We'll send your love to college, all for a year or two,
And then perhaps in time the boy will do for you.
-The trees that grow so high.
(Canción folclórica inglesa.)
No entiendo por qué no me dejan pasar la noche en la clínica con el nene, al fin y al cabo soy su madre y el doctor De Luisi nos recomendó personalmente al director. Podrían traer un sofá cama y yo lo acompañaría para que se vaya acostumbrando, entró tan pálido el pobrecito como si fueran a operarlo en seguida, yo creo que es ese olor de las clínicas, su padre también estaba nervioso y no veía la hora de irse, pero yo estaba segura de que me dejarían con el nene. Después de todo tiene apenas quince años y nadie se los daría, siempre pegado a mí aunque ahora con los pantalones largos quiere disimular y hacerse el hombre grande. La impresión que le habrá hecho cuando se dio cuenta de que no me dejaban quedarme, menos mal que su padre le dio charla, le hizo poner el piyama y meterse en la cama. Y todo por esa mocosa de enfermera, yo me pregunto si verdaderamente tiene órdenes de los médicos o si lo hace por pura maldad. Pero bien que se lo dije, bien que le pregunté si estaba segura de que tenía que irme. No hay más que mirarla para darse cuenta de quién es, con esos aires de vampiresa y ese delantal ajustado, una chiquilina de porquería que se cree la directora de la clínica. Pero eso sí, no se la llevó de arriba, le dije lo que pensaba y eso que el nene no sabía donde meterse de vergüenza y su padre se hacía el desentendido y de paso seguro que le miraba las piernas como de costumbre. Lo único que me consuela es que el ambiente es bueno, se nota que es una clínica para personas pudientes; el nene tiene un velador de lo más lindo para leer sus revistas, y por suerte su padre se acordó de traerle caramelos de menta que son los que más le gustan. Pero mañana por la mañana, eso sí, lo primero que hago es hablar con el doctor De Luisi para que la ponga en su lugar a esa mocosa presumida. Habrá que ver si la frazada lo abriga bien al nene, voy a pedir que por las dudas le dejen otra a mano. Pero sí, claro que me abriga, menos mal que se fueron de una vez, mamá cree que soy un chico y me hace hacer cada papelón. Seguro que la enfermera va a pensar que no soy capaz de pedir lo que necesito, me miró de una manera cuando mamá le estaba protestando... Está bien, si no la dejaban quedarse qué le vamos a hacer, ya soy bastante grande para dormir solo de noche, me parece. Y en esta cama se dormirá bien, a esta hora ya no se oye ningún ruido, a veces de lejos el zumbido del ascensor que me hace acordar a esa película de miedo que también pasaba en una clínica, cuando a medianoche se abría poco a poco la puerta y la mujer paralítica en la cama veía entrar al hombre de la máscara blanca...
La enfermera es bastante simpática, volvió a las seis y media con unos papeles y me empezó a preguntar mi nombre completo, la edad y esas cosas. Yo guardé la revista en seguida porque hubiera quedado mejor estar leyendo un libro de veras y no una fotonovela, y creo que ella se dio cuenta pero no dijo nada, seguro que todavía estaba enojada por lo que le había dicho mamá y pensaba que yo era igual que ella y que le iba a dar órdenes o algo así. Me preguntó si me dolía el apéndice y le dije que no, que esa noche estaba muy bien. "A ver el pulso", me dijo, y después de tomármelo anotó algo más en la planilla y la colgó a los pies de la cama. "¿Tenés hambre?", me preguntó, y yo creo que me puse colorado porque me tomó de sorpresa que me tuteara, es tan joven que me hizo impresión. Le dije que no, aunque era mentira porque a esa hora siempre tengo hambre. "Esta noche vas a cenar muy liviano", dijo ella, y cuando quise darme cuenta ya me había quitado el paquete de caramelos de menta y se iba. No sé si empecé a decirle algo, creo que no. Me daba una rabia que me hiciera eso como a un chico, bien podía haberme dicho que no tenía que comer caramelos, pero llevárselos... Seguro que estaba furiosa por lo de mamá y se desquitaba conmigo, de puro resentida; qué sé yo, después que se fue se me pasó de golpe el fastidio, quería seguir enojado con ella pero no podía. Qué joven es, clavado que no tiene ni diecinueve años, debe haberse recibido de enfermera hace muy poco. A lo mejor viene para traerme la cena; le voy a preguntar cómo se llama, si va a ser mi enfermera tengo que darle un nombre. Pero en cambio vino otra, una señora muy amable vestida de azul que me trajo un caldo y bizcochos y me hizo tomar unas pastillas verdes. También ella me preguntó cómo me llamaba y si me sentía bien, y me dijo que en esta pieza dormiría tranquilo porque era una de las mejores de la clínica, y es verdad porque dormí hasta casi las ocho en que me despertó una enfermera chiquita y arrugada como un mono pero muy amable, que me dijo que podía levantarme y lavarme pero antes me dio un termómetro y me dijo que me lo pusiera como se hace en estas clínicas, y yo no entendí porque en casa se pone debajo del brazo, y entonces me explicó y se fue. Al rato vino mamá y qué alegría verlo tan bien, yo que me temía que hubiera pasado la noche en blanco el pobre querido, pero los chicos son así, en la casa tanto trabajo y después duermen a pierna suelta aunque estén lejos de su mamá que no ha cerrado los ojos la pobre. El doctor De Luisi entró para revisar al nene y yo me fui un momento afuera porque ya está grandecito, y me hubiera gustado encontrármela a la enfermera de ayer para verle bien la cara y ponerla en su sitio nada más que mirándola de arriba a abajo, pero no había nadie en el pasillo. Casi en seguida salió el doctor De Luisi y me dijo que al nene iban a operarlo a la mañana siguiente, que estaba muy bien y en las mejores condiciones para la operación, a su edad una apendicitis es una tontería. Le agradecí mucho y aproveché para decirle que me había llamado la atención la impertinencia de la enfermera de la tarde, se lo decía porque no era cosa de que a mi hijo fuera a faltarle la atención necesaria. Después entré en la pieza para acompañar al nene que estaba leyendo sus revistas y ya sabía que lo iban a operar al otro día. Como si fuera el fin del mundo, me mira de un modo la pobre, pero si no me voy a morir, mamá, haceme un poco el favor. Al Cacho le sacaron el apéndice en el hospital y a los seis días ya estaba queriendo jugar al fútbol. Andate tranquila que estoy muy bien y no me falta nada. Sí, mamá, sí, diez minutos queriendo saber si me duele aquí o mas allá, menos mal que se tiene que ocupar de mi hermana en casa, al final se fue y yo pude terminar la fotonovela que había empezado anoche.
La enfermera de la tarde se llama la señorita Cora, se lo pregunté a la enfermera chiquita cuando me trajo el almuerzo; me dieron muy poco de comer y de nuevo pastillas verdes y unas gotas con gusto a menta; me parece que esas gotas hacen dormir porque se me caían las revistas de la mano y de golpe estaba soñando con el colegio y que íbamos a un picnic con las chicas del normal como el año pasado y bailábamos a la orilla de la pileta, era muy divertido. Me desperté a eso de las cuatro y media y empecé a pensar en la operación, no que tenga miedo, el doctor De Luisi dijo que no es nada, pero debe ser raro la anestesia y que te corten cuando estás dormido, el Cacho decía que lo peor es despertarse, que duele mucho y por ahí vomitás y tenés fiebre. El nene de mamá ya no está tan garifo como ayer, se le nota en la cara que tiene un poco de miedo, es tan chico que casi me da lástima. Se sentó de golpe en la cama cuando me vio entrar y escondió la revista debajo de la almohada. La pieza estaba un poco fría y fui a subir la calefacción, después traje el termómetro y se lo di. "¿Te lo sabes poner?", le pregunté, y las mejillas parecía que iban a reventársele de rojo que se puso. Dijo que sí con la cabeza y se estiró en la cama mientras yo bajaba las persianas y encendía el velador. Cuando me acerqué para que me diera el termómetro seguía tan ruborizado que estuve a punto de reírme, pero con los chicos de esa edad siempre pasa lo mismo, les cuesta acostumbrarse a esas cosas. Y para peor me mira en los ojos, por qué no le puedo aguantar esa mirada si al final no es más que una mujer, cuando saqué el termómetro de debajo de las frazadas y se lo alcancé, ella me miraba y yo creo que se sonreía un poco, se me debe notar tanto que me pongo colorado, es algo que no puedo evitar, es más fuerte que yo. Después anotó la temperatura en la hoja que está a los pies de la cama y se fue sin decir nada. Ya casi no me acuerdo de lo que hablé con papá y mamá cuando vinieron a verme a las seis. Se quedaron poco porque la señorita Cora les dijo que había que prepararme y que era mejor que estuviese tranquilo la noche antes. Pensé que mamá iba a soltarle alguna de las suyas pero la miró nomás de arriba abajo, y papá también pero yo al viejo le conozco las miradas, es algo muy diferente. Justo cuando se estaba yendo la oí a mamá que le decía a la señorita Cora: "Le agradeceré que lo atienda bien, es un niño que ha estado siempre muy rodeado por su familia", o alguna idiotez por el estilo, y me hubiera querido morir de rabia, ni siquiera escuché lo que le contestó la señorita Cora, pero estoy seguro de que no le gustó, a lo mejor piensa que me estuve quejando de ella o algo así.
Volvió a eso de las seis y media con una mesita de esas de ruedas llena de frascos y algodones, y no sé por qué de golpe me dio un poco de miedo, en realidad no era miedo pero empecé a mirar lo que había en la mesita, toda clase de frascos azules o rojos, tambores de gasa y también pinzas y tubos de goma, el pobre debía estar empezando a asustarse sin la mamá que parece un papagayo endomingado, le agradeceré que atienda bien al nene, mire que he hablado con el doctor De Luisi, pero sí, señora, se lo vamos a atender como a un príncipe. Es bonito su nene, señora, con esas mejillas que se le arrebolan apenas me ve entrar. Cuando le retiré las frazadas hizo un gesto como para volver a taparse, y creo que se dio cuenta de que me hacía gracia verlo tan pudoroso. "A ver, bajate el pantalón del piyama", le dije sin mirarlo en la cara. "¿El pantalón?", preguntó con una voz que se le quebró en un gallo. "Si, claro, el pantalón", repetí, y empezó a soltar el cordón y a desabotonarse con unos dedos que no le obedecían. Le tuve que bajar yo misma el pantalón hasta la mitad de los muslos, y era como me lo había imaginado. "Ya sos un chico crecidito", le dije, preparando la brocha y el jabón aunque la verdad es que poco tenía para afeitar. "¿Cómo te llaman en tu casa?", le pregunté mientras lo enjabonaba. "Me llamo Pablo", me contestó con una voz que me dio lástima, tanta era la vergüenza. "Pero te darán algún sobrenombre", insistí, y fue todavía peor porque me pareció que se iba a poner a llorar mientras yo le afeitaba los pocos pelitos que andaban por ahí. "¿Así que no tenés ningún sobrenombre? Sos el nene solamente, claro." Terminé de afeitarlo y le hice una seña para que se tapara, pero él se adelantó y en un segundo estuvo cubierto hasta el pescuezo. "Pablo es un bonito nombre", le dije para consolarlo un poco; casi me daba pena verlo tan avergonzado, era la primera vez que me tocaba atender a un muchachito tan joven y tan tímido, pero me seguía fastidiando algo en él que a lo mejor le venía de la madre, algo más fuerte que su edad y que no me gustaba, y hasta me molestaba que fuera tan bonito y tan bien hecho para sus años, un mocoso que ya debía creerse un hombre y que a la primera de cambio sería capaz de soltarme un piropo.
Me quedé con los ojos cerrados, era la única manera de escapar un poco de todo eso, pero no servía de nada porque justamente en ese momento agregó: "¿Así que no tenés ningún sobrenombre. Sos el nene solamente, claro", y yo hubiera querido morirme, o agarrarla por la garganta y ahogarla, y cuando abrí los ojos le vi el pelo castaño casi pegado a mi cara porque se había agachado para sacarme un resto de jabón, y olía a shampoo de almendra como el que se pone la profesora de dibujo, o algún perfume de esos, y no supe qué decir y lo único que se me ocurrió fue preguntarle: "¿Usted se llama Cora, verdad?" Me miró con aire burlón, con esos ojos que ya me conocían y que me habían visto por todos lados, y dijo: "La señorita Cora." Lo dijo para castigarme, lo sé, igual que antes había dicho: "Ya sos un chico crecidito", nada más que para burlarse. Aunque me daba rabia tener la cara colorada, eso no lo puedo disimular nunca y es lo peor que me puede ocurrir, lo mismo me animé a decirle: "Usted es tan joven que... Bueno, Cora es un nombre muy lindo." No era eso, lo que yo había querido decirle era otra cosa y me parece que se dio cuenta y le molestó, ahora estoy seguro de que está resentida por culpa de mamá, yo solamente quería decirle que era tan joven que me hubiera gustado poder llamarla Cora a secas, pero cómo se lo iba a decir en ese momento cuando se había enojado y ya se iba con la mesita de ruedas y yo tenía unas ganas de llorar, esa es otra cosa que no puedo impedir, de golpe se me quiebra la voz y veo todo nublado, justo cuando necesitaría estar más tranquilo para decir lo que pienso. Ella iba a salir pero al llegar a la puerta se quedó un momento como para ver si no se olvidaba de alguna cosa, y yo quería decirle lo que estaba pensando pero no encontraba las palabras y lo único que se me ocurrió fue mostrarle la taza con el jabón, se había sentado en la cama y después de aclararse la voz dijo: "Se le olvida la taza con el jabón", muy seriamente y con un tono de hombre grande. Volví a buscar la taza y un poco para que se calmara le pasé la mano por la mejilla. "No te aflijas, Pablito", le dije. "Todo irá bien, es una operación de nada." Cuando lo toqué echó la cabeza atrás como ofendido, y después resbaló hasta esconder la boca en el borde de las frazadas. Desde ahí, ahogadamente, dijo: "Puedo llamarla Cora, ¿verdad?" Soy demasiado buena, casi me dio lástima tanta vergüenza que buscaba desquitarse por otro lado, pero sabía que no era el caso de ceder porque después me resultaría difícil dominarlo, y a un enfermo hay que dominarlo o es lo de siempre, los líos de María Luisa en la pieza catorce o los retos del doctor De Luisi que tiene un olfato de perro para esas cosas. "Señorita Cora", me dijo tomando la taza y yéndose. Me dio una rabia, unas ganas de pegarle, de saltar de la cama y echarla a empujones, o de... Ni siquiera comprendo cómo pude decirle: "Si yo estuviera sano a lo mejor me trataría de otra manera." Se hizo la que no oía, ni siquiera dio vuelta la cabeza, y me quedé solo y sin ganas de leer, sin ganas de nada, en el fondo hubiera querido que me contestara enojada para poder pedirle disculpas porque en realidad no era lo que yo había pensado decirle, tenía la garganta tan cerrada que no sé cómo me habían salido las palabras, se lo había dicho de pura rabia pero no era eso, o a lo mejor sí pero de otra manera.
Y sí, son siempre lo mismo, una los acaricia, les dice una frase amable, y ahí nomás asoma el machito, no quieren convencerse de que todavía son unos mocosos. Esto tengo que contárselo a Marcial, se va a divertir y cuando mañana lo vea en la mesa de operaciones le va a hacer todavía más gracia, tan tiernito el pobre con esa carucha arrebolada, maldito calor que me sube por la piel, cómo podría hacer para que no me pase eso, a lo mejor respirando hondo antes de hablar, que sé yo. Se debe haber ido furiosa, estoy seguro de que escuchó perfectamente, no sé cómo le dije eso, yo creo que cuando le pregunté si podía llamarla Cora no se enojó, me dijo lo de señorita porque es su obligación pero no estaba enojada, la prueba es que vino y me acarició la cara; pero no, eso fue antes, primero me acarició y entonces yo le dije lo de Cora y lo eché todo a perder. Ahora estamos peor que antes y no voy a poder dormir aunque me den un tubo de pastillas. La barriga me duele de a ratos, es raro pasarse la mano y sentirse tan liso, lo malo es que me vuelvo a acordar de todo y del perfume de almendras, la voz de Cora, tiene una voz muy grave para una chica tan joven y linda, una voz como de cantante de boleros, algo que acaricia aunque esté enojada. Cuando oí pasos en el corredor me acosté del todo y cerré los ojos, no quería verla, no me importaba verla, mejor que me dejara en paz, sentí que entraba y que encendía la luz del cielo raso, se hacía el dormido como un angelito, con una mano tapándose la cara, y no abrió los ojos hasta que llegué al lado de la cama. Cuando vio lo que traía se puso tan colorado que me volvió a dar lástima y un poco de risa, era demasiado idiota realmente. "A ver, m'hijito, bájese el pantalón y dese vuelta para el otro lado", y el pobre a punto de patalear como haría con la mamá cuando tenía cinco años, me imagino, a decir que no y a llorar y a meterse debajo de las cobijas y a chillar, pero el pobre no podía hacer nada de eso ahora, solamente se había quedado mirando el irrigador y después a mí que esperaba, y de golpe se dio vuelta y empezó a mover las manos debajo de las frazadas pero no atinaba a nada mientras yo colgaba el irrigador en la cabecera, tuve que bajarle las frazadas y ordenarle que levantara un poco el trasero para correrle mejor el pantalón y deslizarle una toalla. "A ver, subí un poco las piernas, así está bien, echate más de boca, te digo que te eches más de boca, así." Tan callado que era casi como si gritara, por una parte me hacía gracia estarle viendo el culito a mi joven admirador, pero de nuevo me daba un poco de lástima por él, era realmente como si lo estuviera castigando por lo que me había dicho. "Avisá si está muy caliente", le previne, pero no contestó nada, debía estar mordiéndose un puño y yo no quería verle la cara y por eso me senté al borde de la cama y esperé a que dijera algo, pero aunque era mucho líquido lo aguantó sin una palabra hasta el final, y cuando terminó le dije, y eso sí se lo dije para cobrarme lo de antes: "Así me gusta, todo un hombrecito", y lo tapé mientras le recomendaba que aguantase lo más posible antes de ir al baño. "¿Querés que te apague la luz o te la dejo hasta que te levantes?", me preguntó desde la puerta. No sé cómo alcancé a decirle que era lo mismo, algo así, y escuché el ruido de la puerta al cerrarse y entonces me tapé la cabeza con las frazadas y qué le iba a hacer, a pesar de los cólicos me mordí las dos manos y lloré tanto que nadie, nadie puede imaginarse lo que lloré mientras la maldecía y la insultaba y le clavaba un cuchillo en el pecho cinco, diez, veinte veces, maldiciéndola cada vez y gozando de lo que sufría y de cómo me suplicaba que la perdonase por lo que me había hecho.
Es lo de siempre, che Suárez, uno corta y abre, y en una de esas la gran sorpresa. Claro que a la edad del pibe tiene todas las chances a su favor, pero lo mismo le voy a hablar claro al padre, no sea cosa que en una de esas tengamos un lío. Lo más probable es que haya una buena reacción, pero ahí hay algo que falla, pensá en lo que pasó al comienzo de la anestesia: parece mentira en un pibe de esa edad. Lo fui a ver a las dos horas y lo encontré bastante bien si pensás en lo que duró la cosa. Cuando entró el doctor De Luisi yo estaba secándole la boca al pobre, no terminaba de vomitar y todavía le duraba la anestesia pero el doctor lo auscultó lo mismo y me pidió que no me moviera de su lado hasta que estuviera bien despierto. Los padres siguen en la otra pieza, la buena señora se ve que no está acostumbrada a estas cosas, de golpe se le acabaron las paradas, y el viejo parece un trapo. Vamos, Pablito, vomitá si tenés ganas y quejate todo lo que quieras, yo estoy aquí, sí, claro que estoy aquí, el pobre sigue dormido pero me agarra la mano como si se estuviera ahogando. Debe creer que soy la mamá, todos creen eso, es monótono. Vamos, Pablo, no te muevas así, quieto que te va a doler más, no, dejá las manos tranquilas, ahí no te podes tocar. Al pobre le cuesta salir de la anestesia. Marcial me dijo que la operación había sido muy larga. Es raro, habrán encontrado alguna complicación: a veces el apéndice no está tan a la vista, le voy a preguntar a Marcial esta noche. Pero sí, m'hijito, estoy aquí, quéjese todo lo que quiera pero no se mueva tanto, yo le voy a mojar los labios con este pedacito de hielo en una gasa, así se le va pasando la sed. Si, querido, vomitá más, aliviate todo lo que quieras. Qué fuerza tenés en las manos, me vas a llenar de moretones, sí, sí, llorá si tenés ganas, llorá, Pablito, eso alivia, llorá y quejate, total estás tan dormido y creés que soy tu mamá. Sos bien bonito, sabés, con esa nariz un poco respingada y esas pestañas como cortinas, parecés mayor ahora que estás tan pálido. Ya no te pondrías colorado por nada, verdad, mi pobrecito. Me duele, mamá, me duele aquí, dejame que me saque ese peso que me han puesto, tengo algo en la barriga que pesa tanto y me duele, mamá, decile a la enfermera que me saque eso. Sí, m'hijito, ya se le va a pasar, quédese un poco quieto, por qué tendrás tanta fuerza, voy a tener que llamar a María Luisa para que me ayude. Vamos, Pablo, me enojo si no te estás quieto, te va a doler mucho más si seguís moviéndote tanto. Ah, parece que empezás a darte cuenta, me duele aquí, señorita Cora, me duele tanto aquí, hágame algo por favor, me duele tanto aquí, suélteme las manos, no puedo más, señorita Cora, no puedo más.
Menos mal que se ha dormido el pobre querido, la enfermera me vino a buscar a las dos y media y me dijo que me quedara un rato con él que ya estaba mejor, pero lo veo tan pálido, ha debido perder tanta sangre, menos mal que el doctor De Luisi dijo que todo había salido bien. La enfermera estaba cansada de luchar con él, yo no entiendo por qué no me hizo entrar antes, en esta clínica son demasiado severos. Ya es casi de noche y el nene ha dormido todo el tiempo, se ve que está agotado, pero me parece que tiene mejor cara, un poco de color. Todavía se queja de a ratos pero ya no quiere tocarse el vendaje y respira tranquilo, creo que pasará bastante buena noche. Como si yo no supiera lo que tengo que hacer, pero era inevitable; apenas se le pasó el primer susto a la buena señora le salieron otra vez los desplantes de patrona, por favor que al nene no le vaya a faltar nada por la noche, señorita. Decí que te tengo lástima, vieja estúpida, si no ya ibas a ver cómo te trataba. Las conozco a éstas, creen que con una buena propina el último día lo arreglan todo. Y a veces la propina ni siquiera es buena, pero para qué seguir pensando, ya se mandó mudar y todo está tranquilo. Marcial, quedate un poco, no ves que el chico duerme, contame lo que pasó esta mañana. Bueno, si estás apurado lo dejamos para después. No, mirá que puede entrar María Luisa, aquí no, Marcial. Claro, el señor se sale con la suya, ya te he dicho que no quiero que me beses cuando estoy trabajando, no está bien. Parecería que no tenemos toda la noche para besarnos, tonto. Andate. Váyase le digo, o me enojo. Bobo, pajarraco. Sí, querido, hasta luego. Claro que sí. Muchísimo.
Está muy oscuro pero es mejor, no tengo ni ganas de abrir los ojos. Casi no me duele, qué bueno estar así respirando despacio, sin esas náuseas. Todo está tan callado, ahora me acuerdo que vi a mamá, me dijo no sé qué, yo me sentía tan mal. Al viejo lo miré apenas, estaba a los pies de la cama y me guiñaba un ojo, el pobre siempre el mismo. Tengo un poco de frío, me gustaría otra frazada. Señorita Cora, me gustaría otra frazada. Pero sí estaba ahí, apenas abrí los ojos la vi sentada al lado de la ventana leyendo un revista. Vino en seguida y me arropó, casi no tuve que decirle nada porque se dio cuenta en seguida. Ahora me acuerdo, yo creo que esta tarde la confundía con mamá y que ella me calmaba, o a lo mejor estuve soñando. ¿Estuve soñando, señorita Cora? Usted me sujetaba las manos, ¿verdad? Yo decía tantas pavadas, pero es que me dolía mucho, y las náuseas... Discúlpeme, no debe ser nada lindo ser enfermera. Sí, usted se ríe pero yo sé, a lo mejor la manché y todo. Bueno, no hablaré más. Estoy tan bien así, ya no tengo frío. No, no me duele mucho, un poquito solamente. ¿Es tarde, señorita Cora? Sh, usted se queda calladito ahora, ya le he dicho que no puede hablar mucho, alégrese de que no le duela y quédese bien quieto. No, no es tarde, apenas las siete. Cierre los ojos y duerma. Así. Duérmase ahora.
Sí, yo querría pero no es tan fácil. Por momentos me parece que me voy a dormir, pero de golpe la herida me pega un tirón o todo me da vueltas en la cabeza, y tengo que abrir los ojos y mirarla, está sentada al lado de la ventana y ha puesto la pantalla para leer sin que me moleste la luz. ¿Por qué se quedará aquí todo el tiempo? Tiene un pelo precioso, le brilla cuando mueve la cabeza. Y es tan joven, pensar que hoy la confundí con mamá, es increíble. Vaya a saber qué cosas le dije, se debe haber reído otra vez de mí. Pero me pasaba hielo por la boca, eso me aliviaba tanto, ahora me acuerdo, me puso agua colonia en la frente y en el pelo, y me sujetaba las manos para que no me arrancara el vendaje. Ya no está enojada conmigo, a lo mejor mamá le pidió disculpas o algo así, me miraba de otra manera cuando me dijo: "Cierre los ojos y duérmase." Me gusta que me mire así, parece mentira lo del primer día cuando me quitó los caramelos. Me gustaría decirle que es tan linda, que no tengo nada contra ella, al contrario, que me gusta que sea ella la que me cuida de noche y no la enfermera chiquita. Me gustaría que me pusiera otra vez agua colonia en el pelo. Me gustaría que me pidiera perdón, que me dijera que la puedo llamar Cora.
Se quedó dormido un buen rato, a las ocho calculé que el doctor De Luisi no tardaría y lo desperté para tomarle la temperatura. Tenía mejor cara y le había hecho bien dormir. Apenas vio el termómetro sacó una mano fuera de las cobijas, pero le dije que se estuviera quieto. No quería mirarlo en los ojos para que no sufriera pero lo mismo se puso colorado y empezó a decir que él podía muy bien solo. No le hice caso, claro, pero estaba tan tenso el pobre que no me quedó más remedio que decirle: "Vamos, Pablo, ya sos un hombrecito, no te vas a poner así cada vez, verdad?" Es lo de siempre, con esa debilidad no pudo contener las lágrimas; haciéndome la que no me daba cuenta anoté la temperatura y me fui a prepararle la inyección. Cuando volvió yo me había secado los ojos con la sábana y tenía tanta rabia contra mí mismo que hubiera dado cualquier cosa por poder hablar, decirle que no me importaba, que en realidad no me importaba pero que no lo podía impedir. "Esto no duele nada", me dijo con la jeringa en la mano. "Es para que duermas bien toda la noche." Me destapó y otra vez sentí que me subía la sangre a la cara, pero ella se sonrió un poco y empezó a frotarme el muslo con un algodón mojado. "No duele nada", le dije porque algo tenía que decirle, no podía ser que me quedara así mientras ella me estaba mirando. "Ya ves", me dijo sacando la aguja y frotándome con el algodón. "Ya ves que no duele nada. Nada te tiene que doler, Pablito." Me tapó y me pasó la mano por la cara. Yo cerré los ojos y hubiera querido estar muerto, estar muerto y que ella me pasara la mano por la cara, llorando.
Nunca entendí mucho a Cora pero esta vez se fue a la otra banda. La verdad que no me importa si no entiendo a las mujeres, lo único que vale la pena es que lo quieran a uno. Si están nerviosas, si se hacen problema por cualquier macana, bueno nena, ya está, deme un beso y se acabó. Se ve que todavía es tiernita, va a pasar un buen rato antes de que aprenda a vivir en este oficio maldito, la pobre apareció esta noche con una cara rara y me costó media hora hacerle olvidar esas tonterías. Todavía no ha encontrado la manera de buscarle la vuelta a algunos enfermos, ya le pasó con la vieja del veintidós pero yo creía que desde entonces habría aprendido un poco, y ahora este pibe le vuelve a dar dolores de cabeza. Estuvimos tomando mate en mi cuarto a eso de las dos de la mañana, después fue a darle la inyección y cuando volvió estaba de mal humor, no quería saber nada conmigo. Le queda bien esa carucha de enojada, de tristona, de a poco se la fui cambiando, y al final se puso a reír y me contó, a esa hora me gusta tanto desvestirla y sentir que tiembla un poco como si tuviera frío. Debe ser muy tarde, Marcial. Ah, entonces puedo quedarme un rato todavía, la otra inyección le toca a las cinco y media, la galleguita no llega hasta las seis. Perdoname, Marcial, soy una boba, mirá que preocuparme tanto por ese mocoso, al fin y al cabo lo tengo dominado pero de a ratos me da lástima, a esa edad son tan tontos, tan orgullosos, si pudiera le pediría al doctor Suárez que me cambiara, hay dos operados en el segundo piso, gente grande, uno les pregunta tranquilamente si han ido de cuerpo, les alcanza la chata, los limpia si hace falta, todo eso charlando del tiempo o de la política, es un ir y venir de cosas naturales, cada uno está en lo suyo, Marcial, no como aquí, comprendés. Sí, claro que hay que hacerse a todo, cuántas veces me van a tocar chicos de esa edad, es una cuestión de técnica como decís vos. Sí, querido, claro. Pero es que todo empezó mal por culpa de la madre, eso no se ha borrado, sabés, desde el primer minuto hubo como un malentendido, y el chico tiene su orgullo y le duele, sobre todo que al principio no se daba cuenta de todo lo que iba a venir y quiso hacerse el grande, mirarme como si fueras vos, como un hombre. Ahora ya ni le puedo preguntar si quiere hacer pis, lo malo es que sería capaz de aguantarse toda la noche si yo me quedara en la pieza. Me da risa cuando me acuerdo, quería decir que sí y no se animaba, entonces me fastidió tanta tontería y lo obligué para que aprendiera a hacer pis sin moverse, bien tendido de espaldas. Siempre cierra los ojos en esos momentos pero es casi peor, está a punto de llorar o de insultarme, está entre las dos cosas y no puede, es tan chico, Marcial, y esa buena señora que lo ha de haber criado como un tilinguito, el nene de aquí y el nene de allí, mucho sombrero y saco entallado pero en el fondo el bebé de siempre, el tesorito de mamá. Ah, y justamente le vengo a tocar yo, el alto voltaje como decís vos, cuando hubiera estado tan bien con María Luisa que es idéntica a su tía y que lo hubiera limpiado por todos lados sin que se le subieran los colores a la cara. No, la verdad, no tengo suerte, Marcial.
Estaba soñando con la clase de francés cuando encendió la luz del velador, lo primero que le veo es siempre el pelo, será porque se tiene que agachar para las inyecciones o lo que sea, el pelo cerca de mi cara, una vez me hizo cosquillas en la boca y huele tan bien, y siempre se sonríe un poco cuando me está frotando con el algodón, me frotó un rato largo antes de pincharme y yo le miraba la mano tan segura que iba apretando de a poco la jeringa, el líquido amarillo que entraba despacio, haciéndome doler. "No, no me duele nada." Nunca le podré decir: "No me duele nada, Cora." Y no le voy a decir señorita Cora, no se lo voy a decir nunca. Le hablaré lo menos que pueda y no la pienso llamar señorita Cora aunque me lo pida de rodillas. No, no me duele nada. No, gracias, me siento bien, voy a seguir durmiendo. Gracias.
Por suerte ya tiene de nuevo sus colores pero todavía está muy decaído, apenas si pudo darme un beso, y a tía Esther casi no la miró y eso que le había traído las revistas y una corbata preciosa para el día en que lo llevemos a casa. La enfermera de la mañana es un amor de mujer, tan humilde, con ella sí da gusto hablar, dice que el nene durmió hasta las ocho y que bebió un poco de leche, parece que ahora van a empezar a alimentarlo, tengo que decirle al doctor Suárez que el cacao le hace mal, o a lo mejor su padre ya se lo dijo porque estuvieron hablando un rato. Si quiere salir un momento, señora, vamos a ver cómo anda este hombre. Usted quédese, señor Morán, es que a la mamá le puede hacer impresión tanto vendaje. Vamos a ver un poco, compañero. ¿Ahí duele? Claro, es natural. Y ahí, decime si ahí te duele o solamente está sensible. Bueno, vamos muy bien, amiguito. Y así cinco minutos, si me duele aquí, si estoy sensible más acá, y el viejo mirándome la barriga como si me la viera por primera vez. Es raro pero no me siento tranquilo hasta que se van, pobres viejos tan afligidos pero qué le voy a hacer, me molestan, dicen siempre lo que no hay que decir, sobre todo mamá, y menos mal que la enfermera chiquita parece sorda y le aguanta todo con esa cara de esperar propina que tiene la pobre. Mirá que venir a jorobar con lo del cacao, ni que yo fuese un niño de pecho. Me dan unas ganas de dormir cinco días seguidos sin ver a nadie, sobre todo sin ver a Cora, y despertarme justo cuando me vengan a buscar para ir a casa. A lo mejor habrá que esperar unos días más, señor Morán, ya sabrá por De Luisi que la operación fue más complicada de lo previsto, a veces hay pequeñas sorpresas. Claro que con la constitución de ese chico yo creo que no habrá problema, pero mejor dígale a su señora que no va a ser cosa de una semana como se pensó al principio. Ah, claro, bueno, de eso usted hablará con el administrador, son cosas internas. Ahora vos fijate si no es mala suerte, Marcial, anoche te lo anuncié, esto va a durar mucho más de lo que pensábamos. Sí, ya sé que no importa pero podrías ser un poco más comprensivo, sabés muy bien que no me hace feliz atender a ese chico, y a él todavía menos, pobrecito. No me mirés así, por qué no le voy a tener lástima. No me mirés así.
Nadie me prohibió que leyera pero se me caen las revistas de la mano, y eso que tengo dos episodios por terminar y todo lo que me trajo tía Esther. Me arde la cara, debo de tener fiebre o es que hace mucho calor en esta pieza, le voy a pedir a Cora que entorne un poco la ventana o que me saque una frazada. Quisiera dormir, es lo que más me gustaría, que ella estuviese allí sentada leyendo una revista y yo durmiendo sin verla, sin saber que esta allí, pero ahora no se va a quedar más de noche, ya pasó lo peor y me dejarán solo. De tres a cuatro creo que dormí un rato, a las cinco justas vino con un remedio nuevo, unas gotas muy amargas. Siempre parece que se acaba de bañar y cambiar, está tan fresca y huele a talco perfumado, a lavanda. "Este remedio es muy feo, ya sé", me dijo, y se sonreía para animarme. "No, es un poco amargo, nada más", le dije. "¿Cómo pasaste el día?", me preguntó, sacudiendo el termómetro. Le dije que bien, que durmiendo, que el doctor Suárez me había encontrado mejor, que no me dolía mucho. "Bueno, entonces podés trabajar un poco", me dijo dándome el termómetro. Yo no supe qué contestarle y ella se fue a cerrar las persianas y arregló los frascos en la mesita mientras yo me tomaba la temperatura. Hasta tuve tiempo de echarle un vistazo al termómetro antes de que viniera a buscarlo. "Pero tengo muchísima fiebre", me dijo como asustado. Era fatal, siempre seré la misma estúpida, por evitarle el mal momento le doy el termómetro y naturalmente el muy chiquilín no pierde tiempo en enterarse de que está volando de fiebre. "Siempre es así los primeros cuatro días, y además nadie te mandó que miraras", le dije, más furiosa contra mí que contra él. Le pregunté si había movido el vientre y me dijo que no. Le sudaba la cara, se la sequé y le puse un poco de agua colonia; había cerrado los ojos antes de contestarme y no los abrió mientras yo lo peinaba un poco para que no le molestara el pelo en la frente. Treinta y nueve nueve era mucha fiebre, realmente. "Tratá de dormir un rato", le dije, calculando a qué hora podría avisarle al doctor Suárez. Sin abrir los ojos hizo un gesto como de fastidio, y articulando cada palabra me dijo: "Usted es mala conmigo, Cora." No atiné a contestarle nada, me quedé a su lado hasta que abrió los ojos y me miró con toda su fiebre y toda su tristeza. Casi sin darme cuenta estiré la mano y quise hacerle una caricia en la frente, pero me rechazó de un manotón y algo debió tironearle en la herida porque se crispó de dolor. Antes de que pudiera reaccionar me dijo en voz muy baja: "Usted no sería así conmigo si me hubiera conocido en otra parte." Estuve al borde de soltar una carcajada, pero era tan ridículo que me dijera eso mientras se le llenaban los ojos de lágrimas que me pasó lo de siempre, me dio rabia y casi miedo, me sentí de golpe como desamparada delante de ese chiquilín pretencioso. Conseguí dominarme (eso se lo debo a Marcial, me ha enseñado a controlarme y cada vez lo hago mejor), y me enderecé como si no hubiera sucedido nada, puse la toalla en la percha y tapé el frasco de agua colonia. En fin, ahora sabíamos a qué atenernos, en el fondo era mucho mejor así. Enfermera, enfermo, y pare de contar. Que el agua colonia se la pusiera la madre, yo tenía otras cosas que hacerle y se las haría sin más contemplaciones. No sé por qué me quedé más de lo necesario. Marcial me dijo cuando se lo conté que había querido darle la oportunidad de disculparse, de pedir perdón. No sé, a lo mejor fue eso o algo distinto, a lo mejor me quedé para que siguiera insultándome, para ver hasta dónde era capaz de llegar. Pero seguía con los ojos cerrados y el sudor le empapaba la frente y las mejillas, era como si me hubiera metido en agua hirviendo, veía manchas violeta y rojas cuando apretaba los ojos para no mirarla sabiendo que todavía estaba allí, y hubiera dado cualquier cosa para que se agachara y volviera a secarme la frente como si yo no le hubiera dicho eso, pero ya era imposible, se iba a ir sin hacer nada, sin decirme nada, y yo abriría los ojos y encontraría la noche, el velador, la pieza vacía, un poco de perfume todavía, y me repetiría diez veces, cien veces, que había hecho bien en decirle lo que le había dicho, para que aprendiera, para que no me tratara como a un chico, para que me dejara en paz, para que no se fuera.
Empiezan siempre a la misma hora, entre seis y siete de la mañana, debe ser una pareja que anida en las cornisas del patio, un palomo que arrulla y la paloma que le contesta, al rato se cansan, se lo dije a la enfermera chiquita que viene a lavarme y a darme el desayuno, se encogió de hombros y dijo que ya otros enfermos se habían quejado de las palomas pero que el director no quería que las echaran. Ya ni sé cuánto hace que las oigo, las primeras mañanas estaba demasiado dormido o dolorido para fijarme, pero desde hace tres días escucho a las palomas y me entristecen, quisiera estar en casa oyendo ladrar a Milord, oyendo a tía Esther que a esta hora se levanta para ir a misa. Maldita fiebre que no quiere bajar, me van a tener aquí hasta quién sabe cuándo, se lo voy a preguntar al doctor Suárez esta misma mañana, al fin y al cabo podría estar lo más bien en casa. Mire, señor Morán, quiero ser franco con usted, el cuadro no es nada sencillo. No, señorita Cora, prefiero que usted siga atendiendo a ese enfermo, y le voy a decir por qué. Pero entonces. Marcial... Vení, te voy a hacer un café bien fuerte, mirá que sos potrilla todavía, parece mentira. Escuchá, vieja, he estado hablando con el doctor Suárez, y parece que el pibe...
Por suerte después se callan, a lo mejor se van volando por ahí, por toda la ciudad, tienen suerte las palomas. Qué mañana interminable, me alegré cuando se fueron los viejos, ahora les da por venir más seguido desde que tengo tanta fiebre. Bueno, si me tengo que quedar cuatro o cinco días más aquí, qué importa. En casa sería mejor, claro, pero lo mismo tendría fiebre y me sentiría tan mal de a ratos. Pensar que no puedo ni mirar una revista, es una debilidad como si no me quedara sangre. Pero todo es por la fiebre, me lo dijo anoche el doctor De Luisi y el doctor Suárez me lo repitió esta mañana, ellos saben. Duermo mucho pero lo mismo es como si no pasara el tiempo, siempre es antes de las tres como si a mí me importaran las tres o las cinco. Al contrario, a las tres se va la enfermera chiquita y es una lástima porque con ella estoy tan bien. Si me pudiera dormir de un tirón hasta la medianoche sería mucho mejor. Pablo, soy yo, la señorita Cora. Tu enfermera de la noche que te hace doler con las inyecciones. Ya sé que no te duele, tonto, es una broma. Seguí durmiendo si querés, ya está. Me dijo: "Gracias" sin abrir los ojos, pero hubiera podido abrirlos, sé que con la galleguita estuvo charlando a mediodía aunque le han prohibido que hable mucho. Antes de salir me di vuelta de golpe y me estaba mirando, sentí que todo el tiempo me había estado mirando de espaldas. Volví y me senté al lado de la cama, le tomé el pulso, le arreglé las sábanas que arrugaba con sus manos de fiebre. Me miraba el pelo, después bajaba la vista y evitaba mis ojos. Fui a buscar lo necesario para prepararlo y me dejó hacer sin una palabra, con los ojos fijos en la ventana, ignorándome. Vendrían a buscarlo a las cinco y media en punto, todavía le quedaba un rato para dormir, los padres esperaban en la planta baja porque le hubiera hecho impresión verlos a esa hora. El doctor Suárez iba a venir un rato antes para explicarle que tenían que completar la operación, cualquier cosa que no lo inquietara demasiado. Pero en cambio mandaron a Marcial, me tomó de sorpresa verlo entrar así pero me hizo una seña para que no me moviera y se quedó a los pies de la cama leyendo la hoja de temperatura hasta que Pablo se acostumbrara a su presencia. Le empezó a hablar un poco en broma, armó la conversación como él sabe hacerlo, el frío en la calle, lo bien que se estaba en ese cuarto, él lo miraba sin decir nada, como esperando, mientras yo me sentía tan rara, hubiera querido que Marcial se fuera y me dejara sola con él, yo hubiera podido decírselo mejor que nadie, aunque quizá no, probablemente no. Pero si ya lo sé, doctor, me van a operar de nuevo, usted es el que me dio la anestesia la otra vez, y bueno, mejor eso que seguir en esta cama y con esta fiebre. Yo sabía que al final tendrían que hacer algo, por qué me duele tanto desde ayer, un dolor diferente, desde más adentro. Y usted, ahí sentada, no ponga esa cara, no se sonría como si me viniera a invitar al cine. Váyase con él y béselo en el pasillo, tan dormido no estaba la otra tarde cuando usted se enojó con él porque la había besado aquí. Váyanse los dos, déjenme dormir, durmiendo no me duele tanto.
Y bueno, pibe, ahora vamos a liquidar este asunto de una vez por todas, hasta cuándo nos vas a estar ocupando una cama, che. Contá despacito, uno, dos, tres. Así va bien, vos seguí contando y dentro de una semana estás comiendo un bife jugoso en casa. Un cuarto de hora a gatas, nena, y vuelta a coser. Había que verle la cara a De Luisi, uno no se acostumbra nunca del todo a estas cosas. Mirá, aproveché para pedirle a Suárez que te relevaran como vos querías, le dije que estás muy cansada con un caso tan grave; a lo mejor te pasan al segundo piso si vos también le hablás. Está bien, hacé como quieras, tanto quejarte la otra noche y ahora te sale la samaritana. No te enojés conmigo, lo hice por vos. Sí, claro que lo hizo por mí pero perdió el tiempo, me voy a quedar con él esta noche y todas las noches. Empezó a despertarse a las ocho y medía, los padres se fueron en seguida porque era mejor que no los viera con la cara que tenían los pobres, y cuando llegó el doctor Suárez me preguntó en voz baja si quería que me relevara María Luisa, pero le hice una seña de que me quedaba y se fue. María Luisa me acompañó un rato porque tuvimos que sujetarlo y calmarlo, después se tranquilizó de golpe y casi no tuvo vómitos; está tan débil que se volvió a dormir sin quejarse mucho hasta las diez. Son las palomas, vas a ver, mamá, ya están arrullando como todas las mañanas, no sé por qué no las echan, que se vuelen a otro árbol. Dame la mano, mamá, tengo tanto frío. Ah, entonces estuve soñando, me parecía que ya era de mañana y que estaban las palomas. Perdóneme, la confundí con mamá. Otra vez desviaba la mirada, se volvía a su encono, otra vez me echaba a mí toda la culpa. Lo atendí como si no me diera cuenta de que seguía enojado, me senté junto a él y le mojé los labios con hielo. Cuando me miró, después que le puse agua colonia en las manos y la frente, me acerqué más y le sonreí. "Llamame Cora", le dije. "Yo sé que no nos entendimos al principio, pero vamos a ser tan buenos amigos, Pablo." Me miraba callado. "Decime: Sí, Cora." Me miraba, siempre. "Señorita Cora", dijo después, y cerró los ojos. "No, Pablo, no", le pedí, besándolo en la mejilla, muy cerca de la boca. "Yo voy a ser Cora para vos, solamente para vos." Tuve que echarme atrás, pero lo mismo me salpicó la cara. Lo sequé, le sostuve la cabeza para que se enjuagara la boca, lo volví a besar hablándole al oído. "Discúlpeme", dijo con un hilo de voz, "no lo pude contener". Le dije que no fuera tonto, que para eso estaba yo cuidándolo, que vomitara todo lo que quisiera para aliviarse. "Me gustaría que viniera mamá", me dijo, mirando a otro lado con los ojos vacíos. Todavía le acaricié un poco el pelo, le arreglé las frazadas esperando que me dijera algo, pero estaba muy lejos y sentí que lo hacía sufrir todavía más si me quedaba. En la puerta me volví y esperé; tenía los ojos muy abiertos, fijos en el cielo raso. "Pablito", le dije. "Por favor, Pablito. Por favor, querido." Volví hasta la cama, me agaché para besarlo; olía a frío, detrás del agua colonia estaba el vómito, la anestesia. Si me quedo un segundo más me pongo a llorar delante de él, por él. Lo besé otra vez y salí corriendo, bajé a buscar a la madre y a María Luisa; no quería volver mientras la madre estuviera allí, por lo menos esa noche no quería volver y después sabía demasiado bien que no tendría ninguna necesidad de volver a ese cuarto, que Marcial y María Luisa se ocuparían de todo hasta que el cuarto quedara otra vez libre.
FIN
Julio Cortázar,
terça-feira, 7 de junho de 2011
Los fabuladores
Era otoño en Londres, esa bendita estación entre la aspereza del invierno y las insinceridades del verano; una estación confiable cuando se compran bulbos y cada uno procede a registrar su voto, creyendo perpetuamente en la primavera y en un cambio de gobierno.
Morton Crosby estaba sentado en un banco en un apartado rincón de Hyde Park, disfrutando indolentemente de un cigarrillo y observando el paseo de un par de gansos árticos que pastaban lentamente; el macho parecía una edición albina de la rojiza hembra. Con el rabillo del ojo Crosby también advertía con cierto interés los vacilantes giros de una figura humana, que había pasado y vuelto a pasar por su asiento dos o tres veces a intervalos cada vez más cortos, como un cuervo cauteloso a punto de posarse cerca de un bocado posiblemente comestible. Inevitablemente, la figura vino a ubicarse en el banco a una distancia adecuada como para conversar con su ocupante original. La vestimenta desaliñada, la agresiva barba grisácea y la mirada furtiva, evasiva, del recién llegado, delataban al vendedor ambulante profesional, el hombre que soportaría horas humillantes de hilvanar historias y soportar desaires antes que aventurarse en un trabajo decente de media jornada.
Durante un rato, el recién llegado mantuvo la mirada fija hacia el frente con una mirada enérgica aunque sin ver nada; luego su voz resonó con la inflexión de alguien que tiene una historia para contar digna del tiempo requerido por cualquier persona inactiva para escucharla.
-Es un mundo extraño -dijo.
Como la declaración no recibió repuesta, le dio la forma de una pregunta.
-Me atrevo a decir que usted ha descubierto que éste es un mundo extraño, señor.
-En lo que me concierne -dijo Crosby-, la extrañeza se ha agotado en el curso de treinta y seis años.
-¡Ah! -dijo el de la barba gris-, podría contarle cosas que le costaría creer. Cosas maravillosas que me han sucedido realmente a mí.
-Hoy en día no hay demanda de cosas maravillosas que han sucedido realmente -dijo Crosby con tono desalentador-, los escritores profesionales de ficción elaboran tanto mejor esas cosas. Por ejemplo, mis vecinos me cuentan cosas maravillosas, increíbles, que han hecho sus Aberdeen y chows y perros-lobos rusos, pero nunca los escucho. En cambio, he leído El sabueso de los Baskerville tres veces.
El de la barba gris se movió incómodamente en su asiento; luego se aventuró en otro terreno.
-Deduzco que usted es un cristiano profeso -observó.
-Soy un miembro prominente y creo poder decir influyente de la comunidad musulmana de Persia Oriental -dijo Crosby, incursionando a su vez en el reino de la ficción.
El de la barba gris se sintió obviamente desconcertado por este nuevo impedimento para una conversación introductoria, pero la derrota fue sólo momentánea.
-Persia. Nunca lo hubiera tomado por un persa -señaló, con un aire algo apenado.
-No lo soy -dijo Crosby-, mi padre era afgano.
-¡Un afgano! -dijo el otro, sumido por un momento en un perplejo silencio. Luego se recuperó y renovó su ataque.
-Afganistán. ¡Ah! Hemos tenido algunas guerras con ese país, pero me atrevo a decir que en lugar de luchar podríamos haber aprendido algo de él. Un país muy rico, según creo. No hay verdadera pobreza allí.
Levantó la voz en la palabra "pobreza" sugiriendo un vivo sentimiento. Crosby captó la apertura y la evitó.
-Posee, sin embargo, una cantidad de mendigos ingeniosos y de gran talento -dijo-; si yo no hubiera hablado tan despreciativamente de las cosas maravillosas que han sucedido realmente, le contaría la historia de Ibrahim y los once camellos cargados con papel secante. Además me he olvidado de cómo terminaba exactamente.
-La historia de mi propia vida es curiosa -dijo el forastero, aparentemente ahogando todo deseo de oír la historia de Ibrahim- no siempre fui como usted me ve ahora.
-Se supone que sufrimos un cambio completo cada siete años -dijo Crosby, como explicación del anuncio anterior.
-Quiero decir que no siempre estuve en las circunstancias penosas en que me encuentro actualmente -prosiguió el forastero tercamente.
-Eso suena algo ofensivo -dijo Crosby rígidamente-, considerando que usted está hablando en este momento con alguien considerado como uno de los hombres más dotados para la conversación de la frontera de Afganistán.
-No lo dije en ese sentido -dijo apresuradamente el de la barba gris-, he estado muy interesado en su conversación. Aludía a mi infortunada situación financiera. Le costará creerlo, pero en este momento estoy sin un céntimo. Tampoco tengo la perspectiva de obtener ningún dinero durante los próximos días. No supongo que usted se haya encontrado nunca en esta posición -añadió.
-En la ciudad de Yom -dijo Crosby-, situada al sur de Afganistán, que es también mi lugar de nacimiento, había un filósofo chino que decía que una de las tres bendiciones humanas era no poseer absolutamente ningún dinero. He olvidado cuáles eran las otras dos.
-¡Ah! -dijo el forastero en un tono que no delataba ningún entusiasmo por la memoria del filósofo- ¿y él practicaba lo que predicaba? Ésa es la prueba.
-Vivía muy feliz con muy poco dinero o recursos -dijo Crosby.
-Entonces espero que tuviese amigos que lo ayudaran liberalmente cuando estaba en dificultades, como sucede conmigo actualmente.
-En Yom -dijo Crosby- no es necesario tener amigos para obtener ayuda. Es algo natural que cualquier ciudadano de Yom ayude a un forastero.
El de la barba gris se sintió ahora genuinamente interesado. La conversación había por fin tomado un giro favorable.
-Si alguien como yo, por ejemplo, que se encontrara en dificultades no merecidas, pidiera a un ciudadano de esa ciudad de que usted habla un pequeño préstamo para ayudarlo durante algunos días de indigencia, digamos cinco chelines o quizás una suma mayor, ¿le sería otorgado como algo natural?
-Habría ciertos preliminares -dijo Crosby-, lo llevarían a una vinería y le obsequiarían una medida de vino, y luego, después de una altisonante conversación, pondrían la suma deseada en su mano y le desearían un buen día. Es una manera indirecta de realizar una transacción simple, pero en Oriente todos los caminos son indirectos.
Los ojos del que escuchaba relucían.
-¡Ah! -exclamó, con una ligera mueca de desdén remarcando significativamente sus palabras- supongo que usted ha abandonado todas esas costumbres generosas desde que dejó su ciudad. Supongo que ahora no las practica.
-Nadie que haya vivido en Yom -dijo Crosby con fervor- y recuerda sus verdes colinas cubiertas con árboles de albaricoques y almendras, y la fría agua que se precipita como una caricia desde las nieves de la altura y corre bajo los pequeños puentes de madera, nadie que recuerde esas cosas y atesore su memoria jamás abandonaría una sola de sus leyes y costumbres no escritas. Para mí son tan obligatorias como si todavía viviera en ese sagrado hogar de mi juventud.
-Entonces, si yo le pidiera un pequeño préstamo... -empezó el barba-gris aduladoramente, acercándose en el asiento y rápidamente preguntándose qué cantidad podría pedir sin riesgo- si le pidiera, digamos...
-En cualquier otro momento, con seguridad -dijo Crosby-, no obstante, en los meses de noviembre y diciembre está absolutamente prohibido para cualquiera de nuestra raza dar o recibir préstamos o donaciones; de hecho, no se habla voluntariamente de ello. Se considera que atrae la mala fortuna. Por tanto, cerraremos esta discusión.
-¡Pero todavía es octubre! -exclamó el aventurero con un quejido ansioso y resentido, mientras Crosby se levantaba de su asiento-; ¡faltan ocho días para fin de mes!
-El noviembre afgano comenzó ayer -dijo Crosby severamente y al momento siguiente caminaba a través del parque, dejando a su reciente compañero ceñudo y murmurando en el banco.
-No creo una palabra de su historia -se decía a sí mismo- todas mentiras desagradables de principio a fin. Quisiera habérselo dicho en la cara. ¡Llamarse a sí mismo afgano!
Los bufidos y gruñidos que emitió durante el siguiente cuarto de hora eran un fuerte apoyo a la verdad de aquel antiguo dicho: "Dos del mismo oficio nunca están de acuerdo".
FIN
Saki
Morton Crosby estaba sentado en un banco en un apartado rincón de Hyde Park, disfrutando indolentemente de un cigarrillo y observando el paseo de un par de gansos árticos que pastaban lentamente; el macho parecía una edición albina de la rojiza hembra. Con el rabillo del ojo Crosby también advertía con cierto interés los vacilantes giros de una figura humana, que había pasado y vuelto a pasar por su asiento dos o tres veces a intervalos cada vez más cortos, como un cuervo cauteloso a punto de posarse cerca de un bocado posiblemente comestible. Inevitablemente, la figura vino a ubicarse en el banco a una distancia adecuada como para conversar con su ocupante original. La vestimenta desaliñada, la agresiva barba grisácea y la mirada furtiva, evasiva, del recién llegado, delataban al vendedor ambulante profesional, el hombre que soportaría horas humillantes de hilvanar historias y soportar desaires antes que aventurarse en un trabajo decente de media jornada.
Durante un rato, el recién llegado mantuvo la mirada fija hacia el frente con una mirada enérgica aunque sin ver nada; luego su voz resonó con la inflexión de alguien que tiene una historia para contar digna del tiempo requerido por cualquier persona inactiva para escucharla.
-Es un mundo extraño -dijo.
Como la declaración no recibió repuesta, le dio la forma de una pregunta.
-Me atrevo a decir que usted ha descubierto que éste es un mundo extraño, señor.
-En lo que me concierne -dijo Crosby-, la extrañeza se ha agotado en el curso de treinta y seis años.
-¡Ah! -dijo el de la barba gris-, podría contarle cosas que le costaría creer. Cosas maravillosas que me han sucedido realmente a mí.
-Hoy en día no hay demanda de cosas maravillosas que han sucedido realmente -dijo Crosby con tono desalentador-, los escritores profesionales de ficción elaboran tanto mejor esas cosas. Por ejemplo, mis vecinos me cuentan cosas maravillosas, increíbles, que han hecho sus Aberdeen y chows y perros-lobos rusos, pero nunca los escucho. En cambio, he leído El sabueso de los Baskerville tres veces.
El de la barba gris se movió incómodamente en su asiento; luego se aventuró en otro terreno.
-Deduzco que usted es un cristiano profeso -observó.
-Soy un miembro prominente y creo poder decir influyente de la comunidad musulmana de Persia Oriental -dijo Crosby, incursionando a su vez en el reino de la ficción.
El de la barba gris se sintió obviamente desconcertado por este nuevo impedimento para una conversación introductoria, pero la derrota fue sólo momentánea.
-Persia. Nunca lo hubiera tomado por un persa -señaló, con un aire algo apenado.
-No lo soy -dijo Crosby-, mi padre era afgano.
-¡Un afgano! -dijo el otro, sumido por un momento en un perplejo silencio. Luego se recuperó y renovó su ataque.
-Afganistán. ¡Ah! Hemos tenido algunas guerras con ese país, pero me atrevo a decir que en lugar de luchar podríamos haber aprendido algo de él. Un país muy rico, según creo. No hay verdadera pobreza allí.
Levantó la voz en la palabra "pobreza" sugiriendo un vivo sentimiento. Crosby captó la apertura y la evitó.
-Posee, sin embargo, una cantidad de mendigos ingeniosos y de gran talento -dijo-; si yo no hubiera hablado tan despreciativamente de las cosas maravillosas que han sucedido realmente, le contaría la historia de Ibrahim y los once camellos cargados con papel secante. Además me he olvidado de cómo terminaba exactamente.
-La historia de mi propia vida es curiosa -dijo el forastero, aparentemente ahogando todo deseo de oír la historia de Ibrahim- no siempre fui como usted me ve ahora.
-Se supone que sufrimos un cambio completo cada siete años -dijo Crosby, como explicación del anuncio anterior.
-Quiero decir que no siempre estuve en las circunstancias penosas en que me encuentro actualmente -prosiguió el forastero tercamente.
-Eso suena algo ofensivo -dijo Crosby rígidamente-, considerando que usted está hablando en este momento con alguien considerado como uno de los hombres más dotados para la conversación de la frontera de Afganistán.
-No lo dije en ese sentido -dijo apresuradamente el de la barba gris-, he estado muy interesado en su conversación. Aludía a mi infortunada situación financiera. Le costará creerlo, pero en este momento estoy sin un céntimo. Tampoco tengo la perspectiva de obtener ningún dinero durante los próximos días. No supongo que usted se haya encontrado nunca en esta posición -añadió.
-En la ciudad de Yom -dijo Crosby-, situada al sur de Afganistán, que es también mi lugar de nacimiento, había un filósofo chino que decía que una de las tres bendiciones humanas era no poseer absolutamente ningún dinero. He olvidado cuáles eran las otras dos.
-¡Ah! -dijo el forastero en un tono que no delataba ningún entusiasmo por la memoria del filósofo- ¿y él practicaba lo que predicaba? Ésa es la prueba.
-Vivía muy feliz con muy poco dinero o recursos -dijo Crosby.
-Entonces espero que tuviese amigos que lo ayudaran liberalmente cuando estaba en dificultades, como sucede conmigo actualmente.
-En Yom -dijo Crosby- no es necesario tener amigos para obtener ayuda. Es algo natural que cualquier ciudadano de Yom ayude a un forastero.
El de la barba gris se sintió ahora genuinamente interesado. La conversación había por fin tomado un giro favorable.
-Si alguien como yo, por ejemplo, que se encontrara en dificultades no merecidas, pidiera a un ciudadano de esa ciudad de que usted habla un pequeño préstamo para ayudarlo durante algunos días de indigencia, digamos cinco chelines o quizás una suma mayor, ¿le sería otorgado como algo natural?
-Habría ciertos preliminares -dijo Crosby-, lo llevarían a una vinería y le obsequiarían una medida de vino, y luego, después de una altisonante conversación, pondrían la suma deseada en su mano y le desearían un buen día. Es una manera indirecta de realizar una transacción simple, pero en Oriente todos los caminos son indirectos.
Los ojos del que escuchaba relucían.
-¡Ah! -exclamó, con una ligera mueca de desdén remarcando significativamente sus palabras- supongo que usted ha abandonado todas esas costumbres generosas desde que dejó su ciudad. Supongo que ahora no las practica.
-Nadie que haya vivido en Yom -dijo Crosby con fervor- y recuerda sus verdes colinas cubiertas con árboles de albaricoques y almendras, y la fría agua que se precipita como una caricia desde las nieves de la altura y corre bajo los pequeños puentes de madera, nadie que recuerde esas cosas y atesore su memoria jamás abandonaría una sola de sus leyes y costumbres no escritas. Para mí son tan obligatorias como si todavía viviera en ese sagrado hogar de mi juventud.
-Entonces, si yo le pidiera un pequeño préstamo... -empezó el barba-gris aduladoramente, acercándose en el asiento y rápidamente preguntándose qué cantidad podría pedir sin riesgo- si le pidiera, digamos...
-En cualquier otro momento, con seguridad -dijo Crosby-, no obstante, en los meses de noviembre y diciembre está absolutamente prohibido para cualquiera de nuestra raza dar o recibir préstamos o donaciones; de hecho, no se habla voluntariamente de ello. Se considera que atrae la mala fortuna. Por tanto, cerraremos esta discusión.
-¡Pero todavía es octubre! -exclamó el aventurero con un quejido ansioso y resentido, mientras Crosby se levantaba de su asiento-; ¡faltan ocho días para fin de mes!
-El noviembre afgano comenzó ayer -dijo Crosby severamente y al momento siguiente caminaba a través del parque, dejando a su reciente compañero ceñudo y murmurando en el banco.
-No creo una palabra de su historia -se decía a sí mismo- todas mentiras desagradables de principio a fin. Quisiera habérselo dicho en la cara. ¡Llamarse a sí mismo afgano!
Los bufidos y gruñidos que emitió durante el siguiente cuarto de hora eran un fuerte apoyo a la verdad de aquel antiguo dicho: "Dos del mismo oficio nunca están de acuerdo".
FIN
Saki
La mujer
La carretera está muerta. Nadie ni nada la resucitará. Larga, infinitamente larga, ni en la piel gris se le ve vida. El sol la mató; el sol de acero, de tan candente al rojo, un rojo que se hizo blanco. Tornose luego transparente el acero blanco, y sigue ahí, sobre el lomo de la carretera.
Debe hacer muchos siglos de su muerte. La desenterraron hombres con picos y palas. Cantaban y picaban; algunos había, sin embargo, que ni cantaban ni picaban. Fue muy largo todo aquello. Se veía que venían de lejos: sudaban, hedían. De tarde el acero blanco se volvía rojo; entonces en los ojos de los hombres que desenterraban la carretera se agitaba una hoguera pequeñita, detrás de las pupilas.
La muerta atravesaba sabanas y lomas y los vientos traían polvo sobre ella. Después aquel polvo murió también y se posó en la piel gris.
A los lados hay arbustos espinosos. Muchas veces la vista se enferma de tanta amplitud. Pero las planicies están peladas. Pajonales, a distancia. Tal vez aves rapaces coronen cactos. Y los cactos están allá, más lejos, embutidos en el acero blanco.
También hay bohíos, casi todos bajos y hechos con barro. Algunos están pintados de blanco y no se ven bajo el sol. Sólo se destaca el techo grueso, seco, ansioso de quemarse día a día. Las cañas dieron esas techumbres por las que nunca rueda agua.
La carretera muerta, totalmente muerta, está ahí, desenterrada, gris. La mujer se veía, primero, como un punto negro, después, como una piedra que hubieran dejado sobre la momia larga. Estaba allí tirada sin que la brisa le moviera los harapos. No la quemaba el sol; tan sólo sentía dolor por los gritos del niño. El niño era de bronce, pequeñín, con los ojos llenos de luz, y se agarraba a la madre tratando de tirar de ella con sus manecitas. Pronto iba la carretera a quemar el cuerpo, las rodillas por lo menos, de aquella criatura desnuda y gritona.
La casa estaba allí cerca, pero no podía verse.
A medida que se avanzaba crecía aquello que parecía una piedra tirada en medio de la gran carretera muerta. Crecía, y Quico se dijo: "Un becerro, sin duda, estropeado por un auto".
Tendió la vista: la planicie, la sabana. Una colina lejana, con pajonales, como si fuera esa colina sólo un montoncito de arena apilada por los vientos. El cauce de un río; las fauces secas de la tierra que tuvo agua mil años antes de hoy. Se resquebrajaba la planicie dorada bajo el pesado acero transparente. Y los cactos, los cactos coronados de aves rapaces.
Más cerca ya, Quico vio que era persona. Oyó distintamente los gritos del niño.
El marido le había pegado. Por la única habitación del bohío, caliente como horno, la persiguió, tirándole de los cabellos y machacándole la cabeza a puñetazos.
-¡Hija de mala madre! ¡Hija de mala madre! ¡Te voy a matar como a una perra, desvergonsá!
-Pero si nadie pasó, Chepe: nadie pasó -quería ella explicar.
-¿Que no? ¡Ahora verás!
Y volvía a golpearla.
El niño se agarraba a las piernas de su papá, no sabía hablar aún y pretendía evitarlo. Él veía la mujer sangrando por la nariz. La sangre no le daba miedo, no, solamente deseos de llorar, de gritar mucho. De seguro mamá moriría si seguía sangrando.
Todo fue porque la mujer no vendió la leche de cabra, como él se lo mandara; al volver de las lomas, cuatro días después, no halló el dinero. Ella contó que se había cortado la leche; la verdad es que la bebió el niño. Prefirió no tener unas monedas a que la criatura sufriera hambre tanto tiempo.
Le dijo después que se marchara con su hijo:
-¡Te mataré si vuelves a esta casa!
La mujer estaba tirada en el piso de tierra; sangraba mucho y nada oía. Chepe, frenético, la arrastró hasta la carretera. Y se quedó allí, como muerta, sobre el lomo de la gran momia.
Quico tenía agua para dos días más de camino, pero la gastó en rociar la frente de la mujer. La llevó hasta el bohío, dándole el brazo, y pensó en romper su camisa listada para limpiarla de sangre. Chepe entró por el patio.
-¡Te dije que no quería verte má aquí, condená!
Parece que no había visto al extraño. Aquel acero blanco, transparente, le había vuelto fiera, de seguro. El pelo era estopa y las córneas estaban rojas.
Quico le llamó la atención; pero él, medio loco, amenazó de nuevo a su víctima. Iba a pegarle ya. Entonces fue cuando se entabló la lucha entre los dos hombres.
El niño pequeñín comenzó a gritar otra vez; ahora se envolvía en la falda de su mamá.
La lucha era como una canción silenciosa. No decían palabra. Sólo se oían los gritos del muchacho y las pisadas violentas.
La mujer vio cómo Quico ahogaba a Chepe: tenía los dedos engarfiados en el pescuezo de su marido. Éste comenzó por cerrar los ojos; abría la boca y le subía la sangre al rostro.
Ella no supo qué sucedió, pero cerca, junto a la puerta, estaba la piedra; una piedra como lava, rugosa, casi negra, pesada. Sintió que le nacía una fuerza brutal. La alzó. Sonó seco el golpe. Quico soltó el pescuezo del otro, luego dobló las rodillas, después abrió los brazos con amplitud y cayó de espaldas, sin quejarse, sin hacer un esfuerzo.
La tierra del piso absorbía aquella sangre tan roja, tan abundante. Chepe veía la luz brillar en ella.
La mujer tenía las manos crispadas sobre la cara, todo el pelo suelto y los ojos pugnando por saltar. Corrió. Sentía flojedad en las coyunturas. Quería ver si alguien venía. Pero sobre la gran carretera muerta, totalmente muerta, sólo estaba el sol que la mató. Allá, al final de la planicie, la colina de arenas que amontonaron los vientos. Y cactos embutidos en el acero.
FIN
Juan Bosch
Fonte: Ciudad Seva
Debe hacer muchos siglos de su muerte. La desenterraron hombres con picos y palas. Cantaban y picaban; algunos había, sin embargo, que ni cantaban ni picaban. Fue muy largo todo aquello. Se veía que venían de lejos: sudaban, hedían. De tarde el acero blanco se volvía rojo; entonces en los ojos de los hombres que desenterraban la carretera se agitaba una hoguera pequeñita, detrás de las pupilas.
La muerta atravesaba sabanas y lomas y los vientos traían polvo sobre ella. Después aquel polvo murió también y se posó en la piel gris.
A los lados hay arbustos espinosos. Muchas veces la vista se enferma de tanta amplitud. Pero las planicies están peladas. Pajonales, a distancia. Tal vez aves rapaces coronen cactos. Y los cactos están allá, más lejos, embutidos en el acero blanco.
También hay bohíos, casi todos bajos y hechos con barro. Algunos están pintados de blanco y no se ven bajo el sol. Sólo se destaca el techo grueso, seco, ansioso de quemarse día a día. Las cañas dieron esas techumbres por las que nunca rueda agua.
La carretera muerta, totalmente muerta, está ahí, desenterrada, gris. La mujer se veía, primero, como un punto negro, después, como una piedra que hubieran dejado sobre la momia larga. Estaba allí tirada sin que la brisa le moviera los harapos. No la quemaba el sol; tan sólo sentía dolor por los gritos del niño. El niño era de bronce, pequeñín, con los ojos llenos de luz, y se agarraba a la madre tratando de tirar de ella con sus manecitas. Pronto iba la carretera a quemar el cuerpo, las rodillas por lo menos, de aquella criatura desnuda y gritona.
La casa estaba allí cerca, pero no podía verse.
A medida que se avanzaba crecía aquello que parecía una piedra tirada en medio de la gran carretera muerta. Crecía, y Quico se dijo: "Un becerro, sin duda, estropeado por un auto".
Tendió la vista: la planicie, la sabana. Una colina lejana, con pajonales, como si fuera esa colina sólo un montoncito de arena apilada por los vientos. El cauce de un río; las fauces secas de la tierra que tuvo agua mil años antes de hoy. Se resquebrajaba la planicie dorada bajo el pesado acero transparente. Y los cactos, los cactos coronados de aves rapaces.
Más cerca ya, Quico vio que era persona. Oyó distintamente los gritos del niño.
El marido le había pegado. Por la única habitación del bohío, caliente como horno, la persiguió, tirándole de los cabellos y machacándole la cabeza a puñetazos.
-¡Hija de mala madre! ¡Hija de mala madre! ¡Te voy a matar como a una perra, desvergonsá!
-Pero si nadie pasó, Chepe: nadie pasó -quería ella explicar.
-¿Que no? ¡Ahora verás!
Y volvía a golpearla.
El niño se agarraba a las piernas de su papá, no sabía hablar aún y pretendía evitarlo. Él veía la mujer sangrando por la nariz. La sangre no le daba miedo, no, solamente deseos de llorar, de gritar mucho. De seguro mamá moriría si seguía sangrando.
Todo fue porque la mujer no vendió la leche de cabra, como él se lo mandara; al volver de las lomas, cuatro días después, no halló el dinero. Ella contó que se había cortado la leche; la verdad es que la bebió el niño. Prefirió no tener unas monedas a que la criatura sufriera hambre tanto tiempo.
Le dijo después que se marchara con su hijo:
-¡Te mataré si vuelves a esta casa!
La mujer estaba tirada en el piso de tierra; sangraba mucho y nada oía. Chepe, frenético, la arrastró hasta la carretera. Y se quedó allí, como muerta, sobre el lomo de la gran momia.
Quico tenía agua para dos días más de camino, pero la gastó en rociar la frente de la mujer. La llevó hasta el bohío, dándole el brazo, y pensó en romper su camisa listada para limpiarla de sangre. Chepe entró por el patio.
-¡Te dije que no quería verte má aquí, condená!
Parece que no había visto al extraño. Aquel acero blanco, transparente, le había vuelto fiera, de seguro. El pelo era estopa y las córneas estaban rojas.
Quico le llamó la atención; pero él, medio loco, amenazó de nuevo a su víctima. Iba a pegarle ya. Entonces fue cuando se entabló la lucha entre los dos hombres.
El niño pequeñín comenzó a gritar otra vez; ahora se envolvía en la falda de su mamá.
La lucha era como una canción silenciosa. No decían palabra. Sólo se oían los gritos del muchacho y las pisadas violentas.
La mujer vio cómo Quico ahogaba a Chepe: tenía los dedos engarfiados en el pescuezo de su marido. Éste comenzó por cerrar los ojos; abría la boca y le subía la sangre al rostro.
Ella no supo qué sucedió, pero cerca, junto a la puerta, estaba la piedra; una piedra como lava, rugosa, casi negra, pesada. Sintió que le nacía una fuerza brutal. La alzó. Sonó seco el golpe. Quico soltó el pescuezo del otro, luego dobló las rodillas, después abrió los brazos con amplitud y cayó de espaldas, sin quejarse, sin hacer un esfuerzo.
La tierra del piso absorbía aquella sangre tan roja, tan abundante. Chepe veía la luz brillar en ella.
La mujer tenía las manos crispadas sobre la cara, todo el pelo suelto y los ojos pugnando por saltar. Corrió. Sentía flojedad en las coyunturas. Quería ver si alguien venía. Pero sobre la gran carretera muerta, totalmente muerta, sólo estaba el sol que la mató. Allá, al final de la planicie, la colina de arenas que amontonaron los vientos. Y cactos embutidos en el acero.
FIN
Juan Bosch
Fonte: Ciudad Seva
sábado, 4 de junho de 2011
A saga de um sonho
Pelo grau de nervosismo das autoridades israelenses, dessa vez eles afundarão qualquer veleiro ou jangada que apareça com a bandeira palestina,eles comem sopa de pombos da paz todos os dias.
Eles só estão adiando o inevitável A Palestina terá o seu país, ou Natanyahu espera reproduzir na Palestina o que os porcos nazistas fizeram com os filhos de Abraão na Europa ?
O único líder israelense, que de forma pragmática e honesta desejava a Paz, foi assassinado por terroristas israelenses sob os olhares doeficiente shin Bet
e quem está no poder em Israel deseja a criação não de uma Palestina, mas de diversas pequenas palestinas, que possam servir para que os empresários contratem estrangeiros como mão de obra barata e indocumentada aos assentamentos na própria Palestina.
Banthustans como na África do Sul durante o regime do Apartheid
Segregando a população em uma palestina a gotas, sem continuidade, sem poder, sem voz totalmente dependente de Israel e por ultimo conveniente aos EUA
Por isso Israel destruiu toda a infraestrutura palestina com a desculpa de que pertenciam a grupos terroristas , grupos esses reconhecidos como representantes da Palestina junto a Bruxelas.Os assassinatos seletivos (mísseis jogados de helicópteros) contra inimigos de Israel, matavam não só quem desejava a destruição de Israel, mas várias vidas inocentes.A Palestina se tornou uma prisão a céu aberto e o "valoroso " exército de Israel (de auto-defesa ) meros carcereiros e açougueiros.
A maior parte da "opinião pública" em Israel sofre a censura de uma sociedade cada vez mais militarizada e a religião também é usada para constranger quem se opõem a política racista e belicosa da administração fascita de Israel.Quem se opõe a essa corrida ao abismo recebe a pecha de traidor e covarde, protetor de assassinos.Tem sua condição de judeu questionada.é humilhante para uma cultura tão humanista passar por essas trevas ,esse maniqueísmo medieval e amante do sangue e da dor só para manter o poder e a riqueza de uns poucos capitalistas que muitas vezes não moram em Israel, especulam com imóveis que serão construidos nos locais que pertenciam a familias palestinas .
Wilson Roberto Nogueira
sexta-feira, 3 de junho de 2011
sábado, 28 de maio de 2011
segunda-feira, 23 de maio de 2011
Ceifando ao pé da mata
Ceifando ao pé da mata a sua cevada,
O camponês cortou um trigo antigo;
Quem pereceu nesse lugar e quando,
Como perdeu a vida, e por que foi,
Não lhe interessa. No lugar da luta
A cevada é tão densa e carregada !
Sacrificou-se alguém? Pois, não importa.
O campônio contempla o seu tesouro,
A argêntea foice que o crânio riscou,
E , dando com o pé naqueles ossos,
Resmunga: "Satanás vos espalhou ! "
Evhén Plujnyk.
Antologia da literatura ucraniana.
O camponês cortou um trigo antigo;
Quem pereceu nesse lugar e quando,
Como perdeu a vida, e por que foi,
Não lhe interessa. No lugar da luta
A cevada é tão densa e carregada !
Sacrificou-se alguém? Pois, não importa.
O campônio contempla o seu tesouro,
A argêntea foice que o crânio riscou,
E , dando com o pé naqueles ossos,
Resmunga: "Satanás vos espalhou ! "
Evhén Plujnyk.
Antologia da literatura ucraniana.
"Idade não é documento e no mundo do crime de pouca valia é a força física individual, ao contrário do que muitos pensam. Conheci um encarregado franzino, de 25 anos, que comandava um pavilhão com 1600 homens. E o maior brutamontes da cadeia foi assassinado enquanto dormia, por um branquinho obstinado de 44 quilos. "
Drauzio Varela.in Estação Carandiru
Drauzio Varela.in Estação Carandiru
sábado, 21 de maio de 2011
Kafka e o horror neutro
“É um aparelho singular.” Desse modo, um oficial descreve ao visitante a máquina de execuções em Na Colônia Penal, de Franz Kafka. Essa frase inicial está na primeira cena da versão da graphic novel de Sylvain Ricard (roteiro), Maël (desenho) e Albertine Ralenti (cores), álbum agora lançado em português na tradução de Carol Bensimon pelo selo Quadrinhos na Cia.
Trata-se de um trabalho gráfico bastante sofisticado. Preserva o sumo da história de Kafka e a ilustra com desenhos muito expressivos, que ressaltam o absurdo da trama. O comandante, com seus olhos delirantes, é o personagem principal, que tenta explicar ao visitante o funcionamento da máquina e a beleza da administração da justiça que dela advém.
A primeira frase é um emblema. A máquina de tortura é apenas “singular”. Uma proeza técnica, na qual o engenho humano para infligir sofrimento ao seu semelhante é elevado à categoria de arte. Em sua descrição, o aparelho não é terrível, nem desumano, ou qualquer outro termo que expresse juízo de valor. É apenas singular, fruto da genialidade de outro comandante, antecessor deste que narra e se apresenta como guardião de uma tradição. Ao lado jaz, acorrentado, o pobre-diabo que provará da ação da máquina para deleite do comandante e ilustração do visitante. É um soldado raso que dormiu durante seu turno de guarda e reagiu com violência ao relho do seu superior.
A descrição da máquina “singular” é minuciosa. Trata-se de um aparelho munido de agulhas que imprimem a sentença no corpo do prisioneiro, perfurando-o cada vez mais fundo. O processo inteiro dura 12 horas e, nos “bons tempos”, segundo o oficial, era presenciado por toda a população da cidade. Mesmo pelas crianças, que tinham acesso privilegiado às proximidades do cadafalso. Afinal, era um espetáculo e uma lição. A finalidade: fazer com que o condenado, através da dor, compreendesse, em seu corpo, a verdade da sentença e a sabedoria da justiça.
No traço de Maël, a máquina é apresentada em seus detalhes, sem que a vejamos em seu todo, o que a torna ainda mais terrível. Ressaltam as agulhas compridas, as engrenagens, a mordaça que é colocada na boca para que os gritos da vítima não perturbem o público. Soturno, Maël faz jus a uma das características marcantes de Kafka, a de transformar objetos em personagens e personagens em objetos. Relação de intercâmbio entre homens e coisas que faz a genialidade de sua obra, talvez a mais poderosa sobre a desumanização da espécie.
Em seu texto, Kafka usa sua melhor arma ao tratar com fria objetividade uma situação absurda – não por acaso, Ernesto Sábato o chamava de escritor absolutamente realista. O que há de terrível em sua escrita é o contraste entre aquilo que descreve e a maneira como é descrito. Kafka naturaliza o horror e, assim o fazendo, o coloca diante de nós como um terrível espelho.
Sua paródia sinistra da justiça, apresentada em Na Colônia Penal, é esmiuçada passo a passo. Aquele que vai morrer sabe qual a sentença? Não. Sabe que foi condenado? Não. Sabe como foi conduzida a sua defesa? Não, ele não teve oportunidade de se defender. O oficial prossegue: se tivesse sido interrogado, contaria um monte de mentiras, advogados dariam sua interpretação e perderíamos tempo precioso nesse emaranhado de versões. Tudo pode ser mais simples: “O princípio segundo o qual eu sentencio é de que a culpabilidade nunca deixa dúvidas”. O réu é culpado de antemão, como em O Processo.
Em seu ensaio clássico, Kafka – Pró & Contra (Cosac Naify, 2007), Günther Anders fala da “calma sobriedade de Kafka”, referindo-se, justamente, a Na Colônia Penal. O livro de Anders é de 1946, lançado na ressaca da 2.ª Guerra Mundial, quando então o autor pôde aproximar esse absurdo da violência do texto kafkiano e a mistura de civilização e barbárie do 3.º Reich. Nos campos de extermínio, os nazistas construíam para si aposentos sofisticados, com toca-discos, estofados e abajures, separados por meia parede das câmaras de gás. Talvez a imaginação de Kafka não chegasse a esse ponto.
No entanto, ele escreve Na Colônia Penal em 1919, após a débâcle da civilização europeia na 1.ª Guerra. Essa noção do absurdo, que bebe na natureza humana mas também em sua contingência histórica, continua a garantir atualidade aos textos de Kafka. Afinal, como escreve no prefácio o roteirista da HQ, Sylvain Ricard, “Um olhar para a atualidade, para nossas telas de televisão, pode indicar que o homem colocou com frequência a sua inventividade a serviço da destruição do outro e que a fascinação diante da dor é cada vez mais banalizada. …Não há sombra de dúvida de que uma execução pública na Place de la Concorde teria mais sucesso e mais telespectadores que qualquer outra festividade. O que explica como a obra fascinante que é Na Colônia Penal se torna o espelho da sociedade em que vivemos e daquilo que somos.” Quem há de negar?
Luiz Zanin Oricchio – O Estado de S.Paulo
NA COLÔNIA PENAL
Autor: Franz Kafka. Quadrinhos na Cia (56 págs., R$ 56)
Trata-se de um trabalho gráfico bastante sofisticado. Preserva o sumo da história de Kafka e a ilustra com desenhos muito expressivos, que ressaltam o absurdo da trama. O comandante, com seus olhos delirantes, é o personagem principal, que tenta explicar ao visitante o funcionamento da máquina e a beleza da administração da justiça que dela advém.
A primeira frase é um emblema. A máquina de tortura é apenas “singular”. Uma proeza técnica, na qual o engenho humano para infligir sofrimento ao seu semelhante é elevado à categoria de arte. Em sua descrição, o aparelho não é terrível, nem desumano, ou qualquer outro termo que expresse juízo de valor. É apenas singular, fruto da genialidade de outro comandante, antecessor deste que narra e se apresenta como guardião de uma tradição. Ao lado jaz, acorrentado, o pobre-diabo que provará da ação da máquina para deleite do comandante e ilustração do visitante. É um soldado raso que dormiu durante seu turno de guarda e reagiu com violência ao relho do seu superior.
A descrição da máquina “singular” é minuciosa. Trata-se de um aparelho munido de agulhas que imprimem a sentença no corpo do prisioneiro, perfurando-o cada vez mais fundo. O processo inteiro dura 12 horas e, nos “bons tempos”, segundo o oficial, era presenciado por toda a população da cidade. Mesmo pelas crianças, que tinham acesso privilegiado às proximidades do cadafalso. Afinal, era um espetáculo e uma lição. A finalidade: fazer com que o condenado, através da dor, compreendesse, em seu corpo, a verdade da sentença e a sabedoria da justiça.
No traço de Maël, a máquina é apresentada em seus detalhes, sem que a vejamos em seu todo, o que a torna ainda mais terrível. Ressaltam as agulhas compridas, as engrenagens, a mordaça que é colocada na boca para que os gritos da vítima não perturbem o público. Soturno, Maël faz jus a uma das características marcantes de Kafka, a de transformar objetos em personagens e personagens em objetos. Relação de intercâmbio entre homens e coisas que faz a genialidade de sua obra, talvez a mais poderosa sobre a desumanização da espécie.
Em seu texto, Kafka usa sua melhor arma ao tratar com fria objetividade uma situação absurda – não por acaso, Ernesto Sábato o chamava de escritor absolutamente realista. O que há de terrível em sua escrita é o contraste entre aquilo que descreve e a maneira como é descrito. Kafka naturaliza o horror e, assim o fazendo, o coloca diante de nós como um terrível espelho.
Sua paródia sinistra da justiça, apresentada em Na Colônia Penal, é esmiuçada passo a passo. Aquele que vai morrer sabe qual a sentença? Não. Sabe que foi condenado? Não. Sabe como foi conduzida a sua defesa? Não, ele não teve oportunidade de se defender. O oficial prossegue: se tivesse sido interrogado, contaria um monte de mentiras, advogados dariam sua interpretação e perderíamos tempo precioso nesse emaranhado de versões. Tudo pode ser mais simples: “O princípio segundo o qual eu sentencio é de que a culpabilidade nunca deixa dúvidas”. O réu é culpado de antemão, como em O Processo.
Em seu ensaio clássico, Kafka – Pró & Contra (Cosac Naify, 2007), Günther Anders fala da “calma sobriedade de Kafka”, referindo-se, justamente, a Na Colônia Penal. O livro de Anders é de 1946, lançado na ressaca da 2.ª Guerra Mundial, quando então o autor pôde aproximar esse absurdo da violência do texto kafkiano e a mistura de civilização e barbárie do 3.º Reich. Nos campos de extermínio, os nazistas construíam para si aposentos sofisticados, com toca-discos, estofados e abajures, separados por meia parede das câmaras de gás. Talvez a imaginação de Kafka não chegasse a esse ponto.
No entanto, ele escreve Na Colônia Penal em 1919, após a débâcle da civilização europeia na 1.ª Guerra. Essa noção do absurdo, que bebe na natureza humana mas também em sua contingência histórica, continua a garantir atualidade aos textos de Kafka. Afinal, como escreve no prefácio o roteirista da HQ, Sylvain Ricard, “Um olhar para a atualidade, para nossas telas de televisão, pode indicar que o homem colocou com frequência a sua inventividade a serviço da destruição do outro e que a fascinação diante da dor é cada vez mais banalizada. …Não há sombra de dúvida de que uma execução pública na Place de la Concorde teria mais sucesso e mais telespectadores que qualquer outra festividade. O que explica como a obra fascinante que é Na Colônia Penal se torna o espelho da sociedade em que vivemos e daquilo que somos.” Quem há de negar?
Luiz Zanin Oricchio – O Estado de S.Paulo
NA COLÔNIA PENAL
Autor: Franz Kafka. Quadrinhos na Cia (56 págs., R$ 56)
Politicamente fascista
Todo pateta com pretensões à originalidade e à ironia toma a iniciativa de se dizer “incorreto”
O COMEDIANTE Danilo Gentili pediu desculpas pela piada antissemita que divulgou no Twitter. A saber, a de que os velhos de Higienópolis temem o metrô no bairro porque “a última vez que eles chegaram perto de um vagão foram parar em Auschwitz”.
Aceitar suas desculpas pode ser fácil ou difícil, conforme a disposição de cada um. O difícil é imaginar que, com isso, ele venha a dizer menos cretinices no futuro.
Não aguentei mais do que alguns minutos do programa “CQC”, na TV Bandeirantes, do qual é ele uma das estrelas mais festejadas. Mas há um vídeo no YouTube, reproduzindo uma apresentação em Brasília do seu show “Politicamente Incorreto”, em outubro de 2010.
Dá para desculpar muita coisa, mas não a falta de graça. O nome oficial do Palácio do Planalto é Palácio dos Despachos, diz ele. “Deve ser por isso que tem tanto encosto lá.” Quem o construiu foi Oscar Niemeyer, continua o humorista. E construiu muitas outras coisas, como as pirâmides do Egito.
A plateia tenta rir, mas só fica feliz mesmo quando ouve que Lula é cachaceiro, ou que (rá, rá) o nome real de Sarney é Ribamar. Prossegue citando os políticos que Sarney apoiou; encerra a lista dizendo que ele só não apoiou o próprio câncer porque “o câncer era benigno”.
Os aplausos e risadas, pode-se acreditar, vêm menos da qualidade das piadas e mais da vontade de manifestação política do público. Detestam-se, com razão, os abusos dos congressistas brasileiros. Só por isso, imagino, alguém ri quando Gentili diz preferir que a capital do país ficasse no Rio: “Lá pelo menos tem bala perdida para acertar deputado”.
Melhor parar antes que eu fique sem respiração de tanto rir. Como se vê, em todo caso, o título do show não é bem o que parece. “Politicamente incorreto”, no caso, faz referência às coisas erradas feitas pelos políticos, mais do que ao que há de chocante em piadas sobre negros ou homossexuais.
A questão é que o rótulo vende. Ser “politicamente incorreto”, no Brasil de hoje, é motivo de orgulho. Todo pateta com pretensões à originalidade e à ironia toma a iniciativa de se dizer “incorreto” -e com isso se vê autorizado a abrir seu destampatório contra as mulheres, os gays, os negros, os índios e quem mais ele conseguir.
Não nego que o “politicamente correto”, em suas versões mais extremadas, seja uma interdição ao pensamento, uma polícia ideológica.
Mas o “politicamente incorreto”, em sua suposta heresia, na maior parte das vezes não passa de banalidade e estupidez.
Reproduz preconceitos antiquíssimos como se fossem novidades cintilantes. “Mulheres são burras!” “Ser contra a guerra é viadagem!” “Polícia tem de dar porrada!” “Bolsa Família serve para engordar vagabundo!” “Nordestino é atrasado!” “Criança só endireita no couro!”
Diz ou escreve tudo isso, e não disfarça um sorrisinho: “Viram como sou inteligente?”.
“Como sou verdadeiro?” “Como sou corajoso?” “Como sou trágico?” “Como sou politicamente incorreto?”
O problema é que “politicamente incorreto”, na verdade, é um rótulo enganoso. Quem diz essas coisas não é, para falar com todas as letras, “politicamente incorreto”. Quem diz essas coisas é politicamente fascista.
Só que a palavra “fascista”, hoje em dia, virou um termo… politicamente incorreto. Chegamos a um paradoxo, a uma contradição.
O rótulo “politicamente incorreto” acaba sendo uma forma eufemística, bem-educada e aceitável (isto é, “politicamente correta”) de se dizer reacionário, direitista, fascistoide.
A babaquice, claro, não é monopólio da direita nem da esquerda. Foi a partir de uma perspectiva “de esquerda” que Danilo Gentili resolveu criticar “os velhos de Higienópolis” que não querem metrô perto de casa.
Uma ou outra manifestação de preconceito contra “gente diferenciada”, destacada no jornal, alimentou a fantasia mais cara à elite brasileira: a de que “elite” são os outros, não nós mesmos. Para limpar a própria imagem, nada melhor do que culpar nossos vizinhos.
Os vizinhos judeus, por exemplo. É este um dos mecanismos, e não o vagão de um metrô, que ajudam a levar até Auschwitz.
MARCELO COELHO
Folha de São Paulo
O COMEDIANTE Danilo Gentili pediu desculpas pela piada antissemita que divulgou no Twitter. A saber, a de que os velhos de Higienópolis temem o metrô no bairro porque “a última vez que eles chegaram perto de um vagão foram parar em Auschwitz”.
Aceitar suas desculpas pode ser fácil ou difícil, conforme a disposição de cada um. O difícil é imaginar que, com isso, ele venha a dizer menos cretinices no futuro.
Não aguentei mais do que alguns minutos do programa “CQC”, na TV Bandeirantes, do qual é ele uma das estrelas mais festejadas. Mas há um vídeo no YouTube, reproduzindo uma apresentação em Brasília do seu show “Politicamente Incorreto”, em outubro de 2010.
Dá para desculpar muita coisa, mas não a falta de graça. O nome oficial do Palácio do Planalto é Palácio dos Despachos, diz ele. “Deve ser por isso que tem tanto encosto lá.” Quem o construiu foi Oscar Niemeyer, continua o humorista. E construiu muitas outras coisas, como as pirâmides do Egito.
A plateia tenta rir, mas só fica feliz mesmo quando ouve que Lula é cachaceiro, ou que (rá, rá) o nome real de Sarney é Ribamar. Prossegue citando os políticos que Sarney apoiou; encerra a lista dizendo que ele só não apoiou o próprio câncer porque “o câncer era benigno”.
Os aplausos e risadas, pode-se acreditar, vêm menos da qualidade das piadas e mais da vontade de manifestação política do público. Detestam-se, com razão, os abusos dos congressistas brasileiros. Só por isso, imagino, alguém ri quando Gentili diz preferir que a capital do país ficasse no Rio: “Lá pelo menos tem bala perdida para acertar deputado”.
Melhor parar antes que eu fique sem respiração de tanto rir. Como se vê, em todo caso, o título do show não é bem o que parece. “Politicamente incorreto”, no caso, faz referência às coisas erradas feitas pelos políticos, mais do que ao que há de chocante em piadas sobre negros ou homossexuais.
A questão é que o rótulo vende. Ser “politicamente incorreto”, no Brasil de hoje, é motivo de orgulho. Todo pateta com pretensões à originalidade e à ironia toma a iniciativa de se dizer “incorreto” -e com isso se vê autorizado a abrir seu destampatório contra as mulheres, os gays, os negros, os índios e quem mais ele conseguir.
Não nego que o “politicamente correto”, em suas versões mais extremadas, seja uma interdição ao pensamento, uma polícia ideológica.
Mas o “politicamente incorreto”, em sua suposta heresia, na maior parte das vezes não passa de banalidade e estupidez.
Reproduz preconceitos antiquíssimos como se fossem novidades cintilantes. “Mulheres são burras!” “Ser contra a guerra é viadagem!” “Polícia tem de dar porrada!” “Bolsa Família serve para engordar vagabundo!” “Nordestino é atrasado!” “Criança só endireita no couro!”
Diz ou escreve tudo isso, e não disfarça um sorrisinho: “Viram como sou inteligente?”.
“Como sou verdadeiro?” “Como sou corajoso?” “Como sou trágico?” “Como sou politicamente incorreto?”
O problema é que “politicamente incorreto”, na verdade, é um rótulo enganoso. Quem diz essas coisas não é, para falar com todas as letras, “politicamente incorreto”. Quem diz essas coisas é politicamente fascista.
Só que a palavra “fascista”, hoje em dia, virou um termo… politicamente incorreto. Chegamos a um paradoxo, a uma contradição.
O rótulo “politicamente incorreto” acaba sendo uma forma eufemística, bem-educada e aceitável (isto é, “politicamente correta”) de se dizer reacionário, direitista, fascistoide.
A babaquice, claro, não é monopólio da direita nem da esquerda. Foi a partir de uma perspectiva “de esquerda” que Danilo Gentili resolveu criticar “os velhos de Higienópolis” que não querem metrô perto de casa.
Uma ou outra manifestação de preconceito contra “gente diferenciada”, destacada no jornal, alimentou a fantasia mais cara à elite brasileira: a de que “elite” são os outros, não nós mesmos. Para limpar a própria imagem, nada melhor do que culpar nossos vizinhos.
Os vizinhos judeus, por exemplo. É este um dos mecanismos, e não o vagão de um metrô, que ajudam a levar até Auschwitz.
MARCELO COELHO
Folha de São Paulo
Não tem volta
Se você vai por muito tempo
você nunca volta.
Você retorna,
Você contorna
mas não tem volta
a estrada te sopra pro alto
pra outro lado
enquanto
aquele tempo
vai mudando.
Aí, de quando
em quando você lembra
aquele beijo,
aquele medo
mas você sabe
que tudo ficou antigo
e você não volta
nem com escolta
nem amarrado
porque o passado
já te perdeu
e o perigo
muda mesmo de endereço
Não existe pretexto.
O dia mudou
o carteiro não veio
o principio é o meio
e você retorna
mas não tem volta.
Zélia Duncan
você nunca volta.
Você retorna,
Você contorna
mas não tem volta
a estrada te sopra pro alto
pra outro lado
enquanto
aquele tempo
vai mudando.
Aí, de quando
em quando você lembra
aquele beijo,
aquele medo
mas você sabe
que tudo ficou antigo
e você não volta
nem com escolta
nem amarrado
porque o passado
já te perdeu
e o perigo
muda mesmo de endereço
Não existe pretexto.
O dia mudou
o carteiro não veio
o principio é o meio
e você retorna
mas não tem volta.
Zélia Duncan
Definições
Sou fria e quase muda,
Quando quero ser terna,
Quando quero ser tua.
Sou pedra lisa e dura,
Que jamais canta
E que não se mostra viva,
Jamais.
Sou raiz que adentra pela terra,
Sou poeira que desaparece no ar.
Sou, quem sabe, o brilho na festa da janela,
Quando brilha o luar.
Sou água que evapora,
Sou nuvem que deságua,
Sou o sal que salga a água,
Sou a lágrima salgada
Que rolou do teu olhar…
Roseli Silveira
Primeira antologia dos poetas internautas, Editora Blocos, 1997 – Rio de Janeiro, Brasil
Quando quero ser terna,
Quando quero ser tua.
Sou pedra lisa e dura,
Que jamais canta
E que não se mostra viva,
Jamais.
Sou raiz que adentra pela terra,
Sou poeira que desaparece no ar.
Sou, quem sabe, o brilho na festa da janela,
Quando brilha o luar.
Sou água que evapora,
Sou nuvem que deságua,
Sou o sal que salga a água,
Sou a lágrima salgada
Que rolou do teu olhar…
Roseli Silveira
Primeira antologia dos poetas internautas, Editora Blocos, 1997 – Rio de Janeiro, Brasil
Amor Silêncio
Amor silêncio amargo a roçar-me a morte
grito partido do vidro sobre o peito
ilha deserta no meio das capitais do norte
grilhetas ajustadas no rio em que me deito.
Distância cumulada remanso duma espera
ponte de aventura do dois à unidade
amor brilho raiando a chave do desejo
minuto adormecido ao pé da eternidade.
Amor tempo suspenso, ó lânguido receio,
no pranto do meu canto és a presença forte
estame estremecido dissimulado anseio
amor milagre gesto incandescente porte.
Amor olhos perdidos a riscar desenhos
em largo movimento o espaço circular
amor segundo breve, lanceta, tempo eterno
no rápido castigo da lua a gotejar.
Salette Tavares
grito partido do vidro sobre o peito
ilha deserta no meio das capitais do norte
grilhetas ajustadas no rio em que me deito.
Distância cumulada remanso duma espera
ponte de aventura do dois à unidade
amor brilho raiando a chave do desejo
minuto adormecido ao pé da eternidade.
Amor tempo suspenso, ó lânguido receio,
no pranto do meu canto és a presença forte
estame estremecido dissimulado anseio
amor milagre gesto incandescente porte.
Amor olhos perdidos a riscar desenhos
em largo movimento o espaço circular
amor segundo breve, lanceta, tempo eterno
no rápido castigo da lua a gotejar.
Salette Tavares
Bella Ciao
- Stamattina mi sono alzato Oh bella ciao, bella ciao, bella ciao ciao ciao Stamattina mi sono alzato e ho trovato l'invasor. partigiano portami via partigiano portami via che mi sento di morir Se io muoio da partigiano Se io muoio da partigiano tu mi devi seppellir seppellire sulla montagna sotto l'ombra di un bel fior E le genti che passeranno ti diranno che bel fior Questo è il fiore del partigiono morto per la libertà
Соловьи - Les Rossignols (mars 1945 - march 1945)
Chanson soviétique Соловьи - Les Rossignols (mars 1945 - march 1945)
Musique par/Music by Vassili Soloviev-Sedoï
Paroles par/Lyrics by Alexeï Fatianov
Rossignols, ô Rossignols,
Ne dérangez point les soldats,
Laissez-les s'assoupir un instant,
S'assoupir un instant.
Le printemps est revenu au front,
Et les soldats n'arrivent pas à dormir,
Non pas à cause des salves de canon,
Mais en raison des rossignols qui ont perdu la tête!
Ils ont oublié que la bataille fait rage,
Et chantent comme à chaque retour du printemps.
(Refrain)
Mais que signifie la guerre, pour un rossignol ?
Un rossignol a sa vie à lui.
Un des soldats ne dort pas; il pense à sa maison,
Aux vertes prairies qui s'étendent par-delà l'étang,
Où les rossignols chantent toute la nuit,
Et où quelqu'un l'attend.
(Refrain)
Cependant, le combat reprendra demain.
C'est le destin, c'est notre devoir d'y aller,
Sans avoir reçu assez damour
Loin de nos bien-aimées épouses,
Loin de nos champs de maïs.
Mais chaque pas en avant
Nous rapproche davantage de notre patrie.
Nightingales, nightingales, do not disturb the soldiers,
Let them sleep for a while,
Sleep for a while...
The spring has come to the frontlines.
And soldiers cannot get asleep.
Not due to cannon salvos' din,
But due to nightingales who lost their minds!
They have forgotten that battles go on
And sing as usual in every spring.
Nightingales, nightingales, do not disturb the soldiers,
Let them sleep for a while,
Sleep for a while...
But what a war means for that bird!
A nightingale has a life of his own.
A soldier doesnt sleep, of his house thinking
And his green garden beyond the pond,
Where nightingales whole nights are singing,
And someone waits that soldier to come back home.
Nightingales, nightingales, do not disturb the soldiers,
Let them sleep for a while,
Sleep for a while...
Tomorrow comes another fight -
It is our fate that we had to go
Without having had enough of love,
Away from our cornfields and beloved wives;
But every step forward in that combat
Brings us closer back to our motherland.
Nightingales, nightingales, do not disturb the soldiers,
Let them sleep for a while,
Sleep for a while...
Соловьи, соловьи, не тревожьте солдат,
Пусть солдаты немного поспят,
Немного пусть поспят.
Пришла и к нам на фронт весна,
Солдатам стало не до сна —
Не потому, что пушки бьют,
А потому, что вновь поют,
Забыв, что здесь идут бои,
Поют шальные соловьи.
Соловьи, соловьи, не тревожьте солдат,
Пусть солдаты немного поспят,
Немного поспят.
Но что война для соловья!
У соловья ведь жизнь своя.
Не спит солдат, припомнив дом
И сад зелёный над прудом,
Где соловьи всю ночь поют,
А в доме том солдата ждут.
Соловьи, соловьи, не тревожьте солдат,
Пусть солдаты немного поспят,
Немного пусть поспят.
А завтра снова будет бой,—
Уж так назначено судьбой,
Чтоб нам уйти, не долюбив,
От наших жён, от наших нив;
Но с каждым шагом в том бою
Нам ближе дом в родном краю.
Соловьи, соловьи, не тревожьте солдат,
Пусть солдаты немного поспят,
Немного пусть поспят.
Musique par/Music by Vassili Soloviev-Sedoï
Paroles par/Lyrics by Alexeï Fatianov
Rossignols, ô Rossignols,
Ne dérangez point les soldats,
Laissez-les s'assoupir un instant,
S'assoupir un instant.
Le printemps est revenu au front,
Et les soldats n'arrivent pas à dormir,
Non pas à cause des salves de canon,
Mais en raison des rossignols qui ont perdu la tête!
Ils ont oublié que la bataille fait rage,
Et chantent comme à chaque retour du printemps.
(Refrain)
Mais que signifie la guerre, pour un rossignol ?
Un rossignol a sa vie à lui.
Un des soldats ne dort pas; il pense à sa maison,
Aux vertes prairies qui s'étendent par-delà l'étang,
Où les rossignols chantent toute la nuit,
Et où quelqu'un l'attend.
(Refrain)
Cependant, le combat reprendra demain.
C'est le destin, c'est notre devoir d'y aller,
Sans avoir reçu assez damour
Loin de nos bien-aimées épouses,
Loin de nos champs de maïs.
Mais chaque pas en avant
Nous rapproche davantage de notre patrie.
Nightingales, nightingales, do not disturb the soldiers,
Let them sleep for a while,
Sleep for a while...
The spring has come to the frontlines.
And soldiers cannot get asleep.
Not due to cannon salvos' din,
But due to nightingales who lost their minds!
They have forgotten that battles go on
And sing as usual in every spring.
Nightingales, nightingales, do not disturb the soldiers,
Let them sleep for a while,
Sleep for a while...
But what a war means for that bird!
A nightingale has a life of his own.
A soldier doesnt sleep, of his house thinking
And his green garden beyond the pond,
Where nightingales whole nights are singing,
And someone waits that soldier to come back home.
Nightingales, nightingales, do not disturb the soldiers,
Let them sleep for a while,
Sleep for a while...
Tomorrow comes another fight -
It is our fate that we had to go
Without having had enough of love,
Away from our cornfields and beloved wives;
But every step forward in that combat
Brings us closer back to our motherland.
Nightingales, nightingales, do not disturb the soldiers,
Let them sleep for a while,
Sleep for a while...
Соловьи, соловьи, не тревожьте солдат,
Пусть солдаты немного поспят,
Немного пусть поспят.
Пришла и к нам на фронт весна,
Солдатам стало не до сна —
Не потому, что пушки бьют,
А потому, что вновь поют,
Забыв, что здесь идут бои,
Поют шальные соловьи.
Соловьи, соловьи, не тревожьте солдат,
Пусть солдаты немного поспят,
Немного поспят.
Но что война для соловья!
У соловья ведь жизнь своя.
Не спит солдат, припомнив дом
И сад зелёный над прудом,
Где соловьи всю ночь поют,
А в доме том солдата ждут.
Соловьи, соловьи, не тревожьте солдат,
Пусть солдаты немного поспят,
Немного пусть поспят.
А завтра снова будет бой,—
Уж так назначено судьбой,
Чтоб нам уйти, не долюбив,
От наших жён, от наших нив;
Но с каждым шагом в том бою
Нам ближе дом в родном краю.
Соловьи, соловьи, не тревожьте солдат,
Пусть солдаты немного поспят,
Немного пусть поспят.
sábado, 14 de maio de 2011
I Have a Dream
EU TENHO UM SONHO
“Eu estou contente em unir-me com vocês no dia que entrará para a história como a maior demonstração pela liberdade na história de nossa nação. Cem anos atrás, um grande americano, do qual estamos sob sua simbólica sombra, assinou a Proclamação de Emancipação. Esse importante decreto veio como um grande farol de esperança para milhões de escravos negros que tinham murchados nas chamas da injustiça. Ele veio como uma alvorada para terminar a longa noite de seus cativeiros.
Mas, cem anos depois, o Negro ainda não é livre. Cem anos depois, a vida do Negro ainda é tristemente inválida pelas algemas da segregação e as cadeias de discriminação. Cem anos depois, o Negro vive em uma ilha só de pobreza no meio de um vasto oceano de prosperidade material. Cem anos depois, o Negro ainda adoece nos cantos da sociedade e se encontram exilados em sua própria terra. Assim, nós viemos aqui hoje para dramatizar sua vergonhosa condição.
De certo modo, nós viemos à capital de nossa nação para trocar um cheque. Quando os arquitetos de nossa república escreveram as magníficas palavras da Constituição e a Declaração da Independência, eles estavam assinando uma nota promissória para a qual todo americano seria seu herdeiro. Esta nota era uma promessa que todos os homens, sim, os homens negros, como também os homens brancos, teriam garantidos os direitos inalienáveis de vida, liberdade e a busca da felicidade. Hoje é óbvio que aquela América não apresentou esta nota promissória. Em vez de honrar esta obrigação sagrada, a América deu para o povo negro um cheque sem fundo, um cheque que voltou marcado com “fundos insuficientes”. Mas nós nos recusamos a acreditar que o banco da justiça é falível. Nós nos recusamos a acreditar que há capitais insuficientes de oportunidade nesta nação. Assim nós viemos trocar este cheque, um cheque que nos dará o direito de reclamar as riquezas de liberdade e a segurança da justiça.
Nós também viemos para recordar à América dessa cruel urgência. Este não é o momento para descansar no luxo refrescante ou tomar o remédio tranqüilizante do gradualismo. Agora é o tempo para transformar em realidade as promessas de democracia. Agora é o tempo para subir do vale das trevas da segregação ao caminho iluminado pelo sol da justiça racial. Agora é o tempo para erguer nossa nação das areias movediças da injustiça racial para a pedra sólida da fraternidade. Agora é o tempo para fazer da justiça uma realidade para todos os filhos de Deus.
Seria fatal para a nação negligenciar a urgência desse momento. Este verão sufocante do legítimo descontentamento dos Negros não passará até termos um renovador outono de liberdade e igualdade. Este ano de 1963 não é um fim, mas um começo. Esses que esperam que o Negro agora estará contente, terão um violento despertar se a nação votar aos negócios de sempre.
Mas há algo que eu tenho que dizer ao meu povo que se dirige ao portal que conduz ao palácio da justiça. No processo de conquistar nosso legítimo direito, nós não devemos ser culpados de ações de injustiças. Não vamos satisfazer nossa sede de liberdade bebendo da xícara da amargura e do ódio. Nós sempre temos que conduzir nossa luta num alto nível de dignidade e disciplina. Nós não devemos permitir que nosso criativo protesto se degenere em violência física. Novamente e novamente nós temos que subir às majestosas alturas da reunião da força física com a força de alma. Nossa nova e maravilhosa combatividade mostrou à comunidade negra que não devemos ter uma desconfiança para com todas as pessoas brancas, para muitos de nossos irmãos brancos, como comprovamos pela presença deles aqui hoje, vieram entender que o destino deles é amarrado ao nosso destino. Eles vieram perceber que a liberdade deles é ligada indissoluvelmente a nossa liberdade. Nós não podemos caminhar só. E como nós caminhamos, nós temos que fazer a promessa que nós sempre marcharemos à frente. Nós não podemos retroceder. Há esses que estão perguntando para os devotos dos direitos civis, “Quando vocês estarão satisfeitos?”
Nós nunca estaremos satisfeitos enquanto o Negro for vítima dos horrores indizíveis da brutalidade policial. Nós nunca estaremos satisfeitos enquanto nossos corpos, pesados com a fadiga da viagem, não poderem ter hospedagem nos motéis das estradas e os hotéis das cidades. Nós não estaremos satisfeitos enquanto um Negro não puder votar no Mississipi e um Negro em Nova Iorque acreditar que ele não tem motivo para votar. Não, não, nós não estamos satisfeitos e nós não estaremos satisfeitos até que a justiça e a retidão rolem abaixo como águas de uma poderosa correnteza.
Eu não esqueci que alguns de você vieram até aqui após grandes testes e sofrimentos. Alguns de você vieram recentemente de celas estreitas das prisões. Alguns de vocês vieram de áreas onde sua busca pela liberdade lhe deixaram marcas pelas tempestades das perseguições e pelos ventos de brutalidade policial. Você são o veteranos do sofrimento. Continuem trabalhando com a fé que sofrimento imerecido é redentor. Voltem para o Mississippi, voltem para o Alabama, voltem para a Carolina do Sul, voltem para a Geórgia, voltem para Louisiana, voltem para as ruas sujas e guetos de nossas cidades do norte, sabendo que de alguma maneira esta situação pode e será mudada. Não se deixe caiar no vale de desespero. Eu digo a você hoje, meus amigos, que embora nós enfrentemos as dificuldades de hoje e amanhã. Eu ainda tenho um sonho. É um sonho profundamente enraizado no sonho americano. Eu tenho um sonho que um dia esta nação se levantará e viverá o verdadeiro significado de sua crença – nós celebraremos estas verdades e elas serão claras para todos, que os homens são criados iguais.
Eu tenho um sonho que um dia nas colinas vermelhas da Geórgia os filhos dos descendentes de escravos e os filhos dos desdentes dos donos de escravos poderão se sentar junto à mesa da fraternidade. Eu tenho um sonho que um dia, até mesmo no estado de Mississippi, um estado que transpira com o calor da injustiça, que transpira com o calor de opressão, será transformado em um oásis de liberdade e justiça. Eu tenho um sonho que minhas quatro pequenas crianças vão um dia viver em uma nação onde elas não serão julgadas pela cor da pele, mas pelo conteúdo de seu caráter. Eu tenho um sonho hoje! Eu tenho um sonho que um dia, no Alabama, com seus racistas malignos, com seu governador que tem os lábios gotejando palavras de intervenção e negação; nesse justo dia no Alabama meninos negros e meninas negras poderão unir as mãos com meninos brancos e meninas brancas como irmãs e irmãos. Eu tenho um sonho hoje! Eu tenho um sonho que um dia todo vale será exaltado, e todas as colinas e montanhas virão abaixo, os lugares ásperos serão aplainados e os lugares tortuosos serão endireitados e a glória do Senhor será revelada e toda a carne estará junta.
Esta é nossa esperança. Esta é a fé com que regressarei para o Sul. Com esta fé nós poderemos cortar da montanha do desespero uma pedra de esperança. Com esta fé nós poderemos transformar as discórdias estridentes de nossa nação em uma bela sinfonia de fraternidade. Com esta fé nós poderemos trabalhar juntos, rezar juntos, lutar juntos, para ir encarcerar juntos, defender liberdade juntos, e quem sabe nós seremos um dia livre. Este será o dia, este será o dia quando todas as crianças de Deus poderão cantar com um novo significado.
E quando isto acontecer, quando nós permitimos o sino da liberdade soar, quando nós deixarmos ele soar em toda moradia e todo vilarejo, em todo estado e em toda cidade, nós poderemos acelerar aquele dia quando todas as crianças de Deus, homens pretos e homens brancos, judeus e gentios, protestantes e católicos, poderão unir mãos e cantar nas palavras do velho spiritual negro: “Livre afinal, livre afinal. Agradeço ao Deus todo-poderoso, nós somos livres afinal.”
Discurso de Martin Luther King (28/08/1963)
“Eu estou contente em unir-me com vocês no dia que entrará para a história como a maior demonstração pela liberdade na história de nossa nação. Cem anos atrás, um grande americano, do qual estamos sob sua simbólica sombra, assinou a Proclamação de Emancipação. Esse importante decreto veio como um grande farol de esperança para milhões de escravos negros que tinham murchados nas chamas da injustiça. Ele veio como uma alvorada para terminar a longa noite de seus cativeiros.
Mas, cem anos depois, o Negro ainda não é livre. Cem anos depois, a vida do Negro ainda é tristemente inválida pelas algemas da segregação e as cadeias de discriminação. Cem anos depois, o Negro vive em uma ilha só de pobreza no meio de um vasto oceano de prosperidade material. Cem anos depois, o Negro ainda adoece nos cantos da sociedade e se encontram exilados em sua própria terra. Assim, nós viemos aqui hoje para dramatizar sua vergonhosa condição.
De certo modo, nós viemos à capital de nossa nação para trocar um cheque. Quando os arquitetos de nossa república escreveram as magníficas palavras da Constituição e a Declaração da Independência, eles estavam assinando uma nota promissória para a qual todo americano seria seu herdeiro. Esta nota era uma promessa que todos os homens, sim, os homens negros, como também os homens brancos, teriam garantidos os direitos inalienáveis de vida, liberdade e a busca da felicidade. Hoje é óbvio que aquela América não apresentou esta nota promissória. Em vez de honrar esta obrigação sagrada, a América deu para o povo negro um cheque sem fundo, um cheque que voltou marcado com “fundos insuficientes”. Mas nós nos recusamos a acreditar que o banco da justiça é falível. Nós nos recusamos a acreditar que há capitais insuficientes de oportunidade nesta nação. Assim nós viemos trocar este cheque, um cheque que nos dará o direito de reclamar as riquezas de liberdade e a segurança da justiça.
Nós também viemos para recordar à América dessa cruel urgência. Este não é o momento para descansar no luxo refrescante ou tomar o remédio tranqüilizante do gradualismo. Agora é o tempo para transformar em realidade as promessas de democracia. Agora é o tempo para subir do vale das trevas da segregação ao caminho iluminado pelo sol da justiça racial. Agora é o tempo para erguer nossa nação das areias movediças da injustiça racial para a pedra sólida da fraternidade. Agora é o tempo para fazer da justiça uma realidade para todos os filhos de Deus.
Seria fatal para a nação negligenciar a urgência desse momento. Este verão sufocante do legítimo descontentamento dos Negros não passará até termos um renovador outono de liberdade e igualdade. Este ano de 1963 não é um fim, mas um começo. Esses que esperam que o Negro agora estará contente, terão um violento despertar se a nação votar aos negócios de sempre.
Mas há algo que eu tenho que dizer ao meu povo que se dirige ao portal que conduz ao palácio da justiça. No processo de conquistar nosso legítimo direito, nós não devemos ser culpados de ações de injustiças. Não vamos satisfazer nossa sede de liberdade bebendo da xícara da amargura e do ódio. Nós sempre temos que conduzir nossa luta num alto nível de dignidade e disciplina. Nós não devemos permitir que nosso criativo protesto se degenere em violência física. Novamente e novamente nós temos que subir às majestosas alturas da reunião da força física com a força de alma. Nossa nova e maravilhosa combatividade mostrou à comunidade negra que não devemos ter uma desconfiança para com todas as pessoas brancas, para muitos de nossos irmãos brancos, como comprovamos pela presença deles aqui hoje, vieram entender que o destino deles é amarrado ao nosso destino. Eles vieram perceber que a liberdade deles é ligada indissoluvelmente a nossa liberdade. Nós não podemos caminhar só. E como nós caminhamos, nós temos que fazer a promessa que nós sempre marcharemos à frente. Nós não podemos retroceder. Há esses que estão perguntando para os devotos dos direitos civis, “Quando vocês estarão satisfeitos?”
Nós nunca estaremos satisfeitos enquanto o Negro for vítima dos horrores indizíveis da brutalidade policial. Nós nunca estaremos satisfeitos enquanto nossos corpos, pesados com a fadiga da viagem, não poderem ter hospedagem nos motéis das estradas e os hotéis das cidades. Nós não estaremos satisfeitos enquanto um Negro não puder votar no Mississipi e um Negro em Nova Iorque acreditar que ele não tem motivo para votar. Não, não, nós não estamos satisfeitos e nós não estaremos satisfeitos até que a justiça e a retidão rolem abaixo como águas de uma poderosa correnteza.
Eu não esqueci que alguns de você vieram até aqui após grandes testes e sofrimentos. Alguns de você vieram recentemente de celas estreitas das prisões. Alguns de vocês vieram de áreas onde sua busca pela liberdade lhe deixaram marcas pelas tempestades das perseguições e pelos ventos de brutalidade policial. Você são o veteranos do sofrimento. Continuem trabalhando com a fé que sofrimento imerecido é redentor. Voltem para o Mississippi, voltem para o Alabama, voltem para a Carolina do Sul, voltem para a Geórgia, voltem para Louisiana, voltem para as ruas sujas e guetos de nossas cidades do norte, sabendo que de alguma maneira esta situação pode e será mudada. Não se deixe caiar no vale de desespero. Eu digo a você hoje, meus amigos, que embora nós enfrentemos as dificuldades de hoje e amanhã. Eu ainda tenho um sonho. É um sonho profundamente enraizado no sonho americano. Eu tenho um sonho que um dia esta nação se levantará e viverá o verdadeiro significado de sua crença – nós celebraremos estas verdades e elas serão claras para todos, que os homens são criados iguais.
Eu tenho um sonho que um dia nas colinas vermelhas da Geórgia os filhos dos descendentes de escravos e os filhos dos desdentes dos donos de escravos poderão se sentar junto à mesa da fraternidade. Eu tenho um sonho que um dia, até mesmo no estado de Mississippi, um estado que transpira com o calor da injustiça, que transpira com o calor de opressão, será transformado em um oásis de liberdade e justiça. Eu tenho um sonho que minhas quatro pequenas crianças vão um dia viver em uma nação onde elas não serão julgadas pela cor da pele, mas pelo conteúdo de seu caráter. Eu tenho um sonho hoje! Eu tenho um sonho que um dia, no Alabama, com seus racistas malignos, com seu governador que tem os lábios gotejando palavras de intervenção e negação; nesse justo dia no Alabama meninos negros e meninas negras poderão unir as mãos com meninos brancos e meninas brancas como irmãs e irmãos. Eu tenho um sonho hoje! Eu tenho um sonho que um dia todo vale será exaltado, e todas as colinas e montanhas virão abaixo, os lugares ásperos serão aplainados e os lugares tortuosos serão endireitados e a glória do Senhor será revelada e toda a carne estará junta.
Esta é nossa esperança. Esta é a fé com que regressarei para o Sul. Com esta fé nós poderemos cortar da montanha do desespero uma pedra de esperança. Com esta fé nós poderemos transformar as discórdias estridentes de nossa nação em uma bela sinfonia de fraternidade. Com esta fé nós poderemos trabalhar juntos, rezar juntos, lutar juntos, para ir encarcerar juntos, defender liberdade juntos, e quem sabe nós seremos um dia livre. Este será o dia, este será o dia quando todas as crianças de Deus poderão cantar com um novo significado.
E quando isto acontecer, quando nós permitimos o sino da liberdade soar, quando nós deixarmos ele soar em toda moradia e todo vilarejo, em todo estado e em toda cidade, nós poderemos acelerar aquele dia quando todas as crianças de Deus, homens pretos e homens brancos, judeus e gentios, protestantes e católicos, poderão unir mãos e cantar nas palavras do velho spiritual negro: “Livre afinal, livre afinal. Agradeço ao Deus todo-poderoso, nós somos livres afinal.”
Discurso de Martin Luther King (28/08/1963)
A Despedida da Morte
Falo de mim porque bem sei que a vida
lava o meu rosto com o suor dos outros,
que também sou, pois sou tudo o que posto ao meu redor se cala, e é pedra, ou, água,
cicia apenas: — O teu tempo é a trava
que te impede de ter a calma clara
do chão de lajes que o sol recobre,
este esperar por tudo que não corre,
nem pára e nem se apressa, e é só estado,
e nem sequer murmura: — O que te trazem
é o riso e o lamento, o ser amado
e o roçar cada dia a tua morte,
que não repõe em ti o, sem passado,
ficar no teu escuro, pois herdaste
e legas um sussurro, um som de passos,
uma sombra, um olhar sobre a paisagem,
memória, cálcio, húmus, eis que mundo
nada rejeita, sendo pobre e triste
no esplendor que nos dá. A madrugada.
Alberto da Costa e Silva
lava o meu rosto com o suor dos outros,
que também sou, pois sou tudo o que posto ao meu redor se cala, e é pedra, ou, água,
cicia apenas: — O teu tempo é a trava
que te impede de ter a calma clara
do chão de lajes que o sol recobre,
este esperar por tudo que não corre,
nem pára e nem se apressa, e é só estado,
e nem sequer murmura: — O que te trazem
é o riso e o lamento, o ser amado
e o roçar cada dia a tua morte,
que não repõe em ti o, sem passado,
ficar no teu escuro, pois herdaste
e legas um sussurro, um som de passos,
uma sombra, um olhar sobre a paisagem,
memória, cálcio, húmus, eis que mundo
nada rejeita, sendo pobre e triste
no esplendor que nos dá. A madrugada.
Alberto da Costa e Silva
The Future of the Liberal World Order
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The Future of the Liberal World Order
Internationalism After America By G. John Ikenberry
May/June 2011
Article Summary and Author Biography
As the United States' relative power declines, will the open and rule-based liberal international order Washington has championed since the 1940s start to erode? Probably not. That order is alive and well. China and other emerging powers will not seek to undermine the system; instead, they will try to gain more leadership within it.
G. JOHN IKENBERRY is Albert G. Milbank Professor of Politics and International Affairs at Princeton University and the author of Liberal Leviathan: The Origins, Crisis, and Transformation of the American World Order (Princeton University Press, 2011), from which this essay is adapted.
There is no longer any question: wealth and power are moving from the North and the West to the East and the South, and the old order dominated by the United States and Europe is giving way to one increasingly shared with non-Western rising states. But if the great wheel of power is turning, what kind of global political order will emerge in the aftermath?
Some anxious observers argue that the world will not just look less American -- it will also look less liberal. Not only is the United States' preeminence passing away, they say, but so, too, is the open and rule-based international order that the country has championed since the 1940s. In this view, newly powerful states are beginning to advance their own ideas and agendas for global order, and a weakened United States will find it harder to defend the old system. The hallmarks of liberal internationalism -- openness and rule-based relations enshrined in institutions such as the United Nations and norms such as multilateralism -- could give way to a more contested and fragmented system of blocs, spheres of influence, mercantilist networks, and regional rivalries.
The fact that today's rising states are mostly large non-Western developing countries gives force to this narrative. The old liberal international order was designed and built in the West. Brazil, China, India, and other fast-emerging states have a different set of cultural, political, and economic experiences, and they see the world through their anti-imperial and anticolonial pasts. Still grappling with basic problems of development, they do not share the concerns of the advanced capitalist societies. The recent global economic slowdown has also bolstered this narrative of liberal international decline. Beginning in the United States, the crisis has tarnished the American model of liberal capitalism and raised new doubts about the ability of the United States to act as the global economic leader.
For all these reasons, many observers have concluded that world politics is experiencing not just a changing of the guard but also a transition in the ideas and principles that underlie the global order. The journalist Gideon Rachman, for example, says that a cluster of liberal internationalist ideas -- such as faith in democratization, confidence in free markets, and the acceptability of U.S. military power -- are all being called into question. According to this worldview, the future of international order will be shaped above all by China, which will use its growing power and wealth to push world politics in an illiberal direction. Pointing out that China and other non-Western states have weathered the recent financial crisis better than their Western counterparts, pessimists argue that an authoritarian capitalist alternative to Western neoliberal ideas has already emerged. According to the scholar Stefan Halper, emerging-market states "are learning to combine market economics with traditional autocratic or semiautocratic politics in a process that signals an intellectual rejection of the Western economic model."
But this panicked narrative misses a deeper reality: although the United States' position in the global system is changing, the liberal international order is alive and well. The struggle over international order today is not about fundamental principles. China and other emerging great powers do not want to contest the basic rules and principles of the liberal international order; they wish to gain more authority and leadership within it.Indeed, today's power transition represents not the defeat of the liberal order but its ultimate ascendance. Brazil, China, and India have all become more prosperous and capable by operating inside the existing international order -- benefiting from its rules, practices, and institutions, including the World Trade Organization (WTO) and the newly organized G-20. Their economic success and growing influence are tied to the liberal internationalist organization of world politics, and they have deep interests in preserving that system.
In the meantime, alternatives to an open and rule-based order have yet to crystallize. Even though the last decade has brought remarkable upheavals in the global system -- the emergence of new powers, bitter disputes among Western allies over the United States' unipolar ambitions, and a global financial crisis and recession -- the liberal international order has no competitors. On the contrary, the rise of non-Western powers and the growth of economic and security interdependence are creating new constituencies for it.
To be sure, as wealth and power become less concentrated in the United States' hands, the country will be less able to shape world politics. But the underlying foundations of the liberal international order will survive and thrive. Indeed, now may be the best time for the United States and its democratic partners to update the liberal order for a new era, ensuring that it continues to provide the benefits of security and prosperity that it has provided since the middle of the twentieth century.
THE LIBERAL ASCENDANCY
China and the other emerging powers do not face simply an American-led order or a Western system. They face a broader international order that is the product of centuries of struggle and innovation. It is highly developed, expansive, integrated, institutionalized, and deeply rooted in the societies and economies of both advanced capitalist states and developing states. And over the last half century, this order has been unusually capable of assimilating rising powers and reconciling political and cultural diversity.
Today's international order is the product of two order-building projects that began centuries ago. One is the creation and expansion of the modern state system, a project dating back to the Peace of Westphalia in 1648. In the years since then, the project has promulgated rules and principles associated with state sovereignty and norms of great-power conduct. The other project is the construction of the liberal order, which over the last two centuries was led by the United Kingdom and the United States and which in the twentieth century was aided by the rise of liberal democratic states. The two projects have worked together. The Westphalian project has focused on solving the "realist" problems of creating stable and cooperative interstate relations under conditions of anarchy, and the liberal-order-building project has been possible only when relations between the great powers have been stabilized. The "problems of Hobbes," that is, anarchy and power insecurities, have had to be solved in order to take advantage of the "opportunities of Locke," that is, the construction of open and rule-based relations.
At the heart of the Westphalian project is the notion of state sovereignty and great-power relations. The original principles of the Westphalian system -- sovereignty, territorial integrity, and nonintervention -- reflected an emerging consensus that states were the rightful political units for the establishment of legitimate rule. Founded in western Europe, the Westphalian system has expanded outward to encompass the entire globe. New norms and principles -- such as self-determination and mutual recognition among sovereign states -- have evolved within it, further reinforcing the primacy of states and state authority. Under the banners of sovereignty and self-determination, political movements for decolonization and independence were set in motion in the non-Western developing world, coming to fruition in the decades after World War II. Westphalian norms have been violated and ignored, but they have, nonetheless, been the most salient and agreed-on parts of the international order.
A succession of postwar settlements -- Vienna in 1815, Versailles in 1919, Yalta and Potsdam in 1945, and the U.S., Soviet, and European negotiations that ended the Cold War and reunified Germany in the early 1990s -- allowed the great powers to update the principles and practices of their relations. Through war and settlement, the great powers learned how to operate within a multipolar balance-of-power system. Over time, the order has remained a decentralized system in which major states compete and balance against one another. But it has also evolved. The great powers have developed principles and practices of restraint and accommodation that have served their interests. The Congress of Vienna in 1815, where post-Napoleonic France was returned to the great-power club and a congress system was established to manage conflicts, and the UN Security Council today, which has provided a site for great-power consultations, are emblematic of these efforts to create rules and mechanisms that reinforce restraint and accommodation.
The project of constructing a liberal order built on this evolving system of Westphalian relations. In the nineteenth century, liberal internationalism was manifest in the United Kingdom's championing of free trade and the freedom of the seas, but it was limited and coexisted with imperialism and colonialism. In the twentieth century, the United States advanced the liberal order in several phases. After World War I, President Woodrow Wilson and other liberals pushed for an international order organized around a global collective-security body, the League of Nations, in which states would act together to uphold a system of territorial peace. Open trade, national self-determination, and a belief in progressive global change also undergirded the Wilsonian worldview -- a "one world" vision of nation-states that would trade and interact in a multilateral system of laws. But in the interwar period of closed economic systems and imperial blocs, this experiment in liberal order collapsed.
After World War II, President Franklin Roosevelt's administration tried to construct a liberal order again, embracing a vision of an open trading system and a global organization in which the great powers would cooperate to keep the peace -- the United Nations. Drawing lessons from Wilson's failure and incorporating ideas from the New Deal, American architects of the postwar order also advanced more ambitious ideas about economic and political cooperation, which were embodied in the Bretton Woods institutions. This vision was originally global in spirit and scope, but it evolved into a more American-led and Western-centered system as a result of the weakness of postwar Europe and rising tensions with the Soviet Union. As the Cold War unfolded, the United States took command of the system, adopting new commitments and functional roles in both security and economics. Its own economic and political system became, in effect, the central component of the larger liberal hegemonic order.
Another development of liberal internationalism was quietly launched after World War II, although it took root more slowly and competed with aspects of the Westphalian system. This was the elaboration of the universal rights of man, enshrined in the UN and its Universal Declaration of Human Rights. A steady stream of conventions and treaties followed that together constitute an extraordinary vision of rights, individuals, sovereignty, and global order. In the decades since the end of the Cold War, notions of "the responsibility to protect" have given the international community legal rights and obligations to intervene in the affairs of sovereign states.
Seen in this light, the modern international order is not really American or Western -- even if, for historical reasons, it initially appeared that way. It is something much wider. In the decades after World War II, the United States stepped forward as the hegemonic leader, taking on the privileges and responsibilities of organizing and running the system. It presided over a far-flung international order organized around multilateral institutions, alliances, special relationships, and client states -- a hierarchical order with liberal characteristics.
But now, as this hegemonic organization of the liberal international order starts to change, the hierarchical aspects are fading while the liberal aspects persist. So even as China and other rising states try to contest U.S. leadership -- and there is indeed a struggle over the rights, privileges, and responsibilities of the leading states within the system -- the deeper international order remains intact. Rising powers are finding incentives and opportunities to engage and integrate into this order, doing so to advance their own interests. For these states, the road to modernity runs through -- not away from -- the existing international order.
JOINING THE CLUB
The liberal international order is not just a collection of liberal democratic states but an international mutual-aid society -- a sort of global political club that provides members with tools for economic and political advancement. Participants in the order gain trading opportunities, dispute-resolution mechanisms, frameworks for collective action, regulatory agreements, allied security guarantees, and resources in times of crisis. And just as there are a variety of reasons why rising states will embrace the liberal international order, there are powerful obstacles to opponents who would seek to overturn it.
To begin with, rising states have deep interests in an open and rule-based system. Openness gives them access to other societies -- for trade, investment, and knowledge sharing. Without the unrestricted investment from the United States and Europe of the past several decades, for instance, China and the other rising states would be on a much slower developmental path. As these countries grow, they will encounter protectionist and discriminatory reactions from slower-growing countries threatened with the loss of jobs and markets. As a result, the rising states will find the rules and institutions that uphold nondiscrimination and equal access to be critical. The World Trade Organization -- the most formal and developed institution of the liberal international order -- enshrines these rules and norms, and rising states have been eager to join the WTO and gain the rights and protections it affords. China is already deeply enmeshed in the global trading system, with a remarkable 40 percent of its GNP composed of exports -- 25 percent of which go to the United States.
China could be drawn further into the liberal order through its desire to have the yuan become an international currency rivaling the U.S. dollar. Aside from conferring prestige, this feat could also stabilize China's exchange rate and grant Chinese leaders autonomy in setting macroeconomic policy. But if China wants to make the yuan a global currency, it will need to loosen its currency controls and strengthen its domestic financial rules and institutions. As Barry Eichengreen and other economic historians have noted, the U.S. dollar assumed its international role after World War II not only because the U.S. economy was large but also because the United States had highly developed financial markets and domestic institutions -- economic and political -- that were stable, open, and grounded in the rule of law. China will feel pressures to establish these same institutional preconditions if it wants the benefits of a global currency.
Internationalist-oriented elites in Brazil, China, India, and elsewhere are growing in influence within their societies, creating an expanding global constituency for an open and rule-based international order. These elites were not party to the grand bargains that lay behind the founding of the liberal order in the early postwar decades, and they are seeking to renegotiate their countries' positions within the system. But they are nonetheless embracing the rules and institutions of the old order. They want the protections and rights that come from the international order's Westphalian defense of sovereignty. They care about great-power authority. They want the protections and rights relating to trade and investment. And they want to use the rules and institutions of liberal internationalism as platforms to project their influence and acquire legitimacy at home and abroad. The UN Security Council, the G-20, the governing bodies of the Bretton Woods institutions -- these are all stages on which rising non-Western states can acquire great-power authority and exercise global leadership.
NO OTHER ORDER
Meanwhile, there is no competing global organizing logic to liberal internationalism. An alternative, illiberal order -- a "Beijing model" -- would presumably be organized around exclusive blocs, spheres of influence, and mercantilist networks. It would be less open and rule-based, and it would be dominated by an array of state-to-state ties. But on a global scale, such a system would not advance the interests of any of the major states, including China. The Beijing model only works when one or a few states opportunistically exploit an open system of markets. But if everyone does, it is no longer an open system but a fragmented, mercantilist, and protectionist complex -- and everyone suffers.
It is possible that China could nonetheless move in this direction. This is a future in which China is not a full-blown illiberal hegemon that reorganizes the global rules and institutions. It is simply a spoiler. It attempts to operate both inside and outside the liberal international order. In this case, China would be successful enough with its authoritarian model of development to resist the pressures to liberalize and democratize. But if the rest of the world does not gravitate toward this model, China will find itself subjected to pressure to play by the rules. This dynamic was on display in February 2011, when Brazilian President Dilma Rousseff joined U.S. Treasury Secretary Timothy Geithner in expressing concern over China's currency policy. China can free-ride on the liberal international order, but it will pay the costs of doing so -- and it will still not be able to impose its illiberal vision on the world.
In the background, meanwhile, democracy and the rule of law are still the hallmarks of modernity and the global standard for legitimate governance. Although it is true that the spread of democracy has stalled in recent years and that authoritarian China has performed well in the recent economic crisis, there is little evidence that authoritarian states can become truly advanced societies without moving in a liberal democratic direction. The legitimacy of one-party rule within China rests more on the state's ability to deliver economic growth and full employment than on authoritarian -- let alone communist -- political principles. Kishore Mahbubani, a Singaporean intellectual who has championed China's rise, admits that "China cannot succeed in its goal of becoming a modern developed society until it can take the leap and allow the Chinese people to choose their own rulers." No one knows how far or fast democratic reforms will unfold in China, but a growing middle class, business elites, and human rights groups will exert pressure for them. The Chinese government certainly appears to worry about the long-term preservation of one-party rule, and in the wake of the ongoing revolts against Arab authoritarian regimes, it has tried harder to prevent student gatherings and control foreign journalists.
Outside China, democracy has become a near-universal ideal. As the economist Amartya Sen has noted, "While democracy is not yet universally practiced, nor indeed universally accepted, in the general climate of world opinion democratic governance has achieved the status of being taken to be generally right." All the leading institutions of the global system enshrine democracy as the proper and just form of governance -- and no competing political ideals even lurk on the sidelines.
The recent global economic downturn was the first great postwar economic upheaval that emerged from the United States, raising doubts about an American-led world economy and Washington's particular brand of economics. The doctrines of neoliberalism and market fundamentalism have been discredited, particularly among the emerging economies. But liberal internationalism is not the same as neoliberalism or market fundamentalism. The liberal internationalism that the United States articulated in the 1940s entailed a more holistic set of ideas about markets, openness, and social stability. It was an attempt to construct an open world economy and reconcile it with social welfare and employment stability. Sustained domestic support for openness, postwar leaders knew, would be possible only if countries also established social protections and regulations that safeguarded economic stability.
Indeed, the notions of national security and economic security emerged together in the 1940s, reflecting New Deal and World War II thinking about how liberal democracies would be rendered safe and stable. The Atlantic Charter, announced by Roosevelt and Winston Churchill in 1941, and the Bretton Woods agreements of 1944 were early efforts to articulate a vision of economic openness and social stability. The United States would do well to try to reach back and rearticulate this view. The world is not rejecting openness and markets; it is asking for a more expansive notion of stability and economic security.
REASON FOR REASSURANCE
Rising powers will discover another reason to embrace the existing global rules and institutions: doing so will reassure their neighbors as they grow more powerful. A stronger China will make neighboring states potentially less secure, especially if it acts aggressively and exhibits revisionist ambitions. Since this will trigger a balancing backlash, Beijing has incentives to signal restraint. It will find ways to do so by participating in various regional and global institutions. If China hopes to convince its neighbors that it has embarked on a "peaceful rise," it will need to become more integrated into the international order.
China has already experienced a taste of such a backlash. Last year, its military made a series of provocative moves -- including naval exercises -- in the South China Sea, actions taken to support the government's claims to sovereign rights over contested islands and waters. Many of the countries disputing China's claims joined with the United States at the Regional Forum of the Association of Southeast Asian Nations (ASEAN) in July to reject Chinese bullying and reaffirm open access to Asia's waters and respect for international law. In September, a Chinese fishing trawler operating near islands administered by Japan in the East China Sea rammed into two Japanese coast guard ships. After Japanese authorities detained the trawler's crew, China responded with what one Japanese journalist described as a "diplomatic 'shock and awe' campaign," suspending ministerial-level contacts, demanding an apology, detaining several Japanese workers in China, and instituting a de facto ban on exports of rare-earth minerals to Japan. These actions -- seen as manifestations of a more bellicose and aggressive foreign policy -- pushed ASEAN, Japan, and South Korea perceptibly closer to the United States.
As China's economic and military power grow, its neighbors will only become more worried about Chinese aggressiveness, and so Beijing will have reason to allay their fears. Of course, it might be that some elites in China are not interested in practicing restraint. But to the extent that China is interested in doing so, it will find itself needing to signal peaceful intentions -- redoubling its participation in existing institutions, such as the ASEAN Regional Forum and the East Asia Summit, or working with the other great powers in the region to build new ones. This is, of course, precisely what the United States did in the decades after World War II. The country operated within layers of regional and global economic, political, and security institutions and constructed new ones -- thereby making itself more predictable and approachable and reducing the incentives for other states to undermine it by building countervailing coalitions.
More generally, given the emerging problems of the twenty-first century, there will be growing incentives among all the great powers to embrace an open, rule-based international system. In a world of rising economic and security interdependence, the costs of not following multilateral rules and not forging cooperative ties go up. As the global economic system becomes more interdependent, all states -- even large, powerful ones -- will find it harder to ensure prosperity on their own.
Growing interdependence in the realm of security is also creating a demand for multilateral rules and institutions. Both the established and the rising great powers are threatened less by mass armies marching across borders than by transnational dangers, such as terrorism, climate change, and pandemic disease. What goes on in one country -- radicalism, carbon emissions, or public health failures -- can increasingly harm another country.
Intensifying economic and security interdependence are giving the United States and other powerful countries reason to seek new and more extensive forms of multilateral cooperation. Even now, as the United States engages China and other rising states, the agenda includes expanded cooperation in areas such as clean energy, environmental protection, nonproliferation, and global economic governance. The old and rising powers may disagree on how exactly this cooperation should proceed, but they all have reasons to avoid a breakdown in the multilateral order itself. So they will increasingly experiment with new and more extensive forms of liberal internationalism.
TIME FOR RENEWAL
Pronouncements of American decline miss the real transformation under way today. What is occurring is not American decline but a dynamic process in which other states are catching up and growing more connected. In an open and rule-based international order, this is what happens. If the architects of the postwar liberal order were alive to see today's system, they would think that their vision had succeeded beyond their wildest dreams. Markets and democracy have spread. Societies outside the West are trading and growing. The United States has more alliance partners today than it did during the Cold War. Rival hegemonic states with revisionist and illiberal agendas have been pushed off the global stage. It is difficult to read these world-historical developments as a story of American decline and liberal unraveling.
In a way, however, the liberal international order has sown the seeds of its own discontent, since, paradoxically, the challenges facing it now -- the rise of non-Western states and new transnational threats -- are artifacts of its success. But the solutions to these problems -- integrating rising powers and tackling problems cooperatively -- will lead the order's old guardians and new stakeholders to an agenda of renewal. The coming divide in world politics will not be between the United States (and the West) and the non-Western rising states. Rather, the struggle will be between those who want to renew and expand today's system of multilateral governance arrangements and those who want to move to a less cooperative order built on spheres of influence. These fault lines do not map onto geography, nor do they split the West and the non-West. There are passionate champions of the UN, the WTO, and a rule-based international order in Asia, and there are isolationist, protectionist, and anti-internationalist factions in the West.
The liberal international order has succeeded over the decades because its rules and institutions have not just enshrined open trade and free markets but also provided tools for governments to manage economic and security interdependence. The agenda for the renewal of the liberal international order should be driven by this same imperative: to reinforce the capacities of national governments to govern and achieve their economic and security goals.
As the hegemonic organization of the liberal international order slowly gives way, more states will have authority and status. But this will still be a world that the United States wants to inhabit. A wider array of states will share the burdens of global economic and political governance, and with its worldwide system of alliances, the United States will remain at the center of the global system. Rising states do not just grow more powerful on the global stage; they grow more powerful within their regions, and this creates its own set of worries and insecurities -- which is why states will continue to look to Washington for security and partnership. In this new age of international order, the United States will not be able to rule. But it can still lead.
Fonte : Foreign Affairs
The Future of the Liberal World Order
Internationalism After America By G. John Ikenberry
May/June 2011
Article Summary and Author Biography
As the United States' relative power declines, will the open and rule-based liberal international order Washington has championed since the 1940s start to erode? Probably not. That order is alive and well. China and other emerging powers will not seek to undermine the system; instead, they will try to gain more leadership within it.
G. JOHN IKENBERRY is Albert G. Milbank Professor of Politics and International Affairs at Princeton University and the author of Liberal Leviathan: The Origins, Crisis, and Transformation of the American World Order (Princeton University Press, 2011), from which this essay is adapted.
There is no longer any question: wealth and power are moving from the North and the West to the East and the South, and the old order dominated by the United States and Europe is giving way to one increasingly shared with non-Western rising states. But if the great wheel of power is turning, what kind of global political order will emerge in the aftermath?
Some anxious observers argue that the world will not just look less American -- it will also look less liberal. Not only is the United States' preeminence passing away, they say, but so, too, is the open and rule-based international order that the country has championed since the 1940s. In this view, newly powerful states are beginning to advance their own ideas and agendas for global order, and a weakened United States will find it harder to defend the old system. The hallmarks of liberal internationalism -- openness and rule-based relations enshrined in institutions such as the United Nations and norms such as multilateralism -- could give way to a more contested and fragmented system of blocs, spheres of influence, mercantilist networks, and regional rivalries.
The fact that today's rising states are mostly large non-Western developing countries gives force to this narrative. The old liberal international order was designed and built in the West. Brazil, China, India, and other fast-emerging states have a different set of cultural, political, and economic experiences, and they see the world through their anti-imperial and anticolonial pasts. Still grappling with basic problems of development, they do not share the concerns of the advanced capitalist societies. The recent global economic slowdown has also bolstered this narrative of liberal international decline. Beginning in the United States, the crisis has tarnished the American model of liberal capitalism and raised new doubts about the ability of the United States to act as the global economic leader.
For all these reasons, many observers have concluded that world politics is experiencing not just a changing of the guard but also a transition in the ideas and principles that underlie the global order. The journalist Gideon Rachman, for example, says that a cluster of liberal internationalist ideas -- such as faith in democratization, confidence in free markets, and the acceptability of U.S. military power -- are all being called into question. According to this worldview, the future of international order will be shaped above all by China, which will use its growing power and wealth to push world politics in an illiberal direction. Pointing out that China and other non-Western states have weathered the recent financial crisis better than their Western counterparts, pessimists argue that an authoritarian capitalist alternative to Western neoliberal ideas has already emerged. According to the scholar Stefan Halper, emerging-market states "are learning to combine market economics with traditional autocratic or semiautocratic politics in a process that signals an intellectual rejection of the Western economic model."
But this panicked narrative misses a deeper reality: although the United States' position in the global system is changing, the liberal international order is alive and well. The struggle over international order today is not about fundamental principles. China and other emerging great powers do not want to contest the basic rules and principles of the liberal international order; they wish to gain more authority and leadership within it.Indeed, today's power transition represents not the defeat of the liberal order but its ultimate ascendance. Brazil, China, and India have all become more prosperous and capable by operating inside the existing international order -- benefiting from its rules, practices, and institutions, including the World Trade Organization (WTO) and the newly organized G-20. Their economic success and growing influence are tied to the liberal internationalist organization of world politics, and they have deep interests in preserving that system.
In the meantime, alternatives to an open and rule-based order have yet to crystallize. Even though the last decade has brought remarkable upheavals in the global system -- the emergence of new powers, bitter disputes among Western allies over the United States' unipolar ambitions, and a global financial crisis and recession -- the liberal international order has no competitors. On the contrary, the rise of non-Western powers and the growth of economic and security interdependence are creating new constituencies for it.
To be sure, as wealth and power become less concentrated in the United States' hands, the country will be less able to shape world politics. But the underlying foundations of the liberal international order will survive and thrive. Indeed, now may be the best time for the United States and its democratic partners to update the liberal order for a new era, ensuring that it continues to provide the benefits of security and prosperity that it has provided since the middle of the twentieth century.
THE LIBERAL ASCENDANCY
China and the other emerging powers do not face simply an American-led order or a Western system. They face a broader international order that is the product of centuries of struggle and innovation. It is highly developed, expansive, integrated, institutionalized, and deeply rooted in the societies and economies of both advanced capitalist states and developing states. And over the last half century, this order has been unusually capable of assimilating rising powers and reconciling political and cultural diversity.
Today's international order is the product of two order-building projects that began centuries ago. One is the creation and expansion of the modern state system, a project dating back to the Peace of Westphalia in 1648. In the years since then, the project has promulgated rules and principles associated with state sovereignty and norms of great-power conduct. The other project is the construction of the liberal order, which over the last two centuries was led by the United Kingdom and the United States and which in the twentieth century was aided by the rise of liberal democratic states. The two projects have worked together. The Westphalian project has focused on solving the "realist" problems of creating stable and cooperative interstate relations under conditions of anarchy, and the liberal-order-building project has been possible only when relations between the great powers have been stabilized. The "problems of Hobbes," that is, anarchy and power insecurities, have had to be solved in order to take advantage of the "opportunities of Locke," that is, the construction of open and rule-based relations.
At the heart of the Westphalian project is the notion of state sovereignty and great-power relations. The original principles of the Westphalian system -- sovereignty, territorial integrity, and nonintervention -- reflected an emerging consensus that states were the rightful political units for the establishment of legitimate rule. Founded in western Europe, the Westphalian system has expanded outward to encompass the entire globe. New norms and principles -- such as self-determination and mutual recognition among sovereign states -- have evolved within it, further reinforcing the primacy of states and state authority. Under the banners of sovereignty and self-determination, political movements for decolonization and independence were set in motion in the non-Western developing world, coming to fruition in the decades after World War II. Westphalian norms have been violated and ignored, but they have, nonetheless, been the most salient and agreed-on parts of the international order.
A succession of postwar settlements -- Vienna in 1815, Versailles in 1919, Yalta and Potsdam in 1945, and the U.S., Soviet, and European negotiations that ended the Cold War and reunified Germany in the early 1990s -- allowed the great powers to update the principles and practices of their relations. Through war and settlement, the great powers learned how to operate within a multipolar balance-of-power system. Over time, the order has remained a decentralized system in which major states compete and balance against one another. But it has also evolved. The great powers have developed principles and practices of restraint and accommodation that have served their interests. The Congress of Vienna in 1815, where post-Napoleonic France was returned to the great-power club and a congress system was established to manage conflicts, and the UN Security Council today, which has provided a site for great-power consultations, are emblematic of these efforts to create rules and mechanisms that reinforce restraint and accommodation.
The project of constructing a liberal order built on this evolving system of Westphalian relations. In the nineteenth century, liberal internationalism was manifest in the United Kingdom's championing of free trade and the freedom of the seas, but it was limited and coexisted with imperialism and colonialism. In the twentieth century, the United States advanced the liberal order in several phases. After World War I, President Woodrow Wilson and other liberals pushed for an international order organized around a global collective-security body, the League of Nations, in which states would act together to uphold a system of territorial peace. Open trade, national self-determination, and a belief in progressive global change also undergirded the Wilsonian worldview -- a "one world" vision of nation-states that would trade and interact in a multilateral system of laws. But in the interwar period of closed economic systems and imperial blocs, this experiment in liberal order collapsed.
After World War II, President Franklin Roosevelt's administration tried to construct a liberal order again, embracing a vision of an open trading system and a global organization in which the great powers would cooperate to keep the peace -- the United Nations. Drawing lessons from Wilson's failure and incorporating ideas from the New Deal, American architects of the postwar order also advanced more ambitious ideas about economic and political cooperation, which were embodied in the Bretton Woods institutions. This vision was originally global in spirit and scope, but it evolved into a more American-led and Western-centered system as a result of the weakness of postwar Europe and rising tensions with the Soviet Union. As the Cold War unfolded, the United States took command of the system, adopting new commitments and functional roles in both security and economics. Its own economic and political system became, in effect, the central component of the larger liberal hegemonic order.
Another development of liberal internationalism was quietly launched after World War II, although it took root more slowly and competed with aspects of the Westphalian system. This was the elaboration of the universal rights of man, enshrined in the UN and its Universal Declaration of Human Rights. A steady stream of conventions and treaties followed that together constitute an extraordinary vision of rights, individuals, sovereignty, and global order. In the decades since the end of the Cold War, notions of "the responsibility to protect" have given the international community legal rights and obligations to intervene in the affairs of sovereign states.
Seen in this light, the modern international order is not really American or Western -- even if, for historical reasons, it initially appeared that way. It is something much wider. In the decades after World War II, the United States stepped forward as the hegemonic leader, taking on the privileges and responsibilities of organizing and running the system. It presided over a far-flung international order organized around multilateral institutions, alliances, special relationships, and client states -- a hierarchical order with liberal characteristics.
But now, as this hegemonic organization of the liberal international order starts to change, the hierarchical aspects are fading while the liberal aspects persist. So even as China and other rising states try to contest U.S. leadership -- and there is indeed a struggle over the rights, privileges, and responsibilities of the leading states within the system -- the deeper international order remains intact. Rising powers are finding incentives and opportunities to engage and integrate into this order, doing so to advance their own interests. For these states, the road to modernity runs through -- not away from -- the existing international order.
JOINING THE CLUB
The liberal international order is not just a collection of liberal democratic states but an international mutual-aid society -- a sort of global political club that provides members with tools for economic and political advancement. Participants in the order gain trading opportunities, dispute-resolution mechanisms, frameworks for collective action, regulatory agreements, allied security guarantees, and resources in times of crisis. And just as there are a variety of reasons why rising states will embrace the liberal international order, there are powerful obstacles to opponents who would seek to overturn it.
To begin with, rising states have deep interests in an open and rule-based system. Openness gives them access to other societies -- for trade, investment, and knowledge sharing. Without the unrestricted investment from the United States and Europe of the past several decades, for instance, China and the other rising states would be on a much slower developmental path. As these countries grow, they will encounter protectionist and discriminatory reactions from slower-growing countries threatened with the loss of jobs and markets. As a result, the rising states will find the rules and institutions that uphold nondiscrimination and equal access to be critical. The World Trade Organization -- the most formal and developed institution of the liberal international order -- enshrines these rules and norms, and rising states have been eager to join the WTO and gain the rights and protections it affords. China is already deeply enmeshed in the global trading system, with a remarkable 40 percent of its GNP composed of exports -- 25 percent of which go to the United States.
China could be drawn further into the liberal order through its desire to have the yuan become an international currency rivaling the U.S. dollar. Aside from conferring prestige, this feat could also stabilize China's exchange rate and grant Chinese leaders autonomy in setting macroeconomic policy. But if China wants to make the yuan a global currency, it will need to loosen its currency controls and strengthen its domestic financial rules and institutions. As Barry Eichengreen and other economic historians have noted, the U.S. dollar assumed its international role after World War II not only because the U.S. economy was large but also because the United States had highly developed financial markets and domestic institutions -- economic and political -- that were stable, open, and grounded in the rule of law. China will feel pressures to establish these same institutional preconditions if it wants the benefits of a global currency.
Internationalist-oriented elites in Brazil, China, India, and elsewhere are growing in influence within their societies, creating an expanding global constituency for an open and rule-based international order. These elites were not party to the grand bargains that lay behind the founding of the liberal order in the early postwar decades, and they are seeking to renegotiate their countries' positions within the system. But they are nonetheless embracing the rules and institutions of the old order. They want the protections and rights that come from the international order's Westphalian defense of sovereignty. They care about great-power authority. They want the protections and rights relating to trade and investment. And they want to use the rules and institutions of liberal internationalism as platforms to project their influence and acquire legitimacy at home and abroad. The UN Security Council, the G-20, the governing bodies of the Bretton Woods institutions -- these are all stages on which rising non-Western states can acquire great-power authority and exercise global leadership.
NO OTHER ORDER
Meanwhile, there is no competing global organizing logic to liberal internationalism. An alternative, illiberal order -- a "Beijing model" -- would presumably be organized around exclusive blocs, spheres of influence, and mercantilist networks. It would be less open and rule-based, and it would be dominated by an array of state-to-state ties. But on a global scale, such a system would not advance the interests of any of the major states, including China. The Beijing model only works when one or a few states opportunistically exploit an open system of markets. But if everyone does, it is no longer an open system but a fragmented, mercantilist, and protectionist complex -- and everyone suffers.
It is possible that China could nonetheless move in this direction. This is a future in which China is not a full-blown illiberal hegemon that reorganizes the global rules and institutions. It is simply a spoiler. It attempts to operate both inside and outside the liberal international order. In this case, China would be successful enough with its authoritarian model of development to resist the pressures to liberalize and democratize. But if the rest of the world does not gravitate toward this model, China will find itself subjected to pressure to play by the rules. This dynamic was on display in February 2011, when Brazilian President Dilma Rousseff joined U.S. Treasury Secretary Timothy Geithner in expressing concern over China's currency policy. China can free-ride on the liberal international order, but it will pay the costs of doing so -- and it will still not be able to impose its illiberal vision on the world.
In the background, meanwhile, democracy and the rule of law are still the hallmarks of modernity and the global standard for legitimate governance. Although it is true that the spread of democracy has stalled in recent years and that authoritarian China has performed well in the recent economic crisis, there is little evidence that authoritarian states can become truly advanced societies without moving in a liberal democratic direction. The legitimacy of one-party rule within China rests more on the state's ability to deliver economic growth and full employment than on authoritarian -- let alone communist -- political principles. Kishore Mahbubani, a Singaporean intellectual who has championed China's rise, admits that "China cannot succeed in its goal of becoming a modern developed society until it can take the leap and allow the Chinese people to choose their own rulers." No one knows how far or fast democratic reforms will unfold in China, but a growing middle class, business elites, and human rights groups will exert pressure for them. The Chinese government certainly appears to worry about the long-term preservation of one-party rule, and in the wake of the ongoing revolts against Arab authoritarian regimes, it has tried harder to prevent student gatherings and control foreign journalists.
Outside China, democracy has become a near-universal ideal. As the economist Amartya Sen has noted, "While democracy is not yet universally practiced, nor indeed universally accepted, in the general climate of world opinion democratic governance has achieved the status of being taken to be generally right." All the leading institutions of the global system enshrine democracy as the proper and just form of governance -- and no competing political ideals even lurk on the sidelines.
The recent global economic downturn was the first great postwar economic upheaval that emerged from the United States, raising doubts about an American-led world economy and Washington's particular brand of economics. The doctrines of neoliberalism and market fundamentalism have been discredited, particularly among the emerging economies. But liberal internationalism is not the same as neoliberalism or market fundamentalism. The liberal internationalism that the United States articulated in the 1940s entailed a more holistic set of ideas about markets, openness, and social stability. It was an attempt to construct an open world economy and reconcile it with social welfare and employment stability. Sustained domestic support for openness, postwar leaders knew, would be possible only if countries also established social protections and regulations that safeguarded economic stability.
Indeed, the notions of national security and economic security emerged together in the 1940s, reflecting New Deal and World War II thinking about how liberal democracies would be rendered safe and stable. The Atlantic Charter, announced by Roosevelt and Winston Churchill in 1941, and the Bretton Woods agreements of 1944 were early efforts to articulate a vision of economic openness and social stability. The United States would do well to try to reach back and rearticulate this view. The world is not rejecting openness and markets; it is asking for a more expansive notion of stability and economic security.
REASON FOR REASSURANCE
Rising powers will discover another reason to embrace the existing global rules and institutions: doing so will reassure their neighbors as they grow more powerful. A stronger China will make neighboring states potentially less secure, especially if it acts aggressively and exhibits revisionist ambitions. Since this will trigger a balancing backlash, Beijing has incentives to signal restraint. It will find ways to do so by participating in various regional and global institutions. If China hopes to convince its neighbors that it has embarked on a "peaceful rise," it will need to become more integrated into the international order.
China has already experienced a taste of such a backlash. Last year, its military made a series of provocative moves -- including naval exercises -- in the South China Sea, actions taken to support the government's claims to sovereign rights over contested islands and waters. Many of the countries disputing China's claims joined with the United States at the Regional Forum of the Association of Southeast Asian Nations (ASEAN) in July to reject Chinese bullying and reaffirm open access to Asia's waters and respect for international law. In September, a Chinese fishing trawler operating near islands administered by Japan in the East China Sea rammed into two Japanese coast guard ships. After Japanese authorities detained the trawler's crew, China responded with what one Japanese journalist described as a "diplomatic 'shock and awe' campaign," suspending ministerial-level contacts, demanding an apology, detaining several Japanese workers in China, and instituting a de facto ban on exports of rare-earth minerals to Japan. These actions -- seen as manifestations of a more bellicose and aggressive foreign policy -- pushed ASEAN, Japan, and South Korea perceptibly closer to the United States.
As China's economic and military power grow, its neighbors will only become more worried about Chinese aggressiveness, and so Beijing will have reason to allay their fears. Of course, it might be that some elites in China are not interested in practicing restraint. But to the extent that China is interested in doing so, it will find itself needing to signal peaceful intentions -- redoubling its participation in existing institutions, such as the ASEAN Regional Forum and the East Asia Summit, or working with the other great powers in the region to build new ones. This is, of course, precisely what the United States did in the decades after World War II. The country operated within layers of regional and global economic, political, and security institutions and constructed new ones -- thereby making itself more predictable and approachable and reducing the incentives for other states to undermine it by building countervailing coalitions.
More generally, given the emerging problems of the twenty-first century, there will be growing incentives among all the great powers to embrace an open, rule-based international system. In a world of rising economic and security interdependence, the costs of not following multilateral rules and not forging cooperative ties go up. As the global economic system becomes more interdependent, all states -- even large, powerful ones -- will find it harder to ensure prosperity on their own.
Growing interdependence in the realm of security is also creating a demand for multilateral rules and institutions. Both the established and the rising great powers are threatened less by mass armies marching across borders than by transnational dangers, such as terrorism, climate change, and pandemic disease. What goes on in one country -- radicalism, carbon emissions, or public health failures -- can increasingly harm another country.
Intensifying economic and security interdependence are giving the United States and other powerful countries reason to seek new and more extensive forms of multilateral cooperation. Even now, as the United States engages China and other rising states, the agenda includes expanded cooperation in areas such as clean energy, environmental protection, nonproliferation, and global economic governance. The old and rising powers may disagree on how exactly this cooperation should proceed, but they all have reasons to avoid a breakdown in the multilateral order itself. So they will increasingly experiment with new and more extensive forms of liberal internationalism.
TIME FOR RENEWAL
Pronouncements of American decline miss the real transformation under way today. What is occurring is not American decline but a dynamic process in which other states are catching up and growing more connected. In an open and rule-based international order, this is what happens. If the architects of the postwar liberal order were alive to see today's system, they would think that their vision had succeeded beyond their wildest dreams. Markets and democracy have spread. Societies outside the West are trading and growing. The United States has more alliance partners today than it did during the Cold War. Rival hegemonic states with revisionist and illiberal agendas have been pushed off the global stage. It is difficult to read these world-historical developments as a story of American decline and liberal unraveling.
In a way, however, the liberal international order has sown the seeds of its own discontent, since, paradoxically, the challenges facing it now -- the rise of non-Western states and new transnational threats -- are artifacts of its success. But the solutions to these problems -- integrating rising powers and tackling problems cooperatively -- will lead the order's old guardians and new stakeholders to an agenda of renewal. The coming divide in world politics will not be between the United States (and the West) and the non-Western rising states. Rather, the struggle will be between those who want to renew and expand today's system of multilateral governance arrangements and those who want to move to a less cooperative order built on spheres of influence. These fault lines do not map onto geography, nor do they split the West and the non-West. There are passionate champions of the UN, the WTO, and a rule-based international order in Asia, and there are isolationist, protectionist, and anti-internationalist factions in the West.
The liberal international order has succeeded over the decades because its rules and institutions have not just enshrined open trade and free markets but also provided tools for governments to manage economic and security interdependence. The agenda for the renewal of the liberal international order should be driven by this same imperative: to reinforce the capacities of national governments to govern and achieve their economic and security goals.
As the hegemonic organization of the liberal international order slowly gives way, more states will have authority and status. But this will still be a world that the United States wants to inhabit. A wider array of states will share the burdens of global economic and political governance, and with its worldwide system of alliances, the United States will remain at the center of the global system. Rising states do not just grow more powerful on the global stage; they grow more powerful within their regions, and this creates its own set of worries and insecurities -- which is why states will continue to look to Washington for security and partnership. In this new age of international order, the United States will not be able to rule. But it can still lead.
Fonte : Foreign Affairs
segunda-feira, 9 de maio de 2011
NADA DE NOVO NO FRONT
(um trecho)
Estamos no outono. Dos veteranos, já não há muitos. Sou o último dos sete colegas de turma que vieram para cá.
Todos falam de paz e armistício. Todos esperam. Se for outra decepção, eles vão se desmoronar. As esperanças são muito fortes; é impossível destruí-las sem uma reação brutal. Se não houver paz, então haverá revolução.
Tenho catorze dias de licença, porque engoli um pouco de gás. Num pequeno jardim, fico sentado o dia inteiro ao sol. O armistício virá e breve, até eu já acredito agora. Então iremos para casa.
Neste ponto meus pensamentos param e não vão mais adiante. O que me atrai e me arrasta são os sentimentos. É a ânsia de viver, é a nostalgia da terra natal, é o sangue, é a embriaguez da salvação. Mas não são objetivos.
Se tivéssemos voltado em 1916, do nosso sofrimento e da força de nossa experiência poderíamos ter desencadeado uma tempestade. Mas se voltarmos agora estaremos cansados, quebrados, deprimidos, vazios, sem raízes e sem esperanças. Não conseguiremos mais achar o caminho.
E as pessoas não nos compreenderão, pois antes da nossa cresceu uma geração que, sem dúvida, passou estes anos aqui junto a nós, mas que já tinha um lar e uma profissão, e que agora voltará para suas antigas colocações e esquecerá a guerra... e depois de nós crescerá uma geração semelhante à que fomos em outros tempos, que nos será estranha e nos deixará de lado. Seremos inúteis até para nós mesmos. Envelheceremos, alguns se adaptarão, outros simplesmente se resignarão e a maioria ficará desorientada: os anos passarão e, por fim, pereceremos todos.
Mas talvez tudo que penso seja apenas melancolia e desalento que desaparecerão quando estiver de novo sob os choupos e ouvir novamente o murmúrio das suas folhas. É impossível que já não existam a doçura que fazia nosso sangue se agitar, a incerteza, o futuro com suas mil faces, a melodia dos sonhos e dos livros, os sussurros e os pressentimentos das mulheres. Tudo isso não pode ter desaparecido nos bombardeios, no desespero e nos bordéis. Aqui as árvores brilham, alegres e douradas, os frutos das sorveiras têm matizes avermelhados por entre a folhagem; as estradas correm brancas para o horizonte, os rumores de paz fazem as cantinas zumbirem como colmeias.
Levanto-me.
Estou muito tranqüilo. Que venham os meses e os anos, não conseguirão tirar mais nada de mim, não podem me tirar mais nada. Estou tão só e sem esperança que posso enfrentá-los sem medo. A vida, que me arrastou por todos estes anos, eu ainda a tenho nas mãos e nos olhos. Se a venci, não sei. Mas enquanto existir dentro de mim - queira ou não esta força que em mim reside e que se chama eu -, ela procurará seu próprio caminho.
Tombou morto em outubro de 1918, num dia tão tranqüilo em toda a linha de frente que o comunicado se limitou a uma frase: "Nada de novo no front".
Caiu de bruços e ficou estendido, como se estivesse dormindo. Quando alguém o virou, viu-se que ele não devia ter sofrido muito. Tinha no rosto uma expressão tão serena que quase parecia estar satisfeito de ter terminado assim.
Erich Maria Remarque
Estamos no outono. Dos veteranos, já não há muitos. Sou o último dos sete colegas de turma que vieram para cá.
Todos falam de paz e armistício. Todos esperam. Se for outra decepção, eles vão se desmoronar. As esperanças são muito fortes; é impossível destruí-las sem uma reação brutal. Se não houver paz, então haverá revolução.
Tenho catorze dias de licença, porque engoli um pouco de gás. Num pequeno jardim, fico sentado o dia inteiro ao sol. O armistício virá e breve, até eu já acredito agora. Então iremos para casa.
Neste ponto meus pensamentos param e não vão mais adiante. O que me atrai e me arrasta são os sentimentos. É a ânsia de viver, é a nostalgia da terra natal, é o sangue, é a embriaguez da salvação. Mas não são objetivos.
Se tivéssemos voltado em 1916, do nosso sofrimento e da força de nossa experiência poderíamos ter desencadeado uma tempestade. Mas se voltarmos agora estaremos cansados, quebrados, deprimidos, vazios, sem raízes e sem esperanças. Não conseguiremos mais achar o caminho.
E as pessoas não nos compreenderão, pois antes da nossa cresceu uma geração que, sem dúvida, passou estes anos aqui junto a nós, mas que já tinha um lar e uma profissão, e que agora voltará para suas antigas colocações e esquecerá a guerra... e depois de nós crescerá uma geração semelhante à que fomos em outros tempos, que nos será estranha e nos deixará de lado. Seremos inúteis até para nós mesmos. Envelheceremos, alguns se adaptarão, outros simplesmente se resignarão e a maioria ficará desorientada: os anos passarão e, por fim, pereceremos todos.
Mas talvez tudo que penso seja apenas melancolia e desalento que desaparecerão quando estiver de novo sob os choupos e ouvir novamente o murmúrio das suas folhas. É impossível que já não existam a doçura que fazia nosso sangue se agitar, a incerteza, o futuro com suas mil faces, a melodia dos sonhos e dos livros, os sussurros e os pressentimentos das mulheres. Tudo isso não pode ter desaparecido nos bombardeios, no desespero e nos bordéis. Aqui as árvores brilham, alegres e douradas, os frutos das sorveiras têm matizes avermelhados por entre a folhagem; as estradas correm brancas para o horizonte, os rumores de paz fazem as cantinas zumbirem como colmeias.
Levanto-me.
Estou muito tranqüilo. Que venham os meses e os anos, não conseguirão tirar mais nada de mim, não podem me tirar mais nada. Estou tão só e sem esperança que posso enfrentá-los sem medo. A vida, que me arrastou por todos estes anos, eu ainda a tenho nas mãos e nos olhos. Se a venci, não sei. Mas enquanto existir dentro de mim - queira ou não esta força que em mim reside e que se chama eu -, ela procurará seu próprio caminho.
Tombou morto em outubro de 1918, num dia tão tranqüilo em toda a linha de frente que o comunicado se limitou a uma frase: "Nada de novo no front".
Caiu de bruços e ficou estendido, como se estivesse dormindo. Quando alguém o virou, viu-se que ele não devia ter sofrido muito. Tinha no rosto uma expressão tão serena que quase parecia estar satisfeito de ter terminado assim.
Erich Maria Remarque
O MESTRE E A MARGARIDA
Um trecho:
1
Nunca falem com estranhos.
Na hora de um quente pôr do sol primaveril, surgiram dois cidadãos em Patriarchi Prudý. O primeiro, com aproximadamente quarenta anos, trajava um costume cinza de verão, era de estatura baixa, cabelos escuros, rechonchudo, careca, na mão seu respeitável chapéu Fedora. Óculos de tamanho sobrenatural de armação preta de chifre ornavam seu rosto cuidadosamente escanhoado. O segundo era um jovem de ombros largos, arruivado, hirsuto, com um boné xadrez caído na nuca, camisa de caubói, calças brancas amarrotadas e tênis pretos.
O primeiro era nada mais nada menos que Mikhail Aleksándrovitch Berlioz, editor de uma volumosa revista de arte e presidente do conselho administrativo de uma das maiores associações literárias de Moscou, abreviadamente denominada Massolit. Já seu jovem acompanhante era o poeta Ivan Nikoláievitch Ponyriov, que escrevia sob o pseudônimo de Bezdômny.
Assim que entraram na sombra das tílias verdejantes, os escritores se precipitaram para um quiosque multicolorido com a placa "Cerveja e refrescos".
Sim, convém destacar a primeira esquisitice desse terrível entardecer de maio. Não só perto do quiosque, mas também em toda a aleia paralela à rua Málaia Brônnaia, não havia vivalma. Naquela hora, quando não se tinha forças nem para respirar, quando o sol, após incandescer Moscou, mergulhava numa neblina seca em algum lugar de Sadôvoie Koltsô, ninguém viera para a sombra das tílias, ninguém se sentara no banco, a aleia estava vazia.
- Uma água com gás - pediu Berlioz.
- Não tem - respondeu a mulher do quiosque, e sabe-se lá por que se ofendeu.
- Tem cerveja? - quis saber Bezdômny, com a voz rouca.
- Vão trazer mais tarde - respondeu a mulher.
- Então tem o quê? - perguntou Berlioz.
- Refresco de damasco, e só quente - disse a mulher.
- Então vai, pode ser, pode ser!...
O refresco de damasco formou uma espuma densa e amarela, surgiu no ar um cheiro de cabeleireiro. Depois de beberem, os literatos imediatamente começaram a soluçar, pagaram e sentaram-se no banco, de frente para o lago e de costas para a Brônnaia.
Nesse momento, ocorreu a segunda esquisitice, que só tinha a ver com Berlioz. Ele parou de soluçar repentinamente, seu coração bateu e, num rufo, sentiu como se tivesse despencado para algum lugar e depois voltado, mas com uma agulha cega cravada nele. Além disso, Berlioz foi tomado por um medo infundado, mas tão forte, que teve vontade de sair correndo imediatamente de Patriarchi, sem olhar para trás.
Berlioz olhou em volta angustiado, sem entender o que o assustara tanto. Empalideceu, enxugou a testa com um lenço e pensou: "O que está acontecendo comigo? Nunca senti isso... o coração está falhando... estou esgotado... Acho que está na hora de mandar tudo para o inferno e ir para Kislovôdsk..."
Na mesma hora, o ar tórrido condensou-se diante dele e desse ar fez-se um cidadão transparente, de aspecto estranhíssimo. Na pequena cabeça, um boné de jóquei, um paletó xadrez apertado e também vaporoso... Um cidadão de estatura colossal, mas de ombros estreitos, incrivelmente magro e de fisionomia, quero destacar, zombeteira.
A vida de Berlioz transcorria de tal modo que ele não estava acostumado a fenômenos extraordinários. Empalidecendo ainda mais, ele esbugalhou os olhos e pensou, confuso: "Isso não pode ser real!"
Mas infelizmente era real, e através daquilo se via um cidadão alongado e transparente, que balançava diante dele, ora para a esquerda ora para a direita, sem tocar no chão.
Nesse instante, o pavor tomou conta de Berlioz de tal forma que ele fechou os olhos. Quando os abriu, viu que tudo tinha acabado, a miragem evaporara, o xadrez desaparecera e, a propósito, a agulha cega se desprendera de seu coração."
Mikhail Bulgákov
1
Nunca falem com estranhos.
Na hora de um quente pôr do sol primaveril, surgiram dois cidadãos em Patriarchi Prudý. O primeiro, com aproximadamente quarenta anos, trajava um costume cinza de verão, era de estatura baixa, cabelos escuros, rechonchudo, careca, na mão seu respeitável chapéu Fedora. Óculos de tamanho sobrenatural de armação preta de chifre ornavam seu rosto cuidadosamente escanhoado. O segundo era um jovem de ombros largos, arruivado, hirsuto, com um boné xadrez caído na nuca, camisa de caubói, calças brancas amarrotadas e tênis pretos.
O primeiro era nada mais nada menos que Mikhail Aleksándrovitch Berlioz, editor de uma volumosa revista de arte e presidente do conselho administrativo de uma das maiores associações literárias de Moscou, abreviadamente denominada Massolit. Já seu jovem acompanhante era o poeta Ivan Nikoláievitch Ponyriov, que escrevia sob o pseudônimo de Bezdômny.
Assim que entraram na sombra das tílias verdejantes, os escritores se precipitaram para um quiosque multicolorido com a placa "Cerveja e refrescos".
Sim, convém destacar a primeira esquisitice desse terrível entardecer de maio. Não só perto do quiosque, mas também em toda a aleia paralela à rua Málaia Brônnaia, não havia vivalma. Naquela hora, quando não se tinha forças nem para respirar, quando o sol, após incandescer Moscou, mergulhava numa neblina seca em algum lugar de Sadôvoie Koltsô, ninguém viera para a sombra das tílias, ninguém se sentara no banco, a aleia estava vazia.
- Uma água com gás - pediu Berlioz.
- Não tem - respondeu a mulher do quiosque, e sabe-se lá por que se ofendeu.
- Tem cerveja? - quis saber Bezdômny, com a voz rouca.
- Vão trazer mais tarde - respondeu a mulher.
- Então tem o quê? - perguntou Berlioz.
- Refresco de damasco, e só quente - disse a mulher.
- Então vai, pode ser, pode ser!...
O refresco de damasco formou uma espuma densa e amarela, surgiu no ar um cheiro de cabeleireiro. Depois de beberem, os literatos imediatamente começaram a soluçar, pagaram e sentaram-se no banco, de frente para o lago e de costas para a Brônnaia.
Nesse momento, ocorreu a segunda esquisitice, que só tinha a ver com Berlioz. Ele parou de soluçar repentinamente, seu coração bateu e, num rufo, sentiu como se tivesse despencado para algum lugar e depois voltado, mas com uma agulha cega cravada nele. Além disso, Berlioz foi tomado por um medo infundado, mas tão forte, que teve vontade de sair correndo imediatamente de Patriarchi, sem olhar para trás.
Berlioz olhou em volta angustiado, sem entender o que o assustara tanto. Empalideceu, enxugou a testa com um lenço e pensou: "O que está acontecendo comigo? Nunca senti isso... o coração está falhando... estou esgotado... Acho que está na hora de mandar tudo para o inferno e ir para Kislovôdsk..."
Na mesma hora, o ar tórrido condensou-se diante dele e desse ar fez-se um cidadão transparente, de aspecto estranhíssimo. Na pequena cabeça, um boné de jóquei, um paletó xadrez apertado e também vaporoso... Um cidadão de estatura colossal, mas de ombros estreitos, incrivelmente magro e de fisionomia, quero destacar, zombeteira.
A vida de Berlioz transcorria de tal modo que ele não estava acostumado a fenômenos extraordinários. Empalidecendo ainda mais, ele esbugalhou os olhos e pensou, confuso: "Isso não pode ser real!"
Mas infelizmente era real, e através daquilo se via um cidadão alongado e transparente, que balançava diante dele, ora para a esquerda ora para a direita, sem tocar no chão.
Nesse instante, o pavor tomou conta de Berlioz de tal forma que ele fechou os olhos. Quando os abriu, viu que tudo tinha acabado, a miragem evaporara, o xadrez desaparecera e, a propósito, a agulha cega se desprendera de seu coração."
Mikhail Bulgákov
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