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sábado, 20 de agosto de 2016

La perspectiva Nevski




Nicolai Gogol

No hay nada mejor, por lo menos para Petersburgo, que la perspectiva Nevski1. Ella allí lo significa todo. ¡Con qué esplendor refulge esta calle, ornato de nuestra capital!… Yo sé que ni el más mísero de sus habitantes cambiaría por todos los bienes del mundo la perspectiva Nevski… No sólo el hombre de veinticinco años, de magníficos bigotes y levita maravillosamente confeccionada, sino también aquel de cuya barbilla surgen pelos blancos y cuya cabeza está tan pulida como una fuente de plata, se siente entusiasmado de la perspectiva Nevski. ¡En cuanto a las damas!… ¡Oh!… Para las damas, la perspectiva Nevski es todavía más agradable. ¿Y para quién no es ésta agradable?… Apenas entra uno en ella percibe olor a paseo. Aunque vaya uno preocupado por algún asunto importante e indispensable, es seguro que al llegar a ella se olvidan todos los asuntos.

Éste es el único lugar donde la gente se exhibe, sin sentirse acuciada por la necesidad o el interés comercial que abraza a todo Petersburgo. Diríase que el hombre que se encuentra en la perspectiva Nevski es menos egoísta que el de Morskaia, Gorojovaia, Liteinaia, Meschanskaia y demás calles, en las que la avaricia, el afán de lucro y la necesidad aparecen impresos en los rostros de los peatones y de los que la atraviesan al vuelo de sus berlinas u otros carruajes. La perspectiva Nevski es la principal vía de comunicación de Petersburgo; aquí el habitante del distrito de Petersburgski o de Viborgski, que desde hace años no visitaba a su amigo residente en Peski o en Moskovskaia Sastava, puede estar seguro de que lo encontrará sin falta. Ninguna guía ciudadana ni ninguna oficina de información podrían suministrar noticias tan exactas como puede hacerlo la perspectiva Nevski. ¡Oh, todopoderosa perspectiva Nevski!… ¡Única distracción del humilde en su paseo por Petersburgo! ¡Con qué pulcritud están barridas sus aceras y…, Dios mío…, cuántos pies han dejado en ellas sus huellas! La torpe bota del soldado retirado, bajo cuyo peso parece agrietarse el mismo granito; el zapatito diminuto y ligero como el humo de la joven dama, que vuelve su cabecita hacia los resplandecientes escaparates de los almacenes, como el girasol hacia el sol; el retumbante sable del teniente lleno de esperanzas que las araña al pasar…, ¡todo deja impreso sobre ellas el poder de su fuerza o de su debilidad! ¡Cuánta rápida fantasmagoría se forma en ellas tan sólo en el transcurso de un día! ¡Qué cambios sufren en veinticuatro horas!

Empecemos a considerarlas desde las primeras horas de la mañana, cuando todo Petersburgo huele a panes calientes y recién hechos, y está lleno de viejas con vestidos rotos y envueltas en capas, que asaltan primeramente las iglesias y después a los transeúntes compasivos. A esta hora la perspectiva Nevski está vacía: los robustos propietarios de los almacenes y sus comisionistas duermen todavía dentro de sus camisas de holanda o enjabonan sus nobles mejillas y beben su café; los mendigos se agolpan a las puertas de las confiterías, donde el adormilado Ganimedes que ayer volaba como una mosca portador del chocolate, ahora, sin corbata y con la escoba en la mano, barre, arrojándoles secos pirogi y otros restos de comida. Por las calles circula gente trabajadora; a veces, también mujiks rusos dirigiéndose apresurados a sus tareas y con las botas tan manchadas de cal, que ni siquiera toda el agua del canal de Ekaterininski, famoso por su limpieza, hubiera bastado para limpiarlas. A esta hora no es prudente que salgan las damas, pues al pueblo ruso le agrada usar tales expresiones, como seguramente no habrán oído nunca ni en el teatro. A veces, un adormilado funcionario la atraviesa con su cartera bajo el brazo, si se da el caso de que su camino al Ministerio pase por la perspectiva Nevski.

Decididamente, puede decirse que a esta hora, o sea hasta las doce del mediodía, la perspectiva Nevski no constituye objetivo para nadie, y sirve solamente como medio: poco a poco va llenándose de personas que por sus ocupaciones, preocupaciones y enojos no piensan para nada en ella. El mujik ruso habla de la grivna o de los siete groschi; los viejos y las viejas agitan las manos o hablan consigo mismos, a veces entre fuertes gesticulaciones; pero nadie los escucha ni se ríe de ellos, con excepción acaso de los muchachuelos de abigarradas batas que, llevando en las manos pares de zapatos o botellas vacías, corren por la perspectiva Nevski. A esta hora, aunque se hubiera usted puesto en la cabeza un cucurucho en lugar de un sombrero, aunque su cuello sobresaliera demasiado sobre su corbata, puede estar bien seguro de que nadie se fijará en ello.

A las doce, en la perspectiva Nevski hacen invasión los preceptores de todas las naciones, acompañados de sus discípulos, que lucen cuellos de batista. Los Jones ingleses y los Coco franceses llevan colgados del brazo a los alumnos que les han sido confiados, y con la conveniente respetabilidad explican a éstos que los rótulos que se encuentran sobre las tiendas están allí colocados para que pueda saberse lo que se contiene en dichas tiendas. Las institutrices, pálidas misses rosadas eslavas, caminan majestuosamente tras sus ligeras y movibles muchachas, ordenándoles que levanten un poco más el hombro y se enderecen.

Para abreviar: a esta hora la perspectiva Nevski es una perspectiva Nevski pedagógica. Sin embargo, cuanto más se acercan las dos de la tarde, más disminuye el número de preceptores, pedagogos y niños. Éstos han sido desplazados de allí por sus tiernos padres, que pasan llevando del brazo a las compañeras de sus vidas, de nervios débiles y vestidas de abigarrados colores. Poco a poco, a su compañía se unen todos aquellos que han terminado sus bastante importantes ocupaciones caseras, tales como, por ejemplo, los que han consultado al médico sobre el tiempo o sobre el pequeño grano salido en la nariz, los que se han informado de la salud de los caballos y de sus hijos (que, dicho sea de paso, muestran grandes capacidades), los que han leído los carteles y un artículo importante en los periódicos sobre los que llegan y los que se van, y, por último, los que han bebido su taza de café o de té; a éstos se unen también aquellos a quienes el destino, envidioso, deparara la bendita categoría de “funcionario” encargado de importantes asuntos: se unen los que, empleados en el Ministerio del Exterior, destacan por la nobleza de sus ocupaciones y costumbres. ¡Dios mío! ¡Qué empleos y servicios tan maravillosos existen!… ¡Cuánto elevan y regocijan el alma! Pero…, ¡ay de mí!… Yo, por no estar empleado, he de privarme del gusto que me proporcionaría el fino comportamiento de los superiores…

Todo lo que encuentre usted en la perspectiva Nevski está impregnado de conveniencia. Los caballeros de largas levitas y manos metidas en los bolsillos; las damas de redingotes de raso blanco, rosa, azul pálido y sombrero. Aquí encontrará usted patillas únicas, a las que se deja pasar con extraordinario, con asombroso arte, bajo la corbata. Patillas de terciopelo, de raso, negras como el carbón, pero, ¡ay!, pertenecientes tan sólo a los miembros del Ministerio del Exterior. A los empleados de otros departamentos el destino les ha negado esas negras patillas, y con enorme disgusto se ven obligados a llevarlas de color rojizo.

Aquí encontrará usted maravillosos bigotes. Ninguna pluma, ningún pincel puede describirlos. Bigotes a cuyo cuidado se ha dedicado la mejor mitad de la vida, que son objeto de largas atenciones durante el día y durante la noche; bigotes sobre los que fueron vertidos exquisitos perfumes, aromas y las más raras y costosas pomadas de todas clases; bigotes que se envuelven por la noche en el más fino papel; bigotes a los que va dirigido el afecto más conmovedor de sus poseedores y que despiertan la envidia de los transeúntes.

Sombreros, vestidos, pañuelos multicolores y vaporosos, que a veces hasta dos días seguidos han logrado la preferencia de sus propietarias, podrían con sus mil clases diversas deslumbrar a cualquiera en la perspectiva Nevski.

Se diría que todo un mar de maripositas desprendiéndose de los largos tallos se eleva de repente, agitándose cual resplandeciente nube, sobre los negros escarabajos del sexo masculino. Aquí encontrará usted cinturas tales como nunca las habrá soñado: finitas, estrechitas; talles no más gruesos que el cuellecito de una botella, y al encontrarse con ellos se apartará usted con respeto, para evitar el poder tropezarlas por descuido con un codo descortés. De su corazón se apoderarán entonces la timidez y el miedo de quebrar con la desconsiderada respiración tan maravillosa obra de la naturaleza y el arte. Y ¡qué mangas de señora verá usted en la perspectiva Nevski!… ¡Ay, qué maravilla! Se asemejan un poco a dos globos de oxígeno, hasta el punto de que la dama podría elevarse en el aire si el hombre no la sujetara; porque alzar una dama en el aire resulta igual de fácil y agradable que llevarse a los labios una copa llena de champaña.

En ningún sitio, al encontrarse, se saludan las gentes con tanta nobleza y desembarazo como en la perspectiva Nevski. Aquí encontrará usted la sonrisa única, la sonrisa que es una obra maestra; a veces tal, que, por el contrario, se verá usted más bajo que la misma hierba, y a veces tal, que se sentirá más alto que el pararrayos del Almirantazgo y levantará orgulloso la cabeza. Aquí encontrará usted a los que conversan sobre el tiempo o el último concierto con una extraordinaria nobleza y el sentido de su propia dignidad. Aquí encontrará usted millares de caracteres incomprensibles y fenómenos. ¡Oh, Creador!… ¡Qué caracteres tan extraños encuentra uno en la perspectiva Nevski! Hay allí infinidad de gentes que al ver a usted le mirarán irremisiblemente a los zapatos, y si usted pasa sin detenerse, se volverán de fijo para mirarle a los faldones.

Todavía no he podido comprender por qué ocurre esto. Al principio pensé que se trataría de zapateros; pero luego resultó que no era así. La mayor parte estaban empleados en diversos departamentos; muchos de ellos podrían escribir de una manera perfecta una comunicación y dirigirla de un departamento oficial a otro, o pasearse o leer periódicos en las confiterías… O sea, que la mayor parte son gente como es debido.

En esta bendita hora de las dos a las tres de la tarde (que puede calificarse de capital movible de la perspectiva Nevski) tiene lugar la principal exposición de las mejores obras del hombre. El uno exhibe una elegante levita guarnecida del mejor castor; otro, una maravillosa nariz griega; el tercero usa unas magníficas patillas; la cuarta un par de bellos ojos y un asombroso sombrerito; el quinto, una sortija con talismán pasada al elegante meñique; la sexta, un piececito dentro de un encantador y diminuto zapato; el séptimo, una corbata que despierta la curiosidad, y el octavo, unos bigotes que sumergen en asombro. Pero… dan las tres y la exposición se termina y la muchedumbre disminuye… A las tres sobreviene un nuevo cambio.

En la perspectiva Nevski, de repente, se hace la primavera; toda ella se cubre de funcionarios de uniformes verdes. Hambrientos consejeros titulares de Corte y de otras clases emplean todas sus fuerzas en acelerar su paso. Los funcionarios jóvenes y los secretarios se apresuran a aprovechar un poco más el tiempo y a pasear por la perspectiva Nevski con un porte que no demuestra que se han pasado seis horas seguidas sentados en una oficina del Estado; pero los viejos secretarios y consejeros titulares de la Corte caminan de prisa y con la cabeza baja. No tienen tiempo de ocuparse en la contemplación de los transeúntes. No se sienten todavía liberados de sus preocupaciones. En sus cabezas hay un enredo y todo un archivo de asuntos empezados y sin terminar; ha de pasar mucho tiempo hasta que dejen de ver, en lugar de un anuncio, la carpeta llena de papeles o el rostro carnoso del jefe de la cancillería.

A partir de las cuatro la perspectiva Nevski queda vacía, y será raro que encuentre usted en ella un solo funcionario. Alguna costurerilla que, saliendo de la tienda, corre con la caja entre las manos por la perspectiva Nevski; alguna lastimosa víctima de la prodigalidad, vestida con un mísero capote; algún bobalicón a quien se encuentra de paso y para el cual las horas son iguales; alguna alta y larguísima inglesa con el ridicule y el libro entre las manos; algún cobrador, el ruso de levita de mezcla de algodón (cuya cintura descansa en mitad de la espalda) y de delgada barba, que vive una vida prendida con alfileres, en la que todo se tambalea -la espalda, los brazos, los pies y la cabeza- cuando respetuosamente circula por la acera; algún artesano… y a nadie más encontrará usted en la perspectiva Nevski.

Pero tan pronto como desciende el crepúsculo sobre las casas y las calles, y el farolero cubierto de esparto se sube en su escalera para encender los faroles, y a las vitrinas de los escaparates se asoman aquellas estampas que no se atrevían a asomarse durante el día…, entonces la perspectiva Nevski vive de nuevo y empieza a moverse. Ha llegado la hora misteriosa en la que las lámparas prestan a todo una sugestiva y maravillosa luz. Encontrará usted a muchos jóvenes, solteros en su mayor parte, vestidos de levita y cubiertos con un capote. A esta hora se percibe que las gentes persiguen un fin o al menos algo parecido a un fin, un algo excesivamente inconsciente; los pasos se hacen más rápidos y desiguales, las largas sombras se deslizan raudas por las paredes y el suelo de la calle y casi alcanzan con sus cabezas el puente Politzeiski. Los jóvenes funcionarios y secretarios pasean durante largo rato, pero los viejos consejeros titulares y de Corte se quedan en su mayoría en casa, bien porque sean casados o porque sus cocineras alemanas les preparan muy bien la comida. Aquí encontrará usted a los viejos respetables que con tan importante aire y asombrosa nobleza paseaban a las dos por la perspectiva Nevski. Les verá usted correr, lo mismo que a los jóvenes secretarios, con objeto de mirar bajo el sombrero de alguna de esas damas, cuyos gruesos labios y maquilladas mejillas tanto gustan a muchos de los paseantes y aún más a los cobradores y comerciantes que, vestidos siempre de levita al estilo alemán, circulan en tropel y cogidos generalmente del brazo.

-¡Para! -gritó en este momento el teniente Piragov, dando un tirón al joven vestido de frac y cubierto con una capa que marchaba a su lado-. ¿Has visto?

-He visto. ¡Maravillosa! Es enteramente la Biancca de Peruggini.

-Pero ¿de quién estás hablando?

-¡Pues de ella! ¡De aquella de pelo oscuro!… ¡Qué ojos!… ¡Dios mío, qué ojos!… ¡Todo!… ¡El contorno! ¡El óvalo del rostro! ¡Es un milagro!

-Te estoy hablando de la rubia. De la que pasó tras ella por aquel lado… ¿Por qué no sigues a la morena si te ha gustado tanto?

-¡Oh!… ¿Cómo hacerlo?… -exclamó el joven vestido de frac, ruborizado. ¡Como si fuera una de esas que pasan por el atardecer por la perspectiva Nevski!… ¡Debe de ser una dama muy principal! Solamente su capa debe de valer por lo menos 80 rublos.

-¡Bobo!… -dijo con viveza Piragov, empujándolo con fuerza hacia el punto en donde flotaba la capa de alegre colorido. ¡Anda, pánfilo, que se te va a escapar! Yo, mientras tanto, iré tras la rubia.

Y ambos amigos se separaron.

“¡Ya las conocemos a todas!”, pensó para sí Piragov con una sonrisa complacida y vanidosa, convencido de que no existía belleza que pudiera resistírsele.

El joven del frac y la capa se dirigió con tímido paso hacia el punto en que ondeaba a lo lejos la capa de vivos colores, que tan pronto brillaba a la luz del farol, al pasar junto a éste, como se cubría inmediatamente de oscuridad al alejarse. El corazón le latía en el pecho, y sin querer apresuraba el paso. No se atrevía siquiera a pensar que pudiera tener algún derecho a la atención de la belleza que se le escapaba volando a lo lejos, cuanto menos a dar cabida en su pensamiento a la negra alusión del teniente Piragov. Sólo quería ver la casa…, fijarse en dónde tenía la vivienda aquella encantadora criatura, que parecía haber caído directamente del cielo a la perspectiva Nevski, y que seguramente desaparecería no se sabría por dónde. Marchaba tan de prisa, que empujaba sin cesar fuera de la acera a los respetables señores de canosas patillas.

Este joven pertenecía a una clase que entre nosotros constituye un fenómeno bastante raro, y que tanto podía pertenecer a la ciudad de Petersburgo como la persona que vemos en sueños al mundo real. Esta casta excepcional era muy extraordinaria en aquella ciudad, donde todos eran funcionarios, comerciantes o artesanos alemanes. Era pintor. ¿No es verdad que era aquél un extraño fenómeno? ¡Un pintor de Petersburgo! ¡Pintor en la tierra de las nieves! ¡Pintor en el país de los finlandeses…, donde todo es húmedo, liso, llano, pálido, gris y embrumado! Estos pintores no se parecen a los pintores italianos, orgullosos, ardientes como Italia y su cielo. Por el contrario, son en su mayor parte gente buena, tímida, que se turba fácilmente, despreocupada, apegada calladamente a su arte, que bebe té junto a sus dos amigos en su pequeña habitación, que habla modestamente del tema querido y no piensa en nada superfluo. Acostumbra llevar a su casa a alguna mendiga vieja y la obliga a permanecer allí durante seis horas con objeto de plasmar después sobre el lienzo su expresión lastimera sin sentimiento. Dibuja la perspectiva de su habitación, llena de fruslerías artísticas: brazos y pies de escayola, que el polvo y el tiempo han tornado del color del café; rotos y pintorescos caballetes, la paleta volcada, el amigo que toca la guitarra, las paredes manchadas de pintura, la ventana abierta, a través de la cual se ve pasar el pálido Neva y los pobres pescadores vestidos con camisas rojas. El colorido de sus obras suele ser gris y turbio, como si llevara impreso el sello del Norte.

Además, se aplican a su trabajo con verdadero deleite. Frecuentemente esconden dentro de sí verdadero talento, y si sobre ellos hubiera soplado el fresco viento de Italia, seguramente ese talento se hubiese desarrollado con la misma brillantez y libertad que la planta sacada de la habitación al aire libre. Por lo general son muy tímidos: la vista de una condecoración o de unas gruesas charreteras produce en ellos tal azoramiento, que sin querer rebajan al punto el precio de sus creaciones. Gustan a veces de elegantizarse; pero esta elegancia resulta en ellos demasiado chillona, y se asemeja un poco a un remiendo. Los verá usted a veces vestidos con un magnífico frac y una capa manchada, con un rico chaleco de terciopelo y una levita sucia de pintura, del mismo modo que verá usted la cabecita de ninfa dibujada en el fondo de la obra realizada anteriormente con deleite, si no se ha encontrado sitio mejor donde dibujarla. Nunca lo mirará directamente a los ojos, y si lo hace será de un modo vago; no lo penetrará con la mirada del observador o con aquella de águila del oficial de Caballería.

Esto sucede porque al mismo tiempo que sus rasgos está contemplando los rasgos de algún Hércules que se encuentra en su habitación o porque se está representando ante él el cuadro que se propone crear. Por eso, a menudo contesta de una manera descosida y a veces hasta incoherente, ya que todas las ideas que se mezclan en su cabeza aumentan su timidez. A esta clase pertenecía el joven pintor Peskarev, tímido y fácilmente azorado, pero cuya alma estaba llena de chispas de sentimiento dispuestas a convertirse en llama. Con oculto temblor se apresuraba hacia aquel objeto de su atención que tanto lo había asombrado, pareciendo extrañarse él mismo de su atrevimiento. La criatura desconocida que se había apoderado de sus pensamientos y de sus sentimientos volvió de repente la cabeza y lo miró. ¡Dios mío!… ¡Qué rasgos prodigiosos!… La maravillosa frente, de una blancura cegadora, estaba sombreada por el magnífico cabello. Una parte de los maravillosos bucles caía bajo el sombrero y rozaba la mejilla, teñida de un fresco y fino rubor producido por el frío nocturno. La boca parecía cerrarse sobre un enjambre de maravillosos ensueños. ¡Todos cuantos recuerdos conservamos de la niñez, todo cuanto nos conduce al ensueño o a la callada inspiración -como nos conduce la lamparita ante la imagen-, todo parecía unirse y reflejarse en su armoniosa boca! Miró a Peskarev, y el corazón de éste latió bajo aquella mirada. Lo miraba y un sentimiento de indignación se traslucía en su mirada por verse objeto de aquella persecución tan descarada; pero aun el mismo enfado era encantador en aquel rostro maravilloso.

Lleno de vergüenza y timidez, se detuvo él, bajando la cabeza; pero… ¿cómo perder de vista a esta divinidad sin saber siquiera dónde se hospedaba? Tales pensamientos llenaban la cabeza del joven soñador, que decidió seguirla. Sin embargo, para no hacerlo notar dejó aumentar la distancia que los separaba, mirando al parecer distraídamente a los anuncios, pero sin perder de vista ni un solo paso de la desconocida. Los transeúntes eran más escasos; la calle se hacía más tranquila; la bella volvió la cabeza, y a él le pareció que una ligera sonrisa brillaba en sus labios. Todo su organismo tembló, sin poder dar crédito a sus ojos. No. Era sin duda la linterna, que con su engañadora luz había hecho expresar a su rostro aquella especie de sonrisa. No. Eran sus propios ensueños los que se reían de él. Sin embargo, la respiración se detuvo en su pecho; todo latía en su interior; todos sus sentimientos ardían, y todo ante él se cubrió de una bruma. La acera pasaba volando bajo sus pies; las berlinas, con sus caballos al galope, parecían estar inmóviles; el puente se estiraba y se partía por el centro de su arco; las casas estaban invertidas; la garita le salía al encuentro, cayendo sobre él, y la alabarda del guardia, mezclada a las palabras y las tijeras dibujadas en oro, parecían brillar en las mismas pestañas de sus ojos. Todo esto lo había producido una mirada, el girar de la linda cabecita. Sin oír, sin ver, pasaba volando sobre las maravillosas huellas de aquellos piececitos, esforzándose en contener la rapidez de su paso, que marchaba al mismo ritmo que su corazón. A veces se apoderaba de él la duda. ¿Era verdad que la expresión de su rostro había sido benévola?… Entonces se detenía un momento; pero el latido de su corazón y la invencible fuerza e inquietud de todos sus sentimientos lo impulsaban hacia adelante. Ni siquiera se fijó en que, de repente, una casa de cuatro pisos se elevaba ante él. Sus cuatro brillantes filas de ventanas lo miraron todas a un tiempo, y la verja de la entrada le propinó su empujón de hierro. Vio volar a la desconocida escalera arriba, la vio volverse, llevarse un dedo a los labios y hacerle seña de seguirla. Sus rodillas temblaban, ardían sus pensamientos y sentimientos, un relámpago de alegría penetró con insoportable agudeza en su corazón. No. ¡Esto ya no era ensueño! ¡Dios mío! ¡Cuánta dicha en un instante! ¡Qué vida tan maravillosa en sólo dos minutos!

Sin embargo…, ¿no sería un sueño todo esto? ¿Era posible que aquella por cuya celestial mirada estaría dispuesto a dar toda su vida, y respecto de la cual comunicaba una dicha acercarse tan sólo a su vivienda, fuera ahora tan atenta y benévola con él? Subió volando la escalera. No lo dominaba ningún pensamiento terreno; no se sentía excitado por la llama de la pasión terrena. No. En aquel minuto era limpio y puro, como el adolescente virgen que experimenta todavía la necesidad del amor espiritual. Lo que en un hombre vicioso hubiera despertado atrevidos pensamientos hacía los suyos aún más elevados.

Esta confianza otorgada por la débil y maravillosa criatura le imponía la promesa de austeridad del caballero. La promesa de cumplir como un esclavo todas sus órdenes. Deseaba únicamente que aquellas órdenes fueran las más difíciles e irrealizables para volar con mayor esfuerzo a su conquista. No dudó por un momento de que algún misterioso y al mismo tiempo importante suceso obligaba a la desconocida a hacerlo objeto de su confianza, de que le exigiría servicios de mucho interés, y sentía ya dentro de sí fuerza y decisión para todo.

La escalera ascendía, y con ella ascendían también sus fugaces ensueños.

-Vaya usted con cuidado -sonó la voz, cual un arpa, llenando nuevamente de temblor todas sus venas.

En la sombría altura del cuarto piso la desconocida golpeó en la puerta, que se abrió, y ambos entraron. Una mujer de exterior bastante agradable, llevando una vela en la mano, les salió al encuentro; pero miró a Peskarev de una manera tan extraña y descarada, que éste, sin querer, bajó los ojos. Entraron en la habitación. Tres figuras femeninas en distintos rincones se ofrecieron a sus ojos. Una de ellas hacía solitarios, otra estaba sentada ante el piano y tocaba con dos dedos una especie de lastimera y antigua polonesa, mientras la tercera, sentada ante el espejo, peinaba sus largos cabellos sin pensar en interrumpir su toilette por la entrada de una persona desconocida. El desagradable desorden que sólo se encuentra en la vivienda del solterón reinaba por doquier. Los muebles, bastante buenos, estaban cubiertos de polvo; la araña había llenado con su tela el friso tallado; por la puerta entreabierta de la habitación se veía brillar la bota guarnecida de espuela y el color rojo del uniforme, mientras una fuerte voz masculina y una risa femenina se dejaban oír sin ningún recato.

¡Dios mío!… ¡Dónde ha venido a caer!… Al principio no quería creerlo, y se puso a examinar con atención los objetos que llenaban la habitación; pero las paredes vacías y las ventanas sin visillos no revelaban la presencia de ningún ama de casa cuidadosa; los rostros gastados de estas lastimosas criaturas, una de las cuales vino a sentarse ante su misma nariz, mirándolo con la misma tranquilidad con que se mira una mancha en el vestido ajeno…, todo le confirmaba que había penetrado en el asqueroso cobijo donde tiene su morada el lastimoso vicio producto de la vana instrucción y de la terrible abundancia de gente de la capital, cobijo donde el hombre pisotea y se ríe de todo lo limpio y sagrado que adorna la vida; donde la mujer, esta gala del mundo, aureola de la creación, se transforma en un ser extraño y ambiguo, que al mismo tiempo que la pureza del alma perdió toda su feminidad, adquiriendo los repugnantes ademanes y el descaro del hombre y cesando de ser aquella débil criatura tan distinta de nosotros, pero tan maravillosa.

Peskarev la miraba con ojos asustados de pies a cabeza, como queriendo asegurarse de que era la misma que lo había hechizado, haciéndolo seguirla por la perspectiva Nevski. Ella, sin embargo, aparecía ante él igualmente bella. Su cabello era igual de maravilloso, y sus ojos continuaban pareciendo celestiales. Su frescura era radiante, tenía sólo diecisiete años y se veía que el temible vicio había hecho su presa en ella desde hacía poco tiempo, y que aún no se atrevía a rozar sus mejillas, frescas y ligeramente sombreadas de fino rubor. Era maravillosa. Peskarev permanecía inmóvil ante ella y ya dispuesto a olvidarse de todo, como se olvidaba antes; pero la bella, aburrida de tan largo silencio, le sonrió de una manera significativa mirándolo a los ojos. Esta sonrisa estaba impregnada de cierto lastimoso descaro. Era tan extraña a su rostro y le iba tan mal como la expresión beatífica al del usurero o el libro de contabilidad al poeta. Él se estremeció. Se abrió la linda boca y comenzó a decir algo, pero necio y trivial… Se veía que al hombre, al perder la pureza, le abandona también la inteligencia. No quiso escuchar nada. Se produjo de una manera risible y con la sencillez de una criatura. En vez de aprovechar tal benevolencia, en vez de alegrarse de esta ocasión, como lo hubiera hecho sin duda cualquier otro en su lugar, echó a correr como un cordero salvaje hacia la calle.

Con la cabeza baja y los brazos caídos permaneció sentado en su habitación, como el pobre que después de encontrar una perla sin precio la ha dejado caer al mar.

¡Tan bella! ¡Unos rasgos tan maravillosos…, y en qué lugar se encuentra!, era todo lo que se sentía capaz de articular.

Nunca, en efecto, se apodera tanto de nosotros la piedad como ante la vista de la belleza alcanzada por la respiración podrida del vicio. ¡Si fuera, al menos, la fealdad la que girara con él!… ¡Pero la belleza!… ¡La tierna belleza!… En nuestro pensamiento sólo puede unirse con la pureza y la limpidez. La bella que había hechizado al infeliz Peskarev era ciertamente un maravilloso y extraordinario fenómeno. Su presencia en aquel despreciable ambiente resultaba aún más extraordinaria. Todas sus facciones estaban dibujadas con tal nitidez, toda la expresión de su maravilloso rostro respiraba tal dignidad, que de ninguna manera podía creerse que el vicio hubiera dejado caer sobre ella sus terribles garras. Hubiera constituido una perla sin precio, el universo entero, el paraíso, la riqueza toda de un apasionado esposo, hubiera sido una prodigiosa y plácida estrella dentro de un círculo familiar, y un movimiento de su maravillosa boca hubiera bastado a dispensar dulces órdenes, hubiera aparecido como una diosa entre la muchedumbre de un salón, deslizándose sobre el claro parquet iluminado por el resplandor de las velas, recogiendo la callada devoción de la multitud de admiradores rendidos a sus pies… Pero, ¡ay!, por la voluntad terrible del espíritu infernal que desea destruir la armonía de la vida, había sido arrojada con risa grotesca en el abismo…

Destrozado de piedad se hallaba sentado ante la vela encendida; hacía tiempo que había pasado la medianoche, y cuando la campana de la torre dio las doce y media continuaba sentado, inmóvil, inactivo y desvelado. La somnolencia, aprovechando su quietud, comenzaba cautelosamente a apoderarse de él; ya la habitación empezaba a desaparecer; tan sólo la llama de la vela traslucía a través de los sueños, venciéndolo, cuando de repente un golpe en la puerta lo hizo estremecerse y lo obligó a recobrarse. La puerta se abrió, dando paso a un lacayo vestido de rica librea2. Jamás había entrado una rica librea en su solitaria habitación y menos aún a hora tan extraordinaria. Se quedó asombrado y mirando con impaciente curiosidad al recién llegado lacayo.

-La señora en cuya casa -dijo con un respetuoso saludo el lacayo- hace unas horas tenía usted la amabilidad de encontrarse, me ordena que le ruegue que vaya a visitarla y le envía su berlina3.

Peskarev estaba callado y sorprendido. “Berlina…, lacayo de librea… ¡No! Aquí hay seguramente una confusión…”, pensó.

-Escuche, amigo -pronunció con timidez-: usted seguramente se ha equivocado de lugar. Seguramente la señora ha enviado a buscar a algún otro que no soy yo.

-No, señor; no me he equivocado. ¿No fue usted quien tuvo la amabilidad de acompañar a la señora a pie hasta la casa de la calle Leteinaia, habitación del cuarto piso?

-Sí. Fui yo.

-¡Entonces!… Dese prisa, por favor. La señora desea verle sin falta y le pide que vaya directamente a su casa.

Peskarev bajó corriendo la escalera. En efecto, en la calle había una berlina. Se sentó en ella, se cerraron las portezuelas, las piedras de la calle resonaron bajo las ruedas y los cascos, y la perspectiva de las casas, iluminadas con brillantes anuncios, pasó volando ante las ventanillas de la berlina. Peskarev reflexionaba durante el camino, sin saber cómo explicarse esta aventura. “Casa propia, berlina, lacayo de rica librea…” No podía relacionar nada de esto con la habitación del cuarto piso, las ventanas empolvadas y el piano abierto. La berlina se detuvo ante una entrada brillantemente alumbrada, asombrándole de súbito la fila de carruajes, las voces de los cocheros, las ventanas resplandecientes y el sonido de la música que llegaba hasta él. El lacayo de la rica librea lo ayudó a bajar de la berlina, acompañándolo en actitud respetuosa hasta el vestíbulo, provisto de columnas de mármol, en el que se encontraba un portero con uniforme guarnecido de oro, y se veían capas y pellizas diseminadas por diversos lugares, así como una brillante lámpara.

Una airosa escalera de refulgentes barandillas e impregnada de aromas conducía al piso superior. Ya estaba sobre ella…, ya había entrado en la primera sala, asustado y retrocediendo sus pasos a la vista de tanta gente. La extraordinaria variedad de rostros lo dejó completamente aturdido. Le parecía como si algún demonio hubiera desmenuzado el mundo en infinidad de diversos pedazos y que todos aquellos pedazos se hubieran mezclado allí. Los hombros resplandecientes de las damas, los negros fraques, las arañas, las lámparas, los vaporosos volantes de gasa, las etéreas cintas y el grueso contrabajo que asomaba por la barandilla…, ¡todo lo deslumbraba! Vio de pronto reunidos tantos viejos venerables y hombres maduros, de decorados fraques; damas que con tanta ligereza, altivez y gracia se deslizaban por el parquet o permanecían sentadas en fila; oía tantas palabras pronunciadas en francés o en inglés; era tal, además, la distinción de los jóvenes de negros fraques, hablaban y vacilaban con tanta dignidad, sabían tan bien lo que tenían que decir o no decir, con tal solemnidad bromeaban, con tal respeto sonreían, llevaban unas patillas tan perfectas, con tanto arte sabían mostrar sus impecables manos arreglándose la corbata, las damas eran tan vaporosas, estaban tan sumergidas en la propia complacencia, bajaban con tanto encanto los ojos…, que…

Pero ya la modesta actitud de Peskarev, apoyado temeroso en la columna, revelaba el aturdimiento en que se encontraba. La muchedumbre rodeaba en aquel momento el grupo de los que bailaban. Volaban entre éste transparentes creaciones de París y vestidos tejidos por el mismo aire; las bellas rozaban descuidadamente el parquet con sus piececitos y hubieran sido más etéreas todavía si no lo hubieran siquiera rozado. Pero una de ellas estaba vestida mejor que ninguna, más ricamente y con más brillantez. El gusto más exquisito podía apreciarse en toda su vestimenta, pareciendo al mismo tiempo que ella ni se preocupaba de ésta ni le concedía la menor importancia. No miraba a la muchedumbre de espectadores en torno. Sus maravillosas y largas pestañas bajaban indiferentes sobre sus ojos, y la resplandeciente palidez de su rostro sorprendía más cuando, al inclinar la cabeza, una ligera sombra cubría su encantadora frente. Peskarev puso en juego todos sus esfuerzos para, atravesando la muchedumbre, poder contemplarla, mas para mayor enojo suyo una inmensa cabeza de oscuro y rizado pelo le interceptaba sin cesar la vista. La muchedumbre, además, lo estrujaba de tal manera, que no se atrevía a avanzar ni a retroceder por miedo a empujar a alguno de los consejeros. Sin embargo, pudo al fin adelantarse, y miró su traje para arreglar su atavío. “¡Santo cielo!… ¡Qué era aquello!… ¡Tenía toda la levita manchada de pintura!” En la prisa por llegar se había olvidado de ponerse un traje conveniente. Enrojeciendo hasta las orejas, bajó la cabeza y hubiera querido que lo tragara la tierra…; pero esto era imposible. Los gentileshombres de cámara, de resplandecientes trajes, formaban tras ella una compacta pared. Deseaba ahora encontrarse lo más lejos posible de la bella de maravillosas pestañas y linda frente. Temeroso levantó la suya para cerciorarse de que no lo miraban, pero…, ¡Dios mío!, estaba ante él… “¿Qué es esto?… ¿Qué es esto?… ¡Es ella!”, exclamó casi en voz alta. En efecto, era ella; la misma a la que había visto por primera vez en Nevski; a la que había acompañado hasta su vivienda.

Ella alzó los párpados y contempló a todos con su clara mirada. “¡Qué bella es, ay!…”, pudo tan sólo murmurar con entrecortada respiración. La joven miraba a todo aquel círculo que deseaba atraer su atención; pero su mirada era cansada y distraída cuando sus ojos, apartándose de él, encontraron los de Peskarev. “¡Oh, qué cielo aquel! ¡Qué paraíso! ¡Que otorgue fuerzas el Creador para soportar su contemplación! ¡Una vida entera no bastaría a contenerle y destrozará y enajenará el alma!”

Le hizo una seña, pero no con la mano; fueron los ojos los que la expresaron, pero con tal fineza, que nadie pudo observarla y sólo él la comprendió. El baile se prolongó durante largo tiempo, la fatigada música parecía apagarse y morir, pero de nuevo crecía, chillaba y retumbaba. Por fin cesó. Ella se sentó; su pecho se alzaba con la respiración bajo el fino cendal de la gasa; su mano… (¡supremo Hacedor! ¡Qué mano maravillosa!) cayó sobre las rodillas, oprimiendo con su peso el vaporoso vestido que parecía irradiar música y cuyo fino color lila subrayaba aún más perceptiblemente su brillante blancura. “¡Tan sólo rozar aquella mano! ¡Nada más! ¡Ningún deseo más! ¡Cualquier otro pensamiento sería una osadía!…” Se encontraba detrás de su silla; pero no se atrevía a hablar…, no se atrevía a respirar…

-¿Está usted aburrido? -exclamó ella-. También yo me aburro. Observo que me aborrece usted -añadió después, bajando las largas pestañas.

-¿Aborrecerla yo?… ¿A usted? -intentó decir Peskarev completamente desconcertado.

Seguramente hubiera dicho muchas más incoherencias si en ese momento no se les hubiera acercado un chambelán cuya cabeza lucía un rizado tupé y que comenzó a hacer gratas e ingeniosas observaciones. Mostraba éste de agradable manera una fila de dientes bastante bonitos, mientras con cada una de sus sutilezas introducía un afilado clavo en el corazón del joven pintor. Alguien por fin, y en buena hora, se dirigió al chambelán para hacerle una pregunta.

-¡Qué insoportable es! -dijo la bella, levantando sus celestiales ojos-. Voy a sentarme al otro lado del salón. Vaya usted allí.

Después, deslizándose entre la muchedumbre, desapareció. Como un loco se abrió paso a empujones entre la muchedumbre hasta trasladarse al otro lado. “¡Conque era ella!” Estaba sentada como una reina, pero más maravillosa que ninguna, y lo buscaba con los ojos.

-¿Está usted aquí? -pronunció en voz baja-. Voy a ser sincera con usted. Seguramente le habrán parecido extrañas las circunstancias de nuestro encuentro. ¿Será posible que haya usted pensado que yo pertenecía a aquella clase despreciable entre la que me encontró? Le parecerá extraña mi actitud, pero le revelaré un secreto. ¿Será usted capaz -agregó, mirándolo fijamente a los ojos- de no traicionarlo nunca?

-¡Oh!… ¡Lo seré! ¡Lo seré!…

En aquel momento se aproximaba un caballero de edad avanzada, que comenzó a hablar con ella en un idioma desconocido para Peskarev, ofreciéndole después el brazo. La joven lanzó una mirada suplicante a Peskarev y le hizo seña de permanecer en el mismo lugar esperando su regreso; pero él, presa de impaciencia, no tenía ya fuerza para recibir órdenes, aunque partieran de aquella boca. Se dispuso a seguirla; pero la muchedumbre vino a separarlos, y dejó de ver el vestido de color lila. Intranquilo, se dirigía de una sala a otra, empujando sin miramiento a todos cuantos encontraba; pero en ellas sólo había gente sentada ante las mesas, jugando a las cartas y sumergida en silencio mortal. En el rincón de un aposento discutían varios ancianos caballeros sobre las ventajas del servicio militar sobre el civil; en otro, algunas personas vestidas con magníficos fraques desgranaban ligeras observaciones sobre el trabajo, en varios volúmenes, de un laborioso poeta. Peskarev sintió de pronto que un señor de bastante edad y respetable aspecto lo cogía por el botón de su frac, proponiéndole que opinara sobre su última, justa, observación; pero el joven lo empujó brutalmente sin fijarse en que aquél ostentaba en el pecho una condecoración en demasía significativa. Se dirigió corriendo a otro aposento, pero tampoco allí estaba ella; un tercero, y tampoco.

-¿Dónde está? ¡Démenla! -exclamó desesperado-. ¡Yo no puedo vivir sin mirarla! ¡Quiero escuchar lo que quería decirme!

Pero toda su búsqueda resultó vana. Inquieto, cansado, se apoyó en un rincón mirando a la muchedumbre. Sus ojos, forzada su vista, empezaban a verlo todo nebuloso. Por fin empezaron a aparecérsele con claridad las paredes de su habitación. Levantó los ojos; ante él estaba la palmatoria con su vela a medio consumir, cuyo sebo se derretía sobre la mesa.

¿Se había dormido entonces? Y ¡qué sueño aquel, Dios mío!… ¿Por qué se despertó?… ¿Por qué no esperó un minuto más?… ¡Seguramente que ella habría vuelto!… Una luz enojosa, como nimbo empañado y desagradable, se asomaba por la ventana. ¡La habitación estaba llena de un desorden tan turbio y tan gris!… ¡Oh, qué repugnante era la realidad!… ¿Cómo poder compararla con el sueño?… Se desvistió rápidamente y envolviéndose en la manta se echó sobre la cama, anhelando volver, aunque sólo fuera por un instante, a aquel sueño desaparecido. Éste no tardó mucho tiempo en llegar, pero no en la forma que él deseaba: tan pronto veía al teniente Piragov con una pipa en la mano, como a un portero de academia, a un consejero o la cabeza de la lechera a la que en tiempos hiciera un retrato, o cualquier otro absurdo semejante.

Hasta el mediodía permaneció echado en la cama intentando dormir, sin que ella apareciera. ¡Si tan sólo por un momento hubiera dejado ver sus maravillosos rasgos! ¡Si sólo un momento se hubiera oído el ruido de sus ligeros pasos, o hubiera pasado raudo ante él el brillo de su brazo desnudo!…

Rechazando toda otra idea, olvidándose de todo, permanecía sentado en actitud desconsolada y sumergido únicamente en aquel ensueño. Sin moverse, sin tocar ningún objeto, miraban sus ojos, vacíos de interés y de toda vida, por la ventana que se abría sobre el patio, en el que un sucio aguador vertía el agua que se hacía hielo en el aire, y la cascada voz de un vendedor pregonaba: “¿Venden ropa vieja?…” Todo lo real, todo lo cotidiano, hería de extraña manera sus oídos. Así permaneció sentado hasta la noche, en que se tendió otra vez, ansioso, sobre la cama. Durante mucho tiempo luchó con el insomnio, pero por fin pudo vencerlo. De nuevo el sueño, pero el sueño vulgar…, feo… “¡Dios mío, apiádate de mí! ¡Aunque sólo sea un minuto!… ¡Un minuto solamente, muéstramela!” De nuevo esperó la llegada de la noche, de nuevo se durmió, soñó de nuevo con algún funcionario que era a la vez funcionario y fagot. ¡Oh!… ¡Aquello era insoportable!… ¡Por fin surgió ella!… ¡Su cabecita cubierta de rizos… lo miraba!… Pero ¡qué breve había sido su aparición!… De nuevo la niebla, de nuevo un sueño disparatado.

Al cabo, aquellos sueños llegaron a constituir su vida entera, y desde ese instante su vida adquirió un giro extraño. Podía decirse que dormía despierto y velaba dormido. Si alguien lo hubiera visto sentado y silencioso, delante de una mesa vacía, o andando sin rumbo por la calle, seguramente lo hubiera tomado por un lunático o por un ser destrozado por el abuso de las bebidas alcohólicas. Su mirada no revelaba la existencia de ningún pensamiento, y su habitual distracción había ido en aumento, hasta el punto de borrar de su semblante todo rastro de sentimiento. Sólo cuando llegaba la noche volvía a la vida.

Tal estado llegó a agotar sus fuerzas, siendo por fin su mayor martirio la pérdida total del sueño. Deseando defender aquella su única riqueza, puso en juego todos los medios para recobrarla. Había oído decir que había algo para conseguirlo y que esto era tan sólo el opio. Pero ¿dónde procurarse este opio? Recordó que conocía a cierto persa que tenía una tienda de chales y que siempre que lo encontraba le pedía que le hiciera el dibujo de alguna bella. Decidió dirigirse a él, pensando en que sin ninguna duda podía procurarle el opio que buscaba. El persa lo recibió sentado sobre sus pies cruzados en el diván.

-¿Para qué quieres el opio? -preguntó. Peskarev le refirió su insomnio.

-Bien. Yo te daré el opio que quieres, pero tendrás que dibujarme alguna beldad. Que sea bonita, que tenga las cejas negras y los ojos grandes como las aceitunas y que me dibujes a mí echado a su lado fumando mi pipa. ¿Me oyes? Que sea bonita…, que sea muy bonita.

Peskarev lo prometió todo. El persa salió un instante del aposento y volvió trayendo un tarrito lleno de un líquido oscuro, del que cuidadosamente vertió parte en otro tarrito que entregó a Peskarev diciéndole que no había de emplear más de siete gotas disueltas en agua. Ansioso, cogió aquél el valioso tarrito, que ni por un montón de oro hubiera cambiado, y alocado volvió a su casa. Al llegar a ésta echó unas cuantas gotas en un vaso de agua, las bebió y se echó a dormir.

¡Dios mío! ¡Qué alegría!… ¡Ella!… ¡Otra vez ella! Pero ahora completamente en distinto aspecto. ¡De qué bella manera estaba sentada junto a la ventana de una alegre casita de campo! Su vestimenta respiraba aquella sencillez con que la revistió el pensamiento del poeta. El peinado… ¡Qué sencillo este peinado y qué bien le iba!… Un pequeño pañuelo estaba echado al desgaire sobre su esbelto cuello. Todo en ella era recato, todo revelaba un inexplicable sentido del gusto. ¡Qué grato y gracioso modo de andar el suyo! ¡Cuánta música en el sonido de sus pasos y en el de su sencillo vestido! ¡Qué linda su muñeca oprimida por un brazalete!… Le decía, con una lágrima temblándole en los ojos:

-No me desprecie… No soy la que usted cree… ¡Míreme! ¡Míreme fijamente y dígame!… ¿Puedo ser yo capaz de lo que usted piensa?

-¡Oh!… ¡No, no! ¡El que se atreva a pensarlo…!

Pero en aquel momento se despertó, conmovido, deshecho y con los ojos llenos de lágrimas. “¡Más valiera que no hubieras existido nunca! ¡Que no hubieras pertenecido a este mundo y fueras sólo producto de la inspiración del artista! ¡No me hubiera entonces separado del lienzo, y eternamente te hubiera mirado y te hubiera besado!… ¡Hubiera vivido, hubiera respirado de ti como de un maravilloso ensueño y hubiera sido dichoso! ¡No hubiera tenido otros anhelos! Te hubiera evocado como a un ángel guardián antes del sueño o la vigilia, contemplándote cuando tuviera que expresar algo beatífico. En cambio, ahora…, ¡qué terrible vida!… ¿De qué puede servirme vivir? ¿Acaso la vida de un loco puede ser grata para los parientes y amigos que lo quisieron en un tiempo? ¡Dios mío!, ¿qué vida es la nuestra? ¿Una eterna pugna entre el sueño y la realidad?”

Semejantes pensamientos se sucedían en él sin cesar. No pensaba en nada. Apenas comía nada, y sólo con la impaciencia y pasión del amante esperaba la noche y con ella la llegada de la tan deseada aparición. Aquellos pensamientos, siguiendo siempre un mismo curso, llegaron a adquirir tal dominio sobre su ser y su imaginación, que la deseada imagen se le aparecía ya casi cada día y siempre en un aspecto contrario a la realidad; tan límpidos e iguales a los de un niño eran sus pensamientos. A través de aquel ensueño el objeto que lo motivaba se hacía más puro, transformándose completamente.

El opio encendía más vivamente sus pensamientos, y no hubo nunca un enamorado hasta un último y mayor grado de locura; uno más impulsivo, terrible, arrollador y rebelde que este pobre infeliz.

Entre todos sus sueños había uno que lo alegraba particularmente sobre los otros. Soñaba con su estudio. ¡Se veía en él tan alegre!… ¡Con tanto deleite sostenía la paleta entre las manos!… Ella estaba sentada allí. Era su mujer. Sentada a su lado, apoyaba su codo encantador sobre el respaldo de su silla, observando su trabajo. Sus lánguidos y cansados ojos parecían cargados de dicha. En toda la habitación se respiraba un ambiente de paraíso. ¡Era todo tan claro, tan cómodo! ¡Oh, supremo Creador!… Ella inclinaba su maravillosa cabecita sobre su pecho… ¡Nunca había tenido un sueño mejor! Después de él, se levantó más despejado y menos distraído que antes.

En su mente nacían extraños pensamientos. “¡Quién sabe si ha sido empujada al vicio por alguna terrible e involuntaria circunstancia! ¡Quién sabe si su alma se siente inclinada al remordimiento!… Puede que ella misma quiera escapar a su terrible situación… ¿Será posible asistir indiferente a su perdición, cuando bastaría tenderle la mano para sacarla de ella?” Sus pensamientos iban cada vez más lejos. “Nadie me conoce -se decía-. ¿A quién importo yo y quién me importa a mí? Si da pruebas de un claro remordimiento y cambia de vida, me casaré con ella. ¡Debo casarme con ella! Y seguramente haré mejor que otros que se casan con sus amas de llaves y hasta a menudo con las más despreciables criaturas. Mi rasgo, en cambio, sería desinteresado y hasta puede que grande. Devolveré al universo su más maravilloso adorno.”

Cuando hubo formado este proyecto sintió que el rubor encendía su rostro. Se acercó al espejo y se asustó de la demacración de sus mejillas y de la palidez de su rostro. Comenzó a vestirse esmeradamente. Se lavó, se peinó, se puso un frac nuevo y un elegante chaleco, se echó una capa sobre los hombros y se lanzó a la calle. Al respirar el aire libre sintió un frescor en el corazón como el convaleciente que sale por primera vez después de una larga enfermedad. El corazón le latía al acercarse a aquella calle que sus pies no habían vuelto a pisar desde el fatal encuentro.

Empleó mucho tiempo en buscar la casa, pues la memoria parecía fallarle. Dos veces pasó por la calle sin saber ante qué casa detenerse. Por fin, en una creyó ver la que buscaba. Subió apresuradamente la escalera y golpeó sobre la puerta, que se abrió y… ¿quién imaginan ustedes que le salió al encuentro? ¡Su ideal! ¡Su imagen misteriosa! ¡El objeto de sus ensueños, al que se sentía tan terriblemente ligado con tanto sufrimiento y a la vez con tanta dulzura!… ¡Ella! ¡Ella misma estaba delante de él!… Temblando, apenas podía sostenerse sobre los pies en su arrebato de alegría: ¡tal era su debilidad!

Estaba tan hermosa como siempre, aunque sus ojos parecían adormecidos y la palidez asomaba a su rostro, que comenzaba a perder algo de su frescura. Sin embargo, seguía siendo hermosa.

-¡Ah!… -exclamó al ver a Peskarev y restregándose los ojos; en aquel momento eran las dos de la tarde-. ¿Por qué huyó usted de nosotras aquel día?

Exhausto, él había caído sentado en una silla y la miraba.

-Acabo de despertarme. Me trajeron a las siete de la mañana. Estaba completamente borracha -añadió con una sonrisa.

¡Oh! ¡Más hubiera valido que fuera muda antes que pronunciar tales palabras!… Como en un panorama, toda la vida de aquella mujer se mostró ante los ojos de él. No obstante, resolvió probar si sus admoniciones eran capaces de ejercer algún efecto. Recobrando el ánimo, con la voz temblorosa y al mismo tiempo llena de pasión, empezó a dibujarle todo el horror de la situación en que la veía. Ella lo escuchaba con atención y con aquel sentimiento de asombro que despierta en nosotros lo inesperado y lo extraño. Sonriendo ligeramente, dirigió una mirada a su amiga sentada en un rincón, que, dejando de limpiar el peine que estaba limpiando, se puso también a escuchar con atención al nuevo predicador.

-Es verdad que soy pobre -dijo por último Peskarey, después de su largo sermón- pero trabajaremos, nos esforzaremos a cuál más en mejorar nuestra vida. Nada hay más grato que debérselo todo a sí mismo. Yo, ocupado con mis pinturas; tú, sentada a mi lado, inspirando mis trabajos, bordarás o te emplearás en otras labores manuales, y no necesitaremos de nada más.

-¿Cómo iba a ser posible eso? -dijo ella, interrumpiendo su discurso y con cierto desprecio-. Yo no soy ninguna costurera o lavandera… para ponerme a trabajar.

¡Dios mío!… ¡Toda aquella vida baja y despreciable, que el ocio y el vacío, los dos fieles compañeros del vicio, ocupaban únicamente, se revelaba en estas palabras!

-¿Por qué no se casa usted conmigo? -dijo con descaro, de pronto, la amiga, que hasta entonces permanecía callada en un rincón-. Si yo llego a ser su mujer, me pasaré la vida así sentada.

Y diciendo esto, su lastimoso rostro adoptó una necia expresión, que hizo reír mucho a la bella.

¡Oh! ¡Esto ya era demasiado! Para soportarlo no le quedaban fuerzas. Incapaz de pensar ni de sentir ya nada, echó a correr fuera de allí. Su cerebro se turbó. Estúpidamente, sin rumbo determinado, vagó todo el día por las calles. Nadie pudo saber nunca dónde pasó la noche, y sólo a la mañana siguiente el torpe instinto lo condujo a su casa, en la que penetró pálido, con terrible aspecto y síntomas de locura en el semblante. Se encerró en su habitación, sin dejar pasar a nadie ni pedir nada. Cuatro días transcurrieron y su cuarto continuaba cerrado; después, una semana, sin que éste se abriera.

Se acercaron las gentes a su puerta, empezaron a llamar a ella, pero sin recibir respuesta; por fin la forzaron, y encontraron su cadáver con un tajo en la garganta. Una navaja cubierta de sangre se encontraba en el suelo, mientras que por sus brazos convulsivamente extendidos y el rostro terriblemente contorsionado podía deducirse que su mano no había sido certera y que había sufrido largo tiempo antes de que su alma pecadora abandonara su cuerpo.

Así, pues, pereció, víctima de su loca pasión, el pobre tímido, modesto, infantilmente ingenuo Peskarev, dotado de aquella chispa de talento que quién sabe si algún día se hubiera trocado en brillante llama. Nadie lo lloró, nadie estuvo junto a su cadáver en aquella hora, fuera del acostumbrado policía y el indiferente médico municipal. Su ataúd, sin celebración de oficios religiosos, fue llevado a Ojta, y con la única compañía de un viejo guarda, antiguo soldado, quien no cesó de llorar durante el fúnebre acto, y esto porque había bebido demasiado vodka. Ni siquiera el teniente Piragov vino a contemplar el cadáver del infeliz al que en vida dispensara su alta protección. No tenía tiempo para ello en aquel momento, pues se había visto mezclado con un acontecimiento extraordinario. Vamos, pues, a ocuparnos de él.

No me gusta nada todo lo relacionado con los difuntos, y siempre me resulta desagradable contemplar el desfile de un entierro, con su largo cortejo que se atraviesa en el camino, y cómo un soldado inválido, vestido de capuchino, se ve obligado a tomar rapé con la mano izquierda, porque lleva la derecha ocupada en sujetar un hachón. La vista de una rica carroza fúnebre, con su ataúd de terciopelo, causa siempre enojo en mi alma, mientras que la caja rota y desnuda de un pobre diablo, tras la que se arrastra una mendiga que no tenía mejor cosa que hacer y que se cruzó con él en la calle, me produce, en cambio, una mezcla de enojo y compasión.

Me parece recordar que abandonamos al teniente Piragov en el momento en que se separaba del desdichado Peskarev, apresurándose tras la rubia. Era esta rubia una criaturita ligera y bastante atractiva. Se detenía ante todas las tiendas, miraba los cinturones, pañuelos, pendientes, guantes y demás chucherías, moviéndose sin cesar, mirando en todas direcciones y volviendo la cabeza hacia atrás. “Bien, bien…, palomita mía”, decía con aire satisfecho de sí mismo Piragov, prosiguiendo su persecución y ocultando el rostro bajo el embozo del capote, por si encontraba a alguno de sus conocidos. No estará de más, sin embargo, dar a conocer a los lectores quién era el teniente Piragov.

Antes de decirlo, convendría también ocuparnos un poco de la sociedad a que éste pertenecía. Hay algunos oficiales en Petersburgo que constituyen una cierta clase media de la ciudad. En la comida ofrecida por un consejero que después de cuarenta años de servicios obtuvo su categoría, encontrará usted siempre a uno de ellos. Entre unas cuantas pálidas (y tan descoloridas como Petersburgo) hijas de familia, de las cuales algunas alcanzaron una excesiva madurez; junto a la mesita de té, el piano y en medio de los bailes familiares, inseparables de todo esto, verá usted brillar a la luz de la lámpara, entre la rubia formalita, su hermanito o el amigo de la casa, las inevitables charreteras. No es empresa fácil divertir ni hacer reír a estas señoritas de sangre fría, y es preciso para ello disponer de mucho arte o, mejor dicho, no tener ninguno. Es necesario hablar de una manera que no sea ni demasiado inteligente ni demasiado chistosa y que todo esté impregnado de aquella mezquindad que tanto gusta a las mujeres.

En su habilidad para ejercitar este arte, hay que hacer justicia a dichos señores oficiales. Estos tienen el don especial de saber hacer reír y de saber escuchar a estas bellas descoloridas. Exclamaciones ahogadas en risa, semejantes a éstas: “¡Ah!… ¡Cállese ya!… ¿No le da vergüenza hacer reír de esa manera?…”, suelen ser para ellos la mejor recompensa.

En la alta sociedad no se les ve con frecuencia; mejor dicho, no se les ve nunca. Son arrojados de ella por los llamados aristócratas. Sin embargo, se les considera gente erudita y bien educada. Les agrada charlar de literatura, alaban a Bulgarin, Pushkin y Grech y hablan con desprecio y de manera punzante de A.A. Orlov. No dejan pasar ninguna conferencia sin asistir a ella, aunque ésta verse sobre la contabilidad o sobre selvicultura. En el teatro, sea cual sea la obra, verá usted siempre a alguno de ellos, a no ser que la obra representada sea Filatki o cualquier otra de este género, que tanto ofende a su refinado gusto. En el teatro se pasan la vida. Son el público más ventajoso para las empresas teatrales. De una obra les agradan especialmente los buenos versos; también les complace llamar a escena con fuerte voz a los artistas. Muchos de ellos, por tener un empleo de profesor en una institución del Estado o por preparar a los alumnos para una de esas instituciones, llegan a poseer un coche y un tronco de caballos. Su círculo entonces se amplía y consiguen por fin hasta casarse con la hija de un comerciante, que sabe tocar el piano y que tiene 100,000 (o cerca de 100,000) rublos de dote y un montón de parientes barbudos. Sin embargo, a este honor no pueden aspirar hasta alcanzar por lo menos el grado de coronel, porque aquellos barbudos, aunque todavía olieran a coles, no querrían de ninguna manera casar sus hijas más que con generales o por lo menos con coroneles.

Éstos son los principales rasgos que caracterizaban a dichos jóvenes. El teniente Piragov, sin embargo, tenía una serie de habilidades de su propiedad particular. Sabía declamar de excelente manera los versos de Dimitri Donskoi y de Gore ot Uma, tenía un arte especial para extraer sortijillas de humo de su pipa (logrando formar hasta diez, las unas dentro de las otras), contaba con mucha gracia la anécdota del cañón y el rinoceronte. En suma, resulta bastante difícil enumerar todas las facultades con que el destino había dotado a Piragov. Gustaba de opinar sobre alguna actriz o bailarina, pero no con el tono rotundo con que suele hacerlo un joven alférez. Se sentía contento de su graduación, a la que sólo hacía poco tiempo ascendiera, aunque a veces, tendido en el diván, solía repetirse: “Todo son vanidades… ¿Qué importa que yo sea teniente?” Sin embargo, interiormente le halagaba aquella distinción.

En las conversaciones solía aludir a su graduación, y una vez, habiendo encontrado en la calle a un escribano del ejército que le pareció descortés, detuvo a éste y en pocas, pero enérgicas palabras, le hizo entender que ante él estaba un teniente y no un oficial cualquiera. Se sentía además especialmente elocuente, pues en ese momento pasaban delante de él dos señoras bastante agraciadas. Por lo general, Piragov aparentaba sentir pasión por todo lo que fuera fino, y protegía al pintor Peskarev, aunque esto tal vez ocurriera porque sentía grandes deseos de ver reproducida sobre un lienzo su vigorosa fisonomía. Pero ya hemos hablado bastante de las cualidades de Piragov. El hombre es una criatura tan portentosa, que resulta imposible enumerar todas sus cualidades, pues cuanto más considera uno éstas, más aparecen otras nuevas, por lo que la descripción de todas ellas sería interminable.

Así, pues, dijimos que Piragov continuaba su persecución de la desconocida, dirigiéndole de cuando en cuando alguna pregunta, a la que ella contestaba brevemente y con sonidos poco articulados.

Después de atravesar la puerta de Kasañ salieron a la calle Meschanskaia, calle de los estancos, de las tiendas de ultramarinos, de los artesanos alemanes y de las ninfas prebálticas. La rubia apresuró el paso y entró volando por la puerta de una casa bastante sucia. Piragov la siguió. Ella subió corriendo la estrecha y oscura escalera y se adentró por una puerta, por la que también Piragov penetró valientemente. Se encontró en una gran habitación de negras paredes, cuyo techo estaba sucio de hollín. Un montón de tornillos de hierro e instrumentos del mismo metal -relucientes cafeteras y palmatorias- estaba encima de la mesa. El suelo aparecía sembrado de virutas de cobre y de hierro. Piragov comprendió en el acto que aquélla era la casa de un artesano. La desconocida se metió por una puerta lateral. Piragov dudó un momento sobre lo que debía hacer; pero luego, siguiendo las reglas rusas, decidió seguir adelante. Entró en una segunda habitación, que no se parecía en nada a la primera y en la que reinaba cierto aseo, por lo que comprendió que su dueño era alemán. Después, la vista de algo particularmente extraño lo dejó asombrado.

Ante él estaba sentado Schiller. No aquel Schiller que escribió Guillermo Tell y la Historia de la guerra de los Treinta Años, sino el célebre Schiller, maestro forjador de la calle Meschanskaia. Junto a Schiller estaba, en pie, Hoffmann. No el escritor Hoffmann, sino el hábil zapatero de la calle Ofitzerskaia, gran amigo de Schiller. Éste, borracho, estaba sentado en una silla, golpeando el suelo con el pie y diciendo algo apasionado. Quizá esto solo no hubiera bastado a asombrar a Piragov; pero lo que sí le extrañó sumamente fue la posición singular de las figuras.

Schiller, sentado y alzando la cabeza, levantaba su asaz gruesa nariz, mientras Hoffmann sujetaba ésta con dos de sus dedos y daba vueltas sobre su superficie, con la mano, a una cuchilla de zapatero. Ambos hablaban en alemán, por lo que el teniente Piragov, que únicamente sabía decir en esta lengua guten Morgen, no podía comprender de lo que se trataba. En realidad, las palabras de Schiller eran las siguientes:

-¡No la quiero! ¡No necesito para nada la nariz! -decía gesticulando-. Sólo la nariz me hace gastar tres libras de tabaco al mes… ¡Por cada libra tengo que pagar 40 kopeks en una mala tienda rusa…, porque en la alemana no tienen tabaco ruso!… ¡Los pago!… Eso hace un rublo y 20 kopeks… ¡Al año…, 14 rublos y 40 kopeks! ¿Lo estás oyendo, amigo Hoffmann?… ¡Sólo la nariz me cuesta 14 rublos 40 kopeks!… Además, añade que los días de fiesta tomo rapé4, porque esos días no quiero tabaco ruso malo. Me tomo al año 2 libras de rapé, que me cuestan 2 rublos cada una. Seis…, más 14…, son 20 rublos 40 kopeks… ¡Sólo en tabaco! ¿Es o no es un robo, te pregunto yo, amigo Hoffmann? ¿No es verdad?… -Hoffmann, también borracho, le contestaba afirmativamente-. ¡20 rublos y 40 kopeks!… ¡Soy alemán!… ¡Tengo un rey en Alemania!… ¡Yo no quiero mi nariz! ¡Córtamela! ¡Toma mi nariz!

Es indudable que sin la aparición del teniente Piragov, Hoffmann se la hubiera cortado, en efecto, sin más ni más, pues ya tenía cogida la cuchilla de la manera que se suele coger ésta cuando se dispone uno a cortar una suela. El que un desconocido, una persona extraña, viniera de pronto a molestarlos, produjo gran enojo a Schiller. A pesar de encontrarse bajo los vapores de la cerveza y del vino, sentía la inconveniencia de mostrarse en aquel estado y ocupado en tal operación ante un testigo. Mientras tanto, Piragov, inclinándose ligeramente, según su grata manera, dijo:

-Perdóneme…

-¡Fuera! -gritó Schiller, prolongando las sílabas.

Esto dejó perplejo al teniente Piragov. Tal conducta era completamente nueva para él. La sonrisa que empezaba a dibujarse en su rostro desapareció de repente. Con una expresión de dignidad afligida, dijo:

-Me parece esto extraño, señor mío… Seguramente no se ha fijado usted en que soy oficial…

-Y ¡qué importa que sea usted oficial! ¡Yo soy alemán de Suabia! También yo seré oficial alguna vez. Año y medio de junker, dos de teniente… Como quien dice, mañana seré oficial. ¡Pero no quiero servir! ¡A un oficial le hago yo así!

Y diciendo esto, Schiller sopló sobre la palma de su mano. El teniente Piragov comprendió que no le quedaba otra cosa que hacer más que marcharse. Esto, sin embargo, no se avenía con su rango y le resultaba desagradable. Mientras bajaba se detuvo varias veces en la escalera, como queriendo recobrar el ánimo y pensar en la manera de hacer sentir a Schiller su atrevimiento. Por fin decidió que se le podía perdonar, porque tenía la cabeza llena de cerveza y porque, además, su imaginación seguía ocupada en la bonita rubia, en vista de lo cual resolvió dar al olvido el asunto.

Al día siguiente, muy de mañana, el teniente Piragov se presentó en la forja del maestro. En la primera habitación le salió al encuentro la linda rubia, que con una voz bastante severa, que iba muy bien a su carita, le preguntó:

-¿Qué desea usted?

-¡Hola, guapita! ¿No me reconoce, picaruela? ¡Qué ojos tan bonitos!…

Y diciendo esto, el teniente Piragov intentó de graciosa manera levantarle la barbilla.

Pero la rubia, asustada, lanzó una exclamación, y con la misma severidad volvió a preguntarle:

-¿Qué desea usted?

-Verla nada más -dijo el teniente Piragov, sonriendo agradablemente y acercándose más a ella; pero observando que la asustadiza rubia intentaba deslizarse por la puerta, añadió-: Necesito, monina, encargarme un par de espuelas. ¿Podría usted hacérmelas? Aunque el que la quiera, más que espuelas necesitaría riendas. ¡Qué manitas tan lindas!

El teniente Piragov era siempre sumamente amable en esta clase de conversación.

-Voy a llamar en seguida a mi marido -exclamó la alemana.

Se fue, y a los pocos minutos el teniente Piragov vio aparecer a Schiller, con ojos adormilados y apenas recobrado de su borrachera de la víspera. Al mirar al oficial recordó como un sueño embrumado los acontecimientos del día anterior. No se acordaba de nada determinado, pero tenía el sentimiento de haber hecho alguna tontería, lo cual le hizo recibir al oficial con aire severo.

-Por un par de espuelas no puedo llevar menos de quince rublos -dijo, deseando deshacerse de Piragov, pues como honrado alemán le daba vergüenza encontrarse ante quien lo viera en situación inconveniente.

A Schiller le gustaba beber sin testigos, sólo en compañía de dos o tres amigos, y durante este tiempo se ocultaba a los ojos de todos, incluso de sus empleados.

-¿Por qué tan caro? -dijo Piragov, con cariñoso acento.

-Es un trabajo alemán -contestó Schiller con sangre fría, acariciándose la barbilla-. Un ruso llevaría por ello dos rublos.

-Muy bien. Para demostrarle que me inspira usted afecto y que deseo llegar a conocerle, le pagaré quince rublos.

Schiller se quedó parado un momento, reflexionando. En su calidad de honrado alemán, sentía vergüenza. Deseando declinar el encargo, declaró que antes de dos semanas no podría hacerlas. Pero Piragov, sin discusión alguna, manifestó su conformidad.

El alemán, pensativo, empezó a meditar sobre cómo efectuar el trabajo para que éste valiera, en efecto, quince rublos. En este momento la rubia penetró en la forja, poniéndose a buscar algo en la mesa llena de cafeteras. El teniente, aprovechando la meditación de Schiller, se acercó a ella y estrechó su brazo desnudo hasta el mismo hombro. Esto no gustó en absoluto a Schiller.

–Meine Frau! -gritó.

–Was wollen Sie doch? -contestó la rubia.

–Gehen Sie a la cocina!

La rubia se retiró.

-Entonces, ¿dentro de dos semanas? -preguntó Piragov.

-Sí… Dentro de dos semanas -contestó pensativo Schiller-. Ahora tengo mucho trabajo.

-Adiós. Ya vendré a verlo.

-Adiós -contestó Schiller, cerrando la puerta tras él. El teniente Piragov decidió no abandonar su empresa, a pesar de que la alemana le había dado pocas alas. No podía comprender cómo se le podía rechazar, cuando su amabilidad y brillante rango lo hacían acreedor a toda clase de atenciones. Hay que decir también que la mujer de Schiller, a pesar de su grato exterior, era muy tonta. La tontería, por otra parte, constituye el encanto principal de una esposa guapa; yo, por lo menos, he conocido a muchos maridos que se sienten encantados de la estupidez de sus mujeres y ven en ellas todos los síntomas de una ingenuidad infantil. La belleza hace en este punto verdaderos milagros.

Todos los defectos morales en una bella, en lugar de producir repugnancia, se tornan extraordinariamente atrayentes; el vicio mismo se respira en ellas con agrado; desaparece, en cambio, la belleza, y necesita una mujer ser por lo menos veinte veces más inteligente que el hombre para inspirarle, si no amor, por lo menos estimación. La mujer de Schiller, a pesar de su estupidez, era siempre fiel a su deber, y por ello había de ser bastante difícil a Piragov conseguir éxito en su atrevida empresa; empero, al vencimiento de los obstáculos va siempre unido un goce, y la rubia se le hacía cada día más interesante. Comenzó a venir con bastante frecuencia a preguntar por sus espuelas, cosa que acabó aburriendo a Schiller, hasta el punto de que empleó todos sus esfuerzos para terminarlas cuanto antes. Por fin quedaron hechas.

-¡Qué magnífico trabajo! -exclamó el teniente Piragov al ver las espuelas-. ¡Dios mío! ¡Qué bien hechas están! ¡Ni siquiera nuestro general tiene unas iguales!

Un sentimiento de satisfacción floreció en el alma de Schiller. Sus ojos adquirieron una expresión de alegría e hizo las paces con Piragov. “El oficial ruso es un hombre inteligente”, pensó para sí.

-Entonces, ¿podría usted hacer también una empuñadura a un puñal o a cualquier otro objeto?

-¡Oh! ¡Claro que puedo! -dijo Schiller con una sonrisa.

-Pues entonces hágame una empuñadura a un puñal. Tengo uno turco muy bueno, al que quisiera cambiársela.

Esto fue como una bomba para Schiller. Su frente se frunció de repente. “Ahora esto…”, pensó para sí, reprochándose el haber sido el causante de que le encargaran un nuevo trabajo. Rehusar le parecía una falta de honradez, y además el oficial ruso había alabado su trabajo. Movió ligeramente la cabeza, expresando su conformidad; pero el beso que Piragov al marcharse depositó con descaro en los mismos labios de la linda rubia lo sumergió en el mayor asombro.

No considero superfluo hacer conocer al lector más estrechamente a Schiller. Era éste un verdadero alemán, en todo el sentido de la palabra. Ya a los veinte años, en aquella dichosa edad en que el ruso vive como le viene en gana, había Schiller organizado su vida entera sin apartarse en ningún momento de aquel modo de vivir. Decidió levantarse a las siete de la mañana, comer a las dos, ser exacto en todo y emborracharse cada domingo. Decidió en el transcurso de diez años hacerse un capital de 50,000 rublos, y su decisión era tan firme y tan invencible como el destino mismo. Antes podría olvidarse un funcionario de dar la consabida vuelta por la portería de su superior, que un alemán faltar a su palabra.

En ningún caso aumentaba sus gastos, y si el precio de las papas era más alto de lo corriente, no añadía para su compra ni una sola kopeika, sino que reducía su cantidad, y aunque se quedaba a veces un poco hambriento, llegaba a acostumbrarse. Su exactitud se extendió hasta el punto de decidir no besar a su mujer más de dos veces en veinticuatro horas, y para no hacerlo ni una sola vez más no tomaba más que una cucharadita de pimienta en la sopa, aunque hay que decir que el domingo esta regla no se ejecutaba tan severamente, porque Schiller aquel día se bebía dos botellas de cerveza y una de vodka con cominos, que, sin embargo, solía ser objeto de su censura. Su manera de beber no era igual a la de un inglés, que en cuanto acaba de comer cierra la puerta con pestillo y se emborracha solo. Él, por el contrario, como buen alemán, bebía con inspiración; unas veces con el zapatero Hoffmann y otras con el carpintero Kuntz, también alemán y gran borracho. Así era, pues, el carácter del distinguido Schiller, que por esta vez se veía en una situación excesivamente difícil. A pesar de ser flemático y alemán, el proceder de Piragov despertaba en él algo semejante a los celos. No obstante, movía la cabeza y no podía encontrar la manera de deshacerse de aquel oficial ruso. Mientras tanto, Piragov, fumando su pipa en el círculo de sus amigos (porque quiere el destino que donde haya oficiales haya pipas), hacía alusiones significativas, envueltas en grata sonrisa, sobre la aventura respecto de la bonita alemana, con la cual, según sus palabras, tenía ya mucha amistad, aunque en realidad casi había perdido ya toda esperanza de inclinarla a su favor.

Un día, mientras paseaba por la calle Meschanskaia mirando a la casa sobre la que destacaba hermosamente el anuncio de Schiller, en el que aparecían cafeteras y algún samovar, percibió con la mayor alegría la cabecita de la rubia, que se inclinaba por la ventana para mirar a los transeúntes. La saludó con la mano y dijo:

–Guten Morgen.

La rubia lo saludó a su vez como a un conocido.

-Qué, ¿está en casa su marido?

-Sí; está en casa -contestó la rubia.

-Y ¿cuándo no está en casa?

-Los domingos no está en casa -dijo la tontita rubia. “Bien -pensó para sí Piragov-. Hay que aprovechar esto.”

Al domingo siguiente, como un aguacero inesperado, apareció ante la rubia. Schiller no estaba, en efecto, en casa. La linda dueña se asustó; pero Piragov, procediendo esta vez con mucho cuidado, la trató con gran respeto y mostró al saludarla toda la arrogancia de su esbelto talle. Bromeó agradablemente y con gran consideración; pero la tontita alemana le contestaba de una manera lacónica. Al cabo, y viendo que nada podía divertirla, le propuso bailar. La alemana se mostró conforme al momento, pues a todas las alemanas les agrada mucho bailar.

Piragov basaba mucho en esto sus esperanzas; primeramente, porque le gustaría; segundo, porque le daría ocasión de lucir su silueta y su habilidad, y tercero, porque bailando podía uno aproximarse más, abrazar a la bonita alemana y empezar su conquista. En una palabra, en esto radicaría su éxito.

Comenzó por una gavota, sabiendo que con las alemanas hay que emplear cierta graduación. Ella se colocó en el centro de la habitación y alzó el maravilloso piececito. Tal actitud admiró tanto a Piragov, que se apresuró a besarla. La alemana se puso a gritar, lo que la hizo aún más encantadora a los ojos de Piragov, que la cubrió de besos. De repente, la puerta se abrió y por ella entró Schiller, acompañado de Hoffmann y el carpintero Kuntz. Todos estos dignos artesanos estaban borrachos como cubas.

Dejo a mis lectores juzgar del frenesí y la indignación que se apoderaron de Schiller.

-¡Bruto! -gritaba, presa de la mayor furia-. ¿Cómo te atreves a besar a mi mujer? ¡Eres un canalla y no un oficial ruso! ¡Qué diablos, amigo Hoffmann! ¡Yo soy alemán, por fortuna, y no un cochino ruso! ¡Oh!… ¡No consiento que me engañe mi mujer! ¡Agárralo por el cuello, amigo Hoffmann!… ¡No lo consiento! -prosiguió, gesticulando mientras su cara se semejaba al paño rojo de su chaleco-. ¡Ocho años hace que vivo en Petersburgo! ¡En Suabia vive mi madre, y mi tío en Nüremberg! ¡Soy alemán! ¡Desnúdenlo! ¡Amigo Hoffmann, amigo Kuntz!… ¡Cójanlo por los pies y por las manos!

Y los alemanes cogieron por los pies y por las manos a Piragov. En vano se esforzaba éste por luchar. Aquellos tres artesanos eran los más robustos de todos los alemanes de Petersburgo. Se portaron con él de una manera tan brutal y tan descortés, que confieso no poder encontrar palabras capaces de describir el triste acontecimiento.

Estoy seguro de que al día siguiente Schiller, presa de una fuerte fiebre, temblaría como la hoja del árbol, esperando la llegada de la policía, como también estoy seguro de que hubiera dado todo lo indecible porque lo ocurrido la víspera hubiera sido un sueño. Sin embargo, esto ya no tenía remedio. En cuanto al enfado e indignación de Piragov…, nada había que pudiera comparárseles. La idea sólo de tan terrible ofensa le producía frenesí. Consideraba a Siberia y a todos los látigos como el ínfimo castigo para Schiller. Marchó corriendo a su casa para desde allí, después de vestirse, dirigirse directamente al general y describirle con los más vivos colores la furia de los artesanos alemanes. También se proponía presentar una queja al Estado Mayor, pensando también en elevar ésta aún más alto si el castigo infligido era pequeño.

No obstante, todo aquello terminó de una manera extraña: durante el camino entró en una confitería, en la que se comió dos hojaldres; leyó alguna cosa en el diario Abeja del Norte y salió de allí más aliviado del enfado. Además, la tarde, fresca y agradable, lo invitó a dar un paseo por la perspectiva Nevski.

Hacia las nueve, y habiéndose ya tranquilizado, empezó a encontrar incorrecto el molestar al general en un domingo, pensando también que estaría ausente. Por tanto, se dirigió a una reunión que celebraba en su casa el jefe del Colegio de Inspectores, a la que acudía una sociedad muy agradable compuesta de funcionarios y oficiales. Pasó con gran gusto la velada, distinguiéndose de tal manera al bailar la mazurka, que maravilló no solamente a las damas, sino también a los caballeros.

“¡Qué mundo tan extraño el nuestro!”, pensaba yo cuando pasaba hace tres días por la perspectiva Nevski, acordándome de estos acontecimientos. ¡De qué modo tan singular, tan incomprensible, juega con nosotros el destino!… ¿Conseguimos alguna vez lo que deseamos? ¿Alcanzamos aquello para lo que están dispuestas nuestras fuerzas?

Todo ocurre, por el contrario, al revés. Al uno otorgó la suerte maravillosos caballos y pasea con ellos indiferente, sin reparar en su belleza, mientras que otro, cuyo corazón arde de pasión por los caballos, camina a pie y se satisface tan sólo chascando la lengua cuando delante de él pasa un buen trotador. Aquél dispone de un magnífico cocinero; pero, desgraciadamente, su boca es tan pequeña que no puede pasar por ella más de dos pedacitos; otro la tiene, en cambio, del tamaño del arco del edificio del Estado Mayor y ha de contentarse con comida alemana hecha a base de papas. ¡De qué extraña manera juega con nosotros el destino! Pero lo más singular de todo esto son los sucesos que ocurren en la perspectiva Nevski. ¡Oh!… ¡No crea usted en la perspectiva Nevski! Yo, cuando paso por ella, me envuelvo más fuertemente en mi capa y me esfuerzo en no mirar nada de lo que me sale al encuentro. ¡Todo es engaño! ¡Todo es ensueño! ¡Todo es otra cosa de lo que parece!

Imagina usted que el señor que pasea vestido de levita tan maravillosamente hecha es muy rico… Pues nada de eso. Ese señor se compone sólo de su levita. Usted imagina que aquellas dos gordinflonas detenidas ante una iglesia están apreciando su arquitectura… Nada de eso. Hablan de la manera extraña con que dos cuervos se sentaron uno frente a otro. A usted se le figura que aquel entusiasta que gesticula está contando cómo su mujer tiró por la ventana una bolita a un oficial desconocido…, cuando de lo que está hablando es de La Fayette. Piensa usted que estas damas… Pero a las damas créalas usted lo menos posible. Contemple lo menos posible los escaparates de las tiendas. Las bagatelas expuestas en ellas son maravillosas, pero huelen a enorme cantidad de dinero…, y, sobre todo…, ¡Dios le guarde de mirar bajo los sombreritos de las damas!… Aunque a lo lejos vuele, atrayente, la capa de una bella…, por nada del mundo iré en pos de ésta a curiosear. Lejos…, por amor de Dios…, ¡más lejos del farol! Pase usted muy de prisa, lo más de prisa que pueda, delante de él. Tendrá usted suerte si lo único que le ocurre es que le caiga una mancha de aceite maloliente sobre su elegante levita. Pero no es sólo el farol lo que respira engaño.

En todo momento miente la perspectiva Nevski; pero miente sobre todo cuando la noche la abraza con su masa espesa, separando las pálidas y desvaídas paredes de las casas, cuando toda la ciudad se hace trueno y resplandor, y minadas de carruajes pasan por los puentes, gritan los postillones saltando sobre los caballos y el mismo demonio enciende las lámparas con el único objeto de mostrarlo todo bajo un falso aspecto.

FIN

1835

1. En Petersburgo la mayoría de las avenidas se llaman “perspectivas”.
2. Librea:  Traje de uniforme, generalmente con levita y distintivos, que llevan algunos empleados y criados.
3. Berlina: Coche hipomóvil, suspendido, con cuatro ruedas y provisto de capota.
4. Rapé: Tabaco reducido a polvo, especialmente preparado para ser tomado por la nariz.

Biblioteca Digital Ciudad Seva

segunda-feira, 11 de maio de 2015

Noche de mayo o la ahogada



Nicolai Gogol

I
GANNA

«¡El diablo lo entienda! Cuando la gente cristiana se propone hacer algo, se atormenta, se afana como perros de caza en pos de una liebre, y todo sin éxito. Pero en cuanto se mete de por medio el diablo, tan sólo con que mueva el rabo, y no se sabe por dónde, todo se arregla como si cayera del cielo.»

Una sonora canción fluía como un río por las calles del pueblo... Era el momento en que los mozos y las mozas, fatigados por los trabajos y preocupaciones del día, se reunían ruidosamente formando un corro bajo los fulgores de una límpida noche, para volcar toda su alegría en sonidos habitualmente inseparables de la melancolía. El atardecer, eternamente meditativo, abrazaba soñando al cielo azul, convirtiéndolo todo en vaguedad y lejanía. Aunque ya había llegado el crepúsculo, las canciones no habían cesado, cuando, con la bandurria en la mano, se deslizaba por las calles, después de haberse escurrido del grupo de cantores, el joven cosaco Levko, hijo del alcalde del pueblo.

Un gorro cubría la cabeza del cosaco, que iba por las calles rasgueando las cuerdas de la bandurria e iniciando a su sonido ligeros pasos de danza. Por fin se detuvo ante la puerta de una jata circundada de pequeños guindos. ¿De quién era esta jata?... ¿De quién era esta puerta?... Después de haber callado un momento, Levko empezó a tocar la bandurria, y cantó:

El sol está bajo;
la noche, cerca;
sal a verme,
corazoncito mío.

-No... Por lo visto se ha dormido de firme..., mi bella de los claros ojos -dijo el cosaco al terminar la canción, acercándose a la ventana-. ¡Galiu, Galiu! ¿Duermes o es que no quieres salir?... ¿Temes que alguien pueda vernos o no quieres exponer tu blanca carita al frío?... No temas, no hay nadie, la noche es tibia. Pero si apareciera alguien, yo te cubriría con mi casaca, te rodearía con mi cinturón, te taparía con mis manos, y nadie nos vería. Y si soplara una fría ráfaga, te estrecharía más contra mi corazón. Te calentaría con mis besos, metería en mi gorra tus piececitos blancos. ¡Corazón mío!... ¡Pececito mío! ¡Mi collar!.... ¡Mírame por un instante!... ¡Saca al menos por la ventana tu blanca manita!... No. No duermes, orgullosa muchacha -dijo Levko más alto y con la voz del que se avergüenza de la humillación de un momento-: ¿Te gusta burlarte de mí?... Pues, ¡adiós!

Aquí Levko se volvió, calose al sesgo su gorro y se apartó altivamente de la ventana, rasgueando con suavidad las cuerdas de la bandurria. En este momento giró el picaporte de madera de la puerta, se abrió ésta con un crujido, y una muchacha de diecisiete primaveras franqueó el umbral, mirando tímidamente alrededor y sin soltar el picaporte. En la semioscuridad brillaban como estrellas los claros y acogedores ojos y el collar de rojo coral. A la mirada de águila del mozo no podía esconderse el rubor que asomaba, vergonzoso, a las mejillas de Ganna.

-¡Qué impaciente eres! -dijo ésta a media voz -. Ya estás enfadado. ¿Por qué has elegido esta hora? Por las calles anda una muchedumbre de hombres... Estoy temblando...

-¡Oh..., no tiembles, pececito mío! ¡Estréchate más contra mí! -dijo el mozo, abrazándola apartando la bandurria colgada del cuello por una larga correa y sentándose con la joven a la puerta de la jata-. Bien sabes que sólo una hora sin verte me resulta amarga.

-¿Sabes tú lo que pienso yo? -lo interrumpió la muchacha, hundiendo sus ojos en los de él-. Algo parece murmurarme al oído que en adelante no nos veremos tan a menudo. La gente de tu aldea no es buena. ¡Las muchachas miran a una con tanta envidia!, y los mozos... Hasta observo que mi madre, en estos últimos tiempos, ha empezado a guardarme más severamente. Confieso que me resultaba más alegre la vida en casa de extraños-. Cierto movimiento de tristeza se expresó en su cara al pronunciar estas últimas palabras.

-Llevas sólo dos meses en tu casa paterna y ya estás triste. Puede ser que yo también te haya aburrido...

-¡Oh!... ¡Tú no me has aburrido!... -dijo ella, sonriendo-. Yo te amo, cosaco de las negras cejas... Te amo porque tienes los ojos castaños y porque, cuando me miras, toda mi alma parece sonreír y se siente alegre y contenta. Porque la manera que tiene de estremecerse tu negro bigote es amable, porque vas por la calle cantando y tocando la bandurria y da gusto escucharte.

-¡Oh, muchacha querida! -exclamó el mozo besándola y estrechándola con más fuerza contra su pecho.

-Espera, espera, Levko. Dime antes si has hablado con tu padre.

-¿Qué? -dijo él como despertando-. Sí, le he hablado de que quiero casarme contigo y que tú quieres ser mi esposa-. Pero las palabras sonaron con cierta melancolía.

-¿Y qué?

-¿Qué voy a hacer con él? El viejo testarudo, como de costumbre, se hace el sordo, no quiere oír nada y encima me regaña diciéndome que ando vagando Dios sabe por dónde, y que me voy de bureo con los mozos por las calles. Pero no te apenes, Galiu mía... Te doy mi palabra de cosaco de que llegaré a convencerle.

-¡Sí, bastará una palabra tuya para que todo salga a tu gusto! Lo sé por mí misma. Algunas veces no te escucharía, pero dices algo, y sin querer hago lo que tú quieres. Mira, mira... -continuó ella reposando la cabeza sobre el hombro de Levko y girando los ojos hacia arriba, por donde extendía su azul sin límites el tibio cielo ucraniano, al cual servían de cortinaje las ramas rizosas de los guindos-. Mira..., allí a lo lejos brillan unas estrellas. Una..., dos..., tres..., cuatro, cinco... ¿Verdad que los ángeles de Dios han abierto en el cielo las ventanitas de sus luminosas casitas y nos miran? ¿No es verdad, Levko? Ellos son los que contemplan nuestras tierras. Si los hombres tuvieran alas como los pájaros para llegar a lo alto..., a lo alto... ¡Huy, qué miedo! Ninguno de nuestros robles llega al cielo, pero dicen que existe no sé dónde.... en un lejano país, un árbol que con su copa rumorea en medio del propio cielo y que Dios baja por él la noche antes de la Santa Pascua.

-No, Galiu. Dios tiene una larga escalera que lo lleva del cielo a la misma tierra. La colocan antes del Domingo de Pascua los santos arcángeles, y apenas Dios pone el pie en el peldaño, todos los espíritus impuros se precipitan por ella y a montones caen en el horno del infierno. Por eso en la fiesta de Cristo no hay, no hay en la tierra un solo espíritu malo.

-¡Cuán suavemente se mueve el agua!... ¡Como el niño en la cuna! -continuó Ganna señalando el estanque, sombríamente ceñido por el oscuro bosque de olmos y llorando por los sauces que sumergían en él sus quejumbrosas ramas.

Como un viejo sin fuerzas oprimía el lago sus fríos brazos el lejano y oscuro cielo, cubriendo de besos helados las estrellas que ardían tenuemente en medio del tibio océano del aire nocturno, como si presintiera la aparición de la brillante reina de la noche. Junto al bosque sobre la montaña, dormitaba, con los postigos cerrados, una vieja casa de madera; su tejado estaba cubierto de musgo y de hiedra silvestre. Rizados manzanos crecían ante sus ventanas; el bosque, abrazándola con su sombra, proyectaba sobre ella su salvaje pesadumbre, y el bosquecillo de nogales se tendía a sus pies descendiendo hasta el estanque.

-Recuerdo, como entre sueños -dijo Ganna sin apartar los ojos de él-, que hace mucho, mucho tiempo..., cuando yo era muy pequeña aún y vivía en casa de mi madre..., contaban algo terrible sobre esa casa. Tú, Levko, seguramente lo sabes. ¡Cuéntamelo!

-Deja eso hermosa mía. ¡Las babas y la gente necia cuentan tantas cosas!... Oírlo te pondría inquieta, empezarías a tener miedo y no podrías dormir tranquila.

-¡Cuéntamelo, cuéntamelo, querido muchacho de las negras cejas! -dijo ella estrechando su rostro contra las mejillas de él y abrazándolo-. No.... por supuesto, no me quieres. Tienes otra joven. No tendré miedo. Dormiré tranquila por la noche. Cuando no dormiré es si no me lo cuentas. Me atormentaré y empezaré a pensar... ¡Cuéntamelo, Levko!

-Por lo visto, bien dice la gente que en las muchachas hay un demonio que hostiga su curiosidad. Bueno... Escucha... Hace mucho tiempo vivía en esta casa un capitán de cosacos. El capitán tenía una hija. Una hermosa muchacha, blanca como la nieve. Como tu carita. Hacía mucho que la esposa del capitán había muerto y él pensó, por tanto, en casarse con otra. "¿Me mirarás como antes, padrecito, cuando tomes otra esposa?", preguntó su hija. "Sí, hija mía... Y aún más fuerte que antes te estrecharé contra mi corazón. Sí, hija mía... Aún te regalaré más brillantes, collares y pendientes." El capitán de cosacos trajo a su joven esposa a la nueva casa. Era sonrosada y blanca, pero miró de una manera tan terrible a su hijastra, que ésta lanzó un grito al verla, y la severa madrastra no le dirigió ni una sola palabra durante todo el día. Llegó la noche. El capitán de cosacos se fue a dormir con su joven esposa a la alcoba, y la blanca niña se encerró también en su cuartito. Sentía gran amargura y se echó a llorar. En esto, vio que una espantosa gata negra se acercaba a ella furtivamente. Su pelo ardía y las férreas zarpas golpeaban el suelo. Presa de terror, la muchacha saltó sobre el banco, y la gata tras ella. Saltó otra vez al camastro, pero la gata la siguió, y de pronto se lanzó a su cuello y empezó a estrangularla. Con un grito la apartó de sí y la arrojó al suelo, pero la terrible gata volvió a avanzar furtivamente. Una gran congoja se apoderó de la muchacha. De la pared colgaba el sable de su padre; lo cogió y descargó un golpe sobre la gata. Una de las patas con sus zarpas de hierro saltó y la gata desapareció con un chillido por un oscuro rincón. Durante todo el día no salió de su habitación la joven esposa del padre, pero al tercero apareció con una mano vendada, por lo que la pobre muchacha adivinó que su madrastra era una bruja y que ella le había cortado la mano. Al cuarto día ordenó el capitán de cosacos a su hija que trajera agua y barriera la jata como una simple campesina, prohibiéndole aparecer en los aposentos de los amos. Le era muy difícil a la pobrecita soportar todo esto, pero, ¿qué hacer? Cumplió la voluntad paterna. Al quinto día, el capitán de cosacos echó a su hija de la casa, descalza y sin darle siquiera un pedazo de pan para el camino. Sólo entonces empezó a sollozar la muchacha, cubriendo con las manos su blanco rostro. "¡Has hecho perderse a la hija de tu sangre, padre mío! ¡La bruja ha hecho perderse a tu alma pecadora!... ¡Que Dios te perdone!... Y en cuanto a mí, desdichada, por lo visto, no me ordena seguir en este mundo."

-Y mira ahí... -dijo Levko, volviéndose hacia Ganna-. Mira. Ahí, más allá de la casa, hay un alto acantilado. Desde allí se arrojó al agua la muchacha, que desde entonces desapareció del mundo.

-¿Y la bruja? -preguntó con aire asustado Ganna mirándole con ojos llenos de lágrimas.

-¡La bruja!... Las viejas han inventado que a partir de ese tiempo todas las noches de luna salen las ahogadas al jardín del capitán de cosacos a calentarse bajo los rayos de la luna y que la hija de éste va a la cabeza de ellas. Una noche vio a su madrastra junto al estanque. Se abalanzó sobre ella y la arrastró con un grito hacia el agua, pero la bruja también aquí encontró su recurso. Se transformó debajo del agua en una de las ahogadas, y mediante este procedimiento se salvó de ser golpeada con verdes juncos por las demás. ¡Vete tú a creer a las babas!... Cuentan también que la hija del capitán de cosacos reúne todas las noches a las ahogadas y les mira una por una la cara, tratando de reconocer cuál de ellas es la madrastra, pero hasta ahora no ha podido saberlo. Y si cae en sus manos algún ser humano, lo obliga en seguida a adivinarlo. En caso contrario, amenaza con ahogarlo. ¡He aquí, mi Galiu, lo que cuenta la gente vieja!... El señor actual de esas tierras quiere construir ahí una bodega y ha enviado ex profeso a un vinicultor... Pero.... Oigo hablar... Son los nuestros, que han dejado ya sus cánticos. Adiós, Galiu; duerme tranquila y no pienses en esos cuentos de las babas.

Diciendo esto, Levko la abrazó con más fuerza, la besó y se fue.

-¡Adiós, Levko! -dijo Ganna, fijando pensativa los ojos en el oscuro bosque.

Una enorme, ígnea luna comenzó majestuosamente a ascender de la tierra. La mitad estaba aún debajo de ella y ya todo el mundo se había llenado de cierta solemne claridad. El lago se salpicó de chispas. La sombra de los árboles comenzó a distinguirse claramente de entre el oscuro verdor

-¡Adiós, Ganna! -se oyó decir a la espalda de la joven, y estas palabras fueron acompañadas de un beso.

-¿Has vuelto? -dijo Ganna volviéndose, pero al ver delante de sí un mozo desconocido le dio la espalda.

-¡Adiós, Ganna! -se oyó de nuevo, y otra vez alguien la besó en la mejilla.

-¡Ya ha traído el diablo a otro! -dijo ella con enojo.

-¡Adiós, querida Ganna!

-¡Un tercero!

-¡Adiós!... ¡Adiós!... ¡Adiós, Ganna!... -y los besos llovieron sobre ella desde todas las direcciones.

-¡Pero si hay aquí toda una pandilla! -exclamó Ganna escapando a la multitud de mozos que se precipitaban a abrazarla-. ¿Cómo no se aburren de tanto besar?... ¡A fe mía que pronto no se podrá salir a la calle!

Después de estas palabras, la puerta se cerró ruidosamente y sólo se oyó correr con un chirrido el cerrojo de hierro.



II

EL ALCALDE

¿Conocen ustedes la noche ucraniana?... ¡Oh!... ¡Ustedes no conocen la noche ucraniana! ¡Fíjense bien en ella!... Desde el centro del cielo mira la luna. La inmensa bóveda celeste se ha dilatado y es más que infinita. Arde y respira. La tierra está toda cubierta de una luz plateada y el aire maravilloso es como un fresco bochorno: está lleno de languidez y mueve un océano de perfumes. ¡Noche divina!... ¡Noche encantadora!... Quietos.... inspirados están los bosques llenos de tinieblas, arrojando una inmensa sombra. Tranquilos y callados son estos estanques. El frío y la tiniebla de sus aguas se han encerrado hurañamente entre los muros verde oscuro de los jardines. Las vírgenes frondas de las acacias y de los cerezos tienden temerosamente sus raíces hacia el helado manantial, y de vez en cuando balbucean con sus hojas, enojándose e indignándose, al parecer, cuando el hermoso voluble, el viento nocturno, después de acercarse a hurtadillas, las besa. Todo el paisaje duerme. Arriba, todo respira, todo es divino, todo es solemne. Y en el alma, todo es infinito y maravilloso. Y multitud de apariciones plateadas surgen armoniosamente en su profundidad. ¡Noche divina!... ¡Noche encantadora! De repente todo resucita. Los bosques, los estanques y la estepa. Se vierte el majestuoso trueno del ruiseñor ucraniano y parece que hasta la luna se ha quedado escuchando en el centro del cielo... Como hechizada duerme la aldea sobre la colina. Es más blanca, y más brillante aún a la luz de la luna, la infinidad de jatas cuyos bajos muros se destacan en la sombra con una claridad más deslumbrante aún. Las canciones han callado. Todo está quieto. Los hombres devotos duermen ya. En alguna que otra ventana angosta hay luz todavía. Sólo junto a la puerta de la jata cena tardíamente alguna familia retrasada.

***

-Sí..., pero el hopak no se baila así. Ya me parecía a mí que salía bien... ¿Y qué cuenta el compadre?... ¡Anda! ¡Vamos a ver! ¡Hop, tralá! ¡Hop, tralá!... ¡Hop! ¡Hop! ¡Hop!...

Así hablaba consigo mismo un mujik de edad mediana, bastante achispado, mientras bailaba por la calle.

-¡A fe mía que no es así como se baila el hopak! ¡Para qué voy a mentir! ¡A fe mía que no es así! Vamos a ver... ¡Hop, tralá! ¡Hop, tralá! ¡Hop! ¡Hop! ¡Hop!...

-¡Mira!... ¡Se ha vuelto tonto el hombre! Todavía si fuera mozo... ¡Lo que es un viejo carnero..., un hazmerreír de los niños cuando baila por la noche en la calle!-exclamó una mujer de edad que llevaba paja en las manos-. ¡Vete a tu jata! ¡Ya hace tiempo que es hora de dormir!

-Iré -dijo parándose el mujik-. Iré. No haré caso de cualquier alcalde. ¿Qué se imagina él? ¿Que porque sea alcalde y eche agua fría a la gente cuando está helando, puede levantar las narices? ¡Si es alcalde, que lo sea! ¡Yo soy el alcalde de mí mismo! ¡Que me castigue Dios! ¡Que Dios me castigue! ¡Yo soy el alcalde de mí mismo! Eso es... Y no es que...-continuó acercándose a la primera jata, y parándose delante de la ventana sobre cuyos vidrios dejó resbalar los dedos tratando de encontrar el picaporte.

-¡Abre, baba! ¡Baba! Más de prisa, te digo... ¡Abre! Ya es hora de que el cosaco se acueste.

-¿Adónde vas, Kalenik? Has topado con una jata que no es la tuya -gritaron riendo a sus espaldas las muchachas que volvían de cantar sus alegres canciones-. ¿Quieres que te enseñemos dónde está tu jata?

-Enséñenmela, amables mozas.

-Amables mozas..., ¿lo oyen ustedes? -dijo una-. ¡Qué respetuoso está Kalenik! En recompensa tenemos que enseñarle su jata. Pero no... Primero, tienes que bailar.

-¿Bailar?... ¡Ay, qué muchachas tan traviesas! -dijo arrastrando las palabras Kalenik, riendo o amenazándolas con el dedo y tambaleándose, pues sus piernas no podían sostenerle en el mismo sitio-. ¿Y me dejarán que las bese? A todas, tengo que besarlas. . ., a todas -y con pies inseguros se echó a correr tras ellas. Las muchachas se pusieron a chillar, produciendo entre sí una gran confusión, pero después, al ver que Kalenik no tenía los pies muy ágiles, corrieron al otro lado de la calle.

-¡Ahí está tu jata! -le gritaron, alejándose y señalándole una jata bastante más grande que las otras y que pertenecía al alcalde del pueblo. Kalenik se encaminó obediente hacia ella, volviendo a injuriar a aquel.

¿Qué alcalde era ese que promovía unos rumores tan desventajosos para su persona ? ¡Oh!... ¡Ese alcalde era una persona importante en el pueblo!

Mientras Kalenik llega al final de su camino, nosotros, sin duda alguna, tendremos tiempo de decir algo respecto de él. Que todo el pueblo, al verle, se quita el gorro para saludarlo, y que las muchachas, las más jovencitas, le dan los buenos días. ¿Quién de los mozos del pueblo no hubiera querido ser alcalde? El alcalde tiene paso libre en todas las tabernas y el robusto mujik guarda una actitud respetuosa cuando el alcalde hunde sus gruesos y toscos dedos en la tabaquera. En las reuniones del Consejo Comunal, a pesar de que su poder está limitado por varios votos, el alcalde siempre se sale con la suya y envía, casi a su antojo, a quien le da la gana a apisonar caminos o a cavar zanjas. El alcalde es huraño, de aire severo, y no le gusta hablar mucho. Hace muchísimo tiempo, cuando la gran zarina Catalina, de amada memoria, fue a Crimea, el alcalde había sido incluido en su escolta, desempeñando durante dos días este cometido y hasta teniendo el honor de ir sentado en el pescante junto al cochero de la zarina. Desde entonces había aprendido a bajar la cabeza con aire importante y meditabundo, a atusarse los largos y retorcidos bigotes y a mirar de soslayo con mirada de águila. Desde este tiempo, y fuera cual fuere el tema de la conversación, se las componía para recordar que había acompañado a la zarina montado sobre el pescante real. A veces gustaba de simular sordera, sobre todo cuando oía algo que no quería oír. Le resultaba insoportable la afectación en el vestir. Usaba siempre una casaca de paño negro de confección casera, se ceñía con un cinturón de lana de color y nadie le había visto nunca con otras prendas, salvo en tiempos del viaje imperial a la Crimea, en el cual luciera un kaftán cosaco de color azul. Pero estos tiempos apenas si los recordaba alguien en el pueblo, y en cuanto al kaftán, estaba guardado en el baúl bajo llave. El alcalde era viudo, pero en su casa vivía una cuñada suya que le preparaba la comida, la cena, fregaba los bancos, blanqueaba la jata, le tejía las camisas y gobernaba toda la casa. En el pueblo se decía que aquella mujer no era su cuñada, pero ya hemos visto que el alcalde tenía muchos enemigos que gustaban de difundir toda clase de calumnias. Quizá la razón de este rumor residiera en que a la cuñada no le gustaba mucho que el alcalde fuera al campo cuando estaba lleno de segadoras, o que visitara la casa de un cosaco si éste tenía una hija joven. El alcalde era tuerto; pero su ojo solitario era pícaro y capaz de descubrir desde lejos a una aldeana bonita. La linda carita se fijaba en si a su alrededor estaba la cuñada. Ya hemos contado todo lo necesario con referencia al alcalde, y e1 borracho Kalenik no ha llegado aún a la mitad de su camino desde el que todavía, durante mucho tiempo, ha seguido brindándole cuantos epítetos puede proferir su lengua torpe y perezosa.



III

UN RIVAL INESPERADO. LA CONSPIRACIÓN

-No, muchachos no.., no quiero. ¿Qué francachela es esa? ¡Cómo no están aburridos de juergas? ¡Ya sin esto, sabe Dios qué fama de pendencieros tenemos! ¡Váyanse a dormir! Mejor será -así habló Levko a sus bulliciosos compañeros, que lo incitaban a nuevas travesuras-. Adiós, hermanos.

¡Que pasen buena noche! -y se alejó de ellos por la calle con rápidos pasos.

«¿Estará durmiendo mi Ganna de los ojos claros?», pensó, acercándose a la jata de los guindos que ya conocemos. En el silencio se oyó de pronto un rumor de palabras en voz baja. Levko se detuvo. Entre los árboles divisose el blancor de una camisa.

«¿Qué significa esto?», pensó, y acercándose a hurtadillas se escondió detrás de un árbol. Bajo la luz de la luna resplandecía el rostro de la muchacha que estaba ante él... ¡Era Ganna! Pero ¿quién era aquel hombre alto que le daba la espalda? En vano se esforzaba por identificarle. La sombra le cubría de los pies a la cabeza. Por delante solamente la luna lo iluminaba un poco, pero el más leve paso de Levko exponía a éste a la desagradable posibilidad de ser descubierto. Arrimándose silenciosamente al árbol, decidió permanecer donde estaba. La muchacha pronunció claramente su nombre.

-¿Levko?... Levko es todavía un mocoso -dijo el hombre de alta estatura-. Si lo encuentro alguna vez en tu casa, lo sacaré de ella arrastrándolo por el tupé...

-Me gustaría saber quién es este imbécil que se jacta de poder arrastrarme por el tupé -dijo en voz baja Levko, estirando el cuello y procurando no perder una sola palabra. Pero el desconocido seguía hablando en voz tan baja que no se podía oír nada.

-No tienes vergüenza -dijo Ganna al terminar aquel-. Mientes. Me engañas. No me quieres. ¡Nunca creeré que me amas!

-Lo sé -prosiguió el hombre de alta estatura-, Levko te ha dicho muchas tonterías y te ha mareado la cabeza con ellas-. Aquí, al mozo le pareció que la voz del desconocido le era algo familiar y que la había oído en alguna parte-. Pero ya le haré ver yo a Levko...-continuó en el mismo tono el desconocido-. Él cree que no estoy al tanto de todos sus enredos. Pero yo le haré probar a ese hijo de perro lo que son mis puños.

Al oír estas palabras, Levko no pudo seguir conteniendo su ira. Acercándose tres pasos al desconocido levantó el puño para descargarlo con tal fuerza que, de haberlo hecho, el hombrón, a pesar de su visible robustez, se hubiera desplomado. En este momento la luna iluminó su cara y Levko quedó petrificado al ver que tenía delante a su propio padre. Sólo moviendo la cabeza y silbando ligeramente entre dientes pudo manifestar su asombro. Cerca se oyó un crujido y Ganna entró precipitadamente en la casa, cerrando la puerta con un portazo.

-¡Adiós, Ganna! -gritó en este momento uno de los mozos acercándose a hurtadillas y abrazando al alcalde para saltar después, sobresaltado, al tropezar con unos hirsutos bigotes.

-¡Adiós, hermosa! -gritó otro. Pero esta vez lo derribó al suelo un empellón del alcalde.

-¡Adiós, adiós, Ganna! -gritaron varios mozos, colgándose del cuello de aquel.

-¡Que les lleve el diablo..., malditos granujas! -gritó el alcalde, zafándose de ellos y pateando el suelo-. ¿Qué es eso de tomarme por Ganna?... ¡Váyanse con sus padres a la horca..., hijos del diablo! Se me han pegado como las abejas a la miel. ¡Ya les daré yo Ganna!

-¡Es el alcalde!... ¡El alcalde!... ¡El alcalde! -gritaron los mozos, dispersándose por todos lados.

-¡Vaya con mi padre!... -dijo Levko, recobrándose de su asombro y siguiendo con la mirada al alcalde, que se alejaba profiriendo juramentos-. ¡Mira las travesuras que tiene! Muy bonito... ¡Y yo no hago más que cavilar, y me asombro de que finja sordera cuando le hablo de mi asunto!... ¡Espera un poco, viejo alcornoque!... ¡Ya te enseñaré yo a rondar bajo las ventanas de las muchachas! ¡Ya te enseñaré a quitar las novias ajenas! ¡Eh..., eh!... ¡Muchachos, aquí! -gritó haciendo señales con la mano a los mozos, que habían vuelto a reunirse en tropel-. ¡Vengan acá! Les aconsejé antes que fueran a dormir, pero ahora estoy dispuesto a seguir la francachela, aunque sea toda la noche.

-¡Eso está bien! -dijo un mozo gallardo y fortachón, considerado el primero de los juerguistas y bullangueros del pueblo-. ¡Todo me parece aburrido cuando no consigo divertirme a mis anchas y hacer jugarretas! Es como si a uno le faltara algo. Como si se le hubiera a uno perdido el gorro o la pipa. En una palabra, como si no se fuera un cosaco.

-¿Están dispuestos a enfurecer hoy debidamente al alcalde?...

-¡Al alcalde!

-Sí, al alcalde. ¿Qué se habrá creído ese hombre, en fin de cuentas? Nos maneja como si fuera un hetman. No sólo nos trata como si fuésemos sus criados, sino que se arrima a nuestras muchachas. Me parece que en todo el pueblo no hay una sola muchacha bonita a la cual no haya hecho la corte.

-¡Así es!... ¡Así es! -gritaron todos los mozos a una sola voz-. ¿Somos, acaso, muchachos, unos criados? ¿Es que no somos de la misma casta que él? A Dios gracias, somos cosacos libres. ¡Demostrémosle, muchachos, que somos cosacos libres!

-¡Demostrémoselo! -gritaron los mozos.

-¡Y no sólo al alcalde, sino tampoco perdonaremos al escribano del Ayuntamiento!

-¡No perdonaremos al escribano!

-Y a mí, como a propósito, se me acaba de ocurrir una bonita canción sobre el alcalde. ¡Vengan! Se la enseñaré -continuó Levko, rasgueando las cuerdas de la bandurria-. Y escúchenme. . . ¡Disfrácenme de lo que les venga en gana!

-¡Juerga..., cabeza de cosaco! -dijo un robusto parrandista, chocando los talones y dando una palmada-. ¡Qué hermosura! ¡Qué libertad! Cuando uno empieza a hacer diabluras se diría que recuerda tiempos pasados. Uno se encuentra a gusto; el corazón se ensancha y el alma parece estar en el paraíso. ¡Vamos, muchachos! ¡Que empiece la juerga!...

Y la turba se lanzó ruidosamente por las calles, mientras las viejas devotas, despertadas por los gritos, abrían las ventanas y se santiguaban con soñolientas manos, diciendo:

-¡Vaya! ¡Ya empezó la juerga de los mozos!



IV

LOS MOZOS VAN DE JUERGA

Sólo una jata estaba iluminada aún en el extremo de la calle. Era la vivienda del alcalde. Hacía tiempo que éste había terminado su cena y, sin duda, hacía mucho que se hubiera quedado dormido si no fuera porque en este momento tenía un visitante: el vinicultor enviado para construir un lagar para el terrateniente de los cosacos libres, poseedor de una parcela de tierra. En el sitio de honor estaba sentado el huésped; un hombrecito bajo, regordete, de ojos pequeños y eternamente rientes, en los que aparecía escrito el gusto con que fumaba su pipa cortita, escupiendo a cada momento y aplastando con el dedo el tabaco que salía de ella convertido en ceniza. Nubes de humo crecían rápidamente sobre él revistiéndolo de una niebla parda. Parecía como si la ancha chimenea de un hogar, aburrida de permanecer sentada sobre su tejado, hubiera tenido la idea de salir de paseo y de sentarse con aire solemne a la mesa del alcalde. Bajo la nariz del visitante asomaban los bigotes cortos y espesos, pero se divisaban tan vagamente entre la atmósfera de tabaco, que parecían ratones atrapados por el vinicultor, que los sostenía en su boca violando el monopolio del gato color de ámbar. El alcalde. como amo de la casa, vestía solamente una camisa y bombachos de hilo. Su ojo de águila, cual el sol de la tarde, comenzaba a pestañear y a apagarse. Al extremo de la mesa fumaba su pipa uno de los guardias del pueblo que formaban el cuerpo a las órdenes de1 alcalde y que se hallaba sentado con la casaca por respeto al dueño de la casa.

-¿Piensa usted instalar pronto su lagar? -dijo el alcalde, volviéndose hacia el vinicultor y haciendo una cruz sobre su boca, que bostezaba.

-Puede que, con la ayuda de Dios, empecemos este otoño. Para la fiesta de la Asunción estoy dispuesto a apostar Dios sabe qué si el señor alcalde no hace eses con los pies por el camino.

Al pronunciar estas palabras los ojillos del vinicultor desaparecieron y en su lugar se extendieron unas rayas hasta las mismas orejas. Todo su cuerpo empezó a temblar de risa y los alegres labios abandonaron por un momento la pipa humeante.

-¡Dios lo haga! -dijo el alcalde mostrando en su cara algo semejante a una sonrisa-. Ahora gracias a Dios hay todavía pocos lagares. En cambio en otros tiempos cuando yo acompañaba a la zarina por el camino de Pereiaslav el difunto Besborodko...

-¡Vaya amigo... qué tiempos recuerdas! Entonces desde Kremenchug hasta los mismos Romen no había siquiera dos lagares. Y ahora... ¿Has oído lo que inventaron los malditos alemanes? Dicen que pronto no llenarán el horno con leña como todos los honrados cristianos sino con no sé qué vapor del diablo.

Y diciendo estas palabras el vinicultor miró pensativo la mesa y a sus manos extendidas sobre ella.

-¿Cómo pueden hacer esto con el vapor?... ¡A fe mía que no lo sé!

-¡Qué tontos son esos alemanes, Dios me perdone! -dijo el alcalde-. Y padrecito, a esos hijos de perro... ¿Dónde se ha oído que se pueda hervir algo con el vapor?... ¡No puede uno llevarse a la boca una cucharada de borsch sin quemarse los labios!

-¿Y tú, compadre? -intercaló la cuñada sentada con los pies encogidos en el camastro-. ¡Tú viviendo todo ese tiempo sin tu esposa!

-¿Y para qué la necesito? ¡Otra cosa sería si se tratara de algo bueno!

-¡Como si no fuera bastante bonita! -dijo el alcalde fijando sus ojos en él.

-¡Qué ha de serlo!... Es vieja como un diablo. Tiene una cara arrugada como un portamonedas vacío.

Y el pequeño armazón del vinicultor se conmovió de nuevo bajo el peso de una sonora risa.

En este momento se oyó cómo alguien tanteaba en la puerta. Ésta se abrió y entró un mujik que sin quitarse el gorro franqueó el umbral y se quedó parado en el centro de la jata boquiabierto y pensativo mirando al techo. Era nuestro conocido.

-¡Heme por fin en casa! -dijo sentándose en un banco junto a la puerta y sin prestar la menor atención a los presentes-. ¡Qué largo me hizo el camino Satanás... ese hijo del enemigo! ¡Caminaba... caminaba y nunca veía el fin! Parecía que alguien me había roto las piernas. ¡Alcánzame la zamarra, baba. Algo para estar más cómodo. No subiré al camastro sobre la estufa... ¡A fe mía que no subiré ! Me duelen las piernas. ¡Alcánzame la zamarra! Está ahí cerca de la pared. Cuida solamente de no volcar la olla de tabaco picado. ¡Ah no! Mejor será que no la toques. Pudiera ser que hoy estuvieras borracha... Más vale que la agarre yo mismo.

Kalenik se incorporó un poco pero una fuerza invencible lo encadenó al banco.

-¡Esto me gusta! -dijo el alcalde-. ¡Viene a una jata ajena y da órdenes como si fuera propia! ¡Sáquenlo de aquí sin más contemplaciones!

-¡Déjalo descansar, compadre! -dijo el vinicultor reteniendo al otro por la mano-. Es un hombre útil. Si hubiera más gente como ésta, nuestro lagar marcharía muy bien.

Pero no era la benevolencia la que inspiraba estas palabras. El vinicultor creía en todas las supersticiones y el hecho de expulsar sin compasión a un hombre que ya se había sentado en un banco significaba para él atraer la desgracia.

-¡Eso es lo que pasa cuando llega la vejez! -gruñó Kalenik desde su asiento-. ¡Todavía se podría decir algo si yo estuviera borracho!..., pero no, no estoy borracho. A fe mía que no estoy borracho. ¿Para qué voy a mentir? Estoy dispuesto a declararlo ante el mismo alcalde. Pero ¡qué me importa el alcalde! ¡Que reviente ese hijo de perro! ¡Escupo sobre él! ¡Que le aplaste una carreta a ese demonio tuerto!... ¡Pensar que echa agua fría a las gentes en pleno invierno para castigarlas!...

-¡Vaya!... ¡No sólo se metió el cerdo en la jata sino que puso las patas encima de la mesa! -dijo el alcalde, levantándose furioso de su sitio. Pero en este momento una pesada piedra, haciendo añicos la ventana, voló hasta sus propios pies. El alcalde se detuvo-. ¡Si yo supiera quién es el bromista que ha tirado esa piedra, le daría una buena lección! ¡Vaya con las travesuras! -continuó, mirando la piedra en su mano, con ojos ardientes-. ¡Ojalá se atragante con ella!

-¡Para, para! ¡Que Dios te guarde, compadre! -exclamó el vinicultor palideciendo-. ¡Que Dios te guarde en este y en el otro mundo! ¡Desear semejante cosa!...

-¡Miren qué defensor ha encontrado! ¡Que reviente ese!...

-¡Ni lo pienses, compadre! Tú no sabes seguramente lo que le ocurrió a mi difunta suegra.

-¿A tu suegra?

-Sí, a mi suegra. Una noche, quizá algo más temprano que ahora, se habían sentado a cenar la difunta suegra, el difunto suegro, dos trabajadores y unos cinco niños. La suegra separó algunos galuschki y los puso en un recipiente para que se enfriaran, pero después del trabajo todos tenían mucha hambre y no querían esperar, por lo que, pinchándolos con largos palillos de madera, se pusieron a comerlos. De pronto, no sé de dónde, apareció un hombre que no se sabía quién era, pidiendo que le dejaran comer también. ¿Cómo no habían de dar de comer a un hambriento?... Le dieron un palillo, pero el visitante empezó a comer galuschki como una vaca el heno. Mientras ellos comían una galuschka y bajaban el palillo en busca de otra, se encontraban con que el fondo estaba liso como el piso de la casa de un señor. La suegra trajo más galuschki, pensando que el visitante se habría hartado y comería menos. Nada de eso. Todavía con más ganas, empezó a zamparlas, vaciando también la otra fuente. «Ojalá te atragantes con estas galuschki», pensó la hambrienta suegra. Y en aquel momento el invitado se atraganto y cayó al suelo. Todos se precipitaron hacia él, pero ya había muerto. Se había atragantado...

-Eso es lo que merecía el maldito glotón -dijo.

-Sí..., pero las cosas no fueron bien después. Desde ese tiempo la suegra no volvió a tener tranquilidad. Tan pronto como caía la noche, aparecía el muerto. Se sentaba sobre la chimenea el maldito sujetando una galuschka entre los dientes. De día todo estaba tranquilo y no se oía hablar de él, pero tan pronto caía el crepúsculo, miraba uno al tejado y veía a ese hijo de perro montado sobre la chimenea...

-¿Con una galuschka entre los dientes?

-Sí, con una galuschka entre los dientes.

-¡Qué prodigio, compadre! Yo he oído contar algo parecido a la difunta zarina...

Aquí el alcalde se paró. Bajo la ventana se oyó el ruido y el taconeo de gente que bailaba. Primeramente resonaron, suaves, las cuerdas de la bandurria, a las que se unió una voz. Luego sonaron más fuertes, y otras voces empezaron a acompañarla. De pronto una canción prorrumpió como un torbellino:

Mozos, ¿saben que el alcalde
ha perdido y busca en balde
tornillos de su cabeza,
por lo que esta no endereza?...
¡Compónsela, tonelero
con fuertes flejes de acero!

Es diablo viejo y canoso,
tuerto, tonto y caprichoso;
tras las mozas corre necio
sin importarle el desprecio.

¡Tonto, tonto! ¿ Es que querías
con los mozos competir,
cuando ya sólo podrías
a la sepultura ir?

¡Vengan, muchachos, cojámoslo
por el cuello y el cogote!
¡Agarrémoslo! ¡Agarrémoslo
por el tupé y el bigote!

-Bonita canción, compadre... -dijo el vinicultor, ladeando un poco la cabeza y dirigiéndose al alcalde, que se había quedado atónito ante tamaña insolencia-. Bonita... Lo único que tiene de malo es que alude al alcalde en términos poco corteses -y el vinicultor volvió a colocar las manos sobre la mesa con una expresión de dulce emoción en los ojos y disponiéndose a seguir escuchando, ya que bajo la ventana estallaban risas y gritos de «¡Más, más!». Sin embargo, un ojo penetrante hubiera podido advertir en seguida que no era el asombro lo que retenía al alcalde en su sitio. Su actitud era la del viejo gato experimentado al dejar que se le acerque al rabo un inexperto ratón mientras traza rápidamente el plan para cortarle la retirada a su escondite. Su único ojo estaba fijo aún en la ventana y ya su mano, que había hecho una señal al guardia, se apoyaba en el picaporte de madera de la puerta, cuando de repente, en la calle, estalló un griterío. El vinicultor, entre cuyos numerosos méritos figuraba la curiosidad, después de haber llenado su pipa de tabaco, salió corriendo a la calle, pero los traviesos mozos se habían dispersado ya.

-¡No! ¡No te me escaparás! -gritaba el alcalde, arrastrando de la mano a un hombre vestido con una zamarra vuelta del revés.

El vinicultor, aprovechando el tiempo, se acercó corriendo para mirar la cara de aquel perturbador de la paz, pero retrocedió tímidamente al ver una larga barba y una careta espantosamente pintarrajeada.

-¡No!... ¡No te me escaparás! -gritaba el alcalde, mientras continuaba arrastrando a su prisionero hacia la jata; éste no sólo no oponía la menor resistencia, sino que lo seguía tranquilamente, como si se dirigiese a su propia casa- ¡Karpo, abre el granero! -dijo el alcalde al guardia-. Lo pondremos en el granero oscuro. Después despertaremos al escribano, reuniremos a los demás guardias, atraparemos a todos los alborotadores y hoy mismo dictaremos una resolución.

El guardia hizo tintinear un pequeño candado y abrió el granero. En este momento el prisionero, aprovechando la oscuridad y haciendo uso de una fuerza extraordinaria, escapó de sus manos.

-¿Adónde vas? -gritó el alcalde, agarrándolo más fuerte del cuello.

-¡Déjame, soy yo! -se oyó decir a una voz atiplada.

-¡No te valdrá..., no te valdrá, hermano! Ya puedes chillar si quieres con voz de diablo..., no sólo con la de una baba, que no me engañarás -y lo empujó hacia el oscuro granero con tal violencia que nuestro pobre prisionero gimió al caer al suelo mientras el alcalde, acompañado por el guardia, se encaminaba a la jata del escribano y tras ellos, como un barco, marchaba con su pipa humeante el vinicultor.

Iban los tres con aire meditabundo cuando he aquí que de pronto, al doblar una oscura esquina, lanzaron todos a un tiempo un grito al sentir un fuerte golpe en la frente, grito al que respondió otro, proferido por alguien que venía en dirección contraria, cuya cabeza había sido causa del choque. El alcalde, guiñando su único ojo con extrañeza, vio al escribano, acompañado de dos guardias.

-Yo iba a tu casa, escribano.

-Y yo a la de tu merced, alcalde.

-Están pasando cosas raras, amigo escribano.

-Cosas raras, amigo alcalde. ¿Qué ocurre?

-¡Los mozos de la aldea se han vuelto locos! Andan en tropel por la calle cometiendo toda clase de fechorías... A tu merced le llaman con unos nombres que da vergüenza repetirlos. Un soldado borracho tendría miedo de decirlos con su impía lengua.

El delgaducho escribano, que vestía unos bombachos de colores abigarrados y un chaleco del tono de la levadura del vino, acompañó estas palabras con el movimiento de su cuello, estirándolo y volviéndolo al instante a su posición anterior.

-Yo ya me había dormido un poco, pero esos malditos granujas me obligaron a levantarme de la cama con sus insolentes canciones y su ruido. Quise meterlos bien en vereda, pero mientras que me puse los bombachos y el chaleco, se escaparon todos por donde pudieron. El principal de ellos, eso sí, no se escapó. Está ahora canturreando en la propia jata en que se mete a los cautivos. Ardía en deseos de saber quién era este pájaro, pero tiene la cara pintarrajeada con hollín como un diablo que forja clavos para los pecadores.

-¿Y cómo va vestido, amigo escribano?

-Ese hijo de perro lleva puesta una zamarra negra vuelta del revés, amigo alcalde.

-¿Y no estarás mintiendo, amigo escribano? ¿Qué dirías si supieras que ese pillo está ahora metido en mi granero?

-No, amigo alcalde. Tú mismo, con perdón sea dicho, has mentido un poco.

-¡Venga una luz! Lo veremos.

Trajeron la luz, abrieron la puerta y el alcalde lanzó un grito de asombro al ver ante sí a su cuñada.

-Dime, por favor... -con estas palabras lo abordó ella-. ¿No habrás perdido completamente el seso? ¿En tu cabezota de un solo ojo quedaba una sola gota de juicio cuando me empujaste a este oscuro granero? ¡Por suerte no me pegué en la cabeza con ese gancho de hierro! ¿Acaso no te estaba gritando que era yo?... Me agarraste, maldito oso, con tus manazas de hierro y me empujaste.

-¡Ojalá te empujen los demonios en el otro mundo!

Las últimas palabras de ella fueron pronunciadas ya en la calle, adonde la conducían motivos particulares.

-Sí. Ya veo que eres tú -dijo el alcalde, recobrándose-. ¿Qué dices, amigo escribano? ¿No es un canalla este granuja?

-Un canalla, amigo alcalde.

-¿No habrá llegado todavía el tiempo de dar una lección a estos malditos juerguistas y de obligarlos a trabajar?

Hace mucho que ha llegado, hace mucho que ha llegado, amigo alcalde.

-Los muy estúpidos se han creído... ¡Diablos!... Me pareció oír gritar a mi cuñada en la calle. Los muy estúpidos se han creído que yo soy su igual. Creen que soy cualquiera de sus hermanos. ¡Un vulgar cosaco!... -La tosecilla que siguió a estas palabras y el fijar de soslayo la mirada a su alrededor dieron a entender que el alcalde se disponía a hablar de algo importante-. En el año mil... (estos malditos nombres de años no puedo pronunciarlos aunque me maten). Bueno..., en el año en que el comisario de entonces, Ledach, recibió la orden de elegir al más inteligente de entre los cosacos... ¡Oh!... (Este «¡Oh!» lo dijo el alcalde levantando el dedo.) ¡Al más inteligente!.. para que escoltara a la zarina... Entonces yo...

-¡Para qué hablar!... ¡Eso lo saben todos ya, amigo alcalde! ¡Todos saben que mereciste el favor de la zarina! ¡Pero confiesa ahora que era yo quien tenía razón... Te echaste un pecado en el alma diciendo que habías atrapado a ese pícaro de la zamarra vuelta!

-En cuanto a ese demonio de la zamarra vuelta... A ese hay que encadenarle y castigarle como es debido. ¡Que sepan lo que es la autoridad! ¿Quién ha designado al alcalde más que el zar? Después nos ocuparemos de los demás mozos. No he olvidado cómo esos malditos tunantes hicieron entrar en mi huerto una piara de cerdos que me devoraron todas las coles y pepinos. No he olvidado cómo esos hijos del diablo se negaron a moler mi harina... No he olvidado... Pero bueno..., al cuerno con ellos. Lo que necesito saber es quién es ese canalla de la zamarra del revés.

-Por lo visto, un pájaro de cuenta -dijo el vinicultor, cuyas mejillas en el transcurso de toda aquella conversación se cargaban como un cañón de guerra, y cuyos labios, abandonando la corta pipa lanzaban torrentes de humo-. Un hombre como ese no estaría de más en un lagar..., aunque lo mejor sería colgarlo de lo alto de un roble, igual que un incensario.

Esta agudeza no le pareció tonta del todo al vinicultor, que resolvió al instante premiarla con una ronca risa, sin esperar la aprobación de los demás.

En este momento llegaban a una pequeña jata casi hundida en la tierra. La curiosidad de nuestros viajeros fue en aumento. Todos se agolparon a la puerta. El escribano sacó la llave, que tintineó contra la cerradura. Pero era la llave de su baúl. La impaciencia fue creciendo. Metiendo la mano empezó a hurgar y a proferir juramentos al no encontrarla.

-Aquí está -dijo por fin inclinándose y sacándola del fondo de un holgado bolsillo del que estaban provistos sus abigarrados bombachos. Al oír estas palabras, los corazones de nuestros valientes parecieron fundirse en uno solo, y este inmenso corazón empezó a latir con tanta fuerza, que su irregular latido no pudo ser disimulado ni siquiera por el ruido del candado al caer. La puerta se abrió y...

El alcalde se quedó pálido como un cirio. El vinicultor sintió frío y su cabello pareció querer volar al cielo. El espanto se dibujó en el rostro del escribano, y los guardias quedaron clavados al suelo sin poder cerrar las bocas, que habían abierto simultáneamente. Ante ellos estaba la cuñada. No menos asombrada que todos, ésta se recobró un poco e hizo ademán de acercárseles.

-¡Quieta! -gritó con voz salvaje el alcalde, cerrando de un golpe la puerta-. ¡Señores..., es Satanás! -continuó-. ¡Fuego!... ¡Que hagan pronto fuego! ¡No tendré piedad de esta jata aunque sea del Estado! ¡Quémenla!... ¡Quémenla! ¡Que no queden sobre la tierra ni siquiera los huesos del diablo!

La cuñada gritaba espantada al oír tras la puerta esta amenazadora decisión.

-¡Qué ocurrencia, hermanos! -dijo el vinicultor-. Tienen ustedes el cabello, a Dios gracias, del color de la nieve y todavía les falta el juicio. Con el fuego corriente no puede quemarse a una bruja. Sólo el fuego de una pipa puede hacer arder la hoguera. ¡Esperen! ... Ahora mismo lo arreglaré yo todo -al decir estas palabras el vinicultor echó la ceniza caliente de su pipa sobre un montón de paja y empezó a soplar sobre ella. La desesperación dio en este momento ánimos a la pobre cuñada, que empezó a suplicar con voz sonora y a tratar de convencerlos de que estaban equivocados.

-¡Esperen, hermanos!... ¿Por qué hemos de pecar sin necesidad? Puede que no sea Satanás -dijo el escribano-. Si aquello..., quiero decir lo que está metido ahí..., consiente en santiguarse será señal segura de que no es un diablo.

La proposición fue aceptada.

-¡Apártate, Satanás! -continuó el escribano, acercando los labios a una hendidura de la puerta-. Si no te mueves de ahí, te abriremos.

La puerta se abrió.

-¡Santíguate! -dilo el alcalde, mirando hacia atrás como escogiendo el sitio donde ponerse a salvo en caso de retirada.

La cuñada se santiguó.

-¡Qué diablos!... Es exacto. Es la cuñada.

-¿Qué fuerza maléfica te arrastró a este cubil, comadre?

Aquí la cuñada contó sollozando cómo los mozos la habían cogido en la calle y, a pesar de su resistencia, bajado por la ancha ventana de la jata clavando sobre ésta un postigo. El escribano miró; efectivamente, los goznes del postigo habían sido arrancados y este estaba solo clavado arriba por medio de un taco de madera.

-¡Bueno estás tú, Satanás de un solo ojo! -exclamó la cuñada avanzando hacia el alcalde, que retrocedía un poco y seguía observándola-. ¡Ya he visto tus planes! ¡Querías..., hubieras estado contento si hubieras podido quemarme! ¡Para poder perseguir con más libertad a las mozas! ¡Para que nadie pudiera ver las tonterías de un abuelo canoso! ¿Crees que no sé lo que hablabas anoche con Ganna? ¡Oh..., yo lo sé todo! ¡No es fácil engañarme... y no será tu cabeza hueca la que pueda hacerlo! ¡Yo aguanto mucho tiempo; pero luego... no te quejes!

Diciendo estas palabras le mostró el puño y se fue rápidamente, dejando petrificado al alcalde.

-Sí... Aquí el diablo ha intervenido y de firme -pensó éste, rascándose con fuerza la cabeza.

-¡Lo hemos cogido! -gritaron los guardias que entraban en este momento.

-¿A quién han cogido? -preguntó el alcalde.

-Al diablo de la zamarra del revés.

-¡A verlo! -gritó el alcalde, agarrando de las manos al cautivo recién traído-. ¡Están locos!... ¡Este es el borracho Kalenik!

-¡Qué fastidio! Lo hemos tenido en nuestras manos, señor alcalde, pero en el callejón nos rodearon esos malditos mozos que empezaron a bailar, a sacarnos la lengua y arrancárnoslo... ¡Al diablo con ellos! Cómo hemos pescado a este cuervo en vez de al otro..., ¡sólo Dios lo sabe!

-¡En mi nombre y en el de todos los vecinos, ordeno atrapar inmediatamente a ese bandido y asimismo a todos los que se encuentran en la calle! ¡Que me los traigan para ser juzgados!

-¡Perdónenos, señor alcalde! -exclamaron algunos, inclinándose hasta los pies.

-¡Si hubieran visto qué caras llevan! ¡Que Dios nos castigue si hemos visto jamás tan asquerosas caretas! ¡Dan tanto miedo, señor alcalde, que después de verlos, ninguna baba se atreverá a echarnos perepoloj!

-¡Ya les daré yo a ustedes perepoloj. ¿Qué?... ¿No quieren obedecerme? ¡Seguro que ustedes los apoyan! ¡Son ustedes unos rebeldes! ¿Qué quiere decir esto? ¿Qué? ¿Un motín? ¡Ustedes!... ¡Ustedes!... ¡Los denunciaré al comisario! ¡Ahora mismo! ¿Me oyen? ¡Ahora mismo! ¡Corran! ¡Vuelen como pájaros, que los voy a...!

Todos se dispersaron corriendo.



V

LA AHOGADA

Sin preocuparse de nada y menos de los perseguidores mandados en su busca, el culpable de toda esta conmoción se aproximaba lentamente a la vieja casa y al estanque. Creo inútil decir que era Levko. Su negra zamarra estaba desabrochada, tenía el gorro en la mano y el sudor le caía a chorros. El bosque de álamos tenía un aspecto majestuoso y sombrío, y sólo su linde, que daba frente a la luna, estaba salpicada por un polvillo de plata El estanque inmóvil exhaló su frescura sobre el fatigado caminante, obligándolo a descansar en su orilla. Todo estaba silencioso. En la profunda espesura del bosque se oían solamente los arpegios del ruiseñor. Un invencible sueño empezó a cerrar sus ojos. Los cansados miembros estaban prontos a paralizarse. La cabeza se inclinó...

-No... No me dormiré aquí... -dijo Levko levantándose y restregándose los ojos. Miró a su alrededor. Algún extraño e inefable resplandor se mezclaba al brillo de la luna. Nunca había visto algo parecido. Sobre las cercanías flotaba una niebla de plata. Por toda la tierra se esparcía el olor de los manzanos en flor y de las flores de la noche. Con asombro contemplaba en las inmóviles aguas del estanque la vieja casa señorial. Veíala invertida en las límpidas aguas con cierta diáfana majestad. En vez de sombríos postigos lo miraban los alegres cristales de ventanas y puertas a través de los cuales brillaban dorados. Pero de pronto le pareció que una ventana se abría. Conteniendo el aliento, sin moverse y sin apartar los ojos del estanque, le pareció sentirse transportado a su profundidad, al ver, primero, el blanco codo que se asomaba a la ventana, y luego la atractiva cabecita de ojos brillantes que lucían tenuemente entre las oscuras ondas de la cabellera, y que se apoyaba sobre aquel. Levko vio que la movía suavemente, que agitaba la mano y sonreía. El corazón empezó a latirle con violencia. El agua tembló y la ventana volvió a cerrarse. Levko, silenciosamente, se alejó del estanque y miró a la casa. Los sombríos postigos estaban descorridos y los cristales centelleaban bajo la luz de la luna. «¡Cuán poco hay que confiar en las habladurías de la gente! -pensó para sí nuestro héroe-. La casa está nuevecita. Los colores son tan vivos como si estuviera recién pintada. Aquí vive alguien» -y se acercó calladamente. Pero en la casa todo era silencio. Sonora y fuertemente resonaban los trinos de los ruiseñores, y cuando estos se extinguían en la languidez, se oía el susurro y el chillido de los gritos, o el zumbido de un pájaro de las ciénagas golpeando con su resbaladizo pico el ancho espejo de las aguas. Un dulce silencio y deleite sintió en su corazón, y después de afinar su bandurria, empezó a tocar y a cantar:

¡Oh tú, luna, luna mía!
¡Oh tú, mi brillante estrella!
¡Ven y alumbra la casa
en donde vive mi bella!

La ventana se abrió silenciosamente, y la misma cabecita cuyo reflejo había visto en el estanque se asomó prestando oído. Sus largas pestañas estaban medio caídas sobre los ojos. Toda ella estaba pálida como un lienzo. Como el brillo de la luna. ¡Y cuán maravillosa..., cuán bella! De pronto se echó a reír. Levko se estremeció.

-Cántame, joven cosaco, una canción -dijo ella en voz queda, inclinando la cabeza y bajando las espesas pestañas.

-¿Qué canción quieres que te cante, mi hermosa muchacha?

Las lágrimas resbalaron silenciosamente por su pálido rostro.

-Muchacho -dijo ella, y algo indeciblemente conmovedor vibró en su voz-. Muchacho... ¡Encuéntrame a mi madrastra! ¡Todo me parecerá después poco para ti! Yo te recompensaré. Yo te recompensaré con esplendidez. Tengo bocamangas con bordados de seda..., corales... y collares. Te daré un cinturón bordado de perlas. Tengo oro... ¡Muchacho..., encuéntrame a mi madrastra! Es una horrible bruja. Por culpa de ella nunca tuve tranquilidad en este mundo. Me martirizaba, me obligaba a trabajar como una simple campesina. Mira mi cara. Con sus impuras hechicerías hizo desaparecer el color de mis mejillas. Mira mi blanco cuello. ¡No desaparecerán! ¡No desaparecerán con nada estas azules manchas que hicieron sus zarpas de hierro! ¡Mira mis blancos pies! Han caminado mucho y no sólo sobre alfombras, sino también por la caliente arena, por la húmeda tierra, por las espinosas zarzas... Mira mis ojos. Míralos... Las lágrimas les impiden ver... ¡Encuéntramela, muchacho!... ¡Encuéntrame a mi madrastra!

Su voz, que empezaba a elevar su tono, se calló. Por la pálida cara resbalaban arroyos de lágrimas. Un sentimiento angustioso, mezcla de tristeza y piedad, oprimió el pecho del mozo.

-Yo estoy dispuesto a todo por ti, hermosa mía -dijo éste con sincera emoción-, pero ¿dónde.... dónde puedo encontrarla?

-¡Mira, mira! -dijo rápidamente ella-. Está aquí. Está en la orilla jugando a la ronda con mis compañeras y calentándose a la luz de la luna. Pero es taimada y astuta... Adoptó la forma de una ahogada, pero yo sé..., yo siento que está aquí. Su presencia me causa pesadez, me asfixia. Por ella no puedo nadar con la ligereza y la desenvoltura del pez. Me ahogo y caigo al fondo como una llave. ¡Encuéntramela, muchacho!

Levko miró a la orilla. En la tenue niebla de plata se sucedía el desfile vertiginoso de las jóvenes, leves como sombras, que con sus camisas blancas semejaban blancas flores sobre un prado. Sus collares de oro brillaban sobre sus cuellos, pero estaban pálidas. Sus cuerpos parecían formados de transparentes nubes, traslúcidos bajo la luna de plata. El corro, jugando, se acercaba a Levko. Se oyeron voces.

-¡Vamos a jugar al cuervo!... ¡Vamos a jugar al cuervo! -alborotaron todas, pareciendo que hablaban los juncos de la ribera tocados por el viento en la quieta hora del crepúsculo-. ¿Quién será el cuervo?

Echaron a suertes y una joven salió de la multitud. Levko empezó a examinarla. Su rostro, su vestido, todo era en ella idéntico a lo de las demás. Solamente se veía que hacía sin gana su papel. El corro se deshizo y la multitud de muchachas se estiró en una fila, empezando a correr de un lado a otro huyendo de los ataques del ave de rapiña.

-No. Yo no quiero ser cuervo -dijo la joven, agotada de cansancio-. Me duele arrebatar los polluelos a su pobre madre.

«Tú no eres bruja -pensó Levko-. ¿Quién será el cuervo, entonces?»

Las jóvenes se dispusieron nuevamente a echar a suertes.

-Yo seré el cuervo -dijo una entre la multitud.

Levko se puso a observar su cara atentamente. Perseguía con rapidez y audacia a las demás y se lanzaba a todos lados en busca de su presa. Aquí Levko empezó a observar que su cuerpo no era tan luminoso como el de las otras. Se veía algo negro en su interior. De repente, se oyó un grito. El cuervo se lanzó sobre una de las jóvenes, la aferró, y a Levko le pareció que de sus manos habían surgido garras y que en su rostro fulguraba una maligna alegría.

-¡La bruja! -exclamó señalándola con el dedo y volviéndose hacia la casa.

La muchacha se echó a reír y las jóvenes, dando un grito, se llevaron consigo a la que representaba el papel de cuervo.

-¿Con qué puedo premiarte, muchacho? Yo sé que tú no necesitas oro. Amas a Ganna, pero tu severo padre te impide casarte con ella. Ahora ya no te molestará. Toma y dale este papel...

La blanca manita se extendió mientras el rostro de la muchacha se iluminaba y brillaba prodigiosamente. Con inexpresable temor y el corazón latiéndole anheloso, cogió él la nota y... se despertó.



VI

EL DESPERTAR

-¿Me habré dormido? -dijo para sí Levko, levantándose del pequeño montículo-. Todo era tan vivo que parecía realidad. ¡Maravilloso! ¡Maravilloso! -repitió mirando a su alrededor.

La luna, detenida sobre su cabeza, mareaba la medianoche. Por doquier reinaba el silencio. Del estanque llegaba el frío. Ante él se elevaba triste la vieja casona con sus postigos cerrados. El musgo y la hiedra silvestre indicaban que los hombres la habían abandonado hacía mucho tiempo. Levko abrió su mano que había estado convulsivamente cerrada durante todo su sueño y exclamó asombrado al sentir en ella el contacto de un papel.

«¡Oh, si yo supiera leer!», pensó dándole vueltas por todos lados. En este instante se oyó ruido a sus espaldas.

-¡No tengan miedo! ¡Agárrenlo sin demora! ¡No sean cobardes! ¡Somos diez! ¡Apuesto a que es un hombre y no un diablo! -así gritó a sus compañeros el alcalde, y Levko se sintió cogido por varias manos, algunas de las cuales temblaban de miedo-. ¡Vamos, amigo!... ¡Quítate esa máscara horrible! ¡Basta ya de burlar a la gente! -dijo el alcalde apresándolo por el cuello.

Pero quedó petrificado y con su único ojo escapándosele de la órbita.

-¡Levko, hijo! -exclamó retrocediendo de asombro y bajando las manos-. ¡Eres tú, hijo de perro! ¡Engendro de Satanás! ¡Y yo pensando en quién podría ser el canalla y el demonio que ideaba todas esas tretas! ¡Y resulta que eres tú! ¡Kisel sin cocer que te atraviesas en la garganta de tu padre! ¡Tú el que te permites organizar fechorías por la calle e inventar canciones!... ¡Vaya, vaya con Levko! ¿Qué significa esto? ¿Ya empiezas a rascarte la espalda?... ¡Átenlo!

-¡Espera un momento, padre! Me han mandado que te entregue esta nota -dijo Levko.

-¡No es este el momento para notas, palomito!

-Espera un momento, amigo alcalde -dijo el escribano desplegando la nota-. La escritura es del comisario.

-¿Del comisario?

-¿Del comisario? -repitieron maquinalmente

-¿Del comisario? ¡Qué raro! ¡Todavía más incomprensible! -pensó para sí Levko.

-¡Lee, lee! -dijo el alcalde-. Veamos lo que escribe el comisario.

-Veamos lo que escribe el comisario -dijo el vinicultor con la pipa entre los dientes y sacando chispas a la yesca.

El escribano carraspeó y empezó a leer:

-«Orden al alcalde Evtuj Makogonenko: Ha llegado a nuestro conocimiento que tú, viejo tonto, en lugar de recaudar los impuestos atrasados y poner orden en el pueblo, has perdido el seso y cometes desaguisados.»

-¡A fe mía -interrumpió el alcalde- que no oigo nada!

El escribano empezó a leer de nuevo:

-«Orden al alcalde Evtuj Makogonenko: Ha llegado a nuestro conocimiento que tú, viejo ton...»

-¡Para, para!... ¡No hace falta que sigas! -gritó el alcalde-. Aunque no he oído bien, sé que lo principal no ha salido todavía. ¡Sigue leyendo!

-«Y en consecuencia te ordeno que cases en seguida a tu hijo Levko Makogonenko con la joven cosaca de vuestro pueblo Ganna Petrichenkova, y también que repares los puentes del camino principal, y que no des caballos de los vecinos sin mi conocimiento a los funcionarios judiciales, aunque vengan directamente de los tribunales. Si, cuando llegue, encuentro que esta orden mía no ha sido cumplida, serás tú el único responsable. El comisario, teniente retirado Kosma Derkach-Drischpanovskii.»

-¡Qué cosas! -dijo el alcalde abriendo la boca-. ¿Lo oyen ustedes..., lo oyen? ¡De todo será responsable el alcalde! ¡Tienen que obedecer! ¡Obedecer sin rechistar!... Si no... ¡Y tú... -prosiguió volviéndose hacia Levko-, ya que el comisario lo ordena (aunque me parece raro que haya llegado todo esto a sus oídos) te casarás, pero antes te haré probar el látigo! El que está colgado en la pared en el sitio de honor, ¿sabes? Mañana lo estrenaré... ¿En dónde has cogido esta nota?

Levko, a pesar del asombro que le producía el inesperado giro del asunto, tuvo el tino de preparar mentalmente una respuesta y de ocultar la verdad sobre el modo como había adquirido la nota.

-Ayer por la tarde fui a la ciudad -dijo- y me encontré con el comisario, que bajaba de su carretela. Al saber que yo era de este pueblo, me dio este papel y me encargó que te comunicara, padre, que a su regreso vendrá a comer con nosotros.

-¿Ha dicho eso?

-Eso ha dicho.

-¿Lo han oído ustedes? -dijo el alcalde con aire importante dirigiéndose a sus acompañantes-. ¡El comisario! ¡El propio comisario en persona vendrá a comer con nosotros! Quiero decir a mi casa... ¡Oh!... -aquí el alcalde alzó el dedo e irguió la cabeza, colocándola en posición de escuchar-. ¡El comisario! ¿Lo oyen ustedes? ¡El comisario vendrá a comer a mi casa! ¿Qué te parece, amigo escribano? ¿Y a ti, compadre? ¡No es poco honor!, ¿no es verdad?

-Que yo recuerde, hasta ahora -dijo el escribano- ningún alcalde convidó a comer a un comisario.

-¡Hay alcaldes y alcaldes! -dijo con aire satisfecho el alcalde. Su boca se torció y salió de ella algo parecido a una risa pesada y bronca que semejaba el retumbar de un trueno lejano-. ¿Qué crees tú, amigo escribano? ¿No te convendría dar orden de que trajeran alguna cosa de cada jata? Un pollo.... o algo así, para el ilustre huésped, ¿no te parece?

-¿Y cuándo será la boda, padre? -preguntó Levko.

-¿La boda?... ¡Ya quisiera yo darte boda!.... pero en honor del ilustre huésped mañana los casará el pope. ¡Al diablo con ustedes! ¡Que vea el comisario cómo se cumple el deber! ¡Ahora, muchachos, a dormir! ¡Váyanse a sus casas! Lo ocurrido hoy me ha recordado el tiempo en que yo... -aquí el alcalde miró de soslayo con el aire importante y significativo de costumbre.

-Bueno... -dijo Levko-. Ahora empezará el alcalde a contar cómo escoltaba a la zarina...- y alegre y con rápidos pasos, se apresuró hacia la conocida jata rodeada de pequeños guindos.

«¡Que Dios te dé la gloria eterna, buena y hermosa muchacha! -pensaba para sí-. ¡Que todo te sonría en el otro mundo entre los ángeles y los santos! A nadie contaré el milagro que ha ocurrido esta noche. ¡Solo a ti te lo diré, Galiu! ¡Tú sólo me creerás y rezarás por el eterno descanso de la desdichada ahogada!»

En este momento se acercó a la jata. La ventana estaba abierta y los rayos de la luna penetraban por ella y caían sobre la dormida Ganna. Tenía ésta la cabeza apoyada sobre la mano. Las mejillas, sonrosadas. Los labios se movían pronunciando, confusamente, el nombre de Levko.

-Duerme, hermosa mía... ¡Sueña con todo lo mejor que hay en el mundo!, aunque esto no será mejor que nuestro despertar.

Después de hacer la señal de la cruz sobre ella cerró la ventana y se alejó silenciosamente. A los pocos minutos, todo dormía ya en el pueblo. Sólo la luna seguía flotando en la misma forma brillante y misteriosa por los inconmensurables océanos del hermoso cielo ucraniano. Todo en la altura respiraba solemnidad, y la noche..., la divina noche quemaba majestuosamente sus últimas horas. La tierra, bañada de un maravilloso brillo plateado seguía siendo hermosa. Pero nadie se embriagaba ya con esto. Todo estaba sumido en el sueño. Sólo de tarde en tarde interrumpía un momento el silencio el ladrido de los perros.

Y todavía, durante mucho tiempo, el borracho Kalenik vagó por las calles dormidas buscando su jata.





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