me invitaba a comer con ellos y luego que me les acercaba me apedreaban hasta hacerme correr sin comida ni nada. No, mi madrina me trata bien. Por eso estoy contento en su casa. Además, aquí vive Felipa. Felipa es muy buena conmigo. Por eso la quiero... La leche de Felipa es dulce como las flores del obelisco. Yo he bebido leche de chiva y también de puerca recién parida; pero no, no es igual de buena que la leche de Felipa... Ahora ya hace mucho tiempo que no me da a chupar de los bultos esos que ella tiene donde tenemos solamente las costillas, y de donde le sale, sabiendo sacarla, una leche mejor que la que nos da mi madrina en el almuerzo de los domingos... Felipa antes iba todas las noches al cuarto donde yo duermo, y se arrimaba conmigo, acostándose encima de mí o echándose a un ladito. Luego se las ajuareaba para que yo pudiera chupar de aquella leche dulce y caliente que se dejaba venir en chorros por la lengua... Muchas veces he comido flores de obelisco para entretener el hambre. Y la leche de Felipa era de ese sabor, sólo que a mí me gustaba más, porque, al mismo tiempo que me pasaba los tragos, Felipa me hacia cosquillas por todas partes. Luego sucedía que casi siempre se quedaba dormida junto a mí, hasta la madrugada. Y eso me servía de mucho; porque yo no me apuraba del frío ni de ningún miedo a condenarme en el infierno si me moría yo solo allí, en alguna noche... A veces no le tengo tanto miedo al infierno. Pero a veces sí. Luego me gusta darme mis buenos sustos con eso de que me voy a ir al infierno cualquier día de éstos, por tener la cabeza tan dura y por gustarme dar de cabezazos contra lo primero que encuentro. Pero viene Felipa y me espanta mis miedos. Me hace cosquillas con sus manos como ella sabe hacerlo y me ataja el miedo ese que tengo de morirme. Y por un ratito hasta se me olvida... Felipa dice, cuando tiene ganas de estar conmigo, que ella le cuenta al Señor todos mis pecados. Que irá al cielo muy pronto y platicará con Él pidiéndole que me perdone toda la mucha maldad que me llena el cuerpo de arriba abajo. Ella le dirá que me perdone, para que yo no me preocupe más. Por eso se confiesa todos los días. No porque ella sea mala, sino porque yo estoy repleto por dentro de demonios, y tiene que sacarme esos chamucos del cuerpo confesándose por mí. Todos los días. Todas las tardes de todos los días. Por toda la vida ella me hará ese favor. Eso dice Felipa. Por eso yo la quiero tanto... Sin embargo, lo de tener la cabeza así de dura es la gran cosa. Uno da de topes contra los pilares del corredor horas enteras y la cabeza no se hace nada, aguanta sin quebrarse. Y uno da de topes contra el suelo; primero despacito, después más recio y aquello suena como un tambor. Igual que el tambor que anda con la chirimía, cuando viene la chirimía a la función del Señor. Y entonces uno está en la iglesia, amarrado a la madrina, oyendo afuera el tum tum del tambor... Y mi madrina dice que si en mi cuarto hay chinches y cucarachas y alacranes es porque me voy a ir a arder en el infierno si sigo con mis mañas de pegarle al suelo con mi cabeza. Pero lo que yo quiero es oír el tambor. Eso es lo que ella debería saber. Oírlo, como cuando uno está en la iglesia, esperando salir pronto a la calle para ver cómo es que aquel tambor se oye de tan lejos, hasta lo hondo de la iglesia y por encima de las condenaciones del señor cura...: "El camino de las cosas buenas está lleno de luz. El camino de las cosas malas es oscuro." Eso dice el señor cura... Yo me levanto y salgo de mi cuarto cuando todavía está a oscuras. Barro la calle y me meto otra vez en mi cuarto antes que me agarre la luz del día. En la calle suceden cosas. Sobra quién lo descalabre a pedradas apenas lo ven a uno. Llueven piedras grandes y filosas por todas partes. Y luego hay que remendar la camisa y esperar muchos días a que se remienden las rajaduras de la cara o de las rodillas. Y aguantar otra vez que le amarren a uno las manos, porque si no ellas corren a arrancar la costra del remiendo y vuelve a salir el chorro de sangre. Ora que la sangre también tiene buen sabor aunque, eso sí, no se parece al sabor de la leche de Felipa... Yo por eso, para que no me apedreen, me vivo siempre metido en mi casa. En seguida que me dan de comer me encierro en mi cuarto y atranco bien la puerta para que no den conmigo los pecados mirando que aquello está a oscuras. Y ni siquiera prendo el ocote para ver por dónde se me andan subiendo las cucarachas. Ahora me estoy quietecito. Me acuesto sobre mis costales, y en cuanto siento alguna cucaracha caminar con sus patas rasposas por mi pescuezo le doy un manotazo y la aplasto. Pero no prendo el ocote. No vaya a suceder que me encuentren desprevenido los pecados por andar con el ocote prendido buscando todas las cucarachas que se meten por debajo de mi cobija... Las cucarachas truenan como saltapericos cuando uno las destripa. Los grillos no sé si truenen. A los grillos nunca los mato. Felipa dice que los grillos hacen ruido siempre, sin pararse ni a respirar, para que no se oigan los gritos de las ánimas que están penando en el purgatorio. El día en que se acaben los grillos, el mundo se llenará de los gritos de las ánimas santas y todos echaremos a correr espantados por el susto. Además, a mí me gusta mucho estarme con la oreja parada oyendo el ruido de los grillos. En mi cuarto hay muchos. Tal vez haya más grillos que cucarachas aquí entre las arrugas de los costales donde yo me acuesto. También hay alacranes. Cada rato se dejan caer del techo y uno tiene que esperar sin resollar a que ellos hagan su recorrido por encima de uno hasta llegar al suelo. Porque si algún brazo se mueve o empiezan a temblarle a uno los huesos, se siente en seguida el ardor del piquete. Eso duele. A Felipa le picó una vez uno en una nalga. Se puso a llorar y a gritarle con gritos queditos a la Virgen Santísima para que no se le echara a perder su nalga. Yo le unté saliva. Toda la noche me la pasé untándole saliva y rezando con ella, y hubo un rato, cuando vi que no se aliviaba con mi remedio, en que yo también le ayudé a llorar con mis ojos todo lo que pude... De cualquier modo, yo estoy más a gusto en mi cuarto que si anduviera en la calle, llamando la atención de los amantes de aporrear gente. Aquí nadie me hace nada. Mi madrina no me regaña porque me vea comiéndome las flores de su obelisco, o sus arrayanes, o sus granadas. Ella sabe lo entrado en ganas de comer que estoy siempre. Ella sabe que no se me acaba el hambre. Que no me ajusta ninguna comida para llenar mis tripas aunque ande a cada rato pellizcando aquí y allá cosas de comer. Ella sabe que me como el garbanzo remojado que le doy a los puercos gordos y el maíz seco que le doy a los puercos flacos. Así que ella ya sabe con cuánta hambre ando desde que me amanece hasta que me anochece. Y mientras encuentre de comer aquí en esta casa, aquí me estaré. Porque yo creo que el día en que deje de comer me voy a morir, y entonces me iré con toda seguridad derechito al infierno. Y de allí ya no me sacará nadie, ni Felipa, aunque sea tan buena conmigo, ni el escapulario que me regaló mi madrina y que traigo enredado en el pescuezo... Ahora estoy junto a la alcantarilla esperando a que salgan las ranas. Y no ha salido ninguna en todo este rato que llevo platicando. Si tardan más en salir, puede suceder que me duerma, y luego ya no habrá modo de matarlas, y a mi madrina no le llegará por ningún lado el sueño si las oye cantar, y se llenará de coraje. Y entonces le pedirá, a alguno de toda la hilera de santos que tiene en su cuarto, que mande a los diablos por mí, para que me lleven a rastras a la condenación eterna, derechito, sin pasar ni siquiera por el purgatorio, y yo no podré ver entonces ni a mi papá ni a mi mamá que es allí donde están... Mejor seguiré platicando... De lo que más ganas tengo es de volver a probar algunos tragos de la leche de Felipa, aquella leche buena y dulce como la miel que le sale por debajo a las flores del obelisco...

FIN




Anécdota pecuniaria



J. M. Machado de Assis

Se llama Falcão mi hombre. Aquel día -catorce de abril de 1870- quien entrase a su casa, a las diez de la noche, lo vería paseándose por el comedor, en mangas de camisa, pantalón negro y corbata blanca, refunfuñando, gesticulando, suspirando, evidentemente afligido. A veces se sentaba; otras, se apoyaba en la ventana, mirando hacia la playa, que era la de Gamboa. Pero, en cualquier lugar o actitud se demoraba poco tiempo.
-Hice mal -decía él-, muy mal. ¡Tan amigos que éramos! ¡Tan amorosa que fue siempre conmigo! ¡Iba llorando, pobrecita! Hice mal, muy mal... ¡Al menos que sea feliz!

Si yo dijera que este hombre vendió una sobrina, no me creerán; si caigo más bajo y menciono el precio, diez contos de reis, me darán la espalda con desprecio e indignación. Sin embargo, basta ver esta mirada felina, estos dos labios, maestros del cálculo, que incluso cerrados parecen estar contando algo, para adivinar en seguida que el rasgo capital de nuestro hombre es la voracidad del lucro. Entendámonos: ¡él cultiva el arte por el arte, no ama el dinero por lo que le puede dar, sino por lo que es en sí mismo! Que nadie pretenda verlo usufructuar de las grandes comodidades de la vida. No tiene una cama blanda, ni una mesa fina, ni carruaje, ni blasones. No se gana dinero para derrocharlo, decía él. Vive de migajas; todo lo que acumula es para la contemplación. Va muchas veces hasta la caja de caudales, que está en la alcoba, con el único fin de hartar sus ojos en la contemplación de las barras de oro y en los manojos de títulos. Otras veces, impulsado por un refinamiento de su erotismo pecuniario, los contempla en su memoria. En este particular, todo lo que yo pueda decir estaría por debajo de la elocuencia con que hablaría cualquiera de las cosas que él mismo podría afirmar o hacer en 1857.

Ya entonces millonario, o casi, encontró en la calle dos niños conocidos suyos, que le preguntaron si un billete de cinco mil reis que les había dado un tío, era verdadero. Circulaban por entonces algunos billetes falsos y los niños lo recordaron mientras paseaban. Falcão iba con un amigo. Tomó trémulo el billete, lo examinó bien, lo miró de un lado, luego de otro...

-¿Es falso? -preguntó con impaciencia uno de los niños.

-No, es verdadero.

-Devuélvamelo -dijeron al unísono los niños.

Falcão dobló el billete lentamente, sin quitarle los ojos de encima; después lo reintegró a los pequeños, y volviéndose hacia su amigo, que lo aguardaba, le dijo con el mayor candor del mundo:

-Da gusto ver dinero, aunque no sea de uno.

A tal punto llegaba su amor al dinero: hasta la contemplación desinteresada. ¿Qué otro motivo podía tener para detenerse frente a las vidrieras de los cambistas, cinco, diez, quince minutos, lamiendo con los ojos las pilas de libras y francos, tan prolijitos y amarillos? El mismo sobresalto con que tomó el billete de cinco mil reis, era un rasgo sutil, era el terror ante el posible billete falso. A nadie odiaba tanto como a los falsificadores de monedas, no porque fueran criminales, sino por lo perjudiciales que resultaban, porque desmoralizaban el dinero bueno.

El lenguaje de Falcão bien valdría un estudio. Cierto día, en 1864, volviendo del entierro de un amigo, aludió al esplendor del cortejo, exclamando con entusiasmo: "¡Sostenían el cajón tres mil contos!" y, como uno de los oyentes no le entendiese de inmediato, Falcão concluyó de la extrañeza del otro que en el fondo dudaba de él, y detalló: "Fulano cuatrocientos, Zutano seiscientos... Sí, señor, seiscientos; hace dos años, cuando disolvió la sociedad con el suegro, ya andaban por más de quinientos..." Y así prosiguió, demostrando, sumando y concluyendo: "¡Exactamente, tres mil contos!"

No era casado. Casarse era despilfarrar el dinero. Pero los años pasaron, y a los cuarenta y cinco empezó a sentir cierta necesidad moral, que no comprendió en seguida, y que era la nostalgia de la paternidad. No la falta de una mujer, no la de parientes, sino la de un hijo o hija, que para él sería como recibir un patacón de oro. Desgraciadamente, para cosechar tales beneficios ahora debería haber acumulado el capital en el momento debido, no podía empezar recién para ganarlo más tarde. Le quedaba la alternativa de la lotería; la lotería le dio el premio grande.

Murió su hermano y tres meses después su cuñada, dejando huérfana una hija de once años. Él la quería mucho, al igual que a otra sobrina, hija de una hermana viuda; las besaba una y otra vez cuando las visitaba; llegaba incluso al delirio de llevarles, una y otra vez, galletitas. Vaciló un poco, pero finalmente recogió a la huérfana; ella era la hija anhelada. No cabía en sí de la alegría; durante las primeras semanas, casi no salía de su casa, siempre a su lado, oyendo sus cuentos y festejándole todas sus ocurrencias.

Se llamaba Jacinta, y no era linda; pero tenía la voz melodiosa y era de modales suaves. Sabía leer y escribir, empezaba a aprender música. Trajo el piano consigo, el método y algunos ejercicios; no pudo traerse al profesor, porque el tío entendió que era mejor ir practicando lo que había aprendido, y un día... más tarde... Once años, doce años, trece años, cada año que pasaba creaba un nuevo vínculo que ataba al viejo solterón a la hija adoptiva, y viceversa. A los trece, Jacinta dirigía la casa; a los diecisiete era señora absoluta de todo. No abusó de su poder; era naturalmente modesta, frugal, medida.

-¡Un ángel! -decía Falcão a Paco Borges.

Este Paco Borges tenía cuarenta años, y era propietario de un depósito portuario de mercaderías. Iba a jugar con Falcão por la noche. Jacinta presenciaba los partidos. Tenía por entonces dieciocho años; no estaba más linda, pero decían todos que "se estaba poniendo muy atractiva". Era menuda, y al dueño del depósito le encantaban las mujeres pequeñas. Sus sentimientos fueron correspondidos y la atracción se transformó en amor.

-¡Comencemos! -decía Paco Borges al entrar, luego de los saludos.

Las cartas eran la sombrilla de los dos enamorados. No jugaban por dinero; pero Falcão tenía tal sed de lucro, que contemplaba las propias fichas y las contaba cada diez minutos, para ver si ganaba o perdía. Cuando perdía, se apoderaba de él un desaliento incurable, y él se replegaba poco a poco en el silencio. Si la suerte se empeñaba en perseguirlo, terminaba el partido y se levantaba de la mesa tan melancólico y ciego, que la sobrina y su novio podían tomarse de las manos una, dos, tres veces, sin que él advirtiese nada.

Esto ocurría en 1869. A principios de 1870 Falcão propuso a Paco Borges una venta de acciones. No las tenía, pero olfateó una gran baja, y calculaba ganarle de una sola vez treinta o cuarenta contos a Paco. Éste le respondió diplomáticamente que andaba pensando en proponerle lo mismo. Dado que ambos querían vender y ninguno de ellos comprar, podían unirse y proponer la venta a un tercero. Encontraron al tercero, y cerraron trato a sesenta días. Falcão estaba tan contento al volver del negocio, que el socio le abrió su corazón y le pidió la mano de Jacinta. Fue lo mismo que si, de repente, empezara a hablar en turco. Falcão lo miró, pasmado, sin entender. ¿Que le diese su sobrina? Pero entonces...

-Sí, te confieso que deseo ardientemente casarme con ella, y a ella... pienso que también le agradaría casarse conmigo.

-¡De ninguna manera! -interrumpió Falcão-. No, señor; es una niña, no estoy de acuerdo.

-Pero escúchame...

-No tengo nada que escuchar, no quiero.

Regresó a su casa irritado y aterrorizado. La sobrina se desvivió queriendo saber qué le ocurría, finalmente él le contó todo, y la llamó desagradecida. Jacinta empalideció; amaba a los dos, y los veía tan unidos que no se imaginó nunca ante la disyuntiva de tener que contraponer sus afectos. A solas en su cuarto, lloró largamente; después le escribió una carta a Paco Borges rogándole por las cinco llagas de Nuestro Señor Jesucristo que no provocase ningún escándalo ni se peleara con el tío; le decía que esperase y le juraba un amor eterno.

No se pelearon los dos amigos; pero los encuentros fueron haciéndose más esporádicos y fríos. Jacinta no se reunía con ellos en el comedor, o si lo hacía se retiraba en seguida. El terror de Falcão era enorme. Él amaba a su sobrina con un amor de perro, que persigue y muerde a los extraños. La quería para sí, no como hombre, sino como padre. La paternidad natural infunde fuerzas para consumar el sacrificio de la separación; la paternidad de Falcão era impostada y, tal vez por eso mismo, más egoísta. Nunca había pensado en perderla; ahora, empero, eran treinta mil los recaudos que tomaba para evitarlo, ventanas cerradas, advertencias a la criada negra, una vigilancia perpetua, un incesante control de gestos y palabras, una auténtica caza de brujas.

Entre tanto el sol, modelo de todo funcionario, continuó sirviendo puntualmente a los días, uno a uno, hasta llegar a los dos meses del plazo convenido para la entrega de las acciones. Éstas debían bajar, según las previsiones de los dos; pero las acciones, como las loterías y las batallas, se burlan de los cálculos humanos. En aquel caso, además de burla, hubo crueldad, porque ni bajaron ni se mantuvieron estables, sino que repuntaron hasta convertir el esperado lucro de los cuarenta contos en una pérdida de veinte.

Fue entonces cuando Paco Borges tuvo una ocurrencia genial. En la víspera, cuando Falcão, abatido y mudo, paseaba por el comedor su desencanto, Borges le propuso costear solo todo el déficit, si él accedía a darle la mano de su sobrina. A Falcão se le encendieron los ojos.

-¿Que yo...?

-Exactamente -interrumpió el otro riendo.

-No, no...

No quiso; tres o cuatro veces rechazó el ofrecimiento. La primera impresión había sido de alegría, eran diez contos que no se irían de su bolsillo. Pero la idea de separarse de Jacinta era insoportable y la rechazó. Durmió mal. De mañana, encaró la situación, ponderó las cosas, consideró que, entregándole al otro su sobrina, no perdía totalmente, mientras que de no proceder así, los diez contos se esfumaban irremediablemente. Y, además, si ella lo quería y él la quería a ella ¿por qué razón separarlos? Todas las hijas se casan, y los padres se contentan viéndolas felices. Corrió a casa de Paco Borges y llegaron a un acuerdo.

-Hice mal, muy mal -vociferaba él la noche del casamiento-. ¡Tan amigos que éramos! ¡Tan amorosa que fue siempre conmigo! Iba llorando, pobrecita... Hice mal, muy mal.

Había cesado el terror de los diez contos; empezaba el hastío de la soledad. A la mañana siguiente, fue a visitar a la pareja. Jacinta no se limitó a ofrecerle un buen almuerzo, sino que, además, lo llenó de mimos y atenciones; pero ni éstos ni el almuerzo le restituyeron la alegría. Al contrario, la felicidad de la pareja lo entristeció más. Al regresar a su casa no encontró la carita tierna de Jacinta. Nunca más volvería a oír sus canciones de niña y muchacha; no sería ella quien le haría el té, quien habría de traerle, por la noche, cuando él quisiese leerlo, el viejo tomo gastado de Saint-Clair de las Islas, dádiva de 1850.

-Hice mal, muy mal...

Para remediar el daño hecho, transfirió el juego de cartas a la casa de la sobrina, y allá iba, por la noche, a vérselas con Paco Borges. Pero la fortuna cuando flagela a un hombre, le desbarata todas sus bazas. Cuatro meses más tarde, los recién casados se fueron a Europa; la soledad tomó las dimensiones de la extensión del mar. Falcão tenía por entonces cincuenta y cuatro años. Ya aceptaba con más resignación el casamiento de Jacinta; tenía, incluso, el plan de ir a vivir con ellos, ya sea gratuitamente, o mediante una pequeña retribución, que calculó que sería mucho más económica que el gasto que le demandaba vivir solo. Todo se esfumó; ahí está él otra vez en la situación en que se encontraba ocho años antes, con la diferencia de que la suerte le había arrancado la copa entre dos tragos.

Así estaban las cosas cuando cayó en su casa otra sobrina. Era la hija de su hermana viuda, que, al borde de la muerte, le pedía encarecidamente que se ocupase de ella. Falcão no prometió nada, porque un cierto instinto lo llevaba a no prometer jamás nada a nadie, pero lo cierto es que recibió a la sobrina tan pronto como su hermana cerró los ojos. No tuvo recelos de ningún tipo; por el contrario, le abrió las puertas de su casa con el júbilo de un alma enamorada, y casi bendijo la muerte de su hermana. Volvía a recuperar a la hija perdida.

"Ésta ha de cerrar mis ojos", se decía.

No era fácil. Virginia tenía dieciocho años, sus facciones eran hermosas y originales; era esbelta y atractiva. Para evitar que se la arrebataran, Falcão empezó por donde había terminado la primera vez: ventanas cerradas, advertencias a la criada negra, salidas contadas, sólo con él y mirando hacia el suelo. Virginia no se mostró enfadada.

-Nunca fui ventanera -decía ella-, y me parece muy feo que una muchacha viva pendiente de lo que ocurre en la calle.

Otro recaudo de Falcão fue no traer a su casa sino hombres de cincuenta años para arriba o casados, cuando eran menores. Por último, dejó de inquietarse por la baja de las acciones. Y todo eso era innecesario porque la sobrina no se ocupaba de otra cosa que de él y de la casa. A veces, como la vista del tío comenzaba a disminuir mucho, le leía ella misma alguna página del Saint-Clair de las Islas. Para suplantar a los compañeros de mesa, cuando faltaban, aprendió a jugar a las cartas, y sabiendo que a su tío le gustaba ganar, siempre lograba perder. Llegaba más lejos: cuando perdía mucho, simulaba estar ofuscada o triste, con el único propósito de darle a su tío una pizca más de placer. Él entonces se reía con ganas, se burlaba de ella, le decía que su nariz era larga, pedía un pañuelo para enjugarle las lágrimas; pero no dejaba de contar sus fichas de diez en diez minutos, y si alguna caía al suelo (eran granos de maíz) bajaba la vela para recogerla.

Tres meses más tarde, Falcão se enfermó. La molestia no fue grave ni larga; pero el terror de la muerte se apoderó de su espíritu, y fue entonces cuando pudo advertirse hasta qué punto llegaba su apego a la muchacha. Cada visitante que llegaba era recibido con rispidez, o por los menos con sequedad. Los íntimos padecían más, porque él les decía brutalmente que todavía no era un cadáver, que la presa todavía estaba viva, que los buitres se equivocaban de olor, etcétera. Virginia, en cambio, nunca tuvo que sufrir un solo instante de mal humor. Falcão la obedecía en todo, con pasividad de niño, y cuando reía era porque ella lo hacía reír.

-Vamos, tome su remedio, déjese de rezongos, usted es ahora mi hijo...

Falcão sonreía y bebía el preparado. Ella se sentaba al borde de la cama, le narraba cuentos, vigilaba el reloj para darle a horario los caldos o la carne de gallina, le leía el sempiterno Saint-Clair. Llegó la convalecencia. Falcão salió a dar algunos paseos, en compañía de Virginia. La prudencia con que ésta, dándole el brazo, iba mirando las piedras de la calle, cuidándose de encarar los ojos de algún hombre, le encantaba a Falcão.

"Ésta ha de cerrar mis ojos", se repetía. Un día llegó a pensarlo en voz alta:

-¿No es cierto que tú habrás de cerrar mis ojos?

-¡No diga tonterías!

Allí mismo, en la calle, él se detuvo, le estrechó fuertemente las manos, agradecido, no sabiendo qué decir. Si tuviese la facultad de llorar, seguramente en aquel instante sus ojos se habrían humedecido. De vuelta en casa, Virginia corrió a su habitación a releer una carta que le entregara en la víspera una tal doña Bernarda, amiga de su madre. Estaba fechada en Nueva York y traía por toda firma este nombre: Reginaldo. Uno de los párrafos decía así:

Parto de aquí en el vapor del día 25. Espérame. No sé todavía si iré a verte en seguida o no. Tu tío debe acordarse de mí; me vio en casa de mi tío Paco Borges, el día del casamiento de tu prima...

Cuarenta días después desembarcaba este Reginaldo, llegado de Nueva York, con treinta años cumplidos y trescientos mil dólares. Veinticuatro horas después visitó a Falcão, que lo recibió apenas con educación. Pero Reginaldo era fino y práctico; dio con la cuerda principal de su interlocutor y la hizo tañer. Le habló de los prodigiosos negocios de los Estados Unidos, las hordas de monedas que corrían de uno a otro de los océanos que bañaban sus costas. Falcão lo escuchó deslumbrado y le pedía más y más información. Entonces el otro le hizo un extenso recuento de las compañías y bancos, acciones, saldos de finanzas públicas, riquezas particulares, organización municipal de Nueva York; le describió los grandes palacios consagrados al comercio...

-Realmente es un gran país -decía Falcão de cuando en cuando. Y luego de tres minutos de reflexión-, pero, por lo que usted cuenta, sólo hay oro.

-Oro, sólo, no; hay mucha plata y papel; pero allí papel y oro es la misma cosa. Y ni qué hablar de monedas de otras naciones. Le mostraré una colección que traigo. Mire: para ver lo que es aquello basta fijarse en mí: fui allá pobre, tenía veintitrés años; al cabo de siete años, traigo seiscientos contos.

Falcão se estremeció:

-Yo, a su edad, -confesó-, apenas si llegaba a cien.

Estaba encantado. Reginaldo le dijo que necesitaba dos o tres semanas para contarle los milagros del dólar.

-¿Cómo dice usted que se llama?

-Dólar.

-¿Me creerá si le digo que nunca vi esa moneda?

Reginaldo sacó del bolsillo del chaleco un dólar y se lo mostró. Falcão, antes de tenerlo en su mano, lo atrapó con los ojos. Como estaba un poco oscuro, se incorporó y fue hasta la ventana para examinarlo bien de ambos lados; después lo restituyó a su dueño, elogiando mucho el dibujo y la acuñación, agregando que nuestros antiguos patacones eran también muy lindos.

Las visitas se repitieron. Reginaldo resolvió pedir la mano de la muchacha. Ésta, empero, le dijo que era preciso obtener primero la anuencia del tío; no se casaría contra su voluntad. Reginaldo no se desanimó. Se empeñó en redoblar sus atenciones para con Falcão; abarrotó al tío de Virginia de dividendos fabulosos.

-A propósito, nunca me mostró su colección de monedas -le dijo un día Falcão.

-Venga mañana a mi casa.

Falcão fue. Reginaldo le mostró la colección metida en un mueble cuyos cuatro lados eran de vidrio. La sorpresa de Falcão fue extraordinaria; esperaba encontrar una cajita con un ejemplar de cada moneda, y encontró montañas de oro, plata, bronce y cobre. Falcão les echó una ojeada general y colectiva; después empezó a observarlas en detalle. Sólo reconoció las libras, los dólares y los francos; pero Reginaldo las nombró todas: florines, coronas, rublos, dracmas, pesos, rupias, toda la numismática del trabajo, concluyó poéticamente.

-Pero ¡qué paciencia la suya para juntar todo esto! -dijo él.

-No fui yo quien las juntó -replicó Reginaldo-; la colección pertenecía al expolio de un personaje de Filadelfia. Me costó una bagatela: cinco mil dólares.

En verdad, la colección valía más. Falcão salió de allí con la colección en el alma; le habló de ella a su sobrina e imaginariamente desordenó y volvió a ordenar las monedas, como un amante revuelve los cabellos de la amada para volver a acariciarlos otra vez. Esa noche soñó que era un florín, que un jugador lo arrojaba a la mesa del lansquenet, y que él traía consigo, hacia el bolsillo del jugador, más de doscientos florines. A la mañana siguiente, para consolarse, fue a contemplar las primeras monedas que tenía en la caja de caudales; pero no encontró el consuelo que buscaba. El mejor de los bienes es el que no se posee. Días después, estando en el comedor de su casa, le pareció ver una moneda en el suelo. Se agachó para recogerla; no era una moneda, era una simple carta. La abrió distraídamente y la leyó asombrado: era de Reginaldo y estaba dirigida a Virginia...

-¡Basta! -me interrumpe el lector-; adivino lo demás. Virginia se casó con Reginaldo, las monedas pasaron a manos de Falcão, y eran falsas...

No, señor, eran verdaderas. Hubiera sido más ético que, para castigo de nuestro hombre, fuesen falsas; pero ¡ay de mí!, yo no soy Séneca, no paso de un Suetonio que contaría diez veces la muerte de César, si él resucitase diez veces, pues no retornaría a la vida sino para volver al imperio.

FIN


Biblioteca Digital Ciudad Seva

La Vagabonde


Écrire! pouvoir écrire! cela signifie la longue rêverie devant la feuille blanche, le griffonnage inconscient, les jeux de la plume qui tourne en rond autour d'une tache d'encre, qui mordille le mot imparfait, le griffe, le hérisse de fléchettes, l'orne d'antennes, de pattes, jusqu'à ce qu'il perde sa figure lisible de mot, mué en insecte fantastique, envolé de papillon-fée...


Colette/ La Vagabonde –

fonte : Littérature et Paroles

sábado, 18 de janeiro de 2014

"Qualquer um que seja observado minuciosamente pelo outro por um longo período (penso em casamentos, mas não só) apresenta falhas incontestáveis. Se minha ex passasse uma semana com uma possível futura namorada, eu estaria fodido. Aliás: todos nós estaríamos fodidos. Quando conheço alguém, insisto: "Eu só quero o seu presente". É com ele que eu terei que me debater. O seu passado não me interessa. Eu preciso descobrir sozinho. Deixe as malas todas no bagageiro. Eu só preciso do seu presente. É só ele que realmente me interessa."

(Lucas Mayor)

CRÍTICA DA POESIA



Depois da leitura de poemas
No serão literário da fábrica

Um ouvinte ruivo
De face marcada por manchas solares
Ergue dois dedos

Camaradas poetas

Se eu lhes versificasse
Toda a minha vida
O papel ficaria rubro

E pegaria fogo

Vasko Popa
Tradução: Aleksandar Jovanovic

PATO



Arrasta-se pela poeira
Em que os peixes não riem
Carrega em seus flancos
Inquietude-águas

Desajeitado
Devagar
Arrasta-se
O caniço pensante
Há de alcançá-lo
Mesmo

Nunca
Nunca ousará
Caminhar
Assim como ousou
Arar espelhos

Vasko Popa

Tradução: Aleksandar Jovanovic

NO SUSPIRO



Pelas estradas da profundeza da alma
Pelas estradas azul-celeste
A erva-daninha viaja
As estradas se perdem
Sob os pés

Enxames de pregos violentam
As plantações cansadas
As lavouras desaparecem
Do campo

Lábios invisíveis
Apagaram o campo

A dimensão triunfa
Encantada pelas palmas de suas mãos lisas
Cinzalisas

Vasko Popa

Tradução: Aleksandar Jovanovic

BRASIL MUDOU POUCO



BRASIL MUDOU POUCO --. Postado no Facebook por Henrique Carneiro (professor de História na USP): “Estava lendo no F. Foot Hardman, “Nem Pátria, nem Patrão!” (SP, Brasiliense, 1984) e reproduzo a propósito dos rolês nos xópins: “No Brasil bem antes da “invasão” das ruas e jardins públicos pela classe operária, a segregação feita pela classe dominante chegava a níveis dignos da pré-história da cidadania. (…) Em 1899, 10 anos após a proclamação da república burguesa, no Rio de Janeiro, um grupo numeroso de operários têxteis (cerca de 3000, seg. Echo Operario) foi proibido de entrar no Jardim Botânico. Diante da multidão impedida de penetrar naquele “lugar público”, o diretor do estabelecimento, dr. Barbosa Rodrigues, declara que a proibição deve-se ao fato de “se tratar de ladrões”.” p. 44.” 


 a partir do blog do Cláudio Willer

Carta de Engels a Bloch



Londres, 21 /22 de setembro de 1890.

Carta de Engels a Bloch
(...) Segundo a concepção materialista da história, o fator que, em última instância, determina a história é a produção e a reprodução da vida real. Nem Marx nem eu afirmamos, uma vez sequer, algo mais do que isso. Se alguém o modifica, afirmando que o fato econômico é o único fato determinante, converte aquela tese numa frase vazia, abstrata e absurda. A situação econômica é a base, mas os diferentes fatores da superestrutura que se levanta sobre ela — as formas políticas da luta de classes e seus resultados, as constituições que, uma vez vencida uma batalha, a classe triunfante redige etc, as formas jurídicas, e inclusive os reflexos de todas essas lutas reais no cérebro dos que nelas participam, as teorias políticas, jurídicas, filosóficas, as idéias religiosas e o desenvolvimento ulterior que as leva a converter-se num sistema de dogmas — também exercem sua influência sobre o curso das lutas históricas e, em muitos casos, determinam sua forma, como fator predominante. Trata-se de um jogo recíproco de ações e reações entre esses fatores, no qual, através de toda uma infinita multidão de acasos (isto é, de coisas e acontecimentos cuja conexão interna é tão remota ou tão difícil de demonstrar que podemos considerá-la inexistente ou subestimá-la), acaba sempre por impor-se, como necessidade, o movimento econômico. Se não fosse assim, a aplicação da teoria a uma época histórica qualquer seria mais fácil que resolver uma simples equação do primeiro grau.

Nós mesmos fazemos nossa história, mas isto se dá, em primeiro lugar, de acordo com premissas e condições muito concretas. Entre elas, as premissas e condições econômicas são as que decidem, em última instância. No entanto, as condições políticas e mesmo a tradição que perambula como um duende no cérebro dos homens também desempenham seu papel, embora não decisivo. O Estado prussiano, por sua vez, nasceu e desenvolveu-se à base de causas históricas, em última instância, econômicas. No entanto, só por pedantismo se poderá afirmar que foi por imposição de outros fatores que, entre os vários pequenos Estados do norte da Alemanha, coube exatamente a Brandeburgo (sobretudo pelo fato de encontrar-se envolvido, através da ocupação prussiana, na questão polonesa e, conseqüentemente, nas relações políticas internacionais, também decisivas na formação da potência dinástica da Áustria) transformar-se na grande potência em que se corporificaram as diferenças econômicas, lingüísticas e também, a partir da reforma, religiosas, entre o norte e o sul. Sem cair no ridículo, será muito difícil explicar, com apoio na economia, a existência de todos os pequenos Estados alemães do passado e do presente; ou as origens das trocas de consoantes no alto alemão, que fazem da muralha geográfica constituída pelas montanhas que se estendem dos Sudetos ao Tauno uma verdadeira linha de demarcação através da Alemanha.

Em segundo lugar, a história faz-se de tal modo que o resultado final decorre sempre dos conflitos que se estabelecem entre muitas vontades individuais, cada uma das quais é o resultado de uma multidão de condições de existência particulares. É, pois, de um conjunto inumerável de forças que se entrecruzam, de um grupo infinito de paralelogramas de forças que dão em conseqüência uma resultante — o acontecimento histórico —, que, por sua vez, pode ser encarado como produto de uma força única, que, como um todo, atua inconsciente e involuntariamente. Pois o que um deseja tropeça com a resistência oposta por outro, e o resultado de tudo isto é algo que ninguém desejava. Assim, toda a história transcorreu até hoje sob a forma de um processo natural e submetido, também, em sua essência, às mesmas leis de movimento. Não se deve, porém, deduzir que as diferentes vontades individuais sejam iguais a zero, pelo fato de que elas não alcancem o que desejam, mas se fusionem numa espécie de média geral, de resultante comum. Cada uma delas visa um objetivo a que a impelem sua constituição física e uma série de circunstâncias exteriores que, em última instância, são circunstâncias econômicas (condições particulares, suas, ou condições gerais da sociedade); e todas elas contribuem para a resultante comum e acham-se, portanto, incluídas dentro dela.

Além disso, tomo a liberdade de pedir-lhe que estude esta teoria nas fontes originais e não em obras de segunda mão — fica, na verdade, muito mais fácil. Marx dificilmente escreveu um único trabalho em que esta teoria não desempenhasse seu papel. 0 "0 18 Brumário de Luís Bonaparte" constituiu, em particulares, um exemplo magnífico de sua aplicação. Há também muitas referências, nesse sentido, em "0 Capital". Além disso, permito-me sugerir-lhe ainda minhas obras "A Subversão da Ciência pelo Sr. E. Duhring" e "Ludwing Feuerbach e o fim da filosofia clássica alemã", em que está contida a exposição mais minuciosa que conheço sobre materialismo histórico.


Se os mais jovens insistem, às vezes, mais do que devem, sobre o aspecto econômico, a culpa em parte temos Marx e eu mesmo. Face aos adversários, éramos forçados a sublimar esse princípio primordial que eles negavam e nem sempre dispúnhamos de tempo, de espaço e de oportunidade para dar a importância devida aos demais fatores que intervém no jogo das ações e das reações. Tão logo, porém, se devia analisar uma época histórica — e, portanto, aplicar esse princípio na prática —, as coisas mudavam e desaparecia a possibilidade de erro. Infelizmente, acontece com muita freqüência que se pense ter compreendido totalmente a nossa teoria e que se possa manejá-la, sem mais nem menos, pelo simples fato de haver-se assimilado—e nem sempre de maneira exata — suas teses fundamentais. Não se acham isentos dessa censura muitos dos novos "marxistas", e assim se explicam certas coisas espantosas que surgem por aí. (...)

fonte :{Gabriela Caramuru}

três poemas de Roberto Piva:




o amor
tem esta exigência:
deseja o impossível
& os cometas do coração

...

há 50 mil anos
atrás
o primeiro xamã
olhou a fogueira
dos seus olhos
sob a luz
vulcânica do
crepúsculo
cantou um poema
primaveril
com a garganta azul
da alma
& no seu tambor
de pele & folhas
inventou o ritmo
de nossos corações

...

eu caminho seguindo
o sol
sonhando saídas
definitivas da
cidade-sucata
isto é possível
num dia de
visceral beleza
quando o vento
feiticeiro
tocar o navio pirata
da alma

a quilômetros de alegria




fonte :Luiz Felipe Leprevost

A POLITIZAÇÃO DOS ROLEZINHOS

“A POLITIZAÇÃO DOS ROLEZINHOS não deve tardar. A propósito, o simples fato de ir ao shopping em grupo já é um ato inadvertidamente político. Afinal, esses jovens estão se reapropriando de espaços que lhes foram espoliados pela privatização da cidade. Na realidade, observamos um desdobramento previsível do processo aberto em junho passado e enraizado no atual esgotamento do ciclo de crescimento com certa redistribuição de renda. A desaceleração econômica tem ajudado a precipitar a transformação da inquietação social das periferias em indignação com a maneira deplorável como os jovens negros são tratados no país.”


Ruy Braga compara o fenômeno dos "roleziinhos" ao movimento pelos direitos civis dos negros norte-americanos, no Blog da Boitempo: “Rosa Parks em Itaquera” – http://wp.me/pB9tZ-2aJ
Gregory Nunzio Corso_______________ (New York, 26 marzo 1930 – Minneapolis, 17 gennaio 2001)

 È una bella soddisfazione sapere che da una finestra posso procedere per libri per birre per vecchi amori e da questi raccogliere sogni sufficienti per filarmela attraverso la porta di servizio.