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domingo, 28 de agosto de 2016

Los reyes

Guy de Maupassant

¡Ah!, dijo el capitán, conde de Garens. ¡Claro que me acuerdo de aquella cena de Reyes durante la guerra! Yo era entonces sargento de húsares, y hacía quince días que rondaba de explorador ante una vanguardia alemana. La víspera habíamos acuchillado a unos ulanos y perdido tres hombres, uno de ellos el pobrecito Raudeville. Ya saben ustedes, Joseph de Raudeville.

Ahora bien, ese día mi capitán me ordenó que cogiera diez jinetes y fuera a ocupar y custodiar durante toda la noche el pueblo de Porterin, donde nos habíamos batido cinco veces en tres semanas. En aquel avispero no quedaban en pie veinte casas ni doce habitantes.

Cogí, pues, diez jinetes y partí hacia las cuatro. A las cinco, en plena noche, llegamos a las primeras tapias de Porterin. Hice alto y ordené a Marchas, ya saben, Pierre de Marchas, que se ha casado luego con la pequeña Martel-Auvelin, la hija del marqués de Martel-Auvelin, que entrara solo en el pueblo y me trajera noticias.

Yo había escogido solo voluntarios, todos de buenas familias. Da gusto, en el servicio, no tener que tratar con patanes. Este Marchas era espabilado como nadie, fino como un zorro y ágil como una serpiente. Sabía husmear prusianos igual que un perro husmea la liebre, encontrar víveres allá donde sin él hubiéramos muerto de hambre, y conseguía informaciones de todo el mundo, informaciones siempre seguras, con una habilidad inimaginable. Regresó al cabo de diez minutos:

-Todo va bien -dijo- ningún prusiano ha pasado por aquí desde hace tres días. ¡Qué pueblo más siniestro! He charlado con una monja que cuida cuatro o cinco enfermos en un convento abandonado.

Ordené avanzar y penetramos en la calle principal. Se distinguían vagamente, a derecha e izquierda, paredes sin tejados, apenas visibles en la profunda noche. De trecho en trecho, una luz brillaba tras un cristal: una familia se había quedado para guardar su casa, más o menos en pie, una familia de valientes o de pobres. La lluvia empezaba a caer, una lluvia menuda, helada, que nos congelaba antes de habernos mojado, con solo tocar los capotes. Los caballos tropezaban con piedras, con vigas, con muebles. Marchas nos guiaba, a pie, ante nosotros, arrastrando a su animal por la brida.

-¿A dónde nos llevas? -le pregunté.

Respondió:

-He encontrado un refugio, y bueno.

Y se detuvo pronto ante una casita burguesa que seguía intacta, bien cerrada, dando a la calle y con un jardín atrás.

Por medio de un grueso guijarro recogido cerca de la verja, Marchas hizo saltar la cerradura, después subió la escalinata, forzó la puerta de entrada a patadas y empujones, encendió un cabo de vela que siempre llevaba en el bolsillo, y nos precedió por una buena y cómoda morada de particular rico, guiándonos con seguridad, con admirable seguridad, como si hubiera vivido en aquella casa que veía por primera vez.

Dos hombres se habían quedado fuera guardando nuestros caballos.

Marchas le dijo al gordo Ponderel, que le seguía:

-La cuadra debe estar a la izquierda; lo he visto al entrar; vete a acomodar los animales, no los necesitamos.

Después, volviéndose hacia mí:

-¡Da órdenes, rediez!

Siempre me asombraba aquel buen mozo. Respondí riendo:

-Voy a poner centinelas en las inmediaciones del pueblo. Volveré aquí.

Preguntó:

-¿Cuántos hombres te llevas?

-Cinco. Los otros los relevarán a las diez de la noche.

-Está bien. Me dejas cuatro para buscar provisiones, cocinar y poner la mesa. Ya encontraré yo el escondite del vino.

Y me fui a reconocer las calles desiertas hasta la salida a la llanura, para colocar a mis guardias.

Media hora más tarde estaba de regreso. Encontré a Marchas tumbado en un gran sillón Voltaire, al que le había quitado la funda, por amor al lujo, decía. Se calentaba los pies al fuego, fumando un excelente cigarro cuyo aroma llenaba la estancia. Estaba solo, con los codos en los brazos del asiento, la cabeza hundida entre los hombros, las mejillas rosadas, los ojos brillantes y aspecto satisfecho.

En la pieza contigua oí un ruido de vajilla. Marchas me dijo, sonriendo beatífico:

-La cosa marcha, he encontrado el burdeos en el gallinero, el champán bajo los peldaños de la escalinata, el aguardiente -cincuenta botellas del fino- en el huerto, debajo de un peral que, al examinarlo con la linterna, no me pareció muy derecho. Y, de sólido, tenemos dos gallinas, una oca, un pato, tres pichones y un mirlo cogido en una jaula; nada más que carne de pluma, como ves. Todo se está guisando en este momento. Este pueblo es una maravilla.

Yo me había sentado frente a él. La llama de la chimenea me abrasaba la nariz y las mejillas:

-¿De dónde has sacado esa madera? -pregunté.

Murmuró:

-Magnífica madera, el coche del dueño, cortado. Es la pintura la que hace esa llama, un ponche de bencina y de barniz. ¡Buena casa!

Yo me reía, pues encontraba muy gracioso a aquel animal. Prosiguió:

-¡Y pensar que hoy es la noche de Reyes! Mandé meter una sorpresa en la oca; pero no tenemos reina, ¡es un fastidio!

Repetí, como un eco:

-Es un fastidio; pero ¿qué quieres que le haga?

-Pues que la encuentres, ¡diantre!

-Que encuentre ¿qué?

-Mujeres.

-¿Mujeres?… ¡Estás loco!

-Pues yo encontré el aguardiente bajo un peral, y el champán bajo los peldaños de la escalinata; y eso que nada podía guiarme. Mientras que, en tu caso, unas faldas son un indicio seguro. Busca, joven.

Tenía un aire tan serio, tan convencido, que no sabía si estaba bromeando.

Respondí:

-Veamos, Marchas, ¿estás de broma?

-Jamás bromeo durante el servicio.

-Pero ¿dónde diablos quieres que encuentre mujeres?

-Donde quieras. Deben quedar tres o cuatro en el pueblo. Da con ellas y tráelas.

Me levanté. Hacía demasiado calor ante aquel fuego. Marchas prosiguió:

-¿Quieres una idea?

-Sí.

-Vete a ver al cura.

-¿Al cura? ¿Para qué?

-Invítalo a cenar y ruégale que traiga una mujer.

-¿El cura? ¿Una mujer? ¡Ja, ja, ja!

Marchas prosiguió con extraordinaria gravedad:

-A mí no me hace gracia. Vete a ver al cura, cuéntale nuestra situación. Debe de aburrirse espantosamente, vendrá. Pero dile que necesitamos una mujer como mínimo, una mujer como Dios manda, claro, puesto que todos somos hombres de mundo. Debe conocer a sus feligreses al dedillo. Si hay alguna posible para nosotros, y si te das maña, te la indicará.

-¡Vamos, Marchas! ¡Qué cosas se te ocurren!

-Querido Garens, puedes hacerlo muy bien. E incluso sería muy divertido. Somos educados, ¡pardiez!, y nos mostraremos de una distinción perfecta, de una elegancia suma. Dile nuestros nombres al padre, hazlo reír, enternécelo, sedúcelo ¡y decídelo!

-No, es imposible.

Acercó su sillón y, como conocía mi punto flaco, el pícaro prosiguió:

-Imagínate lo estupendo que será hacerlo ¡y qué divertido contarlo! Se hablará de eso en todo el ejército. Y te dará una reputación envidiable.

Yo vacilaba, tentado por la aventura. Insistió:

-Vamos, Garens. Eres el jefe del destacamento, solo tú puedes ir a ver al jefe de la Iglesia en este pueblo. Por favor, ve. Contaré la cosa en versos en la Revue des Deux Mondes, después de la guerra, te lo prometo. Se lo debes a tus hombres. Los obligas a marchar desde hace un mes.

Me levanté preguntando:

-¿Dónde está la rectoral?

-Coge la segunda calle a la derecha. Al final encontrarás una avenida; y, al final de la avenida, la iglesia. La rectoral está al lado.

Salí; me gritó:

-¡Cuéntale el menú para que le entre hambre!

Descubrí sin dificultad la casita del eclesiástico, al lado de una fea y gran iglesia de ladrillo. Di unos puñetazos en la puerta, que no tenía ni timbre ni aldaba, y una voz potente preguntó desde dentro:

-¿Quién es?

Respondí:

-Un sargento de húsares.

Oí un ruido de cerrojos y de una llave que giraba, y me encontré ante un sacerdote alto de vientre prominente, con un pecho de luchador, formidables manos que salían de las mangas remangadas, tez roja y aspecto de buena persona.

Hice el saludo militar.

-Buenas noches, señor cura.

Había temido una sorpresa, una asechanza de merodeadores, y sonrió al responder:

-Buenas noches, amigo mío; pase.

Lo seguí a una pequeña habitación de suelo rojo, donde ardía un fuego pobre, muy diferente de la hoguera de Marchas.

Me indicó una silla, y después me dijo:

-¿En qué puedo servirle?

-Señor cura, permítame ante todo presentarme.

Y le tendí mi tarjeta. La leyó a media voz:

-El conde de Garens.

Proseguí.

-Somos once aquí, señor cura, cinco de guardia y seis instalados en casa de un vecino desconocido. Esos seis se llaman Garens, aquí presente, Pierre de Marchas, Ludovic de Ponderel, el barón de Etreillis, Karl Massouligny, hijo del pintor, y Joseph Herbon, un joven músico. Vengo, en su nombre y el mío, a rogarle que nos haga el honor de cenar con nosotros. Es una cena de Reyes, señor cura, y quisiéramos que resultara un poco alegre.

El sacerdote sonrió. Murmuró:

-No me parece que sea el momento de divertirse.

Respondí:

-Nos batimos todos los días, padre. Catorce de nuestros camaradas han muerto desde hace un mes, y tres han caído ayer mismo. Es la guerra. Nos jugamos la vida a cada instante, ¿no tenemos derecho a jugárnosla alegremente? Somos franceses, nos gusta reír, sabemos reír en cualquier parte. ¡Nuestros padres se reían en el cadalso! Esta noche, quisiéramos desentumecernos un poco, como personas bien educadas y no como soldadotes, ya me entiende. ¿Es un error?

Respondió vivamente:

-Tiene usted razón, amigo mío, y acepto su invitación con gran placer.

Gritó:

-¡Hermance!

Una vieja campesina, encorvada, arrugada, horrible, apareció y preguntó:

-¿Qué pasa?

-No ceno aquí, hija mía.

-¿Dónde cena, entonces?

-Con los señores húsares.

Me dieron ganas de decir «Tráigase a su criada», para ver la cara de Marchas, pero no me atreví.

Proseguí:

-Entre sus feligreses que se han quedado en el pueblo, ¿se le ocurre alguno o alguna a quien pudiera invitar también?

Vaciló, reflexionó y declaró:

-¡No, nadie!

Insistí:

-¿Nadie?… Vamos, señor cura, piense un poco. Sería muy grato contar con señoras. Quiero decir con matrimonios. ¡Yo qué sé! El panadero y su mujer, el tendero de ultramarinos, el… el… el relojero… el… el zapatero, el farmacéutico con la farmacéutica… Tenemos una buena comida, vino, estaríamos encantados de dejar un buen recuerdo entre la gente de aquí.

El cura meditó un buen rato, después pronunció con resolución:

-No, nadie.

Me eché a reír:

-¡Caramba!, señor cura, es fastidioso no tener una reina, ya que tenemos una sorpresa. Vamos, piénselo. ¿No hay un alcalde casado, un teniente de alcalde casado, un concejal casado, un maestro casado?…

-No, todas las señoras se han marchado.

-¿Cómo? ¿No hay en todo el pueblo una valiente burguesa con su correspondiente marido, a quienes podríamos darles ese gusto, pues será un gusto para ellos, y grande, en las presentes circunstancias?

De repente el cura se echó a reír, con una risa violenta que lo agitaba por entero, y gritaba:

-¡Ja, ja, ja! Ya di con lo que necesitan. ¡Jesús, María y José! ¡Ya di con ello! ¡Ja, ja, ja!, vamos a divertirnos, hijos míos, vamos a divertirnos. Y ellas estarán encantadas, sí, encantadísimas. ¡Ja, ja!… ¿Dónde se albergan ustedes?

Le describí la casa para explicárselo. Comprendió:

-Muy bien. Es la finca del señor Bertin-Lavaille. Estaré allí dentro de media hora con cuatro señoras… ¡Ja, ja, ja! ¡¡Cuatro señoras!!…

Salió conmigo, sin dejar de reír, y me dejó, repitiendo:

-Ya está; dentro de media hora, en casa de Bertin-Lavaille.

Regresé en seguida, muy extrañado, muy intrigado.

-¿Cuántos cubiertos? -preguntó Marchas al verme.

-Once. Somos seis húsares, más el señor cura y cuatro señoras.

Se quedó estupefacto. Yo exultaba.

-¿Cuatro señoras? ¿Has dicho cuatro señoras?

-Eso dije: cuatro señoras.

-¿Mujeres de verdad?

-Mujeres de verdad.

-¡Caray! ¡Enhorabuena!

-La acepto. Me la merezco.

Abandonó su sillón, abrió la puerta y vi un hermoso mantel blanco puesto sobre una larga mesa en torno a la cual tres húsares con delantales azules disponían platos y copas.

-¡Habrá mujeres! -gritó Marchas.

Y los tres hombres se pusieron a bailar, aplaudiendo con todas sus fuerzas.

Todo estaba preparado. Esperábamos. Esperamos casi una hora. Un delicioso olor de aves asadas flotaba en toda la casa.

Un golpe dado en el postigo nos levantó a todos al mismo tiempo. El gordo Ponderel corrió a abrir y, al cabo de apenas un minuto, una monja bajita apareció en el marco de la puerta. Era flaca, arrugada, tímida, y saludó sucesivamente a los cuatro pasmados húsares que la miraban entrar. Detrás de ella, un ruido de bastones martilleaba el pavimento del vestíbulo, y en cuanto ella hubo entrado en el salón vi, una detrás de otra, tres viejas cabezas con gorros blancos, que avanzaban balanceándose con diferentes movimientos, una tambaleándose hacia la derecha cuando otra se tambaleaba hacia la izquierda. Y se presentaron tres buenas mujeres, cojeando, arrastrando una pierna, lisiadas por las enfermedades y deformadas por la vejez, tres inválidas inservibles, las tres únicas pensionistas capaces de andar aún del centro hospitalario que dirigía la hermana san Benito.

Esta se había vuelto hacia sus impedidas, llena de solicitud con ellas; después, viendo mis galones de sargento, me dijo:

-Le agradezco mucho, señor oficial, que haya pensado en estas pobres mujeres. Tienen pocos placeres en la vida, y para ellas es al mismo tiempo una gran felicidad y un gran honor lo que ustedes hacen.

Distinguí al cura, que se había quedado en la penumbra del pasillo y se reía con toda su alma. A mi vez me eché a reír, mirando sobre todo la cara de Marchas. Después, indicando a la religiosa las sillas:

-Siéntese, hermana; estamos muy orgullosos y muy felices de que hayan aceptado ustedes nuestra modesta invitación.

Ella cogió tres sillas de junto a la pared, las alineó ante el fuego, condujo a ellas a sus tres buenas mujeres, las sentó, les quitó los bastones y las toquillas, que fue a dejar en un rincón; después, señalando a la primera, una flaca de vientre enorme, seguramente hidrópica:

-Esta es la señora Paumelle, cuyo marido se mató al caer de un tejado y cuyo hijo murió en África. Tiene sesenta y dos años.

Después señaló a la segunda, una muy alta cuya cabeza temblaba sin cesar:

-Esa es la señora Jean-Jean, de sesenta y siete años. Casi no ve, porque en un incendio se abrasó la cara y la pierna izquierda se le quemó hasta la mitad.

Nos mostró, por fin, a la tercera, una especie de enana con ojos saltones que giraban hacia todos los lados, redondos y estúpidos.

-Es la Putois, una simple. Tiene solo cuarenta y cuatro años.

Yo había saludado a las tres mujeres como si me hubieran presentado a altezas reales y, volviéndome hacia el cura:

-Es usted, señor cura, un hombre admirable, a quien todos debemos gratitud.

Todos reían, en efecto, salvo Marchas, que parecía furioso.

-¡La hermana san Benito está servida! -gritó de pronto Karl Massouligny.

La hice pasar delante con el cura, después levanté a la Paumelle, a la que cogí del brazo y arrastré hasta la estancia contigua, no sin trabajo, pues su vientre inflado parecía más pesado que el hierro.

El gordo Ponderel se llevó a la Jean-Jean, que gemía para que le dieran su muleta; y el joven Joseph Herbon condujo a la idiota, a la Putois, hacia el comedor, lleno de aromas de viandas.

En cuanto estuvimos ante nuestros platos, la hermana dio tres palmadas y las mujeres hicieron, con la precisión de soldados que presentan armas, una gran señal de la cruz, rápidamente. Después el sacerdote pronunció, lentamente, las palabras latinas del Benedicite.

Nos sentamos, y aparecieron las dos gallinas, traídas por Marchas, que quería servir para no tener que asistir como comensal a aquella ridícula comida.

Pero yo grité:

-¡El champán, pronto!

Saltó un tapón con un ruido de pistola que se descarga y, pese a la resistencia del cura y de la hermana, los tres húsares sentados al lado de las tres inválidas les metieron a la fuerza en la boca tres copas llenas.

Massouligny, que tenía la virtud de estar como en su casa en cualquier parte y a sus anchas con todo el mundo, le hacía la corte a la Paumelle de la forma más graciosa. La hidrópica, que seguía siendo de humor alegre, a pesar de sus desdichas, le respondía bromeando con una voz de falsete que parecía fingida, y se reía tanto con las gracias de su vecino que su grueso vientre parecía a punto de encaramarse a la mesa y rodar sobre ella. El joven Herbon había emprendido seriamente la tarea de emborrachar a la idiota y el barón de Etreillis, que no era muy despierto, interrogaba a la Jean-Jean sobre la vida, costumbres y reglamentos del asilo.

La religiosa, espantada, le gritaba a Massouligny:

-¡Oh! ¡Oh! La va usted a poner enferma; no la haga reír así, por favor, caballero. ¡Oh!, caballero…

Después se levantaba y se arrojaba sobre Herbon para arrancarle de las manos una copa llena que él vaciaba prestamente entre los labios de la Putois.

Y el cura se desternillaba de risa y repetía a la hermana:

-Déjelas por una vez, no les hace daño. Déjelas.

Después de las dos gallinas, habíamos comido el pato, acompañado de los tres pichones y del mirlo; y apareció la oca, humeante, dorada, difundiendo un cálido olor de carne dorada y grasa.

La Paumelle, que se animaba, aplaudió; la Jean-Jean dejó de responder a las numerosas preguntas del barón, y la Putois lanzó gruñidos de gozo, mitad gritos, y mitad suspiros, como hacen los niños cuando les enseñan caramelos.

-¿Me permiten -dijo el cura- encargarme de ese animal? Soy un experto en ese tipo de operaciones.

-Desde luego, señor cura.

Y la hermana dijo:

-¿Por qué no abrimos un poco la ventana? Tienen demasiado calor. Estoy segura de que se pondrán enfermas.

Me volví hacia Marchas:

-Abre la ventana un minuto.

Abrió, y el aire frío de fuera entró, hizo vacilar las llamas de las velas y revolotear el humo de la oca, cuyas alas el sacerdote, con una servilleta al cuello, levantaba con mucha ciencia.

Lo mirábamos trinchar, sin hablar ya, interesados por el tentador trabajo de sus manos, asaltados por un renovado apetito a la vista de aquel grueso animal dorado, cuyos miembros caían uno tras otro en la salsa oscura, en el fondo de la bandeja.

Y de repente, en medio de aquel silencio glotón que nos mantenía atentos, entró, por la ventana abierta, el ruido remoto de un disparo.

Me puse en pie tan rápidamente que la silla rodó a mis espaldas; y grité:

-¡Todos a caballo! Tú, Marchas, ve a buscar dos hombres y tráeme noticias. Te espero aquí dentro de cinco minutos.

Y mientras los tres jinetes se alejaban al galope en la noche, monté a caballo con mis otros dos húsares, ante la escalinata de la casa, mientras el cura, la hermana y las tres buenas mujeres asomaban por las ventanas sus cabezas asustadas.

No se oía nada, solo un ladrido de perro en la campiña. La lluvia había cesado; hacía frío, mucho frío. Y pronto distinguí de nuevo el galope de un caballo, de un solo caballo que regresaba.

Era Marchas. Le grité:

-¿Qué ocurre?

Respondió:

-Nada, François ha herido a un viejo campesino, que se negaba a responder al “¿Quién vive?” y seguía avanzando, a pesar de la orden de alejarse. Ahora lo traen. Ya veremos de qué se trata.

Ordené que devolviesen los caballos a la cuadra y envié a mis dos soldados al encuentro de los otros; después entré en la casa.

Entonces el cura, Marchas y yo bajamos un colchón a la sala para poner al herido; la hermana, rasgando una servilleta, preparó hilas, mientras las tres mujeres, asustadas, permanecían sentadas en un rincón.

Pronto distinguí un ruido de sables arrastrados por el camino; cogí una vela para alumbrar a los hombres que regresaban; y aparecieron, llevando esa cosa inerte, blanca, larga y siniestra en lo que se convierte un cuerpo humano cuando la vida ya no lo sostiene.

Depositaron al herido en el colchón preparado para él, y vi a la primera ojeada que estaba moribundo. Respiraba con estertores y escupía sangre que corría de las comisuras de los labios, expulsada de la boca por cada uno de los hipos. ¡El hombre estaba cubierto de sangre! Sus mejillas, su barba, sus cabellos, su cuello, sus ropas, parecían haber sido frotados, bañados en una cuba roja. Y la sangre se había pegado a él, se había vuelto apagada, mezclada con barro, con un aspecto espantoso.

El viejo, envuelto en una gran capa de pastor, entreabría a veces los ojos tristes, apagados, sin ideas, que parecían estupefactos, como los de esos animales a los que el cazador mata y que lo miran, caídos a sus pies, casi muertos, ya embrutecidos por la sorpresa y el espanto. El cura exclamó:

-¡Ah! Es el Plácido, el viejo pastor de los Molinos. Es sordo. El pobre no habrá oído nada. ¡Ay, Dios mío! ¡Han matado ustedes a ese infeliz!

La hermana había apartado la blusa y la camisa, y miraba en el centro del pecho un agujerito violeta que ya no sangraba.

-No hay nada que hacer -dijo.

El pastor, jadeando espantosamente, seguía escupiendo sangre con cada uno de sus últimos alientos, y en su garganta se oía, hasta el fondo de los pulmones, un gorgoteo siniestro y continuo.

El cura, en pie sobre él, alzó la mano derecha, trazó la señal de la cruz y pronunció, con voz lenta y solemne, las palabras latinas que lavan las almas.

Cuando las hubo terminado, el viejo fue agitado por una breve sacudida, como si algo acabara de romperse en su interior. Ya no respiraba. Estaba muerto.

Al volverme, vi un espectáculo más espantoso que la agonía de aquel miserable: las tres viejas, de pie, apretadas una contra otra, horrorosas, haciendo muecas de angustia y de terror.

Me acerqué a ellas y empezaron a lanzar gritos agudos, tratando de escapar como si fuera a matarlas también a ellas.

La Jean-Jean, a la que su pierna quemada ya no sostenía, cayó al suelo cuan larga era.

La hermana san Benito, abandonando al muerto, corrió hacia sus invalidas y, sin decirme una palabra, sin mirarme, las cubrió con sus toquillas, les dio sus muletas, las empujó hacia la puerta, las hizo salir y desapareció con ellas en la noche profunda, tan negra.

Comprendí que ni siquiera podía mandar que las acompañase un húsar, pues el mero ruido del sable las habría asustado.

El cura seguía mirando al muerto. Por fin, volviéndose hacía mí:

-¡Ah! ¡Qué escándalo! -dijo.

FIN



Biblioteca Digital Ciudad Seva

quinta-feira, 16 de janeiro de 2014

Las sepulcrales


Guy de Maupassant

Estaban acabando de cenar. Eran cinco amigos, ya maduros, todos hombres de mundo y ricos; tres de ellos casados, los otros dos solteros. Se reunían así todos los meses, en recuerdo de sus tiempos mozos; acabada la cena, permanecían conversando hasta las dos de la madrugada. Seguían manteniendo amistad íntima, les agradaba verse juntos, y eran tal vez aquellas veladas las más felices de su vida. Charlaban de todo, de todo lo que al hombre de París interesa y divierte. Al estilo de los salones de entonces, hacían de viva voz un repaso de lo leído en los diarios de la mañana.

Uno de los más alegres entre los cinco era José de Bardón, soltero, quien sólo pensaba en vivir de la manera más caprichosa la vida parisiense. No era un libertino, ni un depravado; más bien era versátil, el calaverón todavía joven, porque apenas alcanzaba los cuarenta. Hombre de mundo, en el más amplio y benévolo sentido que se puede asignar al vocablo, estaba dotado de mucho ingenio, aunque no de gran profundidad; enterado de muchas cosas, no llegaba por eso a ser un verdadero erudito; rápido en el comprender, pero sin verdadero dominio de las materias, convertía sus observaciones y aventuras -cuanto veía, se encontraba o descubría- en episodios de novela a un tiempo cómica y filosófica, y en comentarios humorísticos que le daban en la capital fama de hombre inteligente.

Le correspondía en aquellas cenas el papel de orador. Se daba por descontado que siempre contaría algún lance, y él llevaba su cuento preparado. No aguardó, para entrar en materia, a que se lo pidiesen.

Fumando, con los codos sobre la mesa, una copita de fine champagne a medio llenar delante de su platillo, entumecido por aquella atmósfera de humo de tabaco aromatizado por el vaho del café caliente, se sentía en su propio elemento, como ciertos seres que en determinados lugares y circunstancias parecen estar como en casa; por ejemplo: una beata en la iglesia o un pez de colores en su globo de cristal.

Entre bocanada y bocanada de humo, comenzó a decir:

-Me ocurrió no hace mucho una curiosa aventura.

De todas las bocas salió casi a un tiempo la misma petición:

"¡Venga!"

Él prosiguió:

-Allá voy. Ya saben que yo recorro París como los coleccionistas de chucherías los escaparates. Ando al acecho de escenas, de tipos, de cuanto pasa por la calle y de cuanto en la calle ocurre.

"Hacia la mitad de septiembre, con unos días magníficos, salí de casa por la tarde, sin rumbo fijo. Más o menos, nunca falta ese deseo indefinido de visitar a una mujer bonita cualquiera. Se hace un repaso mental de las que conocemos, comparándolas, sopesando el interés que nos inspiran, el encanto que sobre nosotros ejercen, y se deja uno llevar por la preferida del día. Pero un sol hermoso y una atmósfera tibia borran muchas veces las ganas de hacer visitas.

"Esa tarde hacía un sol hermoso y una atmósfera tibia; encendí un cigarro y me dejé ir, sin pensarlo siquiera, hacia los bulevares exteriores. Caminando sin rumbo ni propósito, me asaltó de improviso la idea de seguir hasta el cementerio de Montmartre y penetrar en él. A mí me gustan mucho los cementerios; responden a la necesidad que siento de sosiego y de melancolía. Hay en ellos, además, buenos amigos a los que ya nadie visita; yo sí voy a verlos de cuando en cuando. En ese cementerio de Montmartre, precisamente, tengo un capítulo de amor, una querida que me hizo sufrir mucho y sentir mucho: una mujercita adorable, cuyo recuerdo me deja profundamente dolorido, pero también pesaroso..., pesaroso por muchos conceptos... Sobre su tumba suelo abandonarme a mis pensamientos... Todo ha acabado para ella.

"Mi amor a los cementerios nace también de que son ciudades enormes, habitadas por un número prodigioso de personas. Imagínense la cifra de muertos que habrá en espacio tan reducido, la cantidad de generaciones de parisienses que están alojadas allí para siempre, trogloditas perpetuos, encerrados cada cual en su pequeña bóveda cubierta con una piedra o marcada con una cruz, mientras los imbéciles de los vivos exigen tanto espacio y arman tanto estrépito.

"Hay más aún: en los cementerios hallamos monumentos casi tan interesantes como en los museos. Tengo que decir que la tumba de Cavaignac me ha traído el recuerdo de la obra maestra de Jean Goujon, la estatua yacente de Luis de Brézé, en la capilla subterránea de la catedral de Ruán; de ahí ha salido, señores, ese arte que llamamos moderno y realista. La estatua yacente de Luis de Brézé tiene más de verdad, más de carne que se quedó petrificada en las convulsiones de la agonía que todos los cadáveres dislocados que hoy se someten al tormento sobre las tumbas.

"Puédese admirar también en el cementerio de Montmartre el monumento de Baudin, obra que tiene cierta majestad; el de Gautier, el de Murger. ¿Quién depositaría en éste la solitaria y modesta corona de amarillas siemprevivas que vi yo hace poco? ¿Las llevó la última superviviente de sus alegres modistillas, viejísima ya y tal vez hoy portera de algún inmueble de los alrededores? ¡El monumento tiene una linda estatuilla de Millet, carcomida de suciedad y de abandono! ¡Para que cantes a la juventud, oh, Murger!

"Entré, pues, en el cementerio de Montmartre, y me sentí de pronto impregnado de tristeza, pero no de una tristeza exagerada, sino de una de esas tristezas capaces de sugerir al hombre que goza de buena salud esta reflexión: 'No es muy alegre este lugar; pero de aquí a que yo venga ha de pasar un tiempo...'

"El ambiente de otoño, con su olor a tibia humedad de hojas muertas y sol extenuado, mortecino y anémico, agudiza, envolviéndola en poesía, la sensación de soledad, de acabamiento definitivo que flota sobre aquel lugar en el que el hombre husmea la muerte.

"Iba adelantando a paso lento por las calles de tumbas en las que los vecinos no se tratan ni se acuestan por parejas ni leen los periódicos. Pero yo sí que me puse a leer los epitafios. Les aseguro que es la cosa más divertida del mundo. Ni Labiche ni Meilhac me han movido jamás a risa tanto como la comicidad de la prosa sepulcral. Las planchas de mármol y las cruces en que los deudos de los muertos dan rienda suelta a su dolor, hacen votos por la felicidad del que se fue y pintan el anhelo que los acucia de ir a reunirse con él, son más eficaces que las mismas obras de Paul de Kock para descongestionar el hígado... ¡Vaya bromistas!

"Lo que mayor reverencia me inspira en este cementerio es la parte abandonada y solitaria, poblada de grandes tejos y cipreses, viejo barrio de los muertos antiguos que ha de convertirse pronto en un barrio flamante, cuando se derriben los árboles verdes, nutridos con savia de cadáveres humanos, para ir colocando en fila, debajo de pequeñas chapas de mármol, a los difuntos recientes.

"Cuando, a fuerza de vagabundear por allí, sentí aligerado mi espíritu, supe comprender que la insistencia traería el aburrimiento y que no me quedaba por hacer otra cosa que llevar el homenaje fiel de mi recuerdo al lecho postrero de mi amiguita. Al acercarme a su tumba, experimenté una ligera angustia. ¡Pobre mujercita querida, tan gentil, tan apasionada, tan blanca, tan lozana como era!... Mientras que ahora..., si esa losa se alzase...

"Asomado por encima de la verja de hierro, le expresé, muy quedo, mi aflicción, completamente seguro de que ella no me oía. Disponíame a partir, cuando vi que se arrodillaba junto a la tumba de al lado una mujer vestida de negro, de luto riguroso. El velo de crespón, echado hacia atrás, dejaba al descubierto una linda cabeza rubia, y sus cabellos, partidos en dos bandas laterales simétricas, brillaban con reflejos de luz de aurora, entre la noche de su tocado. Me quedé donde estaba.

"No cabía duda de que el dolor que la aquejaba era profundo. Sepultados los ojos en las palmas de las manos, rígida como estatua que medita, volando en alas de sus pesares, desgranando a la sombra de sus ojos ocultos y cerrados las cuentas del rosario torturador de sus recuerdos, se le hubiera podido tomar por una muerta que estaba pensando en un muerto. Adiviné de improviso que iba a romper a llorar; lo adiviné por un movimiento apenas perceptible de sus espaldas, algo así como un escalofrío del viento en un sauce. Al suave llanto de los primeros momentos sucedió otro más fuerte, acompañado de rápidas sacudidas del cuello y de los hombros. Dejó ver de pronto sus ojos. Estaban cuajados de lágrimas y eran encantadores; los paseó en torno suyo, y tenían expresión de loca que parece despertar de una pesadilla. Cayó en la cuenta de que yo la miraba y ocultó, como avergonzada, el rostro entre las manos. Sus sollozos se hicieron convulsivos y su cabeza se fue inclinando lentamente hacia el mármol. Apoyó en él su frente, y el velo, que se desplegó en torno de ella, vino a cubrir los ángulos blancos de la sepultura amada como una pena nueva. La oí gemir y, de pronto, se desplomó, quedando inmóvil y sin conocimiento, con la mejilla apoyada en la loseta.

"Me precipité hacia ella, le di golpecitos en las manos, le soplé sobre los párpados, y entre tanto recorría con mi vista el sencillo epitafio: 'Aquí descansa Luis-Teodoro Carrel, capitán de infantería de marina, muerto por el enemigo en Tonquín. Rogad por él'.

"La muerte databa de algunos meses. Me enternecí hasta derramar lágrimas y puse doble interés en mis cuidados. Fueron eficaces y ella volvió en sí. Mi emoción se reflejaba en mi rostro -no soy mal parecido, aún no he cumplido los cuarenta. Me bastó su primera mirada para comprender que sería atenta y agradecida. Lo fue, después de otro acceso de lágrimas y de contarme su historia, que fue saliendo entrecortada de su pecho anhelante; cómo al año de casados cayó el oficial muerto en Tonquín, y cómo había sido el suyo un matrimonio de amor, porque ella era huérfana de padre y madre, y apenas disponía de la dote reglamentaria.

"Le di ánimos, la consolé, la incorporé, la levanté del suelo y luego le dije:

"-No debe permanecer aquí. Venga.

"Ella murmuró:

"-Me siento incapaz de caminar.

"-Yo la sostendré.

"-Gracias, caballero, es usted bondadoso. ¿También usted ha venido a llorar a algún muerto?

"-También, señora.

"-¿Tal vez a una mujer?

"-A una mujer; sí, señora.

"-¿Su esposa?

"-Una amiga mía.

"-Se puede querer a una amiga tanto como a su propia esposa; la pasión no reconoce ley.

"-Exacto, señora.

"Y hétenos en marcha, juntos los dos, ella apoyándose en mí, yo llevándola casi en brazos por los caminos del cementerio. Fuera ya de éste, murmuró con acento desfallecido:

"-Temo que me vaya a dar un desmayo.

"-¿Por qué no entramos en algún sitio? Podría tomar usted alguna cosa.

"-Entremos, sí, señor.

"Descubrí un restaurante, uno de esos establecimientos en los que los amigos del difunto celebran haber cumplido ya con la pesada obligación. Entramos. Hice que bebiese una taza de té bien caliente, y esto pareció reanimarla. Se esbozó en sus labios una tenue sonrisa. Me habló de sí misma.

"Era triste, muy triste, encontrarse sola en la vida; sola siempre en casa, noche y día; sin tener ya nadie a quien dar su cariño, su confianza, su intimidad.

"Tenía visos de sincero todo aquello. Dicho por tal boca, resultaba un encanto. Me enternecí. Era muy joven, quizá de veinte años.

"Le dirigí algunos cumplidos, que ella aceptó con agrado. Me pareció que aquello se alargaba demasiado y me brindé a llevarla a su casa en carruaje. Aceptó, y dentro ya del coche nos quedamos tan juntos, hombro con hombro, que el calor de nuestros cuerpos se mezclaba a través de la ropa, que es una cosa que a mí me trastorna por completo.

"Al detenerse el carruaje frente a su casa, me dijo ella en un susurro:

"-Vivo en el cuarto piso, y me siento sin fuerzas para llegar por mi pie hasta arriba. Puesto que ha sido tan bondadoso, ¿quiere darme una vez más su brazo para subir a mis habitaciones?

"Me apresuré a aceptar. Subió despacio, jadeando mucho. Cuando estuvimos frente a su puerta, agregó:

"-Entre usted y pase conmigo unos momentos para que pueda darle las gracias.

"Entré, ¡vaya si entré!

"El interior era modesto, casi tirando a pobre, pero sencillo y muy en orden.

"Nos sentamos, el uno junto al otro, en un pequeño canapé, y otra vez me habló ella de su soledad. Llamó a su criada, con intención de ofrecerme alguna bebida, pero la criada no acudió, con grandísimo contento mío. Supuse que la tendría nada más que para las mañanas; lo que se llama una asistencia.

"Se había quitado el sombrero. Era un verdadero encanto de mujer, y sus ojos claros se clavaban en mí; se clavaban de tal manera y eran tan claros, que sentí una tentación terrible, y me dejé llevar de la tentación. La cogí entre mis brazos, y sobre sus párpados, que se cerraron de pronto, puse besos... y besos... y cada vez más besos.

"Ella forcejeaba, rechazándome, a la vez que repetía:

"-Acabe..., acabe..., acabe ya.

"¿En qué sentido lo decía? Dos por lo menos puede tener, en situaciones semejantes, el verbo acabar. Yo le di el que era de mi gusto, y salté de los ojos a la boca para hacerla callar. No llevó su resistencia al extremo; y cuando, después de tamaño insulto a la memoria del capitán muerto en Tonquín, volvimos a mirarnos, vi en ella una expresión de languidez, enternecimiento y resignación, que disipó mis inquietudes.

"Entonces me mostré galante, solícito, agradecido. Después de otra charla íntima de casi una hora, le pregunté:

"-¿Dónde acostumbra cenar?

"-En un pequeño restaurante aquí cerca.

"-¿Completamente sola?

"-Desde luego.

"-¿Quiere cenar conmigo?

"-¿Dónde va a ser?

"-En un buen restaurante del bulevar.

"Se mostró un poco reacia. Insistí, y ella se rindió, diciendo para justificarse a sí misma:

"-Me aburro tanto..., tanto.

"Y agregó a continuación:

"-Es preciso que me ponga un vestido menos lúgubre.

"Se metió en su dormitorio y cuando reapareció vestía de alivio luto; estaba encantadora, delicada y esbelta con su sencillísimo vestido gris. Tenía, por lo visto, trajes distintos para el cementerio y para la ciudad.

"La cena fue cordial. Bebió champaña, se enardeció, cobró valor y yo me recogí a su casa con ella.

"Esta conexión, trabada sobre las tumbas, duró cerca de tres semanas. Pero todo cansa, y aún más las mujeres. La dejé, alegando como pretexto cierto viaje ineludible. Me despedí con mucha esplendidez, lo que me valió su efusivo agradecimiento. Me hizo prometer, me hizo jurar que volvería a visitarla a mi regreso. Parecía que, en efecto, me hubiese tomado algo de cariño.

"Corrí en busca de otras ternuras, y transcurrió casi un mes sin que el pensamiento de entrevistarme otra vez con aquella delicada amante funeraria se me presentase con fuerza tal que me obligase a ceder a él. A decir verdad, nunca la olvidé por completo. Me asaltaba a menudo su recuerdo como un misterio, como un problema de psicología, como una de esas cuestiones inexplicables cuya solución nos aguijonea.

"Sin saber por qué sí ni por qué no, vino a figurárseme cierto día que otra vez iba tropezar con ella en el cementerio de Montmartre, y allí me fui.

"Largo rato anduve paseando sin encontrar más que a las visitas corrientes de aquel lugar, es decir, personas que no han roto del todo sus lazos con los muertos. Ninguna mujer derramaba lágrimas sobre la tumba del capitán muerto en Tonquín, ni había flores ni coronas sobre el mármol.

"Pero al desviarme por otro barrio de aquella gran ciudad de difuntos, descubrí de pronto, al final de una estrecha avenida de cruces, a una pareja, hombre y mujer, que venían en dirección a donde yo estaba. ¡Qué asombro! ¡Era ella! ¡La reconocí cuando se acercaron!

"Me vio, se ruborizó y, al rozar yo con ella de pasada, me dirigió un guiño imperceptible que quería decir: 'Haga como que no me conoce', pero que también debía de entenderse como: 'No dejes de verme, amor mío.'

"Su acompañante era un caballero distinguido, elegante, oficial de la Legión de Honor, como de cincuenta años. La iba sosteniendo como yo mismo la sostuve cuando salimos del cementerio.

"Me alejé de allí, estupefacto, dudando aún de lo que había visto, preguntándome en qué clasificación biológica habría que colocar a la cazadora sepulcral. ¿Era una chica cualquiera, una prostituta inspirada que hacía sobre las tumbas su cosecha de hombres tristes, apegados a la memoria de una mujer, esposa o amante, y sacudidos todavía por el recuerdo de las caricias que se fueron para siempre? ¿Era ella la única? ¿Existen otras más? ¿Se trata de una verdadera profesión? ¿Corren unas el cementerio como otras corren la acera? ¡Cazadoras sepulcrales! ¿O es que tuvo ella acaso la idea admirable, de una filosofía profunda, de explotar la necesidad de un amor que quienes lo perdieron sienten reavivarse en aquellos lugares fúnebres?

"¡Me hubiera gustado saber el nombre del difunto de quien había enviudado por aquel día!"



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sexta-feira, 10 de janeiro de 2014

Una cena de Nochebuena


Guy de Maupassant

No sé exactamente el año. Llevaba todo un mes cazando por aquellos lugares con un brío impetuoso y una alegría salvaje, con ese ardor que se tiene para las pasiones nuevas. Me hallaba en Normandía, en casa de un pariente soltero, Jules de Banneville; y éramos solamente nosotros dos, una doncella, un doméstico y el guarda del castillo señorial. Este castillo, viejo edificio grisáceo rodeado de pinos, en cuyo interior había unas largas avenidas de castaños azotados por el viento, parecía abandonado desde hacía siglos. Un mobiliario antiguo era lo único que contenían aquellos salones siempre cerrados, donde antaño unos personajes, cuyos retratos se veían colgados en un corredor tan desapacible como las avenidas, recibían ceremoniosamente a los nobles vecinos.

Pero nosotros nos habíamos refugiado en la cocina, único rincón habitable de la mansión, una inmensa cocina, cuyas paredes, perdidas en las tinieblas, se iluminaban cuando se arrojaba un nuevo haz de leña en la amplia chimenea. Todas las noches, después de despabilar una dulce modorra ante el fuego, y una vez que de nuestras botas se había evaporado la humedad, subíamos a nuestra habitación, mientras que los podencos, allí mismo, como sonámbulos, soñando escenas de caza, lanzaban ladridos amortiguados.

La habitación era la única pieza del castillo que se había techado y enyesado completamente, a causa de los ratones. Pero la habían dejado sin muebles, blanqueada de cal, y, en las paredes, solamente colgaban unas escopetas, varios látigos y algunos cuernos de caza. Colocadas en los dos rincones de esta choza siberiana había dos camas, en las cuales nos deslizábamos tiritando.

Frente al castillo, a una legua de distancia, el acantilado caía a pico sobre el mar; y, noche y día, los poderosos vientos del océano arrancaban suspiros de los recios árboles encorvados, gemidos al techo y a las veletas, y hacían rechinar todo el venerable edificio, invadido por el viento que entraba por entre sus tejas sueltas, sus chimeneas grandes como abismos y sus ventanas, que no cerraban ya.

* * *

Aquel día había helado de una manera horrible. Al llegar la noche nos sentamos a la mesa, ante el gran fuego de la alta chimenea, donde asaban un lomo de liebre y dos perdices, que olían muy bien. Mi primo levantó la cabeza, y dijo:

-No hará calor cuando nos acostemos.

Indiferente, repliqué:

-No, pero tendremos patos en los estanques mañana por la mañana.

La sirvienta, que ponía nuestros cubiertos en un extremo de la mesa y los de los domésticos en el otro, preguntó:

-¿Saben los señores que esta noche es Nochebuena?

Seguramente no nos habíamos enterado, pues apenas mirábamos el calendario. Mi compañero contestó:

-Entonces esta noche es la misa del gallo. ¡Y por eso las campanas han estado sonando todo el día!

La sirvienta replicó:

-Sí y no, señor; también han tocado porque ha muerto Fournel padre.

Fournel padre, anciano pastor, era una celebridad del país. Tenía ochenta y seis años de edad, y nunca había estado enfermo hasta el momento en que, un mes antes, había cogido un frío al caerse dentro de una charca en una noche oscura. Al día siguiente se había quedado en cama, y desde entonces estaba agonizando. Mi primo se volvió hacia mí:

-Si quieres -dijo-, iremos dentro de un rato a ver a esas pobres gentes.

Quería hablar de la familia del viejo, de su nieto. que tenía cincuenta y ocho años de edad, y de su nieta política, que era un año más joven. La generación intermedia no existía ya desde hacía mucho tiempo. Vivían en un miserable chamizo, a la entrada de la aldea, a la derecha. Pero no sé por qué esta idea de la Nochebuena, en medio de nuestra soledad, nos dio ganas de charlar. A solas los dos, nos contábamos antiguas historias de Nochebuena, aventuras de esta noche loca, los pasados lances amorosos y los despertares del día siguiente, acompañados de otra persona, con sus sorpresas imprevistas, y el asombro de los descubrimientos.

De esta manera, nuestra cena duró mucho tiempo, fumando numerosas pipas; y embriagados por esas alegrías de los solitarios, alegrías contagiosas que nacen de repente entre dos amigos íntimos, hablamos sin parar, rebuscando en nuestros propios casos para comunicarnos esos recuerdos confidenciales del corazón que se escapan en las horas de efusión.

La doncella, que se había ido un buen rato antes, volvió:

-Voy a la misa, señor.

-¡Ya!

-Son las once y cuarto.

-¿Y si fuésemos también a la iglesia? -me preguntó Jules-; esta misa de Nochebuena es muy curiosa en el campo.

Acepté, y nos fuimos, envueltos en nuestras pieles de caza. Un filo agudo pinchaba el rostro y hacía saltar las lágrimas en los ojos. El aire crudo entraba de golpe en los pulmones y secaba la garganta. El cielo profundo, limpio y duro, estaba tachonado de estrellas, que parecían pálidas por la helada; brillaban no como si fuesen unos astros de fuego, sino de cristal, como unas cristalizaciones brillantes. A lo lejos, sobre la tierra de acero, seca y retumbante, resonaban los chanclos de los campesinos; y por todo el horizonte, las campanitas de los pueblos tañían, lanzaban sus sones penetrantes, como friolentos también, en la vasta noche helada.

En el campo no dormía nada. Los gallos, engañados por esos ruidos, cantaban; y cuando se pasaba por delante de los establos, se sentía rebullir a los animales, turbados por esos rumores de vida. Al aproximarse a la aldea, Jules se acordó de repente de los Fournel.

-¡Aquí está su choza! -dijo-. ¡Entremos!

Aporreó largo tiempo en vano. Entonces una vecina, que salía de casa para ir a la iglesia, al vernos, dijo:

-Están en misa, señores; han ido a rezar por el padre.

-Los veremos al salir -dijo mi primo.

La luna, en su ocaso, perfilaba a ras del horizonte su forma de hoz en medio de una siembra infinita de granos de luz, arrojados a puñados en el espacio. Y por la campiña negra, unas lucecitas temblorosas se encaminaban desde todas las partes hacia el puntiagudo campanario, que repicaba sin descanso. Entre los patios de las granjas, salpicadas de árboles, en medio de las llanuras sombrías, esas lucecitas daban pequeños saltos, a medio metro del suelo. Eran farolillos de cuerno que llevaban los campesinos para alumbrarse en la noche, caminando delante de sus mujeres, tocadas con un gorro blanco y envueltas en largos mantos negros, y seguidas de rapazuelos medio dormidos y cogidos de la mano.

Por la puerta abierta de la iglesia se divisaba el coro iluminado. Una guirnalda de velas de sebo, de las más baratas, daba una vuelta completa alrededor de la nave de la iglesia; y en el suelo, en una capilla, a la izquierda, un gran niño Jesús, sobre paja verdadera, en medio de ramas de abeto, enseñaba su desnudez sonrosada y amanerada.

La misa había comenzado. Los hombres, agachados, y las mujeres, de rodillas, rezaban. Estas gentes sencillas, reanimadas por la noche fría, contemplaban muy conmovidas la imagen torpemente pintada, y juntaban las manos tan cándidamente convencidas como intimidadas por el humilde esplendor de esta representación pueril. El aire helado hacía palpitar las llamas. Jules me dijo:

-¡Salgamos, se está mejor fuera!

Y por el camino abierto, mientras que los toscos campesinos se prosternaban y tiritaban de frío devotamente, nos pusimos a charlar otra vez de nuestros recuerdos, y durante tan largo rato, que había terminado la misa cuando llegábamos a la aldea.

Un hilo de luz se veía bajo la puerta de los Fournel.

-Velan al muerto -dijo mi primo-. Entremos en casa de esta pobre gente, eso les agradará.

Agonizaban unos tizones en la chimenea. La pieza, negra, cubierta de un barniz de suciedad y con sus vigas carcomidas y ennegrecidas por el tiempo, estaba llena de un olor sofocante a morcillas asadas en una parrilla. En el centro de la gran mesa, debajo de la cual el arcón del pan alzaba su tapa abombada como un vientre, una vela, en una palmatoria de hierro retorcido, desenroscaba hasta el techo el humo acre de su pabilo. Y los dos Fournel, el marido y la esposa, cenaban a solas.

Taciturnos, con un aire afligido y sus caras de campesinos embrutecidos, comían gravemente sin decir una palabra. En un solo plato, colocado entre los dos, un gran trozo de morcilla despedía un olor pestilente. De cuando en cuando arrancaban un pedazo con la punta del cuchillo, lo aplastaban en el pan, que comían a bocados y después lo masticaban lentamente.
Cuando el vaso del marido estaba vacío, la mujer, cogiendo la cántara de sidra, se lo llenaba.

Al entrar nosotros, se levantaron, nos hicieron sentar, nos ofrecieron que “hiciésemos como ellos”, y, ante nuestra negativa, siguieron comiendo. Al cabo de unos minutos de silencio, mi primo preguntó:

-Pero, Anthime, ¿el abuelo de ustedes ha muerto?

-Sí, mi buen señor, ha muerto ya.

Tomó el silencio. La mujer, por cortesía, despabiló la vela. Entonces, por decir algo, añadió:

-Era muy viejo ya...

Su nieta política, de cincuenta y siete años, continuó:

-Sí, su tiempo habla terminado; ya nada tenía que hacer aquí.

De repente, me entraron ganas de ver el cadáver de ese centenario, y les rogué que me lo enseñasen. Los dos campesinos, plácidos hasta entonces, se conmovieron bruscamente. Sus ojos inquietos se interrogaron, y no respondieron. Mi primo, viendo su turbación, insistió. Entonces el hombre, con aire desconfiado y cazurro,  preguntó:

-¿Y de qué les servirá eso?

-De nada -dijo Jules-, pero eso se hace siempre. ¿Por qué no quieren enseñarlo?

El campesino se encogió de hombros:

-¡Oh, yo, yo sí quiero! Sólo que a estas horas es penoso.

Mil suposiciones nos pasaban por la mente. Y como los nietos del muerto no se movían, y permanecían frente a frente, con los ojos bajos, con esa cara de palo de las gentes descontentas, que parece decir: “Márchense”, mi primo le habló con autoridad:

-Vamos, Anthime, levántense y condúzcannos a su habitación.

Pero el hombre, que había tomado su resolución, respondió con gesto enfurruñado:

-Ésa es la pena, señor, no ha podido estar allí.

-Pero entonces, ¿dónde está?

La mujer atajó a su marido:

-Se lo voy a decir: lo hemos puesto hasta mañana en el arcón, porque no teníamos ningún sitio.

Y retirando el plato de morcilla, levantó la tapa de su mesa, se inclinó con la vela para iluminar el interior del gran cofre abierto, en cuyo fondo distinguimos una cosa gris, una especie de paquete largo del que salía por una punta una cabeza descarnada, con unos cabellos blancos desgreñados, y por la otra, dos pies desnudos.

Era el viejo, muy enjuto, con los ojos cerrados, enrollado en una manta de pastor, durmiendo allí su último sueño en medio de unos mendrugos de pan casi tan viejos como él. ¡Y habían cenado allí, encima del muerto! Jules, indignado y temblando de cólera, gritó:

-¿Por qué no lo han dejado en su cama? ¡ Palurdos!

Entonces la mujer se puso a lloriquear, y en seguida:

-Se lo voy a decir, mi buen señor; no tenemos más que una cama en la casa. Antes nos acostábamos con él, puesto que sólo éramos tres. Desde que cayó enfermo, nos acostamos en el suelo; y es muy duro, mi buen señor, en este tiempo. Pues bien, cuando murió, en seguida nos hemos dicho: “Puesto que no sufre ya, ¿de qué le sirve dejarlo en la cama? Podemos muy bien ponerle en el arcón hasta mañana”; pues ¡no podíamos dormir con el muerto, mis buenos señores!...

Mi primo, exasperado, salió bruscamente dando un portazo, y yo le seguí riendo nerviosamente entre lágrimas.

FIN


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quarta-feira, 5 de dezembro de 2012

Arrepentimiento



Guy de Maupassant

I

El señor Saval acaba de levantarse. Llueve. Es un triste día de otoño; las hojas caen lentamente con la lluvia, formando también una lluvia más apretada y más lenta. El señor Saval no está satisfecho. Va de la chimenea a la ventana y de la ventana a la chimenea. La vida tiene días tristes, y para el señor Saval en adelante solo tendrá días tristes, porque ha cumplido sesenta y dos años. Está solo, soltero, sin familia, sin nadie que se interese por él. ¡Es muy triste morir aislado sin dejar un afecto profundo!

Piensa en su vida sin encantos y sin atractivos. Y recuerda en el pasado, en su niñez lejana, la casa paterna, el colegio, las vacaciones, la universidad. Luego, la muerte de su padre.

Vive con su madre; viven los dos, el joven y la vieja, tranquilamente, sin desear nada. Pero la madre muere también. ¡Qué triste vida! Y el hijo queda solo. Envejece y morirá cualquier día. Desapareciendo él, todo habrá terminado; todo, ni rastro de Pablo Saval sobre la tierra. ¡Qué terrible cosa! Y otros vivirán, amarán, reirán. Sí, habrá siempre quien se divierta, y él no se divierte nunca. Es raro que se pueda reír y estar alegre con la certeza de la muerte. Si la muerte fuera solo probable, aún habría esperanza; pero no, es tan segura como la noche después del día.

¡Y aún si la vida tuviera encantos! Desde que nació no hizo nada. No tuvo aventuras, ni grandes goces, ni éxitos, ni satisfacciones de ninguna especie. Nada, no había hecho nada; su vida se redujo a levantarse, vestirse, comer y acostarse; todo a horas fijas. Y así pasó en este mundo sesenta y dos años. Ni siquiera se había casado, como la mayor parte de los hombres. ¿Por qué? ¿por qué no se había casado? Pudo hacerlo, pues tenía bastante renta para mantener una familia. ¿Tal vez no se le había presentado la ocasión?... Acaso. Pero se buscan las ocasiones. Era un poco negligente, abandonado…Eso fue la causa de todo: su daño, su defecto, su vicio. ¡Cuántas gentes malogran su vida por abandono! ¡Es tan difícil para ciertas naturalezas moverse, agitarse, hablar, insistir!


II

Nadie lo había querido. Ninguna mujer durmió sobre su pecho en completo abandono de amor. Desconocía las deliciosas angustias del que aguarda, el divino estremecimiento de una mano sintiendo la opresión de otra, el éxtasis de la pasión triunfante. ¡Qué dicha sobrehumana debe de inundar el corazón cuando los labios de dos bocas se acarician por primera vez, cuando cuatro brazos, oprimiéndose, forman de dos seres uno solo, un ser inmensamente feliz, un alma de dos almas, ansiosas la una de la otra!

El señor Saval se había sentado junto a la chimenea, envuelto en su bata.

Ciertamente su vida estaba frustrada, en absoluto frustrada. Sin embargo, una vez tuvo un amor; había querido a una mujer secreta, dolorosa y descuidadamente, como lo hacía todo. Sí, había querido a su amiga la señora de Sandres, mujer de un antiguo camarada. ¡Oh, si la hubiese conocido soltera! Pero la conoció tarde, cuando ya estaba casada. Él también se hubiera casado con aquella mujer que le inspiró amor desde el primer instante, y a la cual siempre quiso.

Recordaba sus emociones de cada vez que la veía, sus tristezas de cuando se apartaba, las veces que no pudo en toda la noche descansar pensando en ella.

Por la mañana se sentía menos apasionado que por la noche. ¿Qué motivo habría?

¡Qué bonita, qué rubia, qué rizada era en sus años floridos! Sandres no era el hombre que aquella mujer necesitaba. Sin embargo, a los cincuenta y ocho años ella parecía dichosa.

¡Oh, si le hubiera querido en otro tiempo! ... ¡Si le hubiera querido! Y ¿quién sabe si le había querido?

Si hubiese adivinado aquel amor profundo... Y ¿quién sabe si lo adivinó alguna vez? Y si lo adivinó, ¿qué pensaría entonces? Y si él hablara, ¿qué hubiese contestado ella?

Y Saval se hacía mil preguntas más, reviviendo su pasado, interesándose por buscar y recoger una porción de sucesos insignificantes.

Recordaba las horas que pasaron en casa de Sandres, jugando a las cartas, cuando la mujer era bonita y joven.

Y recordaba cuántas palabras le había dicho ella y las entonaciones que usó para decírselas; recordaba las mudas sonrisas que significaron tantas cosas.

Recordaba los paseos de los tres a la orilla del Sena, los almuerzos campestres en domingo siempre, porque Sandres estaba empleado en la Subprefectura. Y de pronto le sorprendió la imagen clara de una hora pasada con ella en un bosque, junto al río.


III

Habían salido por la mañana, llevando sus provisiones en paquetes. Era un día de primavera, uno de esos días en que hasta el aire embriaga. Todo estaba perfumado y brindando goces. Los pájaros cantaban mejor y volaban con más ligereza.

Habían comido sobre la hierba y a la sombra de un sauce, cerca del agua adormecida por el sol. El aire tibio, impregnado en perfumes de savia, se respiraba con delicia. ¡Qué dulzuras las de aquel día!

Después de almorzar, Sandres se había dormido al pie de un árbol.

-El mejor sueño de su vida -según dijo cuando despertó.

La señora de Sandres, del brazo de Saval, paseaba por la orilla del río.

Apoyándose mucho en él, reía diciendo:

-Estoy un poco borracha, bastante borracha.

Saval, mirándola fijamente, sentía estremecimientos y palpitaciones; palidecía, temiendo que sus ojos no se mostraran con exceso atrevidos, que un temblor de su mano revelara su secreto.

Ella se había hecho una corona con flexibles tallos y lirios de agua, y le preguntó:

-¿Le gusto a usted así?

Como él no contestó nada -no se le ocurría nada que contestar, y más fácil hubiérale sido caer a sus píes de rodillas-, ella soltó la risa, una risa casi burlona y despechada, gritándole:

-¡Tonto, más que tonto! Hable usted al menos.

Él estuvo a punto de llorar, sin que acudiese ni una sola palabra en su ayuda.

Y todo esto lo recordaba como el primer día.

¿Por qué le había dicho ella: «¡Tonto, más que tonto! Hable usted al menos?»

Recordaba de qué modo, con cuánta dulzura lo oprimía, apoyándose en él. Y al inclinarse para pasar por debajo de un árbol de ramas caídas, la oreja de la señora Sandres había rozado la mejilla del señor Saval, ¡su mejilla!, y él había retirado la cabeza con un movimiento brusco para que no creyera ella voluntario aquel contacto.

Cuando él dijo: «¿Le parece si es hora de que volvamos?», ella le arrojó una mirada singular. Cierto; le miró entonces de un modo extraño. De pronto no lo tomó en cuenta y al cabo de los años lo recordaba minuciosamente.

Ella le había dicho:

-Como usted quiera; sí está usted cansado ya, volveremos.

Y él había contestado:

-Yo no me fatigo, señora; pero es posible que Sandres haya despertado.

Y ella replicó, encogiéndose de hombros:

-Si teme usted que haya despertado mi marido, es otra cosa; volvamos.

Al volver ella silenciosa, ya no se apoyaba en el brazo de su amigo. ¿Por qué?

Este «por qué» no había encontrado respuesta y era una preocupación constante. Al cabo de los años, el señor Saval creyó entrever algo que no había entendido nunca.

Acaso ella...


IV

Ruborizándose, se levantó conmovido, emocionado, como si treinta años antes hubiera oído en labios de la señora Sandres un «¡te quiero!»

¿Seria posible acaso? Esta sospecha que despertaba en su espíritu lo torturó. ¿Era posible que a su tiempo no viese, no adivinase nada?

¡Oh, si eso fuera cierto, si hallándose tan cerca de la dicha no hubiera sabido aprovecharla!

Se resolvió. Lo ahogaban las dudas. Quería saber la verdad. ¡La verdad!

Se vistió de prisa, de cualquier modo, pensando:

«He cumplido sesenta y dos años; ella tiene cincuenta y ocho. Bien puedo permitirme la pregunta.»

Y salió.

La casa de Sandres estaba en la otra acera de la misma calle, casi frente a la casa de Saval.

La criada se extrañó de verle tan temprano.

-¡Usted por aquí a estas horas, señor Saval! ¿Ha ocurrido algo?

Saval contestó:

-Nada, hija mía. Pero di a la señora que necesito hablar con ella lo antes posible.

-La señora está en la cocina preparando confituras para el invierno y no está presentable para visitas, como usted puede suponer.

-Bueno; dile que necesito hacerle una pregunta importante.

La muchacha se fue y Saval recorría el salón con pasos nerviosos. Se sentía desligado, resuelto en semejante ocasión. ¡Oh! Iba entonces a preguntarle aquello como le hubiera preguntado por una receta de cocina. ¡Tenía ya sesenta y dos años!

Se abrió la puerta y entró la señora. Era ya una matrona muy abultada, con las mejillas redondas y la risa fácil y sonora. Su gordura no le permitía fácilmente acercar los brazos al talle y elevaba los brazos desnudos y salpicados de almíbar. Al entrar pregunto con inquietud:

-¿Qué le ocurre a usted, amigo mío; está enfermo?

Y él respondió:

-No estoy enfermo, amiga y señora; pero me escarabajea una duda, para mí de mucha importancia, que me oprime el corazón, y vengo a que usted me la resuelva. ¿Promete contestarme con sinceridad?

Ella sonrió, diciendo:

-He sido siempre muy sincera. Pregunte.

-Pues ahí va. Yo he vivido enamorado, queriendo a usted siempre, desde que la vi por vez primera. ¿Usted lo sospechaba?

Ella contestó, riendo, con algo de la ternura que impregnó en otro tiempo sus palabras:

-¡Tonto, más que tonto! Lo supe desde el primer día.

Saval, temblando, balbució:

-¿Usted lo sabía? Entonces...

Y se contuvo.

Ella preguntó:

-Entonces... ¿qué?

Saval, decidiéndose, continúo:

-Entonces, ¿qué pensaba usted? ¿Qué..., qué..., qué me hubiera contestado?

Ella, riendo mucho, mientras una gota de almíbar se deslizaba por sus dedos, le dijo:

-Como usted nada preguntó... ¡No era cosa de que yo me declarase!

Avanzando hacia ella, Saval insistía:

-Dígame, dígame... ¿Recuerda usted una tarde, cuando Sandres se durmió sobre la hierba, después de almorzar, y nos fuimos juntos, del brazo, lejos?...

Se detuvo. La señora no dejaba de reír, mirándole fijamente a ojos.

-¡Vaya si me acuerdo!

Saval prosiguió, estremeciéndose:

-Pues, bueno; si aquel día yo hubiera sido... yo hubiera sido... más osado..., ¿qué hubiera hecho usted?

Ella, sonriendo como una mujer dichosa, que no tiene de qué arrepentirse ni desea nada, respondió francamente, con voz clara y una punta de ironía:

-Hubiera cedido seguramente.

Y dejándole plantado volvió a cocina.


V

Saval salió a la calle aterrado como después de un desastre. Andaba como impulsado por un instinto en dirección al río, sin pensar a dónde iba, mojándose, porque llovía mucho. Su traje chorreaba; su sombrero, deformado, parecía un canal. Y andaba sin descanso hasta llegar al sitio donde almorzaron aquella mañana. El recuerdo lejano le torturaba el corazón.

Se sentó al pie de los árboles, desnudos ya de hojas, y lloró.

FIN


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