segunda-feira, 11 de maio de 2015

Demasiados han vivido


Dashiell Hammett

La corbata del hombre eran tan naranja como una puesta de sol. Se trataba de un individuo robusto, alto y puro músculo. El pelo oscuro con raya al medio y pegado al cuero cabelludo, las mejillas firmes y carnosas, la ropa que ceñía su cuerpo con evidente comodidad, e incluso las orejas, pequeñas y rosadas, adheridas a los lados de la cabeza: cada uno de estos elementos parecía formar parte de los distintos colores de una misma superficie uniforme. Tenía entre treinta y cinco y cuarenta y cinco años.

Tomó asiento junto al escritorio de Samuel Spade, se echó hacia adelante, ligeramente apoyado en su bastón de caña, y dijo:

-No. Solo quiero que averigüe qué le ocurrió. Espero que no lo encuentre -sus ojos verdes saltones miraron solemnemente a Spade.

Spade se balanceó en el sillón. Su rostro -al que las uves de la barbilla huesuda, la boca, las fosas nasales y las cejas densamente pobladas otorgaban un aspecto satánico que no resultaba del todo desagradable- mostraba una expresión tan amablemente interesada como su tono de voz.

-¿Por qué?

El hombre de ojos verdes habló sereno y seguro:

-Spade, con usted se puede hablar. Tiene la clase de reputación que debe tener un detective privado. Por eso he acudido a usted.

El gesto de asentimiento no comprometió en nada a Spade. El hombre de ojos verdes prosiguió:

-Y estaré de acuerdo con un precio razonable.

Spade volvió a asentir, y respondió:

-Y yo, pero tiene que decirme qué servicio quiere pagar. Quiere averiguar qué le pasó a este... bueno, a Eli Haven, pero no le importa saber de qué se trata.

Aunque el hombre de ojos verdes bajó la voz, su expresión no cambió.

-En cierto sentido, me interesa. Por ejemplo, si lo encontrara y consiguiera mantenerlo definitivamente alejado, estaría dispuesto a pagar más.

-¿Está diciendo que lo mantenga alejado aunque no quiera?

-Ni más ni menos -replicó el hombre de ojos verdes.

Spade sonrió y negó con la cabeza.

-Probablemente esa cantidad mayor no sea suficiente... tal como lo ha planteado -apartó de los brazos del sillón sus manos de dedos largos y gruesos y puso las palmas hacia arriba-. Dígame, Colyer, ¿de qué se trata?

Aunque Colyer se ruborizó, sostuvo su mirada fría e inexpresiva.

-Ese hombre está casado con una mujer que me cae bien. La semana pasada se pelearon y él se largó. Si logro convencerla de que se ha ido definitivamente, cabe la posibilidad de que ella pida el divorcio.

-Me gustaría hablar con ella -declaró Spade-. ¿Quién es Eli Haven? ¿A qué se dedica?

-Es un mal tipo. No da golpe. Escribe poesía o algo por el estilo.

-¿Puede darme más datos útiles?

-No puedo decirle nada que Julia, su esposa, sea incapaz de transmitirle. Hable con ella -Colyer se puso en pie-. Estoy bien relacionado. Es posible que más adelante sepa algo más gracias a mis relaciones.


Una mujer menuda, de veinticinco o veintiséis años, abrió la puerta del apartamento. Su vestido azul pálido estaba adornado con botones plateados. Aunque pechugona, era esbelta, de hombros rectos y caderas estrechas, y se movía con un aire orgulloso, que en otra menos agraciada habría sido presuntuoso.

-¿Señora Haven? -preguntó Spade.

-Sí -la mujer vaciló antes de responder.

-Gene Colyer me pidió que hablara con usted. Me llamo Spade, y soy detective privado. Colyer quiere que busque a su marido.

-¿Lo ha encontrado?

-Todavía no. Primero tengo que hablar con usted.

La sonrisa de la mujer se esfumó. Estudió seriamente el rostro de Spade, facción por facción, retrocedió, abrió la puerta y replicó:

-Claro, adelante.

Se sentaron frente a frente en los sillones de una sala modestamente decorada. Tras las ventanas se veía un campo de juego en el que unos chicos bulliciosos se divertían.

-¿Le dijo Gene por qué quiere encontrar a Eli?

-Me dijo que cabe la posibilidad de que usted reflexione, si llega a la conclusión de que se ha ido definitivamente -la mujer guardó silencio-. ¿Se ha largado así en otras ocasiones?

-Frecuentemente.

-¿Cómo es Eli ?

-Cuando está sobrio es fantástico. Y cuando bebe también es agradable, salvo en lo que se refiere a mujeres y dinero -replicó imparcialmente.

-Por lo que parece, es interesante en muchos aspectos. ¿Cómo se gana la vida?

-Es poeta y, como sabe, nadie se gana la vida escribiendo poesías.

-¿Cómo...?

-Bueno, a veces aparece con algo de dinero. Dice que lo ha ganado al póquer o en las apuestas. ¡Yo qué sé!

-¿Hace mucho que están casados?

-Casi cuatro años...

Spade sonrió burlón.

-¿Han vivido siempre en San Francisco?

-No, el primer año vivimos en Seattle, y luego nos trasladamos aquí.

-¿Su marido es de Seattle?

La señora Haven negó con la cabeza.

-Es de un pueblo de Delaware.

-¿De qué pueblo?

-No tengo ni la menor idea.

Spade frunció ligeramente sus pobladas cejas.

-¿De dónde es usted?

-No me está buscando a mí -sonrió ligeramente.

-Se comporta como si así fuera -protestó-. Dígame, ¿quiénes son los amigos de su marido?

-¡A mí no me lo pregunte!

Spade hizo una mueca de impaciencia e insistió:

-Seguro que conoce a algunos.

-Sí. Hay un tal Minera, y un Louis James y alguien a quien llama Conny.

-¿Quiénes son?

-Gente corriente -respondió afablemente-. No sé nada de ellos. Telefonean, pasan a recoger a Eli o los veo en la calle con él. No sé nada más.

-¿Cómo se ganan la vida? Supongo que no serán todos poetas.

La mujer rió.

-Podrían intentarlo. Uno de ellos, Louis James, es... creo que forma parte del equipo de Gene. Sinceramente, no sé más de lo que le he dicho.

-¿Cree que saben dónde está su marido?

La señora Haven se encogió de hombros.

-Si lo saben, me están mintiendo. Aún llaman de vez en cuando para preguntar si ha dado señales de vida.

-¿Y las mujeres que mencionó?

-No las conozco.

Sam miró pensativo el suelo y preguntó:

-¿Qué hacía su marido antes de que empezara a no ganarse la vida con la poesía?

-De todo un poco: vendió aspiradoras, hizo de temporero, se echó a la mar, repartió naipes en una mesa de blackjack, trabajó para el ferrocarril, en industrias conserveras, en campamentos de leñadores, en ferias, en un periódico... hizo de todo.

-Cuando se fue, ¿tenía dinero?

-Los tres dólares que me pidió.

-¿Qué le dijo?

La mujer rió.

-Me dijo que si mientras estaba afuera yo utilizaba mis influencias divinas para hacer travesuras, regresaría puntualmente a la hora de la cena y me daría una sorpresa.

Spade frunció el entrecejo.

-¿Estaban peleados?

-Qué va, no. Hacía un par de días que nos habíamos reconciliado de la última pelotera.

-¿Cuándo se fue?

-El jueves por la tarde, alrededor de las tres.

-¿Tiene alguna foto de su marido?

-Sí.

La señora Haven se acercó a la mesa que había junto a una de las ventanas, abrió un cajón y se volvió hacia Spade con una foto en la mano. Spade observó la imagen de un rostro delgado, de ojos hundidos, boca sensual y frente surcada de arrugas y coronada por una desgreñada pelambrera rubia y gruesa. Guardó la foto de Haven en un bolsillo y recogió su sombrero. Caminó hacia la puerta y se detuvo.

-¿Qué tal poeta es? ¿Es de los buenos?

La mujer se encogió de hombros.

-Eso depende de a quién se lo pregunte.

-¿Tiene alguno de sus libros?

-No -la señora Haven sonrió-. ¿Cree que se ha escondido entre las páginas?

-Nunca se sabe qué pista conduce a algo interesante. Volveré a visitarla. Piense y compruebe si puede decirme algo más. Adiós.


Spade bajó por la calle Post hasta la librería Mulford y pidió un ejemplar de los poemas de Haven.

-Lo siento, pero ya no quedan -dijo la empleada-. La semana pasada vendí el último -sonrió- al mismísimo señor Haven. Si quiere, puedo pedirlo.

-¿Lo conoce?

-Solo por haberle vendido libros.

Spade apretó los labios y preguntó:

-¿Cuándo fue? -entregó su tarjeta a la empleada-. Por favor, es muy importante.

La muchacha se acercó a un escritorio, volvió las hojas de un libro de contabilidad encuadernado en rojo y regresó con éste abierto en las manos.

-Fue el miércoles pasado -respondió- y se lo entregamos al señor Roger Ferris, del 1981 de la avenida Pacific.

-Muchísimas gracias -dijo Spade.

Salió de la librería, llamó un taxi y dio al chofer las señas del señor Roger Ferris.


La casa de avenida Pacific era un edificio de piedra gris, de cuatro plantas, que se alzaba detrás de un estrecho jardín. La estancia a la que una criada de cara regordeta hizo pasar a Spade era amplia y de techo alto.

Aunque Spade tomó asiento, en cuanto la criada se retiró, se levantó y recorrió la sala. Se detuvo ante una mesa en la que había tres libros. Uno tenía en la sobrecubierta de color salmón, impreso en rojo, el bosquejo de un rayo que caía a tierra, entre un hombre y una mujer. En negro figuraba: Luces de colores, de Eli Haven.

Spade cogió el libro y volvió a la silla.

En la guarda había una dedicatoria escrita con tinta azul y con letras de trazos gruesos e irregulares:

Al bueno de Buck, que conoció las luces de colores, en recuerdo de aquellos tiempos.

Eli

Spade volvió las páginas al azar y leyó tranquilamente un poema:

Demasiados han vivido tal como vivimos
para que nuestras vidas sean prueba de nuestra vida.
Demasiados han muerto tal como morimos
para que sus muertes sean prueba de nuestra agonía.

Spade apartó la vista del libro cuando en la sala entró un hombre en esmoquin. Aunque no era alto, se mantenía tan erguido que incluso lo pareció cuando quedó frente al metro ochenta y pico de Spade. Sus más de cincuenta años no empañaban aquellos ojos azules y encendidos, su rostro bronceado, en el que no había ni un solo músculo fláccido, la frente ancha y uniforme y unos cabellos gruesos, cortos y casi blancos. Su semblante transmitía dignidad e, incluso, amabilidad.

Señaló el libro que Spade aún tenía en la mano, y preguntó:

-¿Le gusta?

Spade sonrió.

-Parezco muy descarado -dijo, y soltó el libro-. De todos modos, señor Ferris, ése es el motivo por el que he venido a verle. ¿Conoce a Haven?

-Sí. Señor Spade, siéntese, por favor -tomó asiento en un sillón próximo al del detective-. Lo conocí de joven. ¿Se ha metido en líos?

-No lo sé. Estoy tratando de dar con él -dijo Spade.

Ferris preguntó vacilante:

-¿Puedo preguntarle por qué?

-¿Conoce a Gene Colyer?

-Sí -Ferris volvió a titubear. Finalmente agregó-: Que esto quede entre nosotros. Poseo una cadena de cines en el norte de California, y hace un par de años, cuando tuve problemas con el personal, me dijeron que Colyer era el individuo con quien debía ponerme en contacto para resolver la cuestión. Así le conocí.

-Claro -comentó Spade secamente-. Muchas personas conocen así a Gene.

-¿Qué tiene que ver con Eli?

-Me ha pedido que lo busque. ¿Cuándo lo vio por última vez?

-El jueves pasado estuvo en casa.

-¿A qué hora se marchó?

-A medianoche... quizás algo después. Se presentó por la tarde, alrededor de las tres y media. Hacía años que no nos veíamos. Lo convencí de que se quedara a cenar... iba bastante desastrado... y le presté dinero.

-¿Cuánto?

-Ciento cincuenta, todo lo que tenía en casa.

-Antes de irse, ¿dijo adónde pensaba dirigirse?

Ferris negó con ha cabeza.

-Me dijo que me telefonearía al día siguiente.

-¿Y le telefoneó?

-No.

-¿Lo conoce de toda ha vida?

-No exactamente. Trabajó para mí hace quince o dieciséis años, cuando yo era propietario de una empresa de feria, grandes espectáculos combinados del Este y el Oeste, primero con un socio, y luego por mi cuenta. El chico siempre me cayó bien.

-¿Cuándo lo vio por última vez antes del jueves?

-Solo Dios lo sabe -replicó Ferris-. Le perdí la pista durante años. El miércoles llegó el libro, como llovido del cielo, sin remitente ni nada que se le pareciera, salvo la dedicatoria, y Eli me telefoneó a la mañana siguiente. Me encantó saber que seguía vivo y tratando de superarse. Aquella tarde vino a verme y estuvimos cerca de nueve horas hablando de los viejos tiempos.

-¿Le habló de lo que hizo desde entonces?

-Solo comentó que había rodado de aquí para allá, hecho esto y lo otro, aprovechando los golpes de suerte que se le presentaron. No se quejó, tuve que obligarlo a aceptar ciento cincuenta.

Spade se puso en pie.

-Muchísimas gracias, señor Ferris. Me he... -Ferris lo interrumpió:

-No se merecen. Si puedo hacer algo por usted, cuente conmigo.

Spade miró la hora.

-¿Me permite telefonear a mi oficina para preguntar si hay alguna novedad?

-Naturalmente. Hay un teléfono en la habitación de al lado, a la derecha.

Spade le dio las gracias y salió. Regresó liando un cigarrillo y con expresión imperturbable.

-¿Alguna novedad? -quiso saber Ferris.

-Sí. Colyer me ha retirado el encargo. Dice que han encontrado el cadáver de Haven oculto entre unos arbustos, al otro hado de San José, con tres balas -sonrió. Luego añadió apaciblemente-: Me dijo que quizás se enterará de algo a través de sus relaciones...


El sol matinal que se colaba por las cortinas que protegían las ventanas de la oficina de Sam Spade dibujaba sobre el suelo dos amplios rectángulos amarillos y daba a todo un tono dorado.

Spade estaba sentado ante el escritorio y contemplaba meditabundo el periódico. No alzó la mirada cuando Effie Perine entró desde la antesala.

-Ha llegado la señora Haven -dijo la secretaria. Spade irguió la cabeza y replicó:

-¡Ajá! Hazla pasar.

La señora Haven entró deprisa. Estaba pálida y temblaba, pese al abrigo de piel y a que el día era cálido. Fue directamente hacia Spade y preguntó:

-¿Lo mató Gene?

-No lo sé -respondió Spade.

-Tengo que saberlo -gritó.

Spade le tomó las manos.

-Venga, siéntese -la acompañó hasta una silla. Luego preguntó-: ¿Le dijo Colyer que me ha anulado el encargo?

La señora Haven lo miró azorada.

-¿Cómo?

-Anoche me dejó dicho que habían encontrado a su marido, y que ya no necesitaba mis servicios.

La mujer hundió la cabeza y habló con voz apenas audible.

-Entonces fue él.

Spade se encogió de hombros.

-Tal vez solo un inocente podía permitirse el lujo de llamar para anular el encargo, aunque quizá sea culpable y tuvo la astucia y el valor suficientes para...

La mujer no lo escuchaba. Se inclinó hacia él y preguntó con toda seriedad:

-Dígame, señor Spade, ¿está dispuesto a darse por vencido sin presentar batalla? ¿Dejará que Gene lo asuste?

Sonó el teléfono mientras la mujer aún estaba hablando. El detective se disculpó y cogió el auricular.

-Diga... Vaya, vaya.... ¿seguro? -frunció los labios-. Se lo diré -apartó lentamente el teléfono y volvió a mirar a la señora Haven-. Colyer está en la antesala.

-¿Sabe que estoy aquí? -lo apremió.

-No estoy seguro -Spade se puso en pie y fingió no observarla atentamente-. ¿Le preocupa que sepa que está aquí?

La señora Haven se mordió el labio inferior y replicó vacilante:

-No.

-Me alegro. Diré que lo hagan pasar.

La mujer levantó la mano para protestar pero, finalmente, la dejó caer. La palidez de su rostro había desaparecido cuando dijo:

-Haga lo que quiera.

Spade abrió la puerta y saludó:

-Hola, Colyer. Pase. Da la casualidad de que estábamos hablando, precisamente, de usted.

Colyer asintió y entró en el despacho con el bastón en una mano y el sombrero en la otra.

-Hola, Julia, ¿cómo estás? Tendrías que haberme telefoneado. Te habría llevado en coche al centro.

-Yo... no sabía lo que hacía.

Colyer la observó unos segundos más, y luego concentró sus ojos verdes e inexpresivos en la cara de Spade.

-Dígame, ¿ha podido convencerla de que no fui yo?

-Aún no habíamos llegado a esa cuestión -respondió Spade-. Intentaba averiguar si existían motivos para sospechar de usted. Siéntese.

Colyer se sentó con cierta cautela y preguntó:

-¿Y?

-Y en ese momento llegó.

Colyer asintió con gravedad.

-De acuerdo, Spade. Queda nuevamente contratado para demostrar a la señora Haven que yo no he tenido nada que ver con este asunto.

-¡Gene! -exclamó ha mujer con voz quebrada y, suplicante, extendió las manos hacia él-. No creo que lo hayas hecho... quiero creer que no lo has hecho... pero tengo mucho miedo -se cubrió la cara con las manos y estalló en sollozos.

Colyer se acercó a la mujer y le dijo:

-Cálmate. Lo aclararemos juntos.

Spade fue a la antesala y cerró ha puerta. Effie Perime dejó de mecanografiar una carta. El detective le sonrió y comentó:

-Alguna vez alguien debería escribir un libro sobre la gente... es bastante rara -se acercó a la botella de agua-. Supongo que tienes el número de WaIly Kehlogg. Llámalo y pregúntale dónde puedo encontrar a Tom Minera.

Spade regresó a su despacho.

La señora Haven había dejado de llorar y murmuró:

-Lo lamento.

-No se preocupe -la tranquilizó Spade. Miró de soslayo a Colyer-. ¿Aún tengo el trabajo?

-Sí -Colyer carraspeó-. Si en este momento no me necesita, acompañaré a la señora Haven a su casa.

-De acuerdo, pero me gustaría aclarar algo: según el Chronicle, fue usted quien lo identificó. ¿Cómo es que estaba allí?

-Porque fui en cuanto me enteré de que habían encontrado un cadáver -repuso Colyer serenamente-. Ya le dije que estoy bien relacionado. Me enteré por mis contactos de la existencia del cadáver.

-Está bien. Nos veremos -dijo Spade, y abrió la puerta.

En cuanto la señora Haven y Colyer salieron, Effie Penne dijo:

-Minera está en el Buxton, de la calle Army.

-Gracias -murmuró Spade. Entró en el despacho a buscar el sombrero. Cuando estaba a punto de salir añadió-: Si no he vuelto en un par de meses, diles que busquen mi cadáver en el hotel.


Spade caminó por un sórdido pasillo hasta una gastada puerta pintada de verde, en la que se leía «411». Aunque por la puerta se colaba un murmullo de voces, no entendió una sola palabra. Dejó de escuchar y llamó.

Una voz masculina, toscamente deformada, preguntó:

-¿Qué se le ofrece?

-Soy Sam Spade, y quiero ver a Tom.

Tras una pausa, la voz respondió:

-Tom no está aquí.

Spade sujetó el picaporte y sacudió la destartalada puerta.

-Vamos, abra -gruñó.

Al instante, un hombre moreno y delgado, de veinticinco o veintiséis años, que intentó volver inocentes sus ojos oscuros, pequeños y brillantes, abrió la puerta, al tiempo que decía:

-En un primer momento me pareció que no era su voz.

La flaccidez de su barbilla hacía que pareciera más pequeña de lo que en realidad era. Su camisa de rayas verdes, desabrochada a la altura del cuello, no estaba limpia. Sus pantalones grises estaban primorosamente planchados.

-Actualmente hay que ser cuidadoso -declaró Spade solemnemente, y entró en una habitación en la que dos hombres intentaban disimular el interés que experimentaban por su presencia.

Uno de los individuos estaba apoyado en el alféizar y se limaba las uñas. El otro estaba repantigado en una silla, con los pies en el borde de la mesa y un periódico abierto entre las manos. Miraron simultáneamente a Spade y siguieron como si tal cosa.

-Siempre me alegra conocer a los amigos de Tom Minera -comentó Spade jovialmente.

Minera terminó de cerrar la puerta y dijo con torpeza:

-Bueno... sí.... señor Spade, le presento al señor Conrad y al señor James.

Conrad, que estaba en el alféizar, hizo un ademán ligeramente amable con la lima en ristre. Tenía pocos años más que Minera, estatura media, figura robusta, rasgos marcados y ojos tristones.

James bajó unos segundos el periódico para mirar fría y calculadoramente a Spade y preguntar:

-¿Cómo está, hermano?

Retornó a la lectura. James era tan robusto como Conrad, pero más alto, y su rostro poseía una sagacidad de la que carecía el de aquel.

-Ah, y a los amigos del difunto Eli Haven -apostilló Spade.

El hombre situado junto a la ventana se clavó la lima en un dedo y maldijo dolorido. Minera se humedeció los labios y habló deprisa, con un fondo de protesta en la voz.

-Pero en serio, Spade, ninguno de nosotros lo ha visto desde hace una semana.

Spade pareció divertirse ligeramente con la actitud del hombre moreno.

-¿Por qué supone que lo mataron? -preguntó Spade.

-Solo sé lo que dice el diario: le habían registrado los bolsillos y no tenía encima ni siquiera una cerilla -hundió las comisuras de los labios-. Por lo que yo sé, no tenía un centavo. El martes por la noche estaba sin blanca.

-Me he enterado de que el jueves por la noche recibió algo de pasta -comentó Spade en voz baja.

Minera, que se encontraba detrás del detective, contuvo notoriamente el aliento.

-Si lo dice, así será. Yo no estoy enterado -intervino James.

-Muchachos, ¿trabajó alguna vez con ustedes?

James cerró lentamente el periódico y apartó los pies de la mesa. Su interés por la pregunta de Spade parecía grande, aunque casi impersonal.

-¿Y eso qué quiere decir?

Spade simuló sorprenderse.

-Muchachos, supongo que alguna vez trabajan en algo.

Minera se acercó a Spade y dijo:

-Venga, Spade, escuche. El tal Haven no era más que un tipo que conocíamos. No tuvimos nada que ver con su viaje al otro mundo. No sabemos nada de esta historia. Verá, nosotros...

En la puerta sonaron tres golpes calculados.

Minera y Conrad miraron a James, que asintió con la cabeza, pero Spade se movió deprisa, caminó hasta la puerta y la abrió.

Allí estaba Roger Ferris.

Spade miró asombrado a Ferris, y este de igual modo al detective. Luego Ferris le estrechó la mano y dijo:

-Me alegro de verlo.

-Pase -lo invitó Spade.

-Señor Spade, quiero que vea esto -a Ferris le tembló la mano mientras sacaba del bolsillo un sobre algo sucio.

En el sobre estaban mecanografiados el nombre y las señas de Ferris. No llevaba sellos. Spade sacó la carta, un trozo delgado de papel blanco y barato, y la desplegó. Leyó las palabras escritas a máquina:


Será mejor que acuda a la habitación 411 del hotel Buxton, de la calle Army, a las 5 de esta tarde, a causa de lo ocurrido el jueves por la noche.


No había firma.

-Aún falta mucho para las cinco -opinó Spade.

-Es verdad -reconoció Ferris con energía-. Vine en cuanto la recibí. El jueves por la noche Eli estuvo en mi casa.

Minera codeó a Spade y preguntó:

-¿Qué pasa?

Spade alzó la nota para que el hombre moreno la leyera. Minera le echó un vistazo y gritó:

-Spade, le aseguro que no sé nada de esta carta.

-¿Alguien tiene la más remota idea? -preguntó Spade.

-No -se apresuró a replicar Conrad.

-¿De qué carta habla? -inquirió James.

Spade miró a Ferris como si estuviera soñando, y luego comentó como si hablara para sus adentros:

-Ya entiendo. Haven intentaba sacudirle el bolsillo.

Ferris se ruborizó.

-¿Cómo?

-Sacudirle el bolsillo -repitió Spade con paciencia-. Sacarle dinero, chantajearlo.

-Oiga, Spade -dijo Ferris severamente-, ¿está hablando en serio? ¿Por qué motivo querría chantajearme?

-«Al bueno de Buck, que conoció las luces de colores, en recuerdo de aquellos tiempos.» -Sam citó la dedicatoria del poeta muerto. Miró severamente a Ferris y frunció el ceño-. ¿Qué significa luces de colores? En la jerga del circo y de las ferias, ¿cómo se dice cuando se arroja a un tipo de un tren en marcha? Ni más ni menos que luz roja. Claro, ahí está la madre del cordero: las luces rojas, Ferris, ¿a quién tiró de un tren en marcha, y por qué Haven lo sabía?

Minera se acercó a una silla, se sentó, apoyó los codos sobre las rodillas, se cubrió la cabeza con las manos y miró vacuamente hacia el suelo. Conrad respiraba entrecortadamente.

Spade se dirigió a Ferris:

-¿Qué dice?

Ferris se secó el rostro con un pañuelo, lo guardó en el bolsillo y se limitó a responder:

-Fue un chantaje.

-Y por eso lo asesinó.

Los ojos azules de Ferris, que miraban los grises amarillentos de Spade, estaban tan límpidos y firmes como su voz.

-Yo no fui -sostuvo-. Juro que no lo maté. Le contaré lo que ocurrió. Tal como le dije, me envió el libro, y en seguida comprendí el significado de la dedicatoria. Cuando al día siguiente telefoneó para decirme que quería hablar conmigo de los viejos tiempos y para tratar de convencerme de que le prestara dinero en recuerdo del pasado, volví a saber a qué se refería, fui al banco y retiré diez mil dólares. Puede comprobarlo, tengo cuenta en el Seamen’s National.

-Lo haré -aseguró Spade.

Tal como ocurrieron las cosas, no hizo falta esa suma. No me exigió demasiado, y lo convencí de que se llevara cinco mil. Al día siguiente ingresé en el banco los otros cinco mil. Puede comprobarlo.

-Lo haré -repitió Spade.

-Le dije que no pensaba aceptar un solo sablazo más, que esos cinco mil eran los primeros y los últimos que le daba. Lo obligué a firmar un documento que decía que había colaborado en el... en lo que yo había hecho... y lo rubricó. Se fue a medianoche y nunca más volví a verlo.

Spade golpeó el sobre que Ferris le había entregado.

-¿Y qué puede decirme de esta nota?

-Me la entregó un mensajero a mediodía, y vine en seguida. Eli insistió en que no había hablado con nadie, pero yo no estaba seguro. Tenía que enfrentarlo.

Spade se volvió hacia los demás con expresión impasible e inquirió:

-¿Qué opinan ustedes?

Minera y Conrad miraron a James, que hizo un gesto de impaciencia y dijo:

-Claro que sí, nosotros le enviamos la nota. ¿Por qué no? Éramos amigos de Eli y no habíamos podido contactar con él desde que decidió apretarle las clavijas a este tipo. Entonces apareció muerto y decidimos hacer venir al caballero para que nos diera una explicación.

-¿Sabían que pensaba apretarle las clavijas?

-Claro. Estábamos reunidos cuando Eli tuvo la idea.

-¿Cómo se le ocurrió? -preguntó Spade.

James estiró los dedos de la mano izquierda.

-Estuvimos bebiendo y charlando, ya sabe lo que ocurre cuando un grupo de muchachos comenta lo que ha visto y hecho... y Eli nos contó una historia acerca de que una vez había visto a un individuo arrojar a otro a un cañón desde un tren, y se le escapó el nombre del autor: Buck Ferris. Alguien preguntó: «¿Qué aspecto tiene Ferris?» Eli explicó cómo era entonces, y añadió que hacía quince años que no lo veía. El que hizo la pregunta soltó un silbido y añadió: «Apuesto a que es el mismo Ferris dueño de la mitad de los cines de este estado.  ¡Apuesto a que te daría algo con tal de que no levantaras la perdiz!» Así fue como la idea prendió en Eli. Se notaba. Pensó un rato, y luego se mostró reservado. Preguntó cuál era el nombre de pila del Ferris de los cines, y cuando el otro respondió «Roger», simuló decepcionarse y añadió: «No, no es él. Se llamaba Martin». Todos nos reímos y, finalmente, reconoció que pensaba visitar al caballero. Cuando el jueves a mediodía me telefoneó para decir que esa noche daría una fiesta en el bar de Pogey Hecker, deduje inmediatamente qué estaba pasando.

-¿Cuál era el nombre del caballero que sufrió la luz roja?

-No quiso decirlo. Se cerró a cal y canto. Es lógico.

-Supongo que sí -coincidió Spade.

-Y después, la nada. Jamás apareció por el bar de Pogey. A las dos de la madrugada intentamos contactarlo por teléfono, pero su esposa dijo que no había aparecido por casa. Nos quedamos hasta las cuatro o las cinco, llegamos a la conclusión de que nos había dado el esquinazo, convencimos a Pogey de que anotara las consumiciones en la cuenta de Eli y nos dimos el piro. Desde entonces no he vuelto a verlo... ni vivo ni muerto.

Spade comentó con tono mesurado:

-Es posible. ¿Seguro que no encontró a Eli por la mañana, lo llevó a dar un paseo, le cambió los cinco mil pavos de Ferris por las balas y lo arrojó entre los...?

Una enérgica llamada doble estremeció la puerta.

El rostro de Spade se iluminó, se dirigió hacia la puerta y la abrió.

Entró un joven. Era apuesto y perfectamente proporcionado. Llevaba un abrigo ligero y tenía las manos en los bolsillos. Nada más entrar, giró a la derecha y se detuvo de espaldas a la pared. En ese momento franqueó la puerta otro joven, que torció a la izquierda. Aunque no se parecían, la apostura compartida, la elegancia de sus cuerpos y sus posiciones casi simétricas -espalda contra la pared, manos en los bolsillos, miradas frías y brillantes que estudiaban a los que ocupaban ha estancia-, les concedían fugazmente la apariencia de gemelos.

Entonces hizo su entrada Gene Colyer. Saludó a Spade, y no hizo el menor caso de los demás, pese a que James dijo:

-Hola, Gene.

-¿Alguna novedad? -pregunté Gene Colyer al detective.

Spade asintió.

-Al parecer este caballero fue... -señaló a Ferris con el pulgar.

-¿Hay un lugar donde podamos hablar tranquilos?

-En el fondo está la cocina.

-Denle a todo lo que se mueva -ordenó Colyer por encima del hombro a los dos jóvenes atildados, y siguió a Spade hasta la cocina.

Colyer ocupó la única silla, y miró a Spade sin pestañear, mientras este le contaba todo lo que había averiguado.

Cuando el detective privado concluyó, el hombre de ojos verdes preguntó:

-¿Cuál es su opinión?

Spade lo miró pensativo.

-Usted ha averiguado algo. Me gustaría saber de qué se trata.

-Encontraron el arma en el río, a cuatrocientos metros del sitio donde apareció el cadáver -dijo Colyer-. Pertenece a James... tiene la marca de la vez que en Vallejo se la quitaron de la mano de un tiro.

-Muy interesante -comentó Spade.

-Escuche. Un chico apellidado Thurber dice que el miércoles pasado James fue a verlo y le encomendó que siguiera a Haven. El jueves por la tarde, Thurber lo encontró, comprobó que estaba en casa de Ferris y telefoneó a James. Este le dijo que no se moviera del lugar y que le dijera a dónde se dirigía Haven cuando saliera, pero una vecina nerviosa denunció al merodeador y, alrededor de las diez de ha noche, la policía lo echó.

Spade apretó los labios y, concentrado, miró el techo.

Pese a que los ojos de Colyer no denotaban la menor expresión, el sudor daba brillo a su cara redonda, y su voz sonaba ronca.

-Spade, voy a entregarlo.

Spade desvió la mirada del techo y la fijó en los saltones ojos verdes.

-Nunca había entregado a uno de los míos, pero esto es el no va más -añadió Colyer-. Julia tiene que creer que yo no tuve nada que ver con este asunto si ha sido uno de los míos y lo denuncio, ¿no le parece?

-Supongo que sí -Spade asintió lentamente.

De pronto Colyer apartó la mirada y carraspeó. Cuando volvió a hablar fue lacónico:

-Bueno, ya se puede despedir.

Minera, James y Conrad estaban sentados cuando Spade y Colyer salieron de la cocina. Ferris caminaba de un extremo a otro de la habitación. Los jóvenes apuestos no se habían movido.

Colyer se acercó a James y preguntó:

-Louis, ¿dónde está tu pistola?

James deslizó ha mano derecha hacia el lado izquierdo del pecho, se quedó quieto y dijo:

-No la he traído.

Con la mano enguantada, pero abierta, Colyer golpeó a James en la cara y lo hizo caer de la silla.

James se incorporó y masculló:

-No pasa nada -se llevó la mano a la cara-. Jefe, no tendría que haberlo hecho, pero cuando telefoneó y dijo que no quería plantarle cara a Ferris con las manos vacías y que no tenía armas, le dije que no se preocupara, y le envié la mía.

-Y también le enviaste a Thurber -apostilló Cohyer.

-Nos interesaba saber si lo había conseguido -murmuró James.

-¿No podías ir personalmente o enviar a cualquier otro?

-¿Después de que Thurber alertara a todo el barrio?

Colyer se dirigió a Spade:

-¿Quiere que le ayudemos a entregarlo o prefiere llamar a la policía?

-Lo haremos bien -respondió Spade, y se dirigió al teléfono de la pared. Cuando terminó de hablar tenía cara de palo y la mirada perdida. Lió un cigarrillo, lo encendió y se volvió hacia Colyer-. Soy lo bastante tonto como para pensar que Louis ha dado un montón de respuestas acertadas con la historia que ha contado.

James apartó la mano de la mejilla irritada y miró desconcertado a Spade.

-¿Qué le pasa? -protestó Colyer.

-Nada -respondió Spade afablemente-. Salvo que me parece que usted está demasiado deseoso de endilgarle el muerto a Louis -exhaló una bocanada de humo-. Por ejemplo, ¿por qué abandonaría el arma sabiendo que tenía marcas que algunas personas podían reconocer?

-Me parece que usted piensa que Louis tiene cerebro -comentó Colyer.

-Si lo mataron estos muchachos, y si sabían que estaba muerto, ¿por qué esperaron a que apareciera el cadáver y se removiera el avispero para perseguir nuevamente a Ferris? ¿Para qué le habrían vaciado los bolsillos si lo habían secuestrado? Supone tomarse muchas molestias, y solo lo hacen aquellos que matan por otros motivos y quieren que parezca un robo -Spade meneó la cabeza-. Usted está demasiado deseoso de endilgarles el muerto a los muchachos. ¿Por qué harían...?

-Ahora esto no viene al caso -lo interrumpió Colyer-. La cuestión consiste en que explique por qué dice que estoy demasiado deseoso de endilgarle el muerto a Louis.

Spade se encogió de hombros.

-Quizá para aclarar el asunto con Julia lo más rápida y limpiamente posible, incluso para dejar las cuentas claras con la policía. Además, están sus clientes.

-¿Cómo? -preguntó Colyer.

Distraído, Spade hizo un gesto con el cigarrillo y respondió:

-Ferris. Lo mató él, eso es obvio.

A Colyer le temblaron los párpados, pero no llegó a abrir y cerrar los ojos. Spade añadió:

-En primer lugar, por lo que sabemos, es la última persona que vio vivo a Eli, y esta es una apuesta ganadora. En segundo lugar, es la única persona con la que hablé antes de que apareciera el cadáver de Eli y que se interesó por saber si yo pensaba que estaba ocultando datos. Los demás solo pensaron que estaba buscando a un individuo que se había largado. Como Ferris sabía que yo buscaba al hombre que había matado, necesitaba quedar fuera de toda sospecha. Incluso tuvo miedo de tirar el libro, porque lo enviaron de la librería, podía rastrearse y cabía la posibilidad de que algún empleado hubiese leído la dedicatoria. En tercer lugar, era el único que consideraba a Eli un muchacho encantador, limpio y adorable... por los mismos motivos. En cuarto lugar, la historia del chantajista que se presenta a las tres de la tarde, solicita amablemente cinco mil y se queda hasta medianoche es absurda, por muy buenas que fueran las bebidas. En quinto lugar, la historia sobre el documento firmado por Eli no tiene asidero, aunque sería bastante fácil falsificar un papel de este tipo. En sexto lugar, tiene un motivo más sólido que el de cualquiera de las personas implicadas para querer ver muerto a Eli.

Colyer asintió lentamente y dijo:

-De todas maneras...

-De todas maneras, nada -lo interrumpió Spade-. Tal vez hizo el truco de los diez mil y los cinco mil dólares con el banco, lo cual no supone ninguna dificultad. Luego metió en su casa a este chantajista imbécil, le hizo perder tiempo hasta que los criados se retiraron, le arrebató la pistola que le habían prestado, lo empujó escaleras abajo, lo metió en el coche y lo llevó a dar un paseo... es posible que ya estuviera muerto cuando se lo llevó, o que le disparara entre los arbustos... le vació los bolsillos para obstruir la identificación y hacer que pareciera un robo, arrojó el arma al río y volvió a casa...

Se interrumpió al oír una sirena en la calle. Por primera vez desde que había empezado a hablar, Spade miró a Ferris.

Aunque Ferris estaba mortalmente pálido, mantuvo firme la mirada. Spade agregó:

-Ferris, tengo la corazonada de que también nos enteraremos de aquel trabajo de la luz roja. Me contó que, en la época en que Eli trabajó para usted, tenía un socio en la empresa de feria. Después llevó solo el negocio. No nos será difícil averiguar si su socio desapareció, murió de muerte natural o si está vivo.

Ferris ya no estaba tan erguido. Se humedeció los labios y dijo:

-Quiero ver a mi abogado. No hablaré hasta que haya consultado a mi abogado.

-Me parece bien -opinó Spade-. Tendrá que enfrentarse con todo esto. Le diré que, personalmente, los chantajistas me caen mal. Creo que Eli escribió un buen epitafio para ellos en su libro: «Demasiados han vivido».

FIN

"Too Many Have Lived",
American Magazine, 1932





Cuando nuestro dolor fíngese ajeno


Macedonio Fernández

Voz de un dolor se alzó del camino y visitó la noche,
Trance gimiente por una boca hablaba.

Eran las sombras dondequiera. Mis manos
Apartándolas para mis pasos
Heridos de la impaciencia y el tropiezo
Buscando aquel pedido de persona dolida.

Grito que ensombreció la sombra
Volvió a enfriar el pulsar de mi vida.

Y tropezando con el alma y el paso
No de mi pena, de ajena pena,
Creí afligirme, cuando hallé sangrando
Mi corazón, por mí clamando,
¿Qué desterrado de mi pecho habría?
Porque solo el recuerdo su latido daba
Y solo en el recuerdo mi dolor estaba
Y así desde el camino me llamaba
Y apenas cerca me sintió, acogiose
A mi pecho triunfante como enojado dueño,
Y al instante se dio a clavarme aquel latido;
El latir de su lloro del dolor del recuerdo.

Y hoy desterrarlo de nuevo ya no quiero.
Que ese dolor es el dolor que quiero.

Es ella,
Y soy tan solo ese dolor, soy ella,
Soy su ausencia, soy lo que está solo de ella;
Mi corazón mejor que yo lo ordena.



Biblioteca Digital Ciudad Seva

El fin de algo



Ernest Hemingway

Antes, Horton Bay era un pueblo de madereros y leñadores. Ninguno de sus habitantes estaba libre del ruido de las grandes máquinas de un aserradero que había junto al lago. Pero un año se acabaron los troncos para aserrar. Entonces, las goletas de los madereros anclaron en la bahía y cargaron y se llevaron toda la madera amontonada en el patio. Desmantelaron el aserradero de toda la maquinaria transportable, que los mismos hombres que habían trabajado allí embarcaron en una de las goletas. La embarcación se alejó por el lago llevando las dos grandes sierras, el aparato que arrojaba los troncos contra las sierras circulares giratorias y todas las ruedas, correas y herramientas que cabían en ese enorme cargamento de madera. La bodega abierta estaba tapada con lona y de un modo hermético. Una vez henchidas las velas, el barco empezó a navegar por el lago, llevándose todo lo que había hecho del aserradero, un aserradero, y de Horton Bay, un pueblo.

Las casas de un piso, la cantina, el almacén de la compañía, las oficinas del aserradero y el mismo aserradero quedaron desiertos en medio de la pantanosa pradera cubierta de serrín que se extendía a la orilla del lago.

Diez años más tarde no quedaba nada del aserradero, excepto los cimientos de piedra caliza que Nick y Marjorie vieron a través del bosque renacido, mientras remaban a lo largo de la costa. Estaban pescando en bote al borde del banco que partía repentinamente desde los bajíos arenosos hacia las negras aguas de doce pies de profundidad. Se dirigían al lugar más apropiado para colocar los sedales nocturnos que atraían a las truchas arcoiris.

-He aquí nuestra vieja ruina, Nick -dijo Marjorie.

Mientras remaba, Nick miró hacia las piedras blancas que se veían entre los árboles verdes.

-Allí está -expresó.

-¿Te acuerdas cuando estaba el aserradero? -preguntó Marjorie.

-Sí, me acuerdo.

-Parece más bien un castillo -opinó la muchacha.

Nick no dijo nada. Remaron hasta perder de vista los restos del aserradero, siguiendo la costa. Luego, Nick atravesó la bahía.

-No están picando -dijo.

-No -respondió Marjorie, absorta en la caña mientras remaban. No se distraía ni siquiera al hablar. Le gustaba pescar. Le gustaba mucho pescar con Nick.

Cerca del bote, una trucha enorme sacudió la superficie del agua. Nick remó fuerte con un solo remo, haciendo girar el bote para que el anzuelo pasase por donde se hallaba la trucha. Cuando asomó su espinazo, los peces que usaba como cebo saltaron en forma salvaje. Se desparramaron por la superficie como un puñado de municiones arrojadas al agua. Del otro lado de la embarcación saltó otra trucha, en busca del preciado alimento.

-Están comiendo -indicó Marjorie.

-Pero no van a picar -dijo Nick.

Volvió a dar la vuelta con el bote pasando entre los hambrientos peces, y se dirigió a la costa. Marjorie no recogió el sedal hasta que llegaron a la orilla.

Detuvieron la embarcación en la playa y Nick sacó un balde con percas vivas que nadaban en el agua del recipiente. Después cogió tres con las manos y les cortó la cabeza y las peló, mientras Marjorie introducía las manos en el balde. Finalmente sacó una perca y empezó a hacer lo mismo que Nick. Nick miró el pez de Marjorie.

-No es necesario arrancarle la aleta ventral -dijo-. Lo mismo sirve como cebo, pero es mejor que la tenga.

Enganchó las colas de las percas peladas en los dos anzuelos del sedal de cada caña. Había dos anzuelos colocados en una guía para cada caña. Marjorie, por su parte, remó hacia el banco arenoso. Sostenía el hilo entre los dientes y miraba a Nick, que estaba con la caña en la playa, mientras el sedal se desenrollaba.

-Ya está bien -gritó.

-¿Lo suelto? -dijo Marjorie, con el sedal en la mano.

-Claro. Suéltalo.

Marjorie dejó caer el hilo y miró cómo los cebos penetraban en el agua.

Luego volvió con el bote y se llevó el segundo sedal de la misma manera. A cada oportunidad, Nick colocó una pesada tabla haciendo cruz con el extremo de la caña para que no se moviera, y un trozo de madera más pequeño para formar el ángulo. Después devanó el sedal con lentitud hasta dejarlo tirante y establecer una línea recta desde donde el anzuelo descansaba sobre el fondo arenoso, y por último aseguró el carrete regulador. De este modo cuando alguna trucha se acercaba a comer, el hilo daba un tirón y el ruido del trinquete fijo indicaba su presencia.

Al principio, Marjorie avanzó lentamente para no mover el sedal, pero una vez que estuvo fuera de esa zona, remó con rapidez hacia la playa, acompañada por pequeñas olas. La muchacha salió del bote y Nick lo arrastró por la arena.

-¿Qué te pasa, Nick? -preguntó Marjorie.

-No sé -contestó este mientras juntaba leña para el fuego.

Encendieron el fuego con la madera que el agua había llevado a la costa. Marjorie fue al bote en busca de una manta. La brisa nocturna impulsaba el humo hacia el lugar, por lo que extendió la manta entre el fuego y el lago.

Después se sentó sobre la manta, de espaldas al fuego, y esperó a Nick. Éste volvió enseguida y se sentó a su lado. Detrás de ellos estaba el bosque renacido, en el promontorio, y enfrente, la bahía con la desembocadura del arroyo de Hortons. La oscuridad no era completa. La luz de la fogata iluminaba el agua. Ambos pudieron ver las dos cañas de pescar de acero, inclinadas sobre el lago. El fuego provocaba destellos en los carretes.

Marjorie abrió la cesta de la cena.

-No tengo ganas de comer -dijo Nick.

-Vamos, Nick. Come.

-Bueno.

Comieron sin decir nada, observando las dos cañas y el fuego reflejado en el agua.

-Esta noche va a haber luna -expresó Nick, que miraba hacia el otro lado de la bahía. Las colinas se recortaban ya contra el cielo. Se dio cuenta de que la luna estaba ya por asomarse, más allá de las colinas.

-Ya lo sé -dijo Marjorie con alegría.

-Tú lo sabes todo.

-¡Oh! ¡Cállate, Nick! Te lo ruego. ¡No seas así, por favor!

-No puedo evitarlo. Tú tienes la culpa. Lo sabes todo. Ese es el problema, y también lo sabes.

Marjorie no dijo nada.

-Te lo enseñado todo -continuó Nick-. No lo niegues. ¿Qué es lo que no sabes, entonces?

-¡Oh! ¡Cállate! Ahí viene la luna.

Se quedaron sentados sobre la manta, sin tocarse, observando cómo aparecía la luna.

-No tienes por qué decir tonterías -protestó Marjorie-. ¿Qué te ocurre en realidad?

-No sé.

-Por supuesto que lo sabes

-No. No sé.

-Anda. Dilo.

Nick miró la luna, que se empinaba encima de las colinas.

-Ya no me divierte esto.

Tenía miedo de mirar a la muchacha, pero la miró. Marjorie le daba la espalda. Siguió mirándola.

-Ya no me divierte. Nada. En absoluto.

Ella no dijo nada. Nick continuó:

-Me encuentro como si todo se hubiera ido al demonio en mi alma. No sé, Marge. No sé qué decir.

Todavía miraba la espalda de la mujer.

-¿Ya no te divierte el amor? -preguntó Marjorie.

-No.

Marjorie se puso de pie. Nick permaneció sentado, con la cabeza entre las manos.

-Voy a usar el bote -le dijo Marjorie-. Tú puedes volver a pie por el promontorio.

-Bueno -dijo Nick-. Espera, que iré a desatracar el bote.

-No hace falta -cuando dijo esto, Marjorie estaba ya dentro de la embarcación, en el agua, bajo la luz de la luna.

Nick regresó y se acostó boca abajo, sobre la manta junto al fuego. Oyó el rítmico movimiento de los remos, mientras Marjorie se alejaba.

Permaneció allí largo rato. Estaba acostado cuando Bill apareció en el claro después de atravesar el bosque. Sintió que el recién llegado se acercaba al fuego. Pero Bill no lo tocó.

-¿Salió todo bien con ella? -preguntó Bill.

-Sí -contestó Nick sin abandonar su posición, con la cara pegada a la manta.

-¿Hubo una escena?

-No, no hubo ninguna escena.

-¿Cómo te sientes?

-¡Oh! ¡Vete, Bill! Vete por un rato.

Bill eligió un sándwich de la cesta y fue a echar un vistazo a las cañas.

FIN

"The End of Something",
In Our Time, 1925



Un millar de muertes



Jack London

Había estado en el agua aproximadamente una hora, y el frío y el cansancio, aunados al terrible calambre en el muslo derecho, me hacían pensar que había llegado mi fin. Luchando vanamente contra la poderosa marea descendente, había contemplado la enloquecedora procesión de las luces costeras, pero ya había dejado de luchar con la corriente y me contentaba con los amargos recuerdos de mi vida malgastada, ahora cercana a su fin.

Había tenido la suerte de descender de un buen linaje inglés, pero de padres cuya fortuna en las bancas excedía en mucho sus conocimientos de la naturaleza y educación de los hijos. Aunque nacido con una cuchara de plata en la boca, la bendita atmósfera del círculo hogareño me era desconocida. Mi padre, un hombre culto y reputado anticuario, no dedicaba su atención a la familia, sino que estaba constantemente perdido en medio de las abstracciones de su estudio mientras que mi madre, más famosa por su belleza que por su buen sentido, se sentía satisfecha con las adulaciones de la sociedad en la que parecía permanentemente sumergida. Pasé la habitual rutina de la enseñanza primaria y media como cualquier otro muchacho de la burguesía inglesa y, a medida que los años incrementaban mi fuerza y mis pasiones, mis padres se dieron cuenta, de pronto, de que yo poseía un alma inmortal, y trataron de poner riendas a mis ímpetus. Pero era demasiado tarde; perpetré la más audaz y descabellada locura y fui desheredado por mi familia y condenado al ostracismo por la sociedad a la que había ultrajado tanto tiempo. Con las mil libras que me dio mi padre, con la promesa de no volverme a ver ni a suministrarme más dinero, obtuve un pasaje de primera clase rumbo a Australia.

Desde entonces mi vida ha sido una larga peregrinación -de oriente a occidente, del Ártico al Antártico- para encontrarme, por último, convertido en un experimentado lobo de mar de treinta años, pleno de fuerza viril, que se ahoga en la bahía de San Francisco, tras el desastroso intento de desertar de una nave.

Mi pierna derecha estaba agarrotada por el calambre y estaba sufriendo la más angustiosa de las agonías. Una brisa débil agitaba el mar picado llenándome la boca de agua, que me corría por la garganta sin que pudiera evitarlo. Aunque todavía lograba mantenerme a flote, lo hacía en forma puramente mecánica, pues estaba cayendo por momentos en la inconsciencia. Tengo el desvaído recuerdo de haber sido arrastrado más allá de la escollera, y de entrever la luz de estribor de un vapor; luego todo se hizo oscuridad.

Escuché el débil zumbido de unos insectos y sentí que el balsámico aire de una mañana de primavera acariciaba mis mejillas. Gradualmente se convirtió en un flujo rítmico a cuyas pulsaciones parecía responder mi cuerpo. Flotaba en el suave seno de un cálido mar, alzándome y descendiendo con ensoñador placer cada vez que una ola me acunaba. Pero las pulsaciones se hicieron más fuertes, el zumbido más intenso, las olas más grandes y salvajes... fui maltratado por un mar tormentoso. Una gran agonía se abatió sobre mí. Destellos brillantes e intermitentes relampagueaban a través de mi conciencia interior, en mis oídos atronaba el sonido de las aguas. Luego se produjo la súbita rotura de algo intangible y desperté.

La escena que protagonizaba era realmente curiosa. Un vistazo fue suficiente para saber que me encontraba tirado en el piso del yate de algún caballero importante, en una postura verdaderamente incómoda. A mis costados, aferrando mis brazos y subiéndolos y bajándolos como si fueran palancas de bombeo, estaban dos seres de piel oscura curiosamente vestidos. Aunque conocía la mayor parte de las razas aborígenes no pude deducir su nacionalidad. Habían colocado en mi cabeza una especie de aparato que conectaba mis órganos respiratorios a una máquina que describiré a continuación. Mis fosas nasales, sin embargo, habían sido obturadas para forzarme a respirar por la boca. Deformados por el enfoque oblicuo del ángulo de mi visión contemplé dos tubos, similares a mangueras diminutas pero de diferente composición, que emergían de mi boca y se separaban uno del otro en ángulo recto. El primero terminaba abruptamente y yacía sobre el piso junto a mí, el segundo atravesaba la habitación serpenteando por el suelo, conectándose con el aparato que he prometido describir.

En los días anteriores a que mi vida se hubiera hecho tangencial me había interesado no poco en las ciencias, y conocedor de la parafernalia y accesorios generales de un laboratorio, pude ahora apreciar la máquina que contemplaba. Estaba compuesta principalmente de vidrio, siendo su construcción algo burda como es habitual en los aparatos experimentales. Un recipiente de agua estaba rodeado por una cámara de aire, a la que se unía un tubo vertical terminado en un globo. En el centro de todo esto había un vacuómetro. El agua del tubo se movía hacia arriba y hacia abajo, produciendo inhalaciones y exhalaciones alternas que luego eran comunicadas a través del tubo a mi boca. Con esto y la ayuda de los hombres que movían con tanto vigor mis brazos, el proceso de la respiración había sido artificialmente reiniciado. Subiendo y bajando mi pecho y expandiendo y contrayendo mis pulmones se pudo persuadir a la naturaleza de que volviese a su labor acostumbrada.

Tan pronto abrí los ojos me fue retirado el artefacto que llevaba en la cabeza, nariz y boca. Me hicieron tragar tres dedos de brandy y logré ponerme de pie, tambaleándome, para agradecer a mi salvador. Lo miré y me encontré con... mi padre. Pero los largos años de camaradería con el peligro me habían enseñado a controlarme, y esperé a ver si lograba reconocerme. No fue así, no vio en mí sino un marinero desertor y me trató en consecuencia.

Me dejó al cuidado de los negros y se dedicó a revisar las notas que había tomado de mi resurrección. Mientras devoraba la excelente comida que me era servida, escuché ruidos confusos en cubierta, y por las palabras de los marineros y el tableteo de los motores y aparejos deduje que estábamos zarpando. ¡Era divertido! ¡De crucero con mi solitario padre por el ancho Pacífico! Poco me imaginaba, mientras me reía para mis adentros, quién iba a ser el más perjudicado por esa curiosa broma. Ay, de haberlo sabido hubiera saltado por la borda y regresado de buena gana a las sucias aguas de las que había escapado. No se me permitió salir a cubierta hasta que hubimos dejado atrás los farallones y la última lancha del práctico. Aprecié estas consideraciones de parte de mi padre y me propuse darle las gracias de todo corazón, con los rudos modales de un lobo de mar. No podía sospechar que tenía sus propias razones para mantener oculta mi presencia para todos, excepto para su tripulación. Me habló brevemente de mi rescate por los marineros, asegurándome que el favor me lo debía él a mí, ya que mi aparición había sido realmente oportuna. Había construido el aparato para experimentar algunas teorías concernientes a ciertos fenómenos biológicos, y había estado esperando una oportunidad para utilizarlo.

-Usted ha probado su funcionamiento sin lugar a dudas -dijo, y luego agregó con un suspiro-: pero sólo en el reducido campo de la asfixia.

Pero, para no alargar mi relato, diré que me ofreció un adelanto de dos libras sobre mi futuro jornal por navegar con él, lo cual me pareció excelente, ya que realmente no me necesitaba. Al contrario de lo que esperaba no tuve que unirme al grupo de marineros, en proa, sino que me fue asignado un confortable camarote, y se me designó un lugar en la mesa del capitán. Él se había dado cuenta de que yo no era un marinero común, y resolví aprovechar la oportunidad para recobrar su afecto. Tejí un pasado ficticio para explicar mi educación y presente posición, e hice todo lo posible para entrar en comunicación con él. No tardé mucho en revelar una predilección por la investigación científica, ni él en apreciar mi aptitud. Me convertí en su ayudante, con el correspondiente aumento de mi salario, y a poco comenzó a hacerme confidencias y a exponer sus teorías. Me sentí tan entusiasmado como él.

Los días volaron con rapidez, pues me hallaba profundamente interesado en los nuevos estudios, pasando las horas de vigilia en su bien provista biblioteca, o escuchando sus planes y ayudándolo en el trabajo del laboratorio. Pero nos vimos obligados a diferir algunos experimentos atrayentes por no ser una nave bamboleante el lugar adecuado para trabajos delicados y cuidadosos. Sin embargo me prometió muchas horas agradables en el magnífico laboratorio hacia el que nos dirigíamos. Había tomado posesión de una isla no señalada en mapas de los Mares del Sur, según me dijo, y la había convertido en un paraíso científico.

No llevábamos mucho tiempo en la isla cuando descubrí la horrible red en la que había sido atrapado. Pero antes de que describa los extraños sucesos que acaecieron, debo delinear brevemente las causas que culminaron en una experiencia tan asombrosa como jamás sufrió hombre alguno.

En sus últimos años mi padre había abandonado los mohosos encantos del anticuario y había sucumbido a los más fascinantes que se designan bajo la denominación genérica de biología. Como había sido cuidadosamente instruido en los fundamentos durante su juventud, exploró rápidamente todas las ramas superiores hasta donde había llegado el mundo científico, hasta encontrarse en la tierra virgen de lo desconocido. Era su intención el adelantarse en este territorio inexplorado y en ese punto de sus investigaciones fue cuando el azar nos reunió. Dotado de un buen cerebro, aunque no esté bien que yo mismo lo diga, me sumergí en sus especulaciones y métodos de razonamiento, volviéndome casi tan loco como él. Pero no debería decir esto. Los maravillosos resultados que obtuvimos más tarde señalan a las claras su lucidez. Tan sólo puedo decir que era el ser de más anormal crueldad y sangre fría que jamás hubiera visto.

Después de haber penetrado los misterios duales de la fisiología y la sicología, sus razonamientos lo habían llevado al límite de un gran campo, y para explorarlo mejor, debió iniciar estudios de química orgánica superior, patología, toxicología y otras ciencias y subciencias relacionadas secundariamente con sus hipótesis especulativas. Comenzando con la proposición de que la causa directa del cese de vitalidad, temporal o permanente, era la coagulación de ciertos elementos y compuestos del protoplasma, había aislado y sometido a múltiples experimentos a dichas sustancias. Dado que el cese temporario de vitalidad en un organismo ocasionaba el coma, y el cese permanente la muerte, supuso que mediante métodos artificiales esta coagulación del protoplasma podía ser retrasada, o evitada y hasta combatida en casos extremos de solidificación.

O sea que, olvidándonos del lenguaje técnico, afirmaba que la muerte, cuando no era violenta y en ella resultaba dañado alguno de los órganos, era simplemente vitalidad suspendida; y que, en tales ocasiones, podía inducirse a la vida a reiniciar sus funciones mediante métodos adecuados. Ésta era, pues, su idea: descubrir el método de renovar la vitalidad de una estructura -y probar esta posibilidad práctica por medio de la experimentación- de la que aparentemente ha huido la vida. Desde luego se daba cuenta de la inutilidad del intento luego del inicio de la descomposición; necesitaba organismos que tan sólo el instante, la hora o el día anterior hubiesen estado rebosantes de vida. Conmigo, de forma algo primaria, había comprobado su teoría. Cuando me habían recogido de las aguas de la bahía de San Francisco estaba realmente muerto, ahogado... pero la chispa vital había sido vuelta a encender por medio de sus aparatos aeroterapeúticos, como los llamaba él.

Vayamos ahora a sus oscuros propósitos con respecto a mi persona. Primero me mostró de qué forma me hallaba completamente en su poder. Había enviado lejos el yate por el término de un año, reteniendo tan sólo a los dos negros. Luego me hizo una exposición exhaustiva de su teoría, y esbozó a grandes rasgos el método de prueba que había decidido adoptar, concluyendo con el repentino anuncio de que yo iba a ser su cobayo. Me había enfrentado a la muerte y arriesgado sin temer las consecuencias en muchas aventuras desesperadas, pero nunca en una de esa naturaleza. Puedo jurar que no soy ningún cobarde, y no obstante esta proposición de viajar a uno y otro lado de la frontera de la muerte me produjo un terror pánico. Pedí que me concediera algún tiempo, a lo que él accedió, asegurándome también que tenía un solo camino: el de la sumisión. La huida de la isla estaba fuera de toda cuestión, la huida mediante el suicidio no era nada divertida, pero quizás era realmente preferible a lo que luego iba a sufrir. Mi única esperanza era destruir a mis raptores. Pero esta última posibilidad fue eliminada por las precauciones tomadas por mi padre. Estaba sujeto a una vigilancia constante, incluso durante el sueño, por uno u otro de los negros.

Luego de suplicar en vano, descubrí y probé que era su hijo. Era mi última carta y había puesto todas mis esperanzas en ella. Pero fue inexorable; no era un padre sino una máquina científica. Aún me pregunto cómo fue que se casó con mi madre y me engendró, puesto que no había en su personalidad la más mínima porción de sentimiento. La razón lo era todo para él, y no podía comprender esas nimiedades como el amor o la pena por los otros, excepto como fútiles debilidades que debían ser extirpadas. Así que me informó que si en un principio me había dado la vida, era el más indicado ahora para quitármela. No obstante lo cual, me dijo que no era ese su deseo, que solamente deseaba tomarla prestada de vez en cuando, prometiéndome devolverla puntualmente en el momento señalado. Desde luego que uno se encuentra siempre expuesto a una serie de calamidades, pero no me quedaba otra solución que arriesgarme, tal como sucede con todas las empresas humanas.

Para asegurar su éxito deseaba que me hallase en excelente condición física, así que me sometió a dieta y a entrenamiento como si fuera un gran atleta antes de una prueba decisiva. ¿Qué podía hacer yo? Si tenía que correr el riesgo, lo mejor era hacerlo con la mejor preparación posible. En los intervalos de descanso me permitía ayudarle a preparar los aparatos y asistirlo en los diversos experimentos secundarios. Puede imaginarse el interés que tomé en tales operaciones. Llegué a dominar el trabajo tan bien como él, y a menudo tuve el placer de ver cómo eran puestas en práctica algunas de mis sugerencias o alteraciones. Después de alguno de esos resultados sentía una amarga satisfacción, consciente de estar preparando mi propio funeral.

Comenzó a realizar una serie de experimentos en toxicología. Cuando todo estuvo listo fui muerto por una fuerte dosis de estricnina y convertido en cadáver alrededor de veinte horas. Durante ese período mi cuerpo estuvo muerto, absolutamente muerto. Toda respiración y circulación habían cesado. Pero lo más terrible fue que, mientras tenía lugar la coagulación protoplasmática, retuve la conciencia y pude así estudiarla en todos sus macabros detalles.

El aparato destinado a devolverme la vida era una cámara hermética dispuesta para recibir mi cuerpo. El mecanismo era simple: algunas válvulas, un cilindro con pistón y un motor eléctrico. Cuando estaba funcionando, la atmósfera interior era rarificada y comprimida alternativamente, comunicando a mis pulmones una respiración artificial sin la utilización de los tubos previamente usados. Aunque mi cuerpo estaba inerte y acaso en las primeras etapas de la descomposición, tenía conciencia de todo lo que sucedía. Supe cuándo me colocaron en la cámara, y aunque mis sentidos estaban en reposo sentí los pinchazos de las agujas hipodérmicas que me inyectaban un compuesto que debía reaccionar contra el proceso coagulatorio. Entonces fue cerrada la cámara y puesta en marcha la máquina. Mi ansiedad era terrible, pero la circulación fue restaurada, los diferentes órganos comenzaron a ejecutar sus tareas respectivas, y al cabo de una hora estaba devorando una abundante cena.

No puede decirse que participase en esta serie de experiencias, ni en las subsiguientes, con muy buen ánimo, pero tras dos tentativas de huida fallidas, comencé a tomar el asunto con cierto interés. Además estaba empezando a acostumbrarme. Mi padre estaba fuera de sí por la alegría de su éxito, y al ir transcurriendo los meses sus especulaciones fueron haciéndose cada vez más extremas. Recorrimos las tres grandes series de venenos, los neurológicos, los gaseiformes y los irritadores, pero evitamos cuidadosamente algunos de los irritadores minerales y dejamos de lado a todo el grupo de los corrosivos. Durante el régimen de los venenos me llegué a habituar a morir y hubo un solo incidente que hizo temblar a mi creciente confianza. Haciendo incisiones en algunas veniIlas de mi brazo introdujo una diminuta cantidad del más aterrador de los venenos, el de las flechas o curare. Perdí el conocimiento de inmediato y a continuación se detuvo la respiración y la circulación, de modo tal que la solidificación del protoplasma avanzó con tal rapidez que le hizo perder todas las esperanzas. Pero en el último momento aplicó un descubrimiento en el que había estado trabajando, y obtuvo resultados que lo hicieron renovar sus esfuerzos.

En una campana de vacío, similar pero no idéntica al tubo de Crookes, había colocado un campo magnético. Cuando era atravesado por luz polarizada, no producía fenómeno alguno de fosforescencia, ni proyección rectilínea de átomos, pero emitía unos rayos no luminosos similares a los rayos X. Mientras los rayos X son capaces de revelar objetos opacos ocultos en medios densos, éstos poseían una mayor penetración. Mediante los mismos fotografió mi cuerpo y halló en el negativo un infinito número de sombras desdibujadas, debidas a las actividades eléctricas y químicas que aún proseguían su función. Esto era una prueba infalible de que el rigor mortis en el cual yacía no era real; esto es que aquellas fuerzas misteriosas, aquellos lazos delicados que unían el alma a mi cuerpo todavía estaban en acción. Así pues la acción del curare fue mucho más peligrosa que la de los otros venenos, cuyas resultantes posteriores eran inapreciables, salvo en los compuestos mercuriales, que usualmente me dejaban lánguido por varios días.

Otra serie de experimentos deliciosos fueron hechos con la electricidad. Verificamos la verdad de la aseveración de Tela, quien afirmaba que las corrientes de alta frecuencia eran inofensivas, haciéndome pasar cien mil voltios por el cuerpo. Como esto no me afectaba redujo la frecuencia hasta los dos mil quinientos voltios y así fui electrocutado. Esta vez se arriesgó hasta el punto de dejarme muerto, o en estado de vitalidad suspendida, por tres días. Le llevó cuatro horas volverme a la vida.

En una ocasión me infectó con el tétano, pero la agonía al morir fue tan grande que me negué totalmente a sufrir otros experimentos similares. Las muertes más fáciles fueron por asfixia, tales como sumergirme en agua, estrangularme, y sofocarme con gas; mientras que las llevadas a cabo mediante morfina, opio, cocaína y cloroformo no eran del todo difíciles.

Otra vez, tras ser sofocado, me tuvo en hielo durante tres meses, no permitiendo ni que me descongelara ni que me pudriese. Esto lo hizo sin mi conocimiento previo, y me asusté mucho al descubrir el lapso pasado. Me aterroricé al pensar lo que podía hacerme mientras yacía muerto, y mi alarma fue en aumento al notar la predilección que estaba desarrollando hacia la vivisección. La última vez que fui revivido descubrí que había estado hurgando en mi pecho. Aunque había curado y cosido cuidadosamente las incisiones, éstas eran tan profundas que tuve que guardar cama durante un tiempo. Fue durante esa convalecencia que elaboré el plan mediante el cual finalmente escapé.

Demostrando un entusiasmo desbordante por mi trabajo le pedí, y me fue otorgada, una vacación de mi trabajo de moribundo. Durante ese período me dediqué a experimentar en el laboratorio, mientras él estaba demasiado ocupado en la vivisección de algunos animales atrapados por los negros, como para prestar atención a mi labor.

Fue en estas dos proposiciones que basé mi teoría: primero, la electrólisis, o la descomposición del agua en sus gases constituyentes mediante la electricidad; y segundo, en la hipotética existencia de una fuerza, la contraria a la gravitación, a la que Astor ha denominado "aspergia". La atracción terrestre, por ejemplo, tan sólo mantiene los objetos juntos, pero no los combina; por lo tanto la aspergia es mera repulsión. Sin embargo, la atracción molecular o atómica no sólo junta los objetos sino que los integra; y era la contraria, o sea una fuerza desintegradora, la que no sólo deseaba descubrir y producir, sino también dirigir a voluntad. Tal como las moléculas de hidrógeno y oxígeno reaccionan unas con otras, y crean nuevas moléculas de agua, la electrólisis produce la disociación de estas moléculas, volviéndolas a su condición original, generando los dos gases por separado. La fuerza que yo deseaba tendría que operar no sólo sobre estos dos elementos químicos, sino sobre todos los demás, sin importar bajo qué compuesto se encontrasen. Y si entonces lograba atraer a mi padre a su radio de acción sería desintegrado instantáneamente, y diseminado en todas direcciones como una masa de elementos aislados.

No se debe creer que esta fuerza, cuando estuvo finalmente bajo mi dominio, aniquilaba la materia; no, simplemente aniquilaba su estructura. Ni tampoco, como pronto descubrí, tenía efecto sobre las estructuras inorgánicas; pero para todas las formas orgánicas era absolutamente fatal. Esto me produjo cierto asombro al principio, aunque si hubiera pensado más detenidamente hubiera comprendido con rapidez la razón. Dado que el número de los átomos de las moléculas orgánicas es mucho más grande que el de las complejas moléculas minerales, los compuestos orgánicos se caracterizan por su inestabilidad y por la facilidad con que son disgregados por las fuerzas físicas y los reactivos químicos.

Dos tremendas fuerzas eran proyectadas por dos potentes baterías, conectadas con magnetos construidos para este fin. Separadas una de la otra eran completamente inofensivas, pero cumplían su objetivo al converger en un punto en medio del aire. Después de casi haber demostrado su funcionamiento escapando por un pelo de ser disipado en la nada, preparé la trampa. Escondí los magnetos de forma tal que su fuerza convergía frente a la entrada de mi alcoba en un campo mortal, y coloqué en mi cama un botón desde el cual podía conectar la corriente de las baterías, hecho lo cual me introduje en el lecho.

Los negros todavía vigilaban mi dormitorio, relevándose uno al otro a medianoche. Conecté la corriente tan pronto llegó el primero. Apenas había logrado adormecerme cuando fui despertado por un vibrante tintineo metálico. Allí, en el umbral de la puerta se hallaba Dan, el San Bernardo de mi padre. Mi guardián corrió a tomarlo. Desapareció como una bocanada de aire, sus ropas cayeron al suelo en un montón. Se notaba un ligero olor a ozono en el aire, pero dado que los principales componentes gaseosos del cuerpo son el hidrógeno, el oxígeno y el nitrógeno, que son igualmente inoloros e incoloros, no se notaba otra manifestación de su desaparición. No obstante, cuando desconecté la corriente y recogí las vestiduras, hallé un precipitado de carbono en forma de carbón animal, y otros sólidos: los elementos aislados de su organismo, tales como azufre, potasio y hierro. Volví a instalar la trampa y retorné a la cama. A medianoche me levanté y recogí los restos del segundo negro, y luego dormí pacíficamente hasta el amanecer.

Me despertó la estridente voz de mi padre que me llamaba desde el otro lado del laboratorio. Me reí para mis adentros. Nadie lo había despertado y había dormido más de la cuenta. Pude oírlo mientras se acercaba a mi habitación con la intención de hacerme levantar, por lo tanto me senté en la cama, para observar mejor su eliminación, o mejor debería decir su apoteosis. Se detuvo un momento en el umbral, y luego dio el paso fatal. ¡Puf! Fue como el viento soplando entre los pinos. Desapareció. Sus ropas cayeron en un fantástico montón sobre el suelo. Además del ozono noté un débil olor a ajo producido por el fósforo. Algunos sólidos elementales yacían entre sus vestimentas. Eso era todo. El ancho mundo se abría ante mí. Mis carceleros ya no existían.

  



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