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sexta-feira, 25 de março de 2016

Tinieblas egipcias



Mijaíl Bulgákov

¿Dónde se ha metido todo el mundo el día de mi cumpleaños? ¿Dónde están los faroles eléctricos de Moscú? ¿La gente? ¿El cielo? ¡Detrás de las ventanas no hay nada! Tinieblas...

Estamos aislados de la gente. Los primeros faroles de petróleo se encuentran a nueve verstas de nosotros, en la estación del ferrocarril. Seguramente allí parpadea un farolillo que poco a poco se extingue a causa de la tormenta. A medianoche pasará aullando el tren rápido que va a Moscú y ni siquiera se detendrá: no le hace falta una estación olvidada, sepultada bajo la nieve. Apenas la registrará...

Los primeros faroles eléctricos están a cuarenta verstas, en la capital del distrito. Allí la vida es dulce. Hay un cine, almacenes. Al mismo tiempo, mientras la tormenta aquí aúlla y deja caer la nieve sobre los campos, en la pantalla flota una caña, se mecen las palmeras, parpadea una isla tropical...

Nosotros estamos solos.

-Tinieblas egipcias -observó el enfermero Demián Lukich levantando la cortina.

El enfermero se expresa con solemnidad, pero con mucha exactitud. Justamente: egipcias.

-Tome una copa más -le invité. (¡Ah, no me juzguen! Nosotros, el médico, el enfermero y las dos comadronas, ¡también somos seres humanos! Durante meses no vemos a nadie, excepto a cientos de enfermos. Trabajamos, estamos enterrados bajo la nieve. ¿Acaso no podemos bebernos dos copas de alcohol mezclado con agua y acompañarlas con sardinas de la región el día del cumpleaños del médico?)

-¡A su salud, doctor! -dijo conmovido Demián Lukich.

-¡Le deseamos que se acostumbre a estar entre nosotros! -dijo Ana Nikoláievna, y mientras hacía chocar su copa con la mía, se arreglaba su vestido de gala.

La segunda comadrona, Pelagueia Ivánovna, también chocó conmigo su copa, bebió y de inmediato se puso en cuclillas y removió la estufa con el atizador. Un cálido brillo se agitó en nuestros rostros. Nuestros pechos se calentaban por el vodka.

-De verdad que no comprendo -dije excitadamente mientras miraba la nube de chispas que levantaba el atizador- qué hizo esa mujer con la belladona. ¡Es terrible!

La sonrisa apareció en los rostros del enfermero y de las comadronas.

El asunto era el siguiente. Ese día, durante la consulta de la mañana, entró en mi consultorio una sonrosada campesina de unos treinta años. Hizo una reverencia ante el sillón ginecológico que estaba a mi espalda, sacó de su seno un frasco de boca ancha y dijo en tono halagüeño:

-Gracias, ciudadano doctor, por las gotas. ¡Me han ayudado tanto, tanto...! Deme otro frasquito.

Cogí de sus manos el frasco vacío, miré la etiqueta y la vista se me nubló. En la etiqueta estaba escrito, con la amplia caligrafía de Demián Lukich: "Tinct. Belladonn...", etcétera. "16 de diciembre de 1917."

En otras palabras, yo le había recetado a la mujer una dosis respetable de belladona y hoy, día de mi cumpleaños, 17 de diciembre, la mujer volvía con el frasco vacío y la petición de que se le repitiera la dosis.

-Tú..., tú..., ¿te lo tomaste todo ayer? -pregunté con voz asombrada.

-Todo, padrecito querido, todo -dijo la campesina con voz cantarina-; que Dios te dé salud por estas gotas..., medio frasquito en cuanto llegué, y medio frasquito cuando me acosté a dormir. Como mano de santo...

Me apoyé en el sillón ginecológico.

-¿Cuántas gotas te dije que tomaras? -exclamé con voz ahogada-. Cinco gotas... ¿Qué has hecho, mujer? Qué has..., yo te...

-¡Le juro que las tomé! -dijo la campesina pensando, quizá, que yo no la creía y suponía que se había curado sin mi belladona.

Sujeté sus mejillas sonrosadas con mis manos y examiné las pupilas. Pero las pupilas estaban perfectamente. Bastante bonitas y completamente normales. El pulso de la mujer también estaba bien. En definitiva, no presentaba ningún síntoma de envenenamiento por belladona.

-¡No puede ser...! -dije, e inmediatamente grité-: ¡¡¡Demián Lukich!!!

Demián Lukich, con su bata blanca, emergió del corredor de la farmacia.

-¡Contemple, Demián Lukich, lo que esta buena mujer ha hecho! No entiendo nada...

La mujer giraba asustada la cabeza, comprendiendo que era culpable de algo.

Demián Lukich se apoderó del frasco, lo olió, lo hizo girar en sus manos y dijo con severidad:

-Querida, mientes. ¡No has tomado la medicina!

-Le ju... -comenzó a decir la mujer.

-Mujer, no nos engañes -dijo Demián Lukich, torciendo con severidad la boca-, comprendemos todo perfectamente bien. Confiesa, ¿a quién has curado con esas gotas?

La campesina levantó sus pupilas normales hacia el techo esmeradamente blanqueado y se santiguó.

-Que me...

-Basta, basta... -refunfuñó Demián Lukich, y se dirigió a mí-: Ellas, doctor, hacen lo siguiente. Cualquier artista como ésta va a la clínica, le recetan una medicina y luego, cuando llega a la aldea, convida a todas las campesinas.

-Pero qué dice usted, ciudadano enfer...

-¡Basta! -interrumpió tajante el enfermero-. Llevo aquí más de siete años. Lo sé. Naturalmente ha repartido las gotas por todas las casas de la aldea -dijo, dirigiéndose nuevamente a mí.

-Deme más de esas gotitas -pidió de manera enternecedora la campesina.

-No, mujer -le contesté, y me sequé el sudor de la frente-; ya no tendrás que curarte con esas gotas. ¿Estás mejor del estómago?

-¡Me he curado como por milagro...!

-Bien, magnífico. Te recetaré otras gotitas, también muy buenas.

Receté valeriana a la campesina, que, desilusionada, se marchó.

De este caso hablábamos en mi apartamento el día de mi cumpleaños, cuando en el exterior colgaban, como una pesada cortina, las tinieblas egipcias.

-Lo que pasa es que -dijo Demián Lukich, masticando delicadamente el pescado en aceite-, lo que pasa es que nosotros ya estamos habituados a este lugar. En cambio usted, doctor, después de la universidad, después de la capital, tiene que acostumbrarse mucho, muchísimo. ¡Es un lugar muy alejado!

-¡Ah, un lugar muy alejado! -replicó como un eco Ana Nikoláievna.

La tormenta bramó en alguna parte de las chimeneas, se oyó detrás de la pared. Un reflejo púrpura caía sobre la hoja metálica que estaba junto a la estufa. ¡Bendito sea el fuego que abriga al personal médico en este alejado lugar!

-¿Ha oído hablar de su antecesor, Leopold Leopóldovich? -preguntó el enfermero, y después de ofrecer delicadamente un cigarrillo a Ana Nikoláievna encendió el suyo.

-¡Era un doctor maravilloso! -exclamó con entusiasmo Pelagueia Ivánovna, mirando con ojos brillantes el agradable fuego. Una peineta de gala, con piedras falsas, se encendía y se apagaba en sus cabellos negros.

-Sí, una personalidad extraordinaria -confirmó el enfermero-. Los campesinos lo adoraban. Él sabía cómo tratarlos. ¿Liponti debía hacer una operación? ¡Ahora mismo! Porque en lugar de Leopold Leopóldovich ellos lo llamaban Liponti Lipóntievich. Creían en él. Él sabía cómo hablar con ellos. Por ejemplo, una vez llegó al consultorio su amigo Fiódor Kosói, de Dúltsevo. Así así, dijo, Liponti Lipóntievich, tengo el pecho tapado, no puedo respirar. Además, parece que me arañan la garganta...

-Laringitis -dije maquinalmente, acostumbrado, después de un mes de enloquecida carrera, a los instantáneos diagnósticos campesinos.

-Exactamente. "Bien", le dice Liponti, "te voy a dar un medicamento. Estarás curado dentro de dos días. Aquí tienes unos emplastos de mostaza franceses. Te pegas uno en la espalda, entre las paletillas, y el otro en el pecho. Mantenlos ahí durante diez minutos y luego quítatelos. ¡En marcha! ¡Hazlo!" El campesino cogió los emplastos y se marchó. Dos días más tarde apareció en el consultorio.

"-¿Qué ocurre? -le pregunta Liponti.

"Kosói contesta:

"-Pues resulta, Liponti Lipóntievich, que tus emplastos no me han ayudado en nada.

"-¡Mientes! -se indigna Liponti-. ¡Los emplastos franceses no pueden no ayudar! Seguramente no te los has puesto.

"-Cómo que no me los he puesto. Todavía los traigo puestos...

"Y al decir esto se vuelve de espaldas, ¡y tenía el emplasto pegado sobre la pelliza!"

Solté una carcajada. Pelagueia Ivánovna reía y golpeaba con saña un tronco con el atizador...

-Usted dirá lo que quiera, pero eso es un chiste -dije-; ¡no puede ser verdad!

-¿¡Un chiste!? ¿¡Un chiste!? -exclamaron las comadronas, a cual más fuerte.

-¡No! -exclamó con enojo el enfermero-. Aquí, sabe usted, la vida toda está hecha de esos chistes... Aquí ocurren cosas como ésa...

-¡Y el azúcar! -exclamó Ana Nikoláievna-. ¡Cuéntenos lo del azúcar, Pelagueia Ivánovna!

Pelagueia Ivánovna cerró la estufa y comenzó a hablar, con la vista baja.

-Voy un día a ese mismo Dúltsevo a ver a una parturienta...

-Ese Dúltsevo es famoso -no pudo contenerse el enfermero, y añadió-: ¡Perdón! ¡Continúe, colega!

-Bien, como es natural, la examino -continuó la colega Pelagueia Ivánovna-, y siento bajo mis dedos algo incomprensible en el canal de parto... Algo que estaba suelto, una especie de trocitos... Era ¡azúcar refinado!

-¡Ese sí es un chiste! -hizo notar solemnemente Demián Lukich.

-Un momento..., no entiendo nada...

-¡La abuela! -replicó Pelagueia Ivánovna-. La curandera se lo había enseñado. Tendrá, le había dicho, un parto difícil. El bebé no quiere salir a este mundo de Dios. En consecuencia, hay que atraerlo. ¡Así que decidieron seducirlo con dulce!

-¡Qué horror! -dije.

-A las parturientas les dan a masticar cabellos -dijo Ana Nikoláievna.

-¡¿Para qué?!

-Quién sabe. Tres veces nos han traído parturientas así. Aquella pobre mujer estaba acostada y no hacía más que escupir. Tenía la boca llena de cerdas. Es por superstición. Creen que así el parto será más sencillo...

Los ojos de las comadronas brillaban por los recuerdos. Estuvimos largo rato sentados junto al fuego, tomando té. Yo escuchaba sus relatos como embrujado. Contaban cómo, cuando era necesario llevar a la parturienta de la  aldea  al  hospital,  Pelagueia  Ivánovna  siempre  iba detrás en su trineo por si cambiaban de opinión durante el camino y llevaban de nuevo a la parturienta a las manos de la comadrona de la aldea. Contaban cómo, en cierta ocasión, a una parturienta que tenía al bebé en una posición incorrecta, la colgaron del techo cabeza abajo, para que el niño se diera la vuelta. Contaban que una comadrona de la aldea de Korobovo, que había oído decir que los médicos hacen un corte en la bolsa de aguas, llenó de cortes la cabeza del bebé con un cuchillo de cocina, de tal forma que ni siquiera una persona tan famosa y hábil como Liponti pudo salvarle y menos mal que pudo salvar a la madre. Contaban cómo...

Hacía mucho tiempo que habíamos cerrado la estufa. Mis invitados se marcharon a su casa. Durante un rato vi cómo la ventana de la habitación de Ana Nikoláievna despedía una luz opaca que luego se apagó. Todo desapareció. Con la tormenta se mezcló una espesísima noche de diciembre y una cortina negra me ocultó el cielo y la tierra.

Yo paseaba de un lado a otro de mi gabinete; el suelo crujía bajo mis pasos, hacía calor gracias a la estufa holandesa y se oía roer en algún lugar a un diligente ratón.

"Pero no -pensaba yo-, lucharé contra las tinieblas egipcias durante todo el tiempo que el destino me mantenga en este lugar perdido. Azúcar refinado... ¡Qué les parece...!"

En mis sueños, nacidos a la luz de la lámpara cubierta por una pantalla verde, surgió la enorme ciudad universitaria y en ella una clínica, y en la clínica, una enorme sala, un suelo de azulejos, brillantes grifos, blancas sábanas esterilizadas, un asistente con una barba puntiaguda, muy sabia y canosa...

En momentos así un golpe en la puerta siempre inquieta, asusta. Me estremecí...

-¿Quién está ahí, Axinia? -pregunté, asomándome por la barandilla de la escalera interior (el apartamento del médico era de dos pisos: arriba estaban el gabinete y el dormitorio y abajo, el comedor, otra habitación -de finalidad desconocida- y la cocina, en la cual se alojaban Axinia, la cocinera, y su marido, el inamovible guardián de la clínica).

Resonó la pesada cerradura, la luz de una lámpara penetró y se balanceó en el piso de abajo. Entró una corriente de aire frío. Luego, Axinia me informó:

-Ha llegado un enfermo...

Yo, a decir verdad, me alegré. No tenía sueño y, como consecuencia del ruido del ratón y de los recuerdos, comenzaba a sentirme algo melancólico y solitario. Además un "enfermo" significaba que no era una mujer, es decir que no se trataba de lo peor: un parto.

-¿Puede caminar?

-Sí -contestó bostezando Axinia.

-Entonces que vaya al gabinete.

La escalera crujió durante largo rato. Subía un hombre sólido, de gran peso. Entretanto yo ya me había sentado detrás del escritorio, e intentaba que la vivacidad de mis veinticuatro años no se escapara del caparazón profesional del esculapio. Mi mano derecha sostenía el estetoscopio, como si fuera un revólver.

Una figura vestida con una pelliza de cordero y botas de fieltro entró con dificultad por la puerta. La figura tenía el gorro en las manos.

-¿Por qué viene usted tan tarde? -pregunté con enorme seriedad, para tranquilidad de mi conciencia.

-Perdone usted, ciudadano doctor -respondió la figura, con una voz baja, agradable y suave-, ¡la tormenta es una verdadera desgracia! He llegado tarde, pero qué se puede hacer; ¡discúlpeme, por favor!

"Un hombre educado", pensé con satisfacción. La figura me había gustado mucho e incluso la espesa barba pelirroja me había producido una buena impresión. Por lo visto aquella barba era objeto de un cierto cuidado. Su dueño no sólo la recortaba, sino que además le untaba alguna substancia que cualquier médico que hubiera pasado aunque sólo fuera un corto tiempo en la aldea podría distinguir sin dificultad: aceite vegetal.

-¿De qué se trata? Quítese la pelliza. ¿De dónde es usted?

La pelliza quedó como una montaña sobre la silla.

-La fiebre me tortura -contestó el enfermo, y me miró tristemente.

-¿La fiebre? ¡Aja! ¿Viene usted de Dúltsevo?

-Exactamente. Soy molinero.

-¿Y cómo le atormenta la fiebre? ¡Cuénteme!

-Cada día, en cuanto dan las doce, comienza a dolerme la cabeza. Luego me sube la fiebre, me martiriza durante un par de horas y luego me deja.

"¡El diagnóstico está listo!", tintineó victoriosamente en mi cabeza.

-¿Y en las horas restantes no tiene nada?

-Tengo las piernas débiles...

-Aja... ¡Desabróchese la ropa! Jumm... así.

Hacia el final del examen, el enfermo me había encantado. Después de las ancianas obtusas, de los adolescentes asustados que se apartan aterrados de la cucharilla de metal, después del asunto de la mañana con la belladona, mi ojo universitario descansaba en aquel molinero.

Las palabras del molinero eran sensatas. Además, resultó que sabía leer y escribir, e incluso cada uno de sus gestos estaba impregnado de respeto por mi ciencia favorita: la medicina.

-Bien, amigo -dije dándole un golpecito en su amplio y cálido pecho-, usted tiene malaria. Una fiebre intermitente... Ahora tengo toda una sala vacía. Le recomiendo que se interne. Le atenderemos como es debido. Comenzaré a curarle con polvos y, si eso no le ayuda, le inyectaremos. Tendremos éxito. ¿Eh? ¿Se internará...?

-¡Se lo agradezco profundamente! -contestó muy cortésmente el molinero-. Hemos oído hablar mucho de usted. Todos están contentos. Dicen que usted cura tan bien... Incluso estoy de acuerdo con las inyecciones, con tal de curarme.

"¡Vaya, este hombre es en verdad un rayo de luz en la oscuridad!", pensé, y me senté detrás del escritorio. El sentimiento que experimentaba en ese momento era tan agradable, que no parecía que fuera un molinero ajeno a mí quien había venido a visitarme en la clínica, sino mi hermano.

En una receta escribí:

Chinini mur. 0,5
D.T. dos. N 10
S. al molinero Judov
un sobre a medianoche.

Y estampé una audaz firma.

En otra receta:

"¡Pelagueia Ivánovna! Reciba en la sala número 2 al molinero. Tiene malaria. Hay que darle un sobre de quinina, como es costumbre en estos casos, unas cuatro horas antes del ataque, es decir a la medianoche.

 ¡Ahí tiene usted una excepción! ¡Es un molinero con educación!"

Ya acostado en mi cama, recibí de las manos de la hosca y soñolienta Axinia la nota de respuesta:

"¡Querido doctor! Lo he hecho todo. Pel. Lbova."

Me quedé dormido.

...Y desperté.

-¿Qué pasa? ¿Qué? ¡¿Qué ocurre, Axinia?! -farfullé.

Axinia estaba de pie, cubriéndose recatadamente con una falda de lunares blancos sobre fondo oscuro. La vela alumbraba temblorosamente su rostro adormilado y agitado.

-Acaba de venir Maria. Pelagueia Ivánovna le ha ordenado que lo llamara a usted de inmediato.

-¿Qué ha sucedido?

-Dice que el molinero se está muriendo en la sala número 2.

-¡¿Qué?! ¿Se está muriendo? ¿¡Qué es eso de que se está muriendo!?

Mis pies descalzos sintieron de inmediato el suelo helado, al no dar con las zapatillas. Se me rompían las cerillas y tardé bastante en encender la llamita azulada de la lámpara... El reloj marcaba exactamente las seis.

"¿Qué ocurre...? ¿Qué ocurre? ¡¿Acaso no será malaria?! ¿Qué tendrá el molinero? El pulso era magnífico..."

Antes de cinco minutos, con los calcetines puestos al revés,  la chaqueta sin abotonar, despeinado, con mis botas de fieltro, atravesé corriendo el patio, todavía completamente oscuro, y entré en la sala número 2.

Sobre una cama deshecha, junto a unas sábanas arrugadas, vestido tan sólo con la ropa de la clínica, estaba sentado el molinero. Le alumbraba una pequeña lámpara de petróleo. Su barba pelirroja estaba completamente despeinada y sus ojos me parecieron negros y enormes. El molinero se tambaleaba, como si estuviera borracho. Se observaba a sí mismo con horror, respiraba pesadamente...

La enfermera Maria, con la boca abierta, miraba el rostro púrpura oscuro del molinero.

Pelagueia Ivánovna, con la bata torcida y la cabeza descubierta, se lanzó a mi encuentro.

-¡Doctor! -exclamó con voz algo ronca-. ¡Le juro que no tengo la culpa! ¿Quién podía haberlo esperado? Usted mismo escribió que era una persona educada...

-¡¿Pero qué pasa?!

-¡Imagínese, doctor! ¡Se ha tomado los diez sobres de quinina de una sola vez! A medianoche.

* * *
Era un opaco amanecer de invierno. Demián Lukich recogía la sonda estomacal. Olía a aceite de alcanfor. La palangana que se encontraba en el suelo estaba llena de un líquido parduzco. El molinero yacía agotado y pálido, cubierto hasta el mentón por las sábanas. La barba pelirroja sobresalía erizada. Me incliné. Le tomé el pulso y me convencí de que el molinero había salido con bien.

-¿Cómo está? -le pregunté.

-Tengo tinieblas egipcias en los ojos... Oh... Oh... -contestó el molinero con una débil voz de bajo.

-¡Yo también! -contesté irritado.

-¿Cómo? -replicó el molinero (todavía me oía mal).

-Explícame una sola cosa, buen hombre: ¡¿por qué lo has hecho?! -le grité con fuerza en el oído.

Aquel sombrío y hostil bajo me respondió:

-Pensé que no valía la pena perder el tiempo tomando los sobres de uno en uno. Me los tomé todos juntos y asunto terminado.

-¡Es monstruoso! -exclamé.

-¡Un chiste! -respondió el enfermero, en una especie de cáustica modorra.

* * *
"Pero no..., lucharé. Lucharé... Yo..." Y se apoderó de mí un dulce sueño después de una noche difícil. Se extendió un velo de tinieblas egipcias... y en él me pareció verme a mí..., no sé si con una espada o con un estetoscopio. Camino... Lucho... En un lugar apartado. Pero no estoy solo. Conmigo camina mi ejército: Demián Lukich, Ana Nikoláievna, Pelagueia Ivánovna. Todos con batas blancas y siempre adelante, adelante...

-¡Qué cosa tan espléndida es el sueño...!

FIN

1926


Biblioteca Digital Ciudad Seva

domingo, 19 de janeiro de 2014

La garganta de acero



Mijaíl Bulgákov

Así pues, me quedé solo. Me rodeaban las tinieblas del mes de noviembre mezcladas con torbellinos de nieve que había cubierto la casa; la chimenea aullaba. Yo había pasado los veinticuatro años de mi vida en una gran ciudad y pensaba que la tormenta aúlla solamente en las novelas. Pero resultó que también en la realidad aúlla la tormenta. Aquí las veladas son extraordinariamente largas; la lámpara, bajo su pantalla verde, se reflejaba en la ventana negra y yo soñaba despierto, mientras miraba la mancha que brillaba a mi izquierda. Soñaba con la ciudad del distrito, que se encontraba a cuarenta verstas de distancia. Tenía grandes deseos de escaparme de mi hospital para ir allí. Allí había electricidad, cuatro médicos a quienes podía consultar, y en todo caso no era tan terrible. Pero no había posibilidad alguna de escapar y, por momentos, yo mismo comprendía que aquello no era más que cobardía. Después de todo, justamente para eso había estudiado en la facultad de medicina...

"...¿Y si trajeran a una mujer con complicaciones de parto? ¿O, supongamos, a un enfermo con la hernia estrangulada? ¿Qué haría yo en ese caso? Aconséjenme, por favor. Hace cuarenta y ocho días que terminé la facultad con sobresaliente, pero el sobresaliente es una cosa y la hernia otra. En una ocasión vi cómo un profesor realizaba una operación de hernia estrangulada. Él operaba y yo estaba sentado en el anfiteatro. Eso fue todo..."

Cada vez que pensaba en la hernia, un escalofrío me recorría la columna vertebral. Cada noche, después de tomar el té, me sentaba en una misma postura: bajo mi brazo izquierdo, estaban todos los manuales de cirugía obstétrica, y encima de ellos, el pequeño Doderlein. A la derecha, unos diez tomos diversos de cirugía práctica, ilustrados. Yo me lamentaba, fumaba, tomaba un té negro y frío...

Me quedé dormido; recuerdo perfectamente esa noche, la del 29 de noviembre. Me despertó un estruendo en la puerta. Cinco minutos más tarde, mientras me ponía los pantalones, no lograba apartar mis ojos implorantes de los divinos libros de cirugía práctica. Oí el crujir de los patines de un trineo en el patio: mis oídos se habían vuelto extremadamente sensibles. Resultó, quizá, algo peor aún que una hernia o que la posición transversal de un bebé: al hospital de Nikólskoie, a las once de la noche, trajeron a una niña. La enfermera dijo con voz sorda:

-Es una niña débil, se está muriendo... Doctor, venga al hospital...

Recuerdo que atravesé el patio y me dirigí hacia la lámpara de petróleo que estaba junto a la entrada del hospital y, como hechizado, no conseguía apartar la vista de la luz parpadeante. La recepción ya estaba iluminada y toda la plantilla de ayudantes me esperaba con las batas puestas. Eran: el enfermero Demián Lukich, un hombre todavía joven pero muy eficiente, y dos experimentadas comadronas, Ana Nikoláievna y Pelagueia Ivánovna. Yo no era más que un médico de veinticuatro años que se había graduado dos meses atrás y que había sido designado para dirigir el hospital de Nikólskoie.

El enfermero abrió solemnemente la puerta y apareció la madre. Entró apresuradamente, patinando sobre sus botas de fieltro; la nieve aún no se había derretido en su pañuelo. Llevaba en sus brazos un envoltorio que acompasadamente emitía silbidos y respiraba produciendo un sonido sordo. El rostro de la madre, que lloraba en silencio, estaba demudado. Cuando la mujer se quitó la pelliza y el pañuelo y abrió el envoltorio, vi a una niña de unos tres años. La observé y por un momento me olvidé de la cirugía, la soledad, el inútil bagaje universitario; me olvidé definitivamente de todo a causa de la belleza de la niña. ¿Con qué se podía comparar? Sólo en las cajas de bombones dibujan niños así, con rizos naturales en el cabello, formando grandes bucles del color del trigo maduro. Los ojos azules, enormes; las mejillas como las de una muñeca. Así dibujaban a los ángeles. Pero una extraña turbación anidaba en el fondo de sus ojos y comprendí que era miedo: la niña se asfixiaba. "Morirá dentro de una hora", pensé con absoluta convicción, y mi corazón se contrajo dolorosamente...

Cada vez que la niña respiraba, en su garganta se formaban pequeños hoyuelos, las venas se hinchaban y el rostro pasaba de un tono rosado a uno ligeramente liláceo. De inmediato comprendí y valoré ese cambio de color. Enseguida me di cuenta de lo que se trataba; mi primer diagnóstico fue exacto y, lo más importante, coincidió con el de las comadronas, que tenían mucha experiencia: "La niña tiene garrotillo diftérico, la garganta ya está cubierta de falsas membranas y pronto se cerrará completamente..."

-¿Cuántos días lleva enferma la niña? -pregunté en medio del atento silencio de mi personal.

-Es el quinto día, el quinto -dijo la madre, y me miró profundamente con sus ojos secos.

-Garrotillo diftérico -dije entre dientes al enfermero, y a la madre le dije-: ¿En qué estabas pensando? ¿Eh? ¿En qué estabas pensando?

En ese momento se oyó detrás de mí una voz llorona:

-¡El quinto, padrecito, el quinto!

Me volví y vi a la abuela de cara redonda, con la cabeza cubierta por un pañuelo. "Sería magnífico que estas abuelas no existieran en el mundo", pensé con un lóbrego presentimiento del peligro, y dije:

-Tú, abuela, cállate; estorbas.

A la madre le repetí:

-¿En qué pensabas? ¡El quinto día! ¿Eh?

De pronto la madre, con un movimiento de autómata, entregó la niña a la abuela y se arrodilló delante de mí.

-Dale unas gotas a la niña -dijo, y golpeó el suelo con su frente-, me ahorcaré si se muere.

-Levántate inmediatamente -le contesté-, de lo contrario no hablaré contigo.

La madre se levantó rápidamente, recibió a la niña que le entregaba la abuela y comenzó a mecerla en sus brazos. La abuela se puso a rezar en dirección a la puerta, mientras la niña continuaba respirando con un silbido de serpiente. El enfermero dijo:

-Siempre hacen lo mismo. El pueblo -y al decir esto sus bigotes se torcieron hacia un costado.

-¿Quiere decir que la niña morirá? -preguntó la madre mirándome con negra furia, o al menos así lo percibí yo entonces...

-Morirá -dije en voz baja y con firmeza.

La abuela inmediatamente cogió el borde de su falda y comenzó a secarse con él los ojos. La madre me suplicó con voz abatida:

-¡Dale algo, ayúdala! ¡Dale unas gotas!

Ya veía con claridad lo que me esperaba. Me mantuve firme.

-¿Qué gotas le voy a dar? Aconséjame tú. La niña se está asfixiando, la garganta se ha cerrado. Durante cinco días seguidos has descuidado a tu hija a quince verstas de donde yo estoy. Ahora, ¿qué quieres que haga?

-Tú lo sabrás mejor, padrecito -comenzó a lloriquear la abuela en mi hombro izquierdo, con voz afectada. ¡Cómo la odié en ese momento!

-¡Cállate! -le dije. Me dirigí al enfermero y le ordené que cogiera a la niña. La madre entregó la niña a la comadrona. La niña comenzó a agitarse y quería, por lo visto, gritar, pero la voz ya no salía de su garganta. La madre quiso defenderla, pero la apartamos; entonces pude examinar, a la luz de la lámpara de petróleo, la garganta de la niña. Nunca hasta entonces me había enfrentado con la difteria, salvo en algunos casos leves que había aliviado rápidamente. En la garganta había algo que bullía, algo blanco, desgarrado. La niña de pronto espiró y me escupió en la cara, pero yo, ocupado como estaba por mis pensamientos, no me preocupé por mis ojos.

-Mira -dije, sorprendiéndome por mi tranquilidad-, el asunto es el siguiente. Ya es demasiado tarde. La niña se está muriendo. Sólo hay una cosa que podría ayudarla: una operación.

Yo mismo me horroricé. ¿Para qué lo habría dicho? Pero no podía dejar de decirlo. "¿Y si aceptan?", pasó fugazmente por mi cabeza.

-¿Cómo una operación? -preguntó la madre.

-Es necesario hacerle un corte en la parte inferior de la garganta e introducir un tubito de plata, para dar a la niña la posibilidad de respirar; así quizá podamos salvarla -le expliqué.

La madre me miró como a un loco y protegió a la niña con sus brazos mientras la abuela se ponía a refunfuñar de nuevo:

-¡No! ¡No dejes que la operen! ¡No! ¡¿Cortarle la garganta?!

-¡Lárgate, abuela! -le dije con odio-. ¡Inyéctele alcanfor! -ordené al enfermero.

La madre no quiso entregar a la niña cuando vio la jeringuilla, pero le explicamos que la inyección no era nada terrible.

-¿Quizá eso la ayudará? -preguntó la madre.

-No, no la ayudará en absoluto.

Entonces la madre se echó a llorar.

-Basta -le dije. Saqué mi reloj y añadí-: Les doy cinco minutos para pensarlo. Si no están de acuerdo dentro de cinco minutos, yo ya no haré nada.

-¡No estoy de acuerdo! -dijo tajantemente la madre.

-¡No damos nuestro consentimiento! -añadió la abuela.

-Bueno, como quieran -añadí con voz sorda, y pensé: "¡Bien, esto es todo! Mejor para mí. Yo lo he dicho, lo he propuesto; los ojos asombrados de las comadronas son testigos. Ellas no han aceptado y yo estoy salvado." No acababa de pensarlo cuando una voz ajena salió de mi interior:

-¿Se han vuelto locas? ¿Cómo que no están de acuerdo? Matarán a la niña. Acepten. ¿No les da lástima?

-¡No! -gritó nuevamente la madre.

En mi interior pensaba: "¿Qué estoy haciendo? Voy a degollar a la niña." Pero decía otra cosa.

-¡Pronto, pronto, acepten! ¡Acepten! Ya se le están poniendo azules las uñas.

-¡No! ¡No!

-Está bien, acompáñenlas a la sala; que se queden allí.

Las llevaron por el corredor casi a oscuras. Yo oía el llanto de las mujeres y el silbido de la niña. El enfermero regresó enseguida y dijo:

-¡Aceptan!

En mi interior todo se petrificó, pero dije con claridad:

-¡Esterilicen de inmediato el bisturí, las tijeras, las grapas, la sonda!

Un minuto más tarde, atravesaba a toda velocidad el patio donde la tormenta de nieve, como un demonio, volaba y chocaba contra las casas. Entré corriendo en mi gabinete y, contando los minutos, cogí un libro, lo hojeé y encontré una ilustración que representaba una traqueotomía. En ella todo era sencillo y claro: la garganta estaba abierta y el bisturí clavado en la tráquea. Me puse a leer el texto, pero no comprendía nada, las palabras parecían brincar ante mis ojos. Jamás había visto cómo se hace una traqueotomía. "¡Eh!, ahora ya es tarde", pensé, y miré con melancolía la luz azulada y la ilustración del libro; sentí que había caído sobre mí un asunto terrible y difícil y regresé al hospital sin percatarme de la tormenta.

En la recepción, una sombra con falda redonda se pegó a mí y una voz comenzó a lloriquear:

-Padrecito, ¿qué es eso de que vas a cortarle la garganta a la niña? ¿Acaso se puede pensar siquiera en algo así? Ella es una tonta, por eso ha aceptado. Pero yo no te doy mi consentimiento, no. Estoy de acuerdo en que le recetes unas gotas, pero no permitiré que le cortes la garganta.

-¡Saquen de aquí a esta mujer! -grité, y en mi acaloramiento añadí-: ¡La tonta eres tú! ¡Tú! ¡Ella no, ella es inteligente! ¡Además, a ti nadie te ha preguntado nada! ¡Sáquenla de aquí!

La comadrona abrazó firmemente a la abuela y la empujó fuera de la sala.

-¡Listo! -dijo de pronto el enfermero.

Entramos en la pequeña sala de operaciones y yo, como a través de una cortina, observé los brillantes instrumentos, la cegadora luz de la lámpara, el hule... Salí por última vez a donde estaba la madre, de cuyos brazos apenas lograron arrancar a la niña. Oí una voz ronca que decía: "Mi marido no está. Está en la ciudad. ¡Cuando regrese y se entere de lo que he hecho, me matará!"

-La matará -repitió la abuela, mirándome horrorizada.

-¡No las dejen entrar en la sala de operaciones! -ordené.

Nos quedamos solos en el quirófano. El personal, Lidka (la niña) y yo. La niña estaba desnuda. La habían sentado sobre la mesa. Lloraba en silencio.

Luego la acostaron, la sujetaron, le limpiaron la garganta y la untaron con yodo. Yo tomé con decisión el bisturí, pero pensaba: "¿Qué estoy haciendo?" Había un profundo silencio en la sala de operaciones. Tomé el bisturí e hice una línea vertical por la regordeta garganta blanca. No salió ni una gota de sangre. Por segunda vez pasé el bisturí por la franja blanca que había aparecido en la piel, que se había separado. Ni una gota nuevamente. Despacio, intentando recordar ciertos dibujos de los atlas, comencé con ayuda de una sonda roma a separar los delgados tejidos. Entonces, de la parte inferior del corte brotó una sangre oscura que inundó de inmediato la herida y comenzó a correr por el cuello. El enfermero la secaba con tampones, pero la sangre no dejaba de correr. Recordando todo lo que había visto en la universidad, comencé a apretar con pinzas los bordes de la herida, pero no obtuve ningún resultado. Sentí frío y mi frente se humedeció. Me arrepentí profundamente de haber ingresado en la facultad de medicina, de haber aceptado venir a este remoto lugar. Con furiosa desesperación metí una pinza al azar en alguna parte próxima a la herida, la cerré y la sangre inmediatamente dejó de correr. Absorbimos la sangre de la herida con bolas de gasa y sólo entonces la herida se me presentó limpia, pero completamente incomprensible. La tráquea no estaba en ninguna parte. Mi herida no tenía nada que ver con ninguna de las ilustraciones de los libros. Pasaron todavía dos o tres minutos durante los cuales, de un modo mecánico y totalmente incoherente, estuve hurgando en la herida, unas veces con el bisturí y otras con la sonda, en busca de la tráquea. Al final del segundo minuto comencé a desesperarme. "Es el fin -pensé-, ¿para qué habré hecho esto? Podía no haber propuesto la operación y Lidka habría muerto tranquilamente en su habitación, mientras que ahora morirá con la garganta desgarrada y nunca, jamás, podré demostrar que de todas formas habría muerto, que yo no podía perjudicarla..." La comadrona secó en silencio mi frente. "Dejar el bisturí y decir: no sé qué hacer ahora", pensé, e inmediatamente me imaginé los ojos de la madre. De nuevo levanté el bisturí y, sin sentido alguno, corté profunda y bruscamente a Lidka. Los tejidos se separaron e inesperadamente apareció ante mis ojos la tráquea.

-¡Los ganchos! -dije con voz ronca.

El enfermero me los dio. Introduje un gancho en un lado de la herida y el segundo en el otro y le di uno de ellos al enfermero. En ese momento sólo veía una cosa: los anillos grisáceos de la tráquea. Hundí el afilado bisturí en la tráquea y me quedé inmóvil. La tráquea comenzó a salirse de la herida: el enfermero, pensé, se ha vuelto loco, ha comenzado a extraer la tráquea. Las dos comadronas gritaron detrás de mí. Levanté los ojos y comprendí lo que ocurría: el enfermero se estaba desmayando por el calor y, sin soltar el gancho, rompía la tráquea. "Todo está en mi contra, es el destino -pensé-, ahora sí que hemos degollado a Lidka. -Y me dije-: En cuanto llegue a casa me pegaré un tiro..." En ese instante, la comadrona principal, que por lo visto tenía mucha experiencia, se lanzó de un modo rapaz hacia el enfermero y cogió el gancho que éste sostenía; luego me dijo con los dientes apretados:

-Continúe, doctor...

El enfermero cayó ruidosamente, dándose un golpe, pero nosotros no le miramos siquiera. Introduje el bisturí en la tráquea y luego metí en ella un tubito de plata. El tubo entró con facilidad, pero Lidka permaneció inmóvil. El aire no había entrado en su garganta, como debiera haber ocurrido. Respiré profundamente y me detuve: no tenía nada más que hacer. Sólo quería pedirle perdón a alguien, arrepentirme de mi ligereza, de haber ingresado en la facultad de medicina. Reinaba el silencio. Yo veía cómo Lidka se ponía cada vez más azulada. Quería abandonarlo todo y echarme a llorar. De pronto Lidka se estremeció de un modo extraño, arrojó como una fuente los sucios coágulos a través del tubo y el aire, con un silbido, entró en su garganta. La niña respiró y comenzó a llorar fuertemente. En ese instante el enfermero se levantó, pálido y sudoroso, miró alelado y horrorizado la garganta abierta y se puso a ayudarme a coserla.

A pesar del cansancio y del velo del sudor que me cubría los ojos, vi los rostros felices de las comadronas. Una de ellas me dijo:

-Ha realizado brillantemente la operación, doctor.

Pensé que se estaba burlando de mí y la miré con aire sombrío de reojo. Luego se abrieron las puertas y penetró el aire fresco. Sacaron a Lidka envuelta en una sábana. De inmediato, en la puerta, se presentó la madre. Sus ojos parecían los de una fiera salvaje. Me preguntó:

-¿Y bien?

Cuando oí el tono de su voz el sudor me recorrió la espalda, y sólo entonces me di cuenta de lo que habría ocurrido si Lidka hubiera muerto en la mesa de operaciones. Pero le contesté con una voz muy serena:

-Tranquila. Vive y seguirá viva. Eso espero. Sólo que mientras no le saquemos el tubito no podrá pronunciar ni una palabra, así que no se asusten.

Entonces la abuela salió de debajo de la tierra y se santiguó en dirección al pomo de la puerta, hacia mí, hacia el techo. Pero yo ya no me enfadaba con ella. Me volví y ordené que le inyectaran alcanfor a Lidka y que por turnos hicieran guardia junto a ella. Luego me fui a mi apartamento. Recuerdo que la luz azulada ardía en mi gabinete. Allí estaba el Doderlein, había libros esparcidos. Me acerqué al diván, me acosté vestido e inmediatamente dejé de ver cualquier cosa. Me quedé dormido y ni siquiera soñé.

Pasó un mes, otro. Yo había visto ya muchas cosas y algunas más terribles que la garganta de Lidka. Incluso la había olvidado. Estábamos rodeados de nieve y la consulta crecía de día en día. En una ocasión, ya al año siguiente, entró en mi consultorio una mujer llevando de la mano a una niña exageradamente abrigada. Los ojos de la mujer brillaban. La miré con atención y la reconocí.

-¡Ah, Lidka! ¿Cómo está la niña?

-Bien.

Dejamos al descubierto la garganta de Lidka. La niña se resistía, tenía miedo. Por fin logré levantarle el mentón y examinarla. En su cuello rosado había una cicatriz vertical de color marrón y dos cicatrices transversales delgadas, las de las costuras.

-Todo está en orden -dije-, pueden dejar de venir.

-Se lo agradezco doctor, muchas gracias -dijo la madre, y ordenó a Lidka-: ¡Dale las gracias al señor!

Pero Lidka no tenía deseos de decirme nada.

No volví a verla nunca más. Comencé a olvidarla. Mi consulta seguía creciendo. Y llegó el día en que recibí a ciento diez personas. Habíamos comenzado a las nueve de la mañana y terminamos a las ocho de la noche. Yo, tambaleándome, me quité la bata. La comadrona principal me dijo:

-Tal cantidad de pacientes debe agradecérsela a la traqueotomía. ¿Sabe lo que dicen en las aldeas? Que a Lidka, en lugar de su garganta, usted le puso una de acero y se la cosió. Viajan especialmente a la aldea donde vive la niña para verla. Ya tiene usted fama, doctor, le felicito.

-¿De modo que creen que vive con la garganta de acero? -pregunté.

-Sí, eso creen. Usted, doctor, es excelente. ¡Es un encanto ver la sangre fría con que opera!

-Sí... Yo, sabe usted, jamás me pongo nervioso -dije sin saber por qué, pero era tanto mi cansancio que ni siquiera pude avergonzarme, simplemente volví la vista hacia otro lado. Me despedí y me dirigí a mi apartamento. Caía una nieve gruesa que lo cubría todo; el farol ardía y mi casa estaba solitaria, tranquila y grave. Y yo, en el camino, sólo deseaba una cosa: dormir.

FIN

1925


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