Cogumelos do mais ou menos
"O coronel Kurtz é um anjo
que ouviu FM.
Encolhido na penumbra violada, balbucia uma só letra, o nada."
Eloésio Paulo
in.Cogumelos do mais ou menos.(Alfenas:Sic Edições)
quinta-feira, 14 de abril de 2011
terça-feira, 12 de abril de 2011
Birouk
Iván Turgueniev
Regresaba de cazar, solo, en drochka. Para llegar a mi casa faltaban aún ocho verstas. Mi buena yegua recorría con paso igual y rápido el camino polvoriento, aguzaba las orejas y de vez en cuando soltaba un relincho en seguida sofocado.
Mi perro nos seguía a medio paso de las ruedas traseras. En el aire se olía la tormenta.
Lentamente, frente a mí, se levantaba una nube violácea, por encima del bosque; vapores grises corrían a mi encuentro, las hojas de los sauces se removían susurrantes.
El calor, hasta entonces sofocante, dejó paso a una frescura húmeda, penetrante.
Espoleé a la yegua, descendí al barranco, atravesé el lecho desecado, cubierto de espinos, y al cabo de algunos minutos me interné en el bosque.
El camino serpenteaba entre masas de nogales y avellanos; reinaba profunda oscuridad, y yo avanzaba al azar.
Mi pequeño vehículo chocaba contra las raíces nudosas de tilos y encinas centenarias, o bien se hundía en las huellas dejadas por otros carros.
La yegua empezó a sentir miedo.
Un viento impetuoso vino a penetrar en el bosque, ruidosamente, y sobre las hojas caían gruesas gotas de agua. Un relámpago cruzó el firmamento y le siguió el estampido de un trueno.
La lluvia se convirtió en un verdadero torrente, que me obligó a reducir la marcha; mi yegua se embarraba; yo no veía a dos pasos de mí.
Me guarecí en el follaje.
Acurrucado, tapada la cara, me armé de paciencia para aguardar el fin de la tormenta.
Al resplandor de un relámpago, distinguí a un hombre en el camino. Venía hacia donde yo me hallaba.
-¿Quién eres? -me preguntó con voz atronadora.
-¿Y tú?
-Soy el guardabosque.
Y cuando me hube identificado:
-¡Ah!, ya sé, ibas a tu casa -dijo.
-¿Oyes la tormenta?
-Es tremenda -respondió la voz.
En ese momento, el destello de un relámpago iluminó a mi interlocutor, y pude verlo claramente. Al repentino resplandor siguió un trueno y arreció la lluvia.
-Hay para rato -dijo el guardabosque.
-¿Qué se puede hacer?
-¿Quieres que te lleve a mi isba?
-Con mucho gusto.
-Sube, pues, a tu drochka.
El guardabosque tomó mi yegua por la brida y sacó el vehículo de la huella pantanosa donde nos habíamos detenido.
Me agarré al almohadón del vehículo, que se balanceaba como un barco en un mar tempestuoso.
La yegua resbalaba y a cada momento estaba a punto de caer... La espoleaba Birouk pegándole con el látigo, ya a la derecha, ya a la izquierda.
Avanzaba en la sombra, como un espectro, y una vez atravesado el bosque nos detuvo junto a su choza.
-Es aquí, mi amo.
Miré. A la luz de los relámpagos alcancé a ver una pequeña isba en medio de un recinto de césped.
Después de atar el animal a la reja, el guardabosque fue a llamar a la puerta. Por una de las estrechas ventanas se filtraba un débil hilo de luz.
-¡Ya! -gritó una voz infantil, apenas hubo llamado el hombre.
Escuché unos pasitos precipitados de pies descalzos. Movieron el picaporte y una chiquilla de doce años abrió la puerta.
-Alumbra al amo -dijo Birouk-, mientras llevo el coche al cobertizo.
La niña levantó los ojos y me hizo señas de que la siguiera.
Constaba la cabaña del guarda de una sola habitación baja, llena de humo y sin ningún tabique. Del muro colgaba una vieja manta desgarrada. Sobre un taburete había un fusil y dos líos de trapos. Una claridad vacilante alumbraba triste y miserablemente la habitación.
En medio de la estancia, una cuna se hallaba sujeta mediante una larga percha. Tras apagar la linterna, la niña se sentó en un taburete y se puso a mover la cunita con suave balanceo.
Observé este cuadro con el corazón oprimido. Solamente la ansiosa respiración de la criatura adormecida turbaba el silencio sepulcral.
-¿Estás sola? -pregunté a la chiquilla.
-Sola -me respondió, temerosa.
-¿Eres la hija del guardabosque?
-Sí -dijo balbuceando.
Se abrió la puerta y Birouk entró.
Al ver la linterna en el suelo frotó una cerilla y encendió una vela que había sobre la mesa.
Rara vez había tenido ocasión de ver a un tipo tan fuerte. Grande, poderoso de espaldas y de pecho, y bien plantado de talle. Sus vigorosos músculos resaltaban bajo la remendada camisa. Una negra barba le cubría masculino y duro el mentón, cejas tupidas sombreaban sus negros ojos, de mirada viva. Se plantó frente a mí, las manos en la cintura.
Agradecí su ayuda y le pregunté su nombre.
-Foma -dijo-, y Birouk, por sobrenombre.
Lo examiné con atención. Muchas veces Jermolai y los paisanos me habían hablado de este guardabosque; le temían como al rayo, a causa de la eficaz diligencia que ponía en sus funciones.
Con él, era imposible robar ni un pequeño haz de leña. Hiciera el tiempo que hiciera, siempre estaba al acecho, dispuesto a caer sobre el merodeador. Con frecuencia le habían tendido emboscadas. Pero él siempre se había alzado con la victoria.
-¡Ah! -dije después de recordar-, ¡Eres Birouk! He oído decir que eres implacable.
-Sencillamente cumplo con mi deber -repuso bruscamente-. Debo ganarme honradamente el pan que me da mi amo.
-Así, pues, ¿no tienes mujer?
-No -dijo tristemente-, mi pobre amiga ha muerto; pronto hará tres meses que nos dejó.
-¡Pobres niños! -murmuré.
Pero él ya había desechado sus dolorosos pensamientos y salió, dando un portazo.
Examiné la isba, que me pareció aún más triste. Un olor acre de humo se me metía en la garganta. La chiquilla, sin moverse del taburete, seguía balanceando la mísera cuna.
-¿Cómo te llamas?
-Aulita -respondió débilmente.
-La tormenta remite -dijo entrando el guardabosque-. Si el amo lo dispone, yo lo conduciré a la linde del bosque.
Me dispuse a partir.
Pero Birouk tomó su fusil y examinó la batería.
-¿Y para qué esa arma?
-Ahí, en el barranco de Kabouyl, apostaría a que están cortando leña.
-No podrías oírlo desde aquí.
-De aquí no, pero sí desde el patio.
Partimos. Ya no llovía. En el horizonte se prolongaba una espesa cortina de nubes, que era surcada por relámpagos. Sobre nosotros, el cielo tenía un sombrío color azul, y las coquetas estrellas procuraban atravesar con su brillo las húmedas nubes.
Respiré con placer el olor penetrante del bosque mojado, y escuché el ruido ligero de las gotas que caían de las hojas.
Birouk me sacó del ensueño.
-Allí es -dijo, señalando hacia el oeste.
Yo nada oía, sino el dulce susurro de la brisa al pasar y de las hojas al caer.
-Ya les daré- dijo mientras me traía el coche.
-Dejemos aquí mi drochka. Permíteme que vaya contigo al barranco.
-Bien, mi amo. A la vuelta te acompañaré.
Fuimos.
El guardabosque iba delante, yo lo seguía dificultosamente a través de los matorrales y de la crecida maleza. De trecho en trecho se detenía para decirme: «¿Oyes los hachazos?» Pero a mis oídos no llegaba ruido alguno.
Minutos más tarde ya estábamos en el barranco; amainó el viento, y alcancé a oír nítidamente los hachazos.
Seguimos nuestro camino atravesando por entre la maleza; el musgo, rebosante de agua, cedía bajo nuestros pies como una esponja cuando la aprietan.
Me llegó al oído el rumor de algo que se quiebra, sorda y prolongadamente.
-Se acabó -rezongó Birouk-, lo cortaron.
Ya menos oscuro el cielo, nos hallábamos en la extremidad del barranco.
-Quédate aquí -me dijo el guardabosque. Con paso furioso se agachó, manteniendo en alto el fusil, y se arrastró entre los matorrales.
Yo escuchaba con atención. Se oían unos golpecitos rápidos, el hacha que desbroza de ramas el árbol caído. Después, el ruido rechinante de las ruedas de un carro. Asomó el caballo.
-¡Alto ahí! ¡Eh! ¡Para! -vociferó Birouk. A estas palabras siguió una queja lastimera.
-¡No te escaparás, viejo! -gritó el guarda-. ¡Espera!
Me precipité hacia el lugar de donde salían los gritos, y después de tropezar varias veces llegué junto al árbol derribado.
Birouk tenía tendido en tierra y fuertemente sujeto al paisano. Al verme lo dejó incorporarse. Era un pobre hombre, de sucia cara y barba revuelta. A pocos pasos se hallaba el carro y un viejo jamelgo.
El guardabosque, con la manaza siempre agarrada al cuello del ladrón, tomó al animal por la brida.
-Adelante, Corneja -dijo vivamente.
-El hacha, recójala -le pidió el paisano.
-Cierto -murmuró Birouk-, puede servir. Y levantó el hacha.
Volvíamos, yo tras ellos. Durante el camino comenzó de nuevo la lluvia y aguantamos un chaparrón. Después de una penosa marcha llegamos a la choza.
Birouk dejó el caballo en medio del patio, sujetó los perros y nos hizo entrar en la isba.
Cuando el guardabosque le hubo desatado las muñecas, el prisionero se sentó en el banco.
-¡Qué aguacero! -dijo Birouk-. Ahora no puedes partir. Descansa, por favor, yo enjaularé a este pájaro al otro lado.
-Gracias, pero no le causes daño.
El paisano me miró con agradecimiento. Me prometí gastar toda mi influencia en conseguir apaciguar la severidad del guardabosque.
En un rincón estaba quieto el infeliz, pálida y ensombrecida la cara, la desolación en los ojos.
Los niños estaban dormidos. Sentándose a la mesa, Birouk tomó su cabeza entre las manos. En medio de un absoluto silencio, un grillo comenzó a cantar.
-¡Foma Birouk! -exclamó el paisano-. ¡Foma, Foma!
-¿Qué hay?
-Deja que me vaya.
El guardabosque permaneció callado.
-Te lo suplico..., el hambre... ya ves... déjame libre.
-Te conozco -dijo el guarda con sequedad-, tu vida es robar, después robar, robar siempre.
-Deja que me vaya -prosiguió el palurdo-, sabes..., ¡ah!, el intendente tiene la culpa, ¡él nos arruinó a todos!
-Esa no es razón para robar.
Suspiró el paisano; movimientos febriles lo sacudían y agitaban su respiración.
-¡Piedad! -clamó con desesperación-. ¡Mis hijitos se mueren de hambre, suéltame!
-No robes.
-Pobre caballo mío, no tengo otra cosa.
-Basta, cállate y permanece quieto, porque aquí hay un señor.
Birouk se acomodó tranquilamente de codos en la mesa. Seguía lloviendo. Yo esperaba ansioso el fin de semejante escena.
De repente, el paisano se incorporó, con un esfuerzo supremo, y gritó:
-¡Ah, tigre sediento de sangre! ¿Crees que no vas a morir, lobo rabioso?
-¿Estás borracho? -dijo el guardabosque.
-Sí, estoy borracho, ¿he bebido por cuenta tuya, devorador de hombres? ¡Sí, quédate mi caballo, tú te irás también! ¡Tigre!... Está bien, ¡pega!
El guardabosque se había puesto en pie.
-¡Pega de una vez! -gritó furioso el paisano.
La pequeña Aulita se había levantado y estaba delante del desgraciado.
-Ahora, silencio -dijo el guarda. Y caminando tomó al ladrón por los hombros como si lo fuese a sacudir con violencia.
Corrí en defensa del infeliz.
-¡No te muevas, señor! -me gritó Birouk.
Pero nada me intimidó y ya tenía cerrados los puños, cuando con gran sorpresa mía, Birouk desató la cuerda que ataba los brazos del ladrón; luego, agarrándolo por el cuello, abrió la puerta y lo lanzó fuera.
-¡Vete al diablo con tu caballo!
Silencioso, el guarda entró de nuevo en la isba.
-Bien -dije a Birouk-, me has asombrado; eres un buen hombre.
-Dejemos eso, amo -rezongó-, y no lo cuentes a nadie. Puesto que ya no llueve, ahora puedo acompañarte.
-¡Ah, cómo corre! -dije escuchando el ruido de un carro que pasaba.
Una hora después me despedía de Birouk en la linde del bosque.
FIN
Fonte : Noticuento
Regresaba de cazar, solo, en drochka. Para llegar a mi casa faltaban aún ocho verstas. Mi buena yegua recorría con paso igual y rápido el camino polvoriento, aguzaba las orejas y de vez en cuando soltaba un relincho en seguida sofocado.
Mi perro nos seguía a medio paso de las ruedas traseras. En el aire se olía la tormenta.
Lentamente, frente a mí, se levantaba una nube violácea, por encima del bosque; vapores grises corrían a mi encuentro, las hojas de los sauces se removían susurrantes.
El calor, hasta entonces sofocante, dejó paso a una frescura húmeda, penetrante.
Espoleé a la yegua, descendí al barranco, atravesé el lecho desecado, cubierto de espinos, y al cabo de algunos minutos me interné en el bosque.
El camino serpenteaba entre masas de nogales y avellanos; reinaba profunda oscuridad, y yo avanzaba al azar.
Mi pequeño vehículo chocaba contra las raíces nudosas de tilos y encinas centenarias, o bien se hundía en las huellas dejadas por otros carros.
La yegua empezó a sentir miedo.
Un viento impetuoso vino a penetrar en el bosque, ruidosamente, y sobre las hojas caían gruesas gotas de agua. Un relámpago cruzó el firmamento y le siguió el estampido de un trueno.
La lluvia se convirtió en un verdadero torrente, que me obligó a reducir la marcha; mi yegua se embarraba; yo no veía a dos pasos de mí.
Me guarecí en el follaje.
Acurrucado, tapada la cara, me armé de paciencia para aguardar el fin de la tormenta.
Al resplandor de un relámpago, distinguí a un hombre en el camino. Venía hacia donde yo me hallaba.
-¿Quién eres? -me preguntó con voz atronadora.
-¿Y tú?
-Soy el guardabosque.
Y cuando me hube identificado:
-¡Ah!, ya sé, ibas a tu casa -dijo.
-¿Oyes la tormenta?
-Es tremenda -respondió la voz.
En ese momento, el destello de un relámpago iluminó a mi interlocutor, y pude verlo claramente. Al repentino resplandor siguió un trueno y arreció la lluvia.
-Hay para rato -dijo el guardabosque.
-¿Qué se puede hacer?
-¿Quieres que te lleve a mi isba?
-Con mucho gusto.
-Sube, pues, a tu drochka.
El guardabosque tomó mi yegua por la brida y sacó el vehículo de la huella pantanosa donde nos habíamos detenido.
Me agarré al almohadón del vehículo, que se balanceaba como un barco en un mar tempestuoso.
La yegua resbalaba y a cada momento estaba a punto de caer... La espoleaba Birouk pegándole con el látigo, ya a la derecha, ya a la izquierda.
Avanzaba en la sombra, como un espectro, y una vez atravesado el bosque nos detuvo junto a su choza.
-Es aquí, mi amo.
Miré. A la luz de los relámpagos alcancé a ver una pequeña isba en medio de un recinto de césped.
Después de atar el animal a la reja, el guardabosque fue a llamar a la puerta. Por una de las estrechas ventanas se filtraba un débil hilo de luz.
-¡Ya! -gritó una voz infantil, apenas hubo llamado el hombre.
Escuché unos pasitos precipitados de pies descalzos. Movieron el picaporte y una chiquilla de doce años abrió la puerta.
-Alumbra al amo -dijo Birouk-, mientras llevo el coche al cobertizo.
La niña levantó los ojos y me hizo señas de que la siguiera.
Constaba la cabaña del guarda de una sola habitación baja, llena de humo y sin ningún tabique. Del muro colgaba una vieja manta desgarrada. Sobre un taburete había un fusil y dos líos de trapos. Una claridad vacilante alumbraba triste y miserablemente la habitación.
En medio de la estancia, una cuna se hallaba sujeta mediante una larga percha. Tras apagar la linterna, la niña se sentó en un taburete y se puso a mover la cunita con suave balanceo.
Observé este cuadro con el corazón oprimido. Solamente la ansiosa respiración de la criatura adormecida turbaba el silencio sepulcral.
-¿Estás sola? -pregunté a la chiquilla.
-Sola -me respondió, temerosa.
-¿Eres la hija del guardabosque?
-Sí -dijo balbuceando.
Se abrió la puerta y Birouk entró.
Al ver la linterna en el suelo frotó una cerilla y encendió una vela que había sobre la mesa.
Rara vez había tenido ocasión de ver a un tipo tan fuerte. Grande, poderoso de espaldas y de pecho, y bien plantado de talle. Sus vigorosos músculos resaltaban bajo la remendada camisa. Una negra barba le cubría masculino y duro el mentón, cejas tupidas sombreaban sus negros ojos, de mirada viva. Se plantó frente a mí, las manos en la cintura.
Agradecí su ayuda y le pregunté su nombre.
-Foma -dijo-, y Birouk, por sobrenombre.
Lo examiné con atención. Muchas veces Jermolai y los paisanos me habían hablado de este guardabosque; le temían como al rayo, a causa de la eficaz diligencia que ponía en sus funciones.
Con él, era imposible robar ni un pequeño haz de leña. Hiciera el tiempo que hiciera, siempre estaba al acecho, dispuesto a caer sobre el merodeador. Con frecuencia le habían tendido emboscadas. Pero él siempre se había alzado con la victoria.
-¡Ah! -dije después de recordar-, ¡Eres Birouk! He oído decir que eres implacable.
-Sencillamente cumplo con mi deber -repuso bruscamente-. Debo ganarme honradamente el pan que me da mi amo.
-Así, pues, ¿no tienes mujer?
-No -dijo tristemente-, mi pobre amiga ha muerto; pronto hará tres meses que nos dejó.
-¡Pobres niños! -murmuré.
Pero él ya había desechado sus dolorosos pensamientos y salió, dando un portazo.
Examiné la isba, que me pareció aún más triste. Un olor acre de humo se me metía en la garganta. La chiquilla, sin moverse del taburete, seguía balanceando la mísera cuna.
-¿Cómo te llamas?
-Aulita -respondió débilmente.
-La tormenta remite -dijo entrando el guardabosque-. Si el amo lo dispone, yo lo conduciré a la linde del bosque.
Me dispuse a partir.
Pero Birouk tomó su fusil y examinó la batería.
-¿Y para qué esa arma?
-Ahí, en el barranco de Kabouyl, apostaría a que están cortando leña.
-No podrías oírlo desde aquí.
-De aquí no, pero sí desde el patio.
Partimos. Ya no llovía. En el horizonte se prolongaba una espesa cortina de nubes, que era surcada por relámpagos. Sobre nosotros, el cielo tenía un sombrío color azul, y las coquetas estrellas procuraban atravesar con su brillo las húmedas nubes.
Respiré con placer el olor penetrante del bosque mojado, y escuché el ruido ligero de las gotas que caían de las hojas.
Birouk me sacó del ensueño.
-Allí es -dijo, señalando hacia el oeste.
Yo nada oía, sino el dulce susurro de la brisa al pasar y de las hojas al caer.
-Ya les daré- dijo mientras me traía el coche.
-Dejemos aquí mi drochka. Permíteme que vaya contigo al barranco.
-Bien, mi amo. A la vuelta te acompañaré.
Fuimos.
El guardabosque iba delante, yo lo seguía dificultosamente a través de los matorrales y de la crecida maleza. De trecho en trecho se detenía para decirme: «¿Oyes los hachazos?» Pero a mis oídos no llegaba ruido alguno.
Minutos más tarde ya estábamos en el barranco; amainó el viento, y alcancé a oír nítidamente los hachazos.
Seguimos nuestro camino atravesando por entre la maleza; el musgo, rebosante de agua, cedía bajo nuestros pies como una esponja cuando la aprietan.
Me llegó al oído el rumor de algo que se quiebra, sorda y prolongadamente.
-Se acabó -rezongó Birouk-, lo cortaron.
Ya menos oscuro el cielo, nos hallábamos en la extremidad del barranco.
-Quédate aquí -me dijo el guardabosque. Con paso furioso se agachó, manteniendo en alto el fusil, y se arrastró entre los matorrales.
Yo escuchaba con atención. Se oían unos golpecitos rápidos, el hacha que desbroza de ramas el árbol caído. Después, el ruido rechinante de las ruedas de un carro. Asomó el caballo.
-¡Alto ahí! ¡Eh! ¡Para! -vociferó Birouk. A estas palabras siguió una queja lastimera.
-¡No te escaparás, viejo! -gritó el guarda-. ¡Espera!
Me precipité hacia el lugar de donde salían los gritos, y después de tropezar varias veces llegué junto al árbol derribado.
Birouk tenía tendido en tierra y fuertemente sujeto al paisano. Al verme lo dejó incorporarse. Era un pobre hombre, de sucia cara y barba revuelta. A pocos pasos se hallaba el carro y un viejo jamelgo.
El guardabosque, con la manaza siempre agarrada al cuello del ladrón, tomó al animal por la brida.
-Adelante, Corneja -dijo vivamente.
-El hacha, recójala -le pidió el paisano.
-Cierto -murmuró Birouk-, puede servir. Y levantó el hacha.
Volvíamos, yo tras ellos. Durante el camino comenzó de nuevo la lluvia y aguantamos un chaparrón. Después de una penosa marcha llegamos a la choza.
Birouk dejó el caballo en medio del patio, sujetó los perros y nos hizo entrar en la isba.
Cuando el guardabosque le hubo desatado las muñecas, el prisionero se sentó en el banco.
-¡Qué aguacero! -dijo Birouk-. Ahora no puedes partir. Descansa, por favor, yo enjaularé a este pájaro al otro lado.
-Gracias, pero no le causes daño.
El paisano me miró con agradecimiento. Me prometí gastar toda mi influencia en conseguir apaciguar la severidad del guardabosque.
En un rincón estaba quieto el infeliz, pálida y ensombrecida la cara, la desolación en los ojos.
Los niños estaban dormidos. Sentándose a la mesa, Birouk tomó su cabeza entre las manos. En medio de un absoluto silencio, un grillo comenzó a cantar.
-¡Foma Birouk! -exclamó el paisano-. ¡Foma, Foma!
-¿Qué hay?
-Deja que me vaya.
El guardabosque permaneció callado.
-Te lo suplico..., el hambre... ya ves... déjame libre.
-Te conozco -dijo el guarda con sequedad-, tu vida es robar, después robar, robar siempre.
-Deja que me vaya -prosiguió el palurdo-, sabes..., ¡ah!, el intendente tiene la culpa, ¡él nos arruinó a todos!
-Esa no es razón para robar.
Suspiró el paisano; movimientos febriles lo sacudían y agitaban su respiración.
-¡Piedad! -clamó con desesperación-. ¡Mis hijitos se mueren de hambre, suéltame!
-No robes.
-Pobre caballo mío, no tengo otra cosa.
-Basta, cállate y permanece quieto, porque aquí hay un señor.
Birouk se acomodó tranquilamente de codos en la mesa. Seguía lloviendo. Yo esperaba ansioso el fin de semejante escena.
De repente, el paisano se incorporó, con un esfuerzo supremo, y gritó:
-¡Ah, tigre sediento de sangre! ¿Crees que no vas a morir, lobo rabioso?
-¿Estás borracho? -dijo el guardabosque.
-Sí, estoy borracho, ¿he bebido por cuenta tuya, devorador de hombres? ¡Sí, quédate mi caballo, tú te irás también! ¡Tigre!... Está bien, ¡pega!
El guardabosque se había puesto en pie.
-¡Pega de una vez! -gritó furioso el paisano.
La pequeña Aulita se había levantado y estaba delante del desgraciado.
-Ahora, silencio -dijo el guarda. Y caminando tomó al ladrón por los hombros como si lo fuese a sacudir con violencia.
Corrí en defensa del infeliz.
-¡No te muevas, señor! -me gritó Birouk.
Pero nada me intimidó y ya tenía cerrados los puños, cuando con gran sorpresa mía, Birouk desató la cuerda que ataba los brazos del ladrón; luego, agarrándolo por el cuello, abrió la puerta y lo lanzó fuera.
-¡Vete al diablo con tu caballo!
Silencioso, el guarda entró de nuevo en la isba.
-Bien -dije a Birouk-, me has asombrado; eres un buen hombre.
-Dejemos eso, amo -rezongó-, y no lo cuentes a nadie. Puesto que ya no llueve, ahora puedo acompañarte.
-¡Ah, cómo corre! -dije escuchando el ruido de un carro que pasaba.
Una hora después me despedía de Birouk en la linde del bosque.
FIN
Fonte : Noticuento
Estaciones de la vida
En algunas estaciones de la vida, vas a ser intimado
a dejar lo que vino contigo desde el pasado
¿quien sabe?..., seguir solo por el camino
o con algo u otra vez de alguien acompañado
Y tú sigues tu viaje, hacia un nuevo destino
por nuevas estaciones por nuevos caminos
lejos de todo aquello que habías planeado
fuera de los sueños que habías soñado
En nuevos sueños embarcado
en las alas de nuevas ilusiones volado
en las seducciones mágicas de brillantes fantasías
de la mano con nuevas esperanzas
Y allá vas tú en meio de los cambios
ellos que hacen parte de todas las andanzas
que se diseminan hasta en las esperanzas
que pueblan nuestros recuerdos
Que por todos los caminos siempre pasa
dejando muchos pasados hacia atrás
engañando mucho de nuestro futuro
con sueños que no acontecerán jamás
Y todo lo del pasado que por las estaciones se quedaron
los dolores en los desenlaces en quién fué o quién se quedó
cicatrices en muchos corazones, marcas em tantas recordaciones
que la inexorabilidad del acaso provocó
Tanta carga cargada, por el camino dejada
tanta cosa de muchoo o de poco valor,
a su propio destino abandonada
tanta vida contenida o cultivada que de tí se distanció
Y la vida como una locomotiva y su gran composición
sus marchas engrenó, y en ella te llevó
si miras hacia atrás, solamente recuerdos, nada más
Si miras hacia delante, son tantas las nubes que se disipan...
Joe'A
©Traducción al español por Meg*
Visite meu site
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a dejar lo que vino contigo desde el pasado
¿quien sabe?..., seguir solo por el camino
o con algo u otra vez de alguien acompañado
Y tú sigues tu viaje, hacia un nuevo destino
por nuevas estaciones por nuevos caminos
lejos de todo aquello que habías planeado
fuera de los sueños que habías soñado
En nuevos sueños embarcado
en las alas de nuevas ilusiones volado
en las seducciones mágicas de brillantes fantasías
de la mano con nuevas esperanzas
Y allá vas tú en meio de los cambios
ellos que hacen parte de todas las andanzas
que se diseminan hasta en las esperanzas
que pueblan nuestros recuerdos
Que por todos los caminos siempre pasa
dejando muchos pasados hacia atrás
engañando mucho de nuestro futuro
con sueños que no acontecerán jamás
Y todo lo del pasado que por las estaciones se quedaron
los dolores en los desenlaces en quién fué o quién se quedó
cicatrices en muchos corazones, marcas em tantas recordaciones
que la inexorabilidad del acaso provocó
Tanta carga cargada, por el camino dejada
tanta cosa de muchoo o de poco valor,
a su propio destino abandonada
tanta vida contenida o cultivada que de tí se distanció
Y la vida como una locomotiva y su gran composición
sus marchas engrenó, y en ella te llevó
si miras hacia atrás, solamente recuerdos, nada más
Si miras hacia delante, son tantas las nubes que se disipan...
Joe'A
©Traducción al español por Meg*
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quinta-feira, 7 de abril de 2011
Nictofagia
Se eu pudesse beber-te, ó noite,
Até encontrar o teu gosto,
Ou mordendo a ponta do açoite
Da tua treva no meu rosto,
Achasse a planície de lume
De que és uma aresta de estrelas
E sonhando sem peso e volume
Fosse um sonho de chão a tecê-las
E na praia de um trilo sem flauta,
Instrumento das harpas do fundo
Duma água escorrida da pauta
Da manhã mais antiga do mundo,
Me estendesses, ó noite florida
Das sementes que trazes no punho,
Uma adolescência impelida
Pelo arco das brisas de junho !
Natália Correia
Até encontrar o teu gosto,
Ou mordendo a ponta do açoite
Da tua treva no meu rosto,
Achasse a planície de lume
De que és uma aresta de estrelas
E sonhando sem peso e volume
Fosse um sonho de chão a tecê-las
E na praia de um trilo sem flauta,
Instrumento das harpas do fundo
Duma água escorrida da pauta
Da manhã mais antiga do mundo,
Me estendesses, ó noite florida
Das sementes que trazes no punho,
Uma adolescência impelida
Pelo arco das brisas de junho !
Natália Correia
domingo, 3 de abril de 2011
sábado, 2 de abril de 2011
Belos olhos que fingem não me ver
Mornos suspiros, lágrimas jorradas
Tantas noite em vão desperdiçadas
Tantos dias que em vão vi renascer;
Queixas febris, vontades obstinadas
Tempo perdido, penas sem dizer,
Mil mortes me aguardando em mil ciladas
Que o destino me armou por me perder.
Risos, fronte, cabelos, mãos e dedos
Viola, alaúde, voz que diz segredos
À fêmea em cujo peito a chama nasce!
E quanto mais me queima, mas lamento
Que desse fogo que arde tão violento
Nem uma só fagulha te alcançasse.
Louise Labé / traducão de Sergio Duarte
Três mulheres apaixonadas,Companhia das Letras, 1999 -SP, Brasil
Mornos suspiros, lágrimas jorradas
Tantas noite em vão desperdiçadas
Tantos dias que em vão vi renascer;
Queixas febris, vontades obstinadas
Tempo perdido, penas sem dizer,
Mil mortes me aguardando em mil ciladas
Que o destino me armou por me perder.
Risos, fronte, cabelos, mãos e dedos
Viola, alaúde, voz que diz segredos
À fêmea em cujo peito a chama nasce!
E quanto mais me queima, mas lamento
Que desse fogo que arde tão violento
Nem uma só fagulha te alcançasse.
Louise Labé / traducão de Sergio Duarte
Três mulheres apaixonadas,Companhia das Letras, 1999 -SP, Brasil
terça-feira, 29 de março de 2011
Madrugada
Era madrugada,
quando ainda dormia…
Era madrugada,
quando sonhei com você…
Era madrugada,
quando acordei nos teus braços,
Era madrugada
quando senti o calor do teu corpo…
Era madrugada,
quando parecia que o dia não ia chegar.
Era madrugada,
quando conheci mais uma página da Vida.
Era madrugada,
quando descobri que a Vida
é boa de viver,
enquanto existir você.
Giovanna Santos
Antologia do Primeiro Concursos Blocos de Poesia, Editora Blocos, 1998 – Rio de Janeiro, Brasil
quando ainda dormia…
Era madrugada,
quando sonhei com você…
Era madrugada,
quando acordei nos teus braços,
Era madrugada
quando senti o calor do teu corpo…
Era madrugada,
quando parecia que o dia não ia chegar.
Era madrugada,
quando conheci mais uma página da Vida.
Era madrugada,
quando descobri que a Vida
é boa de viver,
enquanto existir você.
Giovanna Santos
Antologia do Primeiro Concursos Blocos de Poesia, Editora Blocos, 1998 – Rio de Janeiro, Brasil
domingo, 27 de março de 2011
“É difícil escapar da influência dela”
A bengala ficou ali, horizontal, à beira do rio – era inútil para quem ia se atirar na água e, com aquele mergulho, não pretendia mais pisar em terra firme. Foi encontrada logo. O corpo de Adeline Virginia Stephen Woolf, no entanto, só seria resgatado do gelado Ouse (Rodmell, Inglaterra) três semanas depois daquela manhã de sexta-feira, 28 de março de 1941, quando, pedras nos bolsos do casaco de pele, ela pôs um ponto final na própria história. Tinha 59 anos – nascera em Londres, no dia 25 de janeiro de 1882 – e uma das obras ficcionais mais poderosas do século 20, considerando o seu ou qualquer idioma. Mas havia uma guerra lá fora e outra dentro de si. Capitulou. Adeus às armas – o marido Leonard Woolf, a irmã Vanessa (escreveu uma carta de despedida a cada um), a literatura.
É com o suicídio de Virginia Woolf que o americano Michael Cunningham abre o romance As Horas. O livro gira seus ponteiros em torno de três mulheres: Virginia, enquanto escreve Mrs. Dalloway, que originalmente se chamava As Horas (com frequência ela trocava os títulos de suas obras); Laura Brown, que lê Mrs. Dalloway; e Clarissa Vaughn, uma Dalloway da atualidade. Premiado com o Pulitzer de 1999, As Horas foi levado ao cinema em 2002, dirigido por Stephen Daldry, com Nicole Kidman como Virginia (o papel lhe rendeu o Oscar), Julianne Moore (Laura) e Meryl Streep (Clarissa).
“Difícil imaginar escritores contemporâneos que não sejam influenciados por Woolf”, diz Cunningham na entrevista a seguir, concedida por e-mail. É uma distinção que, ponderado, estende ao irlandês James Joyce, mesmo admitindo que Virginia não aprovaria isso. Acompanhe.
Os primeiros romances de Virginia Woolf são, como o senhor mesmo afirma, “relativamente convencionais”. Mas é possível encontrar neles traços que persistiram em alguns de seus romances mais ousados do ponto de vista formal? Quais?
De fato, você pode detectar traços do brilho da autora nos dois primeiros romances, A Viagem (1915) e Noite e Dia (1919), mas com sutileza. Nas duas obras Woolf estava fazendo o possível para disfarçar seu talento verdadeiramente inovador e experimental. Ela temia, desde o começo, sofrer de desequilíbrio mental que fosse lhe impedir de escrever. Aqueles dois livros foram escritos, de certa forma, numa tentativa de provar que ela era capaz de escrever romances. As suas tentativas de parecer “normal” nas duas primeiras obras levou ainda em conta o fato de que seu editor era o meio-irmão George Duckworth, que a havia molestado quando a autora tinha 12 anos. Acho que ela queria, talvez inconscientemente, mostrar a Duckworth que ele não havia lhe causado dano, que ela poderia escrever romances tal como outras pessoas que não haviam sofrido traumas de infância. Depois da publicação dos primeiros dois livros, ela e seu marido Leonard se mudaram para Richmond, um subúrbio de Londres, e instalaram uma gráfica no porão para que pudessem publicar por conta própria as obras de Virginia. Tendo provado a si mesma que poderia escrever de maneira convencional, e livre de George Duckworth, ela se soltou. Começou assim seu grande período. O primeiro livro publicado pela gráfica, chamada Hogarth Press, foi um romance memorável, O Quarto de Jacob e, depois dele, veio Mrs. Dalloway. Woolf nunca mais tentou escrever de maneira bem-comportada.
O senhor acredita que toda ficção que mereça ser lida passa pela biografia do autor? No caso da narrativa de Virginia Woolf, cujos indícios autobiográficos são fortíssimos, o senhor diria que certos elementos de sua infância ocupam o lugar principal?
É sempre difícil avaliar se há muito ou pouco conteúdo autobiográfico no trabalho de um romancista. E não ajuda quando o escritor já morreu, não pode esclarecer nossa dúvida. Todos os romances são, até certo ponto, autobiográficos porque o escritor ou escritora deve usar sua experiência, ainda que fortemente disfarçada. A experiência vivida por um autor é o que ele conhece do mundo. Ele não pode escapar de usá-la como fonte. Suspeito que o abuso sofrido na infância afetou a disposição de Woolf de escrever sobre sexo – no caso, a sua indisposição. Em toda a sua obra, só há dois beijos românticos, um em A Viagem e outro em Mrs. Dalloway. Depois disso, não há interação sexual de espécie alguma, nem mesmo um beijo. Ela disse, numa carta, que deveria escrever mais sobre sexo – mas simplesmente não conseguia.
O senhor entende que o inconformismo de Virginia Woolf com as restrições que sofreu em relação à educação formal – enquanto os irmãos iam para a universidade – teria contribuído decisivamente para suas preocupações com a condição da mulher?
Woolf sempre se sentiu prejudicada pela falta de educação formal e, sim, o fato de que os irmãos foram mandados para a universidade, e ela e a irmã Vanessa não, contribuiu, certamente, para as suas convicções feministas. Ela passou a vida toda lendo obsessivamente, tentando compensar o que sentia como falta de educação escolar. É possível que, ao longo dos anos, ela tenha se educado melhor do que os meios-irmãos.
Virginia não suportava terminar um livro. Foi parar em uma casa de saúde às vésperas de seu primeiro romance, A Viagem, ser publicado. Quando se suicidou, tinha terminado, havia pouco, Entre os Atos – que só sairia postumamente -, e pensara em interromper o processo de edição da obra por considerá-la ruim. É como se escrever fosse algo que jamais deveria alcançar o fim. Como o senhor contrabalançaria a insegurança e o perfeccionismo da autora?
Woolf sempre ficava decepcionada com os romances concluídos. Mas esta é uma reação de muitos romancistas, até nós que não temos o gênio e a determinação de Woolf. Ela, como muitos de nós, tinha na cabeça o impossível grande romance, o romance que poderia conter tudo o que ela sabia ou imaginava. Mas os resultados, ainda que magníficos, sempre lhe deram a impressão de ficar aquém da expectativa. Ela era, certamente, uma perfeccionista mais determinada do que a maioria de nós, e ficava profundamente traumatizada pelo que considerava o fracasso de cada livro que publicava. Uma das razões – e apenas uma – que a fez cometer o suicídio foi a convicção de que seu último romance, Entre os Atos, era um desastre completo.
Como o senhor avalia o resultado da leitura de Ulisses, de James Joyce, por Virginia Woolf? Autores como John Lehmann – que foi sócio de Leonard Woolf na Hogarth Press e escreveu uma breve biografia de Virginia – admitem que ela e o marido teriam lido manuscritos da célebre obra do irlandês em 1918, quatro anos antes de sua publicação.
Woolf alegava que Joyce, em Ulisses, estava apenas se exibindo; que Ulisses representava, de certa forma, uma demonstração egoística da libertinagem de Joyce – e não era um romance bem-sucedido. Você poderia dizer que ela acreditava que Ulisses não era mais do que a tentativa de Joyce de provar ao mundo que poderia escrever Ulisses. Suspeito que ela também sentiu desconforto com o sexo em Ulisses, embora nunca tenha feito essa afirmação. Woolf tinha problemas profundos com sexo. E provavelmente não era a melhor leitora de um romance com descrições tão gráficas de sexo como Ulisses.
O senhor identifica autores de hoje com forte carga de influência de Virginia Woolf?
Difícil é imaginar muitos escritores contemporâneos que não sejam influenciados por ela. OK, vamos ter que incluir Joyce nessa categoria, apesar de a Virginia estar se revirando no túmulo quando digo isso. Woolf e Joyce, juntos, são os maiores modernistas, e muito do que introduziram na literatura se tornou parte do gênero desde então. Eles escreveram sobre personagens que parecem ordinários, ao contrário de heroicos. Eles insistiam que cada pessoa embarcava na sua própria viagem épica, ainda que a vida da maioria, vista de fora, parecesse consistir em trabalho e casamento, saídas triviais e sestas. Todo autor que escreve sobre “pessoas comuns”, quer dizer, 99,9% das pessoas, foi influenciado por Woolf e Joyce. Eles removeram o narrador da história. Antes de Woolf e Joyce, os romances eram contados de maneira constrangida pelo narrador. Woolf e Joyce simplesmente mergulharam o leitor na trama e nas mentes dos personagens. Nada de “Sente-se, gentil leitor, e vou lhe contar uma história”. O leitor está imerso na ação e tem que encontrar seu próprio caminho dentro dela. Eles elevaram a linguagem na ficção de uma tal forma que a beleza, a musculatura e a complexidade das frases importava quase tanto quanto a informação contida nelas. Muitos autores antes de Woolf e Joyce escreveram muito, muito bem, mas eles não pensavam realmente na semelhança que a linguagem do romance poderia ter com a linguagem da poesia. Qualquer autor contemporâneo que capricha no som de uma frase, nas suas qualidades musicais, tem uma dívida com Woolf e Joyce.
Em By Nightfall, o senhor escolheu escrever, como Virginia, sobre pessoas abastadas. Como contrapõe a insegurança que diz sentir como escritor a um elenco de personagens que podem não despertar empatia no leitor?
By Nightfall é, de fato, sobre gente rica. Meus outros romances não são. De livro para livro, a gente escolhe tipos distintos. Meu próximo romance faz companhia, de certa maneira, a By Nightfall, porque se concentra em gente que não tem dinheiro algum e vive num mundo bem diferente.
COLABOROU LÚCIA GUIMARÃES, DE NOVA YORK
Rinaldo Gama – O Estado de S.Paulo
É com o suicídio de Virginia Woolf que o americano Michael Cunningham abre o romance As Horas. O livro gira seus ponteiros em torno de três mulheres: Virginia, enquanto escreve Mrs. Dalloway, que originalmente se chamava As Horas (com frequência ela trocava os títulos de suas obras); Laura Brown, que lê Mrs. Dalloway; e Clarissa Vaughn, uma Dalloway da atualidade. Premiado com o Pulitzer de 1999, As Horas foi levado ao cinema em 2002, dirigido por Stephen Daldry, com Nicole Kidman como Virginia (o papel lhe rendeu o Oscar), Julianne Moore (Laura) e Meryl Streep (Clarissa).
“Difícil imaginar escritores contemporâneos que não sejam influenciados por Woolf”, diz Cunningham na entrevista a seguir, concedida por e-mail. É uma distinção que, ponderado, estende ao irlandês James Joyce, mesmo admitindo que Virginia não aprovaria isso. Acompanhe.
Os primeiros romances de Virginia Woolf são, como o senhor mesmo afirma, “relativamente convencionais”. Mas é possível encontrar neles traços que persistiram em alguns de seus romances mais ousados do ponto de vista formal? Quais?
De fato, você pode detectar traços do brilho da autora nos dois primeiros romances, A Viagem (1915) e Noite e Dia (1919), mas com sutileza. Nas duas obras Woolf estava fazendo o possível para disfarçar seu talento verdadeiramente inovador e experimental. Ela temia, desde o começo, sofrer de desequilíbrio mental que fosse lhe impedir de escrever. Aqueles dois livros foram escritos, de certa forma, numa tentativa de provar que ela era capaz de escrever romances. As suas tentativas de parecer “normal” nas duas primeiras obras levou ainda em conta o fato de que seu editor era o meio-irmão George Duckworth, que a havia molestado quando a autora tinha 12 anos. Acho que ela queria, talvez inconscientemente, mostrar a Duckworth que ele não havia lhe causado dano, que ela poderia escrever romances tal como outras pessoas que não haviam sofrido traumas de infância. Depois da publicação dos primeiros dois livros, ela e seu marido Leonard se mudaram para Richmond, um subúrbio de Londres, e instalaram uma gráfica no porão para que pudessem publicar por conta própria as obras de Virginia. Tendo provado a si mesma que poderia escrever de maneira convencional, e livre de George Duckworth, ela se soltou. Começou assim seu grande período. O primeiro livro publicado pela gráfica, chamada Hogarth Press, foi um romance memorável, O Quarto de Jacob e, depois dele, veio Mrs. Dalloway. Woolf nunca mais tentou escrever de maneira bem-comportada.
O senhor acredita que toda ficção que mereça ser lida passa pela biografia do autor? No caso da narrativa de Virginia Woolf, cujos indícios autobiográficos são fortíssimos, o senhor diria que certos elementos de sua infância ocupam o lugar principal?
É sempre difícil avaliar se há muito ou pouco conteúdo autobiográfico no trabalho de um romancista. E não ajuda quando o escritor já morreu, não pode esclarecer nossa dúvida. Todos os romances são, até certo ponto, autobiográficos porque o escritor ou escritora deve usar sua experiência, ainda que fortemente disfarçada. A experiência vivida por um autor é o que ele conhece do mundo. Ele não pode escapar de usá-la como fonte. Suspeito que o abuso sofrido na infância afetou a disposição de Woolf de escrever sobre sexo – no caso, a sua indisposição. Em toda a sua obra, só há dois beijos românticos, um em A Viagem e outro em Mrs. Dalloway. Depois disso, não há interação sexual de espécie alguma, nem mesmo um beijo. Ela disse, numa carta, que deveria escrever mais sobre sexo – mas simplesmente não conseguia.
O senhor entende que o inconformismo de Virginia Woolf com as restrições que sofreu em relação à educação formal – enquanto os irmãos iam para a universidade – teria contribuído decisivamente para suas preocupações com a condição da mulher?
Woolf sempre se sentiu prejudicada pela falta de educação formal e, sim, o fato de que os irmãos foram mandados para a universidade, e ela e a irmã Vanessa não, contribuiu, certamente, para as suas convicções feministas. Ela passou a vida toda lendo obsessivamente, tentando compensar o que sentia como falta de educação escolar. É possível que, ao longo dos anos, ela tenha se educado melhor do que os meios-irmãos.
Virginia não suportava terminar um livro. Foi parar em uma casa de saúde às vésperas de seu primeiro romance, A Viagem, ser publicado. Quando se suicidou, tinha terminado, havia pouco, Entre os Atos – que só sairia postumamente -, e pensara em interromper o processo de edição da obra por considerá-la ruim. É como se escrever fosse algo que jamais deveria alcançar o fim. Como o senhor contrabalançaria a insegurança e o perfeccionismo da autora?
Woolf sempre ficava decepcionada com os romances concluídos. Mas esta é uma reação de muitos romancistas, até nós que não temos o gênio e a determinação de Woolf. Ela, como muitos de nós, tinha na cabeça o impossível grande romance, o romance que poderia conter tudo o que ela sabia ou imaginava. Mas os resultados, ainda que magníficos, sempre lhe deram a impressão de ficar aquém da expectativa. Ela era, certamente, uma perfeccionista mais determinada do que a maioria de nós, e ficava profundamente traumatizada pelo que considerava o fracasso de cada livro que publicava. Uma das razões – e apenas uma – que a fez cometer o suicídio foi a convicção de que seu último romance, Entre os Atos, era um desastre completo.
Como o senhor avalia o resultado da leitura de Ulisses, de James Joyce, por Virginia Woolf? Autores como John Lehmann – que foi sócio de Leonard Woolf na Hogarth Press e escreveu uma breve biografia de Virginia – admitem que ela e o marido teriam lido manuscritos da célebre obra do irlandês em 1918, quatro anos antes de sua publicação.
Woolf alegava que Joyce, em Ulisses, estava apenas se exibindo; que Ulisses representava, de certa forma, uma demonstração egoística da libertinagem de Joyce – e não era um romance bem-sucedido. Você poderia dizer que ela acreditava que Ulisses não era mais do que a tentativa de Joyce de provar ao mundo que poderia escrever Ulisses. Suspeito que ela também sentiu desconforto com o sexo em Ulisses, embora nunca tenha feito essa afirmação. Woolf tinha problemas profundos com sexo. E provavelmente não era a melhor leitora de um romance com descrições tão gráficas de sexo como Ulisses.
O senhor identifica autores de hoje com forte carga de influência de Virginia Woolf?
Difícil é imaginar muitos escritores contemporâneos que não sejam influenciados por ela. OK, vamos ter que incluir Joyce nessa categoria, apesar de a Virginia estar se revirando no túmulo quando digo isso. Woolf e Joyce, juntos, são os maiores modernistas, e muito do que introduziram na literatura se tornou parte do gênero desde então. Eles escreveram sobre personagens que parecem ordinários, ao contrário de heroicos. Eles insistiam que cada pessoa embarcava na sua própria viagem épica, ainda que a vida da maioria, vista de fora, parecesse consistir em trabalho e casamento, saídas triviais e sestas. Todo autor que escreve sobre “pessoas comuns”, quer dizer, 99,9% das pessoas, foi influenciado por Woolf e Joyce. Eles removeram o narrador da história. Antes de Woolf e Joyce, os romances eram contados de maneira constrangida pelo narrador. Woolf e Joyce simplesmente mergulharam o leitor na trama e nas mentes dos personagens. Nada de “Sente-se, gentil leitor, e vou lhe contar uma história”. O leitor está imerso na ação e tem que encontrar seu próprio caminho dentro dela. Eles elevaram a linguagem na ficção de uma tal forma que a beleza, a musculatura e a complexidade das frases importava quase tanto quanto a informação contida nelas. Muitos autores antes de Woolf e Joyce escreveram muito, muito bem, mas eles não pensavam realmente na semelhança que a linguagem do romance poderia ter com a linguagem da poesia. Qualquer autor contemporâneo que capricha no som de uma frase, nas suas qualidades musicais, tem uma dívida com Woolf e Joyce.
Em By Nightfall, o senhor escolheu escrever, como Virginia, sobre pessoas abastadas. Como contrapõe a insegurança que diz sentir como escritor a um elenco de personagens que podem não despertar empatia no leitor?
By Nightfall é, de fato, sobre gente rica. Meus outros romances não são. De livro para livro, a gente escolhe tipos distintos. Meu próximo romance faz companhia, de certa maneira, a By Nightfall, porque se concentra em gente que não tem dinheiro algum e vive num mundo bem diferente.
COLABOROU LÚCIA GUIMARÃES, DE NOVA YORK
Rinaldo Gama – O Estado de S.Paulo
Vouyerismo sedutor conduz “Raiva”
Em seu primeiro livro, cineasta argentino Sergio Bizzio progressivamente descamba para o delírio
JOCA REINERS TERRON ESPECIAL PARA A FOLHA
A ficção argentina tem se afastado de seu paradigma mais conhecido, a literatura fantástica, o que bem comprova “Raiva”, primeiro romance de Sergio Bizzio (Villa Ramallo, 1956) a ser lançado no Brasil.
A produção literária do cineasta e roteirista (sua história “XXY”, dirigida pela mulher, Lucía Puenzo, obteve repercussão por aqui) tem sido prolífica, remetendo-a nesse aspecto e em outros à proverbial graforréia do compatriota César Aira (”Coronel Pringles”, 1949).
Os livros deste, além da prolificidade, quase sempre são calçados no absurdo contemporâneo.
Com Bizzio não é diferente, partindo em seus enredos de situações realistas bastante reconhecíveis para progressivamente descambar no delírio.
Em “Reality” (2007), por exemplo, um reality show é invadido por terroristas islâmicos. Contudo, e por exigência dos criminosos, o programa continua no ar.
Desse modo, em movimento inesperado, a realidade contamina com violência o absurdo midiático de exposição pública da intimidade.
Em “Raiva”, algo semelhante ocorre: primeiro, o pedreiro José María e a doméstica Rosa se apaixonam.
Agressivo, José María espanca quem dela se aproximar, como o filho do síndico de um prédio vizinho à mansão onde Rosa trabalha.
Ele perde o emprego após ser denunciado, mas assassina o capataz.
Alheia a isso, Rosa continua a recebê-lo no emprego, aproveitando viagem dos patrões. Certa noite, porém, eles voltam desavisadamente. Obrigado a se esconder no sótão, José María permanece na mansão sem que ninguém o saiba.
AMBIGUIDADES ÍNTIMAS
Aí tem início um sedutor jogo de voyeurismo que envolve o leitor, levando-o a avançar páginas em busca do desenlace.
María é subitamente aprisionado à vida secreta dos personagens da casa ao mesmo tempo que transforma sua relação anterior com Rosa em algo que não pode contar com sua intervenção.
Ele usa do telefone para falar com a namorada, mas não tem meios, ou quiçá o direito, de alterar o destino dela, descobrindo assim ambiguidades de sua face íntima, assim como de todos os outros moradores da casa.
De forte base irrealista, a ficção argentina moderna originada em Macedonio Fernández (1874-1952) e perpetrada por Jorge Luis Borges, Julio Cortázar e muitos outros, tornou-se ilusoriamente representação metonímica de toda a literatura argentina, excluindo a vertente de ordem documental surgida no “Facundo”, de Domingo Sarmiento (1811-1888), e continuada em Roberto Arlt (1900-1942).
Sergio Bizzio, assim como César Aira, representa o caminho do meio surgido nos últimos anos.
JOCA REINERS TERRON é autor de “Do Fundo do Poço Se Vê a Lua” (Companhia das Letras)
________________________________________
RAIVA
AUTOR Sergio Bizzio
EDITORA Record
TRADUÇÃO Luís Carlos Cabral
QUANTO R$ 39,90 (244 págs.)
AVALIAÇÃO ótimo
JOCA REINERS TERRON ESPECIAL PARA A FOLHA
A ficção argentina tem se afastado de seu paradigma mais conhecido, a literatura fantástica, o que bem comprova “Raiva”, primeiro romance de Sergio Bizzio (Villa Ramallo, 1956) a ser lançado no Brasil.
A produção literária do cineasta e roteirista (sua história “XXY”, dirigida pela mulher, Lucía Puenzo, obteve repercussão por aqui) tem sido prolífica, remetendo-a nesse aspecto e em outros à proverbial graforréia do compatriota César Aira (”Coronel Pringles”, 1949).
Os livros deste, além da prolificidade, quase sempre são calçados no absurdo contemporâneo.
Com Bizzio não é diferente, partindo em seus enredos de situações realistas bastante reconhecíveis para progressivamente descambar no delírio.
Em “Reality” (2007), por exemplo, um reality show é invadido por terroristas islâmicos. Contudo, e por exigência dos criminosos, o programa continua no ar.
Desse modo, em movimento inesperado, a realidade contamina com violência o absurdo midiático de exposição pública da intimidade.
Em “Raiva”, algo semelhante ocorre: primeiro, o pedreiro José María e a doméstica Rosa se apaixonam.
Agressivo, José María espanca quem dela se aproximar, como o filho do síndico de um prédio vizinho à mansão onde Rosa trabalha.
Ele perde o emprego após ser denunciado, mas assassina o capataz.
Alheia a isso, Rosa continua a recebê-lo no emprego, aproveitando viagem dos patrões. Certa noite, porém, eles voltam desavisadamente. Obrigado a se esconder no sótão, José María permanece na mansão sem que ninguém o saiba.
AMBIGUIDADES ÍNTIMAS
Aí tem início um sedutor jogo de voyeurismo que envolve o leitor, levando-o a avançar páginas em busca do desenlace.
María é subitamente aprisionado à vida secreta dos personagens da casa ao mesmo tempo que transforma sua relação anterior com Rosa em algo que não pode contar com sua intervenção.
Ele usa do telefone para falar com a namorada, mas não tem meios, ou quiçá o direito, de alterar o destino dela, descobrindo assim ambiguidades de sua face íntima, assim como de todos os outros moradores da casa.
De forte base irrealista, a ficção argentina moderna originada em Macedonio Fernández (1874-1952) e perpetrada por Jorge Luis Borges, Julio Cortázar e muitos outros, tornou-se ilusoriamente representação metonímica de toda a literatura argentina, excluindo a vertente de ordem documental surgida no “Facundo”, de Domingo Sarmiento (1811-1888), e continuada em Roberto Arlt (1900-1942).
Sergio Bizzio, assim como César Aira, representa o caminho do meio surgido nos últimos anos.
JOCA REINERS TERRON é autor de “Do Fundo do Poço Se Vê a Lua” (Companhia das Letras)
________________________________________
RAIVA
AUTOR Sergio Bizzio
EDITORA Record
TRADUÇÃO Luís Carlos Cabral
QUANTO R$ 39,90 (244 págs.)
AVALIAÇÃO ótimo
Catarse
Me coloco pra fora
Me exponho
Me lamento toda hora
Me construo Desatino
Me destruo
Desabafo
Me escorro pelos olhos
Saio de mim para esquecer a tristeza
Lavo o rosto, o corpo,
e a alma!
Choro!
Fernanda Pittelkow
Me exponho
Me lamento toda hora
Me construo Desatino
Me destruo
Desabafo
Me escorro pelos olhos
Saio de mim para esquecer a tristeza
Lavo o rosto, o corpo,
e a alma!
Choro!
Fernanda Pittelkow
Tão Bom Aqui
"Me escondo
no porão
para melhor aprovei-
tar o dia
e seu plantel de cigar-
ras.
Entrei aqui...
...pra rezar,
agradecer a Deus este confor-
to gigante.
Meu corpo velho descansa
regalado,
tenho sono e posso dormir,
tenho comido e bebido sem
pagar.
O dia lá fora é quente,
a água na bilha é fresca,
acredito que sugestiono elé-
trons.
Eu só quero saber do micro-
cosmo,
o de tanta realidade que nem
há.
na partícula visível da poeira
em onda invisível dança a luz.
Ao cheiro de café minhas nari-
nas vibram,
alguém vai me chamar.
Responderei amorosa,
refeita de sono bom.
Fora que alguém me ama,
eu nada sei de mim.
Adélia Prado
no porão
para melhor aprovei-
tar o dia
e seu plantel de cigar-
ras.
Entrei aqui...
...pra rezar,
agradecer a Deus este confor-
to gigante.
Meu corpo velho descansa
regalado,
tenho sono e posso dormir,
tenho comido e bebido sem
pagar.
O dia lá fora é quente,
a água na bilha é fresca,
acredito que sugestiono elé-
trons.
Eu só quero saber do micro-
cosmo,
o de tanta realidade que nem
há.
na partícula visível da poeira
em onda invisível dança a luz.
Ao cheiro de café minhas nari-
nas vibram,
alguém vai me chamar.
Responderei amorosa,
refeita de sono bom.
Fora que alguém me ama,
eu nada sei de mim.
Adélia Prado
terça-feira, 22 de março de 2011
Entre lojas de flores e de
sapatos, bares
mercados, butiques, viajo
num ônibus Estrada de Ferro-
Leblon.
Volto do trabalho, a noite em
meio,
fatigado de mentiras.
O ônibus sacoleja. Adeus
Rimbaud,
relógio de lilazes, concretismo,
neoconcretismo, ficções de
juventude, adeus, que a vida
eu a compro à vista dos donos
do mundo.
Ao peso dos impostos, o verso
sufoca,
a poesia agora responde a
inquérito policial-militar.
digo adeus á ilusão
mas não ao mundo. Mas não a
vida,
meu reduto e meu reino.
Do salário injusto,
da punição injusta,
da humilhação, da tortura,
do terror,
retiramos algo e com eles
construímos um artefato
um poema uma bandeira
Ferreira Gullar
sapatos, bares
mercados, butiques, viajo
num ônibus Estrada de Ferro-
Leblon.
Volto do trabalho, a noite em
meio,
fatigado de mentiras.
O ônibus sacoleja. Adeus
Rimbaud,
relógio de lilazes, concretismo,
neoconcretismo, ficções de
juventude, adeus, que a vida
eu a compro à vista dos donos
do mundo.
Ao peso dos impostos, o verso
sufoca,
a poesia agora responde a
inquérito policial-militar.
digo adeus á ilusão
mas não ao mundo. Mas não a
vida,
meu reduto e meu reino.
Do salário injusto,
da punição injusta,
da humilhação, da tortura,
do terror,
retiramos algo e com eles
construímos um artefato
um poema uma bandeira
Ferreira Gullar
Mascarada
Vejo agora este teu lindo olhar
Olhar que eu sonhei
E sonhei conquistar
E que um dia afinal conquistei
Enfim, findou-se o carnaval
E só nos carnavais, encontrava-te
sem encontrar esse seu lindo olhar
porque o poeta era eu
Cujas rimas eram compostas
na esperança de que
tanto me faz mal
Mal que findou só depois do carnaval.
Zé Kéti e Elton Medeiros
Olhar que eu sonhei
E sonhei conquistar
E que um dia afinal conquistei
Enfim, findou-se o carnaval
E só nos carnavais, encontrava-te
sem encontrar esse seu lindo olhar
porque o poeta era eu
Cujas rimas eram compostas
na esperança de que
tanto me faz mal
Mal que findou só depois do carnaval.
Zé Kéti e Elton Medeiros
Rua Augusta
"...A maquiagem forte esconde
os hematomas na alma
fumando, calma , ela observa
os faróis que vêm e vão
viver em vão,
os que vêm e não te têm
são, se necessário, o homem de bem, fujão
que não aguentou ser solitário
a mesma grana que compra o
sexo, mata o amor
traz a felicidade, também chama o rancor
as madrugadas que testemunha,
vermelho sangue, na unha
sem nome, vàrias alcunhas
Dentro da bolsa de punho
garota propaganda da cidade fria
em seus caminhos
um milhão de seres sozinhos
sonha como se não vivesse
vive se perguntando por que
é que não morre..."
(Trecho)
Emicida
os hematomas na alma
fumando, calma , ela observa
os faróis que vêm e vão
viver em vão,
os que vêm e não te têm
são, se necessário, o homem de bem, fujão
que não aguentou ser solitário
a mesma grana que compra o
sexo, mata o amor
traz a felicidade, também chama o rancor
as madrugadas que testemunha,
vermelho sangue, na unha
sem nome, vàrias alcunhas
Dentro da bolsa de punho
garota propaganda da cidade fria
em seus caminhos
um milhão de seres sozinhos
sonha como se não vivesse
vive se perguntando por que
é que não morre..."
(Trecho)
Emicida
Álbum japonês
A gueixa dentro de mim
aprova o homem que tu és
Já meu samurai
retesou-se ao máximo
quando a mulher dentro de ti
soltou os cabelos
nuvens douradas sobre os ombros
e ofereceu-me sensualmente
a cabeça para que os prendesse
As minhas mãos
prontas para o vôo
ficaram ao longe de meu corpo
nenhum músculo se mexeu.
Só meu coração
era cavalo bravo
galopando
alucinado
de desejo.
Eliane Pantoja Vaidya
Antologia do Primeiro Concurso Blocos de Poesia, Editora Blocos, 1998 – Rio de Janeiro, Brasil
aprova o homem que tu és
Já meu samurai
retesou-se ao máximo
quando a mulher dentro de ti
soltou os cabelos
nuvens douradas sobre os ombros
e ofereceu-me sensualmente
a cabeça para que os prendesse
As minhas mãos
prontas para o vôo
ficaram ao longe de meu corpo
nenhum músculo se mexeu.
Só meu coração
era cavalo bravo
galopando
alucinado
de desejo.
Eliane Pantoja Vaidya
Antologia do Primeiro Concurso Blocos de Poesia, Editora Blocos, 1998 – Rio de Janeiro, Brasil
quinta-feira, 17 de março de 2011
Vem!
Vem! Que t’ importa que maldiga o mundo
O amor profundo que nos liga? vem;
Vem, que nos vales de cheirosas flores,
Nossos amores viçarão também.
Vem! de joelhos nos tapiz de nardo
Há de te o brado suspirar idílios,
Cantar-te a face rosejada em pranto,
O orvalho santo do frouxel dos cílios.
Pensa na sombra da floresta virgem…
Nesta vertigem … nest’amor ali!…
Aves felizes no sendal dos ramos
Seremos: vamos, que o serei por ti!
Vamos unidos como a luz ao astro
O amor da Castro na soidão lembrá-lo,
Nas longas plumas que a palmeira agita
A alma palpita de Virgínia e Paulo.
Que mais tu queres, anjo e flor? Escuta:
Quem ama luta? Não lutemos, vem!
Vamos aos vales de cheirosas flores,
Que é flor d’amores meu amor também.
Olha, de tarde quando o sol se esconde
Diz-me tu onde mais poesia viste?
Calam-se os ventos – só a brisa arrula -
O céu se azula – mas o céu é triste.
Pois bem, o bardo na soidão exprime
Na voz sublime dum arcanjo a voz:
Hei de dos seios arrancar os lírios
Dos meus delírios, pra t’os dar – a sós. -
Perdidos ambos no deserto infinito
Que sonho lindo, que visões também!
E o éter puro como véu d’estrelas…
E a chama delas a tremer além!…
“Mas quando um dia desbotar-se o prado?
Quando o valado se cobrir de gelos?
Ai! tu só vives – beija-flor – de orvalhos
Em verdes galhos de sonhares belos!
Qu’ importa o prado de cheirosas flores
Se teus amores morrerão também!”
Quando morrerem, morrerão comigo
E ao céu contigo voarei – Oh! vem!
“Oh! não! Minh’alma se coroa em flores;
Nos esplendores de celeste aurora;
Deus abençoa só amores santos
Cala teus cantos: morrerás agora?”
Rita Barém de Melo
(Rio Grande, julho de 1867)
Fonte:Blog Leituras Favre
O amor profundo que nos liga? vem;
Vem, que nos vales de cheirosas flores,
Nossos amores viçarão também.
Vem! de joelhos nos tapiz de nardo
Há de te o brado suspirar idílios,
Cantar-te a face rosejada em pranto,
O orvalho santo do frouxel dos cílios.
Pensa na sombra da floresta virgem…
Nesta vertigem … nest’amor ali!…
Aves felizes no sendal dos ramos
Seremos: vamos, que o serei por ti!
Vamos unidos como a luz ao astro
O amor da Castro na soidão lembrá-lo,
Nas longas plumas que a palmeira agita
A alma palpita de Virgínia e Paulo.
Que mais tu queres, anjo e flor? Escuta:
Quem ama luta? Não lutemos, vem!
Vamos aos vales de cheirosas flores,
Que é flor d’amores meu amor também.
Olha, de tarde quando o sol se esconde
Diz-me tu onde mais poesia viste?
Calam-se os ventos – só a brisa arrula -
O céu se azula – mas o céu é triste.
Pois bem, o bardo na soidão exprime
Na voz sublime dum arcanjo a voz:
Hei de dos seios arrancar os lírios
Dos meus delírios, pra t’os dar – a sós. -
Perdidos ambos no deserto infinito
Que sonho lindo, que visões também!
E o éter puro como véu d’estrelas…
E a chama delas a tremer além!…
“Mas quando um dia desbotar-se o prado?
Quando o valado se cobrir de gelos?
Ai! tu só vives – beija-flor – de orvalhos
Em verdes galhos de sonhares belos!
Qu’ importa o prado de cheirosas flores
Se teus amores morrerão também!”
Quando morrerem, morrerão comigo
E ao céu contigo voarei – Oh! vem!
“Oh! não! Minh’alma se coroa em flores;
Nos esplendores de celeste aurora;
Deus abençoa só amores santos
Cala teus cantos: morrerás agora?”
Rita Barém de Melo
(Rio Grande, julho de 1867)
Fonte:Blog Leituras Favre
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