sábado, 12 de março de 2011

La Dama de Espadas

I

Un día en casa del oficial de la Guardia Narúmov jugaban a las cartas. La larga noche de invierno pasó sin que nadie lo notara; se sentaron a cenar pasadas las cuatro de la mañana. Los que habían ganado comían con gran apetito; los demás permanecían sentados ante sus platos vacíos con aire distraído. Pero apareció el champán, la conversación se animó y todos tomaron parte en ella.



-¿Qué has hecho, Surin? -preguntó el amo de la casa.



-Perder, como de costumbre. He de admitir que no tengo suerte: juego sin subir las apuestas, nunca me acaloro, no hay modo de sacarme de quicio, ¡y de todos modos sigo perdiendo!



-¿Y alguna vez no te has dejado llevar por la tentación? ¿Ponerlo todo a una carta?... Me asombra tu firmeza...



-¡Pues ahí tenéis a Guermann! -dijo uno de los presentes señalando a un joven oficial de ingenieros-. ¡Jamás en su vida ha tenido una carta en las manos, nunca ha hecho ni un pároli, y, en cambio, se queda con nosotros hasta las cinco a mirar cómo jugamos!



-Me atrae mucho el juego -dijo Guermann-, pero no estoy en condiciones de sacrificar lo imprescindible con la esperanza de salir sobrado.



-Guermann es alemán, cuenta su dinero, ¡eso es todo! -observó Tomski-. Pero si hay alguien a quien no entiendo es a mi abuela, la condesa Anna Fedótovna.



-¿Cómo?, ¿quién? -exclamaron los contertulios.



-¡No me entra en la cabeza -prosiguió Tomski-, cómo puede ser que mi abuela no juegue!



-¿Qué tiene de extraño que una vieja ochentona no juegue? -dijo Narúmov.



-¿Pero no sabéis nada de ella?



-¡No! ¡De verdad, nada!



-¿No? Pues, escuchad:



«Debéis saber que mi abuela, hará unos sesenta años, vivió en París e hizo allí auténtico furor. La gente corría tras ella para ver a la Vénus moscovite; Richelieu estaba prendado de ella y la abuela asegura que casi se pega un tiro por la crueldad con que ella lo trató.



«En aquel tiempo las damas jugaban al faraón. Cierta vez, jugando en la corte, perdió bajo palabra con el duque de Orleáns no sé qué suma inmensa. La abuela, al llegar a casa, mientras se despegaba los lunares de la cara y se desataba el miriñaque, le comunicó al abuelo que había perdido en el juego y le mandó que se hiciera cargo de la deuda.



«Por cuanto recuerdo, mi difunto abuelo era una especie de mayordomo de la abuela. Le temía como al fuego y, sin embargo, al oír la horrorosa suma, perdió los estribos: se trajo el libro de cuentas y, tras mostrarle que en medio año se habían gastado medio millón y que ni su aldea cercana a Moscú ni la de Sarátov se encontraban en las afueras de París, se negó en redondo a pagar. La abuela le dio un bofetón y se acostó sola en señal de enojo.



«Al día siguiente mandó llamar a su marido con la esperanza de que el castigo doméstico hubiera surtido efecto, pero lo encontró incólume. Por primera vez en su vida la abuela accedió a entrar en razón y a dar explicaciones; pensaba avergonzarlo, y se dignó a demostrarle que había deudas y deudas, como había diferencia entre un príncipe y un carretero. ¡Pero ni modo! ¡El abuelo se había sublevado y seguía en sus trece! La abuela no sabía qué hacer.



«Anna Fedótovna era amiga íntima de un hombre muy notable. Habréis oído hablar del conde Saint-Germain, de quien tantos prodigios se cuentan. Como sabréis, se hacía pasar por el Judío errante, por el inventor del elíxir de la vida, de la piedra filosofal y de muchas cosas más. La gente se reía de él tomándolo por un charlatán, y Casanova en sus Memorias dice que era un espía. En cualquier caso, a pesar de todo el misterio que lo envolvía, SaintGermain tenía un aspecto muy distinguido y en sociedad era una persona muy amable. La abuela, que lo sigue venerando hasta hoy y se enfada cuando hablan de él sin el debido respeto, sabía que Saint-Germain podía disponer de grandes sumas de dinero, y decidió recurrir a él. Le escribió una nota en la que le pedía que viniera a verla de inmediato.



«El estrafalario viejo se presentó al punto y halló a la dama sumida en una horrible pena. La mujer le describió el bárbaro proceder de su marido en los tonos más negros, para acabar diciendo que depositaba todas sus esperanzas en la amistad y en la amabilidad del francés.



«Saint-Germain se quedó pensativo.



«-Yo puedo proporcionarle esta suma -le dijo-, pero como sé que usted no se sentiría tranquila hasta no resarcirme la deuda, no querría yo abrumarla con nuevos quebraderos de cabeza. Existe otro medio: puede usted recuperar su deuda.



«-Pero, mi querido conde -le dijo la abuela-, si le estoy diciendo que no tenemos nada de dinero.



«-Ni falta que le hace -replicó Saint-Germain-: tenga la bondad de escucharme.



«Y entonces le descubrió un secreto por el cual cualquiera de nosotros daría lo que fuera...



Los jóvenes jugadores redoblaron su atención. Tomski encendió una pipa, dio una bocanada y prosiguió su relato:



-Aquel mismo día la abuela se presentó en Versalles, au jeu de la Reine. El duque de Orleáns llevaba la banca; la abuela le dio una vaga excusa por no haberle satisfecho la deuda, para justificarse se inventó una pequeña historia y se sentó enfrente apostando contra él. Eligió tres cartas, las colocó una tras otra: ganó las tres manos y recuperó todo lo perdido.



-¡Por casualidad! -dijo uno de los contertulios.



-¡Esto es un cuento! -observó Guermann.



-¿No serían cartas marcadas? -añadió un tercero.



-No lo creo -respondió Tomski con aire grave.



-¡Cómo! -dijo Narúmov-. ¿Tienes una abuela que acierta tres cartas seguidas y hasta ahora no te has hecho con su cabalística?



-¡Qué más quisiera! -replicó Tomski-. La abuela tuvo cuatro hijos, entre ellos a mi padre: los cuatro son unos jugadores empedernidos y a ninguno de los cuatro les ha revelado su secreto; aunque no les hubiera ido mal, como tampoco a mí, conocerlo.



«Pero oíd lo que me contó mi tío el conde Iván Ilich, asegurándome por su honor la veracidad de la historia. El difunto Chaplitski -el mismo que murió en la miseria después de haber despilfarrado sus millones-, cierta vez en su juventud y, si no recuerdo mal, con Zórich, perdió cerca de trescientos mil rublos. El hombre estaba desesperado. La abuela, que siempre había sido muy severa con las travesuras de los jóvenes, esta vez parece que se apiadó de Chaplitski. Le dio tres cartas para que las apostara una tras otra y le hizo jurar que ya no jugaría nunca más. Chaplitski se presentó ante su ganador; se pusieron a jugar. Chaplitski apostó a su primera carta cincuenta mil y ganó; hizo un pároli y lo dobló en la siguiente jugada, y así saldó su deuda y aún salió ganado...



«Pero es hora de irse a dormir: ya son las seis menos cuarto.



En efecto, ya amanecía: los jóvenes apuraron sus copas y se marcharon.







II



La vieja condesa *** se hallaba en su tocador ante el espejo. La rodeaban tres doncellas. Una sostenía un tarro de arrebol; otra, una cajita con horquillas, y la tercera, una alta cofia con cintas de color de fuego. La condesa no pretendía en lo más mínimo verse hermosa, su belleza hacía tiempo que se había marchitado, pero conservaba todos los hábitos de sus años jóvenes, seguía rigurosamente la moda de los setenta y se vestía con la misma lentitud, con el mismo esmero de hace sesenta años. Junto a la ventana se sentaba ante su labor una señorita, su pupila.



-Buenos días, grand'maman -dijo al entrar un joven oficial-. Bonjour, mademoiselle Lise. Grand' maman, he venido a pedirle un favor.



-¿Qué, Paul?



-Quisiera presentarle a uno de mis compañeros para que lo invite usted a su baile el viernes.



-Tráelo directamente a la fiesta y allí me lo presentas. ¿Estuviste ayer en casa de ***?



-¡Cómo no! Fue una fiesta muy alegre; bailamos hasta las cinco. ¡Yelétskaya estuvo encantadora!



-¡Qué dices, querido! ¡Qué tiene de encantadora esa muchacha? Ni comparar con su abuela, la princesa Daria Petrovna... Por cierto, ¿la princesa Daria Petrovna se verá muy envejecida?



-¿Cómo, envejecida? -respondió distraído Tomski-, si se murió hará unos siete años.



La señorita levantó la cabeza e hizo una seña al joven. Éste recordó que a la vieja condesa le ocultaban la muerte de las mujeres de su edad y se mordió el labio. Pero la condesa escuchó la noticia, nueva para ella, con gran indiferencia.



-¡Ha muerto! -dijo-. Y yo sin saberlo. Pues cuando nos hicieron damas de honor a las dos, su majestad...



Y por centésima vez empezó a contar la anécdota a su nieto.



-Bien Paul -dijo luego-, ahora ayúdame a levantarme. Liza, ¿dónde está mi tabaquera?



La condesa se dirigió con sus doncellas detrás del biombo para acabar de arreglarse y Tomski se quedó con la señorita.



-¿A quién le quiere presentar? -preguntó en voz baja Lizaveta Ivánovna.



-A Narúmov. ¿Lo conoce?



-¡No! ¿Es militar o civil?



-Militar.



-¿Ingeniero?



-No. De caballería. ¿Y por qué ha creído usted que era ingeniero?



La señorita se rió, pero no dijo ni palabra.



-¡Paul! -gritó la condesa desde detrás del biombo-, mándame alguna novela nueva, pero, por favor, que no sea de las de ahora.



-¿Cómo es eso, grand'maman?



-Quiero decir, una novela en la que el héroe no estrangule a su padre o a su madre, y en la que no haya ahogados. ¡Tengo un pánico terrible a los ahogados!



-Novelas así hoy ya ni existen. ¿No querrá una novela rusa?



-¿Pero es que hay novelas rusas?... ¡Pues mándame una, querido, te lo ruego, mándamela!



-Le ruego que me excuse, grand'maman: tengo prisa... Perdone, Lizaveta Ivánovna. Pero, ¿por qué ha pensado usted que Narúmov era ingeniero?



Y Tomski abandonó el tocador.



Lizaveta Ivánovna se quedó sola: abandonó su labor y se puso a mirar por la ventana. Al poco, a un lado de la calle, desde la casa de la esquina, apareció un joven oficial. Un rubor cubrió las mejillas de la señorita, que retornó a su labor e inclinó la cabeza hasta la misma trama. En este momento entró la condesa ya del todo arreglada.



-Liza -se dirigió a la señorita-, manda que enganchen la carroza, vamos a dar un paseo.



Liza se levantó y se puso a recoger su labor.



-¡Pero, por Dios, chiquilla, ¿estás sorda?! -gritó la condesa-. Manda que enganchen cuanto antes la carroza.



-¡Ahora mismo! -respondió con voz queda la señorita y echó a correr hacia el recibidor.



Entró un sirviente y entregó a la condesa unos libros de parte del príncipe Pável Aleksándrovich.



-¡Bien! Que le den las gracias -dijo la condesa-. ¡Liza, Liza! Pero ¿adónde vas corriendo?



-A vestirme.



-Ya tendrás tiempo, chiquilla. Siéntate aquí. Abre el primer tomo; lee en voz alta...



La señorita tomó el libro y leyó varias líneas.



-¡Más alto! -dijo la condesa-. ¿Qué te pasa, chiquilla? ¿Has perdido la voz, o qué?... Espera; acércame el banco un poco más... ¡más cerca!



Lizaveta Ivánovna leyó dos páginas más. La condesa bostezó.



-Deja ese libro -dijo-, ¡qué estupidez! Devuélvele eso al príncipe Pável y di que se lo agradezcan de mi parte... Pero, ¿qué pasa con la carroza?



-Ya está lista -dijo Lizaveta Ivánovna lanzando una mirada hacia la ventana.



-¿Y qué haces que no estás vestida? -dijo la condesa-. ¡Siempre hay que esperarte! Chiquilla, esto resulta insoportable.



Liza corrió a su habitación. No pasaron ni dos minutos que la condesa se puso a tocar la campanilla con todas sus fuerzas. Las tres doncellas entraron corriendo por una puerta, y el ayuda de cámara, por otra.



-¿Qué pasa que no hay modo de que vengáis cuando se os llama? -les dijo la condesa-. Decidle a Lizaveta Ivánovna que la estoy esperando.



Entró Lizaveta Ivánovna, con la capa y el sombrero.



-¡Por fin, muchacha! -dijo la condesa-. ¡Qué emperifollada! ¿Para qué?... ¿A quién quieres engatusar?... ¿Y el tiempo, qué tal? Parece que haga viento.



-¡De ningún modo, excelencia! ¡Todo está en calma! -replicó el ayuda de cámara.



-Siempre habláis sin ton ni son. Abrid la ventanilla. Lo que yo decía: ¡hace viento! ¡Y helado!



¡Que desenganchen la carroza! No vamos a salir, Liza, te está bien por disfrazarte tanto.



«¡Qué vida!», pensó Lizaveta Ivánovna.



En efecto, Lizaveta Ivánovna era una criatura desdichada. Amargo sabe el pan ajeno, dice Dante, y pesados los escalones de una casa extraña, ¿y quién mejor que la pobre pupila de una vieja aristócrata para conocer la amargura de la dependencia? La condesa *** no tenía mal corazón, por supuesto, pero era antojadiza, como toda mujer mimada por la alta sociedad, avara y llena de frío egoísmo, como toda la gente mayor, que tras haber agotado en su tiempo el amor, hoy vive de espaldas al presente. Participaba en todas las vanidades del gran mundo, asistía a los bailes, donde se sentaba en un rincón, con la cara pintada y vestida a la vieja moda, igual que un ornamento deforme e imprescindible del salón; los invitados al llegar se le acercaban entre profundas reverencias, como si lo mandara el ceremonial, pero luego ya nadie se ocupaba de ella. Recibía en su casa a toda la ciudad, observando la más rigurosa etiqueta y no reconocía a nadie por la cara. Su numerosa servidumbre, que engordaba y encanecía en su antesala y en el cuarto de las doncellas, hacía lo que le venía en gana y desplumaba a cuál más a la moribunda anciana.



Lizaveta Ivánovna era la mártir de la casa. Ella servía el té y recibía las reprimendas por el excesivo gasto de azúcar; leía en voz alta las novelas y era la culpable de todos los errores del autor; acompañaba a la vieja en sus paseos y respondía del tiempo y por el estado del empedrado. Se le había asignado un sueldo que nunca le acababan de pagar; en cambio, se le exigía que fuera vestida como todas, es decir, como muy pocas. En sociedad desempeñaba el papel más lamentable. Todos la conocían, pero nadie notaba su presencia; en las fiestas sólo bailaba cuando faltaba alguien para un vis-à-vis y las damas se la llevaban del brazo siempre que, para recomponer algo de sus atuendos, debían ir al tocador. Tenía mucho amor propio, se apercibía vivamente de su condición y miraba a su alrededor esperando con impaciencia a su salvador. Pero los jóvenes calculadores en su despreocupada vanidad, no le prestaban atención, aunque Lizaveta Ivánovna era cien veces más hermosa que las descaradas y frías muchachas casaderas en cuyo derredor aquellos revoloteaban. ¡Cuántas veces, tras abandonar imperceptiblemente el aburrido y suntuoso salón, se retiraba a llorar a su modesto cuarto con un biombo empapelado, una cómoda, un pequeño espejo y una cama pintada, y donde la vela de sebo ardía mortecina sobre una palmatoria de bronce!



En cierta ocasión -esto sucedía a los dos días de la velada descrita al comienzo del relato y una semana antes de la escena en que nos hemos detenido-, Lizaveta Ivánovna, sentada junto a la ventana con su bastidor, miró casualmente a la calle y vio a un joven oficial de ingenieros que inmóvil mantenía fija la mirada en su ventana. La joven bajó la cabeza y retornó a su labor; al cabo de cinco minutos miró de nuevo: el joven oficial seguía en el mismo lugar. Como no tenía costumbre de coquetear con cualquier oficial, dejó de mirar al exterior y estuvo bordando cerca de dos horas sin levantar la cabeza. Llamaron a comer. La joven se levantó, comenzó a recoger el bastidor y, al echar un vistazo casual a la calle, de nuevo vio al oficial. El hecho le pareció bastante extraño. Después de comer se acercó a la ventana con sensación de cierto desasosiego, pero el oficial ya no estaba, y se olvidó de él... Al cabo de dos días, al salir con la condesa a tomar la carroza, lo vio de nuevo. Estaba justo delante del portal, con la cara cubierta con un cuello de piel de castor: sus ojos negros centelleaban bajo el gorro. Lizaveta Ivánovna, ella misma sin saber por qué, se asustó y subió a la carroza con un temblor inexplicable.



Al regresar a casa, corrió a la ventana: el oficial estaba donde siempre, con la mirada fija en ella. La joven se apartó venciendo la curiosidad, turbada por un sentimiento completamente nuevo para ella.



Desde entonces no había día en que el joven, a la misma hora, no apareciera bajo las ventanas de la casa. Entre ambos se estableció una relación inadvertida. Sentada junto a su labor, ella notaba su llegada, levantaba la cabeza y lo miraba cada vez más largo rato. El joven parecía estarle agradecido por ello: la muchacha, con la aguda mirada de la juventud, veía cómo un repentino rubor cubría las pálidas mejillas del oficial cada vez que sus miradas se encontraban. Al cabo de una semana ella le sonrió...



Cuando Tomski vino a pedir permiso a la condesa para presentarle a su amigo, el corazón de la pobre muchacha latió con fuerza. Pero, al enterarse de que Narúmov no era un oficial de ingenieros, sino de caballería, lamentó que con aquella indiscreta pregunta hubiera descubierto al alocado Tomski su secreto.



Guermann era hijo de un alemán afincado en Rusia que había dejado a su hijo un pequeño capital. Firmemente convencido como estaba de la necesidad de afianzar su independencia, Guermann no tocaba siquiera los intereses del dinero, vivía de su paga y no se permitía el menor de los caprichos. Pero dado su carácter reservado y ambicioso, sus compañeros rara vez tenían ocasión de burlarse de su desmedido sentido del ahorro. Era un hombre de fuertes pasiones y con una desbocada imaginación, pero su entereza lo había salvado de los acostumbrados extravíos de la juventud. Así, por ejemplo, siendo en el fondo de su alma un jugador, nunca había tocado unas cartas, pues estimaba que su fortuna no le permitía (como solía decir) sacrificar lo imprescindible con la esperanza de salir sobrado, y, entretanto, se pasaba noches enteras en torno a las mesas de juego y seguía con frenesí febril cada una de las evoluciones de la partida.



La anécdota de las tres cartas impresionó poderosamente su imaginación y en toda la noche no le salió de la cabeza.



«¡Qué pasaría si la vieja condesa me descubre su secreto! -pensaba en la tarde del día siguiente vagando por Petersburgo-, ¡o si me indica las tres cartas de la suerte! ¿Por qué no puedo yo probar fortuna?... Podría presentarme a ella, ganarme su favor, tal vez convertirme en su amante; aunque para todo esto se necesita tiempo, y la vieja tiene ochenta y siete años, puede morirse en una semana, ¡o dentro de dos días!... Y la historia misma... ¿Se puede creer en ella?... ¡No! ¡Las cuentas claras, la moderación y el amor al trabajo: éstas son mis tres cartas de la suerte! ¡Esto es lo que triplicará, lo que multiplicará por siete mi capital y me permitirá alcanzar el sosiego y la independencia!»



Pensando de este modo se encontró en una de las calles principales de Petersburgo, ante una casa de estilo antiguo. El paseo estaba abarrotado de coches, las carrozas se detenían una tras otra ante el iluminado portal. De ellas a cada instante asomaba o la esbelta pierna de una bella joven, o una estruendosa bota, ya una media a rayas, ya los botines de un diplomático. Abrigos de piel y capotes se deslizaban ante un majestuoso portero. Guermann se detuvo.



-¿De quién es esta casa? -preguntó al guardia de la garita de la esquina.



-De la condesa *** -contestó el de la garita.



Guermann se estremeció. De nuevo en su imaginación se dibujó la asombrosa historia. Se puso a rondar junto a la casa pensando en su dueña y en su mágico don. Regresó tarde a su humilde rincón, tardó mucho en dormirse, y cuando le venció el sueño se le aparecieron unas cartas, una mesa verde montañas de billetes y montones de monedas. Tiraba una carta tras otra, doblaba las apuestas con decisión, ganaba sin parar, recogía el oro a manos llenas y atestaba de billetes los bolsillos.



Al despertar, tarde ya, suspiró ante la pérdida de su fantástica fortuna, se marchó a vagar de nuevo por la ciudad y otra vez se encontró ante la casa de la condesa ***. Al parecer, una fuerza invisible lo atraía hacia el lugar. Se detuvo y se puso a mirar a las ventanas. En una de ellas vio una cabecita de cabellos morenos, inclinada seguramente sobre algún libro o una labor. La cabecita se alzó. Guermann vio un rostro fresco y unos ojos negros. Aquel instante decidió su suerte.







III



No había tenido tiempo Lizaveta Ivánovna de quitarse la capa y el sombrero que ya la condesa la había mandado llamar para ordenarle que engancharan de nuevo los caballos. En el preciso momento en que dos lacayos levantaban a la vieja y la introducían a través de las portezuelas en la carroza, Lizaveta Ivánovna vio junto a la misma rueda a su ingeniero; él la asió de la mano, ella no pudo reaccionar del susto, y el joven desapareció: en la mano de la muchacha quedó una carta. La escondió dentro del guante y durante todo el paseo ni vio ni oyó nada.



En la carroza la condesa tenía la costumbre de hacer preguntas sin parar: ¿quién es ese que se ha cruzado con nosotros?, ¿cómo se llama este puente?, ¿qué dice ese anuncio? En esta ocasión Lizaveta Ivánovna contestaba sin ton ni son y a destiempo a las preguntas y enojó a la condesa.



-¡¿Qué te ocurre, chiquilla?! ¿O es que te ha dado un pasmo? ¿Qué pasa, no me oyes o no me entiendes?... ¡Gracias a Dios que no soy tartamuda ni he perdido la razón!



Lizaveta Ivánovna no la escuchaba. De regreso a casa corrió a su cuarto, sacó del guante la carta: no estaba sellada. Lizaveta Ivánovna la leyó. La nota contenía una declaración de amor: unas palabras tiernas, respetuosas y tomadas letra por letra de una novela alemana. Pero Lizaveta Ivánovna no sabía alemán y quedó muy satisfecha.



Y, sin embargo, la carta, que ella había aceptado, la dejó sumamente preocupada. Era la primera vez que entablaba una relación secreta y estrecha con un hombre joven. El atrevimiento de éste la horrorizaba. Se reprochaba su imprudente conducta y no sabía qué hacer: ¿dejar de sentarse junto a la ventana y, con su desdén, enfriar en el joven oficial su afán de proseguir con el acoso?, ¿devolverle la carta?, ¿o bien responderle en tono frío y decidido? No tenía a quién pedir consejo, ni una amiga, o mentora. Lizaveta Ivánovna optó por contestar.



Se sentó a la mesa del escritorio, tomó pluma y papel y se puso a pensar. Comenzó la carta varias veces y la rompió otras tantas: unas su tono le parecía demasiado condescendiente, otras en exceso cruel. Por fin logró escribir varias líneas de las que se sintió satisfecha:



Estoy convencida de que sus intenciones son honestas -escribía- y que con este paso irreflexivo no ha querido usted ofenderme; pero nuestro trato no debería dar comienzo de este modo. Le devuelvo la carta esperando no tener motivos para lamentar en el futuro una inmerecida falta de respeto por su parte.



Al día siguiente, al ver pasar a Guermann, Lizaveta Ivánovna se levantó abandonando su labor, entró en la sala, abrió la ventanilla y, confiando en la destreza del joven oficial, arrojó la carta a la calle. Guermann se lanzó hacia el lugar, recogió el sobre y entró en una confitería. Arrancando el sello encontró su carta y la respuesta de Lizaveta Ivánovna. Era justo lo que esperaba, y muy absorto en su intriga regresó a su casa.



Tres días después, una mademoiselle jovencita y de ojos vivarachos trajo de una tienda de modas una nota para Lizaveta Ivánovna. Ésta la abrió preocupada temiendo encontrarse con algún pago que le reclamaban, pero, de pronto, reconoció la letra de Guermann.



-Se ha equivocado usted, jovencita -dijo-; esta nota no es para mí.



-No. ¡Es para usted, seguro! -respondió la valiente chica sin esconder una sonrisa maliciosa-. ¡Tenga la bondad de leerla!



Lizaveta Ivánovna recorrió la hoja de papel. Guermann le pedía una cita.



-¡No puede ser! -dijo Lizaveta Ivánovna asustada tanto por lo apremiante de la petición como por el método empleado para hacerla-. ¡Seguro que no es para mí! -y rompió la carta en pequeños pedacitos.



-Si no era para usted, entonces ¿por qué ha roto la carta? -dijo la mademoiselle-. Se la habría devuelto a quien la ha mandado.



-Le ruego, jovencita -replicó Lizaveta Ivánovna ruborizándose ante aquella observación-, que en adelante no me traiga más notas. Y a quien la envía dígale que debería darle vergüenza...



Pero Guermann no se dio por vencido. Lizaveta Ivánovna, de un modo o de otro, recibía notas suyas cada día. Ya no eran cartas traducidas del alemán. Guermann las escribía inspirado por la pasión, hablaba con sus propias palabras: en ellas se expresaba tanto lo irrenunciable de su deseo, como el desorden de su desbocada imaginación. Lizaveta Ivánovna abandonó la idea de devolver las cartas: se embriagaba con ellas; comenzó a contestarlas, y sus notas por momentos se tornaban más largas y más tiernas. Por fin le arrojó por la ventanilla la carta siguiente:



Hoy se celebra un baile en casa del embajador de ***. La condesa irá. Nos quedaremos hasta las dos. He aquí la ocasión para verme a solas. En cuanto la condesa se haya marchado, lo más probable es que los sirvientes también se vayan; en el zaguán se queda el conserje, pero acostumbra a encerrarse en su cuartucho. Venga usted hacia las once y media. Diríjase directamente a la escalinata. Si se encuentra a alguien en el recibidor pregunte usted si la condesa está en casa. Le dirán que no y, ¡qué le vamos a hacer!. deberá usted marcharse. Pero es probable que no encuentre usted a nadie. Las doncellas se recluyen todas en su alcoba. Del recibidor diríjase hacia la izquierda, siga todo recto hasta el dormitorio de la condesa. Allí, tras el biombo verá usted dos pequeñas puertas. La de la derecha da al despacho, donde la condesa no entra nunca; la de la izquierda, a un pasillo, allí verá una estrecha escalera de caracol. La escalera conduce a mi cuarto.



Guermann se estremecía como un tigre, en espera del momento señalado. A las diez de la noche ya se encontraba ante la casa de la condesa. El tiempo era horroroso: aullaba el viento, una nieve húmeda caía a grandes copos, las farolas ardían mortecinas, las calles estaban desiertas. De vez en cuando se arrastraba un coche de alquiler con su flaco jamelgo en busca de algún cliente rezagado. Guermann permanecía de pie, sólo con su levita, sin notar ni el viento ni la nieve.



Por fin apareció la carroza de la condesa. Guermann vio cómo los lacayos sacaron a la encorvada dama llevándola del brazo, envuelta en un abrigo de marta cebellina, y cómo, tras ella, cubierta por una capa liviana, con la cabeza adornada de flores naturales, se deslizó su pupila. Se cerraron las portezuelas. La carroza arrancó pesadamente por la fláccida nieve. El conserje cerró la puerta. La luz de las ventanas se apagó.



Guermann echó a andar junto a la casa vacía; se acercó a una farola, miró el reloj, eran las once y veinte. Se quedó junto a la farola con los ojos clavados en la aguja del reloj esperando que transcurrieran los minutos restantes.



Justo a las once y media Guermann pisó el porche de la condesa y subió al zaguán brillantemente iluminado. El conserje no estaba. Guermann subió corriendo por la escalinata, abrió la puerta y vio a un criado que dormía bajo la lámpara en un sillón vetusto y manchado. Con paso ligero y firme Guermann pasó junto a aquel. El salón y el recibidor estaban a oscuras. La lámpara los iluminaba débilmente desde la entrada.



Guermann entró en el dormitorio. En el rincón de los iconos, repleto de imágenes antiguas, ardía tenue una lamparilla de oro. Unos desteñidos sillones y divanes damasquinos con cojines de plumas y dorados desgastados se disponían en triste simetría junto a las paredes cubiertas de seda china. En una de ellas colgaban dos retratos pintados en París por madame Lebrun. Un cuadro representaba a un hombre de unos cuarenta años, sonrosado y grueso, con uniforme verde claro y una estrella; el otro, a una joven belleza de nariz aguileña, las sienes peinadas hacia arriba y una rosa en el empolvado cabello. Por todas partes asomaban pastorcillas de porcelana, un reloj de mesa obra del célebre Leroy, cofrecillos, yoyós, abanicos y diversos juguetes de señora inventados a finales del siglo pasado a la par que el globo de los Montgolfier y el magnetismo de Mesmer.



Guermann se dirigió detrás del biombo. Tras éste se encontraba una pequeña cama de hierro; a la derecha se veía una puerta que conducía al despacho; a la izquierda, otra, que daba a un pasillo. Guermann la abrió y vio la estrecha escalera de caracol que conducía al cuarto de la pobre pupila... Pero regresó y entró en el oscuro despacho.



El tiempo pasaba lentamente. Todo estaba en silencio. En el salón sonaron doce campanadas; en todas las habitaciones, uno tras otro, los relojes dieron las doce, y de nuevo todo quedó en silencio. Guermann esperaba de pie, apoyado en la fría estufa. Estaba sereno, su corazón latía acompasado, como el de un hombre decidido a una empresa peligrosa, pero necesaria.



Los relojes dieron la una, luego las dos de la madrugada, y el joven oyó el lejano ruido de la carroza. Le dominó una emoción incontenible. La carroza se acercó a la casa y se detuvo. Guermann oyó el ruido del estribo al bajar.



La casa se puso en movimiento. Los criados echaron a correr, sonaron voces y la casa se iluminó. Entraron corriendo en la habitación las tres viejas doncellas, y apareció la condesa que, más muerta que viva, se dejó caer en el sillón Voltaire. Guermann miraba a través de una rendija: Lizaveta Ivánovna pasó a su lado. Guermann oyó sus apresurados pasos subiendo por la escalera. En su corazón brotó y se apagó de nuevo algo parecido a un remordimiento. El joven estaba petrificado.



La condesa comenzó a desvestirse ante el espejo. Le desprendieron las agujas de la cofia adornada de rosas; le quitaron la empolvada peluca de su cabeza canosa y de pelo muy corto. Los alfileres volaban como una lluvia a su alrededor. El vestido amarillo, bordado de plata, cayó a sus pies hinchados. Guermann era testigo de los repugnantes misterios de su tocador; por fin la condesa se quedó en camisón y gorro de dormir; con este atuendo, más propio de sus muchos años, parecía menos horrorosa y deforme.



Como toda la gente mayor, también la condesa padecía de insomnio. Una vez desvestida, se sentó junto a la ventana en su sillón Voltaire y despidió a las doncellas. Se llevaron las velas y de nuevo la habitación quedó sólo iluminada con la mariposa. La condesa, toda amarilla, sentada en su sillón, meneaba sus labios fláccidos balanceándose a izquierda y derecha. En su turbia mirada se reflejaba la ausencia de todo pensamiento; al verla se podría pensar que el balanceo de la espantosa vieja, más que deberse a su propia voluntad, era fruto de un oculto galvanismo.



De pronto su rostro muerto se alteró de manera indescriptible. Sus labios dejaron de moverse, la mirada cobró vida: ante la condesa se encontraba un desconocido.



-¡No se asuste, por Dios, no se asuste! -dijo éste con voz clara y queda-. No tengo la intención de hacerle daño; he venido a implorarle que me conceda una merced.



La vieja lo miraba en silencio y parecía como si no lo oyera. Guermann pensó que era sorda e, inclinándose hasta casi tocar su oreja le repitió las mismas palabras. La vieja seguía callada.



-Usted puede hacerme feliz para el resto de mi vida -prosiguió Guermann-, y no le va a costar nada: yo sé que usted puede adivinar tres cartas seguidas...



Guermann calló. La condesa, al parecer, comprendió lo que querían de ella; se diría que buscaba las palabras para responder.



-¡Aquello fue una broma! -dijo al fin-. ¡Se lo juro! ¡Una broma!



-¡Con cosas así no se bromea! -replicó enojado Guermann-. Acuérdese de Chaplitski, al que ayudó usted a recuperar su deuda.



La condesa pareció turbarse. Los rasgos de su cara reflejaron una poderosa emoción en su alma pero en seguida la anciana se sumergió en la impasividad de antes.



-¿Puede usted indicarme estas tres cartas seguras? -añadió Guermann.



La condesa seguía callada; Guermann prosiguió:



-¿Para quién quiere usted guardarse su secreto? ¿Para los nietos? ¿Qué falta les hace si ya son ricos? Si ni siquiera conocen el valor del dinero. A manirrotos como ellos sus tres cartas no les serán de ayuda. Quien no sabe cuidar de la herencia paterna, por muchas artes diabólicas que tenga a su alcance, de todos modos ha de morir en la miseria. Pero yo no soy un derrochador; yo sé el valor del dinero. Conmigo sus tres cartas no caerán en saco roto. ¡¿Y bien?!...



Guermann calló y esperó anhelante la respuesta. La condesa callaba; Guermann se arrodilló.



-Si alguna vez -dijo- su corazón ha conocido el sentimiento del amor, si recuerda usted cuánta emoción el amor depara, si ha sonreído siquiera una vez ante el primer llanto de su hijo recién nacido, si algún sentimiento humano ha palpitado en su pecho, le imploro a usted, por su amor de esposa, de amante y de madre, por lo más sagrado que haya en este mundo, ¡no rechace mi súplica! ¡Descúbrame su secreto! ¿Qué más le da a usted?... ¿Quizá el secreto entrañe un pecado horrible, la pérdida de la dicha eterna, un pacto con el diablo?... Piénselo; usted ya es vieja, no le queda mucho de vida; yo, en cambio, estoy dispuesto a cargar con su pecado. Lo único que le pido es que me revele su secreto. Piense que la felicidad de un hombre se halla en sus manos, que no sólo yo, sino mis hijos, mis nietos y biznietos bendecirán su nombre y honrarán su memoria como a una santa...



La vieja no decía ni palabra.



Guermann se levantó.



-¡Vieja bruja! -dijo apretando los dientes-. ¡Yo te haré hablar!...



Dicho esto, sacó del bolsillo una pistola.



Al ver el arma, la condesa mostró de nuevo en su rostro una poderosa emoción. Movió de arriba abajo la cabeza y levantó una mano como si se protegiera del disparo... Después cayó hacia atrás y se quedó inmóvil.



-Déjese de chiquilladas -dijo Guermann tomándola de la mano-. Se lo pregunto por última vez: ¿quiere usted decirme sus tres cartas? ¿Sí o no?



La condesa no contestaba. Guermann vio que estaba muerta.







IV



Lizaveta Ivánovna, sentada en su habitación aún con el vestido de baile, se hallaba sumida en profundos pensamientos. Al llegar a casa, se apresuró a despedir a la soñolienta doncella que le había ofrecido con desgana sus servicios, diciéndole que ella misma se desvestiría, entró temblorosa en su cuarto con la esperanza de ver allí a Guermann y deseando no encontrarlo. Comprobó a primera vista su ausencia y agradeció al destino por el contratiempo que había impedido aquella cita. Se sentó sin quitarse el vestido y se puso a rememorar todas las circunstancias que en tan poco tiempo tan lejos la habían llevado.



No habían pasado ni tres semanas desde que viera por primera vez tras la ventana a aquel joven, y ya mantenía con él correspondencia, ¡y éste ya le había arrancado una cita nocturna! Sabía su nombre sólo porque algunas de sus cartas iban firmadas; nunca le había dirigido la palabra, no conocía su voz y no había oído hablar de Guermann... hasta aquella misma noche. ¡Qué raro!



Justo aquella noche, en el baile, Tomski, enojado con la joven princesa Polina *** que, en contra de lo habitual, coqueteaba con otro, quiso vengarse de ella mostrándose indiferente: invitó a Lizaveta Ivánovna y bailó con ella una interminable mazurca. Durante todo el rato se burló de su interés por los oficiales de ingenieros. Le confesó que sabía muchas más cosas de las que ella podía suponer, y algunas de sus bromas fueron tan atinadas que Lizaveta Ivánovna pensó varias veces que Tomski conocía su secreto.



-¿Por quién se ha enterado de todo esto? -le preguntó ella entre risas.



-Por un compañero de quien usted sabe -contestó Tomski-, ¡una persona muy notable!



-¿Y quién es esta persona notable?



-Se llama Guermann.



Lizaveta Ivánovna no dijo nada, pero las manos y los pies se le helaron...



-Este Guermann -prosiguió Tomski- es un personaje en verdad romántico: tiene el perfil de Napoleón y el alma de Mefistófeles. Creo que sobre su conciencia pesan al menos tres crímenes. ¡Cómo ha palidecido usted!



-Me duele la cabeza... ¿Qué es lo que le decía su Guermann, o como se llame?...



-Guermann está muy disgustado con su compañero: dice que en su lugar él se hubiera comportado de muy otro modo... Yo supongo, incluso, que el propio Guermann le ha echado a usted el ojo; al menos escucha sin perder detalle las expansiones amorosas de su amigo.



-¿Y dónde me habrá visto?



-En la iglesia, tal vez... en algún paseo... ¡El diablo lo sabe! A lo mejor, en su habitación, mientras usted dormía: él es capaz...



Tres damas se acercaron a ellos con la pregunta «oubli ou regret?» e interrumpieron aquella charla que aguijoneaba cada vez de modo más torturante la curiosidad de Lizaveta Ivánovna. La dama elegida por Tomski fue la propia princesa ***. Ésta se tomó el tiempo suficiente para aclarar sus malentendidos en las varias vueltas que dio y en el largo camino que recorrió con él hasta la silla, de modo que Tomski al regresar a su lugar ya no pensaba ni en Guermann ni en Lizaveta Ivánovna. Ella quería reanudar sin falta la charla interrumpida, pero la mazurca había llegado a su fin y al poco rato la condesa decidió irse.



Las palabras de Tomski no eran otra cosa que pura palabrería de salón, pero calaron muy hondo en el alma de la joven soñadora. El retrato esbozado por Tomski se asemejaba al que se había formado ella, y, gracias a las novelas más recientes, este rostro entonces ya vulgar espantaba y atraía a la vez su imaginación.



Se hallaba sentada con los brazos cruzados inclinando sobre el pecho descubierto su cabeza aún adornada de flores... De pronto la puerta se abrió y entró Guermann. Lizaveta Ivánovna se echó a temblar...



-Pero, ¿dónde estaba usted? -preguntó ella en un susurro espantado.



-En el dormitorio de la vieja condesa -respondió Guermann-; ahora vengo de verla. La condesa está muerta.



-¡Dios santo!... ¿Qué dice usted?



-Y, al parecer -prosiguió Guermann-, yo soy la causa de su muerte.



Lizaveta Ivánovna lo miró y las palabras de Tomski resonaron en su alma: «¡Este hombre lleva sobre su conciencia tres crímenes al menos!» Guermann se sentó en el alféizar de la ventana y se lo contó todo.



Lizaveta Ivánovna lo escuchó llena de horror. De modo que todas aquellas apasionadas cartas, aquellos encendidos ruegos, aquella persecución osada y tenaz, ¡todo eso no era amor! ¡Dinero: he aquí lo que ansiaba aquella alma! ¡La pobre pupila no era otra cosa que la ciega cómplice de un bandido, del asesino de su anciana protectora!...



La joven lloró amargamente en un acceso de tardío y torturado arrepentimiento. Guermann la miraba en silencio: también su corazón se sentía desgarrado, pero ni las lágrimas de la desdichada muchacha ni la asombrosa belleza de su amargura conmovían su espíritu severo. Guermann no sentía remordimientos de conciencia ante la idea de la vieja muerta. Sólo una cosa lo llenaba de espanto: la irreparable pérdida del secreto con el que había soñado enriquecerse.



-¡Es usted un monstruo! -dijo al fin Lizaveta Ivánovna.



-Yo no quería matarla -dijo Guermann-. La pistola no estaba cargada.



Ambos callaron.



Llegaba el amanecer. Lizaveta Ivánovna apagó la vela mortecina: una luz pálida iluminó la habitación. Se enjugó los ojos llorosos y alzó la mirada hacia Guermann: éste seguía sentado en el alféizar de la ventana, las manos cruzadas y el severo ceño fruncido. En esta postura recordaba asombrosamente el retrato de Napoleón. Su parecido sorprendió incluso a Lizaveta Ivánovna.



-¿Cómo podrá salir de la casa?-dijo finalmente Lizaveta Ivánovna-. Pensaba conducirlo por una escalera secreta, pero hay que pasar por el dormitorio, y me da miedo.



-Dígame cómo encontrar esta escalera y me iré.



Lizaveta Ivánovna se levantó, sacó de la cómoda una llave, se la entregó a Guermann y le hizo una detallada descripción del camino. Guermann estrechó su fría e insensible mano. Besó su cabeza inclinada y salió.



Bajó por la escalera de caracol y entró de nuevo en el dormitorio de la condesa. La vieja muerta seguía sentada, su rostro petrificado expresaba una serenidad profunda. Guermann se detuvo ante ella, la miró largamente, como si quisiera cerciorarse de la horrible verdad; por fin entró en el despacho, encontró a tientas tras el tapizado de la pared una puerta y comenzó a bajar por una oscura escalera, abrumado por extrañas sensaciones.



«Tal vez por esta misma escalera -pensaba- hará unos sesenta años, a este mismo dormitorio y a la misma hora, con un caftán bordado, peinado à l'oiseau royal, estrechando contra el pecho un sombrero de tres picos, se habría deslizado el joven afortunado que desde hace tiempo se pudre en su tumba; en cambio, ha sido hoy cuando el corazón de su anciana amante ha dejado de latir...»



A final de la escalera Guermann encontró una puerta que abrió con la llave, y se encontró en un largo corredor que lo condujo a la calle.







V



Tres días después de la fatídica noche, a las nueve de la mañana, Guermann se dirigió al monasterio de ***, donde debían celebrarse los funerales de la difunta condesa. Sin sentirse arrepentido, no podía sin embargo ahogar del todo la voz de su conciencia que le repetía: ¡eres el asesino de la vieja! No era hombre de verdadera fe, pero sí muy supersticioso. Creía que la condesa muerta podía ejercer un influjo maléfico sobre su vida, y para conseguir de ella el perdón decidió presentarse al entierro.



La iglesia estaba llena. Guermann logró a duras penas abrirse paso entre la multitud. El féretro se alzaba sobre un rico catafalco bajo un baldaquino de terciopelo. La difunta yacía en el ataúd, las manos cruzadas sobre el pecho, con una cofia de encaje y un vestido de raso blanco. A su alrededor se encontraban los suyos: la servidumbre, en caftanes negros con cintas blasonadas sobre el hombro y sosteniendo los candelabros; los familiares: hijos, nietos y biznietos, de luto riguroso. Nadie lloraba; las lágrimas hubieran sido une affectation. La condesa era tan vieja que su muerte ya no podía extrañar a nadie, y desde hacía tiempo, los familiares la veían como más del otro mundo que de éste.



Un joven prelado pronunció la oración fúnebre. Glosó con expresiones sencillas y emotivas el tránsito de la hija de Dios por este mundo, cuyos largos años de vida habían sido un callado y conmovedor preparativo para una cristiana muerte.



-El ángel de la muerte la ha tomado en plena vigilia -dijo el orador-, entregada a la piadosa reflexión y en espera del novio de la medianoche.



El servicio se desarrolló con la tristeza y el decoro merecido. Los familiares fueron los primeros en dirigirse a dar el último adiós a la difunta. Tras ellos se puso en movimiento la numerosa muchedumbre reunida para inclinarse ante la dama que desde hacía tantos años había sido partícipe de sus mundanas diversiones. Después también siguió toda la servidumbre. Finalmente se acercó el ama de llaves de la señora, una anciana de sus mismos años. Dos jóvenes doncellas la conducían sujetándola de los brazos. No tuvo fuerzas para inclinarse hasta el suelo, y fue la única en dejar caer unas cuantas lágrimas al besar la fría mano de su señora.



Tras ella, Guermann se decidió a acercarse al féretro. Hizo una reverencia hasta tocar el suelo y permaneció varios minutos sobre las frías losas cubiertas de ramas de abeto. Al fin se levantó, pálido como la propia difunta, subió los escalones del catafalco y se inclinó... En aquel instante le pareció que la muerta lo miró con expresión burlona y le guiñó un ojo. Guermann retrocedió con premura, tropezó y cayó de espaldas sobre el suelo. Lo levantaron. En aquel mismo instante sacaron al exterior a Lizaveta Ivánovna desmayada.



El episodio perturbó por varios minutos la solemnidad de la lúgubre ceremonia. Entre los asistentes se alzó un sordo rumor, y un escuálido chambelán, pariente cercano de la difunta, le susurró al oído a un inglés que se encontraba a su lado que el joven oficial era un hijo natural de la condesa, a lo que el inglés respondió con frialdad: ¿Oh?



Todo el día Guermann se sintió extraordinariamente disgustado. Durante el almuerzo en una apartada hostería, en contra de su costumbre, bebió muchísimo con la esperanza de ahogar su desasosiego interior. Pero el vino enardecía aún más su imaginación. Al regresar a casa, se dejó caer sin desnudarse sobre la cama y se durmió profundamente.



Se despertó cuando ya era de noche: la luna iluminaba su habitación. Miró el reloj: eran las tres menos cuarto. Le había abandonado el sueño; se sentó en la cama y se quedó pensando en el entierro de la vieja condesa.



En aquel momento alguien miró desde la calle a través de la ventana y se retiró al instante. Guermann no prestó atención alguna al hecho. Al cabo de un minuto oyó que abrían la puerta de la entrada. Guermann pensó que su ordenanza, borracho como de costumbre, regresaba de un paseo nocturno. Pero oyó unos pasos desconocidos: alguien andaba arrastrando silenciosamente los zapatos. La puerta se abrió, entró una mujer vestida de blanco. Guermann la tomó por su vieja aya y se asombró de verla en casa a aquellas horas. Pero la mujer de blanco, en un abrir y cerrar de ojos, de pronto apareció ante él, ¡y Guermann reconoció a la condesa!



-He venido a verte en contra de mi voluntad -dijo la condesa con voz firme-. Pero se me ha mandado que cumpla tu deseo. El tres, el siete y el as, uno tras otro, te harán ganar; pero, con una condición: que no apuestes más de una carta al día y que en lo sucesivo no juegues nunca más. Te perdono mi muerte con tal de que te cases con mi protegida Lizaveta Ivánovna...



Tras estas palabras se dio la vuelta en silencio, se dirigió hacia la puerta y desapareció arrastrando los zapatos. Guermann oyó cómo resonó la puerta en el zaguán y vio que alguien lo miró de nuevo por la ventana.



Guermann tardó mucho rato en recobrarse. Salió a la habitación contigua. Su ordenanza dormía en el suelo; Guermann lo despertó a duras penas. El ordenanza, como de costumbre, estaba borracho, de modo que no pudo sacar de él nada en claro. La puerta del zaguán estaba cerrada. Guermann regresó a su cuarto, encendió una vela y anotó su visión.







VI



Dos ideas fijas no pueden existir al mismo tiempo en el ámbito de lo moral, de igual modo que en el mundo físico dos cuerpos no pueden ocupar idéntico lugar. El tres, el siete y el as pronto desplazaron en la mente de Guermann la imagen de la vieja muerta. El tres, el siete y el as no salían de su imaginación y le brotaban constantemente en los labios. Al ver a una joven, decía:



-¡Qué esbelta es!... Un auténtico tres de corazones.



Le preguntaban la hora y contestaba:



-Faltan cinco minutos para... un siete.



Cualquier hombre barrigudo le recordaba a un as. El tres, el siete y el as lo perseguían en sueños adoptando todos los aspectos posibles: el tres florecía ante sus ojos en forma de suntuosa magnolia; el siete se le aparecía como un portal gótico, y el as, como una enorme araña. Y todos sus pensamientos confluían en uno: cómo sacar provecho del secreto que tan caro le había costado.



Comenzó a pensar en pedir el retiro, en marchar de viaje. Quería hacerse con el tesoro de la encantada fortuna en alguna casa de juegos de París. Pero una ocasión le ahorró los quebraderos de cabeza.



En Moscú se había formado una sociedad de ricos jugadores bajo la presidencia del célebre Chekalinski, un hombre que se había pasado la vida jugando a las cartas y que en su tiempo había amasado millones ganando con talones y perdiendo en dinero contante y sonante. Los largos años de experiencia le granjearon la confianza de sus compañeros, y la casa siempre abierta, su famoso cocinero y el trato amable y jovial le proporcionaron el respeto del público. Chekalinski se instaló en Petersburgo. Los jóvenes inundaron sus salones abandonando los bailes por las cartas y prefiriendo las tentaciones del faraón al atractivo del galanteo. Allí llevó Narúmov a Guermann.



Atravesaron una serie de salas espléndidas llenas de corteses camareros. Varios generales y consejeros privados jugaban al whist; los jóvenes se sentaban recostados en mullidos sofás, comían helado y fumaban en pipa. En el salón, tras una larga mesa alrededor de la cual se agolpaban unos veinte jugadores, se sentaba el dueño, que llevaba la banca. Era un hombre de unos sesenta años, de la más respetable apariencia; unas canas plateadas cubrían su cabeza; su cara oronda y fresca era todo afabilidad; sus ojos, animados de una constante sonrisa, brillaban. Narúmov le presentó a Guermann. Chekalinski le estrechó amistosamente la mano, le rogó que se sintiera como en su casa y siguió tallando.



La partida duró largo rato. Sobre el tapete había más de treinta cartas. Chekalinski se detenía tras cada tirada para dar tiempo a los jugadores a que hicieran sus apuestas; apuntaba las pérdidas, atendía cortésmente las reclamaciones y con aún mayor cortesía alisaba más de un pico doblado por alguna mano distraída. Finalmente terminó la partida. Chekalinski barajó las cartas y se dispuso a tallar de nuevo.



-Permítame jugar una mano -dijo Guermann alargando su brazo de detrás de un señor gordo que estaba jugando. Chekalinski sonrió, inclinó en silencio la cabeza en señal de sumiso asentimiento. Narúmov felicitó entre risas a Guermann por haber roto su largo ayuno y le deseó un buen comienzo.



-¡Voy! -dijo Guermann tras escribir con tiza la apuesta en su carta.



-¿Cuánto? -preguntó entornando los ojos el de la banca-. Perdone, no lo veo bien.



-Cuarenta y siete mil -contestó Guermann.



Al oír aquellas palabras, al instante, todas las cabezas y todas las miradas se dirigieron hacia Guermann. «¡Se ha vuelto loco!», pensó Narúmov.



-Permítame advertirle -dijo Chekalinski con su imborrable sonrisa-, que juega usted muy fuerte; aquí nunca nadie ha apostado más de doscientos setenta y cinco a una sola carta.



-¿Y bien? -replicó Guermann-. ¿Acepta usted mi carta a no?



Chekalinski inclinó la cabeza con el aspecto de sumiso asentimiento de siempre.



-Sólo quería informarle -dijo- que la confianza con que me honran los compañeros no me permite jugar con nada que no sea dinero en efectivo. Por mi parte, claro está, estoy seguro de que con su palabra basta, pero, para el buen orden del juego y de las cuentas, le ruego que coloque la suma sobre la carta.



Guermann extrajo del bolsillo un billete de banco y lo entregó a Chekalinski, quien, tras echarle un simple vistazo, lo colocó sobre la carta de Guermann. Lanzó dos cartas. A la derecha cayó un nueve, a la izquierda un tres.



-¡La mía gana! -dijo Guermann mostrando su carta.



Entre los jugadores se alzó un murmullo. Chekalinski frunció el ceño, pero al momento la sonrisa retornó a su cara.



-¿Desea retirar sus ganancias? -le preguntó a Guermann.



-Si tiene la bondad.



Chekalinski sacó del bolsillo varios billetes de banco y saldó la deuda al punto. Guermann tomó su dinero y se alejó de la mesa. Narúmov no podía recobrarse de su perplejidad. Guermann se bebió un vaso de limonada y se marchó a casa.



Al día siguiente por la noche se presentó de nuevo en casa de Chekalinski. El dueño llevaba la banca. Guermann se acercó a la mesa; los jugadores en seguida le hicieron sitio. Chekalinski lo saludó con una cariñosa reverencia.



Guermann esperó la nueva partida, colocó su carta poniendo sobre ella sus cuarenta y siete mil rublos y lo ganado el día anterior.



Chekalinski lanzó las cartas. A la derecha cayó un valet, a la izquierda un siete.



Guermann descubrió su siete.



Todos lanzaron un ¡ah! Chekalinski se turbó visiblemente. Contó noventa y cuatro mil rublos y los entregó a Guermann. Este los tomó impasible y al punto se alejó.



A la noche siguiente Guermann apareció de nuevo ante la mesa. Todos lo esperaban. Los generales y consejeros privados abandonaron su whist para ver aquella inusitada partida. Los jóvenes oficiales saltaron de sus divanes; todos los camareros se reunieron en el salón. Todos rodeaban a Guermann. Los demás jugadores abandonaron sus cartas impacientes por ver cómo acabaría aquel joven. Guermann, de pie junto a la mesa, se disponía a apuntar él solo contra el pálido pero todavía sonriente Chekalinski. Cada uno desempaquetó una baraja de cartas. Chekalinski barajó. Guermann tomó y colocó su carta cubriéndola de un montón de billetes de banco. Aquello parecía un duelo. Reinaba un profundo silencio.



Chekalinski lanzó las cartas, las manos le temblaban. A la derecha se posó una dama, a la izquierda un as.



-¡El as ha ganado! -dijo Guermann y descubrió su carta.



-Han matado a su dama -dijo cariñoso Chekalinski.



Guermann se estremeció: en efecto, en lugar de un as tenía ante sí una dama de espadas. No daba crédito a sus ojos, no comprendía cómo había podido confundirse.



En aquel instante le pareció que la dama de espadas le guiñó un ojo y le sonrió burlona. La inusitada semejanza lo fulminó...



-¡La vieja! -gritó lleno de horror.



Chekalinski se acercó los billetes. Guermann seguía inmóvil. Cuando se apartó de la mesa, se alzó un rumor de voces.



-¡Una jugada divina! -comentaban los jugadores.



Chekalinski barajó de nuevo las cartas; el juego siguió su curso.







EPÍLOGO



Guermann ha perdido la razón. Está en la clínica Obújov, en la habitación número 17. No contesta a ninguna pregunta y murmura con inusitada celeridad: «¡Tres, siete, as! ¡Tres, siete, dama!...»



Lizaveta Ivánovna se ha casado con un joven muy afable que sirve en alguna parte y posee una fortuna considerable: es el hijo del que fuera el administrador de la difunta condesa. Lizaveta Ivánovna tiene de pupila a una pariente pobre.



Tomski ha ascendido a capitán y se ha casado con la princesa Polina.


Fonte : Biblioteca Digital Ciudad Seva

quinta-feira, 10 de março de 2011

Frutos e flores

Meu amado me diz

que sou como maçã

cortada ao meio.

As sementes eu tenho

é bem verdade.

E a simetria das curvas

Tive um certo rubor

na pele lisa

que não sei

se ainda tenho.

Mas se em abril floresce

a macieira

eu maçã feita

e pra lá de madura

ainda me desdobro

em brancas flores

cada vez que sua faca

me traspassa.


Maria Colasanti

terça-feira, 8 de março de 2011

Ficções de um mestre oculto

Obra máxima de Macedonio Fernández antecipa Borges


Seria um absurdo pretender descrever este livro de Macedonio Fernández (1874 – 1952), escritor/pensador argentino tido como o mestre “oculto” da literatura de seu país, com as usuais categorias da análise formal. Se, de qualquer jeito, assumíssemos essa empreitada, deveríamos dizer que o livro está composto de 20 capítulos precedidos de quase 60 textos introdutórios muitos deles com a precisa rubrica de “prólogo”. Assim sendo, quase dois terços do livro constituem o limiar dele. Personagem central: A Eterna, a quem o romance está dedicado. Ainda temos personagens de “fim de capítulo”, personagens “da Ausência” e até candidatos a personagens entre outros “protagonistas” não menos surpreendentes. O enredo(?): as reflexões metafísicas que levantam as ações de personagens que, se sabendo personagens, moram em “O romance”. Caso ainda não hajamos compreendido o teor do texto, atentemos para o incipit: “Com um Final de Morte Acadêmica: apresentação na arte, e na vida, de um uso sábio da Ausência, equivalência voluntária de adoçada morte”.

O que será este Museu? Museu das especulações metafísicas? Museu das experimentações narrativas? Ou o paradoxal Museu do romance, gênero da modernidade?

Estará enganado o leitor se pensa que este livro é produto de uma conscienciosa vanguarda. Antes do que isso é o resultado, segundo sustenta Julio Prieto (um dos leitores contemporâneos de Macedonio), do caráter mais bem excêntrico das vanguardas rio-platenses. De geração muito anterior àquela de Jorge Luis Borges (quem tinha 22 anos quando volta da Europa e reencontra quem fora o velho amigo de seu pai), Macedonio propõe um romance que é menos uma obra pronta que uma grande reflexão, como tantos contos do grande autor argentino, sobre as possibilidades da ficção. “O uso sábio da Ausência” parece ser, entre outros matizes desse conceito nuclear do texto, ausência ou invisibilidade do autor que, no “Prólogo final” intitulado “Ao que queira escrever este romance” oferece a sua “obra” ao público: “Deixo assim dados a teoria perfeita do romance, uma imperfeita peça de execução dele e um perfeito plano de execução”. Essa condição aberta do texto é ressaltada pela compacta mas bela edição da Cosac Naify que, ao engastar os diversos prólogos em curiosas molduras numeradas, colabora mais para um efeito de compilação do que para a organicidade tradicional da ideia de livro. Fica feito assim o convite para aquele “leitor salteado” procurado por Macedonio; um leitor salteado que, na sempre desembocada lógica macedoniana, advém o “leitor seguido” ao se deparar com um texto disperso: “Ao leitor salteado me acolho. Eis que leste todo o meu romance sem saber, te tornaste leitor seguido e descabido ao te contar tudo dispersamente e antes do romance. Comigo, o leitor salteado é o que tem mais chances de ler seguido”.

Na breve mas precisa introdução desta edição brasileira do Museu, Damián Tabarovsky nos lembra que Borges procurou deslocar o talento de seu precursor para a oralidade: “Creio que Macedonio, apesar de seus livros admiráveis, não está na escrita. Acredito que Macedonio estava em seu diálogo”. Contudo, ainda que reconhecendo certa intencional estratégia de ocultação do “mestre”, Jorge Luis Borges não deixa de dizer uma verdade: a figura de autor que Macedonio constrói é aquela de alguém despreocupado pela escrita e indiferente às exigências do mercado editorial. O Museu, escrito ao longo da vida de Macedonio, rotineiramente anunciado e até artesanalmente publicitado com papeizinhos que Macedonio dissimulava esquecer em mesas de café, ganhou uma edição definitiva em 1967, 15 anos depois da morte de seu autor e sob os cuidados de seu filho Adolfo de Obieta.

Significou essa reticência algum tipo de apagamento do projeto de Macedonio? Em absoluto. Pelo contrário, Macedonio, na sua rejeição da literatura como mera mimese de um pretenso mundo “real” entretece a literatura de Borges e antecipa – em seu projeto de romance “desencadernado” – O Jogo da Amarelinha, de Julio Cortázar. Sua pretensão de apagamento autoral chega, aliás, até o fascínio de Ricardo Piglia pelo anonimato, que suporia – tal como acontece em A Cidade Ausente – a escrita viabilizada por uma máquina e permeia, de forma geral, a literatura argentina no que ela tem de gosto por evidenciar que a literatura é feita, basicamente, de literatura.

Se a metafísica está para a filosofia como a poesia para a literatura, a escrita metafísica/poética de Macedonio supõe um enorme desafio para o tradutor. Nesse sentido, Gênese Andrade, a tradutora desta edição do Museu, tem sabido escrutar a sempre enganosa literalidade entre o português e o espanhol com uma tradução em permanente tensão com a singularidade do léxico e escrita macedoniana. Um dado: ler Macedonio em português evoca, por momentos, a escrita de Brás Cubas, seja pelos títulos dos prólogos (”Óbito do autor”, “O autor hesita”), seja por alguns sintomáticos gestos comuns (como, por exemplo, deixar páginas em branco para que sejam preenchidas pelo leitor).

Pablo Gasparini
Fonte : O Estado de São Paulo





PABLO GASPARINI É PROFESSOR DOUTOR DE LITERATURA HISPANO-AMERICANA DA USP E AUTOR DE EL EXILIO PROCAZ: GOMBROWICZ POR LA ARGENTINA (BEATRIZ VITERBO)

sábado, 5 de março de 2011

"Acreditava-se  muito forte em diplomacia, a  ciência daqueles que não possuem nenhuma outra, e que, por seu próprio vazio, mais profundos parecem; ciência, aliás, bastante cômoda(...) porque precisando de homens discretos ,ela permite aos ignorantes nada dizerem, fecharem-se em acenos de cabeça misteriosos; porque, enfim, o homem mais forte nesta ciência é aquele que nada, conservando a cabeça acima da onda dos acontecimentos que simula conduzir(...).Aí, como nas artes, se encontram mil mediocridades para um homem de gênio. "
M. de Châtelet .Ilusões Perdidas.
Balzac

Sonhei comigo

Sonhei comigo

esta noite

Vi-me ao comprido

Deitada

Tinha estrelas

nos cabelos

em meus olhos

madrugadas

Sonhei comigo

esta noite

como queria

ser sonhada

Senti o calor da mão

percorrendo uma guitarra

De longe vinha um gemido

uma voz desabalada

Havia um campo

de trigo

um sol forte

me abrasava.

E acordei

meio sonhando

procurando

me encontrar

Quando me vi

ao espelho

era teu

o meu olhar.

Eugénia Tabosa

Sete luas

Esta noite sete luas,

sete luas cheias,

rolaram juntas nos céus.

Dançaram nuas

sem pudor nem véus.

Vieram as estrelas,

as fadas e os anjos

deram-se as mãos

e fizeram roda

à roda da lua

sete vezes branca.

Vem, meu amor,

escuta seu canto.

Eugénia Tabosa

domingo, 27 de fevereiro de 2011

Rascunho do tempo

Rascunho essa memória



Contando estórias de meu pai.



Mergulho no mundo: abissal paisagem.



Viagem pelo barro: mistura fria.



Calor de tua mão.



Fogo do forno



Volto ao passado cuneiforme.



Extraio de mim a parte possível:



Sou a cerâmica esquecida



Durante as mudanças da vida.



Onde me debruço?



No patamar dessa escada



Ou no tempo a ser inscrito pelo meu corpo?



Nesse tempo — alguidar



Cheio da água jorrando esquecimentos



Preparo meus dias para o meu sempre



Mesmo sabendo o teu nunca




Vera Casa Nova – Escritoras Suicidas

Rascunho essa memória



Contando estórias de meu pai.



Mergulho no mundo: abissal paisagem.



Viagem pelo barro: mistura fria.



Calor de tua mão.



Fogo do forno



Volto ao passado cuneiforme.



Extraio de mim a parte possível:



Sou a cerâmica esquecida



Durante as mudanças da vida.



Onde me debruço?



No patamar dessa escada



Ou no tempo a ser inscrito pelo meu corpo?



Nesse tempo — alguidar



Cheio da água jorrando esquecimentos



Preparo meus dias para o meu sempre



Mesmo sabendo o teu nunca.


Vera Casa Nova
Fonte : Escritoras Suicidas

Moacyr Scliar

Moacyr Scliar

Médico, Scliar publicou primeiro livro em 1971



O escritor gaúcho Moacyr Scliar, que morreu hoje, aos 73 anos, publicou mais de 80 livros de diversos gêneros literários. Em 2003, entrou para a Academia Brasileira de Letras.



Scliar ganhou diversos prêmios Jabuti. Em 2009, o romance “Manual da Paixão Solitária” foi eleito livro do ano. Ele também emplacou dois na categoria romance, “Sonhos Tropicais” (1993) e “A Mulher que Escreveu a Bíblia” (2000), e um na categoria contos, “O Olho Enigmático” (1988). Em 1980, ele venceu o prêmio de literatura da APCA por “O Centauro no Jardim”.



Seus livros frequentemente abordam a imigração judaica no Brasil, mas também tratam de temas como o socialismo, a medicina e a vida da classe média. A obra de Scliar já foi traduzida para doze idiomas.



Dois deles ganharam adaptação para o cinema.



O primeiro foi o romance “Um Sonho no Caroço do Abacate”, sob o título “Caminho dos Sonhos”. Dirigido por Luca Amberg, o filme tinha a participação dos atores americanos Elliott Gould (Friends) e Talia Shire, além de Taís Araújo, Caio Blat, Mariana Ximenes, Fábio Azevedo e Edward Boggiss.



Em 2002, o romance “Sonhos Tropicais” foi adaptado sob a direção de André Sturm, com Carolina Kasting, Bruno Giordano, Flávio Galvão, Ingra Liberato e Cecil Thiré no elenco.



Scliar também escreveu crônicas e resenhas de livros. Era colunista da Folha.



Veja abaixo os principais livros de Scliar.




“A Guerra no Bom Fim” (1971)

“O Exército de um Homem Só” (1973)

“O Centauro no Jardim” (1980)

“Max e os Felinos” (1981)

“A Majestade do Xingu” (1997)

“A Mulher que Escreveu a Bíblia” (1999)

“Os Leopardos de Kafka” ( 2000)

“Sonhos Tropicais” (1992)

“Os Vendilhões do Templo” (2006)

“Manual da Paixão Solitária” ( 2008)

“Eu Vos Abraço Milhões” (2010)



VIDA



Nascido Moacyr Jaime Scliar em 23 de março de 1937 em Porto Alegre, no Rio Grande do Sul, ele foi alfabetizado por sua mãe, que era professora primária.



Scliar cursou medicina na Faculdade de Medicina da Universidade Federal do Rio Grande do Sul, onde se formou em 1962. No mesmo ano, publicou seu primeiro livro, “Histórias de Médico em Formação”, coletânea de contos baseados em sua experiência como estudante. O escritor fez residência Santa Casa de Porto Alegre, se especializando médico sanitarista.



Em 1965, Scliar se casou com Judith Vivien Oliven. Três anos depois, publicou o livro de contos “O Carnaval dos Animais”, o qual considera de fato sua primeira obra. Em 1969, assumiu o cargo de chefe da equipe de educação em saúde da Secretaria da Saúde do Rio Grande do Sul.



No ano seguinte, iniciou um curso de pós-graduação em medicina comunitária no Instituto de Seguro Médico de Israel. Em 1971, o escritor lançou seu primeiro romance, “A Guerra no Bom Fim”.



O filho de Scliar, Roberto, nasceu em 1979

Fonte: Blog Leituras Favre

Madeleine, sinapses e neurônios

Já o tínhamos em quadrinhos, aqui editados pela Zahar, e na prateleira de autoajuda (Como Proust Pode Mudar Sua Vida, de Alain de Botton, traduzido pela Rocco); agora o temos até entre os livros de ciência: Proust Foi um Neurocientista, que a Best Seller acaba de lançar, com um subtítulo (Como a Arte Antecipa a Ciência) inexistente no original.



Na capa poderia estar o pintor Paul Cézanne ou o compositor Igor Stravinsky ou o poeta Walt Whitman ou as escritoras Virginia Woolf, Gertrude Stein e George Eliot, pois todos estes, mais o cozinheiro Auguste Escoffier, inventor do caldo de vitela, também anteciparam descobertas da neurociência, sacaram verdades (reais e tangíveis) sobre a mente humana que só agora a ciência está “redescobrindo”, segundo Jonah Lehrer, autor do livro. Acontece que Proust, o neurocientista destacado na capa, não só tem mais nome que os demais como inventou a mítica madeleine que o ligou para sempre aos estudos sobre a biologia da memória.



Lehrer não escreve para iniciados, mas nem seu mais invejoso desafeto acadêmico ousaria enquadrá-lo entre os proxenetas da divulgação científica. Doutorado em neurociência e literatura inglesa, por Columbia e Harvard, editor e colaborador de publicações de qualidade comprovada, já teve aqui traduzida outra obra provocativa, O Momento Decisivo, em que defendia o primado da intuição sobre a razão na tomada de determinadas decisões, e foi meio por acaso que chegou à tese de que alguns expoentes do modernismo foram mais adiante que a ciência do seu tempo na exploração do cérebro humano.



Para ocupar os tempos mortos de uma pesquisa de laboratório sobre os mecanismos do cérebro, que desenvolvia com a equipe do Nobel de Medicina Eric Kandel, Lehrer mergulhou na leitura de Em Busca do Tempo Perdido. Logo no primeiro volume deparou com uma resposta “intuitiva” às suas investigações sobre como a mente recorda e um conjunto de células pode estocar e gerenciar nosso passado. Proust previra suas experiências com um século de antecedência, ajudado tão somente por uma madeleine e uma colher de chá.



“Um segredo molecular se escondia em nossas densas fibras neuronais, esperando silenciosamente por um bolinho”, reconhece Lehrer, que não se esqueceu de aludir ao pioneiro trabalho da psicóloga Rachel Herz sobre a rentura da hipótese levantada por Proust, segundo a qual o paladar e o olfato serviam melhor à “convocação do passado” que os demais sentidos. Cientificamente falando, o paladar e o olfato são os únicos sentidos que se ligam diretamente ao hipocampo, o centro de longa memória do cérebro, ao passo que os sentidos da visão, do tato e da audição passam primeiro pelo tálamo, a origem da linguagem e a porta da consciência, e são muito menos eficientes quando se trata de evocar o tempo perdido.



“Nenhum mapa da matéria jamais explicará a materialidade de nossa consciência”, profetiza Lehrer. Os cientistas separam os pensamentos em partes anatômicas, descrevem nosso cérebro em detalhes físicos, reduzindo-o a uma tecelagem de células elétricas e espaços sinápticos, esquecidos de que não é assim que experimentamos o mundo. Ao expressar nossa experiência real, os artistas expõem a incompletude da ciência.



Na busca por novos tipos de expressão, explorando formas diferentes de lidar com mistérios que não conseguiam compreender, um punhado de artistas passou a “olhar para o interior”, criando assim uma arte primorosamente autoconsciente, cujo “assunto” era a nossa psicologia. Proust o fez deitado na cama, refletindo sobre seu passado; Cézanne olhando horas a fio uma maçã; Gertrude Stein brincando com as palavras; Stravinsky investindo nas constantes alterações dos neurônios no córtex auditivo.



Quando da primeira exposição de pintura pós-impressionista, em dezembro de 1910, os quadros de Cézanne foram vistos como aberrações patológicas, como distorções deliberadas da natureza. Acreditava-se então que os nossos sentidos eram reflexos perfeitos do mundo exterior, que o olho humano era uma máquina fotográfica a enviar imagens prontas para o cérebro. Pas de tout. Os pós-impressionistas descobriram que ver, só, não bastava: era preciso refletir; ou seja, as nossas impressões exigem interpretação. E como olhar é criar o que vemos, decidiram reproduzir a natureza em termos de iluminação, “entender a visão como uma soma da luz”. A neurociência demoraria cinco décadas para confirmar esse insight, provando em laboratório que o nosso olhar apenas capta borrões de cor indistinta, e que cabe ao cérebro criar a realidade interpretando as linhas da luz que ainda não foram transformadas em forma, permitindo que um puzzle de cores abstratas resulte numa pintura realista.



Virginia Woolf acreditava que a natureza humana se transformara de forma notável por volta de dezembro de 1910, não exatamente pelo exposto na mostra dos pós-impressionistas. Há quase 10 anos, o psicólogo Steven Pinker desautorizou a escritora; para ele, “a natureza humana não mudou em 1910, nem em qualquer ano depois”. Certo, mas Pinker, argumenta Lehrer, não percebeu a ironia por trás da observação de Woolf. Nem seu principal alvo: os romancistas pré-modernos que haviam se recusado a investigar o funcionamento interno da mente. Woolf queria escrever romances que refletissem a natureza humana e sua mente fragmentada. Conseguiu. Quem leu Mrs. Dalloway há de concordar. Foi esse romance, publicado em 1925, que lhe deu status de neurocientista.

SERGIO AUGUSTO, s.augusto@estadao.com.br
Fonte : O Estado de S.Paulo

sábado, 26 de fevereiro de 2011

Orlando Furioso

"Tão puro brilha o aço em cada torre
Que de nódoa ou ferrugem sempre é isento.
Noite e dia o ladrão as plagas corre
E depois acha ali forte aposento.
Debalde ao que ele preia alguém socorre
Com brados de blasfêmia ou de lamento.
Minha amada, meu próprio coração
Desespero livrar de tal prisão. "

Orlando Furioso, de Ludovico Ariosto,
Tradução de Pedro Garcez Ghirardi.
Ateliê Editorial.

Lazy Eye

TERRITÓRIOS DA MÚSICA II

Canta-me um dos Lieder de Schubert,

um dos mais tristes,

Tränenregen, ou Der Lindenbaum,

pleno de florestas desamparadas,

inchado de rios transparentes,

transbordando de amores impossíveis.



Toca ao piano suavemente

e canta-me o mais triste Lied.

Abre espaço para o pobre Franz

junto ao fogo.



E se te acontecer cantares a palavra Herz,

certifica-te que lhe dás expressão, a modulação que requer,

pensa que somos Românticos

circa mil oitocentos e vinte e sete

e que um de nós tem uma doença incurável e impronunciável.

Porque ninguém vai compreender nunca

a nossa coragem, a nossa beleza.

RIKARDO ARREGI

Poesia & Ltda.


http://www.poesiailimitada.blogspot.com

segunda-feira, 21 de fevereiro de 2011

Tempo

Em 6 anos você se olha

E não tem mais

a mesma cara



Em 6 meses você cura

Uma ferida

seja ela qual for



Em 6 dias você acumula

Mais tarefas

do que na semana passada



Em 6 horas

Você pode viver

um grande amor



60 minutos por hora

essa é a velocidade

que a sua vida acaba



6 segundos é o que vai te restar

Pra perdoar

aquilo que você nem lembra mais.

Estrela Leminski – Escritoras Suicidas
Até quando terás, minha alma, esta doçura


Cecília Meireles

Até quando terás, minha alma, esta doçura,

este dom de sofrer, este poder de amar,

a força de estar sempre – insegura – segura

como a flecha que segue a trajetória obscura,

fiel ao seu movimento, exata em seu lugar…?

Melhores Poemas, Global Editora, 1984 – S.Paulo, Brasil

domingo, 20 de fevereiro de 2011

Eco depois de um mês em 68

Nós cansamos do velho

da intrépida múmia

com mofo aromático

E desespero tétrico.

Mas nunca do clássico

Pois esse não envelhece

Ganha a voz com o vento

E no tempo permanece.

Nós cansamos do que se basta

O que se rende à casta

Temem o que vem e se temem

Nunca se olham nem se desentendem

Nunca se afirmam e nem surpreendem.

Nós inventamos o futuro

E engolimos o modernismo

Nós devoramos a vanguarda

E transcendemos o partidarismo

mas isso,

é só

porque nascemos depois

que nasceu o pluralismo.

Eunice Boreal – Cronópios

Dois

Dossiê

Eu sou uma mocinha. Mo-ci-nha. Adoro perfumes, cores, bebês e flores.

Mas me interessa igualmente o que me é diferente. O lado obscuro de tudo. Eu sou uma mocinha. Menina. Mas me atrai conhecer o avesso. Entendê-lo.

Por isso coleciono almas. Olho nos olhos, observo o entorno, busco desgasto derreto de cansaço. Vou até o fim.

Eu sou menina. Eu sou menino. Eu sou um espectro. Uma abelha. Uma agulha. Uma fagulha.

Uma história de dois lados.

Daniela Dias – Escritoras Suicidas

terça-feira, 15 de fevereiro de 2011

IMERECIMENTO

Adormeço



na



luz



dos



teus



olhos



vejo



Veneza



que



não



conheço





Ondulo



num



círculo



de



ondas



de



levitação







Confesso:



não



mereço



a



ternura



da



gôndola



acariciando



as



águas



onda



a



onda

Tony Tcheka

NOSTALGIA

Cinzento nicotina



serpenteia o meu quarto



argola o tempo que não passa





Tu não apareces



nada acontece….





O som sobe em 33 rotações



a voz sofrida de Ottis Reding



sustenta o calor de um canto soul





Emerges de uma nota de piano



por momentos bailas



na circunferência de uma bola de fumo



que se esquiva pela persiana





Fica o som dilatado do sax



a dar passagem a Ottis



a sentenciar “time is over”





Nada acontece…



Nicotino o espaço que se fecha



sobre mim sem ti



Tony Tcheka

E NÃO TE CHAMAS CRISTO

Tens o crucifixo de muitas chuvas



cravado na palma da mão



com que matizas a terra



em tempos de kebur





Tempo finado



tempo fincado no peito da dor



disputando a sobra do cuntango



Tempo enlutado



tempo anoitecido



no entardecer da esperança





Na curvatura



do tambor onde expias o desespero



fizeram do teu corpo sepultura do medo





Negam-te o pedaço da tua tabanca



dão-te uma vida assalariada



taxam-te uns tantos por cento



para a sobrevivência autorizada





E não te chamas Cristo



e só pregas com o arado



Tony Tcheka

BATUCADA NA NOITE

Bissau cresce



quando o sol desce



vem com o fio da noite



e só adormece



quando amanhece





O álcool



e o week-end



inflamam corpos



cheios de adornos





Na noite



há insónias



e sónias de muitos nomes



não é só o mote



aqui há funky



há merengada



e antilhesas na madrugada



Lufadas de amor



moldam corpos



suarentos de ardor



há um saracoteio



permanente



na passarelle da noite



sedas flutuantes



coxas remexendo



num sincopado



que dá síncope





O odor



mastiga o ar



sem pudor mistura-se



confunde-se



catinga



chanel



paco rabane



água cheiro



suor



e dior



ça va comme ça…



O old scotch



dá o toque final



É fatal



afinal porque não…





A batucada cresce



abre o espaço



a cidade não dorme



Tony Tcheka

SILABAR A PAZ

RISCO



na folha



do teu corpo



azul



pergaminho



desta vida



cerzida



com fios



de tulipa



negra



espelho



que o mago



tingiu





GRITO



com a voz



de pedra



e sinto



os ventos



irromperem



das vértebras



da noite





ASSIM



tacteando



com as minhas



mãos



presas



ao umbigo



da vida



trespasso



a acidez



da loucura



em ponto final







SOLTO



todas



as vozes



silabando



a paz



com acentos



de liberdade



Tony Tcheka

TECTO DE SILÊNCIO

Ergo a minha voz



e firo o tecto de silêncio



nego a morte de crianças



porque há míngua de medicamentos





Na angústia



liberto o verbo



mordo o pólen da desgraça



que grassa



nesta África desventurada



em obra



e graça



Subdesenvolvendo-se





Coloco andaimes



nos alicerces do tempo



Perscruto os ventos



Circunciso as ondas



Nego a convivência da paciência



que amordaça a fala



e cala o sentimento





Exorcizo o paludismo



Apeio a poliomielite



Amputo a desgraça



e eis a graça da criança



florescendo a vida



Tony Tcheka

TERRA TÍSICA

terra sahel



vento



cinzento



esboçando



voos amargos



movediços



esperança a esvaiar



das alturas do futa djalon





-o bombolom



lamina ventos



anuncia eventos



repica forte



e geme



no corpo



do vento saheliano





dores saheis



em contravento





a seca



é um gemido ululante



sublimado



nas cordas adelgaçadas



do nhanhero griot





a chuva



que o vento



levou



mora no imaginário



sumido



de um choro



sem tambores



sem cana sem



lágrimas





o vento



deixou-nos



a ânsia gotejando



no pulmão da terra tísica



Tony Tcheka



(in “Os rumos de vento”- Fundão Portugal)

Globalizado excluído

A

Carta

de

alforria

que

floriu

no templo

das proclamações

decretos

e

convênios

libertadores

murchou

desandou

como

a

flor

sahel



amnésica

ficou

sem

os

pergaminhos



globalizada



nos

grilhões

dos

novos

navios

negreiros

ressurge

sob formas

manhetas

manietada pelas

fronteiras farpadas

impostas por patriarcas ilusionistas

batutadores da escrita família

do comércio proteccionista de exclu$ão &

companhia Lda

Tony Tcheka.Guiné Bissau

Canção de amor de uma negra[Black Woman's Love Song]

Eu te cantei canções de amor

enquanto eles nos jogaram

juntos

entre as baratas e os ratos

no porão do navio negreiro.



Eu te cantei canções de amor

quando naquele buraco fétido

eu te ajudei a ficar vivo

para enfrentar a luta no novo mundo.



Eu te cantei canções de amor

quando eles nos colocaram

à venda no leilão

e te levaram para o leste

me arrastando para o norte.



Eu te cantei canções de amor

entre os meus gritos

de dor

te implorando

Por favor nunca te esqueças de mim.



Eu te cantei canções de amor

quando eles me levaram

para ser sua concubina

e te levaram

para ser seu garanhão.



Eu te cantei canções de amor

até quando eu deixei

de ser a concubina deles

mas não pudeste deixar de ser

seu garanhão.



Eu te cantei canções de amor

quando a backra-massa ¹

nos jogou pra fora de nossas terras

pagas com nosso suor e sangue.



Eu te cantei canções de amor

quando tu disseste

“Se não podemos vencê-los

vamos nos unir a eles”

e ficaste com a backra-missus ².



Eu te cantei canções de amor

quando tivemos nossas cabeças

quebradas

juntos

nas demonstrações pelo direito

de falar, de fazer greve

de politizar

de organizar.



Eu te cantei canções de amor

quando tu choraste no meu peito

e eu esfreguei ervas medicinais

nos teus ferimentos

ambos

esquecendo

que os meus próprios intestinos estavam rasgados

e rasgados de feridas.



Eu te cantei canções de amor

quando pegamos em armas

contra o inimigo

para resgatar nossa dignidade.



Eu te cantei canções de amor

mesmo quando tu renegaste

o nosso filho

concebido com a tua semente apressada

disparada no meu útero

num dia de folga.



Eu te cantei canções de amor

depois da guerra

quando trabalhamos juntos

para reconstruir um povo inteiro

e um país livre.



Eu te cantei canções de amor

quando tu me disseste

que eu já não era esperta o suficiente

para freqüentar os jantares de Estado

para os quais tu já eras convidado.



Eu continuo te cantando

canções de amor

mesmo quando canções de ódio

ameaçam sufocar até a minha alma.



Eu te canto canções de amor

homem-negro

para que tu possas entender

que eu te quero

forte

do meu lado

me cantando canções de amor também.


Elean Thomas (1947-2007); Jamaica.





In: BARON, Dan. Alfabetização cultural. São Paulo: Alfarrábio, 2004. (Tradução do autor)



Notas:

¹ O latifundiário na Jamaica.

² A esposa do latifundiário

Carta de um Contratado

Eu queria escrever-te uma carta

amor

uma carta que dissesse

deste anseio

de te ver

deste receio de te perder

deste mais que bem querer que sinto

deste mal indefinido que me persegue

desta saudade a que vivo todo entregue…



Eu queria escrever-te uma cara

amor

uma carta de confidências íntimas

uma carta de lembranças de ti

de ti

dos teus lábios vermelhos como tacula

dos teus cabelos negros como dilôa

dos teus olhos doces como macongue

dos teus seios duros como maboque

do teu andar de onça

e dos teus carinhos

que maiores não encontrei por aí…



Eu queria escrever-te uma carta

amor

que recordasse nossos dias na capôpa

nossas noites perdidas no capim

que recordasse a sombra que nos caía dos jambos

o luar que se coava das palmeiras sem fim

que recordasse a loucura

da nossa paixão

e a amargura nossa separação…



Eu queria escrever-te uma carta

amor

que a não lesses sem suspirar

que a escondesses de papai Bombo

que a sonegasses a mamãe Kieza

que a relesses sem a frieza

do esquecimento

uma carta que em todo Kilombo

outra a ela não tivesse merecimento…



Eu queria escrever-te uma carta

amor

uma carta que te levasse o vento que passa

uma carta que os cajus e cafeeiros

que as hienas e palancas

que os jacarés e bagres

pudessem entender

para que se o vento a perdesse no caminho

os bichos e plantas

compadecidos de nosso pungente sofrer

de canto em canto

de lamento em lamento

de farfalhar em farfalhar

te levasse puras e quentes

as palavras ardentes

as palavras magoadas da minha carta

que eu queria escrever-te amor…



Eu queria escrever-te uma carta…

Mas ah meu amor, eu não sei compreender

por que é, por que é, por que é, meu bem

que tu não sabes ler

e eu – Oh! Desespero – não sei escrever também!

António Jacinto (1924-1991); Angola.
AMOR, SUEGRAS Y VOZKA




El amor es como un virus metafísico que ansiamos que se nos meta en el cuerpo de una u otra manera. El amor es una hermosa diablura condimentada con miel y labios ansiosos. Resulta tan primoroso que cuesta encontrarlo y, a veces, en busca del mismo, nos conformamos con cuentos de hadas relatados por personas que aseguran que sienten amor por nosotros, y al final, sólo era un sentimiento mal entendido que acabó en la cama de un motel de todo a cien, incluidos los preservativos. Será por esto que Giovanni Casanova sentenciaba que el amor no es más que una curiosidad, la misma que mató al gato. Yo me quedo con la cita de don Jacinto Benavente: “El amor es como Don Quijote: cuando recobra el juicio es que está para morir”. Serena y cabal cita la de don Jacinto, de hecho, algunos se han quedado con las neuronas cercenadas a causa del amor veraz. Y es que la verdad, pese a que suene poco paradisíaco, el amor en inicio es como un trago deleitable de vodka, mas, con el tiempo y la realidad, puedes llegar a desear quedarte con la botella del susodicho licor, y envenenarte las venas al verificar que no sólo estás amando a ese hombre o a esa mujer, sino también a su entorno. Es aquí, cuando el entorno ya está presente y te califica, cuando asoma un ser singular, clarividente y molesto para algunos: la suegra. Este ser portentoso, tan antiguo como un catarro primaveral, es quien puede dar colmada legitimidad a la relación de pareja. La suegra, estremecimiento de toda una tarde en familia, suele gozar de una sonrisa inicua matizada con rayos y centellas. Ella es una mujer prudente, de experiencia supina; también es, aunque su marido diga lo contrario, la que lleva los pantalones, la que te observa y evalúa como buena o mala pareja para su hijo o hija. En Galicia, aparece como matriarca incuestionable y a su vez es, aunque haya columnistas que no lo digan por miedo a represalias, el punto exacto de ir o no ir hacia adelante con la relación de noviazgo, y se les ha llegado a temer más que a una aparición de la Santa Compaña a medianoche, con luna llena y sicofonía de fondo. Esta mujer frenética te ofrece un lacón con grelos cocinado con pericia, mientras te acecha osadamente, estudiando el masticado de tus dientes ambarinos, el hilado de tu camisa made in la feria y las contestaciones que le das a una serie de preguntas que debes responder con educación imperiosa, pero nunca con sinceridad plena. La suegra puede llegar a ser algo así como la otra locura que Jacinto Benavente no se atreve a citar. Es una daga de doble filo que no entiende de frases como: “Yo amo a su hija y estoy dispuesto a estar con ella hasta el final de mis días”. No, no se engañen, existen suegras que ya huelen el bienestar de sus hijos inclusive antes de que entren por la puerta de su casa. Ellas ven tu billetera antes de que tú mismo sepas la cantidad exacta de amor que llevas dentro de ella. Cosas del querer que en ocasiones se transmuta en un titánico lingotazo de turbación y vodka.



Alexander Vórtice

http://www.lacoctelera.com/alexandervortice

http://www.opinionvortice.blogspot.com/

segunda-feira, 7 de fevereiro de 2011

Brigitte Bardot. Espanha, 1971.

Imponderáveis Decifráveis ?

*A vida é um roteiro traçado pelo mistério;

A felicidade, o orgasmo sutil da existência.



A amizade é o combustível da humanidade;

O amor, a face de Deus ofertada desde cedo.



A informação é o tijolo bruto da consciência;

O saber, a construção portadora de atitude.



A mudança é a dança estonteante da rotina;

O sonho, o fruto antecipado como semente.



A dor é o atalho que ressuscita a nossa essência;

A preocupação, a miragem impotente do medo.



A arte é a senha que destranca a alma pequenina;

A poesia, a música cujo refrão depende da gente.




Pablo Robles

http://www.gritopacifico.blogspot.com/2011/02/poesia-imponderaveis-decifraveis.html

Medersa para mulheres . Rússia, 2008

Diadorim

houve um tempo em que ela pensava ser homem. não sabia ainda das diferenças naturais entre os sexos — apesar dos abusos que sofrera, cria ser a sexualidade uma orientação. e o fato de a mãe vesti-la com aqueles babados e frufrus ridículos, era tão somente para deliciar-se com a humilhação que impunha à filha.

ela vestia uma roupa andrógina por baixo dos vestidos. depois de caminhar os treze quilômetros que separavam a casa da escola, num lugar onde havia um rio — seu divisor metafísico, e a ponte era um largo tronco de baobá — retirava essas máscaras como num ritual, acessórios de cabeça, corpo e membros. então podia contemplar n’água seu verdadeiro eu. sem artifícios.

as outras crianças a rodeavam entre gritos “maria sapatão, sapatão, sapatão, de dia é maria, de noite é joão”. apesar de não compreender as bazófias, não gostava. recolhia-se no fundo da sala, na biblioteca — quase vazia, no banheiro. às vezes se deixava ter com uma ou outra garota que lhe pedia carícias nesses recônditos silenciosos e em penumbra; para em seguida, às luzes da ribalta, ouvir das mesmas garotas, um tanto envergonhadas em gestalt, a repetida música, seu melô.

a mais freqüente delas, fernandè, levava-a até sua casa após às aulas. nadavam juntas a se encharcar lá no fundo. piscina ou chuveiro. olha, é melhor a gente enganar aquela patota lá do colégio, vamos fingir que somos inimigas. ela aceitou. não fazia muita diferença mesmo. fernandè achava que sabia das coisas, e era melhor que continuasse assim. na hora devida, compreenderia que não pode haver segredos de amizade.

*

raspou a cabeça. comeu suas unhas até sangrar. rasgou os vestidos e jogou no rio os acessórios tão inúteis. levou uma boa sova da mãe, mas há muito que não se importava com essas mãos tão rudes.

chamou fernandè para um corredor da escola e a beijou. essa não podia esquivar-se. quando enlaçada, era como um afogamento, um desfalecer de asas. a beleza e a delícia da morte.

o diretor da escola separou-as. fernandè foi pra sala de aula e a outra pra diretoria. pela última vez. estava expulsa. e outra sova.

*

ela iria se curar. foi o bispo em pessoa que recomendou a psiquiatra.

os exames em sua cabeça não identificaram qualquer desvio.

sylvie deitou-a. então pensa que é homem? mas não somos todos? li que o homem é universal; quando querem se referir a todas as pessoas falam homem; falam em humanidade, cujo radical é homem.

sylvie se deixou emocionar e ofereceu à paciente o seu sobrenome: champagne.

*

agora a garota era uma mulher. entendia que palavras sempre serviram de artifícios ao paternalismo para subjulgar o feminino, de que, afinal, tinham medo. como de todo desconhecido.

compreendeu a única diferença natural entre os sexos. questão de anatomia, e todas demais são construções culturais.

entendeu, inclusive, a música gracejadora. nunca se passou por homem porque em suas entranhas gritavam as vozes de todas as mulheres que eram todas e ela também.

quanto ao “desvio sexual” de sua filha, não se trata de anomalia ou opção, dona lucie. então é o quê?

homoternurismo.

Nina Rizzi – Escritoras Suicidas


Nina Rizzi (1983). Formada em História pela UNESP, em Franca/SP. Mãe da Lavínia. “Sou a catalisação, a junção de todos meus pseudônimos, pseudo-eus, eus perdidos, alter ego… o que chamo de ELLO. ELLO é também uma nova fase. Uma reconceituação de poesia, música e teatro, tudo um elo, ou ello”.

Vidas Secas

foto compõem a exposição “Narrativas Brasileiras”, exibida na cidade do Porto em Portugal

domingo, 6 de fevereiro de 2011

Endecha

Estábamos perdidos

cuando nos encontramos

en aquel retraso de aeropuerto.

Yo estaba lleno de noche y de frío,

aunque había pasado tres días

en el “San Francisco”,

con una muchacha de nalgas redondas.

Tu creíste que yo era un camionero.

Admiraste la vulgaridad de mi estilo

y me amaste por ello.

-No lo era.-

Yo creí que tú eras una princesa,

que arrastraba hasta mí su aburrimiento.

-Y es verdad.-

Como es verdad que seguimos estando perdidos.

Yo, por no poder soportar la realeza,

tú, por no saber nunca lo que estás haciendo.

Mário Rivero

Señor K

Franz Kafka

novelista checo

vendedor de seguros de vida

—Compañía de Accidentes de Trabajo

del Reino de Bohemia—

al cruzar los pasillos

de una notaría

y ver legajos empolvados

pensé en usted

Sentí que los días trabajan

discreta y taciturnamente

sobre nosotros

imaginé un espejo

y vi una arruga en mi frente

y una mosca

en la nariz del notario

 Mario Rivero (1935 - 2009)Colômbia
Me retracto de todo lo dicho


Antes de despedirme

Tengo derecho a un último deseo:

Generoso lector

quema este libro

No representa 1o que quise decir

A pesar de que fue escrito con sangre

No representa lo que quise decir.



Mi situación no puede ser más triste

Fui derrotado por mi propia sombra:

Las palabras se vengaron de mí.



Perdóname lector

Amistoso lector

Que no me pueda despedir de ti

Con un abrazo fiel:

Me despido de ti

con una triste sonrisa forzada.



Puede que yo no sea más que eso

pero oye mi última palabra:

Me retracto de todo lo dicho.

Con la mayor amargura del mundo

Me retracto de todo lo que he dicho.



Ultranza es una bonita palabra que significa “a todo trance, resueltamente”. Es como decir “a muerte”. O sea, Nicanor Parra es y será mamagallista a muerte.


Nicanor Parra.Chile

Quédate con tu Borges

él te ofrece el recuerdo de una flor amarilla

vista al anochecer

años antes que tú nacieras

interesante puchas que interesante

en cambio yo no te prometo nada

ni dinero ni sexo ni poesía

un yogur es lo + que podría ofrecerte

Nicanor Parra.Chile

Amantes

Somos como son los que se aman.

Al desnudarnos descubrimos dos monstruosos

Desconocidos que se estrechan a tientas,

Cicatrices con que el rencoroso deseo

Señala a los que sin descanso se aman;

El tedio, la sospecha invenncible nos ata

En su red, como en la falta dos dioses adúlteros.

Enamorados como dos locos,

Dos astros sanguinarios, dos dinastías

Que hambrientas se disputan un reino,

Queremos ser justicia, nos acechamos feroces,

Nos engañamos, nos inferimos las viles injurias

Con que el cielo afrenta a los que se aman.

Sólo para que mil veces nos incendie

El abrazo que en el mundo son los que se aman

Mil veces morimos cada día.



Jorge Gaitán Durán (1925 - 1962)

Gaitán Durán nació en Pamplona, Norte de Santander, Colombia, en 1925. Murió en un accidente de aviación en Pointe-á-Pitre, en 1962.

Poeta, ensayista, dramaturgo, cuentista y periodista, fue fundador de la mítica revista Mito, en 1955, junto con Hernando Valencia Goelkel.

Publicó El libertino (1954), Amantes (1958), Si mañana despierto (1961).

Octavio Paz dijo que era “uno de los espíritus más despiertos y originales de la nueva literatura latinoamericana”.
 
Fonte:El Blog de Lalito Grafía
El vicio de releer


Domingo, Mayo 31st, 2009

Si leer es un placer sensual, releer es un exquisito vicio solitario.

Hoy en día poca gente se atreve a volver sobre los libros que ha leído. Es como si al hacerlo traicionaran un supuesto pacto con lo contemporáneo, con lo que está de moda o al día. Y, tal vez, por ese miedo a darle la espalda a “lo politícamente correcto”, ciertas personas le huyen o le tienen pereza a la relectura.

A mí, en cambio, releer me está gustando cada vez más y más y más. Sin abandonar el goce por las lecturas nuevas, siempre insólitas e imprevistas, releer se me ha vuelto una costumbre renovadora, mero renacentismo a principios del siglo 21.
Jorge Gaitán Durán (1925 - 1962).Colômbia



Fonte: El Blog de Lalito Grafía
http://www.ecbloguer.com/lalitografia/

O México profundo nas imagens de um autor, Juan Rulfo

As paisagens áridas sugeridas por Pedro Páramo, monumento literário da América espanhola, são traduzidas pelo escritor mexicano num belo livro que reúne suas 100 melhores fotografias


Ao escritor mexicano Juan Rulfo (1917-1986) se deve a mais completa série de estudos etnográficos sobre as populações indígenas do México. E também algumas das mais belas fotografias que retrataram essas culturas, lado menos conhecido do autor do livro Pedro Páramo, o grande monumento literário moderno mexicano do século 20. Parte da enorme coleção de negativos deixados por Rulfo, construída durante os vários anos em que, entre outras lutas, militou pela causa indigenista no México, foi selecionada para o livro 100 Fotografias: Juan Rulfo, que a Cosac Naify lança em parceria com a Editorial RM do México, com ensaios do diretor da fundação que leva o nome do escritor, o arquiteto e historiador Víctor Jiménez, do curador independente Andrew Dempsey e do jovem historiador e curador italiano Daniele de Luigi, os dois últimos responsáveis pela seleção das 100 fotos que aparecem no livro.



Rulfo publicou as primeiras fotos em 1949, na revista América, realizando sua primeira exposição apenas em 1960, em Guadalajara. Discreto e criterioso, ele só começou a ficar conhecido como fotógrafo após uma grande exposição realizada no Palácio de Belas Artes da Cidade do México, em 1980, acompanhada de um catálogo, Homenaje Nacional, seis anos antes de sua morte. Este seria transformado num livro, Inframundo, que chegou às mãos da crítica e ensaísta norte-americana Susan Sontag (1933-2004), autora de um livro fundamental sobre fotografia e do prefácio da segunda tradução inglesa de Pedro Páramo. De lá para cá outros livros foram publicados sobre sua obra fotográfica, entre os quais Juan Rulfo, Letras e Imágenes (2002), em que é explorada a relação entre literatura e fotografia na obra do escritor.



Ruínas. No livro que está sendo lançado, esse é um aspecto igualmente lembrado, mas é na tragédia da infância de Rulfo que os curadores vão buscar explicações para o aspecto desolador de suas ruínas, de seus desamparados camponeses e da desértica paisagem mexicana. O curador Andrew Dempsey diz que a chave para decifrar essa terra devastada – tão bem descrita em Pedro Páramo, homem frustrado por um amor impossível, vivendo num território fantasmagórico – é mesmo a tragédia enfrentada por Rulfo quando criança. O pai morreu assassinado quanto ele tinha 6 anos – e esse choque é traduzido, em Pedro Páramo, pela loucura de Susana, a paixão juvenil do narrador onisciente, uma morta-viva quando reaparece em Comala, viúva de Florêncio e enlouquecida pelo assassinato do pai.



Rulfo dizia ser difícil reconhecer no território de Jalisco – que abriga a cidade de San Gabriel, onde o escritor passou a infância – traços dos personagens de seus livros, porque as pessoas de Pedro Páramo “não têm cara e só por suas palavras se adivinha o que foram”. Claro, estão todos mortos. A morte está em toda a parte no livro e é com ela que começa a narrativa, a de um morto contando sua história a outros mortos num tempo congelado na memória de seu protagonista. Olhando as fotos do livro, é a mesma impressão que castiga a retina do leitor com esse tempo circular em que tudo se repete, revelando uma paisagem imutável, silenciosa e árida, o próprio território da morte.



Núcleos. Dividido em quatro núcleos temáticos, o livro 100 Fotografias: Juan Rulfo, começa com a foto de uma pirâmide de Cempoala, em Vera Cruz, tirada na década de 1950, que marca o capítulo inaugural, dedicado à arquitetura. Mais que o registro documental do passado arquitetônico dos primeiros povos do México, há um drama épico sugerido pelas imagens dessas ruínas de civilizações esmagadas pelo estrangeiro, que levou o ouro do México, deixando desamparadas as comunidades indígenas. Rulfo dizia que essas populações vivem fechadas num hermetismo ancestral que repudia a intromissão de estranhos e é justamente o que se vê no segundo núcleo temático, dedicado aos vilarejos rurais, de camponeses paupérrimos que tanto inspiraram Pedro Páramo (1955) como os contos de Chão em Chamas (1953) – ambos traduzidos por Eric Nepomuceno e publicados pela Record na versão mais recente, de 2004.



O terceiro núcleo temático traz as fotos do começo da carreira do fotógrafo Rulfo, nos anos 1940, paisagens que remetem ao gigantismo de Ansel Adams ou, ainda mais, à composição formal de Edward Weston. Por certo, Rulfo já tinha um olhar educado quando comprou sua Rolleiflex seis por seis, que acabou perdendo. Conhecia bem os fotógrafos estrangeiros e os de seu país – e a forma como se aproxima das camponesas com seus trajes tradicionais e da paisagem mexicana deve muito a Manuel Álvarez Bravo.



Finalmente, no último núcleo, o próprio Bravo surge como personagem entre os amigos do escritor-fotógrafo, além de pessoas de sua família, como a mulher Clara Aparício e sua filha Cláudia, nascida em 1951, três anos após seu casamento. São quase todas fotos dessa mesma década, quando as excursões de Rulfo começaram a ficar mais curtas por conta dos compromissos assumidos com a literatura – especialmente por causa das sucessivas bolsas de estudo concedidas pelo Centro Mexicano de Escritores, fundado pela americana Margaret Shedd (fotografada no último núcleo do livro). Foi ela a figura determinante para que Rulfo publicasse tanto O Chão em Chamas como Pedro Páramo, transformando-o no escritor mexicano mais conhecido fora de seu país, admirado por colegas como o argentino Jorge Luis Borges e o colombiano Gabriel García Márquez.



Foi de García Márquez o maior elogio que Juan Rulfo recebeu. A imprensa cobrava muito de Rulfo uma outra novela depois de Pedro Páramo, mas ele não tinha pressa nem perseguia a fama. “Se eu fosse autor de Pedro Páramo, para mim o mais importante e belo dos romances escritos em língua castelhana, não me preocuparia nem voltaria a escrever jamais em minha vida”, disse o Nobel de literatura de 1982, tido como o criador do realismo mágico, do qual Rulfo foi precursor. Rulfo escreveu um pequeno segundo romance, O Galo de Ouro, esboçado em 1956 e filmado por Roberto Gavaldón em 1964, contando a história de um pobre camponês com sorte na briga de galos que é contratado por um ricaço, ambos apaixonados pela mesma mulher. Há uma segunda versão dirigida pelo iconoclasta Arturo Ripstein (El Imperio de la Fortuna, de 1986).



Cinema. Há quem defenda que Rulfo concebeu Pedro Páramo como um filme. A elipse narrativa do romance, que tanto incomodou os críticos na época do lançamento, reproduziria, em termos literários, artifícios da montagem cinematográfica – e ele foi supervisor das salas de cinema de Guadalajara, o que facilitou seu ingresso nesse universo, para o qual contribuiu como roteirista, crítico e consultor histórico (do filme La Escondida, de 1955, dirigido por Roberto Gavaldón, o mesmo da primeira versão de O Galo de Ouro). De qualquer modo, Rulfo não gostava das adaptações de seus textos para o cinema – e Pedro Páramo teve quatro versões, sendo a primeira de 1966, dirigida por Carlos Velo. A última tentativa foi feita há dois anos por outro espanhol, Mateo Gil.



Muitas fotos no livro de Rulfo parecem fragmentos de filmes. A principal delas é a de uma mulher caminhando com uma menina pelas ruas de Mexicaltzingo, Estado do México, em 1960. Lembram – e muito – as imagens que o célebre fotógrafo Gabriel Figueroa (1907-1997) criou para os filmes mexicanos de Buñuel (Os Esquecidos, Nazarín, Simão do Deserto) e também para a primeira versão de Pedro Páramo, que fotografou para Carlos Velo. Figueroa, criado como ele num povoado mexicano, manipulava a luz de forma arquitetônica, enquadrando seus personagens em figuras geométricas projetadas pela sombra, de maneira quase alegórica, como se os “olvidados” mexicanos estivessem confinados, sendo ao mesmo tempo iluminados e destruídos pelo escaldante sol dos áridos povoados mexicanos.



Também nas fotos de Rulfo, a aparição de signos cristãos encontram correspondência nas ruínas zapotecas ou barrocas que emergem com a luz teofânica das imagens (Rulfo teve formação católica e começou a ler na biblioteca de um padre). Como lembra o historiador Víctor Jiménez, “ele fez diversas fotos de portas de igrejas com pessoas que se aproximam ou que delas se afastam”, calculando o “possível efeito simbólico” desses gestos. Afinal, antes de tudo, eles revelam a ambivalente relação dos mexicanos com o cristianismo imposto pelo conquistador.

Antonio Gonçalves Filho – O Estado de S.Paulo.05/02/2011

JUAN RULFO Y SU MIRADA FOTOGRAFICA