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quinta-feira, 26 de maio de 2016

Quince incas: doce estrofas de comentario a la inexistencia, a partir del Kamel-Trot Inkaico

Quince incas frappé bailan en puntas sobre una loza de
bakelita: 1929-1989; 
giran a velocidad de mapamundi,
glissando sobre irregulares trombosis y aneurismas.
Sus hidráulicos párpados de violonceleta
envuelven chulpas rodantes sacrificadas a la diosa
Germania,
como collas con frankensteines en los talles y ese torpe
kikirikí de las valkirias.

Camafeos brillantes soles en un bosque hiperbóreo,
románticos cripto-alemanes,
padres míos enterrados en el país de la imaginación,
bajo un monte de tibias derruidas
con los dedos artríticos entre anillos de coloratura,
que avanzan hacia el abismo eviscerando grandes
maletines.

Al centro de cada frente una piedra pulida por la
benedicencia,
quince incas de cuarzo bajo marcas de trineos en la nieve,
arropados con la doblada bandera de lo inexistente,
famélicos o hartos, según la inclinación del miocardio,
tensos de siglo en siglo como un cable helicoidal
a través de abismos góticos que estrangulan la luz del
Apurimac.

Sobre ese vacío a cuatro colores quince incas un romance
con la soledad,
la ópera que fue escrita sin libretto,
para que todos cantemos a capella,
socios en el secreto perturbable de la marginación: sueño en
una noche,
en medio del verano. Hombres y mujeres lampiños con
deslumbrantes brazaletes
corren del norte al sur como gacelas.

Quince incas han extraviado el anillo de plomo de los
nibelungos, digamos.
Las raíces de mi perplejidad flotan allí: sueño que sueño
en una noche en medio del verano, que me columpio en un
verdor sobresaltado,
burro cansado de la espera que es la experiencia,
con las ideas filosóficas que mi corazón todavía no contiene
pero elabora ya entre las afiladas plumas de rojos edredones.

Así comprendo el peso del desempleo en sus coturnos, sus
collares de vándalos
son relámpagos líricos en un slalom de seda, construidos
como padres
desde lo que ignoramos acerca de ellos, en el baile
enmascarado
de la historia
sobre la pradera de agua donde cada 24 horas en un
vómito
de oro
el sol y la luna son canjeados bajo su río de leche,
aumentan cada minuto el peso de los Keros sobre la
galaxia.
Incas imperdonados que bajan en trineo a la tristeza de las
lejanas pascuas,
de pieles suaves por la grasa de ganso,
o por la voz de un italiano opalescente, como un viento
temblolero,
mágico y ambiguo como la medianoche,
rodeado de gnomas chinescas de pies aletargados,
y de un burro que rumia entre las estrellas, cargado de
alfalfa
para centauros.

A través de las estepas que angostan sus pesas y medidas
o de todo aquello contra lo que se rebela el forro tejido
de mi corazón,
pasan patinando retazos de ñusta sanguinolenta, altas
astas
de pathos rilkeano,
como el insólito Inca prefiriendo morir
al grito de 'Ho jo to ho, heiaha heiaha'; inexistencia y
experiencia
hacen brotar de la huaca una pasta rosa, como espuma del
Índico en la madrugada.
Rodean sus corazones sondas y venas que nadie puede
diferenciar,
racimos de pedrones exactos como caballos blancos de
Viena,
confundidos con la turba de revoluciones cada vez más
alejadas:
Incas derribados por el verano perpendicular al trópico
sobre los sofás de mi cansancio eslavo soberano
en la mañana llena de nombres griegos que rematan en
poulos.
De todos me interesan los Incas que no fueron,
rascan mi palma con mensajes confusos que no dejan
duda,
y colocan frutadas mitades ante los espejos,
mientras la rueda de fuego que ilumina la kermesse del
futuro
los acerca y los aleja de la noche cuyo río de tinta
colma las tazas iridiscentes de la media mañana.

Veo a quince incas trans-celosías. La paraca
no logra limpiar de sus ceños una sequedad de trueno
molido.
En el equivalente mental de una ilusión óptica en la redondez
del tiempo,
supongo que me protegen de serpientes y estallidos.
Tallo morosos cristalinos que me asombran. A través del
vidrio pongo la mano al fuego,
y sufro por ellos las torturas laicas de un pensador pagano:
los comprendo.
Y ahora el fin de la canción. Natural:
shimmi shimmi sacha sacha shimmi shimmi sacha sacha.
Artificial:
shimi sacha sacha shimmi sacha shimmi sacha sacha sacha
shimmi.
Natural: sacha sacha shimmi shimmi sacha sacha.
Artificial:
sacha, shimi
sacha.
. Quince incas: doce estrofas de comentario a la inexistencia, a partir del Kamel-Trot Inkaico (Circa 1930) - Poemas de Mirko Lauer


quarta-feira, 21 de março de 2012

Sonidos Del silencio

La BBC informa sobre un equipo de investigadores que ha logrado reconstruir palabras exclusivamente a partir de las ondas eléctricas emitidas por pacientes que las han pensado. El informe científico sobre el tema está en la revista PLOS Biology, y la página de la BBC presenta un audio con el desciframiento auditivo de estas palabras pensadas.
Las consecuencias médicas de este hallazgo en el campo de la expresión del lenguaje por un medio no vocal son espectaculares (por ejemplo para pacientes en coma). Pero sus perspectivas no se detienen allí. Vienen implícitas posibilidades como la lectura del pensamiento, y acaso también en algún momento la comunicación telepática.
El perfeccionamiento y la difusión de este hallazgo pueden cambiar radicalmente algunas realidades claves en la relación entre los humanos. Lo primero que viene a la mente es la frase según la cual somos dueños de nuestro silencio. El pensamiento podría dejar de ser el arca inexpugnable de nuestros secretos más profundos.
Quizás esta situación se veía venir. No solo en los avances de la neurociencia, sino también en el refinamiento creciente de los métodos tecnológicos para hurgar en la intimidad de las personas. Desde los escaneos hasta el chuponeo, pasando por el código genético, la humanidad ha venido despojándose de su lado desconocido.
Ya existen maneras parciales de “leer el pensamiento”. El psicoanálisis es una. La observación de la conducta del cuerpo es otra. El detector de mentiras es otra. Las resonancias magnéticas funcionales y la tomografía de emisión de positones son otras. La novedad en este caso es la posibilidad de un acceso al pensamiento en propias palabras.
El lingüista Noam Chomsky habla de un lenguaje de pensamientos (mentalese) que no requiere de palabras. En cambio para el psicoanalista Jacques Lacan no hay pensamiento sin palabras. ¿Pero cuáles son nuestras propias palabras cuando pensamos en palabras? No descartemos que el nuevo invento abra más incógnitas de las que resuelva.
En un plano más sencillo y cotidiano, ¿cómo vamos a defender nuestra intimidad craneana cuando llegue el día? La respuesta más fácil es manteniéndonos alejados del aparato descifrador. Pero hasta ahora casi no hay privacidad que no haya sido alcanzada por la tecnología. ¿O aprenderemos a moderar nuestras emisiones eléctricas?
Un dato que no debe pasar inadvertido es que en el experimento que comenta la BBC el primer caso demostrable de comunicación de palabras desde el cerebro (si bien limitada a palabras individuales y no a ideas) no habría sido entre dos personas, sino entre una persona y una máquina

Mirko Lauer – La República
Jueves, 02 de febrero de 2012

sexta-feira, 30 de dezembro de 2011

Amores perros

Con el fin del año ha llegado a Lima una extraordinaria novela. El hombre que amaba a los perros, del cubano Leonardo Padura (Tusquets, Buenos Aires, 2011) le da un giro contemporáneo a la conocidísima historia del asesinato de León Trotsky en México a manos de un agente infiltrado en su círculo íntimo por José Stalin, 1940.



Parte del giro está en que el narrador es un cubano que vive en La Habana, presenta al lado del relato histórico su propia vida diaria en la dictadura burocrática contemporánea de los hermanos Castro, y expresa una suerte de simpatía objetiva hacia el lado humano de Trotsky, la víctima de esta historia.



El otro giro es que se trata de una obra de tema político deliberadamente escrita en la forma de una novela de serie negra policial. Padura no omite los contenidos de la enemistad Stalin-Trotsky, pero el tema central es la cacería misma, evocada desde los años 80 como un secreto peligroso, acaso por estar el narrador en Cuba.



El último cubano célebre que narró el asesinato de Trotsky fue Guillermo Cabrera Infante. Su novela Tres tristes tigres (1964) presenta una parodia de cómo tratarían el tema diversos escritores cubanos. Entonces evocar los crímenes de Stalin era una provocación en la isla, aun si el XX Congreso desestalinizador del PCUS había sido ocho años antes.



Hoy las cosas son diferentes. El autoritarismo del régimen cubano nunca ha podido, y en verdad tampoco querido, ni remotamente competir con la vesania del alcohólico Stalin y sus ejecutores. Padura se las ingenia para reconocer esto y a la vez para tender un largo arco de relación entre el horror soviético y las playas tropicales.



Es inevitable que el lector llegue a la conclusión de que todo sistema staliniano, radical o moderado, necesita uno o varios Trotskys para mantener las cosas en su sitio. Los hermanos Castro se libraron de sus críticos y detractores muy temprano, con eficacia y sin la truculencia del colega georgiano. Pero la comparación llegará tarde o temprano.



El libro tiene el ritmo y la estructura de las policiales modernas, y esok inevitablemente influye en nuestra percepción del célebre asesinato. Lo que suele ser presentado como una pugna ideológica aquí aparece sobre todo como la conspiración de un asesino compulsivo, que empieza devorando fichas y termina comiéndose el tablero mismo.



Por eso si bien hay en el texto un Stalin infame, no hay en cambio un Trotsky heroico (el tiempo de la novela empieza después de su caída en desgracia). La naturaleza de la víctima rara vez es relevante en el discurso de la serie negra; es la mentalidad del protagonista lo que nos hace avanzar en la lectura

Por: Mirko Lauer – La República