quarta-feira, 13 de novembro de 2019


miliciarização da política


O fenômeno da "miliciarização da política" na América do Sul é evidente. O golpe na Bolívia foi conduzido por milícias de direita, a polícia e forças armadas deixaram rolar e só passaram a agir depois do golpe dado O golpe no Brasil foi sucedido por milícias de direita das quais a família no poder é a sua expressão. A Venezuela evitou um golpe de direita e uma intervenção militar estrangeira foi abortada pelo cálculo de baixas causadas pela "miliciarização" de esquerda por lá. Parece que está difícil fazer política sem ter milícias complementando e mesmo substituindo partidos políticos, grupos religiosos, movimentos sociais e milícias operando com oligarquias políticas familiares.
RCO

El muro



Jean-Paul Sartre


Nos arrojaron en una gran sala blanca y mis ojos parpadearon porque la luz les hacía mal. Luego vi una mesa y cuatro tipos detrás de ella, algunos civiles, que miraban papeles. Habían amontonado a los otros prisioneros en el fondo y nos fue necesario atravesar toda la habitación para reunimos con ellos. Había muchos a quienes yo conocía y otros que debían ser extranjeros. Los dos que estaban delante de mí eran rubios con cabezas redondas; se parecían; franceses, pensé. El más bajo se subía todo el tiempo el pantalón: estaba nervioso.

Esto duró cerca de tres horas; yo estaba embrutecido y tenía la cabeza vacía; pero la pieza estaba bien caldeada, lo que me parecía muy agradable: hacía veinticuatro horas que no dejábamos de tiritar. Los guardianes llevaban los prisioneros uno después de otro delante de la mesa. Los cuatro tipos les preguntaban entonces el nombre y la profesión. La mayoría de las veces no iban más lejos, o bien, a veces les hacían una pregunta suelta: “¿Tomaste parte en el sabotaje de las municiones?”, o bien: “¿Dónde estabas y qué hacías el 9 por la mañana?”. No escuchaban la respuesta o por lo menos parecían no escucharla: se callaban un momento mirando fijamente hacia adelante y luego se ponían a escribir. Preguntaron a Tom si era verdad que servía en la Brigada Internacional: Tom no podía decir lo contrario debido a los papeles que le habían encontrado en la ropa. A Juan no le preguntaron nada, pero, en cuanto dijo su nombre, escribieron largo tiempo.

—Es mi hermano José el que es anarquista —dijo Juan—. Ustedes saben que no está aquí. Yo no soy de ningún partido, no he hecho nunca política.

No contestaron nada. Juan dijo todavía:

—No he hecho nada. No quiero pagar por los otros.

Sus labios temblaban. Un guardián le hizo callar y se lo llevó. Era mi turno:

—¿Usted se llama Pablo Ibbieta?

Dije que sí.

El tipo miró sus papeles y me dijo:

—¿Dónde está Ramón Gris?

—No lo sé.

—Usted lo ocultó en su casa desde el 6 al 19.

—No.

Escribieron un momento y los guardianes me hicieron salir. En el corredor Tom y Juan esperaban entre dos guardianes. Nos pusimos en marcha. Tom preguntó a uno de los guardianes:

—¿Y ahora?

—¿Qué? —dijo el guardián.

¿Esto es un interrogatorio o un juicio?

—Era el juicio, dijo el guardián.

Bueno. ¿Qué van a hacer con nosotros?

El guardián respondió secamente:

—Se les comunicará la sentencia en la celda.

En realidad lo que nos servía de celda era uno de los sótanos del hospital. Se sentía terriblemente el frío debido a las corrientes de aire. Toda la noche habíamos tiritado y durante el día no lo habíamos pasado mejor. Los cinco días precedentes había estado en un calabozo del arzobispado, una especie de subterráneo que debía datar de la Edad Media: como había muchos prisioneros y poco lugar se les metía en cualquier parte. No eché de menos mi calabozo: allí no había sufrido frío, pero estaba solo; lo que a la larga es irritante. En el sótano tenía compañía. Juan casi no hablaba: tenía miedo y luego era demasiado joven para tener algo que decir. Pero Tom era buen conversador y sabía muy bien el español. En el subterráneo había un banco y cuatro jergones. Cuando nos devolvieron, nos reunimos y esperamos en silencio. Tom dijo al cabo de un momento:

—Estamos reventados.

—Yo también lo pienso —le dije—, pero creo que no le harán nada al pequeño.

—No tienen nada que reprocharle —dijo Tom—, es el hermano de un militante, eso es todo.

Yo miraba a Juan: no tenía aire de entender, Tom continuó:

—¿Sabes lo que hacen en Zaragoza? Acuestan a los tipos en el camino y les pasan encima los camiones. Nos lo dijo un marroquí desertor. Dicen que es para economizar municiones.

—Eso no economiza gasolina —dije.

Estaba irritado contra Tom: no debió decir eso.

—Hay algunos oficiales que se pasean por el camino —prosiguió—, y que vigilan eso con las manos en los bolsillos, fumando cigarrillos. ¿Crees que terminan con los tipos? Te engañas. Los dejan gritar. A veces durante una hora. El marroquí decía que la primera vez casi vomitó.

—No creo que hagan eso —dije—, a menos que verdaderamente les falten municiones.

La luz entraba por cuatro respiraderos y por una abertura redonda que habían practicado en el techo, a la izquierda, y que daba sobre el cielo. Era por este agujero redondo, generalmente cerrado con una trampa, por donde se descargaba el carbón en el sótano. Justamente debajo del agujero había un gran montón de cisco destinado a caldear el hospital, pero desde el comienzo de la guerra se evacuaron los enfermos y el carbón quedó allí, inutilizado; le llovía encima en ocasiones, porque se habían olvidado de cerrar la trampa.

Tom se puso a tiritar.

—Maldito sea, tirito —dijo—, vuelta a empezar.

Se levantó y se puso a hacer gimnasia. A cada movimiento la camisa se le abría sobre el pecho blanco y velludo. Se tendió de espaldas, levantó las piernas e hizo tijeras en el aire; yo veía temblar sus gruesas nalgas. Tom era ancho, pero tenía demasiada grasa. Pensé que balas de fusil o puntas de bayonetas iban a hundirse bien pronto en esa masa de carne tierna como en un pedazo de manteca. Esto no me causaba la misma impresión que si hubiera sido flaco.

No tenía exactamente frío, pero no sentía la espalda ni los brazos. De cuando en cuando tenía la impresión de que me faltaba algo y comenzaba a buscar mi chaqueta a mi alrededor, luego me acordaba bruscamente de que no me habían dado la chaqueta. Era muy molesto. Habían tomado nuestros trajes para darlos a sus soldados y no nos habían dejado más que nuestras camisas y esos pantalones de tela que los enfermos hospitalizados llevan en la mitad del verano. Al cabo de un momento Tom se levantó y se sentó cerca de mí, resoplando.

—¿Entraste en calor?

No, maldito sea. Pero estoy sofocado.

A eso de las ocho de la noche entró un comandante con dos falangistas. Tenía una hoja de papel en la mano. Preguntó al guardián:

—¿Cómo se llaman estos tres?

Steinbock, Ibbieta y Mirbal, dijo el guardián.

El comandante se puso los anteojos y miró en la lista:

—Steinbock… Steinbock… Aquí está. Usted está condenado a muerte. Será fusilado mañana a la mañana.

Miró de nuevo:

—Los otros dos también —dijo.

—No es posible —dijo Juan—. Yo no.

El comandante lo miró con aire asombrado.

—¿Cómo se llama usted?

—Juan Mirbal.

—Pues bueno, su nombre está aquí —dijo el comandante—, usted está condenado.

—Yo no he hecho nada —dijo Juan.

El comandante se encogió de hombros y se volvió hacia Tom y hacia mí.

—¿Ustedes son vascos?

—Ninguno es vasco.

Tomó un aire irritado.

—Me dijeron que había tres vascos. No voy a perder el tiempo corriendo tras ellos. Entonces, naturalmente, ¿ustedes no quieren sacerdote?

No respondimos nada. Dijo:

—En seguida vendrá un médico belga. Tiene autorización para pasar la noche con ustedes.

Hizo el saludo militar y salió.

—Qué te dije —exclamó Tom—, estamos listos.

—Sí —dije—, es estúpido por el chico.

Decía esto por ser justo, pero no me gustaba el chico. Tenía un rostro demasiado fino y el miedo y el sufrimiento lo habían desfigurado, habían torcido todos sus rasgos. Tres días antes era un chicuelo de tipo delicado, eso puede agradar; pero ahora tenía el aire de una vieja alcahueta y pensé que nunca más volvería a ser joven aun cuando lo pusieran en libertad. No hubiera estado mal tener un poco de piedad para ofrecerle, pero la piedad me disgusta; más bien me daba horror. No había dicho nada más pero se había vuelto gris: su rostro y sus manos eran grises. Se volvió a sentar y miró el suelo con ojos muy abiertos. Tom era una buena alma, quiso tomarlo del brazo, pero el pequeño se soltó violentamente haciendo una mueca.

—Déjalo —dije en voz baja—, bien ves que va a ponerse a chillar.

Tom obedeció a disgusto; hubiera querido consolar al chico; eso lo hubiera ocupado y no habría estado tentado de pensar en sí mismo. Pero eso me irritaba. Yo no había pensado nunca en la muerte porque no se me había presentado la ocasión, pero ahora la ocasión estaba aquí y no había más remedio que pensar en ella.

Tom se puso a hablar:

—¿Has reventado algunos tipos? —me preguntó.

No contesté. Comenzó a explicarme que él había reventado seis desde el comienzo del mes de agosto; no se daba cuenta de la situación, y vi claramente que no quería darse cuenta. Yo mismo no lo lograba completamente todavía; me preguntaba si se sufriría mucho, pensaba en las balas, imaginaba su ardiente granizo a través de mi cuerpo. Todo esto estaba fuera de la verdadera cuestión; estaba tranquilo, teníamos toda la noche para comprender. Al cabo de un momento Tom dejó de hablar y lo miré de reojo; vi que él también se había vuelto gris y que tenia un aire miserable, me dije: “empezamos”. Era casi de noche, una luz suave se filtraba a través de los respiraderos y el montón de carbón formaba una gran mancha bajo el cielo, por el agujero del techo veía ya una estrella, la noche sería pura y helada.

Se abrió la puerta y entraron dos guardianes. Iban seguidos por un hombre rubio que llevaba un uniforme castaño claro. Nos saludó:

—Soy médico —dijo—. Tengo autorización para asistirlos en estas penosas circunstancias.

Tenía una voz agradable y distinguida. Le dije:

—¿Qué viene a hacer aquí?

—Me pongo a disposición de ustedes. Haré todo lo posible para que estas horas les sean menos pesadas.

—¿Por qué ha venido con nosotros? Hay otros tipos, el hospital está lleno.

—Me han mandado aquí —respondió con aire vago—. ¡Ah! ¿Les agradaría fumar, eh? —agregó precipitadamente—. Tengo cigarrillos y hasta cigarros.

Nos ofreció cigarrillos ingleses y algunos puros, pero rehusamos. Yo lo miraba a los ojos y pareció molesto. Le dije:

—Usted no viene aquí por compasión. Por lo demás lo conozco, lo vi con algunos fascistas en el patio del cuartel, el día en que me arrestaron.

Iba a continuar, pero de pronto me ocurrió algo que me sorprendió: la presencia de ese médico cesó bruscamente de interesarme. Generalmente cuando me encaro con un hombre no lo dejo más. Sin embargo, me abandonó el deseo de hablar; me encogí de hombros y desvié los ojos. Algo más tarde levanté la cabeza: me observaba con aire de curiosidad. Los guardianes se habían sentado sobre un jergón. Pedro, alto y delgado, volvía los pulgares, el otro agitaba de vez en cuando la cabeza para evitar dormirse.

—¿Quiere luz? —dijo de pronto Pedro al médico.

El otro hizo que “sí” con la cabeza: pensé que no tenía más inteligencia que un leño, pero que sin duda no era ruin. Al mirar sus grandes ojos azules y fríos, me pareció que pecaba sobre todo por falta de imaginación. Pedro salió y volvió con una lámpara de petróleo que colocó sobre un rincón del banco. Iluminaba mal, pero era mejor que nada: la víspera nos habían dejado a oscuras. Miré durante un buen rato el redondel de luz que la lámpara hacía en el techo. Estaba fascinado. Luego, bruscamente, me desperté, se borró el redondel de luz y me sentí aplastado bajo un puño enorme. No era el pensamiento de la muerte ni el temor: era lo anónimo. Los pómulos me ardían y me dolía el cráneo.

Me sacudí y miré a mis dos compañeros. Tom tenía hundida la cabeza entre las manos; yo veía solamente su nuca gruesa y blanca. El pequeño Juan era por cierto el que estaba peor, tenía la boca abierta y su nariz temblaba. El médico se aproximó a él y le puso la mano sobre el hombro como para reconfortarlo; pero sus ojos permanecían fríos. Luego vi la mano del belga descender solapadamente a lo largo del brazo de Juan hasta la muñeca. Juan se dejaba hacer con indiferencia. El belga le tomó la muñeca con tres dedos, con aire distraído; al mismo tiempo retrocedió algo y se las arregló para darme la espalda. Pero yo me incliné hacia atrás y lo vi sacar su reloj y contemplarlo un momento sin dejar la muñeca del chico. Al cabo de un momento dejó caer la mano inerte y fue a apoyarse en el muro; luego, como si se acordara de pronto de algo muy importante que era necesario anotar de inmediato, tomó una libreta de su bolsillo y escribió en ella algunas líneas. “El puerco, pensé con cólera, que no venga a tomarme el pulso, le hundiré el puño en su sucia boca.”

No vino pero sentí que me miraba. Me dijo con voz impersonal:

—¿No le parece que aquí se tirita?

Parecía tener frío; estaba violeta.

—No tengo frío —le contesté.

No dejaba de mirarme, con mirada dura. Comprendí bruscamente y me llevé las manos a la cara; estaba empapado en sudor. En ese sótano, en pleno invierno, en plena corriente de aire, yo sudaba. Me pasé las manos por los cabellos que estaban cubiertos de transpiración, me apercibí al mismo tiempo de que mi camisa estaba húmeda y pegada a mi piel: yo chorreaba sudor desde hacía por lo menos una hora y no había sentido nada. Pero eso no había escapado al cochino del belga; había visto rodar las gotas por mis mejillas y había pensado: es la manifestación de un estado de terror casi patológico; y se había sentido normal y orgulloso de serlo porque tenía frío. Quise levantarme para ir a romperle la cara, pero apenas había esbozado un gesto, cuando mi vergüenza y mi cólera desaparecieron; volví a caer sobre el banco con indiferencia.

Me contenté con frotarme el cuello con mi pañuelo, porque ahora sentía el sudor que me goteaba de los cabellos sobre la nuca y era desagradable. Por lo demás, bien pronto renuncié a frotarme, era inútil: mi pañuelo estaba ya como para retorcerlo y yo seguía sudando. Sudaba también en las nalgas y mi pantalón húmedo se adhería al banco.

De pronto, habló el pequeño Juan:

—¿Usted es médico?

—Sí —dijo el belga.

—¿Es que se sufre… mucho tiempo?

—¡Oh! ¿Cuándo…? Nada de eso —dijo el belga con voz paternal—, termina rápidamente.

Tenía aire de tranquilizar a un enfermo de consultorio.

—Pero yo… me habían dicho… que a veces se necesitan dos descargas.

—Algunas veces —dijo el belga agachando la cabeza—. Puede ocurrir que la primera descarga no ingrese a ninguno de los órganos vitales.

—¿Entonces es necesario que vuelvan a cargar los fusiles y que apunten de nuevo?

Reflexionó y agregó con voz enronquecida:

—¡Eso lleva tiempo!

Tenía un miedo espantoso de sufrir, no pensaba sino en eso; propio de su edad. Yo no pensaba mucho en eso y no era el miedo de sufrir lo que me hacía transpirar.

Me levanté y caminé hasta el montón de carbón.

Tom se sobresaltó y me lanzó una mirada rencorosa: se irritaba porque mis zapatos crujían. Me pregunté si tendría el rostro tan terroso como él: vi que también sudaba. El cielo estaba soberbio, ninguna luz se deslizaba en ese sombrío rincón y no tenía más que levantar la cabeza para ver la Osa Mayor. Pero ya no era como antes; la víspera, en mi calabozo del arzobispado, podía ver un gran pedazo de cielo y cada hora del día me traía un recuerdo distinto. A la mañana, cuando el cielo era de un azul duro y ligero pensaba en algunas playas del borde del Atlántico; a mediodía veía el sol y me acordaba de un bar de Sevilla donde bebía manzanilla comiendo anchoas y aceitunas; a mediodía quedaba en la sombra y pensaba en la sombra profunda que se extiende en la mitad de las arenas mientras la otra mitad centellea al sol; era verdaderamente penoso ver reflejarse así toda la tierra en el cielo. Pero al presente podía mirar para arriba tanto como quisiera, el cielo no me evocaba nada. Preferí esto. Volví a sentarme cerca de Tom. Pasó largo rato.

Tom se puso a hablar en voz baja. Necesitaba siempre hablar, sin ello no reconocía sus pensamientos. Pienso que se dirigía a mí, pero no me miraba. Sin duda tenía miedo de verme como estaba, gris y sudoroso: éramos semejantes y peores que espejos el uno para el otro. Miraba al belga, el viviente.

—¿Comprendes tú? —decía—. En cuanto a mí, no comprendo.

Me puse también a hablar en voz baja. Miraba al belga.

—¿Cómo? ¿Qué es lo que hay?

—Nos va a ocurrir algo que yo no puedo comprender.

Había alrededor de Tom un olor terrible. Me pareció que era más sensible que antes a los olores. Dije irónicamente:

—Comprenderás dentro de un momento.

—Esto no está claro —dijo con aire obstinado—. Quiero tener valor, pero es necesario al menos que sepa… escucha, nos van a llevar al patio. Bueno. Los tipos van a alinearse delante de nosotros. ¿Cuántos serán?

—No sé. Cinco u ocho. No más.

—Vamos. Serán ocho. Les gritarán: ¡Apunten! Y veré los ocho fusiles asestados, contra mí. Pienso que querré meterme en el muro. Empujaré el muro con la espalda, con todas mis fuerzas, y el muro resistirá como en las pesadillas. Todo esto puedo imaginármelo. ¡Ah! ¡Si supieras cómo puedo imaginármelo!

—¡Vaya! —le dije—, yo también me lo imagino.

—Eso debe producir un dolor de perros. Sabes que tiran a los ojos y a la boca para desfigurar —agregó malignamente—. Ya siento las heridas, desde hace una hora siento dolores en la cabeza y en el cuello. No verdaderos dolores, es peor: son los dolores que sentiré mañana en la mañana. Pero ¿después?

Yo comprendía muy bien lo que quería decir, pero no quería demostrarlo. En cuanto a los dolores yo también los llevaba en mi cuerpo como una multitud de pequeñas cuchilladas. No podía hacer nada, pero estando como él, no le daba importancia.

—Después —dije rudamente—, te tragarás la lengua.

Se puso a hablar consigo mismo: no sacaba los ojos del belga. Este no parecía escuchar. Yo sabía lo que había venido a hacer; lo que pensábamos no le interesaba; había venido a mirar nuestros cuerpos, cuerpos que agonizaban en plena salud.

—Es como en las pesadillas —decía Tom—. Se puede pensar en cualquier cosa, se tiene todo el tiempo la impresión de que es así, de que se va a comprender y luego se desliza, se escapa y vuelve a caer. Me digo: después no hay nada más. Pero no comprendo lo que quiero decir. Hay momentos en que casi llego… y luego vuelvo a caer, recomienzo a pensar en los dolores, en las balas, en las detonaciones. Soy materialista, te lo juro, no estoy loco, pero hay algo que no marcha. Veo mi cadáver: eso no es difícil, pero no soy yo quien lo ve con mis ojos. Es necesario que llegue a pensar… que no veré nada más, que no escucharé nada más y que el mundo continuará para los otros. No estamos hechos para pensar en eso, Pablo. Puedes creerme: me ha ocurrido ya velar toda una noche esperando algo. Pero esto, esto no se parece a nada; esto nos cogerá por la espalda, Pablo, y no habremos podido prepararnos para ello.

—Valor —dije—. ¿Quieres que llame un confesor?

No respondió. Ya había notado que tenía tendencia a hacer el profeta, y a llamarme Pablo hablando con una voz blanca. Eso no me gustaba mucho; pero parece que todos los irlandeses son así. Tuve la vaga impresión de que olía a orina. En el fondo no tenía mucha simpatía por Tom, y no veía por qué, por el hecho de que íbamos a morir juntos, debía sentirla en adelante. Había algunos tipos con los que la cosa hubiera sido diferente. Con Ramón Gris, por ejemplo. Pero entre Tom y Juan me sentía solo. Por lo demás prefería esto, con Ramón tal vez me hubiera enternecido. Pero me sentía terriblemente duro en ese momento, y quería conservarme duro.

Continuó masticando las palabras con una especie de distracción. Hablaba seguramente para impedirse pensar. Olía de lleno a orina como los viejos prostéticos. Naturalmente, era de su parecer; todo lo que decía, yo hubiera podido decirlo: no es natural morir. Y luego desde que iba a morir nada me parecía natural, ni ese montón de carbón, ni el banco, ni la sucia boca de Pedro. Solo que me disgustaba pensar las mismas cosas que Tom. Y sabía bien que a lo largo de toda la noche, dentro de cinco minutos continuaríamos pensando las mismas cosas al mismo tiempo, sudando y estremeciéndonos al mismo tiempo. Lo miraba de reojo, y, por primera vez me pareció desconocido; llevaba la muerte en el rostro. Estaba herido en mi orgullo: durante veinticuatro horas había vivido al lado de Tom, lo había escuchado, le había hablado y sabía que no teníamos nada de común. Y ahora nos parecíamos como dos hermanos gemelos, simplemente porque íbamos a reventar juntos.

Tom me tomó la mano sin mirarme:

—Pablo, me pregunto… me pregunto si es verdad que uno queda aniquilado.

Desprendí mi mano, y le dije:

—Mira entre tus pies, cochino.

Había un charco entre sus pies y algunas gotas caían de su pantalón.

—¿Qué es eso? —dijo con turbación.

—Te orinas en el calzoncillo.

—No es verdad —dijo furioso—, no me orino. No siento nada.

El belga se aproximó y preguntó con falsa solicitud:

—¿Se siente usted mal?

Tom no respondió. El belga miró el charco sin decir nada.

—No sé qué será —dijo Tom con tono huraño—. Pero no tengo miedo. Les juro que no tengo miedo.

El belga no contestó. Tom se levantó y fue a orinar en un rincón. Volvió abotonándose la bragueta, se sentó y no dijo una palabra. El belga tomaba algunas notas.

Los tres lo miramos porque estaba vivo. Tenía los gestos de un vivo, las preocupaciones de un vivo; tiritaba en ese sótano como debían tiritar los vivientes; tenía un cuerpo bien nutrido que le obedecía. Nosotros casi no sentíamos nuestros cuerpos; en todo caso no de la misma manera. Yo tenía ganas de tantear mi pantalón entre las piernas, pero no me atrevía; miraba al belga arqueado sobre sus piernas, dueño de sus músculos; y que podía pensar en el mañana. Nosotros estábamos allí, tres sombras privadas de sangre; lo mirábamos y chupábamos su vida como vampiros.

Terminó por aproximarse al pequeño Juan. ¿Quiso tantearle la nuca por algún motivo profesional o bien obedeció a un impulso caritativo? Si obró por caridad fue la sola y única vez que lo hizo en toda la noche. Acarició el cráneo y el cuello del pequeño Juan. El chico se dejaba hacer, sin sacarle los ojos de encima; luego, de pronto, le tomó la mano y la miró de modo extraño. Mantenía la mano del belga entre las dos suyas, y no tenían nada de agradable esas dos pinzas grises que estrechaban aquella mano gruesa y rojiza. Yo sospechaba lo que iba a ocurrir y Tom debía sospecharlo también; pero el belga no sospechaba nada y sonreía paternalmente. Al cabo de un rato el chico llevó la gruesa pata gorda a su boca y quiso morderla. El belga se desasió vivamente y retrocedió hasta el muro titubeando. Nos miró con horror durante un segundo, de pronto debió comprender que no éramos hombres como él. Me eché a reír, y uno de los guardianes se sobresaltó. El otro se había dormido, sus ojos, muy abiertos, estaban blancos.

Me sentía a la vez cansado y sobreexcitado. No quería pensar más en lo que ocurriría al alba, en la muerte. Aquello no venía bien con nada, solo encontraba algunas palabras y el vacío. Pero en cuanto trataba de pensar en otra cosa, veía asestados contra mí caños de fusiles. Quizá veinte veces seguidas viví mi ejecución; hasta una vez creí que era real: debí adormecerme durante un minuto. Me llevaban hasta el muro y yo me debatía, les pedía perdón. Me desperté con sobresalto y miré al belga; temí haber gritado durante mi sueño. Pero se alisaba el bigote, nada había notado. Si hubiera querido creo que hubiera podido dormir un momento: hacía cuarenta y ocho horas que velaba; estaba agotado. Pero no deseaba perder dos horas de vida: vendrían a despertarme al alba, les seguiría atontado de sueño y reventaría sin hacer ni “uf”; no quería eso, no quería morir como una bestia, quería comprender. Temía además sufrir pesadillas. Me levanté, me puse a pasear de arriba abajo y para cambiar de idea me puse a pensar en mi vida pasada. Acudieron a mí, mezclados, una multitud de recuerdos. Había entre ellos buenos y malos —o al menos así los llamaba yo antes—. Había rostros e historias. Volví a ver la cara de un pequeño novillero que se había dejado cornear en Valencia, la de uno de mis tíos, la de Ramón Gris. Recordaba algunas historias: cómo había estado desocupado durante tres meses en 1926, cómo casi había reventado de hambre. Me acordé de una noche que pasé en un banco de Granada: no había comido hacía tres días, estaba rabioso, no quería reventar. Eso me hizo sonreír. Con qué violencia corría tras de la felicidad, tras de las mujeres, tras de la libertad. ¿Para qué? Quise libertar a España, admiraba a Pí y Margall, me adherí al movimiento anarquista, hablé en reuniones públicas: tomaba todo en serio como si fuera inmortal.

Tuve en ese momento la impresión de que tenía toda mi vida ante mí y pensé: “Es una maldita mentira”. Nada valía puesto que terminaba. Me pregunté cómo había podido pasear, divertirme con las muchachas: no hubiera movido ni el dedo meñique si hubiera podido imaginar que moriría así. Mi vida estaba ante mí terminada, cerrada como un saco y, sin embargo, todo lo que había en ella estaba inconcluso. Intenté durante un momento juzgarla. Hubiera querido decirme: es una bella vida. Pero no se podía emitir juicio sobre ella, era un esbozo; había gastado mi tiempo en trazar algunos rasgos para la eternidad, no había comprendido nada. Casi no lo lamentaba: había un montón de cosas que hubiera podido añorar, el gusto de la manzanilla o bien los baños que tomaba en verano en una pequeña caleta cerca de Cádiz; pero la muerte privaba a todo de su encanto.

El belga tuvo de pronto una gran idea.

—Amigos míos —dijo—, puedo encargarme, si la administración militar consiente en ello, de llevar una palabra, un recuerdo a las personas que ustedes quieran.

Tom gruñó:

—No tengo a nadie.

Yo no respondí nada. Tom esperó un momento, luego me preguntó con curiosidad.

—¿No tienes nada que decir a Concha?

—No.

Detestaba esa tierna complicidad: era culpa mía, la noche precedente había hablado de Concha, hubiera debido contenerme. Estaba con ella desde hacía un año. La víspera me hubiera todavía cortado un brazo a hachazos para volver a verla cinco minutos. Por eso hablé de ella, era más fuerte que yo. Ahora no deseaba volver a verla, no tenía nada más que decirle. Ni siquiera hubiera querido abrazarla: mi cuerpo me horrorizaba porque se había vuelto gris y sudaba, y no estaba seguro de no tener también horror del suyo. Cuando sepa mi muerte Concha llorará; durante algunos meses no sentirá ya gusto por la vida. Pero en cualquier forma era yo quien iba a morir. Pensé en sus ojos bellos y tiernos. Cuando me miraba, algo pasaba de ella a mí. Pero pensé que eso había terminado: si me mirara ahora su mirada permanecería en sus ojos, no llegaría hasta mí. Estaba solo.

Tom también estaba solo, pero no de la misma manera. Se había sentado a horcajadas y se había puesto a mirar el banco con una especie de sonrisa, parecía asombrado. Avanzó la mano y tocó la madera con precaución, como si hubiera temido romper algo, retiró en seguida vivamente la mano y se estremeció. Si hubiera sido Tom no me hubiera divertido en tocar el banco; era todavía comedia irlandesa, pero encontraba también que los objetos tenían un aire raro; eran más borrosos, menos densos que de costumbre. Bastaba que mirara el banco, la lámpara, el montón de carbón, para sentir que iba a morir. Naturalmente no podía pensar con claridad en mi muerte, pero la veía en todas partes, en las cosas, en la manera en que las cosas habían retrocedido y se mantenían a distancia, discretamente, como gente que habla bajo a la cabecera de un moribundo. Era su muerte lo que Tom acababa de tocar sobre el banco.

En el estado en que me hallaba, si hubieran venido a anunciarme que podía volver tranquilamente a mi casa, que se me dejaba salva la vida, eso me hubiera dejado frío. No tenía más a nadie, en cierto sentido estaba tranquilo. Pero era una calma horrible, a causa de mi cuerpo: mi cuerpo, yo veía con sus ojos, escuchaba con sus oídos, pero no era mío; sudaba y temblaba solo y yo no lo reconocía. Estaba obligado a tocarlo y a mirarlo para saber lo que hacía como si hubiera sido el cuerpo de otro. Por momentos todavía lo sentía, sentía algunos deslizamientos, especies de vuelcos, como cuando un avión entra en picada, o bien sentía latir mi corazón. Pero esto no me tranquilizaba, todo lo que venía de mi cuerpo tenía un aire suciamente sospechoso. La mayoría del tiempo se callaba, se mantenía quieto y no sentía nada más que una especie de pesadez, una presencia inmunda pegada a mí. Tenía la impresión de estar ligado a un gusano enorme. En un momento dado tanteé mi pantalón y sentí que estaba húmedo, no sabía si estaba mojado con sudor o con orina, pero por precaución fui a orinar sobre el montón de carbón.

El belga sacó su reloj y lo miró. Dijo:

Son las tres y media.

¡Puerco! Debió hacerlo expresamente. Tom saltó en el aire, todavía no nos habíamos dado cuenta de que corría el tiempo; la noche nos rodeaba como una masa informe y sombría, ya no me acordaba cuándo había comenzado.

El pequeño Juan se puso a gritar. Se retorcía las manos, suplicaba:

—¡No quiero morir, no quiero morir!

Corrió por todo el sótano levantando los brazos en el aire, después se abatió sobre uno de los jergones y sollozó. Tom lo miraba con ojos pesados y ni aún tenía deseos de consolarlo. En realidad no valía la pena; el chico hacía más ruido que nosotros, pero estaba menos grave: era como un enfermo que se defiende de su mal por medio de la fiebre. Cuando ni siquiera hay fiebre, es más grave.

Lloraba. Vi perfectamente que tenía lástima de sí mismo; no pensaba en la muerte. Un segundo, un solo segundo, tuve también deseos de llorar, de llorar de piedad sobre mí mismo. Pero lo que ocurrió fue lo contrario: arrojé una mirada sobre el pequeño, vi su delgada espalda sollozante y me sentí inhumano: no pude tener piedad ni de los otros ni de mí mismo. Me dije: “Quiero morir valientemente”.

Tom se levantó, se puso justo debajo de la abertura redonda y se puso a esperar el día. Pero, por encima de todo, desde que el médico nos había dicho la hora, yo sentía el tiempo que huía, que corría gota a gota.

Era todavía oscuro cuando escuché la voz de Tom:

—¿Los oyes?

—Sí.

Algunos tipos marchaban por el patio.

—¿Qué vienen a jorobar? Sin embargo no pueden tirar de noche.

Al cabo de un momento no escuchamos nada más. Dije a Tom:

—Ahí está el día.

Pedro se levanto bostezando y fue a apagar la lámpara. Dijo a su compañero:

—Un frío de perros.

El sótano estaba totalmente gris. Escuchamos detonaciones lejanas.

—Ya empiezan —dije a Tom—, deben hacer eso en el patio de atrás.

Tom pidió al médico que le diera un cigarrillo. Pero yo no quise; no quería cigarrillos ni alcohol. A partir de ese momento no cesaron los disparos.

—¿Te das cuenta? —dijo Tom.

Quería agregar algo pero se calló; miraba la puerta. La puerta se abrió y entró un subteniente con cuatro soldados. Tom dejó caer su cigarrillo.

—¿Steinbock?

Tom no respondió. Fue Pedro quien lo designó.

—¿Juan Mirbal?

—Es ese que está sobre el jergón.

—Levántelo —dijo el subteniente.

Juan no se movió. Dos soldados lo tomaron por las axilas y lo pararon. Pero en cuanto lo dejaron volvió a caer.

Los soldados dudaban.

—No es el primero que se siente mal —dijo el subteniente—; no tienen más que llevarlo entre los dos, ya se arreglarán allá.

Se volvió hacia Tom:

—Vamos, venga.

Tom salió entre dos soldados. Otros dos lo seguían, llevaban al chico por las axilas y por las corvas. Cuando quise salir el subteniente me detuvo:

—¿Usted es Ibbieta?

—Sí.

—Espere aquí, vendrán a buscarlo en seguida. Salieron. El belga y los dos carceleros salieron también, quedé solo. No comprendía lo que ocurría, pero hubiera preferido que terminaran en seguida. Escuchaba las salvas a intervalos casi regulares; me estremecía a cada una de ellas. Tenía ganas de aullar y de arrancarme los cabellos. Pero apretaba los dientes y hundía las manos en los bolsillos porque quería permanecer tranquilo.

Al cabo de una hora vinieron a buscarme y me condujeron al primer piso a una pequeña pieza que olía a cigarro y cuyo calor me pareció sofocante. Había allí dos oficiales que fumaban sentados en unos sillones, con algunos papeles sobre las rodillas.

—¿Te llamas Ibbieta?

—Sí.

—¿Dónde está Ramón Gris?

—No lo sé.

El que me interrogaba era bajo y grueso. Tenía ojos duros detrás de los anteojos. Me dijo:

—Aproxímate.

Me aproximé. Se levantó y me tomó por los brazos mirándome con un aire como para hundirme bajo tierra. Al mismo tiempo me apretaba los bíceps con todas sus fuerzas. No lo hacía para hacerme mal, era su gran recurso: quería dominarme. Juzgaba necesario también enviarme su aliento podrido en plena cara. Quedamos un momento así; me daban más bien deseos de reír. Era necesario mucho más para intimidar a un hombre que iba a morir: eso no tenía importancia. Me rechazó violentamente y se sentó. Dijo:

—Es tu vida contra la suya. Se te perdona la vida si nos dices dónde está.

Estos dos tipos adornados con sus látigos y sus botas, eran también hombres que iban a morir. Un poco más tarde que yo, pero no mucho más. Se ocupaban de buscar nombres en sus papeluchos, corrían detrás de otros hombres para aprisionarlos o suprimirlos; tenían opiniones sobre el porvenir de España y sobre otros temas. Sus pequeñas actividades me parecieron chocantes y burlescas; no conseguía ponerme en su lugar, me parecía que estaban locos.

El gordo bajito me miraba siempre azotando sus botas con su látigo. Todos sus gestos estaban calculados para darle el aspecto de una bestia viva y feroz.

—¿Entonces? ¿Comprendido?

—No sé dónde está Gris —contesté—, creía que estaba en Madrid.

El otro oficial levantó con indolencia su mano pálida. Esta indolencia también era calculada. Veía todos sus pequeños manejos y estaba asombrado de que se encontraran hombres que se divirtieran con eso.

—Tienes un cuarto de hora para reflexionar —dijo lentamente—. Llévenlo a la ropería, lo traen dentro de un cuarto de hora. Si persiste en negar se le ejecutará de inmediato.

Sabían lo que hacían: había pasado la noche esperando; después me hicieron esperar todavía una hora en el sótano, mientras fusilaban a Tom y a Juan, y ahora me encerraban en la ropería; habían debido preparar el golpe desde la víspera. Se dirían que a la larga se gastan los nervios y esperaban llevarme a eso.

Se engañaban. En la ropería me senté sobre un escabel porque me sentía muy débil y me puse a reflexionar. Pero no en su proposición. Naturalmente sabía dónde estaba Gris; se ocultaba en casa de unos primos a cuatro kilómetros de la ciudad. Sabía también que no revelaría su escondrijo, salvo si me torturaban (pero no parecían ni soñar en ello). Todo esto estaba perfectamente en regla, definitivo y de ningún modo me interesaba. Solo hubiera querido comprender las razones de mi conducta. Prefería reventar antes de entregar a Gris. ¿Por qué? No quería ya a Ramón Gris. Mi amistad por él había muerto un poco antes del alba al mismo tiempo que mi amor por Concha, al mismo tiempo que mi deseo de vivir. Sin duda lo seguía estimando: era fuerte. Pero esa no era una razón para que aceptara morir en su lugar; su vida no tenía más valor que la mía; ninguna vida tenía valor. Se iba a colocar a un hombre contra un muro y a tirar sobre él hasta que reventara: que fuera yo o Gris u otro era igual. Sabía bien que era más útil que yo a la causa de España, pero yo me cagaba en España y en la anarquía: nada tenía ya importancia. Sin embargo yo estaba allí, podía salvar mi pellejo entregando a Gris y me negaba a hacerlo. Encontraba eso bastante cómico: era obstinación. Pensaba:

“Hay que ser testarudo”. Y una extraña alegría me invadía.

Vinieron a buscarme y me llevaron ante los dos oficiales. Una rata huyó bajo nuestros pies y eso me divirtió. Me volví hacia uno de los falangistas y le dije:

—¿Vió la rata?

No me respondió. Estaba sombrío, se tomaba en serio. Tenía ganas de reír, pero me contenía temiendo no poder detenerme si comenzaba. El falangista llevaba bigote. Todavía le dije:

—Tendrían que cortarte los bigotes, perro.

Encontré extraño que dejara durante su vida que el pelo le invadiera la cara. Me dio un puntapié, sin gran convicción, y me callé.

—Bueno —dijo el oficial gordo— ¿reflexionaste?

Los miraba con curiosidad como a insectos de una especie muy rara. Les dije:

—Sé donde está. Está escondido en el cementerio. En una cripta o en la cabaña del sepulturero.

Era para hacerles una jugarreta. Quería verles levantarse, apretarse los cinturones y dar órdenes con aire agitado.

Pegaron un salto:

—Vamos allá. Moles, vaya a pedir quince hombres al subteniente López. En cuanto a ti —me dijo el gordo bajito—, si has dicho la verdad, no tengo más que una palabra. Pero lo pagarás muy caro si te has burlado de nosotros.

Partieron con mucho ruido y esperé apaciblemente bajo la guardia de los falangistas. Sonreía de tiempo en tiempo pensando en la cara que iban a poner. Me sentía embrutecido y malicioso. Los imaginaba levantando las piedras de las tumbas, abriendo una a una las puertas de las criptas. Me representaba la situación como si hubiera sido otro, ese prisionero obstinado en hacer el héroe, esos graves falangistas con sus bigotes y sus hombres uniformados que corrían entre las tumbas: era de un efecto cómico irresistible.

Al cabo de una media hora el gordo bajito volvió solo. Pensé que venía a dar la orden de ejecutarme. Los otros debían haberse quedado en el cementerio.

El oficial me miró. No parecía molesto en absoluto.

—Llévenlo al patio grande con los otros —dijo—. Cuando terminen las operaciones militares un tribunal ordinario decidirá su suerte.

Creí no haber comprendido. Le pregunté:

—Entonces, ¿no me… no me fusilarán?

—Por ahora no. Después, no me concierne.

Yo seguía sin comprender. Le dije:

—Pero ¿por qué?

Se encogió de hombros sin contestar y los soldados me llevaron. En el patio grande había un centenar de prisioneros, mujeres, niños y algunos viejos. Me puse a dar vueltas alrededor del césped central, estaba atontado. Al mediodía nos dieron de comer en el refectorio. Dos o tres tipos me interpelaron. Debía conocerlos pero no les contesté: no sabía ni dónde estaba.

Al anochecer echaron al patio una docena de nuevos prisioneros. Reconocí al panadero García. Me dijo:

—¡Maldito suertudo! No creí volver a verte vivo.

—Me condenaron a muerte —dije—, y luego cambiaron de idea. No sé por qué.

—Me arrestaron hace dos horas —dijo García.

—¿Por qué?

García no se ocupaba de política.

—No sé —dijo—, arrestan a todos los que no piensan como ellos.

Bajó la voz:

—Lo agarraron a Gris.

Yo me eché a temblar:

—¿Cuándo?

—Esta mañana. Había hecho una idiotez. Dejó a su primo el martes porque tuvieron algunas palabras. No faltaban tipos que lo querían ocultar, pero no quería deber nada a nadie. Dijo: “Me hubiera escondido en casa de Ibbieta pero, puesto que lo han tomado, iré a esconderme en el cementerio”.

—¿En el cementerio?

Sí. Era idiota. Naturalmente ellos pasaron por allí esta mañana. Tenía que suceder. Lo encontraron en la cabaña del sepulturero. Les tiró y lo liquidaron.

—¡En el cementerio!

Todo se puso a dar vueltas y me encontré sentado en el suelo: me reía tan fuertemente que los ojos se me llenaron de lágrimas.

FIN

 “Le mur”,
Le mur, 1939


terça-feira, 12 de novembro de 2019

O Direito ao Delírio



Eduardo Galeano


Está a nascer o novo milênio. Não dá para levar o assunto demasiado a sério: ao fim e ao cabo o ano 2001 dos cristãos é também o ano 1379 dos muçulmanos, o 5114 dos maias e o 5762 dos judeus. Além disso, o novo milênio nasce no primeiro de Janeiro por obra e graça de um capricho dos senadores romanos, que em determinada altura decidiram romper com a tradição que mandava celebrar o ano novo no começo de cada primavera. A contagem dos anos da era cristã provém ainda de outro capricho: um belo dia o papa de Roma decidiu datar o nascimento de Jesus, mesmo que ninguém pudesse precisar então em que data tinha ele nascido. O tempo ri-se dos limites que inventamos para construirmos a ficção de que ele nos obedece, mas o mundo inteiro celebra e teme essa espécie de fronteira. Milênio vai, milênio vem, a ocasião é, assim, propícia para que oradores de inflamada verve possam perorar acerca do destino da humanidade, e para que os arautos da ira de Deus possam anunciar o fim do mundo.
O tempo, esse, lá continua sossegado a sua caminhada ao longo da eternidade e do mistério. Verdade seja dita, porém, a uma data assim, por mais arbitrária que ela seja, não há quem resista, e ninguém escapa afinal à tentação de tentar saber como será o tempo que será. Vá-se lá saber porém como será. Possuímos uma única certeza: no século vinte e um, ainda que possamos estar aqui, seremos todos gente do século passado e, pior ainda, seremos gente do passado milénio. Não podemos todavia tentar adivinhar o tempo que será sem que tenhamos, pelo menos, o direito de imaginar aquele que queremos que seja.
Em 1948 e em 1976, as Nações Unidas proclamaram extensas listas de direitos humanos, mas a imensa maioria da humanidade não tem senão o direito de ver, de ouvir e de calar.

Que tal se começássemos a exercer o nunca proclamado direito de sonhar?
Que tal se delirássemos por um pouco?

Vamos então lançar o olhar para lá da infâmia, tentando adivinhar outro mundo possível. No próximo milênio o ar estará limpo de todo veneno que não venha dos medos humanos e das humanas paixões. Nas ruas, os automóveis serão esmagados pelos cães. As pessoas não serão programadas por computador, nem compradas no supermercado, nem espiadas por televisor. O televisor deixará de ser o membro mais importante da família e será tratado como o ferro de engomar ou a máquina de lavar a roupa. As pessoas trabalharão para viver, em vez de viverem para trabalhar. Será incorporado nos códigos penais o delito de estupidez, que cometem todos aqueles que vivem para ter ou para ganhar, em vez de viverem apenas para viver, como canta o pássaro sem saber que canta e como brinca a criança sem saber que brinca. Em nenhum país serão presos os jovens que se recusem a cumprir o serviço militar. Os economistas não chamarão nível de vida ao nível de consumo, nem chamarão qualidade de vida à quantidade de coisas. Os cozinheiros deixarão de considerar que as lagostas gostam de ser cosidas vivas. Os historiadores deixarão de crer que existiram países que gostaram de ser invadidos. Os políticos não acreditarão mais que os pobres adoram comer promessas. A solenidade deixará de se julgar uma virtude e ninguém tomará a sério nada que não seja capaz de assumir. A morte e o dinheiro perderão os seus poderes mágicos, e nem por disfunção ou por acaso será possível transformar o canalha em cavalheiro virtuoso. Ninguém será considerado herói ou louco só porque faz aquilo que acredita ser justo, em vez de fazer aquilo que mais lhe convém. O mundo já não se encontrará em guerra contra os pobres, mas sim contra a pobreza, e a indústria militar não terá outro caminho senão declarar a falência. A comida não será uma mercadoria, nem a comunicação um negócio, porque a comida e a comunicação são direitos humanos. Ninguém morrerá de fome porque ninguém morrerá de indigestão. As crianças de rua não serão tratadas como se fossem lixo, porque não haverá crianças de rua. Os meninos ricos não serão tratadas como se fossem dinheiro porque não existirão meninos ricos. A educação não será um privilégio apenas de quem possa pagá-la. A polícia não será a maldição daqueles que não podem comprá-la. A justiça e a liberdade, irmãs siamesas condenadas a viverem separadas, voltarão a juntar-se, bem unidas ombro com ombro. Uma mulher, negra, será presidente do Brasil e outra mulher, negra também, será presidente dos Estados Unidos da América; uma mulher índia governará a Guatemala, e outra o Peru. Na Argentina, as loucas da Praça de Maio serão um exemplo de saúde mental, porque se negaram a esquecer em tempos de amnésia obrigatória. A Santa Madre Igreja corrigirá os erros das tábuas de Moisés, e o sexto mandamento mandará festejar o corpo. A Igreja ditará também outro mandamento que havia sido esquecido: "Amarás a natureza, da qual fazes parte". E serão reflorestados os desertos do mundo e os desertos da alma. Os desesperados serão esperados e os perdidos serão encontrados, porque eles são aqueles que desesperaram de tanto esperar e os que se perderam de tanto procurar. Seremos compatriotas e contemporâneos de todos os que tenham desejo de justiça e desejo de beleza, tenham nascido onde tenham nascido e tenham vivido quando tenham vivido, sem que importem as fronteiras do mapa e do tempo. A perfeição continuará a ser o aborrecido privilégio dos deuses, mas, neste mundo imperfeito e exaltante, cada noite será vivida como se fosse a última e cada dia como se fosse o primeiro. Dez.99

FAZENDO JUSTIÇA



Cristina e Leandro Konder

"Neste 'Gracias a la Vida: memórias de um militante', Cid Benjamin faz um relato de suas ricas experiências pessoais, mesclado com oportunas reflexões sobre as aventuras e desventuras da esquerda brasileira nas últimas décadas.

Sua militância política incorpora acertos generosos, mas também evidencia o franco reconhecimento dos erros cometidos.

Líder estudantil, figura destacada na guerrilha urbana contra a ditadura militar, um dos idealizadores do sequestro do embaixador americano Charles Burke Elbrick -- do qual participou ativamente -- e dirigente do Movimento Revolucionário Oito de Outubro (MR-8), Cid viveu o movimento de massas de 1968, a prisão, a tortura e a clandestinidade.

Em seu longo exílio, trabalhou como engenheiro em uma fábrica de confecções em Cuba, e ganhou avida como funcionário administrativo em uma escola e como professor em uma creche na Suécia.

De volta ao Brasil, em setembro de 1979, Cid Benjamin foi fundador e dirigente do PT, partido do qual acabou se afastando para filiar-se ao PSOL.

Jornalista, desenvolveu suas qualidades de escritor, tornando-se um dos grandes contadores da história de sua geração.

Com memória implacável -- e, eventualmente, até com senso de humor --, Cid mobiliza na linguagem seu poder de contar as muitas esperanças e alguns dos horrores que atravessam a obra literária do século XX.

Assim como não se reduz um grande escritor ao seu tempo, os ensaios críticos de Cid não se limitam a imprimir seus anseios e seus protestos ao movimento da história contemporânea.

Eles são um valioso instrumento para a luta daqueles que querem uma sociedade mais humana.

Cid Benjamin nunca desiste de lutar para fazer justiça"

La literatura, un viaje sin rumbo fijo



El otro día en el Instituto Cervantes de Tokio sostuve un diálogo abierto con el escritor español Javier Cercas. Su novela Soldados de Salamina me pareció una obra maestra.
Durante la Guerra Civil española, un comando del Ejército republicano, acorralado en Cataluña, se dispone a fusilar a un oficial fascista que se encuentra recluido bajo custodia, pero un joven soldado, por cuenta propia, decide liberarlo. La novela sigue los respectivos destinos del soldado y del oficial fascista. Se sabe que la noche anterior al suceso, el soldado se entretenía bailando un pasodoble.

Los franquistas obtienen una victoria avasalladora, el joven soldado se integra en el exilio a una tropa multinacional del Ejército francés y recorre el continente africano. Los soldados anónimos de la pequeña y precaria unidad terminan venciendo mediante una serie de tácticas de guerrilla al batallón alemán que tenía todas las de ganar. Se salva así la civilización francesa, y el soldado, aunque lesionado, sobrevive las sucesivas campañas.
¿Quieres escribir buenas novelas? Haz entonces como Cervantes: embárcate en un puerto
"Erasmo y Cervantes no fueron guerreros heroicos, tan solo soldados anónimos"
Muchos años después, convertido en un veterano, recuerda con nostalgia el baile del pasodoble, elemento que enlaza el relato con el pasado remoto.
Cuando preparaba el diálogo con Cercas y revisaba en mi estudio los libros sobre la Guerra Civil española, me encontré de pronto con La misión de la literatura, el libro de Georges Duhamel traducido por Kazuo Watanabe, y la edición original en francés de Deux Patrons. Hay ahí dos patrones, es decir, dos maestros: Erasmo y Cervantes, a quienes el autor consideró como los salvadores de la civilización. Con ambos libros en mis manos, me trasladé 50 años atrás hasta verme en una cafetería subterránea, ubicada en el campus de la Universidad de Tokio.
A pesar de que había ingresado en la universidad con el deseo de profundizar en el estudio del humanismo, del que se ocupan con todo detalle los libros del profesor Kazuo Watanabe, durante mi carrera académica no fui capaz de entender sus lecciones. Lo único que logré hacer fue conseguir en librerías de viejo los títulos que el profesor Watanabe había publicado antes y después de la guerra, y leerlos a solas. Desilusionado con mis estudios, comencé a probar suerte en la creación literaria.
Una semana después de que uno de mis cuentos apareciera en el número especial de un periódico de la universidad con
motivo del festival estudiantil de mayo, el profesor Watanabe, que se encontraba en la cafetería, me detuvo cuando pasé a su lado y me habló así:
-Oye, he leído ese cuento tuyo en el cual un estudiante mata a un perro. ¿Es que piensas convertirte en narrador?
La pregunta me desconcertó y no atinaba a responder. Un amigo que me acompañaba se adelantó a contestar rescatándome de aquella embarazosa situación:
-Qué va, profesor, este solo se empeña en leer lo que usted ha escrito sobre el humanismo. A ver, ahí traes uno de sus libros, ¿verdad?
Le mostré al profesor La misión de la literatura y, al tomar el libro entre sus manos, me preguntó qué me parecía.
Le respondí que solo había terminado de leer la primera parte y el epílogo a cargo del traductor. El profesor abrió el libro y me pareció que se fijaba en las partes que yo había subrayado.

"No se debe permitir el derramamiento de sangre por causa de conflictos religiosos: a partir de esta firme convicción, Erasmo siguió un camino tortuoso, mientras que Cervantes llevó una vida trágica al aferrarse a la misma creencia en una época en que era inconcebible demostrar que una personalidad armoniosa y una razón suficiente eran superiores a la locura y la perversión. (...) Ni Erasmo ni Cervantes fueron guerreros heroicos sino tan solo soldados anónimos".
Para evitar que el profesor leyera mis notas al margen del libro, me apresuré a decir:
-Ahora creo entender no solo por qué el autor escribió esta obra al año siguiente del comienzo de la Guerra Civil española sino también por qué usted la tradujo un año antes de que Japón entrara en guerra.
El profesor Watanabe me concedió la razón:
-Georges Duhamel lanzó con palabras contundentes un grito de alerta ante la expansión del fascismo en Europa, pero ¿no te parece que el epílogo que escribí es bastante timorato ante la censura y a los demás temas que trata el libro? Te recomiendo, más bien, que leas con atención la segunda parte, si es que quieres seguir escribiendo novelas.
Emocionado, corrí escaleras arriba hacia la salida de la biblioteca y me tumbé en la hierba a leer el capítulo sobre Cervantes. Ahí encontré una exhortación que Duhamel dirigía a los jóvenes que aspiraban a formar parte del mundo literario:
"Entonces, joven, vive la vida ante todo. Bebe abundante leche de la ubre de la vida para nutrir tus futuras creaciones. ¿Dices que quieres escribir buenas novelas? Hazme caso entonces y embárcate en algún puerto. Recorre el mundo ganándote el sustento con modestas ocupaciones, y soporta la pobreza. No te apresures a tomar la pluma. Sométete al dolor y al sufrimiento. Aprende con las miles de personas que encuentres a tu paso. Y cuando te doy estos consejos, quiero decir que jamás trates de esquivar la angustia que te ocasionen los demás o las adversidades que tengas que experimentar para hacerlos felices. (...) ¿Quieres escribir buenas novelas? ¡Óyeme bien, entonces! Antes que nada, trata de olvidar ese deseo. Emprende un viaje sin pensar en un rumbo fijo. Agudiza la vista, el oído, el olfato y el apetito. Espera con el corazón abierto. Tal como hizo...".
Cervantes, por supuesto. Durante su estadía en Japón, ya en la posguerra, Duhamel le obsequió al profesor Watanabe la edición de lujo del libro original, ilustrada con más de 20 dibujos. Un año antes de morir, el profesor Watanabe me dejó como herencia esa edición. A lo mejor guardaba algún remordimiento desde aquel entonces, cuando se enteró, a través del amigo que me acompañaba, que me había deprimido profundamente al leer esa segunda parte. Pero, en realidad, yo también sabía que aquella había sido para mí una extraordinaria lección.
Traducción de Ryukichi Terao, con colaboración de Ednodio Quintero para el Instituto Cervantes.

Kenzaburo Oe es escritor, premio Nobel de Literatura de 1994.

Fonte : EL PAÍS. Madrid.OPINIÓN. 31 OCT 2010.TRIBUNA:

Lula “livre”: três cenários e uma suspeita



"Lula saiu da cadeia, e isso é bom. Mas sua saída é um efeito colateral de um plano dos mesmos que os colocaram lá e que zelarão para que seus direitos políticos sigam cassados e que, se necessário, ele volte para o cárcere quando as condições jurídicas forem satisfeitas, uma vez que as condenações nas primeiras instâncias ainda estão valendo."
Publicado em 11/11/2019 // 1 comentário


Por Mauro Luis Iasi.
“Quando o queijo e a goiabada se encontram na mesa do pobre,
devemos suspeitar dos três: do queijo, da goiabada e do pobre.”

Barão de Itararé

Análise de conjuntura não é um exercício de premonição, mas a capacidade de apontar cenários a partir das contradições que se apresentam. A conjuntura atual começa a apontar, pelo que penso, três possíveis cenários. Agregaremos um elemento importante na dinâmica dos fatos, que foi a saída de Lula da cadeia da lava-jato. Vejamos esses cenários sem que a ordem indique o que penso ser o desfecho de maior probabilidade.

Primeiro cenário: Barão de Itararé – tudo pode acontecer, inclusive nada
A tendência quando avaliamos as contradições do governo fundamentalista/miliciano é querer ver soluções dramáticas, seja do ponto de vista de um retrocesso autoritário mais explícito e de corte fascista (que, acreditem ou não, ainda não veio), ou, no sentido oposto, uma rebelião ao estilo de nossos vizinhos latino-americanos.

Historicamente, o Brasil é pródigo em derrubar essas alternativas extremas. O governo miliciano tem cumprido a agenda do capital com esmero e dedicação. No entanto, a forma como o faz constitui um problema para a ordem burguesa na medida em que cria tensões desnecessárias para tal agenda, ainda que necessárias para a manutenção do bufão descontrolado e sua trupe. Como veremos adiante, existe a possibilidade de que o projeto de tirá-lo do poder para manter essa agenda já tenha começado, mas ao lado dessa possibilidade, e devido aos riscos que envolve, apresenta-se a possibilidade de deixar como está para ver como fica.

Eduardo Bolsonaro não será cassado, Moro permanece ministro, Queiroz não será levado a prestar depoimento, continuaremos sem saber quem mandou matar Marielle, uma outra artimanha jurídica tentará manter Lula fora do pleito eleitoral e o chefe dos palhaços continuará fazendo asneiras e proferindo impropérios enquanto a reforma administrativa e a tributária seguem seu curso. A Globo alternará denuncias indignadas e loas à retomada do crescimento após a administração do amargo remédio da austeridade e seus inevitáveis efeitos colaterais, ao mesmo tempo em que seus comentaristas cuidarão de depositar a culpa pelo atraso da retomada do crescimento na ameaça de um Lula na oposição.

A centro-esquerda marchará tendo como norte um calendário que só tem uma data: as eleições de 2022 (e uma escala nas eleições de 2020). A reforma trabalhista, a reforma da previdência, as matas queimadas e praias manchadas de óleo, os índios mortos, as crianças assassinadas, a morte da universidade pública e o desmonte do SUS se convertem em argumentos de um discurso eleitoral, uma macabra contabilidade do que perdemos e não há o que fazer, criando a ideia de que a única alternativa para avançar é recuar ao tempo da política de conciliação de classes.

Segundo cenário: Matrioska – o golpe dentro do golpe, dentro do golpe
O primeiro cenário tem um limite: o quanto o caráter burlesco e tosco do miliciano pode comprometer a pauta e os negócios de seus patrões. Se, por um lado, a agenda do capital e suas contrarreformas estão andando de acordo com o esperado, entre outras coisas pela boa vontade e competência do Congresso Nacional e seus asseclas, as atitudes destemperadas do presidente e sua trupe e os esqueletos no armário produzem um estrago considerável que tem impacto nos interesses dos segmentos monopolistas (indústria, agronegócio, bancos, comércio, etc.). A retomada raquítica da economia, o resultado pífio do leilão do petróleo, a trava nos investimentos diretos, começam a materializar um risco Bolsonaro que não deve ser desprezado.

Um efeito secundário, mas não menos importante, é o fato de que se o risco Lula alimentou a possibilidade de Bolsonaro e permitiu que o desqualificado chegasse à presidência, o risco Bolsonaro dá uma sobrevida ao lulismo e ao mito do retorno aos tempos do pacto.

Tudo isso leva ao cenário no qual os segmentos da classe dominante podem optar por retirar a peça que os incomoda para manter a agenda no que é fundamental. Duas dificuldades se apresentam nesse caminho. Primeiro, a amputação precisa ser feita sem que pareça uma anulação do golpe de 2016, o que abriria caminho para uma volta do petismo e do pacto de classes que o sustentava. O segundo problema é como a peça amputada reagiria.

Ao que parece, a garantia para que isto se dê, pelo menos na intenção de seus protagonistas, é a passagem do poder para o vice-presidente Mourão. Os segmentos que conspiram nesta direção têm os meios e os recursos necessários mas não controlam as condições materiais que garantiriam a estabilidade desejada, uma vez que estas radicam no comportamento da economia, no terreno pantanoso daquilo que Mészáros descreveu como a tentativa de controle de um sociometabolismo incontrolável. Em poucas palavras, a crise e sua profundidade.

Vemos desde 2016 uma promessa que não se cumpre quanto a estabilidade. Tira-se a Dilma e que Temer constrói uma ponte segura… não deu. Elege-se um presidente que cercado de legitimidade estabiliza o país… também não deu. Por que com Mourão seria diferente? O que os conspiradores esperam é que as contrarreformas comecem a dar resultados para o crescimento do capital de modo que se forje, com a aval dos militares, uma unidade no campo dominante que seja capaz de manter a ordem enquanto os efeitos deste ajuste ainda se manifestem de forma mais contundente, dando o tempo necessário para que se crie uma alternativa eleitoral que se sustente e seja capaz de derrotar a centro-esquerda e a extrema-direita.

A denúncia da Globo e o andamento das investigações que vinculam o presidente e sua família às milícias aproximando-o do assassinato de Marielle, se somam agora à soltura de Lula, como veremos, para demonstrar que o esquema já começou a se mover nesta direção. Ratos que abandonam o navio (como o MBL, artistas pornôs, roqueiros e advogados golpistas) e a popularidade em queda, indicam que o isolamento que antecede a queda esta em curso.

A segunda barreira é mais complexa. O que se supõe é que já se dispõe de recursos de chantagem suficientes para que o capitão renuncie alegando uma doença, real ou imaginária (creio que ele deve ter as duas), facilitando assim o caminho do golpe dentro do golpe. Ocorre que o personagem, diferente de outros, parece não ser suscetível a esse tipo de manobra e terá que ser forçado a largar o osso. Aqui a incógnita: terá ele recursos de reação, ou será blefe?

Além da fidelidade do fundamentalismo religioso, que pode oscilar na última hora, uma vez que o pentecostalismo de negócios aprendeu com a Igreja católica a sobreviver aos regimes que apoia (vamos lembrar que esses setores apoiaram o petismo antes de transitarem para Temer e agora se alinharem o demônio), o presidente parece ter um apoio importante em milícias armadas com ligações com as corporações policiais. Tem, ainda, uma base fiel que deve estar entre algo em torno de 7 a 10% do eleitorado que se identifica com sua pregação de extrema direita, com reflexos em segmentos de massa corrompidas por um discurso antipetista e anticomunista irracional e raivoso.

Tudo isso já é um problema, mas ainda não chegamos à verdadeira incógnita – a saber: qual é o apoio real do presidente na corporação militar? Os generais parecem divididos, com o Heleno de um lado e Cruz e Souza de outro, junto com outros que abandonaram a nau insana (parece que já são onze os militares que pularam fora do governo). Mas a dúvida é a capacidade de Bolsonaro arrastar um segmento das forças armadas na defesa de seu governo. Os militares brasileiros preferem operações que não encontrem resistência, e podem recuar diante da possibilidade de reação e buscar outros cenários.

A alternativa Mourão é uma busca de estabilidade. Se o caminho que leva até ele produzir o caos, será descartado e voltamos ao primeiro cenário.

Terceiro cenário: o contragolpe que é o verdadeiro golpe fascista
McNamara já dizia que a primeira vítima da guerra é a racionalidade. O risco nesse sentido é pensarmos como agiriam os sujeitos e atores principais supondo uma racionalidade que já foi ultrapassada pela crise. Bolsonaro pode já ter ultrapassado o patamar de uma peça com problemas, gangrenou e supurou e tem que ser extirpado. Tomadas as medidas para diminuir sua popularidade (ao que parece é a Globo que tem esse papel), produzir seu isolamento parlamentar (o que cabe a Rodrigo Maia), desacreditá-lo internacionalmente (tarefa realizada pelo próprio Bolsonaro e seus ministros), se desfecharia o golpe dentro do golpe para manter o golpe.

Caso seja blefe e Malafaia apareça abençoando Mourão e as milícias fizerem um acordo (o problema de esperar fidelidade de ladrões, assassinos, traficantes e criminosos é que eles não têm amigos, têm interesses), fora a choradeira dos bolsominions, um exército de robôs descontrolados gritando “perigo, perigo” e um certo ministro da justiça fugindo do país com alguns procuradores, estaríamos no bojo do segundo cenário.

Nosso terceiro cenário se apresenta, portanto, caso não seja blefe e o capitão apresente resistência. Ao que parece, a estratégia do inominável não era ganhar as eleições – cada vez estou mais convencido que ele não se preparou para este caminho. Devemos supor que sua estratégia era, diante de uma vitória de Haddad, dividir o país e propor uma solução de força de corte claramente fascista. Essa não é uma suposição leviana, uma vez que o presidente falou abertamente isso e seus filhos, com o destaque para aquele que apresenta mais nitidamente traços delirantes, o vereados do Rio, defendem isso sem disfarces, como escapou na fala de Deputado Federal que defendeu o AI-5.

O problema deste cenário é que ele não prevê a benção dos segmentos monopolistas e sua real força e acredita que pode chegar a manter um governo forte contra o capital. Lamentavelmente, a burguesia brasileira é pródiga em perder o controle dos processos que ela parece controlar, como estou convencido que aconteceu em 2016. Isso abre a perigosa possibilidade da aventura golpista da “familícia” encontrar condições político-militares de resistir ao possível golpe que tentaria tirá-lo do governo e conseguir apresentar uma solução de força, simultaneamente para evitar a perda de controle (risco Chile) e atacar seus adversários do campo conservador: o Congresso e o STF.

Este cenário depende de quanto o miliciano tem de fato de apoio na corporação militar e policial (legal e miliciana), e sua capacidade de ser a alternativa que resta ao capital diante do risco de descontrole social, seja pela revolta de massas, seja pela possibilidade de retorno pela via eleitoral do petismo.

Uma suspeita
Os leitores mais atentos devem ter notado que os cenários se apresentam no campo das alternativas dos setores dominantes. Ocorre que a alma da conjuntura se encontra na correlação de forças e dos instrumentos e recursos que os atores dispõem para realizar seus interesses. O campo popular está derrotado e isso desloca o centro da conjuntura para as alternativas em disputa no interior do campo dominante.

Na direção oposta desta leitura estão muitos amigos e incorrigíveis otimistas que veem no cenário quase insurrecional na América Latina (Equador, Chile, Haiti, etc.) e nos novos ventos eleitorais que sopram da Argentina e, possivelmente, no Uruguai a esperança de alternativas mais à esquerda se apresentarem também no Brasil.

Evidente que o cenário latino-americano interfere nos acontecimentos no Brasil, mas é necessário avaliar de que forma isto se dá. A derrubada de uma presidente eleita por meio de um casuísmo escandaloso não produziu uma reação à altura. Um governo ilegítimo impõe uma reforma trabalhista com efeitos dramáticos para a classe trabalhadora, e não encontrou resistência significativa. Por fim, a reforma da previdência foi aprovada, como disse um amigo, sem que se riscasse um único fósforo, nem sequer para acender uma vela para chorar pela morte de um dos direitos mais fundamentais.

Quando se pergunta “quando a revolta que explodiu no Chile, explodirá no Brasil?”, me assoma um misto de pena e espanto. Essa explosão já aconteceu… em 2013. E foi enfrentada de forma dura e brutal pelos chamados governos progressistas de plantão. Um processo contraditório e heterogêneo, mas que trazia como uma de suas vertentes um questionamento aos ajustes neoliberais e à política de austeridade, uma reação às condições de vida dos esquecidos, contra a violência policial cujos exemplos mais gritantes é o assassinato de Amarildo e o corpo de Claudia arrastado por uma viatura, mas aos quais se deve somar as chacinas quase diárias nas periferias e favelas, as remoções supostamente para os eventos esportivos, a destruição da natureza, o leilão do petróleo no campo de Libra, o ataque aos direitos dos trabalhadores, a prioridade do agronegócio e farra orçamentária que sangra o fundo público em nome do apetite insaciável do capital financeiro.

A resposta do governo Dilma e do seu infame ministro da Justiça, senhor José Eduardo Cardoso, foi a Portaria Normativa de dezembro de 2013 que iguala manifestantes a quadrilhas criminosas, que colocava em prática as chamadas Operações de Garantia da Lei e da Ordem com as consequências conhecidas, seguida pela Lei Antiterrorismo de 16 de março de 2016. O governo preferiu conciliar com seus algozes e, assim, selou seu destino. Desarmadas de sua força autônoma e sua direção de luta, as massas se tornam presas da manipulação e da extrema direita, o resultado nós conhecemos.

É neste contexto que devemos entender a saída da prisão do ex-presidente Lula. É perfeitamente compreensível que o centro esquerda tenha se empenhado em sua defesa e estão todos de parabéns pela campanha em defesa de sua liderança. Todos nós nos solidarizamos contra a farsa jurídica que o condenou e sabemos, como ficou provado pelas denúncias do The Intercept – Brasil, que a intenção maior sempre foi evitar que Lula participasse das eleições, porque, provavelmente, as ganharia.

Mas não foi a campanha Lula Livre que o tirou da prisão, foi o STF, a mesma instituição que legitimou a farsa que o prendeu e que o manteve preso ao arrepio da lei e da simples observância da constituição. A pergunta é: por que agora agiu de forma diferente? Não posso aceitar o discurso que o STF agiu em defesa da Constituição, restabeleceu a justiça e garantiu a mítico e fantasioso Estado Democrático de Direito, pelo simples motivo que esta mesma instituição foi fundamental para (1) ungir de legitimidade jurídica uma farsa casuística que levou ao golpe de 2016 (2) acompanhar com inoperância bovinamente subserviente as hienas do Congresso descarnado a constituição dos direitos mais fundamentais (3) recusou todos os Habeas Corpus impetrados pela defesa do presidente Lula, inclusive com a palhaçada do voto da ministra Rosa Weber que argumentou no mérito a favor e o recusou por que a maioria assim se pronunciou, inovando ao criar o “centralismo democrático” jurídico na Suprema Corte.

Mais provável é que esta corja de golpistas, coniventes e responsáveis pela destruição do país, agora se movem em outra direção e ela está longe de ser a defesa do país. O STF está, como mostrou a votação, dividido entre os dois primeiros cenários descritos, isto é, deixar tudo como esta (até porque esteve o tempo todo comprometido com o golpe e o arbítrio) ou apostar na operação que visa eliminar a peça incomoda. Não tenho dúvidas que, se o fascismo vencer, encontrará entre os nobres ministros quem encontre justificativa jurídica para legitimar o crime, varrendo para baixo de suas togas toda a sujeira e o sangue, como fizeram em 1964.

Lula saiu da cadeia, e isso é bom. Mas sua saída é um efeito colateral de um plano dos mesmos que os colocaram lá e que zelarão para que seus direitos políticos sigam cassados e que, se necessário, ele volte para o cárcere quando as condições jurídicas forem satisfeitas, uma vez que as condenações nas primeiras instâncias ainda estão valendo.

O velho Maquiavel já dizia que nada é mais instável do que o poder que não se apoia na própria força e, assim, depende, da boa vontade dos outros. Tanto o descontentamento das massas, como a pregação de oposição de Lula, se não forem partes de uma alternativa realmente popular, podem acabar servindo aos propósitos de outras forças que tramam em segredo seus planos.

Mauro Iasi é professor adjunto da Escola de Serviço Social da UFRJ, pesquisador do NEPEM (Núcleo de Estudos e Pesquisas Marxistas), do NEP 13 de Maio e membro do Comitê Central do PCB. É autor do livro O dilema de Hamlet: o ser e o não ser da consciência (Boitempo, 2002) e colabora com os livros Cidades rebeldes: Passe Livre e as manifestações que tomaram as ruas do Brasil e György Lukács e a emancipação humana (Boitempo, 2013), organizado por Marcos Del Roio. Colabora para o Blog da Boitempo mensalmente, às quartas. Na TV Boitempo, apresenta o Café Bolchevique, um encontro mensal para discutir conceitos-chave da tradição marxista a partir de reflexões sobre a conjuntura.

Marta Harnecker (1937 - Chile / 2019 - Canadá)




A esquerda latino-americana perdeu sua "repórter de base" e "educadora popular". Chilena de nascimento, revolucionária internacionalista na plenitude de sua vida, Marta Harnecker presenciou os principais acontecimentos da luta dos povos latino-americanos da segunda metade do século XX. Contou-nos didática, política e pedagogicamente o desenrolar das lutas da Revolução Cubana, da Revolução Chilena, da Revolução Nicaraguense, da Revolução Venezuelana, da Revolução Boliviana... as narrativas político-pedagógicas das lutas dos povos de Nuestra America.
Que Marta continue nos inspirando sobre a importância da formação da nossa militância. Por seu legado revolucionário prático e teórico, ela seguirá  presente na nossa luta contribuindo e nos inspirando para a construção de uma sociedade justa e livre.


Fonte :Editora Expressão Popular


THE INDIGO GLASS IN THE GRASS



____________________________________

(Wallace Stevens)

Which is real -
This bottle of indigo glass in the grass,
Or the bench with the pot of geraniums, the
[stained mattress and the washed overalls
[drying in the sun?
Which of these truly contains the world?

Neither one, nor the two together.
               

O VIDRO ÍNDIGO DA RELVA

Qual é a real -
Esta garrafa de vidro índigo na relva,
Ou o banco com vaso de gerânios, o
colchão
manchado e o macacão lavado secando ao
sol?
Qual destes contém na verdade o mundo?

Nenhum dos dois, nem os dois juntos.

Trad : Régis Bonvicino, 

El mendigo




Mi vida es muy sencilla:
Trabajo en un café

Cada noche en un café distinto

Cuando llega la oscuridad
y se van encendiendo las lámparas
me siento en el rincón más oscuro
en una mesa pequeña donde nadie pueda verme

(pretensión ociosa:
A nosotros nadie nos ve:
Heredamos el paciente prodigio de pasar totalmente desapercibidos)

¿Qué hago?

Como ya les dije, lo que hago es muy sencillo

                                   Escucho

Y puedo asegurarles que yo sé escuchar

Esto al menos nadie me lo podrá negar

Lo escucho todo, hasta los silencios

               Retengo todas las palabras que se dijeron
La que nunca pudieron decirse

Y aquellas que se dicen de todas las maneras posibles que una palabra se puede decir

Desgraciadamente tengo mala memoria

   y nunca recuerdo lo que quisieron decir

Quizás porque ya he renunciado a entender

                     O simplemente
Porque me lo sé ya todo de memoria
No me las doy de omnipotente ni de ubicuo

                     Mi percepción va más
que el rebote del último sonido
entre los vasos y las porcelanas

Mi trabajo es muy simple

                             Pero hay que saber esperar
Y esto sí confieso que me resulta extenuante

Aunque ya no me importa

                         Simplemente me quedo allí
hasta que la última mesa haya quedado vacía

                                                           el último mantel recogido
y las lámparas apagadas para siempre

Entonces me levanto

                     Y comienzo a barrer todas las palabras
que han caído desparramadas por el suelo

Algunas son fuertes y se resisten

                         otras se desarman en letras sueltas

Y hay veces cuando el azar provoca las combinaciones más insospechadas

Pero ya sé que en el fondo dicen nada
tengo mi conciencia tranquila
cuando al piso lo he dejado limpio como una página en blanco

Pero tampoco crean que soy perfecto

                     En realidad no lo soy

¿Cómo lo podríamos ser
si vivimos sólo del aire y la sangre de nuestros semejantes?
Como irremediablemente nadie me mira
cada noche escojo una de aquellas palabras

                                      La recojo con ternura

Con el cuidado de quien siempre supo
que cada simple combinación de letras y palabras

       alguna vez

                                      -digo: alguna vez-

                  prometieron algo

A cada palabra que recojo
la cubro con la palma de mis manos entreabiertas
para que no se enfríe y deje de vivir

A veces despierto feliz
sintiéndola a mi lado

O despierto llorando porque ya no está allí

Pero otras,
las más

ya se han deshecho con la humedad de mi piel
y dejan como llagas viscosas en mi cuerpo

Heridas que tardarán en cerrarse
por lo menos todavía

Hasta que a la noche siguiente

vuelva a sentarme en la mesa más oscura
de cualquier otro café

    Y haga lo único que sé hacer:

           Escuchar

                             Escuchar en silencio

                                                                 Y esperar.

Enrique Giordano©

Magíster y doctor en Literatura de la Universidad de Pensylvania, es académico de Literatura Hispana en la Universidad de Cincinatti, Ohio por once años fue profesor en el Barney College de la Universidad de Columbia en Nueva York. Fue en este período que escribió “El mapa de Amsterdam”, libro que tras 25 años, la editorial Cuarto Propio reeditó y presentó recientemente en Chile.

Nació en Concepción y eso lo llevó a ingresar a la Universidad de Concepción a estudiar literatura. Aunque la pedagogía no era lo que le atraía, con el correr de los años se ha dedicado y ganado la vida con ella, aunque la academia es absorbente y quita mucho tiempo para escribir. Cuando estudió, el departamento de Español vivía un momento espléndido con profesores como Gonzalo Rojas, Jaime Concha, Juan Zapata y otros.

Publicaciones: Poesía y Poética de Gonzalo Rojas, 1987.  Manuel Puig: montaje y alteridad del sujeto (coautor), 1986.  El mapa de Ámsterdam, poemas originales, 1984.  La teatralización de la obra dramática: De Florencio Sánchez a Roberto Arlt, 1982. Artículos sobre Borges, Cortázar, García Márquez, Griseda Gámbaro, semiótica del teatro.

Fonte :  Juan Zapato