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terça-feira, 8 de outubro de 2019

La partida de billar



Como combaten desde hace dos días y han pasado la noche con el petate al hombro bajo una lluvia torrencial, los soldados están extenuados. Sin embargo, hace ya tres mortales horas que se les tiene aquí pudriéndose, con el arma a los pies, en los charcos de las carreteras, en el barro de los campos inundados.

Abatidos por la fatiga, por las noches pasadas, por los uniformes empapados, se aprietan unos contra otros para calentarse y sostenerse. Algunos duermen de pie, apoyados en el petate del vecino, y la lasitud, las privaciones se ven mejor en esos rostros distendidos, abandonados en el sueño. La lluvia..., el barro..., sin fuego..., sin sopa..., el cielo bajo y oscuro..., el enemigo que se presiente alrededor... ¡Qué lúgubre es todo!

¿Qué hacen ahí? ¿Qué ocurre?

Los cañones, con la boca dirigida hacia el bosque, parecen acechar algo. Las ametralladoras emboscadas miran fijamente al horizonte. Todo parece listo para un ataque. Pero ¿por qué no se ataca? ¿Qué esperan?

Esperan órdenes, y el cuartel general no las envía.

Sin embargo, el cuartel general no está lejos. Está en ese hermoso castillo de estilo Luis XIII, cuyos rojos ladrillos, lavados por la lluvia, brillan en la ladera entre los macizos. Verdadera morada principesca, muy digna de ostentar la enseña de un mariscal de Francia. Detrás de una gran una zanja y de una rampa de piedra que los separan de la carretera, los céspedes suben hasta la escalinata, densos y verdes, bordeados de jarrones floridos. Del otro lado, del lado íntimo de la casa, los viales abren boquetes luminosos, el estanque, donde nadan los cisnes se extiende como un espejo; y bajo el tejado en forma de pagoda de una inmensa pajarera, lanzando gritos agudos entre el follaje, los pavos reales, los faisanes dorados baten las alas y hacen la rueda. Aunque los dueños se han marchado, no se percibe el abandono, el gran «¡Sálvese quien pueda!» de la guerra.

La bandera del jefe del ejército ha preservado hasta las más menudas florecillas del césped, y resulta algo emocionante encontrar, tan cerca del campo de batalla, esta calma opulenta que procede del orden de las cosas, de la correcta alineación de los macizos, de la silenciosa profundidad de las avenidas.

La lluvia, que amontona tan desagradable barro en las carreteras y produce tan profundas rodadas, aquí no es más que un aguacero elegante, aristocrático, que aviva el rojo de los ladrillos, el verde de los céspedes y da lustre a las hojas de los naranjos y a las plumas blancas de los cisnes. Todo reluce, todo es apacible. Realmente, de no ser por la bandera que ondea en lo alto del tejado, de no ser por los dos soldados de guardia ante la verja, nadie creería estar en un cuartel general. Los caballos descansan en las cuadras. Por aquí y por allá se ven algunos asistentes y ordenanzas, en ropa de faena merodeando cerca de las cocinas, o algún jardinero en pantalón rojo pasando tranquilamente su rastrillo por la arena de los patios.

El comedor, cuyas ventanas dan a la escalinata, permite ver una mesa a medio quitar, botellas abiertas, vasos sucios y vacíos, descoloridos sobre el mantel arrugado, es decir, el final de un banquete cuando los comensales se han marchado. En la habitación de al lado se oyen ruidos de voces, risas, bolas de billar que ruedan, vasos que chocan. El mariscal está jugando su partida y he aquí por qué el ejército espera órdenes. Cuando el mariscal ha empezado su partida, ya puede hundirse el cielo, nada en el mundo podrá impedir que la termine.

¡El billar! Ésta es la debilidad del gran militar.

Ahí está, serio como en una batalla, vestido de gala, con el pecho cubierto de condecoraciones, con la mirada brillante, los pómulos encendidos en la animación de la comida, del juego y los ponches. Sus ayudantes de campo lo rodean solícitos, respetuosos, pasmándose de admiración tras cada una de sus jugadas. Cuando el mariscal hace un punto, todos se precipitan hacia el marcador; cuando el mariscal tiene sed, todos quieren prepararle el ponche. Se oye el roce de charreteras y penachos, el tintineo de cruces y cordones que se entrechocan. Al ver todas sus graciosas sonrisas, sus finas reverencias de cortesanos, tantos bordados, tantos uniformes nuevos, en esta lujosa sala con zócalos de roble, abierta sobre parques, sobre patios de honor, vienen a la memoria los otoños de Compiègne, y el espíritu olvida la visión de los sucios capotes que se pudren allá, a lo largo de los caminos, formando grupos tan sombríos, bajo la lluvia.

El contrincante del mariscal es un joven capitán de Estado Mayor, muy ceñido, rizado, enguantado que es de primera clase en el billar y capaz de vencer a todos los mariscales de la tierra, pero sabe mantenerse a una respetuosa distancia de su jefe, y se esmera en no ganar, pero también en no perder con demasiada facilidad. Es lo que se dice un oficial de porvenir...

¡Atención, joven! ¡compórtese bien! El mariscal tiene quince puntos; usted, diez. Hay que llevar el juego del mismo modo hasta el final y habrá usted hecho más por el ascenso que si estuviese usted fuera con los otros, bajo los torrentes de agua que anegan el horizonte, ensuciándose su bonito uniforme, empañándose el oro de sus cordones, esperando esas órdenes que no llegan. Es una partida verdaderamente interesante. Las bolas corren, se rozan, entrecruzan sus colores. Las bandas devuelven bien; el tapete se calienta... De repente, la llama de un cañonazo cruza el cielo... Un ruido sordo hace temblar los cristales. Todo el mundo se estremece; se miran con inquietud. El mariscal es el único que no ha visto ni oído nada: inclinado sobre el billar, está combinando un magnífico efecto de retroceso. ¡Los retrocesos son su fuerte!

Pero he ahí un nuevo resplandor y después otro... Los cañonazos se suceden, se precipitan. Los ayudantes de campo corren a las ventanas. ¿Será que atacan los prusianos?

-¡Pues que ataquen! -dice el general dando tiza-. Le toca jugar, capitán.

El Estado Mayor se estremece de admiración. Turena, dormido sobre una cureña, no era nada al lado de este mariscal, tan sereno delante del billar en el momento de la acción... Entre tanto, los cañonazos aumentan. A las sacudidas del cañón se mezcla el tableteo de las ametralladoras y el redoble de las descargas de pelotón. Una humareda rojiza, negra en los bordes, sube hasta lo último de los céspedes. Todo el fondo del parque está encendido. Los pavos reales, los faisanes, asustados, chillan en la pajarera; los caballos árabes, al oler la pólvora, se encabritan en el fondo de las cuadras. El cuartel general comienza a inquietarse. Partes y más partes. Los correos llegan a rienda suelta preguntando por el mariscal. Pero el mariscal es inabordable. Ya les decía yo que no dejaría su partida por nada ni por nadie.

-Usted juega, capitán.

Pero el capitán se distrae. ¡Eso pasa por ser joven! Ahí está, pierde la cabeza y olvida su juego, y hace, carambola tras carambola, dos series que casi le dan la victoria. Esta vez, el mariscal se ha puesto furioso. La sorpresa y la indignación se reflejan en su masculino semblante. Precisamente en este momento un caballo llega a galope tendido y cae reventado en el patio. Un ayudante, cubierto de barro, fuerza la consigna, sube la escalinata de un salto... «¡Mariscal! ¡Mariscal!» ¡Hay que ver cómo lo reciben! Resoplando de cólera, rojo como un gallo, el mariscal se asoma a una ventana, con el taco en la mano.

-¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? ¿Dónde están los centinelas?

-Pero, mariscal...

-Basta... Dentro de un rato... ¡Que esperen mis órdenes! ¡Pardiez!

Y la ventana se cierra violentamente. ¡Que esperen sus órdenes!

¡Eso es lo que hacen los pobres! El viento les arroja la lluvia y la metralla en pleno rostro. Batallones enteros son aplastados mientras otros permanecen con el arma al brazo sin poder comprender la causa de su pasividad. No pueden hacer nada, esperan órdenes... Y, como para morir no hay necesidad de órdenes, los hombres caen por cientos detrás de los zarzales, en las trincheras, frente del gran castillo silencioso... Y ya caídos, la metralla los destroza aún, y por sus abiertas heridas mana en silencio la generosa sangre de Francia... Arriba la sala de billar se caldea; el mariscal ha vuelto a recobrar ventaja, pero el joven capitán se defiende como un león.

¡Diecisiete! ¡Dieciocho! ¡Diecinueve!

Apenas hay tiempo para anotar los puntos. El ruido de la batalla se aproxima. Sólo le falta una jugada al mariscal. Algunos obuses caen en el parque. Uno estalla sobre el estanque. El espejo se quiebra; un cisne nada, despavorido, en un remolino de plumas ensangrentadas. Es el último disparo...

Ahora, un gran silencio. Sólo se oye la lluvia que cae sobre los árboles, y un ruido confuso al pie de la colina y por los caminos inundados, algo como el rumor sordo de un rebaño que se apresura... El ejército ha sido derrotado. El mariscal ha ganado su partida.
FIN

Contes du lundi, 1873


Alphonse Daudet

Traducción de Esperanza Cobos Castro: relatosfranceses.com.


Biblioteca Digital Ciudad Seva

domingo, 19 de junho de 2016

El niño espía


Alphonse Daudet

Se llamaba Stenne, el pequeño Stenne. Era un niño de París, débil, paliducho, que lo mismo podía tener diez años como quince. Con estos chiquillos, no se puede decir la edad con exactitud. Su madre había muerto; su padre, antiguo soldado de la marina, era guarda de jardines en una plaza del barrio del Temple. Los niños, las niñeras, las señoras mayores que van con sus sillas plegables bajo el brazo, las madres pobres, toda la gente sencilla y tímida que busca amparo contra los carruajes en esos parterres rodeados de aceras, conocían al señor Stenne y lo apreciaban. Todos sabían que bajo aquellos grandes bigotes, espanto de los perros y de los ociosos que bostezan en los bancos, se ocultaba una tierna sonrisa casi maternal, y que para hacer surgir esa sonrisa no había más que preguntarle al pobre hombre: «¿Cómo está su hijo? ¿Qué tal se porta?». ¡Quería tanto a su hijo! ¡Era tan feliz cuando por la tarde, al salir de la escuela, el niño venía a buscarlo y juntos daban una vuelta por los paseos, deteniéndose ante cada banco para saludar a los conocidos y corresponder a sus saludos!

Pero llegó el sitio y, desgraciadamente, todo cambió. Cerraron el jardín y lo convirtieron en depósito de barriles de petróleo, y el pobre hombre, obligado a una vigilancia constante, se pasaba la vida deambulando entre los macizos desiertos, destrozados, solitarios, sin poder fumar, sin poder ver al hijo nada más que en casa, por la noche y ya muy tarde. Así que había que ver sus bigotes cuando le mencionaban a los prusianos...

Pero Stenne hijo, por supuesto que no se quejaba de la nueva vida. ¡Un sitio! ¿Hay algo más entretenido para un chiquillo? ¡Ni escuela ni maestros! Vacaciones perpetuas y la calle animada como una feria... El niño se pasaba el día entero fuera de casa, en total libertad. Acompañaba a los batallones del barrio que iban a los fuertes, eligiendo preferentemente a los que tenían una buena banda, y en esto el chico era experto. Decía con aplomo que la del 96 no valía gran cosa; pero que, en cambio, la del 55 era estupenda. Otras veces miraba cómo los guardias móviles hacían instrucción. Y además tenía otro entretenimiento: las colas. Con su cesta al brazo, se metía en aquellas largas filas que se formaban, en la oscuridad de las mañanas de invierno sin gas, a la puerta de las carnicerías, de las panaderías. Con los pies en los charcos, se trababan nuevas amistades, se hablaba de política y, como hijo del señor Stenne, los demás le pedían su opinión. Pero más divertidas aún eran las partidas de chito, famoso juego de galocha que pusieron de moda los móviles bretones durante el sitio. Cuando Stenne hijo no estaba en las fortificaciones ni en las panaderías, ya se sabía dónde se le podía encontrar: en la partida de chito que se hacía junto al Château-d'Eau. Él no jugaba, claro está; necesitaría mucho dinero y no lo tenía; pero se contentaba mirando cómo jugaban los demás. Uno de ellos, alto, de camisa azul, que manejaba mucho dinero, despertaba su admiración. Cuando corría se le oían sonar los francos en el bolsillo. Un día, al agacharse para coger una moneda que había rodado hasta los pies de Stenne, el chico le dijo en voz baja:

-No te quedes bizco. Si quieres, puedo decirte de dónde se sacan.

Cuando la partida terminó, se lo llevó consigo a un rincón de la plaza y le propuso ir juntos a vender periódicos a los prusianos. Se sacaban treinta francos limpios por cada viaje. Al principio, Stenne lo rechazó muy indignado, y se pasó tres días sin volver a la partida; tres días terribles, sin comer ni dormir. Por la noche veía montones de chitos, derechos, al pie de la cama, y monedas de franco, brillantes, deslizándose por el suelo... La tentación era demasiado fuerte, y a los cuatro días volvió al Château-d'Eau, vio al otro y se dejó convencer. Una mañana que había nevado salieron con su saco al hombro y los periódicos escondidos bajo las camisas. Cuando llegaron a la puerta de Flandes, no se veía apenas; el grande tomó a Stenne de la mano, y acercándose al centinela -un buen hombre civil, con la nariz roja y aspecto de infeliz- le dijo:

-Déjenos pasar, buen hombre. Tenemos a nuestra madre enferma y no tenemos padre. Voy con mi hermano a ver si podemos coger algunas papas en el campo...

Lloraba mientras hablaba. Stenne, avergonzado, bajaba la cabeza; el centinela los miró un instante; luego miró el camino, nevado y desierto:

-¡Está bien, pasen! -les dijo, dejándolos pasar.

Ahí los vemos camino de Aubervilliers. ¡Y anda que no se reía el grandullón! Desconcertado, y como en sueños, Stenne veía fábricas convertidas en cuarteles, barricadas desiertas, llenas de andrajos mojados; largas chimeneas que perforaban la niebla y ascendían hacia el cielo, rotas, desportilladas. De trecho en trecho un centinela, oficiales encapuchados, que miraban a lo lejos con gemelos, y tiendas de campaña hundidas en la nieve, fundida junto a las hogueras medio apagadas. El joven conocía los caminos y se echaba a campo traviesa para evitar los puestos. Pero, de repente y sin tener escapatoria, fueron a dar de bruces con una avanzada de franco-tiradores. Los franco-tiradores, vestidos con capotes cortos, se agazapaban en el fondo de una trinchera encharcada que corría paralela al ferrocarril de Soissons. Ahora no les valió repetir su triste historia: no los dejaron pasar. Mientras lloriqueaba, de la casa de la guardesa salió un sargento, de cabeza canosa y cara arrugada, que se parecía al señor Stenne.

-¡Vamos, pequeños, límpiense esas lágrimas! -dijo a los chicos-. Luego irán a coger papas; ahora entren a calentarse un poco. ¡Vaya una cara de frío que tiene este chiquillo!

¡Ay! Stenne no temblaba de frío precisamente; temblaba de miedo, de vergüenza. En el puesto encontraron algunos soldados acurrucados junto al fuego agonizante, un auténtico fuego de viuda, a cuya llama deshelaban la torta, pinchada en la punta de las bayonetas. Les dieron una copa y un poco de café. Mientras bebían, un oficial llegó a la puerta, llamó al sargento, habló en voz baja con él y se fue enseguida.

-¡Muchachos! -dijo feliz el sargento-. ¡Esta noche va a haber hule! Conocemos el santo y seña de los prusianos. Me parece que esta vez les arrebatamos ese condenado fuerte de Bourget.

Sonó una explosión de ¡bravos! y de risas. Bailaban, cantaban, limpiaban los machetes. Aprovechando el bullicio, los muchachos desaparecieron. Más allá de la trinchera sólo se veía la llanura, y al fondo un largo muro blanco, agujereado de troneras. Se dirigieron hacia aquel muro, deteniéndose a cada paso e inclinándose como para coger papas.

-Volvamos... No vayamos allá -decía a cada momento el pequeño. El otro se encogía de hombros y seguía adelante. De repente oyeron el tictac de amartillar un fusil.

-¡Agáchate! -dijo el mayor, echándose cuerpo a tierra.

Luego silbó; otro silbido le respondió sobre la nieve. Avanzaban a rastras. Delante del muro, a ras del suelo, surgieron dos bigotes rubios bajo una gorra grasienta. El mayor saltó dentro de la trinchera, junto al prusiano.

-Es mi hermano -dijo, señalando a su acompañante.

Stenne era tan pequeño que, al verlo, el prusiano se echó a reír y tuvo que cogerlo en brazos para subirlo hasta la brecha del muro. Al otro lado de éste se veían terraplenes, árboles tendidos, agujeros negros en la nieve, y en cada agujero, la misma gorra grasienta, los mismos bigotes amarillentos riendo al ver pasar a los chiquillos.

En un rincón se hallaba la casa del jardinero, protegida por troncos de árboles. La planta baja estaba repleta de soldados que jugaban a las cartas mientras se cocía la sopa sobre una espléndida hoguera. Olía apetitosamente a coles, a tocino. ¡Qué diferencia con el campamento de los franco-tiradores! En el primer piso se oía a los oficiales tocar el piano, descorchar vino de Champaña. Cuando los parisinos entraron, los acogieron con un ¡hurra!; éstos entregaron sus periódicos y los otros los invitaron a beber haciéndolos hablar. Los oficiales tenían un aspecto bravucón y malévolo, pero el joven los divertía con su imaginación pintoresca y su vocabulario de golfillo; y reían, repetían las palabras después de él y se revolcaban gustosos en el cieno de París que llegaba hasta ellos. Stenne también hubiera querido decir algo para demostrar que no era un idiota; pero algo le trababa la lengua. Frente a él, a un lado, había un prusiano mayor, más serio que los demás, que leía, o que más bien parecía leer, porque no le quitaba ojo. En esa mirada había una mezcla de ternura y de reproche, como si el hombre estuviera pensando para sus adentros: «Quisiera morir antes que ver a mi hijo hacer semejante papel». Desde ese instante, Stenne sintió como si una mano se posase sobre su corazón y le impidiese latir. Para aturdirse, se puso a beber copa tras copa. Pronto todo empezó a darle vueltas; en medio de grandes carcajadas, oía confusamente que su compañero se burlaba de los guardias nacionales, de su manera de hacer la instrucción; imitaba un zafarancho de combate en el Marais, una alarma nocturna en las murallas. Después bajó la voz; los oficiales se le acercaron y sus rostros se pusieron serios. El miserable les iba a descubrir los planes de ataque de los franco-tiradores. Eso era demasiado. Stenne se levantó furioso, despejado de repente. «Eso no..., no quiero». Pero el otro sólo le contestó con una sonrisa y continuó. Antes de que acabara, los oficiales ya se habían levantado. Uno de ellos le indicó la puerta a los chiquillos:

-Ya pueden marcharse -les dijo. Y se pusieron a hablar muy agitados en alemán. El mayor salió de allí altivo como un dux, haciendo sonar el dinero; el pequeño lo seguía con la frente baja, y cuando pasó junto al prusiano, cuya mirada tanto le había impactado, oyó una voz triste que le decía: «Esto no está bien, no está bien». Y los ojos se le llenaron de lágrimas.

Una vez en la llanura, los muchachos echaron a correr y entraron pronto en París. Como llevaban el saco lleno de papas (que les habían dado los alemanes), llegaron sin tropiezo hasta la trinchera de los franco-tiradores. No se veía otra cosa sino preparativos para el ataque de la noche. Sigilosamente llegaban tropas que se agrupaban detrás de las paredes. El viejo sargento estaba muy contento de acá para allá preparando su sección. Cuando los muchachos pasaron, los reconoció y los saludó con una sonrisa paternal. ¡Qué daño le hizo aquella sonrisa al pequeño Stenne! Un grito estuvo a punto de salírsele de la boca: «¡No vayan esta noche!... Los acabamos de traicionar...». Pero el otro lo había advertido: «Si te vas de la lengua, nos fusilan a los dos», y el miedo le impidió hablar.

En el barrio de la Courneuve entraron en una casa abandonada para repartirse las ganancias. La verdad me obliga a decir que la partición se hizo con toda honradez, y que al oír sonar las monedas en su bolsillo, y al pensar en la cantidad de partidas de chito que podría jugar, Stenne no encontró tan horrible lo que había hecho. Pero cuando se quedó solo, cuando pasadas unas cuantas puertas el mayor lo dejó, entonces sus bolsillos empezaron a hacérsele cada vez más pesados, y la mano que le oprimía el corazón se lo apretaba más fuerte que nunca. París ya no le parecía el mismo de antes. La gente que pasaba a su lado lo miraba severamente, como si supiera de dónde venía. Escuchaba la palabra espía en el sonido de las ruedas, en el redoble de tambor de los que hacían la instrucción a lo largo del canal. Por fin llegó a su casa y, contento de que su padre no estuviera aún allí, subió corriendo a su cuarto y escondió bajo la almohada el dinero que tanto le pesaba.

Hacía tiempo que el señor Stenne no volvía a casa tan contento, tan feliz como aquella noche. Se acababan de recibir noticias de provincias; las cosas marchaban mejor. Mientras comía, el viejo soldado miraba su fusil colgado en la pared, y decía sonriendo al chiquillo:

-¡Qué bien te las verías con los prusianos si fueras un poco mayor!

Hacia las ocho comenzó a tronar el cañón. «Es el fuerte de Aubervilliers; la batalla es en el Bourget» -decía el buen hombre, que conocía todos los fuertes-. Stenne se puso lívido, y pretextando estar cansado, se fue a acostar; pero no pudo pegar un ojo. El cañón sonaba sin cesar. Se imaginaba a los franco-tiradores deslizándose en la noche para sorprender a los prusianos, y cayendo, a su vez, en una emboscada; se acordaba del sargento que le había sonreído y lo veía tendido en la nieve, y al lado de él, ¡quién sabe cuántos más! Y el precio de tanta sangre estaba escondido allí, bajo su almohada, y era él, el hijo del señor Stenne, el hijo de un soldado, el que... Las lágrimas lo ahogaban; en el cuarto contiguo oía a su padre andar, abrir la ventana. Abajo, en la plaza, tocaban a llamada; un batallón de móviles se numeraba para marchar. Iba a ser una gran batalla, si lugar a dudas. El infeliz no pudo contener un sollozo.

-¿Qué te pasa? -le preguntó el padre entrando en la habitación.

El chiquillo no aguantó más; saltó de la cama e intentó echarse a los pies de su padre. Al realizar este movimiento, el dinero rodó por el suelo.

-¿Qué es esto? ¿Has robado? -preguntaba el viejo, tembloroso.

Entonces, sin tomar aliento, el muchacho le contó que había ido a las líneas prusianas y lo que había hecho. A medida que hablaba sentía que su corazón latía con más libertad; la confesión lo aliviaba. Cuando terminó, se tapó la cara con las manos y se puso a llorar.

-¡Padre! ¡padre! -dijo el chico tratando de acercársele.

El padre lo rechazó sin hablar, recogió el dinero y lo guardó en el bolsillo.

-¿Has terminado? -preguntó.

El chico hizo un gesto afirmativo con la cabeza. El padre descolgó su fusil y su cartuchera.

-¡Voy a devolver esto!

Y, sin añadir ni una palabra más, sin volver siquiera la cabeza, fue a unirse a los móviles que iban a salir hacia el frente aquella misma noche.

No se le ha vuelto a ver nunca más.

FIN


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