sábado, 15 de janeiro de 2011

Menina do Brasil

Era uma menina linda



Olhos cheios de esperança



Queria pouco da vida

Apenas uma criança



Era uma menina sapeca



Revestida de alegria



Só desejava uma boneca



Pra lhe fazer companhia



Era uma menina pura



Sonhava os contos de fadas



Alma cheia de ternura



Ainda brincava de mãos dadas



Era menina faceira



Coração doce e apaixonado



Só pensava em brincadeira



Vivia num mundo encantado



Era menina tão bela



Sorriso cheio de amor



Sonhava ser cinderela



Desabrochava em flor



Era menina da favela



Pés no chão, sonhos na lua



Triste sorte da bela



Só queria sair da rua



Era menina de tantos brasis



Filha do sertão e da cidade



Só queria ser feliz



Num lar sem frio e maldade



Era menina brasileira



Filha da desigualdade



Sonhava pra vida inteira



Apenas a felicidade



Era menina inocente



Acreditava nos homens



E tudo que tinha na mente



Era matar sua fome



Era menina esperança



Continuava a sonhar



Só queria ser criança



Sem fome poder brincar



Era menina do noticiário



Vendida por algum dinheiro



Por mais um salafrário



A um gringo estrangeiro



Era, agora, uma menina triste...





Sirlei L. Passolongo
Eu acho que
buscar a beleza das palavras
é uma solenidade de amor.
E pode ser instrumento de rir.
Aprendo a brincar de palavras
mais do que trabalhar com elas.
Comecei a não gostar de palavra engavetada.
Aquela que não pode mudar de lugar.
Aprendi a gostar mais das palavras pelo que
elas entoam do que pelo que elas informam.
Por depois ouvi um vaqueiro
a cantar com saudade :

Ai morena, não me escreve
que eu não sei a ler .

Aquele 'a' preposto ao verbo ler, ao mesmo ouvir,
ampliava a solidão do vaqueiro.

Manoel de Barros

El collar

Era una de esas hermosas y encantadoras criaturas nacidas como por un error del destino en una familia de empleados. Carecía de dote, y no tenía esperanzas de cambiar de posición; no disponía de ningún medio para ser conocida, comprendida, querida, para encontrar un esposo rico y distinguido; y aceptó entonces casarse con un modesto empleado del Ministerio de Instrucción Pública.

No pudiendo adornarse, fue sencilla, pero desgraciada, como una mujer obligada por la suerte a vivir en una esfera inferior a la que le corresponde; porque las mujeres no tienen casta ni raza, pues su belleza, su atractivo y su encanto les sirven de ejecutoria y de familia. Su nativa firmeza, su instinto de elegancia y su flexibilidad de espíritu son para ellas la única jerarquía, que iguala a las hijas del pueblo con las más grandes señoras.

Sufría constantemente, sintiéndose nacida para todas las delicadezas y todos los lujos. Sufría contemplando la pobreza de su hogar, la miseria de las paredes, sus estropeadas sillas, su fea indumentaria. Todas estas cosas, en las cuales ni siquiera habría reparado ninguna otra mujer de su casa, la torturaban y la llenaban de indignación.

La vista de la muchacha bretona que les servía de criada despertaba en ella pesares desolados y delirantes ensueños. Pensaba en las antecámaras mudas, guarnecidas de tapices orientales, alumbradas por altas lámparas de bronce y en los dos pulcros lacayos de calzón corto, dormidos en anchos sillones, amodorrados por el intenso calor de la estufa. Pensaba en los grandes salones colgados de sedas antiguas, en los finos muebles repletos de figurillas inestimables y en los saloncillos coquetones, perfumados, dispuestos para hablar cinco horas con los amigos más íntimos, los hombres famosos y agasajados, cuyas atenciones ambicionan todas las mujeres.

Cuando, a las horas de comer, se sentaba delante de una mesa redonda, cubierta por un mantel de tres días, frente a su esposo, que destapaba la sopera, diciendo con aire de satisfacción: "¡Ah! ¡Qué buen caldo! ¡No hay nada para mí tan excelente como esto!", pensaba en las comidas delicadas, en los servicios de plata resplandecientes, en los tapices que cubren las paredes con personajes antiguos y aves extrañas dentro de un bosque fantástico; pensaba en los exquisitos y selectos manjares, ofrecidos en fuentes maravillosas; en las galanterías murmuradas y escuchadas con sonrisa de esfinge, al tiempo que se paladea la sonrosada carne de una trucha o un alón de faisán.

No poseía galas femeninas, ni una joya; nada absolutamente y sólo aquello de que carecía le gustaba; no se sentía formada sino para aquellos goces imposibles. ¡Cuánto habría dado por agradar, ser envidiada, ser atractiva y asediada!

Tenía una amiga rica, una compañera de colegio a la cual no quería ir a ver con frecuencia, porque sufría más al regresar a su casa. Días y días pasaba después llorando de pena, de pesar, de desesperación.

Una mañana el marido volvió a su casa con expresión triunfante y agitando en la mano un ancho sobre.

-Mira, mujer -dijo-, aquí tienes una cosa para ti.

Ella rompió vivamente la envoltura y sacó un pliego impreso que decía:

"El ministro de Instrucción Pública y señora ruegan al señor y la señora de Loisel les hagan el honor de pasar la velada del lunes 18 de enero en el hotel del Ministerio."

En lugar de enloquecer de alegría, como pensaba su esposo, tiró la invitación sobre la mesa, murmurando con desprecio:

-¿Qué haré yo con eso?

-Creí, mujercita mía, que con ello te procuraba una gran satisfacción. ¡Sales tan poco, y es tan oportuna la ocasión que hoy se te presenta!... Te advierto que me ha costado bastante trabajo obtener esa invitación. Todos las buscan, las persiguen; son muy solicitadas y se reparten pocas entre los empleados. Verás allí a todo el mundo oficial.

Clavando en su esposo una mirada llena de angustia, le dijo con impaciencia:

-¿Qué quieres que me ponga para ir allá?

No se había preocupado él de semejante cosa, y balbució:

-Pues el traje que llevas cuando vamos al teatro. Me parece muy bonito...

Se calló, estupefacto, atontado, viendo que su mujer lloraba. Dos gruesas lágrimas se desprendían de sus ojos, lentamente, para rodar por sus mejillas.

El hombre murmuró:

-¿Qué te sucede? Pero ¿qué te sucede?

Mas ella, valientemente, haciendo un esfuerzo, había vencido su pena y respondió con tranquila voz, enjugando sus húmedas mejillas:

-Nada; que no tengo vestido para ir a esa fiesta. Da la invitación a cualquier colega cuya mujer se encuentre mejor provista de ropa que yo.

Él estaba desolado, y dijo:

-Vamos a ver, Matilde. ¿Cuánto te costaría un traje decente, que pudiera servirte en otras ocasiones, un traje sencillito?

Ella meditó unos segundos, haciendo sus cuentas y pensando asimismo en la suma que podía pedir sin provocar una negativa rotunda y una exclamación de asombro del empleadillo.

Respondió, al fin, titubeando:

-No lo sé con seguridad, pero creo que con cuatrocientos francos me arreglaría.

El marido palideció, pues reservaba precisamente esta cantidad para comprar una escopeta, pensando ir de caza en verano, a la llanura de Nanterre, con algunos amigos que salían a tirar a las alondras los domingos.

Dijo, no obstante:

-Bien. Te doy los cuatrocientos francos. Pero trata de que tu vestido luzca lo más posible, ya que hacemos el sacrificio.

El día de la fiesta se acercaba y la señora de Loisel parecía triste, inquieta, ansiosa. Sin embargo, el vestido estuvo hecho a tiempo. Su esposo le dijo una noche:

-¿Qué te pasa? Te veo inquieta y pensativa desde hace tres días.

Y ella respondió:

-Me disgusta no tener ni una alhaja, ni una sola joya que ponerme. Pareceré, de todos modos, una miserable. Casi, casi me gustaría más no ir a ese baile.

-Ponte unas cuantas flores naturales -replicó él-. Eso es muy elegante, sobre todo en este tiempo, y por diez francos encontrarás dos o tres rosas magníficas.

Ella no quería convencerse.

-No hay nada tan humillante como parecer una pobre en medio de mujeres ricas.

Pero su marido exclamó:

-¡Qué tonta eres! Anda a ver a tu compañera de colegio, la señora de Forestier, y ruégale que te preste unas alhajas. Eres bastante amiga suya para tomarte esa libertad.

La mujer dejó escapar un grito de alegría.

-Tienes razón, no había pensado en ello.

Al siguiente día fue a casa de su amiga y le contó su apuro.

La señora de Forestier fue a un armario de espejo, cogió un cofrecillo, lo sacó, lo abrió y dijo a la señora de Loisel:

-Escoge, querida.

Primero vio brazaletes; luego, un collar de perlas; luego, una cruz veneciana de oro, y pedrería primorosamente construida. Se probaba aquellas joyas ante el espejo, vacilando, no pudiendo decidirse a abandonarlas, a devolverlas. Preguntaba sin cesar:

-¿No tienes ninguna otra?

-Sí, mujer. Dime qué quieres. No sé lo que a ti te agradaría.

De repente descubrió, en una caja de raso negro, un soberbio collar de brillantes, y su corazón empezó a latir de un modo inmoderado.

Sus manos temblaron al tomarlo. Se lo puso, rodeando con él su cuello, y permaneció en éxtasis contemplando su imagen.

Luego preguntó, vacilante, llena de angustia:

-¿Quieres prestármelo? No quisiera llevar otra joya.

-Sí, mujer.

Abrazó y besó a su amiga con entusiasmo, y luego escapó con su tesoro.

Llegó el día de la fiesta. La señora de Loisel tuvo un verdadero triunfo. Era más bonita que las otras y estaba elegante, graciosa, sonriente y loca de alegría. Todos los hombres la miraban, preguntaban su nombre, trataban de serle presentados. Todos los directores generales querían bailar con ella. El ministro reparó en su hermosura.

Ella bailaba con embriaguez, con pasión, inundada de alegría, no pensando ya en nada más que en el triunfo de su belleza, en la gloria de aquel triunfo, en una especie de dicha formada por todos los homenajes que recibía, por todas las admiraciones, por todos los deseos despertados, por una victoria tan completa y tan dulce para un alma de mujer.

Se fue hacia las cuatro de la madrugada. Su marido, desde medianoche, dormía en un saloncito vacío, junto con otros tres caballeros cuyas mujeres se divertían mucho.

Él le echó sobre los hombros el abrigo que había llevado para la salida, modesto abrigo de su vestir ordinario, cuya pobreza contrastaba extrañamente con la elegancia del traje de baile. Ella lo sintió y quiso huir, para no ser vista por las otras mujeres que se envolvían en ricas pieles.

Loisel la retuvo diciendo:

-Espera, mujer, vas a resfriarte a la salida. Iré a buscar un coche.

Pero ella no le oía, y bajó rápidamente la escalera.

Cuando estuvieron en la calle no encontraron coche, y se pusieron a buscar, dando voces a los cocheros que veían pasar a lo lejos.

Anduvieron hacia el Sena desesperados, tiritando. Por fin pudieron hallar una de esas vetustas berlinas que sólo aparecen en las calles de París cuando la noche cierra, cual si les avergonzase su miseria durante el día.

Los llevó hasta la puerta de su casa, situada en la calle de los Mártires, y entraron tristemente en el portal. Pensaba, el hombre, apesadumbrado, en que a las diez había de ir a la oficina.

La mujer se quitó el abrigo que llevaba echado sobre los hombros, delante del espejo, a fin de contemplarse aún una vez más ricamente alhajada. Pero de repente dejó escapar un grito.

Su esposo, ya medio desnudo, le preguntó:

-¿Qué tienes?

Ella se volvió hacia él, acongojada.

-Tengo..., tengo... -balbució - que no encuentro el collar de la señora de Forestier.

Él se irguió, sobrecogido:

-¿Eh?... ¿cómo? ¡No es posible!

Y buscaron entre los adornos del traje, en los pliegues del abrigo, en los bolsillos, en todas partes. No lo encontraron.

Él preguntaba:

-¿Estás segura de que lo llevabas al salir del baile?

-Sí, lo toqué al cruzar el vestíbulo del Ministerio.

-Pero si lo hubieras perdido en la calle, lo habríamos oído caer.

-Debe estar en el coche.

-Sí. Es probable. ¿Te fijaste qué número tenía?

-No. Y tú, ¿no lo miraste?

-No.

Se contemplaron aterrados. Loisel se vistió por fin.

-Voy -dijo- a recorrer a pie todo el camino que hemos hecho, a ver si por casualidad lo encuentro.

Y salió. Ella permaneció en traje de baile, sin fuerzas para irse a la cama, desplomada en una silla, sin lumbre, casi helada, sin ideas, casi estúpida.

Su marido volvió hacia las siete. No había encontrado nada.

Fue a la Prefectura de Policía, a las redacciones de los periódicos, para publicar un anuncio ofreciendo una gratificación por el hallazgo; fue a las oficinas de las empresas de coches, a todas partes donde podía ofrecérsele alguna esperanza.

Ella le aguardó todo el día, con el mismo abatimiento desesperado ante aquel horrible desastre.

Loisel regresó por la noche con el rostro demacrado, pálido; no había podido averiguar nada.

-Es menester -dijo- que escribas a tu amiga enterándola de que has roto el broche de su collar y que lo has dado a componer. Así ganaremos tiempo.

Ella escribió lo que su marido le decía.

Al cabo de una semana perdieron hasta la última esperanza.

Y Loisel, envejecido por aquel desastre, como si de pronto le hubieran echado encima cinco años, manifestó:

-Es necesario hacer lo posible por reemplazar esa alhaja por otra semejante.

Al día siguiente llevaron el estuche del collar a casa del joyero cuyo nombre se leía en su interior.

El comerciante, después de consultar sus libros, respondió:

-Señora, no salió de mi casa collar alguno en este estuche, que vendí vacío para complacer a un cliente.

Anduvieron de joyería en joyería, buscando una alhaja semejante a la perdida, recordándola, describiéndola, tristes y angustiosos.

Encontraron, en una tienda del Palais Royal, un collar de brillantes que les pareció idéntico al que buscaban. Valía cuarenta mil francos, y regateándolo consiguieron que se lo dejaran en treinta y seis mil.

Rogaron al joyero que se los reservase por tres días, poniendo por condición que les daría por él treinta y cuatro mil francos si se lo devolvían, porque el otro se encontrara antes de fines de febrero.

Loisel poseía dieciocho mil que le había dejado su padre. Pediría prestado el resto.

Y, efectivamente, tomó mil francos de uno, quinientos de otro, cinco luises aquí, tres allá. Hizo pagarés, adquirió compromisos ruinosos, tuvo tratos con usureros, con toda clase de prestamistas. Se comprometió para toda la vida, firmó sin saber lo que firmaba, sin detenerse a pensar, y, espantado por las angustias del porvenir, por la horrible miseria que los aguardaba, por la perspectiva de todas las privaciones físicas y de todas las torturas morales, fue en busca del collar nuevo, dejando sobre el mostrador del comerciante treinta y seis mil francos.

Cuando la señora de Loisel devolvió la joya a su amiga, ésta le dijo un tanto displicente:

-Debiste devolvérmelo antes, porque bien pude yo haberlo necesitado.

No abrió siquiera el estuche, y eso lo juzgó la otra una suerte. Si notara la sustitución, ¿qué supondría? ¿No era posible que imaginara que lo habían cambiado de intento?

La señora de Loisel conoció la vida horrible de los menesterosos. Tuvo energía para adoptar una resolución inmediata y heroica. Era necesario devolver aquel dinero que debían... Despidieron a la criada, buscaron una habitación más económica, una buhardilla.

Conoció los duros trabajos de la casa, las odiosas tareas de la cocina. Fregó los platos, desgastando sus uñitas sonrosadas sobre los pucheros grasientos y en el fondo de las cacerolas. Enjabonó la ropa sucia, las camisas y los paños, que ponía a secar en una cuerda; bajó a la calle todas las mañanas la basura y subió el agua, deteniéndose en todos los pisos para tomar aliento. Y, vestida como una pobre mujer de humilde condición, fue a casa del verdulero, del tendero de comestibles y del carnicero, con la cesta al brazo, regateando, teniendo que sufrir desprecios y hasta insultos, porque defendía céntimo a céntimo su dinero escasísimo.

Era necesario mensualmente recoger unos pagarés, renovar otros, ganar tiempo.

El marido se ocupaba por las noches en poner en limpio las cuentas de un comerciante, y a veces escribía a veinticinco céntimos la hoja.

Y vivieron así diez años.

Al cabo de dicho tiempo lo habían ya pagado todo, todo, capital e intereses, multiplicados por las renovaciones usurarias.

La señora Loisel parecía entonces una vieja. Se había transformado en la mujer fuerte, dura y ruda de las familias pobres. Mal peinada, con las faldas torcidas y rojas las manos, hablaba en voz alta, fregaba los suelos con agua fría. Pero a veces, cuando su marido estaba en el Ministerio, se sentaba junto a la ventana, pensando en aquella fiesta de otro tiempo, en aquel baile donde lució tanto y donde fue tan festejada.

¿Cuál sería su fortuna, su estado al presente, si no hubiera perdido el collar? ¡Quién sabe! ¡Quién sabe! ¡Qué mudanzas tan singulares ofrece la vida! ¡Qué poco hace falta para perderse o para salvarse!

Un domingo, habiendo ido a dar un paseo por los Campos Elíseos para descansar de las fatigas de la semana, reparó de pronto en una señora que pasaba con un niño cogido de la mano.

Era su antigua compañera de colegio, siempre joven, hermosa siempre y siempre seductora. La de Loisel sintió un escalofrío. ¿Se decidiría a detenerla y saludarla? ¿Por qué no? Habíéndolo pagado ya todo, podía confesar, casi con orgullo, su desdicha.

Se puso frente a ella y dijo:

-Buenos días, Juana.

La otra no la reconoció, admirándose de verse tan familiarmente tratada por aquella infeliz. Balbució:

-Pero..., ¡señora!.., no sé. .. Usted debe de confundirse...

-No. Soy Matilde Loisel.

Su amiga lanzó un grito de sorpresa.

-¡Oh! ¡Mi pobre Matilde, qué cambiada estás! ...

-¡Sí; muy malos días he pasado desde que no te veo, y además bastantes miserias.... todo por ti...

-¿Por mí? ¿Cómo es eso?

-¿Recuerdas aquel collar de brillantes que me prestaste para ir al baile del Ministerio?

-¡Sí, pero...

-Pues bien: lo perdí...

-¡Cómo! ¡Si me lo devolviste!

-Te devolví otro semejante. Y hemos tenido que sacrificarnos diez años para pagarlo. Comprenderás que representaba una fortuna para nosotros, que sólo teníamos el sueldo. En fin, a lo hecho pecho, y estoy muy satisfecha.

La señora de Forestier se había detenido.

-¿Dices que compraste un collar de brillantes para sustituir al mío?

-Sí. No lo habrás notado, ¿eh? Casi eran idénticos.

Y al decir esto, sonreía orgullosa de su noble sencillez. La señora de Forestier, sumamente impresionada, le cogió ambas manos:

-¡Oh! ¡Mi pobre Matilde! ¡Pero si el collar que yo te presté era de piedras falsas!... ¡Valía quinientos francos a lo sumo!...

FIN


Guy de Maupassant



Fonte: Ciudad Seva

Touradas em Madrid

Olé, abre-se as porteiras,solta-se o touro

O toureiro abre a muleta bordada de ouro e vermelho



Acenando para o touro

O vermelho aguça os sentidos do touro



No bufa,bufa,luta pela própria vida

O homem grita, olé,gladiando na arena, infla a platéia insana

O tempo no tempo parou,na "Plaza de toros"

Só se ouve o Olé os ídulos brilham com uma orelha nas mãos,

Na dança da morte, o triunfo do toureiro



.

Dora Dimolitsas
Divaga em meio à noite um anjo desconhecido


Como um vento no litoral, sem rumo certo

Que afaga com seu carinho quente e amigo

O sono dos que dormem, sempre por perto



Nas curvas da vida, avalanches e temporais

Sofrendo, ele arranca os espinhos dos caminhos

E seus olhos vão pousando sobre os mortais

Que se entregam à fé nos dons divinos



Se por vezes neste mundo deixam cair

Pungentes e cortantes lágrimas ácidas

O anjo trata de as enxugar e, de fininho, sair



Constrói auras de douta proteção

Enche-as com a energia do coração

Faz as vidas repousarem, plácidas



Tania Montandon

Cançoneta

Um colarzinho de contas no pescoço,

as mãos sumindo num amplo regalo.

Os olhos passeiam em torno distraídos

e já não têm mais com que chorar.



A seda, que é quase violeta,

faz o rosto parecer mais pálido.

A franja, de cabelos tão lisinhos,

já chega até quase as sobrancelhas.



Não se parece em nada com um voo

esse jeito lento de andar

como se numa jangada pisasse

e não nas pranchas firmes do assoalho.



A boca pálida, entreaberta,

o fôlego cansado, ofegante…

contra o peito treme o ramalhete

deste encontro contigo que não houve.


Anna Akhmatova
owarete wa

tsuki ni kakururu

hotaru kana

Tradução:

Ao ser perseguido,

O vagalume /

Se esconde na lua!

Ryôta
o outono entrou verão adentro


como se o calor perdesse o alento

o sol cansou de ser

o centro.

Adelaide Amorim

sexta-feira, 14 de janeiro de 2011

Berlioz - Grande Messe des Morts (Requiem): Introitus et Kyrie (1/7)

O amor e seu tempo

Amor é privilégio de maduros

Estendidos na mais estreita cama,

Que se torna a mais larga e mais relvosa,

Roçando, em cada poro, o céu do corpo.



É isto, amor: o ganho não previsto,

O prêmio subterrâneo e coruscante,

Leitura de relâmpago cifrado,

Que, decifrado, nada mais existe



Valendo a pena e o preço do terrestre,

Salvo o minuto de ouro no relógio

Minúsculo, vibrando no crepúsculo.



Amor é o que se aprende no limite,

Depois de se arquivar toda a ciência

Herdada, ouvida. amor começa tarde

Carlos Drummond de Andrade

terça-feira, 11 de janeiro de 2011

Amor

Tanta solidão na entrega
tanto abandono
Trêmula, trêmula
Aragem
perante meu olhar
duro
A palavra mais impura
não dirá tudo
Doía na treva
aquele ser puro
a meu lado, impuro
Eu, ou o quê me chame
estava ali?
A rosa alegre dos
ventos
Que mar é este?
Que céu?
Ao lado
daquele ser disperso
em tudo
Seiva luminosa
Tão acima
Nenhuma lembrança
fere ou diz
aquilo que foi.

 Francisco Alvim

segunda-feira, 10 de janeiro de 2011

De tarde

Naquele “pic-nic” de burguesas,

Houve uma cousa simplesmente bela,

E que, sem ter história nem grandezas,

Em todo o caso dava uma aguarela.



Foi quando tu, descendo do burrico,

Foste colher, sem imposturas tolas,

A um granzoal azul de grão-de-bico

Um ramalhete rubro de papoulas.



Pouco depois, em cima duns penhascos,

Nós acampámos, inda o sol se via;

E houve talhadas de melão, damascos,

E pão-de-ló molhado em malvasia.



Mas, todo púrpuro, a sair da renda

Dos teus dois seios como duas rolas,

Era o supremo encanto da merenda

O ramalhete rubro das papoulas!

Manuel Jorge Marmelo

domingo, 9 de janeiro de 2011

Bucólica

O camponês sem terra
Detém a charrua
E pensa em colheitas
Que nunca serão suas.

José Paulo Paes.
seleção de Davi Arrigucci Jr.
Global.SP:1998
"Não há poema em si, mas em mim ou ti "

Octávio Paz
Navalhas machucam;
rios são úmidos;
ácidos mancham ;
e drogas causam cãîmbras.
Armas são ilegais;
laços afrouxam;
gás cheira mal;
é melhor viver.

Dorothy Parker

Notas num diário

Nada mais decorativo que a metafísica do silêncio



SOBRE O TEXTO

Este é o primeiro dos seis trechos do diário de Ricardo Piglia que serão publicados com exclusividade pela Ilustríssima. Autor de “Dinheiro Queimado” e professor na Universidade de Princeton, o escritor divide seu tempo entre a Argentina e os EUA. Seu novo livro, “Branco Noturno”, será lançado pela Cia. das Letras em junho.



RICARDO PIGLIA

tradução PAULO WERNECK



SEGUNDA Passo a noite internado no Hospital de Princeton. Enquanto espero o diagnóstico, sentado na sala de espera, vejo entrar um homem que mal consegue se locomover.

Descrevê-lo. Perguntam-lhe seus dados, mas ele vacila, pede desculpas, está bem desorientado, diz que não consegue assinar. É um ex-alcóolatra que teve uma recaída e passou dois dias perdido nos arredores de Trenton, dormindo na rua. Antes de despachá-lo para a clínica de reabilitação precisam desintoxicá-lo. Logo chega seu filho, vai até o balcão, preenche uns formulários.

O homem, a princípio, não o reconhece, mas por fim se ergue, pousa a mão na nuca do filho e fala com ele, e fala em voz baixa, bem de perto. O rapaz o escuta como se estivesse ofendido. O homem volta a sentar-se, muito abatido. Na dispersão idiomática típica desses lugares, um enfermeiro porto-riquenho explica a um padioleiro negro que o homem perdeu os óculos e não consegue enxergar. “The old man has lost his ‘espejuelos’”, diz, “and he cannot see nothing.” Extraviada, a palavra espanhola brilha feito uma luz na noite.



QUARTA Ele me contou que tinha sido preso por estelionato e me contou que seu pai era adestrador no hipódromo e que teve azar nas corridas. Dois dias depois, apareceu de novo e tornou a se apresentar, como se nunca tivesse me visto. Sofre de uma imperfeição indefinida que lhe afeta o sentido da realidade. Está perdido num movimento contínuo que o obriga a pensar para deter a confusão. Pensar não é lembrar, pode-se pensar mesmo tendo perdido a memória. (Venho sabendo disso por mim mesmo, já faz alguns anos: só lembro o que está escrito no Diário). Mesmo assim, não esquece a linguagem. O que precisa saber, encontra na web. A informação narrativa está fora da trama. Um novo tipo de romance seria então possível. “Precisamos”, dizia Gombrowicz, “de uma linguagem para nossa ignorância.” Essa poderia ser a epígrafe.



DOMINGO Até que enfim conheço um detetive particular. Ralph Anderson, Ace Agency. Kitty o contratou para encontrar sua mãe, que a abandonou aos seis anos. Ralph a localizou em Atlanta, na Geórgia. Tinha mudado de nome, morava no centro da cidade, trabalhava numa revista de moda. Kitty não se animou a ir vê-la, mas ficou amiga do detetive.

Muitos de seus clientes procuram parentes perdidos e depois decidem não ir encontrá-los. Ralph mora num apartamento perto de Washington Square. Embaixo, ao entrar no prédio, controle na porta, detector de metais, câmeras. Ralph está à nossa espera, na saída do elevador. Deve ter uns trinta anos, óculos redondos, cara de raposa. Mora num cômodo de pé-direito alto, quase vazio, com janelões dando para a cidade. Tem quatro computadores dispostos em círculo numa ampla escrivaninha, sempre ligados, com arquivos abertos e vários sites ativos. “Sair na rua já não faz mais falta”, diz. “O que precisamos buscar é isso aí.”

Fuma um “joint” atrás do outro, toma ginger ale, mora sozinho. Investiga a morte de três soldados negros de um batalhão de infantaria em serviço no Iraque; na maioria, oficiais e suboficiais texanos. Um agrupamento de parentes de soldados afro-americanos o contratou para investigar. Têm certeza de que foram assassinados. Se Ralph não conseguir provar, vão para a Justiça. Ele nos mostra as fotos dos jovens soldados negros, os três olham a câmera de frente, sem sorrir. Depois, fomos jantar num chinês.



QUINTA Curiosamente ninguém parece ter reparado que não foi T.W. Adorno o primeiro a estabelecer uma relação entre o futuro da literatura e os campos de extermínio nazistas. Em 1948, Brecht, em suas “Conversas com Jovens Intelectuais”, já havia formulado o problema. “Os acontecimentos em Auschwitz, no gueto de Varsóvia e em Buchenwald não admitem, indubitavelmente, descrição alguma, em nenhuma forma literária. Na verdade, a literatura não está preparada para tais acontecimentos, mas não desenvolveu nenhum meio para eles.”

Depois, Adorno se referiu ao mesmo assunto em seu ensaio de 1955 “Crítica da Cultura e Sociedade”, no qual, como se sabe, escreve: “A crítica cultural se encontra diante do último degrau da dialética de cultura e barbárie: depois do que aconteceu no campo de Auschwitz, escrever um poema é um ato de barbárie, e esse ato corrói até mesmo o conhecimento que indica por que hoje se tornou impossível escrever poesia.”

Brecht não apregoa a impossibilidade de seu trabalho nem aceita a culpa histórica que os críticos culturais sempre atribuem à literatura; apenas se refere às dificuldades técnicas que fundam as relações entre experiência e informação. Alguns anos antes, em seu “Diário de Trabalho”, em 16 de setembro de 1940, ele escreveu: “Seria incrivelmente difícil descrever o estado de ânimo com que sigo na rádio, de manhã, a batalha da Inglaterra, e depois vou escrever ‘Sr. Puntilla’. Esse fenômeno demonstra como é possível continuar a elaborar os trabalhos literários. De Puntilla não me importa quase nada; da guerra, tudo; sobre Puntilla posso escrever quase tudo; sobre a guerra, nada. Não quero dizer ‘não me é lícito’, quero propriamente dizer ‘no sono in grado’, não sou capaz. É interessante ver até que ponto a literatura, como atividade, como prática, está longe dos centros em que se desenrolam os acontecimentos dos quais tudo depende [...]“.

Como os “mass media” sempre estão dispostos a profetizar o fim da cultura, a tese de Adorno encontrou rápida difusão. Não há nada mais decorativo que a metafísica do silêncio e do fim da linguagem. Bertolt Brecht, por sua vez, tinha astúcia suficiente para fazer perguntas que não agradavam a ninguém e para escrever a melhor poesia lírica da língua alemã de sua época.



SEGUNDA Com a proliferação de romances encontrados entre os papéis -nos arquivos do computador- de famosos escritores mortos (Bolaño, Cabrera Infante, Nabokov etc.), um grupo de escritores decidiu ganhar a vida escrevendo romances póstumos. Depois de várias reuniões, decidiram escrever o romance póstumo de Samuel Beckett, “Moran”, uma continuação da trilogia.

Com o manuscrito, devem inventar uma forma como o livro tenha sido encontrado. Beckett levou o romance a seu psicanalista, Winnicott, que o aconselhou a não publicá-lo.

Aliviado, Beckett precipitou-se escada abaixo e esqueceu o manuscrito. Anos depois, um jovem pesquisador da Universidade da Califórnia em Irvine descobriu o romance no arquivo confidencial de Winnicott [em Londres]. Negociam diretamente com os agentes literários e, depois de combinar o adiantamento de direitos, entregam o livro etc.



SÁBADO Todo dia vejo o velho que sai de casa e caminha devagar pela neve até a beira da lagoa. A bruma de sua respiração é feito uma névoa no ar transparente. Conversamos várias vezes ao nos cruzarmos no caminho da entrada, ele mora sozinho, a mulher morreu no ano passado, lecionou física aqui em Princeton nos anos 50 e agora está aposentado, não tem filhos, chama-se Karl Unger e é um exilado alemão.

Quando chegam os patos selvagens, ouve-se primeiro um ruído tênue, como se alguém sacudisse um pano molhado no céu. Quase imediatamente começam-se a ouvir os grasnidos e veem-se os patos vindo, voando em fila indiana, depois formando um V no fundo do bosque. Dão duas voltas sobre a lagoa até lançarem-se na direção da água congelada, e, quando a tocam, patinam com as asas abertas e o pescoço contra o gelo. Voltam caminhando estabanados, arrastando-se, alguns permanecem quietos, com as patas feito ossos mortos na geada. Vivem no presente puro e a cada manhã se espantam ao se chocarem contra o gelo. Perderam o senso de orientação. Buscam as águas cristalizadas do lago de onde teriam que iniciar a migração para as terras cálidas.

Cada vez que vejo o professor sair do jardim e atravessar a neve para chegar até a lagoa e alimentar os patos selvagens que estão morrendo de frio, sei que começa outro dia, que será igual ao anterior

Fonte :Ilustríssima. folha de São Paulo 09/01/ 11