sábado, 5 de setembro de 2015

Las ruinas circulares


Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de la ceniza. Ese redondel es un templo que devoraron los incendios antiguos, que la selva palúdica ha profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres. El forastero se tendió bajo el pedestal. Lo despertó el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas habían cicatrizado; cerró los ojos pálidos y durmió, no por flaqueza de la carne sino por determinación de la voluntad. Sabía que ese templo era el lugar que requería su invencible propósito; sabía que los árboles incesantes no habían logrado estrangular, río abajo, las ruinas de otro templo propicio, también de dioses incendiados y muertos; sabía que su inmediata obligación era el sueño. Hacia la medianoche lo despertó el grito inconsolable de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos higos y un cántaro le advirtieron que los hombres de la región habían espiado con respeto su sueño y solicitaban su amparo o temían su magia. Sintió el frío del miedo y buscó en la muralla dilapidada un nicho sepulcral y se tapó con hojas desconocidas.

El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder. Le convenía el templo inhabitado y despedazado, porque era un mínimo de mundo visible; la cercanía de los leñadores también, porque éstos se encargaban de subvenir a sus necesidades frugales. El arroz y las frutas de su tributo eran pábulo suficiente para su cuerpo, consagrado a la única tarea de dormir y soñar.

Al principio, los sueños eran caóticos; poco después, fueron de naturaleza dialéctica. El forastero se soñaba en el centro de un anfiteatro circular que era de algún modo el templo incendiado: nubes de alumnos taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los últimos pendían a muchos siglos de distancia y a una altura estelar, pero eran del todo precisas. El hombre les dictaba lecciones de anatomía, de cosmografía, de magia: los rostros escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si adivinaran la importancia de aquel examen, que redimiría a uno de ellos de su condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real. El hombre, en el sueño y en la vigilia, consideraba las respuestas de sus fantasmas, no se dejaba embaucar por los impostores, adivinaba en ciertas perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba un alma que mereciera participar en el universo.

A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que nada podía esperar de aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina y sí de aquellos que arriesgaban, a veces, una contradicción razonable. Los primeros, aunque dignos de amor y de buen afecto, no podían ascender a individuos; los últimos preexistían un poco más. Una tarde (ahora también las tardes eran tributarias del sueño, ahora no velaba sino un par de horas en el amanecer) licenció para siempre el vasto colegio ilusorio y se quedó con un solo alumno. Era un muchacho taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos afilados que repetían los de su soñador. No lo desconcertó por mucho tiempo la brusca eliminación de los condiscípulos; su progreso, al cabo de unas pocas lecciones particulares, pudo maravillar al maestro. Sin embargo, la catástrofe sobrevino. El hombre, un día, emergió del sueño como de un desierto viscoso, miró la vana luz de la tarde que al pronto confundió con la aurora y comprendió que no había soñado. Toda esa noche y todo el día, la intolerable lucidez del insomnio se abatió contra él. Quiso explorar la selva, extenuarse; apenas alcanzó entre la cicuta unas rachas de sueño débil, veteadas fugazmente de visiones de tipo rudimental: inservibles. Quiso congregar el colegio y apenas hubo articulado unas breves palabras de exhortación, éste se deformó, se borró. En la casi perpetua vigilia, lágrimas de ira le quemaban los viejos ojos.

Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior: mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara. Comprendió que un fracaso inicial era inevitable. Juró olvidar la enorme alucinación que lo había desviado al principio y buscó otro método de trabajo. Antes de ejercitarlo, dedicó un mes a la reposición de las fuerzas que había malgastado el delirio. Abandonó toda premeditación de soñar y casi acto continuo logró dormir un trecho razonable del día. Las raras veces que soñó durante ese período, no reparó en los sueños. Para reanudar la tarea, esperó que el disco de la luna fuera perfecto. Luego, en la tarde, se purificó en las aguas del río, adoró los dioses planetarios, pronunció las sílabas lícitas de un nombre poderoso y durmió. Casi inmediatamente, soñó con un corazón que latía.

Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado, color granate en la penumbra de un cuerpo humano aun sin cara ni sexo; con minucioso amor lo soñó, durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo percibía con mayor evidencia. No lo tocaba: se limitaba a atestiguarlo, a observarlo, tal vez a corregirlo con la mirada. Lo percibía, lo vivía, desde muchas distancias y muchos ángulos. La noche catorcena rozó la arteria pulmonar con el índice y luego todo el corazón, desde afuera y adentro. El examen lo satisfizo. Deliberadamente no soñó durante una noche: luego retomó el corazón, invocó el nombre de un planeta y emprendió la visión de otro de los órganos principales. Antes de un año llegó al esqueleto, a los párpados. El pelo innumerable fue tal vez la tarea más difícil. Soñó un hombre íntegro, un mancebo, pero éste no se incorporaba ni hablaba ni podía abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo soñaba dormido.

En las cosmogonías gnósticas, los demiurgos amasan un rojo Adán que no logra ponerse de pie; tan inhábil y rudo y elemental como ese Adán de polvo era el Adán de sueño que las noches del mago habían fabricado. Una tarde, el hombre casi destruyó toda su obra, pero se arrepintió. (Más le hubiera valido destruirla.) Agotados los votos a los númenes de la tierra y del río, se arrojó a los pies de la efigie que tal vez era un tigre y tal vez un potro, e imploró su desconocido socorro. Ese crepúsculo, soñó con la estatua. La soñó viva, trémula: no era un atroz bastardo de tigre y potro, sino a la vez esas dos criaturas vehementes y también un toro, una rosa, una tempestad. Ese múltiple dios le reveló que su nombre terrenal era Fuego, que en ese templo circular (y en otros iguales) le habían rendido sacrificios y culto y que mágicamente animaría al fantasma soñado, de suerte que todas las criaturas, excepto el Fuego mismo y el soñador, lo pensaran un hombre de carne y hueso. Le ordenó que una vez instruido en los ritos, lo enviaría al otro templo despedazado cuyas pirámides persisten aguas abajo, para que alguna voz lo glorificara en aquel edificio desierto. En el sueño del hombre que soñaba, el soñado se despertó.

El mago ejecutó esas órdenes. Consagró un plazo (que finalmente abarcó dos años) a descubrirle los arcanos del universo y del culto del fuego. Íntimamente, le dolía apartarse de él. Con el pretexto de la necesidad pedagógica, dilataba cada día las horas dedicadas al sueño. También rehizo el hombro derecho, acaso deficiente. A veces, lo inquietaba una impresión de que ya todo eso había acontecido... En general, sus días eran felices; al cerrar los ojos pensaba: Ahora estaré con mi hijo. O, más raramente: El hijo que he engendrado me espera y no existirá si no voy.

Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le ordenó que embanderara una cumbre lejana. Al otro día, flameaba la bandera en la cumbre. Ensayó otros experimentos análogos, cada vez más audaces. Comprendió con cierta amargura que su hijo estaba listo para nacer -y tal vez impaciente. Esa noche lo besó por primera vez y lo envió al otro templo cuyos despojos blanqueaban río abajo, a muchas leguas de inextricable selva y de ciénaga. Antes (para que no supiera nunca que era un fantasma, para que se creyera un hombre como los otros) le infundió el olvido total de sus años de aprendizaje.

Su victoria y su paz quedaron empañadas de hastío. En los crepúsculos de la tarde y del alba, se prosternaba ante la figura de piedra, tal vez imaginando que su hijo irreal ejecutaba idénticos ritos, en otras ruinas circulares, aguas abajo; de noche no soñaba, o soñaba como lo hacen todos los hombres. Percibía con cierta palidez los sonidos y formas del universo: el hijo ausente se nutría de esas disminuciones de su alma. El propósito de su vida estaba colmado; el hombre persistió en una suerte de éxtasis. Al cabo de un tiempo que ciertos narradores de su historia prefieren computar en años y otros en lustros, lo despertaron dos remeros a medianoche: no pudo ver sus caras, pero le hablaron de un hombre mágico en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego y de no quemarse. El mago recordó bruscamente las palabras del dios. Recordó que de todas las criaturas que componen el orbe, el fuego era la única que sabía que su hijo era un fantasma. Ese recuerdo, apaciguador al principio, acabó por atormentarlo. Temió que su hijo meditara en ese privilegio anormal y descubriera de algún modo su condición de mero simulacro. No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre ¡qué humillación incomparable, qué vértigo! A todo padre le interesan los hijos que ha procreado (que ha permitido) en una mera confusión o felicidad; es natural que el mago temiera por el porvenir de aquel hijo, pensado entraña por entraña y rasgo por rasgo, en mil y una noches secretas.

El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos signos. Primero (al cabo de una larga sequía) una remota nube en un cerro, liviana como un pájaro; luego, hacia el Sur, el cielo que tenía el color rosado de la encía de los leopardos; luego las humaredas que herrumbraron el metal de las noches; después la fuga pánica de las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace muchos siglos. Las ruinas del santuario del dios del fuego fueron destruidas por el fuego. En un alba sin pájaros el mago vio cernirse contra los muros el incendio concéntrico. Por un instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar su vejez y a absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Éstos no mordieron su carne, éstos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo.

 Jorge Luis Borges




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El cocinero Chichibio



Giovanni Boccaccio

Currado Gianfiglazzi se distinguía en nuestra ciudad como hombre eminente, liberal y espléndido, y viviendo vida hidalga, halló siempre placer en los perros y en los pájaros, por no citar aquí otras de sus empresas de mayor monta. Pues bien; habiendo un día este caballero cazado con un halcón suyo una grulla cerca de Perétola y hallando que era tierna y bien cebada, se la mandó a su vecino, excelente cocinero, llamado Chichibio, con orden de que se la asase y aderezase bien. Chichibio, que era tan atolondrado como parecía, una vez aderezada la grulla, la puso al fuego y empezó a asarla con todo esmero.

Estaba ya casi a punto y despedía el más apetitoso olor el ave, cuando se presentó en la cocina una aldeana llamada Brunetta, de la que el marmitón estaba perdidamente enamorado; y percibiendo la intrusa el delicioso vaho y viendo la grulla, empezó a pedirle con empeño a Chichibio que le diese un muslo de ella. Chichibio le contestó canturreando:

-No la esperéis de mí, Brunetta, no; no la esperéis de mí.

Con lo que Brunetta irritada, saltó, diciendo:

-Pues te juro por Dios que si no me lo das, de mí no has de conseguir nunca ni tanto así.

Cuanto más Chichibio se esforzaba por desagraviarla. tanto más ella se encrespaba; así es que, al fin, cediendo a su deseo de apaciguarla, separó un muslo del ave y se lo ofreció.

Luego, cuando les fue servida a Currado y a ciertos invitados, advirtió aquel la falta y extrañándose de ello hizo llamar a Chichibio y le preguntó qué había sido del muslo de la grulla. A lo que el trapacero del veneciano contestó en el acto, sin atascarse:

-Las grullas, señor, no tienen más que una pata y un muslo.

Amoscado entonces Currado, opuso:

-¿Cómo diablos dices que no tienen más que un muslo? ¿Crees que no he visto más grullas que ésta?

-Y, sin embargo, señor, así es, como yo os digo; y, si no, cuando gustéis os lo  demostraré con grullas vivas -arguyó Chichibio.

Currado no quiso enconar más la polémica, por consideración a los invitados que presentes se hallaban, pero le dijo:

-Puesto que tan seguro estás de hacérmelo ver a lo vivo -cosa que yo jamás había  reparado ni oído a nadie- mañana mismo, yo dispuesto estoy. Pero por Cristo vivo te juro que si la cosa no fuese como dices, te haré dar tal paliza que mientras vivas hayas de acordarte de mi nombre.

Terminada con esto la plática por aquel día, al amanecer de la mañana siguiente, Currado, a quien el descanso no había despejado el enfado, se levantó cejijunto, y ordenando que le aparejasen los caballos, hizo montar a Chichibio en un jamelgo y se encaminó a la orilla de una albufera, en la que solían verse siempre grullas al despuntar el día.

-Pronto vamos a ver quién de los dos ha mentido ayer, si tú o yo -le dijo al cocinero.

Chichibio, viendo que todavía le duraba el resentimiento al caballero y que le iba mucho a él en probar que las grullas sólo tenían una pata, no sabiendo cómo salir del aprieto, cabalgaba junto a Currado más muerto que vivo, y de buena gana hubiera puesto pies en polvorosa si le hubiese sido posible; mas, como no podía, no hacía sino mirar a todos lados, y cosa que divisaba, cosa que se le antojaba una grulla en dos pies.

Llegado que hubieron a la albufera, su ojo vigilante divisó antes que nadie una bandada de lo menos doce grullas, todas sobre un pié, como suelen estar cuando duermen. Contentísimo del hallazgo, asió la ocasión por los pelos y, dirigiéndose a Currado, le dijo:

-Bien claro podéis ver, señor, cuán verdad era lo que ayer os dije, cuando aseguré que  las grullas no tienen más que una pata: basta que miréis aquéllas.

-Espera que yo te haré ver que tienen dos -repuso Currado al verlas. Y,  acercándoseles algo más, gritó-: ¡Jojó!

Con lo que las grullas, alarmadas, sacando el otro pie, emprendieron la fuga. Entonces Currado dijo, dirigiéndose a Chichibio:

-¿Y qué dices ahora, tragón? ¿Tienen, o no, dos patas las grullas?

Chichibio, despavorido, no sabiendo en dónde meterse ya, contestó:

-Verdad es, señor, pero no me negaréis que a la grulla de ayer no le habéis gritado ¡Jojó!, que si lo hubierais hecho, seguramente habría sacado la pata y el muslo como éstas han hecho.

A Currado le hizo tanta gracia la respuesta que todo su resentimiento se le fue en risas, y dijo:

-Tienes razón, Chichibio: eso es lo que debí haber hecho.

Y así fue como gracias a su viva y divertida respuesta, consiguió el cocinero salvarse de la tormenta y hacer las pases con su señor.


FIN

sexta-feira, 4 de setembro de 2015

"J'ACCUSE"


Vamos pôr os pingos nos ii. Sobre a criança síria cuja imagem do pequenino cadáver rodou o mundo ontem e produziu engulhos (com razão) em quem tem ainda um pouco de sentimento humanitário nas veias e nos nervos. A culpa não é só da "grave crise migratória" que assola a Europa ou mesmo ainda da "humanidade", esta entidade meio abstrata que envolve todos os humanos e não responsabiliza em especial ninguém. A culpa é de quem, no eco da malfadada 'Primavera árabe', armou e incentivou as milícias fundamentalistas da Síria na luta pela derrubada de Bashar Al-Assad -- Obama, David Cameron e Hollande a frente. Esses, e seus apoiadores, são os verdadeiros culpados, os que trazem as mãos sujas do sangue dessa criança e de milhares de refugiados mortos.


Sobre a criança síria cujo cadáver veio dar nas praias da Turquia.

Otto Leopoldo Winck

"O mar devolveu à terra o corpo de uma criança. Nenhum tubarão nem peixes tocaram neste pequenino refugiado. Ao que parece, o menino chegou à praia intacto. Como se o mar dissesse à humanidade: 'Não me envolvam nisso. Esse horror é exclusivamente responsabilidade de vocês'."

Wilson Gorj

1970: Allende é eleito presidente do Chile


No dia 4 de setembro de 1970, Salvador Allende foi eleito presidente do Chile. Pela primeira vez na América Latina um político socialista chegou ao poder de forma democrática.


Salvador Allende

No dia 4 de setembro de 1970, o médico Salvador Allende ganhou as eleições diretas para presidente no Chile com uma maioria de 36,2% dos votos. Pela primeira vez na América Latina, um político socialista chegava ao poder de forma democrática.
No mesmo dia em que foi eleito, Allende declarou nos meios de comunicação que faria um governo marxista, prometendo implantar a reforma agrária, controlar as importações e exportações e nacionalizar os bancos.

Allende assumiu o poder numa época em que 45% do capital do país estavam nas mãos de investidores estrangeiros, as minas de cobre eram praticamente de domínio norte-americano e 80% das terras eram propriedade de latifundiários. Em 1970, a dívida do Chile era de mais de quatro bilhões de dólares, a segunda maior do mundo.

Fase de crescimento econômico

Durante seu governo, Allende começou a fazer as reformas que havia prometido: estatizou bancos e grandes empresas e, em 1972, fez o mesmo com as minas de cobre. Essas mudanças econômicas e sociais tiraram o país da péssima situação em que se encontrava. Em 1971, o Chile apresentou um crescimento econômico de 8,5%, o segundo melhor resultado dos 23 países da América Latina.

No começo de 1972, porém, a situação se inverteu. O país entrou em crise, o capital nacional e estrangeiro desapareceram, o crescimento econômico cessou e a produção agrária caiu vertiginosamente. Isso gerou escassez de alimentos, principalmente porque a poplulação e as empresas começaram a fazer estoques, temendo dias ainda piores.

A primeira tentativa fracassada de golpe para derrubar Allende do poder aconteceu no final de junho de 1973. O descontentamento da população era tão visível quanto o crescente desejo de mudanças. A fome e a falta de produtos básicos levaram a uma revolta. Os conflitos isolados eram o prenúncio de uma guerra civil.

Queda em confronto violento

No dia 11 de setembro de 1973, os militares saíram às ruas para tomar o poder. O Palacio de la Moneda, em Santiago, foi atacado por bombardeios aéreos. O confronto inevitável foi sangrento para ambas as partes. O general Augusto Pinochet assumiu o poder como presidente da Junta de Governo, formada a partir desta data.

Em 17 de dezembro de 1974, Pinochet passou a ser presidente da República do Chile, cargo que ocupou durante 17 anos. Neste período, a economia do país, apesar da ditadura militar, voltou a se estabilizar.

O mandato de Allende é lembrado como um período de glórias e desgraças. Até hoje não se sabe se ele foi morto ou se suicidiu durante o golpe militar. Allende ainda é venerado por simpatizantes e sua biografia continua atraindo a atenção mundial.


Autoria Mirjiam Gehrke (ms)
Fonte : Deutsche Welle

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Gratia Plena

 Amado Nervo

Todo en ella encantaba, todo en ella atraía:
su mirada, su gesto, su sonrisa, su andar...
El ingenio de Francia de su boca fluía.
Era "llena de gracia", como el Avemaría;
¡quien la vio, no la pudo ya jamás olvidar!

Ingenua como el agua, diáfana como el día,
rubia y nevada como Margarita sin par,
al influjo de su alma celeste amanecía...
Era llena de gracia, como el Avemaría;

¡quien la vio, no la pudo ya jamás olvidar!

  
Cierta dulce y amable dignidad la investía
de no sé qué prestigio lejano y singular.
Más que muchas princesas, princesa parecía:
era llena de gracia, como el Avemaría;
¡quien la vio, no la pudo ya jamás olvidar!

Yo gocé el privilegio de encontrarla en mi vía
dolorosa; por ella tuvo fin mi anhelar,
y cadencias arcanas halló mi poesía.
Era llena de gracia, como el Avemaría;
¡quien la vio, no la pudo ya jamás olvidar!

!Cuánto, cuánto la quise! ¡Por diez años fue mía;
                
pero flores tan bellas nunca pueden durar!
¡Era llena de gracia, como el Avemaría,
y a la Fuente de gracia, de donde procedía,
se volvió... como gota que se vuelve a la mar!
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sexta-feira, 28 de agosto de 2015

A mis críticos




Si supiérais con qué piedad os miro
y cómo os compadezco en esta hora.
En medio de la paz de mi retiro
mi lira es más fecunda y más sonora.

Si con ello un pesar mayor os causo
y el dedo pongo en vuestra llaga viva,
sabed que nunca me importó el aplauso
ni nunca me ha importado la diatriba.

¿A qué dar tanto pábulo a la pena
que os produce una lírica victoria?
Ya la posteridad, grave y serena,

al separar el oro de la escoria
dirá cuando termine la faena,
quién mereció el olvido y quién la gloria.

Julio Flórez...Colombia

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El marido cura





Cuento provenzal

Entre la villa de Menerbe, en el condado de Aviñón, y la de Apt, en Provenza, existe un pequeño convento de carmelitas, muy apartado, que se llama Saint-Hilaire, asentado en la cima redondeada de una montaña en la que a las mismísimas cabras les resulta difícil pastar; esa pequeña residencia es, poco más o menos, como la cloaca de todas las comunidades cercanas del Carmelo, todas relegan allí cuanto las deshonra, por lo que fácil es juzgar lo refinada que debía de ser la sociedad de semejante casa: bebedores, mujeriegos, sodomitas, tahúres... tal es, poco más o menos, la noble composición de los recluidos que en ese escandaloso asilo ofrecen a Dios, como pueden, unos corazones que el mundo desecha. Uno o dos castillos cercanos y el burgo de Menerbe, que está a solo una legua de Saint-Hilaire, esa es toda la compañía de esos buenos religiosos, que, a pesar de su hábito y de su condición, distan mucho de encontrar abiertas todas las puertas de sus alrededores.

Hacía mucho tiempo que el padre Gabriel, uno de los santos de aquel cenobio, codiciaba a cierta mujer de Menerbe, cuyo marido, cornudo si alguna vez hubo alguno, era el señor Rodin. La señora Rodin era una jovencita morena, de veintiocho años de edad, mirada pícara, y que tenía todas las trazas de ser un excelente bocado de monje. En cuanto al señor Rodin, era un buen hombre que cultivaba su hacienda sin abrir la boca; había sido tratante de paños, había sido también funcionario municipal; era, pues, lo que se llama un honesto burgués. No demasiado seguro de la castidad de su tierna mitad, era, sin embargo, lo bastante filósofo como para saber que la mejor manera de contener el crecimiento excesivo de un «tocado» de marido, es la de dar la impresión de no sospechar que se lleva. Había estudiado para ser cura, hablaba latín como Cicerón y jugaba a las damas muy a menudo con el padre Gabriel, quien, como hábil y solícito cortesano, sabía que hay que hacer siempre un poco la corte al marido de la mujer que se desea.

El padre Gabriel era el verdadero semental de los hijos de Elías: al verle se hubiera podido decir que toda la raza humana podía delegar en él con tranquilidad el cuidado de su reproducción; hacedor de niños, si hubo uno alguna vez con unas sólidas espaldas, una cintura del diámetro de una vara, un rostro negro y tostado por el sol, las cejas como las de Júpiter, seis pies de estatura, y en cuanto a lo que caracteriza especialmente a un carmelita, de un tamaño, que, según decían, igualaba al de los mejores mulos de la provincia. ¿A qué mujer no le va a gustar soberanamente estafermo semejante? Y por esto mismo agradaba en sumo grado a la señora Rodin, que distaba mucho de encontrar tan sublimes facultades en el pobre diablo que sus padres le habían dado por esposo.

El señor Rodin, ya lo dijimos, fingía cerrar los ojos a todo, pero no por eso se sentía menos celoso; no despegaba los labios, pero seguía allí, y seguía estando allí en ocasiones en que le hubieran deseado muy lejos; la fruta, no obstante, estaba madura. La candorosa Rodin había confesado lisa y llanamente a su amante que ya solo esperaba la ocasión para corresponder a unos deseos que le parecían demasiado fogosos como para reprimirlos por más tiempo, y por su parte el padre Gabriel había hecho saber a la señora Rodin que estaba dispuesto a satisfacerla... En un brevísimo intervalo en que Rodin había tenido que salir, Gabriel había llegado a enseñarle a su encantadora amante esa clase de cosas que hacen que una mujer se decida por mucho que lo siga dudando... No faltaba, pues, más que la ocasión.

Un día en que Rodin había ido a invitar a almorzar a su amigo de Saint-Hilaire, con la intención de proponerle una cacería, tras vaciar varias botellas de vino de Lanerte, Gabriel creyó ver en esa circunstancia el momento propicio para su deseos.

-Oh, diablos, señor funcionario -dice el monje a su amigo-, ¡cómo me alegro de veros! No habríais podido venir, para mí, más oportunamente, pues hoy tengo un asunto de la mayor importancia en el que me vais a ser de una utilidad incomparable.

-¿De qué se trata, padre?

-¿Conocéis a un tipo de nuestra ciudad llamado Renoult?

-¿Renoult el sombrerero?

-El mismo.

-¿Y qué?

-Pues que ese bribón me debe cien escudos y me acabo de enterar hace un momento que se encuentra al borde de la quiebra; tal vez mientras os lo estoy contando se ha ido ya del Condado... Tengo que ir allí sin pérdida de tiempo y no puedo.

-¿Qué os lo impide?

-Mi misa, ¡qué diablos!, la misa que tengo que decir; preferiría que la misa se fuera al infierno y que los cien escudos estuvieran en mi bolsillo.

-Pero, ¿no os pueden conceder una dispensa?

-Oh, sí, una dispensa, ¡no faltaba más! Nosotros aquí somos tres; si no dijéramos tres misas cada día, el portero, que no dice nunca ni una, nos denunciaría al tribunal de Roma. Pero hay un modo de ayudarme, querido amigo, pensad si queréis hacerlo, solo depende de vos.

-A vuestra disposición, ¡qué diablos! ¿De qué se trata?

-Yo estoy aquí solo con el sacristán; como las dos primeras misas ya se han celebrado, nuestros monjes están fuera y nadie sospechará la jugada, la asistencia será poco numerosa, algunos campesinos y todo lo más, tal vez esa jovencita tan devota que vive en el castillo de... a media legua de aquí, criatura angelical que se cree que a fuerza de penitencias puede expiar todas las calaveradas de su marido; vos habéis estudiado para ser cura, creo que eso me dijisteis.

-Es cierto.

-Muy bien, entonces habréis tenido que aprender a decir misa.

-La digo como un arzobispo.

-Oh, mi querido y excelente amigo -prosigue Gabriel, lanzándose al cuello de Rodin- por Dios, poneos mis hábitos, esperad a que den las once, ahora son las diez, a esa hora celebrad mi misa, os lo ruego; nuestro hermano el sacristán es un buen tipo que no nos traicionará jamás; a los que hayan creído no reconocerme se les dirá que se trata de un monje nuevo, a los demás se les dejará en su error; corro a casa de ese pillo de Renoult, a matarle o a recuperar mi dinero, y dentro de dos horas estoy aquí. Me esperáis, os encargáis de que frían los lenguados, de que guisen los huevos y de que saquen el vino; cuando vuelva, almorzamos y a la caza... Sí, amigo mío, a la caza, y estoy seguro de que esta vez será magnífica; según se dice, han visto hace poco por estos alrededores a una bestia con cuernos, ¡pardiez, me gustaría atraparla, aunque eso nos cueste veinte pleitos con el señor de la comarca!

-Vuestro plan es bueno -contesta Rodin- y por haceros un favor haría lo que fuera, sin duda; pero, ¿no será eso pecado?

-¿Pecado, amigo mío? En absoluto, tal vez sería pecado si al hacerlo se hace mal, pero haciéndolo desprovisto de poderes, todo lo que digáis y nada será la misma cosa. Creedme, soy todo un casuista; en todo este asunto no hay lo que se dice ni un pecado venial.

-Pero, ¿habrá que pronunciar las palabras?

-¿Y por qué no? Esas palabras no guardan su virtud más que en nuestros labios, y por cierto que la nuestra es... pero, amigo mío, mirad, yo podría pronunciar esas palabras sobre el bajo vientre de vuestra mujer y metamorfosearía en un dios al templo en donde hacéis vuestros sacrificios... No, no, querido amigo, solo nosotros tenemos el poder de la transubstanciación; vos podríais pronunciar veinte mil veces esas palabras y nunca conseguiríais que descendiera cosa alguna; e incluso con nosotros la operación carece muy a menudo de toda eficacia; la fe es lo que lo hace todo en este caso; con un grano de fe se podrían mover montañas, Jesucristo lo dijo, como bien sabéis, pero quien no tiene fe, no consigue nada... Yo, por ejemplo, que, a veces, cuando estoy celebrando, pienso más en las muchachas o en las mujeres que asisten a ella que en ese demonio de pedazo de mesa que remuevo con mis dedos, ¿creéis que consigo que venga algo en ese momento...? Me sería más fácil creer en el Corán que meterme eso en la cabeza. Por eso vuestra misa será, por poco que hagáis, tan buena como la mía; así, pues, querido amigo, obrad sin escrúpulos, y sobre todo mucho valor.

-¡Diantre! -exclama Rodin-. Es que tengo un hambre devoradora y dos horas más sin comer...

-¿Y qué os impide tomar un bocado? Tomad, comed esto.

-¿Y la misa que tengo que decir?

-Diablos, ¿qué importa eso? ¿Creéis que Dios va a ensuciarse más porque caiga en un estómago lleno que en un vientre vacío? Que la comida esté encima o que esté debajo, que me lleve el diablo si no da lo mismo; vamos, amigo mío, si fuera a decir a Roma todas las veces que desayuno antes de decir mi misa, tendría que pasarme la vida por los caminos. Y como no sois sacerdote, nuestras reglas no os obligan, no vais más que a dar una imagen de la misa, no vais a decirla; por consiguiente, podéis hacer todo lo que os apetezca antes o después, incluso besar a vuestra mujer si viniera aquí; no se trata de hacer como hago yo, no se trata de celebrar ni de consumar el sacrificio.

-Venga -contesta Rodin-, lo haré, estad tranquilo.

-Bien -dice Gabriel mientras sale corriendo, tras dejar a su amigo bien recomendado al sacristán-. Contad conmigo, amigo mío, antes de dos horas estaré con vos -y el monje, encantado, desaparece.

Como bien se comprenderá, va a toda prisa a casa de la mujer del funcionario; esta, sor-prendida al verle, creyéndole con su marido, le pregunta el motivo de una visita tan inesperada.

-Démonos prisa, querida mía -le contesta el monje, jadeando-; démonos prisa, solo disponemos de un momento... un vaso de vino y manos a la obra.

-Pero, ¿y mi marido?

-Está diciendo misa

-¿Que está diciendo misa?

-Pues sí, diablos, pues sí, preciosa -contesta el carmelita, derribando a la señora Rodin sobre su lecho-; sí, alma querida, he hecho de vuestro marido un cura y mientras el tunante celebra un misterio divino, démonos prisa y consumemos uno profano...

El monje era vigoroso y era difícil resistírsele cuando apresaba a una mujer; sus razones, además, eran tan convincentes que persuade a la señora Rodin, y como no se cansaba de convencer a una picaruela de veintiocho años y temperamento provenzal, renueva más de una vez sus demostraciones.

-Pero, ángel mío -exclama al fin la bella, perfectamente convencida-, sabes que el tiempo apremia... tenemos que separarnos; si nuestro placer no puede durar más que una misa, hace ya tiempo que debe haber llegado al ite missa est.

-No, no, amiga mía -contesta el carmelita, que aún tiene otro argumento que exponer a la señora Rodin-; ven, corazón mío, tenemos mucho tiempo, una vez más, querida amiga, una vez más, esos novicios no van tan de prisa como nosotros... Una vez más, te digo, apostaría a que ese cornudo todavía no ha elevado a su dios.

Tuvieron, sin embargo, que separarse, no sin antes prometer que se volverían a ver; se pusieron de acuerdo sobre algunas otras tretas y Gabriel marchó a recoger a Rodin; este había celebrado tan bien como un obispo.

-Solo los quod aures -le dijo- me han costado algún trabajo; yo quería comer en lugar de beber, pero el sacristán no me ha dejado. ¿Y los cien escudos, padre?

-Ya los tengo, hijo mío; el bribón intentó resistir, yo agarré una horquilla y a fe mía que la probó en su cabeza y por todas partes.

La partida acaba, nuestros dos amigos se van a cazar y a la vuelta Rodin cuenta a su mujer el servicio que ha prestado a Gabriel.

-Yo celebraba la misa -decía el pobre pánfilo, riéndose con todas sus fuerzas-, sí, diantre, yo celebraba la misa como un auténtico cura, mientras que nuestro amigo le medía a Renoult las espaldas con una horquilla... Le devolvía sus armas, ¿qué te parece, vida mía?, se las ponía sobre la frente; ¡ah, mujercita querida, qué divertida es toda esta historia y cómo me hacen reír los cornudos! Y tú, mujer, ¿qué hacías mientras yo estaba celebrando?

-Ah, amigo mío -contesta la mujer del funcionario-, parece como si el cielo nos hubiera inspirado, fíjate cómo las cosas celestiales nos tenían ocupados a ambos sin que lo sospecháramos: mientras tú decías misa, yo recitaba esa hermosa plegaria que contesta la Virgen a Gabriel cuando este va a anunciarle que quedará encinta por la intervención del Espíritu Santo. Ay, amigo mío, mientras que tan virtuosas acciones nos entretengan a los dos a la vez, no cabe la menor duda de que nos salvaremos.

FIN

Marqués de Sade

 Biblioteca Digital Ciudad Seva

sábado, 22 de agosto de 2015

Curitiba


Dona Ondina e Seu Teto.

Samizdat


Desde a mudança para o novo apartamento, aqueles passos vinham lhe martelando a cabeça. Pesados, firmes, marciais, passos de quem nenhuma consideração nutria pelo vizinho de baixo. E o morador sob aqueles pés que pisavam com tamanha voracidade era ela, viúva, inválida, prisioneira de uma cadeira de rodas, clamando por sossego no apagar de sua existência, sossego quebrado pelos maus modos do morador do 802.
Menos de uma semana convivendo forçosamente com aqueles pés de pedra e pouco sobrara da curta paciência de Dona Ondina. Bastava o morador do 802 chegar em casa e o tormento se iniciava. Passos, a qualquer hora do dia. Uns secos, denunciando os pés descalços do vizinho em contato com o assoalho - Dona Ondina tinha a certeza pela natureza dos sons que o chão acima de sua cabeça era forrado por tacos - outros, agudos, quando a criatura portava sapatos. "Maldito! Se ao menos tivesse um piso para amenizar o trote", lamentava.
Certa noite, despertada pelo andar paquidérmico do vizinho, Dona Ondina, abandonou sua cama e embarcou na cadeira de rodas rumo ao interfone. Reclamou com o sonolento porteiro do comportamento anti-social do morador do 802 e pediu providências. Minutos depois, o empregado, agora desperto, certo assombro modulando a voz, informou à importunada velhinha que o "Seu Rosalvo" havia demonstrado bastante irritação com a abordagem àquela hora da madrugada e, como conseqüência, mandara um recado à reclamante.
— Que tipo de recado, Diderot?
O porteiro, iluminista só no registro de nascimento, ainda tentou amenizar a situação.
— Com todo o respeito, Dona Ondina, ele mandou a senhora tomar naquele lugar onde o sol não bate...
O incidente fez que dela germinasse profundo ódio em relação ao morador do 802. O rude trotar de Rosalvo tornou-se apenas um componente no manancial de insatisfações que a anciã cultivava por ele. Suas gargalhadas, visitas, músicas escutadas, barulho da descarga, cheiro das suas frituras de homem solteiro, tudo era motivo de reclamações. Diderot ainda tentava apaziguar a contenda porém, Dona Ondina era resoluta: “Até a respiração desse calhorda me incomoda”, dizia ela ao porteiro da noite.
A solidão de Dona Ondina provocada por sua dificuldade em locomover-se era, diluída pela visita semanal da faxineira e pela internet. Os netos, presença bissexta no apartamento, costumavam provocá-la, chamando-a de “Vovó Internauta”. Ela assentia rejubilada àquelas homeopáticas manifestações de carinho dos seus enquanto conectava-se em ondas cibernéticas com o mundo que lhe era privado pela fraqueza das pernas. Cadeira de rodas em frente ao computador, Dona Ondina surfava na rede,  comprando o que era necessário para sua sobrevivência de mulher que pouco ia à rua, fazendo amigos virtuais, trocando receitas por e-mails, vasculhando a vida alheia nas páginas de relacionamentos pipocantes no universo web.
Foi quando ela chegou, obra do acaso, em curioso endereço eletrônico intitulado “Despacho.com”. No site a anciã descobriu, num misto de encantamento e horror, diversos trabalhos de religiões afros para o bem e para o mal.  Numa seção, o internauta poderia enviar o seu “ebó virtual” para prosperidade, saúde, doença ou morte de algum desafeto.
Rosalvo estava impossível naquele dia, sapateando nos miolos de Dona Ondina, cd dos sambas-enredos no último volume. Ela olhou a tela iluminada à sua frente, encarou o teto como se dali brotasse o barulho provocado pelo morador do 802, suspirou e pediu perdão a Santa Prisciliana, de quem era devota.
Selecionou com o mouse o mais perverso dos ebós.
Clicou em “enviar”.
Os dias correram em velocidade banda larga e Dona Ondina esqueceu por completo Rosalvo, macumbas virtuais e netos ingratos, mergulhando por inteira em sua invalidez e no passatempo da internet. Em certo momento, percebeu que há dias nenhum barulho partia do andar de cima. Agora era o silêncio que a incomodava. Incômodo de mãos dadas com o remorso. Temeu que o ebó encomendado houvesse surtido efeito e internamente se justificava: “Foi um momento de desespero, o homem me perturbava o dia inteiro”. Ou ainda: “Não levei a sério o Despacho ponto com, foi uma brincadeirinha de velha”.
Entrou em pânico ao sentir o cheiro da carne apodrecida vindo do andar de cima. Imediatamente ligou para a portaria. Aristófanes, porteiro do dia, atendeu e de pronto foi averiguar. Minutos depois o interfone soou no apartamento de Dona Ondina:
— Ligue não, Dona. Era um pacote de carne podre que alguém jogou fora e ficou entalado na porta da lixeira do oitavo andar. Seu Rosalvo deve estar vivo e gozando a vida por aí.
— E você sabe dele, Aristófanes?
O porteiro do dia, que de gracejador possuía algo além do nome de batismo, não perdeu a oportunidade de vomitar um gracejo:
— Seu Rosalvo viaja muito. Faz uma semana que eu não vejo ele. Deve estar queimando a rosca em algum lugar.
— Como?
— Essas coisas, Dona. Tenho até vergonha de falar com a senhora. Esses negócios estranhos, de homem com homem, a senhora entende?
Dona Ondina entendia, mas não eram os gostos sexuais do vizinho do 802 o alvo de suas preocupações. Queria o silêncio pairando sobre sua cabeça e temeu o regresso de Rosalvo, pisando duro, gargalhando alto, ladrão de sua paz.
— Quem sabe ele se casa, Dona, com um gringo bonitão que leve ele lá pras estranjas? Copacabana tá cheia deles!
Se casou, não deu notícias. Meses avançaram sem que um único barulho escapasse do andar de cima. Nem o som de uma chave girando dentro da fechadura chegava aos ouvidos de Dona Ondina. Arrependida por julgar haver vitimado Rosalvo com as artes do ciberfeitiço, a anciã acendeu uma vela virtual e deixou uma oração pela suposta alma no “Santa Prisciliana on line”.
Alívio percorreu seu ser quando foi acordada uma noite pelos passos de Rosalvo. Por debaixo das cobertas, chegou a sorrir ao reconhecer as passadas familiares, rítmicas, do vizinho do 802. Ele estava de volta. Nada acontecera. Certamente, largado pelo namorado estrangeiro que não deveria existir somente na cabeça maledicente de Aristófanes, Rosalvo retornara. Dona Ondina  reencontraria o sossego de espírito, roubado pelo silêncio que tanto ansiara. Jurou nunca mais reclamar de Rosalvo, emitir-lhes pensamentos rancorosos ou botar seu nome em bocas de sapos de mentira  nas páginas da internet. Tentaria selar a paz  com o morador de cima.
Porém, dias transcorriam e os baques provocados pelos pés de Rosalvo tornaram-se insuportáveis. Houve momentos em que ele chegou a andar por horas a fio massacrando os miolos da anciã a qual deixou de lado a trégua e acionou o porteiro da noite.
— Diderot, avisa para o Seu Rosalvo que ele está me deixando doida com esse barulho na minha cabeça.
— Como assim, Dona Ondina?
— Os passos, Diderot, desse cavalo batizado do Rosalvo.
Percebeu uma sensação de constrangimento do outro lado da linha.
— Dona Ondina, Seu Rosalvo morreu. O corpo foi encontrado semana passada lá na estrada das Paineiras. Desovaram o coitado...
— Tem alguém no apartamento?
— Não, os parentes dele vêm amanhã para tirar a mobília.
Dona Ondina negou-se a consultar um psiquiatra. Os filhos, agora mais presentes, tentaram de todas as formar dissuadi-la da decisão, mas ela manteve-se firme. Era o finado vizinho que estava lá, sapateando sobre sua cabeça como forma de vingança por ela ter encomendado sua morte através das forças ocultas. E ela, pecadora, teria que permanecer ali até o final dos seus dias purgando a sua maldade com um semelhante. “Deixe de besteira, mãe” dizia um filho. “Se ouvem a senhora falando deste modo, acabam acreditando e te denunciam”, dizia o outro. “Vocês não o percebem porque ele é esperto. Fica quietinho quando tem mais alguém em casa. Ele só que me atormentar, e com justiça”. Os filhos desistiram. Que a mãe ficasse com suas loucuras.
Dona Ondina passou a pesquisar em sites sobre fenômenos mediúnicos e descobriu que o modo mais fácil de se comunicar com aquele tipo de espírito seria através das pancadas que ele emitia.
Logi que as batidas no teto voltaram, ela perguntou com firmeza:
— É você que se manifesta, Rosalvo? Se for você, bata duas vezes.
Três batidas secas.
Repetiu a pergunta diversas vezes. Sempre as mesmas três pancadas em negativa.
Intrigada, ela catou caneta e papel para em seguida pergunta:
— Pode então soletrar seu nome através de um número de batidas correspondente a cada letra do alfabeto? Um batida para a letra "A", duas para "B" e assim por diante? Se concordar, bata uma vez.
Uma batida.
— Então, vamos ao trabalho.
Gastou a tarde inteira conversando com o morto pelo método das pancadas. Descobriu chamar-se Ângelo e que vivera naquele apartamento 30 anos atrás. Permanecera no imóvel sempre assustando àqueles que se aventurassem nele morar, porém, estava cansado dessa vida de fantasma batucador de tetos. Antes, tentara fazer o mesmo com ela, Ondina, mas ficara decepcionado com a confusão que a velhinha fizera entre suas batidas e os passos de Rosalvo, realmente barulhentos. Estava mesmo surpreso por ela imaginar ser ele o espírito de Rosalvo. Tranqüilizou a anciã afirmando que o morador do 802 não fora vítima dele, nem tão pouco dos seus ebós à distância. Rosalvo morrera por obra de um assaltante especializado em seduzir homens para roubá-los. "Reagiu, o pobre coitado".
Aperfeiçoaram o método de comunicação, passando das batidas, alvo das reclamações do vizinhos, para a escrita no computador. Dona Ondina digitava e Ângelo respondia logo abaixo, guiando o cursor como por encantamento.

Dona Ondina viveu seus últimos anos assim, em colóquio diário com o espírito batedor. Soube noticias do outro lado, inclusive de parentes. Ângelo revelou-se um ótimo correspondente do além. Guardou segredo até o fim. Ninguém acreditaria mesmo...


Un sueño


Iván Turgueniev

I

Yo vivía entonces con mi madre en una pequeña ciudad del litoral. Había cumplido diecisiete años y mi madre no llegaba a los treinta y cinco: se había casado muy joven. Cuando falleció mi padre yo tenía solamente seis, pero lo recordaba muy bien. Mi madre era una mujer más bien bajita, rubia, de rostro encantador aunque eternamente apenado, voz apagada y cansina y movimientos tímidos. De joven había tenido fama por su belleza, y hasta el final de sus días fue atractiva y amable. Yo no he visto ojos más profundos, más dulces y tristes, cabellos más finos y suaves; no he visto manos más elegantes. Yo la adoraba y ella me quería... No obstante, nuestra vida transcurría sin alegría: se hubiera dicho que un dolor oculto, incurable e inmerecido, consumía permanentemente la raíz misma de su existencia. La explicación de aquel dolor no estaba sólo en el duelo por mi padre, aun cuando fuese muy grande, aun cuando mi madre lo hubiera amado con pasión, aun cuando honrara piadosamente su memoria... ¡No! Allí se ocultaba algo más que yo no entendía, pero que llegaba a percibir, de modo confuso y hondo, apenas me fijaba fortuitamente en aquellos ojos apacibles y quietos, en aquellos maravillosos labios, también quietos, aunque no contraídos por la amargura, sino como helados de por siempre.

He dicho que mi madre me quería; sin embargo, había momentos en que me rechazaba, en que mi presencia le pesaba, se le hacía insoportable. Experimentaba ella entonces una especie de involuntaria repulsión hacia mí, de la que se espantaba luego, pagándola con lágrimas y estrechándome sobre su corazón. Yo cargaba la culpa de estos intempestivos brotes de hostilidad a la alteración de su salud y a su desgracia... Verdad es que estas sensaciones hostiles podían haber sido provocadas, hasta cierto punto, por unos extraños arrebatos de sentimientos malignos y criminales, incomprensibles para mí mismo, que despertaban de tarde en tarde dentro de mí... Pero estos arrebatos no coincidían con aquellos instantes de repulsión. Mi madre vestía siempre de negro, como si guardase luto. Llevábamos un tren de vida bastante holgado, aunque apenas nos relacionábamos con nadie.

II

Mi madre había concentrado en mí todos sus pensamientos y su solicitud. Su vida se había fundido con mi vida. Este género de relaciones entre padres e hijos no favorecen siempre a los hijos... Suele ser más bien nocivo. Por añadidura, mi madre no tenía más hijo que yo... y los hijos únicos, por lo general, no se desarrollan adecuadamente. Al educarlos, los padres se preocupan tanto de sí mismos como de ellos... Eso es un error. Yo no me volví caprichoso ni duro (una y otra cosa suele aquejar a los hijos únicos), pero mis nervios estuvieron alterados hasta cierta época; además, tenía una salud bastante precaria, saliendo en esto a mi madre, a quien también me parecía mucho de cara. Yo evitaba la compañía de los chicos de mi edad, en general rehuía a la gente e incluso con mi madre hablaba poco. Lo que más me gustaba era leer, pasear a solas y soñar... ¡soñar...! ¿De qué trataban mis sueños? No podría explicarlo. A veces tenía la impresión, es cierto, de hallarme delante de una puerta entornada que ocultaba ignotos misterios, y yo permanecía allí, a la espera de algo, anhelante, y no trasponía el umbral, sino que cavilaba en lo que podría haber al otro lado... Y seguía esperando, y me quedaba transido... o transpuesto. Si hubiera latido en mí la vena poética, probablemente me habría dedicado a escribir versos; de haberme sentido atraído por la religión, quizá me hubiera hecho fraile. Pero, como no experimentaba nada de eso, continuaba soñando y esperando.

III

Acabo de referirme a cómo me quedaba transpuesto, en ocasiones, bajo el influjo de ensoñaciones y pensamientos confusos. En general, yo dormía mucho, y los sueños desempeñaban un papel considerable en mi vida. Soñaba casi todas las noches. Los sueños no se me olvidaban, y yo les daba importancia, los consideraba premoniciones, procuraba desentrañar su sentido oculto. Algunos se repetían de vez en cuando, hecho que siempre me parecía prodigioso y extraño. Un sueño, sobre todo, me hacía cavilar. Me parecía que iba caminando por una calle estrecha y mal empedrada de una vieja ciudad, entre altos edificios de piedra con los tejados en pico. Yo andaba buscando a mi padre, que no había muerto, sino que se escondía de nosotros, ignoro por qué razón, y vivía precisamente en una de aquellas casas. Yo entraba por una puerta cochera, baja y oscura, cruzaba un largo patio abarrotado de troncos y tablones y penetraba por fin en una estancia pequeña que tenía dos ventanas redondas. En medio de la habitación estaba mi padre, con batín y fumando en pipa. No se parecía en absoluto a mi padre verdadero: era un hombre alto, enjuto, con el pelo negro, la nariz ganchuda y ojos sombríos y penetrantes, que aparentaba unos cuarenta años. Le disgustaba que hubiera dado con él; tampoco yo me alegraba en absoluto de nuestro encuentro y permanecía allí parado, indeciso. Él giraba un poco, empezaba a murmurar algo entre dientes y a ir de un lado para otro con paso menudo... Luego se alejaba poco a poco, sin dejar de murmurar y mirando a cada momento hacia atrás por encima del hombro; la estancia se ensanchaba y desaparecía en la niebla... Espantado de pronto ante la idea de que perdía nuevamente a mi padre, yo me lanzaba tras él, pero ya no lo veía, y sólo llegaba hasta mí su rezongar, bronco como el de un oso... Angustiado el corazón, me despertaba y ya no podía volver a conciliar el sueño en mucho tiempo... Me pasaba todo el día siguiente cavilando en este sueño sin que mis cavilaciones, como es natural, me llevaran a ninguna conclusión.

IV

Llegó el mes de junio. Por esa época, la ciudad donde vivíamos mi madre y yo se animaba extraordinariamente. En el muelle atracaban multitud de barcos, y en las calles aparecían multitud de rostros nuevos. Entonces me gustaba deambular por la costanera, delante de los cafés y los hoteles, observando las diversas siluetas de marineros y demás gentes sentadas bajo los toldos de lona, en torno a los veladores blancos, con sus jarras de metal llenas de cerveza.

Conque una vez, al pasar delante de un café, vi a un hombre que atrajo inmediatamente toda mi atención. Vestía un largo guardapolvos negro, llevaba el sombrero de paja encasquetado hasta los ojos y permanecía inmóvil, con los brazos cruzados sobre el pecho. Unos rizos negros y ralos le caían casi hasta la nariz; los labios finos apretaban la boquilla de una pipa corta. Este hombre me pareció tan conocido, mi recuerdo conservaba tan indudablemente grabado cada rasgo de su rostro moreno y bilioso, así como toda su figura, que no pude por menos de detenerme ante él y preguntarme: ¿quién es este hombre, dónde le he visto? Al notar probablemente mi mirada fija, levantó hacia mí los ojos negros, penetrantes... No pude reprimir una exclamación ahogada...

¡Aquel hombre era el padre a quien yo había encontrado, a quien yo había visto en sueños!

Imposible equivocarse: el parecido era demasiado rotundo. Incluso el largo guardapolvos que envolvía sus miembros enjutos recordaba, por el color y el corte, el batín con que se me había aparecido mi padre.

-¿Estaré dormido? -me pregunté-. No... Es de día, hay multitud de gente alrededor, el sol brilla en el cielo azul, y lo que tengo delante de mí no es un fantasma, es un hombre vivo...

Me dirigí hacia un velador desocupado, pedí una jarra de cerveza y un periódico y me senté a escasa distancia de aquel ser misterioso.

V

Con el periódico desplegado a la altura del rostro, seguí devorando con los ojos al desconocido, que apenas hacía un movimiento y sólo de tarde en tarde alzaba un poco la desmayada cabeza. Evidentemente, esperaba a alguien. Yo seguía mirando, mirando... A veces me parecía que todo aquello era invención mía, que en realidad no existía la menor semejanza, que yo había cedido a una fantasía de mi imaginación... Pero «aquél» giraba un poco en su silla de pronto o alzaba ligeramente una mano, y de nuevo veía yo a mi padre «nocturno» delante de mí.

Acabó por advertir mi pertinaz curiosidad y, a poco de mirarme, primero perplejo y luego contrariado, hizo intención de levantarse. Un pequeño bastón que tenía recostado contra el velador cayó entonces al suelo. Yo me precipité a recogerlo y se lo entregué. El corazón me latía con fuerza.

El hombre me dio las gracias con una sonrisa forzada y, aproximando su rostro al mío, enarcó las cejas y entreabrió los labios como si algo le sorprendiera.

-Es usted muy amable, joven -pronunció de pronto con voz gangosa, áspera y dura-. Por los tiempos que corren, es cosa rara. Permítame que lo felicite: le han dado a usted una buena educación.

No recuerdo exactamente lo que repliqué, pero pronto hubimos entablado conversación. Supe que era compatriota mío, que había vuelto recientemente de América, donde había vivido muchos años y adonde regresaría en breve plazo... Se presentó con el título de barón..., pero no pude captar bien el nombre. Lo mismo que mi padre «nocturno», terminaba cada una de sus oraciones con una especie de confuso murmullo interno. Se interesó por conocer mi apellido... Al oírlo pareció sorprenderse otra vez; luego me preguntó si llevaba mucho tiempo residiendo en aquella ciudad y con quién. Contesté que vivía con mi madre.

-¿Y su señor padre?

-Mi padre falleció hace mucho.

Preguntó el nombre de pila de mi madre y al oírlo soltó una risa extraña, de la que luego se disculpó diciendo que se debía a sus modales americanos y que, además, él era un tipo bastante raro. Luego tuvo la curiosidad de conocer nuestro domicilio. Yo se lo dije.

VI

La emoción que me había embargado al iniciarse nuestra plática se aplacó gradualmente; nuestro acercamiento me parecía algo extraño, pero nada más. No me agradaba la sonrisita con que el señor Barón me interrogaba, ni tampoco me agradaba la expresión de sus ojos cuando me miraba como clavándomelos... Había en ellos algo rapaz y protector... algo que sobrecogía. Aquellos ojos, yo no los había visto en mi sueño. ¡Qué rostro tan extraño tenía el Barón! Marchito, cansado, pero aparentando al mismo tiempo menos años, lo que causaba una impresión desagradable. Mi padre «nocturno» tampoco estaba marcado por el profundo costurón que cruzaba oblicuamente toda la frente de mi nuevo conocido y que yo no advertí hasta hallarme más cerca de él.

Apenas había yo informado al Barón del nombre de la calle y el número de la casa donde habitábamos cuando un negro de elevada estatura, embozado en su capa hasta las cejas, se le acercó por detrás y le rozó un hombro. El Barón volvió la cabeza, profirió: «¡Ah! ¡Por fin!» y, haciéndome una leve inclinación de cabeza, se dirigió con el negro hacia el interior del café. Yo seguí bajo el toldo con la idea de esperar a que saliera el Barón, no tanto para reanudar la conversación con él pues en realidad no sabía de qué podríamos haber hablado, como para contrastar nuevamente mi primera impresión. Pero transcurrió media hora, luego una hora entera... El Barón no reaparecía. Penetré en el establecimiento, recorrí todas las salas, pero en ninguna parte vi al Barón ni al negro... Se conoce que se habían ausentado los dos por la puerta de atrás.

Se me había levantado un ligero dolor de cabeza y, para refrescarme, me encaminé a lo largo de la orilla del mar hasta un vasto parque plantado en las afueras unos doscientos años atrás. Después de pasear un par de horas a la sombra de los robles y los plátanos gigantescos, volví a casa.

VII

En cuanto aparecí en el recibimiento, nuestra sirvienta corrió a mí toda alarmada. Por su expresión adiviné al instante que algo malo había sucedido en nuestra casa durante mi ausencia. Y así era: supe que, hacía cosa de una hora, se escuchó de pronto un grito terrible en el dormitorio de mi madre. La sirvienta, que acudió corriendo, la encontró tendida en el suelo, sin conocimiento, y su desmayo había durado varios minutos. Mi madre recobró al fin el sentido, pero se vio obligada a acostarse y tenía un aire asustado y extraño. No decía ni una palabra, no contestaba a las preguntas, y todo era mirar a su alrededor y estremecerse. La sirvienta envió al jardinero en busca de un médico. Llegó el doctor, le recetó un calmante, pero tampoco a él quiso decirle nada mi madre. El jardinero afirmaba que a los pocos instantes de escucharse el grito en la habitación de mi madre, él había visto a un desconocido que corría hacia la puerta de la calle pisoteando los macizos de flores. (Vivíamos en una casa de una sola planta cuyas ventanas daban a un jardín bastante grande.) El jardinero no tuvo tiempo de fijarse en el rostro de aquel hombre, pero era alto, enjuto, llevaba un sombrero de paja muy encasquetado y una levita de faldones largos... «¡El atuendo del Barón!», me pasó en seguida por la mente. El jardinero no pudo darle alcance. Además, lo llamaron inmediatamente de la casa y lo enviaron en busca del médico. Pasé a ver a mi madre. Estaba acostada, más blanca que la almohada sobre la que reposaba la cabeza. Sonrió débilmente al reconocerme y me tendió una mano. Tomé asiento a su lado y me puse a hacerle preguntas. Al principio eludía las respuestas, pero acabó confesando haber visto algo que la asustó mucho.

-¿Ha entrado aquí alguien? -inquirí.

-No -se apresuró a contestar-. No ha venido nadie, pero a mí me pareció... se me figuró...

Calló y se cubrió los ojos con una mano. Iba yo a decirle lo que había sabido a través del jardinero y a contarle, de paso, mi encuentro con el Barón... pero, ignoro por qué, las palabras expiraron en mis labios. Sin embargo, hice observar a mi madre que los fantasmas no suelen aparecerse de día.

-Deja eso, por favor -susurró-. No me atormentes ahora. Algún día lo sabrás...

De nuevo enmudeció. Tenía las manos frías y el pulso acelerado e irregular. Le administré la medicina y me aparté un poco para no molestarla. No se levantó en todo el día. Estaba tendida, quieta y callada, y sólo de vez en cuando exhalaba un profundo suspiro y abría los ojos con sobresalto. Todos en la casa estaban extrañados.

VIII

Al llegar la noche le dio un poco de fiebre a mi madre, y me pidió que me retirase. Sin embargo, no me fui a mi cuarto, sino que me tendí sobre un diván de la habitación contigua. Cada cuarto de hora me levantaba, llegaba de puntillas hasta la puerta y prestaba oído... Todo continuaba en silencio, pero no creo que mi madre conciliara el sueño en toda la noche. Cuando entré a verla a primera hora de la mañana, me pareció que tenía el semblante arrebatado y un extraño brillo en los ojos. Durante el día pareció aliviarse un poco; al atardecer volvió a subir la fiebre. Hasta entonces había guardado un silencio pertinaz, pero de pronto rompió a hablar con voz anhelante y entrecortada. No deliraba: sus palabras tenían sentido, aunque ninguna ilación. Poco antes de la medianoche se incorporó de repente en el lecho con brusco movimiento (yo estaba sentado junto a ella) y con la misma voz precipitada se puso a contar, apurando a sorbos un vaso de agua y moviendo débilmente las manos, sin mirarme ni una sola vez... Se interrumpía, pero reanudaba el relato haciendo un esfuerzo... Todo aquello era tan extraño como si lo hiciera en sueños, como si ella estuviera ausente y fuese otra persona quien hablara por su boca o la hiciera hablar a ella.

IX

-Oye lo que te voy a contar, -comenzó-. Ya no eres un muchachuelo. Lo debes saber todo. Yo tenía una buena amiga... Se casó con un hombre al que amaba de todo corazón y era muy feliz con su marido. El primer año de matrimonio hicieron un viaje a la capital para pasar allí algunas semanas divirtiéndose. Se hospedaban en un buen hotel y salían mucho, a teatros y a fiestas. Mi amiga era muy agraciada, llamaba la atención y los hombres la cortejaban. Pero entre ellos había uno, un oficial, que la seguía constantemente y adondequiera que ella fuese, allí se encontraba con sus ojos negros y duros. No se hizo presentar ni habló con ella una sola vez: solamente la miraba de manera descarada y extraña. Todos los placeres de la capital los echaba a perder su presencia. Mi amiga empezó a hablarle a su marido de marcharse cuanto antes, y así lo dispusieron, en efecto. Una tarde, el marido se fue a un club: lo habían invitado a jugar a las cartas unos oficiales del mismo regimiento al que pertenecía aquel otro... Por primera vez se quedó ella sola. Como su marido tardaba en volver, despidió a la doncella y se acostó... De pronto le entró tanto miedo que se quedó fría y se puso a temblar. Le pareció oír un ruido ligero al otro lado de la pared -como si arañara un perro-, y se puso a mirar fijamente hacia aquel sitio. En el rincón ardía una lamparilla. Toda la habitación estaba tapizada de tela... Súbitamente, algo rebulló allí, se alzó, se abrió... Y de la pared surgió, largo, todo negro, aquel hombre horrible de los ojos duros. Ella quería gritar, pero no podía. Estaba totalmente paralizada del susto. El hombre se acercó a ella rápidamente, como una fiera salvaje, y le cubrió la cabeza con algo asfixiante, pesado, blanco... De lo que sucedió después, no me acuerdo... ¡No me acuerdo! Fue algo parecido a la muerte, a un asesinato... Cuando aquella espantosa niebla se disipó al fin, cuando yo... cuando mi amiga volvió en sí, no había nadie en la habitación. De nuevo se encontró sin fuerzas para gritar, durante mucho tiempo, hasta que por fin llamó... y luego se embrolló todo otra vez...

Después vio junto a ella a su marido, que había sido retenido en el club hasta las dos de la madrugada... Estaba demudado y se puso a hacerle preguntas, pero ella no le dijo nada... Luego cayó enferma... Sin embargo, recuerdo que al quedarse sola en la habitación fue a inspeccionar aquel sitio de la pared. Debajo de la tapicería había una puerta secreta. Y a ella le había desaparecido de la mano el anillo de casada. Era un anillo de forma poco corriente, con siete estrellitas de oro y siete de plata alternando: una antigua joya de familia. El marido le preguntaba qué había sido del anillo, pero ella no podía contestar nada. Pensando que se le habría caído inadvertidamente, el marido lo buscó por todas partes. No lo encontró. Presa de extraña angustia, decidió que volverían a su casa lo antes posible y, en cuanto lo permitió el doctor, el matrimonio abandonó la capital... Pero imagínate que el día mismo de su marcha se cruzaron en la calle con una camilla... En la camilla yacía un hombre con la cabeza partida al que acababan de matar. Y ese hombre era el terrible visitante nocturno de los ojos duros. ¡Imagínate!... Lo habían matado durante una partida de cartas...

Mi amiga se trasladó luego al campo..., fue madre por primera vez... y vivió varios años en compañía de su marido. Él nunca supo nada. Además, ¿qué podría haberle dicho ella? Ella misma no sabía nada.

Sin embargo, su anterior felicidad desapareció. En sus vidas se hizo la oscuridad, y esa oscuridad no se disipó ya nunca... No tuvieron más descendencia, como tampoco la habían tenido antes... y aquel hijo...

Toda temblorosa, mi madre se cubrió el rostro con las manos.

-Y ahora, dime -prosiguió con redoblada energía-, ¿tenía alguna culpa mi amiga? ¿Qué podía reprocharse? Fue castigada; pero, ¿no tenía derecho a declarar, incluso ante Dios, que el castigo era injusto? Entontes, ¿por qué se le representa al cabo de tantos años y en forma tan horrible lo ocurrido, como si fuese una criminal atormentada por los remordimientos? Macbeth mató a Banquo, y no es sorprendente que se le apareciera... Pero yo...

Al llegar a este punto, el discurrir de mi madre se hizo tan incoherente, que dejé de comprenderlo. Ya no dudaba de que estuviese delirando.

X

Cualquiera comprenderá fácilmente la estremecedora impresión que me produjo el relato de mi madre. Desde sus primeras palabras adiviné que estaba hablando de sí misma y no de una amiga. La propia estratagema confirmó mis sospechas. De modo que aquel era efectivamente mi padre, al que yo había encontrado en sueños, al que había visto en persona. No lo habían matado, como suponía mi madre, sino herido solamente. Y había ido a verla, huyendo luego, asustado por el susto de ella. Todo lo comprendí de repente: comprendí el involuntario sentimiento de repulsión que yo despertaba a veces en mi madre, su constante pesar, nuestra vida de aislamiento... Recuerdo que se me iba la cabeza, y yo la agarré con ambas manos como queriendo mantenerla en su sitio. Pero una decisión se clavó en mi mente: la de encontrar nuevamente a aquel hombre; encontrarle sin falta, costara lo que costara. ¿Para qué? ¿Con qué fin? No me lo planteaba, pero el hecho de encontrarlo, de dar con él, se había convertido para mí en cuestión de vida o muerte. A la mañana siguiente se calmó por fin mi madre... cedió la fiebre y se quedó dormida. Después de recomendarla a los cuidados de los dueños de la casa y de la servidumbre, salí para ponerme en campaña.

XI

Ante todo, como es natural, fui al café donde había encontrado al Barón, pero nadie lo conocía allí. Ni siquiera habían advertido su presencia. Era un cliente casual. En el negro sí se habían fijado los propietarios del establecimiento, pues llamaba demasiado la atención, si bien nadie sabía tampoco quién era ni dónde vivía. Después de dejar, a todo evento, mi dirección en el café, me lancé a rondar por las calles y las costaneras de la ciudad, alrededor de los muelles, por las avenidas, asomándome a todos los establecimientos públicos. No encontré a nadie que se pareciera al Barón o a su acompañante. Como no había retenido el apellido del Barón, estaba en la imposibilidad de acudir a la policía. Sin embargo, di a entender a dos o tres celadores del orden (que por cierto me contemplaron con sorpresa sin dar del todo crédito a mis palabras) que recompensaría generosamente su celo si encontraban la pista de los dos individuos cuyas señas personales procuré darles con la mayor exactitud posible. Después de corretear así hasta la hora del almuerzo, regresé a mi casa rendido de cansancio. Mi madre se había levantado. Su habitual tristeza tenía un matiz nuevo, cierta absorta perplejidad que se me clavaba en el corazón como un cuchillo. Pasé la tarde con ella. Apenas hablamos: ella hacía solitarios y yo contemplaba en silencio los naipes. No hizo la menor alusión a su relato ni a lo sucedido la víspera. Era como si hubiéramos acordado tácitamente no referirnos a todos aquellos hechos terribles y extraños... Daba la impresión de que estaba contrariada y cohibida por lo que se le había escapado sin querer. O quizá no recordara muy bien lo que había dicho durante aquel conato de delirio febril y tuviese la esperanza de que yo me mostrase compasivo con ella... Así lo hacía, efectivamente, y ella se daba cuenta, pues rehuía mi mirada lo mismo que la víspera. No pude conciliar el sueño en toda la noche. Se había desencadenado de pronto una tormenta espantosa. El viento aullaba y se arremolinaba frenéticamente, los cristales de las ventanas temblaban y tintineaban, silbidos y lamentos desesperados cruzaban el aire como si algo se desgarrase en lo alto y volara con furioso llanto sobre las casas estremecidas. Poco antes del amanecer, me quedé transpuesto... Súbitamente, tuve la impresión de que alguien había entrado en mi cuarto y me llamaba, pronunciando mi nombre a media voz, pero imperiosamente. Levanté un poco la cabeza y no vi nada. Pero, cosa extraña, lejos de asustarme me alegré: llegué de pronto a la convicción de que ahora alcanzaría sin falta mi meta. Me vestí a toda prisa y salí de casa.

XII

La tormenta había amainado, aunque se notaban todavía sus últimos estremecimientos. Era muy temprano, y no andaba nadie por las calles. En muchos sitios había trozos de chimeneas, tejas, tablas arrancadas a las vallas, ramas partidas... «La noche ha debido de ser terrible en el mar», me dije al ver las huellas de la tormenta. Pensé dirigirme al embarcadero, pero los pies me llevaron hacia otra parte como si obedecieran a una irresistible atracción. A los diez minutos escasos me encontraba en una parte de la ciudad que nunca había visitado hasta entonces. Caminaba paso a paso, sin premura pero también sin detenerme, con una extraña sensación interna: esperaba algo extraordinario, imposible, y al mismo tiempo estaba persuadido de que aquello extraordinario se cumpliría.

XIII

Y, en efecto, ocurrió lo extraordinario, lo que esperaba. Repentinamente descubrí, a unos veinte pasos delante de mí, al mismo negro que habló con el Barón en el café en presencia mía. Embozado en la misma capa que ya advertí yo entonces, pareció surgir de bajo tierra y, dándome la espalda, echó a andar a buen paso por la estrecha acera de una calleja tortuosa. Me lancé al instante tras él, pero también él aceleró el paso, aunque no volvió la cabeza y, de pronto, dobló la esquina de una casa que formaba saliente. Corrí hasta aquella esquina, la doblé con la misma celeridad que el negro... ¡Qué cosa tan extraña! Ante mí se abría una calle larga, estrecha y totalmente desierta. La niebla matutina la invadía toda con su plomo opaco, pero mi mirada penetraba hasta el extremo opuesto, permitiéndome discernir cada uno de los edificios... ¡Y en ninguna parte rebullía un solo ser viviente! El negro de la capa había desaparecido tan repentinamente como surgió. Me quedé sorprendido, pero sólo un instante. En seguida me embargó otra sensación: ¡había reconocido la calle que se extendía ante mis ojos, toda muda y como muerta! Era la calle de mi sueño. Me estremecí, encogido -la mañana era tan fresca-, y en seguida avancé sin la menor vacilación, impelido por cierta medrosa seguridad.

Empecé a buscar con los ojos... Allí estaba: a la derecha, haciendo saliente sobre la acera con una de sus esquinas, la casa de mi sueño; allí estaba la vieja puerta cochera, con adornos de piedra labrada a ambos lados... Cierto que las ventanas no eran redondas, sino cuadradas, pero eso no tenía importancia... Llamé al portón. Llamé dos veces, tres veces, arreciando en los golpes. Hasta que el portón se abrió, lentamente, rechinando mucho, como si bostezara. Me hallaba ante una criada joven, con el cabello alborotado y ojos de sueño. Al parecer, acababa de despertarse.

-¿Vive aquí un Barón? -pregunté a la vez que inspeccionaba con rápida mirada el patio, profundo y estrecho... Todo, todo era igual: allí estaban los tablones y los troncos que había visto en mi sueño.

-No -contestó la criada-. El Barón no vive aquí.

-¿Cómo que no? ¡Imposible!

-Ahora no está... Se marchó ayer.

-¿A dónde?

-A América.

-¡A América! -repetí sin querer-. Pero, volverá, ¿verdad?

La criada me miró con aire suspicaz.

-Eso no lo sabemos. Quizá no vuelva nunca.

-¿Ha vivido aquí mucho tiempo?

-No. Cosa de una semana. Ahora, ya no está.

-¿Y cuál era el apellido de ese barón?

La criada me observó extrañada.

-¿No lo sabe usted? Nosotros lo llamábamos Barón, sin más. ¡Eh! ¡Piotr! -gritó al ver que yo intentaba pasar-. Ven acá. Hay aquí un extraño que hace muchas preguntas.

Desde la casa se dirigió hacia nosotros la recia figura de un criado.

-¿Qué pasa? ¿Qué desea? -preguntó con voz tomada- y, después de escucharme hoscamente, repitió lo dicho por la sirvienta.

-Bueno, pero, ¿quién vive aquí? -murmuré.

-Nuestro amo.

-¿Y quién es?

-Un carpintero. En esta calle todos son carpinteros.

-¿Podría verle?

-Ahora no. Está durmiendo.

-¿Y podría entrar en la casa?

-Tampoco. Retírese.

-Bueno; pero, más tarde, ¿estará visible tu amo?

-¿Por qué no? Claro que se le puede ver siempre... Para eso es un comerciante. Sólo que ahora, retírese. ¿No ve usted que es muy temprano?

-Oye, ¿y el negro ese? -inquirí de pronto.

El criado nos miró perplejo, primero a mí y luego a la sirvienta.

-¿A qué negro se refiere? -profirió finalmente-. Retírese, caballero. Puede usted volver luego y hablar con el amo.

Salí a la calle. El portón se cerró detrás de mí, pesada y bruscamente, sin rechinar esta vez.

Me fijé bien en la calle y en la casa, y me alejé de allí, pero no hacia la mía. Me sentía como decepcionado. Todo lo que me había ocurrido era tan extraño, tan inusitado... Y, por otra parte, el final resultaba tan absurdo... Yo estaba seguro, estaba persuadido, de que encontraría en aquella casa la estancia que recordaba y, en el centro, a mi padre, el Barón, con su batín y su pipa... En lugar de eso, el amo de la casa era un carpintero, se le podía visitar cuantas veces se deseara e incluso encargarle algún mueble, quizá...

¡Y mi padre se había marchado a América! ¿Qué iba a hacer yo ahora? ¿Contárselo a mi madre o enterrar por los siglos incluso el recuerdo de aquella entrevista?... Era rotundamente incapaz de aceptar la idea de que un principio tan sobrenatural y misterioso pudiera conducir a un final tan descabellado y prosaico.

No quería volver a casa, y eché a andar sin rumbo, dejando atrás la ciudad.

XIV

Caminaba cabizbajo, sin pensar ni apenas sentir nada, totalmente ensimismado. Me sacó de aquella abstracción un ruido acompasado, sordo y amenazador. Levanté la cabeza: era el mar que rumoreaba y zumbaba a unos cincuenta pasos de mí. Me percaté de que caminaba por la arena de una duna. Estremecido por la tormenta nocturna, el mar estaba salpicado de espuma hasta el mismo horizonte, y las altas crestas de las olas alargadas llegaban rodando una tras otra a romperse en la orilla lisa. Me acerqué a ellas y seguí andando justo a lo largo de la raya que su flujo y reflujo dejaba en la arena gruesa, salpicada de retazos de largas plantas marinas, restos de caracolas y cintas serpenteantes de los carrizos. Gaviotas de alas puntiagudas y grito plañidero llegaban con el viento desde la lejana sima del aire, remontaban el vuelo, blancas como la nieve en el cielo gris nublado, se desplomaban verticalmente y, lo mismo que si saltaran de ola en ola, volvían a alejarse y a desaparecer en destellos plateados entre las franjas de espuma arremolinada. Algunas, según observé, giraban tenazmente sobre una roca grande que despuntaba, solitaria, en medio del lienzo uniforme de la orilla de arena. Los ásperos carrizos marinos crecían en matojos desiguales a un lado de la roca y allí donde sus tallos enmarañados emergían del amarillo saladar negreaba algo alargado, redondo, no muy grande... Me fijé más... Un bulto oscuro yacía allí, inmóvil, junto a la roca... Conforme me acercaba, sus contornos aparecían más nítidos y definidos...

Me quedaban sólo treinta pasos para llegar a la roca...

¡Pero, si eran los contornos de un cuerpo humano! ¡Era un cadáver, un ahogado que había arrojado el mar! Llegué hasta la misma roca.

¡Aquel era el cadáver del Barón, de mi padre! Me detuve como petrificado. Sólo entonces comprendí que desde primera hora de la mañana me habían conducido ciertas fuerzas ignotas, que yo me hallaba en su poder; y, durante unos momentos, no hubo en mi alma nada más que el incesante rumor del mar y algo de temor ante el destino que se había adueñado de mí...

XV

Yacía de espaldas, un poco ladeado, con el brazo izquierdo extendido sobre la cabeza... y el derecho doblado bajo el cuerpo encogido. Un lodo viscoso absorbía sus pies, calzados con altas botas de marinero; la chaquetilla azul, toda impregnada de sal marina, no se había desabrochado; una bufanda roja ceñía su cuello con nudo apretado. El rostro acezado, vuelto hacia el cielo, parecía burlarse; bajo el labio superior enarcado asomaban unos dientes pequeños y prietos; las pupilas opacas de los ojos entreabiertos apenas se diferenciaban de los glóbulos oscurecidos; el cabello enmarañado, salpicado de pompas de espuma, se esparcía por el suelo, descubriendo la frente lisa con la línea lilácea de la cicatriz; la nariz, fina, trazaba en relieve una neta raya blancuzca entre las mejillas hundidas. La tormenta de la noche anterior había hecho su obra... ¡No había llegado a ver América! El hombre que había agraviado a mi madre, mutilando su vida, mi padre -¡sí, mi padre, pues no podía dudarlo ya!-, yacía en el fango a mis pies. Me embargaba un sentimiento de venganza satisfecha, compasión, asco y horror... incluso de doble horror: por lo que estaba viendo y por lo sucedido. Ese fondo malvado y criminal del que he hablado ya, esos impulsos incomprensibles que nacían dentro de mí... que me ahogaban. «¡Ah! -me decía-. Por eso soy así... De esa manera se manifiesta la sangre.» De pie junto al cadáver, lo contemplaba, atento por ver si se estremecían aquellas pupilas muertas o temblaban aquellos labios helados. ¡No! Todo estaba inmóvil. Incluso los carrizos adonde lo había arrojado la marea parecían estáticos; incluso las gaviotas que se habían alejado volando. Y no se veía en ningún sitio ni un fragmento de nada, ni una tabla ni un aparejo roto. Vacío por todas partes... Solamente él -y yo- y el mar rumoreando a lo lejos. Miré hacia atrás. Idéntico vacío. Una cadena de colinas sin vida recortándose sobre el horizonte... ¡Y nada más! Me angustiaba dejar a aquel desdichado en semejante soledad, sobre el lodo de la orilla, como pasto para los peces y las aves. Una voz interior me decía que yo debía buscar y llamar a alguien, ya que no fuera para prestarle auxilio -¿de qué podría servir?-, al menos para retirarlo de allí y conducirlo bajo techado. Pero un inefable pavor me embargó de pronto. Me pareció como si aquel hombre muerto supiera que yo había llegado allí, como si él mismo hubiese amañado aquel último encuentro, y hasta creí escuchar el sordo murmujeo de otras veces... Precipitadamente, me aparté un poco... de nuevo miré hacia atrás... Un objeto brillante llamó mi atención, me hizo detenerme. Era un cíngulo de oro en la mano extendida del cadáver. Reconocí el anillo de matrimonio de mi madre. Recuerdo el esfuerzo que me impuse para volver sobre mis pasos, acercarme, inclinarme..., recuerdo el contacto viscoso de los dedos; recuerdo cómo jadeaba, cerraba los ojos y rechinaba los dientes al tirar del anillo que se resistía...

Por fin cedió, y yo emprendí una carrera alejándome de allí a toda prisa, perseguido por algo que intentaba darme alcance y apresarme.

XVI

Todo lo sufrido y experimentado se reflejaba probablemente en mi rostro cuando volví a casa. Apenas entré en su habitación, mi madre se incorporó súbitamente y posó en mí una mirada de interrogación tan tenaz, que yo terminé por presentarle el anillo, sin palabras, después de haber intentado en vano explicarme. Ella se puso horriblemente pálida, sus ojos se abrieron mucho, desorbitados y sin vida, como los de aquél. Exhaló un grito débil, me arrebató el anillo, vaciló y cayó sobre mi pecho, donde quedó como paralizada, vencida la cabeza hacia atrás y devorándome con aquellos ojos dementes muy abiertos. Yo rodeé su cintura con mis brazos y allí mismo, sin moverme y sin prisa, le referí todo a media voz: mi sueño, el encuentro, todo... No le oculté el menor detalle. Ella me escuchó hasta el final. No pronunció ni una palabra, pero su respiración se hacía más agitada, hasta que sus ojos se animaron de pronto y bajó los párpados. Luego se puso el anillo en el dedo y, apartándose un poco, buscó un chal y un sombrero. Le pregunté adónde pensaba ir. Levantó hacia mí una mirada sorprendida y quiso contestarme, pero le falló la voz. Se estremeció varias veces, frotó sus manos una contra otra, como intentando calentarlas, y al fin profirió:

-Vamos allá ahora mismo.

-¿A dónde, madre?

-Donde está tendido... quiero ver... quiero saber... lo sabré...

Intenté disuadirla; pero estuvo a punto de sufrir un ataque de nervios. Comprendí que era imposible oponerse a su deseo, y salimos juntos.

XVII

De nuevo caminaba yo por la arena de la duna, pero esta vez no iba solo. El mar se había retirado, alejándose más. Se calmaba; pero, aunque debilitado, todavía era pavoroso y tétrico su rumor. Por fin se divisaron la roca solitaria y los carrizos. Yo miraba con atención, tratando de discernir el bulto redondo tendido en tierra, pero no veía nada. Nos acercamos más. Yo aminoraba instintivamente el paso. Pero ¿dónde estaba aquello negro, inmóvil? Sólo los tallos de los carrizos resaltaban en oscuro sobre la arena ya seca. Llegamos hasta la propia roca... El cadáver no aparecía por ninguna parte, y sólo en el lugar donde estuvo tendido quedaba todavía un hoyo que permitía adivinar el sitio de los brazos, de las piernas... Los carrizos parecían aplastados en torno, y se advertían huellas de pisadas de una persona; cruzaban la duna y desparecían luego al llegar a un rompiente de rocas.

Mi madre y yo nos mirábamos, asustados de lo que leíamos en nuestros rostros...

¿Se habría levantado y se habría marchado él solo?

-Pero, ¿no lo viste tú muerto? -preguntó mi madre en un susurro.

Yo sólo pude asentir con la cabeza. No habían transcurrido ni tres horas desde que yo tropecé con el cadáver del Barón... Alguien lo descubriría y lo retiraría de allí. Había que buscar al que lo hubiera hecho y enterarse de lo que había sido de él.

XVIII

Mientras se dirigía hacia el sitio fatal, mi madre estaba febril, pero se dominaba. La desaparición del cadáver la aplanó como una desdicha irreparable. Yo temía por su razón. Me costó gran trabajo llevarla de vuelta a casa. De nuevo hice que se acostara y de nuevo requerí los cuidados del médico para ella. Pero, en cuanto se recobró un poco, mi madre exigió que yo partiera inmediatamente en busca de «esa persona». Obedecí. Sin embargo, nada descubrí a pesar de todas las pesquisas imaginables. Acudí varias veces a la policía, visité todas las aldeas próximas, puse anuncios en los periódicos, fui buscando datos por todas partes, pero en vano. Me llegó la noticia de que habían llevado a un náufrago a uno de los pueblos de la costa. Allá fui corriendo, pero lo habían enterrado ya y, por las señas, no se parecía al Barón. Me enteré del barco que había tomado para irse a América. Al principio, todo el mundo estaba persuadido de que se había ido a pique durante la tempestad; sin embargo, al cabo de algunos meses empezaron a cundir rumores de que lo habían visto anclado en el puerto de Nueva York. No sabiendo ya qué emprender, me puse a buscar al negro que había visto, ofreciéndole a través de los periódicos una recompensa bastante fuerte si se presentaba en nuestra casa. Cierto negro, alto y vestido con una capa, vino efectivamente a vernos en ausencia mía... Pero se alejó de pronto después de hacerle algunas preguntas a la sirvienta y no volvió más.

Así se perdió la pista de mi... de mi padre. Así desapareció irremediablemente en la muda tiniebla. Mi madre y yo no hablábamos nunca de él. Sólo una vez, recuerdo, se extrañó de que jamás hubiera aludido yo antes a mi extraño sueño. Enseguida añadió: «Conque, era precisamente...», y no terminó de formular su idea. Mi madre estuvo enferma mucho tiempo, y cuando al fin se repuso no volvieron ya a su cauce nuestras relaciones anteriores. Hasta su muerte, se encontró violenta a mi lado. Violenta, sí; justamente. Y ésa es una desgracia que no se puede remediar. Todo se embota con el tiempo. Incluso los recuerdos de los sucesos familiares más trágicos pierden gradualmente su fuerza y su acuidad. Pero, si entre dos personas entrañables se introduce una sensación de violencia, eso no hay nada que lo extirpe. Jamás volví yo a tener aquel sueño que tanto me angustiaba, ya no «encontraba» a mi padre, pero en ocasiones se me figuraba -y aún ahora se me figura- escuchar en sueños alaridos lejanos y tristes lamentos inextinguibles. Resuenan en algún lugar, tras un alto muro que no es posible trasponer, me desgarran el corazón y yo lloro con los ojos cerrados, incapaz de comprender si es un ser vivo el que gime o si escucho el prolongado y salvaje rumor del mar encrespado. Y de nuevo se transforma en el murmujeo de una fiera, y yo me despierto con angustia y pavor en el alma.

FIN

Biblioteca Digital Ciudad Seva


Y los ojos del loco fagocitan la luz
Y las venas del ojo son um mapa de rios
Y el brazo se contrae chapotea
Poco a poco se inunda

Andrés Neuman. In  “Patio de locos”


Leia  todo o poema em : “Patio de locos”, de Andrés Neuman ¡Disponible en Argentina! > Poemas del Alma http://www.poemas-del-alma.com/blog/especiales/patio-locos-andres-neuman#ixzz3jZrPR7mt