sexta-feira, 28 de agosto de 2015

A mis críticos




Si supiérais con qué piedad os miro
y cómo os compadezco en esta hora.
En medio de la paz de mi retiro
mi lira es más fecunda y más sonora.

Si con ello un pesar mayor os causo
y el dedo pongo en vuestra llaga viva,
sabed que nunca me importó el aplauso
ni nunca me ha importado la diatriba.

¿A qué dar tanto pábulo a la pena
que os produce una lírica victoria?
Ya la posteridad, grave y serena,

al separar el oro de la escoria
dirá cuando termine la faena,
quién mereció el olvido y quién la gloria.

Julio Flórez...Colombia

Biblioteca Digital Ciudad Seva


El marido cura





Cuento provenzal

Entre la villa de Menerbe, en el condado de Aviñón, y la de Apt, en Provenza, existe un pequeño convento de carmelitas, muy apartado, que se llama Saint-Hilaire, asentado en la cima redondeada de una montaña en la que a las mismísimas cabras les resulta difícil pastar; esa pequeña residencia es, poco más o menos, como la cloaca de todas las comunidades cercanas del Carmelo, todas relegan allí cuanto las deshonra, por lo que fácil es juzgar lo refinada que debía de ser la sociedad de semejante casa: bebedores, mujeriegos, sodomitas, tahúres... tal es, poco más o menos, la noble composición de los recluidos que en ese escandaloso asilo ofrecen a Dios, como pueden, unos corazones que el mundo desecha. Uno o dos castillos cercanos y el burgo de Menerbe, que está a solo una legua de Saint-Hilaire, esa es toda la compañía de esos buenos religiosos, que, a pesar de su hábito y de su condición, distan mucho de encontrar abiertas todas las puertas de sus alrededores.

Hacía mucho tiempo que el padre Gabriel, uno de los santos de aquel cenobio, codiciaba a cierta mujer de Menerbe, cuyo marido, cornudo si alguna vez hubo alguno, era el señor Rodin. La señora Rodin era una jovencita morena, de veintiocho años de edad, mirada pícara, y que tenía todas las trazas de ser un excelente bocado de monje. En cuanto al señor Rodin, era un buen hombre que cultivaba su hacienda sin abrir la boca; había sido tratante de paños, había sido también funcionario municipal; era, pues, lo que se llama un honesto burgués. No demasiado seguro de la castidad de su tierna mitad, era, sin embargo, lo bastante filósofo como para saber que la mejor manera de contener el crecimiento excesivo de un «tocado» de marido, es la de dar la impresión de no sospechar que se lleva. Había estudiado para ser cura, hablaba latín como Cicerón y jugaba a las damas muy a menudo con el padre Gabriel, quien, como hábil y solícito cortesano, sabía que hay que hacer siempre un poco la corte al marido de la mujer que se desea.

El padre Gabriel era el verdadero semental de los hijos de Elías: al verle se hubiera podido decir que toda la raza humana podía delegar en él con tranquilidad el cuidado de su reproducción; hacedor de niños, si hubo uno alguna vez con unas sólidas espaldas, una cintura del diámetro de una vara, un rostro negro y tostado por el sol, las cejas como las de Júpiter, seis pies de estatura, y en cuanto a lo que caracteriza especialmente a un carmelita, de un tamaño, que, según decían, igualaba al de los mejores mulos de la provincia. ¿A qué mujer no le va a gustar soberanamente estafermo semejante? Y por esto mismo agradaba en sumo grado a la señora Rodin, que distaba mucho de encontrar tan sublimes facultades en el pobre diablo que sus padres le habían dado por esposo.

El señor Rodin, ya lo dijimos, fingía cerrar los ojos a todo, pero no por eso se sentía menos celoso; no despegaba los labios, pero seguía allí, y seguía estando allí en ocasiones en que le hubieran deseado muy lejos; la fruta, no obstante, estaba madura. La candorosa Rodin había confesado lisa y llanamente a su amante que ya solo esperaba la ocasión para corresponder a unos deseos que le parecían demasiado fogosos como para reprimirlos por más tiempo, y por su parte el padre Gabriel había hecho saber a la señora Rodin que estaba dispuesto a satisfacerla... En un brevísimo intervalo en que Rodin había tenido que salir, Gabriel había llegado a enseñarle a su encantadora amante esa clase de cosas que hacen que una mujer se decida por mucho que lo siga dudando... No faltaba, pues, más que la ocasión.

Un día en que Rodin había ido a invitar a almorzar a su amigo de Saint-Hilaire, con la intención de proponerle una cacería, tras vaciar varias botellas de vino de Lanerte, Gabriel creyó ver en esa circunstancia el momento propicio para su deseos.

-Oh, diablos, señor funcionario -dice el monje a su amigo-, ¡cómo me alegro de veros! No habríais podido venir, para mí, más oportunamente, pues hoy tengo un asunto de la mayor importancia en el que me vais a ser de una utilidad incomparable.

-¿De qué se trata, padre?

-¿Conocéis a un tipo de nuestra ciudad llamado Renoult?

-¿Renoult el sombrerero?

-El mismo.

-¿Y qué?

-Pues que ese bribón me debe cien escudos y me acabo de enterar hace un momento que se encuentra al borde de la quiebra; tal vez mientras os lo estoy contando se ha ido ya del Condado... Tengo que ir allí sin pérdida de tiempo y no puedo.

-¿Qué os lo impide?

-Mi misa, ¡qué diablos!, la misa que tengo que decir; preferiría que la misa se fuera al infierno y que los cien escudos estuvieran en mi bolsillo.

-Pero, ¿no os pueden conceder una dispensa?

-Oh, sí, una dispensa, ¡no faltaba más! Nosotros aquí somos tres; si no dijéramos tres misas cada día, el portero, que no dice nunca ni una, nos denunciaría al tribunal de Roma. Pero hay un modo de ayudarme, querido amigo, pensad si queréis hacerlo, solo depende de vos.

-A vuestra disposición, ¡qué diablos! ¿De qué se trata?

-Yo estoy aquí solo con el sacristán; como las dos primeras misas ya se han celebrado, nuestros monjes están fuera y nadie sospechará la jugada, la asistencia será poco numerosa, algunos campesinos y todo lo más, tal vez esa jovencita tan devota que vive en el castillo de... a media legua de aquí, criatura angelical que se cree que a fuerza de penitencias puede expiar todas las calaveradas de su marido; vos habéis estudiado para ser cura, creo que eso me dijisteis.

-Es cierto.

-Muy bien, entonces habréis tenido que aprender a decir misa.

-La digo como un arzobispo.

-Oh, mi querido y excelente amigo -prosigue Gabriel, lanzándose al cuello de Rodin- por Dios, poneos mis hábitos, esperad a que den las once, ahora son las diez, a esa hora celebrad mi misa, os lo ruego; nuestro hermano el sacristán es un buen tipo que no nos traicionará jamás; a los que hayan creído no reconocerme se les dirá que se trata de un monje nuevo, a los demás se les dejará en su error; corro a casa de ese pillo de Renoult, a matarle o a recuperar mi dinero, y dentro de dos horas estoy aquí. Me esperáis, os encargáis de que frían los lenguados, de que guisen los huevos y de que saquen el vino; cuando vuelva, almorzamos y a la caza... Sí, amigo mío, a la caza, y estoy seguro de que esta vez será magnífica; según se dice, han visto hace poco por estos alrededores a una bestia con cuernos, ¡pardiez, me gustaría atraparla, aunque eso nos cueste veinte pleitos con el señor de la comarca!

-Vuestro plan es bueno -contesta Rodin- y por haceros un favor haría lo que fuera, sin duda; pero, ¿no será eso pecado?

-¿Pecado, amigo mío? En absoluto, tal vez sería pecado si al hacerlo se hace mal, pero haciéndolo desprovisto de poderes, todo lo que digáis y nada será la misma cosa. Creedme, soy todo un casuista; en todo este asunto no hay lo que se dice ni un pecado venial.

-Pero, ¿habrá que pronunciar las palabras?

-¿Y por qué no? Esas palabras no guardan su virtud más que en nuestros labios, y por cierto que la nuestra es... pero, amigo mío, mirad, yo podría pronunciar esas palabras sobre el bajo vientre de vuestra mujer y metamorfosearía en un dios al templo en donde hacéis vuestros sacrificios... No, no, querido amigo, solo nosotros tenemos el poder de la transubstanciación; vos podríais pronunciar veinte mil veces esas palabras y nunca conseguiríais que descendiera cosa alguna; e incluso con nosotros la operación carece muy a menudo de toda eficacia; la fe es lo que lo hace todo en este caso; con un grano de fe se podrían mover montañas, Jesucristo lo dijo, como bien sabéis, pero quien no tiene fe, no consigue nada... Yo, por ejemplo, que, a veces, cuando estoy celebrando, pienso más en las muchachas o en las mujeres que asisten a ella que en ese demonio de pedazo de mesa que remuevo con mis dedos, ¿creéis que consigo que venga algo en ese momento...? Me sería más fácil creer en el Corán que meterme eso en la cabeza. Por eso vuestra misa será, por poco que hagáis, tan buena como la mía; así, pues, querido amigo, obrad sin escrúpulos, y sobre todo mucho valor.

-¡Diantre! -exclama Rodin-. Es que tengo un hambre devoradora y dos horas más sin comer...

-¿Y qué os impide tomar un bocado? Tomad, comed esto.

-¿Y la misa que tengo que decir?

-Diablos, ¿qué importa eso? ¿Creéis que Dios va a ensuciarse más porque caiga en un estómago lleno que en un vientre vacío? Que la comida esté encima o que esté debajo, que me lleve el diablo si no da lo mismo; vamos, amigo mío, si fuera a decir a Roma todas las veces que desayuno antes de decir mi misa, tendría que pasarme la vida por los caminos. Y como no sois sacerdote, nuestras reglas no os obligan, no vais más que a dar una imagen de la misa, no vais a decirla; por consiguiente, podéis hacer todo lo que os apetezca antes o después, incluso besar a vuestra mujer si viniera aquí; no se trata de hacer como hago yo, no se trata de celebrar ni de consumar el sacrificio.

-Venga -contesta Rodin-, lo haré, estad tranquilo.

-Bien -dice Gabriel mientras sale corriendo, tras dejar a su amigo bien recomendado al sacristán-. Contad conmigo, amigo mío, antes de dos horas estaré con vos -y el monje, encantado, desaparece.

Como bien se comprenderá, va a toda prisa a casa de la mujer del funcionario; esta, sor-prendida al verle, creyéndole con su marido, le pregunta el motivo de una visita tan inesperada.

-Démonos prisa, querida mía -le contesta el monje, jadeando-; démonos prisa, solo disponemos de un momento... un vaso de vino y manos a la obra.

-Pero, ¿y mi marido?

-Está diciendo misa

-¿Que está diciendo misa?

-Pues sí, diablos, pues sí, preciosa -contesta el carmelita, derribando a la señora Rodin sobre su lecho-; sí, alma querida, he hecho de vuestro marido un cura y mientras el tunante celebra un misterio divino, démonos prisa y consumemos uno profano...

El monje era vigoroso y era difícil resistírsele cuando apresaba a una mujer; sus razones, además, eran tan convincentes que persuade a la señora Rodin, y como no se cansaba de convencer a una picaruela de veintiocho años y temperamento provenzal, renueva más de una vez sus demostraciones.

-Pero, ángel mío -exclama al fin la bella, perfectamente convencida-, sabes que el tiempo apremia... tenemos que separarnos; si nuestro placer no puede durar más que una misa, hace ya tiempo que debe haber llegado al ite missa est.

-No, no, amiga mía -contesta el carmelita, que aún tiene otro argumento que exponer a la señora Rodin-; ven, corazón mío, tenemos mucho tiempo, una vez más, querida amiga, una vez más, esos novicios no van tan de prisa como nosotros... Una vez más, te digo, apostaría a que ese cornudo todavía no ha elevado a su dios.

Tuvieron, sin embargo, que separarse, no sin antes prometer que se volverían a ver; se pusieron de acuerdo sobre algunas otras tretas y Gabriel marchó a recoger a Rodin; este había celebrado tan bien como un obispo.

-Solo los quod aures -le dijo- me han costado algún trabajo; yo quería comer en lugar de beber, pero el sacristán no me ha dejado. ¿Y los cien escudos, padre?

-Ya los tengo, hijo mío; el bribón intentó resistir, yo agarré una horquilla y a fe mía que la probó en su cabeza y por todas partes.

La partida acaba, nuestros dos amigos se van a cazar y a la vuelta Rodin cuenta a su mujer el servicio que ha prestado a Gabriel.

-Yo celebraba la misa -decía el pobre pánfilo, riéndose con todas sus fuerzas-, sí, diantre, yo celebraba la misa como un auténtico cura, mientras que nuestro amigo le medía a Renoult las espaldas con una horquilla... Le devolvía sus armas, ¿qué te parece, vida mía?, se las ponía sobre la frente; ¡ah, mujercita querida, qué divertida es toda esta historia y cómo me hacen reír los cornudos! Y tú, mujer, ¿qué hacías mientras yo estaba celebrando?

-Ah, amigo mío -contesta la mujer del funcionario-, parece como si el cielo nos hubiera inspirado, fíjate cómo las cosas celestiales nos tenían ocupados a ambos sin que lo sospecháramos: mientras tú decías misa, yo recitaba esa hermosa plegaria que contesta la Virgen a Gabriel cuando este va a anunciarle que quedará encinta por la intervención del Espíritu Santo. Ay, amigo mío, mientras que tan virtuosas acciones nos entretengan a los dos a la vez, no cabe la menor duda de que nos salvaremos.

FIN

Marqués de Sade

 Biblioteca Digital Ciudad Seva

sábado, 22 de agosto de 2015

Curitiba


Dona Ondina e Seu Teto.

Samizdat


Desde a mudança para o novo apartamento, aqueles passos vinham lhe martelando a cabeça. Pesados, firmes, marciais, passos de quem nenhuma consideração nutria pelo vizinho de baixo. E o morador sob aqueles pés que pisavam com tamanha voracidade era ela, viúva, inválida, prisioneira de uma cadeira de rodas, clamando por sossego no apagar de sua existência, sossego quebrado pelos maus modos do morador do 802.
Menos de uma semana convivendo forçosamente com aqueles pés de pedra e pouco sobrara da curta paciência de Dona Ondina. Bastava o morador do 802 chegar em casa e o tormento se iniciava. Passos, a qualquer hora do dia. Uns secos, denunciando os pés descalços do vizinho em contato com o assoalho - Dona Ondina tinha a certeza pela natureza dos sons que o chão acima de sua cabeça era forrado por tacos - outros, agudos, quando a criatura portava sapatos. "Maldito! Se ao menos tivesse um piso para amenizar o trote", lamentava.
Certa noite, despertada pelo andar paquidérmico do vizinho, Dona Ondina, abandonou sua cama e embarcou na cadeira de rodas rumo ao interfone. Reclamou com o sonolento porteiro do comportamento anti-social do morador do 802 e pediu providências. Minutos depois, o empregado, agora desperto, certo assombro modulando a voz, informou à importunada velhinha que o "Seu Rosalvo" havia demonstrado bastante irritação com a abordagem àquela hora da madrugada e, como conseqüência, mandara um recado à reclamante.
— Que tipo de recado, Diderot?
O porteiro, iluminista só no registro de nascimento, ainda tentou amenizar a situação.
— Com todo o respeito, Dona Ondina, ele mandou a senhora tomar naquele lugar onde o sol não bate...
O incidente fez que dela germinasse profundo ódio em relação ao morador do 802. O rude trotar de Rosalvo tornou-se apenas um componente no manancial de insatisfações que a anciã cultivava por ele. Suas gargalhadas, visitas, músicas escutadas, barulho da descarga, cheiro das suas frituras de homem solteiro, tudo era motivo de reclamações. Diderot ainda tentava apaziguar a contenda porém, Dona Ondina era resoluta: “Até a respiração desse calhorda me incomoda”, dizia ela ao porteiro da noite.
A solidão de Dona Ondina provocada por sua dificuldade em locomover-se era, diluída pela visita semanal da faxineira e pela internet. Os netos, presença bissexta no apartamento, costumavam provocá-la, chamando-a de “Vovó Internauta”. Ela assentia rejubilada àquelas homeopáticas manifestações de carinho dos seus enquanto conectava-se em ondas cibernéticas com o mundo que lhe era privado pela fraqueza das pernas. Cadeira de rodas em frente ao computador, Dona Ondina surfava na rede,  comprando o que era necessário para sua sobrevivência de mulher que pouco ia à rua, fazendo amigos virtuais, trocando receitas por e-mails, vasculhando a vida alheia nas páginas de relacionamentos pipocantes no universo web.
Foi quando ela chegou, obra do acaso, em curioso endereço eletrônico intitulado “Despacho.com”. No site a anciã descobriu, num misto de encantamento e horror, diversos trabalhos de religiões afros para o bem e para o mal.  Numa seção, o internauta poderia enviar o seu “ebó virtual” para prosperidade, saúde, doença ou morte de algum desafeto.
Rosalvo estava impossível naquele dia, sapateando nos miolos de Dona Ondina, cd dos sambas-enredos no último volume. Ela olhou a tela iluminada à sua frente, encarou o teto como se dali brotasse o barulho provocado pelo morador do 802, suspirou e pediu perdão a Santa Prisciliana, de quem era devota.
Selecionou com o mouse o mais perverso dos ebós.
Clicou em “enviar”.
Os dias correram em velocidade banda larga e Dona Ondina esqueceu por completo Rosalvo, macumbas virtuais e netos ingratos, mergulhando por inteira em sua invalidez e no passatempo da internet. Em certo momento, percebeu que há dias nenhum barulho partia do andar de cima. Agora era o silêncio que a incomodava. Incômodo de mãos dadas com o remorso. Temeu que o ebó encomendado houvesse surtido efeito e internamente se justificava: “Foi um momento de desespero, o homem me perturbava o dia inteiro”. Ou ainda: “Não levei a sério o Despacho ponto com, foi uma brincadeirinha de velha”.
Entrou em pânico ao sentir o cheiro da carne apodrecida vindo do andar de cima. Imediatamente ligou para a portaria. Aristófanes, porteiro do dia, atendeu e de pronto foi averiguar. Minutos depois o interfone soou no apartamento de Dona Ondina:
— Ligue não, Dona. Era um pacote de carne podre que alguém jogou fora e ficou entalado na porta da lixeira do oitavo andar. Seu Rosalvo deve estar vivo e gozando a vida por aí.
— E você sabe dele, Aristófanes?
O porteiro do dia, que de gracejador possuía algo além do nome de batismo, não perdeu a oportunidade de vomitar um gracejo:
— Seu Rosalvo viaja muito. Faz uma semana que eu não vejo ele. Deve estar queimando a rosca em algum lugar.
— Como?
— Essas coisas, Dona. Tenho até vergonha de falar com a senhora. Esses negócios estranhos, de homem com homem, a senhora entende?
Dona Ondina entendia, mas não eram os gostos sexuais do vizinho do 802 o alvo de suas preocupações. Queria o silêncio pairando sobre sua cabeça e temeu o regresso de Rosalvo, pisando duro, gargalhando alto, ladrão de sua paz.
— Quem sabe ele se casa, Dona, com um gringo bonitão que leve ele lá pras estranjas? Copacabana tá cheia deles!
Se casou, não deu notícias. Meses avançaram sem que um único barulho escapasse do andar de cima. Nem o som de uma chave girando dentro da fechadura chegava aos ouvidos de Dona Ondina. Arrependida por julgar haver vitimado Rosalvo com as artes do ciberfeitiço, a anciã acendeu uma vela virtual e deixou uma oração pela suposta alma no “Santa Prisciliana on line”.
Alívio percorreu seu ser quando foi acordada uma noite pelos passos de Rosalvo. Por debaixo das cobertas, chegou a sorrir ao reconhecer as passadas familiares, rítmicas, do vizinho do 802. Ele estava de volta. Nada acontecera. Certamente, largado pelo namorado estrangeiro que não deveria existir somente na cabeça maledicente de Aristófanes, Rosalvo retornara. Dona Ondina  reencontraria o sossego de espírito, roubado pelo silêncio que tanto ansiara. Jurou nunca mais reclamar de Rosalvo, emitir-lhes pensamentos rancorosos ou botar seu nome em bocas de sapos de mentira  nas páginas da internet. Tentaria selar a paz  com o morador de cima.
Porém, dias transcorriam e os baques provocados pelos pés de Rosalvo tornaram-se insuportáveis. Houve momentos em que ele chegou a andar por horas a fio massacrando os miolos da anciã a qual deixou de lado a trégua e acionou o porteiro da noite.
— Diderot, avisa para o Seu Rosalvo que ele está me deixando doida com esse barulho na minha cabeça.
— Como assim, Dona Ondina?
— Os passos, Diderot, desse cavalo batizado do Rosalvo.
Percebeu uma sensação de constrangimento do outro lado da linha.
— Dona Ondina, Seu Rosalvo morreu. O corpo foi encontrado semana passada lá na estrada das Paineiras. Desovaram o coitado...
— Tem alguém no apartamento?
— Não, os parentes dele vêm amanhã para tirar a mobília.
Dona Ondina negou-se a consultar um psiquiatra. Os filhos, agora mais presentes, tentaram de todas as formar dissuadi-la da decisão, mas ela manteve-se firme. Era o finado vizinho que estava lá, sapateando sobre sua cabeça como forma de vingança por ela ter encomendado sua morte através das forças ocultas. E ela, pecadora, teria que permanecer ali até o final dos seus dias purgando a sua maldade com um semelhante. “Deixe de besteira, mãe” dizia um filho. “Se ouvem a senhora falando deste modo, acabam acreditando e te denunciam”, dizia o outro. “Vocês não o percebem porque ele é esperto. Fica quietinho quando tem mais alguém em casa. Ele só que me atormentar, e com justiça”. Os filhos desistiram. Que a mãe ficasse com suas loucuras.
Dona Ondina passou a pesquisar em sites sobre fenômenos mediúnicos e descobriu que o modo mais fácil de se comunicar com aquele tipo de espírito seria através das pancadas que ele emitia.
Logi que as batidas no teto voltaram, ela perguntou com firmeza:
— É você que se manifesta, Rosalvo? Se for você, bata duas vezes.
Três batidas secas.
Repetiu a pergunta diversas vezes. Sempre as mesmas três pancadas em negativa.
Intrigada, ela catou caneta e papel para em seguida pergunta:
— Pode então soletrar seu nome através de um número de batidas correspondente a cada letra do alfabeto? Um batida para a letra "A", duas para "B" e assim por diante? Se concordar, bata uma vez.
Uma batida.
— Então, vamos ao trabalho.
Gastou a tarde inteira conversando com o morto pelo método das pancadas. Descobriu chamar-se Ângelo e que vivera naquele apartamento 30 anos atrás. Permanecera no imóvel sempre assustando àqueles que se aventurassem nele morar, porém, estava cansado dessa vida de fantasma batucador de tetos. Antes, tentara fazer o mesmo com ela, Ondina, mas ficara decepcionado com a confusão que a velhinha fizera entre suas batidas e os passos de Rosalvo, realmente barulhentos. Estava mesmo surpreso por ela imaginar ser ele o espírito de Rosalvo. Tranqüilizou a anciã afirmando que o morador do 802 não fora vítima dele, nem tão pouco dos seus ebós à distância. Rosalvo morrera por obra de um assaltante especializado em seduzir homens para roubá-los. "Reagiu, o pobre coitado".
Aperfeiçoaram o método de comunicação, passando das batidas, alvo das reclamações do vizinhos, para a escrita no computador. Dona Ondina digitava e Ângelo respondia logo abaixo, guiando o cursor como por encantamento.

Dona Ondina viveu seus últimos anos assim, em colóquio diário com o espírito batedor. Soube noticias do outro lado, inclusive de parentes. Ângelo revelou-se um ótimo correspondente do além. Guardou segredo até o fim. Ninguém acreditaria mesmo...


Un sueño


Iván Turgueniev

I

Yo vivía entonces con mi madre en una pequeña ciudad del litoral. Había cumplido diecisiete años y mi madre no llegaba a los treinta y cinco: se había casado muy joven. Cuando falleció mi padre yo tenía solamente seis, pero lo recordaba muy bien. Mi madre era una mujer más bien bajita, rubia, de rostro encantador aunque eternamente apenado, voz apagada y cansina y movimientos tímidos. De joven había tenido fama por su belleza, y hasta el final de sus días fue atractiva y amable. Yo no he visto ojos más profundos, más dulces y tristes, cabellos más finos y suaves; no he visto manos más elegantes. Yo la adoraba y ella me quería... No obstante, nuestra vida transcurría sin alegría: se hubiera dicho que un dolor oculto, incurable e inmerecido, consumía permanentemente la raíz misma de su existencia. La explicación de aquel dolor no estaba sólo en el duelo por mi padre, aun cuando fuese muy grande, aun cuando mi madre lo hubiera amado con pasión, aun cuando honrara piadosamente su memoria... ¡No! Allí se ocultaba algo más que yo no entendía, pero que llegaba a percibir, de modo confuso y hondo, apenas me fijaba fortuitamente en aquellos ojos apacibles y quietos, en aquellos maravillosos labios, también quietos, aunque no contraídos por la amargura, sino como helados de por siempre.

He dicho que mi madre me quería; sin embargo, había momentos en que me rechazaba, en que mi presencia le pesaba, se le hacía insoportable. Experimentaba ella entonces una especie de involuntaria repulsión hacia mí, de la que se espantaba luego, pagándola con lágrimas y estrechándome sobre su corazón. Yo cargaba la culpa de estos intempestivos brotes de hostilidad a la alteración de su salud y a su desgracia... Verdad es que estas sensaciones hostiles podían haber sido provocadas, hasta cierto punto, por unos extraños arrebatos de sentimientos malignos y criminales, incomprensibles para mí mismo, que despertaban de tarde en tarde dentro de mí... Pero estos arrebatos no coincidían con aquellos instantes de repulsión. Mi madre vestía siempre de negro, como si guardase luto. Llevábamos un tren de vida bastante holgado, aunque apenas nos relacionábamos con nadie.

II

Mi madre había concentrado en mí todos sus pensamientos y su solicitud. Su vida se había fundido con mi vida. Este género de relaciones entre padres e hijos no favorecen siempre a los hijos... Suele ser más bien nocivo. Por añadidura, mi madre no tenía más hijo que yo... y los hijos únicos, por lo general, no se desarrollan adecuadamente. Al educarlos, los padres se preocupan tanto de sí mismos como de ellos... Eso es un error. Yo no me volví caprichoso ni duro (una y otra cosa suele aquejar a los hijos únicos), pero mis nervios estuvieron alterados hasta cierta época; además, tenía una salud bastante precaria, saliendo en esto a mi madre, a quien también me parecía mucho de cara. Yo evitaba la compañía de los chicos de mi edad, en general rehuía a la gente e incluso con mi madre hablaba poco. Lo que más me gustaba era leer, pasear a solas y soñar... ¡soñar...! ¿De qué trataban mis sueños? No podría explicarlo. A veces tenía la impresión, es cierto, de hallarme delante de una puerta entornada que ocultaba ignotos misterios, y yo permanecía allí, a la espera de algo, anhelante, y no trasponía el umbral, sino que cavilaba en lo que podría haber al otro lado... Y seguía esperando, y me quedaba transido... o transpuesto. Si hubiera latido en mí la vena poética, probablemente me habría dedicado a escribir versos; de haberme sentido atraído por la religión, quizá me hubiera hecho fraile. Pero, como no experimentaba nada de eso, continuaba soñando y esperando.

III

Acabo de referirme a cómo me quedaba transpuesto, en ocasiones, bajo el influjo de ensoñaciones y pensamientos confusos. En general, yo dormía mucho, y los sueños desempeñaban un papel considerable en mi vida. Soñaba casi todas las noches. Los sueños no se me olvidaban, y yo les daba importancia, los consideraba premoniciones, procuraba desentrañar su sentido oculto. Algunos se repetían de vez en cuando, hecho que siempre me parecía prodigioso y extraño. Un sueño, sobre todo, me hacía cavilar. Me parecía que iba caminando por una calle estrecha y mal empedrada de una vieja ciudad, entre altos edificios de piedra con los tejados en pico. Yo andaba buscando a mi padre, que no había muerto, sino que se escondía de nosotros, ignoro por qué razón, y vivía precisamente en una de aquellas casas. Yo entraba por una puerta cochera, baja y oscura, cruzaba un largo patio abarrotado de troncos y tablones y penetraba por fin en una estancia pequeña que tenía dos ventanas redondas. En medio de la habitación estaba mi padre, con batín y fumando en pipa. No se parecía en absoluto a mi padre verdadero: era un hombre alto, enjuto, con el pelo negro, la nariz ganchuda y ojos sombríos y penetrantes, que aparentaba unos cuarenta años. Le disgustaba que hubiera dado con él; tampoco yo me alegraba en absoluto de nuestro encuentro y permanecía allí parado, indeciso. Él giraba un poco, empezaba a murmurar algo entre dientes y a ir de un lado para otro con paso menudo... Luego se alejaba poco a poco, sin dejar de murmurar y mirando a cada momento hacia atrás por encima del hombro; la estancia se ensanchaba y desaparecía en la niebla... Espantado de pronto ante la idea de que perdía nuevamente a mi padre, yo me lanzaba tras él, pero ya no lo veía, y sólo llegaba hasta mí su rezongar, bronco como el de un oso... Angustiado el corazón, me despertaba y ya no podía volver a conciliar el sueño en mucho tiempo... Me pasaba todo el día siguiente cavilando en este sueño sin que mis cavilaciones, como es natural, me llevaran a ninguna conclusión.

IV

Llegó el mes de junio. Por esa época, la ciudad donde vivíamos mi madre y yo se animaba extraordinariamente. En el muelle atracaban multitud de barcos, y en las calles aparecían multitud de rostros nuevos. Entonces me gustaba deambular por la costanera, delante de los cafés y los hoteles, observando las diversas siluetas de marineros y demás gentes sentadas bajo los toldos de lona, en torno a los veladores blancos, con sus jarras de metal llenas de cerveza.

Conque una vez, al pasar delante de un café, vi a un hombre que atrajo inmediatamente toda mi atención. Vestía un largo guardapolvos negro, llevaba el sombrero de paja encasquetado hasta los ojos y permanecía inmóvil, con los brazos cruzados sobre el pecho. Unos rizos negros y ralos le caían casi hasta la nariz; los labios finos apretaban la boquilla de una pipa corta. Este hombre me pareció tan conocido, mi recuerdo conservaba tan indudablemente grabado cada rasgo de su rostro moreno y bilioso, así como toda su figura, que no pude por menos de detenerme ante él y preguntarme: ¿quién es este hombre, dónde le he visto? Al notar probablemente mi mirada fija, levantó hacia mí los ojos negros, penetrantes... No pude reprimir una exclamación ahogada...

¡Aquel hombre era el padre a quien yo había encontrado, a quien yo había visto en sueños!

Imposible equivocarse: el parecido era demasiado rotundo. Incluso el largo guardapolvos que envolvía sus miembros enjutos recordaba, por el color y el corte, el batín con que se me había aparecido mi padre.

-¿Estaré dormido? -me pregunté-. No... Es de día, hay multitud de gente alrededor, el sol brilla en el cielo azul, y lo que tengo delante de mí no es un fantasma, es un hombre vivo...

Me dirigí hacia un velador desocupado, pedí una jarra de cerveza y un periódico y me senté a escasa distancia de aquel ser misterioso.

V

Con el periódico desplegado a la altura del rostro, seguí devorando con los ojos al desconocido, que apenas hacía un movimiento y sólo de tarde en tarde alzaba un poco la desmayada cabeza. Evidentemente, esperaba a alguien. Yo seguía mirando, mirando... A veces me parecía que todo aquello era invención mía, que en realidad no existía la menor semejanza, que yo había cedido a una fantasía de mi imaginación... Pero «aquél» giraba un poco en su silla de pronto o alzaba ligeramente una mano, y de nuevo veía yo a mi padre «nocturno» delante de mí.

Acabó por advertir mi pertinaz curiosidad y, a poco de mirarme, primero perplejo y luego contrariado, hizo intención de levantarse. Un pequeño bastón que tenía recostado contra el velador cayó entonces al suelo. Yo me precipité a recogerlo y se lo entregué. El corazón me latía con fuerza.

El hombre me dio las gracias con una sonrisa forzada y, aproximando su rostro al mío, enarcó las cejas y entreabrió los labios como si algo le sorprendiera.

-Es usted muy amable, joven -pronunció de pronto con voz gangosa, áspera y dura-. Por los tiempos que corren, es cosa rara. Permítame que lo felicite: le han dado a usted una buena educación.

No recuerdo exactamente lo que repliqué, pero pronto hubimos entablado conversación. Supe que era compatriota mío, que había vuelto recientemente de América, donde había vivido muchos años y adonde regresaría en breve plazo... Se presentó con el título de barón..., pero no pude captar bien el nombre. Lo mismo que mi padre «nocturno», terminaba cada una de sus oraciones con una especie de confuso murmullo interno. Se interesó por conocer mi apellido... Al oírlo pareció sorprenderse otra vez; luego me preguntó si llevaba mucho tiempo residiendo en aquella ciudad y con quién. Contesté que vivía con mi madre.

-¿Y su señor padre?

-Mi padre falleció hace mucho.

Preguntó el nombre de pila de mi madre y al oírlo soltó una risa extraña, de la que luego se disculpó diciendo que se debía a sus modales americanos y que, además, él era un tipo bastante raro. Luego tuvo la curiosidad de conocer nuestro domicilio. Yo se lo dije.

VI

La emoción que me había embargado al iniciarse nuestra plática se aplacó gradualmente; nuestro acercamiento me parecía algo extraño, pero nada más. No me agradaba la sonrisita con que el señor Barón me interrogaba, ni tampoco me agradaba la expresión de sus ojos cuando me miraba como clavándomelos... Había en ellos algo rapaz y protector... algo que sobrecogía. Aquellos ojos, yo no los había visto en mi sueño. ¡Qué rostro tan extraño tenía el Barón! Marchito, cansado, pero aparentando al mismo tiempo menos años, lo que causaba una impresión desagradable. Mi padre «nocturno» tampoco estaba marcado por el profundo costurón que cruzaba oblicuamente toda la frente de mi nuevo conocido y que yo no advertí hasta hallarme más cerca de él.

Apenas había yo informado al Barón del nombre de la calle y el número de la casa donde habitábamos cuando un negro de elevada estatura, embozado en su capa hasta las cejas, se le acercó por detrás y le rozó un hombro. El Barón volvió la cabeza, profirió: «¡Ah! ¡Por fin!» y, haciéndome una leve inclinación de cabeza, se dirigió con el negro hacia el interior del café. Yo seguí bajo el toldo con la idea de esperar a que saliera el Barón, no tanto para reanudar la conversación con él pues en realidad no sabía de qué podríamos haber hablado, como para contrastar nuevamente mi primera impresión. Pero transcurrió media hora, luego una hora entera... El Barón no reaparecía. Penetré en el establecimiento, recorrí todas las salas, pero en ninguna parte vi al Barón ni al negro... Se conoce que se habían ausentado los dos por la puerta de atrás.

Se me había levantado un ligero dolor de cabeza y, para refrescarme, me encaminé a lo largo de la orilla del mar hasta un vasto parque plantado en las afueras unos doscientos años atrás. Después de pasear un par de horas a la sombra de los robles y los plátanos gigantescos, volví a casa.

VII

En cuanto aparecí en el recibimiento, nuestra sirvienta corrió a mí toda alarmada. Por su expresión adiviné al instante que algo malo había sucedido en nuestra casa durante mi ausencia. Y así era: supe que, hacía cosa de una hora, se escuchó de pronto un grito terrible en el dormitorio de mi madre. La sirvienta, que acudió corriendo, la encontró tendida en el suelo, sin conocimiento, y su desmayo había durado varios minutos. Mi madre recobró al fin el sentido, pero se vio obligada a acostarse y tenía un aire asustado y extraño. No decía ni una palabra, no contestaba a las preguntas, y todo era mirar a su alrededor y estremecerse. La sirvienta envió al jardinero en busca de un médico. Llegó el doctor, le recetó un calmante, pero tampoco a él quiso decirle nada mi madre. El jardinero afirmaba que a los pocos instantes de escucharse el grito en la habitación de mi madre, él había visto a un desconocido que corría hacia la puerta de la calle pisoteando los macizos de flores. (Vivíamos en una casa de una sola planta cuyas ventanas daban a un jardín bastante grande.) El jardinero no tuvo tiempo de fijarse en el rostro de aquel hombre, pero era alto, enjuto, llevaba un sombrero de paja muy encasquetado y una levita de faldones largos... «¡El atuendo del Barón!», me pasó en seguida por la mente. El jardinero no pudo darle alcance. Además, lo llamaron inmediatamente de la casa y lo enviaron en busca del médico. Pasé a ver a mi madre. Estaba acostada, más blanca que la almohada sobre la que reposaba la cabeza. Sonrió débilmente al reconocerme y me tendió una mano. Tomé asiento a su lado y me puse a hacerle preguntas. Al principio eludía las respuestas, pero acabó confesando haber visto algo que la asustó mucho.

-¿Ha entrado aquí alguien? -inquirí.

-No -se apresuró a contestar-. No ha venido nadie, pero a mí me pareció... se me figuró...

Calló y se cubrió los ojos con una mano. Iba yo a decirle lo que había sabido a través del jardinero y a contarle, de paso, mi encuentro con el Barón... pero, ignoro por qué, las palabras expiraron en mis labios. Sin embargo, hice observar a mi madre que los fantasmas no suelen aparecerse de día.

-Deja eso, por favor -susurró-. No me atormentes ahora. Algún día lo sabrás...

De nuevo enmudeció. Tenía las manos frías y el pulso acelerado e irregular. Le administré la medicina y me aparté un poco para no molestarla. No se levantó en todo el día. Estaba tendida, quieta y callada, y sólo de vez en cuando exhalaba un profundo suspiro y abría los ojos con sobresalto. Todos en la casa estaban extrañados.

VIII

Al llegar la noche le dio un poco de fiebre a mi madre, y me pidió que me retirase. Sin embargo, no me fui a mi cuarto, sino que me tendí sobre un diván de la habitación contigua. Cada cuarto de hora me levantaba, llegaba de puntillas hasta la puerta y prestaba oído... Todo continuaba en silencio, pero no creo que mi madre conciliara el sueño en toda la noche. Cuando entré a verla a primera hora de la mañana, me pareció que tenía el semblante arrebatado y un extraño brillo en los ojos. Durante el día pareció aliviarse un poco; al atardecer volvió a subir la fiebre. Hasta entonces había guardado un silencio pertinaz, pero de pronto rompió a hablar con voz anhelante y entrecortada. No deliraba: sus palabras tenían sentido, aunque ninguna ilación. Poco antes de la medianoche se incorporó de repente en el lecho con brusco movimiento (yo estaba sentado junto a ella) y con la misma voz precipitada se puso a contar, apurando a sorbos un vaso de agua y moviendo débilmente las manos, sin mirarme ni una sola vez... Se interrumpía, pero reanudaba el relato haciendo un esfuerzo... Todo aquello era tan extraño como si lo hiciera en sueños, como si ella estuviera ausente y fuese otra persona quien hablara por su boca o la hiciera hablar a ella.

IX

-Oye lo que te voy a contar, -comenzó-. Ya no eres un muchachuelo. Lo debes saber todo. Yo tenía una buena amiga... Se casó con un hombre al que amaba de todo corazón y era muy feliz con su marido. El primer año de matrimonio hicieron un viaje a la capital para pasar allí algunas semanas divirtiéndose. Se hospedaban en un buen hotel y salían mucho, a teatros y a fiestas. Mi amiga era muy agraciada, llamaba la atención y los hombres la cortejaban. Pero entre ellos había uno, un oficial, que la seguía constantemente y adondequiera que ella fuese, allí se encontraba con sus ojos negros y duros. No se hizo presentar ni habló con ella una sola vez: solamente la miraba de manera descarada y extraña. Todos los placeres de la capital los echaba a perder su presencia. Mi amiga empezó a hablarle a su marido de marcharse cuanto antes, y así lo dispusieron, en efecto. Una tarde, el marido se fue a un club: lo habían invitado a jugar a las cartas unos oficiales del mismo regimiento al que pertenecía aquel otro... Por primera vez se quedó ella sola. Como su marido tardaba en volver, despidió a la doncella y se acostó... De pronto le entró tanto miedo que se quedó fría y se puso a temblar. Le pareció oír un ruido ligero al otro lado de la pared -como si arañara un perro-, y se puso a mirar fijamente hacia aquel sitio. En el rincón ardía una lamparilla. Toda la habitación estaba tapizada de tela... Súbitamente, algo rebulló allí, se alzó, se abrió... Y de la pared surgió, largo, todo negro, aquel hombre horrible de los ojos duros. Ella quería gritar, pero no podía. Estaba totalmente paralizada del susto. El hombre se acercó a ella rápidamente, como una fiera salvaje, y le cubrió la cabeza con algo asfixiante, pesado, blanco... De lo que sucedió después, no me acuerdo... ¡No me acuerdo! Fue algo parecido a la muerte, a un asesinato... Cuando aquella espantosa niebla se disipó al fin, cuando yo... cuando mi amiga volvió en sí, no había nadie en la habitación. De nuevo se encontró sin fuerzas para gritar, durante mucho tiempo, hasta que por fin llamó... y luego se embrolló todo otra vez...

Después vio junto a ella a su marido, que había sido retenido en el club hasta las dos de la madrugada... Estaba demudado y se puso a hacerle preguntas, pero ella no le dijo nada... Luego cayó enferma... Sin embargo, recuerdo que al quedarse sola en la habitación fue a inspeccionar aquel sitio de la pared. Debajo de la tapicería había una puerta secreta. Y a ella le había desaparecido de la mano el anillo de casada. Era un anillo de forma poco corriente, con siete estrellitas de oro y siete de plata alternando: una antigua joya de familia. El marido le preguntaba qué había sido del anillo, pero ella no podía contestar nada. Pensando que se le habría caído inadvertidamente, el marido lo buscó por todas partes. No lo encontró. Presa de extraña angustia, decidió que volverían a su casa lo antes posible y, en cuanto lo permitió el doctor, el matrimonio abandonó la capital... Pero imagínate que el día mismo de su marcha se cruzaron en la calle con una camilla... En la camilla yacía un hombre con la cabeza partida al que acababan de matar. Y ese hombre era el terrible visitante nocturno de los ojos duros. ¡Imagínate!... Lo habían matado durante una partida de cartas...

Mi amiga se trasladó luego al campo..., fue madre por primera vez... y vivió varios años en compañía de su marido. Él nunca supo nada. Además, ¿qué podría haberle dicho ella? Ella misma no sabía nada.

Sin embargo, su anterior felicidad desapareció. En sus vidas se hizo la oscuridad, y esa oscuridad no se disipó ya nunca... No tuvieron más descendencia, como tampoco la habían tenido antes... y aquel hijo...

Toda temblorosa, mi madre se cubrió el rostro con las manos.

-Y ahora, dime -prosiguió con redoblada energía-, ¿tenía alguna culpa mi amiga? ¿Qué podía reprocharse? Fue castigada; pero, ¿no tenía derecho a declarar, incluso ante Dios, que el castigo era injusto? Entontes, ¿por qué se le representa al cabo de tantos años y en forma tan horrible lo ocurrido, como si fuese una criminal atormentada por los remordimientos? Macbeth mató a Banquo, y no es sorprendente que se le apareciera... Pero yo...

Al llegar a este punto, el discurrir de mi madre se hizo tan incoherente, que dejé de comprenderlo. Ya no dudaba de que estuviese delirando.

X

Cualquiera comprenderá fácilmente la estremecedora impresión que me produjo el relato de mi madre. Desde sus primeras palabras adiviné que estaba hablando de sí misma y no de una amiga. La propia estratagema confirmó mis sospechas. De modo que aquel era efectivamente mi padre, al que yo había encontrado en sueños, al que había visto en persona. No lo habían matado, como suponía mi madre, sino herido solamente. Y había ido a verla, huyendo luego, asustado por el susto de ella. Todo lo comprendí de repente: comprendí el involuntario sentimiento de repulsión que yo despertaba a veces en mi madre, su constante pesar, nuestra vida de aislamiento... Recuerdo que se me iba la cabeza, y yo la agarré con ambas manos como queriendo mantenerla en su sitio. Pero una decisión se clavó en mi mente: la de encontrar nuevamente a aquel hombre; encontrarle sin falta, costara lo que costara. ¿Para qué? ¿Con qué fin? No me lo planteaba, pero el hecho de encontrarlo, de dar con él, se había convertido para mí en cuestión de vida o muerte. A la mañana siguiente se calmó por fin mi madre... cedió la fiebre y se quedó dormida. Después de recomendarla a los cuidados de los dueños de la casa y de la servidumbre, salí para ponerme en campaña.

XI

Ante todo, como es natural, fui al café donde había encontrado al Barón, pero nadie lo conocía allí. Ni siquiera habían advertido su presencia. Era un cliente casual. En el negro sí se habían fijado los propietarios del establecimiento, pues llamaba demasiado la atención, si bien nadie sabía tampoco quién era ni dónde vivía. Después de dejar, a todo evento, mi dirección en el café, me lancé a rondar por las calles y las costaneras de la ciudad, alrededor de los muelles, por las avenidas, asomándome a todos los establecimientos públicos. No encontré a nadie que se pareciera al Barón o a su acompañante. Como no había retenido el apellido del Barón, estaba en la imposibilidad de acudir a la policía. Sin embargo, di a entender a dos o tres celadores del orden (que por cierto me contemplaron con sorpresa sin dar del todo crédito a mis palabras) que recompensaría generosamente su celo si encontraban la pista de los dos individuos cuyas señas personales procuré darles con la mayor exactitud posible. Después de corretear así hasta la hora del almuerzo, regresé a mi casa rendido de cansancio. Mi madre se había levantado. Su habitual tristeza tenía un matiz nuevo, cierta absorta perplejidad que se me clavaba en el corazón como un cuchillo. Pasé la tarde con ella. Apenas hablamos: ella hacía solitarios y yo contemplaba en silencio los naipes. No hizo la menor alusión a su relato ni a lo sucedido la víspera. Era como si hubiéramos acordado tácitamente no referirnos a todos aquellos hechos terribles y extraños... Daba la impresión de que estaba contrariada y cohibida por lo que se le había escapado sin querer. O quizá no recordara muy bien lo que había dicho durante aquel conato de delirio febril y tuviese la esperanza de que yo me mostrase compasivo con ella... Así lo hacía, efectivamente, y ella se daba cuenta, pues rehuía mi mirada lo mismo que la víspera. No pude conciliar el sueño en toda la noche. Se había desencadenado de pronto una tormenta espantosa. El viento aullaba y se arremolinaba frenéticamente, los cristales de las ventanas temblaban y tintineaban, silbidos y lamentos desesperados cruzaban el aire como si algo se desgarrase en lo alto y volara con furioso llanto sobre las casas estremecidas. Poco antes del amanecer, me quedé transpuesto... Súbitamente, tuve la impresión de que alguien había entrado en mi cuarto y me llamaba, pronunciando mi nombre a media voz, pero imperiosamente. Levanté un poco la cabeza y no vi nada. Pero, cosa extraña, lejos de asustarme me alegré: llegué de pronto a la convicción de que ahora alcanzaría sin falta mi meta. Me vestí a toda prisa y salí de casa.

XII

La tormenta había amainado, aunque se notaban todavía sus últimos estremecimientos. Era muy temprano, y no andaba nadie por las calles. En muchos sitios había trozos de chimeneas, tejas, tablas arrancadas a las vallas, ramas partidas... «La noche ha debido de ser terrible en el mar», me dije al ver las huellas de la tormenta. Pensé dirigirme al embarcadero, pero los pies me llevaron hacia otra parte como si obedecieran a una irresistible atracción. A los diez minutos escasos me encontraba en una parte de la ciudad que nunca había visitado hasta entonces. Caminaba paso a paso, sin premura pero también sin detenerme, con una extraña sensación interna: esperaba algo extraordinario, imposible, y al mismo tiempo estaba persuadido de que aquello extraordinario se cumpliría.

XIII

Y, en efecto, ocurrió lo extraordinario, lo que esperaba. Repentinamente descubrí, a unos veinte pasos delante de mí, al mismo negro que habló con el Barón en el café en presencia mía. Embozado en la misma capa que ya advertí yo entonces, pareció surgir de bajo tierra y, dándome la espalda, echó a andar a buen paso por la estrecha acera de una calleja tortuosa. Me lancé al instante tras él, pero también él aceleró el paso, aunque no volvió la cabeza y, de pronto, dobló la esquina de una casa que formaba saliente. Corrí hasta aquella esquina, la doblé con la misma celeridad que el negro... ¡Qué cosa tan extraña! Ante mí se abría una calle larga, estrecha y totalmente desierta. La niebla matutina la invadía toda con su plomo opaco, pero mi mirada penetraba hasta el extremo opuesto, permitiéndome discernir cada uno de los edificios... ¡Y en ninguna parte rebullía un solo ser viviente! El negro de la capa había desaparecido tan repentinamente como surgió. Me quedé sorprendido, pero sólo un instante. En seguida me embargó otra sensación: ¡había reconocido la calle que se extendía ante mis ojos, toda muda y como muerta! Era la calle de mi sueño. Me estremecí, encogido -la mañana era tan fresca-, y en seguida avancé sin la menor vacilación, impelido por cierta medrosa seguridad.

Empecé a buscar con los ojos... Allí estaba: a la derecha, haciendo saliente sobre la acera con una de sus esquinas, la casa de mi sueño; allí estaba la vieja puerta cochera, con adornos de piedra labrada a ambos lados... Cierto que las ventanas no eran redondas, sino cuadradas, pero eso no tenía importancia... Llamé al portón. Llamé dos veces, tres veces, arreciando en los golpes. Hasta que el portón se abrió, lentamente, rechinando mucho, como si bostezara. Me hallaba ante una criada joven, con el cabello alborotado y ojos de sueño. Al parecer, acababa de despertarse.

-¿Vive aquí un Barón? -pregunté a la vez que inspeccionaba con rápida mirada el patio, profundo y estrecho... Todo, todo era igual: allí estaban los tablones y los troncos que había visto en mi sueño.

-No -contestó la criada-. El Barón no vive aquí.

-¿Cómo que no? ¡Imposible!

-Ahora no está... Se marchó ayer.

-¿A dónde?

-A América.

-¡A América! -repetí sin querer-. Pero, volverá, ¿verdad?

La criada me miró con aire suspicaz.

-Eso no lo sabemos. Quizá no vuelva nunca.

-¿Ha vivido aquí mucho tiempo?

-No. Cosa de una semana. Ahora, ya no está.

-¿Y cuál era el apellido de ese barón?

La criada me observó extrañada.

-¿No lo sabe usted? Nosotros lo llamábamos Barón, sin más. ¡Eh! ¡Piotr! -gritó al ver que yo intentaba pasar-. Ven acá. Hay aquí un extraño que hace muchas preguntas.

Desde la casa se dirigió hacia nosotros la recia figura de un criado.

-¿Qué pasa? ¿Qué desea? -preguntó con voz tomada- y, después de escucharme hoscamente, repitió lo dicho por la sirvienta.

-Bueno, pero, ¿quién vive aquí? -murmuré.

-Nuestro amo.

-¿Y quién es?

-Un carpintero. En esta calle todos son carpinteros.

-¿Podría verle?

-Ahora no. Está durmiendo.

-¿Y podría entrar en la casa?

-Tampoco. Retírese.

-Bueno; pero, más tarde, ¿estará visible tu amo?

-¿Por qué no? Claro que se le puede ver siempre... Para eso es un comerciante. Sólo que ahora, retírese. ¿No ve usted que es muy temprano?

-Oye, ¿y el negro ese? -inquirí de pronto.

El criado nos miró perplejo, primero a mí y luego a la sirvienta.

-¿A qué negro se refiere? -profirió finalmente-. Retírese, caballero. Puede usted volver luego y hablar con el amo.

Salí a la calle. El portón se cerró detrás de mí, pesada y bruscamente, sin rechinar esta vez.

Me fijé bien en la calle y en la casa, y me alejé de allí, pero no hacia la mía. Me sentía como decepcionado. Todo lo que me había ocurrido era tan extraño, tan inusitado... Y, por otra parte, el final resultaba tan absurdo... Yo estaba seguro, estaba persuadido, de que encontraría en aquella casa la estancia que recordaba y, en el centro, a mi padre, el Barón, con su batín y su pipa... En lugar de eso, el amo de la casa era un carpintero, se le podía visitar cuantas veces se deseara e incluso encargarle algún mueble, quizá...

¡Y mi padre se había marchado a América! ¿Qué iba a hacer yo ahora? ¿Contárselo a mi madre o enterrar por los siglos incluso el recuerdo de aquella entrevista?... Era rotundamente incapaz de aceptar la idea de que un principio tan sobrenatural y misterioso pudiera conducir a un final tan descabellado y prosaico.

No quería volver a casa, y eché a andar sin rumbo, dejando atrás la ciudad.

XIV

Caminaba cabizbajo, sin pensar ni apenas sentir nada, totalmente ensimismado. Me sacó de aquella abstracción un ruido acompasado, sordo y amenazador. Levanté la cabeza: era el mar que rumoreaba y zumbaba a unos cincuenta pasos de mí. Me percaté de que caminaba por la arena de una duna. Estremecido por la tormenta nocturna, el mar estaba salpicado de espuma hasta el mismo horizonte, y las altas crestas de las olas alargadas llegaban rodando una tras otra a romperse en la orilla lisa. Me acerqué a ellas y seguí andando justo a lo largo de la raya que su flujo y reflujo dejaba en la arena gruesa, salpicada de retazos de largas plantas marinas, restos de caracolas y cintas serpenteantes de los carrizos. Gaviotas de alas puntiagudas y grito plañidero llegaban con el viento desde la lejana sima del aire, remontaban el vuelo, blancas como la nieve en el cielo gris nublado, se desplomaban verticalmente y, lo mismo que si saltaran de ola en ola, volvían a alejarse y a desaparecer en destellos plateados entre las franjas de espuma arremolinada. Algunas, según observé, giraban tenazmente sobre una roca grande que despuntaba, solitaria, en medio del lienzo uniforme de la orilla de arena. Los ásperos carrizos marinos crecían en matojos desiguales a un lado de la roca y allí donde sus tallos enmarañados emergían del amarillo saladar negreaba algo alargado, redondo, no muy grande... Me fijé más... Un bulto oscuro yacía allí, inmóvil, junto a la roca... Conforme me acercaba, sus contornos aparecían más nítidos y definidos...

Me quedaban sólo treinta pasos para llegar a la roca...

¡Pero, si eran los contornos de un cuerpo humano! ¡Era un cadáver, un ahogado que había arrojado el mar! Llegué hasta la misma roca.

¡Aquel era el cadáver del Barón, de mi padre! Me detuve como petrificado. Sólo entonces comprendí que desde primera hora de la mañana me habían conducido ciertas fuerzas ignotas, que yo me hallaba en su poder; y, durante unos momentos, no hubo en mi alma nada más que el incesante rumor del mar y algo de temor ante el destino que se había adueñado de mí...

XV

Yacía de espaldas, un poco ladeado, con el brazo izquierdo extendido sobre la cabeza... y el derecho doblado bajo el cuerpo encogido. Un lodo viscoso absorbía sus pies, calzados con altas botas de marinero; la chaquetilla azul, toda impregnada de sal marina, no se había desabrochado; una bufanda roja ceñía su cuello con nudo apretado. El rostro acezado, vuelto hacia el cielo, parecía burlarse; bajo el labio superior enarcado asomaban unos dientes pequeños y prietos; las pupilas opacas de los ojos entreabiertos apenas se diferenciaban de los glóbulos oscurecidos; el cabello enmarañado, salpicado de pompas de espuma, se esparcía por el suelo, descubriendo la frente lisa con la línea lilácea de la cicatriz; la nariz, fina, trazaba en relieve una neta raya blancuzca entre las mejillas hundidas. La tormenta de la noche anterior había hecho su obra... ¡No había llegado a ver América! El hombre que había agraviado a mi madre, mutilando su vida, mi padre -¡sí, mi padre, pues no podía dudarlo ya!-, yacía en el fango a mis pies. Me embargaba un sentimiento de venganza satisfecha, compasión, asco y horror... incluso de doble horror: por lo que estaba viendo y por lo sucedido. Ese fondo malvado y criminal del que he hablado ya, esos impulsos incomprensibles que nacían dentro de mí... que me ahogaban. «¡Ah! -me decía-. Por eso soy así... De esa manera se manifiesta la sangre.» De pie junto al cadáver, lo contemplaba, atento por ver si se estremecían aquellas pupilas muertas o temblaban aquellos labios helados. ¡No! Todo estaba inmóvil. Incluso los carrizos adonde lo había arrojado la marea parecían estáticos; incluso las gaviotas que se habían alejado volando. Y no se veía en ningún sitio ni un fragmento de nada, ni una tabla ni un aparejo roto. Vacío por todas partes... Solamente él -y yo- y el mar rumoreando a lo lejos. Miré hacia atrás. Idéntico vacío. Una cadena de colinas sin vida recortándose sobre el horizonte... ¡Y nada más! Me angustiaba dejar a aquel desdichado en semejante soledad, sobre el lodo de la orilla, como pasto para los peces y las aves. Una voz interior me decía que yo debía buscar y llamar a alguien, ya que no fuera para prestarle auxilio -¿de qué podría servir?-, al menos para retirarlo de allí y conducirlo bajo techado. Pero un inefable pavor me embargó de pronto. Me pareció como si aquel hombre muerto supiera que yo había llegado allí, como si él mismo hubiese amañado aquel último encuentro, y hasta creí escuchar el sordo murmujeo de otras veces... Precipitadamente, me aparté un poco... de nuevo miré hacia atrás... Un objeto brillante llamó mi atención, me hizo detenerme. Era un cíngulo de oro en la mano extendida del cadáver. Reconocí el anillo de matrimonio de mi madre. Recuerdo el esfuerzo que me impuse para volver sobre mis pasos, acercarme, inclinarme..., recuerdo el contacto viscoso de los dedos; recuerdo cómo jadeaba, cerraba los ojos y rechinaba los dientes al tirar del anillo que se resistía...

Por fin cedió, y yo emprendí una carrera alejándome de allí a toda prisa, perseguido por algo que intentaba darme alcance y apresarme.

XVI

Todo lo sufrido y experimentado se reflejaba probablemente en mi rostro cuando volví a casa. Apenas entré en su habitación, mi madre se incorporó súbitamente y posó en mí una mirada de interrogación tan tenaz, que yo terminé por presentarle el anillo, sin palabras, después de haber intentado en vano explicarme. Ella se puso horriblemente pálida, sus ojos se abrieron mucho, desorbitados y sin vida, como los de aquél. Exhaló un grito débil, me arrebató el anillo, vaciló y cayó sobre mi pecho, donde quedó como paralizada, vencida la cabeza hacia atrás y devorándome con aquellos ojos dementes muy abiertos. Yo rodeé su cintura con mis brazos y allí mismo, sin moverme y sin prisa, le referí todo a media voz: mi sueño, el encuentro, todo... No le oculté el menor detalle. Ella me escuchó hasta el final. No pronunció ni una palabra, pero su respiración se hacía más agitada, hasta que sus ojos se animaron de pronto y bajó los párpados. Luego se puso el anillo en el dedo y, apartándose un poco, buscó un chal y un sombrero. Le pregunté adónde pensaba ir. Levantó hacia mí una mirada sorprendida y quiso contestarme, pero le falló la voz. Se estremeció varias veces, frotó sus manos una contra otra, como intentando calentarlas, y al fin profirió:

-Vamos allá ahora mismo.

-¿A dónde, madre?

-Donde está tendido... quiero ver... quiero saber... lo sabré...

Intenté disuadirla; pero estuvo a punto de sufrir un ataque de nervios. Comprendí que era imposible oponerse a su deseo, y salimos juntos.

XVII

De nuevo caminaba yo por la arena de la duna, pero esta vez no iba solo. El mar se había retirado, alejándose más. Se calmaba; pero, aunque debilitado, todavía era pavoroso y tétrico su rumor. Por fin se divisaron la roca solitaria y los carrizos. Yo miraba con atención, tratando de discernir el bulto redondo tendido en tierra, pero no veía nada. Nos acercamos más. Yo aminoraba instintivamente el paso. Pero ¿dónde estaba aquello negro, inmóvil? Sólo los tallos de los carrizos resaltaban en oscuro sobre la arena ya seca. Llegamos hasta la propia roca... El cadáver no aparecía por ninguna parte, y sólo en el lugar donde estuvo tendido quedaba todavía un hoyo que permitía adivinar el sitio de los brazos, de las piernas... Los carrizos parecían aplastados en torno, y se advertían huellas de pisadas de una persona; cruzaban la duna y desparecían luego al llegar a un rompiente de rocas.

Mi madre y yo nos mirábamos, asustados de lo que leíamos en nuestros rostros...

¿Se habría levantado y se habría marchado él solo?

-Pero, ¿no lo viste tú muerto? -preguntó mi madre en un susurro.

Yo sólo pude asentir con la cabeza. No habían transcurrido ni tres horas desde que yo tropecé con el cadáver del Barón... Alguien lo descubriría y lo retiraría de allí. Había que buscar al que lo hubiera hecho y enterarse de lo que había sido de él.

XVIII

Mientras se dirigía hacia el sitio fatal, mi madre estaba febril, pero se dominaba. La desaparición del cadáver la aplanó como una desdicha irreparable. Yo temía por su razón. Me costó gran trabajo llevarla de vuelta a casa. De nuevo hice que se acostara y de nuevo requerí los cuidados del médico para ella. Pero, en cuanto se recobró un poco, mi madre exigió que yo partiera inmediatamente en busca de «esa persona». Obedecí. Sin embargo, nada descubrí a pesar de todas las pesquisas imaginables. Acudí varias veces a la policía, visité todas las aldeas próximas, puse anuncios en los periódicos, fui buscando datos por todas partes, pero en vano. Me llegó la noticia de que habían llevado a un náufrago a uno de los pueblos de la costa. Allá fui corriendo, pero lo habían enterrado ya y, por las señas, no se parecía al Barón. Me enteré del barco que había tomado para irse a América. Al principio, todo el mundo estaba persuadido de que se había ido a pique durante la tempestad; sin embargo, al cabo de algunos meses empezaron a cundir rumores de que lo habían visto anclado en el puerto de Nueva York. No sabiendo ya qué emprender, me puse a buscar al negro que había visto, ofreciéndole a través de los periódicos una recompensa bastante fuerte si se presentaba en nuestra casa. Cierto negro, alto y vestido con una capa, vino efectivamente a vernos en ausencia mía... Pero se alejó de pronto después de hacerle algunas preguntas a la sirvienta y no volvió más.

Así se perdió la pista de mi... de mi padre. Así desapareció irremediablemente en la muda tiniebla. Mi madre y yo no hablábamos nunca de él. Sólo una vez, recuerdo, se extrañó de que jamás hubiera aludido yo antes a mi extraño sueño. Enseguida añadió: «Conque, era precisamente...», y no terminó de formular su idea. Mi madre estuvo enferma mucho tiempo, y cuando al fin se repuso no volvieron ya a su cauce nuestras relaciones anteriores. Hasta su muerte, se encontró violenta a mi lado. Violenta, sí; justamente. Y ésa es una desgracia que no se puede remediar. Todo se embota con el tiempo. Incluso los recuerdos de los sucesos familiares más trágicos pierden gradualmente su fuerza y su acuidad. Pero, si entre dos personas entrañables se introduce una sensación de violencia, eso no hay nada que lo extirpe. Jamás volví yo a tener aquel sueño que tanto me angustiaba, ya no «encontraba» a mi padre, pero en ocasiones se me figuraba -y aún ahora se me figura- escuchar en sueños alaridos lejanos y tristes lamentos inextinguibles. Resuenan en algún lugar, tras un alto muro que no es posible trasponer, me desgarran el corazón y yo lloro con los ojos cerrados, incapaz de comprender si es un ser vivo el que gime o si escucho el prolongado y salvaje rumor del mar encrespado. Y de nuevo se transforma en el murmujeo de una fiera, y yo me despierto con angustia y pavor en el alma.

FIN

Biblioteca Digital Ciudad Seva


Y los ojos del loco fagocitan la luz
Y las venas del ojo son um mapa de rios
Y el brazo se contrae chapotea
Poco a poco se inunda

Andrés Neuman. In  “Patio de locos”


Leia  todo o poema em : “Patio de locos”, de Andrés Neuman ¡Disponible en Argentina! > Poemas del Alma http://www.poemas-del-alma.com/blog/especiales/patio-locos-andres-neuman#ixzz3jZrPR7mt

terça-feira, 18 de agosto de 2015

No caminho com Maiakóvski



"[...]
Na primeira noite eles se aproximam
e roubam uma flor
do nosso jardim.
E não dizemos nada.
Na segunda noite, já não se escondem;
pisam as flores,
matam nosso cão,
e não dizemos nada.
Até que um dia,
o mais frágil deles
entra sozinho em nossa casa,
rouba-nos a luz, e,
conhecendo nosso medo,
arranca-nos a voz da garganta.
E já não podemos dizer nada.
[...]"
 Eduardo Alves da Costa



AGOSTO 1964


Entre lojas de flores e de sapatos, bares,
mercados, butiques,
viajo
num ônibus Estrada de Ferro – Leblon.
Volto do trabalho, a noite em meio,
fatigado de mentiras.
O ônibus sacoleja. Adeus, Rimbaud,
relógio de lilases, concretismo,
neoconcretismo, ficções da juventude, adeus,
que a vida
eu a compro à vista aos donos do mundo.
Ao peso dos impostos, o verso sufoca,
a poesia agora responde a inquérito policial-militar.
Digo adeus à ilusão
mas não ao mundo. Mas não à vida,
meu reduto e meu reino.
Do salário injusto,
da punição injusta,
da humilhação, da tortura,
do terror,
retiramos algo e com ele construímos um artefato
um poema
uma bandeira


(FERREIRA GULLAR, 1991, p. 164)

Afinal, o que raios é “fascismo”?


17/08/2015   Flavio Morgenstern

Texto publicado na edição impressa da Gazeta do Povo de 17 de agosto de 2015

Nenhuma palavra é mais usada no vocabulário político do que “fascismo”, e nenhuma parece mais apartada da realidade. Vendo os discursos de políticos, jornalistas e intelectuais no Brasil, parece que sairemos à rua e nos depararemos com camisas negras, glorificações a Mussolini e exigências de tudo ser colocado dentro do Estado, nada fora do Estado, nada contra o Estado. Na vida real, não vemos nada disso. Aliás, vemos o último: mas quem pede a estatização total da vida são justamente os que mais acusam os outros de fascistas.

Isso tem explicação. Lew Rockwell já alertou, em A ameaça fascista, que nenhuma outra palavra é mais pesada no vocabulário político. “Fascismo” é visto como o mal em si, algo que une a direita e a esquerda em seu repúdio. Entretanto, ao se pedir para as mesmas pessoas que detestam fascistas que descrevam o sistema político que defendem, muitas acabarão justamente defendendo o fascismo.

Sobretudo graças ao Holocausto promovido pelos nazistas, espécie de ultrafascistas, a narrativa histórica parece apenas promovê-los como assassinos desmotivados. Pelo contrário: o genocídio fascista do século 20 tinha profunda base filosófica – o que é uma violência ainda mais perigosa. E esta base continua movendo corações e políticas mundo afora.

O grosso do fascismo é justamente o que é defendido pelos supostos “críticos”, que adoram chamar seus adversários de fascistas


O jornalista John T. Flynn analisa os pontos que definem um governo fascista. O governo é totalitário, pois desconhece limites para seu poder. É uma ditadura, baseada no princípio da liderança. Permite algum mercado, mas atolado numa imensa burocracia. A economia é cartelizada e controlada por sindicatos. O planejamento econômico é baseado no princípio da autarquia. O governo se sustenta com gastos e empréstimos. Os gastos são sobretudo militares, e com fins imperialistas. Excetuando-se estas últimas definições, nada muito diferente do sistema atual do Brasil, por exemplo. Para subir ao poder, fascistas disputam eleições livremente, e logo começam com conchavos com empresários que aceitem trocar a livre concorrência no mercado por monopólios com o Estado. Familiar?

Tentar encarar o fascismo apenas pelo militarismo tampouco convence. Fascistas promovem amplas campanhas de desarmamento para concentrar o poder nos líderes do Estado. Parece com os militares brasileiros ou com seus críticos, hoje no poder?

O coletivismo é a tônica, com total subordinação das liberdades individuais – seja ter uma opinião, escrever em um jornal ou criar uma empresa e lucrar o quanto quiser – aos ditames de um Estado total, com um planejamento central. Parece mais algo de “coxinhas” ou justamente dos progressistas atuais?

Na narrativa típica, vemos o fascismo por seus aspectos periféricos. Na realidade, o grosso do fascismo é justamente o que é defendido pelos supostos “críticos”, que adoram chamar seus adversários de fascistas. Inclusive os judeus, as maiores vítimas dos fascistas, foram vítimas justamente por serem a “burguesia”, a elite de hoje.

Xingar um fascista de fascista não ofende. Todavia, chamar alguém que repudia o fascismo disso ofende. Sem perceber, ao chamar tudo de “fascista”, progressistas não percebem que provam que os liberais são radicalmente adversários do fascismo.


Flavio Morgenstern é analista político e autor de “Por trás da máscara – do passe livre aos black blocs”.

domingo, 16 de agosto de 2015

"O regime democrático é tratado na Constituição como "cláusula pétrea", que se pretende com solidez granítica. O que não significa ser impossível transgredi-lo. Mas significa que quem o faça ou tente fazê-lo comete crime. E quem o comete criminoso é de fato, haja ou não a condenação que assim o defina. Tal é a condição que muitos ostentam e outros tantos elaboram para si.
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A pregação de parlamentares identificáveis como um núcleo de agitação e provocação atenta contra a democracia. A excitação de hostilidades que esses parlamentares propagam pelo país é indução de animosidade antidemocrática –sem que isso suscite reação alguma, o que é, por si mesmo, indício da precária condição da democracia e da Constituição.
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O que se passa hoje na Câmara, como método e objetivos da atividade, não é próprio de Congresso de regime democrático. Em muitos sentidos, restaura a Câmara controlada e subserviente da ditadura. Em outros aspectos, assume presunções autoritárias, de típico teor antidemocrático, ao ameaçar até aprovações do Senado de punitivas suspensões da sua tramitação.
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Um exemplo que recebeu tolerância incompatível com sua importância: difundir informações inverídicas e sensacionalistas à imprensa, e ao país, "para estimular mais informantes" –como feito e dito por um procurador–, não é ético nem democrático. É autopermissão abusiva.
E os jornais, a TV, as revistas, o rádio –na verdade, os jornalistas que os fazem– nesse país que concebe a democracia como uma bola, tanto a ser chutada sempre, como a oferecer grandes e efêmeras euforias? Agradeço à sogra de um jogador de futebol, Rosangela Lyra, que me dispensa de alguns desagrados. Disse ela, à Folha, das pequenas e iradas manifestações que organiza pela derrubada do resultado da eleição presidencial: "As redes sociais amplificam e a mídia quintuplica". Entregou. Delação de dar inveja aos gatunos da Petrobras.
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"Isso é democracia" como slogan de antidemocracia só indica que o Brasil ainda não é ou já não é democracia."

‎Janio de Freitas

Ghetto de Warsovia 1939-1943


Podemos refletir: como fazer para que não sejamos tolhidos pela enorme confusão que assola o mundo?


No Brasil atual, as ruas denunciam os mais completos disfarces e inverdades pelas quais o povo não tem a menor chance de enxergar. A escuridão é completa.

A classe média, dividida em duas partes: a mais embrutecida, capaz de clamar inclusive pela intervenção militar, que tenta forçar necessidade de uma outra ditadura, nos levando a pensar que ela não aprendeu nada com 1964. No outro lado, vemos uma população mais esclarecida sofrer tentativas de golpe contrário aos seus legítimos direitos, ações criminosas que negam a reeleição da presidente Dilma Rousseff tentado impedi-la de exercer seu mandato.

Na real, temos nações com muito mais problemas que este país que segue com avanços conquistados embora esteja sob ventos de turbulência política e social.

O Brasil contudo, é maior que os golpistas criminosos e essa classe média medíocre. A população mais consciente deve se organizar já, reunindo forças para não permitir retrocessos inúteis.

Pra cima deles meu povo.


Sergio Moura

Episódio magnífico da vida de Tchekhov, narrado no livro Três Russos, de Máximo Górki:


“Um dia, recebeu a visita de três senhoras suntuosamente vestidas. Depois de terem enchido a sala com o ruído de suas saias de seda e com o odor de perfumes capitosos, sentaram-se com cerimônia em frente ao dono da casa, e, afetando grande interesse por assuntos políticos, passaram a fazer ‘perguntas inteligentes’:

- Antonio Pavlovitch! Por qual modo terminará a guerra?

Antonio Pavlovitch tossiu ligeiramente, refletiu e respondeu com doçura, em um tom sério e afável:
- Provavelmente pela paz ...

- Naturalmente!... Mas quem será o vencedor? Os gregos ou os turcos?

- Parece-me que serão vencedores os mais fortes.

- E na sua opinião, quais são os mais fortes? – perguntavam com insistência as senhoras.

- Os mais bem nutridos e os mais instruídos.

- Oh, como é espirituoso! – exclamou uma das visitantes.

- E de quem gosta mais, dos gregos ou dos turcos? – perguntou uma das outras senhoras.

Antonio Pavlovitch mirou-a gentilmente e respondeu com um amável e doce sorriso:

- Gosto de torta de frutas ... a senhora gosta?

- Muito! – exclamou vivamente a dama.

- Vem um perfume tão bom dessas tortas! – confirmou enfaticamente uma outra das visitantes.

E todas três se puseram a falar com animação, dando provas, nessa questão de torta de frutas, de uma admirável erudição e de um perfeito conhecimento do assunto. Estavam evidentemente encantadas por não terem mais de puxar pela inteligência e de fingir interesse por turcos e gregos, nos quais, até antes do encontro com Tchekhov, sem dúvida nunca haviam pensado.

E ao partirem, prometeram com alegria a Antonio Pavlovitch:

- Nós lhe mandaremos uma torta de frutas.

- Linda conversação!.. – disse eu, quando partiram.

Antonio Pavlovitch riu docemente e acrescentou:


- É necessário que cada um fale a sua língua...”.

Diário XIII

Recomeça…
Se puderes,
Sem angústia e sem pressa.
E os passos que deres,
Nesse caminho duro
Do futuro,
Dá-os em liberdade.
Enquanto não alcances
Não descanses.
De nenhum fruto queiras só metade.
E, nunca saciado,
Vai colhendo
Ilusões sucessivas no pomar
E vendo
Acordado,
O logro da aventura.
És homem, não te esqueças!
Só é tua a loucura
Onde, com lucidez, te reconheças.


Miguel Torga

SOBREVIVENTES



Um estrondo: a verdade
em pessoa compareceu
avançando entre os homens,
até o centro do turbilhão de metáforas.

Paul Celan

IMPEACHMENT



"IMPEACHMENT. PARA OS jovens que não viram e ainda por cima fugiram da aula de história. O Collor NÃO sofreu Impeachment. Ele assinou sua saída do governo. A pressão contra ele não era difusa, era da sociedade organizada: sindicatos, partidos, etc. Itamar tomou posse, e era considerado um político honesto. Fez um bom governo. A atual pressão sobre Dilma não vem de setores que querem combater a corrupção, e muito menos Temer é alguém confiável, tanto é que ele é que facilitou a vida de Cunha, para este chegar onde chegou. O contexto é diferente. Sem Dilma, a Lava Jato tende a parar, e não a andar, ao contrário do que alguns pensam."

Por Paulo Ghiraldelli

Max Weber


Autor
Karl Emil Maximilian Weber (pronúncia em alemão: ˈmaks ˈveːbɐ; Erfurt, 21 de abril de 1864 — Munique, 14 de junho de 1920) foi um intelectual, jurista e economista alemão considerado um dos fundadores da Sociologia. Seu irmão foi o também famoso sociólogo e economista Alfred Weber. A esposa de Max Weber, Marianne Weber, biógrafa do marido, foi uma das alunas pioneiras na universidade alemã e integrava grupos feministas de seu tempo.

É considerado um dos fundadores do estudo moderno da sociologia, mas sua influência também pode ser sentida na economia, na filosofia, no direito, na ciência política e na administração. Começou sua carreira acadêmica na Universidade Humboldt de Berlim e, posteriormente, trabalhou na Universidade de Freiburg, na Universidade de Heidelberg, na Universidade de Viena e na Universidade de Munique. Personagem influente na política alemã da época, foi consultor dos negociadores alemães no Tratado de Versalhes (1919) e da comissão encarregada de redigir a Constituição de Weimar.

Grande parte de seu trabalho como pensador e estudioso foi reservado para o estudo do capitalismo e do chamado processo de racionalização e desencantamento do mundo. Mas seus estudos também deram contribuição importante para a economia.

Sua obra mais famosa são os dois artigos que compõem A ética protestante e o espírito do capitalismo, com o qual começou suas reflexões sobre a sociologia da religião. Weber argumentou que a religião era uma das razões não-exclusivas do porque as culturas do Ocidente e do Oriente se desenvolveram de formas diversas, e salientou a importância de algumas características específicas do protestantismo ascético, que levou ao nascimento do capitalismo, da burocracia e do estado racional e legal nos países ocidentais. Em outro trabalho importante, A política como vocação, Weber definiu o Estado como "uma entidade que reivindica o monopólio do uso legítimo da força física", uma definição que se tornou central no estudo da moderna ciência política no Ocidente. Em suas contribuições mais conhecidas são muitas vezes referidas como a "Tese de Weber".
Biografia[editar | editar código-fonte]


Max Weber e seus irmãos, Alfred e Karl, em 1879
O jovem Max foi o primeiro de sete filhos de Max Weber, advogado e político, membro do Partido Nacional Liberal, e de Helene Fallenstein, uma descendente de imigrantes huguenotes franceses. A família estimulou intelectualmente os jovens Weber desde a tenra idade. Seu irmão Alfred Weber, quatro anos mais jovem, também se tornaria sociólogo, mas, sobretudo, um economista, que também desenvolveu uma importante sociologia da cultura.

Em 1882, Max Weber matriculou-se na Faculdade de Direito da Universidade de Heidelberg, onde seu pai havia estudado, frequentando também cursos de economia política, história e teologia. Em 1884 voltou para casa paterna e se transferiu para a Universidade de Berlim, onde obteve em 1889 o doutorado em Direito e em 1891 a tese de habilitação, ambos com escritos da história do direito e da economia.

Depois de completar estudos jurídicos, econômicos e históricos em várias universidades, se distingue precocemente em algumas pesquisas econômico-sociais com a Verein für Sozialpolitik (associação fundada em 1872 pelos economistas associados à Escola historicista alemã de economia à qual Weber já tinha aderido em 1888.


Max Weber e sua esposa Marianne em 1894
Em 1893 casou-se com Marianne Schnitger, mais tarde uma feminista e estudiosa, bem como curadora póstuma das obras de seu marido. Atualmente, a publicação de sua correspondência íntima também revelou seus relacionamentos com Else von Richtoffen e Mina Tobler, levando muitos especialistas a revisarem a importância do amor e do erotismo em sua obra.

Foi nomeado professor de Economia nas universidades de Freiburg em 1894 e de Heidelberg em 1896. Entre 1897, ano em que seu pai morreu, e 1901 sofreu de uma aguda depressão, de modo que do final de 1898 ao final de 1902 não realizou atividades regulares de ensino ou científicas. Neste período ele esteve em alguns sanatórios e fez diversas viagens pela Europa tendo ficado vários meses na cidade de Roma onde recuperou as forças.

Curado, no Outono de 1903 renunciou ao cargo de professor e aceitou uma posição como diretor-associado do recém-nascido Archiv für Sozialwissenschaft und Sozialpolitik (Arquivos de Ciências Sociais e Política Social), com Edgar Jaffé e Werner Sombart como colegas: nesta revista publicaram em duas partes, em 1904 e 1905, o artigo-chave A Ética Protestante e o Espírito do Capitalismo. Naquele mesmo ano, visitou os Estados Unidos. Graças a uma enorme renda privada derivada de uma herança em 1907, ainda conseguiu se dedicar livremente e em tempo integral aos seus estudos, passando da economia ao direito, da filosofia à história comparativa e à sociologia, sem ser forçado a retornar à docência. Sua pesquisa científica abordou questões teórico-metodológicas cruciais e tratou complexos estudos histórico-sociológicos sobre a origem da civilização ocidental e seu lugar na história universal.

Durante a Primeira Guerra Mundial, serviu como diretor de hospitais militares de Heidelberg e ao término do conflito, voltou ao ensino da disciplina de economia, primeiro em Viena e em 1919 em Munique, onde dirigiu o primeiro instituto universitário de sociologia na Alemanha. Em 1918 ele estava entre os delegados da Alemanha em Versalhes para a assinatura do tratado de paz e foi conselheiro para os redatores da Constituição da República de Weimar.

Encontra-se sepultado no Cemitério de Bergfriedhof de Heidelberg, em Baden-Württemberg na Alemanha.

Escritos e obras[editar | editar código-fonte]

A ética protestante e o espírito do capitalismo, 1ª edição, 1904
Dentre as influências que a obra de Weber manifesta, podemos enxergar também seu diálogo com filósofos como Immanuel Kant e Friedrich Nietzsche e com alguns dos principais sociólogos de seu tempo, como Ferdinand Tönnies, Georg Simmel e Werner Sombart, entre outros.

Dentre as principais obras do autor - organizadas postumamente pela sua esposa Marianne Weber - constam os seguintes títulos:

1889: A história das companhias comerciais na idade média
1891: O direito agrário romano e sua significação para o direito público e privado
1895: O Estado Nacional e a Política Econômica
1904: A objetividade do conhecimento na ciência política e na ciência social
1904: A ética protestante e o espírito do capitalismo
1905: A situação da democracia burguesa na Rússia
1905: A transição da Rússia a um regime pseudoconstitucional
1906: As seitas protestantes e o espírito do capitalismo
1913: Sobre algumas categorias da sociologia compreensiva
1917/1920: Ensaios Reunidos de Sociologia da Religião
1917: Parlamento e Governo na Alemanha reordenada
1917: A ciência como vocação
1918: O sentido da neutralidade axiológica nas ciências políticas e sociais
1918: Conferência sobre o Socialismo
1910/1921: Economia e Sociedade
Dentre seus escritos mais conhecidos destacam-se A ética protestante e o espírito do capitalismo (1904), a obra póstuma Economia e Sociedade (1920), A ciência como vocação (1917) e A política como vocação (1919) .

Primeiros trabalhos[editar | editar código-fonte]

Os primeiros textos acadêmicos de Weber estão ligados a trabalhos desenvolvidos em sua formação na estrutura universitária alemã. O primeiro estudo propriamente dito foi sua tese de doutoramento intitulada A história das companhias comerciais da idade média. Esta tendência para combinar análise jurídica com análise histórica continua com seu próximo trabalho (tese de habilitação), chamado A história agrária romana. Aqui ele analisa a estrutura da propriedade agrária de Roma em sua fase tardia e suas repercussões na legislação pública e privada. Ainda que seja um escrito bastante técnico, ele procura contextualizar sua pesquisa no âmbito histórico, o que já demonstra a preocupação social de suas investigações.

Durante seu período como professor universitário, Weber dedicou-se ao ensino da economia política e de questões agrárias, uma de suas especialidades. Como professor de economia, ele debateu os valores e limite das principais correntes de pensamento de seu tempo: a Escola Histórica de Economia, a Escola Marginalista (predominante na Áustria) e a Escola Marxista. Neste período Weber também publicou um texto introdutório chamado "A bolsa", para divulgar e promover o entendimento do funcionamento econômico do capital financeiro.

A aproximação com os temas sociais está ligada à pesquisa empírica de Weber na região do Leste do rio Elba. Analisando processo migratório de poloneses na fronteira da Alemanha, Weber destacou as tendências da introdução do capitalismo no campo e deu especial atenção às consequências políticas daquele processo. Aplicando diversos questionários e levantando inúmeros dados ele concluiu que o acelerado processo de modernização econômica da Alemanha estava minando a estrutura de poder da classe dirigente: a aristocracia agrária (denominada de classe Junker). Tal visão foi especialmente apresentada em uma Aula Inaugural pronunciada em 1895 e denominada O Estado Nacional e a Política Econômica. Neste período Weber notabilizou-se como um dos grandes especialistas de questões e problemas agrários, refletindo sobre as consequências com os reflexos do capitalismo na esfera rural.

Profundamente envolvido com a vida acadêmica, a produção de Weber sofre uma interrupção a partir de 1897. É somente depois desta fase que a produção sociológica de Weber começa a delinear-se.

A objetividade do conhecimento[editar | editar código-fonte]

Em 1903, junto com Werner Sombart e Edgar Jaffé, Weber funda o Arquivo para a Ciência Social e a Ciência Política. No texto que escreveu para a revista, intitulado A objetividade do conhecimento na ciência política e social (de 1904) ele apresentou sua posição na discussão sobre os métodos das ciências econômicas, polêmica que sacudia o mundo universitário da época.

A tradição alemã de filosofia social tinha suas origens em Immanuel Kant. Mas, a tentativa de fundamentar as ciências históricas com o pensamento kantiano inicia-se apenas com o trabalho de Wilhelm Dilthey, em 1883. A reivindicação fundamental do seu trabalho foi mostrar o estatuto ontológico diferenciado das ciências históricas e sociais diante das ciências da natureza. Na Alemanha este esforço continuou com os trabalhos de Wilhelm Windelband e Heinrich Rickert. No campo da economia, esta tendência também era representada por Gustav von Schmoller.

Max Weber não se enquadrava diretamente em nenhuma destas posições. Com a escola neo-kantiana, ele concorda com o fato de que as ciências humanas lidam com o fenômeno do valor. Só analisamos aqueles elementos da realidade que tem algum sentido para nós, a partir de nossas referências de valor. Tal posição fora retirada por Weber de Heinrich Rickert. Mas, nem por isso ele rejeitava o valor da imputação causal nas ciências humanas, pois eram um instrumento indispensável para a explicação dos mecanismos de entendimento da vida social. Em síntese, Weber propunha a unificação das ciências humanas integrando a "verstehen" (compreensão) e a "erklären" (explicação) em uma visão dual mas não dualista da ciência .

O principal problema desta posição, contudo, é que elas colocavam em questão o valor objetivo da ciência. Weber reconheceu que toda pesquisa tem um ponto de partida subjetivo (ligado a referência de valor do pesquisador), mas entendeu que este dado não destruía a objetividade da ciência. O valor cognitivo da ciência social reside na sua capacidade de controlar a pesquisa mediante métodos sistemáticos e padronizados de trabalho. O ponto de partida da investigação até pode ser subjetivo, mas seu ponto de chegada deverá ser rigorosamente objetivo.

Alicerçado na noção kantiana de a priori, Weber também desenvolveu a noção de tipo ideal . Tal conceito mostra que as categorias da ciência social são uma construção subjetiva do pesquisador, feita a partir de seus interesses. Como tais, eles selecionam na realidade, sempre complexa e caótica, certos elementos que serão aglutinados como um tipo idealmente perfeito. Conceitos não emanam diretamente da realidade (visão hegeliana), nem são formados apenas por abstração de elementos comuns e genéricos (visão aristotélica), pois eles implicam acentuar determinados elementos para que eles possam ser compreendidos. Trata-se de reunir o caos inesgotável da realidade em conceito compreensíveis.

Ainda que Weber não tenha defendido uma visão rigorosamente dualista da ciência, o escrito "A objetividade do conhecimento na ciência política e na ciência social" constitui ainda hoje o principal texto para quem defende uma visão não naturalista de ciência, ou seja, que defende a tese de que as ciências humanas são essencialmente diferenciadas das demais ciências de corte empírico-natural .

A Ética Protestante e o Espírito do Capitalismo[editar | editar código-fonte]

A ética protestante e o espírito do capitalismo[1] é considerada a grande obra de Max Weber e é o seu texto mais lido e conhecido. A primeira parte desta obra foi publicada em 1904 e a segunda veio a público em 1905, depois da viagem do autor e de sua esposa aos Estados Unidos. Uma segunda versão da obra, revisada pelo próprio Weber, com diversos acréscimos, foi publicada em 1920.

A temática das relações entre religião e capitalismo foi uma questão central do pensamento social alemão. Do ponto de vista da análise do capitalismo, o estudo de Weber foi precedido pela obra de Georg Simmel - A filosofia do dinheiro (1900) -, sem esquecer do escrito de Karl Marx, intitulado O Capital (1867). Dois anos antes da publicação do livro de Weber, seu colega Werner Sombart também publicou um livro sobre esse problema, intitulado O capitalismo moderno (1902) . Neste criativo e rico espírito acadêmico, Weber procurou mostrar que o protestantismo de caráter ascético dos séculos XVI e XVII tinha um influxo direto com o conceito de vocação profissional, base motivacional do moderno sistema econômico capitalista. Vejamos como a tese do livro é apresentada.

No capítulo introdutório, Weber mostra a preferência educacional dos católicos por uma formação humanista, enquanto os protestantes preferiam formação técnica. Ao mesmo tempo, mostrou as diferenças profissionais entre ambos os segmentos. Weber rejeita a explicação (superficial e aparente) de que a espiritualidade católica, fundada no ascetismo, predisporia o indivíduo para o estranhamento do mundo e, desta forma, para a indiferença para com os bens deste mundo; enquanto os protestantes seriam materialistas. Alega que os puritanos se caracterizavam pelo oposto da alegria para com o mundo. Ao contrário, ele sugere que há um íntimo parentesco entre estranhamento do mundo, ascese e participação na vida aquisitiva.

O capítulo posterior trata do objeto da pesquisa, ou seja, é neste momento que ele desenvolve o tipo ideal de "espírito do capitalismo", entendido como uma individualidade histórica. Tomando como exemplo máximas colhidas de escritos de Benjamin Franklin, tais como "tempo é dinheiro" ou "dinheiro gera mais dinheiro" ou ainda "o bom pagador é dono da bolsa alheia", Weber mostra que o espírito do capitalismo não é caracterizado pela busca desenfreada do prazer e pela busca do dinheiro por si mesmo. O espírito do capitalismo deve ser entendido como uma ética de vida, uma orientação na qual o indivíduo vê a dedicação ao trabalho e a busca metódica da riqueza como um dever moral. Weber acentua claramente que o 'espírito' do capitalismo não deve ser confundido com a 'forma' do capitalismo. Por forma, Weber entende o capitalismo enquanto sistema econômico, cujo centro é representado pela empresa capitalista, reunião de meios de produção, trabalho organizado e gestão racional. Ele esclarece que as variáveis tratadas no seu livro tem a ver com a moral protestante e a dimensão atitudinal (habitus) que serve de base ao sistema. O espírito do capitalismo só pôde triunfar ao vencer as formas tradicionalistas de comportamento econômico.

Passo seguinte, ele dedicou-se a analisar a contribuição do luteranismo. Na tradução de Martinho Lutero, ao contrário da concepção católica, "vocação" deixa de ter o sentido de um chamado para a vida religiosa ou sacerdotal e passa a ter o sentido do chamado de Deus para o exercício da profissão no mundo do trabalho. Com Lutero o ascetismo praticado pelos monges fora do mundo é transferido das celas dos mosteiros para o mundo secular, nasce daí o ascetismo intramundano. Todavia, o próprio Max Weber reconheceu que o luteranismo ainda possui uma visão tradicionalista da vida econômica: apesar da ênfase no trabalho, a vida aquisitiva ainda não possui um valor em si mesma e o indivíduo está acomodado no seu círculo social.

Após, Weber destaca que o ponto de partida da ética econômica subjacente ao capitalismo está no protestantismo pós-luterano, nas chamadas igrejas e seitas do protestantismo ascético, tanto na sua versão calvinista (derivada de João Calvino) quanto anabatista. Do calvinismo emana a célebre tese da predestinação, dogma que afirma que "apenas Deus escolhe - independente dos méritos do indivíduo - quem será salvo e quem será condenado". Diante da angústia religiosa sofrida pelo indivíduo, o trabalho e o sucesso na vida econômica surgem como compromissos do crente e como indícios (embora não meio) de certeza da salvação. Apesar desta rígida tese estar atenuada no pietismo e no metodismo, que são mais sentimentais, nas igrejas de origem calvinista a riqueza recebe uma sanção positiva da esfera religiosa. O mesmo processo pode ser verificado no âmbito das seitas que surgem do movimento anabatista (rebatizados) - como os batistas, menonitas e quakers, por exemplo - que, organizados em forma de seita, estimulam uma vida ordenada, disciplinada e regida por rígidas normas éticas.

Analisando todo o processo em seu conjunto, Weber verifica que dos dogmas e, em especial, dos impulsos morais do protestantismo, derivados após a reforma de Lutero, surge uma forma de vida de caráter metódico, disciplinado e racional. Da base moral do protestantismo surge não só a valorização religiosa do trabalho e da riqueza, mas também uma forma de vida que submete toda a existência do indivíduo a uma lógica férrea e coerente: uma personalidade sistemática e ordenada. Sem estes impulsos morais não seria possível compreender a ideia de vocação profissional, concepção que subjaz as figuras modernas do operário e do empresário. A moral específica dos círculos protestantes possuem uma relação de afinidade eletiva com o comportamento (espírito) que subjaz ao sistema econômico moderno e, ainda que este não derive apenas deste fator, trata-se de um impulso vital para o entendimento do mundo moderno contemporâneo.

No final da Ética Protestante, Weber destaca que, apesar de secularizada, ou seja, desprovida de fundamentos religiosos, a vida aquisitiva da economia moderna generalizou-se para todo conjunto da vida social: os puritanos queriam tornar-se monges, hoje todos temos que segui-los. Esta avaliação também ganha contornos críticos, pois Weber constata que a lógica da produção, do trabalho e da riqueza envolve o mundo moderno como uma "jaula de ferro " e se pergunta qual o destino dos tempos modernos: o ressurgimento de velhas ideias ou profecias ou uma realidade petrificada, até que a última tonelada de carvão fóssil seja queimada? Em tons que lembram Nietzsche, ele dirá ainda sobre os homens dos tempos atuais: especialistas sem espírito, gozadores sem coração !

Esta visão crítica do capitalismo encorajou certos pensadores marxistas (como Georg Lukács, Karl Löwith, Michael Löwy) a ressaltarem algumas afinidades do seu pensamento com a visão marxista, corrente que, sem menosprezar as sensíveis diferenças entre as duas formas de pensamento, foi sendo denominada de webero-marxismo .No entanto, diferentemente da visão marxista, que privilegia os fatores econômicos, Weber, coerente com uma visão multicausal dos fenômenos sociais, destaca seus fatores culturais e, mais tarde, enfatizará também a importância dos fatores materiais no surgimento das instituições modernas .

A ética econômica das religiões mundiais[editar | editar código-fonte]

Após a década de 1910, os estudos de Weber na área da sociologia da religião foram ampliados e ele passou a aprofundar seu conhecimento das religiões de caráter universal. Ao contrário de Durkheim, que partiu das religiões primitivas (totemismo), Weber dedica-se à análise do confucionismo e do taoismo, do hinduísmo e do budismo, do islamismo e do judaísmo, ou seja, dos grandes sistemas religiosos da humanidade. Conforme ele esclarece no Prólogo (Vorbemerkung) escrito para introduzir, em termos globais, seus Ensaios Reunidos de Sociologia da Religião, seu objetivo primordial consiste em entender os fenômenos centrais do racionalismo ocidental, como a ciência, a técnica, a universidade, a contabilidade, o direito, a gestão racional das empresas, a música, o Estado Burocrático e, em especial, o capitalismo moderno. Conforme explicou sua esposa Marinne Weber, a descoberta da especificidade do racionalismo moderno foi a grande inovação sociológica de Weber e ele procurou desvendar suas origens e características, destacando o papel da religião neste processo.

Introdução O estudo de Weber dedicado às religiões universais possui um escrito preliminar de caráter metodológico, no qual ele explica que, diferente do que fez na pesquisa sobre o protestantismo (em que contemplou apenas um lado da relação causal entre ideias e interesses), nestes estudos ele mostraria a vinculação existente entre fatores materiais e fatores ideais nos processos sociais. Por isso, ao analisar os grandes sistemas religiosos e suas diferentes teodiceias, ele levaria em conta também os interesses e o papel de suas principais camadas portadoras, sejam elas populares (camadas urbanas, rurais, etc.), sejam elites políticas (burocracias), religiosas (sacerdotes) ou mesmo guerreiros.

Confucionismo e Taoismo O primeiro grande sistema analisado por Weber é a milenar civilização chinesa. Ele revisa os pressupostos econômicos e político do mundo da China, o papel do imperador e das províncias e, em especial, a função dos mandarins (burocratas), o que introduz um caráter ritualista e tradicional no confucionismo, voltado para a culto dos antepassados familiares e do imperador: o universo é entendido como uma ordem eterna - Tao - que não pode ser contestada e ao qual o indivíduo se adapta. Na China desenvolveu-se uma tendência mística chamada taoismo, cujo fundador é Lao-Tsé, mas que foi tragada pela poderosa força da magia, razão pela qual a religião chinesa ficou imersa em um jardim mágico. Desta forma, ele não desenvolveu um potencial de racionalização prática das condutas.

Consideração Intermediária Após analisar a religião chinesa, Weber passa ao exame das religiões de salvação, nas quais existe uma relação de tensão com o mundo: daí a necessidade de um texto intermediário que explique as diferenças entre o misticismo (predominante do mundo oriental) e o ascetismo (predominante no mundo ocidental. Neste texto ele também examina as tensões entre a ordem religiosa (regida por normas) e as ordens sociais do mundo moderno que são regidas por uma racionalidade formal e que, portanto, possuem sua legalidade própria. As esferas analisadas por Weber são a economia, a política, a arte, o erotismo e a ciência.

Hinduísmo e Budismo O sistema de castas vigente na Índia demonstra que também se trata de uma religião - chamada de hinduísmo - com fortes elementos tradicionais. As castas criam uma ordem hierárquica, no topo da qual estão os sacerdotes brâmanes, seguidos pelos guerreiros, depois os comerciantes e agricultores e, por fim, os demais trabalhadores. O intercâmbio entre os grupos sociais não é permitido e a única forma de evoluir na escala social é a roda das encarnações. O caráter sagrado das castas indianas foi rompido pela pregação de Buda. O Budismo conservou a ideia de reencarnação, mas ela se torna completamente individual e voltada para a dissolução do eu. Tal crença difundiu-se por todo Oriente e constitui a grande matriz dos sistemas religiosos orientais, que possuem um componente acentuadamente místico.

O Judaísmo Antigo O grande processo de desencantamento religioso do mundo, ou seja, a eliminação da magia como meio de salvação, tem aqui o seu ponto de partida. O judaísmo é uma religião pária, ou seja, há um vínculo exclusivo entre o povo eleito e seu Deus Javé, isolando a religião judaica do contexto social mais amplo. A elaboração de uma lei sacerdotal, sistematizada pelos levitas e a pregação dos profetas, exigindo o cumprimento das normas, abriu caminho para uma religião de caráter prático e ético, expurgando o papel das crenças mágicas no sistema religioso. O judaísmo foi a fonte do racionalismo prático da dominação do mundo que permeia o mundo ocidental e suas diferentes instituições sociais.

Comparando estas diferentes religiões, Weber mostrou que existe diferentes formas de racionalismo. Assim, enquanto na China predomina um racionalismo prático que acomodação ao mundo, na Índia, ao contrário, temos um racionalismo teórico de fuga do mundo. Já o Ocidente, começando no Judaísmo Antigo e chegando no protestantismo ascético desenvolveu uma forma prática de racionalismo da dominação do mundo. Dessa forma Weber nos oferece uma descrição das diferentes formas que os processos de racionalização adquire no contexto de diferentes culturas.

Além disso, ao comparar diferentes civilizações, Max Weber pode ser considerado o precursor de uma sociologia que busca ir além do eurocentrismo. Apesar de seu trabalho estar centrado no horizonte do Ocidente Moderno, ele procura defini-lo a partir da comparação com outros modelos de cultura e de sociedade. Sua análise da modernidade, adota uma perspectiva cosmopolita. Esta sociologia comparada das civilizações vem sendo relida por pensadores preocupados em pensar o mundo globalizado, tais como Shmuel Eisenstadte Thomas Schwinn, entre outros.

Economia e Sociedade[editar | editar código-fonte]

Em 1913, Weber publicou um escrito intitulado "Sobre algumas categorias da sociologia compreensiva", primeiro esboço de seu método sociológico. Ele continuou a trabalhar sua visão de sociologia durante os próximos anos em escrito encomendado para uma ampla coleção de textos econômicos e que, por esta razão, recebeu o nome de "Economia e Sociedade". Weber trabalhou neste volume até o final de sua vida, mas ele só foi publicado postumamente por sua esposa, Marianne Weber. A versão mais conhecida deste volume póstumo e a quarta edição, organizada por Johannes Winckelmann, em 1956 .

No primeiro capítulo desta obra, aparece como conceito fundante da teoria sociológica de Weber - a categoria ação - , considerado por ele como o objeto da sociologia. Por essa razão sua teoria inaugura o chamado "individualismo metodológico", postura que entende que as formas coletivas de vida (ou mesmo a sociedade como totalidade social) deve ser explicada a partir de suas bases individuais, opondo-se, assim, ao "holismo metodológico".

A ação é um comportamento humano ao qual os indivíduos vinculam um significado subjetivo e a ação é social quando está relacionada com outro indivíduo. A análise da teoria weberiana como ciência tem como ponto de partida a distinção entre quatro tipos de ação social:

A ação instrumental com relação a um objetivo é determinada por expectativas no comportamento tanto de objetos do mundo exterior como de outros homens e utiliza essas expectativas como condições ou meios para alcance de fins próprios racionalmente avaliados e perseguidos. É uma ação concreta que tem um fim especifico, por exemplo: o engenheiro que constrói uma ponte.
A ação racional com relação a um valor é aquela definida pela crença consciente no valor - interpretável como ético, estético, religioso ou qualquer outra forma - absoluto de uma determinada conduta. O ator age racionalmente aceitando todos os riscos, não para obter um resultado exterior, mas para permanecer fiel a sua honra, qual seja, à sua crença consciente no valor, por exemplo, um capitão que afunda com o seu navio.
A ação afetiva é aquela ditada pelo estado de consciência ou humor do sujeito, é definida por uma reação emocional do ator em determinadas circunstâncias e não em relação a um objetivo ou a um sistema de valor, por exemplo, a mãe quando bate em seu filho por se comportar mal.
A ação tradicional é aquela ditada pelos hábitos, costumes, crenças transformadas numa segunda natureza, para agir conforme a tradição o ator não precisa conceber um objeto, ou um valor nem ser impelido por uma emoção, obedece a reflexos adquiridos pela prática.
Nos parágrafos seguintes Weber desenvolve ainda os conceitos de "relação social" e de "ordem social".

Na ótica weberiana, a sociologia é essencialmente hermenêutica, ou seja, ela está em busca do significado e dos motivos últimos que os próprios indivíduos atribuem as suas ações: é neste sentido que a sociologia é sempre "compreensiva" (verstehen). O principal objetivo de Weber é compreender o sentido que cada pessoa dá a sua conduta e perceber assim a sua estrutura inteligível e não a análise das instituições sociais como propunha Durkheim. A análise weberiana propõe que se deve compreender, interpretar e explicar respectivamente, o significado, a organização e o sentido, bem como evidenciar regularidade das condutas. Cabe a sociologia entender como acontecem e se estabilizam as relações sociais, os grupos organizados e as estruturas coletivas da vida social.

Com este pensamento, não possuía a ideia de negar a existência ou a importância dos fenômenos sociais globais, dando importância à necessidade de entender as intenções e motivações dos indivíduos que vivenciam essas situações sociais. Ou seja, a sua ideia é que a sociedade como totalidade social é o resultado das formas de relação entre seus sujeitos constituintes. Tomando como ponto de partida da compreensão da vida social o papel do sujeito, a teoria de Max Weber é denominada individualismo metodológico.

1. Sociologia Econômica Durante a maior parte de sua vida acadêmica, Max Weber foi docente de disciplinas da área econômica. Aliás, seu último livro, um conjunto de notas de aula publicados por seus alunos, chama-se justamente História Geral da Economia. Desta forma, não é surpresa que Weber elabore uma sofisticada abordagem sociológica da vida econômica. Por esta razão, há até teóricos que defendem que, em última instância, toda obra de Weber não passa de uma teoria econômica, qual seja, uma visão sócio-histórica da vida aquisitiva.

Na sua primeira fase, seguindo a tradição marxista, Weber tendia a ver o capitalismo como um fenômeno especificamente moderno. Já em sua " Ética Protestante" (de 1904), apesar de colocar em relevo os fatores culturais da gênese da conduta capitalista, era esta visão que predominava. Mas, nas décadas seguintes, ele romperá com estas noções. Em primeiro lugar, ele insere o capitalismo (na sua fase "moderna") em um amplo processo de racionalização da cultura e da sociedade. Ou seja, enquanto fenômeno social, o capitalismo é uma das expressões da vida racionalizada da modernidade Ocidental e é similar, em sua forma racional, ao campo da política, do direito, da ciência, etc. Outra mudança importante é que Weber rompe com a definição marxista de que o capitalismo é um fenômeno exclusivo da era moderna: daí a expressão capitalismo "moderno". Para Weber, o capitalismo é um fenômeno que atravessa a história, pois a busca do lucro já pode ser localizada nas sociedades primitivas e antigas, nas grandes civilizações e mesmo nas sociedade não-ocidentais. O núcleo estruturante da atividade capitalista é a ''empresa'', pois a separação da esfera individual da esfera impessoal da produção permite a racionalização da organização do trabalho e mesmo das atividades de gestão destas organizações.

Com base nestas premissas, Weber construiu diferentes tipos ideais de capitalismo, como a capitalismo aventureiro, o capitalismo de Estado, o capitalismo mercantil, capitalismo comercial, etc.

As principais análises de Weber sobre o campo econômico podem ser encontradas no segundo capítulo de Economia e Sociedade, tópico em que ele discute a ordem social econômica. Ali ele destaca que o processo de racionalização da atividade econômica também envolve a passagem de uma racionalidade material - na qual a vida econômica está submetida a valores de ordem ética ou política - para uma racionalidade formal, ou seja, na qual a lógica impessoal das atividades econômicas e e lucrativas se torna predominante.

Por estas razões, Max Weber é considerado, atualmente, um dos precursores da sociologia econômica, conjunto de autores que se recusa a entender a vida econômica como relacionada apenas com o mercado, concebido de forma abstrata, separado de suas condições históricas, culturais e sociais.

2. Sociologia Política Max Weber desenvolveu um importante trabalho de sociologia política através da sua teoria dos tipos de dominação .

Dominação é a possibilidade de um determinado grupo se submeter a um determinado mandato. Trata-se, portanto, de um tipo de relação social fundada na autoridade de um indivíduo sobre outros. Isso pode acontecer por motivos diversos, como as leis, admiração, costumes e tradição. Weber define três tipos de dominação que se distinguem pelo seu caráter (pessoal ou impessoal) e, principalmente, pela diferença nos fundamentos da legitimidade. São elas: legal, tradicional e carismática.

Dominação legal: a obediência está fundamentada na vigência e aceitação da validade intrínseca das normas e seu quadro administrativo é mais bem representado pela burocracia. A ideia principal da dominação legal é que deve existir um estatuto que pode ou criar ou modificar normas, desde que esse processo seja legal e de forma previamente estabelecido. Nessa forma de dominação, o dominado obedece à regra, e não à pessoa em si, independente do pessoal, ele obedece ao dominante que possui tal autoridade devido a uma regra que lhe deu legitimidade para ocupar este posto, ou seja, ele só pode exercer a dominação dentro dos limites pré-estabelecidos. Assim o poder é totalmente impessoal, onde se obedece à regra estatuída e não à administração pessoal. Como exemplo do uso da dominação legal podemos citar o Estado Moderno, o município, uma empresa capitalista privada e qualquer outra organização em que haja uma hierarquia organizada e regulamentada. A forma mais pura de dominação legal é a burocracia .
Dominação tradicional: Se dá pela crença na santidade de quem dá a ordem e de suas ordenações, sua ordem mais pura se dá pela autoridade patriarcal onde o senhor ordena e os súditos obedecem e na forma administrativa isso se dá pela forma dos servidores. O ordenamento é fixado pela tradição e sua violação seria um afronto à legitimidade da autoridade. Os servidores são totalmente dependentes do senhor e ganham seus cargos seja por privilégios ou concessões feitas pelo senhor, não há um estatuto e o senhor pode agir com livre arbítrio.
Dominação carismática: nesta forma de dominação os dominados obedecem a um senhor em virtude do seu carisma ou seja, das qualidades excepcionais que lhe conferem especial poder de mando. A palavra carisma é de inspiração religiosa e, no contexto cristão, lembra os dons conferidos pelo Espírito Santo aos cristãos. A palavra foi reinterpretada em sentido sociológico como dons e carismas do próprio indivíduo e, foi nesta forma que Weber a adotou. Weber considerou o carisma uma força revolucionária na história, pois ele tinha o poder de romper as formas normais de exercício do poder. Por outro lado, a confiança dos dominados no carisma do líder é volúvel e esta forma de dominação tende para a via tradicional ou legal.
A tipologia weberiana das formas de poder político diferente claramente da tradição clássica, orientada pela discussão da teoria das formas de governo, oriunda do mundo antigo (Platão e Aristóteles). Filiado à tradição realista de pensamento, Weber também rejeita os pressupostos normativos e éticos da teoria do poder e procura descrevê-lo em suas formas efetivas de exercício. Ao demonstrar que o exercício do poder envolve a necessidade de legitimação da ordem política e, ao mesmo tempo, sua institucionalização por meio de um quadro administrativo, Weber apresentou os fundamentos básicos da sociologia política da era contemporânea.

Além de uma rigorosa e sistemática sociologia política - alicerçada em seus tipos de dominação - Max Weber foi um dos mais argutos analistas da política alemã, que analisou durante o Segundo Império Alemão e durante os anos iniciais da República de Weimar. Crítico da política de Bismarck, líder que, ao monopolizar o poder, deixou a nação sem qualquer nível de sofisticação política, Weber sempre apontou a necessidade de reconstrução da liderança política. No escrito O Estado Nacional e a Política Econômica, de 1895, já mostrava como as diferentes classes sociais não se mostravam aptar a dirigir a nação, seja pela sua decadência social (caso dos Junkers), seja pela sua imaturidade política (caso da burguesia e do proletariado) .

3. Sociologia da estratificação social Estratificação social é a área da sociologia que se ocupa da pesquisa sobre a posição dos indivíduos na sociedade e explicitação dos mecanismos que geram as distinções sociais entre os indivíduos. Ao contrário de Marx, que explicava estas diferenças apenas com base em fatores econômicos, Weber mostrou que as hierarquias e distinções sociais obedecem à lógicas diferentes na esfera econômica, social e política. Sob o aspecto econômico as classes sociais são diferenciadas conforme as chances de oportunidades de vida, escalonando os indivíduos em grupos positiva ou negativamente privilegiados. Do ponto de vista social, indivíduos e agrupamentos sociais são valorizados conforme atributos de valor, dando origens a diversos tipos de grupos de status. Diferente também é a lógica do poder, em que os indivíduos agregam-se em diferentes partidos políticos. A análise weberiana demonstra que existem diferentes mecanismos sociais de distribuição dos bens sociais, como a riqueza (classe), a honra ou prestígio social (grupos de status) e o poder (partidos) e que cada um deles cria diferentes tipos de ordenamento, hierarquização e diferenciação social.

4. Sociologia do Direito Jurista de formação, a análise da esfera jurídica não ficou de fora das preocupações de Max Weber . Ele dedicou um amplo capítulo de Economia e Sociedade a este tema. O pano de fundo de toda sua reflexão sobre a esfera das normas jurídicas é a tese da racionalização da vida social, da qual o próprio direito é uma das expressões. Ao compreender historicamente a evolução do direito, Weber destaca o crescente processo de racionalização que lhe é inerente.

A racionalização do direito pode ser compreendida a partir de duas variáveis: seu caráter material ou formal ou seu caráter racional e irracional. São racionais todas as formas de legislação que seguem padrões fixos, ao contrário do caráter aleatório dos métodos irracionais. Por outro lado, o conteúdo do direito pode ser determinado por valores concretos, especialmente de caráter ético, ou obedecer a critérios de ordem interna, ligados a sistemática e ao processo jurídico em si mesmo, ou seja, a sua forma.

A apreciação weberiana do setor jurídico da vida social não se dedica apenas a entender esta esfera de forma isolada. O direito possui uma ligação direta tanto com a ordem política quanto com a ordem econômica. A evolução do direito formal é um aspecto essencial do progressivo processo de burocratização do Estado, bem como a estabilidade das normas jurídicas foi fundamental para a consolidação de uma economia de mercado, pois esta requer uma ordem de obrigações previsível. Direito, economia e política são ordens sociais de vida que estão conectados e entrelaçados de forma direta .

Como teórico da evolução sócio-histórica do direito, Weber é um dos precursores do chamado direito positivista, pois ele concebia o direito formal como a forma mais avançada historicamente do sistema jurídico. Desta forma, Max Weber está na raiz de importantes teóricos como o próprio Hans Kelsen, por exemplo, considerado o maior teórico do positivismo jurídico.

Neutralidade axiológica[editar | editar código-fonte]

Nos anos finais de sua carreira, uma nova discussão dividiu os membros da intelectualidade alemã no campo das ciências humanas: o papel dos valores na atividade científica. Para os partidários mais antigos da Escola Alemã de Economia, a ciência social deveria ser uma atividade orientada para a defesa de pontos de vista fundamentados em normas, capazes de orientar a política estatal e governamental. Para os membros mais jovens da escola econômica alemã, ao contrário, a ciência não poderia ser a base para a escolha de valores que, em última instância, são escolha dos próprios indivíduos.

Max Weber era partidário desta segunda posição e a defendeu no escrito intitulado O sentido da neutralidade axiológica nas ciências políticas e sociais. Embora a atividade científica esteja intrinsecamente ligada ao mundo dos valores - pois toda pesquisa nasce das escolhas pessoais do pesquisador - a autoridade da ciência não pode ser invocada para impor valores aos indivíduos. Na visão weberiana, a modernidade está atravessada por um conflito valorativo irredutível - a guerra dos deuses e o politeísmo de valores -. Seguindo a orientação neo-kantiana, Weber isola do Sein do Sollen - ou seja, diferencia a dimensão do ser da dimensão do dever ser - e entende que teoria e prática são domínios separados. Na pesquisa social, o cientista deve isolar seus pontos de vista subjetivos - seus juízos de valor - e orientar-se pela exposição dos fatos, qual seja, deve expor juízos de fato. A ciência social deve estar "livre de juízos de valores" (Wertfreiheit), termo alemão que costuma ser traduzido por "neutralidade axiológica" ou de valores, ainda que não seja esta sua tradução exata.

Separar pensamento e ação, contudo, não implica sacrificar o caráter crítico da atividade científica. Ao cientista social cabe mostrar a íntima vinculação de meios e fins, mostrando como os fins determinam a escolha dos meios e, no sentido inverso, certos meios assentam-se em juízos valorativos. Sem aderir a uma posição positivista (que sobre determina a dimensão da teoria) ou a uma posição marxista (que sobre determina a dimensão da prática), a ciência social na ótica weberiana respeita a autonomia da dimensão do saber e do fazer sem perder o caráter crítico do conhecimento científico-social.

A ciência como vocação[editar | editar código-fonte]

As análises de Weber também contemplam o papel do conhecimento científico no mundo moderno. Na famosa conferência A ciência como vocação , pronunciada em 7 de novembro de 1917, em Munique, o pensador entendeu que a ciência era um dos fatores fundamentais do processo de desencantamento do mundo.

Ele comparou a situação da universidade alemã com a realidade dos Estados Unidos e advertiu seus ouvintes de que no futuro haveria um processo de americanização da vida universitária, que seria cada vez mais parecida com empresas estatais: professores assalariados e separação entre o produtor e os meios de produção. De qualquer forma, a vida do cientista e suas chances de promoção profissional ainda são bastante determinadas pelo papel do acaso e da contingência. Ao mesmo tempo, os acadêmicos acabam sendo pressionados para conciliar a difícil vocação para a pesquisa e para o ensino, o que abre espaço para demagogos e diletantes.

Do ponto de vista pessoal, ele ressaltou que a vocação científica exige dedicação: quem não se especializa em alguma área jamais pode almejar sucesso. Contudo, mais do que dedicação, a vocação para a ciência também exige paixão (dedicação à causa) e, além disso, inspiração para fazer uma obra relevante. Somente quem vive voltado para a ciência pode ser chamado uma personalidade.

Do ponto de vista sociológico, Weber mostrou que a ciência faz parte de um processo histórico geral de racionalização e intelectualização da vida. Através da visão científica, a realidade é expurgada de seus elementos mágicos e o sentido último da realidade é retirado do mundo, ficando a cargo das religiões ou da própria consciência do indivíduo. Muitos autores apontam neste escrito os ecos da tese da morte de Deus, apresentada pelo filósofo Friedrich Nietzsche, embora a maioria dos comentadores reconheça que sua fonte de inspiração é a divisão das esferas de valores proposta por Kant. Para Weber, a modernidade achava-se dilacerada por um conflito de valores - na linguagem de Weber, pela guerra dos deuses - e a escolha do sentido último da vida era uma responsabilidade pessoal que não poderia ser credita à ciência. Ao saber científico cabe a explicação dos mecanismos de funcionamento do mundo, e não a determinação do ser verdadeiro, da verdadeira arte, da verdadeira natureza, do verdadeiro Deus ou mesmo da verdadeira felicidade.

Mas, apesar de retirar o sentido último do mundo, Weber destacou que a ciência contribui com a vida do indivíduo, ao oferecer-lhe meios de domínio prático da realidade, a capacidade de avaliar meios e fins e, acima de tudo, clareza: ou seja, meios para pensar de forma lógica, sistemática e clara.

O destino de nosso tempo é marcado pela intelectualização e pelo desencantamento do mundo. Diante desta realidade, cabe ao indivíduo escolher se quer permanecer imerso na esfera religiosa (o que exige o sacrifício do intelecto) ou se prefere arcar com as consequências de uma visão científica do mundo, na qual não existe qualquer sentido último para a vida, o mundo e o indivíduo. No mundo desencantando, o indivíduo deve dedicar-se às tarefas do dia e assumir suas responsabilidades diante da vida: esta é a única forma de dar sentido à própria existência.

Seguidores[editar | editar código-fonte]

Dentre os principais teóricos influenciados pelo pensamento weberiano, podemos citar:
Arnold Gehlen,Max Scheler,Karl Jaspers,Leopold von Wiese,Karl Mannheim,Alfred Schütz,Ervin Goffman,Norbert Elias,Ernest Gellner,David Landes,Anthony Giddens
Nos Estados Unidos, algumas obras de Weber foram traduzidas já na década de 30, pelo eminente sociólogo Talcott Parsons. Este pensador também incorporou algumas ideias weberianas em sua "teoria voluntarista da ação" (desenvolvida em 1937). Nas décadas posteriores, contudo, a leitura parsoniana de Weber foi sendo fortemente criticada, com destaque para a coletânea de textos existentes em From Max Weber (1946), organizada por Charles Wright Mills e Hans Gerth. Na França, o pensamento weberiano foi difundido por Raymond Aron e Julien Freund e, mais recentemente, uma estudiosa destacada é Catherine Colliot-Thélene.Na Alemanha, Jürgen Habermas concede a Weber um papel fundamental em sua "Teoria da ação comunicativa", descrevendo a sociologia weberiana da racionalização. Outro comentador especializado e com muitas obras dedicadas ao tema é Wolfgang Schluchter.

No Brasil, além de autores clássicos como Sérgio Buarque de Holanda e Raymundo Faoro, o pensamento weberiano é descrito por estudiosos como Gabriel Cohn, Maurício Tragtenberg, José Guilherme Merquior e, atualmente, Antônio Flávio Pierucci e Jessé Souza.

Cronologia
21 de Abril de 1864 - Max Weber nasce em Erfurt. Os pais são o jurista e mais tarde deputado do parlamento imperial (Reichstag) pelo partido nacional-liberal, Max Weber e Helene (nascida na família Fallenstein)
1882 - 1886 - estudos de Direito, Economia Nacional, Filosofia e História
1889 - doutoramento em Direito
1892 - habilitação em direito canônico romano e direito comercial (em Berlim)
1893 - obteve uma posição temporária na Universidade de Berlim. Casamento com Marianne Schnitger (1870 - 1954), que será mais tarde ativista pelos direitos da mulher e socióloga
1894 - assume a posição de professor de Economia na Universidade de Freiburg
1897 - professor de Economia Nacional na Universidade de Heidelberg
1898 - em virtude de uma crise familiar, Weber sofre um colapso nervoso e abandona o trabalho acadêmico, sendo internado periodicamente até 1903
1904 - regressa à atividade profissional. Atividade redatorial no jornal "Archiv für Sozialwissenschaft und Sozialpolitik", que se tornou o jornal líder da ciência social alemã. Weber fez neste ano uma viagem aos Estados Unidos, onde deu aulas
1907 - recebe uma herança que o liberta de quaisquer preocupações financeiras
1909 - é cofundador da sociedade Alemã de Sociologia
1914 - 1918 - Primeira guerra mundial, em 1914, Weber acolhe entusiasticamente o início da Guerra (um nacionalismo militarista muito comum na altura, partilhado entre outros por Thomas Mann). Inscreveu-se como voluntário no exército (Reichswehr). Em 1915 mudou de ideias, tornando-se um pacifista
1917 - nos Colóquios de Lauenstein apela à continuação da guerra, ao mesmo tempo defendendo o retorno ao parlamentarismo
1918 - cofundador do liberal Partido Democrático Alemão (Deutsch-Demokratische Partei; o DDP).
1919 - convocado como conselheiro para a delegação alemã na conferência do Tratado de Versalhes. Foi também nomeado professor de economia nacional na Universidade de Munique
14 de Junho de 1920 - morre em Munique vítima de uma pneumonia.
Referências

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O Wikiquote possui citações de ou sobre: Max Weber
Arnold Gehlen
Adolf von Harnack
Alfred Weber, irmão de Max Weber
Georg Simmel
Hermann Lübbe
Theodor Mommsen
Werner Sombart
Wilhelm Windelband
A ética protestante e o espírito do capitalismo
Escola histórica da Economia
Ação social
Tipo ideal
Bibliografia[editar | editar código-fonte]

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Ligações externas[editar | editar código-fonte]

Biografia extensa (em inglês)
Biografia na Cultura Brasil (em português)
PIERUCCI, Antônio Flávio de Oliveira. O desencantamento do mundo: todos os passos do conceito em Max Weber. São Paulo: Editora 34/ Programa de Pós-Graduação em Sociologia da USP, 2003
SOUZA, Jessé. Patologias da Modernidade: um diálogo entre Habermas e Weber. São Paulo: Anna Blume, 1997.
Os Economistas, Textos selecionados, M Weber
A ciencia como vocaçao, Max Weber
A Ética Protestante e o Espírito do Capitalismo, Weber
Max Weber e Hans Kelsen: a sociologia e a dogmática jurídicas, Daniel Barile da Silveira, Rev. Sociol. Polit.