domingo, 28 de agosto de 2016

Mateo Falcone

Próspero Mérimée

Al salir de Porto-Vecchio, con dirección noroeste, hacia el interior de la isla, se ve rápidamente elevarse el terreno, y después de tres horas de marcha por tortuosas sendas, obstruidas por grandes trozos de rocas y cortadas a veces por barrancos, uno se encuentra al borde de un “malezal” muy extenso. El “malezal” es el refugio de los pastores, corsos y de cuantos tienen algo que ver con la justicia. Es preciso que se sepa que el labrador corso, para ahorrarse el trabajo de abonar su campo, incendia una cierta extensión del bosque, y tanto peor si el fuego se extiende más allá de lo que es necesario; ocurra lo que ocurra, se puede estar seguro de recoger una buena cosecha sembrando en la tierra fertilizada por las cenizas de los árboles. Cortadas las espigas, los tallos se dejan, para evitarse el trabajo de recogerlos; las raíces sobrantes, si no se han agostado, arrojan a la siguiente primavera espesísimos retoños, que en pocos años alcanzan una altura de siete u ocho pies. A esta especie de montuoso soto se le llama “malezal”. Lo componen variadas clases de árboles y arbustos, mezclados y confundidos a la buena de Dios. Sólo con un hacha en la mano, acertaría el hombre a abrirse paso por allí, y hay “malezal” tan espeso y tupido, que ni aun a los mismos cameros montaraces les sería dado penetrar en su interior.

Si usted ha matado a alguien, váyase al “malezal” de Porto-Vecchio, y allí vivirá seguro, con pólvora, balas y un buen fusil; no se olvide de una manta oscura, con su capucha correspondiente, que sirve de tapa y de colchón. Los pastores le proporcionarán leche, queso y castañas, y nada tendrá que temer de la justicia ni de los parientes del muerto sino cuando le sea preciso ir al pueblo para renovar las municiones.

Mateo Falcone, cuando yo estaba en Córcega en 18…, tenía su casa a una media legua de ese “malezal”. Era un hombre lo bastante rico para el país; vivía dignamente, esto es, sin hacer nada, del producto de sus rebaños, que algunos pastores, especie de nómadas, llevaban a pacer, de acá para allá, por los montes. Cuando lo vi, dos años antes del acontecimiento que motiva este relato, me pareció, sobre poco más o menos, de unos cincuenta años de edad. Imagínate, lector, un hombre pequeño, pero robusto, de encrespados cabellos, negros como el azabache, nariz aguileña, labios delgados, ojos grandes y vivos y una tez color de cuero. Pasaba, aun en su misma comarca, en la que tan buenos tiradores había, por ser un tirador extraordinario. Mateo, por ejemplo, no disparaba nunca a un carnero montaraz con postas, pero lo derribaba, en cambio, a ciento veinte pasos de un balazo en la cabeza o en la espalda, según su gusto. De noche se servía de sus armas tan fácilmente como de día, y de él se me ha referido el siguiente rasgo de destreza, que acaso parecerá increíble al que no haya viajado por Córcega. Se ponía a ochenta pasos una vela encendida detrás de un papel transparente del tamaño de un plato. Mateo apuntaba, se apagaba la luz después, y al cabo de un minuto, en la oscuridad más completa, disparaba y atravesaba el transparente tres de cada cuatro veces.

Con tales méritos, Mateo Falcone gozaba de una gran reputación. Se le tenía por tan buen amigo como enemigo peligroso; por lo demás, era servicial y caritativo y vivía en paz con todo el mundo en el distrito de Porto-Vecchio. Se contaba de él que en Corte, en donde se había casado, se había desembarazado muy expeditivamente de un rival, al que se tenía por tan temible en lances guerreros como en lides amorosas; al menos se le atribuía a Mateo un cierto escopetazo que sorprendió a su rival en el instante de afeitarse, frente a un espejo que pendía de su ventana. Se echó tierra al asunto y Mateo se casó. Su mujer, Giuseppa, lo hizo padre primeramente de tres hijas -para su disgusto-, y por último de un hijo, llamado Fortunato; éste era la esperanza de la familia y el heredero del apellido. Las hijas se habían casado bien: en caso necesario su padre podría disponer de los puñales y las escopetas de los respectivos maridos. Diez años tenía tan sólo el chico, pero anunciaba ya felices disposiciones.

Cierto día de otoño, muy de mañana, salió Mateo con su mujer para visitar uno de sus rebaños, en un claro del “malezal”. Fortunato quiso acompañarlos, pero el claro aquel estaba muy lejos, y, además, era preciso que alguien se quedara guardando la casa; por lo tanto, el padre se opuso; ya se verá si tuvo motivo para arrepentirse de ello.

Algunas horas después, Fortunato, tranquilamente tendido al sol, contemplaba las montañas azules y pensaba en su visita al pueblo, el próximo domingo, para comer en casa de su tío el “caporal”, cuando fue interrumpido de pronto en sus meditaciones por el disparo de un arma de fuego. Se puso en pie y miró a la parte de la llanura de donde vino aquel ruido. Otros disparos se oyeron, con intervalos diferentes, y cada vez más próximos; al poco, en la senda que conducía desde la llanura a la casa de Mateo, apareció un hombre tocado con un gorro puntiagudo, como el que usan los montañeses, barbudo, harapiento y arrastrándose trabajosamente apoyado en su escopeta. Acababa de recibir un balazo en el muslo.

Aquel hombre era un bandido que había salido de noche para comprar pólvora en la ciudad, y había caído a su vuelta en la emboscada que le prepararon los tiradores corsos1. Después de una vigorosa defensa, se vio obligado a buscar la retirada, tiroteado de roca en roca y perseguido de cerca; pero los soldados le estaban dando alcance, y su herida le imposibilitaba llegar al “malezal” sin ser atrapado.

Se acercó a Fortunato y le dijo:

-¿Eres el hijo de Mateo Falcone?

-Sí.

-Pues bien, yo soy Gianetto Sampiero, y me persiguen los cuellos amarillos2. Escóndeme, pues ya no puedo más.

-¿Y qué dirá mi padre si te escondo sin su permiso?

-Dirá que has hecho bien.

-¡Quién sabe!

-Escóndeme pronto, que se acercan.

-Espera a que regrese mi padre.

-¿Que espere? ¡Maldición! Dentro de cinco minutos estarán aquí. ¡Vamos, escóndeme o te mato!

Fortunato repuso con la mayor sangre fría:

-Tu escopeta está descargada, y ya no te quedan cartuchos en tu canana.

-Pero tengo mi puñal.

-Pero ¿correrás tanto como yo?

Y de un salto se puso fuera de su alcance.

-¡Tú no eres el hijo de Mateo Falcone! ¿Dejarás que me prendan delante de tu casa?

El muchacho pareció conmoverse.

-¿Qué me darás si te escondo? -le dijo, aproximándose.

El bandido buscó en un bolsillo de cuero que pendía de su cintura y saco de él una moneda de cinco francos, reservada acaso para comprar pólvora. Al ver la moneda de plata, Fortunato sonrió, y apoderándose de ella dijo a Gianetto:

-No temas nada.

En seguida abrió un gran boquete en un montón de heno colocado cerca de la casa. Gianetto se agazapó en él, y el muchacho lo cubrió de modo que pudiera respirar, sin levantar sospechas de que aquel heno ocultaba a un hombre. Se le ocurrió, además, una astucia bastante ingeniosa y propia de un salvaje. Cogió a una gata con sus hijuelos y los puso encima del montón de heno, para hacer creer que no se había removido poco antes. Y como observara que en las cercanías de la casa había rastros de sangre, se apresuró a cubrirlos con arena muy cuidadosamente, y, hecho esto, se tumbó otra vez al sol con la mayor tranquilidad.

Algunos minutos después, seis hombres con uniforme oscuro y cuello amarillo, mandados por un sargento, se detenían ante la puerta de Mateo. El sargento era pariente lejano de Falcone. (Sabido es que en Córcega los grados de parentesco se extienden mucho más que en otros sitios.) Se llamaba Tiodoro Gamba, y era un hombre activo, a quien temían mucho los bandidos porque los perseguía sin descanso.

-Buenos días, primo -dijo, acercándose a Fortunato-. ¡Qué alto estás! ¿Has visto pasar por aquí a un hombre hace poco?

-¡Oh, aún no soy tan alto como usted, primo! -respondió el muchacho, haciéndose el tonto.

-Ya lo serás. Pero dime, ¿no has visto pasar a un hombre?

-¿Que si he visto pasar a un hombre?

-Sí, un hombre con un gorro puntiagudo de terciopelo negro y una chaqueta adornada de rojo y amarillo.

-¿Un hombre con un gorro puntiagudo y una chaqueta adornada de rojo y amarillo?

-Sí; responde pronto, y no repitas mis preguntas.

-Esta mañana cruzó por nuestra puerta, montado en su caballo “Piero”, el señor cura, y me preguntó cómo le iba a papá, y yo le respondí…

-¡Ah, granujilla, eres un pillastrón! Dime pronto por dónde ha tirado Gianetto, que es a quien buscamos; estoy seguro de que ha cruzado por este camino.

-¡Quién sabe!

-¿Quién sabe? Yo sé que tú lo has visto.

-¿Se ve, acaso, a los que pasan cuando se duerme?

-No dormías, tunantuelo; los disparos te han despertado.

-¿Cree usted, primo, que sus fusiles hacen tanto ruido? Mucho más hace la escopeta de mi padre.

-¡Que el diablo te lleve, maldito bribón! Estoy segurísimo de que has visto a Gianetto, y hasta es posible que lo tengas escondido. Vamos, camaradas, entren en esta casa y vean si nuestro hombre anda por ahí. Sólo disponía de una pierna, y el pillastrón tiene demasiado buen sentido para dirigirse, cojeando, al “malezal”. Además, los rastros de sangre se detienen aquí.

-¿Y qué dirá papá? -preguntó Fortunato con una risita burlona-. ¿Qué dirá cuando se entere de que han entrado en su casa durante su ausencia?

-¡Bribón! -dijo el ayudante cogiéndole por una oreja-. ¿Sabes que me siento tentado de hacerte hablar por otros medios? Es posible que con una veintena de sablazos de plano hablaras al fin.

Y Fortunato seguía riendo con su risita burlona.

-¡Mi padre es Mateo Falcone! -dijo con énfasis.

-Bien sabes, granujilla, que te puedo conducir a Corte o a Bastia y hacerte encerrar en un calabozo, para que duermas en la paja, con grilletes en los pies, y guillotinarte si no dices dónde está Gianetto Sampiero.

Ante tan ridícula amenaza, el muchacho lanzó una carcajada y repitió:

-Mi padre es Mateo Falcone.

-Sargento -dijo en voz baja uno de los tiradores-, no nos indispongamos con Mateo.

Gamba parecía evidentemente turbado. Con voz queda hablaba con sus compañeros, que habían hecho ya en la casa un cuidadoso registro. La operación fue breve, pues la cabaña de un corso no consiste más que en una pieza cuadrada. El ajuar se reduce a una mesa, algunos bancos, cofres y utensilios de caza y domésticos. Mientras, Fortunato acariciaba a la gata y parecía divertirse con la confusión de los tiradores y de su primo.

Un soldado se aproximó al montón de heno. Vio a la gata y dio con negligencia un bayonetazo en el heno, encogiéndose de hombros, como si comprendiera que la precaución era ridícula. Nada se movió; el rostro del muchacho permaneció impasible.

El sargento y sus gentes se daban al diablo; contemplaban la llanura como dispuestos a volver por donde habían venido, cuando el jefe, convencido de que las amenazas no surtían efecto alguno en el hijo de Falcone, quiso hacer un último esfuerzo y probar el poder de las caricias y de los obsequios.

-Primo -dijo-, me pareces un muchacho muy despierto. Tú harás carrera. Pero conmigo te portas muy mal. Si no temiera darle un disgusto a mi primo Mateo, te llevaba conmigo.

-¡Bah!

-Pero cuando mi primo vuelva le contaré lo que ha pasado y te zurrará de lo lindo por haber mentido de ese modo.

-¿De veras?

-Ya lo verás… En fin, sé buen muchacho y te daré cualquier cosa.

-Y yo, primo, le daré un consejo, y es que si tarda mucho en marcharse, Gianetto llegará al “malezal”, y entonces será preciso más de un hurón como usted para buscarlo por allí.

El ayudante sacó de su bolsillo un reloj de plata que podría valer unos diez escudos, y como observara que se iban tras él los ojos de Fortunato, le dijo, suspendiendo el reloj de su cadena de acero:

-¡Picaronazo! ¿Tú quisieras tener un reloj como éste colgado del cuello, para pasearte por las calles de Porto-Vecchio orgulloso como un pavo real y que las gentes te preguntaran: “¿Qué hora es?” Y tú les dijeras: “Mírelo en mi reloj”.

-Cuando sea más hombre, mi tío el caporal me dará uno.

-Sí, pero el hijo de tu tío ya lo tiene… no tan bonito como éste, la verdad… No obstante, él es más joven que tú.

El muchacho suspiró.

-Bueno, primo, ¿quieres este reloj?

Fortunato, mirando al reloj con el rabillo del ojo, parecía un gato al que se le ofrece un pollo entero. Como comprende que se están burlando de él, no se atreve a echarle mano, y de tiempo en tiempo aparta los ojos para no sucumbir a la tentación; pero a cada paso se relame los hocicos y parece como si le dijera a su dueño: “¡Qué cruel es la bromita que gastas!”

Sin embargo, el sargento Gamba parecía ofrecerle el reloj de buena fe. Fortunato no alargó la mano, pero dijo con amarga sonrisa:

-¿Por qué se burla de mí?

-¡Vive Dios, que no me burlo! Dime únicamente dónde está Gianetto, y el reloj es tuyo.

Fortunato dejó escapar una incrédula sonrisa, y fijando sus negros ojos en los del ayudante trató de descubrir lo que de verdad hubiera en sus palabras.

-Que pierda mis charreteras -dijo Gamba-, si no te entrego el reloj con esa condición. Mis compañeros son testigos; no puedo arrepentirme.

Mientras hablaba así seguía aproximando el reloj tanto, que casi tocaba ya la pálida mejilla del niño, que mostraba claramente la lucha que en su interior sostenían la codicia y el respeto debido a la hospitalidad. Su desnudo pecho se elevaba con fuerza y parecía próximo a estallar. El reloj, en tanto, oscilaba y giraba, rozándole a veces la punta de la nariz. Por último, poco a poco, alzó la mano derecha hasta el reloj; lo tocó con la punta de los dedos; lo sintió en su mano, sin que el sargento soltara la cadena… La esfera era azulada… recién bruñida la tapa; a la luz del sol parecía de fuego… La tentación era demasiado fuerte.

Fortunato levantó la mano izquierda también e indicó con el pulgar, por encima de su hombro, el montón de heno junto al que estaba. Gamba lo comprendió en seguida y abandonó el extremo de la cadena. Fortunato se vio único propietario del reloj. Se levantó con la agilidad de un gamo y se alejó diez pasos del montón de heno, que los tiradores comenzaron a revolver en seguida.

Al poco el heno se empezó a agitar y un hombre ensangrentado, con un puñal en la mano, surgió de él; pero al tratar de levantarse, su herida, ya fría, no le permitió tenerse en pie, y cayó al suelo. El ayudante, abalanzándose sobre él, le arrebató el puñal. En seguida, y a pesar de su resistencia, lo ataron fuertemente.

Gianetto, derribado en tierra y atado como un haz de leña, volvió la cabeza hacia Fortunato, que se había aproximado.

-¡Hijo de…! -le dijo con más desprecio que cólera.

El niño le arrojó la moneda de plata que había recibido de él poco antes, como comprendiendo que ya no era merecedor de ella, pero el proscrito ni siquiera aparentó fijarse en aquel movimiento. Con mucha sangre fría le dijo al sargento:

-Mi querido Gamba, no puedo andar; no tendrá más remedio que transportarme al pueblo.

-Hace poco corrías con más ligereza que un corzo -repuso cruelmente el vencedor-; pero tranquilízate; estoy tan contento de haberte cogido, que te llevaría una legua a cuestas sin fatigarme. Además, camarada, vamos a hacerte unas angarillas con ramas y tu capote; en la granja de Créspoli encontraremos caballos.

-Perfectamente -dijo el prisionero-; pongan también un poco de paja en las angarillas para que vaya con más comodidad.

Mientras los tiradores se ocupaban, unos, en hacer una especie de parihuela con ramas de castaños, y otros en curar la herida de Gianetto, Mateo Falcone y su mujer aparecieron súbitamente en un recodo de la senda que conducía al “malezal”. Avanzaba la mujer penosamente, encorvada bajo el peso de un enorme saco de castañas, en tanto que su marido se pavoneaba con un fusil en la mano y otro en banderola, pues es indigno de un hombre conducir una carga que no sea la de las armas.

Al ver a los soldados, lo primero que se le ocurrió a Mateo fue que vendrían a prenderle. Pero ¿por qué tal idea? ¿Acaso Mateo tenía cuentas pendientes con la justicia? No. Gozaba de una buena reputación. Era, como se dice vulgarmente, “un particular de buena reputación”; pero era corso y montañés, y hay pocos corsos montañeses que, registrando en su memoria, no encuentren en ella algún pecadillo, tal como un disparo, una puñalada o cualquiera otra bagatela por el estilo. Mateo, más que otro, tenía la conciencia tranquila, pues hacía más de diez años que no apuntaba a nadie con su fusil; no obstante, como era prudente, se puso a la defensiva, por si ello era necesario.

-Mujer -dijo a Giuseppa, descárgate del saco y estate dispuesta a ayudarme.

Ella obedeció al punto; le dio el fusil que llevaba terciado, y que hubiera podido molestarle; cargó el que llevaba en la mano y avanzó lentamente hacia su casa, pegado a los árboles que bordeaban el camino y dispuesto, a la menor demostración hostil, a ocultarse en el más grueso tronco, desde donde podría hacer fuego impunemente. Pisándole los talones iba su mujer con el otro fusil y la cartuchera. La ocupación de una buena mujer de su casa, en caso de lucha, es cargar las armas del marido.

El ayudante, por su parte, se alarmó mucho al ver a Mateo avanzar de tan sigilosa manera, con la escopeta en alto y el dedo en el gatillo.

-¡Si por casualidad -pensó- Mateo fuera pariente de Gianetto o amigo, y se le antojara defenderlo, los tacos de sus dos fusiles llegarían a dos de nosotros tan seguro como las cartas al correo, y si me encañonase, a pesar del parentesco…!

Ante la duda, tomó el valeroso partido de dirigirse solo hacia Mateo para contarle el asunto, abordándolo como un antiguo conocido; pero el corto espacio que lo separaba de Mateo le pareció terriblemente largo.

-¡Hola, antiguo compañero! -gritó-. ¿Cómo te va? Soy yo, Gamba, tu primo.

Mateo, sin responder una palabra, se había detenido, y a medida que el otro hablaba iba poco a poco levantando el cañón de su escopeta, de suerte que apuntaba al cielo cuando el ayudante se le acercó.

-Buenos días, hermano -dijo Gamba, tendiéndole la mano-, hace mucho tiempo que no te veo.

-Buenos días, hermano.

-Había venido para saludarte, al pasar, así como a mi prima Pepa. Hoy hemos andado mucho, pero no hay que compadecerse de nuestra fatiga, porque hemos hecho una captura importante: acabamos de coger a Gianetto Sampiero.

-¡Alabado sea Dios! -exclamó Giuseppa-. La semana pasada nos robó una cabra.

Estas palabras regocijaron a Gamba.

-¡Pobre diablo! -dijo Mateo-. Tendría hambre.

-El granuja -prosiguió Gamba, un poco mortificado- se ha defendido como un león; me ha matado a uno de los míos, y, no contento aún con esto, le ha roto un brazo al cabo Chardón; pero esto no tiene importancia: se trata de un francés… Luego se ocultó tan diestramente, que ni el demonio hubiera dado con él. Sin la ayuda de Fortunato, es seguro que no lo hubiera encontrado.

-¡Fortunato! -exclamó Mateo.

-¡Fortunato! -repitió Giuseppa.

-Sí. Gianetto estaba escondido bajo aquel montón de heno, pero el primo me descubrió el escondite. También se lo diré a su tío el caporal para que le envíe un buen regalo por su ayuda. Su nombre y el tuyo figurarán en el parte que envíe al juez.

-¡Maldición! -murmuró Mateo.

Se reunieron con el destacamento. Gianetto estaba tendido en la parihuela y dispuesto para partir. Cuando vio a Mateo acompañado de Gamba sonrió de un modo extraño; después, volviendo el rostro hacia la puerta de la casa, escupió en el umbral y dijo:

-¡Es la casa de un traidor!

Sólo un hombre dispuesto a morir se hubiera atrevido a pronunciar la palabra traidor dirigiéndose a Falcone: una certera puñalada, que no necesitaría ser secundada, pagaría inmediatamente el insulto. Sin embargo, Mateo se limitó a llevar su mano a la frente, como un hombre abrumado.

Fortunato había entrado en la casa al ver llegar a su padre. Al poco reapareció con un jarro de leche, que ofreció, con los ojos bajos, a Gianetto.

-¡No te acerques a mí! -gritó el proscrito con voz terrible.

Después, volviéndose a uno de los tiradores, le dijo:

-Camarada, dame de beber.

El soldado le puso entre las manos su cantimplora, y el bandido bebió el agua que le daba un hombre con el que acababa de tirotearse. A continuación pidió que le atasen las manos sobre el pecho, y no a la espalda, como las llevaba.

-Me agrada -decía- ir tendido a gusto.

Se procuró complacerle; después, el ayudante dio la orden de partida; saludó a Mateo, que no le respondió, y se encaminó aceleradamente hacia el llano.

Cerca de diez minutos transcurrieron sin que Mateo abriese la boca. El niño miraba con inquietud, ya a su madre, ya a su padre, que, apoyado en el fusil, lo contemplaba con contenida cólera.

-¡Comienzas bien! -dijo Mateo con voz tranquila, pero espantosa para quien le conociera.

-¡Padre mío! -exclamó el muchacho, dirigiéndose a él, con lágrimas en los ojos y como para arrojarse a sus plantas.

Pero Mateo le gritó:

-¡No te acerques a mí!

El niño permaneció. inmóvil y sollozando, a pocos pasos de su padre.

Se aproximó Giuseppa. Acababa de percibir, asomando por entre la camisa de su hijo, un extremo de la cadena del reloj.

-¿Quién te ha dado ese reloj? -le preguntó con severidad.

-Mi primo el sargento.

Se apoderó del reloj Falcone, y arrojándolo contra una piedra lo hizo mil pedazos.

-Mujer -dijo-, ¿este niño es mío?

Las morenas mejillas de Giuseppa enrojecieron vivamente.

-¿Qué dices, Mateo? ¿Sabes a quién hablas?

-Sin embargo, es el primero de los míos que ha cometido una traición.

Redoblaron los sollozos y gimoteos de Fortunato, de quien ni por un momento apartaba Falcone sus ojos de lince. Por último, golpeó el suelo con la culata de su escopeta, se la echó al hombro después y se dirigió al “malezal”, gritándole a Fortunato que lo siguiera. El niño obedeció.

Giuseppa corrió tras de Mateo y lo cogió por el brazo.

-¡Es tu hijo! -dijo con trémula voz, clavando sus negros ojos en los de su marido, como si quisiera leer en su alma.

-Déjame -repuso Mateo-; soy su padre.

Giuseppa abrazó a su hijo y entró en la casa llorando. Se arrodilló ante una imagen de la Virgen y oró fervorosamente. Mientras tanto, Falcone anduvo como unos doscientos pasos por el camino, deteniéndose ante un pequeño barranco, al que descendió. Con la culata de su fusil removió la tierra, que encontró suelta y fácil de cavar. El sitio le pareció bien para su propósito.

-Fortunato, colócate junto a esta peña.

El niño hizo lo que se le pedía, y se arrodilló después.

-Di tus oraciones.

-¡Padre mío, padre mío, no me mates!

-¡Di tus oraciones! -repitió Mateo con voz terrible.

El niño, entre balbuceos y sollozos, recitó el padrenuestro y el credo. Al final de cada oración, el padre, con voz fuerte, decía: Amen.

-¿Son esas todas las oraciones que sabes?

-Padre, también sé el avemaría y la letanía que mi tía me ha enseñado.

-Es muy larga; pero no importa.

El niño terminó la letanía con voz apagada.

-¿Has concluido?

-¡Oh, padre mío, perdón! ¡Perdón! ¡No lo haré más! ¡Tanto le rogaré a mi tío, el caporal, que indultarán a Gianetto!

Siguió hablando; Mateo, tras cargar la escopeta y echársela a la cara, dijo:

-¡Que Dios te perdone!

El niño hizo un esfuerzo desesperado para levantarse y abrazar las rodillas de su padre: no tuvo tiempo. Mateo disparó y Fortunato rodó muerto.

Sin dirigir una mirada al cadáver, tomó de nuevo el camino de su casa, en busca de un azadón para enterrar a su hijo. Apenas había dado algunos pasos cuando encontró a Giuseppa, que acudía alarmada por el tiro.

-¿Qué has hecho? -exclamó.

-Justicia.

-¿En dónde está?

-En el barranco; voy a enterrarlo. Ha muerto cristianamente; se le dirá una misa. Que avisen a mi yerno, Tiodoro Bianchi, para que venga a vivir con nosotros.

FIN

1. Tiradores corsos: policía rural.
2. Cuellos amarillos: se refiere al uniforme de los policías.

Biblioteca Digital Ciudad Seva


sábado, 27 de agosto de 2016

A uberização das relações de trabalho no Brasil

Publicado em Sexta, 19 Agosto 2016 15:20

Marcio Pochmann*

A cantilena da redução dos direitos voltou a ser entoada, sob o coro dos patrões.

A terceirização e a “simplificação” trabalhista apontam para a uberização das relações de trabalho no Brasil.

Desde a transição da sociedade agrária para a urbana e industrial, iniciada na década de 1930, aos dias de hoje, o Brasil conheceu quatro distintas recessões econômicas, com impactos decisivos sobre os direitos sociais e trabalhistas.

De todas, constata-se que em duas delas houve o sentido geral de reação organizada da sociedade que permitiu a ampliação dos direitos da classe trabalhadora, enquanto em apenas uma percebeu-se o retrocesso.

Na atual recessão, os direitos sociais e trabalhistas voltaram a ser ameaçados, exigindo resposta firme e consistente do conjunto dos trabalhadores.

Na grande recessão do início da década de 1930, por exemplo, o envolvimento dos trabalhadores se mostrou fundamental para a difusão de uma diversificada e heterogênea legislação social e trabalhista.

Com isso, somente no ano de 1943, com a implementação da Consolidação das Leis do Trabalho (CLT), os trabalhadores urbanos passaram a deter inéditos direitos sociais e trabalhistas.

Na sequência, a grave recessão do início dos anos de 1980 descortinou uma nova etapa de lutas dos trabalhadores voltada para a proteção das ocupações, bem como a redução da jornada de trabalho, entre outras reivindicações.

O resultado disso foi a aprovação pela Constituição Federal de 1988 do novo patamar dos direitos sociais e trabalhistas.

Dois anos depois, contudo, a recessão do início da década de 1990 implicou retrocesso aos direitos da classe trabalhadora. Com a adoção do receituário neoliberal, o objetivo de enfraquecer o mundo do trabalho foi alcançado, mostrando-se fundamental para evitar a reação organizada da sociedade ao rebaixamento das condições e relações de trabalho.

Desde o ano de 2015 que o Brasil convive com a quarta recessão econômica, cujos efeitos têm sido a ampliação do sofrimento humano, sobretudo dos trabalhadores que passaram a ter rendimento menor e ocupações a menos. O desemprego generalizado e a pobreza crescente apontam para direção inversa à verificada nos anos 2000.

Tal como nos governos neoliberais durante os anos de 1990, a velha cantilena da redução dos direitos sociais e trabalhistas voltou a ser entoada pelo governo sob o coro dos patrões. Não apenas a nova lei da terceirização, como a simplificação trabalhista propostas apontam para a uberização das relações de trabalho no Brasil.

O propósito atual de enxugar os direitos sociais e trabalhistas assenta-se na ideia de que quanto menor o custo de contratação do trabalho pelo empregador, maior a possibilidade de elevar a competitividade da empresa, permitindo, na sequência, elevar o nível de emprego. Mas ao mesmo tempo em que o emprego da mão de obra é custo para o patrão, também é o rendimento para os ocupados.

Com menor rendimento e maior flexibilidade contratual, os trabalhadores consomem menos ainda, fazendo contrair, em consequência, o consumo. E, por sua vez, a provocação da queda da demanda na economia como um todo, fazendo aumentar o desemprego da força de trabalho. Retrocesso em cima de retrocessos.


(*) Economista, ex-presidente do Instituto de Pesquisas Econômicas Aplicadas (IPEA). Artigo publicado originalmente na Rede Brasil Atual em 13/08/2016.

Ameaças da reforma previdenciária de Michel Temer


Publicado em Terça, 02 Agosto 2016 11:42

Por Antônio Augusto de Queiroz (*)

O ministro Chefe da Casa Civil, Eliseu Padilha, em entrevista ao Jornal O Globo (30/07/2016) antecipou as bases da reforma da previdência que foi submetida ao presidente interino, Michel Temer, e que será encaminhada para votação no Congresso após a conclusão do processo de impeachment. Se confirmada nos termos anunciado pelo ministro, a proposta de reforma será mais dura que as realizadas por FHC e Lula.

A proposta tratará: a) do aumento da idade mínima e do tempo de contribuição, b) da equiparação de idade e tempo de contribuição entre homens e mulheres, c) de transição somente para quem tem mais de 50 anos, d) de eliminação da diferença de critério para aposentadoria de trabalhador urbano e rural e servidor público e trabalhador da iniciativa privada, e) de mudanças nas aposentadorias especiais e, f) da instituição de novo redutor nas pensões, além de outras mudanças em nível infraconstitucional.

A idade mínima para efeito de aposentadoria, que se inicia com 65 anos e pode chegar a 70 para homens e mulheres, será instituída para o setor privado e aumentada para o servidor público. Isto significa que as regras de transição das Emendas Constitucionais anteriores não serão aplicadas a partir da promulgação da nova Emenda Constitucional, exceto para quem já tenha direito adquirido, ou seja, já tenha preenchido todos os requisitos para aposentadoria.

A equiparação do tempo de contribuição entre homens e mulheres, do campo e da cidade, inclusive para os professores, terá uma regra de transição especial, porém sem estendê-la à exigência de idade mínima. Ou seja, a mulher perderá de imediato pelo menos um dos dois quesitos que atualmente a diferencia do homem para efeito de aposentadoria: menos idade e menos tempo de contribuição.

O tempo já trabalhado, que foi respeitado e teve regra de transição nas reformas de Lula e FHC, na proposta Temer não será considerado, exceto para o atual segurado que já tenha mais de 50 anos de idade. Para estes, e somente para estes, haverá uma regra de transição, com a adoção de um pedágio entre 40% e 50% sobre o tempo que faltar para preencher as regras de aposentadoria na data da promulgação da Emenda Constitucional do governo Temer. Os demais servidores, mesmo que tenham 49 anos de idade e mais de 29 de contribuição não terão direito a transição, submetendo-se às novas regras.

 A proposta elimina a diferença de critério para efeito de aposentadoria entre servidores e trabalhadores do setor privado, entre trabalhadores urbanos e rurais, com a unificação dos requisitos, ainda que o regimes previdenciários continuem separados, como o do INSS e dos servidores públicos.

As aposentadorias especiais, além da exigência de idade mínima, terão os requisitos de tempo de contribuição e de permanência na atividade aumentados em proporção superior ao aumento dos requisitos para os demais segurados.

Por fim, as pensões, que atualmente são integrais até o valor de R$ 5.189,82 (teto do INSS) e, no caso dos servidores públicos, sofrem um redutor de 30% sobre a parcela que excede ao teto do INSS, ficarão limitadas a 60% do benefício, acrescidas de 10% por cada dependente.  As novas regras valerão para todos os segurados (regimes próprio e geral) que, na data da promulgação da nova emenda, não estejam aposentados ou que não tenham direito adquirido, ou seja, não tenham preenchido todos os requisitos para requer aposentadoria com base nas regras anteriores.

É verdade que se trata da intenção do governo que para se transformar em Emenda à Constituição terá que ser aprovada por três quintos das duas Casas do Congresso (Câmara, com 308 votos e no Senado, com 49 votos) em dois turnos de votação em cada Casa, mas os trabalhadores e servidores devem se mobilizar desde já, denunciando o caráter perverso dessa reforma, sob pena de retrocesso nas conquistas previdenciárias.

Em relação ao servidor público, entretanto, há dois testes antes da reforma da previdência   – caso do PLP 257, que trata da dívida dos estados e da modificação da Lei de Responsabilidade Fiscal para retirar direito do servidor, e o caso da PEC 241, que congela o gasto público em termos reais, inclusive a despesa com pessoal – que se o governo sair vitorioso será fortalecido na tentativa de aprovar a reforma da previdência com supressão de direitos.

A luta, portanto, deve se iniciar imediatamente, com grandes mobilizações para rejeitar ou retirar do PLP e da PEC os aspectos que prejudicam os servidores, sob pena de se abrir uma avenida para a aprovação da reforma da previdência.


 (*) Jornalista, analista político e diretor de Documentação do Diap

A hora é de lutar por direitos


Publicado em Quarta, 17 Agosto 2016 15:04

Jacy Afonso*

Em 1988, a nova Constituição aprovou uma legislação sindical contraditória. Por um lado, se avançou na conquista da liberdade de organização sindical e, por outro, se tentou conciliar conceitos antagônicos, mantendo os parâmetros autoritários do modelo sindical brasileiro, através da unicidade sindical.

Mesmo assim há que se reconhecer que houve avanços na Constituinte: fim da carta sindical, do estatuto padrão e do voto obrigatório nas eleições sindicais; revogação da lei que permitia a intervenção em entidade sindical; assegurou à entidade sindical o direito de definir o processo eleitoral, a duração do mandato, o número de diretores e a elaboração dos estatutos; o sindicato deixou de exercer função delegada pelo poder público, desobrigando-se de praticar assistencialismo ou prestar contas ao governo; a entidade sindical passou a ter autonomia para definir sua receita e despesa, sem estar sujeita à fiscalização, exceto de seu filiados; os servidores ganharam o direito de se organizar em sindicato, em igualdade de condições com os trabalhadores da iniciativa privada e a participação sindical nas negociações coletivas tornou-se obrigatória.

No final da década de 80 viveu-se um período de confusão. Porque a manutenção da unicidade sindical apesar da vigência da liberdade sindical, tornava praticamente obrigatória a fiscalização por parte de alguma instância que certifica que não havia duplicidade de reapresentação.

Sucederam-se decretos e portarias ministeriais que atendiam a um e outro lado e na falta de uma solução, processos foram se acumulando na Justiça do Trabalho. As interpretações muitas vezes eram casuísticas ou políticas e podiam funcionar como instrumento de contenção de algumas das lutas sindicais. Uma situação esdrúxula onde a aplicação do princípio constitucional da liberdade sindical era interpretado com base na CLT, que teoricamente havia sido suplantada pela nova Constituição.

Em 2002, o programa de governo lançado pelo candidato Luiz Inácio Lula da Silva se comprometia a encaminhar um amplo debate sobre a reforma da estrutura sindical brasileira e afirmava que o primeiro passo seria "reconhecer as centrais sindicais como interlocutores dos interesses dos trabalhadores."

Em 2003 foi instalado o Fórum Nacional do Trabalho (FNT), de composição tripartite, com o objetivo de promover a democratização das relações de trabalho e atualizar a legislação trabalhista, tornando-a mais compatível com as novas exigências do desenvolvimento nacional, de maneira a criar um ambiente propício à geração de emprego e renda.

Em março de 2005 o relatório final da Comissão de Sistematização do FNT deu origem à PEC 369 e um projeto de lei, que foram enviados ao Congresso Nacional. A proposta admitia a pluralidade sindical em todas as instâncias (a opção do tipo de sindicato que se queria ficava a cargo das assembleias das entidades) e falava de critérios para definir a representatividade das entidades sindicais.

Pela primeira vez se propunha o reconhecimento legal das centrais sindicais como instância máxima de representação dos trabalhadores; o direito de constituir suas entidades sindicais, sem autorização prévia, cabendo ao Ministério do Trabalho e Emprego (MTE) o reconhecimento de representatividade da entidade sindical; a sustentação financeira das entidades sindicais de trabalhadores e de empregadores baseada na contribuição associativa e na contribuição de negociação coletiva (anual). Acabava com as contribuições confederativa e assistencial e determinava a extinção gradativa da contribuição sindical obrigatória (imposto sindical), com regras e prazos diferenciados para as entidades sindicais de trabalhadores e de empregadores.

Por fim o FNT criava o Conselho Nacional de Relações de Trabalho (CNRT), concebido como um órgão tripartite e paritário voltado às questões sindicais e de relações de trabalho.

O reconhecimento das centrais sindicais veio finalmente em 2008, com a aprovação da Lei nº 11.648, que definiu as condições para o reconhecimento da central sindical em termos de quantidade de afiliados, presença geográfica e piso mínimo 7% (sete por cento) do total de empregados sindicalizados em âmbito nacional.

No artigo 3º determinou que a indicação pela central sindical de representantes nos fóruns tripartites, conselhos e colegiados de órgãos públicos em que participe deve ser em número proporcional ao índice de representatividade previsto na lei. O critério de proporcionalidade, bem como a possibilidade de acordo entre as centrais, não poderá prejudicar a participação de outras centrais sindicais que atenderem aos requisitos estabelecidos.

A Lei nº 11.648 representou um avanço rumo a uma estrutura sindical mais democrática no Brasil, mas não alterou o sistema de financiamento sindical. Frente às divergências sobre a mudança, a lei determinou em seu artigo 7º que enquanto não fosse disciplinada a contribuição negocial, vinculada ao exercício efetivo da negociação coletiva e à aprovação em assembleia geral da categoria, continuariam em vigência os artigos 578 a 610 da CLT, que regulam o imposto sindical. Além disso incluiu as centrais sindicais como uma das destinatárias do imposto (10% do montante) e a distribuição atenderia ao grau de representatividade, após aferição realizada pelo MTE.

Em outubro de 2015 o deputado federal Paulo Pereira (também presidente da Força Sindical) propôs a criação de uma Comissão Especial sobre Financiamento da Atividade Sindical, alterando cinco artigos da CLT. Depois de audiências estaduais e reuniões com as centrais sindicais, confederações patronais, Ministério Público e outras representações, o deputado Bebeto (PSB-BA), relator do projeto, apresentou a versão final (no dia 08/07/16) do relatório, o Projeto de Lei (PL) 5.795/2016.

O PL mantém a contribuição sindical e cria a contribuição negocial, cujo valor será definido em assembleia na época de negociação da convenção coletiva, não podendo ultrapassar o teto de 1% da remuneração bruta anual (trabalhadores e empresas). Desse total 80% irá para os sindicatos, 5% para a federação correspondente, 5% para a confederação e 5% para a central sindical.

Outra proposta foi a criação do Conselho de Autoregulação Sindical, uma organização não governamental destinada a fixar parâmetros mínimos sobre temas como eleições sindicais, mandato e transparência de gestão, prestação de contas e certificação, fundação e registro de ente sindical, definição de bases territoriais e de representação de categoria. Receberá 2,5% do volume arrecadado com a Contribuição Negocial.

O Conselho de Autoregulação será formado por duas Câmaras de trabalhadores e de empregadores. E terá uma composição paritária no seu funcionamento pleno.

A Câmara de Trabalhadores será composta por seis representantes de centrais sindicais que atendam os requisitos de representatividade do artigo 2º da Lei nº 11648/2008 e três representantes de confederações de trabalhadores, dentre as legalmente reconhecidas, indicadas de comum acordo dentre elas.

Por fim, o PL 5.795/2016 estende a contribuição sindical ao setor público e determina critérios para a liberação de dirigentes sindicais nesse segmento.

Fortalecer a representação dos trabalhadores
Optamos por fazer um relato dos antecedentes da discussão sobre o financiamento sindical, para que haja ciência das mudanças profundas que a CUT estará assumindo ao apoiar o PL 5.795/2016 tal como está.

O recuo não se dá somente pela manutenção da contribuição sindical e adição da contribuição negocial, mas principalmente pela criação de um organismo como o Conselho de Auto-regulação, que tem sérios problemas em sua própria gênese. Primeiro, trata-se de um organismo não governamental (bi-partite) sem poder de impor suas diretrizes a toda a estrutura sindical, somente às centrais filiadas. O que geraria mais confusão e divisões no meio sindical. Segundo, as dificuldades e riscos de se discutir e decidir sobre temas trabalhistas e sindicais em uma estrutura compartilhada com os empresários. Obviamente esse organismo teria que adotar o consenso como mecanismo de decisão, o que significa ficar paralisado pela impossibilidade de acordo.

Mas principalmente a composição do Conselho pode significar um retrocesso para a CUT, que abre a mão de sua representatividade, passando a ter o mesmo peso que as centrais menores. Isso sem contar com a revitalização do "sistema confederativo" ao incluir na Câmara de Trabalhadores a representação das confederações oficialmente reconhecidas.

Se analisarmos a história recente da CUT veremos que esta sempre propôs que a representação das entidades sindicais nos diferentes fóruns fosse proporcional ao seu tamanho e sempre se opôs ao funcionamento dos conselhos federativos e confederativos, onde cada entidade valia um voto, fosse qual fosse sua representatividade. A CUT sempre demonstrou que essa forma de representação rebaixa o poder político da maioria e não fortalece a democracia.

Devemos relembrar que pouco antes do afastamento da Presidente Dilma foi publicado um Decreto presidencial regulamentando o Conselho Nacional de Relações de Trabalho (CNRT), instância tripartite que vem funcionando desde 2012 e que tem entre suas funções tratar temas como esses. Como ficará o CNRT, organismo criado com nossa participação, depois da criação do Conselho de Autoregulação?

Mas o mais importante comentário que queremos fazer é sobre a falta de oportunidade do debate sobre a contribuição sindical e negocial nesse momento político tão difícil, quando os direitos trabalhistas e sindicais estão sob forte ataque do governo golpista e do Congresso conservador.

O país atravessa uma crise que acumula perda de postos de trabalho (já são 11 milhões de desempregados) e as medidas econômicas anunciadas vão na direção de um ajuste neoliberal. Temos que lutar contra a reforma restritiva da Previdência; contra a regulamentação da terceirização em atividades fim; contra a flexibilização da jornada de trabalho e dos salários; contra o fim da ultratividade das cláusulas negociadas nos convênios coletivos; contra a prevalência do negociado sobre o legislado e outras questões legislativas.

Temos que lutar contra a privatização do patrimônio público, começando pelo Pré sal, pelos Correios e outros ativos e, principalmente, temos que lutar pela recuperação da democracia derrotando o golpe de abril.

Tudo isso coloca para a CUT uma enorme responsabilidade, a de convidar todas as entidades sindicais e os movimentos sociais para uma luta conjunta e não aceitar retrocessos.

Agora é o momento de fortalecer uma frente democrática e fazer uma articulação com parlamentares que defendam os trabalhadores para que documentos como o programa Ponte para o Futuro não sejam aprovados e os direitos individuais e coletivos sejam fortalecidos.

Não é hora e nem o momento de retroceder politicamente aceitando uma diminuição de sua representatividade e muito menos é hora de gastar a energia sindical em debates sobre medidas que enfraquecem a representação política dos trabalhadores.


(*) Sindicalista. Texto publicado originalmente no portal 247: http://www.brasil247.com/pt/colunistas/jacyafonso/249758/A-hora-%C3%A9-de-lutar-por-direitos.htm

Estado mínimo leva à economia política da corrupção



Publicado em Terça, 19 Julho 2016 13:29

Marcio Pochmann*

Se entendida simplesmente por deterioração do interesse com o bem comum, a corrupção não deveria ser considerada como parte intrínseca à natureza humana, incapaz de ser superada. Há sociedades com mais ou menos sinais de corrupção – seja social, descrita, por exemplo, pela criminalidade e prostituição, seja no setor público por subornos, informações privilegiadas, desvios de recursos e outras formas.

A maior transparência na gestão pública, com regulação, fiscalização e monitoramento eficientes, bem como decentes controles políticos, sociais e culturais, tendem a assegurar menor risco à corrupção. Nas sociedades capitalistas, de modo geral, a centralidade do enriquecimento e consumo é difundida, tendo a vantagem de alguns sendo interposta sobre a desvantagem de outros.

É claro que para o pobre o consumo se coloca no primeiro momento enquanto atendimento das necessidades básicas, ao contrário dos segmentos de renda intermediária e ricos. Por conta disso, as desigualdades sociais no capitalismo implicam formas de corrupção de natureza distinta entre as sociedades.

Além disso, os fundamentos capitalistas assentados na existência de mercados competitivos e na propriedade privada dos meios de produção e, por consequência, o sistema de preços dos bens e serviços, tendem também a se contaminar pela corrupção. Isso porque a transformação das estruturas de mercados ao longo do tempo, de livre competição no passado para oligopolista nos dias de hoje, asfixia cada vez mais os mecanismos de controle da corrupção.

Com menos competidores, não apenas no espaço nacional, mas sobretudo pela ação das corporações transnacionais no plano global, a prática dos cartéis privados se generaliza consubstanciada pelas ligações perigosas com os partidos políticos, especialmente nos financiamentos das campanhas eleitorais. Inúmeros casos têm sido divulgados pelos meios de comunicação no mundo.

Com a propriedade privada dos meios de produção e a distribuição tão concentrada, aliada à estrutura oligopolizada dos mercados, a busca de vantagens competitivas avança para dentro dos orçamentos públicos como elemento diferenciador da corrupção moderna.

Em decorrência, o sistema democrático de escolhas públicas ameaça perder consistência e credibilidade, tendo o poder econômico maior influência não apenas na determinação do resultado eleitoral, mas sobretudo na condução das políticas públicas.

Nas eleições, programas de governos são debatidos com a sociedade, porém após o resultado eleitoral deixam, muitas vezes, de ser aplicados, especialmente quando atentam contra os interesses principais do poder econômico dominante. Diante de um sistema econômico operado cada vez mais por poucas e gigantescas empresas de dimensão global, a corrupção pode ser vencida com mais Estado, não menos.

Certamente um Estado distinto do atual, corroído por lobbies e lógicas privadas de favorecimentos particulares, que o distanciam do bem comum. Com menos Estado, conforme pretende o receituário neoliberal, a economia política da corrupção tende a seguir intocável.

(*) Marcio Pochmann é economista e político brasileiro


 Fonte : Diap

Impeachment: Julgamento Político com Balizas Jurídicas



Publicado em Sábado, 16 Abril 2016 09:23
 

Jean Keiji Uema*

O processo de impeachment está previsto constitucionalmente para que se responsabilize, com a perda do mandato mais inabilitação para exercer função pública por oito anos, o Presidente da República, assim como outras altas autoridades políticas e judiciais, em face do cometimento de algum ato caracterizado como “crime de responsabilidade”, assim definido em lei.

Trata-se de um juízo exarado pelo Congresso Nacional sobre a responsabilidade política do Presidente da República. Bem por isso o Ministro Celso de Mello ressalta que, mesmo comprovada a “culpa jurídica”, ainda assim pode haver um juízo político de absolvição no Congresso.

Isso não quer dizer, contudo, que esse julgamento político não tenha que observar balizas jurídicas, notadamente aquelas definidas na Constituição. Isso fica claro, por exemplo, com a obediência obrigatória às regras processuais constitucionais que exigem dois terços dos votos tanto para a admissão da acusação pela Câmara (caput do art. 86), como para o julgamento pelo Senado (parágrafo único do art. 52). Outras regras constitucionais já exigiram pronunciamentos do Supremo sobre a sua mais adequada aplicação, como aquelas relativas ao papel de cada Casa do Congresso no processo de impeachment (julgamento da ADPF 378).

Desse modo, fica claro que os artigos constitucionais sobre o processo de impeachment possuem carga normativa suficiente para pautar a atuação dos parlamentares, servindo-lhes como limite, inclusive; ao tempo que tornam sindicáveis judicialmente os atos legislativos na questão. 

Assim, surge uma questão central colocada no caso presente: para que seja juridicamente possível do ponto de vista constitucional, o julgamento político feito pelo Congresso deve ser precedido de comprovaçãoda prática e da ocorrência de um ato ilegal que se caracterize como crime de responsabilidade, conforme definido na Constituição (art. 85) e na Lei (Lei nº 1.079/50).

Esse comando constitucional é explícito no art. 85. Pela sua importância cabe a transcrição:

“Art. 85. São crimes de responsabilidade os atos do Presidente da República que atentem contra a Constituição Federal e, especialmente, contra:

I - a existência da União;

II - o livre exercício do Poder Legislativo, do Poder Judiciário, do Ministério Público e dos Poderes constitucionais das unidades da Federação;

III - o exercício dos direitos políticos, individuais e sociais;

IV - a segurança interna do País;

V - a probidade na administração;

VI - a lei orçamentária;

VII - o cumprimento das leis e das decisões judiciais.

Parágrafo único. Esses crimes serão definidos em lei especial, que estabelecerá as normas de processo e julgamento.”

Essa é a advertência da Constituição: o Presidente da República, eleito diretamente pelo voto popular (cláusula pétrea), poderá ser submetido ao processo de impeachment, o que poderá inclusive resultar na perda de seu cargo, se, e somente se, cometerem ato tipificado como crime de responsabilidade, assim definidos na lei ordinária especial.

A prática do crime de responsabilidade, pressuposto para o julgamento político que cabe ao Senado Federal (art. 86 da CF), não ficou demonstrada no relatório da comissão especial instaurada para apurar se a denúncia aceita pelo Presidente da Câmara dos Deputados contra a Presidente da República poderia prosseguir.

Essa é a ressalva que está sendo feita para evidenciar a natureza antijurídica da acusação e do relatório apresentado pelo relator na Comissão especial, mesmo sem considerar aquilo que ilegalmente foi acrescentado pelo Relator em seu relatório, conforme decidiu na data de ontem o Supremo Tribunal Federal em julgamento de mandados de segurança (34.130 e 34.131).

Os fatos admitidos para embasar a acusação – as chamadas pedaladas fiscais referentes a subvenções referentes ao Plano Safra e a edição de decretos de crédito suplementares – não configuram crime de responsabilidade. Essa tipificação não restou demonstrada. Pelo contrário, tem sido afastada em diversos pareceres e posicionamentos de juristas.

Em verdade, a abertura dos créditos suplementares ocorreu em estrita observância às regras que disciplinam a matéria, notadamente o art. 167, inciso V, da Constituição e o art. 4º da Lei nº 13.115/2005.

Advirta-se, ainda, que a edição dos decretos se sustenta em pareceres técnicos e jurídicos que os recomendavam, bem como configuram prática consolidada da Administração em governos anteriores e em outros Estados da federação, além de encontrar guarida também na jurisprudência do Tribunal de Contas da União que vigorou até o entendimento firmado em outubro de 2015, pois a mudança da interpretação do TCU se deu apenas no Acórdão 2.461, posteriormente à edição dos decretos em julho e agosto de 2015.

Uma questão nesse ponto é central. A existência do fato típico e a formação da culpa jurídica, ou pelo menos a indicação clara da ocorrência desses pressupostos constitucionais, deveriam estar pelo menos evidenciadas na admissibilidade da acusação. Sem essas evidências, a abertura do procedimento, como ocorreu no caso, caracteriza desvio de finalidade e abuso de poder pela explícita falta de justa causa.

Cabe relembrar que no caso do impeachment do Collor a autorização do processo pela Câmara e o julgamento do processo pelo Senado foram precedidos de uma Comissão Parlamentar de Inquérito que apurou e colheu provas: cheques fantasmas do esquema PC Farias pagavam despesas pessoais do Presidente da República. No presente, não há sequer procedimento administrativo, parlamentar ou judicial que evidencie ou indique a prática e a ocorrência do necessário crime de responsabilidade, o que torna ainda mais difícil qualquer discussão sobre o dolo da Presidente.

Ao contrário, as contas de 2015 sequer foram julgadas pelo órgão competente – o TCU. E como se disse, os atos foram aprovados e recomendados por diversos pareceres administrativos que gozam da presunção de legitimidade. Pergunta-se: e se esses atos forem aprovados? Restitui-se um mandato porventura inconstitucionalmente cassado?

Daí decorre a temeridade de se permitir um julgamento político sobre fatos que juridicamente não restaram caracterizados como crime de responsabilidade. Isso, obviamente, macula e vicia o processo, tornando-o arbitrário do ponto de vista constitucional.


(*) Jean Keiji Uema – Analista Jurídica do Supremo Tribunal Federal, Mestre em Direito Constitucional pela PUC/SP.

Fpnte : DIAP

Observações sobre a reificação

"Sem a experiência de que o outro indivíduo seja um próximo/semelhante, nós não estaríamos em condições de dotá-lo com valores morais que controlam ou restringem o nosso agir; portanto, primeiramente precisa ser consumado esse reconhecimento elementar, precisamos tomar parte (Anteil nehmen) do outro existencialmente, antes de podermos aprender a orientar-nos por normas do reconhecimento que nos intimam a determinadas formas de consideração ou de benevolência." Axel Honneth


HONNETH, Axel. "Observações sobre a reificação". Tradução de Emil Sobottka e Giovani Saavedra. In:_____. Civitas. Porto Alegre, v. 8, n. 1, jan.-abr. 2008, p. 73.

quarta-feira, 24 de agosto de 2016

Último beso


F. Scott Fitzgerald
I

Era una sensación agradabilísima estar en la cima. Tenía la certeza de que todo era perfecto, de que las luces brillaban sobre bellas damas y hombres valientes, de que los pianos nunca desafinaban y de que los labios jóvenes cantaban para corazones felices. Todos aquellos rostros hermosos, por ejemplo, debían ser absolutamente felices.

Y entonces, al son de una rumba crepuscular, un rostro que no era suficientemente feliz pasó ante la mesa de Jim. Ya había pasado cuando Jim llegó a semejante conclusión, pero permaneció en su retina unos segundos más. Era la cara de una chica casi tan alta como él, de ojos opacos y castaños y mejillas tan delicadas como una taza de porcelana china.

-Ya ves -dijo la mujer que lo había acompañado a la fiesta, siguiendo su mirada y suspirando-. Yo lo llevo intentando años, y a otras sólo les cuesta un segundo.

Jim se quedó con las ganas de responder: «Pero tú tuviste tu momento, tres maridos. ¿Qué me dices de mí? Treinta y cinco años y todavía sigo comparando a todas las mujeres con un amor perdido de la adolescencia, buscando todavía en cada chica las semejanzas y no las diferencias».

Cuando las luces volvieron a diluirse deambuló entre las mesas para salir al vestíbulo. Los amigos lo llamaban desde todas partes, más numerosos que nunca, porque la noticia de su contrato como productor la había publicado el Hollywood Reporter aquella mañana, pero Jim ya había escalado posiciones otras veces, y estaba acostumbrado. Era un baile benéfico y en la barra, preparado para su actuación, había un hombre con un traje hecho con papel pintado, y Bob Bordley, vestido de hombre anuncio, con un cartel que decía:

Esta noche a las diez
En el estadio de hollywood
Sonja heine patinará
Sobre sopa caliente


A su lado Jim vio al productor al que le quitaría el puesto al día siguiente, bebiéndose sin ningún tipo de suspicacia una copa con el agente que había contribuido a su ruina. Y con el agente estaba la chica cuya cara le había parecido triste mientras bailaba la rumba.

-Ah, Jim -dijo el agente-, Pamela Knighton, tu futura estrella.

La chica lo miró llena de ilusión profesional. Lo que el agente le había dicho era: «Atención. Este es alguien».

-Pamela se ha unido a mi cuadra -dijo el agente-. Quiero que cambie su nombre por el de Boots.

-Creía que habías dicho Toots -rió la chica.

-Toots o Boots. Es por el sonido de la doble o: el sonido doble o. Se te queda. Pamela es inglesa. Su verdadero nombre es Sybil Higgins.

Jim se dio cuenta de que el productor destituido lo miraba con algo infinito en la mirada. No era odio, no era envidia, sino un asombro profundo que parecía preguntar: «¿Por qué? ¿Por qué? Por Dios bendito, ¿por qué?». Más preocupado por aquella mirada que por su enemistad, Jim se sorprendió a sí mismo invitando a bailar a la chica inglesa. Y cuando se miraron en la pista de baile se sintió exultante.

-Hollywood está bien -dijo, como para anticiparse a alguna crítica-. Le gustará. A la mayoría de las chicas inglesas les gusta: no esperan demasiado. He tenido suerte al trabajar con inglesas.

-¿Es usted director?

-He hecho de todo… desde agente de prensa en adelante. Acabo de firmar un contrato para trabajar como productor a partir de mañana.

-Me gusta esto -dijo la chica al cabo de unos segundos-. Siempre se tienen esperanzas. Y si no se cumplen, siempre podré volver a dar clases en el colegio.

Jim se apartó un poco para mirarla: la impresión era de escarcha rosa y plata. Se parecía tan poco a una maestra de escuela, a una maestra de escuela del Oeste, que se echó a reír. Y otra vez notó que había algo triste y un poco perdido en el triángulo que formaban sus labios y sus ojos.

-¿Con quién ha venido? -preguntó Jim.

-Con Joe Becker -era el nombre del agente-. He venido con otras tres chicas.

-Tengo que salir media hora. Tengo que ver a alguien… No me lo estoy inventado. Créame. ¿Quiere acompañarme y tomar un poco el aire?

Ella asintió.

Camino de la puerta pasaron junto a la mujer que lo había acompañado a la fiesta: dedicó una mirada inescrutable a la chica y a Jim un gesto apenas perceptible con la cabeza. Fuera, en la noche clara de California, Jim apreció por primera vez su gran coche nuevo: le gustaba más que el hecho de usarlo. Las calles por las que pasaban estaban tranquilas a aquella hora y la limosina se deslizaba silenciosamente a través de la oscuridad. La señorita Knighton esperó a que Jim hablara.

-¿De qué daba clases en el colegio? -preguntó.

-Enseñaba a sumar. Dos y dos son cinco y todo eso.

-Es un buen salto, de la escuela a Hollywood.

-Es una larga historia.

-No puede ser muy larga: no debe de tener más de dieciocho años.

-Veinte. ¿Cree que soy demasiado mayor? -preguntó con ansiedad.

-¡No, por Dios! Es una edad estupenda. Yo lo sé: yo tengo veintiuno y la arteriosclerosis sólo está en sus comienzos.

Lo miró muy seria, calculando su edad, pero sin decirla.

-Me gustaría oír esa larga historia.

La chica suspiró.

-Bueno, todos los hombres mayores se enamoraban de mí. Mayores, muy mayores. Era la novia de un viejo.

-¿Vejestorios de veintidós años?

-Andaban entre los sesenta y los setenta. Es absolutamente cierto. Así que me convertí en una aventurera y los exprimí bien hasta que tuve el dinero suficiente para irme a Nueva York. El primer día, Joe Becker me vio en el Veintiuno.

-¿Así que nunca ha trabajado en el cine?

-Ah, sí; he hecho una prueba esta mañana.

Jim sonrió.

-¿Y no le remuerde la conciencia por haberles sacado el dinero a todos esos viejos? -inquirió.

-Pues no -dijo, con sentido práctico-. Disfrutaban dándomelo. Y ni siquiera era dinero. Cuando querían hacerme un regalo, los mandaba a un joyero que yo conocía y luego yo devolvía el regalo y el joyero me daba las cuatro quintas partes de lo que valía.

-¡Vaya, es usted una pequeña estafadora!

-Sí -admitió muy tranquila-; me enseñó una amiga. Y estoy dispuesta a conseguir todo lo que pueda.

-¿Y no les importaba… a los viejos, me refiero… que no se pusiera las joyas que le regalaban?

-Ah, me las ponía… una vez. Los viejos no ven muy bien, o se les olvidan las cosas. Por eso no tengo ninguna joya -calló-. Creo que aquí las puedes alquilar.

Jim volvió a mirarla y se echó a reír.

-Yo no me preocuparía por eso. California está llena de viejos.

Habían torcido hacia una zona residencial. Al doblar la esquina Jim le avisó al chofer.

-Pare aquí -se volvió hacia Pamela-: Tengo que solucionar un asunto feo.

Jim miró su reloj, se apeó del coche y atravesó la calle hacia un edificio con la placa de un consultorio médico. Dejó atrás la placa, despacio, y entonces un individuo salió del edificio y lo siguió. En la oscuridad, entre dos farolas, Jim se le acercó, le dio un sobre y le dijo algo. El hombre se alejó en dirección contraria y Jim volvió al coche.

-Voy a cargarme a todos los viejos -explicó-. Hay cosas peores que la muerte.

-Ah, pero ahora no estoy libre -le aseguró-. Tengo novio.

-Ah… -y un momento después preguntó-: ¿Un inglés?

-Claro, naturalmente. ¿No le parece que…? -se detuvo demasiado tarde.

-¿Que los norteamericanos somos poco interesantes?

-No, no… -su tono despreocupado lo empeoró. Y cuando sonrió, en el momento en que una luz voltaica la iluminó y envolvió su belleza en un fulgor blanco, resultó aún más impertinente-. Ahora cuéntemelo -dijo-. Cuénteme el misterio.

-Dinero -contestó Jim casi ausente-. Ese medicucho griego le ha dicho a cierta dama que tiene mal el apéndice… y nosotros la necesitamos para una película. Así que lo hemos comprado. Es la última vez que hago el trabajo sucio de otro.

La chica frunció el entrecejo.

-Pero ¿necesita que la operen de apendicitis?

Jim se encogió de hombros.

-Probablemente no. Por lo menos esa rata no lo sabe. Es su cuñado y quiere el dinero.

Después de una larga pausa, Pamela sentenció:

-Un inglés no haría eso.

-Algunos lo harían -respondió Jim lacónicamente-, y algunos norteamericanos no.

-Un caballero inglés no lo haría.

-Me parece que está empezando con mal pie -sugirió Jim- si lo que quiere es trabajar aquí.

-Ah, los norteamericanos me encantan, los civilizados.

Por su manera de mirarlo, Jim dedujo que lo incluía en ese grupo, pero, lejos de tranquilizarlo, aquello le pareció un ultraje.

-Se la está jugando -dijo-. La verdad es que no sé cómo se ha atrevido a acompañarme. Podría llevar un penacho de plumas bajo el sombrero.

-No lleva sombrero -dijo la chica, muy tranquila-. Además, Joe Becker me lo dijo. Que a lo mejor conseguía algo.

Después de todo era productor, y jamás se llega a nada importante perdiendo la calma, salvo si es a propósito.

-Estoy seguro de que algo conseguirá -dijo, y mientras hablaba se daba cuenta de que un tono traidor y rastrero le cambiaba furtivamente la voz.

-¿De verdad? -preguntó la chica-. ¿Cree que destacaré, o sólo soy una del montón?

-Ya está destacando -continuó Jim en el mismo tono-. En el baile todo el mundo la miraba -se preguntaba si lo que estaba diciendo se acercaba a la verdad. ¿O era una invención suya que la chica era única?-. Usted es un nuevo tipo de mujer -continuó-. Una cara como la suya le daría a las películas norteamericanas un… un aire más civilizado.

Había apuntado bien, pero para su inmensa sorpresa la flecha rebotó.

-¿Lo cree de verdad? -exclamó-. ¿Va a darme una oportunidad?

-Por supuesto -no podía creer que su ironía estuviera errando el blanco-. Pero, claro, después de esta noche tendré tantos competidores que…

-Ah, yo preferiría trabajar con usted -declaró-. Se lo diré a Joe Becker.

-No le diga nada -la interrumpió.

-Muy bien, no se lo diré. Haré lo que usted me diga.

Tenía los ojos muy abiertos, expectantes. Trastornado, Jim sentía que las palabras acudían a sus labios y se le escapaban sin querer. Cuánta inocencia y cuánto afán de rapiña podía cobijar aquella dulce voz inglesa.

-La desperdiciarían en papeles sin importancia -empezó a decir-. Se trata de conseguir un gran papel -se interrumpió y volvió a empezar-: Tiene usted una personalidad tan arrolladora que…

-¡No, por favor! -Jim vio un destello de lágrimas en la comisura de sus ojos-. Déjeme que lo consulte con la almohada. Llámeme por la mañana, o cuando me necesite.

El coche se detuvo ante la larga alfombra roja que conducía a la fiesta. Al ver a Pamela, la multitud se arremolinó grotescamente bajo el chorro de luz deslumbradora de los focos. Tenían los cuadernos de autógrafos preparados, pero, incapaces de reconocerla, volvieron a suspirar tras el cordón de seguridad.

A través de la pista, bailando, Jim acompañó a la chica hasta la mesa de Becker.

-No diré una palabra -murmuró. Sacó del bolso una tarjeta con el nombre de un hotel escrito a lápiz-. Si me llegan otras ofertas las rechazaré.

-No, por favor -se apresuró a decir Jim.

-Por favor, sí -le dedicó una sonrisa luminosa y, durante algunos segundos, Jim revivió lo que había sentido al verla por primera vez. En aquel momento la cara de la chica daba una impresión de cálida simpatía, de juventud y sufrimiento a la vez. Se preparó para asestarle una rápida cuchillada final que reventara la burbuja apenas inflada.

-Dentro de un año más o menos… -empezó. Pero la música y la voz de la chica lo acallaron.

-Esperaré su llamada. Usted es… Usted es el norteamericano más civilizado que he conocido nunca.

Ella le dio la espalda como apurada por la magnificencia de aquel cumplido. Jim se dirigía a su mesa, pero, viendo que la mujer que lo había acompañado a la fiesta hablaba con alguien a través de su silla vacía, se desvió. La sala, la noche, le parecían de repente excesivamente ruidosas: la mezcla de música y voces era estridente, sin armonía, y cuando recorrió la sala con la mirada, sólo encontró envidias y odios, egos que redoblaban como tambores en una fanfarria. Y él, en contra de lo que había pensado, no estaba al margen de la batalla.

Iba hacia el guardarropa y pensaba en la nota que le mandaría con un camarero a su acompañante: «Estabas bailando, así que yo…». Entonces se dio cuenta de que estaba muy cerca de la mesa de Pamela Knighton y, desviándose de nuevo, se dirigió hacia la puerta por otro camino.

II
Un productor de cine puede actuar sin inteligencia creativa pero no sin tacto. En aquel momento el tacto absorbía a Jim Leonard, con exclusión de todo lo demás. Quizá el poder debería haberle permitido pasar la diplomacia a un segundo plano, dejándole actuar a su aire, pero en lugar de eso aumentó sus relaciones humanas: con los altos cargos, con los directores, guionistas, actores y técnicos asignados a su unidad, con los jefes de departamento, censores y, por fin, con los «hombres del Este». Pero mantener a raya a una solitaria chica inglesa, que no disponía de otras armas que el teléfono y una nota que le hizo llegar desde recepción, no tendría que haber supuesto ningún problema.


Pasaba por el estudio y me he acordado de usted y de nuestro paseo en coche. He recibido algunas ofertas pero sigo dándole largas a Joe Becker. Si cambio de hotel, le avisaré.


Una ciudad llena de juventud y esperanza pronunciaba aquellas palabras, con sus dos mentiras transparentes y la valiente falsedad de su tono. A la chica no le importaban ni el dinero ni la gloria que protegían los muros inexpugnables. Pasaba por allí simplemente. Simplemente pasaba por allí.

Eso fue dos semanas después. A la semana siguiente, Joe Becker se dejó caer por su despacho.

-¿Te acuerdas de la chica inglesa, Pamela Knighton? ¿Qué te pareció?

-Muy agradable.

-No sé por qué no quiere que hable contigo -Joe miraba por la ventana-. Así que me imagino que no la pasaron demasiado bien aquella noche.

-Claro que la pasamos bien.

-La chica tiene novio, ¿sabes?, un inglés.

-Me lo contó -dijo Jim, molesto-. No intenté ligármela, si es lo que estás insinuando.

-No te preocupes, yo entiendo esas cosas. Sólo quería decirte algo sobre ella.

-¿No le interesa a nadie?

-Sólo lleva un mes aquí. De los comienzos nadie se libra. Sólo quería decirte que cuando entró en el Veintiuno aquel día todos los clientes acudieron como… como moscas. ¿Sabes?, inmediatamente se convirtió en el tema de conversación de todo el restaurante.

-Fantástico, ¿no? -dijo Jim secamente.

-Sí. Y LaMarr también estaba allí ese día. Fíjate: Pam estaba completamente sola, imagino que vestida a la inglesa, nada que llamara la atención: pieles de conejo. Pero brillaba como un diamante.

-No me digas.

-Mujeres duras derramaban lágrimas en su vichysoisse. Elsa Maxwell…

-Joe, tengo que trabajar.

-¿Verás su prueba?

-Las pruebas se hacen para los maquilladores -dijo Jim, impaciente-. De las pruebas que salen bien no me fío. Y de las malas tampoco.

-Tú tienes tus ideas, ¿no?

-A ese respecto, sí. Se han cometido muchas equivocaciones en las salas de proyección.

-Y en los despachos también -dijo Joe poniéndose de pie.

Una semana después llegó otra nota.


Ayer llamé por teléfono y una secretaria me dijo que había salido, y otra que estaba reunido. Si me está dando largas, dígamelo. No voy a rejuvenecer. Es evidente que tengo veintiún años, y parece que usted se ha cargado a todos los viejos.


La cara de la chica se había difuminado. Jim recordaba las mejillas delicadas, los ojos atormentados, como si los hubiera visto en una película hacía mucho tiempo. Sería fácil dictar un carta que hablara de un cambio de planes, de una futura prueba, de imprevistos que harían imposible…

No se sentía satisfecho, pero por lo menos había terminado con aquel asunto. Aquella noche, mientras se tomaba un bocadillo en un bar cercano a su casa, le pareció que su primer mes en el trabajo había sido satisfactorio. Le sobraba tacto. Su equipo funcionaba como la seda. Las sombras que decidían su destino no tardarían en apreciarlo.

Había pocos clientes en el bar. Pamela Knighton era la chica que leía el periódico. Lo miró, sorprendida, por encima del Illustrated London News.

Recordando la carta que tenía en la mesa de su despacho a la espera de firma, Jim pensó hacer como que no la había visto. Dio media vuelta conteniendo la respiración, con el oído atento. Pero nada sucedió, aunque la chica lo había visto, y, avergonzado de su cobardía típica de Hollywood, de nuevo dio media vuelta y la saludó levantando el sombrero.

-Se acuesta tarde, ¿no? -dijo.

Pamela dejó de leer inmediatamente.

-Vivo a la vuelta de la esquina -dijo-. Acabo de mudarme: le he escrito hoy.

-Yo también vivo cerca de aquí.

Ella dejó la revista en el anaquel de los periódicos. El tacto de Jim desapareció. Se sintió repentinamente viejo y agobiado, e hizo la pregunta equivocada.

-¿Cómo van las cosas?

-Ah, muy bien -dijo-. Trabajo en una comedia, una auténtica comedia en el teatro Nuevos Valores de Pasadena. Para ir cogiendo experiencia.

-Me parece muy sensato.

-Estrenamos dentro de dos semanas. Esperaba que viniera.

Salieron juntos y se detuvieron bajo el resplandor del luminoso rojo. En la otra acera de la calle otoñal los vendedores de periódicos gritaban los resultados del fútbol.

-¿Hacia dónde va? -preguntó la chica.

«En dirección contraria a la tuya», pensó Jim, pero cuando ella le indicó hacia dónde iba, la acompañó. Hacía meses que no pisaba Sunset Boulevard, y la mención de Pasadena le recordó la primera vez que llegó a California, hacía diez años. Era el recuerdo de algo nuevo y fresco.

Pamela se detuvo ante unas casitas minúsculas en torno a un patio central.

-Buenas noches -dijo-. No se preocupe si no puede ayudarme. Joe me ha explicado cómo están las cosas, con la guerra y todo eso. Sé que a usted le gustaría ayudarme.

Jim asintió solemnemente, despreciándose a sí mismo.

-¿Está casado? -preguntó la chica.

-No.

-Entonces deme un beso de buenas noches -como Jim dudaba, añadió-: Me gusta que me den un beso de buenas noches. Duermo mejor.

La abrazó tímidamente y se inclinó para acercarse a sus labios, apenas rozándolos… y pensó de pronto que ya no podría mandarle la carta que tenía sobre la mesa… y le gustó abrazarla.

-Ya ve que no es nada -dijo ella-, sólo como amigos. Para darnos las buenas noches.

Camino de la esquina Jim dijo en voz alta:

-Bueno, me condenaré.

Y siguió repitiéndose la siniestra profecía hasta después de haberse acostado.

III

Tres noches después del estreno de la obra de Pamela, Jim fue a Pasadena y sacó una entrada para la última fila. Entró en un teatro diminuto y fue el primero en llegar, prescindiendo de los acomodadores que revoloteaban por la sala y el parloteo que se mezclaba con los martillazos entre bastidores. Pensó en emprender una discreta retirada, pero lo tranquilizó la llegada de un grupo de cinco personas, entre las que se encontraba el ayudante de Joe Becker. Las luces se apagaron; sonó un gong; para un público de seis personas comenzó la obra.

Jim observaba a Pamela; delante de él, los otros cinco espectadores juntaban sus cabezas y cuchicheaban después de cada escena en la que aparecía la chica. ¿Era buena? No le cabía la menor duda. Pero, entre tantas películas como se exhiben en medio mundo, el don natural del talento era una rareza. Existía alguna remota posibilidad, y suerte. Él era la suerte. Quizá fuera la suerte para esa chica, si confirmaba que lo que ella le hacía sentir por dentro era universal. Las estrellas ya no se creaban por el capricho de un hombre, como en los días del cine mudo, pero seguía habiendo aspirantes, pruebas, oportunidades. Cuando cayó el telón, con el aire doméstico de una persiana, fue a los bastidores por el simple procedimiento de atravesar una puerta lateral. Ella lo estaba esperando.

-Hubiera preferido que no viniera esta noche -dijo-. Ha sido un fracaso. La noche del estreno hubo lleno, y estuve mirando a ver si lo veía.

-Ha estado usted muy bien -dijo Jim tímidamente.

-No, no. Tendría que haberme visto el otro día.

-He visto suficiente -dijo-. Le voy a dar un pequeño papel. ¿Puede venir al estudio mañana?

Observaba la expresión de Pamela. En su mirada, en la curva de los labios, brilló una pena repentina y abrumadora.

-Ay -dijo-. Lo siento muchísimo. Joe invitó a alguna gente y al día siguiente firmé un contrato con Bernie Wise.

-¿De verdad?

-Sabía que usted estaba interesado y al principio no me di cuenta de que usted sólo era una especie de supervisor. Creí que tenía más poder… -se interrumpió antes de asegurarle con fastidio-: Usted me cae mejor. Es mucho más civilizado que Bernie Wise.

Sintió una punzada de dolor y contrariedad. Muy bien, por lo menos era civilizado.

-¿Puedo llevarla hasta Hollywood? -le preguntó.

Atravesaron una noche de octubre suave como si fuera de abril. Al cruzar un puente, Jim hizo un gesto señalándole las alambradas que coronaban el pretil, y Pamela asintió.

-Sé lo que es -dijo-. ¡Qué estupidez! Los ingleses no se suicidan si no consiguen lo que quieren.

-Lo sé. Se vienen a Estados Unidos.

Pamela se echó a reír y lo miró, como apreciando su valor. Sí, podría hacer con él lo que quisiera. Apoyó la mano en la mano de Jim.

-¿Hay beso esta noche? -sugirió Jim un rato después.

Pamela miró al chofer, aislado en su compartimiento.

-Hay beso esta noche -dijo ella.

Al día siguiente viajó al Este en avión, en busca de jóvenes actrices que fueran exactamente igual que Pamela Knighton. Tenía tanto interés, que cualquier mirada que sugiriera melancolía, cualquier voz con claro acento inglés, lo predisponían. Parecía un intento desesperado de encontrar a alguien exactamente igual que aquella chica. Entonces, cuando un telegrama reclamó que volviera urgentemente a Hollywood, se encontró con que Pamela caía en sus manos.

-Tienes una segunda oportunidad, Jim -dijo Joe Becker-. No la desaproveches.

-¿Qué ha pasado?

-No tenían un papel para ella. Aquello es un desastre. Así que rompimos el contrato.

Mike Harris, el jefe de los estudios, investigó el asunto. ¿Cómo un cineasta inteligente como Bernie Wise quería prescindir de ella?

-Bernie dice que no sabe actuar -le informó Harris a Jim-. Y además crea problemas. Sigo pensando en Simone y en las dos chicas austriacas.

-La he visto actuar -insistió Jim-. Y tengo trabajo para ella. No pretendo darle nada importante todavía. Me gustaría probarla en un pequeño papel para que la vieras.

Una semana después Jim empujaba la puerta acolchada y entraba preocupado en el plató III. Los extras, en traje de noche, lo miraron en la penumbra; las pupilas se dilataban.

-¿Dónde está Bog Griffin?

-En ese camerino, con la señorita Knighton.

Estaban sentados en un sofá a la luz de una lámpara de tocador, y por el gesto de contrariedad de Pamela, Jim dedujo que el problema era serio.

-No pasa nada -insistía Bob, todo amabilidad-. Somos como una pareja de gatitos. ¿A que sí, Pam?

-Hueles a cebolla -dijo Pamela.

Griffin volvió a intentarlo.

-Hay una manera inglesa de hacer las cosas y una manera norteamericana. Estamos buscando un feliz término medio, eso es todo.

-Hay una manera correcta y una manera estúpida -resumió Pamela-. No quiero empezar pareciendo una imbécil.

-¿Te importa dejarnos solos, Bob? -dijo Jim.

-Claro. Todo el tiempo del mundo.

Jim no la había visto aquella agotadora semana de pruebas, pruebas de vestuario y ensayos, y ahora se daba cuenta de lo poco que sabía acerca de ella, y ella de ellos.

-Parece que estás de Bob hasta la coronilla -dijo.

-Quiere que diga cosas que no diría una persona en su sano juicio.

-De acuerdo, quizá sea así -asintió-. Pamela, ¿desde que estás trabajando aquí has exagerado alguna vez tu papel?

-Bueno… Todo el mundo lo hace alguna vez.

-Escucha, Pamela, Bob Griffin gana casi diez veces más que tú. Por una sencilla razón. No porque sea el director más brillante de Hollywood, que no lo es, sino porque jamás exagera su papel.

-Él no es actor -dijo, confundida.

-Me refiero a su papel en la vida real. Lo escogí para esta película porque de vez en cuando yo exagero mi papel. Pero Bob, no. Firmó un contrato por una suma desproporcionada, que no se merece, que nadie se merece. Pero cobra eso porque tener mano izquierda es la cuarta dimensión de este negocio y Bob ha aprendido a no pronunciar nunca la palabra «yo». Gente que le triplica en talento, productores, actores y directores, se van a pique porque no llegan nunca a aprender eso.

-Sé que me estás echando un sermón -dijo Pamela, insegura-. Pero creo que no te entiendo. Una actriz tiene su propia personalidad…

Jim asintió.

-Y nosotros le pagamos cinco veces lo que podría conseguir en cualquier otro sitio: con tal de que sea capaz de no estorbar al resto del equipo. Tú nos estás estorbando a todos, Pamela.

«Creí que eras mi amigo», dijeron los ojos de Pamela.

Le habló durante algunos minutos más. Todo lo que dijo lo decía de corazón, pero como había besado esos labios dos veces, supo que era ayuda y protección lo que esperaban de él. Todo lo que había conseguido era sorprenderla por no estar de su parte. Sintiéndose un poco desconcertado, y triste al verla sola, se asomó a la puerta del camerino y gritó:

-¡Eh, Bob!

Jim fue a resolver otros asuntos. Volvió a su despacho, donde Mike Harris lo estaba esperando.

-Esa chica vuelve a crear problemas.

-Acabo de estar allí.

-Me refiero a hace cinco minutos -gritó Harris-. Desde que te fuiste ha estado causando problemas. Bob Griffin ha tenido que suspender el rodaje por hoy. No podía más.

Bob entró.

-Hay gente con la que no parece haber manera de… con la que no encuentras cómo…

Se produjo un momento de silencio. Mike Harris, disgustado por la situación, sospechó que Jim tenía un lío con la chica.

-Denme de plazo hasta mañana por la mañana -dijo Jim-. Creo que puedo resolver el asunto.

Griffin titubeó pero vio en la mirada de Jim una petición personal, un ruego tras el que había diez años de relaciones.

-De acuerdo, Jim -dijo.

Cuando se fueron, Jim llamó a Pamela por teléfono. Sucedió lo que casi había esperado, pero el alma se le cayó a los pies cuando le contestó una voz de hombre.

IV

A excepción de las enfermeras, una actriz es la presa más fácil para un hombre sin escrúpulos. Jim había aprendido que en el fondo de los problemas o fracasos de una actriz muchas veces existía un timador bien hablado pero indigno de confianza, que hacía valer su masculinidad por la vía del entrometimiento, los regaños a medianoche y los malos consejos. La técnica del individuo consistía en empequeñecer el trabajo de la mujer y en poner en cuestión incesantemente las razones y la inteligencia de las personas para quienes ella trabajaba.

Cuando Jim llegó al hotel de Beverly Hills al que Pamela se había mudado, eran más de las seis. En el patio, una fuente fresca salpicaba agua estúpidamente entre la niebla de diciembre, y Jim oyó la fuerte voz del mayor Bowes que sonaba en tres radios distintas.

Cuando se abrió la puerta del apartamento, Jim se quedó asombrado. El hombre era viejo: un inglés encorvado y mustio, con la cara colorada, un color invernal que se iba apagando. Iba en bata -una bata vieja- y zapatillas, e invitó a Jim a sentarse con aire de estar en su casa. Pamela llegaría enseguida.

-¿Es usted familia? -preguntó Jim, perplejo.

-No. Pamela y yo nos hemos conocido aquí, en Hollywood, extranjeros en tierra extraña. ¿Trabaja usted en el cine, señor… señor…?

-Leonard -dijo Jim-. Sí, actualmente soy el jefe de Pamela.

La mirada del hombre cambió: los ojos lagrimosos se aguzaron, los párpados viejos se endurecieron al entornarse. La boca se curvó hacia abajo, se tensó: Jim contemplaba una expresión de absoluta perversidad. Inmediatamente, las facciones volvieron a suavizarse, a ser los rasgos de un anciano.

-Espero que traten a Pamela como se merece.

-¿Usted ha trabajado en el cine? -preguntó Jim.

-Hasta que me falló la salud. Pero sigo en la lista de actores de los estudios y conozco perfectamente el mundo del cine y el alma de sus dueños y…

Calló de repente. La puerta se abrió y entró Pamela.

-Vaya, hola -dijo, sorprendida-. ¿Se conocen? El honorable Chauncey Ward… El señor Leonard.

Su radiante belleza, que apareció como arrebatada al clima y al viento, le cortó la respiración a Jim unos segundos.

-Pensaba que ya me habías recordado mis pecados esta tarde -dijo Pamela, con cierto tono de desafío.

-Quería hablar contigo fuera de los estudios.

-No aceptes que te bajen el salario -dijo el viejo-. Es un truco muy viejo.

-No es eso, señor Ward -dijo Pamela-. El señor Leonard ha sido amigo mío hasta ahora. Pero hoy el director pretendía que yo hiciera el ridículo y el señor Leonard lo ha apoyado.

-Están todos de acuerdo -dijo el señor Ward.

-Me pregunto si… -empezó a decir Jim-. ¿Podríamos hablar a solas?

-El señor Ward es de confianza -dijo Pamela, frunciendo el ceño-. Lleva aquí veinticinco años y se puede decir que es mi representante.

Jim se preguntó de qué profunda soledad habría surgido aquella relación.

-Me han dicho que ha vuelto a haber problemas en el plató -dijo.

-¡Problemas! -Pamela abrió mucho los ojos-. El ayudante de Griffin me insultó y yo lo oí. Y me fui. Y si Griffin me manda disculpas contigo, no las acepto. A partir de ahora nuestra relación será estrictamente profesional.

-Griffin no te pide disculpas -dijo Jim, incómodo-. Te da un ultimátum.

-¡Un ultimátum! -exclamó Pamela-. Tengo un contrato y tú eres su jefe, ¿no?

-Hasta cierto punto -dijo Jim-; pero está claro que las películas se hacen en equipo y…

-Déjame entonces que pruebe con otro director.

-Lucha por tus derechos -dijo el señor Ward-. Es lo único que les impresiona.

-Se ha empeñado usted en destruir a esta chica -dijo Jim sin levantar la voz.

-No nos asusta -gritó Ward-. Conozco bien a la gente como usted.

Jim volvió a mirar a Pamela. No podía hacer nada. Si estuvieran enamorados y le pareciera aquel momento la ocasión de avivar la chispa de pasión que compartían, habría podido influir sobre ella. Pero era demasiado tarde. Era como si sintiera que, fuera de aquellas cuatro paredes, los rápidos engranajes de la industria giraban en la oscuridad de Hollywood. Sabía que, cuando el estudio abriera a la mañana siguiente, Mike Harris tendría nuevos proyectos en los que Pamela no figuraba.

Titubeó unos minutos más. Era un hombre apreciado, joven todavía, respetado por todos. Podría responsabilizarse de aquella chica, ponerle un profesor de arte dramático. Le dolía verla cometer semejante error. Y, por otra parte, temía que ciertas personas le hubieran aguantado demasiadas cosas, echándola a perder para una carrera como la que había elegido.

-Hollywood no es un lugar demasiado civilizado -dijo Pamela.

-Es una jungla -ratificó el señor Ward-. Es un nido de alimañas al acecho.

Jim se levantó.

-Bueno, uno que se va a acechar a otra parte -dijo-. Pam, lo siento mucho. Si piensas así, creo que lo más sensato sería que volvieras a Inglaterra y te casaras.

Hubo un destello de duda en los ojos de Pamela. Pero la confianza en sí misma y la egolatría juvenil pesaban más que la razón: no se daba cuenta de que en aquel preciso momento se le presentaba una oportunidad que iba a perder para siempre.

Porque ya la había perdido cuando Jim dio media vuelta y se fue. Aquello sucedió semanas antes de que llegara a darse cuenta de lo que había pasado. Recibió el salario de varios meses -Jim se preocupó de que así fuera-, pero no volvió a pisar aquel plató. Ni ningún otro. Sin mediar palabra, había sido incluida en la lista negra que no está escrita en ningún papel pero que funciona durante las partidas de backgammon que siguen a la cena o camino de las carreras de caballos. Hombres influyentes la miraban con interés, se fijaban en ella en algún restaurante, pero todas las averiguaciones que hacían terminaban en el mismo punto muerto.

Resistió durante meses: incluso mucho después de que Becker se desinteresara de sus asuntos y ella desapareciera de esos lugares a los que la gente va para que la vean. Y ni el dolor ni el desaliento la mataron: murió en junio de muerte natural.

V

Cuando Jim se enteró no podía creerlo. Supo por casualidad que estaba en el hospital con neumonía, llamó por teléfono y le dijeron que había muerto. Sybil Higgins, actriz, inglesa, de veintiún años.

Había dado el nombre del viejo Ward como la persona que debía ser informada y Jim le mandó dinero para cubrir los gastos del entierro, con el pretexto de algún salario retrasado. Temiendo que Ward sospechara la procedencia del dinero, no fue al funeral, pero visitó la tumba una semana después.

Era un espléndido e interminable día de junio, y se quedó una hora. La ciudad estaba llena de jóvenes que se contentaban con respirar y ser felices y era un sinsentido que la chica inglesa no estuviera entre ellos. Seguía dándoles vueltas y vueltas a las cosas, en busca de algo que hubiera podido salvarla, pero era demasiado tarde. Aquella escarcha rosa y plata se había disuelto. Dijo adiós en voz alta y prometió volver.

En el estudio reservó una sala de proyección y pidió las pruebas que Pamela había hecho y los metros de película que le había dado tiempo de rodar. Se acomodó en la oscuridad en un sillón de piel y apretó el botón para que empezara.

En la prueba Pamela vestía el traje de noche que llevaba en el baile donde la conoció. Parecía muy feliz, y Jim se alegró de que por lo menos hubiera gozado de aquella felicidad. Llegaron las imágenes de la película, entrecortadas, con la voz de Bob Griffin al fondo y las claquetas que señalaban el número de cada secuencia. Entonces llegó la última toma y Jim se sobresaltó: Pamela dejaba de mirar a la cámara y murmuraba:

-Preferiría morirme antes que hacer eso.

Jim se levantó y volvió a su despacho, y buscó y leyó una vez más las tres notas que ella le había mandado.

…Pasaba por el estudio y me he acordado de usted y de nuestro paseo en coche.

Pasaba por el estudio. En primavera lo había llamado dos veces por teléfono, lo sabía, y le hubiera gustado verla. Pero no podía ayudarla, y le hubiera dolido decírselo.

«No soy muy valiente», se dijo Jim. Incluso en aquel momento tenía metido el miedo en el corazón, miedo de que aquello acabara obsesionándolo, poseyéndolo, como aquel recuerdo de la juventud. No quería ser desdichado.

Y unos días después se quedó trabajando hasta muy tarde en la sala de doblaje, y luego fue a tomar un bocadillo al bar que había cerca de su casa. Era una noche de calor y había muchos jóvenes bebiendo refrescos. Estaba pagando cuando vio a alguien en la estantería de los periódicos, que lo miraba por encima de una revista abierta. Se detuvo. No quería volverse a mirar, para llevarse la desilusión de un simple parecido. Pero tampoco quería irse.

Oyó cómo pasaban una página, y vio por el rabillo del ojo la portada de la revista: The Illustrated London News.

No sintió miedo: pensaba con demasiada rapidez, con demasiada desesperación: si aquello fuera real y pudiera asirse a ella para recuperarla, y volver a empezar desde aquel mismo instante, desde aquella noche.

-Aquí tiene la vuelta, señor Leonard.

-Gracias.

Sin atreverse a mirar, se dirigió a la puerta y entonces la revista se cerró, y la dejaron en la estantería, y oyó la respiración de alguien a su lado, muy cerca. Los vendedores de periódicos voceaban un número extra en la acera de enfrente, y entonces tomó la dirección contraria a su casa, el camino de ella, y oyó cómo ella lo seguía: las pisadas eran tan claras que aminoró el paso con la sensación de que a ella le costaba seguirlo.

Frente al patio de los apartamentos la abrazó para sentir más cerca su radiante belleza.

-Dame un beso de buenas noches -dijo ella-. Me gusta que me den un beso de buenas noches. Duermo mejor.

«Duerme entonces», pensó mientras daba la vuelta y se alejaba. «Duerme. Fue imposible: cuando me encontré con tu belleza, no quise malgastarla, pero la malgasté, no sé cómo. Duerme. Es lo único que te queda.»

FIN

“Last Kiss”, 1949


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